Ya que no podemos arreglar el mundo, hablaremos de lo que nos interesa: la política y los políticos, el fútbol, el cine, y todo lo que nos molesta, acompañados por unas jarras de cerveza. Bien fresquitas, por supuesto
Cada año que pasa, la ceremonia de los Óscar se parece más a la anterior ceremonia de los Óscar, que a su vez se asemejaba mucho a… otra ceremonia de los Óscar. Las sorpresas son cada vez menos frecuentes y los pronósticos resultan más atinados, pero lo que sí me llama la atención es cierta disparidad de criterio entre lo que unos años nos dicen que «gusta en Hollywood» y lo que al año siguiente nos cuentan que «los miembros de la Academia detestan». Me refiero, en especial, a la autocrítica, a la bofetada a su propio país. El guantazo a mano abierta que los cineastas dan a sus políticos, a los medios, a la economía, al racismo de su sociedad, a su manera de intervenir en el mundo, incluso a su manera de hacer cine. Porque no hay país en el mundo, o directores, productores y guionistas con mayor capacidad de atizar a su propio sistema que los estadounidenses. Sin embargo, esa capacidad del cine de Hollywood para la crítica no siempre se lleva el galardón, en ocasiones nos dicen que «a los académicos no les gusta mirarse al espejo», y otras veces parece que es lo que se premia.
Billy Wilder cuenta en su libro de Conversaciones a dos manos con Cameron Crowe que, cuando el todopoderoso productor Louis B. Mayer (de Metro Goldwin Mayer) vio Sunset Boulevard en un pase privado, preguntó que quién era ese director extranjero que osaba morder la mano que le da de comer, en referencia a su feroz crítica al sistema de los estudios de cine. Llegó a decir que quizá habría que mandarlo de vuelta a Alemania. La respuesta de Wilder es muy recordada: «Fuck you!». La película no gustó a los magnates de Hollywood por el retrato desolador que hizo de su mundo, pero, sin embargo, tuvo un buen recorrido en los premios: cuatro Globos de Oro y once nominaciones a los Óscar, de los cuales se llevó tres (guion original, dirección artística y banda sonora). Pese a ser una obra maestra recordada durante décadas, no ganó el Óscar a mejor película, que recayó en su lugar en Eva al desnudo, otra crítica de ese sistema que devoraba estrellas sin remilgos, pero una propuesta más amable.
En Europa vamos mucho más «con el freno de mano puesto», con miedo a cruzar ciertas líneas. El director británico Paul Greengrass lo explicó a la perfección hace años: «Una de las cosas más remarcables de Estados Unidos es su instinto para la sinceridad y el auto-examen. En contraste, a nosotros (los británicos) nos cuesta cientos de años siquiera reconocer el error más mínimo». Y a continuación pone como ejemplo los treinta años que necesitó para rodar Domingo sangriento (Bloody Sunday) sobre los sucesos acaecidos con los norirlandeses a principios de los setenta, mientras que rodó United 93 apenas cinco años después del 11-S.
Los conflictos internos de un país nunca son fáciles de tratar en el cine, como cuenta Greengrass, o como nos pasa en España con las películas sobre la guerra civil, que nunca contentan a nadie. Por sectarias, tendenciosas, por hablar solo desde un punto de vista o por quedarse cortas en su crítica. Ni siquiera el ejercicio de honestidad de Amenábar con Mientras dure la guerra se salvó de ciertos ataques. Estoy expectante ante lo que José Antonio Bayona pueda hacer en su anunciado rodaje sobre los relatos de Manuel Chaves Nogales incluidos en A sangre y fuego.
“Idiotas y asesinos se han producido y actuado con idéntica profusión e intensidad en los dos bandos que se partieran España”.
Manuel Chaves Nogales, prólogo de A sangre y fuego. Héroes, bestias y mártires de España
Echo en falta películas o series españolas sobre nuestra monarquía realizadas con la misma crudeza empleada por los británicos en The Crown. Por mucho que dijera Greengrass, puede que los británicos están varios pasos por detrás de los estadounidenses, pero es que los españoles andamos a varias décadas de madurez de los british.
Las películas favoritas de la edición de los Óscar que se celebró la semana pasada tenían su componente de crítica al tratar sobre temas históricos: Oppenheimer y Los asesinos de la luna. El padre de la bomba atómica frente a la aniquilación de la tribu osage. Dos películas sólidas, con directores contrastados como Nolan y Scorsese, historias incómodas y una extensa duración. Para mí, entraban de largo en esa categoría de «oscarizable» con la que a veces se etiqueta a las películas en sus estrenos. Y celebro cuando las principales obras del año llevan un componente de crítica, de sacudida a la conciencia del espectador. Llevábamos una racha de películas quizás menores como triunfadoras en la categoría de mejor película:
2023: Todo a la vez en todas partes.
2022: CODA. Nunca entenderé que este amable telefilme de sobremesa pase a la historia en el selecto palmarés de «mejor película».
2021: Nomadland. Aquí sí hay una buena bofetada al insolidario sistema de salud y pensiones norteamericano, ese sistema salvaje que deja a cerca de un millón de personas abandonados a su suerte.
2020: Parásitos. Aquí un fan de esta peli coreana que sorprendió con su éxito. Por cierto, en la entrega de este año se ha colado de forma incomprensible Vidas pasadas, de la surcoreana Celine Song. Está bien, sin más, pero siempre que veo que se cuelan este tipo de obras conformistas me pregunto cómo (y cuánto) ha sido la campaña de marketing para llevarla hasta allí.
Me produce una sana envidia cuando veo cómo Hollywood es capaz de destripar a sus presidentes y contarnos la miseria moral de muchos de ellos, tanto los reales (The US Presidents según Hollywood-II) como los ficticios (The US Presidents según Hollywood-I ). Seguro que el mujeriego candidato demócrata de Primary Colors, interpretado por John Travolta, guardaba notables parecidos con Bill Clinton, del mismo modo que el George W. Bush real tenía numerosos puntos en común con el alcohólico desastroso que compuso Josh Brolin en W. (Oliver Stone).
La corrupción de las campañas electorales y la compra de favores (Los idus de marzo), la ocultación de información (Los archivos del Pentágono) o la invención de guerras ficticias para tapar escándalos de índole sexual (La cortina de humo) son mostradas sin tapujos, de manera cruda y a veces incluso cómica. Hay numerosas series que te muestran cómo es ese mundillo de tiburones, lobbys e intereses alrededor de la Casa Blanca (House of cards, El ala oeste de la Casa Blanca, Sucesor designado). No hay miedo en mostrar a un tipejo que todavía vive como Dick Cheney como un tipo corrupto, amoral y sin ningún tipo de pudor a la hora de enriquecerse (Vice, Adam McKay). Para este tipo de crítica, o de autocrítica, no hay nadie mejor que los norteamericanos. El escándalo del Watergate se llevó por delante al presidente Richard Nixon en agosto de 1974 y la investigación de Bob Woodward y Carl Bernstein que concluyó con su dimisión se convirtió en película de una manera más que veloz: Todos los hombres del presidente (Alan J. Pakula) se estrenó en abril de 1976 y se llevó el Óscar a la mejor película en la siguiente edición.
Envidia, como decía, eso es lo que siento cuando veo esas películas. Lo más cercano que se ha podido rodar en España han sido películas como las muy notables B, la película (David Ilundáin), sobre la declaración de Luis Bárcenas, El reino (Rodrigo Sorogoyen), o la serie Crematorio, basada en la novela de Rafael Chirbes sobre la corrupción en la costa levantina. Las tramas que nos hemos perdido aquí con gente como Jesús Gil, Juan Guerra, Francisco Granados, ministros macarras o inútiles, las campañas electorales (con o sin atentados de ETA o el 11-M de por medio), el independentismo catalán y vasco, o personajes tan de peli zafia como Ábalos o Koldo.
Hollywood no tiene ningún miedo a la hora de afrontar asuntos peliagudos, polémicos. Tras la crisis financiera de 2008 y los años siguientes, con la caída de Lehman Brothers y el colapso del sistema financiero mundial, proliferaron películas de todo tipo acerca de la podredumbre de los “expertos” de ese mundillo: El lobo de Wall Street, La gran apuesta, Margin call, Inside Job, Capitalism: a love story, Wall Street 2, Too big to fail…
Y pese a todo el poder de la prensa, que en Estados Unidos sí funciona por lo general como un cuarto poder «casi» independiente, las películas sobre la corrupción, el bajo nivel de sus medios o los intentos de control no se quedan atrás: Los archivos del Pentágono, No mires arriba, El escándalo, Buenas noches y buena suerte,… Network (Sidney Lumet) se llevó el Óscar a mejor película en 1976 por su crítica despiadada de la televisión y la búsqueda de audiencia a cualquier precio. Es algo casi tan antiguo como los propios premios de la Academia, pues este tipo de críticas ya existían en películas como Juan Nadie, Caballero sin espada o Ciudadano Kane. Hay un momento brutal en el peliculón de Orson Welles, cuando sus medios se encuentran a la espera del resultado de las elecciones a gobernador y muestran los posibles titulares preparados por la redacción:
Victoria de los míos o fraude. Parece una escena premonitoria de lo que sería Donald Trump años después. No hay asunto, por escabroso que pueda parecer, en el que Hollywood no meta el dedo. Durante años se dijo que la representación del fracaso de la guerra de Vietnam no era apreciada por los académicos, que pasaban casi de puntillas por el conflicto, pero finalmente se premió a una obra maestra como El cazador (The deer hunter, Michael Cimino) en 1978, o a otra como Platoon (Oliver Stone) en 1986, pese a mostrar una versión muy crítica con el conflicto bélico y con el «clasismo» de los jóvenes enviados a morir en la otra parte del mundo.
Las guerras de Irak y Afganistán o el estrés postraumático de tantos soldados también nos han traído peliculones duros, sin concesiones para el espectador: El francotirador, Zero dark thirty, En tierra hostil (Mejor película en 2009 y mejor directora para Kathryn Bigelow), American soldiers, El mensajero del miedo, Tres reyes, Red de mentiras, Jarhead, En el valle de Elah… No es un cine complaciente con el espectador, no suele regalar una visión amable de sus líderes o del papel de su ejército en conflictos internacionales.
En la segunda parte hablaré de un asunto sobre el que Hollywood no ha tenido ningún miedo a hablar desde hace medio siglo o más. Creo que incluso ha aumentado el número de películas y de premios asociados a dicha temática: el racismo de su sociedad.
Desde el pasado 15 de febrero, coincidiendo con el primer aniversario del hallazgo, del escándalo de los pagos del Fútbol Club Barcelona al exvicepresidente de los árbitros, José María Enríquez Negreira, inicié una serie en La Galerna que, por el material disponible, podría acabar perfectamente en libro. Como tengo lectores que no siguen habitualmente esa web, pero sí mi blog, iré actualizando las entregas cada vez que alcance las 10.000 palabras, como ha sucedido esta semana. Se publicará por entregas, cada viernes una nueva, hasta el final del hipotético juicio, o… hasta que me llegue una querella por difamación. Difícil, porque los personajes usaron esas mismas palabras con las que defienden su participación. Se puede seguir a través de estos enlaces, o directamente, del tirón en el texto que dejo a continuación. Que ustedes lo disfruten, o que se indignen, como yo.
Anatomía de un Negreirato. El juicio que no veremos.
Prólogo
Hoy se cumple un año de la primicia en el Què t’hi jugues de LaSer de Barcelona, gracias a la cual supimos que “la Fiscalía investiga a la sociedad de un exvicepresidente de los árbitros que recibió pagos del Barça por asesoramiento mientras ejercía su cargo”. Nos hablaron entonces de José María Enríquez Negreira, de sus empresas, de una cifra de 1,4 millones de euros durante el período 2016 a 2018, de una inspección de Hacienda… y que de asesoramiento no había nada de nada. En estos doce meses transcurridos hemos sabido que el importe, las empresas, el período y las mentiras eran mucho más enormes que las que inicialmente se publicaron. Creo que pocas veces como en este año ha tenido tanto significado la expresión “preso de sus palabras”.
La justicia española no tiene nada que ver con la estadounidense. Para bien o para mal. Para bien, porque no todo se resuelve teniendo poderío económico. Para mal por los plazos, por la exasperante lentitud. Por desgracia, los tribunales españoles resuelven con tanta demora que, cuando llegan las sentencias, ya ni es justicia, ni hay resarcimiento a las víctimas, ni tampoco condena suficiente para los delincuentes. Todavía no se ha iniciado el juicio por el caso Soule, el cual llevó dos semanas a prisión preventiva al anterior presidente de la Federación Española de Fútbol, Ángel María Villar. Conviene recordar que cuando aquello ocurrió en verano de 2017, ¡verano de 2017!, el Real Madrid tenía solo 12 Champions y el Barça aún pagaba las facturas de Dasnil, Nisdal, o “nisdalomismo”.
En lo que sí que no cabe ninguna duda es en el hecho ciertamente incontrovertible de que la justicia norteamericana, especialmente la que conocemos gracias a Hollywood, es infinitamente más cinematográfica que la española. Abre muchas posibilidades escénicas, se juega con el enérgico “¡protesto!”, con las reprimendas del juez en directo o con las miradas a un jurado de ciudadanos que se ven inmersos en un espectáculo para el que seguramente no estén preparados.
Todavía no ha arrancado el juicio por el Villarato, y no sabemos cuándo se producirá el del Negreirato, si es que algún día llega, así que, mientras eso ocurre, y a modo de ficción “totalmente inventada” (sí, claro…) en la que “cualquier parecido con la realidad será pura coincidencia” (por supuesto que sí…), vamos a traeros a La Galerna el especial Anatomía de un Negreirato, de varios capítulos de duración. La gravedad del caso lo merece. Llevará el subtítulo El juicio que no veremos, no solo porque versará sobre un hipotético juicio que he situado en septiembre de 2025, como podría decir en marzo de 2031 o… nunca. Porque parece que hay más interés en darle carpetazo que en sentenciar acerca de este escándalo sin precedentes. El Moggigate es un bebé en pañales al lado de este anciano culé.
El serial combinará dos mundos tan diferentes como el sarcasmo galernauta y la parafernalia judicial hollywoodiense, entre cuyos mejores ejemplos se encuentra la obra maestra de Otto Preminger Anatomía de un asesinato, estrenada en 1959. Con James Stewart y George C. Scott en los papeles de defensor y fiscal del estado, respectivamente. Como tenemos el privilegio de elegir, intercambiaremos ambos papeles y el fiscal que llevará la acusación de este juicio al Negreirato se llamará Jaime Estuardo, mientras que el defensor de los acusados responderá al improbable nombre de Jorge Carlos Scotto. El Real Madrid se personará en la causa por medio de la figura de la prestigiosa abogada Luisa Ramírez, iniciales de la espléndida Lee Remick, por seguir con la obra de Preminger.
¿Por qué el humor para contar algo tan dramático como la constatación de que todos los campeonatos españoles de fútbol de las últimas décadas han estado adulterados y contaminados por un club? Quizás porque no se nos ocurra otra. O quizás como mecanismo de autodefensa. Siendo vomitivo lo ocurrido, resultan peores las reacciones posteriores al conocimiento del hecho. Las autoridades del deporte y las de la política, los organismos federativos, la mayoría de los clubes, el CTA, el Consejo Superior de Deportes… y la prensa. Una prensa cómplice con la defensa de lo sucedido o con el silencio. Las respuestas de unos y los argumentos de otros darán mucho juego cómico en este serial, porque, aun habiendo recibido asesoramiento profesional, son de auténtica coña marinera. “Si no se pitaron penaltis en 78 jornadas, será porque no se los hicieron” es mi favorita.
Somos conscientes de que cometeremos muchos errores “procesales”, pero si aquí todo bicho viviente ha tragado con esta aberración deportiva/económica/ética, no habrá problema alguno para aceptar nuestras meteduras de pata jurídicas, por ignorancia o conscientes, todo sea por el interés del relato. Optamos por la vía del humor porque quizás la parodia haya retratado la corrupción y la podredumbre moral de los personajes mejor que otras alternativas. O porque preferimos el humor al cóctel molotov para reventar de una vez todo lo reventable en las estructuras futbolísticas de este país.
CAPÍTULO 1 – Los alegatos previos
Septiembre de 2025. El ruido era impropio de la sala de un juzgado, pero entre el número de medios acreditados, los afectados en la causa, familiares, curiosos y la mala educación de la mayoría de ellos, aquello parecía un mercadillo. El alguacil, un tipo imponente de más de dos metros con la cara de Bull Shannon, se hizo escuchar con un vozarrón acongojante:
– ¡Silencio! ¡Silencio en la sala! -y tras unos segundos-. ¡En pie! Preside el honorable juez Aguilar.
No faltaba casi nadie. Familiares de los encausados, directivos de clubes afectados, dirigentes federativos, algún político con atribuciones en el ámbito del deporte, una amplia caterva de periodistas… todos callaron mientras observaban el paseo del veterano juez hasta el sillón principal tras la mesa que presidía el juzgado número 1 de Barcelona. Los abogados de ambas partes, Jorge Carlos Scotto por la defensa y Jaime Estuardo por la acusación, en pie junto a Luisa Ramírez, la abogada del club personado en la causa como perjudicado, el Real Madrid, mantuvieron un respetuoso silencio, solo interrumpido por el continuo carraspeo de Joan Laporta.
El experimentado juez Julián Aguilar estaba visiblemente incómodo. Nunca había estado en el centro de los focos por la sencilla razón de que lo que más odiaba en su carrera era figurar, estar ahí “en boca de todo el mundo”. La suya había sido una carrera modélica en un segundo plano, atendiendo los casos que le caían y dictando sentencias con su mejor criterio sin plegarse a las presiones o al poder establecido, para lo cual, como reconocía en privado ante sus más cercanos, “es necesario que no te toque un caso de gran repercusión mediática”.
Sin embargo, a última hora del día anterior, le había tocado juzgar “esa cosa del fútbol y los árbitros”, como confesó a su mujer, debido a la renuncia a última hora de la jueza que estaba prevista para la causa. Al parecer, la jueza había decidido apartarse tras sufrir un robo en su casa y la sustracción de varios documentos de poco valor.
– Parece que quieran amedrentarla, señora -le dijo el agente de policía-. No es normal que no se llevaran las joyas. Sospechamos que se trata de la misma banda que andamos persiguiendo desde hace meses, unos tipos venidos de países del Este que han entrado de manera violenta en las casas de varios futbolistas.
El juez Aguilar nunca había sentido el más mínimo interés por el fútbol y detestaba verse ahí, fotografiado por las decenas de medios acreditados. Jamás había entendido el aliciente que tenía este deporte capaz de levantar pasiones entre gentes de todas las edades, incluso entre los de su generación, tipos brillantes, compañeros de carrera con los que había visto algún partido y que parecían al borde del infarto cuando el balón se acercaba a las inmediaciones del área de los suyos. Por lo que había leído en prensa en los últimos treinta meses, el caso que le tocaba juzgar iba a estar en los medios durante mucho tiempo, lo cual le provocaba una pereza infinita. La oficial del juzgado le pasó una nota con el expediente. El señor Aguirre se acercó al micrófono y pronunció sus primeras palabras.
– Se abre la sesión. Expediente 27531/2025, nos ocupa el caso por el que se juzga a la entidad Fútbol Club Barcelona y a los señores Enríquez Negreira, Enríquez Romero, Joan Laporta, Josep María Bartomeu, Albert Soler, Óscar Grau y Sandro Rosell por los delitos de corrupción deportiva continuada, fraude, administración desleal y falsedad en documento mercantil.
Sabía que su siguiente frase no tenía ningún recorrido, pero el cuerpo (y una cabeza que pedía ya la jubilación) le animó a intentarlo:
– ¿La Fiscalía y los acusados han llegado a algún tipo de acuerdo que nos evite pasar por este engorroso trámite?
Se oyó un murmullo en la sala. Al principio apagado, progresivamente creciente. Miradas perplejas entre los asistentes. Desde la mesa de la defensa del Barça salió una mirada suplicante hacia la acusación, cuyos miembros se miraban entre ellos atónitos, tras lo cual denegaron con la cabeza cualquier atisbo de acuerdo. El runrún quedó interrumpido cuando Joan Laporta, sentado a la izquierda de Jorge Carlos Scotto, abogado de la defensa, apartó la silla de la mesa para poder levantarse (unos dos metros), alzó el índice de la mano derecha y exclamó:
– Señoría, es imposible que haya un acuerdo, nosotros, que somos mès que un club, nos sentimos ultrajados, ofendidos, se nos ha cuestionado públicamente y me gustaría lanzar una proclama antes de que iniciemos este juicio, tras el cual, no cabe ninguna duda de que saldremos por la puerta grande y restituidos en nuestro honor.
El juez Aguilar alzó la vista sobre las gafas, que le caían de manera físicamente improbable sobre la punta de la nariz, y dirigiéndose a Laporta, le respondió:
– Señor Laporta, no le corresponde a usted emitir ningún discurso, y, además, le recuerdo que usted es uno de los acusados y tiene su propio abogado defensor, así que, salvo que la acusación no ponga impedim…
– Señoría -le interrumpió Jan, lanzado-, me acojo a mi condición de abogado con una larga carrera de éxito, así como a la cesión del uso de la palabra que he acordado con mi abogado (lo miró, mientras este enarcaba las cejas como diciendo “qué cojones voy a hacer si me pagas tú”), y lo hago además con el convencimiento de que la verdad no hace ningún mal a nadie.
El fiscal, Jaime Estuardo, se acercó al micrófono y pronunció con voz clara:
– Ningún problema por nuestra parte, señoría. Cada vez que el señor Laporta ha hablado, ha añadido un eslabón más a su cadena de mentiras. Puede proceder si quiere.
El juez Aguilar suavizó su gesto de cabreo con Laporta tras la interrupción y con un leve movimiento de la mano le animó a que procediera.
Joan Laporta: Gracias, señoría. Con la venia, quería dirigirme a todos los presentes para dejar claro que este caso solo tiene un culpable y no es el Fútbol Club Barcelona. Durante el período en el que se van a juzgar las actividades del señor Negreira, el Barça tuvo el mejor equipo de la historia del fútbol, con el mejor jugador de siempre, Leo Messi, y el mejor entrenador que haya habido jamás en cualquier estadio de cualquier deporte, Pep Guardiola. El Barça ganó, ganamos, porque éramos los mejores y esto no admite discusión alguna. El único culpable de que esta relación, digamos comercial, entre el señor Negreira y el Fútbol Club Barcelona esté bajo sospecha es del madridismo sociológico.
Entre el público congregado se escuchó un murmullo de sorpresa, mezclado con cierta desaprobación y risas.
J.L. Desde “Madrit” no se digiere bien que durante varias décadas el Barça los superó en títulos, en juego y en el aprecio popular de todo el mundo del fútbol, de todo el que verdaderamente ama este deporte. El madridismo sociológico es algo histórico, viene de la época de Franco e incluso de antes. El Real Madrid ha estado siempre pegado al poder y ha controlado el estamento arbitral desde hace décadas, ¡incluso tuvo a exfutbolistas como presidentes del Comité de Árbitros! Todo ello se tradujo en numerosos títulos obtenidos de forma injusta en torneos adulterados, y ahora quieren poner en cuestión la posición de predominio que el Fútbol Club Barcelona adquirió de manera totalmente lícita.
Para todo ello cuenta con la ayuda de una prensa acrítica que escribe al dictado de su presidente. Es así, siempre lo ha sido, no pasa nada, asumimos que partimos desde una posición de desventaja frente a un Madrid que representa el centralismo y el Estado totalitario. Por ese motivo, en su día se tomó la decisión desde nuestro club, ya desde la época de Núñez en los noventa, de acceder a un asesoramiento en materia arbitral, con el único objetivo de competir en igualdad de condiciones con el rival. ¡Nada más, señoras y señores del jurado!
Laporta se estaba viniendo arriba con su discurso populista y se paseó frente a los miembros del jurado moviendo su corpachón sin decoro alguno.
J.L. Señor juez, no queremos hacer perder el tiempo a nadie y este caso debería cerrarse en breve, solo quería añadir que no vi a Negreira apartar defensas mientras Leo Messi se colaba en las defensas rivales, como tampoco lo vi disparar las faltas al borde del área con las que Leo nos obsequiaba cada semana al transformarlas en goles antológicos. ¿Qué se nos puede reprochar, que pudo haber movimientos de fondos que se expliquen mal en todo este caso? Sin duda. Aquellos pagos fueron a cambio de informes, como acreditaremos de manera conveniente en esta causa. Pero si hubo algún directivo que pudo lucrarse con el desvío de fondos, a él y no al “clup” le corresponderá responder ante la justicia, si es que tal cosa es viable. No cuestionen nunca jamás al mejor club de la historia. Muchas gracias y ¡Visca el Barça!
Se oyeron algunos aplausos en la sala por parte del público, pero sorprendió más que varios de ellos venían de periodistas, muchos de los cuales eran de Madrid. El juez Aguilar se dirigió a la bancada de su izquierda y les inquirió:
– Una vez escuchado este disc… me atrevería a catalogarlo de proclama futbolística de carácter no jurídico por parte de la defensa, me veo en la obligación de ceder el uso de la palabra a la acusación, por si quisieran decir algo antes de comenzar.
Jaime Estuardo había sido designado por la Fiscalía para llevar el caso estrella del año. Estuardo era un abogado brillante de larga trayectoria, si bien estaba más especializado en delitos fiscales y económicos que penales. Veía este caso como una oportunidad para alcanzar notoriedad en los medios, lo cual podía venirle muy bien para el gran proyecto vital que siempre había tenido entre manos: acabar de tertuliano en alguna gran cadena, escribir una columna semanal en algún medio de tirada nacional y cobrar por actividades en las que pudiera lucirse sin necesidad de meterse en farragosos expedientes judiciales de miles de folios.
Jaime Estuardo: Gracias, señor juez. No tenía nada previsto, pero ya que se nos brinda esta oportunidad, mal haría en desaprovecharla. Sí, el Barça era un gran equipo, eso no se va a juzgar aquí en las próximas semanas. Era tan buen equipo que nadie entiende que pagaran más de 7,6 millones de euros al vicepresidente de los árbitros para influir en la competición, como indica claramente el juez instructor del caso. Y sí, claro que Messi era un jugador enorme, creo que en ningún folio de los numerosos legajos que componen este caso se pone en cuestión tal hecho. Porque no es eso lo que a ustedes (dijo dirigiéndose al jurado) les corresponde juzgar. Messi era buenísimo, pero si cada vez que era derribado por un defensa este recibía tarjeta amarilla en un porcentaje cinco veces superior al de otros de sus mismas condiciones, a lo mejor es porque los árbitros estaban condicionados por una orden superior. Y claro que metía unos goles de falta que eran una delicia para el espectador, pero si tiró ocho veces más faltas que cualquier otro jugador de las grandes ligas europeas, a lo mejor corresponde dilucidar si los árbitros tenían instrucciones para señalarlas con esa frecuencia.
– ¡Protesto! -exclamó Laporta a voz en grito, zafándose del brazo de su abogado, que lo retenía-. Está poniendo en duda…
– Siéntese, señor Laporta -le conminó el juez-, a usted no le corresponde opinar, ni protestar, ni decir nada (el abogado de la defensa tenía serios problemas para controlar a Laporta), y le llamo al orden para que en adelante este juicio no se convierta en un show. Esas cosas gustarán a la prensa, a todos estos señores que hoy han acudido aquí ávidos de espectáculo, pero yo las detesto y no pienso permitirlas. (Se giró hacia el señor Estuardo). Prosiga, por favor.
J.E.: Gracias. Aquí hemos venido a dirimir sobre un posible delito de corrupción continuada en el ámbito deportivo, pretendemos acreditar que el pago de cantidades ingentes de dinero al vicepresidente de los árbitros, al hombre que decidía con sus informes si un árbitro era promocionado a internacional o descendía a Segunda, pudo tener una influencia sobre lo acontecido en el terreno de juego. Si esos pagos al señor Negreira o si la valoración de los arbitrajes que realizaba el señor Negreira pudieron influir en el hecho de que el Barça estuviera dos años sin un solo penalti en contra pese a contar en su plantilla con jugadores como Mascherano o Piqué, o si esos pagos pesaron a la hora de señalar 19 penaltis a su favor en una sola temporada, o si fueron fundamentales para permitir que un jugador como Luis Suárez estuviera ocho años seguidos sin ver una tarjeta roja pese a las numerosas ocasiones en que lo mereció.
Respecto a la sospecha que el señor Laporta ha sembrado acerca de la posibilidad de que se trate de un delito de blanqueo de capitales por parte de directivos del club también podremos hablar. Veremos si es normal que usted, señor Laporta, cuadruplicara esos pagos al señor Negreira por unos informes que el propio acusado afirmó en sede judicial que no existían. O podremos tratar sobre el hecho de que los pagos cesaran en el mismo momento en que el señor Negreira dejara su puesto en el Comité Técnico de Árbitros. Usted, señor Laporta (le dirigió una mirada fulminante), usted no puede hablar de competición adulterada, ¡usted es Maradona y Julio Alberto en el partido contra la droga! Por favor, guarde un poco de decencia en público, que nos ve mucha gente. Miembros del jurado, a todos nos gusta en mayor o menor medida el fútbol, pero aquí hemos venido a hablar de corrupción.
Joan Laporta quiso disimular su incomodidad bajando la vista, como si se quitara la pelusilla del ombligo que dejaba asomar entre el quinto y sexto botón de su camisa. Una imagen bastante desagradable, por cierto. El juez Aguilar acercó el micrófono a la boca y, tras un prolongado bostezo, musitó:
– Bien, veo que no hay posibilidad de acuerdo, luego proseguiremos con el juicio. ¿Cómo se declaran los acusados?
Laporta volvió a ponerse en pie y exclamó:
– ¡Víctimas!, somos víctimas de una conspiración del madridismo sociológico y solicitamos una indemnización por atentar contra nuestro honor.
El juez volvió a llamarlo al orden y respondió:
– Le recuerdo que ustedes son la parte acusada, siéntese, por favor.
El abogado defensor fue en esta ocasión más rápido e intervino:
– Inocentes, señoría. Pedimos la absolución de todos los cargos. Con resarcimiento de todos los daños morales en las portadas de todos los periódicos y medios de tirada nacional, en especial, en La Galerna.
El juez dirigió la vista a la acusación. Jaime Estuardo se puso en pie y con voz firme pidió:
– Solicitamos la pérdida de dos categorías para el club, así como la retirada de todos los títulos ganados por el Fútbol Club Barcelona durante los años en que se produjeron los pagos acreditados, que queden desiertos todos esos campeonatos, sin ganador, como huella inmoral para la posteridad. Pero como sabemos que eso es imposible, solicitamos la condena de todos los acusados y una indemnización de 200 millones de euros para la creación de un fondo que abogue por la limpieza del fútbol español, incluyendo la eliminación del Comité Técnico de Árbitros y del sistema actual de VAR, y la contratación de nuevos colegiados y representantes de ambos organismos.
Laporta, cuyo tono gutural era escuchado por buena parte de la audiencia pese a hablar en voz baja, se dirigió a su abogado:
– La multa económica no me preocupa, siempre podremos ofrecer el 49 por ciento de Barça Studios, que tiene esa valoración.
Para sorpresa de los asistentes, Luisa Ramírez, la abogada del Real Madrid, que hasta entonces había estado callada, pidió la palabra:
– Señor juez, con el debido respeto que nos da ser la principal parte perjudicada en este caso, solicitamos la pena capital.
“¿Cómo?”, “¿qué dice?”, “¡se han vuelto locos!”, se escuchó entre el público, “¡qué vergüenza, Florentino”, se escuchó en la bancada de los periodistas. Alguno comenzó a golpear el suelo causando gran estruendo. El juez llamó al orden y la abogada pudo terminar su alegato:
– Este juicio servirá para proclamar la muerte del Relato. Es básicamente lo que pedimos como parte interesada.
El juez tuvo que golpear varias veces con el mazo y llamar al silencio a los asistentes.
– ¡Orden, orden en la sala! No me hagan tener que solicitar que estas vistas se celebren a puerta cerrada. A partir de mañana comenzaremos con el juicio una vez examinada la documentación aportada en el día de hoy por ambas partes. Se cierra la sesión.
CAPÍTULO 2 – Medina Cantalejo
– ¡En pie! – el alguacil calló a los asistentes con su ya conocido torrente de voz-. Preside la sesión el honorable juez Aguilar.
El juez miró al frente. “Dios Santo, otra vez lleno completo, lo que no he tenido en mi vida, parezco una de esas niñatas de Operación Triunfo”. Frente al juez, a su derecha, se sentaban los nueve miembros del jurado popular. Enfrente tenía el pasillo que separaba las filas del público asistente, a la derecha del cual estaban los abogados de la defensa, representados por Jorge Carlos Scotto, y a la izquierda según miraba, el fiscal general, Jaime Estuardo, y Luisa Ramírez, la abogada del Real Madrid. Detrás de los equipos de abogados, unas quince filas repletas de periodistas, curiosos y familiares de los acusados. Incluso había gente de pie, porque no había espacio suficiente en el amplio salón de juicios. A la izquierda de la mesa del juez y los oficiales asistentes, junto a un ventanal por el que entraba un sol radiante, se situaba el banquillo de los acusados. Había dos sillas vacías: la de Joan Laporta, quien, como en la primera sesión, había decidido sentarse junto al abogado principal de la defensa, y la de Enríquez Negreira, del que nada se sabía. Varios periodistas coincidían en que lo habían visto llegar al juzgado, pero nadie sabía dónde se había metido tras pasar el umbral de entrada, lo que provocó un cierto murmullo entre ellos.
– Con la venia, señoría -pronunció Scotto-, la defensa llama a declarar a Don Luis Medina Cantalejo.
Se abrieron las puertas y apareció el presidente del Comité Técnico de Árbitros. Lucía una media melena plateada bien arreglada, como recién salida de la peluquería sin el “como”, y vestía un pantalón claro, americana gris de cuadros y un grueso jersey granate de cuello vuelto que le ocultaba la papada. Antes de sentarse, el oficial del juzgado le tomó juramento:
– ¿Jura decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad?
– Por favor, qué pregunta. Soy hijo, nieto y padre de árbitros, es una vergüenza que lo dude, pues la verdad está en mí desde que nací -respondió antes de sentarse.
El oficial retiró la Biblia y se sentó cerca del juez, tras la mesa. El juez apenas levantaba la vista de los papeles, pero con un leve ademán de la mano, indicó al abogado defensor que podía proceder.
– No ha jurado -dijo Luisa Ramírez al fiscal por lo bajinis.
– ¿Cómo? -respondió Estuardo.
– Que no ha jurado decir la verdad, que este viene dispuesto a mentir como un bellaco.
Jaime Estuardo estaba repasando sus preguntas, por lo que no se había percatado de tal detalle, pero las palabras de su compañera de mesa le sirvieron para aguzar los sentidos, para permanecer atento a las respuestas del testigo de la defensa.
Jorge Carlos Scotto se acercó al testigo y comenzó su interrogatorio:
– Don Luis Medina Cantalejo, ¿podría explicarnos brevemente su carrera profesional en el mundo del arbitraje?
– Por supuesto, señor. Llevo cuatro décadas dedicado al arbitraje, que lo mamé desde chiquitito en casa. He sido árbitro profesional de Primera División desde 1998 hasta 2009, once temporadas en total, con 155 partidos oficiales pitados, y alcancé la internacionalidad en 2002, con solo 37 años. Llegué a pitar una veintena de partidos internacionales, e incluso fui cuarto árbitro en la final de un Mundial, en Alemania 2006.
– Un currículum admirable, sin duda, y dígame, ¿cuál es su actual cargo?
– Desde el año 2021 soy el presidente del Comité Técnico de Árbitros, es decir, la máxima autoridad del mejor equipo de árbitros del mundo.
En ese momento, el juez Aguilar interrumpió el interrogatorio:
– Discúlpeme, estamos juzgando hechos acaecidos entre 2003 y 2018, ¿no sería conveniente traer al presidente del Comité durante los años de los pagos a las empresas de su vicepresidente, el señor Negreira?
– Me temo que tal cosa no es posible, señoría, el presidente de los árbitros durante esos años, el ilustre Victoriano Sánchez Arminio, falleció en diciembre de 2023, Dios lo acoja en su seno -pronunció con solemnidad y mirando hacia lo que él quiso representar como el cielo, mas sobre su cabeza solo había un lamparón enorme de color marrón amarillento, producto de unas goteras y de la acumulación de óxido y cagadas de paloma sobre el techo del juzgado.
– Vaya, qué lástima -se lamentó Aguilar-, y qué poco conveniente para entender lo sucedido.
– Así es -respondió Scotto-, una verdadera lástima. Pero si me permite… con la presencia del testigo pretendemos explicar el funcionamiento del Comité de Árbitros, su enorme profesionalidad, así como poner de manifiesto las funciones casi nulas del señor Negreira en el mismo durante el período investigado. Don Luis -continuó, dirigiéndose a Medina Cantalejo-, ¿podría indicarnos cuáles eran las responsabilidades de José María Enríquez Negreira en el CTA?
– Por supuesto, señor. Eran prácticamente inexistentes. Enríquez Negreira estaba prácticamente en la sombra y no sabemos qué competencias tenía. Pese a que el señor Negreira perteneció a la dirección ejecutiva del comité durante más de veinte años, lo suyo era poco más que un cargo representativo. No intervenía en las decisiones relevantes, no designaba colegiados para los partidos, ni actuaba sobre los ascensos y descensos, no tenía poder ejecutivo alguno. De hecho, durante mis veinte años en el mundo del arbitraje, apenas lo vi un par de veces, cuando nos reuníamos en Santander para hablar de los cambios en el Reglamento y poco más. Era un absoluto desconocido para todos nosotros.
En ese momento se abrió una puerta a la derecha del banco donde testificaba Medina Cantalejo y muy cerca del banquillo de los acusados, por donde apareció José María Enríquez Negreira con un paso lento y despistado. Carraspeó un par de veces, como quien intenta expulsar un gargajo. Debía venir del baño porque llevaba la bragueta bajada, por donde le asomaba el faldón de la camisa. Negreira se sorprendió al toparse de frente con todas esas miradas sobre él. Se dirigía hacia su asiento en el banquillo de los acusados cuando vio a Medina Cantalejo sentado frente al micrófono.
– ¡Hombre, Luisito, ¿tú por aquí?! ¡Cuánto tiempo sin verte! Anda, ven, dame un abrazo, hombre, ¿cómo está tu hija, cómo está María?
Medina Cantalejo trató de zafarse del abrazo de Negreira con evidentes signos de incomodidad.
– Quite, señor, yo no le conozco de nada.
Se provocó un cierto revuelo en la sala, con risas y exclamaciones de sorpresa entre los asistentes que el juez trató de acallar con el mazo. Javier Enríquez Romero se acercó a su padre, le tomó por el hombro y se lo llevó a su sitio, junto a él, “ven, Papá, es por aquí”.
– Pero si no me ha querido ni saludar -se le oyó decir al anciano.
Medina Cantalejo recompuso su jersey con ademanes algo amanerados y al mesarse el cabello mostró un Rolex enorme con esfera verde.
– Prosigo -continuó Scotto una vez que los Enríquez se sentaron-. Entonces, ¿por qué cree usted que el Fútbol Club Barcelona pudo pagar aquellas facturas a las empresas del señor Negreira?
– Supongo que serían por asesoramiento en materia arbitral, una tarea que todos los clubes tienen encomendadas, algunos a empresas externas, y otras, a excolegiados. Cómo interpretar las circulares, los cambios en el Reglamento, pequeñas modificaciones que la IFAB incorpora cada año. Supongo que serían los honorarios por esa tarea, pero eso se podrá ver en los contratos o tendrá que preguntárselo a esos señores de ahí (dijo mientras señalaba con cierto desdén al banquillo con los presidentes del Barça).
– La Fiscalía afirma que no puede ser por ese tipo de asesoramiento porque los honorarios habituales por esa función son sensiblemente inferiores, ¿qué tiene que decir a eso?
– Pues lo mismo que antes. Serían pagos por asesoramiento, quizás alguien en el Barça pensó que esos pagos podían ayudarles a mejorar, o quizás… (balbuceó)… el señor Negreira quiso convencer al Barça de que podían obtener algo más con sus servicios, lo cual es absurdo porque, como he dicho y repetido varias veces, el señor Negreira no pintaba nada en el estamento arbitral. (Se le empezaba a hinchar una vena en la frente) De hecho, si estoy aquí es para salvar el buen nombre de los árbitros españoles y estoy bastante indignado con todo lo que se ha dicho de nosotros, porque… después de todo, ¿qué pinta el CTA en toda esta trama?
– Eso mismo piensa la defensa. Muchas gracias. Señoría, no haré más preguntas.
Medina Cantalejo se levantó para salir escopetado, pero, en ese preciso instante, Jaime Estuardo se levantó y soltó un sonoro:
– ¡Disculpe, no corra tanto, señor Medina! Es el turno de la acusación.
Medina Cantalejo miró suplicante al juez, el cual le conminó a que se sentara de nuevo con un gesto.
– Me resulta curioso verle escapar de ese modo, señor Medina Cantalejo -arrancó el fiscal en su interrogatorio.
– ¿Escapar? En absoluto, creí que habíamos terminado -respondió indignado-. Tengo el máximo interés en esclarecer todo lo sucedido, porque es una infamia todo lo que se ha dicho de nosotros.
– Tranquilícese, señor Cantalejo, no tengo ninguna duda de que es así. Ya vimos su enorme ayuda cuando la Guardia Civil procedió con el registro de la sede del Comité Técnico de Árbitros en la Federación, ¿podría indicarnos dónde estaba usted aquel 28 de septiembre de 2023?
– Entienda usted que no lo recuerde ahora mismo -Medina Cantalejo se llevó la mano al cuello del jersey y lo estiró ligeramente hacia su pecho-.
– Ah, creo recordar. Sí, estaba en un hotel de Madrid porque teníamos unas jornadas en la Federación.
– ¿Y no consideró conveniente acudir a la sede del Comité para colaborar con la investigación? ¿Qué podía haber más importante para su trabajo en ese momento? -le inquirió el fiscal.
– Tenía que revisar… eeeeh, unos informes con uno de mis colaboradores y… eeeh, creímos conveniente verlos en el propio hotel, porque de ese modo evitábamos el follón que había en la sede de la Federación.
– Ya. Claro, claro. ¿De verdad que esos supuestos informes, ese día concreto, eran más importantes para usted que colaborar con la justicia en las investigaciones?
– ¡Protesto, señoría! -se escuchó por parte del abogado de la defensa-. Está tratando de desacreditar al testigo con juicios de valor.
– Se admite -asintió el juez.
– Lo entiendo, la retiro -aceptó Estuardo-. Hablemos pues del arbitraje y de su colectivo tan brillante, tan honesto, como usted mismo los ha definido. Señor Cantalejo, ¿podría decirnos cuánto cobra un árbitro de Primera División?
– A veces pienso que poco para lo que tienen que aguantar. Un colegiado de Primera División viene a cobrar unos 12.500 euros mensuales, más un fijo por partido en función de si pita en el campo, unos 4.000 euros, o en la sala VOR, en cuyo caso se le paga la mitad. Es un salario que puede parecer elevado, pero que a nosotros nos parece justo y equilibrado, dada la importancia de su trabajo.
– Bien, eso significa -Estuardo tecleó en la pantalla de su móvil, como si efectuara un cálculo-… que si un árbitro pita unos veinte partidos al año, quizás alguno más, se puede levantar entre 210.000-250.000 euros. ¿Y si asciende a internacional?
– Dependerá del número de partidos que pite y de la importancia de estos, pero un partido de Champions se puede ir a unos 7.000 euros, y uno de selecciones, entre 5.000 y 10.000 por partido, dependiendo del torneo.
– Entre unas cosas y otras, pueden llegar a los 300.000 euros anuales -concluyó-. ¿Y un árbitro de Segunda División?
– Pues las cifras, obviamente, son más bajas, como también lo son los presupuestos de los equipos y los salarios de sus jug…
– ¿Pero, cuánto? -le apremió Estuardo.
– Entre salario y sueldos por partido, unos 100.000 euros anuales.
– Luego es un punto clave para la salud, digamos, económica, de los árbitros, permanecer en Primera, promocionar a internacional, o descender a Segunda. ¿Recuerda usted en esas reuniones de Santander que su predecesor en el cargo, Victoriano Sánchez Arminio, dijera que el Real Madrid no caía bien en el estamento, que instara a perjudicarlo deportivamente?
– Mmmmhhh… no recuerdo, no me consta. Pero le corrijo, él no era mi predecesor, era Velasco Carballo.
– Es cierto, lo contrastaremos también. Entonces tampoco recordará que en esas jornadas con todo el colectivo, el señor Negreira siempre permanecía junto a Sánchez Arminio, era su brazo derecho.
– Pues… no lo recuerdo. Solo lo recuerdo cuando parábamos para comer, que le encantaban las sardinas.
– En fin, una pena esas lagunas en su memoria. Por lo menos, podría indicarnos, si lo recuerda, de qué manera se decide quiénes ascienden en el arbitraje, cuáles bajan cada año, o cómo se accede a la categoría de internacional.
– Cómo no. Los árbitros son evaluados en cada partido por unos observadores y en función de las puntuaciones que reciben, se los promociona o desciende. Todo muy transparente.
– ¿Y podría suceder que el señor Negreira influyese en esos informes arbitrales o en esas puntuaciones? Por aquello de que unos caían “mal” y otros que lo retribuían todos los meses y eran mejor tratados.
Medina Cantalejo estaba visiblemente molesto con el tono del interrogatorio, pero trató de recuperar la compostura:
– Yo no lo vi nunca, me cuesta creer…
– Pero han aparecido documentos con puntuaciones -interrumpió de nuevo Estuardo, mostrando un documento al público de forma bastante teatral-, con la firma del señor Negreira.
– ¡Protesto! -intervino Scotto, que vio que Medina Cantalejo empezaba a ponerse nervioso-. El fiscal está intentando acusar a mi testigo de unos hechos en los que no intervino y que desconoce.
– Se admite -contestó el juez.
– Tienen razón -respondió Estuardo-, ya ha quedado claro que el señor Medina estuvo escondido, perdón, reunido en un hotel cuando aparecieron esos documentos. Reformularé la pregunta: ¿usted ha oído hablar alguna vez del “índice corrector”? ¿Concretamente del “dedo índice corrector” o del “índice corruptor”?
– Eso son insidias, una patraña inventada por los medios sensacionalistas que quieren cuestionar la honestidad del arbitraje de este país y no lo voy a consentir.
El exárbitro estaba visiblemente incómodo. Se le veía sofocado. Sacó un pañuelo del bolsillo de su americana, con el escudo del Sevilla, y se enjugó el sudor de la frente.
– ¿Cómo explica que el Barcelona estuviera 78 jornadas seguidas sin que se pitara un penalti en su contra?
Se oyeron varias carcajadas en la sala, sobre todo de un flanco en el que varias personas compartían imágenes en sus móviles.
– Señores del jurado, incorporamos como prueba número 123/02 este vídeo con imágenes irrefutables de los penaltis cometidos durante ese período, fundamentalmente por los señores Javier Mascherano y Gerar Piqué Bernabéu, con artículos en los medios sobre los, llamémoslos, errores de los colegiados al no señalarlos.
– ¡Protesto! -gritó Laporta visiblemente acalorado-, ¡son medios controlados por el madridismo sociológico!
– Señoría, trato de demostrar que los errores a favor del Fútbol Club Barcelona tuvieron influencia en las puntuaciones que recibían los árbitros evaluados por Negreira, y estas, en sus ascensos y promociones -contestó Estuardo.
– No se admite la protesta, continúe.
– Gracias, señoría. Miembros del jurado -dio la espalda intencionadamente a Medina y se dirigió a la parte contraria de la sala-, en este documento pueden encontrar las declaraciones de los árbitros sobre el dedo índice corrector, que todos señalan que era el de… -y se giró hacia el banquillo de los acusados-… José María Enríquez Negreira.
– ¡Protesto! -gritaron al unísono Scotto y Laporta.
– Señor juez, trato de demostrar que el testigo ha cometido perjurio en su declaración, que ha faltado a la verdad en varias de sus manifestaciones, y que los informes del señor Negreira, que no eran precisamente de asesoramiento, pudieron tener influencia en los arbitrajes.
El juez Aguilar se había quitado las gafas y, tras dejar de chupar el extremo de una de las patillas, anunció:
– No se admite. Puede continuar.
Se escuchó un “intolerapla” en la mesa de Laporta. Estuardo se acercó al testigo, redujo el espacio físico con Medina Cantalejo todo lo que la barrera le permitía y prosiguió:
– ¡No se lo consiento! -Medina Cantalejo trató de interrumpir al fiscal-. Todo eso son mentiras de árbitros que…
– No me interrumpa, por favor -le recriminó Estuardo de manera rotunda-, González González afirmó que los pagos eran para obtener beneficio deportivo, Sergi Albert explicó a la Guardia Civil que Negreira y Sánchez Arminio decidían sobre los ascensos y descensos de los colegiados, o sobre las promociones a internacional. (Mientras pronunciaba el alegato, Medina Cantalejo juntó sus manos y miró al techo como si orara en misa de doce) Podría seguir un largo rato, pero en el sumario tienen las declaraciones de veintiuno de ellos. Allí podrán consultarlas y constatar que lo que ha dicho el testigo ¡es falso!
Hubo un murmullo en la sala, al principio leve, luego más sonoro, y el juez tuvo que golpear nuevamente el mazo.
– Pero no quiero insistir con este tema, porque las pruebas están ahí, fácilmente accesibles. Preferiría volver a otro aspecto de su carrera. Usted pitó dos veces en el Camp Nou el partido estrella de la temporada, el Barcelona-Real Madrid.
– Sí, así es -respondió Medina tras beber el vaso de agua que un ordenanza le había acercado-. El primero fue en el año 2000.
– Lo recordamos perfectamente. El del cochinillo, cuando no tuvo el coraje de suspender el partido pese al lanzamiento de objetos.
– ¡Fue una situación que se desbordó!, tuve que parar el juego en varias ocasiones y creo que habría sido peor suspenderlo.
– Ya, pero no tuvo el valor de suspenderlo ni después del lanzamiento del cochinillo o de la botella de JB. Pero yo quería preguntarle por la segunda ocasión, en 2006. En su designación para el partido intervino ese señor de quien usted afirma que no tenía atribución alguna.
Estuardo enseñó a los asistentes un recorte de prensa.
– Señorías, el testigo fue designado directamente por Enríquez Negreira y convenientemente puntuado tras pitar un penalti a favor de los locales, expulsar a Roberto Carlos a los veinte minutos y comerse otro penalti, pero esta vez en el área del Barça.
– ¡Protesto! -se escuchó desde el banco de la defensa-. Eso son valoraciones totalmente subjetivas.
– Se admite -dijo el juez.
– Tienen razón. Sobra la segunda parte de mi aseveración, mas no la primera: el señor Negreira tenía competencias importantes en el Comité Técnico de Árbitros y el testigo era conocedor de primera mano de las mismas, luego mantenemos nuestra acusación de perjurio. No haré más preguntas.
– Es usted un… -Medina se calló a tiempo.
Se levantó para marcharse, pero en ese mismo instante se levantó Luisa Ramírez, la abogada del Real Madrid, y con su voz tenue, pero enormemente clara, pidió un turno adicional:
– Señoría, me gustaría plantear dos cuestiones más al testigo.
El juez Aguilar estaba visiblemente agotado, y tras finalizar su bostezo, hizo un gesto con la mano para que la abogada pudiera proceder.
– Gracias. Seré breve. Señor Medina, ¿tiene usted constancia de que el señor Negreira fuera contratado por la Federación Catalana de Fútbol para realizar labores de seguimiento arbitral tras cesar los pagos por parte del Fútbol Club Barcelona?
– Eso tengo entendido -respondió el sevillano.
– El testigo ha sido demandado por el desvío o el uso fraudulento de cerca de dos millones de euros de la Federación Catalana, un dinero que debía ir destinado al arbitraje.
– Esa es una demanda que proviene de una rata y yo no me rebajo a hablar de ratas.
– Le llamo a usted al orden -prorrumpió el juez Aguilar con un ademán muy serio-. No puede insultar al demandante de otro caso que aún no sabemos qué relación tiene con este.
– Disculpe, señoría –respondió Medina Cantalejo-. Lleva razón, además, porque denominar rata a ese sujeto sería elevar su condición a algo que no es.
En la sala se oyeron varias exclamaciones de asombro: “hala, lo que ha dicho”, “joer, qué cabrón”, “voy a comprar palomitas”, dijo un famoso tuitero.
– Le llamo al orden por última vez. Prosiga, por favor.
– Gracias -continuó la señorita Ramírez-. ¿Es usted conocedor de que en la dependencia de la Federación Catalana había documentación sobre los informes arbitrales realizados por el señor Negreira?
– No lo sé, no me consta -respondió un descolocado Medina mientras se tocaba la nariz.
– ¡Protesto! -reiteró Scotto-. Es una suposición, no tiene ninguna prueba.
– Lo supongo -terminó la frase el propio juez-, por una banda de delincuentes seguramente venidos del Este.
– Así es. No haré más preguntas, señoría.
– Siendo así, se levanta la sesión.
Medina Cantalejo salió corriendo por el lado contrario al que se encontraba el banquillo de los acusados. Ni siquiera escuchó las palabras de Negreira: “¡Luisito, Luisito”, ni las que dirigió posteriormente a su hijo:
– Solo quería que nos pusiéramos al día. Como antaño.
Capítulo 3 – Luis Rubiales
– ¡En pie! Preside la sesión el honorable juez Aguilar.
El alguacil gigantón de cabeza rapada (ya apodado cariñosamente por todos los habituales como “Bull”) abrió las puertas de la sala del juzgado. Para sorpresa de todos, quien entró no fue el juez, sino el propio Joan Laporta, que venía con el rostro enrojecido, la corbata a medio anudar, y andaba con paso apurado. “Perdón, perdón, perdón”, se le escuchó entre carraspeos y jadeos. Unos pocos pasos por detrás del presidente del Barça, apareció el juez del caso Negreira, el veterano Julián Aguilar. Tomó asiento con la décima parte de estruendo del que montó Laporta al alcanzar su silla.
Revisó el expediente unos segundos y miró al frente. “Otra vez lleno. Otra vez Laporta en la mesa de la defensa, ¿por qué no lo mandé en su día al banquillo de los acusados?”. Esa misma pregunta se había hecho la noche anterior y su propia respuesta fue: “por pereza, por no escucharlo”.
– Falta uno de los principales encausados, el señor Enríquez Negreira, pero supongo que podemos proceder.
– Sí, señoría, me consta que ha entrado en el edificio y que se incorporará en breve, cuando termine… cuando despache… Pero podemos empezar -respondió Scotto-. La defensa llama como testigo a Luis Manuel Rubiales Béjar.
Se abrieron las puertas y apareció el expresidente de la Federación Española de Futbol, ataviado completamente de negro. Pantalones ajustados, una camiseta fit-fit-fit completamente negra y una americana «más oscura que el sobaco de Eto’o, jojojo», como él mismo definía ante sus amigotes. Los focos de la sala se reflejaban en su reluciente cocorota. Se dirigió con paso firme y algo chulesco al lugar destinado para su declaración.
– Le falta el revólver -dijo Estuardo por lo bajo a su compañera de mesa.
Casi al mismo tiempo, mientras le tomaban juramento, apareció Enríquez Negreira por la puerta situada junto al banquillo de los acusados. Estaba apretándose el cinturón, pues venía de “despachar” y llevaba en la mano izquierda un gurruño de papeles de baño, con los que se secó, por este orden, las manos, los mocos y la frente.
El abogado de la defensa comenzó el interrogatorio.
– Don Luis Manuel Rubiales Béjar, 48 años recién cumplidos, presidente de la Federación Española de Fútbol de 2018 a 2023, vicepresidente de la UEFA durante casi todo ese período, una larga trayectoria ligada al mundo del fútbol, ¿podría decirnos de quién depende el Comité Técnico de Árbitros?
(Advertencia al lector: léase la parte del diálogo de Rubiales con su tono de voz macarrónico habitual, pronunciando “laj-kompetencias” en lugar de “las competencias”, o “ejke” en lugar de “es que”, como si usted desayunara orujo del malo todas las mañanas).
– Cómo no. Viene bien especificado en el artículo 28 del Reglamento de la Federación Española de Fútbol: el Comité Técnico de Árbitros dirige el estamento arbitral y depende directamente del presidente de la Federación, luego en esos años, de mí.
– Conocerá entonces las tareas que realizaba el señor Negreira durante los años en que se produjeron los pagos.
– Las tareas… no le puedo decir, apenas coincidí con él unos meses, puesto que dejó su cargo poco después de que yo accediera a la presidencia en mayo de 2018. Todo esto es algo que nos hemos encontrado de la época anterior. Lo que sí puedo decirle es que, por lo que yo sé, este señor nunca participó en nada. Este señor tenía las competencias que tenía y no participaba en el nombramiento de árbitros. He escuchado cosas absurdas, como que influía en ascensos y descensos, o que nombraba árbitros internacionales. ¡Es absurdo, si la internacionalidad es responsabilidad de la UEFA, no del CTA!
– ¿Qué opinión le merecen entonces los pagos que están siendo juzgados en este caso?
– Así que no ve usted nada punible en estos pagos, ni que tuvieran influencia en los arbitrajes. Lo ve más como una infracción administrativa.
– Mire, yo soy de Motril y he sido futbolista de Primera. Hay una confusión inducida, porque, cuando se genera controversia, eso vende mucho. El fútbol es pasión, es rabia, y los árbitros se equivocan, seguro, como nos equivocamos todos, pero de ahí a pensar que influyeran sería una sorpresa. Es una irregularidad que habrá que analizar. Cuando llegamos a la Federación, todos los departamentos firmamos una declaración de ausencia de conflicto de intereses. Con esto, los pagos a Negreira no hubieran ocurrido, ocultar a la Federación que una persona recibía dinero… pero estos señores tienen derecho a la presunción de inocencia.
– Muchas gracias, señor Rubiales -concluyó Scotto-. No haré más preguntas, señoría.
Una ordenanza acercó un vaso de agua a Rubiales, porque se le veía con la garganta notablemente seca.
– Gracias, guapa -se le escapó a Rubiales, quien, antes de que comenzara el turno de la acusación, se bebió el vaso sin apartar la vista de las posaderas de la joven muchacha.
Mientras la vista de Rubiales seguía el contoneo de caderas nada sensual de la ordenanza y el fiscal preparaba sus papeles, se organizó un pequeño revuelo en la sala, provocado por la entrada de dos personajes que captaron la atención de todos los asistentes: el tipo alto con gorra y sudadera de la Kings League era muy conocido, el mismísimo Gerard Piqué, y la mujer que lo acompañaba estaba vestida con un niqab negro-negrísimo que ocultaba todo su rostro y cuerpo. Solo se le veían unos ojos verdes preciosos, maquillados cual Sofía Vergara, y unas cuidadas manos en cuyos dedos lucían varios pedruscos de alto valor. Con los zapatos de tacón que portaba, la chica bajo el niqab superaba en altura a Piqué, quien disfrutaba con los grandes murmullos que se iniciaron entre los asistentes.
Rubiales presenció desde su sitio la llegada de su “amigo Geri” y se temió lo peor, “qué estará tramando este hijoputa, siempre tan graciosillo, tan ocurrente”. Geri chasqueó los dedos y los dos chicos que estaban sentados en el primer banco del público se levantaron y cedieron su asiento a Piqué y a su acompañante. El exjugador soltó unos billetes indisimuladamente a los dos imberbes, que hasta ese momento habían llamado la atención por su aspecto, corte de pelo degradado, chúndal, mirada perdida… unos pa-vi-sosos (Pajilleros adictos a los Videojuegos y sosos como un apio).
– Orden, orden en la sala -el juez Aguilar levantó la voz mientras golpeaba con el mazo.
Desde su banco, Geri tenía una vista frontal y directa de Rubi, por cuya cabeza circulaban mil pensamientos a toda velocidad: “joer, a qué está jugando, viene con esa tía para hacer algún tipo de referencia a Arabia Saudí, seguro, para tocarme loj-kojones o por hacer una gracieta, no, ya lo tengo, seguro que me está grabando con cámara oculta por mucho que esté prohibido y luego lo subirá a sus redes sociales, joder, Geri, no me putees ahora”. La joven del niqab tenía un bolso enorme con un botón circular de unos tres centímetros orientado hacia la cara de Rubiales, que empezó a ponerse nervioso.
– Con la venia, señoría -arrancó Estuardo-, me gustaría aclarar algunas de las inconsistencias que ha dejado el testigo durante su declaración. Señor Rubiales, ¿señor Rubiales? Mire aquí, por favor. Usted llega a la presidencia de la Federación en mayo de 2018. Sucede a Ángel María Villar, cuya época fue conocida por algunos medios como “Villarato”. El Villarato era un sistema, una manera de denominar la influencia para decidir campeonatos de su antecesor, que contaba con el control de los arbitrajes y de los comités, las designaciones, en favor de un equipo determinado. Un equipo que, casualmente, o mejor dicho, no por casualidad, sino por causalidad, estuvo pagando hasta ese mismo 2018 al vicepresidente de los árbitros y brazo derecho de Victoriano Sánchez Arminio, el señor Enríquez Negreira. ¿Cree posible esa influencia?
– Ya le he dicho que el señor Negreira no tenía competencia alguna, lo veo altamente improbable.
– Sí, le hemos escuchado, pero en su declaración se ha quedado usted en el artículo 28, ¿sabe lo que dice el 29? Habla de las competencias del Comité Técnico de Árbitros, entre ellas, literalmente, “clasificar técnicamente a los árbitros a tenor de las correspondientes evaluaciones, y proponer al Presidente de la RFEF los ascensos y descensos”. Es consciente de que, durante el registro en la sede de la Federación, ya bajo su presidencia, aparecieron actas firmadas por el señor Negreira en las que se evaluaba el papel de los árbitros en cada partido y su clasificación durante la temporada para determinar los ascensos y descensos. ¿No le extrañó?
– Supongo que sería parte de su trabajo, aunque esa labor la realizan normalmente los vicepresidentes, no solo el señor Negreira, y durante esos años eran tres.
– Ya. Bueno, no exactamente así. Uno de los tres vicepresidentes se encarga solo del área económica y el otro durante aquellos años, Franco Martínez, falleció en febrero del año pasado. No podremos contrastar cuáles eran exactamente sus funciones, si bien no hemos encontrado actas con su firma puntuando a los árbitros.
“Vaya”, pensó para sus adentros el juez Aguilar, “otra muerte inconveniente”.
– Lo que sí sabemos -continuó Estuardo- es que el señor Negreira tenía la capacidad de sancionar a los árbitros que consideraba que no habían pitado de acuerdo con sus indicaciones.
– ¡Sí, claro! -contestó Rubiales con vehemencia-, por el artículo 33.
– Exactamente, no es broma, veo que su formación de abogado le sirve para recordar estas cosas -Rubiales cambió su gesto de perplejidad a uno de asentimiento, para deshueve de Piqué-. Según el artículo 33, el Vicepresidente del Comité, Enríquez Negreira durante décadas, como encargado de la Comisión de Disciplina y Méritos puede “ejercer las facultades disciplinarias en lo que respecta a aquellas actuaciones que se consideren técnicamente deficientes”, como hicieron, por ejemplo, con Pino Zamorano, Muñiz Fernández, Daudén Ibáñez…
– ¡Protesto! -saltó Laporta-, eran árbitros del sistema, madridistas de cuna, como tod…
– ¡Señor Laporta, le llamo al orden de nuevo! -interrumpió el juez-. No se admite, le ruego que deje terminar al fiscal.
– Gracias, señoría. Decía que se castigaba a todo aquel que no arbitrara al dictado de Negreira, el brazo derecho de Sánchez Arminio, el mismo que declaraba al resto de árbitros que el Real Madrid no caía bien en el estamento. Por cierto, ¿ha dicho usted que es la UEFA la que nombra internacionales a los árbitros?
– Así es -contestó Rubiales, que no dejaba de quitar el ojo a Piqué y, sobre todo, al bolso de su acompañante.
– Artículo 29, punto c. Es competencia del Comité de Árbitros “proponer los candidatos a árbitros internacionales” a la UEFA, que se limita a aprobar dichas propuestas. ¿Acaso nos ha querido mentir u ocultar esta parte?
– ¡Protesto! -dijo Scotto-. Está tratando de desacreditar al testigo, y nuestro testigo no ha mentido, simplemente ha resultado algo… impreciso.
– Se admite -resolvió el juez.
Gerard Piqué se descojonó con los nervios de Rubiales, que pidió otro vaso de agua con un gesto.
– De acuerdo, no mintió, solo fue poco preciso. Según el artículo 29, punto f, también es competencia del Comité la designación de los equipos arbitrales para dirigir los partidos, un punto clave del llamado Villarato. Yo no sigo mucho el fútbol, pero, por lo que sé, se premiaba a los árbitros que se confundían a favor del Barça o en contra del Real Madrid. Su testimonio puede ser de gran utilidad para aclarar al jurado el funcionamiento de este organismo y depurar responsabilidades de los acusados. ¿Qué tiene que decir al respecto, es posible que Negreira designara a árbitros afines a sus intereses para los partidos clave y que los premiara en función de sus actuaciones?
Antes de contestar, se le fue de nuevo la vista a la mujer del niqab, la cual se abrió el vestido a la altura del pecho y le mostró una lencería rosada bajo la cual se adivinaban unos senos estupendos. Luego se levantó el velo y se pasó la lengua de modo lascivo por unos labios maquillados como en un anuncio de cosmética. Rubiales se quedó en blanco, mientras Piqué trataba de aguantar la risa.
– Yoooo, ya le he contestado al señor Escroto -se puso de pie para quitarse la chaqueta, porque empezaba a sudar-. No lo creo, ¿me pueden dar un poco de agua, por favor?
La ordenanza volvió a acercarse con el vaso de agua y Rubiales, agradecido y nervioso a la vez, la tomó por los hombros como si fuera a darle lo que en su argot era “un piquito consentido”. Por suerte se dio cuenta a tiempo, pidió perdón y logró sentarse sin meter de nuevo la pata.
El juez, que hasta entonces estaba aburrido viendo que el interrogatorio no iba a ningún lado, levantó inmediatamente la vista de los papeles y lo miró fijamente.
– He sido un luchador toda mi vida, me partieron las piernas de pequeño… -balbuceaba, divagaba-. Usted quiere que emita una opinión desfavorable al arbitraje y escúcheme bien, aunque se la voy a repetir: ¡No voy a emitir, no voy a emitir esa opinión! ¡No voy a emitirla!
– Bien, lo entiendo, la época juzgada es anterior a su presidencia, pero ¿sabe una cosa, sabe en qué me recuerda su etapa a la del llamado “Villarato”? En que Villar se procuró la ayuda del Barça en forma de vicepresidencia para Joan Gaspart en 2004, y se mantuvo ahí durante todo el período Negreira, pero usted hizo lo propio con Laporta según llegó a la presidencia del Barça a principios de 2021. Y al igual que Villar mantuvo a Gaspart pese a los escándalos que se sucedían alrededor del Fútbol Club Barcelona, usted mantuvo la vicepresidencia de Joan Laporta aunque el escándalo de Negreira le hubiera reventado ya en sus narices.
– Se han dicho tantas cosas de mí… que no son ciertas que… -trataba de defenderse Rubiales.
Rubiales estaba ido, más aún cuando vio que la mujer volvió a abrirse el niqab y le mostró el pecho izquierdo, para, a continuación, frotarse el pezón de manera sensual. Si se trataba de algún juego privado entre Geri y Rubi fruto de sus mil y una noches de juerga en Arabia, solo lo sabrían ellos, el caso es que la gracieta del primero descolocó totalmente al segundo. Si fuera un boxeador, estaría atrapado en la esquina, noqueado por su oponente.
– Usted ha hecho hincapié en los conflictos de intereses y en cómo, desde que llegó a la Federación, toda la junta directiva firmó una declaración en la que se comprometían a evitarlos. ¿No le parece que hay un conflicto de intereses cuando se adjudica el VAR a una empresa dirigida por un socio y avalista del Barça? ¿Qué cree que quería decir Negreira con aquello de “puedo ayudaros con el VAR”?
La suerte que tuvo Rubiales fue que el alguacil se dio cuenta de lo que estaba haciendo Piqué con la modelo contratada para el numerito, así que se fue hacia ellos y les dijo:
– ¡Abandonen la sala ahora mismo!
Bull intentó llevárselos, y la mujer, inteligentemente, se levantó presta para irse, si bien no soltó el bolso, que mantuvo orientado hacia la acción, pero Gerard Piqué se puso farruco ante el alguacil, tú no sabes con quién estás hablando, tú no eres nadie y te jode que yo gane millones de euros y sea más guapo y famoso que tú, buscas tu minuto de gloria, pero mañana voy a hablar con tu jefe y te vas a cagar… Bull, que le sacaba media cabeza y una espalda, le arrancó la gorra de un sopapo en la visera, aunque el cuerpo le pedía dárselo en la jeta, y le tiró de la oreja con fuerza:
– ¡Fuera, ahora mismo! Y no te lo diré dos veces.
Lo arrastró en esa postura hasta la puerta de la sala. La modelo bajo el niqab prefirió abandonar la sala por sus propios medios y logró grabar un vídeo que se haría viral en pocas horas en los canales de Twitch, X, TikTok, YouTube y demás redes sociales del humorista metido a empresario, lo cual le reportó varios cientos de miles de euros en publicidad.
El juez Aguilar no dejó de golpear con el mazo y pedir “orden” a los asistentes, muchos de ellos periodistas que lamentaron no haber presenciado bien el incidente. Las palabras que más se escuchaban entre ellos eran las de “niñato” y “pibón”. Una vez recuperado el orden, Jaime Estuardo trató de retomar su interrogatorio:
– No crea que me he perdido, señor Rubiales, hablábamos de conflictos de intereses y aquí tenía, delante de usted, a un exjugador que, mientras estaba en activo, negoció con la Federación, directamente con usted -lo señaló con rabia-, que se repartirían varios millones de euros, de “palos”, como los llamaban, si el Barcelona se clasificaba para la Supercopa. ¿No cree usted que ese tipo de acuerdos influyeron en los arbitrajes, como se pudo comprobar según accedió Xavi Hernández al banquillo azulgrana?
– ¡Protesto, señoría! -exclamó Scotto-. No tiene nada que ver con el hecho juzgado.
– ¡Y el dinero era también para el Madrid! ¡También el Madrid! -se desgañitó Laporta.
– Se admite -sentenció Aguilar, y dirigiéndose a Estuardo, le indicó-, cíñase a los hechos juzgados, por favor.
– De acuerdo, señoría. Solo trataba de demostrar la falta de consistencia del testigo traído por la defensa, un tipo juzgado por apropiación indebida, cobro de comisiones, agresión sexual y coacciones. Creo que la defensa debería seleccionar mejor sus testigos, porque, al igual que con Medina Cantalejo, nos estamos planteando solicitar una condena por perjurio. No haré más preguntas.
Rubiales se levantó para marcharse, pero le frenó el juez.
– La acusación particular quiere continuar con el interrogatorio, señor Rubiales.
Como no se había separado lo suficiente del micrófono mientras se ponía la chaqueta, se le oyó mascullar “suputamadre” perfectamente. La abogada del Real Madrid, Luisa Ramírez, se acercó al asiento del testigo y procedió:
– Señor Rubiales, ¿conoce usted el Código Ético de la Real Federación Española de Fútbol?
– Pues… a grandes rasgos, señorita, no en su integridad, como comprenderá.
– Bien, sabrá usted que en el actual Código Ético no hay sanciones para delitos como los investigados.
– Eso me dijeron los asesores jurídicos de la Federación, sí -respondió Rubiales.
– Una pena, porque sabe usted que esto sucede en el actual Código Ético de la Federación, que se aprobó en mayo de 2021. ¿Cuándo ha dicho que entró Laporta como vicepresidente de la Federación Española de Fútbol? -rebuscó en sus papeles-, ah, aquí lo tengo, en marzo de 2021.
– Supongo que el anterior Código no sería muy distinto, lo habitual es copiar unos de otros y mejorar lo que conviene cambiar.
– Pues resulta que sí lo era, mire, le dejo este informe del famoso despacho FG-Hechi, en el que se ven los cambios introducidos, así como la supresión del artículo 12, que indicaba que los delitos de corrupción no prescribían. Una pena, ¿no fue consciente de esta modificación?
– Yo… de eso se encargarían los expertos legales de la Federación, yo estaba en otras cosas.
– Sí, ya lo hemos visto, estaba cerrando el reparto de “palos” en Arabia Saudí. No haré más preguntas, señoría.
El juez Aguilar levantó la sesión, recogió sus papeles y, antes de abandonar la sala, miró al público congregado: todos estaban mirando en sus móviles cierto vídeo sobre un suceso ocurrido en un juzgado de Barcelona. “La madre que me parió”, pensó.
Lo habitual en Hollywood es que el producto final que se estrenará al gran público no haya sido el ideado por el director, sino por la productora. En el origen de los grandes estudios, el director era un empleado más que entregaba el material en bruto y las salas de montaje hacían el resto: cortaban, seleccionaban, pegaban, añadían el sonido y la música, o una voz en off que explicara lo que se ve en pantalla, ajustaban los minutos a lo deseado por el productor y lo entregaban para su estreno en salas. Fueron muchos los directores que vieron cercenadas sus obras, cuando no cambiadas directamente.
Ese corte definitivo, final cut, que dejaba insatisfechos a sus creadores (al menos ex aequo con los guionistas) es el que provocó que con los años se estrenaran o distribuyeran en vídeo los Director’s cut. Era como si los dueños de los derechos de la película siguieran queriendo ordeñar la vaca y nos dijeran: «a ver, que no es que Blade Runner se te hiciera bola, es que no viste la versión que Ridley Scott tenía en su cabeza». Aunque ha aumentado el número, tradicionalmente solo los directores consagrados tenían firmado en sus contratos el derecho sobre el final cut de la obra: Martin Scorsese, los hermanos Coen, Steven Spielberg, Stanley Kubrick, Woody Allen o el mencionado Ridley Scott.
Una sala de montaje no puede arreglarlo todo en una película. Salvo que sea una película de animación, no puede montar la escena que no se grabó en el plató, ese plano que nunca se rodó. Pero una sala de montaje sí puede mejorar lo rodado por el director, encontrar el ritmo que la historia requiere, o cambiar el orden de las escenas y, con ello, el sentido de la trama. El libro de Michel Chion El cine y sus oficios recuerda la fama de Robert Parrish como «salvador de películas», hasta el punto de convertirse en el montador mejor pagado del cine. La película El político (1949), de Robert Rossen, había tenido unos pases previos al estreno masivo con muy malas críticas, así que la solución que Parrish encontró conjuntamente con el director fue cortar sistemáticamente los principios y finales de cada escena. Las transiciones, los diálogos, que hubiera fallos de raccord, todo eso les dio igual y lograron una película en la que el público se veía arrastrado, «como precipitado de una escena a otra sin recobrar el aliento».
Los pases previos a un público seleccionado para que opinen sobre el montaje casi definitivo me han parecido siempre muy peligrosos. Es poner en manos de ciudadanos que supuestamente representan al americano medio la responsabilidad de decidir en un par de horas sobre lo que un grupo enorme de profesionales con todo su conocimiento (productores, guionistas, director, montador…) han creado tras meses de trabajo. Y todos sabemos que no se puede «democratizar» ciertas cosas, que no se puede dar el poder a las mayorías, como en las juntas de vecinos.
Sin embargo, uno de los inicios más recordados de la historia del cine se debe a uno de estos pases previos, Sunset Boulevard, aquí titulada El crepúsculo de los dioses. Billy Wilder contaba en el libro de Conversaciones con Cameron Crowe que el inicio rodado era totalmente distinto. Recordad que toda la película era un inmenso flashback contado por el propio William Holden recién asesinado. En el inicio pensado por Wilder, arranca en una morgue en la que varios cadáveres cubiertos con sábanas hablaban entre ellos. Uno de ellos es un anciano al que un infarto pilló desprevenido, otro es un niño que se ahogó en el río y el tercero es el personaje interpretado por William Holden, que comienza a narrar su historia, la de ese guionista de segunda que se introduce en Hollywood por la vía de Norma Desmond. Billy Wilder comprobó en el primer preestreno que el público se reía con la escena de la morgue. «¿Ha visto una mierda semejante en su vida?», comenta que le dijo una señora del público que no lo conocía. Abochornado, se fue a otro preestreno y sucedió algo parecido. Sabía que tenía que cambiar ese principio: «no rodé ninguna otra cosa a cambio. Simplemente, lo corté». Y con ello tuvimos uno de los arranques más desasosegantes de la historia del cine, directamente con esa imagen de Joe Gillis flotando en la piscina visto desde el fondo de la misma.
Algo parecido contaba Woody Allen en el documental/entrevista recientemente estrenado, Un día en Nueva York con Woody Allen, de David Trueba. En realidad vino a contar con total sencillez cómo fue aprendiendo a hacer películas, a filmar. Primero escribió un guion, What’s new, Pussycat?, y como lo rodado por Clive Donner le horrorizó, decidió ser él mismo quien dirigiera sus historias. Como tampoco quería estar pendiente de los compromisos de los actores, se puso él mismo a actuar, porque sabía lo que quería hacer. Pero llega su primera obra, Toma el dinero y corre, en 1969, y con un primer montaje en bruto, sin música, lo presentó en Nueva York ante una organización de soldados retirados. No se rieron ni una sola vez, les pareció espantosa. Así que Woody Allen comenzó a recortar los chistes, a suprimir escenas, hasta que el estudio le aconsejó que se dejara ayudar por un montador profesional, Ralph Rosenblum. Fue Rosenblum quien le aconsejó que mantuviera ese material, cambió algunas cosas, «un veinte por ciento de la película», afirma Allen. La clave fue añadirle música y, como por arte de magia, apareció la comedia, la gracia de todas esas situaciones previamente escritas y rodadas. Rosenblum realizó la edición de sus primeras seis películas, hasta que Woody Allen aprendió por sí mismo lo que sus historias necesitaban (y desde siempre tiene música en la sala de montaje, como confesó). Y lo mismo dice que le ocurrió con Gordon Willis y la dirección de fotografía.
Cada director tiene su estilo y el montaje puede mostrarlo en toda su magnitud o, incluso, mejorar lo rodado. En la primera parte de estos dos post sobre el montaje y la necesidad de meter tijera, mencioné a varios directores y su afición a los largos metrajes, más que a los largometrajes. James Cameron siempre ha sido un megalómano, un tipo excesivo que hace películas muy entretenidas. En Abyss (1989) había rodado mucho más material del que luego se estrenó en las salas, y eso que la versión que vi por primera vez duraba 146 minutos. La versión extendida llegaba a las tres horas y aclaraba ese final que se cortaba de manera súbita y sin explicaciones, pero resultaba algo tediosa, aburrida por momentos. Ahora es un director más que consagrado con el control total sobre su obra (Director’s cut igual a Final cut), pero en sus inicios debe al trabajo de edición una de sus películas más redondas: Aliens, el regreso (1986). La segunda de la saga iniciada por Ridley Scott duró 150 minutos, pero en la versión extendida que Cameron pretendía estrenar, los aliens tardan una media hora más en aparecer, porque el director se empeñó en hablar de la vida en la colonia y la llegada de la nave al planeta. Sinceramente creo que la versión definitiva es mejor. Es magnífica, espectacular, y el desconocimiento de esa media hora y de lo sucedido a los colonos mejora el ambiente de misterio que sucede tras la llegada de Ripley y el comando de marines.
Hay directores que con lo rodado te montan un videoclip preciosista, como Zach Snyder y sus superhéroes (Watchmen), y otros, como Martin Scorsese, que añaden una voz en off para narrar la enorme sucesión de planos que pone en pantalla. Te apabulla, te lleva de un lado a otro con velocidad, pero sabe «frenar» el ritmo, calmar la trama cuando lo necesita. Infiltrados era su película con los planos más veloces, 2,7 segundos de media, según un estudio realizado. Uno de los nuestros y Gangs of New York se quedaban por debajo de los 7 segundos de media por plano, y Taxi driver se iba a los 7,3.
Las películas de Christopher Nolan no se entenderían sin esos montajes que mezclan varias líneas temporales, que juegan con lo real y lo imaginado, o con el presente y el pasado casi de manera simultánea (Interstellar, Tenet, Oppenheimer, Origen…). Por lo visto, existe una versión de Memento montada en orden cronológico y no la he visto nunca, no me interesa. Supone romper con el misterio de la averiguación de la trama para el espectador. A todo ello, Nolan añade mucho aparato musical para enfatizar las imágenes, a veces de manera exagerada, como en Oppenheimer, para mi gusto. Juega con meter escenas en blanco y negro de manera parecida a lo que hizo Oliver Stone en JFK, otro prodigio de montaje en todos los sentidos, también en el de manipulación del espectador. El blanco y negro representa el pasado en estas dos obras, pero más bien se emplea para escenificar las suposiciones de alguno de los personajes, lo que en un momento dado dijo, pero pudo no ocurrir en la realidad.
El montaje es clave para el acabado formal de una película, pero puede convertirse en algo obsesivo si el director ha rodado mucho material, como ocurría con Stanley Kubrick, por ejemplo. Otros directores son muy precisos a la hora de rodar, como Clint Eastwood y Steven Spielberg, y suelen rodar el material justo que precisan, no sé si por la claridad de sus ideas o por evitar un Final cut diferente al Director’s cut que tienen en mente. Billy Wilder contaba que «normalmente, la toma que uno escoge es la buena», y habla de la broma que le gastaron a George Cukor, un director bastante exagerado con las repeticiones en el rodaje. En lugar de positivarle ocho tomas distintas de un rodaje, le llevaron a la sala de montaje la misma toma ocho veces, y el director, tras verla hasta la extenuación, dijo: «Creo que la mejor es la número tres». El montador bromista le responde: «A mí me gusta más la siete». Discutieron y volvieron a verlas vaaaarias veces más hasta que el aburrimiento los llevó a confesar que le habían pasado la misma imagen repetida.
Una misma imagen puede servir para una cosa o la contraria en función de a qué lo enfrentes, con qué planos la intercambies. Es el famoso «efecto Kuleshov» (en homenaje a su artífice, el cineasta ruso Lev Kuleshov), un curioso fenómeno que explicó con su sorna habitual el maestro Alfred Hitchcock.
En una sala de montaje se pueden tomar muchas decisiones fundamentales como esta manipulación a la que se refiere Hitch y, con ello, alterar la propia percepción de lo representado por los actores. O te puedes cargar directamente a un personaje, como ocurrió con Mickey Rourke en La delgada línea roja (Terrence Malick) o recortarlo hasta que pierda casi todo su sentido, como el de Sean Penn en El árbol de la vida, del mismo director. ¿Realmente había sentido en esa película? Tim Roth no llegó a aparecer en la película de Quentin Tarantino Érase una vez en… Hollywood, y yo me habría cargado todo lo relativo a Bruce Dern porque no aportaba nada al avance del guion. Son las cosas de Tarantino, que quiere meter tantas cosas y a tantos colegas que el ritmo se resiente por momentos (muy pocas veces en toda su filmografía). La versión que tenía prevista se extendía hasta las cuatro horas de duración en lugar de los 165 minutos que se estrenaron. Su manera de montar las imágenes y jugar con el desorden del tiempo, como en Reservoir dogs, Kill Bill o Pulp Fiction, también forma parte de su sella de identidad.
Otras veces es la productora la que necesita cambiar lo ya rodado, como sucedió con Kevin Spacey en Todo el dinero del mundo (Ridley Scott), cuando comenzaron sus líos judiciales en Estados Unidos. La productora decidió volver a rodar todas las escenas en las que aparecía Spacey por razones comerciales o para evitar críticas y lo sustituyó por Christopher Plummer. No tengo ninguna duda, aunque no la haya visto, de que es otra película, por mucho que se haya rehecho plano a plano.
Y tengo que dejar para el final una de las mejores decisiones que he visto que se tomaron tras el montaje inicial de una película: Rogue One. La escena final en la que aparece Darth Vader y enlaza el robo de los planos de la Estrella de la Muerte con el inicio del Episodio IV, (La guerra de las galaxias para mi generación, o Una nueva esperanza, como se la denominó después) es un añadido que se rodó unas semanas después de la versión oficial. Y fue una puñetera maravilla cuando lo vimos en el cine, fue cuando todo encajó como un guante. Porque a fin de cuentas, eso es el montaje, el pegamento que une todo el material y le da sentido.
Estas han sido mis últimas visitas a las salas de cine. Si a estos metrajes le uno varias de las películas destacadas para los Óscar del año pasado y los de este mismo que he visto en casa, como Elvis (2 horas y 39 minutos), Blonde (2 horas y 46 minutos), Los Fabelman (2 horas y 31 minutos), Sin novedad en el frente (2 horas y 27 minutos) y La sociedad de la nieve (2 horas y 24 minutos), parece claro que se puede concluir que ha habido un incremento de la duración de las películas. Otro modo de verlo: que para llegar a la selección final de los Óscar hay que ofrecer un «peliculón» con un metraje superior a los 90-100 minutos, 120 máximo, que durante décadas fue un estándar. Esta es la lista de las películas ganadoras al Óscar a la mejor película en los primeros años de la pasada década:
Yo no me quejo en absoluto de la duración de las películas, es más, considero que deberían tener la duración exacta y precisa que la historia demanda. Si eso significa tres horas, pues las disfrutaré desde el primer minuto al último sin una sola queja. Como decía aquel crítico cinematográfico, la medida de la calidad de la peli me la da mi propio culo: si me gusta lo que veo, ni lo siento, ni me acuerdo de él, ahora bien, como mi culo empiece a dormirse, a cambiar de postura, a demostrarme que está incómodo, es cuando sé que me estoy aburriendo con lo que veo en pantalla. Mi culo nunca se quejó de El cazador, El Padrino I, El Padrino II, Ben-Hur, La gran evasión, Apocalypse Now, El señor de los anillos, Espartaco, Pulp Fiction o Cadena perpetua, películas que superan los 150 minutos y varias de ellas, por encima de las tres horas.
El problema que veo es que algunas de las últimas películas que he mencionado están alargadas en exceso, de manera innecesaria. A Elvis y a Marilyn (Blonde) les habría recortado más de media hora, porque, además, se notaba que se debían a excesos innecesarios de unos directores con afán de lucimiento, tendentes a la exageración (Baz Luhrmann y Andrew Dominik). El final de Avatar estaba estirado de tal manera que, en lugar de resultar espectacular, aturdía, agotaba. Como tampoco tiene sentido que la última de Indiana Jones sea la más larga de las cinco que conforman la saga, lo cual es otra muestra más de la tendencia a la hipérbole por encima del desarrollo del argumento. Hay varios momentos de la última aventura de Indy que se alargan más que un discurso de Fidel Castro.
No debe resultar nada fácil meter la tijera a una película, y menos cuando, además, los directores se ven forzados por las productoras a contar con los gustos del respetable. En ocasiones, lo que gusta o interesa a sus creadores no es lo que los espectadores deseamos ver. A Oppenheimer (y esta es una opinión muy particular que no tiene por qué coincidir con la mayoría, puesto que ha sido un gran éxito en todo el mundo), le sobraba metraje sobre el juicio a Strauss y le faltaba bomba atómica, su lanzamiento sobre la población civil y las consecuencias. La monumental obra de Martin Scorsese (Bendito Scorsese) podía haber sido aún mejor película con 30-40 minutos menos, algo similar a lo que pensé en su momento con el estreno de El irlandés (2019), otro peliculón de 3 horas y 29 minutos, pero, ¿dónde recortas, qué escenas quitarías? No lo sé, te absorbe de tal manera, te mete en su mundo, en su trama, que no lo tengo claro, al contrario que me pasa con otras. A El triángulo de la tristeza, por ejemplo, le sobraban directamente unos 142 minutos, y sí, ya sé que duraba 147, lo he dicho a conciencia.
En el cine, muchas veces «menos es más». Un metraje ajustado a la narración, a la historia desarrollada, con el ritmo adecuado y las escenas precisas, es el complicado equilibrio que tienen que alcanzar tanto los directores como las productoras. Una obra maestra no tiene por qué alcanzar las tres horas de duración. Uno, dos, tres, de Billy Wilder, 115 minutos. No le sobra nada, no le falta alargar ninguna escena. La mejor escuela de ritmo cinematográfico para las nuevas generaciones. Psicosis, de Alfred Hitchcock, 109 minutos. Un trabajo de montaje perfecto. ¡Qué bello es vivir!, de Frank Capra, 130 minutos. Ni sabía lo que duraba hasta hoy, pensé que eran menos de dos horas porque se me pasa siempre en un suspiro.
En el cine de siempre, la duración podía estar condicionada por algo tan poco artístico como el coste del celuloide, que era muy elevado. Los metros de película con los que se contaba al inicio del rodaje, o el número máximo de rollos que se le daban al director, pesaban más en el formato final que el número de páginas del guion. En la actualidad, con el soporte digital, hay más margen para ampliar los minutos rodados, o para repetir tomas, pero también sucede que se disparan los costes de post-producción por el incremento de efectos digitales que se incorporan cada vez con más frecuencia.
En cualquier caso, parece evidente que las grandes productoras han optado por ampliar la duración de las películas, quizás para atraer a las nuevas generaciones a las salas. En algunos artículos he leído que es un efecto post-pandemia, que hay que ofrecer «algo más» a un público que se ha acostumbrado a consumir series en capítulos de 45-50 minutos de duración, una hora máximo, como si fuera una justificación por el precio que se paga. «Marcar el carácter de evento», decía Ángel Sala, director del festival de Sitges, «parece que ese peso las hace mucho más importantes, y las diferencia de otro tipo de opciones, de cara a que hay que verlas en el cine». Coincido con lo que dice la crítica de cine Nuria Vidal: «El confinamiento y el cierre de las salas potenciaron el consumo de cine en casa. Sobre todo de series, series de cuatro, seis capítulos que se ven seguidas, en una tarde». «¿Y cómo ha reaccionado el cine en las salas? Alargando sus historias en un intento inútil de competir con las plataformas. Inútil porque el cine tiene otro ritmo; inútil, porque el cine en la sala te encierra durante dos horas o más, mientras que el cine en casa te permite pausar a tu voluntad el visionado; inútil porque las historias se resienten al alargarse y repetirse muchas veces sin necesidad. Hay películas que necesitan un metraje largo, pero hay muchas otras que no. Saber cuál es el metraje adecuado de una película, es uno de los trabajos de los buenos productores».
Las nuevas generaciones están orientadas a la brevedad y al consumo rápido, luego no sé si alargar la duración de las películas es la mejor estrategia para atraerlos a las salas. La generación para la cual un email de más de un párrafo es muy largo, o un mensaje de Whatsapp de más de dos líneas (y por eso se comen signos de puntuación y letras, o te plantan LOL, OMG o emoticonos para abreviar). Los mismos chicos que consumen vídeos de un minuto máximo de duración en TikTok, y la mayoría de las veces ni llegan al final de los sesenta segundos, o los mismos de las stories que duran solo 24 horas, es decir, la exaltación de lo efímero, ¿a ellos vamos a pedirles que se encierren en una sala oscura durante tres horas en las que, además, les prohibimos usar el móvil? Pues ojalá se consiga. Parece que estas megapelis de superhéroes de tres horas de duración están experimentando ya un desgaste y las cifras de recaudación de las últimas no han compensado los desorbitados presupuestos.
Los exhibidores tampoco están satisfechos con la duración de la nueva hornada de películas. Si antes podían meter tres y hasta cuatro sesiones de una película de 90-100 minutos en una tarde, con los últimos Nolan, Cameron y Scorsese solo pueden programas dos pases por día. Adolfo Blanco, responsable de los cines Verdi, decía hace unos meses: «Como exhibidores, una película larga nos ocupa más espacio, cuesta más proyectarla y es menos rentable que una corta porque hay menos funciones. El público no va a ver una película porque es larga, sino porque es buena». Y plantea el debate de los diferentes precios que debería tener cada película: «A nadie se le ocurriría que un libro de 1.000 páginas cueste lo mismo que un libro de citas ilustres de 90 páginas en letra gorda. Creo que no es normal que una película de bajo presupuesto cueste lo mismo que otra de una producción de 200 millones de dólares y que a lo mejor dura tres horas y media». O el teatro: todos entendemos que no valga lo mismo un monólogo sin escenografía de ningún tipo que un musical con 60 actores en las tablas y una orquesta en directo. Steven Spielberg y George Lucas ya plantearon este debate hace unos pocos años en Estados Unidos. Decían que lo lógico es que una superproducción tenga un precio de 25 dólares en taquilla, mientras que la entrada de una cinta independiente debería rondar los 7. Un debate totalmente entendible y al que yo añadiría otro aspecto: una película española subvencionada en su producción también debería valer menos para el espectador en España.
Puede que el trabajo de montaje de una película sea el más aburrido de todos, gente que se encierra días y semanas enteras con todo lo que ha rodado un director, lo bueno y lo malo, en bruto, sin música ni efectos de sonido, y tiene que dedicarse a seleccionar lo que vale y lo que no, que tenga coherencia y no se pierda nada relevante para la trama, que los cortes se hagan de tal modo que tenga el ritmo que el director requiere, que no se alarguen innecesariamente porque también hay presión de las productoras para llegar a un minutaje concreto… No es un trabajo sencillo. Es gente en la sombra que tiene que conocer bien al director. Por esa razón, Martin Scorsese lleva cinco décadas trabajando con Thelma Schoonmaker. Y los montadores son gente poderosa, pese a que no los conoce nadie, pues deciden qué se verá en la pantalla. Como dice Michel Chion en El cine y sus oficios, su herramienta principal, su arma, es la misma que la de los censores de antaño: unas tijeras. Físicas o virtuales, pero unas tijeras para cortar y cola para pegar.
Un inciso para mencionar la censura: no puedo dejar de recordar el final de Cinema Paradiso con todos esos recortes censurados durante los años de represión (lo encontraréis en Carta de amor de un cinéfago desentrenado y desenfrenado), así como la mítica escena de las ostras y los caracoles en Espartaco, de Stanley Kubrick, incorporada años después a las versiones reestrenadas y, por tanto, con otras voces:
En la segunda parte hablaré del Director’s cut y del Final cut, varios ejemplos clásicos de empleo del montaje para mejorar o destrozar una obra. Dejo un último homenaje a los montadores, el de la montadora con mal aspecto de Babylon, cuya trama comienza con el cine mudo y el trabajo artesanal de recorte de los fotogramas y la inclusión de los carteles escritos a mano, que podían alterar por completo el sentido de lo rodado. La escena de esta mujer con el pañuelo en el cuello me recordó al momento superhéroe con capa de Los increíbles. Si un traje de superhéroe no debería llevar capa, una montadora no debería trabajar jamás con un pañuelo, y los que hayan visto ambas pelis entenderán la referencia.
De todo lo que rodea a la Superliga, lo que más me sorprende es el rechazo tan frontal que ha recibido sin haber llegado ni a escuchar el proyecto. Por parte de dirigentes deportivos y políticos, periodistas, directivos de clubes modestos, de clubes ricos, federaciones y algunos aficionados, muchos de ellos subvencionados o promovidos por los mismos que propagan “el mensaje único” con una coordinación propia de bots en redes sociales.
Mi perplejidad va en aumento cuando leo que el presidente de la República francesa, Emmanuel Macron, ha promovido y logrado la firma de 25 países de la Unión Europea “en contra de la Superliga”. O eso nos han dicho. ¿Es posible que los principales líderes europeos, y no hablo del mundo del deporte, hayan firmado un documento para exigir que todos los clubes europeos se acojan a lo que marque un organismo como la UEFA? ¿En lugar de respetar lo que indicó la reciente sentencia del Tribunal de Justicia (ojo) de la Unión Europea sobre “la libertad de mercado” y contra “el abuso de su posición dominante” de la UEFA y la FIFA? ¿Todos ellos han firmado que el fútbol debe seguir sometido a los dictados de un organismo ubicado en Suiza, que no cumple las leyes comunitarias, dirigido por un tipo siniestro con relaciones con Catar y Rusia? Pues eso parece. O puede que sea una interpretación interesada porque me niego a creerlo.
La reacción de Javier Tebas de esta misma semana sigue siendo desmedida, pero es coherente: ya no habla tanto de la ilegalidad de la Superliga como del perjuicio económico que supondría para “su negociado”. Y de entre las gilipolleces escuchadas, tengo que destacar la de Áxel Torres, porque es sublime:
El proyecto actual de la Superliga vs la nueva Champions
El mayor error de la Superliga fue, a mi modo de ver, la penosa presentación en sociedad, en un programa frívolo e insoportable como El chiringuito, bajo la forma de un proyecto cerrado organizado por doce clubes que se garantizaban su presencia, y liderado por Florentino Pérez. Aún se sigue pagando ese error. Aquello no tuvo ningún sentido, era demasiado rígido, poco atractivo, con puestos garantizados para los fundadores, y además, puso como cabeza visible y casi única del proyecto al club con más seguidores, el Real Madrid, pero movilizó también a otro grupo con un número superior: el de los antimadridistas.
El proyecto actual es bien distinto, mucho más atractivo. Además, ahora lo está explicando y vendiendo un profesional de los medios y la comunicación, Bernd Reichart, CEO de A22 Sports Management, la empresa designada por ESL (European Super League) para gestionar el proyecto. Lo explica en un perfecto español, mejor que el de muchos de los periodistas que le preguntan, y lo hace con conocimiento, con pasión, con datos y con educación, considerablemente superior a la de los maleducados «axeltorres» de los medios. Desde que salió la sentencia favorable al desarrollo de campeonatos paralelos a los gestionados por la UEFA (diciembre de 2023), se ha pegado un tour por todas las cadenas de radio, televisión, prensa escrita y webs que han querido recibirlo para explicar el proyecto. Y el proyecto resulta atractivo, al menos para escucharlo. Luego ya podemos preguntar todas las dudas que nos surgen, como los criterios de admisión inicial, o los 20 nuevos equipos que entrarán año tras año, pero de primeras, suena interesante. En apenas dos minutos lo explican de manera muy gráfica, pero, por lo que escuché en algunos de los programas de radio, la mayoría de «opinadores» no lo habían visto:
Frente a este modelo sobre el que se podría empezar a discutir, la UEFA ha reaccionado con un campeonato incomprensible para la temporada 2024-25, que me temo que va a ser un fracaso mayúsculo. Intento explicarlo: la nueva Champions constará de 36 equipos participantes que serán incluidos en una única clasificación general y jugarán ocho partidos contra ocho rivales diferentes, cuatro en casa y cuatro fuera, pero repito, contra distintos equipos. Habrá un ranking previo de participantes para que los ocho partidos de cada club sean, al menos en la teoría, de similar dificultad: cuatro bombos teóricos de nueve, para que cada equipo juegue contra uno de su bombo y dos de cada uno de los restantes. De los 36 equipos se clasifican 24: 8 pasan directamente a cuartos, y los 16 siguientes, es decir, del 9º al 24º, juegan una eliminatoria a doble vuelta para clasificarse a octavos, donde se encontrarían con los 8 ya clasificados en primer lugar. Bufff, pereza, veremos cuando cada uno vea a su equipo entre el 10º y el 20º, por ejemplo, y crea que es por el azar de ese programa que ha repartido los enfrentamientos de una forma que será cuando menos curioso. En cualquier caso, todo es opinable, ahora que los clubes son libres de elegir, según la resolución del TJUE, podrían sentarse a negociar y ver qué modelo les atrae más. O podrían negociar la UEFA y A22 y tratar de alcanzar un consenso, pero no veo a los primeros por la labor.
2. Los ingresos
Los gestores de la Superliga dicen que cuentan con 15.000 millones de euros para arrancar los tres primeros años, a razón de 5.000 millones por temporada. De estos ingresos, el 8 por ciento se destinará al fondo de solidaridad para ayudar al fútbol de formación y a los campeonatos menos potentes, es decir, 400 millones de euros. El resto se repartirá entre los clubes participantes, los 64 mencionados en el vídeo, repartidos en las categorías Gold, Star y Blue.
Por su lado, la UEFA repartió 3.700 millones entre la Champions y la Europa League, de los cuales destinó poco más de 100 mill. al fondo de solidaridad, se quedó con el 5,5 por ciento por la organización (203 mill.) y descontó el 8 por ciento por los gastos de gestión (296 mill.). Hablamos de las cifras de la 2023-24, con un reparto a los clubes que ya era considerablemente superior a los de los dos años previos, casualmente cuando surgió el proyecto de la Superliga. Y esta misma semana han anunciado que aspiran a llegar a los 4.800 millones de euros de 2024 a 2027, una cifra muy similar a la de la Superliga, y más de 1.000 millones superior a la que se repartía hasta ahora. ¿De la noche a la mañana, Ceferin? De algo ha servido ya la Superliga, aunque nunca se ponga en marcha.
3. Fútbol en abierto
Uno de los puntos fuertes del proyecto de la Superliga es la emisión de los partidos en abierto, a través de una plataforma ya presentada llamada Unify. Si de verdad quieren hacerme creer que hay aficionados al fútbol que se oponen a esto sin recibir pasta por detrás, pues lo siento, que no lo intenten conmigo. Todavía no está claro cómo funcionará Unify, si será una especie de Twitch, YouTube, Twitter o Netflix, pero es la clave del proyecto, la que permitirá generar los ingresos por publicidad y con contenidos Premium. El precio actual del fútbol de pago es elevadísimo y se nota en las audiencias.
En ligas como la española, apenas los partidos del Real Madrid y del Barça se acercan o superan el millón de espectadores en España, y este dato, a largo plazo, es letal. Los partidos de Champions tienen audiencias elevadas a nivel global, pero se quedan muy lejos de las cifras cuando se emite en abierto. Uno de los datos que dejó caer Florentino Pérez en la presentación fue que los jóvenes estaban perdiendo interés en el fútbol. Javier Tebas quiso rebatir esta idea y respondió con datos de algunos partidos de la selección española o de la Copa del Rey con audiencias por encima de los seis u ocho millones de espectadores… en abierto. ¡Pues claro que interesa el fútbol en abierto! Los jóvenes no pueden pagar más de cien euros al mes para ver fútbol y las webs piratas cada vez lo tienen más complicado por los cambios normativos.
4. Control de gastos
En mi opinión, es otro de los puntos fuertes de la Superliga. La mayoría de los equipos europeos lo están pasando económicamente mal, como expliqué en el post sobre la (in)sostenibilidad financiera de las principales ligas europeas, de la que no escapa el declive económico de la española. Y buena parte de la culpa la tiene la permisividad con los equipos que gastan de manera descontrolada, sustentados por fondos que no provienen del propio fútbol, sino de Oriente Medio (Catar, Emiratos y en breve, Arabia Saudí). La Superliga plantea un control de gastos real, un fairplay financiero que no sea el despelote que la UEFA permite, tolera y hasta promueve. Los clubes que participen en la Superliga no podrán exceder en sus costes salariales el 55 por ciento de los ingresos, incluyendo en esos costes las fichas, los traspasos y las comisiones de agentes.
Puedo entender que a los principales clubes de la Premier no les interese porque sería una competición paralela a la «superliga» que ya están creando en Inglaterra con el descontrol en el gasto, pero habrá que ver cuánto tiempo aguantan palmando 1.000 millones de euros anuales como en estos últimos dos ejercicios. Hay preocupación en el gobierno británico, hasta el punto de haber creado una autoridad independiente para controlar las finanzas del fútbol.
5. Gobernanza
Para mí particularmente, escapar de las garras de la UEFA del mismo modo que la Euroliga escapó de la FIBA es una de las mayores ventajas del proyecto, pero se ve que los principales directivos de los clubes no piensan del mismo modo. La Superliga permitiría a los clubes tomar el control de las competiciones del mismo modo que la Premier League tomó el del fútbol inglés en el 92 o LaLiga en España. En el 92 se criticó mucho a los clubes y se dijo que esta «independencia» iba a suponer el final del fútbol para los aficionados. Con la sentencia del caso Bosman también se dijo que el fútbol quedaba herido de muerte al permitir que los equipos jugaran con once extranjeros. Sorprende ver cómo se repiten los argumentos.
La mejora de la gobernanza y de la transparencia es lo que me posiciona del todo a favor de la Superliga. Ahora mismo no se conoce bien cómo la UEFA genera los ingresos y cómo los gestiona y distribuye. Algo similar a lo que el Real Madrid acaba de plantear a LaLiga de Tebas: cómo y en qué estadios se generan los ingresos por comercialización de publicidad o por alquiler de espacios, y en función de qué criterios se reparten a los clubes. A ver si va a ocurrir que una buena parte se genera en el Bernabéu y la pasta se distribuye a clubes más afines con dirigentes más dóciles.
La Superliga también mejoraría el control de las finanzas y de los fondos que entran en los clubes, es una oposición a las inyecciones ilimitadas que reciben el Qatar Saint Germain o el Abu Dhabi City, fundamentalmente. Dinero que no viene del fútbol y que distorsiona la competición. Ceferin está encantado con la situación actual, como se ha visto en los expedientes de los últimos años a estos y a otros clubes. Habrá que ver qué determina la Premier con respecto a los 115 incumplimientos de la normativa financiera de los que está acusado el equipo de Manchester, el actual campeón de Europa.
6. Las reacciones
No las entiendo. Puede entender las de Ceferin, la UEFA, el big six inglés, Javier Tebas, Al Khelaifi y el PSG, pero, ¿el presidente de la Federación italiana, amenazando con justo lo que dice la sentencia del TJUE que no puede hacer, la expulsión de los clubes y los jugadores? ¿El Bayern de Múnich? ¿La prensa? Bueno, en España está sometida por la ingente publicidad que Javier Tebas inyecta en los medios. Con dinero de todos los clubes, por cierto. Pero no entiendo al Borussia de Dortmund, por ejemplo. Al West Ham, el Nottingham Forest, el Newcastle o el Aston Villa. Equipos históricos, muchos de ellos con títulos europeos que podrían tener una continuidad en campeonatos europeos y generar más ingresos. La Sampdoria, el Ajax de Ámsterdam, el PSV Eindhoven, el Milan, el Olympique de Lyon o el Atlético de Madrid, que sigue jugando a dos bandas. Creo que es cuestión de tiempo que numerosos equipos empiecen a sumarse al proyecto, están a medio camino entre la expectación y el acojonamiento colectivo. De momento solo el Nápoles ha manifestado su interés por el proyecto, pero sospecho que son muchos más los que han dado el OK a Bernd Reichart.
Y luego está un asunto que se comenta poco: frenar a la UEFA y la FIFA con las decenas de partidos intrascendentes de selecciones con las que rellenan los calendarios. Estos dos organismos se forran a costa de los clubes, ponen en riesgo a sus futbolistas a cambio de tres duros e interrumpen las competiciones varias veces a mitad de las temporadas. El mundial de Catar no será nada al lado de un mundial de mes y medio con 48 selecciones en noviembre y diciembre: Arabia 2034.
Y 7. El comunicado de Macron y los 25 países
Como era de esperar, el comunicado no podía oponerse a un proyecto avalado por el Tribunal de Justicia de la Unión Europea, así que vamos a leer con calma lo que dice. No habla de la UEFA, ni de la Superliga. El texto dice que los responsables del deporte de los 25 países respaldan sin fisuras “las características clave de un Modelo Deportivo Europeo, incluida la estructura piramidal, el sistema abierto de promoción y descenso, el enfoque de base y la solidaridad, el papel del deporte en la identidad nacional, la construcción de la comunidad y las estructuras basadas en el voluntariado, así como sus funciones sociales, educativas, culturales y sanitarias”. Esto de los ascensos y descensos y la estructura piramidal me recuerda al vídeo de presentación de la Superliga. En cuanto a la función social, estoy de acuerdo en ello, y por eso siempre será mejor emitirlo en abierto y para todos, que no en formato de pago y exclusivo, ¿no? La solidaridad también es importante, claro que sí, y digo yo que 400 millones es más solidario que 120. Vamos bien.
Los países firmantes también instan “a los órganos de gobierno del deporte a que organicen las competiciones deportivas respetando los principios de apertura, igualdad de oportunidades, mérito deportivo, relación entre el rendimiento anual en las competiciones domésticas y todas las competiciones europeas, solidaridad financiera, integridad y equidad para promover la función social del deporte y el acceso de todos a él”. Perfecto, adelante con la Superliga, nada de fondos ilimitados de satrapías del golfo Pérsico, y que se acceda al torneo en función de los resultados de las competiciones nacionales. Quizás el comunicado sea un palo para el Seis Naciones de rugby, que no respeta los principios de apertura, ni permite que entren otras selecciones a su reducido coto.
Y por último, los gobiernos firmantes piden que “los órganos de gobierno del deporte que se adhieran a las normas más estrictas de buena gobernanza». Sé que la idea de este comunicado era atacar el proyecto de la Superliga, pero la falacia sobre la buena gobernanza del fútbol UEFA se cae por su propio peso.
De todo ello hablamos en el vídeo del canal de Kollins con el que comienza este post. Veremos en qué queda la cosa.
La semana pasada me tropecé con una de esas erratas que, de manera involuntaria, mejoran la frase pretendida, quizás la deseada o pensada y no escrita por el redactor. Una errata que incluso podía entenderse que ampliaba el sentido de la frase. Figuraba en las diligencias del juez Aguirre sobre el caso Barça-Negreira, los pagos al vicepresidente de los árbitros durante dos décadas. En el curso de sus pesquisas, el juez ha tenido conocimiento de un hecho singular, desde luego poco ético y con finalidades dudosas, como es que el vice del CTA invitaba a los árbitros que iban a pitar al Barça a comer, a cenar y después, en ocasiones, a un karaoke. Tal como se indica en las diligencias, puede que “karaoke” fuera un eufemismo de un bar de copas con mujeres, un “puticlú” de toda la vida. Pues bien, el restaurante en el cual los colegiados eran invitados pertenecía a la novia, pareja o churri de Enríquez Negreira, situación descrita por el juez del siguiente modo:
Uno no sabe si fue un desliz, si el juez tenía las imágenes del garito en la mente o si Negreira conoció a su «pajera» en el karaoke, pero el lapsus logró que este escándalo hasta ahora impune me arrancara una sonrisa.
No es la primera vez que ocurre que una errata mejore y añada nuevos matices a una frase. En los momentos más duros del confinamiento Covid, en mitad de ese berenjenal de decretos exprés y normativas aprobadas de manera acelerada, el gobierno publicó un decreto ministerial un domingo por la noche cuya entrada en vigor se producía el lunes a primera hora. Todos los que trabajamos en empresas estábamos pendientes de lo que se nos autorizaba a hacer y aquello que se nos denegaba, con interpretaciones de todo tipo. Pues bien, allí se coló esta frase, de la que ya tomó rendida cuenta el amiguete Josean en Y todo en un mes:
Vamos, que tantos cambios en tan poco tiempo podían generar tanto «caos» que cualquier adaptación de la norma resultaba válida. Evidentemente son errores que se cuelan, pero contribuyen de manera involuntaria a aumentar el interés por el hecho narrado, como el subtítulo de La Vanguardia con el que comienza este post:
«Pedro Sánchez dice ‘no’ a la última propuesta de Pedro Sánchez».
No es reciente, sino de 2019, pero han sido tantos los giros argumentales del presidente de gobierno para lograr el apoyo de sus socios que resultaba totalmente creíble. En su mismo partido, el PSOE, durante una campaña en Andalucía en la que propugnaban una mejora en la educación, cometieron un error de ortografía que, inconscientemente, mostraba que existía un serio problema que debía ser corregido:
El PSOE andaluz «Elije» luchar por una mejora en la educación de sus ciudadanos y por eso «elige» una falta de ortografía, ¡que todo era muy subliminal y no se entendió! Lo de las faltas de ortografía me chirría cada vez más, me estoy volviendo muy maniático y cada vez me molestan más cuando las leo en algún medio escrito o las veo por televisión. Quizás de todas ellas se lleva la palma esta:
¿»Vayadolid»???? Podría ser peor, sin duda:
La geografía juega a veces estas malas pasadas a los que tienen que escribir y publicar a diario (en este blog he encontrado algunas erratas tiempo después, pocas, espero). Una sola letra puede transformar una desgracia en un chiste, como ocurrió en la portada de El País:
Está claro que esto fue un error, pero, en el caso de las faltas de ortografía, he llegado a pensar que no son erratas, que son aparentes cagadas realizadas a conciencia para que se difundan por redes sociales y se vean los logos de las cadenas que tienen a semianalfabetos en la redacción. Reconozco que soy de esos brasas que rápidamente desenfunda el móvil para pillar el gazapo en directo, y he encontrado un gran aliado con este invento que permite rebobinar los programas:
A ver, seguro que el parque tiene la hierba muy alta, pero no era High, sino Hyde Park, torpones. En cuanto a la ola de calor, se me hace raro que coincida con un récord de temperaturas mínimas. No sé, igual había que darle una vuelta a ese cartel. Luego están los que redactan sin conocimiento, los que van a toda prisa, y sus jefes, que pasan por alto hasta lo imposible (y este post no va de los errores con las cifras, algunos de ellos antológicos). Puede ser que yo sea un tanto tiquismiquis y uno de los pocos aficionados que sabía que Queralt Castellet había obtenido la medalla de plata. De hecho, el presentador la felicitó por su logro mientras la barcelonesa mostraba ufana su presea, ¡pero es que este rótulo estuvo varios minutos en pantalla!:
Vamos a disculparlos porque se trataba de un deporte minoritario, o comprendamos que para un becario pueda ser difícil distinguir el brillo del bronce del de la plata, pero… ¿esto? ¿Esto????:
No sé si son las prisas, el desinterés, la ignorancia… Recientemente, el amiguete Barney dedicó un post entero (con vídeo incluido) al fútbol femenino, en el que se habló, entre muchas otras cosas, del poco interés que despertaba pese a los esfuerzos de algunos medios por llevarlo a la primera plana. Tras el éxito obtenido con el título en el último mundial, pico de Rubi mediante, el gobierno de España quiso utilizar el momento para promocionar esta modalidad, destacar las dificultades que habían tenido que enfrentar las jugadoras, como la falta de popularidad, e iniciar una campaña contra el acoso en el deporte. Varios de los gestores del deporte patrio se subieron al carro como si siguieran y conocieran el fútbol femenino de toda la vida y propusieron la concesión de la Real Orden del Mérito Deportivo a las jugadoras. Pues bien, eran tan «conocedores» de las mismas que cometieron hasta cinco errores en sus nombres, los cuales tuvieron que ser subsanados poco después:
Me quedo con el primero de ellos, jojojojojo, porque lo de sustituir a Ivana Andrés Sanz por Ivana Icardi, famosa por ser la novia explosiva del jugador del Galatasaray Mario Icardi, tiene papeletas para entrar en el top ten de machiruladas mundiales del deporte. Me imagino a los encargados de la concesión del premio en el Consejo Superior de Deportes:
– Esa que pone Ivana, guglea «Ivana y fútbol».
– Aquí está, Ivana Icardi, debe de ser esta.
– Pues ya está, venga, la siguiente. Mariona no-sé-qué…
Al final se menosprecia a la campeona del mundo y se otorga la medalla del Mérito Deportivo a la siliconada pajera, digo… pareja, de un futbolista más conocido por sus líos sentimentales que por su habilidad con el balón. Y ya que mencionamos estos asuntos, no podía dejar pasar por alto este titular que no contiene erratas, pero en el que se aprecia algo de guasa por parte del diario orensano:
Una noticia que no podía pasar desapercibida para la colección de artistas que pueblan nuestro país:
Cada vez que surgen estos temas hay quien te dice que la mayoría de errores se puede subsanar con el uso de los correctores que ya vienen en cualquier procesador de textos. Lo cierto es que tampoco podemos fiarnos de ellos y no revisar la propuesta de la máquina, porque, al igual que si intentas escribir «gilipollas», te corrige a «galopillos», en un diario de tirada nacional puede dar lugar a párrafos estrambóticos:
¿»Matutes matándose»? Ja, ja, ja, pagaría por ese corrector automático. Y además de los riesgos de dejar la corrección en manos de una máquina, ocurre que por suerte tenemos un idioma tan maravilloso en el que la palabra buscada es tan válida como su error: el caso/caos, Siria/Soria… y «públicas/púbicas». Hasta tres veces me encontré este gazapo en un Informe de la Intervención General de la Administración del Estado. La primera vez me chocó, «¿habré leído bien?», pero luego hubo una segunda y una tercera, así hasta que le di al buscador:
Tres veces en un texto sobre la facturación, los devengos de IVA y esas cosas que tanto pican en nuestras zonas púbicas. Si es que se regula en exceso en España, hay sobreproducción normativa (Hiperregulación) y lo mismo que «quien tiene boca, se equivoca», quien redacta en exceso, falla como un poseso, si se permite la rima. El Conejo del Poder Judicial, el Consejo del Joder Judicial, o aquella mítica corrección en el Boletín Oficial del Estado con aire de refranero: «donde dice ‘Digo’, debe decir ‘Diego'»:
Es tanto lo que se escribe, sobre lo que se legisla y se pretende justificar después, que nadie se lo lee. Como el Boletín Oficial de Aragón:
No hubo consenso entre el Ministerio, la patronal y los sindicatos, y finalmente la subida del salario mínimo será de un 5 por ciento, tal como había anunciado la ministra de Trabajo y vicepresidenta del gobierno Yolanda Díaz. Esta cifra fue pactada con los sindicatos, pero no con una patronal a la que se trató de sumar a un acuerdo inferior con una propuesta extraña: “O firmáis el 4% o lo subimos más”. Que fue lo que ocurrió. La ministra trató de justificar ante los medios este aumento por la fuerza como una lucha ganada a las grandes empresas, si bien, lo cierto es que su impacto se va a notar especialmente en las más pequeñas, las que componen más del 99 por ciento del tejido empresarial español.
Fue un desenlace que causó bastante malestar en los empresarios, tanto como las declaraciones posteriores de la ministra. Lo cierto es que unos meses antes, en mayo, en la firma del V Acuerdo para el Empleo y la Negociación Colectiva, suscrito por CEOE, CEPYME, UGT y CCOO, habían pactado lo siguiente:
Como la inflación de 2023 se quedó en el 3,1%, era lógico pensar que los incrementos, también los del SMI, quedarían en el 3%, o en un máximo del 4% si decidían añadirle los impactos acumulados de la inflación. Pero es que, además, en ese acuerdo suscrito entre la patronal y los sindicatos, se instó al Gobierno a modificar la normativa de revisión de precios de los contratos del sector público:
Las organizaciones empresariales habían tratado de alcanzar un consenso entre el 3 y el 4 por ciento, si bien su oposición a esta subida se centraba fundamentalmente en dos aspectos:
– El impacto sobre el sector agrario, al cual proponían excluir o bonificar de algún modo.
– La posibilidad de trasladar dicha subida a los precios de los contratos con las administraciones públicas.
La nota de prensa publicada tras la aprobación por las bravas del incremento dejaba a las claras el malestar de los empresarios:
Pues no. Ni lo uno, ni lo otro, ni alternativas. Lo triste es saber que esto no va de victorias contra los malvados empresarios, o contra esos directivos con sueldos «estratosféricos» que habrá que revisar o abrasar con medidas fiscales. Ha faltado análisis y rigor en el ministerio. porque se trata de la supervivencia de miles de empresas y también, posiblemente, impactará en la calidad de los servicios públicos. Las grandes empresas van a experimentar un impacto en sus cuentas por este incremento, pero será reducido, controlado, puesto que la mayoría de sus empleados se hallan por encima del salario mínimo, y podrán absorberlo en su mayor parte.
En su momento, en este blog ya dediqué una entrada completa a los efectos de la subida del SMI de 2019 y a las conclusiones del Informe del Banco de España. El Banco de España advertía de que el mayor impacto lo habían experimentado las empresas con menos de diez trabajadores, que son más del 95 por ciento, así como que se había producido un «menor crecimiento del empleo en los colectivos con menores salarios», entre 94.000 y 180.000 empleos menos según las fuentes utilizadas. El pequeño comercio, el sector agrícola y la hostelería fueron los sectores más afectados, y además se produjo un aumento de la economía sumergida, al reducirse las horas reales cotizadas: «tras una subida de SMI, algunos puestos de trabajo pueden haber permanecido activos, pero con una reducción en las horas trabajadas, por ejemplo, mediante el paso de un contrato a tiempo completo a uno a tiempo parcial». «El resultado en estos casos sería una caída en las horas trabajadas, y no en el empleo», y se produjeron «desaceleraciones superiores a las observadas en la actividad económica«.
El sector agrícola ya aparecía muy perjudicado en aquel informe del Banco de España y su situación ha empeorado más en los siguientes años por todos los factores que se le han sumado: sequías, incrementos del precio de los combustibles y los fertilizantes por los distintos conflictos, normativa europea y ahora, subida de salarios y cotizaciones sociales. Por mucho que los precios hayan subido por encima de la inflación, el sector acumula cuantiosas pérdidas. La CEOE y la CEPYME solicitaron que se les excluyera de la subida forzosa del SMI o se bonificara de algún modo al sector (cuotas a la Seguridad Social, por ejemplo), pero no se hizo caso a esta reivindicación, como tampoco a la segunda.
La regulación sobre las revisiones de precios de los contratos con el sector público
Hasta la aprobación de esa ley de nombre horrible llamada «de desindexación» de la economía española, los contratos con las administraciones públicas estaban sujetos a revisiones de precios con objeto de adecuar los importes percibidos por los contratistas con los incrementos de costes que se pudieran producir, ya fuera por aumento en los costes de las materias primas, el combustible, los costes laborales o la inflación en general. Esta ley lleva en vigor desde 2015 y fue una idea terrible del equipo de Cristóbal Montoro para «evitar los efectos de segunda ronda», como indicaba en el Preámbulo. Claro que contaba con una situación de inflación reducida o controlable, no con la situación que hemos vivido en los últimos años.
El problema es que muchos de estos contratos con las administraciones públicas son plurianuales, afectan a varios ejercicios, y cualquier impacto en los costes recae directamente sobre los contratistas. La ley tiene varias excepciones que sí permiten las revisiones, como cuando la duración es superior a cinco años y el contratista tiene que afrontar inversiones con un período de amortización prolongado. Lo contrario sería un suicidio económico para el contratista y llevaría a otra figura impropia de un país serio como es el «enriquecimiento injusto de la administración«, que es donde se está llegando en muchos casos.
Desde la entrada en vigor de esta ley, los concursos públicos han estado a medio camino entre la bola de cristal voluntariosa y el órdago para los contratistas, los cuales cruzaban los dedos para que los costes no se dispararan en exceso o muy por encima de sus estimaciones. Pero con el precio del gasoil, del gas, de la electricidad o de los materiales de construcción por las nubes, todo se ha ido al garete. Y ahora se le suman los costes laborales, incrementados desde la administración pública muy por encima de lo que es el «riesgo y ventura del contratista».
En abril de 2023 el gobierno se comprometió a mejorar las revisiones de precios de los contratos de obras y a incluirlas en los de servicios, pero mantenía los costes laborales fuera de cualquier posible mejora. No solo eso, sino que la enmienda planteada para la construcción resultaba ridícula y con condiciones que reducían sus efectos notablemente, tanto en importe como en plazos considerados. En mayo, el director de la Junta Consultiva de Contratación Pública del Estado, el abogado del Estado Miguel Pardo, abandonaba su puesto tras seis años. Entre sus responsabilidades, mediar entre los contratistas y la administración pública y lidiar en los conflictos de interpretación sobre concursos, revisiones de precios y reequilibrios financieros.
Como indicaba ABC en su artículo, «las subidas del SMI se han comido gran parte de la rentabilidad esperada de muchos contratos públicos y han generado una avalancha de litigios. El criterio de Hacienda ha sido no compensar esas subidas al considerarlas un riesgo inherente al contrato». Es una tomadura de pelo. Porque no hablamos del precio del gasoil, la electricidad o algún material escaso en nuestro país, sino de un coste laboral que incide directamente en los contratos y que se fija cada año por el propio gobierno. Un 54% de subida acumulada desde 2018, que puede parecernos muy bien, pero que no queda ahí. Porque el problema no es el SMI, sino la idea de que el contratista puede con todo, que para eso «gana mucho dinero», deben pensar en el ministerio. La subida del SMI no afecta a todos los convenios ni las categorías (por suerte), pero a ello hay que añadirle los continuos incrementos en las cotizaciones a la Seguridad Social, las dotaciones a ese invento reciente que es el Mecanismo de Equidad Intergeneracional, las subidas por encima de la inflación de los topes de cotización, los incrementos en el impuesto de sociedades, los nuevos impuestos (vertedero y plásticos, ya tratados aquí),… Y lo siguiente, como ha advertido la ministra Yolanda Díaz, será la reducción de jornada, pero manteniendo los salarios. Es decir, a costa del empresario.
«Pues que no se presenten a los concursos», es otra de las respuestas que he escuchado en alguna ocasión. Y eso es exactamente lo que está ocurriendo.
Así que no es solo el SMI, es la tendencia, el ataque directo a la competitividad de las empresas españolas. En el sector más afectado por la subida de los costes laborales, que es el de los servicios, los grandes grupos empresariales españoles han vendido sus divisiones o están en proceso de hacerlo: ACS (Urbaser fue vendida en su día a un fondo chino, y ahora se busca comprador para Clece), Sacyr (Valoriza Servicios Medioambientales a Morgan Stanley y Sacyr Facilities a Portobello/Serveo), Ferrovial (Cespa a los alemanes PreZero y Ferroser), FCC (ha vendido el 25 por ciento de la filial de medioambiente a un fondo canadiense),… Igual es una estrategia que nos cuesta entender.
Las pymes no están mucho mejor. Su presidente, Lorenzo Amor, se quejaba recientemente por el hecho de que el gobierno «se inmiscuya cada vez más en las relaciones laborales» con unos costes al alza y una productividad que no deja de descender.
Quizás haya que confiar en la ministra y su equipo, que hacen «cosas chulísimas», como las nuevas ocurrencias de las autobajas voluntarias o la modificación del registro de jornada. Todo sea para que todos (y todas) podamos irnos antes a casa a hacer aquello que nos relaje.
Tengo un amigo que a cada locura que le comentaba que había leído o escuchado en tal o cual medio, me contestaba:
– Faltan manicomios.
Lo aplicaba a casi todo: a los asistentes a maratones de reguetón, a individuos que decían padecer ecoansiedad, a los participantes en First Dates… No pretendo frivolizar acerca de la salud mental de las personas, y menos en estos tiempos en los que, por fin, parece que el problema se ha tomado en consideración, pero supongo que algunas partes de este post bordearán la línea. Uno lee a veces la prensa, o ve un telediario, y se encuentra tal cantidad de gente «rara», por decirlo de un modo suave, que sospecha que no pertenecen al mismo mundo que esos seres de aspecto humano. Seguramente el problema no es de esas personas, sino de mí mismo, pues uno con la edad se va haciendo más conservador. No en el sentido político, sino en el familiar, hogareño, cultural o social. Y mi mundo se basa en una cierta educación, unos valores, unos principios e incluso unos gustos que difícilmente van a cambiar a estas alturas de la vida.
Decía Jane Austen que «la mitad del mundo no comprende los placeres de la otra mitad». Y por esta razón no critico a los siete mil tipos que acudieron durante una semana a una rave ilegal en Murcia para ponerse hasta arriba de alcohol y drogas. Una semana meando y cagando en cualquier sitio, sin dormir, con música trash a todo meter y disfrutando no sé muy bien de qué. Allá ellos, que cada uno se gaste su dinero en lo que quiera. Tampoco hablo de lo raro que me resulta ir a un parque acuático o a determinadas playas y comprobar que somos los únicos sin tatuajes por el cuerpo. Estupendo si esa es su idea de belleza, aunque algunos son auténticos cromos andantes. Otras veces escucho a tipos en la tele que se quejan por no llegar a final de mes o por la subida del precio del aceite, mientras te sorprendes al ver que tienen tatuajes de mil euros en el brazo o la pantorrilla. Pero como decía, allá cada cual y que cada uno viva su vida como le venga en gana mientras no afecte a la de los demás. I’m too old for this shit!, como ya afirmé en su día.
Pero hay otras historias que sí convierten a sus protagonistas en candidatos para un ingreso en los manicomios. Como la de esa mujer que se empeñó en ser velada viva. Se maquilló, hizo todo el paripé del ataúd y las flores, y estuvo recibiendo durante horas la visita de amigos y familiares. Supongo que se sentía falta de cariño, añoraba algo de «casito» por parte de sus allegados, y en lugar de acudir a un psicólogo o a un terapeuta emocional, prefirió montar este velatorio fake para que todos hablaran bien de ella (Los muertos siempre salen a hombros, recuerden). Tampoco deja de resultarme asombroso que estas chorradas se eleven al rango de noticia.
Quizás no sea tan extraño. En el pueblo gallego de Santa María de Ribarteme se celebra todos los años una romería en la que sacan a pasear a vivos por las calles de la ciudad… en ataúdes. Es gente que quiere experimentar esa sensación de ser llevado a hombros por sus colegas o familiares, pero ¡vivos! Con el ataúd al descubierto y como una especie de veneración, superstición, agradecimiento por haber superado determinados trances… cada uno tiene sus motivos, pero si Berlanga rueda este espectáculo lo tildarían de «inverosímil», «locura poco creíble».
Como la de las veinte mujeres que decidieron casarse consigo mismas en un acto conjunto, no sé si por la imposibilidad de encontrar pareja, o por salir de una soledad y una profunda depresión, y sentirse queridas por un día. Las imágenes no transmitían alegría, sino lástima. Poco tiempo después, la directora española Icíar Bollaín quiso darle una vuelta a esta necesidad de algunas personas y filmó La boda de Rosa como la bonita historia de una mujer que decidió quererse a sí misma y pasar del resto de los hombres. La peli tiene poco de hermosa. La soledad es muy jodida, estoy seguro.
Una de estas mujeres (no es coña) se casó consigo misma y se separó pocos meses después porque dijo que no se aguantaba. Era argentina. Quizás pensó que su cónyuge hablaba demasiado. En el fondo, yo creo que hay mucha gente necesitada de atención y estas pseudobodas son una manera de ganársela. Ya han inventado una palabra para esta práctica: soligamia. En algún artículo leí que la motivación de estas personas era el amor, porque «se amaban mucho a sí mismas». En mi adolescencia eso se llamaba masturbación y era un acto íntimo, no había por qué montar un sarao con amigos ni compartir ese sentimiento con los demás.
El terreno de las parafilias sexuales da mucho juego y Woody Allen describió algunas de ellas en Todo lo que usted siempre quiso saber sobre el sexo pero nunca se atrevió a preguntar. La fascinación por las grandes ubres, la excitación sexual exclusivamente en lugares públicos o el episodio que creo que todos recordamos con mayor claridad: el de Gene Wilder enamorado de su oveja. Aquello era un sketch del señor Allen, pero supongo que hay gente para todo. De siempre se ha hablado de ciertos pastores, granjeros y la relación con sus animales. Yo, sinceramente, ni lo imagino, ni quiero verlo (me consta que hay quien sube vídeos de estos a las redes). Algunos medios continúan con su labor «evangelizadora» iniciada hace años y periódicamente nos ofrecen algunas otras de estas extrañas aficiones:
Si la gente que practica el sexo con árboles o se excita poniéndose hormigas en sus partes no están de manicomio, yo ya no sé… pero supongo que hay que respetar la «diversidad» como nos cuentan, siempre y cuando no afecten a terceras personas. En el caso de la formicofilia, mi duda radica en saber si entran en conflicto la Ley de libertad sexual con la de Bienestar Animal, pero lanzo la pregunta al aire por si los que parieron ambas leyes tienen a bien contestar.
(Advertencia: aunque el tono del post pueda ser de chanza, jamás la haría con ciertas cuestiones: los agresores sexuales y los pederastas deben ir a centros especializados, sean manicomios o como se quieran llamar, dentro de cárceles de máxima seguridad y no salir de allí jamás).
Que cada uno disfrute su vida, sus gustos y manías como quiera, siempre y cuando no interfiera en las de los demás. El problema es que a veces ocurre que la identidad de género o la autopercepción de uno mismo sí entra en conflicto con las leyes que nos hemos dado para organizar esta fauna que es el mundo. Y hoy voy a dejarlo en esas personas que se hacen llamar «transespecie»: fulanos que dicen no sentirse humanos, ni identificarse como tales. El caso del japonés que se gastó 14.600 euros en transformarse en un collie, el británico que dice querer vivir como un dálmata o el tipo de las orejas de silicona. Paren el mundo, que me apeo.
Yo no digo que haya que llevarlos a un psiquiátrico, pero sí al menos podían evitar exponerlos en televisión. Que luego todas estas soplapolleces atraen a un montón de imitadores.
– Ah, retrógrado, carca, pollavieja, ¿estás impidiendo que una persona se autodetermine libremente como quiera o como se autoperciba?
– Pues, hombre, si un perro no paga impuestos y les reconocemos una exención fiscal por su transespecialidad, o si hay que subvencionar su transformación o una pensión el día de mañana, o darles un puesto de trabajo para no incurrir en discriminación «perruna», o si eso significa que tenga que hacerse una ley para que esta gente pueda vivir en su mundo ficticio, o si eso va a suponer que para no ofenderlos tenga que permitir que un tipo disfrazado de dálmata pueda cagar en un parque al lado de mi casa, pues sí, me opongo. Rotundamente.
Terminó 2023, ese año definido en el vídeo inicial de manera nada modesta como «un año a lo Indy» y arrancó ya 2024 con energía, así que vamos a por ello.
Estadísticas
2023 fue el año con menos post publicados hasta ahora, 48. Menos de uno a la semana que, por lo general, suele ser el objetivo marcado. Claro que, a esta cifra, hay que añadirle los 29 publicados en La Galerna y las apariciones en el canal de Kollins, que restan tiempo de preparación para el blog. La mayoría de las veces, los vídeos coincidan en los temas con lo tratado aquí por el amiguete Barney. En total fueron 16 colaboraciones en 2023 (lista de reproducción), en su mayoría centrados en la difícil convivencia de la salud económica con los resultados deportivos.
En cuanto al número de lectores, ha sido el segundo mejor año de la historia de este blog, con casi 35.000 lecturas, por detrás de un 2020 que solo fue magnífico en esta estadística. Casualmente, 2020 fue el segundo año con menor número de artículos publicados, luego se confirma que no es tanto una cuestión de cantidad como de calidad de los contenidos. O de dar con la tecla en el momento adecuado. Menos de un artículo a la semana, pero cerca de 100 lectores diarios, luego tendré que darme por más que satisfecho. Si reviso el top-ten de artículos más leídos, me encuentro con que muchos de ellos son de años anteriores, casi siempre de asuntos polémicos relacionados con el fútbol que no pasan de moda:
Mucho fútbol y eso que a uno, el personaje que más le gusta desarrollar es el de Travis, hablar de cine, de historias, de cómo enlazan unas con otras o de los grandes clásicos que nunca envejecen. Por poner en contexto las estadísticas mencionadas, todas las lecturas de este blog de un año entero alcanzaron el mismo número que el vídeo de más éxito en el canal de Kollins, de poco más de media hora. En el canal hay tres vídeos por encima de las 20.000 visualizaciones y uno de ellos, el que trataba la posibilidad de competir en otros campeonatos, alcanzó las 34.000. Son otros lenguajes más directos, más visuales, quizás más cercanos para mucha gente. Y también cuenta que cada vez se lee menos, que todo hay que decirlo.
Para comenzar el año en este blog, en lugar de plantear retos, lecturas o despropósitos como otras veces, lo que me inspira 2024 es sobre todo curiosidad. Es un momento convulso, de muchos cambios en muy poco tiempo, de incertidumbre, y lo que tengo no es miedo o dudas, sino curiosidad por saber cómo van a avanzar algunos temas.
Barney
Es un año clave para ver si la sentencia favorable a la Superliga supone la creación de una competición en la que desaparezca esa mafia llamada UEFA y en la que los fondos de petrodólares no arramplen con todo a su paso. Que sean los clubes los que establezcan las reglas de la competición, que hagan de la misma un torneo más interesante (al estilo de la apasionante Superliga de baloncesto) y que haya un equilibrio que ahora es imposible con los fondos ilimitados que reciben clubes como el PSG, el City o el Chelsea.
Año olímpico también. París 2024. Como cada cuatro años, me gustará acercarme a deportes que no sueles tener la oportunidad de ver durante el resto del ciclo olímpico. Y curiosidad por saber si las autoridades francesas son capaces de controlar el barrio de Saint Denis y de evitar que el estadio olímpico repita la vergüenza que fue la final de Champions de 2022.
Curiosidad y expectación por el retorno de Rafa Nadal a las pistas, por ver si nos regala una última temporada memorable, como lo han sido todas las suyas desde hace veinte años. La misma curiosidad que tengo en la evolución como jugador de Carlos Alcaraz y de otros del circuito (Jannik Sinner, fundamentalmente), en especial, para ver si son capaces de derrotar con solvencia a un Novak Djokovic que cada temporada parece más fuerte, joven y mejor jugador.
2024 debería ser un año en el que el caso Negreira o las irregularidades financieras del Barça le costaran un disgusto a este club que ha hecho de la corrupción su modo de actuar, pero no lo verán mis ojos. Todavía no ha empezado el juicio del caso Soule (que arrancó ¡en verano de 2017!) y antes de que arranque el de Negreira seguirán destruyéndose pruebas (las últimas, de esta misma semana, en la sede de la Federación Catalana) o falleciendo implicados (Contreras y Sánchez Arminio). No espero nada.
Travis
2023 ha sido un año en el que hemos podido ver los últimos estrenos de Nolan (Oppenheimer), Fincher (The killer), Scorsese (Los asesinos de la luna) y Spielberg (Los Fabelman, realmente de 2022), que, si bien no son sus obras más redondas, sí han hecho que el ejercicio dejara una buena cosecha. Me faltan muchas por ver, de entre las recomendadas por la crítica: Godland, Anatomía de una caída, The creator… Vi ese truñaco recomendado en Cannes titulado El triángulo de la tristeza, una tomadura de pelo infame, y no tengo el más mínimo interés por Barbie ni por las sucesivas secuelas, precuelas, spin-off, metaversos paralelos, etc. de superhéroes. Y entre lo que más he disfrutado del año, La sociedad de la nieve, la alemana Sin novedad en el frente y Babylon (aunque ambas sean de 2022).
Tengo curiosidad por saber qué nuevas tramas prepara Hollywood tras la huelga de guionistas y actores durante varios meses por sus protestas contra el uso de la Inteligencia Artificial y el reparto de derechos. La Inteligencia Artificial es una herramienta más para un guionista, pero siempre he tenido mis dudas acerca de si se puede utilizar para crear algo tan novedoso y bien urdido como un guion de Billy Wilder, tan rompedor como Tarantino, o con finales que te descolocan tanto como Shyamalan. La Inteligencia Artificial se entrena con todo lo ya existente, se alimenta de lo ya creado por otros, y hoy en día sin su uso ya podemos predecir el noventa por ciento de las tramas de las películas precisamente por el poco riesgo que asumen, luego no sé hasta qué punto resulta tan peligrosa para el gremio de escritores y guionistas.
El caso de los actores es diferente, porque ya hemos visto que con programas entrenados se puede hacer que Tom Hanks, Brad Pitt o Jessica Chastain «aparezcan» en una película sin haber pisado el plató y sin ver un chavo por su aparición. Quizás la respuesta a mis dudas esté en ese capítulo de Black Mirror que anticipa estos avances y su posible impacto en la creación cinematográfica: Joan es horrible. Interesante, divertido, perturbador. Un programa informático puede utilizar los rasgos de actores de carne y hueso para componer tramas casi en tiempo real. Quizás los actores vivos hayan ganado la batalla por el control de su imagen, pero tengo curiosidad por saber si veremos «nuevas obras» con los rostros de James Stewart o Katharine Hepburn. Ya se habla de resucitar a Elvis, menuda estupidez, ¡si todos sabemos que no murió!
Josean
Vaya año nos espera. La invasión de Ucrania, la guerra salvaje en Gaza, los piratas hutíes en el mar Rojo y su afectación al comercio mundial, el parón económico y en el horizonte de final de año, elecciones en Estados Unidos. Sorprendentemente, parece que repetirá Joe Biden como candidato demócrata y, de manera aún más sorprendente, las encuestas ponen a Donald Trump como favorito. Joder, la primera potencia del mundo, dadme fentanilo y me retiro una temporada.
Tengo curiosidad por los resultados de las elecciones, pero casi más por los meses previos y la guerra mediática que vamos a ver, y sin embargo, lo que más expectación despierta en mi yo economista es ver el resultado de las medidas ultraliberales que Milei se propone aplicar en Argentina. Un país rico que no funciona desde hace décadas, como Venezuela, y un empobrecimiento de la población más que evidente. También como en Venezuela. Los argentinos se han puesto en manos de quien promete revertir la situación o reventarla del todo. Me recuerda a aquel chiste de Hermano Lobo en los setenta, cuando un político cuestiona a sus seguidores: «¿Nosotros o el caos?». A lo que todos respondían:
Milei se ha propuesto cambiarlo todo, meter mano a unas estructuras arcaicas que no funcionan, vaciar todo lo posible el aparato del Estado y la carga pública, luchar contra la corrupción sistémica y la población subvencionada, revertir decenas de «derechos adquiridos»… Lo veo muy difícil, y la batalla interna va a ser cruenta, pero, como decía, tengo más que curiosidad.
La Fundación del Español Urgente, perteneciente a la RAE, seleccionó al final del año 2023 la palabra del año y esta fue «polarización». No podía ser otra. La sociedad está cada vez más distanciada y enfrentada en sus posturas. En Estados Unidos, en Argentina, por supuesto en todos los conflictos armados, pero, por desgracia, también en Europa (Países Bajos, Suecia, Polonia, Hungría, Italia, Francia…) y en España. En nuestro país los principales líderes políticos agitan el fantasma de las dos Españas con una desvergüenza absoluta, tratando de sacar réditos electorales. Tengo cierta curiosidad por saber cuánto va a durar este gobierno en el que cada medida que se trate de aprobar va a ser un dolor de muelas por las exigencias de los socios, partidos cada vez más cerrados en «su mundo» y nada interesados en los efectos globales o generales de dichas medidas. En este blog y en el año recién terminado, la mayoría de los post se han centrado en las medidas fiscales, casi todas con la creación de nuevos impuestos para incrementar la recaudación (ya en cifras récord), pero se trabaja muy poco en la contención del gasto público.
Lester
Este blog nació con la idea de mantenerse un año, probar y poco más. El noventa y nueve por ciento de los blogs duran menos de esos 12 meses. Empiezan con fuerza, con ideas, pero el entusiasmo inicial se agota y desaparece. Como los textos. Este blog de los «Cuatro amiguetes y unas jarras» cumplirá diez años en agosto, y quizás sea el momento de distanciarse también, de enfocarme en ese «otro proyecto» al que no soy capaz de dedicarle tiempo. Para entonces el blog llevará cerca de 700 post, en ese tiempo he publicado tres libros y las ganas no escasean, sino todo lo contrario. Para la celebración de esos diez años habrá que ir pensando en algo especial y, llegado el momento, decidir hacia dónde tirar. Hasta entonces, mil gracias a todos los lectores por seguir ahí, al otro lado, interesados en las propuestas que van surgiendo entre cervezas imaginarias de cuatro amiguetes inventados.
No había salido aún del cine de ver el Napoleón de Ridley Scott y ya me estaba preguntando por qué esa manía de algunos directores por convertir a estos líderes megalómanos, tipos tiránicos en sus formas o dictadores en sus distintas acepciones, en completos anormales. Cuando no imbéciles. El Napoleón que interpreta Joaquin Phoenix no nos lo muestra como un imbécil integral, pero sí está más cerca de su papel de tarado como Joker que de un tipo inteligente o brillante como sin duda debió de serlo el Bonaparte original.
La interpretación del actor protagonista es mi principal pega a la película, dos horas y cuarenta minutos con momentos muy disfrutables, como todo lo que rueda el bueno de Ridley, pero con escenas que te hacen pensar mientras la ves: “¿de verdad un anormal así pudo hacer que un país entero como Francia se plegara a sus designios?”. Eso, y la otra gran pega, que es la relación bipolar y, por momentos, infantil con Josefina. No cuestiono el rigor histórico porque no soy ningún experto y eso ya lo han hecho otros en artículos muy didácticos y repletos de datos (aquí ya dediqué a la falta de rigor hollywoodiense aquel post titulado Una furgoneta del siglo XIII). Tampoco discuto la calidad de las escenas de batalla, la fotografía (Scott siempre fue un maestro) o la maravillosa ambientación, pues se ve el dineral invertido en cada fotograma.
Lo que me pasa con las películas que tienen como centro de la acción a un líder carismático, capaz de hacer que un país entero siga a pies juntillas sus delirios de grandeza, es que exijo que ese personaje tenga todo lo contrario de lo que muestra Joaquin Phoenix. En esta o en aquel lejano ya Gladiator en el que se sintió muy cómodo en su histriónico papel de Cómodo. A ese líder tiránico le exijo que sea “grande”, que tenga una capacidad intelectual muy por encima de los que lo rodean, que sea un visionario, que anticipe los distintos escenarios que pueden suceder, que tenga un carisma que se huela en cada escena, que se coma al resto de los actores con cada gesto o mirada. Que sea un hijo de puta, sí, pero listo, un listo cabrón hijo de puta. Que aniquile por venganza o por previsión. Y que inspire tanto respeto en los suyos como miedo en los rivales. Es lo que echo de menos en el Napoleón de Scott y Phoenix, algo que sí tenían los de Marlon Brando (Desirée) y Rod Steiger (Waterloo). Tengo pendiente el Napoleón de Abel Gance (1927), para algunos la mejor del personaje, pero dudo mucho de la contención gestual del protagonista, ya que hablamos de la época del cine mudo.
El objeto del post de hoy no es hablar de la figura de Napoleón, sino de la estupidización de los tiranos en el cine, de la ridiculización, a veces exagerada, de tipos que eran unos redomados hijos de puta. Es cierto que las formas de algunos de ellos llaman a la parodia, como mostró Roberto Benigni con la figura de Mussolini en La vida es bella, en aquella entrada al pueblo subido a un coche en la que no se distinguía si hacía el saludo fascista o si estaba pidiendo a los aldeanos que se apartaran. “Entrada prohibida para judíos y perros”. Si no fuera porque esos carteles o similares existieron, no nos resultaría tan patéticamente graciosa la respuesta de Benigni al chaval: “ahí hay otra tienda que no deja entrar a españoles ni a caballos. Y hace poco vi una tienda que no admitía chinos ni canguros. A partir de mañana ponemos un cartel en nuestra librería que prohíba la entrada a las arañas y a los visigodos”.
Las películas de parodias norteamericanas del trío ZAZ (Zucker, Abrahams y Zucker) juntan a varios de estos dictadores, como en el arranque de The naked gun (aquí bajo el título letal de Agárralo como puedas). Jomeini, Gaddafi, Yasser Arafat, Idi Amin… incluso Mijail Gorbachov aparece por allí:
¿Tendrá Jomeini una mohicana naranja bajo el turbante, como sugiere este hilarante arranque? Los mismos ZAZ rodaron la segunda parte de Hot Shots en 1993, pocos años después de la invasión de Kuwait por parte del ejército iraquí de Sadam Husein, quien lógicamente no escapó a su correspondiente parodia:
«Desayuno, firmar penas de muerte, almuerzo con Gaddafi, ejecución, ejecución y fiesta de cumpleaños» se puede leer en su planning del día. Y un momento final como un Terminator del tipo T-1000, quizás para incidir en la «Inhumanidad» del sátrapa iraquí:
Podemos reírnos de toda esta panda de energúmenos, o podemos hacer como otros, que creen que no deberíamos trivializar con las figuras de los dictadores. Idi Amin debía estar a años luz de la parodia de los ZAZ y seguramente mucho más cercano al tipo que interpretó Forest Whitaker en El último rey de Escocia: listo, hábil, carismático, con sentido del humor. Y un hijo de puta al que temer. Como sin duda lo sería Stalin, cuya filmografía dedicada es muy inferior a la de Hitler. Suele aparecer como un alcohólico asocial que extermina por placer, lo cual dista mucho de ser una parodia, como en las breves apariciones en El abuelo que saltó por la ventana y se largó y en La muerte de Stalin.
Los personajes que han resultado tan extremos en sus vidas son carne de parodia, por muy dañinos que fueran en sus vidas. La sucesión de Stalin y todos los tópicos sobre el Partido Comunista de la Unión Soviética se juntan en la segunda de las películas mencionadas: el silencio forzado, el miedo a opinar, la una…nimidad en la toma de decisiones. Por su parte, el abuelo centenario sueco de la primera también conoció durante sus andanzas a Francisco Franco, a quien nos presentaron en pantalla como un tipo cercano aficionado a las sevillanas. Y sinceramente, no sé si yo estaba preparado para ver al Caudillo moviendo las muñecas de esa manera. O para verlo con el aspecto algo orondo de Juan Echanove en Madregilda, jugando al mus mientras escucha chistes sobre Stalin y su persona:
El modo de hablar tan característico de Franco se presta a la imitación chusca, pero aquí Echanove lo convierte en irreconocible. Como lo era Juan Diego por otros motivos orales y gestuales en Dragon Rapide. Me gustó la interpretación que hizo de Franco el actor Santi Prego en Mientras dure la guerra, el acercamiento sincero que hizo Alejandro Amenábar de nuestra guerra civil. Y aún más me gustó el Millán Astray listo e hijo de puta que compuso Eduard Fernández en la misma película. La voz de Franco y su manera de pronunciar eran muy características, muy aptas para las parodias de tantos cómicos o imitadores como hay en nuestro país. Uno de estos actores cómicos, Carlos Areces, interpretó en una ocasión a Franco en un programa de Buenafuente y lo hizo con tanto acierto que Fernando Trueba lo escogió para meterse en la piel del dictador en La Reina de España, en la que mantiene un intenso cara a cara con la actriz Macarena Granada (Penélope Cruz).
Lo cierto es que el personaje de Penélope Cruz sabía lo que era mantener la mirada a un tipo de estos que se cree con derecho a disponer de las vidas del resto de los ciudadanos, pues ya en la primera parte de esta comedia sobre una banda de cómicos, La niña de tus ojos, había tenido que lidiar con un Goebbels incapaz de controlar su libido. ¿Está bien reírse de estas parodias? Pues no sé si lo está o no, pero yo reconozco que me he deshuevado con varias de estas películas. Como el humor salvaje que utilizó Sacha Baron Cohen para crear un dictador ficticio que es una mezcla de Sadam Hussein y Gaddafi en El dictador. Y no deja de resultar cachondo que, con todas las barbaridades que hace y dice el protagonista (el trueno de Faluya, bromas sobre el 11-S, «¿es niño o aborto?» sobre un recién nacido,…), lo que más gracia me sigue haciendo es su discurso en las Naciones Unidas sobre las bondades y virtudes de una dictadura. ¿O está hablando de otro país?
Y también lo pasé bastante bien con la primera mitad de The Interview, la mordaz sátira sobre Kim Jong-Un que tanto molestó en Corea del Norte. Ese coreano con problemas de sobrepeso y llorando con las canciones de Katy Perry es impagable, aunque decaiga en la segunda mitad.
Dejo para el final a Adolf Hitler. No sé si sería como el tipo astuto que reúne a sus generales en Valkiria o como el (demasiado humano) personaje que compone Bruno Ganz en El hundimiento, película que, por cierto, contiene una de las escenas más utilizadas para parodias de todas las redes sociales (vale para fútbol, política o personajillos de los saraos televisivos). Desde luego no sería como el Hitler bobalicón que imagina el niño de Jojo Rabbit, ni como el Hitler gay que crea Mel Brooks para Los productores. Un Hitler gay era un argumento infalible para perder dinero en una producción, como dice el productor en la obra.
A mí me admiran dos de estas parodias. Pero en especial por la época en la que fueron realizadas. La primera, la del «Hail yo mismo» sobre las propias calles de Polonia en Ser o no ser. Dirigida por el genio Ernst Lubitsch ¡en 1942!, un judío alemán que se nacionalizó estadounidense en 1933. Una película muy disfrutable hoy en día, pero para la que había que tener el estómago necesario en aquellos años.
Y el premio al visionario fue para Charles Chaplin por El gran dictador, escrita, dirigida y protagonizada por el mismo genio británico en 1940. Tenía mucho más claro que los dirigentes de su país lo que estaba por venir. Fue capaz de hablar de la persecución de los judíos, de la aniquilación de la libertad de expresión en el país y de las ansias de expansión de los nazis cuando apenas acababan de comenzar sus incursiones. Y nos regaló este triste y maravilloso discurso que se ha repetido mil veces por la potencia del mensaje:
¿Podemos reírnos de los dictadores? En absoluto. De sus parodias, totalmente. Es necesario.