Mala idea, por Lester

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Siempre tuve envidia de esa gente que llega a un aeropuerto después de un vuelo de varias horas y se encuentra nada más abrir la puerta de “Llegadas” con un tipo que le espera con un cartel con su nombre. ¿Hay algo mejor en esta vida que el hecho de que te reciba un conductor que te va a llevar directo a tu hotel para descansar? El caso es que mi modo de viajar nunca fue el de esos “Mr. Smith”, “Familia Lopes” o “Sr. Sánchez” de los carteles, sino el más barato, económico, lowcostero o cutre que uno se pueda imaginar. Y doy fe de que hace falta mucha imaginación para viajar por el mundo a bajo coste.

Así que hace años decidí ser ese “Mr. Something” de los carteles. “¿Por qué no?”, pensé, “seguro que estos tíos no conocen al sujeto al que vienen a recibir, ni tienen una foto suya y tampoco piden acreditaciones”, así que pensé que podía ser un modo cojonudo de abaratar el trayecto al centro de la ciudad que visitaba.

Planeé bien el primer golpe, en Gatwick, Londres. Leí disimuladamente de un vistazo rápido todos los carteles de los conductores, localicé un apellido español, “Mr. Rguez.” y un conductor que pareciera paquistaní, y le hice la seña: “yo soy su hombre”. Tras mirarme de modo inexpresivo, el “paki” hizo ademán de coger mi petate, a lo que me negué y me indicó con un inglés peor que el mío que le acompañara. Le seguí por el parking de la terminal, me invitó a subir a un coche amplio y me llevó los cincuenta kilómetros sin decir apenas una palabra. No tengo remordimientos, pero le pagué del único modo posible una vez llegado a ese punto: en un semáforo junto a Hyde Park, abrí la puerta del coche y me largué sin decir palabra. Me interné rápidamente en el parque y adiós muy buenas. Más barato y cómodo, imposible. Aquel primer golpe me supuso una satisfacción inmediata, aspiré el aire del parque londinense y me felicité a mí mismo por la pericia mostrada.

Llegadas

Ser un hijoputa molaba, pero ser un hijoputa listillo molaba mucho más. Con el tiempo (y los viajes) fui perfeccionando mi estilo y tomando ciertas precauciones: que hubiera una sola persona esperando, que tuviera pinta de hablar poco inglés, si es que eso se puede detectar hoy en día, salir con gafas de sol o una gorra, o ambas, nada de llevar varios bultos ni dejar que me los colocaran en el maletero,… Por supuesto yo no sabía si esos trayectos habían sido pagados de antemano o si eran de cortesía de alguna empresa, si me llevaban a una punta de la ciudad o a un hotel en el centro, nada. Ni lo sabía, ni lo podía saber, así que optaba por bajarme siempre en un sitio con fácil escapatoria. Y aun con todas esas precauciones, en alguna ocasión tuve que tirar de mis mejores recursos para escapar de alguna situación complicada. Como en Bangkok, con aquel tipo de la tablet. Me acerqué a él, a su cartel con el nombre de «Mr. Martinez» y levanté el dedo índice.

– Sure? -me dijo el tipo tras clavarme la mirada. Pasó un dedo por la pantalla de la tablet y apareció el rostro de un hombre que rondaría los sesenta-. Mister Luis Martinez, you?

Evidentemente no iba a salirme con la mía, así que solo quedaba probar la respuesta que ya había ensayado para estas ocasiones:

– Oh, no, sorry. My name is Rodrigo Martínez -fingí una carcajada-. Ha, ha, ha -el charlie mantenía su mirada fija en mí sin cambiar el rictus-. Ha, ha, ha, Luis, no Rodrigo -pronuncié mientras me largaba de allí al divisar a unos metros al verdadero Luis Martínez de la foto.

Aquel día me tocó tirar de transporte público y me jorobó bastante. No en vano a esas alturas de mi vida, rondando los treinta, ya había viajado de gorra una veintena de veces y empezaba a no estar acostumbrado a buscar un tren o un autobús que me llevara al centro de las ciudades.

En Berlín lo bordé. No es que el conductor me llevara al centro de la ciudad, es que «me dejó» a cincuenta metros del hotel. Vi el camino que llevaba por el interior de la ciudad, por la Lindenstrasse y le pedí al conductor que parara un momento junto a un cajero para sacar dinero. Estaba un poco reacio por la incomodidad del sitio para parar, de lo cual yo era obviamente consciente, así que le sugerí que diera una vuelta a la manzana mientras sacaba dinero para la generosa propina que le ofrecí. Por supuesto ni propina, ni cajero, ni españolito danzando por la calle un par de minutos después. Aquel día me zampé una jarra de un litro entera a la salud del pobre Friedrich.

Otra de las precauciones que incorporé a mi catálogo con los años fue la de comprobar que la puerta del coche se podía abrir desde dentro, no fuera a llevar uno de esos sistemas bloqueados que me impidieran la fuga. Así que lo que hacía al poco de arrancar era carraspear, rascarme la garganta en claro anticipo de un esputo en ascenso y abrir la puerta para soltar un gargajo. Los conductores solían mirarme con desdén, cuando no con visible asco, pero a mí me tranquilizaba al saber que no iba a quedar atrapado.

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Lo que me cuesta reconocer es que este tipo de comportamientos no siempre fue una buena idea. Aquella noche forcé demasiado la situación. Nuestro vuelo aterrizó en Nueva York con cinco horas de retraso. La pereza que me daba buscarme la vida para llegar a Manhattan fue muy superior a las dudas que podía tener. Como solo llevaba un bulto, fui de los primeros en salir de la terminal al área de llegadas. Localicé al «primo» que podría llevarme y de entre todos ellos, con sus caretos visiblemente cansados por las largas horas de espera, encontré a uno que mostraba un cartel con un apellido alemán muy largo, Schwarzenbeck, Schwartzmann, o algo así. Perfecto, me haría pasar por alemán y así no tendría ni que fingir mi nivel de inglés durante el trayecto.

Supe que el conductor era árabe, no tanto por el color de la tez y mi perspicacia, sino por el cartel de Abdullah que lucía en su uniforme. Me pidió que le siguiera rápidamente hacia fuera. Sus pasos eran apresurados y solo ese nerviosismo podía haberme dado ya una señal de aviso. El coche era una limusina negra con los cristales tintados, «Wooow!», pensé. Abdullah me abrió la puerta y subí a la limusina con una sonrisa de oreja a oreja que se me borró a los dos segundos. El tiempo de ver que dentro del amplio habitáculo había otra persona, un tipo de traje y corbata que me extendía la mano con poco entusiasmo.

– Llegamos tarde a la fiesta -me dijo en un perfecto inglés con acento british europeo-. Mi nombre es Martin.

Le estreché la mano y me acomodé (e incomodé) en el asiento.

– ¿Agua, vino, un whisky? -me ofreció mientras abría un mueble bar justo frente a mi asiento.

– No, gracias. O mejor, solo agua.

Mientras me servía un vaso y el coche se incorporaba con celeridad a la autopista, el gentleman se puso a hablar:

– Por culpa del retraso de su avión no tenemos tiempo ni para que pase por el hotel a darse una ducha. Sé que no es lo mejor, pero aquí tiene el traje, un par de camisas y varias corbatas para que elija -abrió la cremallera de un portatrajes y me mostró todas las prendas-. Espero que no le importe cambiarse aquí mismo, puede asearse y tenemos varios perfumes a su gusto. La condesa está histérica y quiere que le llevemos lo antes posible, sin más dilaciones. Hay más de doscientos invitados esperando ya su llegada.

«Ay, mi madre», pensé. Hice el número del carraspeo y el gargajo, pero tampoco funcionó porque comprobé que la puerta de la limusina estaba cerrada. Comencé a cambiarme de ropa para no despertar sospechas. «Piensa, piensa, piensa». Tenía que probar otras cosas:

– ¿Le importaría parar un momento en esa casa de cambio, que tengo que sacar unos cuantos dólares para…?

– ¡Imposible! -contestó Martin-. No hay tiempo que perder y el dinero no es un problema en su familia. No va a necesitar dólares esta noche.

Sobre una mesita junto al mueble bar había unos folletos que hablaban de la fiesta de los Schwarzeleches. La condesa hacía una fiesta para celebrar la vuelta de su hijo menor a los Estados Unidos tras una década en Europa. Miré la foto del chico, «la madre que me parió, es clavadito a mí, con algo más de nariz, pero es casi un mellizo alemán». Y además tenía una talla muy similar a la mía, como comprobé al probarme el traje y una de las camisas de seda.

La cosa pintaba mal. Y pintó peor cuando vi que nos dirigíamos a un casoplón en Brooklyn. Una mansión cuyo tamaño, solo de la verja de entrada, era mayor que mi apartamentillo en Chamberí. Podía divisar la casa en lo alto de la colina, al final del camino serpenteante por el que avanzaba Abdullah con la limusina. Y luces, muchas luces. Y bullicio, mucho bullicio.

Fue una mala idea, como escribí unos párrafos antes. Tan mala como que después de dos meses esto es lo primero que soy capaz de escribir en un teclado. Los dedos de la mano  derecha empiezan a cobrar la movilidad tras la fractura múltiple, y el médico me ha dicho que a la izquierda todavía le quedan cuatro o cinco semanas más.

Pero viajé gratis, eso sí. No se puede tener todo en esta vida.

 

 

 

La gran siesta de la democracia (y II), por Josean

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Durante décadas escuchamos o leímos cómo se utilizaba la cursilería esa de «la gran fiesta de la democracia» para referirse a la ilusión que provocaba ir a votar, al menos las primeras veces, creer que podíamos decidir sobre algo tan importante como la elección de nuestros dirigentes para los siguientes cuatro años. Tras cambiarlo por «siesta» para referirme a la modorra que nos provocaba la repetición de este proceso dada la inutilidad de las anteriores, uno de los lectores me dejó en los comentarios una mención a que llevábamos cuarenta años de siesta, y que «cuando despertemos, el dinosaurio todavía estará allí».

Pues sí, le doy toda la razón. Ese dinosaurio es el nacionalismo, que no solo seguirá allí, sino que habrá crecido, engordado y reproducido. Posiblemente no haya nada más prehistórico que el sentimiento de pertenencia a una tribu que hermana a todos los nacionalismos/regionalismos, esta es mi tribu, mi grupo, tenemos unas características comunes y nos juntamos para defendernos de las tribus vecinas. Lo peor es que hemos alimentado a ese dinosaurio y lo hemos cebado pensando que podríamos dominarlo, pero ahora es un voraz tiranosaurio desbocado.

Uno analiza los resultados de las elecciones del pasado domingo y comprueba que tropezamos en la misma piedra de siempre, la anomalía de este «magnífico» sistema que nos condena a depender de los nacionalismos para formar gobierno. Igual que hace un año. El mismo motivo que hizo que no se aprobaran los presupuestos hace doce meses y que provocó las elecciones del 28-A. Las mismas razones por las cuales los partidos que podían hacer de bisagra que uniera el bipartidismo, ya fueran Ciudadanos y Más País ahora (con reservas), o UPyD en el pasado, estén condenados a su infravaloración y con ello a la irrelevancia y, por qué no, a la desaparición.

Ya sé que esto se ha explicado mil veces, pero no está de más verlo de nuevo con las cifras definitivas extraídas de los resultados del 10-N. Dejando al margen los cuatros partidos con mayor número de votantes, PSOE, PP, Podemos con sus diferentes marcas y Vox, he agrupado a la mayoría del resto de partidos en dos bloques:

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O explicado de un modo más gráfico, que esto del Excel bien utilizado te lo hace en un momento:

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Es absurdo, es surrealista, pero sobre todo es suicida. Al final la gobernabilidad de toda la nación depende de los localismos, sean rupturistas o no, moderados o violentos, secesionistas o cooperadores, me da igual, todos van a tender a lo mismo: anteponer el interés particular de su región, conseguir las mayores ventajas para los miembros de su tribu o aldea, si se me permite el símil del principio. Que en el fondo es lo mismo que han hecho los dos principales partidos, los que podían haber cambiado este sistema, los únicos que llevan gobernándonos desde 1982: anteponer el interés particular de todos «los suyos» al general, preocuparse de todos aquellos a los que han ido colocando durante décadas en puestos remunerados en la administración pública (y después en las grandes empresas privadas). Si para mantenerse tenían que pactar con Pujol o Arzallus, lo hacían, ya fuera González, Aznar, Zapatero, Rajoy o Sánchez.

El libro ¿Por qué fracasan los países? de los economistas Daron Acemoglu y James Robinson resulta visionario en ese sentido. Distingue entre países que fomentan unas élites extractivas frente a otros que promueven instituciones inclusivas. Las élites extractivas «tienen como objetivo extraer rentas y riqueza de un subconjunto de la sociedad para beneficiar a un subconjunto distinto», mientras que los segundos «crean mercados donde las personas no solo tienen libertad para ejercer la profesión que mejor se adapta a su talento, sino que también proporcionan la oportunidad de que sea así». PSOE y PP han funcionado como élites extractivas, pero además con su actitud han fomentado la aparición de las élites extractivas nacionalistas, de mayor voracidad.

Tanto el PSOE como Unidas Podemos han perdido un importante número de apoyos, 730.000 votos los primeros y 630.000 los de Iglesias. Le han visto las orejas al lobo y van a hacer cuanto puedan para agarrar el poder y mantenerse ahí cuatro años. Resulta hilarante escuchar las palabras de Pedro Sánchez hace apenas dos semanas acerca de lo difícil que iba a ser para él conciliar el sueño teniendo a Pablo Iglesias y a los suyos en el Consejo de Ministros y ver ahora a ambos dándose abrazos y alterando los términos que utilizan para aparentar una confianza y un entendimiento que no tienen ni de lejos. Son esclavos de sus palabras y dicen mucho de la categoría de todos ellos (no excluyo a casi nadie) sus continuos cambios de opinión sobre el problema catalán, los impuestos, la normativa laboral, el concepto de nación, la independencia del poder judicial y por supuesto, acerca de sus rivales y ahora aliados.

Durante esta semana he visto y escuchado a gente muy preocupada por lo que está por venir. Determinados medios asustados por los 52 diputados de «¡la extrema derecha!» y no por los de Bildu, la CUP o los CDR, digo, ERC. Otros medios, por el contrario, hablando de la ruptura de España, los Balcanes 2.0, los bolivarianos, ¡Venezuela! El miedo de algunos recuerda a 2015, cuando «los antisistema», como los denominaron entonces, se hicieron con el control de los ayuntamientos de Madrid, Barcelona, Zaragoza y Valencia.

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Lo que de verdad me preocupa no es tanto este pacto como la cantidad inagotable de cesiones que van a tener que hacer a toda esa maraña de partidos que suma 39 escaños para lograr su apoyo o abstención.

Algún día habrá que acabar con la anomalía de que un voto valga muy distinto dependiendo de la provincia en la que haya sido depositado, porque nos estamos poniendo una pistola en la sien. Se generan además otros peligros, como se ha visto con el escaño obtenido in extremis por el PP en Vizcaya, por 61 votos de diferencia, el centenar de sufragios que ha impedido la entrada del partido Islamista Coalición por Melilla en el Congreso o el peso de los centenares de votos anulados a Vox en Navarra. Se amplifica el poder del voto en algunas provincias y con ello se prima la posibilidad de manipulación.

Apenas veinticuatro horas después de las elecciones, socialistas y comunistas alcanzaron un pacto por una mayoría autodenominada hasta la saciedad «progresista». Publicaron los diez puntos en los que se basará el acuerdo de gobierno, y en los mismos se puede encontrar un poco de todo, intenciones universales con las que es imposible estar en desacuerdo al menos hasta que se lea la letra pequeña y gasto público, mucho gasto que se pretende cubrir de algún modo según se desprende de las últimas dos palabras: equilibrio presupuestario.

1. «Consolidar el crecimiento y la creación de empleo: combatir la precariedad del mercado laboral y garantizar trabajo digno, estable y de calidad». Pocas veces los gobiernos de las naciones crean puestos de trabajo, salvo los del propio partido o el personal público, que con las limitaciones presupuestarias de estos últimos años ha sido escaso. “Consolidar el crecimiento y la creación de empleo” cuando las cifras dicen todo lo contrario suena a broma de mal gusto. La EPA publicada justo un día después del debate anunciaba la mayor destrucción de empleo en siete años, y la Unión Europea anunció esta semana una rebaja de las expectativas de crecimiento para 2020. Hay que arrancar ya, de una vez.

2. Trabajar por la regeneración y luchar contra la corrupción. La sentencia de los ERE se va a conocer a lo largo de la próxima semana y ya hay quien ha dicho que si Pedro Sánchez llegó al gobierno tras la moción de censura para desalojar a Rajoy por la sentencia de la Gürtel debería ser coherente y marcharse a su casa. No lo hará porque su respuesta será que él no estaba en el PSOE andaluz ni era el líder del partido durante esos años. Y a otra cosa.

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3.- Lucha contra el cambio climático. Pues vale, y la paz mundial.

4.- Fortalecer a las pequeñas y medianas empresas y a los/as autónomos/as. «Impulsar la reindustrialización y el sector primario. Facilitar desde la Administración las bases para la creación de riqueza, bienestar y empleo, así como el impulso digital». Las instituciones inclusivas según Acemoglu y Robinson. Sin embargo, el modelo de Podemos es una economía fuertemente intervenida. Veremos.

5.- «Aprobación de nuevos derechos que profundicen el reconocimiento de la dignidad de las personas como el derecho a una muerte digna, a la eutanasia, la salvaguarda de la diversidad y asegurar España como país de memoria y dignidad». Aquí empezamos a entrar en temas que requieren la aprobación de leyes en el Congreso y sobre todo un amplio consenso que ahora mismo no existe. Respecto a la memoria, solo pido un imposible: que no sirva para dividir y polarizar aún más a la sociedad como lo ha hecho en estos últimos quince años.

6.- Asegurar la cultura como derecho y combatir la precariedad en el sector. En el real decreto sobre un tema totalmente distinto como el registro de jornada ya se colaron algunos artículos sobre el estatus de los artistas. Y claro que la cultura es un derecho, pero ¿qué significa esta frase? «¡Más subvenciones para los actores, para los de la ceja!», pronostican algunos. Veremos.

7.- «Políticas feministas: garantizar la seguridad, la independencia y la libertad de las mujeres a través de la lucha decidida contra la violencia machista, la igualdad retributiva, el establecimiento de permisos de paternidad y maternidad iguales e intransferibles, el fin de la trata de seres humanos con fines de explotación sexual y la elaboración de una Ley de igualdad laboral». Se aprobó un real decreto que recogía la mayoría de estos aspectos en marzo y aquí ya le dediqué dos posts completos, así que no voy a dar más la brasa con el tema.

8.- Revertir la despoblación: «apoyo decidido a la llamada España vaciada». Nada que objetar. A ver cómo lo plantean, a ver si encuentran la fórmula milagrosa.

9.- Garantizar la convivencia en Cataluña: «el Gobierno de España tendrá como prioridad garantizar la convivencia en Cataluña y la normalización de la vida política. Con ese fin, se fomentará el diálogo en Cataluña, buscando fórmulas de entendimiento y encuentro, siempre dentro de la Constitución. También se fortalecerá el Estado de las autonomías para asegurar la prestación adecuada de los derechos y servicios de su competencia. Garantizaremos la igualdad entre todos los españoles». Diálogo, pero siempre dentro de la Constitución. ¿Lo habrán entendido los Junqueras, Torras y los abrazaCDRs? Espero que no se traspasen dererminadas líneas, y no estoy seguro de la firmeza del PSOE o de Sánchez llegado a cierto punto de la negociación. Enfrente habrá tipos como Torra o Pere Aragonés a quien esta misma semana escuché decir que el corte de carreteras o todo el vandalismo reciente forma parte del legítimo derecho de manifestación de los ciudadanos que la Generalitat debería proteger. Con dos cojones. Respecto al fortalecimiento de las autonomías, creo que va en el sentido contrario al que debería ir, de ahorro de gasto, pero claro, necesitan el apoyo de todos esos partidos regionales. De nuevo el problema del sistema.

10.- Justicia fiscal y equilibrio presupuestario. «La evaluación y el control del gasto público es esencial para el sostenimiento de un Estado del bienestar sólido y duradero. El Gobierno impulsará políticas sociales y nuevos derechos con arreglo a los acuerdos de responsabilidad fiscal de España con Europa, gracias a una reforma fiscal justa y progresiva que nos acerque a Europa y en la que se eliminen privilegios fiscales». Subida de impuestos, sin duda, como si con eso y no con un férreo control del gasto se pudiera alcanzar el equilibrio presupuestario. Podemos ya planteó el impuesto a la banca hace un año y por justicia fiscal entienden que es crujir a las grandes empresas. El argumentario habitual. Supongo que desde Europa pondrán coto a presupuestos inverosímiles.

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En estas estamos, repletos de incertidumbres que se resolverán en las próximas semanas. Si el PSOE cede mucho tendremos un gobierno con la mochila repleta de compromisos inasumibles. Y si no, ¿elecciones de nuevo en abril?

Qué pereza, ahora sí que me voy a echar la siesta.

Cara Josean

La gran siesta de la democracia, por Josean

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Hace mucho tiempo que la cursilada esa de “llega la gran fiesta de la democracia” no cala entre nosotros, los votantes. Y no lo hace por la sencilla razón de que estamos hasta las pelotas de este sistema que nos lleva siempre al mismo callejón sin salida, pero mucho más hasta las pelotas estamos de los dirigentes que permanecen mirándose el ombligo, atacando cuando no insultando al rival, mintiendo, poniendo líneas rojas y empujándonos sin pudor al callejón.

Llevo toda la semana pensando de qué manera plantear este post acerca de las elecciones de hoy, las cuartas en cuatro años, y no lo he tenido nada claro en ningún momento. Para que os hagáis una idea, estas son las ideas que comencé a escribir:

  • Hartazgo electoral: cambiando la primera palabra del título por empacho, tedio o hastío. En este blog en el que tanto he renegado del bipartidismo, al final voy a acabar anhelando su vuelta. La fiesta se ha transformado en una siesta, y cuando uno se despierta de la siesta tiene tal modorra que no le apetece hacer nada. ¿Ir a votar? Pffff, qué pereza, casi prefiero la infumable peli alemana esa de después de comer.
  • El debate y la del bate: cierto es que el título recordaba a obras infames de nuestro cine, como El ete y el oto, parodia de E.T. perpetrada por los Hermanos Calatrava, o El potro, la potra y el que las empotra, la peli porno de Poli Díaz, pero quería referirme al bajísimo nivel del debate del pasado lunes, soporífero, maleducado y falto de propuestas, en contraposición con esa Inés Arrimadas que cuando saca el bate y se pone a repartir cera está hablando nuestro mismo lenguaje. Cabreada, indignada y repleta de razones. A partir de mañana, supongo que sustituirá a Albert Elecciones 3Rivera al frente de Ciudadanos. El debate del lunes, el que tenía que habernos ayudado a los millones de indecisos, solo se hizo llevadero con las bromas de amigos, o viendo en Twitter que vivimos en un país con tal hartazgo de la situación que en los trending topic se colaron Doraemon, Adoquín y mamadas. Esas eran nuestras preocupaciones mientras veíamos a los líderes de los cinco principales partidos tirarse los trastos a la cabeza.

Cada vez que llegaban las elecciones (y no solo las generales) en este blog me he mojado sobre su importancia, la necesidad de ir a votar o incluso lo que me disgustaba de algunos, o lo que me disgustaba aún más de sus competidores. Releo lo que he publicado en estos cinco años de blog y me sale que yo también soy un puñetero brasas rajando de este tema, tanto que os voy a provocar esa misma siesta de la democracia que tanto critico:

Mayo de 2015. Habrá que ir a votar, ¿no?: aunque sea un voto en blanco o nulo, como hago desde hace años para el Senado. La diferencia entre uno u otro es relevante en el reparto proporcional final.

Diciembre de 2015. A quién votamos (I): donde me quejaba de que no nos dejan elegir a los que de verdad marcarán la política económica de los próximos cuatro años, esos tipos de Bruselas que han convertido la Unión Europea en un ente absurdo más que mantener. La teoría de las élites extractivas en el sentido de Acemoglu y Robinson, una clase política que ha creado “…un sistema de captura de rentas que permite, sin crear riqueza nueva, detraer rentas de la mayoría de la población en beneficio propio».

Diciembre de 2015. A quién votamos (y II): por si no hubiera dado suficiente la matraca, dando mis razones de aquellos a los que no pensaba votar.

Junio de 2016. Sin miedo a votar: la vergonzosa repetición de las elecciones generales (tan lamentable como la de hoy) se juntó con la votación del Brexit, para concluir peligrosamente que “a ver si lo mejor no va a ser dejar la elección de los temas importantes a la mayoría”.

Febrero de 2019. Nuevas elecciones, antiguo sistema: tenemos que modificar este sistema que ya se ha visto que nos condena al bloqueo. Es muy posible que esta noche nos encontremos una situación muy similar a la existente desde mayo. ¿Tendrán Sánchez, Casado, Rivera, Iglesias y Abascal los santos cojones de permitir que sigamos en las mismas con presupuestos requeteprorrogados y sin consensos para aprobar todas las medidas pendientes?

Mayo de 2019. Las encuestas, el CIS de Tezanos y mis grupos de Whatsapp: el aparato de Tezanos, con todo su presupuesto (otra muestra del funcionamiento de las élites extractivas), no fue mucho más eficiente que las encuestas de andar por casa.

Os he dado la brasa con todos estos asuntos y más. Tenía claro que quería una salida de Mariano Rajoy (Mariano y el cambio de hora), pero más claro aún que no quería que lo echaran con una moción de censura como la que aupó a Pedro Sánchez a la presidencia de gobierno (¿Qué han hecho con mi país, tío?). La Rebelión en la granja podemita y la ruptura que se preveía en el partido de Iglesias. Los “condones sanitarios” a Vox para que su opinión ni se escuchara. El enorme consenso que se logró para aprobar la Constitución, en donde primó ese “sentido de Estado” que ahora echamos en falta. El nacionalismo vasco y el catalán.

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El caso es que esta vez estoy tan apático como la mayoría de los votantes. Al final voy a creer que el texto más lúcido que he escrito en este blog es aquel sobre el imposible funcionamiento “democrático” de una junta de vecinos, y cómo el mejor sistema es aquel en el que me dan todos los poderes para convertirme en su dictador. Algo así como la democracia rusa de Putin, en la que decidir quién puede votar(me) y quién puede o no presentarse.

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Como decía ElRoto, “no sé con quién equivocarme”, pero ya que nos han demostrado la inutilidad de este sistema que solo sirve para perpetuar las élites extractivas y chupópteras, al menos podían tener la decencia de tomar una medida como la que se ha aprobado en Italia esta semana: la reducción de 230 diputados y 115 senadores.

Joder, lo que me faltaba por escribir, Italia como ejemplo.

Vínculos solidarios

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MABÚ, 08/11/19

Cuando escuché por primera vez la expresión “Vínculos Solidarios” en una de las reuniones de formación previas a nuestro viaje como cooperantes a Ecuador, pensé que era una expresión más de ese lenguaje políticamente correcto que escuchamos constantemente de boca de políticos (valga la redundancia), formadores, periodistas y profesionales de los medios. Una de estas frases comodín que encajan bien en cualquier contexto y en las que cabe todo lo que te puedas imaginar y más.

Poco después descubrí que el proyecto educativo en el que había elegido participar como voluntaria, formaba parte de ese entramado de actividades que se incluían bajo el paraguas de “Vínculos Solidarios”. Pero lo mejor vino casi dos meses después cuando, ya sobre el terreno,  pude comprobar de primera mano la razón por la que el proyecto educativo que Ayuda en Acción realiza junto con el socio local FEPP (Fondo Ecuatoriano Populorum Progresio) merece llevar la etiqueta con mayúsculas de Creador y Sostenedor de Vínculos solidarios a lo largo y ancho del valle del Chota.

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LA ESCUELA DE DERECHOS HUMANOS

Para empezar, sorprende que todo el programa se estructure a través de la Escuela Permanente de formación de Derechos Humanos desde donde se elaboran distintas propuestas sobre diversidad, identidad, educación, sociedad, cultura y escuela para padres. Estas propuestas se presentan posteriormente a las autoridades de las distintas comunidades para obtener su apoyo.

La escuela cuenta con la participación de 85 jóvenes voluntarios, así como de un grupo de  defensores comunitarios, y una red de jóvenes que participan en diversas actividades de formación. Todos ellos pertenecen a las 34 comunidades de la zona y el proyecto cuenta con apoyo y avales académicos e institucionales.

 

Los grupos de vecinos de la zona constituyen las Defensorías Comunitarias de Salinas, Carpuela, Ambuquí y Cuajara, elaborando las propuestas de Ordenanza Municipal de Pueblos y Nacionalidades que luego presentan a los concejales y al alcalde del Cantón Ibarra para su aprobación. Esta ordenanza permite mayor protección de los derechos de las minorías afro e indígenas.

Además se realizan campañas de difusión del rol del Concejo Cantonal de Protección de Derechos y las Defensorías Comunitarias en las comunidades del territorio, para que las personas conozcan donde pueden acudir para restituir derechos vulnerados. De esta forma todos estos conocimientos contribuyen a evitar maltrato, abusos y defender los derechos de los niños, niñas y adolescentes.

Los jóvenes voluntarios se reúnen semanalmente durante el curso, en diferentes puntos de encuentro. Allí reciben formación, realizan exposiciones, socializan y comparten experiencias. Analizan la convivencia en sus comunidades y estudian las rutas y protocolos de atención en caso de vulneración de derechos.

En nuestra estancia como cooperantes tuvimos la oportunidad de asistir al Encuentro de jóvenes que tuvo lugar un fin de semana de Agosto en la ciudad de Ibarra. Jóvenes provenientes de las distintas comunidades se reunieron para reflexionar sobre derechos y convivir en una acampada en la que la diversión, la música y el trabajo fueron los principales ingredientes. Las dinámicas de equipos y charlas sobre temas como la sexualidad o liderazgo que tenían lugar durante el día, daban paso a veladas de juegos de grupo en los que valores y derechos eran el común denominador. La importancia de vivir en comunidad, la protección del más débil, la igualdad de género, y el respeto a las diferencias y a las minorías, se podían experimentar con juegos como el de proteger tu globo como si fuera tu vida.  Juego en el que la clave de supervivencia está en no aislarte y huir con tu globo, sino unirte al grupo para tratar de protegerse los unos a los otros frente al equipo al que toca pinchar globos.

 

Las tiendas de campaña, la música, la hoguera y el baile hasta la madrugada, sin duda unen y nutren estos encuentros de jóvenes con alegría, energía y buenas intenciones para seguir con su labor en la tan necesaria Escuela de Derechos. Me gustaría destacar también la labor de nuestra compañera Rosa Lara, que con su esfuerzo y dedicación se encarga de la coordinación del trabajo de los distintos miembros integrantes de esta red de jóvenes y no tan jóvenes.

LOS CAMPAMENTOS VACACIONALES

De forma paralela se trabaja con los más pequeños: 635 niños, niñas y adolescentes de 13 comunidades que participan en campamentos vacacionales y clubes recreativos, donde conocen sus derechos, obligaciones y valores por medio del juego.

Participar y colaborar en estos campamentos vacacionales fue nuestra principal función como cooperantes. Allí pudimos comprobar cómo se está dando prioridad a los derechos del Agua, Alimentación, Salud, Participación y Recreación.

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Derechos escritos con mayúsculas a propósito por su especial importancia en una zona donde el Agua potable no llega a los grifos de la mayoría de las familias, donde aún hay casos de niños en situación de malnutrición y donde algunos niños no pueden participar en actividades de juego y esparcimiento por tener que colaborar en casa ayudando a sus familias con diversas tareas domésticas y del campo.

Mi experiencia con Isabel Folleco, encargada de gestionar, coordinar, visitar e impartir todos estos campamentos y clubes de actividades recreativas y de formación en las diferentes comunidades de la zona, fue fantástica. Es admirable conseguir que estas actividades tengan lugar en un área tan dispersa geográficamente. Sin embargo, cuando descubres lo necesarias que son para la vida de los pequeños, entiendes que los kilómetros de distancia que cada mañana hay que recorrer para llegar hasta ellos han merecido la pena.

Isabel nos recoge bien temprano en su camioneta, hoy toca visitar dos comunidades lejanas, en el asiento del copiloto está su mochila negra, rotuladores, cartulinas y materiales diversos, «¿qué jueguito haremos hoy?» La verdad es que no importa mucho. Lo fundamental es que hoy dejaremos una huella en el corazón de un grupo de niños que estará esperando en la plaza de su comunidad a que lleguemos y propongamos algo diferente que hacer. Una canción, un juego de palmas, en parejas, la zapatilla por detrás, jugar a tulipán o hacer volar nuestro paracaídas multicolor. Por grupos proponemos crear un mural y cada grupo se encarga de exponer algún tema, la importancia de la familia, por qué vamos a la escuela, cómo podemos aprovechar y no desperdiciar agua…. Y para terminar y antes de despedirnos compartimos un refrigerio saludable, una banana, un pepino dulce….

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El conjunto de nuestra visita semanal, o quizás quincenal en esa comunidad lejana, deja huella en cada pequeño; desde el polvo levantado por nuestra camioneta al llegar, hasta el aroma del pepino dulce antes de la despedida. Isabel va dejando huella en su camino, pisa fuerte donde va, y busca aliados, vecinos que reúnan a los niños y repliquen sus actividades cuando ella no está. En algunas comunidades ya se han constituidos clubes de derechos y deberes de los niños donde vecinos voluntarios y jóvenes siguen las directrices de Isabel, sobre todo en periodos vacacionales en los que los niños están más ociosos.

En la comunidad de Ambuquí acudimos a la clausura del Campamento Vacacional que se celebró la primera quincena de Agosto.  Las autoridades de la comunidad estuvieron presentes en los juegos organizados para los niños y aplaudieron su participación haciéndoles sentir importantes dentro de la comunidad.

En el barrio de Dos Acequias y en Mascarilla existe el “Club de Derechos y Medio Ambiente”, y en las comunidades de Cuajara, San Luis y Santa Ana se creó el “Club Jugando y Aprendiendo mis Derechos”.

En la bonita comunidad de Monte Olivo asistimos a varios talleres y charlas donde los pequeños hacen manualidades, aprenden a usar un ordenador y por supuesto reciben formación sobre derechos, deberes y obligaciones de los niños.

 

Incluso en Salinas se enseña a jóvenes y niños a bailar la danza típica de la zona, “La bomba”, dentro de las actividades de un “Club de Derechos y Danza”.

Está claro que la distancia no es obstáculo cuando el premio es la gratitud y sonrisa de los niños ante estas visitas llenas de buenas intenciones. Y está claro que las huellas que deja Isabel con sus visitas son las que alimentan la creación de esos clubes y asociaciones que buscan perpetuarlas en cada comunidad.

Pero lo que de verdad está claro es que tanto el trabajo de Rosa como el de Isabel merece llevar con mayúsculas la etiqueta de CREADOR Y SOSTENEDOR DE VÍNCULOS SOLIDARIOS.

 

LESTER:

Este texto de Mabú, siendo magnífico, no es sino una pequeña parte de lo que vimos y vivimos en terreno, pueblos acogedores, niños educados y cariñosos, jóvenes comprometidos. Vínculos solidarios es uno de los capítulos del libro Aguafiestas que estamos a punto de publicar, tal como prometimos a los colaboradores de la campaña de recaudación de fondos para financiar los filtros potabilizadores de agua que distribuimos por el valle de Chota Mira. Ya queda menos, paciencia, que volvemos a nuestros quehaceres diarios y nos absorbe el tiempo, la rutina, las obligaciones,… Pero llegará, justo a tiempo para el que quiera hacer un regalo de navidad solidario.

El once más aterrador de la historia del fútbol, según Barney

Vinnie Jones Gascoigne

Desde hace tiempo quería elaborar mi propia alineación de los jugadores más sucios, malencarados o desagradables que he visto sobre un terreno de juego, gentuza a la que eso del fair-play ni les suena, ni les interesa, ni les preocupa lo más mínimo. Tipos que si perpetraran sus agresiones en la calle irían directamente al calabozo, pero a los que se les perdonan al cometerlas sobre un terreno de juego. Así que este Halloween me ha parecido una excusa tan válida como cualquier otra para lanzarme.

Allá van, y se aceptan sugerencias, como no podía ser de otro modo en este foro tan abierto y poco tendencioso.

Portero

Harald Schumacher: para la historia quedará su entrada al francés Battiston en las semifinales del Mundial de España en 1982. Pero lo peor no es que estuviera a punto de dejar sin dientes al galo y que lo mandara directo al hospital, sino su reacción posterior: ni se acercó a interesarse por el jugador que yacía sobre el césped, se fue a por el balón, lo puso en el área pequeña para sacar y con la mano hizo el gesto de que se levantara su rival mientras se lo llevaban en camilla. Ni tarjeta amarilla.

Defensas

Marco Materazzi: el fútbol está repleto de héroes y villanos, tiene estas cosas que lo convierten en una metáfora de la vida misma. En la final del Mundial de Alemania 2006 solo se marcaron dos goles: el del héroe del toque exquisito, Zinedine Zidane, y el del rudo central italiano, Marco Materazzi. Sin embargo, el artista no fue capaz de vencer las provocaciones del camorrista del Inter y terminó agrediéndolo durante la prórroga. Algunos vídeos de Materazzi son escalofriantes, como este de sus hazañas en el scudetto italiano, que me ayudaron a entender lo gran futbolista que era el ucraniano Shevchenko, capaz de triunfar pese a enfrentarse a agresiones impunes como las del vídeo.

Javi Navarro: el uso de la violencia extrema a la que nos tenía acostumbrados junto a su pareja de baile, Pablo Alfaro, pudo costar una desgracia en un terreno de juego, como cuando le regaló un codazo en la garganta al venezolano Arango. El jugador del Mallorca terminó en el suelo con convulsiones y temimos lo peor. Digno heredero de la mejor tradición sevillista (Prieto, Del Campo, Martagón, Diego, Simeone), Javi Navarro era futbolista como podía ser matón de discoteca o dar palizas a sueldo, en su mirada no se atisbaba un ápice de piedad.

Andoni Goikoetxea: de aspecto inconfundible, siempre tuvo cara de malo de película, como Robert Davi, gracias a su nariz de boxeador sonado tras la cual se escondía una mirada pérfida.

Su mala leche era proverbial, conocida en todos los campos de la primera división española. Se hizo “grande” con Clemente, otro odiador profesional de todo lo que significara calidad técnica. En su currículum de grandes hazañas, las gravísimas lesiones a Schuster y Maradona, una bochornosa colección. Su carrera profesional solo podía mejorar de un modo: yendo al Atlético de Madrid junto a Arteche y Tomás Reñones. A día de hoy me sigue doliendo ver la entrada con la que mandó a Maradona al dique seco durante varios meses:

Terry Butcher: ¿qué otra cosa puedes ser en la vida si te apellidas «carnicero»? Como «Slaughter» en el Madrid, «matanza» o «Sacrificio». El central inglés poseía un apellido contundente, tanto como su manera de actuar en el campo, ruda, expeditiva, llevándose por delante lo que fuera, al rival o a sus propios compañeros. Para el recuerdo, su imagen bañado en sangre tras jugar los noventa minutos contra Suecia en un partido de clasificación para el Mundial de 1990, más propia de una película gore.

Centrocampistas

Vinnie Jones: en España le conocemos sobre todo por la foto agarrando sus partes a Paul Gascoigne, pero su colección de vídeos es terrorífica, repleta de entradas criminales, como la tarjeta a los cuatro segundos. Se ve tan claro que le va a segar las piernas al rival que saca de centro que es una declaración de principios (o de guerra) en toda regla. Terminó como no podía ser de otro modo: haciendo de matón en pelis americanas.

Graeme Souness: cómo sería el escocés que en una votación en Reino Unido terminó por delante de Vinnie Jones y del siguiente de esta lista, Roy Keane. Perteneció a dos de los equipos favoritos de algunos de los que seguíamos el fútbol a finales de los setenta y principios de los ochenta: el Liverpool de las tres Copas de Europa y la cervecera selección escocesa que visitó España en el 82. Era un buen jugador con el balón en los pies, pero no conocía la palabra clemencia cuando lo llevaba el rival. Sus entradas a los tobillos o incluso por encima, y a destiempo, eran míticas. Lesionó de gravedad al escocés McCluskey, al rumano Rotariu y al islandés Siggi Jonsson.

Graeme Souness

Roy Keane: hubo un momento en que se rumoreó que podía recalar en un Madrid necesitado de músculo y dureza en el centro del campo tras la salida de Makelele. Keane tenía 34 años y me pareció uno de los rumores más estrafalarios que he escuchado nunca. El centrocampista del Manchester reconoció en un libro (Keane, 2002) que sabía que era un jugador violento, que no pensaba mucho sus entradas sobre el campo antes de hacerlas, simplemente las hacía, se llevara por delante la tibia rival, el tobillo o lo que fuera. En su libro reconoció haber lesionado intencionadamente al noruego Haaland, que tuvo que ser operado tres veces tras la entrada criminal y se tuvo que retirar del fútbol de manera definitiva. Lo peor es que la entrada no fue fortuita, sino madurada. Keane se lesionó de gravedad unos años antes en una jugada con el mismo Haaland, tras una entrada fallida del propio Keane. No le sentó nada bien que estando en el suelo dolido, el noruego se encarara con él, así que durante los meses de recuperación tramó su venganza que se consumó en esta terrible jugada. Ambos momentos están en este vídeo:

Mark Van Bommel: cómo sería este tío que deja fuera de la lista a Albelda o Gennaro Gattuso. Tiene una carrera sorprendente en los principales equipos de todas las ligas europeas (PSV Eindhoven, Barcelona, Bayern de Múnich, Milán), uno de esos tipos apreciados por los entrenadores porque aportaban peso en el centro del campo, no exento de toque holandés, y sobre todo incomodidad para los rivales. Si andaba cerca, ya sabías que te ibas a llevar un regalito. Que acabara los 120 minutos de la final de Sudáfrica es otra anomalía más de aquel arbitraje, tanto como la patada de DeJong al pecho de Xabi Alonso. Le dejó un recadito a Andrés Iniesta en el tobillo que logró que este se revolviera como pocas veces en su carrera. Nos pudo costar un disgusto y quedarnos sin el autor del gol de nuestras vidas antes de tiempo, mientras el guarrísimo jugador holandés seguía en cancha.

Delanteros

Eric Cantona: jugador tan genial como imprevisible para su entrenador, tan capaz de maravillosas vaselinas como de agresiones salvajes con los tacos, los codos o cualquier miembro que pueda ser usado de modo contundente. Para el recuerdo, su patada de kárate a un aficionado del Crystal Palace. En realidad, doble patada e intento de puñetazo. La cara de Alex Ferguson era un poema, yo creo que siempre mascaba chicle para que no se le leyera lo que decía.

Luis Suárez: tengo amigos que desde hace años me decían que la Liga española estaba sospechosamente preparada y amañada, que había un doble rasero en los arbitrajes y yo me negaba a creerlo. Hasta que he visto durante cinco temporadas seguidas a Luis Suárez en acción saliendo impune de sus múltiples agresiones y entonces lo he comprendido: por supuesto que sí, que hay un acuerdo F.C. Barcelona-Liga española por el cual no se puede expulsar a Luis Suárez haga lo que haga, ya sea dar codazos en la nuca a defensas rivales, dejar los tacos a cualquiera que pase por allí, insultar a los árbitros a centímetros de distancia o dar coces.

Luis Suárez

Nunca le han expulsado en España (una vez en Copa por doble amarilla) y eso es ya de por sí la mayor anomalía estadística en un tipejo que acumulaba casi cuarenta partidos de sanción entre Holanda e Inglaterra. Más los seis meses de sanción con la selección uruguaya por su bocado a Chiellini.

Aquí termina mi particular selección. Lo sé, habrá quien diga que no hay jugadores del Madrid en esta lista y que candidatos podíamos tener unos cuantos: Sergio Ramos, Pablo García, Pepe A.C. (antes de Casquero), Hugo Sánchez y sobre todo, Goyo Benito, pero he dejado mi particular homenaje de Halloween en este artículo en La Galerna sobre los jugadores que más miedo me ha dado ver con la camiseta blanca.

¡Os mando un terrorífico saludo a todos!

La primera vez, por Lester

Primera-vez

Para todo hay una primera vez, sin duda la que más cuesta, pero también la que más se recuerda. Luego podrá haber una segunda, tercera y cientos o miles de veces más, pero la primera es especial. Para todo.

Nadie olvida la primera vez que «lo hizo», que mantuvo relaciones sexuales, ya fuera gloriosa o desastrosa, en el asiento trasero de un coche, en un hotelazo o de modo furtivo aprovechando que sus padres no estaban en casa. Cuesta mucho esa primera vez, hay que superar muchas dudas, barreras mentales, pero la segunda es más sencilla, y la tercera más aún, y la cuarta, etc. y las demás ya llegan rodadas, al menos hasta que se alcanza cierta edad en que vuelve a costar de nuevo, pero esa es otra historia de la que no he venido a hablar hoy.

Hace tiempo hablaba con un colega de trabajo sobre el hartazgo que teníamos debido a la corrupción, por los chorizos que nos dirigían y nos rodeaban. Hablábamos de los chorizos que salen en la tele, dirigiendo en ayuntamientos o metidos a diputados, pero sobre todo de algunos sinvergüenzas a los que habíamos pillado en nuestra empresa. «¿Cómo se puede llegar a esto?», sobre todo cuando tienes un buen puesto, con un salario alto y un cierto reconocimiento profesional, «¿qué es lo que mueve a esta chusma?». Decía mi compañero que «meter la mano en la caja debe ser como poner los cuernos a tu mujer: hay una raya que cuesta muchísimo atravesar por primera vez, pero una vez que lo has hecho, y si encima ves que no te pasa nada, que no hay consecuencias, repites».

Porque lo ven fácil, porque anhelan lo que hay al otro lado de la raya, ya sea la pasta o una mujer espectacular, o porque su ausencia de moral les impide tener el más mínimo remordimiento o pensar en las consecuencias de sus actos. Supongo que tras la primera vez estos tipos buscan la autojustificación, como la vimos en aquellos caraduras a los que pillamos robando, «la empresa me había prometido tal cosa», «era para tal historia» o como harán los de los cuernos, «estoy pasando un mal momento», «mi mujer no me hace caso». En muchos de estos casos, además, los autores se sienten impunes, he robado o me he acostado con tal o cual mujer, y no ha pasado nada, así que nada me impide hacerlo de nuevo. Y esa falta de consecuencias o represalias lleva a una segunda vez, mucho más fácil, y la tercera lleva a la cuarta, y tras esta pasan a incorporarlo a sus rutinas.

Esa raya invisible tan difícil de traspasar (imposible en mi caso) existe para otras muchas cosas en esta vida, como para matar a alguien o para lanzar adoquines a la policía. ¿De qué manera consiguió ETA que tantos jóvenes terminaran empuñando una pistola para pegar tiros en la nuca a policías, guardias civiles o concejales? ¿De qué manera les lavó el cerebro para que veinteañeros cambiaran los hobbies propios de su edad como el deporte, salir de noche o las chicas, por incendiar autobuses o poner coches bomba?

Reflexionaba sobre este tema hace unos días al ver las imágenes salvajes de las algaradas callejeras en Barcelona. La kale borroka exportada del País Vasco, qué pena. Vi a esos comandos perfectamente organizados del tsunami violento incendiando contenedores, destrozando bordillos y cargando los adoquines en carritos del supermercado para lanzarlos a continuación a la policía. No debe ser fácil lanzar una piedra a la policía, la primera. Pero ya vimos en directo y en prime time que lanzar doscientas es sencillo.

«¿Cómo se ha llegado a esto?», comentábamos mi mujer y yo. La estrategia de la gradualidad, de ir poco a poco metiendo el veneno en la cabeza de esos chicos, primero en la escuela, luego en la universidad, ahora firma este manifiesto, ahora vamos a protestar a esta plaza, hoy cortamos esta carretera, mañana impedimos que abran los comercios. Sé que fueron cientos de miles los manifestantes, igual que en su día lo eran en el País Vasco, y que los violentos constituyen un porcentaje menor, pero el veneno está ahí. Los más frágiles de mente o los más manipulables son los que se convierten en los tontos útiles, en «los chicos de la gasolina» de Arzallus o en los violentos CDR del independentismo radical. A unos les convencieron de disparar un arma y tras la primera vez se convirtieron en asesinos multi-reincidentes. A los otros les han convencido de que atentar contra la autoridad estaba bien, que destrozar una ciudad que era una maravilla  es lo mejor para su proceso de «construcción nacional». Que montar explosivos con cloratita es parte del mismo. A ver quién suelta el primero, porque luego vendrán más.

¿Cómo se ha llegado a esto? En Vencedores o vencidos, la gran película de Stanley Kramer sobre los juicios de Nuremberg, el alegato final del juez nazi Ernst Jannings, papelón interpretado por Burt Lancaster, es estremecedor, desgranando las tropelías del régimen mientras ellos miraban hacia otro lado. Un pueblo culto como el alemán, preparado, formado, toleró lo que estaba ocurriendo:

Pero igual de estremecedor resulta su breve diálogo con Spencer Tracy, confesando su culpa y mala conciencia. La respuesta de Tracy es demoledora:

– Señor Jannings, se llegó a eso la primera vez que usted condenó a muerte a un hombre sabiendo que era inocente.

 

 

Érase una vez… un cinéfago llamado Quentin

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TRAVIS, 23/10/19

Desde el mismo título elegido por Quentin Tarantino para su última película, Once upon a time in… Hollywood, con puntos suspensivos incluidos, sabemos que la cosa va de homenajes. El título escogido por este director y guionista tan particular resuena a Sergio Leone, al spaghetti wéstern (Once upon a time in the West), a sus iconos sesenteros, a los Estados Unidos de América (Once upon a time in America) y por supuesto al Hollywood de esa época que tanto admira el de Knoxville.

El cine de Quentin Tarantino tiene muchas virtudes y una de ellas es que consigue que gente de todo el mundo y con referentes culturales muy distintos acudamos raudos y veloces al cine solo porque “echan la última de Tarantino”. No hay muchos directores que hayan conseguido esa afición a sus obras por parte de los espectadores, esa celebración de sus películas como uno de los acontecimientos del año: la última de Spielberg (ya no tanto), la última de Woody Allen (para mí siempre), la última de Nolan o la última de Almodóvar (para sus seguidores al menos).

Once upon a time 3

Este director con careto de zumbao peligroso (como el de varios de los personajes que ha interpretado a lo largo de su carrera) es un devorador compulsivo de cine desde su época de dependiente del videoclub, o incluso la anterior como taquillero en un cine porno, un empedernido cinéfago que ha conseguido que nos metamos en su mundo, en sus frikadas y en la concepción tan especial que tiene de entender las películas. Un cine sin reglas aparentes, sin tiempos, sin un patrón clásico al que agarrarse, porque todo vale si se hace con pasión por el cine, con cariño y admiración hacia los personajes, con un respeto reverencial a los iconos homenajeados en sus obras.

Uno se sienta en la butaca del cine, lee en los primeros fotogramas el “Written and directed by Quentin Tarantino” escrito con caracteres setenteros y se acomoda sabiendo que va a ver algo distinto: “vamos allá, a ver con qué nos sorprende en esta ocasión”. Y este Once upon a time in… Hollywood me ha dejado un tanto frío, pese al subidón de temperatura del poderoso final.

La película dura 161 minutos, quizás demasiado larga (a mi gusto) para lo que cuenta. El problema no es la duración per se, porque me encantan las pelis de tres horas de duración que se pasan en un suspiro, sino que mis pegas van dirigidas a lo insustancial e irrelevante para la trama de buena parte de esos minutos. Da la impresión de que Tarantino quiere meter todo su mundo en el metraje: los wéstern (Django, Los odiosos ocho), Steve McQueen y los nazis (Malditos bastardos), la serie B (Abierto hasta el amanecer), el Hollywood de los sesenta (Pulp Fiction), los especialistas y los coches (Death Proof), las drogas blandas y las adicciones (Pulp Fiction, Jackie Brown), las artes marciales (Kill Bill), la gente pasada de vueltas, su fetichismo hacia los pies (en todas ellas), la violencia extrema que no se puede tomar en serio (Reservoir dogs, Amor a quemarropa), sus característicos diálogos, los cigarrillos Red Apple,… Lo mete todo aunque sea con calzador.

Al terminar la peli, me quedé: “¿y bien, te ha gustado?”. Pues sí, claro que sí, pero… con varios peros. No tiene tantas escenas memorables, de esas que quedan en el recuerdo como sus anteriores obras. Basta que diga la oreja, la jeringuilla, el ametrallamiento, la esvástica o la katana para que sepamos en qué película estoy pensando. Apenas tiene dos personajes inolvidables, Rick Dalton (Leonardo di Caprio) y Cliff Booth (Brad Pitt), pero no sé si perdurarán en el recuerdo como Jackie Brown, la Novia Beatrix Kiddo, Bill, el coronel Hans Landa, el señor Lobo, Marsellus Wallace, Vincent Vega, Jules, Butch, Django, Shoshanna o cualquiera de los matones de la banda de Reservoir dogs.

Once Personajes de Tarantino 2

Algunos diálogos están estirados en exceso, como ya le ocurría en Death Proof y en Los odiosos ocho, y aunque habrá quien piense que es un sacrilegio lo que voy a decir, creo que le falta trabajo de montaje. De recorte. Cuando comenzó su carrera y reventó la taquilla con Pulp Fiction, se vio que era un tipo repleto de ideas en la cabeza, posiblemente mejor guionista que director. Sus diálogos eran ingeniosos, tenían una chispa especial y no sobraban en la trama. Podían no aportar a la historia principal, pero servían para hacernos una idea de los personajes. En Érase una vez el trabajo del Tarantino director está varios cuerpos por encima de la labor de Tarantino guionista. Tiene planos de gran belleza, una cámara que se mueve con suavidad por Los Ángeles, de los chaletazos de Cielo Drive a los decorados de Hollywood, y se muestra sobrio y contenido en todo momento. Bueno, durante casi todo el metraje, porque se suelta en esos minutos finales que nos hacen recordar el Tarantino desaforado, el que no se corta un pelo, el que se suelta la melena y desata una apoteosis que nos levanta una sonrisa psicópata similar a la suya.

La valoración global de Érase una vez en… Hollywood es positiva, como casi siempre con este director, pero añoro al Tarantino ocurrente más que al friki de la serie B, al que inventa personajes inolvidables y los suelta en escenarios imprevisibles más que al chalado que ha visto millones de minutos de pelis infames y los rescata, dignifica y nos planta ante nuestras narices. Quentin Tarantino es un alma libre y supongo que en ese mundo ingobernable de Hollywood será de los pocos directores que logra que nadie le toque un minuto de sus obras. Ha alcanzado ese estatus por méritos propios, pero creo que alguna de sus pelis, como esta última, mejorarían con los consejos de un productor experimentado, o de un colega de profesión que le dijera “hasta aquí está perfecto, Quentin, no le des otra vuelta más a la historia de un personaje italiano de wéstern barato» o «no metas a otro chalado de las artes marciales”.

Todo esto no son más que opiniones de un modesto aficionado, pero creo que esta película mejoraría mucho con media hora menos de metraje. El rodaje del wéstern, la previa a la actuación con la niña, Margot Robbie/Sharon Tate en el cine, la escena de Bruce Dern… hay varios sitios en los que se podría recortar sin que el conjunto se resintiera. Incluso la escena de La gran evasión, por mucho que me divirtió ver a Di Caprio en uno de mis clásicos favoritos de todos los tiempos.

Martin Scorsese es un grandísimo director y urdidor de historias, pero nunca ha negado la importancia en el resultado final de sus trabajos de su montadora desde hace cuarenta años, Thelma Schoonmaker. Aunque el trabajo de recorte que menciono es más de la fase previa de elaboración del guion que del montaje final, Quentin podría estrenar obras maestras de dos horas o poco más, y dejar todo ese material friki adicional para las versiones extendidas de los DVD o BluRay.

Once personajes de Tarantino

Esta es la novena película de Quentin Tarantino, considerando que los dos volúmenes de Kill Bill “cuentan como una sola” en palabras del propio director, y como este ha expresado en repetidas ocasiones que solo va a hacer diez películas a lo largo de su carrera, nos queda disfrutar su última y definitiva gran obra. Tengo dudas de que lo cumpla, porque se le ve con ganas de contar muchas cosas, de vomitar todo el cine que tiene dentro de la mollera, y todo eso no le va a caber en menos de ¿tres, cuatro, catorce horas de grabación?

El cine de Tarantino no deja indiferente a nadie, todos tenemos nuestras preferencias, nuestras filias y seguro que algunas fobias. Resulta difícil ponernos de acuerdo en qué nos gusta o disgusta más. A raíz del estreno de Érase una vez en… Hollywood, leí un artículo que ordenaba sus películas de peor a mejor, y no puedo estar más en desacuerdo con la lista, me pareció una coña, así que he hecho lo mismo y he pedido a varios amigos que realicen su propia lista. Este es el resultado de mi miniencuesta, con la propuesta de Espinof, las de iMDb y Filmaffinity, la opinión siempre acertada de mis colegas, la de este bloguero (en otro color) y la media de todas nuestras votaciones:

Pelis Tarantino Ordenadas

Me congratula ver a Pulp Fiction en cabeza y a Death Proof en el último lugar. No debí ser el único que se aburrió como una ostra. Lo mejor de Tarantino para los aficionados estuvo en sus primeros años y esta última obra, de momento y a falta de reposo, no la hemos elegido entre sus trabajos más afortunados. Sabiendo que no leerá jamás este post, le animamos a que siga más allá de la decena, por mucho tiempo. Con una potente banda sonora de fondo.

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Comunicado FCB

BARNEY, 18/10/19

El VARça-Real Madrid previsto para el próximo día 26 se aplaza. De momento sine die, pendiente de fecha, privándonos a los aficionados de uno de los mayores espectáculos que se puede ver en el mundo del fútbol. Es una victoria de las algaradas callejeras, de los radikales, que han conseguido «enmierdar» un partido que veíamos más de 600 millones de espectadores en todo el mundo. Una vergüenza que se debe a muchos factores y a numerosos actores, entre los cuales está el presidente de uno de los principales brazos propagandísticos del movimiento indepe, el F.C. Barcelona. Josep María Bartomeu y su directiva sacaron sus títulos de Derecho del cajón y criticaron duramente la sentencia del Tribunal Supremo con un escrito totalmente previsible publicado antes incluso de haber leído las 500 páginas de la misma. El aplazamiento es un triunfo de la «kulé borroka», de la promoción de la desobediencia y la rebelión frente a una decisión judicial del Tribunal Supremo. Ya puestos en faena, animo a los dirigentes del club a que cambien desde ya el escudo de la institución:

Escudo Barça

La resolución del Comité de Competición responde a una decisión precipitada y, en palabras del Madrid, «una ocurrencia poco meditada» del nefasto presidente de La Liga, Javier Tebas, quien propuso de modo inmediato dicha medida tras la grave situación política que se vive estos días en Cataluña. ¿De verdad no se puede garantizar la seguridad del partido a diez días vista? ¿Existen informes de los Mossos d’Esquadra, la Policía Nacional o el Ministerio del Interior que avalen la decisión de Tebas? Según dijo ayer mismo el F.C. Barcelona, no hay ningún informe del Departamento de Interior de la Generalitat que indique que no se puede garantizar la seguridad del partido. Entonces, ¿Javier Tebas sabe algo que se escapa a los responsables de controlar una situación que se fue de las manos hace mucho tiempo por culpa de pirómanos como Torra, Artur Mas, Puigdemont y Bartomeu?

 

 

Busco en Google otras ligas del mundo en países con conflictos permanentes y veo que, salvo Yemen, Siria y poco más, los campeonatos se siguen disputando con aparente normalidad en Nigeria, Cisjordania, Irak, Etiopía o Venezuela. ¿Tan mal está la situación en esa «Cataluña de las sonrisas», tan cosmopolita y abierta al mundo como la Tractoria en la que se está convirtiendo?

Los más jóvenes no recordarán lo que era el fútbol en los ochenta, en los que por desgracia nos acostumbramos a tragedias como las de Heysel, Bradford o Sheffield, o a las peleas y asesinatos de hinchas en las ligas sudamericanas. En España además teníamos la lacra de ETA amenazando tras cada gran acontecimiento, con avisos de bombas, pancartas de apoyo (¡de mierda!) en los campos de fútbol, intimidación en las gradas (recordad El Sadar y el «petardo-bomba» lanzado a Buyo) y sin embargo los partidos se disputaban. Los campeonatos se celebraban pese a todo.

Para acabar con esta lacra se aprobaron una serie de leyes con fuertes regímenes sancionadores para erradicar todo lo que pudiera promover la violencia en el deporte, y de modo especial en el que se mostraba con mayor crudeza, el fútbol. La Football Spectators Act en Inglaterra supuso un antes y un después en ese mundo convulso de hooligans y aficionados alcoholizados.

En España se aprobó la Ley del Deporte en 1990 que fue un referente en la lucha contra la violencia en el deporte, y actualmente tenemos la Ley 19/2007, de 11 de julio, contra la violencia, el racismo, la xenofobia y la intolerancia en el deporte. En mi modestísima opinión de aficionado madridista y no jurista, lo que se tendría que hacer con el Clásico del 26 (y lo que se debería haber hecho desde hace años) es algo a lo que están desacostumbrados los dirigentes catalanes, ya sean del Parlament o de la directiva blaugrana: aplicar la Ley. Lo repito: aplicar la Ley. Les dejo el enlace a la Ley aquí. Lamento dejarlo en esa lengua que el presidente de la Generalitat Quim Torra define como propia de «bestias con forma humana», pero estoy seguro de que aun así serán capaces de entenderla.

Según esta Ley, art. 2, son delitos o faltas tipificadas:

b) La exhibición en los recintos deportivos, en sus aledaños o en los medios de transporte organizados para acudir a los mismos de pancartas, símbolos, emblemas o leyendas que, por su contenido o por las circunstancias en las que se exhiban o utilicen de alguna forma inciten, fomenten o ayuden a la realización de comportamientos violentos o terroristas, o constituyan un acto de manifiesto desprecio a las personas participantes en el espectáculo deportivo.

e) La emisión de declaraciones o la transmisión de informaciones, con ocasión de la
próxima celebración de una competición o espectáculo deportivo, ya sea en los recintos deportivos, en sus aledaños o en los medios de transporte públicos en los que se pueda desplazar a los recintos deportivos, en cuya virtud se amenace o incite a la violencia o a la agresión a los participantes o asistentes a dichos encuentros, así como la contribución significativa mediante tales declaraciones a la creación de un clima hostil, antideportivo o que promueva el enfrentamiento físico entre los participantes en encuentros o competiciones deportivas o entre asistentes a los mismos.

f) La facilitación de medios técnicos, económicos, materiales, informáticos o tecnológicos que den soporte a la actuación de las personas o grupos que promuevan la violencia, o que inciten, fomenten o ayuden a los comportamientos violentos o terroristas, o la creación y difusión o utilización de soportes digitales utilizados para la realización de estas actividades.

 

 

Los recintos deportivos deberían ser lugares, como explica el Preámbulo de la Ley, para el disfrute del deporte, no para manifestaciones políticas, ni para remover a las masas con temas que encienden tantas bajas pasiones como el nacionalismo. El CDR (Club Deportivo Radikal) Barcelona ha sido durante años uno de los pilares del independentismo, una de las organizaciones que ha facilitado la estructura del club para la difusión del mensaje secesionista por el mundo, y nunca se le han parado los pies, pese a que, entre sus obligaciones, están:

Ley art.3

Ley art.3B

Leo todo lo que dice la Ley y creo que han incumplido el ochenta o noventa por ciento de las obligaciones. Lo que ocurre es que hablo de un club en el que sus dirigentes y principales jugadores se siguen descojonando de lo que ocurrió en 2002 con Figo, el lanzamiento de botellas y el cochinillo. De un club que ha blanqueado siempre el apedreamiento del autobús del Real Madrid, una práctica que no es de tiempos inmemoriales. Este artículo es de 2010, por ejemplo. «Estos chicos…» son como los chicos de la gasolina de Arzallus, siempre presto y dispuesto a blanquear la imagen de los radicales.

Aquel día de la vuelta de Figo al Camp Nou no ocurrió una desgracia de milagro, pero aun hoy los culés más recalcitrantes siguen diciendo que Figo fue a provocar al tratar de realizar un acto tan ominoso como el que solía hacer en cada encuentro: sacar un córner. La sanción al club fue la que era de esperar, el cierre por dos encuentros, pero como a este club no le aplican las leyes, ya sean civiles o deportivas, la sanción quedó sin cumplir. Favor por favor, e inicio del terrible Villarato.

El «mès que un club» está haciendo estos días lo que ha hecho toda la vida: ponerse al lado de aquel del que puede sacar tajada, ya sea la Generalitat, Mediapro, LaLiga de Tebas, Villar, la UEFA o Franco. Y por alguna extraña razón hay miedo a aplicarles la ley, como el cierre del estadio, la pérdida de puntos por llegar tarde a un encuentro, la sanción por no presentarse a un partido, las prohibiciones de la UEFA de hacer política en los campos, negociar con jugadores con contrato en vigor, no ceder jugadores a la selección, poner un partido después de las 12 de la noche, cerrar el Camp Nou al público el 1-O, y tantas y tantas otras.

Esteladas

Casualmente, por primera vez en años el Madrid contaba con un día más de descanso que el Barça antes del Clásico, porque juega el martes y el Barça el miércoles. ¿Qué tendría que hacer el Madrid? Ir a jugar el partido a la hora prevista, y si se incumple la ley en lo relativo a las (putas) pancartas o a las garantías de seguridad, o apedreamiento del autobús, pedir la suspensión del mismo. La cancelación del encuentro y una sanción ejemplar para el club, ¡coño, lo que dice la Ley!

Ley Art.15

Si el partido es una vergüenza, como lo fue en su día el del cochinillo y la botella de JB, que lo vea todo el mundo, si hay lanzamiento de objetos que se suspenda, que Ramos pida que se retiren todas esas pancartas ofensivas que llaman a España estado opresor, que vean en China, Arabia Saudí y los Estados Unidos en qué se ha convertido este club que hace un cuarto de siglo no era ni por asomo el altavoz del odio en que se ha convertido hoy en día. Que se aplique la Ley, que es lo que se hace en los estados de Derecho sin «tsunamis democràtics»:

Sanciones

Siento una enorme pena por lo que está ocurriendo en Cataluña estos días. La falta de condena de la violencia y las imágenes de estos días me recuerdan a los años de plomo del País Vasco, con Otegi equiparando «las violencias de todos los lados», las nueces que recogía Arzallus mientras ETA ponía las bombas, me viene a la memoria el silencio de los que están acojonados porque no se atreven a decir su opinión en público. Futbolistas incluidos, ¿qué han hecho Iniesta, Villa, Pedrito o Luis Enrique todos estos años? Lo mismo que hicieron aquellos años los futbolistas y seguidores que no apoyaban al separatismo vasco, callar. Solo pueden hablar los de siempre: Piqué, Sergi Roberto y los millonarios cataríes Guardrolona y Xavi Hernández.

El Barça, en lugar de poner sensatez, ha echado más gasolina. Si no se puede garantizar la seguridad del partido, se suspende y se les pone una sanción ejemplar. Pero que esta vez la cumplan. Una de las propuestas era que se juegue el día 4, pero ya ha dicho el Barça que no le viene bien porque el día 1 tiene partido contra el Atleti. Por primera vez en años a Tebas le preocupa que los dos equipos cuenten con los mismos días de descanso. Ya veréis cómo lo ponen cuando peor le viene al Madrid, que una vez más tiene que dar ejemplo y ya veréis cómo es el que recibe los palos de prensa y Liga.

Actualización del 19/10/19: según la última noticia de ayer por la tarde, parece que se jugará el 18-D. Para el Madrid, 4 días después de visitar Mestalla y 3 días antes de recibir al Athletic de Bilbao. Mucho peor que ahora.

Lo dicho: la kulé borroka todavía recibe un premio.

9 teorías surrealistas (y una anormal) para aplazar el Clásico. En La Galerna.

Cara Barney

Richard Curtis y la delgadísima línea del buenismo, por Travis

Z Yesterday

Yesterday (2019), escrita por Richard Curtis y dirigida por Danny Boyle, parte de una premisa delirante: ¿qué pasaría si los Beatles no hubieran existido nunca y solo un músico aficionado recordara sus canciones en ese mundo alternativo? Pues partiendo de este punto absurdo, totalmente inverosímil y lejano para los que buscan realismo o credibilidad en una historia, el guionista Richard Curtis es capaz de inventar una historia que nos mantiene con una sonrisa en la boca durante la mayor parte del metraje.

La película no es ninguna obra maestra, ni mucho menos, pero resulta agradable de ver, entretiene y además te regala un montón de temazos de los cuatro de Liverpool, así que sales de la sala con tu pareja con ganas de tomar una cerveza o un vino blanco, una cena ligera y ver si la noche acaba con la misma sonrisa boba. Como en Estados Unidos se etiqueta todo, he descubierto que este género de películas recibe la denominación de feel-good movies. Películas que te hacen sentir bien o que provocan buenos sentimientos.

Richard Curtis es un guionista al que sigo la pista desde hace décadas porque sus historias te llevan precisamente a ese punto de satisfacción, necesario en ocasiones tras alternar con Tarantinos, Jokers y asesinos en serie. Nació en Nueva Zelanda y debido al trabajo de su padre pasó su infancia en países como Suecia o Filipinas, hasta que se estableció de manera definitiva en Inglaterra con 11 años. Estudió Lengua y Literatura Inglesa en Oxford, donde conoció ni más ni menos que a Rowan Atkinson, estudiante de ingeniería eléctrica por aquel entonces y hoy más conocido como Mr. Bean. Entre ambos escribieron La víbora negra en 1983, una comedia producida por la BBC que tuvo cierto éxito.

 

Su primer gran éxito le llegó con esa comedia de 1994 sobre un grupo de amigos que se juntan en bodas, tienen sus ligoteos, amores no correspondidos, meteduras de pata y alguna historia gay que desconocían: Cuatro bodas y un funeral. Es una película amable que se ve con agrado, excepto por los tartamudeos de Hugh Grant al enamorarse de la norteamericana Andie MacDowell. Poco después, escribió el guion de Bean para su colega Atkinson y repitió la fórmula de Cuatro bodas en Notting Hill (1998): la americana de la que se enamora el británico tartamudo (Julia Roberts), el grupo de amigos con sus rarezas, la mujer desvalida que resulta entrañable o el personaje histriónico pasado de vueltas. Son películas en las que todos los personajes tienen un marcado carácter de bondad o ternura, no hay lugar para la mala leche y mucho menos para la violencia. Existe una delgada línea en las feel-good movies que si se traspasa convierten las mismas directamente en pelis moñas, cargantes, insoportables por momentos. La línea es delgadísima y según te acercas puedes encontrar un inmenso peliculón (Atrapado en el tiempo, Forrest Gump, El show de Truman), o traspasarla y toparte con una moñada cursi y en algunos casos repelente (The holiday, Mientras dormías, Te puede pasar a ti, Algo para recordar). Porque no es lo mismo ser sensible que sensiblero, bueno que buenista o romántico que moñas.

 

Richard Curtis se estrenó como director en 2003 con una obra que se sitúa directamente sobre la delgada línea roja: Love Actually. Trata una docena de historias de amor que se desarrollan muy cerca de la Navidad: amores imposibles, amores no correspondidos, tensiones sexuales no resueltas entre compañeros de trabajo, amoríos fugaces, duraderos, de todas las edades y de todos los tipos. Sus personajes se cruzan, se entrelazan, se relacionan y todo fluye con naturalidad en un guion muy trabajado de principio a fin. Pero aunque algunas de estas historias traspasan por momentos la línea y te provocan directamente arcadas, el conjunto se ha convertido en uno de esos clásicos imprescindibles de la época navideña que se ve con agrado.

Bordear la línea del buenismo y el sentimentalismo es un ejercicio arriesgado que requiere de la complicidad del espectador. Y de la mano firme y sabia del director. Si el espectador suelta «¡venga ya!, ¿que los Beatles nunca existieron?, menuda chorrada», o «¡qué tontería!, un tipo viviendo el mismo día cien mil veces», o «viviendo en un programa de televisión, ¡bah!», en ese momento todo en la película resulta desdeñable. Si no te subes al carro que te propone el director, el resto de la película se convierte en insoportable. Como los musicales.

«¿De qué coño va esto? ¿De unos tíos de una familia que se meten en un armario y viajan hacia atrás en el tiempo? ¡Buffff, qué chorrada!». Pues de esa premisa tan chorra surgió la maravillosa Una cuestión de tiempo, una de esas pelis que consigue engancharme cada vez que la veo. Es una feel-good movie de manual, una exaltación de la amistad y la familia con personajes entrañables, una norteamericana (otra vez) de la que enamorarse perdidamente, Rachel McAdams, con (otra vez) la hermana del protagonista como una mujer débil y tierna, y un personaje directamente tarado, pero es una gran película. Escrita y dirigida, cómo no, por Richard Curtis en 2013.

 

Como ya expresé en este mismo foro hace tiempo en la Carta de amor de un cinéfago, el discurso final del pelirrojo (Domnhall Gleeson), con la voz en off, podría haberlo escrito yo mismo. De tener el talento de Richard Curtis, por supuesto:

«Todos viajamos a través del tiempo juntos, cada día de nuestras vidas. Solo podemos esforzarnos por disfrutar de este notable viaje».

«La verdad es que ya no viajo, ni siquiera para revivir un día. Trato de vivir cada día como si hubiera decidido volver a ese día, de disfrutarlo como si fuera el último día entero de mi extraordinaria vida ordinaria».

La misma línea del buenismo, la peligrosa raya en la que solo los maestros saben moverse, es la que nos propone el viaje al cielo al que se supone que solo van las almas bondadosas que han poblado la tierra. Como no lo hagan bien, director y guionista se caen con todo el equipo.

Qué bello es vivir (1946) comienza de un modo muy arriesgado: muestra a Dios en forma de estrella hablando con un ángel al que encarga la misión de bajar a la tierra para ayudar a George Bailey. Si el espectador rechaza esos tres primeros minutos de película, no hay más que hacer, adiós muy buenas. Pero a los mandos estaba Frank Capra y la película se convierte en una obra maestra absoluta, de principio a fin. El gran clásico de las navidades pasadas, presentes y futuras.

 

Por el contrario, del mismo 1946 es A vida o muerte, Stairway to Heaven en el original o Escalera al cielo en Sudamérica. Escrita y dirigida por Michael Powell y Emeric Pressburger, protagonizada por David Niven y Kim Hunter, nada hacía presagiar que me resultara tan infumable. Quizás porque no entré en el juego que plantea la historia desde los primeros minutos: un piloto que tenía que haber fallecido en accidente, pero se debate entre la vida y la muerte en la cama de un hospital, mientras en el cielo se realiza un juicio para ver si sube la escalera o se queda en la tierra.

Lo normal es que estas películas traspasen la delgada línea de la sensiblería, como el pastelón espantoso Más allá de los sueños, con Robin Williams. Para mi gusto Ghost se queda en el borde, aunque cada vez que sale Whoopi Goldberg cae al abismo tenebroso de la cursilería y el ridículo. Se me ocurre salvar de la quema El cielo puede esperar, de Warren Beatty, o no tomarme en serio Como Dios, o Sigo como Dios, con ese Dios cachondo interpretado por Morgan Freeman.

Cualquiera que siga este blog sabrá qué tipo de películas me suelen gustar. No le hago ascos a las feel-good movies. El mundo está repleto de buena gente, pero también de hijos de puta sin escrúpulos. En mi caso, me gusta rodearme de buena gente, del mismo modo que como contrapartida, en pantalla me encanta ver a hijos de puta sin escrúpulos.

El registro de jornada, 2ª parte: el chip subcutáneo

Registro 0

JOSEAN, 06/10/19

1ª parte: las prisas

Según la opinión que manifesté en la primera parte, el real decreto para el registro y control de la jornada de trabajo se aprobó de manera rápida, en un momento que no era ni de lejos el adecuado, y sobre todo y más importante, carecía del consenso necesario entre todas las partes afectadas.

Guía MinisterioEl real decreto tal como se aprobó tenía lagunas importantes que sembraron varias dudas en las empresas respecto a su aplicación y la adaptación requerida, así que, aunque la obligación entraba en vigor el 12 de mayo, el Ministerio esperó al día 13 para publicar la Guía que trataba de aclarar estas dudas. Vuelvo a recordar que entre medias tuvimos unas elecciones generales en abril.

El real decreto no especifica cómo debe llevarse ese registro de jornada, por ejemplo, si necesariamente debe ser un sistema informatizado de fichaje o bastaría con unas hojas de registro manuscritas. La Guía del Ministerio indica que:

Así, será válido cualquier sistema o medio, en soporte papel o telemático, apto para  cumplir el objetivo legal, esto es, proporcionar información fiable, inmodificable y no manipulable a posteriori, ya sea por el empresario o por el propio trabajador. Para ello, la información de la jornada debe documentarse en algún tipo de instrumento escrito o digital, o sistemas mixtos, en su caso, que garanticen la trazabilidad y rastreo fidedigno e invariable de la jornada diaria una vez de registrada.

– Firma aquí, Curro.

– Pero ahí pone que he trabajado 8 horas, señor, y han sido 11 y media con la parada del bocadillo.

– ¡Que firmes, hombre!

Ya está, el tramposo seguirá haciendo trampas como siempre. Otra crítica al real decreto ha sido la referida al bajo importe de las sanciones por incumplimiento.

  • El incumplimiento de la obligación de poner a disposición de los trabajadores el informe sobre el control de horas será considerado «infracción leve» y sancionada con una multa entre 60 y 625 euros.
  • El incumplimiento de la obligatoriedad del registro de la jornada de los empleados será considerado como «infracción grave» y penada con una sanción entre 626 y 6.250 euros.

¿Eso es todo?, pensará algún empresario explotador. ¿Me merece la pena incumplir la norma y seguir obligando a los trabajadores a hacer horas de más? En ese caso, si se detectara un incremento de horas extras no remuneradas, la infracción sería considerada «muy grave» y multada con hasta 187.515 euros. Pero sin registro del delito no hay pruebas.

Jornada 5

La Guía del Ministerio dejó otras novedades que no figuran en el real decreto 8/2019, como la no aplicación del registro de jornada al personal de alta dirección. ¿Pero cómo que no?, pensé, ¡si a muchos de esos directivos es precisamente a los que hay que obligar a que registren y se larguen a casa! ¡Si algunos de ellos son los aficionados al presentismo por encima del trabajo productivo y de calidad! Pero además, la Guía deja abierta otra peligrosa puerta al añadir:

«Distinto del anterior es el supuesto de trabajadores que, no siendo estrictamente personal de alta dirección (mandos intermedios, cargos de confianza o con ejercicio de especiales responsabilidades) tienen pactado un régimen de libre disponibilidad del tiempo de trabajo o forma parte de sus obligaciones contractuales su plena disposición horaria para el cabal cumplimiento de su actividad profesional. Con carácter general, bajo la premisa de que tras estas modalidades no se ocultan situaciones de abuso de derecho, la jornada diaria de estos trabajadores deberá ser objeto de registro, sin perjuicio de la acreditación de su tiempo de trabajo mediante el pacto de disponibilidad horaria, interpretándose que la retribución obtenida por el trabajador ya compensa de manera proporcionada esa mayor exigencia de tiempo de trabajo

El párrafo no tiene desperdicio, ya veremos las sentencias de los juzgados de lo social cuando empiecen a resolver disputas entre empresas y trabajadores por este asunto.

– Señor juez, yo no era personal de confianza, solo era la secretaria del Director.

– ¡Un puesto de la máxima responsabilidad! -diría el abogado defensor de la empresa-. Sin sus funciones el Director no atendería sus compromisos a tiempo, no encontraría los archivos, ni los contratos, ni podría asistir a reuniones en sus viajes internacionales, es lógico que la empresa le obligara a una disponibilidad horaria absoluta.

O sobre el encargado de reprografía:

– ¡Fundamental! Todas las ofertas que se presentan pasan por sus manos y sin ofertas no hay contratación, y sin contratación no hay trabajo, y sin trabajo cerramos el chiringuito. Y además es documentación confidencial, luego requiere personal de la máxima confianza, ¡se le podían exigir jornadas de 18 horas!

Obviamente es una exageración, pero son solo ejemplos de algunos puntos que no se han definido con claridad. Como los referidos a los trabajadores desplazados o empleados que por su trabajo pasan la mayor parte de su tiempo en la carretera. No es que la Guía sea poco clara, es que deja el tema abierto:

“…en relación con los trabajadores desplazados fuera del centro habitual de trabajo, con o sin pernocta, el registro diario de jornada no altera la aplicación de las reglas estatutarias generales, debiéndose registrar el tiempo de trabajo efectivo”.

¿Computa como tiempo de trabajo cuando estás volando o cuando estás en un hotel en una convención de varios días aguantando a compañeros plomizos? Pues nos dicen que no:

“Por ello, este registro no incluirá intervalos de puesta a disposición de la empresa, sin perjuicio de su compensación mediante dietas o suplidos. Sin embargo, es conveniente en estos casos que el registro, a efectos de prueba de la separación entre ambos elementos temporales, deje constancia expresa de su cómputo, siendo adecuada la declaración documentada del trabajador, al margen de la capacidad de control y ejercicio de poderes directivos por parte de la empresa para verificar la realidad de esa manifestación”.

Vamos, que hay que registrar igualmente la jornada aunque no haya medios para ello, separando el tiempo de desplazamientos o alojamiento, y que todo ello pueda ser controlable por el empresario. Lo de toda la vida, o sea nada, pero apuntándolo en algún sitio. Viene a ser algo parecido a lo referido a las pausas, que habrá que controlarlo aunque no se pueda controlar:

“…la autorregulación convencional, mediante la negociación colectiva o el acuerdo de empresa, se muestra como el modelo idóneo”.

¿Y qué dice la Guía de ese concepto tan manido últimamente que es el teletrabajo, esa aspiración que tenemos cada día más currantes?

“…en el caso de trabajo a distancia, incluido el teletrabajo, existen fórmulas asequibles que aseguran el registro de la jornada diaria, incluidas las especificidades o flexibilidad para su cómputo, a través de registros telemáticos o similares. En todo caso, si existe autorregulación convencional al respecto, mediante la negociación colectiva o el acuerdo de empresa, o si el empresario da por buena la firma por el trabajador de hojas o instrumentos similares de autogestión del tiempo de trabajo del teletrabajador o trabajador a distancia, tales serán instrumentos válidos para dar cumplimiento a la obligación legal”.

La geolocalización, por ejemplo. Pero no nos gusta. O la implantación de sistemas en los móviles para activar al inicio de la jornada y a su finalización. Que se desactiven cuando el trabajador esté en el guasap o navegando por páginas no relacionadas con el trabajo, pero tampoco nos gustan. El correo electrónico permite hoy en día saber qué trabajador está conectado y cuál no, con un simple semáforo, e incluso conocer los minutos exactos y las horas que el trabajador lleva desconectado de su puesto de trabajo. Pero (y no debería sorprendernos) cada vez son más los trabajadores que desconectan esa opción, gente a la que no le interesa que sus superiores tengan acceso a esa información. Aparte está la inviolabilidad del correo electrónico y la imposibilidad de que la empresa controle que el trabajador al que se le ha puesto un ordenador o un móvil realmente lo está usando con fines laborales y no personales. Y claro, todo se vuelve a complicar: hay que controlar al trabajador y al empresario, pero sin que el trabajador se sienta controlado o atacado en sus derechos fundamentales.

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Gente dispuesta a dar a Google, Facebook o diversas apps toda la información de su vida (está en las condiciones que se aceptan en muchas de estas aplicaciones), pero que se siente observada cuando está solucionando en el trabajo temas del colegio de sus hijos o la comunidad de vecinos, y es que, claro, eso no puede ser. No me gusta que se metan en mi vida, salvo si le doy permiso a Google para que acceda a todas mis fotos, vídeos personales, ubicación exacta en cada momento y comentarios personales.

Nos encontraremos sentencias de todo tipo sobre la interpretación del registro de jornada, el tiempo de trabajo efectivo o los medios electrónicos a disposición del empleado, y los juzgados de lo social fallan tradicionalmente a favor del trabajador. Para completar el pastel, la jornada a la carta va a traer otro elemento de controversia:

«…la empresa, ante la solicitud de adaptación de jornada, abrirá un proceso de negociación con la persona trabajadora durante un periodo máximo de treinta días. Finalizado el mismo, la empresa, por escrito, comunicará la aceptación de la petición, planteará una propuesta alternativa que posibilite las necesidades de conciliación de la persona trabajadora o bien manifestará la negativa a su ejercicio. En este último caso, se indicarán las razones objetivas en las que se sustenta la decisión».

«Las discrepancias surgidas entre la dirección de la empresa y la persona trabajadora serán resueltas por la jurisdicción social a través del procedimiento establecido en el artículo 139…»

Ya están llegando las primeras sentencias al respecto, con resultados dispares, supongo que dependiendo del juzgado en el que caigan o del momento «político-conflictivo-laboral» en que nos encontremos.

 

En fin, entiendo que no resulta sencillo conjugar los intereses del empleado explotador con los del trabajador sobrecargado de curro que se merece poder conciliar su vida familiar y laboral, mezclados con los del empresario honesto que lucha por sacar su negocio adelante pese a las pocas ayudas gubernamentales y con los del «Escaqueator» de turno que tanto abunda en las empresas de cualquier tamaño.

Así que lo mejor es dejarse de medias tintas, aprovechar lo que decía Pedro Sánchez en Naciones Unidas la semana pasada acerca de «las nuevas tecnologías», el Internet de las cosas o el Big Data, y adoptar una medida radical, pero justa, ecuánime como ninguna otra con el megacurrante y el tramposo: el chip subcutáneo.

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Se injertará un chip bajo la piel a cada trabajador con un sistema que se activaría al paso de cada puerta o al estar en el entorno de su puesto de trabajo. Que el trabajador baja a fumar, se desactiva el chip que registra la jornada de trabajo. Que los hay que van al baño siete veces al día y a veces quince minutos porque aprovechan para guasapear, ningún problema, queda registrado. Se evitarían así los agravios comparativos con los que ponen su vejiga a prueba durante horas. El chip contaría con un sistema homologado y único para todas las empresas de este país, un sistema que permita al trabajador cambiar de curro con facilidad sin necesidad de taladrarle el brazo para reinsertarle el chip de la nueva compañía.

En un experimento realizado en Fakeland (Estados Unidos), el chip se situó en la garganta de los trabajadores de una empresa de 200 trabajadores y los resultados fueron sorprendentes. Al estar ubicado junto a la tráquea, el chip recogía información sobre cafés, tabaco, donuts o conversaciones irrelevantes, y permitía segregar los datos en función de la edad, raza, sexo o categoría laboral. Resultó que un 25 por ciento de la plantilla trabajaba menos de seis horas diarias, un 12 por ciento no hablaba, ni fumaba, apenas bebía y se comía los marrones del resto de la plantilla. El 14 por ciento tenía serios indicios de obesidad solo por lo que injería en la oficina, un 4 por ciento veía porno en el baño, los jefazos de categorías superiores fumaban en sus despachos y tenían la garganta seca por hablar más que una portera, y a un 2 por ciento de los empleados le fueron encontrados restos de semen. El experimento se abandonó en la primera de las cuatro semanas previstas.

Evidentemente, el chip subcutáneo no existe, aunque todo se andará. Del mismo modo que creo que en muy poco tiempo, entre la sustitución de algunos puestos por robots y todas estas controversias sobre el presentismo y la sustitución por el teletrabajo, el trabajo fijo en una empresa acabará siendo sustituido por prestaciones reales que el currito realizará en remoto y facturará desde su casa, como un autónomo o falso autónomo. Con todos los peligros que eso conlleva, pues perderá como siempre el eslabón más débil de la cadena.

Luego está la opción de aquellos empresarios que consideran que un trabajador satisfecho es una mina (igual que pienso yo), y basan su relación con el empleado en la confianza y el respeto mutuo: “haz lo que quieras, cuando quieras y desde donde quieras, pero cumple, obtén resultados”. No es un tema de horas, sino de dedicación, esfuerzo y sobre todo responsabilidad.

Kike Sarasola ha vuelto a ir contracorriente y anunció recientemente que todos los empleados de su cadena de hoteles Room Mate contarán con una semana más de vacaciones, un día libre en la semana de su cumpleaños y un mes adicional de baja de maternidad y paternidad. Me parece una opción cojonuda y estoy seguro de que sus empleados le devolverán con creces y resultados ese tiempo extra que les ha sido otorgado. Así que no creo que sea tanto un problema de registro de jornada, sino de saber crear esas relaciones de confianza empleado-empleador.

Y una vez que he soltado todas estas parrafadas sobre este complejo asunto, una duda que me embarga desde el primer minuto: ¿piensan aplicar la norma de registro obligatorio a los chinos, o van a seguir gozando de barra libre laboral y fiscal?

Cara Josean