Con C de Caballé

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El pasado sábado falleció Montserrat Caballé a los 85 años, la gran soprano y no digo «nuestra» gran soprano porque cada uno de los Cuatro amiguetes tiene una opinión diferente acerca de su modo de entender el bel Canto. Nuestros respetos hacia ella y Condolencias a la familia.

Cara BarneyCon C de Castafiore.

Lo mío no es la ópera, no me gusta, no la entiendo y me carga tanto como un partido de tiki-taka con mil pases en horizontal y hacia atrás. He cometido el «error» de confesar en público mis Carencias Culturales y mi preferencia por Freddie Mercury, en un artículo en el que osaba hacer una comparación con los estilos contrapuestos de Montserrat Caballé y Freddie Mercury, el Barça y el Madrid. A alguien más le ha gustado, como a los amigos de La Galerna que lo han publicado:

La Galerna. Choque de estilos. 

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No quiero dar a entender con el artículo que la Caballé me recordara a BiancaCaballé3 Castafiore, la espantosa Cantante de ópera que atormentaba al Capitán Haddock en los libros de Tintín, lo que he pretendido decir es que en mí provocaba un rechazo similar al que lograba en el Capitán. El problema es mío, lo sé. Y además reconozco que me gustaban mucho Freddie Mercury, Queen y sus míticas Canciones. Un sacrilegio, lo sé.

Cara JoseanCon C de Cataluña.

Es una pena que la situación en Cataluña se haya enrarecido y enquistado tanto que ya ni se respetan los funerales por una persona como Montserrat Caballé, Catalana y española universal que recorrió el mundo como una gran embajadora de ambos. Mojándose, sin establecer distinciones, y eso a algunos hoy les parece intolerable. Como a Josep Carreras, qué pena. Solo se le ocurrió decir tras la Ceremonia que echó en falta que «hubiera un poco más de Catalán«, ya que se ofició íntegramente en Castellano.

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Nada nuevo, por otra parte, el procès está sacando lo peor de innumerables Catalanes indepes. Estos días se ha recordado cómo Montserrat Caballé se levantó de la mesa que compartía con el gens honorable Jordi Pujol, cuando este, siendo presidente de la Generalitat de Cataluña, le reprochó haberse casado con «un extranjero». Tan extranjero como que era aragonés.

Por otro lado, y aunque tras un fallecimiento solo se recuerdan los aspectos positivos de la biografía de los fallecidos, en este blog siempre he criticado a los evasores fiscales, así que no puedo dejar de mencionar la Condena de seis meses de Cárcel a la Caballé por escaquear medio millón de euros al fisco.

Cara TravisCon C de Cine.

Las salas de Cine se han convertido en los últimos años en un lugar privilegiado para disfrutar de los grandes montajes internacionales de ópera. Quizás sea una burrada lo que voy a decir, pero creo que el sonido y la imagen desmerecen poco de lo que puede ser una ópera en vivo y en directo. En el caso de la imagen es indiscutible: no se puede comparar lo que se ve desde una fila 3 de un anfiteatro que con las imágenes en pantalla gigante de un Cine. Pero supongo que los puristas dirán que no tiene nada que ver, algo así como lo que decía Lester sobre el disfrute del Arte pegándote con japoneses o a través de un ordenador.

Caballé5La ópera no ha tenido en el Cine el buen encaje que sí han tenido otros géneros como los musicales. La última película que vi relacionada con el género es Florence Foster Jenkins, sobre una millonaria sin ningún talento interpretada por Meryl Streep. ¿Puede haber algo más horrible que las arias de ópera mal cantadas? Repetir los fallos hasta la extenuación en los ensayos, supongo. Quizás una aguja punzante entrando por el oído haga menos daño.

Me parece que hay mucho esnobismo entre los Críticos, y que ese esnobismo se incrementa cuando se trata de géneros como la ópera. Hay una escena maravillosa en Ciudadano Kane que cuenta mucho, lo cuenta todo en realidad. Cuando el personaje de Charles Foster Kane intenta lanzar al estrellato de la ópera a su amante y la vemos debutar sobre el escenario, la cámara asciende lentamente. Vemos el telón, el andamiaje sobre el mismo y a dos tramoyistas, gente que se supone poco formada para la ópera, pero que sin embargo saben casi tanto como cualquier Crítico avezado. Apesta.

Ese esnobismo de la Crítica es el que ensalza a determinados artistas y se ceba por el contrario con otros, a veces con una inquina que parece moverles un asunto personal. Por otro lado, creo que nunca leí una mala Crítica de Montserrat Caballé, ni siquiera cuando destrozó con su versión alguna Canción moderna. Y eso dice mucho de ella, qué duda cabe. Descanse en paz.

Cara LesterCon C de Carisma.

Desde que debutara en el Carnegie Hall en 1965, la figura de Montserrat Caballé no dejó de crecer, hasta el punto de que algunos, llegada su muerte, la sitúan directamente como «la mejor soprano del siglo XX», por encima de María Callas. Supongo que mi madre tendrá algo que decir ante tamaña afirmación.

Yo no puedo opinar sobre eso, soy un analfabeto total en materia operística. Pero sí puedo opinar sobre la participación de la Caballé en dos Campañas de publicidad. La última, la más reciente, fue definida por la propia Cantante, como espantosa. Me refiero, cómo no, al terrorífico anuncio de la Lotería de Navidad de hace dos o tres años, con Raphael y varios artistas más que parecían sacados de la noche de Halloween.

 

El otro anuncio es mucho más antiguo y lo recuerdo porque denota cierta superioridad intelectual de los que son capaces de disfrutar de la ópera. Era una Colección por fascículos y CD’s (me niego a poner «cedés», aunque lo recomiende la RAE) de las mejores óperas de la historia y Montserrat Caballé nos animaba a su compra diciendo:

«La voz es el instrumento más perfecto, y donde mejor suena, es en la ópera». Y le faltaba añadir: «Y quien mejor la canta, soy yo». Un poco pagada de sí misma sí era la barcelonesa, como toda diva de la ópera. Y como tal, un tanto sobreactuada, como cuando acudió a las ruinas del Liceo a hacerse las fotos y el vídeo para pedir fondos para su reconstrucción.

Lo siento, Mamá, me cuesta disfrutar tres horas seguidas de una ópera, prefiero un punteo de guitarra de Mark Knopfler. Descanse en paz, Montserrat Caballé, no dudo que fuera una de las más grandes. Así me lo han contado.

Groucho inmortal, por Travis

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“Pienso vivir para siempre o morir en el intento”.

Esta primera semana de octubre se conmemora el nacimiento de Groucho Marx, uno de los tipos más brillantes que ha pisado este mundo del que decía querer apearse, todo un artista del uso y abuso de la lengua y la ironía. Nació el 2 de octubre de 1890, hace ahora 128 años, y si el título de este post alude a su inmortalidad es porque su legado así me lo parece.

“Debo confesar que nací a una edad muy temprana”.

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Los actores (II): el ganado, por Travis

Cary Grant

El director británico Alfred Hitchcock fue inquirido en una ocasión por aquella frase en la que afirmó que los actores son como el ganado, y su manera de aclararlo fue mejor aún:

«Lo que dije es que deberían ser tratados como ganado»

Puede que se refiriera a Sigue leyendo →

Los actores (I): la veracidad, por Travis

Robert de Niro

En la escena final de Monuments Men, el personaje de George Clooney se acerca a ver la Madonna de Miguel Ángel treinta años después de los acontecimientos narrados a lo largo de las dos horas anteriores. Lógicamente el papel lo interpreta otro actor, no se quiso usar a George Clooney con maquillaje. La cara, los gestos y la sonrisa Sigue leyendo →

Solo, otra película de Star Wars

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Travis, 12 de agosto de 2018. Sin spoilers hasta casi el final.

Podía hacer algún chiste fácil, quitar la coma y decir que es «solo otra película de Star Wars«, o mejor aún, que «No es Solo otra película de Star Wars» y jugar con el doble sentido, pero me voy a limitar a afirmar lo que dice el título de esta entrada: que Solo, la última de la saga, aunque esté al margen de las trilogías clásicas que van por el Episodio VIII, es otra película de Star Wars. Con todas las letras, porque lo cierto es que en estos últimos años en que se han recuperado las historias de la galaxia ideada por George Lucas, algunas de las mejores y más entretenidas películas han venido por donde no se las esperaba, como ocurrió con Rogue One. Sigue leyendo →

Los 300

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Estamos de celebración, aniversario o como queráis llamarlo. Los cuatro amiguetes del blog celebraremos en una semana los 4 años de esta página que nació con intención perecedera, y sin descanso ni vacaciones nos lanzaremos a por la quinta temporada. Pero sobre todo celebramos el post número 300, ni más, ni menos. Y celebramos además que ese post 300 no se publica en esta web, sino en La Galerna, la página de «Madridismo y sintaxis» a la que ya hemos hecho referencia en otras ocasiones, una apuesta personal de Jesús Bengoechea que está encontrando un gran respaldo popular:

Un final made in Concha Espina

El texto mencionado representa como pocos de entre esos 300 lo que significa el blog «Cuatro amiguetes y unas jarras». Se trata de una supuesta conversación entre Jaume Roures, el magnate de Mediapro, y el director neoyorquino Woody Allen, en la que divagan sobre la producción de una película acerca del mundo del fútbol. Con algo de ironía y cachondeo sano, que no falte nunca.

El texto ha sido escrito por Barney (y su madridismo) con la colaboración de Travis para aportar ideas sobre Woody Allen, basándose en un celebrado post de Josean sobre las conversaciones imaginarias entre Artur Mas y Jordi Pujol al inicio del principio del comienzo de la génesis del procès. Por supuesto, con el respeto a las normas lingüísticas y la corrección sintáctica requerida por Lester, el administrador del blog. Espero que os guste, dadle una oportunidad.

Mantener un blog tanto tiempo es un ejercicio de disciplina y constancia, y no está de más reconocer que a veces cuesta. Pero los comentarios que uno lee en esta misma página, o los que te hacen la familia y los amigos, o especialmente los de gente que no te conoce de nada, como los lectores de La Galerna, ayudan a seguir en el empeño:

Comentarios

Como cada vez son más numerosas las publicaciones que han surgido a partir del blog, tantas que hemos abierto una nueva categoría con ese nombre: «Publicaciones». En ella recogemos los enlaces a los artículos de Barney en diversas webs, el libro de relatos de Lester surgido a partir de un proyecto muy personal, alguna colaboración en revistas y esperamos publicar la historia que Travis se trae entre manos o las dos charlas/conferencias que Josean tiene programadas en otoño. La primera surgió de la serie por capítulos «Grandes errores de las escuelas de negocios», y la segunda, de su particular visión de la política.

300. Trescientos, como los espartanos de Leónidas, esos tipos inasequibles al desaliento.

300 kilómetros por hora, la velocidad a la que se calcula que se mueven los impulsos nerviosos, los que nos llevan a escribir y opinar desaforadamente sobre algo.

300 segundos, que son 5 minutos, que es lo que la mayoría de las veces lleva leer un post.

300 minutos son 5 horas, que es lo que en ocasiones (y más) cuesta rematar un texto.

Y 300 centilitros es lo que suele tener un botellín de cerveza, pero aquí somos más de jarras de 500, así que ¡a por ese número!

Como sé que a muchos les van los ránking y las clasificaciones, dejo a continuación lo más leído de cada uno de los cuatro personajes del blog.

¡Espero seguir contando mucho tiempo con vosotros, los lectores, gracias!

4amiguetes

Josean

Los lobos de las finanzas

Chomsky, Timsit y la manipulación mediática

La falacia del ebitda

La incompetencia de Competencia (I)

Travis

Everest

Esas comedias francesas

Lester Burnham no es el mejor ejemplo a seguir

Frases de cine para usar en el trabajo (I)

Barney

Nuevo Reglamento de la Federación Culé de Fútbol

Historias de la Historia que los culés no quieren oír (Cap. 3)

Ni valors, ni valores

Historias de la Historia que los culés no quieren oír (Cap. 2)

Lester

En busca de la tranquilidad

Vacaciones solidarias en la India (Rachel)

El maratón de Nueva York (II): …y el glorioso después

El Hogar Teresa de los Andes

 

Disaster movies, por Travis

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He tenido la oportunidad de ver recientemente la película The disaster artist, escrita, producida y protagonizada por James Franco, sobre el rodaje de una infame historia filmada por Tommy Wiseau, The room, una de las consideradas peores películas de la historia del cine. Las escenas finales, poniendo imágenes de la original junto a la réplica de Franco, despertaron mi curiosidad por ver la «famosa» The room, que se puede encontrar fácilmente en YouTube (aquí dejo un enlace a la misma).

Cuando veía The disaster artist pensaba que era imposible que la original The room fuera tan penosa, sobreactuada y con un guion tan absurdo como el que cuenta James Franco, pero parece que no lo es: es aún peor. Es tan mala que no fui capaz de verla entera, sino que tuve que ir dando saltos para buscar las escenas que James Franco representa en su peli.

La producción de The room, del año 2003, costó unos 6 millones de dólares y no llegó ni a los 2.000 dólares de recaudación. Un desastre absoluto que fue sufragado íntegramente por el tal Wiseau, del que no se sabe mucho de su vida, ni de dónde sacó el dinero para financiarla, ni cuál es su pasado como para lanzarse a una aventura así. Uno de los rumores que circulan por Hollywood afirma que Wiseau sufrió un accidente de tráfico con un productor que conducía borracho, el cual le prometió que le financiaría una película a cambio de que no le denunciara. Eso podría explicar las cicatrices de su rostro y el desconocimiento de lo más elemental sobre el mundo del cine.

La película de Franco ganó la Concha de Oro en el Festival de San Sebastián y el propio actor recibió el Globo de Oro por su interpretación (más que meritoria, viendo el pollo al que calcaba), pero su meteórica carrera hacia el Óscar fue frenada por una serie de denuncias no juzgadas en tribunales, muchas de ellas anónimas, y sobre todo por las hordas de la represión preventiva. Pero hoy no toca hablar de eso, sino de las películas más desastrosas de la historia, esas que son un auténtico despropósito sin nada salvable, pese a que algunos quieran convertirlas en obras de culto.

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The disaster artist recuerda de inmediato a esa maravilla de Tim Burton que fue Ed Wood, sobre el considerado «peor director del siglo XX». Así como no he sido capaz de ver del tirón The room, sí que pude ver entera en VHS la célebre Plan 9 from outer space (Ed Wood, 1959), votada siempre en todos estos rankings como una de «las películas peor filmadas de la historia». Y la verdad es que es mala como un cólico, pero al menos te ríes mientras la ves tratando de imaginar las escenas que no pudieron rodar o qué pretendían contar en otros momentos absurdos de la trama. Las películas de Ed Wood tenían que luchar contra las limitaciones de su presupuesto, lo que convierte en perdonables muchas de sus carencias: decorados de chiste, efectos especiales caseros, interpretaciones de aficionado ebrio,… En el caso de Tommy Wiseau y The room el presupuesto no fue el problema, sino la falta absoluta de talento, ideas e imaginación.

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Seis millones de dólares no es un presupuesto elevado, pero tampoco es bajo. Con un presupuesto similar, 6,5 millones, y curiosamente con el mismo título, The room, el director Lenny Abrahamson rodó en 2015 una película enorme, muy interesante, sobre una mujer (Brie Larson) secuestrada durante siete años y encerrada en una minúscula cabaña en la que tiene un hijo con su captor. La protagonista ganó el Globo de Oro y el Óscar por su acongojante interpretación.

El cine está repleto de casos de películas de bajo presupuesto en las que la imaginación del equipo suple esas limitaciones. Por alguna extraña razón, el género de terror es el más socorrido para este tipo de cine, quizás porque la poca pasta suele ir asociada a imágenes oscuras, mala iluminación y efectos que en realidad no muestran nada, sino que sugieren, y para eso no hay nada mejor que el suspense o el terror:

  • Paranormal activity (2007), 15.000 dólares de presupuesto y 190 millones de recaudación.
  • La matanza de Texas (1974), 140.000 dólares de presupuesto y 30 millones de dólares en taquilla.
  • Posesión infernal, la peli de Sam Raimi de 1981, costó apenas 375.000 dólares y recaudó algo más de 2 millones de dólares, pero demostró que las ganas de rodar superan al dinero. En 2013 se rodó una nueva versión en cuya producción participó el propio Sam Raimi, pero a pesar de contar con 15 millones de dólares el resultado para el espectador es mucho peor, más aburrida y menos aterradora. O a lo mejor soy yo el que ha cambiado en esos 32 años, tanto como mi modo de ver cine.
  • El proyecto de la bruja de Blair (1999) costó apenas 22.500 dólares y recaudó 450 millones de dólares en todo el mundo. En números está cerca de la más rentable de la historia, que seguro que sorprenderá al lector: Garganta profunda, la peli porno de 1972 de Gerardo Damiani interpretada por Linda Lovelace. 22.500 dólares de producción y 600 millones en taquilla, ¡guarretes, morbosos!

Uno de los ejemplos que se suele utilizar a la hora de hablar de la pasión por rodar, incluso con presupuestos ridículos es El mariachi (1992), del texano Robert Rodríguez. No llegó a los 6.000 dólares de presupuesto, que juntó participando como cobaya humana, vendiendo su sangre y leyendas urbanas por el estilo. El esfuerzo le sirvió para alcanzar la fama a los 24 años y gestionar desde entonces grandes presupuestos, en muchas ocasiones para hacer películas infames (todas las Spy Kids menos la primera, Planet terror). La propia versión de El mariachi rodada en 1995 con 7 millones de dólares, Desperado, con Antonio Banderas y Salma Hayek, es un despropósito de postureos y tiros que hace buena a su antecesora rodada con cuatro duros.

Volviendo al tema principal de este post, las disaster movies, hay varios motivos que para mí las convierten en espantosos atentados al gusto y no es solo la falta de presupuesto, sino en ocasiones que sean pretenciosas, ampulosas, como queriendo resultar o parecer trascendentes. Dos de las películas que tengo en peor estima en años están entre las favoritas de la crítica: Bailando en la oscuridad, de Lars von Trier y El árbol de la vida, de Terrence Malick. Ambas Palma de Oro en Cannes, cómo no.

 

Por el contrario, reconozco haber disfrutado dos películas absolutamente exentas de pretensiones, pero terriblemente divertidas, aunque no lo sean para la crítica: Re-animator (1985) y El vengador tóxico (1984). Son películas de codazo en las costillas y «jojojo» con los colegas. Ambas se han convertido en películas de culto por distintas razones, tuvieron secuelas (entre ellas Beyond Re-animator, con Elsa Pataky y Santiago Segura) y mantienen multitud de seguidores por el mundo, como Lester Burnham y su vecino Ricky Fitts (American Beauty) recordando mi escena favorita. También la de mis colegas:

La segunda, El vengador tóxico, es la obra maestra de la productora de serie B, Troma, especializada en cine gore, violencia extrema, guasa total y sexo patético. Son muy divertidas, pero no las recomiendo a todo el mundo, porque algunos dudarían de mi raciocinio. Y desde luego de mi buen gusto.

Con todos estos ingredientes, voy a elegir mi top-5 de auténticas disaster movies que yo he visto en mi vida, esas que dan pena porque ves los esfuerzos de un montón de gente para terminar componiendo un truño de proporciones épicas. Tengo que descartar de antemano varias de esas parodias de géneros tipo Scary movie, Epic movie, Casi 300 o Disaster movie, porque he sido incapaz de verlas completas. No aguanto más de cinco minutos de ese género que denomino «comedia sin ni-puta-gracia».

Top-5 de Disaster movies by Travis:

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En el número 5 elijo una cosa llamada Soviet, que trajo mi hermano del videoclub cuando yo tenía unos quince años. La carátula la vendía como una especie de Rambo ruso, un tipo que luego ni siquiera salía, y los efectos especiales eran lamentables. Con decir que en una de las escenas cumbre lanzaban un cohete contra un yate y en un segundo veíamos la explosión de un petardo minúsculo y una pobre chica a la que dos miembros del rodaje lanzaban por la borda para simular el efecto de la onda expansiva. No he sido capaz de encontrarla, pero creedme, era tan penosa que no merece la pena que me esfuerce en buscarla.

El 4,… pues para Supermán IV (1987), todavía con Christopher Reeve. Joder, ese malo poniendo cara de malo, Nuclear man, es el personaje más ridículo que recuerdo desde Howard el Pato, de la misma época.

 

El número 3 en mi caso sería para El quinto elemento (1997), de Luc Besson. En su día, con 80 millones de dólares, la película europea más cara de la historia.

 

 

Infumable, con una historia absurda y sin interés, con actores como Bruce Willis y Gary Oldman en los peores papeles de sus carreras, un odioso Chris Tucker, exterminable desde el primer segundo, unos malos tan torpes como inútiles y, sobre todo, unos efectos especiales que serían inadmisibles incluso para la Loca historia de las galaxias de Mel Brooks. Tan dolorosa de ver como una patada en los testículos.

En el número 2, ese engendro parido por Jordi Mollá sobre un telepredicador y su reality show. Encima recuerdo al actor metido a director recorriendo las radios y las televisiones intentando convencernos de lo arriesgado y tremendamente intelectual de su propuesta. ¡Al paredón con él!

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Y no puedo dejar de recomendar el número uno, el top de los top del truñaco fílmico: Fotos, de Elio Quiroga. Lo tiene todo, es pretenciosa, está mal rodada, sobreactuada y tiene un guion delirante. Una joya que no pude dejar de ver hasta el final, y que dicen que le gustó a Tarantino en un Festival de Sitges (supongo que fue aquella época de adicción a las sustancias alucinógenas).

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Como no creo que ninguno vayáis a buscarla y verla os cuento de qué va y el glorioso final: «una chica tiene aversión al sexo y es maltratada verbalmente por su novio, que la abandona. La chica, medio deprimida, conoce a un artista, Gustavo Salmerón, que está como una jodida cabra puesta de speed. No recuerdo mucho más de la trama central, pero al final, el artista se amputa el pene para tratar de gustar a la chica o convencerla de que no la quiere por el sexo, y esta cuando lo ve, coge el pene y se va corriendo al hospital para que se lo implanten a ella y poder vivir su historia de amor. FIN».

Una locura que vi en Versión española, con el debate posterior entre Elio Quiroga y una Cayetana Guillén Cuervo que no sabía si estaba ante un genio o si debía llamar al frenopático, haciendo comparaciones con Buñuel y los grandes clásicos del cine.

Me despido ya, os recomiendo todos los títulos mencionados o ninguno, porque queda claro que sobre gustos no hay nada escrito.

 

 

 

Si los futbolistas fueran actores, por Travis

 

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Me hallaba profundamente sumido en el estudio del cine de Burkina Faso para la ardua tarea de escritura del próximo post, cuando los amiguetes me pidieron que hablara sobre algo de más actualidad (y sin duda más lecturas) como es el Mundial de Rusia. Así que aprovecho el primer parón del campeonato, el primer día sin fútbol desde hace dos semanas, para escribir sobre esos tipos que mueven millones por los cinco continentes, cuya imagen es mundialmente conocida, individuos que levantan pasiones allá donde van, reciben toda la atención de los medios, portadas en revistas, millones de tuits y retuits, y horas y horas de debate sobre algo tan banal como es el fútbol. O el cine, por cierto, pues todo lo dicho resulta igualmente aplicable para las celebrities del mundo del espectáculo.

Apenas noventa minutos de partido, o ciento veinte, dan para alcanzar esta relevancia internacional. Curiosamente, una duración similar a la de una película, salvo que seas David Lean o Peter Jackson. Ese cierto paralelismo entre el fútbol y el cine me ha dado la idea de escribir este texto con la idea de proponer los que serían los alter ego cinematográficos de algunos conocidos futbolistas. Ojo, que serán los míos y no dudo de que serán puestos en cuestión, como todo lo que se refiere al deporte y en buena medida al cine. Mis filias y fobias saldrán a relucir, y el que no esté de acuerdo pues que proponga los suyos, que cine y fútbol no dejan de ser aficiones con las que pasar el rato sin llegar a las manos, salvo que sueltes gilipolleces, como que odias Star Wars o El señor de los anillos, o que amas y devoras las pelis de Lars von Trier. «¡O que eres del Barça!», añade Barney.

La idea es buscar similitudes en la personalidad o en lo que representan los futbolistas como icono, pero antes de comenzar no puedo evitar algunas comparaciones recientes que se han hecho famosas por el parecido físico, como la de Karius con Chris Thor Hemsworth, o con nuestro manos de mantequilla, De Gea:

 

El primer goleador de la final de Champions que «catapultó» a la fama a Karius fue el insulso Karim Benzema, el cual tiene un parecido más que razonable con el no menos insulso Shia LeBeouf:

Benzemá-Shia LeBeouf

Pero el que me dejó anonadado fue ese alemán de ojos de huevo que llegó al Real Madrid hace unos años, Mesut Ozil. «Joder, tiene mirada de actor de cine mudo. ¡De Buster Keaton! Y se comporta como el Cara de Palo en el campo»:

Ozil

O el brasileño David Luiz con el actor secundario Bob, de Los Simpsons:

David-Luiz-Side show Bob

Hay muchas listas por Internet, dejo aquí alguna que he encontrado, con algunos sorprendentemente parecidos y otros cogidos con las pinzas de quitarse el entrecejo de Julia Roberts. ¿Aimar y Frodo?, amos, no jodas:

Aimar y Frodo

Me lanzo ya a divagar sobre quiénes serían en el mundo del cine los divos del fútbol por lo que representan y lo haré cebándome de modo especial en los que están disputando el Mundial de Rusia 2018.

  • Luis Suárez: de primeras me pareció sencillo, pues siempre ha hecho de villano, en todos los sitios por los que ha pasado. Se ha hecho tan famoso por su habilidad goleadora como por ir soltando dentelladas a diestro y siniestro, así que inmediatamente pensé en Christopher Lee. Pero reconozco que tengo mis dudas, pues el actor tiene un currículum espectacular en todos los sentidos, también en el intelectual, mientras que el uruguayo, en palabras de su representante, «tiene problemas psíquicos, suma con los dedos».
  • Cristiano Ronaldo: el portugués está enamorado de sí mismo y de su figura, eso es innegable. Controla todo lo relativo a su aspecto: los cortecitos de pelo, los guiños a la cámara, el color de piel, ¿dónde está mi cámara?, pues toma abdominales,… Pero te guste o lo detestes, hay que reconocer que el tipo sigue cumpliendo años sin que se le note y haciendo muy bien su trabajo. Si fuera actor, no tengo ninguna duda de que sería Tom Cruise.
  • Neymar Jr.: el amiguete Barney acaba de dedicarle un post entero hace apenas unos días, así que me lo ha puesto fácil. Sobreactuado, exagerado, resultaría cómico si no fuera cargante. Excesivo en todo lo que hace, con una infancia repleta de carencias, y una vida personal convulsa, se convierte en un genio cuando es capaz de controlarse. Si fuera actor, sería Jim Carrey, cuyo mejor papel, El show de Truman, reflejaba una inmensa farsa, un mundo de fantasía por el que el actor se movía con libertad. Como la mejor actuación de Neymar, que se produjo en el Aytekinazo.
  • Maradona: las penosas imágenes del argentino en el palco de invitados, borracho o drogado hasta las cejas, han sido por desgracia de las más vistas de todo el Mundial de Rusia. Los que le vimos jugar en el Barça, el Nápoles o la selección argentina, sentimos al ver a esa ballena maleducada y sudorosa lo mismo que en algunas películas de Marlon Brando: «¡qué pena, fuiste el más grande y ahora no provocas ni lástima!»
  • Leo Messi: difícil, por qué no decirlo. He tenido que darle muchas vueltas. Es más valorado fuera de su país que en su patria de nacimiento. Es muy bueno en lo suyo, de los mejores, eso es innegable, y los premios que ha recibido han sido justos. En más de una ocasión tiene pinta de necesitar una buena ducha. Lo que está claro es que lo suyo es el fútbol y cada vez que abre la boca, por lo general, la caga. Nos cae mejor su mujer que él mismo, así que solo se me ocurre pensar en Javier Bardem, quien por cierto, también tuvo problemas con Hacienda. Ah, y cada vez que hablan el padre de Messi o la madre de Bardem nos terminamos llevando la mano a la frente diciendo: «madre mía, madre mía…»
  • Luka Modric: tan simpático como feo, con una narizota prominente tan característica como su estilo poco ortodoxo, hay que reconocer que cada vez hace mejor las cosas, como Owen Wilson, quien ha llegado a trabajar con el mismísimo Woody Allen en una de sus mejores pelis de los últimos tiempos, Midnight in Paris.

Modric

Mañana se la juega nuestra selección contra los anfitriones, y yo me imagino al Presidente ruso Vladimir Putin como uno de los malos de James Bond, controlando el VAR desde el Kremlin para asegurarse de que pasen los suyos, como han publicado algunos memes esta semana.

Nuestro equipo jugará con los Iron’s Eleven, que no los Ocean’s Eleven, que supongo que serán los de siempre:

  • David de Gea: Karius 2, Thor o el único portero al que he visto currarse varios Matrix para evitar el balón, como contra Marruecos el lunes pasado.
  • Carvajal: el luchador barbudo, el tipo aguerrido, el espartano Gerard Butler de 300.
  • Sergio Ramos: a veces no sabes si es un genio o está como una puta cabra, y te sueles inclinar más por lo segundo que por lo primero. Entre eso, sus tatuajes y su afición a los sombreros imposibles, Ramos solo puede ser Johnny Depp.
  • Gerard Piqué: a mí este tipo me recuerda a Macaulay Culkin. Nunca me gustó demasiado, con su pelito rubio y repitiendo las mismas chorradas, pero tenía su público. Ahora bien, a medida que vas cumpliendo años y te sigues comportando como el niñato del instituto, hasta los tuyos te dicen que «ya te vale».
  • Jordi Alba: uf, qué pereza de tío. Tim Roth, quizás, ese actor pequeñín en lo físico, pero grande en la actuación, más recordado por papeles de tipo vil y rastrero a los que abrirías la cabeza sin ningún tipo de remordimiento.
  • Sergio Busquets: el actor secundario por excelencia, un tipo ejemplar en su cometido, que siempre hace bien su trabajo. Como Steve Buscemi, alguien que mejora el reparto de cualquier película. Ahora bien, ¿a alguien se le ocurriría producir un filme con Buscemi de protagonista? Pues lo mismo vale para Busquets.
  • Andrés Iniesta: déjalo ya, de verdad, tus mejores actuaciones fueron hace mucho tiempo, no necesitas arrastrarte por los terrenos de juego. Tienes nuestro respeto y admiración, realizaste gestas memorables, pero ya no merece la pena que sigas, Al Pacino.
  • David Silva: con Silva me pasa como con Michael Keaton, que nunca estuvo entre mis favoritos, pero que a medida que ha ido perdiendo pelo, me resulta más irrelevante e innecesario. En algunos partidos le he visto tan despistado como a Keaton en Birdman.
  • Isco: el mejor hasta ahora, el crack. Físicamente es clavado al actor Miguel Ángel Muñoz, pero por lo que aporta en el terreno de juego, por su presencia y lo que transmite, ahora mismo es nuestro Brad Pitt.

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  • Diego Costa: discutido, polémico, no deseado por muchos, aporta la sensibilidad y el buen gusto de una coz de Steven Seagal.

El undécimo puede ser Asensio, Lucas Vázquez o Koke, y os animo a encontrar su pareja cinematográfica, porque a mí del que me interesa hablar es del entrenador Fernando Hierro, aterrizado en el equipo dos días antes del inicio del campeonato para sustituir a Julen Lopetegui. Como Christopher Plummer sustituyendo a Kevin Spacey en todos los planos de Todo el dinero del mundo tras los supuestos escándalos sexuales del actor de American Beauty.

El mundo de los entrenadores también daría para un post entero, pero reconozco que dejo el fútbol y sus pasiones para otros. Para mí, Ancelotti sería el perfecto e impersonal Steven Soderbergh y el Cholo Simeone como John Avildsen, el mejor director para una peli de mamporros. Guardiola sería Wim Wenders y Mourinho, Quentin Tarantino. Y como en todo, habrá aficionados de un estilo y de otro.

¿Y qué me dices de Zidane? Pues nada, no tengo nada que añadir al homenaje cinematográfico en forma de Gladiator que recientemente hizo Barney. El fútbol tiene mucho de épica, pero donde mejor se ha representado siempre es en las pantallas de cine. Suerte para España en el Mundial.

 

 

 

Un japo en Cannes, por Travis

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Un año más un tipo semidesconocido para el gran público ha ganado la Palma de Oro del Festival de Cannes, galardón que en esta edición de 2018 ha ido a parar al japonés Hirokazu Kore-eda por su película Shoplifters. Es posible que en ningún otro lugar como en esta ciudad de la Costa Azul se evidencie la distancia sideral entre lo que gusta al público y lo que los críticos valoran como arte hecho cine.

Hay un poco de todo en la habitual elección de «pelis raras» o «de autor» (en ocasiones auténticos truños) como ganadores del máximo galardón del festival, pero me voy a atrever a citar las que a mí modestamente me parecen reseñables:  Cyclo

1. Por esnobismo: el mundo está lleno de imbéciles que adoran ser únicos, exclusivos o especiales, tipos a los que les encanta presumir de que sus gustos no coinciden con los de la plebe. Si una película es comercial, automáticamente la desdeñan. Si un taiwanés graba a un niño en bici durante dos horas recorriendo el inframundo de los suburbios, el esnob la apreciará. No, corrijo, dirá que la aprecia como una nueva forma de hacer cine, como algo grandioso que solo él y algunos privilegiados son capaces de entender. Es el mismo tipo esnob del tendido 5 de Las Ventas, el comepipas del Bernabéu o el estiradillo del meñique enhiesto del Teatro Real.

2. Por chovinismo: en Francia siempre ha existido una especie de rechazo al cine comercial, de modo especial al norteamericano, al menos entre los críticos y periodistas franceses. El cine francés es una industria muy potente, cuenta con presupuestos medios elevados, con grandes actores, buenas historias, espléndidas comedias, y a veces alcanza unas cifras de recaudación que aquí en España envidiamos. Aunque a veces miren con desdén al cine made in USA y sus críticos lo ataquen con frecuencia, el público al final termina cediendo ante el poder de las majors:

Cuota de pantallaLa Palma de Oro es una excelente carta de presentación para el arranque comercial de los títulos que la reciben, y los franceses no se lo van a poner fácil a películas americanas con marchamo de taquilleras que puedan robarle el público a sus propias obras.

4 semanas 3 meses 2 días3. Porque son verdaderos entendidos: depende del jurado seleccionado para cada año, pero en ocasiones el del Festival de Cannes ha premiado películas «raras» de directores semidesconocidos que sin embargo eran auténticas joyas. El público no suele acudir en masa a verlas, pero estas películas consiguen tener un recorrido y una difusión mundial que sin Cannes no tendrían. Hay que reconocer a este y a otros festivales que hayamos descubierto títulos tan incómodos como la rumana Cuatro meses, tres semanas y dos días (2007) o la alemana La vida de los otros (Óscar y César en 2006). Igual que se atrevieron a reconocer en su día el valor de Scorsese en Taxi driver (1976) o el desasosegante documental de Michael Moore Fahrenheit 9/11. (2004).

4. Por venganza: sí, sí, estoy convencido, explico mi teoría. Tanto el jurado como los periodistas que siguen el festival tienen apenas una semana para ver decenas de películas, emitidas muchas veces a horas intempestivas. Recuerdo hace mil años una crítica de un bodrio de arte y ensayo realizada no sé si por Carlos Pumares o por Ángel Fernández Santos, en la que, por encima de la ausencia de calidad y ritmo de la película, el crítico destacaba que les habían hecho ver la misma a las ocho de la mañana. Y claro, a esas horas y si encima has trasnochado, yo creo que te cuesta disfrutar hasta del mejor Indiana Jones. Así que estoy convencido de que como venganza un grupo de críticos elige todos los años un bodrio infumable al que empiezan a regalar adjetivos de admiración y loas exageradas, «la película de la década», «el mejor descubrimiento del cine en años», «una obra maestra absoluta» y titulares por el estilo, para que otros pasen el suplicio que han pasado ellos. De algún modo, no sé si a base de copas en los saraos que rodean al evento, o creando una corriente de opinión, un efecto «traje nuevo del Emperador», convencen al jurado de que tienen que elegir la producción franco-tunecina-armenia como ganadora de la Palma de Oro. «Que se joda el mundo», pensarán sin duda.

La lista de películas ganadoras de los últimos treinta años contiene grandes títulos, enormes aciertos del jurado al elegir películas que aguantan el paso del tiempo, pero también encontramos algunos bodrios intelectualoides infumables que solo se explican como una broma de mal gusto del jurado hacia la humanidad. Me gusta imaginar a esos miembros del jurado cenando la noche previa a la lectura de los ganadores, hastiados de cine denso como un plato de engrudo, y charlando tras el vino, las cervezas y un par de copazos:

– ¿Cómo dices que se titula esa de los yugoslavos que viven bajo tierra?

– ¿La de Kusturica? Underground. Ja, ja, ja, pero no seas cabrón, que dura tres horas.

– Ja, ja, ja. Palma de Oro en Cannes, la de gente que se la va a tragar igual que nosotros, jo, jo, jo.

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Uno ve la lista, variopinta, que tiene de todo, y lo que no encuentra es un patrón, una película típica que te haga pensar: «esta es una peli de Palma de Oro». Reconozco que solo he visto la mitad, pero junto a obras maestras o películas claramente perdurables como Pulp fiction (Tarantino) o El pianista (Polanski), hay tostones como el mencionado Underground o como La eternidad y un día, o películas sobrevaloradas como El piano o La habitación del hijo. Y entre las premiadas, la segunda película con la que más gente he visto irse del cine: Bailando en la oscuridad, de Lars von Trier. Convencí a un par de amigas para ir a verla y casi me matan. Creo que no me han perdonado todavía, porque ahora, siempre que vamos al cine eligen ellas. Y el jurado la noche previa:

– Jo, jo, jo, verás la de gente que se va a tragar la de la islandesa medio ciega y el director danés ese que está como un cencerro.

 

Bailando en la oscuridad, o un título alternativo: Durmiendo en la penumbra de la sala de cine. La segunda película con la mayor fuga de espectadores del cine, porque la primera está en la relación siguiente, 2003-2017, a ver si la averiguáis:

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¡Bingo! El árbol de la vida, de Terrence Malick, 2011. Este bodrio tuvo tan buena acogida entre los críticos (HdP, qué bromistas) como negativa fue la reacción que provocaba en el público. La gente salía del cine en tal número, cabreada con la tomadura de pelo, que algunos cines llegaron a indicar en un cartel que si te salías antes de la media hora te devolvían el dinero o te daban una entrada para otra película. Acojonante. Y Palma de Oro en Cannes, por supuesto. Se cumple la máxima (inventada por mí) según la cual para saber si una película es un coñazo basta con ver si hay un árbol en su título: Mientras nieva sobre los cedros, A través de los olivos, El olivo, El sol del membrillo (o El sopor del ladrillo, para mí), Cerezos en flor, El manzano azul,…

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El Festival de Cannes tiene cierta predilección por el cine oriental, algo complicado de ver en nuestras pantallas. Y si logras verlo, resulta algo difícil empatizar con la historia que cuenta. Imamura, Chen Kaige, Kurosawa, Koreeda, Yimou,… Aparte del japo que se llevó el gran premio de este año, el segundo favorito era el coreano Lee Chang-Dong, por la película Burning, basada en un relato del japonés Murakami, el eterno aspirante al Nóbel de Literatura. Los relatos que he leído del escritor nipón son tan abstractos e inadaptables como un prospecto médico, así que tengo curiosidad por ver la película. Curiosidad, nada más.

No tengo nada en contra del cine oriental, aunque a decir verdad, lo veo poco. Pero siempre me ha gustado leer críticas de cine, incluso de películas que no pensaba ver, como las tan valoradísimas por la crítica de Zhang Yimou o Shoei Imamura. Hace años hice un viaje en autobús a Murcia y en el trayecto emitieron Sorgo rojo, de Zhang Yimou. Desconozco quién eligió esa película, y sinceramente no supe si alabarle el gusto o pedir el libro de reclamaciones. No tenía escapatoria, así que me la tragué enterita. Y no estaba mal, pero si un viernes por la noche veo que la ponen en la tele, argh,… me apetece tanto en esos momentos como… como… como un viaje en autobús a Murcia.

Hollywood endingCrítica y gran público, eterna divergencia. El propio mundo del cine se ríe en ocasiones de estos «entendidos» del séptimo arte, de los Wenders, Antonionis, Oliveiras, Kusturicas, von Triers y los que los secundan. Recuerdo la película de Woody Allen Un final made in Hollywood, en la que el protagonista, director de cine, sufre una ceguera total que le afecta durante todo el rodaje de un filme.

– No puedo dirigir una película, ¡estoy ciego!

– ¿Pero tú has visto las películas que hacen ahora? -responde su agente para convencerle.

Allen se hace ayudar por un intérprete que ejerce de lazarillo y director de fotografía. Como no puede ser de otro modo, el rodaje es un auténtico desastre, con todos los planos mal encuadrados, mal iluminados, mal enlazados. El resultado es lamentable y se da un batacazo en taquilla, pero sin embargo, Allen nos regala una broma final y la película resulta todo un éxito en Europa:

– Por alguna razón me aprecian más en Francia que aquí. ¡Los subtítulos deben de ser realmente buenos!

Pero sin duda, el momento que mejor expresa esta dualidad lo encuentro en una película menor, como Las vacaciones de Mr. Bean. En ella, el cómico inglés termina en el Festival de Cannes, en el estreno del último filme de un director de culto, un tal Carson Clay interpretado por Willem Dafoe. Egocéntrico, enamorado de sí mismo y de su obra, tedioso, de ritmo lento e incluso rebobinado,… el público se duerme. Creo que merece la pena ver este pequeño corte, al menos los primeros dos minutos:

Ja, ja, ja, payasadas de Mr. Bean aparte, estoy convencido de que algunos pases de Cannes son como la «obra maestra» del Carson Clay de los cojones. O lo que es peor, como la «obra maestra sin intención de serlo» de Mr. Bean.

Así que la próxima vez que vean en cartelera una película china o japonesa premiada con la Palma de Oro en Cannes, cuidado, cuidado, vaya a verla antes Vd. solo, no la recomiende, no lleve a nadie animado por sus deseos de experimentación de algo novedoso porque no habrá término medio posible: obra maestra o truño servido como venganza por un jurado que la detestó. ¡Sayonara!

Los campeones de Javier Fesser

Travis, 27 de abril

Con su película Campeones, Javier Fesser ha vuelto a lograr algo tan complicado como poner de acuerdo a crítica y público con esta historia sobre un entrenador de baloncesto de élite que se ve obligado a prestar servicios sociales entrenando a un grupo de discapacitados intelectuales en un centro de Vallecas.

Tres semanas seguidas como número uno en taquilla, desbancando al mismísimo Spielberg y su Ready Player One, y una buena acogida por la mayor parte de críticos de este país, Carlos Boyero incluido. Reconozco que tenía ciertos reparos a la hora de ver esta peli porque al tratar un tema como la discapacidad intelectual podía caer en la sensiblería o en lo peor de las historias bienintencionadas, cuya trama se suele diluir en situaciones forzadamente tiernas.

Sin embargo, pasé dos horas estupendas, riéndome cuando las situaciones lo buscaban (y lo lograban), y valorando la parte más íntima y personal de los protagonistas. El actor que sostiene la película, Javier Gutiérrez, está enorme en todas las facetas (pese a su estatura), algo que ya no sorprende a nadie a estas alturas (pese a su estatura) de su carrera. Sabe ser cabrón, cruel, cobarde, simpático, tierno, inteligente o agresivo según sea el momento, y en todas las facetas se crece (pese a…) y lo clava cual triple de los protagonistas. Protagonistas, por cierto, que no eran actores, sino auténticas personas con discapacidades intelectuales de algún tipo que hicieron un trabajo sorprendente y espléndido.

Solo es posible encontrar algunos diálogos como el de la primera sesión de entrenamiento en el universo particular de su director, Javier Fesser, hermano del periodista Guillermo, la mitad de Gomaespuma, otro de los pocos «lechones» existentes en este mundo capaces de entender este universo tan particular de diálogos surrealistas, tortazos de cómic, dientes sucios y gafas de culo de vaso. He visto prácticamente todo lo que ha hecho Javier Fesser (me falta Camino) y desde luego tiene en mí a uno de sus fieles seguidores, alguien que se ha visto incluso la recopilación de los cortos de Javi y Lucy y los anuncios de las Películas Pendelton, por supuesto Aquel ritmillo y El sedcleto de la tlompeta, sus versiones de Mortadelo y Filemón y una de las obras maestras del cine español: El milagro de P. Tinto, que consiguió el milagro de que viera a P. Tinto dos veces en menos de 24 horas en aquellos tiempos lejanos del videoclub. Para mí es una obra redonda, aunque será una castaña absurda para todo el que no entre, como decía, en ese universo tan particular.

Recomiendo Campeones, de la que no quiero contar mucho para no destriparla. Pasaréis un buen rato con una historia repleta de cariño hacia sus personajes. Y divertida, cercana, humana y que sabe mostrar las debilidades de todos los personajes, discapacitados y de los que antes de imbuirse en la historia se consideran a sí mismos «normales».

Para aficionados al baloncesto y al cine, Campeones entra directa en el top-10 de películas del subgénero, que ni siquiera sé si llega a 10, pues se salvan muy pocas: Hoosiers, Entrenador Carter, Ganar de cualquier manera, One on One, Space Jam (sí, Space Jam, con Michael Jordan y Bugs Bunny, ¿quién quiere más?),… y en la que no entran Una tribu en la cancha, Los blancos no saben meterla, Teen Wolf o esa cosa llamada Air Bud y secuelas.

Barney, 30 de abril

No he visto la película, porque normalmente los deportes, salvo los no habituales para nuestros ojos, como el béisbol o el boxeo, no suelen quedar bien en pantalla. La chilena de Pelé en Evasión o victoria es lo más verosímil de una película en la que nos chirría tanto ver a Stallone de portero parando un penalti como a Michael Caine avanzando majestuoso con su tripita por el campo.

Según me cuenta Travis, en un momento de la película se recuerda de pasada uno de los momentos más bochornosos de la historia de nuestro deporte: la descalificación del equipo de baloncesto de discapacitados intelectuales en los Juegos Paralímpicos de Sidney 2000. Los medios pasaron de refilón por el asunto, pero se trata de una de esas manchas que nos deberían avergonzar durante años y años. Nosotros, que hemos disfrutado tanto con algunas victorias de los nuestros y entonamos orgullosos el «¡¡yo soy español, español, español!!», deberíamos de sentir ganas de no aparecer en estos eventos si no es para lamentar en público los comportamientos antideportivos alentados por algunos de nuestros dirigentes. 

Para el que no sepa la historia, lo que ocurrió fue que España presentó una selección en la que solo dos de los doce jugadores del equipo tenían una discapacidad intelectual. Y ganaron el oro, cómo no. De verdad que como amante del deporte no puedo entender qué coño pasaba por la cabeza de estos tipos que se prestaron al engaño.

Supongo que la pasta que ingresaba la Federación por la medalla de oro tuvo mucho que ver en el asunto (140.000 euros), pero es que algunos de nuestros dirigentes resultan repugnantes por su apego al puesto, equiparable a su desapego al deporte, y por los tejemanejes económicos (por ejemplo, José Luis Sáez en el baloncesto, Escañuela en el tenis, y cómo no, el instaurador del Villarato en el fútbol).

Recuerdo lo lamentable que me pareció en su día el que tuvo la idea de «españolizar» al esquiador alemán Johann Muehlegg, porque en ningún otro país se atrevían a contar con su médico y sus métodos. «Juanito» le llamaban cuando ganó las tres medallas de oro en Salt Lake City en 2002, y volvió a ser el alemán Johann en cuanto se destapó el pastel.

Un episodio tan penoso como el de los que trataron de ocultar y destruir pruebas de la Operación Puerto, que en un principio intentaron que fuera archivada y cuyas primeras sanciones tuvieron que llegar del extranjero (Valverde, Ullrich, Iván Basso). También se trató de ayudar a los implicados en la Operación Galgo, con nuestra (ex) mejor atleta de la historia Marta Domínguez, a la cabeza porque, supongo que pensarían, ¿cómo nos íbamos a quedar sin nuestra mejor atleta y sin la pasta que arrastraba?

Celebro que Campeones esté teniendo un éxito sin duda merecido, porque nos devuelve a la esencia del deporte: el afán de superación y de mejorar día a día a base de esfuerzo y trabajo.

Lester, 22 de abril

Fui a ver Campeones en cuanto pude, pocos días después del estreno y además con mujer, hijos, sobrinos, cuñaos, a los que «forcé» a que me acompañaran porque supe que nos iba a tocar de un modo muy personal. Como los lectores habituales de este blog sabrán, el verano pasado la familia al completo tuvimos una experiencia muy intensa en el voluntariado que realizamos en el Hogar Teresa de los Andes de Bolivia, en un centro de acogida para chicos con habilidades especiales.

Trabajamos echando un cable con todas las necesidades del centro, que eran infinitas, promovimos y logramos la reforma del Pabellón Azul y sobre todo disfrutamos entrenando a los chicos para las Olimpiadas especiales que se celebraron en los últimos días de agosto.

Al ver la película de Javier Fesser, recordamos a algunos de estos chicos que dejamos en la otra punta del mundo y revivimos momentos inolvidables, situaciones únicas que me gustaría compartir:

Pasamos por muchas fases similares a las de Javier Gutiérrez en la película: el miedo y rechazo inicial, más motivado por el desconocimiento que otra cosa, la satisfacción de los primeros logros, la entrega absoluta de todos nosotros y el enorme orgullo al contemplar el resultado final. Todos eran vencedores, todos resultaron ser unos campeones incomparables.

Josean, 30 de abril

Reconozco que no he ido a ver la película de Javier Fesser porque el cine que me gusta está poblado de villanos, especialmente en el mundo de las finanzas: lobos de Wall Street, defraudadores como los de La gran apuesta o Gold, especuladores tipo Margin Call o Inside job, y tipejos sin escrúpulos como los de Enron o Entre pillos anda el juego. Campeones huele a buenos sentimientos, a solidaridad, compañerismo y entrega desinteresada, y, francamente, huyo de ese tipo de argumentos porque suelen caer en lo autocomplaciente, en lo que nos haga sentir bien. Y yo estoy rodeado en muchas ocasiones de villanos, así que a la hora de ir al cine prefiero integrarme en su mundo y conocerlos.

Para mí lo interesante de Campeones está en que su producción fue financiada por Triodos Bank, la llamada banca ética especializada en financiar proyectos sostenibles o con unos marcados objetivos sociales o medioambientales. Ya que en este blog he criticado tantas veces el papel de la banca durante la crisis, vamos a hablar bien del gremio por una vez (y casi seguro, sin que sirva de precedente).

La idea de este banco nació en los Países Bajos en 1980 y lleva funcionando en España unos quince años. No cotizan en Bolsa, tienen objetivos sociales, medioambientales o culturales claramente definidos y no invierten en proyectos que no se adecúen a los mismos. Pese a sus limitaciones en la captación de fondos y en el tipo de proyectos que financian, son competitivos en precios, aunque no puedan acometer proyectos de gran volumen y riesgos de nivel medio-alto. La oleada de indignación ciudadana que siguió a la crisis financiera ayudó a que sus clientes se multiplicaran por seis en el período 2010-2015.

Aunque solo he trabajado con ellos una vez la verdad es que me pareció una experiencia interesante. Al análisis financiero del proyecto se unía una auditoría medioambiental, pues en nuestro caso se trataba de financiar unos vehículos eléctricos y tuvimos que justificar los resultados del proyecto.

«Triodos Bank desempeña un papel fundamental en la producción cinematográfica en España. Es una de las entidades que ha financiado más producciones pequeñas y medianas incluso en los momentos más duros, cuando nadie daba un préstamo», declara Ignasi Estapé, uno de los socios de la productora Arcadia Motion Pictures. «El cine es uno de los mejores medios para transmitir mensajes sociales, ya que permite vivir la realidad que se quiere mostrar». Gracias al apoyo de Triodos, la productora pudo sacar adelante en 2014 el documental El hombre que empezó a correr, cuyo objetivo era concienciar y procurar la financiación de unos pozos de agua potable para 125 familias en Muketori (Etiopía).

La Federación Madrileña de Deportistas con Discapacidad Intelectual (FEMADDI) celebra el éxito de la película de Javier Fesser por lo que supone de sensibilización hacia el colectivo, formado por unas 60.000 personas, que sufren cierta desatención por parte de las instituciones. Para FEMADDI, Campeones servirá de «carta de presentación cuando tengamos que acercarnos a las instituciones y a las empresas en busca de apoyos para organizar una competición larga, un torneo de fin de semana o para patrocinar a un equipo. Necesitamos empresas colaboradoras. Además, hay incentivos fiscales que les benefician de manera sustancial».

Por muchas razones, amigos lectores, y sea cual sea la vuestra, id a ver Campeones.