¿Impuestos a los robots?

JOSEAN, 11/07/2021

En los últimos tiempos se viene produciendo un interesante debate acerca de la necesidad de crear un impuesto a los robots, un debate que surge de dos tendencias que pueden resultar contrapuestas en sus consecuencias: por un lado, la creciente robotización y automatización de los procesos de producción, y por otro, la pérdida de empleos en las economías más desarrolladas. Las modernas técnicas de producción, la mejora en los procesos ganaderos y agrícolas o la mayor rapidez en la distribución de bienes permiten incrementar los productos disponibles para los ciudadanos, pero por el lado opuesto, el incremento de la pobreza de estos (más paro, menores salarios, reducción de pensiones) puede acabar impidiendo el acceso a dicha producción.

En el Foro de Davos de 2017 se presentaron unas proyecciones que indicaban que cerca del cincuenta por ciento de los trabajos sería desarrollado por robots en 2025, lo que redundaría en mayor destrucción de empleo y un enorme incremento de déficit público en las economías desarrolladas. Menos ingresos públicos para pagar, entre otras cosas, las pensiones. Algunas voces como Bill Gates, Elon Musk o el Nobel de Economía Robert Schiller propusieron crear un impuesto a los robots con argumentos como el del dueño de Microsoft: «si una persona hace un trabajo valorado en 50.000 dólares en una fábrica, ese importe es sometido a impuestos sobre la renta, impuestos de la seguridad social y todas esas cosas. Si un robot viene para hacer el mismo trabajo, pensarías que habría que ponerle un impuesto del mismo nivel«. Los argumentos de los defensores del impuesto son los mismos que en 2016 utilizó el secretario general de UGT, José María Álvarez, quien pedía “que los robots paguen a la Seguridad Social por los trabajadores que no están en las empresas”.

Según el Jobs Report de 2018 (fuente: EADA), una serie de empleos están condenados a desaparecer por el desarrollo de la robotización y la automatización, unidas a la Inteligencia Artificial, pero por el contrario se generarán otros nuevos que llevarán a que los trabajadores tengan que readaptarse y formarse en puestos que ahora apenas existen o están dando sus primeros pasos:

Así que tocará hacer eso otro que también está muy de moda: reinventarse, convertirse en un tipo de profesional diferente (si tal cosa es posible) y trabajar en valores y capacidades muy diferentes a las que hasta ahora primaban y se valoraban en las empresas en los procesos de selección. Me cuesta creer que escribir, leer, la escucha activa o las matemáticas pierdan su sitio frente a otras habilidades que para su desarrollo requieren de las mismas, pero eso es lo que dice el mismo Jobs Report:

En este tipo de debates a veces un tanto catastrofistas se habla mucho de la destrucción de puestos de trabajo y mucho menos de la posible creación de otros. Según el propio Foro Económico Mundial (y de verdad que nunca he entendido de dónde salen estas cifras), la sustitución de personas por robots para tareas básicas suprimirá 75 millones de empleos, pero en su lugar se crearán 133 millones, lo que supone una creación neta de empleo de 58 millones.

El Índice de Automatización mide el reparto del trabajo en función del número de horas empleadas, y como decía al inicio del post, se espera que en 2025 este índice supere el 50 por ciento, pero cuando se hicieron estos cálculos en 2018 no se partía de cero, sino del 29 por ciento:

En cualquier caso, se habla muy en serio de la creación de un impuesto a los robots o de cotizaciones a la Seguridad Social para paliar los efectos de la eliminación de empleos. En realidad el concepto va mucho más allá de los robots, a los que imaginamos con aspecto humano por el cine o los androides de protocolo que vemos en ocasiones en ferias y exposiciones, pero “la máquina que roba puestos de trabajo a los hombres” es tan antigua como la primera Revolución Industrial. Y se dice que estamos ya en la cuarta. El propio Bill Gates indicó que se hablaba mucho de los impuestos a los robots, cuando debería referirse a la automatización de procesos, a todo aquello que las máquinas realizan de una manera más rápida, eficiente y segura que las personas. Para mí, realmente el debate debería girar en torno a la propia innovación: ¿se deben gravar los avances tecnológicos?

La primera Revolución Industrial, de 1760 a 1830 aproximadamente, supuso el paso de la producción manual a la mecanizada, y ya se suprimieron puestos de trabajo humanos. La segunda Revolución Industrial, con la incorporación de la electricidad a los procesos productivos hacia la segunda mitad del siglo XIX, permitió el incremento de producción en las industrias. Y supuso otra eliminación de puestos de trabajo. La tercera Revolución Industrial, hacia mediados del siglo XX, incorporó la electrónica, la mejora de las comunicaciones y las tecnologías de la información, y eliminaron miles de puestos de trabajo. Prácticamente cualquier avance tecnológico que se nos ocurra, la máquina de vapor, la cosechadora y el tractor, la cadena de montaje robotizada de la automoción, sobre todo los ordenadores y cualquier avance de los que han hecho millonario a Bill Gates, ha acabado sustituyendo personas en los puestos de trabajo por máquinas. Y sin embargo no existía este debate tan de moda.

La automatización no solo supone una mejora de la productividad y un incremento de la producción, sino que además reduce algo tan importante como la siniestralidad. La tecnología es clave para mejorar la seguridad en el trabajo, ya sea en la construcción, en la minería, en explotaciones petrolíferas, o aplicando tecnología predictiva para tareas de mantenimiento y reducción de los siniestros. Yo creo que a todos nos fastidia que nos atienda una máquina en una gasolinera, una cabina de peaje, un parking o un chatbox de reclamaciones, pero al final no tocará otra que adaptarse y emplear esos recursos humanos en trabajos más productivos, motivadores y con menores índices de penosidad.

Ángel Gómez de Ágreda, autor de Mundo Orwell (Editorial Ariel, 2019), un libro muy recomendable, analiza este asunto desde varios puntos de vista, como las diferencias de desarrollo entre países en función de su grado de automatización, la creación de una legislación específica o una Carta Magna que regule «la convivencia entre humanos y máquinas», el desarrollo de algoritmos respetuosos con la dignidad humana (lo que vendría a ser como una actualización de las leyes de la robótica de Isaac Asimov), el proyecto Robolaw del Parlamento Europeo para definir un estatus de «personas electrónicas» con sus derechos y deberes, los impuestos a los robots y lo más interesante para mí:

«La unión de la inteligencia de los robots y las personas generará grandes ventajas. Sin embargo, para que se traduzca en un incremento de la producción, será necesario que este trabajo sea aditivo y no se produzca en entornos separados».

«Un mundo en el que las tareas productivas no constituyan una preocupación y, por tanto, podamos dedicar más tiempo a construir relaciones personales».

«Los nuevos trabajos de los humanos deberán estar centrados en aquellas áreas que requieren una mayor capacidad de empatía y relación personal». «Tiempo para vivir».

Ojalá. Lo veo un tanto utópico con mi visión de hoy, pero si las necesidades básicas serán cubiertas gracias al incremento de la capacidad productiva, ¿podremos dedicarnos a otras cosas? ¿De qué o cómo viviremos?

«La liberación de la labor productiva debería dar lugar, en algún momento de la evolución del proceso, a un sistema de renta básica personal universal que asegure la supervivencia del individuo».

De todo esto ya habló Tomás Moro en su obra Utopía ¡en 1516! Continúa Mundo Orwell:

«La llegada de los robots y la automatización de una parte importante de la producción puede, por fin, permitir implantar este modelo y acabar definitivamente con la pobreza extrema. Eso sí, este sistema tampoco reduce necesariamente las desigualdades socioeconómicas, sino que, tal vez, incluso las exacerbe creando una casta de conformistas y otra de personas más ambiciosas«.

Mientras llega ese futuro, sinceramente creo que en este debate no podemos ir contra el progreso y no veo razonable la creación del impuesto a los robots por diversas razones:

  • Los robots no pagarán nunca los impuestos, del mismo modo que no se benefician de una pensión, ni de unos servicios públicos.
  • Los impuestos serán pagados por las empresas, que a su vez los repercutirán a los ciudadanos que utilicen los productos diseñados por robots o por ordenadores, exactamente igual que hoy en día. Es un impuesto a la producción, o más concretamente, a la mejora de un proceso de producción.
  • Los países con tasas más altas de automatización de sus procesos, como Japón, Alemania o Corea del Sur, con tasas cercanas a 300 robots por cada 10.000 trabajadores, mantienen sus cifras de desempleo entre las más bajas del mundo, luego la asociación robots-destrucción de empleo no se sostiene con las cifras en la mano.

En resumidas cuentas, el impuesto a los robots o a la automatización sería en realidad un impuesto a la innovación y un más que posible freno a la iniciativa particular o empresarial.

Como todos los lectores asiduos de este blog sabéis, si queréis colaborar por una buena causa a través de una ONG contrastada, es posible hacerlo mediante microdonaciones en este enlace: Ayuda en Acción/colabora

Too old for this shit!

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JOSEAN, 07/07/2021

Ayer falleció Richard Donner, el director de cine norteamericano autor de célebres títulos setenteros y ochenteros como Superman, Lady Halcón, Los Goonies y las cuatro de Arma Letal. El personaje de Danny Glover en aquellas buddy movies popularizó la frase con la que comienzo este post: “Too old for this shit!”. “¡Demasiado viejo para esta mierda!”. La frase tiene su gracia porque “la mierda” hace más referencia por lo general al que la pronuncia (“estoy hecho una mierda”) que al hecho o actividad que la propicia: un salto desde lo alto, colarse en un edificio por la ventana o toda esta sucesión de “hazañas” (o sus intentos) que podemos ver en este vídeo, puesto que la frase se ha utilizado en cientos de películas de Hollywood, con sus tiny fucking variaciones:

Pero hoy no venía a hablar de cine, sino de todas esas circunstancias de la vida en que mis esquemas mentales me hacen exclamar que estoy “too old for this shit!”, demasiado mayor para aceptar según qué cosas. Uno ha recibido una educación determinada bajo la cual ha conformado su mentalidad o su personalidad, o el entendimiento sobre algunos comportamientos, actitudes, modo de hablar o de vestir, y pese a que uno ha intentado ser tolerante toda su vida y abrir su mente, cuando llega a determinadas edades siente que difícilmente va a cambiar y tolerar aquello a lo que hasta ese momento no había tenido que enfrentarse.

Por ejemplo, temas chorras y que reconozco absolutamente gilipollescos como los chicos con moño o los calvos con coleta, a los que respeto, por supuesto, pero que hacen que sienta ganas de coger las tijeras de podar. Del mismo modo que reconozco que si me viene a una entrevista de trabajo un tipo con moño o un calvo con coleta tiene muy pocas papeletas para ser contratado. Lo sé, me dejo llevar por mis prejuicios, cortedad mental, etc, pero I’m too old for this shit!

Son las modas, lo sé, puedo aceptarlas, como los tatuajes, aunque no me gusten. En su día, dentro de esas estupideces propias de la juventud, podía entender que te hicieras uno en plan malote, o en la mili, o si pasabas por prisión, o con unos colegas por el afán de mostrar un sentimiento de pertenencia a la tribu que nos ha acompañado desde la prehistoria, pero, ¿ahora, de mayor? Too old for this shit! Y que se me entienda que la palabra mierda no va destinada al tatuaje, sino a mi edad para entrar en esas cosas o para normalizarlas, ese es el significado de la frase. Esas chicas jóvenes, pijitas y monas con sus tatuajes… qué pena… pensamiento de tío carca, carca, carca.

El mejor granero de ideas para este post me lo ha dado en el último año el diario El País. No sé quién dirige las secciones de Sociedad o Vida, pero llevo recopilando de un tiempo a esta parte algunas ideas para un futuro no sé si mejor, peor, más verde o más loco, pero el caso es que no me veo practicando ninguna de ellas. Esto va mucho más allá de no comer carne, usar poco el coche y ser política y ecológicamente correcto, pero aquí van algunas de las ideas:

  • Comer insectos. Muy proteínicos, sanos y ecológicos, pero no, gracias. Y que conste que he probado unos snacks a base de insectos disimulados con especias. No me veo alimentándome de ese modo en los próximos años.
  • Deberíamos dejar de planchar la ropa: planchar es caro, poco ecológico y «podemos» vivir con la ropa como esa camiseta vieja que sacas del fondo de un cajón tras varios meses.
  • Para qué independizarte o formar una familia tradicional cuando puedes compartir piso hasta los cuarenta. Ya le han puesto nombre y todo: coliving.
  • Reciclar las aguas fecales: «es esencial concienciar a la sociedad para que acepte el uso de aguas residuales». Claro, en San Diego se usa agua reciclada, como dice el artículo.
  • El papel higiénico reciclado: sé que no es lo que parece, pero no resulta muy comercial precisamente.

Yo… no sé qué quieren que les diga… o sí: I’m too old for this fucking shit!!!!

No hace mucho hablé del lenguaje inclusivo (De ofendiditos y pollaviejas), en el que dije que no iba a entrar o que me costaba mucho incorporar con naturalidad. De hecho, ni lo uso, ni lo incorporo con naturalidad alguna en el trabajo y cuando lo empleo, escribo unos mails tan enrevesados y absurdos que se aprecia claramente la intención de boicotearlo. ¿Que soy un “pollavieja”?, pues qué le vamos a hacer, “I’m too old for this shit!”. Me alegra leer que en Francia han suprimido el uso del lenguaje inclusivo en los colegios porque dificultaba la comprensión lectora y el aprendizaje. Los franceses, como siempre, unos pasos por delante de nosotros.

El uso del lenguaje impostado puede terminar llevando a absurdos como el discurso de Irene Montero sobre los “hijos, hijas, hijes”, pero cuando uno ve que es el propio Ministerio el que lo emplea en sus webs oficiales empieza a sentir que tiene que hacer algo por defender un idioma que corremos el riesgo de cargárnoslo por el analfabetismo y el sectarismo de algunos, algunas y algunes.

Hace apenas un mes se registró una proposición no de ley para que los gestantes transgénero pudieran inscribirse en el registro como “padres, madres o adres”. De verdad que me veo mayor para entrar en estos debates. El problema es que el destrozo del lenguaje se está llevando al BOE, a los informativos y trata de imponerse en el habla hasta el punto de considerar intolerante, facha, homófobo y no sé cuántas cosas más a quien se niegue a usarlo.

Y es con todo, pones la radio y hablan de una cantante llamada Héloïse Letissier, que se autodefine como “persona pansexual de género fluido”, y yo ya no sé dónde esconderme para no ser considerado un retrógrado, por eso me digo a mí mismo lo del too old for this shit!, explicando nuevamente que el mierda soy yo y no el pansexual de género fluido, que la piel fina de la gente hace que haya que explicar las cosas.

No voy a entrar en la Ley Trans porque me consta que el amiguete Josean se ha leído el anteproyecto y parece un tema complejo de analizar y en absoluto dado a la broma, pero hace poco, en una comida de trabajo, me encontré con un debate acerca de las mujeres con pene y los hombres con vulva, y ufff…. qué puedo decir aparte del título de este post. Yaaaa, lo sé, que parece que el sexo es un constructo social y que hay más de dos géneros, igual que hay personas no binarias, como explica perfectamente esta camiseta de marca incongruente:

¡Too old para comprender estas cosas!

20 años sin Jack Lemmon

TRAVIS, 27/06/2021

Tras varios meses luchando contra un cáncer de vejiga, el 27 de junio de 2001 nos dejaba Jack Lemmon, uno de los más grandes actores que hemos visto en la pantalla grande. Y en la pequeña, en la que se prodigaba menos, pero en la que dejó alguna interpretación notable, como en la versión de Doce hombres sin piedad que dirigió William Friedkin en 1998. Por aquella actuación fue candidato al Globo de Oro, pero sin embargo el premio fue a parar al «duro» Ving Rhames, el Marsellus Wallace de Pulp Fiction, por su papel de Don King. Lo que sucedió después fue uno de esos grandes momentos de admiración y respeto en los que ese mundo de egos que es Hollywood no suele prodigarse. El tipo «duro» rompió a llorar, llamó a Jack Lemmon para que subiera al escenario y le entregó el Globo de Oro porque entendía que lo merecía mucho más que él: «Es tuyo», le insistió.

Es un momento muy emotivo en el que vemos a grandes estrellas de Hollywood puestas en pie (Steven Spielberg, Jack Nicholson, Jim Carrey, Dustin Hoffmann, Jodie Foster) aplaudiendo a ese tipo corriente, aparentemente normal, que se había ganado el cariño y el respeto de todo el mundo de la interpretación. Porque Jack Lemmon no era una estrella en el sentido en el que se entendía cuando comenzó a destacar en papeles de interpretación. No era un tipo guapo o carismático, como Cary Grant, James Stewart o Paul Newman, tampoco tenía una presencia física rotunda como John Wayne, Gary Cooper o William Holden, ni tenía la intensidad de Marlon Brando o Montgomery Clift. Simplemente era un tipo normal, por eso no lo vimos demasiado en papeles de romanos, ni medievales o en wéstern, ni rodó con Hitchcock, porque su especialidad era ser «el vecino de al lado». Y eso lo hacía como nadie.

La leyenda cuenta que nació en el ascensor de un hospital de Boston, el 8 de febrero de 1925. La suya es una de tantas historias que comienza en Harvard con un tipo que se queda fascinado por el grupo de teatro de la universidad. Combatió con la Marina estadounidense en la Segunda Guerra Mundial y se graduó en Arte Dramático. Aprendió a tocar el piano y, según su hijo Chris, siguió tocándolo todos los días de su vida. En los cuarenta se dedicó a tocar el piano en pequeños clubes de Nueva York, donde en ocasiones ni siquiera cobraban, y poco a poco fue metiéndose en el mundo de la interpretación, al principio en el teatro y luego en la televisión, en series como The Wonderful Guy, hasta que finalmente le llegó la oportunidad en el cine a principios de los cincuenta.

No sé si su manera de interpretar era muy «stanislavskiana» o todo lo contrario, pero se metía en el papel sin que se notara, porque su mayor virtud era la naturalidad. La sencillez, la falta de aspavientos. Interpretar sin que se note que está interpretando. Quizás la clave de su manera de actuar se la dio George Cukor en una de sus primeras películas, Una rubia fenómeno (It should happen to you), rodada en 1954. Lo cuenta el director con el que más veces rodó, Billy Wilder, en el libro de Conversaciones escrito por Cameron Crowe. Al parecer, Lemmon llegó al rodaje, memorizó sus diálogos y soltó su texto ante Cukor:

«Ha sido estupendo, va a ser una gran estrella. Pero… en la gran parrafada, por favor, un poco menos. Ya sabe, en el teatro, estamos muy atrás, en plano general y hay que entregarse. Pero en cine, si se intercala un primer plano, no puede haber tanto entusiasmo».

Lemmon repite la escena varias veces, cada vez con menos energía y en todas ellas el director le dice lo mismo:

«¡Fantástico! Totalmente maravilloso, ahora vamos a repetirlo, un poco menos». Al cabo de diez o doce veces, en las que Cukor no deja de decirle: «Un poco menos», Lemmon comenta: «Señor Cukor, por Dios, voy a acabar no actuando en absoluto». Cukor replica: «Ahora nos vamos entendiendo».

Esa no-interpretación, que en absoluto es cierta, esa interpretación invisible, es una de sus principales características. Y sin embargo, siempre estaba dentro del personaje, «era» el personaje que interpretaba. Hace un par de semanas pillé empezada Con faldas y a lo loco (1959), una vez más, la 128ª por lo menos, y me quedé hasta la última escena, hasta el mítico «Nobody is perfect».

Poco antes de esta escena ocurre la de las maracas, esa en la que Jack Lemmon, aún travestido como Daphne, fantasea con la promesa de matrimonio que le ha hecho el millonario Osgood. Es genial, es Lemmon en estado puro, se marca un Stanislavski doble: Lemmon interpreta a un músico que se hace pasar por una mujer enamorada y por momentos consigue resultar femenino, transmitir felicidad y en medio segundo volver a ser el músico malhumorado de siempre. Era un genio, sin duda.

Aunque se le haya etiquetado tradicionalmente como un actor de comedia, realizó papeles dramáticos con gran soltura, si bien su mejor papel quizás sea el del oficinista Baxter en la que puede ser la comedia más triste de todos los tiempos: El apartamento (1960, Billy Wilder).

«Un centímetro a la derecha o la izquierda, y la película se llena de tragedia o dulzura».

Cameron Crowe

Sin embargo, esas no son las interpretaciones que gustan en Hollywood, al menos para los premios, sino aquellas extremas, histriónicas, exageradas, algo de lo que también se quejaba Wilder:

«Por eso le seleccionaron para un premio por Días de vino y rosas (Days of wine and roses, Blake Edwards, 1962), porque interpretaba un borracho».

Jack Lemmon recibió dos Óscar a lo largo de su carrera, por dos películas que no están entre sus más conocidas: Escala en Hawaii (1955, actor de reparto) y Salvad al tigre (1974, actor principal). Interpretaciones dignas del premio tiene decenas, no solo en comedias, sino en papeles dramáticos como los que interpretara en Missing, El síndrome de China o Glengarry Glen Ross. Era un actor que posiblemente no valía para todo (no me lo imagino como héroe de acción, pistolero, matón, gladiador o caballero medieval), pero sí para todo lo que fuera ver a un tipo normal metido en dificultades, como fueron la mayoría de sus papeles.

Igual que resulta imposible hablar de Jack Lemmon y no mencionar a Billy Wilder (aparte de las mencionadas, tiene esas obras maestras que son Avanti e Irma, la dulce), ocurre lo mismo con el actor Walter Matthau, con quien formó una fructífera pareja, fruto de la cual surgieron nueve películas, tres de ellas dirigidas por el propio Wilder.

«La química solo surge de manera natural. No puede fabricarse».

«Con esos dos, se veía que juntarlos iba a ser divertido. Son dos cómicos».

(Billy Wilder)

Eran dos actores complementarios, el bondadoso Lemmon y el retorcido Matthau (En bandeja de plata, Primera plana, Aquí un amigo), el ordenado Jack y el desastroso Walter (Una extraña pareja, Dos viejos gruñones, La extraña pareja, otra vez). Por esas cosas del destino, esos tres genios que eran Wilder, Matthau y Lemmon fallecieron en un plazo no muy diferenciado de tiempo: entre julio de 2000 (Matthau) y marzo de 2002 (Wilder) se marcharon los tres, como si esa época irrepetible de buen cine y carcajadas desapareciera para siempre.

Veinte años ya, y posiblemente no me haya reído tanto con un actor desde su ausencia. Y posiblemente no lo haga jamás. Un gran tipo. Jack Lemmon siempre buscó (y logró) arrancarnos una sonrisa, incluso cuando ya estaba «más allá», desde la tumba:

Relacionados:

Los actores (I): la veracidad

Los actores (II): el ganado

El conflicto del secundario

La subida del SMI

JOSEAN, 12/06/2021

No ha terminado la reciente polémica sobre los efectos del incremento del Salario Mínimo Interprofesional (SMI) en el crecimiento o destrucción de empleo y ya estamos inmersos en el debate sobre el aumento para el ejercicio 2021. En el propio gobierno hay dos tendencias contrapuestas: la defendida por Nadia Calviño a principios de este año, cuando propuso congelar el SMI, y la de Yolanda Díaz, apoyada en el comité de expertos del Ministerio de Trabajo, que plantea un incremento en tres años, con una subida más leve en 2021 y un aumento importante en 2022 y 2023. Ambas posturas coinciden en mantener la prudencia ante la evolución que pueda tener el año en curso, y lo fían todo a la mejora de la economía en los posteriores.

Las cifras de recuperación de empleo comienzan a mejorar, en mayo hubo un descenso del paro de 129.378 personas y un incremento de más de 200.000 cotizantes a la Seguridad Social, sin duda datos esperanzadores impulsados por la recuperación de la actividad en sectores tan importantes como la hostelería y la construcción. Sin embargo, conviene ser prudentes puesto que la recuperación aún no se ha consolidado y hay datos preocupantes como que más de medio millón de empleados continúa en situación de ERTE, concretamente 542.142.

El Banco de España publicó un Informe a principios de junio en el que valoraba los impactos del incremento del SMI aprobado en 2019 sobre la creación de empleo en ese año en el que se aprobó una subida sin precedentes hasta los 900 euros (un aumento del 22,3 por ciento). En las conclusiones del Informe, con muchas reservas por parte de los propios autores del mismo, se concluye que hubo un «menor crecimiento del empleo en los colectivos con menores salarios». Ese menor crecimiento, o esa pérdida de empleos, ha sido cuantificada según diversos medios entre los 94.200 (eldiario.es) y los 180.000 empleos (eleconomista.es).

El Informe del Banco de España reconoce las dificultades para evaluar el impacto que la subida del SMI tuvo sobre el empleo, puesto que hay diferentes metodologías de cálculo, algunas bien diferentes o contradictorias, y no resulta sencillo calcular el efecto que el incremento de los salarios más bajos tuvo sobre el consumo o la actividad económica general. Es decir, el «retorno» de ese importe extra que reciben los beneficiados por la subida sobre el consumo, y cómo ese incremento de consumo se traduce en mayores ingresos (y quizás, más empleos) para las empresas. Así, mientras que «la evidencia muestra de forma robusta que un incremento del SMI supone un aumento del coste laboral para los empleadores» (totalmente lógico, la carga del incremento recae sobre el empresario), «sin embargo, la evidencia acerca del efecto sobre el empleo tiende a ser mixta y diferentes estudios (…) muestran una dispersión grande (…) con elasticidades del empleo estimadas positivas, nulas y negativas». Luego el Informe puede valer para una cosa o para la contraria dependiendo de la metodología que se emplee y no resulta tan concluyente como algunos artículos han indicado.

Lo que parece fuera de toda duda es que es el empresario quien asume el coste de dicha subida del 22 por ciento y a él corresponderá trasladarlo en precio a sus clientes, recortar sus márgenes o directamente no contratar trabajadores. O despedirlos al no poder asumir la subida. La cuerda se tensa siempre hacia uno de los dos lados, pero está claro que había que hacer algo en el país europeo en el que más crece la desigualdad salarial. De la subida se han beneficiado principalmente los jóvenes, cuya contratación tiene un alto componente de precariedad y eventualidad:

El problema que ocurre con la subida del SMI en España tiene mucho que ver con la estructura empresarial. Las empresas grandes o de cierto tamaño pudieron asumir en su mayor parte estas subidas ya que el porcentaje de sus trabajadores sujetos al SMI no es elevado o relevante como para tener un impacto significativo en sus cuentas. Sin embargo, el 95 por ciento de nuestras empresas tiene menos de diez trabajadores, y este tipo de empresas son las que han soportado el grueso del incremento del SMI. Según el informe del Banco de España:

Y el drama es que esas pymes, o micropymes, como las denominan algunos, pequeños comercios, productores agrícolas o establecimientos de hostelería, van tan apuradas en sus márgenes que no tienen la capacidad suficiente para generar los recursos que les permitan absorber el 22,3 por ciento de incremento, o el incremento previsto para ejercicios futuros, en los que se prevé que el SMI alcance el sesenta por ciento del salario medio, en línea con lo propuesto por la Unión Europea. No es un panorama sencillo de resolver y estoy convencido de que lo que han hecho numerosas empresas ha sido rebajar el número de horas oficiales y pagar en B las trabajadas y no cotizadas para cumplir con la subida. En cierto modo se puede deducir del Informe en varias de sus páginas (pág. 32), cuando se dice que «tras una subida de SMI, algunos puestos de trabajo pueden haber permanecido activos, pero con una reducción en las horas trabajadas, por ejemplo, mediante el paso de un contrato a tiempo completo a uno a tiempo parcial». «La empresa ha podido decidir mantener el puesto de trabajo, pero solo en las horas más productivas o reduciendo horarios de apertura, por ejemplo». O pagando 30 horas oficiales y 10 en negro. «El resultado en estos casos sería una caída en las horas trabajadas, y no en el empleo». No puede demostrarse, pero se entiende que en buena parte es lo que ha ocurrido. En la página 17 se indica que «si se analizan los indicadores de empleo en términos de horas trabajadas», así como tras la subida del SMI en 2017 hubo un incremento de las horas trabajadas de «un 4,1 % a finales de 2018», en esta ocasión, tras la subida de 2019 se produjeron «desaceleraciones superiores a las observadas en la actividad económica». Y no parece que sea resultado de una mejora de la productividad.

Veremos en qué queda finalmente el asunto. «No confundamos la ideología con la ciencia y con lo que debemos de hacer», ha dicho la ministra de Trabajo Yolanda Díaz para defender su postura frente a la congelación propuesta por la ministra de Economía, Nadia Calviño. Precisamente creo que es un tema lo suficientemente importante como para analizar los números y no dejarse llevar por esa ideología que cree que el empresario puede aguantarlo todo porque está hinchándose a ganar pasta a base de explotar a los trabajadores, porque lo cierto es que el pequeño empresario está en el límite. Claro que conviene mejorar las rentas más bajas y mejorar su poder adquisitivo, pero primero habrá que analizar si esta subida por decreto contribuye a disminuir el paro entre los más jóvenes, el más alto de Europa con mucha diferencia, o tiene los efectos contrarios, como puede desprenderse del informe del Banco de España.

Nadia Calviño acaba de apuntarse un tanto a su favor con la aprobación del Plan de Recuperación, Transformación y Resiliencia por parte de la Unión Europea, ratificado tras la visita de la presidenta de la Comisión Europea Ursula Von der Leyen. De dicho plan nos han contado reiteradas veces dónde se piensan gastar los fondos recibidos, que será «resiliente, justo, inclusivo y sostenible», pero se habla menos de las reformas exigidas: en las pensiones, en el sistema tributario y en la legislación laboral, no precisamente en el sentido que le gustaría a la ministra de Trabajo.

Pedro Sánchez parece apoyar las tesis de Calviño, como dijo esta misma semana durante la rueda de prensa posterior al visto bueno al Plan de Recuperación: «Ahora mismo lo relevante es la creación de empleo y la consolidación del crecimiento económico». De ese modo daba por válidas las conclusiones de la ministra Calviño, así como el informe del Banco de España en el sentido de contraponer subida del SMI con creación de empleo.

A su lado (o enfrente) cuenta con una ministra de Trabajo que tratará de convencerle de lo contrario, respaldada por una sólida formación que incluye tres másteres: en Recursos Humanos, en Relaciones Laborales y en Urbanismo. Ah, no, disculpen, que eso era hasta el jueves, parece que se ha descubierto que no tenía tales estudios y ayer mismo desaparecieron de la web oficial del Palacio de La Moncloa (vía Carles Enric):

Aquí un enlace a la noticia. Yo ya no me extraño de nada.

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La grieta salarial

Ya va siendo hora de subir el sueldo a estos chicos

Viajar, no desplazarse

LESTER, 13/06/2021

Hace años escuché al actor español Óscar Jaenada que lo que la mayoría hacíamos no era viajar, sino desplazarnos de un sitio a otro. Coger un avión o un tren de alta velocidad y trasladarnos a otro lugar en el menor tiempo posible. Decía Jaenada que viajar para él, aunque fuera a a un sitio no muy lejano, era un proceso que debería llevar un par de meses y que cada vez que comenzaba un rodaje y se enteraba de las localizaciones, se planteaba partir hacia allí con mucha antelación, en plan mochilero, parando en cada punto del recorrido, llegando sin prisas, con toda la calma. Creo que hablaba de un rodaje en Marruecos al que le habría gustado tardar dos meses en incorporarse, pero por desgracia el mundo del cine es quizás más frenético aún que el habitual que nos encontramos en nuestro entorno, y en él se opta por todo lo contrario: se desplaza a un equipo de setenta, ochenta, cien personas, y todo tiene que ir rápido y cronometrado, sin un segundo que perder. El tiempo es oro y en los rodajes, mucha plata, que dirían en Argentina.

Jaenada no lo decía, pero yo creí entender que con la manera de viajar que proponía mejoraba mucho el proceso de interiorizar el personaje que iba a interpretar. Viajar de ese modo, con tiempo para levantar la cabeza, escuchar las conversaciones locales y oler cada aroma, es el mejor modo de imbuirse en otro mundo, en otra cultura. Vivimos tiempos en los que se busca la manera más rápida de viajar, se plantea como una necesidad ineludible el tren de alta velocidad entre ciudades, continúan las pruebas del Hyperloop que te lleve de Madrid a Tánger en 45 minutos, o de Nueva York a Los Ángeles en menos de una hora. Varias compañías están planteando retomar los vuelos supersónicos para llegar de Londres a Nueva York en poco más de tres horas, o de Los Ángeles a Sidney en seis horas y cuarenta minutos. Y en mitad de esos tiempos de velocidad para ganar unas horas al reloj, para desplazarte antes de aquí hasta allí, yo estoy con Óscar Jaenada en hacer un elogio del viaje pausado, calmado. Lento. Elogio de la lentitud de Carl Honoré (2004): «¿por qué tenemos siempre tanta prisa? ¿Es posible, e incluso más deseable, hacer las cosas con más lentitud?». ¿Es necesario (añadiría yo) pagar más a Amazon para que te traiga un pedido en menos de dos horas?

Me pasé varios meses haciendo el Madrid-Málaga en el Talgo 200, que tardaba cuatro horas y media, y me cabreé mucho cuando pusieron el AVE, que recortaba el trayecto a dos horas y cuarenta y cinco minutos. ¿De verdad era tan necesario? El precio del billete se multiplicó dos veces y media, pero el motivo de mi cabreo era mayor porque me quitaba tiempo de lectura, o de ver una peli en la tablet, o simplemente, de relajarme tras el estrés semanal. El tren es muy cómodo, tiene un nivel de ruido confortable para poder leer (excepto cuando te toca un grupo de locas en la fila delantera o trasera, o un arquitecto discutiendo con otro tío sobre un plano que cada uno interpreta de una manera, casos verídicos) y te permite moverte de manera ocasional, acercarte a la cafetería a tomarte una cerveza o un café, o ir al baño.

Hay aviones supersónicos y aviones normales, trenes de alta velocidad y trenes corrientes, y luego está el autobús. Y cada medio de transporte tiene su tipología de gente, su fauna. Para lograr esa inmersión en otra cultura de la que hablaba al principio es necesario viajar en autobús. Allí nos reunimos todos los especímenes que conformamos esa maravillosa jungla que puede ser el mundo. De todos los viajes en autobús que he hecho en mi vida, y han sido muchos, guardo con especial cariño dos:

  • El trayecto Sucre-Potosí que hicimos en Bolivia.
  • Las ocho horas que nos llevaron de Ibarra a Baños de Agua Santa en Ecuador.

Para movernos por ambos países nos ayudaron mucho nuestros amigos locales de las ONG en las que hicimos los voluntariados: consejos, recomendaciones, sitios que ver… Ambos son países sorprendentes, repletos de contrastes y con una naturaleza desbordante, y aquellos dos viajes en autobuses antiguos, de los que ya no se ven en Europa, me parecieron tremendamente enriquecedores.

La estación de autobús de Sucre es un pequeño caos en el que se mezclan los vendedores de comida con los de billetes, el calor sofocante con el ruido del trasiego constante de personas y justo antes de subir al autobús te hacen pagar una tasa por el uso de la propia estación. Una cantidad simbólica, pero que nos pilló desprevenidos. Como nos sorprendió ver el autobús tan vacío y nuestros asientos ocupados por una pareja boliviana de edad avanzada. Ella era la típica cholita con bombín, poncho y capazo coloridos y seguramente no más de cuarenta kilos de peso.

Nos fuimos un par de filas más atrás porque entendíamos que no habría problema. A los cien metros de arrancar el autobús, primera sorpresa: el conductor hizo una parada y se subieron las decenas de bolivianos que no querían pagar la tasa de la estación. Subieron tantos que había más personas que asientos y empezó un cierto cachondeo para que cada uno ocupara el asiento que le correspondía, nosotros donde la cholita y su marido, el resto donde podía y los que no habían pagado asiento, de pie. Un viaje de 155 kilómetros que nos llevó cuatro horas con innumerables paradas en las que la gente subía y bajaba con un caos perfectamente organizado. Yo mismo me bajé un par de veces porque no sabía ni dónde estábamos y porque tampoco me fiaba cada vez que abrían los maleteros, donde llevábamos nuestro equipaje. Una desconfianza muy europea, o muy española, en dos países en los que no tuvimos ni un solo problema.

El olor, el ruido, el habla de la gente, el acento, el sonido del quechua, el aimara o el guaraní, que no sabíamos diferenciar, la comida,… Mi mujer, mis hijos y yo mirábamos, escuchábamos, captábamos cada detalle alucinados. El señor de la fila delantera puso un transistor de los de toda la vida con un volumen elevado en el que se escuchaba música local y en ocasiones noticias o debates sobre alguna cuestión menor. El sonido se mezclaba con el reguetón del autobús, las conversaciones a viva voz y las discusiones en cada parada por los asientos o las plazas disponibles. Ni siquiera intenté abrir mi libro. Me pasé las cuatro horas mirándolo todo, observando el paisaje y los comportamientos de la gente. En cada parada de cada pequeña aldea, los vendedores ambulantes de comida nos ofrecían sus viandas por la ventana, ventanas correderas que los pasajeros abrían y a través de las cuales intercambiaban empanadillas, samosas, tacos, dátiles o dulces por billetes arrugados que otras manos cogían desde fuera. No sé ni cómo se entendían, pero lo hacían. El conductor paraba el tiempo exacto y tras las transacciones de turno, proseguía el camino. El olor del autobús era una mezcla de aromas superior al que te encuentras en la parte de las especias del Gran Bazar de Estambul.

Sucre y Potosí, dos ciudades impresionantes en mitad de la nada, a 2.800 y 4.200 metros de altitud, con grandiosos edificios de la época colonial española, ¡las minas del Potosí!, dos ciudades que nos encantaron y que recomiendo visitar antes de ir al espectacular salar de Uyuni. Igual que recomiendo hacer alguno de los trayectos en la compañía de autobús local.

El viaje en autobús en Ecuador fue aún más largo. Ocho horas al tran-trán parando en todos los pueblos e incluso donde no había pueblos, puesto que muchas de las paradas del trayecto están en mitad de la carretera o de una autopista. Ahí te dejan en el andén de una autovía con tus maletas y allá te las compongas, aunque para salir del paso suele haber conductores estacionados con su coche dispuestos a trasladar al viajero al núcleo urbano más cercano. Ya antes de salir te quedas con el soniquete de los vendedores de «boletas» que repiten incesantemente lo que ofrecen: «quitoquitoquitoquito», «bañosbañosbañosbaños», «¡otavalootavalootavalo!»,…

Los autobuses en Ecuador se llenan de vendedores que se suben en una parada, te ofrecen sus productos, que van desde galletas, helados, agua, cocacolas, hasta mangos, jugos de frutas, fajitas, de todo, y se bajan en la siguiente. Casi todo el pasaje va comiendo, o bien lo que compra, o bien lo que lleva, como tres chavales que subieron al autobús con unos táper con pollo y patatas fritas rebosantes de aceite, y se hicieron buena parte del trayecto de pie, con lo que en cada frenazo del autobús temíamos por nuestra ropa. En estos países tienen una rara habilidad para comer de pie que me sorprende.

En esas ocho horas tuvimos tiempo de conocer a varias personas, gente amable que te daba conversación, como un tipo que nos vendía productos para recaudar fondos para no sé qué organización evangélica que le había cambiado la vida, o un joven que me preguntó por «esas chicas guapas que me acompañaban» («dos son mis hijas, así que cuidado, y las otras dos son voluntarias que nos acompañaron»). Pero sin duda lo «mejor» del viaje fueron las películas que emitían los monitores del autobús a doscientos mil decibelios. Además, películas inapropiadas, con notable violencia explícita que veían niños de cuatro o cinco años con unos ojos más grandes que los del emoticono del guasap. Tengo apuntadas las cuatro películas que nos impidieron tener un solo minuto de relajación en todo el trayecto: Heist (con Robert de Niro, y varios asesinatos salvajes), Los vigilantes de la playa, con Dwayne Johnson doblado en sudamericano, Rascacielos: rescate en las alturas, de nuevo con The Rock disparando y repartiendo mandobles, y A fondo, una insoportable película francesa sobre una familia que se pasa gritando las dos horas de película. Cuando bajamos del autobús me pitaban los oídos como en aquellos tiempos lejanos al salir de una discoteca.

Nos encantó conocer el país, alojarnos en sitios poco convencionales, pero muy recomendables, y comer (no siempre) en los sitios no destinados a turistas. Eran tiempos preCovid, hoy en día, mi hijo y yo no nos habríamos comido jamás aquel pollo aceitoso en un tugurio de Potosí, o no habríamos cenado en el chino para chinos del Chinatown de Manhattan, porque en todas partes puedes y debes encontrar esa inmersión en lo local. No en vano, para eso viajamos, lo contrario sería simplemente desplazarse.

Maldita prensa

BARNEY, 05/06/2021

De todo lo que dice Zidane en la famosa carta publicada en el diario As, lo más doloroso para mí es todo lo referido a la maldita prensa. Todo. Deja varios recados, a cual peor. A todos esos periodistas que no querían hablar de fútbol porque le «hubiera gustado que las preguntas no fueran siempre dirigidas hacia la polémica», pero a esos ya los conocemos, son lamentables, olisqueadores de morbo y una vergüenza para la profesión. Mucho más grave es lo que señala respecto a los «mensajes filtrados intencionalmente a los medios de comunicación» porque «creaban interferencias negativas con la plantilla». Lamadreque… nunca quise creerlo, pero parece que era verdad. Tienes una panda de buitres carroñeros merodeando y resulta que desde la directiva se les daba carnaza para aumentar la presión sobre el entrenador. ¡Sobre el Zidane de las tres Copas de Europa! Creo que el hecho de que Zidane elija el puñetero As de Relaño para su carta, el medio del enemigo irreconciliable de Florentino Pérez, no es casual.

¿Tan importante es la prensa para un entrenador? Podemos pensar que no debería ser así, que un técnico del más alto nivel debería tener la capacidad suficiente como para evadirse de la presión que supone tener todo el día a alimañas acechando en las ruedas de prensa, pero se ve que afecta. Y creo que afecta porque sus comentarios crean confianza o desconfianza para poder trabajar. No solo eso, sino que además hay millones de seguidores que van al fútbol con el As o el Marca bajo el brazo creyendo a pies juntillas lo que dicen, y este año no se ha notado mucho por la ausencia de público en los estadios, pero tengo claro que de haber estado el Bernabéu a reventar, Zidane no habría llegado a diciembre tras las derrotas en casa frente al Cádiz, el Alavés o el Shaktar. Claro que influye la prensa para trabajar.

Hay muchos ejemplos cercanos. Al Cholo Simeone no se le critica nada, por ejemplo, pese a ser el entrenador mejor pagado del mundo. Sí, este año ha ganado la Liga «de aquella manera», pero se ha pasado años practicando un juego horrible y viviendo de la excusa del presupuesto, cuando infrautiliza a jugadores como Joao Félix (125 millones) o Lemar (75 millones). Aprovecho para dejar aquí mi explicación de lo ocurrido este año en LaLiga, un campeonato con un guion escrito desde la primera jornada en el que se sabía que «el malo», el enemigo de Tebas, no podría hacerse jamás con el título:

La Liga en ocho capítulos

El capítulo octavo

El Cholo tiene tantos «amigos» entre los periodistas que cuando entró en la sala de prensa en Lisboa tras la final de 2014 comenzaron todos a aplaudirle. ¿Por qué? No es solo que olvidaran el lamentable juego y el bochornoso espectáculo de fingimiento y pérdida de tiempo desplegado durante más de una hora, sino que aplaudieron también al tipo que en los últimos minutos de partido saltó al campo como el macarra que siempre fue para agredir a un chaval de 21 años entonces, Raphael Varane. Lo que siempre se critica al entrenador del Real Madrid, sea quien sea, se convierte en aplausos cuando del Cholo se trata.

Otro ejemplo de prensa babosa a su alrededor es Pep Guardiola, que puede gastar más de mil millones de euros en fichajes y no conseguir nada en Europa. Lo sé, habrá quien recuerde sus dos Champions con el Barça (2009 y 2011), pero con ese equipazo se consiguieron también antes (Rijkaard, 2006) y después (Luis Enrique, 2015). El Bayern de Munich logró la Champions antes de Pep (2013) y después de Pep (2020), pero no con Pep, pese a todos los fichajes realizados. La semana pasada se le aplaudió la genialidad de salir a jugar la final de Champions sin medio centro defensivo, lo mismo que se le aplaude hacer que un lateral vaya hacia el centro del campo o que juegue sin delantero centro.

Se le va a aplaudir todo lo que haga (recordad El sexto sinsentido) y si pierde, también será porque él es el responsable de los logros de su rival. Por cierto, el MVP de la final fue el medio centro defensivo del Chelsea, Kanté.

No deja de ser curioso el doble rasero de la prensa para alabar a Simeone, Guardiola, Klopp, Tuchel o incluso Pochettino mientras se critica todo lo que hace Zidane, cuyo palmarés habla por sí solo. ¿Desde cuándo está la prensa detrás de la cabeza de Zidane? En realidad no ha habido entrenador del Madrid que haya escapado de los ataques de la prensa: Del Bosque era un gestor de grupo sin conocimientos tácticos (dos Champions, un Mundial y una Eurocopa, entre otros títulos), Lopetegui por cómo se produjo, Benítez porque no era el perfil, Solari porque pasaba por allí y no daba la talla, Mourinho era un tipo arisco y maleducado que jugaba al contraataque (100 puntos y 121 goles en una sola temporada),… y Zidane es un alineador con flor. Con todo lo que ha tenido que aguantar este año con las lesiones, sin fichajes y con las salidas de jugadores en mitad de la temporada. Tras el descalabro frente al Alcoyano se pidió su cabeza, ya se hablaba de que no tenía margen o la situación era límite:

Recuerdo las desagradables portadas y anuncios del Marca con los nombres de los supuestos entrenadores para cuando se echara a Zidane. Solo pensar que algunos directivos podían tener interés en que se filtraran estas noticias me revuelve el estómago:

Siempre Pochettino, igual que Allegri. ¡Ni que hubiera ganado tres Champions y dos Ligas! Josep Pedrerol, a cuyo programa acudió Florentino Pérez en persona a explicar el proyecto de la Superliga, se pasó varias semanas atacando al técnico madridista. Octubre de 2020:

Apenas hacía tres meses de la consecución del título de Liga, pero la memoria es muy corta y frágil, como comentaba Zidane en otro de los puntos de su carta. Tras caer en agosto con el City volvieron las críticas al entrenador:

Los méritos del entrenador para alzarse con la que quizás sea la Liga más complicada de la historia, tras el parón por el confinamiento y la pandemia, ya se habían olvidado. Si me sigo remontando hacia atrás en el tiempo, compruebo que Zidane nunca dejó de estar cuestionado para la prensa, para toda, también la que algunos llaman madridista. Durante la misma temporada 2019-20 y tras la derrota en Mallorca (qué más darán los penaltis no pitados ese día):

En la pretemporada de ese mismo año 2019, el Real Madrid fue vapuleado 3-7 en Washington. Repito, era un amistoso de pretemporada, pero se volvió a utilizar para cuestionar la idoneidad de Zidane para el puesto de entrenador.

Zidane había vuelto al equipo unos meses antes para tratar de enderezar el desaguisado que habían dejado Lopetegui y Solari, pero tras una mala racha de resultados y apenas tres meses en el cargo era cuestionado de nuevo. Mayo de 2019:

Zidane había abandonado el Real Madrid en mayo de 2018 en lo más alto, tras conquistar su tercera Champions consecutiva eliminando al Paris Saint Germain, el Bayern de Múnich, la Juventus de Turín y derrotando 3-1 al Liverpool que había arrasado la Premier. Nada, tampoco era suficiente. Zidane se fue agotado, un tanto a la manera de Ulises o Aragorn, o como Gladiator y el descanso del guerrero. ese tipo cansado que solo quería volver a casa y reposar tras tanta batalla. Esa misma temporada había sido muy complicada para el técnico tras la eliminación en Copa frente al Leganés y la mala marcha del equipo en Liga:

Lo que no se contaba era por qué el Madrid estaba a 14 puntos del Barça en esos momentos, tras un arranque de campeonato tan vergonzoso como lo ha sido todo este campeonato. Villar estaba en chirona, el Madrid había hecho doblete de Liga y Champions unos meses antes, y había arrasado 1-5 al Barça en la Supercopa pese al calamitoso arbitraje de De Burgos Bengoetxea. El Villarato morirá matando.

Uno podría pensar que tras ese doblete y tras jugar una final de Champions espectacular contra la Juventus en Cardiff (4-1) a Zidane se le reconocerían sus logros como entrenador. Pues resulta que tampoco. El equipo ganaba porque la plantilla era la mejor, nunca por los méritos del entrenador. Junio de 2017:

Lo que hizo Zidane aquel año fue arriesgado, novedoso, innovador… Espectacular. El famoso equipo A y equipo B, que logró tener enchufada a toda la plantilla y alcanzar un doblete que se le escapaba al Madrid desde hacía más de cincuenta años. Pero para la prensa siempre ha quedado esa sensación de que Zidane «pasaba por allí, puso a sus cuatro amigos y tuvo suerte». Zidane fue nombrado primer entrenador del Real Madrid en enero de 2016 y en marzo de ese mismo año la prensa ya especulaba con su salida (Entrenador nuevo, blanco seguro) y proponía los eternos candidatos:

Otra vez Pochettino, otra vez Allegri. Y de regalo, Ernesto Valverde, entonces entrenador del Athletic de Bilbao. Siempre pensé que eran especulaciones absurdas de la prensa, pero me preocupa pensar que podían ser filtraciones interesadas. Concluyo ya con la famosa crítica de Isaac Fouto, el vendedor de humo de la supuesta infalibilidad del VAR, ya antes de que Zidane tomara posesión de su cargo como entrenador del club:

Este post se titula por algo «Maldita prensa», porque creo que buena parte del hartazgo de Zidane se debe a la misma y por eso resulta más imperdonable la posibilidad de que la directiva haya estado tras esos mensajes de crítica, como desviando la atención de la responsabilidad del club en algunas de las decisiones tomadas. Tras la marcha de Zizou se han deslizado sobre todo cuatro nombres: Conte, Raúl y los habituales Pochettino y Allegri. Ninguno. De manera sorpresiva se ha elegido a Calo Ancelotti. No sé si me motiva o no, con él al frente el equipo jugó maravillosamente bien durante varios meses, se conquistó la Décima, pero desde luego tiene personalidad y experiencia, aunque no sé si es el adecuado para acometer la drástica renovación que necesita la plantilla. ¿Qué ha hecho la prensa tras su primera rueda de prensa, en la que se habló entre otros de Gareth Bale? Volver a meter mierda, volver a los ataques hacia uno de sus objetivos preferidos:

Otra vez hablando del «golfista», y buscando una foto de un futbolista en su tiempo libre, qué asco dan. Bale sodomiza periodistas, como dije en su día, y come carne picada de hijos de periodistas, solo así se entiende el odio que le tienen. La noticia es del 4 de junio, y parece que no les importa que hace ya más de una semana el agente del jugador hubiera dicho lo contrario:

La verdad les importa muy poco. Como el análisis riguroso de los datos o la veracidad de la información. Por esta razón, y puesto que es una guerra abierta contra el club, lo último que he escrito para La Galerna son mis propuestas para el contrato del entrenador del Real Madrid, las obligaciones que el club debería cumplir para garantizar que el entrenador pueda trabajar a gusto y sin interferencias:

Desde el mismo día en que firmó me subo al carro de Carletto, ojalá el club lo blinde y ojalá cumpla los tres años de contrato que ha firmado. Será señal de que ha podido trabajar pese a todo ese entorno perjudicial.

He vuelto a correr

LESTER, 28/05/2021

Hoy he vuelto a correr. Puede que no parezca gran cosa, pero si tenemos en cuenta que llevaba desde el 31 de diciembre sin poder hacerlo, es una gran noticia. Casi cinco meses, el período más largo de inactividad desde hace… buf, muchísimo, seguramente desde el siglo pasado. En estos casi cinco meses ha pasado un poco de todo: comenzamos confinados por el positivo de mi hijo, luego Filomena, después caímos todos con Covid a finales de enero y sobre todo una lesión en el talón que llevaba meses dándome guerra y que me ha obligado a parar más tiempo del que esperaba. Según el médico es una calcificación en la planta del pie, y por esa razón me dolía cada vez que pisaba, incluso andando en casa. Podía terminar afectando al talón o degenerando en una fascitis plantar. Qué bien, pues nada, paciencia, varias sesiones de fisio y descanso absoluto.

He probado a correr veinte minutos en una cinta porque el impacto es mucho menor que el asfalto y ha ido bien, sin molestias. Muy suave, empezando a 6 min/km. y acabando a 5.30 min/km. Una sonrisa de satisfacción al acabar los veinte minutos sin dolor. A lo que resulta imposible acostumbrarse es a esto de respirar (o jadear) con la mascarilla. Las últimas semanas he estado tratando de coger algo de fondo con la bici o haciendo spinning en el mismo gimnasio, con un monitor argentino psicópata al que uno de los días le dije: «no, si el problema no es de piernas, es de los infartos que vas a provocar con ese puñetero estrés y respirando nuestras flemas a través de la mascarilla».

– Dejáte llevar… escuchá cómo la música te sheva…

Vamos a ver, la música ni te lleva, ni te «sheva», lo que hace es estresarnos y meternos en unos ritmos brutales que a alguno le va a dar un disgusto. Pero está bien, me ha venido bien para ir soltando piernas y empezar a pensar en volver a los entrenamientos. Si todo va bien y la planta del pie me respeta, y las cifras de la pandemia siguen mejorando, el 26 de septiembre espero estar en la salida del maratón de Madrid, que ya nos han aplazado dos veces. Con todo lo que ha ocurrido en los últimos quince meses, esta es la menor de las preocupaciones.

Estos días se han cumplido siete años de mi marca personal en maratón, en Copenhague, mayo de 2014. Y los problemas para apoyar el pie en el suelo me han hecho recordar la verdadera historia de La Sirenita de Hans Christina Andersen, mucho más aterradora que la edulcorada versión de Disney:

“Deberás sufrir atrozmente, y cada vez que pongas los pies en el suelo sentirás un terrible dolor”

Esto es lo que le dice la Hechicera de los abismos, qué maja la criatura. La joven sirena no pierde solo su voz, sino que además no logra recuperar a su amado y será castigada con una fascitis plantar. Bueno, en el original dice que sentiría como si pisara cristales cada vez que apoyara el pie en el suelo, un dolor terrible al que sin embargo llega a acostumbrarse porque en el fondo, creo que la sirenita tenía alma de maratoniana.

Copenhague es una ciudad plana, a nivel del mar, con un clima muy agradable en mayo, y además tuve un invierno perfecto de forma física y ausencia de contratiempos, así que podía enfrentarme confiado a la prueba. El maratón empezaba y terminaba en una zona alejada del centro, al otro lado del puente Langebro que atravesamos nada más salir. En el kilómetro 2 pasamos frente al ayuntamiento, por donde pasaríamos dos veces más a lo largo de la carrera. Pasamos junto al castillo de Rosenborg en Kongens Have, y por varios parques más, pues una de las máximas del equipo de gobierno municipal era que cada habitante de la ciudad debía vivir a menos de quince minutos a pie de una playa o un parque. Copenhague es una ciudad típicamente nórdica: agradable para pasear, bonita de ver, limpia, tranquila, llena de bicis… y en la que la gente se pilla unas cogorzas monumentales.

Seguí a buen ritmo toda la carrera, acompañado primero por un danés que me siguió hasta el medio maratón, donde le esperaban sus amigos, y luego siguiendo a “mi sirena particular”, una danesa con trenzas rubias que braceaba con gran energía. Al igual que mi mujer había quedado en verme en varios puntos de la ciudad, Sigrid (la llamaré así aunque no se pareciera en nada a la novia del Capitán Trueno) tenía a un grupo de familiares que la esperaban en distintas partes del recorrido. Cada vez que los veía, pegaba unos ininteligibles gritos de guerrera escandinava que a mí me recordaban al alemán, no solo por el sonido, sino también porque era imposible discernir si se estaban saludando mutuamente o echándose la bronca.

La única cuesta de la carrera estaba situada cerca de la mitad de la carrera, cuando cruzamos un puente para pasar al otro lado de una autopista. No hubo más hasta el último kilómetro, una gozada. Como una gozada fue recorrer los siguientes cinco o seis kilómetros junto al canal principal de la ciudad y la salida al Báltico. Así llegamos al kilómetro 27, en el que estaba la estatua de la Sirenita del cuento de Andersen. Que esta m… sea uno de los mayores atractivos de la ciudad según las guías turísticas te demuestra que las guías se elaboran copiando lo que dicen las guías anteriores. No tiene gran valor artístico, su creador no es especialmente conocido ni destacado y apenas se sabe que fue regalada a la ciudad hace más de un siglo por su mecenas, un empresario de la cerveza.

Durante las horas que dura un maratón me dejo llevar por mis pensamientos más absurdos, así que imaginé que la sirenita miraba lánguida hacia los barcos que entraban al puerto con la esperanza a buen seguro de llevarse un fornido marinero al catre. No necesariamente iba a ser su amado príncipe, que según el cuento ya se había casado con otra. Por esa razón la estatua tiene una mezcla confusa de cola y piernas, puesto que en esa indefinición el maestro cervecero que la encargó quiso jugar con el anhelo de piernas y entrepierna de la criatura, y con el no menos esperanzador deseo de abandonar el olor a pescado.

Volví a encontrarme a Sigrid tras atravesar el parque del Kastellet, “¡¡schtrutsesmaien!!”, gritó a los suyos mientras seguía moviendo los codos a derecha e izquierda, y seguí a buen ritmo dispuesto a enfilar ya el último tercio de la carrera. Al igual que la mayoría de maratones, el recorrido contaba con varios grupos de música en los márgenes de la carrera, pero en mi retina se quedaron dos: un grupo de sexagenarias danesas que bailaban samba ataviadas como mulatas brasileñas (¡lo juro, lo vi!), y una banda de rockeros fumetas que parecían haber salido del barrio de Christiania. Para el que visite Copenhague durante tres o cuatro días, la visita a Christiania es curiosa. No diré recomendable, pero sí curiosa si estás por ese lado del canal y has ido a visitar, por ejemplo, la iglesia de Christian, con una torre en espiral desde la que se contemplan las mejores vistas de la ciudad. Christiania es un barrio donde no rigen las leyes de la Unión Europea, de hecho tiene un cartel a la entrada en el que pone que estás abandonando territorio comunitario. Demasiado hippie y “alternativo” para mi gusto, pero una curiosidad más.

El cielo amenazaba lluvia y yo enfilaba sin mayores contratiempos los últimos tres kilómetros, una vez que perdí de vista a Sigrid. Para mi sorpresa, la carrera atravesaba directamente los jardines del palacio de Borsen y el recinto del palacio de Christiansborg, lugares en los que había poco público. Pero entre ese poco público estaba mi fiel seguidora en estos eventos, que me dio los últimos ánimos necesarios para completar la carrera. Hice los últimos dos kilómetros más rápidos que he hecho nunca en un maratón, a ritmo de 5m. 10s., que para los expertos en esto no es gran cosa, pero para mí es algo parecido a un poderosísimo sprint. Pasé eufórico la meta marcando un tiempo de 3 horas, 37 minutos y 56 segundos, mi mejor marca de siempre, y justo en ese preciso instante comenzó a diluviar.

Uno de los aspectos incómodos al acabar las carreras es recuperar tu bolsa de ropa, estirar y cambiarte lo antes posible. Pues bien, nosotros tuvimos que hacinarnos en una carpa minúscula en la que al ponerte una camiseta seca le dabas tres codazos a los de los lados, o los recibías, y cuando te agachabas para ponerte el pantalón de chándal te encontrabas junto a tu cara con el culo pelado de otro corredor. Qué más dará, en esos momentos uno tiene una mezcla de satisfacción por el deber cumplido y de dolor en todo el cuerpo, que ni aunque se tirara un pedo te importaría. Como ya expliqué en una entrada anterior, al acabar la carrera me apreté la cerveza más cara de toda mi vida, en el Sporvejen, un tranvía reconvertido en hamburguesería. Un litro de cerveza y una hamburguesa enorme, creo que es lo que «recomiendan» todos los manuales de recuperación del maratón.

Cuento todo esto porque ya estoy pensando en salir de nuevo a correr por las calles, a trotar sobre el asfalto. Hay ganas. Quedan apenas cuatro meses para el maratón de Madrid y llego muy justo, parto con cinco kilos más de los que debería tener, pero estoy con muchas ganas. Para cuando eso ocurra (si finalmente ocurre), habrán pasado más de dos años desde el anterior (San Petersburgo), aquel en el que ya expliqué cómo no se debía preparar una carrera de este tipo. Esta vez, dado que parto con un cuerpo como el de Isco, me planteo aplicar la filosofía de las ganancias marginales que hizo famosa el entrenador del Sky Team de ciclismo, David Brailsford. Este entrenador afirmaba que si éramos capaces de mejorar al menos un uno por ciento en cada uno de los detalles, las ganancias acumuladas eran exponenciales. La aerodinámica, la técnica, la alimentación, el vestuario, incluso hacía viajar al equipo con unos colchones y almohadas determinadas porque de ese modo inapreciable podía mejorar el descanso de sus ciclistas. Sea por estas ganancias marginales, sea por la calidad de Chris Froome y Bradley Wiggins, el caso es que los resultados fueron espectaculares, tanto en Tours de Francia como en oros olímpicos.

Así que ese es mi plan para los próximos cuatro meses: mejorar la alimentación, descansar más y mejor, fortalecer isquios, tobillos y gemelos, tratar de mejorar la técnica de carrera, más entrenamientos de calidad… y dejar las cañas por si de verdad tienen alguna influencia sobre la pérdida de peso. He leído teorías en ambos sentidos, pero más de los partidarios de no tomar alcohol durante los períodos de recuperación de una lesión que de los runners cerveceros.

Esta es mi última caña hasta el 26 de septiembre. Veremos si lo cumplo.

¿Normalizar la violación?

TRAVIS, 22/05/2021

Esta semana he leído que en breve se estrena la secuela de Space Jam, la película que mezcla a los grandes personajes de dibujos animados de la Warner (los Looney Tunes) con estrellas de la NBA. Si en la primera participaron jugadores de la talla de Michael Jordan, Charles Barkley o Pat Ewing, en esta segunda parte actuarán LeBron James, Damian Lillard, Klay Thompson o Chris Paul. Todos ellos rodeados de los habituales personajes de dibujos animados Bugs Bunny, Porky, el pato Lucas, Silvestre y Piolín. Pues bien, leí en un artículo que el personaje de dibujos Pepe Le Pew, un cartoon de toda la vida, se caía del elenco porque «normalizaba la cultura de la violación». ¿Pero qué cojones…? WTF? Con perdón, ¿qué estoy leyendo?

Para empezar, ni sabía qué personaje era Pepe Le Pew hasta que he visto que se trata de esa mofeta que perseguía y abrazaba con fuerza a una gata de la que se había enamorado. Es un personaje carente de la gracia del resto de elenco de la Warner, pero vamos, para mí ha sido toda una sorpresa saber que me pasé años viendo a un personaje que forzaba y violaba damiselas sin su consentimiento. Todo viene de un artículo de un columnista del NY Times Charles M. Blow, que también arremete contra los estereotipos que representan Speedy Gonzales y Mammy Two Shoes, un personaje de Tom y Jerry. Pepe Le Pew es un personaje creado en 1945, en una sociedad que creíamos mucho más puritana que la actual, pero la mojigatería reinante ha llevado a tipos con la piel muy fina a encontrar estereotipos perniciosos que debían ser censurados en una mofeta, en los gatos siameses de La dama y el vagabundo (ataque subliminal a los asiáticos), las hienas de El Rey León y los cuervos de Dumbo (negros de Harlem), o los indios de Peter Pan. Tanto centrarse en el racismo se les ha pasado advertir de la necrofilia de los príncipes de Blancanieves y La bella durmiente.

Ni el código Hays, ni la censura franquista, ni las prohibiciones en Rusia o China llegan a los niveles censores de las actuales hordas de lo políticamente correcto (Prohibamos Verano Azul). Estamos a menos de dos pasos de que empiecen a prohibir clásicos porque algún «espabilao» ha encontrado algo ofensivo en ellos. Pero el tema del que quería hablar hoy es ese tan peligroso que insinuaba el crítico de NY Times acerca de «normalizar la cultura de la violación». Una de las películas revelación de esta temporada ha sido para mí Una joven prometedora, dirigida por Emerald Fennell y protagonizada por Carey Mulligan. Tiene un argumento del que no quiero hablar mucho para no desvelar sus sorpresas, en el que la joven protagonista intenta mostrarnos la hipocresía de la sociedad norteamericana al normalizar determinadas actitudes cuando la chica iba borracha o era ligera de cascos, simplemente porque «ella se lo ha buscado». Imprevisible, ácida y con la suficiente mala leche para no dejar indiferente.

Por desgracia, las violaciones están a la orden del día y no hay fin de semana que no nos indignemos frente al telediario tras escuchar las últimas agresiones sexuales cometidas por hombres frente a mujeres indefensas, a veces un grupo de varios sobre una menor de la que abusan durante horas. Creo que no hay mayor muestra del hijoputismo actual de la sociedad que este de las violaciones grupales (quizás solo la pedofilia pueda competir en nivel de degradación moral), y por eso es un asunto sumamente delicado cuando es tratado en el cine.

Directores clásicos como Ingmar Bergman, Alfred Hitchcock o John Boorman ya trataron este asunto en algunas de sus películas como El manantial de la doncella, Frenesí y Deliverance, respectivamente, pero siempre manteniendo un punto de vista moral claro sobre las vejaciones. Son hechos horribles que por desgracia suceden y deben ser castigados. En Estados Unidos, donde etiquetan absolutamente todo, denominan al «género» como rape and revenge, violación y venganza. Es algo tan viejo como el cine y la literatura, y de uno u otro modo aparece en decenas de obras: Tres anuncios en las afueras, La catedral del mar, La casa de los espíritus, La muerte y la doncella, Braveheart, La hija del General, Centauros del desierto, El último tren de Gun Hill… hasta la afrenta de Corpes en el Cantar de Mío Cid.

Pero el tratamiento no siempre es así y en ocasiones el cine juega a mantener una cierta ambigüedad. No es que la escena de la violación en La naranja mecánica (Stanley Kubrick) sea amoral o ambigua, pero tenía un cierto barniz de comedia musical, acrecentado por el Singing in the rain con el que el protagonista, Alex, coreografía sus movimientos. Estás incómodo en tu butaca, pero te arranca una sonrisa culpable, como con la violación que hace el profesor decapitado en Re-animator.

Recuerdo haberla visto en el cine con varios amigos y era nuestra escena favorita, igual que lo era para el Lester Burnham de American Beauty. La escena de la violación de Irreversible (Gaspar Noé) se recrea en exceso en la agresión que sufre Mónica Bellucci, con una estética de videoclip que me enferma, pero el director y la distribuidora utilizaron el morbo de la actriz y las pulsiones ocultas masculinas para la promoción de la película. Exactamente igual que ocurrió con Julie Christie y ese Engendro mecánico que quería tener un hijo a toda costa.

Hay directores a los que se ve que el tema «les pone», les atrae, como a Paul Verhoeven, que ya trató el asunto en Los señores del acero y Elle. Hace unos meses, en plena campaña del «No es No» volví a ver Instinto Básico, del mismo director holandés. Hay una escena en la que Jeanne Tripplehorn le dice hasta tres veces que «NO» a Michael Douglas cuando este la intenta penetrar analmente, pero este insiste, fuerza a su ex y lo logra, con toda esa parafernalia propia del cine porno: rotura de ropa, tanga negro a la mierda, y la mujer que finalmente acepta y, sumisa, incluso lo goza. Ese mensaje es mucho más peligroso que el de una estúpida mofeta de dibujos animados. La idea del macho dominante y la mujer que en el fondo goza con ser dominada. Claro que si te atribuyes un cierto aura intelectual, como Bernardo Bertolucci, puedes hasta tratar de justificar estas acciones, incluso fuera de la ficción, como hizo el director tras la polémica sobre la escena de la mantequilla, cunado afirmó que ni siquiera la actriz, Maria Schneider, sabía lo que Marlon Brando iba a hacer con su cuerpo, pero que todo obedecía a una necesidad del guion y de la interpretación: «quería que la actriz sintiera la rabia y la humillación». En fin…

Otras películas como Lipstick, con Mariel Hemingway, Sin City, El cabo del miedo, o Acusados, con la que Jodie Foster ganó su primer Óscar, cargan la culpa en una sociedad o en un sistema que duda de la víctima y contemporiza en exceso con el violador, sobre todo si es una persona «decente», con carrera y posición, o tiene pasta para pagarse un buen abogado.

Insisto de nuevo: hay pocos actos tan hijoputas, miserables, mezquinos, depravados (y todos los adjetivos que queramos poner) como una violación, pero no soy partidario de prohibir ni censurar nada. Sabemos que existen, por supuesto, pero no sirve de nada esconderlo bajo la alfombra, será mejor mostrarlo con toda su crudeza, o al menos con una elipsis que nos permita saber lo que por desgracia pasa cada día. Pocos momentos he pasado en el cine tan desasosegantes como con las violaciones que no vemos, pero intuimos, en la rumana 4 meses, 3 semanas, 2 días, la alemana La vida de los otros, con ese ministro hijo de la gran puta, y en Animales nocturnos, donde sufro cada segundo que Jake Gyllenhaal trata de encontrar a su mujer y a su hija.

Pero ya que el post de hoy planteaba la duda acerca de si el cine o algunos de sus personajes «normalizan la violación», yo voy a dejar por aquí mi teoría para la discusión: Pedro Almodóvar y muchos de los aficionados a su cine sí la normalizan. O la visten de falso romanticismo. Me gustan algunas pelis de Almodóvar tanto como detesto el resto, pero mi pregunta es: ¿qué problema tiene Pedro Almodóvar con las violaciones, por qué trata de justificarlas o de darles un barniz de romanticismo? No hablo de los personajes de Kika o La mala educación, que sufren abusos y vejaciones, sino de, por ejemplo, la escena en que Miguel Bosé fuerza a Victoria Abril en Tacones lejanos. Parece un puto chiste, una escena de comedia, una broma sin importancia de la que podemos reírnos.

En Átame, el personaje de Antonio Banderas ata y retiene contra su voluntad a Victoria Abril (de nuevo) para lograr que se enamore de él. O eso es lo que dice, en el fondo quiere echarle un polvo como el que finalmente logra. Recuerdo lo dicho sobre Bertolucci o Verhoeven: en el fondo la mujer «quiere» ser sometida por el varón, aunque al principio se resiste por sus prejuicios o yo-qué-sé que pasa por la cabeza de estos directores. La piel que habito es de una incomodidad apabullante, con violaciones explícitas y abusos de todo tipo sobre el personaje de Elena Anaya, que al final parece aceptar sumisa (o sumiso) su destino. Pero con la que no puedo es con Hable con ella, que nos disfraza de enamoramiento la historia de ese enfermero interpretado por Javier Cámara y su relación con una paciente en coma (Leonor Watling). «Su estado comatoso no convierte a las mujeres en objetos, sino todo lo contrario: ellas se transforman en la idea abstracta del amor», leído en Fotogramas. Con un par. Pues Óscar al mejor guion, ni más ni menos. Los que se escandalizan por una mofeta.

Estoy en esa edad

LESTER, 15/05/2020

Creo que cada uno podría terminar esa frase de una manera distinta: «estoy en esa edad en la que…»:

  • Me da igual lo que los demás puedan decir o pensar de mí.
  • Me planteo hacia dónde va mi vida.
  • Me duele todo cuando me levanto por las mañanas.
  • Solo quiero dormir.
  • El homicidio ha dejado de ser una ficción de las películas para ocupar parte de mi pensamiento.

Cada uno tendrá la suya, de las cinco que he dejado aquí digamos que me identifico con al menos tres de ellas (y los que me conocéis sabéis que no soy dormilón, ni me faltan objetivos, así que a buen entendedor…). Los veinteañeros pensarán que están en esa edad en la que tendrían que aspirar a comerse el mundo, pero no les dejamos, los treintañeros padres primerizos dirán que están en esa edad en la que anhelan dormir ocho horas del tirón, y alguno más talludito, de mi quinta, se pondrá en modo trágico para soltar que está en esa edad en la que «mi cuerpo pide tierra».

En mi caso particular, hoy venía a comentar que estoy en esa edad en la que empiezo a escuchar la publicidad en el coche. Y me sorprendo. Mi cerebro estaba programado desde hace lustros para escuchar atentamente las noticias o la música en la radio del coche y desconectar cuando empezaban los anuncios. O para no ver (literalmente) la publicidad de las webs, para ignorar las franjas laterales. O lo mismo con la televisión, en las pocas ocasiones en las que la veo con interrupciones publicitarias. Mi cerebro aprovechaba de manera instintiva para leer algún artículo en el móvil, o contestar un guasap, o tuitear alguna parida sobre lo que estaba viendo.

Pero ahora escucho atentamente. Sobre todo los anuncios relacionados con la salud. Y es cierto lo que decía un amigo mío, un francés que lleva muchos años viviendo en España:

– Aquí tenéis un problema con el tránsito intestinal.

¡Asombrosa la cantidad de anuncios que previenen, mejoran, ayudan y regulan el tránsito intestinal de los españoles! Y debe ser que de tanto escucharlos he empezado a preocuparme por el mío. Hace treinta años era capaz de cenar un chuletón de buey, acompañado de dos cañas y tres copas de vino, y levantarme fresco como una lechuga, y ahora cuando quedamos a cenar los amigos siempre sale alguno (o alguna, que aquí sí aplica el lenguaje inclusivo) que te suelta eso de:

– Vamos a tal sitio, que la cena es ligera, y los restaurantes de siempre me llenan muchísimo, luego duermo fatal y noto el ladrillo en el estómago todo el domingo.

Nos hacemos mayores, qué duda cabe. Tanto han degenerado nuestras cenas que el apio untado con queso vegano está a menos distancia de lo que nos creemos. «Contribuye a la regularidad estomacal…», continúa la publicidad, «reduce todo tipo de molestias y ayuda a su digestión». Joer, claro, y yo preocupado porque hace poco cené un hamburguesón del Goiko Grill y a la mañana siguiente cuando salí a correr me sentía como si mis zapatillas tuvieran suelas de plomo. Normal, el cuerpo no recupera igual, pero eso no significa que vaya a engancharme a esos productos milagrosos que contienen «nutrientes naturales y Aloe Vera». Todo tiene Aloe Vera. En la cárcel de Alhaurín de la Torre, los reclusos llamaban a Juan Antonio Roca «el Aloe Vera», «porque cuanto más se le investigaba, más propiedades le descubrían».

Si uno presta atención a esos anuncios escuchará cosas sorprendentes, como los yogures con bífidus, probióticos y palabras que acojonan, aunque pocas como ese otro producto que «contiene radicales libres». Joder, si yo, que tengo una hija adolescente, ya me asusto ante la posibilidad de que haya radicales libres por las calles, ¡como para pensar en tenerlos corriendo alegremente por mi estómago o los intestinos!

Otro anuncio al que empecé a atender hace un tiempo fue el de un producto para los acúfenos y los incómodos pitidos en el oído. Hace años no hacía ni caso, pero ahora, ¡sí, coño, es verdad!, en esa media hora de tranquilidad que soy capaz de encontrar en una semana entera, sin el zumbido del aire acondicionado o la calefacción de la oficina, sin el ruidito leve, pero algo molesto, de un ordenador o el motor del coche, escucho un zumbido prolongado que no viene de ninguna parte. Unos suaves pitidos en el oído. ¿Son reales o es que me estoy volviendo algo hipocondríaco? Dudo que sea esto último, así que debe de ser algo normal. El anuncio continúa hablando del estrés, las dificultades para conciliar el sueño o los trastornos asociados a los dichosos acúfenos, y yo me respondo a mí mismo que el estrés lo combato con paciencia y buen humor, y cuando me meto en el sobre tardo menos de diez segundos en quedarme frito, así que de momento, no, gracias.

No son los únicos anuncios en los que me fijo ahora, también lo hago con los del dolor en las articulaciones, la necesidad de hierro y colágeno (a mí me suena a bricolaje todo esto), los complementos vitamínicos porque a partir de los cuarenta el cuerpo no sé qué… El colesterol, la tensión, la higiene dental… Si hiciera caso a todo, viviría acojonado. Y si no lo hago, como he hecho toda mi puñetera vida, me queda la duda de si estoy siendo un inconsciente. Antes no tenía ninguna.

Los que no suelen fallar son los algoritmos de Internet que definen la publicidad personalizada que nos muestran a cada uno y, en mi caso particular, hace años que dejaron de ofrecerme inversiones de alto riesgo y ahora me plantean planes de pensiones para que «planifique de manera adecuada» mi jubilación. Huy, no queda nada para eso, y más al ritmo que vamos. De veinte años no baja, y eso que llevo veintisiete cotizados. La publicidad de las webs suele mostrarme algunos productos de salud, cómo no, viajes (cuando se podía) y clínicas de injertos capilares. Veo continuamente fotos del antes y el después, y links para animarme a una primera visita gratuita y sin compromiso.

Cabrones de Google, ¿cómo sabéis que se me está cayendo si no habéis visto una sola foto mía y no me he preocupado jamás por eso? Bueno, iluso de mí, las han visto todas, y también es cierto que tengo un tanto despistados a los buscadores de Internet, porque en ocasiones me han salido ventanas emergentes de esas ofreciéndome «maduritas» en mi barrio y un bar gay en el que podría conocer a gente muy interesante. Y no digo que no haya maduritas atractivas en mi barrio, ni gais interesantes con los que mantener estupendas conversaciones, pero no pienso pinchar en ninguno de esos enlaces, así que son de los pocos que he bloqueado desde que me muevo por las redes.

Estoy en esa edad… en la que algunos medios pasan a llamarnos «ancianos» y entramos en el siguiente grupo de vacunación. Pero creo que lo llevamos bien, igual que al pasar la barrera de los 45 escribí aquí mismo sobre las ansias de tranquilidad que tenía. Estoy en esa edad… en la que tengo poca paciencia con las soplapolleces, pero en lugar de rebelarme contra ellas, como hacía antes, las ignoro, las aparto de mi camino, no pierdo ni un minuto en ellas.

Estoy en esa edad… en la que escucho atentamente la publicidad. Cualquier día, los anuncios de Boston Medical Group. Para un amigo, ya sabéis.

Miedo y rechazo

JOSEAN, 08/05/2021

El jefe de gabinete y consejero áulico de Pedro Sánchez, Iván Redondo, participó en 2018 en unas jornadas organizadas por el PSOE bajo el título Elecciones y emociones. En una famosa intervención, que estos días se ha rescatado en varios medios, afirmaba que «…de las tres principales emociones que tenemos, con las que además se puede jugar en campaña electoral, la primera sería el miedo, la segunda sería el rechazo, y la tercera, la esperanza, la ilusión». Los que conocen bien a este consultor lo definen como un tipo hábil, calculador, buen estratega, un gran negociador al que se señala como el principal artífice del éxito de la moción de censura que aupó a Pedro Sánchez al poder en mayo de 2018.

Todo lo que se ha movido en el PSOE en los últimos tiempos, no tanto en el partido como en las alianzas del equipo de gobierno, lleva su firma, su huella como negociador capaz de aunar voluntades tan diferentes como las de Unidas Podemos y el PNV, Bildu, Esquerra o el PDeCat, Nueva Canaria, o cuando los ha necesitado, Ciudadanos. Pero con las elecciones a la Comunidad de Madrid el PSOE se ha estrellado de manera estrepitosa. Ni uno solo de sus cálculos, ni una sola de sus estrategias ha sido acertada. Han jugado tanto con el miedo y el rechazo, que no han sido capaces de llegar a la tercera de las emociones que el mismo Redondo decía que jugaban un papel tan destacado.

Desde el mismo instante en que se convocaron las elecciones, todos los partidos han «jugado» (por utilizar las palabras de Iván Redondo) con el miedo: el miedo a la ultraderecha, el miedo al trío de Colón, o por el otro lado, el miedo al socialcomunismo que con tan poco acierto ha gestionado la pandemia. Ha sido la campaña más desagradable que recuerdo desde que tengo posibilidades de ir a votar. En cada intervención de Pablo Iglesias, en cada una de sus frases, aparecían las palabras ultraderecha y fascismo, al principio asociadas solo a Vox, pero a continuación relacionándolas con el Partido Popular y con su candidata Isabel Díaz Ayuso. Lo ocurrido en Vallecas, alentado por el que era hasta hace nada vicepresidente de gobierno, fue lamentable. Como el episodio de la Cadena Ser o las cartas con amenazas, todo ha sido vomitivo durante la campaña.

Y a toda acción sucede una reacción, así que Santiago Abascal y Rocío Monasterio plantearon su batalla en términos de «frenemos al frente popular». Joder con el lenguaje guerracivilista, joder con la puta manía de clasificarnos a todos en rojos y fachas. Todo lo que se movía por un centro moderado ha sido arrasado, primero UPyD y luego Ciudadanos, que se ha pegado el tiro en la sien con las mociones de censura o con la gestión de Ignacio Aguado en Madrid.

El caso es que a los madrileños nos han puesto en la tesitura de tener que elegir entre esos dos bloques que los mismos partidos han creado de manera intencionada, y al agitar nuestros miedos ha ocurrido que, más que elegir votar a favor de uno, se ha votado mayoritariamente en contra del otro, del que más rechazo producía. Y ese rechazo no lo causaba Ángel Gabilondo, sino el tándem PSOE-Podemos, o mejor dicho, cualquier posibilidad de gobierno en el que pudiera entrar Pablo Iglesias. A mediados de marzo del año pasado, según empezó la expansión de la pandemia y cuando los fallecidos apenas superaban los dos centenares, escribí que «todo vale en la guerra contra el rival político, incluso las desgracias, o sobre todo las desgracias. Todo vale para atacar, criticar, crispar y sacar tajada de una situación, por dramática que esta pueda ser». Y lo que ha ocurrido con Madrid es digno de estudio.

No voy a defender la gestión de la pandemia que hizo el gobierno de Isabel Díaz Ayuso, porque la primera ola fue dramática y se llevó por delante a casi 18.000 personas, pero es que prácticamente ningún gobierno del mundo se enfrentó de manera adecuada a una situación como esta. Pero sí reconozco que se hizo mucho por mejorar y controlar las siguientes oleadas. El consejero de Sanidad de Madrid, Enrique Ruiz Escudero, es médico de profesión, luego estoy seguro de que sabe algo más de esto que todos nosotros y que los tertulianos opinadores de todo y conocedores de casi nada. O que un ministro de Sanidad filósofo. La Comunidad de Madrid propuso una serie de medidas que fueron muy criticadas por el gobierno central por venir de quien venía, con descalificaciones, para ver cómo meses después se implementaban. Estos quince meses de ataques han sido vergonzosos. Los test de antígenos, las PCR en los aeropuertos (pedidos en junio, aprobados en noviembre), bajar el IVA de las mascarillas, que nos dijeron que «no se podía, pero ahora ya sí se puede», los cierres perimetrales, las mascarillas FFP2, tachadas de «insolidarias y egoístas» por Fernando Simón,… Que si los franceses venían a Madrid a emborracharse, aunque aparecieran estadísticas que demostraban que habían entrado más franceses en Cataluña que en la capital, que si Madrid falseaba las estadísticas, aunque luego lo desmintiera el propio Fernando Simón. La última polémica llegó con la petición de la vacuna rusa Sputnik, medida ampliamente criticada por «desleal» e «irresponsable», hasta que se supo que el gobierno alemán estudiaba también su compra. La campaña de ataques a los hospitales de Ifema y el Isabel Zendal darían para un estudio sociológico sobre el rechazo.

Madrid molestaba y molesta. Todos los líderes del PSOE y de Unidas Podemos se turnaban para atacar cualquier medida que se aprobara en la Comunidad de Madrid, aunque no fuera la única región en tomarla. Se daba la bienvenida a ingleses y alemanes y se insultaba a los madrileños. Emiliano García Page se permitió hablar de «la bomba radiactiva vírica» que les llegó de Madrid, sin contar que miles de sus ciudadanos trabajan en esta provincia que acoge a todo el mundo sin distinciones. Yo, como buen madrileño no nacido en Madrid que soy, me he sentido atacado numerosas veces en el último año por insolidario, fiestero, egoísta, irresponsable y «tabernario». El presidente de un organismo público como el CIS, José Félix Tezanos, tomaba partido por quienes le habían designado para el puesto. Pero de todas las cosas surrealistas que hemos vivido en este último año, ninguna me ha llamado tanto la atención como la petición de Gabriel Rufián de que nos subieran los impuestos a los madrileños… y ver solo dos días después a la ministra de Hacienda María Jesús Montero defendiendo dicha medida. Seguramente será culpa de Madrid que Cataluña tenga un déficit siete veces superior al de Madrid, o que la deuda generada por la Generalitat sea 2,3 veces superior.

Como decía la semana pasada, el problema no está en los ingresos, sino en el descontrol de los gastos. Y yo como madrileño, me fío bastante más de Javier Fernández Lasquetty (aunque pueda no coincidir en lo ideológico con él), consejero de Hacienda de Madrid, que de Gabriel Rufián. Así que nos tocaba votar el 4 de mayo y se había generado tanto miedo y rechazo que ni siquiera valorábamos la tercera emoción mencionada por Redondo, la esperanza. Esperanza… Aguirre. El PP de Isabel Díaz Ayuso es el de esa Esperanza y a mí no me genera ninguna ilusión. Ni siquiera ha tenido que hacer campaña, o vender un proyecto, le bastaba con defenderse de los ataques. La carta que nos llegó a casa solo contenía una palabra: Libertad. La simplificación del mensaje llevada a su mínima expresión: libertad o comunismo, fascismo o Venezuela, izquierda o derecha, rojos o fachas. El enorme demérito de Pedro Sánchez y Pablo Iglesias es haber logrado que cientos de miles de madrileños hayan olvidado que el Partido Popular de Madrid era hace nada el partido de Ignacio González o Francisco Granados, el partido y la región en donde comenzó la Gürtel con el Albondiguilla en Boadilla y con Jesús Sepúlveda en Majadahonda. Ojalá no volvamos a esos tiempos, y creo sinceramente que no lo haremos.

No había que ser un lince para saber que Isabel Díaz Ayuso iba a arrasar en las elecciones, como así ha ocurrido. Incluso dirigentes socialistas de toda la vida como Joaquín Leguina o Nicolás Redondo Terreros, o el filósofo Fernando Savater en El País, apoyaron la candidatura de Isabel Díaz Ayuso. El Partido Popular ha ganado en 4.194 de las 4.416 secciones censales. En todos los distritos de la capital, en 177 de los 179 municipios de la comunidad, y también en esos barrios como Vallecas, que Pablo Iglesias se atribuyó como «nuestro».

Es para que Iván Redondo, si tan buen estratega y analista es, se lo mire. Esas alianzas que procuran beneficios puntuales en el corto plazo son letales en el medio y el largo plazo. Pasan factura, igual que las campañas desproporcionadas de ataques e insultos.

Un millón seiscientas veinte mil personas se han «radicalizado», tócate los… Si la respuesta de la izquierda es la vuelta a la guerra civil de Carmen Calvo o los insultos de Juan Carlos Monedero, será cuestión de tiempo que la derecha arrase a nivel nacional.

Como todos los lectores asiduos de este blog sabéis, si queréis colaborar por una buena causa a través de una ONG contrastada, es posible hacerlo mediante microdonaciones en este enlace: Ayuda en Acción/colabora