«Pues sí, yo era Barney. Y Lester. Y…»

19/11/2022

Este blog de los «Cuatro amiguetes» lleva entregando textos a los lectores desde agosto de 2014. Con este post de hoy, van ya 558 textos, artículos, post o truñacos, que cada uno lo llame como quiera. Aparte de ello, los 128 con La Galerna bajo el seudónimo de Barney. Durante todo este tiempo, los «cuatro amiguetes» se mantuvieron en un anonimato a medias, pues apenas había datos personales, pero sí fotos de la familia y varias de Lester en sus maratones, aunque siempre de espaldas.

El sábado pasado el Amiguete Barney salió del anonimato, no del armario, como dijeron algunos. Ni del economato, como decía Gomaespuma. La ocasión la requería y el medio empleado fue el mejor posible: la entrevista que Jesús Bengoechea me regaló para anunciar la publicación de mi libro Volver al asfalto.

En esa entrevista cuento mucho de mí. Tanto tiempo alejado de esa exposición, y ahora lo casco todo. Pero es que no siempre tiene uno la inmensa fortuna de publicar un libro. «Un momento, un momento», dirá algún lector habitual de los que no me conoce personalmente, «pero el que corría los maratones era el Amiguete Lester. De hecho, lo del proyecto de Volver al asfalto ya se contó aquí hace algo más de un año». Y es cierto, y también lo hice en La Galerna:

Durante la presentación del libro el pasado lunes 14, el presentador del evento, de nuevo el maestro Jesús Bengoechea, contó cómo nos conocimos. Jesús había leído algunos de mis textos en Twitter, pero le había llamado la atención que unos eran de fútbol (normalmente del Real Madrid), otros de economía y algunos otros de carreras o de cine. Se decidió a escribirme directamente tras leer el artículo de Barney Stephen Hawking era del Madrid al día siguiente de su fallecimiento. Escribió al que creía que era el responsable de la cuenta de Twitter, y le pedía que por favor le pusiera en contacto con Barney, con el que escribía sobre fútbol, que era al que le interesaba para su página. Como contó el lunes, su sorpresa fue al encontrarse un caso inverso al de Carmen Mola: no eran tres escritores que pergeñaban textos al alimón, sino uno solo que escribía por los cuatro. Dos cincuentones que nos conocimos por Twitter, y de ahí surgieron varios cafés, muchos correos y guasaps para definir ideas y artículos, algunos eventos, y una amistad sincera.

Pues sí, y le agradezco profundamente sus palabras, pero me parece hasta cierto punto sencillo. Él mismo escribe sobre fútbol, política, música o cine, y tiene una novela hilarante, Alada y riente, que leí el pasado verano y recomiendo fervientemente. Yo he sido siempre muy aficionado a practicar todo tipo de deportes, no solo las carreras, como he contado varias veces por aquí, y de ahí surgió Lester, un tipo que además escribe relatos o trata de sacar punta a todas las historias que pasan a su alrededor, ya sean en un spa, con la Filarmónica de Londres o con un refugiado ucraniano.

Pero no soy menos aficionado a seguir el deporte por televisión, a cabrearme con lo que me indigna, como este Mundial de Catar, o a disfrutar de las grandes hazañas. Y ese es Barney.

Claro que uno tiene que ganarse la vida haciendo lo que sabe, ese economista que aparece en la entrevista y que publica de manera recurrente en Linkedin, y de ahí nació Josean, el único sin nombre anglófono precisamente porque quería ser leído en lugares más serios.

Lo que menos conocen mis amistades es mi afición al cine, una afición que nació de pequeño con esas visitas a las salas con mi padre y hermanos en aquellos maravillosos programas dobles, y que he mantenido a base de ver centenares de películas o leer muchos libros sobre la materia. Bastantes de ellos centrados en los guiones, en contar historias, porque en el fondo todo trata acerca de lo mismo. Ese es Travis, un guionista en potencia (¡productores, estoy disponible!), y confieso que es quizás el personaje que más disfruto cuando escribo. También es el que logra menos lecturas, qué le vamos a hacer.

La velada resultó, al menos para mí, entrañable, divertida, cercana, quedará para siempre en mi memoria por el resultado, por el cariño de tanta gente y por lograr juntar a mi familia, amigos y gente más querida. Tuvo prácticamente todo lo que quiero en la vida: la familia, el deporte, los amigos del colegio y la universidad, los colegas del fútbol y el baloncesto, buena música… Y lo celebramos en el antiguo cine Cid Campeador, actualmente Pangea – The Travel Store.

Este va a ser el único post en toda la historia pasada, presente y seguramente futura del blog, en el que me expondré tan abiertamente. No me interesa publicar con mi nombre, le tengo cariño a los «cuatro amiguetes» y pienso seguir empleándolos. Para mi sorpresa, este blog que empezó sin pretensiones se lee desde muchos sitios, por mucha gente que no me conoce de nada, y trataré de mantener esa separación entre personajes porque me viene muy bien para diferenciar las temáticas:

Ayer mismo me escribió Ana, una buena amiga, y su mensaje me encantó, tanto, que tengo que compartirlo: «Mis felicitaciones por todos esos años de escribir en el blog, por continuar con esa afición a cuenta de horas de sueño y por entretenernos contándonos muchas historias, anécdotas, vivencias, etc. siempre con ese toque de humor que las caracteriza. La publicación de este libro es un pequeño reconocimiento a todo eso, ¡te lo mereces!». Jo, gracias, Ana, dejadme todos que disfrute mi momento onanista de éxito y… (respiro profundamente) eso me servirá para seguir dando caña.

Los que siguen habitualmente el blog habrán detectado que los textos se han espaciado en las últimas semanas. Llevaba muchos meses cumpliendo con el rigor de uno a la semana al menos, y en el último mes y medio han sido cada nueve o diez días. Entenderéis que he tenido mucho lío con las presentaciones, aparte de un ritmo de trabajo infernal. Pero mañana comienza el Mundial de la infamia y no pienso dedicarle ni un minuto al mismo en el blog (ya lo he criticado abiertamente antes), así que el nuevo reto será ofrecer a los lectores cada día ¡y durante los próximos 30! un plan alternativo a partidos tan «atractivos» como el Catar-Ecuador en mitad del desierto, en un estadio construido sobre los cadáveres de no menos de 800 trabajadores, perdón, esclavos. Habrá días que escriba 200 palabras y una recomendación, y otros que pueda extenderme a las 1500, pero algo habrá, seguro.

Entre hoy y mañana decidiré el título entre Planes alternativos al Mundial de la infamia o crear una serie de textos a modo de club de lectura y homenaje a esos trabajadores fallecidos: El club de los currelas muertos. Se admiten votaciones.

Muchas gracias a todos por estar ahí, al otro lado.

Tarde de «placer» en el spa

LESTER, 06/11/2022

– Tomen, aquí tienen. Bajen por esas escaleras y nada más llegar a la zona de piscinas, verán un cartel en el que les indica todo el circuito. No es necesario hacerlo en el orden que figura, sino que pueden ir a su aire por las instalaciones. Tienen hora y media, según su reserva.

Las toallas que nos entregó eran duras como una alfombra y pesaban como una ídem, tanto que me abstuve de hacer la broma de golpear a mi mujer con la mía, no fuera a provocarle un hematoma considerable o a tirarla por las escaleras. Y a ver cómo explicas luego que estabas haciendo bromitas con una toalla. Lo cierto es que la desenrollabas y estaba suave, pero la primera sensación era la de llevar un ariete como para romper una de las paredes de cristal del SPA. Y pesaba… cuando te la ponías sobre los hombros (y más cuanta más agua y rato pasabas) parecía una manta zamorana reforzada con protección antibalas.

A todo esto, el look del spa se completa con un bañador en pleno noviembre, las chanclas que sacaste el día de antes del fondo del armario y a las que sacudiste la arena de playa para no formar barro en ese sitio «megasnob» y un gorro de baño que no había manera de que me quedara bien. Apretaba como si me hubieran plastificado la cabeza y no era capaz de ponérmelo de manera adecuada: si me lo bajaba todo lo que daba de sí, me tapaba las orejas y no escuchaba más que el zumbido de las máquinas y el murmullo de las voces de los bañistas aparentemente relajados. Si me lo dejaba en la parte superior del tarro, las orejas se me quedaban fuera ¡y hacia fuera!, tan ridículas como el Mudito de Blancanieves.

– ¿Por qué me miras así? -me preguntó mi mujer.

– No te miro de ningún modo, es que el gorro me tira de la frente, las cejas, los párpados y los pensamientos. Me he mirado al espejo y parezco uno de esos actores recién salido de una sesión de botox.

Sonrió y me miró con la cara de «no me vas a fastidiar mi tarde de relax», así que comenzamos. Lo primero que proponía el circuito era una cosa llamada pediluvio, que consistía en un paseo de unos ocho metros en el que tenías que pisar sobre unas piedras de río colocadas intencionadamente hacia arriba. Que digo yo que puedes encontrar placer en pisar cuchillas si eres fakir de profesión, pero es que a mí me dolían, se me clavaban en la planta del pie y me recordaron lo incómodo que era caminar por ciertas zonas del río del pueblo, en lugares cercanos a «la presa» donde los guijarros parecían agujas puntiagudas. Por si la incomodidad no fuera suficiente, de repente unos chorros de agua helada empezaron a brotar a la altura de la espinilla. «¡Coñññño!», se me escapó, «qué necesidad».

La verdad es que no pillamos el punto al pediluvio, así que seguimos a la piscina de chorros, una piscina en la que cada tres o cuatro metros había unos cañones de agua como los que usan los antidisturbios para disolver manifestaciones. Esto del spa es sencillo: te vas moviendo de uno a otro, le das a un botón y te pones debajo del chorro, que se supone que te da un masaje en las cervicales, los hombros o las lumbares. La realidad es que alguno de los chorros lleva tanta fuerza que por momentos piensas que te va a sacar de la espalda los lunares, las verrugas y hasta los tatuajes para los que los llevan. Pero en general es agradable, como las camas de masaje.

No sé a quién se le ocurrió meter unas camas en la piscina, pero fue un genio, seguro. Lo que ocurre es que cada vez que alguien tiene una idea genial, llega otro y la joroba: al apretar el botón de marras, comenzaban a salir unos chorros a borbotones de debajo de tu culo, omoplatos, muslos, costillas, etc., que hacían imposible que te mantuvieras cómodamente tumbado en la cama. Si hasta tienen unas agarraderas para que no te vayas flotando sobre la sexagenaria que ocupa la cama a tu lado. Hay profesionales del spa y yo no lo soy. Mientras yo me estresaba intentando no salir de la cama de chorros, había «profesionales del spa» que tenían el rostro totalmente relajado mientras los chorros masajeaban sus flácidas caderas y lorzas. El «masaje vibrador» dura apenas un minuto y, bueno, sirve para echarte unas risas. También para soltar un cuesco si tienes gases acumulados, que con tanta burbuja pasa desapercibido.

Tras la piscina nos encaminamos a las zonas de calor. Y de frío, mucho frío. Puedes optar por pasar unos minutos en la terma romana o en la sauna, la diferencia es que en una te arde la respiración y te quema todo, y en la otra sudas muchísimo y huele a eucalipto. Cuando entramos en la sauna había allí dos tipos. Nos sentamos en uno de los bancos de piedra, que ardía como el infierno y no intentamos apoyar la espalda. Por ser unos azulejos de brasa incandescente y por el temor a perder del todo las verrugas y lunares que sin duda quedaban colgando tras los chorros antidisturbios de la piscina. Uno de los dos tipos que estaba allí no paraba de toser. Muy desagradable, con flema y todo. Yo cerré los ojos para intentar relajarme, pero era imposible con ese tío al lado, que no paraba de toser, exhalar y hacernos sentir cómo le subía el gargajo desde el píloro hasta la nariz.

– Qué lento pasa esto -dijo el tipo a su colega.

Se había puesto de pie para mirar un reloj de arena que había junto a la puerta, supongo que para medir el tiempo recomendado de estancia en la sauna. De repente veo que el tío empieza a golpear la parte superior del reloj ¡para que la arena baje más rápido! ¡Joder, pues salte, lárgate y déjanos tranquilos! Si es que se puede estar tranquilo a noventa grados centígrados, claro. Se marcharon ambos y nosotros aguantamos unos cinco minutos más. La idea tras la sauna es meterte sin pensar en la piscina de agua helada, así llamada porque la han traído del Ártico, supongo. La primera sensación, en los tobillos, es de «¡buaaaah, yo ahí no me meto!». El segundo pensamiento es «imposible» y el tercero; «qué necesidad».

– ¿No has visto a esos finlandeses que salen de su sauna en mitad de la nieve y se lanzan a un lago helado? Pues venga, que hemos venido a jugar.

Si eres capaz de meterte más allá del ombligo lo tienes casi hecho. Y con la espalda ya puedes decir que lo has logrado del todo. Solo tienes que pensar que has pagado un pasta por ese disfrute masoquista. Aguanta. Aguanta ahí. Piensa en otra cosa: la declaración de la renta, una lavadora de ropa sucia, Rociíto llorando, qué sé yo. Esto está más frío que un abrazo de suegra.

Lo logramos, y tras cuatro o cinco minutos que se nos hicieron eternos, salimos para pasar un rato (este sí) de relax en el jacuzzi. Agua caliente, por fin, un banco en el que poder sentarte sin nada que te mueva, y unos chorros de agua burbujeante y relajante. Con el pibón que me acompañaba, pensé por un momento que estaba a solo un cadenón de oro y un par de Mama Chichos de sentirme como Jesús Gil y Gil en Las noches de tal y tal, sin duda uno de los mayores esperpentos de la historia de la televisión.

Por mí podríamos haber permanecido ahí el resto del tiempo, pero como siempre decimos, «hemos venido a jugar» y aún nos faltaban varias zonas por probar, así que pasamos a la zona nazi: las duchas de contraste. ¿A quién si no a un neo-Hermann Göring se le pudieron ocurrir estas duchas? La primera, llamada «ducha tropical», comienza con un potente chorro sobre tu cabeza como si fuera una cascada en mitad de la selva, pero justo cuando ya te sientes como Tarzán y estás a punto de soltar el grito, el agua varía a fría, y de ahí a gélida, y termina con un baño de nitrógeno líquido que te revienta la cabeza. «Su Pu…Adre», que es el significado real de SPA, no os dejéis llevar a engaño.

Volvimos a la sauna o a la terma para recuperar algo de calor corporal, y probamos el «cubo de agua helada». Vamos, que no voy a decir que no supiera a lo que iba. Que estaba avisado. Que ahí no puedo quejarme de publicidad engañosa. Que sí, que reconozco que me hizo gracia ver que el agua caía de un cubo como los de las pelis del Oeste. «Allá vamos… ¡uuuuaaaaaaahhh! Su Pu… Adre!».

A esas alturas de la tarde-noche yo ya estaba entregado, «venga, que me echen lo que sea, y que me lleven directamente a la cámara de gas después». Todavía nos quedaba una más, que no sé si era la ducha sueca, la escocesa o los chorros de contrastes. Consistía en unos chorros con dos temperaturas (los dos extremos en la escala Celsius de frío y calor, seguramente), que comienzan en los tobillos y van subiendo por el cuerpo: rodillas, caderas, lorzas, pecho, hombros, finalmente otro chorro sobre la cabeza. Dudo que eso de que por la derecha te abrasen y por la izquierda de hielen, o a la inversa, no vayáis a pensar en interpretaciones político-ideológicas, sea muy sano, pero ahí aguanté como un campeón. Excepto en los chorros del pecho, lo confieso. Tenía un pezón rojo y escaldado y el otro tieso y congelado, así que cuando vi que iban a cambiar los chorros de temperatura me giré como si estuviera bailando la Macarena para que cada pecho siguiera recibiendo el chorro con la misma temperatura, «que ya está bien, que qué necesidad».

– Anda, cariño, que tengo un moco colgando y un par de quemaduras de tercer grado, vamos a la última piscina a relajarnos de verdad, a flotar un poco y dejarnos llevar.

– Vale, pero, ¿sabes que tienen también una piscina de agua salada? Que por lo visto se flota mucho mejor en ella, si te parece probamos primero ahí y ya acabamos en la piscina normal.

Porque había una piscina normal, sin elementos de tortura, pero parece que había que ganarse el derecho a usarla tras pasar «la prueba de la sal». A ver cómo lo explico, sí, la sensación es curiosa, se flota más y tal, los labios se te quedan salados como tras morrear una copa de tequila, pero… no te metas ahí si tienes heridas en el cuerpo. Y ocurre que los que practicamos ciertos deportes como el fútbol o el baloncesto tenemos el cuerpo lleno de rasponazos, magulladuras, heridas que todavía no han hecho costra y a las que la sal le sienta como el ácido sulfúrico. De nuevo me dije a mí mismo, «aguanta, aguanta, que tu mujer está disfrutando de ese momento de flotabilidad mirando al techo, pero, joder, cómo pica la hijadep… de la sal». El momento de relax se acabó cuando una pareja con obesidad mórbida pasó a veinte centímetros de mí, flotando muy ufanos. El hombre tenía unos pechos peludos que para sí los quisiera Sabrina Salerno. Por el tamaño, no por los pelos, que se me entienda.

– Yo me salgo, me voy a la última piscina.

Y ahí ya sí, me hice un par de largos a ritmo megalento esperando que la circulación volviera a su sitio y que la epidermis recuperara su tono habitual. Salimos al poco rato del SPA (recordad, no es Salus Per Aquam, sino…), con la toalla que para entonces pesaba ya medio quintal, y en mi caso además con un hambre feroz, y me dijo mi mujer:

– Qué gustazo, ¿no? ¡Qué bien te quedas después de un baño relajante!

Tendría mucho que decir acerca de mi idea del relax, pero yo solo quería ducharme ya, secarme, vestirme y tomarme un chuletón con una botella de vino. Fue entonces cuando me di cuenta de que en algún lugar había perdido la llave de la taquilla.

V de Vendetta (II): la película

(Imagen del Póster: Tienda Etsy)

TRAVIS, 30/10/2022

Vistosa. Valiente en algunas decisiones, menos Valiente en otras. Vigorosa, algo Vanidosa y nada Vulgar. Violenta, solo cuando la ocasión lo requería. Verborreica. Visual y Verbalmente atractiva. Versión más que Válida de la obra de Alan Moore y David Lloyd a la que ya dedicamos la primera parte. Vamos, pues, con ella.

Las hermanas Wachowski

Lilly y Lana Wachowski (en aquellos años de principios de siglo, Andy y Larry) gozaban de una posición intermedia en Hollywood: habían logrado un éxito más que destacable con Matrix (1999) y con sus dos secuelas (2003), pero no estaban integradas plenamente en lo más convencional del star system norteamericano. Siempre habían ido un tanto por libre, en sus guiones, en lo retorcido de varias de sus propuestas y en sus declaraciones. Sin embargo, el éxito de la trilogía les había procurado el derecho a decidir qué historia querían rodar.

La novela de Alan Moore y David Lloyd (guionista y dibujante, respectivamente) podía ser un punto de partida estupendo para dar otra bofetada a una sociedad dormida y algo complaciente como lo fueron Matrix o El club de la lucha en su momento, ambas del mismo año, por cierto. Una sociedad reprimida, atemorizada por un gobierno fascista y dictatorial, con unos medios de comunicación volcados en difundir la versión oficial como la única verdadera. Al igual que la novela, la trama se desarrolla en Inglaterra, si bien el momento temporal escogido es aproximadamente tres décadas posterior: 1997 y 98 en el cómic, sobre 2030 en la película. Las grandes potencias están destruidas o al borde del colapso en esos momentos, y el fascismo se ha impuesto como respuesta al desorden social imperante.

Las Wachowski se centraron en la producción y en el guion, y dejaron la dirección a James McTeigue, anterior ayudante de dirección en la trilogía de Matrix y en El ataque de los clones. El diseño de producción me parece muy logrado, consigue crear un Londres inquietante, oscuro, decadente, y una galería de V tan sugerente como la del propio libro. Otros decorados como la celda, el campo de pruebas de Larkhill o el Metro también son grandes aciertos, no tanto todo lo que rodea al Líder Supremo y su comité de secuaces/sicarios. La película contó con un presupuesto de 54 millones de dólares, y todo, música, efectos especiales y de sonido, montaje, fotografía, encaja bastante bien.

El hecho de trasladar la historia de la época ultraconservadora de Thatcher en los ochenta a un hipotético futuro repleto de atentados y desórdenes hizo que el guion se tuviera que actualizar en varios de los puntos de la trama. No olvidemos que la película se rodó en 2005, poco tiempo después de los atentados del 11-S y casi de modo contemporáneo a los atentados terroristas en el Metro de Londres el 7 de julio de 2005. Quizás por eso hubo que «sobreexplicar» las motivaciones del terrorista o pintar al poder como un ejército de psicópatas, con objeto de que no pareciera que se estaba enalteciendo la figura de un activista (terrorista) que se dedicaba a volar edificios públicos como el Parlamento o el Palacio de Justicia.

La versión disgustó de manera notable a su creador, Alan Moore, que renegó de la misma hasta el punto de que su nombre no aparezca en los títulos de crédito. A mí me parece una buena versión/adaptación con innumerables aciertos y con otras decisiones controvertidas que no alteran lo sustancial de la trama. Lo mejor de la trama original de la novela gráfica permanece en la versión cinematográfica. Alan Moore despotricó de esta versión igual que lo hizo de la que Zach Snyder rodó de su Watchmen, o del mismo modo que discutió con las productoras, con las editoriales o con la mayoría de los dibujantes con los que ha trabajado a lo largo de su vida. No debe de ser un tipo sencillo.

Los actores

Por diferentes razones, no era sencillo escoger a los actores para dar vida a los personajes ideados por Moore y dibujados por Lloyd.

  • El personaje de Evey en el cómic tiene 16 años y Natalie Portman había cumplido 24 cuando rodó la película. La niña del libro tiene que prostituirse para sobrevivir y se marcha a vivir con un adulto cuarentón (o más) cuando sale del refugio de V, pero quizás elegir una actriz menor de edad habría sido delicado para la distribución de la película. Natalie Portman cumple con creces, resulta frágil cuando tiene que serlo, sensual si lo necesita, o madura cuando pasa su particular confinamiento. Un papel muy Portman, como los de León, el profesional, Beautiful Girls o como princesa Amidala.
  • V tenía como principal característica que su rostro no se ve en ningún momento, luego el actor escogido tendría que valerse solo de su voz para representar el papel. Hugo Weaving fue el seleccionado y pese a que el actor australiano vivía su mejor momento profesional tras interpretar al agente Smith de Matrix y al elfo Elrond en El señor de los anillos, tuvo que aceptar la imposición, eso sí, no de muy buen grado. Pero el personaje tiene tales líneas de diálogos para lucirse que lo borda, tanto en la versión original, como en el estupendo doblaje de Armando Carreras (el que siempre había asociado al personaje, hasta este último visionado).
  • El líder supremo Adam Susan, en la película convertido en Adam Sutler, quizás para asemejar el apellido al de Hitler, recae en John Hurt. Es inevitable encontrar el paralelismo del actor con su participación en 1984, la flojísima versión del clásico de George Orwell, con esas imágenes en pantalla gigante por toda la ciudad y las televisiones de los particulares. En 1984 interpretaba a Winston Smith, el trabajador que comienza a cuestionarse su propio pensamiento, mientras que en V muestra a un líder exagerado, pasado de rosca y poco, muy poco inteligente. Quizás esa mutación sea una de las peores decisiones de la versión de las Wachowski.
  • Conocí a Stephen Fry en Los amigos de Peter, donde interpretaba a un homosexual que había mantenido oculta su condición de tal durante toda su vida. La vida real del actor fue muy similar, puesto que escondió durante años su condición hasta que finalmente salió del armario. Como dice V en un momento de la trama, «yo no creo en las coincidencias», y Stephen Fry interpreta a la estrella de la televisión Gordon Deitrich, un homosexual que oculta su condición por temor a las represalias del partido en el poder. Muy bueno el rincón escondido de su casa.
  • Stephen Rea es el inspector de policía que encuentra a V, pero también el que desvela que detrás de los supuestos actos terroristas ocurridos años atrás estaba el propio partido del gobierno, los fascistas de Fuego Nórdico. Conocí a Rea por hacer de irlandés tristón en Juego de lágrimas, y luego lo vi en Michael Collins haciendo de irlandés tristón. Aquí hace de detective de policía. Irlandés y tristón, por supuesto.

El reparto lo completan otros actores como el redomado hijo de puta obispo pedófilo (Anthony James Lilliman), un exagerado Tim Piggott-Smith como Creedy, otro redomado hijo de puta, en este caso miembro de la policía secreta, y Roger Allam, como Prothero, el no menos redomado hijo de puta que es una de las principales caras visibles del partido en el poder. Alan Moore no deja títere con cabeza y se cuestiona todos los poderes del estado totalitario, también los manipuladores medios de comunicación.

«El pueblo no debería temer a sus gobernantes.

Los gobernantes deberían temer al pueblo».

Los cambios (alerta: spoiler)

Algunos cambios de la trama eran necesarios, como la supresión de los personajes alrededor del líder, que en el libro tienen mucho peso y no aportan a la idea principal sobre la lucha del estado fascista frente al «villano» libertador. El orden de las voladuras de los distintos edificios no es sustancial para el desarrollo de la trama y cumplen su función de manera brillante con la Obertura de Tchaikovski.

La modernización de la estética del campo de concentración me parece un acierto: los presos, en lugar de recordar a los judíos en cualquier campo nazi, nos transportan a los detenidos en Guantánamo, con su uniforme naranja y sometidos a todo tipo de vejaciones y torturas, como el ahogamiento intermitente. 2005, no conviene olvidarlo.

Dos de los mejores momentos del libro tienen una traslación casi perfecta a la película: el asesinato «poético» de la doctora Delia Surridge (literal, casi palabra por palabra, excepto el momento final en que V le muestra su rostro) y la lectura de la carta en papel higiénico de la prisionera de la celda IV, Valerie. La película añade un matiz que he comprobado que no está en el original:

«Recuerdo que las palabras comenzaron a cambiar. Palabras desconocidas como colateral y entrega se volvieron aterradoras». «Recuerdo que diferente pasó a significar peligroso».

Otros cambios, sin embargo, convencen menos. El ordenador que controla todo lo que ocurre en la ciudad, Destino, no aparece en la película. La parodia de programa de televisión sobre el líder Sutler con música de Benny Hill e imágenes aceleradas me resulta totalmente fuera de lugar. La supuesta relación romántica entre V y Evey es irrelevante: Evey se enamora de la idea, no de la persona tras la máscara. De los ideales, de las ganas de cambiar el mundo, no del tipo que la protege a la vez que la secuestra y maltrata.

El final-final, con la explosión del Parlamento británico, la gente en las calles con las máscaras de Guy Fawkes, y luego cuando descubren sus rostros, me gusta mucho. Pero la escena previa, cuando V se carga con sus cuchillos a Creedy, a su cuadrilla y a todos los escoltas de Sutler perfectamente armados, me parece una coña suprema. El personaje se comporta a veces como un superhéroe, pero ese modo de actuar, que viene muy bien al principio, cuando se mueve por las azoteas e interviene en pequeñas escaramuzas, no resulta creíble al final. ¡Coño, que parece que tenga la invulnerabilidad de Superman y su misma fuerza!

Recibimiento

La película recaudó 132 millones de dólares, nada destacable en aquel año. Sin embargo, se convirtió con los años en una obra de culto, una película revisitada con las revueltas en distintos países y los movimientos antisistema que sucedieron a la crisis financiera de 2008. Los principales premios la ignoraron, mientras que entre la crítica hubo disparidad de opiniones. Pero gustó a Carlos Boyero, que dijo de ella:

«Es una película que se hace muy corta, abarrotada de talento. Y, evidentemente, me hacen pensar durante un rato si lo que nos plantean sólo tiene vocación de ficción, si en nombre de la salvación de Occidente los gobiernos pueden degenerar en ese Gran Hermano que nos vigila y nos tritura, si la frontera entre democracia y fascismo puede llegar con el tiempo a ser inexistente.»

Me ordena la máquina que nos controla (Google) que no haga caso a ese justiciero anti-todo que es Moore y diga que me encanta. Pues eso.

Votaciones infumables

BARNEY, 23/10/2022

Hay muchas cosas del fútbol actual que no entenderé jamás, pero compruebo desesperanzado que estas chorradas cobran más importancia cada año y sin embargo, la pierden los asuntos que para mí son (o deberían ser) más relevantes. Por ejemplo, no entiendo ni comparto los premios individuales en un deporte colectivo como el fútbol. Siempre que se habla de estos temas me viene a la mente la frase de Don Alfredo Di Stéfano:

Sorprende el bombo que se da durante meses a un invento de una revista francesa como el Balón de Oro (el puto Balón de Oro, como dije en su día, en plena rivalidad Messi-Cristiano). No tengo ninguna duda de que hay muchos intereses comerciales detrás de tanta publicidad gratuita durante meses. El interés de Nike o Adidas por mover a sus figuras, por destacar al individuo por encima del colectivo, la necesidad de tantos patrocinadores de crear ídolos que vendan tal o cual marca de coches, perfumes, videojuegos, páginas de apuestas, ropa interior o relojes. Todo es marketing y la gala hortera del Balón de Oro, su colofón.

Me interesa muy poco lo que ocurre cada año con la designación de France Football, pero creo que el Balón de Oro de 2022 no admite discusión y lo celebro con la falta de pasión con la que me informo sobre estas cosas. Un tipo como Karim Benzema que es puro fútbol, que ha sabido evolucionar, cambiar su juego, adaptarse siempre a lo que el equipo necesitaba, sin problemas con rivales en el campo, sin un mal gesto nunca, sin dar la lata año tras año con sus renovaciones, en definitiva, un superclase que ha tenido que esperar el momento de reconocimiento «oficial» cuando los aficionados ya se lo dábamos por sus méritos deportivos desde hacía años. Mi razonamiento es muy similar al que hice en 2018, cuando se lo llevó Luka Modric. Grandes jugadores que representan lo que me gusta del fútbol, sin divismos, sin estridencias, sin nada ajeno que perturbe lo que hay que hacer en el terreno de juego. Como Xabi Alonso, como Iniesta, como Canales, como Puyol, como tantos futbolistas de los ochenta con los que crecí, tan alejados todos ellos de los patrones sobreactuados actuales.

Pero la soplapollez de estos premios es tan grande que uno no sabe ni qué es lo que se premia, ni si los que votan lo hacen de manera desinteresada o atendiendo a sus sponsors, o si se premia una temporada, la calidad del jugador o el momento puntual. El Balón de Oro es un premio que en su momento ganaron Igor Belanov, Cannavaro, Mathias Sammer o Michael Owen, luego está claro que no se elige al mejor futbolista. Y si se elige por los triunfos de sus respectivos equipos o selecciones en el año, como se justificó con los mencionados, podrían haberlo ganado Roberto Carlos (Mundial y Champions en 2002), Varane (Mundial y Champions en 2018), o (aquí risas) Khedira en 2014 y Karembeu en 1998 por idéntico doblete.

Este año Sadio Mané ha quedado en segundo lugar por su temporada con el Liverpool y por haberse llevado la Copa África con Senegal, pero cualquiera que sepa mínimamente de fútbol entenderá que es una broma que el belga Kevin De Bruyne quede por detrás de él. Según entiendo yo el fútbol, solo hay un jugador que haya podido competir con Benzema en cuanto a su importancia para alcanzar los títulos de Liga y Champions: Thibaut Courtois, solo séptimo. O Vinícius, votado en octavo lugar, por detrás de Salah o Mbappé. Todo es una broma que parece dirigida.

En Estados Unidos el deporte profesional está hiper profesionalizado, como todo, y las votaciones para el MVP de la temporada o los playoffs no suelen deparar los desaguisados de cualquier votación que se haga en Europa, donde siempre queda un tufillo de sospecha. Este año, sin ir más lejos, se ha dado un premio como mejor club del año al Manchester City. Y como segundo, al Liverpool. El Real Madrid que se cepilló a ambos (jo, jo, jo) ha quedado (juas, juas, juas) tercero. Lo justificaron con argumentos peregrinos como que se valoraban otros aspectos, incluido el rendimiento de la sección femenina. Claro, claro, quizás olvidaron que también en la Champions femenina el Real Madrid eliminó a las féminas del City.

Luego llegan premios como el Kopa al mejor jugador joven y te enteras de que se lo ha llevado Gavi, el leñero más rápido de Europa. El Kopa del año pasado fue para Pedri. Sin desmerecer el juego de ambos (creo que el canario sí va a resultar en un gran jugador, aunque ahora mismo su fama en la prensa supera su aportación en el terreno de juego), me parece que hay talentos jóvenes que ya han sido más importantes en sus clubes que ambos jugadores del Barça. Jude Bellingham, Musiala, incluso Camavinga fue fundamental para la última Champions, mientras que los dos culés no aportaron gran cosa en un equipo que lleva tiempo bordeando la mediocridad. Pero la mejor prueba del cachondeo de estos premios es que entre los 30 seleccionados estuvo Ansu Fati. Para mí, el mayor talento que ha salido de la cantera del Barça estos últimos años, pero el caso es que estuvo todo el año lesionado, luego insisto, ¿qué se premia aquí? O más bien, ¿quién premia aquí? ¿Tiene algo que ver el patrocinio de socios.com, la empresa que mantiene negocios con el Barça y con Jaume Roures?

Socios.com, uno de los patrocinadores de la gala, celebra los premios a algunos de los clubes con los que colabora, el Barça y el City. Es el cachondeo de las votaciones, aunque el récord se lo lleva esta semana la revista FourFourTwo, que ha seleccionado a Xavi Hernández entre los 15 mejores entrenadores del mundo. Ya saben, Guardiola, Ancelotti, Klopp, Tuchel y también Xavi Hernández, que tiene una marca mucho peor que la de Koeman en sus primeros cincuenta partidos en el banquillo del Barça. Son unos genios del relato. Pero luego se pone el balón en juego y resulta que el equipo que tiene (según estas votaciones) al mejor delantero de Europa, a los dos mejores jóvenes y a uno de los 15 mejores entrenadores del mundo, no es capaz de ganar a los peores Inter y Bayern de los últimos años. Peligra pasar la primera fase de la Champions por segundo año consecutivo, pero, oye, si los expertos nos dicen que son los mejores, pues habremos de creerlo.

En fin, cuánto tiempo perdido en estas chorradas, yo mismo acabo de hacerlo. Por fortuna luego empieza un partido y aparece un tío como Fede Valverde. Inagotable, con capacidad de pase en corto y largo, capaz de romper líneas como pocos y con un disparo letal. ¿A ver cómo quedó en la votación para el Balón de Oro? Mmmmhhh…. no lo encuentro. ¡Coño, dicen «los que saben» que ni entre los treinta primeros!

Pues nada, que sigan a lo suyo, promocionando a los jóvenes de otros equipos y criticando a Vinícius, Rodrygo y Militao, o ignorando a Valverde, Mendy, Tchouaméni y Camavinga. El futuro del Real Madrid pinta muy bien en lo deportivo, que es lo que nos importa a los que nos gusta el fútbol, y no los premios. Solo así, acertando con los jóvenes, se podrá competir con los jeques del City o el Qatar Saint Germain. Por cierto, queda menos de un mes para el arranque de ese vergonzoso Mundial de Catar en mitad de las competiciones nacionales y continentales. La segunda parte de la temporada se prevé más que complicada para todos los equipos. Enhorabuena a los dirigentes de la FIFA por su plan de pensiones. Si entre sus planes está acabar con el fútbol que nos gusta a tantos, van por buen camino.

Populismo tributario (II): Papá Estado

JOSEAN, 15/10/2022

Como comenté en la primera parte, la recaudación tributaria del Estado está superando su propio récord de 2021 y si se cumplen las previsiones, en 2023 la cifra se verá nuevamente incrementada. Sin embargo, se da la nada curiosa circunstancia de que el déficit público no se reduce. Se estima que este año cerrará en cifras cercanas al 5,3% previsto, una décima más según el FMI, o siete décimas menos según el Consejo General de Economistas de España, pero en cualquier caso, muy lejos del tres por ciento marcado en el Pacto de Estabilidad de la Unión Europea:

Como no puede ser de otra manera, la deuda pública continúa su vertiginosa escalada y se sitúa ya en los 1,5 billones de euros, en el entorno del 120% del PIB (Fuente: Expansión):

Que digo yo (y tantos otros) que si el problema no será de contención de gastos, en lugar de seguir incrementando los ingresos por la vía de los impuestos. Siempre que se plantea este debate, surge la respuesta: «quieren recortar en sanidad y educación». Pues no, la verdad es que la sanidad y la educación se deterioran año tras año por desgracia, pero el debate (al menos en mi caso) no va por ahí.

Lo primero que ha hecho este gobierno con el fuerte incremento de la recaudación tributaria ha sido presentar unos Presupuestos Generales para 2023 que prevén una subida de las pensiones del 8,5 por ciento. Tampoco tengo nada que objetar, y eso que el pago de las pensiones supone, con una enorme diferencia, el grueso del reparto del gasto público. Bastante han currado ya los pensionistas a lo largo de toda su carrera como para que se vean afectados ahora por la inflación (está por solucionar la actualización de las pensiones no contributivas, para evitar ese deterioro). En cualquier caso, me temo que la Unión Europea sí tendrá algo que decir con esta subida prevista y a lo mejor es parte de la estrategia del actual gobierno: nosotros subimos las pensiones, pero Europa nos obliga a retocarlas. Recomiendo esta infografía y el enlace de Civio.es para entender mejor en qué se gastan los impuestos:

La Unión Europea lleva años exigiendo tres reformas a España: la laboral, la fiscal y la del sistema de pensiones. La primera se realizó hace unos meses, con un efecto más de maquillaje que de impacto real. La segunda ha ido siempre en la misma línea de subir los impuestos a las empresas y las clases medias por el lado de los ingresos, crear nuevos impuestos y no actuar sobre el gasto. En cuanto a la tercera, ningún gobierno se atreve a actuar sobre las pensiones porque es una patata caliente de difícil resolución. Con la aprobación de los Fondos Next Generation se insistió en la necesidad de esta reforma, más necesaria que nunca como puede apreciarse cada vez que se publican las cifras sobre el envejecimiento de la población (Fuente: Newtral):

Pero ya llegará ese momento. De momento y para contrarrestarlo, el gobierno ha aprobado una nueva subida de las cotizaciones sociales para las empresas, del 8,6% para los tramos más altos, aparte del incremento previsto por el recargo del Mecanismo de Equidad Intergeneracional. Con todas estas medidas, el gobierno prevé obtener 152.075 millones de euros, 11.814 más que en 2022. Más recaudación detraída de las empresas, pero el gasto sigue sin ajustarse. El problema es que las empresas están ya muy tocadas, como se aprecia en numerosas noticias que leemos estos días, como que la cifra de concursos de acreedores alcanza un nuevo récord o que las empresas del Ibex hayan perdido valor por 96.000 millones de euros en estos últimos cinco meses.

Ya sé que en este debate populista, el Ibex representa el Mal con mayúsculas, el gran capital y las empresas explotadoras, pero es un error mayúsculo no contar con un tejido empresarial fuerte y solvente, y en un país en el que más del noventa y nueve por ciento de las empresas son pymes, tampoco es que estas se encuentren en una situación boyante. Eso de que las empresas pueden aguantarlo y reducir sus beneficios es una falacia: la subida de las cotizaciones, la reforma laboral, el incremento del SMI, el impuesto de Sociedades… Más empresas zombis y menos gacelas, como ya comenté hace tiempo. El emprendedor de este país es un héroe. Hay estadísticas que preocupan, como la que leía recientemente que indica que se produce la mayor brecha entre los salarios públicos y los privados de los últimos quince años. O que las nóminas de los empleados públicos hayan crecido un 34% en ese período, mientras que las del resto de asalariados lo ha hecho solo en un 25,9%.

El sistema no es sostenible y aunque haya quien diga que es «el chocolate del loro», hay muchas partidas en las que urge meter las tijeras. En El gran despilfarro ya me harté de criticar el despelote estatal y autonómico, con cientos de diputados, asesores y cargos de confianza que hacían que economistas como José María Gay de Liébana plantearan que era mejor que nos intervinieran ya desde Europa.

Hace poco leí que la ruptura del acuerdo del gobierno catalán entre Esquerra y Junts suponía para estos últimos perder 20 millones de euros para sus 250 cargos relacionados con el Govern. Es una tomadura de pelo cuando ni siquiera es el partido que gobierna en Cataluña, ni el más votado. 250 tíos. Y tías, seamos inclusivos. 20 millones de euros.

Pero ocurre en todos los organismos públicos. El sueldo de muchos de estos cargos es desorbitado y cuesta mucho renunciar a él. Solo así entiendo el aguante de los miembros de Unidas Podemos ante los desplantes continuos por parte de Pedro Sánchez, que sabe que van a tolerarlo todo porque dentro de un año no van a contar con los suculentos salarios de los que disfrutan en la actualidad. Cataluña es solo una de las comunidades autónomas, pero en casi todas ellas el descontrol de gasto es similar. Consejerías de la nada, televisiones deficitarias solo para el autobombo, chiringuitos de todo signo… E insisto, como la recaudación va como un tiro, pues a repartir billetes: se mantiene la gratuidad de los trenes de cercanías para lo que queda de 2022 y todo 2023, se prorroga el bono cultural para los jóvenes, se incrementa el presupuesto del Ministerio de Igualdad por encima de los de Sanidad y Educación (casi un 10%), se incrementan las subvenciones a los sindicatos hasta su nivel más alto en trece años…

Ya sé que son «solo» 13 millones, la nada al lado de los 200.000 millones de las pensiones, pero urge meterle mano a determinado gasto público. Este incremento de la subvención es una compra de silencio igual que la que se ha realizado con diversos medios de comunicación. El sueldo de los empleados públicos subirá un 3,5%, el de Pedro Sánchez y sus ministros un 4% y muchos empresarios sufrirán para subirlos en esas cifras. Pero «el empresario lo aguanta todo» y le piden que ajuste sus salarios a la inflación y no lo traslade al precio de sus servicios y productos.

El Instituto de Estudios Económicos publicó hace unos meses el Informe Por una eficiencia del gasto público en España, en el que afirmaba que nuestro país ocupa el puesto 29 de un total de 37 analizados en lo que a eficiencia del gasto público se refiere.

O lo que resulta más sangrante de su análisis, «se estima que España podría reducir su gasto público en un 14% y seguir ofreciendo el mismo nivel de servicios públicos si lograra mejorar su eficiencia hasta alcanzar niveles similares a los de la media de la OCDE. Ello supondría un ahorro de recursos del orden de unos 60.000 millones de euros, aunque podría ser mayor en la actualidad…». Esa cifra de ahorro teórico de 60 a 70.000 millones de euros la he escuchado en algunas tertulias y sin duda será cuestionable, pero parece obvio que el gasto no está siendo eficiente ni eficaz.

En primer lugar, si uno de sus objetivos era frenar la desigualdad, el debate de «ricos y pobres» del que hablaba en la primera parte, no lo está consiguiendo: la desigualdad está en su peor nivel desde 2016. El 44 por ciento de la población vive al límite, el 21 por ciento no llega a fin de mes y un 27,8 por ciento (me parece una barbaridad, si el dato es cierto) está en riesgo de exclusión.

Y en segundo lugar, si siguen apretando a las empresas, estas van a seguir cayendo o teniendo serias dificultades, más con las inminentes subidas de tipos. O van a tener que renunciar a presentarse a contratos con las Administraciones Públicas, contratos importantes que en otros tiempos habrían resultado de interés. Más de 100 contratos para los que hay fondos europeos del plan Next Generation han quedado desiertos en los últimos meses ante la falta de empresas para ejecutarlos. A ver quién es el valiente que se atreve a contratar en un entorno de subidas de precios de los materiales del 20-50 por ciento, costes laborales, suministros y tipos de interés en el que el Estado te dice además que no va a haber revisión de precios (o que va a ser ridícula).

Es una pena, porque la colaboración público-privada de manera eficiente es fundamental para el progreso de cualquier país, para que la maquinaria no se pare, haya trabajo, crecimiento del PIB y como consecuencia, mejores servicios para todos. El Estado ayuda poco, ahí están organismos como la CNMC, a la que he dedicado tres textos por el daño que causan, o leyes como la de desindexación (aprobada por el gobierno de Mariano Rajoy, que nadie piense que los palos son solo para el gobierno actual). Merece la pena que le dedique un post a este despropósito aprobado en 2015.

Hace tiempo en una conferencia escuché una frase que me pareció brillante (no recuerdo al autor, que me disculpe): «el empresario tiene derecho a no arruinarse». Y estoy de acuerdo. Pero parece que Papá Estado prefiere recaudar y distribuir los fondos a su manera. No quiero concluir sin un dato que considero relevante. Los Presupuestos Generales del Estado 2023 se han realizado con unos ingresos basados en una estimación de crecimiento del 2,1%. El Banco de España ha recortado esa previsión al 1,4 por ciento, y el FMI la ha dejado en el 1,2 por ciento.

Pero no nos preocupemos por las estimaciones, que si bien es muy posible que la de ingresos no se cumpla, tenemos la certeza de que sí lo hará la del gasto.

Populismo tributario (I): hombre rico, hombre pobre

JOSEAN, 02/10/2022

A mediados de los setenta, una serie arrasó en las pantallas de medio mundo, Hombre rico, hombre pobre. La trama giraba alrededor de los hermanos Jordache, Rudy y Tom, interpretados respectivamente por Peter Strauss y Nick Nolte. Ambos tuvieron las mismas oportunidades y mientras uno (Strauss) progresó hasta llegar a ser un ciudadano respetable y fue nombrado alcalde y senador, el segundo (Nolte) se convirtió en un bala perdida, pendenciero, borrachín y antisistema. Y sin embargo, por la razón que fuera resultaba más sencillo empatizar con Tom por su nobleza y humanidad que con el recto, justo y espantosamente aburrido Rudy.

Me ha venido la serie a la cabeza porque no recordaba haber escuchado hablar tanto de «ricos» y «pobres» como en las últimas semanas, en estos tiempos en los que el PSOE y el PP se han lanzado abiertamente a un nuevo desencuentro, en esta ocasión con motivo de las propuestas de reforma fiscal que cada uno plantea.

Pedro Sánchez, durante la clausura del Foro de La Toja, declaró esta misma semana: «esta vez los más pudientes tienen que arrimar el hombro para sacar adelante el país».

La ministra de Hacienda María Jesús Montero calificó de «mal ejercicio de la autonomía fiscal» la supresión del impuesto de patrimonio en Andalucía «a los más ricos».

El presidente de la CEOE, Antonio Garamendi, dijo esta misma semana en el Foro Cita con El Mundo que le preocupa que «busquen las dos Españas y hablar de ricos y pobres». Antonio Maestre, por el contrario, soltó una de las perlas típicas de quien tiene un busto de Lenin en su despacho de trabajo y agitó su avispero particular:

Los ex presidentes de gobierno Felipe González y Mariano Rajoy reivindicaron en un encuentro reciente la conocida frase del antiguo primer ministro sueco Olof Palme: «gobernar es acabar con los pobres, no con los ricos».

Mariano y Felipe no son precisamente los ejemplos más adecuados para hablar de estos asuntos con sus roles actuales y pretéritos, pero en cualquier caso el debate debería ser mucho más serio que establecer una diferenciación entre «ricos apoyados por el PP» y «pobres protegidos por el PSOE». Sin embargo, lo que ocurre siempre en este país (y en los medios de incomunicación) es que nos quedamos en la superficie, en lo que diferencia o lo que divide a la sociedad en lugar de hacer una reflexión sobre los datos y las soluciones. Se aplican punto por punto las estrategias de manipulación mediática (simplificación del mensaje, utilización de la parte emocional por encima de la reflexiva, mantener al pueblo en la ignorancia y la mediocridad,…), una pena, puesto que vivimos en un país que cuenta (o contaba al menos) con una clase media pudiente, donde no tenemos (o teníamos) la diferencia tan exagerada que hay entre las élites y los salarios medios, y entre estos y los bajos como ocurre, por ejemplo, en tantos países de Sudamérica.

Lo cierto es que la inflación desbocada ha traído una cifra récord de recaudación para el Estado, tanto por los ingresos generados por el IVA (gracias al aumento de precios) como por el IRPF (la falta de actualización de las tablas), y este punto no admite una discusión populista sobre ricos y pobres. Los menos pudientes se han visto perjudicados por el incremento, de igual modo que la clase media y «los ricos», aunque estos lógicamente lo hayan sobrellevado sin las angustias de los primeros. Este ejercicio 2022 ha superado cada mes las cifras de ingresos de 2021, que ya fue un ejercicio récord en recaudación tributaria (Fuentes: Público y La Razón):

Parece que otro mantra repetido que está calando en la opinión es que el PP rebaja los impuestos, mientras que el PSOE los sube, o que bajar los impuestos es un exceso neoliberal y subirlos resulta progresista. Otra vez los blancos y los negros sin grises ni matices.

El PSOE de Zapatero subió el IVA en 2010 del 16 al 18 por ciento (y el reducido del 7% al 8%), y dicha medida, muy criticada por el PP, fue igualmente aplicada por Rajoy cuando subió este tipo del 18 al 21 (y el reducido del 8% al 10%). Con la inflación desbocada fue el Partido Popular quien propuso que se bajara el IVA de la electricidad y el gas. El IVA está catalogado como impuesto indirecto, si bien va directo al bolsillo del particular y tiene un carácter regresivo para el ciudadano, puesto que grava el consumo, también el de productos básicos.

El gobierno aplicó la bajada del IVA de la electricidad varios meses después de que se planteara la propuesta, pese al amplio margen que había obtenido con la recaudación, y desde el pasado 1 de octubre se aplica también en el gas, aunque con un carácter temporal de tres meses (me juego un brazo a que se ampliarán). El mismo gobierno que critica a los que proponen rebajar los impuestos redujo el Impuesto sobre el Valor de Producción de la Energía Eléctrica (IVPEE) y el Impuesto Especial sobre la Electricidad (IEE) en diciembre de 2021. Por cierto, el IVPEE fue creado en 2012 por el primer gobierno de Mariano Rajoy, uno de tantos inventos recaudatorios que generó inseguridad jurídica en el sector energético. Esta medida de «carácter temporal» fue prorrogada en marzo de 2022 y el plazo se ha ampliado recientemente por tres meses más.

Me cuesta entender los criterios para tomar estas decisiones, y la mayoría de las veces parecen fruto de la improvisación y no de un análisis de las cifras. Durante meses trataron de convencernos de que la Unión Europea no permitía la bajada del IVA de las mascarillas y luego se hizo de la noche a la mañana (Sí se puede. No se podía, pero ahora ya sí se puede). El PP ha presentado recientemente una propuesta para rebajar el IVA de los alimentos básicos, una queja del ciudadano común, también de «los pobres», por emplear el lenguaje, y curiosamente han sido sus teóricos defensores los que han rechazado la medida:

En cuanto al IRPF, una medida directa de apoyo a las familias podía ser la actualización anual de las tablas de Hacienda para el cálculo, pero esta solución transparente, efectiva y directa para las rentas de los asalariados no ha sido utilizada en los últimos años por los gobiernos de Sánchez ni de Rajoy. De Montoro a Montero con numerosos puntos en común en cuanto a política fiscal. Como en todo lo relacionado con el Impuesto de Sociedades. Cristóbal Montoro mentía cuando decía que las grandes empresas pagaban solo un siete por ciento de sus beneficios, se aplicó con esfuerzo en detraer tesorería a las empresas (incluso con un decretazo que fue considerado inconstitucional tres años más tarde) y María Jesús Montero continuó aplicando varias de las peores prácticas de su predecesor al frente del Ministerio (recuerden que Las grandes corporaciones son malas). Ahora plantea un nuevo atraco a la tesorería de las empresas con la limitación a la compensación de bases imponibles en los consolidados fiscales.

El debate es ideológico y no económico, y ese es el principal problema. Hay un exceso de recaudación y el gobierno afirma que lo está devolviendo a los ciudadanos con medidas como los veinte céntimos por litro de gasolina. Es una medida regresiva que sin duda favorece a «los ricos», aquellos que pueden pagar el litro indistintamente a 1,80 euros o a 2,00. Para «los pobres» que no pueden pagar a 1,80 euros el litro, o que tienen que privarse de otros bienes para hacerlo, esta ayuda resulta insuficiente. La «excepción ibérica», el tope al precio del gas, ha supuesto un ahorro de 17 euros de media a las familias, según la ministra, pero aquí juega nuevamente con el efecto distorsionador de las medias aritméticas. Es una medida que ha ahorrado más a los más pudientes.

En ese debate ideológico que ha comenzado, porque no olvidemos que en un año hay elecciones, algunos de los líderes regionales del Partido Popular se han descolgado con la propuesta de la eliminación del Impuesto de Patrimonio, una medida que favorece con claridad a esos «ricos», al 0,2 por ciento más pudiente. La guerra iniciada por Juanma Moreno tiene un impacto económico de unos 93 millones de euros para la Junta de Andalucía millones de euros (Fuente: El País). Lo que ocurre es que Andalucía, al contrario que Madrid, es una comunidad receptora de fondos, no contribuidora, y por tanto, preocuparse por ese 0,2 por ciento con mayores rentas no parece la medida más conveniente en este momento. Además, corremos el riesgo de entrar en una competencia en materia de tributos entre autonomías cuando en toda Europa se plantea una armonización fiscal.

En el Reino Unido la nueva primera ministra Liz Truss ha tenido que recular con su absurdo plan fiscal de rebajas drásticas a los más ricos unidas a un plan de gasto público desorbitado. Menos de una semana ha durado. El Nobel de Economía Paul Krugman dijo hace un año:

«Soy el mayor escéptico frente a los políticos que ven en la reducción de impuestos a los ricos la solución a todos los problemas. De hecho, la afirmación de que las rebajas de impuestos pueden hacer magia es un ejemplo buenísimo de idea zombi, una idea que se mantiene viva, a pesar de las pruebas abrumadoras en su contra, porque su supervivencia redunda en beneficio de los donantes ricos”.

El debate sobre el Impuesto del Patrimonio debería ser nacional, no regional, y no deja de resultar paradójico que lo planteen los partidos nacionalistas catalanes, los primeros impulsores de la autonomía fiscal hace décadas. El impuesto a las grandes fortunas con el que ha respondido el gobierno corre el riesgo de ser declarado inconstitucional, puesto que se trata de un impuesto cuya competencia fue cedida a las comunidades autónomas. En cualquier caso, parecen medidas sueltas e improvisadas, acción-reacción, y no resuelven los problemas de fondo, aparte de las complicaciones que generan. Todo este berenjenal nos trae de cabeza a los particulares, a los asalariados y (mucho) a los que nos deslomamos en los departamentos financieros o fiscales de las empresas.

En este debate ideológico sobre la actualización de las tablas fiscales del IRPF iniciado por el Partido Popular en regiones como Madrid y Andalucía (el País Vasco también, pero ellos siempre van por libre), al PSOE se le han rebelado algunos de sus barones: Ximo Puig en la Comunidad Valenciana y García Page en Castilla-La Mancha, si bien con una fórmula basada en las deducciones y no en la actualización de las tablas. Esta falta de criterio común me parece un despelote. La propuesta de la ministra María Jesús Montero sobre la reforma del IRPF parece incidir en la línea de apoyo a los más desfavorecidos (trabajadores con menos de 21.000 euros anuales de salario), pero no favorece a 12 millones de asalariados, como ha afirmado, sino solo a una tercera parte de los mismos (Fuente: ABC).

Y olvida de nuevo a la clase media, que es la verdadera paganini del IRPF. Centrar el debate en los tramos más altos y más bajos solo crea confusión en el debate, agita, que posiblemente sea lo que se busca. En un momento como el actual, con la recaudación en cifras récord, la duda que me queda es si de verdad se pretende ayudar a esa clase media o hundirla definitivamente.

Patxi López pronunció esta misma semana unas palabras que me asustaron: «“Esto que suele decir la derecha que el dinero donde mejor está es el bolsillo de la gente, es una falacia absoluta». Luego se publicó el sentido completo de la frase en RTVE, sin cortes, y mi estado de ánimo mejoró levemente, no mucho, pero algo. Hasta que escuché al presidente y su explicación. Es difícil no estar de acuerdo con el primer minuto y medio de este vídeo de Pedro Sánchez:

La última parte es la que me asusta y cabrea, la que habla de «las fracasadas recetas que proclaman que el dinero está mejor en el bolsillo de los ciudadanos». Claro, mejor así: Papá Estado recauda, y recauda más que nunca, y Papá Estado distribuirá por ti.

Continuará en Populismo tributario (II): Papá Estado.

Reflexiones a 120 por hora

LESTER, 12/09/2022

Hace años, casi cuatro décadas, viajábamos un par de veces al año con mi padre al volante desde Madrid hasta la Costa del Sol. Casi seiscientos kilómetros. En casa éramos ocho y viajábamos sin aire acondicionado, cinturones de seguridad, por supuesto que sin airbags, ABS, control de tracción o cualquier avance tecnológico en la conducción, sin tablets o móviles para entretenernos y por unas carreteras que en muchos tramos eran nacionales de doble sentido.

Hoy hago un recorrido similar entre tres y cuatro veces al año. Con un coche confortable y seguro, buena música, climatizador y todo el recorrido por autovía. Ha cambiado todo menos una cosa: el límite de velocidad. Los 120 kilómetros por hora son la barrera infranqueable desde tiempos inmemoriales, so pena de multazo, pérdida de puntos y hasta retirada de carnet.

Acabo de volver de unas vacaciones por el centro de Europa. He conducido por Holanda, Bélgica y Alemania, y cada uno tenía una normativa diferente de velocidad. Holanda y Bélgica cambiaban solo en lo relativo a la velocidad en ciudades y algunos tramos interurbanos. Buena parte de las autopistas holandesas tenían un límite de 100 km./h. entre las seis de la mañana y las siete de la tarde, y de 130 km./h. el resto del día. Las autopistas alemanas no tienen límite de velocidad durante muchos kilómetros. Quise pisarle al coche, pero al llegar a 160 me dijo mi mujer (mucho más juiciosa que yo, sin duda) que aflojara, que no era necesario probar el coche. Supo que íbamos a esa velocidad porque lo comenté en voz alta, porque lo cierto es que apenas se notaba la diferencia entre esa punta y los 120-130 a los que habitualmente nos movíamos. El coche de alquiler tenía todo tipo de elementos de seguridad: me corregía la trazada si no había puesto el intermitente, me frenaba el coche cuando iba con el control de crucero si estábamos a menos de cierta distancia del vehículo que nos precedía, avisaba de los coches que venían por ambos laterales con unas luces… “Podría echarme una siesta”, llegué a decir en un momento dado.

La verdad es que no abogo abiertamente por la ampliación del límite de velocidad, quizás porque la DGT nos ha bombardeado durante años con las consecuencias de la velocidad excesiva en la carretera, pero me genera dudas la conveniencia de mantener este límite. Por poner un ejemplo, ahora que hay tantos radares, ya sean visibles o camuflados, tardo casi media hora más en mi coche moderno y ultraseguro que hace veinte años al volante del Citroen BX al que pisaba todo lo que daba el motor. Llegaba con la espalda empapada por el calor, los oídos que me zumbaban por los ratos con la ventanilla bajada y cansancio. Una locura, seguro, no digo que no, pero tardaba media hora menos que en la actualidad. Y media hora menos en la carretera es media hora menos de peligro. Ahora mismo conducir un coche moderno una distancia de más de quinientos o seiscientos kilómetros tiene mucho de piloto automático de los aviones. No sacas una novela para leer durante el camino, pero la ciencia ya trabaja para que sea posible hacerlo en un plazo breve de tiempo.

La duda que tengo desde hace tiempo es: ¿la alta cifra de siniestralidad se debe al exceso de velocidad en las autovías y autopistas? Y creo que la mayoría responderemos que no. Las estadísticas indican que tres de cada cuatro accidentes mortales se dan en vías secundarias. Y ahí sí que influye el exceso de velocidad. Sin embargo, los radares de la Dirección General de Tráfico se concentran en las autovías y las autopistas, luego parece que prima la recaudación sobre la seguridad de los viajeros. Algunos radares son más peligrosos que dejar circular a doscientos por hora, porque obligan a todos los coches a frenar precipitadamente y los conocedores del radar de marras se lo saben y frenan, pero muchos de los que vienen por detrás se comen ese súbito parón. Supongo que eso no preocupa a los directores de la DGT, que, quizás, tengan un bonus por el número de multas que imponen.

Respecto a la preocupación por la seguridad, cada año se actualiza el estudio sobre los puntos negros existentes en las carreteras españolas y sistemáticamente salen los mismos lugares, los mismos cruces con poca visibilidad, tramos mal señalizados, asfaltados o peraltados en los que se concentran las tragedias. Pero leo muchas más noticias sobre la inversión en nuevos radares (de tramos, en helicópteros, móviles, etc…) que sobre las medidas correctoras que se van a implantar en los puntos negros para evitar todos esos accidentes.

Así que insisto: ¿debería revisarse el límite de velocidad en autopistas y autovías? En Alemania me adelantaron varios coches a más de doscientos kilómetros y no tuve sensación de riesgo. En España hay varias carreteras en las que los conductores se ponen muy por encima de la velocidad permitida, como en algunos tramos de autopistas de peaje. Una aberración cuando el resto de conductores circula a la velocidad permitida, o «apenas» 15-20 kilómetros por hora por encima. Lo que ves en Alemania es que los conductores tienen una educación al volante mucho más desarrollada que en España (y mejores carreteras por lo general). Los coches se organizan en función de la velocidad desde los carriles de la derecha hasta el central, que por lo general está vacío. Lo que no ves en estos países es a anormales adelantando por la derecha, la izquierda, cruzándose sin hueco o atravesándose por las carreteras sin la mínima distancia de seguridad.

La educación. Mucho más importante que el efecto coactivo de las sanciones. Igual que las jóvenes generaciones parecen haber aprendido a conducir sin alcohol en el cuerpo, al contrario que la nuestra, en la que se ponía en duda nuestra «masculinidad» por negarnos a conducir con varias copas de más, debería fomentarse la educación vial, la inteligencia al volante, el aprendizaje de determinados valores cuando te pones a los mandos de un artilugio que puede resultar mortal. Quizás de ese modo podría plantearse subir ese «soporífero» límite de velocidad.

Por cierto, recuerdo que el límite de velocidad sí se cambió una vez en épocas recientes. Concretamente, durante el gobierno de Zapatero, en 2011, cuando se rebajó de 120 kilómetros hora a 110 para fomentar el ahorro de combustible durante un período de pocos meses. Siempre pensé que alguien tenía un familiar que se dedicaba a la venta de señales temporales de tráfico. Sorprende que en los tiempos actuales de la «sostenibilidad» a toda costa y los planes de ahorro energético no se haya planteado. Quizás se deba a que en 2011 el precio de la gasolina estaba a un prohibitivo 1,30 euros/litro y la inflación se había desbocado a un insoportable 2,4 por ciento

Cosas que vosotros no creeríais

BARNEY, 18/09/2022

Desde el pasado viernes, desde el preciso instante en el que se señaló el final del partido de semifinales entre España y Alemania del Eurobasket en Berlín, he leído y escuchado varias veces que si España consigue este título será una de las hazañas más impensables de nuestro deporte, o del deporte mundial en general. La verdad es que no estoy de acuerdo, pero vivimos en los tiempos de la hipérbole y la exageración periodística, no sé si como un modo de atraer la atención o por la propia ignorancia de la prensa. Lo cierto es que yo también creía que esta selección iba a tener un campeonato de transición, a caballo entre los «juniors de oro» y sus dos décadas de éxitos y los jóvenes que comienzan a despuntar en categorías inferiores, pero hablamos de un equipo de Sergio Scariolo. De una selección que ya ha dado sobradas muestras de poder competir en cualquier situación. Para mí fue más sorprendente que se hiciera con el Mundial de 2019, por ejemplo. Mundial, con Estados Unidos, Argentina, Australia y todas las potencias europeas. Sin nuestro mejor jugador de siempre, Pau Gasol. Con Víctor Claver en el quinteto titular (jamás pensé que rendiría al nivel que Scariolo fue capaz de sacar de él).

Sergio Scariolo sabe sacar petróleo de sus equipos, da igual las armas con las que cuente que él se adapta. Ya lo hizo con aquella selección de 2019 que apabulló a Argentina en la final tras haber sembrado dudas en la fase previa o haber estado a un tiro libre de la eliminación en semis frente a Australia. También logró sacar el máximo a la plantilla para eliminar a Francia en el Eurobasket disputado en suelo galo en 2015, en la que posiblemente sea la mejor actuación de Pau Gasol de toda su carrera (40 puntazos frente a Gobert y compañía). Aunque para mí Sergio Scariolo siempre estará en mi lista de entrenadores top de baloncesto por la Liga ACB del año 2000, la que se conquistó en el Palau con un equipo que, según comparaba plantillas, me parecía de peor nivel que el Barça. Fue un gran día de Sasha Djordjevic, pero también de Alberto Angulo, Lucio Angulo o jugadores muy normalitos como Struelens o Brent Scott. Ese es Scariolo. Y aquel día se vio también quién era Nacho Rodríguez, un tipo mal deportista, desagradable y maleducado, «valors» suficientes para terminar colocado como delegado de la sección de baloncesto del club azulgrana.

Pero hablábamos de las grandes sorpresas del mundo del deporte, de esas «cosas que vosotros no creeríais» si no os las contaran, pero que ocurrieron, porque el deporte es impredecible y ojalá siga siéndolo, desafiando las predicciones del Big Data como Rafa Nadal o el Real Madrid han hecho en este 2022. En el mundo del fútbol voy a destacar algunos triunfos de los que más me descolocaron en su momento:

  • El triunfo de Grecia en la Eurocopa de 2004. Vi los tres partidos de eliminatorias, saldados por 1-0 frente a Alemania, la República Checa y Portugal, y es inconcebible que los helenos pudieran llevarse aquel torneo con una defensa cerrada y acertando en la única ocasión de la que disponían por encuentro. Pero ocurrió. Hay quien critica que España ganara su único Mundial tras eliminar 1-0 a Portugal, Paraguay, Alemania y Holanda de manera consecutiva, pero España venía de ser campeona de Europa y fue mejor en todos y cada uno de los partidos. Un portero en trance, una muy buena defensa, un centro del campo en el mejor momento de sus carreras y un Villa sobresaliente. Si no hubo más goles fue por el empeño de Del Bosque en jugar con uno menos (Fernando Torres).
  • Dinamarca en la Eurocopa de 1992. Una maravilla. Una de esos sucesos extraños que ocurren muy de vez en cuando y descolocan muchos de los mitos creados alrededor del fútbol, como el de las concentraciones previas a los campeonatos. Dinamarca fue invitada para sustituir a Yugoslavia, apartada por el conflicto de los Balcanes y en apenas una semana se presentó con un equipo destinado a ser comparsa y desaparecer rápido. A la hazaña de Schmeichel, Vilfort, Brian Laudrup y compañía está dedicado el relato El bigote de Kim.
  • Algunos títulos de Champions como el del Oporto de Mourinho en 2004 o el del PSV en 1988 están entre los más sorprendentes de entre los que he visto. El PSV no ganó ni uno de sus partidos de cuartos, semifinales y final, pero logró el título. La semifinal frente al Madrid está en mi listado de las derrotas más dolorosas que recuerdo. Pero aun siendo sorprendentes, creo que pocos títulos lo fueron más que el del Steaua de Bucarest en Sevilla (1986), y quizás más viendo el desarrollo del partido, con el Barça marrando uno tras otro los cuatro penaltis de que dispuso.
  • En un partido puede pasar de todo, pero lo que no resultó ni medio normal fue el título del Leicester en la Premier League 2015-16. Las casas de apuestas pronosticaban un 5.000 a 1 por su victoria, es decir, nadie esperaba que se mantuvieran en lo más alto de la clasificación al finalizar el campeonato. Pero los jugadores de Claudio Ranieri lo hicieron. Muchos de ellos tenían ya muchas vueltas dadas en el mundo del fútbol sin destacar de manera especial (Vardy, Schmeichel Jr., que siguió a su padre en esto de los sorpresones del deporte) y otros fueron estrellas con posterioridad (Mahrez, Kanté), pero se juntaron en la mejor temporada de sus vidas, generaron la confianza necesaria y lograron un título imposible. Seguramente irrepetible en décadas.

Otros deportes como el tenis han vivido momentos fugaces de algunos deportistas, sorpresas inesperadas que los han llevado a grandes triunfos, como el de un Michael Chang de 17 años en Roland Garros. Su único Grand Slam en un cuadro en el que nadie lo conocía al inicio del torneo. Algo parecido al primer título de Mats Wilander, un sorpresón en su momento, con la diferencia de que el sueco consolidó una gran carrera con posterioridad.

Algunas de estas hazañas resultan tan inesperadas que son muy propicias para una película. La victoria de los norteamericanos sobre los «invencibles» jugadores de hockey sobre hielo de la URSS en los Juegos Olímpicos de Lake Placid (1980) dieron lugar a la película Milagro en el hielo (MIracle on ice). El partido se celebró unos meses antes del boicot de los norteamericanos a los Juegos de Moscú, luego a la tensión del partido se añadió la guerra fría latente entre ambos países. Los rusos también tienen una película sobre su particular hazaña frente a los norteamericanos: Tres segundos. Una peli que cuenta la primera derrota de los Estados Unidos en un partido en los Juegos Olímpicos, en Múnich 72, tras un controvertido final que hubo que reanudar. Por tres segundos, los suficientes para que Belov anotara la canasta que cambió buena parte de la historia de este deporte.

Aunque en un post sobre hazañas del deporte que concluye con la gran pantalla, no podía faltar Invictus. Clint Eastwood a los mandos, Morgan Freeman como Nelson Mandela, Matt Damon como el capitán Pienaar y la conjunción de un equipo en busca de un objetivo común: la victoria. Igual que en aquella película el argumento deportivo giraba sobre cómo frenar el terrible poderío rival, con el temible Jonah Lomu al frente, los de Scariolo hoy tendrán que comenzar a trabajar en defensa, como han hecho durante todo el campeonato. Defensa, defensa y defensa. Equipo, equipo y equipo. Como en 2019. Como el Madrid en el Palau. Sin estrellas. Pero con todos sumando para obtener el triunfo. Vamos a por los franceses.

Miramientos de y sobre Marías

LESTER, 14/09/2022

El pasado domingo falleció de manera inesperada el escritor madrileño Javier Marías a los setenta años de edad. Ya se ha glosado su figura de manera conveniente estos días, incluso con obituarios del estilo de los que el propio Marías aborrecía, así que no voy a extenderme mucho más sobre su figura. Más que sus novelas (algunas excelentes, otras me resultaron soporíferas) o sus relatos (me encantan incluso los que reconoce que escribió por encargo), me gustaba su manera de escribir, de razonar o de envolverte en sus pensamientos, lo que se apreciaba de manera especial en muchos de sus artículos y entrevistas. Un tipo con las ideas claras, con muchas de las cuales no coincidía, pero que explicaba con convicción y sin ánimo de que el que lo escuchara fuera a cambiar de opinión. Así pienso, así lo creo y con esa rotundidad lo expreso. Todo ello con una educación exquisita y un manejo del lenguaje impropio de la época actual. Era de esos pocos escritores que podían hablar de lo que quisieran con plena libertad, sin necesidad de rendir cuentas a nadie, sin plegarse a exigencias editoriales o a correcciones políticas que odiaba. Como su amigo Arturo Pérez-Reverte y pocos más en España. Ni que decir tiene que ambos fueron elevados a la categoría de «pollaviejas» por cierta «modernez», palabras estas, las entrecomilladas, que seguro que deleitan a Don Arturo, pero que Don Javier probablemente detestaría.

He rescatado una recopilación de retratos de escritores en lengua hispana titulada Miramientos, en la que Javier Marías se obligaba a escribir sobre una foto de los autores fotografiados con «la única condición que me impuse para la elección de los retratados fue que no entrara gente cuyo aspecto me resultara antipático o desagradable (no me tientan las invectivas, y ya nos caen demasiadas), ni de la que tuviera tan mala opinión personal o literaria que pudiera influirme a la hora de describir y comentar su rostro». «En ningún caso se habla de otra cosa que de eso, de los rostros y actitudes: ni de las vidas ni de las obras».

Con esta premisa, Valle-Inclán «hoy nos recuerda a un rabino con su sombrero blando», Borges «nunca fue joven o esa impresión nos ha quedado» y la mirada de Pablo Neruda «se ve estrábica malamente y no puede ser diáfana, pero es que además denota maquinación y resentimiento». Juan Benet, Eduardo Mendoza, Victoria Ocampo y así hasta quince escritores. Como Guillermo Cabrera Infante de joven, «un joven lo bastante respetuoso para llevar corbata en una década que no apreciaba el respeto, los sesenta, y lo bastante desenfadado para llevarla floja, con el botón alto de la camisa desabrochado». Es inevitable incumplir el requisito de partida, puesto que el conocimiento del escritor retratado por parte de Marías se advierte en la descripción de la fotografía, pero seguramente este hecho enriquece la divagación.

Con todo ello se me ha ocurrido hacer lo más osado que jamás hice en este blog: escribir mi propio Miramiento sobre una foto de Javier Marías. Concretamente utilizaré la de la fotografía empleada en La Galerna en el homenaje Mañana en el partido piensa en mí, escrito por Jesús Bengoechea, un magnífico recuerdo del autor, de su afición al fútbol y al Real Madrid, como demostró en una larga entrevista en la misma web. Allá vamos.

No he querido saber, pero he sabido que el autor fotografiado, cuando ya no era joven y no hacía mucho que había regresado a su despacho de trabajo, puso una nueva cuartilla en su máquina de escribir, releyó las notas manuscritas los días previos, sacó un nuevo cigarrillo y buscó que el fotógrafo hiciera coincidir la punta del mismo con el centro geométrico del retrato. No lo he comprobado, pero estoy seguro de que si trazara las diagonales del marco invisible de la foto, se cruzarían en el extremo del cigarro que parece aún no encendido. Sin duda esta actitud muestra no solo cierta rebeldía por parte del autor al resaltar el proscrito tabaco, como si quisiera lanzar el mensaje de que cuanto más lo prohíban, con más denuedo se dejará mostrar fumando, sino además un refinado gusto por la escenografía y la composición cinematográfica. La foto tiene algo de Kubrick sin tener nada que ver con Kubrick. Líneas rectas, paralelismos, simetrías, profundidad de campo y el personaje en el centro de la acción, incluso cuando no hay acción.

Nadie piensa nunca que pueda ir a encontrarse con la noticia de la muerte del autor cuyos textos visitaba con frecuencia y que ya no verá más su rostro en medios cuyo nombre recuerda. La frente despejada del escritor, las pronunciadas entradas, denotan una cierta edad difícil de discernir, y en su modo de peinarse hacia atrás se advierte una despreocupada coquetería, como la de quien finge no preocuparse en exceso por su aspecto, pero a la par quiere mostrar la mejor imagen posible. No me arreglo mucho porque no soy ningún galán de época, ni aspiro a nada remotamente parecido, pero por otro lado me agrada agradar, mostrar el rostro de aquel que fue, pero ya no será.

La máquina de escribir en estos tiempos modernos de los ordenadores, las tablets y los móviles abunda en la sensación de rebeldía, desprende un aroma clásico de escritor de época, del que aprendió un único modo de hacer las cosas y no quiso saber de los avances que la tecnología podía procurarle. Lo mismo sucede con los libros, tanto los situados en las estanterías del fondo de la foto como los apilados sobre la mesa. Parecen dispuestos de tal modo para una consulta rápida, breve, algunos de ellos con marcapáginas, quizás para rescatar una frase, un hecho anclado vagamente en la memoria, un artificio literario de algún autor lejano, o quién sabe si el significado preciso de una palabra en otra lengua, detalle propio del trabajo de un traductor. Los matices, la semántica inexacta, el uso correcto de las palabras para cuando llegue el momento de plasmarlas en la cuartilla. Acudir a la fuente y no a un buscador de Internet que podrá dar más respuestas y sin lugar a dudas con mayor rapidez, pero jamás con la precisión requerida por el autor.

La elección del entorno no es fortuita, pues pocas veces una decisión no es deliberada y en mayor medida lo es si de ese escenario escogido dependerán las conclusiones que los lectores extraigan. El retratado escoge lo que quiere mostrar, del mismo modo que un deportista enseñará músculo, un actor su mejor faz o un cantante una postura sensual, salvaje o pasada de vueltas en función del rol que guste desempeñar. Marías escoge el cigarrillo, la mirada tímida, la vieja máquina de escribir y el abrigo de una librería repleta de volúmenes.

La librería de una persona explica mucho sobre esa propia persona, a buen seguro más de lo que sospechamos: gustos, aficiones, la predilección por algunos autores, el orden de los libros, el modo de emparejar las obras, el cariño por ciertos ejemplares valiosos. No puedo leer los títulos de los libros, pero puedo imaginar a Shakespeare en distintas ediciones e idiomas, varios clásicos españoles de más de un siglo, pero también Alejandro Dumas, Julio Verne, Robert Louis Stevenson y mucho autor británico no muy conocido, ejemplares descubiertos en tiendas antiguas de Oxford o Londres, escritores que no pasaron a la historia universal con apellidos extraños como Galsworthy, pero que bien pudieron habitar o incluso proclamarse monarcas del imaginario reino de Redonda.

«Y siempre que muere alguien, una de las cosas que más me chocan y me resultan más incomprensibles es la desaparición repentina, abrupta, de cuanto el vivo recordaba y sabía hasta hacía unos momentos», (Javier Marías, septiembre de 2005). Cuántos proyectos inacabados, cuántos esbozos de novelas, artículos o relatos quedan olvidados, perdidos para siempre, entre las notas del despacho que aparece en el retrato. «Se nos borra sin querer demasiado, para además cancelar los vestigios y ecos de lo que una vez fue presente y tuvo significado».

Todo lo que odio de este fútbol actual

BARNEY, 04/09/2022

Hay determinadas jugadas, acciones o gestos que veo cada vez con mayor frecuencia en los partidos de fútbol, cosas que me molestan como espectador, pero que se han incorporado hasta el punto de haberse convertido en vicios que contaminan el juego, no digamos ya el espectáculo, que en ocasiones, como dicen los comentaristas, «brilla por su ausencia». Muchas de estas acciones se permiten y toleran por parte de tipos que seguramente no han jugado al fútbol en su vida, o lo han hecho poco: árbitros y periodistas. Solo así se entiende que los elementos incluidos en esta «relación de cosas que odio del fútbol moderno» proliferen cada semana. Me crié con el fútbol de finales de los setenta y principios de los ochenta, y como ya escribí en su día, «el fútbol que me gustaba se muere». Lo cual es una pena, porque los jugadores han mejorado mucho física y técnicamente con respecto a aquella época, y los campos son ahora alfombras y no patatales. Vamos con esa relación, a la que animo a los lectores a que sumen sus propuestas:

  • ¿Qué mierda es esa de pitar penalti porque tras un despeje el defensa o el portero choquen con el delantero rival? Ayer mismo se revisó durante un par de minutos un despeje del portero del Girona en el partido frente al Mallorca, ¿de verdad hay que revisar estas cosas? ¿O cuando un defensa mete un patadón siguiendo aquella máxima de «el balón en el área quema» y choca después con el delantero que llega a la carrera?

Recuerdo a esos porteros de los ochenta y noventa como Schumacher o Pfaff, que cuando salían de puños no respetaban ni a rivales ni a compañeros. Ahora se pitan penaltis inverosímiles tras los despejes de un balón, ¡nos estamos volviendo locos! Y escuchas a los periodistas y árbitros retirados opinar sobre lo bien sancionadas que están esas jugadas. No, si ahora el defensa tiene que despejar con cuidado, que una cosa es desviar o dejar un regalito al delantero rival, y otra muy distinta una acción merecedora de penalti. Pero para eso, primero hay que haber jugado un poco a esto. Antes era muy sencillo: el que llega primero al balón y a TPQlo.

  • Los empujoncitos por detrás a los defensas, que se dejan caer. En este fútbol actual en el que los defensas soban el balón mucho más que los delanteros y los centrocampistas, en ocasiones se ven presionados por el delantero rival y no pueden girarse o encontrar una salida fácil al balón, así que optan por sentir el aliento del delantero rival, en ocasiones mucho más pequeño que estos bigardos de metro noventa y se dejan caer. Como el roce suele ser ridículo y el árbitro no suele pitar de primeras, muchos han optado por otra argucia: dejarse caer sobre el balón y retenerlo bajo el cuerpo o atraparlo con las manos. Ahí sí obligan al árbitro a mojarse y este, entre la amarilla al defensa o pitar falta, optan por lo sencillo: jugada nueva, ventaja para el defensor. Lo hacen casi todos, pero para que no se me acuse de partidista, voy a escoger un ejemplo «de los míos»: Sergio Ramos era un experto en esto de dejarse caer, lo cual me desesperaba, joder, con lo cuadrado que estás y «te ha tirado» Messi. O Correa, o Gabriel Jesús, amos, no jodas, Sergio. En los ochenta, un buen defensa no andaba con gilipolleces, y antes de verse en esas, sacaba el balón del estadio de un patadón.
  • Los empujones reales por detrás que no se señalan. Igual que se ha extendido ese empujoncito como algo permitido, los mismos defensas saben que cuentan con otro arma a su favor, que es meter un empujón al delantero que está armando la pierna para el chut o el centro. No puede ser con mucha fuerza, ni con el brazo muy extendido, pero el noventa y mucho por ciento de las veces los árbitros hacen el gesto de «carga legal», y no lo es, cojones. Una carga legal es hombro contra hombro. Rüdiger contra Piatti, bum, y lo mandas al córner, pero un empujón por detrás con el antebrazo sobre el omoplato del delantero debería ser siempre penalti y no se pita casi nunca. Una jugada en la que se especializó Mascherano, el segundo jugador con más penaltis realizados y no señalados que recuerdo (el primero es Piqué).
  • Las pausas de hidratación. ¿Pausas para qué??? ¿Otra interrupción más del juego, con lo que os cuesta a veces poneros en marcha? En estas cuatro primeras jornadas de Liga ha habido pausas de hidratación a los treinta minutos de cada parte, desquiciantes para el espectador. Podría entenderlo para el Mundial de la infamia de Catar si se jugara por encima de los 35 grados, pero ¿en lo que llevamos hasta ahora de Liga? Todavía recuerdo aquel pedazo de Mundial de México en 1986, con partidos a las cuatro de la tarde locales, con temperaturas y humedad asfixiantes, y tíos como Maradona ofreciéndonos los mejores ratos de fútbol que hayan presenciado nuestros ojos.
  • Las pérdidas de tiempo. Están relacionadas con lo anterior, con el dinamismo del juego y el espectáculo para el espectador. Ya incluí jugar con el tiempo parado o cronometrado en mis Propuestas para cambiar el Reglamento del fútbol. porque estoy hasta los mismísimos de ver a esos equipos que tardan dos minutos en poner el balón en juego. El Atleti casi gana una Champions jugando a que no se jugara durante toda la segunda parte de Lisboa 2014. Es desesperante y no es una cuestión del Reglamento, con el actual se puede evitar o minimizar. Que alguien revise los partidos del Osasuna, Granada o Elche el año pasado en el Bernabéu, indignante es poco. El Madrid supo aprovechar esa laxitud de los árbitros en sus prórrogas frente al Chelsea y City en la última y memorable Champions. ¿Cuánto se jugó en aquellas segundas partes de la prórroga, alguien tiene el dato? Como madridista celebré cada saque de puerta o cada falta a favor porque sabía que ahí nos íbamos a comer buena parte del escaso tiempo restante, pero como espectador es un timo. Incluso, se hace otra «trampa» en toda regla en este fútbol moderno: los recogepelotas. Cuando el local tiene urgencias, aparece un nuevo balón al segundo de haber salido el anterior. Cuando el local tiene necesita administrar la ventaja, hay que recurrir al viejo sistema de pedir el balón a la grada. ¡Qué grandes momentos aquellos para el público, qué desesperación para los rivales!
  • Sobre los entrenadores y el fútbol de la posesión infernal. Un entrenador de los ochenta no podría hacerlo hoy en día porque moriría en cada partido de un infarto: ¿se puede saber qué hace el portero dando toquecitos con dos defensas en su área pequeña para sacar de puerta? El Madrid cayó con el City en 2020 por esos fallos en la salida de balón (Varane). El Barça perdió 19 balones en su propio área el día que el Bayern les encalomó ocho chicharros, ¿de verdad que Setién seguía diciendo que había que sacar el balón de ese modo? ¿Y eso de los córners hacia atrás, cuando tienes a tus centrales metidos en el área? Recuerdo haber visto al City sacar lo que toda la vida se ha llamado un «gilicórner» desde la derecha, pasar el balón a un centrocampista más atrasado, y este al al lateral, y a su vez el lateral hacia su portero para volver a comenzar el ataque por el lado izquierdo. ¿Esto qué es? Llévate el balón a tu casa porque has metido tres goles, no porque lo has desgastado con mil pases horizontales o hacia atrás, como España en el Mundial de Rusia 2018. Qué distinta sería la historia si Modric hubiera jugado este córner hacia Isco, que le pedía el balón, ¿no?
  • El VAR. Lo han conseguido, aborrezco esta herramienta que debería haber servido para mejorar la limpieza del fútbol. Han conseguido que ya no celebre los goles, como el de ayer de Vinícius o el de Karim la semana pasada, porque me toca esperar un par de minutos para que confirmen que todo era correcto, lo cual, visto cómo se tiran las rayas en nuestra Liga, no me hace esperar nunca nada bueno. Pero no es solo eso, es el criterio cambiante de las manos, que ya no se sabe cuándo sí o cuándo no, lo que comentaba sobre los despejes y los choques posteriores, la aleatoriedad de las decisiones (PreVARicar, directamente), o cómo se analizan las jugadas y aun con veinte cámaras se toman decisiones erróneas, como el gol anulado a Benzema en la final de la pasada Champions. Una sinvergonzonería que me hace añorar los ochenta y los clásicos «árbitro comprao, pito regalao» o sencillamente «¡árbitro, joputa!!!». La inmundicia actual con ayuda de la tecnología nos lleva a algunos a pensar directamente en conspiraciones.

Y por supuesto, con la maldita prensa como colaboradora.