Ya que no podemos arreglar el mundo, hablaremos de lo que nos interesa: la política y los políticos, el fútbol, el cine, y todo lo que nos molesta, acompañados por unas jarras de cerveza. Bien fresquitas, por supuesto
En días así en que estamos fundidos, a veces nos ponemos una peli navideña, pero con una condición: que sea mala, mala de solemnidad. De esas que sabes cómo van a acabar desde la primera escena, desde la primera mirada entre el chico y la chica. No son días para ver Qué bello es vivir, ni Love actually, ni siquiera Solo en casa o La jungla de cristal. No buscamos grandes tramas, sino algo que solo pueda competir en simpleza con una peli sueca de sábado tarde.
Son todas iguales, como las carátulas que acompañan este texto. El argumento habitual es el de un tipo gruñón con nulo espíritu navideño, muy ocupado en su trabajo, que llega a un lugar en el que conoce a una chica encantadora que vive de manera apasionada la Navidad, pese a sus problemas económicos, la salud de su perra o algún problema de un familiar cercano. El tipo gruñón tiene que quedarse más tiempo del que le gustaría en el pueblo, pese a que sus deseos iniciales son los de prender fuego a todo duende o adorno navideño que se ponga por delante, y al segundo o tercer día comienza a colaborar en alguna tarea que forma parte de la tradición del lugar. La chica, que sabe que el tipo es un gilipollas integral, se acerca demasiado a él, porque es la típica chica a la que le gustan los gilipollas integrales (todos conocimos ambos ejemplos ya en el colegio), y el roce hace el cariño, se tocan un día un brazo y saltan unas chispas que el director quiere hacernos sentir como una descarga de alto voltaje. Lo que ocurre es que los actores son tan malos que en el fondo parece que les hayan dado instrucciones de que hagan que sienten como si les hubieran lijado el brazo y «¡oh!», se miran y sabes que en menos de quince minutos de rodaje habrá piquitos y una nueva pareja.
Y por supuesto se salvará la Navidad, la perra o el padre de la chica saldrán del hospital o el veterinario, o al revés, la chica encontrará solución a sus problemas económicos, no se cerrará el hotel o la residencia de ancianos, el gilipollas integral se imbuirá de espíritu infantil y todos acabarán rodeados de niños cantando un villancico que te provoca unas enormes ganas de rociarlos a todos con napalm.
THE END y toda la gaita, pero a veces, muy pocas veces, de manera excepcional, es lo que nos pide el cuerpo. Tan predecible como que habría penalti para Argentina.
Planes propuestos por el club de lectura, cine y documentales El club de los currelas muertos para no ver el mundial de la infamia de Catar.
23 días seguidos, casi nada. 23. El número de Michael Jordan, el que para mí es indiscutiblemente «el mejor jugador de baloncesto de todos los tiempos». The GOAT, como dicen por allí. Y eso que ya comenté en su día que no me gustan estas ideas absolutas en las que además se comparan épocas diferentes, estilos de juego, incluso Reglamentos o condiciones técnicas distintas (materiales, innovación, balones, terreno de juego en el caso del fútbol). Muchos están empeñados en que el GOAT del fútbol es el argentino Lionel Messi, afirmación que algunos rebatimos con varios argumentos, el principal de los cuales es que «nunca ha ganado un Mundial, mientras Maradona sí lo logró siendo diferencial con un equipo de peor nivel, o que Pelé ganó tres».
Hoy me ha venido a la mente recomendar el documental Calciopoli, sobre el escándalo del fútbol italiano que acabó con el descenso de la Juventus y la Fiorentina a Segunda División. El documental muestra la trama en las designaciones arbitrales, de modo especial en los partidos «calientes» del campeonato, algunas decisiones polémicas y la complicidad de buena parte de la prensa y comités en el engaño. El documental se puede encontrar fácilmente en YouTube:
Cada vez que alguien me niega que en el fútbol exista corrupción, le saco mi lista de argumentos en contra, el primero de los cuales está en este caso en el que la Justicia italiana intervino de un modo que jamás ocurrirá en España, porque, como me confesó en privado el exdirector de uno de los periódicos deportivos más importantes de este país: «aquí se junta con la política y entonces intervienen otros factores, jamás verás al Barça en Segunda». Al Calciopoli o Moggigate se pueden añadir escándalos como:
El Olympique de Marsella, desposeído de los títulos de campeón de Europa y de la Ligue 1 francesa.
Los arbitrajes a favor de Corea del Sur en el Mundial que organizó junto a Japón. No solo en el atraco perpetrado por Al Ghandour y sus sicarios de los banderines una terrible mañana de junio, sino por el que ya le habían hecho a Italia en octavos.
De la Liga española ya he escrito muchas veces acerca de los «extraños» fenómenos paranormales que ocurren tan a menudo, en especial en las últimas décadas.
Los Mundiales siempre han tenido sospechas de favoritismos hacia los locales, al menos mi memoria de niño me lleva a una polémica goleada de Argentina frente a Perú en 1978 y desde entonces casi siempre, también en el Mundial de España, con unas decisiones más que sospechosas a favor de los nuestros. Pero una cosa es un cierto favoritismo y otra, la sombra de la corrupción. Y aunque intento no seguir este Mundial infame, mis colegas me mandan informaciones que me inquietan:
Gianni Infantino, blanqueador de la dictadura catarí, anhela el triunfo de Messi en el Mundial. Hassan Al Thawadi, del Comité Organizador de este mundial (con minúsculas) comprado a base de talonario, confiesa que le encantaría ver a Messi levantar el trofeo. Pero no debemos ser malpensados, no. El fútbol es un ejemplo de pureza y deportividad, y los mandamases cataríes son las almas cándidas que nos venden por tantos sitios. Como en la propia Unión Europea, en la que estos días han sido detenidos cuatro eurodiputados, entre ellos la vicepresidenta Eva Kaili, en la trama que ya ha sido denominada Qatargate. Una tipa que dijo en noviembre que Catar es «un país puntero en derechos laborales».
No vayamos a pensar que el ridículo penalti pitado a favor de Argentina frente a Polonia, el no señalado en el área de la albiceleste en su partido de cuartos contra Países Bajos, la desaparición de las imágenes, igual que ocurrió con una jugada en el Marruecos-Portugal, forman parte de una conspiración para procurar que Messi llegue a una final contra la única selección árabe que queda en liza. Tengo dudas acerca de si los cataríes quieren en la final a Marruecos o a la Francia de «su» Mbappé, al que enterraron en montones de millones para que se quedara tres años más en el Qatar Saint Germain. Hubo un penalti muy claro no señalado en un derribo a Harry Kane en el partido del sábado pasado. Menos mal que no veo los partidos, porque solo recibo imágenes de polémicas.
Esta gente ha comprado a todo el mundo, ha doblegado voluntades a base de billetes, ya fueran políticos, organismos deportivos o reguladores, le ha levantado incluso un Mundial a los americanos en su misma cara, pero ahora nos debemos creer que con la FIFA, un organismo modélico como se ha visto a lo largo de su historia, van a comportarse de manera intachable. Todavía me resisto a ver este mundial (solo cedí con el España-Marruecos, y creo que fue el peor partido de todos hasta ahora), pero sigo creyendo en que en el deporte todo es posible. Luka y compañía, haced un favor al fútbol.
Hoy tocaba “volver al asfalto”, enfrentarse de nuevo a este reto en el que peleas durante 42 kilómetros para luego mostrar una euforia desmedida durante los últimos 195 metros. Este 2022 que está a punto de terminar nos llevó a Mabú y a mí junto con mis zapatillas a Málaga, la capital de la Costa del Sol, que ya sabéis todos que es esa zona en la que luce un sol radiante todo el año, excepto el día en que se disputa el maratón de la ciudad. En 2016 tuvo que suspenderse el mismo día de la salida por las inundaciones y hoy, bueno, hoy nos ha llovido desde el kilómetro 8 hasta el treinta y muchos, pero podemos decir que el tiempo «nos ha respetado». Lo curioso es que ayer tuvimos un sol muy propio de… pues de la Costa del Sol.
Y hoy, apenas tres horas después de acabar mi carrera, tomarme una cerveza y una buena hamburguesa, lucía un sol radiante.
Esta mañana teníamos acceso a la zona VIP (¡gracias, Javi!) y estuve en la salida con mi cuñaaao Rafa, que iba a competir la media, y con Luis (Sete, otro bloguero runner, pero este de los buenos, al menos como runner, ¿eh?).
No sé si poner una queja a la organización, porque eso de encontrarte bollos a tutiplén cuando quedan quince minutos para el pistoletazo de salida es una cabronada. Y unos brazos de gitano que tenían una pinta espectacular, pero que no pude catar. Pido disculpas si ya no se llaman así. Igual que la corrección política hizo que se cambiaran los Conguitos, el helado Negrito y que dejara de escucharse la canción de “aquel negrito del África tropical” que nos recogía el cacao con una sonrisa de oreja a oreja y con el mismo regocijo que un esclavo de las plantaciones de algodón en Louisiana en el siglo XIX tras recibir una veintena de cariñosos latigazos… ya me he perdido y creo que es mejor dejarlo aquí.
Pistoletazo de salida, a por ello. El cielo estaba nublado, pero aguantaba, y así se mantuvo hasta el kilómetro 8, en el que, como decía Forrest Gump, “alguien abrió el grifo de la lluvia” y comenzó a lloviznar. Suave por suerte, con algunas rachas algo más intensas. La lluvia se dejó complementar con viento durante los kilómetros que recorrimos alrededor del muelle de cruceros, en el que había un edificio flotante de esos de Norwegian. Planazo el de los cruceristas, llegan a Málaga y se encuentran la ciudad cortada por esos diez mil zumbaos en pantalón corto. Que se fastidien. Que se j… por las veces que visitamos los centros de las ciudades turísticas y hay decenas de tipos con la pegatina del barco de crucero invadiendo todos los puntos de interés.
Pocos kilómetros después, sobre el 13, pasamos por el chiringuito en el que el sábado nos apretamos unos estupendos espetos de sardinas acompañados con las cervezas de rigor. Todo fuera por la hidratación y la ingesta de proteínas. Y un poco más adelante pasé junto a la clínica Parque San Antonio (hoy Vithas Hospital) en la que nació mi hija pequeña, Miriam, hace más de veinte años. Qué tiempos aquellos en que los pañales, potitos y la agenda social de los niños no te dejaban sacar tiempo para entrenar un maratón.
Pasé el medio maratón en el tiempo aproximado que había previsto: 1h. 50m. No sé si los meses previos me darían para estar en torno a las 3h. 45m. que quería lograr, o si la lluvia iba a frenar algo mis aspiraciones, pero hasta la mitad iba bien. Mabú me dijo que Luis había pasado ya por allí “como una moto”, y mi cuñaaaao Rafa acabó su media particular pocos minutos más tarde de mi paso. No voy a negarlo, no podía dejar que mi cuñao me ganara ni siquiera la primera mitad de la carrera. Que luego hay que aguantarle en Nochebuena.
A partir de ahí, como todo el que haya completado un maratón sabe, comienza la carrera de verdad. Y más en este caso en que el recorrido se marcha hacia la parte más desangelada de la ciudad, el Parque del Oeste, la chimenea junto al parque de Los Guindos y los terrenos junto al Parque Litoral en donde estaban las oficinas en las que trabajé un año, allá por el lejano 2001. Las piernas comienzan a notar los kilómetros y ya no corres con la misma alegría de unos kilómetros antes. Tenía muy claro el recuerdo de lo sucedido un año antes en Madrid, si bien mis sensaciones y los tiempos en los entrenamientos previos eran muy diferentes a los de entonces. Sobre el kilómetro 29 ocurrió una cosa curiosa que no me había encontrado con anterioridad: entramos en la pista de atletismo del estadio Ciudad de Málaga y recorrimos allí trescientos metros. Pasar de la dureza del asfalto, que, aunque he tratado de mitificar en mi “obra magna”, es duro como la jeta o las pelotas de algunos de nuestros políticos, a una pista de tartán es una maravilla que nuestros gemelos y plantas de los pies agradecieron.
Pero duró poco, rodeamos el Pabellón Martín Carpena, el recinto en el que juega el Unicaja, ese equipo estupendamente gestionado desde años ha, y tiramos hacia Málaga de nuevo. Nos metieron por un túnel en el que curiosamente lo pasé peor al bajar, por la sobrecarga, que al subir del mismo. No sé si fue por el estado de mis piernas a esas alturas, o porque había unos tíos en mitad del túnel con el Gonna Fly Now de Rocky a todo meter, y de tanto retumbar las paredes y erizárseme la piel hasta me puse a dar puñetazos imaginarios al aire.
Los charcos hacían mella y las zapatillas empezaban a pesar. No es que los calcetines absorbieran el agua y sintieras que chapoteabas entre los dedos, pero no es lo más cómodo durante tanto tiempo. Mi ritmo bajó considerablemente, aunque todavía me mantuve varios kilómetros sobre los 5m. 45s., pero no pensaba quejarme. En absoluto. Estaba feliz, coño, hay que decirlo, las piernas notaban el cansancio, pero yo estaba mucho mejor que un año atrás y hasta me imaginé volviendo a mis mejores tiempos en breve. Con 52 tacos, uno es joven todavía. Pisé varios charcos, casi tantos como en una jornada laboral en sentido metafórico, y me acordé de Gene Kelly y ese maravilloso, espectacular, irrepetible, número musical que es Singin’ in the rain.
I’m running in the rain
Just running in the rain
What a glorious feeling
I’m happy again!
En el kilómetro 37 me vi por última vez con Mabú, que me insistía en que Luis iba “como una moto por delante”, no sé si para que me picara, para que me animara o para que fuera consciente de que Luis tiene unos pocos años menos que yo y que ya estoy mayor para según qué cosas. Nah, con buena intención, sin duda, y a título meramente informativo. Yo ya iba a poco más de 6m./km.
El último repecho del día nos llevó hacia La Rosaleda, el estadio en el que Juanito dejó noches gloriosas, y el sitio en el que juega el Málaga Club de Fútbol, horriblemente gestionado desde que la familia Al Thani se hizo con el control del club. Los últimos tres kilómetros fueron una maravilla por el interior de Málaga: la Alcazaba, el Museo de Málaga, el Teatro Cervantes, la Catedral y una calle Larios recargadísima con la decoración navideña, pero muy animada de gente que no dejaba de aplaudirnos.
No acabé nada mal los últimos dos kilómetros y hasta hice un ridículo cambio de ritmo en los últimos 195 metros. En meta me esperaban Mabú, Luis, el cuñao Rafa, Javi, parejas y otros amigos que vinieron el fin de semana. En la zona VIP estaba Martín Fiz, al que le regalé mi libro hace un mes y con el que charlé unos minutos. Él solo había corrido quince kilómetros porque andaba tocado y me felicitó, ¡Martín Fiz me felicitó!, por haber llegado “con la que os ha caído”, me dijo, “estás empapado”. Coño, Martín, que eres de Vitoria, que esto es un txirimiri de nada, un “calabobosrunners”.
Dejadme que me imagine este diálogo:
MARTÍN.- Me ha encantado tu libro, Rafa.
RAFA.- Gracias, Martín, todo un honor.
MARTÍN.- No corres un carajo, pero tienes gracia contándolo.
33 segundos me sobraron para bajar de las cuatro horas. Una pena, porque estaba convencido de que bajaría de esa marca psicológica. La medalla del maratón es original, muy adecuada a la ciudad, la carrera y uno de sus máximos activos: una barca con un espeto de sardinas insertado. Tecnología punta que ni los chinos han sabido clonar.
Luis acabó en 3h. 22m., «pero fatal, iba fatal los últimos kilómetros». Lamadrequemep… «fatal», dice. Por aquí os dejo su crónica, muy recomendable. Mi hermano Álvaro corrió la semana pasada el maratón de Valencia en el mismo tiempo y también se quejó de su final de carrera. Lo mismo que Thomas en Valencia, otro colega, que hizo 3h. 23m. y dijo que su carrera había sido «un despropósito» de principio a fin. Mirad, los del Club de las tres horas y veintipocos minutos: me tenéis hasta los mismísimos, mamones.
Y ya por último, dejo aquí dos páginas de la revista oficial del maratón que me ha gustado leer, porque me he sentido identificado con casi todo lo que dice: el punto de locura, las escaleras el lunes, las uñas de los pies, la idea de dejarlo y de pensar en el siguiente… Lo tiene todo, enhorabuena, Alberto Hernández.
Planes propuestos por el club de lectura, cine y documentales El club de los currelas muertos para no hablar del mundial de la infamia de Catar.
El Museo Picasso de Málaga se inauguró en 2003, el mismo año que (por desgracia) dejé de vivir en la zona. Se encuentra ubicado en el centro de Málaga, cerca de la Catedral (la Manquita), en el palacio de los Condes de Buenavista, un magnífico edificio declarado Monumento Nacional en 1939.
Es una visita obligada a Málaga, una ciudad que sigue cambiando y mejorando su aspecto cada vez que la visito. Por mucho que pueda no gustarte el estilo de Picasso, porque, a decir verdad, para los que no somos expertos en esto del Arte (salvo si lo miro con perspectiva cinéfila), Picasso nos resulta demasiado… cubista. No sé si alguna vez alguna de sus múltiples mujeres y amantes le dijo: “Pablo, por favor, sigue pintando bestias y toros, pero no me hagas más retratos”. Y los hay expresivos, coloridos, atractivos para la vista, pero otros, en fin… si trataban de reflejar la vida interior de las retratadas, se ve que para el artista eran demasiado retorcidas. O quizás fuera el malagueño el retorcido, me inclino a pensar más bien esto último.
¿Recordáis cuando en el colegio intercambiábamos cromos y según nos pasaban el mazo decíamos “sí le, sí le, no le”? Pues algo así me pasa con los cuadros y esculturas de Picasso. Unos “sí le” o “sí me gustan” y otros “no le”. Una de las salas contiene un tapiz de Las señoritas de Aviñón, de cuyo original “sabemos por Hollywood” que se hundió en el Titanic. Este “sí le”. Otra contiene cuadros que parecen del colombiano Fernando Botero, “no le”, o una escultura de un guerrero griego, “sí le”… como obra de estilo Forges.
Lo que sí alabo y reconozco de Picasso es su búsqueda incansable de lo que fuera que pasase por su cabeza: la belleza alternativa, la mirada propia, la descomposición de los objetos para recomponerlos, la experimentación, el torbellino de ideas… Debía de ser agotador, como se puede intuir por las fotos del artista en su taller.
La mejor definición seguramente la da el propio Pablo Picasso en una frase que se muestra en una de las paredes.
“El arte es la mentira que nos acerca a la realidad”.
Por cierto, Picasso es ese malagueño universal que los franceses quisieron apropiarse como suyo, no en vano su crecimiento creativo se desarrolló en París y en el sur de Francia, pero los auténticos expertos en esto de robar el Arte ajeno han sido siempre los ingleses. Razones ambas para desear que hoy se produzca ese imposible tan picassiano de que ambos pierdan su partido de cuartos en ese mundial del que sigo “sin hablar”.
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8 de diciembre, ando encerrado en casa de manera voluntaria, seguramente porque he pasado mucho tiempo fuera las últimas semanas y porque en las próximas me sucederá algo parecido. Bien es cierto que la lluvia no ayuda a la hora de pensar en planes que hacer fuera, pero es que además mi cuerpo pedía sofá, manta y lectura. Y me dio por pensar en otro tipo de encierros. Uno me ha llevado a los Países Bajos, el país al que hasta hace nada llamábamos Holanda, y el otro a Argentina. Casualidades de la vida, no vayan a pensar que guarda relación con…
En 2015 visité la casa museo de Ana Frank en Ámsterdam. He estado tres veces en la capital holandesa, perdón, neerlandesa, y es una ciudad que me encanta sin que sea capaz de describir muy bien por qué. No tiene monumentos espectaculares, ni los mejores museos del continente, ni está en un enclave natural único, pero me la he pateado de arriba a abajo varias veces y la disfruto mucho. Por sus canales, por la gente, los parques, por las bicis, por la tranquilidad de algunos barrios, por lo que sea. Podría vivir allí un tiempo a pesar de las incomodidades del transporte o de esas casas estrechas sin ascensor, estoy convencido de ello.
Compré el Diario de Ana Frank en la propia tienda del museo y comencé a leerlo en el vuelo de vuelta. Conocía la historia de la niña judía encerrada durante dos años junto con su familia en la parte trasera de una casa de la calle Prinsengracht para ocultarse de los nazis, pero me hice una idea mucho más cruda de la dureza del cautiverio cuando visité la misma. Y de manera especial, cuando traté de imaginar lo que debió de ser para una niña tan vital convivir con su tío en esa pequeña habitación durante tanto tiempo. La capacidad del ser humano para sobrevivir es asombrosa, la capacidad de adaptarse a las circunstancias desfavorables puede ser infinita. El diario se interrumpe de forma abrupta y la casa museo desvela con imágenes y documentos del campo de concentración el trágico final de la niña y de su hermana. No hubo un final feliz.
De la otra punta del mundo, de Argentina, nos llegó en 2009 una magnífica y acongojante película, El secreto de sus ojos, dirigida por Juan José Campanella. Escrita por el mismo director en colaboración con Eduardo Sacheri, el novelista autor de La pregunta de sus ojos, la obra en la que se basa la película. Ahora que estamos en tiempos futboleros, uno de los protagonistas pronuncia una frase que podría valer (y de hecho vale) para muchas otras cosas, no solo para referirse a las filias por un equipo de fútbol: «El tipo puede cambiar de todo: de cara, de casa, de familia, de novia, de religión, de Dios. Pero hay una cosa que no puede cambiar, Benjamín, no puede cambiar de pasión». Benjamín es ese actorazo con la cara de Ricardo Darín.
Precisamente un partido de fútbol da pie a uno de los planos secuencia más impactantes que yo haya visto nunca en una película, un plano en el que la acción comienza a centenares de metros de un estadio de fútbol, baja hasta la grada, se posa junto a los protagonistas y los acompaña durante la persecución posterior por el interior del estadio. Hace tiempo encontré un vídeo en YouTube que explica cómo se rodó ese plano, y como casi siempre en el cine, el engaño es de tales dimensiones que sorprende ver la casi rutinaria acción filmada en comparación con la alucinante escena que vimos en el montaje final.
Como dice esa frase, las personas viven atrapadas en su pasión, que en algunos casos y por circunstancias de la vida puede convertirse en obsesión. Hay encierros mentales y encierros físicos. Voluntarios o forzosos. El final de El secreto de sus ojos es amargo y no voy a desvelarlo. Como dije al mencionar a Ana Frank, no hubo final feliz, ¿o sí lo fue?
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El 7 de diciembre de 1941, la aviación japonesa atacó por sorpresa la base norteamericana de Pearl Harbor, en Hawái. Como creo que a estas alturas todo el mundo sabe, dicho ataque provocó la entrada inmediata de los Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial, y con ello todo lo que vino después, que algunos conocemos por la cantidad de excelentes películas bélicas que fueron rodadas. Así a botepronto se me ocurren tres películas sobre el ataque a Pearl Harbor que recomendar para un 7 de diciembre.
De aquí a la eternidad (1953)
La mejor, sin duda, aunque no se centra en el ataque japonés, sino en la vida del cuartel norteamericano en la isla. Un reparto impresionante y un gran despliegue para una producción galardonada con ocho Óscar. Montgomery Clift, Frank Sinatra, Burt Lancaster y Deborah Kerr (inseparables tras la famosa escena en la playa), Donna Reed y un Ernest Borgnine que siempre me había caído muy bien, hasta que aquí lo vi hacer de redomado hijo de puta.
Tora! Tora! Tora! (1970)
Estas palabras representaban la clave japonesa para atacar la base. La película fue rodada por Richard Fleischer para contar la visión norteamericana de la historia, y por Kinji Fukasaku y Toshio Masuda para narrar la versión japonesa de lo sucedido. Muy bien ambientada, buenos efectos y la recuerdo un tanto aburrida, quizás por su tono documental. Quizás tenga que echarle un nuevo vistazo.
Pearl Harbor (2001)
Con lo cojonudamente bien rodadas que están las secuencias de acción, puro Michael Bay, vaya historia más almibarada y blandengue de tíos guays y chica súpermona (Ben Affleck, Josh Hartnett y Kate Beckinsale), un triángulo amoroso que me interesa bastante menos que contemplar los destrozos ocasionados en el puerto hawaiano. Como en toda peli de Mr. Bay, los americanos no pueden perder y Pearl Harbor fue una tragedia en todos los sentidos, así que la trama nos lleva a un final en el que los dos chicos divinos de la muerte se embarcan en una heroica misión para bombardear Tokio. Y ya de paso, romper el triángulo con la muerte de uno de ellos. Ni recuerdo cuál de los dos, solo sé que si yo fuera japo, me cargaría a Ben (insoport)Affleck.
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Hace unos diez años, el programa de Televisión Española Documentos TV emitió una serie de reportajes agrupados bajo el título Contra la pared. Cuando se creía que después de la caída del muro de Berlín en 1989, las barreras de separación podían reducirse en el mundo, la realidad nos ha traído todo lo contrario. Los reportajes hablaron del muro entre Estados Unidos y México, entre Israel y los territorios palestinos, o los financiados por la Unión Europea en 1999 para controlar la inmigración en Ceuta y Melilla.
Creo recordar que en el capítulo de Melilla se indicó que la frontera con mayor desigualdad económica entre ambos lados de la misma, en todo el mundo, es la que existe entre España y Marruecos en esta ciudad del norte de África. Ni en El Paso, ni en Israel, ni en la antigua separación entre las dos Alemanias. La tenemos aquí mismo. Por esa razón, por muy altos que sean los muros, por mucha concertina que se ponga o por mucha violencia que se emplee, nada va a frenar a esos subsaharianos que han recorrido miles de kilómetros y que anhelan atravesar a Europa. De cualquier manera, jugándose la vida en una patera (imposible saber los miles de cadáveres que hay en las profundidades de ese cementerio llamado Mediterráneo), o asaltando una valla con riesgo para sus vidas.
Estos días he sacado un hueco para ver el documental de la BBC Death on the border, que reconstruye lo sucedido el pasado 24 de junio, día en el que, según cifras oficiales, fallecieron 23 personas. No llega a media hora, pero es escalofriante. Muy duro de ver, pese a que la propia BBC advierte de la supresión de algunas de las imágenes. De verdad que lo importante para mí son las personas que fallecieron, la violencia empleada por la Gendarmería marroquí que se aprecia en el vídeo, el horror que me causa el desprecio por todos esos sudaneses que huyeron hace meses de la guerra en su país, la pena infinita que me produce pensar en esos miles de subsaharianos que dejaron todo atrás y para los que no hay una solución, porque la solución no es abrir las fronteras. No me importa tanto si fue en territorio español o marroquí, pero parece obvio que el Ministerio del Interior español, a través de su ministro Fernando Grande-Marlaska, mintió. Y que tiene que haber consecuencias. Aquí dejo el enlace al vídeo de la BBC:
Y si alguno quiere verlo en español, también existe la opción. Los escalofríos son los mismos:
Y dejo otro vídeo más reciente, realizado por Le Monde, El País, Der Spiegel, Enass y Lighthouse Reports. Es evidente que las autoridades españolas mintieron, y no es una cuestión de partidos, sino de un problema para el que no soy capaz de ver una solución. No existe y el buenismo no sirve para combatirlo. Mienten ahora igual que mintieron los anteriores en 2014 con la tragedia del Tarajal en Ceuta, en la que murieron al menos 15 inmigrantes en su intento de pasar a España.
Y si alguien tiene una propuesta que pueda evitar los desplazamientos de miles de personas a través de África, las pateras y cayucos, controlar las mafias que trafican con personas o evitar que Europa se pueble de guetos, que nos lo cuente, por favor.
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En el momento en que escribo estas líneas, las noticias que llegan sobre el estado de salud de Pelé no son buenas. Son desesperanzadoras. No ha respondido a los últimos tratamientos y parece ser que está con cuidados paliativos. Es una buena ocasión para recomendar el documental de Netflix sobre el que fuera el futbolista más famoso de todos los tiempos, el más mediático y popular, en los años en que los futbolistas no eran tan mediáticos y populares como en la actualidad.
Edson Arantes do Nascimento, O’Rei Pelé, es el mejor jugador de todos los tiempos para muchos aficionados. Por supuesto que tiene que estar en esa lista en la que no he querido mojarme nunca (¿El mejor de todos los tiempos?). El documental narra su vida desde la pobreza, el éxito precoz en el Mundial de Suecia con solo 17 años, los tres mundiales en su palmarés (con decenas de icónicas imágenes en México 70) o la relación con la dictadura.
Han pasado 64 años y sigue siendo el jugador más joven en marcar en una final, o mantiene récords dudosos, como el de los 1.284 goles en su carrera. Fue un genio del balón, pero también del marketing, como cuando marcó ese teórico gol número 1.000. En carisma tampoco tiene muchos que se le puedan comparar. A ello contribuyó la imagen que propagaba en cada acto público, viaje o concentración, su paso por el Cosmos de Nueva York o la participación en la película de John Huston Evasión o victoria. Por cierto, una película madridista donde las haya, según la elección que hice cuando en La Galerna me pidieron que escribiera sobre Cinco películas madridistas para la cuarentena.
Iba a concluir con un «larga vida a Pelé», pero parece que eso es precisamente lo que no le queda. Disfrutaremos mientras de su juego pasado, su modo de entender el fútbol y la vida, o de vídeos como el siguiente, en el que se le compara con cualquier crack de los que siempre aparecen en esas listas por el mejor de la historia.
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Los domingos suelen ser unos días estupendos para disfrutar de alguna buena competición deportiva: finales de tenis, preferiblemente con Rafa Nadal o Carlos Alcaraz sobre la cancha, motos o Fórmula 1 para los que las disfruten, un buen partido de fútbol o de baloncesto. Me consta que hoy se juegan dos partidos de octavos de ese mundial con minúsculas que se juega en mitad del desierto y en estadios levantados con el esfuerzo de los esclavos que no perecieron en el proyecto, pero no pienso dedicar ni un minuto de mi tiempo a los mismos, y sí al partidazo de la ACB que se juega esta tarde a las 18.00 h. Real Madrid-Valencia Basket.
El Real Madrid se ha recuperado en el último mes de las malas sensaciones con las que arrancó la temporada, malas sensaciones de juego y resultados, enrarecidas con el ambiente extraño que rodeaba al equipo desde la salida precipitada de Pablo Laso al final de la pasada campaña. La mejoría es más que evidente en juego, en confianza y en resultados: seis triunfos consecutivos en la Euroliga, con una apabullante victoria hace dos días en Estambul en el campo del Fenerbahce, que hasta el pasado viernes solo había perdido un partido en toda la competición.
Durante el partido se vieron algunas cosas que se esperaban desde el inicio de la temporada: el juego dominador de Walter Tavares, la inteligencia del Chacho Rodríguez en el puesto de base y en especial, que Dzanan Musa y Mario Hezonja son dos superclases que van a darnos muchas alegrías.
En el partido que comienza en un rato, el Real Madrid se enfrenta a un Valencia Basket que siempre da guerra hasta el último minuto, pese a haber perdido esta temporada a uno de sus mejores jugadores, James Tobey, el cual se ha juntado con otro exvalencianista en el Barça (Nikola Kalinic). Mantiene a Sam Van Rossom, Prepelic, Dubljevic (siempre me ha encantado este tipo malencarado) y los nacionales Jaime Pradilla, López-Aróstegui (ambos oro en el sorprendente Europeo reciente) y Víctor Claver.
Planazo de tarde, ni fútbol, ni leches. Ambos equipos se enfrentaron recientemente en otro partidazo en La Fonteta, en la Euroliga, con triunfo ajustado as usual de los blancos por 73-80. A seguir con la buena racha.
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Hoy hace 33 años años que falleció Fernando Martín en accidente de tráfico, y podría proponer, como todos los años, un repaso a lo que representó su figura para mí, por entonces un aficionado al baloncesto de menos de veinte años, y visualizar los vídeos que me encargué de buscar para el homenaje. Fernando I el Grande, lo titulé.
Pero voy a remitirme a otro aniversario. El 3 de diciembre de 1894 falleció Robert Louis Stevenson con 44 años de edad. Nunca tuvo muy buena salud, ya desde los tiempos de la universidad, en parte debido a la bronquitis, una tuberculosis y sin duda, su desenfrenada afición a la bebida. Falleció tras una hemorragia cerebral en la isla de Samoa, donde fue enterrado. Pese a su mala salud, fue un viajero incansable y cambió de residencia con frecuencia (Edimburgo, Londres, California, Davos, Nueva York y las islas del Pacífico Sur).
Sus obras más conocidas son precisamente las que he leído de este autor, La isla del tesoro (una de las incluidas en la primera parte de aquella vuelta al mundo en ochenta libros) y El extraño caso del Dr. Jekyll y el señor Hyde. Muy recomendables ambas. Y tengo una tercera obra en casa, un relato largo o una medio novela, que devoré, me divirtió y me hizo pasar un rato estupendo. Se titula El diablo de la botella y trata de una botella a la que acompaña una bendición, pero también una maldición aún peor.
Como los derechos de autor ya están vencidos y la obra es de dominio público, la comparto como plan de tarde de sábado. Merece la pena, ¡diablos!