El registro de jornada, 1ª parte: las prisas

Buster Keaton fichando

JOSEAN, 4/10/19 

El gobierno provisional anterior al gobierno en funciones actual que será sustituido tras el 10-N por un nuevo gobierno provisional en funciones aprobó en marzo pasado el Real Decreto-ley 8/2019 de medidas urgentes de protección social y de lucha contra la precariedad laboral en la jornada de trabajo. El momento escogido para la aprobación del real decreto no fue casual, aquel 8 de marzo pasado de la huelga feminista, pero no por el 8-M, sino sobre todo porque se produjo cuando ya sabíamos que nos íbamos a nuevas elecciones el 28 de abril.

Este decreto se unía a otro igualmente electoralista aprobado el viernes anterior, el 1 de marzo, el Real Decreto-ley 6/2019 de medidas urgentes para garantía de la igualdad de trato y de oportunidades entre mujeres y hombres en el empleo y la ocupación. No discuto la conveniencia de efectuar reformas en el mercado laboral, pero sí el oportunismo de estos reales decretos, la urgencia interesada de su aprobación y las chapuzas contenidas en los mismos. De hecho, el propio RD 8/2019 indicaba que se nombraría un “grupo expertos y expertas” antes del 30 de junio de 2019 para elaborar un nuevo Estatuto de los Trabajadores. Un asunto de esta magnitud no puede organizarse ni decidirse con un proceso electoral de por medio. Hace falta un consenso de todas las partes afectadas, del mayor número de partidos, empresas y agentes sociales, y un proyecto de Ley en condiciones, lo que obviamente era imposible que ocurriera entre marzo y junio de este año.

La aprobación de normas a toda prisa y corriendo amparándose en reales decretos por la “extremada urgencia” y necesidad de los mismos es un vicio en el que ha caído el gobierno actual todavía con mayor frecuencia que el anterior de Rajoy.  “Es evidente que la crisis económica de estos últimos tiempos está generando en los poderes públicos una reacción errática, convulsa y, a veces, atropellada e improvisada,” decía el Abogado del Estado Jesús López-Medel en su recomendable artículo Lamento por la seguridad jurídica.

Los temas tratados en ambos decretos son de tal calado que resultan inabarcables para un post, así que me centraré en dos de los aspectos más controvertidos de los mismos:

  • El registro obligatorio de la jornada de trabajo (RD 8/2019).
  • La «jornada a la carta» (RD 6/2019)

Antes de comenzar y dado que los asuntos laborales son siempre complejos, me gustaría plasmar algunas de mis creencias en este asunto, que no tienen por qué ser ciertas:

  • Ningún gobierno con ninguna reforma laboral ha creado nunca empleo. La del 97, por ejemplo, pudo fomentar la contratación indefinida al ofrecer cuantiosos ahorros en los costes sociales por trabajador, pero fue el boom de la economía (sobre todo el sector privado) lo que posibilitó esa mayor contratación o conversión de contratos a fijos.
  • Cuando la economía crece, en España el empleo crece a tasas superiores. Cuando la economía se contrae, en España se destruye empleo a mayor velocidad. Ocurrió en la crisis de 2008, a principios de los noventa y a finales de los setenta.
  • Abaratar el despido no crea empleo. Encarecerlo o tener un sistema rígido tampoco ayuda al empresario.
  • Empresario-malo / sindicalista-bueno, es una simpleza que además no es cierta en muchísimas ocasiones.
  • Empresario-explotador / currante-esclavizado. Conviene recordar que el 95% de las empresas españolas tienen menos de 10 empleados y a todas ellas también les afecta esta normativa.
  • El absentismo es directamente proporcional a la creación de empleo, o inversamente proporcional a su destrucción. La tasa de absentismo disminuyó con el inicio de la crisis hasta alcanzar su mínimo en 2013 y ha repuntado progresivamente en los últimos ejercicios a medida que la economía se ha recuperado levemente.

El Real Decreto 8/2019 tiene 26 páginas, 14 de las cuales contienen la Exposición de motivos, que no era otra cosa que el inicio de la campaña electoral de Pedro Sánchez y su equipo:

“Se trata de medidas que responden a la inequívoca voluntad política de este Gobierno de volver a situar el Estado de Bienestar como eje central de nuestro modelo de crecimiento económico”.

Una vez más (y lo hacen todos los gobiernos) se utiliza a un Ministerio para hacer campaña de un partido con otro nuevo mensaje simplista: “el PP ataca el Estado de Bienestar, el PSOE lo reconstruye”. Continúa la Exposición de motivos:

“Y ello con objeto de reducir las desigualdades sociales que aún subsisten en la sociedad española, no superadas a pesar de haberse recuperado un crecimiento robusto de la economía y una intensa creación de empleo”.

¿Crecimiento robusto de la economía e intensa creación de empleo? Para que no me tachen de partidista, remito al post Oh, bendita recuperación en el que cuestionaba el autobombo del gobierno de Rajoy sobre los supuestos grandes logros en materia económica.

La Exposición de motivos dedica unos párrafos a lo habitual en precampaña (pensionistas, actores, algo de pasta para inmigrantes), y continúa glosando alguno de los “éxitos” en materia laboral, como el incremento del Salario Mínimo Interprofesional:

“La entrada en vigor del Real Decreto-ley 28/2018, de 28 de diciembre, para la revalorización de las pensiones públicas y otras medidas urgentes en materia social, laboral y de empleo, ha supuesto para el año 2019 un incremento en dicha base de alrededor de un 22 por ciento respecto de la cuantía que tenía en el año 2018, debido al aumento de las bases mínimas de cotización en el porcentaje experimentado para el año 2019 por el salario mínimo interprofesional”.

No voy a cuestionar el acierto o desacierto de tal medida, sobre todo cuando desde estas mismas páginas abogábamos por una subida de los salarios más bajos, pero no debería olvidar el gobierno las consecuencias directas que el crecimiento de costes salariales tiene sobre la competitividad de las empresas españolas, en sus resultados y por tanto en la recaudación tributaria.

Y llegamos a los párrafos dedicados a la jornada de trabajo (los subrayados son míos):

“La realización de un tiempo de trabajo superior a la jornada laboral legal o convencionalmente establecida incide de manera sustancial en la precarización del mercado de trabajo, al afectar a dos elementos esenciales de la relación laboral, el tiempo de trabajo, con relevante influencia en la vida personal de la persona trabajadora al dificultar la conciliación familiar, y el salario. Y también incide en las cotizaciones de Seguridad Social, mermadas al no cotizarse por el salario que correspondería a la jornada realizada”.

El presentismo y los bajos salarios, dos factores que se repiten desde siempre. Según esta estadística de Eurostat, España es «solo» el 18º país de Europa en número de horas trabajadas. Se trata de un estudio realizado en función de la jornada semanal a tiempo completo:

Eurostat horas de jornada

Tenemos una jornada media a tiempo completo superior a la de daneses y franceses, pero inferior a la mayoría de países de la Unión Europea. En cuanto a cómputo de horas anuales, estamos por encima de alemanes, daneses o franceses, pero por debajo de la media de la OCDE:

Jornada anual horasComo nos gusta estar al frente de estadísticas chungas, somos los terceros en peores condiciones laborales según el Job Quality Index:European Job Quality Index

Solo por delante de Grecia y Rumanía en una estadística realizada en la que se tenían en cuenta los salarios, las horas de trabajo, las condiciones laborales o las formas de empleo. Pero hay una estadística que sí lideramos: la del país que tiene un control horario más estricto sobre la jornada de sus trabajadores. En sentido contrario a países como Alemania o Reino Unido, que no establecen ninguna obligación de fichar, o Francia y Bélgica que solo lo exigen en algunos sectores.

Continúa el RD 8/2019:

“De acuerdo con la Encuesta de Población Activa del cuarto trimestre de 2018, más del 50 por ciento de los asalariados declararon tener jornadas semanales superiores a las 40 horas y un gran volumen de trabajadores a tiempo parcial indicó que la jornada de trabajo efectiva no se correspondía con la declarada”.

Todos conocemos a algunos de los pertenecientes a ese «gran volumen de trabajadores a tiempo parcial» a los que obligan a trabajar a jornada completa y cobran la diferencia en B. O tenemos amigos a los que la subida del Salario Mínimo Interprofesional ha obligado a firmar irregularidades en sus contratos para cobrar lo mismo que antes pero figurando con un menor número de horas trabajadas. Estos son aspectos en los que tiene que cebarse la Inspección de Trabajo, igual que con los falsos autónomos de alguna nueva economía «startupera». Pero ese es tema para un post completo.

Dejando al margen el tema de la sinvergonzonería de algunos empresarios, uno de los primeros problemas a los que uno se enfrenta cuando trata estos temas es el del tiempo real de trabajo. Hay gente en las oficinas que desayuna más veces que un hobbit, que lee la prensa deportiva, que fuma y mucho, guasapea con los amigos, resuelve temas personales en horario laboral (¡todos lo hacemos, a veces no hay más remedio!), come en dos horas o más y luego, eso sí, sale tarde, o no necesariamente, y dice que “está más de 40 horas semanales en el curro”. Pero no ha trabajado más de ocho horas. En algunos casos ni cuatro, como la empresa en la que tuve mi primer trabajo como becario. Nunca jamás estuve en tertulias políticas o futboleras más largas, yo quería trabajar y los veteranos me decían: “¡tranquilo, no vayas a acabar todo el trabajo hoy!”

Smoking Room

Según este estudio de la web de empleo Jobatus, el «cigarrito» le cuesta a las empresas españolas la friolera de 26.000 millones de euros anuales. Unido a los 68.000 millones de euros que cuesta el absentismo, según el estudio de Cinco Días, el control de la jornada se convierte en algo tan importante para el empresario como para el trabajador. 

Así que el primer problema puede ser definir el cómputo de tiempo efectivo de trabajo. La Guía del Ministerio de Trabajoeditada para aclarar las numerosas dudas que surgen tras la lectura del real decreto, no establece una regla clara:

“Es conveniente igualmente que sea objeto de llevanza todo aquello que forme parte de la misma, en especial lo relativo a pausas diarias obligatorias legal o convencionalmente previstas, o voluntarias, para permitir eludir la presunción de que todo el tiempo que media entre el inicio y finalización de jornada registrada constituye tiempo de trabajo efectivo”.

Es decir, deja caer que recomienda también que se registren, aunque lo deja abierto después a la negociación colectiva. Tremendo error, ¿negociar con el comité de empresa los tiempos de café y fumeteo? ¿Y por qué no el guasap, el Marca, la Bolsa o la compra?

«Utilizando otros datos de la Encuesta de Población Activa, cada semana del año 2017 se hicieron en nuestro país una media de 5,8 millones de horas extraordinarias a la semana. Lejos de constituir un hecho puntual, la realización de horas extraordinarias se incrementó en 2018. Así, los datos revelan que, como media, cada semana de 2018 se realizaron 6,4 millones de horas extraordinarias en España”.

«Junto a lo anterior, ha de destacarse que un 48 por ciento de las personas trabajadoras que declaran realizar horas extraordinarias también manifiestan que no les son abonadas ni, por tanto, se cotiza por ellas a la Seguridad Social. Ello supone un perjuicio grave para esas personas y para el sistema de Seguridad Social».

6 millones de horas extraordinarias sobre una población activa de 18 millones… Me salen incluso pocas horas extras de presencia en el trabajo, que repito, no significa tiempo efectivo de trabajo. Así que tenemos en el cóctel empresarios explotadores, trabajadores que se escaquean, fumadores empedernidos y una bolsa de horas extras no remuneradas disponible en grandes empresas. Un tira y afloja entre los que se desloman y los que se aprovechan.

El propio Gobierno reconoció las dificultades de implantación de la norma (en vigor desde mayo de 2019) y propuso agrupar todas esas pausas durante la jornada de trabajo en horas que no se paguen y que tampoco coticen. Esto empieza a complicarse aún más. Y como este gobierno y su afición a los reales decretos de los viernes sociales es infinita, el Real Decreto 6/2019 aprobó la siguiente modificacion del artículo 34 del Estatuto de los Trabajadores:

«8. Las personas trabajadoras tienen derecho a solicitar las adaptaciones de la duración y distribución de la jornada de trabajo, en la ordenación del tiempo de trabajo y en la forma de prestación, incluida la prestación de su trabajo a distancia, para hacer efectivo su derecho a la conciliación de la vida familiar y laboral. Dichas adaptaciones deberán ser razonables y proporcionadas en relación con las necesidades de la persona trabajadora y con las necesidades organizativas o productivas de la empresa».

Ahí lo llevas, empresario, ahora apáñatelas para cumplir con todo lo legislado. En la segunda parte plantearemos la solución:

El registro de jornada, 2ª parte: el chip subcutáneo.

Permanezcan atentos. A ser posible, fuera de su tiempo de trabajo efectivo.

Cara Josean

El autoproclamado «mejor periodismo deportivo del mundo», por Barney

Butanito

«Does the truth matter any more?

¿Todavía importa la verdad?»

Katharine Viner, directora de The Guardian, se planteaba esta cuestión en un artículo escrito en julio de 2016, Cómo la tecnología alteró la verdad, un artículo tan interesante como terrorífico en el que la periodista desgranaba varios de los problemas del periodismo o pseudoperiodismo actual. Vivimos la época de los medios digitales, la decadencia de los tradicionales y cobra importancia la inmediatez, la urgencia de la información por encima de la calidad, o lo que es peor, la veracidad de la misma. «Sácala ya, rápido, aunque no esté contrastada», supongo que se escuchará en muchas redacciones. Las fake news, la posverdad, la repetición de mensajes de otros medios ante la falta de tiempo para contrastar, analizar o elaborar algo propio, la manipulación de la información que logra que algo falso pase por verdadero y la búsqueda de la conexión emocional y no racional con el lector son consecuencias de lo anterior.

«Lo importante es el click», continúa diciendo la directora, el clickbait, el cebo de clicks. «Las redacciones publicarán de modo acrítico cualquier cosa, lo que termina legitimando la bazofia». En el fondo da igual si la noticia tiene interés o si es cierta o no, el titular no es más que un gancho para atrapar al incauto y una vez que este ha pinchado se contabiliza para la publicidad y el contenido puede ser lo que suele ser: «bullshit». Una mierda, como dice la autora.

B Vergara

Casi desde los inicios de este blog, los cuatro amiguetes (cada uno en su estilo o temática) hemos criticado de una u otra manera el tipo de periodismo que se realiza en este país. El deterioro de la prensa tradicional, con una encendida crítica de las faltas de ortografía sangrantes y de la línea tendenciosa de la mayor parte de la prensa. En Periodismo a vuelapluma, Josean criticaba la manipulación de ciertos medios, hasta el punto de que las mismas imágenes podían ser utilizadas con fines opuestos en dos cadenas del mismo grupo (Antena 3 y La Sexta) en función del público objetivo de las mismas. Las estrategias de manipulación mediática de Chomsky (que ni siquiera son de Chomsky, sino de Timsit) están a la orden del día y prácticamente no hay semana que no las recuerde. En El traje nuevo y la mentalidad gramofónica aludíamos a George Orwell y su magnífico prólogo sobre la falta de libertad a la hora de publicar opiniones incómodas para la progresía británica. Hace poco decía Arturo Pérez-Reverte que «nunca hemos sido menos libres». «Ahora vivimos entre montones de inquisiciones. Y este puritanismo espantoso. Nunca he sentido mi libertad personal tan amenazada como en los últimos 10 años. La estupidez es una mala compañera de viaje de la libertad».

El periodismo, que en su visión utópica e idealizada, debería funcionar como contrapoder, como una especie de cuarto poder que controlara a los poderes tradicionales de Montesquieu, se ha convertido en la mayoría de los casos en un instrumento al servicio del que manda o del poderoso. Como consecuencia, leo artículos que me parecen cada día más tendenciosos o escuchamos debates claramente dirigidos. Esto decía el propio Orwell en su ensayo sobre la guerra civil española:

“Ya de joven me había fijado en que ningún periódico cuenta nunca con fidelidad cómo suceden las cosas, pero en España vi por primera vez noticias de prensa que no tenían ninguna relación con los hechos, ni siquiera la relación que se presupone en una mentira corriente. Estas cosas me parecen aterradoras, porque me hacen creer que incluso la idea de verdad objetiva está desapareciendo del mundo. A fin de cuentas, es muy probable que estas mentiras, o en cualquier caso otras equivalentes, pasen a la historia”.

Como el terreno del que le toca hablar a este humilde amiguete bloguero es el del deporte, en él se junta todo lo anterior: la inmediatez, la conexión emocional con el lector, la masa idiotizada, la búsqueda del click rápido, la falta de rigor o la indigencia intelectual de los que se hacen llamar periodistas. Y la manipulación, que alcanza cotas vergonzantes, sesgadas, dirigidas, vomitivas, incluso creando una neolengua a la manera de 1984. Lo recuerdo desde los tiempos de José María García, Butanito forever.

Ya ni sé cuántas veces he cuestionado en este blog el doble rasero antimadridista, el manejo de la información desde Barcelona, o la manipulación de los medios en torno al fútbol, con el siniestro Roures frotándose las manos desde su despacho. El último ejemplo lo estamos viendo esta temporada con «su» querido VAR. Ahora que ha perdido la manip… digo, la gestión del mismo en favor de Hawkeye, la empresa contratada en el pasado Mundial de Rusia, en la Champions y en las principales ligas europeas, han salido algunos de sus feladores habituales en prensa (Fouto a la cabeza) a pedir la vuelta de Mediapro.

Hace pocos años Felipe del Campo osó decir que en España se practicaba «el mejor periodismo deportivo del mundo». Ja, ja, ja, iba en el coche y casi me estrello del ataque de risa que me dio. Al poco tiempo se lo escuché a Manolo Lama, ja, ja, ja, ¡a Manolo Lama! Tengo colegas que siguen convencidos de que este periolisto es madridista, al igual que As y Marca. La ceguera es una enfermedad contagiosa y ni los cientos de Portanálisis de La Galerna demostrando lo contrario y las mentiras de estos medios, ni los mil y pico programas de Richard Dees sobre el doble lenguaje de los cronistas de la radio van a convencer de lo contrario a los más crédulos.

 

Como decía al principio, en el fondo importa poco la veracidad de la información porque lo que se busca es el click rápido, y en este país hay dos tipos de aficionados: los madridistas y los antimadridistas. Así que atacar al Madrid atrae millones de clicks, más que cualquier otra noticia que puedan ofrecer. La calidad de los medios deportivos tradicionales es cada vez más baja y si buscas algo distinto, bien documentado, en muchos casos estupendamente bien escrito, te tienes que ir a foros aficionados.

Puesto que «la autoproclamada mejor prensa deportiva del mundo» no investiga ni se cuestiona la información, les propongo una serie de temas que podrían analizar si quisieran hacer bien su trabajo y no el bullshit habitual:

  • El saldo arbitral: explicado a la perfección por el vicepresidente del Barça Alfons Godall y puesto en datos por Juan P. Frutos.
  • El Moggigate español: en el escándalo que afectó al fútbol italiano hace unos años (que acabó con el descenso de la Juventus y la Fiorentina) fue fundamental la complicidad de una parte de la prensa. El silencio de los medios españoles ante el caso Soule es sintomático. ¿De verdad que no hay nadie preparando un gran reportaje de investigación? Si tuviera tiempo…
  • El dedo corrector del Comité Técnico de Árbitros: otra vez ha sido un aficionado (@Hechicero9248) el que ha destapado lo que en el mundo del arbitraje se sabía, que los descensos de categoría o las internacionalidades se decidían por el dedo corrector de Victoriano Sánchez Arminio, que solía regalar la categoría internacional a los que fallaban en favor del Barça o en contra del Madrid (Clos Gómez, Hernández al cuadrado, De Burgos Bengoechea,…), o castigaba a los que no eran afines a sus directrices (Pino Zamorano, Muñiz Fernández, Daudén Ibáñez).
  • El presupuesto del Barça: o cómo convertir en ingresos recurrentes lo que para los demás son extraordinarios y de ese modo salvar el incumplimiento del límite salarial.
  • Las votaciones para The Best: puesto que ya son varios los jugadores que han dicho que no votaron a Messi, aunque las listas publicadas indiquen lo contrario, digo yo que podían investigar algunos de estos «mejores periodistas del mundo». En el fondo, la FIFA, igual que la Conmebol, «está corrupta», como dijo… el propio Leo Messi tras ser expulsado en la Copa América.

Mi humilde aportación al «mejor periodismo deportivo del mundo» está por llegar, sigo investigando algunos de estos asuntos cuando puedo y los medios me lo permiten, pero mientras tanto, escribo al menos buscando la veracidad en lo que publico y en lo que cuento. La Galerna ha tenido a bien publicarme estos dos artículos sobre otra cara del fútbol, mucho más desconocida: el deporte como integrador social en Ecuador.

 

En busca del madridista perdido en el valle del Chota

Y mi estreno como entrevistador:

La Fundación Real Madrid en la mitad del mundo

Ojalá pudiera escribir el «Soulegate»…

 

 

Con lo malos que somos, por Barney

Campeones mundo baloncesto

Sinceramente, aún hoy no sé cómo pudimos ganar el Mundial de baloncesto celebrado en China. Nos presentamos con el equipo más flojo de los últimos 15 ó 20 años, con Víctor Claver en el quinteto titular, con un Marc Gasol que venía fuera de forma después de ganar la final de la NBA con Toronto Raptors, con los hermanos Hernangómez más preocupados de lucir sus nuevos tatuajes que del juego en sí, con Llull que nunca fue el mismo desde su terrible lesión y dejando la dirección del juego a uno de los tíos más sobrevalorados de la historia reciente del basket, el base Ricky Rubio, el moñitos. Añadamos a Oriola en las rotaciones, ¡Oriola!, un tío que destaca por su antimadridismo más que por su juego, tres tipos voluntariosos que sin duda se preguntaban qué hacían ahí, como Beirán, Rabaseda y Quino Colom, y para rematar, Gominolo dirigiendo desde el banquillo de un modo histriónico y por momentos errático.

Rafa Nadal US Open

Del mismo modo, no logro entender cómo Rafa Nadal pudo ganar el Open de Estados Unidos una semana antes. Un pasabolas hipermusculado cuya carrera iba a ser muy corta, una carrera en la que solo iba a ganar títulos en tierra batida porque es donde mejor encajaba su juego soporífero, un tenista sin apenas saque ni golpes ganadores relevantes, totalmente cascado, porque a nadie se le olvide que el bueno de Rafa es un tipo eternamente lesionado, acabado y con un desgaste físico que le pasa factura año a año. Sin embargo, se hizo con su decimonoveno Grand Slam, cuatro de ellos en Estados Unidos (igual que McEnroe, por ejemplo) y dos en Wimbledon (los mismos que otra leyenda como Jimmy Connors). Con lo mediocre que es como tenista no se entiende que haya logrado tantos éxitos, posiblemente se deban a las lesiones de sus rivales, la suerte en el cuadro o un momento de forma puntual.

El deporte tiene estas cosas maravillosas que hacen que resulte impredecible y por tanto incomprensible desde un punto de vista racional. Lo que me parece casi tan incomprensible como algunos de estos resultados es la manía que tenemos en España de ensalzar lo de fuera y criticar lo de dentro. Si nos atuviéramos a lo que dicen los “expertos” de barra de bar, foros de Internet o analistas tuiteros, algunos de ellos periodistas por cierto, Jokic, Donovan Mitchell y Antetokounmpo estarían en el quinteto ideal del Mundial, la final se habría disputado entre Serbia y Estados Unidos y el Open USA lo habrían ganado Federer, Zverev o algún joven de la nueva hornada. España no habría pasado de la primera fase en baloncesto y Nadal se habría retirado hace años con un palmarés escueto. Es un fenómeno recurrente.

Champions final

Leyendo a estos sabios del deporte que jamás se calzaron unas botas de fútbol o empuñaron una raqueta, no se entiende que el Real Madrid ganara tres Champions consecutivas con un entrenador que no le ganó a La Roda, un técnico sin conocimientos tácticos que llegó ahí de rebote y que se limitó a ejercer de mero alineador, de gestor de egos. No se entiende que el Madrid ganara cuatro Champions en cinco años jugando sin portero (el terrible año de Casillas, más los tres de Keylor Navas, al que se empeñaban en buscar sustituto, que si De Gea, Oblak o Courtois, cuando ahora intentan convencernos de que el bueno era Keylor y Thibaut es “transparente”). Que lo hiciera también sin defensa, con un Ramos sobreprotegido por su prensa de palmeros, con dos laterales como Carvajal y Marcelo, que son muy buenos como extremos, pero que defienden pésimamente, y un Varane que ha perdido la velocidad y fiabilidad que le caracterizaba. Sumemos un centro del campo que no es de primer nivel, porque Casemiro no sería titular en ningún otro equipo de Champions, Modric aporta menos que Song, Erikssen o De Las Cuevas en sus respectivos equipos, y Kroos jugó sus mejores partidos hace años en Alemania. Para colmo de males, en la delantera el Madrid contaba con un gato que no hacía goles como Karim, un golfista con tendencia a lesionarse como Bale y Cristiano Penaldo, un egocéntrico goleador con poco fútbol en sus botas.

¡Y se ganó! No una, ni dos, ni tres, sino hasta cuatro veces en cinco años prácticamente con el mismo equipo. La flor de Zidane, ganar sin proponer, sin estilo, la fortuna, los arbitrajes (inciso para mencionar el doble rasero de la prensa que solo destacó los posibles errores a favor del Madrid y nunca los más numerosos que fueron en contra), los rivales débiles, gordos, pesados, viejos y lentos, siempre había un pero. Cualquier cosa antes que destacar las virtudes propias.

Cuando se logran algunos de estos trofeos como el Mundial de baloncesto y oigo a los jugadores cantar el “Yo soy español, español, español” con fervor, pienso en lo que significa realmente ese cántico. Ese cántico representa el orgullo de pertenecer a una nación, sí, pero es también el sentimiento espontáneo del que no estaba llamado a esa gran gesta que sin embargo ha logrado, y ese autoconvencimiento de que no estaba llamado a la gloria se produce tanto por el sentimiento de inferioridad que nos acompañó durante décadas como por los dardos y críticas sistemáticas que reciben los nuestros cada vez que acuden a un campeonato.

Salto de Pau y Marc

Las frases que he empleado para describir a Nadal, el Madrid de las Champions o la selección de baloncesto las he leído o escuchado a muchos de estos expertos, incluso algunas las he dicho yo (las que están en naranja). Luego llega la realidad y Marc Gasol y Ricky Rubio se convierten en dos de los mejores jugadores del campeonato, Llull recupera su confianza, Claver juega los partidos de su vida y Scariolo da una lección de estrategia tras otra a sus rivales. Pero qué sabrán los entrenadores y periodistas que llevan toda la vida metidos en esto al lado de la brigada tuitera. Qué sabrán los seleccionadores nacionales y los capitanes de los equipos cuando otorgan el Balón de Oro a Luka Modric si existe un tipo como Maldini que ha dicho que no es futbolista para el Madrid. Un tipo que no acertaría los resultados ni aun teniendo el almanaque deportivo de Regreso al futuro en sus manos. Nadal nos tiene a miles de aficionados despiertos hasta las tres y media de la mañana luchando contra un ruso de dos metros y te viene un imbécil (porque no tiene otro nombre) a criticar su juego, sus formas o su ejercicio de españolidad. O te vienen los imbéciles supremacistas a decir que el Mundial de baloncesto lo ha ganado esa cosa inventada de los Paisos Catalans.

Nació Digital

Por eso el “yo soy español, español, español” para mí representa un “aquí están mis cojones para demostraros que estabais equivocados, soplapollas, que valgo tanto o más que mis rivales a los que idolatráis y destacáis a diario”. Porque supongo que a alguien como Paquito Fernández Ochoa le dirían que dónde vas tú con tus esquís a competir en unos Juegos Olímpicos contra esos monstruos americanos y nórdicos. O como le dirían a Severiano Ballesteros cuando no había campos de golf en España y se presentó con 19 años a competir ni más ni menos que por el Open Británico. Supongo que a Carolina Marín le dirían en su Huelva natal que eso de la raquetita y la plumilla está muy bien, pero que dónde pretendía llegar en un deporte en el que las otras siete cuartofinalistas de los Juegos eran de donde se juega de verdad ese deporte, del Sudeste asiático. Afortunadamente tenemos un enorme grupo de deportistas sin complejos que se van de Sant Boi para triunfar en la NBA, de Asturias a la Fórmula 1, de un pueblo navarro de diez mil habitantes como Villava a arrasar en el Tour y establecer los conceptos del ciclismo moderno, o de Fuentealbilla, Camas, Pobla de Segur o Móstoles para traernos el sueño impensable de un Mundial de fútbol.

Porque “yo soy español, español, español”, y no conocemos fuerza motriz mayor que escuchar «no vas a poder», «no eres capaz» o «jamás lo lograrás». Burros, cabezones, empeñados en demostrar a los demás su error, por eso somos capaces de vencer pese a que nos recuerdan constantemente lo malos que somos.

La Diada y el Delorean, por Josean

Puig de Monty McFly resopló nervioso. El flequillo apenas se le movió, pues el sudor de la frente, esa pátina brillante que se había convertido en una de sus señas de identidad,  evitaba el movimiento del pelo lliure, independiente.

– Doc, ¿me estás diciendo que este Delorean que has comprado desviando fondos a través de Roures es en realidad una máquina del tiempo?

Doc Tardá trató de contener la emoción, pero no podía, tartamudeaba al hablar igual que cuando tenía que expresarse en esa lengua castellana que le imponían desde el Estado central totalitario. Ardía en deseos de contar al MHPE (Molt Honorable President en el Exilio) todas las claves del funcionamiento del aparato que a buen seguro ayudaría al poble de Catalunya a lograr su objetivo final.

– ¿Ve esto, President? -dijo abriendo el motor-. Ocho cilindros en V, como la V de la Diada de 2014. Y una cadena de distribución tan potente como la cadena humana de la Diada de 2013.

– Oh, qué cadena, qué éxito. Hasta Hollywood nos lo copió para la película Nosotros.

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– Aquella era una película de terror, President -masculló entre dientes.

A continuación le mostró el habitáculo interior y siguió hablando:

– La energía de millones de catalanes lliures será canalizada por este conducto a través del condensador de lazos amarillos.

Monty McFy no cabía en sí de satisfacción y mostraba una sonrisa amplia, sincera, nada que ver con la fingida el 1-O de 2017 mientras se montaba la mundial en los colegios electorales en los que cientos de miles de catalanes ejercían su derecho al voto con tal convicción democrática que algunos lo hacían tres, cuatro o incluso catorce veces.

– ¿Podemos probarlo? -preguntó Monty.

– ¡Claro! ¿Alguna fecha concreta? ¿Qué tal el 11 de septiembre de 2018?

Algo se revolvió en las tripas de Monty McFly.

– En 2018 pasé mi primera Diada fuera de nuestra tierra, en Waterloo, no es algo que me agrade recordar. «Fem la República Catalana», era nuestro eslógan.

– Cierto, cierto, y el compañero Junqueras en una prisión injusta sufriendo un trato degradante que no se recuerda igual en la historia de la humanidad. Retrocedamos un poco más, a la Diada de 2017.

Doc Tardá tecleó la fecha en el panel de mandos y aceleró el Delorean hasta los 171,4 kilómetros por hora, la velocidad indicada en el ingenio que marcaba el inicio de todo, el principio de los tiempos, el Alfa y Omega. Estaba el nacimiento de Jesucristo para los cristianos, la Hégira de Mahoma para los musulmanes y el 11 de septiembre de 1714 para el pueblo más perseguido de la historia, para el pueblo de los elegidos.

Para no llamar la atención en exceso, el Delorean aterrizó en una terraza que daba a la Diagonal. Los dos prohombres de la patria salieron del coche y divisaron la manifestación desde la azotea.

– Mira qué hermosura, el eslógan «La Diada del Sí», esa estelada gigante,… -dijo Monty-. Los Jordis en primera fila, pancartas por el derecho a votar el 1-O, dos millones de personas en las calles.

– Ejem, ejem, Monty, según la Guardia Urbana fue un millón, y según la delegación de gobierno, 350.000 personas.

– ¡Admirapla en cualquier caso!

– Dime una cosa, President, ¿en aquel momento ya estabas pensando en echarte para atrás, no?

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Como queriendo cambiar de tema, Monty quiso retroceder un poco más, a la Diada de 2016, «A punt», 2015, «Vía Lliure», y se preguntó qué hacía él en aquellos momentos en que el líder catalán de entonces, Artur Mas, estaba en plena campaña electoral del 27-S mientras promovía un nuevo referéndum, el del 9-N, con el que tratar de tapar todos los casos de corrupción que comenzaban a cercar su partido. Monty era alcalde de Gerona,  «solo» número 3 de Junts Pel Sí por Gerona y recordó que vivía mucho más tranquilo con su mujer, Marcela Topor. «Aunque por entonces ella no se levantaba 6.000 euros mensuales de un medio subvencionado con dinero público», pensó.

Leyó en un periódico las cifras de asistencia a la Diada y eran mayores cuanto más retrocedía en el tiempo. Volvieron a poner en marcha el Delorean.

2014: «Ara es l’hora». Monty tuvo que hacer esfuerzos por contener las lágrimas. 1.800.000 asistentes según la Guardia Urbana, 550.000 según la delegación de gobierno.

2013: «Vía catalana cap a la Independència».

2012: «Catalunya, Nou Estat d’Europa». Dos millones de personas en las calles durante la primera Diada claramente proindependentista. 620.000 personas según la delegación de gobierno.

– ¡2012! -se sorprendió Monty-. Ya hablábamos de un nuevo estado europeo hace siete años. ¿Tanto tiempo llevamos metidos en el procès?

En todas esas manifestaciones aparecía en la primera fila un chico joven con aires de matón de patio de colegio, de la familia de los Tannen. A medida que retrocedían en el tiempo, igual que engordaban las manifestaciones, adelgazaba el matón de los Tannen, el pequeño Rufián.

– ¿Qué tal si retrocedemos al inicio de todo, a junio de 2010 y la sentencia del Constitucional? -sugirió Monty.

– ¿De verdad crees que ese fue el principio de todo? -respondió Doc Tardá, visiblemente contrariado.

– Por supuesto, porque supuso negar al poble de Catalunya su derecho a decidir sobre los propios asuntos de la naciò.

Tardá permaneció en silencio y puso rumbo a junio de 2010. En realidad lo que vieron fue que el independentismo encontró su excusa para iniciar la deriva en la que estaban inmersos desde entonces. La sentencia anuló dos temas fiscales de menor importancia, indicó que la palabra “nación” del preámbulo carecía de valor jurídico y sobre todo evitó la creación de un poder judicial paralelo.

– Era nuestro Estatut -sollozó Monty-. El que habíamos aprobado y decidido todos los catalanes.

Con gesto circunspecto y sin avisar, Tardá retrocedió hasta el 18 de junio de 2006, el día del referéndum sobre el Estatuto de Cataluña.

– Aquí lo tienes, Doc, la mayoría del poble aprobó un nou Estatut para Catalunya, un pacto aprobado por todos los catalanes que luego nos recortaron en Madrit.

– Mira, Monty, nuestro partido, Esquerra, pidió el “No” al Estatut. El porcentaje de participación en el referéndum no llegó al cincuenta por ciento, y de ese cincuenta por ciento, ni siquiera se llegó a tres cuartas partes porque es un tema que a muchos catalanes, sinceramente y aunque nos duela, les interesaba más bien poco. En 2006 los de tu partit no eran independentistas como nosotros, no apostabais por la secesión como ahora.

– ¿Ah, no? Pensaba que solo era el PP el que se oponía al Estatut.

El PP se opuso a la aprobación del Estatut porque entendía que vulneraba competencias de las instituciones nacionales, y ERC se manifestó en contra de una redacción que previamente había aprobado porque consideró que el Estatut se quedaba corto en sus aspiraciones secesionistas.

Siguieron retrocediendo hasta la Diada de 2005. Monty se sorprendió al ver a políticos del PP, el PSC y Ciutadans en la ofrenda floral a Rafael Casanova, aquel insigne patriota español.

– ¿Recuerda? -inquirió Doc al MHPE-. ¿Recuerda cuando se decía que la Diada era una fiesta de todos los catalanes? Es más, vamos a retroceder a 1980, a la reinstauración de la Diada tras los años de dictadura franquista.

El Delorean aterrizó en una azotea sobre Las Ramblas. Doc bajó a la calle y compró un ejemplar de La Vanguardia, que entregó a Monty. Ni rastro de esteladas, ni rastro del sentimiento de odio que se respira desde 2007 al menos. Monty leyó el periódico estupefacto. Por un momento pareció salir del ensimismamiento indepe en el que lleva desde que se cayó en la marmita de lazos amarillos. Trataba de entender qué ocurría.

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El Delorean se trasladó a la Diada de 1976, cuando seguía sin ser una fiesta autorizada, pero se convocó una concentración de miles de personas bajo el lema: “Llibertat, Amnistia y Estatut d’Autonomia”.

–  Con qué poco nos conformábamos, ¿eh? -pareció entender Monty.

– Vosotros queríais el poder y más autogobierno, no dudo que al principio con intenciones loables, con la vuelta de Tarradellas y el restablecimiento de la autonomía. Pero luego con Pujol se vio que los que mandaban de entre los tuyos, con el clan Pujol a la cabeza, solo querían mangonear con impunidad.

Monty se quedó cabizbajo. Pensó si no había sido un títere en manos de otros mucho más listos que él, antiguos líderes de su partido que seguían viviendo en Cataluña cómodamente instalados en sus casoplones y disfrutando de la riqueza acumulada durante los años de expolio.

– Oye, Doc, ya que esto es una máquina del tiempo… ¿podemos viajar también en el tiempo hacia el futuro?

– No te va a gustar, President -respondió Doc.

– ¿Pero ya lo has hecho? ¿Podemos hacerlo?

Doc Tardá suspiró profundamente:

– Hazme caso, McFly, no te va a gustar.

Notas del Autor:

(1) Disculpas por mi pésimo nivel de Photo Editor.
(2) Este artículo está programado para su publicación a las 12.00 h. del 11 de septiembre, coincidiendo con la celebración del Acto «Por los derechos y las libertades, absolución». Con dos cojones.

Cara Josean

Solaris, por Travis

«Una cinta de ciencia-ficción visionaria que nos embarca en un profundo viaje, tanto al espacio exterior como al interior». Michael Wilmington, del Chicago Tribune.

Hace casi dos meses, en el post que dediqué al cine ruso y especialmente al papel de los rusos en el cine, prometí que hablaría de Solaris, la obra del director soviético Andrei Tarkovsky basada en la novela del polaco Stanislaw Lem. Fue rodada en 1972 y tras su paso por Cannes se convirtió en la típica cinta de culto que recibe el respaldo unánime (y acrítico) de la prensa especializada. Recuerdo haberla visto entre grandes bostezos hace décadas, cuando apenas cumplía los veinte y pasaba esa etapa gafapasta de mi vida en la que intentaba ver todo lo que los sesudos críticos oficiales consideraban «imprescindible». Cuando decidí destripar la peli este verano, quise volver a verla para comprobar si en aquel momento cuasiadolescente no tenía la madurez suficiente para juzgarla y ahora en cambio, bordeando la cincuentena, poseía el grado de discernimiento necesario para saborear «…una obra cinematográfica fascinante. Es también una reflexión sobre la humanidad, el amor y la naturaleza desconocida del universo». Palabra de Jamie Russell, de la BBC.

Para los amantes de esta obra de Tarkovsky o para los curiosos a los que les apetezca verla después de mi valoración, les indico que es muy fácil de encontrar en versión original y con subtítulos:

«Ah, coño, es cortita, solo una hora y dieciséis minutos», pensará algún incauto. No, amigo, esa es solo la primera parte. Aquí te dejo el enlace para la segunda:

Dos horas y cuarenta minutos. Por esa razón el crítico de The New York Times Richard Eder afirma que «el resultado exige verla activamente y poner esfuerzo. Pero si se hace, el resultado es extraordinario como recompensa». Me quedo con la primera frase. Puse el esfuerzo, la mejor intención, y escuché activamente los primeros tres minutos de música de Edward Artemiu. «Bien, vamos muy bien». Luego contemplé con expectación el primer minuto de hojas sobre el lago con la misma atención con la que miraba el aparcamiento del coche sobre las cagadas de perro en la Roma de Cuarón. Pero respecto a la segunda frase de Richard Eder, aún sigo esperando mi recompensa, o al menos alcanzar la madurez suficiente para disfrutar esa «extraña, lenta, pero absorbente parábola sobre la vida y el amor en forma de un tema de ciencia ficción» (Variety). Casi dos meses he tardado en encontrar las ganas y los huecos entre sueños para rematar el visionado.

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Trataré de ser respetuoso con el autor y con todos los críticos que tanto la aprecian, así que diré con toda la educación y cordialidad que soy capaz de reunir que… redoble de tambores… Solaris me parece un truñaco sobrevalorado, repleta de momentos pseudointelectualoides que bordean el ridículo, con unos efectos especiales inexistentes y una trama interior de sus protagonistas de una simpleza pasmosa, que cuesta entender cómo para la crítica se convierte en una reflexión profunda sobre «la muerte y el renacimiento, el paraíso perdido de la infancia, el poder del arte para definir la identidad, la amenaza de la ciencia como vanidad destructiva» (Richard Brody, The New Yorker).

El argumento de Solaris es sencillo: un psicólogo llamado Kris Kelvin, no un astronauta profesional, ni un ingeniero o un médico, ni siquiera un científico avezado en experimentos termonucleares cósmicos interplanetarios, un psicólogo, decía, es enviado a la estación soviética en el planeta Solaris, un lugar formado por un océano, nubes, gases y poco más.

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Antes de emprender viaje, Kris se pasa el último día en la Tierra con sus padres, un señor mayor con chaleco, bigote y aires de abuelo de Heidi, y una señora cuyo papel parece interpretado por Eusebio Poncela con peluca.

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En la preciosa casa de sus padres junto a un lago (lago que da, por supuesto, para hermosos planos de dos minutos de las flores y plantas bajo -en, entre, sobre, tras y demás proposiciones- el lago), se encuentra también un antiguo astronauta que visitó la estación espacial hace tiempo y se quedó un poco tocado, un tal Berton, quien afirma que vio a un niño de cuatro metros caminando hacia él.

De verdad que intenté encontrar el simbolismo al niño con problemas de gigantismo que flotaba sobre las aguas, pero mi escepticismo era mayor aún que el de los responsables de la agencia espacial rusa, así que al igual que ellos lo achaqué a un estrés traumático o a un episodio de locura temporal.

Berton se enfada con Kelvin y se marcha a la ciudad en un plano que dura casi cinco minutos de reloj. Cinco putos minutos de mi vida viendo un túnel, una carretera, otro túnel, el careto de Berton montado sobre un Lada supuestamente futurista (¡un Lada!) y llegando a una ciudad nada moderna de noche, con las luces de los edificios encendidas. Supongo que el director quería transmitirnos la idea del caos de la gran ciudad frente a la quietud y la calma de las aguas de Solaris.

Tarkovsky consideraba que la ciencia ficción que se rodaba en Occidente era demasiado superficial y su manera de parecer profundo consistió en rodar planos interminables de la superficie del océano de Solaris, a veces entrelazados con otros de nubes en movimiento. Resulta de una profundidad sublime, cómo no, que eso nos dice la crítica especializada.

Dos minutos en blanco y negro, otros dos en color durante el trayecto del coche. Kelvin en la quietud del bosque y en una elipsis mágica comparable a la de 2001, Una odisea en el espacio, el firmamento y luego un plano corto de Kelvin diciendo “¡perdemos estabilidad!”, momento en el que llegan los maravillosos efectos especiales consistentes en mover la cámara a izquierda y derecha.

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Ninguno de los tres habitantes de la estación recibe a Kelvin cuando este llega a Solaris, el cual llega con la misma pasmosa mirada del que entra en un bar sin gente: “vaya, pues esperaba un fiestón y esto es un muermo…” Al poco tiempo se entera de que uno de los tres astronautas, Gibarian, precisamente el que era su amigo, se había suicidado, y los otros dos, Snaut y Sartorius (no sabemos si de nombre Nicolás), están como un cencerro. Los pasillos de la nave están medio abandonados, repletos de trastos, cables, chispas, basura y luces. Creo sinceramente que pudo servir de inspiración para la MIR de Armageddon, ¡ja, ja, ja, matadme, puristas tarkovskianos!

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Tras ver el vídeo de Gibarian justo antes de suicidarse, Tarkovsky nos regala un minuto entero de Kelvin durmiendo en su cómoda celda espacial, minuto del que despierta y se encuentra con una mujer con bigotillo (de hecho se lo mesa de modo sensual) a los pies de la cama, vestida de «fiesta cutre de disfraces medievales». La mujer se mete en su cama y descubrimos que es Hary, su mujer fallecida diez años atrás, la misma que aparecía en un retrato en la casa de los padres. Kelvin se asusta, porque evidentemente su mujer murió, así que no se le ocurre otra cosa que meterla en un cohete espacial y lanzarla a tomar viento, helio, o lo que se respirara en esa atmósfera extraña. Kelvin es tan torpe y tan poco astronauta que se chamusca todo enterito con el fuego del cohete. Quizás sea otro símbolo del autor acerca de lo quemado que llegó a estar Kelvin de su mujer. Quizás sea eso, a lo mejor no lo entendí a la primera.

Para su sorpresa, al día siguiente Hary vuelve a aparecer ante sus ojos, porque «la dualidad está presente en cada idea y en cada emoción, sin poder separar lo positivo de lo negativo, formando un todo trágico», según Adrián Massanet, de Espinof. Vale, puesto que esta es una historia de amor introspectiva y hay que buscar en el interior la aventura que no ofrece el exterior, Kelvin hace lo que sus instintos le indican: echar un polvo, revivir su historia con aquella mujer que no era feliz con él y que en su depresión se quitó de en medio. Otra que se suicidó, que visto el número de personajes y de suicidios de la película, cualquiera pensaría que los rusos tienen una solución fácil y rápida para prevenir la superpoblación.

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En otro de los momentos simbólicos del filme cuyo significado mi mente ignorante no captó, vemos una especie de condón gigante hinchado en el suelo, quizás como un aviso a Kelvin para que evite la reproducción con un ser que claramente no es humano. Sí, Hary, su mujer doble o triplemente fallecida, tiene aspecto humano, está como un cencerro y tiene su morbo en alguna escena, pero no es humana por el cariño con el que trata a Kelvin pese a que intentara deshacerse de ella en varias ocasiones.

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La gracia del argumento es que se supone que el planeta es el que genera personajes como el de Hary a partir de nuestros recuerdos, como si se creara una especie de conexión neuronal entre los habitantes de la nave y la superficie del océano. De ahí que desde la nave se lancen ondas cerebrales al planeta con la esperanza de que dejen de crearse esos recuerdos perturbadores (que alguien me explique el enano que guarda Sartorius en su laboratorio).

El despropósito argumental continúa con la fiesta de cumpleaños más tétrica de la historia, en la que nadie sonríe, leen unos párrafos del Quijote y hablan de «los treinta segundos de ingravidez» como si fuera algo emocionante. Tras  la fiesta, como una rutina ya incorporada a su quehacer diario, Hary se suicida de nuevo ingiriendo un tubo de oxígeno líquido. Pero en esa enorme metáfora de la inmortalidad y el cariño infinito, resucita a los pocos minutos. No sé si la cara de Kelvin es de alivio o de hastío, como si dijera: «¿otra vez me vas a montar el numerito, guapa?»

Cuando ya llevas más de dos horas y tus ojos se sujetan con palillos llegan los mejores diálogos de la película para mi gusto, aquellos en los que hablan de la felicidad, de cómo los seres más felices son los que no se preguntan por el sentido de la vida, todo ello en un plano en el que Tarkovsky se recrea en los pelos de la oreja derecha de Snaut. «Conocer el final de nuestra existencia es peor para la felicidad», o algo de tamaña complejidad creo que afirma.

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Kelvin sueña con su madre siendo joven y vestida como la selección de Croacia, y cuando despierta se entera de que por fin se ha deshecho de Hary, que desaparece de la nave, pero tiene el detalle de dejarle una carta de despedida. Su mayor dilema a partir de ese momento consistirá en decidir si vuelve a la Tierra o permanece en Solaris para vivir con el recuerdo de su esposa o con la esperanza de su vuelta. Porque ya hemos visto que esta mujer, terca es un rato.

Volvemos a la casa de los padres junto al lago, pero, oh, grandiosa sorpresa final, cuando Kelvin observa desde la ventana que el padre se moja el chaleco por una gotera inmensa en el centro del salón mientras trata de salvar los libros, que digo yo que podía arreglar ese goterón con un poco de cemento cola o llamando a un escayolista, o al menos podía no ponerse justo debajo del agua (perdón, que me voy del tema), la cámara se aleja, asciende y comprobamos que realmente la casa yace en una isla que no es más que un recuerdo establecido en Solaris, oh, momento poético final, oh, bálsamo consolador del alma atormentada de Kris Kelvin.

FIN

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Parece clara mi opinión, pero qué sabré yo. Solaris alcanza un 8,1 en Imdb, un 7,6 en Filmaffinity y está en el top-10 de películas de ciencia ficción para The Guardian, pero para mí ha sido todo un ejercicio introspectivo de compostura, paciencia y autoflagelación. Treinta años después, en 2002, Steven Soderbergh rodó un remake de Solaris con George Clooney y Natasha MacElhone. No la he visto porque dicen que la buena, buena, rebuena, obrísima maestra, es la de Tarkovsky.

 

 

La gran evasión, por Travis

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Siempre me han gustado las películas de fugas. Quizás se deba a que lo más preciado que le puedes quitar a una persona, después de la vida, es su libertad. Privándole de ella le estás alejando de su familia, de sus amigos, de su carrera profesional, sus aficiones, de todo lo que le hacen ser persona. Será por eso que en pocos géneros como el carcelario (ojo, que no incluyo en este género a La gran evasión) tiendes a empatizar con el protagonista que intenta fugarse, deseas que logre su objetivo con sus mismos anhelos, y eso no siempre ocurre en el cine.

En el fondo me da igual si el preso es inocente o culpable. Para mí lo de menos es si Andy Dufresne (Cadena perpetua) se cargó o no a su mujer, o la gravedad del delito de su amigo Red (Morgan Freeman), lo que quiero es que salgan y que el alcaide reciba su merecido. No me importa lo que hicieran Clint Eastwood y sus compañeros de la Fuga de Alcatraz, o Steve McQueen (¡grande Steve!) antes de ser confinado en la terrible Isla del Diablo de Papillon, o el Burt Lancaster que se convirtiera en el inolvidable ornitólogo de El hombre de Alcatraz, o incluso los cabronazos de Con-Air o Stallone en Encerrado, algo tiene el cine de prisiones que hace que te pongas del lado del reo.

En el caso de La gran evasión (1963), como en casi todas las pelis ambientadas en la Segunda Guerra Mundial, vamos a la fuerza con los aliados y en contra de los nazis. La gran evasión nunca figura en la lista de las 10 o incluso 100 mejores películas de la historia, pero yo sí la incluyo entre mis 10 favoritas y de hecho la incluí en aquel lejano listado de pelis favoritas. Puro cine, ritmo vibrante que no decae ni uno solo de sus 172 minutos de duración.

La gran evasión 5Los aliados intentarán fugarse de mil maneras diferentes del campo de prisioneros de guerra Stalag Luft III, ubicado en lo que hoy es Polonia, un campo con la máxima seguridad en el que se trata a los oficiales con cierta deferencia y respeto. La película me gustaba tanto, la había visto tantas veces, que un día encontré en una librería un libro de Tim Carroll con el mismo título y me lancé a comprarlo sin pensar en nada más.

El libro narra cómo fue la fuga de 76 prisioneros del campo, desmitifica un tanto lo contado en la película y explica las diferencias entre la historia real y lo que se cuenta en el filme de Sturges, como que no había americanos en el campo, ni prisioneros que intentaran escapar en moto, o hechos contrastables como que era la Luftwaffe la que gestionaba el campo y trataba a los oficiales con gran camaradería. Incluso durante los primeros años les permitían comer en ocasiones con los mandos del campo o pasear por el bosque cercano, hasta que el número de prisioneros creció (aumentó por encima de los diez mil) y tuvieron que empeorar sus condiciones juntándolos con soldados que no eran oficiales.

Aun así, el libro resulta igual de apasionante que el filme de John Sturges, tanto que un día estaba terminando uno de los capítulos cercanos al momento de la fuga y no podía dejarlo, así que llegué tarde a mi cita. Te engancha, lo mismo que pasa con la película. Una vez que empiezas con la mítica banda sonora de Elmer Bernstein no puedes dejar de verla. Igual que si un día descubro a mitad del metraje que la están poniendo en cualquier cadena, me quedo hasta el final por muy bien que conozca el desenlace. Y siempre pienso que el día que en las escuelas de cine expliquen el ritmo cinematográfico tienen que emitir esta cinta.

La magistral dirección de John Sturges se apoya en un guion perfecto de James Clavell y W.R. Burnett, y en un reparto coral en el que todos están inmensos. Todos. Solo hombres,  por cierto (¿cómo meteríamos aquí la imposición Rider, amiga Frances?). El que menos me gusta es precisamente el gran cerebro de la fuga, el comandante Bartlett (Richard Attenborough), quien sin embargo tiene una de las grandes secuencias de la cinta al caer en el mismo error del idioma en el que insistía a sus compañeros de fuga que no cayeran, lo que desbarata su plan.

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El teniente Hendley (James Garner) es el «conseguidor», el denominado «proveedor» de las necesidades de los prisioneros en los diversos planes de fuga, un tipo de dedos rápidos capaz de birlarle la cartera a un alemán, y con el corazón suficiente como para convertirse en los ojos de su compañero de celda, el oficial Blythe (Donald Pleasance), al que insiste en llevar a la fuga a pesar de su limitación física, la progresiva pérdida de visión.

James Coburn interpreta al «fabricante» australiano Sedgwick, un individuo con la imaginación suficiente para convertir las latas en ruedas, los tablones de las literas en el soporte del túnel o las mantas en abrigos.

La gran evasión 3Como ya conté en este mismo blog, el personaje de Charles Bronson, Danny Velinski, tenía algo en común con su vida real, pues se trata del «gran excavador» con problemas de claustrofobia. Lo mismo que le ocurría al actor antes de serlo, durante su época de minero.

Y por encima de todos ellos, mi favorito en una de mis películas favoritas de siempre: el gran Steve McQueen como el oficial Hilts. El infatigable escapista, el hombre del guante y la pelota de béisbol jugando rítmicamente en la «neverra» en la que es confinado cada vez que le atrapan. Si alguien me preguntara por uno de mis primeros recuerdos de cine estaría el salto en moto de McQueen sobre la primera de las vallas que delimitan la frontera. Su imagen icónica a lomos de una Triumph es la que forzosamente debía encabezar este post. Y si esto no fuera un texto escrito, sino un podcast, no faltaría el «guau» que profiere al probar el fortísimo licor de patata que destila clandestinamente en uno de los barracones junto con James Garner.

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Si alguno de los lectores no la ha visto, que no pierda un segundo y la busque, es una puñetera maravilla. Y además de todo lo dicho, dirección, ritmo, guion sólido y repleto de aciertos, una música maravillosa totalmente acorde con el ritmo y la acción, actores míticos en los papeles de sus vidas,… además de todo eso, tres nombres para la historia: Tom, Dick y Harry. Aunque el libro explica las diferencias con la película, los tres nombres escogidos para los túneles existieron en la vida real. «Menos mal», pensé, «que nadie me eche abajo este mito».

Para el que quiera conocer más datos de la historia real, La2 emitió un documental de National Geographic, que he sido capaz de encontrar:

Enlace a la primera parte.

Enlace a la segunda parte.

¿Que por qué me ha venido a la cabeza hoy hablar de esta película? Porque el amigo Athos Dumas escribió ayer sobre ella en La Galerna y me dio pura y sana envidia. Recomiendo su artículo.

La gran evasión es puro cine, pero en realidad es el cine nuestra gran evasión.

Agua o fútbol

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LESTER, 21/08/2019

Cuando organizas un viaje como el que estamos haciendo estos días por Ecuador, planificas los pocos días que te quedan después del voluntariado para ver qué zonas visitar o qué merece la pena recorrer, pero no buscas demasiada información sobre la zona en la que se va a desarrollar el proyecto, entre otras cosas porque, al no ser una zona turística, no hay demasiada. Te interesas por formarte sobre los filtros, por cómo afrontar el trabajo de explicación y difusión, por el crowdfunding, por visitar a la niña que tenemos apadrinada en la zona si fuera posible (¡y ha sido posible!), pero no sabíamos del valle de Chota Mira más que los informes periódicos que nos manda Ayuda en Acción.

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El valle de Chota Mira está al norte de Ecuador, en la provincia de Imbabura, que tiene el mismo nombre del impresionante volcán que se divisa casi desde cualquier punto de este área. Este país se organiza en cantones, parroquias y comunidades, que vienen a ser como nuestras mancomunidades y pueblos. Hay 34 comunidades dispersas por el valle de Chota Mira, que tiene unos 45 kilómetros de largo, por solo 4 de ancho en su parte más amplia, todo ello entre impresionantes montañas de la cordillera andina. El paisaje es muy variado, seco en algunas zonas y un vergel impresionante en otras, con el río Mira atravesándolo del sudeste al noroeste de la región.

Nuestro trabajo consiste en visitar estas comunidades y desarrollar ambos proyectos, el de las escuelas y el de la distribución de filtros. Los trabajos están perfectamente organizados por el equipo de Ayuda en Acción y el FEPP (Fondo Ecuatoriano Populorum Progresio) en Mascarilla, perteneciente a Mira. Salimos temprano por la mañana y visitamos las comunidades que tenemos en la planificación: Cuajara, Monteolivo, Ambuquí, La Victoria, San Vicente,… La ONG local ha organizado las visitas previamente con cada comunidad para reunir al mayor número de familias o representantes de las mismas en algún local en el que podamos explicar la importancia del consumo de agua segura, limpia y purificada, en lugar del agua de grifo («agua de llave» que dicen aquí) de mala calidad y contaminada que reciben en muchos de estos lugares. 

Llegamos, descargamos nuestros filtros y nos reciben primero con expectación, luego con cierto aburrimiento mientras explicamos el sistema, para dar paso a la sorpresa al ver el cambio del color del agua en los vasos, y en algunos casos la ilusión por ver y entender que esta sencilla solución puede mejorar de modo considerable sus condiciones de vida. No es sencillo explicar las cosas aquí y a veces el idioma, aunque parezca una paradoja, juega en contra de nuestras intenciones. Las palabras no son las mismas y aunque creamos que nos han entendido todo, «ustedes los españoles hablan muy rápido» y no hay que dar las cosas por hechas, así que repetimos pacientemente y hasta de modo individual las explicaciones para asegurarnos de que la persona que recibe el filtro va a saber utilizarlo para que le dure los diez años que aproximadamente tienen de vida útil.

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El trabajo de organizaciones como Ayuda en Acción y el FEPP es encomiable, actuando en varios campos para promover la mejora de las condiciones de vida de sus habitantes, un tanto abandonados por las autoridades gubernamentales. En el tiempo que nos queda tras acabar nuestros trabajos, visitamos varios proyectos de emprendimiento local que cuentan con el apoyo de ambas organizaciones, como plantaciones de mangos o aguacates, una piscifactoría de tilapias, una asociación de criadores de cabras reconvertidos a nuevos productores de leche y queso de cabra, una empresa de turismo de aventura que nos permitió hacer canopy (una tirolina espectacular a sesenta metros de altura), o una pequeña artesanía local que intenta recuperar las máscaras africanas, origen del que son los ancestros de la mayoría de los habitantes de esta zona.

Una de mis primeras sorpresas al llegar a algunas comunidades es que parecían imágenes de gente y barrios de África, origen del que empiezan a mostrar el orgullo en canciones como las de algunos grupos locales que hemos tenido la suerte de escuchar estos días.

El otro ámbito en el que se trabaja con especial empeño desde las ONG es en el de los derechos de sus ciudadanos. Se trabaja y se insiste de un modo que nos sorprendió inicialmente en temas de igualdad y solidaridad, pues su población ha sufrido una doble discriminación, por la raza y por el sexo. Muchas mujeres quedan embarazadas antes de los dieciocho años, o son abuelas antes de los cuarenta y se ven a cargo de todas las labores de la familia con varios niños a su cargo, pues además son abandonadas en muchos casos por los padres de las criaturas. Cada vez que entregamos un filtro o preguntamos a los niños por sus padres, nos encontramos con este tipo de historias. Padres que no conocen o que viven en Quito, en Ibarra o incluso en Madrid o Barcelona, padres de los que no saben nada en muchos casos. Espero que las compañeras del otro proyecto nos cuenten sus vivencias en este mismo blog en breve.

El círculo de acción de la ONG se cierra con los vínculos solidarios con España, con los apadrinamientos o auspiciamientos de los 1.800 niños de estas comunidades que tienen un padrino en España, como es nuestro caso, que nos permite poner cara a la ayuda y propician los fondos para el desarrollo de todas estas actividades. Todos estos proyectos piensan en el medio y largo plazo porque inciden de pleno en lograr un cambio de mentalidad de la población. Hay que pensar en el mañana, no solo en las necesidades básicas de hoy, hay que mejorar la economía local hoy para que vuestros hijos vivan mejor mañana, hay que pensar en el agua limpia y en la educación para tener una población más sana y formada. Tan simple, tan complicado.

Dentro de las mil sorpresas que te encuentras cuando visitas una zona tan lejana del mundo (y de mi mundo) como esta, una de ellas fue la actuación de las autoridades estatales por paliar el analfabetismo o el acceso a agua potable en estas comunidades. Si hay un interés real por mejorar las condiciones de vida de la población, lo cierto es que no se ve mucho. La solución de los filtros potabilizadores que estamos entregando es un parche, una medida coyuntural que no puede dar solución a un problema estructural. Hace falta construir plantas potabilizadoras o depuradoras de agua como la que visitamos en la comunidad de San Vicente.

Es una pequeña planta muy sencilla, de tecnología muy básica, que abastece de agua de calidad a 400 familias. Su coste fue de 110.000 dólares, financiado por Ayuda en Acción y el FEPP en un veinte por ciento aproximadamente, en un cincuenta por ciento por autoridades locales y el resto entre asociaciones locales y comunidades de regantes. Es un coste elevado para las economías locales y al principio pensé que no era accesible a la mayoría de las parroquias y comunidades. Sin embargo, no ha habido pueblo o aldea que visitáramos que no contara con una espectacular cancha de fútbol artificial de las que no vemos en muchos sitios de Madrid.

Cuando vi la primera, y la segunda, y la tercera, y pregunté por ello, me contestaron: «había elecciones municipales y esto es lo que daba votos». He tenido la suerte de jugar en dos de estas pistas y son magníficas, qué duda cabe, y el deporte será importante para sus habitantes, sobre todo para los más jóvenes. El problema lo encuentras cuando ves el coste de construcción de alguna de ellas, como he visto hoy en San Vicente de Pusir: 189.325 dólares. Las comparaciones son odiosas, pero está claro que entre el agua y el fútbol hay un claro ganador.

¡Un abrazo a todos, seguiremos informando!

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Prohibamos Verano Azul, por Travis

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Tenía que llegar, era cuestión de tiempo. Como le pasó a los clásicos de Disney, las películas de Woody Allen o los anuncios de brandy Soberano, las brigadas censoras han tenido a bien considerar que le ha llegado el turno a Verano Azul.

Televisión Española ha comenzado a reponer por enésima vez la mítica serie de Antonio Mercero con la que disfrutamos los de mi generación, y a un señor llamado Jesús Arroyo, que se autodefine como “Consultor de estrategia, posverdad y control de la opinión pública” se le ocurrió la broma o el experimento de criticar a la televisión pública por reponer una serie en la que se hacía parodia de un personaje como el “Piraña”, “un chaval con desorden alimentario” que provocaba “las risas de sus compañeros”. Lo ligaba luego a noticias sobre la obesidad de los niños españoles, la mayor de Europa, y ya teníamos montado el festival de la estupidez.

 

Siguió con las críticas a la serie por el personaje de Pancho, un chaval moreno con “rasgos latinos”, quien según el mismo consultor “dio origen al diminutivo usado hoy día de manera tan despectiva en nuestro país”. Lo primero que pensé es que tenía que ser una broma. «Es imposible que lleguemos a esto», como confirmó unos días después el propio autor de la broma en un programa de televisión. Menos mal, pero pensé que podía ser real tras leer los comentarios de esa horda enfurecida de “ofendidos por todo” que puebla las redes sociales, abandera cualquier causa con vehemencia y empuña las antorchas para quemar en la hoguera al que ose contradecirle. Amplificaron la broma sin saber que lo era, la retuitearon y difundieron con argumentos peregrinos porque esa era la nueva cruzada: los «terribles estereotipos» de Verano Azul.

Verano Azul 2

Y pasó por real porque por desgracia nos estamos acostumbrando a que todo lo que vemos, escuchamos o leemos en la actualidad, da igual cuando haya sido escrito, se juzgue con el prisma de los ofendiditos y las brigadas censoras de hoy en día. Censoras e infantiles hasta el punto de que hemos normalizado escuchar situaciones que hace pocos años tomaríamos como ridículas. Y no nos descojonamos de estos titulares porque hay gente que se toma su reivindicación muy en serio:

El país debe de ir bien cuando estos son los temas que preocupan. Lo triste es el nivel de estupidez social en el que nos movemos, así que entra dentro de lo lógico para esos cerebros privilegiados que se prohíba todo aquello que les ofende o que ellos pueden imaginar que ofende a algún colectivo. ¿Que algo no me gusta? Que se prohíba. Ya tuvimos la polémica hace unos meses con la palabra “mariconez” en Operación Triunfo, y cómo unos chavales que no llegaban ni a los veinte años pretendían cambiar la letra de una canción escrita antes de que ellos nacieran. Como escribió Lester, verás cuando descubran Siniestro tOTal.

Como no podía ser de otro modo, las brigadas censoras son terriblemente activas en todo lo relacionado con el cine y las series de televisión. Recientemente leímos que los personajes de las series de Netflix no van a fumar. En Cuéntame se pasan todas las escenas fumando, incluso de modo forzado, porque es lo que ocurría en la España de los ochenta y noventa, te guste o no te guste. Hoy te llama la atención ver a un médico fumando en un hospital, aunque sea en una serie ambientada en los ochenta y primeros noventa, pero en aquellos años ocurría con frecuencia. Este tipo de ficción busca el realismo, la verosimilitud. Y sí, joder, Antonio Alcántara es un machista integral y alguno de los padres de Verano Azul le mete un guantazo a uno de sus hijos que hoy en día nos espanta. Esas cosas ocurrían y no por prohibirlas ahora vas a cambiar la realidad pasada.

Antonio Alcántara

Vamos a llegar al absurdo de que un personaje va a poder descerrajarle un tiro en la frente a otro, pero no podrá fumarse un cigarrillo después. Posiblemente lo peor no sea esto, sino que sospecho que esto de Netflix y el tabaco no es la primera cruzada ni será la última. Lo siguiente será que sus personajes no beban alcohol y luego se harán veganos, y montarán en bici para perseguir a los delincuentes sin dañar el medio ambiente. Es más, los malos serán malos no solo porque secuestren y asesinen, sino porque comerán hamburguesas de vacuno con huevos de gallinas infelices y conducirán coches de potente cilindrada mientras la policía intenta atraparles en vehículos ecológicos mascando una zanahoria cultivada en un huerto ecológico.

La primera vez que escuché este tipo de censuras fue tras ver Instinto básico y leer que algún colectivo gay de Estados Unidos la consideraba ofensiva porque la asesina era bisexual: «…desató las iras de los grupos gay, que utilizaron la película como un ejemplo del despecho con el que el cine retrata a los homosexuales». Hace ya casi treinta años de aquello y lo que pensé que era una gilipollez supina ha ido creciendo hasta alcanzar el nivel actual. Y cuidado si te sales de la moda imperante.

El nivel de estulticia general ha alcanzado ya profundas cotas en temas sociales, lingüísticos, musicales o identitarios, pero al menos podíamos refugiarnos en las series y el cine para ver una buena historia ajustada a la realidad o si no al menos, a lo que el público demandaba. Pues va a ser que no, que también hay que cambiar los guiones y las tramas para adecuarnos a lo políticamente correcto. A por el tabaco, a por el micromachismo, a por los que mantienen los estereotipos, a evitar los asesinos de color negro, ¿has dicho negro?, ¡se dice afroamericano! La reacción de estos lobbies censores recuerda a la del público de los Dos Minutos de Odio en 1984, de Orwell:

“Antes de que el Odio hubiera durado treinta segundos, la mitad de los espectadores lanzaban incontenibles exclamaciones de rabia”.

“En su segundo minuto, el odio llegó al frenesí. Los espectadores saltaban y gritaban enfurecidos tratando de apagar con sus gritos la perforante voz que salía de la pantalla”.

“Lo horrible de los Dos Minutos de Odio no era el que cada uno tuviera que desempeñar allí un papel sino, al contrario, que era absolutamente imposible evitar la participación porque uno era arrastrado irremisiblemente. A los treinta segundos no hacía falta fingir. Un éxtasis de miedo y venganza, un deseo de matar, de torturar, de aplastar rostros con un martillo, parecían recorrer a todos los presentes como una corriente eléctrica convirtiéndole a uno, incluso contra su voluntad, en un loco gesticulador y vociferante”.

Así con todo. A por Woody Allen, que nunca me cayó bien, pues a por él. Pero es que hace treinta años desestimaron el caso, ¡da lo mismo!, a acabar con su carrera. A por Kevin Spacey, que hay un chico que dice que no sé qué, ¡pues a por él, para qué esperar a juicio! ¡A por James Franco!, pero si ninguna denuncia ha pasado del anonimato, ¡a por Morgan Freeman!, aunque para ello haya que hacer un montaje del que luego se desdigan las supuestas denunciantes. Veremos qué pasa con Plácido Domingo. El diario El País se ha sumado a la tendencia e invitaba a sus lectores a que contaran posibles abusos sexuales de los que tuvieran conocimiento. ¡Para qué acudir a los tribunales de justicia si se puede ajusticiar a la persona en los medios, con o sin pruebas! Han retirado la publicación, pero me guardé el pantallazo:

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La pena de todo esto es que parece que los censores están encontrando seguidores y además hacen mucho ruido. En la entrega de los Óscar de hace dos años, Frances MacDormand pidió/exigió con tono crispado a todos los actores y actrices de Hollywood que solo aceptaran papeles en películas que cumplieran la imposición Rider, perdón, la inclusión Rider, y cargó contra todo Hollywood por no obligar a su cumplimiento. ¿Y si hacemos una peli de época ambientada en Castilla en el siglo XIII? Da igual, tú mete un negro, un coreano y un actor trans.

MacDormand Rider

Ya están revisitando letras de canciones y diciendo cuáles se pueden escuchar y cuáles hay que modificar o directamente censurar, al igual que a su autor. Ha ocurrido lo mismo con el cine y las series, veremos cuando les de por leer. Prohibamos Lolita por los abusos del profesor Humbert Humbert sobre su hijastra, prohibamos La Celestina y Romeo y Julieta, porque Romeo y Calixto son unos pederastas que se cepillan a unas pobres adolescentes sometidas a estereotipos machistas y heteropatriarcales. Prohibamos El Quijote porque se mofa de un personaje con trastornos mentales. Prohibamos Los tres mosqueteros porque todos eran hombres blancos, no había mujeres ni afroamericanos entre ellos, y además los tres mosqueteros eran cuatro, lo que podría llevar a confusión a los niños y generarles un trauma. Puede parecer que exagero, pero en Estados Unidos, la cuna de todas estas gilipolleces, han prohibido Las aventuras de Tom Sawyer y Matar a un ruiseñor en algunos estados. Veremos dónde acaba todo esto, pero no me gusta un pelo.

Lo que ocurre ahora ha ocurrido toda la vida. El tonto del pueblo tenía más voz que ninguno y le encantaba proclamar sus chorradas a los cuatro vientos. Lo que ocurre es que ahora al tonto del pueblo le han dado un altavoz, y hay una masa dispuesta a escucharle.

Cara Travis

Cumpleaños feliz, por Lester

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¿Cumpleaños? ¿De quién? Pues de los Cuatro Amiguetes de este blog. Hoy, 15 de agosto, el día que menos gente trabaja en España, este blog celebra su quinto cumpleaños. Casi nada en este mundo de los blogs, y nada hace prever que vayamos a dejarlo aquí, en el mejor momento. Y es un cumpleaños feliz, como dice el título, porque el arriba firmante está disfrutando con la familia de la experiencia de voluntariado en el área de Chota Mira (Ecuador) que os comentaba recientemente.

Gracias a lo ocurrido estos cinco años, el blog ha servido para dar rienda suelta a los pensamientos y frikadas de los autores, para publicar en diversos medios y sobre todo, para darle utilidad, como hace dos años con el libro de relatos, o como pude comprobar en la reciente campaña de crowdfunding para financiar los filtros potabilizadores que hemos venido a distribuir en esta zona perdida del mundo.

El valle de Chota Mira es una zona entre montañas cuya población es mayoritariamente de raza negra, afro, como dicen por aquí, descendientes de los esclavos traídos de África hace siglos. La situación económica del país, Ecuador, le da para cubrir las necesidades básicas en las ciudades importantes, Quito, Guayaquil, Cuenca, pero no le llega para ocuparse de importantes núcleos de población, como los que estamos conociendo estos días, o como los de Cayambe, Cotacachi, Pucayacu o la zona de la Amazonía. El acceso a agua potable en condiciones, a la educación, a una sanidad de calidad, son objetivos y no realidades.

Nuestros proyectos de voluntariado se dividen en dos:

  • Uno que realizan cuatro voluntarias (Mabú, Miriam, Bea y Belén), sobre formación en escuelas, apoyo a campamentos de vacaciones, más lo que aquí llaman «clubes de derechos», en los que se trata de concienciar a los más jóvenes sobre derechos, obligaciones y sobre todo valores en los que formarse.
  • Nuestro proyecto (Rachel, Marcos, Lester Jr. y el plasta que escribe) sobre distribución de filtros potabilizadores de agua en las comunidades de este sorprendente valle.

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Llevamos dos días conociendo las comunidades, jugando con los más jóvenes, interesándonos por sus motivaciones y necesidades, visitando proyectos locales de emprendimiento promovidos por Ayuda en Acción para tratar de (iba a decir reflotar, como si algún día hubiera sido próspera) mejorar la economía de la zona y proveerla de recursos que algún día puedan hacerla autosuficiente. Hoy hemos montado uno a uno los 75 filtros potabilizadores que distribuiremos estos próximos días, 75 filtros de los que se beneficiará ese mismo número de familias, que dado el tamaño de las mismas podrán alcanzar a unas 500 personas. Porque como ocurre en tantas zonas pobres del planeta, la tasa de natalidad es inversa a la riqueza económica.

Hemos trabajado duro, nos hemos dejado los dedos, hemos sudado lo nuestro bajo un calor infernal, con el fenomenal equipo de Ayuda en Acción y la FEPP, y con el gran equipo de voluntarios del que me siento tan orgulloso. Ha sido un trabajo duro, pero me siento feliz, de ahí el título de este post. En próximos días contaré cómo se desarrollan ambos proyectos, de momento, por las fotos que podéis ver, solo puedo contar cosas buenas. Gracias a todos los que habéis colaborado con la captación de fondos, os iré enviando fotos del destino de vuestras aportaciones. Os daría un abrazo como todos los que hemos recibido estos días de los chicos afrochoteños.

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«Un lustro de éxitos» es el otro título que manejaba para este post, pero eso supondría cargar el peso y la importancia en el blog y no en los chicos del valle de Chota Mira, los protagonistas. Aun así, dejad que proclame lo de Un lustro de éxitos como hicieron los Toreros Muertos en su primer disco, titulado de un modo no exento de ironía, Grandes Éxitos, con jeroglífico guarrete incluido, o como esos grupos que llevan 15 años separados y sacan un recopilatorio tipo «30 años de éxitos». Pues los Cuatro Amiguetes lo mismo.

Y al igual que en los otros aniversarios, voy a dejar el top-10 de textos más leídos de la historia de este blog, para los que les gustan este tipo de estadísticas:

  1. En busca de la tranquilidad.
  2. Los «lobos» de las finanzas.
  3. Nuevo Reglamento de la Federación Culé de Fútbol.
  4. La manipulación del relato.
  5. Historias de la Historia que los culés no quieren oír (II).
  6. La Liga se transforma en la Lliga.
  7. Everest.
  8. Ni valors, ni valores.
  9. Esas comedias francesas.
  10. Vacaciones solidarias en la India.

Gracias por seguir ahí un año más, ¡y mil gracias por el apoyo!

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Analista de Bolsa, por Josean

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Por esas casualidades del destino que a veces se producen, haciendo limpieza de archivos digitales, encontré recientemente un texto que escribí en 2002 y que voy a reproducir de modo casi íntegro por dos razones. La primera, porque algunas de las ideas reflejadas que aparecen en el mismo no han envejecido mal. La segunda, porque tras comentar la idea principal del texto con los amiguetes, la misma ha sido rescatada por uno de ellos para darle un nuevo desarrollo, como podréis leer al final. Apenas voy a cambiar nada y los pocos cambios se deben a empresas que a los más jóvenes ni les sonarán, como Terra, o por personas que hoy en día apenas tienen fama alguna.

13/09/2002

Cuando alguien me preguntaba por qué quería ser economista, le respondía que no tenía ni idea, que quizás era por no ser ingeniero, como se me presionaba desde mi familia, o abogado, por no convertirme en un tipo detestable. O quizás porque no era una carrera a priori demasiado complicada. O vete a saber, a lo mejor porque tenía muchas salidas, lo cual era de agradecer para alguien tan salido como yo. El caso es que no era por vocación.

Han pasado unos cuantos años y ahora he descubierto lo que quería ser en realidad: analista bursátil, especialista en Bolsa, comentarista del parqué, cronista del mercado financiero, gurú del ahorrador medio, azote de brokers, llámenlo como quieran.

Y sólo hay una razón para anhelar tal trabajo: la impunidad. Ya puedo decir las sandeces que me vengan en gana, que si me vendo bien seré premiado con el prestigio profesional y el reconocimiento de los medios. Y así es en realidad. A un analista de Bolsa se le permite lo que a nadie en ninguna otra profesión se le permitiría, es decir, el error y la equivocación más absoluta en todas y cada una de sus predicciones. Sólo hay que coger un periódico de información económica, de esos que dicen color sepia o salmón, y observarlo. Por cierto, ¿alguien ha comparado en algún restaurante el color de la sepia y del salmón? Háganlo, se llevarían una sorpresa.

Veamos lo que dice el supuesto genio de las finanzas hablando de la cotización de una empresa determinada, digamos, Ibertrola o Teleafónica: “Ha llegado a 20 y puede subir a 22-23 euros. Si fracasa, podría bajar a 18-17, o incluso a 16”. Genial, ¿no? Para empezar, el cabrón se da un margen de error del treinta y cinco por ciento. Casi nada. Y ni aun así acierta.

¿Se ha parado alguien a pensar qué pasaría si se tolerase esta falta de seriedad en otras profesiones? Por ejemplo, ¿qué pasaría si un periodista deportivo hiciera lo mismo? “El Madrid puede ganar dos o tres a cero, pero si el contrario marca primero, podría perder por uno o dos goles de diferencia, o incluso por cuatro”.

¿Y  un futurólogo? “Cariño, a tu marido le veo bien de salud, parece que correrá el maratón en menos de tres horas. Eso si no le tienen que operar antes de apendicitis o incluso de un tumor cerebral ”.

¿Y un cronista de la prensa rosa? “Se comenta que Brad Pitt está muy cerca del corazón de Charlize Theron. Pero si no es así, más bien podría tratarse de un bulo y estar liado con la Pantoja o incluso si me apuran con Belén Esteban”. Es triste que hasta el mínimo de credibilidad que ofrece la prensa del corazón no se le exija a aquellos que manejan y nos asesoran con el fruto de nuestros ahorros.

En el fondo les perdonamos por lo mismo que perdonamos a los charlatanes sinvergüenzas que nos toman el pelo en las ferias y mercadillos: porque, a pesar de que nos han engañado, la culpa no deja de ser nuestra. Por pardillos y creerles. ¿Que esta camisa tan barata no encoge? ¿Que este valor va a subir el cincuenta por ciento en un mes? ¿Que estos pantalones son auténticos? ¿Que mis acciones no pueden bajar más y me recomienda mantenerlas otros seis meses? Ellos nunca se confunden, igual que el del mercadillo jamás dirá que te ha vendido un producto defectuoso. Los buenos analistas siempre tienen una excusa a mano para justificar sus errores. Por ejemplo:

  • La crisis de las bolsas asiáticas: es evidente, las pérdidas del banco de mi esquina se deben al petardazo de la Bolsa de Singapur. Te meten lo del mundo globalizado y resuelto.
  • La publicación de alguna estadística inverosímil, como el descenso en los bienes de consumo. O sea, que el hecho de que la Mari compre menos yogures influye en la bajada de las acciones de una empresa dedicada a la venta de software informático. Muy lógico. Será que los programadores informáticos se alimentan de productos lácteos.
  • Los tipos de interés: siempre son demasiado altos o demasiado bajos, o, en cualquier caso, distintos a lo que el mercado esperaba.

En fin, lo más grave es que nadie tiene ni la más remota idea de lo que ocurre en ese ente imaginario que es el mercado. Y a algo tenemos que agarrarnos cuando la fe flaquea. Así que si te viene un memo de estos y te dice que las cotizaciones se van a disparar, pues tienes que creerle, qué le vas a hacer. Luego, cuando te hayas dejado en seis meses los ahorros de varios años podrás fardar con tus amigos: “Yo es que juego a la Bolsa”. Joder, menos dinero se pierde en el Casino y no está tan bien visto socialmente.

Lo dicho, señores del Cinco Tías, La Gaceta de los Necios o Expulsión: busco trabajo como analista bursátil. Años de experiencia con menos resultados que con la Primitiva. Prometo la máxima credibilidad con el mínimo de aciertos. Excusas garantizadas. 

Hasta ahí lo que escribí en aquel lejano año 2002. Tras el 11-S y las caídas de las tecnológicas que vendieron humo (y que fueron mayoría durante esos tiempos), algunos analistas seguían diciendo que tal o cual acción tenía que recuperar buena parte de todo el valor perdido. El caso extremo era el de Terra, la filial de Telefónica. Una página web que llegó a tener mayor valoración bursátil que la Caixa. El gran bluff de Villalonga.

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«Recuperar el valor perdido», decían. ¿No sería más bien que alcanzaban su cotización real? Leías sesudos análisis de algunos expertos, que si los fundamentales, los distintos suelos marcados, el volumen de negocio y pensabas: «seré yo el equivocado, el que no tiene ni idea». Hasta que llegaba uno de los sabios y te decía: «Terra está muy cerca de lograr ebitda positivo», y el valor de las acciones subía un diez o veinte por ciento en cuatro días para luego perderlo en uno. La gran falacia del ebitda en empresas cuyos principales costes son amortizaciones y financieros. Quizás fuera en esos momentos en los que pensaba que todos esos comentarios errados y erráticos formaban parte de un plan para el enriquecimiento de unos pocos.

Con los años y las mayores facilidades de acceso a las cotizaciones en tiempo real por parte del populacho, había que sofisticar las herramientas y surgieron los contratos de futuros, las opciones y los temibles derivados. Estuve en un par de cursos para entender eso de las PUT y las CALL, y en ambos los tipos que las daban se movían mucho, estaban nerviosos y nos trataban de convencer de las ingentes cantidades de dinero que se podía ganar en estos mercados.

Análisis de bolsa 3

A uno de ellos le sudaban las axilas más que a Camacho en el mundial de Corea e iba tan acelerado que abrió tres botellines de agua diferentes en menos de cinco minutos. Estaba fuera de sí, como si cada nanosegundo con nosotros estuviera perdiendo una oportunidad de negocio jugando con el segundo decimal de una opción: «¡CALLa, PUTo chalado, calla de una vez!» Si aquel tipo representaba al inversor que se había forrado en bolsa y por algún momento en mi vida tuve la idea de hacerme millonario de ese modo, se me quitó tras los cincuenta minutos de nefasto speech.

Como ya he comentado alguna vez, no me fío de casi nadie en este mundillo y mis inversiones siguen criterios tan conservadores como los de Warren Buffet, aunque desde luego no tan atinados. En el fondo solo quiero tranquilidad para mis ahorros, ¿es eso posible?

Todo el rollo de hoy venia porque el amiguete Barney ha recuperado la idea del comentarista deportivo-bursátil de 2002 y ha escrito todo un análisis de las últimas temporadas futbolísticas del Madrid desde el prisma de un analista de Bolsa. ¿Figura hombro-cabeza-hombro o prefieres un análisis por fundamentales? Puedes encontrarlo en este enlace a La Galerna:

https://www.lagalerna.com/analisis-bursatil-volatilidad-madridista-y-blue-chips-azulgrana/

Analista de Bolsa

Saludos, y recordad que podéis confiarme vuestros ahorros.