Hollywood y la autocrítica (II)

(Continuación de: Hollywood y la autocrítica (I))

Como decía en la primera parte, el cine norteamericano no suele eludir ningún tema, por crítico que pueda ser incluso con el propio país o con su sociedad, y hace mucho tiempo que perdió el miedo hasta para denunciar el racismo, un racismo que aún impera en muchas de sus formas. En estos últimos años no suele fallar que «se cuele» en los Óscar alguna película dedicada al conflicto racial entre blancos y negros. Pero no es la única forma de racismo que se suele mostrar en pantalla.

  • Los asesinos de la luna cuenta las terribles tropelías de ese grupo de hombres blancos WASP de manual que se dedican a «recuperar» lo que ellos consideraban que les correspondía, una zona con enormes reservas de petróleo que había sido asignada a la tribu de los indios osage. Tampoco elude la matanza de Tulsa, sucedida en 1921, un asunto que daría para otra gran película sobre uno de los mayores episodios de la infamia en Estados Unidos.
  • Oppenheimer tenía como tema principal la creación de la bomba atómica y el Proyecto Manhattan, pero dedicó una buena parte de su trama a las investigaciones al científico por su relación con activistas comunistas o por su condición de judío (siempre me ha llamado la atención la creación del Comité de Actividades Antiamericanas).
  • Entre la lista de candidatas a mejor película, se coló este año con todo merecimiento American Fiction, escrita y dirigida por Cord Jefferson. Me gustó por el humor soterrado que destilaba, por la acidez de su propuesta, basada en «un negro que escribe como un blanco y no tiene ningún éxito, hasta que escribe como se espera que lo haga un negro y arrasa». No sé si es la cuota de crítica al racismo que se cuela cada año, pero si lo fuera, lo hace al menos con buen gusto y con una propuesta diferente a lo habitual.

American fiction trata de salirse de esa moda imperante acerca de las nuevas formas de racismo, que ya no son solo sociales o políticas, sino también culturales. Critica la hipocresía del mundillo cultural y aún más la de las adaptaciones cinematográficas, algo así como «lo que se espera de» para contentar a todos, incluidos los blancos biempensantes. A su creador parece tenerle agotado el hecho de que haya que plantear la «cultura negra» o «African American culture» desde un punto de vista de conflicto, basado solo en la discriminación: el modo de hablar (slang), la estética de las camisetas largas de la NBA y los colgantes dorados, el rap, los tiroteos por las calles y la violencia «porque los blancos me oprimen».

No es tan lejana la polémica por los #OscarsSoWhite, de 2016, aquella ceremonia boicoteada por numerosos actores afroamericanos debido a que ninguno de los nominados era de su raza. Todos estos movimientos en favor de que haya una cuota equitativa de minorías raciales o de diversidad sexual me parecen tremendamente peligrosos, enormemente limitadores de la capacidad del autor para mostrar la sociedad tal cual es, sin cortapisas o sin obligaciones de cuota. La Inclusion Rider que ya critiqué aquí tras la alocada aparición de Frances McDormand en la entrega de 2018 (Reservoir Rider dogs) podría acabar en engendros como los que a veces vemos en las plataformas políticamente correctas, con negros, latinos u orientales en papeles imposibles desde el punto de vista del rigor histórico.

Sinceramente creo que el cine norteamericano es mejor cuando se dedica a la crítica pura y dura a la realidad de lo que ha sido su país y los vergonzosos episodios de discriminación y segregación racial, no cuando regala premios o papeles por cumplir con una cuota racial. De aceptar las cuotas, la siguiente polémica será la de la diversidad de género o la del machismo de Hollywood, como se ha visto en esta misma entrega cuando algunos han alzado la voz contra el hecho de que no hubiera más premios para Barbie, la cosa esa de Greta Gerwig que echa para atrás con solo ver el tráiler. Pedían la candidatura para su directora y para la actriz principal (Margot Robbie) y olvidaron que ya les regalaron la de guion adaptado, una broma de mal gusto. Lo curioso es que sus defensores no hablaban de su calidad, sino de lo que consideraban que merecía ser premiado, una supuesta crítica hacia el machismo de la sociedad. Ya. Con una muñeca rubia escultural interpretada por Margot Robbie. Vale, me vuelvo a la discriminación racial, que me interesa infinitamente más.

La calidad es lo que debería imponerse, y al haber más directoras y guionistas mujeres, y más papeles para actores afroamericanos u orientales, la obtención de los premios debería ser algo natural, no forzado. Solo tres mujeres se han llevado la estatuilla a mejor dirección (Kathryn Bigelow en 2009 por En tierra hostil, Chloé Zhao en 2021 por ¡Nomadland!!!! y Jane Campion en 2022 por El poder del perro), cierto, y todas en los últimos quince años, del mismo modo que la mayoría de Óscar de interpretación para actores de color se han obtenido en el último cuarto de siglo. Muy atrás queda el Óscar a la mejor interpretación para Sidney Poitier en 1963 por Los lirios del valle, un oasis durante décadas y décadas. Tuvieron que pasar casi cuarenta años más para que los premios de interpretación protagonista fueran para actores de raza negra, Halle Berry y Denzel Washington en 2001. Durante todos estos años, algunos premios para actores secundarios como Louis Gossett Jr. (1982, Oficial y caballero), Whoopi Goldberg (1991, Ghost), el propio Denzel Washington (1989, Tiempos de gloria) o Cuba Gooding Jr. (1996, Jerry Maguire).

Los premios a las interpretaciones secundarias parecían casi un premio de consolación, una cuota para esa minoría, pero es que, si nos remontamos más atrás en el tiempo, nos encontramos con que el primer Óscar para una actriz de color fue en 1939 para Hatti McDaniel, la criada de la señorita Escarlata en Lo que el viento se llevó, y no pudo ir a recogerlo precisamente por las leyes de segregación racial existentes en la época.

Eso era Estados Unidos, y, pese a los avances en el último medio siglo, existe un racismo en toda la sociedad que se manifiesta con especial virulencia en algunos estados. El cine no se ha quedado atrás y ha explorado (y explotado) el racismo desde casi todas sus vertientes, con reconocimientos explícitos por parte de los académicos. A veces excesivos, como con Green book o Paseando a Miss Daisy, que, si bien son películas amables y entretenidas sobre la relación entre chófer y cliente de distintas razas, dudo mucho que merezcan llevarse el Óscar a mejor película, como sucedió en 2019 y 1989, respectivamente. En la misma edición de 2019 se colaron en la categoría de mejor película Infiltrado en el KKKlan, capaz de lograr momentos de comedia con asuntos tan desagradables, y, de modo inverosímil, Black Panther. Una de mis favoritas, Arde Mississippi, dura, sin concesiones, sobre el salvaje Sur, se quedó sin ese reconocimiento en 1988, cuando cayó frente a la (mucho más blanda) Rain man.

El Óscar de 2017 a la mejor película se lo llevó Moonlight, entre cuyos partidarios no me encuentro precisamente. No solo habla de los conflictos raciales y el submundo en el que viven por ser negros en determinados barrios, sino que se le une la complicación de ser gay en esos ambientes. Pero, como escuché en su momento a un crítico cinematográfico en un podcast, «la misma historia, con blancos de Parla, no tendría ni la décima parte de interés o de éxito». Una buena película, en cualquier caso, como Figuras ocultas, que estuvo entre las finalistas de ese mismo año al contarnos las dificultades de ser matemática, negra y mujer en la NASA en los sesenta.

Selma, Lincoln, El color púrpura, Malcolm X, Detroit, Criadas y señoras, El mayordomo, 12 años de esclavitud, Óscar a mejor película en 2014… Todos los años hay alguna película que trata el racismo de Estados Unidos de una manera más o menos directa, si bien, a veces resulta más interesante cuando el conflicto racial no es tan evidente. Cuando es subliminal, cuando no es tan obvio. Unas niñas jugando al tenis en los selectos clubes de blancos (El método Williams), el tipo que fue juzgado porque pasaba por allí y su color de piel resultaba sospechoso (El juicio a los 7 de Chicago), los chicos de los hood que son enviados a Vietnam (Platoon), el desprecio de un taxista hacia todo un colectivo (Taxi driver), el negro cómplice del amo (Django desencadenado), el abogado o el buzo que no son bien recibidos en determinados ambientes (Philadelphia, Hombres de honor), el racismo de los italoamericanos (Una historia del Bronx), la mirada de desconfianza de una mujer blanca de clase alta hacia un negro que se cruza en la calle… Crash, todo un tratado sobre el racismo que se llevó con merecimiento el Óscar a la mejor película. Lo trata desde todos los puntos de vista y con varias etnias: el poli malo y racista que resulta no ser tan cabrón, el poli bueno al que sus prejuicios acaban traicionándolo, la desconfianza hacia los mexicanos, la pelea del iraní contra un mundo que considera que lo maltrata, el tráfico de orientales, el detective negro y la mexicana que quieren integrarse en el sistema, pero no lo logran, la pareja de afroamericanos millonarios y de éxito… Es todo un alegato sin piedad, incómodo, necesario.

Nadie mejor que los americanos para criticarse a sí mismos, decía, son unos genios, los number one. Y, como todo en el mundo del cine, todo estaba ya en las películas de John Ford.

Hollywood y la autocrítica (I)

Cada año que pasa, la ceremonia de los Óscar se parece más a la anterior ceremonia de los Óscar, que a su vez se asemejaba mucho a… otra ceremonia de los Óscar. Las sorpresas son cada vez menos frecuentes y los pronósticos resultan más atinados, pero lo que sí me llama la atención es cierta disparidad de criterio entre lo que unos años nos dicen que «gusta en Hollywood» y lo que al año siguiente nos cuentan que «los miembros de la Academia detestan». Me refiero, en especial, a la autocrítica, a la bofetada a su propio país. El guantazo a mano abierta que los cineastas dan a sus políticos, a los medios, a la economía, al racismo de su sociedad, a su manera de intervenir en el mundo, incluso a su manera de hacer cine. Porque no hay país en el mundo, o directores, productores y guionistas con mayor capacidad de atizar a su propio sistema que los estadounidenses. Sin embargo, esa capacidad del cine de Hollywood para la crítica no siempre se lleva el galardón, en ocasiones nos dicen que «a los académicos no les gusta mirarse al espejo», y otras veces parece que es lo que se premia.

Billy Wilder cuenta en su libro de Conversaciones a dos manos con Cameron Crowe que, cuando el todopoderoso productor Louis B. Mayer (de Metro Goldwin Mayer) vio Sunset Boulevard en un pase privado, preguntó que quién era ese director extranjero que osaba morder la mano que le da de comer, en referencia a su feroz crítica al sistema de los estudios de cine. Llegó a decir que quizá habría que mandarlo de vuelta a Alemania. La respuesta de Wilder es muy recordada: «Fuck you!». La película no gustó a los magnates de Hollywood por el retrato desolador que hizo de su mundo, pero, sin embargo, tuvo un buen recorrido en los premios: cuatro Globos de Oro y once nominaciones a los Óscar, de los cuales se llevó tres (guion original, dirección artística y banda sonora). Pese a ser una obra maestra recordada durante décadas, no ganó el Óscar a mejor película, que recayó en su lugar en Eva al desnudo, otra crítica de ese sistema que devoraba estrellas sin remilgos, pero una propuesta más amable.

En Europa vamos mucho más «con el freno de mano puesto», con miedo a cruzar ciertas líneas. El director británico Paul Greengrass lo explicó a la perfección hace años: «Una de las cosas más remarcables de Estados Unidos es su instinto para la sinceridad y el auto-examen. En contraste, a nosotros (los británicos) nos cuesta cientos de años siquiera reconocer el error más mínimo». Y a continuación pone como ejemplo los treinta años que necesitó para rodar Domingo sangriento (Bloody Sunday) sobre los sucesos acaecidos con los norirlandeses a principios de los setenta, mientras que rodó United 93 apenas cinco años después del 11-S.

Los conflictos internos de un país nunca son fáciles de tratar en el cine, como cuenta Greengrass, o como nos pasa en España con las películas sobre la guerra civil, que nunca contentan a nadie. Por sectarias, tendenciosas, por hablar solo desde un punto de vista o por quedarse cortas en su crítica. Ni siquiera el ejercicio de honestidad de Amenábar con Mientras dure la guerra se salvó de ciertos ataques. Estoy expectante ante lo que José Antonio Bayona pueda hacer en su anunciado rodaje sobre los relatos de Manuel Chaves Nogales incluidos en A sangre y fuego.

“Idiotas y asesinos se han producido y actuado con idéntica profusión e intensidad en los dos bandos que se partieran España”.

Manuel Chaves Nogales, prólogo de A sangre y fuego. Héroes, bestias y mártires de España

Echo en falta películas o series españolas sobre nuestra monarquía realizadas con la misma crudeza empleada por los británicos en The Crown. Por mucho que dijera Greengrass, puede que los británicos están varios pasos por detrás de los estadounidenses, pero es que los españoles andamos a varias décadas de madurez de los british.

Las películas favoritas de la edición de los Óscar que se celebró la semana pasada tenían su componente de crítica al tratar sobre temas históricos: Oppenheimer y Los asesinos de la luna. El padre de la bomba atómica frente a la aniquilación de la tribu osage. Dos películas sólidas, con directores contrastados como Nolan y Scorsese, historias incómodas y una extensa duración. Para mí, entraban de largo en esa categoría de «oscarizable» con la que a veces se etiqueta a las películas en sus estrenos. Y celebro cuando las principales obras del año llevan un componente de crítica, de sacudida a la conciencia del espectador. Llevábamos una racha de películas quizás menores como triunfadoras en la categoría de mejor película:

  • 2023: Todo a la vez en todas partes.
  • 2022: CODA. Nunca entenderé que este amable telefilme de sobremesa pase a la historia en el selecto palmarés de «mejor película».
  • 2021: Nomadland. Aquí sí hay una buena bofetada al insolidario sistema de salud y pensiones norteamericano, ese sistema salvaje que deja a cerca de un millón de personas abandonados a su suerte.
  • 2020: Parásitos. Aquí un fan de esta peli coreana que sorprendió con su éxito. Por cierto, en la entrega de este año se ha colado de forma incomprensible Vidas pasadas, de la surcoreana Celine Song. Está bien, sin más, pero siempre que veo que se cuelan este tipo de obras conformistas me pregunto cómo (y cuánto) ha sido la campaña de marketing para llevarla hasta allí.
  • 2019: Green book.
  • 2018: La forma del agua.
  • 2017: Moonlight.

Me produce una sana envidia cuando veo cómo Hollywood es capaz de destripar a sus presidentes y contarnos la miseria moral de muchos de ellos, tanto los reales (The US Presidents según Hollywood-II) como los ficticios (The US Presidents según Hollywood-I ). Seguro que el mujeriego candidato demócrata de Primary Colors, interpretado por John Travolta, guardaba notables parecidos con Bill Clinton, del mismo modo que el George W. Bush real tenía numerosos puntos en común con el alcohólico desastroso que compuso Josh Brolin en W. (Oliver Stone).

La corrupción de las campañas electorales y la compra de favores (Los idus de marzo), la ocultación de información (Los archivos del Pentágono) o la invención de guerras ficticias para tapar escándalos de índole sexual (La cortina de humo) son mostradas sin tapujos, de manera cruda y a veces incluso cómica. Hay numerosas series que te muestran cómo es ese mundillo de tiburones, lobbys e intereses alrededor de la Casa Blanca (House of cards, El ala oeste de la Casa Blanca, Sucesor designado). No hay miedo en mostrar a un tipejo que todavía vive como Dick Cheney como un tipo corrupto, amoral y sin ningún tipo de pudor a la hora de enriquecerse (Vice, Adam McKay). Para este tipo de crítica, o de autocrítica, no hay nadie mejor que los norteamericanos. El escándalo del Watergate se llevó por delante al presidente Richard Nixon en agosto de 1974 y la investigación de Bob Woodward y Carl Bernstein que concluyó con su dimisión se convirtió en película de una manera más que veloz: Todos los hombres del presidente (Alan J. Pakula) se estrenó en abril de 1976 y se llevó el Óscar a la mejor película en la siguiente edición.

Envidia, como decía, eso es lo que siento cuando veo esas películas. Lo más cercano que se ha podido rodar en España han sido películas como las muy notables B, la película (David Ilundáin), sobre la declaración de Luis Bárcenas, El reino (Rodrigo Sorogoyen), o la serie Crematorio, basada en la novela de Rafael Chirbes sobre la corrupción en la costa levantina. Las tramas que nos hemos perdido aquí con gente como Jesús Gil, Juan Guerra, Francisco Granados, ministros macarras o inútiles, las campañas electorales (con o sin atentados de ETA o el 11-M de por medio), el independentismo catalán y vasco, o personajes tan de peli zafia como Ábalos o Koldo.

Hollywood no tiene ningún miedo a la hora de afrontar asuntos peliagudos, polémicos. Tras la crisis financiera de 2008 y los años siguientes, con la caída de Lehman Brothers y el colapso del sistema financiero mundial, proliferaron películas de todo tipo acerca de la podredumbre de los “expertos” de ese mundillo: El lobo de Wall Street, La gran apuesta, Margin call, Inside Job, Capitalism: a love story, Wall Street 2, Too big to fail

Y pese a todo el poder de la prensa, que en Estados Unidos sí funciona por lo general como un cuarto poder «casi» independiente, las películas sobre la corrupción, el bajo nivel de sus medios o los intentos de control no se quedan atrás: Los archivos del Pentágono, No mires arriba, El escándalo, Buenas noches y buena suerte,… Network (Sidney Lumet) se llevó el Óscar a mejor película en 1976 por su crítica despiadada de la televisión y la búsqueda de audiencia a cualquier precio. Es algo casi tan antiguo como los propios premios de la Academia, pues este tipo de críticas ya existían en películas como Juan Nadie, Caballero sin espada o Ciudadano Kane. Hay un momento brutal en el peliculón de Orson Welles, cuando sus medios se encuentran a la espera del resultado de las elecciones a gobernador y muestran los posibles titulares preparados por la redacción:

Victoria de los míos o fraude. Parece una escena premonitoria de lo que sería Donald Trump años después. No hay asunto, por escabroso que pueda parecer, en el que Hollywood no meta el dedo. Durante años se dijo que la representación del fracaso de la guerra de Vietnam no era apreciada por los académicos, que pasaban casi de puntillas por el conflicto, pero finalmente se premió a una obra maestra como El cazador (The deer hunter, Michael Cimino) en 1978, o a otra como Platoon (Oliver Stone) en 1986, pese a mostrar una versión muy crítica con el conflicto bélico y con el «clasismo» de los jóvenes enviados a morir en la otra parte del mundo.

Las guerras de Irak y Afganistán o el estrés postraumático de tantos soldados también nos han traído peliculones duros, sin concesiones para el espectador: El francotirador, Zero dark thirty, En tierra hostil (Mejor película en 2009 y mejor directora para Kathryn Bigelow), American soldiers, El mensajero del miedo, Tres reyes, Red de mentiras, Jarhead, En el valle de Elah… No es un cine complaciente con el espectador, no suele regalar una visión amable de sus líderes o del papel de su ejército en conflictos internacionales.

En la segunda parte hablaré de un asunto sobre el que Hollywood no ha tenido ningún miedo a hablar desde hace medio siglo o más. Creo que incluso ha aumentado el número de películas y de premios asociados a dicha temática: el racismo de su sociedad.

Continuará: Hollywood y la autocrítica (II).

Meter la tijera (II): el Director’s cut y el Final cut

Primera parte: Meter la tijera (I): la duración.

Lo habitual en Hollywood es que el producto final que se estrenará al gran público no haya sido el ideado por el director, sino por la productora. En el origen de los grandes estudios, el director era un empleado más que entregaba el material en bruto y las salas de montaje hacían el resto: cortaban, seleccionaban, pegaban, añadían el sonido y la música, o una voz en off que explicara lo que se ve en pantalla, ajustaban los minutos a lo deseado por el productor y lo entregaban para su estreno en salas. Fueron muchos los directores que vieron cercenadas sus obras, cuando no cambiadas directamente.

Ese corte definitivo, final cut, que dejaba insatisfechos a sus creadores (al menos ex aequo con los guionistas) es el que provocó que con los años se estrenaran o distribuyeran en vídeo los Director’s cut. Era como si los dueños de los derechos de la película siguieran queriendo ordeñar la vaca y nos dijeran: «a ver, que no es que Blade Runner se te hiciera bola, es que no viste la versión que Ridley Scott tenía en su cabeza». Aunque ha aumentado el número, tradicionalmente solo los directores consagrados tenían firmado en sus contratos el derecho sobre el final cut de la obra: Martin Scorsese, los hermanos Coen, Steven Spielberg, Stanley Kubrick, Woody Allen o el mencionado Ridley Scott.

Una sala de montaje no puede arreglarlo todo en una película. Salvo que sea una película de animación, no puede montar la escena que no se grabó en el plató, ese plano que nunca se rodó. Pero una sala de montaje sí puede mejorar lo rodado por el director, encontrar el ritmo que la historia requiere, o cambiar el orden de las escenas y, con ello, el sentido de la trama. El libro de Michel Chion El cine y sus oficios recuerda la fama de Robert Parrish como «salvador de películas», hasta el punto de convertirse en el montador mejor pagado del cine. La película El político (1949), de Robert Rossen, había tenido unos pases previos al estreno masivo con muy malas críticas, así que la solución que Parrish encontró conjuntamente con el director fue cortar sistemáticamente los principios y finales de cada escena. Las transiciones, los diálogos, que hubiera fallos de raccord, todo eso les dio igual y lograron una película en la que el público se veía arrastrado, «como precipitado de una escena a otra sin recobrar el aliento».

Los pases previos a un público seleccionado para que opinen sobre el montaje casi definitivo me han parecido siempre muy peligrosos. Es poner en manos de ciudadanos que supuestamente representan al americano medio la responsabilidad de decidir en un par de horas sobre lo que un grupo enorme de profesionales con todo su conocimiento (productores, guionistas, director, montador…) han creado tras meses de trabajo. Y todos sabemos que no se puede «democratizar» ciertas cosas, que no se puede dar el poder a las mayorías, como en las juntas de vecinos.

Sin embargo, uno de los inicios más recordados de la historia del cine se debe a uno de estos pases previos, Sunset Boulevard, aquí titulada El crepúsculo de los dioses. Billy Wilder contaba en el libro de Conversaciones con Cameron Crowe que el inicio rodado era totalmente distinto. Recordad que toda la película era un inmenso flashback contado por el propio William Holden recién asesinado. En el inicio pensado por Wilder, arranca en una morgue en la que varios cadáveres cubiertos con sábanas hablaban entre ellos. Uno de ellos es un anciano al que un infarto pilló desprevenido, otro es un niño que se ahogó en el río y el tercero es el personaje interpretado por William Holden, que comienza a narrar su historia, la de ese guionista de segunda que se introduce en Hollywood por la vía de Norma Desmond. Billy Wilder comprobó en el primer preestreno que el público se reía con la escena de la morgue. «¿Ha visto una mierda semejante en su vida?», comenta que le dijo una señora del público que no lo conocía. Abochornado, se fue a otro preestreno y sucedió algo parecido. Sabía que tenía que cambiar ese principio: «no rodé ninguna otra cosa a cambio. Simplemente, lo corté». Y con ello tuvimos uno de los arranques más desasosegantes de la historia del cine, directamente con esa imagen de Joe Gillis flotando en la piscina visto desde el fondo de la misma.

Algo parecido contaba Woody Allen en el documental/entrevista recientemente estrenado, Un día en Nueva York con Woody Allen, de David Trueba. En realidad vino a contar con total sencillez cómo fue aprendiendo a hacer películas, a filmar. Primero escribió un guion, What’s new, Pussycat?, y como lo rodado por Clive Donner le horrorizó, decidió ser él mismo quien dirigiera sus historias. Como tampoco quería estar pendiente de los compromisos de los actores, se puso él mismo a actuar, porque sabía lo que quería hacer. Pero llega su primera obra, Toma el dinero y corre, en 1969, y con un primer montaje en bruto, sin música, lo presentó en Nueva York ante una organización de soldados retirados. No se rieron ni una sola vez, les pareció espantosa. Así que Woody Allen comenzó a recortar los chistes, a suprimir escenas, hasta que el estudio le aconsejó que se dejara ayudar por un montador profesional, Ralph Rosenblum. Fue Rosenblum quien le aconsejó que mantuviera ese material, cambió algunas cosas, «un veinte por ciento de la película», afirma Allen. La clave fue añadirle música y, como por arte de magia, apareció la comedia, la gracia de todas esas situaciones previamente escritas y rodadas. Rosenblum realizó la edición de sus primeras seis películas, hasta que Woody Allen aprendió por sí mismo lo que sus historias necesitaban (y desde siempre tiene música en la sala de montaje, como confesó). Y lo mismo dice que le ocurrió con Gordon Willis y la dirección de fotografía.

Cada director tiene su estilo y el montaje puede mostrarlo en toda su magnitud o, incluso, mejorar lo rodado. En la primera parte de estos dos post sobre el montaje y la necesidad de meter tijera, mencioné a varios directores y su afición a los largos metrajes, más que a los largometrajes. James Cameron siempre ha sido un megalómano, un tipo excesivo que hace películas muy entretenidas. En Abyss (1989) había rodado mucho más material del que luego se estrenó en las salas, y eso que la versión que vi por primera vez duraba 146 minutos. La versión extendida llegaba a las tres horas y aclaraba ese final que se cortaba de manera súbita y sin explicaciones, pero resultaba algo tediosa, aburrida por momentos. Ahora es un director más que consagrado con el control total sobre su obra (Director’s cut igual a Final cut), pero en sus inicios debe al trabajo de edición una de sus películas más redondas: Aliens, el regreso (1986). La segunda de la saga iniciada por Ridley Scott duró 150 minutos, pero en la versión extendida que Cameron pretendía estrenar, los aliens tardan una media hora más en aparecer, porque el director se empeñó en hablar de la vida en la colonia y la llegada de la nave al planeta. Sinceramente creo que la versión definitiva es mejor. Es magnífica, espectacular, y el desconocimiento de esa media hora y de lo sucedido a los colonos mejora el ambiente de misterio que sucede tras la llegada de Ripley y el comando de marines.

Hay directores que con lo rodado te montan un videoclip preciosista, como Zach Snyder y sus superhéroes (Watchmen), y otros, como Martin Scorsese, que añaden una voz en off para narrar la enorme sucesión de planos que pone en pantalla. Te apabulla, te lleva de un lado a otro con velocidad, pero sabe «frenar» el ritmo, calmar la trama cuando lo necesita. Infiltrados era su película con los planos más veloces, 2,7 segundos de media, según un estudio realizado. Uno de los nuestros y Gangs of New York se quedaban por debajo de los 7 segundos de media por plano, y Taxi driver se iba a los 7,3.

Las películas de Christopher Nolan no se entenderían sin esos montajes que mezclan varias líneas temporales, que juegan con lo real y lo imaginado, o con el presente y el pasado casi de manera simultánea (Interstellar, Tenet, Oppenheimer, Origen…). Por lo visto, existe una versión de Memento montada en orden cronológico y no la he visto nunca, no me interesa. Supone romper con el misterio de la averiguación de la trama para el espectador. A todo ello, Nolan añade mucho aparato musical para enfatizar las imágenes, a veces de manera exagerada, como en Oppenheimer, para mi gusto. Juega con meter escenas en blanco y negro de manera parecida a lo que hizo Oliver Stone en JFK, otro prodigio de montaje en todos los sentidos, también en el de manipulación del espectador. El blanco y negro representa el pasado en estas dos obras, pero más bien se emplea para escenificar las suposiciones de alguno de los personajes, lo que en un momento dado dijo, pero pudo no ocurrir en la realidad.

El montaje es clave para el acabado formal de una película, pero puede convertirse en algo obsesivo si el director ha rodado mucho material, como ocurría con Stanley Kubrick, por ejemplo. Otros directores son muy precisos a la hora de rodar, como Clint Eastwood y Steven Spielberg, y suelen rodar el material justo que precisan, no sé si por la claridad de sus ideas o por evitar un Final cut diferente al Director’s cut que tienen en mente. Billy Wilder contaba que «normalmente, la toma que uno escoge es la buena», y habla de la broma que le gastaron a George Cukor, un director bastante exagerado con las repeticiones en el rodaje. En lugar de positivarle ocho tomas distintas de un rodaje, le llevaron a la sala de montaje la misma toma ocho veces, y el director, tras verla hasta la extenuación, dijo: «Creo que la mejor es la número tres». El montador bromista le responde: «A mí me gusta más la siete». Discutieron y volvieron a verlas vaaaarias veces más hasta que el aburrimiento los llevó a confesar que le habían pasado la misma imagen repetida.

Una misma imagen puede servir para una cosa o la contraria en función de a qué lo enfrentes, con qué planos la intercambies. Es el famoso «efecto Kuleshov» (en homenaje a su artífice, el cineasta ruso Lev Kuleshov), un curioso fenómeno que explicó con su sorna habitual el maestro Alfred Hitchcock.

En una sala de montaje se pueden tomar muchas decisiones fundamentales como esta manipulación a la que se refiere Hitch y, con ello, alterar la propia percepción de lo representado por los actores. O te puedes cargar directamente a un personaje, como ocurrió con Mickey Rourke en La delgada línea roja (Terrence Malick) o recortarlo hasta que pierda casi todo su sentido, como el de Sean Penn en El árbol de la vida, del mismo director. ¿Realmente había sentido en esa película? Tim Roth no llegó a aparecer en la película de Quentin Tarantino Érase una vez en… Hollywood, y yo me habría cargado todo lo relativo a Bruce Dern porque no aportaba nada al avance del guion. Son las cosas de Tarantino, que quiere meter tantas cosas y a tantos colegas que el ritmo se resiente por momentos (muy pocas veces en toda su filmografía). La versión que tenía prevista se extendía hasta las cuatro horas de duración en lugar de los 165 minutos que se estrenaron. Su manera de montar las imágenes y jugar con el desorden del tiempo, como en Reservoir dogs, Kill Bill o Pulp Fiction, también forma parte de su sella de identidad.

Otras veces es la productora la que necesita cambiar lo ya rodado, como sucedió con Kevin Spacey en Todo el dinero del mundo (Ridley Scott), cuando comenzaron sus líos judiciales en Estados Unidos. La productora decidió volver a rodar todas las escenas en las que aparecía Spacey por razones comerciales o para evitar críticas y lo sustituyó por Christopher Plummer. No tengo ninguna duda, aunque no la haya visto, de que es otra película, por mucho que se haya rehecho plano a plano.

Y tengo que dejar para el final una de las mejores decisiones que he visto que se tomaron tras el montaje inicial de una película: Rogue One. La escena final en la que aparece Darth Vader y enlaza el robo de los planos de la Estrella de la Muerte con el inicio del Episodio IV, (La guerra de las galaxias para mi generación, o Una nueva esperanza, como se la denominó después) es un añadido que se rodó unas semanas después de la versión oficial. Y fue una puñetera maravilla cuando lo vimos en el cine, fue cuando todo encajó como un guante. Porque a fin de cuentas, eso es el montaje, el pegamento que une todo el material y le da sentido.

Meter la tijera (I): la duración

Los asesinos de la Luna, 3 horas y 26 minutos.

Oppenheimer, 3 horas justas.

El triángulo de la tristeza, 2 horas y 27 minutos.

Avatar 2, El sentido del agua: 3 horas y 12 minutos.

Indiana Jones y el Dial del Destino, 2 horas y 34 minutos.

Napoleón, 2 horas y 37 minutos.

Babylon, 3 horas y 9 minutos.

Estas han sido mis últimas visitas a las salas de cine. Si a estos metrajes le uno varias de las películas destacadas para los Óscar del año pasado y los de este mismo que he visto en casa, como Elvis (2 horas y 39 minutos), Blonde (2 horas y 46 minutos), Los Fabelman (2 horas y 31 minutos), Sin novedad en el frente (2 horas y 27 minutos) y La sociedad de la nieve (2 horas y 24 minutos), parece claro que se puede concluir que ha habido un incremento de la duración de las películas. Otro modo de verlo: que para llegar a la selección final de los Óscar hay que ofrecer un «peliculón» con un metraje superior a los 90-100 minutos, 120 máximo, que durante décadas fue un estándar. Esta es la lista de las películas ganadoras al Óscar a la mejor película en los primeros años de la pasada década:

  • 2010: El discurso del Rey, 118 minutos.
  • 2011: The Artist, 100 minutos.
  • 2012: Argo, 120 minutos.
  • 2013: 12 años de esclavitud, 134 minutos,
  • 2014: Birdman, 119 minutos.
  • 2015: Spotlight, 128 minutos.
  • 2016: Moonlight, 111 minutos.
  • 2017: La forma del agua, 123 minutos).

Yo no me quejo en absoluto de la duración de las películas, es más, considero que deberían tener la duración exacta y precisa que la historia demanda. Si eso significa tres horas, pues las disfrutaré desde el primer minuto al último sin una sola queja. Como decía aquel crítico cinematográfico, la medida de la calidad de la peli me la da mi propio culo: si me gusta lo que veo, ni lo siento, ni me acuerdo de él, ahora bien, como mi culo empiece a dormirse, a cambiar de postura, a demostrarme que está incómodo, es cuando sé que me estoy aburriendo con lo que veo en pantalla. Mi culo nunca se quejó de El cazador, El Padrino I, El Padrino II, Ben-Hur, La gran evasión, Apocalypse Now, El señor de los anillos, Espartaco, Pulp Fiction o Cadena perpetua, películas que superan los 150 minutos y varias de ellas, por encima de las tres horas.

El problema que veo es que algunas de las últimas películas que he mencionado están alargadas en exceso, de manera innecesaria. A Elvis y a Marilyn (Blonde) les habría recortado más de media hora, porque, además, se notaba que se debían a excesos innecesarios de unos directores con afán de lucimiento, tendentes a la exageración (Baz Luhrmann y Andrew Dominik). El final de Avatar estaba estirado de tal manera que, en lugar de resultar espectacular, aturdía, agotaba. Como tampoco tiene sentido que la última de Indiana Jones sea la más larga de las cinco que conforman la saga, lo cual es otra muestra más de la tendencia a la hipérbole por encima del desarrollo del argumento. Hay varios momentos de la última aventura de Indy que se alargan más que un discurso de Fidel Castro.

No debe resultar nada fácil meter la tijera a una película, y menos cuando, además, los directores se ven forzados por las productoras a contar con los gustos del respetable. En ocasiones, lo que gusta o interesa a sus creadores no es lo que los espectadores deseamos ver. A Oppenheimer (y esta es una opinión muy particular que no tiene por qué coincidir con la mayoría, puesto que ha sido un gran éxito en todo el mundo), le sobraba metraje sobre el juicio a Strauss y le faltaba bomba atómica, su lanzamiento sobre la población civil y las consecuencias. La monumental obra de Martin Scorsese (Bendito Scorsese) podía haber sido aún mejor película con 30-40 minutos menos, algo similar a lo que pensé en su momento con el estreno de El irlandés (2019), otro peliculón de 3 horas y 29 minutos, pero, ¿dónde recortas, qué escenas quitarías? No lo sé, te absorbe de tal manera, te mete en su mundo, en su trama, que no lo tengo claro, al contrario que me pasa con otras. A El triángulo de la tristeza, por ejemplo, le sobraban directamente unos 142 minutos, y sí, ya sé que duraba 147, lo he dicho a conciencia.

En el cine, muchas veces «menos es más». Un metraje ajustado a la narración, a la historia desarrollada, con el ritmo adecuado y las escenas precisas, es el complicado equilibrio que tienen que alcanzar tanto los directores como las productoras. Una obra maestra no tiene por qué alcanzar las tres horas de duración. Uno, dos, tres, de Billy Wilder, 115 minutos. No le sobra nada, no le falta alargar ninguna escena. La mejor escuela de ritmo cinematográfico para las nuevas generaciones. Psicosis, de Alfred Hitchcock, 109 minutos. Un trabajo de montaje perfecto. ¡Qué bello es vivir!, de Frank Capra, 130 minutos. Ni sabía lo que duraba hasta hoy, pensé que eran menos de dos horas porque se me pasa siempre en un suspiro.

En el cine de siempre, la duración podía estar condicionada por algo tan poco artístico como el coste del celuloide, que era muy elevado. Los metros de película con los que se contaba al inicio del rodaje, o el número máximo de rollos que se le daban al director, pesaban más en el formato final que el número de páginas del guion. En la actualidad, con el soporte digital, hay más margen para ampliar los minutos rodados, o para repetir tomas, pero también sucede que se disparan los costes de post-producción por el incremento de efectos digitales que se incorporan cada vez con más frecuencia.

En cualquier caso, parece evidente que las grandes productoras han optado por ampliar la duración de las películas, quizás para atraer a las nuevas generaciones a las salas. En algunos artículos he leído que es un efecto post-pandemia, que hay que ofrecer «algo más» a un público que se ha acostumbrado a consumir series en capítulos de 45-50 minutos de duración, una hora máximo, como si fuera una justificación por el precio que se paga. «Marcar el carácter de evento», decía Ángel Sala, director del festival de Sitges, «parece que ese peso las hace mucho más importantes, y las diferencia de otro tipo de opciones, de cara a que hay que verlas en el cine». Coincido con lo que dice la crítica de cine Nuria Vidal: «El confinamiento y el cierre de las salas potenciaron el consumo de cine en casa. Sobre todo de series, series de cuatro, seis capítulos que se ven seguidas, en una tarde». «¿Y cómo ha reaccionado el cine en las salas? Alargando sus historias en un intento inútil de competir con las plataformas. Inútil porque el cine tiene otro ritmo; inútil, porque el cine en la sala te encierra durante dos horas o más, mientras que el cine en casa te permite pausar a tu voluntad el visionado; inútil porque las historias se resienten al alargarse y repetirse muchas veces sin necesidad. Hay películas que necesitan un metraje largo, pero hay muchas otras que no. Saber cuál es el metraje adecuado de una película, es uno de los trabajos de los buenos productores».

Las nuevas generaciones están orientadas a la brevedad y al consumo rápido, luego no sé si alargar la duración de las películas es la mejor estrategia para atraerlos a las salas. La generación para la cual un email de más de un párrafo es muy largo, o un mensaje de Whatsapp de más de dos líneas (y por eso se comen signos de puntuación y letras, o te plantan LOL, OMG o emoticonos para abreviar). Los mismos chicos que consumen vídeos de un minuto máximo de duración en TikTok, y la mayoría de las veces ni llegan al final de los sesenta segundos, o los mismos de las stories que duran solo 24 horas, es decir, la exaltación de lo efímero, ¿a ellos vamos a pedirles que se encierren en una sala oscura durante tres horas en las que, además, les prohibimos usar el móvil? Pues ojalá se consiga. Parece que estas megapelis de superhéroes de tres horas de duración están experimentando ya un desgaste y las cifras de recaudación de las últimas no han compensado los desorbitados presupuestos.

Los exhibidores tampoco están satisfechos con la duración de la nueva hornada de películas. Si antes podían meter tres y hasta cuatro sesiones de una película de 90-100 minutos en una tarde, con los últimos Nolan, Cameron y Scorsese solo pueden programas dos pases por día. Adolfo Blanco, responsable de los cines Verdi, decía hace unos meses: «Como exhibidores, una película larga nos ocupa más espacio, cuesta más proyectarla y es menos rentable que una corta porque hay menos funciones. El público no va a ver una película porque es larga, sino porque es buena». Y plantea el debate de los diferentes precios que debería tener cada película: «A nadie se le ocurriría que un libro de 1.000 páginas cueste lo mismo que un libro de citas ilustres de 90 páginas en letra gorda. Creo que no es normal que una película de bajo presupuesto cueste lo mismo que otra de una producción de 200 millones de dólares y que a lo mejor dura tres horas y media». O el teatro: todos entendemos que no valga lo mismo un monólogo sin escenografía de ningún tipo que un musical con 60 actores en las tablas y una orquesta en directo. Steven Spielberg y George Lucas ya plantearon este debate hace unos pocos años en Estados Unidos. Decían que lo lógico es que una superproducción tenga un precio de 25 dólares en taquilla, mientras que la entrada de una cinta independiente debería rondar los 7. Un debate totalmente entendible y al que yo añadiría otro aspecto: una película española subvencionada en su producción también debería valer menos para el espectador en España.

Puede que el trabajo de montaje de una película sea el más aburrido de todos, gente que se encierra días y semanas enteras con todo lo que ha rodado un director, lo bueno y lo malo, en bruto, sin música ni efectos de sonido, y tiene que dedicarse a seleccionar lo que vale y lo que no, que tenga coherencia y no se pierda nada relevante para la trama, que los cortes se hagan de tal modo que tenga el ritmo que el director requiere, que no se alarguen innecesariamente porque también hay presión de las productoras para llegar a un minutaje concreto… No es un trabajo sencillo. Es gente en la sombra que tiene que conocer bien al director. Por esa razón, Martin Scorsese lleva cinco décadas trabajando con Thelma Schoonmaker. Y los montadores son gente poderosa, pese a que no los conoce nadie, pues deciden qué se verá en la pantalla. Como dice Michel Chion en El cine y sus oficios, su herramienta principal, su arma, es la misma que la de los censores de antaño: unas tijeras. Físicas o virtuales, pero unas tijeras para cortar y cola para pegar.

Un inciso para mencionar la censura: no puedo dejar de recordar el final de Cinema Paradiso con todos esos recortes censurados durante los años de represión (lo encontraréis en Carta de amor de un cinéfago desentrenado y desenfrenado), así como la mítica escena de las ostras y los caracoles en Espartaco, de Stanley Kubrick, incorporada años después a las versiones reestrenadas y, por tanto, con otras voces:

En la segunda parte hablaré del Director’s cut y del Final cut, varios ejemplos clásicos de empleo del montaje para mejorar o destrozar una obra. Dejo un último homenaje a los montadores, el de la montadora con mal aspecto de Babylon, cuya trama comienza con el cine mudo y el trabajo artesanal de recorte de los fotogramas y la inclusión de los carteles escritos a mano, que podían alterar por completo el sentido de lo rodado. La escena de esta mujer con el pañuelo en el cuello me recordó al momento superhéroe con capa de Los increíbles. Si un traje de superhéroe no debería llevar capa, una montadora no debería trabajar jamás con un pañuelo, y los que hayan visto ambas pelis entenderán la referencia.

Continuará: Meter la tijera (II): el Director’s cut y el Final cut.

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La magia de la sala oscura (I)

La magia de la sala oscura (II)

La parodia del dictador

No había salido aún del cine de ver el Napoleón de Ridley Scott y ya me estaba preguntando por qué esa manía de algunos directores por convertir a estos líderes megalómanos, tipos tiránicos en sus formas o dictadores en sus distintas acepciones, en completos anormales. Cuando no imbéciles. El Napoleón que interpreta Joaquin Phoenix no nos lo muestra como un imbécil integral, pero sí está más cerca de su papel de tarado como Joker que de un tipo inteligente o brillante como sin duda debió de serlo el Bonaparte original.

La interpretación del actor protagonista es mi principal pega a la película, dos horas y cuarenta minutos con momentos muy disfrutables, como todo lo que rueda el bueno de Ridley, pero con escenas que te hacen pensar mientras la ves: “¿de verdad un anormal así pudo hacer que un país entero como Francia se plegara a sus designios?”. Eso, y la otra gran pega, que es la relación bipolar y, por momentos, infantil con Josefina. No cuestiono el rigor histórico porque no soy ningún experto y eso ya lo han hecho otros en artículos muy didácticos y repletos de datos (aquí ya dediqué a la falta de rigor hollywoodiense aquel post titulado Una furgoneta del siglo XIII). Tampoco discuto la calidad de las escenas de batalla, la fotografía (Scott siempre fue un maestro) o la maravillosa ambientación, pues se ve el dineral invertido en cada fotograma.

Lo que me pasa con las películas que tienen como centro de la acción a un líder carismático, capaz de hacer que un país entero siga a pies juntillas sus delirios de grandeza, es que exijo que ese personaje tenga todo lo contrario de lo que muestra Joaquin Phoenix. En esta o en aquel lejano ya Gladiator en el que se sintió muy cómodo en su histriónico papel de Cómodo. A ese líder tiránico le exijo que sea “grande”, que tenga una capacidad intelectual muy por encima de los que lo rodean, que sea un visionario, que anticipe los distintos escenarios que pueden suceder, que tenga un carisma que se huela en cada escena, que se coma al resto de los actores con cada gesto o mirada. Que sea un hijo de puta, sí, pero listo, un listo cabrón hijo de puta. Que aniquile por venganza o por previsión. Y que inspire tanto respeto en los suyos como miedo en los rivales. Es lo que echo de menos en el Napoleón de Scott y Phoenix, algo que sí tenían los de Marlon Brando (Desirée) y Rod Steiger (Waterloo). Tengo pendiente el Napoleón de Abel Gance (1927), para algunos la mejor del personaje, pero dudo mucho de la contención gestual del protagonista, ya que hablamos de la época del cine mudo.

El objeto del post de hoy no es hablar de la figura de Napoleón, sino de la estupidización de los tiranos en el cine, de la ridiculización, a veces exagerada, de tipos que eran unos redomados hijos de puta. Es cierto que las formas de algunos de ellos llaman a la parodia, como mostró Roberto Benigni con la figura de Mussolini en La vida es bella, en aquella entrada al pueblo subido a un coche en la que no se distinguía si hacía el saludo fascista o si estaba pidiendo a los aldeanos que se apartaran. “Entrada prohibida para judíos y perros”. Si no fuera porque esos carteles o similares existieron, no nos resultaría tan patéticamente graciosa la respuesta de Benigni al chaval: “ahí hay otra tienda que no deja entrar a españoles ni a caballos. Y hace poco vi una tienda que no admitía chinos ni canguros. A partir de mañana ponemos un cartel en nuestra librería que prohíba la entrada a las arañas y a los visigodos”.

Las películas de parodias norteamericanas del trío ZAZ (Zucker, Abrahams y Zucker) juntan a varios de estos dictadores, como en el arranque de The naked gun (aquí bajo el título letal de Agárralo como puedas). Jomeini, Gaddafi, Yasser Arafat, Idi Amin… incluso Mijail Gorbachov aparece por allí:

¿Tendrá Jomeini una mohicana naranja bajo el turbante, como sugiere este hilarante arranque? Los mismos ZAZ rodaron la segunda parte de Hot Shots en 1993, pocos años después de la invasión de Kuwait por parte del ejército iraquí de Sadam Husein, quien lógicamente no escapó a su correspondiente parodia:

«Desayuno, firmar penas de muerte, almuerzo con Gaddafi, ejecución, ejecución y fiesta de cumpleaños» se puede leer en su planning del día. Y un momento final como un Terminator del tipo T-1000, quizás para incidir en la «Inhumanidad» del sátrapa iraquí:

Podemos reírnos de toda esta panda de energúmenos, o podemos hacer como otros, que creen que no deberíamos trivializar con las figuras de los dictadores. Idi Amin debía estar a años luz de la parodia de los ZAZ y seguramente mucho más cercano al tipo que interpretó Forest Whitaker en El último rey de Escocia: listo, hábil, carismático, con sentido del humor. Y un hijo de puta al que temer. Como sin duda lo sería Stalin, cuya filmografía dedicada es muy inferior a la de Hitler. Suele aparecer como un alcohólico asocial que extermina por placer, lo cual dista mucho de ser una parodia, como en las breves apariciones en El abuelo que saltó por la ventana y se largó y en La muerte de Stalin.

Los personajes que han resultado tan extremos en sus vidas son carne de parodia, por muy dañinos que fueran en sus vidas. La sucesión de Stalin y todos los tópicos sobre el Partido Comunista de la Unión Soviética se juntan en la segunda de las películas mencionadas: el silencio forzado, el miedo a opinar, la una…nimidad en la toma de decisiones. Por su parte, el abuelo centenario sueco de la primera también conoció durante sus andanzas a Francisco Franco, a quien nos presentaron en pantalla como un tipo cercano aficionado a las sevillanas. Y sinceramente, no sé si yo estaba preparado para ver al Caudillo moviendo las muñecas de esa manera. O para verlo con el aspecto algo orondo de Juan Echanove en Madregilda, jugando al mus mientras escucha chistes sobre Stalin y su persona:

El modo de hablar tan característico de Franco se presta a la imitación chusca, pero aquí Echanove lo convierte en irreconocible. Como lo era Juan Diego por otros motivos orales y gestuales en Dragon Rapide. Me gustó la interpretación que hizo de Franco el actor Santi Prego en Mientras dure la guerra, el acercamiento sincero que hizo Alejandro Amenábar de nuestra guerra civil. Y aún más me gustó el Millán Astray listo e hijo de puta que compuso Eduard Fernández en la misma película. La voz de Franco y su manera de pronunciar eran muy características, muy aptas para las parodias de tantos cómicos o imitadores como hay en nuestro país. Uno de estos actores cómicos, Carlos Areces, interpretó en una ocasión a Franco en un programa de Buenafuente y lo hizo con tanto acierto que Fernando Trueba lo escogió para meterse en la piel del dictador en La Reina de España, en la que mantiene un intenso cara a cara con la actriz Macarena Granada (Penélope Cruz).

Lo cierto es que el personaje de Penélope Cruz sabía lo que era mantener la mirada a un tipo de estos que se cree con derecho a disponer de las vidas del resto de los ciudadanos, pues ya en la primera parte de esta comedia sobre una banda de cómicos, La niña de tus ojos, había tenido que lidiar con un Goebbels incapaz de controlar su libido. ¿Está bien reírse de estas parodias? Pues no sé si lo está o no, pero yo reconozco que me he deshuevado con varias de estas películas. Como el humor salvaje que utilizó Sacha Baron Cohen para crear un dictador ficticio que es una mezcla de Sadam Hussein y Gaddafi en El dictador. Y no deja de resultar cachondo que, con todas las barbaridades que hace y dice el protagonista (el trueno de Faluya, bromas sobre el 11-S, «¿es niño o aborto?» sobre un recién nacido,…), lo que más gracia me sigue haciendo es su discurso en las Naciones Unidas sobre las bondades y virtudes de una dictadura. ¿O está hablando de otro país?

Y también lo pasé bastante bien con la primera mitad de The Interview, la mordaz sátira sobre Kim Jong-Un que tanto molestó en Corea del Norte. Ese coreano con problemas de sobrepeso y llorando con las canciones de Katy Perry es impagable, aunque decaiga en la segunda mitad.

Dejo para el final a Adolf Hitler. No sé si sería como el tipo astuto que reúne a sus generales en Valkiria o como el (demasiado humano) personaje que compone Bruno Ganz en El hundimiento, película que, por cierto, contiene una de las escenas más utilizadas para parodias de todas las redes sociales (vale para fútbol, política o personajillos de los saraos televisivos). Desde luego no sería como el Hitler bobalicón que imagina el niño de Jojo Rabbit, ni como el Hitler gay que crea Mel Brooks para Los productores. Un Hitler gay era un argumento infalible para perder dinero en una producción, como dice el productor en la obra.

A mí me admiran dos de estas parodias. Pero en especial por la época en la que fueron realizadas. La primera, la del «Hail yo mismo» sobre las propias calles de Polonia en Ser o no ser. Dirigida por el genio Ernst Lubitsch ¡en 1942!, un judío alemán que se nacionalizó estadounidense en 1933. Una película muy disfrutable hoy en día, pero para la que había que tener el estómago necesario en aquellos años.

Y el premio al visionario fue para Charles Chaplin por El gran dictador, escrita, dirigida y protagonizada por el mismo genio británico en 1940. Tenía mucho más claro que los dirigentes de su país lo que estaba por venir. Fue capaz de hablar de la persecución de los judíos, de la aniquilación de la libertad de expresión en el país y de las ansias de expansión de los nazis cuando apenas acababan de comenzar sus incursiones. Y nos regaló este triste y maravilloso discurso que se ha repetido mil veces por la potencia del mensaje:

¿Podemos reírnos de los dictadores? En absoluto. De sus parodias, totalmente. Es necesario.

La revancha de la secuela

El artista, el creador, el urdidor de tramas, historias, personajes, en definitiva, el autor, no debería verse condicionado por el público a la hora de imaginar o parir su obra. Y sin embargo lo hace. Un guionista puede ser libre cuando se sienta al teclado para plasmar su trama o definir sus personajes, pero, ay, amigo, una producción cinematográfica es tan cara, tiene unos costes de realización y distribución tan elevados, que cualquier ínfula creativa se ve sometida o subyugada por los dictados del público. O lo que en ocasiones es peor, por lo que el estudio considera que demanda el público.

Me daría mucha rabia como autor de una película, ya fuera director o guionista, saber que esos test con público que se hacen en el pueblo prototípico estadounidense en los que se da a los espectadores unas tarjetas para que hagan su propia valoración sobre lo que han visto son tan importantes para el «producto» final que se estrenará. Un tipo se ha pasado meses escribiendo un guion, elaborando cada personaje, encontrando la frase adecuada para que después un director lo pula y haga que un profesional con una dicción perfecta lo pronuncie, y te llega un oficinista de Arkansas que ha pasado una mala semana y está en mitad de un proceso de divorcio, y suelta que tal o cual personaje es un indeseable cuya presencia en pantalla perjudica a la trama. Y en ocasiones las productoras hacen caso a estos comentarios cuando son masivos. El público manda, el cliente siempre tiene razón y todas esas patrañas «democráticas» sobre las bondades de la mayoría.

Pero a pesar de lo dicho, reconozco que a veces como espectador disfruto de las pequeñas venganzas que las secuelas de una película nos ofrecen. Este verano pasado se estrenó la quinta película de «ese arqueólogo del sombrero y el látigo», un Indiana Jones octogenario que seguía viviendo aventuras entre nazis, persecuciones, viajes y descubrimientos, incluso con Arquímedes por la trama. Cuando supimos del rodaje de esta secuela, una de las dudas que teníamos los seguidores era saber si Shia Labeouf iba a repetir papel como hijo de Indiana Jones. Creo que éramos mayoría los que abogábamos por su exterminación incluso antes de acabar la cuarta entrega, en la que debutaba (y a ser posible tras una dolorosa tortura), y seguramente los productores tuvieron en cuenta la baja aceptación que tuvo este personaje chulesco vestido de Marlon Brando cuando decidieron que no apareciera en la nueva entrega. Nos cuentan que se alistó en el ejército y palmó, perfecto, no necesitábamos saber mucho más.

Seguro que en la eliminación del personaje en la continuación tuvieron mucho que ver las reacciones en medios especializados, críticas, foros y blogs de aficionados, y un «clamor popular» por lo errónea de su introducción en la trama. Algo parecido a lo que sucedió con el insoportable Jar Jar Binks en La amenaza fantasma, el esperado retorno de la saga Star Wars a las grandes pantallas a finales de los noventa. Las críticas fueron de tal magnitud que George Lucas redujo su presencia al mínimo en los siguientes episodios hasta suprimirlo del todo. Unos aficionados crearon y difundieron por YouTube una versión en la que se había suprimido digitalmente al personaje, y dicen las malas lenguas, o las buenas, que la película mejoraba, se seguía mejor. Me lo creo.

Lo de eliminar personajes que resultan antipáticos o directamente odiosos al espectador es un clásico de las sagas de películas. También lo hizo James Cameron en la última entrega de Terminator, de 2019, titulada Terminator: Dark fate o Destino oscuro. El director canadiense fue el responsable de las dos primeras entregas, las mejores, sin duda. Acertó en casi todo, menos en el personaje de Edward Furlong, el John Connor que debía liderar la salvación de la humanidad. Sin embargo, el suyo era un personaje secundario al lado de los verdaderos protagonistas: los Terminator T-800 (Arnold Schwarzenegger) y T-1000 (el «metal líquido» de Robert Patrick), y Sarah Connor (Linda Hamilton). Una heroína como se han visto pocas en el cine. La tercera entrega aportó muy poco a la historia, la cuarta tuvo interés por trasladar la historia a ese futuro dominado por las máquinas y la quinta (Terminator: Génesis) lo puso todo patas arriba. James Cameron no participó en ninguna de estas tres secuelas, y estoy convencido de que se revolvió en su butaca cuando vio que los guionistas habían decidido que John Connor fuera otro Terminator de una nueva generación más avanzada. Vamos, que el salvador de la humanidad pertenecía al bando de los malos. Infumable, debió pensar. Así que, cuando le ofrecieron participar en una nueva entrega, debió decir: «sí, claro que sí, pero empezamos de nuevo, donde lo dejamos en Terminator 2, lo demás no ha existido». No dijo que no estuvieran a la altura de la saga, pero lo descartó todo y planteó la trama como un futuro alternativo, una nueva línea temporal. Pidió la vuelta de los dos grandes protagonistas, Schwarzie y Linda Hamilton, y no solo eso, sino que nos regaló una escena memorable al inicio de la película: se cargaba al insoportable adolescente de John Connor. Su madre Sarah tendría que salvar a la humanidad porque con ese despojo humano estábamos condenados. Y el tiempo, tanto como la propia vida de Edward Furlong, nos han dado la razón.

Las secuelas ofrecen a los guionistas la posibilidad de cambiar por completo el registro de un personaje. Y estos se esmeran y a veces tienen grandes aciertos. Por ejemplo, Terminator 2 tiene una escena magnífica: el reencuentro de Sarah Connor con el T-800 en la prisión. Ella no sabe que el «bicho» ha sido reprogramado y que, en lugar de buscarla para asesinarla, su misión es protegerla y salvarla de un Terminator aún más letal. El pánico que se dibuja en la cara de Sarah es acongojante y le costará mucho asimilar que ese gigantón del que huyó durante una película entera es ahora su gran esperanza para sobrevivir. Algo parecido al cabreo de la teniente Ripley en Aliens: el regreso (también de James Cameron) cuando descubre que hay un androide en la tripulación, Bishop. En la primera (Alien: el octavo pasajero), el androide Ash resulta tan peligroso para Ripley (Sigourney Weaver) como el propio alienígena y esta situación dio bastante juego a los guionistas, que decidieron incorporar otro androide en la segunda y generar una tensión que finalmente se resolvería con acierto: Bishop sería clave para salvar a Ripley. El problema no son las máquinas, sino los programadores, seres humanos, una de las mayores preocupaciones de James Cameron (Skynet y la Inteligencia Artificial).

Otro cambio notable de personaje fue el de Lando Calrissian de El imperio contraataca a El retorno del Jedi. Según dijo el actor (Billy Dee Williams) a principios de los ochenta, sufrió el acoso de muchos fans tras el estreno del Episodio V por la traición a Han Solo, por su manera de entregarlo al Imperio sin ofrecer resistencia. Es más, pactando la entrega a cambio de la paz para la colonia bajo su mando. En aquellos tiempos no había Twitter, ni Metacritic, Rotten Tomatoes, ni redes sociales repletas de haters, pero el actor comentaba el desprecio que había sufrido en persona por dicha traición. O por su sumisión a Darth Vader. Si a ello sumamos que era el único personaje de color en aquellas entregas tan «blancas», el odio hacia su personaje se mantuvo hasta el estreno de la siguiente entrega. Quizás por ello, al poco de comenzar, vemos a Lando Calrissian camuflado en la guarida de Jabba, el Hutt, de cuyas garras intenta liberar a Han Solo. Había que redimir al personaje, reivindicarlo y reponer el honor del «negro», y si para ello tenía que pilotar el Halcón Milenario en algunas de las escenas clave, se hace.

Las últimas entregas de Star Wars han tenido duelos revanchistas entre sus guionistas y directores. Recordemos que el Episodio VII: El despertar de la Fuerza, cayó en manos de J. J. Abrams, mientras que el VIII: Los últimos Jedi fue a parar a Rian Johnson. Hay al menos dos diálogos en los que se nota que a Johnson no le gustó lo que había hecho Abrams: cuando le sueltan a Kylo Ren que cómo pudo herirle una chica que empuñaba un sable láser por primera vez, y cuándo le espeta lo ridículo de su casco. A lo que Kylo Ren responde destrozándolo. Hala, sin casco, J. J. Abrams, no me gustaba. E incluso puede que haya uno más soterrado, menos evidente: a El despertar se le reprochaba que se había basado demasiado en la nostalgia de los primeros episodios, que apenas había innovado o aportado algo diferente, así que Johnson hace que uno de los personajes diga: «es hora de dejar morir todo lo viejo». Con lo que posiblemente no contara Rian Johnson fue con que el Episodio IX: El ascenso de Skywalker volvería a las manos de J. J. Abrams, que le devolvería los palos a Johnson. Para empezar, como Johnson se había cargado al malvado Snoke en la anterior, Abrams se la devolvió cargándose al general Hux, y no solo no dejó «morir todo lo viejo», sino que retornó a lo más clásico al traer de vuelta al Emperador. Cogido con pinzas, eso sí. Y además desdeñó por completo varias líneas argumentales desarrolladas por Johnson, como la de los padres de Rey o los niños barrenderos que empiezan a sentir la Fuerza. Seguro que los que tienen un estrés bestial son los responsables del Departamento de continuidad de la saga, los que tratan de buscar coherencia a las tramas de las diferentes entregas.

Yo soy solo un espectador y disfruto estas revanchas, o estos leñazos entre directores y guionistas. Siempre y cuando estén bien contados, claro. Por eso estoy sufriendo ante lo que se avecina como Gladiator 2.

¿Qué pasó con…? (III)

Hace cuarenta años, en 1983, Francis Ford Coppola estrenaba dos películas aparentemente menores para alguien como él, que había rodado en los años previos Apocalypse Now, Corazonada y las dos primeras entregas de El Padrino,. Ambas películas estaban basadas en novelas de Susan E. Hinton y tenían una temática similar sobre jóvenes inadaptados, pandillas y sus primeros delitos: The Outsiders (estrenada en España como Rebeldes) y Rumble Fish (otro de esos «títulos letales», pues se tradujo libremente como La ley de la calle).

El buen ojo de Coppola para el casting se aprecia en que prácticamente todos los actores de ambos repartos coparon muchos de los mejores papeles jóvenes de los ochenta: Matt Dillon (Drugstore cowboy, The Flamingo Kid), Tom Cruise (Top Gun, Risky Business), Ralph Macchio (Karate Kid), Patrick Swayze (Amanecer rojo, Norte y Sur, Dirty Dancing), Rob Lowe (el chico guapo sin nada decente más allá de St. Elmo’s fire o Class), Emilio Estévez (El club de los cinco, Young guns), Diane Lane (Cotton club, Calles de fuego), Mickey Rourke (Nueve semanas y media, El corazón del ángel) y Nicholas Cage (Birdy, Arizona Baby). Por eso mismo, por el éxito que sucedió a casi todas sus carreras, siempre me llamó la atención que el protagonista de Rebeldes, el actor que interpretaba al sufrido Ponyboy Curtis, desapareciera prácticamente del mapa.

Su nombre es C. Thomas Howell, el tercero por la izquierda en la foto superior, un californiano nacido en 1966 que parecía apuntar alto. Sus primeros papeles en cine fueron ni más ni menos que con Steven Spielberg (un papel menor en E.T.) y con el mencionado Coppola. Tras Rebeldes tuvo algunos papeles que le ayudaron a mantener su estatus de estrella juvenil (Admiradora secreta y Amanecer rojo, entre los pocos que recuerdo), y tras la acongojante Carretera al infierno (The hitcher) en 1986, con un cabrón psicópata terriblemente cabrón psicópata interpretado por Rutger Hauer, le perdí la pista.

Mientras sus compañeros de promoción se forraban con los mejores papeles, C. Thomas Howell debió tener uno de esos agentes nefastos que lo aconsejaron mal sobre el tipo de películas en las que debía participar. Porque el caso es que no dejó de actuar en todo este tiempo, si miro a su ficha de IMDb: 224 participaciones entre cine y televisión.

El caso es que si reviso su filmografía, compruebo que en la mayoría tomó el mismo título que aparece en la foto precedente, The wrong path, el camino equivocado. Hay papeles secundarios en The amazing Spiderman y Justice League, y algunas participaciones en episodios de Hawaii 5.0., Castle y The walking dead. Y mucho título que apesta a serie B cutre zarrapastrosa:

¿El ataque de los donuts asesinos? ¿De verdad alguien puso pasta para una producción así? Porque la «mítica» Kárate a muerte en Torremolinos se rodó con tres duros, pero cuando los americanos afrontan un proyecto, es difícil que bajen del millón de dólares de presupuesto.

La colección de títulos dudosos de sus décadas perdidas es interminable y las puntuaciones medias de los espectadores tampoco animan a darles una oportunidad:

Sea por malas decisiones, sea por situaciones personales complicadas (como expliqué en el episodio I de esta serie con Claudia Wells), el caso es que la carrera de C. Thomas Howell no se dirigió por el camino que sin duda él y su agente esperaban. De hecho, para IMDb, el actor es recordado por sus éxitos en los primeros ochenta:

Por alguno de los papeles recientes que ha protagonizado, estoy convencido de que se ha convertido en un actor de culto para algunos fans, pero si os pregunto a la mayoría de los lectores por él, por su aspecto o sus películas, me contestaréis como alguno de sus títulos: Gente sombra, Lost on Purpose o Perdido en el Amazonas.

Ahora que estoy mirando de reojo la Vuelta Ciclista a España (nada que ver con la atención que le dedicaba hace años) me he acordado de un ciclista fugaz, un torbellino que despuntó en la Vuelta de 2004 y desapareció con la misma celeridad. Su nombre es Santi Pérez, natural de Grado, Asturias. Nacido en 1977, los que éramos aficionados al ciclismo por aquellos años no lo conocíamos hasta aquella Vuelta en la que puso contra las cuerdas al ídolo español del momento, Roberto Heras. Santi Pérez comenzó la Vuelta sin grandes expectativas, sin aparecer en exceso durante las primeras etapas, en las que perdió un tiempo que luego le habría hecho falta para competir por el triunfo final. Fue a partir de la decimocuarta cuando saltó a la primera línea con el triunfo en la etapa que iba de Málaga a Granada. Apenas dos días antes, Roberto Heras había arrebatado el liderato al norteamericano Floyd Landis, y la victoria de Santi Pérez no parecía más peligrosa que la del típico ganador ocasional de etapa, un tipo combativo, buen escalador, que había sabido aprovechar su momento. Pero es que al día siguiente, en la decimoquinta etapa, Santi Pérez volvió a alzarse con el triunfo en la estación de esquí de Sierra Nevada, una cronoescalada en la que le metió un minuto a Alejandro Valverde y casi dos al maillot amarillo, Roberto Heras. ¿Pero de dónde ha salido este bólido?, nos preguntamos muchos.

Aun con esa doble victoria, la general parecía asegurada para el bejarano, pues contaba con ventaja suficiente de las primeras etapas, pero incluso esa posición fue puesta en duda por el arrojo del asturiano, que nos regaló una de las etapas más emocionantes de la Vuelta en la tradicional jornada de la sierra madrileña. Atacó con fuerza y le dobló el pulso al que por entonces era considerado el mejor escalador del mundo. Sin embargo, no fue capaz de obtener los minutos suficientes de ventaja para arrebatar el maillot de líder a Heras. Santi Pérez estaba como una moto y terminó de demostrarlo al día siguiente, cuando logró una nueva victoria de etapa en la contrarreloj final, ¡en llano! ¿Cómo era posible que apareciera este ciclista casi de la nada y a los veintisiete años explotara de ese modo? Acabó segundo en la general, a solo treinta segundos de Roberto Heras, quien se alzó así con su tercera Vuelta a España, la segunda consecutiva.

El tipo en cuestión resultaba entrañable en sus declaraciones, cada vez que le ponían un micrófono tras cada exhibición. Un tipo sencillo, humilde, un jornalero de la bici que dedicaba cada triunfo a su novia, Vanesa, fallecida dos años antes en accidente de tráfico.

El mazazo llegó poco después, en octubre, apenas un mes después de su éxito en la Vuelta: la UCI le notificó su positivo en un análisis por transfusión homóloga de sangre. El mismo positivo que dio su compañero de equipo, el norteamericano Tyler Hamilton, otro al que recuerdo una de las exhibiciones más portentosas sobre una bici, cuando se marchó del pelotón en una etapa del Tour de Francia… con la clavícula rota. Santi Pérez nunca reconoció su positivo, recurrió por las diversas irregularidades que se cometieron durante el contranálisis, pero la UCI y el TAD mantuvieron su decisión: Santi Pérez fue sancionado dos años.

Un par de años después comenzó la Operación Puerto en España y Santi Pérez fue identificado por la Guardia Civil como uno de los posibles clientes del doctor Eufemiano Fuentes. Como Alejandro Valverde, Óscar Sevilla, Francisco Mancebo, Tyler Hamilton y muchos más en un caso en el que las instituciones deportivas españolas se conjugaron para dificultar la investigación judicial, que quedó en nada por desgracia. La situación de descrédito del ciclismo, que se agravaría años después con los casos de Armstrong, Ulrich, Zulle, Beloki, Alberto Contador, Virenque y prácticamente todo el pelotón internacional, hizo que muchos nos desengancháramos del ciclismo. Algo parecido a lo que nos está pasando con el podridísimo mundo del fútbol.

Santi Pérez siempre reclamó su inocencia, le dieron la razón en uno de sus dos recursos y no tuvo ninguna sanción deportiva por su supuesta implicación en la Operación Puerto. Volvió al ciclismo casi por la puerta de atrás, en un equipo con varios de los «renegados» y apartados del pelotón (Mancebo, Vicioso, Sevilla, Hruska), pero no volvió a tener resultados destacables. Cada vez que he leído una entrevista suya, y se ha prodigado poco, he sentido cierta lástima, la pena de un amante del ciclismo que se sintió maltratado por los que lo ayudaron a subir. Si alguien quiere saber mi opinión sobre el dopaje en aquellos años de principios del siglo y la pureza de algunos corredores, solo tiene que mirar la lista de los primeros clasificados en aquellos Tour de Francia: ¿a partir de qué posición debemos creer que corrían «limpios»?

Santi Pérez se retiró en 2011 y continuó ligado al ciclismo. Fundó una escuela que lleva su nombre en Asturias y fue nombrado seleccionador asturiano de ciclismo. Muy ocasionalmente lo vemos en alguna actividad de divulgación sobre el deporte de las dos ruedas. Su desaparición de la escena fue tan veloz como su irrupción en aquella memorable Vuelta de 2004.

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I. Antonio Peñalver y Claudia Wells.

II. Antonio Hernández Mancha y Pedro Maestre.

De Audrey sí, de Holly…

Hace un par de semanas estuve en los veranos de cine (o en los cines de verano) que organiza el Ayuntamiento de Madrid y tuvimos la suerte de ver Desayuno con diamantes. O Breakfast at Tiffany’s en el original. Se me ocurren pocas ocasiones en las que una marca comercial aparece en el propio título. La reciente Air, las Lego películas, esas cosas de la Barbie o Mario Bros, Tetris o aquella en la que los vestidos también eran el principal atractivo para sus espectadoras, El diablo viste de Prada. La programación que se ofrece cada noche en estos veranos de cine es interesante y no deja de ser una suerte poder ver clásicos de la historia del cine en versión original y en pantalla gigante (Ladrón de bicicletas, La naranja mecánica, Cantando bajo la lluvia, Blade Runner o Pulp Fiction, por ejemplo). Algo que se perdió con el fin de las programaciones dobles en sesión continua. Una pena. Lo único que no me gustó de la experiencia fueron las butacas, un tanto incómodas, pero sobre esto volveré al final.

Hacía mucho tiempo que no veía Desayuno con diamantes y la recordaba un poco como esta última vez: sin grandes entusiasmos. ¡Claro que puedo disfrutarla!, por supuesto que se deja ver con agrado, pero está lejos de situarse entre mis favoritas de los clásicos de los sesenta. En esta ocasión traté de verla con otros ojos, intenté descubrir cómo Blake Edwards (director), George Axelrod (guionista) y los productores habían podido eludir una censura que en aquellos tiempos mutilaba películas por su estricta aplicación del Código Hays. Porque la Holly Golightly de la novela de Truman Capote es mucho menos ambigua, al menos en lo relativo a su profesión, que la de la obra de Edwards. La dama de compañía o escort que la pluma de Capote había creado se convierte en la versión de Hollywood en poco más que una chica alegre amante del lujo y de las compañías que se lo pueden procurar. Holly camina siempre en el filo de lo que intuimos que es, que apenas se deja entrever, pero sin mostrar mucho más que unos servicios poco claros por los que percibía cincuenta dólares. Me resultó cachondo leer los subtítulos en castellano, pues la traducción «el tocador de señoras» tiene unas connotaciones literales seguramente mucho más directas que lo que los censores españoles podrían prever.

Cada vez que he hablado con alguien de esta película y le he dicho que no me gusta demasiado, que Holly me resulta irritante por momentos, que me desconcierta o me pondría histérico en el papel de Paul Varjak (George Peppard), me han contestado:

  • Pero ella está guapísima.

Y sí, claro que lo está. Audrey Hepburn es el glamour hecho mujer, es elegante, atractiva, resulta refinada, interesante, conmovedora en su fragilidad, lo que quieras. Pero todo eso era Audrey Hepburn, no tanto Holly Golightly. Entiendo a esos actores maduros que se enamoraban de ella, al menos sus personajes, en sus obras más conocidas: Gregory Peck en Vacaciones en Roma, Humphrey Bogart en Sabrina, Gary Cooper en Ariane, Rex Harrison en My fair lady, Fred Astaire en Cara de ángel, Cary Grant en Charada… incluso Sean Connery en aquellos últimos años de Robin y Marian. Audrey Hepburn parecía pedir un abrazo en cada escena del mismo modo que el gato sin nombre de la propia Holly.

La manera de evitar la censura fue convertir el personaje de George Peppard de manera descarada en un gigoló en la primera versión del guion. Aumentaron las escenas sexuales y los diálogos con su «mecenas» para que los censores se entretuvieran tachando esas partes y cuestionando al personaje, y de ese modo, el proceder de la dama de compañía Mrs. Holly Golightly pasó casi desapercibido. Algunas referencias son poco explícitas, si bien las más claras quedaron en el personajes de Peppard. Holly parece una chica frívola, al menos en apariencia, de cara a todos esos bobos millonarios que babean a su lado, si bien cuando se queda a solas, o con el vecino escritor, muestra todo su desamparo, la necesidad de huir de su pasado, la depresión o la preocupación por su hermano. Utiliza el ruido de las fiestas para no quedarse a solas con el silencio y sus pensamientos. O camina hacia Tiffany’s porque es el refugio en el que nada malo puede pasar, como suelta en un momento dado.

La historia de Lula Mae Barnes y su boda con el ranchero cuando solo era una cría adolescente resulta desoladora, y quizás sea entonces cuando uno siente toda la necesidad de dar a Holly ese abrazo de amigo que su personaje se pasa solicitando toda la película. Ahí se acaba esa alegría del filme, la aparente despreocupación, y se lanza hacia la huida que Peppard entiende que Holly necesita. Aunque Truman Capote no lo reconoció abiertamente, este personaje se basó en la madre del propio Capote, quien los abandonó cuando el escritor tenía cinco años. Lo dejó al cuidado de su tía en Alabama y se mudó a Nueva York para alcanzar un sueño que creía merecer. Por cierto, se llamaba Lillie Mae, pero debe ser una mera coincidencia si atendemos a diversas explicaciones del autor sobre el origen del personaje. Capote creó su personaje tomando un poco de aquí (su amiga Carol Marcus, habitual del paseo frente al escaparate de Tiffany’s para desayunar), otro poco de allá (Doris Lilly, como explicó en un libro) y lo mezcló con ideas de otras como Gloria Vanderbilt o Joan McCracken, una bailarina excéntrica que compartió amante con Capote, Jack Dunphy. El propio Capote tenía mucho de Holly, sabía lo que era sentir el desamparo y las inseguridades en primera persona.

A Truman Capote le horrorizó la película, siempre la detestó por todo lo que Hollywood había modificado de su argumento original. Se suprimieron las referencias a la bisexualidad de Holly, al consumo de drogas o al aborto de la protagonista, pero por encima de todo odió dos cosas: el final y la elección de Audrey Hepburn. Un final feliz tras las dos horas previas es absurdo, inverosímil. Pero es el que Hollywood demandaba entonces y lo sigue haciendo en el noventa y nueve por ciento de las películas. El final de la novela era el lógico: Holly vuela, huye de la Gran Manzana, y el escritor Varjak supone que habrá encontrado su lugar en el mundo, o al menos la paz interior que no podía encontrar con el tipo de vida disoluta que llevaba.

En cuanto a la actriz escogida para el papel, Truman Capote afirmó que es «el peor error de casting que he visto nunca. Me dieron ganas de vomitar». Capote quería a Marilyn Monroe, quien por entonces contaba con tres años más de edad que Audrey Hepburn. No la he visto nunca en ese papel. Puede no gustarme la película, pero estoy seguro de que con Marilyn no habría mejorado. La vulnerabilidad, la aparente independencia (que en el fondo esconde un deseo de seguridad y, quizás, dependencia), la fragilidad, la sencillez de Holly encajan como un guante en la piel de Audrey Hepburn. No veo esas características en Marilyn, la voluptuosa, el cañón sexual, el icono más sexy de aquellos años sesenta, el pibón por el que babean Jack Lemmon, Tony Curtis, Joseph Cotten, los moscones de Los caballeros las prefieren rubias o el propio Arthur Miller.

Audrey Hepburn era maravillosa, claro que sí. Hay pocas imágenes tan míticas como la de su interpretación de Moonriver en el marco de la ventana. Pero a mí personalmente, Holly me irrita tanto como a su vecino japonés de los pisos superiores, ese Mr. Yunioshi interpretado de manera ridícula por Mickey Rooney (¿quién o cuánto convencerían al actor para aceptar ese papel?).

No recuerdo quién fue el crítico cinematográfico que dijo que su culo era quien le marcaba la calidad de la película que estaba viendo. Si la peli lo absorbía, si le estaba encantando, si la estaba disfrutando, ni lo sentía. Pero como la peli fuera un truño, sus posaderas empezaban a molestarlo, a buscar otra posición, a dormirse. A pedir el final. Debía quedar media hora de Breakfast at Tiffany’s y a mí ya me daba igual el gato perdido, el estirado brasileño ese que no necesitaba interpretar José Luis de Vilallonga, el mafioso italiano o el escritor frustrado, no creo que fuera solo por la incomodidad de mis asientos: mi culo me hizo cambiar varias veces de postura.

¿Qué pasó con…? (I)

No recuerdo de qué programa se trataba porque hace tantos años que lo vi (y yo no tendría muchos más de diez o doce), que ni sé de dónde era. Se trataba de una sección de un programa con este mismo título, ¿Qué pasó con…? o Parece que fue ayer, quizás dentro del Fantástico de José María Íñigo, en la que se preguntaban qué había pasado con tal o cual personaje, con ese artista, deportista o simplemente famosos a tiempo parcial que habían desaparecido de la escena. El ¿Qué pasó con…? se convirtió en una especie de cara B de los quince minutos de fama que todo hijo de vecino merecía tener (Andy Warhol dixit). Y de eso va el post de hoy, que sospecho que no será el último con esta temática.

El reto de cada uno de los amiguetes consiste en buscar a alguien que viviera su momento de fama, puede que incluso de mucha fama, hace más de veinte o treinta años, y tratar de averiguar por qué derroteros llevó su vida. En muchas ocasiones seguro que fue bien, se alejó de los focos mediáticos y se dedicó a otra cosa, puede que más placentera. En otros casos quizás fueron dando tumbos o su talento no daba para mantenerse en la actualidad, que de todo habrá.

Barney –  ¿Qué pasó con Antonio Peñalver?

Muchas cosas nos sorprendieron durante los Juegos Olímpicos de Barcelona 92, y no ya la buena imagen de la ciudad y el país a nivel internacional, o las 22 medallas que cosecharon los nuestros, sino algunas de las especialidades en las que fueron obtenidas. El equipo de tiro con arco, el salto con pértiga, las judocas Miriam Blasco y Almudena Muñoz, el kilómetro lanzado de José Manuel Moreno… cada uno tendrá sus sorpresas, pero yo particularmente y para bien, me quedé “flipao” con la plata de Antonio Peñalver en decatlón.

El decatlón era una especialidad que nos encantaba a mis hermanos y a mí, no solo por el juego “generacional” del Spectrum, el Daley Thompson’s Decathlon, sino también porque en los veranos del pueblo competíamos en nuestro particular decatlón, con carreras, saltos, lanzamientos, vallas y prácticamente todas las pruebas menos el salto con pértiga.

Desconocíamos que en España hubiera algún decatleta relevante y en esas, llegan los Juegos de Barcelona, y aparece un murciano de 23 años que va pasando prueba a prueba con buenas marcas, en segunda posición, no fue lejos del checo Zmelik, ni muy separado de sus perseguidores. Antonio Peñalver tenía una planta espectacular: 1,93 de altura, 90 kilos de puro músculo, una bestia parda.

Recuerdo que eran los años en que Miguel Induráin comenzaba a arrasar en el Tour y algunos periodistas establecieron un paralelismo sobre los cambios del “deportista español” típico. Se acababa lo del españolito bajito y peleón, como Pedro Delgado, Antonio Prieto, Emilio Butragueño… El deportista español era como ese Fermín Cacho en la recta de los 1500 metros que miraba hacia atrás incrédulo, «he dejado a Morceli atrás, he dejado a Morceli atrás, seguro que me pilla», como un Luis Miguel Dominguín de la vida que no se creyera que se acababa de cepillar a Ava Gardner. Todos esos «complejos» hispanos terminaban, comenzaba la era de “Supermanes”: Induráin, Peñalver, Abraham Olano, Kiko Narváez… Tallos, portentos físicos y técnicos.

No supimos mucho más de Peñalver en los años posteriores. Volvió a competir en Atlanta en 1996, donde no pasó del noveno puesto y mantiene aún varias de las mejores marcas del atletismo nacional en su especialidad, pero su pico fue aquel verano del 92. ¿Qué pasó con él? No volví a saber de su existencia hasta que saltó el escándalo de abusos sexuales del entrenador Miguel Ángel Millán en 2016. Esta entrevista del diario El País resulta estremecedora para tratar de entender lo que ocurrió. El titular escogido ya te revuelve:

Una historia de abusos en la adolescencia, sometimiento, crisis de autoconfianza… Posteriormente llegaron las depresiones, el abandono de los entrenamientos y las lesiones. No tuvo una carrera destacable después de aquella plata. A decir verdad,  ni siquiera tuvo una carrera. Una lástima todo lo que cuenta. Con el tiempo se quedó en Murcia como entrenador, y ahora, con 54 años, parece una persona que no recuerda con ningún cariño aquella etapa de su vida. El Supermán que veíamos por la tele en el 92 era un chico roto por dentro. El Tribunal Supremo ratificó la condena de 15 años y seis meses a Millán en 2020.

Travis – ¿Qué pasó con la novia de Marty McFly?

Han pasado casi cuarenta años desde el estreno de Regreso al futuro, en 1985, y puedo proclamar sin miedo a equivocarme que esta película es uno de los tres o cuatro clásicos más recordados de los ochenta. En este mismo blog ha salido numerosas veces (El futuro ya está aquí, Ensayos de un futuro distópico, y por supuesto, el 21 de octubre de 2015) porque el clásico de Robert Zemeckis siempre parece actual, que no pasa de moda.

Aunque el protagonismo de toda la trama recae en Marty McFly (Michael J. Fox) y en Doc Brown (Christopher Lloyd), a mí me encantó la novia de Marty, Jennifer Parker, una hermosa joven llamada Claudia Wells… de la que no volví a saber. Los menos aficionados a la saga se preguntarán: “¿pero no salía la novia de Marty en la segunda y tercera entrega?”, y sí, claro que tenía un papel, pero habían cambiado a la actriz. Las secuelas se rodaron en 1989 y 1990, pero en ellas el papel recayó en una de esas jóvenes que quedó como “novia de” en los ochenta: Elizabeth Shue. La que fuera novia del primer Karate Kid y del hombre Cocktail, Tom Cruise. Elizabeth Shue también pareció aquejada por una especie de maldición que hizo que su carrera se perdiera por papeles irrelevantes, salvo quizás su papelón en Leaving Las Vegas, por el que fue candidata al Óscar.

¿Pero qué pasó con Claudia Wells? La razón que la llevó a alejarse del cine fue la enfermedad de su madre, un cáncer que duró varios años. Cuando el equipo de Zemeckis contactó con ella para las continuaciones, que se rodaron sin descanso, sin esperar ni siquiera al estreno de la segunda para afrontar la tercera, la actriz declinó el ofrecimiento porque estaba dedicada al cuidado de su madre. No podía afrontar los meses de separación que dos películas exigen. Y eso le honra. Según su página de IMDb, la gran base de datos de artistas, apenas hizo alguna aparición en capítulos sueltos de series hasta que prestó su voz en 2010 para un videojuego basado en una célebre película. ¿De verdad necesita alguien que le diga de qué película se trataba?

Continuará:

Josean – ¿Qué pasó con Antonio Hernández Mancha?

Lester – ¿Qué pasó con Pedro Maestre?

Aquel arqueólogo del sombrero y el látigo (II)

Pulgar hacia arriba, claro que sí. Pasé un buen rato en el cine, disfruté de una peli entretenida, de una historia que homenajeaba perfectamente a la saga y que cierra de manera bastante digna las andanzas del personaje que comenzó a principios de los ochenta. Y a partir de aquí, spoilers a manta, voy a contar todo lo que me venga a la cabeza sobre Indiana Jones y el Dial del Destino, la quinta y última entrega (de momento) de las aventuras del arqueólogo del sombrero que no se pierde, la chupa ajada, la cicatriz en la barbilla y el látigo para todo.

Desde el primer instante, desde el fotograma inicial, desde ese capítulo previo que antecede siempre al argumento central, experimento dos sensaciones contrapuestas: el respeto absoluto al fondo del Indiana Jones más clásico y la ruptura completa con el pasado en cuanto a la forma. El fondo es el guion y los efectos especiales constituyen la forma. Y así como aplaudo el primero, y celebro varios de sus momentos, en ocasiones me echa para atrás lo segundo, el abuso de los efectos digitales.

Homenajes a la trilogía clásica

El Dial del Destino (DdD) ha sabido conjugar los clichés de Indiana Jones, explotar la añoranza y homenajear de manera persistente al Arca Perdida (AP), la Última Cruzada (UC) y en menor medida, el Templo Maldito (TM). La presencia de la Calavera de Cristal (CdC) es residual en la trama, y sin duda los guionistas y productores hicieron bien, acertaron con la decisión, pues se ve que tenían claro lo que gustaba a los espectadores tradicionales. La joven heroína de esta entrega es una arqueóloga que por momentos recuerda a la doctora Elsa Schneider (UC) o a Irina Spalko (CdC), pero vemos finalmente que no es así, que no pertenece «al Lado Oscuro». Se trata de Helena (Phoebe Waller-Bridge), la ahijada de Indiana Jones, una mujer absorbida desde pequeña por las leyendas sobre las reliquias misteriosas de este mundo de zumbaos que compartían su padre y el protagonista. Recupera la aversión de Indy por los nazis (AP-UC) y por las serpientes (AP), así como una escena en la que tanto su cuerpo como el de su acompañante femenino están cubiertos por insectos (TM), bichos gordos como una pelota de tenis y asquerosos como una cucaracha del tamaño de un kiwi. O momias que aparecen de repente como si estuvieran vivas (AP y TM).

A lo largo del metraje aparecen personajes míticos de la primera entrega (AP), como Marion (Karen Allen, AP y CdC) y Sallah (John Rhys-Davies), y una actualización de otros personajes:

– Brody, Denholm Elliott, fallecido en 1992, secundario en AP y UC: aquí se nos muestra en la figura del profesor Basil Shaw (Toby Jones).

– Tapón, el niñato del TM, en mi top-5 de la lista de Niños exterminables del cine: ese niño un tanto cargante, un ratero de buen corazón muy hábil en el manejo de todo tipo de vehículos, es reconvertido en DdD en Teddy.

El malo malísimo del DdD está, según mi parecer, entre los mejores de la serie completa. El actor danés Mads Mikkelsen tiene una presencia enorme, ya sea haciendo de alcohólico convencido (Otra ronda) o de científico tan brillante como peligroso (DdD o en Rogue One, donde trataba de escapar del Imperio galáctico). Se menciona de pasada al hijo de Indy y Marion (CdC, «felizmente» fallecido para la trama) y se recurre también a un gigantón indestructible (AP) y a un marinero aparentemente cínico con mucho mundo recorrido a sus espaldas, más cercano al capitán Katanga (AP) que al Corto Maltés de Hugo Pratt. Este marinero con nombre de futbolista brasileño, Renaldo, es interpretado por Antonio Banderas y se queda corto. Insulso. Una pena, porque Banderas podía haber aportado un personaje de mayor peso e interés.

Para los escenarios se volvió a recurrir a los clásicos: las calles de Marruecos sustituyen a las de El Cairo (AP), una mansión tomada por los nazis en Los Alpes (UC), una isla griega (AP), la universidad (AP y UC), las grutas (TM), incluso aparece un puente colgante (TM) cuyas tablillas son más frágiles que las motivaciones de algunos personajes. No faltan los clásicos mapas para situarnos de manera espacial (sin los errores que ya comenté en Una furgoneta del siglo XIII) y para las elipsis temporales de los movimientos de los personajes: así no se pierde tiempo, nos traslada velozmente la acción a otro lugar.

En cuanto a las escenas de acción, se ha recurrido igualmente a lo que se sabe que funciona para el profesor Jones: la persecución por las estrechas callejuelas de una ciudad del norte de África (AP), una pelea y persecución en el tren (UC), Indy a caballo (AP), las motos nazis (AP, UC), un tiroteo cruzado en un tugurio entre numerosos personajes que anhelan el mismo objeto (TM) y unos artilugios o trampas mecánicas que siguen funcionando a la perfección dos mil años después de su construcción (AP, UC). Ni las raíces, ni la humedad, ni la huella del hombre o la erosión del terreno han hecho que una trampilla diseñada por Arquímedes siga funcionando dos milenios más tarde. Pues vale, esto es Indiana Jones, lo aceptamos todo.

Puede que parezca que estoy criticando el guion por esa aparente falta de imaginación que hace que se recurra a lo clásico (como ocurría con El despertar de la Fuerza, que copiaba literalmente todo lo copiable de La guerra de las galaxias), pero no lo es en absoluto. Los guionistas (los hermanos Butterworth de manera conjunta con el director James Mangold) eran conscientes de que un Harrison Ford de casi ochenta años no podía afrontar determinadas escenas de acción y sitúan al personaje en 1969, poco después de la llegada del hombre a la Luna. La jubilación del profesor en la universidad es una declaración de intenciones: el profesor Jones está retirado, es consciente de que no puede afrontar determinadas situaciones de riesgo, aunque alguna que otra acometerá. Sus propias alumnas, que lo miraban embelesadas durante sus clases en las primeras entregas, se nos muestran en esta ocasión medio dormidas y tan aburridas como en una peli de Transformers. El viejo profesor Jones no es capaz de transmitir la energía que tenía, ni la pasión por los objetos de la antigüedad. Es imposible que hubiera una escena del veterano Indy descolgándose con el látigo y se agradece la omisión. De hecho, la escena inverosímil de saltar desde un caballo a un vehículo en movimiento (AP), aquí ni más ni menos que a un avión, es interpretada por Helena, no por Mr. Jubilado. Sabia decisión.

Todas las películas de Indiana Jones tienen un componente mágico, esotérico, ya sea con el poder de las viejas reliquias del Antiguo y Nuevo Testamento (AP, UC), con las piedras Shankara (TM) o con la aparición de extraterrestres (CdC). En el DdD nos vamos a los viajes temporales, una decisión arriesgada que sin embargo a mí particularmente me encantó. Esa batalla de Siracusa en la que aparece un avión nazi… jojojo, ¡grandiosa!

El objeto perseguido a lo largo de toda la trama, la Anticitera, es un objeto misterioso que existe en realdad: la Anticitera, que se halla en el museo de Atenas. Es un artefacto provisto de 72 engranajes que hizo creer a los especialistas que podía tratarse inicialmente de un reloj, pero es que los primeros mecanismos de relojería datan del período 1400-1450 y se cree que la Anticitera es del siglo II a.C. Para los expertos sigue siendo un misterio, incluso si se confirma que era una especie de reloj astronómico completamente avanzado a su tiempo, unos dieciséis siglos «nada más». Alucinante, gran elección la del DdD.

El abuso de los efectos digitales

Todo es CGI en el DdD. Todo. Y es una pena. La trilogía clásica de Indiana Jones nos encantaba porque olía a polvo, a sangre real, a barro, nos dolían los golpes que recibía Indiana Jones y sufríamos con su manera de arrastrarse por el suelo bajo un camión o en la pelea sobre el barranco con el Mola Ram. Todo eso desaparece. La escena inicial con las motos nazis carece de la emoción de la UC, no digamos del referente que es La gran evasión para el uso de estos vehículos. Ni rastro de la adrenalina que nos provocaba en su día ver a Steve McQueen huyendo de los nazis y tratando de saltar las barreras que lo llevarían a Suiza. Muchos medios en el cine actual, pero es incapaz de provocarnos la emoción de una película que esta semana ha cumplido la friolera de sesenta años.

El CGI tiene virtudes indudables. Pese a las críticas que he leído o escuchado, a mí sí me gustó ver al «joven» Harrison Ford situado en 1944, pero luego los efectos empiezan a fallar cuando se pone en movimiento. De manera especial, cuando camina sobre el tren en la fuga. Me parece tan irreal como el Tom Hanks digital de Polar Express. Pero es que además tengo la sensación de que no se han trabajado los paisajes, los contornos, que se ven difusos y como de videojuego. Me esperaré a verla de nuevo para fijarme con más detenimiento en esos detalles.

Y luego está como gran pega uno de los males que aquejan el cine actual: como la tecnología puede hacerlo casi todo, y como a los chavales hay que ofrecerles acción constante y desenfrenada, el metraje se alarga más de lo necesario. Numerosas escenas no se recortan cuando está claro que ya no dan más de sí (la persecución por las calles de Tánger, por ejemplo). Dos horas y treinta cuatro minutos de película, de los cuales podían haber sobrado perfectamente de veinte a treinta. Falta contención, sobra el exceso. Y para eso no había nadie mejor que Steven Spielberg.

Conclusión

Es una dignísima despedida del personaje, claro que sí. Pulgar hacia arriba, como decía al inicio. Desconozco si el peso que adquiere el personaje de Helena es para continuar la saga por esta nueva vía, igual que en su día se explotó el personaje para televisión con las aventuras de El joven Indiana Jones. La falta de imaginación del cine actual hace que se repitan una y otra vez las mismas fórmulas, y el rescate de los ochenta parece no fallar: Terminator, Predator, Aliens, Mad Max, Star Wars… Pero no creo que Harrison Ford repita más. El personaje se ha jubilado, igual que se cargaban a Han en la saga galáctica, quizás para que no repitiera más. También rescataron su Rick Deckard de Blade Runner para esa secuela-tostón ambientada en 2049, ¿va a rescatar también al poli de Único testigo, Mr. Ford?

Y por último, cómo saben buscarnos la fibra sensible en Hollywood:

– ¿Dónde te duele, Indy? ¿Aquí? ¿Aquí?.