Ya que no podemos arreglar el mundo, hablaremos de lo que nos interesa: la política y los políticos, el fútbol, el cine, y todo lo que nos molesta, acompañados por unas jarras de cerveza. Bien fresquitas, por supuesto
Estamos de celebración, aniversario o como queráis llamarlo. Los cuatro amiguetes del blog celebraremos en una semana los 4 años de esta página que nació con intención perecedera, y sin descanso ni vacaciones nos lanzaremos a por la quinta temporada. Pero sobre todo celebramos el post número 300, ni más, ni menos. Y celebramos además que ese post 300 no se publica en esta web, sino en La Galerna, la página de «Madridismo y sintaxis» a la que ya hemos hecho referencia en otras ocasiones, una apuesta personal de Jesús Bengoechea que está encontrando un gran respaldo popular:
El texto mencionado representa como pocos de entre esos 300 lo que significa el blog «Cuatro amiguetes y unas jarras». Se trata de una supuesta conversación entre Jaume Roures, el magnate de Mediapro, y el director neoyorquino Woody Allen, en la que divagan sobre la producción de una película acerca del mundo del fútbol. Con algo de ironía y cachondeo sano, que no falte nunca.
El texto ha sido escrito por Barney (y su madridismo) con la colaboración de Travis para aportar ideas sobre Woody Allen, basándose en un celebrado post de Josean sobre las conversaciones imaginarias entre Artur Mas y Jordi Pujol al inicio del principio del comienzo de la génesis del procès. Por supuesto, con el respeto a las normas lingüísticas y la corrección sintáctica requerida por Lester, el administrador del blog. Espero que os guste, dadle una oportunidad.
Mantener un blog tanto tiempo es un ejercicio de disciplina y constancia, y no está de más reconocer que a veces cuesta. Pero los comentarios que uno lee en esta misma página, o los que te hacen la familia y los amigos, o especialmente los de gente que no te conoce de nada, como los lectores de La Galerna, ayudan a seguir en el empeño:
Como cada vez son más numerosas las publicaciones que han surgido a partir del blog, tantas que hemos abierto una nueva categoría con ese nombre: «Publicaciones». En ella recogemos los enlaces a los artículos de Barney en diversas webs, el libro de relatos de Lester surgido a partir de un proyecto muy personal, alguna colaboración en revistas y esperamos publicar la historia que Travis se trae entre manos o las dos charlas/conferencias que Josean tiene programadas en otoño. La primera surgió de la serie por capítulos «Grandes errores de las escuelas de negocios», y la segunda, de su particular visión de la política.
300. Trescientos, como los espartanos de Leónidas, esos tipos inasequibles al desaliento.
300 kilómetros por hora, la velocidad a la que se calcula que se mueven los impulsos nerviosos, los que nos llevan a escribir y opinar desaforadamente sobre algo.
300 segundos, que son 5 minutos, que es lo que la mayoría de las veces lleva leer un post.
300 minutos son 5 horas, que es lo que en ocasiones (y más) cuesta rematar un texto.
Y 300 centilitros es lo que suele tener un botellín de cerveza, pero aquí somos más de jarras de 500, así que ¡a por ese número!
Como sé que a muchos les van los ránking y las clasificaciones, dejo a continuación lo más leído de cada uno de los cuatro personajes del blog.
¡Espero seguir contando mucho tiempo con vosotros, los lectores, gracias!
¿Afirmación o pregunta? Ganó la Unión Europea, o ¿ganó la Unión Europea?
Durante la segunda de las semifinales del Mundial de Rusia, disputada entre Croacia e Inglaterra, recibí una imagen publicada en Twitter por el periodista Jon Erlichman que recordaba todas aquellas marcas o productos que no existían la última vez que Inglaterra había llegado a unas semifinales de Mundial, allá por el lejano 1990:
Y el bitcoin, Tesla, Whatsapp, Airbnb, Uber, la Wikipedia, los emoticonos,… Podemos, JuntsxCat o el Movimiento Cinco Estrellas. Hoy en día no concebimos la vida sin estas marcas y sus productos, pero como muchos tuiteros recordaron al periodista, en 1990 tampoco existía… Croacia. La pequeña república de los Balcanes declaró su independencia en 1991 y desde el principio de su nueva existencia dejó claro su afán por apartarse de la antigua órbita soviética e integrarse en la Europa de la Unión. Solicitó su ingreso en 2003 y se convirtió en el 28º estado miembro de la Unión Europea en 2013.
Por esta razón (y por muchas otras, pero del ámbito futbolero y no político) celebré que Croacia le diera una patada en el culo a los ingleses y los mandara a su casa. ¿No queríais Brexit? Pues venga, de vuelta a vuestras islas del Reino Unido, a seguir dándole vueltas a esa salida blanda o dura de la Unión Europea, que con todos sus defectos, burocracia y limitaciones, seguramente será preferible a lo que supone la separación. Un país de 4 millones de habitantes que está haciendo serios esfuerzos de modernización se impuso a una potencia industrial y económica consolidada como Inglaterra. De castigo, a los ingleses les tocó lidiar con Bélgica para mejorar su posición final, pero tampoco les fue bien. Si todo esto era una metáfora, la verdad es que salió cojonudamente bien.
Los belgas son una especie aparte, un país extraño, o dos países extraños bajo un mismo nombre, como tan bien explicara el periodista Jacobo de Regoyos en el libro Belgistán. Que las sedes de las principales instituciones de la Unión Europea estén en un país que se desintegra, desunido y con unas crisis institucionales que ríete de las españolas o las italianas no deja de ser otra enorme paradoja.
Los Mundiales de fútbol tienen muchos momentos fascinantes, y entre ellos están los minutos previos al partido, con los himnos nacionales. Puede que digan mucho acerca de cada país y cómo viven su nacionalidad. Tienes que ser más frío que Putin bañándose en un glaciar para no emocionarte con el himno de México, Colombia o con La Marsellesa. De los belgas solo cantaba la mitad de los jugadores, no sé si los flamencos o los francófonos. Pero funcionaron muy bien como selección, igual que lo hacen (aparentemente) como país. En España tenemos de todo, como siempre, a Ramos buscándose la rabadilla con la nuca y a Piqué mirando al suelo con cara de cabreo, mientras nuestros seguidores se suman al jolgorio con el «lolololo».
El Mundial se lo llevó Francia. La figura emergente en los últimos tiempos en la Unión Europea ha sido sin duda el presidente galo, Emmanuel Macron. «Ante los grandes trastornos del mundo«, dijo en su discurso de abril de 2018 en el Parlamento europeo, «necesitamos una soberanía mayor que la nuestra, complementaria, una soberanía europea«. En época de nacionalismos exacerbados y ansias de mayor poder local, sorprende un discurso como el suyo, basado en la cesión de soberanía a las instituciones europeas.
Otra parte relevante de su discurso se centró en la necesidad de controlar e integrar los movimientos migratorios. Si quería mandar un mensaje al mundo sobre las bondades de la integración, la selección nacional de Francia es el mejor escaparate posible: 14 de los 23 jugadores seleccionados nacieron en África o son descendientes directos de africanos (el chiste gráfico de Topete GLZ es magnífico como descripción). Kylian Mbappé es hijo de camerunés y argelina, Pogbá es de origen guineano y los padres de Dembelé son de Mali y Senegal. De Mali también son los ascendientes del «genocida del oxígeno» Kanté y de Sidibé, y los de Mendy son senegaleses. Los de Rami son marroquíes y los de Fekir, argelinos. El padre de Kimpembe es natural de la República Democrática del Congo, al igual que el de Nzonzi. La madre de Tolisso es de Togo y el puzle se completa con otros continentes: el padre de Varane es de Martinica y Lemar nació en Guadalupe. Pues ahí ha estado el mérito de la selección francesa, en hacer que orígenes tan dispares lucharan por un interés común superior.
¿Qué pasó con los alemanes, los que «mandaban» en el fútbol y dirigían los designios de la Unión Europea? Pues quizás los sobrevaloramos, como hemos hecho siempre. Que si son muy currantes, hiper profesionales, meticulosos, que no hacen trampas,… pues con el caso Volkswagen creo que se nos han caído varios mitos. En el Mundial se los cepillaron los surcoreanos, esos a los que miraban con aire de superioridad germana. Sí, sí, los mismos de Hyundai, menudo bajón de autoestima.
Peor ha sido lo de Italia, cuya selección anda tan perdida como el país tratando de formar gobierno. No sabe si tirar hacia el juego de toque a lo Prandelli o volver al catenaccio que siempre le funcionó. No sabe si dejarse llevar por el Movimiento Cinco Estrellas o por la Liga Norte. Cambian de presidente con más frecuencia que de seleccionador, y así andan, despistados.
Pese a que las potencias europeas tradicionales no han competido al nivel esperado, el Mundial ha sido dominado por los equipos europeos: los cuatro semifinalistas y seis de los ocho cuartofinalistas. Las potencias emergentes no terminan de arrancar, como ha ocurrido una vez más con África. Brasil, el gran país emergente de Sudamérica del que tanto se esperaba, ha vuelto a ser un bluff. Su figura, Neymar, ha resultado ser como Lula, amado y denostado a partes iguales. Se esperaba mucho de ambos, pero han terminado juzgados y condenados por corrupción, económica la de uno, antideportiva la del otro.
Como todos los eventos deportivos de nivel internacional, el Mundial ha sido una magnífica publicidad para el organizador, la Rusia de Vladimir Putin, esa dictadura vestida de democracia. El ex campeón del mundo de ajedrez Garry Kaspárov lleva años escribiendo artículos enormemente duros con el presidente ruso. En World Cup 2018 and the ugly side of the beautiful game señala que dictadura «es la única descripción adecuada cuando un hombre mantiene el poder total sin oposición durante 18 años».
El artículo es muy crítico con el uso que hace Putin del Mundial o de los Juegos de Sochi hace cuatro años, los más caros de la historia, cuando Rusia es un país sin mucho dinero para sus clases medias. Recuerda Kaspárov que mientras los oligarcas rusos compran equipos de fútbol en Inglaterra o propiedades inmobiliarias en Miami, una mayoría de rusos vive con menos de 500 dólares al mes. El gasto público para construir los estadios y mejorar las infraestructuras hoteleras ha sido tremendo, pero ha servido para que los aficionados nos quedemos con las imágenes espectaculares, no con lo que indica el ajedrecista: «es una colorida distracción para cumplir el mandato cleptocrático: privatizar los beneficios, nacionalizar los costes».
Sin embargo, el económico es solo uno de los numerosos inconvenientes que llevan al autor a destacar el «lado feo» del Mundial. El uso de prisioneros para la construcción de los estadios o de inmigrantes en condiciones laborales precarias, la restricción de derechos y libertades, los niveles de corrupción, que se unen a los habituales en la FIFA, el escándalo de dopaje de los atletas rusos, son otros de los problemas mencionados en el artículo, que concluye con una frase que comparto plenamente:
«We can support the beautiful game without supporting the world’s ugliest regimes».
«Podemos apoyar este hermoso juego sin necesidad de apoyar a los regímenes más horribles del mundo».
Catar en 2022 será la siguiente parada de esta dicotomía entre lo que amamos del juego y lo que detestamos de su entorno, de los millones que mueve y la vileza de sus dirigentes.
Termino ya con algo menos serio. No sé qué ideología tendrá, ni si es o no una buena dirigente, pero para mi país quiero una presidenta tan cariñosa y simpática como la de Croacia.
A punto de terminar el Mundial de Rusia 2018 y ya que los amiguetes han dejado diferentes análisis futboleros, ya sea en modo deportivo (Barney y el odio a Neymar o a las modas absurdas), actoral (Travis y su manía a los estrellitas) o en forma de relato (Lester para Historias de fútbol), no podíamos dejar de lado los análisis económicos ni geopolíticos (para la segunda parte).
Solo quedan cuatro partidos para que acabe este Mundial de Rusia, las semis, la final y el intrascendente partido por el tercer puesto, y como en casi todos los campeonatos encontramos algo nuevo, un invento de los entrenadores, lo cual no significa que aporte nada especial ni que vaya a ser un descubrimiento perdurable más allá del mes de julio.
El invento de este Mundial es el «trenecito doble» en el punto de penalti. Lo habréis visto todos los que sigáis el Mundial: llega un córner y entre ocho y diez jugadores se concentran en los dos metros cuadrados alrededor del punto de penalti. Los atacantes mirando hacia portería y los defensores empujando frente a ellos. Agarrones, empujones, peleas por la cercanía al rival, el árbitro que advierte de un penalti que nunca va a pitar, y en cuanto el balón se pone en juego cada uno de los ocho jugadores sale disparado en una dirección, unos buscando el balón, otros bloqueando a sus defensores y estos tratando de evitar el remate. El resultado ha sido dispar, no creo que haya mejorado el porcentaje de remates de córner, ahora que se mide todo en estadísticas.
Sobre lo que quería llamar la atención es sobre las modas en este tipo de campeonatos. No sé qué equipo fue el primero en hacerlo, pero de repente, de la noche a la mañana, lo hacen todas las selecciones, cuando se supone que debería ser algo que se ensayara en los entrenamientos. Es como si Roberto Martínez hubiera visto a los de Tite, que a su vez se lo vieron hacer a los de Deschamps, que vieron que a los de Southgate les funcionó contra Panamá, que…
Ya no recuerdo en qué Eurocopa fue, si en la de 2016 o en la de 2012, se puso de moda sacar el córner en corto, que un compañero la pisara y que el mismo que sacaba el córner centrara a la olla. ¡No aportaba nada al juego y de repente lo hacían todos los equipos! De verdad que quise entender a quién se le había ocurrido la soplapollez, pero duró poco la moda. Ese campeonato, concretamente.
Que conste que no estoy en contra de las novedades, es más, creo que el fútbol está muy necesitado de ellas, sobre todo en el Reglamento (algún día volveré a hablar de ello), pero lo que me repatea son las bobadas sin sentido, tanto como los gilicórners que terminan con el balón cada vez más lejos de la portería contraria, más lejos, más lejos, hasta finalizar en el área propia, como he visto alguna vez a esos integristas de la posesión.
A veces hay equipos con jugadores con alguna virtud especial que hay que explotar, como aquellos años del Atleti de Milinko Pantic, cuando una decena de jugadores se peleaba por el espacio junto al primer palo por los balones que el serbio con enorme calidad. Visto desde lejos llamaba la atención tanto como el «trenecito doble» de Rusia 2018, pero era una novedad que aportaba mucho al juego. No sé la cantidad de goles que metió de ese modo el Atleti.
Luego están las modas chorras que se supone que aportan algo que mejora las prestaciones de los jugadores. ¿Os acordáis de las tiritas para la nariz? Eurocopa de 1996, prácticamente no había jugador que no la llevara. «¡Cómo hemos podido jugar tantos años sin una tirita en la nariz!», nos preguntamos algunos. La moda también fue efímera, yo creo que duró lo que el primer paquete de tiritas que se compraban los futbolistas.
Otro año, a principios de los noventa, la moda fue usar unos calentadores de muslos de color fosforito chillón: rosa, amarillo, fucsia, verde,… de cualquier color que no fuera el original de la selección. Era hortera y visualmente horrendo, sobre todo por la tele. «Es por estética gilipollesca», discutía con amigos. «No, qué va, dicen que la musculatura calienta antes y se evitan lesiones». Bueno, pues meses después no había calentadores (prohibidos por una norma de la FIFA) y que se sepa no hubo un aumento de lesiones.
Aunque si hablamos de estética, creo que no ha habido una época peor que la presente, en la que los jugadores parece que consultan con sus asesores de imagen antes de saltar al campo: botas rosas fosforito o de distintos colores, tatuajes por todo el cuerpo, que publicitan en los medios cada vez que añaden uno a su colección, cortes de pelo imposibles incluso para el encuentro Donald Trump-Kim Jong Un, cejas depiladas, maquillaje, ¡sí, maquillaje!, barbas curradísimas y tremendamente incómodas,… No puedo con estas bobadas. Es en esos momentos cuando más añoro a los futbolistas de antaño, como Santillana, el héroe de wéstern al que dediqué mi debut en La Galerna. Quedan pocos futbolistas así en el fútbol actual y en este Mundial. Razón de más para que me encante Luka Modric, el croata feo, narizotas y de pelo lacio, cuyo juego es fútbol en estado puro sin toques intrascendentes. Owen Wilson, como decía Travis en Si los futbolistas fueran actores.
El fútbol de ahora es mucho más completo… en gilipolleces, como decía este chiste de El área de Bernal:
Recuerdo un jugador que llegaba tarde a todas las modas: Caminero, el ex del Valladolid y el Atlético de Madrid. En aquella Euro del 96 fue el último jugador en lucir la «milagrosa tirita dilatadora», y de los que se pusieron los calentadores rosa justo antes de que los prohibieran. Recuerdo que cuando se puso de moda no celebrar los goles contra tu ex equipo o pedir perdón, se le olvidó hacerlo en un partido con el Valladolid. Salió corriendo, dio un salto con el puño en alto, y según aterrizaba debió de ver los caretos de la gente y empezó a pedir perdón: «huy, lo siento, lo siento, que la moda es hacer que siento haberos enchufado un chicharro».
Y una más a la que recuerdo que llegó con retraso (y con esta palabra no insinúo nada). Cuando la moda consistió en llevar un mensaje escrito en la camiseta interior, se ve que Caminero no lo llevaba preparado y tras marcar frente a Francia se levantó la camiseta luciendo un nombre ininteligible escrito a boli y torcido que apenas se entendía. No he sido capaz de encontrar la foto (apenas la del Don Balón de arriba), pero quedaba cutre, muy cutre. Algo mucho más primario que el precioso homenaje de Iniesta a su amigo Dani Jarque en la final de Sudáfrica.
Se acaba el Mundial, no nos queda nada. Algunas cosas buenas nos está dejando, como el VAR, si es que en España somos capaces de lograr que funcione sin manipulaciones, o la demostración palpable de que la posesión sin velocidad ni profundidad no sirve de nada. Los tres equipos con mayor porcentaje de posesión (España, Alemania y Argentina) se fueron a casa a las primeras de cambio. O que se ha visto que Luis Suárez va a tener problemas para no acabar expulsado en cada partido. Pero lo que sin duda me congratula es que parece que se ha puesto de moda (por fin) criticar a los jugadores piscineros que se dejan caer al mínimo soplido en el área, cuyo máximo exponente es el brasileño Neymar. La moda es destacarlo ahora y criticarlo, cuando lleva toda su puñetera vida profesional haciéndolo. Pues aunque sea tarde, celebro esta nueva moda como uno de los grandes hallazgos del Mundial.
Aquí dejo mi pronóstico realizado antes de las eliminatorias. Fallé Inglaterra, porque puse Colombia en su lugar y no faltó mucho. A ver si acierto esa final inédita Bélgica-Croacia. Me encantaría, dos equipos de moda con jugadores alejados de las modas chorras.
Me hallaba profundamente sumido en el estudio del cine de Burkina Faso para la ardua tarea de escritura del próximo post, cuando los amiguetes me pidieron que hablara sobre algo de más actualidad (y sin duda más lecturas) como es el Mundial de Rusia. Así que aprovecho el primer parón del campeonato, el primer día sin fútbol desde hace dos semanas, para escribir sobre esos tipos que mueven millones por los cinco continentes, cuya imagen es mundialmente conocida, individuos que levantan pasiones allá donde van, reciben toda la atención de los medios, portadas en revistas, millones de tuits y retuits, y horas y horas de debate sobre algo tan banal como es el fútbol. O el cine, por cierto, pues todo lo dicho resulta igualmente aplicable para las celebrities del mundo del espectáculo.
Apenas noventa minutos de partido, o ciento veinte, dan para alcanzar esta relevancia internacional. Curiosamente, una duración similar a la de una película, salvo que seas David Lean o Peter Jackson. Ese cierto paralelismo entre el fútbol y el cine me ha dado la idea de escribir este texto con la idea de proponer los que serían los alter ego cinematográficos de algunos conocidos futbolistas. Ojo, que serán los míos y no dudo de que serán puestos en cuestión, como todo lo que se refiere al deporte y en buena medida al cine. Mis filias y fobias saldrán a relucir, y el que no esté de acuerdo pues que proponga los suyos, que cine y fútbol no dejan de ser aficiones con las que pasar el rato sin llegar a las manos, salvo que sueltes gilipolleces, como que odias Star Wars o El señor de los anillos, o que amas y devoras las pelis de Lars von Trier. «¡O que eres del Barça!», añade Barney.
La idea es buscar similitudes en la personalidad o en lo que representan los futbolistas como icono, pero antes de comenzar no puedo evitar algunas comparaciones recientes que se han hecho famosas por el parecido físico, como la de Karius con Chris Thor Hemsworth, o con nuestro manos de mantequilla, De Gea:
El primer goleador de la final de Champions que «catapultó» a la fama a Karius fue el insulso Karim Benzema, el cual tiene un parecido más que razonable con el no menos insulso Shia LeBeouf:
Pero el que me dejó anonadado fue ese alemán de ojos de huevo que llegó al Real Madrid hace unos años, Mesut Ozil. «Joder, tiene mirada de actor de cine mudo. ¡De Buster Keaton! Y se comporta como el Cara de Palo en el campo»:
O el brasileño David Luiz con el actor secundario Bob, de Los Simpsons:
Hay muchas listas por Internet, dejo aquí alguna que he encontrado, con algunos sorprendentemente parecidos y otros cogidos con las pinzas de quitarse el entrecejo de Julia Roberts. ¿Aimar y Frodo?, amos, no jodas:
Me lanzo ya a divagar sobre quiénes serían en el mundo del cine los divos del fútbol por lo que representan y lo haré cebándome de modo especial en los que están disputando el Mundial de Rusia 2018.
Luis Suárez: de primeras me pareció sencillo, pues siempre ha hecho de villano, en todos los sitios por los que ha pasado. Se ha hecho tan famoso por su habilidad goleadora como por ir soltando dentelladas a diestro y siniestro, así que inmediatamente pensé en Christopher Lee. Pero reconozco que tengo mis dudas, pues el actor tiene un currículum espectacular en todos los sentidos, también en el intelectual, mientras que el uruguayo, en palabras de su representante, «tiene problemas psíquicos, suma con los dedos».
Cristiano Ronaldo: el portugués está enamorado de sí mismo y de su figura, eso es innegable. Controla todo lo relativo a su aspecto: los cortecitos de pelo, los guiños a la cámara, el color de piel, ¿dónde está mi cámara?, pues toma abdominales,… Pero te guste o lo detestes, hay que reconocer que el tipo sigue cumpliendo años sin que se le note y haciendo muy bien su trabajo. Si fuera actor, no tengo ninguna duda de que sería Tom Cruise.
Neymar Jr.: el amiguete Barney acaba de dedicarle un post entero hace apenas unos días, así que me lo ha puesto fácil. Sobreactuado, exagerado, resultaría cómico si no fuera cargante. Excesivo en todo lo que hace, con una infancia repleta de carencias, y una vida personal convulsa, se convierte en un genio cuando es capaz de controlarse. Si fuera actor, sería Jim Carrey, cuyo mejor papel, El show de Truman, reflejaba una inmensa farsa, un mundo de fantasía por el que el actor se movía con libertad. Como la mejor actuación de Neymar, que se produjo en el Aytekinazo.
Maradona: las penosas imágenes del argentino en el palco de invitados, borracho o drogado hasta las cejas, han sido por desgracia de las más vistas de todo el Mundial de Rusia. Los que le vimos jugar en el Barça, el Nápoles o la selección argentina, sentimos al ver a esa ballena maleducada y sudorosa lo mismo que en algunas películas de Marlon Brando: «¡qué pena, fuiste el más grande y ahora no provocas ni lástima!»
Leo Messi: difícil, por qué no decirlo. He tenido que darle muchas vueltas. Es más valorado fuera de su país que en su patria de nacimiento. Es muy bueno en lo suyo, de los mejores, eso es innegable, y los premios que ha recibido han sido justos. En más de una ocasión tiene pinta de necesitar una buena ducha. Lo que está claro es que lo suyo es el fútbol y cada vez que abre la boca, por lo general, la caga. Nos cae mejor su mujer que él mismo, así que solo se me ocurre pensar en Javier Bardem, quien por cierto, también tuvo problemas con Hacienda. Ah, y cada vez que hablan el padre de Messi o la madre de Bardem nos terminamos llevando la mano a la frente diciendo: «madre mía, madre mía…»
Luka Modric: tan simpático como feo, con una narizota prominente tan característica como su estilo poco ortodoxo, hay que reconocer que cada vez hace mejor las cosas, como Owen Wilson, quien ha llegado a trabajar con el mismísimo Woody Allen en una de sus mejores pelis de los últimos tiempos, Midnight in Paris.
Mañana se la juega nuestra selección contra los anfitriones, y yo me imagino al Presidente ruso Vladimir Putin como uno de los malos de James Bond, controlando el VAR desde el Kremlin para asegurarse de que pasen los suyos, como han publicado algunos memes esta semana.
Nuestro equipo jugará con los Iron’s Eleven, que no los Ocean’s Eleven, que supongo que serán los de siempre:
David de Gea: Karius 2, Thor o el único portero al que he visto currarse varios Matrix para evitar el balón, como contra Marruecos el lunes pasado.
Carvajal: el luchador barbudo, el tipo aguerrido, el espartano Gerard Butler de 300.
Sergio Ramos: a veces no sabes si es un genio o está como una puta cabra, y te sueles inclinar más por lo segundo que por lo primero. Entre eso, sus tatuajes y su afición a los sombreros imposibles, Ramos solo puede ser Johnny Depp.
Gerard Piqué: a mí este tipo me recuerda a Macaulay Culkin. Nunca me gustó demasiado, con su pelito rubio y repitiendo las mismas chorradas, pero tenía su público. Ahora bien, a medida que vas cumpliendo años y te sigues comportando como el niñato del instituto, hasta los tuyos te dicen que «ya te vale».
Jordi Alba: uf, qué pereza de tío. Tim Roth, quizás, ese actor pequeñín en lo físico, pero grande en la actuación, más recordado por papeles de tipo vil y rastrero a los que abrirías la cabeza sin ningún tipo de remordimiento.
Sergio Busquets: el actor secundario por excelencia, un tipo ejemplar en su cometido, que siempre hace bien su trabajo. Como Steve Buscemi, alguien que mejora el reparto de cualquier película. Ahora bien, ¿a alguien se le ocurriría producir un filme con Buscemi de protagonista? Pues lo mismo vale para Busquets.
Andrés Iniesta: déjalo ya, de verdad, tus mejores actuaciones fueron hace mucho tiempo, no necesitas arrastrarte por los terrenos de juego. Tienes nuestro respeto y admiración, realizaste gestas memorables, pero ya no merece la pena que sigas, Al Pacino.
David Silva: con Silva me pasa como con Michael Keaton, que nunca estuvo entre mis favoritos, pero que a medida que ha ido perdiendo pelo, me resulta más irrelevante e innecesario. En algunos partidos le he visto tan despistado como a Keaton en Birdman.
Isco: el mejor hasta ahora, el crack. Físicamente es clavado al actor Miguel Ángel Muñoz, pero por lo que aporta en el terreno de juego, por su presencia y lo que transmite, ahora mismo es nuestro Brad Pitt.
Diego Costa: discutido, polémico, no deseado por muchos, aporta la sensibilidad y el buen gusto de una coz de Steven Seagal.
El undécimo puede ser Asensio, Lucas Vázquez o Koke, y os animo a encontrar su pareja cinematográfica, porque a mí del que me interesa hablar es del entrenador Fernando Hierro, aterrizado en el equipo dos días antes del inicio del campeonato para sustituir a Julen Lopetegui. Como Christopher Plummer sustituyendo a Kevin Spacey en todos los planos de Todo el dinero del mundo tras los supuestos escándalos sexuales del actor de American Beauty.
El mundo de los entrenadores también daría para un post entero, pero reconozco que dejo el fútbol y sus pasiones para otros. Para mí, Ancelotti sería el perfecto e impersonal Steven Soderbergh y el Cholo Simeone como John Avildsen, el mejor director para una peli de mamporros. Guardiola sería Wim Wenders y Mourinho, Quentin Tarantino. Y como en todo, habrá aficionados de un estilo y de otro.
¿Y qué me dices de Zidane? Pues nada, no tengo nada que añadir al homenaje cinematográfico en forma de Gladiator que recientemente hizo Barney. El fútbol tiene mucho de épica, pero donde mejor se ha representado siempre es en las pantallas de cine. Suerte para España en el Mundial.
Ayer, durante los noventa y ocho minutos del Brasil-Costa Rica, Neymar Jr. desplegó todo ese repertorio que lo convierte en un jugador indeseable para el Madrid. Creo que no se dejó ninguna acción antideportiva sin realizar.
Que tiene una calidad técnica indiscutible, desde luego, que está llamado a suceder a Messi y Cristiano Ronaldo en los Balones de Oro, también, pero yo no quiero verlo en el Madrid ni en pintura. Prefiero tenerlo enfrente, por muy insoportable que esta alternativa resulte.
Durante el partido del Mundial de ayer por la tarde, se dedicó a protestar todas y cada una de las jugadas, a recriminar a sus compañeros, a pedir tarjetas con ese gesto tan característico que aprendiera durante sus años en Barcelona, y por si el recital de quejas no hubiera sido suficiente, se quedó esperando al árbitro en el descanso en el túnel de vestuarios para seguir reprochándole que no le hiciera caso en cuanto a las tarjetas, «a mí, a Neymar», al tipo acostumbrado a que todo su entorno le ría las gracias y le lama el culo rastreramente.
Esa actitud tan despreciable, por cierto, es la misma que mostró Leo Messi en el último Clásico de la temporada (¡Gladiator!), recriminándole a Hedióndez Hedióndez la expulsión de Sergi Roberto: «¿vos no sabés que está pactado que no se puede expulsar a jugadores del Barça en La Liga?» Intentando condicionar al árbitro, que luego vimos que funcionó (gol del Barça en falta, y penalti escandaloso de Jordi Alba a Marcelo no concedido).
Ayer Marcelo se tuvo que llevar a Neymar al vestuario de la canarinha, pero aun así este seguía erre que erre con sus protestas. Insoportable. Y quizás tanta presión al árbitro funcionó porque a mediados de la segunda parte, el holandés Kuipers señaló penalti por un piscinazo infame de Neymar en el área de Costa Rica. Menos mal que en el Mundial está funcionando un VAR bastante más serio que el que esperamos en España (ojalá me equivoque, pero aquí el VAR no funcionará), y el colegiado rectificó su propio error. ¿Veremos esto en España? ¿A un árbitro ignorando las zambullidas de Suárez, o de Cristiano, que también las hay, o anulando los penaltis señalados al Barça? Las caídas de Neymar ante el Éibar, el Leganés o el PSG en la bochornosa robontada se habrían solucionado con tarjeta para el brasileño.
Kuipers tuvo el valor de no conceder penalti a los brasileños, pero no lo tuvo para mostrar amarilla a Neymar. Menos de diez minutos después, Neymar soltó el brazo a un jugador de Costa Rica que le había hecho falta, y no contento con eso, pues su nerviosismo iba en aumento, comenzó a insultarle a medio metro del árbitro en un perfecto español de Uruguay:
La concha de tu madre, hijo de puta, vete a tomar por culo.
Segunda amarilla y a tomar viento tu Mundial, payaso. Pero no, siguió jugando. Tuvo un encontronazo con Keylor Navas que no fue agresión, pero que es de esas jugadas evitables, como sabe todo el que haya jugado al fútbol alguna vez. Rodillazo en el estómago al que puede ser su compañero de equipo en unos meses (ojalá el Dios misericordioso de Keylor no lo quiera). Protagonizó otro momento muy triste cuando se puso a insultar a su compañero Thiago Silva por devolver el balón a los costarricenses. Lo hizo todo, todo y todo de pena.
Como la mayoría sabrá, Brasil marcó en el minuto 91 por medio de Coutinho, y entonces se desató la última faceta odiosa del crack brasileño. Al igual que en aquella final de Copa del Rey contra el Athletic de Bilbao con el marcador ya resuelto, intentó una vacilada sobre los defensas costarricenses: su famosa lambretta, que solo hace con el marcador a favor. A mí no me parece mal que intente usar determinados recursos para esquivar a sus rivales, como la bicicleta cuádruple o el caño pisando la bola, lo que me parece vomitivo es que solo las intente cuando el marcador ya está claramente a favor y se aprecia que le da igual si le sale o no, porque el objetivo no es regatear al rival, sino vacilarle. De verdad que si soy defensa de Costa Rica ayer le meto tal viaje que iban a tener que contratar al mejor especialista del mundo en reconstrucción de tibias.
Para colmo de males, Neymar tuvo la fortuna de empujarla a puerta vacía en el minuto 97, tras una gran jugada de Casemiro y un pase-regalo de Douglas Costa. Aquí vino la última parte del show del brasileño: «¿hay cámaras? Vamos a hacer que lloro, que casi me desmayo de la emoción. Huy, no hay suficientes cámaras, me pongo de rodillas, me siento en el suelo, a ver si mi imagen da la vuelta al mundo». Detesto estos numeritos, los haga quien los haga, como el que montó Cañizares tras la final de Champions perdida en los penaltis contra el Bayern de Múnich, o el de Cristiano Ronaldo tras ganar la final de Champions con el United en la tanda de penaltis (en la que el portugués falló el suyo, por cierto). Sobreactuados, como un mal actor, como lo que son muchos futbolistas, jugadores más pendientes de las cámaras y de su imagen que del juego en sí.
Así que, como decía al principio, Neymar hizo todo lo peor que puede hacer un futbolista en un terreno de juego en poco más de noventa minutos. Pero es que fuera del terreno de juego sus precedentes me gustan menos aún. Le puso los cuernos al Santos de mala manera con toda una serie de contratos fraudulentos que han supuesto numerosas multas y condenas para el Barça y Rosell. El contrato de los 19 millones que pasó a ser de 57, luego de 88, se habla ya de 130, y puede que sea mayor con las multas por fraude fiscal y si finalmente el Barça tiene que pagar al fondo DIS. Hace tiempo que me perdí con el caso.
Al niñato brasileño y su padre, ese «artista» de las finanzas, les debió de parecer que ya estaba bien seguir al dictado de Leo Messi y buscaron más pasta y protagonismo en París. Eso sí, además de cobrar el pastón de Al-Khelaifi por el fichaje, exigieron cobrar del Barça la prima de renovación de 26 millones de euros. Acojonante, otro juicio más para el Barça. En París ya ha hecho varias de las suyas, igual que las hizo en Barcelona, y por todas estas razones no quiero verlo en el Madrid. Es mal compañero, se ha peleado con Cavani, no fue al campo el día que el PSG se proclamaba campeón de Liga, lo cual dice mucho del pájaro, y en el Barça le vimos forzar tarjetas para viajar antes de tiempo a sus vacaciones en Brasil, las fiestas, los Toiss que le rodean y cuya financiación de caprichos figura en su contrato, el cumpleaños de su hermana,… no me gusta nada de él. La tontería de comparación que hizo en pelotas cuando murió Stephen Hawking,… qué gilipollas. Y yo no me veo parafraseando a Roosevelt y a Kissinger: «sí, es un gilipollas, pero es nuestro gilipollas».
Tengo amigos que están a favor del fichaje y que me recuerdan que tampoco quería la llegada de Cristiano Ronaldo. Lo reconozco, me equivoqué. Tampoco quise a Luis Figo ni a Drazen Petrovic, y luego reconozco que se convirtieron en ídolos del madridismo. Pero les veía con una profesionalidad y una entrega al equipo que les pagaba que no le veo a este tipo, que solo responde a su propia marca.
Si el Madrid se hace con el brasileño, hipotecará el club, supondrá la salida de varias estrellas del equipo (seguro que el mosqueo de Ronaldo está relacionado con la ficha que cobrará el brasileño), creará una inflación en el resto de la plantilla, peor ambiente, nos cabrearemos con piscinazos infames, macarrismo hortera, veremos a Neymar Sr. por el club, a los Toiss por el Bernabéu, la prensa se cebará con las chorradas del jugador,… No me apetece nada. Por mucho que sea un antiguo capricho de Florentino, ya que estamos en pleno Mundial de Rusia: ¿Neymar? Niet!
En ocasiones no hay nada mejor que una escena de ficción de una película o de un libro para entender una realidad que se nos antoja incomprensible, y es que han pasado tantas cosas en el mundo del fútbol que incluso este post ya está superado.
Los últimos minutos de Gladiator (Ridley Scott, 2000) muestran la apoteosis del luchador infatigable llamado Máximo Décimo Meridio, apodado el Hispano, enfrentado al emperador Cómodo y a su entorno de secuaces y palmeros. El escenario es el Coliseo rival, en el que el emperador se encuentra arropado por su propio ejército. Mantiene al senado comiendo de su mano y al pueblo sometido a una feliz ignorancia.
Cómodo sabe que usurpa un trono que no le corresponde, como reconoció a su padre:
“Una vez me escribiste enumerando las cuatro grandes virtudes: sabiduría, justicia, fortaleza y templanza. Constaté que no tenía ninguna de ellas, sin embargo, poseo otras. Ambición… se convierte en virtud si nos conduce al éxito. (…)
Lo único que siempre quise fue estar a tu altura”.
Aun teniéndolo todo de su lado, necesita el reconocimiento que sí recibe Máximo, cuyas victorias en Germania, en el norte de África o sobre los enemigos de Roma le han granjeado la admiración de ese gran público que asiste a los juegos.
“Conquista a la multitud, y conquistarás tu libertad”.
Máximo, el general, es un líder nato, un referente. Mira a los suyos a los ojos, de frente y sabe que sus tropas le seguirán hasta el fin del mundo.
“Fuerza y honor”. “A mi señal, ira y fuego”.
Resulta magnánimo con los derrotados y no muestra el sometimiento debido al emperador, lo que enfurece a Cómodo. Ha preparado ciento cincuenta días de juegos para su mayor gloria, pero necesita derrotar al Hispano para lograr el reconocimiento pleno del pueblo.
C.- ¿Y qué podría ser más glorioso que desafiar al mismísimo emperador en la gran arena?
M.- ¿Pelearías conmigo?
C.- ¿Por qué no? ¿Crees que tengo miedo?
M.- Creo que has tenido miedo toda tu vida.
C.- ¿A diferencia de Máximo el invencible, que no conoce miedo alguno?
Cómodo no está seguro, pero necesita esa victoria. Por supuesto que hay miedo en su rostro. Necesita derrotar al idolatrado Máximo, el Hispano, delante de su público. Necesita verle morder el polvo porque solo así sus éxitos serán valorados.
El combate no es limpio, nace con trampas consentidas por aquel que ostenta, mejor dicho, detenta el poder. Cómodo hiere gravemente a Máximo con una daga de quince centímetros. Le debilita, necesita mermar sus fuerzas. Se rodea por un pasillo formado exclusivamente por los suyos, y sitúa a los soldados bien cerca porque sabe que los va a necesitar.
Pero una vez más, Máximo Décimo Meridio no se pliega al destino que para él tenían preparado. Se resiste a caer, a rendir pleitesía al emperador. Vence en la arena, en el campo de batalla, en el cuerpo a cuerpo. Y con su victoria se derrumba el imperio de Cómodo.
“Cincuenta mil personas siguiendo cada movimiento de tu espada. Esperando que des el golpe mortal. El silencio antes de que lo asestes y el bullicio posterior crece… crece como… una tormenta. Como si tú fueras el mismísimo dios del trueno.”
A diferencia del emperador, Máximo no necesita la victoria para obtener el reconocimiento. La victoria es el fin, no un medio. Está cansado de luchar contra todo y contra todos, y solo quiere volver con su familia, como anunciaba desde el principio del metraje. Máximo el campesino, el individuo sencillo:
“Dentro de tres semanas yo estaré recogiendo mis cosechas. Imaginad dónde querréis estar y se hará realidad”.
Exhausto, se imagina regresando a la paz del hogar, cual Ulises volviendo a Ítaca donde le espera Penélope. Aragorn volviendo a Gondor junto a Arwen.
Han pasado muchas cosas en este final de temporada que no soy capaz de explicar si no es utilizando la ficción. Por supuesto que el Barça es ese rival que usurpa el trono, se siente Cómodo en el manejo de las instituciones, coloca a los que dictan las reglas y dispone de los medios que glorifican sus éxitos. Su doblete era un gran logro, pero no lo suficiente si el Madrid se llevaba la Champions. Necesitaba derrotarle y humillarle en el Clásico del pajipasillo (genial el texto de Fred Gwynne). Los quince puntos con los que arteramente arrancó el campeonato le daban una clara ventaja, pero el reconocimiento solo sería total con la derrota del Madrid del general Zizou. Solo así se entiende la desmedida agresividad que mostraron durante todo el partido. Había rabia en sus rostros. Y miedo, mucho miedo. No por lo que pasara en Barcelona, sino por el futuro cercano en Kiev.
Pero el Madrid volvió a ganar, como hizo en Germania con el Bayern, en el norte de África (Mundial de clubes) o derrotando a los enemigos de Roma (Liverpool). Máximo triunfador en Ligas y Champions, Décimo Tercer trofeo en las vitrinas y Meridio, que supongo que querrá decir que proviene de un país meridional de Europa.
Zizou y los suyos volvieron a sonreír. Pero el guerrero necesita descansar, volver a casa. Tomarse un tiempo. Alejarse del campo de batalla, de sus enemigos.
Como dice el esclavo Juba en las últimas palabras de la película (papel interpretado por Djimon Hounsou, ese actor de piel cuyo color le emparenta de modo lejano con Casemiro o Marcelo), mirando al vacío que deja el líder:
“Volveremos a vernos, pero aún no. Aún no.”
***
Aquí terminaba lo que tenía escrito desde hace unos días, pero estaba pendiente de completar el texto. Quise usar Gladiator para poder explicar la salida de Zidane, una dimisión que nos dejó a todo el madridismo desconcertado. El barcelonismo se sentía derrotado tras su gran temporada, el VillARminiato desaparecía. Podíamos ser felices, pero con la salida de Zizou nos quedamos desolados.
Sin embargo, el vodevil de la Federación Española de Fútbol con la destitución de Julen Lopetegui dos días antes del Mundial lo supera todo. Por fichar por el Madrid. Tengo claro que de haberlo hecho por cualquier otro equipo, español o extranjero, no habría tenido problema alguno. El comunicado de la RFEF (o RFEFCB, como dicen algunos) del martes decía que Lopetegui dejaría su cargo como seleccionador al acabar el Mundial, pero hoy miércoles Rubiales se ha comportado como ese emperador romano mirando de soslayo al populacho (Cope, SER, Onda Cero, Rebaño y compañía) para saber por sus aullidos si debía cargarse a Julen o no. Y todos sabemos qué ha ocurrido. De coña. Alea jacta est.
Pues ya sabemos todos cómo acabó. Añado una actualización del día 27 al final del post. ¡Tremendo! Lo de antes del partido era un contragafe de manual (que funcionó).
Barney, 26 de mayo de 2018
Fue bonito mientras duró. Fue hermoso pensar que podríamos igualar al Ajax y al Bayern de los setenta o, salvando las distancias, al Madrid de los orígenes de este torneo. Fue una gozada pensar que podríamos tener la cuarta en cinco años, o que lograríamos el hecho insólito de dominar en Europa tanto en fútbol como en baloncesto. Sigue leyendo →
«Me llena de orgullo y satisfacción», que decía el Rey emérito, anunciar mi primer artículo para La Galerna, quizás el mejor medio madridista que podemos encontrar hoy en día.
«Pertenezco a ese grupo cada vez más numeroso de madridistas que no se sienten identificados con la prensa actual, volcada en sus ataques al Real Madrid como equipo, club e institución con las mismas ansias que se desviven en alabanzas hacia el eterno rival, el Barça. La hipocresía de prácticamente todos los medios de comunicación actuales es tremenda, y lo que me parece más preocupante, creciente. Fingen una imparcialidad que sus palabras desmienten a diario». Este párrafo fue escrito casi un mes antes de lo sucedido en el último Madrid-Juve, con el claro penalti de Benatia a Lucas que ha servido para destapar a toda esa panda de antimadridistas sufridores ante la clasificación de los nuestros. Sigue leyendo →
Con su película Campeones, Javier Fesser ha vuelto a lograr algo tan complicado como poner de acuerdo a crítica y público con esta historia sobre un entrenador de baloncesto de élite que se ve obligado a prestar servicios sociales entrenando a un grupo de discapacitados intelectuales en un centro de Vallecas.
Tres semanas seguidas como número uno en taquilla, desbancando al mismísimo Spielberg y su Ready Player One, y una buena acogida por la mayor parte de críticos de este país, Carlos Boyero incluido. Reconozco que tenía ciertos reparos a la hora de ver esta peli porque al tratar un tema como la discapacidad intelectual podía caer en la sensiblería o en lo peor de las historias bienintencionadas, cuya trama se suele diluir en situaciones forzadamente tiernas.
Sin embargo, pasé dos horas estupendas, riéndome cuando las situaciones lo buscaban (y lo lograban), y valorando la parte más íntima y personal de los protagonistas. El actor que sostiene la película, Javier Gutiérrez, está enorme en todas las facetas (pese a su estatura), algo que ya no sorprende a nadie a estas alturas (pese a su estatura) de su carrera. Sabe ser cabrón, cruel, cobarde, simpático, tierno, inteligente o agresivo según sea el momento, y en todas las facetas se crece (pese a…) y lo clava cual triple de los protagonistas. Protagonistas, por cierto, que no eran actores, sino auténticas personas con discapacidades intelectuales de algún tipo que hicieron un trabajo sorprendente y espléndido.
Solo es posible encontrar algunos diálogos como el de la primera sesión de entrenamiento en el universo particular de su director, Javier Fesser, hermano del periodista Guillermo, la mitad de Gomaespuma, otro de los pocos «lechones» existentes en este mundo capaces de entender este universo tan particular de diálogos surrealistas, tortazos de cómic, dientes sucios y gafas de culo de vaso. He visto prácticamente todo lo que ha hecho Javier Fesser (me falta Camino) y desde luego tiene en mí a uno de sus fieles seguidores, alguien que se ha visto incluso la recopilación de los cortos de Javi y Lucy y los anuncios de las Películas Pendelton, por supuesto Aquel ritmillo y El sedcleto de la tlompeta,sus versiones de Mortadelo y Filemón y una de las obras maestras del cine español: El milagro de P. Tinto, que consiguió el milagro de que viera a P. Tinto dos veces en menos de 24 horas en aquellos tiempos lejanos del videoclub. Para mí es una obra redonda, aunque será una castaña absurda para todo el que no entre, como decía, en ese universo tan particular.
Recomiendo Campeones, de la que no quiero contar mucho para no destriparla. Pasaréis un buen rato con una historia repleta de cariño hacia sus personajes. Y divertida, cercana, humana y que sabe mostrar las debilidades de todos los personajes, discapacitados y de los que antes de imbuirse en la historia se consideran a sí mismos «normales».
Para aficionados al baloncesto y al cine, Campeones entra directa en el top-10 de películas del subgénero, que ni siquiera sé si llega a 10, pues se salvan muy pocas: Hoosiers, Entrenador Carter, Ganar de cualquier manera, One on One, Space Jam (sí, Space Jam, con Michael Jordan y Bugs Bunny, ¿quién quiere más?),… y en la que no entran Una tribu en la cancha, Los blancos no saben meterla, Teen Wolf o esa cosa llamada Air Bud y secuelas.
Barney, 30 de abril
No he visto la película, porque normalmente los deportes, salvo los no habituales para nuestros ojos, como el béisbol o el boxeo, no suelen quedar bien en pantalla. La chilena de Pelé en Evasión o victoria es lo más verosímil de una película en la que nos chirría tanto ver a Stallone de portero parando un penalti como a Michael Caine avanzando majestuoso con su tripita por el campo.
Según me cuenta Travis, en un momento de la película se recuerda de pasada uno de los momentos más bochornosos de la historia de nuestro deporte: la descalificación del equipo de baloncesto de discapacitados intelectuales en los Juegos Paralímpicos de Sidney 2000. Los medios pasaron de refilón por el asunto, pero se trata de una de esas manchas que nos deberían avergonzar durante años y años. Nosotros, que hemos disfrutado tanto con algunas victorias de los nuestros y entonamos orgullosos el «¡¡yo soy español, español, español!!», deberíamos de sentir ganas de no aparecer en estos eventos si no es para lamentar en público los comportamientos antideportivos alentados por algunos de nuestros dirigentes.
Para el que no sepa la historia, lo que ocurrió fue que España presentó una selección en la que solo dos de los doce jugadores del equipo tenían una discapacidad intelectual. Y ganaron el oro, cómo no. De verdad que como amante del deporte no puedo entender qué coño pasaba por la cabeza de estos tipos que se prestaron al engaño.
Supongo que la pasta que ingresaba la Federación por la medalla de oro tuvo mucho que ver en el asunto (140.000 euros), pero es que algunos de nuestros dirigentes resultan repugnantes por su apego al puesto, equiparable a su desapego al deporte, y por los tejemanejes económicos (por ejemplo, José Luis Sáez en el baloncesto, Escañuela en el tenis, y cómo no, el instaurador del Villarato en el fútbol).
Recuerdo lo lamentable que me pareció en su día el que tuvo la idea de «españolizar» al esquiador alemán Johann Muehlegg, porque en ningún otro país se atrevían a contar con su médico y sus métodos. «Juanito» le llamaban cuando ganó las tres medallas de oro en Salt Lake City en 2002, y volvió a ser el alemán Johann en cuanto se destapó el pastel.
Un episodio tan penoso como el de los que trataron de ocultar y destruir pruebas de la Operación Puerto, que en un principio intentaron que fuera archivada y cuyas primeras sanciones tuvieron que llegar del extranjero (Valverde, Ullrich, Iván Basso). También se trató de ayudar a los implicados en la Operación Galgo, con nuestra (ex) mejor atleta de la historia Marta Domínguez, a la cabeza porque, supongo que pensarían, ¿cómo nos íbamos a quedar sin nuestra mejor atleta y sin la pasta que arrastraba?
Celebro que Campeones esté teniendo un éxito sin duda merecido, porque nos devuelve a la esencia del deporte: el afán de superación y de mejorar día a día a base de esfuerzo y trabajo.
Lester, 22 de abril
Fui a ver Campeones en cuanto pude, pocos días después del estreno y además con mujer, hijos, sobrinos, cuñaos, a los que «forcé» a que me acompañaran porque supe que nos iba a tocar de un modo muy personal. Como los lectores habituales de este blog sabrán, el verano pasado la familia al completo tuvimos una experiencia muy intensa en el voluntariado que realizamos en el Hogar Teresa de los Andes de Bolivia, en un centro de acogida para chicos con habilidades especiales.
Trabajamos echando un cable con todas las necesidades del centro, que eran infinitas, promovimos y logramos la reforma del Pabellón Azul y sobre todo disfrutamos entrenando a los chicos para las Olimpiadas especiales que se celebraron en los últimos días de agosto.
Al ver la película de Javier Fesser, recordamos a algunos de estos chicos que dejamos en la otra punta del mundo y revivimos momentos inolvidables, situaciones únicas que me gustaría compartir:
Pasamos por muchas fases similares a las de Javier Gutiérrez en la película: el miedo y rechazo inicial, más motivado por el desconocimiento que otra cosa, la satisfacción de los primeros logros, la entrega absoluta de todos nosotros y el enorme orgullo al contemplar el resultado final. Todos eran vencedores, todos resultaron ser unos campeones incomparables.
Josean, 30 de abril
Reconozco que no he ido a ver la película de Javier Fesser porque el cine que me gusta está poblado de villanos, especialmente en el mundo de las finanzas: lobos de Wall Street, defraudadores como los de La gran apuesta o Gold, especuladores tipo Margin Call o Inside job, y tipejos sin escrúpulos como los de Enron o Entre pillos anda el juego. Campeones huele a buenos sentimientos, a solidaridad, compañerismo y entrega desinteresada, y, francamente, huyo de ese tipo de argumentos porque suelen caer en lo autocomplaciente, en lo que nos haga sentir bien. Y yo estoy rodeado en muchas ocasiones de villanos, así que a la hora de ir al cine prefiero integrarme en su mundo y conocerlos.
Para mí lo interesante de Campeones está en que su producción fue financiada por Triodos Bank, la llamada banca ética especializada en financiar proyectos sostenibles o con unos marcados objetivos sociales o medioambientales. Ya que en este blog he criticado tantas veces el papel de la banca durante la crisis, vamos a hablar bien del gremio por una vez (y casi seguro, sin que sirva de precedente).
La idea de este banco nació en los Países Bajos en 1980 y lleva funcionando en España unos quince años. No cotizan en Bolsa, tienen objetivos sociales, medioambientales o culturales claramente definidos y no invierten en proyectos que no se adecúen a los mismos. Pese a sus limitaciones en la captación de fondos y en el tipo de proyectos que financian, son competitivos en precios, aunque no puedan acometer proyectos de gran volumen y riesgos de nivel medio-alto. La oleada de indignación ciudadana que siguió a la crisis financiera ayudó a que sus clientes se multiplicaran por seis en el período 2010-2015.
Aunque solo he trabajado con ellos una vez la verdad es que me pareció una experiencia interesante. Al análisis financiero del proyecto se unía una auditoría medioambiental, pues en nuestro caso se trataba de financiar unos vehículos eléctricos y tuvimos que justificar los resultados del proyecto.
«Triodos Bank desempeña un papel fundamental en la producción cinematográfica en España. Es una de las entidades que ha financiado más producciones pequeñas y medianas incluso en los momentos más duros, cuando nadie daba un préstamo», declara Ignasi Estapé, uno de los socios de la productora Arcadia Motion Pictures. «El cine es uno de los mejores medios para transmitir mensajes sociales, ya que permite vivir la realidad que se quiere mostrar». Gracias al apoyo de Triodos, la productora pudo sacar adelante en 2014 el documental El hombre que empezó a correr, cuyo objetivo era concienciar y procurar la financiación de unos pozos de agua potable para 125 familias en Muketori (Etiopía).
La Federación Madrileña de Deportistas con Discapacidad Intelectual (FEMADDI) celebra el éxito de la película de Javier Fesser por lo que supone de sensibilización hacia el colectivo, formado por unas 60.000 personas, que sufren cierta desatención por parte de las instituciones. Para FEMADDI, Campeones servirá de «carta de presentación cuando tengamos que acercarnos a las instituciones y a las empresas en busca de apoyos para organizar una competición larga, un torneo de fin de semana o para patrocinar a un equipo. Necesitamos empresas colaboradoras. Además, hay incentivos fiscales que les benefician de manera sustancial».
Por muchas razones, amigos lectores, y sea cual sea la vuestra, id a ver Campeones.