Frases de cine para usar en el trabajo (II)

Continuación de: Frases de cine para usar en el trabajo (I).

No quiero terminar como Lester Burnham en ese fenomenal arranque de American Beauty, cuando le vemos despertarse pesadamente para ir al trabajo, con una desgana absoluta, y le escuchamos:

En cierto modo, ya estoy muerto.

Después de disfrutar de «el mejor momento del día» en la ducha, acude en coche medio adormilado mientras su voz en off nos cuenta que:

He perdido algo. No estoy muy seguro de lo que es,

pero sé que no siempre me he sentido tan apático.

La motivación, como anuncié al final de la primera parte de esta recopilación de citas. Las ganas de levantarse cada mañana, cuya falta puede convertir tu rutina diaria en un infierno si no le pones remedio. El bueno de Lester parece encontrarlo cuando manda todo al carajo y presenta a su superior un escrito con la descripción de su trabajo, algo que desde ese ente casi siempre invisible llamado la Dirección habían solicitado a la plantilla porque había que acometer «ajustes»:

Habré visto esta escena un millón de veces y me sigo riendo como la primera vez. Me la sé de memoria, aunque espero no necesitarla nunca:

Mi trabajo consiste básicamente en ocultar mi desprecio por los cerdos de Dirección, y al menos una vez al día meterme en el lavabo para cascármela, mientras sueño con vivir una vida que no se parezca tanto al infierno.

Como dije en una entrada hace eones, Lester Burnham no es un ejemplo a seguir, ni lo pretende, pero lo que me interesa de su filosofía aplicada al mundo laboral (y a su vida personal) son sus ganas de recuperar ese «algo» que dice haber perdido. Y cada uno busca ese «algo» por lo que levantarse cada mañana de una manera diferente. Lester opta por algo radical:

Quiero la menor cantidad posible de responsabilidad.

El dinero es secundario, hablamos de otra cosa, de recuperar una vida, la motivación, las ganas de levantarse por la mañana ya sea para hacer deporte, ir al trabajo o retozar con tu mujer. A Lester le da igual la pasta, y eso es lo que me gusta de él. En cierto modo, su impulso es el mismo que siente Jerry Maguire / Tom Cruise cuando se pone a escribir su declaración de objetivos bajo el título Las cosas que pensamos y no decimos:

Odiaba mi lugar en el mundo (…) Habíamos olvidado lo que era importante (…) De repente, todo estaba muy claro. La respuesta era menos clientes, menos dinero. Más atención (…) Empezar nuestra vida de verdad (…) Era el yo que siempre había querido ser.

El empleado de la copistería donde lleva la declaración para imprimir las ciento diez copias que le costarán el despido le suelta mi frase favorita de la película:

Así es como uno se hace grande, con un par de pelotas.


Eso intento cada día en el curro, no olvidar quién soy o cuáles son mis principios. Con un par. Y sin embargo, la frase que todo el mundo recuerda de esta peli es la que suelta el personaje interpretado por Cuba Gooding Jr., mucho más acorde con este mercado laboral tan competitivo:

¡Enséñame la pasta! / Show me the money!

El dinero y la responsabilidad deberían ir parejos, aunque cada vez conozco más casos de gente que quieren lo primero (y el poder asociado) sin tener que soportar lo segundo sobre sus espaldas. A ellos va dedicada la cita de Ben Parker, el tío de Spiderman, aunque la frase original estuviera en un discurso de Franklin Delano Roosevelt:

Un gran poder conlleva una gran responsabilidad.

No todos los jefes lo asumen. Hace años hice un curso que utilizaba imágenes del deporte y escenas de cine para hablar de motivación en el trabajo, dirección de equipos, gestión de los recursos, etcétera. Hoy a todo esto se le llama coaching, que vende más. Recuerdo escenas de Profesor Holland, de El indomable Will Hunting, de un partido de Mourinho con el Oporto, y una muy conocida sobre esa clase de jefes despreciables que solo buscan su bonus importándoles un carajo su equipo. Es el famoso discurso de Alec Baldwin en Glengarry Glen Ross, basada en la obra de teatro del mismo título de David Mamet:

La buena noticia es que están despedidos. La mala es que tienen solo una semana para recuperar sus puestos, a contar desde esta noche.

Bueno, es otra forma de motivar, las amenazas y los insultos en los que se regodea el HdP de Mr. Fuck-off Alec Baldwin son un cohete en el culo para el equipo de vendedores. Reconozco que me he congraciado con este actor después de haberle odiado durante años por este papel y por ser el afortunado que se quedó con nuestro icono sexual ochentero Kim Basinger. Y curiosamente el mayor de los Baldwin ha recuperado mi afecto por dos papeles chorras paródicos: el de Torrente 5 y su parodia de Donald Trump en televisión, que le ha hecho ganar un Emmy recientemente.

Merece la pena buscar vídeos en YouTube de su caracterización del POTUS más peligroso desde George W. Bush.

¿Ves este reloj? Este reloj vale más que tu coche.

El año pasado gané 970.000 dólares, ¿cuánto ganaste tú?

Jefe tóxico, nocivo sin duda, pero hay otro detalle cachondo en el vídeo de Glengarry Glen Ross, ¿os habéis fijado quién es el segundo de Baldwin? Esa ladilla rastrera que parece asentir a cada insulto de Baldwin es Kevin Spacey, ¡joder, Lester Burnham! ¿Qué pasó con ese «tipo corriente sin nada que perder»? ¡Al final se salió del curro para encontrar otro en el que ganara más sin importarle tener que putear a sus compañeros!

Les desearía buena suerte, pero no sabrían qué hacer con ella.

Con esa evolución, no debe extrañarme que Lester Spacey o Kevin Burnham, vendido a la pasta, terminara siendo otro jefazo repulsivo en la divertida comedia Cómo acabar con tu jefe:

 Has trabajado duro para conseguir ese ascenso, pero no sé si puedo confiar en ti.

Finalmente, tras varias humillaciones a su abnegado colaborador Nick (Jason Bateman), le niega el ascenso para quedarse él con los dos salarios, con el actual y con el del puesto vacante, y aprovecha para ampliar su despacho ante el asombro de Nick:

– Hace meses que insinúa que habría un ascenso para mí y he estado trabajando duro para conseguirlo. ¿Me ha estado mintiendo?

– ¿Mintiendo? No, Nick, ¡motivando! Todos formamos parte del mismo equipo.

El equipo. La motivación. Dos de los mantras de los que tanto se habla en el trabajo, pero que tanto cuesta conseguir. Charles Chaplin en El gran dictador lo tenía claro:

No quiero que mis trabajadores estén descontentos. Fusiladlos a todos.

Al Capone, en la soberbia interpretación de Robert de Niro en Los intocables de Elliot Ness, tenía claro que el equipo tenía que funcionar sin fisuras. No estaban permitidos los errores ni los individualismos. Y utiliza la metáfora del deporte. El béisbol:

Un hombre está de pie en el puesto meta. ¿Qué está a punto de conseguir? Va a conseguir una proeza individual. Está allí de pie, solo. ¿Pero en el campo, qué es? Forma parte de un gran equipo. Mira, lanza, batea, corre. Pero es parte de un equipo. (…) Si su equipo no le ayuda, ¿qué pasa? (…) Jamás ganará el partido, a menos que el equipo le ayude.

Así que en este repaso veo distintos modos de motivar, algunos éticamente reprochables y legalmente dudosos, como el miedo, el insulto o la humillación. Pero otros son lícitos, aunque como decía al principio, no deberían ser los principales, como el dinero. El amiguete Josean dice haber conocido a tipos que se creen como El lobo de Wall Street, a los que definió como «lobos de las finanzas», tipos que compran los discursos de Leonardo di Caprio o Gordon Gekko (Wall Street):

Dinero, lujos, objetos caros, esa es la motivación de este equipo de trabajo:

 Mis putos guerreros que no colgarán el teléfono hasta que su cliente compre ¡o muera! (…) Sed feroces, sed despiadados. Sois unos putos terroristas telefónicos.

Cuando cumplí 26 años ya era el jefe de mi propia firma de inversiones. Gané 49 millones de dólares, lo que me molestó porque me faltaron 3 para ganar un millón a la semana.

Trabaja hasta que tu cuenta bancaria luzca como un número telefónico.

Habrá quien le valga, pero yo sinceramente prefiero otras cosas. Tiempo, libertad para hacer lo que me plazca, tranquilidad.

Lo mismo que anhela Lester Burnham, cuando «todo era diversión y jodienda«.

Despreocuparse por las cosas materiales, como Tyler Durden (El club de la lucha), porque «lo que posees, acabarás poseyéndote«. Porque «cuando lo has perdido todo, es cuando eres libre de verdad». «No sois vuestra cuenta corriente, no sois el coche que tenéis, no sois el contenido de vuestra cartera, no sois vuestros pantalones».

La sencillez de las cosas que pueden provocar una sonrisa o un momento de felicidad con los amigos, como le ocurre a Andy Dufresne (Cadena perpetua): «Todo lo que pido son tres cervezas para cada uno de mis colegas… Pienso que un hombre trabajando al sol se siente más hombre si puede tener una botella de cerveza«. «Creo que es la clase de emoción que solo puede sentir un hombre libre«, piensa su amigo Red (Morgan Freeman) cuando se ve fuera de la cárcel por primera vez en cuarenta años.

Tener esperanzas, como el Viggo Mortensen de Captain Fantastic parafraseando a su idolatrado Noam Chomsky: “Si asumes que no hay esperanza, entonces garantizas que no habrá esperanza. Si asumes que hay un instinto de libertad, que hay oportunidades para cambiar las cosas, entonces, quizá, puedas contribuir a hacer un mundo mejor«.

«La libertad y la simple belleza son demasiado buenas para dejarlas pasar«, nos recuerda Chris McCandless, el protagonista de Hacia rutas salvajes, «La libertad siempre nos fascina, la asociamos en la mente con el escape de las obligaciones, la ley y la opresión«. Escapar de las obligaciones,… No parece sencillo. Claro que la propuesta de este joven que lo deja todo para vivir su aventura personal en Alaska es demasiado radical, y hay frases de la película que bien podría pronunciarlas cualquier personaje de Los lunes al sol: «No quiero saber qué hora es. No quiero saber qué día es ni dónde estoy. Nada de eso importa«.

Y ya que hablo de discursos motivadores sobre la libertad, hay pocos como el de Braveheart antes de saltar al campo de batalla:

Puede que nos quiten la vida, pero jamás nos quitarán ¡la libertad!

Así te sientes capaz de hacer cualquier cosa, cuando luchas por tu ideal. Sé que me he ido un poco del tema, «frases que usar en el trabajo», así que voy a terminar con dos citas que utilizo con cierta frecuencia. Una, de Óscar Wilde, válida para hacerme una idea sobre todas aquellas personas que conoces en el trabajo a lo largo de años:

La primera impresión es siempre la buena, sobre todo cuando es mala.

Y dos, como no podía ser de otro modo, cierro con el inimitable Groucho y la frase con la que siempre «triunfo» en las cenas de empresa:

¿Llamas a esto una fiesta? La cerveza está caliente y las mujeres frías.

Frases de cine para usar en el trabajo (I)

«Estoy a media hora de allí, llegaré en diez minutos».

Con esta frase del señor Lobo, Harvey Keitel en Pulp Fiction, terminaba mi última entrada, aquella en la que trataba de encontrar a mi conductor favorito del mundo del cine. Me di cuenta de que esta frase tan «tarantiniana», genial en su simpleza, la usaba con frecuencia en el día a día, especialmente en el trabajo en una época en la que la puntualidad no era la mayor de mis virtudes. Sabía que iba a quedar mal igualmente, por impuntual, pero soltaba la frase y al menos arrancaba una sonrisa del que me sufría:

– Este cabroncete es un impresentable, pero tiene su gracia.

Me doy cuenta de que, como no podía ser de otro modo, he incorporado varias frases de cine en mi rutina diaria, y no debo de ser el único que las usa, porque ya he asistido a varios cursos o jornadas en las que los ponentes insertan algún guiño cinematográfico que no todo el mundo entiende. Recuerdo a un tipo que empezó su presentación con Leonardo di Caprio y Kate Winslet acaramelados en la proa del Titanic como metáfora de una economía que se iba directa contra un iceberg mientras sus pasajeros bailaban, se emborrachaban, enamoraban o no se enteraban de nada. Hubo otro que terminó su exposición con sus datos personales de contacto y para definir su trabajo de consultoría utilizó algo parecido a esta imagen:

Y es que pensándolo bien, ¿quién no quiere un señor Lobo en su organización? Un tipo que llegue en los momentos de crisis, se presente con una sonrisa y te diga:

Soy el señor Lobo. Soluciono problemas.

Ese mismo tipo es el que hace falta para rebajar la euforia tras un momento de éxito colectivo en el que la plantilla piensa más en la celebración que en el curro:

Caballeros, no empecemos a chuparnos las pollas todavía.

Habrá quien le resulte soez o grosera, pero esta frase tan «tarantiniana» es de las que más veces he escuchado en el trabajo, muy útil para poner los pies en la tierra y no dejarnos llevar por una alegría momentánea. Incluso Antón Losada la utilizó en un artículo para lo mismo sobre una supuesta salida de la crisis.

Lo cierto es que yo soy más de Groucho Marx, sobre todo cada vez que se aprueba una nueva normativa incomprensible y suelto en voz alta:

¡Hasta un niño de cuatro años podría comprenderlo!

(Por lo bajo) Búsqueme a un niño de cuatro años, a mí me suena a chino.

Groucho y sus frases valen para todo, para hablar de cosas tan distintas como el amor, el sexo o el matrimonio, para bromear sobre las mujeres y la familia, la austeridad y las deudas, o para explicarnos los secretos del éxito en el proceloso mundo de los negocios:

El secreto del éxito es la honestidad.

Si puedes evitarla, está hecho.

Groucho era puro sarcasmo, pero sus frases estaban repletas de verdad, como desgraciadamente esta que vincula el éxito a la falta de honestidad. Una pena, porque lo cierto es que en este sentido yo siempre he sido mucho más de Frank Capra y sus películas sobre los buenos sentimientos y la integridad (Vive como quieras, ¡Qué bello es vivir!, Juan Nadie o Caballero sin espada). De esta última película son los célebres monólogos de James Stewart defendiendo apasionadamente la democracia y atacando la corrupción que le rodea en el Congreso. Ojalá vieran esta peli nuestros representantes con cierta frecuencia, toda una maravilla en la que el bueno de Stewart está a punto de tirar la toalla varias veces:

Las causas perdidas son las únicas por las que merece la pena luchar.

En ocasiones el mundo de los negocios se parece más a las películas de Francis Ford Coppola sobre la famiglia Corleone, El Padrino. Lo tiene todo porque Todo estaba en El Padrino: la descripción del «negocio» y el reparto, el mantenimiento de la empresa familiar en la cima, las alianzas empresariales, la importancia de contar con los favores políticos, la jerarquía en la institución, el modo de comportarse en las reuniones,… Todo. La revista Forbes seleccionó 14 frases de la película (aunque el artículo hable de 15) como ineludibles para emprendedores:

  1. Le haré una oferta que no podrá rechazar.
  2. No es nada personal, solo negocios.
  3. El hombre más rico es el que tiene los amigos más poderosos.
  4. Nunca odies a tus enemigos: eso no te permite juzgarlos.
  5. El poder agota a los que no lo tienen.
  6. Mantén la boca cerrada y los ojos abiertos.
  7. Un hombre que no pasa tiempo con su familia, no puede ser considerado un hombre de verdad.
  8. Toda mi vida he estado luchando por no ser una marioneta movida por los hilos de los poderosos.
  9. Nunca seas agresivo. Razona tus problemas. La gente desconocida no debe saber lo que piensas.
  10. Mantén cerca a tus amigos, pero aún más cerca a tus enemigos.
  11. Quiero que utilices todo tu poder, toda tu habilidad.
  12. Cada hombre tiene su propio destino.
  13. Hablas de venganza. ¿Va la venganza a devolverle a su hijo?
  14. Dinero y amistad,… Agua y aceite.

Esta selección me parece discutible, pues aunque recoge varias de las mejores frases de la película, echo en falta otras, como:

Es un insulto a mi inteligencia.

Algún día, y puede que ese día nunca llegue, acudiré a ti y tendrás que servirme,… pero hasta entonces acepta mi ayuda en recuerdo de la boda de mi hija.

Los intereses de mis hijos son mis propios intereses.

(Muy aplicable a todas esas grandes dinastías empresariales)

Le daremos el treinta por ciento del negocio y usted solo tendrá que poner a los políticos que tiene metidos en el bolsillo.

¿Qué he hecho yo para que me trates con tan poco respeto?

Los Corleone, Tarantino, Groucho, grandes creadores de frases y aforismos para el día a día, mucho más acertados que el buenismo de Mr. Wonderful tan de moda y que vemos en tantas tazas en una oficina. Marsellus Wallace (Pulp Fiction) suelta un speech sobre sus «negocios» que podría ser aplicable a empresas que consideramos legales:

Este negocio está lleno hasta los topes de cabrones poco realistas, hijos de puta que creían que sus culos iban a envejecer como el vino. El orgullo solo hace daño. No te ayuda jamás.

Groucho definió como nadie la política, y, aunque la frase tenga cincuenta o sesenta años, creo que, viendo el panorama actual, acertó de lleno en la definición:

La política es el arte de buscar problemas, encontrarlos en todas partes, diagnosticarlos incorrectamente y aplicar los remedios equivocados.

También describió perfectamente el comportamiento de algunos, de esos que preferimos que permanezcan callados, porque:

Es mejor estar callado y parecer tonto,

que abrir la boca y despejar las dudas definitivamente.

Y por supuesto, siempre que me toca leer un contrato ilegible redactado por abogados retorcidos de minutas colosales, recurro ante mis compañeros al socorrido éxito «marxiano»:

La parte contratante de la primera parte será considerada

como la parte contratante de la primera parte.

Esta frase es conocida por casi todo el mundo, pero estoy convencido de que muchos ignoran el origen de algunas de las citas cinematográficas que utilizo en la rutina diaria. A veces, cuando al acabar una jornada agotadora algún compañero/a me suelta «mañana será otro día» con voz lastimera, me dan ganas de decirles que menudos quejicas son, que parecen la puñetera señorita Escarlata después de perder a sus padres, vivir la Guerra de Secesión, sufrir un aborto y ver cómo su amado Ashley se va con la tontorrona de Melania, la mujer con la voz doblada más espantosa de la Historia del cine.

Lo mismo vale para el «Más madera» (Los Hermanos Marx en el Oeste), «Alégrame el día» (Harry, el Sucio), «Nadie es perfecto» (Con faldas y a lo loco), o la sabiduría milenaria del Yoda, que suelto cuando alguien me contesta que va a intentar resolver algún marrón:

Hazlo, o no lo hagas. Pero no lo intentes.

El trabajo diario es duro y poco gratificante en ocasiones, y estas pequeñas bromas me ayudan a llevarlo mejor. No quiero acabar como Tyler Durden (El club de la lucha) y su filosofía o su modo de pensar:

Tenemos empleos que odiamos para comprar mierda que no necesitamos.

Por este motivo, en la segunda parte hablaré de la motivación en el trabajo, y la ayuda que el cine nos puede prestar en ocasiones, si no para motivarnos, sí al menos para reírnos de determinadas situaciones.

Como diría Arnold Terminator:

Volveré.

My favourite driver, por Travis

Lo último que he ido a ver al cine este verano ha sido la inclasificable Baby driver, una entretenida película de atracos, persecuciones y personajes tarados, con una agradable historia de amor en su trama entre el baby driver del título y la camarera del típico café mugriento norteamericano. Escrita y dirigida por Edgar Wright, está protagonizada por los desconocidos Ansel Elgort y Lily James, y cuenta con unos secundarios de lujo: Jamie Foxx, Jon Hamm y el siempre estupendo Kevin Spacey.

No voy a hacer spoiler, pero según mi modo de ver el cine, Baby driver falla donde tantas pelis americanas recientes: en la necesidad de matar catorce veces al malo. Atropellado, golpeado, disparado, arrojado al vacío, sangrando, con ocho costillas rotas y la cabeza abierta,… Quizás solo el T-1000 sea más resistente a la muerte.

Después de ver esta ensalada de acelerones y tiros, solo podía plantearme escribir sobre dos cosas: las mejores bandas sonoras de películas o los mejores conductores del cine. Y como no me gustan las listas con su ranking o clasificación ascendente, descarto hablar de las bandas sonoras, que darían para escribir varias entradas seguidas, distinguiendo entre las que aportan temas nuevos, piezas clásicas o las que, como Baby driver, recogen una enorme y magnífica recopilación de temazos de varias décadas (Pulp Fiction, Casino, Forrest Gump,…). La música juega un papel fundamental en los atracos y está perfectamente encajada en la trama: Queen, Blur, Simon and Garfunkel, The Commodores, T-Rex, Beck, Sam & Dave, ¡The Beach Boys!,… La recomiendo.

Así que en lugar de hablar de la música, voy a tratar de localizar a my favourite driver del mundo del cine. Por su pericia, destreza y sabia elección de la música, Baby driver estaría en la relación de los mejores, pero hay muchos más. En esa lista no voy a considerar a los plomizos de Fast and Furious (Vin Diesel y el malogrado Paul Walker, entre muchos otros), ni al Nicholas Cage de 60 segundos, ni al mejor repartidor en todos los sentidos, Jason Transporter Statham, porque estas películas me aburren soberanamente y para entrar en mi lista de conductores favoritos, hay que tener otro tipo de virtudes. Con ellos al volante sé que sería cuestión de tiempo que me estampara contra un muro o contra un tren de mercancías.

Para virtudes al volante las de Travis Bickle, por ejemplo, el conductor tranquilo de Taxi driver al que he usurpado el nombre. Un tipo educado con la clientela, paciente, que sabe escuchar,… hasta que se le cruzan los cables y decide hacer de justiciero de la noche. Pero lo cierto es que destaca más por su improvisación frente al espejo o sus discursos sobre la lluvia purificadora que por su habilidad al volante, y yo estoy buscando a un conductor de pelotas, de los que te agarran al sofá y no te dejan levantarte ni aunque en tu vejiga se concentren veinte atmósferas de presión.

Como Steve McQueen, por ejemplo. No solo era un gran actor, con papeles como el inolvidable Hilts de la «neverra» de La gran evasión, sino un notable piloto tanto de motos como de coches. Representó a Estados Unidos en carreras de Enduro y fue segundo en la general de las 12 horas de Sebring, en coches. Le encantaba conducir y quizás por eso en un momento dado de su carrera se prodigó en personajes que tenían que ponerse tras el volante o el manillar de una moto: La huida, Le Mans o El caso de Thomas Crown. Su persecución de Bullitt por las calles y las cuestas de San Francisco al volante de un Ford Mustang del 68 es tan mítica como los saltos en moto de La gran evasión. Que se frustrara su huida es el momento que más lamento de toda la película de John Sturges.

Steve McQueen no fue el único gran actor metido a piloto en sus horas libres. James Garner llegó a participar en las 500 Millas de Indianápolis, lo que sin duda le vino muy bien para su papel en Grand Prix. Paul Newman estuvo más de 30 años compitiendo en carreras de todo tipo, logrando meritorios puestos como el segundo en las 24 Horas de Le Mans o la victoria junto a su equipo (¡a los 70 años de edad!) en las 24 Horas de Daytona.

En esa misma carrera compitió Gene Hackman, aunque no recuerdo su habilidad al volante en el cine mucho más allá de las escenas de French Connection, película dirigida por un artista de las persecuciones de coches por mitad de la ciudad, John Frankenheimer. Este mismo director filmó años después otras grandes secuencias de persecuciones en Ronin, con un tipo sospechosamente parecido a un envejecido Travis Bickle, un tal Sam interpretado por Robert de Niro con cara de estreñido en cada curva forzada.

Recordemos que en todas estas escenas de películas es fundamental que los coches en un momento dado se suban a la acera, tiren un puesto de flores o de fruta, estén a punto de atropellar a varios peatones y sí o sí, tienen que evitar un autobús o un camión que sin embargo no podrán evitar los coches de policía que les persiguen con la sirena a todo meter.

Me he ido un poco del tema al hablar de actores que se metían a pilotos, pero si hablamos de pilotos interpretados por actores, tengo que reconocer que me gusta más el talento natural de James Hunt/Chris Hemsworth (y su atractivo para las mujeres) que la meticulosidad obsesiva de Niki Lauda/Daniel Brühl en Rush. Aunque si hablamos de profesionales de la Fórmula 1, mi favorito siempre fue el brasileño Ayrton Senna (muy recomendable el documental Senna, en el que se aprecia cómo la FIA lo intentaba todo para que Alain Prost lograra el título en los mundiales).

Entonces, tras todo este rollo, ¿en qué quedamos, cuál es my favourite driver? Hay dos que no tuvieron nombre en sus respectivas películas, y en los títulos de crédito aparecieron como tal: Driver, conductor. Me refiero a Ryan O’Neal en Driver y a Ryan Gosling en Drive. Los dos conducen de cojones por sitios terriblemente complicados, pero el primer Ryan me hartó bastante con la cursilería de Love Story, y con el segundo tengo un problema: es buen actor, con presencia y buenos papeles casi siempre, pero es taaan guapo, tiene esos planos taaaan favorecedores, que el tío lo sabe y trata de lucirse en cada fotograma, «mira qué sensual soy, qué miraditas echo, cómo me muerdo el labio». Me volvió a pasar con La La Land, y eso que la película me encantó.

 

¿En manos de quién me pondría para que me sacara de un apuro o me llevara a algún sitio fuera de peligro? Cualquiera de los Bond James Bond, 007 con licencia para matar podría valer, igual que un figura similar en versión actualizada como es Jason Bourne, que conduce un Mini Cooper como casi nadie por las calles de París. Pero casi prefiero ponerme en manos de Arnold Schwarzenegger en plan Terminator, que lo mismo te lleva en moto, que en coche, camión, furgón policial o en helicóptero, y todo ello mientras no deja de disparar tiros a diestro y siniestro. Y te suelta las frases justas, ni una más. «Hasta luego, baby», aquí traducida como «Sayonara, baby». 

Claro que si busco la compañía ideal para un largo viaje, y antes de que el colectivo femenista se me eche al cuello por no haber incluido mujeres en esta lista, les diré que he dejado lo mejor, ¡a ellas!, para el final. De ahí que el título de esta entrada no quisiera dar pistas y hablara en todo momento del favourite driver, y no de la conductora favorita en cuyas manos me pondría sin dudarlo (en todos los sentidos).

Podía pensar en las chicas de Death Proof, pero me aburrí tanto con la peli de Tarantino (un lunar casi irrelevante en estos 25 años de carrera) que ni siquiera su habilidad al volante o su conocimiento de los coches sesenteros me animarían. Quizás sus juegos suicidas sobre el capó,… no, definitivamente no.

Quizás la Sandra Bullock conductora de autobuses en Speed, pero como dije ya en la primera entrada de cine de este blog, la Bullock estaría sin duda en mi lista de actrices odiosas cuyo personaje quiero que muera durante el metraje, así que tampoco. Me encanta la estupenda Linda Hamilton, Sarah Connor forever, durísima superviviente en las dos primeras entregas de Terminator, una bestia parda que muestra tanta habilidad al volante como en el manejo de armas, pero sigo queriendo algo más.

A ese «algo más» se acerca Angelina Jolie, por su sensualidad y su modo de conducir, no tanto en 60 segundos ni en la ridícula Sr. & Sra. Smith, sino en ese disparate que es por momentos Wanted (Se busca). La escena de la Jolie embutida en un vestido blanco disparando boca abajo sobre el capó de un Víper rojo es una fantasmada muy divertida de principio a fin. ¡Quién quiere verosimilitud cuando se puede contemplar esa simbiosis de curvas tan perfecta!

Se acerca, pero no llega a la ganadora del título de My favourite driver, el título del post. Hasta aquí he hablado de todo un poco, de curvas, de coches rojos, de pericia y derrapes, de habilidad al volante, de la sensualidad y el Mini Cooper,… Charlize Theron, no podía ser otra. The Italian Job:

Incluso tengo su número de teléfono en esa película. Habrá quien le cueste creerlo, pero es el mismo de Lester Burnham en American Beauty. Comprobadlo. ¿Que por qué lo sé? Por sus innumerables mensajes a la manera de El Lobo de Pulp Fiction, otro experto conductor:

– Estoy a media hora de tu casa. Llegaré en diez minutos.

Título letal, por Travis

  • ¿Y cómo dices que se titula esta película?
  • Curdled. Hace referencia a algo así como «Coagulada».
  • Qué asco, no es comercial, recuerda a una compresa, ¿de qué va?
  • De una mujer obsesionada con la muerte y los asesinatos, que se pone a trabajar en una empresa que se dedica a limpiar de sangre y restos los escenarios del crimen.
  • ¡Lo tengo, tío! ¡Tú asesina, que nosotras limpiamos la sangre!
  • ¡Lo petamos, tronko!

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Taxistas, esos incomprendidos cabroncetes en vías de extinción, por Travis

La semana pasada estuve en el cine viendo El caso Sloane, interesantísima película sobre el mundo de los lobbys estadounidenses y la corrupción profesionalizada de la clase política de ese país. Fantástica Jessica Chastain, diálogos afilados y certeros (demasiado perfectos en ocasiones para sonar «reales»), grandes secundarios en una trama con juicio y subtramas paralelas,… en definitiva, muy recomendable.

Pero me cuesta hablar de una película reciente sin destripar demasiado su argumento, así que me centraré en un aspecto menor de la misma que me llamó la atención. La protagonista, que no conduce ni tiene coche propio, se maneja utilizando (aunque no lo cuente de modo explícito) la plataforma Uber. Sigue leyendo →

Escenas de cine «semanasantero» que no son las que esperabas encontrar, por Travis

No sé si son los guionistas o los productores americanos, pero alguien debería decirles que conviene que se asesoren antes de cometer tropelías como la de Misión imposible 2, en cuyo inicio, durante la Semana Santa sevillana, Anthony Hopkins y Tom Cruise contemplan con estupor esa mezcla de procesiones y fallas, con gente vestida de sanfermines entre el público, y el primero pronuncia una frase que pertenece a la antología del disparate cinematográfico: Sigue leyendo →

El guardián invisible y los guardianes (visibles) de la moral, por Travis

En las últimas semanas he recibido por distintos lados un mensaje para boicotear la película El guardián invisible, estrenada el pasado 3 de marzo. Supongo que todos estáis al tanto de la polémica, pero aun así extraigo un corte del mensaje: Sigue leyendo →

La La La porra de los Óscar 2017 (Travis)

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Seguramente a muchos ni les va ni les viene, y la mayoría apenas habrá visto un par de películas candidatas, pero es tal la promoción que hace el cine americano de sus obras y sus premios que cuando llegan los Óscar nos encanta hacer nuestra apuesta, nuestras quinielas particulares o un grupo de WhatsApp llamado «La Porra de los Óscar». Pues aquí no íbamos a ser menos, separando la apuesta «racional» (la que los periódicos nos dicen que tiene todas las papeletas) de la emocional, audaz o sin sentido. La denominaré «la apuesta chorra». Sigue leyendo →

Tostones ochenteros, por Travis

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Desde hace un tiempo, tengo la sensación de que se idealiza todo lo hecho en los años 80, especialmente en el mundo del cine o la música, como si todo lo anterior o sobre todo lo posterior no tuviera el mismo valor artístico, o como si en esa década se hubiera vivido un boom cultural único en la Historia. Sigue leyendo →

Rogue One y el nacimiento de la princesa Leia, por Travis

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Ya ha pasado casi un mes del estreno de la última historia de Star Wars, Rogue One, así que difícilmente puedo aportar algo nuevo que no se haya dicho ya en artículos, blogs, podcasts frikis (me encantan, he oído alguno de 5 horas) o conversaciones con colegas. Tranquilos los que no la hayan visto, que apenas voy a hablar del argumento hasta el final del post. Y el que no quiera saber nada de nada, de absolutamente nada, de esta Rogue One que no lea los párrafos en azul.

Comienzo. A pesar de ese mes transcurrido, no puedo pasar por alto esta nueva película de la saga galáctica favorita de este bloguero, y menos después de lo sucedido con la muerte de Carrie Fisher, nuestra princesa Leia de los ochenta. Fui a ver Rogue One el 24 de diciembre, y apenas unas horas antes de entrar al cine supimos del infarto que había sufrido la actriz en pleno vuelo. En aquel momento Carrie Fisher parecía estable y que podría sobrevivir, pero ya vimos que no, que para ella, para su madre Debbie Reynolds, y hasta para George Michael, aquellas fueron sus Last Christmas. De nada sirvieron los mensajes que poblaron las redes, casi todos con ese lema que acompaña a mi generación desde hace décadas: “Que la Fuerza te acompañe”.

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Rogue One, la película

Yo creo que muchos aficionados a la saga teníamos miedo a esta película y a la intromisión de Disney en este universo que nos hemos «apropiado» de mala manera. La película, dirigida por Gareth Edwards, vendría a ser un Episodio  III y medio, mucho más cerca, eso sí, del Episodio IV (que arranca con la captura de la princesa Leia por Lord Vader) que del III (la conversión definitiva de Anakin en Darth Vader y la separación de los gemelos Leia y Luke al nacer).

rogue-one-7Rogue One está bastante bien, joder, puedo decirlo sin ambages. La historia funciona, es entretenida, tiene algunos elementos del Episodio III que encajan perfectamente y sobre todo nos sitúa directamente en el universo Star Wars más reconocible, que es el de la mítica “guerra de las galaxias”, años después rebautizada para muchos de nosotros como Una nueva esperanza (me niego a usar este título).

Rogue One tiene varias fases. Un principio que me gusta, porque sitúa el conflicto desde el primer minuto, una parte intermedia que me aburre un poco, y un final apoteósico, de unos cincuenta minutos de gran intensidad y puro espectáculo. Así como a El despertar de la Fuerza se le reprochaba que no arriesgaba, que era demasiado complaciente con el seguidor tradicional y no aportaba escenarios nuevos (un desierto, un bosque, un planeta helado, un tugurio de contrabandistas), Rogue One presenta la trama en una región verde y aparentemente volcánica, diferente a lo visto en otras pelis de la saga (se rodó en Islandia), pasa por una barriada libanesa de los ochenta y culmina su final apoteósico en un paradisíaco paraje de las Maldivas. Me encantó esta parte de la batalla en las playas, con las palmeras, el agua cristalina y las pequeñas islas que albergaban naves imperiales en lugar de los habituales yates de lujo.

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Escenarios nuevos, y razas nuevas, que el mercado del cine está cada vez más globalizado y hay que llegar a numerosos países en los que antes no pensaban los productores. Al universo tradicional de Star Wars se le reprochó en su momento que todos los personajes fueran blancos, y para un negro, perdón, afroamericano, que salía en pantalla, Lando Calrissian (Billy Dee Williams), resulta que es el traidor que entrega a Han Solo al Imperio. Supongo que por esas cuestiones de ser políticamente correctos a Lando Calrissian se le dio un papel heroico y amable en El retorno del Jedi.

En distintos episodios se fueron incorporando más actores de color, como Mace Windu (Samuel L. Jackson) en las precuelas o Finn (John Boyega) en El despertar, pero ha sido en Rogue One donde se ha intentado dar ¿satisfacción? a todas las razas potencialmente consumidoras del film. En este artículo de El Huffington Post se muestra una interesante comparativa por minutos en pantalla de las diversas razas que participan en las películas de la saga. Rogue One es, de largo, la más multiétnica. rogue-one-8

A mí particularmente me la trae al pairo el tema de las razas y lo políticamente correcto, siempre y cuando sus papeles sean interesantes. Y hay personajes que molan, como Jyn Erso (soy muy de Felicity Jones, qué le voy a hacer), su padre Galen (Mads Mikkelsen) y Saw Guerrera (Forest Whitaker). Me gusta bastante el villano Krennic (Ben Mendelsohn), y me dejó tocado la «resurrección» de Tarkin (Peter Cushing). Es todo un descubrimiento el droide K-2SO, una inteligencia artificial con tanto sentido del humor y el espectáculo como el TARS de Interstellar.

Pero en otros personajes es donde a mi modo de ver falla un poco la película, porque aunque me voy congraciando según avanza el film con «el latino» Diego Luna, tengo serios problemas con dos personajes: el chino Chirrut (Donnie Yen) y el inglés de origen paquistaní Bodhi (Riz Ahmed). Rogue One: A Star Wars Story Donnie Yen (Chirrut Imwe) Behind the Scenes on set during production. Ph: Footage Frame ©Lucasfilm LFL 2016.

El piloto desertor Bodhi se pasa media película como si fuera un boxeador sonado y no se entera de nada, aparte de que su aspecto de tez morena y greñas no encaja en los cánones habituales de un Imperio tradicionalmente blanco, caucásico y casi «ario». En un momento dado y sin entender muy bien por qué, Bodhi reacciona, se «desempana» y se entrega a la causa de los Rebeldes hasta el punto de ser fundamental para el desenlace.

rogue-one-6Con el que no puedo es con el chino Chirrut, el único ciego con más vista que Miguel Durán, o que el ciego de la peli de Bruce Lee Puño ciego, una peli tan rara que ni siquiera la encuentro en Filmaffinity. Los ojos de Chirrut son iguales que los del ciego de esa peli, y su «visión» espacial, dando patadas supuestamente a ciegas, atizando con su bastón a los tipos que no ve, esquivando disparos o cargándose a un caza imperial sin mirar, me chirría por todas partes. Supongo que de ahí le viene el nombre. Si me dijeran que es un Jedi poseído por la Fuerza (o con millones de midiclorianos en sus venas, aquí arcadas), todavía podría admitirlo, pero no es más que un charlie charlatán que no deja de repetir de modo cómico «soy uno con la Fuerza y la Fuerza está conmigo», como quien recita la lista de los reyes godos.

Para mi gusto, Rogue One está muy por encima de la trilogía de precuelas, pero por debajo de El despertar de la Fuerza. Funciona como película de la saga galáctica, pero también como película bélica o de comandos con una misión que cumplir (Los héroes de Telemark, Doce del patíbulo, Escuadrón 633). Es magnífica en las batallas espaciales, pero mejor aún en las de «infantería». Huele a barro y arena, a suciedad en los uniformes, a veracidad, no a CGI y efectos digitales como en las tediosas precuelas.

La nostalgia

Seguramente mi percepción al situarla por debajo de El despertar de la Fuerza se deba a que en esta última caí en la trampa de dejarme seducir por una historia muy similar a la del Episodio IV, y toda esa nostalgia de Han Solo, Chewbacca y el Halcón Milenario me atrapó y no me soltó en las dos horas de metraje. Aparte del enamoramiento de Rey que padecí desde las primeras escenas. Este vídeo que compara escenas de ambas películas deja bien a las claras que no hubo disimulo por parte de J.J. Abrams a la hora de copiar referentes:

La nostalgia es un sentimiento muy poderoso, sobre todo si hablamos de cine. Reconozco que nos aleja de la objetividad que resulta precisa a la hora de valorar una película. Estas Navidades han repuesto las películas de la trilogía clásica (Ep. IV al VI) y me he quedado embobado como siempre viendo varias escenas, pese a que han envejecido, digámoslo, regular. Los monitores de los X-Wings son una castaña hoy día, a dos colores y con la calidad gráfica de un Spectrum. La persecución en las motos del bosque de Endor me flipaba hace treinta años, «¡cómo lo han hecho!», mientras que hoy en día sigues flipando por el ritmo, pero te quedas diciendo «¡vaya castaña de efectos!» rogue-one-3

Ha cambiado nuestro modo de mirar el cine, y desgraciadamente ya no tenemos la inocencia de un niño de ocho años (La guerra de las galaxias) o de trece (El retorno del Jedi), pero seguimos mitificando a sus héroes y apreciando sus historias, no tanto quizás por la calidad de lo visto como por el recuerdo de lo que sentí.

Hoy estoy deseando que exterminen a Chirrut, pero en su día no ponía objeciones a las tonterías de C3PO. Hoy critico lo poco creíble que resulta que una instalación tan poderosa como la biblioteca que alberga los planos de la Estrella de la Muerte se desactive con un antediluviano interruptor (¡un puto joystick!) o que los disquetes parezcan de aquellos originales de 5 pulgadas y cuarto, y en su día me tragaba que Han y Luke pudieran enfrentarse a poderosos stormtroopers, pero no se atrevían con cuatro osos de peluche con lanzas de madera.

La nostalgia idealiza nuestros recuerdos del pasado. Vemos la frase inicial con los cuatro puntos suspensivos y automáticamente tenemos la carne de gallina. Estamos predispuestos al disfrute, y eso que en esta ocasión no vemos las letras que se pierden en el espacio ni escuchamos retumbar la música de John Williams (la banda sonora es de Michael Giacchino). Un aficionado ha escrito ese posible texto que nos han escamoteado en el montaje de Rogue One. Bueno, es una curiosidad más en este mundo tan friki que nos encanta. rogue-one-9

 

Hay nostalgia en Rogue One, pero no tanta como en El despertar. A mí me encantó ver al Gobernador Tarkin, a C3PO y R2D2, la primera Estrella de la Muerte, y por supuesto las escenas de Darth Vader.

Su incursión en la nave de los Rebeldes pasará a la lista de los mejores planos de toda la saga. Y hay un plano final que chirría en cuanto a efectos digitales, pero que adquirió un significado distinto en el momento que supimos que la vida de Carrie Fisher estaba en peligro.

El nacimiento de la princesa Leia

La princesa Leia nace en realidad al final del Episodio III, cuando es separada de su hermano Luke y entregada al senador Organa (Jimmy Smits), quien hace una breve aparición. Pero es en el plano final de Rogue One cuando vemos el nacimiento de la verdadera Princesa Leia, esa mujer fuerte y decidida que mira a cámara (desgraciadamente con una mirada digital y vacía) y nos hace partícipes de la misión imposible que tiene que afrontar: liderar la Rebelión frente al poder del Imperio. El comienzo de la enooorme trilogía. rogue-one-10

Me hace gracia cuando leo algunas críticas que dicen que por fin se da importancia en estas películas a los personajes femeninos, que tanto Rey en El despertar como Jyn en Rogue One son mujeres fuertes y poderosas. ¿Y qué coño era la princesa Leia? Una mujer que se desprende de su condición real y empuña indistintamente una pistola o un rifle, que llama «piojoso» a Han Solo, que impone su opinión a todos los tipos que le sacan una cabeza pero la escuchan con atención, una mujer de carácter que ganó mucho al quitarse las ensaimadas y ponerse un bikini espacial,… una mujer tan fuerte y poderosa ¡que se cargó a Jabba el Hutt con sus propias manos!

La princesa Leia era una mujer fuerte, aunque posiblemente no tanto como la propia Carrie Fisher, una vez que superó esa etapa salvaje de su vida. La General Leia del Episodio VII tenía pinta de estar muy cascada, pero sin embargo a Carrie Fisher se la veía estupenda en entrevistas y declaraciones. Hablaba con la tranquilidad de quien ha paseado por el infierno y ha salido vivo después de meterse unas rayas con el Diablo. Tenía frases míticas y una mordacidad a la hora de bromear como se ha visto pocas veces, aunque fuera (y sobre todo) para hablar de su pasado. El título de su monólogo era Bendito alcoholismo, ni más ni menos. Y algunas de sus perlas:

«¿Conocéis ese dicho que sostiene que la religión es el opio de las masas? Bueno, pues yo tomé masas de opio religiosamente».

«Hace cinco años, cuatro meses y nueve días un amigo mío murió en mi casa. Pero no contento con eso, va y se muere en mi cama. Os aconsejo que les pidáis a vuestros invitados que no se comporten así».

A George Lucas: «Espero que fueras tú con quien me acosté para conseguir el papel, porque si no, ¿quién diablos era ese tipo?»

Adiós, Carrie Fisher, adiós, princesa. Adiós, Debbie Reynolds.

Cara Travis

Un chistaco para finalizar. Ramón Espinar, portavoz de Podemos en el Senado, quiso hacer un chiste con la figura de la princesa Leia, esa hija de la realeza que luchaba por la República y tal, y le salió el tiro por la culata:

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Me reí como un auténtico wookie.