Lágrimas en la lluvia, por Travis

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“Todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia”.

Así terminaba el discurso del replicante Rutger Batty Hauer al final de Blade Runner, tras una ralentizada proclama sobre la puerta de Tannhäuser, los rayos C en Orión y la madre que lo trajo, proclama narrada con el mismo entusiasmo de Iniesta después de un título importante. Para algunos, este es un momento cumbre de la historia del cine, lleno de poesía, lirismo y sentido metafórico acerca de la fugacidad de la vida. Para mí, como sabe el que leyera mi entrada sobre esta película, es un momento tostón más dentro de una película lenta y a ratos soporífera.

Pero hoy no vamos a hablar de Blade Runner de nuevo, ni de la secuela sin sentido que se está preparando (para la que regalo a Hollywood mi versión) con un Harrison Deckard Ford septuagenario, sino que hoy me gustaría tratar el recurso cinematográfico de la lluvia. Y de la lluvia como sinónimo de lágrimas, o más exactamente de llantos.

La lluvia es un recurso estético, visual, que traslada al espectador la sensación de tristeza. Nos presentan a los actores con la ropa mojada, incómodos, con el pelo chorreando, seguramente con frío y con ganas de salir de allí, y recordamos inmediatamente las veces que nos hemos sentido así, desamparados. Si a la lluvia le unes el toque dramático, o una situación de tensión o tristeza, el efecto es doblemente eficaz para el espectador.

images-5Recuerdo que de pequeño nos contaban (igual fue en Barrio Sésamo) que llovía cuando las nubes lloraban, fenómeno meteorológico-espiritual que ya nos contaron en Partly Cloudy, ese genial corto (todos lo son) de Pixar. Las gotas de lluvia son lágrimas, las lágrimas son como gotas de lluvia que se pierden en el tiempo. Pedazo de poeta que estaba hecho el replicante Batty.

Este recurso lo utiliza por ejemplo el duro Clint Eastwood en la escena cumbre de su película más blandengue, Los puentes de Madison. Supongo que todos los lectores sabrán a qué escena me refiero, al momento de duda de la petarda de Meryl Streep en el coche, cuando no sabe si irse con el rudo fotógrafo o quedarse con su marido. Toda esa escena se desarrolla bajo una lluvia torrencial, para que veamos cuán triste está la mujer ante la decisión.

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Llora, llora por dentro, porque no sabe si renunciar al tipo que la ha aguantado durante más de treinta años para irse con ese aguerrido aventurero del National Geographic que le ha pegado cuatro revolcones, o por el contrario, quedarse con su aburrida vida de ama de casa y dejar plantado al empapado Clint. Si un día escribo algo tipo Segundas partes que nunca se rodarán sobre Los puentes de Madison, lo tendría claro: Meryl Streep se presenta semidesnuda en el apartamento del duro Clint, que se está trabajando a una chica treinta años menor, y al ver a la petarda de la granjera, le sale el Callahan que lleva dentro y le descerraja un tiro entre ceja y ceja. FIN.

Incluso una película que se desarrolla en el desierto como Casablanca, tiene que tener su momento lluvia, para transmitirnos mejor la tristeza del protagonista. Ocurre en el primer abandono de Ilsa (Ingrid Bergman), cuando deja tirado a Rick (Humphrey Bogart) en la estación de tren de París. En ese momento se pone a llover, mientras Rick se queda desolado leyendo la carta. De-sol-ado, sin sol, abren el grifo de las nubes, Rick se moja enterito y vemos cómo la tinta se corre, en lo que debemos interpretar como unas lágrimas de tinta que se perderán As time goes by. No puedo dejar pasar este momento sin mencionar el milagro de la gabardina de Rick, que pasa de húmeda a seca en cuestión de segundos:

2015-07-24-01-24-23-1806455275¿Debemos interpretarlo como que a los pocos segundos ya se le habían quitado las lágrimas, le había desaparecido la tristeza? No lo creo, porque a partir de ese momento el personaje se ennegrece y adopta su pose cínica y desencantada con el resto del mundo, tanto que a la segunda oportunidad con Ilsa, en el aeropuerto, le viene a decir “mona, te largas tú con el Víctor Laszlo este. Y como no llueve, yo me voy hacia esa zona en neblina (otro doble sentido meteorológico) del brazo de este simpático oficial de policía francés”.

Las escenas más dramáticas o significativas de American Beauty o Desayuno con diamantes también se desarrollan bajo un chaparrón cántabro. Ambas películas tratan de transmitirnos a través de la lluvia la mezcla de frustración y soledad que hay en los personajes del coronel Fitts en la primera y de la casquivana Audrey en la segunda.

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Siempre que pienso en la lluvia como recurso cinematográfico me acuerdo de Se7en. Está lloviendo durante casi toda la película y quizás esa sea una de las razones, junto con el abuso de espacios interiores agobiantes, de que toda la trama esté envuelta en una enorme tristeza. El detective Mills (Brad Pitt) es un tipo triste de aire depresivo, su compañero Somerset (Morgan Freeman) es un melancólico que advierte que se le han pasado los “trenes” de su vida por delante, Gwyneth Paltrow tiene dudas acerca del tipo de vida que lleva y si merece la pena traer a este mundo la criatura que lleva en su interior,… Al final el más simpático de toda la trama es John Doe, el malo malísimo interpretado por Kevin Spacey. Es el personaje más luminoso de toda la trama, y por eso se lo cargan en un espacio abierto bajo un sol radiante. Debe ser el único momento de la película que no llueve.

El éxito de Se7en fue tal que tuvo una mala copia en la película Resurrección, interpretada por Christopher Lambert como el detective, y Robert Joy como el psicópata inteligentísimo que urde un plan perverso con tintes religiosos. Repito, Christopher Lambert y Robert Joy. Igualitos que Brad Pitt y Kevin Spacey. La película copia todo lo que puede de Se7en, empezando por la lluvia.

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La lluvia en el cine puede ser de muchos tipos, y ya nos lo explicó el bueno de Forrest Gump en su incursión en Vietnam. Lluvia fina, lluvia gruesa, lluvia de lado,… hasta llovía desde abajo.

Le faltó el sirimiri y el calabobos. En sus momentos de soledad no deja de escribir a Jenny, y bajo esas mismas lluvia y soledad recibe las cartas devueltas y sin leer. Seguramente Forrest recordaba en sus noches vietnamitas que su primer momento de intimidad (física, corporal) con Jenny se produce tras un intenso aguacero en la residencia de la Universidad. El aspecto desamparado de Forrest, calado hasta el tuétano, es fundamental para que Jenny le invite a entrar en su habitación.

Pero en el cine no sólo llueve de las maneras que indica Forrest Gump. Hemos visto incluso llover ranas, en el final de Magnolia, lo cual no debe extrañarnos porque una película así tenía que terminar de un modo absurdo. No es un recurso inventado por el cine, parece que este fenómeno puede darse en la realidad, aunque dudo que ocurra con ranas del tamaño de las de Magnolia, pesadas como los 150 minutos anteriores de metraje.

Algunas lluvias nos recuerdan aquello que tanto temía Abraracurcix, el jefe de la pequeña aldea gala de Astérix y Obélix, y es “que el cielo caiga sobre nuestras cabezas”, lo que vimos en las pantallas que le ocurría a otra aldea gala, algo mayor de tamaño, llamada París, cuando disfrutamos la lluvia arrasadora de meteoritos de Armageddon.

Otra lluvia de las de acongojarse es la lluvia de flechas que recibe a los voluntariosos guerreros escoceses de Braveheart, que aprenden por la vía rápida aquello de que más vale tener algo (lo que sea) con lo que guarecerse. Lo mismo que aprenden los héroes de nuestro bando en 300 o El señor de los anillos.

Pero no todas las lluvias son tan terribles. En el final de El mundo está loco, loco, loco, veíamos llover los billetes del botín del Narizotas sobre una plaza repleta de gente. También hemos visto llover comida de todo tipo en la entretenida (si tienes hijos o sobrinos) Lluvia de albóndigas, nuevo ejemplo (y no es de las peores) de las “grandiosas” traducciones de nuestras distribuidoras: Cloudy with a chance of meatballs en el original.

Pero además de todo lo dicho desde el principio de esta entrada sobre las lágrimas y las gotas de lluvia, lo cierto es que esta puede tener otro efecto completamente distinto sobre el personaje: un efecto liberador, o purificador. A partir del chapuzón comienza una nueva vida, como una especie de bautismo, “soy otro/a, atrás quedan mis pecados”.

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Ocurre en la escena de purificación de Evey (Natalie Portman) en V de Vendetta, en contraposición al fuego liberador que sufrió su captor, y ocurre también tras la consecución de la libertad por parte de Andy (Tim Robbins) en Cadena Perpetua. Los dos protagonistas adoptan el mismo gesto, con los brazos en cruz, como anhelando más agua, pidiendo al cielo quedar empapados. Limpios, liberados, purificados.

Y esa misma sensación de liberación es la que invade, con un origen radicalmente distinto, a Gene Kelly en Cantando bajo la lluvia. “Soy otro, qué maravillosa es la vida que mi chica me ha dicho que me quiere, desde hoy nada va a borrar esta estúpida sonrisa de mi cara”. Y se pone a bailar, y a cantar, y suelta el paraguas, y le da igual mojarse, chapotear en los charcos, o empaparse la ropa, porque “I’m happy again” y “I’m ready for love”, y por supuesto “I’m laughing at clouds”. Este sí es para mí un momento mítico del cine, mucho más que aquel con el que empezaba esta entrada, así que aquí lo dejo para nostálgicos:

Viendo la escena de nuevo, me cuesta creer que para aumentar la visibilidad de la lluvia en pantalla de verdad se utilizara una mezcla de agua con leche. Es cierto que en algunas escenas aparecen unos goterones más gruesos y blancos de lo habitual, pero hay que haberlo leído para apreciarlo. Yo nunca me había fijado. La gabardina de Gene Kelly apenas se resiente, cuando lo normal en caso de usar leche hubiera sido terminar la escena con unos lamparones como los del vestido que Mónica Lewinsky guardó durante dos años en su armario. Chiste fácil que afortunadamente se perderá en el tiempo como lágrimas en la lluvia.

Cara Travis

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Un comentario en “Lágrimas en la lluvia, por Travis

  1. Gracias por el enlace a mi blog. Efectivamente el tema de la lluvia como representación de la tristeza o la purificación es un símbolo muy recurrente en el séptimo arte. La escena de Cantando bajo la lluvia, simplemente fantástica. Desayuno con diamantes, Casablanca, Forrest Gump, Seven…muy buenas películas, nada más que decir.
    En cuanto a Los puentes de Madison, siempre esperé que la abnegada Meryl Streep abriera la puerta y corriera tras Clint Eastwood, que quieres que te diga si los 4 revolcones le han hecho replantearse toda la vida con su marido…por algo será jajaja.

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