
«Yo he visto cosas que vosotros no creeríais.
Atacar siete tíos con los ojos en llamas más allá de Bergomi y Morten Olsen.
He visto a Santillana brillar en la oscuridad del área cerca de la portería del Moenchengladbach.
Todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia. Por desgracia es hora de que ese fútbol muera».
Añoro otro tipo de fútbol, qué quieren que les diga. Y cada vez veo menos de este fútbol de hoy en día, cada temporada más profesionalizado, con atletas mazados que no solo han mejorado en el físico, sino también en la técnica, jugadores maquillados y recién pasados por la pelu, con entrenadores estrella que hablan como si se creyeran catedráticos de Historia, partidos en horarios infames y comentaristas lamentables, con dirigentes millonarios derrochando fortunas de dudoso origen y árbitros con aspecto chulesco y sin personalidad que lo fían todo a las órdenes superiores de una Federación y un VAR totalmente manipulados. No me gusta este fútbol moderno que ha perdido cuanto tenía de barrio y descontrol para quedarse en la superficialidad de las formas, en los aspectos externos cuidados hasta el detalle por FIFA, UEFA, Liga o televisiones, narrado por periodistas con poco fútbol en sus botas y abundante sectarismo en su pluma. Más mediático, menos sincero.

Apenas veinticuatro horas antes de la final de Champions en Kiev, en Real Madrid TV emitieron la mítica final del 98, la de Ámsterdam, la primera victoria en la Copa de Europa que vi con mis ojos (y tenía ya 28 tacos). La del gol de Mijatovic que supuso el único gol del Madrid frente a la Juventus de Turín. Estuve viendo la repetición del partido con mi hijo, que se quedó sorprendido del modo de jugar de entonces, mucho más directo, sin tanto pase atrás ni horizontal, y sobre todo, con unos leñazos y unos entradones que hoy no vemos porque automáticamente se convierten en tarjeta amarilla. O roja si la entrada se hace en LaLiga de Tebas a Messi o a Busquets.

En la Juve jugaban varios tipos duros como Paolo Montero, Di Livio o Deschamps, y terroristas sobre unas botas con tacos como Torricelli. En el Madrid contábamos con jugadores que no se quedaban cortos (¡ni mancos!) como Fernando Hierro o Redondo, y en el centro del campo saltaban chispas cada vez que a un balón dividido llegaban los holandeses Seedorf o Edgar Davids. Tremendo, pero el juego no se paraba y apenas había tarjetas. Y me gustaba más. Mi hijo miraba alucinado, pero con una sonrisa de oreja a oreja:
– ¡Este fútbol mola mucho más! -se le escapó al pequeño Barney.
Era un partido del año 98, pero si nos remontamos un poco más en el tiempo encontraríamos a jugadores todavía menos preparados en lo físico, pero infinitamente más generosos en el esfuerzo. Camacho, Gordillo, Migueli, Bergomi, Asensi, Pichi Alonso, Stielike, Falcao, Toninho Cerezo, Rummenigge, Matthaus,… los había por decenas, en cada equipo y en cada selección. Los jugadores terminaban los partidos hasta arriba de barro, sucios, desastrados, despeinados,… te quedabas con la sensación de haber visto una batalla de la que tardarían semanas en recuperarse. Por estas razones, cuando La Galerna me pidió un artículo por primera vez tuve claro a quién y a qué se lo dedicaría: a Santillana y al fútbol de barrio.
Por el contrario hoy en día al acabar un partido contemplamos el espectáculo (para algunos) de tíos cuadrados quitándose la camiseta para lucir su musculatura y mostrar a las cámaras sus tatuajes. La raya del pelo no se les ha movido ni un milímetro, porque la laca y la gomina han sustituido hoy al linimento del ayer. Su equipo va perdiendo y los tíos cachas siguen tocando y tocando la bola en horizontal y hacia atrás, «¡no vayamos a perderla!», y cuando el árbitro pita el final de la contienda buscan su cámara para lucir pectorales y mostrar un nuevo tatuaje con letras chinas o hebreas (me gusta imaginar que, desconocedores del idioma, se han tatuado la palabra «berberecho» o «periostio»). La sensación que da es que el resultado se la suda, a la mayoría no se les ve ni mosqueados, ni agotados, ni despeinados. Al día siguiente seguirán cobrando su pastizal.

Por eso no me extraña cuando ves a algunos aficionados reprochándoles lo muchísimo que ganan y lo poco que parece que se esfuerzan en ocasiones: «¡peseteros!», «¡sinvergüenzas!», «¡con lo que ganáis, ya podíais correr un poco!» Algunos jugadores han hecho alarde de su falta de profesionalidad o de cómo le han hecho la cama al entrenador, como Pogba en el Manchester United. Otros se han grabado un vídeo siguiéndose a sí mismos durante meses, como Griezmann, contando sus «desventuras» acerca de irse al Barça a precio de oro, o quedarse en el Atleti a precio de platino.
El día que escuché a Cristiano Ronaldo decir «estoy triste» pensé que se podía ir directamente a tomar por saco. ¡2012! Estás en el Madrid, lo tienes todo para triunfar y «no celebro los goles y en el club saben por qué». Son unos niñatos malcriados. Al final se ha ido por dinero, porque quería que le pagaran la multa de Hacienda como a Messi en el Barça, o porque su propio ego no le permitía ganar tropocientos millones mientras había otros que ganaban el doble de tropocientos. Ganas una final de Champions y te pones a hablar de ti mismo. Lamentable.

Messi es un caso aparte porque ha conseguido poner un club entero a su servicio. Le permiten cambiar jugadores, le consultan por los entrenadores y percibe un salario que puede poner en peligro al mismo club. De momento la UEFA ha mirado a otro lado con la masa salarial del Barça y el fair play financiero, pero va a superar el límite en cualquier momento, si no lo ha hecho ya por la trampa de considerar como ingreso recurrente lo que es extraordinario. Luego llega la eliminatoria clave de cuartos de final de Champions y a Messi le da por no correr, o por moverse lo mismo que el portero, menos de siete kilómetros, como contra la Roma o contra el Atleti.
El caso es que ahora hay estadísticas de todo y las mismas demuestran que los jugadores actuales corren bastante más que los de hace unos años, pero la generosidad en el esfuerzo es muy diferente. Ahora se cubren los espacios mejor, se cierran los huecos, pero rara vez se ataca un balón como si fuera el último. Y cuando se mete la pierna o el cuerpo ves a esos tíos cachas caerse desplomados como si les hubiera atropellado un camión, ¡bah! Tipos mazados de gimnasio que caen fulminados por francotiradores inexistentes en su intento de engañar al árbitro.
No estoy diciendo que añore las carnicerías que se veían hace décadas en el fútbol, pero sí echo de menos la nobleza que había en muchos jugadores y en casi todos los lances, una nobleza que emparejaba a este deporte con el rugby, que refleja infinitamente mejor las esencias del juego en equipo. Ahora los jugadores marcan un gol y comienzan sus rituales de autoexaltación, se señalan la camiseta con su nombre, se besan el tatuaje con el nombre de su hijo (o con la palabra «berberecho»), piden espacio a sus compañeros para que las cámaras le enfoquen en solitario,… mucha pereza, demasiada teatralidad. Todo en su búsqueda de méritos para esas galas horteras de la FIFA o el puto Balón de Oro.
No tengo ídolos en el fútbol moderno, como sí los tuve en mi época de chaval que soñaba con llegar lejos. Si acaso tipos como Luka Modric, generosos en el esfuerzo, silenciosos ante la prensa, pasotas en el aspecto externo, grandiosos en el conocimiento del juego.
Caso aparte son los periodistas. A veces tengo la sensación de que han visto muy poco fútbol. Y escuchándolos tengo la certeza de que no lo han jugado nunca. Parece como si este deporte no hubiera existido antes de Messi y Cristiano. Que sí, que la vaselina de Messi al Betis fue un golazo, pero, ¿de verdad no habían visto nunca una vaselina? Un periodista llegó a decir que podía rivalizar por ser ¡el mejor gol de la historia de La Liga! Las felaciones a Messi tras cada gol provocan el estupor en los aficionados que llevan viendo fútbol bastante más allá de la última década. En menos de veinticuatro horas algunos aficionados subieron vídeos de vaselinas de Suker, Maradona, Mágico González, Raúl, incluso una espectacular de Raúl Bravo.

«El mejor de la historia del fútbol», como no se cansan de decir sus seguidores. De verdad que siempre he tenido curiosidad por saber qué habría sido de Messi con un marcaje como el que Gentile hizo a Maradona en el Mundial de España. Messi es buenísimo, pero en España juega con el colchón protector que Guardiola solicitó para él hace años. Es intocable y le he visto hacer cosas que no hacía nadie, como pararse en una jugada y solicitar al árbitro que pitara la falta porque le habían agarrado levemente. Es acojonante la permisividad que tiene en su entorno.
Maradona fue un fuera de serie en otra época, en unos años en los que el fútbol era mucho más difícil para los jugadores con talento. Ganó la liga italiana con un equipo recién ascendido como el Nápoles y ganó el Mundial de México con una selección que no creo que resistiera la comparación con la actual albiceleste. Para mí sigue estando un peldaño por encima porque lo demostró en un fútbol posiblemente más difícil que el actual.
Goikoetxea, Benito, Gentile, Butcher, Arteche, Juanma López, Martagón o Schumacher no finalizarían hoy en día ni un partido. Salvo que llevaran el 9 del Barça y su club hubiera firmado un acuerdo con LaLiga para que los árbitros miraran hacia otro lado tras cada agresión. Porque al final el fútbol moderno mueve mucha pasta, y donde hay dinero, siempre hay corrupción. Se habla de la creación de una nueva SúperLiga europea con más pasta para repartir, con horarios para que los partidos se vean en China, Japón o Estados Unidos, con estadios repletos de turistas y no de aficionados locales, y con jugadores mercenarios que prestarán sus servicios allá donde les paguen más, y sin meter la pierna salvo para forzar una tarjeta que les permita descansar o poder asistir al cumpleaños de su hermana.
Me quedo con el fútbol de antaño, lo tengo claro.



Lo curioso es que en el caso del cine o de la literatura coexisten dos corrientes de pensamiento totalitario y opuestas: la de los críticos, que no se atreven a decir que tal o cual película es un tostón, tipo El árbol de la vida, Underground o Bailando en la oscuridad, por miedo a perder el respeto de sus colegas de profesión, pero también la de los aficionados: «a ver cómo digo a mis amigos que me ha gustado 



























En aquella final de 2006 en Berlín, a Zidane se le torció el gesto durante la prórroga. El terrorista Materazzi le provocó mentándole a su hermana y el francés respondió con el cabezazo más famoso de la historia de los mundiales. Tarjeta roja, y la final se decidiría por penaltis. El mejor lanzador de Francia no estaba sobre el terreno de juego, así que tuvieron que ser sus compañeros los que dirimirían el resultado. Le llegó el turno a David Trezeguet. Solo hay que ver su cara y su mirada, los dientes apretados, para saber lo que iba a ocurrir: al larguero. Podía haber desafiado de nuevo las leyes de la física y haberse ido para dentro, pero rebotó hacia fuera. Italia campeona.
Nunca fui un defensor de Julen Lopetegui, ni como seleccionador nacional, ni mucho menos como entrenador del Madrid. Creo que no vi ningún partido completo de los 22 que dirigió con la selección, apenas 30 ó 40 minutos de 6 ó 7 partidos. Siempre me pareció un triste, un tipo que tenía que hablar ante la prensa, pero que preferiría estar haciendo mil cosas diferentes, aunque fuera partir troncos o lamentarse de su mala suerte con unos chatos de vino en la barra de un bar. Esa mirada esquiva y tristona le acompañó los pocos meses que dirigió al Real Madrid.






Con C de Castafiore.
Castafiore, la espantosa Cantante de ópera que atormentaba al Capitán Haddock en los libros de Tintín, lo que he pretendido decir es que en mí provocaba un rechazo similar al que lograba en el Capitán. El problema es mío, lo sé. Y además reconozco que me gustaban mucho Freddie Mercury, Queen y sus míticas Canciones. Un sacrilegio, lo sé.
Con C de Cataluña.
Con C de Cine.
La ópera no ha tenido en el Cine el buen encaje que sí han tenido otros géneros como los musicales. La última película que vi relacionada con el género es Florence Foster Jenkins, sobre una millonaria sin ningún talento interpretada por Meryl Streep. ¿Puede haber algo más horrible que las arias de ópera mal cantadas? Repetir los fallos hasta la extenuación en los ensayos, supongo. Quizás una aguja punzante entrando por el oído haga menos daño.
Con C de Carisma.
