Ya que no podemos arreglar el mundo, hablaremos de lo que nos interesa: la política y los políticos, el fútbol, el cine, y todo lo que nos molesta, acompañados por unas jarras de cerveza. Bien fresquitas, por supuesto
Apenas he seguido por televisión la ceremonia de la coronación del Rey de Inglaterra, Carlos III. No tengo ningún entusiasmo monárquico, tampoco ningún rechazo especial, aunque siempre me ha parecido interesante el fenómeno sociológico-folklórico de esos seguidores que duermen a la intemperie para contemplar la parafernalia como espectadores en primera fila. Por cierto, tantos años conociéndolo como el Príncipe Carlos, o Prince Charles, que me va a costar adaptarme a eso de Carlos III o el Rey Carlos. Me pasa lo mismo con el nuestro, que para mí sigue siendo más veces «el Príncipe» que el Rey Felipe VI. Cosas de la tradición, que en esto de la monarquía es lo prioritario.
Conocemos muchas cosas de la familia real británica gracias al cine y las series de televisión. Incluso los episodios más vergonzosos, los escándalos más sonados o las manías particulares de varios de ellos. A veces pienso que la sociedad española no tiene la madurez suficiente para enfrentarse a series o películas sobre nuestra familia real con la crudeza y realismo con que lo han hecho los británicos. Y no será porque no habría argumentos interesantes para varios guiones. Solo con el emérito tendríamos para tantas temporadas como The Crown.
Hoy hemos podido presenciar la ceremonia de coronación de Carlos y Camilla, quizás la culminación de una historia de amor convenientemente contada y diseccionada en series como The Crown. Con esta serie me pasa como cada vez que vemos en pantalla a un personaje real, haya parecido o no: que la elección de los actores es fundamental para que empatice con el personaje o no. El Príncipe Carlos de la vida real nunca me cayó demasiado bien, pero la elección de Dominic West para la quinta temporada aumentó mi antipatía hacia él. Resulta cargante, insoportable y maleducado, lo cual se une a los peores episodios de su matrimonio con Lady Di para componer el retrato de un tipo por el que es difícil sentir apego. También resulta un error la elección de Elizabeth Debicki para la princesa de Gales. De repente, de una temporada a otra, había crecido treinta centímetros.
Sin embargo, el actor escogido para las temporadas tercera y cuarta, las que narran la juventud y matrimonio del príncipe con Diana Spencer, Josh O’Connor, resulta mucho más cercano, podemos empatizar con él. Estas temporadas nos presentan a un Carlos que tuvo que enfrentarse a retos importantes, como los estudios en Escocia, la formación militar o la presión de su entorno, y el sufrimiento del actor hace que nos reconciliemos en parte con el personaje. La actriz escogida para Lady Di (4ª temporada) es Emma Corrin, cuyo estilo no se asemeja en nada al de la Debicki de la quinta, del mismo modo que la tímida y algo cateta Diana de principios de los ochenta no se parece en nada a la sofisticada damisela de diez o doce años más tarde.
Si a alguno le interesan más los detalles de los últimos y turbulentos años de Diana y Carlos, tiene otras películas que ver, aunque sinceramente no recomiendo ninguna. Spencer, dirigida por el chileno Pablo Larraín, me pareció menos interesante que la propia ceremonia de hoy, absurda, mal contada, inverosímil… Kristen Stewart se esfuerza en transmitir no se sabe muy bien qué, mientras que el actor elegido para hacer del príncipe Carlos, Jack Farthing, se parece tanto como Danny De Vito a Nelson Mandela.
Respecto a Diana, dirigida por el alemán Oliver Hirschbiegel, por mucho que me gusta Naomi Watts, no pasé de quince minutos viéndola. Parafraseando al coronel Kurtz de Apocalypse Now, «el sopor, el sopor…».
Estos días se ha hablado mucho del trono real y la silla de San Eduardo en la que hoy ha asentado sus nalgas reales el recién nombrado Carlos III. Bajo este trono hay una pesada piedra traída de Escocia, la piedra de Scone, o la piedra del Destino, que tiene unas reminiscencias muy Lord of the Rings. Esta piedra es un elemento fundamental en una de mis películas favoritas sobre la monarquía británica, El discurso del rey (2010). Gracias al aparente desprecio del profesor de locución interpretado por Geoffrey Rush, el futuro rey Jorge VI (Colin Firth) se cabrea con él, le insta a que se levante y suelta una verborrea que le hace ver que es capaz de hablar sin tartamudear. Es uno de los grandes momentos de la película:
El discurso del rey recibió los Óscar a mejor película, guion original (David Seidler), actor (Colin Firth) y dirección, Tom Hopper. No confundir con Tobe Hopper, autor de La matanza de Texas, y lo menciono porque cuando me enteré de que se estaba rodando una película sobre la familia real británica dirigida por el que creí que era «este» Hopper, comencé a frotarme las manos imaginando una versión gore en la que pasaran por la motosierra a la mitad de los Windsor, pero no, no fue así.
En esta misma película, vemos a las hijas del rey a finales de los treinta, cuando eran niñas, la futura Reina Isabel, madre de Carlos, interpretada por Freya Wilson y a la princesa Margarita (no puedo evitar reírme al ver que la actriz tenía un nombre tan british como Ramona Márquez).
La reina Isabel, The Queen Elizabeth, es otro gran personaje cinematográfico, más allá de The Crown. Lo que comentaba anteriormente de los actores y actrices es especialmente llamativo con las elegidas para interpretar a la reina en la premiada serie de Netflix. Me encantó Claire Foy en sus primeras temporadas, guapa, inteligente, enérgica, del mismo modo que me gustó una madura y algo conformista Olivia Colman en la tercera y cuarta. Imelda Staunton resulta tan fría, lánguida y distante como la propia Reina Isabel II en sus últimas décadas.
Esa misma frialdad es la que se muestra con toda su crudeza en The Queen, dirigida por Stephen Frears en 2006 y escrita por el mismo creador de The Crown, Peter Morgan, una película sobre el encierro voluntario de la reina en Balmoral tras el trágico accidente que costó la vida a Lady Di. Una indiferencia muy criticada por la mayoría del pueblo británico y que Helen Mirren convirtió en un ejercicio actoral de contención y rigidez gestual. En Hollywood parecen apreciar el boato o el conservadurismo de la familia real británica, pues la actriz recibió el Óscar por su interpretación.
Resulta difícil acertar con los intérpretes de personajes reales, en especial si son muy conocidos. Pero con lo que hay que tener cuidado es con no acometer cambios radicales. Me explico. Me parecía un bellezón la princesa Margarita de las primeras temporadas de The Crown, Vanessa Kirby. Por eso no entendí que se pasara a… ejem, un adefesio, como Helena Bonham Carter para las dos siguientes. Tras este «cambio radical», como aquel espantoso programa de televisión sobre cambios de imagen, me da igual la insustancial Lesley Manville de las últimas temporadas.
Claro que hay actrices con ese toque tan estiradamente británico que parecen haber nacido para interpretar a un personaje de la realeza. Si Helena Bonham Carter interpreta aquí a Margarita, en El discurso del rey interpreta a «su madre», la que sería esa Reina Madre de Isabel II convenientemente conservada en alcohol.
O Judi Dench, que lo mismo te hace de Reina Victoria en La Reina Victoria y Abdul que de Isabel I en Shakespeare in love, apenas ocho minutos que le valieron el Óscar a la mejor actriz de reparto. Porque vaya manera de «repartir» guantazos a Colin Firth, otro que repite, como Geoffrey Rush. Se ve que determinados acentos son imprescindibles para estos papeles.
Y no podía terminar sin mi interpretación favorita de la Reina Isabel II de Inglaterra, la parodia de Agárralo como puedas. God save the Queen!
A petición de algunos de los seguidores del canal de Kollins, preparamos una charla sobre la reforma del Camp Nou y la financiación de ese concepto más amplio que es el (cambiante) Espai Barça. Como me gusta prepararme siempre los temas de los que vamos a hablar, y pese a lo largo de la conversación, siempre se quedan asuntos sin contar o sin desarrollar de manera conveniente, luego este post viene a cumplir una doble tarea de «bibliografía» y de ampliación de los asuntos tratados.
La aprobación del proyecto Espai Barça
El 23 de octubre de 2021 la Asamblea de socios del Fútbol Club Barcelona aprobó un importe máximo de financiación de 1.500 millones de euros para el Espai Barça, una ambiciosa modernización de las instalaciones deportivas del club. El Camp Nou tiene problemas visibles de seguridad para los espectadores en algunos graderíos superiores, aparte de los vídeos que han circulado sobre la existencia de ratas, el mal estado de los asientos o las cagadas de las palomas cerca del área de restauración. Un estadio indigno para un club que ganó cuatro Champions en este siglo. Por su lado, el Palau Blaugrana se encuentra en un estado tan calamitoso que el club es multado por la Euroliga en cada partido que se juega allí.
Ambas reformas son necesarias, y no solo por la urgencia de adaptarse y modernizarse como han hecho ya los grandes equipos de Europa del fútbol y el baloncesto, sino por la fuente de ingresos futuros que puede ser una instalación de estas características con el deporte como gancho, como atracción para el turista y el espectador habitual. El proyecto inicial presentado a los socios consideraba las siguientes partidas:
900 millones para la reforma (o reconstrucción) del Camp Nou.
420 millones para el Palau.
100 millones para la urbanización del entorno del Espai.
60 millones para inversiones en la Modificación del Plan General Metropolitano.
20 millones para el Miniestadi, o Estadio Johan Cruyff.
La situación financiera del Barça es calamitosa, como ya hemos hablado en otros vídeos y post, y por mucho apaño contable que trate de camuflar la realidad, el drama financiero aflora, salta a la luz. La deuda con la que el Barça cerró el último ejercicio asciende a 1.045 millones de euros, con unas obligaciones a corto plazo que solo ha podido cumplir vendiendo el futuro del club. Las famosas «palancas». Las dos primeras, la venta del 25 por ciento de los derechos de televisión durante los próximos veinticinco años, constituyen dinero real hoy, que gastaron en su mayor parte en fichajes como si de un Abu Dhabi City o un Qatar Saint Germain se tratara, pero un lastre para los próximos ejercicios, en los que al Barça le faltarán unos 40 millones de euros anuales. Los derechos de televisión suponían en la actualidad para Madrid y Barça unos 160 millones al año.
Respecto a las otras dos palancas, bastante extrañas, me espero a la publicación de las próximas cuentas del club para ver si ese dinero procedente de la venta del 49 por ciento de Barça Studios realmente entró en la caja del club (sigo pensando que fue un maquillaje contable realizado en colaboración con Roures). Con esta situación, y con el riesgo de que el escándalo «Barça-Negreira-gate» suponga varias sanciones que agraven el casi seguro colapso financiero del club, como un descenso a Segunda (no lo veremos, seguro) o una expulsión de la Champions durante varias temporadas (no le queda otra a la UEFA, pero son tan corruptos que sospecho que lo cambiarán por una renuncia expresa a la Superliga), parecía complicado que el Barça pudiera acometer la reforma del estadio y cerrar la financiación. Pero lo ha hecho, lo cual no deja de ser un éxito para sus gestores. Si bien, habrá que ver a qué precio. Las firmas que han alcanzado el acuerdo están entre lo más selecto del mundo financiero y legal: Goldman Sachs, JP Morgan, DLA Piper, Pérez Llorca, Legends, Key Capital Partners,…
El presidente del Barça se presentó en una rueda de prensa el pasado jueves pensando que iba a despachar a los periodistas con las mismas triquiñuelas que el día que dio las explicaciones sobre los informes de Negreira, pero no contaba con que a dicha rueda de prensa acudieron periodistas del área de Economía de varios medios y no los paniaguados (y subvencionados durante años por el club) redactores de la sección de Deportes, los autoproclamados «mejores del mundo». Si aquel día en el que habló de los pagos a Negreira e hijo, los periodistas dieron vergüenza ajena al no entender que les estaban mostrando los pseudoinformes del hijo (Soccercam) como si fueran del padre (Dasnil y Nilsad) y no percibir el engaño, los que provocaron el bochorno de los asistentes el pasado jueves fueron los propios directivos culés. Por su facilidad para mentir y mantener la cara de cemento.
Hay varias preguntas en las que pillan a Laporta en un renuncio, pero hay una clave que es la referida al Palau Blaugrana. Coño, que no es una bolita que esconde un trilero, que es un polideportivo con capacidad para 15.000 personas y un futuro centro de congresos y posibilidades de negocio, y Laporta afirma rotundo que «sí». Siguiente pregunta, casi, intentando esquivar la cuestión. «Valoramos opciones. El tema va con retraso y estamos estudiando varias propuestas. Y si son interesantes les haremos partícipes». No tiene ni proyecto y dice que sí sin más. Pero los periodistas repreguntan y entonces explican el desglose de partidas dedicadas al Espai Barça:
Coste del estadio: 1.071 millones.
Costes financieros: 179 millones (entiendo que esta partida incluye varios de los intereses que llevaban más de doce meses aplazando).
Contingencias: 200 millones.
No hay Palau, se ponga como se ponga Laporta. Y repreguntados de nuevo por la cuestión, Maribel Menéndez, directora corporativa del club, respondió: «Gastaremos 400 millones para el Palau y Petit Palau, pero los intereses no estaban contemplados. Tenemos 200 millones para contingencias y creemos que tenemos espacio para hacerlos». Y añade que todavía podrían emitir 50 millones de euros adicionales en bonos para completarlo. ¿Pretende hacer creer a los socios que lo van a hacer con lo que sobre de las contingencias y con la partida destinada a intereses?, ¿de verdad se lo ha creído alguien? Desconozco la normativa del club, pero es muy posible que los socios puedan impugnar este acuerdo porque la financiación que tenía autorizada la Junta era para un proyecto muy diferente al que se ha firmado finalmente. Por si algún seguidor culé sigue creyendo que está incluido, esta es la valoración que la agencia de rating de bonos Kroll realizó sobre la emisión que va a lanzar el club para sufragar la operación:
El vicepresidente económico del club, Eduard Rumeu, dejó otra cifra llamativa en la rueda de prensa: 2.820 millones de euros. Será el coste total del Espai Barça una vez abonados los intereses durante treinta años, a razón de 94 millones de euros anuales. Según los directivos del club, la financiación tendrá un coste neto del 5,53 por ciento, y destaco la palabra «neto» porque es muy posible que el coste de la operación ronde el 7% (en torno al 6% de nominal, más costes) y el tipo indicado por el club haga referencia al mismo después de descontar el 25 por ciento de impuesto de sociedades.
No tengo ninguna duda de que el proyecto saldrá adelante. Los firmantes están en la élite del mundo financiero, profesionales muy serios, extremadamente rigurosos con el control de las cifras y no habrán dejado nada a la improvisación de la que suele hacer gala el presidente Joan Laporta. Pero se hará según sus condiciones y eso supondrá sacrificios para el club. El primero se vio ayer mismo: el cierre de Barça TV. Unos 130 profesionales que se quedan sin empleo en junio. No la necesitaban. Con el «cariño» de GolTV (Roures) y el control de prácticamente todos los medios de comunicación escritos y audiovisuales, era un despilfarro. Estoy seguro de que va a haber un recorte serio en las secciones deportivas del club, muy deficitarias. Según las últimas cuentas del club, las secciones de baloncesto, balonmano, hockey, fútbol sala, etc. perdieron conjuntamente más de 50 millones de euros:
Los 481 millones de euros de pérdida no son «totalmente» ciertos, se debieron en parte a un maquillaje contable al deteriorar el valor de varios jugadores en el balance. Como tampoco son «totalmente» reales los beneficios del presupuesto del siguiente ejercicio, motivado por la venta de varios derechos económicos futuros del club, y vuelvo a las palancas:
Es una percepción mía, pero sospecho que los fondos americanos no van a permitir que el club siga perdiendo anualmente esos 50 millones de euros en secciones deficitarias, salvo que ahí el club esté contando con el apoyo de fondos públicos, como tantas veces ha ocurrido en el pasado. Que si la catalanidad del club, que si el apoyo de la Generalitat al deporte catalán y la difusión de la marca por el mundo… Soy un malpensado, lo sé. Pero en sus momentos de mayor crisis ya lo ayudaron tanto Franco como la Generalitat a través de TV-3, así que creo que todo es posible.
En la rueda de prensa, los responsables del Barça hablaron de muchas más cosas, aunque en estilo «laportiano», sin contar toda la verdad. Es cierto que el estadio no se hipoteca, pero los ingresos obtenidos de la explotación del estadio sí operan como garantía del préstamo, un 55 por ciento al menos. En función de determinados hitos o ratios de cumplimiento, este porcentaje podría incrementarse, incluso hasta el cien por cien si el Barça tiene que jugar una segunda temporada en Montjuic. Este es otro asunto peliagudo para la economía del club, puesto que está previsto que las obras arranquen en junio de este año y que el Barça dispute la temporada 2023-24 en este campo, lo que supondrá una merma de los ingresos de otros 93 millones de euros.
También dijo Laporta que no habrá coste alguno para los socios, pero esta semana se ha sabido que las cuotas subirán entre un treinta y un cuarenta por ciento, lo que ha causado un enorme malestar entre los suyos. Más caros y en un campo que no es el suyo. Con todo lo aquí explicado, este suma y sigue de costes, y este «resta y sigue» de ingresos, el futuro del Barça parece muy complicado. Quizás por eso esta misma semana el club ha lanzado una encuesta entre los suyos para sondear el modelo futuro de sociedad deportiva, incluyendo la conversión en sociedad anónima. Quizás no tenga otra alternativa. Quizás sea la única viable para combatir los clubes-estado y el poder de los petrodólares, y esto va también por el Real Madrid.
3. La designación de la constructora turca Limak
Desde hace años nada en el Barça parece ajustado a los cánones, o nada resulta previsible. Las obras no fueron adjudicadas a FCC (encargada de la reforma del Bernabéu y en el pasado, del Metropolitano y el Allianz Arena de Múnich), ni a Ferrovial (reforma del Camp Nou en 1997, estadios de Anoeta y Los Cármenes), ni a Acciona (nuevo San Mamés), ni a Vinci (estadio de Saint Denis), empresas contrastadas en instalaciones de este tipo, sino que se han firmado finalmente con la constructora turca Limak, cuya máxima experiencia en la construcción de estadios es el Mersin Arena, en Turquía, con capacidad para 25.000 espectadores.
La sorpresa fue mayúscula al conocerse la elección de Limak y han sido muchos profesionales del sector de la construcción los que han puesto en duda la capacidad de la empresa turca para ejecutar este complicado proyecto. Salvando las distancias (una enorme distancia), me recordó a lo que dijeron las empresas americanas sobre la capacidad de Sacyr para ejecutar el nuevo canal de Panamá, con comentarios bastante despectivos, y la realidad es que ahí está, funcionando a pleno rendimiento desde hace siete años (Panamá: abierto en canal). Xavier Vilajoana, actual presidente de Construmat y antiguo directivo del Barça, manifestó su incredulidad sobre el cumplimiento de los plazos y sobre el precio de las obras: «Porque las constructoras de aquí son muy profesionales y ofrecían el precio ajustado de quien conoce bien el sector, el país, los costes, los riesgos… ¿Y llegan los turcos y ofrecen realizarlo por un 30% menos?».
Lo cierto es que Limak es una empresa grande (la nº 56 del mundo en facturación), potente y con experiencia contrastada en varios países. Ha ejecutado obras más complejas que un estadio de fútbol. En su portfolio he encontrado gasoductos, presas, puentes colgantes y numerosos aeropuertos. No es conocida en Europa porque ha realizado el grueso de sus trabajos en Oriente Medio, Rusia y países asiáticos, lugares en los que el modo de trabajar es muy diferente al europeo, en especial en lo relativo a la normativa laboral y en materia de prevención de riesgos laborales.
Pero lo que está claro es que si los fondos americanos han dado su aprobación es porque han validado su capacidad técnica y financiera. Para los turcos es una gran oportunidad de entrada en el mercado europeo y para darse a conocer, y por eso su consejero delegado, Haldun Firat Köktürk, hablaba recientemente de que están dispuestos a asumir riesgos en el precio ofertado o pérdidas en el proyecto, porque los va a situar en el mapa para el futuro.
Algunas noticias que he encontrado estos días hablan de Limak como una empresa perteneciente a lo que llaman «la mafia de las cinco», las cinco grandes constructoras que se reparten el pastel de las contrataciones públicas en Turquía. También tienen la sombra de la duda por su modo de trabajar y los doscientos muertos en las obras del aeropuerto de Estambul, dato que desmiente el propio Haldun Firat Köktürk. Además, los culés pueden estar tranquilos, Limak pasó la revisión jojojo de la comisión de Compliance jojojo del club, ¡juasjuasjuas!, la misma que lleva años pasando por alto todo lo que se ha visto en estos últimos años.
Respecto al modo de trabajar de los turcos, que prevén construir parte del estadio en Turquía como bloques, trasladarlo por mar a Barcelona y montarlo como una especie de Lego, según el símil de algunos periodistas, mencioné durante la charla con Kollins que las empresas hacen auténticas virguerías de ingeniería y construcción, y puse de ejemplo el dique de Mónaco que Dragados y FCC construyeron en Algeciras y trasladaron posteriormente al principado de los ricachones. Claro que se puede hacer de ese modo.
Hay un último punto sobre Limak que tratamos durante la conversación y es la posible relación de la constructora con el turco Senes Erzik, antiguo vicepresidente de la UEFA, responsable de los árbitros de la UEFA de 2007 a 2015 (período en el que el Barça gana tres Champions) y responsable de proyectos de Unicef durante los años en los que el Barça lucía la publicidad de este organismo. Erzik, el que algunos han apodado «el Negreira turco». Algún periodista afirmó que Erzik estaba entre los principales accionistas de la constructora, pero por lo que he podido buscar no es así, o no he encontrado ninguna referencia.
Limak pertenece a las familias Özdemir y Bacaksiz. Nihat Özdemir fue presidente del Fenerbahce y de la Federación turca de fútbol de 2019 a 2022. Erzik fue presidente de la federación de 1989 a 1997. Es evidente que se conocen, de hecho hay algunas fotos de ambos juntos, pero no parece que su relación vaya más allá. Y tampoco se sabe si es buena o no, porque Erzik como cargo de la UEFA tuvo posibilidad de rebajar la sanción de dos años al Fenerbahce por amaño de partidos durante la presidencia de Özdemir y no hizo nada por apoyar a sus compatriotas. Muy ilustrativa la información de Helena (@HdeHelena_RM) sobre este asunto.
Y nada más. Solo espero hablar del acojoestadio del Real Madrid en próximos post, que me interesa mucho más. Entre otras cosas, si es posible que Madrid albergue tal cantidad de espectáculos al año en un recinto de estas dimensiones.
Hace un par de semanas, conducía por una carretera que pasaba por delante de un edificio que me resultaba muy familiar, que conocía muy bien. La mente me transportó a mi pleistoceno particular, aproximadamente un cuarto de siglo atrás. «Yo estuve en la primera piedra de este edificio», recordé mientras paraba el coche junto al acceso para examinar el estado actual durante unos segundos. Se trataba del edificio de oficinas de todo el complejo situado a sus espaldas, una instalación pública de servicios, da igual de qué, pero imaginad que era una depuradora, una planta de residuos, un centro de atención primaria o una pista deportiva. Algo que «dé votos» en la cabeza obtusa de nuestros políticos si la foto de la primera piedra se hace a pocos meses de unas elecciones.
Mediados o finales de los noventa, ahí es nada, «éramos jóvenes», inexpertos, curiosos, entusiastas, o al menos tan entusiasta como ahora, pero sin el escepticismo que los años han puesto en una mochila a mi espalda. Recuerdo que era abril y había salido uno de esos días de calor en que no sabes si es primavera o se ha adelantado el verano. Para colmo, estábamos a pleno sol en una campa que parecía Marte cuando sale en las películas, un secarral sin una sombra alrededor. Y allí, como héroes de la escuela del estoicismo, sudando la gota gorda con nuestro traje de gala y contemplando el curioso paripé. En aquel teatrillo de puesta de la primera piedra estaban todas las autoridades, las implicadas y las que no: municipales, del Consorcio que promovía la obra, de la diputación, autonómicas y algunas de no-sé-cuál consejería que no iban a privarse de salir en la foto. «O de catar unos langostinos en el cóctel posterior», pensé. Había bastantes más representantes de la parte pública que de los que currábamos en la empresa seleccionada para hacer la obra. «Recuerda la parábola del remero», me comentó José Luis, mi jefe de aquel entonces, por lo bajinis.
A una veintena de metros de donde se iba a situar la primera piedra estaba el cartel que anunciaba el inicio de las obras. «El puto cartel que tanta guerra nos dio», pensé. Un par de meses antes del evento al que asistíamos ese día, José Luis y yo estuvimos en una reunión en el Consorcio en la que se hablaron diversos temas del arranque de las obras. De lo que menos se habló fue del proyecto, de la tecnología ofertada, del presupuesto o de las dificultades para obtener algunos permisos. Toda la preocupación de los responsables del Consorcio era «la publicidad» que se le iba a dar a las obras:
– Tenemos elecciones a la vuelta de la esquina y yo quiero ver el cartel ya puesto, junto a la carretera -insistió de manera vehemente el alcalde del ayuntamiento en cuyo término municipal se iba a ubicar la instalación-. ¿Me habéis entendido? Bien grande, para que lo vean todos los vecinos que pasan por la carretera.
– Ya, Paco -trató de intervenir el teniente de alcalde de otro municipio-, pero en el cartel no va a figurar tu ayuntamiento como promotor de las obras, porque…
– ¿Cómo que no? ¡Yo quiero el nombre en lo alto del cartel, que por algo pusimos el terreno para el proyecto! ¡Y que sea bien grande, el doble de lo habitual!
– Paco, no olvides que hay una normativa que rige…
Recuerdo perfectamente que en un momento dado y según subían el nivel de improperios nos pidieron a José Luis y a mí que nos saliéramos de la sala para que discutieran sus mierdas, por eso, el día de la primera piedra, me acerqué a ver cómo había quedado finalmente el cartel. Aún me duele el coste (que no se me ha borrado de la memoria) porque la factura pasó por mis manos… «cabrones, anda que no podíais haber cubierto otras necesidades con ese dinero». El cartel tenía más letras que un suplemento dominical, porque al final aparecían todos en el mismo, que si el Consorcio promovía el proyecto tal en los terrenos ubicados en el ayuntamiento de Pascual, dentro del marco de actuaciones de la Diputación y bajo el plan de renovación de instalaciones de la consejería autonómica de «supadre»… Y al final, en grande, el presupuesto de la obra y en pequeñito, quién ponía los fondos: la Unión Europea, a la que al menos habían dejado el logo de las estrellas en la parte superior.
El presidente del Consorcio estaba terminando su discurso, y yo creo que lo abrevió porque comenzaba a sudar de manera copiosa. Se quitó el sudor de la frente con un pañuelo y al abrirse la chaqueta, pudimos ver el cerco que los «camachos» comenzaban a marcar en sus axilas. Tremenda imagen, «¿esto da o quita votos?», pensé en aquel momento, pues ya había comprobado que era la única preocupación de todos los que lo rodeaban en ese grupo de autoridades. Frente a todos ellos había un agujero cuadrado en el suelo, donde se iba a poner la primera piedra, junto al cual estaba el bueno de Remigio. Remigio era uno de nuestros obreros, y ahí andaba el tío, con su uniforme de obra y una pala en la mano mientras esperaba pacientemente su momento. El «sudapollismo ilustrado», el tío más tranquilo y con menos preocupaciones del centenar de personas que estábamos allí. Un cigarro le colgaba de la comisura de los labios, como si lo llevara pegado, y el protocolo que le aplicaba no le impedía llevar la camisa desabrochada hasta la mitad del pecho para que pudiéramos ver el chaleco de pelos que «lo abrigaba». Tendría un problema poroso, como aquel viejo chiste, por-oso.
Hacía tanto calor que todos estábamos deseando terminar, pero faltaban las palabras del alcalde de turno y del representante de la Diputación. Allí fue donde me enteré de que la primera piedra no suele ser una piedra como tal, o un bloque de hormigón, sino una especie de urna transparente en la que se depositan unos objetos a modo de «cápsula del tiempo»: monedas de curso legal, que recuerdo que eran pesetas por entonces, una copia del acta que acababan de firmar los representantes del evento y unos periódicos del día. No se me olvidará que el puto periódico del día llevaba una foto de Stoichkov con la camiseta del Barça en portada, y que encima aquel búlgaro hijop… había tenido la suerte de que su siniestra sonrisa quedara hacia fuera en la urna.
– Mira, Lester -me dijo Antonio, un compañero que sabía del odio que profesaba por el jugador-, se está riendo en tu cara.
– Ya veo, ya -contesté-, qué mal rollo, este edificio se hundirá algún día y lo hará por el lado de Stocihkov.
– Siempre fue un poco desequilibrado.
– Pues por eso mismo.
Terminaron sus palabras y llegó el momento estelar de Remigio. Otro remero por la causa. Le acercaron la urna, tiró el cigarro al fondo del agujero «con un par» y acto seguido la depositó en el mismo hueco, que empezó a cubrir con cemento. ¿Qué necesidad había de que todos te viéramos la hucha, Remigio? Ninguna, sin duda, pero ahí estuvo «el artista» estrella, haciendo de manera diligente el trabajo para el que se le había hecho venir al acto, si bien sin la estética de los engominados y trajeados que lo rodeaban.
A las afueras del recinto de la obra se había situado un reducido grupo de ecologistas con un aspecto… en fin, alternativo. No llegaban a la decena, los cuales gritaban unas tímidas protestas con las que nos demostraban que la poesía y la rima no eran lo suyo: «la depuradora, fuera de la zona», o algo así, ¿o era «el centro deportivo, solo para amigos»? El acto de la primera piedra concluía en una venta cercana, «Casa Curro», adonde teníamos que ir los ciento y pico invitados. De camino a los coches, Antonio y yo quisimos hablar brevemente con los ecologistas. Nos interesaba saber los motivos de su oposición a las obras, dado que eran una mejora para esa zona e iban a evitar el uso ilegal de otros terrenos cercanos. El que parecía líder del grupo, con síntomas evidentes de hidrofobia (y no hablo de la rabia), era uno de esos individuos que cuando te hablan se le forma un hilito de baba del labio superior al inferior y son capaces de soltarte una chapa sin que se les despegue. Nos reconoció que sabía que la instalación era necesaria, pero que él quería que se hubiera hecho en otra zona, a varios kilómetros de allí, porque él vivía junto a la carretera de acceso y ahora iban a pasar más vehículos por allí. Ah, vale, que quieres una planta de residuos que permita cerrar un vertedero ilegal, pero no la quieres cerca de donde vives, que se vaya a otro municipio. «Me queda claro, es una reivindicación ecologista de gran calado», concluyó Antonio.
Cuando llegamos a Casa Curro, comprobamos que el calor no iba a cesar, que el aire acondicionado no iba a ser suficiente para que no pasáramos un calor de narices. A las autoridades se las distingue enseguida por el séquito que las acompaña. Se las encuentra con la misma facilidad con la que divisamos a una pelirroja con un vestido naranja dos tallas inferiores a la suya que se había paseado ante los ojos de todos nosotros durante la colocación de la primera piedra. Con ese escote era imposible no fijarse. «Ten cuidado, Lester, que esa hoy va a pillar, seguro, y con un par de los que estamos aquí, ¿apostamos algo?». La chica era muy cariñosa, no sé si guapa o no porque los ojos no se nos iban de… de… de su conjunto naranja, y se acercó a saludarnos, como a casi todo el resto de invitados. «Vosotros sois de Agua S.A., ¿no?», nos preguntó mientras me plantaba dos besos y estrujaba sus senos contra mi corbata. Olía muy bien, todo hay que decirlo, y ahí terminó mi breve ensoñación con esta joven que trabajaba en el seno del gabinete de…, perdón, bajo los pechos del presidente de…, disculpen… ¡que cobraba de la teta del Estado!
– Lester, ten cuidado con lo que dices hoy -me advirtió mi jefe-, porque se te van a lanzar como buitres a pedirte trabajo.
– ¿En serio?
– Sí, mira, ¿recuerdas lo de Pedro en los Evangelios? Pues antes de que apures dos cervezas, te habrán pedido colocar a tres familiares. Y tú, como Pedro, tendrás que negarlo. Con educación, que en el fondo los necesitamos, pero ándate con ojo, por favor, sé discreto.
Los camareros empezaron a pasar las primeras cervezas. Apenas había cogido la primera cuando se me acercó un tipo que bordeaba los sesenta tacos:
– Hola, Lester, mira, soy Javier Tedero, concejal del ayuntamiento de «Zarandajas» y quería preguntarte si ya tenéis la plantilla para la oficina que vais a tener que abrir. Es que verás, tengo un hijo que está ahora sin trabajo y le vendría bien encontrar un puesto de administrativo o así.
– Bueno, lo miraremos, todavía no hemos empezado a buscar, pero sería bueno que me enviara su currículum, ¿qué formación tiene?
– Él es fontanero, pero tiene un problema en la espalda y no puede ejercer de lo suyo, está ahora de baja, pero sería para que le encontrarais un trabajo en la oficina, moviendo papeles, archivando, o en lo que podáis….
Afortunadamente se acercó Antonio y me dijo que me tenía que presentar a una responsable de la consejería autonómica, me disculpé con el concejal, le di mi tarjeta para que me remitiera el historial del fontanero pasapapeles y me acerqué a conocer a esta buena mujer. La señora en cuestión celebraba que por fin se hubieran solucionado los temas de los permisos y las licencias para comenzar nuestras obras, y tras mencionar la importancia de las gestiones de su departamento, me soltó:
– Por cierto, no sé si ya tendréis contratada secretaria para vuestra delegación. Es que tengo una sobrina que acaba de terminar unos estudios en la academia y no veas lo espabilada y dispuesta que es, me encantaría que la conociérais…
Apuré la cerveza mientras me hablaba de las bondades de su sobrina y me comporté de igual manera que con el anterior: sí, claro que podría encajar, que nos mande su CV y nos pondremos en contacto con ella, pero, discúlpeme, que tengo que hablar un momento con mi superior de…
– Joder, Antonio, vamos a por otra cerveza, que esto va a ser duro de pelotas.
A lo lejos divisé los efusivos saludos de la pelirroja del vestido naranja a todos los asistentes y Antonio me tuvo que dar una colleja para que me diera cuenta de que un camarero estaba pasando una bandeja repleta de cervezas y vinos, anda, tómate algo fresco, que con este calor no hay quien aguante.
Con la segunda cerveza me di cuenta de que Hilario andaba por ahí, no lo había visto hasta ese momento. Hilario era un compañero de la central que tenía que haberse jubilado hacía tiempo, como unos mil años, un tío peleado con el mundo que no era precisamente la alegría de la huerta. El típico tristón que todos evitamos en los saraos de empresa.
– Hola, Lester, ¿qué tal ha ido lo de la primera piedra, bien, no? ¿Tú sabes por qué no me han invitado, me puedes decir de quién fue la decisión? ¿Tú sabes que yo intervine en el proyecto inicial, vamos, que lo hice yo entero? No creo que haya nadie aquí, ahora mismo, que conozca el proyecto como yo. Y no se me reconoce, Lester, nunca se me ha reconocido nada. Estoy dolido, muy dolido, como puedes imaginar.
Aquel día yo debía tener cara de «sumidero de turras» de la gente, porque no había persona que no se me acercara a contarme sus historias. Tras responderle que lo desconocía, que yo estaba al margen de toda esa parafernalia, busqué escaquearme con la excusa de que salían las croquetas, una excusa tan válida y seguramente mucho más sincera que cualquier otra para quitarte a un plomo de encima. Antonio me había visto alejarme de Hilario y me dijo:
– ¿Qué, ya te ha contado lo del proyecto y lo cabreado que está porque no lo invitaran? Con todo lo que sabe y aporta, y tal y tal, ¿tú sabes que su proyecto era inviable, que era un desastre que hubo que rehacer entero? Si todavía trabaja con su primer ordenador, joder, ¡que usa un Spectrum de 48 K!
Me crucé con la fragancia de la pelirroja, vi las miradas de Antonio al bulla de la joven, que andaba a mis espaldas y según me giraba me encontré con la señal que me hacía mi jefe para que me acercara hasta donde él estaba.
– Mira, te presento a Jaime Quetrefe, de la empresa Segurleches.
Una encerrona en toda regla la de José Luis. Se ve que él quería quitárselo de encima porque en cuanto le di la mano se largó haciendo que saludaba a… ¡a nadie! «Tengo que aprender esa naturalidad», me dije a mí mismo. El tal Jaime empezó a hablarme de las bondades de nuestro proyecto, de lo útil que iba a ser para la zona y de la relación de confianza que siempre había tenido Segurleches con mi empresa. Intenté escaparme tras una empanadilla, pero el tipo se vino conmigo, «a mí también me encantan estas empanadillas, aunque soy más de gambas», y me soltó:
– Mira, lo he comentado ya con José Luis, que me conoce de toda la vida, sabe que soy un tío serio y en quien se puede confiar, y me ha dicho que hable contigo para pedirte un favor: necesito que contrates a mi yerno en el control de accesos. O en el mantenimiento de las instalaciones. En algo que no sea muy complejo porque es un inútil, un tío flojo, flojo, flojo, pero necesito que lo metáis en vereda, que sé que en las empresas grandes…
Pegué un trago largo a la cerveza mientras suspiraba, pensaba, miraba al vacío, bajaba la copa y volvía a tomar aire. Le contesté que tendría que verlo con Recursos Humanos, que tenían unos procesos de selección exigentes, que cómo se manejaba en inglés, con los ordenadores, blablabla… Y en ese momento me di cuenta de que acababa de terminar la segunda birra. Cantó un gallo, ¿o eso no era de esta historia?
Parece fuera de toda discusión que tenemos un problema con el plástico, tanto con su proliferación como especialmente con la eliminación una vez cumplido su cometido. Según el Informe de la OCDE Global Plastics Outlook, el 50 por ciento de los plásticos generados en el mundo acaban en un vertedero, el 19% es valorizado/incinerado y apenas un 9% se recupera, lo que implica que el 22% restante es arrojado a la naturaleza y acaba enterrado, en los ríos o en los océanos. Una verdadera pena.
Según otro informe de la OCDE, publicado en junio de 2022, la cantidad de residuos plásticos generados en todo el mundo se triplicará de ahora a 2060, y apenas prevé cambios en su destino final, pues estima que la mitad acabará en el vertedero, mientras que apenas una quinta parte se reciclará. La previsión de la OCDE calcula que el consumo mundial de plásticos alcance en 2060 los 1.231 millones de toneladas, una cantidad enorme en comparación con los 460 millones actuales. En cuanto a los residuos de origen plástico, la estimación de la OCDE indica que se pasará de los 353 millones actuales a 1.014 millones en 2060. Y si el residuo de plástico es ya un problema hoy en día, no quiero ni pensar lo que puede ser en unas décadas si no se toman medidas para reducir su uso y reutilizarlo una vez empleado.
Según los expertos, la naturaleza necesita entre cuatrocientos y seiscientos años para descomponer, desintegrar o biodegradar el plástico arrojado al mar o enterrado, lo cual siempre me ha llevado a preguntarme cómo es posible que se calculen estos datos cuando los plásticos comienzan a usarse en 1860 y se industrializan de manera masiva a partir de 1950, es decir, carecemos de datos precisos y algunas fuentes estiman que su degradación podría llevar incluso más tiempo. Pero pretendo dejar a un lado mi desconocimiento técnico sobre la materia para centrarme en lo que conozco infinitamente mejor: las soluciones fiscales que se plantean para combatir un problema. Y ya explicamos en los dos post dedicados al impuesto sobre el depósito de residuos en vertedero que para este gobierno la solución a un problema pasa de manera casi exclusiva por la creación de un impuesto, independientemente de que con ello se generen nuevos problemas.
Impuesto especial sobre los envases de plástico no reutilizables.
Al igual que ha sucedido con el primero, la implantación del impuesto ha generado numerosas controversias y dudas en su interpretación por el casi nulo desarrollo legislativo. Su creación se configura en apenas 11 páginas de la ley de residuos (de las cuales, una corresponder al régimen sancionador) y genera numerosas lagunas que las empresas afectadas están tratando de aclarar desde entonces. Uno de los principales problemas surge por la interpretación acerca de qué se considera «envase de plástico no reutilizable» basado en la ambigua definición del artículo 68.1.
O sea, envases y objetos de plástico que no sean envases, pero que puedan realizar su mismo cometido. Parece una pregunta del Un, Dos, Tres. Por otro lado, el hecho imponible (art. 77) consiste en la producción, importación o adquisición intracomunitaria de envases y se liquidará a 0,45 euros por kilo de plástico no reciclado. Luego es un impuesto que no deben liquidar únicamente empresas productoras de plástico en España, sino también las importaciones de bienes que contengan plástico no reciclado (¿a quién corresponde el cálculo del peso?). Y tal como está redactado, afecta incluso a los particulares que adquieran un producto en el extranjero que venga con un embalaje de plástico no reciclable (miles de pedidos de Amazon o Alibaba, por ejemplo, que deben incluir sus céntimos de recargo por el envase).
Otras dudas surgieron con los sectores afectados (prácticamente todos, industriales, textil, alimenticios, bebidas, distribuidores, logística,…) y casi todos ellos cuestionaron a la Agencia Tributaria cómo realizar ese cálculo del «kilo de plástico no reciclado» en un producto, o qué ocurría si ese porcentaje de plástico formaba parte del producto y no del envase. Además, al tratarse de un impuesto que no existía en otros países, se plantearon numerosas dudas sobre el tratamiento fiscal en las importaciones o cómo gestionar las devoluciones del producto y la recuperación del impuesto abonado.
Las dudas fueron tan numerosas que la propia Agencia Tributaria publicó en noviembre un documento aclaratorio de Preguntas y Respuestas de (nada más y nada menos) que 16 páginas.
En este listado de productos, la Agencia Tributaria indicó varios ejemplos de los que podían considerarse sujetos (llamo la atención sobre algunos que me sorprendieron):
¿Preformas de plástico? Disculpen mi ignorancia. En el documento también se incluían ejemplos de productos que no se veían afectados por el impuesto (vuelvo a llamar la atención sobre otros productos ya casi en desuso):
En este documento se abrió un nuevo melón con la inclusión de los envases secundarios y terciarios, las cintas film, o plásticos film para embalajes y palets. ¿Cómo se pesa eso? ¿Cómo se liquida ese impuesto en las importaciones y de qué manera comprobará la Agencia Tributaria en el futuro la correcta liquidación del impuesto?
El 27 de diciembre se aprobó el Real Decreto 1055/2022 de envases y residuos de envases que pretendía aclarar varias de estas lagunas. Como el tiempo apremiaba (recordemos que el impuesto entraba en vigor el 1 de enero), la Agencia Tributaria comunicó a las distintas patronales que pudieran verse afectadas que «En nuestra página web se puede acceder a toda la información necesaria, entra la que destaca un asistente de preguntas-respuestas (denominado informador) para resolver dudas de manera autónoma, así como un servicio de llamada directa o cita previa a operadores expertos en proveer información tributaria en relación con este impuesto (Asistencia digital ADI)».
La fecha tuvo «su gracia», pues llegó el 28 de diciembre, como la publicación del Real Decreto, acompañada de otro mensaje: «Por último, acabamos de publicar un vídeo en nuestro canal de YouTube, que persigue ser reclamo de la conveniencia de informarse»:
Ah, pues ya está, después de ver un vídeo de un minuto me queda todo mucho más claro. El caso es que desde el 1 de enero está en vigor este impuesto, y, al igual que ocurre con el de depósito de residuos en vertedero, hay muchos problemas sin resolver y numerosas liquidaciones que las empresas están realizando de manera errónea. Varias patronales se han quejado también de la pérdida de competitividad de las empresas españolas, puesto que el nuestro es el único país de la Unión Europea que ha implantado este impuesto (el Reglamento de la Unión Europea sobre envases y residuos de envases presentado el 30 de noviembre de 2022 va con retraso respecto a la legislación española, puesto que se encuentra en fase de consulta pública hasta el 24 de abril).
En marzo, el grupo popular en el Congreso presentó una pregunta al gobierno sobre si el impuesto iba a suponer un incremento del IPC. El Ejecutivo contestó que los ingresos esperados con este impuesto, unos 690 millones de euros, se compensarían con la pérdida de ingresos por la reducción del IVA de los alimentos, cuantificada en 660 millones. Finalmente, el Ministerio de Hacienda ha reconocido la conveniencia de modificar el impuesto por el «caos generado» con las primeras liquidaciones.
Desconozco la precisión de la cifra de ingresos del impuesto sobre el plástico no reciclado, habida cuenta de la falta de precisión que hubo en épocas recientes con las mal llamadas tasas Google o Tobin. Pero pese a todos los problemas aquí expuestos, lo que de verdad me preocupa es que las únicas soluciones presentadas pasan por la creación de un impuesto, es decir, por el incremento de la recaudación fiscal, y no por las necesarias mejoras en innovación, inversiones, diseño de productos, técnicas de reutilización de los plásticos, recuperación, investigaciones sobre el reciclaje químico de plásticos, etc. Exactamente igual que con el impuesto a los depósitos en vertedero: aumentar la recaudación y reducir en nada o en casi nada el verdadero problema de los residuos.
El reciente post sobre las anécdotas de los Óscar de ediciones históricas me llevó a revisitar Psicosis por ¿sexta, octava? vez. Es una de mis películas favoritas del “tramposo” director británico, y no digo tramposo con afán crítico, sino en su caso como halago, porque él mismo presumía de la cantidad de engaños al espectador que colocaba en sus obras. En las listas sobre las mejores películas del director se suelen mencionar Vértigo, Encadenados o Con la muerte en los talones, que sí, que vale, que están muy bien y contienen grandes momentos, pero sus guiones no aguantarían una revisión crítica, se caerían en varios puntos de la trama. A Hitch le interesaban más las escenas icónicas que tenía en su mente que la verosimilitud de lo narrado, pero en mi caso busco esa coherencia argumental, así que en mi top-5 de Hitchcock no faltarían La ventana indiscreta, Frenesí y Psicosis, de la que toca hablar hoy.
Por supuesto que Psicosis es una película tramposa, repleta de artimañas para despistar al espectador, quizás una de las que más de su filmografía, pero están colocadas de manera “honesta”, es decir, sin escenas forzadas ni metidas con calzador para inducir al espectador a creer lo que no tendría sentido cuando se desvele todo el esqueleto (recordad No hagan trampas, señores). Marion Crane (el personaje de Janet Leigh) no fue “asesinada” en el rodaje por el propio Anthony Perkins, sino por una mujer a la que habían ensombrecido la cara y ataviada con la peluca y la bata que al final veremos que lleva Madre. El propio Alfred Hitchcock presume de muchas de estas tretas en el libro de conversaciones con François Truffaut El cine según Hitchcock.
A.H. La primer parte de la historia es exactamente lo que se llama en Hollywood un “arenque rojo”, es decir, un truco destinado a apartar su atención, con objeto de dar mayor intensidad al asesinato, para que resulte una sorpresa total.
Usted sabe que el público intenta siempre anticiparse a la acción, adivinar lo que va a pasar, y le gusta decirse: “¡Ah, ya sé lo que va a pasar ahora!”. Por tanto, no sólo hay que tener esto en cuenta, sino dirigir completamente los pensamientos del espectador.
Nadie se carga a su estrella principal a la media hora de la película. Las peleas de Hitchcock con los productores fueron enormes para sacar adelante su propuesta. Podía haber dado a Janet Leigh el papel de su hermana, que aparece posteriormente con la investigación, pero “por mi parte el asesinato de la estrella era voluntario, pues de esta manera resultaba todavía más inesperado”. “La construcción de esta película es muy interesante y es mi experiencia más apasionante como juego con el público. Con Psycho dirigía a los espectadores, exactamente igual que si tocara el órgano”.
La película parte de una novela de Arthur Bloch de la que conozco a muy poca gente que la haya leído. Durante sus conversaciones con «el mago del suspense», François Truffaut decía:
«Leí la novela Psycho y la encontré vergonzosamente trucada. En el libro se leen cosas como esta: «Norman fue a sentarse al lado de su anciana madre y sostuvieron una conversación». Este convencionalismo de la narración me molesta mucho. El film está contado con mayor lealtad y se da uno cuenta de ello cuando la vuelve a ver».
Mi amiga Reggie, con quien escribí a dos manos aquellos dos post sobre películas que superaban la obra original en la que estaban basadas (Mucho mejor la peli), me comentó:
Vi Psicosis con 21 años una tarde aburrida en el colegio mayor y fue una película de las que te cambian. Para mí supuso un antes y un después porque me sacó de las películas tontas de adolescentes y las comedias románticas que tanto gustan a esas edades y me enseñó lo que era el Cine con mayúscula. Psicosis despertó en mí una afición cinéfila. Lo normal, por lo menos para mí, cuando te gusta mucho una película que sabes que se ha basado en un libro es decir: “voy a hacerme con el libro cuanto antes”. Pero con Psicosis, al conocer de antemano el gran giro final, leí el libro con otros ojos y percibí los detalles de otra manera. La novela de Bloch es una grandísima novela, me encantó, pero la película me dio una nueva afición que me ha dado muchos placeres y claro, por muy buena que sea una novela, competir con algo así es difícil. Hay muchas cosas que no puedes disfrutar de la novela sabiendo el giro final, pero sería interesante ver cómo percibe el libro con respecto a la peli alguien que haga el orden inverso al que hemos hecho la mayoría.
El trastorno de desdoblamiento de la personalidad de Norman Bates y la escena de la ducha tienen una potencia visual con Hitchcock que difícilmente igualables en un texto, por muy buenos que fueran los párrafos. La escena de la ducha tal como fue concebida y rodada no se puede contar de un modo ni remotamente cercano en un libro. El propio Alfred Hitchcock decía sobre la novela de Arthur Bloch: «Creo que lo único que me gustó y me decidió a hacer la película era la instantaneidad del asesinato en la ducha; es algo completamente inesperado y, por ello, me sentí interesado». Precisamente por momentos como la mítica escena de la ducha considero superior la película.
«El rodaje duró siete días y tuvimos que realizar setenta posiciones de cámara para obtener cuarenta y cinco segundos de película. Para esta escena me habían fabricado un maravilloso torso artificial con sangre que debía brotar bajo la presión del cuchillo, pero no me serví de él. Prefería utilizar a una muchacha, una modelo desnuda, que servía de doble a Janet Leigh. De ésta no se ven más que las manos, los hombros y la cabeza. (…) Es la escena más violenta del film y después, a medida que la película avanza, hay cada vez menos violencia, pues el recuerdo de este primer asesinato basta para hacer angustiosos los momentos de suspense que vendrán después». (Alfred Hitchcock).
Y como remate de la escena, como elemento inseparable de las imágenes, la mítica banda sonora de Bernard Herrmann, unas notas punzantes imposibles de olvidar, que Guillermo Cabrera Infante definió como una «orquesta de cuerdas con la amplitud de una sinfonía y la intimidad de la música de cámara», «histérica suite de cuerdas (…) de una maestría musical pocas veces igualada en el cine». (Cine o sardina). Música, fotografía, montaje y sorpresa. Mi amigo Hank (portentoso escritor, ya lo veréis) habla de Psicosis como «la sorpresa» de Hitchcock y lo compara con… mejor leedlo vosotros:
“La sorpresa” o Sinfonía n° 94 de Joseph Haydn es mi obra favorita de este compositor austríaco. En ella, el músico conocido como “el padre de la sinfonía” dirigía más que a la orquesta a una audiencia que se veía sobresaltada cuando de repente, la música, haciendo honor al nombre de esta ópera, apretaba repentinamente el acelerador justo al inicio del segundo acto, llegando a asustar a los más despistados.
Extrapolando esta técnica al mundo del cine, Alfred Hitchcock dirigió de manera magistral y similar no la que considero su mejor película (ese honor se lo reservo a The rear window), pero sí la más importante e impactante de su filmografía. No sólo por la potencia de su cuidada fotografía. No sólo por la escuela que creó con esas míticas escenas que quedaron para siempre tanto en nuestras retinas como en los libros de historia del cine. Tampoco por los simbolismos que tan bien manejaba el maestro del suspense en cada una de sus películas. Ni siquiera por ese final que tanto revuelo pudo producir en la mente de cada espectador primerizo que no lo vio venir.
No, es la película más importante de este legendario director por el valor que demostró a la hora de sorprender a su público. De la misma manera que el compositor austríaco, que parecía estar creando una obra relativamente normal y corriente, uno comienza visionando este film esperando a ver como el argumento inicial del que parte el mismo, la aventura amorosa con dinero de por medio protagonizada por una de las estrellas de la época, la bellísima Janet Leigh, se puede tornar en un thriller de atmósfera absorbente y asfixiante. Lo que uno no se podía esperar de ninguna manera es que de repente, como en la ópera del músico austríaco, empiecen a sonar de manera atronadora unos violines surgidos de la nada y el espectador se halle ante una película en la que su protagonista haya muerto en nada menos que en la primera media hora de película en una escena que ya es historia eterna del cine.
Decisiones que pueden marcar carreras. Se podrán echar en cara cosas a Alfred Hitchcock, pero nunca falta de audacia. Tal era la confianza en su guión y dirección que se permitió matar a su Ned Stark en la primera temporada de GOT. Tras este hecho, continúa la traca y la trama. De nuevo una música que bien podría haber sido la de Haydn dirigiendo a un Hitchcock que a su vez dirigía a su público hacia el impactante final de esta película, de la que poco se puede decir a estas alturas que no se haya dicho ya. Pero al igual que sucedía con la Sinfonía n° 94, la verdadera “sorpresa” aguardaba agazapada entre el primer y el segundo acto, dispuesta a abalanzarse sobre el corazón de los pobres incautos que no supieran en qué tipo de película se estaban metiendo. Porque al final de todo, la sorpresa de Alfred Hitchcock siempre residió en su valentía.
Interesante teoría de la sorpresa, como interesante me resulta lo que comenta Guillermo Cabrera Infante sobre este aspecto:
«Hitch hizo en Psicosis una obra maestra compuesta siguiendo la teoría del montaje, y así burló una de sus leyes básicas. Según Hitch el suspense, que si no inventó lo hizo central en nuestras vidas, es lo contrario de la sorpresa. (…) Suspense era el niño que llevaba una bomba en el bus de Londres en sabotaje. Su hermana lo ignora, pero su marido, el malvado terrorista, lo sabe bien y con él -he aquí la clave del suspense- el público, el cómplice que espera en angustiosos minutos que la bomba estalle en los brazos de un niño doblemente inocente y vuele junto con los pasajeros no menos inocentes. La sorpresa sería hacer estallar la bomba ya, sin preámbulo, sin el menor conocimiento de dónde está, quién la lleva, cuándo estallará. Pero en Psycho Hitch utiliza sólo la sorpresa (todas las muertes son violentas, inesperadas y súbitas) y el estallido de la locura deja como estela un leve suspenso o más bien una intriga.»
El montaje es perfecto, y se aprecia más en estos tiempos en los que el cine moderno peca de no saber meter la tijera, de alargar los metrajes y las escenas más de lo necesario. El giro argumental que da la película a partir de esta escena es bestial: no volvemos a preocuparnos por Marion y su huida con el dinero, sino que todo el foco de la acción pasa a Norman y la relación con su madre. Como dice Quentin Tarantino en sus Meditaciones de cine: «¿alguien echa realmente de menos a Marion Crane cuando abandona la película?».El aclamado director de Knoxville, que de violencia sabe un rato, aprecia y valora la escena de la ducha con su peculiar estilo en el mismo libro. Lo hace al referirse a una escena de un asesinato en una bañera de una película de Russ Meyer, el director de porno gore, o sexplotation que tuvo cierto éxito entre los sesenta y los setenta:
«Sin duda la escena entre Charles Napier y Shari Eubank es una de las grandes secuencias violentas del cine de los años setenta. Está a la altura del clímax de Perros de paja y la violación de Deliverance, además de ser la única rival legítima de la escena de la ducha de Hitchcock en Psicosis».
Hay películas rodadas hace años de las que siempre pensamos: «con unos efectos especiales adecuados… mejoraría», pero la versión de Hitchcock envejece muy bien, aunque no llegue a verse una sola puñalada atravesando la piel de la joven. Es angustiosa por la música, por el montaje frenético, la ocultación de la «asesina» o la vulnerabilidad de la protagonista. La innecesaria versión que rodó Gus Van Sant en 1998 no resiste la comparación, por mucho que haya copiado casi plano a plano:
«Es un asesinato que es como una violación», añadiría François Truffaut. La película también habla del voyeurismo, pero no solo de Norman Bates, sino del propio director, uno de los temas recurrentes en sus películas. Los pájaros disecados que contemplan cada escena con los ojos bien abiertos, la mirada furtiva del propio Norman Bates sobre su huésped, la madre desde su atalaya… y los espectadores con los que el director juega de manera consciente. Norman sufre un trastorno de personalidad que será imitado hasta la saciedad en el cine posterior. Según la web La mente es maravillosa:
«Los celos se apoderaron de Norman cuando su madre comenzó una relación junto a otro hombre; estos celos, unidos a la frágil mente de Norman, se convirtieron en patológicos y le llevaron a la total irracionalidad, asesinando tanto a su madre como a su amante. Al no aceptar la muerte, al no lograr desvincularse de la madre, Norman robó el cadáver y lo mantuvo en su casa. Esta personalidad violenta y este gusto por “mantener vivos a los muertos” se puede anticipar ya en su afición por conservar aves disecadas. La culpa y la no aceptación de la muerte hicieron que Norman terminase por convertirse en su madre. Su mente comenzó a disociarse hasta el punto de presentar dos personalidades completamente definidas: la madre y Norman. Estas personalidades entraron en conflicto y, a medida que pasaba el tiempo, la personalidad de la madre se fue haciendo más y más fuerte, llegando a mantener conversaciones y terminando por dominar a Norman.
Hay muchas maneras de ver, disfrutar e interpretar Psicosis. Incluso desde la parodia. Los Simpsons se han valido de ella en numerosos capítulos:
Menos conocido, pero igualmente hilarante, me resulta este corte:
Por supuesto no podía faltar la manera de reinterpretar la película en modo Les Luthiers y la entrega de los Premios Mastropiero:
Ahí estás. Orgulloso de dejar tu carro bajo la señal de prohibido. Que sí, que “solo es un polideportivo, no un hospital”, que llegabas tarde a la clase de natación de la niña, o a tu partidito de baloncesto o pádel con los colegas, los mismos que te decían “tío, no aparques ahí, que se lo lleva la grúa”, y tú les contestabas “bah, nunca lo hacen, no pasa nada”. Total, que lo dejaste ahí dos horas y claro que no “pasa nada”, solo que ahí está prohibido aparcar porque es el inicio de la curva que separa las plazas de aparcamiento del acceso, con lo cual, durante tus dos putas horas todos los que pasaron por allí tuvieron que maniobrar, esquivar tu coche, casi rozarse, esperar a que pasaran otros vehículos… en definitiva, los incomodaste. Nos tocaste las pelotas. Pero a ti te daba igual porque estarías pegando unos bolazos con tus amigos o leyendo tus mierdas en el móvil mientras tu hija hacía largos en la piscina. Molestaste a no menos de medio centenar de personas, pero eso te da igual porque de lo que se trataba era de llegar a tiempo aunque hubieras llegado tarde. Y que se jodan los que vengan detrás, que “el mundo es de los vivos”.
A veces cambia tu cara, pero eres el mismo imbécil que deja abierta la puerta de la taquilla en el gimnasio cuando ya has terminado de recoger tus mierdas, y te da lo mismo que otros estemos sentados en el banco o de espaldas a ti, que no te veamos y que al levantarnos o girarnos nos demos con la puerta de la taquilla en la cara o en la cabeza, o que pensemos “casi me saco un ojo con la esquina de la puerta” al ponerme en pie. Porque la has dejado abierta a medio metro de mi cabeza, niñato malcriado, del mismo modo que otra media docena de niñatos malcriados han dejado abiertas las taquillas, con sus esquinas puntiagudas hacia fuera. No sé si te da igual o no, porque ni siquiera eres consciente, igual que no eras consciente de la cantidad de gente a la que molestaste con tu manera de aparcar porque no miras a los demás, no piensas en los demás, quizás porque no piensas ni que haya “demás” al margen de tu reducido mundo.
Eres el mismo imbécil que encuentra publicidad en el parabrisas del coche y la tiras al suelo, porque “no me interesan estas mierdas, que no me las hubieran puesto ahí, sí, ya sé que ensucio el suelo, pero para eso están los servicios de limpieza”, el mismo niñato malcriado al que le dan una octavilla a la salida del Metro y la tira donde caiga en cuanto ve que no hay un cupón de descuento o una oferta inmediata que le interese. Eres el mismo tipo que no se quita para dejarnos salir del vagón, no ya a mí, que puedo mirarte a los ojos, sino a esa señora mayor que necesita espacio porque tiene menos agilidad. Pero qué digo de mirarte a los ojos, si llevas la mirada perdida mientras escuchas tus mierdas en tus auriculares inalámbricos a un volumen que hasta yo lo escucho a medio metro de ti. Y vaya mierdas escuchas, niñato malcriado. Las mismas que cuando vas con un altavoz por la calle, ¡un puto altavoz atronador!, o una de esas mochilas con altavoz, perdona, una speaker backpack con bluetooth para que todos apreciemos esa caja repetitiva de ritmos a la que a veces se une una voz gangosa de la que no se entiende una palabra. Pero que nos tenemos que tragar porque tú has decidido con tus santos cojonazos que tenemos que escucharla.
A veces te transfiguras en mujer, en esa anormal que me ve en el parking dejando pasar a un coche que daba marcha atrás y aprovecha para acelerar y ocupar mi lugar en la cola para salir. Sí, hazte la despistada, que ibas mirando al móvil, pero sé perfectamente que tienes tus mierdas súper importantes que hacer, por eso has pitado al que estaba delante, junto a la barrera teniendo problemas con el ticket. Tus mierdas son tan importantes que, no contenta con pitar y causar una estruendosa incomodidad en un sitio cerrado, has bajado la ventanilla para proferir cuatro insultos barriobajeros al tipo de delante. Torpe, sí, pero ese señor mayor no merecía tu mala educación. Eres la misma que aparca tu coche en doble fila junto a un hueco porque no te apetece maniobrar y así conviertes una calle de doble sentido en una de sentido único en la que se forma un pequeño follón durante unos segundos. No tengo duda de que las mierdas que tenías que comprar en el chino eran vitales en tu vida, y de una urgencia tal que no podías dedicar treinta segundos de valiosa vida a aparcar correctamente el coche.
Eres el mismo que escupe en la calle, que no recoge las mierdas del perro, la misma que se hace la despistada y trata de colarse en el supermercado, el mismo cerdo que deja un baño público convertido en un lodazal «y que lo limpie el siguiente». Lo que hace que la mayoría no seamos como vosotros se llama civismo y nos ayuda a que este mundo, país, ciudad o barrio sea más habitable. Más vivible, más amable. Por eso me gustó la teoría de los carritos de los supermercados.
Antes, en la mayoría de los supermercados había que meter un euro en el carrito para asegurarse de que la gente los devolvía a su sitio. Entre los protocolos Covid y que la gente cada vez usa menos el efectivo, se quitó lo del euro y por tanto, desapareció esa «recompensa» por el trabajo de llevarlo al punto de recogida. Así que proliferan los imbéciles que lo abandonan donde caiga una vez vacían sus contenidos en el maletero del coche. ¿Que ocupa una plaza de parking, un lugar de acceso, que no te deja abrir la puerta de tu coche, que incomoda a los siguientes usuarios? Les da absolutamente igual. Hace unos meses se hizo viral una teoría sobre este asunto. Llevar el carrito de la compra a su sitio o no, «sabiendo que no hay una gratificación o un castigo por hacerlo (o no hacerlo), puede colocarte del lado de los que hacen lo correcto en la vida y los que no». «El carrito de la compra es la última prueba de fuego para saber si una persona es capaz de gobernarse a sí misma», añadió su autora.
Y estoy de acuerdo. Es muy simple, es una mera cuestión de educación. Y «tus mierdas» han hecho que se te olvidaran las nociones mínimas de educación, niñato malcriado (por si no lo he dicho suficientes veces). Y niñata malcriada, que para esto sí uso el lenguaje inclusivo.
Debido al seguimiento que tuvo la primera parte, centrada en las chapuzas contables del Barça y en la huida hacia delante en la que el club lleva años inmerso, Javier «Kollins» Alberdi me pidió que mantuviéramos otra charla, en esta ocasión sobre los litigios que mantiene el «mès que un club» con la Agencia Tributaria.
El vídeo lleva 12.000 visitas en su primer día y por los comentarios que dejaron los seguidores del canal se ve que algunos de los asuntos tratados, fundamentalmente los de los años noventa, eran desconocidos para el gran público, seguramente porque esa parte fundamental del «Tinglao», la prensa, «la mejor del mundo», no se enteraba de nada o era untada para no difundirlo y dar esa imagen bucólica-idealizada del Barça.
La pillada del «Barçagate» o el «caso Negreira»
En el escandalazo del que llevamos hablando el último mes, al Barça lo pillan por un delito fiscal. Como a Al Capone. Había indicios de criminalidad en muchas de sus actuaciones, pero no podía probarse nada. La «omertá», la cercanía con el poder, el retorcimiento de la contabilidad, las disputas entre famiglias… veo muchos paralelismos. La Fiscalía acusa al Barça por corrupción continuada en los negocios y administración desleal (Rosell y Bartomeu), pero también por falsedad documental.
La denuncia de la Fiscalía concluye que el Barça se había deducido facturas por servicios no prestados. Cada excusa que da el club es peor que la anterior: que si había vídeos, que si asesoramiento verbal, que si coaching con los árbitros, que si informes de jugadores de divisiones inferiores… Todo mentira. El propio club firmó un acta de conformidad tras la inspección de Hacienda en el que reconoce que no podía acreditar los servicios pagados a la empresa de Enríquez Negreira, y por tanto, tuvo que devolver el IVA que había deducido y ajustar el gasto en el Impuesto de Sociedades de los ejercicios objeto de la inspección. Para que un no experto en materia fiscal lo entienda, voy a utilizar la medida del «Negreira», es decir, una factura de 40.000 euros más IVA por los servicios de lobby arbitral, por utilizar un eufemismo:
Y así muchas facturas y muchos euros por servicios no prestados de los que trataban de recuperar el IVA y la deducibilidad del gasto. Según el artículo de El Confidencial, solo en los ejercicios inspeccionados, de 2016 a 2018, la propuesta de regularización del Impuesto de Sociedades es de 404.249 euros, más 52.324 euros por intereses de demora. En cuanto al IVA, la inspección regularizó 473.050 euros, con sus correspondientes 84.991 euros de intereses. Si hacemos la cuenta en «Negreiras», tendremos la realidad de los pagos totales realizados a favor del vicepresidente del Comité Técnico de Árbitros solo en tres años.
Con la regularización de Hacienda, «las facturas perdieron la presunción de validez», según indica la Fiscalía en su querella. En mayo de 2022, y la fecha es importante, ante los indicios de delito por los pagos no justificados, el expediente de la Agencia Tributaria fue enviado a la Fiscalía. Mayo de 2022, repito. La Ley del Deporte se cambia en diciembre, perpetrada por, entre otros, Albert Soler, director general del Consejo Superior de Deportes hasta enero de 2023 y directivo del Fútbol Club Barcelona entre 2014 y mayo de 2021. La Ley del Deporte amplió los plazos de prescripción de los delitos deportivos, pero solo de los leves y graves, y mantuvo la de los muy graves en la ridiculez de los tres años. Qué puñetera casualidad.
El Barça podía haber ajustado el gasto en el impuesto de sociedades (considerarlo no deducible) y a lo mejor hoy no tendríamos constancia del caso. Por poner un ejemplo, el Barça sí puede deducirse el gasto y el IVA de los pagos a detectives, periodistas y medios de comunicación, porque quedó acreditado que habían prestado un servicio. Se puede cuestionar su ética o no, su conveniencia o no, pero no la deducibilidad fiscal. Son los socios del club los que podrían denunciar a sus dirigentes por administración desleal o quebranto patrimonial, pero con Hacienda no habría problema alguno.
Hacienda investiga el destino de esos fondos
Como ya dije en este blog desde el primer día, aquí falta gente por salir, «faltan los peces gordos». Negreira era posiblemente solo un nexo de unión. Según la investigación de la Agencia Tributaria, el ex árbitro, ex vicepresidente y «lobbista», no ha tenido un incremento importante en su patrimonio. El dinero era retirado «en efectivo o mediante cheques al portador que cobraban terceras personas por encargo del árbitro». Hoy se ha sabido por El Confidencial que el dinero era retirado por la secretaria de Negreira y un empleado de la sociedad pantalla. Solo durante el período de 2016 a 2019 fueron 550.000 euros en efectivo. Y seguramente fue mucho más en los años anteriores. Pero si no hay un incremento sustancial del patrimonio de Negreira, si sus gastos de desplazamiento y dietas eran asumidos por la Federación Española de Fútbol durante los años del villarato, ¿dónde fueron a parar esos fondos, hay más implicados? ¿Podría ser un desvío de fondos con Josep Contreras, como algunos han tratado de justificar ya?
Por otro lado, la tenencia de dinero en efectivo no es prueba suficiente para acreditar la corrupción. En el vídeo recuerdo el caso Ciempozuelos, a cuya sorprendente sentencia dediqué un post (Coño, es un pato, 2ª parte). Falta por acreditar que los fondos fueron pagados para comprar los favores del estamento arbitral, que es lo que en el Moggigate se pudo demostrar con las horas ty horas de grabaciones de los directivos de la Juventus. En la sentencia del caso Ciempozuelos, pese a los cientos de miles de euros que ingresaron los ex alcaldes del municipio en Andorra, pese a los 800.000 euros que tenía uno en su caja fuerte, y pese a los acreditados intentos de soborno de un promotor inmobiliario, el juez consideró que “no puede descartarse que el dinero que llega al ANDBANC sea un dinero, “negro”, si se quiere, oculto a la Hacienda Pública, pero lícitamente ganado, (o incluso ilícitamente ganado pero no en razón de los hechos objeto de acusación)”.
Hay una parte peligrosa de aquella sentencia que me hace pensar en lo que podría llegar a ocurrir en este Barçagate o en el caso Soule, y es que la investigación se lleve mal de manera interesada. Ya sabemos que es muy complicado meterse con «el ejército de un país desarmado» y con la propia Cataluña o sus símbolos (recomiendo leer el artículo de Joaquín Manso Barça: ejército simbólico y corrupto). La carta del victimismo frente al Estado opresor ya ha empezado a jugarse en algunos medios. En aquella sentencia se decía que «Existían en la causa indicios de delito. El hecho de que la investigación haya sido incompleta o mal orientada y no permita, incluso pese al claro esfuerzo del Ministerio Fiscal, imputaciones suficientemente precisas, no significa que los hechos no revistieran indicios de presuntos delitos».
Y ahí se quedó, en indicios, y los investigados, absueltos de todas las acusaciones. Habrá que acreditar la compra de favores y aunque no será fácil sin grabaciones, la propia declaración de Negreira, su famoso burofax o la advertencia sobre cómo podía controlar el VAR podrían ayudar a alcanzar dicha conclusión. Respecto a la defensa del Barça como víctima de una estafa continuada, no soy jurista, pero si lo que se pretende argumentar es que entre Negreira y Contreras saquearon al Barça por servicios que el vicepresidente del CTA no podía dar, eso no eximiría al Barça del delito de corrupción continuada en los negocios, puesto que el destino de los fondos tenía un objetivo claro, según la Fiscalía: influir en la competición, en la designación de los árbitros y en presionarlos a base de decidir ascensos, descensos o promociones a internacionalidades.
Las actas de Hacienda de los noventa
Durante la revisión que hice de las cuentas del Barça para la primera charla (Finanzas ridiculés), pude remontarme hasta el ejercicio 2003-04. En el informe de auditoría se hace referencia a las actas de inspección de los ejercicios 1990 al 93 y 1996 al 99, por las que la Agencia Tributaria reclamó al club 22,3 y 30,5 millones respectivamente.
Lo sorprendente es saber a qué se debían dichas actas de inspección. El Barça había ideado un sistema para pagar las fichas de sus futbolistas mediante el cual pagaba una parte del salario de manera oficial, y los derechos de imagen suponían más del cincuenta por ciento del salario de los futbolistas, que tenían una tributación menor. De esta norma se beneficiaron la mayoría de clubes, el Real Madrid también, por supuesto. El «problema» radica en que los derechos de imagen de los jugadores del Barça (de fútbol, baloncesto y balonmano) eran abonados directamente por TV3 en sociedades radicadas en los Países Bajos.
El responsable de la sección de Deportes de TV3 en aquellos años era el que siempre aparece en estos temas: Jaume Roures. El problema es que aquí no ejercía de presidente de una empresa privada, sino que era un gestor de dinero público, de todos los catalanes, los culés y los del Espanyol, el Sabadella, el Nástic o el Girona. Fue un escándalo mayúsculo que pasó bastante desapercibido, sin mucho ruido mediático. Josep María Minguella ha presumido en varias ocasiones de cómo se fraguaron algunos fichajes de estrellas por el Barça… sin coste para el Barça. Con dinero público. Y de nuevo Jaume Roures y Tatxo Benet como hacedores o intermediarios.
El Barça terminó de liquidar las actas de Hacienda entre finales de 2009 y principios de 2010, y con los intereses la deuda se disparó hasta los 60 millones de euros. Casi veinte años para liquidar una herencia de Josep Lluís Núñez. «El club borra un pasado oscuro en el que ha habido deudas con Hacienda…», jajajaja, me deshuevo, «borra», dice.
Y ya que hablamos del Barça, de Hacienda y aparece el nombre de Núñez, es inevitable recordar que el ex presidente del Fútbol Club Barcelona estuvo dos años y medio en prisión por sobornar a inspectores de Hacienda. El delito fue cometido en sus negocios particulares, pero si un tipo sin escrúpulos fue capaz de sobornar a inspectores de Hacienda, y además era un redomado hooligan culé, sabemos que era capaz de cualquier cosa. Además del soborno, fue condenado por cohecho, por lo que tuvo que pagar 1,5 millones de euros. ¿Hay algún delito en el que no hayan incurrido los presidentes del Barça?
Y tras Núñez llegó Joan Gaspart, quien a la presidencia del Barça añadió los cargos de vicepresidente de la Federación Española de Fútbol y representante del Comité de competiciones de la UEFA. Pero estoy seguro de que se comportó de manera honesta y honrada durante todos estos años y en todos sus cargos. Claro que sí, wapis. Lástima de años perdidos, de ¿por qués? sin responder que prescribieron y desaparecerán en el tiempo como lágrimas en la lluvia, penaltis de Mascherano o agresiones de Suárez.
Llega un año más la ceremonia de los Óscar y me pasa algo parecido al año pasado, que no me motivaba de manera especial porque no había visto las favoritas o porque estas (CODA, El poder del perro) no me llamaban demasiado la atención. Los Óscar se han convertido en una ceremonia que premia lo políticamente correcto o ajustado a determinados cánones marcados no sé si por determinados lobbies o por quienes hagan la mejor campaña de promoción. Así que el post de hoy consistirá en dejar ocho anécdotas sobre los Óscar de otros años, con el aliciente de que una de las ocho no es cierta. El lunes a las 12 de la noche publicaré en la parte de Comentarios de cuál se trata, y se admiten apuestas.
La venganza de Jack Warner y la revancha de Bette Davis
A principios de los años treinta, la actriz llevaba dos años contratada por Warner Brothers y no estaba demasiado satisfecha de los papeles que se le ofrecían. La RKO le ofreció protagonizar Cautivos del deseo, pero a Jack Warner no le gustaba ceder a sus estrellas a la competencia. Finalmente, ante la insistencia de la actriz, el productor aceptó su participación, convencido de que iba a ser un fracaso: «Anda, ve y entiérrate a ti misma».
Pero la película fue un gran éxito, lo que enfadó enormemente a Warner. Un año después, la productora Columbia estaba buscando actriz para Sucedió una noche. La Davis, entusiasmada con el guion y con el proyecto, puesto que además anhelaba trabajar con Frank Capra, volvió a solicitar a Warner que le dejara participar, a lo cual este se negó de manera reiterada. Finalmente, Columbia contrató a Claudette Colbert, la película fue un éxito y su actriz obtuvo el Óscar por su interpretación.
La «revancha» de Bette Davis no llegaría hasta 1950, cuando Leo Mankiewicz estaba preparando Eva al desnudo, película para la cual contaba con Claudette Colbert como actriz principal. Sin embargo, esta se lesionó la espalda mientras esquiaba y tuvo que ser sustituida pocos días antes del rodaje. Bette Davis se hizo con el papel y la película fue un gran éxito, con seis candidaturas para los Óscar, si bien Bette Davis no lo logró, ni tampoco su compañera de reparto, Anne Baxter. En aquel año, el premio fue para Judy Holliday por su interpretación en Nacida ayer, de George Cukor.
Sunset Boulevard: la osadía de Billy Wilder
En Hollywood no suelen gustar las historias poco complacientes con la fauna que habita «sus junglas». Eva al desnudo es del mismo año que otro tortazo al mundo de guionistas, estrellas y productores detrás de las cámaras: Sunset Boulevard. El crepúsculo de los dioses en la «traducción libre» española. En el preestreno, uno de los hombres más poderosos de Hollywood de aquel entonces, el productor Louis B. Mayer, visiblemente indignado, exclamó a voz en grito desde el propio vestíbulo del cine:
– ¡Deberíamos enviar a este Billy Wilder de regreso a Alemania! ¡Muerde la mano que le da de comer!
Wilder lo escuchó y replicó sin pestañear:
– Yo soy el señor Wilder, ¿y por qué no se va usted a la mierda?
Finalmente, el talentazo que hay tras Sunset Boulevard se vio recompensado en los Óscar de aquel año, aunque solo logró tres de los once a los que aspiraba: dirección artística, banda sonora original de película no musical, y por supuesto, mejor guion original. Para Charles Brackett, D.M. Marschman Jr. y el osado Billy Wilder.
El pique de Herman Mankiewicz y Orson Welles
Jack Warner y Louis B. Mayer aparecen de manera fugaz, pero importante en Mank, de David Fincher. En la entrada dedicada a esta película, Citizen Mank, Ciudadano Fincher, la escritura del guion de Ciudadano Kane fue un verdadero tour de force entre el guionista Mank, totalmente alcoholizado, y el por entonces jovencísimo director Orson Welles. De las nueve candidaturas de la película, solo se llevaron precisamente el del guion, pero ninguno de los dos acudió a recogerlo. Welles estaba en Río de Janeiro preparando su siguiente película, y Mankiewicz recibió la estatuilla en su casa, donde soltó el hipotético discurso que habría dado de haberse presentado en la ceremonia:
– Estoy muy feliz de recoger este premio en ausencia de Orson Welles, que es como se escribió este guion: en ausencia de Orson Welles.
Los cuchillos entre ambos siguieron volando durante años. La siguiente vez en que coincidieron ambos artistas, en una fiesta privada de un productor en Los Ángeles, Mankiewicz estaba en pleno proceso para dejar el alcohol (ooootra vez), hecho que Welles conocía. Así que se presentó con una botella del whisky favorito de Mank, un Jack Daniels Gran Reserva, y en cuanto se encontró de frente con el guionista, soltó la bomba que tenía preparada:
– Estoy muy feliz de poder disfrutar de esta botella en presencia de Herman Mankiewicz, que es como se disfruta el buen whisky. Repito, en presencia de Herman Mankiewicz.
Pese a que la mujer de Mank intentó frenarlo, el guionista trincó la botella y se pilló una cogorza monumental. Ya no dejaría el alcohol hasta el final de sus días.
Desde el más allá
La muerte de Herman J. Mankiewicz fue prematura, en 1953, a los 55 años de edad y como consecuencia de su adicción al alcohol. Una muerte mucho más prematura y sorpresiva fue la de James Dean en 1955, con apenas 24 años de edad. Aun así, James Dean fue candidato al Óscar por Al este del edén. Esta situación excepcional se repetiría un año más tarde, cuando fue nominado para el Óscar por su cargante interpretación en Gigante.
Parece que a Hollywood le gustan estos Óscar o estas designaciones a título póstumo. Los más cercanos son los de Heath Ledger, Óscar por su Joker de El caballero oscuro, y Chadwick Boseman, nominado por Black Panther, candidatura que, estoy seguro, no se habría producido de no haberse cruzado la muerte en su camino.
El primer caso fue el de Jeanne Eagles en 1929 por La carta, y otros muy recordados son el Óscar a Peter Finch por Network (1977), que no pudo retirar obviamente, y las nominaciones a Spencer Tracy por Adivina quién viene a cenar esta noche (1967) y Massimo Troisi por El cartero (y Pablo Neruda), de 1996.
¿Óscar a un animal?
En Hollywood son muy dados a la excentricidad, de manera especial para promocionar a alguna de sus estrellas. Igual que se han concedido estatuillas a personajes fallecidos, es conocido el caso del intento de candidatura a Robin Williams por su papel en la película animada de Disney Aladdin. Solo por la voz, como reconocimiento a su trabajo. No coló, como tampoco los intentos de promocionar a un animal a un Óscar por su interpretación, que quedaron, como no podía ser de otro modo, en bromas o frases de admiración hacia los animales por sus habilidades interpretativas. Lassie, Rin-tin-tín, la mona Chita o la mula Francis, si bien ningún animal despertó tanta expectación como el caballo de Gringo viejo.
La American Humane Association quedó muy impresionada por los disparos que recibía el caballo del general Arroyo (Jimmy Smits), la caída del caballo y su posterior muerte. Como habían leído que ningún animal había sufrido daños durante el rodaje se pusieron en contacto con Gregory Peck, quien había estado en el rodaje de la escena. Peck les aseguró que el caballo «actuó» a la perfección y teatralizó la caída. Ante la incredulidad e insistencia de la asociación, el bueno de Peck los animó a visitar al caballo, de nombre Twister, que vivía en un rancho de California. Allí le hicieron repetir la caída varias veces e incluso concluyeron con un examen médico del animal, tras el cual pudieron comprobar que tenía un perfecto estado de salud.
Psicosis y el misterio sobre la asesina de la ducha
Gregory Peck parecía uno de esos actores condenados a aparecer en la ceremonia de los Óscar e irse de vacío. Hasta cuatro veces apareció en la ronda final y se fue a casa sin acariciar la figura del eunuco dorado. Por fin, en 1963, se alzó con el premio por su inolvidable interpretación de Atticus Finch en Matar a un ruiseñor. El que no tuvo nunca esa «suerte» con Hollywood, o nunca cayó suficientemente en gracia, fue el británico Alfred Hitchcock, candidato a mejor director hasta en cinco ocasiones. Su olvido es todo un descrédito para la Academia.
En 1960, estuvo entre los favoritos por Psicosis, película que también recibió las nominaciones a mejor actriz (Janet Leigh), mejor fotografía y mejor dirección artística. Todos se fueron de vacío a casa. El director francés François Truffaut le preguntó en una de las horas y horas de sesiones de grabación algo que siempre le había intrigado: ¿quién apuñalaba a Janet Leigh en el rodaje de la escena? «¿El propio Anthony Perkins con una peluca?, ¿una mujer?, ¿una doble, un bailarín? Si se recuerda que el asesinato está filmado a contraluz (…) todas estas eventualidades eran plausibles».
«Hitchcock me respondió que se trataba de una mujer joven con peluca, pero que había tenido que rodar la escena dos veces porque aunque la única iluminación fue situada detrás de la mujer, se distinguía demasiado claramente su rostro en las primeras tomas. (…) También había necesitado, la segunda vez, ensombrecer el rostro de la doble para conseguir al fin el efecto de una silueta ensombrecida en la pantalla, ensombrecida y no identificable».
La verdad es que nunca lo había pensado, siempre «vi» a una mujer, aunque esa era la trampa de Hitchcock.
Un gran guion repleto de fallos
Hitchcock era un «tramposo», quizás el mejor, y todo Hollywood suele ser una gran mentira, sobre todo si tiene que rodar alguna historia real. Y a veces ocurre que ajustarse a la realidad no resulta verosímil, como contaba William Goldman sobre la edad del general Gavin en Un puente lejano. William Goldman ganó dos Óscar como guionista a lo largo de su carrera, en 1977 por Todos los hombres del presidente, y en 1969 por Dos hombres y un destino, otra «traducción libre» de Butch Cassidy and The Sundance Kid.
Goldman disfrutó con la preparación y elaboración del guion. Se documentó durante meses, trató de conocer no solo las circunstancias personales de los dos bandidos, sino lo que denomina «el Salvaje Oeste», que fue «en realidad muy breve. Empezó a finales de la Guerra Civil y acabó con el inicio de siglo. Un total aproximado de treinta y cinco años». Fue una de las mejores experiencias de Goldman en Hollywood y como él mismo afirmaba en los noventa, «con la perspectiva de un cuarto de siglo, pienso lo mismo que pensaba entonces: es una espléndida obra narrativa, original y emocionante». Y sin embargo, él mismo reconoce que compuso un guion repleto de debilidades:
«Hay exceso de diálogo demasiado ingenioso.
Hay demasiadas «fintas», es decir, demasiadas sorpresas o sucesos inesperados.
Con demasiada frecuencia el conjunto se resiente por exceso de astucias.
Algunas de las secuencias sencillamente no te las crees.
No trata de lo que yo quería que tratara».
Para rematar diciendo que la escena mejor escrita no apareció en pantalla, «ahí quedó eso, como un gigantesco coprolito». Pero es una puñetera obra maestra, rodada con los dos actores más envidiados del mundo por entonces, Robert Redford y Paul Newman.
La envidia pasajera de Billy Wilder
Y ya que menciono la envidia, terminamos con ella. En Hollywood, es costumbre que algunos directores americanos inviten a comer a los directores candidatos de las películas en lengua no inglesa. A la comida de 1994, en la que estaba Fernando Trueba como director de Belle Epoque, junto con sus «rivales» Ang Lee o Chen Caige, acudieron veteranos como Stanley Donen y Billy Wilder, Paul Mazursky y jóvenes como Martha Coolidg y Andrew Davis.
En un momento de la animada conversación durante la comida, los directores off-Hollywood comentaron lo afortunados que eran por poder realizar sus películas de una manera totalmente libre, independiente, dejándose llevar por sus sentimientos o intuiciones personales. Varios de los directores norteamericanos insistieron en la envidia que les producía esa manera de trabajar, sin las ataduras de las productoras, sin las exigencias de los representantes de los actores. En ese momento, Billy Wilder preguntó a Trueba, Ang Lee y al resto de candidatos, si podían decirlo, cuánto habían cobrado por los respectivos trabajos que los habían llevado hasta aquella ceremonia. Conviene recordar que las nacionalidades de los cinco eran España, Hong Kong, Taiwan, Vietnam y Gales. En el momento que contestaron, a todos los directores americanos se les pasó la envidia y la conversación marchó por otros derroteros bien diferentes.
Solo una puntualización: Trueba cita esta anécdota como sucedida en 1994. Sin embargo, su Óscar fue en 1993.
Bibliografía:
Bette Davis y la venganza de Jack Warner. Del libro Secretos y mentiras de Hollywood, de los hermanos Payán.
Sunset Boulevard: la osadía de Billy Wilder. Conversaciones con Billy Wilder, de Cameron Crowe.
El pique de Herman Mankiewicz y Orson Welles. De la web de cine Off cameras.
Desde el más allá. Volumen 8 de Los Óscar, y Cinemanía.
¿Óscar a un animal? En uno de los maravillosos hilos de anécdotas de César Bardés en Twitter.
Psicosis y el misterio sobre la asesina de la ducha. De El cine según Hitchcock, de François Truffaut.
Un gran guion repleto de debilidades. Extraído de Las aventuras de un guionista en Hollywood, de William Goldman.
La envidia pasajera de Billy Wilder. Extraída del Diccionario de cine, de Fernando Trueba.
Y ahora os toca a vosotros, ¿cuál de las ocho es falsa? En veinticuatro horas, la respuesta.
Más de ocho mil visitas en tres días, me tiene sorprendido. El canal de Kollins de YouTube ha publicado esta semana la charla que mantuvimos acerca de determinadas prácticas contables y financieras del Fútbol Club Barcelona, del cual dejo copia en este post. El canal de Kollins (Javier Alberdi, antiguo editor de La Galerna) huye del «ruido» habitual de la prensa deportiva, de las exageraciones «chiringuiteras», de la desinformación o el desconocimiento de los asuntos y de la manipulación del «autoproclamado mejor periodismo deportivo del mundo». Lo recomiendo, no solo a madridistas. De hecho, esta semana me han dicho en privado algunos amigos del Atleti que se sorprendieron al ver que estaban de acuerdo conmigo. En este vídeo al menos, ya sé que en la mayoría de temas no coincidiremos jamás.
Como tocamos muchos palos en el vídeo y en algunos de ellos solo dimos pinceladas o puede que no quedaran suficientemente claros, y como he visto interés en estos temas, quería ampliar la información facilitada con este post.
El Barça, «víctima»
Por desgracia, y lo estamos viendo desde el primer día, el Barça se va a ir de rositas de este escándalo. Que haya pagado 7 millones de euros al vicepresidente de los árbitros, que cinco presidentes hayan mantenido estos pagos justo hasta el instante en que el susodicho Negreira dejó el cargo, no significa nada, según parece. La versión que circula es que el Barça ha sido estafado por un señor que vendía unos servicios que no podía dar (como los corruptos, en el Barça prefieren quedar como gilipollas que como golfos), o que los pagos eran para garantizar neutralidad arbitral, o que no se sabía muy bien qué se pagaba porque eran cantidades irrelevantes o menores para un gran club con un presupuesto cercano a los mil millones de euros. «Es que el Barça tiene más de 300 proveedores», he llegado a escuchar a un indocumentado periodista, como si ese número fuera elevado.
A ver, una gran empresa tiene mecanismos de control interno para evitar el fraude o para garantizar que se prestan servicios reales y no «comisiones» a cambio de favores. Los pagos a proveedores por importes de medio millón de euros (los Negreira llegaron a cobrar más de 700.000 euros en algunos ejercicios) tienen que superar una serie de controles rigurosos para comprobar que se ajustan a la legalidad, que presentan un precio competitivo, que no hay riesgo para los que lo contratan, que no hay connivencia o fraude con los firmantes, etc. En el caso del Barça, como explicó Carles Tusquets, presidente de la comisión económica del club entre octubre de 2020 y marzo de 2021, estos pagos «no constaban en los presupuestos, ni tampoco en la auditoría». Lo cual implica saltarse sus propios procedimientos de control interno, o peor aún, que se hacía de manera deliberada, directamente desde la presidencia.
Los que hemos trabajado con informes de consultores de más de 300.000 euros sabemos el trabajo que hay detrás y el soporte que existe para esas tareas en el caso de que Hacienda, la auditoría externa o la interna solicitaran la justificación de los servicios prestados. Son informes muy exhaustivos realizados por un ejército de abogados o consultores con unas tarifas hora elevadas, con una documentación de megas y megas de contratos y archivos revisados hasta la última coma, con reuniones constantes durante meses, con soportes muy profesionales que demuestran el análisis realizado. Los Negreira facturaban importes superiores a los mencionados entre el padre y el hijo, y la justificación de sus «informes» no aparece por ningún lado: entrenadores como Ernesto Valverde o el Tata Martino dicen que no los vieron nunca, y el vicepresidente deportivo del club desde 2014 hasta 2019, Jordi Mestre, afirma que los recibía, pero que pidió que dejaran de enviárselos. Indicó que se los entregaba Josep Contreras, responsable de la Comisión deportiva, un tipo juzgado por corrupción, pero que falleció de manera conveniente para la trama en diciembre.
Será muy complicado demostrar que esos pagos tuvieron incidencia real en los arbitrajes, por muchas anomalías de las que ya hemos hablado sobradamente en este blog, pero aunque solo fuera por el intento de controlar el Comité Técnico de Árbitros la sanción debería ser ejemplar. El bochornoso show de Medina «Cantadelejos» el pasado jueves ya indicó por dónde van los tiros: los árbitros han sido honestos, nunca jamás se equivocaron a favor del Barça y Negreira no pintaba nada. Curioso, cuando el propio Negreira estaba en las designaciones arbitrales como la del propio Medina (para el Clásico del cochinillo, por ejemplo) o en las comisiones que decidían los ascensos y descensos. Las hemerotecas le dejan en pelotas:
La situación financiera del club
Hablamos a continuación de «las palancas» y los balances del Barça, de si realmente estaban tan mal o no como contaban algunos medios, y la realidad es que están peor. Que nadie olvide que el apalancamiento es un eufemismo de endeudamiento (Lección 2 de los Grandes errores de las escuelas de negocios). El año del covid terminó de rematar la mala gestión que se venía arrastrando desde hacía años. Esta es la parte del balance que comenté brevemente de palabra. Las columnas con cifras corresponden a los cierres de junio de 2020 (las del lado izquierdo) y junio de 2019 (a la derecha).
Para los no entendidos, el activo corriente refleja los saldos a corto plazo (12 meses) existentes en tesorería o pendientes de cobrar, es decir, aquellos activos que pueden hacerse líquidos de manera relativamente rápida. El pasivo corriente recoge las deudas que hay que afrontar en los siguientes doce meses. El Barça ya tenía el balance desequilibrado en 2019 (687 millones de deudas frente a 402 millones «disponibles»), pero este desequilibrio se disparó en solo un año: 970 frente a 368 mill. Llaman la atención algunas partidas, como los 164 millones pendientes de abonar al «Personal deportivo» (los famosos aplazamientos de salarios), o los 126 millones adeudados a otras entidades deportivas (pagos de fichajes aplazados, fundamentalmente).
Con esta situación, llamó mucho la atención que el Barça fichara de manera compulsiva el pasado verano, o que cerrara varias «palancas» en cuestión de días. No tengo nada que decir sobre la venta de los derechos de televisión por 25 años a través de Sixth Street, una operación que se venía negociando desde meses atrás, pero sí sorprendieron las operaciones finales con Barça Studios y Socios.com y Orpheus Media. Jaume Roures en el horizonte, como siempre. Quizás trate de buscar información en las cuentas del club en próximos ejercicios, porque ahora mismo no he podido encontrar muchos detalles. Lo que ha hecho el Barça con la venta de los derechos de televisión por los próximos 25 años no ha sido otra cosa que anticipar el 25% de los ingresos de uno de sus mejores activos futuros. Si en próximos ejercicios tiene menos dinero para fichar, será por estos anticipos, pero las urgencias de Joan Laporta por montar un equipo competitivo eran muchas, y de ahí el destrozo que le ha supuesto caer en la Champions y en la Europa League a las primeras de cambio.
En cuanto a la deuda con entidades financieras, comentamos que la situación del F.C. Barcelona le ha llevado a incumplir todos los ratios a los que se había comprometido, entre ellos, el del préstamo de 90 millones de euros para arrancar ese Espai Barça que no parece arrancar nunca. El club consiguió aplazar el plazo para ampliar el cumplimiento de las mismas, y la última noticia publicada hace referencia a la entrada de nuevos posibles bancos financiadores para (¿quizás?) cancelar los préstamos actuales y acometer uno de mayor importe. Se habla de 1.500 millones de euros.
Los bancos americanos analizan con detalle los riesgos reputacionales de las compañías a las que financian, y en el Barça se está gestionando con JP Morgan y Goldman Sachs, luego el Barçagate o Caso Negreira les viene en un momento muy malo. A los que digan que esto aparece ahora de manera interesada, se les podría contestar que ha habido casi veinte años para investigar y frenar este escándalo, así que cualquier momento es bueno, aunque llega con muchísimo retraso.
Las chapuzas contables
El siguiente punto que tratamos fue el de los apaños contables del Barça con los trueques de jugadores. En el vídeo explicamos en qué consistían los intercambios Neto-Cillessen y Pjanic-Arthur. Los dos porteros, sin ser de primer nivel, están entre los 10 traspasos de porteros más caros de la historia, luego son precios inflados, no hay gran cosa que analizar. Con la plusvalía ficticia contabilizada (de unos 25 millones de euros), el club esquivó los números rojos y sus directivos evitaron tener que avalar las pérdidas con su patrimonio:
El intercambio Arthur-Pjanic con la Juventus se hizo por unos importes aún mayores, de unos 70 millones de euros. Precisamente este traspaso, considerado fraudulento por las autoridades italianas, es el que ha motivado la sanción de pérdida de 20 puntos para la Juventus. En el país origen de la mafia se sanciona a los infractores. En España no ha pasado nada. Y la omertá impuesta es la envidia de la Camorra.
Dejamos otros temas en el tintero, como los apaños que toleró LaLiga para que el Barça pudiera inscribir a sus fichajes el pasado verano. El Barça tenía que rebajar su masa salarial para ajustarse a los parámetros económicos de LaLiga y de ahí su empeño por quitarse a jugadores con sueldos altos, como Frenkie De Jong o Piqué. El Barça había llegado a acuerdos para diferir los salarios de los futbolistas y en algunos casos, sus sueldos eran crecientes como el del neerlandés. Pero este no quiso aceptar el traspaso propuesto y el Barça tuvo que buscar otras fórmulas de dudosa legalidad. El despido sin indemnización de Mattheus le permitió quitarse de golpe una ficha, aunque no se entiende que LaLiga admitiera ese movimiento, porque apenas cuatro meses después, como era de esperar, la Justicia dio la razón al jugador. O que se rebaje de la masa salarial la cesión de Umtiti al Lecce cuando la ficha sigue corriendo íntegramente por cuenta del Barça.
Pero Tebas tragó con todo y aceptó que el Barça inscribiera a todos los jugadores, si bien los culés rescataron su papel favorito: el de víctima perseguida por el sistema.
Las guerras internas entre clanes
A los que menos entiendo en todas estas historias es a los socios del Barça. Entre Laporta, Bartomeu, Rosell, Gaspart y Núñez están arruinando el club y terminarán en manos de un fondo extranjero, pero parece no importarles. Casi todo lo que sale del Barça es fruto de filtraciones internas o de ataques del otro «bando». En este segundo mandato, Joan Laporta encargó una due diligence sobre la gestión de Bartomeu y lo acusó de «administración desleal, apropiación indebida, alteración contable y simulación contractual», así como de haber causado un agujero injustificado de 30 millones de euros.
En su día fue Sandro Rosell quien realizó una due diligence sobre el primer mandato de Laporta y detectó pagos muy extraños, como entradas para conciertos de U2, jets privados o gastos excesivos asociados con una final de Champions. Luego todo se tapó porque seguramente de ahí no podía salir nada «bonito». Una vez visto lo que ha ocurrido con los Negreira, nos podemos temer cualquier cosa, por desgracia.
Hay una última historia que nunca he podido entender de manera completa y es la que llevó a Rosell a quitar la presidencia de Honor del Barça a una figura indiscutible en el barcelonismo como Johan Cruyff. Joan Laporta tenía negocios con Johan Cruyff en su despacho privado y firmó una sociedad en la que la pasta la pone el de siempre: Jaume Roures. Un socio culé, abogado para más señas, presentó una demanda contra el presidente y solicitó que se investigara si había habido administración desleal, falsedad documental y apropiación indebida, ¿les suena?
El artículo de opinión de hoy mismo de Salvador Sostres en el que acusa veladamente a Joan Laporta de cocainómano y de estar llevándose dinero de la comisión del fichaje de Lewandowski o de las futuras obras con la constructora Limak son un capítulo más de esta crónica sobre unas finanzas chapuceras, lindantes con el delito y que llevarán al club a convertirse en una sociedad anónima en manos de un fondo norteamericano. O catarí.
Quedan varios capítulos por escribir de esta historia, quizás para un siguiente vídeo. El escándalo de la compra de favores quedará en nada, para vergüenza de nuestra competición, pero la prensa no dirá nada. Está adormecida. Por cierto, el Barça pagó más de 7 millones de euros a medios de comunicación solo durante la era Bartomeu.
«Que el ritmo no pare», como dice la publicidad junto a la foto del incombustible profesor. Quién nos iba a decir a aquel grupo de estudiantes de Estructura Económica de la Autónoma de Madrid a principios de los noventa que nuestro ya entonces veterano profesor Ramón Tamames sería noticia de portada tres décadas después. Lo veo en los medios o en los telediarios como cabeza visible de la moción de censura presentada por los de Santiago Abascal y pienso para mis adentros, como tanta gente, “Ramón, profesor, quién le ha visto y quién le ve”.
Con el paso de los años tengo que reconocer que tuve suerte, que tuvimos mucha suerte con los profesores que nos tocaron en aquellos años en la universidad pública (1988-93, en mi caso), aunque cuando tienes veinte años tu preocupación se reparte entre si los árbitros de Tenerife estaban comprados o si algún día tendríamos secuela de Star Wars. Por mucho que estuviéramos matriculados allí, la economía no estaba en nuestras conversaciones en el césped de la universidad.
Tamames nos dio clase en tercero de su especialidad de siempre, Estructura Económica. En el último año, en quinto, en aquellos años en los que la carrera era de cinco años, tuvimos a Emilio Ontiveros, fallecido hace unos meses, una cara mediática bien visible en esto de la economía, y una voz habitual en los medios del grupo Prisa, tanto escritos como hablados. También tuvimos a José Manuel Revuelta, director de Cinco Días y años después presidente de Navantia. Mis compañeros de Empresariales tuvieron a Cristóbal Montoro antes de ser el ministro Montoro que ha protagonizado un par de post a lo largo de la historia de este blog (Premios Montoro a la mala gestión y Montoro miente).
Don Ramón Tamames era y es un economista con un bagaje cultural indiscutible, con un conocimiento apabullante de numerosas materias. Con muchos tiros metafóricos pegados en el pasado, muchas batallas a sus espaldas y un inconformismo fuera de toda duda, como acredita su detención en 1956 en la primera huelga de estudiantes durante el franquismo, su paso por el Partido Comunista, la Federación Progresista, su trabajo en la fundación de Izquierda Unida, el paso por el Centro Democrático y Social de Suárez, y su sorprendente fichaje por Vox para una moción sin recorrido.
Sus clases no tenían un guion previo, o quizás su virtud era que no parecían tenerlo, pero el caso es que enganchaba un tema y comenzaba a disertar una hora entera sobre el asunto en cuestión, yéndose a otras historias, ligándolo a asuntos diversos de toda índole, comparando con situaciones previas o soluciones dadas en otros países… Recuerdo que la pizarra acababa las clases repleta de siglas, o de letras que no eran siglas, sino abreviaturas en la cabeza del profesor. PDM podían ser los “Pactos de la Moncloa”, CM era un “Consejo de Ministros” y a veces los alumnos nos preguntábamos qué quería decir eso de “CDP”. ¿Era el Carbon Disclosure Project? ¿O era un Comité de Profesionales, o solo “una Casa de Putas”, como me respondió mi amigo Carlos?
En algunas de sus clases dejaba caer sus participaciones en algunos de los hechos históricos recientes de nuestro país, o cómo algunos políticos de postín habían demandado su asesoramiento para la configuración de esta nación en los años de la transición. Como ya salí del anonimato hace unos meses, no me importa decir que Ramón Tamames y Emilio Ontiveros aparecen en el libro sobre la universidad que publiqué en Temas de Hoy en 1995, en la colección de narrativa de humor El Papagayo.
Pero para hablar hoy de la aparición de Tamames en mi libro, tengo que hablar primero de Emilio Ontiveros. En aquellos años de gobierno socialista, él era el economista que aparecía en numerosos medios afines, el mismo del que nunca olvidaremos aquella clase en que nos dijo categóricamente: “tras las dos primeras devaluaciones de la peseta (del 5% y el 6%) y los ajustes realizados por el gobierno, no hay ninguna razón para una nueva devaluación de la moneda”. No había internet y nuestras clases eran por las tardes, pero nunca olvidaré que fue llegar a casa y ver en el telediario que la peseta se devaluaba un ocho por ciento. ¡Un ocho por ciento adicional! Desde entonces, marcarse un Ontiveros era para nuestro grupo de amigos de la universidad hacer una predicción económica errónea. Y «jugar a Tamames» es una broma exclusiva de nuestro reducido grupo de guasap. Ojo, que Don Emilio era brillante explicando el pasado y las causas de lo que sucedía en el día a día, pero pocas veces vimos que acertara en los pronósticos. Este es el perfil resumido que dibujé de Ontiveros en 1993:
Míster “Pez Gordo”
El “pez gordo” es ese sujeto de reconocido prestigio en su campo que da clases en la universidad como cuarta ocupación profesional y que tiene la vanidad como principal característica. Trabaja en un despacho propio, escribe artículos en algún periódico o revista especializada, es catedrático, participa en debates o programas de radio y alguna vez de televisión (no en La batalla de las estrellas) y está enamorado de su figura. (…)
Alaba sus propios trabajos, sus intervenciones en radio y televisión, sus artículos (de obligada lectura) y, por supuesto, su libro es el mejor y es también el que se sigue para la asignatura. Es el prototipo de profesor al que la tarima le viene enana y necesitaría más altura para separarse de la chusma de sus alumnos, a quienes en su mayoría desprecia.
Su dedo es el más temido a la hora de las preguntas, porque, sea cual sea la respuesta, intentará ridiculizar al alumno. (…) ¿Intentan vengarse de alguna tortura psicológica sufrida en su más tierna infancia? (…) Por supuesto, este “pez gordo” no hace revisiones de examen. Faltaría más, deberíamos estar contentos de que se digne a darnos clase. Además, su opinión va a misa y no tiene por qué aguantar estupideces de sus alumnos”.
En la vida de los que estudiamos con Don Emilio hay un antes y un después de sus clases. Antes de ellas, en los periódicos solo leíamos los deportes, la programación de cine y el humor gráfico. Después de un añito con él, nos tocó interesarnos sobre economía y política. Y lo logró. Hay una frase suya que nunca olvidaré sobre los economistas que aparecían en los medios: “En este país nadie escribe bien. Bueno, yo sí”.
Guardo un mejor recuerdo de Don Ramón Tamames, quien ya parecía octogenario en los noventa, y de él escribí lo siguiente (no olvidemos que tenía menor peso en los medios):
Míster “Pececito Gordo”
Así llamado por tratarse también de un profesor de cierto prestigio, colaborador habitual de prensa y televisión, pero a quien se concede menos importancia que al sujeto anterior. Esto es algo que difícilmente soporta y su reacción consiste en dar un relieve desmesurado a todos sus actos mediante la táctica de restarles trascendencia, de mal disimular modestia, de decir las cosas como sin querer. Sus frases favoritas son:
“Perdonad el retraso, Vengo ahora mismo del puente aéreo Barcelona-Madrid”. (Sin duda, habrá forzado ese retraso para poder contarlo).
“Como decía ayer en Antena 3…”.
“Mañana no habrá clase porque tengo que dar una conferencia sobre…”. (Descuida, sabiendo que no hay clase no interesan los motivos).
De vez en cuando, como revancha ante el “pez gordo” por restarle protagonismo, lanzará tímidos ataques subliminales contra el mismo con expresiones del tipo:
“No puedo estar muy de acuerdo con la opinión de “pez gordo” sobre…”.
“Me cuesta creer que así se pueda frenar la inflación, porque…”.
“Que me perdone mi querido colega, pero no puedo darle la razón respecto a…”.
La falsedad con la que pronuncia “mi querido colega” solo puede equipararse a las recreaciones de un asesinato en un reality show.
M. “Pececito gordo” se enorgullece de que su libro vaya por la vigesimosegunda edición, aunque quizás debería tener en cuenta que lleva veinticinco años utilizándolo como libro de texto.
La editorial Temas de Hoy encargó al ilustrador Luis Miguel Pérez González que acompañara mis textos con una serie de dibujos y el diseño de la portada, y aunque nunca lo conocí en persona, me pareció un crack. Un fuera de serie que captó la esencia de cachondeo que había en el libro. Con Don Ramón Tamames lo clavó:
Estaré pendiente de la moción de censura, o mejor dicho, del discurso de Tamames en el que nos hablará de los problemas de la nación, de la deriva de este país, de la ruptura de la HDPC por la RN y SD, de la TIU con Bildu, o de los intentos de DNE. Con el profesor siempre se aprende.
Para curiosos:
HDPC: Histórica Declaración del Partido Comunista.
RN y SD: Reconciliación Nacional y Solución Democrática.
TIU: Traición de Izquierda Unida.
DNE: Destrucción de la nación española.
Ah, y por suerte, mi libro está descatalogado: no soportaría los controles de censura actuales.