Las modas del Mundial, por Barney

 

Argentina v Croatia: Group D - 2018 FIFA World Cup Russia

Solo quedan cuatro partidos para que acabe este Mundial de Rusia, las semis, la final y el intrascendente partido por el tercer puesto, y como en casi todos los campeonatos encontramos algo nuevo, un invento de los entrenadores, lo cual no significa que aporte nada especial ni que vaya a ser un descubrimiento perdurable más allá del mes de julio.

El invento de este Mundial es el «trenecito doble» en el punto de penalti. Lo habréis visto todos los que sigáis el Mundial: llega un córner y entre ocho y diez jugadores se concentran en los dos metros cuadrados alrededor del punto de penalti. Los atacantes mirando hacia portería y los defensores empujando frente a ellos. Agarrones, empujones, peleas por la cercanía al rival, el árbitro que advierte de un penalti que nunca va a pitar, y en cuanto el balón se pone en juego cada uno de los ocho jugadores sale disparado en una dirección, unos buscando el balón, otros bloqueando a sus defensores y estos tratando de evitar el remate. El resultado ha sido dispar, no creo que haya mejorado el porcentaje de remates de córner, ahora que se mide todo en estadísticas.

Colocación córner

Sobre lo que quería llamar la atención es sobre las modas en este tipo de campeonatos. No sé qué equipo fue el primero en hacerlo, pero de repente, de la noche a la mañana, lo hacen todas las selecciones, cuando se supone que debería ser algo que se ensayara en los entrenamientos. Es como si Roberto Martínez hubiera visto a los de Tite, que a su vez se lo vieron hacer a los de Deschamps, que vieron que a los de Southgate les funcionó contra Panamá, que…

Ya no recuerdo en qué Eurocopa fue, si en la de 2016 o en la de 2012, se puso de moda sacar el córner en corto, que un compañero la pisara y que el mismo que sacaba el córner centrara a la olla. ¡No aportaba nada al juego y de repente lo hacían todos los equipos! De verdad que quise entender a quién se le había ocurrido la soplapollez, pero duró poco la moda. Ese campeonato, concretamente.

Que conste que no estoy en contra de las novedades, es más, creo que el fútbol está muy necesitado de ellas, sobre todo en el Reglamento (algún día volveré a hablar de ello), pero lo que me repatea son las bobadas sin sentido, tanto como los gilicórners que terminan con el balón cada vez más lejos de la portería contraria, más lejos, más lejos, hasta finalizar en el área propia, como he visto alguna vez a esos integristas de la posesión.

Milinko PanticA veces hay equipos con jugadores con alguna virtud especial que hay que explotar, como aquellos años del Atleti de Milinko Pantic, cuando una decena de jugadores se peleaba por el espacio junto al primer palo por los balones que el serbio con enorme calidad. Visto desde lejos llamaba la atención tanto como el «trenecito doble» de Rusia 2018, pero era una novedad que aportaba mucho al juego. No sé la cantidad de goles que metió de ese modo el Atleti.

Luego están las modas chorras que se supone que aportan algo que mejora las prestaciones de los jugadores. ¿Os acordáis de las tiritas para la nariz? Eurocopa de 1996, prácticamente no había jugador que no la llevara. «¡Cómo hemos podido jugar tantos años sin una tirita en la nariz!», nos preguntamos algunos. La moda también fue efímera, yo creo que duró lo que el primer paquete de tiritas que se compraban los futbolistas.

Tiritas en la nariz

Otro año, a principios de los noventa, la moda fue usar unos calentadores de muslos de color fosforito chillón: rosa, amarillo, fucsia, verde,… de cualquier color que no fuera el original de la selección. Era hortera y visualmente horrendo, sobre todo por la tele. «Es por estética gilipollesca», discutía con amigos. «No, qué va, dicen que la musculatura calienta antes y se evitan lesiones». Bueno, pues meses después no había calentadores (prohibidos por una norma de la FIFA) y que se sepa no hubo un aumento de lesiones.

Aunque si hablamos de estética, creo que no ha habido una época peor que la presente, en la que los jugadores parece que consultan con sus asesores de imagen antes de saltar al campo: botas rosas fosforito o de distintos colores, tatuajes por todo el cuerpo, que publicitan en los medios cada vez que añaden uno a su colección, cortes de pelo imposibles incluso para el encuentro Donald Trump-Kim Jong Un, cejas depiladas, maquillaje, ¡sí, maquillaje!, barbas curradísimas y tremendamente incómodas,… No puedo con estas bobadas. Es en esos momentos cuando más añoro a los futbolistas de antaño, como Santillana, el héroe de wéstern al que dediqué mi debut en La Galerna. Quedan pocos futbolistas así en el fútbol actual y en este Mundial. Razón de más para que me encante Luka Modric, el croata feo, narizotas y de pelo lacio, cuyo juego es fútbol en estado puro sin toques intrascendentes. Owen Wilson, como decía Travis en Si los futbolistas fueran actores.

El fútbol de ahora es mucho más completo… en gilipolleces, como decía este chiste de El área de Bernal:

El área de Bernal

Recuerdo un jugador que llegaba tarde a todas las modas: Caminero, el ex del Valladolid y el Atlético de Madrid. En aquella Euro del 96 fue el último jugador en lucir la «milagrosa tirita dilatadora», y de los que se pusieron los calentadores rosa justo antes de que los prohibieran. Recuerdo que cuando se puso de moda no celebrar los goles contra tu ex equipo o pedir perdón, se le olvidó hacerlo en un partido con el Valladolid. Salió corriendo, dio un salto con el puño en alto, y según aterrizaba debió de ver los caretos de la gente y empezó a pedir perdón: «huy, lo siento, lo siento, que la moda es hacer que siento haberos enchufado un chicharro».

Don Balón.jpg

Y una más a la que recuerdo que llegó con retraso (y con esta palabra no insinúo nada). Cuando la moda consistió en llevar un mensaje escrito en la camiseta interior, se ve que Caminero no lo llevaba preparado y tras marcar frente a Francia se levantó la camiseta luciendo un nombre ininteligible escrito a boli y torcido que apenas se entendía. No he sido capaz de encontrar la foto (apenas la del Don Balón de arriba), pero quedaba cutre, muy cutre. Algo mucho más primario que el precioso homenaje de Iniesta a su amigo Dani Jarque en la final de Sudáfrica.

Iniesta Jarque

Se acaba el Mundial, no nos queda nada. Algunas cosas buenas nos está dejando, como el VAR, si es que en España somos capaces de lograr que funcione sin manipulaciones, o la demostración palpable de que la posesión sin velocidad ni profundidad no sirve de nada. Los tres equipos con mayor porcentaje de posesión (España, Alemania y Argentina) se fueron a casa a las primeras de cambio. O que se ha visto que Luis Suárez va a tener problemas para no acabar expulsado en cada partido. Pero lo que sin duda me congratula es que parece que se ha puesto de moda (por fin) criticar a los jugadores piscineros que se dejan caer al mínimo soplido en el área, cuyo máximo exponente es el brasileño Neymar. La moda es destacarlo ahora y criticarlo, cuando lleva toda su puñetera vida profesional haciéndolo. Pues aunque sea tarde, celebro esta nueva moda como uno de los grandes hallazgos del Mundial.

Aquí dejo mi pronóstico realizado antes de las eliminatorias. Fallé Inglaterra, porque puse Colombia en su lugar y no faltó mucho. A ver si acierto esa final inédita Bélgica-Croacia. Me encantaría, dos equipos de moda con jugadores alejados de las modas chorras.

 

 

 

 

El bigote de Kim

Vilfort

La pequeña Line acarició el bigote de su padre y le dio unos cariñosos tirones. Le encantaba agarrar un mechón y retorcerlo entre las yemas de los dedos. Por absurdo que pueda parecer, aquel bigote representaba para ella la seguridad. Era el bigote que en cada beso, estuviera dormida o despierta, le raspaba suavemente la cara como recordándole «eh, cariño, estoy aquí», el mismo bigote que reconocía con rapidez entre la multitud, ya fuera en el colegio o en el hospital.

Con la cabeza apoyada en la almohada, Line esbozó una sonrisa, le miró fijamente a los ojos y susurró:

– Vuelve con ellos y hazlo. Es tu sueño y me encantará verlo por la tele.

A Kim, el tipo duro de metro noventa, el fornido jugador de la selección danesa de fútbol que nunca se quejaba, se le saltaron las lágrimas. Los últimos resultados de los análisis no habían sido los esperados y la pequeña Line no respondía al tratamiento para combatir la leucemia. Demasiados parámetros fuera de lo normal para un cuerpo de apenas seis años.

Esa misma tarde Kim tomó el avión que le llevaría de vuelta a la concentración de la selección en Gotemburgo. Por la ventanilla miró al Báltico sin entender muy bien qué hacía sentado en esa butaca en lugar de estar junto a la cama de la pequeña. «Cumplir sus deseos», trató de justificarse. El color de las aguas, entre azul y gris, le recordó su mirada.

Cuando llegó al hotel, sus compañeros le abrazaron, le besaron, le dieron palmadas en la espalda y le gritaron de todo para animarle. El portero titular, el gigantón Peter Schmeichel, fue el último en abrazarle, con su característica sonrisa:

– Dijiste que volverías para la final, cabronazo.

– Bueno, no me fiaba de vosotros.

– ¿Acaso lo dudas? -soltó Peter con convicción.

Nadie esperaba que la selección danesa se clasificara para las semifinales de la Eurocopa de 1992, y menos  aún Kim Vilfort. En realidad ni siquiera les esperaban en Suecia, porque durante la clasificación para el campeonato habían sido segundos de grupo tras Yugoslavia. Sin embargo, diez días antes del inicio del torneo y cuando algunos jugadores daneses llevaban ya unos días de vacaciones, la ONU vetó la presencia de equipos yugoslavos por las guerras en los Balcanes.

Dinamarca confeccionó una selección en apenas diez días. No fue complicado pues apenas tenían jugadores para elegir: Schmeichel y diez más. Los que estuvieran localizables ocuparían el banquillo.

Los dos primeros partidos, como era de esperar, dejaron a Dinamarca medio eliminada. Un empate y una derrota. Tras el segundo partido Kim decidió volver con Line y con su familia, la hermosa Minna y el inquieto Mikkel. Quiso animar a sus compañeros con esa frase que ahora le recordaba Peter:

– Serán unos días, no quiero perderme la final.

Kim no confiaba en que sus compañeros lograran derrotar a la poderosa Francia de Papin, Cantona y Deschamps, y clasificarse para las semifinales. El invitado inesperado. El rival sería Holanda, la campeona, la naranja mecánica repleta de superclases como Gullit, Van Basten y Rijkaard. «Lo normal sería que nos triturasen», pensó Kim, «pero… esto es fútbol».

El partido acabó con empate a dos tras el cerrojazo danés y la portentosa actuación de Schmeichel. Tras cada una de sus paradas, levantaba el puño y animaba a sus compañeros con una determinación contagiosa.

Llegó la temida tanda de penaltis. Schmeichel detuvo el de la estrella holandesa Van Basten. A Kim le tocó lanzar el cuarto. El portero holandés, Van Breukelen, un tipo mal encarado, intentó sacarle de sus casillas, como había hecho con sus compañeros. Pero Kim estaba en otro mundo. Juntó el pulgar y el índice de su mano derecha bajo la punta de la nariz y comenzó a separarlos lentamente mesándose el bigote hasta llegar a la comisura de los labios. Era un gesto que repetía con frecuencia. Al final del movimiento abría la boca en lo que podía interpretarse como una sonrisa.

Lanzó el penalti con convicción y lo anotó. Como le espetó Schmeichel al celebrar la clasificación para la final:

– Ese energúmeno tocándote los cojones, y tú vas y te ríes en su cara.

De inmediato Kim pensó en Minna y en Mikkel, que estarían viéndole por televisión, pero sobre todo se acordó de Line postrada en la cama.

La final se disputaría en el mismo estadio cuatro días después contra Alemania.

– No tenemos nada que hacer, pero ya que estamos aquí, ¿qué tal si terminamos el trabajo? -dijo el veterano central Olsen.

La convicción de que podían lograr la proeza se fue adueñando de todos ellos, sensación que aumentó cuando Jensen anotó el primer gol desde fuera del área. El resto del partido fue un monólogo alemán tratando de penetrar en la sólida defensa danesa. Las manos milagrosas de Schmeichel hicieron el resto.

El cansancio empezaba a notarse en las piernas de los daneses. Quedaban pocos minutos de la segunda parte cuando un balón rebotado cayó cerca de Kim. Era la oportunidad. Estaba tan fundido que no llegaba al balón, así que se lo acomodó ligeramente con el brazo, con tal fortuna que el árbitro no lo vio,  y recortó hacia el centro. Tenía el balón para chutar con su pierna mala, la izquierda, pero estaba tan cansado que no podía dar un paso más, así que le pegó con el alma. Le salió perfecto, junto al palo izquierdo de Illgner, que no alcanzó a detenerlo. Dos a cero, quedaban apenas diez minutos y no había dudas de que Dinamarca sería campeona por primera vez en su historia.

Ochocientos kilos de equipo danés se abalanzaron sobre Kim formando una montaña humana. Las lágrimas de emoción se fundieron con sus lágrimas de alegría y dolor al pensar en Line, a la que imaginó frente al televisor tratando de encontrar el bigote de su padre entre esa maraña de jugadores, su pequeña Line de la que ya no se separaría en la semana de vida que su cuerpo aguantó.

 

 

Si los futbolistas fueran actores, por Travis

 

Nedved3-Swayze

Me hallaba profundamente sumido en el estudio del cine de Burkina Faso para la ardua tarea de escritura del próximo post, cuando los amiguetes me pidieron que hablara sobre algo de más actualidad (y sin duda más lecturas) como es el Mundial de Rusia. Así que aprovecho el primer parón del campeonato, el primer día sin fútbol desde hace dos semanas, para escribir sobre esos tipos que mueven millones por los cinco continentes, cuya imagen es mundialmente conocida, individuos que levantan pasiones allá donde van, reciben toda la atención de los medios, portadas en revistas, millones de tuits y retuits, y horas y horas de debate sobre algo tan banal como es el fútbol. O el cine, por cierto, pues todo lo dicho resulta igualmente aplicable para las celebrities del mundo del espectáculo.

Apenas noventa minutos de partido, o ciento veinte, dan para alcanzar esta relevancia internacional. Curiosamente, una duración similar a la de una película, salvo que seas David Lean o Peter Jackson. Ese cierto paralelismo entre el fútbol y el cine me ha dado la idea de escribir este texto con la idea de proponer los que serían los alter ego cinematográficos de algunos conocidos futbolistas. Ojo, que serán los míos y no dudo de que serán puestos en cuestión, como todo lo que se refiere al deporte y en buena medida al cine. Mis filias y fobias saldrán a relucir, y el que no esté de acuerdo pues que proponga los suyos, que cine y fútbol no dejan de ser aficiones con las que pasar el rato sin llegar a las manos, salvo que sueltes gilipolleces, como que odias Star Wars o El señor de los anillos, o que amas y devoras las pelis de Lars von Trier. «¡O que eres del Barça!», añade Barney.

La idea es buscar similitudes en la personalidad o en lo que representan los futbolistas como icono, pero antes de comenzar no puedo evitar algunas comparaciones recientes que se han hecho famosas por el parecido físico, como la de Karius con Chris Thor Hemsworth, o con nuestro manos de mantequilla, De Gea:

 

El primer goleador de la final de Champions que «catapultó» a la fama a Karius fue el insulso Karim Benzema, el cual tiene un parecido más que razonable con el no menos insulso Shia LeBeouf:

Benzemá-Shia LeBeouf

Pero el que me dejó anonadado fue ese alemán de ojos de huevo que llegó al Real Madrid hace unos años, Mesut Ozil. «Joder, tiene mirada de actor de cine mudo. ¡De Buster Keaton! Y se comporta como el Cara de Palo en el campo»:

Ozil

O el brasileño David Luiz con el actor secundario Bob, de Los Simpsons:

David-Luiz-Side show Bob

Hay muchas listas por Internet, dejo aquí alguna que he encontrado, con algunos sorprendentemente parecidos y otros cogidos con las pinzas de quitarse el entrecejo de Julia Roberts. ¿Aimar y Frodo?, amos, no jodas:

Aimar y Frodo

Me lanzo ya a divagar sobre quiénes serían en el mundo del cine los divos del fútbol por lo que representan y lo haré cebándome de modo especial en los que están disputando el Mundial de Rusia 2018.

  • Luis Suárez: de primeras me pareció sencillo, pues siempre ha hecho de villano, en todos los sitios por los que ha pasado. Se ha hecho tan famoso por su habilidad goleadora como por ir soltando dentelladas a diestro y siniestro, así que inmediatamente pensé en Christopher Lee. Pero reconozco que tengo mis dudas, pues el actor tiene un currículum espectacular en todos los sentidos, también en el intelectual, mientras que el uruguayo, en palabras de su representante, «tiene problemas psíquicos, suma con los dedos».
  • Cristiano Ronaldo: el portugués está enamorado de sí mismo y de su figura, eso es innegable. Controla todo lo relativo a su aspecto: los cortecitos de pelo, los guiños a la cámara, el color de piel, ¿dónde está mi cámara?, pues toma abdominales,… Pero te guste o lo detestes, hay que reconocer que el tipo sigue cumpliendo años sin que se le note y haciendo muy bien su trabajo. Si fuera actor, no tengo ninguna duda de que sería Tom Cruise.
  • Neymar Jr.: el amiguete Barney acaba de dedicarle un post entero hace apenas unos días, así que me lo ha puesto fácil. Sobreactuado, exagerado, resultaría cómico si no fuera cargante. Excesivo en todo lo que hace, con una infancia repleta de carencias, y una vida personal convulsa, se convierte en un genio cuando es capaz de controlarse. Si fuera actor, sería Jim Carrey, cuyo mejor papel, El show de Truman, reflejaba una inmensa farsa, un mundo de fantasía por el que el actor se movía con libertad. Como la mejor actuación de Neymar, que se produjo en el Aytekinazo.
  • Maradona: las penosas imágenes del argentino en el palco de invitados, borracho o drogado hasta las cejas, han sido por desgracia de las más vistas de todo el Mundial de Rusia. Los que le vimos jugar en el Barça, el Nápoles o la selección argentina, sentimos al ver a esa ballena maleducada y sudorosa lo mismo que en algunas películas de Marlon Brando: «¡qué pena, fuiste el más grande y ahora no provocas ni lástima!»
  • Leo Messi: difícil, por qué no decirlo. He tenido que darle muchas vueltas. Es más valorado fuera de su país que en su patria de nacimiento. Es muy bueno en lo suyo, de los mejores, eso es innegable, y los premios que ha recibido han sido justos. En más de una ocasión tiene pinta de necesitar una buena ducha. Lo que está claro es que lo suyo es el fútbol y cada vez que abre la boca, por lo general, la caga. Nos cae mejor su mujer que él mismo, así que solo se me ocurre pensar en Javier Bardem, quien por cierto, también tuvo problemas con Hacienda. Ah, y cada vez que hablan el padre de Messi o la madre de Bardem nos terminamos llevando la mano a la frente diciendo: «madre mía, madre mía…»
  • Luka Modric: tan simpático como feo, con una narizota prominente tan característica como su estilo poco ortodoxo, hay que reconocer que cada vez hace mejor las cosas, como Owen Wilson, quien ha llegado a trabajar con el mismísimo Woody Allen en una de sus mejores pelis de los últimos tiempos, Midnight in Paris.

Modric

Mañana se la juega nuestra selección contra los anfitriones, y yo me imagino al Presidente ruso Vladimir Putin como uno de los malos de James Bond, controlando el VAR desde el Kremlin para asegurarse de que pasen los suyos, como han publicado algunos memes esta semana.

Nuestro equipo jugará con los Iron’s Eleven, que no los Ocean’s Eleven, que supongo que serán los de siempre:

  • David de Gea: Karius 2, Thor o el único portero al que he visto currarse varios Matrix para evitar el balón, como contra Marruecos el lunes pasado.
  • Carvajal: el luchador barbudo, el tipo aguerrido, el espartano Gerard Butler de 300.
  • Sergio Ramos: a veces no sabes si es un genio o está como una puta cabra, y te sueles inclinar más por lo segundo que por lo primero. Entre eso, sus tatuajes y su afición a los sombreros imposibles, Ramos solo puede ser Johnny Depp.
  • Gerard Piqué: a mí este tipo me recuerda a Macaulay Culkin. Nunca me gustó demasiado, con su pelito rubio y repitiendo las mismas chorradas, pero tenía su público. Ahora bien, a medida que vas cumpliendo años y te sigues comportando como el niñato del instituto, hasta los tuyos te dicen que «ya te vale».
  • Jordi Alba: uf, qué pereza de tío. Tim Roth, quizás, ese actor pequeñín en lo físico, pero grande en la actuación, más recordado por papeles de tipo vil y rastrero a los que abrirías la cabeza sin ningún tipo de remordimiento.
  • Sergio Busquets: el actor secundario por excelencia, un tipo ejemplar en su cometido, que siempre hace bien su trabajo. Como Steve Buscemi, alguien que mejora el reparto de cualquier película. Ahora bien, ¿a alguien se le ocurriría producir un filme con Buscemi de protagonista? Pues lo mismo vale para Busquets.
  • Andrés Iniesta: déjalo ya, de verdad, tus mejores actuaciones fueron hace mucho tiempo, no necesitas arrastrarte por los terrenos de juego. Tienes nuestro respeto y admiración, realizaste gestas memorables, pero ya no merece la pena que sigas, Al Pacino.
  • David Silva: con Silva me pasa como con Michael Keaton, que nunca estuvo entre mis favoritos, pero que a medida que ha ido perdiendo pelo, me resulta más irrelevante e innecesario. En algunos partidos le he visto tan despistado como a Keaton en Birdman.
  • Isco: el mejor hasta ahora, el crack. Físicamente es clavado al actor Miguel Ángel Muñoz, pero por lo que aporta en el terreno de juego, por su presencia y lo que transmite, ahora mismo es nuestro Brad Pitt.

Isco.jpg

  • Diego Costa: discutido, polémico, no deseado por muchos, aporta la sensibilidad y el buen gusto de una coz de Steven Seagal.

El undécimo puede ser Asensio, Lucas Vázquez o Koke, y os animo a encontrar su pareja cinematográfica, porque a mí del que me interesa hablar es del entrenador Fernando Hierro, aterrizado en el equipo dos días antes del inicio del campeonato para sustituir a Julen Lopetegui. Como Christopher Plummer sustituyendo a Kevin Spacey en todos los planos de Todo el dinero del mundo tras los supuestos escándalos sexuales del actor de American Beauty.

El mundo de los entrenadores también daría para un post entero, pero reconozco que dejo el fútbol y sus pasiones para otros. Para mí, Ancelotti sería el perfecto e impersonal Steven Soderbergh y el Cholo Simeone como John Avildsen, el mejor director para una peli de mamporros. Guardiola sería Wim Wenders y Mourinho, Quentin Tarantino. Y como en todo, habrá aficionados de un estilo y de otro.

¿Y qué me dices de Zidane? Pues nada, no tengo nada que añadir al homenaje cinematográfico en forma de Gladiator que recientemente hizo Barney. El fútbol tiene mucho de épica, pero donde mejor se ha representado siempre es en las pantallas de cine. Suerte para España en el Mundial.

 

 

 

¿Neymar? No, niet, never

Neymar

Barney, 23 de junio de 2018

Ayer, durante los noventa y ocho  minutos del Brasil-Costa Rica, Neymar Jr. desplegó todo ese repertorio que lo convierte en un jugador indeseable para el Madrid. Creo que no se dejó ninguna acción antideportiva sin realizar.

Que tiene una calidad técnica indiscutible, desde luego, que está llamado a suceder a Messi y Cristiano Ronaldo en los Balones de Oro, también, pero yo no quiero verlo en el Madrid ni en pintura. Prefiero tenerlo enfrente, por muy insoportable que esta alternativa resulte.

Durante el partido del Mundial de ayer por la tarde, se dedicó a protestar todas y cada una de las jugadas, a recriminar a sus compañeros, a pedir tarjetas con ese gesto tan característico que aprendiera durante sus años en Barcelona, y por si el recital de quejas no hubiera sido suficiente, se quedó esperando al árbitro en el descanso en el túnel de vestuarios para seguir reprochándole que no le hiciera caso en cuanto a las tarjetas, «a mí, a Neymar», al tipo acostumbrado a que todo su entorno le ría las gracias y le lama el culo rastreramente.

Esa actitud tan despreciable, por cierto, es la misma que mostró Leo Messi en el último Clásico de la temporada (¡Gladiator!), recriminándole a Hedióndez Hedióndez la expulsión de Sergi Roberto: «¿vos no sabés que está pactado que no se puede expulsar a jugadores del Barça en La Liga?» Intentando condicionar al árbitro, que luego vimos que funcionó (gol del Barça en falta, y penalti escandaloso de Jordi Alba a Marcelo no concedido).

Ayer Marcelo se tuvo que llevar a Neymar al vestuario de la canarinha, pero aun así este seguía erre que erre con sus protestas. Insoportable. Y quizás tanta presión al árbitro funcionó porque a mediados de la segunda parte, el holandés Kuipers señaló penalti por un piscinazo infame de Neymar en el área de Costa Rica. Menos mal que en el Mundial está funcionando un VAR bastante más serio que el que esperamos en España (ojalá me equivoque, pero aquí el VAR no funcionará), y el colegiado rectificó su propio error. ¿Veremos esto en España? ¿A un árbitro ignorando las zambullidas de Suárez, o de Cristiano, que también las hay, o anulando los penaltis señalados al Barça? Las caídas de Neymar ante el Éibar, el Leganés o el PSG en la bochornosa robontada se habrían solucionado con tarjeta para el brasileño.

Kuipers tuvo el valor de no conceder penalti a los brasileños, pero no lo tuvo para mostrar amarilla a Neymar. Menos de diez minutos después, Neymar soltó el brazo a un jugador de Costa Rica que le había hecho falta, y no contento con eso, pues su nerviosismo iba en aumento, comenzó a insultarle a medio metro del árbitro en un perfecto español de Uruguay:

  • La concha de tu madre, hijo de puta, vete a tomar por culo.

Segunda amarilla y a tomar viento tu Mundial, payaso. Pero no, siguió jugando. Tuvo un encontronazo con Keylor Navas que no fue agresión, pero que es de esas jugadas evitables, como sabe todo el que haya jugado al fútbol alguna vez. Rodillazo en el estómago al que puede ser su compañero de equipo en unos meses (ojalá el Dios misericordioso de Keylor no lo quiera). Protagonizó otro momento muy triste cuando se puso a insultar a su compañero Thiago Silva por devolver el balón a los costarricenses. Lo hizo todo, todo y todo de pena.

Como la mayoría sabrá, Brasil marcó en el minuto 91 por medio de Coutinho, y entonces se desató la última faceta odiosa del crack brasileño. Al igual que en aquella final de Copa del Rey contra el Athletic de Bilbao con el marcador ya resuelto, intentó una vacilada sobre los defensas costarricenses: su famosa lambretta, que solo hace con el marcador a favor. A mí no me parece mal que intente usar determinados recursos para esquivar a sus rivales, como la bicicleta cuádruple o el caño pisando la bola, lo que me parece vomitivo es que solo las intente cuando el marcador ya está claramente a favor y se aprecia que le da igual si le sale o no, porque el objetivo no es regatear al rival, sino vacilarle. De verdad que si soy defensa de Costa Rica ayer le meto tal viaje que iban a tener que contratar al mejor especialista del mundo en reconstrucción de tibias.

Para colmo de males, Neymar tuvo la fortuna de empujarla a puerta vacía en el minuto 97, tras una gran jugada de Casemiro y un pase-regalo de Douglas Costa. Aquí vino la última parte del show del brasileño: «¿hay cámaras? Vamos a hacer que lloro, que casi me desmayo de la emoción. Huy, no hay suficientes cámaras, me pongo de rodillas, me siento en el suelo, a ver si mi imagen da la vuelta al mundo». Detesto estos numeritos, los haga quien los haga, como el que montó Cañizares tras la final de Champions perdida en los penaltis contra el Bayern de Múnich, o el de Cristiano Ronaldo tras ganar la final de Champions con el United en la tanda de penaltis (en la que el portugués falló el suyo, por cierto). Sobreactuados, como un mal actor, como lo que son muchos futbolistas, jugadores más pendientes de las cámaras y de su imagen que del juego en sí.

Así que, como decía al principio, Neymar hizo todo lo peor que puede hacer un futbolista en un terreno de juego en poco más de noventa minutos. Pero es que fuera del terreno de juego sus precedentes me gustan menos aún. Le puso los cuernos al Santos de mala manera con toda una serie de contratos fraudulentos que han supuesto numerosas multas y condenas para el Barça y Rosell. El contrato de los 19 millones que pasó a ser de 57, luego de 88, se habla ya de 130, y puede que sea mayor con las multas por fraude fiscal y si finalmente el Barça tiene que pagar al fondo DIS. Hace tiempo que me perdí con el caso.

Al niñato brasileño y su padre, ese «artista» de las finanzas, les debió de parecer que ya estaba bien seguir al dictado de Leo Messi y buscaron más pasta y protagonismo en París. Eso sí, además de cobrar el pastón de Al-Khelaifi por el fichaje, exigieron cobrar del Barça la prima de renovación de 26 millones de euros. Acojonante, otro juicio más para el Barça. En París ya ha hecho varias de las suyas, igual que las hizo en Barcelona, y por todas estas razones no quiero verlo en el Madrid. Es mal compañero, se ha peleado con Cavani, no fue al campo el día que el PSG se proclamaba campeón de Liga, lo cual dice mucho del pájaro, y en el Barça le vimos forzar tarjetas para viajar antes de tiempo a sus vacaciones en Brasil, las fiestas, los Toiss que le rodean y cuya financiación deNeymar Hawking caprichos figura en su contrato, el cumpleaños de su hermana,… no me gusta nada de él. La tontería de comparación que hizo en pelotas cuando murió Stephen Hawking,… qué gilipollas. Y yo no me veo parafraseando a Roosevelt y a Kissinger: «sí, es un gilipollas, pero es nuestro gilipollas».

Tengo amigos que están a favor del fichaje y que me recuerdan que tampoco quería la llegada de Cristiano Ronaldo. Lo reconozco, me equivoqué. Tampoco quise a Luis Figo ni a Drazen Petrovic, y luego reconozco que se convirtieron en ídolos del madridismo. Pero les veía con una profesionalidad y una entrega al equipo que les pagaba que no le veo a este tipo, que solo responde a su propia marca.

Si el Madrid se hace con el brasileño, hipotecará el club, supondrá la salida de varias estrellas del equipo (seguro que el mosqueo de Ronaldo está relacionado con la ficha que cobrará el brasileño), creará una inflación en el resto de la plantilla, peor ambiente, nos cabrearemos con piscinazos infames, macarrismo hortera, veremos a Neymar Sr. por el club, a los Toiss por el Bernabéu, la prensa se cebará con las chorradas del jugador,… No me apetece nada. Por mucho que sea un antiguo capricho de Florentino, ya que estamos en pleno Mundial de Rusia: ¿Neymar? Niet!

 

Un trabajo en equipo (1ª parte), por Lester

Trabajo en equipo

  • Bueno, pues antes de nada, permítanme que me presente. Mi nombre es Álex Schwartz, he sido consultor de Recursos Humanos durante más de quince años, Director de Organización y Sistemas de un gran grupo cotizado, y actualmente asesor de Estrategia y experto en eso tan complejo que llaman «reestructuraciones empresariales» -hizo una pausa para mirar a los asistentes a los ojos, uno a uno-. Me ha contratado su empresa para tratar de encontrar la mejor solución a las necesidades actuales del negocio.
  • ¡Muy bien, bravo! -dijo Fernando mientras aplaudía ostensiblemente-. ¿Por qué no nos dice ya cuántos nos vamos a la calle y nos ahorramos todo este teatrillo?
  • Usted es Fernando, ¿verdad? Licenciado en Ciencias Políticas, dieciocho años en la empresa. En el mismo puesto desde hace catorce. Antiguo delegado sindical, cumple correctamente con el horario y las tareas encomendadas. Se le ofreció una promoción en 2013, que rechazó por…
  • ¿Una promoción? ¡Era una trampa, me mandaban con unas condiciones pésimas a…!

El consultor levantó el dedo índice de la mano derecha y con gesto serio dijo:

  • No me interrumpa, señor García, no me interrumpa. Y le ruego que no levantemos el tono de voz. No es necesario. Ahora hablo yo y no les haré perder mucho tiempo. Solo les pido que me dejen explicarles la situación durante cinco minutos, y a continuación, tendrán ustedes dos horas para hacer un buen trabajo en equipo, el mejor que han hecho en su vida. Por la cuenta que les trae. A su anterior pregunta, la respuesta es muy sencilla: tres. ¿Me ha oído bien? ¡Tres! Y lo saben todos ustedes. La empresa va a reducir su plantilla al cincuenta por ciento y con Don Marcelino, el Director del Departamento, ustedes son seis, así que no hay que ser un lince para saber la cifra.

Se quedaron todos en silencio. Algunos agacharon las cabezas, otros se miraron entre ellos. Fernando clavaba sus ojos en el consultor.

  • Mejor así, en silencio. Parece que ahora tengo su atención. Pues bien, les diré cómo vamos a decidir quiénes se quedan y quiénes se van (Revisando los papeles de su carpeta). Tengo sus historiales profesionales y las valoraciones de su superior durante estos años, pero, francamente, me importan más bien poco, por no decir nada. Algunos son mejores que otros, o tienen más formación, o son más jóvenes y por tanto pueden reconducir sus carreras dentro de la empresa, alguno tiene un salario que no se merece,… Hay de todo, pero yo voy a partir de cero. Este departamento tiene un serio problema de funcionamiento interno. El problema es sobre todo personal. De críos. Se llevan fatal entre ustedes y son incapaces de trabajar en equipo. No se comunican entre ustedes, no se coordinan en sus tareas, que a veces duplican, no se ayudan, no se cubren en vacaciones o durante las bajas más allá de lo exigido por Don Marcelino, y a regañadientes, haciendo lo mínimo y dejando el pastel a sus compañeros,… No he visto una cosa igual en mi vida.

Arancha, la asistente de dirección, una mujer bien parecida que rondaba los cuarenta años, levantó la mano con educación.

  • ¿Sí, Arancha? ¿Alguna duda?
  • Don Marcelino, acaba de mencionarlo. ¿No se ha planteado nadie, ni usted ni nadie, qué parte de culpa tiene él en ese mal funcionamiento?
  • Ese no es el asunto. Don Marcelino es el hijo del presidente, y por tanto, su puesto no está en entredicho. Su familia pone el dinero, lleva manteniendo el negocio varias décadas, sobreviviendo a todas las crisis, y son ellos los que ponen las condiciones. Si una cosa tengo clara sin conocerles a ustedes, si algo creo que les une pese a sus diferencias, es que todos ustedes sin excepción le odian. Y él me ha contratado a mí para decidir el equipo que se queda y los que al final del día recogerán sus cosas para irse a su humilde casita en algún barrio de mala muerte. Les repito, la decisión se tomará en función de su capacidad para trabajar en equipo.

José Antonio, el responsable de pedidos, hizo ademán de querer hablar y el consultor asintió con la cabeza.

  • No sé de qué manera piensa hacernos funcionar como equipo, pero debe saber ya de antemano que yo no puedo trabajar con Fernando ni con Luisa. Hace años que no nos cruzamos palabra.
  • Entonces, ¿quiere recoger ya sus cosas y nos ahorramos la función? No, ¿verdad? Así que durante las próximas dos horas ustedes van a trabajar en equipo por la cuenta que les trae, y al final de ese tiempo, más les vale alcanzar un buen resultado porque les advierto que no tengo limitaciones. «Tres» es el número mínimo que me han marcado, pero no tengo límite superior.

Los cinco trabajadores tragaron saliva. Su rostro había pasado del pasotismo a la tensión y la propia posición corporal sobre las sillas era más erguida. Algunos quitaron los brazos de las piernas o dejaron de tenerlos cruzados y apoyaron los antebrazos sobre la mesa. Álex continuó hablando:

  • En el fondo no les debería resultar complicado. Un buen trabajo les salva y condena a sus compañeros, a los que odian. Pero antes tienen que aprender a colaborar. Como ya hemos dicho antes, tienen una sola cosa en común: los cinco odian a Don Marcelino. O «el puto Margorrino de los cojones», como dijo usted, Fernando, a ver… (mirando en la ficha),… el 12 de febrero pasado en la cafetería de la empresa. O también,… (rebuscando entre los papeles), «Marcelino ¡pan, pan! y vino a por el cadáver», como escribió usted, Diego Briones, el pasado 16 de marzo.

Diego agachó la cabeza admitiendo con ello sus palabras.

  • Tranquilo, no se lo tendré en cuenta a la hora de tomar la decisión. Y puesto que todos ustedes sin excepción coinciden en lo mismo, esto es lo que deben hacer en las próximas dos horas.

Cogió un rotulador negro y escribió sobre la pizarra las siguientes palabras que a continuación pronunció en voz alta:

PLAN PERFECTO PARA

ASESINAR A DON MARCELINO

Los cinco abrieron los ojos por completo. «¿Cómo?», «¿qué dice?», «está loco». «¿He oído bien?», balbucearon.

  • Sí, han oído bien. Por supuesto es solo un plan teórico, pero tenía que buscar algo que les motivara del modo adecuado. Yo escucharé sus planes e iré anotando en esa pizarra sus ideas, y espero que sean capaces de aportarlas, de colaborar, de escucharse atentamente, y sobre todo, de trazar un plan en el que la única condición que se les pide es que colaboren todos (se quitó el reloj de la muñeca y activó el cronómetro). Tienen ustedes dos horas desde este mismo instante.

Diego Briones, el trabajador de más edad, tomó la palabra. Habló con precipitación, pero seguro de lo que decía:

  • Hay un punto muerto en el garaje de la empresa al que no llegan las cámaras de seguridad. La cámara se averió hace seis meses y como seguimos sin presupuesto sé que no se ha arreglado. Todos sabemos a qué hora suele marcharse Don Marcelino y sería relativamente sencillo esperarle allí con un objeto contundente, un martillo o algo así, o un arma blanca, y cargárselo. Nadie lo vería. Rápido, eficaz, simple.

Sus cuatro compañeros le miraron sorprendidos.

  • Tú… esto ya lo habías pensado hace tiempo -le increpó Luisa-. Nunca me gustaste, siempre pensé que estabas como un cencerro, pero ahora compruebo que lo que decían de ti es cierto.
  • ¡¿Y qué dicen de mí?! ¡¿Qué decís de mí tú y las cotorras de tus amigas?!

Iban a enzarzarse en una discusión cuando todos callaron al ver que Álex había escrito en la pizarra:

GARAJE          ÁNGULO MUERTO      MARTILLO/CUCHILLO

  • Rápido, simple. Pero «eficaz», ¡una puta mierda! ¿Cuánto cree que tardaría la policía en sospechar que el asesino es alguien de la empresa? ¿Y en averiguar que lo del ángulo muerto de las cámaras solo lo saben… usted y cuántos más? ¿Sabe usted o alguno de sus compañeros cómo se mata a una persona, cuánto tarda en morir, la fuerza necesaria? ¿Acaso son capaces de hacerlo con sus propias manos? ¿Dejarían el cadáver en el garaje o buscarían deshacerse del mismo? ¿Saben las huellas y restos corporales que se dejan en una situación así? ¿Cómo los limpiarían?

Arancha, Luisa, José Antonio y Fernando miraron a Diego con asombro, el cual esta vez no agachó la cabeza. Tenía los ojos inyectados en sangre.

  • Tiene razón. Una puta mierda de plan. Vamos a pensar algo mejor.

El consultor se aflojó el nudo de la corbata y pronunció en tono sosegado:

  • Es lo más coherente que he escuchado de sus bocas en todo este tiempo. Esa es la actitud. Ese es el objetivo. Y les queda una hora y cincuenta minutos.

(Continuará…)

 

Seguna parte: enlace.

Gladiator y el descanso de Zizou, por Barney

Gladiator 1

En ocasiones no hay nada mejor que una escena de ficción de una película o de un libro para entender una realidad que se nos antoja incomprensible, y es que han pasado tantas cosas en el mundo del fútbol que incluso este post ya está superado.

Los últimos minutos de Gladiator (Ridley Scott, 2000) muestran la apoteosis del luchador infatigable llamado Máximo Décimo Meridio, apodado el Hispano, enfrentado al emperador Cómodo y a su entorno de secuaces y palmeros. El escenario es el Coliseo rival, en el que el emperador se encuentra arropado por su propio ejército. Mantiene al senado comiendo de su mano y al pueblo sometido a una feliz ignorancia.

Cómodo sabe que usurpa un trono que no le corresponde, como reconoció a su padre:

“Una vez me escribiste enumerando las cuatro grandes virtudes: sabiduría, justicia, fortaleza y templanza. Constaté que no tenía ninguna de ellas, sin embargo, poseo otras. Ambición… se convierte en virtud si nos conduce al éxito. (…)

Lo único que siempre quise fue estar a tu altura”.

Gladiator 2B

Aun teniéndolo todo de su lado, necesita el reconocimiento que sí recibe Máximo, cuyas victorias en Germania, en el norte de África o sobre los enemigos de Roma le han granjeado la admiración de ese gran público que asiste a los juegos.

“Conquista a la multitud, y conquistarás tu libertad”.

Máximo, el general, es un líder nato, un referente. Mira a los suyos a los ojos, de frente y sabe que sus tropas le seguirán hasta el fin del mundo.

“Fuerza y honor”. “A mi señal, ira y fuego”.

Resulta magnánimo con los derrotados y no muestra el sometimiento debido al emperador, lo que enfurece a Cómodo. Ha preparado ciento cincuenta días de juegos para su mayor gloria, pero necesita derrotar al Hispano para lograr el reconocimiento pleno del pueblo.

Gladiator 2

C.- ¿Y qué podría ser más glorioso que desafiar al mismísimo emperador en la gran arena?

M.- ¿Pelearías conmigo?

C.- ¿Por qué no? ¿Crees que tengo miedo?

M.- Creo que has tenido miedo toda tu vida.

C.- ¿A diferencia de Máximo el invencible, que no conoce miedo alguno?

Cómodo no está seguro, pero necesita esa victoria. Por supuesto que hay miedo en su rostro. Necesita derrotar al idolatrado Máximo, el Hispano, delante de su público. Necesita verle morder el polvo porque solo así sus éxitos serán valorados.

El combate no es limpio, nace con trampas consentidas por aquel que ostenta, mejor dicho, detenta el poder. Cómodo hiere gravemente a Máximo con una daga de quince centímetros. Le debilita, necesita mermar sus fuerzas. Se rodea por un pasillo formado exclusivamente por los suyos, y sitúa a los soldados bien cerca porque sabe que los va a necesitar.

Gladiator 3

Pero una vez más, Máximo Décimo Meridio no se pliega al destino que para él tenían preparado. Se resiste a caer, a rendir pleitesía al emperador. Vence en la arena, en el campo de batalla, en el cuerpo a cuerpo. Y con su victoria se derrumba el imperio de Cómodo.

“Cincuenta mil personas siguiendo cada movimiento de tu espada. Esperando que des el golpe mortal. El silencio antes de que lo asestes y el bullicio posterior crece… crece como… una tormenta. Como si tú fueras el mismísimo dios del trueno.”

A diferencia del emperador, Máximo no necesita la victoria para obtener el reconocimiento. La victoria es el fin, no un medio. Está cansado de luchar contra todo y contra todos, y solo quiere volver con su familia, como anunciaba desde el principio del metraje. Máximo el campesino, el individuo sencillo:

“Dentro de tres semanas yo estaré recogiendo mis cosechas. Imaginad dónde querréis estar y se hará realidad”.

Exhausto, se imagina regresando a la paz del hogar, cual Ulises volviendo a Ítaca donde le espera Penélope. Aragorn volviendo a Gondor junto a Arwen.

Gladiator 4

Han pasado muchas cosas en este final de temporada que no soy capaz de explicar si no es utilizando la ficción. Por supuesto que el Barça es ese rival que usurpa el trono, se siente Cómodo en el manejo de las instituciones, coloca a los que dictan las reglas y dispone de los medios que glorifican sus éxitos. Su doblete era un gran logro, pero no lo suficiente si el Madrid se llevaba la Champions. Necesitaba derrotarle y humillarle en el Clásico del pajipasillo (genial el texto de Fred Gwynne). Los quince puntos con los que arteramente arrancó el campeonato le daban una clara ventaja, pero el reconocimiento solo sería total con la derrota del Madrid del general Zizou. Solo así se entiende la desmedida agresividad que mostraron durante todo el partido. Había rabia en sus rostros. Y miedo, mucho miedo. No por lo que pasara en Barcelona, sino por el futuro cercano en Kiev.

Pero el Madrid volvió a ganar, como hizo en Germania con el Bayern, en el norte de África (Mundial de clubes) o derrotando a los enemigos de Roma (Liverpool). Máximo triunfador en Ligas y Champions, Décimo Tercer trofeo en las vitrinas y Meridio, que supongo que querrá decir que proviene de un país meridional de Europa.

El Barça se sintió derrotado. El imperio de Villar y Sánchez Arminio cayó poco después, y el de Roures se tambalea.

Zizou y los suyos volvieron a sonreír. Pero el guerrero necesita descansar, volver a casa. Tomarse un tiempo. Alejarse del campo de batalla, de sus enemigos.

Como dice el esclavo Juba en las últimas palabras de la película (papel interpretado por Djimon Hounsou, ese actor de piel cuyo color le emparenta de modo lejano con Casemiro o Marcelo), mirando al vacío que deja el líder:

“Volveremos a vernos, pero aún no. Aún no.”

***

Aquí terminaba lo que tenía escrito desde hace unos días, pero estaba pendiente de completar el texto. Quise usar Gladiator para poder explicar la salida de Zidane, una dimisión que nos dejó a todo el madridismo desconcertado. El barcelonismo se sentía derrotado tras su gran temporada, el VillARminiato desaparecía. Podíamos ser felices, pero con la salida de Zizou nos quedamos desolados.

Sin embargo, el vodevil de la Federación Española de Fútbol con la destitución de Julen Lopetegui dos días antes del Mundial lo supera todo. Por fichar por el Madrid. Tengo claro que de haberlo hecho por cualquier otro equipo, español o extranjero, no habría tenido problema alguno. El comunicado de la RFEF (o RFEFCB, como dicen algunos) del martes decía que Lopetegui dejaría su cargo como seleccionador al acabar el Mundial, pero hoy miércoles Rubiales se ha comportado como ese emperador romano mirando de soslayo al populacho (Cope, SER, Onda Cero, Rebaño y compañía) para saber por sus aullidos si debía cargarse a Julen o no. Y todos sabemos qué ha ocurrido. De coña. Alea jacta est.

Gladiator 5

 

Esclavo de sus palabras, por Josean

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«El hombre es dueño de sus silencios, y esclavo de sus palabras».

No sé de quién es la frase original, si de Aristóteles, de una obra  de Shakespeare o de ese comodín que vale para todo llamado «Proverbio árabe», pero el caso es que hoy quería divagar sobre esas frases tristemente famosas pronunciadas por algunos de nuestros principales representantes, sentencias pronunciadas a veces de modo espontáneo que les convierten en rehenes de las mismas.

 

 

Algunas de estas frases reflejan el subconsciente (bastante consciente) de quien las pronuncia y delatan el fondo de lo que su autor pretende callar. Todos los que ejercen la política saben que deben ser cuidadosos con lo que dicen, por eso miden al milímetro sus declaraciones y de ahí que vayan siempre rodeados de asesores que les aconsejan, advierten de los límites y sobre todo les frenan cuando la incontinencia verbal les posee. Algunos como el ya ex presidente Mariano Rajoy hasta se atreven a exteriorizar el peligro de las palabras improvisadas:

«Lo mejor que puedo hacer es estar callado».

Mariano Rajoy ha dejado numerosas frases para la historia, tantas que Beatriz Romero y Marcos Buendía las han recogido en un divertido libro ilustrado titulado Palabra de presidente. Por supuesto aquí figuran las más cómicas, como la del alcalde que elige a los vecinos que quieren que el alcalde sea su vecino (o como sea), la del agua que cae del cielo «sin que se sepa muy bien por qué», o la de los españoles que son «mucho españoles».

 

Pero yo quería hablar de las que reflejan un modo de hacer política, una filosofía de vida al frente de las instituciones. A M. Rajoy le han apartado del poder los votos de casi todos los partidos de la cámara, hartos de la corrupción y de la connivencia de buena parte de la dirección de su partido con los sujetos condenados por la trama Gürtel. En 2009 Rajoy respaldaba a los investigados Luis Bárcenas y Gerardo Galeote con uno de esos galleguismos tan propios de su persona:

«Nadie podrá probar que Bárcenas y Galeote no son inocentes».

No decía que fueran inocentes, sino que no se podría probar lo contrario. En fin, muchos años después un tribunal, «algunos», sí han podido probar que la mayor parte de los imputados en la trama Gürtel eran culpables. Entre ellos Luis Bárcenas y su mujer, Rosalía Iglesias. Cuando comenzaron a aparecer los papeles de la caja B, o la famosa libreta, el ex presidente negó la veracidad de los mismos, o su validez. Sin embargo, cuando algunos de los señalados en la libreta comenzaron a regularizar sus cuentas con Hacienda para eludir la contingencia fiscal, se vio obligado a improvisar una «gloriosa» rectificación:

«Todo lo referido a mí y a mis compañeros no es cierto, salvo alguna cosa publicada».

Pero sin lugar a dudas hay unas palabras, solo tres, que han convertido a Mariano Rajoy en esclavo de las mismas desde el instante de su publicación: Luis sé fuerte

«Luis, sé fuerte».

Portada de El Mundo del 14 de julio de 2013. Esta frase decía mucho. Lo decía todo, como el resto de SMS de la conversación, que provocaba auténtica vergüenza. Había que ser fuertes y aguantar toda esta oleada de noticias acerca de la corrupción del partido en el poder, pues se premiaría el silencio de los cómplices y se les ayudaría con tal de que no tiraran de la manta. Pero la omertá se quebró, Bárcenas cayó en desgracia y pasó al grupo de «esos señores de los que usted me habla» que «ya no son militantes del PP».

María Dolores de Cospedal será rehén hasta el fin de los tiempos de la falaz rueda de prensa que sucedió a esos días, cuando nos quisieron hacer creer que Luis Bárcenas había sido despedido tres años antes (enlace al vídeo):

«La indemnización que se pactó fue una indemnización en diferido. Y como fue una indemnización en diferido, en forma, efectivamente, de simulación de… de simulación o de lo que hubiera sido en diferido… en partes de una… de lo que… antes era una retribución, tenía que tener la retención a la Seguridad Social. Es que si no, hubiera sido… ahora se habla mucho de pagos que no tienen retenciones a la Seguridad Social. (…) pues no se habría hecho un pago en diferido de una indemnización en forma de retribución, o se habría hecho ese pago también, dándole la forma en su parte de cotizaciones sociales…»

Pese a todas estas incoherencias, parece claro que María Dolores de Cospedal no saldrá del aparato del Partido Popular en la necesaria regeneración que ahora comienza.

Todos los cargos públicos, y especialmente los presidentes de gobierno, terminan siendo dueños de sus silencios y esclavos de sus palabras. José Luis Rodríguez Zapatero fue el hombre que nos recordó que «la Tierra pertenece al viento» o el presidente que incorporó «miembros y miembras» (palabra de Bibiana Aído) con la misma alegría con la que el Ejecutivo de Pedro Sánchez publica en la web oficial «Consejo de Ministras y Ministros», lo que ha motivado ya una nota de la RAE explicando la incorrección de su uso (Horryfing palabros).

Consejo de Ministras y Ministros

Pero ZP fue sobre todo el artífice de una serie de frases que delataban su modo de pensar o su «flexibilidad» acerca de la idea de España:

«Nación es un concepto discutido y discutible».

Esta frase se utilizó numerosas veces indicando que había dicho que «la nación española» era el concepto en discusión, y aunque no era así, ya dejaba entrever que estaba dispuesto a negociar sobre los límites del concepto. Años después, en 2011, reconoció que es una frase que no repetiría. Palabras de alto riesgo.

No solo existe el peligro de las frases, sino también el de las interpretaciones. O el de las manipulaciones. ZP no dijo nunca, aunque se le atribuyera malintencionadamente, la frase que le persigue desde 2006:

«Otegi es un hombre de paz».

Su frase completa fue la siguiente:

«Arnaldo Otegi ha hecho un discurso por la paz, por abrir una etapa política distinta en Euskadi. Eso han sido sus palabras y ahora esperamos que los hechos vayan en la misma dirección».

No es lo mismo, aunque yo jamás gastaré ni un segundo en suavizar la figura de Otegi. La presidencia de Zapatero fue desastrosa en muchos sentidos, no voy a defender su gestión. Negó la crisis cuando ya nos había comido, en 2008, «¿crisis, qué crisis?» o «la crisis es una falacia, puro catastrofismo», para pasar poco después a «España está a punto de salir de la crisis, si no lo ha hecho ya», tras una reunión en Bruselas en enero de 2010. Pero yo me quedo (con tristeza, no porque las haga propias) sobre todo con dos de sus frases:

«Estamos en la Champions League de la economía«.

Champions economía

Fue pronunciada con unos indicadores que comenzaban a irse al garete y algunos genios de su gabinete pensaron que esta situación sería transitoria y se solucionaría con un (nefasto) plan E y la buena voluntad de las empresas. Pero sobre todo recuerdo una frase que algunos consideran el inicio de todo lo que ha ocurrido después en Cataluña:

«Apoyaré la reforma del Estatuto que apruebe el Parlamento catalán«.

Algunos sitúan el inicio del procès y la situación actual en Cataluña inmediatamente después del recorte que sufrió el Estatut en el Constitucional. Puesto que Zapatero había afirmado que aprobaría cualquier redacción del Estatuto (¿fuese la que fuese?), numerosos dirigentes catalanes sintieron atacada su institución. El mensaje era que no bastaba una redacción propia del Estatut, apoyado desde Madrid, aprobado por el Parlament y refrendado por los ciudadanos tras un referéndum. Y aunque pueda ser cierto el malestar de algunos nacionalistas catalanes que por entonces no eran independentistas, yo creo que toda la situación actual comienza con la frase que mejor definió el modo de hacer «política» en Cataluña. Pronunciada por Pasqual Maragall:

«Ustedes tienen un problema, que se llama tres per cent».

Maragall tres per cent.jpg

Luego lo retiró, casi todos los partidos miraron para otro lado, se pusieron de acuerdo para aprobar el Estatut, pero fue una p… vergüenza. Las investigaciones de la corrupción alrededor de la antigua Convergència i Unió provocaron la huida hacia adelante de Artur Mas y los suyos: el inicio del procès. El ruido alrededor del separatismo para tapar su podredumbre.

Frases, muchas frases de todo tipo, que se quedaron grabadas en nuestra memoria. El Aznar que hablaba «catalán en la intimidad» o el del «España va bien». El mismo Aznar que pronunció hasta la extenuación el «Váyase, señor González», dirigido a un Felipe que dijo no haber recibido dinero «ni de Flick, ni de Flock».

Habrá que dar un margen de confianza al gobierno de Pedro Sánchez (el que yo no le daba la semana pasada), pero estos días me he acordado mucho de una frase que me pareció terrible en su día y de la que espero que su autora haya escarmentado, porque representa un modo de gestionar rayano con el despilfarro. Carmen Calvo, ministra de Cultura en 2004:

Carmen Calvo

«El dinero público no es de nadie«.

Espero que fuera un desliz y que los 17 ministerios en lugar de 13 no signifiquen un mayor gasto de dinero público, y ya de paso, que no lo consideren irrelevante porque no es de nadie. Eso espero. ¿Cien días de margen?

 

 

 

 

¿Qué han hecho con mi país, tío?

 

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Josean, 2 de junio de 2018

En 2004 el cineasta norteamericano Michael Moore publicaba un libro con el título elegido para esta entrada de hoy, ¿Qué han hecho con mi país, tío? En él, durante una serie de capítulos, unos considerablemente mejores que otros, se dedicaba a despotricar sobre la Administración Bush, sus trampas y mentiras, los peligrosos aliados comerciales del Presidente, «lo que la Bolsa se embolsa» con su designación y «el miedo al cambio» que se encuentra en el capítulo sobre el viaje a la mente del conservador. Moore

He estado fuera de España toda esta semana de cambios. Muy lejos, con siete horas de diferencia horaria y sin apenas tiempo para informarme de lo que ocurría por aquí. Si me hubieran preguntado antes de irme qué tres personas seguirían en sus puestos a mi regreso, sin duda no habría mencionado ni a Pedro Sánchez (que seguía enredado en guerras internas), ni a Pablo Iglesias (que estaba enfangado en la consulta sobre el chaletazo), ni a Torra, Bartomeu, Simeone, ni a tantos otros del panorama político, empresarial o futbolístico. Habría respondido: el Rey, Zidane y Mariano Rajoy.

El primero por el sistema vitalicio/arcaico que mantenemos, el segundo porque venía de otro exitazo como el título de Champions y podría haber seguido mil años en el cargo, y el tercero, porque ha hecho del inmovilismo su virtud. Si no pudieron con él las elecciones del 20-D y su inacción posterior, ni los enemigos internos, ni la corrupción, ni la pésima gestión del procès, ni los amigos a los que recomendaba fortaleza por SMS, no veo por qué iba a actuar como debería hacer cualquier dirigente medio normal y dimitir tras la sentencia de la Gürtel.

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Por eso, cuando en las lejanas tierras en las que me encontraba leía los mensajes de amigos sobre las salidas de Zidane y Rajoy, me vino a la mente el título del libro de Michael Moore:

– Me voy una semana, y… ¿qué han hecho con mi país, tío?

En los escasos ratos de que dispuse, leía un poco (muy poco) sobre lo que estaba ocurriendo y me acordaba del anterior libro del mismo Moore, pues también me servía para la ocasión:

– Estúpidos hombres blancos.

No solo por el título, sino porque despotricaba contra Bush y el fraude electoral que le aupó al poder, y se desgañitaba hablando de la inutilidad del presidente, de lo perverso del sistema norteamericano (Trump también se benefició del mismo) y de los republicanos disfrazados de demócratas cuyas acciones en el Congreso beneficiaban siempre al supuesto enemigo.

Así que voy a opinar brevemente sobre estos cambios, reconociendo de antemano que estoy más desinformado que nunca. No he escuchado ni un solo minuto de las tertulias que suelo escuchar (Alsina, Herrera, Pepa Bueno, ni al incendiario Jiménez Losantos), y apenas leí en el avión dos editoriales escritos seguramente el miércoles por la noche o el jueves a primera hora. He recibido muchos chistes de amigos, he leído cuatro titulares y seguramente meteré la pata en lo que diga.

 

No entiendo nada de lo ocurrido. No entendí que Rajoy no dimitiera tras la sentencia de la Gürtel. Era el momento y estoy convencido de que así se lo aconsejaron. Muchos de sus votantes, seguro que una gran mayoría, lo habrían deseado. Se limitó a mantener un discurso en el que insistía en que todos los culpables eran poco menos que desconocidos y que el Partido Popular fue condenado por hechos que desconocían en épocas poco menos que coincidentes con el pleistoceno. A sus acólitos les recuerdo que M. Rajoy preside el partido desde 2005, los hechos de esta primera sentencia llegan justo hasta ese año y que aún faltan varias piezas separadas que concluyen en 2008. Tengo muchos conocidos y amigos votantes del Partido Popular, ¡por favor, no sigáis defendiendo su continuidad!, si queréis, entramos en los destinatarios de esos fondos de la caja B que se consideran acreditados por la sentencia.

Al igual que Michael Moore, podría hablar durante horas de la inutilidad del presidente (ya ex presidente), de sus peligrosos aliados, de los malos consejeros y de cómo sus acciones e inacciones han dado alas al rival. Pero también podría hablar durante horas del fraude que supone la designación de Pedro Sánchez como presidente. Y del miedo al cambio que me provoca, no precisamente porque tenga esa mente conservadora de la que hablaba Moore.

Pedro Sánchez no es ni siquiera diputado porque se vio forzado a dimitir en verano de 2016. Forzado por sus propios compañeros de partido tras una prolongada sucesión de decisiones erróneas y los peores resultados de la historia de un partido centenario. Dos veces logró tal hazaña. Que un individuo que ni siquiera tiene el apoyo de los suyos consiga presidir el gobierno de la nación me parece un escenario aún más indeseable que la continuidad de M. Rajoy. En la distancia que nos daban los kilómetros y las horas, charlaba con un compañero de trabajo un día antes de la votación de la moción de censura:

– Pero alguno de los diputados socialistas pondrá un poco de cordura en esto. Los mismos que rechazaron esta misma idea de gobierno de Pedro Sánchez hace dos años. Los mismos que forzaron su marcha, los mismos que se negaron a recibir el apoyo de los grupos independentistas.

Pues parece que no. Y la clave fue el apoyo del PNV a la moción. Los mismos cinco diputados que han retrasado durante meses su apoyo a los presupuestos de Rajoy. Los mismos cinco que hicieron creer a algunos que este apoyo comprado con talonario garantizaba a Rajoy los dos años restantes de legislatura. De verdad que no entiendo nada. Es surrealista. Esos mismos cinco diputados han apoyado a Sánchez a cambio de que este mantenga los presupuestos de Rajoy. Por cierto, se trata de los mismos presupuestos que tuvieron el rechazo del resto de partidos que, sin embargo, sí apoyan a Sánchez: Unidos Podemos, ERC, PdeCat, Compromís, EH-Bildu. Solo Nueva Canarias ha igualado al PNV en la deslealtad de apoyar al PP en los presupuestos y al PSOE para derribarlo:

El beneficio de unos pocos vuelve a primar sobre el interés común de todos. Una vez más somos prisioneros de un absurdo sistema electoral que da a los partidos nacionalistas e independentistas una fuerza superior al número de votos que representan. Es culpa del PP y del PSOE que no se haya querido cambiar en todos estos años de democracia. Y ahora este sistema se los va a llevar por delante. Rajoy y Sánchez están haciendo un gran trabajo para desmantelar los dos principales partidos de este país.

El panorama que queda me gusta menos que el anterior. Y lo dice uno que llevaba desde el principio de la historia de este blog (casi cuatro años ya) pidiendo la salida de Rajoy. A veces, para saber de qué lado estar basta con observar a los que apoyan una u otra postura. Y francamente, cuando ves a Tardá, Rufián, los amigos de Torra y Puigdemont, los Bildus, Monedero, Iglesias, etc. en un bando, sabes que lo correcto es estar en el contrario.

Solo espero que la legislatura de Pedro Sánchez que hoy comienza termine pronto. A ser posible, antes que el Mundial de fútbol. Que a veces los éxitos del deporte hacen que se nos olvide lo verdaderamente trascendente.

Cara Josean

 

Fue bonito soñar con la tercera consecutiva

Kiev 2018

Pues ya sabemos todos cómo acabó. Añado una actualización del día 27 al final del post. ¡Tremendo! Lo de antes del partido era un contragafe de manual (que funcionó).

Barney, 26 de mayo de 2018

Fue bonito mientras duró. Fue hermoso pensar que podríamos igualar al Ajax y al Bayern de los setenta o, salvando las distancias, al Madrid de los orígenes de este torneo. Fue una gozada pensar que podríamos tener la cuarta en cinco años, o que lograríamos el hecho insólito de dominar en Europa tanto en fútbol como en baloncesto. Sigue leyendo

Un japo en Cannes, por Travis

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Un año más un tipo semidesconocido para el gran público ha ganado la Palma de Oro del Festival de Cannes, galardón que en esta edición de 2018 ha ido a parar al japonés Hirokazu Kore-eda por su película Shoplifters. Es posible que en ningún otro lugar como en esta ciudad de la Costa Azul se evidencie la distancia sideral entre lo que gusta al público y lo que los críticos valoran como arte hecho cine.

Hay un poco de todo en la habitual elección de «pelis raras» o «de autor» (en ocasiones auténticos truños) como ganadores del máximo galardón del festival, pero me voy a atrever a citar las que a mí modestamente me parecen reseñables:  Cyclo

1. Por esnobismo: el mundo está lleno de imbéciles que adoran ser únicos, exclusivos o especiales, tipos a los que les encanta presumir de que sus gustos no coinciden con los de la plebe. Si una película es comercial, automáticamente la desdeñan. Si un taiwanés graba a un niño en bici durante dos horas recorriendo el inframundo de los suburbios, el esnob la apreciará. No, corrijo, dirá que la aprecia como una nueva forma de hacer cine, como algo grandioso que solo él y algunos privilegiados son capaces de entender. Es el mismo tipo esnob del tendido 5 de Las Ventas, el comepipas del Bernabéu o el estiradillo del meñique enhiesto del Teatro Real.

2. Por chovinismo: en Francia siempre ha existido una especie de rechazo al cine comercial, de modo especial al norteamericano, al menos entre los críticos y periodistas franceses. El cine francés es una industria muy potente, cuenta con presupuestos medios elevados, con grandes actores, buenas historias, espléndidas comedias, y a veces alcanza unas cifras de recaudación que aquí en España envidiamos. Aunque a veces miren con desdén al cine made in USA y sus críticos lo ataquen con frecuencia, el público al final termina cediendo ante el poder de las majors:

Cuota de pantallaLa Palma de Oro es una excelente carta de presentación para el arranque comercial de los títulos que la reciben, y los franceses no se lo van a poner fácil a películas americanas con marchamo de taquilleras que puedan robarle el público a sus propias obras.

4 semanas 3 meses 2 días3. Porque son verdaderos entendidos: depende del jurado seleccionado para cada año, pero en ocasiones el del Festival de Cannes ha premiado películas «raras» de directores semidesconocidos que sin embargo eran auténticas joyas. El público no suele acudir en masa a verlas, pero estas películas consiguen tener un recorrido y una difusión mundial que sin Cannes no tendrían. Hay que reconocer a este y a otros festivales que hayamos descubierto títulos tan incómodos como la rumana Cuatro meses, tres semanas y dos días (2007) o la alemana La vida de los otros (Óscar y César en 2006). Igual que se atrevieron a reconocer en su día el valor de Scorsese en Taxi driver (1976) o el desasosegante documental de Michael Moore Fahrenheit 9/11. (2004).

4. Por venganza: sí, sí, estoy convencido, explico mi teoría. Tanto el jurado como los periodistas que siguen el festival tienen apenas una semana para ver decenas de películas, emitidas muchas veces a horas intempestivas. Recuerdo hace mil años una crítica de un bodrio de arte y ensayo realizada no sé si por Carlos Pumares o por Ángel Fernández Santos, en la que, por encima de la ausencia de calidad y ritmo de la película, el crítico destacaba que les habían hecho ver la misma a las ocho de la mañana. Y claro, a esas horas y si encima has trasnochado, yo creo que te cuesta disfrutar hasta del mejor Indiana Jones. Así que estoy convencido de que como venganza un grupo de críticos elige todos los años un bodrio infumable al que empiezan a regalar adjetivos de admiración y loas exageradas, «la película de la década», «el mejor descubrimiento del cine en años», «una obra maestra absoluta» y titulares por el estilo, para que otros pasen el suplicio que han pasado ellos. De algún modo, no sé si a base de copas en los saraos que rodean al evento, o creando una corriente de opinión, un efecto «traje nuevo del Emperador», convencen al jurado de que tienen que elegir la producción franco-tunecina-armenia como ganadora de la Palma de Oro. «Que se joda el mundo», pensarán sin duda.

La lista de películas ganadoras de los últimos treinta años contiene grandes títulos, enormes aciertos del jurado al elegir películas que aguantan el paso del tiempo, pero también encontramos algunos bodrios intelectualoides infumables que solo se explican como una broma de mal gusto del jurado hacia la humanidad. Me gusta imaginar a esos miembros del jurado cenando la noche previa a la lectura de los ganadores, hastiados de cine denso como un plato de engrudo, y charlando tras el vino, las cervezas y un par de copazos:

– ¿Cómo dices que se titula esa de los yugoslavos que viven bajo tierra?

– ¿La de Kusturica? Underground. Ja, ja, ja, pero no seas cabrón, que dura tres horas.

– Ja, ja, ja. Palma de Oro en Cannes, la de gente que se la va a tragar igual que nosotros, jo, jo, jo.

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Uno ve la lista, variopinta, que tiene de todo, y lo que no encuentra es un patrón, una película típica que te haga pensar: «esta es una peli de Palma de Oro». Reconozco que solo he visto la mitad, pero junto a obras maestras o películas claramente perdurables como Pulp fiction (Tarantino) o El pianista (Polanski), hay tostones como el mencionado Underground o como La eternidad y un día, o películas sobrevaloradas como El piano o La habitación del hijo. Y entre las premiadas, la segunda película con la que más gente he visto irse del cine: Bailando en la oscuridad, de Lars von Trier. Convencí a un par de amigas para ir a verla y casi me matan. Creo que no me han perdonado todavía, porque ahora, siempre que vamos al cine eligen ellas. Y el jurado la noche previa:

– Jo, jo, jo, verás la de gente que se va a tragar la de la islandesa medio ciega y el director danés ese que está como un cencerro.

 

Bailando en la oscuridad, o un título alternativo: Durmiendo en la penumbra de la sala de cine. La segunda película con la mayor fuga de espectadores del cine, porque la primera está en la relación siguiente, 2003-2017, a ver si la averiguáis:

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¡Bingo! El árbol de la vida, de Terrence Malick, 2011. Este bodrio tuvo tan buena acogida entre los críticos (HdP, qué bromistas) como negativa fue la reacción que provocaba en el público. La gente salía del cine en tal número, cabreada con la tomadura de pelo, que algunos cines llegaron a indicar en un cartel que si te salías antes de la media hora te devolvían el dinero o te daban una entrada para otra película. Acojonante. Y Palma de Oro en Cannes, por supuesto. Se cumple la máxima (inventada por mí) según la cual para saber si una película es un coñazo basta con ver si hay un árbol en su título: Mientras nieva sobre los cedros, A través de los olivos, El olivo, El sol del membrillo (o El sopor del ladrillo, para mí), Cerezos en flor, El manzano azul,…

Presentación1

El Festival de Cannes tiene cierta predilección por el cine oriental, algo complicado de ver en nuestras pantallas. Y si logras verlo, resulta algo difícil empatizar con la historia que cuenta. Imamura, Chen Kaige, Kurosawa, Koreeda, Yimou,… Aparte del japo que se llevó el gran premio de este año, el segundo favorito era el coreano Lee Chang-Dong, por la película Burning, basada en un relato del japonés Murakami, el eterno aspirante al Nóbel de Literatura. Los relatos que he leído del escritor nipón son tan abstractos e inadaptables como un prospecto médico, así que tengo curiosidad por ver la película. Curiosidad, nada más.

No tengo nada en contra del cine oriental, aunque a decir verdad, lo veo poco. Pero siempre me ha gustado leer críticas de cine, incluso de películas que no pensaba ver, como las tan valoradísimas por la crítica de Zhang Yimou o Shoei Imamura. Hace años hice un viaje en autobús a Murcia y en el trayecto emitieron Sorgo rojo, de Zhang Yimou. Desconozco quién eligió esa película, y sinceramente no supe si alabarle el gusto o pedir el libro de reclamaciones. No tenía escapatoria, así que me la tragué enterita. Y no estaba mal, pero si un viernes por la noche veo que la ponen en la tele, argh,… me apetece tanto en esos momentos como… como… como un viaje en autobús a Murcia.

Hollywood endingCrítica y gran público, eterna divergencia. El propio mundo del cine se ríe en ocasiones de estos «entendidos» del séptimo arte, de los Wenders, Antonionis, Oliveiras, Kusturicas, von Triers y los que los secundan. Recuerdo la película de Woody Allen Un final made in Hollywood, en la que el protagonista, director de cine, sufre una ceguera total que le afecta durante todo el rodaje de un filme.

– No puedo dirigir una película, ¡estoy ciego!

– ¿Pero tú has visto las películas que hacen ahora? -responde su agente para convencerle.

Allen se hace ayudar por un intérprete que ejerce de lazarillo y director de fotografía. Como no puede ser de otro modo, el rodaje es un auténtico desastre, con todos los planos mal encuadrados, mal iluminados, mal enlazados. El resultado es lamentable y se da un batacazo en taquilla, pero sin embargo, Allen nos regala una broma final y la película resulta todo un éxito en Europa:

– Por alguna razón me aprecian más en Francia que aquí. ¡Los subtítulos deben de ser realmente buenos!

Pero sin duda, el momento que mejor expresa esta dualidad lo encuentro en una película menor, como Las vacaciones de Mr. Bean. En ella, el cómico inglés termina en el Festival de Cannes, en el estreno del último filme de un director de culto, un tal Carson Clay interpretado por Willem Dafoe. Egocéntrico, enamorado de sí mismo y de su obra, tedioso, de ritmo lento e incluso rebobinado,… el público se duerme. Creo que merece la pena ver este pequeño corte, al menos los primeros dos minutos:

Ja, ja, ja, payasadas de Mr. Bean aparte, estoy convencido de que algunos pases de Cannes son como la «obra maestra» del Carson Clay de los cojones. O lo que es peor, como la «obra maestra sin intención de serlo» de Mr. Bean.

Así que la próxima vez que vean en cartelera una película china o japonesa premiada con la Palma de Oro en Cannes, cuidado, cuidado, vaya a verla antes Vd. solo, no la recomiende, no lleve a nadie animado por sus deseos de experimentación de algo novedoso porque no habrá término medio posible: obra maestra o truño servido como venganza por un jurado que la detestó. ¡Sayonara!