Un trabajo en equipo (1ª parte), por Lester

Trabajo en equipo

  • Bueno, pues antes de nada, permítanme que me presente. Mi nombre es Álex Schwartz, he sido consultor de Recursos Humanos durante más de quince años, Director de Organización y Sistemas de un gran grupo cotizado, y actualmente asesor de Estrategia y experto en eso tan complejo que llaman “reestructuraciones empresariales” -hizo una pausa para mirar a los asistentes a los ojos, uno a uno-. Me ha contratado su empresa para tratar de encontrar la mejor solución a las necesidades actuales del negocio.
  • ¡Muy bien, bravo! -dijo Fernando mientras aplaudía ostensiblemente-. ¿Por qué no nos dice ya cuántos nos vamos a la calle y nos ahorramos todo este teatrillo?
  • Usted es Fernando, ¿verdad? Licenciado en Ciencias Políticas, dieciocho años en la empresa. En el mismo puesto desde hace catorce. Antiguo delegado sindical, cumple correctamente con el horario y las tareas encomendadas. Se le ofreció una promoción en 2013, que rechazó por…
  • ¿Una promoción? ¡Era una trampa, me mandaban con unas condiciones pésimas a…!

El consultor levantó el dedo índice de la mano derecha y con gesto serio dijo:

  • No me interrumpa, señor García, no me interrumpa. Y le ruego que no levantemos el tono de voz. No es necesario. Ahora hablo yo y no les haré perder mucho tiempo. Solo les pido que me dejen explicarles la situación durante cinco minutos, y a continuación, tendrán ustedes dos horas para hacer un buen trabajo en equipo, el mejor que han hecho en su vida. Por la cuenta que les trae. A su anterior pregunta, la respuesta es muy sencilla: tres. ¿Me ha oído bien? ¡Tres! Y lo saben todos ustedes. La empresa va a reducir su plantilla al cincuenta por ciento y con Don Marcelino, el Director del Departamento, ustedes son seis, así que no hay que ser un lince para saber la cifra.

Se quedaron todos en silencio. Algunos agacharon las cabezas, otros se miraron entre ellos. Fernando clavaba sus ojos en el consultor.

  • Mejor así, en silencio. Parece que ahora tengo su atención. Pues bien, les diré cómo vamos a decidir quiénes se quedan y quiénes se van (Revisando los papeles de su carpeta). Tengo sus historiales profesionales y las valoraciones de su superior durante estos años, pero, francamente, me importan más bien poco, por no decir nada. Algunos son mejores que otros, o tienen más formación, o son más jóvenes y por tanto pueden reconducir sus carreras dentro de la empresa, alguno tiene un salario que no se merece,… Hay de todo, pero yo voy a partir de cero. Este departamento tiene un serio problema de funcionamiento interno. El problema es sobre todo personal. De críos. Se llevan fatal entre ustedes y son incapaces de trabajar en equipo. No se comunican entre ustedes, no se coordinan en sus tareas, que a veces duplican, no se ayudan, no se cubren en vacaciones o durante las bajas más allá de lo exigido por Don Marcelino, y a regañadientes, haciendo lo mínimo y dejando el pastel a sus compañeros,… No he visto una cosa igual en mi vida.

Arancha, la asistente de dirección, una mujer bien parecida que rondaba los cuarenta años, levantó la mano con educación.

  • ¿Sí, Arancha? ¿Alguna duda?
  • Don Marcelino, acaba de mencionarlo. ¿No se ha planteado nadie, ni usted ni nadie, qué parte de culpa tiene él en ese mal funcionamiento?
  • Ese no es el asunto. Don Marcelino es el hijo del presidente, y por tanto, su puesto no está en entredicho. Su familia pone el dinero, lleva manteniendo el negocio varias décadas, sobreviviendo a todas las crisis, y son ellos los que ponen las condiciones. Si una cosa tengo clara sin conocerles a ustedes, si algo creo que les une pese a sus diferencias, es que todos ustedes sin excepción le odian. Y él me ha contratado a mí para decidir el equipo que se queda y los que al final del día recogerán sus cosas para irse a su humilde casita en algún barrio de mala muerte. Les repito, la decisión se tomará en función de su capacidad para trabajar en equipo.

José Antonio, el responsable de pedidos, hizo ademán de querer hablar y el consultor asintió con la cabeza.

  • No sé de qué manera piensa hacernos funcionar como equipo, pero debe saber ya de antemano que yo no puedo trabajar con Fernando ni con Luisa. Hace años que no nos cruzamos palabra.
  • Entonces, ¿quiere recoger ya sus cosas y nos ahorramos la función? No, ¿verdad? Así que durante las próximas dos horas ustedes van a trabajar en equipo por la cuenta que les trae, y al final de ese tiempo, más les vale alcanzar un buen resultado porque les advierto que no tengo limitaciones. “Tres” es el número mínimo que me han marcado, pero no tengo límite superior.

Los cinco trabajadores tragaron saliva. Su rostro había pasado del pasotismo a la tensión y la propia posición corporal sobre las sillas era más erguida. Algunos quitaron los brazos de las piernas o dejaron de tenerlos cruzados y apoyaron los antebrazos sobre la mesa. Álex continuó hablando:

  • En el fondo no les debería resultar complicado. Un buen trabajo les salva y condena a sus compañeros, a los que odian. Pero antes tienen que aprender a colaborar. Como ya hemos dicho antes, tienen una sola cosa en común: los cinco odian a Don Marcelino. O “el puto Margorrino de los cojones”, como dijo usted, Fernando, a ver… (mirando en la ficha),… el 12 de febrero pasado en la cafetería de la empresa. O también,… (rebuscando entre los papeles), “Marcelino ¡pan, pan! y vino a por el cadáver”, como escribió usted, Diego Briones, el pasado 16 de marzo.

Diego agachó la cabeza admitiendo con ello sus palabras.

  • Tranquilo, no se lo tendré en cuenta a la hora de tomar la decisión. Y puesto que todos ustedes sin excepción coinciden en lo mismo, esto es lo que deben hacer en las próximas dos horas.

Cogió un rotulador negro y escribió sobre la pizarra las siguientes palabras que a continuación pronunció en voz alta:

PLAN PERFECTO PARA

ASESINAR A DON MARCELINO

Los cinco abrieron los ojos por completo. “¿Cómo?”, “¿qué dice?”, “está loco”. “¿He oído bien?”, balbucearon.

  • Sí, han oído bien. Por supuesto es solo un plan teórico, pero tenía que buscar algo que les motivara del modo adecuado. Yo escucharé sus planes e iré anotando en esa pizarra sus ideas, y espero que sean capaces de aportarlas, de colaborar, de escucharse atentamente, y sobre todo, de trazar un plan en el que la única condición que se les pide es que colaboren todos (se quitó el reloj de la muñeca y activó el cronómetro). Tienen ustedes dos horas desde este mismo instante.

Diego Briones, el trabajador de más edad, tomó la palabra. Habló con precipitación, pero seguro de lo que decía:

  • Hay un punto muerto en el garaje de la empresa al que no llegan las cámaras de seguridad. La cámara se averió hace seis meses y como seguimos sin presupuesto sé que no se ha arreglado. Todos sabemos a qué hora suele marcharse Don Marcelino y sería relativamente sencillo esperarle allí con un objeto contundente, un martillo o algo así, o un arma blanca, y cargárselo. Nadie lo vería. Rápido, eficaz, simple.

Sus cuatro compañeros le miraron sorprendidos.

  • Tú… esto ya lo habías pensado hace tiempo -le increpó Luisa-. Nunca me gustaste, siempre pensé que estabas como un cencerro, pero ahora compruebo que lo que decían de ti es cierto.
  • ¡¿Y qué dicen de mí?! ¡¿Qué decís de mí tú y las cotorras de tus amigas?!

Iban a enzarzarse en una discusión cuando todos callaron al ver que Álex había escrito en la pizarra:

GARAJE          ÁNGULO MUERTO      MARTILLO/CUCHILLO

  • Rápido, simple. Pero “eficaz”, ¡una puta mierda! ¿Cuánto cree que tardaría la policía en sospechar que el asesino es alguien de la empresa? ¿Y en averiguar que lo del ángulo muerto de las cámaras solo lo saben… usted y cuántos más? ¿Sabe usted o alguno de sus compañeros cómo se mata a una persona, cuánto tarda en morir, la fuerza necesaria? ¿Acaso son capaces de hacerlo con sus propias manos? ¿Dejarían el cadáver en el garaje o buscarían deshacerse del mismo? ¿Saben las huellas y restos corporales que se dejan en una situación así? ¿Cómo los limpiarían?

Arancha, Luisa, José Antonio y Fernando miraron a Diego con asombro, el cual esta vez no agachó la cabeza. Tenía los ojos inyectados en sangre.

  • Tiene razón. Una puta mierda de plan. Vamos a pensar algo mejor.

El consultor se aflojó el nudo de la corbata y pronunció en tono sosegado:

  • Es lo más coherente que he escuchado de sus bocas en todo este tiempo. Esa es la actitud. Ese es el objetivo. Y les queda una hora y cincuenta minutos.

(Continuará…)

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