Fahrenheit 451 (II): la película

TRAVIS, 27/09/2021

Apenas trece años después de la publicación de la genial obra de Ray Bradbury del mismo título, en 1966, el cineasta francés François Truffaut dirigió la adaptación al cine, ayudado en la escritura de guion por Jean-Louis Richard. Si la semana pasada me empapé el libro en unas pocas sentadas, esta semana he disfrutado de nuevo de la película. Un peliculón que puede encontrarse con facilidad en versión original subtitulada en este enlace que dejo aquí.

La primera vez que tuve noticia de esta película y del libro en el que se basaba fue a principios de los ochenta en el programa de Balbín La clave. Yo no tendría más de doce años, pero recuerdo que me impactó la saña con la que los bomberos trataban a los libros, como si fueran el mayor de los peligros de la sociedad. Con el tiempo y quién sabe si una madurez que no sé si he alcanzado, aprendí a valorar ambas obras en su justa medida, libro y película. Una muy buena película para un libro estupendo.

François Truffaut era un admirador del cine de Hitchcock cuando no estaba bien visto alabar al cineasta británico, al que se consideraba comercial y efectista. El famoso libro El cine según Hitchcock, que recoge las cincuenta horas de conversaciones entre el mago del suspense y el director francés, se publicó en 1966, pero las conversaciones se produjeron a lo largo de ocho días de 1962. Quizás esa admiración por Hitchcock fue la que hizo que el francés pensara en actores eminentemente «hitchcockianos» para su primera y única película en habla inglesa. Paul Newman, que acababa de rodar Cortina rasgada y Tippi Hedren (Los pájaros, de 1963 y Marnie, la ladrona, de 1964) fueron dos de sus principales elecciones para los papeles principales de Montag y Linda (Mildred en el libro). Para el protagonista masculino, también se consideró a Charles Aznavour y al recientemente fallecido Jean Paul Belmondo, pero ninguno cuajó. Al final el papel fue a parar al austriaco Oskar Werner, con quien Truffaut habbía trabajado en Jules et Jim. Para los papeles de la atontolinada mujer de Montag, Linda, y de la joven Clarisse que altera su mundo, Truffaut pensó en dos actrices exuberantes con gran parecido físico, como Jane Fonda y Jean Seberg. Truffaut pretendía que no hubiera grandes diferencias entre los personajes femeninos de la película, como para marcar la uniformidad de esa sociedad del futuro, pero finalmente se decantó por Julie Christie, que interpreta ambos papeles. Viajó a Madrid, donde la británica estaba rodando Doctro Zhivago, y cerró su contratación para ambos papeles. La Clarisse de la película es una joven mayor que la del libro, apenas una adolescente, y el director no disimuló más que el peinado para diferenciar ambos papeles.

Con quien Truffaut sí logró un tono hitchcockiano para su película fue con el compositor de la banda sonora, el habitual de Hitchcock Bernard Herrmann (de Ciudadano Kane a Taxi driver, historia del cine). Los grandes planos de Truffaut con los bomberos en funcionamiento no resultarían tan acongojantes (y hermosos, por qué no decirlo) de no ir acompañados por las cuerdas de Herrmann. En este último visionado del filme me estuve fijando de manera especial en la banda sonora y es otra obra maestra de Herrmann, a la altura de Psicosis, Vértigo o Con la muerte en los talones.

La película se rodó finalmente en los estudios Pinewood de Londres, y todos los escenarios fueron seleccionados minuciosamente, desde las urbanizaciones monótonas y uniformes hasta el monorraíl que funcionaba en pruebas cerca de la localidad francesa de Orléans, un tren que le daba ese aspecto futurista a la producción. Los bomberos tienen un comportamiento cuasi-robótico, no se cuestionan ninguna de las órdenes que reciben, y los uniformes rectos y de un solo color ayudan a conseguir ese efecto. Incluso algunos bomberos se parecen físicamente, quizás para aumentar la sensación de uniformidad y monotonía de la sociedad, como con los papeles femeninos.

Truffaut tomó algunas decisiones que pueden considerarse acertadas, como todo este diseño de producción, o la música, y algunas más cuestionadas, como la del doble papel de Julie Christie o la supresión del personaje de Faber, un ex profesor de literatura que guía a Montag en su descubrimiento de los libros. Pero acierta en prácticamente todo, como en la traslación de esa sociedad aburrida, inculta y «empastillada» que vive sin buscar respuestas porque ni siquiera se hace preguntas, que pasa los días enganchados a una pantalla con la que interactúan de manera totalmente falsa e impostada.

«Tú no eres como ellos», le dice Clarisse a Montag, y a partir de ahí despierta el interés del bombero por los libros. El primer día que abre uno recuerda a la interacción de un mono al que le lanzas un artilugio complejo. Lo mira, lo soba con curiosidad y se pone a leer todas las letras que encuentra, hasta la dirección de la editorial y el año de impresión. La conversación clave del libro, entre el capitán Beatty y Montag, se traslada en la película al descubrimiento del «alijo» de libros en la casa de una vecina de Montag. «Los filósofos son peores que los novelistas», se contradicen entre ellos, te hacen sentir una superioridad moral o intelectual sobre el resto, y no son más que «una moda». Lo mejor será quemar sus obras. Como todas las que aparecen en pantalla: Madame Bovary, Lolita, Jane Eyre, Walt Whitman, Kafka, El guardián entre el centeno, Los hermanos Karamazov… A Truffaut no querían dejarle inicialmente que quemara los libros cuyos derechos estuvieran vigentes, pero para el director era fundamental el papel de los libros como protagonistas de la película, como algo vivo cuya desaparición tenía que doler, y de ahí que se recreara en las imágenes de las hojas ardiendo lentamente, arrugándose sobre sí mismas como un ser vivo.

La otra gran elección de Truffaut respecto al libro fue el final, en el que los hombres-libro muestran a Montag su idea para que la cultura y las ideas de los libros pervivan. «Por fuera son vagabundos, por dentro son bibliotecas». En ambas obras la idea es similar, si bien con pequeñas diferencias: en el libro no aparece Clarisse en el bosque, fallecida en una redada, y termina con un terrible bombardeo que destruye completamente la ciudad y deja a los ciudadanos libres como responsables de reescribir los libros y con ellos, la historia. También hay diferencias en los títulos escogidos para los hombres-libro del libro y la película, en la que se cuela algún guiño a Ray Bradbury, como el personaje que se hace llamar Crónicas marcianas. El personaje de Montag en el libro lleva en su cabeza el Eclesiastés, del Antiguo Testamento, que tiene una frase perfecta para definir lo que ocurre en esa sociedad censora y opresora:

«Porque en la mucha sabiduría hay mucha angustia, y quien aumenta el conocimiento, aumenta el dolor».

Por eso hay que quemar la cultura, porque hace infeliz a la gente. Los bomberos del escuadrón 451 son verdaderos nazis en sus formas, en el saludo, en el adoctrinamiento de la población y en la manipulación de las imágenes de televisión, otra gran predicción para aquella época. Tanto la película como el libro me han gustado más en esta relectura de ambas, sobre todo por su actualidad.

A Ray Bradbury le gustó mucho ese final en el que los hombres-libro recitan los pasajes de sus libros frente a un paisaje nevado. El 31 de agosto de 1966, el propio Ray Bradbury afirmó: “Truffaut me ha regalado una nueva forma artística de mi obra preservando el espíritu del original. Le estoy profundamente agradecido”. Muchos años después, en 2009, manifestó sin embargo su disconformidad con la doble actuación de Julie Christie: «El error que cometieron fue elegir a Julie Christie como la revolucionaria y la esposa aburrida». A mí me gusta. Mucho. Sabe ser sexy y aburrida a la vez como Linda, o vivaz y dicharachera como Clarisse.

La película no tuvo una gran acogida en los cines y su taquilla apenas dio para cubrir los costes de producción. Sin embargo, con el tiempo se ha convertido con merecimiento en toda una obra de culto, en una oda de amor por los libros. Merece la pena verla. Y leer la novela, por supuesto. Sin necesidad de memorizarla y quemarla después.

Fahrenheit 451 (I): la novela

TRAVIS, 20/09/2021

La reciente quema de unos 5.000 libros infantiles en escuelas de Canadá me ha traído a la cabeza la novela de Ray Bradbury Fahrenheit 451. Entre los libros que fueron arrasados aparecen Tintín en América, Astérix en América, varios de Lucky Luke y numerosas novelas, y la excusa utilizada fue que «mostraban prejuicios contra los pueblos indígenas». La novela de Bradbury fue publicada en 1953, la leí hace unas tres décadas y he vuelto a releerla esta semana para comprobar si era tan visionaria como en su momento se sospechaba. No, es mucho más. Es una novela corta, de apenas doscientas páginas, y su relectura me ha permitido descubrir aspectos que había olvidado, que son los que me han motivado a escribir este post.

Para el que no la haya leído o no la recuerde, le diré que la premisa fundamental de la obra es que en una ciudad de un futuro próximo los libros están prohibidos, las casas son ignífugas y como no hay incendios que apagar, las brigadas de bomberos han sido reconvertidas para quemar libros, la parte final de un proceso que consiste en investigar a los ciudadanos, encontrar posibles disidencias y localizar si tienen o no libros ocultos en sus domicilios.

La quema de libros como método para evitar la propagación de ideas incómodas es algo tan antiguo como la propia escritura: la prohibición y destrucción de libros judíos por parte de los nazis a partir de 1933, la «hoguera de las vanidades» de Savonarola en el siglo XV, los incendios documentados en las antiguas Roma y China, la quema de libros de caballería en el Quijote o más recientemente, la destrucción de bibliotecas por parte del Estado Islámico.

Los libros como instrumento para mantener nuestra cultura y su destrucción como arma de eliminación de la misma. En esa misma línea, el escritor checo Milan Kundera escribió, citando al historiador Milan Hübl: «para liquidar a las naciones, lo primero que se hace es quitarles la memoria. Se destruyen sus libros, su cultura, su historia. Y luego viene alguien y les escribe otros libros, les da otra cultura y les inventa otra historia. Entonces la nación comienza lentamente a olvidar lo que es y lo que ha sido«. Ray Bradbury (Waukegan, Illinois, 1920) creció impresionado por la destrucción de libros del nazismo durante su adolescencia, pero curiosamente el detonante que le llevó a escribir esta obra distópica fue la censura de principios de los cincuenta dirigida por el senador McCarthy y la sospecha de que podían realizarse quemas de libros en Estados Unidos. Quizás el senador disfrutaría hoy, setenta años después, al saber que numerosos estados y escuelas estadounidenses proponen censurar libros y películas de todo tipo por no considerarlos decorosos o adecuados, o por encontrar en ellos tintes racistas (De ofendiditos y pollaviejas).

La novela de Bradbury comienza con una frase que recordaba a la perfección:

FAHRENHEIT 451: la temperatura a la que el papel de los libros se inflama y arde.

Sin embargo, no recordaba la siguiente, la que precede al inicio de la novela, que me ha parecido ahora mucho más interesante (desconozco si está en la versión original):

«Si os dan papel pautado, escribid por el otro lado»

JUN RAMÓN JIMÉNEZ

Salte de lo que te indiquen, rebélate. De aquella primera lectura hace años recordaba cierto paralelismo con Joseph Goebbels y su persecución de la cultura, así como lo relacionado con la censura de todo aquello que se saliera de la versión oficial o gubernamental, como en el 1984 de George Orwell, pero no recordaba los orígenes de las quemas de libros en la novela, que es uno de los aspectos que más me han interesado ahora. La explicación aparece en la conversación entre el protagonista, el bombero Guy Montag, y el capitán Beatty, hacia el final del primero de los tres capítulos. Hasta entonces la novela nos ha descrito el trabajo de los bomberos en una sociedad idiotizada en la que las familias viven pendientes de unas enormes pantallas en sus casas, pantallas que ocupan una pared entera del salón, con cuyos personajes interactúan (los «parientes»). Mildred, la mujer de Montag, se conecta todas las noches a sus «conchas» (auriculares) y se toma su dosis de pastillas para evadirse del mundo, hasta el punto de convertirse en una auténtica desconocida para su marido. El propio Montag no es un tipo que se pare a cuestionarse las cosas, vuelve a su casa «hacia la esquina, sin pensar en nada en particular». O como le dice Clarisse, la adolescente que cambiará su percepción de lo que le rodea:

– Ríe sin que yo haya dicho nada gracioso, y contesta inmediatamente. Nunca se detiene a pensar en lo que le pregunto.

La transformación de su modo de cuestionarse el entorno al conocer a la joven, así como el miedo de Montag al salvar un libro de la quema y llevárselo a casa, o la autoridad que controla el comportamiento de los ciudadanos y casi su pensamiento, también son elementos en común con 1984, escrita en 1948, apenas cinco años antes. Clarisse influye en Montag de igual manera que Julia en Winston, y el miedo de este al esconder la libreta en la que ha escrito sus pensamientos subversivos me recuerda al del bombero cuando el capitán Beatty se presenta en su casa para mantener la conversación clave de toda la trama.

El trabajo de los bomberos incendiarios surge cuando se hace necesario «simplificar», «condensar» el saber.

Beatty.- Los clásicos, reducidos a una emisión radiofónica de quince minutos. Después, vueltos a reducir para llenar una lectura de dos minutos. Por fin, convertidos en diez o doce líneas de un diccionario.

Beatty.- Los años de Universidad se acortan, la disciplina se relaja, la Filosofía, la Historia y el lenguaje se abandonan, el idioma y su pronunciación son gradualmente descuidados. Por último, casi completamente ignorados. La vida es inmediata, el empleo cuenta, el placer lo domina todo.

En este blog ya hemos hablado otras veces del empobrecimiento del lenguaje, y otro de los grandes temas que ofrece el libro es la disminución de la cultura y de la inteligencia de las personas por el abuso de las tecnologías, un debate que se ha abierto de nuevo tras la publicación de informes y libros que indican que los llamados «nativos digitales» constituyen la primera generación con menor cociente intelectual que la anterior. Pero aún hay un aspecto más interesante en esta conversación, y es el relacionado con la necesidad de unificar a la sociedad para contentar a todas las minorías. Solo así se explica que sea necesario eliminar todo aquello que pueda estorbar su consecución. Como la literatura.

Beatty.- Ahora, consideremos las minorías en nuestra civilización. Cuanto mayor es la población, más minorías hay. No hay que meterse con los aficionados a los perros, a los gatos, con los médicos, abogados, comerciantes, cocineros, mormones, bautistas, unitarios, chinos de segunda generación, suecos, italianos, alemanes, tejanos, irlandeses, gente de Oregón o de México. (…) Todas las minorías menores con sus ombligos que hay que mantener limpios. Los autores, llenos de malignos pensamientos, aporrean las máquinas de escribir. (…) Los libros según dijeron los críticos esnobs, eran como agua sucia. (…) No era una imposición del Gobierno. No hubo ningún dictado, ni declaración, ni censura, no. La tecnología, la explotación de las masas y la presión de las minorías produjo el fenómeno, a Dios gracias. En la actualidad, gracias a todo ello, uno puede ser feliz continuamente.

¡Joder!, con perdón. Me ha recordado las hordas censoras que pululan por las redes sociales pidiendo el veto de Grease, Pretty Woman, Verano Azul, películas en las que no haya suficientes mujeres y minorías raciales o anuncios que consideran machistas según parámetros de la progresía más conservadora que yo recuerde.

Pero es que el capitán Beatty prosigue con su escalada de explicaciones:

Beatty.- La palabra «intelectual», claro está, se convirtió en el insulto que merecía ser. Siempre se teme a lo desconocido. (…) Hemos de ser todos iguales. No todos nacimos libres e iguales, como dice la Constitución, sino todos hechos iguales. Cada hombre, la imagen de cualquier otro. Entonces, todos son felices porque no pueden establecerse diferencias ni comparaciones desfavorables. Un libro es un arma cargada en la casa de al lado. Quémalo. Quita el proyectil del arma. Domina la mente del hombre.

Toda esta parte me ha recordado a Aldous Huxley y la sociedad uniforme, vacía, hipnotizada y monótona que describe en Un mundo feliz (publicado en 1932), una sociedad que en su búsqueda de la «felicidad» ha eliminado la literatura, la filosofía o la ciencia, un mundo que considera marginal al personaje que lee obras de Shakespeare, que no es otro que John el Salvaje. No podía llamarse de otra manera.

Beatty.- Has de comprender que nuestra civilización es tan vasta que no podemos permitir que nuestras minorías se alteren o exciten. (…) A la gente de color no le gusta El pequeño Sambo. A quemarlo. La gente blanca se siente incómoda con La cabaña del Tío Tom. A quemarlo. ¿Alguien escribe un libro sobre el tabaco y el cáncer de pulmón? ¿Los fabricantes de cigarrillos se lamentan? A quemar el libro.

Y una vez que se vacían las mentes porque se eliminan los libros, los recuerdos, la cultura, la autoridad la rellena con nuevos hechos e informaciones banales y precocinadas. Las páginas que narran el origen de los bomberos y la necesidad de su trabajo para mantener una sociedad aparentemente feliz me han parecido de lo mejor de la novela, sorprendentemente actuales para haber sido escritos casi setenta años atrás. La parte final del libro, en la que aparece ese grupo de resistencia de «hombres-libro», cuya misión es mantener el legado de los mismos y transmitirlos a futuras generaciones, me ha interesado también bastante, pero por sus diferencias con la película de Truffaut la dejaré para la segunda parte.

Lean la novela, vean la película, pero por encima de todo, lean libros.

Continuará: Fahrenheit 451 (II): la película.

El futbolista coge la pluma (I)

BARNEY, 11/09/2021

El refranero español nos recuerda aquello de «zapatero, a tus zapatos» para indicarnos que solo deberíamos opinar de lo que sabemos, de aquello que comprendemos, y que quizás no deberíamos hacer eso tan «español» de dar nuestra opinión sobre absolutamente todo, da igual si lo conocemos o lo ignoramos. Me viene a la cabeza este refrán cuando escucho algunas declaraciones de futbolistas sobre temas no relacionados con el deporte que practican (auténticos gañanes muchos de ellos), y sin embargo, soy partidario de que opinen libremente sobre lo que quieran por cuanto el peso que tienen como figuras reconocidas a nivel mundial puede ser muy valioso para dar visibilidad a ciertos asuntos, o para concienciar sobre algún tema concreto, como explicaba Pau Gasol en los recientes Juegos Olímpicos (Tokio 2020 I: la libertad de expresión).

En este post y el siguiente vamos a comentar la opinión de algunos futbolistas cuando se han quitado las botas y han cogido una pluma (o un teclado) para pronunciarse sobre algún tema concreto. En este primer capítulo, hablaremos de las polémicas en torno a la Superliga y el Mundial de Catar, dos asuntos que dan para debatir sobre fútbol, economía, derechos humanos y desigualdades. El jugador español Ander Herrera fue uno de los primeros en escribir abiertamente sus pensamientos acerca de la Superliga:

Qué bonito. el jugador millonario que habla con amor y cariño del fútbol popular, de los aficionados, de luchar de manera noble y humilde contra los poderosos. Pero es que, Ander, juegas en el Paris Saint Germain. Y en 2014 te fichó el Manchester United, que en aquel año era el equipo más rico del mundo. Y no lo critico, ojo, Ander ha ido mejorando como profesional (Zaragoza-Athletic-ManU-PSG) a la par que sus emolumentos se incrementaban, y eso es lo normal en un jugador de fútbol. Lo que no es de recibo es que alguien del Paris Saint Germain, o del Catar Saint Germain, como he leído en algún sitio, venga a dar lecciones de ética y buen comportamiento, o a hablarnos de que los ricos roban el espectáculo a los aficionados.

El PSG fue adquirido por el fondo estatal Qatar Sports Investments en 2011 y desde entonces se calcula que los cataríes han inyectado en el club 1.400 millones de euros para los 50 fichajes realizados y más de 1.800 millones de euros en total. Solo en 2017 invirtieron 222 millones de euros en Neymar Jr. y otros 180 millones en Mbappé. El fair-play financiero saltó hecho añicos en mil pedazos, al igual que con el City de Abu Dabi, pero ese organismo nefasto y corrupto llamado UEFA miró hacia otro lado. Este año el PSG se ha hecho con los servicios de los capitanes del Real Madrid y Barcelona, Ramos y Messi, más el portero titular de Italia, Donnarumma, y el neerlandés Wijnaldum. Por mucho que digan que no se han pagado cifras de traspaso (Achraf y Pereira aparte), entre las primas de fichaje y los estratosféricos salarios a una plantilla de 34 jugadores (lee bien, Ander, 34), la masa salarial se dispara por encima de los 530 millones de euros anuales. Las pérdidas de la última temporada ascienden a 250 millones de euros, que se suman a los 125 millones de la anterior. No pasa nada, se le enchufa un chorro más de millones desde el golfo pérsico y a seguir fichando jugadores. Es lo que tiene haber nacido con el culo sobre un depósito de petróleo.

No es justo que «los ricos roben lo que el pueblo creó», como dice Ander Herrera, porque de ese modo se acaban «las ilusiones de los aficionados de los equipos que no son gigantes de poder ganarse en el campo el competir en las mejores condiciones». El PSG ha ganado 9 Ligas en su historia, 7 de ellas desde que el emir de Catar es el dueño del club, 6 de sus 14 Copas de Francia, y 8 de sus 10 Supercopas. Parece que el dinero cataría ha influido algo para desequilibrar la competición francesa.

La UEFA ha mirado para otro lado y ha permitido a los franceses saltarse el control financiero, exactamente igual que la Ligue 1. El control que se realiza en Francia se hace con la temporada cerrada, no de manera previa, como en España, y eso permite que el PSG «salve» los números de esta temporada con una previsión de venta de jugadores por encima de los 200 millones de euros. Algo que no ha cumplido ni en un treinta por ciento, pese a tener la oferta del Real Madrid por Mbappé sobre la mesa. Están tan podridos de pasta que han podido rechazar una oferta entre los 180 y los 200 millones de euros.

El presidente del PSG, Nasser Al Khelaifi, preside desde abril de este año la asociación de clubes europeos (ECA), y se ha posicionado claramente en contra de la Superliga y a favor de la UEFA, presidida por ese tipo siniestro llamado Aleksander Ceferin. La Superliga pretende alcanzar un formato de competición similar a las norteamericanas (NBA, NFL), con un reparto más equitativo de los ingresos generados y un control económico que mejorara la igualdad de la competición. Evidentemente, nada de esto interesa a los cataríes, que van a seguir en el negocio del fútbol al menos hasta el Mundial de Catar en 2022. Veremos qué ocurre después. En Málaga saben lo que suele pasar cuando algún millonario de estos entra en un club, lo mete en una dinámica de gastos descontrolada y luego desaparece o deja de inyectar artificialmente pasta. El Málaga llegó a cuartos de final de la Champions y ahora pena por la Segunda División, con numerosos problemas económicos. Su máximo accionista, el que fuera presidente en aquellos años, es Abdullah ben Nasser Al Thani, pariente del emir de Catar.

Precisamente sobre el Mundial de Catar en 2022, se ha publicado una carta del capitán de la selección finlandesa de fútbol, Tim Sparv. We need to talk about Qatar. «Necesitamos hablar de Catar». Es muy recomendable.

En su carta, el jugador finés se culpa de haber permanecido ajeno a lo que ocurría en Catar durante los últimos años, cuando además era un país que conocía porque la selección había sido invitada a un campus en dicho país en enero de 2019. Uno de los integrantes de aquella selección, Riku Riski, rechazó hacer el viaje por razones éticas. Cuando el propio Tim Sparv comenzó a investigar sobre los motivos de su rechazo, supo de las condiciones de trabajo de los obreros que estaban participando en la construcción de los estadios de fútbol que albergarán el Mundial de 2022 y se acojonó, como cualquiera que haya ojeado aunque sea mínimamente los informes de Amnistía Internacional o el artículo de The Guardian, que cifraba en 6.500 los fallecimientos durante las obras.

Condiciones precarias, salarios paupérrimos y abonados con retraso, falta de medidas de seguridad, jornadas maratonianas con un clima infernal, trabajos forzosos y en condiciones de semiesclavitud… 6.500 muertos, unos 800 por estadio, lo digo para cuando se jueguen allí los partidos. La mayoría de los fallecidos fueron por «causa natural», según el gobierno catarí. Es decir, morían extenuados o por un golpe de calor, no se les hacía autopsia y se determinaba «causa natural». Al fin y al cabo, son ciudadanos de cuarta en aquel país, puesto que su procedencia era de cinco países: India, Pakistán, Nepal, Bangladesh y Sri Lanka.

Tim Sparv se plantea qué más pueden hacer como deportistas cuyas palabras tienen alcance mundial: denunciarlo, boicotear el Mundial (dice que ahora no procede, con lo que no estoy de acuerdo), exigir mejoras en las condiciones de los trabajadores, hacer campañas… Llevar mensajes de protesta en las camisetas, como han hecho las selecciones de Alemania, Dinamarca o Países Bajos. Pero pone el dedo en la llaga al advertir que la mayoría de las estrellas del fútbol rehúyen este posicionamiento porque podrían perder patrocinios o contratos de publicidad. Pasta al fin y al cabo.

No son los únicos que huyen del enfrentamiento con los poderosos. La propia prensa española ha obviado la carta de Tim Sparv, la ha ignorado. Gugleo cuántos medios del autoproclamado mejor periodismo del mundo se han hecho eco de la noticia y apenas encuentro esto:

Ni una sola referencia en el As y el Marca, y he usado su propio buscador, y apenas en la prensa tradicional. Si criticas a Catar, estás criticando a la FIFA, la UEFA o LaLiga, y los medios ya andan bastante tocados como para arriesgarse a perder contratos de publicidad.

Una pena, un puto drama. Nos comeremos un Mundial en pleno mes de noviembre, alterando todas las competiciones del fútbol de los aficionados de verdad, de los que van a los estadios, para dar satisfacción a los mandamases del golfo pérsico y de la FIFA.

Aprovecho para dejar aquí mi modesta contribución al fútbol de equipos modestos, a los jornaleros del fútbol. Se trata de una entrevista que hice a Ulrik Pedersen, autor del 0-1 del Odense en el Santiago Bernabéu en aquel famoso (y trágico) partido de 1994, y que ha tenido a bien publicarme La Galerna. Le pregunté por la Superliga, por supuesto que sí.

Protocolo de desco(jo)nexión digital

JOSEAN, 05/09/2021

BORRADOR XVII DE LA EMPRESA VIORSA (Vigilancia Orwelliana, S.A.)

PREÁMBULO. Con objeto de facilitar la conciliación de la vida personal, familiar y laboral, y para cumplir con lo indicado en la Ley 3/2018 de 5 de diciembre, de Protección de Datos Personales y garantía de los derechos digitales, en su artículo 88, la Dirección de la empresa, de manera consensuada con el Comité de Empresa, ha preparado este protocolo de actuación cuyo objetivo es respetar el derecho de los trabajadores a la desconexión digital fuera del horario laboral y de manera especial, en fines de semana, festivos y vacaciones.

Se recuerda a todos los empleados lo indicado por dicho artículo 88:

Con la relectura del borrador XVII, el Director General de la compañía (D.G.) volvió a hacer la broma de «habría que pedir a los empleados públicos la conexión digital completa en horario de trabajo, así que imagínate lo que les preocupa esta Ley», a lo cual respondió el representante de los trabajadores (R.T.) con su habitual: «el día que te quites todos los prejuicios de la cabeza, serás mejor jefe».

D.G.: No nos hemos puesto de acuerdo en las horas anuales, en la elección consensuada de las vacaciones de acuerdo con lo que necesita la compañía, en los festivos disponibles o en la subida salarial, en el trabajo presencial o el teletrabajo, lo cual es lógico porque con vuestros planteamientos habríamos quebrado hace años, y ahora nos hacen cumplir una Ley tan imprecisa que dice que se atenderá «a lo acordado». Pues vale, vamos a intentarlo.

R.T.: Podríamos verlo desde otro punto de vista: como empresa habéis incumplido la normativa de registro de la jornada laboral, no pagáis las horas extraordinarias, forzáis a que el empleado se coja la mayor parte de las vacaciones cuando a la Dirección os viene bien, exprimís a los jóvenes con condiciones leoninas, no cubrís los gastos de los empleados durante el teletrabajo, etc. Me parece lógico que seáis incapaces de firmar un protocolo para respetar al trabajador cuando está en su casa o de vacaciones. Pero nos conocemos de hace muchos años, así que, como bien dices, vamos a intentarlo.

D.G.: «Fatiga informática», os inventáis unas chorradas. Resulta que el empleado sale del trabajo, se monta en el Metro, el autobús o el tren para volver a casa y se pone a ver sus redes sociales o a guasapear en el móvil, no quita sus ojos de la pantallita ni un segundo. Llega a casa y sigue enganchado a la tecnología, más cuanto más joven, incluso después de cenar y antes de acostarse, y si le llamas o le escribes porque hay que contestar un mail urgente, te dice que tiene «fatiga informática», vengaaaa, no me jodas, no me parece muy coherente.

R.T.: El trabajador tiene derecho a desconectarse, y la empresa debería organizarse para atender todos esos problemas que puedan surgir fuera de la jornada de trabajo habitual, y si para eso hay que contratar más gente, debería hacerlo.

D.G.: Ya, pero es que te recuerdo que tenemos filiales y delegaciones por todo el mundo y hay una cosa que se llama husos horarios. Pero incluso en España el horario de nuestras tiendas se prolonga hasta las diez de la noche, y desde que los empleados salen de la oficina, antes de las seis, hasta el cierre, ocurren decenas de cosas para las que a veces hace falta dar soporte.

R.T.: Estableced un sistema de turnos, organizad el trabajo de otra manera, pero no pretendáis tener soporte catorce horas diarias con las mismas personas.

Art. 1: Trabajadores afectados. La normativa aplica a todos los empleados de la empresa, si bien se reconoce el derecho a la desconexión digital como un derecho y no como una obligación, es decir, todos aquellos empleados que realicen comunicaciones fuera de su jornada laboral podrán hacerlo libremente. Igualmente, los destinatarios internos de dichas comunicaciones podrán atenderlas durante su jornada laboral, no estando obligados a responderlas fuera de dicha jornada (extraído del Convenio colectivo de Decathlon, art. 53).

R.T.: Sabes que no me gusta mucho esta parte, porque al final, los tocapelotas que mandáis correos hasta las nueve de la noche vais a seguir haciéndolo, y os vais a mosquear si el empleado no os contesta a un guasap o una llamada de teléfono fuera del horario.

D.G.: El trabajador está en su derecho de no contestar hasta el día siguiente.

R.T.: Y vosotros tenéis la obligación de no tomar represalias.

D.G.: Está claro, represalias no, pero también tenemos la potestad de promocionar a aquellos que muestren más implicación con la compañía y sus objetivos, ¿no?

Art. 2: Para los efectos indicados en este Protocolo, se tendrán en cuenta todos aquellos dispositivos o herramientas de la empresa puestos a disposición del trabajador que pudieran extender su jornada laboral más allá del horario establecido, como pueden ser teléfonos móviles, ordenadores portátiles, aplicaciones, correos electrónicos o cualquier otra forma de mensajería, y por supuesto, respetar los teléfonos personales y correos electrónicos propios de los empleados, que no deberían usarse para el envío de llamadas o mensajes de carácter profesional.

D.G.: Siempre me ha llamado la atención lo «exquisitos» que nos ponemos con el uso del teléfono o el ordenador fuera de la empresa, y qué flexibles o laxos somos, o pretendéis que seamos, con el uso de los mismos para fines personales dentro del propio horario laboral.

R.T.: A ver, el que no haya hecho una gestión personal alguna vez durante su jornada laboral, que tire la primera piedra. Todos hemos tenido que dedicar alguna vez quince minutos para una gestión en el banco, o con el colegio de los niños.

D.G.: Sí, si solo fueran quince minutos y de manera excepcional, o si a ese empleado no se le cayera el boli a la hora en punto cuando toda la oficina ha escuchado sus conversaciones interminables con su madre o con el responsable de estudios de su hijo.

R.T.: Yo creo que a todos nos gustaría que los horarios de los colegios, el banco o el ayuntamiento fueran compatibles con la jornada laboral, pero por desgracia son coincidentes y no queda otro remedio que hacer esas gestiones en mitad de la jornada.

D.G.: Si está claro y lo entiendo, solo hablo de lo dignos que se ponen algunos porque un día les llamas a las siete de la tarde y se les olvida la de veces que hacemos la vista gorda durante la jornada. Y no digamos si se nos ocurriera mirar su correo electrónico de empresa dentro del horario laboral de la empresa, es decir, mientras cobra de la propia empresa y no precisamente por hacer gestiones personales o atender sus redes sociales.

R.T.: ¡Pero es que ese es un derecho fundamental del trabajador, regulado en el artículo 87 de la Ley! ¡No podéis espiar el correo electrónico de los trabajadores!

D.G.: Me conozco muy bien lo que dice la Ley, solo quiero hacerte ver el nulo interés que tenéis por el uso que también se hace de los medios de la empresa por el trabajador, dentro y fuera de la jornada laboral. El empleado que se lleva el portátil a casa o que tiene teléfono de empresa, lo va a utilizar antes o después, en mayor o menor medida. Igual que el coche de empresa, que muchos se lo llevan de vacaciones y nunca os he visto preocupados por regular su uso en los convenios.

R.T.: Las labores de control sobre el empleado las tenéis definidas en el Estatuto de los Trabajadores, no sé si también me quieres discutir esto:

D.G.: No, y sabes que se respeta, pero me parece que siempre os olvidáis del artículo anterior, que tiene la clave, sobre todo en dos palabras: «buena fe». De ambas partes.

Art. 3: Con el fin de garantizar el derecho a la desconexión y en un plazo no superior a tres meses, la Empresa se encargará de elaborar lo siguiente:

  • Una Guía de políticas de actuación que regule de manera concreta sobre el uso de las herramientas digitales: qué se puede hacer por parte del empleado, qué no está permitido hacer por el mando directo, medidas de desconexión (estudiar los efectos de cortar las comunicaciones de los servidores de correo electrónico, mensajes automáticos redireccionados…) y efectos de los incumplimientos.
  • El Departamento de Prevención de Riesgos Laborales elaborará un Informe sobre el estrés causado por la conectividad permanente y los efectos sobre la salud del empleado.
  • Encuesta de evaluación entre los empleados: de carácter anónimo, con objeto de identificar las malas prácticas y para incidir de manera especial en aquellos empleados que se salten de manera continuada las normas mínimas de desconexión.
  • Se estudiará habilitar un Canal de denuncia anónimo, dependiente del Dpto. de Compliance, para que el empleado que se sienta forzado a estar permanentemente conectado pueda denunciar dichas conductas.

R.T.: Nada de lo que estamos hablando sirve si no se concretan medidas, así que este borrador no es más que un paso previo de la Guía, que será la clave, y se nos ocurren muchas maneras de implantarlo. Por ejemplo, Volkswagen implantó en Alemania ya en 2011 un sistema que desconectaba los servidores de comunicación de los teléfonos móviles profesionales entre las 18.15 y las 7 de la mañana del día siguiente. Mercedes habilita la opción del Mail on Holiday, que redirecciona automáticamente los emails enviados a trabajadores que están de vacaciones y los hace llegar a otros compañeros del departamento.

D.G.: Insisto en lo que te decía antes: no podemos desconectar por las bravas y a todo el mundo porque puede haber un problema con la fábrica de Vietnam, o con la filial de Argentina, ¡o incluso con el almacén de Fuenlabrada a las once de la noche! No se puede ser tan drástico porque si hay un fuego que apagar, tenemos que estar disponibles.

R.T.: El problema es cuando todos los días hay fuegos que apagar. ¿Podemos alcanzar un consenso, y vuelvo a Decathlon, de manera parecida a lo que han pactado en su convenio colectivo?

D.G.: Pues claro que podemos llegar a un acuerdo en ese punto, si todo esto consiste en aplicar el sentido común. Lo que ocurre es que a veces intentamos legislar por encima de nuestras posibilidades y de manera similar para todos los empleados. Y ciertamente no es lo mismo. De igual manera que no se puede exigir lo mismo a un currito que cobra 20.000 euros anuales, o a un blue collar, que al director de una filial en la otra punta del mundo. Al primero no se le va a llamar nunca salvo que ocurra un Chernobyl, pero al segundo habrá que llamarle más veces de las que vosotros creéis necesarias porque, como bien dice ese artículo, puede haber un potencial perjuicio hacia el negocio. Y porque además, qué coño, lo lleva en el salario.

R.T.: Ahí es donde nos toca exigir ciertos límites, porque en ocasiones parece que hay un Chernobyl diario.

D.G.: De todos modos, no deja de llamarme la atención algunas de las cosas que proponéis como el informe de riesgos laborales por la conectividad permanente, la fatiga informática y todas esas cosas, ¿sabemos distinguir cuándo el problema de esa fatiga lo ha causado el trabajo y cuándo lo ha hecho el propio ocio del empleado que se queda viendo series hasta las dos de la mañana o leyendo las redes sociales en el móvil hasta las mil?

R.T.: Pero ese es su tiempo libre y puede hacer con él lo que quiera, el empleado necesita evadirse del estrés del trabajo y leer o ver aquello que le gusta.

D.G.: Ya, me refiero a los que se quejan de que están perdiendo vista, o que si tienen las cervicales destrozadas, o que se les duermen los brazos. Aquí se cumplen todas las medidas ergonómicas, de luz y temperatura, y tendemos a culpar al trabajo y no tanto a nuestros propios hábitos fuera del trabajo.

R.T.: Sobre eso no podemos regular nada, pero creo que la Encuesta podría ayudar a identificar determinadas malas prácticas en las que se caen aquí, en el centro de trabajo. Sigamos, por favor.

Art. 4: Se promoverán acciones de formación y sensibilización de carácter obligatorio para todos los empleados, así como cursos especialmente dirigidos para directivos, con objeto de implementar una serie de prácticas habituales como evitar el envío de correos y llamadas fuera del horario laboral, con la excepción de aquellos de carácter informativo y que no supongan una orden o mandato de acción inmediata. Se insistirá en que, aunque se pueden mandar correos, el empleado no tiene obligación de contestarlos.

Art. 5: Con objeto de hacer efectivo el derecho a la desconexión digital y laboral en los términos del presente Acuerdo, la Empresa garantizará que el ejercicio de este derecho por parte de los trabajadores no será motivo de sanciones, ni influirá de manera negativa en las valoraciones anuales que del empleado realice su mando superior, ni afectará en modo alguno a las posibilidades de promoción dentro de la Empresa.

R.T.: Tengo muy claro que en este último punto podemos escribir lo que queramos que vosotros vais a seguir promocionando a quien se pliegue en mayor medida a vuestras exigencias.

D.G.: Se llama implicación, y las empresas estamos muy tocadas como para permitir que esto quede como un solar cada vez que suena la sirena, como en Los Picapiedra, ¿te acuerdas?

R.T.: Sí, me acuerdo muy bien, pero aquello estaba ambientado en la Prehistoria, que es donde os quedasteis alguno.

D.G.: Ni mucho menos, amigo, estamos en el futuro. Y en este futuro inmediato, mientras hablamos de apagar todos los sistemas a las cinco de la tarde, o de hacer auditorías retributivas con perspectiva de género, o de conseguir un sello de sostenibilidad para algo que nunca lo ha sido, hay un grupo de empresas chinas contando las horas para quedarse con nuestro negocio.

Las cartas de Ingrid Bergman

TRAVIS, 29 de agosto de 2021

El 29 de agosto de 1982, la actriz sueca Ingrid Bergman se acostó tras la fiesta de cumpleaños que celebró con unos amigos en su residencia de Londres. Cumplía 67 años y no volvió a despertar. Según su hija Pia Lindstrom, «creo que eligió morir el mismo día que había nacido; hay una especie de simetría en ello, es algo que le gustaba. Y es apropiado, fue como cerrar el círculo de su vida». No estoy seguro de que Ingrid Bergman escribiera una carta de despedida ese mismo día de 1982, pero sería acorde con su modo de vida hasta la fecha y con la importancia que las cartas tuvieron en su vida.

Como esa primera carta que no quiso recoger, en sobre blanco (el marrón era para los rechazados), convencida de que no había sido seleccionada para la Escuela de Arte Dramático de Estocolmo, con lo cual tendría que dar la razón a su tío Otto y abandonar toda esperanza en el mundo de la interpretación. Afortunadamente no fue así y comenzó una gran carrera como actriz que se prolongó durante cinco décadas en varios países y en diferentes idiomas.

Tras una docena de películas en Suecia, recibió dos invitaciones muy dispares para trabajar en otras cinematografías: la del productor David O’Selznick para que realizara una nueva versión de Intermezzo en Estados Unidos, y la del mismísimo ministro de propaganda del régimen nazi, Joseph Goebbels, con la intención de que realizara películas para el III Reich. Todos sabemos que eligió Hollywood, y en 1942 interpretó el inolvidable papel de esa «fugitiva» Ilsa Lund que intenta conseguir un salvoconducto junto a su marido Víctor Laslo en el café de Rick. Hablo, cómo no, de la mítica Casablanca, en la que su personaje escribe una de las cartas más recordadas (y más simples) de la historia del cine, la que recibe Rick en la estación de tren de París (recurso de la lluvia como lágrimas incluido):

«Richard, no puedo acompañarte ni volver a verte. No debes preguntarte por qué, simplemente que sepas que te quiero mucho, cariño. Y que Dios te bendiga. Ilsa». Pero, pero, pero… con lo que me gusta esta peli, ¿qué mierda de carta es esta? No sé, se la podrían haber currado un poco más, digo yo. El caso es que Ingrid Bergman recibió tres nominaciones consecutivas a los Óscar, pero no por Casablanca: sino por Por quién doblan las campanas, Luz que agoniza (con la que ganó) y Las campanas de Santa María. Y todavía recibiría una cuarta en 1948 por su Juana de Arco (Victor Fleming).

Se ve que el cine norteamericano no le aportaba más, tras menos de una década, y fue entonces cuando escribió su famosa carta al director italiano Roberto Rossellini:

«Querido Sr. Rossellini: He visto sus cintas ‘Roma, ciudad abierta’ y ‘Paisá’ y las he disfrutado mucho. Si usted necesita una actriz sueca que habla muy bien inglés, que no ha olvidado su alemán, que no entiende mucho de francés y que en italiano sólo puede decir ‘ti amo’, estoy lista para viajar y hacer un filme con usted».

El italiano, que no sabía quién era la actriz sueca, pidió que le localizaran la cinta sueca Intermezzo, y tras ver su actuación, contestó con una de esas mentiras piadosas que tanto se deben estilar en este mundillo:

«Acabo de recibir con gran emoción su carta que, por coincidir con mi cumpleaños, se ha convertido en el regalo más precioso. Ciertamente he soñado en rodar una película con usted y desde este momento me esforzaré en que sea posible. Le escribo una larga carta comunicándole mis ideas. Con mi admiración acepte, por favor, mi gratitud y mis cordiales saludos».

Lo que ocurrió después es de sobra conocido: Ingrid Bergman se presentó en Italia, abandonó a su marido y su hija, e inició una tórrida relación con el director italiano, lo cual resultó un escándalo para la mojigatería hollywoodiense de entonces, sobre todo cuando la actriz quedó embarazada sin haber cerrado su divorcio con su marido desde los 21 años, el dentista sueco Petter Lindstrom.

Desde el mismo momento en que se supo de la relación de ambos, la actriz comenzó a recibir cartas de todo tipo, pero ya no eran de elogios, como las precedentes, sino de lo que hoy en día se llamarían haters, odiadores vocaciones que usan las redes sociales, y que en su día se comunicaban por correo postal:

«Me llegaban cartas atroces, cada sobre iba lleno de odio. En algunas ponían que yo ardería en el infierno por toda la eternidad. Otras decían que era una agente del diablo y que mi pequeño era hijo del diablo. Y aun otras que mi bebé nacería muerto o sería jorobado. Hablaban de toda clase de horrorosas deformaciones que afectarían a mi hijo. Me llamaban puta y fulana. No podía creer que me odiara tanta gente. Al margen de lo que pensaran sobre mi vida, se trataba de mi vida privada, y yo no les había hecho nada. Estaba en estado de shock. Llegaban cartas de todas partes, pero la mayoría de América. América es muy grande, así que había gente para escribir cartas de todas clases. Roberto me preguntaba por qué las leía si me afectaban tanto. Decía que era como leer reseñas de críticos a quienes nunca les gusta tu trabajo. ¿Qué sentido tiene? Yo le respondía que era el único modo para encontrar cartas de amigos que me animaban y me apoyaban».

Ingrid Bergman y Roberto Rossellini se casaron finalmente en 1950 y tuvieron tres hijos, entre ellos la también actriz Isabella Rossellini. Su propia hija fue la que tuvo la idea de producir un documental sobre la vida de Ingrid Bergman basada en sus cartas, diarios y vídeos familiares. Jag är Ingrid (Yo soy Ingrid), se estrenó en Cannes en 2015, con motivo del centenario de la actriz. Supongo que nunca salieron a la luz, pero me habría gustado leer sus cartas de «desquite» cuando volvió a Hollywood para rodar Anastasia (1956, Anatole Litvak) y ganar su segundo Óscar. Estaba tan cabreada con ese mundillo de Los Ángeles que fue su amigo Cary Grant quien recogió la estatuilla. En 1959 regresó a la ceremonia de los Óscar para presentar el de mejor película del año y fue recibida con una enorme ovación. Para entonces ya se había separado de Rossellini y se había casado de nuevo, en esta tercera ocasión con el productor teatral sueco Lars Schmidt.

O las cartas que sin duda debió cruzarse con el misógino Alfred Hitchcock, con el que rodó tres películas en las que sus papeles eran de meras comparsas de los protagonistas masculinos: Recuerda, Encadenados y Atormentada. Sé que Encadenados (Notorious) tiene muchos seguidores, pero yo no estoy entre ellos. Creo que Hitchcock tiene no menos de una docena de obras mucho más conseguidas que esta historia inverosímil de espías y amores falaces.

Poco tiempo después de lograr su tercer Óscar en 1974, por su papel de reparto en Asesinato en el Orient Express, tuvo conocimiento del cáncer de mama que finalmente se llevaría su vida por delante de manera prematura. Pero no dejó de trabajar casi hasta el final, como en Sonata de otoño con Ingmar Bergman (que, por cierto, no era familiar suyo, igual que no todos los Pérez lo son) o en televisión con Una mujer llamada Golda, en la que interpretó a la primera ministra de Israel Golda Meir.

Ingrid Bergman era la perfecta definición de clase, estilo, en el cine. La clase se tiene o no se tiene, no se hereda. No tuvo tiempo de escribir una carta a su hija Isabella para cuestionarle sus papeles en el cine, algunos de ellos terribles, y desde luego, carentes de la clase de su madre. Se fue cuando se tenía que marchar y seguramente se llevó a la tumba las ganas de soltar una enorme peineta a todas aquellas personas que la criticaron en vida por hacer siempre y en todo momento lo que le dio la gana.

Ingrid Bergman. 29 de agosto de 1915 (Estocolmo) – 29 de agosto de 1982 (Londres).

Tokio 2020 (y IV): devaluar una medalla

BARNEY, 22/08/2021

Hace dos semanas ya de la finalización de los Juegos de Tokio y aunque me comprometí a hacer un resumen con lo que a mi juicio había sido lo mejor y lo peor, me parece más interesante hablar de lo que sobra en unos juegos olímpicos, de lo que está de más. Hay demasiadas competiciones, algunas tan chorras que devalúan el valor de obtener una medalla olímpica. También hablaré de lo que más me ha gustado, porque ha habido algunos momentos muy interesantes, pero en general han sido unos juegos raros, lo que se podía esperar de unos juegos sin público, en año impar y no bisiesto. Y sin considerar que a veces lo más interesante ocurría a las cuatro de la mañana.

El medallero ha quedado finalmente de este modo:

113 medallas los norteamericanos, que al final superaron a los chinos en el medallero, que fueron por delante hasta la última jornada. España no aparece en esos primeros puestos y me dan mucha envidia algunos países de nuestro entorno como Italia (¡40 medallas!), Países Bajos (36) o Francia (33). Noruega consiguió la mitad de medallas que la delegación española, pero está en el puesto 20º por el número de oros, algunos tan espectaculares como los dos de atletismo de los que hablaré en «lo mejor».

Se repartieron en total 340 medallas de oro en las 339 especialidades. Hay una más de oro y «solo» 338 de plata, porque el italiano Tamberi y el catarí Barshim decidieron compartir el oro en salto de altura, en lo que para algunos ha sido uno de los momentos mágicos de los Juegos. No para mí, desde luego. Eso de optar por no competir y repartirse el oro con un colega, por muy bonita que fuera la intrahistoria, está en contra del espíritu de la competición y de los valores olímpicos. Se pierde, se felicita al ganador y se entrena más duro para lograr el triunfo a la siguiente. Por cierto, varios medios repitieron que era la primera vez que había un empate por la medalla de oro en 113 años y como mi memoria no me falla y recordaba un empate en natación en Los Ángeles 84, busqué el dato y corroboré que no era cierto. Aún recuerdo aquella final de natación en la que dos nadadoras norteamericanas empataron en tiempo y fue imposible dilucidar quién había sido la ganadora:

Se repartieron dos medallas de oro y ninguna de plata, pero tras una competición intensa en la que ambas nadadoras dieron el máximo. A mí la imagen de los saltadores charlando amigablemente y pactando llevarse el oro me parece un hurto al espectador, devalúa la propia medalla obtenida. Pero tampoco voy a molestarme demasiado. Fue un momento bonito, deportivo, como tantos otros que presenciamos durante los Juegos. Como la reacción de los atletas Isaiah Jewett (EEUU) y Nijel Amos (Botsuana) tras su desgraciada caída en los 800 metros. Lejos de reproches, se ayudaron a levantarse y entraron juntos en meta.


O la holandesa Sifan Hassan, que se cayó en el último paso por meta de la semifinal de 1.500 y tuvo los arrestos de levantarse, pelear y clasificarse para la final ganando la serie. Impresionante. Posteriormente se llevó el oro y nuestra admiración. Vaya zancada, merece la pena ver el vídeo de esa última vuelta:

Lo mejor de los Juegos, lo más recordado, suele ser lo que ocurre en la pista de atletismo. Durante los Juegos de Tokio se han superado tres récords del mundo en el «deporte rey»:

  • El triple salto: la venezolana Yulimar Rojas, con 15,67 metros, acompañada en el podio por nuestra Ana Peleteiro con el bronce al cuello.
  • Las impresionantes finales de 400 m. vallas, en las que, tanto en categoría masculina como femenina, los segundos clasificados también rebajaron las anteriores marcas de la prueba. Para los que recordamos a Kevin Young en Barcelona 92 convirtiéndose en el primer atleta en bajar los 47 segundos, la barbaridad de marca que hicieron el noruego Karsten Warholm (45.94) y el estadounidense Rai Benjamin (46.17) nos dejó blancos a los que tuvimos la suerte de verlo en directo. El propio Warholm no se lo creía. En categoría femenina, Sydney McLaughlin (EEUU) batió su propio récord del mundo y se convirtió en la primera atleta en bajar de los 52 segundos (51.46), pero es que la segunda clasificada, Dalilah Muhammad (EEUU), también lo logró con un tiempo de 51.58.

Reconozco que me han dado envidia los noruegos, tanto por la victoria de Warholm, como por el oro en los 1.500 metros, que se llevó Jakob Ingebritsen con récord olímpico incluido. Salvando las distancias, me recordó a aquellos tiempos lejanos en los que uno de los nuestros, Fermín Cacho, se llevaba el oro por delante del imperio africano en la media y larga distancia.

Atletismo, natación, gimnasia artística… eso significan los Juegos para mí en primer lugar. En segundo, algunos deportes de equipo: baloncesto, balonmano, voleibol (no el soporífero voley playa) y, aunque me aburran soberanamente, hockey hierba y waterpolo. El fútbol sobra en los Juegos, igual que esos inventos del rugby a 7 o el baloncesto 3 x 3. Y el béisbol. Si esta competición de quince días consiste en juntar a los mejores deportistas del mundo de una especialidad, no tiene sentido incorporar torneos como los mencionados, un fútbol light o un remedo del baloncesto callejero. Igual que creo que sobran el tenis y el golf, deportes en los que cualquier torneo tiene más prestigio que el título olímpico. Aparte de lo mal que se organiza, con tres pruebas (individuales, dobles y mixtos) en una semana, lo que provoca situaciones de agotamiento extremo como las de Novak Djokovic.

339 medallas de oro son muchísimas, una aberración tan enorme que incluso desprestigia el valor de una medalla. Sobran pruebas a punta pala. Creo que ni siquiera los más frikis, los que veíamos los resúmenes diarios y muchas competiciones en directo, seríamos capaces de recordar más de ¿50? ¿80 medallistas de oro? Yo sé que hace mucha ilusión a los triunfadores, pero habría que eliminar pruebas, empezando por esa que nos dio un oro y una plata: la coreografía de kárate llamada Kata, en la que Sandra Sánchez y Damián Quintero son dos de los mejores del mundo. Sé que tiene mucho mérito, pero… ¿de verdad tiene que ser un deporte olímpico? ¿Y por qué no la capoeira, que también es una coreografía de peleas?

La kata desaparece del programa de París 2024, y me parece normal, por mucho que se quejen los nuestros. Además, me ocurre que por lo general desconfío de todos los deportes en los que hay jueces que deciden el ganador por sus criterios particulares, que en ocasiones están más cerca de sus santos ovarios o de lo que sus dídimos les dicten. Natación sincronizada, siempre igual. Podrían no lanzarse a la piscina que las puntuaciones iban a ser las mismas. Gimnasia rítmica, katas de kárate (¿gana el que pone más cara de concentración?), gimnasia en trampolín, la cosa esa del monopatín, ufff, mi madre. El podio femenino del skateboarding sumaba 42 años, dos niñas de 13 años y otra de 16 montando en monopatín… ¿oro olímpico?


Yo recortaba unas cuantas disciplinas del programa. Si le dejaran al COB (Comité Olímpico de Barney) analizar todas las pruebas, mantendría algunas o no en función de sus gustos. Con un par. Todas las especialidades con caballo fuera. Sobre todo la doma esa, en la que los jueces votan medio dormidos en función de los pasitos laterales de los caballos. Deportes de lucha: grecorromana, ñé, no sé yo. Venga, vale, pasa el corte. El boxeo lo veo fuera de lugar en su versión descafeinada y amateur. Otra cosa era ver a Muhammad Ali o a Myke Tyson en un ring, pero está claro que esos combates no son propios de unos juegos olímpicos. Judo, taekwondo… vale, pasan el corte. Esgrima sí, desde luego, aunque sea un tostón importante. De todo lo incorporado recientemente, quitaría cosas como el surf, la bici BMX y tendría en estudio la escalada.

En parte es solo un problema de tradiciones o de resistencia a la incorporación de nuevos deportes, porque creo que la dispersión de pruebas y la incorporación de algunas minoritarias devalúan el valor del propio logro de la medalla. Aunque por otro lado, creo que el Comité Olímpico Internacional hace bien en modernizar algunas pruebas, como cuando incorporó el triatlón, por ejemplo. Me pareció perfecto, pero habría que quitar de manera definitiva el pentatlón moderno. Lleva años siendo olímpico y no sabemos una m… del mismo. Recuerdo de niño cuando leí en qué consistía: una combinada de carrera a caballo, campo a través, natación, tiro con pistola y esgrima. Alucinaba y más con la historia de sus orígenes: supuestamente un militar que huía de sus enemigos a caballo, y cuando este fue alcanzado, se defendió con la espada, luego con la pistola, atravesó un río a nado y finalmente huyó campo a través. Qué estrés, parecía el protagonista de 1917. ¿Alguien sabe algo de este deporte en los últimos 80 años? Cero, ¿no? Pues fuera. Como la marcha atlética. Eso de que andan rápido, pero no corren, como si se frenaran, choca frontalmente con el altius, citius, fortius. O que dependa tanto de los jueces, cuando se ve claramente que todos van corriendo, ¿o qué otra cosa puede ser ir a menos de cuatro minutos el kilómetro?

La vela, el remo y el piragüismo, vale, pasan¨, se mantienen. Los deportes de tiro, ya sea con arco, pistola o como en las ferias de los pueblos (tiro al plato), vale. Pocas oportunidades más tienen de aparecer en un telediario o en la portada de un periódico deportivo, como este año con el oro de Fátima Gálvez y Alberto Fernández. Por supuesto que el COB daría un SÍ enorme al ciclismo, tanto en ruta como en pista. Solo digo una cosa: por favor, señores programadores de la tele, ¡pónganlo más! Especialmente las pruebas de pista, que en muchas ocasiones son espectaculares, y no las tenemos tan vistas como el ciclismo de carretera, para el que ya tenemos nuestros buenos Tours, Giros y Vueltas, sean siesteros o no.

Con la halterofilia me pasa a veces como con el ciclismo: me agoto solo de verlo. Con la diferencia de que disfruto del ciclismo. Lo de los halteras… unos tipos (o tipas) levantando dos millones de kilos, ufff… y yo que cada vez que lo veo pienso «¡que te vas a partir la espalda, muchacha!». Pero el COB mantendría la prueba, aunque fuera solo por tradición.

El COB completaría su programa olímpico con los deportes de raqueta, pero no el tenis, como ya he comentado. Bádminton, tenis de mesa y valoraría el pádel y el squash, deportes muy populares en todo el mundo, cuyo «olimpismo» contribuiría a aumentar su visibilidad.

Y aquí termina este especial de los Juegos. Por cierto, cuántas horas de protagonismo para Simone Biles y su extraña historia, y qué pocas para Emma McKeon. Total, solo se ha llevado siete medallas en natación.

Capítulos de esta serie:

Tokio 2020 (I): la libertad de expresión, by Josean.

Tokio 2020 (II): la película de Simone Biles, by Travis.

Tokio 2020 (III): el maratón olímpico, by Lester.

Tokio 2020 (IV): devaluar una medalla, by Barney.

Siete años en «Cuatro amiguetes y unas jarras»

15/08/2021

Hoy se cumplen siete años del inicio de este proyecto (más bien realidad) que estaba destinado a tener apenas un año de vida. «Buenos días a todos los que estáis ahí, al otro lado». Aquellas fueron las primeras palabras el 15 de agosto de 2014 en la Declaración de intenciones de este blog, unas palabras dirigidas a no se sabe muy bien quiénes, a esos lectores anónimos que se han ido sumando a este blog de manera paulatina, por el boca a boca, o el boca a oreja, mejor dicho, porque algún día un post les llamó la atención en Linkedin, Facebook, Twitter, o les llegó por Whatsapp, o porque alguno de los «BeBés» (Brasas Blogueros) le insistió con que «tienes que leer esto» o «esto otro ya lo explicaba yo en un post».

La idea inicial era probar doce meses, ver qué salía de aquello y esperar la aceptación de los lectores, pero lo cierto es que la recepción fue muy positiva, tanto que acabamos de completar los siete años de existencia. Durante ese tiempo han salido de la «batidora» de ideas 492 posts, más otro centenar en otros medios (fundamentalmente La Galerna), dos libros publicados con objetivos de crowdfunding para los proyectos solidarios de Lester en Bolivia y Ecuador, diversas colaboraciones con varios amigos que han querido aportar puntos de vista diferentes sobre algunos temas, entre cuatro y cinco mil lecturas mensuales (dejando aparte las de otros medios), más de mil comentarios (siguen pareciendo pocos, animaos más, dad un poco de cera), algunas «monetizaciones» que han ido a ONGs conocidas… pero por encima de cualquier otra consideración, estos siete años han traído dos cosas más: una enorme satisfacción para los cuatro amiguetes y (esperamos) diversión o buena información para los lectores. Y desde luego como aprendizaje es único. Uno relee algunos de los primeros posts y aprecia una evolución clara. Quizás se pierde algo de frescura al no soltar lo primero que viene a la mente, pero se gana en precisión. Del mismo modo que en el uso del lenguaje.

Para hacer caso a algunos amigos que pedían que la web tuviera un índice en el que buscar textos antiguos, está ya disponible en Índice, a la izquierda de la pantalla de entrada. Todos los artículos ordenados por tema y autor/amiguete. También existe la opción del buscador a la derecha de la pantalla, por palabras, «Martin Scorsese», «relato Escocia» o «teatro culé». Funciona, lo digo por ese amigo que me dice siempre que busca algo concreto de hace tres o cuatro años y no es capaz de encontrarlo.

Siete años ya, pero esto no termina aquí, queda mucho sobre lo que escribir, varios proyectos por concluir y mucho aprendizaje a las espaldas. Dentro de la labor de divulgación (y entretenimiento) de este blog, planteamos un pequeño ejercicio resumen de lo expuesto: que cada Amiguete deje aquí una recomendación ajena, otra propia, de un texto al que le tenga especial cariño y por la razón que sea haya tenido pocas lecturas, y un proyecto que se pueda contar.

TRAVIS

Recomendación: sobre todo dos poscast, La Órbita de Endor y Todopoderosos. El primero es pura información, extensa, exhaustiva, hasta límites increíbles (podcast de seis horas a veces), análisis de una película o un autor desde todos los puntos de vista. El segundo, Todopoderosos, dura «solo» dos horas y aporta buen humor a la vez que información. En cuanto a otros blogs, me quedo con los análisis de Cinemelodic.

Una recomendación propia: me curré bastante La película de las pelis del desván, mezclando personajes de varias películas, dando rienda suelta al guionista que llevo dentro y no llegué ni a treinta lectores. ¿Tan friki era?

Un objetivo: tanto Barney de manera recurrente como Lester y Josean han realizado sus publicaciones en otros medios, pero sé que la mía está por llegar, y espero que sea pronto. En un medio de tirada importante, en eso estoy, no voy a adelantar nada.

LESTER

Recomendación: el podcast de La Cultureta, de Onda Cero. Habrá quien pueda pensar que en ocasiones pueden resultar pedantes o con esa soberbia cultureta que se estila en este país, pero a mí me gusta escucharlo incluso cuando soy un completo ignorante en los temas que plantean: determinados autores, etapas históricas o músicos. Cuando sé algo del tema… entonces lo disfruto aún más. En cuanto a webs, sigo Zenda Libros menos de lo que me gustaría, pero a veces encuentro artículos en los que evadirme un buen rato.

Una recomendación propia: Los muertos salen a hombros, creo que Jardiel Poncela definió a la perfección una de nuestras principales características, no sé si como pueblo, nación o como condición humana.

Un objetivo: los proyectos no se cuentan hasta que están acabados, por superstición, por evitar preguntas insistentes o porque sí o porque no, pero solo puedo anticipar que por supuesto que hay un nuevo libro entre manos.

BARNEY

Recomendación: evidentemente, no hay mejor web, ni mejor escrita («Madridismo y sintaxis» es su máxima), para hablar de fútbol y baloncesto que La Galerna, donde me han acogido desde hace ya tres años. En el mundo de los podcast, el trabajo de Richard Dees en El Radio destripando las malas artes de la prensa es impagable.

Una recomendación propia: los post con más lectores son siempre los de fútbol, y me atrevo a decir que aquellos que atacan al Barça más que los que alaban al Real Madrid, pero uno es amante del atletismo y de casi todo el deporte en general, y escribió con especial cariño un recuerdo nostálgico imposible (porque no lo viví) de los Juegos de México de 1968.

Un objetivo: nada me gustaría más que escribir el libro definitivo sobre el caso Soule y los manejos de Ángel Villar al frente de la Federación de Fútbol, pero me temo que esa investigación no se va a hacer nunca. Van pasando los años y el escándalo se va tapando, hasta que llegue un día en el que se le dé carpetazo y no veamos un Moggigate como el que se vivió en Italia. Así que mientras llega esa oportunidad, quizás entre en el mundo del podcast, que ya en su día hubo un planteamiento de unos «colegas».

JOSEAN

Recomendación: mi amigo El Economista Salvaje dejó de publicar su blog, y para mía fue una pena, puesto que me sirvió para conocer algunos temas que nunca me habían interesado. También ha sido una pena el reciente fallecimiento de José María Gay de Liébana, que publicaba artículos muy interesantes y plenos de sentido común en El Economista. En Linkedin, el Newsletter semanal de Javier Esteban Beyond the Hype aporta información útil y de calidad.

Una recomendación propia: hay dos post con mucho curro detrás que fueron los dedicados a la ausencia de seguridad jurídica, de plena actualidad con todos los cambios regulatorios del sector eléctrico.

Un proyecto: sobrevivir, que la vida no me da para más. Sobrevivir a todo el estrés, a todos los cambios legislativos, contables, fiscales, informáticos… aguantar hasta la jubilación, aunque cada día nos la pongan más lejos. ¿Acaso hay algo más importante?

Lo dicho, seguimos con el blog. De momento, de momento… de momento, otro año más al menos. Lo mismo que decimos cada año.

Y ya sabes, si quieres colaborar con una buena causa, aquí dejamos un enlace de una ONG de la que hemos hablado mucho y bien en este blog: Ayuda en Acción/colabora

Tokio 2020 (III): el maratón olímpico

LESTER, 08/08/2021

“¡Alegraos, vencimos!”, y al decir esto, murió, exhalando su último suspiro junto con la noticia y el saludo.

Leyenda o no, de ese modo narraba Luciano de Samósata la gesta de Filípides, el mensajero que recorrió los 40 kilómetros que separan Maratón de Atenas para anunciar la victoria de los griegos frente a los persas en el año 490 antes de Cristo. El maratón en los Juegos Olímpicos es tan antiguo como los propios Juegos de la era moderna, que se iniciaron en Atenas en 1896 y que desde su primera edición incorporaron esta disciplina al repertorio de competiciones. Para ser exactos, conviene mencionar que se disputa desde 1896 en categoría masculina, puesto que la disciplina femenina se incorporó casi un siglo después, a partir de los Juegos de Los Ángeles en 1984. De la controvertida entrada de las mujeres en el mundo del maratón (Kathrine Switzer, el maratón de Boston y la oposición de los jueces de la carrera) ya hablamos en su momento, y cómo lo que hoy se ve como normal fue considerado a finales de los sesenta poco más o menos una aberración o un sacrilegio.

Como casi todo el mundo sabe, el maratón consta de 42.195 metros de carrera continua, una barbaridad, pero esa no es «la distancia exacta que separa Atenas de Maratón», como tanta gente cree. El propio escritor japonés Haruki Murakami lo creía y así lo cuenta en ese libro imprescindible para corredores que es De qué hablo cuando hablo de correr.

“Puede que lo de Avenida de Maratón evoque una vía con cierto encanto, pero la verdad es que se trata de una carretera como de polígono industrial, hecha para ir al trabajo”. “La carretera es una vía directa hasta Maratón, y es tan recta que parece haber sido trazada con una larguísima regla”.

La distancia entre ambas ciudades es inferior en unos dos kilómetros, aproximadamente, y tuve la suerte de correr el maratón popular en noviembre de 2009. Coincido con lo que dice Murakami sobre la fealdad del recorrido y sobre la línea recta del trayecto, salvo un desvío a los pocos kilómetros de la salida. En ese punto, la carrera gira hacia la izquierda, hacia el mar, para rodear el túmulo de homenaje a los soldados caídos en la batalla de Maratón y con ese pequeño rodeo se completan los 42.195 metros hasta la entrada en la meta, en el único kilómetro bonito del recorrido, que es el que concluye en el mítico estadio Panathinaikos.

Esa distancia tan extraña que es la oficial hoy en día quedó establecida tras los Juegos Olímpicos de Londres en 1908, puesto que hasta entonces se corría una distancia indeterminada cercana a los 40 kilómetros que separan en línea recta las dos ciudades. Para los juegos londinenses de principios del siglo XX, el recorrido estaba previsto entre el castillo de Windsor y el estadio olímpico de White City, pero por razones de seguridad hubo que realizar dos modificaciones en el trazado definitivo en el último momento, dejando finalmente la distancia en 26 millas y 385 yardas, que son los 42.195 metros universalmente conocidos.

La épica del maratón, con la búsqueda de los límites del cuerpo humano, ha traído grandes momentos a los Juegos desde sus principios. En esa misma edición de Londres de 1908 tuvo lugar la famosa entrada en el estadio en primer lugar del atleta italiano Dorando Pietri. Sin embargo, el italiano estaba al borde del colapso, mareado, confundido, e inicialmente corría en dirección contraria a la meta. Tuvo que ser ayudado por los jueces, levantado del suelo y pese a que logró entrar en meta en primer lugar, fue descalificado tras la reclamación del equipo estadounidense. Las imágenes son dramáticas: llegó a meta como podía haber fallecido en el intento.

Algunos de los momentos del atletismo que no he podido disfrutar (cosas de la edad) están relacionados con el maratón:

  • La semana mágica de Emil Zatopek, la locomotora checa que corría como si cada paso fuera a ser el último, pese a lo cual logró ganar 5.000 m., 10.000 m. y el maratón en los Juegos de Helsinki (1952). Una manera de correr extrema, muy «Paula Radcliffe», la gran campeona británica de la distancia que sin embargo no logró nunca una medalla olímpica.
  • El maratón de Abebe Bikila en Roma (1960) y el de Tokio (1964), pero de manera especial el primero, por la sorpresa que fue ver a este corredor etíope descalzo sobre el asfalto y el adoquín de la capital italiana.
  • El intento del finlandés Lasse Viren de repetir la gesta de Zatopek. Ocurrió en Montreal (1976), pero «solo» logró ser campeón de 5.000 y 10.000, y quinto en el maratón.

En el maratón de los Juegos de hoy en Tokio 2020, el keniata Eliud Kipchoge ha repetido título olímpico. Impresionante como siempre, con esa manera de correr tan perfecta, una zancada amplia, con el talón que sale desde muy atrás, un ángulo perfecto con las rodillas y una cadencia imposible de seguir para el resto de rivales. Es el tercer atleta en repetir el título olímpico, tras el mencionado Bikila y el alemán Waldemar Cierpinski en Montreal 76 y Moscú 80. El keniata demostró hace año y medio que el récord del mundo del maratón tiene mucho margen de mejora, puesto que la mejor marca oficial de 2h. 1min. 39s. del propio Kipchoge fue pulverizada en el famoso reto de Viena para bajar de dos horas. Finalmente dejó el récord oficioso en 1h. 59min. 40s., pero no fue homologada por varias razones, como el número de liebres y avituallamientos, el coche que marcaba el ritmo y la inexistencia de control antidopaje. Pero las piernas de Kipchoge fueron las que corrieron a 21 km/h. durante dos horas, o lo que es lo mismo, a 2 minutos y 51 segundos por kilómetro, una bestialidad inalcanzable para la mayoría de los mortales incluso si hablamos de un solo kilómetro o de medio a ese ritmo.

Kipchoge ha corrido 14 maratones en su vida y ha ganado 12, y está destinado a seguir superando marcas en los años de carrera que le quedan, porque en esta prueba la edad no influye en su longevidad como atletas. El español Ayad Lamdassem ha quedado clasificado en quinto lugar y ha sido una pena, aunque es cierto que se le veía rodar de una manera algo pesada en los últimos kilómetros. El maratón es una prueba que ha traído grandes alegrías al deporte español y sin embargo, nuestros maratonianos no han logrado nunca una medalla olímpica en esta prueba. Ni siquiera los campeones del mundo Abel Antón y Martín Fiz. El quinto puesto de Lamdassem es el segundo mejor en la historia de la prueba para los nuestros, tras el cuarto puesto de Martín Fiz en Atlanta 96. Una pena, creo que tanto el vitoriano como el soriano podían haber alcanzado una medalla olímpica en sus mejores años en el maratón, cuando fueron capaces de lograr tres oros mundiales consecutivos.

La prueba femenina de Tokio fue ganada por la también keniata Peres Jepchirchir en la carrera más lenta de esta disciplina en la historia de los Juegos, lo que da una idea de la dureza de la prueba por el calor y la humedad de Tokio. Las condiciones climatológicas han condicionado esta prueba en los últimos Juegos, lo cual es una pena porque nos han privado de uno de los momentos más emotivos de otras ediciones, que es la llegada de los atletas del maratón al estadio olímpico el último día de los Juegos, con las gradas rebosantes de público. Como el portugués Carlos Lopes en Los Ángeles 1984, por ejemplo:

Aunque en ocasiones se corre el riesgo de ver el mal estado de algunos maratonianos a la llegada, como sucedió en la misma edición con la suiza Gaby Andersen, delante de los ojos atónitos de todos los espectadores:

Hoy han terminado los Juegos Olímpicos de Tokio, y las últimas medallas han sido, como marca la tradición, para los triunfadores del maratón en ambas pruebas. Aunque triunfadores (y lo sabemos los que hemos terminado alguno) son todos los que osan enfrentarse a esta prueba.

Capítulos de esta serie:

Tokio 2020 (I): la libertad de expresión, by Josean.

Tokio 2020 (II): la película de Simone Biles, by Travis.

Tokio 2020 (III): el maratón olímpico, by Lester.

Tokio 2020 (IV): el resumen de los Juegos, by Barney.

Tokio 2020 (II): la película de Simone Biles

TRAVIS, 06/08/2021

La sala de los productores de la Metro Goldwyn Mayer echaba humo en sentido metafórico, pero también en el real, pues a pesar de la prohibición de fumar en espacios cerrados, el mandamás de la compañía, Brian Winner, seguía devorando sus enormes habanos delante de los productores ejecutivos que venían a ofrecerle proyectos. Apenas una semana antes había propuesto un reto a tres de sus hombres más capacitados:

BRIAN WINNER: Quiero una película sobre los Juegos. Pero sobre estos, los de Tokio 2020 ó 2021, como queráis, los del covid, la ausencia de público y los atletas que llevan cinco años esperando este momento. No quiero historias sobre tíos a los que no recuerda nadie, por mucha musiquita naninonaninoo que le pongáis (Carros de fuego), ni sobre Jesse Owens (El héroe de Berlín), por Dios, que esa historia del negro que desafía a Hitler ya se ha contado muchas veces. Y nada de atentados terroristas, como en Munich (Steven Spielberg) o Richard Jewell (Clint Eastwood), porque al final se habla de todo menos de deporte, de superación, que es lo que me interesa en estos tiempos. Y os recuerdo que ya no hay telón de acero, que aquello de Milagro sobre hielo o Tres segundos no estuvo mal, pero quiero otra cosa, por arquetípico que resulte: la historia del deportista que triunfa a pesar de todo lo que se pone en su contra.

Los periódicos sobre la mesa de Mr. Winner aparecieron al día siguiente con la foto de Simone Biles en la que anunciaba su retirada de la competición, así que tenía claro sobre qué iban a tratar los tres proyectos que se le presentaran. Ahí había una buena película que contar, sin duda.

El primero en anunciar su proyecto fue Chris Goodman. Los productores contaban con tres minutos de tiempo para convencer al Gran Jefe de la validez de su proyecto, lo cual distaba mucho de ser un aprobado, pero al menos el pulgar hacia arriba permitía alargar la vida de las ideas, estirarlas, contratar guionistas para darle forma y «mover billetes», que en el mundo de los productores era más importante que el propio resultado final. Y por supuesto se salvaban de la papelera y las archiconocidas reprimendas que en más de un caso habían terminado en despido.

CHRIS GOODMAN: Tenemos la historia de una niña abandonada por sus padres a los tres años. Los padres son drogadictos, están hasta las trancas de crack y la niña no es más que un estorbo que pulula por una casa repleta de suciedad y malos tratos. La niña es educada en un orfanato y sus abuelos se ocuparán parcialmente de ella. Pese a lo trágico de este comienzo, la historia estará contada con humor, y por eso creemos que el director adecuado para rodarla será Robert Zemeckis, que ya hizo maravillas contando de manera divertida las tragedias de Forrest Gump. Los abuelos de Simone le contarán las cosas de una manera particular, en especial desde que entre en un gimnasio de Ohio a la edad de seis años, con frases como «La vida es como un ejercicio de suelo: complicada, difícil, pero por muchas vueltas que des, siempre acabas cayendo de pie».

Ella es muy buena y sobre todo, muy trabajadora. Las horas de entrenamiento le evitan enfrentarse a los dramas de su vida personal. Su hermano, cuatro años mayor que ella, terminará en prisión acusado de un triple homicidio. Pero ella seguirá trabajando y cosechando éxitos, uno detrás de otro. En una historia como esta tienen que aparecer forzosamente las drogas, los abusos sexuales y la violencia, pero lo harán con la elegancia de Forrest Gump, casi como parte de esa gran comedia que a veces puede ser la vida.

La trama nos llevará a Tokio 2020. La gimnasta ha superado los casos de abusos, la situación judicial de su hermano y el aplazamiento de los Juegos durante un año, y se la ve con ganas de cumplir todas las expectativas creadas. Pero Simone necesita al público y le invade una enorme tristeza cuando ve el escenario vacío. Siente como nunca las miradas sobre ella y se derrumba tras el primer ejercicio. Le dice a su entrenador que no puede con tanta presión y llama a su abuela para que le dé una de sus famosas píldoras, «la vida es como la salida de las barras asimétricas, tienes que saber plantarte», pero está en el hospital con su tía Nellie, que se halla gravemente enferma. Pese a todo, es capaz de recomponerse y competir el último día sobre la barra fija, aparato en el que queda tercera. La tía Nellie ha muerto y a ella le dedicará su éxito. La película termina con la música de Alan Silvestri durante el reencuentro de Biles con su familia.

Mr. Winner exhaló una humareda y se quedó mirando cómo el humo se deshacía en su camino hacia los altos techos del despacho. No dijo nada y simplemente señaló con un dedo al siguiente productor.

PETER YELLOW: con todos los respetos, Chris, esa es la historia previsible, la que creo que todo el mundo espera y más o menos conoce, y no quiero hacerte de menos, pero a mí se me ocurre darle un planteamiento más arriesgado, nada luminoso. Para darle a la historia la oscuridad que yo creo que requiere, nadie mejor que Oliver Stone como director. La historia comenzaría del siguiente modo: Interior del centro olímpico de gimnasia. Delegación USA. Día.

Minutos antes del concurso de Simone Biles en el potro, un delegado del equipo americano le pasa a otro un informe con una palabra bien grande: “Positivo”. Revuelo, nerviosismo, gente hablando mientras corre por los pasillos, y el delegado se lo transmite al seleccionador: «es un test de la Federación norteamericana, no del COI, que lo desconoce». El seleccionador se queda cabizbajo y pensativo, y tras unos segundos se lo dice a Biles justo antes del salto. Al acabar la prueba, deciden que Simone Biles se retire de la competición. La delegación blinda un escudo de seguridad a su alrededor y el responsable de comunicación prepara la versión oficial acerca del estrés emocional sufrido. Lo cierto es que las supuestas penurias contrastan con la imagen de la gimnasta apoyando en días posteriores a sus compañeras. Un veterano periodista se pone a investigar la historia porque algo no le cuadra. Él fue clave en el caso del médico que abusaba de las gimnastas y uno de los más críticos con las pocas cabezas que rodaron tras el escándalo. Y además es un patriota al que le cabrea ver cómo la ausencia de Biles ha sido clave para que el equipo estadounidense pierda el oro en la final por equipos “¡ante los rusos!”.

La película giraría alrededor de la investigación de este periodista y se entremezclaría con imágenes en blanco y negro del pasado de Biles: su primer contacto con las pastillas para superar una depresión, el año sabático tras los Juegos de Río, la vuelta a la competición, las lesiones y cómo se deja guiar por los médicos del equipo para un tratamiento severo de las mismas, pero no permitido por las organizaciones antidopaje… La gimnasta desconoce casi todo lo que se cuece a su alrededor, porque no es más que una marioneta en manos de unos tipos sin escrúpulos que la explotan en todos los sentidos.

La gimnasta se repite las pruebas unos días después y da negativo, tras lo cual anuncia que vuelve a la competición, gana un bronce en barra fija y queda como una heroína para su país y ante los medios. Pero su mirada en el podio es triste y se cruzará con la mirada del periodista que ha detectado las incongruencias en todo lo contado por la delegación. Oliver Stone es único para dejar una duda en el espectador, recuerda JFK, Nixon o W. y pretendemos que esa duda sea lo que queda al final de todo.

El Gran Jefe seguía pensativo mientras se disponía a encender un nuevo habano, «este va por Oliver Stone», dijo, y dio paso a la tercera propuesta.

DICK BOATHEAD: me vais a disculpar, pero yo no concibo el cine sin una historia de buenos y malos, y en el caso de Simone Biles y Tokio 2020, no puede ser de otro modo. A un lado tenemos a Simone, la buena: mujer, negra, perdón, afroamericana, y víctima de abusos durante su adolescencia. En el lado contrario pondremos al villano: hombre, blanco, hetero, un triunfador para el gran público. Novak Djokovic. Pretendemos que sea una peli con ritmo y estética de videoclip, para lo cual no hay nadie mejor que James Gunn, el de Los guardianes de la galaxia o El escuadrón suicida.

La película girará en torno al estrés de la competición y los dramas de cada uno de los deportistas. Simone Biles será una mujer agobiada, con un pasado repleto de traumas, que explota en un momento dado de la competición porque no puede más. Ella es católica e iba a misa con su abuela y su tía todos los domingos, y su tía fallece durante la competición de Tokio, lo que no hace sino aumentar la tristeza y la sensación de soledad que la invade. Se arropa con sus compañeras, con el cariño del entrenador y todo el equipo norteamericano en Tokio.

Por otro lado, en la Villa Olímpica veremos el modo de actuar de un fanfarrón como Nole, un tipo que más que bromear, chulea a todo el mundo: recogepelotas, árbitros, rivales… Cuando le preguntan por la presión y el modo de manejarla, contesta con altanería: “la presión es un privilegio. Sin ella no hay deporte profesional, es necesaria y nos hace mejorar…”. Montaremos un vídeo con los llantos de Biles al ver que no es capaz de romper su bloqueo mental mezclado con las risas de Djokovic al ir superando a rivales, tanto en los partidos individuales como en los dobles mixtos con su compañera Nina Stojanovic.

La competición avanza de tal modo que parece que el serbio se irá con dos medallas y Biles con la plata ganada por sus compañeras en una prueba en la que ella apenas ha participado. Pero en todas las películas tienen que ganar los buenos, así que Biles se recuperará y se hará con un bronce tras un ejercicio fantástico en la barra fija, mientras que Djokovic perderá las semifinales de tenis y luego el partido por el bronce. En ese encuentro contra el español ese, ¿Carreño?, destrozará su raqueta, se desquiciará delante de todo el mundo y escucharemos en off sus palabras sobre el manejo de la presión. La película terminará con la imagen de Biles recibiendo la medalla de bronce con un gran gesto de satisfacción, y la rueda de prensa de Djokovic en la que anuncia que se retira del dobles mixto dejando a su compañera en la estacada. Una está radiante, el otro está hundido.

Quizás el lector esperaba que el relato terminara de otra manera, pero prefiero dejar que cada uno se monte su película particular en este caso, y no voy a hacer que Mr. Winner elija una u otra propuesta porque podría interpretarse que esa es mi postura particular. Y quizás no lo sea.

THE END

Capítulos de esta serie:

Tokio 2020 (I): la libertad de expresión, by Josean.

Tokio 2020 (II): la película de Simone Biles, by Travis.

Tokio 2020 (III): el maratón olímpico, by Lester.

Tokio 2020 (IV): el resumen de los Juegos, by Barney.

Tokio 2020 (I): la libertad de expresión

Nos lanzamos a la piscina con esta maravillosa y espectacular foto (desconozco su autor, pero un 10 para él) y vamos a publicar cuatro artículos sobre los Juegos, con cuatro puntos de vista muy diferentes, uno por amiguete.

JOSEAN, 03/08/2021

El Comité Olímpico Internacional flexibilizó la norma 50.2 pocas semanas antes del inicio de los Juegos de Tokio para tratar de contentar a los demandantes de mayor libertad de expresión para los deportistas durante los Juegos. La norma 50.2 es una variación de la 50, que pretende preservar la neutralidad de los Juegos y evitar cualquier tipo de propaganda política, religiosa o racial. La variación consiste en que el COI permitirá las declaraciones de cualquier tipo de los deportistas en ruedas de prensa, en las zonas mixtas o en sus redes sociales (¡faltaría más!), animando a que además se hagan con respeto a otras culturas o formas de pensamiento, pero mantendrá la prohibición en los podios, durante las competiciones y en las ceremonias previas y posteriores al evento deportivo.

Una de las organizaciones que se ha mostrado más crítica con el COI ha sido EU Athletes, que representa a unos 25.000 atletas de 17 países, cuya secretaria general, Paulina Tomczyk, afirmó que la prohibición de manifestar públicamente las opiniones “no es compatible con los derechos humanos internacionalmente reconocidos, como el derecho a la libertad de expresión. Aunque la libertad de expresión no es un derecho absoluto y puede ser sometido a ciertas condiciones o restricciones, una organización deportiva no tiene competencia en esta materia». Según dijo a Ctxt: «Invocar la cuestión de la neutralidad del deporte no es correcto. Los derechos humanos, la igualdad y la tolerancia no son asuntos políticos. EU Athletes cree que las organizaciones deportivas tienen que comprometerse realmente con los derechos humanos, y no solo cuando es conveniente o para mejorar su imagen».

Me parece complicado marcar la raya, la línea que separe lo que debe y lo que no debe hacerse. En este blog, el Amiguete Barney se pronunció abiertamente en su día en contra de politizar el deporte y habló de los peligros de usar las banderas en los estadios para promover los odios nacionalistas. El problema de lo que algunos llaman «libertad de expresión» es que se corre el riesgo de caer en promover «alguna libertad de expresión», la mía, cuando esa libertad consiste precisamente en permitir, fomentar y habilitar que se expresen las opiniones que son contrarias a la mía. El deporte podría caer en una deriva poco sana, o en discusiones ideológicas y no deportivas. Algo tan simple como el brazalete de capitán del portero de la selección alemana durante la pasada Eurocopa con los colores arco iris ya fue objeto de debate, un debate que zanjó la UEFA prohibiendo su exhibición o los mismos colores en el estadio de Múnich. No sé, me pareció excesivo, pero, ¿dónde se marca el límite? Me genera muchas dudas, tantas como el hecho de que organizaciones tan corruptas como la UEFA o el COI se erijan en garantes de la pureza del deporte.

La misma UEFA sancionó a Hungría porque en uno de los partidos de la Euro celebrado en Budapest se pudo leer una pancarta en contra del adoctrinamiento LGTBI, no en contra del colectivo LGTBI. El controvertido presidente húngaro, Viktor Orbán, explicó sus razones, con las que se puede o no estar de acuerdo, pero que son bajo las que se ampara para ejercer lo que considera «su» libertad de expresión:

  • Que fue elegido democráticamente por una mayoría de húngaros para hacer exactamente lo que pretende hacer.
  • Que no está en contra del movimiento LGTBI, al que dice haber ayudado o protegido más que durante los años de dictadura prosoviética, sino en contra del adoctrinamiento en espacios públicos y en especial, en colegios, de acuerdo con lo que indica el propio artículo 14 de la Constitución Europea:

El límite de la libertad de expresión es difuso, y la propia web de Amnistía Internacional dice lo siguiente sobre las restricciones:

Por ejemplo, ¿querríamos que los deportistas cubanos y chinos, grandes deportistas por otro lado, hagan apología de sus respectivos sistemas políticos? ¿Que los deportistas de algún país musulmán de los más intolerantes se manifestara en contra del deporte femenino o de las vestimentas occidentales? ¿Que algún medallista catalán proindepe exhibiera una estelada o que se bajara del podio al ver la bandera española? Entiendo que no, y si bajamos al barro de la competición, ¿se tolerará a una atleta que opine que determinadas deportistas trans no son mujeres, como ha ocurrido con Laurel Hubbard? ¿O que se dude sobre la condición femenina de alguna otra, como en su día Semenya o ahora Mboma?

Por suerte los deportistas suelen estar muy por encima de la altura de los dirigentes del deporte. Siempre. Como es un tema escabroso en el que me cuesta opinar sobre el límite, mejor voy a dejarlo en manos de uno de los tíos más sensatos que he visto nunca en el mundo del deporte: Pau Gasol. En una carta publicada en la red profesional LinkedIn ha escrito lo siguiente:

“El COI quiere que los atletas tengan voz, ya que conoce bien la gran influencia social que pueden alcanzar, así como la responsabilidad que tienen hacia sus seguidores. Pero les pide que no utilicen los momentos estrechamente ligados a la competición para fines extradeportivos. Les ruega, además, que si realizan alguna manifestación en los espacios y momentos permitidos, estas sean consistentes con los principios del olimpismo: que no atenten contra la dignidad de personas, países u organizaciones, que no interfieran contra la preparación de otros atletas, etc. La discriminación, la hostilidad y la violencia están, como es lógico, prohibidas en los Juegos, así como cualquier actuación que ponga en riesgo la reputación de otros o el orden público”.

Es decir, la libertad de expresión de los deportistas figura claramente indicada en la Declaración de derechos y responsabilidades de los atletas, y como tal debe respetarse. Pero los deportistas tienen que aprovechar su estatus social o su responsabilidad como ídolos de masas para promover determinadas causas (en eso Pau es un verdadero crack), y a la vez ser capaces de dejar los terrenos deportivos para lo estrictamente deportivo. Y me parece bien. Lo que ocurre es que el postureo vende mucho más que la implicación sincera del deportista. Las labores de la Fundación de los hermanos Gasol ocupan muy poco espacio en los medios, o la propuesta que hizo Juan Mata en la Premier League para que los jugadores donaran solo el uno por ciento de sus salarios. Un mísero 1% para ellos, un fortunón para causas sociales. No fueron muchos los que siguieron su proyecto Common Goal, quizás porque “no vende” en los medios como los lacitos, los brazaletes o los gestos que son más de marketing que otra cosa.

Como desapercibida pasó la actitud de Anna Muzychuk, campeona del mundo de ajedrez, que se negó a participar en el Mundial de Arabia Saudí porque estaba obligada a cubrirse completamente y a ir acompañada por un hombre en cualquier salida que hiciera del hotel.

Ya ha habido los primeros conflictos relacionados con algunos gestos de los atletas, como la X que formó la lanzadora Raven Saunders en el podio al recibir la medalla de plata. Según parece, es una muestra de apoyo a todos los colectivos oprimidos del planeta y se dice que podría costarle la medalla.

No lo harán, seguro. Puede que lo siguiente sea que otro atleta repita el gesto, y después otro, y otro, y que en poco tiempo se exija a todos los atletas que lo hagan, como ha ocurrido con el postureo de arrodillarse ante el racismo. Un gesto espontáneo que nació en una comisaría de (creo) Miami y que se convirtió luego en muestra obligatoria de sumisión al Black Lives Matters (“o te arrodillas, o te apalizo”). Un gesto que se politizó y extendió de tal manera que las selecciones de Inglaterra e Italia lo llevaron a cabo en la previa de la final de la Euro 2020. Pura fachada. Los ingleses, uno de los pueblos más racistas sobre la faz de la Tierra, como se vio al acabar el partido con los comentarios vertidos sobre los tres jugadores que fallaron los penaltis, casualmente los tres de raza negra.

O con la velocista bielorrusa Krystsina Tsimanouskaya, que cometió el delito de opinar y criticar a la Federación de su país y ahora corre el peligro de sufrir las represalias del régimen de Lukashenko, otro que utiliza la “libertad de expresión” a su manera: los deportistas bielorrusos no ganan más medallas, al contrario que los africanos, “porque no pasan hambre. ¿Pero por qué los resultados son tan diferentes? Porque saben: si ganan en las Olimpiadas, en un Mundial, significa que tendrán todo. Si no ganan, tendrán que deambular por ahí y buscarse su pan». La falsedad del COI al hablar de respeto y abandonar a su suerte a Tsimanouskaya indica que solo les preocupan las formas, lo que escapa a su control, no el fondo, ni la integridad de los atletas.

Dejemos estos asuntos al margen del deporte, no intenten politizar a los deportistas, aunque sé que es mucho pedir. Juan Carlos Monedero ya lo ha hecho esta misma semana tras la medalla de la saltadora Ana Peleteiro en triple salto:

A lo mejor el racista es el que destaca el color de piel en un país en el que Joan Lino, Niurka Montalvo o Chicho Sibilio (¡¡¡allá en 1984, Sr. Monedero!!!) han sido medallistas olímpicos en el pasado sin que nadie intentara crear confrontación o sacar réditos políticos de sus éxitos.

Como anécdota divertida, dejo lo que el presidente del Comité Organizador de los Juegos de Tokio, Yoshiro Mori, dijo acerca de que las mujeres hablan mucho en las reuniones y que había que restringir su tiempo. ¿Acaso no dijo algo que algunos estudios han demostrado como cierto? Me refiero a la primera frase, no a la validez de su propuesta. Pues para él no hubo libertad de expresión y fue obligado a dimitir en febrero. Por si alguien albergaba dudas, su puesto fue cubierto por una mujer, Seiko Hashimoto.

Lo que no sabemos es si las reuniones del Comité Organizador de los Juegos son ahora más largas, si se me perdona la broma. Todo sea en aras del respeto a la libertad de expresión.

Siguientes capítulos:

Tokio 2020 (II): la película de Simone Biles, by Travis.

Tokio 2020 (III): el maratón olímpico, by Lester.

Tokio 2020 (IV): el resumen de los Juegos, by Barney.