Un buen título

Qué importante es el título de un libro, nos dicen. Fundamental, básico, ¡imprescindible!, “no empieces a escribir hasta que lo tengas claro”. Diez consejos que no debes olvidar para encontrar un buen título para tu obra, cómo elegir título, 8 ideas para escoger un gran título… Internet está lleno de artículos que te dan consejos sobre cómo tienes que hacerlo, que si tiene que ser evocador, sugerente, largo, corto, explícito o insondable. Otra cosa es que sogas esas consignas y luego de verdad lo sea, de hecho, ¿qué es un buen título?

Según leo estos consejos, encuentro numerosos títulos de grandes obras que incumplen las máximas recomendadas acerca de definir el género, sugerir parte de la trama, citar directamente el nombre del protagonista o ubicar la novela. Varias de las que están tradicionalmente en las listas de las cien mejores del siglo XX llevan un título demasiado críptico, o que da pocas pistas sobre el contenido: El extranjero, El principito, Un mundo feliz, 1984, Lolita, Ulises, Los detectives salvajes, Lo que el viento se llevó, La montaña mágica… Para aclararse uno lee las contraportadas o las solapas e inmediatamente intuye todo lo que el título oculta. O no, que también sucede.

Lo de incluir el nombre del protagonista en el título y que el lector imaginara que trataría sobre las aventuras y desventuras de tal o cual persona puede parecer un clásico de otra época que respondía a la pereza del autor, o era directamente una estrategia para no desvelar nada de la trama: Moby Dick, Las aventuras de Tom Sawyer, Robinson Crusoe, David Copperfield, Oliver Twist,  Sandokan, Ivanhoe, Dick Turpin, El retrato de Dorian Gray…  Una fórmula a la que recurrió Arturo Pérez-Reverte para Las aventuras del Capitán Alatriste, y quizás por ello el título nos parezca que tiene aroma de clásico. Frankenstein, Drácula, El corsario negro, Los hijos del Capitán Grant, Miguel Strogoff… Los dos últimos títulos pertenecen a novelas de Julio Verne, un autor muy directo en sus títulos. Conmigo, cuando era crío, lograba captar rápidamente mi atención hacia lo que iba a contarme, sin rodeos: La vuelta al mundo en 80 días, Cinco semanas en globo, La isla misteriosa, Viaje a la Luna, Aventuras de tres rusos y tres ingleses en el África Austral

No recuerdo muchos títulos actuales tan directos como los de Julio Verne o como los de Mark Twain (Un yanqui en la corte del Rey Arturo, Las aventuras de Huckleberry Finn, El príncipe y el mendigo, El billete de un millón de libras esterlinas, El hombre que corrompió a Hadleyburg), o Robert Louis Stevenson (La isla del tesoro, El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde, El diablo en la botella). En los títulos actuales se recurre con bastante frecuencia a la típica construcción de:

Artículo + sustantivo + preposición + artículo + sustantivo

Una construcción perfectamente válida, pero que estoy seguro de que sugiere ideas bien distintas entre los potenciales lectores. La ciudad de los prodigios, La sombra del viento, La catedral del mar, La hoguera de las vanidades, Los pilares de la Tierra, El nombre de la rosa, El señor de los anillos, La casa de los espíritus, El guardián entre el centeno… Muchos de los best-sellers del último medio siglo llevan esta fórmula, y creo sinceramente que cada uno de estos títulos sugiere algo diferente a cada posible lector o comprador de la obra que no supiera nada del contenido. Porque a veces lo bueno de un título no es tanto que “cuente”, que narre demasiado o desvele el contenido, sino que suene atractivo, que el lector se plantee “quiero conocer lo que hay detrás de ese título”. A mí me parece que pocos autores titulan con tanto acierto como Gabriel García Márquez: Cien años de soledad (con ese título sabes que hay que leerlo sí o sí), Crónica de una muerte anunciada, El coronel no tiene quien le escriba (quiero saber por qué nadie escribía a ese cabrón), El otoño del patriarca, El amor en los tiempos del cólera (ufff…), El general en su laberinto

Son títulos que atraen, que te llaman con apenas media docena de palabras. Por el contrario, uno ve el título La insoportable levedad del ser y desiste directamente, no ya de su lectura, sino de la propia compra. Eso tiene pinta a bodrio pretencioso con rollo filosófico incorporado y tipo con traumas pajilleros que reviste de intelectualidad. Seguramente te equivocas la mayor parte de las veces en tu elección, pero, ¿acaso no sería mucho más interesante un libro titulado La insoportable brevedad del sexo? Yo lo compraría sin dudarlo, me imaginaría una disertación amena sobre la fugacidad de la vida y de los placeres mundanos.

Todo es cuestión de gustos, de opiniones, de manías personales. Yo, por ejemplo, huyo de los títulos que tengan una ciudad en el título: Trilogía de Nueva York, Tokio ya no nos quiere, El sastre de Panamá. Me dejaron baldado, hastiado, tanto que seguramente me perderé grandes obras con el veto: Oh, Jerusalén, Miedo y asco en Las Vegas, El hombre de San Petersburgo, Tokio Blues, Las sirenas de Bagdad… Y luego está Auschwitz. Si sale Auschwitz en la trama, estará en el título: La bailarina de Auschwitz, El tatuador de Auschwitz, El farmacéutico de Auschwitz… Precisamente por unir el nombre del campo de concentración a una profesión, Arturo Pérez-Reverte tuvo una polémica en redes sociales que llegó a provocar la respuesta de la propia asociación que gestiona la memoria de Auschwitz:

La respuesta del escritor fue educada y respetuosa, haciendo referencia precisamente al interés comercial de todos estos títulos, al deseo de captar de inmediato y de manera morbosa al potencial lector. Pero la polémica no se quedó en el campo polaco de exterminio, sino que se extendió a otros como Mauthausen o Treblinka.

El hombre en busca de sentido, de Víktor Frankl, o El arca de Schindler, de Thomas Kenneally, se saltan esa búsqueda de la comercialidad alrededor de Auschwitz de la que hablaba Pérez-Reverte, y resultan (sin haber leído las del tuit) infinitamente más interesantes que los títulos mencionados en el rifirrafe dialéctico.

Y si aquí este servidor huye de los títulos que incluyan nombres de ciudades, veo que todos los que contienen la idea del retorno, de la vuelta a algo, sea lo que sea ese algo, una casa, una ciudad, me parecen atractivos. Regreso a Brideshead, El retorno del Rey, El retorno del Jedi, Regreso a Howards End, Regreso a Ítaca, Regreso al Edén… Quizás por ello publiqué hoy hace un año ese fenomenal, magnífico, grandioso título que es Volver al asfalto. Había que volver a recuperar una idea, una emoción, las ganas de salir y afrontar un nuevo reto. El asfalto suena a dureza, a material perdurable, a una pista que seguir y recorrer. Había que volver allí.

Y hecha la broma y la autopromoción, hay un título de un libro que leí el pasado verano que me gustó tanto como su contenido: El infinito en un junco, de Irene Vallejo. O cómo tratar de retener toda la sabiduría, todos los conocimientos de una era, abarcar el infinito, en esos rollos de papiros egipcios elaborados a partir de juncos. El título contiene todo lo dicho anteriormente y sin decir nada, lo dice todo. Y además atrae al lector. Una maravilla, un gran título. Un estupendo libro.

Coda final: ¿cómo veríais un libro titulado La rutinaria vida de Lester?

La revancha de la secuela

El artista, el creador, el urdidor de tramas, historias, personajes, en definitiva, el autor, no debería verse condicionado por el público a la hora de imaginar o parir su obra. Y sin embargo lo hace. Un guionista puede ser libre cuando se sienta al teclado para plasmar su trama o definir sus personajes, pero, ay, amigo, una producción cinematográfica es tan cara, tiene unos costes de realización y distribución tan elevados, que cualquier ínfula creativa se ve sometida o subyugada por los dictados del público. O lo que en ocasiones es peor, por lo que el estudio considera que demanda el público.

Me daría mucha rabia como autor de una película, ya fuera director o guionista, saber que esos test con público que se hacen en el pueblo prototípico estadounidense en los que se da a los espectadores unas tarjetas para que hagan su propia valoración sobre lo que han visto son tan importantes para el «producto» final que se estrenará. Un tipo se ha pasado meses escribiendo un guion, elaborando cada personaje, encontrando la frase adecuada para que después un director lo pula y haga que un profesional con una dicción perfecta lo pronuncie, y te llega un oficinista de Arkansas que ha pasado una mala semana y está en mitad de un proceso de divorcio, y suelta que tal o cual personaje es un indeseable cuya presencia en pantalla perjudica a la trama. Y en ocasiones las productoras hacen caso a estos comentarios cuando son masivos. El público manda, el cliente siempre tiene razón y todas esas patrañas «democráticas» sobre las bondades de la mayoría.

Pero a pesar de lo dicho, reconozco que a veces como espectador disfruto de las pequeñas venganzas que las secuelas de una película nos ofrecen. Este verano pasado se estrenó la quinta película de «ese arqueólogo del sombrero y el látigo», un Indiana Jones octogenario que seguía viviendo aventuras entre nazis, persecuciones, viajes y descubrimientos, incluso con Arquímedes por la trama. Cuando supimos del rodaje de esta secuela, una de las dudas que teníamos los seguidores era saber si Shia Labeouf iba a repetir papel como hijo de Indiana Jones. Creo que éramos mayoría los que abogábamos por su exterminación incluso antes de acabar la cuarta entrega, en la que debutaba (y a ser posible tras una dolorosa tortura), y seguramente los productores tuvieron en cuenta la baja aceptación que tuvo este personaje chulesco vestido de Marlon Brando cuando decidieron que no apareciera en la nueva entrega. Nos cuentan que se alistó en el ejército y palmó, perfecto, no necesitábamos saber mucho más.

Seguro que en la eliminación del personaje en la continuación tuvieron mucho que ver las reacciones en medios especializados, críticas, foros y blogs de aficionados, y un «clamor popular» por lo errónea de su introducción en la trama. Algo parecido a lo que sucedió con el insoportable Jar Jar Binks en La amenaza fantasma, el esperado retorno de la saga Star Wars a las grandes pantallas a finales de los noventa. Las críticas fueron de tal magnitud que George Lucas redujo su presencia al mínimo en los siguientes episodios hasta suprimirlo del todo. Unos aficionados crearon y difundieron por YouTube una versión en la que se había suprimido digitalmente al personaje, y dicen las malas lenguas, o las buenas, que la película mejoraba, se seguía mejor. Me lo creo.

Lo de eliminar personajes que resultan antipáticos o directamente odiosos al espectador es un clásico de las sagas de películas. También lo hizo James Cameron en la última entrega de Terminator, de 2019, titulada Terminator: Dark fate o Destino oscuro. El director canadiense fue el responsable de las dos primeras entregas, las mejores, sin duda. Acertó en casi todo, menos en el personaje de Edward Furlong, el John Connor que debía liderar la salvación de la humanidad. Sin embargo, el suyo era un personaje secundario al lado de los verdaderos protagonistas: los Terminator T-800 (Arnold Schwarzenegger) y T-1000 (el «metal líquido» de Robert Patrick), y Sarah Connor (Linda Hamilton). Una heroína como se han visto pocas en el cine. La tercera entrega aportó muy poco a la historia, la cuarta tuvo interés por trasladar la historia a ese futuro dominado por las máquinas y la quinta (Terminator: Génesis) lo puso todo patas arriba. James Cameron no participó en ninguna de estas tres secuelas, y estoy convencido de que se revolvió en su butaca cuando vio que los guionistas habían decidido que John Connor fuera otro Terminator de una nueva generación más avanzada. Vamos, que el salvador de la humanidad pertenecía al bando de los malos. Infumable, debió pensar. Así que, cuando le ofrecieron participar en una nueva entrega, debió decir: «sí, claro que sí, pero empezamos de nuevo, donde lo dejamos en Terminator 2, lo demás no ha existido». No dijo que no estuvieran a la altura de la saga, pero lo descartó todo y planteó la trama como un futuro alternativo, una nueva línea temporal. Pidió la vuelta de los dos grandes protagonistas, Schwarzie y Linda Hamilton, y no solo eso, sino que nos regaló una escena memorable al inicio de la película: se cargaba al insoportable adolescente de John Connor. Su madre Sarah tendría que salvar a la humanidad porque con ese despojo humano estábamos condenados. Y el tiempo, tanto como la propia vida de Edward Furlong, nos han dado la razón.

Las secuelas ofrecen a los guionistas la posibilidad de cambiar por completo el registro de un personaje. Y estos se esmeran y a veces tienen grandes aciertos. Por ejemplo, Terminator 2 tiene una escena magnífica: el reencuentro de Sarah Connor con el T-800 en la prisión. Ella no sabe que el «bicho» ha sido reprogramado y que, en lugar de buscarla para asesinarla, su misión es protegerla y salvarla de un Terminator aún más letal. El pánico que se dibuja en la cara de Sarah es acongojante y le costará mucho asimilar que ese gigantón del que huyó durante una película entera es ahora su gran esperanza para sobrevivir. Algo parecido al cabreo de la teniente Ripley en Aliens: el regreso (también de James Cameron) cuando descubre que hay un androide en la tripulación, Bishop. En la primera (Alien: el octavo pasajero), el androide Ash resulta tan peligroso para Ripley (Sigourney Weaver) como el propio alienígena y esta situación dio bastante juego a los guionistas, que decidieron incorporar otro androide en la segunda y generar una tensión que finalmente se resolvería con acierto: Bishop sería clave para salvar a Ripley. El problema no son las máquinas, sino los programadores, seres humanos, una de las mayores preocupaciones de James Cameron (Skynet y la Inteligencia Artificial).

Otro cambio notable de personaje fue el de Lando Calrissian de El imperio contraataca a El retorno del Jedi. Según dijo el actor (Billy Dee Williams) a principios de los ochenta, sufrió el acoso de muchos fans tras el estreno del Episodio V por la traición a Han Solo, por su manera de entregarlo al Imperio sin ofrecer resistencia. Es más, pactando la entrega a cambio de la paz para la colonia bajo su mando. En aquellos tiempos no había Twitter, ni Metacritic, Rotten Tomatoes, ni redes sociales repletas de haters, pero el actor comentaba el desprecio que había sufrido en persona por dicha traición. O por su sumisión a Darth Vader. Si a ello sumamos que era el único personaje de color en aquellas entregas tan «blancas», el odio hacia su personaje se mantuvo hasta el estreno de la siguiente entrega. Quizás por ello, al poco de comenzar, vemos a Lando Calrissian camuflado en la guarida de Jabba, el Hutt, de cuyas garras intenta liberar a Han Solo. Había que redimir al personaje, reivindicarlo y reponer el honor del «negro», y si para ello tenía que pilotar el Halcón Milenario en algunas de las escenas clave, se hace.

Las últimas entregas de Star Wars han tenido duelos revanchistas entre sus guionistas y directores. Recordemos que el Episodio VII: El despertar de la Fuerza, cayó en manos de J. J. Abrams, mientras que el VIII: Los últimos Jedi fue a parar a Rian Johnson. Hay al menos dos diálogos en los que se nota que a Johnson no le gustó lo que había hecho Abrams: cuando le sueltan a Kylo Ren que cómo pudo herirle una chica que empuñaba un sable láser por primera vez, y cuándo le espeta lo ridículo de su casco. A lo que Kylo Ren responde destrozándolo. Hala, sin casco, J. J. Abrams, no me gustaba. E incluso puede que haya uno más soterrado, menos evidente: a El despertar se le reprochaba que se había basado demasiado en la nostalgia de los primeros episodios, que apenas había innovado o aportado algo diferente, así que Johnson hace que uno de los personajes diga: «es hora de dejar morir todo lo viejo». Con lo que posiblemente no contara Rian Johnson fue con que el Episodio IX: El ascenso de Skywalker volvería a las manos de J. J. Abrams, que le devolvería los palos a Johnson. Para empezar, como Johnson se había cargado al malvado Snoke en la anterior, Abrams se la devolvió cargándose al general Hux, y no solo no dejó «morir todo lo viejo», sino que retornó a lo más clásico al traer de vuelta al Emperador. Cogido con pinzas, eso sí. Y además desdeñó por completo varias líneas argumentales desarrolladas por Johnson, como la de los padres de Rey o los niños barrenderos que empiezan a sentir la Fuerza. Seguro que los que tienen un estrés bestial son los responsables del Departamento de continuidad de la saga, los que tratan de buscar coherencia a las tramas de las diferentes entregas.

Yo soy solo un espectador y disfruto estas revanchas, o estos leñazos entre directores y guionistas. Siempre y cuando estén bien contados, claro. Por eso estoy sufriendo ante lo que se avecina como Gladiator 2.

Hiperregulación (II): efectos

(Viene de: Hiperregulación (I): situación)

Es necesario simplificar, y aunque pueda parecer que lo afirmo desde una óptica empresarial y por tanto interesada, fue la propia presidenta de la Asociación de Inspectores de Hacienda, Ana de la Herrán, quien se manifestó recientemente en términos similares:

“Necesitamos un sistema tributario más estable, más seguro y lo más simplificado posible”. Suscribo cada palabra de este párrafo: “la reforma fiscal que necesita España requiere sosiego. Para que haya mantenimiento del gasto público tiene que haber figuras tributarias que se ajusten a la realidad, a los principios constitucionales de capacidad económica, progresividad, igualdad y justicia tributaria, pero lo que hemos visto en los últimos años ha sido una vorágine de normas tratando de afrontar el problema del momento sin perspectiva de futuro”. El subrayado es mío.

Ana de la Herrán menciona el caso de Ferrovial, cuya marcha a Países Bajos fue duramente criticada por el actual gobierno. En el momento del anuncio del cambio de sede se habló de seguridad jurídica, así como de las ventajas que el traslado suponía a la empresa española/neerlandesa a la hora de acometer nuevos proyectos e inversiones. Precisamente Ferrovial ha ganado este mes de octubre un pleito con Hacienda por la operación realizada ¡en 2006! cuando culminó la compra de BAA, empresa gestora del aeropuerto de Heathrow. Ferrovial tuvo que provisionar 119 millones de euros por el litigio, que ahora, muchos años y gastos después, podrá liberar. Quizás le vengan bien para provisionar la amenaza recibida, «el riesgo de que la Hacienda española no admita la neutralidad fiscal de esa fusión transfronteriza», como indica la documentación enviada a la Bolsa de Ámsterdam.

Con tanto cambio normativo, estar actualizado es cada vez más complicado, cada vez se generan más dudas en cada operación, en cada cierre fiscal. Una encuesta reciente realizada por el Registro de Economistas Asesores Fiscales (REAF) revela que la fiscalidad se ha deteriorado de manera considerable en los últimos cinco años (fuente: El Economista). Hasta un sesenta por ciento opina de ese modo. Y si se entra en el detalle, 53 de cada cien encuestados afirman que el sistema se ha complicado, por solo uno que cree que se ha simplificado. La región líder en hiperregulación en la última década, Cataluña, es la que tiene el peor índice en competitividad fiscal y no creo que sea una casualidad, sino una causalidad.

La hiperactividad normativa genera otro problema, que es la baja eficiencia de las empresas. Según el ranking de El Economista, España ocupa el puesto 36 de los 64 países analizados en el ranking de competitividad del Institute for Management Development (IMD). El propio IMD promueve un marco regulatorio más estable para las empresas españolas como una de las principales áreas de mejora.

El sistema tributario ha cambiado demasiadas veces en los últimos ejercicios, y no precisamente para favorecer el emprendimiento (Ayudando al empresario), sino que lo ha hecho solo para incrementar la recaudación, aun a costa de dificultar el trabajo de las empresas. Según el dato de Bloomberg y de la Tax Foundation, España es uno de los países que más gravan la inversión empresarial.

Y hay numerosas inversiones pendientes de ejecutar. En el tratamiento de aguas, España pagará una multa de 80 millones de euros a la Unión Europea por no depurar las aguas residuales. En tratamiento de residuos, España ha recibido una “alerta temprana” de la Comisión Europea por incumplir los objetivos de reciclaje. En calidad del aire y control de las emisiones de CO2, España fue sancionada en diciembre del año pasado por incumplir la directiva europea en Madrid y Barcelona. Hay otras multas por no adaptar la normativa europea sobre protección de datos, por tergiversar las cifras de gasto sanitario en la Generalitat Valenciana, por las ayudas fiscales al País Vasco… España es el segundo país en la cuantía de las multas y el primero en el número de expedientes sancionadores abiertos por la Unión Europea, debido, entre otros factores, al sistema autonómico y a la fragmentación territorial en 17 áreas.

Es decir, se legisla mucho, pero no se hace bien. La mayoría de estos expedientes se evitaría con las inversiones previstas en los Fondos NextGen para residuos, calidad del aire y las aguas, movilidad urbana, digitalización… Pero resulta que el Banco de España indicaba hace apenas un mes que solo el diez por ciento de las inversiones del plan NextGen había sido ejecutado. España era el país líder en recibir los fondos, pero solo el duodécimo a la hora de ejecutar los proyectos.

El mismo Banco de España alertaba en su informe de la limitada capacidad de administrar los fondos recibidos y de los cuellos de botella generados en la administración, lo que dificultaba sacar adelante proyectos tan necesarios. Hay un fenómeno preocupante que está creciendo en las administraciones públicas y que creíamos erradicado, que es el de “las facturas en el cajón”. Bien sea por la burocracia, bien sea por el retraso en la llegada de los fondos a las administraciones pagadoras, la partida de gastos pendientes se ha disparado en los últimos ejercicios. 7.600 millones de euros, el doble que en 2018. Un problema que se solucionó a martillazos con el Plan de Pago a proveedores de 2012 (recuerden los Premios Montoro a la mala gestión) ha vuelto en este ejercicio a las preocupantes cifras que se alcanzaron en 2011:

Cada vez resulta más complicado gestionar proyectos con las administraciones públicas. Los procesos se alargan, son diferentes en función de las comunidades autónomas, los recursos tardan tiempo en ser resueltos, y pese a la hiperregulación que nos invade, no hay mecanismos ágiles de revisión de precios, ni para la aprobación y cobro de las facturas, ni para dirimir las diferencias contractuales. O los que hay resultan tan farragosos e imprecisos que en la práctica su utilidad se reduce al mínimo. La suma de todos estos factores hace que el número de proyectos que quedan desiertos aumente de manera considerable, como se aprecia en este gráfico del artículo de María Arnal y Manuel García Santana:

Un peligro para la economía, un retroceso en todos los sentidos. El socio de Deloitte Javier Parada comentaba recientemente los Retos en la transformación del sector de la construcción, uno de cuyos puntos es perfectamente válido para el resto de sectores y para todo lo comentado previamente: es preciso cambiar el modelo de relación con las administraciones públicas. “Es necesario implantar nuevos modelos de contratación que equilibren la distribución de riesgos, limiten las ofertas temerarias y aumenten la seguridad jurídica de los contratos a través del arbitraje o la mediación, evitando los retrasos, las desviaciones de costes y la litigiosidad, que causan importantes perjuicios a ambas partes en términos de costes e incumplimiento de plazos de ejecución y son una de las causas de la baja rentabilidad de las empresas del sector y del incumplimiento de las expectativas de las administraciones públicas”. La necesidad de afrontar inversiones en infraestructuras “tendrá un escaso recorrido salvo que las administraciones establezcan un marco regulatorio estable y predecible, que permita una apropiada distribución de riesgos entre sector público y sector privado, una adecuada supervisión de los contratos y una rentabilidad adecuada para la inversión privada”.

Claro que para ello, casi sería mejor echar napalm sobre toda la legislación existente y comenzar de nuevo con una normativa clara, única y duradera. El chiste del día.

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Absurdos del Mundial 2030 y del fútbol de selecciones

Nuevo parón de selecciones, o mejor dicho, nuevo parón de las competiciones que deberían importar a estas alturas, Liga y Champions, para dejar otros diez días a una sucesión interminable de soporíferos partidos de selecciones. No he visto ni uno, y apenas me he interesado por algún resumen. En esta ocasión tocaba fase de clasificación para la Eurocopa 2024 (que participan 24 selecciones, luego tampoco es que esté muy cara la cosa), otras veces será por la Nations League y el año que viene habrá que pararlo todo por las clasificatorias para el Mundial. O por amistosos, que a la FIFA y la UEFA les vale todo con tal de seguir llenando sus arcas.

Hace apenas diez días, se ha adjudicado por sorpresa la organización del Mundial de 2030, que recaerá en seis países de tres continentes distintos: España, Portugal, Marruecos, Argentina, Uruguay y Paraguay. La designación estaba prevista para el 74º congreso de la FIFA, a principios de 2024, pero, tras una extraña negociación, la candidatura de la Conmebol se ha retirado y se ha conformado con los tres partidos inaugurales del torneo y la clasificación de las tres selecciones sudamericanas como anfitrionas. Serán 48 selecciones y 104 partidos, casi nada. Un despropósito total. El torneo comenzará en el invierno sudamericano y terminará en el verano del sur de Europa y norte de África. A la FIFA todo esto le da igual. Si ya en el infame Mundial de Catar, con 32 selecciones y 64 partidos, hubo muchos partidos infumables, no quiero ni imaginar lo que puede ser este engendro. Un mes y medio de competición, y a seguir llenándose los bolsillos.

Todo lo que mueve la FIFA suele seguir oscuros designios, nula transparencia y sospechas continuas de corrupción. Joao Havelange, Josep Blatter y ahora Infantino. Ninguno transmite la más mínima credibilidad en su puesto. Como la FIFA suele rotar los mundiales entre continentes, la realización de la edición de 2030 en Europa, África y Sudamérica deja bastante despejado el camino para Arabia Saudí en la edición de 2034, que se retiró de manera inesperada de la candidatura para albergar el de 2030. Ha bastado una carta de intenciones de Mohamed bin Salman (el mismo al que en ocasiones se le va la mano con la picadora de carne) para que setenta federaciones internacionales muestren su apoyo. Es todo tan bochornoso como lo sucedido con las adjudicaciones simultáneas de los mundiales de Rusia 2018 y Catar en 2022.

También ha sorprendido el momento elegido por cuanto el país que lidera la candidatura es el nuestro, España, que se encuentra posiblemente en su momento más bajo de reputación a nivel mundial. Rubiales (por el «piquito» y por su mano larga), el caso Barça-Negreira y la estafa de Ley del Deporte redactada por un ex vice del mismo club, el sospechosísimo CTA, los pufos de Roures en Francia y las investigaciones por corrupción en Estados Unidos, los episodios de racismo con Vinícius, el caso Soule, que lleva seis años durmiendo el sueño de los injustos… Ni siquiera hay un presidente de la Federación que organizará el torneo, pues se mantiene el interino Pedro Rocha. Con todo ese halo de corrupción, la no menos corrupta FIFA ha sido coherente con su historia y ha adjudicado el Mundial de 2030 a España.

La FIFA tiene un enorme cortijo montado y quiere mantenerlo. Gianni Infantino planteó la idea de organizar un mundial cada dos años con la excusa de «no perder a los jóvenes» como seguidores de este deporte. Yo creo que es todo lo contrario: los echas con un Catar-Ecuador como partido inaugural del Mundial, con los Túnez-Australia o Ghana-Corea del Sur sin nada en juego, o con las decenas de partidos infumables entre fases de clasificación (San Marino, Liechtenstein, Islas Feroe, Kosovo, ¡Gibraltar!) o los que se darán en un mundial de 48 selecciones. Ya ha tenido que recular, entre otras razones, por la oposición frontal de la UEFA, cuyo torneo estrella, la Eurocopa, entraría claramente en conflicto.

Pero la UEFA no se queda corta. A una Euro de 24 selecciones ahora ha unido la Nations League, y el nuevo formato del torneo, que pretende incluir 6 selecciones sudamericanas en la Liga A y otras 4 en la B. Una alternativa seria al Mundial de la FIFA. Entre ambos nidos de vividores se han propuesto matar el fútbol, como ya escribí en su momento. Los que no cuentan para ambos organismos son los jugadores, a los que cargan de partido, muchos de ellos irrelevantes, y a los pagadores de los jugadores, que no son otros que los clubes. Están tensando la cuerda y va a llegar un momento en que los clubes se harten y decidan no ceder a sus jugadores en mitad de la temporada, como está ocurriendo con la Euroliga y la FIBA, cuyas fases clasificatorias se tienen que disputar sin jugadores de la NBA ni de la Euroliga, una especie de enfrentamientos entre selecciones B o C de cada país.

Los clubes ceden a sus muy bien remunerados jugadores, su principal activo, a unos tipos de las federaciones que los utilizarán durante un mes o más, sin preocuparse de su estado de saludo, del cansancio o de las posibles lesiones. La FIFA abona una ridiculez a los clubes por esta cesión. Esta tabla recoge lo que percibieron los principales clubes de cada una de las confederaciones por la cesión. Al igual que en Rusia 2018, el Manchester City fue el que más ingresos obtuvo, apenas 4,6 millones de dólares.

Si los jugadores se lesionan, están cubiertos por el seguro que contrata la FIFA para la ocasión, pero con trampa: solo cubren lesiones a partir del día 28 de inactividad y con un tope de 7,5 millones de euros. Jugadores como Toni Kroos se quejaron de esta sobrecarga de partidos y otras voces entre el sindicato de jugadores criticaron que la FIFA y la UEFA solo se preocupan de seguir trincando pasta sin preocuparse por la salud de los jugadores o por los regímenes a los que estaban blanqueando.

De todos estos asuntos, y de otros que generaron ciertos rumores como el dinero público que se va a invertir en la mejora de los estadios españoles, charlamos recientemente en el canal de Kollins.

Mañana se juega un Noruega-España de clasificación, igual que hace dos días se jugó un «apasionante» (lo desconozco, porque no lo vi) España-Escocia. Partidos poco atractivos para el espectador, pero que siguen llenando la hucha de las federaciones y de la UEFA y la FIFA. Pero hay cosas peores, en La Galerna me pidieron que buscara una veintena de cosas más terribles que un partido menor de la selección española. Y no sé si lo conseguí, todo depende de la comparación.

A lo mejor el España-Escocia no era mal plan.

Hiperregulación (I): situación

En los últimos tiempos he escuchado o leído varias veces una palabra nueva que, ciertamente, resulta muy poco seductora: “hiperregulación”. Lo dice todo sin decir gran cosa, es una palabra fea que suena a barullo, a atoramiento, a tapón normativo. El gobierno de turno entiende que hay que aprobar una regulación y lo hace de manera hipertrófica. En exceso. O lo que puede tener peores consecuencias, de manera precipitada.

Durante el pasado debate para las elecciones del 23-J, los candidatos mostraron posturas bien diferentes sobre este punto. Pedro Sánchez presumía de haber aprobado normas para afrontar los numerosos problemas a los que se enfrentaba nuestra economía y la sociedad, mientras que Alberto Núñez Feijóo le reprochaba precisamente esa compulsiva necesidad de sacar adelante una nueva norma, ya fuera con rango de ley, del denostado decreto ley, orden ministerial o disposiciones de todo tipo. 385 páginas diarias de nuevas normas en el BOE (en realidad son más), muchas de ellas con tramitaciones de urgencia. Si a eso añadimos la producción normativa de las comunidades autónomas, estar al día y no incumplir se convierte para las empresas y los ciudadanos en una tarea de lo más compleja.

En 2022 se publicaron 1,32 millones de páginas en los distintos boletines oficiales: 254.757 en el BOE y el resto en los distintos boletines autonómicos. En total, fueron aprobadas 1.189 normas con rango de Ley, 849 en el Estado (un tercio por la vía del decreto ley). Esta sobreproducción normativa supone un incremento del 31 por ciento respecto al año anterior y alcanza la cifra más alta de la última década. Pero la crítica no debe centrarse en el número, o solo en el número. Si toda esta regulación fuera aprobada para resolver problemas, bienvenida sea. El problema es que las normas adquieren tal volumen que en ocasiones resultan contradictorias, generan diferencias entre comunidades y dificultan (mucho más que lo que ayudan) la labor de las empresas, que son las verdaderas generadoras de riqueza y empleo del país.

Según este artículo de Expansión, “la hiperactividad normativa en España lastra la actividad económica y el empleo, erosiona la competitividad de las empresas, quiebra la unidad de mercado y genera inseguridad jurídica”. Por su parte, el Foro Regulación Inteligente indica que la hiperregulación nos cuesta entre 36.000 y 48.000 millones de euros anuales y este exceso, que dificulta la labor de las empresas en las diferentes comunidades, supone entre el 1,5% y el 2,5% del PIB.

Desde junio de 2018, los distintos gobiernos de Pedro Sánchez han aprobado 135 “decretazos” por la vía rápida, esquivando el control parlamentario y los informes de los órganos consultivos del Estado. Supera de largo el anterior récord, de José María Aznar, cuyo gobierno sacó adelante 85 decretos entre 1996 y 2000. Por comunidades, la más activa a la hora de producir normas es Cataluña, que lidera la clasificación por séptimo año consecutivo. La reforma laboral, el control de jornada, la desconexión digital, el Salario Mínimo por las bravas, la ley trans, la educación, la financiación autonómica, contra el cambio climático o los efectos de la inflación, se cambia el Código Penal a medida, se legisla sobre el delito de malversación en beneficio de los malversadores… Se ha tratado de regular sobre todas las cosas, e incluso con la pandemia, hasta sobre lo que ocurría en nuestros hogares.

Aunque este post se centra en las normas de carácter económico y fiscal que afectan a la competitividad de las empresas, voy a usar la mal llamada ley del “solo sí es sí” como ejemplo de lo que está ocurriendo: se presenta una norma para cambiar algo que se entiende que no funciona de manera adecuada, se elabora por la vía de urgencia, sin los consensos necesarios, incluso en el propio equipo de gobierno, y sin atender a dictámenes previos, redactada por personas sin la formación adecuada, se aprueba con gran aparato propagandístico y a los pocos meses, cuando se genera otro problema mayor, se promueve una modificación que corrija el desaguisado perpetrado.

Desde hace años toda la normativa fiscal sigue un patrón similar. Los impuestos de naturaleza medioambiental a los que ya me he referido en este blog son un claro ejemplo de esta manera errática de legislar. El impuesto sobre el depósito de residuos en vertedero está repleto de lagunas que, diez meses después de su puesta en marcha, no han sido resueltas. Y además se interpreta de manera diferente por comunidades. El impuesto sobre el plástico tiene un desarrollo normativo tan impreciso que ahora mismo los sectores afectados están intentando resolver. La fiscalidad medioambiental lleva años en una espiral de creación de nuevas normas y disposiciones que parecen incidir de manera exclusiva en la recaudación y no en la solución real de los problemas. Es tal su producción normativa que ni siquiera los funcionarios del Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico (MITERD) están al día. Este mismo verano, el Ministerio inició el proceso de información pública para el Plan Estatal Marco de Residuos (PEMAR). Para cumplir los plazos y poder acceder a los fondos europeos se redujeron los plazos habituales a la mitad.

El problema es que es tal la producción normativa que la propia consulta pública contenía referencias a documentos ya derogados.

Algo similar ocurre con muchas de las iniciativas de naturaleza tributaria que se han acometido en los últimos años, todas ellas con el afán de incrementar la recaudación. La tasa Google, el impuesto a las transacciones financieras, el impuesto a los “ricos”, a las eléctricas, a la banca, las modificaciones en el Impuesto de Sociedades, en las cargas sociales, en las contribuciones a las pensiones… se ha cambiado todo en este empeño por mejorar la recaudación y detrás de casi todas las medidas había una carga que no era lógica, sino ideológica. Populismo legislativo, y Populismo tributario, dije en su día: Hombre rico, hombre pobre. Y Papá Estado como ente benefactor y redistribuidor de ese incremento resultante de recaudación récord.

No solo se genera inseguridad jurídica (contradicciones entre normas, interpretaciones diferentes entre comunidades, incremento de la litigiosidad), sino que, como advertía el Instituto de Estudios Económicos en su informe de diciembre pasado, todo ello se traduce en “una pérdida de competitividad y de productividad que afecta al conjunto de la economía”, pues “dificulta que empresas y ciudadanos puedan competir en el conjunto del país sin tener que enfrentarse a grandes costes para cumplir con la regulación del sector en el que operan”.

(Continuará en Hiperregulación (II): efectos)

Tu lista de cosas anormales (II)

Continuación de Tu lista de cosas anormales (I)

– Porque es que tengo miedo -dijo Víctor.

– Lo sé -respondió Mario-. A ver, espabilao, ¿qué crees que tienen en común todas las cosas de la lista?

– No sé, supongo que son cosas que no me apetece hacer, que detesto, como cuando poníamos una prenda al que perdía un juego.

– Frío, frío.

– Y bueno, claramente es la lista de cosas anormales de mi amigo el anormal -afirmó Víctor de manera rotunda-. No, mejor, es tu lista de cosas anormales, Mario. Eso es. Porque en el fondo es lo que eres.

Se rieron ambos. Mario se estiró ligeramente la banda del cinturón para poder mirar de frente a su colega.

– Noooo, amigo mío, esa es la respuesta simple. Lo que todas esas cosas tienen en común es el miedo. Tu miedo.

Se hizo un silencio entre los dos amigos. Se miraron a los ojos. El ruido de las ruedas sobre la pista unido a la voz del piloto por la megafonía hacía que en aquel momento hubiera cualquier cosa menos silencio. Pero fue el “estruendoso silencio” entre ellos lo que Víctor interrumpió:

– El miércoles empiezo las sesiones. Estoy acojonado.

– Lo sé, Víctor, lo sé. Y por eso este viaje era una especie de terapia contra el miedo. ¿Qué sentiste cuando nos escondimos en la tienda de mi amiga tras huir de la policía? ¿O al día siguiente?

Víctor no respondía. Callaba, meditaba, recordaba.

– Al principio estabas temblando, el corazón se te salía por la boca. ¿Y luego? ¿Alivio, descojone? ¿Sensación de poder, de saber que puedes controlarlo, que puedes con ello?

– ¿Ahora eres psiquiatra o terapeuta emocional? -replicó Víctor con cierta incomodidad.

– ¿Y en la tienda de la casa de Ana Frank? Si vi que te temblaban las manos, cagao, por un puto marcapáginas. Estoy seguro de que hasta te habías preparado una excusa por si te pillaban o por si saltaba alguna alarma.

– Por supuesto que sí -sonrió Víctor-. Oh, sorry -puso voz lastimera-. I can’t understand why… how much is it?

– Lo del kebab era para verte pegar otra carrera con los pantalones manchados y los esfínteres sueltos, ja, ja, ja. Y lo del Van Gogh era para que sintieras que te llevaban a comisaría o que te echaran de malos modos delante de todo el mundo y ver cómo afrontabas tu miedo al ridículo. O al escándalo.

– ¿Y lo de la china, o el porro? Eso no es miedo, es desinterés.

– ¡Y un huevo, tío! Que te conozco desde chiquitito. Siempre tuviste miedo a cualquier tipo de droga o de sustancia, por si te enganchabas, por si te pillaban en casa. O por si te llegaba a gustar.

Víctor se quedó pensativo. Torció el gesto como si asintiera.

– Puede ser.

– Además, ahora te van a meter de todo en el cuerpo, vas a tener momentos malos, a lo mejor esta mierda te ayudaba, porque, ¿recuerdas qué sentiste cuando nos metimos aquello?

– Atontamiento inicial.

– Placer, reconócelo. Relajación muscular.

– Bueno, dejó de dolerme el cuerpo por todo lo que habíamos andado ese día.

– Pues acuérdate de ello cuando lo pases mal, y si necesitas eso que llaman “tratamiento terapéutico a base de cannabis”, me lo dices.

– Ja, ja, ja, me acordaré, sin duda. ¿Y la china?

– Bueno, siempre estás con eso de que “China nos va a arrasar, se va a quedar con todo y nos va a convertir en sus putos esclavos”, que te queda muy bien ese discurso alarmista cuando te dejamos soltarlo, que nos dejarías acojonados si te hiciéramos caso. Pero además, lo puse por tu miedo a engancharte con alguien y a hacerlo de la persona equivocada.

– ¿Qué dices? ¡Anda ya!

– Acuérdate de Isabel.

– ¿La mulata?, no jodas, ¿a qué viene esto ahora?

– Tenías miedo de defraudar a tus padres, de que aquello no les gustara porque son muy tradicionales y conservadores. De no hacer lo que ellos consideraban adecuado para ti. Tenías miedo de que fuera a significar más que los cuatro o cinco meses que estuviste con ella. Si a ti te encantaba, pero, dime, ¿llegaste a presentarla a tus padres? Y que conste que sé que para ti es un tema importante, porque siempre has querido dar la talla en casa y lo valoro, y lo aprecio mucho en ti.

Tras unos segundos de silencio, habló:

– No, ni siquiera llegué a contarles nunca que estaba saliendo con ella.

– ¡Pues eso! Joder, ahora eres tú y tu enfermedad, ¡es tu vida! Y tus padres y los que somos tus amigos estamos aquí para recordarte que vamos a estar siempre a tu lado.

– ¿Aunque me cepille a una china?

– ¡Sobre todo si te cepillas a una hija del Dragón Rojo, cabronazo! ¡A una que tenga carnet del partido y un chip espía, ja, ja, ja!

El avión no se había detenido aún en su camino hacia la terminal, pero el pasajero del asiento delantero se quitó el cinturón y comenzó a moverse inquieto. Sacó el móvil y desconectó el modo avión.

– Ya está, el típico cagaprisas -pronunció Mario en voz bien alta, para que se le oyera bien.

– Ssshhh… calla.

– Que me escuche, me la sopla.

El tipo del asiento delantero comenzó a teclear el móvil con prisas mientras la pantalla se llenaba de curvas y gráficos.

– Joder, mira que pone bien claro que no usemos el móvil todavía -Mario lo dijo en un tono más alto del normal-, pero nada, se ve que eso no va con algunos.

El tipo lo había escuchado perfectamente y giró la cabeza levemente hacia atrás con una mueca de fastidio.

– Seguro que tiene que mirar sus acojoinversiones en Bolsa. “Huy, ¿habré ganado diez millones para mi jefe el engominado y me subirá el bonus? O a ver si he perdido doscientos mil euros durante este vuelo y me echan el lunes” -continuó Mario con voz atiplada-. “Y a ver mis bitcoins, ¿cómo van?”, porque a este tío le pega invertir en criptos, ¿no crees?

– Calla ya, Mario -intervino Víctor-, no montemos un lío ahora. ¿Y lo del tatuaje? ¿De verdad crees que es miedo lo que hacía que me negara?

– Miedo a las agujas, me lo has contado mil veces, de pequeño le tenías miedo a todo, a ahogarte, a las peleas, incluso a las avispas. Pero es miedo sobre todo al qué dirán, al qué dirán tus padres cuando lo vean, ¿y sabes qué les vas a decir? Que no es una V de Víctor, ni siquiera un 5 por las sesiones de quimio. Es la V de aquella serie friki, la V de Victoria, porque tú vas a triunfar, chaval, y quiero que en cada sesión te mires esa huella en tu piel y recuerdes estos días en los que has podido enfrentar y superar tus miedos. Que te dolió la primera punzada y en la última estabas hasta disfrutando, mamonazo.

Víctor se sonrió mientras se repasaba la marca en el antebrazo, como palpando el levísimo volumen de la herida reciente sobre su piel.

– Y ahora cada vez que veas una aguja, y seguro que ves muchas en estos meses, acuérdate de la flojera que teníamos con aquel tatuador barbudo emporrado al que se le veía la hucha cada vez que se daba la vuelta. A tomar por culo todos tus miedos.

La mirada de Víctor cambió, adquirió un nuevo brillo. La mueca de la sonrisa pasó a ser más relajada y dijo en voz bien alta:

– Mario, este fantasma no invierte en bitcoins, le pega más la estafa esa de las NFTs -Mario le miraba con asombro, pero disfrutaba del cambio, tan perceptible, en su amigo-. Aunque en su caso veo más bien un “No Folla, Tronco”.

Ambos empezaron a reírse abiertamente, de manera algo escandalosa. Creían que el individuo en cuestión les había escuchado, si bien, como ya estaba marcando el teléfono para llamar, no lo sabían a ciencia cierta. Al otro lado del teléfono alguien respondió a su llamada y le oyeron decir:

– Cariño, acabo de aterrizar. Calculo que en unos cuarenta, cuarenta y cinco minutos estoy allí.

– ¿Lo ves? -dijo Víctor-. Está avisando a la mujer, que estará ahora mismo con “el otro” para que le dé tiempo a echarlo de casa.

– Ja, ja, ja, ja -estalló Mario-. Ojos que no ven… en el fondo es un tipo listo.

El tipo del teléfono se quitó el cinturón pese a que el avión no se había detenido aún, se puso en pie y se giró hacia los dos amigos:

– Sois unos graciositos, ¿no? Muy, muy graciosos. Y unos auténticos gilipollas, por si no lo sabíais.

Mientras una de las azafatas se le acercaba para decirle que no podía permanecer de pie, los dos amigos seguían riéndose de la situación.

– Y usted un maleducado, que se ha pasado por el forro todas las instrucciones de seguridad.

– Ya podía usarlo, niñato -intentó zafarse de la azafata, que trataba de tranquilizarlo y de que volviera a su asiento- . Vosotros… no merece la pena perder el tiempo con vosotros.

Mario se quedó mirándolo mientras se sentaba de nuevo y con una voz pomposa y engolada dijo:

– “Vosotros no sabéis con quién estáis hablando, niñatos”.

Media hora después, ya fuera del avión, Mario se secaba la sangre de la comisura de los labios sentado en un banco en la sala de espera de la comisaría del aeropuerto. A su lado, Víctor sacó un papel, lo desdobló y se lo mostró.

– Aprobado.

Los policías que estaban tomando declaración al individuo «de las NFTs» no fueron capaces de entender qué hacía tanta gracia a los dos niñatos que esperaban su turno.

Tu lista de cosas anormales (I)

– Diez minutos para aterrizar -bostezó Mario tras incorporarse levemente y girar la cabeza hacia su compañero de asiento-, ve despertando, dormilón.

Le dio un pequeño codazo sobre el brazo:

– No ha estado mal para solo cuatro días, ¿no te parece?

A Víctor se le escapó una media sonrisa, incluso menos que media sonrisa. Fue una mueca tirando a tímida, como si quisiera sonreír de manera más abierta, pero el cansancio o alguna preocupación se lo impidiera.

– ¿Le pegamos un repaso a la lista que hicimos? -insistía Mario-. ¿A los objetivos cumplidos y a tus estrepitosos fracasos?

El gesto de Víctor apenas cambió. Dirigió su vista al asiento delantero y jugó con el cierre de la mesita plegable en la que hasta hace nada había apoyado la última cerveza de esta escapada con su amigo de la infancia, la adolescencia y también de esa treintena que ambos habían estrenado unos pocos meses atrás. Tenía la mirada, como la cabeza, en otra parte, pero Mario no iba a privarse de este momento para proseguir con la guasa, así que sacó de la chaqueta un papel doblado en cuatro partes, lo desplegó y lo extendió sobre los ojos de Víctor.

– Cuatro de nueve, suspenso. Y en el fondo esto es como en el colegio -forzó la voz para parecer un anciano, si bien recordaba más a un tío afónico-. Si hubiera visto actitud, ganas de intentarlo, le habría dado el aprobado, señor Martín, pero su actitud no le hace merecedor de ello.

Logró que Víctor se riera en esta ocasión.

– Si has intentado replicar la voz del Sapo, la has cagado, lo tuyo no son las imitaciones.

El Sapo era un antiguo profesor del colegio, un sabio de las matemáticas apodado de ese modo por sus ojos saltones y unos mofletes que le caían a ambos lados de la boca hasta juntarse con una papada flácida. «Cómo contar a mis padres», recordó Mario un día, «que lo que me despistaba de sus clases no era no entender nada, ni tampoco Silvia, oh, Silvia, ¡era el movimiento de la papada! Me pasaba las clases mirándola y pensando cuántas libélulas cabrían allí».

– Fumarse un buen petardo fue fácil -siguió Mario señalando la lista-. El año que pasé viviendo aquí me dejó buenos amigos y no menos buenos contactos, pero fíjate, conociéndote, pensé que era uno de los… llámalo retos, que te ibas a negar de manera más rotunda. Como si te hubiera puesto una visita a los prostíbulos del Barrio Rojo.

– Bueno, me pusiste lo de la china. Y te empeñaste en mostrarme aquella prostituta del escaparate, que no era china ni de lejos. Sería tailandesa, más bien.

– Sí, claro, tú que sabrás, señor experto en orientales, erudito del Mundo Charly. Aquello fue de coña, no lo decía en serio. No quise ponerte en la lista nada como pagar a una de esas pobres fulanas de los escaparates, pero sí quería que te soltaras un poco, y la china esa a la que entraste en aquella discoteca no estaba nada mal.

– ¿La del Blue Lotto? Era coreana, de Gwangju, o algo así me dijo, no la entendía bien. Pero no había nada que hacer, esta gente transmite tan pocas emociones que no sé si pasaba de mí, si lo que buscaba en el bolso era un espray de pimienta o si estaba cayendo rendida a mis encantos.

– ¿Tus encantos, dices? Permíteme que me descojone. Te conozco de toda la vida, Víctor, y lo que quería precisamente en este viaje era que te soltaras, que no estuvieras tan retraído.

– Joder, ¿te parece poco haber cedido a esto?

Se levantó la manga de la camisa para mostrar una V en su antebrazo. Parecía un número romano más que la inicial de un nombre.

– Muy bien, tío, muy bien, ahí, según te vi salir de ese sitio tan chungo, pensé que te venías arriba y que me ibas a estampar la tarjeta con el pleno completo, pero me equivoqué. Después del “peta” y del “tatu” pensé que te iba a convencer para alguna locura más, como lo del canal cuando íbamos atontolinados del todo, pero nada, volvió a aflorar el Víctor reflexivo y buen tipo, el que nunca ha roto un plato.

– El canal da bastante asco, no me fastidies, y el frío, a ver cómo íbamos a volver luego al apartamento.

– ¡Pues a pata, coño, y helados de frío, pero no lo pienses todo tanto, no le des tantas vueltas a las cosas! Como lo de que nos echaran de un sitio público, del museo Van Gogh, no tuviste huevos de montar un numerito, tirar una papelera o el paragüero como sin querer, como si estuvieras mamado…

– Eh, eh, eh, que me atreví a mangar en la casa de Ana Frank.

– ¡Un puto marcapáginas, no me jodas! Escondido en el libro que compraste, eso no debería ni contar.

– Tres euros, ahí solo dice “robar algo”, no habla del qué.

– Pero lo suyo era que hicieras un homenaje en condiciones a esa pobre niña. Imagínatela, dos años encerrada en un cuarto minúsculo con el brasas de su tío, respirando sin hacer ruido por los continuos registros de los nazis, sin pisar la calle, tenías que haberte llevado algo digno de ser recordado.

– Pues por eso mismo, un marcapáginas. ¿Por qué es famosa la niña? Por su diario, ¿no? Pues eso, marcaré cada una de las páginas cuando lea el libro y me acordaré de esa pobre niña judía que duró dos telediarios en el campo de concentración.

– Vaya, ya me has hecho spoiler, ¡ja, ja, ja!

– Sí, como en La Pasión de Cristo, cachondo.

– ¿Y qué fue lo otro que hiciste? -Mario revisó la lista de nuevo-, Ah, sí, huir de la policía, no me negarás que no tuvo gracia.

– ¿Tú sabes que desde que lo hicimos no he salido ni un solo día tranquilo por las calles, cabronazo? Cada vez que nos cruzábamos con un coche de policía, me cagaba vivo, pensaba que venían a detenernos, que nos habían pillado con las cámaras que hay por todas las calles.

– Tranquiiiilo, mira que te lo dije, que me conozco muy bien esos callejones y tengo amigos en muchas tiendas de la zona. Ya lo hicimos una vez hace tiempo, aunque no de manera tan premeditada como ahora. Solo había que mear en el sitio adecuado, a la vista y luego correr como si te persiguiera aquella orconovia que tenías.

– Me acojonaron las sirenas de la policía y cuando me puse a correr sentí que me explotaba el corazón, qué perro eres. Y por cierto, se llamaba Diana, no me seas mamón, era bien maja.

– Pues eso, majísima, un orco, un troll de las cavernas. Tuviste huevos para huir de la poli holandesa, pero no para largarte de aquel kebab.

– Iba a hacerlo, pero, ¿tú viste el cuchillo que gastaba aquel tipo?

– Ay, el miedo, siempre los miedos.

Tras las risas se hizo un silencio. El avión posaba sus ruedas sobre el suelo de Madrid y los pasajeros sintieron el impacto del aterrizaje.

– Porque es que tengo miedo -dijo Víctor.

(Continuará…)

Las cifras del fútbol femenino

Han pasado tres semanas del exitazo que ha sido la consecución del Mundial de fútbol femenino disputado en Australia y Nueva Zelanda por parte de nuestras jugadoras (y con la dirección de Jorge Vilda), y por desgracia, todo lo que se esperaba de crecimiento en términos de imagen, de mejora para el deporte femenino o de atención mediática, ha quedado opacado por “el piquito”, los malos rollos internos y por la huelga que ha impedido el arranque de la Liga F.

Como siempre ocurre en los triunfos, el mundo de la política se subió al carro del éxito, si bien (también como siempre, da igual el signo de los partidos) de manera errada. La ministra de Trabajo Yolanda Díaz afirmó que las jugadoras españolas sufrían discriminación salarial con respecto a sus compañeros de profesión y, no contenta con ello, apenas una semana después, informó acerca del inicio de actuaciones de la Inspección de Trabajo para verificar que en los clubes de fútbol se aplicaba correctamente el protocolo contra el acoso y que no existían “diferencias retributivas” entre hombres y mujeres por la aplicación del principio de “mismo trabajo, mismo sueldo”. Obviamente, la ministra no pedía que las futbolistas cobraran lo mismo que los “futbolistos” (en aplicación del género, ¿no?), pero sí trataba de que la Inspección verificara que dichas diferencias salariales eran “razonables” y que no correspondían con “el hecho de ser mujeres”.

Cualquier análisis que se realice sobre los salarios de las féminas (muy bajos en el 95% de los casos) y de sus colegas masculinos (estratosféricos en un porcentaje cercano al 100%) debe partir del análisis del mercado global del fútbol. De acuerdo con el Informe de Deloitte Annual Review of Football Finance 2023, el mismo que utilicé para el post sobre el estado del fútbol europeo, los ingresos generados por las cinco principales ligas de fútbol masculino fueron de 17.200 millones de euros en la temporada 2021-22 y se esperaba superar los 18.000 millones en la 2022-23.

En dicho Informe no hay un estudio agregado de las principales ligas de fútbol femenino, pero sí lo hay de los ingresos de la competición inglesa:

Los ingresos de los 12 clubes de la WSL (Women’s Super League) experimentaron un crecimiento del sesenta por ciento en una temporada, pero se quedan en los 32 millones de libras. Los equipos tienen una media de ingresos de 2,7 millones de libras (unos 3,1 mill. euros), mientras que la media de ingresos de un club de la Premier, según Deloitte, estuvo en 322 millones de euros. Cien veces más.

Hay otro cuadro muy ilustrativo que es el referido al salario de las jugadoras de la WSL:

Las diferencias con el fútbol masculino son abismales. Un solo Mbapeé o Neymar cobra como todas las jugadoras de la primera inglesa. Como aspecto más destacado y positivo, el Informe señala el crecimiento del interés por la competición, lo que se manifiesta en el incremento de los ingresos por la vía de los patrocinios y por la asistencia a los estadios:

Los 17.000 espectadores del Arsenal o los más de 10.000 del Manchester United ya empiezan a ser cifras relevantes, en línea con las de algunos equipos masculinos de la Primera española y con muchos de la Segunda. El Mundial de Australia y Nueva Zelanda ha contado con una media de asistencia a los estadios de 30.904 espectadores, lo cual es una mejoría considerable con respecto al Mundial de Francia en 2019, con cifras en torno a las 21.700 personas por partido. Ambos datos, siendo buenos y esperanzadores para los seguidores del fútbol femenino, aún quedan lejos de los 37.000 espectadores de media que hubo en el Mundial de Estados Unidos de 1999, un país de larga tradición en este tipo de campeonatos.

Por seguir con la comparación, en el Mundial masculino de la Infamia celebrado en Catar, la asistencia media fue de 53.191 espectadores, una cifra muy cercana a la de Brasil 2014 y muy lejos de la que se alcanzó en Estados Unidos en el 94.

El fútbol femenino está creciendo mucho, eso es indudable, pero las diferencias económicas siguen siendo importantes, motivadas por el dispar volumen de ingresos que generan ambas modalidades. La principal partida de ingresos de un torneo de estas características se genera con la venta de los derechos de televisión. Cuando quedaba apenas un mes para el inicio del Mundial femenino, los ministros de Deportes de España, Alemania, Francia, Reino Unido e Italia publicaron una declaración conjunta en la que manifestaban su preocupación por el hecho de que la subasta de los derechos de televisión para el Mundial había quedado desierta y ni siquiera estaba claro que los partidos fueran a ser retransmitidos.  

Finalmente, en España fueron televisados por la cadena pública, RTVE, tras el acuerdo alcanzado entre la FIFA y la Unión Europea de Radiodifusión (UER) para su emisión en las cadenas públicas de los países mencionados. No se hicieron públicas las cifras del acuerdo. Por el contrario, el Mundial petrocatarí se vendió por unos derechos acumulados de 2.640 millones, 37,6 de los cuales fueron desembolsados por la Televisión Española. Las diferencias económicas, como vemos, son enormes en algunos aspectos, si bien se reducen en otros.

La FIFA ha reconocido unos ingresos por patrocinadores del Mundial femenino de 283 millones de euros, unas cifras nada desdeñables. El interés de una veintena de marcas por este deporte es notable, así como su apuesta por el fútbol femenino. Podrá deberse a una cuestión de imagen, posicionamiento, responsabilidad social o lo que se quiera, pero es una cifra importante que confirma el interés por este deporte. Aun así, los 283 millones representan apenas una quinta parte de los ingresos que percibe la FIFA por la misma partida por el Mundial masculino, pero es una mejoría bastante considerable que se ha traducido en un incremento de los premios.

Los premios que ha repartido el reciente Mundial femenino se han multiplicado por 3,6 respecto a la edición de 2019, al pasar de 28,2 millones de euros a 103,6 mill. Para el Mundial de 2027, la FIFA ha prometido igualar los premios a los de la categoría masculina, lo cual es una apuesta clara por el fomento de este deporte, por encima incluso de las cifras que mueve y genera en la actualidad. El Mundial de Catar repartió 414 millones de euros entre las federaciones y selecciones participantes, lo cual supondrá, si la FIFA cumple su promesa, cuadruplicar los premios para las jugadoras. En otros torneos la diferencia sigue siendo muy grande. El Fútbol Club Barcelona, campeón de la Champions femenina, percibió un premio de medio millón de euros, mientras que el campeón de la Champions masculina recibe entre 90 y 110 millones de euros, en función de los resultados y el market share.

Con todo lo mencionado sobre la evolución de las cifras, surge de nuevo la pregunta, más antigua que este artículo de 2018: ¿puede el deporte llegar a la igualdad de género en salarios? Cualquiera que haya seguido estas últimas semanas el Open de Estados Unidos de tenis, habrá visto que en los laterales de la red figuraba impreso el lema “50 years Equal Pay”. En esta edición del torneo se han cumplido cincuenta años del nacimiento de la iniciativa Equal Pay para lograr la equiparación de premios en el mundo del tenis, una iniciativa que nació gracias al empuje de mujeres como Billie Jean King (recordad The Battle of the Sexes, en Cine y tenis) y que culminó con la creación de la WTA (Women’s Tennis Association). La equiparación de premios en el mundo del tenis, un deporte que pasa por ser inclusivo como pocos, se logró en algunos torneos, pero no en todos. Actualmente reparten los mismos premios en los cuatro Grand Slams y tres Masters 1000 (Miami, Indian Wells y Madrid), pero muchas tenistas se quejan de la diferencia que hay en los premios de numerosos torneos. Por ejemplo, en el de Roma cobran la mitad que los hombres.

¿Es justa esta diferencia? Pues seguramente no, pero los patrocinadores son los que ponen el dinero y los que quieren asociar su marca a una imagen determinada porque esperan un retorno de su inversión. Ahora mismo, en el momento actual del tenis, posiblemente tampoco sea justo que los premios del Grand Slam estén equiparados. El tenis masculino lleva dos décadas espectaculares, con el Big Three “retirando” a los Agassi y Sampras de antaño y comiéndose a los jóvenes de la NextGen actual. Por el contrario, el tenis femenino no tiene figuras que atraigan el interés de las marcas ni los espectadores como en su día las hermanas Williams, Steffi Graf, Mónica Seles, Chris Evert, Martina Navratilova y nuestras Arantxa y Conchita. Desde la ATP ha habido quejas sobre la deficiente gestión que hace la WTA de la promoción de sus figuras, por el mal funcionamiento de su web o por la dejadez de funciones a la hora de vender el producto.

Algunas de las propuestas del artículo de 2018 son una locura, como la inclusión de una cuota de mujeres en equipos masculinos (un sinsentido desde el punto de vista físico o de integridad de las jugadoras, y desde el punto de vista del espectáculo), o la consideración de “salario igual por un trabajo igual”. ¿Acaso hay un salario de “defensa central” o de “portero” como si esto fuera un convenio laboral al uso? Los salarios están en función de lo generado, parece mentira que haya que insistir en que no es una cuestión de machismo o discriminación.

La situación en España

Según el Informe del Consejo Superior de Deportes sobre la situación económico-financiera del fútbol profesional femenino en España, los 16 clubes de la Liga F acumularon una pérdida de casi 20 millones de euros en la temporada 2021-22.

Doce de los dieciséis equipos de la Primera División pertenecen a clubes con sección masculina a nivel profesional, y el propio CSD reconoce «el soporte económico» que las mismas le procuran. Las cifras actuales no son nada positivas.

El gasto de los equipos duplica al de sus ingresos:

O por decirlo de otra manera, pierden un euro por cada euro que ingresan. Solo el gasto de personal es superior en un 42% a los ingresos generados:

De esos casi 20 millones de euros de pérdidas, tres equipos se reparten el cuarenta por ciento:

  • Real Madrid: 3,3 mill.
  • Atlético de Madrid: 2,6 mill.
  • F.C. Barcelona: 1,7 mill.

Los derechos de televisión fueron adquiridos por Mediapro por 7 millones de euros, una cifra que contrasta con los más de 1.900 millones que generó LaLiga para los 42 clubes de Primera y Segunda. Y otra cifra relevante que nos demuestra que el fútbol femenino aún tiene mucho campo que recorrer es el de la asistencia a los estadios. Durante la temporada 2021-22 la asistencia media a los estadios fue de 700 personas. Las imágenes de San Mamés o el Camp Nou llenos a reventar para presenciar un partido de fútbol femenino (récord mundial en el Camp Nou con 91.648 espectadores) tienen la pequeña gran trampa de los precios populares (de cinco a diez euros) y la mayoría de entradas gratuitas. Pero es una buena estrategia para la mejora futura de las cifras.

Tampoco funcionó, o lo hizo solo a medias, la medida que tomaron algunos clubes como el Levante, el Atlético de Madrid o el Athletic de ceder sus estadios al equipo de la Liga F durante la celebración del Mundial de Catar: apenas tres partidos superaron los 4.000 espectadores, lo cual, en un gran estadio, aparenta un vacío enorme. Y además los clubes no cubren los gastos de apertura del estadio, a pesar de que recibían una ayuda de 15.000 euros por encuentro de la propia Liga F. De momento, los experimentos indican que es preferible que se sigan utilizando las ciudades deportivas o los estadios de los filiales para “arropar” a las jugadoras en estos partidos, salvo en ocasiones especiales como el Barça-Madrid de Champions.

El fútbol femenino ha hecho bien algunas cosas para su promoción, para darlo a conocer a los aficionados, en especial cuando sus dirigentes lograron mayor presencia en los medios que lo que el interés general hacía presumir. Por poner un ejemplo, la ACB tiene una media de 8.000 espectadores por partido, la Euroliga supera los 11.000, y sin embargo, su presencia es testimonial en telediarios y algunos medios de prensa y radio. La inyección económica de Iberdrola trajo noticias constantes del fútbol femenino a la primera plana y una campaña feroz y agresiva para que el Real Madrid creara su sección y entrara en el negocio (no digo que lo promoviera Iberdrola, solo que ocurrió).

No se insistió para que el Barça o el Madrid entraran en el baloncesto femenino, un deporte con mucha mayor tradición en España, con Liga nacional desde 1964, o no se presionó al Atleti, al Valencia o la Real Sociedad para crear sección en la ACB, no. Los encendidos debates en la prensa (toda a una, qué extraño) se centraron en la crítica al Real Madrid por no tener equipo femenino de fútbol. El Real Madrid finalmente entró y con una apuesta fuerte, comprando un equipo y una plaza en la Primera división. También recibió críticas por ello. Cuando no lo tenía, por no tenerlo, y cuando se hizo con la plaza, por el modo de obtenerlo. Todo mal, siempre.

Cuando la rivalidad con el Barça sea real, cuando haya competencia deportiva, se hablará aún más de este deporte. La apuesta del Real Madrid por la sección es seria, con recorrido a medio y largo plazo. Para esta temporada el club tiene unas pérdidas proyectadas de 5 millones de euros. Los más de 20 que pierde sistemáticamente la sección de baloncesto se asumen desde hace años por la buena imagen que tiene la sección y por los éxitos internacionales obtenidos. Y en el caso del fútbol femenino, estoy convencido de que se asumirán porque a buen seguro se compensan con imagen y con mayores ingresos de los patrocinadores y de Adidas.

Esta madrugada se ha alcanzado por fin un acuerdo para desbloquear la huelga de futbolistas y que la Liga F pueda arrancar este fin de semana. Las cifras de las que se habla son irrisorias en comparación con sus colegas de LaLiga: de 16.000 euros de salario mínimo se pasará a 23.500 en tres años, cifras que podrían incrementarse hasta los 28.000 euros anuales si los ingresos comerciales obtenidos crecen en este período de tiempo. La categoría masculina supera ya los 180.000 euros de salario mínimo anual.

Hay otras reivindicaciones sobre los permisos de maternidad, los viajes, los derechos de formación y las ayudas tras la retirada, pero el grueso de la reivindicación se centró en el salario y la verdadera profesionalización del fútbol femenino. Y aquí podría abrirse un debate incómodo que es el referido a si las cifras de ingresos dan para que el fútbol femenino sea profesional. El baloncesto no lo es, por ejemplo, y no solo lleva muchos años de ventaja, sino que sus éxitos internacionales le han dado una notoriedad desde hace lustros que el fútbol no ha tenido hasta este verano.

Pero seguro que surgen las palabras “machismo” y todo eso, y no solo me da mucha pereza, sino que además no tiene nada que ver. Y hay mucha hipocresía en los medios que han salido estos días a hablar de machismo mientras sus webs o algunos de sus comentaristas son lo más casposo que uno puede encontrar en la prensa española. El As y el Marca se sumaron a la campaña “anti-machismo” de estas semanas, mientras en sus webs mantienen un tercio de las noticias que son un catálogo sexista antediluviano: la novia de tal, el cuerpo de no-sé-quién, el desnudo de la otra que te dejará boquiabierto… Las radios no son mejores, basta con escuchar algún partido (aún recuerdo a Manolo Lama y unos comentarios sonrojantes sobre Garbiñe Muguruza). De todo esto y mucho más, hablamos hace poco en el canal de Kollins.

Creo que no traspasamos ninguna línea roja, aunque, como se ve por los comentarios, muchos no están de acuerdo por una razón o por la contraria. Y mezclado con política, que no falte. En fin, pereza… Por cierto, ya que hablo de política y de cómo nuestros dirigentes se suben rápidamente al carro de los éxitos, cuando vayan a dar un reconocimiento al Mérito Deportivo a las jugadora, no es mucho pedir que se sepan el nombre de las mismas para no cometer hasta cinco errores:

¿Qué pasó con…? (III)

Hace cuarenta años, en 1983, Francis Ford Coppola estrenaba dos películas aparentemente menores para alguien como él, que había rodado en los años previos Apocalypse Now, Corazonada y las dos primeras entregas de El Padrino,. Ambas películas estaban basadas en novelas de Susan E. Hinton y tenían una temática similar sobre jóvenes inadaptados, pandillas y sus primeros delitos: The Outsiders (estrenada en España como Rebeldes) y Rumble Fish (otro de esos «títulos letales», pues se tradujo libremente como La ley de la calle).

El buen ojo de Coppola para el casting se aprecia en que prácticamente todos los actores de ambos repartos coparon muchos de los mejores papeles jóvenes de los ochenta: Matt Dillon (Drugstore cowboy, The Flamingo Kid), Tom Cruise (Top Gun, Risky Business), Ralph Macchio (Karate Kid), Patrick Swayze (Amanecer rojo, Norte y Sur, Dirty Dancing), Rob Lowe (el chico guapo sin nada decente más allá de St. Elmo’s fire o Class), Emilio Estévez (El club de los cinco, Young guns), Diane Lane (Cotton club, Calles de fuego), Mickey Rourke (Nueve semanas y media, El corazón del ángel) y Nicholas Cage (Birdy, Arizona Baby). Por eso mismo, por el éxito que sucedió a casi todas sus carreras, siempre me llamó la atención que el protagonista de Rebeldes, el actor que interpretaba al sufrido Ponyboy Curtis, desapareciera prácticamente del mapa.

Su nombre es C. Thomas Howell, el tercero por la izquierda en la foto superior, un californiano nacido en 1966 que parecía apuntar alto. Sus primeros papeles en cine fueron ni más ni menos que con Steven Spielberg (un papel menor en E.T.) y con el mencionado Coppola. Tras Rebeldes tuvo algunos papeles que le ayudaron a mantener su estatus de estrella juvenil (Admiradora secreta y Amanecer rojo, entre los pocos que recuerdo), y tras la acongojante Carretera al infierno (The hitcher) en 1986, con un cabrón psicópata terriblemente cabrón psicópata interpretado por Rutger Hauer, le perdí la pista.

Mientras sus compañeros de promoción se forraban con los mejores papeles, C. Thomas Howell debió tener uno de esos agentes nefastos que lo aconsejaron mal sobre el tipo de películas en las que debía participar. Porque el caso es que no dejó de actuar en todo este tiempo, si miro a su ficha de IMDb: 224 participaciones entre cine y televisión.

El caso es que si reviso su filmografía, compruebo que en la mayoría tomó el mismo título que aparece en la foto precedente, The wrong path, el camino equivocado. Hay papeles secundarios en The amazing Spiderman y Justice League, y algunas participaciones en episodios de Hawaii 5.0., Castle y The walking dead. Y mucho título que apesta a serie B cutre zarrapastrosa:

¿El ataque de los donuts asesinos? ¿De verdad alguien puso pasta para una producción así? Porque la «mítica» Kárate a muerte en Torremolinos se rodó con tres duros, pero cuando los americanos afrontan un proyecto, es difícil que bajen del millón de dólares de presupuesto.

La colección de títulos dudosos de sus décadas perdidas es interminable y las puntuaciones medias de los espectadores tampoco animan a darles una oportunidad:

Sea por malas decisiones, sea por situaciones personales complicadas (como expliqué en el episodio I de esta serie con Claudia Wells), el caso es que la carrera de C. Thomas Howell no se dirigió por el camino que sin duda él y su agente esperaban. De hecho, para IMDb, el actor es recordado por sus éxitos en los primeros ochenta:

Por alguno de los papeles recientes que ha protagonizado, estoy convencido de que se ha convertido en un actor de culto para algunos fans, pero si os pregunto a la mayoría de los lectores por él, por su aspecto o sus películas, me contestaréis como alguno de sus títulos: Gente sombra, Lost on Purpose o Perdido en el Amazonas.

Ahora que estoy mirando de reojo la Vuelta Ciclista a España (nada que ver con la atención que le dedicaba hace años) me he acordado de un ciclista fugaz, un torbellino que despuntó en la Vuelta de 2004 y desapareció con la misma celeridad. Su nombre es Santi Pérez, natural de Grado, Asturias. Nacido en 1977, los que éramos aficionados al ciclismo por aquellos años no lo conocíamos hasta aquella Vuelta en la que puso contra las cuerdas al ídolo español del momento, Roberto Heras. Santi Pérez comenzó la Vuelta sin grandes expectativas, sin aparecer en exceso durante las primeras etapas, en las que perdió un tiempo que luego le habría hecho falta para competir por el triunfo final. Fue a partir de la decimocuarta cuando saltó a la primera línea con el triunfo en la etapa que iba de Málaga a Granada. Apenas dos días antes, Roberto Heras había arrebatado el liderato al norteamericano Floyd Landis, y la victoria de Santi Pérez no parecía más peligrosa que la del típico ganador ocasional de etapa, un tipo combativo, buen escalador, que había sabido aprovechar su momento. Pero es que al día siguiente, en la decimoquinta etapa, Santi Pérez volvió a alzarse con el triunfo en la estación de esquí de Sierra Nevada, una cronoescalada en la que le metió un minuto a Alejandro Valverde y casi dos al maillot amarillo, Roberto Heras. ¿Pero de dónde ha salido este bólido?, nos preguntamos muchos.

Aun con esa doble victoria, la general parecía asegurada para el bejarano, pues contaba con ventaja suficiente de las primeras etapas, pero incluso esa posición fue puesta en duda por el arrojo del asturiano, que nos regaló una de las etapas más emocionantes de la Vuelta en la tradicional jornada de la sierra madrileña. Atacó con fuerza y le dobló el pulso al que por entonces era considerado el mejor escalador del mundo. Sin embargo, no fue capaz de obtener los minutos suficientes de ventaja para arrebatar el maillot de líder a Heras. Santi Pérez estaba como una moto y terminó de demostrarlo al día siguiente, cuando logró una nueva victoria de etapa en la contrarreloj final, ¡en llano! ¿Cómo era posible que apareciera este ciclista casi de la nada y a los veintisiete años explotara de ese modo? Acabó segundo en la general, a solo treinta segundos de Roberto Heras, quien se alzó así con su tercera Vuelta a España, la segunda consecutiva.

El tipo en cuestión resultaba entrañable en sus declaraciones, cada vez que le ponían un micrófono tras cada exhibición. Un tipo sencillo, humilde, un jornalero de la bici que dedicaba cada triunfo a su novia, Vanesa, fallecida dos años antes en accidente de tráfico.

El mazazo llegó poco después, en octubre, apenas un mes después de su éxito en la Vuelta: la UCI le notificó su positivo en un análisis por transfusión homóloga de sangre. El mismo positivo que dio su compañero de equipo, el norteamericano Tyler Hamilton, otro al que recuerdo una de las exhibiciones más portentosas sobre una bici, cuando se marchó del pelotón en una etapa del Tour de Francia… con la clavícula rota. Santi Pérez nunca reconoció su positivo, recurrió por las diversas irregularidades que se cometieron durante el contranálisis, pero la UCI y el TAD mantuvieron su decisión: Santi Pérez fue sancionado dos años.

Un par de años después comenzó la Operación Puerto en España y Santi Pérez fue identificado por la Guardia Civil como uno de los posibles clientes del doctor Eufemiano Fuentes. Como Alejandro Valverde, Óscar Sevilla, Francisco Mancebo, Tyler Hamilton y muchos más en un caso en el que las instituciones deportivas españolas se conjugaron para dificultar la investigación judicial, que quedó en nada por desgracia. La situación de descrédito del ciclismo, que se agravaría años después con los casos de Armstrong, Ulrich, Zulle, Beloki, Alberto Contador, Virenque y prácticamente todo el pelotón internacional, hizo que muchos nos desengancháramos del ciclismo. Algo parecido a lo que nos está pasando con el podridísimo mundo del fútbol.

Santi Pérez siempre reclamó su inocencia, le dieron la razón en uno de sus dos recursos y no tuvo ninguna sanción deportiva por su supuesta implicación en la Operación Puerto. Volvió al ciclismo casi por la puerta de atrás, en un equipo con varios de los «renegados» y apartados del pelotón (Mancebo, Vicioso, Sevilla, Hruska), pero no volvió a tener resultados destacables. Cada vez que he leído una entrevista suya, y se ha prodigado poco, he sentido cierta lástima, la pena de un amante del ciclismo que se sintió maltratado por los que lo ayudaron a subir. Si alguien quiere saber mi opinión sobre el dopaje en aquellos años de principios del siglo y la pureza de algunos corredores, solo tiene que mirar la lista de los primeros clasificados en aquellos Tour de Francia: ¿a partir de qué posición debemos creer que corrían «limpios»?

Santi Pérez se retiró en 2011 y continuó ligado al ciclismo. Fundó una escuela que lleva su nombre en Asturias y fue nombrado seleccionador asturiano de ciclismo. Muy ocasionalmente lo vemos en alguna actividad de divulgación sobre el deporte de las dos ruedas. Su desaparición de la escena fue tan veloz como su irrupción en aquella memorable Vuelta de 2004.

Anteriores:

I. Antonio Peñalver y Claudia Wells.

II. Antonio Hernández Mancha y Pedro Maestre.

De Audrey sí, de Holly…

Hace un par de semanas estuve en los veranos de cine (o en los cines de verano) que organiza el Ayuntamiento de Madrid y tuvimos la suerte de ver Desayuno con diamantes. O Breakfast at Tiffany’s en el original. Se me ocurren pocas ocasiones en las que una marca comercial aparece en el propio título. La reciente Air, las Lego películas, esas cosas de la Barbie o Mario Bros, Tetris o aquella en la que los vestidos también eran el principal atractivo para sus espectadoras, El diablo viste de Prada. La programación que se ofrece cada noche en estos veranos de cine es interesante y no deja de ser una suerte poder ver clásicos de la historia del cine en versión original y en pantalla gigante (Ladrón de bicicletas, La naranja mecánica, Cantando bajo la lluvia, Blade Runner o Pulp Fiction, por ejemplo). Algo que se perdió con el fin de las programaciones dobles en sesión continua. Una pena. Lo único que no me gustó de la experiencia fueron las butacas, un tanto incómodas, pero sobre esto volveré al final.

Hacía mucho tiempo que no veía Desayuno con diamantes y la recordaba un poco como esta última vez: sin grandes entusiasmos. ¡Claro que puedo disfrutarla!, por supuesto que se deja ver con agrado, pero está lejos de situarse entre mis favoritas de los clásicos de los sesenta. En esta ocasión traté de verla con otros ojos, intenté descubrir cómo Blake Edwards (director), George Axelrod (guionista) y los productores habían podido eludir una censura que en aquellos tiempos mutilaba películas por su estricta aplicación del Código Hays. Porque la Holly Golightly de la novela de Truman Capote es mucho menos ambigua, al menos en lo relativo a su profesión, que la de la obra de Edwards. La dama de compañía o escort que la pluma de Capote había creado se convierte en la versión de Hollywood en poco más que una chica alegre amante del lujo y de las compañías que se lo pueden procurar. Holly camina siempre en el filo de lo que intuimos que es, que apenas se deja entrever, pero sin mostrar mucho más que unos servicios poco claros por los que percibía cincuenta dólares. Me resultó cachondo leer los subtítulos en castellano, pues la traducción «el tocador de señoras» tiene unas connotaciones literales seguramente mucho más directas que lo que los censores españoles podrían prever.

Cada vez que he hablado con alguien de esta película y le he dicho que no me gusta demasiado, que Holly me resulta irritante por momentos, que me desconcierta o me pondría histérico en el papel de Paul Varjak (George Peppard), me han contestado:

  • Pero ella está guapísima.

Y sí, claro que lo está. Audrey Hepburn es el glamour hecho mujer, es elegante, atractiva, resulta refinada, interesante, conmovedora en su fragilidad, lo que quieras. Pero todo eso era Audrey Hepburn, no tanto Holly Golightly. Entiendo a esos actores maduros que se enamoraban de ella, al menos sus personajes, en sus obras más conocidas: Gregory Peck en Vacaciones en Roma, Humphrey Bogart en Sabrina, Gary Cooper en Ariane, Rex Harrison en My fair lady, Fred Astaire en Cara de ángel, Cary Grant en Charada… incluso Sean Connery en aquellos últimos años de Robin y Marian. Audrey Hepburn parecía pedir un abrazo en cada escena del mismo modo que el gato sin nombre de la propia Holly.

La manera de evitar la censura fue convertir el personaje de George Peppard de manera descarada en un gigoló en la primera versión del guion. Aumentaron las escenas sexuales y los diálogos con su «mecenas» para que los censores se entretuvieran tachando esas partes y cuestionando al personaje, y de ese modo, el proceder de la dama de compañía Mrs. Holly Golightly pasó casi desapercibido. Algunas referencias son poco explícitas, si bien las más claras quedaron en el personajes de Peppard. Holly parece una chica frívola, al menos en apariencia, de cara a todos esos bobos millonarios que babean a su lado, si bien cuando se queda a solas, o con el vecino escritor, muestra todo su desamparo, la necesidad de huir de su pasado, la depresión o la preocupación por su hermano. Utiliza el ruido de las fiestas para no quedarse a solas con el silencio y sus pensamientos. O camina hacia Tiffany’s porque es el refugio en el que nada malo puede pasar, como suelta en un momento dado.

La historia de Lula Mae Barnes y su boda con el ranchero cuando solo era una cría adolescente resulta desoladora, y quizás sea entonces cuando uno siente toda la necesidad de dar a Holly ese abrazo de amigo que su personaje se pasa solicitando toda la película. Ahí se acaba esa alegría del filme, la aparente despreocupación, y se lanza hacia la huida que Peppard entiende que Holly necesita. Aunque Truman Capote no lo reconoció abiertamente, este personaje se basó en la madre del propio Capote, quien los abandonó cuando el escritor tenía cinco años. Lo dejó al cuidado de su tía en Alabama y se mudó a Nueva York para alcanzar un sueño que creía merecer. Por cierto, se llamaba Lillie Mae, pero debe ser una mera coincidencia si atendemos a diversas explicaciones del autor sobre el origen del personaje. Capote creó su personaje tomando un poco de aquí (su amiga Carol Marcus, habitual del paseo frente al escaparate de Tiffany’s para desayunar), otro poco de allá (Doris Lilly, como explicó en un libro) y lo mezcló con ideas de otras como Gloria Vanderbilt o Joan McCracken, una bailarina excéntrica que compartió amante con Capote, Jack Dunphy. El propio Capote tenía mucho de Holly, sabía lo que era sentir el desamparo y las inseguridades en primera persona.

A Truman Capote le horrorizó la película, siempre la detestó por todo lo que Hollywood había modificado de su argumento original. Se suprimieron las referencias a la bisexualidad de Holly, al consumo de drogas o al aborto de la protagonista, pero por encima de todo odió dos cosas: el final y la elección de Audrey Hepburn. Un final feliz tras las dos horas previas es absurdo, inverosímil. Pero es el que Hollywood demandaba entonces y lo sigue haciendo en el noventa y nueve por ciento de las películas. El final de la novela era el lógico: Holly vuela, huye de la Gran Manzana, y el escritor Varjak supone que habrá encontrado su lugar en el mundo, o al menos la paz interior que no podía encontrar con el tipo de vida disoluta que llevaba.

En cuanto a la actriz escogida para el papel, Truman Capote afirmó que es «el peor error de casting que he visto nunca. Me dieron ganas de vomitar». Capote quería a Marilyn Monroe, quien por entonces contaba con tres años más de edad que Audrey Hepburn. No la he visto nunca en ese papel. Puede no gustarme la película, pero estoy seguro de que con Marilyn no habría mejorado. La vulnerabilidad, la aparente independencia (que en el fondo esconde un deseo de seguridad y, quizás, dependencia), la fragilidad, la sencillez de Holly encajan como un guante en la piel de Audrey Hepburn. No veo esas características en Marilyn, la voluptuosa, el cañón sexual, el icono más sexy de aquellos años sesenta, el pibón por el que babean Jack Lemmon, Tony Curtis, Joseph Cotten, los moscones de Los caballeros las prefieren rubias o el propio Arthur Miller.

Audrey Hepburn era maravillosa, claro que sí. Hay pocas imágenes tan míticas como la de su interpretación de Moonriver en el marco de la ventana. Pero a mí personalmente, Holly me irrita tanto como a su vecino japonés de los pisos superiores, ese Mr. Yunioshi interpretado de manera ridícula por Mickey Rooney (¿quién o cuánto convencerían al actor para aceptar ese papel?).

No recuerdo quién fue el crítico cinematográfico que dijo que su culo era quien le marcaba la calidad de la película que estaba viendo. Si la peli lo absorbía, si le estaba encantando, si la estaba disfrutando, ni lo sentía. Pero como la peli fuera un truño, sus posaderas empezaban a molestarlo, a buscar otra posición, a dormirse. A pedir el final. Debía quedar media hora de Breakfast at Tiffany’s y a mí ya me daba igual el gato perdido, el estirado brasileño ese que no necesitaba interpretar José Luis de Vilallonga, el mafioso italiano o el escritor frustrado, no creo que fuera solo por la incomodidad de mis asientos: mi culo me hizo cambiar varias veces de postura.