LaLiga (II): el declive económico y deportivo

La primera parte de esta doble entrega, (in)sostenibilidad financiera y austericidio, se centraba en el panorama futbolístico europeo tras el parón Covid desde un punto de vista financiero, con la mejora de las cifras de ingresos de los clubes por asistencia a los estadios, derechos de televisión y merchandising, analizando en detalle las cifras de las principales ligas europeas y de la Premier en particular, de acuerdo con el Informe de Deloitte sobre las finanzas del fútbol. La aparente buena salud económica de los clubes ingleses, como se veía por las abultadas pérdidas, es solo eso: aparente. Unas pérdidas continuadas de esos volúmenes (1.000 millones de euros anuales entre la primera y la segunda) no son sostenibles, por mucho que sigan llegando inversores dispuestos a desembolsar ingentes cantidades de capital.

En esta segunda parte nos centraremos en la situación de LaLiga española, que, como veíamos, es ahora mismo la sexta en el mercado de fichajes tras la Premier, la Serie A italiana, la Ligue1 francesa, la Bundesliga alemana y la todopoderosa Saudi Pro League de Arabia. El campeonato español ha perdido puestos en Europa, en un ciclo perverso que se retroalimenta en el que la mala situación económica lleva a peores resultados deportivos, y los resultados deportivos suponen menos ingresos por premios, repartos de televisión e ingresos accesorios. ¿Y qué ha hecho LaLiga o qué se ha hecho mal en España para haber caído varios puestos?

Me remito al Informe económico financiero de LaLiga, publicado en abril de este mismo año. Como los clubes cierran sus ejercicios de cuentas en junio, los datos a los que se refiere el informe son de la temporada 2021-22, la primera tras el parón de la pandemia, y las cifras generales muestran una recuperación tras dos temporadas muy complicadas para todos los clubes españoles. El Informe comienza con una carta de su presidente Javier Tebas. Los mensajes que lanza son, como casi todo lo que hace, tan exagerados y obsesivos en algunas de sus afirmaciones, que pierde la razón en aquellos asuntos que se han gestionado de manera acertada:

  • Comienza alabando el esfuerzo de contención de los clubes tras la pandemia (¿de todos, D. Javier?) y el control realizado por los mismos en el mercado de jugadores, tanto en traspasos como en salarios, al contrario de lo que han hecho otras ligas europeas.
  • Celebra la mejora obtenida en la venta de los derechos de televisión, una de las principales fuentes de ingresos de los clubes, como así lo reconoce el Informe The European Club Footballing Landscape publicado por la UEFA unos pocos meses antes. Dejo aquí algunos cuadros interesantes del informe, si bien, me parece una ironía destacable que su portada parezca más la salida de una cueva que la del vestuario de los jugadores al terreno de juego.
  • Destaca el Plan Impulso alcanzado con el fondo CVC al que se han suscrito 38 de los 42 clubes de LaLiga (todos menos el Real Madrid, Barcelona, Athletic de Bilbao e Ibiza), que no es otra cosa que una venta del diez por ciento de los derechos de televisión de los próximos cincuenta años a un fondo especulativo. Tebas afirma que «esta operación no tiene como finalidad contrarrestar los efectos inmediatos de la pandemia, sino sobre todo crear las condiciones para propiciar un mayor crecimiento rentable de la competición española a largo plazo». El caso es que la operación es cara (de ahí que no la firmaran los clubes que entendían que había alternativas más favorables), drena recursos de los clubes, obliga a destinar una parte importante del ingreso a la mejora de sus instalaciones (con lo que estoy totalmente de acuerdo) y reduce la dedicada a potenciales incorporaciones de jugadores.
  • Se extiende en los ingresos por la venta de otras nuevas líneas de negocio de LaLiga, activos digitales fundamentalmente, que supusieron 150 millones de euros para las arcas de la entidad, así como la inauguración del Museo Legends – Home of Football. Como ya dije en la charla con Kollins, a mí me interesa el fútbol, el deporte en sí, y muy poco estos añadidos en forma de aplicaciones, juegos, interacciones con gente que está en la India o Ecuador, pero LaLiga hace bien en explotar esta posible fuente de ingresos.
  • Hay un párrafo en el que Tebas alaba el control económico de las ligas alemana y española, en contraposición con la normativa muy laxa de Francia, Italia y sobre todo Inglaterra, donde «el propio Gobierno británico anunciaba la creación de un organismo independiente supervisor del Control Económico en el fútbol profesional inglés, justificándolo por su preocupación de que el crecimiento desbordado de la actividad en aquel mercado es marcadamente deficitario y está alarmantemente sostenido por las aportaciones sistemáticas de recursos de sus propietarios». Este cuadro sobre las aportaciones de capital de algunos clubes europeos figura en el informe de la UEFA:
  • Y después de este acierto de Tebas, pues sus denuncias no se limitan a este informe, sino que las ha expuesto ante la UEFA (la última, al PSG), al presidente de LaLiga le sale toda su rabia ante los clubes que no pasan por su aro (Real Madrid y Barça), a los que pide más generosidad con el Plan Impulso, y se despacha contra ellos porque «estas entidades persisten en su idea de poner en marcha la autodenominada Superliga, un proyecto que consumaría el mayor ataque directo que se haya perpetrado contra el modelo del fútbol profesional europeo en su historia, y que amenaza con dinamitar la viabilidad, incluso la propia existencia, del resto de Clubes que quedarían excluidos de la misma». Qué mal ha envejecido este párrafo de hace apenas cuatro meses. La Superliga es la solución frente a Arabia Saudí y los fondos podridos de petrodólares inyectados con patrocinios inflados en la Premier. La Superliga no atacaría las ligas nacionales y podría ser un escudo frente a una liga árabe que se ha llevado en cuestión de meses a Neymar, Cristiano, Benzema, Mané, Mahrez, Kanté, Fabinho, Koulibaly, Fofana, Brozovic…
  • Concluye con «el fantasma de la irresponsabilidad», carga de nuevo contra la Superliga, «a veces se oculta en la máscara del egoísmo y la insolidaridad», y contra los clubes-estado, «estas entidades son en realidad verdaderos zombies, dopadas sistemáticamente a base de inmensas ampliaciones de capital por parte de sus propietarios, que permiten momentáneamente enmascarar su verdadera situación».

Coincido con muchas de las afirmaciones realizadas por Javier Tebas en su exposición. El control económico de LaLiga ha sido por lo general acertado (dejo aquí unos interesantes análisis de Juan Ignacio Muñoz y Álvaro Martin Gallego sobre el cálculo del límite salarial, la regla del 4×1 o el 2×1) y basta con comparar la situación de deudas con la Agencia Tributaria y la Seguridad Social no hace tantos años.

Se han hecho excepciones con el Barça, como en su día para que pudieran mantener a Leo Messi, con información privilegiada sobre CVC, o relajando las normas financieras. Normal, cuando Mediapro pone la pasta a LaLiga y su presidente es avalista del Barça, poseedor de las imágenes e inversor en palancas pseudoficticias, pero no vayan a pensar en conflictos de intereses. Sin embargo, no comparto con él que se haya realizado una buena gestión en la venta del producto. Y hablo más en términos de imagen o de reputación que en los ingresos por la venta de derechos de emisión, porque es un éxito haber logrado una venta superior a la de Alemania o Italia, países con mayor población y renta per cápita. La reputación es importante en el medio y largo plazo, y ojalá me equivoque, pero me temo que en futuros ejercicios costará mantener la posición actual y es muy posible que se sigan perdiendo posiciones.

El fútbol mueve el 1,37 por ciento del PIB español, genera 185.000 empleos, movilizó a casi 15 millones de personas a los estadios y se estima que tuvo una audiencia mundial de 2.800 millones de espectadores. Es una industria importante para la economía nacional, entonces, ¿qué falla, si es que falla algo? ¿Por qué Sevilla, Valencia, Atlético de Madrid, Villarreal y tantos otros equipos dan la sensación de estar más cerca de echar el cierre que de ser capaces de potenciar el campeonato? Aquí dejo algunas de «mis» razones como aficionado, y ojo, que son mías y seguramente esté equivocado (sé que no soy parcial por mi doble condición de aficionado y madridista):

  • La pérdida de credibilidad del campeonato. No puede ser que salte un escándalo como el de los pagos a Negreira por parte del Barça durante al menos 17 años y todas las instituciones deportivas miren hacia otro lado. El presidente de LaLiga tardó menos de un día en decir que no podía hacer nada. No puede ser que el Comité Técnico de Árbitros mantenga a un tipo como Medina Cantalejo («Cantadelejos»), pringado hasta el cuello y sus Rólex, como si aquí no hubiera pasado nada y el arbitraje fuera un remanso de honorabilidad. No puede ser que haya una desconfianza como la actual sobre el sistema del VAR y los tipos que lo manejan (recordad Las rayas del VAR). No puede ser que el redactor de la Ley del Deporte que consintió la prescripción de los supuestos delitos fuera vicepresidente del Barça apenas unos meses antes. No puede ser que las imágenes de LaLiga, y por tanto, el relato manipulado que se ofrece, sean controladas por un socio y avalista del Barça. No puede ser que LaLiga inyecte millones de euros en publicidad en los medios de comunicación para contar con una prensa dócil y acrítica. La pérdida de credibilidad del campeonato italiano tras el Moggigate o el Calciopoli fue lo que provocó la caída de ingresos por patrocinios y la reducción de asistencia a los estadios. Algo parecido al descrédito del Tour de Francia, cuya recuperación ha costado años.
  • Hay que mejorar la venta del producto. Y eso no se logra con cámaras en los vestuarios, que podría tener un interés puntual, sino con transparencia. En la toma de decisiones arbitrales, por ejemplo. Con las conversaciones entre el árbitro de campo y los del VAR, como hemos visto recientemente en Francia o esta misma mañana en la final del Mundial femenino (¡enhorabuena a las nuestras, por cierto!). Transparencia con los criterios y aquí ya he hablado varias veces del doble rasero o el Reglamento particular para uno («casualmente», para el paganini). Transparencia en la designación de los árbitros para cada partido o en la fijación del calendario (teóricamente LaLiga utiliza un desarrollo con Inteligencia Artificial, pero algunas franjas horarias para algunos clubes resultan sospechosas).
  • Mejorar el espectáculo sobre el terreno de juego. Hay días que ver un partido de LaLiga española es un dolor de muelas. Sin ritmo, con constantes interrupciones, con leñazos consentidos, con perdidas de tiempo que se consienten, con protestas reiteradas… Mejorar el Reglamento y su implantación. Con instrucciones concretas, y ya sé que los árbitros no dependen de LaLiga, sino de Rubiales y la Federación, pero es una tarea de todos los organismos deportivos.

  • La labor de los medios de comunicación. Que los Movistar, Marca, As, Mundo Deportivo, Sport, GolTV, etc. regalen tanto tiempo a los Raíllo, Maffeo, Iván Alejo, Chimy Ávila, etc. por su «intensidad», y que no protejan a los «peloteros» de verdad, logrará que esto se convierta en una liga de macarras y no de artistas del balón. Por si esto fuera poco, la prensa deportiva se ha convertido en un Salsa Rosa de cotilleos, rumores, inventos y exageraciones que no van a ningún lado bueno.
  • El enfrentamiento de Tebas con el Real Madrid, no utilizar los mejores activos de marca. El Real Madrid es la institución más prestigiosa del mundo del fútbol a nivel mundial, campeón de cinco Champions en nueve años. Incluso el Barça es reconocido en todas partes. Y sin embargo los medios, esos mismos financiados por LaLiga para promocionar temas insustanciales, en lugar de vender una rivalidad sana, una competencia de la que se benefician ambos (la época Cristiano-Messi es su máximo exponente), se empeñan en transmitir una imagen infantil de Barça-jogo bonito-pureza-cantera, Madrid-malo-Franco-cartera, que, aparte de ser mentira, es demencial para el producto. Aquí dejo algunas imágenes elegidas a modo de versión orwelliana de asociación de imágenes al Mal absoluto (da igual que algunos jugadores no hayan vestido nunca la camiseta del Madrid, o menos de un diez por ciento de sus carreras, o no tengan nada que ver con el hecho luctuoso, es terrible, pero pasa continuamente):
  • Reducir el número de equipos. Sé que es políticamente incorrecto decirlo, pero no hay lugar para 20 clubes en Primera División, ni siquiera creo que deban ser 18. En un calendario tan cargado como el actual, con competiciones absurdas o amistosos de selecciones, habría que reducir el número de jornadas ligueras. 16 equipos, 30 jornadas. Esa es mi propuesta. No lo veré nunca. Se da la circunstancia, además, de que hay un montón de partidos intrascendentes en los últimos meses del campeonato para aquellos equipos descolgados de las competiciones europeas y alejados del descenso. Reduzcan el número de equipos, aumenten el interés de todos los partidos.

  • El peso de los derechos de televisión sobre el total de ingresos. Hay equipos que se han acostumbrado a vivir de los ingresos de televisión y no puede ser. Mas del 75 por ciento de sus ingresos en algún caso. Sus dirigentes no se plantean nada diferente en mejora de la cantera para futuros traspasos, en renovación de sus instalaciones y los ingresos los días de partido, en incrementar la venta de productos o ampliarlos… Nada, se limitan a extender la mano para cobrar el cheque y sobrevivir en Primera. Porque en Segunda los ingresos por esta partida caen drásticamente. Y cuando la diferencia es tan grande y hay tanto dinero en juego, el fantasma del amaño o la compra de partidos acecha.
  • La entrada de inversos extranjeros. ¿Sí o no, Javier Tebas? Las experiencias actuales no han sido buenas (Peter Lim en el Valencia, Al Thani en el Málaga, por ejemplo), pero, ¿se cierra la puerta a otros como Turki Al-Sheikh en el Almería? El jeque tiene una fortuna estimada de 2.000 millones de euros, compró el club, canceló sus deudas, invirtió para subirlo y mantenerlo en Primera… ¿se le cierran las puertas? Javier Tebas argumentó que los patrocinios esperados por el club estaban inflados, pero no ha dicho lo mismo de operaciones dudosas como Barça Studios, por ejemplo, cuyo dinero no ha aparecido por ningún lado. Desconozco qué se pretende hacer, al margen de protestar en la UEFA ante el descontrol de otras ligas.
  • La mejora de los estadios y los ingresos matchday, que dicen en Inglaterra, o fuera del matchday, añadiría yo. Me gusta la presentación que ha realizado el Betis, por ejemplo. El Plan Impulso tiene entre sus objetivos esa mejora (y hasta se promociona con una foto del Bernabéu, donde, curiosamente, no ha llegado un euro de CVC), pero es una mejora a largo plazo, que espero que no llegue muy tarde. Y ya puestos, es imperdonable un patatal como el que se vio ayer en Almería, ¿habría que sancionar a los equipos que presenten un terreno de juego impracticable?

En definitiva, hay mucho por trabajo por hacer. Depurar toda la mierda pasada, que hay mucha, y construir un futuro que sea sostenible desde un punto de vista financiero, que, a la larga, lo será también a nivel competitivo.

De todos estos asuntos y alguno más tratamos en el canal de Kollins:

LaLiga (I): (in)sostenibilidad financiera y austericidio

Este fin de semana comienza la Liga 2023-24, y al igual que hace un año dije que corrían “malos tiempos para LaLiga”, los actuales tienen pinta de ser mucho peores, si cabe. Alfredo Relaño, director durante muchos años del diario As, se despachaba el domingo pasado con un artículo en el que decía que “a La Liga se le caen muchos cromos”, porque es un campeonato que no podía competir ahora mismo en fichajes con la Premier (nadie está en disposición de hacerlo), pero tampoco con la Serie A italiana, la Ligue 1 francesa, la Bundesliga, y lo más sangrante, la Saudi Pro League (en la fecha del artículo):

  • Premier League: 1.370 mill.
  • Serie A Italiana: 549 mill.
  • Ligue 1 francesa: 475 mill.
  • Bundesliga alemana: 451 mill.
  • Saudi Pro League: 409 mill.
  • LaLiga española: 254 mill.

De esos 254 millones invertidos en fichajes, el cuarenta por ciento se lo lleva un solo jugador, Jude Bellingham, tras el traspaso pagado por el Real Madrid. Ya no es que los equipos españoles no puedan fichar, es que solo han podido inscribir a 55 de los 90 fichajes (información del jueves) y alguno va a tener dificultades para hacerlo en estas primeras jornadas. A todo eso se suma la sensación de preconcurso de muchos clubes, la necesidad de ventas premeditadas, las cutreces de tantos y tantos dirigentes (mención especial a las Finanzas ridiculés),… Jugadores interesantes de nuestra liga, con destacadas actuaciones individuales, han tenido que emigrar a otras competiciones: Pau Torres y Jackson (Villarreal) a la Premier, Chukweze y El Bilal a Italia, Kondogbia y Dembélé a la Ligue 1 francesa… Lo que no esperaba ver era que uno de los mejores centrocampistas de la temporada pasada, Sergio Canales, terminara en la liga mexicana (Rayados de Monterrey) por 15 millones de euros. Y además está la sensación de que, si pudieran, si llegaran buenas ofertas, los clubes se desprenderían de “lastre” salarial: Morata, Joao Félix, Saúl, Christensen, Kessié… o media plantilla del Sevilla, Valencia, Betis o Getafe.

Alfredo Relaño finaliza su artículo con una velada queja al tratamiento fiscal de los salarios de los futbolistas en España, lo que convierte nuestro campeonato en menos competitivo, y termina hablando del exitoso (en pasado) plan de austeridad de LaLiga, pero advierte que hoy podría convertirse en “austericidio”.  No pide abiertamente una relajación de las normas, lo que favorecería de nuevo a los infractores de los últimos ejercicios (con el Barça, como siempre, en cabeza), pero sí dice que “LaLiga ha podido llegar a ser cosa de tres, incluso de dos, pero lo que no puede ser es cosa de uno”. Yo creo que lo está pidiendo de manera cobarde: ayuden al Barça, al Atleti y al resto de clubes. Al Madrid no, que lo ha gestionado bien.

Hace dos meses se publicó el informe Annual Review of Football Finance 2023, realizado por la prestigiosa empresa de auditoría Deloitte. El Informe se basa en la temporada 2021-22, la primera post-covid, por tanto, sus comparaciones con el ejercicio anterior tienen que ser favorables por fuerza. El informe habla de la buena salud en general del fútbol, del aumento del interés entre los aficionados, de la recuperación de los datos económicos y de los balances de los clubes por la vuelta a los estadios, del incremento de los derechos de televisión,… Pero algunas cifras son cualquier cosa menos positivas, o al menos tranquilizadoras. El informe es interesante para comparar datos entre los distintos campeonatos. Se aprecia una distancia considerable y creciente entre las cinco grandes ligas y el resto de las competiciones europeas:

Del mismo modo que se incrementa la distancia entre la Premier y las otras cuatro grandes ligas (ESP, ITA, ALE, FRA). Es una pena que España no supiera aprovechar ese lustro de dominio europeo (2014-18), o esa década de rivalidad de los dos mejores jugadores del mundo (Messi y Cristiano) en dos de los clubes más mediáticos del mundo.

En cuanto al tamaño de los campeonatos y de qué manera se generan los ingresos, también se aprecian algunas diferencias significativas. La media de ingresos de un club de la Premier es de 322 millones, mientras que en LaLiga española ronda la mitad de esa cifra (164 mill.), por debajo de la Bundesliga (175 mill.), pero muy por encima de las ligas italiana (117 mill.) o francesa (101 mill.). También es cierto que las cifras de los clubes españoles están «contaminadas» por el peso de los dos grandes clubes, Real Madrid y Barça, como veremos en la segunda parte.

La temporada analizada muestra un récord de asistencia a los estadios de la Premier League. Los big six ingleses (Liverpool, Tottenham, Arsenal, Chelsea, Manchester United y Cuty) continúan copando el mercado, pero hay una mejoría notable de las cifras de otros clubes por la llegada de inversores potentes, como el fondo de Arabia Saudí al Newcastle. A los seis les va muy bien de esta manera, o así deben considerar sus gerentes, y por ese motivo se salieron con celeridad y cobardía de la Superliga (por cierto, se ha vuelto a retrasar la sentencia sobre su creación).

El siguiente apartado del informe trata sobre la sostenibilidad financiera de los clubes ingleses, que está en duda, y realiza una comparación con la situación en otros países. El informe habla de la necesidad de implantar fuertes medidas de control para gestionar uno de los principales activos exportadores de Inglaterra (literalmente, “one of the country’s greatest exports”), y en esa línea el gobierno inglés ha aprobado la creación de una autoridad independiente para controlar las finanzas del mundo del fútbol, la IREF (Independent Regulator for English Football). En este punto soy muy escéptico cuando Deloitte se refiere a los propietarios de los clubes y a la preocupación mostrada por la sostenibilidad de los mismos con sus propios ingresos. Abu Dábi, Catar, Arabia Saudí, en su día Abramóvich… no veo mucha preocupación por seguir inflando los patrocinios.

El apartado The next signing transformation of football explica la generación de nuevos ingresos para los clubes, con la explotación de posibles nuevas líneas de negocios. Algunos son muy claros, ya existentes, como el nombre de los estadios o nuevas formas de patrocinio, y otras son incógnitas: aplicaciones de móvil, generación de contenido adicional en redes sociales y otras plataformas, activos digitales, NFT, metaverso… Yo soy de otra generación y solo me interesa el juego en sí, el deporte, con un Reglamento que debería cambiar y en el que se debería suprimir todo aquello que hace que termine odiándolo. Particularmente, yo no veo ningún interés a estas formas de explotación, pero es posible que varias de esas fórmulas funcionen en el medio plazo. De momento, aunque no genere ingresos reales, al Barça le ha servido su división de activos digitales para inscribir los fichajes de la temporada 2022-23, y va a revender los mismos para los de la 2023-24 (que Tebas y el resto de clubes traguen con esto es parte de la «manga ancha» que Relaño solicitaba). Un tocomocho que estallará cualquier día, pero que le valió, entre otras cosas, para ganar la pasada Liga:

El informe continúa con un detalle de la Nueva regulación de la UEFA. Me tengo que reír cuando leo que se espera que la introducción gradual de la regulación sobre Sostenibilidad Financiera (UEFA’s Financial Sustainability Regulations from 2022/23) promoverá que los clubes (y hace referencia expresa a los fondos propietarios) sean más sostenibles en el futuro. Lo dice Ceferin, quien va de la mano en todo con Al-Khelaifi. Por cierto, seguimos sin ver sanciones (salvo algún lavado de cara ridículo) al Paris Saint Germain, el Chelsea o el City por sus reiterados incumplimientos. El Informe reserva un apartado al trabajo realizado por la Saudi Pro League y cómo los fichajes han traído un notable incremento de asistencia, de número de seguidores en Instagram o que los derechos de emisión hayan sido vendidos a 36 países…

Quizás la parte más interesante del informe esté en todo lo referido a la situación de los clubes de la Premier League. Entre la primera y la segunda división, los equipos ingleses han perdido más de 1.000 millones de euros, pese al poderío que han mostrado en Europa en los últimos tiempos. La preocupación del gobierno hizo que en febrero de este mismo año se publicara el White Paper por “Un futuro sostenible – La reforma de la gobernanza de los clubes de fútbol”, donde se insiste en la creación de esa autoridad independiente que controle las finanzas del fútbol. Hay una parte que me recuerda a tiempos pasados en nuestra Liga (el famoso no-descenso de Sevilla y Celta, por ejemplo), que es lo referido a que las autoridades son conscientes de las especificidades del fútbol,cuáles son sus grupos de interés (aficionados, espectadores y espónsores), y que todos ellos se rigen por unas reglas algo diferentes a las de una empresa. La propuesta de Deloitte sobre gobernanza en los clubes hace referencia a una profesionalización de la gestión: definición de los objetivos, la adaptación a las nuevas necesidades sociales (inclusión, diversidad, medio ambiente, tengo dudas de que estén en la mente de los gestores del negocio…), la monitorización de ratios, el control de riesgos en la toma de decisiones y la planificación estratégica.

Al final, los aficionados de un club solo se preocupan de los éxitos deportivos, pero el deporte tiene ganadores y perdedores, y el informe menciona los riesgos de este tipo de gestión y algunos ejemplos, como el colapso financiero del Bury FC, o los episodios de racismo y sexismo en el rugby y el cricket (de eso sabemos mucho en España). La mala gestión de las finanzas de los clubes pueden conllevar la desaparición de clubes, del mismo modo que los riesgos reputacionales pueden suponer un abandono de los patrocinios. La implantación de un código de buenas prácticas traerá “long-term financial sustainability”. Mi duda es si existe la paciencia en el mundo del fútbol para mirar a largo plazo.

El big six genera entre el 66-76% de los ingresos totales los días de partido y por comercialización (sin derechos TV). La diferencia entre el sexto, Arsenal, y el séptimo, West Ham, es de 368 millones de libras frente a 255 mill., pero lo significativo es el peso de los salarios sobre el total de ingresos, un ratio que los clubes no deberían descuidar nunca (y lo hacen, vaya si lo hacen).

Los clubes de la Premier llevan 4 años seguidos dando pérdidas. El resultado operativo no incluye traspasos u otros ingresos y costes como “palancas”, amortizaciones de fichajes o de activos:

No copio aquí la parte del informe referida a la deuda porque no es concluyente al estar viciada por las inyecciones de capital de los nuevos propietarios (Chelsea, Newcastle), o los ya existentes (City). La mayor deuda que figura en los balances es la del Tottenham, vinculada a la construcción del nuevo estadio. Lo que sí me sorprendió fue la cifra de los clubes de la “segunda” división, pues entre todos palman otros 300 millones de libras:

Es insostenible. Se mire como se mire. En España se han hecho bastantes cosas bien, no hay más que comparar con la deuda que existía hace veinte años entre los clubes y la Seguridad Social o la Agencia Tributaria. De eso tratará la segunda parte. El ejercicio de contención se ha hecho, al menos la mayoría de clubes. Sería muy peligroso que se abriera de nuevo la mano por esas razones específicas del fútbol y por la irracionalidad de sus dirigentes y aficionados. Aunque ya se está haciendo. Con el Barça, como siempre. No debe ser casual que el escudo de LaLiga haya cambiado un balón por dos «palancas».

Por cierto, para los que me hablen de los fichajes del Madrid, del dineral invertido, etc., les dejo este cuadro de Maketo Lari (@maketolari) sobre el saldo neto en fichajes (compras menos traspasos) desde 2013. El Real Madrid no está en el top-20:

Una gestión eficiente y sostenible desde el punto de vista financiero… que no se premia.

Para ampliar estas y otras informaciones, mantuvimos una charla recientemente en el canal de Kollins:

¿Qué pasó con…? (II)

Josean – ¿Qué pasó con Antonio Hernández Mancha?

Lo de las mociones de censura que no van a ningún lado, como la surrealista con el profesor Tamames de este curso político, no son nada nuevo en las algo más de cuatro décadas que llevamos desde la aprobación de la Constitución del 78. Como tampoco es nuevo lo de esos jóvenes impetuosos a los que alguien hace creer que llegarán a presidentes del gobierno, como Albert Rivera o Pablo Casado. A mediados de los ochenta y tras varios batacazos electorales, los populares necesitaban renovar su imagen, alejarse de esa derecha franquista liderada por un exministro del Caudillo, Manuel Fraga Iribarne. En esas emergió la figura de un joven abogado nacido en Badajoz, pero que desarrolló toda su carrera en Andalucía, primero como abogado del Estado y luego como presidente regional de los populares. Antonio Hernández Mancha, de verbo fácil, lanzado, y sobre todo, alejado de los cánones tradicionales del partido (Alianza Popular por entonces). Numerosos medios del ala más conservadora necesitaban una figura que pudiese enfrentarse a los líderes socialistas, los andaluces Felipe González y Alfonso Guerra.

Antonio Hernández Mancha fue elegido presidente de los populares tras las primarias del partido en 1986. Se enfrentaba a un problema serio al no ser diputado y no poder debatir cara a cara con González en el Congreso (la misma dificultad que tenía Feijóo estos últimos meses, por cierto), así que, espoleado y seguramente mal aconsejado por varios de los más cercanos, no tuvo mejor idea que plantear una moción de censura a un Felipe González que contaba con mayoría absoluta en la cámara. El golpe de efecto no duró más de una o dos semanas, se celebró la moción, que fracasó de manera estrepitosa (solo 67 votos a favor) y el joven abogado “andaluz” desapareció de la escena casi con la misma celeridad con la que había sido ascendido.

Huyó de la política y volvió a su despacho de abogados. No supimos prácticamente nada de él hasta hace pocos años, en 2016, cuando fue llamado a un programa de LaSexta que en principio iba a hablar de algo parecido al objeto de este post, un ¿qué pasó con…? Lo que no esperaba era que en directo le plantearan su relación con “los papeles de Panamá” y por qué su nombre había aparecido en algunos de los listados de las personalidades relacionadas con el despacho Mossack-Fonseca. Lo vi removerse en el plató de una manera nerviosa, bastante incómodo (nos ha j…) y juró y perjuró que nunca había tenido nada que ver, ni tenía negocios en Panamá, ni mucho menos había utilizado sociedades opacas panameñas para blanquear capitales. Unos días después se defendió diciendo que habían falsificado su firma, que el Hernández Mancha de los papeles no era él, ni nadie relacionado con su bufete.

No encuentro noticias posteriores a la resolución de este caso y el propio Google te deja el mensaje de que hay enlaces que pueden haber sido eliminados a petición de los afectados por el derecho al olvido en Internet. Antonio Hernández Mancha fue consejero de Enagás desde 2014 a 2022, tiene ahora mismo 72 años de edad, está alejado de cualquier foco mediático, y (supongo) estará escarmentado del día que dio ese paso adelante y se lanzó a Madrid a intentar un imposible.

Lester – ¿Qué pasó con Pedro Maestre?

Tenía 23 años cuando firmé mi primer contrato con una editorial (La universidad me mata, Colección El Papagayo, Ed. Temas de Hoy). Para mí, que no había escrito nada ni medianamente serio en mi vida, aquello fue una sorpresa enorme. Entre aquella firma y la publicación del libro transcurrieron casi dos años (septiembre de 1995), tiempo durante el cual creí atisbar un interés de las editoriales por los autores jóvenes, interés del que quizás me beneficié sin saberlo (aunque mi libro era un “grandísimo” libro, todo hay que decirlo). En 1994, José Ángel Mañas quedó finalista del Premio Nadal por Historias del Kronen. Contaba entonces con solo 22 años. Un par de años más tarde, Pedro Maestre lograba el premio del certamen con Matando dinosaurios con tirachinas. Tenía 28 años de edad, todo un “talento joven” al que se le presuponía un gran futuro por delante.

Me compré un libro que recopilaba relatos de varios de esos autores jóvenes que despuntaban en los noventa. Se titulaba Páginas amarillas y el subtítulo era 38 autores de menos de 38 años. Los había de todo tipo: buenos, excelentes, de humor, “tragiquísimos”, rompedores, pseudotrascendentales y algunos, pocos, insufribles. Allí estaban Juan Bonilla, Juan Manuel de Prada, Antonio Orejudo, Martín Casariego y muchos otros cuya vida no siguió por el camino de las letras como seguramente esperaban (como yo mismo).

A mí particularmente no me entusiasmó la novela de Pedro Maestre, aunque reconozco el riesgo de la propuesta narrativa, escrita como un monólogo con frases cortantes, dirigido a su abuelo en segunda persona del singular, incómodo de leer a ratos, con pinta de pecar de ser demasiado autobiográfico… La vida de un licenciado de filología de 25 años en paro que vive en Alcoy contado por un tal Pedro Maestre que era licenciado en filología residente en la costa levantina y supongo que en las listas del paro cuando lo escribió. Un premio como el Nadal debe animar a escribir, a intentarlo, a querer asentarse en el complicado mundo editorial, pero no tuvo mucha suerte con sus dos siguientes novelas, Benidorm, Benidorm, Benidorm (1997) y Alféreces provisionales (1999), y quizás por eso lo último que supe de él durante mucho tiempo es que se dedicaba a la enseñanza.

De las últimas noticias que encuentro de este autor, es un artículo sobre la relación epistolar que mantuvo con Miguel Delibes, quien le aconsejó que no se dejara llevar por los premios, ni por los halagos, y que se mantuviera firme, constante, en esto de escribir.

“Pequeñas confesiones y consejos que me ayudaron mucho. Comentábamos lo que buscábamos en las novelas, como el paso de la infancia a la adolescencia que Delibes refleja en «El camino». Hablábamos de la verdad de los personajes, que no fueran de cartón piedra, y me daba muchos consejos. Porque la carrera de un escritor es como el río Guadiana: años que se ven, y años que trabajas duro, muy duro, y no se ven. No hay que parar nunca».

Pedro Maestre volvió a publicar una novela en 2006 (El libro que Sandra Gavrilich quería que le escribiera), y otros como el que suscribe estas palabras tuvimos que esperar más aún, hasta 2022 para volver a aparecer por las librerías.

¿Qué pasó con…? (I)

No recuerdo de qué programa se trataba porque hace tantos años que lo vi (y yo no tendría muchos más de diez o doce), que ni sé de dónde era. Se trataba de una sección de un programa con este mismo título, ¿Qué pasó con…? o Parece que fue ayer, quizás dentro del Fantástico de José María Íñigo, en la que se preguntaban qué había pasado con tal o cual personaje, con ese artista, deportista o simplemente famosos a tiempo parcial que habían desaparecido de la escena. El ¿Qué pasó con…? se convirtió en una especie de cara B de los quince minutos de fama que todo hijo de vecino merecía tener (Andy Warhol dixit). Y de eso va el post de hoy, que sospecho que no será el último con esta temática.

El reto de cada uno de los amiguetes consiste en buscar a alguien que viviera su momento de fama, puede que incluso de mucha fama, hace más de veinte o treinta años, y tratar de averiguar por qué derroteros llevó su vida. En muchas ocasiones seguro que fue bien, se alejó de los focos mediáticos y se dedicó a otra cosa, puede que más placentera. En otros casos quizás fueron dando tumbos o su talento no daba para mantenerse en la actualidad, que de todo habrá.

Barney –  ¿Qué pasó con Antonio Peñalver?

Muchas cosas nos sorprendieron durante los Juegos Olímpicos de Barcelona 92, y no ya la buena imagen de la ciudad y el país a nivel internacional, o las 22 medallas que cosecharon los nuestros, sino algunas de las especialidades en las que fueron obtenidas. El equipo de tiro con arco, el salto con pértiga, las judocas Miriam Blasco y Almudena Muñoz, el kilómetro lanzado de José Manuel Moreno… cada uno tendrá sus sorpresas, pero yo particularmente y para bien, me quedé “flipao” con la plata de Antonio Peñalver en decatlón.

El decatlón era una especialidad que nos encantaba a mis hermanos y a mí, no solo por el juego “generacional” del Spectrum, el Daley Thompson’s Decathlon, sino también porque en los veranos del pueblo competíamos en nuestro particular decatlón, con carreras, saltos, lanzamientos, vallas y prácticamente todas las pruebas menos el salto con pértiga.

Desconocíamos que en España hubiera algún decatleta relevante y en esas, llegan los Juegos de Barcelona, y aparece un murciano de 23 años que va pasando prueba a prueba con buenas marcas, en segunda posición, no fue lejos del checo Zmelik, ni muy separado de sus perseguidores. Antonio Peñalver tenía una planta espectacular: 1,93 de altura, 90 kilos de puro músculo, una bestia parda.

Recuerdo que eran los años en que Miguel Induráin comenzaba a arrasar en el Tour y algunos periodistas establecieron un paralelismo sobre los cambios del “deportista español” típico. Se acababa lo del españolito bajito y peleón, como Pedro Delgado, Antonio Prieto, Emilio Butragueño… El deportista español era como ese Fermín Cacho en la recta de los 1500 metros que miraba hacia atrás incrédulo, «he dejado a Morceli atrás, he dejado a Morceli atrás, seguro que me pilla», como un Luis Miguel Dominguín de la vida que no se creyera que se acababa de cepillar a Ava Gardner. Todos esos «complejos» hispanos terminaban, comenzaba la era de “Supermanes”: Induráin, Peñalver, Abraham Olano, Kiko Narváez… Tallos, portentos físicos y técnicos.

No supimos mucho más de Peñalver en los años posteriores. Volvió a competir en Atlanta en 1996, donde no pasó del noveno puesto y mantiene aún varias de las mejores marcas del atletismo nacional en su especialidad, pero su pico fue aquel verano del 92. ¿Qué pasó con él? No volví a saber de su existencia hasta que saltó el escándalo de abusos sexuales del entrenador Miguel Ángel Millán en 2016. Esta entrevista del diario El País resulta estremecedora para tratar de entender lo que ocurrió. El titular escogido ya te revuelve:

Una historia de abusos en la adolescencia, sometimiento, crisis de autoconfianza… Posteriormente llegaron las depresiones, el abandono de los entrenamientos y las lesiones. No tuvo una carrera destacable después de aquella plata. A decir verdad,  ni siquiera tuvo una carrera. Una lástima todo lo que cuenta. Con el tiempo se quedó en Murcia como entrenador, y ahora, con 54 años, parece una persona que no recuerda con ningún cariño aquella etapa de su vida. El Supermán que veíamos por la tele en el 92 era un chico roto por dentro. El Tribunal Supremo ratificó la condena de 15 años y seis meses a Millán en 2020.

Travis – ¿Qué pasó con la novia de Marty McFly?

Han pasado casi cuarenta años desde el estreno de Regreso al futuro, en 1985, y puedo proclamar sin miedo a equivocarme que esta película es uno de los tres o cuatro clásicos más recordados de los ochenta. En este mismo blog ha salido numerosas veces (El futuro ya está aquí, Ensayos de un futuro distópico, y por supuesto, el 21 de octubre de 2015) porque el clásico de Robert Zemeckis siempre parece actual, que no pasa de moda.

Aunque el protagonismo de toda la trama recae en Marty McFly (Michael J. Fox) y en Doc Brown (Christopher Lloyd), a mí me encantó la novia de Marty, Jennifer Parker, una hermosa joven llamada Claudia Wells… de la que no volví a saber. Los menos aficionados a la saga se preguntarán: “¿pero no salía la novia de Marty en la segunda y tercera entrega?”, y sí, claro que tenía un papel, pero habían cambiado a la actriz. Las secuelas se rodaron en 1989 y 1990, pero en ellas el papel recayó en una de esas jóvenes que quedó como “novia de” en los ochenta: Elizabeth Shue. La que fuera novia del primer Karate Kid y del hombre Cocktail, Tom Cruise. Elizabeth Shue también pareció aquejada por una especie de maldición que hizo que su carrera se perdiera por papeles irrelevantes, salvo quizás su papelón en Leaving Las Vegas, por el que fue candidata al Óscar.

¿Pero qué pasó con Claudia Wells? La razón que la llevó a alejarse del cine fue la enfermedad de su madre, un cáncer que duró varios años. Cuando el equipo de Zemeckis contactó con ella para las continuaciones, que se rodaron sin descanso, sin esperar ni siquiera al estreno de la segunda para afrontar la tercera, la actriz declinó el ofrecimiento porque estaba dedicada al cuidado de su madre. No podía afrontar los meses de separación que dos películas exigen. Y eso le honra. Según su página de IMDb, la gran base de datos de artistas, apenas hizo alguna aparición en capítulos sueltos de series hasta que prestó su voz en 2010 para un videojuego basado en una célebre película. ¿De verdad necesita alguien que le diga de qué película se trataba?

Continuará:

Josean – ¿Qué pasó con Antonio Hernández Mancha?

Lester – ¿Qué pasó con Pedro Maestre?

Mentiras, cambios de opinión, inexactitudes o ignorancia

Uno es honesto y sincero, mientras que los demás mienten, o al menos ese es el mensaje principal que nos han dejado los candidatos a la presidencia del gobierno durante las semanas previas a las elecciones del 23-J. Pocas veces como esta, las mentiras del rival han copado la campaña, lo que da una muestra del nivel de nuestra clase política y de la poca ilusión que sus propuestas de futuro transmiten a los votantes. De las mentiras de “Perro Sánchez” a “Fakejóo”, de “los manipuladores de Vox” a las “inexactitudes” de Sumar. Parece mentira, si se me permite la gracieta, porque “parece mentira” que en esta sociedad de la información se nos tenga más desinformados que nunca, lo cual es cualquier cosa menos casual.

La campaña comenzó con la entrevista que el presidente del gobierno concedió a Carlos Alsina, en la que el periodista le inquirió: “¿por qué nos ha mentido tanto?”. Y Pedro Sánchez contestó, con el cuajo que tiene acostumbrado y sin perder la compostura, que él no había mentido, solo había cambiado de opinión. Que asuntos en los que tenía una opinión (indultos, pactos, el delito de sedición o malversación, política fiscal…) había tenido que modificar sus planteamientos, pero que eso no era ninguna mentira. Recuerden algunos cambios de opinión resumidos en Sí se puede. Antes no se podía, pero ahora ya sí se puede. A la mañana siguiente, el propio Carlos Alsina detalló una serie de mentiras (y no cambios de opinión) que el presidente había tenido durante los años previos.

El candidato del Partido Popular Alberto Núñez Feijóo no se libró del escrutinio del mismo Carlos Alsina. Por mucho que el gallego dijera que se sometería a cualquier prueba o máquina de la verdad porque “a mí me importa mucho que no se diga de mí que miento”, Alsina le desgranó todas las mentiras que dijo el día del debate cara a cara frente a Pedro Sánchez. A raíz del debate, el equipo de campaña del PSOE pasó a cimentar su campaña en las mentiras de Feijóo, o “Fakejóo”, como circuló en redes sociales, y los asesores del PP pasaron a hablar de “inexactitudes”, de interpretaciones de los datos. Creo que el día que Feijóo afirmó de manera vehemente en Televisión Española que el PP “nunca dejó de revalorizar las pensiones conforme al IPC” estaba diciendo lo que él creía cierto o lo que le habían asesorado, luego no era tanto un problema de mentiras como de ignorancia. La propia periodista de la cadena pública, Silvia Intxaurrondo, trató de sacarlo de su error: “No lo hicieron en 2012, ni en 2013, ni en 2017”. Datos fácilmente contrastables, como todos aquellos en los que patinó Sánchez de manera reiterada durante el cara a cara. ¿Nos mienten o son muy malos? Yo creo que ambas cosas.

¿Mentía Santiago Abascal cuando reprochó a Sánchez que había sacado adelante la reforma laboral con un pacto con Bildu? No creo que lo hiciera a conciencia, simplemente no se preparan los temas, hablan para los suyos. Cuando Yolanda Díaz se empeña en hablar de las bondades de la reforma laboral mientras oculta el dato de los fijos discontinuos sin trabajo, ¿nos miente, nos da una información sesgada por su propio interés, o es que lo ignora? Cuando la misma cabeza de lista de Sumar suelta la mentira tan demagógica de que las grandes empresas pagan el tres por ciento de impuestos, ¿lo hace sabiendo que miente o es por mero desconocimiento? Por cierto, quien inició este bulo archirrepetido elección tras elección fue el ministro del Partido Popular Cristóbal Montoro. Montoro miente, escribí en su día, y lo dije con todas las letras porque, al contrario que muchos de los candidatos actuales, el exministro de Hacienda sí sabía de lo que hablaba.

A mí, como votante cabreado que no quiere dejar de votar, me molesta mucho. La mentira y la incompetencia. La manipulación y la ignorancia de aquellos en quienes supuestamente depositamos nuestra confianza. La semana del 23-J el diario El País publicó un artículo de Carmen Domingo titulado Ganar votos con mentiras. Obviando el sesgo del artículo, recuerda que gracias al PolitiFact, una organización sin ánimo de lucro para detectar fake news, supimos que el setenta por ciento de las afirmaciones realizadas por Donald Trump durante su campaña fueron falsas, pese a lo cual ganó, y pese a todo lo cual podría volver a hacerlo.

“Por desgracia, vivimos en un mundo en el que los políticos pueden desafiar los hechos, inventárselos incluso, y no pagar ningún precio político por hacerlo, consiguiendo desacreditar a la política al tiempo que la mentira acaba no solo cobrando mucha más importancia que la verdad, sino que se rentabiliza de mejor manera”. En la misma página de El País en la que se publica el artículo, se incluye otro de Soledad Alcaide, Defensora del Lector, sobre las críticas a Feijóo atribuidas por Xavier Vidal-Folch a la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen.

Cada uno barre para su casa, y pese a los desmentidos raudos y categóricos de la propia Comisión Europea y su gabinete, negando dichas palabras, para el periódico aquello fue «Una afirmación delicada sin contrastar». Otro modo de llamarlo. La “futbolización” de la política: los míos siempre dicen la vedad, aunque mientan, y los otros siempre mienten, aunque sus datos sean veraces. Una pena.

Como fue una pena comprobar a eso de las once de la noche que todos ellos, mentirosos, ignorantes, manipuladores y esparcidores de mierda, habían logrado polarizar la sociedad de tal modo que los “bloques” en ese momento estaban empatados a 171 escaños. En ese momento, mientras en Ferraz comenzaron a cantar el guerracivilesco “No pasarán”, las redes sociales de corte derechista hablaban de “pucherazo”, y a mí me entró un escalofrío por todo el cuerpo. Nunca pensé que llegaríamos a esto.

En estos últimos meses hemos visto cómo se han desprestigiado (con cagadas impropias de sus dirigentes y con mentiras de los opositores) instituciones básicas como la administración de Justicia, Correos, la Junta Electoral Central, Televisión Española (siempre estuvo sometida al partido en el poder), los medios de comunicación, el CIS, el Banco de España, Renfe o Adif (por la avería del domingo), incluso una entidad semiprivada como Indra, una empresa que se contrata de manera habitual en numerosos países para sus procesos electorales.

Todo vale contra el enemigo. Recordemos el “necesitamos un gobierno que no nos mienta” en plena jornada de reflexión y duelo tras el 11-M de 2004. En aquellos momentos de confusión, Ángel Acebes mantenía la autoría de ETA de los atentados pese a las primeras detenciones, y Rubalcaba y los suyos alentaron a los suyos a asediar sedes del PP de una manera nunca vista. Un periodista de prestigio (y clara afinidad ideológica) como Iñaki Gabilondo informó de aquella otra falacia de los terroristas suicidas con tres capas de calzoncillos para azuzar la batalla mediática, una mentira nunca contrastada de la que tuvieron que desdecirse tiempo después, como de tantas otras que los distintos medios dijeron esos días. Todo valía y todo vale, y además, todo parte de una consideración de la sociedad como imbéciles fácilmente manipulables. Que quizás sea cierto. Lo dije cuando gobernaba el PP y lo mantengo ahora, Nos toman por imbéciles.

Hace pocas semanas se ha inaugurado en el Espacio Fundación Telefónica una interesante exposición: Fake News, la Fábrica de mentiras. La exposición trata la creación de la mentira con sus distintos objetivos, algunas de las grandes fake news de la historia, las estrategias de desinformación, el papel de los medios de comunicación y los tan necesarios fact-checkers, los verificadores. En uno de los apartados, se habla de la Escalera de la manipulación definida en su día por Claire Wardle, experta en desinformación, quien distingue siete pasos o peldaños de menor a mayor en función del grado de deliberación del engaño:

  • Sátira o parodia.
  • Conexión falsa.
  • Omisión de contenido.
  • Contexto falso.
  • Contenido impostor.
  • Contenido manipulado.
  • Contenido fabricado.

Por desgracia, cada día tenemos menos parodia, menos humor, y más contenido fabricado o manipulado. Tomé la foto con la que empieza este post a la entrada de la exposición y cada frase (Platón, Orwell, Huxley, Goebbels) da más miedo que la anterior. La información circula a toda velocidad por el mundo y apenas hay tiempo para combatir la desinformación y la mentira. El ministro de propaganda del régimen nazi, Joseph Goebbels, acertó con sus once principios de la propaganda, y me preocupa el de la vulgarización: el mensaje debe ir dirigido al menos inteligente de los individuos que va a recibirlo. Como el principio de la simplificación. Qué drama.

Vuelvo a las mentiras y a las campañas electorales. Hay una serie de partidos que no mienten nunca, o que cumplen lo que proclaman: son los nacionalistas. Han dejado bien claro que les importa muy poco la gobernabilidad de España y la situación económica o social de fuera de sus territorios. Saben que sus votos valen más que los de otros partidos, que son fundamentales para la investidura, van a exigir contraprestaciones, algunas de ellas inasumibles, y así se lo han hecho saber a los dos principales partidos desde hace décadas. El mismo sistema suicida en el que llevamos anclados desde hace décadas.

De avispas y mariposas

Calle 45, a la altura de la Décima Avenida, planta 14ª, 1.32 de la tarde. En ese preciso instante, una mujer de mediana edad que respondía al nombre de Cathy puso un cazo a hervir. Mientras el agua se calentaba, abrió la nevera para buscar un par de huevos, algo de lechuga un tanto pasada, un tomate y… sí, ahí estaba, al fondo, una lata de atún medio abierta que había dejado la noche anterior. Su diminuto apartamento estaba hecho un desastre. Desordenado, sucio, caótico. Cathy siempre pensó que hacía juego con el mobiliario barato que su casero se negaba a sustituir, si bien ese día se había propuesto «pasar un trapo y ordenarlo, que ya va siendo hora».

Cualquiera que se hubiera cruzado con ella en la última hora la habría visto contenta. Buscó su lista favorita de Spotify en el iPhone XIII que acababa de agenciarse y lo apoyó junto al microondas. Taylor Swift. Subió el volumen, incluso tenía ganas de bailar. Por primera vez en mucho tiempo. Lo que Cathy no podía esperar fue la sacudida que experimentó segundos después, el estruendo con el que la diminuta ventana de la cocina saltó en mil pedazos. Al principio pensó que alguien estaba disparando, lo cual no sería extraño pues no era la primera vez que se escuchaban tiros en el vecindario. Algo rebotó contra el microondas, contra un armario, contra la pared contraria y se quedó botando en el suelo. Cathy se tiró al suelo para evitar lesiones y desde allí, con la cara pegada a los azulejos de la cocina comprobó asombrada que se trataba de una bola de golf. En su trayectoria, había destrozado la ventana, había hecho una marca a la puerta del armario y «no, no, no, dime que no», la puerta del microondas y el iPhone último modelo. La pantalla estaba hecha añicos.

Calle 46 con la Undécima, 1.09 de la tarde. Nada más entrar al piso, Will dejó las llaves en la repisa de la entrada, soltó la pesada caja que llevaba en brazos y se pasó el pulgar por la comisura de los labios, por donde todavía le brotaba algo de sangre. Se lamió la llaga del interior de la boca y soltó un sonoro «Fuck!». Varias veces. Se quitó los Martinelli y apartó la caja con el pie para dirigirse a la cocina. Abrió la nevera y sacó una lata de cerveza. De las buenas, de las de selección. Se recostó en el sofá, abrió la lata y nada más darle un buen trago se la apoyó sobre la herida de la boca. No fue el alivio que esperaba, aunque la mantuvo ahí unos cuantos segundos más. Le dolía la cabeza, que echó hacia atrás mientras cerraba los ojos. En esa posición, intentó dar otro sorbo a la cerveza, pero se derramó más sobre su camisa y la tapicería que la que pudo ingerir.

Varios «fuck» más y un lamento por un día en el que nada había salido bien. Acababa de quedarse sin trabajo, la policía le había inmovilizado el coche, se había llevado un buen guantazo de un indeseable y para colmo no era capaz ni de tomarse una fucking beer tranquilo. Recordó que en los momentos de estrés en el trabajo solo le relajaba el golf. Soltar unos cuantos swings con la madera. Había varios lugares relativamente cerca del trabajo a los que podía acudir a «soltar unos bolazos», ya fuera en campo abierto, como le gustaba, o en alguna nave cercana a la zona financiera. El caso era liberar tensión, sentir el sonido del driver sobre la bola y ver el recorrido de la misma, bien sobre un césped verde primorosamente cuidado, o impactando contra la red de protección. En cada golpe movía decenas de músculos y eso era lo que Will sentía que necesitaba en ese preciso instante. Así que metió unas treinta bolas en una cesta, sacó la bolsa de palos del armario, se la colgó al hombro y salió del piso. Mientras esperaba el ascensor, se le ocurrió coger la alfombrilla de entrada, la enrolló y la metió en la bolsa. De camino a la azotea del edificio pensó que iba a cometer una locura, pero total, qué importaba ya nada a esas alturas.

Y qué altura tan maravillosa, pensó, qué poco he salido aquí. Allí, entre salidas de refrigeración, tuberías, antenas y cuadros eléctricos buscó un buen sitio despejado, miró la orientación del sol y desenrolló la alfombrilla, en la que situó la primera de las bolas y un tee. Como si de una calle de un campo de golf se tratara, apuntó hacia el espacio entre las hileras de edificios, por donde a esas horas pasaban un montón de coches. Tomó aire y ¡Buuum!, soltó con rabia el primer golpe. Descargó toda la furia contenida de las últimas horas y la bola salió recta a casi ciento ochenta kilómetros por hora. «Ha cogido calle», sonrió de manera sarcástica mientras intentaba averiguar el destino final de la bola. Quiso escuchar los efectos de su golpeo, un bocinazo, una frenada de dos coches, un impacto… Pero con el estruendo de Manhattan resultaba imposible. Satisfecho, más relajado, Will puso otra bola, se giró unos treinta grados y apuntó de nuevo. Hacia un edificio situado a unos doscientos metros.

Calle 49, entre la Séptima y la Octava Avenida. 11.40 de la mañana. Un ciclista baja la calle a toda velocidad. El chaleco amarillo reflectante ondea sobre un uniforme completamente negro: camiseta de manga larga, pantalón corto, calcetines, zapatillas, gafas oscuras… todo es negro excepto el casco. Y el color de piel de Sam, aunque no sea políticamente correcto mencionarlo. Su aspecto parece el de un mensajero profesional, salvo que no luce ningún distintivo en su vestimenta ni en la bici con la que se desplaza con agilidad. A una velocidad inapropiada para el trasiego de la zona. Cuando el coche que le precede señaliza el giro a la izquierda para enfilar Broadway, Sam se mueve ligeramente a la derecha para no tener que frenar y perder velocidad. Se acerca de manera peligrosa a los coches aparcados a la derecha. Sam sabe que asume un riesgo, tanto que si se abriera en ese momento la puerta de algún coche se lo llevaría por delante. Que es exactamente lo que ocurre con un Honda plateado cuyo conductor intenta salir de manera impetuosa.

Pese a la calidad de los frenos de la bici, el choque es inevitable. Sam salta por encima de la puerta, aunque consigue caer con habilidad y que el impacto contra el suelo se amortigüe ligeramente con la mochila que lleva a la espalda. La sorpresa de Sam es similar a la del conductor, que baja del coche y trata de ayudarlo. Estás bien, cómo te encuentras, te ayudo, suéltame, imbécil, es que no miras antes de abrir, y tú a qué velocidad ibas, tarado. Pese a que le había puesto la mano sobre el hombro para ayudarlo en su incorporación, el ciclista se suelta, lo aparta con desdén. Se mira la rodilla, la flexiona con dolor, analiza la quemadura del asfalto, no sangra, bien, no te has roto nada, sigue, joder, no llegues tarde. Lo siguiente es analizar la bici, recogerla del suelo y ver que todo funciona. El conductor le ayuda, o lo intenta, pero Sam lo aparta de nuevo, ya enderezo yo el puto manillar, parece que no me has destrozado nada. Gira un par de veces ambas ruedas sobre el aire y farfulla: “siempre igual, los putos ejecutivos que vais a vuestra bola y no miráis nada”.

A un centenar de metros aparece un coche de policía y “el ejecutivo que va a su puñetera bola” le dice a Sam que tienen que rellenar un parte, o que quizás deban llamar a una ambulancia para confirmar que no se ha hecho nada, pero Sam le dice con malos modos “no way, man”, que se pira. Se quita la mochila, abre la cremallera, comprueba que el contenido está bien, vuelve a cerrarla y se la pone a la espalda con celeridad para salir en bici lo más rápido posible. Espera, no puedes irte así, deja que la policía, que me sueltes, que no voy a dejarte ir, que me sueltes he dicho… El puñetazo en la boca fue el final del forcejeo. Cuando Will se repuso del golpe, el ciclista ya se había fugado como alma que lleva el diablo. Subió al coche y quiso arrancar para ir a por él, pero a su lado se había situado el coche de policía. Bloqueando cualquier posible salida. Will miró hacia la acera, donde un grupo de gente había presenciado toda la escena. Sí, lo sabía perfectamente antes de que se lo dijera el agente: estaba aparcado en una zona prohibida. Yes, Sir, solo iba a esa tienda, pensaba parar dos putos minutos.

Tienda de telefonía móvil de la calle 49, 11.42 de la mañana. Laurie no se fiaba de la clienta que acababa de entrar en la tienda, pero bien sabía ella por algunos miembros de su familia lo inadecuado que era formarse una opinión de las personas por su aspecto, así que trató de atenderla con la amabilidad acostumbrada. La clienta sospechosa comenzó pidiendo información sobre un móvil de gama media, uno de esos coreanos, o mejor, ¿cómo es esa marca china que dicen que son tan buenos?, pero las sospechas de Laurie aumentaron cuando vio que preguntaba sobre modelos cada vez más caros.

Por encima del hombro de su clienta, Laurie vio que algo pasaba en la calle, que un grupo de unas veinte personas se había congregado en la puerta de la tienda y que miraban algo, como una pelea o un accidente de coche. O ambas cosas. La curiosidad, ese fuerza motora capaz de superar cualquier cansancio o debilidad, hizo que numerosos clientes de la tienda comenzaran a salir por la puerta. Laurie avisó a su compañera, voy a bajar la rejilla de cierre, como dice el encargado que hagamos cuando haya follón en la puerta, que ya sabes que en esos momentos suelen pasar… Sí, cosas, como que suene la alarma de robos porque alguien acaba de pasar el arco de seguridad sin pagar. El sonido de la alarma es insoportable. A Laurie no le da tiempo a bajar la rejilla del todo, la clienta sospechosa se agacha con agilidad y sale de la tienda con el bolso apretado fuertemente contra el costado. Shit, shit, shit, suelta Laurie, que intenta retener a la mujer, pero la rejilla ha bajado demasiado y tiene que esperar a que suba de nuevo para salir a la acera. Demasiado tarde, ha huido, es una puta gacela. Señor agente, acaban de robarnos, intenta decir, aquella chica que huye por allí, pero los agentes solo tienen ojos para el tipo del coche mal aparcado, un tío que grita mucho a los agentes, que está fuera de sí, y tiene la camisa por fuera y sangre en la boca.

Me gusta creer que en este inmenso avispero que son las ciudades modernas las vidas de sus habitantes están mucho más relacionadas de lo que nos creemos. Y es un avispero no solo por el movimiento frenético de los habitantes de la colmena de Cela, sino por los aguijones que todos portan para sacarlo a relucir en las situaciones de peligro. Al narrador omnisciente le gusta imaginar que hay una especie de justicia poética o karma que premia o castiga nuestras acciones. Por supuesto, en esta historia que acabo de pergeñar, no es casualidad que el segundo bolazo de Will destrozara el iPhone que Cathy acababa de robar en la tienda. Como tampoco lo es que el primer bolazo, el que cayó en mitad de la calle 46, impactara contra la luna delantera de un coche, cuyo conductor pegó un volantazo y se llevó por delante a un ciclista con aspecto de mensajero de nombre Sam, que nunca llegó a entregar su paquete. Al registrar sus pertenencias para identificar el cadáver, la policía encontró un paquete de cocaína y dos sobres con varios fajos de billetes.

Aquel arqueólogo del sombrero y el látigo (II)

Pulgar hacia arriba, claro que sí. Pasé un buen rato en el cine, disfruté de una peli entretenida, de una historia que homenajeaba perfectamente a la saga y que cierra de manera bastante digna las andanzas del personaje que comenzó a principios de los ochenta. Y a partir de aquí, spoilers a manta, voy a contar todo lo que me venga a la cabeza sobre Indiana Jones y el Dial del Destino, la quinta y última entrega (de momento) de las aventuras del arqueólogo del sombrero que no se pierde, la chupa ajada, la cicatriz en la barbilla y el látigo para todo.

Desde el primer instante, desde el fotograma inicial, desde ese capítulo previo que antecede siempre al argumento central, experimento dos sensaciones contrapuestas: el respeto absoluto al fondo del Indiana Jones más clásico y la ruptura completa con el pasado en cuanto a la forma. El fondo es el guion y los efectos especiales constituyen la forma. Y así como aplaudo el primero, y celebro varios de sus momentos, en ocasiones me echa para atrás lo segundo, el abuso de los efectos digitales.

Homenajes a la trilogía clásica

El Dial del Destino (DdD) ha sabido conjugar los clichés de Indiana Jones, explotar la añoranza y homenajear de manera persistente al Arca Perdida (AP), la Última Cruzada (UC) y en menor medida, el Templo Maldito (TM). La presencia de la Calavera de Cristal (CdC) es residual en la trama, y sin duda los guionistas y productores hicieron bien, acertaron con la decisión, pues se ve que tenían claro lo que gustaba a los espectadores tradicionales. La joven heroína de esta entrega es una arqueóloga que por momentos recuerda a la doctora Elsa Schneider (UC) o a Irina Spalko (CdC), pero vemos finalmente que no es así, que no pertenece «al Lado Oscuro». Se trata de Helena (Phoebe Waller-Bridge), la ahijada de Indiana Jones, una mujer absorbida desde pequeña por las leyendas sobre las reliquias misteriosas de este mundo de zumbaos que compartían su padre y el protagonista. Recupera la aversión de Indy por los nazis (AP-UC) y por las serpientes (AP), así como una escena en la que tanto su cuerpo como el de su acompañante femenino están cubiertos por insectos (TM), bichos gordos como una pelota de tenis y asquerosos como una cucaracha del tamaño de un kiwi. O momias que aparecen de repente como si estuvieran vivas (AP y TM).

A lo largo del metraje aparecen personajes míticos de la primera entrega (AP), como Marion (Karen Allen, AP y CdC) y Sallah (John Rhys-Davies), y una actualización de otros personajes:

– Brody, Denholm Elliott, fallecido en 1992, secundario en AP y UC: aquí se nos muestra en la figura del profesor Basil Shaw (Toby Jones).

– Tapón, el niñato del TM, en mi top-5 de la lista de Niños exterminables del cine: ese niño un tanto cargante, un ratero de buen corazón muy hábil en el manejo de todo tipo de vehículos, es reconvertido en DdD en Teddy.

El malo malísimo del DdD está, según mi parecer, entre los mejores de la serie completa. El actor danés Mads Mikkelsen tiene una presencia enorme, ya sea haciendo de alcohólico convencido (Otra ronda) o de científico tan brillante como peligroso (DdD o en Rogue One, donde trataba de escapar del Imperio galáctico). Se menciona de pasada al hijo de Indy y Marion (CdC, «felizmente» fallecido para la trama) y se recurre también a un gigantón indestructible (AP) y a un marinero aparentemente cínico con mucho mundo recorrido a sus espaldas, más cercano al capitán Katanga (AP) que al Corto Maltés de Hugo Pratt. Este marinero con nombre de futbolista brasileño, Renaldo, es interpretado por Antonio Banderas y se queda corto. Insulso. Una pena, porque Banderas podía haber aportado un personaje de mayor peso e interés.

Para los escenarios se volvió a recurrir a los clásicos: las calles de Marruecos sustituyen a las de El Cairo (AP), una mansión tomada por los nazis en Los Alpes (UC), una isla griega (AP), la universidad (AP y UC), las grutas (TM), incluso aparece un puente colgante (TM) cuyas tablillas son más frágiles que las motivaciones de algunos personajes. No faltan los clásicos mapas para situarnos de manera espacial (sin los errores que ya comenté en Una furgoneta del siglo XIII) y para las elipsis temporales de los movimientos de los personajes: así no se pierde tiempo, nos traslada velozmente la acción a otro lugar.

En cuanto a las escenas de acción, se ha recurrido igualmente a lo que se sabe que funciona para el profesor Jones: la persecución por las estrechas callejuelas de una ciudad del norte de África (AP), una pelea y persecución en el tren (UC), Indy a caballo (AP), las motos nazis (AP, UC), un tiroteo cruzado en un tugurio entre numerosos personajes que anhelan el mismo objeto (TM) y unos artilugios o trampas mecánicas que siguen funcionando a la perfección dos mil años después de su construcción (AP, UC). Ni las raíces, ni la humedad, ni la huella del hombre o la erosión del terreno han hecho que una trampilla diseñada por Arquímedes siga funcionando dos milenios más tarde. Pues vale, esto es Indiana Jones, lo aceptamos todo.

Puede que parezca que estoy criticando el guion por esa aparente falta de imaginación que hace que se recurra a lo clásico (como ocurría con El despertar de la Fuerza, que copiaba literalmente todo lo copiable de La guerra de las galaxias), pero no lo es en absoluto. Los guionistas (los hermanos Butterworth de manera conjunta con el director James Mangold) eran conscientes de que un Harrison Ford de casi ochenta años no podía afrontar determinadas escenas de acción y sitúan al personaje en 1969, poco después de la llegada del hombre a la Luna. La jubilación del profesor en la universidad es una declaración de intenciones: el profesor Jones está retirado, es consciente de que no puede afrontar determinadas situaciones de riesgo, aunque alguna que otra acometerá. Sus propias alumnas, que lo miraban embelesadas durante sus clases en las primeras entregas, se nos muestran en esta ocasión medio dormidas y tan aburridas como en una peli de Transformers. El viejo profesor Jones no es capaz de transmitir la energía que tenía, ni la pasión por los objetos de la antigüedad. Es imposible que hubiera una escena del veterano Indy descolgándose con el látigo y se agradece la omisión. De hecho, la escena inverosímil de saltar desde un caballo a un vehículo en movimiento (AP), aquí ni más ni menos que a un avión, es interpretada por Helena, no por Mr. Jubilado. Sabia decisión.

Todas las películas de Indiana Jones tienen un componente mágico, esotérico, ya sea con el poder de las viejas reliquias del Antiguo y Nuevo Testamento (AP, UC), con las piedras Shankara (TM) o con la aparición de extraterrestres (CdC). En el DdD nos vamos a los viajes temporales, una decisión arriesgada que sin embargo a mí particularmente me encantó. Esa batalla de Siracusa en la que aparece un avión nazi… jojojo, ¡grandiosa!

El objeto perseguido a lo largo de toda la trama, la Anticitera, es un objeto misterioso que existe en realdad: la Anticitera, que se halla en el museo de Atenas. Es un artefacto provisto de 72 engranajes que hizo creer a los especialistas que podía tratarse inicialmente de un reloj, pero es que los primeros mecanismos de relojería datan del período 1400-1450 y se cree que la Anticitera es del siglo II a.C. Para los expertos sigue siendo un misterio, incluso si se confirma que era una especie de reloj astronómico completamente avanzado a su tiempo, unos dieciséis siglos «nada más». Alucinante, gran elección la del DdD.

El abuso de los efectos digitales

Todo es CGI en el DdD. Todo. Y es una pena. La trilogía clásica de Indiana Jones nos encantaba porque olía a polvo, a sangre real, a barro, nos dolían los golpes que recibía Indiana Jones y sufríamos con su manera de arrastrarse por el suelo bajo un camión o en la pelea sobre el barranco con el Mola Ram. Todo eso desaparece. La escena inicial con las motos nazis carece de la emoción de la UC, no digamos del referente que es La gran evasión para el uso de estos vehículos. Ni rastro de la adrenalina que nos provocaba en su día ver a Steve McQueen huyendo de los nazis y tratando de saltar las barreras que lo llevarían a Suiza. Muchos medios en el cine actual, pero es incapaz de provocarnos la emoción de una película que esta semana ha cumplido la friolera de sesenta años.

El CGI tiene virtudes indudables. Pese a las críticas que he leído o escuchado, a mí sí me gustó ver al «joven» Harrison Ford situado en 1944, pero luego los efectos empiezan a fallar cuando se pone en movimiento. De manera especial, cuando camina sobre el tren en la fuga. Me parece tan irreal como el Tom Hanks digital de Polar Express. Pero es que además tengo la sensación de que no se han trabajado los paisajes, los contornos, que se ven difusos y como de videojuego. Me esperaré a verla de nuevo para fijarme con más detenimiento en esos detalles.

Y luego está como gran pega uno de los males que aquejan el cine actual: como la tecnología puede hacerlo casi todo, y como a los chavales hay que ofrecerles acción constante y desenfrenada, el metraje se alarga más de lo necesario. Numerosas escenas no se recortan cuando está claro que ya no dan más de sí (la persecución por las calles de Tánger, por ejemplo). Dos horas y treinta cuatro minutos de película, de los cuales podían haber sobrado perfectamente de veinte a treinta. Falta contención, sobra el exceso. Y para eso no había nadie mejor que Steven Spielberg.

Conclusión

Es una dignísima despedida del personaje, claro que sí. Pulgar hacia arriba, como decía al inicio. Desconozco si el peso que adquiere el personaje de Helena es para continuar la saga por esta nueva vía, igual que en su día se explotó el personaje para televisión con las aventuras de El joven Indiana Jones. La falta de imaginación del cine actual hace que se repitan una y otra vez las mismas fórmulas, y el rescate de los ochenta parece no fallar: Terminator, Predator, Aliens, Mad Max, Star Wars… Pero no creo que Harrison Ford repita más. El personaje se ha jubilado, igual que se cargaban a Han en la saga galáctica, quizás para que no repitiera más. También rescataron su Rick Deckard de Blade Runner para esa secuela-tostón ambientada en 2049, ¿va a rescatar también al poli de Único testigo, Mr. Ford?

Y por último, cómo saben buscarnos la fibra sensible en Hollywood:

– ¿Dónde te duele, Indy? ¿Aquí? ¿Aquí?.

Aquel arqueólogo del sombrero y el látigo (I)

(Cartel diseñado por el artista Enter Gapz para LucasFilm y Bottleneck Gallery)

TRAVIS, 01/07/2023

Si tuviera que definir qué es el hype, o cuándo tuve esa sensación de hype, de expectación por ver una película, tendría que remontarme a aquellos tiempos lejanos en los que ni siquiera sabía que existía esa palabra. A principios de los ochenta vi un documental bastante largo sobre cómo se rodó En busca del arca perdida, una peli que recuperaba el género de aventuras y lo llevaba a una dimensión desconocida entonces para mí. Yo no tenía ni doce años y solo esperaba que esa peli sobre un arqueólogo (que seguro que ni sabía lo que era esa profesión) metido a aventurero en una trama con nazis y árabes llegara a los cines españoles. Veía a un tío metido en un foso con miles de serpientes o arrastrándose bajo un camión para volver a subirse al mismo, lo veía pelearse con un gigante nazi a puñetazo limpio mientras su chica estaba a punto de palmar en una avioneta que se dirigía a un incendio y solo pensaba: «¿cuándo podremos ver aquí esta maravilla????». Lo reconozco, me sabía algunas de las interioridades de la peli muchos meses antes del estreno, pero eso no restó ni un ápice el disfrute de lo que fue aquel primer visionado. Lo de menos era el propio arca perdida del título, el Arca de la Alianza que conforma uno de los grandes MacGuffins de la historia del cine.

Como ya he comentado alguna vez en este blog, en mi familia no éramos de cine de estreno (sesión numerada), sino de aquellos maravillosos programas dobles en gozosas sesiones continuas de cine. Y de Sesión de tarde los sábados después de comer. Lo que vi de Indiana Jones tenía mucho de esa manera de disfrutar del cine tan de otra época: espectáculo sin contemplaciones, ritmo desenfrenado, una buena historia como excusa para subirte al carro de una montaña rusa, nada de artificios intelectualoides ni referencias cultas o guiños a la galería, ¿para qué?… Y todo ello armado sobre un gran guion. Sólido, robusto, divertido, con humor socarrón y acción, que requiere de la suspensión de la incredulidad, cierto, pero tan bien hecho que lo pasas por alto. Como sus pequeños fallos de guion, tan sutiles que solo los aprecias tras varios visionados. Indiana Jones era El temible burlón, El mundo en sus manos, El halcón y la flecha, Scaramouche, Los héroes de Telemark, Ivanhoe o El príncipe Valiente. Una versión actualizada y moderna de todo aquel cine, con efectos especiales mejorados.

Guillermo Cabrera Infante escogió una imagen de aquella primera película del Profesor Jones para la portada de su libro de memorias cinéfilas Cine o sardina. Y se remonta mucho más en el tiempo para hablar de los orígenes de Indiana Jones:

«Todo estaba ahí». Se refiere a Terry y los piratas (1934),de Milton Caniff, el «Rembrandt de los cómics».

«El aventurero americano, alto y buen mozo y hasta hay un chico chino cómico: el dúo de la dinamita».

«Pero todo estaba ya en Terry y los piratas, de veras. No hay más que ver una sola de las imágenes que componen cualquier tira cómica de Caniff».

(Guillermo Cabrera Infante, Cine o sardina)

El héroe, el villano, la heroína, el paisaje exótico, las peleas, la turba que observa, el Bien y el Mal claramente diferenciados. «Comienza la aventura pura», continúa el escritor cubano, «es decir, ya había comenzado hace diez minutos» y ni nos habíamos dado cuenta. Todas las películas de Indiana Jones comienzan con una pequeña aventura inicial, un pasaje de unos diez o quince minutos que funcionarían también como un corto de acción. El templo en Perú, la fiesta en Shangái, el joven Indiana Jones y la Cruz de Coronado o el Área 51 en Roswell. De un modo u otro, estos breves episodios iniciales tienen una conexión con la trama principal que se va a desarrollar durante las siguientes dos horas de metraje.

A principios de los ochenta, un joven director que comenzaba a encadenar éxitos (Steven Spielberg) comentó a su amigo George Lucas que quería rodar una película sobre James Bond. George Lucas le comentó que tenía un proyecto más interesante para él, las aventuras de un tal Indiana Smith, un personaje mujeriego y fanfarrón en busca de antiguas reliquias. George Lucas como productor y «hacedor» de ideas y Steven Spielberg para la dirección, se me ocurren pocas uniones creativas con mayor talento. Si a estos nombres añadimos los de Lawrence Kasdan para pulir el guion y John Williams para la banda sonora, lo tendríamos casi todo hecho. Resultaba imposible fracasar, solo quedaba acertar mínimamente con los actores. Se ha hablado muchas veces acerca de lo próxima que estuvo la contratación de Tom Selleck para el papel de Indiana Jones, y quizás no habría sido mala elección, pero hoy no nos resulta posible imaginar a otro. Y desde luego me cuesta pensar en algunos de los nombres que sonaron para el papel: Mark Harmon, Peter Coyote, ¡David Hasselhoff! En cuanto al papel de Marion, sin ser una gran actriz entonces, ni haber tenido una carrera exitosa después, Karen Allen aportaba a su personaje esa mezcla de mujer de mundo, fuerte y frágil al mismo tiempo, bruta o sensual si la ocasión lo requería. Sonaron otros nombres de actrices más conocidas como Michelle Pfeiffer, Barbara Hershey, Jane Seymour o Debra Winger, pero a buen seguro sus roles tendrían que haber evolucionado de manera más acorde con su caché y habrían convertido a Marion en otro tipo de acompañante del héroe de acción. Y por cierto, no veo a ninguna de ellas pegando un puñetazo como Marion, o ganando una competición de chupitos a avezados bebedores.

En realidad, Lucas y Spielberg no inventaron nada nuevo, pero tomaron ideas de aquí y de allá, y reinventaron el género de aventuras, dotándolo de un impulso que, aunque trató de ser imitado, dio como resultado obras que quedaban muy lejos de la frescura, ritmo e ingenio de Indiana Jones (La gran ruta hacia China, Tras el corazón verde, Las minas del rey Salomón). Por sorprendente que pueda parecer, el proyecto de Lucas y Spielberg fue rechazado inicialmente por todas las productoras, que veían una película arriesgada, que necesitaría un elevado presupuesto y con dificultades técnicas y logísticas que complicaban todo el rodaje (varios países, numerosas localizaciones). Solo Paramount se atrevió con la producción a cambio de que se ajustaran a un presupuesto de 20 millones de dólares. Spielberg no solo cumplió, sino que además se quedó en poco más de 18, para lo cual fue decisiva su planificación de las escenas y su manera de rodar, que permitió reducir dos semanas el plan de rodaje inicial previsto.

Con la reelaboración de guion por parte de Kasdan, fueron cambiando algunos de los elementos previstos en la trama inicial de Lucas. Indiana Smith evolucionó a Indiana Jones por el parecido con el personaje interpretado por Steve McQueen en Nevada Smith (1966), y su vestimenta fue rescatada/plagiada/homenajeada de la que exhibía Charlton Heston en El secreto de los incas (1954).

Una referencia que siempre me pareció curiosa fue la de la escena inicial con la gran bola en el templo inca, una idea pergeñada en The prize of Pizarro, una historieta del Pato Donald y sus sobrinos con dardos envenenados, trampas mortales y una inmensa bola en un callejón sin salida.

Lawrence Kasdan escribió escenas tan potentes que quedaron para posteriores entregas, como el capítulo inicial de El templo maldito, un duelo de envenenamientos, disparos y puñetazos en mitad de un cabaret en Shangái. Para esa escena, el personaje de Jones adquiere ese aspecto de Bond que siempre quiso reflejar Spielberg en el personaje, si bien las circunstancias de la acción lo llevaron por selvas, precipicios, callejuelas estrechas en El Cairo o cabalgadas a caballo. Por cierto, ya que menciono El Cairo, me resulta difícil imaginar hoy una escena como la del disparo al árabe de las virguerías con la cimitarra. Políticamente incorrecto. Si George Lucas ha sido capaz de añadir efectos y rediseñar una escena de La guerra de las galaxias para que pareciera que Han Solo se defendía en la cantina de Mos Eisley, cuando toda nuestra generación sabía que ¡Han disparó primero!, ¿qué no habría planteado en estos años de corrección política para evitar que un blanco «invasor» se cargara a un musulmán con ese uso desproporcionado de la fuerza?

El personaje perdió casi todo lo que tenía de mujeriego, aunque no totalmente. De hecho, en cada entrega contaba con una nueva compañera de aventuras. Según Cabrera Infante, «a Indiana Jones (la película y su héroe) no le interesa el sexo nada. Ni siquiera el amor amorfo o la cópula. La única escena vagamente sexual de la cinta comienza por una tortura alimenticia». Se refiere, naturalmente, a la escena con Kate Capshaw tras la truculenta cena de El templo maldito. «Aquí ya hace rato que habría tenido lugar una tórrida escena de sexo y exceso con James Bond». No estoy de acuerdo, al principio de la primera entrega, vemos a una estudiante seducida por su apuesto profesor, al que pone algo más que ojitos, seguramente la misma estudiante que figuraba en la escena recortada. Según supimos años después, cuando los agentes norteamericanos acuden al apartamento del profesor Jones para pedirle colaboración, este se encuentra en bata porque tenía a una estudiante en su lecho. O las palabras de Marion en Nepal sobre lo jovencita que era cuando la sedujo por primera vez. O la escena con la estupenda Dra. Schneider en Venecia de La última cruzada, divertida y sensual al mismo tiempo. Como los guiños de humor con su padre (impagable Sean Connery) acerca de los ronquidos de la joven belleza austriaca.

Verán que apenas he hablado de la cuarta entrega, El reino de la calavera de cristal. A ver, no es tan nefasta como algunos escribieron, lo que ocurre es que no resiste la comparación con las tres primeras. Y salvajadas como las de South Park no ayudaron.

Pero es una película entretenida que valoraríamos de otro modo si no la comparásemos con sus predecesoras. Diecinueve años (de 1989 a 2008) habían transcurrido desde La última cruzada y el desgaste físico del actor no contribuyó a un guion más flojo que los anteriores. Pero hete aquí que ¡quince años más tarde! Harrison Ford y Paramount se han atrevido de nuevo con el reto de un nuevo Indiana Jones, aquel arqueólogo del sombrero y el látigo. He querido verla antes de que nadie me contara nada y antes de que ningún «ejperto» me la destripará. Pero de eso hablaré en el próximo post, tataratá, tatará, tatarataa, tatararará… no me la quito de la pelota desde anoche.

(Continuará…)

Saber perder

BARNEY, 25/06/2023

Tengo muchos amigos que no son del Madrid y que me dicen continuamente eso de «es muy fácil ser del Madrid, porque es fácil estar con los que ganan», lo mismo que hay muchos otros que me reprochan que «no sabéis perder». Dicen que a muchos solo se los ve en las celebraciones de los títulos y no en las derrotas, y humildemente os digo, amics, que estáis muy equivocados. En primer lugar, porque en el deporte es mucho más habitual perder que ganar, luego haríamos mal por ser de un equipo solo en las victorias, cuando de lo que se trata es de estar con los tuyos en las derrotas, de aprender de las mismas para mejorar la próxima vez. En este blog se han aplaudido los triunfos y no se han eludido los fracasos, como la eliminación en Copa frente al Leganés no hace tantos años. Es muy fácil subirse al carro ganador de las tres Champions consecutivas, tanto como desaparecer en las debacles, como el 4-0 frente al City.

El Real Madrid ha ganado esta temporada la Supercopa de Europa, el Mundial de clubes y la Copa del Rey. No está nada mal, pero son torneos menores frente a la Liga y la Champions, torneos conquistados el año pasado. En baloncesto, los «míos» triunfaron en la Supercopa y una maravillosa Euroliga, pero se dejaron por el camino la Copa (Unicaja) y la Liga (Barça, 3-0 en la final). Es obvio que la nota final no puede ser tan alta como la temporada pasada, pero sí es una buena nota. Ha habido momentos especiales, como el 2-5 en Anfield, el 0-4 en el Camp Nou, la remontada al Partizán de Belgrado o el canastón de Llull a tres segundos para el final, y momentos más difíciles de digerir como las mencionadas derrotas con el City o el Barça en la final de la ACB.

Cuando uno gana menos que otros, o cuando sus éxitos son menos ocasionales, comienza la batalla del «relato»: el de los atléticos para hablar de la épica de la derrota, el de los culés para vender que el estilo es lo importante y adónde vas solo con el resultado, o el de algunos otros para menospreciar la fidelidad a unos colores, como aquel periodista navarro (Daniel Ramírez) que alcanzó sus momentos de gloria con lo del «arraigo» pamplonica en la previa de la final de Copa, algo que el Real Madrid «ni tiene, ni jamás podrá entender». Vaya por Dios, qué manía la de algunos con negarnos la fidelidad a un equipo a los que memorizamos los nombres de un viejo póster del Real Madrid pegado en el cabecero de la cama desde que teníamos cuatro años, cuando ni siquiera sabíamos si el equipo ganaba, perdía, coleccionaba Copas de Europa o era uno más de la Primera División.

Otra cosa que me llama mucho la atención es eso de que no sabemos perder. Me dolió perder 4-0 frente al Manchester City, por supuesto que sí. Pero tardé nada en reconocer su superioridad, apenas tres o cuatro minutos: son un equipazo, llevan años siéndolo, están muy trabajados, tiene un gran entrenador y unos fantásticos jugadores, y nos pasaron por encima.

¿Eso es no saber perder? En el tercer partido de la final de la ACB frente al Barça, a falta de un minuto y con once puntos de desventaja, mi actitud es la misma que la de todo ese público del WiZink Center que se levantó a aplaudir a un equipo local que lo había dado todo, pero sucumbía ante un rival que había sido mejor (6 de 8 en triples, mientras los blancos se empeñaban en fallar tiros libres).

Por supuesto que sabemos perder y reconocer cuando has competido, has dado lo mejor de ti mismo y aun así no ha sido suficiente. Cuando despotrico y me cabrea perder es en partidos como los de este año frente al Mallorca y el Valencia, por citar los dos más repulsivos, cuando el fútbol se convierte en un esperpento macarra repleto de matones que cosen a patadas al rival con el consentimiento del árbitro. Casualmente, dos de los sospechosos habituales: Hernández Hernández en Son Moix, y De Burgos Bengoetxea en Mestalla. Me da igual que alguien me diga que no sabemos perder esos días, porque en esos partidos se juega a otra cosa y con un Reglamento que no es el mismo para todos. Esos vomitivos espectáculos consisten en echar a los mejores jugadores a patadas, insultos y provocaciones, y convertir el terreno de juego en una batalla campal sin sentido y repleta de interrupciones. Una falta cada minuto y quince segundos de juego efectivo sufrió el Real Madrid en Mallorca. Y hablo solo de las señaladas. Fue necesario que se señalaran once faltas sobre Vinícius para que apareciera una tarjeta amarilla. Señores de LaLiga, el CTA y la RFEF que consienten esto: no sabré perder, pero ustedes se pueden ir a la mierda si esto es lo que quieren.

Que en una temporada en la que se ha sabido lo que muchos sospechábamos desde hace años, que el Barça tenía comprada la competición desde hace décadas, la polémica del año sea que Vinícius Jr. se toca el escudo, baila o protesta dice mucho acerca del tipo de competición en el que participa el Real Madrid. Ni una polémica similar en Europa, y se ha jugado en Anfield, Stamford Bridge o el Etihad de Manchester. Dice mucho también del papel de la prensa, la principal responsable del linchamiento. El autoproclamado «mejor periodismo deportivo del mundo», menuda patraña.

No me cabreó perder el tercer partido de la final de la ACB, pero sí me llevé un globo tremendo con el segundo, cuando ves que el rasero para pitar en uno u otro aro es radicalmente distinto. Cuando ves que los flopping de Mirotic tenían premio o las protestas de Jasikevicius no recibían el castigo que sí se llevaba Chus Mateo en forma de técnicas reiteradas. Creo que el Barça tenía más posibilidades que el Madrid de llevarse la ACB, como así fue, pero creo que no necesitaba las ayudas que tuvo en los dos primeros partidos, en especial en el segundo. Por supuesto que «no sé perder» esos días, cuando ves que los de naranja van a decidir el encuentro y lo sabes desde que el Madrid se ha puesto con seis puntos de ventaja.

Para la temporada que viene habrá que cambiar muchas cosas, sobre todo renovar ambos equipos: la BMK de Benzema-Modric-Kroos se rompe de manera definitiva. La CRL del Chacho-Rudy-Llull dio su último gran golpe en la Euroliga. Toca renovar caras, mejorar prestaciones. El Negreirato está muy fuerte en España, como se ha visto esta temporada, y todo hace presumir que no habrá castigo alguno. El Manchester City está muy fuerte. En Inglaterra tiene más de cien expedientes sancionadores abiertos por incumplir las normas económicas de la Premier, un hecho que ha supuesto grandes críticas a sus logros en el país. El Manchester United, el Chelsea y el PSG también han gastado cifras astronómicas que no generaban y sus equipos no jugaban un pimiento, luego lo del City no es solo pasta, sino un proyecto muy serio.

En cuanto a la ACB, creo que el máximo rival, el Barça, va a ver cómo JP Morgan le recorta de manera considerable el presupuesto, porque no entiende eso de palmar 50 millones de euros entre todas las secciones deportivas del club, que es otra manera de pervertir las competiciones.

Pero nosotros a lo nuestro, a competir, y como dice el himno, «enemigo en la contienda, cuando pierde, da la mano» (siempre y cuando sea, que también lo dice la letra, «en buena lid»).

Todo estaba en El Padrino

TRAVIS, 18/06/2023

Lo tenía ante mis ojos y no me di cuenta. Mira que me conozco El Padrino de memoria, no sé si la mejor película de la Historia, como gusta decir a los amantes de los títulos ampulosos, pero desde luego sí es mi «más-mejor» ultra favoritísima obra de todos los tiempos. Además de su incontestable calidad cinematográfica, la película regala unas utilísimas lecciones prácticas para el mundo real de los negocios, que es en el que a veces, como recientemente, me veo inmerso. Ya mencioné varias de esas enseñanzas al hablar de las Frases de cine para usar en el trabajo (I), y por eso me enfado tanto conmigo mismo al comprobar que, pese a tenerlas bien presentes, a veces se me olvidan y cometo errores de cálculo.

Hay algunas que nunca olvidas, como cuando un Vito Corleone moribundo alecciona a su hijo Michael sobre el mundo de la famiglia y de los «negocios» (precioso eufemismo, puesto que la palabra mafia no aparece una sola vez en todo el metraje), le dice que «aquel que te hable de tener esa entrevista con Barzini, ese es el traidor, no lo olvides». Porque la traición se paga muy cara, incluso, o sobre todo, si proviene de alguien de la familia. Michael Corleone no tiene reparos en ordenar la muerte de su propio hermano Fredo en la segunda parte: «me rompiste el corazón». Es la escena del famoso beso entre Michael y Fredo, Al Pacino y John Cazale, un momento sobrecogedor, pues sabes que es cuestión de tiempo que ocurra el fatal desenlace.

Nunca te pongas del lado de alguien que va contra la familia. Nunca.

Michael Corleone

La familia es un concepto más amplio que el del parentesco. Vito Corleone es el líder de ese clan, banda o grupo organizado, construye lealtades y logra un compromiso de sus acólitos hacia su persona. He visto artículos que lo utilizan como ejemplo de liderazgo en los negocios (me reservo mis opiniones). Don Vito crea una especie de código de honor, de adhesión inquebrantable, porque los que trabajan para él saben que estarán bien atendidos y a sus familias no les faltará de nada. Ahora bien, la contrapartida es clara: llegado el momento, «y puede que ese momento no llegue», tendrás que cumplir con tu parte del trato, con lo que se te pida.

Resulta curioso ver a gente bien preparada y formada cuando callan ante una tropelía dictada por ese líder de la banda. Siempre me acuerdo de la escena en que Vito Corleone reprocha a Sonny (James Caan) que le llevara la contraria delante de los Tattaglia. «Nunca digas lo que piensas a alguien fuera de la familia». En la escena previa asesina a su hijo con la mirada y lo disculpa ante Sollozzo: «Tengo debilidad por mis hijos y los malcrío. Hablan cuando deberían escuchar». Suele ocurrir una sola vez, nunca una segunda. Las opiniones discordantes no son apreciadas y seguramente esta frase es válida para el mundo de la empresa tanto como para una obra maestra sobre la mafia.

La novela de Mario Puzo comienza con una frase del escritor francés Honoré de Balzac:

«Detrás de cada gran fortuna siempre hay un crimen». Debería haberme dado cuenta, como decía al principio: hay gente que se pasa toda su vida buscando esa gran fortuna. A cualquier precio, vendiendo su alma, si fuera necesario. La película está repleta de frases autoexculpatorias de los Corleone:

  • Solo soy un hombre de negocios.
  • He trabajado toda mi vida para conseguir el bienestar de mi familia.
  • Mi padre no es diferente de ningún otro hombre poderoso… como un senador o un presidente.
  • Ardería en el infierno para asegurar que mis hijos estén a salvo.
  • Los intereses de mis hijos son mis propios intereses.
  • El hombre más rico es el que tiene los amigos más poderosos.

Así que todo está «bien» y es éticamente correcto, porque los que manejan el poder están «de mi lado» y todo lo hago para asegurar el futuro de los míos. Y hay otra cosa que los mafiosos de este tipo de películas respetan casi con su propia vida: la palabra. Y me parece perfecto. Claro que, a lo largo de mi vida profesional, me he encontrado gente que traicionaban la propia palabra dada y le daban la vuelta a una de las frases más famosas de la trilogía de los Corleone: «me hicieron una oferta que no podía rechazar». Y aunque he utilizado mil veces la frase de «es un insulto a mi inteligencia», olvidé que todo esto «no es personal, Sonny, solo negocio». Y conviene ser frío, no dejarse llevar por la rabia:

«Razona tus problemas, la gente desconocida no debe saber lo que piensas».

«Nunca odies a tus enemigos: eso no te permite juzgarlos».

«Mantén la boca cerrada y los ojos abiertos».

Me ha ido bien en la vida, siempre. Y pese a mi admiración por la saga de los Corleone, nunca quise pertenecer a un grupo que siguiera estos códigos casi como una secta. Por eso no me inmolaría como un Pentangelli, ni temería como Carlo Ricci o Fredo. Pero sí seguiré hasta el final de mis días otra de las grandes enseñanzas de Vito Corleone:

«Ahora me gusta el vino más que nunca».

Ah, no, esa no, aunque puede que también. Me refería a esta:

«Siempre me he negado a ser un muñeco movido por los hilos de los poderosos».