Ya que no podemos arreglar el mundo, hablaremos de lo que nos interesa: la política y los políticos, el fútbol, el cine, y todo lo que nos molesta, acompañados por unas jarras de cerveza. Bien fresquitas, por supuesto
A punto de terminar los Juegos de París de 2024, tengo una sensación extraña que ya comencé a sentir en los anteriores, los de Tokio 2020, que se celebraron en 2021. La necesidad de incorporar nuevas disciplinas al programa olímpico ha traído algunos aciertos y otros errores monumentales que espero que alguien subsane pronto. Parece como si el motor de muchas de estas decisiones fuera acercarse al deporte popular, quién sabe si a costa de restar peso a las disciplinas tradicionales. La vela y la equitación, por ejemplo, deportes que no están al alcance de cualquiera, pierden peso en los medios y horas en pantalla, y lo ganan otros deportes (o inventos), posiblemente con la intención de captar a los más jóvenes. En París me ha parecido ver cierto grado de «callejerismo», me explico:
Baloncesto 3 x 3: es la pachanga callejera de toda la vida incorporada a unos Juegos Olímpicos. Solo faltaban unos grafitis en el fondo, alguna irregularidad en el suelo y tendríamos el «partido con colegas» de toda la vida. He visto algunos partidos y son muy entretenidos. Se busca el dinamismo, la velocidad, porque parece que ahora no se puede retener la atención de los chavales más de veinte minutos. España llevó a cuatro jugadoras de nivel FIBA al torneo y no defraudaron, como demostraron con la medalla de plata y la victoria frente a las norteamericanas en semifinales. Pero ellas mismas reconocían que les explicaron las normas de la competición en el propio avión de ida a París. ¿Merece ser deporte olímpico? Pues tengo mis dudas, es como el gol-regate de toda la vida.
Skateboard: otro deporte callejero. En Tokio 2020, las tres medallistas sumaban 42 años. Este año ha habido una participante de once años, la china Zheng HaoHao. No discuto el mérito de lo que hacen, que me parece complicadísimo, simplemente pongo en cuestión la comparación de estas habilidades con un patinete con los años y años de entrenamiento de los gimnastas, saltadores de trampolín, nadadores y atletas. No lo veo, sinceramente. Por cierto, también faltaban grafitis en el escenario de la disputa, así como latas de cerveza abolladas y colillas por el suelo.
Escalada: es uno de los deportes cuya inclusión en el programa oficial me parece un acierto. La manera de puntuar me pareció un tanto absurda en Tokio, pero son cosas que mejoran tras cada edición y según he leído, para los Juegos de 2028 ya se celebrarán las tres modalidades por separado: velocidad, dificultad y bloques. Es un deporte que requiere fuerza, habilidad, coordinación, flexibilidad, resistencia… muchas horas de entrenamiento. Con la separación surgirán especialistas por disciplinas, como ocurre en los deportes tradicionales de los Juegos. Sí rotundo.
Voley playa: llevo diciendo desde hace muchos Juegos que se le da demasiados minutos al voley playa y casi ninguno al voleibol tradicional, mucho más espectacular, visual, atractivo para el espectador. El voley playa se incluyó hace ya veinte años y sigue igual, sin apenas evolución: la mayoría de los puntos son ganados por el que recibe, no por el que saca. Falta un tercer jugador o falta algo en ese deporte para que me atraiga. Lo curioso es ver el efecto llamada del olimpismo, pues hoy en día hay pistas de voley playa en cientos de ciudades que no tienen una playa a menos de quinientos kilómetros. Es lo de la popularidad que comentaba. No digo que se suprima, pero sí, ¡programadores de TV, por favor!, pónganme voley del de toda la vida.
Breakdance: es un insulto, una mamarrachada que espero que desaparezca pronto. Pensar que «eso» que se vio ayer puede tener el valor de una medalla olímpica me parece desmerecer a los atletas «de verdad» que se han pasado una vida para condensar la excelencia en un ejercicio de menos de dos minutos. Fue un circo, como tantas otras veces. Lo siguiente será hacer olímpicos los talent show de la televisión, con jurados de famosillos puntuando por afinidad. Infumable, no quiero dedicarle una línea más.
Maratón popular: dentro de esa «popularización» del deporte, la organización de los Juegos de París ha tenido una idea interesante, que es ofrecer la posibilidad de que cualquier atleta popular, como el que suscribe este texto, pueda realizar el recorrido olímpico del maratón el mismo día que los profesionales. Más de 20.000 personas se darán cita este fin de semana en un acontecimiento único para ellos. Bien por ellos, es una buena manera de conjugar la profesionalización con el aficionado en la prueba reina del fondo, el maratón olímpico.
Hay deportes que sobran y deportes que se echan en falta en este programa. Si queremos meter el rugby, habrá que hacerlo con el de verdad, el de 15 jugadores, no esa píldora del rugby-7 que es otra cosa. El fútbol sobra, lo he dicho siempre. Si a los Juegos van los mejores, tienen que ir los mejores, no valen sucedáneos como el que se practica desde hace décadas. De los deportes de equipo, se podrían plantear otros como el hockey patines, el béisbol o el sófbol, pero si en el béisbol no van a venir los mejores, como sucede con la NBA, pues que no lo incorporen.
Si lo que cuenta es la popularidad de los deportes escogidos, como sucedió con el acierto de la incorporación del triatlón en su día, habría que ver si se mantienen disciplinas que no practica nadie, como el pentatlón moderno. Pero esto de incorporar en función de la popularización es un riesgo, como se ha visto con el breakdance. Cualquier día nos meten la pelea de gallos (rap) o el reggaeton. En ese caso, yo propongo los dardos en un pub atestado de humo, el futbolín y el billar.
Y ahora ya sin coñas, el pádel y el squash. Tendríamos casi completo el cupo de deportes de raqueta (no considero el frontenis, amigos ceporros que lo habéis practicado conmigo alguna vez).
Se han incorporado disciplinas mixtas al programa, lo cual parece un acierto en la mayoría de ellas, siempre y cuando compitan hombres con hombres y mujeres con mujeres al mismo tiempo. Las imágenes de los relevos mixtos de 4×400 en los anteriores Juegos han sido evitadas con la nueva modalidad. Mejor así. No entro en una de las polémicas de estos Juegos, eso lo dejo para otro post.
Continuará:
Juegos de París (II): las mejores imágenes, vía Barney.
Juegos de París (III): las polémicas, vía Josean.
Juegos de París (IV): las películas que no se harán, vía Travis.
La ministra de Trabajo Yolanda Díaz proclamó muy ufana hace tiempo que “el Gobierno hace cosas chulísimas todos los días”. En este blog ya hemos dedicado varias entradas a algunas de ellas, a sus efectos chulísimos y a los que no lo han sido tanto:
El registro de jornada: resultados muy pobres, mínimos. La propia ley estaba repleta de lagunas de imposible cumplimiento y ya se plantea incorporar cambios.
La reforma laboral: que ha obtenido buenos resultados en algunos aspectos, como el récord de afiliaciones, y discretos en otros.
La última subida del SMI: por decreto, sin consenso, e incumpliendo lo pactado con los agentes sociales unos meses antes.
Las 40 horas semanales
La jornada de trabajo lleva establecida en las 40 horas semanales desde hace algo más de cuatro décadas, concretamente, desde el 30 de julio de 1983, cuando entró en vigor junto con el derecho de los trabajadores a 30 días de vacaciones remuneradas. Hace un siglo, la jornada de trabajo superaba las 3.000 horas anuales, con solo un día de descanso a la semana, mientras que en la actualidad los convenios tienen una media de 1.713 horas. Esta drástica reducción se logró por el incremento de la productividad y la incorporación de innovaciones tecnológicas a los procesos de fabricación, la automatización de procesos o las mejoras en la distribución. El debate sobre la reducción de la jornada actual se puede plantear en un escenario en el que haya una mejora de la productividad, o bien, en el que dicha medida vaya a suponer un incremento del empleo, un mejor reparto de las tareas. De lo contrario, solo va a suponer un incremento de los costes laborales, una reducción de la competitividad de las empresas y con ello, un impacto negativo para las más pequeñas.
Como ejemplo de que el acuerdo es posible, buena parte de los convenios colectivos cerrados entre la patronal y los sindicatos en el último año se acercan a las 37 horas semanales. Esta situación afecta a poco más de medio millón de empleados, pero son consensos en la línea de reducción. Según la EPA de 2023, la jornada media en España se situaba en 37 horas y 42 minutos, aunque, como ocurre con todas las medias, con un reparto desigual, con unos once millones de trabajadores por encima de las 40 horas semanales, bien por horas extras o por pluriempleo. Buena parte de los convenios sectoriales en actividades intensivas en mano de obra ya tienen una jornada de 35 horas (servicios de limpieza y mantenimiento de edificios, asistencia social, recogida y tratamiento de residuos, administraciones públicas…), luego no se verán afectados por la medida.
El ministerio de Trabajo
La ministra de Trabajo no ha dejado de proponer cambios en la normativa laboral desde que está en el puesto. Seguramente es lo que se le debe exigir a un ministro, que curre, que trabaje, que se gane el sueldo, si bien, en el caso de Yolanda Díaz, estoy seguro de que muchos (empresarios y autónomos) habrían deseado que frenara en su afán regulador. El problema surge cuando el motor de todas estas decisiones no es económico, sino ideológico. En un resumen simplista del pensamiento de la ministra, los empresarios son malvados explotadores y los trabajadores tienen que cobrar más por menos trabajo. El planteamiento es reducir la jornada a 38,5 horas semanales en 2024 y a 37,5 horas en 2025.
No sé si el afán de la ministra por forzar la situación y amenazar con aprobar la medida por decreto se debe a la necesidad que tiene de hacerse visible o “útil” tras los fracasos electorales de su nueva marca, pero si así fuera, alguien tendría que decirle que hay otra manera de hacer las cosas y alcanzar un consenso. Ha puesto varias fechas límite y ultimátums a la patronal para adoptar la medida sin valorar que no se puede hacer tabla rasa en todos los convenios.
La realidad es que hay recorrido para la propuesta y para alcanzar un acuerdo sobre la misma, como lo había con la última subida del Salario Mínimo Interprofesional, por cierto, que, sin embargo, se aprobó por las bravas y sin incluir los propios compromisos anteriores del gobierno: no hubo medidas especiales para el sector agrario y no se incorporó la revisión de los salarios en los contratos con las administraciones públicas.
La señora ministra parece que solo escucha a los líderes de los sindicatos. Mejor dicho, escucha a todos los representantes sociales, se reúne con todos, pero desatiende las propuestas de los empresarios y sigue la senda que le marcan Pepe Álvarez (UGT) y Unai Sordo (CCOO). En su ceño perennemente fruncido tiene marcado que todas las medidas que supongan un incremento de los costes laborales son buenas para el trabajador y malas para el gran empresario, y no es capaz de entender que no es así, pese a las evidencias en sentido contrario. El informe del Banco de España sobre las diferentes subidas del SMI ponía de relieve que:
El sector agrario fue claramente el más afectado.
Las pymes y micropymes, que representan el 99 por ciento del sector empresarial español, fueron las que absorbieron el mayor impacto del incremento.
Las grandes empresas tenían un porcentaje bajo de trabajadores sujetos al SMI, favorecidos, por tanto, por la medida y gracias a ello sufrieron un impacto menor.
Hubo un repunte de las horas trabajadas y no cotizadas, un aumento de la economía sumergida (seguramente, en esas micropymes antes mencionadas).
Recuerdo estas conclusiones de aquel informe porque los resultados de la medida de reducción de jornada pueden afectar de un modo similar a los mismos sectores y a los mismos trabajadores.
Postura de los sindicatos
Raúl Olmos, de Comisiones Obreras, indicaba que “la tendencia es a reducir la jornada, y eso se da con mayor intensidad en épocas de bonanza y en etapas de inflación”, ya que se utiliza para compensar la pérdida de poder adquisitivo: a menor salario real, menos horas trabajadas. Cabría preguntar dos cosas: una, si vivimos una época de bonanza en la economía española, y dos, si eso significa que en épocas de baja inflación en los que la revisión salarial ha sido superior el IPC correspondería aumentar las horas de trabajo.
Por su parte, el secretario general de UGT, Pepe Álvarez, indicó a principios de año que la reducción de jornada era una de las prioridades que se marcaban para 2024: “en España se trabajan muchas horas, somos uno de los países de la Unión Europea que más horas presenciales tiene. Sin embargo, no somos de los más productivos. Hay países con jornadas más bajas y mayor productividad, por tanto, se trata de acabar con el presencialismo y aumentar productividad”. Sin reducción del salario, claro. Ya. Entiendo, su única aportación es que los trabajadores vayan menos a las oficinas o a sus centros de trabajo, y así serán más productivos. De verdad que no entiendo su papel desde hace años, como en la lucha contra el absentismo, por ejemplo.
El mismo Pepe Álvarez señalaba que pretendían forzar el acuerdo antes de junio, porque “más allá de junio no tiene ningún sentido”. Los principales sindicatos se sienten fuertes con el apoyo de la ministra de Trabajo y amenazan con iniciar movilizaciones en septiembre, pero no estaría de más recordarles que se encuentran en su momento más bajo de afiliación en décadas, es decir, en el de menor representatividad de los trabajadores.
Postura de la CEOE
Según su presidente, Antonio Garamendi, “el recorte de la jornada laboral, sin merma de los salarios, equivale a regalar a los trabajadores doce días de vacaciones, gratis y pagados por los empresarios”. Es el cálculo resultante de dividir los salarios por el número de horas trabajadas. La patronal ha solicitado que la medida se aplique de manera escalonada, en dos ejercicios, y varias grandes empresas han explicado a los responsables del ministerio de qué manera han flexibilizado sus jornadas, adaptando las horas semanales o mensuales en función de los períodos punta o valle de su facturación.
Lo que no está dispuesta a aceptar la patronal es el ultimátum de la ministra, como dijo su presidente en la asamblea anual celebrada a principios de julio, al afirmar que “gobierna contra las empresas”. “Gobernar para cumplir pactos políticos es gobernar contra las empresas, contra los ciudadanos y hasta contra los propios votantes”. La posición del ministerio de forzar el tope de las 37,5 horas semanales a lo largo de 2025 ha sido rechazada por la CEOE por hacer tabla rasa con todos los trabajadores y en todos los convenios: la reducción ya se pacta con los sindicatos en la negociación colectiva, en los sectores y empresas que pueden hacerlo. Esta es una de las claves, en especial, en un mundo tan globalizado en el que los competidores no juegan con las mismas reglas (lo comentado en este blog sobre el CBAM, los derechos de emisión o la normativa sobre el plástico es igualmente válido en este debate).
Postura de Cepyme
La Confederación de Pequeños y Mediamos Empresarios ha sido la organización más dura en sus críticas al gobierno y a la postura del ministerio de Trabajo en este tema. El título de su Manifiesto no puede ser más contundente:
Comienza recordando que “las pequeñas y medianas empresas españolas, que somos más del 99,8% del tejido productivo con cerca de 11 millones de empleos, decimos basta ya a la injerencia del Gobierno en la empresa. Ante la aprobación en los últimos años de medidas intervencionistas que menoscaban la flexibilidad y el buen funcionamiento de las compañías, pedimos salvaguardar la libertad de empresa en España”.
El Manifiesto, de 11 páginas, clama por la dignidad de la actividad empresarial, por el cese del control de la empresa y de la sobrerregulación, por el respeto a la negociación colectiva, por la flexibilidad interna de la empresa y la no intervención salarial, por unas cargas sociales y una fiscalidad que no lastren la competitividad, por una ordenación del tiempo y los recursos del trabajo sin injerencias, y por el diálogo social. El cabreo de la Cepyme es evidente. Cada una de las medidas comentadas en este post han ido directamente a la cuenta de resultados de las pymes. Hay que pensar en las micropymes también, empresas con menos de 4 trabajadores (un bar, un pequeño comercio, una peluquería…), ¿de qué manera reducen las horas de apertura, y por tanto, los posibles clientes, con unos costes laborales más altos y unas cargas sociales más elevadas?
En el punto referido a la jornada de trabajo, señalan algo tan obvio como que “reducir el tiempo del trabajo sin reducir la remuneración no solo es una evidente alza de salarios, desligada de la evolución de la productividad empresarial, también es una injerencia en la estructura organizativa de las compañías, que ha sido negociada y pactada con los trabajadores sobre la base de sus exigencias y de la capacidad de las empresas para asumirlas”. Y pone el foco sobre algo tan relevante para el que gestiona un pequeño negocio: “Decretar otro modo de organización de los tiempos y los recursos sin considerar las consecuencias en la productividad, el incremento de los costes laborales, la falta de trabajadores para cubrir el relevo en la producción, ni las características ni vulnerabilidades de los sectores más afectados, supone una injerencia política de espaldas a la realidad del tejido productivo español”.
Postura de ATA
La Federación Nacional de Asociaciones de Trabajadores Autónomos (ATA) manifestó su rechazo a la reducción de la jornada tal como se ha planteado por parte del ministerio. Su presidente, Lorenzo Amor, justificó la postura contraria porque va “en contra de la negociación colectiva y de la pequeña empresa”. Señaló algo que ya he salido varias veces en este mismo post: que la medida “no afecta a grandes compañías, ni a determinados sectores donde ya tienen de media algunos convenios que están por debajo de la propuesta que se está haciendo”. Sí ataca de lleno al autónomo y a la pyme.
La misma admiración que siento por el dueño de una micropyme es el que tengo por la inmensa mayoría de autónomos, gente que se ve desbordada con tanto cambio y tantas trabas para el desempeño de sus actividades. Lorenzo Amor concluyó con una crítica a la hiperregulación, tan perniciosa para el empresario: “cada día hay una nueva regulación, unas vienen de Europa, otras del gobierno central, otras vienen de las comunidades autónomas, pero cada día tenemos más trabas”.
Con algo de fatiga en el cuerpo, la señora depositó boca abajo la taza y el plato que acababa de fregar. Un desayuno algo escaso, nada que ver con los que tomaba hace tiempo, pensó, pero era lo que le había recomendado el médico y trataba de seguir sus indicaciones. No al pie de la letra, cierto, porque eso suponía “adelantar la muerte” en sus propias palabras, pero sí en un porcentaje bastante elevado. Se recogió el mechón de cabello gris que le caía sobre la sien tras agacharse en el fregadero y se lo acomodó detrás de la oreja.
– ¡Javi!
La mujer estaba sola en la cocina. Y tanto en el salón como en el cuarto de estar, como en el resto de la casa, no había nadie. Pasados unos escasos segundos, una voz le respondió a través de un altavoz situado en el techo, junto al plafón que iluminaba toda la estancia.
– Dime, Mamá. Estoy en el trabajo, no tengo mucho tiempo.
– Ay, hijo, cómo eres -contestó la señora algo molesta-, solo quería que me dijeras qué tenía hoy.
La mujer sabía perfectamente la respuesta, pero simuló escuchar con atención. El sonido de la voz de su hijo, aunque fuera a través de un altavoz, hacía que el gris de sus ojos se azulara por unos instantes:
– A ver… espera. Tienes que ir al médico de cabecera a las once y veinte. No lo olvides. Y lleva tu móvil, ahí en la aplicación que te puse están los análisis que tienes que llevar.
– Muy bien, Javi, lo llevaré.
La señora se desplazaba por la casa, pero la voz se seguía escuchando a través de otro altavoz en el techo del comedor:
– Procura estar a las dos de la tarde en casa, que te va a llegar el pedido del supermercado que te encargué.
– Ay, hijo, con lo que me gustaba hacer la compra. Hablar con el frutero, con el carnicero, comprar el pan, morder el currusco…
– Es para que no tengas que cargar, Mamá. Tengo una reunión en diez minutos, no puedo hablar mucho más.
– De verdad que no entiendo cómo puedes saber lo que necesito, si ni siquiera vienes por aquí.
– Ya te lo expliqué, Mamá, por los sensores que hice instalar en la nevera y la despensa, así sabemos lo que te hace falta en cada momento.
Que sí, que muy cómodo, pensó la señora, pero todo le resultaba muy impersonal. Cada semana venía un chico nuevo con la compra, otro para la medicación, una chica para limpiar la casa, que cambiaba casi todos los meses… estaba también la de la manicura y la del pelo. Y los chapuzas para cualquier cosa que se pudiera estropear en la casa.
– Pues te dejo entonces, hijo, que tendrás mucho lío.
“Como siempre”.
– Vale, Mamá, te dejo. Un beso, te quiero.
Yo también, dijo para sus adentros, consciente de que la comunicación ya se había cortado. Entró al cuarto de baño para lavarse los dientes. Se miró al espejo, luego a la repisa, cogió el cepillo y… de repente soltó un antediluviano “¡mecachis!”. Por inercia lanzó al aire un:
– Ay, Javi. ¡Javi! Perdona que te moleste.
– Dime, Mamá -se escuchó a través de otro altavoz, este situado en el propio baño.
– Que no se olviden de la pasta de dientes, por favor, y crema de manos.
– Vale, Mamá. Las de siempre. Listo. Te dejo, un beso.
Hija, Pilar, no puedes quejarte de nada, le decían sus amigas, las pocas que le quedaban. Te tiene muy bien atendida, no te falta de nada. Tu hijo es un amor, te llega la compra, la medicación, te controla lo que necesitas, sabe el dinero que necesitas… Pocos días después de instalarle el sistema, la señora quiso presumir de “invento” ante Antonia y Tere, dos de sus compañeras de brisca de los lunes.
– ¡Javi!
– Dime, Mamá.
– Hoy necesito dinero, que voy a ir a la parroquia y hacen una colecta especial para las misiones. ¿Cuánto me queda de la pensión?
– Espera. En la cuenta de ahorro tienes exactamente mil doscientos catorce euros con veintisiete céntimos. Hace tres días hice que te dejaran en el cajetín ochenta euros junto con la medicación. Deberías tener suelto todavía.
Pilar enseñó a sus amigas los billetes que tenía en el bolso mientras disimulaba una sonrisa.
– Ay, Javi, qué desastre, pues no sé dónde lo habré dejado. Menuda cabeza la mía.
– En el monedero, Mamá. Te digo siempre que según te llegue lo metas en el monedero junto a la tele de la cocina, y que vayas sacando de ahí. Son siempre billetes de veinte.
– Ay, sí, aquí está. Muchas gracias.
– De nada, Mamá, te dejo, que ando con lío. Un beso, te quiero.
– Y yo, hijo.
Según se cortó la comunicación, las tres amigas prorrumpieron en risas, maravilladas ante lo avanzado del sistema. Claro que eso había sucedido a los pocos días de instalar el sistema. “Hace meses”, reflexionó Pilar mientras se cepillaba los dientes. Volvió a mirarse al espejo, se enjuagó la boca y se secó. A continuación fue a la salita de estar, se sentó en su butaca habitual, en la que hacía punto cuando la vista le alcanzaba, y miró al “cacharro ese del techo”.
– ¡Javi, ponme a Carlos Herrera!
Al instante comenzó a escucharse el programa de radio del locutor. La anciana se quedó adormilada. No sabría decir cuánto tiempo había transcurrido cuando escuchó la voz de su hijo. Por el altavoz.
– Mamá -suave-. Mamá -más fuerte-. No olvides que tienes cita con el médico en quince minutos.
– Ay, sí, ¡gracias, hijo!
– No llegues tarde.
La mujer agarró el bolso, buscó el móvil, lo metió dentro y se calzó para salir a la calle. Apresuró el paso y miró el reloj. Estaba a tiempo, «menos mal que Javi siempre está pendiente».
Aquel mismo día por la tarde, tras lo que ella llamaba «la novela» y una leve siesta, la señora sintió la necesidad de llamar a su hijo.
– ¡Javi!
A los pocos segundos se escuchó la voz de su hijo:
– Dime, Mamá. Estoy a punto de salir a una reunión, dime rápido, por favor.
– Ay, nada, déjalo, solo quería hablar contigo un momento -respondió con fastidio.
– Ahora no puedo, Mamá. Me esperan en una reunión muy importante y no puedo faltar.
– No pasa nada, lo entiendo, ¿por qué no vienes a cenar esta noche y comentamos lo del médico?
– Qué pena, Mamá, justamente hoy no puedo, tengo una cena con clientes, con mi jefe y me resulta imposible, pero buscamos un hueco.
– Solo quería comentarte los análisis y lo que me ha dicho el doctor Medina.
– No te preocupes por eso, Mamá, me llegan tus informes al móvil y ya los he visto. Está todo muy bien y ya se ha actualizado el pedido de la medicación. Tengo que dejarte, Mamá.
– Ay, hijo, siempre estás igual. Nada, nada, hasta otro día, ya tendrás un hueco para mí.
– Mamá, sabes que me encantaría poder estar allí contigo. Mi agenda está bastante llena, pero voy a hacer todo lo posible para encontrar un momento para visitarte pronto.
– Seguro. Anda, ve a la reunión con tu jefe, que te esperan.
– Si en algún momento necesitas algo o simplemente quieres charlar, aquí estaré, Mamá.
«Sí, allí estarás, pero no aquí».
Hasta aquí un relato bastante convencional en el que el lector intuirá que el tal Javi no está al otro lado del aparato, sino que es una Inteligencia Artificial la que responde. Es lo que le he pedido a Chat GPT, que juegue conmigo a ese papel en el que le he puesto una serie de reglas, entre otras, que no puede acceder nunca a ver a su madre. La variedad de excusas que es capaz de soltar el Chat JPT, porque es más JPT que GPT, es enorme:
Resulta perturbador comprobar lo que avanzan estas tecnologías. La IA bien entrenada puede solucionar numerosas tareas a personas con problemas para gestionar sus recetas, economía familiar, la compra, las pequeñas reparaciones,… ¿y la soledad? En mi juego con la máquina, el Javi IA metió la pata cuando la madre trató de llevarlo al mundo de los recuerdos:
«Malecón», «vacaciones que tomamos en la costa», pero son errores que la IA superará con un mínimo entrenamiento. El resto de contestaciones son muy planas, demasiado tópicas, palabras de cariño pronunciadas sin alma, y una certeza absoluta cuando se trata de aportar datos, como el del dinero o, si se lo pidiera, las dosis exactas de la medicación. La primera respuesta de la máquina es sorprendentemente parecida a la que yo había escrito en el inicio del relato:
La voz se puede clonar a la perfección, incluso la modulación o la entonación, como hemos visto ya en ocasiones con HeyGen, Voicera, Speechify o tantas otras, y dentro de nada tendremos imágenes con una imagen casi imposible de distinguir del original, como con el Deep Fake, pero mi duda es: ¿se puede engañar a tu propia madre? Supongo que dependerá del apego o distanciamiento del «Javi» de turno, de lo entrenados que estén los recuerdos para mejorar las conversaciones y hacerlas más creíbles, preparar algoritmos que varíen las respuestas, como también de la capacidad cognitiva o de discernimiento de «la madre». O como tantas otras veces, de lo que quieren creer, que no coincide necesariamente con lo que creen.
En este relato/experimento, quise probar a la IA y ver si era capaz de mentir a la propia madre del programador, y esto fue lo que ocurrió. Tardó unos segundos en responder, apenas cuatro o cinco, pero me resultó llamativo porque no tuvo la inmediatez del resto de respuestas:
El JPT me dio dos respuestas y me pidió que eligiera si contar la verdad o perpetuar la mentira. Luego es algo que se podrá entrenar, como todo. Y habrá millones de «Javis» superliados de la muerte (o no) que mejorarán el algoritmo para mantener viva la versión 2. Para ellos, la IA también ha preparado un resumen ejecutivo:
Mañana finaliza un torneo que parecía interminable, la Eurocopa de 2024, y se me ocurren muchas reflexiones tras lo visto, pero, más que de reflexiones, he querido hablar de «repaso» en su doble acepción: recuerdo de lo vivido y reprimenda de todo aquello que no me ha gustado.
Formato: insufrible, erróneo, totalmente equivocado. 24 selecciones, de las que 16 pasaban a la segunda ronda. No hay nivel suficiente para tantos equipos, es un hecho. No digo que haya que volver a los 8 equipos de 1992, pero esto no tiene ningún sentido. Un mes de competición para unos jugadores que ya andan tiesos en la mayoría de los casos. 51 partidos, como los mundiales de los ochenta y principios de los noventa. Es un error mayúsculo, pero como la UEFA trinca de todo esto, y trinca mucho, lo normal es que sigan con este formato o que incluso lo incrementen. El resto de los años lo tienen ocupado con las fases de clasificación y con ese nuevo invento que es la Nations League. Hay mucho dinero en juego y es un chollo para la UEFA: utiliza a unos jugadores cuyos salarios no paga, y los devuelve luego a sus clubes en peores condiciones de las que tenían cuando llegaron (Mbappé y Pedri, por ejemplo). El seguro abona luego una ridiculez a los clubes por las lesiones y no hay ninguna compensación por el exceso de minutos en las piernas, por incorporarse con retraso a las pretemporadas o por perderse los partidos de las giras que tanta pasta reportan a los clubes. La FIFA es aún peor, como se verá con el absurdo Mundial de 2030, con 48 selecciones y 45 días de competición. Objetivo: ganar más. Realidad: Matar el fútbol.
Juego: ha habido muchos más minutos soporíferos, de juego aburrido, inconexo, poco valiente, que de verdadero espectáculo. Los equipos con las mejores plantillas, posiblemente Inglaterra y Francia, tienen a dos cicateros inútiles por seleccionadores, tipos cobardes que apenas arriesgan y que juegan como casi todos los equipos hoy en día: a no perder el balón. Juegan muy mal, como Italia, pero, además, juegan aburrido, muy planos. Por esa razón, los partidos que más he disfrutado son los de selecciones inesperadas, los de Suiza, Austria, Turquía, equipos mucho más directos y verticales, que no especulaban con el balón y no lo retrocedían y retrocedían hasta jugar con su portero. En el partido frente a Suiza (creo que fue ahí), Inglaterra insultó a toda su historia en el fútbol cuando sacó un córner hacia atrás, y el jugador, incapaz de centrar, aún más atrás, y el medio al defensa, y el defensa, presionado, a su propio portero. Un insulto al fútbol y a los espectadores.
Vuelvo a abogar por incorporar cambios en el Reglamento, pero el bajo nivel de juego no cambiará solo por una cuestión de normas. Lo es también de coordinación de los equipos, de jugar como un conjunto y no como una suma de individualidades, y en cada gran campeonato se aprecia con mayor claridad cómo el fútbol de clubes supera con mucho al de combinados nacionales. Brasil es otro gran ejemplo.
España: está jugando bastante bien, no tan bien como cantan nuestros entusiastas periodistas, encantados de que se les permita campar a sus anchas por la concentración (algunos se están cobrando cuentas pendientes con Luis Enrique), pero sí está mostrando un juego bastante sólido. Por lo menos, saben lo que hacen y juegan con un criterio. En estas alturas de la temporada, los jugadores de los principales clubes están fundidos: así se vio a Kroos, a Wirtz, a Modric, a Kane, Bernardo Silva, Jude Bellingham, Walker, Rice, a todos los italianos, a Mbappé y Griezmann… Son datos de la web FBREF y no incluye los partidos de selecciones:
Todos ellos están muy por encima de los 3.000 minutos de juego. Por el contrario, en España están destacando jugadores que apenas sobrepasan los 2.000 minutos en sus respectivos equipos, o que no los alcanzan, bien porque no han jugado competiciones europeas, o bien porque no son titulares. Es el caso de Cucurella, Fabián, Nico Williams, Dani Olmo, Laporte…
Lo de Rodri y Carvajal, con más de 3.500 minutos en sus piernas y el nivel mostrado, es de otra galaxia. El primero, porque su principal fuerte es la colocación, y el segundo, por la veteranía y eterna juventud que ha exhibido estas últimas temporadas, una vez cambiada su dieta y olvidadas sus lesiones. Hay otros dos jugadores en la selección con unas cifras muy elevadas y un rendimiento muy dispar:
A Lamine Yamal lo están explotando de una manera imprudente para su edad, como hicieron con Ansu Fati y Pedri en su día, jugadores que, bien por lesiones, bien por un mal trabajo en la musculación, no se han recuperado del exceso de partidos. El chaval se está saliendo, sigue fresco a estas alturas de la temporada, y ojalá su carrera no se frustre por estas minutadas. Su venta debería ser el alivio que las cuentas del Barça necesitan. Álvaro Morata no está fresco, pero no creo que sea por un exceso de minutos, venía así de serie. Simplemente está jugando a su nivel de las últimas temporadas.
Uno mira los minutos de Kane, Griezmann, Bellingham, Barella, Bernardo Silva, etc., con 1.000-1.500 minutos más sobre el campo, o lo que es lo mismo, 12-15 partidos más, y se entiende mejor por qué los nuestros llegaban antes a cada cruce y balón dividido. La frescura de piernas de los españoles ha sido fundamental hasta este partido, hace que estén en otro nivel, lo cual, en un fútbol tan físico como el actual, te da ese plus.
Hay otro jugador al que querría destacar, el portero Unai Simón. Ha estado muy bien, salvo en alguna de sus lagunas habituales con los pies, pero ha sido un seguro bajo palos, en las salidas por alto, y todo un crack con el micrófono para repartir guantazos educadamente a la prensa.
Luis de la Fuente: se merece todo el reconocimiento, también de los que dudamos de su valía para el puesto, entre los que me incluyo. Me cuesta mucho entender su horripilante gestión de Brahim, cuyas «medias horas» desde el banquillo podrían darnos extra o revolucionar los partidos como ha hecho ya varias veces con el Real Madrid. Casi se carga él solito el partido frente a Alemania con sus cambios, cuando sacó del campo a Lamine Yamal y Nico Williams, o luego al meter en la prórroga a Ferran Paque-Torres, pero hay que reconocer que ha sabido crear un grupo sólido, que juega a algo reconocible, y ha dado a los jugadores la confianza necesaria para que muestren la versión que están dando (Pedri y Morata, esto no va por Vds.).
Fue una elección de Rubiales, que nadie lo olvide, y fue otro de los que aplaudió al impresentable expresidente de la Federación en aquella sonrojante comparecencia, pero aquí hablamos de fútbol, y Luis de la Fuente ya ha sido campeón de Europa con la sub-19, con la sub-21 y mañana puede completar el tri-triunfo. No solo ha logrado formar un equipo, sino que se respira un ambiente sano, totalmente alejado de épocas anteriores.
Prensa: no ha sido una sorpresa, han sido, de lejos, lo peor. El autoproclamado «mejor periodismo deportivo del mundo» es un espanto, no hay por dónde cogerlo. Se han pasado estas últimas cuatro semanas preguntando a Nico Williams si le gustaría jugar en el Barça, o escribiendo sobre lo que sería ese dúo en el club azulgrana, hasta el punto de incomodar al chaval. La connivencia de la prensa con la Federación y LaLiga se ha visto claramente cuando el presidente del Athletic de Bilbao, Jon Uriarte, criticó abiertamente la presión a la que se ha visto sometido el chaval y la nula protección de la Federación. Pues resulta que han sido los periodistas habituales del «régimen» los que se han sentido aludidos y han salido a defender a la Federación y criticar al Athletic de Bilbao.
Joan Laporta hizo gala de su locuacidad habitual y se permitió hablar directamente de su fichaje, cuando las cuentas siguen sin salir, y parece que a la prensa tampoco le preocupó la cercanía con el partido de semifinales. Para completar el combo, los medios ponen el micro al otro bocazas habitual, Javier Tebas, y se despacha con un «el Barça podrá fichar a Nico Williams». ¿Pero si no ha entrado la pasta de Barça Studios, si no ha vendido a nadie, si no ha generado masa salarial, que sigue desbocada? ¿Y la prensa? Pues aplaudiendo todo esto en lugar de criticarlo. Las críticas son para el Athletic de Bilbao, es acojonante. Tebas ha regado a los medios con publicidad y ahora les pide que le ayuden en su revancha contra el Athletic: por no firmar el acuerdo con CVC, por no aprobar su enésima subida de sueldo, por pedir (como el Madrid) el fuera de juego semiautomático y la tecnología de gol, por salirse del perfil bajo de LaLiga con el escándalo del Barça y los pagos a Negreira, en resumen, por enfrentarse al sistema «tebano» como hasta ahora solo había hecho el Real Madrid.
Los políticos que se suben al carro: he dicho que la prensa ha sido lo peor, pero lo cierto es que tienen una dura competencia con la clase política, que ha querido politizar los éxitos de la selección. Parece que algunos han descubierto ahora que jugaban dos negros en la selección (¿puede decirse, o tengo que decir «afroespañoles»?) y han querido ligarlo a los menas, la inmigración/integración cultural, el auge de la extrema derecha y hasta a Nacho Cano.
Han resultado patéticos, nada que deba extrañarnos a estas alturas. Irene Montero, que ni había visto el partido, al hablar de los dos goles de personas «racializadas» frente a Francia (no sabía que Dani Olmo fuera una persona «racializada»). Echenique, Óscar Puente, Pablo Iglesias… Como no tienen ni idea de fútbol, ni les interesa, no saben que en la selección ya hemos tenido a Diego Costa, a Catanha, a Marcos Senna, ¡a Donato!, y no teníamos que escuchar chorradas. En los ochenta, la selección de baloncesto jugaba con Chicho Sibilio, ¿dónde se ha visto?, jugábamos con una persona o persone «racializada» y lo veíamos con la absoluta normalidad que estos sectarios no ven. Vicente del Bosque habló de dos «inmigrantes» que triunfaban con España, otro error más del elegido por el gobierno para controlar la descontrolada Federación Española de Fútbol. Nico nació en Pamplona y Lamine en Esplugues de Llobregat, pero son «inmigrantes», pues vale.
La final: mañana deberíamos ganar a Inglaterra. La selección española ha jugado mucho mejor que los ingleses, pero esto es una final y puede pasar cualquier cosa. La selección del torpón de Southgate lleva 13 partidos seguidos sin perder en Eurocopas (en la anterior cayó por penaltis en la final) y ha demostrado tener mil vidas, como se ha visto en las tres eliminatorias previas, en las que les ha tocado remontar una desventaja.
Para mañana pido dos cosas: el triunfo y que no se repita la foto de Pedro Rocha con el Rey. De pena, como todo en esa Federación corrupta que debería arrasarse con napalm. Bueno, y otras dos más: que Morata haga el partido de su vida, tan enorme como para merecer levantar como capitán el trofeo, y que Alcaraz gane Wimbledon. Casi nada.
Quizás un Taller de Agradecimiento no suene especialmente motivador para la gente de mi generación, los prejuicios hacen que los mayores pensemos en «cosas raras». Sin embargo, escuchas Gratitude Bootcamp, te cuentan que es una experiencia inmersiva en la India en la que podrás conocer otra cultura, encontrarte con gente excepcional, reflexionar sobre lo importante de la vida, incluso meditar, si es lo que quieres… reconectar con tu esencia o con aquellas cosas que la velocidad de tu día a día podía haber hecho que olvidaras, y puede que te suene mejor. Si además te explican que tu estancia allí va a ayudar a que se mantenga una escuela con 800 niños, lo normal es que ya te intereses, que quieras saber más. Y en cuanto lo conoces, te pones a mirar fechas para apuntarte al siguiente grupo.
Cuatro jóvenes españoles, Raquel, Andrea, Victor e Ismael, han creado en 2024 este Gratitude Bootcamp, toda una inmersión en una de las zonas más espirituales de la India. Como ellos lo explican mucho mejor que yo, les cedo la palabra.
EQUIPO GRATITUDE BOOTCAMP.- El Gratitude Bootcamp es una experiencia inmersiva de una semana donde participantes de España viajan a Bodhgaya, al noreste de la India, para vivir un viaje de la razón al corazón, conectar con uno mismo, tomar perspectiva y, sobre todo, aprender a vivir desde la gratitud. El coste de esta experiencia va íntegramente donado a la escuela Bodhi Tree School Foundation, una escuela que da educación de calidad a más de 800 niños de las zonas más pobres de la India. Completando cuatro Gratitude Bootcamps al año, lograremos soportar los costes básicos del colegio.
¿Cómo surge este proyecto?
RAQUEL.- Este proyecto surge de un viaje a la India que hicimos Andrea y yo en 2023 para ir a una boda en Calcuta de un amigo nuestro. Una boda que resultó ser acordada por las familias, ambas de clase alta, que duró tres días y en la que abundaron el lujo y el despilfarro. Allí le propuse a Andrea visitar Bodhi Tree School, un colegio único en el mundo, donde yo había estado como voluntaria allá por 2016 (Vacaciones solidarias en la India) y al que siempre había querido volver. El contraste no pudo ser mayor, pasamos de la ostentación y la riqueza desmesurada a la pobreza extrema en menos de una hora de avión. Fue vivir desde dentro las dos caras de la India.
Visitar el colegio fue increíble, ver cómo había evolucionado en estos ocho años, pasando de tener 400 a más de 800 niños, creando una unidad para niños con discapacidad o con habilidades especiales como dicen allí, creando una sala informática, un huerto para enseñar a los niños a cultivar sus propias frutas y verduras, una sede bancaria para enseñarles desde pequeños a ahorrar… Volver a ver a Dhirendra, fundador del colegio, después de tantos años y poder conversar con él durante horas sobre Bodhi Tree School y la transformación que viven estos niños cuando llegan al colegio fue muy especial e inspirador. Podría quedarme horas hablando de los increíbles cambios que había experimentado el cole y lo emocionante que fue para mí volver y verlo todo.
Sin embargo, algo que nos marcó mucho fue el daño que el Covid había hecho al colegio y a la región. El colegio se había quedado sin recursos, pues se sostenía sólo a base de donaciones y visitas de voluntarios y desde la pandemia los voluntarios habían dejado de venir, las donaciones habían bajado muchísimo y las necesidades allí, por el contrario, se habían triplicado. En ese momento que estuvimos no podían dar de comer a todos los niños del cole, cosa que sí hacían en 2016, y no eran capaces de calcular el número de niños nuevos que podían acoger por la inconsistencia e inestabilidad de sus recursos.
Ahí fue cuando Andrea y yo estuvimos dándole vueltas a qué podíamos hacer para ayudar a que Bodhi Tree pudiera ser sostenible económicamente y lograra seguir dando educación a más y más niños. Desde el minuto uno se unieron Victor e Ismael, nuestras parejas, que se emocionaron con todo lo que les contamos a la vuelta y quisieron ayudarnos a dar con la idea. Así fue cómo surgió el Gratitude Bootcamp.
¿Qué se va a encontrar todo el que se apunte al Gratitude Bootcamp, por qué decís que es un proyecto win-win, de doble dirección?
ANDREA.- Todo el que participa en el Bootcamp realiza un viaje de la razón al corazón, reconectando con su esencia, con las cosas realmente importantes de la vida: el amor, la alegría, la compasión y la gratitud. Ver el cambio que Dhirendra ha generado en estos 800 niños y sus familias demuestra que el progreso es posible y que, incluso con recursos muy limitados, todos podemos marcar la diferencia en el mundo.
En definitiva, es una experiencia transformadora que llena a los participantes de energía y de sentido del propósito, algo que se llevan a su vida cotidiana, haciendo pequeños y grandes cambios en su día a día y en el de su entorno.
Se genera un win-win porque, además de reconectar a las personas occidentales con los valores más importantes, ayuda a financiar el colegio. Cada participante aporta un mínimo de 600 euros por su alojamiento, dietas, visitas y transporte durante su estancia en la India, lo que deja un margen suficiente para invertirlo en mejoras sustanciales para el colegio. Además, para los niños de Bodhi Tree School, es una manera de relacionarse con personas de otras culturas, ampliar sus horizontes y ganar confianza en sí mismos, especialmente para las niñas, que en la India viven en condiciones de desigualdad.
En definitiva, se trata de un proyecto de doble impacto que permite que este oasis de gratitud y alegría en un sitio remoto de India se autofinancie y al mismo tiempo genere valor en los participantes que conectan con su parte más auténtica.
¿Qué es lo que hizo que te unieras a organizar una experiencia así sin haber estado nunca en el colegio ni en la India?
ISMAEL.- Lo más importante en la vida es que lo más importante sea lo más importante. En occidente siempre decimos la frase “no tengo tiempo de nada”, pero la realidad es que nos metemos en un bucle donde el día a día nos come y a menudo nos olvidamos de cosas como ayudar a los que más lo necesitan, cuidar a la gente de nuestro entorno o incluso cuidarnos a nosotros mismos y ser realmente felices.
Cuando Andrea me habló, con ese brillo en los ojos, de cómo era Bodhi Tree School y cómo era Dhirendra, tuve claro que el mundo tenía que conocerlos. Y nos pusimos manos a la obra para crear un modelo sostenible que financie el colegio, pero a su vez ayude y genere impacto en personas de occidente.
Tengo la suerte de haber trabajado en diversos retiros y experiencias tanto con niños como con adultos. En general, se genera una transformación muy importante en la vida de las personas, pero, además, si puedes hacerlo en un lugar tan mágico como la India, donde vives una realidad muy distinta a la nuestra, la predisposición de los participantes y por tanto los resultados que consigues son aún mucho más profundos. En resumen, ¡no podía no sumarme a esta aventura!
¿Cómo fue la experiencia una vez allí? ¿Era cómo esperabas o habías visualizado?
VÍCTOR.- Fue una experiencia muy enriquecedora, por un lado tuvimos la oportunidad de sumergirnos en la cultura local, aprender su forma de vida, su cultura y tradiciones y por encima de todo, su forma de pensar basada en la gratitud y en la ausencia de ese EGO que tanto daño nos hace. Por otro lado, las dinámicas de desarrollo personal del Gratitude Bootcamp nos permitieron hacer una pausa en nuestra vida para poder reflexionar, responder a «¿Quién soy y de dónde vengo?» y fijar un propósito cuya meta es tu felicidad.
Disfrutamos, reímos, lloramos, aprendimos y sobre todo, nos lo pasamos muy, muy bien.
¿Cómo está organizada la escuela Bodhi Tree School? ¿Y quién es ese sujeto al que todos definís como excepcional, que es Dhirendra Sharma?
ANDREA.- Dhirendra Sharma o, como nosotros decimos, Gandhi 3.0, es un hombre procedente de la zona rural de Bihar, una de las regiones más pobres de India. Creció en una familia muy pobre y fue el primero de su familia en pisar la ciudad y descubrir la ropa interior, el váter y el jabón a los 20 años. Al llegar a la universidad, a pesar de ser discriminado por su baja casta, Dhirendra se propuso aprender inglés a base de hablar con turistas y aprendió oratoria en la universidad. Su misión era demostrar al mundo que la educación puede borrar las líneas de la pobreza y la desigualdad. Así, fue ganando credibilidad dentro de la universidad y conoció a su maestro, uno de los últimos discípulos de Gandhi. Decidió dedicar su vida a la obra social a base de ofrecer oportunidades educativas a los niños de las zonas rurales de India, para romper el círculo vicioso de la pobreza.
Sin apenas recursos para llevar a cabo su sueño, Dhirendra se dedicó en los primeros años de su juventud a idear su proyecto. Definió los valores, el tipo de escuela que querría construir, y hasta visualizaba dónde estaría ubicada y qué elementos tendría.
Un buen día, conoció a un americano turista que quedó maravillado por los valores de Dhirendra y su vocación. Completamente inspirado por su historia y su propósito, él y su mujer decidieron donar sus ahorros para la fundación del proyecto, y así nació Bodhi Tree School.
12 años después, Bodhi Tree es un colegio de más de 800 niños becados en el que los alumnos aprenden, más allá del currículum académico básico, los valores de la gratitud y la alegría, el arte de la meditación, el respeto hacia la naturaleza, la igualdad entre hombres y mujeres, y desarrollan la capacidad de ser quienes realmente son, sin necesidad de encajar en los moldes estrictos de la sociedad.
Tal como lo describen algunos de los participantes del Bootcamp, este colegio representa “el cambio que todos queremos ver en el mundo”
Contadnos un poco sobre la región de Bodhgaya y su importancia «espiritual» en la India.
VICTOR. – La ciudad de Bodhgaya se encuentra en la región de Gaya, al noreste de la India. Lo más destacable de Bodhgaya es su templo Mahabodhi, erigido junto al Bodhi tree, lugar donde Siddhartha Gautama, Buda, se sentó a meditar, alcanzando la iluminación espiritual. Es considerada la cuna del budismo y sus seguidores peregrinan hasta allí para conocer el árbol, meditar y realizar ofrendas. Sus numerosos templos budistas, repartidos por toda la ciudad, y la multitud de fieles que se congregan en Bodghaya, confieren a la región una atmósfera espiritual que te invita a la reflexión y el autoconocimiento. Recorrer la ciudad es un continuo descubrimiento, te cruzas cantidad de monjes budistas vestidos con sus típicas túnicas naranjas y en cada rincón te sorprendes con algún ritual o pequeña ofrenda.
RAQUEL, en febrero de 2024 hicisteis el primer Bootcamp con 22 participantes, ¿podrías hablarnos del doble impacto generado con este bootcamp y los proyectos que se financiaron con el dinero?.
El Bootcamp de febrero fue nuestro “estreno” y no pudo salir mejor. Nos permitió confirmar que no éramos los únicos locos que se maravillaban con Dhirendra y con el colegio, nos hizo ver que la gente necesita una experiencia así para dar un parón en su día a día, tomar perspectiva y valorar aspectos de su vida. Gracias al primer Bootcamp pudimos financiar varios proyectos que Dhirendra llevaba años queriendo hacer:
Reparación del autobús escolar: 2.000 euros. Con la reparación del bus ahora se puede llegar a niños de aldeas rurales más lejanas y traerles a Bodhi Tree School. Además han reparado el autobús convirtiéndolo en una librería móvil que los fines de semana va por los pueblos llevando libros a los más pequeños.
Instalación de un purificador de agua en el colegio: 1.500 euros. Gracias al purificador, ahora los niños pueden beber un agua segura y estar siempre hidratados, sobre todo en las épocas de más calor (Enlace a Nuestro Nobel de Economía).
Instalación de paneles solares: 3.000 euros. El ser autónomos con la energía ayuda a que el cole no sufra cortes de electricidad constantes, algo muy común en la zona.
Adquisición de productos de higiene femenina: 500 euros. Muchas niñas no tienen acceso a estos productos o no pueden permitírselos y, gracias a esta donación, ahora Bodhi Tree School cuenta en su enfermería con una amplia gama de productos de higiene femenina.
Reacondicionamiento de algunas clases: 500 euros. Se han pintado las clases, reparado algunas fachadas del colegio y adquirido pupitres nuevos.
¿Qué se va a encontrar el viajero/voluntario/alumno del Bootcamp? ¿Qué mentalidad o disposición debe llevar el viajero para sacar el máximo provecho de una experiencia así?
ISMAEL. – En primer lugar, el viajero debe saber que solo con su participación está ayudando a estos 800 niños a tener la oportunidad de cambiar su presente y su futuro a través de la educación, y de tener una oportunidad de salir de ese círculo de pobreza.
Pero la participación en Gratitude Boodcamp es mucho más, es un viaje interior en el que buscamos reconectar con la esencia más pura de cada persona. Queremos encontrar esa zona de genialidad que todos tenemos y sacarla a relucir o potenciarla aún más, para lograr lo mejor de nosotros mismos.
Así que, para poder hacer una transformación tan importante, necesitamos tres elementos:
Humildad: debe hacer una introspección, sin miedo y dejando el ego a un lado, para identificar aquellas cosas en su vida que no están fluyendo y que pueden mejorar.
Voluntad de cambio: deben ser exploradores con ilusión para conseguir ser su mejor versión.
Capacidad: conocerán herramientas y estrategias para implementar esos cambios en su vida, pero deben trabajar y ser valientes y constantes, para integrar todos los nuevos elementos.
Y aunque a Dhirendra no le guste hablar de las cosas materiales, ¿qué coste tiene la semana de inmersión y qué cubre?
ANDREA.- El bootcamp dura siete días y tiene un coste de 600 euros, que incluye el alojamiento, la comida y todos los desplazamientos y visitas. No se trata de un voluntariado, sino de una especie de campamento-retiro, donde por las mañanas hacemos actividades culturales, visitamos templos y monumentos, y pasamos tiempo en el colegio, contagiándonos de la alegría y gratitud de los niños, y por las tardes realizamos actividades de introspección y desarrollo personal.
Es un proyecto sin ánimo de lucro, donde los organizadores somos voluntarios que trabajamos con el propósito de ayudar a Bodhi Tree School a autofinanciarse y a seguir creciendo. Normalmente, al terminar el Bootcamp, los participantes realizan un recorrido por algunos puntos de interés de la India, y muchas veces lo hacen en grupo, ya que surgen amistades y vínculos muy profundos tras haber vivido una experiencia transformadora como esta.
¿Es una experiencia recomendada solo para gente joven o para todas las edades?
RAQUEL.- Sin duda, para casi todas las edades. En el primer Bootcamp, los participantes teníamos entre 25 y 43 años, pero en el de agosto vamos a tener a gente de más de 50 y hasta cuatro personas con más de 60 años. Para el año 2025, estamos pensando en montar un grupo para que puedan acudir familias con sus niños, ya que hay muchas personas que nos lo han preguntado. Antes de ir conviene saber lo que te vas a encontrar: al tratarse de una inmersión total en el país, el alojamiento es austero, sin grandes lujos ni comodidades, pero en el que te vas a sentir muy cómodo. La comida es sabrosa y abundante, a todos nos encantó, pero es la que hay en la India, no vas a encontrar un menú a la carta. Por tanto, el Bootcamp es apto para todas las edades, además, la diversidad enriquece la experiencia. Lo importante son la actitud y las ganas de empaparse de la experiencia.
¿Podríais decirnos nuevas fechas, cómo inscribirnos, redes sociales y otras maneras de colaborar para los que no puedan ir al Bootcamp?
EQUIPO GRATITUDE BOOTCAMP.-
Nos quedan pocas plazas, pero aún hay disponibilidad para los dos próximos bootcamps:
Del 9 al 18 de agosto.
Del 25 de octubre al 3 de noviembre.
Del 1 al 9 de diciembre.
Los interesados solo tienen que visitar nuestra página web o nuestras redes sociales: @gratitude.bootcamp en Instagram.
A partir de ahí, nos ponemos en contacto con ellos y resolveremos todas sus dudas sobre el proyecto, los viajes y demás.
Igualmente, aquellas personas que quieran contribuir con donativos u otros medios, existe un GoFundMe donde hacer donaciones: https://www.gofundme.com/f/help-us-sustaining-bodhitree-school o pueden ponerse en contacto con nosotros a través de la web o las redes sociales, y les ayudaremos a encontrar la forma correcta.
Se han publicado recientemente las estadísticas agregadas de 2023 sobre la producción normativa del Estado y las comunidades autónomas, y la situación apenas ha mejorado respecto al año anterior. El pasado ha sido el segundo año de la década con mayor número de páginas publicadas en los boletines oficiales, con unas cifras muy cercanas a las de 2022, casi 1,3 millones de páginas. Si tenemos en cuenta que el gobierno estuvo en funciones casi cinco meses, se comprueba que el parón no sirvió de freno en su capacidad para legislar en exceso y, en ocasiones, con precipitación.
Pese al cierre temporal en las Cortes, se publicaron 683 normas estatales, unas cuatro por día de actividad. En el primer post sobre la hiperregulación, la conclusión que alcanzaba era que el problema no es que se legisle mucho, sino que se legisle mal, o de manera precipitada en muchos casos. Se saca adelante la norma para tratar de solucionar el problema puntual, sin pensar en una medida de futuro. Buena parte de esta hiperactividad normativa se centra en reformas de índole tributaria para incrementar la recaudación y con ello se está afectando la competitividad de las empresas españolas, además de frenar a las que pretenden invertir en nuestro país (Hiperregulación, 2ª parte).
Es cierto que este porcentaje no tiene en cuenta a las empresas financieras, que en España se han beneficiado de tipos más bajos en los últimos años, pero no deja de ser un tipo impositivo elevado para el resto, con impacto directo en la tesorería de las empresas, y muy alejado del que los sucesivos ministros de Hacienda (de Montoro a Montero) anuncian ocasionalmente en prensa para señalar a las grandes empresas. Con todo, el problema no es el tipo impositivo (si tiene que ser del 20%, como si tiene que ser del 30%), sino lo enrevesado del sistema tributario nacional, con sucesivas reformas contradictorias que llevan años recurridas y que, cuando se resuelven en el sentido que todos los que trabajamos en las empresas esperábamos, como con el impuestazo de Montoro, resulta que han transcurrido ocho años, han mermado las tesorerías de las empresas y ahuyentado a potenciales inversores extranjeros.
Entre la hiperactividad normativa, los constantes cambios para incrementar la recaudación en el corto plazo, la lentitud de las resoluciones de los recursos presentados y las trabas para devolver lo cobrado de más, España está retrocediendo a marchas forzadas en todos los índices de competitividad fiscal o de potencial atractivo para las inversiones extranjeras. Según el Índice de Competitividad Fiscal, hemos retrocedido al puesto 31 de 38 países de los países de la OCDE considerados:
No es un asunto exclusivo de este gobierno, sino que viene de mucho tiempo atrás (el que quiera, que busque en este mismo blog y que compruebe que no es un tema partidista) y se observa en cada nuevo informe que se publica sobre calidad institucional, eficacia de los sistemas tributarios o control del gasto público. Uno de los últimos informes del BBVA Research, sobre la inversión en España y en la Unión Europea, analizaba datos del Banco Mundial y concluía que «de 1996 a 2022, España es el segundo país de la Unión Europea, solo por detrás de Chipre y por delante de Hungría, donde más ha empeorado la calidad institucional, lo que desincentiva la inversión en capital físico y humano y en I+D».
Vale, venga, ya, el panorama es desolador, ¿y ahora qué? ¿Qué se puede hacer? Este informe del think tank Multinacional.es recoge algunos datos más sobre el panorama actual y algunas propuestas de mejora. La llamada «buena legislación» (el better regulation anglosajón) debería caracterizarse por varios factores:
Previsibilidad: para garantizar certidumbre a los potenciales inversores.
Simplicidad: normas de fácil interpretación y que no conduzcan a ambigüedades o nuevos recursos.
Minimización de las cargas administrativas: el ordenamiento jurídico español, con la distorsión autonómica, no facilita la reducción de la carga.
Participación ciudadana: contar con las asociaciones y organizaciones reconocidas para aportar elementos de juicio ante el problema sobre el que se legisla.
Evaluación de impacto ex ante: valorar los posibles efectos de la norma aprobada, medir su impacto y, sobre todo, derogar lo que deja de tener vigencia.
Evaluación de impacto ex post: verificar el cumplimiento de los objetivos y la interacción con las normas existentes. Por desgracia, nos hemos acostumbrado a que cada nueva norma lleve aparejada una ristra de problemas o contradicciones con las ya existentes.
El Informe tiene un apartado muy interesante sobre el cumplimiento del Plan Anual Normativo del gobierno, muy significativo de lo que está ocurriendo. Se trata de un Plan que se publica cada año en el que el gobierno anuncia las iniciativas legislativas que pretende aprobar cada ejercicio. El análisis se centra en el cumplimiento del Plan Anual de 2021 (PAN-21) y concluye que:
Se han aprobado el 57 por ciento de las iniciativas previstas y otro 37 por ciento comenzaron su tramitación.
Por otro lado, una cantidad ingente de normas no previstas se sacaron adelante. 261 nuevas normas: una reforma constitucional, 32 reales decretos-leyes, 3 leyes orgánicas, 9 ordinarias y 216 reales decretos.
Se han aprobado 31 de las 43 normas previstas en el Plan de Recuperación, Transformación y Resiliencia, lo cual no está mal del todo, es un cumplimiento del 75 por ciento de lo previsto. Pero es que se aprobaron otras 56 normas asociadas al Plan de Recuperación que no estaban previstas en el PAN-21.
Todo esto lleva a pensar en la improvisación. O en algo peor que la improvisación: la necesidad de atender a los compromisos con los socios de gobierno. A los que trabajamos en las empresas nos traen de cabeza con tanto cambio y tanta adaptación a los nuevos requerimientos. Al inversor extranjero lo espanta. Por tratar de aportar algo al debate, ¿qué propone este informe?
Previsibilidad normativa: el cumplimiento de los Planes Anuales Normativos y la reducción sustancial de las normas no previstas en los mismos.
Simplicidad normativa: derogar numerosa legislación obsoleta y homogeneizar la legislación en todo el territorio nacional para evitar la fragmentación de mercado (imposible, I know). Solo el 15 por ciento de ese millón y pico de hojas de normativas provinieron del Estado.
Minimización de las cargas administrativas: un mantra tan repetido desde hace décadas que suena a utopía. Plantéate abrir tu negocio y verás lo que es vivir El proceso de Kafka en tus carnes.
Incremento de la participación ciudadana: evitar la costumbre tan extendida de los gobiernos de Sánchez y Aznar de esquivar los trámites de audiencia, las consultas previas y las consideraciones de las asociaciones que pudieran verse afectadas.
Evaluación de impacto ex post. Continua, constante, para evitar la desactualización, los costes innecesarios y derogar todo lo que obstaculiza la iniciativa empresarial.
Creo que no soy el único que está agotado solo por intentar estar actualizado, lo cual resulta imposible. Así que me entran ganas de pensar en la jubilación y hacer cálculos, pero va a cambiar tantas veces la norma de aquí a «que me toque» que no me atrevo ni a empezar.
En el próximo post trataremos de ver cómo ha afectado toda esta hiperactividad normativa a los Fondos Next Generation, ese dineral que se suponía que iba a dar un impulso a la economía española (espero no tardar mucho en escribirlo, porque me pueden cambiar todo en semanas).
Decía en la primera parte que Carlos Pumares nos hizo querer saber más de cine, conocer nuevas películas, sus actores y directores, en qué otras historias habían salido (porque para nosotros eran «historias», nada de «producciones», mucho menos «productos»), qué merecía la pena y qué no, o en qué debíamos fijarnos. Pues bien, José Luis Garci fue ese otro tipo que nos hizo entenderlo, comprenderlo, averiguar cómo enlaza una escena con otra, o qué pinta ese objeto ahí, que parece casual y luego su presencia resulta cualquier cosa menos fortuita. Está ahí para algo, aunque solo sea para despistar. No solo nos enseñó algunos de los trucos del cine, sino que hizo mucho por situar cada obra en su época, en su momento, por hacernos ver por qué ese plano que ahora podía no llamarnos la atención, en su día resultó revolucionario.
Todo ese conocimiento nos lo transmitió en sus programas de los lunes Qué grande es el cine, años noventa, y en los sucesivos Querer de cine o el podcast Cowboys de medianoche, que se mantiene vivo, muy vivo. De José Luis Garci siempre me interesó más su modo de contar el cine que el que tenía de hacerlo, de dirigirlo él mismo. Me pasaba con algunos de sus contertulios: podían no gustarme sus obras, ya fueran directores o escritores, pero me encantaba escucharlos destripar una película. Y disentir. Me gustaba escuchar sus tertulias, no solo porque explicaban magníficas películas, sino porque Garci las disfrutaba y transmitía ese cariño al espectador, esa pasión. No en vano los adjetivos que más empleaba son «portentoso», «prodigioso», «asombroso», porque a él, pese a ser un guionista y director multipremiado, las habilidades de sus colegas le seguían maravillando. Y te lo hacía ver.
Supongo que muchos de mi generación conocimos a Garci en nuestra adolescencia por el Óscar que se llevó en 1983 por Volver a empezar. También por su voluntarioso acento en inglés. Con los años conoceríamos muchas otras de sus películas, Asignatura pendiente, Sesión continua, El abuelo y la estupenda El crack. Años después supe que había sido coguionista de ese -portentoso, asombroso, prodigioso- mediometraje que fue La cabina, de y con Antonio Mercero. Corría el año 1972 y Garci no había estudiado en la escuela de cine, lo estudiaba en las salas. Pertenece a ese amplio grupo de directores que comenzaron en el mundo de la escritura de guiones. «Como Billy Wilder», le escuché en una entrevista. Tras el Emmy de La cabina, aún hizo cosas algo surrealistas de encargo como esa versión hispano-casposa de La naranja mecánica titulada Una gota de sangre para morir amando (Clockwork Terror), de Eloy de la Iglesia.
Pasó a la dirección animado por José María González-Sinde, padre de la que fuera ministra de Cultura, porque en el joven guionista intuyó que analizaba las películas «por planos»: un plano general, un plano corto, la cámara se mueve, aparece un indio… el wéstern como formación y aprendizaje. Todo lo demás, la técnica, dónde situar la cámara, cómo hacer que los intérpretes se muevan, lo aprendería con los años, seguramente tratando de llevar a la pantalla los millones de imágenes de cine (mayormente hollywoodiense) que pasaban por su cabeza.
No hace mucho, en dos post recientes, comentaba por aquí que posiblemente el montaje sea la parte más tediosa de hacer una película. Idear, escribir, producir, mover la cámara, interpretar, poner música o efectos a las imágenes… todo ello me resulta muy apetecible. Motivador. Meterme en una sala de montaje para seleccionar el plano adecuado, dejar los fotogramas idóneos y hacer las transiciones adecuadas, peor aún, meter la tijera, desechar planos que adoras, pero que tienes que dejar fuera porque entorpecen el ritmo… ver y rever un mismo plano o una secuencia hasta el hastío… no motiva. Sin embargo, el bueno de Garci, que sabe de esto infinitamente más que cualquiera de nosotros, contestaba con su sabiduría habitual que el montaje era su parte favorita de hacer una película: «Siempre ha sido el montaje, porque ahí se une la parte del escritor con la parte del director. Es una reescritura con imágenes, modificas todo».
Garci nos ayudó a descubrir a John Ford, a Howard Hawks, a Frank Capra, Fritz Lang, a Orson Welles, sin olvidar a Coppola, Scorsese o Tarantino. A Hitchcock y Wilder posiblemente ya los conocíamos. En mi caso, pasé de interesarme por los actores, a los que conocía muy bien por los estupendos ciclos de La2, a hacerlo por los directores. En los primeros años de sus programas, grababa solo las películas. Con el tiempo pasé a grabar también los debates. Y en ocasiones, solo estos si conocía bien los títulos seleccionados. Ahora, aun treinta años después, en ocasiones descargo los podcast de Qué grande es el cine (QGEEC) que permanecen colgados en Ivoox. En todos ellos se aprecia su gusto por seguir viendo películas, por poder disfrutarlas, sin el esnobismo de algunos. Dejo en este enlace un fragmento de cómo, ya en los ochenta, anticipaba que el cine no iba a morir por el hecho de que hubiera menos espectadores en las salas. Lo que moría era ese concepto de espectador, porque ahora, y con ello anticipaba el éxito de las plataformas actuales, se podía ver más cine que nunca (Enlace).
Si hablo de José Luis Garci, no puedo olvidar dos pasiones que comparto: el fútbol y los libros de cine. El fútbol es parte del paisaje en varias de sus películas, como El Molinón en la que le dio el Óscar, o la voz del Butano en la escena del mechero en El crack. Aprovecho para compartir una entrevista que concedió en La Galerna, el medio en el que colaboro, donde dejó perlas como que Hitchcock y el suspense son puro madridismo, o que Simeone falló al no hacer un Django desencadenado en la semifinal con el Real Madrid. Genio.
En cuanto a sus libros, solo los títulos lo dicen todo: Beber de cine, Latir de cine, Querer de cine… Morir de cine. Porque el cine es para él, como para tantos de nosotros, Una vida de repuesto. Gracias.
Igual que hicimos en 2020, tocaba hablar de la NBA y de la gran final que hoy comienza, y la persona que más sabe de la liga norteamericana a este lado del charco es mi hijo, así que le cedo la palabra para que haga sus pronósticos que (seguro) serán mucho más acertados que los míos.
Ibra.- Tras unos playoffs llenos de sorpresas en ambas conferencias, las finales de la NBA ya están aquí, y este año nos presentan dos equipos llenos de historia gracias a algunos de sus protagonistas. Porzingis contra Dallas, equipo en el que jugó durante casi 3 años y nunca encajó como co-estrella de Luka Doncic. Y por otro lado, el anticipado retorno de Kyrie Irving a Boston, franquicia de la cual se marchó como agente libre en 2019 tras jugar 2 años y asegurar que pensaba renovar con el equipo. Los fans de los Celtics nunca le han perdonado este gesto y desde entonces siempre que vuelve a Boston es recibido con insultos, abucheos y pancartas de odio. Es de esperar que todo esto se multiplique en esta serie teniendo en cuenta que está en juego el título de campeón de la NBA. Dejando el drama de lado, analicemos los equipos y hagamos una predicción sobre el resultado final de esta interesante serie.
Como representante de la conferencia Este, vienen los Boston Celtics liderados por Jayson Tatum y Jaylen Brown. A priori el aplastante favorito a ganar esta serie y alzarse con el título de la NBA. ¿Y por qué digo aplastante favorito? ¿Es una exageración? Miremos qué dicen los datos.
Antes de comenzar esta temporada 23/24, el ex entrenador de los Celtics, Brad Stevens, ahora General Manager de la franquicia, finalizó dos traspasos clave. El primero por Jrue Holiday, anterior base de los Milwaukee Bucks, y el segundo por Kristaps Porzingis, el pívot letón de casi 2,20 metros proveniente de los Washington Wizards. A cambio tuvieron que sacrificar jugadores valiosos en su banquillo como Malcolm Brogdon y Robert Williams III, además del alma del equipo, Marcus Smart. Sin duda una dura decisión, criticada por parte de los fans del equipo, pero estos movimientos de plantilla posicionaron a los Celtics como principales favoritos a ganar el anillo desde antes de que comenzara la temporada.
Los resultados hasta ahora han sido hasta ahora excelentes, 64-18 en temporada regular, 14 victorias por encima del segundo clasificado en el Este, y tan solo 2 derrotas en estas 3 anteriores series de playoffs. Pero en cierto modo, estos resultados no son sorprendentes, el equipo ha jugado un total de 96 partidos (82 de regular season y 14 de playoffs), en los cuales, de acuerdo con las casas de apuestas americanas, sólo partían como no favoritos en 3 de ellos. Y si nos enfocamos sólo en los playoffs, el récord de 12-2 que llevan hasta ahora no luce mucho debido a las lesiones que han tenido sus equipos rivales. Es importante mencionar que Porzingis también ha estado fuera por lesión, pero no es el jugador estrella de los Celtics, como sí lo son Jimmy Butler en Miami Heat, Donovan Mitchell en Cleveland Cavaliers y Tyrese Haliburton en Indiana Pacers.
Viniendo por el Oeste tenemos a los Dallas Mavericks de Luka Doncic y Kyrie Irving. Al contrario que Boston, su presencia en estas finales es una sorpresa para muchos. Tras terminar la temporada regular con un récord de 50-32, en quinta posición de la siempre ultra competitiva conferencia Oeste. En su camino a las finales, primero tuvieron que eliminar a los Clippers de Harden, Paul George y Kawhi Leonard en 6 partidos, aunque Leonard sólo pudo jugar 2 partidos de la serie por lesión. Luego al primer clasificado en temporada regular, los Thunder, también en 6 partidos, y por último en 5 partidos a unos Timberwolves, que venían enchufados tras eliminar a los Nuggets de Jokic, vigentes campeones de la liga. Todo esto sin contar con ventaja de campo y saliendo como no favorito al comienzo de estos tres enfrentamientos.
Dallas viene en una muy buena dinámica, Doncic está a su mejor nivel, Irving es un segunda espada de lujo, Derrick Jones Jr está acertado desde el triple, PJ Washington y Daniel Gafford (adquiridos en febrero justo antes de la fecha límite de traspasos) han encajado a la perfección; e incluso el rookie Dereck Lively II está dando la talla. Jason Kidd parece haber dado con la tecla y tiene al equipo rodando, sin embargo, me parece muy difícil que gane Dallas por su falta de armas en defensa. Dependen mucho de Gafford, Washington y Jones, que no son jugadores especialmente buenos defensivamente, y de lo poco que puedan aportar Doncic e Irving.
Los únicos factores que veo favorables para Dallas son que ya han sentido presión en estos playoffs, se han visto en situaciones desfavorables y han sabido superarlas, mientras que Boston aún no ha jugado contra nadie que le ponga en problemas. Y el factor estrella, Dallas cuenta con el mejor jugador de la serie en Luka Doncic y eso siempre es algo a tener en cuenta. Por el contrario, Boston lo tiene todo para ganar, un ataque balanceado, aunque depende del acierto de 3 algo más de lo que debería; y una de las mejores defensas de la liga con estrellas en ese área como Derrick White y Jrue Holiday que junto con Jaylen Brown pueden hacer un trabajo decente con Doncic e Irving en el perímetro. También cuentan con el factor experiencia. En Dallas, sólo Irving y Jones saben lo que es jugar las finales, además de Jason Kidd en su época de jugador. Mientras que Boston ya perdió en las finales de 2022 contra los Warriors de Curry, cuando ya contaban con un equipo muy similar al de este año. Sin embargo, los traspasos mencionados antes por Holiday, que ya sabe lo que es ganar un anillo en Milwaukee en 2021, y Porzingis que no ha llegado tan lejos nunca, pero vuelve 100% recuperado de su lesión, creo que le dan la profundidad necesaria a esta versión de los Celtics para ganar el anillo número 18 de la franquicia.
Personalmente, como fan del Real Madrid le tengo cariño a Luka Doncic y quiero que gane. Pienso animar a Dallas con toda mi alma estas finales, pero se me hace muy difícil ver a Boston perdiendo. Mi corazón tira hacia Dallas, pero mi cabeza y conocimiento baloncestístico me dicen que debería ganar Boston. Como predicción final, creo que tras unas finales de conferencia cortitas, los dioses del basket nos van a brindar una final disputada y muy competitiva. Ganará Boston en 7 partidos, y Jayson Tatum será el MVP de las finales.
Barney.- Pues sí, todo me lleva a pensar que debería apostar por Boston Celtics. Su temporada está siendo redonda, típica de equipo aspirante indiscutible al título: primeros de toda la NBA en victorias (64-18), factor cancha a favor, y unas series en las que se han deshecho de sus rivales de manera contundente, Miami Heat (4-1), Cleveland Cavaliers (4-1) e Indiana Pacers (4-0). Sus jugadores de perímetro se han mostrado muy solventes en el tramo final de temporada (Jaylen Brown, Derrick White, Jrue Holiday y Jayson Tatum), interiores con buena mano como Horford y todo hace indicar que recuperan al letón Porzingis para las finales. Debería apostar por ellos, decía… pero lo haré por Luka Doncic, Kyrie Irving y los Mavericks de Dallas.
¿Razones? Que me apetece mucho verlos ganar, ese es el principal motivo. Dallas ya ha logrado un gran éxito llegando a la final y ganando la Conferencia Oeste con el factor cancha en contra en todas las eliminatorias. Solo eso es un meritazo enorme, pero voy más allá: superar tres eliminatorias tan duras como las que han tenido frente a los Clippers de Los Ángeles, los Thunder de Oklahoma y los Timberwolves de Minnesota no ha sido una cuestión de suerte o de un momento puntual del equipo. Hay un bueno juego de conjunto, grandes individualidades, picos de forma de algunos miembros del equipo, acierto de los secundarios y convencimiento. Sobre todo esto último: ha habido convicción en el equipo. Han creído que podían subirse al carro de Luka Doncic y Kyrie Irving, y apoyar a los dos cracks para lograr la victoria en campos tan complicados como los de sus rivales.
En la serie contra los Wolves, Luka Doncic pareció estar en su mejor momento de forma de todos los playoffs, como si hubiera dejado atrás las molestias que tuvo frente a los Clippers. Sus porcentajes de tiro también han mejorado notablemente, hasta llegar a la exhibición del primer cuarto en el partido definitorio de la serie en Minnesota. 18 puntacos en siete minutos para poner tierra de por medio. Cuentan en algunos círculos que el sexto partido, de haberse producido, coincidía con la final de la Champions del Real Madrid, y que Luka no estaba dispuesto a perdérsela, razón por la cual aceleró sus ritmos para destrozar a los locales y no alargar más la final de Conferencia.
Por otro lado, a sus 32 años, Kyrie Irving ha alcanzado el punto de madurez necesario en su carrera para entender lo que el equipo necesitaba de un jugador dotado de un talento descomunal como el suyo, y de ese modo ha logrado complementarse a la perfección con Luka para, entre ambos, machacar desde el perímetro a cualquier rival. A los Mavs les falta juego interior, sin duda, máxime tras saberse que Porzingis será de la partida, pero el letón es poco amante de la pintura y le gusta más abrirse para tiros exteriores, luego quizás no sea un alta tan determinante. Además, los Celtics han sabido adaptar el juego a su ausencia, y ahora tendrán que volver al esquema anterior, lo cual no es nada negativo, sino, posiblemente, una alternativa más para el equipo. Pese a las buenas prestaciones de Dereck Lively II, pese a la energía mostrada en algunos partidos, no parece que sea suficiente para dominar los aros, pero todo está por ver. A estas alturas de la temporada, la cabeza pesa más que el físico, aunque el físico tiene que estar a tope para no arrastrar a la cabeza. Será una final en la que la mentalidad y el control de las emociones pueden ser decisivos si se llega a finales igualados, como se ha visto en las eliminatorias anteriores. En esos momentos chungos, los Celtics también han demostrado una solvencia más que sobrada, pero, ¿qué decir de los Mavericks de Dallas?
Ibra y yo tuvimos la suerte de estar en el Palacio de los Deportes el día en que debutó Luka Doncic con el Real Madrid. El primer balón que recibió se cascó un triple desde la esquina. Este chaval prometía y no dejaba de crecer año tras año, pero además, demostró tener un gen competitivo impresionante, como el que tienen muy pocos jugadores. No rehúye el combate, no se escaquea de asumir responsabilidades, siempre da un paso al frente, aunque sigo pensando que su mayor virtud no es su acierto individual, sino cómo hace mejorar al resto del equipo, compañeros que entienden perfectamente su visión periférica de todo el campo, su facilidad para encontrar siempre al jugador desmarcado o colgar el balón cerca del aro para el alley oop. Luka y Kyrie, Kyrie y Luka, han logrado convencer al resto de la plantilla de que no eran inferiores a nadie y que había que luchar cada partido y cada posesión, apretar un poco más defensa para lograr el éxito. Están enseñando al resto a ganar.
The Wall Street Journal ha dedicado un artículo esta semana a Luka Doncic y al lugar en el que aprendió a ganar: el Real Madrid. La mentalidad, la constancia, la filosofía de la victoria, el instinto asesino… de todo ello hablan en este artículo. Y Luka no ha llegado a la final para no ganarla, ¿no? Así que mi apuesta es que ganan los Mavs en 7 partidos, 4-3. Con Doncic como MVP.
Por cierto, llevamos una curiosa racha de derrotas de los favoritos en las finales: Leverkussen en la Europa League, Fiorentina en la Conference, Manchester City en la FA Cup… Solo ha cumplido con su papel triunfador en las finales… el Real Madrid. Va a ser muy complicado, pero… mucha suerte y ¡Hasta el final…!
Pues sí, ya puede decirse, cantarse, celebrarlo: sí, sí, sí, la Champions ya está aquí. La 15, ni más ni menos, o la Decimoquinta. Para los que bordeábamos la treintena sin haber visto al Madrid ganar una Champions, lo que estamos viviendo es una barbaridad, un sueño, una enormidad descomunal. Nueve «orejonas» en los últimos veintiséis años.
Es el resultado de una buena gestión en lo deportivo y en lo económico, de un equipo en el que todos han aportado lo que se necesitaba en cada momento. Hoy apenas quiero mencionar a los mejores, Vini con sus regates y sus incansables esfuerzos por desbordar en banda, Jude Bellingham, quien no pudo mantener toda la temporada el fenomenal juego y ritmo que tuvo los primeros cinco meses en el club, y, por supuesto, Toni Kroos con la manija, dirigiendo al equipo, marcando la velocidad a la que debía jugarse o dónde trazar la línea del conjunto. Ancelotti ha levantado su quinta Champions, lo que no va a evitar que algunos sigan cuestionando su valía como estratega, como ENTRENADOR, o que quede nuevamente como poco más que un gestor de egos. Un alineador, que era lo que decían de Zidane esos supuestos expertos que no se cansan de errar en sus predicciones.
De todos ellos se esperaba su rendimiento, sobresaliente, como el de Valverde, Rüdiger (vaya paso adelante el suyo) o el de Modric en sus medias horas finales, pero hoy quería hablar de los héroes inesperados, los guerreros que resultaron claves para lograr este éxito:
Lunin: en verano se lesionó Courtois y en el propio club se confiaba poco en el ucraniano como portero titular para toda la temporada, tan poco que incluso se contrató a un refuerzo, Kepa. Lunin se fue haciendo con la portería con sus buenas actuaciones, y con la confianza fue creciendo y creciendo hasta resultar infranqueable frente al Leipzig en octavos y ante el Manchester City en los durísimos cuartos de final. Para la historia, la tanda de penaltis ante los de Guardiola. El gesto de Lunin apenas varió tras la clasificación. Hablamos de un tipo que se casó en chándal, un extraterrestre impertérrito que sorprendió día a día, incluso con el juego de balón con el pie. Esta Champions le debe mucho a Lunin, sin olvidar el comportamiento perfecto de Kepa durante los diez meses de cesión. Nunca una mala cara, un mal gesto, siempre estuvo ahí para colaborar con el equipo, como al aleccionar al ucraniano sobre los lanzadores del City.
Mendy: comenzó la temporada muy cuestionado, que si el Madrid debía reforzar este puesto con Alphonso Davies o con algún otro, que si las lesiones, que si su manera de sacar el balón jugado… Ferland Mendy ha dado una exhibición tras otra en defensa de lo que debe ser un defensa. Claro que no es un extremo izquierda, ni será nunca un espectáculo ofensivo como Roberto Carlos o Marcelo, pero ha sido una roca inexpugnable, un muro que no han podido superar los rivales en ningún momento. Ayer mismo leía una estadística que decía que solo le habían regateado una vez en todas las eliminatorias: fue ante el Bayern de Múnich y supongo que fue la de Sané en la ida. Ni una sola vez se fueron los atacantes del Leipzig ni del Dortmund la marca de Mendy. Ni una sola vez, y fue clave, los extremos del Manchester. La seguridad de Mendy fue tal que Carletto pudo diseñar un entramado defensivo sin ayudas para el francés, lo que no pudo hacer en el otro lateral, donde Valverde tuvo que multiplicarse para apoyar a Carvajal ante Grealish, Doku y todo el que atacaba machaconamente por allí.
Joselu: cómo me alegro del éxito de este jornalero del fútbol, de un tipo al que le llegó la oportunidad de su vida el verano pasado, con 33 años. Tras descender de manera consecutiva con sus últimos equipos, Alavés y Espanyol, parecía que a Joselu le quedaba un final de carrera en equipos entre la Segunda y la pelea por evitar el descenso, pero llegó a Chamartín y se puso a disposición del entrenador para lo que hiciera falta. ¿Que había que rematar algo, lo que fuera, un centro preciso o uno malo, una sandía, un pelotazo al centro del área? Ahí estaría él para meter la cabeza, el pecho o la rodilla. Cuando el Madrid perdía ante el Bayern de Múnich a falta de quince minutos para el final, a Ancelotti y a su hijo no se les ocurrió mejor alternativa: sacamos al tipo este que lo remata todo. Y Joselu respondió como siempre, con lucha y con acierto. Dos goles, el segundo de ellos con la espinilla, y a la final.
Brahim: pocos jugadores han aprovechado mejor los pocos minutos que el joven malagueño (que jugará con Marruecos, por cierto, por la incompetencia del seleccionador y los dirigentes de la Federación). La colección de golazos que nos ha dejado Brahim esta temporada es bestial. Villarreal, Cádiz y, sobre todo, el que sirvió para que el equipo se llevara la victoria en Leipzig. Para mí, firme candidato al top-5 de goles de la Champions. Otro jugador al que nunca se le vio una mala cara pese a que sus buenas prestaciones no fueran acompañadas de más minutos sobre el campo.
Nacho: el capitán que tuvo el honor de levantar el trofeo, el hombre de club que lleva catorce temporadas sin ser titular, pero que ha jugado cientos de partidos en los que ha rendido siempre al máximo nivel. Había dudas sobre si afrontar toda la temporada solo con Rüdiger y Nacho, tras las lesiones de larga duración de Alaba y Militao, y el de Alcalá de Henares ha respondido siempre, aunque tuviera enfrente los delanteros más peligrosos de Europa. Se merece ese momento con la Champions, esa foto alzando la copa. Y ojalá siga. Una temporada más, al menos. No hay defensas en el mercado con un perfil tan solvente y polivalente.
Carvajal: vaya temporada la suya, vaya manera de sacar los dientes en defensa y de contribuir en ataque. Tras varios años en los que las lesiones sembraron dudas sobre el lateral, este curso ha dado una lección tras otra de buen hacer sobre la banda, de cubrir muchísimo campo, de ampliar las opciones en ataque (no sé si podré acostumbrarme a un Madrid sin los pases cruzados de Kroos para Carva). Por si todo lo que aportó en defensa (pese a los complicadísimos retos ante Bayern y City) no fuera suficiente, marcó el gol decisivo en la final de Wembley. De cabeza, entre los gigantones alemanes. Es su sexta Champions y en las seis ha sido titular, algo que no pueden decir ni Nacho, ni Modric. Este equipo es imprevisible y sus héroes, inesperados.
Davide Ancelotti: «algo está tramando», me decía una y otra vez cuando le veía decir algo a su padre al oído. Hay que cambiar esto, o lo otro, o sacar a Joselu, o cambiar a Rodrygo de lado. Algo había visto en su tablet que tenía que ser corregido y se lo mostraba a Carletto, quien, con la cena levantada, daba el OK. Esta Champions es también de Davide, del «enchufe» al que estoy seguro que veremos como primer entrenador algún día. No sé dónde será, pero estoy convencido de que lo veremos. Los jugadores lo adoran, no hay más que ver el cariño que le profesan en cada cambio, en todas las celebraciones.
¿Y Courtois? Otro al que no se esperaba y llegó al final de la temporada para aportar su granito de arena. Y Lucas Vázquez, le pongan donde le pongan. Camavinga, ya sea como revulsivo o como titular con todo el peso del centro del campo, como en la final. Tchouaméni, Rodrygo, el joven Güler… A ver hacia dónde progresa este equipo, a ver de qué manera encaja Endrick, si eso supondrá alguna salida, y a ver qué ocurre finalmente con Mbappé. En estos años de su no-llegada, el equipo ha levantado dos Champions. Tres, si contamos también la de 2018, cuando fichó por la sucursal de Catar en París. Solo pido que haga como todos los que he mencionado: que aporte al grupo, que no interfiera este clima tan sano que se ha creado en la plantilla.
Quentin Tarantino opinaba en sus Meditaciones de cine sobre esos críticos cinematográficos que parecen odiar su trabajo, o al menos lo transmiten en sus palabras, gente cuyos artículos «reflejaban un afán de venganza hacia la propia película (no solo los sacaba de quicio tener que escribir la reseña; los sacaba de quicio ya de entrada tener que ver la película)». Para alguien como Tarantino, quien, en sus años de empleado de videoclub debía ver entre cuatro y cinco películas diarias (y las disfrutaba), la actitud de estos críticos era incomprensible. Gente que no disfrutaba haciendo lo que para muchos como el cineasta sería el mejor trabajo posible. Hace años no solía perderme las críticas de Carlos Boyero, pero llevo mucho tiempo pensando que su actitud huraña, furibunda, o no sé cómo definirla, descreída, es más una pose que una realidad, entre otras cosas, porque no podría haber sido crítico de cine durante tantos años si las películas sobre las que escribe le provocan tamaño aburrimiento. Y esa negatividad (que tan bien transmite) hace que cada vez lo lea menos.
El cine debe ser algo distinto a la vida. Una válvula de escape, una manera de meterte en otra vida. Si la tuya es aburrida, una película puede ofrecerte una alternativa, aunque apenas dure dos horas. Antes de cumplir los veinte, yo ya tenía un cierto bagaje cultureta-cinéfilo, pero de mero espectador, nada «gafapasta», debido a los innumerables programas dobles de sesión continua en los cines a los que nos llevaba mi padre. En esos años, finales de los ochenta, conocí en la radio a un tipo singular, un crítico cinematográfico que era todo lo contrario a lo que tenía entendido que era su oficio: Carlos Pumares. Polvo de estrellas era su programa, que se mantuvo en Antena 3 de 1982 a 1993. Comenzaba a continuación del Butanito, y por eso lo conocí, pero llegó un momento en que pasábamos de la bilis del periodista deportivo y deseábamos que comenzara el hombre del «Sí, buenas noches, dígame».
Carlos Pumares era la Wikipedia de cine de mi generación, nuestro IMDb en el que saber qué más había hecho tal director o actriz; era, incluso, nuestro Filmaffinity en el que comprobar si los gustos que teníamos sobre una película u otra coincidían con las de «los que saben». Porque para mí, Carlos Pumares no era uno de «los que saben»: era el que más sabía y con el que podía identificarme. No coincidía con muchas de sus opiniones, pero al menos, me gustaba de él que evitaba toda esa pose acerca del cine serio o culturalmente reconocido. Me gusta o no me gusta, me divierte o no me divierte. El cine es mucho más sencillo que las pajas mentales que los críticos al uso se montaban sobre las producciones que se estrenaban cada viernes o que se presentaban en unos festivales que eran la cumbre del esnobismo.
«No hay película buena o mala, hay película entretenida o aburrida».
Había oyentes que llamaban a Carlos Pumares y le narraban una escena que andaba por ahí, perdida en algún rincón recóndito de su memoria, con la esperanza de que, con un par de datos, el crítico les recordara el título para poder buscarla.
– Recuerdo una peli que vi de niño, que salía una cabaña en lo alto de la montaña, y ahí vivía una familia…
– ¿Era en blanco y negro?
– En blanco y negro -decía el oyente.
– ¿La película era en blanco y negro o su televisión era en blanco y negro?
– Ah, claro, hace tantos años… en casa de mis padres, sí, la tele era en blanco y negro.
En un porcentaje muy alto, daba el título y describía parte del argumento posterior para que el oyente confirmara si era o no lo que andaba buscando. En los tiempos pre-Internet, Carlos Pumares era el buscador de los oyentes. Aquel tipo aparentemente cascarrabias me hacía pensar que yo quería saber algún día de esto. No contaba con alcanzar su erudición, aquel conocimiento enciclopédico, pero sí, al menos, con ser capaz de recordar, comparar, interpretar escenas, memorizar secuencias… ¡saber! Me hizo querer saber de cine.
Como cada crítico, tenía sus filias (Billy Wilder, John Ford, Alfred Hitchcock, Howard Hawks…) y sus fobias (Robert de Niro, David Lynch, Meryl Streep, Glenn Close, Laurence Olivier) y en su repertorio tenía varios especiales que solía emitir con periodicidad anual: sobre Casablanca, sobre sus canciones favoritas, sobre bandas sonoras… y el esperadísimo y nunca bien ponderado episodio monográfico sobre el monolito de 2001, Una odisea en el espacio.
Carlos Pumares fue una de esas personas que nos hizo entender que estábamos por el buen camino si lo que anhelábamos era disfrutar de un buen entretenimiento, nada de trascender, plantear problemas existenciales como si nos fuera la vida en esos noventa minutos, y nos mostró, de manera especial, que estaba prohibido aburrir.
Estos días, mientras escuchaba algunos podcasts que han rescatado momentos de sus programas (gracias a La Libreta de Van Gaal por la recopilación), me he dado cuenta con cierto regocijo de que compartía opinión con él sobre Blade Runner: “no es ni buena, ni mala. Es aburrida”. Y no solo eso, también decía que, cuando la estrenaron, la mayoría de los críticos opinaron lo mismo que él, se aburrieron en la sala, “pero luego escribieron otras cosas”.
Porque Pumares era genuino, sonaba veraz, honesto, era su opinión y la soltaba, sin filtros, sin miedo a diferir de la versión “oficial” de la crítica biempensante. Sus opiniones sobre los festivales y el pasteleo de los mismos eran sinceras, se nos hacían cercanas: odiaba los rollos pretenciosos intelectualoides infumables, que eran los que precisamente se llevaban los premios. Y seguro que también odiaba a los críticos que elevaban a los altares a esos tostones infumables La eternidad y un día, de Theo Angelopoulos. Siempre he pensado que no hay mejor título para definir el sopor. En eso compartía lo que comenta Quentin Tarantino en el mismo capítulo sobre los críticos:
«Daba la impresión de que la mayoría de los críticos que escribían para periódicos y revistas se situaban por encima de las películas que les pagaban por reseñar. Cosa que nunca pude entender, porque, a juzgar por sus textos, evidentemente no eran superiores. Miraban por encima del hombro las películas que proporcionaban placer, así como a los realizadores que poseían una comprensión del público de la que ellos carecían».
Porque Don Carlos Pumares era lo que el director de Knoxville valoraba en el crítico Kevin Thomas: «uno de los pocos profesionales de su medio que disfrutaba de su trabajo y, por tanto, de su vida».
No había una «mejor» película de todos los tiempos, porque podían ser cuarenta o cincuenta. Del mismo modo que no había un «mejor director», porque había muchos muy buenos. Totalmente de acuerdo. Pumares era políticamente incorrecto, claro que sí, lo cual se agradece y se echa de menos. Hoy sus opiniones estarían más que censuradas por los numerosos grupos de ofendiditos que pueblan las redes. Sería tildado de machista por su modo de hablar de actrices «estupendas», mujeronas espectaculares firmes candidatas a entrar en su selecto «Club», formado por un grupo de señores seguidores de actrices, «que son muy buenas actrices, y además están muy ricas».
Kathleen Turner estaba muy rica, incluso ahora que está caballuda.
No sé qué le ven a María de Medeiros. Al natural, tiene bigote.
Carlos Pumares también nos enseñó a valorar la importancia de la voz original de los actores. A nosotros, que solo conocíamos las versiones dobladas. «Usted no puede saber si es buen o mal actor si no lo ha escuchado nunca en versión original». No odiaba el doblaje tanto como el Cinemascope u otros formatos que alteraban la imagen, pero nos incitó a disfrutar las películas en versión original. Del mismo modo que nos animaba a ver el cine en las salas, porque en el vídeo (y hablo de nuestros VHS de los ochenta y principios de los noventa) no se veía nada.
Y menos si la película es muy oscura. Y si encima salen muchos negros, como en esta, ¡pues no se ve nada!.
¿A quién se le ocurre rodar Asalto a la comisaría del Distrito 13 en esos ambientes tan oscuros? ¡Pero si solo salen negros! ¡No se ve nada!
Carlos Pumares falleció en octubre del año pasado, con ochenta años y (sospecho) muchas cosas aún por contar. Si tenía esa edad cuando falleció, eso significa que tenía maneras de abuelete cabreado con el mundo cuando aún no había cumplido los cincuenta años, pero es que creo que la suya era una pose mucho más honesta que la de Carlos Boyero. Era considerado con el oyente, no con el oyente plasta que iba solo a soltar su lista de autores, sino con el oyente callado, con ganas de aprender, con ganas de conocimiento, con deseos de entender y amar el cine. Con el que deseaba empaparse de buenas películas. «Vaya a verla. Mañana mismo, no haga más planes, vaya a verla». Y por supuesto, con él aprendimos a decir: