Terceras partes (II): buenas, dignas y espantosas

La primera parte de las terceras partes no es igual a la segunda parte de las terceras partes, sean contratantes o no (Groucho siempre en el recuerdo). Así que, una vez defendidas las grandes terceras partes de la historia de las sagas, vamos con el segundo bloque de mi clasificación particular:

  1. Buenas, muy buenas, obras maestras.
  2. Dignas, aceptables.
  3. Espantosas, innecesarias, errores desde su misma génesis.

2.- Dignas, aceptables. Se trata de películas que nunca nos van a gustar como sus predecesoras, pero las soportamos bien por el cariño que sentimos por los personajes, o por esa nostalgia de las propias historias originales. O bien, simplemente, porque valoramos la buena intención de sus autores (más allá del afán recaudador de los productores), aunque la historia no diera más de sí y finalmente resultara fallida o algo pesada. Casi acaba en este saco la tercera de Nolan sobre Batman, por ejemplo, así que vamos con este grupo de obras, quizás el más numeroso.

El Padrino III: la crítica estuvo muy dura con el final de la trilogía de los Corleone, pero, ¿es realmente una mala película? ¡Pues no, coño, no lo es! Tiene momentos verdaderamente notables, pero su mayor problema es la comparación con las dos obras originales de la saga, consideradas siempre entre las mejores películas de la historia del cine. Llama la atención que durante varias décadas se consideró a El Padrino como la mejor película de siempre, a veces, con un consenso tan unánime (y contradictorio a la vez) como el de «la segunda es la mejor de toda la saga». El Padrino III es una buena película, pero no resulta excelsa, una obra maestra, como las anteriores. Y ahí es donde pierde por goleada, con la comparación, aumentada por el hecho de los dieciséis años transcurridos desde la anterior y el efecto nostalgia. También pierde en la comparación, al menos para quien esto escribe, Andy García, quien no tiene la talla de Al Pacino, Marlon Brando y Robert de Niro como cabeza visible o capo de «los negocios de la famiglia«. Puede que el papel de Sofia Coppola también tuviera sus pegas, como afirmaron los críticos que se cebaron, pero el momento de su muerte y posterior llanto silencioso de Michael Corleone es sobrecogedor, magnífico. Y me encantan los esfuerzos de Michael por blanquear sus negocios, las relaciones de la familia con el Vaticano o los «clásicos» de esta trilogía clásica imperecedera: la música de Nino Rota, las celebraciones, los asesinatos, la fotografía tenebrosa y tenebrista de Gordon Willis. ¡Claro que es una tercera parte digna, almas de cántaro!

Regreso al futuro III: recuerdo que en cierta ocasión preguntaron a Carlos Pumares por el homenaje al wéstern que Spielberg y Zemeckis pretendieron hacer con la tercera parte del Back to the future, y el locutor de radio respondió enfadado algo así como: «¡pues para hacerlo así de mal, prefiero que no me homenajeen!». La idea de rodar esta tercera parte surgió ya durante el rodaje de la primera, según parece, tras una conversación entre Zemeckis y Michael J. Fox en la que hablaban de que, ya que tenían una máquina del tiempo en sus manos, qué época les gustaría visitar. «El salvaje oeste», contestó el actor. Y con esa idea en mente se pusieron a trabajar años después. La tercera parte de la trilogía se rodó junto con la segunda, y de ese modo lograron abaratar costes y mantener a todo el equipo. Para los que vimos la segunda en los cines, fue una sorpresa encontrarnos con imágenes de la tercera sin llegar a salir de la sala. A mí me gusta, me entretiene, me hacen gracia los homenajes a los topicazos del saloon, los tipos duros y malencarados, la locomotora descontrolada, Clint Eastwood y la plancha de metal de Por un puñado de dólares. ¿Que puede tener incongruencias de guion? Seguro que sí, aunque la mayor de toda la saga sucede en la segunda y ya la expusieron de modo brillante en The Big Bang theory:

El ascenso de Skywalker: ya le dediqué un post entero a los grandes fallos del remate de la tercera trilogía de Star Wars, made by J.J. Adams (la falta de continuidad con las ideas de Rian Johnson en el Ep. VIII: Los últimos Jedi, los usos nunca vistos antes de la Fuerza, los orígenes de Rey), pero también a sus grandes aciertos, la recuperación de ideas clásicas, la épica, el retorno a lo que siempre funciona. A mí me parece un final digno a una trilogía que nunca nos hará sentir como la original, cuando éramos críos, ni denostarla como la trilogía de precuelas, cuando íbamos de treintañeros protestones a los que nos han cambiado nuestro universo. Como dijo Arturo González-Campos, «Protestaste porque en el VII no te contaban nada nuevo, protestas ahora porque todo ha cambiado. A lo mejor es que esa es tu forma de disfrutar de la saga, protestar porque no han hecho la película como tú querías«. Mejor disfrutarlas con la madurez, pero sin tirar cohetes.

La venganza del Sith: el broche a las precuelas de Star Wars. No soy fan de ninguna de las tres, pero la tercera, al menos, subía el nivel de La amenaza fantasma y, sobre todo, de la soporífera El ataque de los clones. No merece dedicarle más tiempo, se ve, se digiere y se olvida pronto.

Alien 3: alguno se me tirará al cuello, «¡es indigna, es una bazofia!» y tal, pero creo que tiene un pase. O creo que el pase lo tiene por todo lo que vendría años después, Alien Resurrection, Prometheus, Romulus, peleas vs Predator y demás variantes de una saga que comenzó con dos películas que posiblemente sean obras maestras. La primera, Alien: el octavo pasajero, del género de terror mezclado con ciencia ficción, y la segunda, Aliens, el regreso, del cine de acción pura y dura. Alien 3 no es una mala película, aunque sus decorados claustrofóbicos hacen que parezca una serie B algo mejorada, y lo cierto es que no lo era para la época: 50 millones de dólares de presupuesto. Pero la producción y el rodaje debieron ser caóticos, por lo que han contado sus autores. Supuso el debut de un genio como David Fincher en la dirección y contaba con Walter Hill entre los guionistas, pese a lo cual, no hubo comunicación suficiente en el equipo, se incorporaron numerosos cambios durante el rodaje y el propio director renegaría del proyecto en entregas posteriores. Llegó a decir que le daban el plan de rodaje por la mañana, o el guion de lo que iban a rodar al día siguiente. Aun con todo, logró entretenerme. Ahora bien, la prueba de fuego: ¿cuántos años hace que no la veo? Pues muchos, seguramente más de veinte. ¿Y las dos primeras? Pues mucho menos.

Matrix Revolutions: puf, bueno. No sé cuál es su mayor pega. La primera Matrix fue una obra revolucionaria que, como se dice ahora, «nos voló la cabeza», nos puso patas arriba muchos conceptos cinematográficos, culturales, sociales… Matrix reloaded, su continuación, fue entretenida, exagerada por momentos, con buenas secuencias de acción. La trama de Revolutions es, posiblemente, más redonda que la de la anterior, ¿entonces, qué problema tiene? Pues puede que algo tan simple como que resulta aburrida por momentos. Pero es un digno final de la trilogía. ¡Ah, no, que, casi veinte años después, sus directores, ahora ya directoras, hicieron una nueva! Totalmente fuera de todo.

Harry el ejecutor: Harry el sucio, Harry el fuerte, Harry el ejecutor, Harry Callahan a secas. Este tipo fascista, racista y al servicio de la ley fuera de la ley es siempre él mismo. Ni siquiera recuerdo mucho las diferencias entre Harry el fuerte, Harry el ejecutor e Impacto súbito, solo sé que «era él». En La lista negra sí era un poco diferente porque los años no pasan en balde y el tipo de gatillo fácil era algo más reflexivo. Medio segundo, no mucho más. Yo he visto a Harry Callahan en numerosos papeles a lo largo de la carrera de Clint Eastwood. Es Bronco Billy, el alpinista de Licencia para matar, el veterano que enseña a El principiante, El sargento de hierro, el fugitivo de Alcatraz, y, ya avejentado, el dueño del Gran Torino, el predicador de El jinete pálido, el vengador de Sin perdón, y la mula de Mula. Es él, uno de los grandes. Menos en Los puentes de Madison.

Rocky III: la han puesto a parir muchas veces, pero a mí me siguen gustando todas las de Rocky, excepto la quinta, algo en lo que coincido con el propio Stallone. El malo malísimo que le zurra la primera vez era el popular actor de los ochenta Mr.T, el MA del Equipo A. Y luego viene lo de siempre, el entrenamiento con música, el sacrificio, la revancha… ¿no era lo que queríamos? ¿Alguien esperaba otra cosa? ¿Como la de la quinta, por ejemplo? Pues así salió el engendro que finalmente resultó. No te puedes tomar en serio estas pelis, solo la primera, como con John Rambo. Rambo III… jo, jo, jo… imposible no reírse, difícil no disfrutarla. La primera era buena, la segunda, una macarrada fascistoide y molona, la tercera… inenarrable. Uno de mis placeres culpables.

Mad Max III: más allá de la cúpula del trueno. Nunca fui muy fan de estas pelis sobre un futuro apocalíptico, por eso no me encaja mal con las anteriores, no resulta indigna en una historia que parecía agotada hasta que George Miller la rescató con fuerza treinta años más tarde. Eso sí, esta tercera, ¡con Tina Turner!, es una muestra más de que, en ocasiones, el incremento de presupuesto no beneficia a las historias.

A veces es un problema de expectativas, de lo que se denomina ahora con frecuencia, «hype». Y sobre hype y trilogías, encontré este curioso gráfico, con el que coincido solo en parte:

Concluirá…

Terceras partes (I): buenas, dignas y espantosas

Hace muchos años que el dicho aquel de «segundas partes nunca fueron buenas» dejó de tener validez. El Padrino II, Aliens: el regreso, Terminator II, El imperio contraataca, El templo maldito, Regreso al futuro II… son solo unos ejemplos. Lo que no era habitual es que el número apareciera en el propio título. De hecho, se atribuye al empeño de Francis Ford Coppola el logro de incorporar el ordinal en el título que se lanzó al mercado con ocasión de la secuela de El Padrino. «Eso no lo ha hecho nadie nunca. Tendrás que pensar en otro título», le dijeron los productores. Sin embargo, el éxito de la primera parte y el convencimiento del director de que el título no podía ser otro, hicieron que al final se saliera con la suya.

En épocas anteriores, las secuelas se titulaban como una indisimulada continuación de la original:

  • Frankenstein y La novia de Frankenstein.
  • El padre de la novia y El padre es abuelo. Las de Spencer Tracy, Joan Bennett y Elizabeth Taylor, porque décadas después serían El padre de la novia y Vuelve el padre de la novia.
  • El planeta de los simios y Regreso al planeta de los simios. Y Huida del planeta de los simios, etcétera, en las secuelas posteriores.
  • Drácula, La hija de Drácula, El hijo de Drácula.

Mas, por lo visto, tampoco es del todo cierta la leyenda atribuida al genio de Coppola. La primera secuela de la historia que incorporó el II en el título fue Quatermass II, una producción de la mítica Hammer de 1957. Tan poco conocida que ni llegó a estrenarse en España.

En cualquier caso, hoy me preguntaba si, en estos tiempos actuales de secuelas que se perpetúan muy por encima de lo necesario, podría afirmarse que «terceras partes nunca fueron buenas». Y mi respuesta es que no, que por supuesto que NO coincido con esa afirmación. Claro que hay secuelas infumables que tratan de aprovechar el éxito inicial de sus predecesoras y agotan la buena idea inicial hasta convertirlas en aborrecibles, pero hay otras terceras partes que complementan y hasta pueden mejorar lo previamente visto, en especial si, como ocurre tantas veces, se «deja crecer» a los personajes, se les incorporan nuevos matices, traumas pasados o habilidades, o se juega con un humor autoparódico que remita a las anteriores. Y si repaso una larga lista de terceras entregas encuentro verdades joyas, incluso obras maestras que redondean una trilogía. Probablemente tantos como truñacos insoportables, que también los hay.

De eso va el post de hoy, para lo cual he dividido las terceras partes en tres grandes bloques por categorías:

  1. Buenas, muy buenas, obras maestras.
  2. Dignas, aceptables.
  3. Espantosas, innecesarias, errores desde su misma génesis.

1.- Buenas, muy buenas y obras maestras. Las que superan la brillantez de la original o mantienen el altísimo tono de la segunda parte, o bien, cierran de manera excelsa una trilogía. Por razones que a los aficionados se nos escapan, en ocasiones le da a los productores por hacer años después una cuarta parte que destroza o pone patas arriba buena parte de lo anterior. Sus urdidores deberían haber sido arrojados previamente a la fosa de Sarlacc, el río de lava de Mordor o la fosa del cañón de la Media Luna, por citar tres estupendos sitios de las obras que las precedieron. Vamos con ellas.

El retorno del Rey: mi favorita de la trilogía de El señor de los anillos de Peter Jackson. La primera tardaba en arrancar, creaba los personajes y los mundos de la Comarca, Moria o el bosque de Fangorn y la segunda se interrumpía cerca de un momento cumbre, sin culminar, con demasiados frentes abiertos. En la tercera todo cobra sentido, se unen las piezas sueltas por toda la trama y cada personaje se enfrenta a su misión. Todo ello en un entorno de batallas épicas. El asedio de Minas Tirith, la carga de los jinetes de Rohan, la batalla en los campos de Pelennor, la evolución de Gollum y Frodo, la entrada en Mordor y todo el cierre de la historia en el Monte del Destino. Once Óscar a estas tres horas de gozoso disfrute.

El retorno del Jedi: durante mucho tiempo fue mi favorita de la trilogía original de Star Wars (Ep. IV a VI), y puede que lo siga siendo. Los personajes habían crecido mucho desde La guerra de las galaxias, entendemos mejor sus comportamientos, vemos la evolución que han tenido (Luke, Han y Leia son muy diferentes a los pipiolos de la primera) y, además, se concluían las tramas abiertas en El imperio contraataca. Pero la destaco de manera especial por el enriquecimiento (y posterior redención) del mejor villano que hayamos visto en una sala de cine, Darth Vader.

Toy Story 3: pues es la mejor de la saga, sin duda. Cuando creíamos que esta «historia de juguetes» no daba más de sí (lo cual se apreció en la cuarta), llegaron los guionistas de Pixar y nos pegaron este guantazo quince años después de la primera entrega (de 1995 a 2010). El niño Andy ha crecido, sus circunstancias han cambiado tanto como las de los juguetes, pero aun con una historia aparentemente infantil, los creadores de esta historia fueron capaces de crear uno de los momentos de mayor ternura que recuerdo en mucho tiempo (comparable a muy pocas, quizás a otra joya de Pixar, el arranque de Up). Sucede justo al final, tras salvar a los personajes de otro momento angustioso que seguro que aterró a más de un niño en las salas: la escena de la incineradora de residuos, con todos los juguetes abrazados antes de enfrentarse a una muerte segura. Da igual tu edad, es una puñetera maravilla de película.

Indiana Jones y la última cruzada: la primera de la saga del famoso arqueólogo, En busca del arca perdida, impactó a toda mi generación, nos metió de lleno en un tipo de cine que parecía olvidado a principios de los ochenta, el cine de aventuras sin freno. Con nazis, acción, humor y la chica del prota. La segunda, El templo maldito, fue algo siniestra, macabra y se recreaba en la truculencia, pero resultaba igualmente brillante. La tercera añadió a todo lo anterior el mejor humor que se ha visto en la serie, no ya por boca del personaje principal, ese Indy algo canalla y sarcástico, sino por ese padre interpretado con socarronería y enorme carisma por Sean Connery. ¿La mejor de la trilogía? Pues… puede serlo perfectamente. El joven Indy, los orígenes del látigo, el sombrero, la cicatriz en la barbilla, la relación con su padre, la afición a los enigmas… Lo tiene todo y lo cuenta todo sobre el personaje, ¿de verdad era necesario hacer continuaciones 19 y 34 años más tarde?

La jungla de cristal: la venganza: la primera se tituló en España La jungla de cristal en lugar del Die hard original, porque sucedía en un edificio en el que se reventaban todos los cristales de las ventanas y sonaba a La jungla de asfalto, así que tocaba seguir con esa «jungla» que no se aprecia ni de lejos en las siguientes entregas, pero, ¿acaso importaba? La mejor sigue siendo la primera (al menos para mí), y a continuación en mis preferencias viene esta tercera. ¿La razón? Los villanos: Alan Rickman y Jeremy Irons. Están varios cuerpos por encima de los que interpretan los personajes de Franco Nero y William Sadler en la segunda. Y para que una buena trama de acción funcione, es imprescindible contar con un villano de altura. Si, además, pones a Samuel L. Jackson al lado de John McClane, el entretenimiento está asegurado.

El caballero oscuro: la leyenda renace: a mí personalmente me resulta la menos interesante de la trilogía de Christopher Nolan sobre Batman, tras El caballero oscuro y Batman begins, en mi orden de preferencias, inverso al cronológico. De hecho, casi la paso al bloque de las terceras partes «solo» dignas. Pero me parece un buen cierre a la trilogía sobre este superhéroe «intruso», como decía aquel monologuista. Intruso porque, contrariamente al resto, carece de superpoderes. Y ni que decir tiene que las obras de Nolan me parecen muy superiores a las anteriores versiones de Tim Burton y Joel Schumacher. No tiene el interés de la primera (que apenas parece una más de Batman), ni un personajazo como el Joker de la segunda (Heath Ledger), pero aporta nuevos personajes de muchos quilates, como esa Anne Catwoman Hathaway, y en especial, Bane (Tom Hardy, más hijop… que nunca) y Miranda Tate (Marion Cotillard). Es algo más larga de lo que quizás merece la historia (165 minutos), pero se aguanta bien. Impagable ese final tan parodiado para todo tipo de memes, el cruce de miradas entre Christian Bale y Michael Caine.

2.- Dignas. Son continuaciones sin el nivel de las dos primeras, pero, al menos, resultan aceptables, complementarias. O simplemente bienintencionadas, pero fallidas, en ningún caso detestables, como las que aparecerán en el tercer bloque, que pueden llevar a desear el asesinato (intelectual, se entiende) de sus autores.

El Padrino III, Regreso al futuro III, Alien 3, Matrix Revolutions… Sí, sí, lo sé, todas ellas tienen muchos detractores, pero me apetece defenderlas.

(Continuará…)

Cómics (II): El abismo del olvido

El abismo del olvido, historia guionizada por Rodrigo Terrasa e ilustrada por Paco Roca, obtuvo a principios de este año el premio al mejor cómic de 2023 en la categoría de Mejor Obra Nacional. Me interesé por esta novela gráfica al conocer que su ilustrador era el historietista Paco Roca, autor de Arrugas, una de esas obras plenas de sensibilidad, buen gusto y ternura hacia los personajes como la que recomiendo hoy. No he leído el cómic Arrugas, de 2007, una obra que recibió numerosos premios durante los siguientes años, incluido el Premio Nacional de Cómic, pero sí he visto la adaptación cinematográfica, seleccionada para los Goya y el Óscar al mejor largometraje de animación. Una maravilla.

El abismo del olvido está empapada de la misma tristeza que Arrugas, pero es una tristeza que no sé muy bien cómo definir. Ambas obras tratan temas difíciles (el Alzheimer en el caso de Arrugas, la exhumación de fosas comunes de la guerra civil en El abismo del olvido), pero es un sentimiento que, no exento de amargura, dota a sus personajes de una especie de rebeldía ante la situación, de aceptación ante el “sé lo que ocurrió”, pero a la vez de no aceptación porque “tengo que intentar revertirlo”.

El dibujo es realista, la paleta de colores escogida para el pasado tira mucho de ocres, incluso sepia en ocasiones para acentuar el tono «histórico», y sus personajes no dejan de ser unos tipos a los que la guerra sorprendió en un bando determinado. Individuos de pueblo, campesinos, agricultores o estudiantes a los que les tocó empuñar un fusil, o recibir un disparo.

La exhumación de fosas comunes de los fusilamientos de la guerra civil es un asunto controvertido en este país nuestro, tan dado a los extremos y a buscar lo que nos separa antes que lo que nos une. Una pena. Yo mismo reconozco que me pongo a la defensiva cuando aprecio afán revanchista en algunos de sus promotores (Memoria II: el olvido), casi siempre políticos interesados sin más interés que el de buscar la polarización, y, por eso mismo, reconozco que me gustó tanto la novela gráfica de Paco Roca.

Porque no hay rencor pese a la barbarie sufrida por tantas familias, porque no encuentras ánimo de venganza en los familiares, porque no ves más que una profunda tristeza en esa anciana, en su día niña, que sueña con el momento en el que su padre reciba una sepultura que ella considera adecuada, o la deseada, junto a su madre.

Hay numerosas fosas comunes sin localizar en España, pero también hay muchas otras perfectamente identificadas, en cementerios o fincas, pero en las que los cuerpos permanecen tal cual fueron arrojados hace noventa años. De una de ellas, en el cementerio de Paterna, trata la obra de Rodrigo Terrassa y Paco Roca. En lo formal, la obra tiene esa visión algo cinematográfica del autor, que no huye de recursos visuales como panorámicas, acercamientos a los personajes, saltos temporales o primeros planos más cercanos al documental.

La obra no puede eludir que hubo dos bandos, como no puede obviarlo cada película, libro o documental que se haga sobre nuestra cruenta guerra civil, pero no hay un interés especial en mostrarlo, en centrar la historia en ello, sino en las familias, en las personas, en quienes sufrieron el conflicto. Lógicamente, se centra en la recuperación de los cuerpos por parte del lado que sufrió más víctimas, el represaliado por el bando franquista. El que estuvo abandonado a su suerte durante décadas.

La historia de Pepica Celda en la que se centra la obra es la de una niña que se despidió de su padre en una cárcel en 1940, que supo que había sido fusilado poco después, como escuchó su madre en la distancia, es la de una joven marcada que se pasó el resto de su vida con el pensamiento de lograr recuperar los restos, los cuales estaban perfectamente localizados, aunque difícilmente distinguibles de los de los paisanos que fueron arrojados a la misma fosa en el cementerio de Paterna. En la obra, con 81 años, es ya una mujer que solo quiere descansar, y que sabe que lo conseguirá cuando los restos de su padre sean reubicados junto a los de su madre (interesantes las referencias a Troya, Aquiles y los restos de Héctor en la antigua Grecia). No hay un final feliz, sino más bien la amargura de quien ha luchado por algo de lo que no entiende ni siquiera bien su sentido, algo que anhela y desea, pero que apenas comporta más satisfacción que una paz interior, el cumplimiento de una promesa, de una misión.

Familias que luchan contra «el abismo del olvido» de sus seres queridos. Como dice el preámbulo de la Ley de Memoria Democrática: “La historia no puede construirse desde el olvido y el silenciamiento de los vencidos. El conocimiento de nuestro pasado reciente contribuye a asentar nuestra convivencia sobre bases más firmes, protegiéndonos de repetir errores del pasado. La consolidación de nuestro ordenamiento constitucional nos permite hoy afrontar la verdad y la justicia sobre nuestro pasado. El olvido no es opción para una democracia”. Como dije en su momento, no me gustan muchos de los «socios» que han introducido enmiendas a esta Ley, pero, como dice la novela, no se puede caer en el abismo del olvido. Como tampoco en la revancha casi un siglo después.

Don Francisco Tomás y Valiente decía allá a mediados de los noventa: «Hemos hecho en este país la transición a la democracia sobre la bisagra de una reforma cimentada en el silencio y la ruptura de la espiral de venganza. Así había que hacerla y no hay que arrepentirse de ello. Bien hecha estuvo. Pero del silencio al olvido y la ignorancia solo hay dos pasos, y sería pernicioso que muchos los dieran». Por desgracia, el mismo catedrático ya veía venir el interés de algunos por reavivar heridas del pasado: «que las peleas que entonces no hubo corremos el riesgo de (¡por fin!) entablarlas en este otoño por tantos conceptos caliente». Las familias de los ejecutados merecen todo el respeto y la atención, por supuesto que sí, el apoyo institucional, y solo ruego que no se dejen utilizar por esa casta política que parece gozar con la confrontación.

El libro de Roca y Terrassa narra también la historia de otros héroes anónimos, personajes que arriesgaron su vida para consolar a las familias de los ajusticiados. Como Leoncio Badía, el sepulturero del cementerio. Durante años y con una paciencia encomiable, recortó piezas de ropa, mechones de cabello, algún objeto personal e identificó los cuerpos de los cadáveres antes de enterrarlos, con la esperanza de que algún día sus esfuerzos sirvieran para ayudar en esa labor de exhumación y entrega a los familiares.

Una práctica que le costó el trabajo y una severa represalia de las autoridades de la época. Héroes anónimos, como decía, que trataron de aportar su granito de humanidad en la barbarie y la represión.

Como ocurre recientemente en tantas películas actuales basadas en hechos reales, la obra termina con imágenes reales de los protagonistas, de Pepica Celda, de los frascos en los que Leoncio Badía guardaba los nombres de los cuerpos sepultados y de ese agricultor de Masamagrell, José Celda Beneyto, que tuvo la desgracia de estar en el lado equivocado cuando comenzó la guerra.

El abismo del olvido deja una sensación extraña en el lector. Si la intención de los autores era que sintiéramos la tristeza de las familias, o que empatizáramos con las «Pepicas» de este país, doy fe de que lo logran.

Cómics (I): Pyongyang

Cómics (II): El abismo del olvido

Cómicas (III): Persépolis

La Premier se pone seria

Esta semana ha comenzado la vista en Inglaterra para dilucidar si los 115 cargos de que se acusa al Manchester City (130 ya, con los 15 incorporados en el último mes) son merecedores de sanción, y de una sanción ejemplar, como solicitan cada vez más clubes y medios en el país. Los que seguimos el fútbol desde siempre manteníamos cierto escepticismo con el proceso, al igual que con los iniciados en el pasado contra el Paris Saint Germain, contra el propio City o los inexistentes contra el Fútbol Club Barcelona. Pero es posible que algo haya cambiado y quizás por ello albergo ciertas esperanzas de que se sancione duramente a los que juegan con otras normas. El motivo de este cierto optimismo viene por dos motivos:

  • Las sanciones ya aplicadas la temporada pasada al Everton y al Nottingham Forest por incumplimiento de la normativa financiera de la Premier, concretamente, superar las pérdidas de 105 millones de libras en tres ejercicios. Al Everton le restaron 10 puntos en la clasificación, luego reducidos a 6, y el Forest fue castigado con 4 puntos menos, sanciones que fueron aplicadas en la clasificación de la misma temporada. Ambos equipos coquetearon con el descenso, luego la Premier no se anda con remilgos.
  • El gobierno británico está preocupado por las fuertes pérdidas de los clubes de la primera y segunda división inglesas, y planteó hace meses la creación de un órgano supervisor independiente de los clubes (ya tratado en (In)sostenibilidad financiera y austericidio). Los clubes de la Premier han reaccionado tratando de hacer ver que son capaces de autogestionar su competición, y quieren demostrarlo con sanciones como las mencionadas, o con los procesos al Manchester City y al Chelsea.

Los 115 cargos por los que se investiga al City (130 ya) se desglosan en:

  • 54 cargos por no proporcionar información financiera precisa de las temporadas 2009-10 hasta 2017-18. Aquí no hay prescripción que valga, como ha sucedido en LaLiga española con los pagos a Negreira. Entre los datos imprecisos figuran los contratos de patrocinios (dudosos, fuera de mercado o con empresas vinculadas).
  • 14 por información inadecuada sobre los contratos de jugadores y entrenadores. Como ejemplo, se ha mencionado el contrato que tuvo Roberto Mancini como entrenador, el cual cobraba un contrato «real» del City y el mismo salario por un cargo como asesor del Al Jazeera. Pese a que las investigaciones terminaban inicialmente en 2018, me gustaría que algún día se supiera el importe real del traspaso del noruego Haaland, pues, siempre según el propio club, la cifra fue de 60 millones de euros. Me lo creo tanto como los 19 millones del Barça por Neymar.
  • 5 cargos más por incumplir la regulación financiera de la UEFA.
  • 7 por los incumplimientos de la sostenibilidad financiera exigida por la Premier.
  • 35 por falta de cooperación en la investigación.
  • Y los 15 cargos recientemente incorporados por los incumplimientos de las temporadas 2018-19 hasta 2021-22.

No deja de resultar curioso que este proceso, que supuso cuatro años de investigaciones, se anunciara en febrero de 2023, justo la misma semana en que el gobierno británico anunciaba la creación del órgano supervisor. Hay que tener en cuenta que 17 de los 20 clubes de la Premier pertenecen a dueños extranjeros (fondos de Abu Dhabi, Arabia Saudí, Irán, Tailandia y mayoría de estadounidenses). No creo en las casualidades. Las pérdidas de los clubes han seguido creciendo, según el último informe de Deloitte sobre las finanzas del fútbol europeo:

La propia Premier quiere apartar la injerencia de un regulador externo y por ello ha planteado una nueva normativa de fairplay financiero a partir de la temporada 2025-26: los clubes tendrán un tope del 70% de sus ingresos para costes salariales y traspasos, porcentaje que podrá subir al 85% para los clubes que no participen en competiciones europeas. Las cifras actuales están disparadas en varios casos (no así en el City, que ha hecho un ejercicio de contención en las últimas dos temporadas):

Con este modelo, los dueños de los clubes aspiran a no ser fiscalizados por un tercero, sino a un modelo como el de la NBA o la NFL de autogestión, y por ese motivo, parecen dispuestos esta vez a sancionar y ejemplarizar con el City y, según pinta, posteriormente con el Chelsea. Otros dos aspectos importantes en lo referido al proceso del Manchester City:

  1. Para que la Premier modifique su normativa o adopte algún tipo de decisión, basta con el apoyo favorable de 14 de los 20 clubes, y la mayoría ya han mostrado su predisposición a sancionar los incumplimientos de ambos clubes. Un fondo americano quiere rentabilidad, pero no puede competir con los fondos ilimitados de Arabia Saudí o los Emiratos.
  2. La anterior sanción al Manchester City (que los excluía dos años de las competiciones europeas) provenía de la UEFA y tenía recurso ante el TAS, que fue quien rebajó la misma a la ridiculez de 10 millones de euros por prescripción del delito. Este proceso parte de la propia Premier y no tiene recurso ante el TAS.

La reacción de los dueños del club ha sido de oposición frontal a las acusaciones, incluso, con la presentación de una demanda a la Premier por las restricciones a las operaciones con empresas vinculadas. No solo no han colaborado con las investigaciones con la aportación de documentación, sino que el propio dueño del club, el jeque Mansour Bin Zayed, fue grabado con la famosa frase de que prefería gastarse 30 millones de libras en abogados a pagar una sola libra a la Premier.

Las sanciones a las que se enfrenta el club mancuniano son de lo más variado:

  • Algunos medios hablaron de un descuento de 80 puntos a aplicar en el siguiente campeonato, lo que supondría con seguridad el descenso (65 puntos distanciaron al City del antepenúltimo la pasada temporada) y una temporada fuera de Europa. Hay otros que opinan que la sanción podría repartirse en tres temporadas.
  • Descenso directo a la segunda división.
  • Retirada de títulos. Hay clubes que lo han pedido abiertamente. De poco sirve quitar puntos en campeonatos posteriores si eso te ha permitido beneficiarte de títulos (6 de las últimas 7 ligas, por ejemplo). No hacerlo sería como mantener los Tours de Armstrong y sancionarlo con no participar en el siguiente Giro o Tour.
  • La expulsión de la Premier, con todas las letras. Hay quien lo plantea como la única solución para que el Manchester City pague por sus culpas. Para volver a la primera, tendría que hacer una especie de refundición y comenzar en la cuarta división o en el fútbol aficionado.

En cualquier caso, será una resolución interesante por las consecuencias que puede tener. Entre las teorías que circulan, hay una que dice que el City, propiedad del grupo de Abu Dhabi City Football Group, podría ceder a jugadores entre varios de los clubes satélites pertenecientes al grupo: Girona, Troyes (Ligue 1), Palermo (Serie A), New York City, y así hasta 13 clubes repartidos por todo el mundo:

Otra opción que se baraja es la posible incorporación del City a la Superliga si se consumase la expulsión de la Premier. Ahora bien, que los dos principales socios del Real Madrid en el proyecto fueran el cliente de Negreira y el de las trampas contables, no es precisamente el mejor aval para la reputación de la competición.

Comparación con España

Esta misma semana dijo el presidente de LaLiga, Javier Tebas, que el City debería ser sancionado duramente por sus infracciones. Sorprende esa dureza en sus declaraciones cuando no tardó ni medio día en decir que no se podía hacer nada en contra del Barça por el caso Negreira. Pero es que también ha transigido con los incumplimientos contables y del fairplay financiero del Barça. Las palancas de Barça Studios siguen sin concretarse en ingresos reales en la caja para los de Laporta, y sin embargo, ahí siguen las inscripciones obtenidas pese a incumplir las reglas de la competición.

Al contrario que en Inglaterra, salvo el Real Madrid y el Athletic de Bilbao, y tímidamente el Sevilla, ningún club ha manifestado su interés por que se sancione al Barça, ya sea por los pagos al vicepresidente del CTA o por las falsas palancas. ¿Por qué se critica tanto al City en Inglaterra y se le «protege» desde España? Pues por antimadridismo, no puedo concebir otra razón.

El Manchester City es puro ADN culé. Su CEO desde 2012 es Ferran Soriano, el que fuera CEO de Joan Laporta en su primera etapa al frente del club, cuando se cuadruplicaron los pagos a Negreira. El director técnico es Txiki Begiristáin y el entrenador, el que llevó al club catalán a su época más victoriosa, Pep Guardiola. En los últimos años ha sido el rival más poderoso al que se ha enfrentado el Real Madrid, y, quizás por ello, sean muchos los que no desean una sanción para el club inglés que lo aparte de la primera línea durante varias temporadas. Mejor seguir apoyando al tramposo, como se ha visto con el Barça. Casi todo lo sucedido con el City, ya lo hizo el Barça en el pasado:

  • Terceros abonando parte de los salarios de los jugadores, ¡con dinero público de TV-3, ni más ni menos!
  • Traspasos inflados para evitar las pérdidas contables (Neto-Cillessen, Pjanic-Artur). Otro ejemplo que me da envidia: en Italia, la Juventus fue sancionada con diez puntos por el caso de las plusvalías infladas, la mayor de las cuales fue en el intercambio con… ¿lo sabéis?: el Barça.
  • Contabilidad falseada para cumplir los ratios financieros.
  • Multiplicidad de contratos para evitar dar las cifras reales (Neymar es el mayor exponente).
  • Nula colaboración con las investigaciones.

Si a todo ello se le añade el conflicto de intereses con el proveedor de las imágenes del VAR, los pagos al CTA o el paso directo de la vicepresidencia del club al Consejo Superior de Deportes (Albert Soler) para modificar a su antojo culé la Ley del Deporte, uno se pregunta qué cojones hacemos compitiendo en este campeonato con semejante rival.

De todo ello estuve conversando con Javi «Kollins» en su canal esta misma semana. El enlace está al principio del post.

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La edad de un clásico

Cuando empecé a aficionarme al cine y a querer conocer mejor este arte de contar historias, supe de un montón de películas que ya tenían el marchamo de «clásicos», la etiqueta de obras imperecederas que en algún momento de tu vida tenías que ver sí o sí. Hablo de la época en que escuchaba los programas de Carlos Pumares y José Luis Garci, es decir, finales de los ochenta, primeros noventa. Voy a considerar una fecha intermedia, por ejemplo, 1990, y comprobar la antigüedad que tenían entonces algunas de las películas que devoré en su momento porque estaban en esa lista de clásicos imprescindibles:

  • La gran evasión, El verdugo: 27 años, pues ahora, visto en perspectiva, no me parece tanto.
  • Espartaco, Psicosis: 30 años.
  • Ben-Hur, Con faldas y a lo loco, Con la muerte en los talones: 31.
  • Centauros del desierto: 34
  • Qué bello es vivir: 44.
  • Casablanca: 48.
  • Lo que el viento se llevó: 51.
  • El maquinista de la General: 64.
  • ¡El Padrino, apenas 18 años! La obra maestra de Francis Ford Coppola era tan cercana como puedan resultarnos ahora mismo Babel, Inflitrados o V de Vendetta.

Así que compruebo que películas que me parecían bastante antiguas, muchas obras maestras y parte fundamental de la historia del cine, apenas tenían treinta años. O menos. Luego, si me remonto a ese mismo período de tiempo y me traslado treinta años atrás en el tiempo, a 1994, ¿podríamos considerar ya «clásicos» a varios de los peliculones de ese año? Mi respuesta es clara: desde luego que sí. Por el impacto que supusieron en su momento, por la influencia que tuvieron en creadores posteriores, o simplemente por su calidad, Pulp Fiction, Cadena perpetua, Forrest Gump, Balas sobre Broadway o El rey León son ya verdaderos clásicos que han creado escuela. Como Matrix, Se7en, El club de la lucha, Casino o Match Point, aunque tengan menos años todavía. Cadena perpetua es La gran evasión de nuestra generación, del mismo modo que Pulp Fiction es nuestra versión modernizada de The killers.

Cómo cambia el tiempo y cómo cambia nuestra percepción en el presente, sin esa percepción del pasado o de lo que una obra, ya sea una película, un libro o un cuadro, significará en el futuro. A veces no percibimos los cambios en el modo de contar historias porque nos parece que de un año a otro varían poco las formas, «bah, este año son todas iguales, no hay nada original», pero, si ampliamos el foco, si agrandamos la perspectiva temporal, veremos que hay una evolución clara entre directores, guionistas, tramas y libertad para contarlas.

Así que el post de hoy irá de eso, de revisar hacia atrás el paso del tiempo y ver cómo se iban forjando clásicos de década en década, a veces sin darnos cuenta. Incluso pelis de serie B que con el tiempo se ganaron su hueco y generaron un universo propio, bien por la vía de las secuelas o por la de las imitaciones en obras de otros autores. Trataré de rescatar lo que para mí es un clásico de cada año y ponerlo en su contexto.

1984: La primera de Terminator, la obra primigenia James Cameron sobre la máquina que viene del futuro para cargarse al líder de los humanos que se rebelará contra las máquinas. Ya tiene cuarenta años y sigue generando nuevas tramas o secuelas. No es ni de lejos la mejor película del año, pero es un clasicazo en toda regla. 1984 es el año de Amadeus, de Milos Forman, pero los ochenta, por mucho Gandhi, Pasaje a la India o Los gritos del silencio que se rodaran, fueron años de obras disfrutonas, de entretenimiento sin complejos. En 1984 se estrenaron, por ejemplo, El templo maldito, Karate Kid, Gremlins, Cazafantasmas, Superdetective en Hollywood y Top Secret. Casi nada. Algunos clásicos instantáneos, como la trilogía original de Indiana Jones y varios Tostones ochenteros que recordamos con mayor o menor cariño.

1974: El Padrino II. En los setenta predominaba otro tipo de cine, seguramente más de autor, sin duda menos comercial, un cine que cuidaba más la escritura del guion, que utilizaba la elipsis con maestría, sin mostrarlo todo, como ahora, que a veces resulta demasiado evidente. Muchas películas estaban imbuidas por una tristeza contenida, cuando no de rabia por el desastre de Vietnam. Chinatown, Taxi driver, El cazador, El regreso, The last picture show… Pero también es la década en la que Steven Spielberg (Tiburón y Encuentros en la tercera fase) y George Lucas (La guerra de las galaxias) llevaron al cine a otro nivel, al que luego se desarrollaría en plenitud en la década posterior, el tipo de películas que devolvió a muchos espectadores a las salas.

1964: Teléfono rojo, ¿volamos hacia Moscú? ¿Es posible que una obra tan actual sobre la guerra fría y los rusos haya cumplido ya sesenta años? Stanley Kubrick no era un director especialmente dotado para la comedia, pero aquí soltó toda su acidez y su mala baba para cargar contra los «iluminados» que existen en el ejército, ya fuera en el bando americano como en el de los rusos. La explicación del general Ripper (el papel interpretado por Sterling Hayden) sobre la «maldad» de los rusos y sus razones para conquistar el mundo es hilarante, como los diálogos entre los líderes de ambos países o los elementos que asesoran al presidente de los Estados Unidos desde su refugio subterráneo.

Un dato curioso que incorporo ahora por el reciente fallecimiento de James Earl Jones: el actor debutó en esta película, aunque su papel es tan secundario que no lo he sabido hasta esta misma semana. James Earl Jones puso la voz, entre otros muchos, a Darth Vader, una decisión que trajo polémica con el actor que se metió en la piel del padre de Luke y Leia bajo la máscara, David Prowse. El mismo David Prowse al que dediqué un post entero (Goodbye, Lord Vader), un actor desconocido para el público en general pese a interpretar a uno de los villanos más famosos de la historia del cine. El mismo David Prowse que debutó en el cine de la mano de… Stanley Kubrick. En La naranja mecánica. Una coincidencia.

1954: La ventana indiscreta apenas tenía 36 años en esa fecha de corte que he escogido, es decir, era relativamente reciente, tan reciente al menos como nos resultan hoy Cinema Paradiso, Rain Man o La jungla de cristal. En muchas ocasiones se habla de cómo envejecen las películas, que si tal peli nos pareció brillante en su día y hoy no nos lo parece, o que «estuvo bien en su época, pero ha envejecido mal». Lo cual es imposible porque la obra del autor es inmutable, cambia nuestra mirada, nuestro conocimiento. También nuestro momento vital, que es el que nos hace entender el mundo, y con ello, las películas, de otra manera, con una visión diferente. Una de las condiciones que debe tener un clásico es que nunca envejece, y sigo disfrutando La ventana indiscreta tanto como la primera vez que la vi. Reúne al mirón de toda la vida, a la vieja del visillo, al voyeur algo pervertido y a una especie de 13 Rue del percebe norteamericana en la que cada individuo o familia vive su propia existencia con sus particularidades, miserias o alegrías, algo que conocemos de manera brillante por tres o cuatro detalles. La genialidad de Hitchcock en su máxima expresión.

1944: Son unos años de películas propagandísticas sobre la Segunda Guerra Mundial, pero también de abundante cine negro, de diálogos directos y personajes sin concesiones (Perdición, La mujer del cuadro, Laura fueron estrenadas en este año, como El halcón maltés, El sueño eterno o Casablanca en ese lustro), sin embargo, prefiero elegir una de las grandes comedias de aquellos años, Arsénico por compasión. Los mejores escritores se concentraban en Hollywood en los cuarenta, había un talentazo puro en ellos, en las tramas, los diálogos o en el manejo del ritmo (Gran bola de fuego, Ser o no ser, Historias de Filadelfia, La fiera de mi niña o Qué bello es vivir son de este período). Arsénico por compasión tiene claramente un origen teatral (escenario, personajes, actos) y, de hecho, pese a que fue rodada en 1941, se estrenó en 1944, una vez que completó sus primeras temporadas en Broadway. La trama tiene un trasfondo de lo más macabro, aunque tenga a dos adorables ancianas como autoras de las tropelías. Por allí aparecen también un pirado que se cree Theodore Roosevelt, un asesino que se parece a Boris Karloff (en la obra de teatro, el papel lo interpretó el propio actor) y el tío más elegante que ha aparecido jamás en pantalla, Cary Grant. La obra de Frank Capra dura casi dos horas, pero pasan en un suspiro.

1934: Una noche en la ópera. Son los primeros años del cine sonoro y fueron muchos los artistas que atravesaron el camino de los escenarios teatrales y las giras por el país a la gran pantalla, como hicieron los hermanos Marx. El lenguaje cinematográfico moderno, tal como lo entendemos hoy, está en sus inicios y guiones como los de los hermanos Marx adolecen de falta de consistencia y continuidad. Tienen la brillantez oral de Groucho y Chico, con numerosos gags rescatados del vodevil, y la habilidad gestual y corporal de Harpo, pero no son películas redondas, por mucho que nos hicieran pasar muy buenos ratos.

1924: El moderno Sherlock Holmes, dirigida y protagonizada por Buster Keaton. Cien años, un siglo tiene ya esta película que ha pasado al dominio público y, por tanto, se puede encontrar fácil y legalmente en numerosas plataformas (enlace). Como en muchas obras del cine mudo, la limitación por la ausencia de voz provocaba que la mayoría de los argumentos resultaran sencillos, en ocasiones ingenuos. La chica, el protagonista, los buenos y los malos… todos quedan totalmente identificados desde el primer minuto. Pese a todo ello, es una maravilla observar la habilidad física de sus intérpretes, la capacidad gestual-corporal, no solo facial (al gran Keaton hay que añadir, entre otros, a Chaplin y Harold Lloyd). Los efectos visuales no tenían nada de especiales en el sentido actual del FX o CGI, salvo algunas exposiciones múltiples que se hacían directamente sobre el negativo (en El moderno Sherlock Holmes o a principios del siglo XX en las obras de George Meliés), sino que se hacían de verdad, como en las escenas de la persecución de coches, o en la que sería, un par de años después, la obra maestra de Buster Keaton: El maquinista de la General. Por otro lado, no dejo de pensar en que hablar de argumentos simples o sencillos, sería hacer de menos a Metrópolis (1927), El acorazado Potemkin (1925) o Amanecer (1927). Clásicos ahora, hace treinta años, y desde el día posterior a su estreno.

La reducción de la jornada laboral (II): los costes

Como comentaba en la primera parte, el problema de la reducción de jornada laboral tal como se ha planteado surge cuando este tipo de decisiones que afectan a todos los trabajadores y a todas las empresas se toman con un criterio ideológico, y no económico. El error seguramente esté en hacer tabla rasa y tratar de aplicar una medida no consensuada, por las bravas y del mismo modo para todos los sectores, actividades y tipos de empresa. Numerosos convenios ya están por debajo de las 37,5 horas semanales propuestas por la ministra para 2025. Hay empresas que ya están desarrollando planes de cuatro días de trabajo a la semana, igual que hay sectores productivos con puntas de trabajo y meses «valle» que pueden adaptarse con “bolsas de horas”, o empresas grandes que podrían implementar medidas de flexibilización que conviven con micropymes a las que un nuevo incremento de costes laborales las destroza (más zombis que gacelas en el ecosistema empresarial). Pues lo mismo para todas, según el ministerio, donde no parecen hacer caso ni a los informes del Banco de España.

El Informe Anual del Banco de España de 2023 advierte que, «de cara al futuro, es fundamental tener en cuenta la considerable heterogeneidad que existe, en lo que se refiere a la jornada laboral media, entre distintos tipos de empresas y sectores», y que «sería deseable que las distintas empresas y sectores dispusieran de una amplia flexibilidad para acomodar dicho cambio normativo si se quieren evitar los posibles efectos negativos de esta medida sobre los costes laborales, la productividad y el nivel
agregado de empleo y actividad»
.

Para evitar los «efectos negativos» que indica el propio informe, cualquier análisis que se realice sobre la reducción de jornada debe estar apoyado o soportado por una mejora de la productividad, derivada «principalmente, de la introducción de múltiples cambios tecnológicos (véase gráfico 3.21). Unos cambios tecnológicos que, como se ha venido argumentando a lo largo de este capítulo, previsiblemente permitirán nuevas reducciones de la jornada de trabajo en las próximas décadas».

No parece que se cumpla esa premisa de partida. Otros dos gráficos que complementan esta idea aparecen en el estudio Productividad y reducción de la jornada laboral elaborado por la Fundación de Estudios de Economía Aplicada (Fedea) para el servicio de estudios del BBVA.

Fedea calcula que la medida propuesta por el Ministerio de Trabajo tendría un impacto de seis décimas en el crecimiento durante dos años. Si al menos este efecto fuera temporal y tuviera un impacto positivo sobre el empleo, se podría considerar, pero tampoco es así. Según el mismo estudio, el empleo se reduciría en ocho décimas, salvo que se apliquen “medidas compensatorias que alivien el alza de los costes laborales”.

Son las conclusiones que aparecen en el mencionado estudio presentado en julio:

Y aquí vuelve la eterna batalla entre las empresas y el ministerio. Como pasó con la subida del SMI o los incrementos de las cotizaciones: si se incrementan los costes laborales, si no hay medidas compensatorias, no queda otra que revisar al alza los precios de los productos y servicios. Pues… según Yolanda Díaz, habrá que vigilar a las empresas que suban los precios. En el ministerio pretenden que ese aumento de costes sea asumido por las empresas y ni siquiera se plantean revisar los contratos con las administraciones públicas, pese a suponer un cambio en mitad de la partida de las condiciones pactadas por ellos mismos. Así es complicado llegar a un acuerdo. Una medida compensatoria podría ser la reducción de las cotizaciones sociales para las empresas, pero no está en la agenda del ministerio, y menos cuando han subido con fuerza en los últimos años.

Se podría estudiar lo sucedido en otros países de nuestro entorno. El Fondo Monetario Internacional recuerda el caso de Francia con la ley Aubry hace dos décadas, cuando se pasó de la jornada de 40 horas semanales a una de 35: el impacto tuvo que ser soportado forzosamente por los salarios. Muchas de las horas reducidas (o suprimidas) fueron sustituidas por horas extra y los salarios se congelaron de uno a tres años para compensar el sobrecoste adicional de las mismas. Finalmente hubo que compensar a las empresas y reducir las cotizaciones sociales, lo cual, según el FMI, tuvo un impacto en las cuentas públicas que rondaría el uno por ciento del PIB. Según los estudios realizados por la OCDE y el FMI, las conclusiones sobre experiencia francesa de reducción de jornada indican que tampoco se creó empleo. La satisfacción de los trabajadores por la disminución de las horas apenas compensó la insatisfacción por la reducción o moderación salarial.

Las advertencias de todo el sector empresarial español sobre las consecuencias que tendría la implantación forzosa de la reducción son continuas, pero caen en el saco roto de Yolanda Díaz. Uno de los sectores más afectados, el comercio, ya ha dicho a través de la CEC (Confederación Español del Comercio) que es directamente «inasumible». «Se va a traducir en una grave pérdida de competitividad del comercio de proximidad frente a las grandes plataformas de venta online», muchas de las cuales están situadas en paraísos fiscales o eluden el pago de impuestos en el país.

No es muy difícil anticipar cuáles serían los pequeños comercios más afectados por la medida, todos los que tienen un horario amplio de atención al público y una plantilla pequeña, como la hostelería o los negocios de proximidad. También la agricultura, ocupada en su mayoría por micropymes. Solo en la hostelería trabajan 1,7 millones de personas, según un reciente estudio de Randstad, casi uno de cada diez trabajadores. Son sectores fundamentales en un país que ha visto cómo unos cien comercios echaban el cierre a diario durante el último año. 35.527 pequeñas empresas de menos de diez trabajadores desaparecieron en el año 2023.

La Cepyme (Confederación Española de la Pequeña y Mediana Empresa) elabora periódicamente una serie de informes sobre la situación de sus empresas, la evolución de la productividad, los costes laborales y financieros, solvencia, etc. Hace un mes se publicó el referido al primer trimestre de 2024 y recoge conclusiones interesantes, o más bien, preocupantes, que han sido ignoradas por el ministerio a la hora de lanzar la imposición de la medida. En el último informe destaca la evolución que han tenido los costes operativos de las pymes, afectados por el entorno inflacionario, incremento de los suministros y costes laborales, a los que dedica un apartado especial en el que puede verse cómo estas empresas son las más afectadas por las medidas implementadas por el ministerio, en especial, destaca el informe, el incremento del Salario Mínimo Interprofesional.

Con todo ello, no debe extrañar que las pymes acumulen cinco trimestres consecutivos de caídas interanuales de productividad. Y si las empresas son menos competitivas, no parece que sea el momento adecuado para plantear a todas ellas una reducción forzosa de la jornada laboral.

La evolución de la productividad por empleado es básica antes de plantear una medida como esta. Pues bien, de acuerdo con el estudio Productividad laboral: España vs UEM, publicado recientemente por el BBVA Research, España ha experimentado un nuevo retroceso frente a sus socios competidores. El Valor Añadido Bruto por hora trabajada en España se mantiene en niveles comparables a los que tenía la eurozona en 1998, es decir, un retraso de 25 años. La brecha, lejos de reducirse, se ha incrementado en la última década, y todos los sectores económicos, excepto la agricultura, mantienen una productividad inferior a la media de la eurozona.

Con todos estos datos, repito, ¿de verdad es el momento de plantearse la reducción de la jornada con el mantenimiento del salario de los trabajadores? La propia gobernadora en funciones del Banco de España, Margarita Delgado, advirtió en julio de este año de los grandes retos a los que se enfrenta el mercado laboral español: el elevado desempleo y el bajo crecimiento de la productividad. Ninguno de los dos va a mejorar con la implantación de la reducción de jornada. Con todas las medidas implementadas en los últimos ejercicios, el Ministerio de Trabajo solo está logrando un incremento de los costes laborales para las empresas. La CEPYME se atreve a poner una cifra al coste de la medida: 40.000 millones de euros (que conste que nunca me creo demasiado estas cifras redondas que se lanzan). Y aquí no termina la cosa. Siguiente parada anunciada: el coste de las indemnizaciones por despido.

Las negociaciones se retoman el 9 de septiembre. No he mencionado a los sindicatos. De manera consciente. Su gran aportación al proceso negociador es el anuncio de movilizaciones si no se impone la reducción al Yolanda’s way.

Cómics (I): Pyongyang

Iba a titular esta serie Cómics adultos, Cómics para adultos o algo así, pero (no sé por qué) más de uno, y de dos, y de decenas, iban a sentirse defraudados al comprobar que no trataban acerca de cierto tipo de novelas gráficas con mujeres de cuerpos voluptuosos e historias más allá de los cánones del buen gusto. Otra opción era titular la serie Cómics serios, o Cómics políticos, pero algunos de ellos no eran exactamente una cosa ni la otra, así que se quedará tal cual está. De momento serán tres post, aunque es posible que aumenten en los próximos meses o años.

Comienzo con Pyongyang, quizás la novela gráfica más conocida del canadiense Guy Delisle. Narra los meses que pasó trabajando en la capital de Corea del Norte para una empresa de animación. La obra fue publicada en 2005, luego corresponde al período de Kim Jong-Il, padre del Líder Supremo actual, Kim Jong-Un, e hijo del anterior, Kim Il-Sung. Los «Kim» llevan en el poder del país asiático desde 1948, lo cual constituye una de las mayores anomalías conocidas en el mundo. Aunque ya nos hayamos acostumbrado a ello, sorprende, sigue sorprendiendo como todo lo que cuenta de este país, una nación que muestra -más con dibujos que con palabras- como obra de un megalómano pirado, excesiva, agobiante, opresiva…

Guy Delisle visitó Corea del Norte en 2003, y tuvo que firmar un compromiso de confidencialidad acerca de lo que veía o contaba. No podía sacar fotos, tenía que ir acompañado a todas partes por un agente del gobierno y su trabajo era supervisado continuamente. Sin embargo, pasados dos años, y una vez que quebró la empresa para la que trabajaba, se atrevió a contar su historia y a plasmar todo lo que había esbozado durante aquellos meses. El modo escogido resulta enormemente descriptivo. Tanto, que ahora me interesan otros de sus trabajos, como los que cuentan los períodos de su vida que pasó viviendo en Birmania, China o Jerusalén.

Lo primero que sorprendió a Delisle al llegar a Pyongyang fue la escalofriante uniformidad en las tiendas, los edificios, las personas… Una uniformidad que podía asustar por su perfección para ciertas disciplinas, pero una perfección que podía resultar robótica, y, como tal, triste. Por mucha sonrisa forzada que encontrara en los ciudadanos norcoreanos.

La ironía del autor se aprecia en cada viñeta, en cada texto. Escoge pocas palabras para la mayor parte de las viñetas, deja que las imágenes hablen por sí solas, pero las veces que se expresa lo hace con tino. Las cosas que cuenta son un despropósito, un absurdo imposible de comprender con los ojos de occidente, como los enormes edificios de tamaño desproporcionado que permanecen vacíos.

O la ineficiencia de unos servicios públicos más pensados en el «postureo» que en la atención al ciudadano:

En las pocas ocasiones en que hemos podido ver algún documental sobre Corea del Norte nos han mostrado un país con unas autopistas descomunales de tamaño, pero sin apenas coches en circulación, construidas de tal modo que sirvan como pista de aterrizaje para aviones militares, por si hicieran falta ante un ataque enemigo. Ese ataque enemigo latente del que llevan décadas alertando a la población.

Por esa razón hay barreras antitanques en el campo, en numerosas praderas, para evitar la «inminente» invasión del malvado enemigo. Los dibujos de Delisle transmiten a la perfección ese agobio ante la enormidad.

Como en el paseo forzado para depositar flores como culto al líder supremo de la nación. Un paseo en el que se encuentra a otros trabajadores extranjeros haciendo el mismo gesto.

El culto al líder es omnipresente, aparece en cada viñeta, se respira y transmite al lector. Es un país diseñado por una especie de semidiós todopoderoso y omnisciente, que sabe lo que va a ocurrir con antelación, provee a sus súbditos de lo que considera necesario y no permite la disensión. La duda que Delisle deja en el aire con sus pensamientos es si los norcoreanos son conscientes de esta total falta de libertad o si están abducidos desde la escuela. Los memoriales, el museo, las bibliotecas y los libros que se pueden encontrar en ellas, la publicidad, el cine, la televisión…

Después de varias semanas en las que el dibujante intentaba hacer algo diferente, como visitar zonas fuera del circuito marcado por el agente del régimen o hablar con habitantes del lugar, Delisle cae en una especie de apatía, se blinda para hacer su trabajo sin pensar demasiado en lo agobiante que le resulta todo. Como el opresivo metro, opresivo, cuyos profundísimos túneles me recordaron a los del suburbano de Rusia.

Las conversaciones con el enlace local, que hace las veces de traductor y guía, y quién sabe si de espía o policía, contienen algunos de los momentos más hilarantes (partiendo de lo poco divertido que debería resultar la atmósfera del país). Sin duda, mi momento favorito es la respuesta a la pregunta acerca de por qué no hay discapacitados en Corea del Norte, que no había visto ninguno:

O sobre el cine. Corea es lo mejor del mundo, o aún algo más: es la verdad absoluta. El resto del mundo es decadencia, descontrol, está equivocado:

El dibujante llega a desesperarse al ver que no hay reacción alguna en los habitantes de Pyongyang, al comprobar que millones de personas tienen asumida esta situación, incluso llega a preguntarse si anhelan otra, o si la educación que han recibido les permite pensar en que puede existir otro tipo de vida. En el país ha habido tímidos movimientos de protesta, alguno de los cuales, insignificante, vio el propio dibujante. Pero son sofocados rápidamente. Es una sociedad acojonada en la que, además, nadie se fía de nadie. Cualquiera puede ser un espía que pase información a los servicios secretos. Todo está contado en la novela con asombrosa sencillez. Y lo que es más difícil, con gracia.

Es la Oceanía que había descrito George Orwell en 1984 trasladada a la realidad. Con purgas de ciudadanos, crímenes del pensamiento y una especie de neolengua que logra sedar al que la emplea. Por eso no resulta casual que el libro aparezca en la novela gráfica. Cuenta Delisle que llevó un ejemplar a Corea y que a las pocas semanas se lo dejó al enlace del gobierno, lo cual, de ser cierto, resultaría una temeridad.

George Orwell falleció en 1950. El libro fue publicado en 1948, casualmente el año de la llegada al poder de Kim Il-Sung. Aunque las ideas de la novela se centraban en la represión que comenzaba a vislumbrar en el régimen totalitario soviético, le habría asustado ver hasta dónde se ha llegado en el país asiático. Como dice Delisle de manera acertada, «es el libro en el que uno piensa obligatoriamente para una estancia en Corea del Norte»:

Me gustaría saber la respuesta a la segunda viñeta. Sería gracioso. Como Pyongyang, aunque lo que cuenta, diste mucho de serlo.

Capítulos

Cómics (I): Pyongyang.

Cómics (II): El abismo del olvido.

Cómics (III): Persépolis.

Juegos de París 2024 (y IV): las películas que no se rodarán

Brian Winner, el conocido jefazo de la productora, se encontraba en su amplio despacho californiano a media mañana. Tenía mal aspecto. Apuró su segundo whisky de la mañana, se apretó los cordones tejanos que hacían las veces de corbata en su atuendo y llamó a su secretaria:

– Señorita Hardaway, ¿a quiénes tenemos hoy?

Por el interfono se escuchó la voz de la secretaria:

– Tengo aquí a los tres productores ejecutivos a los que Vd. había citado para la película sobre los Juegos de París.

“Pufff”, suspiró Mr. Winner.

– ¿A quiénes me han mandado esta vez?

– A la señorita Greenflower, a Dick Boathead y…

– ¿El mismo Boathead de aquel proyecto sobre Simone Biles y Djokovic? -interrumpió el productor.

– El mismo. Y el tercero es el señor Rodríguez.

– ¿Rodríguez? ¿Robert Rodríguez?

– No, señor Winner. Es otro Rodríguez, pero este viene de España, la España de Europa.

“Ah”, pensó el tejano. “España de Europa y no de México, ¿y cuál coño es la diferencia?”.

– Señorita Hardaway, ¿la Greenflower esa es la que trabajó varios años para Netflix?

– Exactamente -respondió la secretaria de modo diligente.

“Qué pereza”, pensó el productor.

– Bueno, que pasen los tres y a ver si despachamos rápido.

– ¿Todos a la vez?

– Sí -vociferó-, que cada uno escuche las historias de los otros, si yo me las trago, ellos también, y a ver si así sale algo entre toda la bazofia que me traigan.

– Como quiera.

Los tres visitantes entraron al despacho y tomaron asiento frente al productor Winner, que estuvo tentado de servirse un nuevo whisky. Desde aquella absurda denuncia de una trabajadora, había tenido que dejar los habanos que recibía hasta poco después de los Juegos de Tokio. “Que si estaba embarazada y no sé qué”, se quejaba en su círculo interno de amigos, “ahora resulta que puedo emborracharme durante la jornada de trabajo y soltar fucking gilipolleces, pero no me dejan echar unas caladitas, que son las que de verdad me relajaban y me llevaban a acertar sobre las historias, ¡este mundo se nos va a la mierda!”.

Todos los productores ejecutivos que habían pasado por ese despacho sabían que contaban con un tiempo máximo de tres minutos. Si la idea era “mala de cojones”, el señor Winner los callaba con el índice y pasaba al siguiente. Si la idea era medianamente ejecutable, dejaba que terminaran su exposición. El señor Winner miró a los tres y torció el gesto cuando vio el aspecto colorido y extremely cool de la señorita Greenflower:

– Recuerde: tres minutos. Empiece usted -le conminó con el dedo.

Mrs. GREENFLOWER.- Señor Winner, el público está cansado de historias deportivas heteropatriarcales repletas de hombres musculosos que luchan y se enfrentan a otros hombres igualmente musculosos, tipos duros que exudan testosterona y solo conocen el sacrificio extremo y el entrenamiento hasta niveles de tortura. Así que queremos apostar por las nuevas tendencias que tanto están gustando a las nuevas masas. Mi proyecto se titulará “Supercampeonas” y me encantaría que lo dirigiera Greta Gerwig, que hizo esa obra maestra que es Barbie.

Pasó un dedo por su iPad y mostró un fotomontaje en el que se veía a un grupo de mujeres: negras, blancas, mulatas, orientales, de distinto peso y altura. El señor Winner comenzó a levantar el índice para cortarla, «fucking woke», pero recordó que la señorita Greenflower era el fichaje estrella de los nuevos inversores de la Metro, así que, aunque su idea era pasar por napalm ese esbozo de guion, al menos tenía que fingir interés y escucharla. A medida que soltaba nombres, la productora pasaba las imágenes en la tablet:

Mrs. GREENFLOWER.- Contaremos la intrahistoria que hay detrás de cada participante. Shafiqua Maloney, mire qué aspecto tan estético para una buena historia. Natural de San Vicente y las Granadinas, se quedó a dos décimas de lograr la primera medalla de la historia para su país.

Kim Mi Rae, de Corea del Norte. Lloró al recibir la medalla de bronce, pero no por la recompensa a su esfuerzo, sino al pensar que el idolatrado Líder Supremo del país la recibiría como una heroína del pueblo.

Por la cabeza de Winner pasó otra vez ese pensamiento de «malditos rojos millonarios», pero no le dio tiempo a decir nada al ver el nombre de la siguiente candidata, «¿un tío?». Un malentendido que se aclaró enseguida:

Julien Alfred, oro en los 100 metros lisos y plata en los 200. Afroamericana de Santa Lucía, una isla de menos de 200.000 habitantes, ha obtenido las primeras medallas de la historia de esta nación.

Brittney Griner, 2,03 metros de estatura, tejana, como usted. En menos de un año ha pasado de una cárcel rusa por algo tan sano como la marihuana a colgarse un oro al cuello con el equipo de baloncesto.

Diyora Keldiyorova, 50 kilos de peso, una uzbeka que logra llevarse el oro en un país que llevaba casi exclusivamente luchadores y boxeadores hombres a los Juegos. Raven Saunders, plata en peso en 2020 y «undécime» en París. Realmente se identifica como no binaria y queer, pero compite como mujer.

A Winner le vino a la cabeza una de las parejas cómicas del cine mudo. Masculino, por supuesto.

– Vale, vale -le apremió Winner-. Supongo que las siguientes serán lesbianas…

– Sí, tengo varias futbolistas de la selección española. Y Ana Carolina Silva, bronce en voleibol con Brasil.

– ¿También es boll… lesbiana?

– No, es vegana y ha hecho gala de su dieta para llegar a lo más alto.

– Mucha diversidad, seguro que es lo que le parece, ¿pero no habría sido mejor incluir a algún hombre, uno al menos?

– Oh, mire, tenemos -pasó el dedo por la pantalla y se lo mostró.

Hergie Bacyadan, boxeador filipino. Nació mujer, pero se identifica como hombre transgénero.

Winner suspiró, «creo que me voy a tomar ese whisky».

– Y a todo esto, ¿de qué iría la trama de la película?

– Nada especial -respondió Greenflower-, serían como piezas documentales para contar las dificultades contra las que han tenido que luchar estas supercampeonas.

– ¿Dificultades? ¿Ser negra, vegana, de ojos rasgados, gay o porreta? ¡Ni que fueran atletas con discapacidad!

– ¡Anda, se me ha olvidado incluir a un paralímpico!

Pasó el dedo varias veces por la pantalla, encontró lo que buscaba, y se lo mostró:

– Aquí está. Valentina Petrillo. 51 años, con deficiencia visual. Compitió como hombre hasta los 45. Está casado con una mujer y tiene dos hijos ya creciditos. Pero desde que compite como mujer…

– Ya he tenido suficiente -interrumpió Winner con el dedo-. Siguiente, usted, Boathead.

MR. BOATHEAD.- Gracias, Mr. Winner. Yo sigo insistiendo en que hay una gran historia de buenos y malos con los personajes de Simone Biles y Novak Djokovic.

– WTF? ¿Otra vez con lo mismo? -en su interior repetía «cabezabuque, cabezabuque, qué apellido tan apropiado llevas».

– No, no, no, déjeme que continúe, que desde los anteriores Juegos ha habido una evolución de los personajes.

MR. BOATHEAD.- Recordará que en Tokio Simone Biles apareció como la heroína que se sobrepuso a una terrible historia de abusos, depresión y estrés en la propia competición, mientras que el serbio Novak Djokovic se mostró prepotente y desafortunado en sus declaraciones. A mí me gustaría titular esta película Dos caras de la misma moneda, y que la dirigiera alguien un tanto retorcido, Darren Aronofsky, por ejemplo. En París tendremos a una Simone Biles que ya no es tan buena como nos la habían pintado: sus broncas en las redes con la excompañera que la sustituyó en Tokio, MyKayla Skinner, sus palabras totalmente equivocadas sobre la gastronomía francesa, el excesivo protagonismo de su marido y la reacción agresiva de la gimnasta ante las críticas.

Winner levantó el dedo y lo giró, como animándolo a continuar. «Nunca he soportado a esa petarda».

MR. BOATHEAD.- Por el otro lado de la trama tenemos a Novak Djokovic, el hombre que se enfrentó a todo el sistema, el antivacunas en su carrera por ser considerado el mejor de la historia. Lo ha ganado todo, más Grand Slams y Master 1000 que nadie, pero anhela como pocas cosas una medalla de oro para su país. Se opera la rodilla el 7 de junio y aun así, con un vendaje y mucho esfuerzo, es capaz de llegar a la final de Wimbledon, que pierde ante ese nuevo Nadal, ese tal Carlos Alcaraz. Ambos se enfrentan de nuevo en la final de París con el oro en juego. El villano de Tokio se convertirá por fin en ese héroe que lo ha ganado todo. El guion contaría ambos Juegos, los altibajos del deporte de élite y terminaría con el recibimiento que realizaron en Serbia al tenista, mientras que la norteamericana llegaría a Estados Unidos como una más de una delegación con bastantes triunfadores que acaparan más éxito mediático.

El señor Winner se quedó pensativo. Siempre le había caído bien ese serbio, le recordaba un poco a su querido Trump por el negacionismo ante ciertas imposiciones «de esos progres que todo lo invaden». Levantó el índice y señaló a Rodríguez, «el español que no es mexicano».

SR. RODRÍGUEZ.- «Otra manera de triunfar», ese sería el título. Sé que puede que no tenga gancho, pero «Un triunfo doloroso» o «Aprender a triunfar», que es lo que este guion trata de contar, me gustan menos. Es la historia de Carolina Marín, una paisana de mi tierra, de Huelva.

– ¿Caroline Merin? -exclamó Winner con un espantoso acento-. Where the hell is Well-bah?

SR. RODRÍGUEZ.- Puede que a priori le parezca que no tiene gancho, pero es un argumento que no tiene nada que envidiar a Rocky Balboa y sus entrenamientos por Filadelfia. La trama se desarrollaría en Huelva, una ciudad al sur de España en un país sin ninguna tradición en bádminton. La suya es una historia de determinación, de lucha, de garra, le puedo pasar la serie que ya existe en Amazon Prime, «Puedo porque pienso que puedo». Carolina solo conoce el triunfo, la victoria, fue campeona olímpica en Río 2016 y tres veces campeona del mundo. Se sobrepuso a una rotura del cruzado de la rodilla derecha en 2019 y, cuando se preparaba para defender el título en Tokio, se rompió el ligamento cruzado anterior y los dos meniscos de la rodilla izquierda. Pero se repone a todos los palos que le da la vida, aunque el más doloroso fue la muerte de su padre.

¡Joder, esta chica es la teniente O’Neil, la boxeadora de Million dollar baby y, tiene el espíritu de Sarah Connor y la determinación de Beatrix Kiddo! Tiene el oro entre ceja y ceja, llega a París en plena forma y va derrotando a sus rivales una tras otra hasta la semifinal, en la que va por delante con comodidad en el marcador. De repente, su rodilla cede de nuevo, se quiebra. El grito de dolor resuena en el polideportivo.

– Entonces, ¿es la historia de una derrota? -preguntó Winner.

SR. RODRÍGUEZ.- Noooo, toodo lo contrario. Ella llora porque solo concibe el título como meta, como objetivo, como modo de eludir lo que considera un fracaso. Pero todo el público comienza a aplaudir su esfuerzo por continuar en la brega, saben de su historia y de todo lo que ha peleado para llegar hasta allí y se lo reconoce. Como se lo reconocen muchos de los grandes deportistas de los Juegos, Carolina recibe incluso más cariño en redes del que había recibido por sus títulos. Su rival en las semifinales se acuerda de ella cuando recibe la medalla de plata, es un momento de gran emotividad. Carolina descubre que existe ese «otro modo de triunfar».

– Cómo os gusta a los europeos la épica de la derrota -sentenció Winner-. Gracias por sus propuestas, señores.

– Y señorita -respondió Greenflower.

– Sí, y señorita -suspiró.

Los tres ejecutivos abandonaron el despacho. Winner tenía claro lo que le podía llegar a interesar de todo lo que acababa de escuchar. ¿Y ustedes, amables lectores?

Capítulos París 2024

Juegos de París 2024 (I): el deporte popular, vía Lester.

Juegos de París 2024 (II): las mejores imágenes, vía Barney.

Juegos de París 2024 (III): las polémicas, vía Josean.

Juegos de París (IV): las películas que no se rodarán, vía Travis.

Juegos de París 2024 (III): las polémicas

Siempre que acaban unos Juegos Olímpicos surge el debate en los medios sobre si han sido buenos, horribles o “los mejores Juegos de la historia”, algo que vengo escuchando al menos desde Barcelona 92. Parece obvio que los de Río se salvaron, pese a las carencias de la organización y lo apurado de las instalaciones. Los de Tokio nunca podrán ser los mejores de siempre por razones obvias: los estadios vacíos, una cierta sensación de tristeza, de “celebrarlos porque sí, aunque sea con un año de retraso”. No sé cómo catalogar los de París, lo dejo a los expertos. Han tenido muchos momentos positivos en lo competitivo (post de Barney), muy vistosos por el “decorado” de París y un acercamiento al deporte popular (post de Lester). Y varias polémicas, que es para lo que algunos hemos quedado.

La época del postureo: vivimos en la época de las redes sociales, la viralización de las imágenes y la polarización de las opiniones para todo, también para el deporte. Los Juegos han tenido acusaciones de “wokismo” desde antes de que empezaran: por el cartel oficial, por la supuesta parodia kitsch-trans de La última cena en la ceremonia inaugural, por la interpretación que otros dieron a los símbolos de la clausura… Algunas agrupaciones católicas se sintieron atacadas por esa imagen de la que ya da igual si su intención era provocar o no: estaba fuera de lugar. Lo que se pide en estos eventos es que haya clase, elegancia, belleza, concordia… en ese engendro no había nada. Si alguien pretende que en el país que sufrió la matanza de Charlie Hebdo se haga una chanza similar con algún símbolo del Islam, como he leído por ahí, que espere sentado varios ciclos olímpicos más.

En ese postureo del comité organizador, incluso se permitieron modificar uno de los símbolos universales del movimiento olímpico: la llama, el fuego encendido en la misma Olimpia y trasladado de mano en mano desde Grecia. El invento del pebetero suspendido en el aire con la forma del globo de los hermanos Montgolfier ofrecía una imagen espectacular, muy fotogénica, pero tenía truco: no era fuego real. Se trataba de una combinación de agua, gases y luces LED. En aras de la sostenibilidad, como nos contaron después. En algún momento se rompió la «cadena del fuego» de Olimpia. El Comité Olímpico Internacional (COI) se sumó hace años a los Objetivos de Desarrollo Sostenible y a la Agenda 2030, aunque lo haga más de boquilla y de cara a la galería que otra cosa. Se ha hablado mucho de inclusión, diversidad, sostenibilidad, respeto al medioambiente, etc. Lo mejor de París en este sentido es que tenía construidas casi todas las instalaciones, no ha habido que acometer despilfarros insostenibles como los del mundial de Catar.

La villa olímpica y la comida de los atletas. En esa línea de postureo, se construyó la villa olímpica con criterios ecológicos y de sostenibilidad. Mucha madera, material reciclable y un fuerte compromiso para reducir las emisiones de CO2 a la mitad en comparación con las de Río 2016. Desconozco cómo se realizan dichas mediciones, si incluyen todos los traslados en avión de los deportistas, el desplazamiento de seguidores y equipos técnicos, el desgaste de energía que ha habido para limpiar el Sena, etc. Todo lo que se haga en este sentido y no sea postureo, bienvenido sea. El problema ha surgido cuando llegaron las quejas de los atletas por la mala calidad del alojamiento, la incomodidad de las camas, el poco espacio en las habitaciones y el mal funcionamiento del aire acondicionado. La polémica se acrecentó cuando aparecieron las imágenes del campeón olímpico de los 100 metros espalda (el italiano Thomas Ceccon) durmiendo en un parque por la incomodidad del recinto.

El comité organizador también presumió de haber doblado los menús de origen vegetal en la villa, algo muy de estos días, por la sostenibilidad, acabar con las granjas industriales, etc. El lumbreras que lo decidió seguramente no contaba con que los ocupantes eran deportistas de élite, gente con necesidad de comer proteínas, con dietas de más de 5.000 calorías diarias en muchos casos. Las quejas por la falta de pollo y huevos, que tuvieron que ser racionados, fueron habituales desde el primer día, tantas que las delegaciones de Gran Bretaña y Corea del Sur abandonaron finalmente la villa olímpica. Te pasas cuatro años preparando una competición y en una semana te encuentras con hambre y falta de sueño. Fue una mala gestión, sin duda.

Seguridad: había bastante preocupación con la falta de seguridad en varios recintos olímpicos, especialmente en los alrededores de Saint Denis, mayor aún tras lo ocurrido con los incidentes de la final de Champions de 2022. Los incidentes no se hicieron esperar y tanto una parte de la delegación australiana como la selección argentina de fútbol fueron asaltados y desvalijados de parte de sus pertenencias. O bien algo se hizo bien y se reforzó la seguridad, porque no hubo apenas más incidentes reseñables, o bien nos lo ocultaron. Los dispositivos funcionaron y, según he escuchado a algunos periodistas, han sido unos Juegos muy cómodos en cuanto a desplazamientos, identificaciones y seguridad.

Las boxeadoras de sexo dudoso: la gran polémica de los Juegos, sin duda. La argelina Imane Khelif y la taiwanesa Lin Yu-Ting se alzaron con el oro en sus respectivas categorías en medio de una gran polémica por las dudas sobre la categoría en la que competían. Varias de sus rivales cruzaron los dedos para formar una gran X como protesta, como reivindicación de sus cromosomas XX en lugar de los XY detectados en Khelif y Yu-Ting. La Asociación Internacional de Boxeo (IBA) tenía vetadas a ambas boxeadoras desde el mundial de hace un año al considerarlas de sexo masculino, una decisión que no fue recurrida por ninguna de ellas. Lo sorprendente del caso han sido las explicaciones del COI en este asunto, un COI que no reconoce la autoridad de la IBA en esta materia y cuyo portavoz afirma en rueda de prensa que no se puede determinar con certeza si una persona es hombre o mujer, así que se les permite participar en función de lo que digan sus pasaportes.

A ver, que yo me entere, antes del año 2000 se podía saber con certeza si una persona era hombre o mujer, pero ahora esto depende más de una asignación familiar como en el caso de la argelina, o de una autopercepción, que de lo que el propio cuerpo indica. Khelif tiene cromosomas XY y un nivel de testosterona que su propio entrenador reconoce que está en los parámetros masculinos. Pero compite como mujer porque ya no se pueden hacer las verificaciones que se hacían hace un cuarto de siglo.

¿Y todo esto no se solucionaba haciendo que compitieran de acuerdo con su sexo biológico? Si tienen cromosomas XY y un nivel masculino de testosterona, lo que, unido a la mayor musculatura, fuerza y potencia, les da una ventaja frente a las mujeres, ¿por qué no compiten de acuerdo con su sexo biológico? Su vida pueden vivirla como quieran, que en eso no quiero entrar. Como decía la abogada especializada en derecho del deporte Irene Aguiar, hay cuatro deportistas trans que han competido en los Juegos sin problemas, pero lo han hecho en la categoría de su sexo. Si no se toma una decisión sobre este asunto, el deporte va a cambiar radicalmente para las mujeres en los próximos años.

Competir en el Sena: ha sido una guarrería. Entiendo el romanticismo de la propuesta, el río por el centro de la Ville Lumiere con los nadadores compitiendo en sus aguas, la belleza que algunos entendían que podían haber dado algunas de las imágenes, pero la realidad es que ha sido un estropicio para el espectáculo. Se habla de una inversión de 1.500 millones de dólares «muy sostenible y eso», para que los nadadores en aguas abiertas y los triatletas pudieran bañarse en sus aguas, pero la calidad ha sido tan baja que hubo que aplazar la competición el primer día. Después, vimos las imágenes de los nadadores pegados a los laterales para evitar las corrientes, con lo que la belleza de otros juegos fue hurtada al espectador y finalmente, la imagen que quedó fue esta, la de los vómitos:

Al menos cuatro nadadores fueron ingresados con fuertes cuadros de diarrea, náuseas y vómitos tras la competición. Si durante un siglo no estaba permitido el baño por la carga bacteriana de las aguas, no sé, se me ocurre pensar que sería por algo.

El dopaje. Algún año de estos habrá que afrontar que el dopaje sigue existiendo, ¿no? Nos centramos en hablar de China, como en su día del dopaje de estado organizado por Rusia, los países del Este y la antigua Unión Soviética, pero, ¿y Estados Unidos? Marion Jones y Lance Armstrong nunca dieron positivo y solo años después se supo que competían chutados hasta las cejas. Durante los Juegos de París se ha sabido por una denuncia de la WADA (World Anti Doping Agency) que la agencia norteamericana contra el dopaje (USADA) permitió que tres atletas que habían dado positivo siguieran compitiendo con normalidad. Ni nombres, ni fechas, ni nada, oscurantismo total. Como con todo lo relacionado con las pruebas de los jugadores de la NBA. En este tema parecen «chinos», pero al fin y al cabo, qué más da, show must go on!

Juegos de París (I): el deporte popular, vía Lester.

Juegos de París (II): las mejores imágenes, vía Barney.

Juegos de París (III): las polémicas, vía Josean.

Juegos de París (IV): las películas que no se harán, vía Travis.

Juegos de París 2024 (II): «mis» imágenes

Hoy terminan los Juegos de París, unos juegos olímpicos que han recordado a lo acostumbrado, tras los estadios vacíos de Tokio 2021. Éxito de público, de participación, de competidores, emoción… las polémicas quedan para el siguiente post. En el de hoy toca destacar algunas de las imágenes más curiosas o llamativas para el que suscribe. No son las mejores, ni las más llamativas (algunas sí), pero están entre mis favoritas por lo que suponen, por esos momentos puros del deporte. No hay orden alguno en las preferencias:

  1. El surfista brasileño Gabriel Medina protagonizaba la que quizás fuera la imagen más «instagramera» de los Juegos. Celebra su triunfo, el oro, la mejor marca nunca obtenida en esta competición y parece que se apoya en las nubes mientras su tabla le acompaña. Si no ves el vídeo, parece un montaje. Una imagen preciosa.

2. Armand Duplantis, o Mondo Duplantis, logra un nuevo récord del mundo al superar el listón en los 6,25 metros. Yo creía que Sergey Bubka era de otro planeta y que sus marcas perdurarían aún más de los treinta años que lo han hecho, pero lo de este chico, con apenas 24 años, pinta a leyenda total, a superar todos los registros del ucraniano en títulos y récords. A los que no lo hayan visto, les recomiendo el documental Mondo Duplantis, fácilmente disponible. La vida de un sueco-americano de Louisiana que lleva saltando desde los tres años en el jardín de su casa. Esta foto conjuga plasticidad, técnica, fuerza, equilibrio, la expectación del público… y la lucha del hombre contra los límites establecidos. Impresionante.

3. Plano cenital de la entrada en meta de los 100 metros lisos masculinos. La final más igualada de la historia: ocho atletas entre los 9.79 del campeón y los 9.91 del último clasificado. El pie del jamaicano Kishane Thompson entra en meta antes que el norteamericano Noah Lyles, pero lo que cuenta es el pecho, y por solo cinco milésimas el oro va a parar al norteamericano. Una final fantástica para el espectador, como suele ser todo el atletismo en los Juegos. El deporte rey, sin duda.

4. a) Lágrimas. El grito de dolor de Carolina Marín, un llanto que va mucho más allá del dolor físico de la lesión, es un grito que refleja su frustración tras ver que se le escapaba una medalla que ya acariciaba. La onubense es ambiciosa, concibe la victoria como parte casi exclusiva del deporte y no está acostumbrada a todo lo que no sea un triunfo. El gesto de su rival en las semifinales, la china He Bing Jao, al recibir la medalla de plata y acordarse de Carolina fue puro sentimiento olímpico. Los aplausos de reconocimiento del público, el gesto de su rival, los elogios en los medios y redes sociales, todo ello deben ayudar a nuestra campeona de bádminton a entender que hay muchos otros valores del deporte más allá de la victoria.

4. b) Lágrimas. En el último minuto de la final de waterpolo femenino, la portera suplente Laura Ester no podía contener las lágrimas. Es bastante probable que estos sean sus últimos Juegos Olímpicos y quería el oro, tras las platas de Londres 2012 y Tokio 2020. El título que le faltaba. Era un manojo de nervios y, aunque no jugó, aplaudió a rabiar cada intervención de la titular, Martina Terré, una de las grandes artífices del triunfo. Creo que ha sido la primera vez en mi vida que he visto un partido de waterpolo entero. Sigue sin apasionarme, pero reconozco que fue entretenido. Bravo por Laura, por Martina, el resto de jugadoras, Miki Oca y todo el cuerpo técnico.

4. c) Lágrimas. Las de «nuestro» Carlitos Alcaraz, quien, tras llevarse Roland Garros y Wimbledon de una tacada, aspiraba al oro olímpico. Jugó 9 partidos en 9 días, ya que sumó el torneo de dobles con Nadal, y pese al cansancio acumulado nos regaló uno de los grandes partidos de los últimos años (uno más) en una final igualadísima contra Novak Djokovic. Pero no pudo ser, 7-6/7-6. Había comentado varias veces la ilusión que le hacía ganar esta medalla para España, pero se quedó a las puertas, si bien, como le dijo su rival al finalizar, va a tener muchas oportunidades de lograr ese ansiado oro.

4. d) Lágrimas. Las de felicidad de Nole, el tipo que lo había ganado todo, menos el torneo olímpico. El que (ahora ya sí) puede presumir de ser el mejor de la historia, siempre tenía ese reproche, esa ausencia en su palmarés: el oro olímpico. El serbio orgulloso, que acabó desquiciado los anteriores Juegos, pudo por fin desquitarse en el que posiblemente sea su último torneo olímpico. Sacó la bandera de Serbia, se abrazó a los suyos y rompió a llorar como si este fuera el primero de sus 24 Grand Slam.

5. Sifan Hassan. La neerlandesa se había puesto un reto mayúsculo, casi imposible: competir en los 5.000, los 10.000 metros y el maratón. Solo Emil Zatopek había logrado este triplete imposible, pero eran otros tiempos del deporte mundial, menos profesionalizado, ni tan repleto de especialistas. El finlandés Lasse Viren estuvo cerca de lograrlo en Montreal 76 (oro en 5.000 y 10.000 metros, y quinto en el maratón). La atleta, de origen etíope, logró el bronce en las dos pruebas de pista, y con menos de dos días de descanso se presentó en la salida del maratón. Pues ahí está, en un final muy apretado, ha logrado el oro y el récord olímpico, una de las gestas de estos Juegos.

6. La retirada del luchador Mijaín López. El luchador cubano ha conseguido en París lo que nadie había logrado hasta la fecha: obtener el oro en una prueba durante cinco Juegos consecutivos. Una barbaridad por lo que supone mantener el nivel durante un período tan largo: Pekín 2008, Londres 2012, Río 2016, Tokio 2020 y ahora París 2024. Solo tuvo una derrota en su periplo olímpico, ¡Atenas 2004! Seguro que hay más casos, pero mi memoria me lleva a los cuatro oros de Al Oerter en lanzamiento de disco y Carl Lewis en salto de longitud. Al acabar el combate, una vez obtenido el oro, el luchador se quitó las zapatillas y las dejó sobre el tatami (o como se llame en esta especialidad). El gesto de colgar las botas.

7. a) Deporte para todos. Los Juegos sirven para unir a deportistas de más de doscientos países, de todo tipo de continentes, niveles, formación y culturas. La foto de las jugadores de voley playa en el partido España-Egipto ha sido una de las más emblemáticas en esta competición tan diversa. Por sorprendente que parezca, he leído por ahí que las españolas estaban «cosificadas»; mientras que lo progresista resultaba ver a las egipcias con un nicab que les cubría voluntariamente el cuerpo. Claro, porque con 38 grados y una humedad sofocante, lo llevaban de manera voluntaria, como todas y cada una de las atletas de Irán. Los Juegos también nos llevan a ver (y, para algunos, normalizar) estas cosas.

7. b) Deporte para todos. También para todo tipo de cuerpos. La foto unía al jugador de baloncesto más bajo del torneo, el japonés Yuki Togashi, de 1,67 m., con el más alto, el francés Wembanyama (2,21 m.). Los japos han mejorado muchísimo, tanto, que los locales necesitaron una ayuda arbitral para salvar su duelo. Ha sido un muy buen torneo de baloncesto, aunque los españoles hayamos retrocedido varios peldaños en el escalafón mundial tras la retirada de los Gasol.

8.a) Y ya que hablamos de físicos de élite, una de las fotos del torneo, el mate de Yabusele sobre el incombustible LeBron James, un cuasi cuarentón que ha hecho un torneo espectacular.

8. b) El turco Yusuf Dikec es otro tipo de físico, el tipo terrenal que nos devuelve a todos la grandeza del wéstern. Es ese James Coburn que se levanta con hastío y pega tres tiros más certeros que los hipertecnificados tiradores de élite que le precedían. El detalle de la mano en el bolsillo es como el del lanzador de dardos con una pinta. ¡Crack!

9. El nadador chino Pan Zhanle pulverizó el récord de los 100 metros estilo libre en la piscina de París. Si dejamos al margen las dudas que siempre generan las estratosféricas marcas de los chinos (y algún día se hablará de los norteamericanos), los entendidos dicen que el estilo del chino es perfecto, limpio, eficiente, sumamente estudiado y depurado. Avanzaba más que ningún rival con las mismas brazadas. La final fue una de esas exhibiciones históricas que… ¿tendrá continuidad?

10. Baloncesto: dejo para el final uno de mis deportes favoritos de los Juegos, el baloncesto. El Team USA ha sufrido como no se le veía desde Atenas 2004, cuando no llevaba una selección tan potente como la de este año o las de los últimos campeonatos.

En esta foto pudo estar un momento histórico, una derrota frente a Serbia. El triple liberado de Dobric se salió del aro, una de esas oportunidades quizás únicas para una gran generación de jugadores. Habría puesto el +5 para los serbios a menos de dos minutos por jugar. Una pena, porque el partido de los serbios lo merecía (95-91).

Por el contrario, Stephen Curry tuvo unos momentos de locura tanto en las semifinales como en la final, 17 triples entre ambos partidos. Para derrotar a Francia en la final, se cascó cuatro triples casi consecutivos en los últimos minutos, a cual más difícil. Aún no sé cómo, pero este entró:

Una p… locura. Se acabaron los Juegos, sí. Y no he puesto nada de fútbol, ni una sola imagen. Lo sé.

Continuará:

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