El Atleti, Cerezo y el manejo de la prensa

Que si «los hilos del palco del Bernabéu», que si «el pelotazo de Florentino con la Ciudad Deportiva», «el escándalo del Madrid con los parkings», que si «la prensa madridista, que es toda»,… Sorprende escuchar o leer todas estas cosas, pero casi tanto me sorprende comprobar cómo Enrique Cerezo, Gil Marín y el Atleti resultan tan «simpáticos» para la prensa. Ni una crítica, ni una sola duda sobre sus operaciones inmobiliarias, el manejo del club o esa afición en la que los impresentables (minoría, pero impresentables) llevan la voz cantante.

De todo ello hablamos Kollins y yo en su canal, en el vídeo con el que comienza este post. Nos centramos sobre todo en las operaciones urbanísticas del Real Madrid y el Atleti, y, especialmente, en el diferente tratamiento mediático que recibieron. Pero «es que la prensa es madridista» y tal, salvo Manolo Lama, Carreño, Castaño, los directores del As y el Marca, y todos los tertulianos de esas insoportables tertulias que solo soy capaz de seguir en los cortes de El Radio. En Lisboa 2014, la primera final de Champions perdida por el Atleti frente a su gran rival, se dio un suceso de lo más llamativo. El Cholo Simeone (cuyos antecedentes lo preceden) acababa de invadir el terreno de juego para intentar agredir a Raphael Varane, que por entonces apenas tenía veinte años de edad. Al entrar en la sala de prensa, apenas unos minutos después, toda la prensa española comenzó a aplaudirlo, ¡al del comportamiento macarra! Inconcebible, salvo por el hecho de que la inmensa mayoría de esos periodistas estaban deseando una victoria atlética casi tanto como una derrota madridista.

Pero no me quiero ir tan lejos. Hay un ejemplo muy reciente de esa «prensa madridista», como es la portada del diario Marca el último día del año 2024. Lo habitual es que la última portada la ocupe un personaje que represente lo mejor del año, que resuma los éxitos de los últimos doce meses. En un año en el que el Real Madrid ganó cinco de los seis títulos en disputa en fútbol, Champions incluida, más la Liga y la Copa del Rey de baloncesto, y fue, además, finalista de la Euroliga, uno esperaba encontrar a Bellingham, Vinicius, quizás Rudy Fernández, por el hito alcanzado en sus sextos Juegos Olímpicos. Nada de ello, la prensa «madridista» escogió:

El «simpático» Enrique Cerezo, que tiene a toda la prensa comiendo de la palma de su mano. Mis amigos del Atleti, que aún me quedan, me dicen que esto son chorradas, que el Madrid ocupa mucho más espacio, lo cual es cierto, respondo, porque vende diez veces más que el Atleti, pero el tratamiento no puede ser más diferente. Mientras para unos todo es escandaloso y criticable, para otros todo es maravilloso, hasta la «autoproclamada mejor afición del mundo», la de la lluvia de mecheros, los insultos racistas y los últimos dos asesinatos en el fútbol español. En Exmadridistas por el mundo ya di cuenta de esta penosa estrategia a la hora de titular en los medios y en El Real Madrid como cebo incluí uno de mis ejemplos predilectos del mundo clickbait:

Todo esto no son más que ejemplos relacionados de un modo u otro con la competición y con el afán de los medios por vender o lograr clicks en sus páginas. Sin embargo, lo que resulta bastante curioso es ver cómo la prensa generalista dedica horas y horas, o páginas y páginas, a operaciones urbanísticas relacionadas con el Real Madrid, y cómo pasan de puntillas por las de su rival en la capital. Si es que las comentan, que la mayoría de las veces ni salen. De esto fue de lo que hablamos en el vídeo en el canal de Javi «Kollins».

Ciudad Deportiva del Real Madrid vs Recalificación terrenos Metropolitano-Atleti

Si uno guglea «pelotazo y Ciudad Deportiva», enseguida le aparecen varios enlaces a artículos que hablan de esta operación como si hubiera sido algo ilegal, repleto de irregularidades o movido por esos oscuros poderes que llevan años ayudando al Real Madrid. Algunos artículos, como el de La Vanguardia, mienten al hablar de unos terrenos expropiados durante el franquismo. O adquiridos con ayuda pública. Nada más lejos de la realidad. Aquello era un erial al final de la Castellana comprado con el dinero obtenido tras una emisión de bonos del propio club. Este enlace a futbolgate.es/La recalificación de la Ciudad Deportiva aporta información muy suculenta sobre todo el caso, desde la adquisición inicial hasta su venta a finales de los años noventa a una serie de empresas privadas.

El Real Madrid es tan uña y carne con el poder que le denegaron la recalificación de los terrenos durante varios años y con gobiernos de toda clase: Arias Navarro en 1973, Juan Barranco a Ramón Mendoza en el 87 y Álvarez del Manzano a Lorenzo Sanz en los noventa. Finalmente se consiguió de la mano de Florentino Pérez y sus contactos, y fue una operación aprobada por el ayuntamiento de Madrid (donde solo se opuso el PSOE), la Comunidad, y tanto UGT como Comisiones Obreras, como las asociaciones de vecinos de la zona dieron su conformidad al proyecto. Todavía hay muchos que hablan del escándalo de la Ciudad Deportiva del Madrid, cuando pocas operaciones han tenido más informes y seguimiento que aquella. José María García sigue rajando de la misma cada vez que le ponen un micro delante, pero es que por su sangre solo corre el resentimiento. Aun así, la operación se elevó a la Comisión Europea por la posible ilegalidad de la misma, y el organismo dictaminó en 2004 que:

El propio comisario europeo de la Competencia, Mario Monti, avaló la decisión. Claro que, si uno tiene que elegir entre el ayuntamiento, la comunidad, los sindicatos, los vecinos y la Comisión Europea por un lado, y José María García con sus sollozos veinte años después por el otro, pues… allá cada cual. Fue una operación muy beneficiosa para todos los implicados, ayuntamiento incluido, que recibió una gran cantidad de dinero tras la venta de una de las cuatro torres. Para los vecinos, pues se liberaron doce hectáreas adicionales de suelo verde, para Madrid, al contar con este gran centro financiero en la capital, y para el Real Madrid, por supuesto. No hubo un solo euro de dinero público que se traspasara a un club privado de fútbol.

Ahora podemos analizar cómo se ha juzgado por la prensa la cesión de unos terrenos públicos y una instalación pública como era la Peineta a un club privado como el Atlético de Madrid. En primer lugar, sorprende lo poco que se ha cuestionado esta operación, cuando aquí sí hay claramente un trasvase de recursos públicos a manos privadas, a un club que, por cierto, ha pasado por capital chino, israelí y, en la actualidad, de Arabia Saudí.

El estadio Metropolitano formaba parte de la aventura olímpica de Madrid para los Juegos de 2004, 2012 y 2016, y fue una inversión pública que durante años quedó para la realización de pocos eventos. No entro en la conveniencia o no de la operación de permuta por los terrenos del Vicente Calderón, solo en lo poco que se ha hablado de la misma, pese a que había aspectos que podían despertar dudas. Por ejemplo, cómo es posible que el convenio de 2008 recogiera una edificabilidad de 101.372 metros cuadrados con un coste para el Atleti de 42 millones de euros, y que, sin embargo, en el convenio definitivo de 2017, se ampliara la edificabilidad a 151.000 metros cuadrados y el coste se quedara en apenas 60 millones, de los que el club solo tenía que desembolsar la mitad.

Una asociación de seguidores del Atleti (Señales de Humo, muy críticos con Cerezo y Gil Marín) presentó un recurso contra esta modificación del Plan Urbanístico, y, en 2018, el Tribunal Superior de Justicia de Madrid les dio la razón:

La Sentencia estima seis de los siete argumentos expuestos en el recurso contencioso administrativo interpuesto por la Asociación Señales de Humo contra el referido acuerdo de aprobación definitiva siendo demandados la Comunidad de Madrid, el Ayuntamiento de Madrid y el Club Atlético de Madrid”. ¡Seis de los siete! Veamos cuáles son, alguno de lo más curioso para lo poco o nada que se habló:

  1. Falta de interés público en el cambio de uso de la instalación (pública) a privada: no quiero ni pensar lo que se habría dicho si ese traspaso de lo público a lo privado hubiera tenido al Real Madrid como destinatario.
  2. Falta de motivación de la modificación del Plan Urbanístico: pues no atiende a necesidades de la ciudad, sino a un interés particular. Digo lo mismo del punto 1.
  3. Incorrecta clasificación del suelo a “urbano no consolidado”:
  4. Inexistencia de las plazas de aparcamiento que debería haber al aumentar la edificabilidad a 151.500 m2.
  5. “…vulneración del art.67.2 de la LSCM ya que se produce un evidente fraude de Ley porque se evita cubrir las dotaciones – que desaparecen- sustituyéndolas por dinero, cuando al Club se le podría haber vendido una mayor superficie de suelo existente dentro del ámbito de actuación a fin de que cumpliera con las obligaciones compensatorias …”. Fraude de Ley, esto mejora a cada paso.
  6. Ausencia de un informe medioambiental ¡sobre ruidos!!! ¡Jojojojo, anda que no hemos hablado de ruidos en otro lado de la ciudad!
  7. Informe sobre impacto de género, que no existía.

El ayuntamiento de Madrid y el Atleti como parte afectada recurrieron la sentencia, y dos años después el Tribunal Supremo anuló la sentencia y dio la razón a todos los promotores de la modificación del Plan Urbanístico. Era septiembre de 2020 y estábamos todos a otras cosas aquel año, pero no deja de ser curioso lo poco que se escribió o habló sobre este asunto en los medios. Y, por supuesto, a nadie se le ocurrió escribir que «Cerezo maneja a los jueces y los políticos desde el palco del Metropolitano».

El caso no está cerrado del todo, porque el Tribunal Superior de Justicia de Madrid ha abierto un nuevo expediente por la valoración de los terrenos aledaños que fueron expropiados e incluidos en el convenio.

Todo esto, con un alcalde que no tiene pudor alguno en manifestar sus filias futboleras, ¡lo cual me parece muy bien! Solo lo comparo con las barbaridades que se han dicho cuando Rajoy o Aznar han mostrado su apoyo al Madrid. Nunca se oyó nada reprochable con la afición de Zapatero por el club que ya entonces corrompía la competición.

Aparcamientos Padre Damián vs Acuerdo terrenos del Metropolitano y Centro Acuático

Los periodistas deportivos son, por lo general, bastante malos. Y tendenciosos. Pero ya, cuando hablan de asuntos económicos, resultan penosos. Algunos han llegado a decir que los aparcamientos adjudicados al Real Madrid en la Castellana y Padre Damián fueron adjudicaciones a dedo, milmillonarias, pelotazos, etc. Lo de siempre. A ver, vamos a tratar de explicar este proyecto, que, de momento, está suspendido. Y bien paralizado, si se han incumplido algunas normativas como las de ruidos, impacto ambiental o si no se ha acreditado el interés público, algo imperdonable cuando el vecindario ya está bastante cansado de obras, ruidos y alteraciones del descanso.

El concurso se licitó en procedimiento público, abierto a quien quisiera presentarse, y notificado con la suficiente antelación. Siempre que algún atlético me habla de este «pelotazo urbanístico», le pregunto: «¿Y entonces, por qué no se presentó ninguna empresa?».

Alguno me ha contestado: «sí, pero el Madrid tenía ventaja en la adjudicación como promotor del proyecto». 5 puntos sobre 100, fácilmente recuperables con la oferta económica, «si es un pelotazo, un negociazo como decís, se habrían presentado una docena de empresas triplicando o cuadruplicando el canon a pagar al ayuntamiento y habrían superado ese déficit inicial de 5 puntos». Pero para eso hay que buscar los criterios de adjudicación y no leer cierta prensa:

Los otros 20 puntos dependían de una valoración técnica: ejecución de la obra de construcción (9), el programa de ejecución (4), plan de ahorro energético tanto en obra como en explotación (3) y la propuesta técnica de gestión de la explotación y mantenimiento de las infraestructuras (4).

Por mucho que se haya explicado varias veces, el ayuntamiento de Madrid no pone un duro, es el concesionario quien ejecuta la inversión, 94 millones de euros, y luego lo explota durante cuarenta años, tiempo durante el cual paga un canon al ayuntamiento y se encarga del mantenimiento, el coste del personal y la financiación de la obra, y corre con el riesgo y ventura del contratista. No es un proyecto sencillo, ni mucho menos un pelotazo, pero eso, a cierta prensa, le da igual:

Una particularidad de este concurso, que solo he leído en un medio, es que el Real Madrid presentó un proyecto al ayuntamiento para ejecutar solo el parking del Paseo de la Castellana, y fue el propio ente público el que quiso incluir el de Padre Damián, así como el túnel para descongestionar de tráfico la zona. El parking de Padre Damián es deficitario, pues casi todas sus plazas estaban destinadas a los residentes de la zona, algo que tampoco se ha explicado suficientemente. El concesionario también tendría que sufragar el coste del túnel y de las dársenas para autobuses y vehículos comerciales de carga.

En cualquier caso, el proyecto ha quedado suspendido tras las denuncias de los vecinos y, según la sentencia, por la ausencia de un Plan Especial de impacto ambiental y por carecer de interés público. Me suena, me parece haberlo leído en este mismo post sobre otro caso cercano.

Ahora bien, qué distinto ha sido el ruido mediático con el convenio por el que el Atlético de Madrid se quedará con el Centro Acuático (otro pufo del Madrid olímpico, con un coste de casi cien millones de euros) y con los terrenos adyacentes para ejecutar y explotar su propia Ciudad del Deporte… y de muchas más cosas, según vamos sabiendo:

Por lo que se lee sobre este proyecto, del que todavía habrá que ver su desarrollo, posibles denuncias, etc. esto es lo que se ha denominado toda la vida un auténtico pelotazo urbanístico. Una cesión de suelo e instalaciones públicas a unos particulares en toda regla por un precio a priori ridículo. Suponemos que el Marca del atlético Juancho Gallardo habrá puesto el grito en el cielo con esta operación. Pues va a ser que no:

“Ha pasado desapercibido”. “Un acuerdo municipal ha certificado no ya la no continuación de unas obras que llevaban más de una década varadas, sino incluso el cambio de calificación del suelo sobre el que se asientan: ni siquiera tiene ya la consideración de recinto deportivo. Ahora se podrán construir en sus terrenos centros comerciales, hoteles, viviendas…”. El Atleti ni aparece en la noticia, y cuando lo haga, parecerá que hace un favor a la ciudad.

“El edificio está sin acabar, con las obras detenidas desde el año 2010 cuando todavía quedaban trabajos por valor de 91,9 millones de euros. Un cadáver olímpico que ha salido muy caro a las arcas públicas. Se encuentra anexo a los terrenos que acogerán la futura Ciudad del Deporte del Atlético de Madrid, donde el que el club presidido por Enrique Cerezo prevé desarrollar nuevas dotaciones deportivas, pero también centros comerciales y de ocio, una playa artificial e incluso una hipotética universidad privada”.

Ahora viene Cerezo con sus inversores árabes y nos arregla toda esta parte de la ciudad. No lo dudo.

Kokuselei (III): las gentes de Turkana

Último post del año y, como en anteriores ocasiones, tenía que dedicárselo a la buena gente que hemos conocido en los proyectos en los que hemos colaborado. En los dos post anteriores sobre la misión de Kokuselei he manifestado mi admiración por todo lo que he visto, pero, también, mi sorpresa ante la situación de abandono que sufría la población de Turkana por parte del gobierno de Kenia. Una región sin apenas carreteras, sin agua, sin más electricidad que la que procuran los paneles solares comprados por particulares y ONG, y sin apenas acceso a la sanidad y la educación, cubiertas por misiones como la comunidad misionera de San Pablo Apóstol de Kokuselei, Nario Kotome o apoyada por algunas ONG como Ojos de Turkana. El apoyo de empresas y de asociaciones como la Fundación Sacyr es fundamental para que esto se mantenga o, mejor aún, se amplíe su influencia.

La única actividad económica (por llamarlo de algún modo) en la zona es el pastoreo, fundamentalmente de cabras. Hay algunos pastores de camellos, pero son mucho menos habituales. Algunos pequeños negocios o minitiendas se han establecido en los núcleos de población que concentran algo más de gente (Kataboi, Kalokol, Nachukui…), pero para encontrar algo parecido a una tienda o un mercado hay que acudir a ciudades como Lodwar, cuya población es de unos 60.000 habitantes según el último censo (¡de 2009!).

Este tercer post estará dedicado a las gentes de Turkana, cuya antigüedad es tanta como la de toda la humanidad conocida, si bien, la evolución en esta zona hostil para el hombre parece que quedó anclada en el Neolítico.

El «Turkana boy»

Se trata de uno de los homínidos más antiguos jamás descubiertos, de 1,6 millones de antigüedad. Los hay más antiguos, como los restos de homínidos descubiertos en Etiopía o en Sudáfrica, pero el esqueleto encontrado en esta zona es el más completo y el que se halla en mejor estado de conservación. El niño de Turkana o de Nario Kotome fue descubierto en 1984 y se trata de un esqueleto de un niño de unos once o doce años, de un metro y sesenta centímetros de altura. En la actualidad se encuentra en el Museo de Historia Natural de Nueva York y en su lugar original quedó un relieve que pudimos ver en una de nuestras visitas.

El monumento tiene poco más que el relieve, una placa y algo que me llamó mucho la atención: un monolito. Todo ello en mitad de la nada. El monolito recuerda inmediatamente a 2001: Odisea en el espacio y a ese apartado titulado El amanecer del Hombre, que recoge el momento en el que el simio da ese salto evolutivo y comienza a utilizar huesos como herramientas o armas.

Las mujeres turkana

Si alguno recuerda el monólogo El Cavernícola, cuya versión española interpretaba Nancho Novo, en él se desarrollaba la idea de los hombres cazadores y las mujeres recolectoras llevada al mundo actual, a situaciones de nuestra sociedad moderna. Me acordé del mismo en Turkana por la separación tan clara de roles que existe en la sociedad: los hombres son pastores y las mujeres se dedican al cuidado de la familia y la manyatta, la choza familiar. Puesto que los hombres desaparecen durante largas temporadas para pastorear el ganado, ellas llevan todo el peso de la casa, de los niños, que no son pocos, y de la criatura que llevan en su interior, porque el número de embarazos permanece muy elevado.

Las mujeres turkana son duras como ellas solas, caminan largas distancias hasta el dispensario o el punto de atención de la clínica móvil para ser atendidas, y para que sus niños sean vacunados o se controlen sus percentiles y niveles de nutrición. Suelen llevar al más pequeño en las propias telas con las que cubren sus cuerpos y, si necesitan llevar algo más, lo soportan sobre la cabeza. Los collares que llevan alrededor del cuello tienen los colores propios de su familia, del clan al que pertenecen, y solo cuando «completan» el matrimonio, con la aportación del marido de una dote consistente en un buen número de cabras, se les coloca un anillo metálico alrededor del cuello y otro en el tobillo. No todas lo llevaban, como vimos.

La poligamia existe por una razón de supervivencia y de colaboración entre todos los miembros de la comunidad. Como el hombre está pastoreando el ganado durante una larga temporada alejado del hogar familiar, la mujer suele necesitar ayuda con los críos o la llevanza del hogar, así que es habitual que elija junto a su marido a esa «segunda esposa» que forme parte de la familia. Nuestros esquemas europeos se resquebrajaban cuanto más conocíamos de la sociedad turkana.

Nos sorprendió que, en una sociedad que tiene que vivir al día, procurando lo básico para satisfacer las necesidades de los suyos, haya encajado tan bien la religión católica, cuyas «recompensas» no se obtienen precisamente en el corto plazo, ni siquiera en este mundo. Quizás sean los valores como la parte de la ayuda al prójimo, o a los más necesitados, o quizás se deba a algo mucho más sencillo como el cariño extremo de las misioneras, la caridad que muestran en cada uno de sus actos, una cercanía a la que es imposible decir que no. La mezcla de misa católica, bautizos y mujeres turkana es otro de esos vídeos que no puedo evitar compartir:

Niños

Hay niños por todas partes. Ya no nos sorprendía nada, pero que las familias tuvieran seis, ocho o más niños en un entorno tan hostil para los más pequeños era algo bastante habitual. La naturaleza no deja nada al azar y supongo que este elevado número está relacionado con las probabilidades de supervivencia. El plan de vacunación y el control mensual de los menores de seis años han logrado que las cifras de mortalidad infantil se hayan reducido de manera considerable, con lo que parece, según nos dijo Rocío, que las familias están ajustando y reduciendo la natalidad. «Reducir» significa estar todavía en unas tasas tres o cuatro veces superiores a los estándares occidentales.

Me sorprende otra pregunta que nos han hecho muchos amigos y familiares a la vuelta: «sí, no tienen nada, pero, ¿verdad que los niños están felices?». Pues no lo creo, o no lo sé, o no me atrevo a decirlo. Otra cosa bien distinta es que, pese a carecer de lo más elemental, sepan disfrutar con lo que tienen, o hacer una fiesta con la novedad del día, ya sea lo que van a comer, un globo o la visita de unos tíos blancos que vienen desde España. Alguien que les muestra un móvil, se hace una foto con ellos y se la muestra porque, por no tener, no tienen ni espejos, y la mayoría no saben ni qué aspecto tienen. La clínica móvil, una broma del enfermero, o que ese día hay partido en el campo de fútbol. Saben jugar, reír, disfrutar con lo que tienen, aunque luego te digan que están «hungry» y que les des unas chuches. No sé si son felices o no, pero lo que sí sé es que carecen de muchas de las gilipolleces que hacen infelices a tantos niños en occidente.

Los jóvenes

Todos esos niños, aquellos chavales que aguantaron una infancia muy dura y superaron las elevadas tasas de mortalidad infantil hace poco más de una década, son ahora adolescentes o jóvenes en una zona en la que apenas hay trabajo u oportunidades. La mayoría de ellos se defienden en inglés, pero fueron muy pocos los que tuvieron los recursos económicos para acceder a la escuela secundaria (unos 40 euros mensuales, se puede financiar a través de la Fundación Emalaikat) y menos aún los que llegaron a la universidad. Conocimos a algunos de los universitarios, un profesor, otro de los sanitarios, incluso a un gigantón que vivía en Suecia y estaba esos días en Kokuselei pasando sus vacaciones (no recuerdo los nombres de todos ellos). Había estudiado algo relacionado con la alimentación, pero no sabría decir si era más algo como Tecnología de los Alimentos o un técnico agroalimentario, nos lo explicó regular. Medía un metro-noventa, estaba fuerte y tenía una constitución más robusta que el resto de veinteañeros de la zona. De Kokuselei a Estocolmo, a trabajar en una empresa de tomates, y de vuelta a Turkana, vaya cambio.

La misión también realiza esfuerzos para concienciar a los chicos de la importancia de aprender un oficio, de estudiar para poder aportar algo a la comunidad: mecánica, jardinería, carpintería, albañilería… Con tantas necesidades en la zona y tanta escasez, si hay algo que sobra es mano de obra. Por desgracia, el interés que tienen por el deporte, y el fútbol en especial, no es el mismo que comparten por ese aprendizaje tan necesario. El peligro que afrontará la zona en los próximos años es lo que en realidad podría ser una oportunidad de crecimiento: la llegada de Internet y los móviles. Apenas ha llegado y ya vimos a muchos chavales enganchados a la pantalla del que tenía un móvil. Tik-toks en cadena, uno detrás de otro, vídeos chorras que poco pueden aportar en la zona.

Tuve la oportunidad de jugar al fútbol con los jóvenes de la zona, la mayoría de ellos descalzos, de maravillarme con su velocidad y dureza, y de comprobar la nobleza con la que jugaban. No solo se respetaba al árbitro, sino que al acabar el partidos, los chicos escuchaban atentamente el discurso de sus entrenadores sobre los valores del juego, lo que habían hecho bien y la pequeña reprimenda cuando alguno se había revuelto. Esta vez sí, puedo decir que colgué las botas: se quedaron allí.

Los voluntarios también preparamos unas «olimpiadas», una competición con carreras, salto de longitud y salto de altura, con podio y entrega de medallas. Medallas de carreras de Madrid, Las Rozas, Villanueva del Pardillo, sansilvestres y campeonatos escolares traídas desde España. Los chicos pasaron una gran jornada y nos prepararon este vídeo que comparto:

La historia de Peter

Peter es el enfermero con el que más tiempo trabajé en el dispensario y la clínica móvil. Un gran tipo. Desde el primer día me maravilló su dedicación, el cariño por los niños y por su trabajo, y su sonrisa. Venía todos los días andando desde su casa en Riokomor, a unos diez kilómetros en coche, unos siete por los caminos de cabras por los que venía. Me contó su vida a través de varias conversaciones que tuvimos y me sorprendió saber que había sido pastor de cabras durante muchos años. Hasta que decidió ponerse a estudiar. Por eso creo que era mejor contarlo en un pequeño vídeo y con su propia voz:

Volveremos. Estoy seguro.

Kokuselei (I): la zona.

Kokuselei (II): el voluntariado.

No me robéis las celebraciones

Pagas una entrada, organizas tu día, quedas con tus hijos, o con amigos, o te sientas en el sofá de tu casa, o te pones el partido en diferido, y muchas veces solo para ver un gol, al menos uno. A veces no pides mucho más. El gol es el momento cumbre del fútbol, el instante, porque no dura más que eso, el instante en el que todo puede cambiar, un segundo de fugacidad, apenas un relámpago de genialidad y estalla la tensión acumulada durante muchos minutos, a veces, más de una hora, incluso hora y media. El gol es una explosión de júbilo, de rabia contenida, es la expulsión de adrenalina que lleva tiempo queriendo salir, que te lleva a vociferar, estallar, abrazarte a los más cercanos y sonreír.

Pues me ocurre (y no sé si en esto estoy solo) que en este fútbol moderno cada vez celebro menos los goles. O tardo más en hacerlo, que, para el caso, viene a ser lo mismo. Siento que nos están robando las celebraciones de los goles, ese estallido de euforia al que hacía referencia en el párrafo anterior. ¿Los motivos? Así, a botepronto, se me ocurren tres, seguro que habrá quien tenga otros:

Las normas de la FIFA

Dentro del «ambicioso» plan marcado por los gerifaltes del fútbol para acabar con el mismo mientras se llenan los bolsillos, comenzaron hace años con acotar las celebraciones y tratar de regular lo que se podía y lo que no se podía hacer, lo cual encaja bastante bien con este mundo de lo políticamente correcto y los ofendiditos por todo. En lugar de modificar el Reglamento para mejorar el espectáculo, algo de lo que se debate desde hace tiempo y en lo que solo se avanza en soplapolleces, la FIFA trató de cortar hace tiempo las celebraciones de los jugadores. Exageradas en muchos casos, de acuerdo, escandalosas, venga, también, pero que esto se haya convertido en un «no te quites la camiseta», «y si te la subes hasta los hombros, que no haya mensajes en otra camiseta interior», nada de saltar la valla, dar una patada al bandería, celebrar con el público, hacer gestos que puedan ser interpretados como ofensivos, porque hay una brigada de censores con monóculo controlando cada gesto de los jugadores «y no queremos que se nos ofenda un árabe o un chino porque ponen mucha pasta en esto». Y que no salte nadie del banquillo a celebrar un gol que también los tarjeteamos… ¡idos a la mierda, infantinos!

La celebración de Cristiano Ronaldo en Lisboa fue muy macarra, estoy de acuerdo, pero la de Iniesta en Sudáfrica fue gloriosa. Ahora mismo, tras cada gol y cada celebración, la UEFA, la FIFA, los comités de disciplina y la brigada de piperos con palillo en la boca escrutan cuidadosamente cada gesto de un futbolista para interpretar si con el mismo ofende a varios colectivos o no. Gracias a ellos supimos que los jugadores suizos de origen albanokosovar Shaqiri y Xhaka habían hecho el gesto del águila en el Mundial 2018, lo cual podía enfadar a los serbios, así que mejor multarlos y quitamos las ganas a otros. Hombre, los «nostálgicos» del fútbol de los ochenta y noventa no pedimos que se toleren los saludos nazis, como los de Di Canio en su día, pero ojalá el fútbol no se convierta en un juzgado de lo contencioso-gestual-administrativo. Parece coña, pero es que ya se analiza cualquier gesto o palabra, aunque sea dicha entre dientes o a un compañero, o una respuesta al público para ver si se sanciona al jugador, que tiene coj… la cosa. No hay nada más importante en lo que ocuparse. «Fútbol es fútbol», que decía Vujadin Boskov, al carajo todas estas chorradas.

El VAR

Si el gol dura un instante, un destello, ¿por qué nos hacen esperar la celebración dos o tres minutos? ¿Por qué aniquilan la espontaneidad del momento? Me pasa de manera especial en la Liga española, donde ya no celebro los goles a la primera casi nunca, condicionado por el hecho cierto y contrastado de que el VAR está controlado por el avalista del Barça y dirigido por los herederos de Negreira. Que al Real Madrid le hayan anulado muchos más goles que a sus rivales, el doble o triple que a sus rivales, en ocasiones tirando las líneas con el pintalabios de la señorita Pepis, no hace sino aumentar esa sensación de no-celebración hasta que vea al equipo rival sacar de centro, el gol en el casillero y que hayan transcurrido varios minutos más tras la reanudación.

En los chats con amigos, mientras vemos un partido, nos ponemos en la piel de esos González-González de la vida que escrutan cada imagen de un gol del Madrid en busca de un roce con la uña del meñique, o un soplido sobre la nuca del defensa o del portero, o un mechón del flequillo en posible posición adelantada para tratar de anticipar si van a anular el gol o no. Así que el momento espontáneo de celebración se ha convertido en improvisados debates sobre la validez o no del mismo, «¡no jodas, cómo van a anularlo por eso!», hasta que vemos al De Burgos-Sotogrado-Sánchez Martínez-Bengoetxea de turno invalidando la jugada sin necesidad de acudir al monitor. Les basta con señalarse el pinganillo y a otra cosa, pringaos vikingos.

En la Champions funciona bastante mejor, por suerte, y aun así, nos privaron en directo del momento cumbre de la temporada pasada, que no fue en la final, sino el 2-1 de Joselu con la espinilla en las semis contra el Bayern. Los jugadores tuvieron que esperar más que los que lo veíamos en casa, sabiendo que a los esbirros de Ceferino no les quedaba más remedio que validar el tanto.

– ¿Qué pasa, no lo celebras? -me dice mi mujer muchas veces tras un gol del Madrid.

El VAR me ha privado de esa alegría instantánea, y celebrarlo un minuto más tarde me hace recordar el inmenso lodazal de corrupción que ha sido este campeonato durante décadas.

Los propios futbolistas

A veces pienso que los peores son los propios futbolistas, la moda esta moderna en la que parecen más actores o influencers que superatletas. No soporto a todos esos futbolistas (y ya lo son casi todos) que piden a sus compañeros que no lo abracen todavía porque no han hecho «su ritual». Que si besarse los nudillos o las muñecas, el soplido a cámara, el siiiiuuuu tras salto, señalarse el dorsal, el escudo, mostrar las orejas, el gesto de la tortuga, la mano al pecho y el dedo al cielo… «ya está, ya lo he hecho, ya podéis venir a abrazarme, llevarme en volandas o felarme de manera conveniente». A veces es tan ridículo que primero esperan la confirmación del gol en el VAR, luego hacen el ritual de las narices, y a continuación ya viene el abrazo con los compañeros. Menos mal que no soy profesional, porque pasaría, ya estaría en mi sitio presto para continuar el juego.

Los propios futbolistas son los primeros en acabar con la espontaneidad del momento con sus chorradas a cámara. Supongo que es una cuestión de pasta, de derechos de imagen, de los patrocinadores de la marca de ropa, pero creo que, más que eso aún, es un asunto del ego de las estrellas. «He creado mi sello, mi celebración propia que millones de niños van a imitar en el mundo». La última gilipollez del mundo del fútbol es la de patentar la celebración y pretender cobrar ¿¡derechos de autor!!!? Cole Palmer ha registrado su gesto del frío, Dani Olmo, el de señalar la hora, Mbappé, el gesto de la tortuga… ¿nos hemos vuelto ya gilipollas del todo?

Mira que me encanta Jude Bellingham como futbolista, pero me entero de que ha registrado sus brazos en modo «cuasiCristo del Corcovado» como marca propia, ¿de verdad? ¿De verdad alguien ha admitido una autoría a un gesto que los que hemos jugado al fútbol hemos hecho miles de veces? (Exagero, no he metido tantos goles en mi vida). Pues sí, parece que la Oficina de Propiedad Intelectual de la Unión Europea ha admitido todos estos gestos. Sí, he dicho bien, propiedad «intelectual». En el fondo, todo va de lo mismo, de monetizar el juego, de tratar de sacar réditos a la pelota, de andar pendiente del gesto que va a las redes sociales en lugar del propio juego.

Por muchas de estas razones, cada día valoro más a un jugador de la vieja escuela, como es Fede Valverde. Cada vez que marca un gol (golazo en el noventa por ciento de las ocasiones), explota, corre, da puñetazos al aire, se tira de la camiseta, estalla como lo hacemos los aficionados (como haré yo mañana cuando vuelva a ponerme las botas para una pachanga navideña con los colegas de siempre). Pero incluso el futuro capitán del Real Madrid por muchos años, cayó un día en una celebración significativa y el otro día, tras marcar al Sevilla, entre el público y algunos de sus compañeros le pidieron que la hiciera. Y a tomarporcu… la espontaneidad.

Más licitaciones desiertas (II): posibles medidas

Si la primera parte de estos textos se centraba en las posibles causas que generaban un número creciente de licitaciones desiertas o con un solo competidor (recapitulemos: presupuestos de licitación obsoletos, ausencia de mecanismos de revisión de precios, hiperregulación, procedimientos largos y complicados, competencia de empresas públicas), esta segunda parte se centrará en las medidas que diversos sectores solicitan desde hace años para revertir la tendencia.

  1. Modificar o, mejor, derogar la ley de desindexación de precios.

Es una petición que viene de lejos. La ley de desindexación de precios, pergeñada en la época de Cristóbal Montoro como ministro de Hacienda, entró en vigor en 2015 en un contexto inflacionario completamente distinto al que hemos padecido los últimos ejercicios. La norma pretendía evitar los «efectos de segunda ronda» y mantener controlados los precios de los contratos del sector público con una serie de medidas más que discutibles. Algunas de ellas fueron acertadas, las menos, y la mayoría fueron totalmente desafortunadas, como se ha visto en estos últimos ejercicios. No deja de tener su gracia recuperar hoy algunas de las notas que publicó el Ministerio cuando la ley fue aprobada:

Mejora «la competencia efectiva», «mayor eficiencia de los contratos». Ya lo estamos viendo. La ley se ha aplicado en numerosos casos solo en su apartado de «no-revisión de precios del sector público», sin tener en cuenta lo que la propia ley reflejaba sobre revisiones excepcionales o las necesarias causadas por situaciones extraordinarias como las de los últimos ejercicios, con los incrementos de precios de la energía, los costes laborales por cambios normativos o la inflación provocada por la guerra de Ucrania (Greenflation y «ukrainflation»).

La reivindicación de la patronal para incorporar las subidas de costes laborales a los precios de los contratos del sector público fue acordada con los sindicatos en 2023, pero no se ha hecho efectiva tras ninguna de las subidas del Salario Mínimo Interprofesional (La subida del SMI y las revisiones de precios de los contratos públicos).

Yolanda Díaz se abre (¡por fin!) a incorporar al menos el impacto de las subidas del SMI aprobadas por su gobierno y reconoció durante el reciente congreso de UGT que «esa ley de desindexación es un ejemplo de relación tóxica entre los servicios públicos y el mercado». Ha tardado seis años en darse cuenta, pero es un avance. «Esta ley es un residuo de la España de los recortes, que continúa a día de hoy perjudicando a la calidad de los servicios públicos y a los trabajadores de multitud de concesionarias públicas de nuestro país». Durante su discurso, planteó una modificación de la ley, pero casi al mismo tiempo indicó que no está en sus manos: «veremos quién nos acompaña en el trámite parlamentario». En anteriores ocasiones, la modificación se ha visto frenada por el ministerio de Hacienda.

El problema es que no solo se ha modificado el SMI, con un alza del 54 por ciento en los últimos seis años, sino las cargas sociales, que vuelven a incrementarse el 1 de enero, las obligaciones para las empresas (registro de jornada, planes de diversidad, desconexión digital) o ahora, como se pretende, la reducción de jornada sin disminución del salario. Y todo ello tiene un coste. El lenguaje conciliador de la ministra de Trabajo no ha sido mantenido por el secretario de Estado, Joaquín Pérez-Rey.

Ambos pertenecen al mismo grupo político, pero quería traer esta disparidad de tono para hablar del segundo punto: las diferencias de intereses de los partidos que conforman la coalición de gobierno y cómo afectan a las empresas.

2. La seguridad jurídica.

No quiero ser reiterativo con este asunto, que ya ha salido numerosas veces en este blog, durante este gobierno y durante las legislaturas anteriores de Mariano Rajoy. Así, a modo de resumen:

Se legisla mucho, en exceso, y, aún peor, de forma contradictoria, lo que genera nuevos problemas, como varios de los mencionados en los post anteriores. El asunto de actualidad que condiciona las últimas semanas es el de la negociación de los apoyos parlamentarios, con los impuestos a la banca y a las energéticas en el centro del conflicto, y con cambios de criterio en función de si se habla con Junts y el PNV, o con ERC y Sumar.

El impuesto a las energéticas o la subida del diésel son solo dos ejemplos más, porque en esta negociación pesa más el factor ideológico que el económico y, para más inri, los grupos que conforman la coalición condicionan su apoyo al gobierno en función de la obtención de sus reivindicaciones. Dentro del paquete de medidas se incluyen varias que afectan a los licitadores de los contratos públicos, como los nuevos impuestos creados o por crear, los incrementos de los existentes, también sobre la energía, el aumento de los costes laborales por la vía de las cotizaciones sociales (again!) o la reforma del Impuesto de Sociedades que aprueba de nuevo lo que el Constitucional derogó («Montorazo»).

Con todos estos cambios y sin una posibilidad real de trasladar los costes a los precios facturados a la administración resulta muy complicado para las empresas preparar una oferta. Por eso, ante un escenario incierto, en muchas ocasiones se opta por no acudir al concurso, aunque se pueda perder lo que siempre se había considerado una buena oportunidad.

Otro problema, y no menor, es que parece que al gobierno, o al menos a una buena parte de sus socios, no les importa que las empresas se sientan incómodas operando en nuestro país, y así ocurre que, por desgracia, numerosas empresas grandes hayan optado por aumentar su presencia en el extranjero y reducirla en nuestro país. Igual que los alemanes se sienten orgullosos de su Volkswagen o los italianos de Fiat, o los franceses de Louis Vuitton o Carrefour, no digo que aquí lo estemos de los grandes grupos españoles que compiten en la primera división en todo el mundo, pero, al menos, que no parezca que se los persiga. Ferrovial, Sacyr, Telefónica, Iberdrola, Inditex, los grandes bancos… En lugar de ello, parece que algunos prefieran que se busquen la habichuelas en el exterior (más del 85 por ciento de los ingresos de ACS ya provienen de otros mercados, por ejemplo), o que vendan las participaciones en negocios, como ha ocurrido con el sector de los servicios urbanos, esas «concesionarias públicas» de las que hablaba Yolanda Díaz.

ACS vendió Urbaser a un grupo chino, quien a su vez lo vendió después a un fondo americano. Ferrovial vendió sus divisiones de residuos a la alemana PreZero y la de facilities management a un fondo español (Portobello). Sacyr hizo lo propio y vendió su división de residuos al fondo americano Morgan Stanley y la de facilities al mismo fondo Portobello. No es casualidad que se trate de divisiones con un alto peso de los costes laborales en sus cuentas y una fuerte dependencia de la contratación pública.

3. Incremento de la colaboración público-privada.

En lugar del enfrentamiento actual, que mantiene preocupados (y muy cabreados) a la CEOE, la Cepyme y al resto de organizaciones empresariales, sería muy útil mejorar la colaboración, como se hace en el resto de Europa y prácticamente en todo el mundo empresarial occidental. La persecución a Ferrovial fue tachada por algunos medios de «cacería», de «aviso para navegantes», y tuvo un cierto componente de amenazas, con llamadas directas de Nadia Calviño y declaraciones directas de miembros del gobierno sobre la empresa y su presidente. Entre los argumentos esgrimidos por el presidente de la CEOE sobre la posible salida de más empresas españoles estuvieron los factores comentados y más que repetidos: el incremento de los costes laborales y de la presión fiscal.

Es una pena que, en un momento en el que hay fondos europeos para acometer inversiones necesarias en numerosos sectores, proyectos que solo pueden gestionarse técnicamente desde la empresa privada, se queden todos esos concursos desiertos o sin apenas competencia. Sectores en los que, además, la Unión Europea ya ha sancionado a España por los incumplimientos de la normativa comunitaria (emisiones, residuos, depuración de aguas). Y es una pena aún mayor si pensamos que el gasto público ha crecido en los últimos ejercicios, pero no lo han hecho las inversiones productivas, necesarias en sectores cuyas infraestructuras han quedado obsoletas en la última década. No hay que bucear mucho para encontrar las demandas de los diversos sectores en infraestructuras de transporte, redes para electrificación, tratamiento de residuos, gestión del agua, planes hidrológicos, limpieza de cauces e infraestructuras hidráulicas,…

4. Simplificación de los procesos.

Me repito con todo lo ya explicado anteriormente. Algunas asociaciones empresariales solicitan modificar la Ley de Contratos del Sector Público (Ley 9/2017, vigente desde 2018). Una ley que sustituyó la de 2011, que a su vez modificaba la de 2007 más los apartados rectificados en 2010… Quizás el problema no sea legislar cada pocos años e incorporar nuevos artículos o más normativa, sino simplificar algunos procesos. Reducir tiempos y ser más eficientes, sin perder transparencia, una carta a los Reyes Magos: todo el que ha trabajado en estos sectores sabe que muchas de las regulaciones sirvieron afortunadamente para frenar la corrupción en los procesos de licitación y en las modificaciones contractuales.

El Mundo publicaba el domingo pasado un artículo titulado El movimiento de la riqueza, escrito por Francisco Pascual. En el mismo, mencionaba dos informes: el elaborado por UBS bajo el título La riqueza en movimiento y el de Christine Lagarde, Fuera de la zona de confort: Europa ante el nuevo orden mundial. «En el fondo hablan de lo mismo», concluye el periodista, «El dinero irá donde haya más seguridad jurídica, menos burocracia y más rentabilidad en el largo plazo». Pero qué sabremos algunos, los que creemos que las empresas españolas tienen un gran potencial, igual que el propio país, y que las cosas nos irían mucho mejor si se simplificara tanta normativa improductiva. ¡Coño, como la Cámara de Comercio de Estados Unidos!

Más licitaciones desiertas (I): el problema

Aumentan las licitaciones que quedan desiertas o con una sola empresa presentada, o lo que es igual, concursos públicos con menos competencia. El problema viene de lejos y no solo no se está afrontando, sino que corre el riesgo de acrecentarse. Ya en 2022 hubo voces en diferentes patronales que alertaban del número creciente de licitaciones públicas que quedaban desiertas, sin que ni una sola empresa presentara una oferta. Podía resultar extraño que, en esa época post-pandemia y de teórica recuperación, tantas empresas desistieran de acceder a una adjudicación pública que podría ayudar a recuperar sus arcas.

La causa alegada en aquel momento por muchas empresas fue el incremento de la inflación en general, y de los costes de los materiales y de la energía en particular, costes que no se correspondían con los incluidos en los presupuestos públicos considerados como base en las licitaciones, en numerosos casos, sin actualizar desde 2018. Para agravar el problema, los pliegos limitaban (y limitan) la posibilidad de corrección del desfase por la vía de la revisión contractual de precios, gentileza de la Ley de Desindexación parida por la truculencia de Cristóbal Montoro en 2015. Según indica La Vanguardia en esta noticia de febrero de 2022, un tercio de las licitaciones del año precedente en Cataluña quedaron desiertas y otro quince por ciento contó con una sola empresa presentada al concurso.

El diario El Mundo daba cuenta en marzo de 2023 del escrito de la Confederación Nacional de la Construcción (CNC) a la presidencia del gobierno en el que advertían de los riesgos de mantener las licitaciones sin atender a los incrementos de costes y sin permitir las revisiones de precios o los reequilibrios económicos por causas sobrevenidas.

Un año antes, el gobierno aprobó por la vía del real decreto-ley (BOE de marzo de 2022) una serie de medidas para compensar la subida desproporcionada de los materiales de construcción y de las materias primas, pero la modificación cubría solo a algunas ofertas, durante un período reducido y con unos límites muy bajos, luego el problema siguió sin atajarse. El parche fue insuficiente, por lo que dichas medidas tuvieron que ser posteriormente ampliadas en noviembre.

Lo que en 2022 parecía suceder de manera exclusiva con los contratos de obras, se trasladó a otros sectores como los servicios de saneamiento urbano, limpieza viaria, recogida y tratamiento de residuos, limpieza y mantenimiento de instalaciones, servicios socio-sanitarios y, en general, todos aquellos con un elevado componente de costes laborales sobre el total del presupuesto.

Se trata de contratos que se han visto afectados por los fuertes incrementos de costes laborales como consecuencia de las medidas aprobadas por el gobierno en los últimos ejercicios: incremento del SMI, aumento de las cotizaciones sociales por la vía del aumento de las bases o el Mecanismo de Equidad Intergeneracional, reducción de jornada, registro de jornada, etc. Todas estas medidas, que impactan directamente en los costes de las empresas, y, por tanto, en sus resultados, con contratos públicos adjudicados de antemano con unas reglas de juego diferentes, se podrían haber compensado con la aplicación de fórmulas de revisión de precios, pero el gobierno actual ha decidido mantener la «Montorada» de 2015 y mirar hacia otro lado, pese a los compromisos realizados.

De todo ello ya hablamos a principios de este año en el post La subida del SMI y las revisiones de precios en los contratos públicos, pero el problema crece a cada trimestre que pasa. Según un informe de la CNMC, el 44 por ciento de los contratos públicos tiene un solo licitador, una sola empresa interesada en presentarse a un concurso que, en muchos casos, cuenta con fondos europeos y una seguridad de cobro sin demora que, sin embargo, no resulta atractivo para las empresas.

Si comparamos las cifras con las de la Unión Europea, estábamos en línea en 2022 con la media comunitaria, si bien se ha superado a lo largo de este 2024. En esta comparación resulta llamativa la diferencia en días en lo referido a la decisión sobre la adjudicación a la mejor oferta: de los 87 días de media a los 157 que actualmente se estilan en España.

Ese retraso en las adjudicaciones, que pueden prolongarse varios meses más por los sucesivos recursos (a los pliegos, Recursos Especiales en Materia de Contratación, recursos contenciosos…), redundan en una modificación de costes de los licitadores (normalmente al alza) respecto al momento en que las ofertas fueron presentadas, pero no es la única razón por la que no hay mayor interés en las licitaciones públicas. Según la presidenta de la CNMC, Cani Fernández, uno de los problemas de las empresas para acudir a concursos públicos es «la extremada juridificación (o regulación sobre situaciones no previstas anteriormente) en las normas de contratación pública”. La hiperregulación tan desmotivadora que ya ha salido varias veces en este blog, con «múltiples órganos de contratación con diversidad de procedimientos».

Hay más razones para que el número de competidores haya caído a mínimos históricos, como la desincentivación que supone el hecho de que la administración haya incrementado las adjudicaciones a empresas públicas. Según la presidenta de la CNMC, «el uso de estos medios puede llegar a reducir el mercado de la contratación pública, eliminando competidores viables», y «a medio y largo plazo, se puede producir un efecto de expulsión de oferta del mercado». Según el informe que la Oficina Independiente de Regulación y Supervisión de la Contratación (Oirescon) presentó al Senado el mes de noviembre, el uso de estas empresas ha crecido un 142 por ciento respecto a 2022. El informe de este organismo, dependiente del Ministerio de Hacienda, presenta unas cifras preocupantes: menos licitadores de media, más concursos desiertos, más concursos con una sola empresa presentada, y un enorme crecimiento de las adjudicaciones a empresas públicas. Alguna, como Tragsa, solicita modificaciones jurídicas para incrementar su negocio, que no depende del precio de licitación ni de la eficiencia económica de los contratos, como sí ocurre en sus competidores del sector privado.

La presidenta de la CNMC insistió en los perniciosos efectos de esta tendencia: «cuando no hay presión concurrencial, puede originarse una desviación media al alza de los precios de entre el 20% y el 25% del presupuesto comprometido, que acabamos pagando todos (los contribuyentes)». Se quebranta «el principio de neutralidad competitiva».

Hiperregulación, competencia de los medios públicos de la Administración, y un tercer factor, los precios base de los concursos públicos. El desfase de precios en los concursos, unido a la inexistencia de mecanismos de revisión de precios, provoca que buena parte de ellos carezcan de interés para las empresas. El cambio de reglas de juego en mitad de la partida (aumento de las cargas sociales y de la presión fiscal) tampoco juega a favor. Como consecuencia de todo ello, más de 25.000 millones de euros en proyectos financiados con Fondos Next Generation permanecen sin ejecutar: 11.000 millones en proyectos no adjudicados y otros 14.000 millones en remanentes de años anteriores que no se han podido ejecutar.

El dato es preocupante porque se trata de fondos correspondientes a proyectos que se deben ejecutar antes de agosto de 2026. Según Carlos Cuerpo, ministro de Economía, «lo que urge es adjudicar esos 11.000 millones. Además, según nuestra estimación, se habrían generado unos 14.000 millones de euros en remanentes no gastados, que deberían volver a convocarse».

Pues ya estamos tardando. Y más, cuando los procedimientos de licitación resultan tan largos y farragosos. Y aún añado más, ya estamos tardando cuando hay tantos sectores que reclaman esas inversiones en infraestructuras como el transporte o como se vio recientemente con la DANA en Valencia. Seguimos siendo el país con mayor número de sanciones de la Unión Europea por incumplimientos en materia de residuos, emisiones de CO2 o tratamiento de agua (Hiperregulación (II): efectos), con un déficit de inversiones brutal desde hace más de una década, ¿para qué vamos a mejorar los procesos de licitación?

Continuará: Más licitaciones desiertas (II): medidas.

Relacionados:

Hiperregulación (I): situación

Hiperregulación (II): efectos

Hiperregulación (III): competitividad

La subida del SMI y la revisión de precios en los contratos públicos

Populismo legislativo

Populismo tributario (II): Papá Estado

La seguridad jurídica salta por los aires (I)

La seguridad jurídica salta por los aires (II)

Las grandes corporaciones son malas (I)

Las grandes corporaciones son malas (II)

La peor astilla

«No hay peor astilla que la de la misma madera». O la del mismo palo, me da un poco igual, hay diferentes versiones del proverbio. Es una frase que conocen muy bien las direcciones de los partidos políticos que tenemos en España y, seguramente por ello, se aplican con especial empeño en acabar con las voces internas discordantes que puedan surgir dentro del propio grupo. Se lleva mal el verso libre, la voz propia, aquel que no se comporta como un palmero, no digamos el abiertamente disidente. «El que se mueva no sale en la foto», como resumió Alfonso Guerra en su etapa de vicepresidente de aquel gobierno socialista de Felipe González.

Pese al afán de apariencia democrática de la que tanto les gusta presumir, si en el congreso de un partido se vota cualquier resolución que parta de la dirección, difícilmente aceptarán un apoyo inferior al ochenta o noventa por ciento del total. Lo que suele denominarse elección «a la búlgara». Se ha visto también con las primarias de algunos de estos partidos: presumen de proceso abierto a cualquier militante, pero se intenta disuadir a todo aquel que quiera presentarse frente al candidato «oficialista». Porque, además, ya se ha visto en no pocas ocasiones que las bases no suelen coincidir en sus preferencias con los dirigentes.

A Winston Churchill se le atribuye aquella famosa frase que decía que «hay tres tipos de enemigos: los enemigos a secas, los enemigos a muerte y los compañeros de partido». Quizás los peores, o a los que más temía. Como cuando explicaba la diferencia entre los adversarios y los enemigos: «los adversarios están enfrente, los enemigos, detrás». Enfrente tenía la bancada laborista, sus rivales políticos, mientras que detrás estaban los jóvenes ambiciosos de su propio partido, los que podían llegar a aspirar a quitarle el puesto.

Ocurre en todos los partidos y, además, se da la circunstancia de que, una vez roto el consenso, o la entente cordiale, todo salta por los aires. Se vuelven enemigos irreconciliables. Hemos visto a Podemos votar en contra de propuestas en el Congreso con las que ideológicamente estaban de acuerdo solo porque Sumar estaba a favor de las mismas. Y a la inversa, porque «no voy a apoyar a mi máximo enemigo», pensarán. El odio entre los antiguos y los actuales dirigentes de estos partidos (Pablo Iglesias, Íñigo Errejón, Irene Montero, Yolanda Díaz) es muy superior al que sienten por sus rivales de la derecha. En el Partido Popular se vio algo similar en su día con las luchas intestinas entre Soraya y María Dolores de Cospedal, de la que se benefició Pablo Casado, el mismo Casado que tuvo que abandonar sus aspiraciones por culpa de otra guerra interna en el partido. Son las mismas guerras por el poder que ahora vemos a diario con las distintas facciones de ERC y Junts. Los peores enemigos, los que utilizan las palabras más gruesas. Perder esta guerra interna significa desaparecer, perder el chollo y el puesto con todas las prebendas que ello supone.

Es una pena, pero ocurre también en las empresas. Hace unos pocos años pertenecía al Comité de Dirección de una empresa en la que el «líder supremo» toleraba mal las opiniones discordantes. Muchos de los comités eran monólogos apenas interrumpidos por alguna apreciación en asuntos concretos. En ocasiones miraba a mis compañeros, a algún director general, y les miraba como diciendo «¿no vas a decir nada?, sé que no estás de acuerdo con lo que aquí se ha dicho, ¿de verdad vas a callar?». Siempre he creído que el debate enriquece, que la pluralidad de opiniones nos puede hacer ver otros puntos de vista, que confrontar posturas puede ser útil, pero, muy a mi pesar, me convertí en esa voz discordante. En el tocapelotas que no quería serlo. No lo hacía con ánimo de enfrentar, sino siempre con un interés constructivo, de aportar algo que pudiera mejorar la compañía, o simplemente, por plantear una alternativa o informar de un posible riesgo. Lo mismo que pido a mis compañeros de departamento, que aporten una alternativa cuando ninguna parece buena o cuando la que yo planteo puede no ser la más adecuada. Ha salido ya varias veces en este blog y lo repito de nuevo: Todo estaba en El Padrino, posiblemente la mejor escuela de negocios que conozco.

Se puede y se debe discrepar, uno debe cuestionarse incluso sus convicciones porque puede haber ángulos, puntos de vista o efectos insospechados en los que solo podemos caer si otra persona nos los presenta. Pero acabar con el que disiente, o apartarlo al menos, debe de ser algo muy español. En A sangre y fuego, la famosa obra de Chaves Nogales sobre la guerra civil, hay un capítulo titulado Consejo Obrero que trata sobre la decisión de «purgar» a los que no seguían a rajatabla las directrices del comité ejecutivo. Como Bartolo y Daniel, dos de los personajes. Bartolo era considerado directamente un traidor, pues se había pasado al bando anarquista, pero a Daniel «le odiaban tanto o más que al traidor Bartolo». «Era más peligroso aquel tipo fuerte y entero que cualquier pobre diablo de los que estaban cayendo a diario». «Un hombre como Daniel era el peor enemigo de la revolución y de la dictadura del proletariado». No estaba en contra de los postulados del consejo, ni se posicionaba en el bando contrario, simplemente iba a lo suyo, a trabajar, a procurarse un sustento, a no ser un fiel palmero de los que dirigían ese consejo obrero. «Le condenaron, sin embargo. ¿Por qué?». «Por miedo. Miedo a la libertad. El miedo odioso del sectario al hombre libre e independiente».

En el momento en que esto escribo se celebra la última jornada del Congreso del PSOE. No hace falta ser adivino ni especialmente listo para saber el resultado de lo que se va a votar: Pedro Sánchez saldrá reelegido con no menos del ochenta y cinco por ciento de los votos. Apenas hay oposición interna, debate, cuestionamientos, no queda casi ninguno. Los discrepantes, como Javier Lambán o Emiliano García-Page, no han acudido. Se mantendrán mientras sean útiles al líder único del partido. Juan Lobato ha dimitido antes de que llegara el Congreso por las numerosas presiones. «A quién se le ocurre», pensará más de uno en la dirección del partido, «tomar precauciones, no seguir al pie de la letra las directrices y, encima, contarlo a la prensa».

La carta de despedida ha sido muy correcta, tanto como su paso por la política, pero subraya varias frases:

«Creo en la política en la que personas con posiciones diferentes podamos acordar cosas que beneficien a los ciudadanos«.

«Sin duda mi forma de hacer política no es igual ni quizá en ocasiones compatible con la que una mayoría de la dirigencia actual de mi partido tiene«.

«Gente con distintas opiniones pueden sumar y aportar ideas. Es la política que he aplicado en cualquier lugar o posición en la que he representado a la ciudadanía y a mi partido. La que escucha, la que argumenta, la que no insulta o aniquila al propio o al de enfrente, sino que trata de convencerle y buscar puntos en común».

«EI PSOE ha sido siempre una organización abierta, que se alimenta del debate entre todos. Un partido que debe tomar las decisiones por mayoría y esas decisiones se deben argumentar, compartir y no imponer«. Le sobra el «siempre». Y le falta el condicional en la última frase. Una pena.

Kokuselei (II): el voluntariado

¿Qué puede hacer un voluntario en un lugar como Turkana? Por lo que vimos en nuestras experiencias previas en Bolivia y Ecuador, el primer riesgo al que se enfrentan los voluntarios en terreno es el de estorbar o molestar, quedando a un lado la posible ayuda que se quiera prestar a los profesionales que llevan años trabajando en la zona. Si uno va con ese pensamiento en la cabeza, ya tiene mucho ganado. Si, además, toma las precauciones suficientes para no enfermar y evitar convertirse en una carga para los trabajadores locales, mejor aún. El resto es sencillo, conviene ir con la mente abierta, atender a las explicaciones de los que viven allí y conocen el terreno y su población, escuchar y siempre, siempre, ofrecer una mano. Para lo que haga falta, por muy fatigado que puedas estar. Uno no es jardinero, ni electricista, ni pintor, ni enfermero, pero son tantas las necesidades que atender, que esa colaboración siempre será bienvenida.

El segundo riesgo es el de meter la pata con la población a la que pretendes ayudar, por choques culturales o sociales, por clasismo, creencias o prejuicios, por repartir regalos a diestro y siniestro como si fueran ayudas caídas del cielo y no una recompensa por un trabajo bien hecho, o por caer en la tentación de prometer lo que luego no se va a poder cumplir… Es complicado y algunos de los ejemplos que nos dio Ayuda en Acción en su día, o Rocío en Kokuselei, nos han sido de gran utilidad. Como el peligro de dar los números de teléfono.

Por último, y no menos importante, en los últimos años han proliferado las agencias que ofrecen eso definido por algunos medios como «volunturismo», experiencias inmersivas en una cultura local en la que haces poco, pero vuelves con una pila de selfis con niños pobres, pero sonrientes. Huyo de ello como de la peste. Si uno viene a Turkana a currar, viene a currar. A sudar, a esforzarse, a agotarse, a dejarse los cuernos, a ser puntual con las actividades que te propongan, a decir que SÍ a todo. A comer lo que haya y beber cuando se pueda. A saber que hay bichos por todas partes y que te van a picar. A dormir en un lugar que podrá ser más o menos cómodo, pero es el que hay y conviene ser consciente de que esa cama es infinitamente mejor que la de los habitantes locales. Por cierto, el alojamiento de Kokuselei en tiendas de campaña nos ha parecido estupendo, igual que la comida (¡gracias, Frida!). Hubo quien mencionó la palabra glamping y todo. 

El mismo año en que fuimos a Ecuador, leí este artículo de Iñaki Alegría, pediatra y fundador de la ONG Alegría sin Fronteras: Consejos que habría agradecido antes de ir «de cooperación». Uno puede estar de acuerdo con algo más de la mitad del artículo, pero no con el resto. En cualquier caso, son interesantes varias de las aportaciones o sugerencias que realiza:

  • Es necesaria una buena formación técnica y profesionalidad.
  • Nada de postureo, influencers, youtubers… El objetivo es trabajar en un proyecto, no conseguir likes.
  • No ir de Rey Mago repartiendo regalos y caramelos por todas partes.
  • No pensar que en un mes (o en quince días) vas a cambiar su mundo. Ni en tres meses, ni en cinco años, añadiría.
  • Ir sin cámara de fotos ni móvil. Luego explicaré por qué no estoy de acuerdo con esto.

Me gusta creer que la palabra «Voluntario» no significa solo un ofrecimiento de esa índole, es decir, altruista, fruto de una elección propia y no forzada, sino que, además, tiene la misma raíz de la palabra «voluntad», en latín «querer». La voluntad de ayudar, de querer aportar tus conocimientos, habilidades o tu actitud a un proyecto. Con la voluntad como motor de tus actos, como impulso para levantarte cada mañana aunque hayas pasado una noche toledana o te haya despertado el gallo de las cinco menos cuarto (¡qué puntual el cabr…!), el voluntario podrá ser útil al proyecto.

Y una vez aclarado todo esto, puedo volver a preguntar como al inicio qué puede hacer un voluntario en un lugar tan árido como Turkana. Si fue mucho o poco, la «jefa» lo sabrá. Rocío nos explicó al inicio de las dos semanas las tareas que se realizan en la misión y planificó la organización que tendríamos para esos días, qué trabajos se hacen a diario, cuáles eran extraordinarios y qué objetivos se planteaba para nuestra estancia. Y salieron muchas colaboraciones interesantes.

  • Sanidad: fue mi lugar favorito. No solo el dispensario del propio Kokuselei, que abre a diario y atiende las urgencias y a todas las parturientas que llegan, sino la «clínica móvil». El equipo de Kokuselei sale todas las semanas con su furgoneta a los poblados cercanos para controlar el estado de salud de las mujeres embarazadas y el peso, la altura y los niveles de nutrición de todos los niños de 0 a 6 años. Es una tarea que pueden hacer los trabajadores locales perfectamente, sin necesidad de voluntarios, pero la escasez de personal y la cantidad de personas atendidas hacen que les venga muy bien nuestro apoyo. Nosotros solo les ayudábamos a hacerlo más rápido y, en mi caso, aprendí a rellenar los infumables formularios del Ministerio keniano. «Pues hoy volvemos mucho antes», me dijo Peter la primera vez que salimos con la furgoneta. Así podrían volver al dispensario, donde siempre había alguien a quien atender. Aparte de romper con sus rutinas, les ayudábamos a controlar la ingente cantidad de niños que aparecían de cualquier lado y les servimos también para procurarse unas risas a nuestra costa, pues el momento favorito de los trabajadores locales venía cuando nos daban las cartillas con los nombres de los niños y nos pedían que dijéramos en voz alta los mismos para dárselo a las madres. Y sí, nuestra pronunciación turkana deja mucho que desear, como vimos por las risas de las mujeres de la zona.
  • Formación: en la época de noviembre y diciembre, las escuelas están de vacaciones, pero abren para los chicos que quieran seguir y, aunque parezca imposible para los estándares occidentales, acuden en masa. Por dos razones: el propio refuerzo educativo y porque les dan de comer en la escuela. Hay tal cantidad de chicos en la zona que los profesores están desbordados, por eso nuestra ayuda les vino muy bien, aparte de que los chavales atienden mejor por la novedad de ver a unos «musungus» o mzungus dándoles clase. Un voluntario se puede encontrar de repente reforzando sus conocimientos de trigonometría, dando un taller sobre el cuerpo humano (impresionante el trabajazo de Marian) o una clase de experimentos de física sencillos (bien, Mabú, genial, el profesor reconoció que le encantaron). La población local tiene muy claro que la educación es una posible salida para los jóvenes, como han visto en algunos de los casos de los propios chicos de allí, los contados casos en los que han logrado llegar a la universidad.
  • Mecánica: lo bueno de estos equipos de voluntarios «multidisciplinares» es que hay expertos en muchas áreas y en nuestro caso contábamos con el manitas Paco, que logró arreglar una de las bombas de agua que llevaba varias semanas averiada y que servía para abastecer a una treintena de familias. Aparte de ponerse con el equipo soldador, montar a base de radial los tableros de baloncesto, los postes del voley, lo que hiciera falta.
  • Informática: en nuestro equipo también venía una informática, Patri, que se ocupó de poner a punto los ordenadores donados por la Fundación para la misión. Algunos ordenadores se quedarán en la oficina, pero otros irán a los chicos que continúen sus estudios en la universidad. Un trabajazo el de la benjamina del equipo. Por cierto, igual que decía Iñaki Alegría en su artículo que no hay que enviar medicamentos caducados a estos países, algo bastante habitual por lo visto, también sería conveniente que los ordenadores llegasen en condiciones de uso o con unos mínimos, pero entiendo que será un problema de las licencias de uso.
  • Mantenimiento de las instalaciones: la misión es grande, tiene varios edificios comunes para las actividades y hay mucho que arreglar, que mantener. Cada vez que quedaba un hueco, nos dedicamos a labores de poda (¡Eva y sus tijeras de podar siempre a punto!), o a asuntos que fueron surgiendo como montar, lijar y barnizar las camas que irían a la residencia del profesorado. «Yo tenía una granja en África», decía Karen Blixen por medio de Meryl Streep al principio de Memorias de África. Bueno, no es lo mismo, pero yo tengo tres árboles plantados en África. Volveré a verlos, sin duda.
  • Acondicionamiento de las instalaciones: la misión de Kokuselei no para nunca, siempre está con algún proyecto en marcha para atender a todos los habitantes, así que nos tocó trabajar en la biblioteca, cuya reforma terminó estos días, que servirá también de sala de juegos (Laura, Eva, Mabú, Orieta, Patri, Marian, yo mismo). Limpieza, pintura, quitar la maleza, plantar árboles… Todo aquello para lo que se nos requiriera. Paco se puso con la pista de voley y Pilar concluyó lo que llamamos la «Capilla Sixtina» de Kokuselei, la decoración de una sala para los niños junto al dispensario. El resto de dibujos corresponden a Laura y Patri, y, en el resto de la sala, permanece la decoración del anterior grupo de voluntarios de Sacyr.
  • Clasificación de los medicamentos: llegan muchas donaciones desde España y algunos envíos puntuales y desorganizados desde el Ministerio (¿de verdad es necesaria tanta medicación para la diabetes en un lugar como este en el que no hay casos?), y nos dedicamos a clasificarlos y retirar los que ya hubieran caducado, o a poner en un lugar preferente los que vencían en el próximo semestre. Como he comentado en varias ocasiones, siempre había algo que hacer.
  • Actividades durante las vacaciones de los chicos: Rocío siempre tenía algo en mente para cada grupo de edad y nos iba organizando para ello. El «equipo de costura» se puso a arreglar los uniformes escolares y otros nos pusimos con la tarea de lavado y clasificación.
  • Montamos unas divertidas y competidísimas olimpiadas, con carreras, saltos de altura y longitud, entrega de medallas y una alta participación. Ayudamos en la graduación de los más pequeños en Saint Mary con los uniformes, e incluso pudimos participar en los partidos de fútbol y voley con los chicos de allí. El deporte aleja a los chavales de algo tan peligroso como lo que vimos en Lodwar, críos de diez o doce años totalmente sedados o agilipollados por esnifar cola en pequeñas botellas de plástico. Por increíble que parezca, en esta zona hay algunos problemas de adicción al alcohol, que destilan en algunas chozas.
  • Clasificación del material donado: llevamos unos ciento ochenta kilos entre los nueve voluntarios, material muy útil para las labores de poda (guantes, tijeras), ropa, material deportivo, escolar, juegos… Amigos, familiares y empresas como Ontime Logística y Sacyr donaron diverso material de gran utilidad para nuestras tareas allí. Distribuimos una parte, dejamos organizado el resto para lo que Rocío considere y trajimos unas artesanías «de estraperlo» en las maletas para que la ONG Emalaikat pueda venderlas en España.

Se pueden hacer muchas cosas y siempre quedará la sensación de que es insuficiente. Un voluntariado técnico enfocado en un proyecto concreto quizás podría ser más útil para la misión en algunos momentos, pero no es incompatible con las tareas de los grupos de voluntarios de Sacyr que acudimos a la zona. Una última cosa podemos hacer: al contrario de lo que decía Iñaki Alegría sobre evitar las fotos, podemos dar a conocer este maravilloso proyecto.

Difundirlo, explicarlo, quitar miedos o dudas a los que las tengan. Convertirnos en «embajadores» del proyecto. Cada grupo de voluntarios ha generado una corriente de interés a su paso y la difusión en redes es fundamental para dar a conocer aquellos proyectos por los que merece la pena apostar. Cuña publicitaria aquí para el Gratitude Bootcamp que nuestra hija Raquel lleva trabajando en la India desde hace tiempo, un proyecto que no sería viable sin la difusión y la transmisión por redes o por la vía tradicional del boca-oreja en un café. Tengo decenas de fotos con «niños pobres, pero sonrientes», pero la mayoría quedarán para mí, igual que quedan para siempre (y no grabados) los momentos que pasé con decenas de niños tarareando el Crowd chant de Joe Satriani en la clínica móvil bajo una acacia en Ekuruchanait, o con el We will rock you de Queen y varios niños de Nameriek dando las palmadas con una coordinación envidiable y tarareando el estribillo igual de mal que yo.

Dar a conocer proyectos como este pueden servir para movilizar a otros, para incorporar ideas y mejoras a los siguientes grupos de voluntarios de la Fundación Sacyr o para planificar proyectos concretos. Y, también, para algo más duradero y útil, como puede ser una colaboración sostenida en el tiempo, que no quede en quince días maravillosos.

Como los últimos post de Travis versaban sobre las terceras partes (del cine), estos textos sobre Turkana y Kokuselei no podían ser menos y concluirán con una tercera parte.

Kokuselei (I): la zona.

Kokuselei (II): el voluntariado.

Kokuselei (III): las gentes de Turkana.

Kokuselei (I): la zona

Desde hace una semana, un grupo de nueve voluntarios organizados por la Fundación Sacyr nos encontramos de viaje de ¿voluntariado?, ¿visita?, ¿aprendizaje? en la misión católica de Kokuselei, perteneciente a la diócesis de Lodwar, un lugar sorprendente dirigido por la comunidad misionera de San Pablo Apóstol. Digo claramente que es «sorprendente» porque no dejo de maravillarme cada día por lo que estamos viendo y viviendo en este lugar en el que el tiempo parece que se detuvo hace siglos. El propio camino desde Lodwar, a unas cuatro horas de distancia, fue una aventura por carreteras infinitas hasta llegar a un cruce en el que te metes de lleno en un camino de tierra en zonas desérticas en las que apenas ves acacias, termiteros, cabras y algún que otro camello. En esa «mitad de la nada» sí nos cruzamos, en cambio, con muchos niños y mujeres transportando bidones de agua en dirección al pozo más cercano, normalmente, a varios kilómetros de distancia.

La misión de Kokuselei está situada en el norte de la región de Turkana, un área de unos 70.000 kilómetros cuadrados al norte de Kenia, fronteriza con Etiopía, Uganda y Sudán del Sur. Cuenta con una población superior al millón de personas, aunque estoy convencido de que las autoridades están lejos de aproximarse a la cifra exacta total. La misión se instaló en la zona hace poco más de treinta años y, desde hace doce, Rocío Aguirre se encuentra al frente del proyecto como CEO, directora financiera, jefa de obra, ingeniera de presas, capataz, curranta, cocinera, conductora, mecánica, jardinera y lo que haga falta (con la inestimable ayuda de Frida). Y doy fe de que hacen falta muchas cosas. Rocío dice que son cinco personas y que ella es solo «una más», pero yo la vi pendiente de todo como si realmente hiciera el trabajo de cinco. Un portento.


Los turkana conforman una población cuya forma de vida se quedó anclada en el pastoreo de cabras, la construcción de chozas (manyattas) y sus costumbres ancestrales. Pocas veces aparecen en algún medio de comunicación y cuando lo hacen, la información es sesgada, falaz o simplemente busca el click fácil. La tierra no es fértil, el agua escasea, el clima es extremadamente cálido todo el año, apenas hay vida animal y, sin embargo, la población no deja de crecer. Las familias tienen entre seis y ocho hijos de media, seguramente por la esperanza de que, al tener tantos, al menos sobreviva un tercio. Uno se dedicará al pastoreo, otro a cuidar a los más pequeños, otro a buscar el agua y alguno, con suerte, para estudiar.

Estas familias numerosas viven en las mencionadas manyattas, las diminutas chozas construidas por ellos mismos, y las condiciones son precarias, por no utilizar adjetivos más dramáticos. Pues ahí, en ese secarral en el que la vida es un milagro, se instalaron estas misiones de la iglesia católica con idea de mejorar en lo posible sus condiciones de vida. La lista de prioridades es tan amplia que siempre hay algo que hacer, aunque quizás, por lo que he visto hasta ahora, garantizar el agua, facilitar la educación y reducir las tasas de mortalidad infantil sean los principales objetivos que están tratando de lograr en la zona. Se están obteniendo progresos notables, siempre con el propósito en el largo plazo de procurar que la zona logre algún día ser autosuficiente, que los pequeños negocios locales que se han fomentado prosperen y sirvan como un medio de subsistencia para esta población que no deja de incrementarse.

En los últimos quince años, gracias a los esfuerzos de la misión, se han construido más de cuarenta presas y se ha logrado que el agua corriente llegue a numerosos poblados. En los núcleos de población más grandes, el agua llega a buena parte de las casas, entendiendo por «casas» aquellas con paredes de madera o ladrillo y un techo, aunque sea de chapa, cartones o esterillas hechas con juncos. Lo sorprendente es que muy cerca de donde estamos, a poco más de una hora, hay una superficie de agua inmensa, el lago Turkana, que recorre unos trescientos kilómetros de norte a sur, en el mismo valle del Gran Rift. Por desgracia, el agua del lago no reúne las condiciones necesarias para abastecer de agua potable a la zona: es un agua con altos índices de salinidad y con unas dosis de fluoruro superiores a las del agua fluorada, lo que imposibilita su uso también para el regadío.

En cuanto a la sanidad, la misión de Kokuselei ha logrado establecer un sistema para atender a toda la población de la zona, con dispensarios, clínicas móviles y atención a todas las mujeres embarazadas desde sus primeros meses. En estos días estamos viendo y tratando de ayudar (sin estorbar) en las labores de vacunación de los niños de 0 a 6 años. Hemos viajado con las clínicas móviles a algunos de los núcleos de población y nos hemos sorprendido al ver la cantidad de niños que acudían en zonas en las que, a priori, no hay nada ni remotamente parecido a un poblado. ¿De dónde salieron todos esos chavalines que bajaron de colinas diferentes a nuestro puesto?

Por cierto, que nadie interprete «clínica móvil» a la manera occidental: esto es una camioneta en la que nos subimos seis o siete personas a la parte trasera y cargamos todo el material que vamos a necesitar ese día. El propio enfermero que hace seguimiento a las embarazadas me decía: «esperaba siete en esta zona y se me han presentado once». Nacimientos hay casi a diario, y quedaría muy poético decir que «la vida se abre paso», pero me sale más bien decir que «sorprende que la vida se abra paso en estas condiciones». Las cifras de mortalidad infantil se han reducido considerablemente en la zona, lo cual, como nos decía Rocío, seguramente ajustará las cifras de natalidad en las familias. Habrá que darse un tiempo y analizar las tendencias y lo que dicen las estadísticas oficiales.

En cuanto a la educación, se han creado pequeñas escuelas, se ofrece la educación a todos los niños de primaria y la misión trabaja en la formación del profesorado, porque las necesidades son enormes. Crecientes. Nos ha maravillado ver que el proyecto educativo va mucho más allá de enseñar a leer a los chavales, de hecho, nos ha obligado a recordar nociones de trigonometría o física a los que intentábamos ayudar al profesorado en las tareas de refuerzo.

Kokuselei está muy viva, con labores de agricultura, huerta, fomento de pequeños negocios locales, distribución de medicamentos, educación… también de apoyo religioso para el que lo quiera.

¿Qué puede hacer un voluntario aquí para aportar y no molestar? Bueno, pues de eso irá la segunda parte. ¡Seguimos bien, maravillados a cada paso!

Terceras partes (y III): buenas, dignas y espantosas

Como no podía ser de otro modo en una serie de post dedicada a las terceras partes, tenía que concluir de igual manera, con una tercera parte. Como si se tratara de una «Trilogía» de terceras partes:

  1. Buenas, muy buenas, obras maestras.
  2. Dignas, aceptables.
  3. Espantosas, innecesarias, errores desde su misma génesis.

Terminator 3: la rebelión de las máquinas. el simple hecho de que la secuela no contara con la heroína principal y verdadera salvadora de la humanidad, Sarah Connor (Linda Hamilton), ya me hacía dudar de esta continuación innecesaria. Fue rodada en 2003, doce años después de la maravilla visual y argumental que fue la segunda de James Cameron sobre la rebelión de las máquinas. Tarde, a destiempo, y con un argumento pobre. Tras esta tercera sucederían nuevas tramas como Salvation o Genesis, que no están mal, pero que debieron desesperar a James Cameron hasta tal punto que se puso de nuevo tras la producción para cargarse a John Connor de la línea y recuperar a Sarah Connor (Terminator: Dark fate). La tercera era tan floja que la idea de la Terminatrix sensual (el pibón Kristanna Loken), de metal líquido y que podía convertir sus miembros en armas, se desechó para posteriores entregas. Mala, floja. Aunque el final me parece que no estuvo mal del todo (alerta spoiler: la inevitabilidad del Día del Juicio Final).

Superman III: un claro ejemplo de lo mal que pasa el tiempo para algunas películas. O lo mucho que cambia nuestra percepción. Se estrenó en 1983, por poner las cosas en contexto. La vi en el cine con trece años y salí como con las dos anteriores: «wow, qué divertida y qué efectos especiales, qué buen rato he pasado». Si no la habéis visto en estos cuarenta años, guardad ese recuerdo en vuestra memoria, no estropeéis la ilusión de aquel niño que fuisteis. En definitiva, no hagáis como yo, que volví a verla no hace mucho y me sorprendí de todo: de la trama absurda, del tono de comedia y no de peli de superhéroes, del verdadero protagonista de la historia (el cómico Richard Pryor, no Supermán, y tiene momentos estomagantes), ¡hasta de los efectos especiales! Estarían bien en su época, como los de tantas otras producciones, pero hoy te llevas las manos a la cabeza pensando en cómo la ilusión de un niño impedía que vieras todas las «costuras» en cada centímetro de la pantalla. Gene Hackman debió intuir el despropósito de película y se bajó del proyecto antes de tiempo. Aunque volvió para la cuarta, que fue aún peor. Ya era mala cuando se estrenó, no quiero ni imaginarme lo que podría ser verla hoy.

Batman forever: nunca me gustaron las pelis de Tim Burton sobre el caballero oscuro, pero tenían un pase, volvieron a poner de moda a los superhéroes en mallas y tuvieron bastante éxito de taquilla. Tim Burton pasó a la producción y cedió los trastos de dirección a Joel Schumacher, quien se encargaría de la tercera y la cuarta de la saga. Me alegré del cambio de actor principal, Val Kilmer en lugar de un Michael Keaton al que nunca me creí como superhéroe, ni tan siquiera como tipo duro, pero ni por esas. El reparto tenía una pinta estupenda, con Tommy Lee Jones, Nicole Kidman y Chris O’Donnell como Robin. Contaba también con Jim Carrey en la época en la que Jim Carrey podía hacerte detestar una película entera (El show de Truman lo perdonó todo). Pero de ese gazpacho salió una trama absurda en la que cada personaje quería meter su cuña, Val Kilmer ponía cara de no saber qué hacía por allí y el director logró hacer algo tan difícil como aburrir (en defensa de Schumacher, hay que decir que la anterior, de Burton, también era bastante tostón). Muy floja, mas, al igual que con Superman III, todavía podía empeorarse con una cuarta.

Parque Jurásico 3: un claro ejemplo de película sacada adelante con el único objeto de aprovecharse de sus secuelas y recaudar. La primera de la saga, de 1993, junto a Terminator II (1991), fueron las obras, quizás, que nos hicieron pensar que «ya se puede hacer cualquier cosa en el mundo de los efectos especiales». Las dos primeras entregas de la saga sobre los dinosaurios clonados y resucitados para la vida moderna contaban con dos maestros en lo suyo: Michael Chrichton en la escritura (dos novelones que aportan tanta ciencia ficción como entretenimiento) y Steven Spielberg en la dirección. En esta no aparece ninguno y el resultado es el que es: un absurdo con mercenarios sueltos por la trama y un desarrollo totalmente rutinario de la acción. Los efectos mejoraban tras cada película, pero sin un genio como Spielberg en la dirección, el resultado es tan pesado como un braquiosaurio.

El Hobbit: la batalla de los cinco ejércitos. Se veía venir. A ver, quizás me he pasado al incluirla en la categoría de «espantosa», que no lo es, pero no es digna de todo lo que la precedió. Pero es que se veía venir. El señor de los anillos de Tolkien era una novela fantástica de 1.100 páginas, de la que Peter Jackson fue capaz de extraer la esencia, los personajes y componer una trilogía extraordinaria. Había tanto material que incluso tuvo que descartar alguna trama secundaria (Tom Bombadil, ¡menos mal!). La versión estrenada en los cines superaba las nueve horas, y la versión extendida se iba cerca de las doce. El Hobbit era una novelita de menos de trescientas páginas de la que resultaba imposible hacer una trilogía de pelis de tres horas, por mucho que Peter Jackson incorporara leyendas de El Silmarilion. Lo que ocurrió era previsible: el desarrollo de las dos primeras entregas ya se apreciaba alargado, con escenas varios minutos más largas de lo que el ritmo requería. 169 minutos en la primera, 161 minutos en La desolación de Smaug, a la que ya le sobraba media hora como poco, y un final que se me hizo muy pesado aunque el metraje se acortara hasta los 144 minutos. No la veo con desagrado, pero mi culo avisaba de que se me estaba haciendo muuuuuy larga.

Shrek Tercero: otra que no es especialmente mala, pero que tenía el serio problema de rebajar varios puntos el nivel altísimo de sus dos predecesoras. Las dos primeras pelis de Dreamworks sobre el ogro verde malhumorado y la princesa Fiona eran dos obras maestras del entretenimiento para niños y para no tan niños, pero esta tercera carecía de la frescura de los argumentos originales, aparte de que había perdido el factor sorpresa inicial de darle la vuelta a las pelis de princesas, héroes salvadores y monstruos malísimos de la muerte. La ves, la disfrutas un rato con tus hijos y la olvidas enseguida. La mejor prueba de que no es digna sucesora de las anteriores es que si un día pillas la primera o la segunda en la tele, te quedas un rato a verla. Con esta tercera desconectas al minuto, no engancha. La propia productora intentó alargar las historias del ogro verde con una cuarta, pero finalmente optó por otra vía y desarrolló el personaje del Gato con botas.

Arma Letal 3, Superdetective en Hollywood III: las pongo juntas porque han pasado tantos años que ya ni sabría decir qué aportaba cada una de ellas respecto a las anteriores de sus sagas. Más de lo mismo, más de buddie movies, poli negro-poli blanco, tipos estrictos vs tipos con métodos alternativos. No defraudan a sus seguidores, pero yo reconozco que me quedé en las primeras, que sí me entretuvieron. Pero ya, ya tenía suficiente. Sé que he visto estas terceras, y la cuarta de Arma Letal, pero también sé que las he olvidado y no pienso volver a intentar verlas de nuevo.

Viernes 13 3, Pesadilla en Elm Street 3, Scream 3… He visto muchas de estas tres colecciones interminables de terror, pero de verdad que no sé si he visto la cuarta de Jason, la quinta de Freddy o la tercera del tipo de la máscara de El grito de Munch, pero es que, el que sepa distinguir las obras del género llamado slasher se merece todo mi reconocimiento. Yo reconozco que no soy capaz. Sé que he visto la cuarta de Pesadilla porque el director (Renny Harlin) pasó a continuación a la saga de La jungla de cristal, y por eso quise verla. Tuvo sus momentos ocurrentes (esa pizza…), pero ya, mi tiempo dedicado a estas pelis ya pasó, ya tuve suficiente.

Concluyo ya. Habrá quien diga que no ha habido una sola mención en estos tres textos sobre Piratas del Caribe y las películas de Harry Potter. Tengo que reconocerlo en público: no he visto ni una sola de la docena que deben sumar entre ambas. No creo que sean malas, más bien al contrario, estoy seguro de que disfrutaría algunas, pero, por la razón que sea, no he visto ni una. No me atrevo a catalogar sus terceras partes, ni las cuartas, ni las primeras. ¿Alguien que me aconseje?

Leí hace poco que se anuncia una nueva de Gremlins, la que sería la tercera, para 2025, y yo me pregunto: ¿de verdad es necesario?

Bilbao Night Marathon 2024

Fiel a la tradición anual, como las cenas navideñas de empresa o las críticas al presidente de la comunidad de vecinos en cada junta, volví este sábado pasado a disputar un maratón, una tradición con la que vengo cumpliendo de manera regular desde 2004, con la única excepción del parón Covid en 2020. Este año quería hacer algo diferente y los distintos retos que leía por Internet no me motivaban de manera especial:

  • Correr los 42 kilómetros de espaldas, como ese chino que lo completó en ¡3 horas y 43 minutos!
  • Hacerlos mientras tejía una bufanda, como ese tipo de Kansas que estuvo casi seis horas mientras completaba ambas, distancia y bufanda. No lo hago porque soy nulo a la hora de tejer, que conste.
  • Supongo que todo empezó con un «¡no hay huevos!», como la mayoría de gestas que se logran en este mundo, pero otro americano logró acabar un maratón haciendo el cubo de Rubik. ¡175 cubos de Rubik resueltos en casi cinco horas de carrera!
  • Hay un canadiense que completó la distancia en Toronto haciendo malabares con tres bolas en el aire. Y en menos de tres horas. Hay cosas que si no las veo, no las creo, por mucho que lo diga el Guinness.
  • En Londres hubo un tipo que completó el maratón mientras golpeaba un balón de fútbol durante algo más de cinco horas. Mira, esto sí podría haberlo intentado, pero sospecho que a la media hora habría mandado el balón a esparragar.

Todos estos récords son verídicos, o al menos están homologados por el Guinness, pero ninguno me atraía tanto como lo que finalmente encontré: correr la distancia de noche. Algo más cercano, accesible, ¡normal, que no estoy tan zumbao! Y encima en Bilbao, ¡ahívalah…, Patxi, como para decir que no ahora! Así que me apunté hace unos meses, entrené como siempre hago (al alba) y para allá que me marché con la esperanza de que no hubiera tanta diferencia en el rendimiento nocturno, que, con los años, uno se hace más madrugador y menos trasnochador.

El mayor problema para llegar en buenas condiciones a una salida a las siete de la tarde es descansar durante todo el día, o alimentarse de manera adecuada desde la noche anterior en una ciudad repleta de bares con pintxos sabrosos a cada paso. Pero, más o menos, lo conseguí. Lo conseguimos, porque mi «equipo» de fans, Mabú, también tenía su dura jornada de seguimiento por las calles de la ciudad. Dos vueltas por un recorrido junto a la ría, una ría que atravesaríamos ocho veces.

Se me ocurrió correr con una camiseta llamativa para que Mabú pudiera distinguirme entre el resto de corredores, la camiseta rosa chillón (mi color «favorito») que me dieron hace un año en el maratón de Valencia, con el Lester serigrafiado a la espalda. Fue un acierto llevarla, porque la mayoría de los corredores llevaban una camiseta oscura, muchas de la organización, azul marino, y muchas otras de color negro. Quizás el color rosa de la mía tuvo que ver con la pregunta del peruano del kilómetro 34, pero para eso queda mucha crónica.

La carrera salía junto al estadio de San Mamés, que había albergado esa misma tarde, apenas unas horas antes, un partido del Athletic. Por lo que vi en un foro de gente del Athletic, esa coincidencia dio para un encendido debate entre los que querían compaginar ambos eventos: ¿entonces, macarrones en el estadio o no? Decenas de respuestas a la enorme duda:

En fin, con gilda y txakolí o sin ellos, la ciudad estuvo medio colapsada durante horas. Por esa razón fuimos en Metro junto a otra buena partida de corredores, y fue un acierto. Nuestro hotel estaba a un kilómetro de la meta y a poco más de dos de la salida, pero, como decía, convenía llegar descansado, que uno nunca sabe cómo se va a comportar su físico a una hora en la que los cincuentones estamos deseando más bien manta y peli.

Había mucha gente en la salida y un cierto caos en la organización de los cajones, nada que no hayamos presenciado en otras carreras. El problema fue que había muchos más participantes en el medio maratón que en la carrera completa, y, además, muchos de los corredores no se pusieron en el cajón adecuado al tiempo que iban a hacer, con lo que se produjeron varias aglomeraciones en calles estrechas o en algún giro cerrado. Los ritmos de los primeros kilómetros fueron bajos, 6 minutos, 5.40, hasta el kilómetro 5 o así no fui capaz de encontrar un ritmo cómodo, una velocidad de crucero en torno al 5.25, aunque por momentos había que esquivar a gente que iba más lenta. Hasta entonces, bastante animación, gente en los bares, un recorrido agradable, bastante llano… las estaciones de Metro de Norman Foster, la torre Iberdrola de César Pelli, el Guggenheim de Frank Gehry, el magnífico edificio consistorial del ayuntamiento, ¿obra de…? Pues tuve que buscarlo, Joaquín Ruicoba, a finales del siglo XIX. Conocemos a todos los arquitectos extranjeros famosos, pero desconocemos lo nuestro, lo de aquí.

Y junto al puente de uno de «los de aquí» (o de allí, de Valencia), el hermoso y polémico puente de Zubizuri, obra de Santiago Calatrava, estaba el kilómetro 20, la última parada en la que vi a Mabú antes de sumergirme en la travesía del desierto que fue la segunda vuelta.

Poco después del puente, pasamos la meta en el Guggenheim y nos separamos los corredores de ambas carreras, los 7.000 de los 21 kilómetros y los poco más de 800 de los 42. Fue la noche y el día, el mogollón y la soledad, el estruendo y el silencio, en apenas doscientos metros. Pasamos del gentío congregado en la meta para ver a sus familiares al silencio absoluto junto a la ría, ¡podía escuchar perfectamente la respiración de los dos corredores que me acompañaron en esos primeros kilómetros de soledad! Dejamos de escuchar los «¡oso ondo!» y los animosos «¡aúpa!» de la gente y sentí La soledad del corredor de fondo, aquella peli de los sesenta. En los kilómetros más duros, entre el 28 y el 33, cuando empiezan las dudas, nos convertimos en una banda desperdigada de facinerosos talluditos que corrían por una ciudad en penumbra. Y sin que nadie nos persiguiera, lo cual resulta más meritorio.

En esos momentos toca encerrarte con tus pensamientos, no volverse loco, no correr de más, no dejar que el duende cabrón te machaque con sus pensamientos y apretar los dientes hasta el 34, donde había vuelto a quedar con Mabú, en la puerta de nuestro hotel. Allí estaba, guapísima, sonriente, esperándome con un picardías púrpura e invitándome a subir a la 338. Ah, no, la parte posterior al «esperándome» fue una alucinación fruto de la concentración de ácido láctico en mis músculos. Me dio las últimas sustancias psicotrópicas para aguantar lo que quedaba y muchos ánimos que respondí con un beso sudoroso por mi parte, momento idílico que fue interrumpido por el peruano que comentaba al principio:

– ¿Por qué están corriendo? -me preguntó.

Ante nuestra cara de perplejidad, y como yo bromeé contestando algo así como «pues por los pintxos de después!», insistió:

– ¿Es por el cáncer de mama?

Entendí que lo preguntaba por el color de mi camiseta y alguna carrera que había habido en ese mismo día en otras ciudades, precisamente por esa buena causa, pero me dejó perplejo y no tenía mucho tiempo que perder. La verdad es que en el mismo día en Bilbao me hicieron dos preguntas que me dejaron totalmente descolocado, la del peruano, y la de un tipo que, por la mañana, me soltó (y es verídico):

– Oye, perdona, que no tengo móvil, ¿me puedes mirar cómo va el partido?

«Sin problema», le contesté, «¿el del Athletic?», a lo cual, para mi asombro, contestó:

– No, es un partido de Tercera, ¿puedes buscarlo, por favor? San Roque-Ceuta.

A ver, el tipo olía a vino a un metro de distancia, pero ¿un San Roque-Ceuta de Tercera, en Bilbao???? ¿De verdad? Bueno, dejé a Mabú en el hotel, quedamos en vernos en el km. 37 y seguí adelante. Miré el crono y calculé que, pese al ritmo bajo del principio, o las paradas de más para responder preguntas extrañas, llegaba de sobra para bajar de cuatro horas. Pero, cuando quedaban tres kilómetros empecé a no verlo tan claro, lo cual no entiendo porque iba bien de piernas, de hecho el kilómetro 39, que volvía a pasar frente a mi hotel me pareció eterno. He entrado en algún foro de Internet y he leído que hay gente que dice que su reloj marcaba más distancia: 21,4 km. la vuelta, 21,79 km., incluso más, como el de la foto.

No estaban bien medidos o los carteles no estaban bien puestos, porque no tiene sentido que hiciera el kilómetro 36 en 5.16 y el 37 en 6.05, cuando mi ritmo era similar. Sea como fuere, tuve que «acelerar» en los últimos dos kilómetros y esprintar o un remedo de sprint en los 195 metros finales, algo que, para mi sorpresa, fui capaz de hacer. Entré en 3h. 59m. y 54 segundos, así que objetivo cumplido.

Con el horario, los viajes al otro lado del charco una semana antes y un peso algo por encima de lo habitual, lo cierto es que terminé muuuuuy contento. ¿Verdad que sí, compañera?

Siempre lo he dicho, este deporte te permite una larga «carrera» si te cuidas. En Valencia 2023 paré el crono como en Roma 2009, y en Bilbao 2024 acabo de hacer aproximadamente el tiempo de Berlín 2011. Por mucho que mi mujer quiera retirarme, me resisto, le digo que «me mantengo». Lo cierto es que no voy a reconocer nunca que termino como si me hubiera pasado un camión por encima, pero, ¿y lo bien que te quedas al acabar y superar el reto? ¿Y al día siguiente, al recorrer esa ciudad con un tiempo maravilloso? Recordar los sitios que has pasado, los puntos en los que sufriste, los giros en los que sonreíste al ver que lo lograbas de nuevo.

No, las escaleras hacia la basílica de Begoña no las subí. Peor habría sido aún bajar uno solo de los ochocientos peldaños.

¿Próximos retos? Ni idea, quizás toque volver a correr en el extranjero, cosa que no hago desde 2019 (San Petersburgo), pero ahora mismo ¡solo quiero descansar!