Día 3 tras el Zero Day

Día 0. 28 de abril de 2025. España y Portugal se quedan sin electricidad por una súbita «desaparición» de 15 gigavatios de la red. Sin luz, sin móviles, sin televisión, sin vitrocerámicas ni microondas, la población queda desasistida y desinformada durante varias horas. El caos se gestiona como buenamente puede cada uno, con civismo por parte de casi toda la ciudadanía.

Día 3. 1 de mayo de 2025. Los comercios chinos comienzan a comercializar un kit de emergencia que incluye:

  • Transistor de bolsillo.
  • Cuatro pilas AAA.
  • Infiernillo con seis pastillas de encendido.
  • Mechero.
  • Linterna.
  • Pequeña navaja multiusos.
  • Funda de plástico con un compartimento para dinero y otro para documentos.
  • Raciones militares en sobres.

La radio sintoniza peor que en los ochenta y la linterna ilumina menos que la del móvil. De la navaja, el minicuchillo solo vale para partir el pan, porque el abrelatas tiene dificultades hasta con un sobre, pero el precio de 32 euros y la necesidad vital de hacerse con el mismo provoca que media España se haga con el suyo en tiempo récord.

-¿Cómo es que todavía no tienes tu kit de emergencia? -te preguntan en el vecindario.

-Pues en el chino de la plaza se han agotado, pero me han dicho que en el de la calle Tal y Pascual todavía quedan.

Durante el mismo día 3, la mitad del gobierno se encuentra en las manifestaciones por el Día del Trabajo. La ministra Yolanda Díaz se coloca tras la pancarta y junto a los líderes sindicales con una reivindicación por un trabajo más digno y con menos horas de trabajo. «Ojalá estar en el gobierno para poder atender estos frentes», piensa para sus adentros. A los elementos tan «propios» de la fecha, como la bandera republicana o los carteles de «Sanidad pública» y «Vivienda digna», se unen en esta ocasión numerosos letreros caseros y pegatinas con el lema «Nucleares no, gracias». Algún participante recicla una camiseta antigua y, bajo el eslógan «La nuclear mata», añade: «y te deja a oscuras».

El presidente Sánchez contempla todo desde su despacho en La Moncloa. Tenía previsto convocar a su gabinete de crisis y emergencias para proseguir con las acciones previstas (investigación de las causas, desvío de culpas, estrategia de comunicación), pero, tras consultar a una docena de ministros con las maletas ya preparadas para el puente, se ve obligado a retrasarlo hasta el lunes. Así que aprovecha para reunirse con su Director de Comunicación para seguir con la estrategia de ataque a «los malvados operadores privados que nos la han jugado».

-Presidente, la gente no habla de otra cosa que del kit de emergencia que ya está en los mercados.

Día 4. 2 de mayo de 2025. El presidente anuncia en rueda de prensa que el gobierno está preparando un decreto para la disponibilidad con carácter obligatorio de un kit de emergencia básico para toda la ciudadanía. Indica que ya ha iniciado las negociaciones con otros grupos parlamentarios para definir qué elementos deben incorporarse al kit, qué coste máximo debe tener y con qué partidas presupuestarias cuenta para financiar total o parcialmente el mismo.

Aprovecha que es el Día de la Comunidad de Madrid para soltar que pretendía contar con la colaboración de las comunidades autónomas gobernadas por el Partido Popular, pero que, para su desgracia, la señora Díaz Ayuso estaba ocupada en otros menesteres «más propios de la propaganda de la extrema derecha y de la derecha extrema». Durante la rueda de prensa, el presidente anuncia también que llevará su propuesta a la próxima cumbre de la Unión Europea para tratar de que se apruebe una normativa europea sobre el kit de emergencia y que parte de los fondos Next Generation puedan emplearse en este cometido, bien dentro de las políticas de transición justa, o bien, de seguridad energética.

Día 7. 5 de mayo de 2025. Se convoca el (no tan) urgente gabinete de crisis para combatir situaciones extremas como la del apagón «provocado por las operadoras privadas», y se acuerdan los elementos imprescindibles que deben incluirse en el kit de emergencia básico que se aprobará en el real decreto extraordinario que se presentará en breve al Congreso de los diputados. Se toma como referencia el adquirido por Óscar López «en el chino de la esquina de donde vive mi madre». Algunos ministros tienen informes de sus múltiples asesores que comentan que hay numerosos distribuidores españoles que se han ofrecido al gobierno para fabricar los kits de emergencia en pocas semanas, con proveedores mayoritariamente españoles, «ninguno israelí, espero», con criterios de sostenibilidad y a precios asequibles, «algo más caro que los chinos, pero con todas las especificaciones legales, presidente». Se incluye una referencia solicitada por Ione Belarra para que el kit tenga en cuenta la perspectiva de género en su configuración.

Entre todos acuerdan buscar un nombre atractivo para los ciudadanos, «el lenguaje es importante, porque lo de emergencia o supervivencia asusta a la población», indica Marlaska. «Una población asustada es más manejable», piensa el presidente para sus adentros, pero asiente a las palabras del ministro: «me parece bien, buscad algo que suene bien, como en su día las kelly finders, el impuesto de solidaridad o lo del Mecanismo de Equidad Intergeneracional, jojojo, qué grande fue aquello».

Día 10. El gobierno convoca una rueda de prensa en la que la portavoz, Pilar Alegría, presenta un vídeo sobre el KEPA (Kit de Emergencia Para Apagones). El lenguaje del vídeo resulta infantil y las imágenes parecen más propias de unos jóvenes excursionistas que se han perdido en el monte y organizan una fiesta alrededor de un pequeño fuego casero que de una crisis nacional. La portavoz concluye la presentación informando de otros dos asuntos relacionados con la situación vivida recientemente por el país:

  • Se crea un comité de expertos que investigará las causas del apagón, determinará la responsabilidad de lo acaecido y sancionará de manera importante a los operadores privados causantes, de manera especial si se aprecia que habido dolo o mala fe.
  • El gobierno estudia la creación de un impuesto que ayude a sufragar el coste del KEPA para hacerlo más accesible a la ciudadanía, un impuesto que deben soportar entre los comercios que lo distribuirán y las compañías eléctricas, dentro de la factura, junto a los costes de distribución, la moratoria nuclear, el carbón, los costes de transición a la competencia, la financiación del sistema y de las renovables. Se llamaría recargo por garantía del suministro.

Los medios afines alaban la rapidez del gobierno para afrontar una crisis como la sufrida, lo bien que suena Kepa, Broncano hace todo tipo de bromas sobre su nuevo amigo vasco… Mientras, el resto de medios critica la poca definición del propio kit: lo que falta, lo que sobra, el precio, quién asume el coste, si debe ser obligatorio o voluntario, si entra dentro de las competencias estatales o autonómicas… El nuevo impuesto pasa casi desapercibido.

Día 24. El primer borrador del decreto está casi completo, pero no es aprobado por el consejo de ministros hasta comprobar si va a contar con la aceptación de los socios de gobierno.

  • Esquerra y Bildu exigen que las instrucciones vayan en todas las lenguas cooficiales, también «en el resto de comunidades del estado español, por si hubiera ciudadanos vascos o catalanes residiendo allí de manera temporal».
  • Podemos considera que el primer borrador hace pocas referencias al diseño ecosostenible de los productos y que no se ha realizado el pertinente estudio de impacto de género, para lo cual ofrece un par de consultoras especializadas en la materia.
  • Sumar propone incluir una limitación al origen de fabricación de los productos, para asegurarse de que no vengan de países que no respetan los derechos humanos, como Israel o Estados Unidos.
  • Junts no está en desacuerdo con el KEPA, aunque no le gusta el nombre y plantea incluir un PAU: Programa de Acceso Universal al kit. Dicho programa se centra en la financiación del KEPA, que debe ser asumida por el Estado a través de un decreto que asigne partidas específicas del presupuesto que puedan ser reasignadas, como las aprobadas para emergencias nacionales o las fuerzas de seguridad, «ahora que van a tener menor peso en Catalunya». El grupo parlamentario de Junts devuelve el primer borrador con una Disposición Adicional Octava que apruebe la condonación de las multas de tráfico y sanciones tributarias de todos aquellos miembros del partido que de alguna manera pudieran demostrar su participación en los procesos electorales de los últimos diez años en la comunidad.

Día 28. En la cumbre europea, Pedro Sánchez presenta la propuesta para la creación de un kit básico europeo y una normativa que regule su uso en todo el territorio comunitario. Varios países como Polonia o Alemania proponen que el kit de emergencias no debe crearse pensando únicamente en crisis energéticas como la vivida por España y Portugal, sino que debe considerar otras posibles situaciones críticas como una invasión rusa de sus territorios.

Ursula von der Leyen anuncia en la sesión informativa posterior a la cumbre que se creará una comisión para el análisis de situaciones de emergencias provocadas por la falta de seguridad energética en la Unión Europea y por situaciones de conflicto bélico, formada por profesionales de reconocido prestigio (y larga trayectoria política en Bruselas, aunque eso se lo guarda).

Día 67. El decreto ha sido validado por el consejo de ministros y se enfrenta al trámite parlamentario de rigor. Ninguno de los partidos que conforman el gobierno está satisfecho con la redacción final que se presenta. Junts amenaza hasta última hora con votar en contra del mismo por no recoger la totalidad de las reivindicaciones «puigdemoníacas», pero decide abstenerse. El decreto sale adelante con el voto favorable de un diputado del Partido Popular, que, según parece, se ha confundido de botón. «Es que el procedimiento no estaba bien explicado», responderá. «Nos parece lamentable que no se repita la votación, vamos a presentar un recurso», añadirá la portavoz del principal partido de la oposición.

Día 74. La comisión de la UE para la configuración del kit presenta un primer borrador de conclusiones en el que se centra en:

  • Certificaciones ISO que deben incorporar los productos que se incluyan finalmente en el kit.
  • Aprobación de una norma comunitaria que garantice el espacio de radiofrecuencia necesario para que los transistores puedan funcionar en todo el territorio europeo sin afectar a emisoras nacionales.
  • Normativa de las pilas, mecheros y pastillas de encendido, que deben contar con unos certificados de origen, cumplir los estándares de sostenibilidad, presentar el cálculo de emisiones generados por su fabricación y distribución, y asegurar el completo tratamiento de los envases y la reciclabilidad de los elementos.
  • Se fomentará la fabricación de los elementos en industrias y empresas de la propia Unión Europea, aunque varios de ellos no podrán fabricarse al carecer de los materiales y la tecnología necesaria.

Día 384. Se descubre que no hubo tal comité de expertos para la investigación del apagón.

Días 422, 428 y 437. Aparecen noticias que relacionan a varios políticos con intermediarios que cobraron comisiones por la fabricación y distribución de los «kepas» por todo el territorio. Sale algún ministro del PSOE y, pocos días después, varios diputados regionales del PP, de Junts y del PNV. Cada partido niega sus casos y responde con «es un bulo», «fake news» o «propaganda de la ultraderecha».

Día 512. La Unión Europea presenta un informe de expertos para el desarrollo normativo del kit básico de emergencias y el fomento de la industria europea, y acuerdan un plazo de doce a veinticuatro meses para la trasposición de la regulación que finalmente se apruebe en la votación del pleno que debe celebrarse en los próximos seis…

Día 638. Se produce un nuevo apagón. Vuelta a empezar.

La proliferación del plano secuencia

En el programa La Cultureta de Onda Cero, hace apenas un par de semanas, el director Nacho Vigalondo bromeaba sobre “una película innovadora: había muchos planos y estaban montados, con cortes y cambios de cámara, algo sorprendente, nunca hecho”. Algo así fue lo que dijo, pero, obviamente, hablaba de manera irónica acerca de la proliferación de planos secuencia en las películas y series actuales.

Sorprende que, para mucha gente, lo más rompedor del último éxito de Netflix, la serie Adolescence, no sea su argumento, o ese abismo entre padres y adolescentes que viven en un mundo irreal de móviles y redes sociales, sino la manera en que se ha rodado cada uno de sus cuatro capítulos: como un único plano secuencia. El primero de ellos “fuerza” incluso la percepción del espectador, por si a este le hubiera pasado desapercibido: el policía comienza diciendo que son las 6,48 de la mañana y concluye el interrogatorio “siendo las 7 y 32 del día” tal y tal. Oye, espectador despistado, por si no te has dado cuenta, lo he rodado todo en tiempo real, del tirón.

El plano secuencia, cuando está bien hecho, es un espectáculo, un lucimiento del director, pero no una necesidad. Puede ser una maravilla visual, un prodigio técnico, lo que queramos, pero debe serlo también argumental. Es decir, debe acompañar a la historia, ser necesario para la misma, no limitarse a ser un reto técnico que el director se encaprichó en acometer y para ello embarca a todo el equipo de rodaje y producción en un costoso berenjenal que no siempre aporta claridad a la trama.

El plano secuencia es mucho más fácil de rodar hoy en día. Puede haber errores, cortes en la misma toma, pequeños trucos para “empalmar” las escenas, como la apertura de una puerta, o pasar por delante de algún objeto como una pared, un vehículo… No tiene nada que ver, según cuentan los entendidos, con lo que era rodar un plano secuencia hace medio siglo o más, en la época del celuloide y la tijera.

Aun con las facilidades que las innovaciones técnicas y el formato digital procuran, el plano secuencia requiere un enorme trabajo de planificación. De actores, principalmente, como en una especie de función de teatro, pero también de cámaras, técnicos de sonido, iluminación, decorados. Y no es lo mismo rodar un plano secuencia con dos o tres actores, como el noventa por ciento del tercer episodio de Adolescence, o con más de cien personas inmersas en la acción, como ocurre en el segundo, el que transcurre en el colegio.

El plano secuencia es una herramienta más del director y, cuando se abusa, se corre el riesgo de que la forma desplace al fondo, a la historia que se cuenta. Puede acrecentar la sensación de veracidad, de introducción en la escena, como en el episodio 3 comentado (la charla/terapia entre el niño Jack y la psicóloga, una escena que no te deja respirar), o, por el contrario, te puede apartar de la acción, como en la persecución del episodio 2, por las propias limitaciones del formato (velocidad, claridad de la narración, interpretación). El problema es precisamente ese, cuando el cómo se cuenta se convierte en más importante que el qué, cuando se hace visible la mano del director y se diluye el guionista.

En los últimos años han proliferado las películas/retos rodadas en un único plano secuencia, varias de ellas, magníficas, como se ha comentado en este mismo blog:

  • 1917, de Sam Mendes, de 2020.
  • Birdman, de Alejandro González Iñárritu, rodada en 2014.
  • Utoya, 22 de julio, de Erik Poppe, 2018.
  • Victoria, de Sebastian Schipper, 2015.
  • Hablar, de Joaquín Oristrell, 2015.

Todas ellas bastante recientes, por cierto, por eso he buscado las fechas. A Birdman ya le dediqué un post completo en su día (enlace a: Birdman). Me interesó bastante la película, aunque el plano secuencia (con numerosas trampas) no era necesario para el argumento que narraba. De hecho, tiene que apoyarse en una serie de trucos para empalmar los cortes e, incluso, dejar que pase una noche con un plano fijo, como ocurre también con el desvanecimiento del protagonista de 1917 en su larga travesía. A esto es a lo que me refiero, a forzar la acción para no romper ese juego de dirección del plano secuencia. O a la limitación que supone, no solo temporal, sino también espacial. Los desplazamientos de Adolescence a la comisaría o al centro comercial son tan cortos como el de los soldados de 1917, que se suben a un camión para moverse a un frente de batalla que está a menos de diez minutos de trayecto.

Los defensores del plano secuencia argumentan que ayuda al espectador en su inmersión en la trama, a seguir a los protagonistas, a moverse con ellos, a sentirse parte de la escena. Eso mismo propone Utoya, 22 de julio, la película noruega sobre aquel neonazi que se cargó a 77 chavales en la isla de Utoya, cerca de Oslo. La película añade una complicación adicional, y es que se rodó con plano subjetivo, desde el punto de vista de Kaja, una de las jóvenes que se vio metida en aquella pesadilla de 72 minutos en la que Justin Breivik, un asesino armado al que ni siquiera se llega a ver, se iba cargando a todos los que encontraba en su camino. No es una obra redonda, ni explícita en la violencia, ni gore, pero al menos consigue transmitir al espectador el desconcierto de la protagonista ante una situación que ninguna de las víctimas era capaz de comprender. Pero tantas limitaciones a la acción provocan que no consiga sostener el pulso, ni el interés, a lo largo de todo el metraje. Se ve bien, y a otra cosa.

El plano secuencia me parece perfecto, insisto, como complemento. Me encanta la inmersión en las trincheras que nos ofrece Sam Altman en 1917, pero es igual de efectiva la de Stanley Kubrick en Senderos de gloria, por ejemplo. O el de la alemana Sin novedad en el frente (Edward Berger), en la que el barro casi sale de la pantalla. El arranque de Salvar al soldado Ryan podía haberse prestado a un plano secuencia siguiendo a Tom Hanks en la playa de Omaha, y seguro que habría sido grandioso, pero no creo que fuera menos eficaz para lo que nos quería narrar que el formato escogido por Steven Spielberg. El director mezcló planos de cámara en mano, grúas, panorámicas, ensució algunas cámaras con barro y sangre, empleó la cámara lenta… el trabajo de montaje nos ofreció un desembarco de Normandía de media hora sencillamente inmejorable. Sin alargar los planos más de lo necesario.

Si lo que se quiere es que el espectador sea consciente de la amplitud de medios con las que contaba la producción, “mira cuánta pasta hay aquí metida”, se puede insertar un plano secuencia de cinco a diez minutos que vaya del detalle a lo general o panorámico, o a la inversa. Como el famoso de las playas de Dunkerque en Expiación (2017), de Joe Wright. Magnífico, colosal:

Martin Scorsese es uno de los directores que rueda con mayor número de planos en sus películas (Bendito Scorsese). Mezcla planos cortos, en detalle, de un objeto, primer plano del actor, luego uno general, vehículos que llegan y se van, ruptura de la cuarta pared, cámara lenta, planos muy rápidos… lo usa todo. Y es un verdadero virtuoso del plano secuencia cuando lo necesita, cuando lo incorpora a las tramas de sus películas, como en la famosa entrada al Copacabana de Uno de los nuestros, en el que compone una coreografía de personajes alucinante. “Esto es un verdadero local repleto de mafiosos”, piensas:

A esto es a lo que me refiero, a incorporar el plano secuencia a la narración, para contar algo, para que aporte a la trama. Los primeros trece minutos de Ojos de serpiente, de Brian de Palma, están rodados de esta manera, sin cortes, pero serán necesarios para la investigación que comienza justo a continuación: dónde estaba cada personaje, qué vieron, qué significaban aquellos gestos que en su momento pasaron desapercibidos, qué pintaba ese pibón en la escena, quiénes eran esos tipos que ahora parecen sospechosos… Sin ser una gran película, sí me lo pareció la manera de desarrollar la investigación.

El ejemplo más famoso durante décadas fue el arranque de Sed de mal, de Orson Welles, rodada hace nada, en 1958. Ni me imagino lo que tuvo que ser aquel set de rodaje en la frontera con México. La película comienza de una manera muy “hitchcockiana”, con una bomba que es introducida en el maletero de un coche, para que todos los espectadores sean conscientes de que por ahí circula ese coche a punto de saltar por los aires. Continúa con los personajes de Charlton Heston y Janet Leigh, se mueve por la ciudad fronteriza y termina como tenía que terminar: ¡boooom!

He querido mencionar a Hitchcock por algo, por ser el primero que realizó una película completa en un solo plano secuencia: Rope, aquí titulada La soga. Se atrevió a hacerlo en 1948, con las pesadas cámaras de la época y las bobinas de celuloide que apenas permitían rodar unos diez minutos seguidos. El libro de François Truffaut, El cine según Hitchcock, publicado en 1966, indica en las notas finales que “es la única experiencia en la historia del cine de una película rodada íntegramente sin interrupción en la toma de vistas”. Por algo sería. En la misma nota indica que las películas de Hitchcock solían tener entre seiscientos y mil planos, algunos más, como Los pájaros, con mil trescientos. Entonces, ¿qué opinaba el propio director de su experimento?

A.H. No sé sinceramente por qué me dejé llevar por el truco de Rope, pues no puedo considerarlo de otra manera que como un truco.

A.H. Actualmente, cuando pienso en ella, me doy cuenta de que era completamente estúpido porque rompía con todas mis tradiciones y renegaba de mis teorías sobre la fragmentación del film y las posibilidades del montaje para contar visualmente una historia. Sin embargo, rodé la película teniendo en cuenta un montaje previo; los movimientos de la cámara y los movimientos de los actores reconstituían exactamente mi manera habitual de planificar.

Luego cuenta todas las dificultades técnicas que tuvo que superar: tabiques que se movían, el color, el decorado y las nubes que se ven de fondo, la iluminación del atardecer, el ruido de la cámara sobre los rieles y cómo tuvieron que ocultarlo con un suelo especial, los operadores moviéndose por la escena… “¡Asistir al rodaje de este film era todo un espectáculo!”, afirmó. Yo siempre me pregunté por el momento en el que sale del arcón el actor al que asesinan en los primeros cinco segundos de película, ¿se pasó ahí la primera bobina entera? ¡Pobre!

François Truffaut aporta en la conversación un punto de vista diferente, que también comparto:

F.T. Pienso que es usted demasiado severo hablando de Rope, considerándola una experiencia estúpida. Yo creo que, por el contrario, este film representa algo muy importante en una carrera profesional, es la realización de un sueño que todo director debe acariciar en un momento dado de su vida, un sueño que consiste en querer trabar las cosas con el fin de obtener un solo movimiento.

Termina hablando de “la búsqueda del realismo”, quizás porque la vida sea un enorme plano secuencia sin cortes. Y en el cine, una virguería del director que, cuando sale bien, es espectacular. Como en uno de los más alucinantes que recuerdo, el de Juan José Campanella en El secreto de sus ojos. Porque, si hablamos de pasión y de personas, como hace Ricardo Darín, nada mejor que un estadio de fútbol argentino. Aquí lo dejo:

Impresionante. Desde fuera del estadio, sobre los jugadores, en el graderío, por el interior del estadio… Hay vídeos en YouTube que explican cómo se grabó esta escena, pero, ¿acaso queremos saberlo?

Relacionados:

Bendito Scorsese

Meter la tijera (I): la duración

Meter la tijera (II): el Director’s cut y el Final cut

El conflicto del secundario

Los cigarrillos Red Apple y el Imperio Austro-húngaro

Locura. Hambre. Piernas. In that order

El Real Madrid tendrá que buscar una remontada casi imposible frente al Arsenal el próximo miércoles, si no quiere quedar fuera de la Champions y fallar a su cita casi ineludible con las semifinales. Es la consecuencia del desastroso partido del martes pasado en el Emirates, de la floja temporada y del tremendo acierto de Declan Rice para anotar los dos primeros free kicks de su carrera.

El pasado viernes falleció Leo Beenhakker y Movistar rescató un programa del Informe Robinson sobre la Quinta del Buitre, un episodio en el que el entrenador holandés, lógicamente, tenía un gran protagonismo. No faltaron las grandes remontadas en el Bernabéu, aunque fueran de la etapa anterior a Beenhakker, con Amancio y Luis Molowny: Anderlecht, Moenchengladbach, Inter de Milán… Aquel Real Madrid de la Quinta del Buitre más Gordillo, Hugo Sánchez y muchos otros (Jankovic, Maceda, Gallego, Santillana, Juanito) jugaba muy bien al fútbol. Maravillosamente bien. Y claro, me he puesto a pensar ya en otra noche mágica en el Bernabéu, en otra gran remontada. En un nuevo milagro. Harán falta muchas cosas, pero yo he puesto «mis» tres.

Locura

En todas esas remontadas se alcanzó un punto de locura. Qué coño «un punto», un terremoto. Desde la llegada en autobús de los jugadores al estadio, las declaraciones en los días previos, el convencimiento del aficionado, el rostro de seguridad (como el de Cristiano Ronaldo en la remontada ante el Wolfsburgo),… desde el primer disparo a puerta, aunque no tenga ningún sentido, solo por escuchar el estallido contra la valla publicitaria y el rugido del público.

Es el mismo grado de locura que acompañó las remontadas que se produjeron en la Champions de 2022, la más inexplicable de la historia: PSG, Chelsea y City sucumbieron en apenas unos minutos tras haber dominado durante más de una hora o dos, en algunos casos. Los tres goles de Benzema en diez minutos contra el PSG, los dos en dos minutos de Rodrygo frente al City o el exterior de Luka Modric para el remate del mismo Rodrygo contra el Chelsea fueron esos momentos en los que se perdió la cordura en las gradas y en nuestras casas. Aquellos días seguía «guasapeándome» con amigos a las dos de la mañana porque éramos incapaces de rebajar la enorme segregación de adrenalina que habíamos tenido unas horas antes.

¿Puede este equipo alcanzar ese grado necesario de locura, de correr como si cada carrera fuera la última del partido, de pelear cada balón para que el rival se sienta asfixiado? Hay dudas en el aficionado: el equipo parece fatigado, no ha jugado bien en toda la temporada, da la impresión de que Carletto lleva cabreado y sobrepasado desde agosto. ¿Puede llevar este equipo a paroxismo, al grado de exaltación necesario para que tiemble el Arsenal? Pues quiero creer que sí. Y, aunque la temporada no haya sido buena (las notas al final, por favor), ha habido algún destello que me hace pensar que sí:

  1. El Real Madrid perdía 0-2 al descanso con el Borussia de Dortmund en la fase de grupos. En la jornada anterior, el equipo había perdido con el Lille, luego una derrota en casa podía traer muchos problemas para clasificarse. Justo antes del descanso, Lunin salvó el tercero de los alemanes. Pero arrancó la segunda parte y el ambiente que se respiraba era otro. En el minuto 60 cayó el primero de los blancos y se desató la locura. En el 62 llegó el empate y en los últimos minutos, tres más, con Vinícius totalmente desatado y un hat-trick en la mochila.
  2. Hace un par de semanas, el Real Madrid se puso por debajo en la eliminatoria de Copa frente a la Real Sociedad. Una eliminatoria en la que había mandado durante casi 150 minutos y en la que, de repente, por esa apatía e indolencia que a veces arrastra el equipo, se veía por debajo a menos de diez minutos del final. De nuevo, como el día del Dortmund, Vini pidió la pelota y el equipo le dio la vuelta al marcador en apenas tres minutos.

Parece que el Real Madrid, para alcanzar la locura, tiene que llegar a ese punto de no retorno, al borde del abismo. Y como destacaba Alan Moore en Watchmen:

«No luches contra monstruos, a no ser que te conviertas en monstruo,

y si miras al abismo, el abismo devuelve la mirada».

Friedrich Wilhelm Nietzsche

Hambre

Me surge la duda: ¿tienen hambre los jugadores de la actual plantilla? ¿La tienen todos? Aquella Quinta del Buitre tenía hambre. Santillana, Juanito, Hugo Sánchez y Valdano la tenían. Luchaban contra casi dos décadas de sequía europea del Real Madrid, contra la historia, contra cinco años sin ganar la Liga española. Salían a devorar al rival, por mucho que, como bien explica Valdano, «en aquellos años, los alemanes eran poco menos que unos ogros que devoraban niños». Contra ellos, contra aquel gran equipo que era el Anderlecht y contra los «cancheros» italianos del Inter, se enfrentaron estos tíos con más casta que físico y de ahí surgió el famoso «noventa minuti en el Bernabéu son molto longo» de Juanito.

Algunos jugadores de la actual plantilla tienen seis Champions, como Luka Modric y Dani Carvajal, otros tienen alguna menos, como Lucas Vázquez, y buena parte de ellos fueron partícipes en las dos últimas: Vini, Rodrygo, Camavinga, Courtois, Valverde… Jude Bellingham y Rüdiger ya tienen una. El que no estuvo el año pasado y no la ha ganado todavía es Kylian Mbappé, pero no sé si con lo que vivió en su retiro catarí de París, con la panza llena, tiene el hambre necesaria para echarse el equipo a la espalda y salir a remontar. Ha habido momentos en la temporada en que ha parecido que sí, que quería empujar donde no llegaban sus compañeros, pero entre el desacierto general y el suyo propio, genera dudas. Su expulsión de esta última jornada frente al Alavés demuestra la impotencia que siente en ocasiones, la rabia contenida. Esperemos que la expulse toda el miércoles, hará falta.

Hace falta que todo el equipo sienta esa necesidad de comerse al rival, de querer ganar esta eliminatoria, y no lo que ha parecido durante tantos partidos: que la plantilla entera está deseando el fin de la temporada, la salida de Ancelotti y el inicio de un nuevo ciclo.

Piernas

Uno de los grandes problemas de toda la temporada: el equipo está muy flojo. No solo en lo táctico, sino también en lo físico. Y se nota mucho. El Real Madrid es, de largo, el equipo que menos kilómetros realiza por partido. Este dato es solo de la ida de cuartos de final:

Pero es el mismo dato que hemos visto en todos y cada uno de los partidos, en los que el Madrid corre unos diez kilómetros menos que sus rivales. En un fútbol tan físico como el actual, el déficit de kilómetros podría compensarse con orden sobre el campo, pero no es eso lo que vemos. Hay tanta distancia entre los cuatro de arriba (Mbappé, Vinícius, Rodrygo y Bellingham) y el resto, que el centro del campo está siempre en minoría. Y al sobrepasar ese medio campo con facilidad, la defensa también parece peor, hay muchos más huecos y todo se descompensa. Faltan piernas en el equipo, a lo que no han ayudado las múltiples lesiones, las pocas rotaciones de Ancelotti, las prórrogas en Copa del Rey (Celta y Real Sociedad) y Champions (Atleti)… y las cacicadas de Javier Tebas con los horarios. El Real Madrid es el único de los ocho cuartofinalistas de la Champions que jugó en domingo. El único. La directiva pidió el cambio de horario y el cacique Tebas se dio el gustazo de denegarlo («normal», pensará, «que no me pongan tantas demandas»).

Hay varios jugadores por encima de los 4.000 minutos esta temporada (Valverde, Mbappé, Rüdiger, Vini, Jude) y estamos solo en abril, una aberración. Queda mucha temporada aún y falta frescura en las piernas. Pero en estos partidos, si se alcanza el grado de locura, las piernas acompañan. No sé cómo, pero lo hacen casi siempre.

Recuerdo dos intentos de remontada que quedaron en el «a punto del milagro»:

  1. Frente al Zaragoza en semis de la Copa del Rey de 2006. El Madrid había perdido 6-1 en la ida. Fue tal el grado de sobreexcitación con el que los jugadores saltaron al campo que a los diez minutos ganábamos 3-0. Pero las piernas no aguantaron todo el partido. Un gol más en la segunda parte y una última media hora en la que el equipo no podía más, pese a estar a solo un gol de la gesta histórica.
  2. La vuelta contra el Borussia de Dortmund tras el 4-1 de la ida. En aquella ocasión, el equipo lo tuvo en su mano, se hartó de fallar ocasiones en la primera parte (Higuaín y Ozil, sobre todo), y cuando pareció que las piernas no daban para más, llegó el primer gol (Karim) y se desató la locura. Y un par de minutos después el segundo (Ramos), y ahí las piernas que se debilitaron fueron las de los alemanes, que se dedicaron a desplomarse al suelo los últimos cinco minutos y evitar que se jugara. Una pena, porque se estuvo a punto.

Definí la Champions de 2024 como «la Champions de los héroes inesperados«. Joselu, Lunin, Brahim, Nacho… Hay un jugador que puede despertar la locura el miércoles. Que tiene hambre y piernas. Se llama Endrick y en Brasil remataba hasta las sandías que le pudieran lanzar. Ni siquiera necesita ser titular para volar por los aires un partido. No será fácil. Por eso sé que lo lograremos.

Futbolero e inspector de Hacienda

A nadie le apetece una inspección de Hacienda. Y eso que en este capítulo me referiré a la incomodidad que supone una inspección realizada a la empresa en la que trabajo, no quiero ni imaginarme lo que puede ser sufrir una en tus propias carnes de persona física sin apenas más ingresos que los de tu nómina.

Aquella mañana acudimos a la sede central para grandes contribuyentes de la Agencia Tributaria, justo enfrente de esos Nuevos Ministerios que tienen poco de “nuevos”. La mañana era fría y allí acudí acompañado por dos colegas de trabajo: Gabriel, mi brazo derecho en la empresa, y Ramón, el responsable fiscal del grupo. Por aquel entonces (¿y cuándo no?), la Agencia Tributaria estaba a la caza de grandes fortunas y el organismo aparecía con bastante asiduidad en la prensa. Messi y Cristiano Ronaldo tenían casi tanta presencia en los medios por las investigaciones de Hacienda que por sus goles o hazañas sobre el terreno de juego. Actores, futbolistas, empresarios, políticos… nadie se libraba de sus tentáculos. Justamente acababa de pronunciar la palabra “tentáculos” cuando en el control de seguridad de la entrada al edificio me pidieron el DNI.

– Coño -me dije-, voy a controlarme, que seguro que graban a todos los que los ponemos a escurrir.

En la planta cuarta nos esperaba un amplio equipo de la inspección: Aquel día estaban todos muy sonrientes, enormemente amables y educados, como un equipo de cirugía refractiva antes de pegarte un sablazo. Ya habría tiempo de enseñar los dientes.

– Hola, soy Manuel -nos saludó el más veterano de todos mientras extendía la mano derecha-, seré el jefe de la inspección durante el tiempo que dure.

Nos presentó a los dos equipos que se iban a lanzar a nuestras yugulares contables durante los siguientes doce meses: Chelo, Montse, Julio, un informático, Alejandro… no logro recordar todos los nombres. El tal Alejandro era un auténtico cabrón, bueno, no quiero pasarme, era un tipo bastante desconfiado. Y bueno, un auténtico cabrón, como veríamos después. En aquella presentación todo muy cordial, muy correcto, y nos llevaron a una amplia sala. Con los inspectores de Hacienda me pasa lo mismo que me sucedía cuando era un chaval que acudía a mis primeras entrevistas de trabajo y había un psicólogo al otro lado de la mesa: joder, que me pone nervioso que a cada gesto o frase haya un tío (o tía, para esto sí empleo el lenguaje inclusivo) que anote mis palabras o el significado de mis ademanes.

¿Hablé de más, de menos, en aquella reunión de cortesía? ¿Captaron la directa de mis palabras cuando les dije que “Hacienda somos todos, menos mi vecino de dos casas más allá, que es diputado en el Congreso”?

El inspector nos pidió colaboración a lo largo de todos los meses durante los cuales la inspección iba a permanecer abierta:

– Vamos a fijar un día a la semana, unas veces en nuestra oficina, otras en las vuestras, pero, sobre todo, os pedimos la máxima colaboración en la entrega de documentación para que esto vaya rápido y no sea necesario ampliar los plazos máximos.

“¿Más de doce meses? No jodas, si para evitar eso precisamente tenemos la trituradora de documentos funcionando a pleno rendimiento”. En aquel momento se me ocurrían muchas frases así, pero me las guardé hasta ese momento de la inspección en que ya cogimos cierta confianza mutua. Para que una inspección sea llevadera tienes que lograr ese buen clima de entendimiento con ellos y eso a veces surge cuando les invitas a tomar un café.

– Venga, Chelo, Lourdes, ¿bajamos a tomar un café? -les dije un día en nuestras oficinas-, así estáis menos tiempo hurgando en nuestros papeles.

Lo normal era que hiciéramos esa parada sobre las once de la mañana, pero hubo un día que andaban muy liadas y declinaron nuestra invitación:

– Sois las primeras funcionarias de este país que rechazan un café -les solté.

Tardaron un tiempo en entender nuestro particular sentido del humor, pero lo cierto es que la interacción fue bastante positiva para ambas partes, tanto que Chelo, la mayor, me respondió:

– Tranquilo, tengo varios compañeros que mantienen bien alta la media nacional de cafés de la administración.

El humor siempre ayuda, y el trabajo avanzó con una fluidez deseable para todos. Con el que metí la pata hasta el fondo fue con Manuel, el inspector jefe.

– A ver si me dejáis tranquilo a Cristiano Ronaldo, Manuel -le comenté en una ocasión antes de empezar la jornada-, que el pobre se está descentrando con tanta inspección, con las peticiones de cárcel y eso, y en un mes tenemos eliminatorias de Champions.

Me miró de soslayo y respondió:

– Si hubiera pagado lo que le dijimos desde el inicio, no tendría ahora estos problemas.

– Pero, desde el desconocimiento, pregunto, sea Ronaldo, Messi, Shakira, o quien sea: ¿unos ingresos por un anuncio rodado en las Seychelles para una empresa americana, que le paga una agencia de Singapur, y con los derechos de imagen cedidos a otra empresa con sede en Bahamas, de qué modo tiene que liquidar en España y por qué concepto?

Nunca profundizamos en estas conversaciones lo que a mí me habría gustado. Además, ahí estaba mi compañero Gabriel al quite para pedirme que no insistiera: “me da que este tío no es del Madrid precisamente”. Su intuición se corroboró un día que acudimos a sus oficinas, concretamente el día después de que Ronaldo marcara de chilena el golazo aquel en Turín:

– ¿Viste ayer a Cristiano, Manuel? Vaya chicharro, al final, la rabia por tanta inspección ha servido para que saliera a reventar a los italianos.

En aquel momento subíamos de una planta a otra porque la sala de reuniones de otras veces estaba ocupada. Íbamos por las escaleras, pero el inspector se paró, se giró y me dijo muy serio:

– ¡Qué pesaos estáis los madridistas, parece que no habéis visto un gol de chilena en vuestra vida!

Glups, definitivamente no parecía simpatizante del Madrid.

– La reunión tendrá que ser en mi despacho -nos dijo-, porque no hay una puta sala libre en todo el edificio.

Entramos al despacho, nos sentamos en la pequeña mesa de reuniones que tenía y “¡bingo!”, allí estaba la prueba: un calendario del Atlético de Madrid en la pared, tras el escritorio en el que se sentaba a diario. Y un banderín del Atleti colgando del monitor del ordenador.

“Con menudo hooligan he debido dar”, pensé. Don Manuel, Manolo, como vi que le llamaban sus compañeros, no era mal tío, simplemente era más seco que la mojama. En especial cuando salía el tema fútbol, que a partir de ese día traté de obviar. Castizo, madrileñazo de generaciones, con padres y abuelos colchoneros que sin duda habían contribuido a que no hiciera la elección adecuada en la infancia.

Según fuimos conociendo datos de su vida, supimos que estaba en sus últimos años de carrera profesional, que había compartido promoción con algunos tipos que dejaron pronto la inspección y se metieron en la política, “y se forraron a base de olvidar lo que sabían los muy…”. Siempre se cortaba antes de soltar la palabra “sinvergüenzas”, pero era muy evidente que le dolía especialmente ver cómo algunos excompañeros de carrera habían contribuido a cambiar las normas para favorecer a otros que les habían retribuido con generosidad.

Ni siquiera cuando hice alguna broma sobre el despacho de Montoro, los conocimientos fiscales de Montero o la inspección al banquero que murió en el acto conseguí sonsacarle algo. Solo una vez, cuando apareció el nombre de un inspector de Hacienda en excedencia entre los beneficiarios de las tarjetas black:

– Ese tío siempre fue un capullo integral

Y no dijo más. Quizás porque lo había dicho todo. Recuerdo otra salida suya cuando le planteé una cuestión acerca de un negocio que habíamos comenzado recientemente, “para la próxima inspección, Manuel”, un negocio de cientos de miles de pequeñas operaciones de céntimos que se gestionaban a través de una app de uso en los móviles:

– Imagina que son diez céntimos por operación, que se supone que llevan el IVA incluido -levantó las cejas como diciendo “que se te ocurra lo contrario”-, vale, luego dos céntimos para Hacienda, uno para el banco que pone la plataforma de pago, otros dos para la empresa que desarrolla la app, que está ubicada en la isla de Jersey, uno y medio para pagar el propio coste del servicio y el resto para nosotros. Y todo esto, unas diez mil veces al día.

Me miraba como si no quisiera escucharme más, como si se estuviera cagando en todos los desarrolladores de la nueva economía, así que, cuando lancé mi pregunta:

– Con todo esto, y con la poca calidad de la información que recibimos nosotros mismos para liquidar, ¿cómo nos vais a inspeccionar estas facturas y qué soporte esperáis que os facilitemos?

Su respuesta no pudo ser otra:

– Mira, quedan tres o cuatro años para eso, y para entonces yo ya me habré jubilado, ¡que se lo coma el siguiente!

Sentí envidia, quizás porque en el fondo yo sienta algo similar a él, una infinita pereza por estas nuevas tecnologías y los millones de céntimos que vuelan entre países y empresas. “Solidaridad en la pereza” podría haber sido el título de este capítulo. Pero he preferido llevarlo por el lado del fútbol porque fue decisivo para el cierre de la inspección. Los servicios de inspección suelen tener una cifra en la cabeza que esperan “encontrar” en los inspeccionados: diferencias de criterios, cambios normativos mal aplicados, interpretaciones interesadas… por lo general, hay más de diferencias por la regulación que por fraude o evasión.

– Mira, Lester -me dijo Manolo al comienzo del undécimo mes-, si aceptáis esta regularización que os proponemos, damos carpetazo a todo, cerramos aquí y hasta dentro de un tiempo. Si optáis por firmar en disconformidad, seguimos con la inspección abierta, ampliamos la petición de información y entonces, al tribunal vamos con todo, también con lo que ya habíamos dado por válido.

– Ya, pero es que creo sinceramente que nuestra interpretación es defendible -razoné-, que tenemos argumentos que lo soportan, aceptar en conformidad ese ajuste tendría un impacto relevante en nuestras cuentas.

– No es tanto para un grupo como el vuestro, estoy seguro, es un palo, pero entra dentro de lo aceptable.

Un palo nunca entra dentro de lo aceptable. ¿Acaso te lo pareció el de Juanfran?

Joder, fue una metedura de pata, lo sé, pero es que, como estábamos en su despacho, la foto del jugador del mes en su calendario del Atleti era la de Juanfran, “nuestro héroe” particular de la Undécima en Milán. El inspector se llevó la mano al pecho como si le hubieran dado una puñalada.

– No me jodas, no me jodas, que todos estamos deseando llegar ya al final de esta inspección, a ver si la vamos a liar ahora y tenemos que pedir una prórroga.

– Me temo que eso nunca ha sido lo vuestro, Manuel, que luego vienen los penaltis, y ahí, como en los tribunales, tenemos mejores tiradores.

Por mi cabeza pasó ofrecerle que nos apostáramos la inspección al resultado del próximo derbi Madrid-Atleti, que se jugaba unos días después. Tocarle la fibra con su lema “Nunca dejes de creer”, que es en vuestro campo y esas cosas, pero me pareció demasiado temerario. Sin embargo, la sola referencia a una prórroga y penaltis, le hizo reflexionar y concluyó:

– Mira, lo mejor será que cerremos con lo que salga del cuadro que está revisando Alejandro con Gabriel, y que ambos aceptemos lo que salga. Es un dato objetivo.

– Me parece bien. Cualquier cosa mejor que los penaltis.

El Real Madrid ganó 1-3 al Atleti. Y firmamos en conformidad poco después.

Igual hay que hablar de absentismo (II)

La evolución creciente y sin freno del absentismo es una preocupación que el gobierno debería compartir con los empresarios, pues no afecta solo a estos. Las empresas asumen aproximadamente la mitad de los casi 29.000 millones de euros en los que se estima el coste del absentismo (ver gráfico de la primera entrega). Debería preocupar a la ministra de Inclusión y Seguridad Social, Elma Sáiz, por el sobrecoste adicional que supone a las maltrechas arcas públicas, y su reducción debería ocupar una parte importante del tiempo de la ministra de Trabajo, Yolanda Díaz, si bien, como vimos en la primera parte, este asunto no se halla entre sus prioridades.

La experiencia demuestra que algo habrá que se pueda hacer, partiendo en primer lugar por las instituciones públicas. En aquel lejano post sobre el absentismo en los carnavales de Cádiz, se pudo comprobar que una provincia con tasas exageradamente altas podía cambiar su tradicional posición «puntera» y pasar a ser todo lo contrario, la que tuviera el absentismo más reducido. Una parte importante de la reducción está relacionada con la necesidad de mantener el puesto de trabajo, luego, en una provincia en la que escasea el empleo, con las tasas de paro más altas de toda España, quien tiene un trabajo, tiene un tesoro. Pero esta no es la solución, sino solo una parte más del diagnóstico.

El dato actualizado del absentismo por comunidades autónomas indica que el País Vasco y Navarra siguen siendo las regiones con mayores índices de absentismo, por mucho que la fama de unos y otros (andaluces) fuera bien distinta. Vuelvo a mencionar la relación directa entre absentismo y el empleo y la riqueza económica de una región, la misma que se da con los ciclos económicos.

Estos datos han sido extraídos del Informe de Adecco publicado en enero de 2025. Aparte del factor económico, puede haber otras razones. Según Javier Blasco, director de The Adecco Group Institute, quien habla de una geografía del absentismo, no se trata «de que las personas que viven en el País Vasco, Navarra o Asturias tengan peor salud que la gente de Andalucía o Extremadura, sino que en estas comunidades hay una serie de convenios colectivos que cubren íntegramente la baja, y permiten que, en muchos casos, una persona pueda ganar más sin trabajar que trabajando”. Vaya, pues entonces una manera de reducir el absentismo podría consistir en reducir o suprimir los complementos salariales en los casos de enfermedad o incapacidad temporal, lo cual me parece una aberración. Pagarían justos por pecadores: bastante desgracia es padecer una enfermedad o un accidente con baja como para que encima tu mala salud temporal te cueste dinero. No es la solución, hay que luchar contra el fraude, que existe, aunque menor que el que se cree, y contra la deficiente gestión de las bajas justificadas, que se prolongan más de lo necesario, sin que haya habido reducción en los últimos años. El gráfico de la asociación de mutuas AMAT así lo refleja:

Algunos convenios de la provincia de Cádiz optaron hace años por incluir un Plus ligado al Absentismo para los trabajadores, como, por ejemplo, el Convenio de limpieza y mantenimiento de playas de Algeciras. Ahora bien, que te primen por no faltar al trabajo menos de diez días en el año tampoco creo que sea la solución, aunque es comprensible que las empresas tengan que recurrir a determinadas cesiones en algunos convenios colectivos para luchar contra ese absentismo descontrolado. Por eso incluyo también la cláusula referida a los Asuntos Propios de libre disposición.

En su día me encontré un convenio que tenía dos pluses de absentismo: uno personal, similar al que acabo de subir a este post, y otro por departamento, que cobraban todos los trabajadores de esa «cuadrilla» o grupo de trabajo, siempre que el absentismo de ese departamento se mantuviera por debajo de una cifra determinada. Era un plus en el que los propios compañeros «presionaban» al ausente para que se reincorporara antes, o bien, convertían al absentista profesional en un apestado. De todos modos, el fraude no es la principal causa del absentismo, como recogían las estadísticas del primer post, luego estos son casos excepcionales que no resultan válidos para combatir las elevadas cifras globales.

Las propuestas para reducir las tasas de absentismo son muy diversas, en función de quien las promueve. Para Mariano Sanz, secretario confederal de Salud Laboral de Comisiones Obreras, los recortes en la sanidad pública y los menores recursos disponibles son los causantes de que las altas de los trabajadores se dilaten, aparte del envejecimiento de la población. Fernando Luján, de UGT, vicesecretario general de UGT, incide en la prevención, en que el incremento del número de bajas se debe a que «no se están adoptando las medidas necesarias para proteger la salud de las personas trabajadoras, empezando por la salud mental».

Varias de las reivindicaciones de los agentes sindicales de los últimos años se han incorporado de manera paulatina al marco laboral, sin que ello tuviera un efecto en la reducción del absentismo. En febrero de 2020 se logró derogar el tristemente «famoso» artículo 52.d) del Estatuto de los Trabajadores, que permitía el despido objetivo basado en situaciones reiteradas de absentismo, incluso aunque estuviera justificado. La mayoría de las medidas incluidas en el documento adjunto cargan la responsabilidad en la empresa y no en el trabajador, y, aunque se han implementado varias de ellas, como el registro de jornada para controlar el exceso de horas o el incremento de la contratación indefinida para disminuir la precariedad, lo cierto es que no han tenido un efecto reductor sobre el absentismo.

En varias propuestas acerca de la negociación colectiva por parte de los responsables sindicales figuran la flexibilidad horaria, el aumento del teletrabajo y la mejora del clima laboral en las empresas como claves para reducir el absentismo. Quizás como contrapartida, los datos reflejan que numerosas empresas, mayoritariamente grandes empresas, han incorporado medidas para la mejora de la conciliación de la vida familiar y laboral, o sobre el teletrabajo en mayor o menor grado, y nunca han existido más departamentos de «bienestar del empleado», programas de salud en la empresa, tanto física como mental, fomento del deporte y los voluntariados corporativos, y, sin embargo, no se logra reducir las cifras de absentismo. En su día llegué a leer en LinkedIN y otras redes sociales algunos artículos que hablaban de que los jefes tenían que pasar a ser «Ge-fes». Ge-fe igual a Gestor de Felicidad, tócate los…

Las propuestas de los empresarios tratan en la medida de sus posibilidades de atender algunas de las reivindicaciones de los representantes sindicales, como las mencionadas sobre conciliación y programas de apoyo a la salud del empleado, y otras que resultan controvertidas, como la propuesta de su presidente, Antonio Garamendi, de incrementar las horas extras en aquellos centros de trabajo y puntas de carga laboral en que haya mayor absentismo, lo que puede ser comprensible desde el punto de vista de la organización de la carga de trabajo para suplir bajas reiteradas. Determinadas medidas de este tipo dependen del tamaño de la empresa y del tipo de producción que realicen, ya sea la industria, la hostelería o los servicios, así como del convenio colectivo. Es difícil que lo que valga en unos centros de trabajo sea extensible al resto. Otra medida propuesta fue aquella que posibilitaba la contratación de trabajadores de empresas de trabajo temporal como indefinidos, con la cesión a otras empresas como fijos discontinuos. También fue rechazada en negociaciones anteriores.

Hay un coste del absentismo del que apenas se habla y no es el del empleado que está de baja, sino el coste de la sustitución para el empleador (cuando puede hacerlo), así como la capacitación necesaria para un puesto de trabajo que, en principio, será de corta duración, solo para cubrir una baja. El estudio del IESE Combatir el absentismo menciona tres tipos de absentismo, de los que una buena parte no está cuantificado en las estadísticas:

  • Laboral: hace referencia a la desmotivación del empleado y su baja productividad (síndrome de burnout, o del «quemado»).
  • Presencial: bajas justificadas, permitidas, pero también no justificadas, o ausencias prolongadas más tiempo del necesario por una enfermedad o accidente. Y también existe un absentismo presencial del trabajador, es decir, en presencia del mismo, cuando está frente a una pantalla dedicado a asuntos personales o a la navegación pura y dura por páginas no del puesto de trabajo (cybersurfing o cyber-skiving, los denomina).
  • Emocional: ausencia de compromiso con la empresa y muy baja productividad, y aquí podrían entrar todos esos que hacen «lo mínimo de lo mínimo», «se les cae el boli», «los que calientan la silla», los que «como no son puntuales en la entrada procuran serlo a la salida» y todos esos topicazos de nuestro panorama laboral.

Las medidas que propone el estudio se centran en mejorar la vinculación del trabajador con la empresa, fomentar el compromiso y la responsabilidad, promover la formación adecuada, las campañas de sensibilización y otra que siempre se escucha, pero es difícil de poner en práctica: incentivar la productividad. El estudio menciona en varias ocasiones la importancia de formar a los mandos intermedios, de obtener su compromiso con la empresa y formarlos en el cuidado del clima laboral, pues suelen ser los que gestionan la relación con los equipos en los que se suelen concentrar los mayores índices de absentismo.

Desde hace años hay una propuesta a la que se han negado siempre los representantes sindicales y es la que concede a las mutuas la posibilidad de dar las altas a los trabajadores. De acuerdo con las estadísticas sobre la duración de las bajas y dado el retraso en pruebas diagnósticas o en rehabilitaciones (reconocido por los propios representantes de los trabajadores), el fomento de medidas que pudieran contribuir a restituir la salud del empleado y acelerar su reincorporación podrían ser interesantes para todos los afectados, tanto empleados como empleadores. Pero UGT y CCOO no han querido saber nada nunca acerca de permitir tal posibilidad. En algunos de sus informes se refieren a los médicos de las mutuas como los «médicos policías», los ven como un vigilante del absentista fraudulento y no como un recuperador más eficaz del empleado que está de baja. ¿Pero no hemos quedado en que, según las estadísticas, había poco fraude?

La ministra de la Seguridad Social, Elma Sáiz, propuso un nuevo sistema de control de bajas laborales flexibles, para permitir la vuelta gradual a su puesto de trabajo de aquellos empleados con bajas de larga duración, pero chocó con la oposición de algunos de sus socios, Sumar, Podemos, ERC y Bildu. La ministra también busca una vía de consenso entre patronal y sindicatos para que las mutuas puedan al menos dar las altas en los procesos de bajas traumatológicas por contingencias comunes, pero siempre choca con la negativa de los sindicatos. Las mutuas incluso van más allá y proponen la asistencia sanitaria para el tratamiento de las bajas traumatológicas y osteoarticulares, la gestión de las rehabilitaciones tras el alta en procesos traumatológicos y el apoyo en pruebas diagnósticas para unos servicios públicos saturados que dilatan los procesos más allá de lo conveniente para empresas y trabajadores de baja.

Pero estas posibles soluciones tampoco convencen a los que se hacen la foto con la ministra de Trabajo junto al cartel de «Trabajar menos, vivir mejor». Al menos se opuso a la ocurrencia de las «autobajas» que propuso la ministra de Sanidad, Mónica García. Hay una última cosa más que ayudaría bastante a mejorar lo que es un problema nacional y sería ver que no todas las propuestas de Yolanda Díaz se mueven en una única dirección y siempre contra la empresa. Cuando todavía no ha acabado su guerra por la reducción de jornada por las bravas, promete lanzarse ahora a incrementar la indemnización por despido, para que sea poco menos que «a la carta» y «disuasorio» para las empresas. Como tampoco ayuda que los juzgados de lo social fallen cuatro de cada cinco veces a favor del trabajador, incluso en casos flagrantes de absentismo fraudulento (y seguro que más de uno podremos contar las historias sufridas con alguno en el pasado).

Relacionados:

Igual hay que hablar de absentismo (I)

Sinceramente, creo que se le ha pasado. La ministra de Trabajo lleva tantos meses (e incluso años) hablando sobre la reducción de la jornada laboral, el incremento del SMI, el registro de jornada o el derecho a la desconexión que no ha tenido tiempo de afrontar un problema que, supongo, no debe de ser preocupante para ella ni para sus colaboradores: el absentismo laboral. Si uno busca la palabra «absentismo» en el Borrador de Anteproyecto de Ley para la reducción de jornada (aprobado solo por los representantes sindicales, por cierto), verá que no hay una sola referencia. El buscador tampoco encuentra las palabras «enfermedad» o «baja». No hay que pensar mal, el Anteproyecto está enfocado solo en el objetivo de la reducción y no en mejorar las tasas de absentismo existentes, seguro que si hacemos el mismo ejercicio sobre el Real Decreto-ley 32/2021, en el que se aprobaron «medidas urgentes para la reforma laboral, la garantía de la estabilidad en el empleo y la transformación del mercado de trabajo», seguro, seguro, que lo encontramos…

Pues tampoco. Ninguna referencia al absentismo en esta reforma para la «transformación del mercado de trabajo». No vamos a ser malpensados, con la buena evolución de los indicadores de empleo en los últimos años, seguro que es una cifra poco relevante, apenas tendrá importancia:

Estas cifras aparecen en el último informe de la Asociación de Mutuas de Accidentes de Trabajo (AMAT), según el cual, el coste total del absentismo en España asciende a 28.987 millones de euros, desglosados del siguiente modo:

  • Empresas: 13.961 millones de euros, el triple que en 2015, cuando este coste era de «solo» 4.805 mill.
  • Seguridad Social: 15.026 millones es el coste de las bajas que soporta el erario público. En 2015, esta cifra alcanzaba apenas la tercera parte, 5.340 millones.

El coste del absentismo supone aproximadamente el dos por ciento del PIB español, luego es un asunto que se debe afrontar, que no puede excluirse de la profusa normativa laboral aprobada en los últimos ejercicios. Preocupa esa cifra y preocupa la evolución creciente, sin freno. Por poner la cifra en contexto, el índice de absentismo en España, en comparación con la población activa, equivale a que cada día, repito, cada día del año, 1,2 millones de trabajadores no acuden a sus puestos de trabajo. Por diferentes motivos: enfermedad, bajas, también vacaciones, ausencias injustificadas, permisos, etc., pero 1,2 millones de trabajadores de una población entre los 20 y los 21 millones de personas. Es insostenible.

El Informe sobre el absentismo laboral de AMAT (puede encontrarse en este enlace) ofrece datos de gran valor para analizar la situación actual. Se basa en su mayor parte en los datos recogidos por el propio Ministerio en función de las ITCC (Incapacidades Temporales por Contingencias Comunes). La Población Protegida por el sistema (Mutuas y entidades gestoras colaboradoras de la Seguridad Social) ha tenido un elevado crecimiento en la última década:

Un importante incremento del 24,7% de la población incluida, que no tiene una correlación con el desorbitado aumento del 121,5% del número de procesos iniciados (bajas, enfermedades, accidentes) durante el mismo período:

Comparto esta conclusión del informe con la que estoy totalmente de acuerdo: «no deja de ser totalmente injustificable que las bajas se hayan multiplicado más del doble en diez años, con el lastre que esto supone para la competitividad de las Empresas y el sostenimiento del Sistema de la Seguridad Social como se verá más adelante».

A finales del ejercicio pasado, la Seguridad Social tuvo que destinar 4.000 millones extra para cubrir los costes derivados de las bajas laborales.

Entre las causas para este aumento desorbitado del absentismo, Mariano Sanz, secretario confederal de Salud Laboral y Sostenibilidad Medioambiental de CC OO, considera tres:

  • El envejecimiento de la población.
  • El mal funcionamiento de los servicios públicos de salud, cuya respuesta «se está ralentizando cada vez más porque las inversiones en el sector sanitario público han bajado».
  • La demora en los procesos de rehabilitación de las patologías graves o de mayor duración.

Otra razón que nunca falta en estos análisis: en épocas de crisis, el absentismo disminuye, seguramente por el miedo a perder el puesto de trabajo. En épocas de mayor crecimiento económico, el absentismo aumenta, quizás por una mayor laxitud del trabajador o también influido por el hecho de que, con el aumento de las contrataciones indefinidas o la mayor actividad económica, haya un menor miedo a perder el puesto de trabajo. A estas conclusiones llega también el último informe de Randstadt Research. La propia expresión «me cojo la baja» es una aberración que me chirría cada vez que la escucho: son los médicos los que dan esa baja, no una libre disposición del trabajador, como da a entender todo el que la pronuncia. Hay otros datos que contribuyen a esta misma sensación de «caradura» de unos pocos (o no tan pocos, según algunos), como el hecho del repunte de los lunes y los viernes como los días con mayor absentismo de la semana. Por otro lado, del informe de Randstadt se desprenden conclusiones inquietantes que conviene matizar:

El concepto «absentismo» es muy amplio y recoge todo tipo de ausencias en el puesto de trabajo, también por vacaciones, permisos autorizados por el empleador o enfermedades certificadas por un médico, ausencias que entran dentro de la lógica y la normalidad del funcionamiento de las empresas. Son las bajas no justificadas y crecientes en volumen las que deberían preocupar y ser perseguidas de alguna manera. Sin embargo, el experto del que más me fío para los temas laborales, Javier Esteban, desmontaba esta cifra en el mismo medio y afirmaba que son menos del tres por ciento (2,97%) las bajas que corresponden «al temido absentismo injustificado». En su análisis de las causas, indica el mayor porcentaje de contratación indefinida y ese menor temor antes comentado, aunque también destaca el hecho de que el absentismo se encuentre también en cifras de récord en ese sector habitualmente «indestructible» que son los autónomos:

El segundo motivo que destaca el experto sería el contrario al expuesto en algunos medios: la buena gestión de la salud laboral en las empresas y los trabajadores por cuenta ajena. Pese al incremento de bajas tras la pandemia y al tensionamiento de la sanidad pública para gestionar las altas tras las incapacidades temporales, la productividad no se ha resentido y el número de horas trabajadas se mantuvo estable.

Pese al repunte en la duración de los procesos de baja en 2020 y 2021 (motivados por el Covid y sus sucesivas oleadas), este incremento de absentismo no se debe a una prolongación de los períodos de baja por mala gestión, sino al incremento del número de trabajadores en esa situación. El gráfico de AMAT refleja una cierta estabilidad de la duración media de las bajas por incapacidades temporales:

El otro dato que sí es reseñable es el incremento de los procesos de Incapacidad superiores a 365 días, es decir, el aumento de enfermedades crónicas, o incapacidades sobrevenidas tras la pandemia. No me atrevo a extraer ninguna conclusión de este dato:

La escalada durante la pandemia no volvió a recuperar las cifras habituales y en la actualidad se han superado incluso aquellas cifras de récord. Covid persistente, envejecimiento de la población activa, aumento de depresiones o de enfermedades relacionadas con la salud mental… hay hueco hasta para los conspiranoicos antivacunas. Aun siendo un problema destacable (130.000 desgraciados casos), no son el grueso del problema del absentismo en España, por fortuna. Así que retomo los diversos análisis efectuados sobre los millones de horas perdidas en España por el absentismo y, ya de paso, lo ligaré a la preocupación de la señora ministra por la reducción de la jornada de trabajo. Para ello, me remito a la metodología de cálculo del absentismo empleada por Adecco, que sitúa el absentismo en España en una tasa del 7,5 por ciento en 2024, un 0,6 más que en el año anterior.

El método de cálculo empleado es el siguiente:

Y de acuerdo con el cálculo de horas perdidas entre unas razones y otras, justificadas o no, y según las estadísticas de Eurostat, nos encontramos con que la jornada de trabajo «real» se encuentra en:

El problema con las estadísticas, como siempre, es que son unas medias aritméticas que ocultan muchos problemas, el famoso «si yo me como dos pollos y tú ninguno, la media dice que ambos nos hemos comido uno». Y lo mismo ocurre con este dato, que, además, se ceba con las empresas más pequeñas. El dato de 36,4 horas se acerca en las grandes empresas, con numerosos convenios por debajo de las 37,5 horas pretendidas por la ministra, o con recursos para cubrir las bajas en sus plantillas, pero es un dato irreal en las pymes, que suponen más del 92 por ciento del tejido empresarial.

Para la segunda parte quedarán las propuestas de unos y otros para rebajar estas cifras de absentismo, para mejorar la gestión de las bajas. Solo un último dato para concluir este análisis:

En el sector público hay más bajas, duran más días y nos cuestan más a todos los españoles. También habrá que analizarlo. Me voy a coger la baja… bloguera.

Cuando el mundo real arrolla a los héroes de la pantalla

Estas últimas semanas hemos podido escuchar y ver en los medios varias menciones a la entretenidísima peli Armageddon (para mí, ya un clásico «de culto» palomitero), una obra que no me atrevo a definir como de ciencia ficción, pues arrastra mucho de la segunda y muy poco de la primera. El motivo de su reciente popularidad no es otro que ese enorme meteorito que podría impactar en la Tierra en 2032, un pedrusco del que se habló inicialmente que podría tener un tamaño de entre 40 y 90 metros de longitud. Como esa es una medida que, según parece, la gente no comprende bien, o no crea suficiente morbo o expectación, otros medios lo han llevado a la medida universal del «campo de fútbol», que es la que se utiliza para todo tipo de desgracias, ya sea indicar la superficie de los incendios, el volumen de las inundaciones o, ahora, el tamaño de un meteorito:

Me ha hecho gracia ver las imágenes de Bruce Willis como Harry Stamper con su equipo de perforadores en algunos noticiarios y medios rigurosos, luciendo esos trajes de astronauta color naranja mientras avanzan a cámara lenta dispuestos a embarcarse en una heroica misión casi suicida para salvar a la humanidad de la extinción. El cine, al igual que la literatura, ha «jugado» muchas veces a anticipar cómo sería ese posible futuro (El futuro ya está aquí) o a imaginar distopías incómodas (Ensayos de un futuro distópico). Con lo que han acertado poco es con las fechas, a las que dimos un repaso en 2022: el año de Soylent Green, pero los sucesos en sí, tanto los trágicos como las transformaciones sociales, así como las propias tecnologías, han resultado ser, en ocasiones, perturbadoramente precisas. Como parece que podrán llegar a estarlo en todo lo relacionado con la Inteligencia Artificial, por ejemplo.

Los que no llegarán a desarrollar sus papeles de salvadores del planeta en la vida real son los supuestos héroes que librarán a la humanidad del peligro, los actores como Bruce Willis, aquejados de una especie de maldición bloqueante, cuando no mortal. Quizás sea algo parecido a aquella «maldición de Blade Runner» para las empresas que prestaron su imagen a los luminosos de aquel futurista Los Ángeles. Todas quebradas. El bueno de Bruce, que debería liderar el equipo que nos «salvará» del impacto, está para pocos trotes. No solo no está físicamente en condiciones de subirse a una aeronave, o de enfrentarse a un grupo terrorista a lo John McClane, sino que ha perdido lo mejor de su papel en aquella película: la capacidad de soltar frases lapidarias.

  • El gobierno de los Estados Unidos nos acaba de pedir que salvemos el mundo.
  • ¿Ustedes no podrían decirnos quién mató a Kennedy?
  • Una cosa más: ninguno de ellos quiere volver a pagar impuestos.
  • ¿Sabes cuánto consume esa bañera? (a los ecologistas de Greenpeace).
  • Tenemos un agujero que taladrar.
  • ¿Y esto es lo mejor que se le puede ocurrir al gobierno, al «gobierno de los EE. UU.»? Quiero decir, ustedes son la NASA, por el amor de Dios, pusieron a un hombre en la luna, ¡son unos genios! ¡Ustedes son los que idean estas cosas! ¡Estoy seguro de que tienen un equipo de hombres sentados en algún lugar ahora mismo pensando en cosas y alguien que los respalda! ¿Me están diciendo que no tienen un plan B, que estos ocho boy scouts aquí, son la esperanza del mundo, eso es lo que me están diciendo?

La familia de Bruce Willis anunció en 2022 que se encuentra aquejado de afasia, un trastorno cognitivo, posiblemente degenerativo, que hace que a duras penas pueda entender, hablar o comunicarse. La imagen con sus hijas y nietas inspiraba ternura, no el «respeto» o el miedo que da el tipo duro salvador del mundo al que nos tenía acostumbrados. El mundo real es muy diferente. El astrónomo que lidera el proyecto ideado para acabar con el meteorito antes de 2032 no tiene precisamente ese aspecto de tipo curtido que bebe gasolina y cena filetes de caucho pasados a la barbacoa. Se llama Richard Moissl:

Sinceramente, creo que me sigo fiando más del Harry Stamper que de este científico con pinta de redneck que se hincha a barbacoas de costillas bañadas en miel en el patio trasero de su rancho de Oklahoma. El cine nos propone unos héroes para salvarnos del holocausto y la vida real se lleva por delante a algunos de los actores que los interpretan. Como al pobre Chadwick Boseman, que alcanzó la fama en 2018 como rey de Wakanda y salvador del mundo en Black Panther, pero al que un cáncer fulminó en 2020, cuando solo contaba 43 años de edad.

Se han hecho muchas bromas con el actor Edward Furlong, otro héroe engendrado y criado para liderar la rebelión de los humanos contra las dominantes máquinas: John Connor, la saga Terminator. Ya dije en este mismo blog que John Connor era un señuelo para los cyborgs, porque a la humanidad la salva realmente esa mujer que es Sarah Connor encarnada por Linda Hamilton. Del macarrilla de barrio John Connor/Edward Furlong no podía esperarse nada bueno (Terminator II), pero es que la carrera posterior del actor fue un cúmulo de adicciones y despropósitos tal que de ahí empezaron a surgir todos los memes en torno a su figura, la caída del tipo que «tenía que salvar al mundo».

Hay un personaje del cómic, un auténtico salvador de la humanidad cuyas andanzas fueron trasladadas en numerosas ocasiones al cine, que parece acompañado de una leyenda negra: Superman. El primer actor que interpretó al superhéroe en la gran pantalla, Kirk Alyn, en la década de los cuarenta, se pasó el resto de su vida encasillado en el papel del tipo con mallas y, como dijo en 1988, «jamás pude encontrar otro trabajo». Mucha peor suerte corrió George Reeves, el Superman de la televisión de los cincuenta, que interpretó este papel hasta su sospechosa muerte en 1959, pocos días antes de su boda. A pesar de que la versión oficial indicó que se trataba de un suicidio (como puede verse en el periódico con el que se inicia este post), nunca se encontraron sus huellas en el arma homicida. Su historia fue contada en la película de 2006 Hollywoodland y el papel de Reeves fue interpretado por Ben Affleck. Un Ben Affleck que, años después y vestido de Batman, se enfrentaría en pantalla con el propio Superman (en la piel de Henry Cavill).

Y si hablamos de «la maldición de Superman», es inevitable hablar de Christopher Reeve, el Superman con el que crecimos en mi generación. El actor neoyorquino interpretó al superhéroe venido de Krypton en cuatro películas, y reconozco que ahora me costaría verlas. Me cuesta verlas, de hecho, si algún día pillo alguna en la tele, porque han «envejecido» de pena. Los efectos especiales que nos parecían alucinantes no se sostienen en la actualidad, los personajes son planos, la historia con Lois Lane nos resulta ñoña, la tercera, a medio camino con la comedia, es floja. Pero toda una obra maestra al lado de la cuarta, infumable.

Christopher Reeve no pudo salir del encasillamiento de Superman a lo largo de su carrera, pero lo peor para él, con mucho, fue el terrible accidente que sufrió en 1995: una caída de un caballo, con apenas 42 años, que lo dejó tetrapléjico el resto de sus días. Aun así, mantuvo un espíritu encomiable de lucha frente a la adversidad y la desgracia. Incluso rodó una versión de La ventana indiscreta en 1998 «aprovechando» su casi nula movilidad. Finalmente falleció en 2004, y su mujer, dos años después, de cáncer de pulmón, pese a no haber sido nunca fumadora.

El documental Super/Man: La historia de Christopher Reeve cuenta su extraordinaria vida, el activismo que mostró tras su desgracia y una actitud ante la vida que le hizo parecer mucho más héroe en silla de ruedas que cuando se ponía el traje azul con capa roja para salvar al mundo.

No es una buena noticia

Hay noticias que, de primeras, pueden parecer buenas, pero a poco que las analices, pueden no serlo tanto, o no serlo en absoluto.

El Ingreso Mínimo Vital (IMV) llega ya a dos millones de personas en España y, sinceramente, no creo que sea una buena noticia, pese a que los miembros del gobierno se hayan esforzado por anunciarla como tal. En este post pretendo que se me entienda y no se me malinterprete, y sé que será difícil, porque voy a tratar varias noticias que nos venden como positivas y que para mí no lo son. Creo en el escudo social, en la protección del Estado en situaciones de desamparo y en la ayuda a colectivos vulnerables (de hecho, no creo que todo ese apoyo deba venir de lo público, también se debe hacer desde el ámbito privado y el individual de cada uno), pero no en la creación de colectivos dependientes cuyo número crezca cada año.

El Ingreso Mínimo Vital, como dice el propio gobierno en la web del Ministerio de Inclusión, Seguridad Social y Migraciones, es «una prestación dirigida a prevenir el riesgo de pobreza y exclusión social de las personas que viven solas o están integradas en una unidad de convivencia y carecen de recursos económicos básicos. Además, tiene como uno de sus principales objetivos abordar la pobreza infantil». Por supuesto que estoy de acuerdo con que estos dos millones de personas no se queden en la indigencia más absoluta, como podría ocurrir en el país «más rico» del mundo, los Estados Unidos, pero no creo que sea una buena noticia que los destinatarios de esta ayuda hayan crecido un 28 por ciento en el año 2024. La cuantía media de esta ayuda se sitúa en los 516 euros mensuales, una cifra insuficiente para estas familias en las que no hay trabajo, ni subsidios de paro, ni ingresos de ningún tipo. Por eso me reafirmo en la idea de que no puede ser una buena noticia que cada vez más gente se sitúe más allá de este umbral de la pobreza.

No es una buena noticia que el Salario Mínimo Interprofesional (SMI) se haya incrementado de nuevo por decreto. Sin consenso. La ministra de Trabajo se hace «su» foto con los representantes sindicales y choca otra vez con la patronal, a la que vuelve a ignorar en sus dos antiguas reivindicaciones (el sector agrario y las revisiones de precios de los contratos públicos). No puede ser que vuelva a evitar tomar en consideración los informes del Banco de España y sus efectos sobre el empleo en las pymes y micropymes (el grueso del marco empresarial en España). No puede ser que la ministra haya incumplido de nuevo el compromiso de que se tengan en cuenta los incrementos de los costes laborales en las revisiones de precios de los contratos con las administraciones públicas. «Es otra ventanilla», pensará. Y con esa otra ventanilla, la del Ministerio de Hacienda, ha chocado demasiadas veces. La de esta semana fue en público, en una bochornosa comparecencia en la que se hizo la sorprendida (y ofendida) por saber que el SMI tributaría en el IRPF. Hacienda se quedará buena parte de la subida y eso no me parece mal, porque implica que un número mayor de perceptores superará el mínimo exento. Lo que no es de recibo es el show en el propio gobierno entre Díaz, la portavoz Pilar Alegría y el ministro de Economía, Carlos Cuerpo. Estas discrepancias internas manifestadas en público provocan la misma inseguridad que las oscuras negociaciones de contrapartidas con los partidos independentistas para sacar adelante cualquier medida gubernamental.

Por otro lado, si vamos a la medida en sí, parece mentira que haga falta recordar a algunos de sus promotores que no es el gobierno quien pagará el incremento del SMI, como a veces parecen dar a entender en comparecencias y publicidad ministerial, sino que será asumido por las empresas, entre las cuales, las que mayor impacto sufrirán en sus cuentas serán las más pequeñas, los negocios con una reducida plantilla de menos de diez empleados: restaurantes, peluquerías, pequeños comercios… Empresas a las que, además, advirtieron desde el Ministerio que serían vigiladas ¡para asegurarse de que no lo repercutieran en precios! ¿Pretendemos llegar a una economía de precios regulados, no hemos aprendido nada todavía?

Sorprende (o todo lo contrario) que esta preocupación del gobierno por la subida del SMI no se haya trasladado al incremento del Indicador Público de Renta de Efectos Múltiples, el IPREM, que es el que se utiliza para el acceso a las ayudas públicas, subvenciones o los cálculos del subsidio de desempleo. La evolución del IPREM en los últimos ejercicios, en comparación con el SMI, ha sido la siguiente:

El IPREM se actualiza con los Presupuestos Generales del Estado, pero, como estos están congelados, sin aprobar, se mantiene estancado. El IPREM no es una preocupación de este gobierno, como tampoco lo fue del anterior: de 2010 a 2016 se mantuvo sin variaciones. Y este es el indicador que se toma en consideración para el acceso a ayudas estatales, bonos sociales, determinadas becas o las subvenciones al alquiler, ahora que se habla tanto de esto. A este gobierno que tanto le preocupan los colectivos vulnerables parece habérsele olvidado que, debido al estancamiento del IPREM, es menor el número de personas que acceden a las ayudas públicas. O a lo mejor va de eso mismo: el incremento del SMI será pagado por las empresas, mientras que el aumento del IPREM supondría un mayor desembolso público. Y siempre es más fácil legislar con el presupuesto de otros.

No es una buena noticia que siga incrementándose el SMI sin que se corrija el problema de productividad que hay en este país. Según estos datos de Cepyme, España tiene ya el segundo puesto en Europa en la relación entre el SMI y el PIB por empleado:

Es lo que tiene haber subido más de un 60 por ciento el salario, sin que apenas se haya movido la productividad. El SMI de España nos sitúa en la banda alta de la Unión Europea, pero aún muy lejos de las principales economías europeas:

Todas estas medidas relativas al SMI forman parte del compromiso de este gobierno por cumplir lo indicado por una Directiva Europea que pretende que los salarios mínimos alcancen al menos el 60 por ciento de los salarios medios de cada país. Con el último incremento aprobado en España se alcanza el 61 por ciento del salario medio, pero no puede ser una buena noticia que el salario medio en España se mantenga tan bajo en comparación con la zona euro.

Claro que es una buena noticia que el paro siga bajando al nivel más bajo en casi dos décadas, pero no lo es que se considere que el 11 por ciento es una buena noticia. Es un paro estructural muy alto, el mayor de la Unión Europea.

No es una buena noticia que los fijos discontinuos en paro hayan superado el pasado mes de enero al número de los que se encuentran activos. Casi 860.000 trabajadores, la cifra más elevada de la serie. Los fijos discontinuos sin empleo dejan de percibir su salario y son dados de baja en la Seguridad Social, pero cuentan como «demandantes con relación laboral» y no como parados. Como indica el artículo, hay quienes lo consideran, y no sin razón, «una forma de maquillar las estadísticas».

No es una buena noticia que el Ministerio de Yolanda Díaz consuma tantos recursos y esfuerzos en la jornada de 37,5 horas semanales sin tener en cuenta los convenios sectoriales, las negociaciones colectivas, la tipología de empresas o la jornada media ya existente. Y desde luego que no es una buena noticia que se cebe con esta medida, que genere nuevas incertidumbres, mayor complejidad en su aplicación, y sobre todo, que no se haga nada a la par para combatir el absentismo. Nada. Todo parece una guerra contra las empresas, hasta el punto de que esta semana ha propuesto a los sindicatos ¿una movilización en las calles? para lograr que se implante esta reducción de jornada a su manera. Es una locura.

Por todo lo indicado (y por muchas más cosas), no puede ser una buena noticia, en absoluto, que nos cuenten que España es la economía que mejor funciona de la Unión Europea. La que tiene las mejores expectativas de crecimiento. Cómo estará el resto, cómo están, de hecho. Por eso voy a concluir con una frase de Leo Harlem que escuché en uno de sus monólogos: «si los españoles lideramos alguna estadística, desconfía, eso no puede ser bueno».

Relacionados:

La subida del SMI y las revisiones de precios en los contratos públicos

La subida del SMI

Ya va siendo hora de subir el sueldo a estos chicos

La reducción de la jornada laboral (I): esa cosa no tan chulísima

La reducción de la jornada laboral (II): los costes

Protocolo de desco(jo)nexión digital

La juventud de Corbet

Puede que The Brutalist sea la película del año. Me faltan muuuuchas por ver, pero no creo que haya demasiadas aspirantes a este inexistente título honorífico. The Brutalist sorprende por muchas razones y lo hace desde el primer minuto: por contar una historia de ficción que te hace creer que fue real, por el estilo empleado, por la impresión de estar viendo imágenes de hace varias décadas, porque cada escena resulta impredecible, por varias escenas arriesgadas, por la duración con el añadido del intermedio que recuerda a sesiones dobles de otra época, por lograr cierta incomodidad en el espectador en varios momentos… Por su inmensidad, por el aroma a cine clásico que desprende desde el inicio. No quise leer nada sobre ella antes de ir a verla y me alegro de haberlo hecho. Es una obra de esas que merece la pena reposar y repensar. Y una vez hecho y leídas varias críticas, me sigue sorprendiendo por muchas razones, pero no precisamente por un motivo que sí he visto destacado en algunas de esas críticas: la edad de Brady Corbet, director y guionista (guion escrito al alimón con su mujer, Mona Fastvold).

Quizás sorprenda que un director tan joven, 35 años cuando la rodó, se atreva a acometer un proyecto de estas dimensiones, o que tenga una ambición tan enorme como para intentar sorprender en cada secuencia, ya sea con la fotografía, la música, los títulos de crédito o las elecciones de guion. Para mí, algunas de ellas son erradas, según mi manera de ver o entender el cine, pero nada de ello resta valor a The Brutalist. Ahora bien, cuando hablo de «estas dimensiones», me refiero a cierto afán megalómano similar al del magnate interpretado por Guy Pearce. Por momentos pensé en el presupuesto con el que contaba su director para un proyecto tan personal, porque tiene una factura potente, de presupuesto elevado, y sin embargo, me llevé una nueva sorpresa al saber que no llegaba a los diez millones de dólares.

El mayor fallo que se le puede achacar a la edad del director es que parece estar más pendiente de epatar al espectador que de contar la propia historia, es decir, puede que le falte contención, o le sobre el empuje «de juventud» que con la experiencia dominará. No se me hizo larga en ningún momento, pero da la impresión de que, como en otros proyectos recientes, evita meter la tijera en momentos en que la trama lo requiere.

Ese esfuerzo algo forzado por impactar al espectador se nota en muchos detalles, comenzando con el formato escogido, el VistaVision, que llevaba sesenta años sin ser utilizado, lo que contribuye sin duda a que produzca esa impresión de peli antigua. Ahora un plano preciosista, ahora uno en el que no se ve nada, luego una profundidad de campo de visión inusual, ahora una escena alargada como la del tren, una banda sonora que molesta intencionadamente en escenas concretas. ¿Acaso esperabas un momento de gran belleza cuando el protagonista (Adrien Brody) se reencuentra con su mujer (Felicity Jones)?, pues toma palo. Luego, de repente un salto temporal, o una elipsis mal contada, un epílogo innecesario… La película va a contracorriente y quizás por eso mismo me gustó. Es magnífica y puede que sea la peli del año, pero no creo que sea la obra maestra que he leído en algún lado.

Y respecto a la edad, quizás sea un poco cabroncete compararlo con genios del Séptimo Arte, pero voy a dejar algunos ejemplos:

  • Steven Spielberg tenía 25 años cuando rodó El diablo sobre ruedas, 29 cuando hizo Tiburón y con 36 años ya había añadido a su filmografía Encuentros en la tercera fase, En busca del arca perdida y E.T., ahí es nada.
  • Martin Scorsese, a sus 34, ya había rodado Malas calles, Alicia ya no vive aquí y una obra tan madura y jodida para el espectador como Taxi driver.
  • Quentin Tarantino comenzó fuerte en el cine. Con 28 años y sin más estudios cinematográficos que los que le proporcionaron miles de horas viendo pelis de todo tipo, se lanzó con Reservoir dogs a los 28 y con Pulp Fiction a los 30.
  • Paul Thomas Anderson, un director del cual he leído comparaciones con Corbet, estrenó Boogie nights y Magnolia antes de los 30, y Pozos de ambición, una obra con la que se ha comparado The Brutalist, con 36 años, la edad actual de Brady Corbet.
  • Francis Ford Coppola ya había realizado las dos primeras entregas de la saga El Padrino antes de esos mismos 35 años, y en estas dos obras maestras ya había madurez, conocimiento global del cine, experimentación, afán por resultar clásico, ganas de impactar al espectador… y contención.

Lógicamente, si me refiero a la edad de los directores, es imposible no mencionar a Orson Welles y su debut por todo lo alto con Ciudadano Kane, a la tierna edad de 24 años. Claro que pocos genios habrá más precoces que Orson Welles, que ya había logrado notables éxitos en el teatro con adaptaciones de obras de Shakespeare, y en la radio, con la emisión de La guerra de los mundos. Ciudadano Kane busca ese mismo impacto en el espectador al que me refería en la obra de Corbet. Trata de ser original en cada plano, con la iluminación, con los ángulos escogidos (es muy famoso el plano «bajo» el suelo, agujereando la propia tarima para que la altura del protagonista pareciera superior), el movimiento de la cámara…

En casi todos los casos de precocidad que comento, se advierte la maestría de los jóvenes directores en la técnica cinematográfica, que les permite ser innovadores en los planos, el montaje o en el empleo de la fotografía. Spielberg, Tarantino, Scorsese, Anderson, Welles, también Corbet. Son cualquier cosa menos convencionales en el modo de rodar. Brady Corbet se atreve con todo: el formato, la profundidad de campo (qué maravilla la cantera de Carrara), la duración, los efectos visuales, incluso con el uso de la Inteligencia Artificial para hacer que sus protagonistas hablen en un perfecto húngaro, lo cual ha generado polémica respecto a su candidatura para los Óscar de este año.

Quizás lo que voy a decir sea una barbaridad dicha por alguien que no sabe de dirección de cine, pero puede que el empleo de la técnica sea lo más sencillo de adquirir. Es algo parecido a lo que pasa con David Fincher, que venía del mundo de la publicidad y los videoclips, y no tenía problemas en jugar con la cámara en situaciones inverosímiles. Rodó Seven con 32 años, y antes de los 36 ya había hecho The game y El club de la lucha. Y si el manejo de la técnica es lo más fácil de asimilar, quizás lo más complicado sea crear un guion perfecto que salve la falta de contención propia de la juventud.

En este punto es donde encuentro la mayor diferencia de la obra de Corbet con el resto de directores mencionados. El guion de The Brutalist fue escrito por Brady Corbet y su mujer, la noruega Mona Fastvold, y (sospecho que) apenas tuvo filtros hasta ser llevado a la pantalla. Quizás por ello, las mayores pegas que encuentro a la película vienen de algunas elecciones de guion de la segunda mitad, reacciones inusuales de los protagonistas, insuficientemente razonadas, o insinuaciones que luego no se concretan. No son MacGuffins, ni pistolas de Chejov, son insertos que no vienen a cuento. Como el epílogo. Pero no quiero desvelar nada más al posible espectador interesado al que, por supuesto, recomiendo la película de Corbet y Fastvold.

Si pienso en algunos de los jóvenes directores mencionados en los párrafos anteriores, compruebo que la figura de un guionista experimentado fue fundamental para muchas de esas obras maestras. Steven Spielberg contó con Lawrence Kasdan para el debut de Indiana Jones, con Melissa Mathison para E.T. y, aunque finalmente retirara su nombre por desavenencias con el resultado final, con Paul Schrader en Encuentros en la tercera fase. Francis Ford Coppola trabajó intensamente con el propio Mario Puzo en distintas versiones del guion de El Padrino hasta dar con la versión final. Martin Scorsese alcanzó una obra redonda como Taxi driver cuando el guion fue escrito y reescrito hasta la obsesión por un experto como Paul Schrader, un guion infinitamente más redondo que el de Malas calles, que es de Scorsese en su mayor parte y peca de falta de mesura. Quentin Tarantino es un caso aparte, porque lo mejor y lo peor de sus obras son fruto de sus excesos como escritor, cuando da rienda suelta a sus frikadas.

Caso aparte es Citizen Kane, a cuya escritura de guion le dedicó David Fincher una película completa como Mank, ya reseñada en este blog. Los conflictos creativos entre dos artistas de lo suyo como Orson Welles y Herman Mankiewicz dan lugar a un tour de force magníficamente rodado por Fincher, quien a cada película demuestra un mayor gusto por el clasicismo y una manera de rodar mucho menos transgresora que en sus primeros trabajos. Los «vicios» de juventud de los que hablaba al inicio.

En resumen, nota alta para The Brutalist en mi caso, tanto que ha despertado mi interés por las dos películas anteriores de Corbet (La infancia de un líder y Vox lux), de las que no sé nada. Y respecto a la nueva hornada de directores, aquí dejo otro nombre ya consagrado, Damien Chazelle. Con menos de 30 palos ya había rodado una peli tan clásica como La la land y una oda musical como Whiplash. Poco después se atrevió con una del espacio rodada «a la antigua», First man (A bored man on the moon para mí) y se soltó la melena, los pantalones, la claqueta y todo lo que tuviera a mano para regalarnos ese exceso sumamente disfrutable como fue Babylon. Con 36 añitos.

El sueño trumpista de Pedro

Pedro estaba agotado. «Menos de seis horas para ponerme en marcha de nuevo», pensó al comprobar la hora que era. Se miró al espejo y comprobó que la fatiga causaba estragos en su rostro. Se veía menos atractivo de lo que había sido su aspecto habitual, «qué lejos aquellos tiempos», cuando aquella presentadora de la NBC lo comparó con Superman, recordó. Tenía la mirada lánguida, los pómulos algo hundidos, nuevas arrugas y el puñetero mechón de pelo blanco se empeñaba en crecer y darle un aspecto un tanto siniestro, a lo Cruella de Vil. ¡Él, que había sido un Adonis!

El día había sido extenuante, como casi todos desde hacía meses. Sus asesores no dejaban de repetirle «modifica esto», «cede aquello», «tratemos de negociar este punto» tras la derrota en el Congreso de las numerosas propuestas que su gobierno había llevado bajo un decreto ómnibus. Por otro lado, en su cabeza retumbaban las palabras de la prensa y de su círculo más cercano sobre las primeras horas de la toma de posesión de Donald Trump como presidente. «Tintes fascistas», «aires dictatoriales», «peligro para Occidente», «totalitario», «ultraderecha»… Se secó las manos y se fue a la cama, donde ya descansaba Begoña desde hacía un rato. Por más que lo intentaba, no podía sacarse de la mollera las imágenes de Donald Trump en un polideportivo repleto de fieles animosos que lo aplaudían mientras soltaba su incendiario discurso o firmaba sus primeros decretos.

Trató de conciliar el sueño, aunque sabía que le tocaba otra noche toledana. «Gracias a Page, entiendo mejor que nadie esta expresión», pensó. No le costó imaginarse a sí mismo en un auditorio de quince o veinte mil personas repleto de fieles que vitoreaban sus consignas. Mas, en sus ensoñaciones, no se vislumbraba ofreciendo promesas de futuro a una audiencia enfervorecida mientras agitaba las manos y señalaba con el dedo hacia un futuro que no dependía de él. Se veía sentado en una mesa de madera noble, rodeado por Bolaños, María Jesús Montero y Óscar López, que le pasaban una carpeta detrás de otra. Se encontraba radiante, más joven, con todos los focos apuntándolo. Sin el mechón gris.

Tras la última reforma de la Constitución urdida con sus hábiles maniobras habituales, el presidente tenía poderes suficientes para firmar executive orders, órdenes presidenciales ejecutivas, directas, sin la necesidad del control del Congreso y ¡por fin! sin tener que negociar cada vez con «esos comunistas que andan a tortas entre ellos y con esos pesados nacionalistas de izquierdas y de derechas que solo van a lo suyo». Fue una reforma constitucional necesaria, que le permitiera de una vez sacar adelante su agenda progresista y gobernar, como ya anticipó en septiembre, sin el concurso del poder legislativo.

«La actualización de las pensiones». Firmada. Pedro firmó, mostró el decreto a las cámaras, ruido de clicks, se lo pasó a Bolaños, y este lo mostró en alto hacia el público congregado en el pabellón, que comenzó a exclamar «¡Pedro, Pedro, Pedro!». «Mejor apuntarme el tanto en solitario, que luego vienen el PP y Junts y se quieren subir al carro».

«La subvención al transporte público». Firmada. La mostró en alto con una sonrisa y las veinte mil personas prorrumpieron en vítores y aplausos. «Otra orden ejecutiva del presidente, hala, para qué compartir este éxito con tanto partido de la coalición de progreso, tanto partido y tanta po…».

«El indulto presidencial». Firmado. No hubo tantos aplausos por un indulto que garantizaba el perdón definitivo a Puigdemont y los suyos por tratar de subvertir el orden territorial de la nación, pero así al menos se garantizaba dos cosas: por un lado, el apoyo del que, en sus propias palabras, denominaba «el plasta de Waterloo», y por otro, que no hubiera unos incómodos jueces que le privaran de sus deseos. Todo lo hacía por el bien de la nación, su gobernabilidad y esas cosas que ya soltaba de carrerilla. Cierto es que a Trump se le había criticado por los indultos a los asaltantes del Congreso, mas Pedro se veía a sí mismo defendiendo el progresismo de la medida, «actuamos más en la línea de Joe Biden, y de ahí mi siguiente medida».

«El indulto preventivo para su familia y los más cercanos». Firmado, mostrado con júbilo por Bolaños a las cámaras. Qué es eso de que te vengan unos jueces franquistas a perseguir a tu mujer, tu hermano o tus antiguos brazos derechos en La Moncloa por unos recortes de prensa, una denuncia falsa de la ultraderecha y alguna que otra infracción administrativa. Si un demócrata con una excelsa carrera como Joe Biden podía hacerlo, es que era otra medida de progreso, que podía ligar con la siguiente.

«Acabar con la acusación popular, el lawfare y asegurarnos la mayoría en los tribunales y órganos de decisión de los jueces». Firmado. Félix Bolaños mostró la orden ejecutiva a las cámaras y tomó brevemente la palabra para explicar que «de ese modo, se acababa con la anomalía judicial española, en la que jueces que venían del franquismo seguían marcando el paso de las decisiones judiciales y de las propias investigaciones». A Pedro se le escapó una sonrisa al recordar cómo se había criticado a Donald Trump por sus medidas para poder investigar a todos aquellos fiscales que iniciaran causas contra los republicanos que él y los suyos pudieran considerar insuficientemente fundamentadas, así como frenar las mismas sin dar demasiadas explicaciones.

«Contratación de funcionarios públicos». Firmado. Éxtasis en el auditorio. Al contrario que Trump, que preveía un recorte salvaje en la administración federal, Pedro se planteaba aumentar las plazas y el gasto público, «al fin y al cabo, crear empleo público es el mejor modo que hemos encontrado para combatir el paro», pensó. Recurrió a su astucia habitual para, en una disposición adicional transitoria, que luego sería definitiva, colar un par de medidas que había copiado del mismísimo Trump: la posibilidad de despedir a funcionarios de carrera, altos cargos de la administración pública, y acabar con las cuotas, «que ya estoy harto de tanto nacionalismo y tanta cuota de género».

«Medidas fiscales», aprobadas. «Medidas fiscales… las que me salen de los genitales», firmado. Estaba cansado de negociar con tanto partido las reformas del Impuesto de Sociedades, el impuesto a las energéticas, los impuestos ambientales, el de la banca… que unos sí querían, otros no, unos a medias, otros no en su territorio… «Hala, executive order y p’alante».

«Derechos de asilo y derecho a deportar sin dar explicaciones». Firmado. Algunos de los asistentes al pabellón se miraban con sorpresa, pero siguieron aplaudiendo, aunque con menos fuerza. «Mira cómo Trump no se anda con remilgos», pensó Pedro, «a mí, la que me han montado cada vez que hemos mandado a unos africanos al otro lado de la valla, o la que me montan cuando decido dónde deben ser admitidos los inmigrantes que he acordado con mi amigo Mohamed VI».

«Creación de nuevos organismos públicos». Firmado. ¿Veis como soy diferente a Trump? Él ha creado una oficina de Eficiencia Gubernamental para recortar gasto público, yo voy a crear varias agencias de colocación, perdón, de coordinación de presupuesto público: la Oirescon, para «controlar» la pasta que llega de Europa para proyectos que no se licitan, la empresa de vivienda pública, separar la CNMC en dos, el Observatorio contra el Fraude y la corrupción sanitaria,…

«Controlar la libertad de expresión». Firmado. El inicio de los aplausos por parte de sus fervorosos acólitos se frenó, ¿qué quería decir, qué pretendía con esta medida? Se trataba de controlar la calidad de la información, la verificación de la misma para evitar la propagación de bulos interesados, la obligación de rectificar todo aquello que no fuera preciso, que quedaría bajo la supervisión de Óscar López y Félix Bolaños, que sonreían ufanos a su espalda, y, por supuesto, el reparto de la asignación de publicidad institucional a los medios. Volvieron a retumbar los aplausos, acrecentados por los aspavientos de María Jesús Montero con las manos más extendidas que las de Jordi Pujol cada vez que venía a Madrid.

«Medidas sobre políticas de género». Firmado. Mira, ahí sí le daba envidia cómo lo había gestionado Trump. Hombre y mujer, blanco y negro, ya está, ATPC. «En mi gobierno, me tienen frito con las siglas, que si LGTBI, o si debe ser LGTBIQ+, y luego las peleas de Carmen Calvo y las Belarras sobre las mujeres trans, me tienen frito». Se hará lo que diga la orden ejecutiva y fuera.

«Decisiones sobre el reconocimiento del Sáhara occidental, Venezuela, los territorios ocupados de Palestina y las cesiones de competencias a los gobiernos nacionalistas». Firmado. ¿Acaso no podía decidir el presidente de la democracia más antigua del mundo sobre la pertenencia de su país a la Organización Mundial de la Salud, el Acuerdo de París o los acuerdos fiscales de la OCDE? «¡Pues pretenden que yo dé explicaciones sobre la política con el Sáhara, por ejemplo, es inaudito!». Hala, firmado, a otra cosa.

En la cama, a Pedro se le escapó una sonrisa. Veinte mil personas coreaban su nombre y vitoreaban cada una de sus decisiones. Esto de los decretos presidenciales era una maravilla, «la de saliva que ahorro al evitar hablar con los nacionalistas y con la cuchipandi de la Yoli». No había sonado el despertador, pero Pedro estaba despertando de su sueño. Lo que ocurre es que, durante toda la noche, había mantenido los ojos abiertos.