Ya que no podemos arreglar el mundo, hablaremos de lo que nos interesa: la política y los políticos, el fútbol, el cine, y todo lo que nos molesta, acompañados por unas jarras de cerveza. Bien fresquitas, por supuesto
Sala 1. Marcelo, 48 años: “Claro que estoy nervioso”, respondió al psicólogo del centro. Apenas podía permanecer sentado en la silla, tras una mesa no demasiado ancha, bajo la cual se podía apreciar el insistente movimiento de piernas hacia dentro y hacia fuera, como unas contraventanas mecidas por fuertes rachas de viento.
Sala 2. Leticia, 50 años: “No son nervios, es excitación”, expresaba con brillo en los ojos. “Estuvimos largo tiempo esperando que llegara este momento”. Se quedó mirando al vacío. “Y durante años pensamos que jamás sucedería”.
Sala 3. Soledad, 56 años: “Me invade una cierta sensación de angustia”, confesó al asistente. Bebió un sorbo de la botella de agua que le habían dejado sobre la mesa y continuó: “Por qué no decirlo, cierta tristeza por pensar que la relación que siempre hubo entre nosotros pudiera deteriorarse. Aunque hace mucho tiempo que ya lo hizo”.
Despacho principal del centro. Estela, 94 años, se dirigía a un periodista, que no cesaba de tomar notas en una pequeña libreta: “Trabajamos desde hace décadas, desde hace casi medio siglo, para que este tipo de encuentros puedan tener lugar”.
Mientras esperaba los resultados del informe, Marcelo se abría a las preguntas del psicólogo: “Siempre tuve una sensación extraña en mi familia, desde crío. No es solo que mis ojos no fueran tan claros como los de mi hermana y mi madre, o mi piel más oscura. Es… otra cosa. Como si nunca encontrara mi sitio, como si mi lugar fuera otro. Mi viejo siempre resultó esquivo, y reconozco que no fue el tipo de relación que uno suele tener con su padre”.
Leticia trataba de explicar su estado emocional: “Supe de su posible existencia por mi abuela. Fue ella la que me contó lo que ocurrió con mis padres. Siempre quise saberlo, sospechaba cosas, pero no me lo contó hasta el día que cumplí los catorce años”.
Soledad se apartó un mechón de cabello que le caía sobre la frente: “Lo traté siempre como a mi hermano pequeño. Lo cuidé, lo mimé, lo quise. Pero desde que salió de Córdoba por primera vez, cuando marchó a la universidad, sentí que se quebraba el nexo que siempre nos unió”.
Estela explicaba el proceso. Como tantas veces había hecho en los últimos años: “es prácticamente imposible sin las pruebas de ADN del niño perdido. Y, por desgracia, no son muchos los que quieren conocer su pasado, la vida que se les arrebató”.
Marcelo: “tuve una sensación extraña al llegar a Buenos Aires, como si de repente conectara con esa tierra, con esas gentes. Al saber lo ocurrido con miles de familias a finales de los setenta, quise conocer más esa parte de la historia. Bebés arrancados de los brazos de sus madres, padres torturados de los que nunca se volvió a saber, la represión militar. Mi padre siempre fue un alto cargo en el ejército y lo desplazaron a Córdoba pocos meses antes de la fecha de nacimiento que figura en mi partida. Todo ello me hizo reflexionar”.
Leticia: “según me contó mi abuela, a mi padre lo ingresaron en aquel centro de internamiento conocido como La Escuelita. Una broma macabra, un eufemismo para camuflar las torturas y desapariciones. Yo me quedé con la yaya mientras mi madre, embarazada de varios meses, trataba de sacarlo de allí”. No se le escaparon unas lágrimas al recordar ese preciso instante porque ya había derramado muchas en su vida por el mismo motivo. “No tengo recuerdos de mis padres. Yo… era muy pequeña entonces, y siempre tuve un hueco por rellenar”.
“Cuando me preguntó por el papel de mi padre durante la dictadura”, continuó Soledad, “solo supe contestarle que si tenía alguna queja acerca de cómo había vivido. Si le faltó algo, si tenía algo que reprocharnos como familia, ¡fue un afortunado que vivió cómodamente, pudo tener estudios, irse de fiesta, emborracharse sin que nadie en casa cuestionara nada! ¿Acaso tienes motivos de queja?, le decía”.
“El primer día nunca es como esperan los que se encuentran por primera vez”, añadió Estela. “Llevan años deseando decirse mil cosas y, cuando se ven cara a cara, enmudecen”.
Marcelo: “No sé si cambiaré mi vida o no, seguramente sí, aunque tampoco lo he pensado. ¿Podría replantearme algunas cosas que hice, cómo me comporté? ¿Estaba rabioso con el mundo sin saber por qué y ahora creo haber encontrado el motivo, una razón? ¿Una excusa? ¿Acaso debo reprocharme por cómo viví hasta la fecha, por la suerte que tuve?”. Miró hacia la ventana: “¿Llegaré a odiarme a mí mismo por los privilegios de que gocé, por los que nunca tuvieron mis verdaderos padres?”.
Leticia: “Solo quiero abrazarlo como al bebé que me privaron de estrujar entre mis brazos”.
Soledad: “Si este reencuentro le ayuda a alcanzar la paz que buscó todos estos años, me alegraré por él. Espero que por lo menos entienda que yo siempre lo quise como era. Fue la vida que nos tocó vivir, ninguno la elegimos. Y quizás si encuentra esa paz, pueda perdonarme. O perdonarse a sí mismo”.
Estela, presidenta de la asociación de Abuelas de la Plaza de Mayo anticipó el resultado al periodista: “Las pruebas de ADN son concluyentes. Marcelo es el nieto 141 que logramos localizar y, tras otros meses de averiguaciones, fuimos capaces de ponerlo en contacto con lo que queda de su familia, apenas su hermana mayor”. En sus ojos azules grisáceos apareció una pequeña lágrima. “La Comisión Nacional por el Derecho a la Identidad ha hecho un gran trabajo. Algunas dedicamos toda una vida a ello, y días como hoy nos hacen ver que mereció la pena”.
La semana pasada escribí la primera parte de este post (Todos esos fondos se perderán… como lágrimas en la lluvia) y acababa lamentando la enorme necesidad en infraestructuras esenciales que tenía el país, necesidades para las que existen unos fondos europeos que nuestros dirigentes no son capaces de hacer que lleguen. Solo en ese mismo fin de semana, sin remontarme mucho más en el tiempo, me encontré con estas noticias:
En España hay urgencia hídrica: una brecha de financiación de 23.000 millones de euros anuales en el conjunto de la Unión Europea. España necesita 6.000 mill. anuales, en lugar de los 2.000 que ha invertido entre 2023 y 2024. Inversión en tecnologías, mejoras de la eficiencia y el control de fugas, modernizar las infraestructuras de captación y distribución… ¿es necesario esperar a la siguiente gran sequía, a los cortes en algunas regiones?
La obsolescencia de las subestaciones pone en jaque la línea Madrid-Sevilla. No se han acometido las inversiones previstas, ni la renovación de los sistemas eléctricos, ni de las comunicaciones, la rehabilitación de los edificios, los transformadores… actuaciones, todas ellas, que podrían entrar en alguno de los apartados incluidos en los posibles destinos de los fondos.
Trenes y aeropuertos al borde del colapso, mientras nuestro país, tan dependiente del turismo, se acerca a los cien millones de visitantes. La imagen que se están llevando tantos turistas empieza a asemejarse a la que padecen millones de usuarios del transporte público en los últimos años.
Parece que ya nos hemos olvidado del ridículo que fue el apagón en todo el país, el Zero Day que nos pilló desprevenidos. El caso es que, no solo no se modernizan unas infraestructuras que arrastran un deterioro importante, sino que el proyecto «estrella», anunciado a bombo y platillo por el gobierno, la fábrica de microchips con la empresa Broadcom, se ha caído definitivamente. Un proyecto para el que había una inversión prevista de unos mil millones de dólares, que sería financiada en parte con fondos del Plan Estratégico para la Recuperación y la Transformación Económica (PERTE), en el apartado de microelectrónica y semiconductores. Una fábrica que iba a ser pionera en Europa y que contribuía a esa diversificación estratégica tan necesaria para la industria del país. Pues tampoco ha habido manera de sacarlo adelante, los inversores norteamericanos se han desmarcado finalmente de un proyecto que apenas había avanzado desde julio de 2023.
Son muchos los problemas que impiden al gobierno gestionar de manera adecuada la llegada de los fondos del Plan de Recuperación: la definición de los proyectos de interés, la asignación de partidas, generar procesos de licitación atractivos o una legislación que atraiga el interés de las empresas, y, por supuesto, el chantaje diario de los socios de gobierno.
Los fondos europeos estaban vinculados al cumplimiento de una serie de reformas legislativas que, en su mayoría, no han podido ser realizadas por el ejecutivo. El quinto pago se pudo salvar finalmente, aunque ha llegado con más de un año de retraso y con un bocado de 1.100 millones de Europa debido a la imposibilidad de aprobar el impuesto al diésel exigido por Europa, pero vetado por Junts y el PNV. Faltan otros compromisos por acometer, en materias como las políticas activas de empleo, las ayudas para viviendas sociales (¡increíble!) o para medidas de eficiencia energética y economía circular. Cuando no son los socios de izquierda o más allá de la izquierda los que rechazan las medidas, o tratan de imponer condiciones abusivas, lo hacen los más derechistas y chantajistas de la coalición, con el de Waterloo a la cabeza, y así nos vemos abocados a esta parálisis permanente en la que, salvo sorpresa o milagro, tendremos los presupuestos prorrogados por tercer o cuarto año consecutivo. El año pasado ni siquiera se presentaron al Congreso y, curiosamente, para el incumplimiento del mandato constitucional, sí hubo consenso.
Los titulares más catastrofistas señalan que España podría perder hasta 115.000 millones si no logra sacar adelante las reformas exigidas. Hace apenas un mes, la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, reconocía que era consciente de que buena parte de los Estados de la Unión Europea no iban a ser capaces de acceder a la totalidad de los fondos, y cifraba en 300.000 millones de euros el importe que podía llegar a no materializarse. Para matarlos a todos (o a unos cuantos, al menos) en la plaza pública. En previsión de este incumplimiento, la propia presidenta del organismo planteaba la posibilidad de cambiar algunos de los hitos presentados por otros que tengan un impacto similar en los objetivos verdes, de digitalización o de competitividad, e instaba a España a solicitar mayor importe en la parte de subvenciones a costa de algunos de los préstamos que todavía no se han desembolsado o ni siquiera solicitado. Sinceramente, sería una pena que los objetivos necesarios y tangibles en infraestructuras o industria quedaran limitados a proyectos más etéreos, por denominar de una manera eufemística a tanta campaña de concienciación o a tanto estudio que no va a ningún lado.
Por poner en contexto, antes de este quinto desembolso, España había utilizado cerca del 40 por ciento de las ayudas no reembolsables, un porcentaje similar al 45 por ciento de media en la Unión. Sin embargo, si se consideran también los préstamos, que España apenas ha dispuesto, el porcentaje de utilización real es del 20 por ciento, ridículo en comparación con países como Dinamarca, Francia o Países Bajos, que rondan el 70 por ciento.
Entre las exigencias de Europa que el gobierno de España daba por cumplidos se encuentra la reforma de las pensiones, con diferencia, la mayor partida de gasto anual del presupuesto. Creciente, infrafinanciada y sin pintas de arreglarse en el corto plazo. La «trampa» empleada por el gobierno consistente en realizar transferencias de impuestos a la Seguridad Social no ha colado en el ejecutivo comunitario que, con buen criterio, indicó que había que analizar el conjunto de las finanzas públicas y no quedarse en un mero maquillaje contable del sistema de pensiones. Hasta un 45 por ciento de incremento para cubrir el déficit de las pensiones en el primer semestre del ejercicio.
El gobierno pensaba que ya había salvado el trámite de la reforma, pues la ley preveía abordar los cambios cada tres años y, sin embargo, tendrá que examinarse de nuevo en junio de 2026. De nada sirve el argumento del gobierno de que no tiene presupuestos aprobados (¿existirá al menos un proyecto de?) o suplicar por la necesidad de los recursos. La respuesta de Europa ha sido tajante: cuando el Tribunal de Cuentas efectúe la auditoría de los cumplimientos de los compromisos, dará este por no realizado y tendrá que solicitar la devolución.
La primera parte de este post tenía un tono más de tragedia, como de final de Blade Runner: esos fondos se perderán… como lágrimas en la lluvia. Esta segunda parte pretende acabar con un tono más optimista, pese a lo mal que pinta la situación. Por eso pregunto en el título. «¿o no?». Todo hace indicar que Bruselas abrirá la mano para que de una manera u otra se puedan aprovechar los fondos europeos, ¡que están ahí, coño, que han sido aprobados, dotados y asignados! No dejo de pensar que la mediocridad de nuestro gobierno se disimulará, o se diluirá, en la mediocridad general del mal funcionamiento del resto de socios europeos.
Entre las soluciones que ya se han puesto sobre la mesa, figura la posibilidad de transferir los fondos no gastados más allá de 2026, bien sea al programa InvestEU de cada Estado miembro, o bien ajustando el importe de los préstamos para utilizarlos en programas como el de Defensa, ahora que parece que va a ser necesario un esfuerzo extraordinario por parte de los países europeos. Algunos programas de inversión podrán extenderse hasta 2030. Habremos perdido una gran oportunidad para dar un salto, pero había que desgastarse en la oficialidad del catalán o en la financiación singular de Cataluña, supongo.
El ejecutivo trata de sacar pecho e indica (Fuente: El País) que: «El esfuerzo ha sido titánico para una administración ya cargada con la actividad diaria, y esto se ha traducido en que ya estén contabilizados 1,1 millones de beneficiarios, el 40% pymes y microempresas. Hay 25.000 viviendas de alquiler social prefinanciadas; 383.000 plazas de FP creadas; 270.000 vehículos eléctricos y puntos de recarga financiados; 200 municipios que han adquirido autobuses de cero emisiones y han peatonalizado calles o desplegado carriles bici; 550.000 hectáreas de regadíos modernizados; 730.000 pymes y autónomos que han usado el kit digital y 15.000 el kit consulting; 1.400 millones de euros concedidos para fomentar el autoconsumo en hogares y empresas; 851 equipos tecnológicos para hospitales, y tres plantas de baterías aprobadas«. Pero la realidad es que han transcurrido cuatro años desde la aprobación de estos fondos y «solo» se han lanzado 78.115 millones de euros en convocatorias de los más de 140.000 inicialmente aprobados (163.000 mill. si contamos el total de programas) y apenas se han resuelto 51.355 millones.
Pensar que de aquí a agosto de 2026 se vaya a solucionar el resto no cabe en la cabeza ni de los ministros más entusiastas.
El discurso final del replicante de Blade Runner sirve para todo tipo de proclamas, como bien conocen los lectores habituales de este blog. Es triste, suena melancólico, es un lamento en toda regla. Por recordar el pasado y por llorar un futuro que su autor no verá. También sirve para hablar de todas aquellas cosas que uno ha visto y que «vosotros no creeríais»:
«He visto zumbaos atacar a la policía adoquín en mano más allá de la Diagonal, y luego cómo se indultaba a los políticos que fomentaron aquello.
He visto brillar los ojos de Ábalos y Cerdán en la oscuridad en manifestaciones feministas cerca de la Puerta del Sol.
He visto proyectos que no se licitaban por no ser capaces de poner de acuerdo a los peores socios que uno se pueda echar a la espalda, proyectos para los cuales había fondos europeos.
Todos esos fondos se perderán… y habrá mucho más que lágrimas en la lluvia. Es hora de partir».
Me queda una duda acerca de la última frase: ¿es hora de partir, de emigrar? ¿Es hora de partir… la cara o las piernas a alguien, a los políticos que han permitido esta parálisis actual, cuando no unas leyes abominables en algunos casos o el desprestigio de las instituciones? ¿Es hora de partir y tomar las calles? Desde que se lanzara el Plan de Recuperación de la Unión Europea, ese ambicioso plan dotado con 750.000 millones de euros, ha habido tiempo suficiente para presentar proyectos, renovar infraestructuras, mejorar la financiación de varios sectores económicos o adaptarnos a los requerimientos de Europa para obtener esos cuantiosos fondos, que, en el caso de España, alcanzaban los 163.000 millones de euros entre las subvenciones directas (80.000 M.) y los préstamos (83.000 M.).
«Es hora de partir» peras con los socios de gobierno que solo se preocupan por mantener sus privilegios y hacer leyes a medida, pero sé que por desgracia no va a ocurrir. Es hora de tener cabeza, perspectiva nacional y tratar de corregir este desaguisado que nos puede hacer perder muchos fondos y una oportunidad como pocas para cambiar la estructura económica del país, como la que se tuvo a principios de los noventa, poco después de la entrada en la Unión Europea (CEE por entonces). Los avisos sobre el retraso en las medidas necesarias para obtener los fondos Next Generation vienen de lejos:
Hay varias fechas clave para el cumplimiento de los requerimientos del Plan de Recuperación y otra fecha límite, un deadline, para la recepción de los fondos: 31 de agosto de 2026. Improrrogable, según Ursula von der Leyen. Yo ya he metido cien euros en una casa de apuestas a que se prorrogarán al menos hasta final de ese año. A medida que se acerque la fecha tope, este gobierno, o el que esté, se lamentará como los malos estudiantes, echará la culpa al profe que le tiene manía (ese profe se llamará Feijóo) y tratará atropelladamente de cumplir con lo que se le indique.
Lo cierto es que los avisos vienen de lejos. De muy lejos. Mi hemeroteca particular lleva recopilando alertas de las autoridades europeas desde el arranque de este gobierno, o incluso antes, desde las elecciones de julio de 2023:
27 de julio de 2023: Peligro de retraso en el plan. Ya entonces quedaban más de 300 objetivos por presentar a la Unión Europea y España era uno de los primeros países en recibir las subvenciones a fondo perdido, pero uno de los últimos en justificar el uso de los importes recibidos.
3 de julio de 2024: ya teníamos gobierno, tras los meses de pactos con aquellos cuyas únicas preocupaciones eran su indulto y el manejo de fondos para sus “localismos”, y se presentó el Informe de la Intervención General del Estado (IGAE) que advertía de una ejecución ridícula, de apenas el 5 por ciento de los fondos previstos. Que a nadie le extrañe cuando se acabe perdiendo esta oportunidad de modernizar sectores económicos.
4 de octubre de 2024:hasta 11.000 millones de euros en proyectos no adjudicados, y “otros 14.000 millones en remanentes no gastados, que deberían volver a convocarse”. Llama la atención el bajo cumplimiento en Ministerios como el de Hacienda, el de Industria, o el de Vivienda. El de Transporte no sorprende, ahora que sabemos que sus dirigentes tenían la cabeza en otros menesteres.
24 de febrero de 2025: el gobierno no es capaz de poner de acuerdo a sus socios, ni de pactar nada con el principal partido de la oposición, así que las reformas exigidas por Europa no llegan, las leyes necesarias no se aprueban y pagamos el pato entre todos. Peligran los fondos de recuperación.
Y el problema que sucede en nuestro país cuando se intenta “correr de más” o adjudicar dinero público rebajando (o relajando) algunos controles, es que aumenta el riesgo de fraude, como sucedió durante la pandemia.
3 de marzo de 2025:Hacienda se lanza a por el fraude en los fondos europeos ante el riesgo de que Bruselas retire las ayudas tras haber adjudicado 48.600 millones de euros. La orden partió del propio Ministerio de Hacienda y de su titular, María Jesús Montero, con un doble objetivo: regular el posible reintegro de los importes no gastados o gastados en otras partidas (una experta, pues estuvo en la Junta de Andalucía durante la época de los ERE) y determinar a qué administración responsabiliza del incumplimiento. Sería para matarlos (metafóricamente) a todos ellos. A los que hacen que los fondos no lleguen, a los que los gastan en otros menesteres y a los que provocan que haya que devolverlos. Aunque en esto somos tan “europeos” como el resto de los países.
12 de marzo de 2025: queda menos de un año y medio para el final del plazo y España seguía sin ejecutar el 85% de los proyectos de inversión del Plan de Recuperación. Son cifras de un estudio de Caixa Research que destacaba qué proyectos son los que faltan por ejecutarse: política industrial, energías renovables, hidrógeno verde y («manda güebos») recursos hídricos, rehabilitación y construcción de viviendas. No sé cuántos planes de construcción de vivienda pública se han anunciado en estos últimos años si que se haya puesto un solo ladrillo, y, sin embargo, tenemos fondos pendientes, previstos para construir 20.000 viviendas sociales. Igual que los planes contra la sequía o para la diversificación de la economía con el apoyo a la nueva industria. En año y medio que queda.
8 de mayo de 2025: un informe de BBVA Research advierte del riesgo de incumplimiento del plazo de ejecución de los proyectos para acceder a los fondos europeos. El ritmo debería incrementarse un 29 por ciento e, incluso con este crecimiento, que ya parece irreal pues ha habido una ralentización en numerosos proyectos, se alcanzaría «solo» el 91 por ciento de la cifra máxima en diciembre de 2026. La Unión Europea insiste en que el plazo de ejecución finaliza el 31 de agosto. Buena parte del importe permanece atascado en proyectos aún en fase administrativa o que no han llegado a salir a licitación (el informe hablaba de un 40% en algunos sectores).
Mientras esto sucede, los servicios públicos continúan su proceso de degradación: los trenes funcionan peor que en cualquier momento de estas últimas tres décadas, las carreteras necesitan mantenimiento urgente, el caos de los aeropuertos o la suciedad en los mismos deterioran la imagen de un país que vive del turismo, y apenas se ha sabido de las necesarias inversiones en residuos, economía circular, infraestructuras de agua o renovables. No es solo un problema de competencias: de la sanidad y la educación ya ni hablo. Es un problema de incompetencias. Y para solucionarlos, para que Europa libere buena parte de los fondos, hace falta aprobar una serie de reformas en un parlamento en el que no se puede sacar nada adelante por esa «aritmética parlamentaria» de la que estamos presos.
¿Estamos a tiempo de evitarlo?
Continuará: Todos esos fondos se perderán (II): ¿o no?
Empezó casi como una broma, fue tomando cuerpo y al final se convirtió en un libro de 372 páginas. Del mal llamado «caso Negreira» se han contado tantas cosas y se han contado tan mal (cuando no han mentido, directamente) que se me ocurrió plantearlo como una especie de juicio de Hollywood, como un desfile de personajes en el que cada uno de los afectados fuera desfilando por el juzgado, ya fuera como testigo o como acusado, y defendiera su postura, por muy indefendible que a muchos nos pudiera parecer.
Con la Anatomía de un asesinato (Otto Preminger, 1959) en la cabeza, con ese juego de fiscal, abogado defensor, juez y jurado, la trama tomó cuerpo rápidamente en esta Anatomía de un Negreirato. Con el subtítulo El juicio que no veremos. La comedia surgió de manera involuntaria, fruto de las declaraciones reales de los Medina Cantalejo, Ángel Mª Villar, Joan Laporta, Iturralde González y muchos más, contestando que todo era normal, que el hecho de que un club pagara más de ocho millones de euros por unos informes inexistentes no influía en la competición, que las anomalías estadísticas no existían, que “aquí no ha pasado nada, circulen, circulen”, y que el Comité Técnico de Árbitros y la Federación Española de Fútbol son los únicos órganos incorruptibles e inmaculados de este país.
El puzle necesitaba completarse para adaptarlo a todo tipo de lectores, no solo a los aficionados al fútbol. Porque esta no es una historia sobre fútbol, ni mucho menos: habla de corrupción. De compras de favores, de ocultación de pruebas, de injerencias políticas en la justicia. De un “Relato” victimista y manipulado según el cual el poder central representado por el Real Madrid había sometido de manera irregular durante décadas al máximo adalid del catalanismo, al “ejército desarmado de Cataluña”, que escribió Manuel Vázquez Montalbán. Por eso se me ocurrió la figura de un juez que no supiera nada de fútbol, un tipo próximo a la jubilación que descubriera la cantidad de mugre que había en todos los estamentos del fútbol español. Y que lo fuera apuntando en su libreta hasta hacerla incomprensible:
La libreta del juez Julián Aguilar (no confundir con el juez instructor del caso, Joaquín Aguirre) fue otro de los puntos que contribuyó a la farsa. Como me dijo un amigo: “tenías que publicar la libreta del juez Aguilar, o venderla como un documento aparte”.
James Stewart se convertiría aquí en el fiscal Jaime Estuardo, George C. Scott en Jorge Carlos Scotto, abogado de la defensa, y Lee Remick en Luisa Ramírez, abogada de la parte personada en el caso, es decir, el Real Madrid. Estos personajes dieron mucho juego y la trama fluyó de manera natural, casi espontánea. Solo había que poner en la sala del juzgado ficticio las frases reales de los protagonistas y dejar que los abogados debatieran y las rebatieran.
Para mi sorpresa, este juego gustó mucho a los lectores. Dicen que el halago debilita, pero a veces nos ocurre que, como decía Richard Gere en Pretty woman, nos gusta que nos hagan la pelota:
¿Cómo animar a los lectores que conocieron la primera parte, ya publicada, a comprar el libro? Pues porque faltaba mucho en esta trama. Faltaban todos los testigos de la acusación, y faltaban personajes importantes como Xavier Estrada Fernández, autor del único libro publicado hasta la fecha sobre el asunto. Y tenía que dejar a los acusados que se defendieran, que argumentaran por qué actuaron de aquel modo durante décadas, y por qué presidentes de un club que no se llevaban bien entre ellos (y que gestionaban de manera muy diferente) estuvieron de acuerdo en mantener unos pagos irregulares a través de empresas pantalla.
Mi versión de este juicio trata de ser justa. Honesta. De permitir que los acusados expongan sus argumentos. Sé que lo que se va a dirimir en el juzgado es muy diferente. Por ejemplo, Joan Laporta no está acusado y sí lo está Óscar Grau, antiguo director ejecutivo del club. Pero el actual presidente era un personaje fundamental para la historia y no sucede lo mismo con el segundo, así que tenía que tomar licencias. Con todo y con ello, el libro pretende mantener un difícil equilibrio y ser riguroso, preciso en los datos y las declaraciones. De ahí que haya doce páginas enteras de referencias a artículos, entrevistas y vídeos con las declaraciones originales que en esta particular sala de “mi” juzgado se cuestionan.
Faltaba el jurado popular. La parte con más ficción de toda la trama y una de las más divertidas de escribir como autor. Busqué cinco hombres y cuatro mujeres de diferentes edades, profesiones, estatus… de profesión liberal, currantes del puerto, jubilados y estudiantes. Y los dejé que discutieran sobre un tema tan polémico como este en el que no hay grises para casi nadie, sino blancos y negros, verdades absolutas. Siempre me gustaron las películas de juicios y también, mucho, las deliberaciones de los jurados de Hollywood. Doce hombres sin piedad, Jurado nº 2, El jurado, Veredicto final, Civil action, Testigo de cargo, Matar a un ruiseñor… En mi cabeza estaban todas ellas. También Algunos hombres buenos o Pulp Fiction, que “colaron” alguna frase en la trama.
Repito: me he divertido mucho escribiendo este libro. El proceso ha durado un año y medio, y ahora toca a los lectores decidir si la diversión no es solo mía. En esta primera semana parece que ha gustado: en Amazon han catalogado la obra en la categoría de “Ensayo”, y ya aparece en el número 7, detrás de esa maravilla que es El infinito en un junco, de Irene Vallejo.
Se encuentra disponible ya en la Fnac, Amazon, Libros CC y, en breve, en El Corte Inglés y La Casa del Libro.
Los beneficios de esta primera edición, y quién sabe si del resto, irán a parar a ese maravilloso proyecto que es el Gratitude Bootcamp en BodhGaya, en la zona nordeste de la India. ¡Muchas gracias a todos los lectores, amics!
Esta semana he visto Anora (por fin, con algo de retraso desde el estreno), la película triunfadora en los Óscar de este año: mejor película, mejor dirección, guion, montaje y, por supuesto, mejor actriz. Mikey Madison desbancó a la que parecía la favorita, Demi Moore, y quizás sea el único de los premios con el que puedo estar de acuerdo. Aunque… si lo pienso bien, se trataba de elegir entre una Demi Moore entre hipermaquillada cuando no va «a pelo» y algo histriónica, la no menos histriónica Karla Sofía Gascón, o una Mikey Madison que se pasa media peli en pelotas y comportándose como posiblemente nunca haría una mujer de su condición, profesión y educación. Vamos, que ni siquiera en esto coincido con la Academia de Hollywood.
Uno mira la larga lista de premios de Anora, que comenzó con la Palma de Oro en Cannes en 2024 y culminó con ese premio gordo a mejor película del año, y comienza a pensar que ya no entiende nada de esto. Si es «el negocio», una promoción acertada, el sistema de votación de los Óscar… O si es mi propia visión del cine actual, si me estoy haciendo mayor o si no he sabido ver ni entender la supuesta calidad del film. Ojo, que no es mala, ni mucho menos, no es Todo a la vez en todas partes. Es entretenida en algunos momentos del metraje, pero (siempre según mi modo de ver) adolece de una de las peores cosas que se puede decir de una obra artística, ya sea musical o cinematográfica: que es irrelevante. Como el hip-hop, el reggaeton, el trap latino o el noventaymuchos por ciento de la música electrónica. Al día siguiente has olvidado casi todo lo que has visto o escuchado.
Tengo claro por qué me ocurre esto con la mayoría de las películas que han ganado el Óscar en los últimos años: porque no me interesan nada. Porque les falta «grandeza». El último emperador podía ser un tostón demasiado largo, algo pretencioso, pero tenía esa «grandeza» en la búsqueda de la belleza de las imágenes, en el cuidado por los detalles, la música, la fotografía, una trama que no fuera complaciente con el espectador… Con la ganadora de este año no me vale ni siquiera aquello de «es que no tenía competidoras de nivel». Al lado de Anora, The Brutalist, Cónclave, Dune II, Un completo desconocido y hasta Emilia Pérez o La sustancia son obras perdurables, que pasarán a la historia.
Repaso la lista del Óscar a la mejor película de los últimos años y, salvo gloriosas excepciones, empiezo a creer eso de «¡el cine está muerto!» que algunos agoreros proclaman desde hace tiempo. Y no lo está, ni mucho menos, lo que sucede es que se premia lo mediocre que llama la atención en un momento puntual, la moda del momento o la peli indie que alcanza el favor de la crítica.
2025: Anora. Porno soft en una trama con rusos idiotas, sin principios y podridos de pasta. Entre cada uno de los momentos que me hacen gracia o captan mi atención, transcurren unos quince minutos, y así sucede que acabamos en un metraje de 2 horas y 20 minutos para algo que necesita poco más de una hora para se contado y resuelto. El eterno problema de la duración forzada de las películas modernas.
2024: Oppenheimer. Peliculón, tiene esa grandeza que la hace merecer todos los galardones que conquistó. Quizás la única que se salve de la quema de este listado que me va a salir.
2023: Everything everywhere all at once, la ya mencionada Todo a la vez en todas partes. ¿De verdad? ¿De verdad???? ¿De verdad este engendro gustó y convenció a tantos académicos? Es por cosas así cuando afirmo rotundo que no entiendo nada, o que me he hecho mayor y cascarrabias sin darme cuenta.
2022: CODA. Pufff, otra. Un largometraje de domingo por la tarde. Un remake que no mejora el original francés al que copia sin pudor y sin aportar nada reseñable de valor. Otra obra intrascendente, irrelevante, que ves y olvidas de inmediato.
2021: Nomadland. La peli independiente triunfadora. Con lo mejor, pero, también, con lo peor de ese tipo de cine. Una historia incómoda, rodada con pocos medios, apenas 4 millones de dólares de presupuesto, sin apenas ritmo, sin una trama repleta de giros o personajes memorables. Un drama que está bien, sin duda, muy triste, lo que quieran, pero tan introspectiva que al final se vuelve ajena.
2020: Parasite, o Parásitos. La película coreana tiene muchos detractores, pero desde luego no me encuentro entre ellos. Lo que no entenderé nunca, salvo que se deba a ese extraño sistema de votación de la academia norteamericana, es que derrotara a 1917, El irlandés, Érase una vez… en Hollywood, o a la magnífica Joker. Aquel año tuvo también JoJo Rabbit, Los dos papas o Historia de un matrimonio, quizás el último año de cine perdurable que hemos tenido. ¿Cosas de la pre-pandemia, quizás?
2019: Green book. Otra peli amable, entretenida, aunque nada especialmente innovadora. Una versión moderna de Paseando a Miss Daisy, otra con la que nunca entendí que triunfara como mejor película del año, allá por 1989. Pero al menos en este año te encontrabas con historias que (al menos el que escribe y suscribe) veía con interés: Roma, Bohemian Rhapsody, Ha nacido una estrella, La favorita, el son of a bitch de Dick Cheney en Vice… En los últimos dos o tres años, muy poco.
Quizás suene algo viejuno, pero enlazo esta idea con otra que leí hace unos meses (y que no logro encontrar) en un artículo que comparaba los artistas de los Grammy de hace treinta años con los actuales. Decía algo así como que antes tenías a Eric Clapton, Aerosmith, Metallica, Jeff Beck, U2 o Steve Vai, y ahora tenemos a Bud Bunny, Ariadna Grande, Miley Cyrus o Anuel. Y no es del todo cierto. Cada año surgen nuevos artistas, nuevas ideas, nuevas melodías, no solo el repetitivo chunda-chunda que tanto éxito tiene, y puede que tanto en la música como en el cine resulte más difícil sorprender, entre otras cosas, por la sobreinformación que tenemos, pero no es cierto que todo sea una bazofia ahora y antes fuera maravilloso. Lo que puede estar ocurriendo es que haya cambiado el foco, el objetivo del productor, o que el interés mayoritario sea alcanzar el mayor número de espectadores, sin importar el cómo ni el soporte. Cada vez que encuentro a un chaval en el metro viendo una película o una serie me dan ganas de darle una colleja: «¡espabila, vete al cine!». Sin entrar en el debate de los precios, hablo de otra cosa, de la falta de interés por el producto de calidad, como está ocurriendo con el sonido de Spotify o las radios, ¡si no distingo el solo de guitarra, si apenas se oye la batería o se escucha la voz!
Se busca la calidad con menor ahínco que en otras épocas, posiblemente porque ahora prima la rapidez del consumo sobre la excelencia del producto. Y esto vale para la música, el cine o las series de televisión. Ahora toca consumir una serie en modo maratón en un fin de semana «porque no te la puedes perder», doce capítulos en dos días, y si al tercero no te interesa, te pones otra. En tiempos de la Inteligencia Artificial Generativa, que puede producir contenido como una industria conservera, puede que nos encontremos con la misma historia una y otra vez, da igual la factura técnica o la creatividad.
No sé, llamadme viejo, carca, pero echo de menos algo… grandeza.
Esta semana pasada mantuve una nueva charla en el canal de Kollins con Javi, nuevamente sobre asuntos económicos del deporte (dejo el enlace en el inicio del post). En esta ocasión, con la excusa de la publicación del último informe de Football Benchmark sobre el valor teórico de los 32 clubes europeos que engloba en lo que denomina “The European Elite”, los más valiosos. Debido a algunas limitaciones de los criterios utilizados en el informe, añadí en algunos puntos los datos extraídos del último estudio de Deloitte sobre las finanzas del fútbol, Annual Review of Football, y comparé otros con diversa información de Transfermarkt sobre traspasos de jugadores y gasto neto de los clubes.
Como indica el informe en sus primeras páginas, el Real Madrid lidera la clasificación por su excepcional año dentro y fuera de la cancha. Destaca los logros deportivos en Liga y Champions (hablamos de 2024), pero también su buena situación financiera, entre otras razones, por el impacto del renovado estadio (no entra en las críticas que se han hecho al mismo, muchas de ellas merecidas).
El informe recoge el período de los últimos 10 años, de 2016 a 2025, y destaca el enorme crecimiento del mercado en este tiempo, con datos como el incremento de un 146% del valor de los clubes, hasta los 64.700 M. EUR. Los aspectos más destacables para Andrea Sartori, CEO de Football Benchmark, los highlights, son los siguientes:
El crecimiento de los ingresos debido a los repartos que realiza la UEFA por premios y comercialización de derechos, y al incremento de los ingresos comerciales de los clubes, la mejor gestión.
Pese a ello, el resultado agregado de los 32 clubes sigue siendo negativo.
Hace referencia a la implantación de estándares de sostenibilidad financiera, de lo cual, tras las nulas sanciones a PSG, Chelsea, Manchester City o Barça, te tienes que reír.
Destaca que los costes de las plantillas crecieron a un ritmo superior al de los ingresos (78% vs 72%).
Se está tratando de racionalizar el coste de las plantillas de los clubes, y menciona que el ratio de costes salariales sobre los ingresos se ha controlado tras la pandemia y baja ¡¡¡del 95%!!! en 2023 al 82% en 2025. Sigue siendo una cifra muy elevada e insostenible.
El informe realiza un top-10 de clubes, para lo cual analiza 5 parámetros o KPIs (Key Performance Indicators):
Enterprise value, valor de empresa o de compañía. Más adelante explicaré cómo llega a esas cifras.
Variación anual del Enterprise Value. Destaca el importante crecimiento de un club como el Arsenal y el 23% del Real Madrid, un porcentaje significativo cuando ya se partía de cifras muy altas.
Ingresos totales de la temporada 2023-24. Datos de las cuentas de los clubes, sin cálculos como los del EV.
Porcentaje de masa salarial sobre el total de ingresos del club. Solo dos clubes superan el 70% recomendado por la UEFA, el PSG (82%) y el Chelsea (72%). Por eso, y por el enorme gasto en fichajes, me parto cuando escucho hablar del mérito de la Champions del nuevo y «modesto» PSG de Luis Enrique. Tiene mucho mérito, sin duda, ha jugado muy bien esta temporada, pero cuenta con recursos ilimitados para fichar, como hizo en el mercado de invierno, sin ir más lejos.
Valor de plantilla a marzo de 2025. Para este cálculo no emplea los datos de Transfermarkt, sino una valoración propia realizada con un algoritmo que tiene en cuenta el valor de mercado téorico de 11.000 jugadores de 24 ligas diferentes,
Respecto a las valoraciones tan «particulares» que realiza Transfermarkt de los futbolistas, algunas muy llamativas, ampliamos la información en este otro vídeo reciente:
Volviendo a Football Benchmark, otro dato interesante que sirve para entender el peso que supone participar o no en la Champions sobre el total de los ingresos de los clubes está en el ranking de los que más han aumentado su valor en el último año: Aston Villa, Real Sociedad, Eintracht de Frankfurt, Arsenal y Milan. Por el contrario, los que más bajan han sido el Ajax, Sevilla, Chelsea y Juventus.
Y una de las comparaciones que me ha parecido de más interés está en este cuadro en el que compara la valoración de estos 32 clubes europeos con otras entidades de otros deportes, como la NBA, la MLS o la Fórmula 1:
Mientras que el valor teórico de empresa (EV) de los clubes europeos se sitúa en un múltiplo aproximado de 6 veces el importe de sus ingresos, las entidades deportivas estadounidenses tienen una valoración más cercana a un múltiplo de 9 o 10 veces, incluso más. Es decir, que los potenciales inversores ven más capacidad futura de generar ingresos o valor en el mercado USA que en el europeo. Si el lector recuerda el post sobre la Superliga, se hablaba del modelo europeo y el modelo americano, mencionados en la propia sentencia del Tribunal de Justicia de la Unión Europea.
El fútbol no termina de despegar en Estados Unidos, un mercado que la FIFA considera aún por explotar, o por desarrollar en todo su potencial. No hay más que ver los datos de los clubes de la MLS en el cuadro, con un tamaño medio equivalente a lo que sería el Espanyol o el Osasuna en España. Mi gran duda es si el soccer encaja con la mentalidad estadounidense, más acostumbrada a los parones del béisbol o el fútbol americano, momentos que se aprovechan para gastar a espuertas en el estadio.
Del potencial del mercado estadounidense es consciente Florentino Pérez desde hace años, tanto en el mundo empresarial, donde ACS obtiene casi el 60% de sus ingresos de EEUU, como en el mundo del deporte. Muchos de los pasos que ha dado en los últimos años parten de ese «concepto USA» de entender el club como entidad deportiva, pero también financiera: aumento de ingresos por merchandising, incremento de recaudación en los días de partido, rendimiento del estadio durante el resto del año, aumentar el valor de la marca, mayor impacto a nivel mundial… Por eso el interés por una competición como el Mundial de Clubes a la que la mayoría de aficionados no le prestábamos mucha atención, no solo por el impacto económico de los premios (enorme para los finalistas), sino, además, por la expansión de la marca Real Madrid en Estados Unidos.
La evolución del fútbol europeo en los últimos 10 años
El informe de Football Benchmark se centra mayoritariamente en los ingresos y el valor teórico que generan, pero poco en los resultados. Resulta curioso comprobar ese timeline del informe, esa línea del tiempo, para entender qué ha pasado, cómo en 2016 y 2017 los clubes tuvieron un récord de beneficios antes de impuestos, y poco tiempo después, tras el traspaso de Neymar se entró en una espiral inflacionaria para, con la pandemia, pasar a tener serios problemas financieros.
Quizás motivado por esas pérdidas, la UEFA aprobó nuevas normas de sostenibilidad financiera y control de las finanzas de los clubes, unas normas que apenas se cumplen porque no interesa a Ceferin y los suyos. Jamás van a poner limitaciones a que entre el dinero, como se ha visto con las ridículas sanciones al Manchester City, Chelsea y PSG. Los tres clubes tienen su Champions, por cierto, y tendrían más de no haberse enfrentado a los dos casi únicos rivales «tradicionales» que les quedan: el Bayern de Múnich y el Real Madrid.
Por seguir con el timeline, en la temporada 2024-25 se lanza el Mundial de Clubes. El informe menciona el incremento de ingresos que supondrá para los participantes y la importancia a nivel de exposición global de marca, pero advierte también del peligro de sobrecargar el calendario, por la saturación de partidos y las lesiones de los jugadores. Menciona también el conflicto que puede suponer entre competiciones nacionales e internacionales, algo que ya está pasando en el baloncesto con la Euroliga. El próximo año tendrá 38 partidos de fase regular, incluyendo los viajes a Dubai, pufff… más que los 30 de la ACB. Y luego los playoffs. Habrá que aumentar las plantillas, y con ello, los que puedan, el gasto. O reducir los equipos de las ligas nacionales (en este blog ya hablamos hace tiempo de reducir la liga española de fútbol a 16 equipos).
Evolución de las ligas nacionales en este período
El gráfico refleja el valor de los clubes en el período analizado, así como el porcentaje de crecimiento experimentado. No debería extrañar el enorme avance de los petroclubes, pues tanta inversión de capital ajeno al fútbol se tenía que notar, y aunque dinero no garantice títulos, sí ayuda bastante a obtenerlos.
En cuanto a la comparación por ligas nacionales, destaca el despegue de la Premier respecto al resto de campeonatos. LaLiga ha perdido la segunda posición frente a la Bundesliga, si bien España sube de cinco a seis equipos en el análisis del top-32, mientras que Alemania se queda en tres. Francia no es representativo por el peso del PSG sobre el global, que influye notablemente en la media. Italia por su parte sigue muy lejos, pagando aún las consecuencias del Moggigate y de los nefastos inversores que pasaron por algunos clubes como el Inter o la Roma.
Me parece relevante completar esta información con la tabla del Informe de Deloitte que recoge los ingresos totales de los campeonatos, así como el tamaño medio por equipo, y la diferencia es abismal.
El informe de Deloitte recoge el sorpasso de la Bundesliga respecto a LaLiga. Si le preguntan a Javier Tebas por la mala gestión de la venta del campeonato español, lo negará diciendo que los ingresos por derechos de televisión son superiores a los del campeonato alemán (y es verdad, como se puede ver), pero para mí el deterioro se debe a lo mal que se ha vendido el producto en los últimos años como marca reputada: el caso Negreira, la guerra abierta de Tebas con su mejor activo, el Real Madrid, la sensación de manipulación del VAR, los horarios, el control financiero estricto para unos y la laxitud con otro… es la sensación constante de estar viendo un producto corrompido.
Volviendo al informe, este gráfico sorprende por el buen comportamiento del Real Madrid en un contexto de clubes estado (ver el crecimiento del PSG y el City en este período), así como de otros clubes de la Premier con un fondo de inversión detrás, normalmente norteamericano, pero también de capital árabe o iraní. Detrás de todo ello ha habido mucha gestión, operaciones complejas (el estadio, Sixth Street, sponsors, los -de momento-frustrados aparcamientos) y un éxito en el terreno de juego, sobre todo a nivel europeo e internacional, donde ha sido más fácil triunfar que en el entorno «negreiro».
El informe analiza después el enorme crecimiento de los ingresos del fútbol en esta última década y separa los repartos de ingresos de la UEFA, los derechos de televisión, taquilla en días de partido y otros ingresos por comercialización.
Aun con este fuerte crecimiento, conviene destacar que los salarios han crecido más porcentualmente. Los agentes han invadido el mercado y lo han poblado de «nuevas prácticas»: primas de fichaje, primas por renovación o fidelidad, bonus crecientes por logros colectivos, pero también por reconocimientos individuales, y todo ello ha traído una inflación de salarios y traspasos posiblemente insostenible. Los clubes como el PSG o el Manchester City pueden confundirse con los fichajes en una temporada y cambiar a otros tres o cuatro jugadores en el mercado de invierno. El City ha invertido 346 millones de euros en nueve jugadores solo este año. El PSG del que tanto se ha elogiado su éxito en la Champions tiene media docena de fichajes millonarios fallidos solo en los últimos doce meses.
En cuanto al market balance, o balance de mercado, el informe destaca los clubes que mejor han comprado o vendido. Los portugueses siempre han sabido gestionar bien sus activos (Benfica y Oporto), igual que el Ajax, mientras que el gasto descontrolado no garantiza el éxito, como se puede ver en el caso del Manchester United, pero sí ayuda (City y PSG).
He preferido completar este cuadro de los fichajes y traspasos con el cálculo realizado por Maketo Lari con los datos de Transfermarkt:
Clubes «gastones» como el Chelsea, el City o el PSG han logrado sus Champions, pero otros como el Manchester United, el Arsenal, Milan o Juventus llevan años sin acercarse a estos triunfos. Por el contrario, el Real Madrid es el 16º en esta clasificación con el neto de traspasos. Ahí también hay mucha gestión, pero mucho sacrificio, como las ventas (Casemiro, Cristiano, Varane, Di María, Morata, Achraf, Reguilón… y tantos otros) o no cubrir puestos necesarios, como ha sucedido este año con todos los lesionados en la defensa. Siempre hay que tomar estos datos con cierta distancia, porque no todo es transparente en el mundo del fútbol, sino más bien al contrario. A veces no es posible conocer todos los extras que se han pagado por un fichaje, como ocurrió con Neymar, Mbappé o el noruego Haaland.
Con toda esta locura inflacionaria que lleva casi una década, los resultados económicos de los clubes siguen siendo muy negativos: ¿es sostenible mantener esta situación?
Las cifras son tremendas, y habrá más clubes que sufran o desaparezcan en los próximos años, como hemos sabido esta semana que ocurrirá con el Brescia. La crisis del fútbol italiano no termina de cerrarse. Si sus clubes no estaban en los peores puestos entre los más «gastadores» o compradores, sí lo están en la lista de resultados, en la que destaca la buena gestión del Bayern Múnich, Real Madrid y Atalanta:
Criterios con los que se hace el Informe Football Benchmark:
Mi mayor crítica al informe viene porque el cálculo del Enterprise Value (EV, valor de los clubes) se basa más en expectativas que en resultados financieros, más en la teórica capacidad de generar ingresos que en el modo de conseguirlos (gestión sostenible, deuda, capital externo…). Sus autores utilizan una aproximación por un múltiplo de los ingresos porque dice que son menos volátiles que los resultados, más fáciles de comparar y están menos distorsionados por ajustes contables. Este múltiplo se realiza con un algoritmo propio basado en varios criterios que tratan de reflejar esa capacidad de generar ingresos: valor de marca, atractivo de la plantilla, número de seguidores… Las marcas Real Madrid y Barcelona son mundialmente conocidas, y el grupo de Abu Dábi ha hecho un enorme esfuerzo con los clubes satélites para promocionar la imagen del City por el mundo.
El informe reconoce sus limitaciones en el método escogido, como que la capacidad de generar ingresos no suponga que sus directivos sean capaces de hacerlos rentables (hay numerosos ejemplos), o que no refleja la posición de balance del club. Al obviar el peso de las deudas, pone en la misma balanza los que tienen inyecciones de capital ilimitado del petróleo o el gas de Oriente Medio con los que se endeudan por encima de sus posibilidades.
Con estos cinco pilares (rentabilidad, seguidores en redes sociales y aficionados, atractivo de la plantilla, éxitos internacionales, derechos de televisión, gestión de los ingresos del estadio…) establece un rango de máximos y mínimos:
Y finalmente un valor medio:
¿Es un cálculo certero, atinado? Mi percepción como aficionado es que el Manchester United y el Barça deberían estar varios puestos más abajo, en especial los catalanes por el impacto reputacional que debería sufrir por todas sus tropelías «laportianas», pero no parece afectarle. Así que para contestar a mi pregunto, voy a comparar con algunos precios de venta recientes:
Valor de venta del Chelsea en mayo de 2022: 4.970 mill. euros. Un 60% más que el informe de Football Benchmark, y aquel fue un dato real.
Mi «yo» aficionado puede pensar muchas cosas respecto a este informe, pero mi «yo» financiero tiene una idea clara: difícilmente invertiría en un club de fútbol.
Clint Eastwood cumple hoy 95 años, casi nada. Una longevidad tan lúcida y bien llevada como la del artista de más edad que (posiblemente) ha pasado por este blog, Kirk Douglas, quien alcanzó los 104 años. Cuando uno ha vivido tanto como un siglo, o se acerca, lo normal es que acumule decenas de experiencias, películas, aciertos y errores, éxitos y fracasos, premios y, también, críticas feroces. Y controversias. Unas cuantas, claro que sí. El post de hoy versará sobre las diferentes facetas de este cineasta total (actor, director, productor, coguionista, músico) a lo largo de su extensa carrera.
Lo bueno de Clint – el creador
Sin duda fue un error generalizado en Hollywood y de buena parte de la crítica, pero a Clint Eastwood solo se le empieza a reconocer su valía cuando se pone tras la cámara para dirigir peliculones uno tras otro, a veces dos al año. No solo eso, sino que ha ejercido labores en la producción (Malpaso Productions), interviene en los guiones, y hasta se atreve con la composición musical. Aun con todo este bagaje, sus primeras obras no pasaron de tener un reconocimiento menor, como si fueran trabajos aseados realizados por un actor reconvertido a director. El fuera de la ley, Ruta suicida, Bronco Billy, Firefox…
A mediados de los ochenta realiza un wéstern magnífico, más propio de otra época, El jinete pálido (1985), y ese «predicador» sin nombre logra por fin la atención de la crítica especializada, aunque, quizás por el género, todavía no se le considerara en serio. Un año después realiza El sargento de hierro, tan divertida como políticamente incorrecta, y para buena parte de la crítica de la época no deja de ser el mismo justiciero fascista de siempre en su filmografía. Con Bird (1988), la biografía del saxofonista Charlie Parker «Bird» se ganó el favor de los escépticos. Y un Globo de Oro como director.
Su carrera pasa a ser otra, se lanza a por obras variadas, como Cazador blanco, corazón negro, sobre las andanzas de John Huston como cazador durante el rodaje de La reina de África, pero sigue rodando algunas muy de «su estilo» como actor. El principiante, en la que interpreta al típico policía duro y experimentado que se las sabe todas. Seguro que fueron varios los críticos que pensaron: «sí, hizo Bird, pero es el mismo Harry Callahan de siempre».
A principios de los noventa se «soltó la melena», se lanzó a tumba abierta y realizó Sin perdón (1992), su consagración como director, con el reconocimiento de la Academia en los Óscar, Un mundo perfecto (1993) y Los puentes de Madison (1995). Casi nada, tres peliculones a partir de los cuales, cualquier nuevo estreno de «lo último de Eastwood» era recibido con expectación. Aquí había un cineasta inmenso, con un amplio conocimiento de todos los resortes del cine, capaz de buscar la mejor historia, ya sea real o de ficción, trabajar el guion, rodarla con maestría, interpretarla con acierto, si es necesario, e, incluso, componer la música.
Medianoche en el jardín del bien y el mal, Poder absoluto, Ejecución inminente, Space cowboys, Deuda de sangre… continúa entregando películas muy entretenidas y de temáticas variadas durante varios años, hasta que encadena otra colección de fucking wonderful obras: Mystic river (2003), Million dollar baby (2004), Banderas de nuestros padres y Cartas desde Iwo Jima (2006). Puedo cambiar mi top-5 de Eastwood a lo largo de los años, pero creo que ahí siempre incluiré Mystic river, la durísima historia sobre tres amigos (Tim Robbins, Kevin Bacon y Sean Penn), la tragedia familiar de uno de ellos y el destrozo emocional en su entorno.
Con la película sobre la tragedia de la chica boxeadora (Hillary Swank en Million dollar baby) logra su segundo Óscar como director y los principales premios de ese año (película, actriz principal, actor secundario). Si a alguien le quedaba alguna duda de lo que Eastwood era capaz de hacer, supongo que se le quitarían todas. No he visto todo lo que ha rodado en los últimos veinte años, y ha sido mucho, pero su filmografía ya era notable hasta la fecha y aun así, ha añadido otro buen puñado de películas de mucho interés. Se centra en personajes o sucesos reales (El intercambio, J. Edgar, Jersey boys, Sully, 15:17 Tren a París, Richard Jewell, El francotirador), pero no hace ascos a nuevas tramas, como a lo paranormal o lo que sucede tras la muerte, como en Más allá de la vida (2010), o al cine judicial más clásico, como en su última obra, la meritoria Jurado nº 2. De esta época, mis favoritas son Invictus (2009) sobre la reconciliación en Sudáfrica tras años de apartheid a través del rugby (gran interpretación de Nelson Mandela, digoooo, de Morgan Freeman), y esa obra maestra que es Gran Torino (2008). Demoledora. Sí, racista, clasista, incómoda, pero un puñetazo en el estómago. Con un protagonista (en principio) odioso en busca de un último acto de redención.
Lo feo de Eastwood – el actor
Clint Eastwood nunca ha tenido el beneplácito de la crítica por sus capacidades interpretativas, de hecho, cuenta con dos Óscar como director y otros dos como productor, pero nunca ha ganado un premio por sus actuaciones (apenas un par de candidaturas por Sin perdón y Million dollar baby). Comenzó como actor de televisión en los años cincuenta en la serie Rawhide, ambientada en el salvaje oeste, y aunque tuvo cierto éxito de audiencia, las críticas hacia su trabajo fueron feroces.
Por un golpe del azar a mediados de los sesenta, aterrizó en el reparto de lo que sería la Trilogía del Dólar, de Sergio Leone, y encadenó Por un puñado de dólares, La muerte tenía un precio y El bueno, el feo y el malo. Su personaje de «El hombre sin nombre» le daría fama, un nuevo sentido a su rictus característico de ojos guiñados y mandíbula apretada (con cigarro o sin él) y una popularidad que siempre agradecería a uno de los principales mentores que tuvo en los inicios de su carrera: el director italiano Sergio Leone.
A finales de la década de los sesenta, se atrevió con el cine bélico con las muy entretenidas El desafío de las águilas y Los violentos de Kelly, pero supongo que para la crítica seguía siendo él, Clint Eastwood, no un actor versátil, por mucho que, a mi modo de ver, se atrevía con nuevos retos e incluso salvó con buena nota el musical La leyenda de la ciudad sin nombre, traducción más que libre de Paint your wagon. Buena nota, o aprobado alto, como su acompañante en la aventura, ese otro tipo duro sin papa de cantar que era Lee Marvin.
El otro gran mentor de su carrera al que siempre se ha referido sería el director de Chicago Don Siegel, con el que rodaría La jungla humana (claro antecesor de Harry Callahan), Dos mulas y una mujer, El seductor y el otro gran personaje que le daría tanta popularidad como encasillamiento: Harry el sucio. Y Fuga de Alcatraz, ni más ni menos. Una colaboración de lo más productiva. Don Siegel venía de la serie B, era un director habituado a trabajar con presupuestos ajustados, a rodar las tomas justas, a saber cómo filmar la acción sin necesidad de grandes despliegues de medios ni multitud de cámaras. Según cuentan los actores que han trabajado con Eastwood, como director funciona de esta manera. Sin esas repeticiones tan «kubrickianas» y exasperantes para los actores que, además, suponen un incremento de costes para la producción. Seguramente el Eastwood productor y su bolsillo han influido también en esa manera de rodar.
Con las últimas obras de Eastwood director me pasa algo parecido a lo que me sucede con las de Woody Allen: que son mejores aquellas en las que ya no actúa, cuando solo está detrás de la cámara. No es que esté mal en sus papeles en Mula y Cry Macho, ni mucho menos. Lo que ocurre es que ese agotamiento físico se traspasa a la pantalla y posiblemente limite la trama o la acción. Su serenidad y buen hacer transmite más con el rostro de otro actor.
Clint Eastwood nunca ha ocultado sus simpatías por el partido republicano, ya sea por su apoyo en algunas campañas presidenciales, como con John McCain o Mitt Romney, o bien, al ejercer como alcalde de la ciudad de Carmel-by-the-sea, en California. Pero no ha sido un republicano al uso: fue muy crítico con Nixon y la intervención en Vietnam, igual que lo fue con las invasiones de Afganistán e Irak, o con la guerra de Corea, en la que llegó a tomar parte, aunque de manera residual. Si se le ha criticado por sus posiciones políticas quizás sea por eso tan «español» de ubicar a los cineastas en un bando o en el contrario. En Hollywood se lleva con bastante más naturalidad la compatibilidad entre las opiniones de un director o actor y poder disfrutar de su obra.
Quizás en el caso de Clint Eastwood haya habido una confusión «errejoniana» entre la persona y el personaje, entre el político republicano y los papeles que interpretaba en la gran pantalla. No hay más que dar un repaso a las películas que he mencionado para comprobar que muchos de los personajes interpretados por el bueno de Clint son unos redomados fascistas sin respeto alguno por la ley que todo lo arreglan sacando el revólver con rapidez. Y quizás haya quien viera al actor como el justiciero William Munny de Sin perdón, como ese sargento de hierro chusco, malhablado y políticamente incorrecto, o como ese Harry Callahan que anima a los delincuentes con su «alégrame el día» a que le den una excusa para poder desenfundar el Magnum 44. Sin embargo, el Clint de la vida real ha hecho campaña toda su vida por el control y registro de las armas de fuego, así como por la prohibición de las armas de asalto, lo que dista mucho de las posiciones de los ultraconservadores de la NRA.
Por lo que he leído a Clint Eastwood en entrevistas es un tipo con cultura, con un profundo conocimiento del cine, y una persona muy alejada de los personajes racistas de Harry Callahan o de Gran Torino. Varias de sus obras plantean debates sobre asuntos de actualidad en los que su resolución dista mucho de querer defender las posiciones más conservadoras de su partido: la pena de muerte (Ejecución inminente), la intervención en Irak (El francotirador), que comienza con las mentiras de George W. Bush para justificarla, las cloacas del FBI (J. Edgar) y la presidencia (Poder absoluto), o la eutanasia (Million dollar baby).
Siempre me han gustado sus películas. Como actor, como director y por lo que plantean, así que solo me queda desearle un muy feliz y activo happy birthday!
Maus llegó a mi conocimiento de una manera poco convencional, pues no lo hizo por la propia obra en sí, de la que no sabía nada, sino por el reconocimiento de un premio de prestigio como el Pulitzer. En 1992, la novela gráfica de Art Spiegelman (Estocolmo, 1948) consiguió un galardón especial del jurado de los Pulitzer por el tratamiento tan original que dio a su relato sobre el holocausto judío y la supervivencia de su padre en ese horror. Lo hace de una manera muy poco convencional, pues emplea animales con forma humana, y lo envuelve todo con un humor amargo que se mezcla con la tristeza que empapa toda la historia. Fue el primer cómic que obtuvo este prestigioso premio, una distinción a la que, desde este año, le acompañará Feeding ghosts, de Tessa Hulls.
Maus se publicó en tiras cómicas entre 1980 y 1991 en la revista Raw, y, como libro, en dos partes: Mi padre sangra historia (1986) y Y allí empezaron mis problemas (1991). Los judíos son representados con forma de ratas y sus captores, los alemanes, lógicamente son gatos. Los polacos son cerdos, los franceses aparecen como ranas y los norteamericanos son perros. Esa equiparación judío-rata podría parecer un arranque desafortunado, algo que provocara el rechazo inmediato del lector, pero precisamente el origen de esa equiparación viene del propio nazismo y de la brutal campaña de deshumanización que iniciaron los líderes del partido hacia este colectivo. El libro comienza precisamente con la famosa frase de Hitler:
«Sin duda los judíos son una raza, pero no humana»
Adolf Hitler
Los judíos eran comparados con ratas y con parásitos que transmitían enfermedades, y esa deshumanización fue fundamental para que un pueblo culto y formado como el alemán apoyara una barbarie que comenzó mucho antes de los campos de exterminio: con el arrinconamiento en guetos, la pérdida de derechos de los judíos, la consideración como ser inferior. En su momento generó mucha polémica y el propio autor dudó acerca de si su elección era una manera adecuada (o afortunada) para tratar una historia como la de los prisioneros de Auschwitz, como manifiesta en el propio libro, pero siguió adelante, entre otras razones, porque le parecía imposible dibujar con hombres y mujeres algunas de las escenas que quería contar: las cámaras de gas, los cuerpos amontonados, la extrema delgadez… la violencia de los captores.
Maus desarrolla dos tramas diferenciadas en dos momentos y dos lugares bien distintos:
La relación de Art con su padre Vladek a principios de los ochenta en Estados Unidos, mientras le pide que le cuente historias acerca de Auschwitz, su madre, el hermano al que no conoció pues falleció allí y cómo logró sobrevivir. Nos muestra una relación difícil debido al carácter del padre: egoísta, tacaño, cutre, arisco, pero también machista y racista, como nos mostrará en algún episodio. Da la impresión de que salió de Auschwitz, sí, pero Auschwitz nunca salió de él.
La propia vida en Polonia a finales de los treinta y principios de los cuarenta: la llegada de los nazis, la manera de escapar en un primer momento para poder mantener su tren de vida, los guetos, los escondrijos tan inverosímiles para sobrevivir unos meses más y, finalmente, el internamiento en Auschwitz. La lucha por la supervivencia.
Podría haber una tercera línea argumental, que es la del propio autor, Art, y sus dilemas internos. Primero, para superar el suicidio de su madre Anja en 1968, un episodio que no oculta y que le atormenta, como cuenta en la breve historia de tres páginas que incorpora a la propia novela, Prisionero en el planeta infierno, y en segundo lugar, las conversaciones con su psiquiatra y con su mujer acerca de si debe continuar con esta obra o no. El dilema moral al que se enfrenta y el modo escogido para hacerlo. El propio autor se contesta con una frase de Samuel Beckett, para, a continuación, decir: «sí, pero la dijo».
La obra resulta contundente, precisa y profusa en las explicaciones, sin obviar las cámaras de gas, los barracones, las literas repletas de cuerpos hacinados, los trenes o las explicaciones sobre los zulos que utilizaban las familias para esconderse en el gueto. La casa de Ana Frank en Ámsterdam (una visita que merece la pena hacer cada vez que vayas por allí) te viene de inmediato a la cabeza, si bien, algunos de los alojamientos de Vladek y Anja resultaban aún más complejos y pequeños. Alguno, aún más inhumano, como el basurero. O las célebres chimeneas de Auschwitz, la manera de salir física y (valga la metáfora) espiritualmente de aquella pesadilla.
La historia avanza como el propio nazismo en Europa durante aquellos años, y la sombra de la esvástica se cierne sobre las familias, como algo que ya «está ahí» y se va a llevar por delante a esas familias adineradas, de cuyas tragedias vamos sabiendo a medida que la historia se desarrolla.
Nada más comenzar la obra, olvidas de inmediato que estás leyendo una historia de «gatos y ratones», o de hombres y mujeres tras una máscara, igual que en tantas películas de Disney o en la Rebelión en la granja de Orwell. Es todo tan real, tan humano o inhumano, como lo que hemos visto en La lista de Schindler, El pianista, La zona de interés, en exposiciones, visitas o en tantos documentales sobre la época.
De hecho, la catalogación de la obra por el New York Times provocó una divertida polémica del autor con el diario en el que confiesa estar encantado de aparecer en su lista de best-sellers, pero que «el deleite se convirtió en sorpresa, sin embargo, cuando advertí que aparecía en el apartado de ficción». La carta es una delicia que descubrí recientemente (gracias, Jorge Corrales) y que merece la pena leer si sabes inglés.
«Ficción significa que la obra no es factual, verídica», dice Spiegelman. Luego habla del terreno fronterizo que separa la ficción y la no ficción, de todos los detalles que da acerca de los campos de concentración o de cómo construir un búnker, y que se estremecería de pensar que las memorias de su padre en la Europa de Hitler y los campos de exterminio fueran clasificados como ficción. «Entiendo que dibujar a las personas con cabezas animales puede plantearles problemas de taxonomía. ¿No podrían considerar añadir una categoría especial de «no ficción de ratones» en su lista?».
Finalmente se registró en el apartado de no ficción para el editor, que mencionó otras fuentes como «Memorias, historia» en Pantheon Books o la biblioteca del Congreso de Estados Unidos, donde quedó incluida en esa misma categoría de no ficción.
Sea lo que sea, una obra de no ficción con ratones, o con personas que llevan máscaras para distinguirse por razas o especies, como hacían los propios nazis con los brazaletes, es una aproximación veraz y casi en primera persona de lo que sucedió. El autor nos devuelve a la «humana» realidad en algunos episodios cuando muestra las fotos de su padre en el campo o del hermano al que no conoció, el pequeño Richieu, que falleció en el campo, como toda la familia de Vladek. Solo sobrevivió Anja, con quien se reencontraría tiempo después de la guerra, tras varias vicisitudes por Polonia, Austria o Suecia.
La novela gráfica de Art Spiegelman no sorprende por su crudeza, ya vista en otros formatos, sino por su similitud en varios puntos con otras famosas obras ambientadas en los mismos escenarios. El hombre en busca de sentido, de Víctor Frankl, y Si esto es un hombre, de Primo Levi, vienen a la mente del lector de inmediato, por lo que cuentan sobre la deshumanización de los judíos que tan bien lograron los nazis, el adormecimiento de las emociones, la lucha feroz por la supervivencia, incluso con el semejante, o cómo la humillación contribuía a rebajar aún más una autoestima que ya estaba por debajo de los barrizales polacos. También coincide con ambos textos en que los prisioneros tenían una sola motivación para sobrevivir y no lanzarse contra la alambrada, que no era otra que volver a ver a los suyos, a su mujer, a su hijo, a lo poco que les aferraba a este mundo.
He buscado en el libro de Víctor Frankl algunas frases y parecían calcadas o resumidas por Spiegelman en Maus: «Por lo general, solo se mantenían vivos aquellos prisioneros que, tras varios años de tumbos de campo en campo, habían perdido todos sus escrúpulos en la lucha por la existencia (…). Los que hemos vuelto de allí gracias a multitud de casualidades fortuitas o milagros -como cada cual prefiera llamarlos- lo sabemos bien: los mejores de entre nosotros no regresaron».
«Fruto de las convicciones personales que más tarde mencionaré, la primera noche que pasé en el campo me hice a mí mismo la promesa de que no me lanzaría «contra la alambrada». Esta era la frase que se utilizaba en el campo para describir el método de suicidio más popular: tocar la cerca de alambre electrificada».
La historia de los campos de concentración y exterminio es terrible, una lacra que la humanidad no olvida y no debe olvidar. Hacen bien los judíos en recordar su historia y su sufrimiento, y son perfectamente conocedores de que el primer paso para que una brutalidad así sea posible es desposeer al enemigo de su condición humana. Lo sabe muy bien Ariel Sharon, igual que los ministros y partidarios de su gobierno, quienes tratan de desposeer de tal condición a los gazatíes, sin derechos, sin agua, sin comida, sin sanidad, para luego, con la excusa de la guerra contra los terroristas de Hamás, justificar el exterminio de toda una población. Parece mentira, pero no es algo que haya pasado hace ochenta años, sino hoy, ayer, la semana pasada.
A finales de los ochenta, un escándalo de corrupción pasó a ocupar las principales portadas de los medios y nos dejó a todos con la boca abierta: «¿me estás diciendo que el hermano del vicepresidente de gobierno tiene un despacho en una sede oficial de la delegación del gobierno en Andalucía para recibir empresarios y ejercer «labores de representación»? ¿Pero esto qué coño es?».
La bola de nieve, o de mugre, comenzó a crecer, ocupó horas en radios y televisiones, centenares de páginas en los periódicos, diálogos bochornosos en el Congreso, y acabó con una serie de investigaciones por cohecho, fraude fiscal, prevaricación, malversación de fondos y usurpación de fondos que terminaron en los juzgados. Todo ello provocó la dimisión de Alfonso Guerra en enero de 1991, hoy «rehabilitado» para buena parte de la opinión pública por su defensa de un socialismo muy diferente al de Pedro Sánchez. Es curioso que tuvieran tanto parecido a la hora de colocar a sus hermanos en puestos en la administración.
La última etapa del gobierno de Felipe González salió a escándalo diario y no recuerdo bien si el caso Guerra fue el detonante que llevó a un adelanto electoral en 1993 y a la posterior derrota en las urnas en 1996 tras una legislatura breve y agotada. A los casos Flick y Filesa sucedieron el caso Seat, la utilización de los fondos reservados, el caso Ibercorp, los GAL, el caso Urralburu, la huida de Roldán, el fraude del BOE, los «agujeros» de la Expo 92… Aquello era insoportable.
Muchos comenzamos a saber aquellos años qué era eso del «tráfico de influencias», hoy algo tan archiconocido que no hay semana que no nos encontremos un posible escándalo relacionado con esta práctica tan nuestra. Por momentos parece que no hay político que no tenga un hermano, primo, novio o novia, cuñao o amigo de largas veladas al que buscar acomodo a cuenta del erario público. El escándalo de Juan Guerra nos hizo saber que había quienes ejercían una labor de… ¿cómo lo llamamos, comercial, de intermediación, asesoramiento, lobby? ¿Facilitador? ¿Acelerador de proyectos? ¿Directamente, un conseguidor?
El caso adquirió tal relevancia que no se libró de una aventura del gran Francisco Ibánez en el mismo año 1991: Mortadelo y Filemón contra El atasco de influencias. Unas influencias que ejercía un tal Juanito Batalla, un parecido claramente indisimulado del hermanísimo. Era un personaje grotesco, cutre, casposo, al nivel de las fotos en calzoncillos de Luis Roldán, pero resulta que, en ocasiones, el humor es la mejor vía para contar una mierda putrefacta como aquella.
Y sin embargo, después de todos los juicios, tras la dimisión de Alfonso Guerra, ¿en qué quedó aquello? Pues sorprendentemente para la mayoría, Juan Guerra fue absuelto de todas las acusaciones por delitos de corrupción, como los casos Litomed y Comasa, o como el caso Fracosur, por el que fue inicialmente condenado, pero absuelto posteriormente por la Audiencia de Sevilla. En cuanto al que más morbo generó, el juicio por la usurpación de funciones en la delegación de gobierno, fue inicialmente condenado, pero el Tribunal Supremo lo absolvió en 1995.
Solo fue condenado por delito fiscal (que no es poco, ni mucho menos) por un importe de 42 millones de pesetas, unos 253.000 euros, un delito por el que, además, se le condenó a dos años de cárcel, pena que fue suspendida en 2002 tras una larga serie de recursos y apelaciones.
Juan Guerra desapareció durante décadas para la opinión pública y no he encontrado mucho acerca de cómo vivió esos años, pero supongo que no le faltaría de nada. Volvió a aparecer en una entrevista en televisión en febrero de 2022, en 7TV Andalucía y lo hizo para reivindicar su inocencia. Dice que pasó años terribles de persecución de los medios y que lo suyo fue «una operación de caza». Tenía entonces 80 años y una de las frases que dejó me viene a la cabeza con lo que estamos viendo desde hace meses en el mundo de la política: «hay que seleccionar bien a las personas cuando le vas a encargar algo de importancia». Eso pensaba Pedro Sánchez con Ábalos, y Ábalos con Koldo, supongo.
Pasan los años, pero algunas prácticas permanecen: el hermano de Sánchez, el novio de Ayuso, la mujer del presidente, el hermano de Ayuso, las parejas de Pablo Iglesias, las ex de Ábalos… También los juicios sumarísimos en la plaza pública. Normal, cuando todos los apegados, perdón, allegados, terminan de un modo u otro cobrando del erario público.
Lester – ¿Qué pasó con Jordy?
También a principios de los noventa, concretamente en 1992, una aparición fugaz en un programa de televisión nos sorprendió a más de uno. Y de dos. A varios millones. Un chaval de origen francés, Jordy Lemoine, de apenas cuatro años, se presentaba en un programa como «el cantante más joven del mundo». Fue un espectáculo inenarrable. El niño no tenía gracia, no cantaba, apenas se movía, ponía cara de no saber qué hacía allí, y a algunos nos dio por preguntarnos si no iban a retirar la custodia a sus padres. Le habían puesto una gorra torcida, habían «sampleado» su voz en una mesa de mezclas y le habían dicho que diera tres pasos de bebé con cierto ritmo. La canción vendió millones de discos por todo el mundo, unos seis millones de copias, según se comentó. «Dur, dur, d’etré bébé», algo así como «duro, duro ser bebé».
Los llamados talent show deberían estar vetados para niños por debajo de ciertas edades. No sé cuál, pero llama la atención ver los llantos de algunos niños cuando no son escogidos por sus cuatro quejíos flamencos mal dados porque en su lugar han elegido a gente enormemente preparada que lleva años pateándose escenarios y giras por todo el país en busca de una oportunidad. Gente con talento y mucho curro por detrás que observan anonadados cómo los aplausos van para unos críos cuyo mayor atractivo es su edad.
El problema no son los Jordys de la vida, sino los padres. Los padres de este niño francés eran una compositora y un productor musical. Entre ambos compusieron esa merdé, la mezclaron de manera conveniente con ritmos pegadizos y se dedicaron a explotar al chaval por el mundo. A los pocos meses del pelotazo sacaron un disco, Pochette surprise, y, apenas un año después, en 1993, otro, Potion magique. Había que explotar la fórmula antes de que se agotase. Hicieron una buena fortuna y trataron de repetir la fórmula: en 1995 publicaron un tercer disco, La Récréation, con el que se estrellaron. Hay público para mucha bazofia, pero no para tanta.
Los padres de Jordy pensaron que el éxito iba a durar para siempre y se habían metido en inversiones millonarias, como una atracción infantil con la imagen de su hijo, con la que se pegaron un batacazo económico descomunal y perdieron la mayor parte de su fortuna. Los padres se separaron poco después y el chaval desapareció, recuperó a duras penas el anonimato. Volvió a la escuela, como corresponde a un niño que tendría por entonces siete años y no se volvió a saber de él en Francia hasta que apareció en un programa de famosillos que cantan, supongo que una especie de Tu cara me suena o algo así.
Lo último que se sabe de él es que vive en Inglaterra y tiene una banda de rock, Jordy and the Dixies. Venderá muchos menos discos, pero estoy convencido de que vive más feliz. Es curioso, hoy, que se celebra Eurovisión, encuentro cierto paralelismo con nuestra representante, Melody. Con apenas diez años se hizo famosa en 2001 con El baile del gorila por su desparpajo y por la manera de moverse. Fue número uno en varios países, estuvo nominada a los Grammy Latinos y vendió millones de discos. Luego intentó mantenerse en el mundo de la música, pero no tuvo éxitos destacables. Los que no sabíamos nada de ella, nos la rescataron nuestros hijos en Tu cara me suena, en la edición de 2014, «Papá, ¿conoces a una cantante que se llama Melody?». Una diva poderosa, o algo así dice su canción de ahora. Apenas tiene 34 años, Jordy tiene 37, pero ambos parecen haber vivido ya varias vidas.
En el reciente post sobre los planos secuencia, hablé entre muchas otras películas de Rope (La soga), la obra casi experimental de Alfred Hitchcock en la que el director se atrevió con el reto de filmar los ochenta minutos de metraje casi del tirón, en un solo plano. Un solo plano, eso sí, con los cortes necesarios para cambiar las bobinas, es decir, cada diez minutos aproximadamente. Personalmente, me pareció una obra brillante en lo argumental, en la idea del superhombre o por el sentido del humor del retorcido profesor Rupert (James Stewart). También por la dificultad del rodaje, por mucho que el propio Hitchcock la desdeñara en el libro de conversaciones con François Truffaut.
Seguro que todos recordamos perfectamente a los tres actores principales, los dos asesinos (John Dall y Farley Granger) y el mencionado Stewart, pero, ¿qué fue del «elefante en el salón»? Toda la trama versa sobre un tipo ausente, David Kentley, sobre el tipo del arcón al que nadie encuentra durante la hora y veinte minutos posteriores a su asesinato, pero, ¿el actor se tuvo que pasar metido en el puñetero baúl los diez minutos desde que lo estrangulan hasta el cambio de bobina? ¿Y cuántas tomas fueron necesarias? Es decir, ¿cuánto tiempo total necesitó pasar en ese arcón? ¿Alguien recuerda su nombre?
El tipo en cuestión se llamaba Dick Hogan. Me imagino a ese actor que, un buen día de 1948, le cuenta a su familia y amigos que va a rodar la próxima película de ese famoso director inglés que acaba de tener éxito con Recuerda, Encadenados y El caso Paradine, todas estrenadas entre 1945 y 1947. «El mismo Alfred Hitchcock», contaría orgulloso a sus allegados. Sus expectativas estarían muy altas, más aún si hubiera visto el tráiler de La soga:
Parece que va a ser fundamental en la obra y luego, el día que todas sus amistades fueran a verlo al estreno… se encuentran con que aparece menos de cinco segundos en escena. Hala, estrangulado y al arcón. Sale mucho más en el tráiler que en la propia película, porque el tráiler se desarrolla en un parque y el propio Dick Hogan tiene frases con su prometida, que es el momento que aprovecha Hitchcock para soltar el clue, el gancho, para el espectador: «fue la última vez que lo vio con vida».
Dick Hogan nació en Little Rock, Arkansas, en 1917, y participó como secundario en casi cuarenta películas desde 1937. Según la web más completa, la de IMDb, Dick Hogan actuó en decenas de películas, posiblemente series B o C, con puntuaciones bajas por lo general:
Su biografía es bastante escueta. Cantó con la orquesta de Glenn Miller, participó en la Segunda Guerra Mundial y le llegó su gran oportunidad con Alfred Hitchcock. Completo yo el hueco de la biografía: apareció cinco segundos en pantalla, acabó con claustrofobia crónica y abandonó el cine completamente asqueado de su primera experiencia en una producción importante. Echo de menos una entrevista con este tipo.
Para encontrar algo más de información sobre él, o una explicación de sus motivos, he tenido que recurrir a la versión inglesa de la Wikipedia. Dick Hogan dejó Hollywood y se volvió a Little Rock, donde trabajó hasta su jubilación como agente de seguros. Falleció en 1995 en el mismo lugar en el que nació y en el que se ganó la vida como agente. Todo de lo más anodino, pero supongo que le encantaban los espacios abiertos que allí encontró.
Barney – ¿Qué pasó con Slobodan Jankovic?
Recuerdo una entrevista hace años al cantante Phil Collins en la que decía que su vida, «en un momento dado, descarriló». Pero no era capaz de determinar el momento, si las adicciones, la separación, la enfermedad… Me hizo pensar en si la palabra estaba correctamente elegida. La vida de Phil Collins tomó caminos equivocados, a veces los recondujo, volvió a errar, pero un descarrilamiento es algo distinto. Es un accidente. Es una tragedia que puede durar un segundo y lleva al traste un tren, o una vida que hasta ese momento marchaba por la vía correcta.
Acaban de cumplirse 32 años del «descarrilamiento» por el que conocí, o conocimos los más aficionados al baloncesto, la historia de Slobodan Jankovic. El 28 de abril de 1993 se jugaba el cuarto partido de la semifinal de la Liga griega entre el Panathinaikos y el Panionios, equipo en el que jugaba la estrella yugoslava. El vídeo de YouTube que precede a este texto tiene las escalofriantes imágenes que tanto nos impactaron en su día. Siguen haciéndolo hoy, cada vez que las revivo: el jugador anota una canasta, pero el árbitro la anula y le pita falta en ataque. La quinta, para más señas, con lo que es eliminado. Con el cabreo del momento, el jugador suelta un cabezazo de rabia contra el soporte de la canasta y cae fulminado. Por aquel entonces, las canastas carecían de protectores acolchados, algo que comenzó a ser obligatorio tras la desgracia de Slobodan.
El jugador fue atendido de inmediato por el equipo médico y en su rostro se observa el terror. La sangre le caía a borbotones, pero lo que le asustaba era que no sentía las piernas y apenas los brazos. No dejaba de repetir sobre la propia cancha de juego: «me voy a morir, me voy a morir». Se fracturó una vértebra cervical y no volvió a caminar en su vida. Entonces tenía 29 años y era el mejor jugador del equipo griego, donde había llegado huyendo de los conflictos en la antigua Yugoslavia. En el país que dejó de existir a principios de los noventa (recordad Hermanos y enemigos) había jugado en el Estrella Roja de Belgrado hasta su fichaje por los griegos. En Grecia se volcaron con él y con los intentos de recuperación. Los directivos del club, numerosos aficionados, incluso el presidente del Panathinaikos, Pavlos Giannakopoulos, contribuyeron con fondos para costearle una posible rehabilitación en Londres. No fue posible y permanecería en silla de ruedas hasta el final de sus días.
Nunca reprochó nada a nadie por su desgracia, mucho menos al árbitro, como le preguntaron en alguna entrevista. Jankovic se consideraba un guerrero y no quería que nadie le compadeciera. Aquella desgracia era fruto de su manera de entender el deporte, como un combate, como una guerra. El vídeo en el que se muestra su reacción furibunda ha sido usado como ejemplo para prevenir conductas agresivas en los jóvenes y también en algunos manuales del ejército griego para hablar de autocontrol.
Una de las últimas veces en las que se le vio con vida fue durante el Eurobasket celebrado en Serbia y Montenegro en 2005, cuando acudió a ver algunos de los partidos. El 28 de junio de 2006 falleció de un infarto y a su funeral asistieron numerosas leyendas del baloncesto balcánico: Zarko Paspalj, Rebraca, Dragan Tarlac… También uno de sus rivales en la cancha, el gigante Panayotis Fassoulas.
Hogan, Jankovic y los momentos puntuales que cambian una existencia.