Islandia (IV): la Ring Road en autocaravana

No lo dudes. Si estás leyendo este texto porque tienes idea de recorrer Islandia y no te apetece nada alquilar una autocaravana porque nunca has conducido una, repito, no lo dudes, deja tus temores a un lado y hazlo. Yo me negué durante meses, por miedo a un accidente, por dudas, por desconocimiento, por la pereza que me daba un camping, por muchas razones. Busqué alternativas con coche de alquiler, hoteles, apartamentos o granjas que alojaban huéspedes, y al final, por logística, pero también por precio, terminé, terminamos, alquilando una. Y lo disfrutamos. No nos arrepentimos ni un segundo.

Las autocaravanas (motorhome) que se alquilan en Islandia tienen espacio para cinco adultos de manera cómoda, quizás hasta para seis personas si son menores, pero que la convivencia funcione dependerá de lo bien avenidos que estén en esa familia. La que reservamos nosotros medía 7,3 metros de largo y 3,2 de alto, un bicho grandote. La razón de que recomiende la autocaravana para visitar Islandia es que el país está muy preparado para ello: no hay pueblos de callejuelas estrechas como en España, no hay ramas de árboles en mitad de las carreteras, ni túneles o puentes bajos, hay campings en los principales destinos y los aparcamientos junto a los lugares de visita más importantes son amplios y con espacio suficiente para los que llegamos con esos monstruos de siete metros de largo.

La única pega es que no puedes recorrer las pistas forestales, ni meterte por ciertos caminos de cabras que llevan a lugares sorprendentes del interior, normalmente volcanes. Pero hay tanto por ver en la Ring Road, la carretera que da la vuelta a la isla, que solo ese recorrido merece mucho la pena. La variedad de paisajes es sorprendente: cascadas, praderas de un verde intenso, glaciares, campos de lava, volcanes, cráteres de volcanes inactivos, pueblos de pescadores, fiordos, acantilados, playas de arena negra… Un plató de rodaje único, como decía el post de Travis.

Comenzamos el recorrido en la capital, Reikiavik, y lo realizamos en el sentido contrario a las agujas del reloj. Algunos blogs de viajes indican que no es lo más recomendable porque ves lo más interesante (en teoría) al inicio y eso hace que el final del círculo pueda no resultar tan llamativo, pero nosotros seguimos el sentido habitual. Y no estoy de acuerdo con que el interés decayera en la última parte del viaje.

Hicimos un recorrido muy parecido al que figura en la web capturetheatlas.com y es una referencia bastante válida para organizar las etapas, si bien luego, como en casi todos los viajes, merece la pena improvisar un poco y salirse de esos caminos aparentemente establecidos.

El primer día, salvo que hayas volado temprano, que no es lo habitual, se te va el día entre la llegada al aeropuerto de Keflavik, la recogida de la motorhome y la adaptación a la misma. Dónde colocas todo, cómo organizas los lugares para dormir, quién se encarga de la cocina y quién de los suministros al llegar a un camping… Si los chavales no hubieran asumido varias de estas tareas, el agradable viaje se habría convertido en una pelea continua. Porque hay poco espacio, por mucho que parezca amplia, porque resulta imposible ducharse en ese cuarto minúsculo o ayudar en la cocina o el orden cuando ya hay alguien de pie junto al fuego.

Reikiavik no tiene la belleza de las grandes capitales nórdicas como Estocolmo, Tallin, Copenhague o San Petersburgo, pero tiene su encanto. Hace mucho que dejó de ser la ciudad que definió Julio Verne en su Viaje al centro de la Tierra, hace unos 160 años, una ciudad de campesinos y pescadores que vivían en casas con césped en el tejado y que comían “sopa de liquen, nada desagradable, por cierto, y como segundo plato, una considerable cantidad de pescado seco, nadando en mantequilla agria. Había, además, skyr, especie de leche cuajada y sazonada con jugo de bayas de enebro, y para beber, un brebaje compuesto de suero y agua, conocido en Islandia con el nombre de blanda”. Intenté repetir el menú del profesor Lidenbrock, pero solo encontré el skyr, yogur que ahora tiene su fama bien ganada entre los jóvenes por su alto contenido proteínico.

El llamado Círculo de Oro de Islandia es un aperitivo de la variedad de paisajes que vas a encontrar. Junto a la enorme falla de Almannagjá, donde se observa la separación de las placas tectónicas norteamericana y euroasiática de la tierra durante kilómetros, se sitúa Pingvellir, la explanada en la que se constituyó (dicen) el primer parlamento moderno, hace unos mil años, en el lugar en el que se reunían los jefes de los doce clanes de la isla para establecer las normas que habían de regir. En el camino encuentras cascadas como la de Gullfoss, una de las más espectaculares (frase que repetirás media docena de veces), el lago Pingvallavatn o el campo de géiseres de Geysir. Puede que géiser sea la única palabra del islandés que ha llegado a los idiomas más populares del mundo. Cada cinco o seis minutos, el subsuelo eructa y exhala un chorro de unos quince metros de altura en mitad de un campo en el que hay varias pozas malolientes más.

Si continúas el camino hacia el sur, a la península de Grindavik, te toparás con una de las coladas más recientes, de marzo de 2024, sobre la propia carretera, y junto a la Blue Lagoon, una de las atracciones que recomiendan en todas las guías, pero que puedes ver desde la cafetería sin necesidad de que te peguen un sablazo. Claro que, si lo que te apetece es un baño en aguas termales de un azul turquesa no natural (mejor leer sobre su origen), adelante, el sitio es de lo más original.

Campos de lava, lagos como Kleifarvatn, otro campo de pozas hediondas como Seltún, el sur tiene paisajes de lo más variado. Y por supuesto, impresionantes cascadas, como Seljalandfoss y Skogafoss. Dormimos en el camping junto a esta última, un camping al que la palabra austero le viene grande, pero el sitio es sobrecogedor, tanto como el sonido del agua cayendo durante toda la noche. Sí, nadie “cierra el grifo de la cascada” durante la noche y el caudaloso torrente se despeña durante las veinticuatro horas del día.

Como decía al inicio, a veces conviene salirse un poco del circuito establecido y nosotros encontramos una serie de lugares atractivos a pocos kilómetros de la ruta principal. Sitios como Keldur, uno de los pocos pueblos que conserva viviendas originales de los pobladores vikingos, o Viti, el cráter de un volcán inactivo. Si quieres una piscina de agua caliente (no tanto como las termales, pero muy agradable) en mitad de las montañas, desvíate hasta Seljvallalug. Las motorhome son robustas y aguantan ese camino infernal.

Antes de llegar a las playas de arena negra, bordeando el país por el sur, conviene desviarse a una de mis excursiones favoritas: la caminata al glaciar de Solheimajokull. Parece mentira que en un simple vistazo confluyan el negro de la arena, más bien cenizas volcánicas, con el blanco del hielo del glaciar. Todo ello junto a una laguna que refleja ese contraste tan… cinematográfico: blanco, negro y una infinidad de grises.

Dyrholaey, Vik, pero sin duda, la playa más famosa del sur es la de Reynisfjara, famosa por ser considerada la más peligrosa del mundo (de ahí que esté prohibido bañarse) y porque su paisaje, junto a la pirámide de columnas basálticas, ha sido difundido ampliamente por los seguidores de Juego de Tronos. El sonido de cada ola advierte del peligro, pese a lo cual, casi todos los años engulle a algún incauto.

Este post no pretende ser una guía de viaje, hay blogs mucho más extensos y detallados, pero sí intento ayudar con algunos pequeños detalles que a mí me llamaron la atención, como el camping de Skaftafell, el mejor para nosotros. Por el enclave privilegiado, junto al glaciar de Svinafellsjokull con el que inicio este post, por las facilidades, la amplitud del espacio, la belleza del entorno, ¡por todo! Merece la pena darse una vuelta por las montañas cercanas antes de dejar el camping, las cascadas de Hundafoss y Svartifoss, y a los pocos kilómetros de salir, dar una vuelta al pie del glaciar. Si tienes tiempo, por supuesto, merece la pena caminar por el hielo de Svinafellsjokull, claramente en recesión a juzgar por el rastro sobre las laderas de las montañas cercanas.

De vuelta a la Ring Road, terminas llegando a dos de los puntos turísticos principales de la isla, que están juntos, separados únicamente por una carretera y un puente bajo el que se puede caminar: la laguna de Jokulsarlon y la Diamond Beach. El que quiera saber más de este espectacular lugar y contemplar unas fotos profesionales inigualables, le recomiendo que se dé una vuelta por el blog de mi amigo Diego, Islandia en Los viajes de Lola Flores. La única pega de este lugar es el tiempo: lo normal es que haya viento, lluvia lateral, frío gélido, fuerte oleaje… Y unos paisajes increíbles: icebergs en el lago, figuras de hielo sobre la arena negra de la playa, los famosos “diamantes”, y colores de todo tipo. Tuvimos que ir dos días, porque el primero nos estrellamos con un tiempo tan hostil que desistimos, pero, como no hay mal que por bien no venga, nos permitió disfrutar de una de las bondades de la autocaravana: guarecerse, cambiarse de ropa de inmediato y ponerse algo seco… y ya de paso, calentarnos unas latas de fabada y comer calentito. Momentazo.

Ambos sitios merecen mucho la pena, en especial con un tiempo acogedor, como el que encontramos al segundo intento, en el que nos lanzamos a la excursión en vehículo anfibio por la laguna. Cara, pero, como dijo la guía, “el paisaje es único e irrepetible”, porque los icebergs cambian de forma y tamaño cada noche. Se desgajan partes, se derriten, se mueven, y en función de la luz y el momento del día, cambian de color.

A estas alturas del viaje, cuando comienzas a subir por el este, llevas la mitad de los días, pero apenas un tercio del camino recorrido y algunas guías recomiendan volver hacia Reikiavik, pero yo aconsejo lo contrario. Parar en el pueblo costero de Djupivogur, comer en alguno de los dos cafés-restaurantes con vistas al puerto y seguir, recorrer los fiordos del este, por muy impronunciables que sean sus nombres. ¿Que termina en fjordour el nombre del sitio? Pues adelante. Así hasta llegar a Egilsstadir o a Seydisfjordour, cualquiera de los dos es un buen lugar para descansar tras un día viendo acantilados y carreteras sinuosas de costa.

En la mayoría de los pueblos hay unas piscinas municipales de muy buena calidad, alguna excelente, con agua caliente. Por mucho que haya siete u ocho grados de temperatura ambiente, y por poco que te apetezca a última hora de la tarde, date un baño largo en la piscina local. A la media hora pasarás sin problema de la de 42 grados a la de 6, y de esta, tras uno o dos minutos, yo no aguanté más, de vuelta a la de agua caliente.

Si hubiera hecho caso de algún blog o de alguna recomendación, nos habríamos perdido todo lo que hay en el norte de camino al lago Myvatn, otro de los puntos referentes del país. Como la cascada Dettifoss, la más caudalosa de Europa. En los alrededores del lago, el cráter del volcán Viti, el apestoso campo de fumarolas de Hverir o el campo de lava de Dimmuborgir, cuyas formaciones realizan cuevas, arcos y columnas de todo tipo. Los paisajes son de lo más variado, con las aguas azul turquesa del lago, las montañas grisáceas al fondo, los llamados pseudocráteres de Skytos y, si tienes suerte, como nosotros, una aurora boreal a medianoche.

Los pueblos del norte tienen cierto atractivo, en especial por su ubicación, junto a profundos fiordos que se introducen en la tierra. Husavik es el pueblo de pescadores que aparece en la peli esa infumable de Fire Saga/Eurovisión, pero es un pueblecito agradable para perderse una temporada y salir a ver ballenas en barco. Según continúas por la Ring Road hacia el oeste, te encuentras paisajes marcianos en los que Matt Damon se perdería y otra enorme cascada más, Godafoss. Llegados a este punto, comienzas a ser consciente de que te queda poco viaje, aún varios centenares de kilómetros hasta devolver la motorhome, pero la sensación de tristeza al llevar tres cuartas partes de vuelta a la isla. Pero aún hay mucho por disfrutar. Si te desplazas más al norte puedes alcanzar Hofsos, junto a otro fiordo, un pueblo con la mejor piscina de agua infinita de la isla, y según comienzas a descender al sur, pasas por Akureyri o te puedes pegar otro chapuzón en mitad de una colina unos kilómetros antes. Aquí ya se habían cansado de poner nombres, y a la cascada la llamaron simplemente Foss.

El recorrido regala un último tesoro al viajero: la península de Snaefellsness, donde se sitúa el origen de la aventura de Julio Verne. Una vasta extensión que parece querer separarse del resto de la isla y que aglutina una belleza muy por encima de la media del resto del país, que ya era elevada. Nos encantó. Todo. La iglesia de mdera negra, el volcán de Julio Verne Snaefellsnessjokull con sus nieves perpetuas, el pueblo de Arnarstapi y sus formaciones sobre el mar, los campos de lava, las praderas, la vuelta por la costa y, finalmente, la llegada al camping. El único en el que tuvimos algún problema para encontrar una plaza, pero es que la zona es una maravilla y nosotros, para no perder las costumbres mediterráneas, nos presentamos cerca de las diez de la noche.

Día 10. Tocaba emprender el camino de regreso hacia Reikiavik, devolver la autocaravana, lamentarse por todos los sitios impactantes que no pudimos ver en el centro de la isla (¿queda para otra ocasión?), pero aún pasamos por otro de los lugares más fotografiados de la isla, de nuevo por Juego de Tronos: Kirkjufell y las dos cascadas. No he visto la serie, pero eso no me impidió disfrutar de las vistas, como de todo el país. Una maravilla, muy recomendable.

Travis – Islandia (I): un plató de rodaje único.

Josean – Islandia (II): caída y recuperación.

Barney – Islandia (III): el éxito del deporte en un país minúsculo.

Lester – Islandia (IV): la Ring Road en autocaravana.

Islandia (III): el éxito del deporte en un país poco poblado

¿Éxito? Voy a hablar de un país que apenas ha logrado cuatro medallas en toda la historia de los Juegos Olímpicos, así que me pregunto si éxito es la palabra adecuada para titular este post. Y he decidido mantenerla para tratar de explicarme.

Niza, junio de 2016. Partido de octavos de final de la Eurocopa. Islandia remonta el gol inicial de Wayne Rooney y hace historia al clasificarse por primera vez en su historia a los cuartos de final del torneo continental. Dos años más tarde, hará historia de nuevo al clasificarse para la fase final del Mundial de Rusia. Algunas de las mejores imágenes que dejaron estas proezas son las que nos regalaban sus jugadores al acercarse a la grada de aficionados a celebrar la victoria con los suyos tras los partidos. No creo que una fiesta vikinga tuviera muchas diferencias con esos momentos. Tíos rubios y barbudos dando palmas y profiriendo una mezcla de cánticos de guerra y evocaciones a Odín en un idioma que provoca esguinces de lengua a quien intenta imitarlos. Lo vimos varias veces y lo gozamos con ellos, porque nadie esperaba que ganaran un solo partido en la fase de grupos, mucho menos que se clasificaran para las rondas de eliminación. La celebración se repitió en la capital, de manera igualmente impresionante. Puñetera maravilla de vídeo:

Un año antes habíamos podido ver la no menos sorprendente aparición de la selección islandesa en el Eurobasket de 2015. Dio bastante guerra a Italia, Alemania y Turquía en sus enfrentamientos directos, que perdió por diferencias menores a los 8 puntos. Recuerdo haberlos visto en el partido frente a España, más cómodo para los nuestros, liderados por un Pau Gasol que haría entonces la que puede haber sido la mayor exhibición de un jugador en el baloncesto de selecciones FIBA: sus 40 puntos en las semifinales frente a Francia. Los islandeses practicaban un juego muy dinámico, rápido, de mucho pase y transiciones rápidas, para buscar enseguida un tiro liberado de algún jugador, que siempre encontraban y que solía tener buenos porcentajes.

Tras el Eurobasket de 2015 y la Eurocopa de 2016, recuerdo haberme preguntado cómo era posible que un país que no llega a los 400.000 habitantes censados tuviera equipos nacionales, no diré potentes, pero sí dignos o notables, tanto en fútbol como en baloncesto, y un gran equipo en balonmano, el deporte nacional. ¿Cuánto se invertía en deporte para sacar tantos jugadores de un nivel más que aceptable, suficiente para competir dignamente en los campeonatos europeos?

Al contrario que los equipos de fútbol y baloncesto, la selección de balonmano islandesa nunca fue de “comparsa” en los torneos internacionales. Llegó a la final de los Juegos Olímpicos de Pekín en 2008, tras eliminar a los nuestros en semifinales, aunque no pudo derrotar a los franceses y tuvo que conformarse con la plata. Islandia logró ese día el curioso récord de “país con menos población en lograr una medalla olímpica en deportes de equipo”. Fue una fiesta nacional. Se calcula que el 80 por ciento del país presenció la final por televisión y 40.000 personas acudieron a Reikiavik a recibir al equipo tras volver de China. En aquellos momentos en que la crisis financiera había castigado de lleno al país, el equipo de balonmano sirvió como motivo de orgullo para una población islandesa en estado de shock.

No quedaron ahí sus éxitos. Son habituales en las fases finales de los torneos y en 2010 se hicieron con el bronce en el Europeo. Uno de los mejores equipos de la actualidad, el Barça, cuenta con un portero de esa nacionalidad, Halgrimsson. Nunca he sabido de dónde salen, pero lo cierto es que los jugadores islandeses de balonmano brotan como salidos de una erupción volcánica.

Tener tres equipos de nivel, cuando apenas hay cantera de la que elegir, solo puede tener una explicación: el deporte es parte de la cultura de los ciudadanos islandeses y se invierte en estructuras que lo faciliten. Si pasas por cualquier pueblo islandés de más de dos mil, tres mil habitantes, te encontrarás con unas instalaciones deportivas municipales (también las escolares) que en España solo encontrarías en ciudades siete o diez veces más grandes. Todas con piscinas de aguas termales, por cierto, emanadas de los manantiales existentes en el subsuelo. En Egilsstadir, tras bañarme en la estupenda piscina a cuarenta grados, me acerqué a ver el entrenamiento del equipo de baloncesto, que estaba en ese momento jugando con gran intensidad. No era un equipillo de profesionales, pero sus cuerpos, así como la técnica, no eran tampoco los de unos aficionados como los que nos juntamos a nuestras pachangas de fin de semana. De repente miré al entrenador, un tío moreno enorme que distaba de ser rubio vikingo como los demás. Su inglés con acento fuenlabreño lo delataba: solo podía ser español. Como así era: Salvador Guardia, pívot de 2,06 metros, 17 temporadas completas en la ACB, 11 de ellas en el Fuenlabrada. Busqué a continuación el número de habitantes de ese pequeño pueblo al norte del país y me sorprendió al ver que no llegaba a tres mil. Es un ejemplo, una mera referencia menor, pero me llamó la atención ver el nivel del equipo local en un país que no cuenta con una liga profesional.

Debido al clima del país, los deportes que se practiquen bajo techo son los que tienen mayores posibilidades de prosperar. Hay buenos campos de fútbol, siempre verdes, y cada vez hay más campos de césped artificial, pero lo que llama la atención son sus polideportivos cubiertos. El deporte forma parte de la cultura de sus habitantes, es parte de sus vidas. La mejoría que vemos actualmente en los grandes eventos es el resultado de una política gubernamental que comenzó a finales de los noventa, cuando la preocupación por los niveles de consumo de alcohol y cannabis entre los jóvenes llegó a un nivel en el que no quedaba otra que actuar. Se creó el proyecto «Juventud en Islandia» y se introdujeron una serie de medidas legislativas orientadas a prohibir el consumo de alcohol en menores, a concienciarlos acerca del problema de las drogas, por muy ¿blandas? que pudieran ser, y a tratar de reconducir su ocio en un país en el que el clima no ayuda a llevar una vida social, digamos, mediterránea.

Las inversiones en instalaciones deportivas corrieron a cargo de los ayuntamientos, pero a nadie le pareció mal que se realizaran esas inversiones, así como que se dieran ayudas a las familias para el fomento del deporte. Cada familia recibe unos 300 euros anuales para que sus hijos puedan practicar algún tipo de deporte. En un país con un nivel de vida tan elevado, puede no parecer un gran importe, pero les da para una equipación completa o para las cuotas en los equipos de la localidad. Y el deporte es, a veces, el único lugar de encuentro en común con los chavales de la misma edad. Esta estadística refleja en cifras lo que ha supuesto esa inversión en deporte para los más jóvenes:

Las cifras de consumo de alcohol en adolescentes se han reducido de manera considerable, así que esos chicos y chicas, ya no son solo rubios, altos y fuertotes, sino que ahora también son sanos. Han traído a entrenadores de otros países y han invertido en formar entrenadores que a su vez puedan dar una formación a los chavales, no con la idea de crear cracks mundiales o formar un equipo potente, pero sí al menos por los beneficios que el deporte podía traer. El éxito del programa ha levantado el interés de otros países, que se plantean replicar modelos similares, si bien no es sencillo aplicarlo en países con un tamaño muy superior. El deporte sigue siendo, en su mayoría, amateur, por eso me maravilla verlos competir contra potencias muy superiores en recursos.

Su manera de competir en los grandes torneos es la de un aficionado que lo da todo, el fútbol de siempre. La de quien sabe que es inferior, pero que ha venido a dar guerra. Que todas esas horas de entrenamiento en invierno, sin luz en la calle, con un viento del demonio y a cero grados, tienen que servir para que tu rival vea que no te vas a achantar. Por eso, cuando veo a un equipo islandés en una gran competición, cuentan conmigo entre sus seguidores.

Travis – Islandia (I): un plató de rodaje único.

Josean – Islandia (II): caída y recuperación.

Barney – Islandia (III): el éxito del deporte en un país minúsculo.

Lester – Islandia (IV): la Ring Road en autocaravana.

Islandia (II): caída y recuperación

La primera parte de esta serie, sobre esa isla al norte «muy norte» de Europa, concluía con la referencia a Inside job, el documental ganador del Óscar, cuyo principio se centraba en la quiebra total del país y de cómo su impacto arrastró a pérdidas millonarias a una serie de bancos europeos, principalmente holandeses. A todos nos sorprendió cómo un pequeño país, con una población de un número aproximado al de Bilbao, podía poner en riesgo buena parte del sistema bancario europeo.

En cierto modo, y salvando las distancias, la enorme influencia de Islandia sobre el resto de Europa en comparación con su teórico peso geopolítico es parte de su historia. La erupción del volcán Eyjafjallajökull en abril de 2010, con la consiguiente emisión de cenizas volcánicas y gases a la atmósfera, provocó el colapso del espacio aéreo en buena parte del norte de Europa durante quince días. Más de diez millones de viajeros se vieron afectados y las aerolíneas calcularon que sus pérdidas rondaban los 1.300 millones de euros. Una minucia si las comparamos con las consecuencias de esa otra gran erupción volcánica que algunos historiadores consideran clave para que estallara la Revolución Francesa. El volcán Laki, situado al sur de la isla, entró en erupción en 1783, y estuvo emitiendo gases y cenizas durante ocho meses. La quinta parte de la población islandesa falleció en ese tiempo debido a la hambruna y la contaminación (tenía unos 50.000 habitantes por entonces). Sus efectos fueron devastadores y se expandieron como la lava volcánica, arrasando todo a su paso. Las enormes nubes tóxicas se desplazaron por toda Europa y provocaron pérdida de cosechas, problemas respiratorios en la población, nuevas hambrunas y una disminución de las temperaturas que los científicos calculan en cercana a un grado centígrado. Los efectos tardaron años en desaparecer y, según algunos artículos, el descontento de la población francesa con sus monarcas fue en aumento. No ayudaron las frivolidades de María Antonieta acerca de la hermosura de la nieve que cubría las calles. Entre la falta de alimentos, las subidas de impuestos al pueblo y el dispendio de los nobles aquello acabó como (lógicamente) debía acabar: con la guillotina.

Así que Islandia parece un lugar perfecto para la metáfora sobre el aleteo de una mariposa en Hong-Kong y el huracán en Nueva York. En el terreno financiero, Islandia fue un ejemplo perfecto del agilipollamiento que invadió a muchos «expertos» a principios de este siglo, basado en esa idea absurda de que el endeudamiento excesivo era maravilloso porque los activos adquiridos se apreciaban anualmente y siempre valían más que la deuda que los soportaba. Lo llamaban apalancamiento y si no estabas convenientemente apalancado, tu empresa valía menos. Los bancos islandeses llegaron a acumular pasivos de 86.000 millones de dólares cuando el PIB de todo el país apenas alcanzaba los 13.000 millones. El (jodido) desapalancamiento posterior supuso un enorme sacrificio para toda la población: la corona islandesa cayó más del 60% y el PIB del país disminuyó en torno al 14% en dos años. El paro se cuadruplicó en un país en el que apenas existía y se pasó del 2% al 8%. Entre unas cosas y otras, muchos ciudadanos perdieron sus ahorros y sus casas.

Sin embargo, al contrario de lo que se hizo en la mayoría de los países europeos, la receta islandesa fue otra. En lugar de rescatar a los bancos privados con dinero público, se dejó que quebraran los tres grandes bancos que habían provocado ese enorme agujero de deuda: Glitnir, Landsbanki y Kaupthing. Sus directivos fueron procesados y 38 de ellos fueron condenados a penas de cárcel. No solo se devaluó la moneda, sino que se establecieron estrictos controles de capital para evitar la salida de divisas, una especie de «corralito» impropio, pero que fue la única manera que encontraron sus dirigentes para no quebrar por completo. Se pidió un crédito al Fondo Monetario Internacional, finalmente firmado por 2.100 millones de dólares, más otros 2.500 millones en préstamos de países escandinavos, algunos tan sorprendentes como Islas Feroe (50 millones, el 3% de su PIB). Los islandeses, como buenos nórdicos que son, cumplidores y eficientes, lo devolvieron en 2015. De manera anticipada, todo lo opuesto a tantas semi-democracias en países africanos o latinoamericanos (según los líderes del momento), que viven en esa permanente crisis de deuda y refinanciaciones.

En aquellos años de penuria que sucedieron a la crisis financiera de 2008, me dio cierta envidia ver la gestión de los islandeses. Retrasaron la aplicación de algunas medidas de ajuste para dar tiempo a que los ciudadanos pudieran absorberlas y «adaptarse». Aun así, hubo que acometer importantes recortes en sanidad, educación y pensiones, nada que no ocurriera en el resto de Europa. Los nuevos gestores del país tuvieron que subir impuestos como el de la renta o el que gravaba el alcohol, pero en su mentalidad nada mediterránea, a los ciudadanos no les quedaba más remedio y aceptaron de manera estoica. Por otro lado, y se demostró que se hizo de manera inteligente, redujeron el impuesto de sociedades del 18% al 15%, vinculado a la creación de empleo y la atracción de inversión extranjera. Y lo más importante, no solo fueron procesados los directivos de los bancos que llevaron al país a la situación dramática en la que se encontraba, sino también varios de sus dirigentes políticos. El primer ministro entre 2006 y 2009, Geir H. Haarde, fue encontrado culpable, aunque finalmente no entró en prisión por cuanto en sus delitos había primado la negligencia y no la corrupción o la mala fe. Justo lo contrario que en España, me temo, en donde prefieren pasar por tontos antes que por corruptos, aun cuando todos sepamos que son mucho más golfos y «listos» de lo que nos cuentan.

No todo fue tan idílico como nos pintaron algunos artículos. La devaluación salvaje de la moneda atrajo inversiones extranjeras, pero empobreció a sus ciudadanos. Hoy es uno de los países más caros del mundo, el tercero según el ranking que se maneje. Y aunque nos contaran que no se rescató a la banca privada con dinero público, al final sí hubo que inyectar capital del Estado cuando se entró en la gestión de los mismos. Un importe superior al que se inyectó en España en el rescate de la banca, cercano al 20 por ciento del PIB, una enormidad. Este crecimiento de la deuda pública tan bestial no se puede desligar de estas medidas:

El sacrificio de los ciudadanos no fue en vano y hoy es uno de los países con mayor nivel de vida del mundo. Pese al elevado nivel de precios, cuentan con electricidad y agua caliente todo el año a unos precios ridículos, unas diez veces inferior al de sus «vecinos» daneses. Todo ello obtenido a partir del aprovechamiento de la geotermia, del hecho de estar «asentados» sobre una inmensa capa de magma volcánica. El 90% del agua proviene de la geotermia, que se utiliza hasta para calentar y quitar el hielo de las calles en invierno. La electricidad tiene origen renovable en casi su totalidad, un 73% proveniente de las centrales hidroeléctricas y el 26% restante, de la geotermia. Me sorprendió la cantidad de Teslas que vi por el país, pero encaja con la idea de un país con energía eléctrica barata y combustibles fósiles muy caros, porque hay que importarlo, como casi todo. También me encontré un concesionario enorme de la marca en Akureyri, una ciudad de apenas 20.000 habitantes. Por curiosidad, busqué el detalle por Internet y descubrí que no solo es la marca más popular, sino que es el país de Europa con mayor número de Teslas respecto al total de la flota:

Islandia aparece en el undécimo lugar en el PIB per cápita del mundo y es el sexto en el ranking de los países con mejor calidad de vida (según el Índice de Progreso Social:

Los nórdicos, aunque aquí nos hayamos metido con ellos en anteriores textos (Son vikingos y Están locos estos finlandeses), siempre andan a la cabeza en los temas importantes, en los que hacen la vida más llevadera: derechos humanos, conciencia social, honestidad, igualdad, beneficios sociales… Pese a lo cual, me cuesta más creer el tercer puesto en el World Happiness Report, ese informe extraño sobre la felicidad en cada país, un ranking que nos dice que la población de Arabia Saudí vive más feliz que la nuestra, por ejemplo.

Con ese clima, con esas pocas horas de luz durante el invierno, con el cierto aislamiento social de sus habitantes, me cuesta mucho creer que los islandeses estén en la cima mundial de la felicidad. Por lo menos, en el concepto mediterráneo de la felicidad: vivirán estupendamente en sus casitas de madera con agua caliente y rodeados de verdes praderas y una capa de nieve que ni pintada por Monet, pero distan mucho de ser «la alegría de la huerta». Eso sí, tienen unos polideportivos magníficos en cada pueblo, con piscinas de aguas termales todo el año, pero eso forma parte del post de Barney.

Continuará:

Travis – Islandia (I): un plató de rodaje único.

Josean – Islandia (II): caída y recuperación.

Barney – Islandia (III): el éxito del deporte en un país minúsculo.

Lester – Islandia (IV): la Ring Road en autocaravana.

Islandia (I): un plató de rodaje único

El cine suele ofrecer muchas cosas al espectador: entretenimiento, espectáculo, historias universales, información, polémica, romances, escenas subidas de tono… No siempre, claro, podría hablar varias horas de algunas disaster movies y, en algunas de ellas, hasta encontraría cierto encanto. Numerosas películas nos permiten, además, conocer muchos países, aunque solo sea visualmente, al menos para saber si nos puede gustar más o menos visitar esos lugares “algún día”, si se tercia la ocasión. O descartarlos porque “no se me ha perdido nada allí”, que también me ha pasado como espectador. Localizaciones fantásticas, planos aéreos maravillosos, paisajes irreales que pueden parecer de otro planeta. El trabajo de los buscadores de localizaciones de rodaje debe ser extraordinario.

Algunas obras se concentran en una sola localización, o en interiores, y otras necesitan variedad de paisajes, como la trilogía de El señor de los anillos, las pelis de James Bond (¿no es siempre la misma trama variando solo el lugar?), o muchas de las que han aparecido a lo largo de estos años en este mismo blog, normalmente superproducciones: Star Wars, Tenet, Interstellar, Ben-Hur, Indiana Jones

Para la variedad de mundos de El señor de los anillos, el director Peter Jackson sugirió su tierra natal, Nueva Zelanda, un lugar en el que podía encontrar ríos que emularan con facilidad el Anduin, montañas o paisajes nevados en los que situar Edoras o Rivendel, las praderas de Rohan o las zonas agrestes de Mordor, parajes que contrastaban con el verde de Hobbiton o el color de los bosques impenetrables que bien podían llamarse Fangorn.

Hay una isla en este planeta que reúne también todo tipo de paisajes y que, además, es el lugar más joven de toda la Tierra, geológicamente hablando, pues sigue en formación: Islandia. Es un país que aglutina paisajes de lo más variado y cinematográfico en una isla con pocos habitantes. Apenas 380.000 en una superficie de poco más de 100.000 kilómetros cuadrados, lo que permite que no sea especialmente complicado rodar en muchas de sus localizaciones naturales.

Ya se ha dicho muchas veces que Islandia, Iceland, la “tierra de hielo” en la traducción, es un país muy verde, una green land, mientras que Greenland, Groenlandia, es en realidad una isla de hielo. Curioso. Lo cierto es que Islandia destaca por sus colores, que van mucho más allá del verde de sus praderas, montañas o campos de lava cubiertos por líquenes. Puede que tenga toda la paleta de colores, desde el blanco de los glaciares y las cascadas al negro de la arena de playas volcánicas, pasando por el rojo de las coladas, los ocres de las áreas sulfurosas, el azul de las lagunas y las vetas de los icebergs, el morado de las flores silvestres de ciertas colinas y las mil variedades cromáticas de los campos de lava.

Islandia ha sido un decorado natural muy utilizado en producciones de todo tipo, y es que resulta muy habitual que, ante algunos de sus paisajes, el visitante afirme que “parece de otro planeta”. Es lo que debieron pensar los productores de Rogue One: una historia de Star Wars, que situaron en la playa de Myrdalssandur el planeta de Galen Erso (Mads Mikkelsen), el padre de Jyn Erso (Felicity Jones), la que sería cabecilla del grupo rebelde que se hará con los planos de la Estrella de la Muerte.

Christopher Nolan también vio las posibilidades de la isla y situó allí el planeta de hielo en el que Matt Damon había quedado atrapado en Interstellar. Y, ya que estaban, ubicaron otras escenas cerca del volcán de Svinafellsjökull y en los campos de lava de Eldhraun.

Las impresionantes cascadas del país son un fondo espectacular para videoclips de cantantes y para escenas que impresionen al espectador, como Dettifoss, en el arranque de Alien: Prometheus y Skogafoss para el mundo oscuro de Thor. Pasé una noche a doscientos metros de esta cascada y puedo decir que el sonido es impresionante. Al natural, sin necesidad de Dolby Stereo.

Islandia es una tierra de cascadas, pero también de volcanes, activos y latentes. Varios de sus cráteres reúnen esa característica tan poco habitual que los convierte en paisajes extraterrestres, como el cráter de Hrossaborg, que el director John Kosinski utilizó para situar Oblivion.

Este país tan cercano al Ártico sirve como plató cinematográfico natural para situar otros mundos, aunque estén en este. Si uno visita la zona cercana al lago Myvatn, se encuentra con una cueva que no tiene nada de especial, Grjotagjá, pero de la que todas las guías de Internet te hablan como «la de Juego de tronos«. Por el contrario, sí tiene una gran belleza otro de esos parajes a los que la famosa serie ha hecho popular y ha situado en el mapa para los aficionados a la serie: Kirkjufell. Junto a las cascadas, se ha convertido, como dice este artículo, en «el paisaje más fotografiado de Islandia».

No sé si hay estadísticas sobre el número de fotos que se hacen en uno u otro lugar, pero sí hay una laguna natural, junto a un glaciar, que podría presumir de ser «la más popular para el cine». Me refiero a la laguna de Jökulsárlón, un espectacular lago medio helado a mitad de camino entre el glaciar Vatnajökull y la Diamond Beach, la playa en la que descansan los restos de hielo que se desprenden de los icebergs de la laguna antes de ser engullidos por las mareas. Lara Croft la visitó en Tomb Raider y James Bond apareció por allí dos veces, aunque con distintas caras: Roger Moore en Panorama para matar y Pierce Brosnan en Muere otro día. Para la escena de los coches en esta espectacular superficie blanca, cortaron el paso del agua hacia el mar y dejaron que se helara completamente la laguna. Un paisaje tan irreal y «molón» como el propio 007:

El arte del engaño del cine, cuyos artistas son capaces de convencernos de que el glaciar de Vatnajökull es, en realidad, el mismísimo Tibet en Batman begins.

El blanco de los glaciares y las cumbres nevadas, o el negro de la arena volcánica que llega hasta las playas. Todo resulta muy visual y estético para los cineastas. La playa de Reynisfjara, la más peligrosa del mundo, pasó por un paisaje extraterrestre en Star Trek, o como la tierra firme de los montes Ararat en los que Darren Aronofsky situó su versión de Noé.

Algo tiene esta arena que atrae a los cineastas: Clint Eastwood rodó casi toda su Cartas desde Iwo Jima en Los Ángeles, pero se acercó a las playas de Sandvik como si de la costa japonesa se tratara para las escenas con más acción.

Como habrá visto el lector, hasta ahora todos estos paisajes han sido utilizados por los productores para simular que son otra zona, otro lugar en otro entorno muy diferente: ¿acaso no hay ciudades, no hay historias «normales» que representar en Islandia? Bueno, al pasar por la ciudad costera de Husavik, al norte del país, comprobamos que había numerosas referencias a esa comedia facilona sobre Eurovisión que se rodó en aquellos lares: Festival de la canción de Eurovisión. La historia de Fire Saga. Rachel MacAdams y Will Ferrell, todo un shock para una ciudad de poco más de tres mil habitantes. La trama es una chorrada monumental, pero tiene su (quizás) único punto de interés en que precisamente pasa algo en una ciudad en la que nunca pasa nada. Como en Selfoss, una ciudad de paso sin nada que hacer, en la que se exilió voluntariamente el genio del ajedrez estadounidense Bobby Fischer, quien acabó sus días con la nacionalidad islandesa y sus paranoias en esta pequeña localidad. Su preparación para el famoso enfrentamiento con el ruso Spassky en Reikiavik fue filmada en El caso Fischer, dirigida por Edward Zwick en 2014.

Es curioso porque parece que en estas ciudades islandesas ocurren menos cosas incluso que en una peli sueca de sobremesa, pero la isla se convirtió en sinónimo de aventura y libertad individual gracias a la versión moderna de La vida secreta de Walter Mitty, la versión rodada en 2013, dirigida y protagonizada por Ben Stiller. Ese oficinista gris que decide dejar de divagar con su mente y lanzarse a la acción, termina cerca de la erupción del volcán (a ver si lo escribo bien) Eyjafjallajökull. Su viaje en patinete por la típica carretera islandesa en mitad de un valle sin pueblos, ni gente, ni nada, se ha convertido en sinónimo de liberación y en un gif que circula por los móviles de todo el mundo de manera recurrente.

Entonces, ¿nunca pasa nada en Islandia que merezca la pena ser contado en el cine? Sorprende en un país con tanta tradición de sagas literarias. Para una historia universal que nace en la isla, Viaje al centro de la Tierra, de Julio Verne, resulta que ninguno de los cineastas que optaron por rodar una versión de la historia consideraron conveniente viajar al volcán Snaefellsnessjökull para introducir a los personajes en el arranque de su odisea. Esta foto es de mi colección particular, no viene de ninguna película:

Finalizo el recorrido con algo que sí pasó en Islandia y captó la atención de todo el mundo. No, no me refiero a la erupción del volcán de nombre impronunciable, sino al mayor colapso económico de un país en toda la historia. La crisis financiera de 2008 se cebó especialmente con la isla, y así comienza el documental Inside job, ganador del Óscar al mejor documental en el año 2011. Así se la dejo botando al Amiguete Josean.

Continuará:

Josean – Islandia (II): caída y recuperación.

Barney – Islandia (III): el éxito del deporte en un país minúsculo.

Lester – Islandia (IV): la Ring Road en autocaravana.

El dilema del teletrabajo

Qué lejos quedan aquellos tiempos post-pandémicos en los que leíamos artículos como este del New York Times (abril de 2022) en el que se destacaba el hecho de que, pese a que algunas empresas comenzaban el “retorno” presencial a las oficinas, otras habían ampliado sus horizontes y sus ventas gracias al remote work, el teletrabajo. Gracias a la contratación de trabajadores en remoto realizada durante la pandemia, habían podido ampliar su plantilla y acceder a mercados de mayor tamaño. El artículo menciona ejemplos de varias empresas tecnológicas y relacionadas con la salud. También las hubo en el sector financiero, comercial y marketing, creación de contenido… Puede que no sea un modelo válido para todos los sectores, pero sí denota una apuesta por la organización, el análisis efectivo del trabajo realizado y la innovación.

“Ellos (los trabajadores) pueden permanecer donde están”, decía Steve Case, CEO de Revolution y cofundador del gigante AOL. En aquellos tiempos que ahora parecen lejanos, algunas empresas como Olive utilizaron fórmulas de compensación salarial para empleados que vivían en lugares con mayores costes de vida, generalmente las grandes ciudades, sede de las oficinas centrales, y diferenciarlos de quienes optaban por el teletrabajo y por vivir en ciudades con un coste de vida más asequible, una fórmula impensable en Europa. De este modo, los empleadores podían acceder a un mayor rango del llamado talent pool, ese mercado de talento o de personal, en muchos casos poblados de empleados perfectamente válidos que dedicarían una parte importante de su tiempo y dinero en acudir de manera presencial a una oficina.

Más lejos aún, casi en la prehistoria de la edad laboral moderna, queda este otro artículo del mismo medio, titulado en su versión de papel Lo que los jefes realmente piensan acerca del teletrabajo (y en la versión digital, no sé por qué, Lo que los jefes realmente piensan acerca del futuro de la oficina). Es de noviembre de 2021, un tiempo en el que debíamos ir por la cuarta o quinta ola, y el regreso a las oficinas se había producido de manera paulatina y tan exitosamente normal como la salida repentina de las mismas a mediados de marzo de 2020. El trabajo siguió saliendo adelante, las empresas prestaron sus servicios, los empleados echaron las horas necesarias, se concilió con las vidas familiares y la productividad no se resintió. El artículo de David Gelles comienza diciendo que:

“La gente ahora piensa de forma diferente acerca de las oficinas, incluidos los directores y CEOS, quienes durante tanto tiempo vigilaban atentamente a los trabajadores en sus puestos. Los jefes que antes disfrutaban del trabajo presencial se han vuelto menos atados a los ascensores abarrotados y las salas de reuniones sobresaturadas. Ejecutivos que ascendieron trabajando 15 horas bajo los fluorescentes ahora aceptan que la jornada laboral pueda terminar a las 3 de la tarde o a las 11 de la noche, lo que sea mejor para el empleado. Los ejecutivos, deseosos de atraer jóvenes trabajadores, se están adaptando a las normas cambiantes y se están dando cuenta de lo bueno que habría sido tener mayor flexibilidad al inicio de sus carreras, cuando tenían hijos pequeños”.

Releo ahora este artículo, archivado en mi carpeta de los recuerdos pandémicos, con cierta candidez, con la ilusión de una manera de trabajar que parece condenada al olvido. El mismo artículo ya llamaba la atención sobre esos otros jefes que preferían el trabajo presencial, el contacto estrecho con el departamento. Y otros, quizás más ajustados a la realidad del mercado, optaban por la flexibilidad y los posibles ahorros de costes en las oficinas y en los tiempos de desplazamiento de los empleados. En estos tiempos en los que la sostenibilidad y la reducción de emisiones están en boca de todos, me llama la atención que no se hable demasiado de los millones de toneladas de CO2 vertidas en exceso durante los enormes atascos de entrada a las ciudades, emisiones que se redujeron notablemente durante aquellos tiempos en los que el trabajo presencial y el remoto se repartían aproximadamente a partes iguales.

Como ejemplo de manager que apostaba por el retorno a las oficinas, el artículo menciona las palabras de Sundar Pichai, CEO de Google y Alphabet, quien ya por entonces decía: “echo de menos las reuniones en las que uno puede ponerse de pie, ir a la pizarra, dibujar lo que está pensando y que otros lo vean”. Salvando las enormes distancias intelectuales, en aquellos tiempos pandémicos yo tuve un jefe que necesitaba algo similar: poder ponerse de pie para soltar sus ocurrencias y que su coro de palmeros lo escucharan. No creo que fuera el único en este país. Fue a trabajar de manera presencial todos los días casi desde el inicio del confinamiento, pero no porque el suyo fuera un trabajo esencial ni fundamental para la sociedad (contaba con un certificado convenientemente apañado, claro), sino porque hay directivos incapaces de trabajar si no cuentan con su secretaria y con un círculo de colaboradores a su vera que pierdan el culo para atender sus directrices.

No cabe duda de que no hay una solución óptima para el teletrabajo que sea global, válida para todas las empresas. A mediados de 2022 la mayoría de las empresas habían optado por un modelo híbrido, como indicaba este artículo de El Confidencial: El teletrabajo fue un espejismo. El 90% de los asalariados va todos los días a su empleo. Las estadísticas de la EPA reflejaban que el número de empleados con teletrabajo había descendido, pero que también lo había hecho el número de días en que desarrollaban su trabajo en remoto. A ello contribuyó la regulación que obligaba a las empresas a sufragar los gastos del empleado en su casa cuando el teletrabajo era mayoritario. “El objetivo era desarrollar un texto garantista con el trabajador, aunque fuese a costa de crear desincentivos para el teletrabajo. Para las empresas, en líneas generales, es más barato mantener a todos los trabajadores en una oficina que pagarles los gastos individualmente”. La conocida habilidad de la legislación laboral (en este mismo blog, La regulación entra en casa).

Los análisis para valorar la rentabilidad económica o la posible pérdida/ganancia de productividad del trabajo en remoto no son sencillos. O posiblemente no sean reales. En mayo de 2023, Paul Krugman, premio Nobel de Economía, escribía este interesante artículo sobre el teletrabajo, el PIB y otros ratios no medibles, como la conciliación, los desplazamientos o el tiempo que se pasa con las familias: Trabajar desde casa y darse cuenta de lo que importa. El PIB como indicador engañoso “de lo que realmente importa en la vida”.

 “Atribuir un valor en dólares a los beneficios de esta reducción es complicado. No basta con multiplicar el tiempo ahorrado por el salario medio, porque es probable que la gente no considere el tiempo que pasa en la carretera (sí, la mayoría de la gente va a trabajar en coche) como totalmente perdido. Por otra parte, hay muchos otros gastos, desde el combustible hasta el desgaste del vehículo y la tensión psicológica asociados a los viajes para ir a trabajar”.

Krugman no puede obviar a directivos de peso como Elon Musk que ya entonces tildaban de “vagos” e “inmorales” a los trabajadores que se resistían a volver a sus puestos de trabajo presenciales. Como la mayoría de las grandes empresas se copian, el retorno repentino se generalizó (finales de 2022, primeros meses de 2023) y en Estados Unidos surgieron movimientos de los que se escribió bastante, como la Gran Dimisión, y otros de los que se habló menos, como la Gran Resistencia. La negativa de muchos trabajadores a volver a sus cubículos. Amazon fue de las primeras en propugnar la vuelta a las oficinas. Enseguida Apple comenzó a exigir al menos tres días semanales en la oficina. Starbucks se encontró con una reacción contraria por parte del grueso de la plantilla, y los trabajadores de Walt Disney Co iniciaron una protesta contra los cuatro días presenciales y uno de teletrabajo. JP Morgan instó a sus trabajadores o, directamente, los contrataba para acudir “5 days a week”. Elon Musk comunicó la política de su empresa a los trabajadores de esa manera tan “especial” y empática que suele mostrar: a las 2.30 de la madrugada, con un correo electrónico que afirmaba que “la oficina no es opcional”.

Si tratamos de dejar a un lado el debate sobre las razones existentes tras estas decisiones, que no eran económicas ni productivas, sino una especie de “por mis huevos”, podríamos centrar la discusión en las ventajas e inconvenientes de apostar por el teletrabajo, el presencial o el modelo híbrido. En los asuntos de índole laboral, ya he comentado otras veces en este blog que los datos más precisos y los análisis que más me interesan son los que publica Javier Esteban en su newsletter semanal Beyond the Hype. En febrero de 2024 publicó ¿La revancha del teletrabajo?, un interesante artículo sobre la evolución positiva que había experimentado el teletrabajo. Cuando la mayoría de empresas españolas optaban por la vuelta a las oficinas y la reducción paulatina del teletrabajo, sucedió que en el último trimestre de 2023 se experimentó un crecimiento de esta última modalidad, hasta el punto de superar por primera vez las cifras de 2021. El incremento no se debía a los autónomos, cuyas cifras se mantenían estables, sino al crecimiento de los trabajadores por cuenta ajena.

El caso es que se mantuvo la senda de recuperación económica y no hubo una pérdida de productividad en el país (tampoco es que estemos para tirar cohetes en este aspecto, pero desde hace décadas), sin embargo, el propio análisis, como decía el autor, era incompleto si no se incluía el reparto de tiempo real entre presencial y teletrabajo. Es decir, que la fórmula más habitual que funcionaba en las empresas era el modelo híbrido.

Apenas seis meses más tarde, el propio autor publicó Los asesinos del teletrabajo, un análisis que reflejaba que el teletrabajo, aunque fuera ocasional, seguía creciendo, e incorporaba algún detalle adicional por sectores. Se observaba que determinadas políticas laborales difícilmente pueden ser uniformes para todos los sectores (y eso vale para otros asuntos que ya han salido en este blog, como la reducción de jornada, o el registro horario). Y yo añadiría: ni para todos los departamentos. Algunas expertas, como Cristina Andrés Paramio, directora de Recursos Humanos de Arconi Solutions, defiende que «El teletrabajo no tiene por qué morir, puede continuar siendo viable si se trabaja en un entorno de confianza, autonomía y auto-responsabilidad».

Por último, en marzo de 2025, Desmontando el teletrabajo abría el melón sobre el porcentaje real de teletrabajo y las ventajas o desventajas que podían encontrar tanto los empleadores como los trabajadores. Quizás debido al fenómeno de La Gran Dimisión o a las diferentes perspectivas laborales y vitales de las llamadas generaciones X y Z, numerosas empresas han tomado en consideración la percepción de los trabajadores acerca del teletrabajo.

Sigue primando el sueldo, sin duda, o las expectativas de promoción, pero numerosos jóvenes valoran cada vez en mayor medida esa flexibilidad que les permite compaginar con una vida personal distinta a la de las generaciones que los precedieron. No hay análisis rigurosos sobre la rentabilidad para las empresas de uno u otro modelo, ni nada que vaya mucho más allá de percepciones propias o de lo que el propio Javier Esteban denomina el debate entre “renunciólogos y teletrabajólogos”, pero transcribo literalmente este último párrafo porque me parece muy acertado:

“Lo que decide a las empresas a adoptar o no esta fórmula es la relación entre el coste de implantarla y el beneficio al obtenerla. Si en algunos casos será rentable al atraer y retener mejores profesionales sin incrementar los costes salariales, en otros la compañía se puede encontrar con que su factura de bienes de equipo se duplica por mantener una oficina física y a la vez abonar los gastos del trabajo en casa”.

Por desgracia ese análisis no es inmediato, sino que se aprecia en el medio plazo con la posible pérdida (o no) de capital humano. Lo del incremento de emisiones de carbono por el aumento de vehículos en los accesos a las ciudades (con efecto multiplicador) sigue sin aparecer en los informes de sostenibilidad de las empresas, y es algo que afecta en costes de tiempo, de gasolina, de salud y en eso otro que denominan «bienestar del empleado».

Dejaré un último apunte sobre el teletrabajo a cuenta de la mención que he hecho sobre las generaciones jóvenes. No es que haya visto en mis hijos el efecto positivo del teletrabajo (y su responsabilidad para realizarlo), es que sé por todos ellos y por conversaciones con los más juniors de mis respectivos equipos la importancia que le dan a esa flexibilidad o al modelo híbrido. No se trata de nada “egoísta” por su parte, sino que lo ven como algo ligado a la confianza que se les da por parte del responsable directo. Y las empresas deberían ligarlo a eso tan de moda que llaman “retención del talento”. Precisamente esta semana leía a un antiguo compañero de trabajo que criticaba el verbo empleado: “retener”. David Martín Pasadas, de Serveo, reflexionaba sobre su uso y decía:

“Echo de menos, cuando oigo hablar sobre retención de talento, que no recomienden cadenas, correas y esposas. Porque cuando retienes a alguien es siempre en contra de su voluntad. Veamos que dice la RAE sobre retener:
tr. Impedir que algo o alguien salga, se mueva o desaparezca.
Sin.: raptar, secuestrar, detener.
Las siguientes definiciones no mejoran el tema precisamente.”

Hay modas en materia laboral, igual que hay análisis de todo tipo, teorías o estrategias empresariales. Pero el teletrabajo no es nada de eso, sino una posibilidad al alcance de nuestra mano que nos permiten los avances tecnológicos, los mismos que nos posibilitan estar siempre conectados desde casi cualquier parte del mundo. Y las empresas que predominan son las que saben evolucionar y adaptarse a las innovaciones, sean tecnológicas, laborales o sociales.

Persépolis (II): la película

El éxito de ventas de la novela gráfica de Marjane Satrapi Persépolis, publicada en cuatro tomos entre los años 2000 y 2003, creció de manera exponencial tras su traducción al inglés. La desgarradora historia de una niña atrapada en plena revolución islámica en el Irán de los ayatolás merecía ser llevada a la gran pantalla y así sucedió pocos años después de la publicación completa de la obra, concretamente en 2007. Se presentó en el Festival de Cannes de ese mismo año y obtuvo el Premio del Jurado, aunque no logró la Palma de Oro, a la que llegó a optar seriamente. La película captó rápidamente la atención de la crítica y de los grandes premios internacionales, y esa marea de popularidad la llevó a ser candidata al Globo de Oro y el Bafta, así como presentada, aunque no elegida, para optar al Óscar a mejor película en lengua no inglesa.

Pese a algunas propuestas algo surrealistas llegadas desde Estados Unidos, como confesó la autora en una entrevista para Cinemanía, finalmente se lanzó a la aventura de trasladar su historia al celuloide tras la propuesta de Vincent Paronnaud, otro historietista con el que ya había colaborado en algunas publicaciones tras su exilio en Francia. Adaptar un libro nunca es sencillo y hay que optar por decisiones que, en ocasiones, conllevan cierto riesgo. En el caso de Persépolis, por ejemplo, si se rodaba con actores reales o con animación, o si la paleta cromática se limitaba al blanco y negro, sin apenas matices en gris. Si uno ha leído la obra, no puede concebirla de otro modo que en ese blanco y negro sin concesiones. Triste, apagado, decadente, moribundo. Como el Irán de los Guardianes de la Revolución, o como el papel que dejan a las mujeres en esa sociedad. En este sentido, es de agradecer que la producción fuera francesa y la elección «estética» me parece todo un acierto, por mucho que los éxitos comerciales de la animación de Pixar o Dreamworks de aquellos años se decantaran por el brillo y la explosión multicolor (siempre magníficos, por cierto, que no se entiendan como una crítica). El color apenas aparece en todo el metraje, en algunos pasajes en el aeropuerto de Orly o en los ojos de la abuela, la visión quizás más lúcida de toda la obra, tanto novela como película.

Persépolis tenía que ser otra cosa. Aunque la niña deslenguada sea capaz de arrancarnos alguna sonrisa, una pátina de tristeza envuelve toda la historia, al igual que en las páginas de la novela gráfica. Las mismas sonrisas culpables, por cierto, que nos pueden causar los sinsentidos de los barbudos integristas, cómicos involuntarios con sus retrógradas creencias. Marjane Satrapi era dibujante, pero no animadora, así que se encargó del guion y de dibujar los casi seiscientos personajes que aparecen en la pantalla. Entre Marc Jousset como director artístico, el mencionado Vincent Paronnaud y la propia Satrapi tomaron las decisiones adecuadas para que el enorme equipo de animación diera vida y movimiento a esos dibujos y compusiera las escenas que, unidas, trasladan de manera fiel la historia a la pantalla. En palabras de Marjane Satrapi, «queríamos que los dibujos fueran realistas, no dibujos animados. Así que no tuvimos mucho margen con las expresiones faciales, esto es lo que les transmití a los diseñadores y animadores». Y sin embargo, resultan sumamente expresivos, transmiten las emociones de la autora/protagonista, omnipresente en cada escena.

La música escogida ayuda a dar «cuerpo» y veracidad a la historia, en especial ese archifamoso Eye of the tiger de Rocky Balboa, que sale de tres maneras diferentes en los vídeos que comparto en este post.

Mi versión favorita es la cantada por la propia Chiara Mastroianni, la actriz que pone la voz de la propia Marjane en la película. La lentitud del ritmo, la voz arrastrada, el cansancio en el tono, que choca con la letra… todo contribuye a transmitir esa idea de vida que languidece, que se asfixia, se deprime.

Don’t lose your grip on the dreams of the past / No pierdas la fe en los sueños del pasado
You must fight just to keep them alive / Debes luchar para mantenerlos vivos

Las otras dos voces principales escogidas para la obra fueron la de Danielle Darrieux para la abuela, personaje capital, una especie de «voz de la conciencia» de la niña, la imagen de la dignidad, y la mismísima Catherine Deneuve para el papel de la madre. La obra es bastante fiel al original, con algunas variaciones en el modo de contarlo, como un largo flashback que se cierra con el final del libro. Quizás se extiende más que la novela en la candidez con la que la familia de Marjane observa la caída del régimen del sah, el líder corrupto manejado por occidente a cambio de petróleo. Una familia progre con amigos y parientes directamente comunistas o leninistas, que espera un cambio a mejor para toda la sociedad y, de repente, se encuentra con la dictadura religiosa que prohíbe todo lo que huela a occidente. La música, el alcohol, las libertades, la indumentaria de las mujeres… Por eso solo se podía usar el negro. Y quizás por ese mismo motivo la película utiliza mucho las sombras, las siluetas recortadas sobre fondos sin apenas definición y el contraste con la nieve que rodea Teherán. No hay entrevista a la autora en la que no recuerde su añoranza por las montañas que rodean la capital iraní.

Por otro lado, la película no es menos condescendiente con Europa y nuestras chorradas cuando la niña llega en su primera etapa. Si en Irán preocupan la guerra y las libertades, las pandillas de Viena en las que se mueve la protagonista presumen de estéticas punk, consumo de drogas y un nihilismo existencial del que incluso presumen. Llegados a este punto, siempre recuerdo el artículo de Arturo Pérez-Reverte Es la guerra santa, idiotas, sobre la estupidez y pasividad de Europa y la llegada del Islam más radical:

«»Es una guerra -insiste metiendo el bigote en la espuma de la cerveza-. Y la estamos perdiendo por nuestra estupidez. Sonriendo al enemigo». Mientras escucho, pienso en el enemigo. Y no necesito forzar la imaginación, pues durante parte de mi vida habité ese territorio. Costumbres, métodos, manera de ejercer la violencia. Todo me es familiar. Todo se repite, como se repite la Historia desde los tiempos de los turcos, Constantinopla y las Cruzadas. Incluso desde las Termópilas. Como se repitió en aquel Irán, donde los incautos de allí y los imbéciles de aquí aplaudían la caída del Sha y la llegada del libertador Jomeini y sus ayatollás. Como se repitió en el babeo indiscriminado ante las diversas primaveras árabes, que al final -sorpresa para los idiotas profesionales- resultaron ser preludios de muy negros inviernos».

Tras Persépolis, Marjane Satrapi rodó otras cuatro películas más, dos de animación (Poules aux prunes y La Bande des Jotas) y dos con actores, Las voces y Radioactive. Solo he visto esta última, estrenada en España como Madame Curie en 2020. No fui consciente de que Satrapi era la directora hasta el final de la película, y entonces fue cuando vi ciertos paralelismos con el personaje de la niña de Persépolis: una mujer opacada por los hombres, una brillantez como científica que no se le reconoce inicialmente por su condición de mujer en un mundo de hombres y, también, por sus ensoñaciones. No son unas «idas de olla» tan extremas como los diálogos con Dios y con Marx de la película objeto de este post, pero sí en esa misma línea entre surrealista y psicodélica. La peli no está mal, es interesante, aunque quizás ofrezca una visión demasiado moderna de la científica, la primera persona en recibir dos premios Nobel (Física y Química). Anacrónicamente feminista.

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Cómics (IV): Persépolis

Conocía la historia de Marjane Satrapi desde hace tiempo, a raíz de la película que se rodó en 2007, una historia triste sobre el cambio vivido en Irán tras la entrada del régimen de los ayatolás a finales de los setenta y la implantación plena en los ochenta. Hasta ahora no había tenido la oportunidad de leer el cómic, la novela gráfica en la que la autora cuenta su historia y narra en primera persona cómo fue esa progresiva transformación y degradación del país.

Marjane Satrapi nació en Teherán en 1969 y vivió en su país hasta 1984, cuando sus padres, asustados por lo que veían y vivían día tras día en las calles de Irán o con sus vecinos, deciden que lo mejor para su hija es que salga del país, que estudie en Europa y pueda tener una vida en libertad. La que ellos no volverían a tener. El dibujo es sencillo, en blanco y negro, un trazo expresivo, pero sin los excesos ni proezas técnicas expresionistas como las de Frank Miller en Sin City, por poner un ejemplo. No es una crítica, sino una loa, porque esos trazos sencillos resultan perfectos para lo que la autora pretende: ser funcionales, útiles para contar una historia desgarradora, que valgan para expresar las emociones desnudas de la autora. O de toda una población reprimida.

La historia que se cuenta en Persépolis es la de una niña algo deslenguada, con unos padres de mentalidad progresista y laicista, una cría que ve cómo se genera un descontento en la población con el sah de Persia, motivado por la corrupción y el excesivo culto al líder. Un líder más preocupado por la imagen que da al exterior que por su propia ciudadanía, un títere de los gobiernos ávidos de petróleo. Los fastos excesivos celebrados con motivo del 2500 aniversario de la monarquía persa (1971) fueron un factor más a sumar en el descontento general de la población. Poco le importaron entonces al sah Rezah Pahlevi las críticas por un gasto estimado en más de 20 millones de dólares de la época, pues él era bien recibido en las cancillerías occidentales y su país era considerado en el resto del mundo. La fiesta fue realizada precisamente en las ruinas de Persépolis, la capital de los persas fundada aproximadamente en el año 515 a.C. por orden de Darío I.

La familia de Marjane vive de cerca la caída del régimen sátrapa de los sahs y sin grandes preocupaciones, pero lo que no esperaban era que su sustitución por una república islámica concluyera en una sociedad tremendamente represora, especialmente con las mujeres, o con todo aquel disidente que tuviera un pensamiento distinto al de los «Guardianes de la Revolución». Persépolis se publicó en cuatro tomos, uno al año entre 2000 y 2003, y desde el principio tuvo un gran recibimiento de crítica y fue un éxito de ventas. Se calcula que ha vendido dos millones de ejemplares desde su publicación y obtuvo varios premios de prestigio, como los de Angoulême, uno de los festivales de cómics más prestigiosos del mundo, donde obtuvo los de mejor autor revelación (2001) y mejor guion (2002), el premio de la paz Fernando Buesa (Vitoria, 2003) o el Harvey a la mejor obra extranjera (Estados Unidos, 2004). Su espaldarazo y reconocimiento de masas llegaría con el estreno de la película de 2007, dirigida por la propia autora.

La edición que tengo en mi librería pertenece a Reservoir Books y se editó por primera vez en 2020, con los cuatro tomos/episodios de la vida de Marjane agrupados. Pocas veces resulta más complicado disgregar una obra de su autora como con Persépolis y Marjane Satrapi. Es ella en cada página, es la voz que todo lo narra, son sus reflexiones, con sus errores, pero, también, con su firme voluntad de salir adelante, la que trasciende. El tomo 1 no puede comenzar de una manera más explícita:

En las siguientes páginas se remonta a lo sucedido en los años anteriores, los años previos a la caída del sah, el despilfarro ante los ojos de todo el mundo, la hipocresía de occidente cuando el dictador «amigo» deja de serlo y, finalmente, el estallido de la revolución. La verdad es que la historia de los iraníes, “persas, no árabes”, como repite con la misma firmeza que el cerrajero iraní de Crash, es la de un pueblo atrapado entre satrapías, invasiones y guerras de religión. Durante varios capítulos, la protagonista ve cómo algunos de los amigos o familiares más cercanos comienzan a abandonar el país ante lo que está por venir. El capítulo acaba con las primeras purgas de ciudadanos y con el arranque de la guerra con los vecinos de Irak.

Por si todo esto fuera poco, el segundo tomo arranca con la invasión de la embajada estadounidense en Teherán, la famosa crisis de los rehenes que duró 444 días, y que ya ha sido contada en varios libros y películas. Este tomo es, quizás, el más indignante, el que va contando cómo los Guardianes de la Revolución, esa p… policía de la moral, empieza a poner normas a los ciudadanos, en especial a las mujeres, hasta convertir el ambiente en las calles en irrespirable. El velo es una puñetera imposición del hombre que debe ser erradicada, en cualquiera de sus versiones (chador, niqab, al-amira, khimar, no digamos el burka o el hijab), y ya que no hay manera de lograrlo en Irán o en Afganistán, al menos se debería frenar en esta Europa en ocasiones tan acomplejada.

Cuando escucho a tantas feministas defender el uso del mismo como un símbolo de libertad y de elección personal, me subo por las paredes. Resulta muy cómodo defender lo indefendible desde la comodidad del sillón en una casa en la que puedes opinar libremente, pero me gustaría que todas estas mujeres escucharan lo que alguien que lo ha padecido con toda su crudeza tiene que decirles:

“El significado del velo es que debes cubrirte del hombre porque eres un objeto. Pero las francesas han conseguido hacer del velo un símbolo de resistencia, cuando lo es de sumisión, por eso creo que es un problema más identitario, político”. “Nunca he estado en guerra contra los hombres, que son excelentes compañeros de viaje. Luchamos por la humanidad, por el ser humano”.

Todo el segundo tomo está embadurnado de tristeza, de tipos barbudos insoportables que escrutan cada centímetro del cuerpo o del pelo de las mujeres que se cruzan por la calle para reprenderlas, golpearlas o detenerlas. Se prohíben la música y el baile, y todo aquello que huela a libertad individual. El clima es tan irrespirable que los padres de Marjane optan por enviarla a Europa cuando apenas ha cumplido los 14 años.

El tercer tomo narra otro choque cultural, el de la adolescente que descubre una Austria en la que los supermercados están repletos de comida, en la que existe una liberación sexual y homosexual desconocida para ella, en la que se habla de comunismo, anarquismo y rebeldía con olor a porros… Para una niña venida de una sociedad ultraconservadora, la adaptación no fue nada sencilla. De hecho, ella misma considera que no se adaptó, tuvo una época más que complicada y finalmente, tomó la determinación de volver a Irán. Con 18 años y una agobiante sensación de oportunidad perdida, de fracaso.

El cuarto tomo trata del retorno a un lugar triste, decadente, sin libertades, en el que la protagonista se siente tan ajena como lo estuvo en su última etapa en Europa. Era vista como iraní en Europa y como extranjera en su país natal. El apoyo de sus padres fue decisivo para salir de la depresión y para entrar en la universidad, en la que, pese a gozar de cierta libertad de movimientos, todo tenía que hacerse a escondidas: las fiestas, la música, las relaciones…

Hay cierto humor en las situaciones absurdas, como la del taller de pintura, cuando tienen que pintar cuerpos femeninos, pero, obviamente, cubiertos con ese chador que cubre todo el cuerpo. O cuando les encargan idear un parque de atracciones con la temática de la mitología iraní, pero el proyecto se cae porque, oh, barrera infranqueable, las esculturas representan “mujeres con el pelo a la vista y el cuerpo sin cubrir”.

El libro te llega a indignar por momentos, en especial cada vez que sale un barbudo de estos. Los dibujos transmiten su dureza, su incultura, el fanatismo en el que han sido educados. ¿Cuántos millones de tíos habrán sido educados de esta manera? En un país de 90 millones de habitantes, supongo que habrá cientos de miles de desalmados así.

Persépolis concluye con una nueva “huida” de Marjane hacia Francia, país en el que estudiará, se hará una carrera y la vida que todos conocemos de ella. No ha vuelto desde entonces y, aunque no hace mucho decía que creía que moriría en el extranjero (entrevista de 2020), de un tienpo a esta parte es más optimista y cree que podrá volver cuando el régimen actual sea sustituido (entrevista de 2023). Las vueltas que da la vida, parece que uno de los que espera que caiga el régimen actual es el hijo del sah Rezah Pahlevi, quien se postula para “derrocar al régimen que tiene secuestrado al país”.

No lo sé, uno mira cómo los talibanes controlan todo el poder en la vecina Afganistán y ya duda de todo. Y la formación general en un país como Irán es muy superior a la de los afganos. La revolución “avanza” a su manera con el uso de la tecnología para el control de su población. De la femenina, por supuesto. Lo último ha sido colocar cámaras con IA para poder controlar a todas aquellas mujeres que se quitan el velo para conducir: son identificadas y reciben un SMS de inmediato en el que se les notifica el castigo, que no es otro que la confiscación del vehículo. Vaya mierda todo, qué rabia me da.

Marjane Satrapi recibió el premio Princesa de Asturias de la Comunicación y Humanidades en 2024 y tuvo un discurso curioso, un punto de vista interesante:

“Antes que nada, quería expresarles mi profundo agradecimiento por este extraordinario premio que me han concedido. Y ahora, puesto que de eso se trata, hablemos de la humanidad.

Entre lo que los biólogos denominan animales auténticos, es decir, los mamíferos, el hombre es el único que mata a su hembra. Y calificamos ese acto como bestial, siendo así que ninguna otra bestia, fuera de nosotros, lo comete. Eso es la humanidad.

Pero también hay humanos que pierden la vida a manos de sus torturadores para proteger a sus semejantes, para no denunciarlos, y sé muy bien de lo que estoy hablando. Esto también se llama humanidad.

(…)

Con esto, quiero decirles que no tengo una visión idealizada de lo humano y que yo, en mí misma, experimento esa dualidad. Acepto tanto mi violencia como mi benevolencia, esperando siempre que la segunda prevalezca sobre la primera.

(…)

El hombre por sí solo no sobrevive en la naturaleza. Sólo sobrevive juntándose con otros y creando sociedades. Y la condición sine qua non para lograrlo es la empatía.

Quizás en la educación, en vez de enseñar a nuestros hijos a aprenderlo todo de memoria y a recitarlo como loros, deberíamos enseñarles ética, civismo y sobre todo compasión y bondad. Y les aseguro que no soy de las que ponen la otra mejilla. Por una bofetada recibida devolvería diez, pero trato de no ser nunca yo quien pega la primera”.

Su última obra es Mujer. Vida. Libertad (2023), coescrita y dibujada junto a otras autoras y dibujantes extranjeros, entre ellos Paco Roca, autor de Arrugas y El abismo del olvido. Se trata de un homenaje a Mahsa Jamini, la pobre joven asesinada en una comisaría tras una detención de la policía islámica por llevar el velo mal puesto. Porque estas cosas, por desgracia, siguen ocurriendo.

Anteriores episodios:

Una declaración impostora e impostada

Recojo el guante que deja el amiguete Josean sobre las falsificaciones para hacer una confesión ante los lectores habituales de este blog. Con algo de pudor, bien es cierto, pero allá va: siempre he querido colar una falsificación. Un documento inventado, una trola gorda, bien gorda. Y luego lograr que se hiciera viral, como se dice ahora. A modo de broma, no con ánimo de obtener algún tipo de beneficio ilícito, pero sí colar una trola bien gorda, absurda, ver cómo se la tragan esos “crédulos interesados” del anterior post, cómo la convierten en dogma durante tres o cuatro días, una semana a lo sumo, para luego, yo mismo, desmentirla. Desmontarla, mostrar a esos believers que están dispuestos a tragarse todo que hay que tener un poco más de espíritu crítico.

Este blog cumple hoy 11 años, casi nada, y desde el primer momento siempre he tratado de mantener el rigor en todos los asuntos tratados: contrastar los datos, revisar varias fuentes, no fiarme de la memoria, que a veces juega malas pasadas… y que nadie pudiera reprocharme que «eso es falso», o que «te has inventado esa parte». Incluso, o, sobre todo, en temas que tocan la fibra, como el fútbol o la política. Sin embargo, sucede que a veces apetece hacer bromas con algunos asuntos y ver las reacciones que genera. Guiado en parte por el «Si non e vero, e ben trovato»: no es cierto, pero lo he contado bien. Bonito. Así colé alguna falsedad en un post de cine (Libros de atrezzo, aunque al final se desvelara) o algun gazapo fake en Una furgoneta del siglo XIII.

No han sido las únicas bromas. Hace un par de años, publiqué una broma en X/Twitter sobre el supuesto borrador de notas del asesor jurídico del Barça para Joan Laporta antes de su publicación. Para mi sorpresa, unas 60.000 personas leyeron ese texto, bastante burdo, con un post-it pegado, con una letra atropellada, la mayoría de ellos, difundiéndolo como la coña que era, pero algunos me preguntaron: “¿Pero esto es cierto?”. ¡Coño, cómo va a ser cierto, si se ve a la legua que es una coña!”.

Pero es el peligro de las redes sociales. En otra ocasión junté la cabecera del Marca con un titular absurdo en la línea pastoral del periódico (alabar hasta los pedos de Guardiola y criticar todo lo que se refiera al Real Madrid) y este sí se lo creyeron la mayoría de los lectores. Unas veinte mil personas. Tuve que desmentirlo pocas horas después ante la cantidad de comentarios indignados con el periódico del atlético Gallardo.

Son bromas sin maldad alguna, pero no me gusta que se propaguen demasiado, así que enseguida aviso de la falsedad, como aquellas veces. Antes de que se vayan de las manos, que lleguen más allá de lo que a uno le gustaría. Eso me recuerda una vieja historia que me sucedió en mi anterior trabajo, hace más de veinte años, y de la que hoy me río con ganas. Se publicó una controvertida nota del presidente del grupo acerca de un asunto que iba a generar reacciones, muchas charlas de pasillo y múltiples interpretaciones. Cogí ese comunicado e hice algo parecido a lo de Laporta: cambié unas pocas palabras, añadí otras de mi puño y letra endureciendo el lenguaje y el toque final, un post-it pegado. Se suponía que eran los cambios del responsable de comunicación del grupo al mensaje inicial del presidente. Una broma que no pensaba que fuera más allá de mi media docena de colegas más cercanos. Pero alguno de ellos, pese a que les dije que no lo circularan, lo hizo, y llegó a más gente, y a más, y… Un día estaba en el baño y coincidí «meando» con el Director de Recursos Humanos. Se puso a mi lado y me dijo:

– Hombre, no sé si has sido tú el autor de ese escrito que está circulando por ahí, pero, por si acaso fueras tú, o lo conocieras, me gustaría decirle a ese artista dos cosas: la primera, que es muy peligroso hacer estas bromas, hay que tener mucho cuidado o no hacerlas directamente.

Tragué la saliva mientras deseaba terminar el chorro de orina cuanto antes.

– Y la segunda, me gustaría felicitar al autor en persona porque me he descojonado vivo. Es buenísimo, qué cabrón el que lo haya hecho.

Creo que solo supe contestar algo así como «se lo diré al autor», pero me cuido mucho desde entonces de hacer estas bromas en el mundo de la empresa. Y no será por falta de ganas. Aun así, me di cuenta de lo incómodo que es llevar, aunque solo sea una coña y por unos días, la carga de esa «falsedad». No me imagino lo que debe ser esa gente que lleva toda una vida basada en una mentira. Lo pensaba hace poco mientras veía la película Marco, una fenomenal recreación de Eduard Fernández de Enric Marco, el falso superviviente de Mauthausen, el hombre que vivió durante décadas dando charlas acerca de cómo había sido su vida en el campo de concentración nazi. El impostor al que Javier Cercas dedicó un libro entero.

Sus mentiras se desmontaron cuando un historiador, uno de esos expertos «buceadores» en archivos y documentos históricos, comenzó a ver que lo fundamental no cuadraba en la vida de este impostor: las fechas, el origen, el motivo que lo llevó al campo… Los nazis dejaban un soporte físico y documental de todas sus tropelías y esa manipulación fue clave para desmontar la mentira que fue la vida de este hombre. Quizás por todo esto veo un peligro cada vez más evidente en el mundo que nos va a tocar vivir en los próximos años y es precisamente la falta de soporte físico de la mayoría de los documentos. Sé que existe una firma digital, un registro informático de cada dato, de cada fecha, que la tecnología blockchain permitirá mantener esa trazabilidad del «documento», pero, si se pueden falsificar documentos del siglo XIV, no tengo ninguna duda de que cambiar un registro en un servidor es infinitamente más sencillo.

Y luego está el peligro de las redes sociales, de los believers que comentaba en el anterior post, los tipos que quieren creer algo porque encaja con sus valores o sus intereses. Hay granjas de bots expandiendo mentiras por las redes sociales y millones de creyentes de las mismas que no van a hacer el mínimo trabajo de averiguación acerca de la posible veracidad. Tipos que se las tragarán, las difundirán, retuitearán, amplificarán y contarán por todos los medios a su alcance. Como aparece en la cita de Mark Twain con la que inicio este post:

«Es más fácil engañar a la gente que convencerla de que ha sido engañada»

El sesgo de confirmación funciona a toda máquina en este inframundo moderno de las redes sociales, las noticias rápidas y los titulares tendenciosos. El sesgo de confirmación es ese convencimiento en toda aquella información, lectura, escucha o dato que concuerda con las creencias propias, para, de ese modo, confirmar o dar por contrastado nuestro pensamiento. El componente emocional juega un papel relevante en este llamado sesgo, «pensar con las tripas», y así podemos observar a diario cómo hay personas que creen firmemente todo lo que dicen sus líderes «espirituales» (pueden ser políticos, culturales, deportivos, periodísticos) al mismo tiempo que descartan esas mismas teorías si son expresadas por alguien a quien desprecian. Vivimos en una sociedad fuertemente polarizada y en la que ha crecido exageradamente la «posverdad», esa palabreja que hace referencia, según la RAE, a la «distorsión deliberada de una realidad, que manipula creencias y emociones con el fin de influir en la opinión pública y en actitudes sociales».

Y aparte de las redes sociales o el desastre de la mayor parte de los medios de comunicación, advierto otro peligro para los años venideros: la expansión de la Inteligencia Artificial. Porque se alimenta de la popularidad de lo que ya existe en las redes y los medios, no del documento base original, y pesa más la estadística de un dato previamente difundido que su validez. La información tiene más posibilidad de transformarse en verdad para la IA si es popular que si es real. Copilot, Chat GPT, Perplexity, Meta AI y demás herramientas son estupendas, pero me pregunto cuántos de sus usuarios se quedan en la primera respuesta o contrastan la misma.

Por la parte que me toca como responsable del blog, trataré de mantener el rigor… y alguna vez colaré una falsedad. Gorda, bien gorda.

Sobre falsificaciones y los crédulos interesados

La poeta y el asesino es un libro sorprendente que recoge la investigación realizada por el periodista Simon Worrall acerca de la figura de Mark Hofmann, uno de los mejores falsificadores que hayan existido nunca, si no el mejor, habida cuenta de lo que el libro narra. La vida de Mark Hofmann es doblemente fascinante, por su habilidad para elaborar documentos que luego vendía como originales, ya fuera un poema de Emily Dickinson, autógrafos de Lincoln, cartas de Mark Twain o George Washington, y por su capacidad para vivir una vida paralela como respetado miembro de la comunidad mormona en Salt Lake City, una religión (o secta) a la que despreciaba profundamente.

Encontró un filón entre los mormones gracias a la querencia de sus máximas autoridades por la búsqueda de documentos antiguos que pudieran perpetuar su doctrina oficial, una doctrina que, no conviene olvidar, se basa en que un tipo llamado Joseph Smith encontró unas planchas doradas en la parcela de un amigo a principios del siglo XIX. Unas planchas que contenían una serie de inscripciones jeroglíficas en «egipcio reforzado» supuestamente dictadas por el mismísimo Dios en el siglo III y que solo el propio Joseph era capaz de leer con unas gafas creadas por él mismo con cristales de colores. Un tipo medio analfabeto “tradujo” e interpretó esos dibujos y su mujer transcribió las palabras (sin comas ni puntos) para componer el famoso Libro de Mormón. La necesidad de los mormones de localizar documentos antiguos y la abundancia de fondos con los que cuentan fueron el filón que Hofmann necesitaba, un tipo que comenzó falsificando documentos sin mucha importancia, para, con el tiempo, atreverse a colar falsificaciones de veinte, treinta o más páginas que ofrecían corrientes contradictorias al pensamiento oficial de los líderes mormones.

La personalidad de Hofmann (que todavía vive, encerrado en una prisión federal) es digna de estudio. Por sus motivaciones, su psicopatía (fue condenado por dos asesinatos cometidos cuando el castillo de naipes de su vida comenzó a desmoronarse) y, sobre todo, por el desarrollo de sus conocimientos y habilidades. Falsificar un documento original tiene un trabajo importante: no basta con ser capaz de crear una tinta de hace doscientos años. También tenía que hacerse con papel de la época, envejecer lo que creaba, falsificar incluso otras “pruebas” que llevaban al documento que luego trataba de vender, y hace falta, además, algo decisivo: meterse en la personalidad de los autores falsificados, realizar un examen grafológico, asumir su escritura y componer un texto que resulte creíble. Y Hofmann consiguió todo eso con más de un centenar de celebridades, incluso de alguien tan complejo como la poeta Emily Dickinson, que es quien da título al libro.

Mientras leía la investigación periodística de Worrall, me dio por pensar en la dificultad de los historiadores y analistas de documentos antiguos para determinar qué es original y qué no, qué tiene valor, qué genera dudas y qué puede desdeñarse de primeras por ser una burda falsificación que alguien ha intentado colar. Es posible que nos hayan colado unas cuantas falsificaciones a lo largo de la historia, lo que, en el fondo, significaría que creemos en una historia hábil e interesadamente modificada por alguien. Habrá que confiar en todos aquellos que dieron por válidos acuerdos históricos, cartas de monarcas, gobernantes o literatos, documentos que configuraron el statu quo de tantas naciones y territorios. También libros como el Corán, los Evangelios, el Talmud o los manuscritos del mar Rojo. Durante siglos se dio por válida la Sábana Santa y solo a finales del siglo XX se pudo certificar que no lo era.

En los últimos meses hemos conocido que se van a desclasificar todos los documentos que quedaban en secreto sobre el asesinato de John F. Kennedy. Supongo que será otro buen momento para rescatar las teorías de la conspiración al respecto. Estaba prevista su desclasificación en 2029, pero ha sido una nueva orden ejecutiva de Trump la que, en su enésimo intento de pasar a la Historia con mayúsculas, lo ha anticipado.

En España no íbamos a ser menos (El sueño trumpista de Pedro) y el gobierno ha aprobado la desclasificación de todos los documentos del franquismo y de aquellos de la transición que se considere que no afectan a la seguridad nacional. Supongo que el proceso contará con las suficientes garantías de los historiadores y los especialistas en archivos para evitar cualquier intento de manipulación de la información. No quiero desconfiar de más instituciones en este país, pero, visto quiénes han puesto tanto empeño en manejar la ley de Memoria Democrática, prefiero estar en guardia.

El libro de Worrall desvela que las falsificaciones de Hofmann eran de una calidad inusual, hasta el punto de que verdaderos especialistas tenían muy complicado discernir si eran fake o “inventadas”, como gusta decir a Trump y a PdrSchz, o si se trataba de documentos originales. De hecho, algunos expertos no fueron capaces de explicar por qué sospechaban que algún documento era falso y lo dejaron como tal solo por el hecho de provenir del propio Hofmann.

Sin embargo, uno de los aspectos más interesantes del libro, sobre el que el periodista Worrall centra buena parte de su crítica, se encuentra en la explicación acerca del complejo entramado de casas de subastas, intermediarios y pseudoexpertos contratados por las mismas empresas que comercian con los originales… para venderlos aun sin contar con las suficientes garantías. Es obvio que no les interesa que les engañen, pero tampoco hacían las investigaciones más concienzudas del mundo, ni hacían esfuerzos serios por desmentir todo lo que les llegaba. Pagaban en el caso de que se demostrara que había habido un engaño y tapaban el caso antes de que saltara el escándalo. Su interés resultaba evidente: cuantas más operaciones, más comisiones para ellos, más facturación.

Algo parecido sucedía con los líderes de la comunidad mormona: tenían los fondos necesarios y querían controlar la información. Luego compraban lo que les llegaba si eso servía para controlar la doctrina “oficial” y no la alternativa que Hofmann promovía con sus falsificaciones, quien tuvo la habilidad de crear documentos que podían abrir un cisma en la Iglesia de los Santos de los Últimos Días, y así se aseguraba que se las compraran a muy buenos precios.

Hay falsificadores muy buenos, pero también hay mucho believer, gente muy crédula. Y no solo por ingenuidad, sino, en muchos casos, creyentes interesados en tragarse la falsificación si eso ayuda a sus fines, como en Sotheby’s o en la cúpula de los mormones. Vivimos en una época en la que la mediocridad general de la clase política deriva en una necesidad de falsificar los títulos, los másteres, los currículums o la aptitud para el puesto para el que han sido designados. No creo que lo hagan por vanidad, sino, simple y llanamente, por el burdo intento de que no se dé a conocer su incapacidad manifiesta para el cargo. Y quizás no sea tan burdo cuando cuelan y tantos tipos y tipas hacen carrera de ello.

Noelia Núñez, del Partido Popular, dimitió tras afirmar que tenía una licenciatura de Derecho de la que carecía. Algunos de los que se enojaban tanto y se ponían tan farrucos en público, como Patxi López, presumieron durante años de que «estudió ingeniería industrial», pese a que no pasó del primer curso. Alguno se sorprende ahora de que los másteres de Yolanda Díaz no eran tales másteres, alguno ni siquiera tenía categoría de curso, pero es algo que se desveló hace al menos cuatro años (vía Carles Enric) y en este mismo blog ya quedó constancia del hecho. Carles Puigdemont tampoco tiene el título de periodismo, y Cristina Cifuentes falseó su máster así como las supuestas pruebas que validaban su veracidad. Otros no han tenido que falsificar nada, como el Fiscal General del Estado, porque “simplemente” destruyeron cualquier posible prueba de un delito.

Lo peor que he visto últimamente ha sido la defensa de la ministra de Universidades, Diana Morant, de la falsificación del título universitario de su compañero de filas, José María Ángel Batalla. Coño, que ya lo explicó El Mundo en el artículo que enlazo aquí: este señor ha cobrado cuatro décadas un salario público porque cogió un título oficial y lo falsificó de manera cutre, ni siquiera con el “arte” de Hofmann. Cierto es que en la política, y en tu mismo partido, es fácil encontrar a mucho crédulo interesado que colabore para que la mentira perdure varias décadas. Aunque sean ministros.

Me preocupa mucho esta falta de pudor, la impunidad con la que se cometen todas estas tropelías. Y una vez más, vuelve George Orwell a mi mente, vuelve 1984:

«Quien controla el pasado controla el futuro. Quien controla el presente controla el pasado».

Volando puentes

No sé si ha sido casual, pero últimamente “me persiguen” las voladuras de puentes. El pasado fin de semana, sin ir más lejos, estaba viendo de nuevo El desafío de las águilas (con Richard Burton y Clint Eastwood a la cabeza) y la persecución de los nazis termina tras la voladura del puente, una vez logran huir de la fortaleza alemana. Pero esta es solo una de las “voladuras” de puentes que se me han presentado recientemente porque, en los dos últimos libros que he leído, aparecen situaciones referidas a esta misma acción:

  • Primero, en Revolución, de Arturo Pérez-Reverte, con la carga de dinamita que el ingeniero español Martín Garret coloca sobre los pilares del puente que da acceso a Ciudad Juárez.
  • Segundo, en Polvo, sudor y hierro, de mi amigo Félix Núñez. El subtítulo del libro es Un viaje por Castilla, y en uno de los capítulos, el autor recorre varios de los parajes en los que se rodó El bueno, el feo y el malo, una de las obras cumbre del spaghetti western y del director por antonomasia del género, Sergio Leone.

Volar un puente tiene algo no solo físico, no solo supone la destrucción de lo que suele ser una maravilla de la ingeniería con sus complicaciones para salvar un río o un barranco, sino un componente también metafórico, ya que supone devolver a una barrera natural su condición de obstáculo a evitar por el hombre. De ahí que en todas las relaciones internacionales, o en las negociaciones, ya sean de negocios o geoestratégicas, la expresión “derribar puentes” se refiera a la destrucción de un elemento que acercaba posturas distantes, las de los que están en lados opuestos de un precipicio.

La voladura del puente de Langstone en El bueno, el feo y el malo es una de las escenas más recordadas de la película, quizás la segunda o tercera tras el duelo en el cementerio de Sad Hill y cualquier imagen de Clint Eastwood mordisqueando el cigarro. Su rodaje estuvo lleno de complicaciones, hasta el punto de que no volaron un puente, sino tres. La escena se rodó en las inmediaciones de Burgos y el río por el que pasa es el Arlanza. El puente de madera fue construido en tiempo récord por el ejército español, que también prestó 2.000 soldados para que hicieran de extras, pero su voladura resultó poco espectacular para el director. Tenía que ser una de las escenas más memorables y quedó un poco floja. Supongo que esto es como lo de las escenas de coches en las pelis, que no basta con que den quince vueltas de campana: al final tiene que haber una tremenda explosión con una llamarada de veinte metros de altura.

Sergio Leone pidió que el puente se reconstruyera de nuevo y los soldados destinados por el ejército se pusieron a la tarea. Hablamos del año 1966, en plena dictadura franquista. En esta segunda ocasión, el director se encontraba dando instrucciones al oficial al mando acerca de la señal para activar la carga y poder reventar el puente. El oficial repitió las indicaciones por el walkie-talkie para demostrar que lo había entendido, con tan mala suerte que el receptor de las instrucciones entendió que era el momento y ¡boooom!, estalló el puente. Ni una sola cámara recogió aquel momento. El cabreo de Sergio Leone era inmenso, descomunal. Era la escena más cara de una película que se rodaba con el presupuesto ajustado de los spaghetti western, y ahí estaba él, sin puente, sin tomas válidas y sin más explosivos. Por fortuna para él, el responsable del ejército se comprometió a levantar el puente en un tiempo récord, como así hicieron, y por fin se pudo rodar la toma:

Esa voladura por error fue la “inspiración” para el célebre gag con el que comienza El guateque (1968), la divertidísima comedia de Blake Edwards sobre los destrozos del “extra” Peter Sellers en una fiesta privada en una mansión de Hollywood a la que ha sido invitado por error. El inicio de El guateque es extraordinario, y estoy seguro de que el careto del director que presencia la detonación accidental en pantalla es muy similar a la que tuvo Leone en tierras burgalesas (hacia el minuto 6 de este vídeo, aunque los anteriores son igualmente divertidos):

Es normal empatizar con Sergio Leone y con sus emociones tras lo sucedido. La destrucción de un puente en un rodaje tiene que ser forzosamente uno de los momentos más espectaculares de todo el metraje, pero también, uno de los más caros y costosos. Si, además, se pretende complicar haciendo coincidir la explosión con el paso de un tren, doble o triple coste, y cuádruple complicación.

Hoy se puede hacer casi todo con CGI y efectos digitales, pero a veces tengo la sensación de que vemos la voladura de un puente con la misma rutinaria emoción con la que observamos la destrucción de un edificio entero en una película de superhéroes: todo parece tener la consistencia de un castillo de arena en la playa. Y ojo, las buenas, buenas, las bien rodadas, son espectaculares, eso no lo pongo en duda. A veces te preguntas qué hubo de real en la destrucción del puente en Mentiras arriesgadas con los Harrier, por ejemplo. O, como todas las catástrofes mundiales y extraterrestres suceden en Manhattan (recordad el New York imaginado), es especialmente atractivo para los directores volar todos los puentes que conectan la isla con Queens, Brooklyn o New Jersey. La expresión “derribar puentes” de la que hablaba al inicio para representar el aislamiento, llevada a su máxima expresión. Así sucede en El caballero oscuro: la leyenda renace, de 2012, la conclusión de la trilogía de Christopher Nolan sobre Batman:

Lo cierto es que me atraen más las explosiones tradicionales, las de los artesanos de Hollywood con sus maquetas, con sobredosis de imaginación o con expertos reales en explosivos buscando la mejor manera de hacer verosímil un momento así. O los que derriban un puente a machetazos, como Indiana Jones en El templo maldito, otro magnífico momento en una película repleta de escenas memorables.

Excepto en Los puentes de Madison (y quizás aquí no habría estado mal), la aparición de un puente en el título ya es una indicación de lo que va a ocurrir: va a saltar en mil pedazos. Como en El puente de Cassandra (1976), otra de esas pelis de catástrofes de los setenta repletas de actores de primer nivel (Richard Harris, Sofía Loren, Burt Lancaster, Ava Gardner, Martin Sheen…). La solución que encuentran las autoridades para frenar la expansión de un virus que anda suelta en el tren pasa por el puente del título… y no dista mucho de ser algo así como “la solución final” tipo Zyklon B. Un puente tan ruinoso que ni siquiera hace falta dinamitarlo.

Un puente lejano (Richard Attenborough, 1977) es la excusa para una fenomenal película bélica sobre el despliegue de tropas aliadas en el centro de Europa. «Un puente demasiado lejano», que diría el general interpretado por Dirk Bogarde al final de la película a Sean Connery: A bridge too far en el título original. Aparte de los mencionados, la reunión de estrellas internacionales en esta película es de esas que solo se veían de manera excepcional: Robert Redford, Michael Caine, Gene Hackman, James Caan, Laurence Olivier, Liv Ullmann, Ryan O’Neal, Anthony Hopkins, Edward Fox, Elliot Gould,… Y el guionista William Goldman. ¡A los seguidores de la Imposición Rider les da algo! La pena es que con ese reparto no se lograra una película más épica. Está bastante bien, es entretenida, muy bien documentada, pero posiblemente sea deudora de su empeño por la fidelidad histórica, como contaba el propio Goldman en su libro de memorias como guionista (Las aventuras de un guionista en Hollywood, muy recomendable, de mis libros favoritos sobre este mundo «zumbao» de los guiones). Es decir, que las explosiones y exageraciones hollywoodienses a veces son necesarias para el espectador, ¡al carajo el rigor histórico!

Algo de eso sucede también con El puente sobre el río Kwai, peliculón de 1957 dirigida por David Lean. Recordad lo que os decía sobre el spoiler de los títulos y los puentes: hay que reventarlo, echarlo abajo como sea. Y no hace falta ser fieles a la historia. El verdadero puente sobre el río Kwai se encuentra a dos horas de Bangkok, en la ciudad de Kanchanaburi, y para la superproducción de Lean se construyó otro en plena selva en Sri Lanka, a cien kilómetros de Colombo, la capital. No se escatimaron gastos: trabajaron más de 500 personas en su construcción, 35 elefantes y el proyecto se demoró ocho meses. Se llevó cerca del diez por ciento del presupuesto total de la película, de unos tres millones de dólares de la época.

No solo eso, sino que el productor, Sam Spiegel, quería que en el momento de la explosión circulara un tren sobre las vías para aumentar la espectacularidad, así que compraron uno al gobierno local. Un tren ya en desuso, pero que pudiera circular por última vez para reventarlo a gusto. Pero, al igual que sucedió en la película de Leone, tuvieron un fallo en la toma: hubo un error de coordinación entre los encargados del tren, los cámaras y los responsables de los explosivos, así que el tren pasó de largo sin que detonaran las cargas y, como su frenada no estaba prevista, siguió circulando hasta que se estrelló con un generador eléctrico y descarriló. Más gastos, hubo que recomponerlo, devolverlo a las vías, hacerlo retroceder como buenamente pudieron y, finalmente grabar la toma. Los esfuerzos merecieron la pena, ya lo creo:

Y dejo para el final otro de mis momentos favoritos sobre derribos de puentes, el que vemos en El maquinista de la General. La obra maestra de Buster Keaton tiene casi cien años de antigüedad, es una producción de 1926, ni más ni menos, y sigue siendo una maravilla de ritmo, acrobacias, guion… y voladura de un puente. La película contó con uno de los mayores presupuestos de la época, 750.000 dólares de aquellos años, los previos al crack del 29. La destrucción del puente y de la locomotora se llevó 42.000 dólares, la más cara de la época. Su rodaje se hizo en unas vías abandonadas del siglo XIX en Oregón, y se utilizó una locomotora real. Los inconvenientes provocados por el equipo de rodaje durante varias semanas, como un incendio y varios accidentes, no fueron una molestia para la población, sino todo lo contrario, un aliciente, hasta el punto de que se invitó a todo el pueblo a que presenciara la voladura controlada del puente y la caída del tren al río. Una escena que salió bien a la primera, por fortuna para todos. Los restos del tren siguieron en el río como atracción para turistas durante varias décadas. La película se puede encontrar fácilmente en YouTube y es de lo más recomendable. Como esta escena. Cine sin efectos especiales.

Y aquí lo dejamos por hoy. Que vuelen un puente en una película es un gran momento, sin duda. Que te revienten el puente de la Constitución o el del Pilar por motivos de trabajo es una jodienda en toda regla. Se te queda el careto de Sergio Leone, por lo menos.