Ya que no podemos arreglar el mundo, hablaremos de lo que nos interesa: la política y los políticos, el fútbol, el cine, y todo lo que nos molesta, acompañados por unas jarras de cerveza. Bien fresquitas, por supuesto
Apenas un mes después de que regresáramos de nuestro viaje a la India, en noviembre de 2025, me enteré por la radio de que Joe Sacco presentaba un nuevo libro, El disturbio eterno, centrado en las revueltas de Uttar Pradesh de 2013. Como sus libros anteriores, no se trataba de una novela de ficción, sino de un «largo reportaje gráfico sobre conflictos étnicos en la India actual», en palabras de la promo que lo acompañaba. Así que no solo me hice enseguida con el cómic o el reportaje gráfico, sino que además me acerqué a la presentación en la Fundación Telefónica.
Joe Sacco no es un dibujante al uso, como los que han aparecido en este mismo blog, Paco Roca, Art Spiegelman, Marjane Satrapí…, sino que le diferencia del resto su formación principal, que es la de periodista. Esa cualidad diferencial se aprecia en todos sus trabajos (Reportajes, Notas al pie de Gaza, Gorazde, Un tributo a la tierra), en una huida de la ficción a la par que el denodado esfuerzo en la ardua tarea de la búsqueda de la verdad. Insistió en ello varias veces a lo largo de la charla que mantuvo con Guillermo Altares. No solo habló de su nueva obra, sino que además mencionó varias veces lo que tenía en común con otros de sus anteriores trabajos: cómo se establece el relato, muchas veces alejado de la verdad, y cómo las mentiras se construyen de manera consciente. Y cómo quienes lo perpetran fundamentalmente son los políticos y líderes religiosos para manipular y dirigir a la población.
Joe Sacco nació en Malta en 1960, vive en Estados Unidos desde hace décadas y, quizás por ello en estos tiempos actuales, sabe que su guerra contra las fake news es una batalla perdida. Es un término en el que no cree, porque parece que con el mismo se relativiza su importancia, como si las fake news fueran fruto de un error o de un malentendido, cuando en realidad forman parte de una campaña para imponer una «verdad» alternativa con la que beneficiar los intereses de sus promotores. Recordad el peligro de la creación de esa «memoria colectiva» sectaria de la que ya hablamos en este mismo blog.
El disturbio eterno se sitúa en un país en el que se juntan todo tipo de discriminaciones y desigualdades: por religión, por sexo, por raza, por clases sociales. El sistema de castas sigue vigente en la actualidad, aunque oficialmente fuera abolido, y los conflictos religiosos no se cerraron con la independencia de Pakistán en 1947, poco después de la independencia de la propia India. Es el caldo de cultivo perfecto para que los líderes locales agiten el avispero de aquellos cuyas voluntades manejan. Solo así se entiende que un crimen local en una pequeña aldea rural acabara convertido en un enfrentamiento entre poblaciones que duró varias semanas y se llevó por delante a cerca de dos mil personas. Ese era el germen de la investigación de Joe Sacco, quien trató de llegar al origen del conflicto y a los testimonios de los intervinientes en las revueltas para entender cómo pudieron suceder.
Lo primero que sorprende en los dibujos de Joe Sacco es la precisión de sus dibujos, el esmero en retratar los detalles de las caras, las ropas y los paisajes que aparecen en cada viñeta. Para mí, que acababa de llegar de aquel sorprendente país, fue una delicia observar cómo reflejó el caos del tráfico local o recordar a esas mujeres amasando las boñigas de vaca con las que cocinarán o calentarán el té (juntar «delicia» y «boñigas de vaca» en la misma frase tiene su mérito).
Los personajes tienen rasgos propios, están perfectamente definidos, si bien, como contó Sacco, se vio obligado a modificar alguna característica de alguno de ellos para evitar descubrirlos, violar la confidencialidad de los testimonios que le prestaron a lo largo de decenas de entrevistas. Si uno se fija en la portada, en esa imagen de una turba violenta que da miedo (una imagen empleada numerosas veces para advertir del peligro de las masas descontroladas, como en Frankenstein o su parodia en Los Simpsons), el grupo de hombres armados con palos está formado por individuos distintos, diferenciados, con pelo más corto o más largo, bigote, barba, ambos o ninguno, turbante, banda, pañuelo… Sacco explicó que quería destacar precisamente eso, que se trata de hombres que toman sus propias decisiones, no de una masa impersonal. Y lo logra, el realismo, la sensación de veracidad, no se abandona en ningún momento de toda la obra.
Otro de los aspectos que llama la atención en El disturbio eterno es la extrema polarización social en la región en la que se dieron los incidentes. Una violación sucedida entre musulmanes e hindúes está en el origen del conflicto. La reacción posterior de las autoridades, al frenar la investigación oficial por un mero cálculo electoral (ya que condenar al autor podía llevar a que el dirigente perdiera apoyos de toda la comunidad musulmana) fue el detonante del estallido que asoló la zona durante las siguientes semanas. Las comunidades pueden haber convivido durante décadas de manera aparentemente pacífica, pero el riesgo de conflicto permanece latente, entre otras cosas porque la propiedad de la tierra es de mayoría hindú y la mano de obra barata, musulmana. El crecimiento demográfico de esta última comunidad es muy superior al del resto de grupos étnicos o religiosos del país, y eso es otra fuente de problemas en un país con un líder nacionalista hindú como el actual, Narendra Modi.
Sacco intenta desarrollar su labor de investigación periodística en el libro de manera objetiva (el autor se retrata a sí mismo en numerosas viñetas), pero encuentra dificultades de toda índole por el relato impuesto y narrado de boca en boca entre comunidades, un relato parido y difundido por los líderes locales que alimenta los extremismos y el odio soterrado. Para Sacco, un autor con tanto mundo a sus espaldas y espectador de varios conflictos, resulta llamativo comprobar que algunos falsos relatos (no fake news) cambian de país y contexto, pero se repiten. En el libro habla de la «Yihad romántica», una teoría según la cual los musulmanes seducen a mujeres hindúes para procrear hijos musulmanes y, una vez conseguido, las repudian. Según Sacco es la misma teoría de «El Gran Reemplazo» que los grupos de extrema derecha están propagando en Francia.
Merece la pena leer El disturbio eterno. Merece la pena intentar comprender el país más poblado del mundo, la supuesta «mayor democracia» existente, algo sobre lo que Joe Sacco es muy crítico por el peso de los líderes locales ante sus comunidades. Y un país donde la prensa no es libre, en el que los periodistas extranjeros no son bien recibidos porque se entiende que pueden dar una imagen distorsionada del país, la democracia flaquea, deja de existir (por desgracia hay líderes europeos que lo saben y a los que no les importa controlar los medios con todo tipo de armas a su favor). La veterana periodista francesa Vanessa Dougnac, con más de 25 años de presencia en el país, se quejaba amargamente en diciembre pasado de la represión que sufrían los periodistas locales y de cómo los extranjeros eran invitados a abandonar el país. Cuando solicitas el visado, es una de las profesiones que te aconsejan no poner, so pena de que te denieguen la entrada al país.
Joe Sacco concluye el libro de una manera desoladora, con un tono de desencanto ante el polvorín que vio desfilar ante sus ojos. Será cuestión de tiempo que haya un nuevo estallido de violencia. Nada, por otro lado, que no haya presenciado el autor en otras regiones. Los Reyes «majos» me han regalado la obra más conocida de Joe Sacco, Notas al pie de Gaza, de 2009, así como la actualización posterior al 7 de octubre de 2023. Será duro, no tengo ninguna duda. Pero también sé que será objetivo, y en este asunto es algo cada vez más difícil de encontrar.
En el último post que escribí (De Frankenstein a la IA: los Prometeos modernos), terminaba manifestando mi ignorancia sobre el cine actual, no porque supiera más o menos del mismo, sino por mi visión totalmente contrapuesta a la de la crítica. No coincido en nada con ellos. Ya me pasó en las últimas ediciones de los Óscar. Lo que para casi toda la crítica es una maravilla, a mí me parece un truño de proporciones bíblicas, mientras que lo que me ha podido gustar en tiempos recientes es despachado por la crítica, en el mejor de los casos, con un «pasable», «amable» o «entretenida sin más».
A lo largo del mes de diciembre de 2025 se publicaron varias listas con las mejores películas del año según el criterio de varios medios y críticos especializados. Por un lado, comprobé que había visto muy pocas de las seleccionadas por los críticos (no creo que haya sido un año excepcional), y por otro, vi que la distancia que me separaba de lo que habían dicho acerca de las obras que sí había visto era gigantesca. Mientras daba el pequeño repaso que voy a dar ahora a las pelis del último año y medio, me di cuenta de que en mí está creciendo un sentimiento que antes no experimentaba cuando veía una película, que no es otro que el hecho de que los personajes me importan poquísimo. Como decía Rhett Butler en Lo que el viento se llevó: «Francamente, querida, me importa un carajo». Una traducción más ajustada al «bledo» con el que nos doblaron el «I don’t give a damn» original, o el «comino» que validó la censura.
Durante décadas, yo veía una película y sufría, me enamoraba o me divertía con lo que le pasara a Paul Newman, Kirk Douglas, Jack Lemmon, Katharine Hepburn, Cary Grant o Ingrid Bergman. Empatizaba con sus amoríos o sus preocupaciones. Si sufrían, yo estaba fastidiado en mi butaca. Si disfrutaban del momento, me arrastraban en su alegría. Ahora veo estas pelis ensalzadas por la crítica y a la media hora, o a veces menos, me importa un carajo lo que le ocurra a los personajes.
Sirat, de Oliver Laxe. Está en todas las listas que se han publicado a final de año y se ha llevado un montón de premios importantes, como el de mejor película en el festival de Chicago, el premio especial del jurado en Cannes o el de mejor banda sonora para la Asociación de Críticos de Los Ángeles. Las críticas no han podido ser mejores. «Una obra apabullante que deja al espectador en estado de trance», según Nando Salvá en El Periódico. «Una película sorprendente, emocional, reflexiva y comunitaria, como la cultura rave», para Pepa Blanes en la Cadena Ser. Luis Martínez, en El Mundo, llega a afirmar, supongo que sin sonrojarse, que «Sirat recuerda a Centauros del desierto«, ¡nooo, por favor!, «es un trabajo que conmueve y, en su sentido menos frívolo, entretiene (que no distrae) de manera casi impúdica». Incluso Carlos Boyero en El País, normalmente muy crítico con todo el cine moderno, nos habla justamente de lo contrario a lo que yo siento ante el desfile de mugre que se muestra en pantalla: «la fascinación ante el poderío visual de lo que transmite la pantalla, los sonidos se convierten en una sinfonía, no me distraigo en ningún momento, me perturban las calamidades que van ocurriendo en el camino, me engancha la atmósfera que desprende la historia». Yo estoy fuera de la trama desde el inicio y no me integro en ningún momento. Me importa un carajo lo que le suceda a esa panda de tipos siniestros medio drogados y enganchados a una música espantosa. Mejor banda sonora, tienes que deshuevarte con estas cosas… Para mí, Sirat es un tostón infumable, una estafa al espectador, una cosa extraña en la que estás deseando que los personajes se despeñen por un barranco o perezcan por sobredosis en sus hediondas caravanas. No hay diálogo interesante, no hay un guion sólido, la música es cargante, los actores no transmiten, no tienen nada que contar, nada traspasa la pantalla, salvo su olor, quizás. Lo mejor que he leído sobre este engendro es la crítica de Alberto Olmos en El Confidencial. «Vivir al margen, no tener nada que decir y morir como un idiota. Cabe preguntarse si Sirat parodia una forma de vida o la defiende con involuntaria mala fe». Si alguien tiene dudas acerca de verla o no, que lea la crítica completa: es mucho más divertida que la peli. Y tremendamente reveladora. Solo dejo esta frase más, demoledora: «La película dura dos horas y yo creo que su guion cabe en quince páginas».
Sinners / Los pecadores, de Ryan Coogler. Acaba de conquistar cuatro premios importantes en los Critics Choice Awards: mejor guion, mejor banda sonora, actor joven y reparto. La película tiene una primera hora vibrante, muy entretenida, una especie de drama sureño de época con conflictos raciales y una música potente, que es, de largo, lo mejor que ofrece. Luego, tras esa primera hora, se convierte en un Abierto hasta el amanecer en versión Black Lives Matter. Michael B. Jordan se duplica para interpretar a dos gemelos y sus papeles de gángsters de ciudad que regresan a los orígenes molan, están muy bien. Igual que los amoríos que ambos recuperan. Pero en el momento en que entran los vampiros, deja de interesarme prácticamente todo para pasar solo a divertirme, que no es poco. Tiene escenas muy potentes y otras totalmente irrelevantes. El baile de los vampiros ha tenido su público, aunque para mí rozaba el ridículo, sin sobrepasar nunca la barrera. Y queda a años luz de las risas y estupefacción que me dejó en su día El baile de los vampiros de la peli de Polanski. Es una buena peli, no digo que no, ¿pero el mejor guion para los críticos? ¿De verdad? Conseguirá muchos más premios, estoy seguro de ello. El asunto interracial siempre ayuda.
Una batalla tras otra / One battle after another, de Paul Thomas Anderson. Por supuesto que es una buena película, casi tres horas intensas que disfruté como hay que hacerlo, en el cine y con un sonido envolvente, muy necesario con una banda sonora como la que acompaña a la trama. Pero no me pareció «extraordinaria, una obra maestra inabarcable», como dijo Sergi Sánchez en La Razón. Ni una peli que «va de un lado a otro todo el rato y no para de sorprender durante las casi tres horas que pasan volando», según afirmó Jordi Battle Caminal en La Vanguardia. Por supuesto que tampoco estoy de acuerdo con el odiador profesional metido a crítico cinematográfico Carlos Boyero, quien habló de «un bostezo tras otro en la película del año». «Una de las películas más tontas e insoportables del año, un delirio sin causa…». No recuerdo ahora a quién se lo leí, o si lo escuché en la radio, pero un crítico llegó a decir que era la mayor obra maestra rodada en la última década, y una de las cinco mejores películas de lo que llevamos de siglo. A ver, está bastante entretenida, en especial por determinadas escenas, como las persecuciones con ese sonido machacante de fondo, pero el guion tiene lagunas considerables y varios despropósitos. Y no consigue que nos interese (al menos a mí) ni uno solo de los personajes. Ni el fumao de Leonardo Di Caprio, ni el insulso Benicio del Toro (y ya es difícil convertirlo en un «sin sal»), ni mucho menos el histriónico y exagerado personaje de Sean Penn. Para matarlo varias veces, y por lo visto en pantalla, el director pensaba lo mismo que yo. Lo mejor son las dos actrices, Teyana Taylor (la zumbada Perfidia Beverly Hills) y Chase Infiniti (la inicialmente moderada y controlada Willia Ferguson) y un ritmo que no decae, si bien, luego llegas a casa, te pones a «racionalizar» lo que has visto, analizas el sentido de algunas decisiones de los protagonistas y no se sostienen por ningún lado.
En algunas de las listas aparecen biopics como el de Bob Dylan, Un completo desconocido, o el de María Callas. No logro que me interesen demasiado, el de Dylan está muy bien por la música y la constatación de que el cantante norteamericano es un bicho raro, y el de María Callas es directamente un tostón. Muy propio de su director, el chileno Pablo Larraín, al que le siguen produciendo películas sobre mujeres interesantes que convierte en aburridas (Spencer, sobre Lady Di, y Jackie, sobre Kennedy/Onassis). Ha habido historias que me han interesado mucho más, como las de Jurado nº 2, por mucho que no sea una de las mejores del bueno de Clint Eastwood, o la tercera entrega de Puñales por la espalda, con un guion potente y algo tramposo, pero repleto de personajes interesantes. No pido mucho más, que los personajes no me importen un carajo. Me gustó La infiltrada, me divirtió saber de las andanzas del profesor inglés atrapado en la Argentina del golpe en Lo que aprendí del pingüino y me encantó recuperar Los que se quedan, de Alexander Payne, de 2023. Historias con personajes reales, de carne y hueso.
Esta noche se entregan los Globos de Oro. Sirat es un truño gigantesco, creo que mi opinión ha quedado clara, pero es posible que pille algo. Sinners y Una batalla tras otra seguro que también cosechan premios. No están mal, de verdad, pero, ¿no ha habido nada mejor este año?
La palabra del año 2025 según la Fundéu (Fundación del Español Urgente) ha sido “Arancel”. Siempre me ha interesado esta elección, aunque luego casi nunca me gusta la palabra escogida, porque me parece un eufemismo. Un arancel es una barrera, igual que me parecen eufemismos muchas de las palabras escogidas en los últimos años. La de 2024, “dana”, es una tragedia horriblemente gestionada. La de 2023, “polarización”, suena más light que división, que es a lo que realmente se juega desde hace tiempo en todos los países y con todos los asuntos de los que se hable. “Emoji” representa la estupidización del lenguaje, “microplástico” camufla el verdadero peligro, “aporofobia” esconde mucho “hijoputismo” y “posverdad” es una mentira que perdurará en el tiempo. Y mucho me temo que con la IA se convertirá en verdad.
Si el Lester que escribe en este blog tuviera que escoger una palabra para definir el año sería “gratitud”. Ya ha sido evidente en los años anteriores de existencia de este blog que estoy muy agradecido a muchas cosas y a mucha gente, a la suerte/trabajo y a los compañeros de andanzas, pero este año cobra especial significado tras nuestro paso por el “Gratitude Bootcamp” de la India, del que ya hemos hablado en otras ocasiones en el blog. Por esa razón, el vídeo resumen de este año tenía que hablar de gratitud, de la India, de Islandia, de la familia y de toda esa buena gente que ha estado cerca, muy cerca, en este viaje de 365 días:
La experiencia de inmersión en la India se realiza en Bodh Gaya, una pequeña ciudad al nordeste del país, en una de las regiones más desfavorecidas de un país que ya es pobre de por sí. La superpoblación no ayuda, lógicamente. Ni el clima, los conflictos religiosos, el sistema de castas, la corrupción política, el machismo de la sociedad o la situación económica del país tras la independencia del Imperio Británico.
Aun con todo eso en contra, Dhirendra Sharma, el director de Bodhi Tree School fue capaz de enseñarnos a vivir «en» el agradecimiento, o «con» el agradecimiento en el centro de nuestra vida, como hacía él. Y no hablaba de agradecer las buenas cosas que tenemos, sino también las que pueden parecer negativas. «La mierda es compost», nos dijo en una de nuestras charlas. Una simpleza tan poco budista o tan poco espiritual podía ser mucho más gráfica que mucha palabrería vana de la que hacemos gala en occidente.
El viaje estuvo perfectamente organizado, todo un prodigio de coordinación, buen rollo, orden y cumplimiento de previsión y horas en un país en el que la planificación y la puntualidad brillan por su ausencia. Raquel y Víctor fueron los dos mejores guías posibles para hacer de esta, la primera inmersión en la India de los doce viajeros/voluntarios, una experiencia inolvidable. No quiero contar mucho acerca de todas las actividades que hicimos y de todo lo que conocimos de primera mano (la escuela, las aldeas rurales, las familias, los monasterios budistas, el Tensing Lama, el Mahabodhi tree,…), porque me gustaría animar a varios amigos a conocerlo, como hice durante todo el año pasado. El desconocimiento de lo que vamos a hacer o de lo que nos vamos a encontrar forma parte de la experiencia del Bootcamp. Olvidarnos del móvil y de esa necesidad que tenemos en nuestro día a día de saber qué vamos a hacer. Como nos decía uno de los lemas del libro diario que íbamos rellenando:
Vivir ese momento concreto allí, ya fuera con el yoga a las 7 de la mañana, en la escuela con los niños, en las aldeas rurales, en las caóticas calles atiborradas de gente, tuk-tuks, vacas y puestos de mercadillo, o ya fuera en las charlas con Dhirendra o con las dinámicas de desarrollo personal por las noches. Me quedé con varias de sus frases, como que «en Europa tenéis de todo, menos paciencia». O cómo veía alguien como él, que vive el día o el momento presente, los miedos que nos acompañan siempre a los occidentales. Miedo a perder el trabajo, el estatus económico, la casa, la salud, los amigos… Miedo por cosas que no han pasado. «Fear», miedo. Acrónimo, según él, de «Fake Experiences Appearing Real». Falsas experiencias que se nos aparecen como reales.
No pude dejar mi mentalidad racional y occidental en varios momentos, y pensar que precisamente la planificación de occidente es la que nos lleva a pensar también en el progreso. O que las personas por lo general tendemos a querer conservar lo que tenemos antes de dar el salto a proyectos mayores. Y eso implica a veces tomar decisiones incómodas en el presente, pero que nos van a ayudar en el futuro. Y un pensamiento más, totalmente congruente con lo que vimos y vivimos allÍ: que el propio proyecto personal de Dhirendra basado en la educación tiene su fundamento en pensar en el futuro y el progreso, no solo en el presente.
Ha sido una experiencia maravillosa y nos marchamos de la India con una sonrisa en la cara sin dar la espalda a la miseria que existe. La educación es una vía de escape para algunos de los niños y niñas de las aldeas rurales, y para que puedan acceder a la educación, la escuela Bodhi Tree es única. Un proyecto que trata de enfrentarse al sistema de castas, a los matrimonios forzados en niñas de doce años, una escuela que intenta ofrecer una oportunidad de mejorar social y económicamente al menos a unos pocos, unos ochocientos niños en una zona en la que ni sabemos cuántos habrá. Conocimos familias con seis, siete y hasta ocho niños en las que solo uno o dos de ellos podían estudiar. El resto tendría que trabajar en el campo, con el ganado o cuidar de los más pequeños de la casa. Niños sin infancia, con una mirada distinta a la de sus propios hermanos, los afortunados que habían podido acceder a la escuela.
A Dhirendra no le gustaba hablar de dinero, ni siquiera tocarlo, pero el proyecto tiene un sentido último y es que los viajeros/voluntarios (aunque no fuera propiamente un voluntariado) dejen una donación final para contribuir al sostenimiento de la escuela. Entre las catorce personas que viajamos, las donaciones de amigos y los beneficios de Anatomía de un Negreirato dejamos un importe que, dependiendo del continente, puede ser normal, como en Europa, o destacable, como en la India. Entre los cinco grupos que hemos viajado ya a la India se ha podido cubrir unos dos tercios del presupuesto de la escuela, pero la gratitud allí no es nunca la de los chicos que se verán favorecidos por la ayuda. Es la nuestra por todo lo aprendido, por toda la experiencia acumulada y las inquietudes que nos traemos de vuelta.
Hace poco leí una frase de un personaje «poco hindú», pero que engarza a la perfección con las enseñanzas de Dhirendra, la frase de Gandhi o la mentalidad de algunas de las personas que conocimos.
“Aprende del ayer, vive el hoy, espera el mañana”.
Albert Einstein
¡Gracias!
Y como estos chicos no paran, ya tienen fechas para 2026. Para más detalles sobre el proyecto, lo contaron ellos mismos en este enlace.
28 de diciembre, el Día de los Santos Inocentes. Recuerdo que hace años, quizás cuando estábamos menos crispados que en los tiempos actuales, los periódicos y radios publicaban alguna noticia divertida, claramente falsa, que se expandía con mayor velocidad aún que la actual, pese a que no estábamos conectados todos los días a un aparato. Las inocentadas llegaban a todas partes, y no había posibilidad de tomas falsas, pues los propios locutores se partían en directo al tratar de colar alguna trola descacharrante. Sospecho que esta tradición se ha perdido porque nos resulta imposible bromear sobre nada: sobre política, filias y fobias deportivas, medio ambiente, religión, economía, monarquía o república… La polarización, supongo, palabra del año 2023 para la Fundéu.
Como echo de menos esa tradición, de la que nunca he sabido si es exclusivamente española. De hecho, siempre quise soltar mis propias inocentadas, bromas sin maldad que casi nadie podía creerse porque resultaban inverosímiles. Hoy ni siquiera se salvan por su inverosimilitud, pues la legión de «ofendiditos» es muy amplia. Imaginemos algunas posibles inocentadas:
«España sufre un apagón total en toda la península. El fallo eléctrico comenzó en una región del nordeste de España, se extendió por el resto del país y hemos dejado sin luz a Portugal como quien se carga los plomos de su casa y, como consecuencia, funde los de todos los vecinos. Solo funcionamos nosotros, los de la radio, y si tiene usted a mano un transistor de los antiguos con las pilas cargadas. Lejos de cundir el pánico, la gente se ha lanzado a los bares a agotar la cerveza fría y las hamburguesas antes de que las existencias se echaran a perder por la falta de refrigeradores».
«Un ministro del gobierno de España contrató como asesora a una prostituta cuyas imágenes se encontraban en el catálogo de chicas de su principal asesor en el ministerio. Al parecer, no era la primera vez que el ministro acudía al catálogo de su amigo y asesor, un cargo de confianza que llegó al puesto tras su anterior experiencia profesional como portero de club de alterne, de donde pasó a los comités internos del partido y de ahí, al consejo de administración de una empresa pública».
«El presidente de la comunidad valenciana dimite de su cargo un año después de su desastrosa gestión de la dana, tras haber dado una decena de versiones diferentes, desde que estuvo al pie del cañón desde el minuto 1, hasta que no le llegaron los avisos, pasando por almuerzos de trabajo, que luego eran privados y posteriormente, actos del partido. En la absurda estrategia de defensa que mantuvo durante cerca de doce meses, manifestó que se trasladó directamente del almuerzo de cinco horas de duración al centro de gestión de emergencias para luego desdecirse de su propia versión, de la hora de llegada y hasta de las razones de su cambio de vestimenta».
«En la declaración del principal testigo en el caso de enchufismo en la Diputación de Badajoz, el investigado fue incapaz de enumerar las funciones de su cargo, la dirección de la oficina, el personal que dependía de su departamento y hasta el domicilio en el que supuestamente vivía. En una declaración bastante confusa, llegó a decir que no lo recuerda porque comenzó una reforma de su casa en 2022, cuando empezó la pandemia, según manifestó, aunque luego dudó respeto a las fechas, y concluyó que entre unas cosas y otras todavía no había ocupado la misma».
«Las cosas funcionan tan bien en el país que el gobierno de España aprueba renunciar a 60.000 millones de euros que estaban a disposición desde hace cinco años. Los fondos obligaban a aprobar una serie de reformas que el gobierno era incapaz de sacar adelante, pero nos llega un comunicado de nuestro principal patrocinador que nos dice que, en la versión que debemos publicar hoy, digamos que no nos interesaba aceptar estos fondos en las condiciones que se imponían desde Europa. A las preguntas de los periodistas sobre las subvenciones pendientes de recibir y las posibles devoluciones de algunas de las partidas ya cobradas, el gobierno ha manifestado su nula preocupación al respecto».
«La periodista de investigación que nunca ha publicado un solo trabajo de investigación acudió a la comisión de investigación para defenderse de las acusaciones tras su intento de extorsión a un juez, del cual ha ofrecido a varios medios un vídeo de contenido sexual. La presunta periodista de investigación está siendo investigada en otro caso por los supuestos delitos de prevaricación y cohecho, así como por su participación en las irregularidades encontradas en la adjudicación de varios contratos públicos por parte del partido para el que supuestamente trabaja, si bien en su defensa ha alegado que actuaba por cuenta propia y que estaba recopilando información para escribir un libro».
«El gobierno rescató con más de 50 millones de euros a una compañía aérea por su importancia estratégica. La compañía tenía un solo avión en funcionamiento y representaba el 0,03% del tráfico aéreo total del país. Para esta intervención con dinero público, fueron fundamentales las buenas relaciones de un expresidente español con el gobierno del dictador del país al que pertenece la aerolínea».
«El Congreso no ha aprobado una veintena de reformas necesarias al no contar con los votos suficientes para la validación de los decretos. Para ello era fundamental contar con el voto favorable de un partido independentista controlado por un prófugo de la justicia que vive en un país centroeuropeo. El fugado reprochó que no se habían cumplido los compromisos a los que llegó con el partido del gobierno, entre los que se incluían una amnistía de sus propios delitos, el cambio de la consideración del delito de malversación de fondos públicos y la condonación de la deuda a la comunidad autónoma por la que trabaja en exclusiva su partido. Aquellos acuerdos fueron alcanzados con el secretario de organización de entonces, ahora caído en desgracia tras haber pasado unos días en prisión provisional, debido a la investigación en la que se halla inmerso por el cobro de comisiones ilegales».
Son inocentadas de lo más gracioso, ¿verdad? Menos mal que resultan inverosímiles, porque tienen su gracia. O ni p… gracia. Pero sería injusto por mi parte dar por ciertas estas noticias, puesto que, en la mayoría de ellas no hay condena aún y existe, por tanto, la presunción de inocencia, que voy a respetar más que nunca en un día como hoy. Porque todos somos inocentes hasta que se demuestra lo contrario, ¿no? Ah, se me ha ocurrido una inocentada más:
«Tras la sentencia del Tribunal Supremo en la que se condenaba al Fiscal General del Estado por revelación de secretos, el presidente de gobierno y varios de sus ministros han afirmado que el condenado es inocente, incluso tras los abundantes indicios en su contra recogidos en la sentencia, por sus actuaciones y maniobras en las horas posteriores a conocerse el acuerdo filtrado. Es una lástima que el Fiscal hubiera borrado del móvil todas aquellas pruebas que podían haber demostrado su inocencia. El presidente añadió que se ha cometido un atropello contra el exfiscal, y concluyó que tratarán de corregirlo en el Tribunal Constitucional«.
El Frankenstein de Guillermo del Toro era una de las películas que más expectación había creado en este 2025 a punto de finalizar. Ya desde que se supo de su rodaje, de la amplitud de medios con la que contaría, como es habitual en las superproducciones de Netflix. El hype generado aumentó tras su presentación en el festival de Venecia y algunas reseñas positivas de la historia. El director mexicano ha alcanzado ese estatus privilegiado en el que sus proyectos son esperados por millones de seguidores y sus propuestas, por arriesgadas que parezcan, suelen contar con un gran recibimiento de crítica y público.
La carrera de Del Toro parece marcada por una afición inagotable por las criaturas más «extrañas», ya sean de otro mundo, engendros de este mismo o venidas del más allá. Y no solo en lo visual, sino en la propia concepción de las tramas, en las que suele ejercer también el papel de guionista. En mi «colección» particular, me interesó especialmente esa manera de mezclar los monstruos imaginarios con nuestra guerra civil en El espinazo del diablo y El laberinto del fauno, si bien nada me sorprendió más que el buen recibimiento en Hollywood de esta última, ganadora de tres Óscar. O que una historia que, por argumento y por estética, podía haber sido rodada en los sesenta, como La forma del agua, se llevara cuatro Óscar, entre ellos, algunos de los principales, como la dirección y la mejor película. Aprecio de este bonachón mexicano que, cuando podía acomodarse en propuestas más facilones y rentables, da un nuevo salto en su carrera y te suelta un puñetazo en el estómago con El callejón de las almas perdidas, o se empeña en una producción de dibujos animados como Pinocchio (Óscar a la mejor película de animación).
Posiblemente, lanzarse a realizar un nuevo Frankenstein carece del riesgo de algunas de las obras mencionadas, pero encaja perfectamente en las líneas argumentales que suele desarrollar el director y guionista, obsesionado por dar vida a nuevas criaturas. Contó con 120 millones de euros y libertad total para desarrollar su producción, en la que hace todo un despliegue de diseño, tanto en efectos como en vestuario, escenarios (el laboratorio del doctor Frankenstein, las galerías subterráneas, ¡esa torre!), unos decorados repletos de detalles… hay pocos directores ahora mismo con la capacidad para crear una ambientación concreta, de terror gótico en este caso, como Guillermo del Toro. La película es una adaptación bastante fiel de la novela de Mary Shelley, con los elementos principales de la misma, como hiciera la de Kenneth Branagh de 1994: el polo Norte, la obsesión del científico por crear vida, la novia del hermano/amigo, el ciego del molino que enseña a hablar y a leer a la criatura… La fidelidad a la obra original no es garantía de mayor interés, como se ve en las reseñas de algunos críticos (tanto a del Toro como en su día a la obra de Branagh) o como se vio con las obras clásicas de James Whale de la década de los treinta, adaptaciones bastante libres que siguen maravillando casi cien años después de su estreno.
Pero hoy no quería centrarme solo en la película en sí, sino en la evolución que ha tenido el género. Leí la novela de Mary Shelley hace unos años, más o menos coincidiendo en el tiempo con la versión de Branagh, interpretada por él mismo, por Helena Bonham-Carter y con Robert de Niro en el papel del monstruo. La obra lleva el subtítulo de El moderno Prometeo, en referencia al mito griego del titán que desafió a los dioses al robarles el fuego y concedérselo a los humanos, que pudieron evolucionar a partir de su conocimiento. El Prometeo de la mitología griega fue castigado por los dioses a vivir una eterna condena (encadenado y torturado con el «agradable» devoramiento de su hígado por parte de un águila), una condena infinita por cuanto el titán era inmortal y cada noche su hígado se regeneraba para que pudiera ser picoteado de nuevo al día siguiente.
La obra causó conmoción en el momento de su publicación, hace ya más de 200 años. Desde su edición original, en 1817, en las distintas versiones posteriores que se han hecho, la idea del científico capaz de otorgar vida a sacos de carne inerte fue acompañada siempre por la maldición de su propia obra. Al éxito del Prometeo moderno en su logro le sucede la desgracia. La versión de Guillermo del Toro no puede escapar a la tragedia, lógicamente, y ofrece un final que logra ser triste y reconfortante al mismo tiempo, quizás el único posible, y aún más desencantado que el del libro.
Los modernos «Prometeos» del cine han evolucionado del terror gótico de Frankenstein al desarrollo tecnológico, de la biología a los circuitos y procesadores, de la creación física a la inteligencia artificial. El desarrollo de la robótica hizo mucho por este cambio de perspectiva. La idea de que se podía regenerar un organismo y devolverlo a la vida fue sustituida por la de la máquina a la que se dota de autonomía y capacidad para razonar. Lo que no cambia es la maldición que sucede y en la mayoría de estas historias, la criatura termina rebelándose contra sus creadores. En esta línea, el HAL 9000 de 2001: Una odisea del espacio generó un interesante debate en su momento, a finales de los sesenta, por la terrorífica idea de ese súper ordenador capaz de saltarse las leyes de la robótica y asesinar a una persona. La novedad, además, radicaba en el hecho de que el «bicho» no tuviera forma humana, como anteriores creaciones como la María de Metrópolis (1927) o el Robby de Planeta prohibido (1956). ¿Cómo te enfrentas a una supercomputadora todopoderosa, omnipresente, que controla cada uno de tus movimientos en un espacio cerrado? Un miedo similar al que nos supuso ver cómo el ordenador de Juegos de guerra podía tomar decisiones autónomas y provocar la tercera guerra mundial.
El miedo a lo que no podemos controlar está siempre presente, igual que el componente mitológico del «desafío a los dioses» y la posterior maldición, ya sea un amasijo indestructible creado a partir de desechos humanos o una serie de circuitos con capacidades que superan en todo a las humanas. El «mal rollo» que nos dan está siempre ahí, presente o latente. Y subyace la idea de que una creación humana pueda acabar precisamente con la humanidad. A finales de los setenta y principios de los ochenta se trató de «humanizar» algo a estas criaturas y se hicieron indistinguibles de las personas, como ocurría con el Ash de Alien (1979) o el Bishop de su secuela, Aliens: el regreso (1986), los replicantes de Blade Runner (1982) o ese niño de 1985 llamado D.A.R.Y.L., acrónimo de Data Analyzing Robot Youth Lifeform. Los replicantes al menos tenían una vida limitada, mientras que el tal Ash era un redomado hijo de puta con tanta mala leche como el peor de los seres humanos. Quizás por ello, la figura del androide se rehabilitó para la segunda parte, aunque le pesara a la buena de Ripley.
Ahora tenemos el boom de la Inteligencia Artificial (aunque aún no hayamos llegado al momento de plantearnos cómo detener Skynet o Matrix) y los sesudos estudios sobre incorporar la ética en su toma de decisiones. Ha habido algunas películas muy interesantes como Her (2013), una I.A. de compañía para combatir la soledad de la sociedad actual, cuyo final termina siendo desolador para su «amigo/amante» humano. Y algunas otras tirando a flojas, como Transcendence (2014), con un Johnny Depp convertido en el todopoderoso megaordenador a cuyo creador se le ha ido la pinza en su afán por controlarlo todo. El título que he escogido para este post se me ocurrió al comparar, salvando todas las distancias del mundo, el Frankenstein de Guillermo del Toro con la magnífica Ex machina de Alex Garland, película de 2014. Una criatura hecha de piezas diversas e intercambiables, piel artificial, circuitos a la vista, con la sensualidad de Alicia Vikander y una poderosa inteligencia. Atractiva, manipuladora, rebelde, encantadora… la maldición de Prometeo se repite.
No podía acabar este texto sin mencionar dos películas relacionadas con la temática, pero completamente diferentes entre sí. Una creación biológica, clásica, y otra a base de microprocesadores e IA. Una obra maravillosa y otra terrible, espantosa.
Pobres criaturas (2023), de Yorgos Lanthimos. «Una película extraordinaria, tan radical como divertida, tan creativa como precisa, tan visualmente deslumbrante como efectiva a la hora de abordar uno de los asuntos tratados de forma más recurrente por el cine actual». «Una experiencia irresistible, aunque quizás esclava de su propia brillantez». Pese a algunas de las críticas que leí en su día, es un espanto de principio a fin. Una Emma Stone «frankensteinizada» que descubre el sexo en una película que es todo un esperpento multicolor de fealdad y personajes grotescos. El desafío intelectual que plantea al espectador es nulo, aporta menos que el primer orgasmo de la «pobre criatura», cuando se introduce un… en fin, cuatro Óscar y el León de Oro de Venecia, yo ya me retiro de esto.
A.I. (2001), de Steven Spielberg. El proyecto comenzó con Stanley Kubrick, quien trabajó en la historia desde los setenta y persiguió llevarla a la pantalla durante décadas, si bien la muerte lo sorprendió en 1999, cuando ya Spielberg había comenzado a hacerse cargo del mismo. El niño David es creado para satisfacer a sus padres humanos y poder desarrollar sentimientos como el amor o el cariño, pero, lo que podía ser una historia hermosa, de buenos sentimientos, termina siéndolo de dolor, de soledad y desolación. Y la criatura es inmortal, indestructible, como Frankenstein. Por todo ello me encanta. Sin embargo, la crítica fue poco favorable a la película, pero yo es que ya no entiendo nada, de verdad.
El pasado viernes 12 de diciembre, el presidente del Barça Joan Laporta acudió a declarar al juzgado de Barcelona que instruye el denominado caso Negreira. El máximo dirigente azulgrana estuvo cerca de una hora con un tono evasivo, poco preparado, incluso maleducado, por no dirigirse en castellano nada más que a su abogado, no así al fiscal ni al representante del Real Madrid. Se puede ver su declaración completa en el canal de Ramón Álvarez de Mon (enlace). Estuvo bastante impreciso en sus respuestas, por no decir que mintió abiertamente, como algunos blogueros, youtubers y gente del mundo Twitter (con formación jurídica) han demostrado tras comparar sus respuestas con la documentación conocida o existente en el propio caso.
A la prensa española, por mucho que durante dos años haya tratado de no mojarse demasiado en este lodazal, no le quedó otra que pronunciarse al día siguiente. El diario deportivo con el mayor número de lectores de este país, Marca, escondió la noticia de la declaración en su web durante horas, a veces como la 42ª de mayor importancia y durante apenas un rato, entre la cuarta y la quinta del día. Un viernes, que no había competiciones relevantes a esa hora. Lo peor vino al día siguiente, con su burda manera de enmascarar la noticia en la portada de la edición en papel:
He tenido que ampliar mucho y recortar la imagen para que el lector pudiera ver dónde iba la noticia, ahí, en chiquitito, con una letra de un tamaño tres veces inferior a la destinada para las declaraciones de Juan del Val, fuente relevante de información deportiva. El propio tono de la noticia era desinteresado. «Declaró ayer», sin más, no entraron a hacer lo que corresponde a un periodista: informar. Analizar las contradicciones, estudiar lo que dijo, contrastarlo con la amplia información disponible. Nada de eso, el autoproclamado «Mejor periodismo deportivo del mundo» volvió a escaquearse de un asunto tan grave como este. El diario As sí llevó la noticia a su portada y destacaba varias de las «sorpresas» de la declaración del presidente, como que no conoció a Negreira, pese a que le cuadruplicó el sueldo, que el vicepresidente del CTA era habitual del palco del Camp Nou y que existen vídeos en los que se les ve juntos. Como buenos culés.
Todo el que siga habitualmente este blog, sabrá que le he dedicado mucho tiempo a este escándalo desde que estalló (me hizo unir todas las piezas del puzzle de corrupción que sospechaba desde hacía tiempo, dio sentido a varios artículos previos) y me dio hasta para un libro entero sobre el asunto, de ahí que me cabree el nulo seguimiento de la prensa. Los que no se han dedicado a ignorarlo han sido peores: han desinformado quién sabe con qué intereses. Si de manera altruista (o antimadridista), o bien por pertenecer a los medios generosamente subvencionados por Javier Tebas. LaLiga de Javier Tebas invierte mucho en medios de comunicación, entre 30 y 36 millones de euros anuales, ya roza los 40, algo que no voy a criticar pues entiendo que esa inversión es totalmente necesaria para comercializar y difundir su producto, aunque el modo de hacerlo sea manifiestamente mejorable. Pero, como ocurre con otros líderes caciquiles, y hay numerosos ejemplos en la política actual, el que pone la pasta trata de controlar lo que publican los medios que financia.
El propio Tebas lo ha reconocido en más de una entrevista, que le gusta que se informe de «su» competición de una manera determinada, mostrando lo que entiende que se debe mostrar. El Español, a través de Jorge Calabrés, criticó en varios artículos su modo de hacer las cosas y de controlar lo que se muestra en los medios, y Javier Tebas demandó al periódico, como forma parte de su práctica habitual, pero ha perdido en los juzgados.
El caso es que esos mismos medios que reciben publicidad suelen coincidir con el presidente de LaLiga en no hablar de aquello que incomoda, que «no gusta», como el caso Negreira. Uno de los programas de mayor audiencia de la radio, el Carrusel Deportivo, informó de la declaración de Joan Laporta de este modo tan particular.
Vaya. Con la versión del presidente, con la negación del club y sus anteriores entrenadores acerca de los favores. ¿De verdad? ¿Ni un comentario sobre las incongruencias declaradas o sobre el hecho de que Laporta basara su defensa en unos informes inexistentes, millonarios, que no llegaron a sus destinatarios porque directamente no existían? ¿O que los únicos mostrados por el club eran del hijo, cuyos emolumentos no eran aquellos por los que se le preguntaba, y que tratara de engañar a la jueza diciendo que eran por los que pagaban a Dasnil? ¿De verdad este es el trabajo de un periodista?
Busqué la noticia en medios generalistas, como El País, alojamiento durante décadas de culés de cuna, y su titular no solo era falso, sino que se contradecía con el texto del propio artículo:
No, no dijeron que no los usaban. Leed la noticia: Valverde declaró que “en su época en el Barcelona no supo de su existencia” y Luis Enrique “también negó conocer los informes sobre árbitros para los que supuestamente se contrató a Negreira y su hijo”. Es obvio que no se pagaba por unos informes para una dirección deportiva que no los había solicitado ni los necesitaba, del mismo modo que resulta obvio que no aumentaron los pagos a las empresas de Negreira porque los técnicos requirieran de mayor número de ellos. Hasta por cuatro multiplicó Laporta la retribución a Negreira. Una empresa con un trabajador y una secretaria que factura más de medio millón de euros al año por honorarios profesionales. Pretender que esto cuele es un insulto para todo el que sepa un mínimo de lo que es el trabajo de consultoría (recordad las Finanzas ridiculés).
Tengo mi anécdota particular al respecto. En noviembre presenté mi Anatomía de un Negreirato en Barcelona, en la peña madridista de Belvitge, conjuntamente con la de Hospitalet, en un evento presentado por Javi «Kollins» y el gran Tomás Guasch, periodista de larga trayectoria y uno de los pocos que quedan que llama a las cosas por su nombre. Cuando llegó a la radio ese mismo día, a Tiempo de juego de la Cope, apenas un par de horas después de la presentación del libro, informó en directo del acto, del título del libro y de ese «juicio que no veremos» que lleva por subtítulo. Primero se lo tomaron a cachondeo y apenas unos segundos después se hizo un breve silencio y pasaron a otro tema. Les faltó decir «Tomás, que no vamos a hablar de Negreira, que no nos dejan». He recogido el corte de la radio y lo he unido a las imágenes en este breve vídeo:
La Cope es otro de esos medios que lleva desinformando desde el inicio del caso, dando voz a supuestos especialistas que casualmente siempre dan la visión de que «hay que mirar hacia delante que aquí no ha habido corrupción deportiva». Y además, le da un micro a un tipo maleducado, macarra y fullero como Isaac Fouto, portavoz oficioso del CTA y de LaLiga, un tipo resentido, antimadridista, que insulta a todo el que hable del caso Negreira como lo que es: un puñetero escándalo, una vergüenza.
Una nueva coartada es que el Barça fue engañado, estafado. Te tienes que reír. También le prestan el micro a un tipo inmoral y sin principios como Toni Freixa, un tipejo que perteneció a las directivas de Laporta, Rosell y Bartomeu y, por tanto, vivió de primera mano cómo el club aumentó con generosidad los salarios de Negreira. A este tipo lo invitan a la radio y se permite hablar de ética, valors, criticar al Real Madrid ¡y el resto le ríen sus gracietas! Solo lo escucho a través de los cortes de El Radio, de Richard Dees (impagable trabajo), y me revuelve el estómago.
No puedo más. Entre el espectáculo podrido que vemos cada semana y la manera de comportarse de casi todo el mundo del fútbol, cada día me cuesta más ver un partido. Se me hace bola. Florentino Pérez ha tardado en entrar en esta guerra, pero lo hizo a saco en la copa de Navidad con la prensa de esta misma semana. Tarde, pero era necesario. La lentitud de la justicia va a jugar del lado del Barça y de todos los que quieren que nos callemos con este asunto, pero no lo van a lograr. Sé que vende mucho más hablar mal del Madrid, crear conflictos inexistentes y continuar con sus campañas de desestabilización del equipo, y todo eso hasta puedo entenderlo, pero jamás perdonaré a estos «cómplices necesarios» que no hayan hecho su trabajo. En Italia se investigó y condenó a varios periodistas por cooperadores con la bazofia del Moggigate. Aquí me entra la risa solo de pensarlo.
Todo este desencanto por el corrompido mundo del fútbol me llevó a escribir un artículo para La Galerna titulado Ilusión de indulto, ilusión de castigo. Es una referencia a una frase del psiquiatra Viktor Frankl, superviviente de Auschwitz, de su libro El hombre en busca de sentido.
“Hay en psiquiatría un estado de ánimo que se conoce como la “ilusión del indulto”, según el cual el condenado a muerte, en el instante antes de su ejecución, concibe la ilusión de que le indultarán en el último segundo. También nosotros nos agarrábamos a los jirones de esperanza y hasta el último momento creímos que no todo sería tan malo”. (Viktor Frankl)
Hay en el madridismo un estado de ánimo en todo lo relacionado con las trampas del Barça que se conoce como la “ilusión del castigo”. Según este estado, los madridistas, en el instante antes de conocer una sanción al club que lo ha corrompido todo, concebimos la ilusión de que los sancionarán en el último segundo. También nosotros nos agarramos a los jirones de esperanza y hasta el último momento creímos que no todo sería tan malo.
Yo perdí la “ilusión del castigo” hace muchos años. Conozco el país en el que vivimos, he visto demasiadas tropelías por parte de los dirigentes del fútbol español y mantuve la ilusión poco más allá de la inexperiencia de la juventud, pero la perdí hace más de un cuarto de siglo, más o menos. Supe que nunca les cerrarían el Camp Nou tras lo de Figo, pese a que estuvieron dos años jugando mientras ignoraban la clausura por dos partidos. Siempre supe que les perdonarían no haberse presentado a un partido de Copa, o que jamás tendrían una descalificación por alineación indebida, ni les darían un partido por perdido aunque no hubieran llegado a la hora convenida. Los que hemos jugado toda la vida al fútbol aficionado sabemos que existen diez minutos de rigor en cualquier liga de medio pelo, pero no en LaLiga de Tebas, que presume de ser de las mejores del mundo.
Sin embargo, tengo amigos veteranos que todavía hoy, o ayer, creían que se iba a hacer justicia con alguna tropelía del Barça. Son tantas que ya no sé si la última fue con los palcos VIP y los inversores fantasma, o con el reconocimiento de la incobrabilidad de las palancas falsas que les permitieron inscribir a media docena de jugadores, o con la inscripción de Joan García, pero sí recuerdo cuando gané una de tantas apuestas por las tropelías “indultadas”. Recordad que a principios de enero parecía que “esta vez sí”, que se les iba a frenar por una vez y que iban a quedarse sin inscribir a Dani Olmo. La cagada del Barça era enorme, un ridículo descomunal. Habían pagado 60 millones de euros por un jugador y más de cuatro meses después quedaba libre. En esta ocasión, al contrario que otras veces, ni LaLiga ni la Federación se saltaron su normativa y denegaron cualquier posibilidad de inscripción fake. Mi colega decía que era imposible revertir la situación, que esta vez sí se habían caído con todo el equipo, albergaba esa “ilusión del castigo” que yo perdí hace mucho, así que le dije tajante:
—Jugará la Supercopa, no tengo ninguna duda. Con otra cautelar, como Gavi, con permiso del Papa, o con algún nuevo resquicio que busquen, pero jugará y al día siguiente todos mirarán al dedo que señala y no al señalado.
—No voy a ser yo el que niegue la posibilidad de que el gobierno cometa una ilegalidad para beneficiarles, pero también es cierto que eso no impediría a los clubes acudir a los tribunales —me contestó.
Los clubes… comenzando por el Real Madrid, que presionó al Consejo Superior de Deportes para facilitar la inscripción. Y ya no hay “caso Olmo” ni cautelarísima que valga. Apenas un mes después, el resto de clubes se alinearon con el Barça para redactar un obsceno comunicado contra el Real Madrid por señalar lo que la Guardia Civil había denominado “corrupción sistémica” de la competición.
Aún recuerdo que aquellos días del “caso Olmo” (así denominado, como cuando hay un escándalo de corrupción), Televisión Española hacía otro de esos ejercicios de condicionamiento e informaba acerca de la situación de “los jugadores damnificados”. Según la RAE, damnificado significa que ha sufrido un grave daño de carácter colectivo. Coño, es puro Orwell, neolengua manipuladora. La maquinaria culé a pleno rendimiento.
El viernes pasado, Joan Laporta declaró en los juzgados por el caso Negreira. Dejó las justificaciones falaces de siempre y muchas preguntas sin contestar. LaLiga, personada en la causa como perjudicada, solo hizo una pregunta, bastante irrelevante, por cierto, acerca de los acompañamientos del hijo de Negreira a los árbitros. Recordemos que el presidente de LaLiga dijo nada más conocer el escándalo de los pagos que “era gravísimo”, pero que todo estaba prescrito. Que siguiéramos con nuestras vidas y olvidáramos la ilusión del castigo porque “su” indulto ya estaba dado. El abogado de la Federación Española de Fútbol, organismo del que dependen los árbitros, no sé si conviene recordarlo, no hizo una sola pregunta a Joan Laporta. Ni una. Qué XXXX vergüenza. Para ellos ya ha pasado todo, nos han vendido que se ha regenerado el Comité Técnico de Árbitros y que conviene mirar hacia delante. El nuevo presidente del CTA, Fran Soto, intervino recientemente en la COPE para animarnos directamente a todos a “olvidar el caso Negreira”.
¿Alguien espera algo del llamado “cuarto poder”, la prensa? ¿De verdad alguien creía que los medios subvencionados iban a presionar para que este escándalo se investigara o, al menos, para criticar como merecen a los organismos que debían velar por la limpieza de la competición y hacen una mísera e irrelevante pregunta al tipo que cuadruplicó los pagos al vicepresidente de los árbitros? El diario deportivo más leído, el poco gallardo Marca, se retrató el sábado pasado, como se puede ver en la portada que dejo al inicio de este post. En letra casi ilegible. Con la mitad de tamaño que la opinión de Juan del Val sobre Xabi Alonso. Esa es la importancia que le dan.
¿Qué nos queda, la UEFA? El presidente de la UEFA, Aleksander Ceferin, dijo nada más salir a la luz el escándalo de los pagos del Barça a Negreira que era “lo más grave que había visto nunca en el mundo del fútbol, para la UEFA no ha prescrito”, y a buen seguro que este tipo ha visto muchas cosas en este mundo del fútbol, tan dirigido por golfos y gente de la peor calaña. Pues bien, meses después, tras la visita de Joan Laporta a Eslovenia a ver al máximo dirigente de la UEFA, no sabemos qué pasó o qué “favores” se prometieron (muy a la manera de Vito Corleone, cierto), pero todo cambió. Podemos intuir que la renuncia pública a la Superliga era la moneda de cambio para que a Ceferin se le olvidara “lo más grave que había visto nunca en el mundo del fútbol” y desde entonces se le ha visto muy ufano en el palco del Barça. En un giro nada sorprendente de los acontecimientos, ha permitido que el club cliente de Negreira se saltara la propia norma de la UEFA para el retorno al Camp Nou. Ya tiene el OK “ceferino”.
Solo queda la FIFA. Según parece, la relación de Florentino Pérez con Gianni Infantino es excelente. El Real Madrid ha enviado una serie de informes al máximo organismo del fútbol mundial, ha pedido que la FIFA supervisara nuestra podrida competición (estas últimas jornadas son un muestrario excelente para los informadores) e implora su intervención pues parecen ser los únicos que podrían llegar a sancionar deportivamente, incluso, sin esperar a una resolución en nuestros juzgados, famosos por su proverbial lentitud. Ya lo hicieron con la Juventus de Turín y ese Moggigate o Calciopoli, ridículo en duración y comparación con el caso Barça-Negreira.
Por eso, entiendo que sean muchos los madridistas que aún albergan “la ilusión del castigo”, desilusión en mi caso. Joan Laporta, por su lado, juega como toda su vida lo ha hecho, no con “la ilusión del indulto”, sino con su certeza. A mí me han echado del fútbol, de un deporte que me encantaba y que ahora detesto ver.
Conocí al Baboso hace poco más de treinta años, justo cuando comencé mi carrera profesional. Entonces trabajaba a pie de obra y recuerdo cómo el Baboso me hacía gestos supuestamente cachondos cada vez que la topógrafa se ponía a medir las diferentes alturas del terreno y se agachaba levemente para acercar el ojo al nivel. Me hacía señas hacia las posaderas de la chica, sin esconder gestos con los brazos, sino todo lo contrario, como haciendo de agarraderas sobre unas posaderas que, todo sea dicho de paso, eran como una mesa camilla de grandes, unas nalgas de buena moza que, en un sitio tan gélido como aquel, podían excitar cualquier cosa menos la libido de los que por allí trabajábamos.
Un año después, pasé a trabajar ya en las oficinas de la dirección regional de la compañía, y conocí al Baboso de la oficina, un veterano trabajador que no se cortaba a la hora de soltar comentarios sexistas en voz alta, comentarios que la mayoría reíamos, cuando no continuábamos (no voy a ponerme santurrón y decir que “yo no…”, porque era lo más común en todos nosotros), pero todo aquello no me molestaba, sino su insistencia en hacer insinuaciones con una compañera con la que el tipo llevaba años trabajando y cuya confianza (al menos la de él sobre su subordinada) intuía que era elevada. Tanto como para poder hacer esos comentarios, en ocasiones tan salvajes que podían escandalizar hasta a alguien que acababa de salir de la universidad y que tenía a muchos colegas recién llegados de la mili, con todas las barbaridades que la juventud noventera soltábamos y estábamos acostumbrados a aguantar.
Se ha ido la luz, Paco, ¿y ahora qué hacemos? -soltó la chica en una ocasión.
Pues como no nos pongamos a follar…
No eran frases dichas a medio metro de distancia, ni entre dos personas que tuvieran una confianza mutua trabajada durante años (o un respeto consentido, que a veces, por extraño que parezca, sucede, o parece que sucede en estas relaciones con jerarquías de por medio), sino proferidas de viva voz y para que las oyéramos cuantos más, mejor.
No sé si fue la serie Los Serrano la que definió el concepto “mirada sucia” para definir esa manera de mirar que algunos tíos tienen hacia toda mujer que se cruce en su camino, pero es una noción perfecta para describir al Baboso de la mirada sucia de la planta segunda. No disimulaba a la hora de mirar los escotes de las compañeras, a veces por encima de la separación entre cubículos cual voyeur hitchcockiano, e incluso buscaba tu complicidad con su mirada. Alguna vez coincidí con él en el café matutino y con algún otro compañero, y recuerdo “perlas” repletas de elegancia y manual del buen estilo:
Buah, el tanga rojo de Fulanita, cómo se debe poner su novio.
A Juanita le mola que le den por detrás, estoy seguro.
A ver si se le quita la cara de “malfollá”.
Debe tener los pezones como galletas María Fontaneda.
En fin. Una compañera mía, buena amiga, me contó un lunes que el Baboso de la mirada sucia se había ofrecido a llevarla a su casa el viernes anterior a mediodía, pero que, lejos de acercarla a su destino, poco menos que la secuestró varias horas, la invitó a comer, le hizo varias insinuaciones y seguro que quiso ir más allá, detalles que mi compañera no me contó, quizás por miedo, por ganas de olvidar, o para que desapareciera este desagradable incidente con un veterano de la oficina, con más peso y categoría en la empresa que la pobre. En aquella época no denunciaba nadie, salvo que la situación fuera más allá, e incluso, ahora estoy convencido, ni en buena parte de esos casos.
El personaje del Baboso aparecía en cada comida de empresa algo distendida que pudiera surgir, en cada fiesta de Navidad, entrega de premios o acontecimientos en los que el alcohol reduce las distancias y amplifica las confianzas que algunos se toman. Y los Babosos se toman muchas, aunque, afortunadamente, con los años y algunas herramientas que funcionan (otras no, pues siempre existe el miedo a la represalia) el número se ha reducido considerablemente.
Un tiempo después de escribir Barra libre supe que una compañera, también buena amiga, había sufrido un tocamiento de culo por parte del Baboso en la fiesta de empresa, un gerente al que yo tenía enfilado desde hacía tiempo. Lo supo frenar, no fue a más, pero me contó visiblemente incómoda cómo este tipejo le amargó aquel día y cómo releer aquel texto, mi texto, le había hecho recordar lo bien que lo había pasado ese día hasta el cruce con el Baboso. Como para entonces yo ya tenía una responsabilidad y antigüedad importantes en la empresa (antes éramos ignorantes y cobardes, lo reconozco), me ofrecí a la chica como ayuda para iniciar una denuncia contra él, o algo más tradicional, sabedora ella de mi animadversión hacia este tipo que, además de baboso, era bastante golfete: una buena reprimenda en público e, incluso, un par de hostias bien dadas. Las que no le dio ella en su momento.
– No, por favor, no hagas nada. Ya ha pasado mucho tiempo y lo he olvidado. No he vuelto a dirigirle la palabra, ni él a mí.
Joder, pero la pobre estuvo varios años cruzándose con ese tipo y agachando la cabeza por la incomodidad que le suponía saber que el Baboso seguía danzando tan alegremente por la oficina.
Todos estos recuerdos me han venido a la cabeza estas últimas semanas al leer la información referida a Francisco Salazar y sus compañeras/subalternas en la secretaría de organización del PSOE en La Moncloa. O a los comentarios de José Luis Ábalos y Koldo sobre sus “amigas”. O lo que sale ahora de Jose Tomé o de Antonio Navarro. Qué ascazo.
Iluso de mí, creía que el machismo baboso de los ochenta, noventa y, en realidad, de los Ismael Alvarez sobre las Nevenkas de toda la vida, de siempre, se había rebajado de manera considerable, pero lo que veo en los artículos de eldiario.es es la misma mierda de siempre, lo que ellas han aguantado durante años y lo que nosotros, cobardemente, miramos para otro lado:
Comentarios obscenos sobre la vestimenta y el cuerpo.
Mensajes intempestivos con invitaciones para cenar a solas fuera del horario laboral, incluso con ofrecimientos de quedarse a dormir en casa.
Insistencia en el hostigamiento a sus subordinadas.
Un uso permanente de un lenguaje sexualizado en el entorno profesional.
“Me empezó a decir sin venir a cuento que me quedara yo más tarde que el resto del equipo, que fuese a cenar con él o a tomar algo. Lo hacía de manera insistente. Y me decía que si se nos hacía tarde nos podíamos quedar a dormir en su casa. Se cuidaba mucho de no dejar por escrito ninguna mención sexual, pero era evidente lo que quería decir y él plenamente consciente de la situación en la que me colocaba”.
“Su comportamiento destilaba misoginia y baboseo en cada comentario disfrazado de broma que hacía. Su lenguaje era hipersexualizado hasta para dar los buenos días”.
Y al acoso sucede la vergüenza de denunciarlo, y la tristeza de comprobar que sus superiores miraban hacia otro lado, o que el protocolo no servía para nada. Una denunciante de la que ahora hemos sabido, notificó al partido los “comportamientos explícitos, bromas humillantes y comentarios sobre la vida sexual, la vestimenta o el aspecto físico”.
“Llegaba por la mañana y te decía el buen culo que te hacía ese pantalón o te pedía que le enseñaras el escote. Si te veía mala cara, te preguntaba en mitad de la oficina si habías dormido poco por haber mantenido relaciones sexuales. Y nos sometía a situaciones humillantes que para muchas de nosotras fueron traumáticas”.
Paco Salazar lo niega todo, no es consciente de haberse propasado con ninguna de sus subordinadas: “No paro de darle vueltas y no encuentro un momento en mi vida donde haya hecho ninguna estupidez… no entiendo de dónde sale eso. Nunca con ninguna compañera he tenido relación ni trato, nunca jamás. Me he partido la cabeza dándole vueltas y me parece una cosa alucinante”.
El Baboso no es consciente de lo baboso que resulta y tanto asco da él como los superiores que lo mantuvieron en el puesto o que taparon las denuncias. Seguramente, si no hubieran tratado de promocionarlo hace seis meses, Paco Salazar seguiría «baboseando» alrededor de sus compañeras con la tranquilidad de saber que no iban a denunciarlo.
Míralo. Ahí, tumbado cómodamente en una hamaca, relajado, sin prisas ni para tomar el refresco con su rodajita de limón, ni con ganas de hojear el periódico que vaya usted a saber qué cuenta. Alrededor, el entorno hostil, desagradable, no deja de soltar humo y polución en un entorno gris y nublado. Miserable. El tipo del bañador contrasta con su luz y color, como esa sombrilla naranja que utiliza de parapeto ante la contaminación externa.
Iba a comenzar diciendo que el hombre tranquilo de la mítica portada de Supertramp es Xabi Alonso, pero no, no lo es, y luego contaré por qué. Soy yo, soy ese aficionado madridista que se relaja de espaldas a la contaminación, ese tipo ajeno que trata de disfrutar y relajarse, sin ganas de leer el periódico, seguramente poblado de patrañas. Y hasta me atrevo a afirmar que la radio bajo la hamaca está apagada. O conectada a Radio Clásica o Radio María, pero desde luego que no a Radioestadio, Carrusel Deportivo o Tiempo de Juego.
El Real Madrid está en crisis. O eso nos han contado en las últimas semanas. El equipo no juega a nada, los jugadores están haciendo la cama al entrenador, ya no creen, no quieren correr, se han rebelado contra sus sistemas, la presión adelantada, las extenuantes sesiones de vídeo de varias horas… Vinícius Jr. ha dicho a Florentino Pérez que, si sigue Alonso, él no renueva la próxima temporada. No soporta no ser el gallito del corral, o ganar bastante menos que Kylian Mbappé. Bellingham está cabreado, Valverde también, Rodrygo está deprimido y la defensa es un coladero.
O no. O nada de esto es cierto. O lo que hay son las rencillas normales en la plantilla de un equipo puntero que, además, se encuentra en pleno proceso de construcción de un nuevo sistema. Pero, para la prensa, los tres tropiezos consecutivos del equipo (Liverpool, Rayo y Elche) han sido una mina. Encima, con el parón de selecciones por medio, para que pudieran rajar más y llenar más programas.
Yo no niego que pueda haber problemas, o que los últimos partidos han dejado mucho que desear, pero prefiero comportarme como el tipo de la portada y relajarme, lo cual incluye no encender la radio ni leer esa prensa sensacionalista ávida de clicks. El autoproclamado “mejor periodismo deportivo del mundo”, vaya colección.
Me gustó el fichaje de Xabi Alonso en su momento y, al contrario que a tantos que dudan, me sigue gustando hoy en día. Su idea de fútbol colectivo, la que mostró en el Bayer Leverkussen, la que intuimos que se podía llegar a formar durante el Mundial de Clubes, es la que parece que se impone en el panorama actual: Paris Saint Germain, Chelsea, Bayern de Múnich, Inter de Milán, Arsenal. También equipos a los que me cuesta reconocer sus méritos, y los tienen, como el Manchester City, Liverpool (no este año, desde luego) o el Barça de Flick, equipos para los que la superioridad física ha sido determinante en su dominio. Cuando sus prestaciones han bajado un punto (o cinco, en el caso del City), ha resultado que el sistema de presión asfixiante no era tan maravilloso.
La gran duda que se plantea en estos debates radica en saber si el Real Madrid es capaz de jugar como esos equipos, como ese colectivo compacto y no como una suma de individualidades. O como un equipo de gladiadores que se fajan en defensa y en el medio para que las superestrellas de arriba decidan los partidos. “Al Madrid no le ha ido nada mal sin jugar a nada y con las individualidades de arriba, 6 Champions en 11 años”, esa es la falacia archirrepetida por esos periodistas simplistas.
Como si un equipo con Kroos, Modric y Casemiro no jugase a nada, con Carvajal, Ramos, Varane y Marcelo atrás como si fueran unos vulgares peloteros, como si Cristiano, Benzema y Bale no diesen un palo al agua hasta que les llegaba el balón, como si Vini hubiera sido determinante en dos finales de Champions por sí solo y sin el apoyo de Valverde, Carvajal, Militao, Rüdiger o Rodrygo (sí, también, ha sido fundamental en un pasado reciente). El Real Madrid ha jugado muy bien al fútbol en los últimos años, por mucho que la prensa lo haya negado en este tiempo. Decir que se han logrado todos estos títulos por destellos puntuales de calidad en punta y por las manoplas de Courtois (y Lunin) es una estupidez más de esas que se escuchan o leen en los medios.
Mi respuesta es que sí, que Xabi Alonso logrará que este equipo juegue bien al fútbol y que los dos de arriba demuestren que son los mejores del mundo (o dos de los cinco mejores del mundo, que nunca me han gustado los calificativos). Que pueden ser complementarios, que pueden combinar entre ellos y desmantelar cualquier defensa, o que con metros por delante son imparables.
Miro a las clasificaciones antes de esta jornada y veo que el equipo en fase de acoplamiento de Xabi marcha líder en LaLiga y quinto en la Champions, incrustado en ese top-8 que parece tan complicado. Esta misma semana, el equipo ha ganado en Atenas, donde no lo había logrado nunca en ninguna de sus nueve visitas, y lo hizo ante un rival que llevaba año y medio sin perder en su estadio. Sí, se jugó bien a ratos y desastrosamente al final, y la defensa fue un coladero, pero habría que ver qué equipo funcionaba bien atrás cuando te faltan cinco defensas (todos los titulares menos Carreras, y los primeros suplentes) y el portero. Prefiero ver la botella medio llena.
Por el contrario, veo al máximo rival, ese Barcelona que “juega como los ángeles” y que tiene al “más mejó” jugador del mundo, y lo veo segundo y 18º en Europa, donde se ha llevado un 3-0 del Chelsea. El Madrid no pudo con el Rayo, es cierto, pero si se hubieran señalado los dos penaltis clarísimos que realizó la defensa vallekana, seguramente hablaríamos de otra cosa. El Barça no pudo tampoco con el Rayo. Es más, necesitó uno de esos penaltis que solo se pitan al equipo cliente de Negreira para poder empatar el encuentro.
Es que hay muchas maneras de contar la historia. En el enfrentamiento cara a cara de hace un mes en el Bernabéu, el Real Madrid fue muy superior al Barça, mucho más de lo que señaló el marcador final de 2-1. Los milímetros de la sala VAR salieron nuevamente cara para los culés y cruz para los blancos, qué casualidad. Con un sistema sobre el que el propio presidente del CTA ha afirmado que son ellos los que deciden el frame correcto en el que se marca el golpeo del balón y, por tanto, la posición de fuera de juego o no del delantero. ¡Ay, las rayas del VAR, aquí denunciadas ya desde hace mucho tiempo!
Podemos fijarnos en el otro gran rival de esta temporada, el Atlético de Madrid, ese equipo que fichó a ocho jugadores en verano y que tiene una temporada más al entrenador mejor pagado del mundo. El más querido por la prensa, sin duda. El Atleti le pegó un repaso al Madrid de Xabi Alonso, sin paliativos. Pero, como sigo mirando la botella medio llena y me mantengo en mi hamaca ajeno a los nubarrones de mi espalda, busco en la clasificación y encuentro a los de Simeone… a ver… terceros en Liga y 12º en Champions, con tres victorias y dos derrotas. Vaya, parece que “ese bloque compacto que sabe a lo que juega” está varios pasos por detrás del “equipo que tiene a media plantilla haciendo la cama al entrenador”.
Por supuesto que sé que hay problemas en el Real Madrid y que no puedo conformarme con lo que hemos visto hasta hoy, pero hay que dejar trabajar a Xabi Alonso. Está tenso, no tiene la alegría de junio, ni el brillo en la mirada de las primeras semanas, por eso decía al inicio que no es el tipo de la tumbona. El cargo de entrenador del Real Madrid debe ser de lo más estresante que existe. Pero hay que apoyarlo y dejarlo tranquilo, que trabaje. Me gustaron algunas cosas que vi el miércoles en Atenas, no ya por los cuatro goles de Mbappé, sino por la frescura de Vinícius, que se escapó una veintena de veces de los defensas, como no hace tanto, la solidez de Tchouaméni, o, espero, la recuperación de Valverde y Mendy, entre otros.
En cuanto a la prensa, que siga a lo suyo, a alabar al presidente de LaLiga, Javier Tebas, que para algo los riega de millones de euros. Esta semana hemos sabido que LaLiga ha perdido la demanda que se presentó al periódico El Español por decir que Tebas regaba de millones a los medios de comunicación: 139 millones de euros en 5 años. Algo que se sabía y que sirve al dictadorzuelo presidente para controlar los medios a su antojo para que, como ha reconocido en alguna emisora, se muestre lo que le interesa y no se hable de lo que no le apetece.
En breve me ocuparé del último “gran éxito” de Tebas, la renovación de los derechos de televisión del fútbol. A la baja, por mucho que lo haya vendido como un grandísimo éxito. ¿Crisis, qué crisis? La de todo lo que maneja Tebas.
A veces uno falla en los objetivos que se propone. Con más frecuencia de la que los mensajes Mr. Wonderful quieren hacernos creer. No es nada sencillo lograr el cien por cien de lo que uno se propone, pero, dependiendo de lo que se trate, tampoco hay que dramatizar, pues lo importante suele ser el camino escogido, el trabajo desarrollado, no tanto el éxito final. Uno tiene que luchar por algo y no siempre va a conseguir salir triunfante. Como decía William Faulkner, «la sabiduría consiste en tener sueños bastante grandes para no perderlos de vista mientras los persigues».
Desde 2004 no había fallado a mi cita anual con el maratón, salvo el año de la pandemia y el confinamiento, cuando todo quedó en suspenso, muchas vidas incluidas. Este año tenía un objetivo marcado en mi calendario desde febrero: participar en el maratón de San Sebastián el 23 de noviembre. Y como siempre que he tomado la salida de un maratón, he terminado, este año no podía ser menos. Pero fallé en el intento, ni siquiera intenté completar el recorrido. Un viaje a la India, una gastroenteritis, un gripazo y varias semanas de entrenamiento perdidas me hicieron desistir del intento. «Tu cuerpo te está avisando», me dijo mi mujer, que conoce bien mi cabezonería.
Sin embargo, como es importante tener siempre un objetivo que perseguir, cambié el chip de inmediato y mi nueva meta pasó a ser acompañar a mi amigo Edu, debutante a la estupenda edad de 57 años, para que completara sus primeros 42 kilómetros completos. No en vano le había animado yo, nueve meses antes, a que estuviéramos en la partida, junto al ayuntamiento de San Sebastián y esa maravilla que es la playa de la Concha. A los quince minutos de que se abrieran las inscripciones, ya teníamos nuestros dorsales, el objetivo del curso.
Así fue el germen de todo lo que vivimos este fin de semana, de cómo una honrosa derrota, la mía, se convirtió en una enorme victoria, la de Edu. Don Eduardo, si no lo era ya. Lo acompañé durante 27 kilómetros con algún consejo que otro, con palabras de ánimo, con lo que pudiera necesitar, excepto llevarlo a cuestas. Y le he pedido que contara la experiencia de un debutante en la categoría de veteranos-4. Ya no somos ni del grupo 1, ni del 2, ni del 3, que ambos tenemos una edad, pero no faltaron buenas piernas, una cabeza amueblada y ganas, muchas ganas. Aquí dejo su testimonio, mucho más interesante que lo que yo pueda contar:
Hay algo atávico en la locura de plantearse correr una maratón. Para los que corremos con asiduidad, correr una maratón comienza siendo una meta inalcanzable, casi inconcebible, para convertirse gradualmente en un desafío ineludible, casi en una necesidad. Es una suerte de pulsión silenciosa pero constante, que crece dentro de uno hasta que ya no puede seguir ignorándola.
De hecho, cada vez más y más corredores afrontan este reto. Las maratones se han popularizado tanto en España y en todo el mundo, que conseguir un dorsal en muchas de ellas es una misión poco menos que imposible. Hay quienes se atreven con ella incluso sin ninguna experiencia previa en distancias más cortas como la media maratón. Yo siempre le he tenido un respeto inmenso a la distancia; de ahí que sólo me haya atrevido a mirarla a la cara tras haber corrido cerca de veinte medias maratones y haber podido completar un ciclo específico de entrenamiento para la maratón sin interrupciones ni lagunas significativas.
Los que han corrido muchas, suelen decir que lo duro de la maratón son los cuatro meses previos de entrenamiento; el día de la carrera es la celebración y el disfrute de dicho esfuerzo. Y tras haber concluido mi primera maratón, puedo decir que estoy de acuerdo. Una maratón requiere de cuatro meses de entrenamiento intenso, cuatro o cinco días a la semana. Días de series cortas, días de series largas, domingos pisando el asfalto a las 6 de la mañana para correr 30 kilómetros, haga sol, lluvia, frío o nieve. Apetezca o no apetezca. Tiradas largas, larguísimas, en soledad. Semana tras semana. Y dos días a la semana del temido gimnasio, al que casi todos los corredores odiamos cordialmente. Momentos en que la cabeza te pregunta qué demonios estás haciendo, qué necesidad tienes de estar machacándote para conseguir una meta que a nadie le importa. Bueno, a nade excepto a ti. Porque a ti te importa. Y mucho. Te importa ponerte a prueba, te importa saber si eres capaz de superar un desafío tan extraordinario. Te importa crecer al hacerlo. Y te importa, te importa mucho, vivir la experiencia de cruzar la meta tras todo ese proceso, vivir esa experiencia y atesorarla hasta el fin de tus días.
La carrera es dura, claro. Es una celebración, pero una celebración luchada a pulso. Los primeros kilómetros uno intenta no pensar lo que todavía queda por correr. La mente, enfocada en encontrar el ritmo que nos debe llevar a la meta según el objetivo que cada uno se haya fijado. Y en disfrutar del ambiente. Y de la euforia íntima, inexplicable y mezclada con nervios, de que por fin ha llegado el gran día.
A partir del kilómetro 10 la carrera se hace más seria. La concentración se impone. Mantener el ritmo. No malgastar energía. Seguir a rajatabla el plan de nutrición (geles de carbohidratos, sales). Hidratarse bien, sin esperar a tener sed.
Del km 20 al 30 la carrera comienza a endurecerse. Las piernas ya no están frescas y poner una delante de otra cada vez cuesta un poco más. Pero todavía hay fuerzas y todavía estamos en territorio conocido. Hemos hecho entrenamientos con esta distancia y contamos con esa experiencia previa para confiar que el cuerpo responda. Según nos vamos acercando al km 30, algunos corredores comienzan a andar, otros a estirar tratando de alejar los temibles calambres. Definitivamente, esto ya no es un juego.
A partir del km 30, comienza la cuenta atrás. Y la ansiedad de no saber cómo va a reaccionar tu cuerpo. Es territorio inexplorado. Uno se vuelve un poco cholista, y comienza a pensar en kilómetro a kilómetro. Sólo importa completar el próximo kilómetro, lo demás no existe. Todos los maratonianos dicen que la maratón comienza a partir del kilómetro 30, y hablan del famoso muro, también conocido como “el hombre del mazo”, que te golpea inmisericorde a partir de los kilómetros 30-35. El cuerpo ha agotado las reservas de glucógeno y comienza a tener que tirar de grasas. La sensación, dicen, que ello produce es un súbito agotamiento, una falta de energía que te mata.
Por suerte, porque seguí fielmente mi plan de nutrición, o tal vez porque mi plan de entrenamiento tuvo muchas sesiones de “fast finish”, es decir, tiradas largas en las que uno tiene que acelerar el ritmo en los últimos kilómetros (y los “últimos” kilómetros pueden ser quince kilómetros), yo no experimenté ese muro. Los últimos kilómetros fueron duros, pero no tanto por falta de energía como porque las piernas comenzaron gradualmente a ponerse duras, hasta competir en flexibilidad con las de una estatua de mármol.
Y ahí es cuando el juego mental cobra toda su importancia. Cuando todo tu cuerpo te pide a gritos que hagas cesar ese sufrimiento. Cuando la cabeza te dice que pares. Ahí es cuando has de vencer esa tentación de autocompasión, ese “pity party” que dicen los americanos. Tu voluntad tiene que imponerse a tu propia mente. Tienes que decirle: “grita todo lo que quieras, que no vamos a parar hasta la meta. Porque podemos. Porque sé que podemos. Y porque un poco de dolor ahora no va a arruinar algo por lo que he luchado tanto.” Y la mente, que es muy lista, comprende el mensaje. Y se acalla. Y deja de quejarse. Y comienza a ayudar. Y le dice al cuerpo: “aguanta, aguanta un poco más, que la recompensa merece la pena. No queda ni una hora, y ¿qué es una hora comparado con el orgullo de saber que lo diste todo, y que quedará para el resto de tu vida?”. Y el cuerpo también acaba aquietándose. El dolor no cesa, pero lo acepta. Ya no hay resistencia. Sólo apretar los dientes y seguir empujando. Y seguir empujando. El ritmo baja, porque las piernas ya no son capaces de desarrollar la misma energía. Pero empujas. Y empujas. Y sigues empujando. Y encuentras una felicidad inesperada, insólita, en ese saber que eres más fuerte que tu cuerpo e incluso más fuerte que tu mente, que puedes con ese sufrimiento, no porque seas capaz de eliminarlo, sino por ser capaz de abrazarlo y hacerlo tuyo. Y disfrutarlo. Sí, disfrutarlo. Por absurdo que parezca.
Y así completas los últimos kilómetros. Con dolor. Con sufrimiento. Deseando llegar y al mismo tiempo apreciando la maravillosa paradoja de sentirte más fuerte cuanto más débil se muestra tu cuerpo. Y al final, kilómetro a kilómetro, la meta se rinde. La ves allí, al final de la larga línea de meta. Un poco más de sufrimiento. Y ya está. En los últimos doscientos metros un escalofrío recorre tu cuerpo. Lo has hecho, tío, lo has hecho. Lo que hace poco tiempo pensabas imposible es ahora una realidad. Quién te habría dicho que ibas a completar tu primera maratón con 57 años y por debajo de 4 horas. Pero no es el tiempo lo que importa. Lo que importa es que no has superado una distancia, sino que te has superado a ti mismo. Por eso todos los entrenamientos, todo el sufrimiento en la carrera, cobran sentido. Y qué sentido. Es una sensación de plenitud indescriptible. Por eso tantos corredores no pueden evitar las lágrimas al cruzar la meta.
Y al final, te das cuenta de que todo el trabajo no ha sido para superar 42 kilómetros corriendo. Ha sido para superarte a ti mismo. Para sentir un orgullo sereno, discreto pero hondísimo. Para darte a ti mismo una lección: eres capaz de mucho más de lo que piensas. Eres mucho más de lo que piensas. Tal vez ahí radique el carácter atávico de la maratón. Tal vez esa sea su magia.
Enhorabuena, Edu. Enhorabuena, Pablo, el otro debutante de ayer, el yerno de Edu. Aunque, con 29 años, no tiene tanto mérito (es coña, claro, 3 h. 40 m. es una muy buena marca). Me sumo a la foto con la (inmerecida en mi caso) medalla: pese a haber fallado con el objetivo inicial, cumplí de sobra con mi papel de liebre/acompañante. Qué maravilla es San Sebastián, qué gozada recorrer sus calles. Una de las ventajas de saber que no vas a correr los 42k. el domingo, es que el día previo te puedes tomar un par de cañas, dos txakolís, una docena de pintxos y una tarta de La Viña con toda la tranquilidad del mundo.
Uffff, Coppola, qué duro se me hace escribir este post. Don Francis Ford Coppola, un autor total, de la vieja escuela. Una carrera con varias obras maestras, una filmografía repleta de interés, incluso en algunos proyectos de encargo o, a priori, «alimenticios», sin su sello de autor, y ahora, en lo que parece que será su testamento cinematográfico, se despacha con esta Megalópolis, su obra quizás más buscada, más ansiada en sus últimos cuarenta años. Pues me pareció un megatruño de 140 minutos. O de más, porque se me hizo muy larga y pesada.
Pese a todo, la vi desde el primer minuto al último del tirón, resistiendo a la tentación de repartir ese pesado minutaje entre dos y tres días. En mi fuero interno, pensaba que Coppola ofrecería algunas muestras de su genialidad, algunas imágenes hermosas, perdurables, de las que se te quedan en la retina al acabar la película, como esas obras de las que dices «es un bodrio de historia, pero tenía algunos planos preciosistas espectaculares». Reconozco que paré la imagen varias veces, bien para ir al baño (me acordé de lo que decía el crítico Roger Ebert: «cuando me molesta el trasero, es que la película es aburrida»), o bien, para tratar de encontrar detalles del artista Coppola en algunos planos, como el de la habitación desordenada de Adam Driver al principio, con multitud de ropas y objetos por el suelo, o en los diseños de la ciudad futurista, pero nada captó mi atención de manera especial.
«Coño, pero es Coppola, tiene que haber algo de interés en la historia», me repetí a mí mismo durante meses, pese a saber del paso de la obra por el Festival de Cannes en 2024, las malas críticas y las dificultades para encontrar distribución. Y si no, aunque solo sea por respecto al director, guionista y productor, que en esta obra lo hace todo, merecía el esfuerzo. El empeño de Coppola en hacer esta obra le llevó a vender parte de sus viñedos en California e invertir 120 millones de dólares en producir una historia que le rondaba la cabeza desde principios de los ochenta. Por diversas circunstancias, entre ellas las deudas que acumuló a lo largo de toda su carrera, el proyecto tuvo que ser pospuesto varias veces, tras haber sido rechazado por las grandes productoras en varias ocasiones más.
De verdad que traté de verla y analizarla con el fervor de alguien que tiene El Padrino, El Padrino II y Apocalypse Now entre sus películas favoritas de siempre, con el ánimo de quien ha disfrutado Patton, La conversación, Rebeldes, Tucker o hasta El Padrino III, aunque esté varios peldaños por debajo de sus predecesoras, pero nada, no hubo manera de entrar en la película. Te aplatana, como el personaje de Adam Driver. Te deja indiferente, como el de Giancarlo Esposito. Te cabrea ver los papeles insulsos de Laurence Fishburne y Dustin Hoffmann. Te desespera, como los roles de Jon Voight y Shia LaBeouf. «Muy bonitos todos los planos del ático del edificio de la Chrysler», comencé. «Bien por la comparación de la decadencia de la antigua Roma con esa Nueva York del futuro». Las civilizaciones no caen en un día, como recuerda el narrador. El proceso de degradación, de decadencia de la sociedad, es paulatino y puede ser invisible. La corrupción, la falta de moral, la ambición de unos pocos individuos, la estupidez y atontamiento de las masas, todo ello aparece en la primera media hora, mezclado con frases extraídas de La Conjura de Catilina. Nada que sea ajeno a la Europa actual.
El caso es que todo eso me interesaba, pero el problema es que el guion plantea muchas subtramas aparte de la política, como el plano romántico (lo más salvable puede que sea Nathalie Emmanuel), o el del «mago» diseñador y su nuevo material, el Megalon, pero las desarrolla de manera pobre y apenas resuelve nada de modo satisfactorio. Con escenas molonas, como la demolición del edificio, pero aburre, Coppola, aburre. Y muchas citas extraídas de Marco Aurelio o de Cicerón están insertadas (o injertadas) de manera poco congruente, con calzador. En el fondo, creo que vi la película con interés porque quería que me gustara y porque, además, es un compendio de la carrera del director, un creador con ideas ambiciosas que resuelve en numerosas ocasiones de manera fallida, como si no fuera capaz de plasmar en pantalla lo que tiene en su cabeza. Algo que, por el contrario, sí consiguió en sus primeras obras, redondas de principio a fin. Puede que Apocalypse Now fuera la primera obra en la que se empieza a apreciar que sus proyectos se le van de las manos, pero es tan potente, tiene momentos tan memorables que el conjunto no se resiente de esa megalomanía. «Esta no es una película sobre Vietnam», respondió a un periodista sobre su epopeya bélica, «esta película es Vietnam».
En las obras propiamente de autor desde entonces siempre arriesgó, se estrelló y arruinó varias veces, pero me gustaba porque siempre intentó propuestas innovadoras (Corazonada, Tucker, Cotton Club), aunque falló en muchas de ellas (Drácula me parece soporífera, no conseguí acabar Tetro, no puedo con esta Megalópolis) y, sorprendentemente, realizó de manera solvente obras de encargo, de las que aceptaba para saldar deudas, aunque se veía que las rodaba de manera correcta, aunque desapasionada. Peggy Sue se casó está bastante bien, pero lejos de Regreso al futuro, con la que comparte bastantes aspectos. Jack no está mal, aunque la peli y Robin Williams están a años luz de Big y Tom Hanks. Legítima defensa es una notable adaptación de la novela de John Grisham, de aquellos años en los que siempre había una nueva basada en las novelas del célebre autor sobre juicios y abogados. Hace décadas que da la impresión de que Coppola no rueda lo que le apetece, sino lo que necesita, y por eso la decepción con Megalópolis es tan grande.
Era la producción de su vida, había elegido los actores, no dependía de ningún gran estudio, tenía al músico, al director de fotografía que quería, el guion que había parido y supuestamente perfeccionado durante años, lo tenía todo bajo su control y, como el César Catilina (Adam Driver) de la trama, parecía autoboicotearse en cada escena. Una pena. Pero tengo el máximo respeto a Francis Ford Coppola, y más sabiendo lo que arriesgaba y el resultado de su apuesta: invirtió 120 millones de dólares de su bolsillo y la recaudación no ha llegado ni a 15. Un fracaso absoluto. Algo que parece que a sus 85 años no le preocupa demasiado. Ha hecho su película, ha soltado sus ideas y ahora se retirará a disfrutar del vino, la comida y el placer de leer o ignorar a los críticos.
El siempre negativo Carlos Boyero dijo que «me parece un delirio sin un mínimo de gracia, con un argumento que me resulta imposible seguir, mezclando géneros (incluso hay numeritos musicales) de forma tan confusa y sin el menor interés». «No consigue hipnotizarme. Lo único que tengo molestamente claro es un interrogante: ¿pero esto qué es, qué ha pretendido Coppola, por qué lo cuenta de esta forma? Ni puñetera idea».
Por el contrario, el siempre animoso Oti Rodríguez Marchante destacó que «Es excesiva, brillante, larga, pretenciosa, disparatada, genial, sorprendente, desequilibrada, obsesiva, colosal, inquietante, visionaria, embrollada, grande, única… En fin, nada que no tuviera previsto uno de los cineastas capitales de la historia y el que con más puntería ha sabido acertar y fallar el tiro». «Lo que queda tras la palabra ‘Fin’ es una enorme masa de cine, una aleación de ideas, imágenes, recursos cinematográficos heredados y nuevos, una especie de fábula sobre el cine, el arte, el tiempo y la vida que parece tener como moraleja la propia alucinación y capricho del artista, que no es aquí tanto César Catilina como Francis Ford Coppola, una especie de ‘yo alucino porque debo y porque tal vez me lo deben'». No estoy de acuerdo, aunque siempre preferiré a alguien que disfruta el cine, como Oti o Garci, que al cascarrabias que siempre parece aburrirse en una sala.
En fin, larga vida a Francis Ford Coppola, un aplauso enorme a su carrera y su afán creador… pero no queremos más Tetros ni Megalópolis que nos alejen de los grandes recuerdos de hace medio siglo.