Megalópolis y el megatruño de un genio

Uffff, Coppola, qué duro se me hace escribir este post. Don Francis Ford Coppola, un autor total, de la vieja escuela. Una carrera con varias obras maestras, una filmografía repleta de interés, incluso en algunos proyectos de encargo o, a priori, «alimenticios», sin su sello de autor, y ahora, en lo que parece que será su testamento cinematográfico, se despacha con esta Megalópolis, su obra quizás más buscada, más ansiada en sus últimos cuarenta años. Pues me pareció un megatruño de 140 minutos. O de más, porque se me hizo muy larga y pesada.

Pese a todo, la vi desde el primer minuto al último del tirón, resistiendo a la tentación de repartir ese pesado minutaje entre dos y tres días. En mi fuero interno, pensaba que Coppola ofrecería algunas muestras de su genialidad, algunas imágenes hermosas, perdurables, de las que se te quedan en la retina al acabar la película, como esas obras de las que dices «es un bodrio de historia, pero tenía algunos planos preciosistas espectaculares». Reconozco que paré la imagen varias veces, bien para ir al baño (me acordé de lo que decía el crítico Roger Ebert: «cuando me molesta el trasero, es que la película es aburrida»), o bien, para tratar de encontrar detalles del artista Coppola en algunos planos, como el de la habitación desordenada de Adam Driver al principio, con multitud de ropas y objetos por el suelo, o en los diseños de la ciudad futurista, pero nada captó mi atención de manera especial.

«Coño, pero es Coppola, tiene que haber algo de interés en la historia», me repetí a mí mismo durante meses, pese a saber del paso de la obra por el Festival de Cannes en 2024, las malas críticas y las dificultades para encontrar distribución. Y si no, aunque solo sea por respecto al director, guionista y productor, que en esta obra lo hace todo, merecía el esfuerzo. El empeño de Coppola en hacer esta obra le llevó a vender parte de sus viñedos en California e invertir 120 millones de dólares en producir una historia que le rondaba la cabeza desde principios de los ochenta. Por diversas circunstancias, entre ellas las deudas que acumuló a lo largo de toda su carrera, el proyecto tuvo que ser pospuesto varias veces, tras haber sido rechazado por las grandes productoras en varias ocasiones más.

De verdad que traté de verla y analizarla con el fervor de alguien que tiene El Padrino, El Padrino II y Apocalypse Now entre sus películas favoritas de siempre, con el ánimo de quien ha disfrutado Patton, La conversación, Rebeldes, Tucker o hasta El Padrino III, aunque esté varios peldaños por debajo de sus predecesoras, pero nada, no hubo manera de entrar en la película. Te aplatana, como el personaje de Adam Driver. Te deja indiferente, como el de Giancarlo Esposito. Te cabrea ver los papeles insulsos de Laurence Fishburne y Dustin Hoffmann. Te desespera, como los roles de Jon Voight y Shia LaBeouf. «Muy bonitos todos los planos del ático del edificio de la Chrysler», comencé. «Bien por la comparación de la decadencia de la antigua Roma con esa Nueva York del futuro». Las civilizaciones no caen en un día, como recuerda el narrador. El proceso de degradación, de decadencia de la sociedad, es paulatino y puede ser invisible. La corrupción, la falta de moral, la ambición de unos pocos individuos, la estupidez y atontamiento de las masas, todo ello aparece en la primera media hora, mezclado con frases extraídas de La Conjura de Catilina. Nada que sea ajeno a la Europa actual.

El caso es que todo eso me interesaba, pero el problema es que el guion plantea muchas subtramas aparte de la política, como el plano romántico (lo más salvable puede que sea Nathalie Emmanuel), o el del «mago» diseñador y su nuevo material, el Megalon, pero las desarrolla de manera pobre y apenas resuelve nada de modo satisfactorio. Con escenas molonas, como la demolición del edificio, pero aburre, Coppola, aburre. Y muchas citas extraídas de Marco Aurelio o de Cicerón están insertadas (o injertadas) de manera poco congruente, con calzador. En el fondo, creo que vi la película con interés porque quería que me gustara y porque, además, es un compendio de la carrera del director, un creador con ideas ambiciosas que resuelve en numerosas ocasiones de manera fallida, como si no fuera capaz de plasmar en pantalla lo que tiene en su cabeza. Algo que, por el contrario, sí consiguió en sus primeras obras, redondas de principio a fin. Puede que Apocalypse Now fuera la primera obra en la que se empieza a apreciar que sus proyectos se le van de las manos, pero es tan potente, tiene momentos tan memorables que el conjunto no se resiente de esa megalomanía. «Esta no es una película sobre Vietnam», respondió a un periodista sobre su epopeya bélica, «esta película es Vietnam».

En las obras propiamente de autor desde entonces siempre arriesgó, se estrelló y arruinó varias veces, pero me gustaba porque siempre intentó propuestas innovadoras (Corazonada, Tucker, Cotton Club), aunque falló en muchas de ellas (Drácula me parece soporífera, no conseguí acabar Tetro, no puedo con esta Megalópolis) y, sorprendentemente, realizó de manera solvente obras de encargo, de las que aceptaba para saldar deudas, aunque se veía que las rodaba de manera correcta, aunque desapasionada. Peggy Sue se casó está bastante bien, pero lejos de Regreso al futuro, con la que comparte bastantes aspectos. Jack no está mal, aunque la peli y Robin Williams están a años luz de Big y Tom Hanks. Legítima defensa es una notable adaptación de la novela de John Grisham, de aquellos años en los que siempre había una nueva basada en las novelas del célebre autor sobre juicios y abogados. Hace décadas que da la impresión de que Coppola no rueda lo que le apetece, sino lo que necesita, y por eso la decepción con Megalópolis es tan grande.

Era la producción de su vida, había elegido los actores, no dependía de ningún gran estudio, tenía al músico, al director de fotografía que quería, el guion que había parido y supuestamente perfeccionado durante años, lo tenía todo bajo su control y, como el César Catilina (Adam Driver) de la trama, parecía autoboicotearse en cada escena. Una pena. Pero tengo el máximo respeto a Francis Ford Coppola, y más sabiendo lo que arriesgaba y el resultado de su apuesta: invirtió 120 millones de dólares de su bolsillo y la recaudación no ha llegado ni a 15. Un fracaso absoluto. Algo que parece que a sus 85 años no le preocupa demasiado. Ha hecho su película, ha soltado sus ideas y ahora se retirará a disfrutar del vino, la comida y el placer de leer o ignorar a los críticos.

El siempre negativo Carlos Boyero dijo que «me parece un delirio sin un mínimo de gracia, con un argumento que me resulta imposible seguir, mezclando géneros (incluso hay numeritos musicales) de forma tan confusa y sin el menor interés». «No consigue hipnotizarme. Lo único que tengo molestamente claro es un interrogante: ¿pero esto qué es, qué ha pretendido Coppola, por qué lo cuenta de esta forma? Ni puñetera idea».

Por el contrario, el siempre animoso Oti Rodríguez Marchante destacó que «Es excesiva, brillante, larga, pretenciosa, disparatada, genial, sorprendente, desequilibrada, obsesiva, colosal, inquietante, visionaria, embrollada, grande, única… En fin, nada que no tuviera previsto uno de los cineastas capitales de la historia y el que con más puntería ha sabido acertar y fallar el tiro». «Lo que queda tras la palabra ‘Fin’ es una enorme masa de cine, una aleación de ideas, imágenes, recursos cinematográficos heredados y nuevos, una especie de fábula sobre el cine, el arte, el tiempo y la vida que parece tener como moraleja la propia alucinación y capricho del artista, que no es aquí tanto César Catilina como Francis Ford Coppola, una especie de ‘yo alucino porque debo y porque tal vez me lo deben'». No estoy de acuerdo, aunque siempre preferiré a alguien que disfruta el cine, como Oti o Garci, que al cascarrabias que siempre parece aburrirse en una sala.

En fin, larga vida a Francis Ford Coppola, un aplauso enorme a su carrera y su afán creador… pero no queremos más Tetros ni Megalópolis que nos alejen de los grandes recuerdos de hace medio siglo.

Contra todo y contra todos

Joan Laporta es un populista de manual, de esos que saben que habla para gente que cree a pies juntillas todo lo que larga por su bocaza, por estúpida que sea la afirmación. La temporada pasada se atrevió a afirmar que habían ganado la Liga «contra todo y contra todos». Y se quedó tan ancho. Contra La Liga y Javier Tebas sabemos que no fue, pues el presidente de la entidad hizo la vista gorda por tercera temporada consecutiva con las cuentas del club. Todavía tienen que deteriorar más de 200 millones de euros de la participación de Barça Studios, o como se llame ahora, dos palancas que, sin ser nosotros los más listos del lugar y pese a no contar con toda la información, nunca nos creímos. Tampoco tuvo que luchar el presidente del Barça contra la Federación o el CTA, que desde el 15 de febrero de 2023 han mirado el caso Negreira como algo incómodo que les molestaba y que hay que quitar de en medio. «Se hizo y bien hecho está», como han dicho alguna vez, o «poco le pagamos a Negreira», como han dicho otros exdirectivos bocachanclas como Freixa, Perrin o Rosell.

El presidente de la UEFA, Aleksander Ceferin, dijo en un primer momento que los pagos a Negreira eran lo más grave que se había encontrado nunca, pero ha permitido al club catalán que siga compitiendo en Europa y ahora, con el canje de la renuncia a la Superliga, es previsible que su vuelta al redil sea premiada. Por si todo esto no fuera suficiente, el Consejo Superior de Deportes permitió la inscripción de Dani Olmo con una medida cautelarísima, que sucedía a las medidas cautelares que le habían permitido ya al Barça armar una buena plantilla con todo tipo de incumplimientos de las normas financieras que el resto de equipos se ven obligados a cumplir. Hacen lo que les da la gana, me atrevo a decir que siguen con el control del CTA y el VAR, y Laporta todavía se permite decir que luchan contra todo y contra todos esos estamentos que, al igual que la prensa, parece ser que el Madrid, Florentino y el Estado central totalitario controlan en su enferma cabeza.

¿Qué ha hecho el Real Madrid en estos últimos años respecto a los organismos que rigen el fútbol?:

  • Javier Tebas: la guerra abierta entre el presidente de LaLiga y su mejor activo tiene numerosos frentes abiertos: por el acuerdo de CVC, las imágenes previas a los partidos, la venta de derechos de televisión… hasta cien demandas en su día, varias de ellas, resueltas favorablemente al club, lo que hace que a Tebas lo lleven los demonios y despotrique aún más de Florentino Pérez.
  • La UEFA y Ceferin: la guerra abierta a causa de la Superliga puede acabar con una demanda multimillonaria del club y de A22, la empresa organizadora. Fue presentar el proyecto en su día, y en menos de tres días, la UEFA anunció un incremento de premios a los clubes por un importe de más de 1.000 millones de euros. Ceferin tiene en Florentino y el Real Madrid a los enemigos que le pueden cortar su chollo, y no ha tenido reparo alguno en recurrir incluso a jefes de estado contra el proyecto de la Superliga. La reacción de casi todos los clubes y medios fue acojonantemente sorprendente por unánime.
  • Caso Negreira: es el único club que se ha personado en la causa judicial, que es algo que no entenderé jamás. ¿Acaso no fueron perjudicados todos los demás clubes? El Valencia, el Sevilla, el Villarreal, el Espanyol, que se fue a Segunda pese a demostrar en un juzgado que se habían manipulado imágenes en un partido que les perjudicó de manera notable.El Real Madrid ha solicitado cambios en el Comité Técnico de Árbitros, sigue dando cera cada semana con los vídeos que denuncian lo que el juez definió como «corrupción sistémica» de la competición, ¿y qué han hecho los demás clubes?

¿Por qué se oponen los 19 clubes a la postura del Real Madrid y no al Fútbol Club Barcelona? Hay un caso aparte, que es el Atlético de Madrid. Son el Milan del Moggigate, el cómplice necesario, favorecido por el hecho de que, para su afición, el antimadridismo siempre será mucho más popular que la oposición a la corrupción culé de la competición.

De hecho, en todo este tiempo, ni sus directivos, ni su entrenador han hecho una sola declaración sobre el caso Negreira. Sin embargo, Miguel Ángel Gil Marín contó con dos portadas en exclusiva (La Central Lechera, la Caverna Madridista, y todas esas falacias) para despacharse a gusto por una amarilla no sancionada en un Real Madrid-Atleti.

A este señor no le indignaron los pagos del Barça al vicepresidente del CTA, ni el incumplimiento de la normativa financiera de LaLiga, ni las inscripciones fraudulentas vía CSD del Barça, no: le indigna una supuesta amarilla porque el favorecido (en su obsesionada cabeza) era el Real Madrid. Sus odios y sus fantasmas son otros, y más después de Lisboa y Milán. Como cuando Simeone dijo que “la liga estaba peligrosamente preparada para el Madrid”… en una Liga que ganó el Barça. La 2015-16, años negreiros, un solo punto de ventaja para el Barça frente a un Madrid incapaz de ganar en muchos campos de España, pero que sí fue capaz de llevarse la Champions esa misma temporada.

Si aceptamos la rabia atlética como su motivación para callar y transigir, o por ser el plan B del sistema, es decir, arañar las Ligas en las que el Barça está mal, ¿qué ocurre con el resto de clubes? Salvo el Athletic de Bilbao y, puntualmente, el Sevilla y el Espanyol, los demás clubes siguen a pies juntillas las directrices de Javier Tebas, no se salen del guion establecido por este abogado con más rencor que millones. Y no son pocos los millones que se embolsa. Enfrentarse a Javier Tebas trae consecuencias y no todos quieren o pueden afrontarlas. El Athletic de Bilbao osó hacerlo el pasado verano, cuando presionó a LaLiga por el estricto cumplimiento del control financiero sobre el Barça para que no le levantaran a Nico Williams (recordemos esa presión al jugador, seleccionador, Lamine Yamal, las preguntas a Tebas sobre las bondades que traería a la competición su fichaje…) y ganó esa batalla. Este Barça medio quebrado no iba a llevarse a su máxima estrella por la patilla. Ahora se está dando cuenta de cómo castiga Tebas:

Parece como si los demás clubes tuvieran miedo a señalar y denunciar las malas prácticas del Fútbol Club Barcelona, y ni siquiera sé si Tebas tiene algo que ver o no en este modo de comportarse. Por ejemplo, esta misma temporada, con el comunicado de las peñas del Mallorca ante el pésimo arbitraje de la primera jornada en su enfrentamiento con el cliente único de Negreira:

No hay una sola mención al Fútbol Club Barcelona, algo que nunca falta cuando se trata de atacar al Real Madrid. Como hicieron las peñas del Villarreal tras jugar en el Bernabéu en un partido en el que, por cierto, hubo más errores en contra del Real Madrid que a favor:

La redacción es espantosa, pero no hay problema en señalar siempre al club blanco. Mi ejemplo favorito es de la cadena proculé ESPN, cuando quiso mencionar el episodio racista sufrido por Vinicius en el Camp Nou (aquel aficionado pronunciando el “macaco” a cara desscubierta, perfectamente visible, pero que, oh, lástima, no pudo ser identificado). El comunicado no solo puso que había sucedido en el campo del Elche, sino que, cuando se les pidió rectificar, mencionaron dos veces al Madrid y ni una sola al Barça. ¡Es puro Orwell!

Tiene que haber algo más y para mí, como casi siempre, basta con seguir la pista del dinero, ahí encontraremos la solución. ¿Qué pasó en la Liga italiana tras el Moggigate? Recuerdo a los que no conozcan este caso, que la Juventus de Turín fue desposeída de dos títulos (Ligas 2004-05 y 2005-06) y las sanciones definitivas se anunciaron en octubre de 2006. Apenas meses después del inicio de las investigaciones. La celeridad de la justicia italiana contrasta con la de la española, que tiene aún pendiente el inicio del juicio del caso Soule, cuya instrucción comenzó ¡en verano de 2017!

Aquello fue un descrédito importante para la competición italiana, para un campeonato que había sido el más potente de Europa durante los ochenta y buena parte de los noventa. Estadios vacíos, pérdida de derechos de televisión y patrocinios debido a la mala fama de los clubes y directivos, huida de los mejores jugadores, rebaja de salarios… La Liga italiana tardó más de diez años en volver a números positivos, y cuando lo hizo, fue con unas cifras modestas, más propias de campeonatos de segundo nivel, que es en lo que se convirtió durante un largo período. Según el Informe de Deloitte de 2019:

Y en cuanto a los ingresos, casi veinte años después, comienza a acercarse a los de Alemania o España. El Moggigate y tanto directivo mafiosillo pasaron factura al scudetto.

No es solo la corrupción de la competición, también la desigualdad puede hacer que caiga el interés de los operadores. Los derechos de televisión en Francia han sufrido un recorte relevante, debido a la falta de competitividad por el poder exagerado del Qatar Saint Germain, perdón, París Saint Germain.

Yo creo que la posición del resto de clubes de LaLiga española está determinada por este historial de los campeonatos más cercanos. Saben que el Barça merece un castigo ejemplar, pero también son conscientes de que ese descenso de una o dos categorías, unido al desprestigio de la competición, sería un lastre a la hora de negociar los futuros derechos de televisión. Y también saben que no podrían dejar al Real Madrid como único equipo grande, pues esa falta de equilibrio en la competición sería nefasta, como en Francia. Así que prefieren agachar la cabeza y tragar las indigestas píldoras de Tebas.

En el post de hace dos temporadas sobre el declive económico de LaLiga, incluí un cuadro sobre el peso que tienen los derechos de televisión en los ingresos de los clubes de Primera, y marqué en narana y rojo aquellos en los que superaban el 50% o el 70%, respectivamente. Clubes demasiado dependientes de esta fuente de ingresos que controla el equipo de Tebas.

En el primer trimestre de 2026 comienza la negociación de los derechos de emisión para el período 2027-2032, una vez concluya el contrato actual. Hay mucho miedo a una reducción severa de las ofertas. En Tebas y en la mayoría de estos clubes, muchos de los cuales no es que tendrían que ajustar sus plantillas y presupuestos, es que se encontrarían problemas de viabilidad. El actual es un buen contrato, y Javier Tebas está convencido del daño que una sanción al Barça conllevaría para esa renegociación de derechos, de ahí que gaste todos sus esfuerzos en criticar a Florentino por atacar “el Sistema”, la corrupción, la doble vara del CTA, la manipulación del VAR, etc. en lugar de atacar a quien ha comprado el sistema durante más de dos décadas o ha inscrito jugadores con falacias contables.

Y yo creo que es un error. Por eso, como madridista, pero también como amante del deporte, prefiero estar contra todo este sistema y contra todos los que lo mantienen.

Pdr Schz y el cambio de hora

Esta noche se ha cambiado la hora, hacia atrás. Aunque al presidente Sánchez le dio por agitar el debate de la conveniencia o no del cambio de hora, un debate que a buen seguro preocupa a los ciudadanos mucho más que otros asuntos, la cortina de humo no ha tenido demasiado recorrido. Hemos retrocedido en el tiempo, solo una hora, eso sí. Ya que el presidente Sánchez ha dicho en repetidas ocasiones que España avanza, que vamos como un tiro, me planteo el ejercicio de retroceder en el tiempo de la manera en que lo hacía Marty McFly en Regreso al futuro. Un año al menos. De hecho, la noticia con la que comienza este post es de hace un año, aunque podría ser de esta semana: por tercer año consecutivo, seguimos sin Presupuestos Generales del Estado, con la prórroga de los de 2023.

Aunque no haya presupuestos, debemos pensar que sí se ha logrado avanzar en los asuntos fundamentales, los que llenan los debates en el Consejo de Ministros y marcan la agenda del Congreso. Como la vivienda, octubre de 2024:

Ah, bueno, hace un año ya había preocupación, se decía esto, que había que mejorar cosillas y tal, y supongo que se harían referencias a las necesidades de poner viviendas de alquiler social en el mercado, ¿no? 26 de octubre de 2024, hace justo un año:

Es una pena que, habiendo fondos europeos para tantas necesidades, incluida la vivienda, permanezcan estancados, sin grandes avances, y los plazos sí que se acercan de manera inexorable. Todos esos fondos se perderán… como lágrimas en la lluvia¿o no? En octubre de hace un año no pintaba bien la cosa, y ya se han perdido fondos europeos por no haber podido sacar adelante las medidas exigidas por la Unión Europea para su obtención. Siempre esos «socios» ayudando.

Tampoco se ha logrado reducir prácticamente nada el número de licitaciones desiertas, que permitirían emplear los fondos europeos, y no se logra por las dificultades en sacar adelante cualquier proyecto en cualquier región o comunidad autónoma:

Al menos la recaudación fiscal va como un tiro, tanto en 2025 como en 2024. Las empresas, los trabajadores y los autónomos pagamos más impuestos, ya solo falta que se gestionen bien y que se contenga el gasto público superfluo, como decía el FMI hace un año:

Pues tampoco se ha avanzado mucho en este campo, o en la reducción de la deuda, pese a haber tenido unos años tan positivos en ingresos que podían haberse empleado, ya que no parecen mejorar los servicios públicos en ningún lado, sino más bien al contrario, para disminuir la deuda de manera drástica:

O en el de las pensiones, un debate que nadie quiere afrontar porque, quien lo hace, como en Francia, sale escaldado. El caso es que el problema que ya se vislumbraba hace un año, y tres, y cinco, sigue encima de la mesa. Pensiones crecientes, número de pensionistas en aumento y unas cotizaciones que no cubren el déficit.

¿En qué estaba metida la ministra María Jesús Montero hace un año?

Ah, en satisfacer a los socios de gobierno, a los que parece que de verdad mandan aquí. ¡Cuántos recursos consumidos, de tiempo y de dinero, para no cubrir nunca los requerimientos de unos tipos insaciables!

Es de suponer que algún ministerio sacaría adelante sus propuestas, como el de Trabajo. ¿A qué se dedicaba Yolanda Díaz con encono hace doce meses?

Vaya, a lo mismo a lo que se ha dedicado todo el 2025 sin éxito, a la reducción de la jornada, a la que ya le dedicamos varios textos en el blog, y a no plantear ninguna propuesta para reducir el absentismo, que sigue en cifras más preocupantes que hace un año:

Seguimos teniendo el mismo problema que hace un año… y veinticinco o treinta:

El panorama no es halagüeño, pero es de suponer que el presidente Sánchez, como hombre de acción que es, estaría pensando ya hace doce meses en cambios para mejorar lo que su entorno en el gobierno y en el partido no eran capaces de sacar adelante:

No sé, yo veo a los mismos de siempre. Incluso a Grande-Marlaska, quien, hace un año ya reconocía que no nos habían contado toda la verdad sobre el caso Delcy. Tampoco pasó nada, no se ha movido de su silla:

Koldo, Ábalos… los mismos nombres de hace doce meses nos aparecen en las noticias a diario, con un tufillo a finales de los ochenta o principios de los noventa que apesta. Con ellos sí que estamos de vuelta a la época de Marty McFly. Si hubiera estado fuera de España estos últimos doce meses, habría apostado porque al menos un cambió sí se habría producido:

Os he marcado la fecha. Curioso. Esperemos que en este tiempo, la relación del presidente con el poder judicial haya mejorado, porque el 18 de octubre de 2024 estábamos con estas:

Y ya sabéis, sabemos todos la respuesta: no ha mejorado. Así que sí, esta noche hemos retrocedido nuestros relojes una hora. Los avances en los últimos doce meses no parecen para tirar cohetes, por los socios, por su propia ineficiencia, por la falta de control del Parlamento, por el chantaje continuo de Puigdemont, por lo que sea (recordad El sueño trumpista de Pedro). Realmente no son doce meses, llevamos así desde el 23-J de 2023, y ya desde antes. Es comprensible que el presidente saque al debate el cambio de hora, aunque creo que ya solo a sus palmeros interesan estos debates. Una pena que no avancemos conjuntamente en lo necesario.

Relacionado: Mariano y el cambio de hora.

Islandia (IV): la Ring Road en autocaravana

No lo dudes. Si estás leyendo este texto porque tienes idea de recorrer Islandia y no te apetece nada alquilar una autocaravana porque nunca has conducido una, repito, no lo dudes, deja tus temores a un lado y hazlo. Yo me negué durante meses, por miedo a un accidente, por dudas, por desconocimiento, por la pereza que me daba un camping, por muchas razones. Busqué alternativas con coche de alquiler, hoteles, apartamentos o granjas que alojaban huéspedes, y al final, por logística, pero también por precio, terminé, terminamos, alquilando una. Y lo disfrutamos. No nos arrepentimos ni un segundo.

Las autocaravanas (motorhome) que se alquilan en Islandia tienen espacio para cinco adultos de manera cómoda, quizás hasta para seis personas si son menores, pero que la convivencia funcione dependerá de lo bien avenidos que estén en esa familia. La que reservamos nosotros medía 7,3 metros de largo y 3,2 de alto, un bicho grandote. La razón de que recomiende la autocaravana para visitar Islandia es que el país está muy preparado para ello: no hay pueblos de callejuelas estrechas como en España, no hay ramas de árboles en mitad de las carreteras, ni túneles o puentes bajos, hay campings en los principales destinos y los aparcamientos junto a los lugares de visita más importantes son amplios y con espacio suficiente para los que llegamos con esos monstruos de siete metros de largo.

La única pega es que no puedes recorrer las pistas forestales, ni meterte por ciertos caminos de cabras que llevan a lugares sorprendentes del interior, normalmente volcanes. Pero hay tanto por ver en la Ring Road, la carretera que da la vuelta a la isla, que solo ese recorrido merece mucho la pena. La variedad de paisajes es sorprendente: cascadas, praderas de un verde intenso, glaciares, campos de lava, volcanes, cráteres de volcanes inactivos, pueblos de pescadores, fiordos, acantilados, playas de arena negra… Un plató de rodaje único, como decía el post de Travis.

Comenzamos el recorrido en la capital, Reikiavik, y lo realizamos en el sentido contrario a las agujas del reloj. Algunos blogs de viajes indican que no es lo más recomendable porque ves lo más interesante (en teoría) al inicio y eso hace que el final del círculo pueda no resultar tan llamativo, pero nosotros seguimos el sentido habitual. Y no estoy de acuerdo con que el interés decayera en la última parte del viaje.

Hicimos un recorrido muy parecido al que figura en la web capturetheatlas.com y es una referencia bastante válida para organizar las etapas, si bien luego, como en casi todos los viajes, merece la pena improvisar un poco y salirse de esos caminos aparentemente establecidos.

El primer día, salvo que hayas volado temprano, que no es lo habitual, se te va el día entre la llegada al aeropuerto de Keflavik, la recogida de la motorhome y la adaptación a la misma. Dónde colocas todo, cómo organizas los lugares para dormir, quién se encarga de la cocina y quién de los suministros al llegar a un camping… Si los chavales no hubieran asumido varias de estas tareas, el agradable viaje se habría convertido en una pelea continua. Porque hay poco espacio, por mucho que parezca amplia, porque resulta imposible ducharse en ese cuarto minúsculo o ayudar en la cocina o el orden cuando ya hay alguien de pie junto al fuego.

Reikiavik no tiene la belleza de las grandes capitales nórdicas como Estocolmo, Tallin, Copenhague o San Petersburgo, pero tiene su encanto. Hace mucho que dejó de ser la ciudad que definió Julio Verne en su Viaje al centro de la Tierra, hace unos 160 años, una ciudad de campesinos y pescadores que vivían en casas con césped en el tejado y que comían “sopa de liquen, nada desagradable, por cierto, y como segundo plato, una considerable cantidad de pescado seco, nadando en mantequilla agria. Había, además, skyr, especie de leche cuajada y sazonada con jugo de bayas de enebro, y para beber, un brebaje compuesto de suero y agua, conocido en Islandia con el nombre de blanda”. Intenté repetir el menú del profesor Lidenbrock, pero solo encontré el skyr, yogur que ahora tiene su fama bien ganada entre los jóvenes por su alto contenido proteínico.

El llamado Círculo de Oro de Islandia es un aperitivo de la variedad de paisajes que vas a encontrar. Junto a la enorme falla de Almannagjá, donde se observa la separación de las placas tectónicas norteamericana y euroasiática de la tierra durante kilómetros, se sitúa Pingvellir, la explanada en la que se constituyó (dicen) el primer parlamento moderno, hace unos mil años, en el lugar en el que se reunían los jefes de los doce clanes de la isla para establecer las normas que habían de regir. En el camino encuentras cascadas como la de Gullfoss, una de las más espectaculares (frase que repetirás media docena de veces), el lago Pingvallavatn o el campo de géiseres de Geysir. Puede que géiser sea la única palabra del islandés que ha llegado a los idiomas más populares del mundo. Cada cinco o seis minutos, el subsuelo eructa y exhala un chorro de unos quince metros de altura en mitad de un campo en el que hay varias pozas malolientes más.

Si continúas el camino hacia el sur, a la península de Grindavik, te toparás con una de las coladas más recientes, de marzo de 2024, sobre la propia carretera, y junto a la Blue Lagoon, una de las atracciones que recomiendan en todas las guías, pero que puedes ver desde la cafetería sin necesidad de que te peguen un sablazo. Claro que, si lo que te apetece es un baño en aguas termales de un azul turquesa no natural (mejor leer sobre su origen), adelante, el sitio es de lo más original.

Campos de lava, lagos como Kleifarvatn, otro campo de pozas hediondas como Seltún, el sur tiene paisajes de lo más variado. Y por supuesto, impresionantes cascadas, como Seljalandfoss y Skogafoss. Dormimos en el camping junto a esta última, un camping al que la palabra austero le viene grande, pero el sitio es sobrecogedor, tanto como el sonido del agua cayendo durante toda la noche. Sí, nadie “cierra el grifo de la cascada” durante la noche y el caudaloso torrente se despeña durante las veinticuatro horas del día.

Como decía al inicio, a veces conviene salirse un poco del circuito establecido y nosotros encontramos una serie de lugares atractivos a pocos kilómetros de la ruta principal. Sitios como Keldur, uno de los pocos pueblos que conserva viviendas originales de los pobladores vikingos, o Viti, el cráter de un volcán inactivo. Si quieres una piscina de agua caliente (no tanto como las termales, pero muy agradable) en mitad de las montañas, desvíate hasta Seljvallalug. Las motorhome son robustas y aguantan ese camino infernal.

Antes de llegar a las playas de arena negra, bordeando el país por el sur, conviene desviarse a una de mis excursiones favoritas: la caminata al glaciar de Solheimajokull. Parece mentira que en un simple vistazo confluyan el negro de la arena, más bien cenizas volcánicas, con el blanco del hielo del glaciar. Todo ello junto a una laguna que refleja ese contraste tan… cinematográfico: blanco, negro y una infinidad de grises.

Dyrholaey, Vik, pero sin duda, la playa más famosa del sur es la de Reynisfjara, famosa por ser considerada la más peligrosa del mundo (de ahí que esté prohibido bañarse) y porque su paisaje, junto a la pirámide de columnas basálticas, ha sido difundido ampliamente por los seguidores de Juego de Tronos. El sonido de cada ola advierte del peligro, pese a lo cual, casi todos los años engulle a algún incauto.

Este post no pretende ser una guía de viaje, hay blogs mucho más extensos y detallados, pero sí intento ayudar con algunos pequeños detalles que a mí me llamaron la atención, como el camping de Skaftafell, el mejor para nosotros. Por el enclave privilegiado, junto al glaciar de Svinafellsjokull con el que inicio este post, por las facilidades, la amplitud del espacio, la belleza del entorno, ¡por todo! Merece la pena darse una vuelta por las montañas cercanas antes de dejar el camping, las cascadas de Hundafoss y Svartifoss, y a los pocos kilómetros de salir, dar una vuelta al pie del glaciar. Si tienes tiempo, por supuesto, merece la pena caminar por el hielo de Svinafellsjokull, claramente en recesión a juzgar por el rastro sobre las laderas de las montañas cercanas.

De vuelta a la Ring Road, terminas llegando a dos de los puntos turísticos principales de la isla, que están juntos, separados únicamente por una carretera y un puente bajo el que se puede caminar: la laguna de Jokulsarlon y la Diamond Beach. El que quiera saber más de este espectacular lugar y contemplar unas fotos profesionales inigualables, le recomiendo que se dé una vuelta por el blog de mi amigo Diego, Islandia en Los viajes de Lola Flores. La única pega de este lugar es el tiempo: lo normal es que haya viento, lluvia lateral, frío gélido, fuerte oleaje… Y unos paisajes increíbles: icebergs en el lago, figuras de hielo sobre la arena negra de la playa, los famosos “diamantes”, y colores de todo tipo. Tuvimos que ir dos días, porque el primero nos estrellamos con un tiempo tan hostil que desistimos, pero, como no hay mal que por bien no venga, nos permitió disfrutar de una de las bondades de la autocaravana: guarecerse, cambiarse de ropa de inmediato y ponerse algo seco… y ya de paso, calentarnos unas latas de fabada y comer calentito. Momentazo.

Ambos sitios merecen mucho la pena, en especial con un tiempo acogedor, como el que encontramos al segundo intento, en el que nos lanzamos a la excursión en vehículo anfibio por la laguna. Cara, pero, como dijo la guía, “el paisaje es único e irrepetible”, porque los icebergs cambian de forma y tamaño cada noche. Se desgajan partes, se derriten, se mueven, y en función de la luz y el momento del día, cambian de color.

A estas alturas del viaje, cuando comienzas a subir por el este, llevas la mitad de los días, pero apenas un tercio del camino recorrido y algunas guías recomiendan volver hacia Reikiavik, pero yo aconsejo lo contrario. Parar en el pueblo costero de Djupivogur, comer en alguno de los dos cafés-restaurantes con vistas al puerto y seguir, recorrer los fiordos del este, por muy impronunciables que sean sus nombres. ¿Que termina en fjordour el nombre del sitio? Pues adelante. Así hasta llegar a Egilsstadir o a Seydisfjordour, cualquiera de los dos es un buen lugar para descansar tras un día viendo acantilados y carreteras sinuosas de costa.

En la mayoría de los pueblos hay unas piscinas municipales de muy buena calidad, alguna excelente, con agua caliente. Por mucho que haya siete u ocho grados de temperatura ambiente, y por poco que te apetezca a última hora de la tarde, date un baño largo en la piscina local. A la media hora pasarás sin problema de la de 42 grados a la de 6, y de esta, tras uno o dos minutos, yo no aguanté más, de vuelta a la de agua caliente.

Si hubiera hecho caso de algún blog o de alguna recomendación, nos habríamos perdido todo lo que hay en el norte de camino al lago Myvatn, otro de los puntos referentes del país. Como la cascada Dettifoss, la más caudalosa de Europa. En los alrededores del lago, el cráter del volcán Viti, el apestoso campo de fumarolas de Hverir o el campo de lava de Dimmuborgir, cuyas formaciones realizan cuevas, arcos y columnas de todo tipo. Los paisajes son de lo más variado, con las aguas azul turquesa del lago, las montañas grisáceas al fondo, los llamados pseudocráteres de Skytos y, si tienes suerte, como nosotros, una aurora boreal a medianoche.

Los pueblos del norte tienen cierto atractivo, en especial por su ubicación, junto a profundos fiordos que se introducen en la tierra. Husavik es el pueblo de pescadores que aparece en la peli esa infumable de Fire Saga/Eurovisión, pero es un pueblecito agradable para perderse una temporada y salir a ver ballenas en barco. Según continúas por la Ring Road hacia el oeste, te encuentras paisajes marcianos en los que Matt Damon se perdería y otra enorme cascada más, Godafoss. Llegados a este punto, comienzas a ser consciente de que te queda poco viaje, aún varios centenares de kilómetros hasta devolver la motorhome, pero la sensación de tristeza al llevar tres cuartas partes de vuelta a la isla. Pero aún hay mucho por disfrutar. Si te desplazas más al norte puedes alcanzar Hofsos, junto a otro fiordo, un pueblo con la mejor piscina de agua infinita de la isla, y según comienzas a descender al sur, pasas por Akureyri o te puedes pegar otro chapuzón en mitad de una colina unos kilómetros antes. Aquí ya se habían cansado de poner nombres, y a la cascada la llamaron simplemente Foss.

El recorrido regala un último tesoro al viajero: la península de Snaefellsness, donde se sitúa el origen de la aventura de Julio Verne. Una vasta extensión que parece querer separarse del resto de la isla y que aglutina una belleza muy por encima de la media del resto del país, que ya era elevada. Nos encantó. Todo. La iglesia de mdera negra, el volcán de Julio Verne Snaefellsnessjokull con sus nieves perpetuas, el pueblo de Arnarstapi y sus formaciones sobre el mar, los campos de lava, las praderas, la vuelta por la costa y, finalmente, la llegada al camping. El único en el que tuvimos algún problema para encontrar una plaza, pero es que la zona es una maravilla y nosotros, para no perder las costumbres mediterráneas, nos presentamos cerca de las diez de la noche.

Día 10. Tocaba emprender el camino de regreso hacia Reikiavik, devolver la autocaravana, lamentarse por todos los sitios impactantes que no pudimos ver en el centro de la isla (¿queda para otra ocasión?), pero aún pasamos por otro de los lugares más fotografiados de la isla, de nuevo por Juego de Tronos: Kirkjufell y las dos cascadas. No he visto la serie, pero eso no me impidió disfrutar de las vistas, como de todo el país. Una maravilla, muy recomendable.

Travis – Islandia (I): un plató de rodaje único.

Josean – Islandia (II): caída y recuperación.

Barney – Islandia (III): el éxito del deporte en un país minúsculo.

Lester – Islandia (IV): la Ring Road en autocaravana.

Islandia (III): el éxito del deporte en un país poco poblado

¿Éxito? Voy a hablar de un país que apenas ha logrado cuatro medallas en toda la historia de los Juegos Olímpicos, así que me pregunto si éxito es la palabra adecuada para titular este post. Y he decidido mantenerla para tratar de explicarme.

Niza, junio de 2016. Partido de octavos de final de la Eurocopa. Islandia remonta el gol inicial de Wayne Rooney y hace historia al clasificarse por primera vez en su historia a los cuartos de final del torneo continental. Dos años más tarde, hará historia de nuevo al clasificarse para la fase final del Mundial de Rusia. Algunas de las mejores imágenes que dejaron estas proezas son las que nos regalaban sus jugadores al acercarse a la grada de aficionados a celebrar la victoria con los suyos tras los partidos. No creo que una fiesta vikinga tuviera muchas diferencias con esos momentos. Tíos rubios y barbudos dando palmas y profiriendo una mezcla de cánticos de guerra y evocaciones a Odín en un idioma que provoca esguinces de lengua a quien intenta imitarlos. Lo vimos varias veces y lo gozamos con ellos, porque nadie esperaba que ganaran un solo partido en la fase de grupos, mucho menos que se clasificaran para las rondas de eliminación. La celebración se repitió en la capital, de manera igualmente impresionante. Puñetera maravilla de vídeo:

Un año antes habíamos podido ver la no menos sorprendente aparición de la selección islandesa en el Eurobasket de 2015. Dio bastante guerra a Italia, Alemania y Turquía en sus enfrentamientos directos, que perdió por diferencias menores a los 8 puntos. Recuerdo haberlos visto en el partido frente a España, más cómodo para los nuestros, liderados por un Pau Gasol que haría entonces la que puede haber sido la mayor exhibición de un jugador en el baloncesto de selecciones FIBA: sus 40 puntos en las semifinales frente a Francia. Los islandeses practicaban un juego muy dinámico, rápido, de mucho pase y transiciones rápidas, para buscar enseguida un tiro liberado de algún jugador, que siempre encontraban y que solía tener buenos porcentajes.

Tras el Eurobasket de 2015 y la Eurocopa de 2016, recuerdo haberme preguntado cómo era posible que un país que no llega a los 400.000 habitantes censados tuviera equipos nacionales, no diré potentes, pero sí dignos o notables, tanto en fútbol como en baloncesto, y un gran equipo en balonmano, el deporte nacional. ¿Cuánto se invertía en deporte para sacar tantos jugadores de un nivel más que aceptable, suficiente para competir dignamente en los campeonatos europeos?

Al contrario que los equipos de fútbol y baloncesto, la selección de balonmano islandesa nunca fue de “comparsa” en los torneos internacionales. Llegó a la final de los Juegos Olímpicos de Pekín en 2008, tras eliminar a los nuestros en semifinales, aunque no pudo derrotar a los franceses y tuvo que conformarse con la plata. Islandia logró ese día el curioso récord de “país con menos población en lograr una medalla olímpica en deportes de equipo”. Fue una fiesta nacional. Se calcula que el 80 por ciento del país presenció la final por televisión y 40.000 personas acudieron a Reikiavik a recibir al equipo tras volver de China. En aquellos momentos en que la crisis financiera había castigado de lleno al país, el equipo de balonmano sirvió como motivo de orgullo para una población islandesa en estado de shock.

No quedaron ahí sus éxitos. Son habituales en las fases finales de los torneos y en 2010 se hicieron con el bronce en el Europeo. Uno de los mejores equipos de la actualidad, el Barça, cuenta con un portero de esa nacionalidad, Halgrimsson. Nunca he sabido de dónde salen, pero lo cierto es que los jugadores islandeses de balonmano brotan como salidos de una erupción volcánica.

Tener tres equipos de nivel, cuando apenas hay cantera de la que elegir, solo puede tener una explicación: el deporte es parte de la cultura de los ciudadanos islandeses y se invierte en estructuras que lo faciliten. Si pasas por cualquier pueblo islandés de más de dos mil, tres mil habitantes, te encontrarás con unas instalaciones deportivas municipales (también las escolares) que en España solo encontrarías en ciudades siete o diez veces más grandes. Todas con piscinas de aguas termales, por cierto, emanadas de los manantiales existentes en el subsuelo. En Egilsstadir, tras bañarme en la estupenda piscina a cuarenta grados, me acerqué a ver el entrenamiento del equipo de baloncesto, que estaba en ese momento jugando con gran intensidad. No era un equipillo de profesionales, pero sus cuerpos, así como la técnica, no eran tampoco los de unos aficionados como los que nos juntamos a nuestras pachangas de fin de semana. De repente miré al entrenador, un tío moreno enorme que distaba de ser rubio vikingo como los demás. Su inglés con acento fuenlabreño lo delataba: solo podía ser español. Como así era: Salvador Guardia, pívot de 2,06 metros, 17 temporadas completas en la ACB, 11 de ellas en el Fuenlabrada. Busqué a continuación el número de habitantes de ese pequeño pueblo al norte del país y me sorprendió al ver que no llegaba a tres mil. Es un ejemplo, una mera referencia menor, pero me llamó la atención ver el nivel del equipo local en un país que no cuenta con una liga profesional.

Debido al clima del país, los deportes que se practiquen bajo techo son los que tienen mayores posibilidades de prosperar. Hay buenos campos de fútbol, siempre verdes, y cada vez hay más campos de césped artificial, pero lo que llama la atención son sus polideportivos cubiertos. El deporte forma parte de la cultura de sus habitantes, es parte de sus vidas. La mejoría que vemos actualmente en los grandes eventos es el resultado de una política gubernamental que comenzó a finales de los noventa, cuando la preocupación por los niveles de consumo de alcohol y cannabis entre los jóvenes llegó a un nivel en el que no quedaba otra que actuar. Se creó el proyecto «Juventud en Islandia» y se introdujeron una serie de medidas legislativas orientadas a prohibir el consumo de alcohol en menores, a concienciarlos acerca del problema de las drogas, por muy ¿blandas? que pudieran ser, y a tratar de reconducir su ocio en un país en el que el clima no ayuda a llevar una vida social, digamos, mediterránea.

Las inversiones en instalaciones deportivas corrieron a cargo de los ayuntamientos, pero a nadie le pareció mal que se realizaran esas inversiones, así como que se dieran ayudas a las familias para el fomento del deporte. Cada familia recibe unos 300 euros anuales para que sus hijos puedan practicar algún tipo de deporte. En un país con un nivel de vida tan elevado, puede no parecer un gran importe, pero les da para una equipación completa o para las cuotas en los equipos de la localidad. Y el deporte es, a veces, el único lugar de encuentro en común con los chavales de la misma edad. Esta estadística refleja en cifras lo que ha supuesto esa inversión en deporte para los más jóvenes:

Las cifras de consumo de alcohol en adolescentes se han reducido de manera considerable, así que esos chicos y chicas, ya no son solo rubios, altos y fuertotes, sino que ahora también son sanos. Han traído a entrenadores de otros países y han invertido en formar entrenadores que a su vez puedan dar una formación a los chavales, no con la idea de crear cracks mundiales o formar un equipo potente, pero sí al menos por los beneficios que el deporte podía traer. El éxito del programa ha levantado el interés de otros países, que se plantean replicar modelos similares, si bien no es sencillo aplicarlo en países con un tamaño muy superior. El deporte sigue siendo, en su mayoría, amateur, por eso me maravilla verlos competir contra potencias muy superiores en recursos.

Su manera de competir en los grandes torneos es la de un aficionado que lo da todo, el fútbol de siempre. La de quien sabe que es inferior, pero que ha venido a dar guerra. Que todas esas horas de entrenamiento en invierno, sin luz en la calle, con un viento del demonio y a cero grados, tienen que servir para que tu rival vea que no te vas a achantar. Por eso, cuando veo a un equipo islandés en una gran competición, cuentan conmigo entre sus seguidores.

Travis – Islandia (I): un plató de rodaje único.

Josean – Islandia (II): caída y recuperación.

Barney – Islandia (III): el éxito del deporte en un país minúsculo.

Lester – Islandia (IV): la Ring Road en autocaravana.

Islandia (II): caída y recuperación

La primera parte de esta serie, sobre esa isla al norte «muy norte» de Europa, concluía con la referencia a Inside job, el documental ganador del Óscar, cuyo principio se centraba en la quiebra total del país y de cómo su impacto arrastró a pérdidas millonarias a una serie de bancos europeos, principalmente holandeses. A todos nos sorprendió cómo un pequeño país, con una población de un número aproximado al de Bilbao, podía poner en riesgo buena parte del sistema bancario europeo.

En cierto modo, y salvando las distancias, la enorme influencia de Islandia sobre el resto de Europa en comparación con su teórico peso geopolítico es parte de su historia. La erupción del volcán Eyjafjallajökull en abril de 2010, con la consiguiente emisión de cenizas volcánicas y gases a la atmósfera, provocó el colapso del espacio aéreo en buena parte del norte de Europa durante quince días. Más de diez millones de viajeros se vieron afectados y las aerolíneas calcularon que sus pérdidas rondaban los 1.300 millones de euros. Una minucia si las comparamos con las consecuencias de esa otra gran erupción volcánica que algunos historiadores consideran clave para que estallara la Revolución Francesa. El volcán Laki, situado al sur de la isla, entró en erupción en 1783, y estuvo emitiendo gases y cenizas durante ocho meses. La quinta parte de la población islandesa falleció en ese tiempo debido a la hambruna y la contaminación (tenía unos 50.000 habitantes por entonces). Sus efectos fueron devastadores y se expandieron como la lava volcánica, arrasando todo a su paso. Las enormes nubes tóxicas se desplazaron por toda Europa y provocaron pérdida de cosechas, problemas respiratorios en la población, nuevas hambrunas y una disminución de las temperaturas que los científicos calculan en cercana a un grado centígrado. Los efectos tardaron años en desaparecer y, según algunos artículos, el descontento de la población francesa con sus monarcas fue en aumento. No ayudaron las frivolidades de María Antonieta acerca de la hermosura de la nieve que cubría las calles. Entre la falta de alimentos, las subidas de impuestos al pueblo y el dispendio de los nobles aquello acabó como (lógicamente) debía acabar: con la guillotina.

Así que Islandia parece un lugar perfecto para la metáfora sobre el aleteo de una mariposa en Hong-Kong y el huracán en Nueva York. En el terreno financiero, Islandia fue un ejemplo perfecto del agilipollamiento que invadió a muchos «expertos» a principios de este siglo, basado en esa idea absurda de que el endeudamiento excesivo era maravilloso porque los activos adquiridos se apreciaban anualmente y siempre valían más que la deuda que los soportaba. Lo llamaban apalancamiento y si no estabas convenientemente apalancado, tu empresa valía menos. Los bancos islandeses llegaron a acumular pasivos de 86.000 millones de dólares cuando el PIB de todo el país apenas alcanzaba los 13.000 millones. El (jodido) desapalancamiento posterior supuso un enorme sacrificio para toda la población: la corona islandesa cayó más del 60% y el PIB del país disminuyó en torno al 14% en dos años. El paro se cuadruplicó en un país en el que apenas existía y se pasó del 2% al 8%. Entre unas cosas y otras, muchos ciudadanos perdieron sus ahorros y sus casas.

Sin embargo, al contrario de lo que se hizo en la mayoría de los países europeos, la receta islandesa fue otra. En lugar de rescatar a los bancos privados con dinero público, se dejó que quebraran los tres grandes bancos que habían provocado ese enorme agujero de deuda: Glitnir, Landsbanki y Kaupthing. Sus directivos fueron procesados y 38 de ellos fueron condenados a penas de cárcel. No solo se devaluó la moneda, sino que se establecieron estrictos controles de capital para evitar la salida de divisas, una especie de «corralito» impropio, pero que fue la única manera que encontraron sus dirigentes para no quebrar por completo. Se pidió un crédito al Fondo Monetario Internacional, finalmente firmado por 2.100 millones de dólares, más otros 2.500 millones en préstamos de países escandinavos, algunos tan sorprendentes como Islas Feroe (50 millones, el 3% de su PIB). Los islandeses, como buenos nórdicos que son, cumplidores y eficientes, lo devolvieron en 2015. De manera anticipada, todo lo opuesto a tantas semi-democracias en países africanos o latinoamericanos (según los líderes del momento), que viven en esa permanente crisis de deuda y refinanciaciones.

En aquellos años de penuria que sucedieron a la crisis financiera de 2008, me dio cierta envidia ver la gestión de los islandeses. Retrasaron la aplicación de algunas medidas de ajuste para dar tiempo a que los ciudadanos pudieran absorberlas y «adaptarse». Aun así, hubo que acometer importantes recortes en sanidad, educación y pensiones, nada que no ocurriera en el resto de Europa. Los nuevos gestores del país tuvieron que subir impuestos como el de la renta o el que gravaba el alcohol, pero en su mentalidad nada mediterránea, a los ciudadanos no les quedaba más remedio y aceptaron de manera estoica. Por otro lado, y se demostró que se hizo de manera inteligente, redujeron el impuesto de sociedades del 18% al 15%, vinculado a la creación de empleo y la atracción de inversión extranjera. Y lo más importante, no solo fueron procesados los directivos de los bancos que llevaron al país a la situación dramática en la que se encontraba, sino también varios de sus dirigentes políticos. El primer ministro entre 2006 y 2009, Geir H. Haarde, fue encontrado culpable, aunque finalmente no entró en prisión por cuanto en sus delitos había primado la negligencia y no la corrupción o la mala fe. Justo lo contrario que en España, me temo, en donde prefieren pasar por tontos antes que por corruptos, aun cuando todos sepamos que son mucho más golfos y «listos» de lo que nos cuentan.

No todo fue tan idílico como nos pintaron algunos artículos. La devaluación salvaje de la moneda atrajo inversiones extranjeras, pero empobreció a sus ciudadanos. Hoy es uno de los países más caros del mundo, el tercero según el ranking que se maneje. Y aunque nos contaran que no se rescató a la banca privada con dinero público, al final sí hubo que inyectar capital del Estado cuando se entró en la gestión de los mismos. Un importe superior al que se inyectó en España en el rescate de la banca, cercano al 20 por ciento del PIB, una enormidad. Este crecimiento de la deuda pública tan bestial no se puede desligar de estas medidas:

El sacrificio de los ciudadanos no fue en vano y hoy es uno de los países con mayor nivel de vida del mundo. Pese al elevado nivel de precios, cuentan con electricidad y agua caliente todo el año a unos precios ridículos, unas diez veces inferior al de sus «vecinos» daneses. Todo ello obtenido a partir del aprovechamiento de la geotermia, del hecho de estar «asentados» sobre una inmensa capa de magma volcánica. El 90% del agua proviene de la geotermia, que se utiliza hasta para calentar y quitar el hielo de las calles en invierno. La electricidad tiene origen renovable en casi su totalidad, un 73% proveniente de las centrales hidroeléctricas y el 26% restante, de la geotermia. Me sorprendió la cantidad de Teslas que vi por el país, pero encaja con la idea de un país con energía eléctrica barata y combustibles fósiles muy caros, porque hay que importarlo, como casi todo. También me encontré un concesionario enorme de la marca en Akureyri, una ciudad de apenas 20.000 habitantes. Por curiosidad, busqué el detalle por Internet y descubrí que no solo es la marca más popular, sino que es el país de Europa con mayor número de Teslas respecto al total de la flota:

Islandia aparece en el undécimo lugar en el PIB per cápita del mundo y es el sexto en el ranking de los países con mejor calidad de vida (según el Índice de Progreso Social:

Los nórdicos, aunque aquí nos hayamos metido con ellos en anteriores textos (Son vikingos y Están locos estos finlandeses), siempre andan a la cabeza en los temas importantes, en los que hacen la vida más llevadera: derechos humanos, conciencia social, honestidad, igualdad, beneficios sociales… Pese a lo cual, me cuesta más creer el tercer puesto en el World Happiness Report, ese informe extraño sobre la felicidad en cada país, un ranking que nos dice que la población de Arabia Saudí vive más feliz que la nuestra, por ejemplo.

Con ese clima, con esas pocas horas de luz durante el invierno, con el cierto aislamiento social de sus habitantes, me cuesta mucho creer que los islandeses estén en la cima mundial de la felicidad. Por lo menos, en el concepto mediterráneo de la felicidad: vivirán estupendamente en sus casitas de madera con agua caliente y rodeados de verdes praderas y una capa de nieve que ni pintada por Monet, pero distan mucho de ser «la alegría de la huerta». Eso sí, tienen unos polideportivos magníficos en cada pueblo, con piscinas de aguas termales todo el año, pero eso forma parte del post de Barney.

Continuará:

Travis – Islandia (I): un plató de rodaje único.

Josean – Islandia (II): caída y recuperación.

Barney – Islandia (III): el éxito del deporte en un país minúsculo.

Lester – Islandia (IV): la Ring Road en autocaravana.

Islandia (I): un plató de rodaje único

El cine suele ofrecer muchas cosas al espectador: entretenimiento, espectáculo, historias universales, información, polémica, romances, escenas subidas de tono… No siempre, claro, podría hablar varias horas de algunas disaster movies y, en algunas de ellas, hasta encontraría cierto encanto. Numerosas películas nos permiten, además, conocer muchos países, aunque solo sea visualmente, al menos para saber si nos puede gustar más o menos visitar esos lugares “algún día”, si se tercia la ocasión. O descartarlos porque “no se me ha perdido nada allí”, que también me ha pasado como espectador. Localizaciones fantásticas, planos aéreos maravillosos, paisajes irreales que pueden parecer de otro planeta. El trabajo de los buscadores de localizaciones de rodaje debe ser extraordinario.

Algunas obras se concentran en una sola localización, o en interiores, y otras necesitan variedad de paisajes, como la trilogía de El señor de los anillos, las pelis de James Bond (¿no es siempre la misma trama variando solo el lugar?), o muchas de las que han aparecido a lo largo de estos años en este mismo blog, normalmente superproducciones: Star Wars, Tenet, Interstellar, Ben-Hur, Indiana Jones

Para la variedad de mundos de El señor de los anillos, el director Peter Jackson sugirió su tierra natal, Nueva Zelanda, un lugar en el que podía encontrar ríos que emularan con facilidad el Anduin, montañas o paisajes nevados en los que situar Edoras o Rivendel, las praderas de Rohan o las zonas agrestes de Mordor, parajes que contrastaban con el verde de Hobbiton o el color de los bosques impenetrables que bien podían llamarse Fangorn.

Hay una isla en este planeta que reúne también todo tipo de paisajes y que, además, es el lugar más joven de toda la Tierra, geológicamente hablando, pues sigue en formación: Islandia. Es un país que aglutina paisajes de lo más variado y cinematográfico en una isla con pocos habitantes. Apenas 380.000 en una superficie de poco más de 100.000 kilómetros cuadrados, lo que permite que no sea especialmente complicado rodar en muchas de sus localizaciones naturales.

Ya se ha dicho muchas veces que Islandia, Iceland, la “tierra de hielo” en la traducción, es un país muy verde, una green land, mientras que Greenland, Groenlandia, es en realidad una isla de hielo. Curioso. Lo cierto es que Islandia destaca por sus colores, que van mucho más allá del verde de sus praderas, montañas o campos de lava cubiertos por líquenes. Puede que tenga toda la paleta de colores, desde el blanco de los glaciares y las cascadas al negro de la arena de playas volcánicas, pasando por el rojo de las coladas, los ocres de las áreas sulfurosas, el azul de las lagunas y las vetas de los icebergs, el morado de las flores silvestres de ciertas colinas y las mil variedades cromáticas de los campos de lava.

Islandia ha sido un decorado natural muy utilizado en producciones de todo tipo, y es que resulta muy habitual que, ante algunos de sus paisajes, el visitante afirme que “parece de otro planeta”. Es lo que debieron pensar los productores de Rogue One: una historia de Star Wars, que situaron en la playa de Myrdalssandur el planeta de Galen Erso (Mads Mikkelsen), el padre de Jyn Erso (Felicity Jones), la que sería cabecilla del grupo rebelde que se hará con los planos de la Estrella de la Muerte.

Christopher Nolan también vio las posibilidades de la isla y situó allí el planeta de hielo en el que Matt Damon había quedado atrapado en Interstellar. Y, ya que estaban, ubicaron otras escenas cerca del volcán de Svinafellsjökull y en los campos de lava de Eldhraun.

Las impresionantes cascadas del país son un fondo espectacular para videoclips de cantantes y para escenas que impresionen al espectador, como Dettifoss, en el arranque de Alien: Prometheus y Skogafoss para el mundo oscuro de Thor. Pasé una noche a doscientos metros de esta cascada y puedo decir que el sonido es impresionante. Al natural, sin necesidad de Dolby Stereo.

Islandia es una tierra de cascadas, pero también de volcanes, activos y latentes. Varios de sus cráteres reúnen esa característica tan poco habitual que los convierte en paisajes extraterrestres, como el cráter de Hrossaborg, que el director John Kosinski utilizó para situar Oblivion.

Este país tan cercano al Ártico sirve como plató cinematográfico natural para situar otros mundos, aunque estén en este. Si uno visita la zona cercana al lago Myvatn, se encuentra con una cueva que no tiene nada de especial, Grjotagjá, pero de la que todas las guías de Internet te hablan como «la de Juego de tronos«. Por el contrario, sí tiene una gran belleza otro de esos parajes a los que la famosa serie ha hecho popular y ha situado en el mapa para los aficionados a la serie: Kirkjufell. Junto a las cascadas, se ha convertido, como dice este artículo, en «el paisaje más fotografiado de Islandia».

No sé si hay estadísticas sobre el número de fotos que se hacen en uno u otro lugar, pero sí hay una laguna natural, junto a un glaciar, que podría presumir de ser «la más popular para el cine». Me refiero a la laguna de Jökulsárlón, un espectacular lago medio helado a mitad de camino entre el glaciar Vatnajökull y la Diamond Beach, la playa en la que descansan los restos de hielo que se desprenden de los icebergs de la laguna antes de ser engullidos por las mareas. Lara Croft la visitó en Tomb Raider y James Bond apareció por allí dos veces, aunque con distintas caras: Roger Moore en Panorama para matar y Pierce Brosnan en Muere otro día. Para la escena de los coches en esta espectacular superficie blanca, cortaron el paso del agua hacia el mar y dejaron que se helara completamente la laguna. Un paisaje tan irreal y «molón» como el propio 007:

El arte del engaño del cine, cuyos artistas son capaces de convencernos de que el glaciar de Vatnajökull es, en realidad, el mismísimo Tibet en Batman begins.

El blanco de los glaciares y las cumbres nevadas, o el negro de la arena volcánica que llega hasta las playas. Todo resulta muy visual y estético para los cineastas. La playa de Reynisfjara, la más peligrosa del mundo, pasó por un paisaje extraterrestre en Star Trek, o como la tierra firme de los montes Ararat en los que Darren Aronofsky situó su versión de Noé.

Algo tiene esta arena que atrae a los cineastas: Clint Eastwood rodó casi toda su Cartas desde Iwo Jima en Los Ángeles, pero se acercó a las playas de Sandvik como si de la costa japonesa se tratara para las escenas con más acción.

Como habrá visto el lector, hasta ahora todos estos paisajes han sido utilizados por los productores para simular que son otra zona, otro lugar en otro entorno muy diferente: ¿acaso no hay ciudades, no hay historias «normales» que representar en Islandia? Bueno, al pasar por la ciudad costera de Husavik, al norte del país, comprobamos que había numerosas referencias a esa comedia facilona sobre Eurovisión que se rodó en aquellos lares: Festival de la canción de Eurovisión. La historia de Fire Saga. Rachel MacAdams y Will Ferrell, todo un shock para una ciudad de poco más de tres mil habitantes. La trama es una chorrada monumental, pero tiene su (quizás) único punto de interés en que precisamente pasa algo en una ciudad en la que nunca pasa nada. Como en Selfoss, una ciudad de paso sin nada que hacer, en la que se exilió voluntariamente el genio del ajedrez estadounidense Bobby Fischer, quien acabó sus días con la nacionalidad islandesa y sus paranoias en esta pequeña localidad. Su preparación para el famoso enfrentamiento con el ruso Spassky en Reikiavik fue filmada en El caso Fischer, dirigida por Edward Zwick en 2014.

Es curioso porque parece que en estas ciudades islandesas ocurren menos cosas incluso que en una peli sueca de sobremesa, pero la isla se convirtió en sinónimo de aventura y libertad individual gracias a la versión moderna de La vida secreta de Walter Mitty, la versión rodada en 2013, dirigida y protagonizada por Ben Stiller. Ese oficinista gris que decide dejar de divagar con su mente y lanzarse a la acción, termina cerca de la erupción del volcán (a ver si lo escribo bien) Eyjafjallajökull. Su viaje en patinete por la típica carretera islandesa en mitad de un valle sin pueblos, ni gente, ni nada, se ha convertido en sinónimo de liberación y en un gif que circula por los móviles de todo el mundo de manera recurrente.

Entonces, ¿nunca pasa nada en Islandia que merezca la pena ser contado en el cine? Sorprende en un país con tanta tradición de sagas literarias. Para una historia universal que nace en la isla, Viaje al centro de la Tierra, de Julio Verne, resulta que ninguno de los cineastas que optaron por rodar una versión de la historia consideraron conveniente viajar al volcán Snaefellsnessjökull para introducir a los personajes en el arranque de su odisea. Esta foto es de mi colección particular, no viene de ninguna película:

Finalizo el recorrido con algo que sí pasó en Islandia y captó la atención de todo el mundo. No, no me refiero a la erupción del volcán de nombre impronunciable, sino al mayor colapso económico de un país en toda la historia. La crisis financiera de 2008 se cebó especialmente con la isla, y así comienza el documental Inside job, ganador del Óscar al mejor documental en el año 2011. Así se la dejo botando al Amiguete Josean.

Continuará:

Josean – Islandia (II): caída y recuperación.

Barney – Islandia (III): el éxito del deporte en un país minúsculo.

Lester – Islandia (IV): la Ring Road en autocaravana.

El dilema del teletrabajo

Qué lejos quedan aquellos tiempos post-pandémicos en los que leíamos artículos como este del New York Times (abril de 2022) en el que se destacaba el hecho de que, pese a que algunas empresas comenzaban el “retorno” presencial a las oficinas, otras habían ampliado sus horizontes y sus ventas gracias al remote work, el teletrabajo. Gracias a la contratación de trabajadores en remoto realizada durante la pandemia, habían podido ampliar su plantilla y acceder a mercados de mayor tamaño. El artículo menciona ejemplos de varias empresas tecnológicas y relacionadas con la salud. También las hubo en el sector financiero, comercial y marketing, creación de contenido… Puede que no sea un modelo válido para todos los sectores, pero sí denota una apuesta por la organización, el análisis efectivo del trabajo realizado y la innovación.

“Ellos (los trabajadores) pueden permanecer donde están”, decía Steve Case, CEO de Revolution y cofundador del gigante AOL. En aquellos tiempos que ahora parecen lejanos, algunas empresas como Olive utilizaron fórmulas de compensación salarial para empleados que vivían en lugares con mayores costes de vida, generalmente las grandes ciudades, sede de las oficinas centrales, y diferenciarlos de quienes optaban por el teletrabajo y por vivir en ciudades con un coste de vida más asequible, una fórmula impensable en Europa. De este modo, los empleadores podían acceder a un mayor rango del llamado talent pool, ese mercado de talento o de personal, en muchos casos poblados de empleados perfectamente válidos que dedicarían una parte importante de su tiempo y dinero en acudir de manera presencial a una oficina.

Más lejos aún, casi en la prehistoria de la edad laboral moderna, queda este otro artículo del mismo medio, titulado en su versión de papel Lo que los jefes realmente piensan acerca del teletrabajo (y en la versión digital, no sé por qué, Lo que los jefes realmente piensan acerca del futuro de la oficina). Es de noviembre de 2021, un tiempo en el que debíamos ir por la cuarta o quinta ola, y el regreso a las oficinas se había producido de manera paulatina y tan exitosamente normal como la salida repentina de las mismas a mediados de marzo de 2020. El trabajo siguió saliendo adelante, las empresas prestaron sus servicios, los empleados echaron las horas necesarias, se concilió con las vidas familiares y la productividad no se resintió. El artículo de David Gelles comienza diciendo que:

“La gente ahora piensa de forma diferente acerca de las oficinas, incluidos los directores y CEOS, quienes durante tanto tiempo vigilaban atentamente a los trabajadores en sus puestos. Los jefes que antes disfrutaban del trabajo presencial se han vuelto menos atados a los ascensores abarrotados y las salas de reuniones sobresaturadas. Ejecutivos que ascendieron trabajando 15 horas bajo los fluorescentes ahora aceptan que la jornada laboral pueda terminar a las 3 de la tarde o a las 11 de la noche, lo que sea mejor para el empleado. Los ejecutivos, deseosos de atraer jóvenes trabajadores, se están adaptando a las normas cambiantes y se están dando cuenta de lo bueno que habría sido tener mayor flexibilidad al inicio de sus carreras, cuando tenían hijos pequeños”.

Releo ahora este artículo, archivado en mi carpeta de los recuerdos pandémicos, con cierta candidez, con la ilusión de una manera de trabajar que parece condenada al olvido. El mismo artículo ya llamaba la atención sobre esos otros jefes que preferían el trabajo presencial, el contacto estrecho con el departamento. Y otros, quizás más ajustados a la realidad del mercado, optaban por la flexibilidad y los posibles ahorros de costes en las oficinas y en los tiempos de desplazamiento de los empleados. En estos tiempos en los que la sostenibilidad y la reducción de emisiones están en boca de todos, me llama la atención que no se hable demasiado de los millones de toneladas de CO2 vertidas en exceso durante los enormes atascos de entrada a las ciudades, emisiones que se redujeron notablemente durante aquellos tiempos en los que el trabajo presencial y el remoto se repartían aproximadamente a partes iguales.

Como ejemplo de manager que apostaba por el retorno a las oficinas, el artículo menciona las palabras de Sundar Pichai, CEO de Google y Alphabet, quien ya por entonces decía: “echo de menos las reuniones en las que uno puede ponerse de pie, ir a la pizarra, dibujar lo que está pensando y que otros lo vean”. Salvando las enormes distancias intelectuales, en aquellos tiempos pandémicos yo tuve un jefe que necesitaba algo similar: poder ponerse de pie para soltar sus ocurrencias y que su coro de palmeros lo escucharan. No creo que fuera el único en este país. Fue a trabajar de manera presencial todos los días casi desde el inicio del confinamiento, pero no porque el suyo fuera un trabajo esencial ni fundamental para la sociedad (contaba con un certificado convenientemente apañado, claro), sino porque hay directivos incapaces de trabajar si no cuentan con su secretaria y con un círculo de colaboradores a su vera que pierdan el culo para atender sus directrices.

No cabe duda de que no hay una solución óptima para el teletrabajo que sea global, válida para todas las empresas. A mediados de 2022 la mayoría de las empresas habían optado por un modelo híbrido, como indicaba este artículo de El Confidencial: El teletrabajo fue un espejismo. El 90% de los asalariados va todos los días a su empleo. Las estadísticas de la EPA reflejaban que el número de empleados con teletrabajo había descendido, pero que también lo había hecho el número de días en que desarrollaban su trabajo en remoto. A ello contribuyó la regulación que obligaba a las empresas a sufragar los gastos del empleado en su casa cuando el teletrabajo era mayoritario. “El objetivo era desarrollar un texto garantista con el trabajador, aunque fuese a costa de crear desincentivos para el teletrabajo. Para las empresas, en líneas generales, es más barato mantener a todos los trabajadores en una oficina que pagarles los gastos individualmente”. La conocida habilidad de la legislación laboral (en este mismo blog, La regulación entra en casa).

Los análisis para valorar la rentabilidad económica o la posible pérdida/ganancia de productividad del trabajo en remoto no son sencillos. O posiblemente no sean reales. En mayo de 2023, Paul Krugman, premio Nobel de Economía, escribía este interesante artículo sobre el teletrabajo, el PIB y otros ratios no medibles, como la conciliación, los desplazamientos o el tiempo que se pasa con las familias: Trabajar desde casa y darse cuenta de lo que importa. El PIB como indicador engañoso “de lo que realmente importa en la vida”.

 “Atribuir un valor en dólares a los beneficios de esta reducción es complicado. No basta con multiplicar el tiempo ahorrado por el salario medio, porque es probable que la gente no considere el tiempo que pasa en la carretera (sí, la mayoría de la gente va a trabajar en coche) como totalmente perdido. Por otra parte, hay muchos otros gastos, desde el combustible hasta el desgaste del vehículo y la tensión psicológica asociados a los viajes para ir a trabajar”.

Krugman no puede obviar a directivos de peso como Elon Musk que ya entonces tildaban de “vagos” e “inmorales” a los trabajadores que se resistían a volver a sus puestos de trabajo presenciales. Como la mayoría de las grandes empresas se copian, el retorno repentino se generalizó (finales de 2022, primeros meses de 2023) y en Estados Unidos surgieron movimientos de los que se escribió bastante, como la Gran Dimisión, y otros de los que se habló menos, como la Gran Resistencia. La negativa de muchos trabajadores a volver a sus cubículos. Amazon fue de las primeras en propugnar la vuelta a las oficinas. Enseguida Apple comenzó a exigir al menos tres días semanales en la oficina. Starbucks se encontró con una reacción contraria por parte del grueso de la plantilla, y los trabajadores de Walt Disney Co iniciaron una protesta contra los cuatro días presenciales y uno de teletrabajo. JP Morgan instó a sus trabajadores o, directamente, los contrataba para acudir “5 days a week”. Elon Musk comunicó la política de su empresa a los trabajadores de esa manera tan “especial” y empática que suele mostrar: a las 2.30 de la madrugada, con un correo electrónico que afirmaba que “la oficina no es opcional”.

Si tratamos de dejar a un lado el debate sobre las razones existentes tras estas decisiones, que no eran económicas ni productivas, sino una especie de “por mis huevos”, podríamos centrar la discusión en las ventajas e inconvenientes de apostar por el teletrabajo, el presencial o el modelo híbrido. En los asuntos de índole laboral, ya he comentado otras veces en este blog que los datos más precisos y los análisis que más me interesan son los que publica Javier Esteban en su newsletter semanal Beyond the Hype. En febrero de 2024 publicó ¿La revancha del teletrabajo?, un interesante artículo sobre la evolución positiva que había experimentado el teletrabajo. Cuando la mayoría de empresas españolas optaban por la vuelta a las oficinas y la reducción paulatina del teletrabajo, sucedió que en el último trimestre de 2023 se experimentó un crecimiento de esta última modalidad, hasta el punto de superar por primera vez las cifras de 2021. El incremento no se debía a los autónomos, cuyas cifras se mantenían estables, sino al crecimiento de los trabajadores por cuenta ajena.

El caso es que se mantuvo la senda de recuperación económica y no hubo una pérdida de productividad en el país (tampoco es que estemos para tirar cohetes en este aspecto, pero desde hace décadas), sin embargo, el propio análisis, como decía el autor, era incompleto si no se incluía el reparto de tiempo real entre presencial y teletrabajo. Es decir, que la fórmula más habitual que funcionaba en las empresas era el modelo híbrido.

Apenas seis meses más tarde, el propio autor publicó Los asesinos del teletrabajo, un análisis que reflejaba que el teletrabajo, aunque fuera ocasional, seguía creciendo, e incorporaba algún detalle adicional por sectores. Se observaba que determinadas políticas laborales difícilmente pueden ser uniformes para todos los sectores (y eso vale para otros asuntos que ya han salido en este blog, como la reducción de jornada, o el registro horario). Y yo añadiría: ni para todos los departamentos. Algunas expertas, como Cristina Andrés Paramio, directora de Recursos Humanos de Arconi Solutions, defiende que «El teletrabajo no tiene por qué morir, puede continuar siendo viable si se trabaja en un entorno de confianza, autonomía y auto-responsabilidad».

Por último, en marzo de 2025, Desmontando el teletrabajo abría el melón sobre el porcentaje real de teletrabajo y las ventajas o desventajas que podían encontrar tanto los empleadores como los trabajadores. Quizás debido al fenómeno de La Gran Dimisión o a las diferentes perspectivas laborales y vitales de las llamadas generaciones X y Z, numerosas empresas han tomado en consideración la percepción de los trabajadores acerca del teletrabajo.

Sigue primando el sueldo, sin duda, o las expectativas de promoción, pero numerosos jóvenes valoran cada vez en mayor medida esa flexibilidad que les permite compaginar con una vida personal distinta a la de las generaciones que los precedieron. No hay análisis rigurosos sobre la rentabilidad para las empresas de uno u otro modelo, ni nada que vaya mucho más allá de percepciones propias o de lo que el propio Javier Esteban denomina el debate entre “renunciólogos y teletrabajólogos”, pero transcribo literalmente este último párrafo porque me parece muy acertado:

“Lo que decide a las empresas a adoptar o no esta fórmula es la relación entre el coste de implantarla y el beneficio al obtenerla. Si en algunos casos será rentable al atraer y retener mejores profesionales sin incrementar los costes salariales, en otros la compañía se puede encontrar con que su factura de bienes de equipo se duplica por mantener una oficina física y a la vez abonar los gastos del trabajo en casa”.

Por desgracia ese análisis no es inmediato, sino que se aprecia en el medio plazo con la posible pérdida (o no) de capital humano. Lo del incremento de emisiones de carbono por el aumento de vehículos en los accesos a las ciudades (con efecto multiplicador) sigue sin aparecer en los informes de sostenibilidad de las empresas, y es algo que afecta en costes de tiempo, de gasolina, de salud y en eso otro que denominan «bienestar del empleado».

Dejaré un último apunte sobre el teletrabajo a cuenta de la mención que he hecho sobre las generaciones jóvenes. No es que haya visto en mis hijos el efecto positivo del teletrabajo (y su responsabilidad para realizarlo), es que sé por todos ellos y por conversaciones con los más juniors de mis respectivos equipos la importancia que le dan a esa flexibilidad o al modelo híbrido. No se trata de nada “egoísta” por su parte, sino que lo ven como algo ligado a la confianza que se les da por parte del responsable directo. Y las empresas deberían ligarlo a eso tan de moda que llaman “retención del talento”. Precisamente esta semana leía a un antiguo compañero de trabajo que criticaba el verbo empleado: “retener”. David Martín Pasadas, de Serveo, reflexionaba sobre su uso y decía:

“Echo de menos, cuando oigo hablar sobre retención de talento, que no recomienden cadenas, correas y esposas. Porque cuando retienes a alguien es siempre en contra de su voluntad. Veamos que dice la RAE sobre retener:
tr. Impedir que algo o alguien salga, se mueva o desaparezca.
Sin.: raptar, secuestrar, detener.
Las siguientes definiciones no mejoran el tema precisamente.”

Hay modas en materia laboral, igual que hay análisis de todo tipo, teorías o estrategias empresariales. Pero el teletrabajo no es nada de eso, sino una posibilidad al alcance de nuestra mano que nos permiten los avances tecnológicos, los mismos que nos posibilitan estar siempre conectados desde casi cualquier parte del mundo. Y las empresas que predominan son las que saben evolucionar y adaptarse a las innovaciones, sean tecnológicas, laborales o sociales.

Persépolis (II): la película

El éxito de ventas de la novela gráfica de Marjane Satrapi Persépolis, publicada en cuatro tomos entre los años 2000 y 2003, creció de manera exponencial tras su traducción al inglés. La desgarradora historia de una niña atrapada en plena revolución islámica en el Irán de los ayatolás merecía ser llevada a la gran pantalla y así sucedió pocos años después de la publicación completa de la obra, concretamente en 2007. Se presentó en el Festival de Cannes de ese mismo año y obtuvo el Premio del Jurado, aunque no logró la Palma de Oro, a la que llegó a optar seriamente. La película captó rápidamente la atención de la crítica y de los grandes premios internacionales, y esa marea de popularidad la llevó a ser candidata al Globo de Oro y el Bafta, así como presentada, aunque no elegida, para optar al Óscar a mejor película en lengua no inglesa.

Pese a algunas propuestas algo surrealistas llegadas desde Estados Unidos, como confesó la autora en una entrevista para Cinemanía, finalmente se lanzó a la aventura de trasladar su historia al celuloide tras la propuesta de Vincent Paronnaud, otro historietista con el que ya había colaborado en algunas publicaciones tras su exilio en Francia. Adaptar un libro nunca es sencillo y hay que optar por decisiones que, en ocasiones, conllevan cierto riesgo. En el caso de Persépolis, por ejemplo, si se rodaba con actores reales o con animación, o si la paleta cromática se limitaba al blanco y negro, sin apenas matices en gris. Si uno ha leído la obra, no puede concebirla de otro modo que en ese blanco y negro sin concesiones. Triste, apagado, decadente, moribundo. Como el Irán de los Guardianes de la Revolución, o como el papel que dejan a las mujeres en esa sociedad. En este sentido, es de agradecer que la producción fuera francesa y la elección «estética» me parece todo un acierto, por mucho que los éxitos comerciales de la animación de Pixar o Dreamworks de aquellos años se decantaran por el brillo y la explosión multicolor (siempre magníficos, por cierto, que no se entiendan como una crítica). El color apenas aparece en todo el metraje, en algunos pasajes en el aeropuerto de Orly o en los ojos de la abuela, la visión quizás más lúcida de toda la obra, tanto novela como película.

Persépolis tenía que ser otra cosa. Aunque la niña deslenguada sea capaz de arrancarnos alguna sonrisa, una pátina de tristeza envuelve toda la historia, al igual que en las páginas de la novela gráfica. Las mismas sonrisas culpables, por cierto, que nos pueden causar los sinsentidos de los barbudos integristas, cómicos involuntarios con sus retrógradas creencias. Marjane Satrapi era dibujante, pero no animadora, así que se encargó del guion y de dibujar los casi seiscientos personajes que aparecen en la pantalla. Entre Marc Jousset como director artístico, el mencionado Vincent Paronnaud y la propia Satrapi tomaron las decisiones adecuadas para que el enorme equipo de animación diera vida y movimiento a esos dibujos y compusiera las escenas que, unidas, trasladan de manera fiel la historia a la pantalla. En palabras de Marjane Satrapi, «queríamos que los dibujos fueran realistas, no dibujos animados. Así que no tuvimos mucho margen con las expresiones faciales, esto es lo que les transmití a los diseñadores y animadores». Y sin embargo, resultan sumamente expresivos, transmiten las emociones de la autora/protagonista, omnipresente en cada escena.

La música escogida ayuda a dar «cuerpo» y veracidad a la historia, en especial ese archifamoso Eye of the tiger de Rocky Balboa, que sale de tres maneras diferentes en los vídeos que comparto en este post.

Mi versión favorita es la cantada por la propia Chiara Mastroianni, la actriz que pone la voz de la propia Marjane en la película. La lentitud del ritmo, la voz arrastrada, el cansancio en el tono, que choca con la letra… todo contribuye a transmitir esa idea de vida que languidece, que se asfixia, se deprime.

Don’t lose your grip on the dreams of the past / No pierdas la fe en los sueños del pasado
You must fight just to keep them alive / Debes luchar para mantenerlos vivos

Las otras dos voces principales escogidas para la obra fueron la de Danielle Darrieux para la abuela, personaje capital, una especie de «voz de la conciencia» de la niña, la imagen de la dignidad, y la mismísima Catherine Deneuve para el papel de la madre. La obra es bastante fiel al original, con algunas variaciones en el modo de contarlo, como un largo flashback que se cierra con el final del libro. Quizás se extiende más que la novela en la candidez con la que la familia de Marjane observa la caída del régimen del sah, el líder corrupto manejado por occidente a cambio de petróleo. Una familia progre con amigos y parientes directamente comunistas o leninistas, que espera un cambio a mejor para toda la sociedad y, de repente, se encuentra con la dictadura religiosa que prohíbe todo lo que huela a occidente. La música, el alcohol, las libertades, la indumentaria de las mujeres… Por eso solo se podía usar el negro. Y quizás por ese mismo motivo la película utiliza mucho las sombras, las siluetas recortadas sobre fondos sin apenas definición y el contraste con la nieve que rodea Teherán. No hay entrevista a la autora en la que no recuerde su añoranza por las montañas que rodean la capital iraní.

Por otro lado, la película no es menos condescendiente con Europa y nuestras chorradas cuando la niña llega en su primera etapa. Si en Irán preocupan la guerra y las libertades, las pandillas de Viena en las que se mueve la protagonista presumen de estéticas punk, consumo de drogas y un nihilismo existencial del que incluso presumen. Llegados a este punto, siempre recuerdo el artículo de Arturo Pérez-Reverte Es la guerra santa, idiotas, sobre la estupidez y pasividad de Europa y la llegada del Islam más radical:

«»Es una guerra -insiste metiendo el bigote en la espuma de la cerveza-. Y la estamos perdiendo por nuestra estupidez. Sonriendo al enemigo». Mientras escucho, pienso en el enemigo. Y no necesito forzar la imaginación, pues durante parte de mi vida habité ese territorio. Costumbres, métodos, manera de ejercer la violencia. Todo me es familiar. Todo se repite, como se repite la Historia desde los tiempos de los turcos, Constantinopla y las Cruzadas. Incluso desde las Termópilas. Como se repitió en aquel Irán, donde los incautos de allí y los imbéciles de aquí aplaudían la caída del Sha y la llegada del libertador Jomeini y sus ayatollás. Como se repitió en el babeo indiscriminado ante las diversas primaveras árabes, que al final -sorpresa para los idiotas profesionales- resultaron ser preludios de muy negros inviernos».

Tras Persépolis, Marjane Satrapi rodó otras cuatro películas más, dos de animación (Poules aux prunes y La Bande des Jotas) y dos con actores, Las voces y Radioactive. Solo he visto esta última, estrenada en España como Madame Curie en 2020. No fui consciente de que Satrapi era la directora hasta el final de la película, y entonces fue cuando vi ciertos paralelismos con el personaje de la niña de Persépolis: una mujer opacada por los hombres, una brillantez como científica que no se le reconoce inicialmente por su condición de mujer en un mundo de hombres y, también, por sus ensoñaciones. No son unas «idas de olla» tan extremas como los diálogos con Dios y con Marx de la película objeto de este post, pero sí en esa misma línea entre surrealista y psicodélica. La peli no está mal, es interesante, aunque quizás ofrezca una visión demasiado moderna de la científica, la primera persona en recibir dos premios Nobel (Física y Química). Anacrónicamente feminista.

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Cómics (IV): Persépolis

Conocía la historia de Marjane Satrapi desde hace tiempo, a raíz de la película que se rodó en 2007, una historia triste sobre el cambio vivido en Irán tras la entrada del régimen de los ayatolás a finales de los setenta y la implantación plena en los ochenta. Hasta ahora no había tenido la oportunidad de leer el cómic, la novela gráfica en la que la autora cuenta su historia y narra en primera persona cómo fue esa progresiva transformación y degradación del país.

Marjane Satrapi nació en Teherán en 1969 y vivió en su país hasta 1984, cuando sus padres, asustados por lo que veían y vivían día tras día en las calles de Irán o con sus vecinos, deciden que lo mejor para su hija es que salga del país, que estudie en Europa y pueda tener una vida en libertad. La que ellos no volverían a tener. El dibujo es sencillo, en blanco y negro, un trazo expresivo, pero sin los excesos ni proezas técnicas expresionistas como las de Frank Miller en Sin City, por poner un ejemplo. No es una crítica, sino una loa, porque esos trazos sencillos resultan perfectos para lo que la autora pretende: ser funcionales, útiles para contar una historia desgarradora, que valgan para expresar las emociones desnudas de la autora. O de toda una población reprimida.

La historia que se cuenta en Persépolis es la de una niña algo deslenguada, con unos padres de mentalidad progresista y laicista, una cría que ve cómo se genera un descontento en la población con el sah de Persia, motivado por la corrupción y el excesivo culto al líder. Un líder más preocupado por la imagen que da al exterior que por su propia ciudadanía, un títere de los gobiernos ávidos de petróleo. Los fastos excesivos celebrados con motivo del 2500 aniversario de la monarquía persa (1971) fueron un factor más a sumar en el descontento general de la población. Poco le importaron entonces al sah Rezah Pahlevi las críticas por un gasto estimado en más de 20 millones de dólares de la época, pues él era bien recibido en las cancillerías occidentales y su país era considerado en el resto del mundo. La fiesta fue realizada precisamente en las ruinas de Persépolis, la capital de los persas fundada aproximadamente en el año 515 a.C. por orden de Darío I.

La familia de Marjane vive de cerca la caída del régimen sátrapa de los sahs y sin grandes preocupaciones, pero lo que no esperaban era que su sustitución por una república islámica concluyera en una sociedad tremendamente represora, especialmente con las mujeres, o con todo aquel disidente que tuviera un pensamiento distinto al de los «Guardianes de la Revolución». Persépolis se publicó en cuatro tomos, uno al año entre 2000 y 2003, y desde el principio tuvo un gran recibimiento de crítica y fue un éxito de ventas. Se calcula que ha vendido dos millones de ejemplares desde su publicación y obtuvo varios premios de prestigio, como los de Angoulême, uno de los festivales de cómics más prestigiosos del mundo, donde obtuvo los de mejor autor revelación (2001) y mejor guion (2002), el premio de la paz Fernando Buesa (Vitoria, 2003) o el Harvey a la mejor obra extranjera (Estados Unidos, 2004). Su espaldarazo y reconocimiento de masas llegaría con el estreno de la película de 2007, dirigida por la propia autora.

La edición que tengo en mi librería pertenece a Reservoir Books y se editó por primera vez en 2020, con los cuatro tomos/episodios de la vida de Marjane agrupados. Pocas veces resulta más complicado disgregar una obra de su autora como con Persépolis y Marjane Satrapi. Es ella en cada página, es la voz que todo lo narra, son sus reflexiones, con sus errores, pero, también, con su firme voluntad de salir adelante, la que trasciende. El tomo 1 no puede comenzar de una manera más explícita:

En las siguientes páginas se remonta a lo sucedido en los años anteriores, los años previos a la caída del sah, el despilfarro ante los ojos de todo el mundo, la hipocresía de occidente cuando el dictador «amigo» deja de serlo y, finalmente, el estallido de la revolución. La verdad es que la historia de los iraníes, “persas, no árabes”, como repite con la misma firmeza que el cerrajero iraní de Crash, es la de un pueblo atrapado entre satrapías, invasiones y guerras de religión. Durante varios capítulos, la protagonista ve cómo algunos de los amigos o familiares más cercanos comienzan a abandonar el país ante lo que está por venir. El capítulo acaba con las primeras purgas de ciudadanos y con el arranque de la guerra con los vecinos de Irak.

Por si todo esto fuera poco, el segundo tomo arranca con la invasión de la embajada estadounidense en Teherán, la famosa crisis de los rehenes que duró 444 días, y que ya ha sido contada en varios libros y películas. Este tomo es, quizás, el más indignante, el que va contando cómo los Guardianes de la Revolución, esa p… policía de la moral, empieza a poner normas a los ciudadanos, en especial a las mujeres, hasta convertir el ambiente en las calles en irrespirable. El velo es una puñetera imposición del hombre que debe ser erradicada, en cualquiera de sus versiones (chador, niqab, al-amira, khimar, no digamos el burka o el hijab), y ya que no hay manera de lograrlo en Irán o en Afganistán, al menos se debería frenar en esta Europa en ocasiones tan acomplejada.

Cuando escucho a tantas feministas defender el uso del mismo como un símbolo de libertad y de elección personal, me subo por las paredes. Resulta muy cómodo defender lo indefendible desde la comodidad del sillón en una casa en la que puedes opinar libremente, pero me gustaría que todas estas mujeres escucharan lo que alguien que lo ha padecido con toda su crudeza tiene que decirles:

“El significado del velo es que debes cubrirte del hombre porque eres un objeto. Pero las francesas han conseguido hacer del velo un símbolo de resistencia, cuando lo es de sumisión, por eso creo que es un problema más identitario, político”. “Nunca he estado en guerra contra los hombres, que son excelentes compañeros de viaje. Luchamos por la humanidad, por el ser humano”.

Todo el segundo tomo está embadurnado de tristeza, de tipos barbudos insoportables que escrutan cada centímetro del cuerpo o del pelo de las mujeres que se cruzan por la calle para reprenderlas, golpearlas o detenerlas. Se prohíben la música y el baile, y todo aquello que huela a libertad individual. El clima es tan irrespirable que los padres de Marjane optan por enviarla a Europa cuando apenas ha cumplido los 14 años.

El tercer tomo narra otro choque cultural, el de la adolescente que descubre una Austria en la que los supermercados están repletos de comida, en la que existe una liberación sexual y homosexual desconocida para ella, en la que se habla de comunismo, anarquismo y rebeldía con olor a porros… Para una niña venida de una sociedad ultraconservadora, la adaptación no fue nada sencilla. De hecho, ella misma considera que no se adaptó, tuvo una época más que complicada y finalmente, tomó la determinación de volver a Irán. Con 18 años y una agobiante sensación de oportunidad perdida, de fracaso.

El cuarto tomo trata del retorno a un lugar triste, decadente, sin libertades, en el que la protagonista se siente tan ajena como lo estuvo en su última etapa en Europa. Era vista como iraní en Europa y como extranjera en su país natal. El apoyo de sus padres fue decisivo para salir de la depresión y para entrar en la universidad, en la que, pese a gozar de cierta libertad de movimientos, todo tenía que hacerse a escondidas: las fiestas, la música, las relaciones…

Hay cierto humor en las situaciones absurdas, como la del taller de pintura, cuando tienen que pintar cuerpos femeninos, pero, obviamente, cubiertos con ese chador que cubre todo el cuerpo. O cuando les encargan idear un parque de atracciones con la temática de la mitología iraní, pero el proyecto se cae porque, oh, barrera infranqueable, las esculturas representan “mujeres con el pelo a la vista y el cuerpo sin cubrir”.

El libro te llega a indignar por momentos, en especial cada vez que sale un barbudo de estos. Los dibujos transmiten su dureza, su incultura, el fanatismo en el que han sido educados. ¿Cuántos millones de tíos habrán sido educados de esta manera? En un país de 90 millones de habitantes, supongo que habrá cientos de miles de desalmados así.

Persépolis concluye con una nueva “huida” de Marjane hacia Francia, país en el que estudiará, se hará una carrera y la vida que todos conocemos de ella. No ha vuelto desde entonces y, aunque no hace mucho decía que creía que moriría en el extranjero (entrevista de 2020), de un tienpo a esta parte es más optimista y cree que podrá volver cuando el régimen actual sea sustituido (entrevista de 2023). Las vueltas que da la vida, parece que uno de los que espera que caiga el régimen actual es el hijo del sah Rezah Pahlevi, quien se postula para “derrocar al régimen que tiene secuestrado al país”.

No lo sé, uno mira cómo los talibanes controlan todo el poder en la vecina Afganistán y ya duda de todo. Y la formación general en un país como Irán es muy superior a la de los afganos. La revolución “avanza” a su manera con el uso de la tecnología para el control de su población. De la femenina, por supuesto. Lo último ha sido colocar cámaras con IA para poder controlar a todas aquellas mujeres que se quitan el velo para conducir: son identificadas y reciben un SMS de inmediato en el que se les notifica el castigo, que no es otro que la confiscación del vehículo. Vaya mierda todo, qué rabia me da.

Marjane Satrapi recibió el premio Princesa de Asturias de la Comunicación y Humanidades en 2024 y tuvo un discurso curioso, un punto de vista interesante:

“Antes que nada, quería expresarles mi profundo agradecimiento por este extraordinario premio que me han concedido. Y ahora, puesto que de eso se trata, hablemos de la humanidad.

Entre lo que los biólogos denominan animales auténticos, es decir, los mamíferos, el hombre es el único que mata a su hembra. Y calificamos ese acto como bestial, siendo así que ninguna otra bestia, fuera de nosotros, lo comete. Eso es la humanidad.

Pero también hay humanos que pierden la vida a manos de sus torturadores para proteger a sus semejantes, para no denunciarlos, y sé muy bien de lo que estoy hablando. Esto también se llama humanidad.

(…)

Con esto, quiero decirles que no tengo una visión idealizada de lo humano y que yo, en mí misma, experimento esa dualidad. Acepto tanto mi violencia como mi benevolencia, esperando siempre que la segunda prevalezca sobre la primera.

(…)

El hombre por sí solo no sobrevive en la naturaleza. Sólo sobrevive juntándose con otros y creando sociedades. Y la condición sine qua non para lograrlo es la empatía.

Quizás en la educación, en vez de enseñar a nuestros hijos a aprenderlo todo de memoria y a recitarlo como loros, deberíamos enseñarles ética, civismo y sobre todo compasión y bondad. Y les aseguro que no soy de las que ponen la otra mejilla. Por una bofetada recibida devolvería diez, pero trato de no ser nunca yo quien pega la primera”.

Su última obra es Mujer. Vida. Libertad (2023), coescrita y dibujada junto a otras autoras y dibujantes extranjeros, entre ellos Paco Roca, autor de Arrugas y El abismo del olvido. Se trata de un homenaje a Mahsa Jamini, la pobre joven asesinada en una comisaría tras una detención de la policía islámica por llevar el velo mal puesto. Porque estas cosas, por desgracia, siguen ocurriendo.

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