Las últimas viñetas de Ibáñez

Ha caído en mis manos el último volumen del gran Francisco Ibáñez, sobre la inminente aventura de Mortadelo y Filemón en París 2024. En mi infancia, adolescencia, juventud y madurez (que no termina de llegar), había unas ganas incontenibles cada año en que tocaban Juegos Olímpicos o Mundial de fútbol. Y había una tradición que lleva acompañándonos décadas como era la última aventura de Mortadelo y Filemón, agentes de la T.I.A., en sus denodados esfuerzos por acabar con una conspiración internacional que pretendía atacar estos eventos. Guardo en casa un volumen recopilatorio de muchas de estas aventuras que compré (dije) para mi hijo, pero que en el fondo quería disfrutarlo yo tanto como él.

El gran Ibáñez se dibujaba siempre a sí mismo encadenado a su mesa de dibujo y no me extrañaría que en alguna entrevista dijera que la muerte le pillaría trabajando, como casi ocurrió. La última aventura de Mortadelo y Filemón se ha publicado tal cual quedó, inconclusa, con las últimas viñetas esbozadas por Ibáñez la tarde anterior a su fallecimiento. El tomo comienza con un prólogo de Arturo Pérez-Reverte, quien definió al artista barcelonés como lo que debió de ser toda su vida:

Es una pena que el volumen quedara inacabado, pero, por otro lado, nos ha permitido a los lectores entender mejor el método casi artesanal de este trabajador incansable que tenía una imaginación desbordante y millones de ideas en su cabeza. En este proceso artesanal, se aprecian los bocetos antes de pasar al trazo fino y el color, con ese movimiento de los personajes y de los objetos que vuelan que se intuye en cada viñeta con precisión, los bocadillos de texto sin rellenar, y una página numerada con el texto correspondiente a cada uno en la que el propio Ibáñez transcribía a máquina (imagino una Olivetti de mil años) los diálogos que quería que aparecieran después en la versión definitiva.

Hace tiempo leí alguna pseudocrítica a sus historias: que no arriesgaba en los guiones, que había quien pensaba que las tramas eran repetitivas, con el mismo esquema argumental de 44 páginas en cada aventura, separadas en pequeños días o sketches de 4, y todos esos episodios terminaban con la escapada de los torpes detectives por su última metedura de pata. Jamás he visto a nadie que metiera más la pata que estos dos tipos y sin embargo, se les seguía contratando para las misiones más importantes. ¿Repetitivas? Pues no lo sé, pero uno estaba acostumbrado a encontrar una broma diferente en cada viñeta y eso, tras más de doce mil páginas, que son las que nos dicen que brotaron de su imaginación, me parece de un mérito incuestionable. Sí, era la misma trama de siempre en este tomo de París 2024, pero es que esa era exactamente la trama que yo quería encontrar.

Políticamente incorrecto, aunque más moderado. Todo se soluciona a guantazo limpio: del jefe Filemón a su subordinado Mortadelo, del Súper a ambos agentes, así como de los matones Bestiájez, Brútez, y el resto de nombres inventados con esa falta de sutileza. En muchas de estas historias, el paraíso soñado por alguno de los protagonistas es el tópico de la playa tropical rodeado de mujeres esculturales, ya fuera un futbolista brasileño de grandes piños o un alto cargo corrupto:

No hace tantos años que Ibáñez seguía dibujando a los africanos como caníbales y recurría a todo lo tribal para representar a los jugadores de países exóticos:

Puede que alguien en la editorial le advirtiera de que determinado humor estaba fuera de época y él mismo se corregía o se reprochaba estas bromas, como si quisiera dejar claro que esto no iba más allá de una coña lindante con el racismo:

Por suerte, Ibáñez nunca tuvo pelos en la lengua o una censura que le impidiera soltar sus barbaridades (al menos en los años que yo lo leí, que fueron tras el 75). No eludió temas como la corrupción, con el capítulo sobre Luis Roldán, otro sobre Juanito Batalla (claro alter ego de Juan Guerra) o uno más reciente sobre cierto tesorero de gran parecido a un tal Bárcenas. Eran historietas tristemente ilustrativas de una realidad nacional:

Puro cachondeo sin pretensiones. En la resolución de todas estas tramas se veía su cabreo con la situación, y era un final divertido, pero amargo a la vez. Como ese presidente sin nombre (pero perfectamente identificable), que comienza cada frase con un «Por consiguiente» y que termina «mirando para otro lado» por lo que le conviene:

Pero volvamos al fútbol o a su visión tan particular del mundo del deporte. Aparte de los especiales sobre los Mundiales y los Juegos, tenía algunos tomos monográficos acerca del fútbol, en los que demostraba un amplio conocimiento del argot…

…los jugadores…

…las socorridas bromas sobre sí mismo…

… o los peligros de ciertos aficionados del fútbol. Esta viñeta es de 2010, aproximadamente, y parece que su autor, pese a vivir en Barcelona, no simpatizaba mucho con los culés. O puede que tuviera en mente episodios como el del cochinillo, la botella de JB o el mecherazo a Roberto Carlos en la cabeza.

Tengo la ligera sospecha de que Ibáñez simpatizaba más con el Real Madrid que con otros clubes, no solo por esta broma, o por cómo dibujaba a los aficionados del Atleti…

… sino por esta otra coña sobre los escudos de algunos de los principales equipos, en el que ya escribía que el Bar-Litronas sobornaba a los árbitros antes y después de los partidos:

Sus últimas viñetas, apenas perfiladas, quedan como el testimonio de un tipo que no dejó de sonreír y de contagiar esa sonrisa a los lectores. De todos los personajes que brotaron de su mente, yo siempre me quedé con los agentes de la T.I.A. y, en menor medida, con los moradores de la 13 Rue del Percebe. En ocasiones leía a Rompetechos (mote que ha quedado incorporado a nuestro acervo cultural) y Pepe Gotera y Otilio me interesaron más bien poco, pero lo que sí es seguro es que todos ellos influyeron en multitud de series y películas, de manera reconocida o no, directa o subliminal.

Don Francisco Ibáñez falleció en julio de 2023, con 87 años de edad. En 2002 recibió la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes, y unos años después fuimos muchos los que firmamos en las campañas para que se le concediera el premio Princesa de Asturias de las Artes. En 2021 hubo una candidatura apoyada por varios eurodiputados y por artistas de otras disciplinas, como Arturo Pérez-Reverte o Álex de la Iglesia. No hubo suerte y se lo llevó la petarda sobreactuada de Marina Abramovic, ¡pero qué sabremos nosotros de estas cosas! ¡Si solo somos amantes de las descacharrantes historias de Mortadelo y Filemón en unos Juegos!

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El «arancel verde» (II): el CBAM

El CBAM, el Mecanismo de Ajuste de Carbono en Frontera, nace como una de las principales medidas del paquete Fit for 55 de la Unión Europea para la reducción de las emisiones de gases de efecto invernadero (“fit”, para ajustarse a una eliminación de, al menos, un 55 por ciento en comparación con los niveles existentes en 1990).

Cuando la Unión Europea planteó su ambición en materia de clima, al menos supo ver y entender que la reducción de emisiones en su territorio no aseguraba una disminución a nivel mundial, al margen del riesgo que se corría de que la producción se trasladara a países sin las obligaciones comunitarias en esta materia. Otra losa adicional para la competitividad de la industria europea. En el propio vídeo patrocinado por la Unión Europea explican el mecanismo como una medida para reducir las emisiones comunitarias y para “animar” a otros países a producir bajo un modelo menos contaminante:

La primera parte de estos dos textos se centraba en lo que dicho mecanismo tenía como barrera comercial para países con legislaciones más permisivas en materia medioambiental, mientras que esta segunda estará dedicada a su funcionamiento y los problemas de implementación que puede encontrar. No es un impuesto a las importaciones, ni tampoco funciona exactamente como un arancel, sino que consiste en un complejo mecanismo de declaraciones anuales y compra de certificados CBAM que acrediten el pago de las emisiones de los productos importados.

Compatibilidad e interacción con los derechos de emisión

El mecanismo supone, en palabras de Julián Illanes, de EY España, un “cambio radical” respecto a las anteriores políticas comunitarias en cuestión de emisiones de gases de efecto invernadero en la Unión Europea. Lógicamente, su implantación sustituirá de manera progresiva el anterior régimen, consistente en la asignación gratuita de derechos y las compensaciones por las emisiones indirectas. Además, se confía en acabar con la especulación que supusieron estos derechos en los últimos años como consecuencia de la reducción de la disponibilidad en el mercado (recordad El mercado de humos).

El mecanismo anterior, que lleva funcionando desde 2005, se creó en su momento para que las empresas abonaran por el teórico coste medioambiental de sus emisiones. La estimación de partida era que se situara en torno a los 20 euros por tonelada de CO2. Sin embargo, el problema surgió con las sucesivas reducciones de los derechos existentes, que provocaron que los precios se dispararan hasta casi 100 euros por tonelada en los momentos álgidos. Este funcionamiento se sustituirá de modo gradual para que, a partir de 2034, la compra de los certificados CBAM sea equiparable al coste de los derechos de emisión que se pagan en Europa.

Sectores afectados

El CBAM se aplicará al principio únicamente a las industrias más contaminantes, entre las que se han considerado en esta primera fase:

  • Cemento.
  • Hierro y acero.
  • Aluminio.
  • Fertilizantes.
  • Producción de hidrógeno.
  • Electricidad.

La idea es que el mecanismo se extienda posteriormente a otros sectores y actividades hasta cubrir prácticamente todos, con objeto de incidir directamente en la emisión de gases por la vía del gravamen. Si bien la Unión Europea planteó este arancel inicialmente por su contribución medioambiental (no solo por la propia reducción global de emisiones, sino como una manera de evitar la llamada “fuga de carbono”), y no como una medida con fines exclusivamente recaudatorios, algunos estudios han medido ya su posible impacto económico en entornos del 0,1% del PIB de la Unión Europea.

Ámbito geográfico e implantación

El CBAM excluye de su aplicación a las mercancías originarias dentro del propio territorio comunitario, más otros países que se han adherido a los acuerdos sobre el comercio de derechos de emisión de la Unión Europea, como Noruega, Islandia, Suiza y Liechtenstein. La situación actual de los fabricantes europeos (y su desequilibrio competitivo) se ve claramente definida en este cuadro de la consultora KPMG:

El sistema de asignaciones gratuitas seguirá funcionando en una primera fase y se compatibilizará con la entrada en funcionamiento del CBAM a partir de enero de 2026:

Si bien la idea es que este sistema se suprima definitivamente a partir de 2034 y funcionen exclusivamente la compra de derechos de emisión en la Unión Europea para los fabricantes europeos y los derechos CBAM para los importadores de productos fabricados fuera del territorio comunitario:

En 2024 nos encontramos en la fase de recopilación de datos, un proceso que durará desde octubre de 2023 hasta diciembre de 2025. Durante este período los importadores y las instalaciones están obligados a presentar las declaraciones con efectos meramente informativos, pero opera un régimen sancionador por incumplir con la obligación de informar. El proceso es complicado por las propias mediciones y por los fallos que hubo en la plataforma diseñada por la Unión Europea, lo que obligó a prorrogar treinta días el plazo para presentar las declaraciones del último trimestre de 2023. Durante el período de transición, se podrán calcular las emisiones con los valores por defecto aceptados por la normativa comunitaria, pero a partir de 2026 las emisiones reales podrán ser verificadas, y el régimen sancionador por las declaraciones incorrectas u omitidas son elevadas, de hasta 100 euros por tonelada no notificada, más una sanción de 3 a 5 veces el importe resultante por cada certificado no entregado.

Compatibilidad con la normativa de la OMC

Con la igualdad de costes se pretende salvar la controversia surgida acerca de su compatibilidad con las normas de la Organización Mundial del Comercio (OMC). Algunos países entre los más contaminantes, como la India, ya han anunciado sus recursos contra la implantación del CBAM. También fue objeto de controversia en la Cumbre de los BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica) celebrada en agosto de 2023 en Johannesburgo, en cuya declaración final conjunta se oponían «al uso de la lucha contra el cambio climático como pretexto para establecer barreras comerciales a nivel internacional».

La respuesta de las autoridades europeas es que el coste a pagar por las emisiones es el mismo, ya sea por la producción en territorio comunitario o extracomunitario, bien sea por los derechos de emisión o por la adquisición de los certificados CBAM. Y si el producto extracomunitario paga en otra legislación por sus emisiones, se puede deducir dicho coste del pago del CBAM. En abril de 2023 había registradas 73 iniciativas de precios de carbono en el mundo, pero casi todas ellas con precios por tonelada considerablemente más inferiores que los comunitarios. Según el informe de EY, el precio medio es de unos 2 euros por tonelada:

Los norteamericanos Nicholas Stern y Joseph Stiglitz (Nobel de Economía en 2001) criticaron los cálculos realizados en su día por la administración de Barack Obama respecto al coste que debía tener la tonelada de dióxido de carbono emitida, de unos 50 euros. Según sus cálculos, para cumplir con los compromisos alcanzados en el Acuerdo de París para 2030, este precio debería rondar los 100 euros/tonelada.

Problemas de cálculo

El CBAM va a suponer un reto enorme por la dificultad de controlar su gestión, por la fiabilidad de los datos aportados o por los múltiples intervinientes en el proceso. Un producto puede estar semielaborado en Taiwán con materiales adquiridos en Pakistán e Indonesia e importado en la Unión Europea para su transformación posterior por una empresa europea, que además, podría vender el producto en territorio europeo o exportarlo. En un mundo tan globalizado como el actual, con múltiples intercambios comerciales y especialización por componentes, va a ser fundamental el análisis de la cadena de suministro de los productos, la electricidad consumida durante el proceso y su origen, la trazabilidad de las materias primas empleadas y la fiabilidad de las agencias medidoras de las emisiones.

Medir la huella de carbono de un producto que ha recorrido medio mundo… ya. Sencillo.

El reto es mayúsculo desde el punto de vista del seguimiento de los datos, el control efectivo de las emisiones y los costes arancelarios/fiscales de los intervinientes en el proceso, pero hay muchos recursos puestos en ello. Y aún más recursos en lo que debe resultar al final de todo este proceso: unas innovaciones tecnológicas que permitan dirigirnos a una actividad económica descarbonizada.

Por si este breve resumen del CBAM ha dejado dudas al lector, la Comisión Europea vio todo esto algo tan «sencillo» que publicó una guía de «solo» 34 páginas con las FAQ’s (Frequently Asked Questions), las respuestas a esas pequeñas dudas que a todos nos genera este ambicioso proyecto.

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Anatomía de un Negreirato (III)

Tres nuevos capítulos de este juicio farsa (y no Barça) que nunca se celebrará.

Capítulo 7: Javier Tebas.

Capítulo 8: Iturralde González.

Capítulo 9: Árbitros en activo (I). Hernández Hernández.

Capítulo 7 – Javier Tebas

El juez Aguilar se encontraba en su despacho de la primera planta de los juzgados de Barcelona. Acababa de dejar una carta sobre la mesa, tras volver a introducirla en el sobre, y, como hacía siempre que algo le preocupaba, se levantó para mirar por la ventana y reflexionar. Era su manera de evadirse, de mirar las cosas con claridad, de tomar cierta perspectiva.

Desde el amplio ventanal podía divisar a un grupo enorme de periodistas, muchos de ellos con el micrófono preparado, otros con las cámaras fotográficas y algunos corrillos en los que departían y, probablemente, compartían información. El juez también vio varios cámaras de televisión con el trípode instalado y un periodista situado frente a ellos con el micro en la mano, pero en situación de espera. Como sucedía desde el primer día del juicio, o aun antes, desde su designación, aquel revuelo mediático le producía una pereza infinita al juez Aguilar. “Menos de dos años”, pensó. La jubilación le rondaba la cabeza desde hacía tiempo y deseaba como pocas cosas emplearse en otros menesteres más gratificantes.

“Si por lo menos los testigos pasaran desapercibidos… ayudaría a rebajar el ruido mediático”, pensó. En ese momento llegó un coche negro, paró unos segundos en zona prohibida, se abrió la puerta trasera y bajó el que parecía ser el próximo testigo. En efecto, las hordas descontroladas de fotógrafos y periodistas cercaron al sujeto que acababa de bajar, como si el testigo hubiera escuchado los pensamientos del juez: “¿no querías ruido? Pues toma taza y media”. Por lo poco que sabía el juez del testigo de la jornada, había escuchado que era un tipo con querencia a los micrófonos, con incontinencia verbal e “indescifrable, ingobernable”, en palabras de un amigo de profesión buen aficionado al fútbol. “Es un tipo incontrolable, con una verborrea de esas que tanto aprecias”, concluyó con sorna.

El testigo se paró delante de los periodistas y estuvo hablando unos tres minutos frente a un batiburrillo de micros, móviles y grabadoras vintage. Hizo varias veces el gesto de mirar el reloj y señalar al juzgado, como si no pudiera atenderlos, aunque, por otro lado, se le veía feliz por poder hacerlo. Julián Aguilar resopló. Sabía que era la hora. Sacó la toga del armario, se la puso y salió del despacho, no sin antes recoger una carpeta y su famosa libreta de anotaciones. Llegó al inmenso corredor de la planta baja y, ya desde la puerta de la sala de vistas, divisó a una veintena de metros al compareciente, que estaba preguntando a un empleado hacia dónde debía dirigirse.

– ¡En pie! -escuchó el juez desde el interior de la sala-. Preside el honorable juez Aguilar.

Se abrieron las puertas y comenzó una nueva vista del caso ya conocido en la prensa galernauta como “El Negreirato”. El juez tomó asiento, colocó sus papeles, la libreta, sacó un boli y un par de rotuladores de colores, e hizo un gesto al abogado de la defensa.

– Con la venia, señoría –comenzó Jorge Carlos Scotto, la defensa llama a declarar a Don Javier Tebas Medrano.

 “Bull”, el ordenanza, abrió las puertas de la sala y entró el presidente de LaLiga de Fútbol Profesional, quien, con paso firme y una amplia sonrisa hacia el público, los periodistas y el jurado, se dirigió al banco para testificar. Solo cambió el gesto al cruzar su mirada con la abogada del Real Madrid y al pasar junto al banquillo de los acusados, momento en que bajó la vista y encogió la cabeza como diciendo “qué le voy a hacer”. En su mirada verdosa se apreciaba un derrame en el ojo izquierdo.

– Señor Tebas, muchas gracias por venir –comenzó Scotto-, sabemos que es un hombre muy ocupado. Antes de comenzar con su testimonio, ¿le importaría decirnos de qué equipo es?

– Sí, claro, sin prob…

– ¡Protesto! –interrumpió Estuardo-, es irrelev… bueno, déjelo, retiro la protesta.

– Señor juez, miembros del jurado –contestó Scotto-, puede que parezca irrelevante, como iba a decir mi colega, pero tratamos de hacer ver con la declaración del señor Tebas que se puede ser aficionado de un equipo y, a la vez, ser capaz de discernir acerca de unos hechos y diferenciar lo que es delictivo y lo que no.

Estuardo asintió e incluso levantó el pulgar. Scotto se volvió hacia el testigo:

– ¿Señor Tebas?

– Sí, cómo no. Como todo el mundo sabe, soy del Madrid desde los ocho años, mis cuatro hijos son del Madrid, sería un hipócrita si no lo dijera.

– Muy bien, ¿y qué sintió cuando se enteró de los pagos del Fútbol Club Barcelona al señor Enríquez Negreira a cambio de la prestación de servicios de asesoramiento?

– Lo primero que es evidente es que en 2018 y los años anteriores, las normas de compliance que controlan los conflictos de intereses tanto del CTA como del Barcelona no funcionaron, ya que, con lo que hemos visto, esos servicios no se deberían haber prestado, ni por esos importes. Estas cosas no pueden ocurrir en el fútbol español, pero también supe en ese mismo instante, y lo quiero dejar muy claro, que no puede haber ningún tipo de sanción deportiva para el club al haber prescrito este tipo de castigos.

– No son cosas incompatibles –apuntó Scotto-, el hecho de que haya podido haber unos pagos irregulares que se están aclarando en este juicio puede coexistir perfectamente con la inexistencia de sanciones.

– Así es, yo soy abogado, como sabe –Tebas reafirmó su postura mirando directamente al jurado-, y no es posible porque del año 2018, en que cesan los pagos, hasta 2023, en que se sabe de los mismos, han pasado cinco años y este tipo de sanciones prescriben a los tres años. Otra cosa distinta es en el ámbito de la jurisdicción penal, donde puede existir un delito de corrupción entre particulares en la versión de amaños de ámbito deportivo.

– ¿Por qué se ha personado el organismo que usted preside, LaLiga, en este caso?

– Desde la patronal del fútbol hemos querido aclarar este asunto y aportar la información que teníamos, porque creemos que ha habido unos pagos irregulares. En su día pedimos las pruebas que la Federación Española de Fútbol no estaba pidiendo. Por ejemplo, solicitamos que se estudie el miembro o los miembros del organismo que estaba en esas épocas para designar a los árbitros, por si pudo haber alguna interferencia, o bien, por si el señor Negreira pudo intervenir en alguna designación. Lo que sí es una conclusión es que tanto estética como éticamente estas cosas no pueden ocurrir en el fútbol español. Y mire lo que le voy a decir: somos prácticamente los únicos que estamos dando impulso al caso Negreira, los únicos que aportamos escritos para empujar –Tebas miró directamente a la abogada del Real Madrid, señaló con el dedo hacia su mesa y se le enrojeció aún más el ojo izquierdo-. El Real Madrid solo presentó un escrito para estar hoy aquí personado, pero no ha hecho nada.

– ¿Cree que el Barça para pagó para beneficiarse de los resultados?

– Como ya le he dicho, creo que hay indicios de unos pagos irregulares y se tendrá que aclarar la intención. Pero, ¿influyeron en la competición esos pagos? Pues puede que esa fuera la intención, pero tendrá que aclararse. Pagar desde un club a Negreira es una irregularidad muy grave. Es delito si es para influir. Pero es que hay muchos modos de pretender influir en la competición, por ejemplo, como hace el Real Madrid con los vídeos de su televisión. Lo que hace el Real Madrid no está dentro del fairplay deportivo. Sobre todo, los reportajes previos a los partidos, sacan imágenes en blanco y negro… Pero de ahí a adulterar la competición hay un trozo. Yo tampoco sé las intenciones del Real Madrid con esas imágenes.

El fiscal Estuardo y la abogada Luisa Ramírez comenzaron a cuchichear unas palabras por lo bajo. Se sentían interpelados por el testigo, señalados directamente, pero finalmente asintieron entre ellos y le dejaron continuar.

– Volviendo al caso Negreira –Scotto redirigió la declaración-, antes ha hablado de estética, ¿es un problema, entonces, de imagen?

– Bueno, a nosotros nos preocupa la imagen de LaLiga, la imagen que proyectamos. Hay muchos problemas en el fútbol español: Rubiales, Vinícius, Negreira. Rubiales hace daño a nuestro fútbol. Negreira suma en esa mala imagen. En este tema hay que seguir investigando para aclarar bien el nivel de influencia en los ascensos y descensos y en las designaciones. Eso es en lo que se ha trabajado este tiempo y el auto del juez ya dijo que el solo hecho de intentar influir ya es un sancionable en el ámbito penal. Pero debemos ser rigurosos y respetar lo que salga de aquí, no podemos hacer como el Real Madrid, que obtiene una sentencia que no es firme y tira por la calle de en medio.

– Como abogado y experto en derecho deportivo, ¿cree que ha podido haber un delito de cohecho?

– Tendría que ver la documentación. El cohecho se produce cuando el que comete delito es un funcionario público. Como abogado… lo tengo que estudiar. Soy abogado, sí, y no me gusta dar opiniones ni de jueces ni de compañeros, depende del tipo de delito, de la prescripción que tiene ese tipo de delito… Yo no sé si es cohecho, corrupción deportiva, otros hablan de blanqueo de capitales, no lo sé, pero yo no tengo esa sensación.

– Entonces, según su opinión, ¿pudo pagar el Barcelona para comprar árbitros?

Creo que el Barcelona no compró a los árbitros y es muy difícil demostrar que lo hizo, pero lo que buscaban era tener influencia en las citas, los ascensos y descensos de categorías, algo que para mí es suficiente para considerar que lo que ha pasado ha sido muy serio.

– No le resto gravedad a sus respuestas -afirmó Scotto-, pero por lo que le entiendo, estamos hablando de una posible influencia, de un daño de imagen, de una irregularidad, muy lejos de lo que se pretende juzgar aquí en esta sala.

– Mire -contestó Tebas con semblante muy serio-, se va aclarando lo que dije desde el principio: el Barcelona pagaba por las influencias que tenía Negreira en los ascensos y descensos de los árbitros. A lo mejor alguna influencia indirecta con Sánchez Arminio -torció el gesto, como si le restara importancia a sus propias palabras-, cuando había que designar árbitros… esa influencia. Poco más. Se habla mucho de esto por Florentino Pérez, que siempre me ha preocupado, todos conocemos su influencia y su área de poder. Y todo esto afecta a la imagen de LaLiga. El tema reputacional sigue existiendo, menor que antes, porque estamos trabajando para que se llegue a aclarar esta situación.

– Eso deseamos todos -concluyó Scotto-. Muchas gracias, señor Tebas.

Mientras se dirigía a su asiento, Laporta, Rosell y Bartomeu se sonreían ligeramente en el banquillo de los acusados. Parecían estar satisfechos tras escuchar las palabras del presidente de LaLiga. Hacia ese mismo banquillo se dirigió el fiscal Jaime Estuardo según inició su interrogatorio. Apoyó las manos en la barandilla que separaba a los acusados del resto de la sala, y miró directamente a los ojos de Joan Laporta, luego a Josep María Bartomeu, a continuación, a Sandro Rosell y, por último, a Albert Soler. Situado en esa postura, daba la espalda a Javier Tebas, y así se mantuvo cuando comenzó su interrogatorio.

– Señor Tebas, ¿podría decirme de qué equipo es el señor Laporta? Aquí presente.

A Tebas se le escapó ese característico gesto risa-ladrido-arcada con el que suele obsequiar cada una de sus comparecencias.

– Hombre, todos lo sabemos. Del Fútbol Club Barcelona.

– ¿Y el señor Sandro Rosell?

– No sé dónde quiere ir a parar.

– ¿Y a la directiva de qué club pertenecía Albert Soler? -continuó el fiscal.

– Es obvio -replicó Tebas-, creo que no merece la pena contestar.

– Hágalo, por favor, ha venido a testificar hoy aquí, le ruego que responda a mis preguntas.

– Al Fútbol Club Barcelona, como todos sabemos.

– Muy bien, gracias. ¿Y podría decirnos a todos los aquí presentes, y a todos los que están en sus casas, y a todos los que seguirán este juicio por los medios, qué club de fútbol es el que estuvo realizando pagos a las empresas del señor Negreira y su hijo durante dos décadas?

La risa de Tebas tornó más hacia la arcada con gargajo:

– El Barcelona.

– Me alegra saberlo. Escuchando su declaración, he llegado a dudar de si se juzgaba al Fútbol Club Barcelona o al Real Madrid.

Se escucharon varias risas entre el público asistente y un murmullo de desaprobación.

– ¡Protesto! -exclamó Scotto con un tono de voz elevado-. No vamos a ningún lado con estas preguntas.

– Señor juez, miembros del jurado –alegó Estuardo-, puede que parezca irrelevante, como su afición o afiliación deportiva, pero tratamos de hacer ver con la declaración del señor Tebas que se puede ser aficionado de un equipo, o abogado, o presumir de adalid de la verdad y, a la vez, ser incapaz de discernir acerca de unos hechos y otros si su obsesión por el presidente del Real Madrid es superior a todo lo demás.

– ¡Eso no es cier…! -trató de responder Tebas, pero fue interrumpido por el juez.

– No se admite la protesta. Sus preguntas no aportan gran cosa, pero no son motivo de reprobación. Señor Estuardo, díganos adónde pretende llegar, por favor.

– Cómo no, señoría -dijo Estuardo antes de retomar la palabra-. Quiero hacer ver a los miembros del jurado que el testimonio del presidente de LaLiga carece de valor alguno, puesto que su obsesión es otra, y todos sus movimientos se encaminan en una única dirección.

Caminó por la sala y volvió a la posición anterior, frente a los acusados y dando la espalda a Tebas, al cual le había crecido el derrame tras la mención del fiscal a su obsesión.

– Miren, vean otro ejemplo. Señor Tebas, ¿qué piensa de la Superliga y el papel de Joan Laporta en la misma?

– No veo ninguna posibilidad de éxito -al llegar a esta pregunta, el derrame se le pasó al otro ojo, y, con la mirada más ensangrentada que verde, respondió-, pero con Laporta no estoy peleado, ni enfrentado. Laporta y el Barça son críticos, no como Florentino Pérez, que está absolutamente equiv…

Estuardo sonreía sin dar la cara a Tebas y no dejó que concluyera la frase:

– ¿Y el VAR, a qué se deben las protestas sobre el VAR?

¡Con el VAR hubo un antes y un después de la llamada a Rubiales de Floren…!

Se giró para mirar directamente a Tebas, quien se dio cuenta al instante de que había caído en la trampa. Estuardo no quería soltar la presa, así que no perdió el tiempo:

– ¿Cuántos litigios sostiene LaLiga con el Real Madrid?

– No sé, cerca de un centenar. Florentino quiere salirse siempre con la suya y recurre por todo: el reparto de los derechos de televisión, las imágenes de la previa de los partidos, el acuerdo con CVC…

– ¿El señor Laporta votó a favor de su subida de sueldo?

¡Sí, al contrario que Florentino!

Javier Tebas se había puesto en pie visiblemente enfurecido. El fiscal se dio la vuelta, sonrió y miró hacia la audiencia. Hizo una pausa, momento que Tebas aprovechó para sentarse, respirar y ajustarse, por este orden, la corbata y el mechón de pelo que le caía sobre el frentón. Estuardo se giró hacia el jurado:

– Señores y señoras del jurado, les ruego no tomen en mucha consideración el testimonio del testigo de hoy. Como habrán podido comprobar, el señor Tebas no ha venido hoy a hablar del caso Negreira, del que ha hablado con numerosas vaguedades, de manera ambigua, “sí, es grave, pero habrá que ver si era para influir”… poco más. Ha venido para aprovechar el altavoz mediático que le presta esta causa y proseguir en su particular guerra contra el Real Madrid y su presidente.

Javier Tebas se aferraba con fuerza a los brazos de la silla. Trataba de callar, como le habían aconsejado, puesto que ya había hablado demasiado. Pero el fiscal no cejaba en su argumentación:

– El señor Tebas nos cuenta que está preocupado por la imagen del fútbol español y sus problemas. “Rubiales, Vinícius, Negreira”. In that order. ¿Por qué no decir “la Federación, Soule, el racismo, el CTA, el Barça y sus presidentes? ¿Por qué tiene que meter a un jugador del Real Madrid entre dos investigados en causas de presunta corrupción?

Tebas pasó del resoplido al bufido.

– Presume de haber aportado documentación a la causa, pero ha resultado ser una prueba falsa, algo que causó un profundo malestar en los acusados y una cierta confusión en el proceso.

– Ya explicamos en su momento el origen de la confusión –Tebas quiso salir del paso rápidamente-, tenían los mismos nombres, en una época similar.

– Ya –respondió Estuardo-. Espero que sea mejor como presidente de LaLiga que como abogado. Claro que tampoco espero gran cosa de quien empezó en el mundo del fútbol a sueldo de Dimitri Piterman.

– ¿Acaso es un delito ejercer mi profesión? Es con lo que me he ganado la vida siempre –se defendió Tebas.

– No, por supuesto que no –respondió el fiscal-. Solo trato de que el jurado llegue a la conclusión de que usted, por muy madridista que se confiese, solo ha actuado como muchos de los árbitros de la trama Negreira. Ellos sabían que su sueldo dependía de tener satisfecho a quien los designaba para los partidos grandes o los puntuaba para descender o promocionar. Usted sabe que para mantener su sueldo tiene que mantener satisfecho a quienes se lo aprueban y le mantienen en el puesto. Y entre ellos no está el Real Madrid, y sí nuestros acusados en esta causa. No haré más preguntas, señoría.

El fiscal se dirigió a su asiento y su turno fue asumido por Luisa Ramírez, la abogada del Real Madrid.

– Señor Tebas, ha dicho usted que fallaron los sistemas de compliance tanto en el Fútbol Club Barcelona como en el CTA, ¿debemos entender que dichos controles funcionan bien en el organismo que usted preside?

– Solo puedo decirle que desde abril de 2024 tenemos las certificaciones más altas en nuestros sistemas de Gestión de Compliance Penal y de Gestión Antisoborno.

– Enhorabuena –contestó la abogada con el mismo entusiasmo que Maldini ante un gol del Madrid en una final de Champions-. Pero remontémonos más atrás en el tiempo, a la era Negreira. Usted ha venido aquí y nos ha hablado del caso Negreira como si fuera poco más que una irregularidad administrativa, un posible conflicto de intereses menor que habrá que aclarar. Pero, ¿sabe usted realmente qué es un conflicto de intereses cuando permitió que el Director Audiovisual de LaLiga facturara 500.000 euros desde su propia empresa pese al Código Ético que lo prohibía?

– Esas son las noticias falsas del “portacoz” oficial de Florentino Pérez –contestó Tebas.

– No se ponga nervioso, señor Tebas, le ruego que se comporte, la Justicia dio la razón al periodista y al medio que lo publicó. Supongo que tampoco había conflicto de intereses al alcanzar acuerdos económicos entre el organismo que preside y Mediapro, la empresa que participa en el accionariado de Barça Studios, o por firmar operaciones de patrocinio con un jugador en activo del Fútbol Club Barcelona, Gerard Piqué. Para usted todo esto es normal, forma parte de los negocios y el día a día del fútbol, y aquí no hay más problemas que Florentino Pérez y los vídeos de Real Madrid Televisión.

– Protesto –intervino Scotto con timidez-. Nada de lo mencionado guarda relación alguna con el caso juzgado.

– Se admite –sentenció el juez Aguilar, que no dejaba de apuntar nuevas flechas con el rotulador verde en su libreta-. Aténgase al caso juzgado, letrada.

– Entendido, señoría –asintió la abogada-. Solo trataba de hacer ver que, al igual que lo argumentado por la defensa, prácticamente nada de lo mencionado en el día de hoy por el señor Tebas guarda relación alguna con el caso. Su cruzada es otra. Y me quedo con una frase de lo que ha dicho hoy: señor Tebas, ¿ha dicho usted que están trabajando para minimizar el impacto reputacional que el caso Negreira tiene sobre LaLiga y el fútbol español?

– Así es –afirmó Javier Tebas-. El fútbol español necesita claridad, y la reputación de la competición está por encima y da igual el club que sea. Pero no existe ninguna campaña para desprestigiar al Barcelona.

– Ya, ya lo vemos. Y es más, a ese club al que no se quiere desprestigiar porque ya lo hacen sus dirigentes se le ajusta la normativa de control económico, se le aceptan las palancas que no se cobran o se le permite sobrepasar el límite salarial, se le informa del acuerdo con CVC sin hacerlo con su máximo rival… Pero todo sea por mantener la buena reputación de LaLiga.

– Cómo se nota quién le paga a usted –respondió Tebas mientras mostraba unos afilados colmillos.

– Lo sabe todo el mundo. Igual que sabía todo el mundo para quién trabajaba su hijo. O igual que sabe todo el mundo lo que paga el organismo que usted preside a los medios de comunicación para, entre otras cosas, “minimizar el impacto reputacional” del caso Negreira. 140 millones de euros en cinco años para hacer publicidad de este lodazal. Solo voy a decirle una cosa más: mi cliente detestaría saber que una parte del dinero que LaLiga detrae de sus ingresos, ¡por ridícula que fuera!, se destinara a publicidad y a la mejora reputacional del club al que se está juzgando en esta sala. No haré más preguntas, señoría.

El juez terminó de apuntar otra página más de su libreta, la cerró, junto con sus carpetas, miró a su ayudante y resopló varias veces.

El tono áspero de la sesión lo había dejado agotado. Golpeó con el mazo y se acercó al micrófono:

– Se levanta la sesión.

El juez se marchó pitando, sobre todo cuando vio que Javier Tebas se acercaba a la mesa de la abogada del Real Madrid para seguir discutiendo.

Capítulo 8 – Iturralde González

El juez Aguilar apagó la pantalla del móvil, puso el modo avión y dejó de mirar por la ventana. Al parecer, el próximo testigo estaba llegando a los juzgados, como supuso por el remolino de periodistas en torno a la figura de un individuo no muy alto y de complexión delgada que acababa de llegar a los juzgados de Barcelona. El juez guardó una carta que había recibido esa misma mañana en el mismo cajón en el que dejó la que le llegó la semana anterior. El único cajón que cerraba con llave cada vez que salía del despacho. Se puso la toga y bajó las escaleras.

– ¡En pie! -se escuchó a Bull-. Preside la sesión el honorable juez Aguilar.

El murmullo del interior de la sala se acalló mientras el juez y sus ayudantes tomaban asiento. En el banquillo de los acusados había dos ausencias, lo cual, a estas alturas del juicio, ya no sorprendía a nadie. Joan y José María, José María y Joan, que monta tanto como de tanto en tanto se lo montan. Mientras el juez ordenaba su documentación y colocaba el famoso kit de “libreta + rotuladores de colorines para no perderse en la trama”, apareció Joan Laporta por la puerta cercana al banquillo de los acusados. Por el carraspeo con el que pronunció entre dientes “Perdón” se pudo intuir que seguía con sus problemas de afonía o garganta. El juez hizo un gesto al abogado de la defensa, Jorge Carlos Scotto, para que comenzara con la vista del día.

– Con la venia, señoría. Señor juez, miembros del jurado, curiosos congregados en este caso -se giró hacia toda la sala-, hasta la fecha la defensa ha traído el testimonio de directivos del mundo del fútbol y del arbitraje, así como unos informes periciales contundentes para desmontar este caso que nunca debió ser considerado tal, un caso que, si sigue vivo en los medios, es por el control que sobre los mismos ejerce la parte acusadora. Hoy vamos a traer el testimonio de una persona que es una eminencia en el mundo del arbitraje, alguien que ejerció como árbitro en activo durante todos los años que se juzgan en este caso, mientras el señor Enríquez Negreira era vicepresidente del Comité Técnico de Árbitros. Una persona, además, de gran locuacidad, que sienta cátedra cada semana en algunos de los principales medios de comunicación de este país.

A medida que pronunciaba estas palabras, en la sala se escuchaba un murmullo de expectación, “wow”, “wow, wow, wow”, hasta que Scotto anunció el nombre del testigo:

– La defensa llama a declarar a don Eduardo Iturralde González.

En ese instante, en la misma audiencia se oyó un “buah”, “Itu”, “¿Piturralde, cátedra?” y un “pffff” de varias personas que sonó como un globo deshinchándose con lentitud.

Se abrieron las puertas y entró en la sala un tipo de paso apresurado, que caminaba algo encorvado, vestido con una americana negra bajo la cual llevaba una camiseta igualmente negra con un dibujo de algo que parecía una piña marrón. Llevaba el pelo despeinado, lacio, como si una vaca le hubiera dado un lametón y le hubiera quedado un mechón colgando por la frente. Justo antes de alcanzar el banco, apareció Enríquez Negreira por la misma puerta de los baños por la que había salido Laporta unos minutos antes. Ambos frenaron sus pasos, se miraron con desprecio mutuo y prosiguieron hacia el lugar que cada uno tenía designado. De repente, la sala se llenó de un hedor insoportable y algunos de los acusados, al igual que miembros del jurado, se llevaron la mano a la nariz.

– Yo no soy -dijo Negreira a su hijo por lo bajo, una vez tomó asiento. Y con el mentón señaló hacia el testigo.

El abogado Scotto se acercó al testigo para iniciar el interrogatorio, pero frenó el paso firme que llevaba al percatarse del mal olor. Pegó varios manotazos al aire como para ventilar un poco el ambiente y comenzó:

– Don Eduardo Iturralde González, hijo y nieto de árbitros, profesional en activo en Primera de 1995 a 2012, años todos ellos durante los cuales el señor Enríquez Negreira ya prestaba sus servicios en el Comité Técnico de Árbitros. Una trayectoria intachable -en ese momento se oyó una risa entre el público-, de hecho, el colegiado que más partidos había dirigido en su momento en Primera División. Díganos, señor Iturralde, desde su dilatada experiencia y puesto que aquí se está cuestionando el arbitraje español, ¿qué tiene que decir?

– Pues que me parece una desgracia -respondió el culegiado-, el caso Negreira me parece lo más grave que ha habido en el fútbol español, que alguien haya intentado aprovecharse de su posición, y que luego otros estén queriendo transmitir a la gente que ha habido compra de partidos… me da mucha rabia, sobre todo porque eso no lo van a poder demostrar nunca.

 – Aprecio su contundencia -afirmó Scotto-. ¿Todos ellos, no hay duda sobre ninguno, como intenta demostrar la acusación particular?

– Todos ellos -contestó Iturralde, en cuya frente brillante por el sudor se pegaba media docena de pelos-. Porque ningún compañero mío se ha vendido jamás. Pongo la mano en el fuego por todos ellos.

– Entonces, ¿qué sentido tienen los pagos que realizaba el Fútbol Club Barcelona, no cree que eran para influir en los árbitros?

– ¡Nooooo, en absoluto! -respondió Iturralde con vehemencia-. Todos o la mayoría de  árbitros que han declarado a la Guardia Civil han dicho que Enríquez Negreira no influyó en ningún resultado. Lo único que tenemos constatado es que para la Agencia Tributaria había unas facturas mal hechas.

Al fiscal Estuardo se le escapó una carcajada. Se disculpó con la mano ante el juez, quien, en la mesa principal de la sala, debió percibir el hedor que invadía el ambiente. Con un gesto indicó al alguacil que abriera las ventanas, para lo cual este tuvo que apartar “el florero de López Nieto”. Las abrió y entró una corriente que disipó ligeramente el olor, aunque la ubicación de la ventana hizo que el aire infectado volara directamente a la pituitaria del juez, que no pudo disimular un gesto de desagrado.

– Así que usted no ve nada más que un tema de unas facturas que habrá que aclarar, no un delito de corrupción deportiva -continuó Scotto, quien se había apartado varios metros del testigo.

– Eso es, eso es, y eso no lo tendrá que aclarar ningún árbitro, sino quien haya podido lucrarse con esta situación -a cada frase, Iturralde aceleraba sus palabras-. Ahí hay unas facturas que habrá que aclarar, pero si… ¿cómo se dice… esa palabra inglesa?, ¿la “complayans”?, si la “complayans” dijo en su día que todo era correcto, pues no hay caso. Porque lo que sí puedo decirle con rotundidad es que Enríquez Negreira no tenía poder, ni ascendencia ninguna sobre los árbitros, ¡nin-gu-na!. Y si yo quiero comprar a un juez, por ejemplo, en este juicio -miró hacia la mesa del juez Aguilar, que se quitó las gafas, enarcó las cejas y lo miró como diciendo “a mí no meta usted en sus fregaos”-, no compro al jefe del juez, compro al que me va a juzgar, pago directamente al juez.

Iturralde se giró hacia el juez Aguilar, en cuyo rostro se apreciaba que no le hacía ni pizca de gracia la hipótesis planteada de manera tan poco inteligente por el testigo. A medida que “Itu” se aceleraba, las glándulas sudoríparas de su cabeza se activaban, lo que provocaba una imagen desastrada y algo penosa. El exárbitro se sacó un clínex del bolsillo de la americana y se quitó levemente el sudor.

– A lo que voy -continuó un Iturralde cada vez más nervioso-, si yo pago para influir, compro al árbitro, no a un señor que no pintaba nada. Como conocedor del gremio, que es para lo que se me ha citado, y como conocedor del arbitraje y de cómo funciona, creo que ese dinero que cobró Negreira, una parte era para él y otra volvía a ciertas personas.

Se hizo un silencio en la sala que Scotto no quiso interrumpir. Iturralde pidió un vaso de agua. Mientras se lo servían y se refrescaba con el agua, el público pudo escuchar a través de las ventanas que una feria ambulante pasaba por las calles aledañas a los juzgados. “¡Y otro perrito piloto!”. Nadie pudo intuirlo en ese momento, pero el editor de La Galerna utilizaría ese momento tan surrealista para escribir uno de sus artículos sobre esta farsa.

Scotto volvió al interrogatorio:

– Habrá quien diga que resulta extraño que un vicepresidente de los árbitros no tuviera ninguna influencia sobre ellos.

– A ver, desde el momento que trabaja codo con codo con el presidente del CTA está claro que tenía influencia, pero sería más en árbitros de categoría inferiores y no tanto en Primera División. Pero si me pregunta por influencia, le voy a decir quien sí tenía mucha influencia y no necesitaba pagar por ella. Porque hay una cosa que no se “m’a olvidao” nunca y que a mí me dijeron cuando entré en el arbitraje y es que no te haces árbitro hasta que chocas con el autobús blanco. Hasta cuando aciertas contra el Madrid, como se ha demostrado muchas veces, fíjate la que se monta. La repercusión que tiene el Real Madrid, te guste o no, es así, es el equipo con más repercusión, a diferencia del segundo.

– Dada su experiencia en cuestiones arbitrales, usted ejerce ahora de comentarista en el Diario As, un medio considerado claramente madridista, y en la Cadena Ser, un medio que no es sospechoso, y digo que no es sospechoso, puesto que fue uno de sus programas el que destapó el caso de las facturas irregulares entre el Barcelona y Dasnil, ¿ha sentido alguna vez esa presión, como árbitro o como comentarista arbitral?

– Totalmente, totalmente -el sudor sobre la frente caía de manera incontrolable y empezó con un temblor en las piernas-. Totalmente. Yo mismo sentí la presión directamente de Florentino Pérez al acabar un partido en que pité al Real Madrid. Acaba el partido, 6-1 al Deportivo, salimos del campo, los asistentes salen conmigo y trata de encerrarme en un cuarto. Le pregunto si me está haciendo una broma y le digo que se ha acabado la conversación. A la media hora ya lo sabía el Comité Técnico de Árbitros. Lo puse en conocimiento, me parecía muy grave, pero ahí quedó. Para que vean lo que es presionar. No me voy a esconder. No hay ningún árbitro corrupto, porque nosotros estamos por encima.

Iturralde se sirvió otro vaso de agua. El temblor de las piernas se le había pasado a las manos.

– ¿Puedo ir al baño un momento? -solicitó.

El juez resopló y denegó con la cabeza.

–  Esto no nos llevará mucho más tiempo, aguarde.

El abogado de la defensa retomó las preguntas para acelerar la marcha de un sujeto del que comenzaba a arrepentirse por haberlo propuesto para la comparecencia.

– Hablemos de otro de los acusados, el señor Javier Enríquez Romero, aquí presente. ¿Usted cree que se le pudo pagar por realizar informes sobre los árbitros o por condicionarlos de alguna manera con dichas valoraciones?

– Que haga informes cuando no ha sido ni árbitro… que sea capaz de hacer informes arbitrales, fíjese qué valor tienen unos informes que hace una persona que de arbitraje no tiene ni idea. Es como si me pongo yo a informar de tenis. Puedo ver muchos partidos en la tele, pero a la hora de la verdad no tengo idea de nada. ¿Qué sabe el hijo de Negreira de árbitros? Apareció en mi época, me “le” presentaron como coach, que para mí es un intrusista de la psicología. Nos dio charlas y luego, el que quería podía continuar con él de forma privada. Sé que algunos lo hicieron, pero lo mejor es que citen a declarar a los árbitros, porque ahí se podrá ver que nosotros somos los más interesados en que esto se esclarezca, en que toda la gente sepa que algunos somos malos, malísimos o incluso alguno bueno, pero que todos somos honestos.

– ¿Descarta usted entonces que los pagos fueran por dichos informes arbitrales?

Yo creo que los pagos a Negreira han sido utilizados para enriquecer a directivos del Barcelona -mientras pronunciaba estas palabras, se giró hacia el banquillo de los acusados-. En este sentido, creo que algún directivo del club se ha enriquecido a través de facturas fundamentadas en informes arbitrales que no tienen apenas valor.

– Es lo que intentamos aclarar en estas sesiones. Muchas gracias, señor Iturralde. No haré más preguntas, señoría.

El fiscal Jaime Estuardo se levantó de la silla, se abotonó la americana, se ajustó el nudo de la corbata con la elegancia de la que solía hacer gala y se dirigió con paso firme hacia el banquillo del testi… no pudo acercarse más. La nube tóxica llegaba hasta unos tres metros del micrófono con el que se grababan todas las comparecencias de testigos. Supo disimular su gesto de incomodidad y comenzó:

– Señor Iturralde González, árbitro de Primera División durante diecisiete temporadas. Diecisiete, diecisiete… el caso es que ese número me recuerda a algo, ¿sabe usted? Diecisiete temporadas estuvo pagando el Fútbol Club Barcelona al vicepresidente de los árbitros y, según gente como usted, a cambio de nada, de ningún beneficio en los terrenos de juego.

– Usted pensará lo que quiera, pero no se puede poner en duda la honorabilidad de los árbitros, eso no se lo consiento a nadie -el sudor volvía a caerle de manera copiosa por la frente y las sienes.

– Bueno, lo consentirá o no lo consentirá, pero lo dice el juez instructor… -Estuardo abrió un legajo, buscó una página concreta y leyó-. Aquí está: “Los pagos realizados por el Barcelona satisfacían los intereses del club en atención a su duración y al incremento anual. De aquí se deduce también que los pagos produjeron los efectos arbitrales deseados por el Barcelona, de tal manera…”.

– ¡Protesto! -dijo el propio Iturralde-. No le consiento que diga tal cosa de…

El juez lo miró perplejo. Para salir del paso, fue Scotto el que se puso en pie y exclamó un fuerte “¡protesto!”, logrando salvar de ese modo el ridículo del excolegiado.

– No se admite. Letrado, el fiscal solo está leyendo un párrafo del auto de instrucción, no hay nada sobre lo que protestar -aseveró Aguilar con cierta condescendencia. A continuación, se dirigió a Iturralde González-. En cuanto a usted, limítese a responder a lo que le pregunten, no está en su derecho de protestar. Continúe, por favor.

Tras acallarse ciertas risas entre el público, Estuardo prosiguió con la lectura del párrafo:

– … de tal manera, decía, “que debió existir una desigualdad en el trato con otros equipos y la consiguiente corrupción sistémica en el conjunto del arbitraje español”. ¿Qué tiene que decir a esto, señor Iturralde?

Que ese juez está insinuando que el Barcelona compró árbitros y no lo puede demostrar. Igual nos tenemos que juntar los árbitros y querellarnos con el juez.

Estuardo lo miró perplejo. Aplaudió con evidente sarcasmo, apenas tres palmadas porque fue rápidamente reprobado por el juez:

– Letrado, evite aquí esos espectáculos que no contribuyen al buen desarrollo de la vista. Si tiene algo más que añadir, continúe, por favor. En caso contrario, le ruego que dé por finalizado el interrogatorio.

– Disculpe, continuaré, cómo no -aseguró Estuardo-. Así que nadie les presionaba, ha dicho, y que, como mucho, se sintió influido por… ¿cómo ha dicho?… chocar con el autobús blanco. Señor Iturralde, ¿usted sabe con qué arbitro ha perdido más veces el Real Madrid en su campo en toda su historia?

– Sí, je, je, je -se le escapó una risa nerviosa-, conmigo.

– Así es. ¿Y sabe usted, por un casual, quién es el segundo?

– Jo, jo, jo -aquí la risa pasó de nerviosa a siniestra-, sí, fue con mi abuelo.

Entre el público se extendió un murmullo y se pudo escuchar algún que otro improperio, “todavía se ríe el hijop…”.

– Exactamente -asintió Iturralde-. Luego no parece que a los Iturralde les afectara mucho haber chocado con el autobús blanco. Diecisiete años en Primera y el ascenso a la internacionalidad, aunque luego apenas le dieran partidos.

– Llegué a pitar partidos de Champions -contestó Iturralde, cuyo temblor de piernas se trasladaba al resto del cuerpo, lo que provocaba una cierta incomodidad para cualquiera que estuviera viéndolo en ese momento.

– Apenas ocho. Y nunca fue designado para partidos de Mundiales ni Eurocopas. Su nivel era apreciado aquí por el sistema de los señores Sánchez Arminio y Enríquez Negreira, pero no por la UEFA, ni la FIFA.

– ¡Estuve siempre entre los árbitros mejor considerados por el sistema!

– Lo sabemos, señor Iturralde, lo sabemos, no se ponga nervioso. Precisamente aquí estamos enjuiciando ese sistema, por lo anormal de su funcionamiento, por premiar a árbitros como usted, que perjudicaban a unos clubes y favorecían a otros, como puede extraerse de las estadísticas de su carrera. Usted tiene otro récord con el Real Madrid y es que nadie ha expulsado tantas veces a su capitán como usted, ¡luego no nos venga con que pitar mal al Real Madrid podía perjudicar a su carrera! Que el máximo rival del equipo que pagaba a Enríquez Negreira perdía con usted el 25 por ciento de sus partidos, que era uno de los peores de toda la competición para ellos.

Iturralde volvió a secarse el sudor con el clínex que sacó del bolsillo, pero lo tenía tan húmedo que se le quedaron pegados varios trozos de papel en la sien izquierda y cerca de la mejilla. Su aspecto era tan deplorable como el hedor que se respiraba en la sala.

– Usted -prosiguió Estuardo- fue designado tres veces para pitar el partido por excelencia de la Liga española y en las tres ocasiones ganó el equipo que pagaba a Negreira. Once goles a favor y ninguno en contra.

– Aquel era un gran equipo -contestó entre temblores-, tenía a muchos de los mejores jugadores del mundo, algo bien harían.

– Claro, era un equipazo, eso no se ha discutido nunca en este juicio. Lo que se discute es que se premiara a los árbitros que no eran neutrales, que se recompensara a los afines al sistema de Negreira, es decir, a los que favorecían al Barcelona o perjudicaban al Real Madrid. Entenderá que se dude de su imparcialidad cuando usted se da abrazos con algunos periodistas para celebrar el 2-6 del Barcelona en el Bernabéu.

– Yo solo puedo decirle que el noventa por ciento de los árbitros son madridistas.

– ¡Y dale! Me está usted recordando al presidente de LaLiga, ¿lo sabía? Le cuestionan por la posible corrupción del Fútbol Club Barcelona y usted contesta: “es que el Madrid…”.

– Pues tan a disgusto con el sistema no estaría el Madrid cuando es el único equipo con un “hijo” de Negreira como delegado.

– Qué barbaridad acaba de decir-le recriminó Estuardo-. Supongo que está comparando tener a un excolegiado en nómina como Megía Dávila en funciones de delegado arbitral, con un sueldo en torno a treinta o cuarenta mil euros y todo debidamente acreditado, con pagar varios millones de euros durante diecisiete años al vicepresidente en activo de los árbitros a través de una serie de sociedades interpuestas. Igualito.

Ellos, que siempre dicen que hay que acabar con todos los “hijos” de Enríquez, tanto que se quejan, pues su delegado fue árbitro -respondió. Y con el final de la frase, la gota de sudor que colgaba de la punta de su nariz se desprendió con la misma gracia que Falete en aquel concurso de saltos de trampolín.

– No deja de sorprenderme usted -continuó Estuardo tras una breve pausa-. Mire, el “sistema”, el “Tinglao”, como lo definen algunos en redes sociales. Voy a leerle otro párrafo y usted me dice qué opina… -buscó entre sus papeles y leyó-: “Creo que está de más que los árbitros voten al presidente de la Federación”, porque, “es necesario que el arbitraje sea independiente, difícil que se garantice esa absoluta independencia cuando suman los votos. Luego le pedimos peras al olmo y que no se ponga en duda nuestra profesionalidad y honestidad”, “cuando algunos candidatos tienen, de alguna forma, el control de los votos de los árbitros”. “Es lo que se entiende como un sistema clientelar, un círculo de favores donde me tienes que dar para que yo te dé, luego de tu interés depende facilitar mi poder”.

– Pues… qué tengo que decir, que me resulta familiar -contestó el excolegiado vasco.

– ¿Y no le parece que en cierto modo define lo que es el Negreirato? Controlar a los árbitros es un círculo de favores en el que todos se benefician, mire, le leo otro párrafo, “y digo clientelar, porque aquí no fluyen los sobres con papeles, porque de lo contrario, tendríamos que hablar directamente de jerarquía mafiosa”.

El testigo se quedó en silencio, parecía como si ya recordara. Se volvió a secar el sudor y trató de controlar su temblor corporal.

Lo escribió usted, señor Iturralde González. En el diario As, en 2017. Sin quererlo y hablando de otro asunto, estaba definiendo el funcionamiento del CTA y de la Federación Española de Fútbol.

– Abogaba por la independencia del colectivo arbitral -se defendió.

– Sí, pero estaba dando a entender que podían ser manipulables y que los favores se pagan, no necesariamente con dinero, sino con otro tipo de recompensas. Y llama aún más la atención que, sabiendo todo lo dicho, hiciera campaña en su día por el candidato de Joan Gaspart y Enríquez Negreira a la presidencia de la Federación, el señor Ángel María Villar.

Tras un prolongado silencio, incómodo por la gestualidad del interpelado, este solo supo responder:

– Pues sepa usted que Villar era madridista.

¡Booooom! No se oyó, pero se sintió en la sala. El fiscal Jaime Estuardo se había encontrado con tipejos de la peor calaña a lo largo de su carrera: narcotraficantes, asesinos, delincuentes de navaja, pero también de cuello blanco, evasores del fisco… Pero en esos momentos estaba convencido de que pocas veces había encontrado un testigo que no respondiera a una sola de sus preguntas, sino que contestara a todas movido por su resentimiento hacia otra entidad o persona. En casos así, solo cabía dejarlo por imposible.

– Señor juez, miembros del jurado, dejo al testigo por imposible. Solo quiero que conste en acta una última prueba que pretendo dejar aquí, una ínfima muestra de lo que se premiaba en el Comité Técnico de Árbitros de los señores Arminio y Negreira, regado con millones por el Fútbol Club Barcelona. Señor Iturralde, ¿qué opina de esta jugada?

No es ni falta. Es una jugada donde Araújo le pone la mano por encima del hombro al delantero en la disputa del balón y este se deja caer.

– Muy bien. ¿Y esta otra?

Es roja, no hay duda. Es clarísima. No hay ni que verlo. Militao no quiere hacer falta, pero se la saca el jugador del Levante.

– “No hay ni que verlo”, usted lo ha dicho. Viste de blanco y los otros de azulgrana, y con eso era suficiente. Y así es como se asciende en el escalafón. No haré más preguntas, señoría.

Estuardo se volvió hacia su banco y buscó un pequeño envase de colonia que llevaba siempre en su maletín. Se echó un poco por el cuello y las muñecas. La abogada Luisa Ramírez se levantó y se acercó al testigo. Tampoco mucho.

– Eduardo Iturralde González. Ha dicho usted que apenas conocía los servicios que prestaban tanto el señor Enríquez Negreira como su hijo.

– Sí, apenas nada, la charla que les he contado y poco más.

– ¿No comió usted en el restaurante propiedad de la pareja del señor Enríquez Negreira en alguna ocasión?

– Pues… no lo recuerdo. Hace ya tiempo, sabe, y con el tiempo, esas cosas no se recuerdan con claridad.

– En declaraciones ante la Guardia Civil, uno de sus asistentes en 2010, Jon Núñez, afirmó que el señor Enríquez Negreira les invitó a comer y a cenar el mismo día de un Barcelona-Real Madrid.

– No lo recuerdo -balbuceó Iturralde.

– ¿Tampoco recuerda que el hijo de Enríquez Negreira los llevara al Camp Nou ese día o algún otro?

– Pues… no, la memoria a veces juega malas pasadas -se excusó-. Pero no recuerdo al hijo de nada, de ningún servicio de coach, ni de traslados.

– Ya. Pues su asistente cifra en al menos cinco veces las que el hijo le llevó al estadio junto con su equipo de ayudantes -no hubo respuesta, así que la abogada continuó-. La memoria, claro, a veces le falla. A ver si no le falla en esta ocasión. Dice usted que Florentino Pérez le arrinconó y trató de meterlo en una sala del Santiago Bernabéu para presionarlo.

– Sí, así fue, eso lo recuerdo perfectamente.

– Florentino, con su 1,65 y una edad avanzada, empujándolo como un matón a usted, que, como árbitro, estaba en plena forma ¿y mide? ¿1,75?

– Un poco más, 1,77.

– Me cuesta hacerme a la idea. Y primero dice que le metió en una sala, pero luego que no le dejó entrar en el cuarto de los árbitros…

– ¿Acaso esto es un juicio en el que se me cuestiona?

– ¡Por supuesto que es un juicio en el que se cuestionan todos los testimonios de los testigos! ¿No se había dado cuenta aún? Tratamos de encontrar pruebas, certezas, y con testigos como usted es imposible. Mire, esto es una prueba, ¿sabe lo que es?

Es el acta del partido al que hacía usted referencia, el mismo en el que, supuestamente y siempre según sus palabras, Florentino Lucabrasi Pérez lo arrinconó a empujones y le pidió… no nos ha dicho lo que supuestamente le pidió. ¿Nos lo puede aclarar?

– Me dijo: “Solo os pido que me pitéis igual que al Barça”.

– Eso es, al menos en su imaginario, porque al Barça le pitaba de una manera y al Madrid, de otra. Y dice que lo comunicó al CTA, lo único es que aquí, en el acta, junto a su firma, aparece escrito “sin incidencias” de ningún tipo. Señor Iturralde González, usted no pasaría la máquina de la verdad. Bueno, no hace falta decirlo porque ya se sometió al polígrafo en un programa de televisión y fracasó de manera estrepitosa.

La abogada se acercó a la mesa del juez, depositó el acta como prueba número 324/06 y continuó:

– Señores y señoras, miembros del jurado. Les ruego tomen en su justa medida las palabras de este testigo, cuya fiabilidad ha resultado ser más bien escasa. Del testigo sí sabemos al menos una cosa: que la Guardia Civil no lo está investigando por un aumento excesivo de patrimonio, al contrario que ocurre con otros árbitros investigados a raíz de esta causa. La única propiedad que tiene a su nombre fue embargada hace un año por la Agencia Tributaria. Es difícil dilapidar ese salario de árbitro internacional percibido durante tantos años, pero algo así le ha ocurrido a numerosos exdeportistas por una mala cabeza o por adicciones varias. No haré más preguntas, señoría.

Iturralde González no esperó ni a que le dieran permiso y salió corriendo hacia el baño. El juez apuntó unas últimas notas en su libreta, tomó el mazo y, dando tres golpes, concluyó:

– Se cierra la sesión. Y por favor, ventilen la sala.

Capítulo 9 – Árbitros en activo (I)

Cuando el ordenanza “Bull” pronunció el ya conocido “en pie, preside la sesión el honorable juez Aguilar”, algunos de los intervinientes no se habían situado aún en su sitio. No solo Enríquez Negreira estaba ausente, as usual, sino que Joan Laporta estaba departiendo amigablemente con algunos de los miembros del jurado popular. Al abrirse las puertas de la sala, Laporta trató de volver con celeridad a su asiento, pero estuvo a punto de chocar con el juez y uno de sus asistentes, que recorrían un camino similar al suyo. “Disculpe”, murmuró entre el jadeo que el maratón de ocho metros le provocaba. El juez Aguilar frunció el ceño antes de tomar asiento y se quedó mirando al presidente del Barcelona mientras ocupaba su lugar en el banquillo de los acusados. Dejó la libreta, un par de carpetas y los rotuladores sobre la mesa, acercó el micrófono a la boca y con una voz tenue indicó:

– ¿Pueden los letrados acercarse un momento?

Scotto por la defensa, Estuardo por la fiscalía y Luisa Ramírez por la acusación particular se acercaron al estrado del juez.

– Le ruego, señor Scotto, que indique a los acusados que deben abstenerse de entrar en contacto con el jurado -Scotto torció levemente el gesto-. Entiéndalo, no es admisible, ni ético, y no resulta en absoluto recomendable. Por no decir que me parece un comportamiento altamente reprobable.

– De acuerdo, señoría, se lo haré saber. Solo quería hacerle notar que no han sido más que unas fotos que algún miembro del jurado…

– ¿Algún o “algunos”? -puntualizó la abogada.

– Un par… -respondió Scotto-, tres, como mucho, nada más. Algún miembro del jurado ha pedido hacerse una foto con el presidente de una entidad histórica aquí en Barcelona, como el club de fútbol, posibles simpatizantes, nada más, y este les ha regalado unos pines y un par de fotos firmadas, nada más.

El juez Aguilar se quedó perplejo. Miraba fijamente al abogado defensor.

– Para garantizar la neutralidad del jurado, supongo -pronunció con sorna.

Nada más que unos pines, señoría -añadió Scotto.

– Por solo “unos pines”, señoría, algunos dijeron que un árbitro se había dejado comprar en un Villarreal-Real Madrid.

El juez Aguilar seguía sin cambiar de gesto, hasta que finalmente se pronunció:

– Letrado, “nada más” le voy a decir una cosa: si no es capaz de comprender la importancia que puede tener el hecho de que un acusado haga regalos al jurado, sean del tipo que sean, me parece que va a tener muy difícil defender a sus representados. Diga a su cliente, e insístale varias veces, porque ya nos vamos conociendo en esta sala, que no se acerque al jurado, que no tiene ni que dirigirles la palabra. Nada más. ¿Le queda claro?

– Sí, señoría -asintió Scotto-. Puedo no compartir su preocupación, pero entiendo que es lo más recomendable por estética.

– Igual que pagar al jefe de los árbitros -puntualizó Luisa Ramírez de manera quisquillosa-. Una mera cuestión estética, sin duda.

Los abogados volvieron a sus lugares, excepto Scotto, que se acercó a Laporta para decirle unas palabras al oído. El presidente del Fútbol Club Barcelona negaba con la cabeza, hinchó la papada y cerró los ojos con una mezcla de indignación e incredulidad mientras soltaba un “brrrl, el madridismo sociológico lo invade todo”. Scotto quiso salir del paso cuanto antes, así que se dirigió a los asistentes y dijo en voz alta y clara:

– ¡La defensa llama a declarar a Don Alejandro Hernández Hernández!

Se abrieron las puertas y apareció un cuarentón con aspecto saludable, más pelirrojo que rubio, bien vestido, quizás hasta coqueto… un rostro muy conocido para cualquiera que siguiera la liga española de fútbol. Tomó asiento y Scotto, antes de comenzar el interrogatorio, se dirigió hacia el jurado:

– Señores y señoras, miembros del jurado: hasta ahora han desfilado por este juzgado numerosas personalidades del ámbito directivo del fútbol, expertos en su área que han acreditado la profesionalidad con la que se trabaja en el deporte español, tanto en sus órganos federativos como en el arbitraje (Cerca de la ventana pasó una bandada de gaviotas cuyo graznido sonaba como una estruendosa carcajada). En estas próximas sesiones hablaremos con algunos de los mayores representantes del arbitraje, árbitros en activo que han recibido numerosas críticas por parte del madridismo y de la prensa madridista. Varios de ellos son veteranos que han sufrido en sus carnes que se dudara de su profesionalidad.

Se acercó al testigo:

– Don Alejandro Hernández Hernández, usted ha sido uno de los árbitros más criticados por ciertos sectores del madridismo, pero lo cierto es que, si uno revisa sus estadísticas con el Fútbol Club Barcelona en Liga, no son nada “favorables”, por utilizar el argot que se ha empleado en anteriores sesiones en esta sala, ¿a qué cree que se debe?

“Madridismo sociológico de manual”, se escuchó decir a Laporta hacia su derecha.

– No lo sé, señor, a mí me han acusado de muchas cosas desde que soy árbitro de Primera División, hasta de hacer perder una Liga al Barcelona.  

– Precisamente quería hablarle de un error muy sonado que perjudicó al Fútbol Club Barcelona, aquel gol no concedido al equipo catalán, que le habría supuesto un triunfo en el Villamarín y los tres puntos.

Cuando llevas 12 temporadas en Primera División si nos dedicamos a recordar los errores del pasado, también estaría bien recordar los aciertos. Pero si hablamos de aquel error, ya lo expliqué en su momento, no me escondo. Acudí al plató de Movistar y lo dije, cuando terminó el partido y vi la imagen, evidentemente te quedas tocadísimo. Sería mentir si dijera lo contrario. Al final está en juego tu prestigio profesional, el no haber podido ver una jugada tan groseramente clara te hace un daño mediático y futbolístico importante.

Cada vez que Laporta hablaba hacia Bartomeu en lo que él creía que era voz baja, se escuchaba algo parecido al jadeo de un búfalo y se le entendían perfectamente sus palabras: “vaya robo, nos tangaron una liga”.

– Entonces, por seguir con la teoría que se ha defendido en esta sala sobre los pagos del Fútbol Club Barcelona a Negreira y su influencia en los partidos, ¿cómo encaja con este tipo de errores? -preguntó Scotto.

– Mire, en esa misma acción hay un posible penalti a Neymar -respondió Hernández Hernández-. Había dos posibilidades de tomar una decisión a favor del Barcelona, si tan predispuestos estábamos a pitar a favor de ellos, ¿qué pasó ahí?

– Eso mismo se pregunta cualquiera que sepa un poco de fútbol -afirmó Scotto con aires sentenciosos-. Y ya puestos, ¿qué pensó cuando saltó el caso Negreira?

La primera sensación fue que era fake. Entonces ves que había un vínculo y ya tienes que aceptarlo, que es una realidad. Lógicamente hay que dar explicaciones a la gente de la calle, pero las tienen que dar quienes han pagado y quienes han cobrado, porque son los responsables, y tienen que explicar el porqué. Nosotros, que éramos ajenos a esa situación, no podemos dar ninguna explicación porque no la tenemos.

– ¿Negreira tenía algún tipo de relación, de ascendente, de autoridad, sobre ustedes?

El poder que tenía es algo que tienen que responder los que estaban en aquel momento, porque no era una cuestión de vas a subir porque sí, había un comité técnico. La relación con nosotros era prácticamente inexistente.

En todas las vistas previas, Enríquez Negreira había mantenido dos actitudes bien distintas. Unos días tenía la vista perdida y apenas mantenía contacto visual con los comparecientes. Pero en otras ocasiones, como en la presente, se le veía muy atento, con la vista fija en las palabras del testigo, en especial, cada vez que se mencionaba su nombre.

– La Guardia Civil ha investigado a varios de ustedes por un incremento en su patrimonio, hay un informe que habla de un incremento exponencial, quién sabe si buscando que a ustedes les hubiera llegado un dinero extra, ¿qué tiene que decir a esto?

Todo el patrimonio que pueda tener encaja a la perfección con lo que he podido ganar en mi profesión y se ha obtenido lícitamente. He arbitrado 12 años en Primera División y 5 años en Segunda. Son tres propiedades, el informe miente porque me atribuye una en Las Palmas que no conozco. Nada que deba extrañar a nadie.

– Así lo cree la defensa, señor Hernández Hernández, solo quería darle la oportunidad de manifestarlo en público. Muchas gracias por su testimonio, no haré más preguntas.

Scotto se volvió satisfecho hacia su asiento y en su camino se cruzó con el fiscal, Jaime Estuardo, quien mostraba un rictus de cierta indiferencia.

– Con la venia, señoría -comenzó-, la defensa insiste en la teoría de la compra de árbitros, una teoría que no ha sido mantenida prácticamente por nadie en esta sala. En este juicio no hablamos de eso, sino de la compra del sistema entero, del poder arbitral, a través de la persona que, como ha quedado acreditado, podía decidir sobre el presente y el futuro de los colegiados, o sobre las designaciones para los partidos. Señor Hernández Hernández, ¿podría indicarnos quién le comunicó su ascenso a Primera División?

– Fue el propio Enríquez Negreira, tras acabar mi quinta temporada en Segunda. Me quedé temblando literalmente, y aún lo estoy. Automáticamente se lo comenté a mi novia, y luego al resto de mi familia y a la gente más cercana. En menos de cinco minutos estaba el móvil echando humo.

– Pero ha dicho que apenas tenía relación con ustedes, ¿por qué se quedó temblando, tanto “terror” les inspiraba?

Él llamaba a los ascendidos y a los descendidos simplemente para comunicar esa información. Cuando salió el tema de los pagos, Victoriano Sánchez Arminio, que en paz descanse, fue el primer sorprendido y traicionado por esta situación -el colegiado miró al techo al mencionar al difunto y se encontró el famoso lamparón de orines y heces de paloma.

– Usted es uno de los árbitros que ha reconocido que se reunió varias veces con el hijo de Enríquez Negreira antes de los partidos para “conversar”.

– Sí, así es -contestó el canario-. Le conocíamos por haber trabajado con la Federación y el CTA en el pasado.

Y a los dos años de llegar a Primera División, usted es ascendido a internacional. ¡Solo dos años! Es una carrera sorprendentemente meteórica. Bien es cierto que no podremos demostrar que los árbitros que se reunían con el hijo de Enríquez Negreira ascendían rápidamente a Primera y luego a internacionales, pero parece haber una cierta causalidad.

– Mire, jamás me dijeron nada de favorecer al Barcelona. Si me pasa, lo hubiera denunciado. Entiendo que desde fuera suena fatal lo que ha pasado y desde dentro es muy difícil de explicar que cómo ha podido ocurrir -se defendió HH.

– Sí, usted asciende muy rápidamente tras una serie de errores, pero curiosamente la UEFA no le da partidos de Champions porque no lo considera suficientemente capacitado para ello. Le asignan apenas dos partidos en ocho años y, sin embargo, aquí lo designan con pasmosa facilidad para pitar los partidos más importantes del Madrid o del Barça.

Es injusto que alguien haya elaborado un informe donde no hay absolutamente nada ilícito. Este tema judicialmente me preocupa cero. Si el máximo exponente del caso Negreira soy yo, pongo la mano en el fuego por mis colegas.

– Todos ustedes tienen una cierta afición por poner la mano en el fuego. O perdone, para ser más exactos, por decir que pondrían la mano en el fuego.

– Ya hemos comentado mis estadísticas con el Fútbol Club Barcelona, si quiere ir por ahí, verá que no son especialmente favorables, apenas gana el cincuenta por ciento de los partidos conmigo.

– Las estadísticas no lo cuentan todo, permítame que se lo indique. En Italia, por ejemplo, el Moggigate no era un caso solo de influencia en los arbitrajes, era también de selección de árbitros afines, de manipulación de las designaciones.

El fiscal se acercó a su mesa, cogió una carpeta de color azul marino y se acercó hacia el testigo y la mesa del juez.

– El Madrid gana con diez en el Camp Nou: usted anula un gol a Bale y expulsa a Sergio Ramos. En su interpretación de las estadísticas, aparecerá como “desfavorable” para el Barcelona porque perdió, pero su actuación estuvo plagada de errores que perjudicaron al rival. Otra, el Madrid empata en el Camp Nou y usted se traga dos penaltis sobre Varane -según ponía ejemplos, el fiscal dejaba fotos en la mesa del juez, a la par que repartía otras entre el testigo y el jurado-. Otra más, vaya, qué mala suerte tenía usted con el francés: el cuarto árbitro le indica que ”es falta de Suárez” a Varane y usted deja seguir la jugada, que acaba en gol de Messi. Ese partido acabó en empate y también suma a favor de sus estadísticas supuestamente desfavorables, ¿quiere que sigamos?

El colegiado, o “culegiado”, como había escrito uno de los periodistas esa misma mañana en su medio, permanecía callado. Finalmente se defendió diciendo:

Yo he pasado momentos malos en el arbitraje por mis decisiones, pero es parte de mi trabajo. Pero claro, este tema es una sentencia social y es injusto.

– Ya, lo entendemos, muy injusto. Los errores se reparten, a veces se favorece a unos, normalmente de azulgrana, y en ocasiones se perjudica a otros que habitualmente visten de blanco. ¡Tengo más! Mire, en ese mismo partido se come este penalti de Jordi Alba a Marcelo, pese a que estaba bien situado, como puede verse en la foto. Usted seguía sin pitar en Champions, ¡pero se le caían los Madrid-Barça de las manos! ¿No le llamaba la atención? Aquí vuelve a errar al no señalar un penalti de Umtiti a Cristiano, pero no se preocupe, que en sus estadísticas, el Barça ganó. Ah, también expulsó a Sergio Ramos en ese partido. ¿Cree que era por eso por lo que se le designaba para los partidos más importantes de cada temporada? En lugar de a los árbitros élite UEFA, como sus compañeros Mateu o Gil Manzano.

El colegiado canario permanecía callado, pero el fiscal seguía mostrando fotos:

– Aquí el Madrid perdió con un gol en claro fuera de juego, y aquí… mi favorito de todos ellos: el Penalba.

Se giró hacia el juez, puso una foto en su mesa y le preguntó:

– Señor juez, perdone que me salta el procedimiento, pero usted, que no es aficionado al fútbol, ¿podría decirnos qué ve en estas imágenes?

El juez se puso las gafas, analizó la imagen, y balbuceó sin mucha seguridad:

– Pues… no me haga mucho caso, porque yo de esto no entiendo, pero… veo a un jugador dando una patada al suelo.

– ¡Exactamente! Patada al suelo que fue convertida en penalti. Y como se falló, unos minutos después, el combo de penalti y expulsión. Última jornada de Liga, por cierto. Quería llamar la atención del testigo sobre las fechas. Usted acaba de contarnos que acudió al plató de Movistar para lamentarse de un error que perjudicó al Fútbol Club Barcelona.

– Así es, fue al acabar la temporada, creo que la 2016-17 -respondió Hernández Hernández.

– Exacto. Acudió al estudio de Movistar en junio de 2017 y aquel error contra el Barça en el Villamarín sucedió en enero de 2017. Cinco meses antes.

– Puede ser, no recuerdo las fechas con exactitud.

– Lo son. Lo sorprendente es que el “Penalba” y su calamitosa actuación en la última jornada de Liga sucedió una semana antes de que fuera al programa, ¿y no se le ocurrió disculparse en términos parecidos? “Me quedé tocadísimo”, “cómo pude fallar en un error tan groseramente claro”, no sé, algo así.

– El error contra el Fútbol Club Barcelona pudo costar una Liga, no sé, quizás por eso -se disculpó el canario.

– No, hombre, no. ¿Sabe usted sumar? El Barcelona acabó esa Liga a tres puntos del Madrid. De no haber mediado su error, la diferencia habría sido de solo uno, pero no habría cambiado el campeón del torneo. Yo creo que usted estaba mandando un mensaje al sistema: pedía perdón por su error contra los que lo controlan. Que no volvería a ocurrir, que estaba “tocadísimo” por su cagada.

– Señor fiscal, le llamo la atención por el lenguaje -le recriminó el juez.

– Me disculpo, lo retiro. Solicito que en la transcripción figure la palabra “error” en lugar de “descomunal cagada” (se volvió de nuevo hacia el testigo). Llama la atención que nunca le hayamos visto disculparse por ninguno de los errores comentados, que no son pocos. Y algunos no son errores, como cuando recibió el aviso de su asistente sobre la falta de Suárez y dejó seguir el juego. Si hasta se le ve hacer el gesto de pitar y frenar el ataque culé.

Hernández Hernández seguía en silencio.

– ¿Sabe usted lo que le ocurrió a aquel árbitro asistente que le avisó de la descomunal cag… del error de dejar seguir el juego? Fue descendido a Tercera. Ricardo Escudero Marín. De asistente en un Clásico a Tercera. Se retiró del arbitraje con 34 años. En cambio, el asistente que justificó a Zidane su decisión se mantuvo en la categoría. Y usted, como todos sus compañeros del CTA, saben todo esto. Con sus palabras en televisión, usted estaba comunicando al “Sistema Negreiro”, a ese sistema que premia y castiga de tal modo, que se encontraba muy tocado por su error, que no volvería a fallar en esa dirección.

– ¡Protesto! -exclamó Scotto-. Está afirmando que el testigo actúa de manera premeditada, le está acusando de prevaricar.

– Se admite -dijo el juez.

– De acuerdo, retiro la última parte de mi argumentario -prosiguió el fiscal-. Su colega de profesión, Xavier Estrada Fernández, publicó en su libro La verdad sobre el caso Negreira detalles muy jugosos del comportamiento de Enríquez Negreira y su control sobre el arbitraje. “La familia” (puso una voz afónica mientras pronunciaba esas palabras). En ese libro aparece usted como uno de los más “oficialistas” del presidente en el momento en que estalla el caso, Medina Cantalejo.

– Me limité a intentar coordinar nuestras acciones como árbitros, firmar un comunicado común, recabar apoyos…

– Ya, al presidente que intentó tapar el escándalo. Por desgracia para la fiscalía, no va a haber un solo árbitro de Primera que reconozca que actuaba influido por este sistema de Negreira y Sánchez Arminio, pero todos ustedes saben desde hace décadas cómo deben comportarse para prosperar en el arbitraje. No haré más preguntas, señoría.

Volvió hacia su asiento y lanzó una mirada al banquillo de los acusados, en el que se encontraba Laporta negando con la cabeza y hablando hacia su compañero de bancada a la izquierda. Aunque se tapaba la boca con la mano, se le escuchó decir perfectamente: “¡era penalti claro!”. La abogada del Real Madrid, Luisa Ramírez, se levantó a continuación y se acercó al banco del testigo.

– Con la venia, señoría. Me gustaría recordar las palabras de un sabio del fútbol cuyas iniciales eran, curiosamente, como las de nuestro invitado: Helenio Herrera. Helenio Herrera, HH, decía que al fútbol se juega mejor con diez que con once. Díganos, ¿es por eso que usted considera que no perjudicaba al Real Madrid en todos esos partidos en que dejaba a mi representado con diez?

– Bueno, seguramente podría defender cada una de esas expulsiones -respondió el “otro” HH-, ahora mismo no lo recuerdo, pero mis motivos tendría.

– El caso es que llama la atención lo fácil que le resulta expulsar a jugadores del Real Madrid y lo difícil que le resulta aplicar el mismo criterio con el Barcelona. En especial, con su máxima estrella durante años, Leo Messi.

El colegiado permanecía en silencio. Su única respuesta consistió en encogerse de hombros y hacer un mohín de indiferencia con la boca.

– Hay numerosas agresiones delante de usted, otras segundas amarillas perdonadas por no dejar sacar faltas, pero quiero destacar una especialmente llamativa, que es aquella en la que Messi le intenta dar un balonazo a usted. ¡Vamos, que ni por esas lo expulsó! ¿Acaso temía los informes “arbitrales” de la familia Negreira? ¿El índice corrector o corruptor? ¿El impacto que podría tener esa tarjeta roja en su carrera?

La abogada empleó una táctica similar a la de su colega Estuardo y acompañó sus frases con una serie de imágenes que se dedicó a repartir por la sala.

– Nadie se atrevía a expulsar a Messi en España, pero es que tampoco se atrevían a hacerlo con Luis Suárez. El “saldo arbitral” que demostraron los informes periciales es muy claro. ¿No se atrevían, tenían instrucciones, o eran conscientes de lo que una expulsión a estos jugadores iba a suponer para el “dedo índice corrector”?

El colegiado canario mantenía silencio, como seguramente le había aconsejado su asesor legal.

– Usted tuvo varias oportunidades para expulsarlo, desde el terreno de juego o desde el VAR. Pero aquí no le estamos juzgando a usted, estamos juzgando a esos señores de allí (señaló hacia el banquillo de los acusados), estamos tratando de saber la influencia de los pagos de los distintos presidentes del Fútbol Club Barcelona (fue señalándolos uno a uno) al vicepresidente de los árbitros (mantuvo el brazo extendido hacia el acusado que daba nombre a la trama) para que se designara a colegiados afines como usted para los partidos relevantes.

– Lo de afín es una opinión suya. Mire, ya que menciona el VAR, no olvide mencionar que la temporada pasada, el Real Madrid derrotó al Almería con tres correcciones que hice yo desde el VAR –se defendió el testigo.

– Claro -confirmó la abogada-, porque el árbitro de campo se había equivocado y usted hizo bien sus deberes al hacérselo saber, para eso está el VAR, ¿no?

– Sí, si te llaman del VAR es que hay un error claro y manifiesto.

– Ciertamente, para eso está. Lo llamativo es que esas correcciones desde el VAR se produjeran dos meses después de declarar ante la Guardia Civil, me resulta curioso. Durante los doce años anteriores, como hemos podido ver por los numerosos ejemplos mostrados, nunca se comportó de esa manera, su tendencia arbitral era otra.

– Siempre fui muy respetuoso con mis compañeros de la sala del VAR -contestó un cariacontecido HH.

– Excepto una vez. Decisiva. Y en aquella ocasión no acudió a ningún plató a pedir perdón, o a decir que estaba tocadísimo. 7 de marzo de 2021.

La abogada sacó tres copias de una foto de gran formato de su carpeta y las depositó con parsimonia y en este orden en la mesa del juez, junto al micro del testigo y en la barrera de separación del jurado.

Diecisiete veces había acudido usted al monitor de VAR avisado por sus compañeros y en las dieciséis primeras cambió su criterio. ¡Diecisiete! Dieciséis veces cambió su criterio inicial, pero en esta ocasión, en un partido entre los dos primeros clasificados del campeonato, ¡en el partido decisivo de LaLiga!, usted decidió no hacer caso del error claro y manifiesto que le estaban corrigiendo desde la sala VOR.

 – Yo no tengo claro que fuera un error por mi parte. Expertos arbitrales como Iturralde González me dieron la razón -se defendió el colegiado.

– ¡Iturralde González! Si esa es la referencia, estamos listos. Ese… señor, por llamarlo de algún modo, ya dejó clara su tendencia al testificar en el mismo banco en el que está usted sentado ahora mismo. Seamos claros, su criterio depende de a quién esté pitando, arbitra condicionado, como todos los de su colectivo. Sabedores de que una decisión podía hacer que promocionaran o descendieran. Usted mismo ha ido al monitor del VAR más de una vez para pitar manos mucho menos claras, como esta, por ejemplo:

– Si es que el balón está en el hombro del jugador, no es un brazo separado como el de Felipe. Sin embargo, como he repetido varias veces, aquí no se les juzga a ustedes, sino a estos señores, a los que mantenían este sistema. Mayo de 2021, apenas dos meses después. En esa misma temporada en la que usted no quiso pitar la mano que su compañero le indicó desde el VAR que debía pitar, con las consecuencias que ello tuvo en el sentido de privar del título a mi representado, usted fue designado, ¡premiado!, como árbitro asistente de Mateu Lahoz en toda una final de Champions.

– Bueno, ya había sido elegido mejor árbitro de la temporada unos años antes -se justificó HH.

– El CTA siempre premia a los que mejor cumplían sus designios. Y a usted, señor Hernández Hernández, le daban siempre esos partidos porque toda su vida le han tirado ciertos colores. Por casualidad, ¿ha visto usted El secreto de sus ojos, la película argentina?

El árbitro hizo una mueca de extrañeza y negó con la cabeza, así que la abogada continuó:

– Uno de los personajes le dice al protagonista que se puede cambiar de todo, “de cara, de casa, de familia, de novia, de religión, de dios, pero no puede cambiar de pasión”. Y su pasión desde pequeño es el Fútbol Club Barcelona.

– Pero eso fue una entrevista que me hicieron con nueve o diez años -protestó el canario.

– Recuerde, no se puede cambiar de pasión. Y otro compañero de profesión, Rafa Guerrero, camino a un partido en Huelva, le vio a usted celebrar un gol del Barça. (HH emitió un gesto de fastidio y movió la cabeza hacia ambos lados) Pero no le culpo por eso, entiéndanos. Culpo a los que compraron el sistema para asignar los partidos más importantes de cada temporada a un culé que no disimula con el silbato.

– ¡Protesto! -dijo Scotto-. Nuevamente está emitiendo juicios de…

Antes de que el juez resolviera, la abogada se adelantó:

– No se preocupe, letrado. Retiro mis juicios de valor. Si el problema no es con estos señores, sino con estos otros (señaló de nuevo al banquillo de los acusados). No haré más preguntas, señoría.

El juez resopló, como al final de cada sesión, pidió a su asistente que guardara las fotos que habían dejado en su mesa, cerró la libreta y sus carpetas, y golpeó con el mazo para dar por finalizada la sesión. Estaba más agotado que Iturralde defendiendo todas las decisiones arbitrales de la carrera de Hernández Hernández.

El «arancel verde» (I): la guerra comercial

Hace casi cinco años, en aquellos dos textos en los que comentaba sin tapujos que terminaríamos poniendo «una gran muralla a China«, hacía referencia a los movimientos surgidos en la Unión Europea para el establecimiento de una especie de «arancel verde» a los productos importados con alta carga de emisiones de CO2 y que provinieran de países con una legislación en materia medioambiental mucho más débil que la europea. Por no decir inexistente. Buena parte de las medidas recogidas en el Pacto Verde Europeo afectan a la competitividad de las empresas europeas y serían un suicidio económico si no vinieran acompañadas por otras como las recogidas en el plan con nombre de oferta de gimnasio: Fit for 55.

Parece obvio que ajustarse a toda la legislación medioambiental y producir bajo criterios ESG encarece el coste de fabricación de los productos, pero es el camino iniciado por la Unión Europea y por buena parte del mundo, como se traduce por los acuerdos de las diferentes cumbres del clima, convertidas en algo así como El día de la marmota del cambio climático. Según el estudio elaborado por el Real Instituto Elcano en marzo de 2023, lo que pretende la creación de este “arancel verde” es un doble objetivo: “evitar que los requisitos de reducción de emisiones en la industria europea se traduzcan en una fuga de empresas para abastecer el mercado único desde jurisdicciones con legislaciones climáticas más laxas e incentivar el aumento de la ambición climática a nivel global”.

Algunas corrientes sitúan la motivación de este impuesto a las importaciones en la necesidad de impulsar desde Europa los objetivos de acuerdos como el de París en 2015, y otorgar de ese modo a la Unión Europea un papel de liderazgo mundial en materia de lucha contra el cambio climático. Sería otro ejemplo más del llamado “Efecto Bruselas”, que hace referencia a la capacidad de la Unión Europea para ejercer una influencia a nivel mundial, una capacidad que está notablemente por encima del peso que tiene a nivel económico o militar. La Unión Europea ha perdido peso en los grandes núcleos de decisión, seguramente por deméritos propios, pero al menos conserva su posición como potencia regulatoria, como se ha visto en los últimos tiempos en materia de Inteligencia Artificial, mercados de derechos de emisión o protección de datos.

Por el contrario, algunas críticas que ha recibido la medida se centran en lo que supone de nuevo proteccionismo, o “proteccionismo verde”, como define el mismo informe del Instituto Elcano. Esta nueva forma de proteccionismo o de limitación de la competencia extracomunitaria ha sido considerada contraria a la normativa de la Organización Mundial del Comercio (OMC) por algunos países. La propia OMC realizó diversos requerimientos a la Unión Europea acerca del funcionamiento previsto de este nuevo impuesto a las importaciones y la respuesta del vicepresidente económico de la Comisión Europea, Valdis Dombrovskis, fue clara: el mecanismo fue diseñado “de una manera compatible con las normas de la OMC y creemos que podemos defenderlo”. “No distorsiona el mercado porque los importadores pagarán por la huella de carbono de sus productos el mismo precio que pagan los productores domésticos”. No solo eso, sino que además tendrá en cuenta cualquier gravamen sobre el carbono que se haya aplicado en los países de origen antes de llegar a territorio comunitario. Este “arancel verde” ha tomado el nombre de CBAM, siglas de Carbon Border Adjustment Mechanism, Mecanismo de Ajuste de Carbono en Frontera y a su complejo funcionamiento estará dedicada la segunda parte de este post.

El Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico (Miteco) define la necesidad de este impuesto como parte de la ambición climática de la Unión Europea:

Que en el traductor para escépticos viene a ser: “no te lleves la producción fuera porque sea más barato fabricar saltándote los criterios ESG”. Sea por la razón que fuera, económica o medioambiental, China se puso manos a la obra hace años y ha obtenido notables logros en tiempo récord. Hace poco más de una década, China contaba con el 75 por ciento de las ciudades en la triste lista de «las 100 ciudades con el mayor índice de contaminación». En esa clasificación ahora mismo hay 65 ciudades de la India por «solo» 16 chinas. Nueva Delhi lleva cinco años ocupando el primer puesto. Según el Instituto de Políticas Energéticas de la universidad de Chicago, la contaminación en China cayó un 42,3% entre 2013 y 2021.

A Estados Unidos le llevó tres décadas alcanzar una reducción similar, desde la aprobación de la Ley de Aire Limpio en 1970. Para lograr esas reducciones, el gobierno chino redujo su dependencia del carbón (aunque sigue siendo su principal fuente de electricidad), impuso restricciones de circulación a los vehículos más contaminantes, cerró industrias cercanas a los núcleos urbanos y se focalizaron en el desarrollo de energías renovables, que suponen ya la cuarta parte del total de la generación eléctrica del país. China se ha puesto las pilas ¡por fin!, ha mirado a Europa y le ha dicho: «¿queréis paneles solares, aerogeneradores y coches eléctricos? Pues os voy a inundar el mercado».

En 2023, China produjo tantas placas solares como todo el mundo en 2022 e hizo que los precios disminuyeran un 50 por ciento, unos precios tan bajos que pueden acabar con toda la competencia que les pueda surgir. Además, aumentó la capacidad eólica un 66 por ciento. Como respuesta, la Unión Europea ha iniciado una investigación a los fabricantes de turbinas eólicas ante las sospechas de haber recibido ayudas ilegales que distorsionen la competencia y el mercado europeo.

Ya no es una cuestión de protección del medio ambiente, sino de la industria europea. El tradicionalmente ultraproteccionista sector de la automoción impidió durante años la entrada de vehículos chinos en Europa con la excusa de los incumplimientos en materia de emisiones de gases y medidas de seguridad. Hasta que saltó el escándalo de la manipulación de las emisiones por parte de Volkswagen en 2015, que emitían hasta cuarenta veces más que el estándar legal cuando el software «trampa» no estaba actuando. Actualmente, los coches eléctricos chinos están entre los mejores del mercado, se venden a unos precios más que asequibles y la marca BYD consiguió superar a Tesla en 2023 como mayor fabricante de coches eléctricos del mundo.

De una manera u otra, las importaciones de China terminan acaparando el mercado, y aquí es donde la Unión Europea trata de blindarse o de proteger su industria ante «la competencia desleal de compañías y fabricantes chinos dopados por los subsidios estatales, de los efectos de la sobreproducción del gigante asiático y de la penetración de China en algunos de sus sectores clave». (María R. Sahuquillo, art. El País). Los europeos no somos los únicos en esta nueva ola de proteccionismo, como dice el artículo. Estados Unidos lleva tiempo blindando sus cadenas de suministros de la influencia de Pekín y Japón tiene un ministerio con el cometido de salvaguardar su seguridad económica.

La Administración Biden aprobó en 2022 el mayor plan de incentivos fiscales y presupuestarios con propósitos medioambientales, cifrado en 700.000 millones de dólares, lo cual, apoyado por otra serie de medidas a las empresas e industrias nacionales, ha logrado reducir su dependencia de las importaciones asiáticas de un 45 por ciento al 32. Hay un trasfondo económico y comercial claro detrás de todas estas medidas. O como dice este artículo de Piergiorgio M. Sandri para La Vanguardia: «La debilidad de Europa arrastra el comercio mundial a una caída histórica» en un «annus horribilis» para el comercio mundial, en el que «los intercambios de mercancías cayeron un 5%» y «se desplazan cada vez más hacia economías que se consideran amigas».

Subsidios estatales chinos, incentivos norteamericanos, proteccionismo japonés… Europa no puede quedarse rezagada, no solo con planes de ayuda pública como los fondos Next Generation, sino que finalmente ha decidido subvencionar directamente a la industria solar con el llamado Solar Charter, acordado por 23 países. E incluso puede ir más allá, como se ha planteado con el posible establecimiento de los aranceles verdes a las marcas chinas con carácter retroactivo, algo que puede chocar con la OMC y con los principios más elementales de la seguridad jurídica, pero es que la batalla que se libra es mucho más profunda. Es de supervivencia económica, como se aprecia en los trabajos encargados por la Unión Europea a Mario Draghi y Enrico Letta para la mejora de la competitividad y del funcionamiento del mercado interior.

La estrategia china siempre va unos pasos por delante y su manera de evitar los nuevos impuestos o las barreras será fabricar directamente en territorio europeo. Con las economías de la eurozona muy tocadas, será difícil que algún gobierno se oponga a una inversión china en su territorio. En esa línea están los acuerdos de la marca china de vehículos eléctricos Chery para instalar una fábrica en Barcelona (en la antigua Nissan) o el proyecto de BYD para llevar su producción a Hungría.

En mitad de este contexto incierto, se dan los primeros pasos para implantar el prometido «arancel verde», el CBAM. Hay numerosas dudas acerca de su funcionamiento, de la efectividad que tendrá, de los productos que gravará, de las mediciones paralelas o sobre las alternativas para esquivarlo. Esperemos que tenga mayor éxito que los impuestos al plástico y al depósito de residuos en vertedero que se han implantado recientemente en España, aunque encierra algunas lagunas en su funcionamiento parecidas a las de los mencionados. Sobre dicho funcionamiento tratará la segunda parte.

El «arancel verde» (II): el CBAM.

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Los Lieder germánicos y las laponas malolientes

Hace unos pocos días me invitaron de nuevo al Auditorio Nacional a otro de los conciertos de los ciclos de Ibermúsica. Para los lectores de este blog son bien conocidas tanto mi tradicional querencia a responder afirmativamente a cualquier plan apetecible que pueda surgir como mi ignorancia supina en materia de música clásica. Lo cual no quiere decir que no la disfrute, como ya conté tras pasar una noche con la Filarmónica de Londres.

Ya me había avisado mi madre de que este podía ser un concierto «algo duro», complicado. Vamos, que para alguien poco entendedor en el románticismo germánico podía ser un torrado de época. O un gozoso deleite, que nunca se sabe lo que una nueva experiencia puede deparar (que se lo digan a Freddie Mercury). El concierto no estaría interpretado por una gran orquesta, sino por el pianista ruso Evgeny Kissin (Eugenio Besand, para entendernos) y el barítono alemán Matthias Goerne (lo llamaré Matías Grueso, pues ese era su aspecto). Interpretarían una serie de «lieder», que (tuve que buscar qué eran) consisten en poemas o canciones líricas breves a las que se pone música para ser cantadas normalmente por un solista acompañado de un piano. Schumann y Brahms en el reparto, que a mí me suenan como Beckenbauer y Kroos, gente fiable, sólida, consistente, que no van a fallar.

El piano es una maravilla, como siempre, lo toque Elton John, Jerry Lee Lewis, Ryan Gosling o cualquiera de estos genios de la música clásica. Hasta ahí, ninguna objeción. Kissin tocaba con sensibilidad, con el ritmo adecuado, con suavidad, armonía… el problema surgió cuando comenzó Matías Grueso. No tenía una voz agradable y parecía como si su enorme panza ejerciera de caja de resonancia interior. El tono era entre gutural y nasal, lo cual nos extrañó, porque emitió un par de carraspeos en el primer lieder, como si buscara soltar un gargajo.

«In wunderschönen Monat Mai, Als alle Knospen sprangen», comenzó Grueso con firmeza teutona, unos versos que, como todos supimos por unas pantallas que teníamos enfrente, significa «En el maravilloso mes de mayo, cuando todos los capullos se abrían». Debe ser que se acerca período electoral, comenté a mi mujer.

«Da ist in meinem Herzen, Die Liebe aufgegangen», o sea, que «fue entonces cuando en mi corazón nació el amor». Con la voz profunda del barítono y el tono imperativo del alemán, la canción de amor parecía cualquier cosa menos eso. Si no me ponen la letra traducida en la pantalla, habría pensado que estaba dando unas instrucciones para aprovisionar a un regimiento.

El contraste era llamativo: Kissin seguía a lo suyo, lo mismo que Goerne, el primero acariciando las teclas con delicadeza y el otro, pisando el escenario como si acabara de invadir Polonia (licencia de Woody Allen, por supuesto). Lo de seguir las letras en la pantalla fue una manera interesante de comprender mejor el concierto. Hay uno de aquellos poemas cantados que me pareció un auténtico culebrón, me tenía en ascuas esperando el siguiente verso, a ver cómo acababa la historia. Hablo del celebérrimo Ein Jüngling liebt ein Mädchen, cómo no.

«Un joven amaba a una muchacha,
ella prefería a otro,
el otro amaba a otra
y se ha casado con ella».

Con menos de esto se han rodado temporadas enteras en Venezuela.

«La muchacha escoge despechada
al primer joven
que se le cruza en el camino:
el joven está desolado».

Tampoco entiendo muy bien por qué habría de estar desolado. De hecho, este verso me recordó a aquel chiste que leí una vez que decía algo así como:

Cada vez que veo a una pareja discutir por la calle o en un bar, suelo quedarme cerca por si a ella le da por decir: «y ahora me voy a cepillar al primer tío que se me cruce por delante».

Salvo que el joven desolado no sea el mismo que se cepilla la mujer despechada, sino el joven del inicio de la historia, en la primera estrofa. Claro que Kissin y Goerne no paraban y no era cuestión de preguntar.

«Es una vieja historia
pero siempre actual,
y a quien acaba de ocurrirle,
le destroza el corazón».

Todo ello con un sonido tan mecánico como el que podía emitir la fábrica de bielas y cilindros de la Volkswagen en Karlsruhe. Varios de los lieder de Schumann hablaban de flores silvestres, lirios, paseos por el campo, sueños tirando a necrofílicos, y también de amores perdidos que acaban en tentativa de suicidio (o así interpreté yo eso de «un oscuro deseo me impulsa hacia la altura del bosque, allí se disipará en lágrimas mi dolor inmenso»). Pero el poema que no pude resistirme a buscar incluso allí mismo, en el propio Auditorio, fue el Die alten, bösen Lieder. O Las viejas, malvadas canciones, como podemos traducir rápidamente en Google. Los versos sonaban plúmbeos, como de una tonelada, y la carga corporal de Goerne era tan profunda que parecía afectar a la tarima, que crujía a cada uno de sus movimientos, no sé bien si por su oronda figura o por la pesadez de las notas. Se trataba del poema número 16, el que cerraba la primera parte del concierto con el Dichterliebe, Opus 48. «Cómo no, en este pueblo somos muy de Dichterliebeopus48», parafraseando a Saza. Hablaba de algo muy grande y pesado, y al principio creí que se trataba de una mujer con obesidad mórbida, porque la letra decía literalmente «traed un enorme ataúd, el sarcófago debe ser aún mayor que el tonel de Heidelberg». Si no me creéis, buscad la traducción. No pude resistirme y como vi que entre el público había algunas personas que miraban la pantalla del móvil (una aberración que se repitió durante buena parte del concierto), hice lo mismo por unos segundos, solo para encontrar que «el tonel de Heidelberg tiene una capacidad de 219.000 litros y soporta una pista de baile en la parte superior». Pues sí que es grande el ataúd que pide este buen señor.

El poema continúa glosando las medidas descomunales que debía de tener el ataúd de lo que yo ya empezaba a imaginar como la versión femenina de Brendan Fraser en The Whale:

«Traedme también doce gigantes,
deberán ser más fuertes
que el San Cristóbal de la catedral de Colonia,
junto al Rin.
Ellos tienen que llevar el ataúd
y sumergirlo en el océano;
pues un ataúd tan grande
merece una tumba enorme».

La verdad es que la historia del tipo este, contada y cantada con la voz de Goerne, me tenía intrigadísimo:

¿Sabéis por qué el ataúd
debe ser tan grande y pesado?
Es para meter juntas
mi pena y mi angustia».

¡Bah, acabáramos! Todo era una exageración, una metáfora tan grande como el pandero de la teutona que sin duda abandonó al compositor y lo volvió tan melancólico, una hipérbole germánica sin la finura de nuestro Quevedo (Don Francisco de, no el reguetonero cuyas cifras de ventas me hacen perder la fe en la humanidad).

Durante todo el concierto me sobrevino la duda acerca de si era mejor poner las letras de los lieder o no en las pantallas, no solo por el despiste respecto a la música que suponían, sino porque rebajaban el nivel de solemnidad del concierto. Uno piensa que está escuchando una bajada a los infiernos de un romántico empedernido y se encuentra con una descripción de ríos y casas de pescadores. Como el número 3, Abends am Strand, o Atardecer en la playa.

Am Ganges duftet’s und leuchtet’s, Del Ganges perfumado y brillante,
und Riesenbäume blühn, y de gigantes árboles florecidos,
und schöne, stille Menschen. de un bello y silencioso pueblo,
vor Lotosblumen knien. arrodillado ante la Flor de Loto.

¿El Ganges «perfumado»? Pero, pero… ¿hablamos del mismo Ganges, del río más contaminado del mundo? Cómo se nota que en el XIX no tenían acceso a Google.

In Lappland sind schmutzige Leute, En Laponia hay gente sucia, huelen mal,
Plattköpfig, breitmäulig, Klein; de cabeza plana, grandes bocas y bajitos,
Sie kauern ums Feuer und backen se arrodillan alrededor del fuego
sich Fische, und quäken und schrein. cocinan pescados y gritan.

Me imaginé un poblado perdido en Laponia, con unas esquimales limpiando el pescado que sus maridos, unos tipos con un bigote repleto de mocos congelados, acababan de traer a casa, una cabaña de madera en mitad de la nada. Desde luego que las fuentes de inspiración de los compositores germánicos, como “los caminos del Señor”, son inescrutables.

Otra cosa que nos sorprendió fue ver que, a la hora de concierto, empezaron a levantarse algunos espectadores. Al principio tímidamente, unos minutos después, en número considerable. No sé si el motivo era que no les estaba gustando (el típico “tendido del 7”, puro esnobismo) o porque se les pasaba el ticket de la hora, pero resultó llamativo y una total falta de respeto, tanto para el pianista como para el señor Grueso, como para el resto de espectadores, que seguíamos fascinados con la lectura de las piezas.

El concierto duró unos veinte minutos más y, aunque hubo numerosos aplausos que provocaron la vuelta de los artistas al escenario por partida doble, mi mujer y yo nos mirábamos como diciendo: “no es lo mejor que hemos visto aquí”. O no nos da la cultura musical para poder apreciarlo. Nos quedamos más tranquilos al escuchar a la pareja que teníamos delante decir: “demasiado Romanticismo”. Y digo “Romanticismo” con mayúscula como corriente musical y cultural, no como expresión sentimental del amor al arte de limpiar salmones en Laponia. En nuestra salida escuchamos a otros espectadores que salían comentando que “Brahms no es mi favorito” o “termina agotándome tanta sobriedad”, y aquello me retrotrajo al Amadeus de Milos Forman, a aquella escena en la que el Emperador José II de Austria reconocía que “tantas notas musicales” le agotaban.

En cualquier caso, pasamos una fantástica velada que terminó con unas cañas y unos pinchos en un bar cercano. Una de las raciones incluía salmón, y no pude evitar pensar en las hediondas laponas que lo habían limpiado en alguna aldea perdida cerca del Ártico.

Anatomía de un Negreirato (II)

Ya se han publicado los tres siguientes capítulos de Anatomía de un Negreirato, accesibles en la web de La Galerna:

Capítulo 4: Ángel María Villar.

Capítulo 5: «Puedo ayudaros con el VAR».

Capítulo 6: Los informes periciales.

El supuesto juicio teatralizado se puede seguir igualmente en este blog.

Capítulo 4 – Ángel María Villar

Como en los días anteriores, el alguacil gigantón al que todos llamaban Bull acalló el bullicio de los periodistas y curiosos:

El público congregado tomó asiento y guardó silencio mientras el juez revisaba los papeles que tenía sobre la mesa. Tras unos breves segundos, levantó la cabeza, divisó a Joan Laporta frente a él, junto al abogado de la defensa, y no pudo disimular una mueca de fastidio.

– Acérquense las partes, por favor.

Tanto el fiscal Jaime Estuardo como el señor Scotto, abogado de la defensa, se acercaron a la mesa del juez, pero este último no pudo evitar que Joan Laporta lo acompañara.

– He dicho las partes, retírese usted, por favor -dijo Aguilar señalando a Laporta con el mentón.

El abogado defensor le conminó a que hiciera caso a “su señoría, por favor, Jan”. Laporta, poco habituado en su vida a que le negaran algo, se resistió y fue el propio Scotto quien tuvo que sujetarle los brazos para que cesara el recital de aspavientos. Finalmente, y a regañadientes, el presidente del Barça volvió a su asiento cagándose en algo que no reproduciremos aquí, no por pudor, sino porque no sabríamos decir si lo pronunció en catalán, en español o en la lengua de los orcos.

– Miren, señores -dijo el juez en voz baja-, y se lo digo sobre todo a usted -señaló a Scotto-, las dos sesiones anteriores han sido muy incómodas para mí, en especial por ese señor de ahí, que no deja de ser un acusado. Ya sé que es abogado y que dice que el Barça tiene derecho a personarse como perjudicado, como solicitó por medio de una instancia repleta de ridiculeces, pero lo cierto es que contamina, altera el buen desarrollo de las vistas, por lo que le pido que lo convenza para que se siente en el banquillo de los acusados y deje que la sesión se desarrolle sin interrupciones.

– Veré qué puedo hacer -murmuró Scotto, el cual, en el fondo, estaba convencido de que era lo mejor también para sí mismo, para evitar presiones y condicionamientos.

– Se lo agradezco -respondió cortésmente Estuardo.

Llevó unos cinco minutos convencer a Laporta de que debía ir al banquillo de los acusados, “¡es un ultraje!”, “¡esto es una petición de Florentino, que controla la Justicia, como todo el mundo sabe!”, “que no, que no me muevo”, mas, tras el apercibimiento por parte del juez de que añadiría a sus posibles penas una condena por desacato, optó por levantarse con gran estruendo y cambiar de sitio, “pero porque yo quiero, ¡no porque sus jefes lo hayan pactado en el palco del Bernabéu!”.

El siguiente problema fue encontrarle acomodo, porque los dos sitios libres en el banco de acusados estaban junto a Sandro Rosell. Ambos se miraron con un asco indisimulado y negando con la cabeza, como si en ese momento un tacto rectal les hiciera más ilusión que estar hombro con hombro. La solución la encontró Javier Enríquez, quien propuso a Rosell que se cambiaran de sitio, de modo que el “co-co” (conductor y coach) pudiera separar a los dos viejos rivales. El otro asiento libre era el de Enríquez Negreira, cuya consabida incontinencia urinaria hacía que se presentara siempre a la sesión unos minutos más tarde.

Negreira apareció en la sala mientras se producían todos estos movimientos de banquillo dignos de los mejores tiempos de George Karl. El exvice del CTA esperó a que se reubicaran todos en el banquillo y mientras tanto se acomodó la camisa por dentro de los pantalones con poca elegancia, de hecho, metió medio antebrazo en su entrepierna. Una vez terminó, se olió la palma de la mano, hizo una mueca de desagrado y finalmente tomó asiento apoyándose con esa misma mano sobre el hombro y la chepa de su hijo. “Gracias, Javi”, dijo mientras se la secaba.

– La defensa llama a declarar a Ángel María Villar -pronunció Scotto una vez que los acusados lograron acomodo.

Se abrieron las puertas y entró un Villar algo avejentado para los que hacía tiempo que no lo veían. Estaba visiblemente delgado, con los mofletes algo flácidos y quedaba poco de aquella mata de pelos ensortijados que lucía como futbolista o en sus primeros años como presidente de la Federación Española de Fútbol.

– Gracias por su asistencia, señor Villar -comenzó Scotto-. Durante las sesiones previas, hemos tenido la ocasión de escuchar al actual vicepresidente de los árbitros, el señor Medina Cantalejo, y a su sucesor en la presidencia, Don Luis Rubiales, sobre las funciones, prácticamente nulas e inexistentes, del señor Enríquez Negreira, aquí presente -lo señaló con el brazo extendido-. La acusación ha montado una película que me atrevería a catalogar de terror sobre la labor del exvicepresidente de los árbitros, una mano oculta para nombrar árbitros o bajarlos de categoría. Usted, que fue presidente de la Federación durante los años investigados por la supuesta trama, ¿qué puede decirnos al respecto?

– Mire, señor Scotto, todo esto ha hecho mucho daño a la imagen del “fúrbo” y nos duele profundamente a los que hemos dedicado toda nuestra vida a ello. Enríquez Negreira no tenía el poder que se le quiere atribuir, no designaba árbitros, era solo uno de los ocho responsables del Comité de Árbitros que tenía competencias sobre ascensos y descensos. Tampoco proponía a los árbitros a la FIFA para internacionales porque de eso me encargaba yo directamente. Yo no creo que Negreira fuese un corrupto porque, además, no se ha demostrado.

– Así lo cree la defensa, señor Villar. Entonces, en su opinión, o, mejor dicho, pues no le pido su opinión, sino su conocimiento de treinta años al frente de la Federación Española de Fútbol, ¿el arbitraje español está bajo sospecha, o cree que debe estarlo durante ese período de tiempo?

– ¡En absoluto! Como le decía, esto hace mucho daño al “fúrgol” español, a los propios “clús”, además, en un estamento como es el arbitraje, que es el estamento netamente federativo, con gente muy preparada y donde creo sinceramente que no hay un corrupto, con un nivel extraordinario, gente disciplinada… Le confieso mi tristeza, sobre todo por Victoriano Sánchez Arminio, que ha sido el mejor presidente de la historia del CTA, un hombre querido por los suyos, una autoridad que mejoró el arbitraje español.

– Con todo lo que nos ha dicho, ¿qué explicación tienen los pagos que realizaba el Fútbol Club Barcelona al señor Negreira?

– No tengo ni idea, sería una frivolidad opinar, pero sí le digo que, si lo hubiéramos sabido Victoriano o yo, no dura ni un minuto en el comité. ¡Ni un minuto! -respondió con vehemencia-. ¿Pero cómo iba a saberlo? ¿Le pongo un detective? Yo creo que el pago de un “clú de frúmbol” no es correcto, pero lo tendrá que decidir un juez, y eso no significa que el pago influya en el árbitro, porque estos son independientes donde deben serlo, en el césped, porque son grandes profesionales.

– Nos ha quedado clarísimo, señor Villar, muchas gracias por sus contundentes explicaciones -afirmó Scotto-. No haré más preguntas, señoría.

La abogada Luisa Ramírez se dio cuenta de un hecho que, a buen seguro, había pasado desapercibido para la mayoría de los asistentes. Durante las declaraciones de los días previos, Negreira se había mostrado algo despistado, incluso ido. Por momentos dormitaba en su asiento y parecía estar allí de cuerpo presente, pero ausente, como si la cosa no fuera con él. Sin embargo, durante la declaración de Ángel Villar, estuvo pendiente de cada una de sus palabras, miraba fijamente al antiguo jefe de su jefe con una sonrisa siniestra, incluso se le intuía un cierto brillo en la mirada. Finalizada la declaración, Negreira agachó levemente la cabeza hacia el hombro izquierdo y volvió a perder la vista en objetos ajenos a los interrogatorios, como la pata de una silla o el cuaderno de notas de algún periodista.

El fiscal se puso en pie y se acercó al asiento de los testigos:

– Con la venia, señoría -se acercó mucho al vasco, hasta casi tocar el micrófono-. Su honestidad nos maravilla, señor Villar.

– Gracias -respondió el expresidente federativo con cierta desconfianza.

– Así que, a usted, Negreira no le habría durado ni un minuto, lo cual le honra. Perdón, perdón, perdón (pronunció con aire teatral), le honraría si fuera cierto, ¡porque le duró veinticinco años! ¡Veinticinco años bajo su dependencia! ¡Y todo ello mientras cobraba de un club de fútbol la mayor parte del tiempo! ¡Y usted no movió un solo dedo para atajarlo!

– ¡Protesto! -exclamó Scotto-. ¡Está acusando de complicidad a mi testigo!

– No acuso de nada, señoría, simplemente le manifiesto mi incredulidad y si me deja desarrollar mi argumentación, entenderá por qué.

– No se admite la protesta, prosiga -concluyó el juez Aguilar.

– Gracias. Señor Villar, ¿usted sabe qué sueldo cobraba el señor Enríquez Negreira del Comité Técnico de Árbitros? Puesto que era un puesto bajo su competencia, debería saberlo, ¿no?

– Hasta donde yo sé, el señor Enríquez Negreira cobraba solo las dietas por su asistencia a las reuniones del comité, y aparte, los gastos de desplazamiento.

– ¿Me está diciendo que no tenía ningún sueldo?

– Así es -respondió Villar.

– ¿Y no se preguntó en todo este tiempo de qué manera percibía sus emolumentos el señor Negreira? Usted sabía el nivel de vida que llevaba, el negocio que regentaba con su pareja… ¿pensó que todo eso se pagaba con unas dietas unos pocos días al año?

Villar balbuceó algo parecido a un “no sé, no lo pensé”. El fiscal se puso muy cerca de Villar, de tal modo que limitaba su campo de visión. Villar se echó a su derecha varias veces tratando de ver las indicaciones que le daba el abogado defensor, pero Estuardo se dio cuenta y se movió para tapar la visión directa del testigo. Villar se inclinó, Estuardo lo imitó… Hubo un momento en que ambos estaban más inclinados que Michael Jackson y sus bailarines durante el Smooth criminal.

– ¡Protesto, señoría, está intimidando al testigo de la defensa! -Scotto trató de socorrerlo con una tímida queja.

– Señoría, estoy evitando que la defensa pase algún tipo de consigna al testigo.

– No se admite, prosiga.

Del banquillo de los acusados se escuchó un nuevo “¡intolerapla!”.

– Voy a tratar de ayudarle, señor Villar -prosiguió Estuardo-. Año 2006, 113.159 euros. Año 2007, 197.648 euros. Año 2008, 201.515 euros. Año 2009, aquí hay que reconocer que el señor Laporta estaba satisfecho con el servicio y lo subió a 364.954 euros. Me voy más adelante, otro presidente también muy satisfecho, el señor Rosell, tanto que en 2011 le pagó 777.607 euros. 2016, el señor Bartomeu: ¡891.150 euros! Está todo en el informe de la Agencia Tributaria. Son años enteros, entiendo que a usted no le duraría ni un minuto, pero lo cierto es que fueron años y años enteros.

– Todo eso no demuestra nada -replicó Villar-, no hay ninguna prueba de que se compraran árbitros.

– Es evidente, señor Villar. Si un árbitro cobra más de doscientos mil euros anuales, es imposible que Negreira pudiera comprar árbitros a base de repartir los doscientos, trescientos mil euros anuales que le pagaba el Fútbol Club Barcelona. Ni siquiera en los años que cobró más de seiscientos mil euros lo veo viable, porque no se compraron árbitros, se trataba de comprar el sistema. Con estos pagos, el Barcelona trataba de controlar al responsable de que los árbitros permanecieran en Primera o bajaran a Segunda, al lugarteniente de Sánchez Arminio, el brazo derecho que puntuaba a los árbitros y los llamaba durante la temporada para decirles en qué posición se encontraban.

– Insisto, no podrá demostrar que se compraron árbitros -rebatió Villar-, y Enríquez Negreira no tenía ese poder.

– ¡Pero es que eso da lo mismo, señor Villar! El mero hecho del pago con ánimo de influir en la competición ya es constitutivo de delito, da igual si se consumó o no. Durante los registros en la sede de la Federación Española de Fútbol han aparecido actas firmadas por el señor Enríquez Negreira (Estuardo mostró aparatosamente a toda la audiencia uno de estos documentos) en las que se fijaban los criterios de puntuación de los árbitros de Primera, Segunda y Segunda B, es decir, los parámetros bajo los cuales se decidiría la continuidad de estos en la élite o su descenso, y con ello, la pérdida de más de la mitad de sus retribuciones.

– Pero eso no demuestra nada, el acta lo firmaban otros responsables del Comité de Árbitros y, además, eso no quiere decir que José María fuera el que luego puntuaba a los colegiados, o el que realizaba sus valoraciones.

– ¿Podría indicarnos, si es tan amable, quién era Raúl Massó y qué funciones desempeñaba?

– Creo que fue el secretario general del Comité Técnico de “álbitros” con Sánchez Arminio.

– Así es -respondió Estuardo-. En su declaración a la Guardia Civil, Raúl Massó aseguró que el señor Enríquez Negreira revisaba los informes arbitrales y que, cuando había discrepancias sobre las puntuaciones otorgadas a los árbitros, llamaba a los informadores del Comité para, llamémoslo de una manera suave, coordinar las calificaciones otorgadas. ¡El dedo corrector! También afirmó en sede judicial que el señor Enríquez Negreira llamaba a los árbitros para indicarles su puesto en la clasificación de la temporada, y que al final de la misma, siguiendo instrucciones de Victoriano Sánchez Arminio, comunicaba directamente los ascensos y descensos. Señor Villar, Enríquez Negreira no pintaba nada, pero intervenía en la designación de los árbitros que intervenían en los partidos de Primera División, en la revisión de las actas arbitrales, en la puntuación de los árbitros y en su adscripción a unas y otras categorías (incluyendo la internacional), de forma que las decisiones del órgano en el que estaba integrado tenían repercusiones económicas y deportivas relevantes para los mismos, ¡era un servicio integral de control del arbitraje!

– No estoy de acuerdo. Y no estoy de acuerdo, además, con que cuestione la figura de quien, como ya le he dicho, ha sido el mejor presidente de los árbitros que ha habido nunca en este país. Alguien que, además, no se encuentra entre nosotros por desgracia. Descansa en paz, Victoriano.

Miró de manera metafórica al cielo, pero se encontró con el mismo lamparón de orines y cagarrutas de paloma que Medina Cantalejo en su declaración.

– Victoriano Sánchez Arminio, ese insigne prohombre cántabro -prosiguió Estuardo con sarcasmo-. El hombre que tenía bajo su mano a todo el arbitraje, el mismo que, junto al señor Negreira, premiaba a los que se equivocaban sistemáticamente a favor del Fútbol Club Barcelona y castigaba a los que en algún momento erraron y beneficiaron al Real Madrid. Señor Villar, puesto que usted dio nombre a una palabra, ¿sabe en qué consistía el llamado “Villarato”?

– Eso fue un invento de un periodista madrileño, Alfredo Relaño. Madrileño y muy madridista. Ya hablé alguna vez con él y le dije que estaba siendo injusto conmigo.

– Ya. Muy “injusto” todo. A partir de 2004, cuando usted renueva su cargo en unas elecciones en las que el apoyo del Fútbol Club Barcelona fue fundamental para que su rival quedara sin opciones, el llamado saldo arbitral se dispara en favor de este mismo club.

– Pero eso no tiene relación alguna con Negreira, puesto que los pagos venían de antes.

– Le agradezco que reconozca que los pagos pudieron influir, señor Villar, quizás en su intento de exculparse está reconociendo que hubo un delito y de más larga duración. El apoyo del Fútbol Club Barcelona fue premiado por usted con una vicepresidencia en la Federación para Don Joan Gaspart, alias “perjudicaré deportivamente al Real Madrid hasta que me muera”. Y volvió a premiarlo al llevarlo con usted a la UEFA al puesto de, ni más ni menos, ¡responsable del Comité de Competición de los campeonatos europeos como la Champions!

– ¡Protesto! -interrumpió Scotto, quien quiso cortar el ritmo del interrogatorio porque veía que su testigo, que nunca fue el mejor orador del mundo, estaba cerca de cagarla.

– ¿Con qué motivo? -inquirió el juez.

– Eeeh… sus acusaciones no tienen nada que ver con el asunto juzgado en esta sala.

– Señoría, si se me permite -respondió Estuardo-, trato de demostrar los reiterados intentos de control del arbitraje y las instituciones federativas por parte del Fútbol Club Barcelona.

El juez Aguilar permaneció callado unos instantes, como si analizara lo que ambos abogados planteaban, y finalmente sentenció:

– Limítese a ceñirse al caso, por favor.

– Así lo haré -aseguró Estuardo-. El saldo arbitral fue explicado por el vicepresidente del Fútbol Club Barcelona, Alfons Godall, en 2006, cuando dijo (Estuardo abrió un dossier por una página que tenía marcada con un post-it), cito textualmente: “pasamos una época de buena relación con la Federación Española, de buenas relaciones con las entidades donde se cuece, digamos, los comités de árbitros, la competición”, y que “todo ello nos ayudó”, “cuestiones como el saldo arbitral, la diferencia entre lances favorables y desfavorables con los rivales”. El vicepresidente reconocía en 2006 que el alejamiento del club de estos comités les estaba perjudicando, ¡justo en los dos años en que el Barça había dejado de pagar a Negreira! ¿Cree usted que por ese motivo se reanudaron los pagos a las empresas del señor Negreira?

– Pues mire usted, no lo sé -contestó Villar algo cabizbajo-, porque, como he asegurado en mi declaración, yo no podía haber sabido de esos pagos, tendría que haber contratado un detective, por lo menos.

– No me sea ingenuo, señor Villar. Usted sabe, como cualquier departamento de compliance de cualquier empresa, lo fácil que resulta acceder a la web del Registro Mercantil y solicitar los cargos y las participaciones de una persona física en una empresa o entidad. Si quiere, hacemos ahora mismo la prueba introduciendo los datos del señor Negreira, los de su hijo, o sus mismos datos, si lo prefiere.

– No, no es necesario, me lo creo -respondió Villar con la mirada huidiza.

– Así que prefiere quedar como torpe o ignorante que como cómplice.

– ¡Protesto, señoría! Está acusando a mi testigo sin pruebas -exclamó Scotto.

– Se admite -dijo el juez-. Señor Estuardo, le recuerdo que el testigo no está acusado de nada, simplemente se ha prestado a testificar en esta causa.

– Entendido, disculpe -admitió Estuardo-. Señor Villar, además de las incoherencias en su declaración, usted apoyó los servicios de coaching arbitral que realizaba otro de los acusados, Don Javier Enríquez Romero, hijo del señor Negreira.

– Bueno, no es que lo apoyara, el señor Negreira nos dijo que sería positivo para los “álbitros” recibir asesoramiento y yo conocía a su hijo porque trabajó durante unos años para nosotros en la Federación.

– ¿Tampoco le parece extraño que el Fútbol Club Barcelona pagara cuantiosas sumas de dinero a la empresa del hijo de Negreira mientras este asesoraba a los árbitros, o los llevaba a los partidos?

– No lo sabía, lo desconocía. Solo le digo que conocía a Javi de su trabajo en la Federación y apoyé la propuesta de José María para que fuera contratado y prestara esos servicios.

En el banquillo de los acusados, Negreira miró a su hijo con orgullo y le dio unas palmadas sobre el muslo. Un intérprete de labios podría haber detectado un “buen trabajo, hijo” en la boca del anciano.

– Señor Villar, también ha asegurado en su declaración que los árbitros son independientes, que forman un colectivo honesto, que no se dejaban influir por los ataques de Sánchez Arminio contra el Real Madrid, o por las evaluaciones del señor Negreira.

– Así es.

– En ese caso, ¿podría decirnos qué cargo ocupaba el señor Juan Padrós en la Federación Española de Fútbol?

– Fue mi vicepresidente económico durante varios años.

– ¿Podría explicarnos estas palabras del señor Padrós sobre el control del arbitraje? Aparecen en la parte de las escuchas en el caso Soule: “Si los árbitros no hacen lo que yo digo, los quito”. Si esto fuera así, no los veo tan independientes, más bien los veo como un colectivo fácilmente manipulable por parte de sus superiores. Por usted, por el señor Negreira, por Joan Gaspart…

– Ah, eso no tiene nada que ver con el control del arbitraje, esa frase se refiere a qué candidatura debían votar en las elecciones federativas.

– Luego los árbitros les apoyaban a ustedes, y ustedes devolvían el favor colocando a los árbitros afines, premiándolos durante su etapa en activo y posteriormente, asignándoles un cargo en los comités.

Antes de responder, el señor Villar miró a un individuo situado en la primera fila entre el público. Este hombre tenía el dedo índice sobre la boca.

– Por indicaciones de mi abogado, no voy a contestar nada que tenga que ver con el caso Soule -indicó Villar tras un prolongado silencio-, pues todavía se encuentra en espera de juicio.

– Cierto. Menos mal que este juicio que nos atañe se rige por la Hollywood Act y no por la justicia ordinaria española, y, por tanto, se resolverá rápidamente. Señor juez, señorías, miembros del jurado, quiero recordarles que el testigo está encausado desde 2017 en un caso de administración desleal, apropiación indebida, estafa, falsedad documental y corrupción entre particulares, entre otros delitos. No sé qué pretende la defensa hasta el momento presentando a testigos con semejantes historiales, pero creo que no favorecen en nada sus intereses. El señor Villar estuvo casi dos semanas en prisión preventiva en verano de 2017, junto a su hijo Gorka, un empresario que realizaba negocios sospechosos con la Federación de su padre. Todo muy endogámico en los estamentos federativos.

– No le consiento que meta a mi familia en esto -el tono de voz de Villar mostraba un cabreo importante.

– Yo no meto a su familia en asuntos turbios, señor Villar. Lo hizo usted. No haré más preguntas, señoría.

El juez Aguilar estaba perplejo con lo que escuchaba sesión tras sesión. Tomó notas en una libreta que había empezado a utilizar para no perderse en el caso. La abogada del Real Madrid alzó la mano y pidió su turno.

– Con la venia, señoría -Luisa Ramírez se puso en pie y se acercó al banco del expresidente de la Federación-. Señor Villar, supongo que usted está al tanto de que el señor Negreira, poco después de dejar su cargo como vicepresidente del Comité Técnico de Árbitros en 2018, fue contratado por la Federación Catalana de Fútbol para realizar informes verbales de asesoramiento arbitral.

– Eso he leído en algún medio, sí.

– Sabrá entonces que fue contratado por Josep Contreras, amigo personal suyo, y directivo del Fútbol Club Barcelona por entonces. ¿Usted cree que con estos pagos se estaba comprando su silencio? Recuerde que cuando el Fútbol Club Barcelona cesó en los pagos, el señor Negreira amenazó al club con destapar todas las “irregularidades” cometidas.

Villar se mantenía en silencio. Miraba al individuo de la primera fila, que seguía con el mentón apoyado sobre su mano, si bien en esta ocasión tenía dos dedos sobre la boca.

– Por indicaciones de mi abogado, no voy a hablar del señor Contreras, puesto que también figura en el sumario del caso Soule, y no puedo pronunciarme sobre el mismo.

La abogada iba a continuar con su interrogatorio, pero el juez Aguilar creyó conveniente intervenir en ese instante para no ampliar el alcance de la causa:

– Señora Ramírez, en lugar de preguntar al señor Villar por las razones de dicha contratación, decidida por un tercero, le sugiero que llame a declarar a ese directivo del Barcelona y de la Federación Catalana, el tal… ¿Josep Contreras?

– Me temo que tal circunstancia no será posible, señoría, pues el señor Contreras falleció en diciembre de 2022.

El juez se llevó la mano a la frente, entornó los ojos y apuntó otro nombre en su libreta:

– El señor Contreras es una pieza clave de esta investigación, señoría -continuó Luisa Ramírez-. Parte del dinero abonado a las empresas del señor Negreira y de su hijo se quedó o volvió a una empresa del señor Contreras, Tresep 2014, y es uno de los argumentos que han utilizado algunos directivos del Fútbol Club Barcelona para afirmar que fueron estafados.

– No voy a decir nada sobre este punto -añadió Villar con una sonrisa cínica.

– En ese caso, no haré más preguntas, señoría -y volvió a su asiento.

El juez tomó algunas notas adicionales sobre el expediente, recogió sus papeles y finalmente, golpeó con el mazo:

– Se levanta la sesión.

Los asistentes comenzaron a levantarse, los abogados recogieron su documentación, los periodistas se pusieron a hablar por sus teléfonos móviles y mientras, Ángel María Villar se acercó al banquillo de los acusados, donde se dedicó a repartir abrazos y palmetazos en la espalda. Se escucharon varios “me alegro de verte”, un par de “qué bien te veo”, y bastantes “a ver si nos quitamos esta mierda de encima pronto”.

Capítulo 5 – “Puedo ayudaros con el VAR”

El juez Aguilar apuró el último trago del infame café de la máquina del juzgado. Miró los posos que quedaron en el fondo del vaso de cartón y, antes de arrojarlo a la papelera, le dijo a la secretaria de su equipo:

– No sé si es una buena metáfora, Conchi, pero esta mierda que estamos digiriendo me revuelve el estómago y eso que en el fondo se queda lo peor. Vamos allá.

Desde el pasillo escucharon las palabras del alguacil:

– En pie, preside el honorable señor Aguilar.

Entraron en la sala, nuevamente repleta, oyeron el sonido de algunas cámaras de fotos, y, una vez que el revuelo se diluyó, el juez hizo un gesto con la mano al abogado defensor, Jorge Carlos Scotto, para que comenzara.

– Gracias, señoría. En las sesiones previas hemos escuchado a una serie de testigos que han dejado acreditado que el señor Enríquez Negreira no tenía competencias ni capacidad alguna en el Comité de Árbitros para influir en las designaciones o en las promociones y descensos de los colegiados, mucho menos en sus actuaciones en el terreno de juego. Nuestro cliente ha tenido que soportar una campaña feroz por parte de los medios controlados por la parte personada como perjudicada en esta causa, el Real Madrid…

En el banquillo de los acusados, Laporta asintió con la cabeza y se le oyó decir por lo bajo “la Central Lechera” casi al mismo tiempo que Rosell soltaba “¡la Caverna!”. El juez reprobó a ambos con la mirada.

– …el Real Madrid -prosiguió Scotto-, cuyo presidente ha invocado a todos sus medios afines, que son casi todos, para atacar al Fútbol Club Barcelona y desprestigiar los títulos obtenidos de manera legítima.

– Protesto, señoría -irrumpió Luisa Ramírez, abogada del Real Madrid-, está lanzando una acusación infundada contra el presidente de un club que, además, está enfrentado a casi todos esos medios.

– Se acepta -respondió el juez-. Céntrese en su defensa, por favor.

– Así lo haré -continuó Scotto-. No tenemos pruebas, pero tampoco dudas de quién anda detrás de estas campañas, señoría, todas ellas centradas en una frase desafortunada del señor Enríquez Negreira, que han repetido todos los medios de manera sistemática y hasta diría que coordinada: “Puedo ayudaros con el VAR”.

Hizo una pausa, se giró en redondo hacia toda la audiencia y la repitió hasta tres veces: “Puedo ayudaros con el VAR”.

– Señorías, miembros del jurado, el señor Enríquez Negreira no tenía ninguna relación con el sistema de Video Arbitraje, comúnmente conocido como VAR, como quedará demostrado tras la declaración de nuestros testigos de hoy. Se comprobará que el señor Enríquez Negreira no era más que un arribista en busca de fortuna que trataba de vender una mercancía defectuosa con la connivencia de algunos directivos que buscaron estafar al club. La defensa llama a declarar a Don Antonio Jesús López Nieto.

Se abrieron las puertas y apareció un hombre cercano a los setenta años, elegante, bien trajeado, bastante moreno de piel, el aspecto saludable de un jubilado que vive en la Costa del Sol. Le tomaron juramento y se sentó a unos pocos metros del banquillo de los acusados. Si no fuera porque en su camino al asiento de los testigos dio la espalda a la sala, cualquier observador habría podido ver el guiño lanzado a varios de los acusados.

– Señor López Nieto -comenzó Scotto-, ¿podría explicarnos brevemente su trayectoria en el mundo del arbitraje, tanto en activo como luego, una vez retirado?

– Claro, encantado. Fui árbitro de Primera División desde 1988 hasta mi retirada en 2003, pité 230 partidos en esta categoría y alcancé la internacionalidad en 1993. Recibí el premio Guruceta como mejor árbitro de la temporada hasta en cinco ocasiones. Al acabar mi carrera por haber alcanzado el límite de edad, seguí desempeñando mis funciones para el arbitraje en el CTA en diversos cargos, como vicepresidente, como responsable de la gestión técnica y económica, o en el comité de asignaciones para los partidos.

– Impresionante currículum, señor López Nieto. Y dígame, ¿cuál es su relación con el VAR?

– Antes de la implantación del VAR en España, fui designado por LaLiga para estudiar el uso del VAR en Portugal, cómo se implantó en la liga portuguesa y cómo se utilizaba en los partidos, conocí el centro logístico en Lisboa, donde se reciben todas las imágenes de los partidos y estuve en las formaciones sobre la aplicación del VAR en España.

– ¿Y puede decirnos qué pintaba el señor Negreira en el VAR?

– Nada, absolutamente nada. Bueno, el señor Negreira no tenía funciones de ningún tipo, ni en el VAR, ni en el propio CTA. Yo era el responsable de las designaciones para los partidos y lo dije en su día y lo repito ahora ante un juez, en dieciséis años, Negreira no pintaba nada. Entiendo que no me crean, pero Negreira fue un florero -pronunció estas palabras mientras se giraba hacia el banquillo de los acusados con chulería.

– Le creemos, cómo no -prosiguió Scotto de manera, entonces, ¿qué cree que quería decir el señor Negreira con su ofrecimiento al Fútbol Club Barcelona?

– Creo sinceramente que Negreira vendió humo y alguien se lo compró. Negreira jamás tuvo ascendencia sobre los colegiados, mandaba menos que el conserje del Valladolid o de Málaga. Es como el pequeño Nicolás. Los engañó a todos, incluido al Barça.

– Muchas gracias, señor López Nieto, creo que a todos los que estamos en esta sala nos ha quedado clarísimo -se giró hacia la mesa del fiscal-. Su turno, señores.

El fiscal Jaime Estuardo se puso en pie y se acercó al testigo.

– Señor López Nieto, así que el señor Negreira vendió humo y alguien se lo compró. ¿Sabe usted que el mero hecho de intentar comprar ese humo ya es constitutivo de delito? Sobre todo si se pensaba que el producto vendido no era humo, sino real.

– Mire, el señor Negreira es indigno de haber sido árbitro alguna vez, pero no podrán demostrar que se compraron árbitros. Tan sinvergüenza puede ser el señor Negreira por haber abusado de su posición, como el Barcelona por comprarle el humo que vendía.

Scotto se revolvió incómodo en su asiento.

– En eso estamos de acuerdo -afirmó Estuardo-. Y en otro orden de cosas… así que fue designado por LaLiga española para estudiar el uso del VAR en Portugal, ¿podría decirnos qué sistema se utilizaba en ese país y a qué empresa pertenecía?

– Sí, a la empresa Mediapro.

– Ya, propiedad por aquel entonces del señor Roures, socio y avalista del Fútbol Club Barcelona. Curioso, pero no creamos que había un conflicto de intereses. ¿Puede decirnos cómo se decidió por parte del señor Sánchez Arminio que se hiciera la formación de los colegiados para instruirlos en el uso del VAR?

– La formación de los árbitros se realizó en el edificio Imagina, propiedad de Mediapro, en Barcelona. Sánchez Arminio consideró que el mejor sistema era que Mediapro recibiera todas las imágenes, y que estas se trasladaran posteriormente a la sala de control del VAR, que se decidió situar finalmente en la Federación Española de Fútbol.

– Presidida entonces por Ángel María Villar.

– Así es. Victoriano, que en paz descanse -dijo mientras alzaba la vista al cielo y encontraba el ya famoso lamparón de cagarrutas de paloma-, insistió en que todo el proceso debía ser coordinado y supervisado por la Federación Español de Fútbol.

– Ya, entiendo. Villar, Victoriano, Mediapro, Barcelona… Y una pregunta, si me permite, puesto que Victoriano Sánchez Arminio dirigía el Comité Técnico de Árbitros con puño de hierro, rodeándose de sus afines, de los acólitos que siempre arbitraron según sus designios, ¿debemos entender que su paso a cargos directivos se debió a su afinidad con él?

– No entiendo a qué se refiere -contestó el malagueño.

– Durante su etapa como árbitro en activo, dirigió 36 partidos de Liga al Real Madrid, de los cuales perdió casi un tercio, 11. No era un árbitro bien considerado por el Real Madrid, luego…

– ¡Protesto, señoría! -irrumpió Scotto-, no tiene ninguna relación con el caso juzgado.

– Se admite -asintió el juez-. Por favor, señor fiscal, cíñase al caso.

– Ángel María Villar controlaba la Federación, el empresario Roures las imágenes y el señor Sánchez Arminio dirigía el comité de Árbitros, premiaba a los que arbitraban según sus designios, mantuvo como vicepresidentes al señor Negreira y a nuestro testigo durante años, pero debemos creer que no pintaba nada, que todo este contubernio era normal. No tengo más preguntas, señoría.

La abogada del Real Madrid, Luisa Ramírez, se puso en pie y tomó el relevo a Estuardo. Se acercó a la ventana de la sala, que tenía un par de jarrones, sacó las flores de uno de ellos y, sujetándolas por el tallo, las sacudió levemente y las depositó en el marco de la propia ventana. El florero tenía dos dedos de agua al fondo. Lentamente, sin aspavientos, se acercó al banco en el que López Nieto miraba con desconfianza sus movimientos.

– Señor López Nieto, ¿sabe usted qué pasaría si yo le arrojara el contenido de este florero a la cara?

El interpelado puso cara de extrañeza y contestó:

– Que me mojaría -contestó el exárbitro.

– Exactamente. Lo mismo que esperaba el pagador del “florero”.

“Jua, jua, jua”, se oyeron algunas risas en la sala. A Estuardo se le escapó un aplauso y una sonora carcajada.

–  Señor López Nieto, en las comparecencias previas hemos podido ver que el señor Negreira puntuaba a los árbitros, modificaba las puntuaciones de los informadores arbitrales, informaba de su posición a lo largo de la temporada, influía en los ascensos y descensos, los comunicaba en persona… pero no pintaba nada, según usted. En un estamento dirigido de manera tan personalista por el señor Sánchez Arminio. Ya. Parece obvio. Solo le haré una pregunta: ¿seguro que usted se refería a un conserje del Valladolid?

Jesús López Nieto pareció no entender al principio, aunque se sonrojó. El moreno de su tez comenzó a cambiar a pimiento tostado cuando Luisa Ramírez pronunció:

– ¿Seguro que no se refería usted a un ordenanza de Cartagena? ¿O a un segurata, yo qué sé, de Getafe?

El fiscal Estuardo no pudo contener la risa desde su sitio. El periodista Tomás Roncero, que había acudido ese día a la sala, se carcajeó igualmente de modo muy aparatoso. Los siguieron varios asistentes del público, al principio, tímidamente, unos pocos, pero después las risas se contagiaron al resto. “Jajajajaja, que no pintaba nada”, se escuchaba, “el conserje de Valladolid”, entre risotadas ruidosas, “el segurata de Getafe”, “jojojojo”, se escuchó a un Jesús Bengoechea que palmoteaba de manera escandalosa. Los miembros del jurado se miraban entre sí perplejos, varios de ellos con la sonrisa dibujada en la cara, otros, visiblemente despistados. En unos pocos segundos se escucharon grandes risas en la sala, que el juez Aguilar trató de controlar golpeando con el mazo:

– Orden, orden en la sala, ¡orden! No me obliguen a tener que desalojar.

La abogada Luisa Ramírez levantó una mano como para pedir silencio, y finalizó su intervención:

– Como comprenderá, señor juez, no tengo más preguntas que hacer al testigo.

El exárbitro López Nieto abandonó la sala visiblemente contrariado, con el rostro enrojecido. Se escuchó un “adiós, florero” en la sala, de una voz entre regañona y roncera, seguido de un “¡donde no hay mata, no hay patata!” que volvió a provocar nuevas risas que trataron de ser acalladas por el juez.

– La defensa tenía otro testigo para hoy, ¿no es así? -exclamó en voz alta el juez Aguilar para tratar de proseguir con la vista.

– Así es, señoría. La defensa llama a declarar a Don Carlos Clos Gómez.

Como si de una pelea teatralizada de pressing-catch se tratara, salió uno y entró otro. Clos Gómez a la palestra en sustitución de López Nieto. Tomás Roncero se revolvía incómodo en su asiento, “si es que vaya par…”, se le oyó decir a su acompañante. Clos Gómez, el hombre que jamás sonrió en público, se sentó algo incómodo. Había visto la cara con la que López Nieto había salido de la sala y no se encontraba seguro, al menos no tan seguro como cuando señalaba un penalti a favor del Barça.

– Señor Clos Gómez -comenzó Scotto con el interrogatorio-, toda una vida dedicada al arbitraje, primero en los terrenos de juego, llegando incluso a internacional, luego en los estamentos arbitrales y finalmente, como director del sistema de Videoarbitraje VAR. De las palabras del señor Negreira sobre su capacidad de influir en el VAR, ¿qué tiene que decir?

– Poco.  En realidad, nada.

Clos Gómez nunca fue un dechado de virtudes orales, pero se le veía claramente su esfuerzo por hablar poco.

– ¿Podía el señor Enríquez Negreira aleccionar a los árbitros de VAR sobre su uso, condicionarlos de algún modo, manipular a favor de algún equipo?

– En absoluto -respondió el “culegiado” de forma escueta.

– ¿Cómo definiría usted el sistema VAR utilizado en España?

– El mejor del mundo, dotado además de las mejores instalaciones existentes, mejores que en la Premier o en la Bundesliga. Un sistema incluso reforzado con la figura de un Director de Operaciones, lo que imposibilita cualquier intento de manipulación ajeno.

Scotto se separó unos metros y se dirigió hacia el jurado, la audiencia presente, el fiscal y finalmente, hacia el juez.

– Si es que no hay nada en absoluto, señoría, la defensa ya no sabe cómo explicarlo. ¿Acaso hay alguien que pueda conocer mejor el arbitraje español que los testigos que han pasado por este juzgado? Medina Cantalejo, Ángel María Villar, Luis Rubiales, ahora López Nieto y Clos Gómez… y todos han coincidido en lo mismo: el señor Negreira no tenía capacidad alguna de influir en los árbitros. Mucho menos sobre el VAR, una herramienta transparente, que se gestiona desde una sala a centenares de kilómetros de los terrenos de juego… ¡creer otra cosa es de necios!

Hizo una pausa prolongada, volvió a mirar hacia todos los lados y finalmente concluyó:

– No haré más preguntas, señoría.

Antes de alcanzar su asiento, el fiscal Estuardo ya se había puesto en pie. Parecía tener prisa por entrar en escena.

– Señor Clos Gómez, yo debo de ser un poco “necio”, por usar las palabras de mi ¿colega?, así que permítame que albergue ciertas dudas. Me gustaría comenzar repasando su carrera como árbitro en activo. Usted ascendió a Primera División en el año 2006, donde permaneció hasta el año 2017, ¿podría indicarnos…?

– ¡Protesto, señoría! -interrumpió Scotto-. No tiene nada que ver con los hechos juzgados.

– Señoría, si me permite -alegó Estuardo-, todos ellos son años “negreiros”, años en los que los pagos del Fútbol Club Barcelona al vicepresidente del Comité Técnico de Árbitros pudieron influir en las carreras de los árbitros, en sus ascensos y descensos, y con ello, en los resultados.

– No se admite -respondió el juez Aguilar tras pensarlo unos segundos.

Varios asistentes de entre el público dirigieron su mirada a Joan Laporta a la espera de que pronunciara su archiconocido “¡Intolerapla!”.

– Gracias, señor juez -continuó el fiscal-. Señor Clos Gómez, ¿podría indicarnos cuál fue su historial pitando al Fútbol Club Barcelona?

– Pité más de 250 partidos en España, comprenderá que no lo recuerde con claridad.

Grosso modo, no tiene por qué ser exacto, ¿perdió alguna vez el mencionado club en alguno de los partidos en los que usted los dirigió?

– Mire, eso sí se lo puedo contestar, porque de mí se han dicho muchas cosas que no son ciertas, como que “el Barça nunca había perdido conmigo al silbato” y eso es falso, pues recuerdo que perdió una vez 3-1 en el Benito Villamarín.

– Cierto, buena memoria. Aquello sucedió en un partido irrelevante, una vuelta de Copa del Rey en una eliminatoria que llegaba con un 5-0 de la ida. Pero voy a ayudarle, voy a refrescarle la memoria. El Fútbol Club Barcelona no perdió nunca con usted un partido de Liga. Usted dirigió 32 partidos al club que pagaba al señor Negreira, con un resultado de 26 victorias y solo una derrota, intrascendente, la que usted acaba de comentar. ¿Recuerda cómo llego a árbitro internacional?

– Fue en 2009, en base a mis méritos sobre el terreno de juego -respondió.

– Méritos convenientemente puntuados y valorados por el señor Enríquez Negreira, ¿recuerda usted su actuación solo unos meses antes en un derbi Atlético de Madrid-Real Madrid?

– No. Como comprenderá, no lo recuerdo.

Anuló tres goles legales al Real Madrid y remató su actuación expulsando a un jugador blanco, al neerlandés Ruud Van Nistelrooy. ¿Se le premió con la internacionalidad por estas actuaciones?

– ¡Protesto, señoría! -volvió a interrumpir Scotto-. El fiscal trata de desacreditar al testigo de la defensa con unas afirmaciones totalmente subjetivas.

– El funcionamiento del arbitraje español durante décadas -alegó Estuardo para poder continuar con el interrogatorio- se pone de manifiesto con este sistema de premios a los afines y castigos a los díscolos.

– No se admite -contestó el juez-, prosiga.

– Usted obtuvo la internacionalidad, pero la UEFA no le dio ni un solo partido -prosiguió Estuardo-, apenas alguna clasificación para la Europa League. Curioso dato, ahí se lo dejo, miembros del jurado, para que reflexionen: un árbitro muy bien considerado en España por el Comité Técnico de Árbitros no es apto para la UEFA. Pero sigamos, le refresco otra fecha, señor Clos Gómez. 3 de diciembre de 2016. Pita usted el partido por excelencia del fútbol español. Camp Nou, Barcelona-Real Madrid. ¿Recuerda usted cómo se desarrolló el partido, cómo fue su actuación?

– Pues, como suele suceder en estos casos, no dejó satisfecho a nadie -contestó el culegiado-, me reprochan que fallé en las dos áreas, a favor del Barcelona, pero también en contra.

– ¿Sabía usted que el señor Enríquez Negreira y su hijo, aquí presentes, evaluaron su actuación para el Fútbol Club Barcelona y la puntuaron de acuerdo con sus criterios?

– No sé, no me consta -farfulló Clos Gómez.

– Gol en fuera de juego del Barça, dos penaltis no señalados a favor del Real Madrid… No podemos probar que tuviera acceso a dicho acta, pero… ¿no le llama la atención que el señor Negreira realizara estos informes para un club que le pagaba cuantiosas sumas de dinero al mismo tiempo que ejercía de vicepresidente de los árbitros? ¿Y que ese mismo sujeto les informara a ustedes durante la temporada de su clasificación de cara a la pérdida de categoría o al acceso a los partidos más importantes?

Clos Gómez se mantuvo en silencio. No quiso mirar al banquillo de los acusados ni a la mesa del abogado de la defensa. Tenía la vista perdida en el micrófono, como si deseara que pasara rápidamente el tiempo. “Tan rápido como un descuento cuando el Barça gana por la mínima”, pensó.

– Entiendo que le incomode contestar. Como si le pregunto por los tres penaltis a favor del Barcelona en 12 minutos que señaló usted frente al Sporting de Gijón, o la final de la Copa del Rey en la que usted expulsa a Cristiano Ronaldo tras haber permitido que lo machacaran a patadas los jugadores del Atlético de Madrid.

El exárbitro permanecía callado. Mejor aguantar el chaparrón que meter la pata, debió pasar por su cabeza.

– Sé que me negará cualquier presión para pitar de esa manera, así que voy a preguntarle por otro asunto. En su última temporada en activo, el señor Enríquez Romero -lo señaló con el dedo y el brazo extendido- informó a un directivo del Fútbol Club Barcelona de que usted era el elegido para pitar la final de Copa… ¡en la que participaba el mismo Fútbol Club Barcelona! ¿Cómo podía saber el hijo de Negreira que ya iba a pitar usted si el señor Negreira no tenía ninguna atribución sobre las designaciones?

– Era mi última temporada en activo, era costumbre habitual -respondió Clos Gómez.

– Me va a perdonar, pero habitual, no, solo se hacía con los más apreciados por el sistema. ¿Sabía que en aquella final de Copa frente al Alavés, en la que, por cierto, usted concedió un gol en fuera de juego a los azulgrana, sabía usted que el señor Enríquez Negreira estaba en el palco del estadio supervisando su actuación?

– No lo sé, no me consta -balbuceó Clos Gómez de nuevo.

– Ya. Así funcionaban las cosas en el Comité de Árbitros, señoría. Se premiaban los errores a favor del club que pagaba a…

– ¡Protesto, señoría, protesto! Es un ultraje, está sacando conclusiones sin pruebas de ningún tipo.

– Lo retiro -se anticipó Estuardo-. Me ciño a los hechos. ¿Recuerda al menos quién fue el árbitro designado como su suplente en esa final, por si usted sufría alguna lesión?

– Creo recordar que fue Alejandro Hernández Hernández.

– Buena memoria. Otro buen… -en la mente de Estuardo cruzaron las palabras “lacayo, sicario, secuaz”, pero sabía que no podía utilizarlas-… árbitro, afín al sistema de Sánchez Arminio y Enríquez Negreira. Y tras su retirada ese mismo día, ¿recuerda quién fue nombrado internacional para ocupar su plaza?

– Si no me equivoco, fue Ricardo de Burgos Bengoetxea.

– Exacto, así funcionaba este sistema perfectamente engranado -concluyó Estuardo-. Solo una pregunta más y es de su época como máxima autoridad del VAR, ¿para qué utiliza usted una sala anexa a la sala VOR, con comunicación con la misma, desde la que pueden condicionar a los árbitros oficiales de cada partido?

– Es una sala desde la que comunicar algún detalle que ha podido pasar inadvertido a los árbitros de VAR -respondió Clos Gómez.

– Luego reconoce su existencia, el uso de una sala que no está en los protocolos UEFA para el uso de la herramienta VAR. ¿Es a esta sala de control a la que se refería el señor Negreira cuando decía que podía influir en el VAR, que podía ayudar a sus pagadores?

Todo eso es mentira. Se usa si hay un problema técnico o, en los primeros años, si detectábamos que se enviaban líneas a la retransmisión televisiva que no se mostraban, esa era la única interacción posible. Lo demás es absoluta mentira.

– Luego usted estaba en una sala, que no es la oficial, para decir a los que sí son los árbitros oficiales que se les ha pasado algo por alto. Muy lógico.

– Yo puedo estar en esa sala porque su principal función es dar información a la Comisión Técnica. Se puede insistir, pero de ahí a insinuar que hay alguien detrás en una sala oscura que le está aconsejando si también interviene… hay que tener muy poca vergüenza para decir esto.

– Pues no soy yo quien insinuó que se podía influir en el VAR. Fue el señor Enríquez Negreira. No haré más preguntas, señoría.

Clos Gómez quería salir de allí huyendo como en sus buenos años en el Bernabéu, pero el juez Aguilar le frenó con un gesto.

– ¿Alguna pregunta adicional por parte de la parte personada en el caso?

– Sí, señoría, con la venia -respondió la abogada Luisa Ramírez tras ponerse en pie-. Señor Clos Gómez, se encuentra usted inmerso en una investigación de la Guardia Civil por el incremento inusual de su patrimonio.

– Supongo que son unas meras comprobaciones, al igual que ha sucedido con otros compañeros.

– Sí, son varios los árbitros, tanto en activo como ya retirados, que están siendo investigados. En su caso particular, la Guardia Civil ha detectado que posee once inmuebles a su nombre, ocho de ellos pagados al contado.

– Siempre fui muy ahorrador, así me enseñaron en casa y no hay nada delictivo en ello. Tenga en cuenta que el salario de un árbitro de Primera División es elevado y estuve once temporadas completas percibiéndolo.

– Cierto, y ese salario es mayor si se asciende a internacional o si se arbitran finales de Copa del Rey -inquirió la abogada de nuevo.

– Así es, lógicamente -contestó.

– En ese caso, déjeme mostrarle una foto.

La abogada Ramírez sacó una hoja tamaño A3 de su carpeta, la desdobló y se la mostró primero a Clos Gómez y luego, en un giro de 360 grados, a todos los asistentes. Contenía dos fotos.

– Penalti no señalado a favor del Real Madrid en el Camp Nou. Reconocido hasta por los Enríquez en su acta del partido. Usted lo ve perfectamente, se lleva el silbato a la boca y, en el último segundo, decide no pitar. ¿Se le pasó por la cabeza que un penalti en contra del Fútbol Club Barcelona, ¡en un Clásico!, podía tener repercusiones en su carrera?

Clos Gómez permaneció en silencio.

– ¿Acaso pensó en ese momento que no podría adquirir un nuevo inmueble si perjudicaba al club que pagaba a su jefe en el Comité Técnico de Árbitros? ¿A su evaluador?

El exárbitro tomó la foto en sus manos, pero realmente no estaba allí. Su cabeza estaba en otro lugar.

– Sé que no va a contestarme, así que no haré más preguntas, señoría.

Se hizo un incómodo silencio, solo interrumpido por algún murmullo entre los asistentes. El juez Aguilar se disponía a clausurar la sesión cuando el abogado defensor pidió intervenir de nuevo. Se dirigió al juez y le dijo:

– Señoría, hasta la fecha la estrategia de la acusación ha consistido en descalificar a todos los testigos de la defensa. Se ha limitado con denuedo a ejecutar esta tarea. Por esta razón, en la próxima sesión presentaremos los informes periciales encargados por la defensa, los cuales probarán de manera irrefutable nuestros argumentos.

El juez Aguilar terminó de garabatear en su ya famosa libreta, la cerró, recogió sus trastos y golpeó con el mazo.

– Sea. Eso espero. Se levanta la sesión.

Capítulo 6 – Los informes periciales

El juez Aguilar llegó justo a tiempo de ver a los operarios que terminaban de introducir dos enormes pantallas de setenta pulgadas en la sala en la que se celebraba el juicio. Todo esto, más la expectación generada, le provocaban una sensación infinita de hastío. Colocarían una pantalla a cada lado de su mesa, orientadas hacia el público y los dos equipos de abogados, y un pequeño monitor junto a él para que pudiera seguir las explicaciones junto con su equipo sin tener que girar la vista. Ambas pantallas quedaban visibles también para el jurado, obviamente, y para el banquillo de los acusados, aunque había quien pensaba que, con Laporta entre los espectadores, aquello no era una buena idea.

Los técnicos estaban terminando de instalar las peanas que sujetaban las pantallas, tiraron el cable por el suelo, lo extendieron para que no lo pisara nadie, y lo pegaron con el artilugio megarrevolucionario con el que M.A. Barracus lo mismo arreglaba una furgoneta que preparaba un arma letal: la cinta adhesiva. Como suele ocurrir en estos casos, los asistentes no se privaron de ver la “hucha” habitual que muestran los operarios al agacharse para efectuar sus menesteres. El juez pasó a su lado tratando de esquivar la vista y justo a tiempo para escuchar al alguacil anunciar su entrada.

Con el trasiego de los operarios, a Negreira le dio tiempo a llegar al banquillo justo antes de que se sentaran todos los participantes y se iniciara la sesión. En su camino al estrado, la secretaria del juzgado se trastabilló con la peana del monitor situado y estuvo a punto de caer al suelo. Apoyó la rodilla y la mano en la tarima, y pudo evitar una desgracia mayor, pero no que se escuchara:

– ¡Penalti para el Barça!

Era la voz de Enríquez Negreira y el narrador de esta farsa no sabría decir si se trataba de una broma, una ida de olla o de un reflejo de su época de culegiado, el caso es que provocó la carcajada de Laporta y de algunos de los asistentes, entre ellos, varios periodistas de los numerosos medios congregados. Una vez que la secretaria alcanzó su asiento, el juez cedió el uso de la palabra al abogado de la defensa.

– Con la venia, señoría -anunció Scotto de manera ceremoniosa-, la defensa querría dar un paso más en su intento de esclarecer la verdad y le gustaría mostrar las conclusiones de un informe pericial sobre la actuación arbitral encargado por esta parte. La defensa llama a declarar a Alejo Martínez Vázquez, de la empresa Míster Chof, expertos en análisis de datos aplicados al deporte.

Se abrieron las puertas y en la sala apareció un hombre de mediana estatura que rondaba los cincuenta años, cráneo pelado, gafapasta, chaqueta de pana bajo la cual llevaba un polo negro, pantalones ajustados, y portaba un pequeño maletín bajo el brazo. Era el típico aspecto de lo que Fred Gwynne definió hace años como AIC, Analista Internacional Calvo.

Jorge Carlos Scotto se acercó al testigo y comenzó su interrogatorio:

– Señor Vázquez, me gustaría que indicara en qué…

– Si no le importa -lo interrumpió-, todo el mundo en el sector me conoce como Míster Chof, soy famoso por este apelativo y como señor Vázquez… pues no, no tengo la misma credibilidad. Puede llamarme así, por favor.

– De acuerdo, Míster Chof, le decía que usted viene a explicarnos un informe con datos, en el que pone negro sobre blanco una serie de estadísticas para explicar eso que la acusación llamó “el saldo arbitral”, basado en las declaraciones del vicepresidente del Fútbol Club Barcelona, Alfons Godall.

– Así es. El señor Godall hablaba en su declaración de “lances favorables” y de la diferencia entre penaltis y tarjetas entre un equipo y sus rivales. De la suma de los “lances” a favor y en contra, o, mejor dicho, del resultado de restar los lances desfavorables a los favorables, se obtendría el llamado saldo arbitral.

– Sabe usted -inquirió Scotto-, que la acusación basa los supuestos efectos de los pagos al señor Negreira en una mejora del saldo arbitral en beneficio del Fútbol Club Barcelona.

– Yo no opino, señoría, yo me limito a exponer los datos sin juicio de valor y que cada cual obtenga sus conclusiones.

– Pues veamos, estamos ansiosos por ver el resultado de su informe.

Míster Chof sacó un pequeño ordenador de su carpeta, solicitó que encendieran los monitores y expuso las bases de su estudio:

– Por no extendernos en exceso, hemos tomado los datos de una temporada entera. No tendría sentido analizar los impactos en jornadas puntuales, sino que entendemos que hay que tomar una muestra representativa, en este caso, 38 jornadas del campeonato 2019-2020.

En las pantallas aparecían diversos resultados de partidos de fútbol, jornadas con todos los marcadores, tras los cuales aparecían unos saldos en positivo en verde, y en negativo en rojo.

– A continuación, añadimos una ponderación a cada uno de los lances del juego. En mi informe, los penaltis suman cinco puntos, por ejemplo. Y una tarjeta roja no puede valer lo mismo que una amarilla, así que le doy dos puntos y uno solo a las tarjetas amarillas.

En las pantallas apareció esta ponderación explicada como para analfabetos, con pictogramas en lugar de letras. “Es que en este país la gente no lee nada”, como le gustaba decir a sus allegados.

– Y la conclusión del análisis objetivo de los datos da como resultado… -hizo una pausa justo antes de apretar un botón de manera algo aparatosa-… ¡voilá!

– ¿Puede decirnos qué significan todos estos datos? -preguntó Scotto visiblemente excitado.

– En mi análisis concluyo que el equipo más favorecido por el saldo arbitral fue el Real Madrid -contestó Míster Chof.

“¡Lo sabía!”, se escuchó en el banco de los acusados. “¡Bravo!”, dijo Laporta mientras aplaudía, “¡por fin alguien se atreve a decirlo!”. “¿Y ahora qué va a decir el madridismo sociológico, eh? ¿Eh?”. Curiosamente, Negreira y su hijo guardaban silencio, apenas cambiaron el rictus.

Scotto, al que un observador avezado podría intuir una erección en la pernera, quiso explotar la vía:

– ¿Y el Fútbol Club Barcelona? ¿Cómo queda el Barcelona en esta clasificación del saldo arbitral?

– El Fútbol Club Barcelona aparece en la parte baja de la clasificación con un saldo negativo, a la altura del Osasuna, el Betis o el Leganés.

– ¡Equipos clasificados en la parte media o baja de la Liga! ¿Le parece normal esta posición?

Laporta no pudo contenerse más y desde el banquillo exclamó:

– Es una vergüenza, ¡el equipo más favorecido quejándose! ¡Y mientras, a nosotros nos machacan!

El juez Aguilar ordenó silencio y golpeó furioso con el mazo, “¡orden, orden en la sala!”.

Scotto siguió con el interrogatorio, creía que al fin había dado con la tecla para desmontar las acusaciones:

– Puede parecer una muestra un tanto aleatoria. ¿Tiene un análisis similar de otras temporadas?

– Bueno, no son tan completos, porque en algunos casos no hice el estudio de las temporadas completas, pero tengo este, por ejemplo, de la temporada 2013-14:

– El Barcelona aparece en primer lugar, pero sin demasiada distancia respecto al Athletic de Bilbao, Villarreal, Real Madrid y Atlético de Madrid.

– Equipos de Champions o clasificados en competición europea, parece guardar cierta lógica. ¿Alguno más?

– Sí, de la 2016-17, hasta la jornada 25, realicé este estudio:

– El Barcelona y el Real Madrid aparecen en cabeza, seguidos de cerca por el Villarreal.

– Luego podemos considerar que su análisis parece fiable y hasta cierto punto lógico.

No hay mentira alguna en un dato estadístico.

– Pues muchas gracias, señor Chof, o Míster Chof, nos ha sido de gran ayuda. No haré más preguntas, señoría.

Scotto se volvió a su asiento con una enorme sonrisa. Iba tan henchido de satisfacción que no advirtió el rictus de hartazgo que el fiscal, Jaime Estuardo, mostraba en su cara. Estuardo se acercó al perito y comenzó:

– Señor Martínez Vázquez, Míster Chof, si me permite -el testigo asintió con un leve gesto de la cabeza-, en este estudio tan, digamos concienzudo, ¿puede decirnos qué equipo se proclamó campeón de la Liga analizada, la 2019-2020?

– El Real Madrid.

“¡Normal, con esos arbitrajes!”, pese a que Laporta intentaba hablar en voz baja hacia Bartomeu, se le escuchó perfectamente entre carraspeo y carraspeo.

– ¿Y en la temporada 2013-2014? -continuó Estuardo.

– El Atlético de Madrid -Míster Chof, que ya intuía lo que venía a continuación, quiso justificarse-. Pero estos son los datos, yo no entro en valoraciones.

– Ni yo lo cuestiono, déjeme concluir -rebatió Estuardo-. ¿Y en la 2016-2017, qué equipo acabó como campeón?

– El Real Madrid -afirmó Míster Chof con la voz un poco menos potente.

El fiscal Estuardo se dio la vuelta, miró hacia toda la audiencia congregada y, de manera teatral, comenzó su alegato:

– ¡Vaya por Dios, señores! Ya es mala suerte. Estamos juzgando veinte años de pagos continuados al vicepresidente de los árbitros con intención de influir en la competición, dos décadas en las que el club pagador, el Fútbol Club Barcelona, se ha llevado dos tercios de los campeonatos entre Liga, Copa y Supercopas nacionales, y resulta que el análisis ¿pe-ri-cial? -pronunció con mala baba-, se ha realizado solo sobre tres temporadas en las que dicho club no se alzó con el título. Ya es mala suerte, decía. Muy mala suerte -hizo una prolongada pausa, tras la cual se acercó de nuevo al testigo-. Salvo que sea una coincidencia afortunada, o interesada. De parte, como su informe pericial.

Volvió a acercarse al testigo, lo miró a los ojos y le preguntó:

– Míster Chof, ¿podría decirnos en qué año realizó el informe pericial de la temporada 2019-2020 y si se debió a algún encargo?

– Fue en 2021. A petición de un medio de comunicación.

– Luego el caso Negreira no había saltado todavía, ¿no es así? En aquel momento no se sabía que el Fútbol Club Barcelona había realizado pagos para controlar el arbitraje y…

– ¡Protesto! -interrumpió Scotto-. Está realizando apreciaciones totalmente subjetivas como si fueran afirmaciones ciertas.

– Pues retiro esa parte -quiso anticipar Estuardo-, no es imprescindible en este momento. Míster Chof, con toda su experiencia y conocimiento del mundo de los datos, ¿no le encargaron ningún análisis, ningún informe, una vez que estalló el caso de los pagos del Barça a Negreira?

Míster Chof miró al abogado de la defensa y enarcó las cejas, como diciendo “qué le voy a hacer”, y contestó:

– Sí, así es. La emisora de radio Onda Cero me solicitó que hiciera un análisis a las pocas semanas de salir las primeras informaciones sobre el caso.

– ¡Exacto! Y da la casualidad de que nos hemos hecho con ese informe -mostró en su mano derecha un pendrive-. ¿Le importaría quitar su informe y poner este otro, que también es suyo?

Míster Chof estaba visiblemente incómodo, pero no le quedó otra que aceptar. Introdujo el pendrive en su equipo y por fin desapareció de la pantalla el cuadro con el supuesto favor arbitral al Real Madrid. En su lugar se mostraron unos datos en un Excel. En la primera columna, las siglas del equipo investigado, el Fútbol Club Barcelona, y en las siguientes, unas cifras bajo los rótulos “Penaltis F”, “Penaltis C”, “TR F”, “TR C”. Las cabeceras de dichos rótulos estaban repetidas y agrupadas en dos períodos, “2016-18” y “2019-2021”.

– Tenga en cuenta que en aquel momento -se justificó Míster Chof-, solo habíamos sabido que estaban acreditados unos pagos por parte del Fútbol Club Barcelona de 2016 a 2018.

– Bueno, puede valernos -respondió Estuardo-, el señor Negreira cesó en su puesto en 2018 y los pagos concluyeron en esa fecha. ¿Ha encontrado algún dato esclarecedor?

– Ejem, verá -el experto en datos carraspeó-, de 2016 a 2018, el Fútbol Club Barcelona tuvo 33 penaltis a favor y solo le pitaron 3 en contra. Y después de 2018, en las tres temporadas siguientes, lanzó 10 menos y le pitaron 11 más en contra.

Estuardo se acercó a la pantalla y marcó con su dedo unas casillas:

– Entiendo que son estos datos de aquí, donde pasa de un saldo de 33-3 a uno de 23-14. ¿No le resulta llamativo? -Míster Chof asintió tímidamente-. ¿Y en cuanto a las tarjetas rojas, se aprecia una evolución similar?

– Bueno, en el período 2016-2018, el Barça sufre solo 4 expulsiones, mientras que a sus rivales los expulsan hasta 23 veces. Y en el segundo período analizado, la diferencia es mucho menos llamativa, 10 tarjetas rojas propias, frente a 15 de los rivales.

– Sorprendente, ¿no? ¡Quién lo iba a decir! -Estuardo se dio la vuelta hacia el jurado y el público asistente-. Menuda sorpresa saber que en el momento en que dejas de pagar, ¡se acaba esa ventaja tan enorme! De un saldo de +49 a uno de solo +14, ¡inesperado!

Se oyeron murmullos en la sala, un revuelo entre los periodistas, alguno de los cuales trataba de sacar fotos disimuladamente de la pantalla. El “qué sinvergüenzas” de un famoso periodista entró en conflicto sonoro con el ya archiconocido “¡intolerapla!” de Laporta, que exigía a su abogado que protestara. Este le miraba mientras se encogía de hombros, como diciéndole que “para qué”.

– Muchas gracias por su testimonio, Míster Chof. No haré más preguntas, señoría.

La abogada del Real Madrid, Luisa Ramírez, se puso en pie y se acercó al banco del testigo.

– Señor Martínez, usted ha trabajado por encargo de algunos medios de comunicación del grupo Prisa, con la cadena Cope y la cadena norteamericana ESPN, ¿es así?

– Así es, me contrataban por mis informes estadísticos, pero no influían en mis valoraciones, yo trabajo con datos.

– Oh, no tengo ninguna duda -contestó la abogada con cierta sorna-. Señor juez, miembros del jurado, aporto este documento como prueba testifical número 35/76 -mostró una funda de plástico con varias hojas-, la cual incluye los acuerdos del Fútbol Club Barcelona con medios del grupo Prisa, la cadena Cope y otra serie de radios o diarios, y por otro lado, con la cadena ESPN. Suponemos que los conceptos “pagos” e “Intercambio” eran desinteresados, no para influir en las opiniones ni en los resultados de sus informes.

– Yo… los números no engañan -balbuceó Míster Chof.

– No, no engañan, como el algodón. Pero son perfectamente interpretables en función de los fines de quien los encarga. Y también pueden contener un sesgo interesado, por ejemplo, en las ponderaciones que nos ha contado usted. ¿Tiene sentido multiplicar por cinco el valor de un penalti y solo por dos una expulsión?

– Bueno, es mi interpretación de lo que pueden influir estos lances en el juego.

– Pues… yo no entiendo mucho, pero… imaginemos que a un equipo le expulsan un jugador en la primera media hora, y luego, con el partido ya perdido, hacia el final, le pitan un penalti a favor. ¿Me puede decir cuál sería el saldo arbitral según su criterio?

– Sí, serían 5 puntos a favor por el penalti, menos 2 por la expulsión, acabaría con un +3.

– Pues me parece poco concluyente, parecería que el equipo ha resultado favorecido cuando ha sido perjudicado. ¿Y si un equipo recibe una roja, pero a su rival le muestran tres amarillas?

– En ese caso, acabaría con un saldo positivo de +1. Serían -2 puntos por la roja y +3 por las amarillas.

– Míster Chof, con mis conocimientos de fútbol, no me parece que un equipo que sufra una expulsión pueda considerarse favorecido porque a su rival le muestren más amarillas.

– Como he dicho antes, no hay ninguna mentira en los datos -contestó Míster Chof con cierto enfado-. Puede haber carencias o falta de criterio en quien lo interprete y extraiga conclusiones de ellos.

– Entonces -concluyó la abogada Ramírez-, disculpe usted mis carencias futbolísticas, o mi falta de criterio. Claro que yo también podría argumentar que sus informes sobre el saldo arbitral dieron el resultado que pretendían sus pagadores. Nada más que preguntar, señoría. Muchas gracias.

Míster Chof se levantó y abandonó su asiento. El juez tomó el mando a distancia para apagar los monitores, pero Jaime Estuardo se levantó y lo detuvo:

– Señoría, la fiscalía también ha solicitado un informe pericial sobre el saldo arbitral, tal como lo denominó el vicepresidente del club al cual pertenecen los señores del banquillo de los acusados, el señor Alfons Godall.

El juez terminó de apuntar algo en su famosa libreta y resopló varias veces con gesto de no entender nada.

Volvió a encender los monitores, se acercó al micrófono y le dijo con cierto hastío: “proceda”.

– Gracias, señoría. A petición de la parte perjudicada, la fiscalía ha encargado un informe pericial sobre las estadísticas arbitrales a una de las empresas punteras en Big Data y Business Intelligence aplicadas al mundo del deporte, la empresa consultora Make-to Larry. La fiscalía solicita la testifical del CEO de dicha consultora, Miguel de Lary, así como del experto en estadística Juan Pablo Frutos.

Se abrió la puerta y aparecieron dos hombres de mediana edad y aspecto decidido. Uno de ellos portaba una Tablet bajo el brazo. Un ordenanza colocó otra silla junto al banco de los testigos, mientras el estadístico enchufaba su Tablet al cable de los monitores generales de la sala.

– Les agradezco su presencia, señores -comenzó Estuardo el interrogatorio-. Vienen a presentarnos un análisis realizado por ustedes, ¿por encargo de quién?

– No fue por encargo de nadie -respondió Miguel, el CEO de la consultora-, comenzamos a hacerlo solo para ir creando una macrobase estadística que pudiera ayudarnos a analizar mejor el juego, no solo los arbitrajes, con idea de desarrollar posteriormente herramientas que pudieran servir a los clubes para gestionar determinados aspectos del fútbol.

– ¿Y encontraron algo extraño?

– Fue a partir de las declaraciones del vicepresidente del Fútbol Club Barcelona, Alfons Godall, en 2012, cuando mencionó ese concepto del “saldo arbitral”, la diferencia entre lances favorables y desfavorables. Lo que hicimos fue trasladar sus palabras al Excel, qué diferencias había entre los penaltis y las tarjetas rojas a favor y en contra que recibían los equipos. Como en aquel momento estábamos en plena guerra entre Mourinho y el resto, nos concentramos en analizar solo los datos del Real Madrid y del Fútbol Club Barcelona, pero fue Juanpa quien insistió, y acertó, al introducir en el estudio al resto de los principales equipos.

– Para que nadie entienda que han podido manipular los datos, ¿de dónde salen, qué base de datos emplearon?

– Esta parte la explico yo mejor -se adelantó el señor Frutos-. Para que no se dijera que empleábamos bases de datos manipuladas o con cierto sesgo, comenzamos usando las del diario Sport. También la del 20 minutos, que era bastante completa. Con el tiempo fuimos incorporando o comprobando los datos con otras bases, como las de Sofascore, BD Fútbol, Cero a Cero… Tenga en cuenta que algunos datos, especialmente los anteriores al año 2000, no eran todo lo precisos que nos gustaría.

– Esperemos que no sea necesario remontarnos tan atrás. Con todos esos datos, ¿cómo procedieron en su informe?

– Sencillo -respondió Miguel-, nos limitamos a seguir el criterio Godall: lances favorables menos lances desfavorables. Sin ponderaciones subjetivas como las del anterior testigo. Un punto por penalti o tarjeta roja, y, en función de si era a favor o en contra, se sumaba o restaba.

– No sé si es lo más acertado o no, no es lo mismo una expulsión o un penalti al principio o al final del partido -intervino Estuardo.

– Totalmente cierto -respondió Juanpa-, por eso no hay que centrarse en el análisis particular de una situación, sino en un conjunto, en una muestra amplia para tratar de identificar una tendencia. De poco sirve analizar una sola temporada si podemos hacer el análisis de veinte para tratar de definir una línea de actuación.

En ese momento, el estadístico apretó un botón y comenzaron a aparecer los primeros cuadros en pantalla.

– Perdonen mi torpeza -dijo Estuardo tras escudriñar los gráficos con cierta extrañeza-, pero con todos estos datos, ¿qué conclusiones podemos obtener?

Hemos detectado tres etapas muy definidas -aclaró el CEO-, que son las que hemos marcado sombreando las zonas: de 2003 a 2009, de 2009 a 2013 y de 2013 a 2021. Esas etapas coinciden, grosso modo, con los cambios en la presidencia del Fútbol Club Barcelona y lo que decía Godall acerca de la cercanía o no a los comités, pero también con otros factores, como la vuelta de Florentino Pérez a la presidencia del Real Madrid y la llegada de fichajes como el de Cristiano Ronaldo.

– En las primeras seis ligas analizadas -continuó Juanpa-, durante la primera época de Joan Laporta como presidente, había un saldo arbitral positivo para el Barcelona de +24 y era muy negativo para el Real Madrid, -11. Esa desproporción se iguala durante el segundo período, y se vuelve a desestabilizar a favor del Barcelona en la tercera, una etapa en la que el saldo a favor del Barcelona es muy superior al del Real Madrid, que es superado incluso por equipos como el Athletic de Bilbao o el Atlético de Madrid. Este gráfico es demoledor, porque el Real Madrid aparece con saldo negativo, por debajo de equipos que en aquellos años estuvieron en la zona media-baja de la tabla, mientras que el Fútbol Club Barcelona estaba claramente destacado por la parte superior.

Se escuchó un murmullo de sorpresa en la sala, acompañado por varios “joder” y algún “supu…madre” en las primeras filas.

– Quiero destacar dos datos que considero relevantes -prosiguió Juanpa-. Aquello sucedió en un período en el que al Barcelona se le señaló un solo penalti en contra en 107 jornadas, 78 de ellas de manera consecutiva, más de dos campeonatos, y durante ese período se le pitaron más de 30 a favor.

– Es un período que coincide, además -incidió Miguel de Lary-, con el otro dato relevante que detectamos en su momento, y es que el mismo Fútbol Club Barcelona, estuvo 59 jornadas sin una sola expulsión.

El fiscal se dio la vuelta hacia el jurado, el público y, finalmente, los acusados. Con gran aparatosidad, repitió los datos:

– ¡Un penalti en 107 jornadas! ¡Y 59 sin expulsiones! Todo esto, señores del jurado, en los mismos años en los que jugadores como Mascherano, Piqué o Luis Suárez formaban parte de la plantilla. Pero, vamos a tratar de no ser malpensados, ese saldo tan favorable del Fútbol Club Barcelona puede deberse al juego de posesión, o a su dominio de los partidos, ¿está su principal rival, el Real Madrid, en una situación parecida?

– En absoluto -respondió Juanpa-, de hecho, en la comparación es donde mejor se aprecian las diferencias de criterio. Si tomamos una muestra amplia, de 100 partidos, por ejemplo, con la llegada de Zidane, que era un entrenador ofensivo, la comparativa es la siguiente.

Apretó un botón y en la pantalla apareció:

– Esta muestra recoge las temporadas 2014-15 y 2015-16 completas -continuó el estadístico-, más parte de la 2013-14. El Real Madrid fue campeón de la Champions en los años 2014 y 2016, luego podemos decir que era un equipo dominador y con control del juego.

– Se observa una anomalía estadística bastante evidente -sentenció el fiscal-. ¿Es posible que el saldo de expulsiones se deba a que los jugadores del Real Madrid hacían más faltas que los de su rival, el Barcelona?

– Para responder esa cuestión -respondió el CEO en esta ocasión-, tenemos esta estadística, que es el cociente entre el número de faltas sancionadas y las tarjetas rojas de cada equipo.

En la pantalla apareció este dato:

– Llevado a una gráfica, marcando en naranja la mediana de los principales equipos de Primera División, sería más esclarecedor aún:

– Se ve muy bien sobre fondo negro -afirmó el fiscal.

– Fondo Negreiro, más bien -bromeó Juanpa.

Se oyeron algunas risas entre el público y un “soplapollas” entre dientes, proveniente del banco de los acusados.

– Pues… -concluyó el fiscal-, creo que las anomalías estadísticas durante el período investigado resultan palmarias. No haré más preguntas, señoría.

Los testigos iban a levantarse de sus asientos cuando la abogada del Real Madrid, Luisa Ramírez, se levantó para hacer una última pregunta.

– Señores, antes de que abandonen la sala, me gustaría que mencionaran los resultados del seguimiento detallado a un jugador del Fútbol Club Barcelona encargado por esta parte. Se trata de Luis Suárez. ¿Pueden contarnos las conclusiones de su análisis?

Los testigos se miraron, como cediéndose mutuamente el uso de la palabra, y finalmente fue Juanpa, el estadístico, quien optó por dar respuesta:

– Lo que encontramos fue a un jugador con numerosas expulsiones y sanciones en sus anteriores equipos, el Ajax, el Liverpool, la selección uruguaya, con cerca de cuarenta partidos de sanción por diversos motivos, fundamentalmente agresiones, que de repente llegó a la Liga española y no sufrió ninguna durante ocho años.

– ¿Puede ser que se hubiera reformado, que tras la sanción de la FIFA hubiera cambiado su actitud en el terreno de juego? -preguntó la abogada.

– En absoluto -afirmó Juanpa de forma rotunda-. Parecía como si contara con impunidad. Es un caso asombroso, parece imposible que, con sus antecedentes y lo claras que son muchas de sus agresiones, nadie viera ninguna de ellas. Puedo ponerles un vídeo ahora mismo con una colección de las agresiones que realizó durante varias de las temporadas analizadas.

– Se lo agradezco, señores, pero creo que no queremos verlas. ¿Puede tener que ver que esos años coinciden con los períodos de los pagos al señor Negreira, años en los que los árbitros eran puntuados por el vicepresidente de los árbitros en función de sus actuaciones?

– No podemos afirmar tal cosa, no tenemos pruebas y eso lo tendrá que determinar este juicio. También podría deberse a que el jugador era representado por Media Base Sports, filial de Mediapro, que es quien pone la mayor parte del dinero de LaLiga, vayan ustedes a saber. Pero nuestro trabajo son los datos, no las interpretaciones.

– Me queda claro. Muchas gracias por su testimonio. No haré más preguntas.

Mientras los testigos recogían sus informes y se marchaban, el juez Aguilar procedió a cerrar su libreta y varias carpetas para concluir la sesión. Se apagaron los monitores. El abogado de la defensa pidió un último turno de palabra:

– Señoría, querría hacer una última apreciación. Hasta la fecha, la acusación se ha limitado a cuestionar a nuestros testigos y desacreditar sus manifestaciones. Por este motivo, y para tratar de aclarar definitivamente este incómodo asunto, proponemos para la próxima sesión a un testigo que es una autoridad en los estamentos futbolísticos y un reconocido madridista. Ya verán cómo él es capaz de poner luz en este asunto.

– Eso quedará para el próximo día, que hoy hemos acabado derrengados. Se levanta la sesión -pronunció mientras golpeaba con el mazo.

Hollywood y la autocrítica (II)

(Continuación de: Hollywood y la autocrítica (I))

Como decía en la primera parte, el cine norteamericano no suele eludir ningún tema, por crítico que pueda ser incluso con el propio país o con su sociedad, y hace mucho tiempo que perdió el miedo hasta para denunciar el racismo, un racismo que aún impera en muchas de sus formas. En estos últimos años no suele fallar que «se cuele» en los Óscar alguna película dedicada al conflicto racial entre blancos y negros. Pero no es la única forma de racismo que se suele mostrar en pantalla.

  • Los asesinos de la luna cuenta las terribles tropelías de ese grupo de hombres blancos WASP de manual que se dedican a «recuperar» lo que ellos consideraban que les correspondía, una zona con enormes reservas de petróleo que había sido asignada a la tribu de los indios osage. Tampoco elude la matanza de Tulsa, sucedida en 1921, un asunto que daría para otra gran película sobre uno de los mayores episodios de la infamia en Estados Unidos.
  • Oppenheimer tenía como tema principal la creación de la bomba atómica y el Proyecto Manhattan, pero dedicó una buena parte de su trama a las investigaciones al científico por su relación con activistas comunistas o por su condición de judío (siempre me ha llamado la atención la creación del Comité de Actividades Antiamericanas).
  • Entre la lista de candidatas a mejor película, se coló este año con todo merecimiento American Fiction, escrita y dirigida por Cord Jefferson. Me gustó por el humor soterrado que destilaba, por la acidez de su propuesta, basada en «un negro que escribe como un blanco y no tiene ningún éxito, hasta que escribe como se espera que lo haga un negro y arrasa». No sé si es la cuota de crítica al racismo que se cuela cada año, pero si lo fuera, lo hace al menos con buen gusto y con una propuesta diferente a lo habitual.

American fiction trata de salirse de esa moda imperante acerca de las nuevas formas de racismo, que ya no son solo sociales o políticas, sino también culturales. Critica la hipocresía del mundillo cultural y aún más la de las adaptaciones cinematográficas, algo así como «lo que se espera de» para contentar a todos, incluidos los blancos biempensantes. A su creador parece tenerle agotado el hecho de que haya que plantear la «cultura negra» o «African American culture» desde un punto de vista de conflicto, basado solo en la discriminación: el modo de hablar (slang), la estética de las camisetas largas de la NBA y los colgantes dorados, el rap, los tiroteos por las calles y la violencia «porque los blancos me oprimen».

No es tan lejana la polémica por los #OscarsSoWhite, de 2016, aquella ceremonia boicoteada por numerosos actores afroamericanos debido a que ninguno de los nominados era de su raza. Todos estos movimientos en favor de que haya una cuota equitativa de minorías raciales o de diversidad sexual me parecen tremendamente peligrosos, enormemente limitadores de la capacidad del autor para mostrar la sociedad tal cual es, sin cortapisas o sin obligaciones de cuota. La Inclusion Rider que ya critiqué aquí tras la alocada aparición de Frances McDormand en la entrega de 2018 (Reservoir Rider dogs) podría acabar en engendros como los que a veces vemos en las plataformas políticamente correctas, con negros, latinos u orientales en papeles imposibles desde el punto de vista del rigor histórico.

Sinceramente creo que el cine norteamericano es mejor cuando se dedica a la crítica pura y dura a la realidad de lo que ha sido su país y los vergonzosos episodios de discriminación y segregación racial, no cuando regala premios o papeles por cumplir con una cuota racial. De aceptar las cuotas, la siguiente polémica será la de la diversidad de género o la del machismo de Hollywood, como se ha visto en esta misma entrega cuando algunos han alzado la voz contra el hecho de que no hubiera más premios para Barbie, la cosa esa de Greta Gerwig que echa para atrás con solo ver el tráiler. Pedían la candidatura para su directora y para la actriz principal (Margot Robbie) y olvidaron que ya les regalaron la de guion adaptado, una broma de mal gusto. Lo curioso es que sus defensores no hablaban de su calidad, sino de lo que consideraban que merecía ser premiado, una supuesta crítica hacia el machismo de la sociedad. Ya. Con una muñeca rubia escultural interpretada por Margot Robbie. Vale, me vuelvo a la discriminación racial, que me interesa infinitamente más.

La calidad es lo que debería imponerse, y al haber más directoras y guionistas mujeres, y más papeles para actores afroamericanos u orientales, la obtención de los premios debería ser algo natural, no forzado. Solo tres mujeres se han llevado la estatuilla a mejor dirección (Kathryn Bigelow en 2009 por En tierra hostil, Chloé Zhao en 2021 por ¡Nomadland!!!! y Jane Campion en 2022 por El poder del perro), cierto, y todas en los últimos quince años, del mismo modo que la mayoría de Óscar de interpretación para actores de color se han obtenido en el último cuarto de siglo. Muy atrás queda el Óscar a la mejor interpretación para Sidney Poitier en 1963 por Los lirios del valle, un oasis durante décadas y décadas. Tuvieron que pasar casi cuarenta años más para que los premios de interpretación protagonista fueran para actores de raza negra, Halle Berry y Denzel Washington en 2001. Durante todos estos años, algunos premios para actores secundarios como Louis Gossett Jr. (1982, Oficial y caballero), Whoopi Goldberg (1991, Ghost), el propio Denzel Washington (1989, Tiempos de gloria) o Cuba Gooding Jr. (1996, Jerry Maguire).

Los premios a las interpretaciones secundarias parecían casi un premio de consolación, una cuota para esa minoría, pero es que, si nos remontamos más atrás en el tiempo, nos encontramos con que el primer Óscar para una actriz de color fue en 1939 para Hatti McDaniel, la criada de la señorita Escarlata en Lo que el viento se llevó, y no pudo ir a recogerlo precisamente por las leyes de segregación racial existentes en la época.

Eso era Estados Unidos, y, pese a los avances en el último medio siglo, existe un racismo en toda la sociedad que se manifiesta con especial virulencia en algunos estados. El cine no se ha quedado atrás y ha explorado (y explotado) el racismo desde casi todas sus vertientes, con reconocimientos explícitos por parte de los académicos. A veces excesivos, como con Green book o Paseando a Miss Daisy, que, si bien son películas amables y entretenidas sobre la relación entre chófer y cliente de distintas razas, dudo mucho que merezcan llevarse el Óscar a mejor película, como sucedió en 2019 y 1989, respectivamente. En la misma edición de 2019 se colaron en la categoría de mejor película Infiltrado en el KKKlan, capaz de lograr momentos de comedia con asuntos tan desagradables, y, de modo inverosímil, Black Panther. Una de mis favoritas, Arde Mississippi, dura, sin concesiones, sobre el salvaje Sur, se quedó sin ese reconocimiento en 1988, cuando cayó frente a la (mucho más blanda) Rain man.

El Óscar de 2017 a la mejor película se lo llevó Moonlight, entre cuyos partidarios no me encuentro precisamente. No solo habla de los conflictos raciales y el submundo en el que viven por ser negros en determinados barrios, sino que se le une la complicación de ser gay en esos ambientes. Pero, como escuché en su momento a un crítico cinematográfico en un podcast, «la misma historia, con blancos de Parla, no tendría ni la décima parte de interés o de éxito». Una buena película, en cualquier caso, como Figuras ocultas, que estuvo entre las finalistas de ese mismo año al contarnos las dificultades de ser matemática, negra y mujer en la NASA en los sesenta.

Selma, Lincoln, El color púrpura, Malcolm X, Detroit, Criadas y señoras, El mayordomo, 12 años de esclavitud, Óscar a mejor película en 2014… Todos los años hay alguna película que trata el racismo de Estados Unidos de una manera más o menos directa, si bien, a veces resulta más interesante cuando el conflicto racial no es tan evidente. Cuando es subliminal, cuando no es tan obvio. Unas niñas jugando al tenis en los selectos clubes de blancos (El método Williams), el tipo que fue juzgado porque pasaba por allí y su color de piel resultaba sospechoso (El juicio a los 7 de Chicago), los chicos de los hood que son enviados a Vietnam (Platoon), el desprecio de un taxista hacia todo un colectivo (Taxi driver), el negro cómplice del amo (Django desencadenado), el abogado o el buzo que no son bien recibidos en determinados ambientes (Philadelphia, Hombres de honor), el racismo de los italoamericanos (Una historia del Bronx), la mirada de desconfianza de una mujer blanca de clase alta hacia un negro que se cruza en la calle… Crash, todo un tratado sobre el racismo que se llevó con merecimiento el Óscar a la mejor película. Lo trata desde todos los puntos de vista y con varias etnias: el poli malo y racista que resulta no ser tan cabrón, el poli bueno al que sus prejuicios acaban traicionándolo, la desconfianza hacia los mexicanos, la pelea del iraní contra un mundo que considera que lo maltrata, el tráfico de orientales, el detective negro y la mexicana que quieren integrarse en el sistema, pero no lo logran, la pareja de afroamericanos millonarios y de éxito… Es todo un alegato sin piedad, incómodo, necesario.

Nadie mejor que los americanos para criticarse a sí mismos, decía, son unos genios, los number one. Y, como todo en el mundo del cine, todo estaba ya en las películas de John Ford.

Hollywood y la autocrítica (I)

Cada año que pasa, la ceremonia de los Óscar se parece más a la anterior ceremonia de los Óscar, que a su vez se asemejaba mucho a… otra ceremonia de los Óscar. Las sorpresas son cada vez menos frecuentes y los pronósticos resultan más atinados, pero lo que sí me llama la atención es cierta disparidad de criterio entre lo que unos años nos dicen que «gusta en Hollywood» y lo que al año siguiente nos cuentan que «los miembros de la Academia detestan». Me refiero, en especial, a la autocrítica, a la bofetada a su propio país. El guantazo a mano abierta que los cineastas dan a sus políticos, a los medios, a la economía, al racismo de su sociedad, a su manera de intervenir en el mundo, incluso a su manera de hacer cine. Porque no hay país en el mundo, o directores, productores y guionistas con mayor capacidad de atizar a su propio sistema que los estadounidenses. Sin embargo, esa capacidad del cine de Hollywood para la crítica no siempre se lleva el galardón, en ocasiones nos dicen que «a los académicos no les gusta mirarse al espejo», y otras veces parece que es lo que se premia.

Billy Wilder cuenta en su libro de Conversaciones a dos manos con Cameron Crowe que, cuando el todopoderoso productor Louis B. Mayer (de Metro Goldwin Mayer) vio Sunset Boulevard en un pase privado, preguntó que quién era ese director extranjero que osaba morder la mano que le da de comer, en referencia a su feroz crítica al sistema de los estudios de cine. Llegó a decir que quizá habría que mandarlo de vuelta a Alemania. La respuesta de Wilder es muy recordada: «Fuck you!». La película no gustó a los magnates de Hollywood por el retrato desolador que hizo de su mundo, pero, sin embargo, tuvo un buen recorrido en los premios: cuatro Globos de Oro y once nominaciones a los Óscar, de los cuales se llevó tres (guion original, dirección artística y banda sonora). Pese a ser una obra maestra recordada durante décadas, no ganó el Óscar a mejor película, que recayó en su lugar en Eva al desnudo, otra crítica de ese sistema que devoraba estrellas sin remilgos, pero una propuesta más amable.

En Europa vamos mucho más «con el freno de mano puesto», con miedo a cruzar ciertas líneas. El director británico Paul Greengrass lo explicó a la perfección hace años: «Una de las cosas más remarcables de Estados Unidos es su instinto para la sinceridad y el auto-examen. En contraste, a nosotros (los británicos) nos cuesta cientos de años siquiera reconocer el error más mínimo». Y a continuación pone como ejemplo los treinta años que necesitó para rodar Domingo sangriento (Bloody Sunday) sobre los sucesos acaecidos con los norirlandeses a principios de los setenta, mientras que rodó United 93 apenas cinco años después del 11-S.

Los conflictos internos de un país nunca son fáciles de tratar en el cine, como cuenta Greengrass, o como nos pasa en España con las películas sobre la guerra civil, que nunca contentan a nadie. Por sectarias, tendenciosas, por hablar solo desde un punto de vista o por quedarse cortas en su crítica. Ni siquiera el ejercicio de honestidad de Amenábar con Mientras dure la guerra se salvó de ciertos ataques. Estoy expectante ante lo que José Antonio Bayona pueda hacer en su anunciado rodaje sobre los relatos de Manuel Chaves Nogales incluidos en A sangre y fuego.

“Idiotas y asesinos se han producido y actuado con idéntica profusión e intensidad en los dos bandos que se partieran España”.

Manuel Chaves Nogales, prólogo de A sangre y fuego. Héroes, bestias y mártires de España

Echo en falta películas o series españolas sobre nuestra monarquía realizadas con la misma crudeza empleada por los británicos en The Crown. Por mucho que dijera Greengrass, puede que los británicos están varios pasos por detrás de los estadounidenses, pero es que los españoles andamos a varias décadas de madurez de los british.

Las películas favoritas de la edición de los Óscar que se celebró la semana pasada tenían su componente de crítica al tratar sobre temas históricos: Oppenheimer y Los asesinos de la luna. El padre de la bomba atómica frente a la aniquilación de la tribu osage. Dos películas sólidas, con directores contrastados como Nolan y Scorsese, historias incómodas y una extensa duración. Para mí, entraban de largo en esa categoría de «oscarizable» con la que a veces se etiqueta a las películas en sus estrenos. Y celebro cuando las principales obras del año llevan un componente de crítica, de sacudida a la conciencia del espectador. Llevábamos una racha de películas quizás menores como triunfadoras en la categoría de mejor película:

  • 2023: Todo a la vez en todas partes.
  • 2022: CODA. Nunca entenderé que este amable telefilme de sobremesa pase a la historia en el selecto palmarés de «mejor película».
  • 2021: Nomadland. Aquí sí hay una buena bofetada al insolidario sistema de salud y pensiones norteamericano, ese sistema salvaje que deja a cerca de un millón de personas abandonados a su suerte.
  • 2020: Parásitos. Aquí un fan de esta peli coreana que sorprendió con su éxito. Por cierto, en la entrega de este año se ha colado de forma incomprensible Vidas pasadas, de la surcoreana Celine Song. Está bien, sin más, pero siempre que veo que se cuelan este tipo de obras conformistas me pregunto cómo (y cuánto) ha sido la campaña de marketing para llevarla hasta allí.
  • 2019: Green book.
  • 2018: La forma del agua.
  • 2017: Moonlight.

Me produce una sana envidia cuando veo cómo Hollywood es capaz de destripar a sus presidentes y contarnos la miseria moral de muchos de ellos, tanto los reales (The US Presidents según Hollywood-II) como los ficticios (The US Presidents según Hollywood-I ). Seguro que el mujeriego candidato demócrata de Primary Colors, interpretado por John Travolta, guardaba notables parecidos con Bill Clinton, del mismo modo que el George W. Bush real tenía numerosos puntos en común con el alcohólico desastroso que compuso Josh Brolin en W. (Oliver Stone).

La corrupción de las campañas electorales y la compra de favores (Los idus de marzo), la ocultación de información (Los archivos del Pentágono) o la invención de guerras ficticias para tapar escándalos de índole sexual (La cortina de humo) son mostradas sin tapujos, de manera cruda y a veces incluso cómica. Hay numerosas series que te muestran cómo es ese mundillo de tiburones, lobbys e intereses alrededor de la Casa Blanca (House of cards, El ala oeste de la Casa Blanca, Sucesor designado). No hay miedo en mostrar a un tipejo que todavía vive como Dick Cheney como un tipo corrupto, amoral y sin ningún tipo de pudor a la hora de enriquecerse (Vice, Adam McKay). Para este tipo de crítica, o de autocrítica, no hay nadie mejor que los norteamericanos. El escándalo del Watergate se llevó por delante al presidente Richard Nixon en agosto de 1974 y la investigación de Bob Woodward y Carl Bernstein que concluyó con su dimisión se convirtió en película de una manera más que veloz: Todos los hombres del presidente (Alan J. Pakula) se estrenó en abril de 1976 y se llevó el Óscar a la mejor película en la siguiente edición.

Envidia, como decía, eso es lo que siento cuando veo esas películas. Lo más cercano que se ha podido rodar en España han sido películas como las muy notables B, la película (David Ilundáin), sobre la declaración de Luis Bárcenas, El reino (Rodrigo Sorogoyen), o la serie Crematorio, basada en la novela de Rafael Chirbes sobre la corrupción en la costa levantina. Las tramas que nos hemos perdido aquí con gente como Jesús Gil, Juan Guerra, Francisco Granados, ministros macarras o inútiles, las campañas electorales (con o sin atentados de ETA o el 11-M de por medio), el independentismo catalán y vasco, o personajes tan de peli zafia como Ábalos o Koldo.

Hollywood no tiene ningún miedo a la hora de afrontar asuntos peliagudos, polémicos. Tras la crisis financiera de 2008 y los años siguientes, con la caída de Lehman Brothers y el colapso del sistema financiero mundial, proliferaron películas de todo tipo acerca de la podredumbre de los “expertos” de ese mundillo: El lobo de Wall Street, La gran apuesta, Margin call, Inside Job, Capitalism: a love story, Wall Street 2, Too big to fail

Y pese a todo el poder de la prensa, que en Estados Unidos sí funciona por lo general como un cuarto poder «casi» independiente, las películas sobre la corrupción, el bajo nivel de sus medios o los intentos de control no se quedan atrás: Los archivos del Pentágono, No mires arriba, El escándalo, Buenas noches y buena suerte,… Network (Sidney Lumet) se llevó el Óscar a mejor película en 1976 por su crítica despiadada de la televisión y la búsqueda de audiencia a cualquier precio. Es algo casi tan antiguo como los propios premios de la Academia, pues este tipo de críticas ya existían en películas como Juan Nadie, Caballero sin espada o Ciudadano Kane. Hay un momento brutal en el peliculón de Orson Welles, cuando sus medios se encuentran a la espera del resultado de las elecciones a gobernador y muestran los posibles titulares preparados por la redacción:

Victoria de los míos o fraude. Parece una escena premonitoria de lo que sería Donald Trump años después. No hay asunto, por escabroso que pueda parecer, en el que Hollywood no meta el dedo. Durante años se dijo que la representación del fracaso de la guerra de Vietnam no era apreciada por los académicos, que pasaban casi de puntillas por el conflicto, pero finalmente se premió a una obra maestra como El cazador (The deer hunter, Michael Cimino) en 1978, o a otra como Platoon (Oliver Stone) en 1986, pese a mostrar una versión muy crítica con el conflicto bélico y con el «clasismo» de los jóvenes enviados a morir en la otra parte del mundo.

Las guerras de Irak y Afganistán o el estrés postraumático de tantos soldados también nos han traído peliculones duros, sin concesiones para el espectador: El francotirador, Zero dark thirty, En tierra hostil (Mejor película en 2009 y mejor directora para Kathryn Bigelow), American soldiers, El mensajero del miedo, Tres reyes, Red de mentiras, Jarhead, En el valle de Elah… No es un cine complaciente con el espectador, no suele regalar una visión amable de sus líderes o del papel de su ejército en conflictos internacionales.

En la segunda parte hablaré de un asunto sobre el que Hollywood no ha tenido ningún miedo a hablar desde hace medio siglo o más. Creo que incluso ha aumentado el número de películas y de premios asociados a dicha temática: el racismo de su sociedad.

Continuará: Hollywood y la autocrítica (II).

Anatomía de un Negreirato (I)

Desde el pasado 15 de febrero, coincidiendo con el primer aniversario del hallazgo, del escándalo de los pagos del Fútbol Club Barcelona al exvicepresidente de los árbitros, José María Enríquez Negreira, inicié una serie en La Galerna que, por el material disponible, podría acabar perfectamente en libro. Como tengo lectores que no siguen habitualmente esa web, pero sí mi blog, iré actualizando las entregas cada vez que alcance las 10.000 palabras, como ha sucedido esta semana. Se publicará por entregas, cada viernes una nueva, hasta el final del hipotético juicio, o… hasta que me llegue una querella por difamación. Difícil, porque los personajes usaron esas mismas palabras con las que defienden su participación. Se puede seguir a través de estos enlaces, o directamente, del tirón en el texto que dejo a continuación. Que ustedes lo disfruten, o que se indignen, como yo.

Anatomía de un Negreirato: Prólogo.

Capítulo 1: Los alegatos previos.

Capítulo 2: Medina Cantalejo.

Capítulo 3: Luis Rubiales.

Anatomía de un Negreirato. El juicio que no veremos.

Prólogo

Hoy se cumple un año de la primicia en el Què t’hi jugues de LaSer de Barcelona, gracias a la cual supimos que “la Fiscalía investiga a la sociedad de un exvicepresidente de los árbitros que recibió pagos del Barça por asesoramiento mientras ejercía su cargo”. Nos hablaron entonces de José María Enríquez Negreira, de sus empresas, de una cifra de 1,4 millones de euros durante el período 2016 a 2018, de una inspección de Hacienda… y que de asesoramiento no había nada de nada. En estos doce meses transcurridos hemos sabido que el importe, las empresas, el período y las mentiras eran mucho más enormes que las que inicialmente se publicaron. Creo que pocas veces como en este año ha tenido tanto significado la expresión “preso de sus palabras”.

La justicia española no tiene nada que ver con la estadounidense. Para bien o para mal. Para bien, porque no todo se resuelve teniendo poderío económico. Para mal por los plazos, por la exasperante lentitud. Por desgracia, los tribunales españoles resuelven con tanta demora que, cuando llegan las sentencias, ya ni es justicia, ni hay resarcimiento a las víctimas, ni tampoco condena suficiente para los delincuentes. Todavía no se ha iniciado el juicio por el caso Soule, el cual llevó dos semanas a prisión preventiva al anterior presidente de la Federación Española de Fútbol, Ángel María Villar. Conviene recordar que cuando aquello ocurrió en verano de 2017, ¡verano de 2017!, el Real Madrid tenía solo 12 Champions y el Barça aún pagaba las facturas de Dasnil, Nisdal, o “nisdalomismo”.

En lo que sí que no cabe ninguna duda es en el hecho ciertamente incontrovertible de que la justicia norteamericana, especialmente la que conocemos gracias a Hollywood, es infinitamente más cinematográfica que la española. Abre muchas posibilidades escénicas, se juega con el enérgico “¡protesto!”, con las reprimendas del juez en directo o con las miradas a un jurado de ciudadanos que se ven inmersos en un espectáculo para el que seguramente no estén preparados.

Todavía no ha arrancado el juicio por el Villarato, y no sabemos cuándo se producirá el del Negreirato, si es que algún día llega, así que, mientras eso ocurre, y a modo de ficción “totalmente inventada” (sí, claro…) en la que “cualquier parecido con la realidad será pura coincidencia” (por supuesto que sí…), vamos a traeros a La Galerna el especial Anatomía de un Negreirato, de varios capítulos de duración. La gravedad del caso lo merece. Llevará el subtítulo El juicio que no veremos, no solo porque versará sobre un hipotético juicio que he situado en septiembre de 2025, como podría decir en marzo de 2031 o… nunca. Porque parece que hay más interés en darle carpetazo que en sentenciar acerca de este escándalo sin precedentes. El Moggigate es un bebé en pañales al lado de este anciano culé.

El serial combinará dos mundos tan diferentes como el sarcasmo galernauta y la parafernalia judicial hollywoodiense, entre cuyos mejores ejemplos se encuentra la obra maestra de Otto Preminger Anatomía de un asesinato, estrenada en 1959. Con James Stewart y George C. Scott en los papeles de defensor y fiscal del estado, respectivamente. Como tenemos el privilegio de elegir, intercambiaremos ambos papeles y el fiscal que llevará la acusación de este juicio al Negreirato se llamará Jaime Estuardo, mientras que el defensor de los acusados responderá al improbable nombre de Jorge Carlos Scotto. El Real Madrid se personará en la causa por medio de la figura de la prestigiosa abogada Luisa Ramírez, iniciales de la espléndida Lee Remick, por seguir con la obra de Preminger.

¿Por qué el humor para contar algo tan dramático como la constatación de que todos los campeonatos españoles de fútbol de las últimas décadas han estado adulterados y contaminados por un club? Quizás porque no se nos ocurra otra. O quizás como mecanismo de autodefensa. Siendo vomitivo lo ocurrido, resultan peores las reacciones posteriores al conocimiento del hecho. Las autoridades del deporte y las de la política, los organismos federativos, la mayoría de los clubes, el CTA, el Consejo Superior de Deportes… y la prensa. Una prensa cómplice con la defensa de lo sucedido o con el silencio. Las respuestas de unos y los argumentos de otros darán mucho juego cómico en este serial, porque, aun habiendo recibido asesoramiento profesional, son de auténtica coña marinera. “Si no se pitaron penaltis en 78 jornadas, será porque no se los hicieron” es mi favorita.

Somos conscientes de que cometeremos muchos errores “procesales”, pero si aquí todo bicho viviente ha tragado con esta aberración deportiva/económica/ética, no habrá problema alguno para aceptar nuestras meteduras de pata jurídicas, por ignorancia o conscientes, todo sea por el interés del relato. Optamos por la vía del humor porque quizás la parodia haya retratado la corrupción y la podredumbre moral de los personajes mejor que otras alternativas. O porque preferimos el humor al cóctel molotov para reventar de una vez todo lo reventable en las estructuras futbolísticas de este país.

CAPÍTULO 1 – Los alegatos previos

Septiembre de 2025. El ruido era impropio de la sala de un juzgado, pero entre el número de medios acreditados, los afectados en la causa, familiares, curiosos y la mala educación de la mayoría de ellos, aquello parecía un mercadillo. El alguacil, un tipo imponente de más de dos metros con la cara de Bull Shannon, se hizo escuchar con un vozarrón acongojante:

– ¡Silencio! ¡Silencio en la sala! -y tras unos segundos-. ¡En pie! Preside el honorable juez Aguilar.

No faltaba casi nadie. Familiares de los encausados, directivos de clubes afectados, dirigentes federativos, algún político con atribuciones en el ámbito del deporte, una amplia caterva de periodistas… todos callaron mientras observaban el paseo del veterano juez hasta el sillón principal tras la mesa que presidía el juzgado número 1 de Barcelona. Los abogados de ambas partes, Jorge Carlos Scotto por la defensa y Jaime Estuardo por la acusación, en pie junto a Luisa Ramírez, la abogada del club personado en la causa como perjudicado, el Real Madrid, mantuvieron un respetuoso silencio, solo interrumpido por el continuo carraspeo de Joan Laporta.

El experimentado juez Julián Aguilar estaba visiblemente incómodo. Nunca había estado en el centro de los focos por la sencilla razón de que lo que más odiaba en su carrera era figurar, estar ahí “en boca de todo el mundo”. La suya había sido una carrera modélica en un segundo plano, atendiendo los casos que le caían y dictando sentencias con su mejor criterio sin plegarse a las presiones o al poder establecido, para lo cual, como reconocía en privado ante sus más cercanos, “es necesario que no te toque un caso de gran repercusión mediática”.

Sin embargo, a última hora del día anterior, le había tocado juzgar “esa cosa del fútbol y los árbitros”, como confesó a su mujer, debido a la renuncia a última hora de la jueza que estaba prevista para la causa. Al parecer, la jueza había decidido apartarse tras sufrir un robo en su casa y la sustracción de varios documentos de poco valor.

– Parece que quieran amedrentarla, señora -le dijo el agente de policía-. No es normal que no se llevaran las joyas. Sospechamos que se trata de la misma banda que andamos persiguiendo desde hace meses, unos tipos venidos de países del Este que han entrado de manera violenta en las casas de varios futbolistas.

El juez Aguilar nunca había sentido el más mínimo interés por el fútbol y detestaba verse ahí, fotografiado por las decenas de medios acreditados. Jamás había entendido el aliciente que tenía este deporte capaz de levantar pasiones entre gentes de todas las edades, incluso entre los de su generación, tipos brillantes, compañeros de carrera con los que había visto algún partido y que parecían al borde del infarto cuando el balón se acercaba a las inmediaciones del área de los suyos. Por lo que había leído en prensa en los últimos treinta meses, el caso que le tocaba juzgar iba a estar en los medios durante mucho tiempo, lo cual le provocaba una pereza infinita. La oficial del juzgado le pasó una nota con el expediente. El señor Aguirre se acercó al micrófono y pronunció sus primeras palabras.

– Se abre la sesión. Expediente 27531/2025, nos ocupa el caso por el que se juzga a la entidad Fútbol Club Barcelona y a los señores Enríquez Negreira, Enríquez Romero, Joan Laporta, Josep María Bartomeu, Albert Soler, Óscar Grau y Sandro Rosell por los delitos de corrupción deportiva continuada, fraude, administración desleal y falsedad en documento mercantil.

Sabía que su siguiente frase no tenía ningún recorrido, pero el cuerpo (y una cabeza que pedía ya la jubilación) le animó a intentarlo:

– ¿La Fiscalía y los acusados han llegado a algún tipo de acuerdo que nos evite pasar por este engorroso trámite?

Se oyó un murmullo en la sala. Al principio apagado, progresivamente creciente. Miradas perplejas entre los asistentes. Desde la mesa de la defensa del Barça salió una mirada suplicante hacia la acusación, cuyos miembros se miraban entre ellos atónitos, tras lo cual denegaron con la cabeza cualquier atisbo de acuerdo. El runrún quedó interrumpido cuando Joan Laporta, sentado a la izquierda de Jorge Carlos Scotto, abogado de la defensa, apartó la silla de la mesa para poder levantarse (unos dos metros), alzó el índice de la mano derecha y exclamó:

– Señoría, es imposible que haya un acuerdo, nosotros, que somos mès que un club, nos sentimos ultrajados, ofendidos, se nos ha cuestionado públicamente y me gustaría lanzar una proclama antes de que iniciemos este juicio, tras el cual, no cabe ninguna duda de que saldremos por la puerta grande y restituidos en nuestro honor.

El juez Aguilar alzó la vista sobre las gafas, que le caían de manera físicamente improbable sobre la punta de la nariz, y dirigiéndose a Laporta, le respondió:

– Señor Laporta, no le corresponde a usted emitir ningún discurso, y, además, le recuerdo que usted es uno de los acusados y tiene su propio abogado defensor, así que, salvo que la acusación no ponga impedim…

– Señoría -le interrumpió Jan, lanzado-, me acojo a mi condición de abogado con una larga carrera de éxito, así como a la cesión del uso de la palabra que he acordado con mi abogado (lo miró, mientras este enarcaba las cejas como diciendo “qué cojones voy a hacer si me pagas tú”), y lo hago además con el convencimiento de que la verdad no hace ningún mal a nadie.

El fiscal, Jaime Estuardo, se acercó al micrófono y pronunció con voz clara:

– Ningún problema por nuestra parte, señoría. Cada vez que el señor Laporta ha hablado, ha añadido un eslabón más a su cadena de mentiras. Puede proceder si quiere.

El juez Aguilar suavizó su gesto de cabreo con Laporta tras la interrupción y con un leve movimiento de la mano le animó a que procediera.

Joan Laporta: Gracias, señoría. Con la venia, quería dirigirme a todos los presentes para dejar claro que este caso solo tiene un culpable y no es el Fútbol Club Barcelona. Durante el período en el que se van a juzgar las actividades del señor Negreira, el Barça tuvo el mejor equipo de la historia del fútbol, con el mejor jugador de siempre, Leo Messi, y el mejor entrenador que haya habido jamás en cualquier estadio de cualquier deporte, Pep Guardiola. El Barça ganó, ganamos, porque éramos los mejores y esto no admite discusión alguna. El único culpable de que esta relación, digamos comercial, entre el señor Negreira y el Fútbol Club Barcelona esté bajo sospecha es del madridismo sociológico.

Entre el público congregado se escuchó un murmullo de sorpresa, mezclado con cierta desaprobación y risas.

J.L. Desde “Madrit” no se digiere bien que durante varias décadas el Barça los superó en títulos, en juego y en el aprecio popular de todo el mundo del fútbol, de todo el que verdaderamente ama este deporte. El madridismo sociológico es algo histórico, viene de la época de Franco e incluso de antes. El Real Madrid ha estado siempre pegado al poder y ha controlado el estamento arbitral desde hace décadas, ¡incluso tuvo a exfutbolistas como presidentes del Comité de Árbitros! Todo ello se tradujo en numerosos títulos obtenidos de forma injusta en torneos adulterados, y ahora quieren poner en cuestión la posición de predominio que el Fútbol Club Barcelona adquirió de manera totalmente lícita.

Para todo ello cuenta con la ayuda de una prensa acrítica que escribe al dictado de su presidente. Es así, siempre lo ha sido, no pasa nada, asumimos que partimos desde una posición de desventaja frente a un Madrid que representa el centralismo y el Estado totalitario. Por ese motivo, en su día se tomó la decisión desde nuestro club, ya desde la época de Núñez en los noventa, de acceder a un asesoramiento en materia arbitral, con el único objetivo de competir en igualdad de condiciones con el rival. ¡Nada más, señoras y señores del jurado!

Laporta se estaba viniendo arriba con su discurso populista y se paseó frente a los miembros del jurado moviendo su corpachón sin decoro alguno.

J.L. Señor juez, no queremos hacer perder el tiempo a nadie y este caso debería cerrarse en breve, solo quería añadir que no vi a Negreira apartar defensas mientras Leo Messi se colaba en las defensas rivales, como tampoco lo vi disparar las faltas al borde del área con las que Leo nos obsequiaba cada semana al transformarlas en goles antológicos. ¿Qué se nos puede reprochar, que pudo haber movimientos de fondos que se expliquen mal en todo este caso? Sin duda. Aquellos pagos fueron a cambio de informes, como acreditaremos de manera conveniente en esta causa. Pero si hubo algún directivo que pudo lucrarse con el desvío de fondos, a él y no al “clup” le corresponderá responder ante la justicia, si es que tal cosa es viable. No cuestionen nunca jamás al mejor club de la historia. Muchas gracias y ¡Visca el Barça!

Se oyeron algunos aplausos en la sala por parte del público, pero sorprendió más que varios de ellos venían de periodistas, muchos de los cuales eran de Madrid. El juez Aguilar se dirigió a la bancada de su izquierda y les inquirió:

– Una vez escuchado este disc… me atrevería a catalogarlo de proclama futbolística de carácter no jurídico por parte de la defensa, me veo en la obligación de ceder el uso de la palabra a la acusación, por si quisieran decir algo antes de comenzar.

Jaime Estuardo había sido designado por la Fiscalía para llevar el caso estrella del año. Estuardo era un abogado brillante de larga trayectoria, si bien estaba más especializado en delitos fiscales y económicos que penales. Veía este caso como una oportunidad para alcanzar notoriedad en los medios, lo cual podía venirle muy bien para el gran proyecto vital que siempre había tenido entre manos: acabar de tertuliano en alguna gran cadena, escribir una columna semanal en algún medio de tirada nacional y cobrar por actividades en las que pudiera lucirse sin necesidad de meterse en farragosos expedientes judiciales de miles de folios.

Jaime Estuardo: Gracias, señor juez. No tenía nada previsto, pero ya que se nos brinda esta oportunidad, mal haría en desaprovecharla. Sí, el Barça era un gran equipo, eso no se va a juzgar aquí en las próximas semanas. Era tan buen equipo que nadie entiende que pagaran más de 7,6 millones de euros al vicepresidente de los árbitros para influir en la competición, como indica claramente el juez instructor del caso. Y sí, claro que Messi era un jugador enorme, creo que en ningún folio de los numerosos legajos que componen este caso se pone en cuestión tal hecho. Porque no es eso lo que a ustedes (dijo dirigiéndose al jurado) les corresponde juzgar. Messi era buenísimo, pero si cada vez que era derribado por un defensa este recibía tarjeta amarilla en un porcentaje cinco veces superior al de otros de sus mismas condiciones, a lo mejor es porque los árbitros estaban condicionados por una orden superior. Y claro que metía unos goles de falta que eran una delicia para el espectador, pero si tiró ocho veces más faltas que cualquier otro jugador de las grandes ligas europeas, a lo mejor corresponde dilucidar si los árbitros tenían instrucciones para señalarlas con esa frecuencia.

– ¡Protesto! -exclamó Laporta a voz en grito, zafándose del brazo de su abogado, que lo retenía-. Está poniendo en duda…

– Siéntese, señor Laporta -le conminó el juez-, a usted no le corresponde opinar, ni protestar, ni decir nada (el abogado de la defensa tenía serios problemas para controlar a Laporta), y le llamo al orden para que en adelante este juicio no se convierta en un show. Esas cosas gustarán a la prensa, a todos estos señores que hoy han acudido aquí ávidos de espectáculo, pero yo las detesto y no pienso permitirlas. (Se giró hacia el señor Estuardo). Prosiga, por favor.

J.E.: Gracias. Aquí hemos venido a dirimir sobre un posible delito de corrupción continuada en el ámbito deportivo, pretendemos acreditar que el pago de cantidades ingentes de dinero al vicepresidente de los árbitros, al hombre que decidía con sus informes si un árbitro era promocionado a internacional o descendía a Segunda, pudo tener una influencia sobre lo acontecido en el terreno de juego. Si esos pagos al señor Negreira o si la valoración de los arbitrajes que realizaba el señor Negreira pudieron influir en el hecho de que el Barça estuviera dos años sin un solo penalti en contra pese a contar en su plantilla con jugadores como Mascherano o Piqué, o si esos pagos pesaron a la hora de señalar 19 penaltis a su favor en una sola temporada, o si fueron fundamentales para  permitir que un jugador como Luis Suárez estuviera ocho años seguidos sin ver una tarjeta roja pese a las numerosas ocasiones en que lo mereció.

Respecto a la sospecha que el señor Laporta ha sembrado acerca de la posibilidad de que se trate de un delito de blanqueo de capitales por parte de directivos del club también podremos hablar. Veremos si es normal que usted, señor Laporta, cuadruplicara esos pagos al señor Negreira por unos informes que el propio acusado afirmó en sede judicial que no existían. O podremos tratar sobre el hecho de que los pagos cesaran en el mismo momento en que el señor Negreira dejara su puesto en el Comité Técnico de Árbitros. Usted, señor Laporta (le dirigió una mirada fulminante), usted no puede hablar de competición adulterada, ¡usted es Maradona y Julio Alberto en el partido contra la droga! Por favor, guarde un poco de decencia en público, que nos ve mucha gente. Miembros del jurado, a todos nos gusta en mayor o menor medida el fútbol, pero aquí hemos venido a hablar de corrupción.

Joan Laporta quiso disimular su incomodidad bajando la vista, como si se quitara la pelusilla del ombligo que dejaba asomar entre el quinto y sexto botón de su camisa. Una imagen bastante desagradable, por cierto. El juez Aguilar acercó el micrófono a la boca y, tras un prolongado bostezo, musitó:

– Bien, veo que no hay posibilidad de acuerdo, luego proseguiremos con el juicio. ¿Cómo se declaran los acusados?

Laporta volvió a ponerse en pie y exclamó:

– ¡Víctimas!, somos víctimas de una conspiración del madridismo sociológico y solicitamos una indemnización por atentar contra nuestro honor.

El juez volvió a llamarlo al orden y respondió:

– Le recuerdo que ustedes son la parte acusada, siéntese, por favor.

El abogado defensor fue en esta ocasión más rápido e intervino:

– Inocentes, señoría. Pedimos la absolución de todos los cargos. Con resarcimiento de todos los daños morales en las portadas de todos los periódicos y medios de tirada nacional, en especial, en La Galerna.

El juez dirigió la vista a la acusación. Jaime Estuardo se puso en pie y con voz firme pidió:

– Solicitamos la pérdida de dos categorías para el club, así como la retirada de todos los títulos ganados por el Fútbol Club Barcelona durante los años en que se produjeron los pagos acreditados, que queden desiertos todos esos campeonatos, sin ganador, como huella inmoral para la posteridad. Pero como sabemos que eso es imposible, solicitamos la condena de todos los acusados y una indemnización de 200 millones de euros para la creación de un fondo que abogue por la limpieza del fútbol español, incluyendo la eliminación del Comité Técnico de Árbitros y del sistema actual de VAR, y la contratación de nuevos colegiados y representantes de ambos organismos.

Laporta, cuyo tono gutural era escuchado por buena parte de la audiencia pese a hablar en voz baja, se dirigió a su abogado:

– La multa económica no me preocupa, siempre podremos ofrecer el 49 por ciento de Barça Studios, que tiene esa valoración.

Para sorpresa de los asistentes, Luisa Ramírez, la abogada del Real Madrid, que hasta entonces había estado callada, pidió la palabra:

– Señor juez, con el debido respeto que nos da ser la principal parte perjudicada en este caso, solicitamos la pena capital.

“¿Cómo?”, “¿qué dice?”, “¡se han vuelto locos!”, se escuchó entre el público, “¡qué vergüenza, Florentino”, se escuchó en la bancada de los periodistas. Alguno comenzó a golpear el suelo causando gran estruendo. El juez llamó al orden y la abogada pudo terminar su alegato:

– Este juicio servirá para proclamar la muerte del Relato. Es básicamente lo que pedimos como parte interesada.

El juez tuvo que golpear varias veces con el mazo y llamar al silencio a los asistentes.

– ¡Orden, orden en la sala! No me hagan tener que solicitar que estas vistas se celebren a puerta cerrada. A partir de mañana comenzaremos con el juicio una vez examinada la documentación aportada en el día de hoy por ambas partes. Se cierra la sesión.

CAPÍTULO 2 – Medina Cantalejo

– ¡En pie! – el alguacil calló a los asistentes con su ya conocido torrente de voz-. Preside la sesión el honorable juez Aguilar.

El juez miró al frente. “Dios Santo, otra vez lleno completo, lo que no he tenido en mi vida, parezco una de esas niñatas de Operación Triunfo”. Frente al juez, a su derecha, se sentaban los nueve miembros del jurado popular. Enfrente tenía el pasillo que separaba las filas del público asistente, a la derecha del cual estaban los abogados de la defensa, representados por Jorge Carlos Scotto, y a la izquierda según miraba, el fiscal general, Jaime Estuardo, y Luisa Ramírez, la abogada del Real Madrid. Detrás de los equipos de abogados, unas quince filas repletas de periodistas, curiosos y familiares de los acusados. Incluso había gente de pie, porque no había espacio suficiente en el amplio salón de juicios. A la izquierda de la mesa del juez y los oficiales asistentes, junto a un ventanal por el que entraba un sol radiante, se situaba el banquillo de los acusados. Había dos sillas vacías: la de Joan Laporta, quien, como en la primera sesión, había decidido sentarse junto al abogado principal de la defensa, y la de Enríquez Negreira, del que nada se sabía. Varios periodistas coincidían en que lo habían visto llegar al juzgado, pero nadie sabía dónde se había metido tras pasar el umbral de entrada, lo que provocó un cierto murmullo entre ellos.

– Con la venia, señoría -pronunció Scotto-, la defensa llama a declarar a Don Luis Medina Cantalejo.

Se abrieron las puertas y apareció el presidente del Comité Técnico de Árbitros. Lucía una media melena plateada bien arreglada, como recién salida de la peluquería sin el “como”, y vestía un pantalón claro, americana gris de cuadros y un grueso jersey granate de cuello vuelto que le ocultaba la papada. Antes de sentarse, el oficial del juzgado le tomó juramento:

– ¿Jura decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad?

– Por favor, qué pregunta. Soy hijo, nieto y padre de árbitros, es una vergüenza que lo dude, pues la verdad está en mí desde que nací -respondió antes de sentarse.

El oficial retiró la Biblia y se sentó cerca del juez, tras la mesa. El juez apenas levantaba la vista de los papeles, pero con un leve ademán de la mano, indicó al abogado defensor que podía proceder.

– No ha jurado -dijo Luisa Ramírez al fiscal por lo bajinis.

– ¿Cómo? -respondió Estuardo.

– Que no ha jurado decir la verdad, que este viene dispuesto a mentir como un bellaco.

Jaime Estuardo estaba repasando sus preguntas, por lo que no se había percatado de tal detalle, pero las palabras de su compañera de mesa le sirvieron para aguzar los sentidos, para permanecer atento a las respuestas del testigo de la defensa.

Jorge Carlos Scotto se acercó al testigo y comenzó su interrogatorio:

– Don Luis Medina Cantalejo, ¿podría explicarnos brevemente su carrera profesional en el mundo del arbitraje?

– Por supuesto, señor. Llevo cuatro décadas dedicado al arbitraje, que lo mamé desde chiquitito en casa. He sido árbitro profesional de Primera División desde 1998 hasta 2009, once temporadas en total, con 155 partidos oficiales pitados, y alcancé la internacionalidad en 2002, con solo 37 años. Llegué a pitar una veintena de partidos internacionales, e incluso fui cuarto árbitro en la final de un Mundial, en Alemania 2006.

– Un currículum admirable, sin duda, y dígame, ¿cuál es su actual cargo?

– Desde el año 2021 soy el presidente del Comité Técnico de Árbitros, es decir, la máxima autoridad del mejor equipo de árbitros del mundo.

En ese momento, el juez Aguilar interrumpió el interrogatorio:

– Discúlpeme, estamos juzgando hechos acaecidos entre 2003 y 2018, ¿no sería conveniente traer al presidente del Comité durante los años de los pagos a las empresas de su vicepresidente, el señor Negreira?

– Me temo que tal cosa no es posible, señoría, el presidente de los árbitros durante esos años, el ilustre Victoriano Sánchez Arminio, falleció en diciembre de 2023, Dios lo acoja en su seno -pronunció con solemnidad y mirando hacia lo que él quiso representar como el cielo, mas sobre su cabeza solo había un lamparón enorme de color marrón amarillento, producto de unas goteras y de la acumulación de óxido y cagadas de paloma sobre el techo del juzgado.

– Vaya, qué lástima -se lamentó Aguilar-, y qué poco conveniente para entender lo sucedido.

– Así es -respondió Scotto-, una verdadera lástima. Pero si me permite… con la presencia del testigo pretendemos explicar el funcionamiento del Comité de Árbitros, su enorme profesionalidad, así como poner de manifiesto las funciones casi nulas del señor Negreira en el mismo durante el período investigado. Don Luis -continuó, dirigiéndose a Medina Cantalejo-, ¿podría indicarnos cuáles eran las responsabilidades de José María Enríquez Negreira en el CTA?

– Por supuesto, señor. Eran prácticamente inexistentes. Enríquez Negreira estaba prácticamente en la sombra y no sabemos qué competencias tenía. Pese a que el señor Negreira perteneció a la dirección ejecutiva del comité durante más de veinte años, lo suyo era poco más que un cargo representativo. No intervenía en las decisiones relevantes, no designaba colegiados para los partidos, ni actuaba sobre los ascensos y descensos, no tenía poder ejecutivo alguno. De hecho, durante mis veinte años en el mundo del arbitraje, apenas lo vi un par de veces, cuando nos reuníamos en Santander para hablar de los cambios en el Reglamento y poco más. Era un absoluto desconocido para todos nosotros.

En ese momento se abrió una puerta a la derecha del banco donde testificaba Medina Cantalejo y muy cerca del banquillo de los acusados, por donde apareció José María Enríquez Negreira con un paso lento y despistado. Carraspeó un par de veces, como quien intenta expulsar un gargajo. Debía venir del baño porque llevaba la bragueta bajada, por donde le asomaba el faldón de la camisa. Negreira se sorprendió al toparse de frente con todas esas miradas sobre él. Se dirigía hacia su asiento en el banquillo de los acusados cuando vio a Medina Cantalejo sentado frente al micrófono.

– ¡Hombre, Luisito, ¿tú por aquí?! ¡Cuánto tiempo sin verte! Anda, ven, dame un abrazo, hombre, ¿cómo está tu hija, cómo está María?

Medina Cantalejo trató de zafarse del abrazo de Negreira con evidentes signos de incomodidad.

– Quite, señor, yo no le conozco de nada.

Se provocó un cierto revuelo en la sala, con risas y exclamaciones de sorpresa entre los asistentes que el juez trató de acallar con el mazo. Javier Enríquez Romero se acercó a su padre, le tomó por el hombro y se lo llevó a su sitio, junto a él, “ven, Papá, es por aquí”.

– Pero si no me ha querido ni saludar -se le oyó decir al anciano.

Medina Cantalejo recompuso su jersey con ademanes algo amanerados y al mesarse el cabello mostró un Rolex enorme con esfera verde.

– Prosigo -continuó Scotto una vez que los Enríquez se sentaron-. Entonces, ¿por qué cree usted que el Fútbol Club Barcelona pudo pagar aquellas facturas a las empresas del señor Negreira?

– Supongo que serían por asesoramiento en materia arbitral, una tarea que todos los clubes tienen encomendadas, algunos a empresas externas, y otras, a excolegiados. Cómo interpretar las circulares, los cambios en el Reglamento, pequeñas modificaciones que la IFAB incorpora cada año. Supongo que serían los honorarios por esa tarea, pero eso se podrá ver en los contratos o tendrá que preguntárselo a esos señores de ahí (dijo mientras señalaba con cierto desdén al banquillo con los presidentes del Barça).

– La Fiscalía afirma que no puede ser por ese tipo de asesoramiento porque los honorarios habituales por esa función son sensiblemente inferiores, ¿qué tiene que decir a eso?

– Pues lo mismo que antes. Serían pagos por asesoramiento, quizás alguien en el Barça pensó que esos pagos podían ayudarles a mejorar, o quizás… (balbuceó)… el señor Negreira quiso convencer al Barça de que podían obtener algo más con sus servicios, lo cual es absurdo porque, como he dicho y repetido varias veces, el señor Negreira no pintaba nada en el estamento arbitral. (Se le empezaba a hinchar una vena en la frente) De hecho, si estoy aquí es para salvar el buen nombre de los árbitros españoles y estoy bastante indignado con todo lo que se ha dicho de nosotros, porque… después de todo, ¿qué pinta el CTA en toda esta trama?

– Eso mismo piensa la defensa. Muchas gracias. Señoría, no haré más preguntas.

Medina Cantalejo se levantó para salir escopetado, pero, en ese preciso instante, Jaime Estuardo se levantó y soltó un sonoro:

– ¡Disculpe, no corra tanto, señor Medina! Es el turno de la acusación.

Medina Cantalejo miró suplicante al juez, el cual le conminó a que se sentara de nuevo con un gesto.

– Me resulta curioso verle escapar de ese modo, señor Medina Cantalejo -arrancó el fiscal en su interrogatorio.

– ¿Escapar? En absoluto, creí que habíamos terminado -respondió indignado-. Tengo el máximo interés en esclarecer todo lo sucedido, porque es una infamia todo lo que se ha dicho de nosotros.

– Tranquilícese, señor Cantalejo, no tengo ninguna duda de que es así. Ya vimos su enorme ayuda cuando la Guardia Civil procedió con el registro de la sede del Comité Técnico de Árbitros en la Federación, ¿podría indicarnos dónde estaba usted aquel 28 de septiembre de 2023?

– Entienda usted que no lo recuerde ahora mismo -Medina Cantalejo se llevó la mano al cuello del jersey y lo estiró ligeramente hacia su pecho-.

– Vamos, piénselo un poco, ¿dónde estaba usted mientras la Guardia Civil registraba la sede del CTA? Le refresco la memoria, aquel día usted no estaba en Sevilla, había venido de viaje a Madrid.

– Ah, creo recordar. Sí, estaba en un hotel de Madrid porque teníamos unas jornadas en la Federación.

– ¿Y no consideró conveniente acudir a la sede del Comité para colaborar con la investigación? ¿Qué podía haber más importante para su trabajo en ese momento? -le inquirió el fiscal.

– Tenía que revisar… eeeeh, unos informes con uno de mis colaboradores y… eeeh, creímos conveniente verlos en el propio hotel, porque de ese modo evitábamos el follón que había en la sede de la Federación.

– Ya. Claro, claro. ¿De verdad que esos supuestos informes, ese día concreto, eran más importantes para usted que colaborar con la justicia en las investigaciones?

– ¡Protesto, señoría! -se escuchó por parte del abogado de la defensa-. Está tratando de desacreditar al testigo con juicios de valor.

– Se admite -asintió el juez.

– Lo entiendo, la retiro -aceptó Estuardo-. Hablemos pues del arbitraje y de su colectivo tan brillante, tan honesto, como usted mismo los ha definido. Señor Cantalejo, ¿podría decirnos cuánto cobra un árbitro de Primera División?

– A veces pienso que poco para lo que tienen que aguantar. Un colegiado de Primera División viene a cobrar unos 12.500 euros mensuales, más un fijo por partido en función de si pita en el campo, unos 4.000 euros, o en la sala VOR, en cuyo caso se le paga la mitad. Es un salario que puede parecer elevado, pero que a nosotros nos parece justo y equilibrado, dada la importancia de su trabajo.

– Bien, eso significa -Estuardo tecleó en la pantalla de su móvil, como si efectuara un cálculo-… que si un árbitro pita unos veinte partidos al año, quizás alguno más, se puede levantar entre 210.000-250.000 euros. ¿Y si asciende a internacional?

– Dependerá del número de partidos que pite y de la importancia de estos, pero un partido de Champions se puede ir a unos 7.000 euros, y uno de selecciones, entre 5.000 y 10.000 por partido, dependiendo del torneo.

– Entre unas cosas y otras, pueden llegar a los 300.000 euros anuales -concluyó-. ¿Y un árbitro de Segunda División?

– Pues las cifras, obviamente, son más bajas, como también lo son los presupuestos de los equipos y los salarios de sus jug…

– ¿Pero, cuánto? -le apremió Estuardo.

– Entre salario y sueldos por partido, unos 100.000 euros anuales.

– Luego es un punto clave para la salud, digamos, económica, de los árbitros, permanecer en Primera, promocionar a internacional, o descender a Segunda. ¿Recuerda usted en esas reuniones de Santander que su predecesor en el cargo, Victoriano Sánchez Arminio, dijera que el Real Madrid no caía bien en el estamento, que instara a perjudicarlo deportivamente?

– Mmmmhhh… no recuerdo, no me consta. Pero le corrijo, él no era mi predecesor, era Velasco Carballo.

– Es cierto, lo contrastaremos también. Entonces tampoco recordará que en esas jornadas con todo el colectivo, el señor Negreira siempre permanecía junto a Sánchez Arminio, era su brazo derecho.

– Pues… no lo recuerdo. Solo lo recuerdo cuando parábamos para comer, que le encantaban las sardinas.

– En fin, una pena esas lagunas en su memoria. Por lo menos, podría indicarnos, si lo recuerda, de qué manera se decide quiénes ascienden en el arbitraje, cuáles bajan cada año, o cómo se accede a la categoría de internacional.

– Cómo no. Los árbitros son evaluados en cada partido por unos observadores y en función de las puntuaciones que reciben, se los promociona o desciende. Todo muy transparente.

– ¿Y podría suceder que el señor Negreira influyese en esos informes arbitrales o en esas puntuaciones? Por aquello de que unos caían “mal” y otros que lo retribuían todos los meses y eran mejor tratados.

Medina Cantalejo estaba visiblemente molesto con el tono del interrogatorio, pero trató de recuperar la compostura:

– Yo no lo vi nunca, me cuesta creer…

– Pero han aparecido documentos con puntuaciones -interrumpió de nuevo Estuardo, mostrando un documento al público de forma bastante teatral-, con la firma del señor Negreira.

– ¡Protesto! -intervino Scotto, que vio que Medina Cantalejo empezaba a ponerse nervioso-. El fiscal está intentando acusar a mi testigo de unos hechos en los que no intervino y que desconoce.

– Se admite -contestó el juez.

– Tienen razón -respondió Estuardo-, ya ha quedado claro que el señor Medina estuvo escondido, perdón, reunido en un hotel cuando aparecieron esos documentos. Reformularé la pregunta: ¿usted ha oído hablar alguna vez del “índice corrector”? ¿Concretamente del “dedo índice corrector” o del “índice corruptor”?

– Eso son insidias, una patraña inventada por los medios sensacionalistas que quieren cuestionar la honestidad del arbitraje de este país y no lo voy a consentir.

El exárbitro estaba visiblemente incómodo. Se le veía sofocado. Sacó un pañuelo del bolsillo de su americana, con el escudo del Sevilla, y se enjugó el sudor de la frente.

– ¿Cómo explica que el Barcelona estuviera 78 jornadas seguidas sin que se pitara un penalti en su contra?

– Si no se pitaron, es porque no los hubo.

Se oyeron varias carcajadas en la sala, sobre todo de un flanco en el que varias personas compartían imágenes en sus móviles.

– Señores del jurado, incorporamos como prueba número 123/02 este vídeo con imágenes irrefutables de los penaltis cometidos durante ese período, fundamentalmente por los señores Javier Mascherano y Gerar Piqué Bernabéu, con artículos en los medios sobre los, llamémoslos, errores de los colegiados al no señalarlos.

– ¡Protesto! -gritó Laporta visiblemente acalorado-, ¡son medios controlados por el madridismo sociológico!

– Señoría, trato de demostrar que los errores a favor del Fútbol Club Barcelona tuvieron influencia en las puntuaciones que recibían los árbitros evaluados por Negreira, y estas, en sus ascensos y promociones -contestó Estuardo.

– No se admite la protesta, continúe.

– Gracias, señoría. Miembros del jurado -dio la espalda intencionadamente a Medina y se dirigió a la parte contraria de la sala-, en este documento pueden encontrar las declaraciones de los árbitros sobre el dedo índice corrector, que todos señalan que era el de… -y se giró hacia el banquillo de los acusados-… José María Enríquez Negreira.

– ¡Protesto! -gritaron al unísono Scotto y Laporta.

– Señor juez, trato de demostrar que el testigo ha cometido perjurio en su declaración, que ha faltado a la verdad en varias de sus manifestaciones, y que los informes del señor Negreira, que no eran precisamente de asesoramiento, pudieron tener influencia en los arbitrajes.

El juez Aguilar se había quitado las gafas y, tras dejar de chupar el extremo de una de las patillas, anunció:

– No se admite. Puede continuar.

Se escuchó un “intolerapla” en la mesa de Laporta. Estuardo se acercó al testigo, redujo el espacio físico con Medina Cantalejo todo lo que la barrera le permitía y prosiguió:

– El testigo nos ha dicho que el señor Negreira no pintaba nada y que el colectivo arbitral es un grupo de gente honesta. Bien, pues aquí tengo las declaraciones de una veintena de ellos en las que afirman ¡que lo dicho por el señor Medina canta de lejos que es falso! Antonio Mateu Lahoz afirmó que “era como un general en el ejército”, Jaime Latre declaró a la Guardia Civil que el hijo de Negreira los llevaba al Camp Nou cuando arbitraban al Barcelona y les daba indicaciones sobr…

– ¡No se lo consiento! -Medina Cantalejo trató de interrumpir al fiscal-. Todo eso son mentiras de árbitros que…

– No me interrumpa, por favor -le recriminó Estuardo de manera rotunda-, González González afirmó que los pagos eran para obtener beneficio deportivo, Sergi Albert explicó a la Guardia Civil que Negreira y Sánchez Arminio decidían sobre los ascensos y descensos de los colegiados, o sobre las promociones a internacional. (Mientras pronunciaba el alegato, Medina Cantalejo juntó sus manos y miró al techo como si orara en misa de doce) Podría seguir un largo rato, pero en el sumario tienen las declaraciones de veintiuno de ellos. Allí podrán consultarlas y constatar que lo que ha dicho el testigo ¡es falso!

Hubo un murmullo en la sala, al principio leve, luego más sonoro, y el juez tuvo que golpear nuevamente el mazo.

– Pero no quiero insistir con este tema, porque las pruebas están ahí, fácilmente accesibles. Preferiría volver a otro aspecto de su carrera. Usted pitó dos veces en el Camp Nou el partido estrella de la temporada, el Barcelona-Real Madrid.

– Sí, así es -respondió Medina tras beber el vaso de agua que un ordenanza le había acercado-. El primero fue en el año 2000.

– Lo recordamos perfectamente. El del cochinillo, cuando no tuvo el coraje de suspender el partido pese al lanzamiento de objetos.

– ¡Fue una situación que se desbordó!, tuve que parar el juego en varias ocasiones y creo que habría sido peor suspenderlo.

– Ya, pero no tuvo el valor de suspenderlo ni después del lanzamiento del cochinillo o de la botella de JB. Pero yo quería preguntarle por la segunda ocasión, en 2006. En su designación para el partido intervino ese señor de quien usted afirma que no tenía atribución alguna.

Estuardo enseñó a los asistentes un recorte de prensa.

– Señorías, el testigo fue designado directamente por Enríquez Negreira y convenientemente puntuado tras pitar un penalti a favor de los locales, expulsar a Roberto Carlos a los veinte minutos y comerse otro penalti, pero esta vez en el área del Barça.

– ¡Protesto! -se escuchó desde el banco de la defensa-. Eso son valoraciones totalmente subjetivas.

– Se admite -dijo el juez.

– Tienen razón. Sobra la segunda parte de mi aseveración, mas no la primera: el señor Negreira tenía competencias importantes en el Comité Técnico de Árbitros y el testigo era conocedor de primera mano de las mismas, luego mantenemos nuestra acusación de perjurio. No haré más preguntas.

– Es usted un… -Medina se calló a tiempo.

Se levantó para marcharse, pero en ese mismo instante se levantó Luisa Ramírez, la abogada del Real Madrid, y con su voz tenue, pero enormemente clara, pidió un turno adicional:

– Señoría, me gustaría plantear dos cuestiones más al testigo.

El juez Aguilar estaba visiblemente agotado, y tras finalizar su bostezo, hizo un gesto con la mano para que la abogada pudiera proceder.

– Gracias. Seré breve. Señor Medina, ¿tiene usted constancia de que el señor Negreira fuera contratado por la Federación Catalana de Fútbol para realizar labores de seguimiento arbitral tras cesar los pagos por parte del Fútbol Club Barcelona?

– Eso tengo entendido -respondió el sevillano.

– El testigo ha sido demandado por el desvío o el uso fraudulento de cerca de dos millones de euros de la Federación Catalana, un dinero que debía ir destinado al arbitraje.

– Esa es una demanda que proviene de una rata y yo no me rebajo a hablar de ratas.

– Le llamo a usted al orden -prorrumpió el juez Aguilar con un ademán muy serio-. No puede insultar al demandante de otro caso que aún no sabemos qué relación tiene con este.

– Disculpe, señoría –respondió Medina Cantalejo-. Lleva razón, además, porque denominar rata a ese sujeto sería elevar su condición a algo que no es.

En la sala se oyeron varias exclamaciones de asombro: “hala, lo que ha dicho”, “joer, qué cabrón”, “voy a comprar palomitas”, dijo un famoso tuitero.

–  Le llamo al orden por última vez. Prosiga, por favor.

– Gracias -continuó la señorita Ramírez-. ¿Es usted conocedor de que en la dependencia de la Federación Catalana había documentación sobre los informes arbitrales realizados por el señor Negreira?

– No lo sé, no me consta -respondió un descolocado Medina mientras se tocaba la nariz.

– ¡Protesto! -reiteró Scotto-. Es una suposición, no tiene ninguna prueba.

– Señoría -se adelantó la abogada-, tiene razón, no tengo pruebas. La sede de la Federación fue asaltada recientemente por…

– Lo supongo -terminó la frase el propio juez-, por una banda de delincuentes seguramente venidos del Este.

– Así es. No haré más preguntas, señoría.

– Siendo así, se levanta la sesión.

Medina Cantalejo salió corriendo por el lado contrario al que se encontraba el banquillo de los acusados. Ni siquiera escuchó las palabras de Negreira: “¡Luisito, Luisito”, ni las que dirigió posteriormente a su hijo:

– Solo quería que nos pusiéramos al día. Como antaño.

Capítulo 3 – Luis Rubiales

– ¡En pie! Preside la sesión el honorable juez Aguilar.

El alguacil gigantón de cabeza rapada (ya apodado cariñosamente por todos los habituales como “Bull”) abrió las puertas de la sala del juzgado. Para sorpresa de todos, quien entró no fue el juez, sino el propio Joan Laporta, que venía con el rostro enrojecido, la corbata a medio anudar, y andaba con paso apurado. “Perdón, perdón, perdón”, se le escuchó entre carraspeos y jadeos. Unos pocos pasos por detrás del presidente del Barça, apareció el juez del caso Negreira, el veterano Julián Aguilar. Tomó asiento con la décima parte de estruendo del que montó Laporta al alcanzar su silla.

Revisó el expediente unos segundos y miró al frente. “Otra vez lleno. Otra vez Laporta en la mesa de la defensa, ¿por qué no lo mandé en su día al banquillo de los acusados?”. Esa misma pregunta se había hecho la noche anterior y su propia respuesta fue: “por pereza, por no escucharlo”.

– Falta uno de los principales encausados, el señor Enríquez Negreira, pero supongo que podemos proceder.

– Sí, señoría, me consta que ha entrado en el edificio y que se incorporará en breve, cuando termine… cuando despache… Pero podemos empezar -respondió Scotto-. La defensa llama como testigo a Luis Manuel Rubiales Béjar.

Se abrieron las puertas y apareció el expresidente de la Federación Española de Futbol, ataviado completamente de negro. Pantalones ajustados, una camiseta fit-fit-fit completamente negra y una americana «más oscura que el sobaco de Eto’o, jojojo», como él mismo definía ante sus amigotes. Los focos de la sala se reflejaban en su reluciente cocorota. Se dirigió con paso firme y algo chulesco al lugar destinado para su declaración.

– Le falta el revólver -dijo Estuardo por lo bajo a su compañera de mesa.

Casi al mismo tiempo, mientras le tomaban juramento, apareció Enríquez Negreira por la puerta situada junto al banquillo de los acusados. Estaba apretándose el cinturón, pues venía de “despachar” y llevaba en la mano izquierda un gurruño de papeles de baño, con los que se secó, por este orden, las manos, los mocos y la frente.

El abogado de la defensa comenzó el interrogatorio.

– Don Luis Manuel Rubiales Béjar, 48 años recién cumplidos, presidente de la Federación Española de Fútbol de 2018 a 2023, vicepresidente de la UEFA durante casi todo ese período, una larga trayectoria ligada al mundo del fútbol, ¿podría decirnos de quién depende el Comité Técnico de Árbitros?

(Advertencia al lector: léase la parte del diálogo de Rubiales con su tono de voz macarrónico habitual, pronunciando “laj-kompetencias” en lugar de “las competencias”, o “ejke” en lugar de “es que”, como si usted desayunara orujo del malo todas las mañanas).

– Cómo no. Viene bien especificado en el artículo 28 del Reglamento de la Federación Española de Fútbol: el Comité Técnico de Árbitros dirige el estamento arbitral y depende directamente del presidente de la Federación, luego en esos años, de mí.

– Conocerá entonces las tareas que realizaba el señor Negreira durante los años en que se produjeron los pagos.

– Las tareas… no le puedo decir, apenas coincidí con él unos meses, puesto que dejó su cargo poco después de que yo accediera a la presidencia en mayo de 2018. Todo esto es algo que nos hemos encontrado de la época anterior. Lo que sí puedo decirle es que, por lo que yo sé, este señor nunca participó en nada. Este señor tenía las competencias que tenía y no participaba en el nombramiento de árbitros. He escuchado cosas absurdas, como que influía en ascensos y descensos, o que nombraba árbitros internacionales. ¡Es absurdo, si la internacionalidad es responsabilidad de la UEFA, no del CTA!

– ¿Qué opinión le merecen entonces los pagos que están siendo juzgados en este caso?

– Pues verá, yo estoy plenamente convencido de la honestidad del colectivo arbitral, y que el señor Negreira no tuviera funciones no exime la responsabilidad de ese flujo de dinero de un club de fútbol a un vicepresidente de los árbitros. Creo que el mero hecho de un pago es algo nocivo, pero hay que tener paciencia antes de juzgar.

– Así que no ve usted nada punible en estos pagos, ni que tuvieran influencia en los arbitrajes. Lo ve más como una infracción administrativa.

– Mire, yo soy de Motril y he sido futbolista de Primera. Hay una confusión inducida, porque, cuando se genera controversia, eso vende mucho. El fútbol es pasión, es rabia, y los árbitros se equivocan, seguro, como nos equivocamos todos, pero de ahí a pensar que influyeran sería una sorpresa. Es una irregularidad que habrá que analizar. Cuando llegamos a la Federación, todos los departamentos firmamos una declaración de ausencia de conflicto de intereses. Con esto, los pagos a Negreira no hubieran ocurrido, ocultar a la Federación que una persona recibía dinero… pero estos señores tienen derecho a la presunción de inocencia.

– Muchas gracias, señor Rubiales -concluyó Scotto-. No haré más preguntas, señoría.

Una ordenanza acercó un vaso de agua a Rubiales, porque se le veía con la garganta notablemente seca.

– Gracias, guapa -se le escapó a Rubiales, quien, antes de que comenzara el turno de la acusación, se bebió el vaso sin apartar la vista de las posaderas de la joven muchacha.

Mientras la vista de Rubiales seguía el contoneo de caderas nada sensual de la ordenanza y el fiscal preparaba sus papeles, se organizó un pequeño revuelo en la sala, provocado por la entrada de dos personajes que captaron la atención de todos los asistentes: el tipo alto con gorra y sudadera de la Kings League era muy conocido, el mismísimo Gerard Piqué, y la mujer que lo acompañaba estaba vestida con un niqab negro-negrísimo que ocultaba todo su rostro y cuerpo. Solo se le veían unos ojos verdes preciosos, maquillados cual Sofía Vergara, y unas cuidadas manos en cuyos dedos lucían varios pedruscos de alto valor. Con los zapatos de tacón que portaba, la chica bajo el niqab superaba en altura a Piqué, quien disfrutaba con los grandes murmullos que se iniciaron entre los asistentes.

Rubiales presenció desde su sitio la llegada de su “amigo Geri” y se temió lo peor, “qué estará tramando este hijoputa, siempre tan graciosillo, tan ocurrente”. Geri chasqueó los dedos y los dos chicos que estaban sentados en el primer banco del público se levantaron y cedieron su asiento a Piqué y a su acompañante. El exjugador soltó unos billetes indisimuladamente a los dos imberbes, que hasta ese momento habían llamado la atención por su aspecto, corte de pelo degradado, chúndal, mirada perdida… unos pa-vi-sosos (Pajilleros adictos a los Videojuegos y sosos como un apio).

– Orden, orden en la sala -el juez Aguilar levantó la voz mientras golpeaba con el mazo.

Desde su banco, Geri tenía una vista frontal y directa de Rubi, por cuya cabeza circulaban mil pensamientos a toda velocidad: “joer, a qué está jugando, viene con esa tía para hacer algún tipo de referencia a Arabia Saudí, seguro, para tocarme loj-kojones o por hacer una gracieta, no, ya lo tengo, seguro que me está grabando con cámara oculta por mucho que esté prohibido y luego lo subirá a sus redes sociales, joder, Geri, no me putees ahora”. La joven del niqab tenía un bolso enorme con un botón circular de unos tres centímetros orientado hacia la cara de Rubiales, que empezó a ponerse nervioso.

– Con la venia, señoría -arrancó Estuardo-, me gustaría aclarar algunas de las inconsistencias que ha dejado el testigo durante su declaración. Señor Rubiales, ¿señor Rubiales? Mire aquí, por favor. Usted llega a la presidencia de la Federación en mayo de 2018. Sucede a Ángel María Villar, cuya época fue conocida por algunos medios como “Villarato”. El Villarato era un sistema, una manera de denominar la influencia para decidir campeonatos de su antecesor, que contaba con el control de los arbitrajes y de los comités, las designaciones, en favor de un equipo determinado. Un equipo que, casualmente, o mejor dicho, no por casualidad, sino por causalidad, estuvo pagando hasta ese mismo 2018 al vicepresidente de los árbitros y brazo derecho de Victoriano Sánchez Arminio, el señor Enríquez Negreira. ¿Cree posible esa influencia?

– Ya le he dicho que el señor Negreira no tenía competencia alguna, lo veo altamente improbable.

– Sí, le hemos escuchado, pero en su declaración se ha quedado usted en el artículo 28, ¿sabe lo que dice el 29? Habla de las competencias del Comité Técnico de Árbitros, entre ellas, literalmente, “clasificar técnicamente a los árbitros a tenor de las correspondientes evaluaciones, y proponer al Presidente de la RFEF los ascensos y descensos”. Es consciente de que, durante el registro en la sede de la Federación, ya bajo su presidencia, aparecieron actas firmadas por el señor Negreira en las que se evaluaba el papel de los árbitros en cada partido y su clasificación durante la temporada para determinar los ascensos y descensos. ¿No le extrañó?

– Supongo que sería parte de su trabajo, aunque esa labor la realizan normalmente los vicepresidentes, no solo el señor Negreira, y durante esos años eran tres.

– Ya. Bueno, no exactamente así. Uno de los tres vicepresidentes se encarga solo del área económica y el otro durante aquellos años, Franco Martínez, falleció en febrero del año pasado. No podremos contrastar cuáles eran exactamente sus funciones, si bien no hemos encontrado actas con su firma puntuando a los árbitros.

“Vaya”, pensó para sus adentros el juez Aguilar, “otra muerte inconveniente”.

– Lo que sí sabemos -continuó Estuardo- es que el señor Negreira tenía la capacidad de sancionar a los árbitros que consideraba que no habían pitado de acuerdo con sus indicaciones.

– ¡Sí, claro! -contestó Rubiales con vehemencia-, por el artículo 33.

– Exactamente, no es broma, veo que su formación de abogado le sirve para recordar estas cosas -Rubiales cambió su gesto de perplejidad a uno de asentimiento, para deshueve de Piqué-. Según el artículo 33, el Vicepresidente del Comité, Enríquez Negreira durante décadas, como encargado de la Comisión de Disciplina y Méritos puede “ejercer las facultades disciplinarias en lo que respecta a aquellas actuaciones que se consideren técnicamente deficientes”, como hicieron, por ejemplo, con Pino Zamorano, Muñiz Fernández, Daudén Ibáñez…

– ¡Protesto! -saltó Laporta-, eran árbitros del sistema, madridistas de cuna, como tod…

– ¡Señor Laporta, le llamo al orden de nuevo! -interrumpió el juez-. No se admite, le ruego que deje terminar al fiscal.

 – Gracias, señoría. Decía que se castigaba a todo aquel que no arbitrara al dictado de Negreira, el brazo derecho de Sánchez Arminio, el mismo que declaraba al resto de árbitros que el Real Madrid no caía bien en el estamento. Por cierto, ¿ha dicho usted que es la UEFA la que nombra internacionales a los árbitros?

– Así es -contestó Rubiales, que no dejaba de quitar el ojo a Piqué y, sobre todo, al bolso de su acompañante.

– Artículo 29, punto c. Es competencia del Comité de Árbitros “proponer los candidatos a árbitros internacionales” a la UEFA, que se limita a aprobar dichas propuestas. ¿Acaso nos ha querido mentir u ocultar esta parte?

– ¡Protesto! -dijo Scotto-. Está tratando de desacreditar al testigo, y nuestro testigo no ha mentido, simplemente ha resultado algo… impreciso.

– Se admite -resolvió el juez.

Gerard Piqué se descojonó con los nervios de Rubiales, que pidió otro vaso de agua con un gesto.

– De acuerdo, no mintió, solo fue poco preciso. Según el artículo 29, punto f, también es competencia del Comité la designación de los equipos arbitrales para dirigir los partidos, un punto clave del llamado Villarato. Yo no sigo mucho el fútbol, pero, por lo que sé, se premiaba a los árbitros que se confundían a favor del Barça o en contra del Real Madrid. Su testimonio puede ser de gran utilidad para aclarar al jurado el funcionamiento de este organismo y depurar responsabilidades de los acusados. ¿Qué tiene que decir al respecto, es posible que Negreira designara a árbitros afines a sus intereses para los partidos clave y que los premiara en función de sus actuaciones?

Antes de contestar, se le fue de nuevo la vista a la mujer del niqab, la cual se abrió el vestido a la altura del pecho y le mostró una lencería rosada bajo la cual se adivinaban unos senos estupendos. Luego se levantó el velo y se pasó la lengua de modo lascivo por unos labios maquillados como en un anuncio de cosmética. Rubiales se quedó en blanco, mientras Piqué trataba de aguantar la risa.

– Yoooo, ya le he contestado al señor Escroto -se puso de pie para quitarse la chaqueta, porque empezaba a sudar-. No lo creo, ¿me pueden dar un poco de agua, por favor?

La ordenanza volvió a acercarse con el vaso de agua y Rubiales, agradecido y nervioso a la vez, la tomó por los hombros como si fuera a darle lo que en su argot era “un piquito consentido”. Por suerte se dio cuenta a tiempo, pidió perdón y logró sentarse sin meter de nuevo la pata.

– Mire, yo vengo aquí como testigo, vengo a ayudar, pero de mí se han dicho tantas cosas… cualquier día me van a encontrar un saco de cocaína en el maletero.

El juez, que hasta entonces estaba aburrido viendo que el interrogatorio no iba a ningún lado, levantó inmediatamente la vista de los papeles y lo miró fijamente.

– He sido un luchador toda mi vida, me partieron las piernas de pequeño… -balbuceaba, divagaba-. Usted quiere que emita una opinión desfavorable al arbitraje y escúcheme bien, aunque se la voy a repetir: ¡No voy a emitir, no voy a emitir esa opinión! ¡No voy a emitirla!

– Bien, lo entiendo, la época juzgada es anterior a su presidencia, pero ¿sabe una cosa, sabe en qué me recuerda su etapa a la del llamado “Villarato”? En que Villar se procuró la ayuda del Barça en forma de vicepresidencia para Joan Gaspart en 2004, y se mantuvo ahí durante todo el período Negreira, pero usted hizo lo propio con Laporta según llegó a la presidencia del Barça a principios de 2021. Y al igual que Villar mantuvo a Gaspart pese a los escándalos que se sucedían alrededor del Fútbol Club Barcelona, usted mantuvo la vicepresidencia de Joan Laporta aunque el escándalo de Negreira le hubiera reventado ya en sus narices.

– Se han dicho tantas cosas de mí… que no son ciertas que… -trataba de defenderse Rubiales.

Rubiales estaba ido, más aún cuando vio que la mujer volvió a abrirse el niqab y le mostró el pecho izquierdo, para, a continuación, frotarse el pezón de manera sensual. Si se trataba de algún juego privado entre Geri y Rubi fruto de sus mil y una noches de juerga en Arabia, solo lo sabrían ellos, el caso es que la gracieta del primero descolocó totalmente al segundo. Si fuera un boxeador, estaría atrapado en la esquina, noqueado por su oponente.

– Usted ha hecho hincapié en los conflictos de intereses y en cómo, desde que llegó a la Federación, toda la junta directiva firmó una declaración en la que se comprometían a evitarlos. ¿No le parece que hay un conflicto de intereses cuando se adjudica el VAR a una empresa dirigida por un socio y avalista del Barça? ¿Qué cree que quería decir Negreira con aquello de “puedo ayudaros con el VAR”?

La suerte que tuvo Rubiales fue que el alguacil se dio cuenta de lo que estaba haciendo Piqué con la modelo contratada para el numerito, así que se fue hacia ellos y les dijo:

– ¡Abandonen la sala ahora mismo!

Bull intentó llevárselos, y la mujer, inteligentemente, se levantó presta para irse, si bien no soltó el bolso, que mantuvo orientado hacia la acción, pero Gerard Piqué se puso farruco ante el alguacil, tú no sabes con quién estás hablando, tú no eres nadie y te jode que yo gane millones de euros y sea más guapo y famoso que tú, buscas tu minuto de gloria, pero mañana voy a hablar con tu jefe y te vas a cagar… Bull, que le sacaba media cabeza y una espalda, le arrancó la gorra de un sopapo en la visera, aunque el cuerpo le pedía dárselo en la jeta, y le tiró de la oreja con fuerza:

– ¡Fuera, ahora mismo! Y no te lo diré dos veces.

Lo arrastró en esa postura hasta la puerta de la sala. La modelo bajo el niqab prefirió abandonar la sala por sus propios medios y logró grabar un vídeo que se haría viral en pocas horas en los canales de Twitch, X, TikTok, YouTube y demás redes sociales del humorista metido a empresario, lo cual le reportó varios cientos de miles de euros en publicidad.

El juez Aguilar no dejó de golpear con el mazo y pedir “orden” a los asistentes, muchos de ellos periodistas que lamentaron no haber presenciado bien el incidente. Las palabras que más se escuchaban entre ellos eran las de “niñato” y “pibón”. Una vez recuperado el orden, Jaime Estuardo trató de retomar su interrogatorio:

– No crea que me he perdido, señor Rubiales, hablábamos de conflictos de intereses y aquí tenía, delante de usted, a un exjugador que, mientras estaba en activo, negoció con la Federación, directamente con usted -lo señaló con rabia-, que se repartirían varios millones de euros, de “palos”, como los llamaban, si el Barcelona se clasificaba para la Supercopa. ¿No cree usted que ese tipo de acuerdos influyeron en los arbitrajes, como se pudo comprobar según accedió Xavi Hernández al banquillo azulgrana?

– ¡Protesto, señoría! -exclamó Scotto-. No tiene nada que ver con el hecho juzgado.

– ¡Y el dinero era también para el Madrid! ¡También el Madrid! -se desgañitó Laporta.

– Se admite -sentenció Aguilar, y dirigiéndose a Estuardo, le indicó-, cíñase a los hechos juzgados, por favor.

– De acuerdo, señoría. Solo trataba de demostrar la falta de consistencia del testigo traído por la defensa, un tipo juzgado por apropiación indebida, cobro de comisiones, agresión sexual y coacciones. Creo que la defensa debería seleccionar mejor sus testigos, porque, al igual que con Medina Cantalejo, nos estamos planteando solicitar una condena por perjurio. No haré más preguntas.

Rubiales se levantó para marcharse, pero le frenó el juez.

– La acusación particular quiere continuar con el interrogatorio, señor Rubiales.

Como no se había separado lo suficiente del micrófono mientras se ponía la chaqueta, se le oyó mascullar “suputamadre” perfectamente. La abogada del Real Madrid, Luisa Ramírez, se acercó al asiento del testigo y procedió:

– Señor Rubiales, ¿conoce usted el Código Ético de la Real Federación Española de Fútbol?

– Pues… a grandes rasgos, señorita, no en su integridad, como comprenderá.

– Bien, sabrá usted que en el actual Código Ético no hay sanciones para delitos como los investigados.

– Eso me dijeron los asesores jurídicos de la Federación, sí -respondió Rubiales.

– Una pena, porque sabe usted que esto sucede en el actual Código Ético de la Federación, que se aprobó en mayo de 2021. ¿Cuándo ha dicho que entró Laporta como vicepresidente de la Federación Española de Fútbol? -rebuscó en sus papeles-, ah, aquí lo tengo, en marzo de 2021.

– Supongo que el anterior Código no sería muy distinto, lo habitual es copiar unos de otros y mejorar lo que conviene cambiar.

– Pues resulta que sí lo era, mire, le dejo este informe del famoso despacho FG-Hechi, en el que se ven los cambios introducidos, así como la supresión del artículo 12, que indicaba que los delitos de corrupción no prescribían. Una pena, ¿no fue consciente de esta modificación?

– Yo… de eso se encargarían los expertos legales de la Federación, yo estaba en otras cosas.

– Sí, ya lo hemos visto, estaba cerrando el reparto de “palos” en Arabia Saudí. No haré más preguntas, señoría.

El juez Aguilar levantó la sesión, recogió sus papeles y, antes de abandonar la sala, miró al público congregado: todos estaban mirando en sus móviles cierto vídeo sobre un suceso ocurrido en un juzgado de Barcelona. “La madre que me parió”, pensó.

(Continuará)

Meter la tijera (II): el Director’s cut y el Final cut

Primera parte: Meter la tijera (I): la duración.

Lo habitual en Hollywood es que el producto final que se estrenará al gran público no haya sido el ideado por el director, sino por la productora. En el origen de los grandes estudios, el director era un empleado más que entregaba el material en bruto y las salas de montaje hacían el resto: cortaban, seleccionaban, pegaban, añadían el sonido y la música, o una voz en off que explicara lo que se ve en pantalla, ajustaban los minutos a lo deseado por el productor y lo entregaban para su estreno en salas. Fueron muchos los directores que vieron cercenadas sus obras, cuando no cambiadas directamente.

Ese corte definitivo, final cut, que dejaba insatisfechos a sus creadores (al menos ex aequo con los guionistas) es el que provocó que con los años se estrenaran o distribuyeran en vídeo los Director’s cut. Era como si los dueños de los derechos de la película siguieran queriendo ordeñar la vaca y nos dijeran: «a ver, que no es que Blade Runner se te hiciera bola, es que no viste la versión que Ridley Scott tenía en su cabeza». Aunque ha aumentado el número, tradicionalmente solo los directores consagrados tenían firmado en sus contratos el derecho sobre el final cut de la obra: Martin Scorsese, los hermanos Coen, Steven Spielberg, Stanley Kubrick, Woody Allen o el mencionado Ridley Scott.

Una sala de montaje no puede arreglarlo todo en una película. Salvo que sea una película de animación, no puede montar la escena que no se grabó en el plató, ese plano que nunca se rodó. Pero una sala de montaje sí puede mejorar lo rodado por el director, encontrar el ritmo que la historia requiere, o cambiar el orden de las escenas y, con ello, el sentido de la trama. El libro de Michel Chion El cine y sus oficios recuerda la fama de Robert Parrish como «salvador de películas», hasta el punto de convertirse en el montador mejor pagado del cine. La película El político (1949), de Robert Rossen, había tenido unos pases previos al estreno masivo con muy malas críticas, así que la solución que Parrish encontró conjuntamente con el director fue cortar sistemáticamente los principios y finales de cada escena. Las transiciones, los diálogos, que hubiera fallos de raccord, todo eso les dio igual y lograron una película en la que el público se veía arrastrado, «como precipitado de una escena a otra sin recobrar el aliento».

Los pases previos a un público seleccionado para que opinen sobre el montaje casi definitivo me han parecido siempre muy peligrosos. Es poner en manos de ciudadanos que supuestamente representan al americano medio la responsabilidad de decidir en un par de horas sobre lo que un grupo enorme de profesionales con todo su conocimiento (productores, guionistas, director, montador…) han creado tras meses de trabajo. Y todos sabemos que no se puede «democratizar» ciertas cosas, que no se puede dar el poder a las mayorías, como en las juntas de vecinos.

Sin embargo, uno de los inicios más recordados de la historia del cine se debe a uno de estos pases previos, Sunset Boulevard, aquí titulada El crepúsculo de los dioses. Billy Wilder contaba en el libro de Conversaciones con Cameron Crowe que el inicio rodado era totalmente distinto. Recordad que toda la película era un inmenso flashback contado por el propio William Holden recién asesinado. En el inicio pensado por Wilder, arranca en una morgue en la que varios cadáveres cubiertos con sábanas hablaban entre ellos. Uno de ellos es un anciano al que un infarto pilló desprevenido, otro es un niño que se ahogó en el río y el tercero es el personaje interpretado por William Holden, que comienza a narrar su historia, la de ese guionista de segunda que se introduce en Hollywood por la vía de Norma Desmond. Billy Wilder comprobó en el primer preestreno que el público se reía con la escena de la morgue. «¿Ha visto una mierda semejante en su vida?», comenta que le dijo una señora del público que no lo conocía. Abochornado, se fue a otro preestreno y sucedió algo parecido. Sabía que tenía que cambiar ese principio: «no rodé ninguna otra cosa a cambio. Simplemente, lo corté». Y con ello tuvimos uno de los arranques más desasosegantes de la historia del cine, directamente con esa imagen de Joe Gillis flotando en la piscina visto desde el fondo de la misma.

Algo parecido contaba Woody Allen en el documental/entrevista recientemente estrenado, Un día en Nueva York con Woody Allen, de David Trueba. En realidad vino a contar con total sencillez cómo fue aprendiendo a hacer películas, a filmar. Primero escribió un guion, What’s new, Pussycat?, y como lo rodado por Clive Donner le horrorizó, decidió ser él mismo quien dirigiera sus historias. Como tampoco quería estar pendiente de los compromisos de los actores, se puso él mismo a actuar, porque sabía lo que quería hacer. Pero llega su primera obra, Toma el dinero y corre, en 1969, y con un primer montaje en bruto, sin música, lo presentó en Nueva York ante una organización de soldados retirados. No se rieron ni una sola vez, les pareció espantosa. Así que Woody Allen comenzó a recortar los chistes, a suprimir escenas, hasta que el estudio le aconsejó que se dejara ayudar por un montador profesional, Ralph Rosenblum. Fue Rosenblum quien le aconsejó que mantuviera ese material, cambió algunas cosas, «un veinte por ciento de la película», afirma Allen. La clave fue añadirle música y, como por arte de magia, apareció la comedia, la gracia de todas esas situaciones previamente escritas y rodadas. Rosenblum realizó la edición de sus primeras seis películas, hasta que Woody Allen aprendió por sí mismo lo que sus historias necesitaban (y desde siempre tiene música en la sala de montaje, como confesó). Y lo mismo dice que le ocurrió con Gordon Willis y la dirección de fotografía.

Cada director tiene su estilo y el montaje puede mostrarlo en toda su magnitud o, incluso, mejorar lo rodado. En la primera parte de estos dos post sobre el montaje y la necesidad de meter tijera, mencioné a varios directores y su afición a los largos metrajes, más que a los largometrajes. James Cameron siempre ha sido un megalómano, un tipo excesivo que hace películas muy entretenidas. En Abyss (1989) había rodado mucho más material del que luego se estrenó en las salas, y eso que la versión que vi por primera vez duraba 146 minutos. La versión extendida llegaba a las tres horas y aclaraba ese final que se cortaba de manera súbita y sin explicaciones, pero resultaba algo tediosa, aburrida por momentos. Ahora es un director más que consagrado con el control total sobre su obra (Director’s cut igual a Final cut), pero en sus inicios debe al trabajo de edición una de sus películas más redondas: Aliens, el regreso (1986). La segunda de la saga iniciada por Ridley Scott duró 150 minutos, pero en la versión extendida que Cameron pretendía estrenar, los aliens tardan una media hora más en aparecer, porque el director se empeñó en hablar de la vida en la colonia y la llegada de la nave al planeta. Sinceramente creo que la versión definitiva es mejor. Es magnífica, espectacular, y el desconocimiento de esa media hora y de lo sucedido a los colonos mejora el ambiente de misterio que sucede tras la llegada de Ripley y el comando de marines.

Hay directores que con lo rodado te montan un videoclip preciosista, como Zach Snyder y sus superhéroes (Watchmen), y otros, como Martin Scorsese, que añaden una voz en off para narrar la enorme sucesión de planos que pone en pantalla. Te apabulla, te lleva de un lado a otro con velocidad, pero sabe «frenar» el ritmo, calmar la trama cuando lo necesita. Infiltrados era su película con los planos más veloces, 2,7 segundos de media, según un estudio realizado. Uno de los nuestros y Gangs of New York se quedaban por debajo de los 7 segundos de media por plano, y Taxi driver se iba a los 7,3.

Las películas de Christopher Nolan no se entenderían sin esos montajes que mezclan varias líneas temporales, que juegan con lo real y lo imaginado, o con el presente y el pasado casi de manera simultánea (Interstellar, Tenet, Oppenheimer, Origen…). Por lo visto, existe una versión de Memento montada en orden cronológico y no la he visto nunca, no me interesa. Supone romper con el misterio de la averiguación de la trama para el espectador. A todo ello, Nolan añade mucho aparato musical para enfatizar las imágenes, a veces de manera exagerada, como en Oppenheimer, para mi gusto. Juega con meter escenas en blanco y negro de manera parecida a lo que hizo Oliver Stone en JFK, otro prodigio de montaje en todos los sentidos, también en el de manipulación del espectador. El blanco y negro representa el pasado en estas dos obras, pero más bien se emplea para escenificar las suposiciones de alguno de los personajes, lo que en un momento dado dijo, pero pudo no ocurrir en la realidad.

El montaje es clave para el acabado formal de una película, pero puede convertirse en algo obsesivo si el director ha rodado mucho material, como ocurría con Stanley Kubrick, por ejemplo. Otros directores son muy precisos a la hora de rodar, como Clint Eastwood y Steven Spielberg, y suelen rodar el material justo que precisan, no sé si por la claridad de sus ideas o por evitar un Final cut diferente al Director’s cut que tienen en mente. Billy Wilder contaba que «normalmente, la toma que uno escoge es la buena», y habla de la broma que le gastaron a George Cukor, un director bastante exagerado con las repeticiones en el rodaje. En lugar de positivarle ocho tomas distintas de un rodaje, le llevaron a la sala de montaje la misma toma ocho veces, y el director, tras verla hasta la extenuación, dijo: «Creo que la mejor es la número tres». El montador bromista le responde: «A mí me gusta más la siete». Discutieron y volvieron a verlas vaaaarias veces más hasta que el aburrimiento los llevó a confesar que le habían pasado la misma imagen repetida.

Una misma imagen puede servir para una cosa o la contraria en función de a qué lo enfrentes, con qué planos la intercambies. Es el famoso «efecto Kuleshov» (en homenaje a su artífice, el cineasta ruso Lev Kuleshov), un curioso fenómeno que explicó con su sorna habitual el maestro Alfred Hitchcock.

En una sala de montaje se pueden tomar muchas decisiones fundamentales como esta manipulación a la que se refiere Hitch y, con ello, alterar la propia percepción de lo representado por los actores. O te puedes cargar directamente a un personaje, como ocurrió con Mickey Rourke en La delgada línea roja (Terrence Malick) o recortarlo hasta que pierda casi todo su sentido, como el de Sean Penn en El árbol de la vida, del mismo director. ¿Realmente había sentido en esa película? Tim Roth no llegó a aparecer en la película de Quentin Tarantino Érase una vez en… Hollywood, y yo me habría cargado todo lo relativo a Bruce Dern porque no aportaba nada al avance del guion. Son las cosas de Tarantino, que quiere meter tantas cosas y a tantos colegas que el ritmo se resiente por momentos (muy pocas veces en toda su filmografía). La versión que tenía prevista se extendía hasta las cuatro horas de duración en lugar de los 165 minutos que se estrenaron. Su manera de montar las imágenes y jugar con el desorden del tiempo, como en Reservoir dogs, Kill Bill o Pulp Fiction, también forma parte de su sella de identidad.

Otras veces es la productora la que necesita cambiar lo ya rodado, como sucedió con Kevin Spacey en Todo el dinero del mundo (Ridley Scott), cuando comenzaron sus líos judiciales en Estados Unidos. La productora decidió volver a rodar todas las escenas en las que aparecía Spacey por razones comerciales o para evitar críticas y lo sustituyó por Christopher Plummer. No tengo ninguna duda, aunque no la haya visto, de que es otra película, por mucho que se haya rehecho plano a plano.

Y tengo que dejar para el final una de las mejores decisiones que he visto que se tomaron tras el montaje inicial de una película: Rogue One. La escena final en la que aparece Darth Vader y enlaza el robo de los planos de la Estrella de la Muerte con el inicio del Episodio IV, (La guerra de las galaxias para mi generación, o Una nueva esperanza, como se la denominó después) es un añadido que se rodó unas semanas después de la versión oficial. Y fue una puñetera maravilla cuando lo vimos en el cine, fue cuando todo encajó como un guante. Porque a fin de cuentas, eso es el montaje, el pegamento que une todo el material y le da sentido.