Igual hay que hablar de absentismo (II)

La evolución creciente y sin freno del absentismo es una preocupación que el gobierno debería compartir con los empresarios, pues no afecta solo a estos. Las empresas asumen aproximadamente la mitad de los casi 29.000 millones de euros en los que se estima el coste del absentismo (ver gráfico de la primera entrega). Debería preocupar a la ministra de Inclusión y Seguridad Social, Elma Sáiz, por el sobrecoste adicional que supone a las maltrechas arcas públicas, y su reducción debería ocupar una parte importante del tiempo de la ministra de Trabajo, Yolanda Díaz, si bien, como vimos en la primera parte, este asunto no se halla entre sus prioridades.

La experiencia demuestra que algo habrá que se pueda hacer, partiendo en primer lugar por las instituciones públicas. En aquel lejano post sobre el absentismo en los carnavales de Cádiz, se pudo comprobar que una provincia con tasas exageradamente altas podía cambiar su tradicional posición «puntera» y pasar a ser todo lo contrario, la que tuviera el absentismo más reducido. Una parte importante de la reducción está relacionada con la necesidad de mantener el puesto de trabajo, luego, en una provincia en la que escasea el empleo, con las tasas de paro más altas de toda España, quien tiene un trabajo, tiene un tesoro. Pero esta no es la solución, sino solo una parte más del diagnóstico.

El dato actualizado del absentismo por comunidades autónomas indica que el País Vasco y Navarra siguen siendo las regiones con mayores índices de absentismo, por mucho que la fama de unos y otros (andaluces) fuera bien distinta. Vuelvo a mencionar la relación directa entre absentismo y el empleo y la riqueza económica de una región, la misma que se da con los ciclos económicos.

Estos datos han sido extraídos del Informe de Adecco publicado en enero de 2025. Aparte del factor económico, puede haber otras razones. Según Javier Blasco, director de The Adecco Group Institute, quien habla de una geografía del absentismo, no se trata «de que las personas que viven en el País Vasco, Navarra o Asturias tengan peor salud que la gente de Andalucía o Extremadura, sino que en estas comunidades hay una serie de convenios colectivos que cubren íntegramente la baja, y permiten que, en muchos casos, una persona pueda ganar más sin trabajar que trabajando”. Vaya, pues entonces una manera de reducir el absentismo podría consistir en reducir o suprimir los complementos salariales en los casos de enfermedad o incapacidad temporal, lo cual me parece una aberración. Pagarían justos por pecadores: bastante desgracia es padecer una enfermedad o un accidente con baja como para que encima tu mala salud temporal te cueste dinero. No es la solución, hay que luchar contra el fraude, que existe, aunque menor que el que se cree, y contra la deficiente gestión de las bajas justificadas, que se prolongan más de lo necesario, sin que haya habido reducción en los últimos años. El gráfico de la asociación de mutuas AMAT así lo refleja:

Algunos convenios de la provincia de Cádiz optaron hace años por incluir un Plus ligado al Absentismo para los trabajadores, como, por ejemplo, el Convenio de limpieza y mantenimiento de playas de Algeciras. Ahora bien, que te primen por no faltar al trabajo menos de diez días en el año tampoco creo que sea la solución, aunque es comprensible que las empresas tengan que recurrir a determinadas cesiones en algunos convenios colectivos para luchar contra ese absentismo descontrolado. Por eso incluyo también la cláusula referida a los Asuntos Propios de libre disposición.

En su día me encontré un convenio que tenía dos pluses de absentismo: uno personal, similar al que acabo de subir a este post, y otro por departamento, que cobraban todos los trabajadores de esa «cuadrilla» o grupo de trabajo, siempre que el absentismo de ese departamento se mantuviera por debajo de una cifra determinada. Era un plus en el que los propios compañeros «presionaban» al ausente para que se reincorporara antes, o bien, convertían al absentista profesional en un apestado. De todos modos, el fraude no es la principal causa del absentismo, como recogían las estadísticas del primer post, luego estos son casos excepcionales que no resultan válidos para combatir las elevadas cifras globales.

Las propuestas para reducir las tasas de absentismo son muy diversas, en función de quien las promueve. Para Mariano Sanz, secretario confederal de Salud Laboral de Comisiones Obreras, los recortes en la sanidad pública y los menores recursos disponibles son los causantes de que las altas de los trabajadores se dilaten, aparte del envejecimiento de la población. Fernando Luján, de UGT, vicesecretario general de UGT, incide en la prevención, en que el incremento del número de bajas se debe a que «no se están adoptando las medidas necesarias para proteger la salud de las personas trabajadoras, empezando por la salud mental».

Varias de las reivindicaciones de los agentes sindicales de los últimos años se han incorporado de manera paulatina al marco laboral, sin que ello tuviera un efecto en la reducción del absentismo. En febrero de 2020 se logró derogar el tristemente «famoso» artículo 52.d) del Estatuto de los Trabajadores, que permitía el despido objetivo basado en situaciones reiteradas de absentismo, incluso aunque estuviera justificado. La mayoría de las medidas incluidas en el documento adjunto cargan la responsabilidad en la empresa y no en el trabajador, y, aunque se han implementado varias de ellas, como el registro de jornada para controlar el exceso de horas o el incremento de la contratación indefinida para disminuir la precariedad, lo cierto es que no han tenido un efecto reductor sobre el absentismo.

En varias propuestas acerca de la negociación colectiva por parte de los responsables sindicales figuran la flexibilidad horaria, el aumento del teletrabajo y la mejora del clima laboral en las empresas como claves para reducir el absentismo. Quizás como contrapartida, los datos reflejan que numerosas empresas, mayoritariamente grandes empresas, han incorporado medidas para la mejora de la conciliación de la vida familiar y laboral, o sobre el teletrabajo en mayor o menor grado, y nunca han existido más departamentos de «bienestar del empleado», programas de salud en la empresa, tanto física como mental, fomento del deporte y los voluntariados corporativos, y, sin embargo, no se logra reducir las cifras de absentismo. En su día llegué a leer en LinkedIN y otras redes sociales algunos artículos que hablaban de que los jefes tenían que pasar a ser «Ge-fes». Ge-fe igual a Gestor de Felicidad, tócate los…

Las propuestas de los empresarios tratan en la medida de sus posibilidades de atender algunas de las reivindicaciones de los representantes sindicales, como las mencionadas sobre conciliación y programas de apoyo a la salud del empleado, y otras que resultan controvertidas, como la propuesta de su presidente, Antonio Garamendi, de incrementar las horas extras en aquellos centros de trabajo y puntas de carga laboral en que haya mayor absentismo, lo que puede ser comprensible desde el punto de vista de la organización de la carga de trabajo para suplir bajas reiteradas. Determinadas medidas de este tipo dependen del tamaño de la empresa y del tipo de producción que realicen, ya sea la industria, la hostelería o los servicios, así como del convenio colectivo. Es difícil que lo que valga en unos centros de trabajo sea extensible al resto. Otra medida propuesta fue aquella que posibilitaba la contratación de trabajadores de empresas de trabajo temporal como indefinidos, con la cesión a otras empresas como fijos discontinuos. También fue rechazada en negociaciones anteriores.

Hay un coste del absentismo del que apenas se habla y no es el del empleado que está de baja, sino el coste de la sustitución para el empleador (cuando puede hacerlo), así como la capacitación necesaria para un puesto de trabajo que, en principio, será de corta duración, solo para cubrir una baja. El estudio del IESE Combatir el absentismo menciona tres tipos de absentismo, de los que una buena parte no está cuantificado en las estadísticas:

  • Laboral: hace referencia a la desmotivación del empleado y su baja productividad (síndrome de burnout, o del «quemado»).
  • Presencial: bajas justificadas, permitidas, pero también no justificadas, o ausencias prolongadas más tiempo del necesario por una enfermedad o accidente. Y también existe un absentismo presencial del trabajador, es decir, en presencia del mismo, cuando está frente a una pantalla dedicado a asuntos personales o a la navegación pura y dura por páginas no del puesto de trabajo (cybersurfing o cyber-skiving, los denomina).
  • Emocional: ausencia de compromiso con la empresa y muy baja productividad, y aquí podrían entrar todos esos que hacen «lo mínimo de lo mínimo», «se les cae el boli», «los que calientan la silla», los que «como no son puntuales en la entrada procuran serlo a la salida» y todos esos topicazos de nuestro panorama laboral.

Las medidas que propone el estudio se centran en mejorar la vinculación del trabajador con la empresa, fomentar el compromiso y la responsabilidad, promover la formación adecuada, las campañas de sensibilización y otra que siempre se escucha, pero es difícil de poner en práctica: incentivar la productividad. El estudio menciona en varias ocasiones la importancia de formar a los mandos intermedios, de obtener su compromiso con la empresa y formarlos en el cuidado del clima laboral, pues suelen ser los que gestionan la relación con los equipos en los que se suelen concentrar los mayores índices de absentismo.

Desde hace años hay una propuesta a la que se han negado siempre los representantes sindicales y es la que concede a las mutuas la posibilidad de dar las altas a los trabajadores. De acuerdo con las estadísticas sobre la duración de las bajas y dado el retraso en pruebas diagnósticas o en rehabilitaciones (reconocido por los propios representantes de los trabajadores), el fomento de medidas que pudieran contribuir a restituir la salud del empleado y acelerar su reincorporación podrían ser interesantes para todos los afectados, tanto empleados como empleadores. Pero UGT y CCOO no han querido saber nada nunca acerca de permitir tal posibilidad. En algunos de sus informes se refieren a los médicos de las mutuas como los «médicos policías», los ven como un vigilante del absentista fraudulento y no como un recuperador más eficaz del empleado que está de baja. ¿Pero no hemos quedado en que, según las estadísticas, había poco fraude?

La ministra de la Seguridad Social, Elma Sáiz, propuso un nuevo sistema de control de bajas laborales flexibles, para permitir la vuelta gradual a su puesto de trabajo de aquellos empleados con bajas de larga duración, pero chocó con la oposición de algunos de sus socios, Sumar, Podemos, ERC y Bildu. La ministra también busca una vía de consenso entre patronal y sindicatos para que las mutuas puedan al menos dar las altas en los procesos de bajas traumatológicas por contingencias comunes, pero siempre choca con la negativa de los sindicatos. Las mutuas incluso van más allá y proponen la asistencia sanitaria para el tratamiento de las bajas traumatológicas y osteoarticulares, la gestión de las rehabilitaciones tras el alta en procesos traumatológicos y el apoyo en pruebas diagnósticas para unos servicios públicos saturados que dilatan los procesos más allá de lo conveniente para empresas y trabajadores de baja.

Pero estas posibles soluciones tampoco convencen a los que se hacen la foto con la ministra de Trabajo junto al cartel de «Trabajar menos, vivir mejor». Al menos se opuso a la ocurrencia de las «autobajas» que propuso la ministra de Sanidad, Mónica García. Hay una última cosa más que ayudaría bastante a mejorar lo que es un problema nacional y sería ver que no todas las propuestas de Yolanda Díaz se mueven en una única dirección y siempre contra la empresa. Cuando todavía no ha acabado su guerra por la reducción de jornada por las bravas, promete lanzarse ahora a incrementar la indemnización por despido, para que sea poco menos que «a la carta» y «disuasorio» para las empresas. Como tampoco ayuda que los juzgados de lo social fallen cuatro de cada cinco veces a favor del trabajador, incluso en casos flagrantes de absentismo fraudulento (y seguro que más de uno podremos contar las historias sufridas con alguno en el pasado).

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Igual hay que hablar de absentismo (I)

Sinceramente, creo que se le ha pasado. La ministra de Trabajo lleva tantos meses (e incluso años) hablando sobre la reducción de la jornada laboral, el incremento del SMI, el registro de jornada o el derecho a la desconexión que no ha tenido tiempo de afrontar un problema que, supongo, no debe de ser preocupante para ella ni para sus colaboradores: el absentismo laboral. Si uno busca la palabra «absentismo» en el Borrador de Anteproyecto de Ley para la reducción de jornada (aprobado solo por los representantes sindicales, por cierto), verá que no hay una sola referencia. El buscador tampoco encuentra las palabras «enfermedad» o «baja». No hay que pensar mal, el Anteproyecto está enfocado solo en el objetivo de la reducción y no en mejorar las tasas de absentismo existentes, seguro que si hacemos el mismo ejercicio sobre el Real Decreto-ley 32/2021, en el que se aprobaron «medidas urgentes para la reforma laboral, la garantía de la estabilidad en el empleo y la transformación del mercado de trabajo», seguro, seguro, que lo encontramos…

Pues tampoco. Ninguna referencia al absentismo en esta reforma para la «transformación del mercado de trabajo». No vamos a ser malpensados, con la buena evolución de los indicadores de empleo en los últimos años, seguro que es una cifra poco relevante, apenas tendrá importancia:

Estas cifras aparecen en el último informe de la Asociación de Mutuas de Accidentes de Trabajo (AMAT), según el cual, el coste total del absentismo en España asciende a 28.987 millones de euros, desglosados del siguiente modo:

  • Empresas: 13.961 millones de euros, el triple que en 2015, cuando este coste era de «solo» 4.805 mill.
  • Seguridad Social: 15.026 millones es el coste de las bajas que soporta el erario público. En 2015, esta cifra alcanzaba apenas la tercera parte, 5.340 millones.

El coste del absentismo supone aproximadamente el dos por ciento del PIB español, luego es un asunto que se debe afrontar, que no puede excluirse de la profusa normativa laboral aprobada en los últimos ejercicios. Preocupa esa cifra y preocupa la evolución creciente, sin freno. Por poner la cifra en contexto, el índice de absentismo en España, en comparación con la población activa, equivale a que cada día, repito, cada día del año, 1,2 millones de trabajadores no acuden a sus puestos de trabajo. Por diferentes motivos: enfermedad, bajas, también vacaciones, ausencias injustificadas, permisos, etc., pero 1,2 millones de trabajadores de una población entre los 20 y los 21 millones de personas. Es insostenible.

El Informe sobre el absentismo laboral de AMAT (puede encontrarse en este enlace) ofrece datos de gran valor para analizar la situación actual. Se basa en su mayor parte en los datos recogidos por el propio Ministerio en función de las ITCC (Incapacidades Temporales por Contingencias Comunes). La Población Protegida por el sistema (Mutuas y entidades gestoras colaboradoras de la Seguridad Social) ha tenido un elevado crecimiento en la última década:

Un importante incremento del 24,7% de la población incluida, que no tiene una correlación con el desorbitado aumento del 121,5% del número de procesos iniciados (bajas, enfermedades, accidentes) durante el mismo período:

Comparto esta conclusión del informe con la que estoy totalmente de acuerdo: «no deja de ser totalmente injustificable que las bajas se hayan multiplicado más del doble en diez años, con el lastre que esto supone para la competitividad de las Empresas y el sostenimiento del Sistema de la Seguridad Social como se verá más adelante».

A finales del ejercicio pasado, la Seguridad Social tuvo que destinar 4.000 millones extra para cubrir los costes derivados de las bajas laborales.

Entre las causas para este aumento desorbitado del absentismo, Mariano Sanz, secretario confederal de Salud Laboral y Sostenibilidad Medioambiental de CC OO, considera tres:

  • El envejecimiento de la población.
  • El mal funcionamiento de los servicios públicos de salud, cuya respuesta «se está ralentizando cada vez más porque las inversiones en el sector sanitario público han bajado».
  • La demora en los procesos de rehabilitación de las patologías graves o de mayor duración.

Otra razón que nunca falta en estos análisis: en épocas de crisis, el absentismo disminuye, seguramente por el miedo a perder el puesto de trabajo. En épocas de mayor crecimiento económico, el absentismo aumenta, quizás por una mayor laxitud del trabajador o también influido por el hecho de que, con el aumento de las contrataciones indefinidas o la mayor actividad económica, haya un menor miedo a perder el puesto de trabajo. A estas conclusiones llega también el último informe de Randstadt Research. La propia expresión «me cojo la baja» es una aberración que me chirría cada vez que la escucho: son los médicos los que dan esa baja, no una libre disposición del trabajador, como da a entender todo el que la pronuncia. Hay otros datos que contribuyen a esta misma sensación de «caradura» de unos pocos (o no tan pocos, según algunos), como el hecho del repunte de los lunes y los viernes como los días con mayor absentismo de la semana. Por otro lado, del informe de Randstadt se desprenden conclusiones inquietantes que conviene matizar:

El concepto «absentismo» es muy amplio y recoge todo tipo de ausencias en el puesto de trabajo, también por vacaciones, permisos autorizados por el empleador o enfermedades certificadas por un médico, ausencias que entran dentro de la lógica y la normalidad del funcionamiento de las empresas. Son las bajas no justificadas y crecientes en volumen las que deberían preocupar y ser perseguidas de alguna manera. Sin embargo, el experto del que más me fío para los temas laborales, Javier Esteban, desmontaba esta cifra en el mismo medio y afirmaba que son menos del tres por ciento (2,97%) las bajas que corresponden «al temido absentismo injustificado». En su análisis de las causas, indica el mayor porcentaje de contratación indefinida y ese menor temor antes comentado, aunque también destaca el hecho de que el absentismo se encuentre también en cifras de récord en ese sector habitualmente «indestructible» que son los autónomos:

El segundo motivo que destaca el experto sería el contrario al expuesto en algunos medios: la buena gestión de la salud laboral en las empresas y los trabajadores por cuenta ajena. Pese al incremento de bajas tras la pandemia y al tensionamiento de la sanidad pública para gestionar las altas tras las incapacidades temporales, la productividad no se ha resentido y el número de horas trabajadas se mantuvo estable.

Pese al repunte en la duración de los procesos de baja en 2020 y 2021 (motivados por el Covid y sus sucesivas oleadas), este incremento de absentismo no se debe a una prolongación de los períodos de baja por mala gestión, sino al incremento del número de trabajadores en esa situación. El gráfico de AMAT refleja una cierta estabilidad de la duración media de las bajas por incapacidades temporales:

El otro dato que sí es reseñable es el incremento de los procesos de Incapacidad superiores a 365 días, es decir, el aumento de enfermedades crónicas, o incapacidades sobrevenidas tras la pandemia. No me atrevo a extraer ninguna conclusión de este dato:

La escalada durante la pandemia no volvió a recuperar las cifras habituales y en la actualidad se han superado incluso aquellas cifras de récord. Covid persistente, envejecimiento de la población activa, aumento de depresiones o de enfermedades relacionadas con la salud mental… hay hueco hasta para los conspiranoicos antivacunas. Aun siendo un problema destacable (130.000 desgraciados casos), no son el grueso del problema del absentismo en España, por fortuna. Así que retomo los diversos análisis efectuados sobre los millones de horas perdidas en España por el absentismo y, ya de paso, lo ligaré a la preocupación de la señora ministra por la reducción de la jornada de trabajo. Para ello, me remito a la metodología de cálculo del absentismo empleada por Adecco, que sitúa el absentismo en España en una tasa del 7,5 por ciento en 2024, un 0,6 más que en el año anterior.

El método de cálculo empleado es el siguiente:

Y de acuerdo con el cálculo de horas perdidas entre unas razones y otras, justificadas o no, y según las estadísticas de Eurostat, nos encontramos con que la jornada de trabajo «real» se encuentra en:

El problema con las estadísticas, como siempre, es que son unas medias aritméticas que ocultan muchos problemas, el famoso «si yo me como dos pollos y tú ninguno, la media dice que ambos nos hemos comido uno». Y lo mismo ocurre con este dato, que, además, se ceba con las empresas más pequeñas. El dato de 36,4 horas se acerca en las grandes empresas, con numerosos convenios por debajo de las 37,5 horas pretendidas por la ministra, o con recursos para cubrir las bajas en sus plantillas, pero es un dato irreal en las pymes, que suponen más del 92 por ciento del tejido empresarial.

Para la segunda parte quedarán las propuestas de unos y otros para rebajar estas cifras de absentismo, para mejorar la gestión de las bajas. Solo un último dato para concluir este análisis:

En el sector público hay más bajas, duran más días y nos cuestan más a todos los españoles. También habrá que analizarlo. Me voy a coger la baja… bloguera.

Cuando el mundo real arrolla a los héroes de la pantalla

Estas últimas semanas hemos podido escuchar y ver en los medios varias menciones a la entretenidísima peli Armageddon (para mí, ya un clásico «de culto» palomitero), una obra que no me atrevo a definir como de ciencia ficción, pues arrastra mucho de la segunda y muy poco de la primera. El motivo de su reciente popularidad no es otro que ese enorme meteorito que podría impactar en la Tierra en 2032, un pedrusco del que se habló inicialmente que podría tener un tamaño de entre 40 y 90 metros de longitud. Como esa es una medida que, según parece, la gente no comprende bien, o no crea suficiente morbo o expectación, otros medios lo han llevado a la medida universal del «campo de fútbol», que es la que se utiliza para todo tipo de desgracias, ya sea indicar la superficie de los incendios, el volumen de las inundaciones o, ahora, el tamaño de un meteorito:

Me ha hecho gracia ver las imágenes de Bruce Willis como Harry Stamper con su equipo de perforadores en algunos noticiarios y medios rigurosos, luciendo esos trajes de astronauta color naranja mientras avanzan a cámara lenta dispuestos a embarcarse en una heroica misión casi suicida para salvar a la humanidad de la extinción. El cine, al igual que la literatura, ha «jugado» muchas veces a anticipar cómo sería ese posible futuro (El futuro ya está aquí) o a imaginar distopías incómodas (Ensayos de un futuro distópico). Con lo que han acertado poco es con las fechas, a las que dimos un repaso en 2022: el año de Soylent Green, pero los sucesos en sí, tanto los trágicos como las transformaciones sociales, así como las propias tecnologías, han resultado ser, en ocasiones, perturbadoramente precisas. Como parece que podrán llegar a estarlo en todo lo relacionado con la Inteligencia Artificial, por ejemplo.

Los que no llegarán a desarrollar sus papeles de salvadores del planeta en la vida real son los supuestos héroes que librarán a la humanidad del peligro, los actores como Bruce Willis, aquejados de una especie de maldición bloqueante, cuando no mortal. Quizás sea algo parecido a aquella «maldición de Blade Runner» para las empresas que prestaron su imagen a los luminosos de aquel futurista Los Ángeles. Todas quebradas. El bueno de Bruce, que debería liderar el equipo que nos «salvará» del impacto, está para pocos trotes. No solo no está físicamente en condiciones de subirse a una aeronave, o de enfrentarse a un grupo terrorista a lo John McClane, sino que ha perdido lo mejor de su papel en aquella película: la capacidad de soltar frases lapidarias.

  • El gobierno de los Estados Unidos nos acaba de pedir que salvemos el mundo.
  • ¿Ustedes no podrían decirnos quién mató a Kennedy?
  • Una cosa más: ninguno de ellos quiere volver a pagar impuestos.
  • ¿Sabes cuánto consume esa bañera? (a los ecologistas de Greenpeace).
  • Tenemos un agujero que taladrar.
  • ¿Y esto es lo mejor que se le puede ocurrir al gobierno, al «gobierno de los EE. UU.»? Quiero decir, ustedes son la NASA, por el amor de Dios, pusieron a un hombre en la luna, ¡son unos genios! ¡Ustedes son los que idean estas cosas! ¡Estoy seguro de que tienen un equipo de hombres sentados en algún lugar ahora mismo pensando en cosas y alguien que los respalda! ¿Me están diciendo que no tienen un plan B, que estos ocho boy scouts aquí, son la esperanza del mundo, eso es lo que me están diciendo?

La familia de Bruce Willis anunció en 2022 que se encuentra aquejado de afasia, un trastorno cognitivo, posiblemente degenerativo, que hace que a duras penas pueda entender, hablar o comunicarse. La imagen con sus hijas y nietas inspiraba ternura, no el «respeto» o el miedo que da el tipo duro salvador del mundo al que nos tenía acostumbrados. El mundo real es muy diferente. El astrónomo que lidera el proyecto ideado para acabar con el meteorito antes de 2032 no tiene precisamente ese aspecto de tipo curtido que bebe gasolina y cena filetes de caucho pasados a la barbacoa. Se llama Richard Moissl:

Sinceramente, creo que me sigo fiando más del Harry Stamper que de este científico con pinta de redneck que se hincha a barbacoas de costillas bañadas en miel en el patio trasero de su rancho de Oklahoma. El cine nos propone unos héroes para salvarnos del holocausto y la vida real se lleva por delante a algunos de los actores que los interpretan. Como al pobre Chadwick Boseman, que alcanzó la fama en 2018 como rey de Wakanda y salvador del mundo en Black Panther, pero al que un cáncer fulminó en 2020, cuando solo contaba 43 años de edad.

Se han hecho muchas bromas con el actor Edward Furlong, otro héroe engendrado y criado para liderar la rebelión de los humanos contra las dominantes máquinas: John Connor, la saga Terminator. Ya dije en este mismo blog que John Connor era un señuelo para los cyborgs, porque a la humanidad la salva realmente esa mujer que es Sarah Connor encarnada por Linda Hamilton. Del macarrilla de barrio John Connor/Edward Furlong no podía esperarse nada bueno (Terminator II), pero es que la carrera posterior del actor fue un cúmulo de adicciones y despropósitos tal que de ahí empezaron a surgir todos los memes en torno a su figura, la caída del tipo que «tenía que salvar al mundo».

Hay un personaje del cómic, un auténtico salvador de la humanidad cuyas andanzas fueron trasladadas en numerosas ocasiones al cine, que parece acompañado de una leyenda negra: Superman. El primer actor que interpretó al superhéroe en la gran pantalla, Kirk Alyn, en la década de los cuarenta, se pasó el resto de su vida encasillado en el papel del tipo con mallas y, como dijo en 1988, «jamás pude encontrar otro trabajo». Mucha peor suerte corrió George Reeves, el Superman de la televisión de los cincuenta, que interpretó este papel hasta su sospechosa muerte en 1959, pocos días antes de su boda. A pesar de que la versión oficial indicó que se trataba de un suicidio (como puede verse en el periódico con el que se inicia este post), nunca se encontraron sus huellas en el arma homicida. Su historia fue contada en la película de 2006 Hollywoodland y el papel de Reeves fue interpretado por Ben Affleck. Un Ben Affleck que, años después y vestido de Batman, se enfrentaría en pantalla con el propio Superman (en la piel de Henry Cavill).

Y si hablamos de «la maldición de Superman», es inevitable hablar de Christopher Reeve, el Superman con el que crecimos en mi generación. El actor neoyorquino interpretó al superhéroe venido de Krypton en cuatro películas, y reconozco que ahora me costaría verlas. Me cuesta verlas, de hecho, si algún día pillo alguna en la tele, porque han «envejecido» de pena. Los efectos especiales que nos parecían alucinantes no se sostienen en la actualidad, los personajes son planos, la historia con Lois Lane nos resulta ñoña, la tercera, a medio camino con la comedia, es floja. Pero toda una obra maestra al lado de la cuarta, infumable.

Christopher Reeve no pudo salir del encasillamiento de Superman a lo largo de su carrera, pero lo peor para él, con mucho, fue el terrible accidente que sufrió en 1995: una caída de un caballo, con apenas 42 años, que lo dejó tetrapléjico el resto de sus días. Aun así, mantuvo un espíritu encomiable de lucha frente a la adversidad y la desgracia. Incluso rodó una versión de La ventana indiscreta en 1998 «aprovechando» su casi nula movilidad. Finalmente falleció en 2004, y su mujer, dos años después, de cáncer de pulmón, pese a no haber sido nunca fumadora.

El documental Super/Man: La historia de Christopher Reeve cuenta su extraordinaria vida, el activismo que mostró tras su desgracia y una actitud ante la vida que le hizo parecer mucho más héroe en silla de ruedas que cuando se ponía el traje azul con capa roja para salvar al mundo.

No es una buena noticia

Hay noticias que, de primeras, pueden parecer buenas, pero a poco que las analices, pueden no serlo tanto, o no serlo en absoluto.

El Ingreso Mínimo Vital (IMV) llega ya a dos millones de personas en España y, sinceramente, no creo que sea una buena noticia, pese a que los miembros del gobierno se hayan esforzado por anunciarla como tal. En este post pretendo que se me entienda y no se me malinterprete, y sé que será difícil, porque voy a tratar varias noticias que nos venden como positivas y que para mí no lo son. Creo en el escudo social, en la protección del Estado en situaciones de desamparo y en la ayuda a colectivos vulnerables (de hecho, no creo que todo ese apoyo deba venir de lo público, también se debe hacer desde el ámbito privado y el individual de cada uno), pero no en la creación de colectivos dependientes cuyo número crezca cada año.

El Ingreso Mínimo Vital, como dice el propio gobierno en la web del Ministerio de Inclusión, Seguridad Social y Migraciones, es «una prestación dirigida a prevenir el riesgo de pobreza y exclusión social de las personas que viven solas o están integradas en una unidad de convivencia y carecen de recursos económicos básicos. Además, tiene como uno de sus principales objetivos abordar la pobreza infantil». Por supuesto que estoy de acuerdo con que estos dos millones de personas no se queden en la indigencia más absoluta, como podría ocurrir en el país «más rico» del mundo, los Estados Unidos, pero no creo que sea una buena noticia que los destinatarios de esta ayuda hayan crecido un 28 por ciento en el año 2024. La cuantía media de esta ayuda se sitúa en los 516 euros mensuales, una cifra insuficiente para estas familias en las que no hay trabajo, ni subsidios de paro, ni ingresos de ningún tipo. Por eso me reafirmo en la idea de que no puede ser una buena noticia que cada vez más gente se sitúe más allá de este umbral de la pobreza.

No es una buena noticia que el Salario Mínimo Interprofesional (SMI) se haya incrementado de nuevo por decreto. Sin consenso. La ministra de Trabajo se hace «su» foto con los representantes sindicales y choca otra vez con la patronal, a la que vuelve a ignorar en sus dos antiguas reivindicaciones (el sector agrario y las revisiones de precios de los contratos públicos). No puede ser que vuelva a evitar tomar en consideración los informes del Banco de España y sus efectos sobre el empleo en las pymes y micropymes (el grueso del marco empresarial en España). No puede ser que la ministra haya incumplido de nuevo el compromiso de que se tengan en cuenta los incrementos de los costes laborales en las revisiones de precios de los contratos con las administraciones públicas. «Es otra ventanilla», pensará. Y con esa otra ventanilla, la del Ministerio de Hacienda, ha chocado demasiadas veces. La de esta semana fue en público, en una bochornosa comparecencia en la que se hizo la sorprendida (y ofendida) por saber que el SMI tributaría en el IRPF. Hacienda se quedará buena parte de la subida y eso no me parece mal, porque implica que un número mayor de perceptores superará el mínimo exento. Lo que no es de recibo es el show en el propio gobierno entre Díaz, la portavoz Pilar Alegría y el ministro de Economía, Carlos Cuerpo. Estas discrepancias internas manifestadas en público provocan la misma inseguridad que las oscuras negociaciones de contrapartidas con los partidos independentistas para sacar adelante cualquier medida gubernamental.

Por otro lado, si vamos a la medida en sí, parece mentira que haga falta recordar a algunos de sus promotores que no es el gobierno quien pagará el incremento del SMI, como a veces parecen dar a entender en comparecencias y publicidad ministerial, sino que será asumido por las empresas, entre las cuales, las que mayor impacto sufrirán en sus cuentas serán las más pequeñas, los negocios con una reducida plantilla de menos de diez empleados: restaurantes, peluquerías, pequeños comercios… Empresas a las que, además, advirtieron desde el Ministerio que serían vigiladas ¡para asegurarse de que no lo repercutieran en precios! ¿Pretendemos llegar a una economía de precios regulados, no hemos aprendido nada todavía?

Sorprende (o todo lo contrario) que esta preocupación del gobierno por la subida del SMI no se haya trasladado al incremento del Indicador Público de Renta de Efectos Múltiples, el IPREM, que es el que se utiliza para el acceso a las ayudas públicas, subvenciones o los cálculos del subsidio de desempleo. La evolución del IPREM en los últimos ejercicios, en comparación con el SMI, ha sido la siguiente:

El IPREM se actualiza con los Presupuestos Generales del Estado, pero, como estos están congelados, sin aprobar, se mantiene estancado. El IPREM no es una preocupación de este gobierno, como tampoco lo fue del anterior: de 2010 a 2016 se mantuvo sin variaciones. Y este es el indicador que se toma en consideración para el acceso a ayudas estatales, bonos sociales, determinadas becas o las subvenciones al alquiler, ahora que se habla tanto de esto. A este gobierno que tanto le preocupan los colectivos vulnerables parece habérsele olvidado que, debido al estancamiento del IPREM, es menor el número de personas que acceden a las ayudas públicas. O a lo mejor va de eso mismo: el incremento del SMI será pagado por las empresas, mientras que el aumento del IPREM supondría un mayor desembolso público. Y siempre es más fácil legislar con el presupuesto de otros.

No es una buena noticia que siga incrementándose el SMI sin que se corrija el problema de productividad que hay en este país. Según estos datos de Cepyme, España tiene ya el segundo puesto en Europa en la relación entre el SMI y el PIB por empleado:

Es lo que tiene haber subido más de un 60 por ciento el salario, sin que apenas se haya movido la productividad. El SMI de España nos sitúa en la banda alta de la Unión Europea, pero aún muy lejos de las principales economías europeas:

Todas estas medidas relativas al SMI forman parte del compromiso de este gobierno por cumplir lo indicado por una Directiva Europea que pretende que los salarios mínimos alcancen al menos el 60 por ciento de los salarios medios de cada país. Con el último incremento aprobado en España se alcanza el 61 por ciento del salario medio, pero no puede ser una buena noticia que el salario medio en España se mantenga tan bajo en comparación con la zona euro.

Claro que es una buena noticia que el paro siga bajando al nivel más bajo en casi dos décadas, pero no lo es que se considere que el 11 por ciento es una buena noticia. Es un paro estructural muy alto, el mayor de la Unión Europea.

No es una buena noticia que los fijos discontinuos en paro hayan superado el pasado mes de enero al número de los que se encuentran activos. Casi 860.000 trabajadores, la cifra más elevada de la serie. Los fijos discontinuos sin empleo dejan de percibir su salario y son dados de baja en la Seguridad Social, pero cuentan como «demandantes con relación laboral» y no como parados. Como indica el artículo, hay quienes lo consideran, y no sin razón, «una forma de maquillar las estadísticas».

No es una buena noticia que el Ministerio de Yolanda Díaz consuma tantos recursos y esfuerzos en la jornada de 37,5 horas semanales sin tener en cuenta los convenios sectoriales, las negociaciones colectivas, la tipología de empresas o la jornada media ya existente. Y desde luego que no es una buena noticia que se cebe con esta medida, que genere nuevas incertidumbres, mayor complejidad en su aplicación, y sobre todo, que no se haga nada a la par para combatir el absentismo. Nada. Todo parece una guerra contra las empresas, hasta el punto de que esta semana ha propuesto a los sindicatos ¿una movilización en las calles? para lograr que se implante esta reducción de jornada a su manera. Es una locura.

Por todo lo indicado (y por muchas más cosas), no puede ser una buena noticia, en absoluto, que nos cuenten que España es la economía que mejor funciona de la Unión Europea. La que tiene las mejores expectativas de crecimiento. Cómo estará el resto, cómo están, de hecho. Por eso voy a concluir con una frase de Leo Harlem que escuché en uno de sus monólogos: «si los españoles lideramos alguna estadística, desconfía, eso no puede ser bueno».

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La juventud de Corbet

Puede que The Brutalist sea la película del año. Me faltan muuuuchas por ver, pero no creo que haya demasiadas aspirantes a este inexistente título honorífico. The Brutalist sorprende por muchas razones y lo hace desde el primer minuto: por contar una historia de ficción que te hace creer que fue real, por el estilo empleado, por la impresión de estar viendo imágenes de hace varias décadas, porque cada escena resulta impredecible, por varias escenas arriesgadas, por la duración con el añadido del intermedio que recuerda a sesiones dobles de otra época, por lograr cierta incomodidad en el espectador en varios momentos… Por su inmensidad, por el aroma a cine clásico que desprende desde el inicio. No quise leer nada sobre ella antes de ir a verla y me alegro de haberlo hecho. Es una obra de esas que merece la pena reposar y repensar. Y una vez hecho y leídas varias críticas, me sigue sorprendiendo por muchas razones, pero no precisamente por un motivo que sí he visto destacado en algunas de esas críticas: la edad de Brady Corbet, director y guionista (guion escrito al alimón con su mujer, Mona Fastvold).

Quizás sorprenda que un director tan joven, 35 años cuando la rodó, se atreva a acometer un proyecto de estas dimensiones, o que tenga una ambición tan enorme como para intentar sorprender en cada secuencia, ya sea con la fotografía, la música, los títulos de crédito o las elecciones de guion. Para mí, algunas de ellas son erradas, según mi manera de ver o entender el cine, pero nada de ello resta valor a The Brutalist. Ahora bien, cuando hablo de «estas dimensiones», me refiero a cierto afán megalómano similar al del magnate interpretado por Guy Pearce. Por momentos pensé en el presupuesto con el que contaba su director para un proyecto tan personal, porque tiene una factura potente, de presupuesto elevado, y sin embargo, me llevé una nueva sorpresa al saber que no llegaba a los diez millones de dólares.

El mayor fallo que se le puede achacar a la edad del director es que parece estar más pendiente de epatar al espectador que de contar la propia historia, es decir, puede que le falte contención, o le sobre el empuje «de juventud» que con la experiencia dominará. No se me hizo larga en ningún momento, pero da la impresión de que, como en otros proyectos recientes, evita meter la tijera en momentos en que la trama lo requiere.

Ese esfuerzo algo forzado por impactar al espectador se nota en muchos detalles, comenzando con el formato escogido, el VistaVision, que llevaba sesenta años sin ser utilizado, lo que contribuye sin duda a que produzca esa impresión de peli antigua. Ahora un plano preciosista, ahora uno en el que no se ve nada, luego una profundidad de campo de visión inusual, ahora una escena alargada como la del tren, una banda sonora que molesta intencionadamente en escenas concretas. ¿Acaso esperabas un momento de gran belleza cuando el protagonista (Adrien Brody) se reencuentra con su mujer (Felicity Jones)?, pues toma palo. Luego, de repente un salto temporal, o una elipsis mal contada, un epílogo innecesario… La película va a contracorriente y quizás por eso mismo me gustó. Es magnífica y puede que sea la peli del año, pero no creo que sea la obra maestra que he leído en algún lado.

Y respecto a la edad, quizás sea un poco cabroncete compararlo con genios del Séptimo Arte, pero voy a dejar algunos ejemplos:

  • Steven Spielberg tenía 25 años cuando rodó El diablo sobre ruedas, 29 cuando hizo Tiburón y con 36 años ya había añadido a su filmografía Encuentros en la tercera fase, En busca del arca perdida y E.T., ahí es nada.
  • Martin Scorsese, a sus 34, ya había rodado Malas calles, Alicia ya no vive aquí y una obra tan madura y jodida para el espectador como Taxi driver.
  • Quentin Tarantino comenzó fuerte en el cine. Con 28 años y sin más estudios cinematográficos que los que le proporcionaron miles de horas viendo pelis de todo tipo, se lanzó con Reservoir dogs a los 28 y con Pulp Fiction a los 30.
  • Paul Thomas Anderson, un director del cual he leído comparaciones con Corbet, estrenó Boogie nights y Magnolia antes de los 30, y Pozos de ambición, una obra con la que se ha comparado The Brutalist, con 36 años, la edad actual de Brady Corbet.
  • Francis Ford Coppola ya había realizado las dos primeras entregas de la saga El Padrino antes de esos mismos 35 años, y en estas dos obras maestras ya había madurez, conocimiento global del cine, experimentación, afán por resultar clásico, ganas de impactar al espectador… y contención.

Lógicamente, si me refiero a la edad de los directores, es imposible no mencionar a Orson Welles y su debut por todo lo alto con Ciudadano Kane, a la tierna edad de 24 años. Claro que pocos genios habrá más precoces que Orson Welles, que ya había logrado notables éxitos en el teatro con adaptaciones de obras de Shakespeare, y en la radio, con la emisión de La guerra de los mundos. Ciudadano Kane busca ese mismo impacto en el espectador al que me refería en la obra de Corbet. Trata de ser original en cada plano, con la iluminación, con los ángulos escogidos (es muy famoso el plano «bajo» el suelo, agujereando la propia tarima para que la altura del protagonista pareciera superior), el movimiento de la cámara…

En casi todos los casos de precocidad que comento, se advierte la maestría de los jóvenes directores en la técnica cinematográfica, que les permite ser innovadores en los planos, el montaje o en el empleo de la fotografía. Spielberg, Tarantino, Scorsese, Anderson, Welles, también Corbet. Son cualquier cosa menos convencionales en el modo de rodar. Brady Corbet se atreve con todo: el formato, la profundidad de campo (qué maravilla la cantera de Carrara), la duración, los efectos visuales, incluso con el uso de la Inteligencia Artificial para hacer que sus protagonistas hablen en un perfecto húngaro, lo cual ha generado polémica respecto a su candidatura para los Óscar de este año.

Quizás lo que voy a decir sea una barbaridad dicha por alguien que no sabe de dirección de cine, pero puede que el empleo de la técnica sea lo más sencillo de adquirir. Es algo parecido a lo que pasa con David Fincher, que venía del mundo de la publicidad y los videoclips, y no tenía problemas en jugar con la cámara en situaciones inverosímiles. Rodó Seven con 32 años, y antes de los 36 ya había hecho The game y El club de la lucha. Y si el manejo de la técnica es lo más fácil de asimilar, quizás lo más complicado sea crear un guion perfecto que salve la falta de contención propia de la juventud.

En este punto es donde encuentro la mayor diferencia de la obra de Corbet con el resto de directores mencionados. El guion de The Brutalist fue escrito por Brady Corbet y su mujer, la noruega Mona Fastvold, y (sospecho que) apenas tuvo filtros hasta ser llevado a la pantalla. Quizás por ello, las mayores pegas que encuentro a la película vienen de algunas elecciones de guion de la segunda mitad, reacciones inusuales de los protagonistas, insuficientemente razonadas, o insinuaciones que luego no se concretan. No son MacGuffins, ni pistolas de Chejov, son insertos que no vienen a cuento. Como el epílogo. Pero no quiero desvelar nada más al posible espectador interesado al que, por supuesto, recomiendo la película de Corbet y Fastvold.

Si pienso en algunos de los jóvenes directores mencionados en los párrafos anteriores, compruebo que la figura de un guionista experimentado fue fundamental para muchas de esas obras maestras. Steven Spielberg contó con Lawrence Kasdan para el debut de Indiana Jones, con Melissa Mathison para E.T. y, aunque finalmente retirara su nombre por desavenencias con el resultado final, con Paul Schrader en Encuentros en la tercera fase. Francis Ford Coppola trabajó intensamente con el propio Mario Puzo en distintas versiones del guion de El Padrino hasta dar con la versión final. Martin Scorsese alcanzó una obra redonda como Taxi driver cuando el guion fue escrito y reescrito hasta la obsesión por un experto como Paul Schrader, un guion infinitamente más redondo que el de Malas calles, que es de Scorsese en su mayor parte y peca de falta de mesura. Quentin Tarantino es un caso aparte, porque lo mejor y lo peor de sus obras son fruto de sus excesos como escritor, cuando da rienda suelta a sus frikadas.

Caso aparte es Citizen Kane, a cuya escritura de guion le dedicó David Fincher una película completa como Mank, ya reseñada en este blog. Los conflictos creativos entre dos artistas de lo suyo como Orson Welles y Herman Mankiewicz dan lugar a un tour de force magníficamente rodado por Fincher, quien a cada película demuestra un mayor gusto por el clasicismo y una manera de rodar mucho menos transgresora que en sus primeros trabajos. Los «vicios» de juventud de los que hablaba al inicio.

En resumen, nota alta para The Brutalist en mi caso, tanto que ha despertado mi interés por las dos películas anteriores de Corbet (La infancia de un líder y Vox lux), de las que no sé nada. Y respecto a la nueva hornada de directores, aquí dejo otro nombre ya consagrado, Damien Chazelle. Con menos de 30 palos ya había rodado una peli tan clásica como La la land y una oda musical como Whiplash. Poco después se atrevió con una del espacio rodada «a la antigua», First man (A bored man on the moon para mí) y se soltó la melena, los pantalones, la claqueta y todo lo que tuviera a mano para regalarnos ese exceso sumamente disfrutable como fue Babylon. Con 36 añitos.

El sueño trumpista de Pedro

Pedro estaba agotado. «Menos de seis horas para ponerme en marcha de nuevo», pensó al comprobar la hora que era. Se miró al espejo y comprobó que la fatiga causaba estragos en su rostro. Se veía menos atractivo de lo que había sido su aspecto habitual, «qué lejos aquellos tiempos», cuando aquella presentadora de la NBC lo comparó con Superman, recordó. Tenía la mirada lánguida, los pómulos algo hundidos, nuevas arrugas y el puñetero mechón de pelo blanco se empeñaba en crecer y darle un aspecto un tanto siniestro, a lo Cruella de Vil. ¡Él, que había sido un Adonis!

El día había sido extenuante, como casi todos desde hacía meses. Sus asesores no dejaban de repetirle «modifica esto», «cede aquello», «tratemos de negociar este punto» tras la derrota en el Congreso de las numerosas propuestas que su gobierno había llevado bajo un decreto ómnibus. Por otro lado, en su cabeza retumbaban las palabras de la prensa y de su círculo más cercano sobre las primeras horas de la toma de posesión de Donald Trump como presidente. «Tintes fascistas», «aires dictatoriales», «peligro para Occidente», «totalitario», «ultraderecha»… Se secó las manos y se fue a la cama, donde ya descansaba Begoña desde hacía un rato. Por más que lo intentaba, no podía sacarse de la mollera las imágenes de Donald Trump en un polideportivo repleto de fieles animosos que lo aplaudían mientras soltaba su incendiario discurso o firmaba sus primeros decretos.

Trató de conciliar el sueño, aunque sabía que le tocaba otra noche toledana. «Gracias a Page, entiendo mejor que nadie esta expresión», pensó. No le costó imaginarse a sí mismo en un auditorio de quince o veinte mil personas repleto de fieles que vitoreaban sus consignas. Mas, en sus ensoñaciones, no se vislumbraba ofreciendo promesas de futuro a una audiencia enfervorecida mientras agitaba las manos y señalaba con el dedo hacia un futuro que no dependía de él. Se veía sentado en una mesa de madera noble, rodeado por Bolaños, María Jesús Montero y Óscar López, que le pasaban una carpeta detrás de otra. Se encontraba radiante, más joven, con todos los focos apuntándolo. Sin el mechón gris.

Tras la última reforma de la Constitución urdida con sus hábiles maniobras habituales, el presidente tenía poderes suficientes para firmar executive orders, órdenes presidenciales ejecutivas, directas, sin la necesidad del control del Congreso y ¡por fin! sin tener que negociar cada vez con «esos comunistas que andan a tortas entre ellos y con esos pesados nacionalistas de izquierdas y de derechas que solo van a lo suyo». Fue una reforma constitucional necesaria, que le permitiera de una vez sacar adelante su agenda progresista y gobernar, como ya anticipó en septiembre, sin el concurso del poder legislativo.

«La actualización de las pensiones». Firmada. Pedro firmó, mostró el decreto a las cámaras, ruido de clicks, se lo pasó a Bolaños, y este lo mostró en alto hacia el público congregado en el pabellón, que comenzó a exclamar «¡Pedro, Pedro, Pedro!». «Mejor apuntarme el tanto en solitario, que luego vienen el PP y Junts y se quieren subir al carro».

«La subvención al transporte público». Firmada. La mostró en alto con una sonrisa y las veinte mil personas prorrumpieron en vítores y aplausos. «Otra orden ejecutiva del presidente, hala, para qué compartir este éxito con tanto partido de la coalición de progreso, tanto partido y tanta po…».

«El indulto presidencial». Firmado. No hubo tantos aplausos por un indulto que garantizaba el perdón definitivo a Puigdemont y los suyos por tratar de subvertir el orden territorial de la nación, pero así al menos se garantizaba dos cosas: por un lado, el apoyo del que, en sus propias palabras, denominaba «el plasta de Waterloo», y por otro, que no hubiera unos incómodos jueces que le privaran de sus deseos. Todo lo hacía por el bien de la nación, su gobernabilidad y esas cosas que ya soltaba de carrerilla. Cierto es que a Trump se le había criticado por los indultos a los asaltantes del Congreso, mas Pedro se veía a sí mismo defendiendo el progresismo de la medida, «actuamos más en la línea de Joe Biden, y de ahí mi siguiente medida».

«El indulto preventivo para su familia y los más cercanos». Firmado, mostrado con júbilo por Bolaños a las cámaras. Qué es eso de que te vengan unos jueces franquistas a perseguir a tu mujer, tu hermano o tus antiguos brazos derechos en La Moncloa por unos recortes de prensa, una denuncia falsa de la ultraderecha y alguna que otra infracción administrativa. Si un demócrata con una excelsa carrera como Joe Biden podía hacerlo, es que era otra medida de progreso, que podía ligar con la siguiente.

«Acabar con la acusación popular, el lawfare y asegurarnos la mayoría en los tribunales y órganos de decisión de los jueces». Firmado. Félix Bolaños mostró la orden ejecutiva a las cámaras y tomó brevemente la palabra para explicar que «de ese modo, se acababa con la anomalía judicial española, en la que jueces que venían del franquismo seguían marcando el paso de las decisiones judiciales y de las propias investigaciones». A Pedro se le escapó una sonrisa al recordar cómo se había criticado a Donald Trump por sus medidas para poder investigar a todos aquellos fiscales que iniciaran causas contra los republicanos que él y los suyos pudieran considerar insuficientemente fundamentadas, así como frenar las mismas sin dar demasiadas explicaciones.

«Contratación de funcionarios públicos». Firmado. Éxtasis en el auditorio. Al contrario que Trump, que preveía un recorte salvaje en la administración federal, Pedro se planteaba aumentar las plazas y el gasto público, «al fin y al cabo, crear empleo público es el mejor modo que hemos encontrado para combatir el paro», pensó. Recurrió a su astucia habitual para, en una disposición adicional transitoria, que luego sería definitiva, colar un par de medidas que había copiado del mismísimo Trump: la posibilidad de despedir a funcionarios de carrera, altos cargos de la administración pública, y acabar con las cuotas, «que ya estoy harto de tanto nacionalismo y tanta cuota de género».

«Medidas fiscales», aprobadas. «Medidas fiscales… las que me salen de los genitales», firmado. Estaba cansado de negociar con tanto partido las reformas del Impuesto de Sociedades, el impuesto a las energéticas, los impuestos ambientales, el de la banca… que unos sí querían, otros no, unos a medias, otros no en su territorio… «Hala, executive order y p’alante».

«Derechos de asilo y derecho a deportar sin dar explicaciones». Firmado. Algunos de los asistentes al pabellón se miraban con sorpresa, pero siguieron aplaudiendo, aunque con menos fuerza. «Mira cómo Trump no se anda con remilgos», pensó Pedro, «a mí, la que me han montado cada vez que hemos mandado a unos africanos al otro lado de la valla, o la que me montan cuando decido dónde deben ser admitidos los inmigrantes que he acordado con mi amigo Mohamed VI».

«Creación de nuevos organismos públicos». Firmado. ¿Veis como soy diferente a Trump? Él ha creado una oficina de Eficiencia Gubernamental para recortar gasto público, yo voy a crear varias agencias de colocación, perdón, de coordinación de presupuesto público: la Oirescon, para «controlar» la pasta que llega de Europa para proyectos que no se licitan, la empresa de vivienda pública, separar la CNMC en dos, el Observatorio contra el Fraude y la corrupción sanitaria,…

«Controlar la libertad de expresión». Firmado. El inicio de los aplausos por parte de sus fervorosos acólitos se frenó, ¿qué quería decir, qué pretendía con esta medida? Se trataba de controlar la calidad de la información, la verificación de la misma para evitar la propagación de bulos interesados, la obligación de rectificar todo aquello que no fuera preciso, que quedaría bajo la supervisión de Óscar López y Félix Bolaños, que sonreían ufanos a su espalda, y, por supuesto, el reparto de la asignación de publicidad institucional a los medios. Volvieron a retumbar los aplausos, acrecentados por los aspavientos de María Jesús Montero con las manos más extendidas que las de Jordi Pujol cada vez que venía a Madrid.

«Medidas sobre políticas de género». Firmado. Mira, ahí sí le daba envidia cómo lo había gestionado Trump. Hombre y mujer, blanco y negro, ya está, ATPC. «En mi gobierno, me tienen frito con las siglas, que si LGTBI, o si debe ser LGTBIQ+, y luego las peleas de Carmen Calvo y las Belarras sobre las mujeres trans, me tienen frito». Se hará lo que diga la orden ejecutiva y fuera.

«Decisiones sobre el reconocimiento del Sáhara occidental, Venezuela, los territorios ocupados de Palestina y las cesiones de competencias a los gobiernos nacionalistas». Firmado. ¿Acaso no podía decidir el presidente de la democracia más antigua del mundo sobre la pertenencia de su país a la Organización Mundial de la Salud, el Acuerdo de París o los acuerdos fiscales de la OCDE? «¡Pues pretenden que yo dé explicaciones sobre la política con el Sáhara, por ejemplo, es inaudito!». Hala, firmado, a otra cosa.

En la cama, a Pedro se le escapó una sonrisa. Veinte mil personas coreaban su nombre y vitoreaban cada una de sus decisiones. Esto de los decretos presidenciales era una maravilla, «la de saliva que ahorro al evitar hablar con los nacionalistas y con la cuchipandi de la Yoli». No había sonado el despertador, pero Pedro estaba despertando de su sueño. Lo que ocurre es que, durante toda la noche, había mantenido los ojos abiertos.

El Atleti, Cerezo y el manejo de la prensa

Que si «los hilos del palco del Bernabéu», que si «el pelotazo de Florentino con la Ciudad Deportiva», «el escándalo del Madrid con los parkings», que si «la prensa madridista, que es toda»,… Sorprende escuchar o leer todas estas cosas, pero casi tanto me sorprende comprobar cómo Enrique Cerezo, Gil Marín y el Atleti resultan tan «simpáticos» para la prensa. Ni una crítica, ni una sola duda sobre sus operaciones inmobiliarias, el manejo del club o esa afición en la que los impresentables (minoría, pero impresentables) llevan la voz cantante.

De todo ello hablamos Kollins y yo en su canal, en el vídeo con el que comienza este post. Nos centramos sobre todo en las operaciones urbanísticas del Real Madrid y el Atleti, y, especialmente, en el diferente tratamiento mediático que recibieron. Pero «es que la prensa es madridista» y tal, salvo Manolo Lama, Carreño, Castaño, los directores del As y el Marca, y todos los tertulianos de esas insoportables tertulias que solo soy capaz de seguir en los cortes de El Radio. En Lisboa 2014, la primera final de Champions perdida por el Atleti frente a su gran rival, se dio un suceso de lo más llamativo. El Cholo Simeone (cuyos antecedentes lo preceden) acababa de invadir el terreno de juego para intentar agredir a Raphael Varane, que por entonces apenas tenía veinte años de edad. Al entrar en la sala de prensa, apenas unos minutos después, toda la prensa española comenzó a aplaudirlo, ¡al del comportamiento macarra! Inconcebible, salvo por el hecho de que la inmensa mayoría de esos periodistas estaban deseando una victoria atlética casi tanto como una derrota madridista.

Pero no me quiero ir tan lejos. Hay un ejemplo muy reciente de esa «prensa madridista», como es la portada del diario Marca el último día del año 2024. Lo habitual es que la última portada la ocupe un personaje que represente lo mejor del año, que resuma los éxitos de los últimos doce meses. En un año en el que el Real Madrid ganó cinco de los seis títulos en disputa en fútbol, Champions incluida, más la Liga y la Copa del Rey de baloncesto, y fue, además, finalista de la Euroliga, uno esperaba encontrar a Bellingham, Vinicius, quizás Rudy Fernández, por el hito alcanzado en sus sextos Juegos Olímpicos. Nada de ello, la prensa «madridista» escogió:

El «simpático» Enrique Cerezo, que tiene a toda la prensa comiendo de la palma de su mano. Mis amigos del Atleti, que aún me quedan, me dicen que esto son chorradas, que el Madrid ocupa mucho más espacio, lo cual es cierto, respondo, porque vende diez veces más que el Atleti, pero el tratamiento no puede ser más diferente. Mientras para unos todo es escandaloso y criticable, para otros todo es maravilloso, hasta la «autoproclamada mejor afición del mundo», la de la lluvia de mecheros, los insultos racistas y los últimos dos asesinatos en el fútbol español. En Exmadridistas por el mundo ya di cuenta de esta penosa estrategia a la hora de titular en los medios y en El Real Madrid como cebo incluí uno de mis ejemplos predilectos del mundo clickbait:

Todo esto no son más que ejemplos relacionados de un modo u otro con la competición y con el afán de los medios por vender o lograr clicks en sus páginas. Sin embargo, lo que resulta bastante curioso es ver cómo la prensa generalista dedica horas y horas, o páginas y páginas, a operaciones urbanísticas relacionadas con el Real Madrid, y cómo pasan de puntillas por las de su rival en la capital. Si es que las comentan, que la mayoría de las veces ni salen. De esto fue de lo que hablamos en el vídeo en el canal de Javi «Kollins».

Ciudad Deportiva del Real Madrid vs Recalificación terrenos Metropolitano-Atleti

Si uno guglea «pelotazo y Ciudad Deportiva», enseguida le aparecen varios enlaces a artículos que hablan de esta operación como si hubiera sido algo ilegal, repleto de irregularidades o movido por esos oscuros poderes que llevan años ayudando al Real Madrid. Algunos artículos, como el de La Vanguardia, mienten al hablar de unos terrenos expropiados durante el franquismo. O adquiridos con ayuda pública. Nada más lejos de la realidad. Aquello era un erial al final de la Castellana comprado con el dinero obtenido tras una emisión de bonos del propio club. Este enlace a futbolgate.es/La recalificación de la Ciudad Deportiva aporta información muy suculenta sobre todo el caso, desde la adquisición inicial hasta su venta a finales de los años noventa a una serie de empresas privadas.

El Real Madrid es tan uña y carne con el poder que le denegaron la recalificación de los terrenos durante varios años y con gobiernos de toda clase: Arias Navarro en 1973, Juan Barranco a Ramón Mendoza en el 87 y Álvarez del Manzano a Lorenzo Sanz en los noventa. Finalmente se consiguió de la mano de Florentino Pérez y sus contactos, y fue una operación aprobada por el ayuntamiento de Madrid (donde solo se opuso el PSOE), la Comunidad, y tanto UGT como Comisiones Obreras, como las asociaciones de vecinos de la zona dieron su conformidad al proyecto. Todavía hay muchos que hablan del escándalo de la Ciudad Deportiva del Madrid, cuando pocas operaciones han tenido más informes y seguimiento que aquella. José María García sigue rajando de la misma cada vez que le ponen un micro delante, pero es que por su sangre solo corre el resentimiento. Aun así, la operación se elevó a la Comisión Europea por la posible ilegalidad de la misma, y el organismo dictaminó en 2004 que:

El propio comisario europeo de la Competencia, Mario Monti, avaló la decisión. Claro que, si uno tiene que elegir entre el ayuntamiento, la comunidad, los sindicatos, los vecinos y la Comisión Europea por un lado, y José María García con sus sollozos veinte años después por el otro, pues… allá cada cual. Fue una operación muy beneficiosa para todos los implicados, ayuntamiento incluido, que recibió una gran cantidad de dinero tras la venta de una de las cuatro torres. Para los vecinos, pues se liberaron doce hectáreas adicionales de suelo verde, para Madrid, al contar con este gran centro financiero en la capital, y para el Real Madrid, por supuesto. No hubo un solo euro de dinero público que se traspasara a un club privado de fútbol.

Ahora podemos analizar cómo se ha juzgado por la prensa la cesión de unos terrenos públicos y una instalación pública como era la Peineta a un club privado como el Atlético de Madrid. En primer lugar, sorprende lo poco que se ha cuestionado esta operación, cuando aquí sí hay claramente un trasvase de recursos públicos a manos privadas, a un club que, por cierto, ha pasado por capital chino, israelí y, en la actualidad, de Arabia Saudí.

El estadio Metropolitano formaba parte de la aventura olímpica de Madrid para los Juegos de 2004, 2012 y 2016, y fue una inversión pública que durante años quedó para la realización de pocos eventos. No entro en la conveniencia o no de la operación de permuta por los terrenos del Vicente Calderón, solo en lo poco que se ha hablado de la misma, pese a que había aspectos que podían despertar dudas. Por ejemplo, cómo es posible que el convenio de 2008 recogiera una edificabilidad de 101.372 metros cuadrados con un coste para el Atleti de 42 millones de euros, y que, sin embargo, en el convenio definitivo de 2017, se ampliara la edificabilidad a 151.000 metros cuadrados y el coste se quedara en apenas 60 millones, de los que el club solo tenía que desembolsar la mitad.

Una asociación de seguidores del Atleti (Señales de Humo, muy críticos con Cerezo y Gil Marín) presentó un recurso contra esta modificación del Plan Urbanístico, y, en 2018, el Tribunal Superior de Justicia de Madrid les dio la razón:

La Sentencia estima seis de los siete argumentos expuestos en el recurso contencioso administrativo interpuesto por la Asociación Señales de Humo contra el referido acuerdo de aprobación definitiva siendo demandados la Comunidad de Madrid, el Ayuntamiento de Madrid y el Club Atlético de Madrid”. ¡Seis de los siete! Veamos cuáles son, alguno de lo más curioso para lo poco o nada que se habló:

  1. Falta de interés público en el cambio de uso de la instalación (pública) a privada: no quiero ni pensar lo que se habría dicho si ese traspaso de lo público a lo privado hubiera tenido al Real Madrid como destinatario.
  2. Falta de motivación de la modificación del Plan Urbanístico: pues no atiende a necesidades de la ciudad, sino a un interés particular. Digo lo mismo del punto 1.
  3. Incorrecta clasificación del suelo a “urbano no consolidado”:
  4. Inexistencia de las plazas de aparcamiento que debería haber al aumentar la edificabilidad a 151.500 m2.
  5. “…vulneración del art.67.2 de la LSCM ya que se produce un evidente fraude de Ley porque se evita cubrir las dotaciones – que desaparecen- sustituyéndolas por dinero, cuando al Club se le podría haber vendido una mayor superficie de suelo existente dentro del ámbito de actuación a fin de que cumpliera con las obligaciones compensatorias …”. Fraude de Ley, esto mejora a cada paso.
  6. Ausencia de un informe medioambiental ¡sobre ruidos!!! ¡Jojojojo, anda que no hemos hablado de ruidos en otro lado de la ciudad!
  7. Informe sobre impacto de género, que no existía.

El ayuntamiento de Madrid y el Atleti como parte afectada recurrieron la sentencia, y dos años después el Tribunal Supremo anuló la sentencia y dio la razón a todos los promotores de la modificación del Plan Urbanístico. Era septiembre de 2020 y estábamos todos a otras cosas aquel año, pero no deja de ser curioso lo poco que se escribió o habló sobre este asunto en los medios. Y, por supuesto, a nadie se le ocurrió escribir que «Cerezo maneja a los jueces y los políticos desde el palco del Metropolitano».

El caso no está cerrado del todo, porque el Tribunal Superior de Justicia de Madrid ha abierto un nuevo expediente por la valoración de los terrenos aledaños que fueron expropiados e incluidos en el convenio.

Todo esto, con un alcalde que no tiene pudor alguno en manifestar sus filias futboleras, ¡lo cual me parece muy bien! Solo lo comparo con las barbaridades que se han dicho cuando Rajoy o Aznar han mostrado su apoyo al Madrid. Nunca se oyó nada reprochable con la afición de Zapatero por el club que ya entonces corrompía la competición.

Aparcamientos Padre Damián vs Acuerdo terrenos del Metropolitano y Centro Acuático

Los periodistas deportivos son, por lo general, bastante malos. Y tendenciosos. Pero ya, cuando hablan de asuntos económicos, resultan penosos. Algunos han llegado a decir que los aparcamientos adjudicados al Real Madrid en la Castellana y Padre Damián fueron adjudicaciones a dedo, milmillonarias, pelotazos, etc. Lo de siempre. A ver, vamos a tratar de explicar este proyecto, que, de momento, está suspendido. Y bien paralizado, si se han incumplido algunas normativas como las de ruidos, impacto ambiental o si no se ha acreditado el interés público, algo imperdonable cuando el vecindario ya está bastante cansado de obras, ruidos y alteraciones del descanso.

El concurso se licitó en procedimiento público, abierto a quien quisiera presentarse, y notificado con la suficiente antelación. Siempre que algún atlético me habla de este «pelotazo urbanístico», le pregunto: «¿Y entonces, por qué no se presentó ninguna empresa?».

Alguno me ha contestado: «sí, pero el Madrid tenía ventaja en la adjudicación como promotor del proyecto». 5 puntos sobre 100, fácilmente recuperables con la oferta económica, «si es un pelotazo, un negociazo como decís, se habrían presentado una docena de empresas triplicando o cuadruplicando el canon a pagar al ayuntamiento y habrían superado ese déficit inicial de 5 puntos». Pero para eso hay que buscar los criterios de adjudicación y no leer cierta prensa:

Los otros 20 puntos dependían de una valoración técnica: ejecución de la obra de construcción (9), el programa de ejecución (4), plan de ahorro energético tanto en obra como en explotación (3) y la propuesta técnica de gestión de la explotación y mantenimiento de las infraestructuras (4).

Por mucho que se haya explicado varias veces, el ayuntamiento de Madrid no pone un duro, es el concesionario quien ejecuta la inversión, 94 millones de euros, y luego lo explota durante cuarenta años, tiempo durante el cual paga un canon al ayuntamiento y se encarga del mantenimiento, el coste del personal y la financiación de la obra, y corre con el riesgo y ventura del contratista. No es un proyecto sencillo, ni mucho menos un pelotazo, pero eso, a cierta prensa, le da igual:

Una particularidad de este concurso, que solo he leído en un medio, es que el Real Madrid presentó un proyecto al ayuntamiento para ejecutar solo el parking del Paseo de la Castellana, y fue el propio ente público el que quiso incluir el de Padre Damián, así como el túnel para descongestionar de tráfico la zona. El parking de Padre Damián es deficitario, pues casi todas sus plazas estaban destinadas a los residentes de la zona, algo que tampoco se ha explicado suficientemente. El concesionario también tendría que sufragar el coste del túnel y de las dársenas para autobuses y vehículos comerciales de carga.

En cualquier caso, el proyecto ha quedado suspendido tras las denuncias de los vecinos y, según la sentencia, por la ausencia de un Plan Especial de impacto ambiental y por carecer de interés público. Me suena, me parece haberlo leído en este mismo post sobre otro caso cercano.

Ahora bien, qué distinto ha sido el ruido mediático con el convenio por el que el Atlético de Madrid se quedará con el Centro Acuático (otro pufo del Madrid olímpico, con un coste de casi cien millones de euros) y con los terrenos adyacentes para ejecutar y explotar su propia Ciudad del Deporte… y de muchas más cosas, según vamos sabiendo:

Por lo que se lee sobre este proyecto, del que todavía habrá que ver su desarrollo, posibles denuncias, etc. esto es lo que se ha denominado toda la vida un auténtico pelotazo urbanístico. Una cesión de suelo e instalaciones públicas a unos particulares en toda regla por un precio a priori ridículo. Suponemos que el Marca del atlético Juancho Gallardo habrá puesto el grito en el cielo con esta operación. Pues va a ser que no:

“Ha pasado desapercibido”. “Un acuerdo municipal ha certificado no ya la no continuación de unas obras que llevaban más de una década varadas, sino incluso el cambio de calificación del suelo sobre el que se asientan: ni siquiera tiene ya la consideración de recinto deportivo. Ahora se podrán construir en sus terrenos centros comerciales, hoteles, viviendas…”. El Atleti ni aparece en la noticia, y cuando lo haga, parecerá que hace un favor a la ciudad.

“El edificio está sin acabar, con las obras detenidas desde el año 2010 cuando todavía quedaban trabajos por valor de 91,9 millones de euros. Un cadáver olímpico que ha salido muy caro a las arcas públicas. Se encuentra anexo a los terrenos que acogerán la futura Ciudad del Deporte del Atlético de Madrid, donde el que el club presidido por Enrique Cerezo prevé desarrollar nuevas dotaciones deportivas, pero también centros comerciales y de ocio, una playa artificial e incluso una hipotética universidad privada”.

Ahora viene Cerezo con sus inversores árabes y nos arregla toda esta parte de la ciudad. No lo dudo.

Año nuevo, ¿blog nuevo?

Primer post del año para este blog que allá por agosto cumplió ni más ni menos que 10 añitos. Casi nada, todo un hito de longevidad en un mundo como este de los blogs en el que la edad difícilmente supera la de la lactancia infantil. Pero lo importante no es la edad, sino la salud, ¡no pesan los años, pesan los kilos!, que nos contaba la publicidad. Y en el caso de todo lo relacionado con el arte de escribir, o, para no ser pretencioso, con el acto de escribir, no importan los años, sino las ganas. Y estas permanecen intactas, si bien han podido variar los intereses, los asuntos tratados o las formas de contar una historia. En mi caso particular, me interesa todo lo audiovisual a la hora de contar una historia, aunque carezca de los medios o el conocimiento. Pero así terminé el año, con una especie de corto documental para contar la historia de Peter, el enfermero de Kokuselei, y ojalá no sea la última:

No faltó el resumen del año para los allegados, como en los años anteriores, a lo Indiana Jones o como un puñetero hobbit. Un resumen en el que es inevitable que se cuelen varios de los asuntos que han salido en el blog con anterioridad: Star Wars, Darth Vader, la literatura y el cine, las últimas viñetas de Ibáñez, el viaje a Kenia, el proyecto de mi hija Raquel en la India, las cosas que hacen que la vida valga la pena o el fútbol con los amigos del barrio.

El primer post del año ha servido habitualmente para contar a los suscriptores del blog los logros del año anterior, los textos que más han gustado y plantear los (des)propósitos del año en curso, tanto para el blog en general como para los «cuatro amiguetes». Así que, vamos allá, y comienzo con un «Me cago en Elon Musk». Perdón, perdón, perdón. Me corrijo: «me cago en el algoritmo de Elon Musk». El blog ha reducido el número de visitas con respecto al año anterior en unos 4.000 lectores, lo cual no preocupa en exceso porque son unas buenas cifras, por encima de las 31.000 visitas, que aumentarían notablemente si se añadieran las 10.000 semanales que estuvieron siguiendo la Anatomía de un Negreirato en La Galerna durante los meses que se publicó en la web. Por cierto, uno de los grandes proyectos que (espero) verá la luz este año:

Me cago en el algoritmo de X, o de Twitter, como lo seguiré llamando siempre, porque de un año a esta parte, el número de visitantes que han accedido al blog a través de la red de Elon Musk ha bajado desde los 13.000 del año anterior a la tercera parte. No lo culpo, X debería ser un negocio que no era cuando el multimillonario lo compró y nos anima a los que subimos contenido a que nos hagamos Premium, paguemos sus cuotas y nos «posicionemos» en la red. Y no me apetece. Algo parecido pasó en su día con Facebook, que pasó de ser una red en la que algunos acudíamos a leer contenido de calidad o de otros amigos, a un sitio en el que ya apenas entramos porque solo ofrece publicidad.

Por otro lado, Twitter se ha llenado de usuarios creados con Inteligencia Artificial que pagan su cuota, te aparecen en los primeros lugares y suben hilos como churros: a veces con información interesante, y otras, manipulaciones interesadas. No es mi guerra, ni pienso entrar. No sé cómo se «trabaja» el algoritmo, ni me apetece conocerlo. Creo que condiciona al autor y empeora los textos. Hace unos meses me lo comentaba un amigo que trabaja en un medio digital: «el SEO lo condiciona todo». El Search Engine Optimization, el «optimizador para motores de búsqueda» ha llegado a los medios y condiciona las palabras que hay que escoger, los titulares que más pueden tocar la fibra para generar clicks y hasta el tono que deben llevar los artículos. Para los lectores habituales, el SEO de este blog seguirá siendo «Siempre Escribir mi Opinión». Y aportar información de calidad, aunque eso disminuya el tráfico de visitas. A la larga, uno puede conseguir incluso aparecer en el diario Marca y en un podcast de su canal, como ocurrió en uno de los grandes logros de 2024:

Los textos más leídos de 2024 fueron:

  1. Propuestas para cambiar el Reglamento del fútbol (II). Otra de las curiosidades de los algoritmos que demuestra mi desconocimiento: desde hace unos meses hay un grupo muy numeroso de personas que acceden desde México a este post que se publicó ¡en abril de 2021!
  2. Watchmen (II): la película.
  3. Las rayas del VAR.
  4. La Premier se pone seria.
  5. Las auditorías de Real Madrid y Barça (II).
  6. La naranja mecánica (II): la película.
  7. Frases de cine para usar en el trabajo (II).
  8. Esclavo de sus palabras.
  9. La reducción de jornada (I): esa cosa no tan chulísima.
  10. Gratitude Bootcamp: un viaje de la razón al corazón.

Y en el 15, no quería pasarlo por alto: Kokuselei (I): la zona. Para los amigos que me han dicho que no encuentran textos antiguos que recuerdan haber leído y que querrían rescatar, hay dos modos de hacerlo, al menos en el ordenador:

  • En el índice que hay a la izquierda, que este año promete estar actualizado y en sentido cronológico inverso.
  • En la columna de la derecha, bajo los textos más leídos de los últimos días. Basta con poner en «Buscar» las palabras clave («Inflación», «Mbappé», «Scorsese», «Pedro Sánchez»…) y debería aparecer.

Y para los que no acceden habitualmente al blog, puedan caer ocasionalmente hoy en este texto, y (sorprendentemente) les haya interesado, hay una manera de suscribirse. En la parte inferior de cualquier post, moviéndose con el cursos, aparece la opción de suscribirse y recibir un email cada vez que se publique un texto:

Nada más. Y nada menos. Muchas gracias por el interés a todos y solo me queda animaros a suscribiros, a comentar más, a cuestionar lo que aquí se diga (pero con ánimo constructivo, que nadie venga a tocarme las p…) y a pasar un rato entretenido. El año comienza con una nueva colaboración en el canal de Kollins, y en esta ocasión soy yo el que va a tocar las narices a alguno de sus amigos del Atleti:

Un fuerte abrazo a todos y vamos a por otro año repleto de proyectos.

Kokuselei (III): las gentes de Turkana

Último post del año y, como en anteriores ocasiones, tenía que dedicárselo a la buena gente que hemos conocido en los proyectos en los que hemos colaborado. En los dos post anteriores sobre la misión de Kokuselei he manifestado mi admiración por todo lo que he visto, pero, también, mi sorpresa ante la situación de abandono que sufría la población de Turkana por parte del gobierno de Kenia. Una región sin apenas carreteras, sin agua, sin más electricidad que la que procuran los paneles solares comprados por particulares y ONG, y sin apenas acceso a la sanidad y la educación, cubiertas por misiones como la comunidad misionera de San Pablo Apóstol de Kokuselei, Nario Kotome o apoyada por algunas ONG como Ojos de Turkana. El apoyo de empresas y de asociaciones como la Fundación Sacyr es fundamental para que esto se mantenga o, mejor aún, se amplíe su influencia.

La única actividad económica (por llamarlo de algún modo) en la zona es el pastoreo, fundamentalmente de cabras. Hay algunos pastores de camellos, pero son mucho menos habituales. Algunos pequeños negocios o minitiendas se han establecido en los núcleos de población que concentran algo más de gente (Kataboi, Kalokol, Nachukui…), pero para encontrar algo parecido a una tienda o un mercado hay que acudir a ciudades como Lodwar, cuya población es de unos 60.000 habitantes según el último censo (¡de 2009!).

Este tercer post estará dedicado a las gentes de Turkana, cuya antigüedad es tanta como la de toda la humanidad conocida, si bien, la evolución en esta zona hostil para el hombre parece que quedó anclada en el Neolítico.

El «Turkana boy»

Se trata de uno de los homínidos más antiguos jamás descubiertos, de 1,6 millones de antigüedad. Los hay más antiguos, como los restos de homínidos descubiertos en Etiopía o en Sudáfrica, pero el esqueleto encontrado en esta zona es el más completo y el que se halla en mejor estado de conservación. El niño de Turkana o de Nario Kotome fue descubierto en 1984 y se trata de un esqueleto de un niño de unos once o doce años, de un metro y sesenta centímetros de altura. En la actualidad se encuentra en el Museo de Historia Natural de Nueva York y en su lugar original quedó un relieve que pudimos ver en una de nuestras visitas.

El monumento tiene poco más que el relieve, una placa y algo que me llamó mucho la atención: un monolito. Todo ello en mitad de la nada. El monolito recuerda inmediatamente a 2001: Odisea en el espacio y a ese apartado titulado El amanecer del Hombre, que recoge el momento en el que el simio da ese salto evolutivo y comienza a utilizar huesos como herramientas o armas.

Las mujeres turkana

Si alguno recuerda el monólogo El Cavernícola, cuya versión española interpretaba Nancho Novo, en él se desarrollaba la idea de los hombres cazadores y las mujeres recolectoras llevada al mundo actual, a situaciones de nuestra sociedad moderna. Me acordé del mismo en Turkana por la separación tan clara de roles que existe en la sociedad: los hombres son pastores y las mujeres se dedican al cuidado de la familia y la manyatta, la choza familiar. Puesto que los hombres desaparecen durante largas temporadas para pastorear el ganado, ellas llevan todo el peso de la casa, de los niños, que no son pocos, y de la criatura que llevan en su interior, porque el número de embarazos permanece muy elevado.

Las mujeres turkana son duras como ellas solas, caminan largas distancias hasta el dispensario o el punto de atención de la clínica móvil para ser atendidas, y para que sus niños sean vacunados o se controlen sus percentiles y niveles de nutrición. Suelen llevar al más pequeño en las propias telas con las que cubren sus cuerpos y, si necesitan llevar algo más, lo soportan sobre la cabeza. Los collares que llevan alrededor del cuello tienen los colores propios de su familia, del clan al que pertenecen, y solo cuando «completan» el matrimonio, con la aportación del marido de una dote consistente en un buen número de cabras, se les coloca un anillo metálico alrededor del cuello y otro en el tobillo. No todas lo llevaban, como vimos.

La poligamia existe por una razón de supervivencia y de colaboración entre todos los miembros de la comunidad. Como el hombre está pastoreando el ganado durante una larga temporada alejado del hogar familiar, la mujer suele necesitar ayuda con los críos o la llevanza del hogar, así que es habitual que elija junto a su marido a esa «segunda esposa» que forme parte de la familia. Nuestros esquemas europeos se resquebrajaban cuanto más conocíamos de la sociedad turkana.

Nos sorprendió que, en una sociedad que tiene que vivir al día, procurando lo básico para satisfacer las necesidades de los suyos, haya encajado tan bien la religión católica, cuyas «recompensas» no se obtienen precisamente en el corto plazo, ni siquiera en este mundo. Quizás sean los valores como la parte de la ayuda al prójimo, o a los más necesitados, o quizás se deba a algo mucho más sencillo como el cariño extremo de las misioneras, la caridad que muestran en cada uno de sus actos, una cercanía a la que es imposible decir que no. La mezcla de misa católica, bautizos y mujeres turkana es otro de esos vídeos que no puedo evitar compartir:

Niños

Hay niños por todas partes. Ya no nos sorprendía nada, pero que las familias tuvieran seis, ocho o más niños en un entorno tan hostil para los más pequeños era algo bastante habitual. La naturaleza no deja nada al azar y supongo que este elevado número está relacionado con las probabilidades de supervivencia. El plan de vacunación y el control mensual de los menores de seis años han logrado que las cifras de mortalidad infantil se hayan reducido de manera considerable, con lo que parece, según nos dijo Rocío, que las familias están ajustando y reduciendo la natalidad. «Reducir» significa estar todavía en unas tasas tres o cuatro veces superiores a los estándares occidentales.

Me sorprende otra pregunta que nos han hecho muchos amigos y familiares a la vuelta: «sí, no tienen nada, pero, ¿verdad que los niños están felices?». Pues no lo creo, o no lo sé, o no me atrevo a decirlo. Otra cosa bien distinta es que, pese a carecer de lo más elemental, sepan disfrutar con lo que tienen, o hacer una fiesta con la novedad del día, ya sea lo que van a comer, un globo o la visita de unos tíos blancos que vienen desde España. Alguien que les muestra un móvil, se hace una foto con ellos y se la muestra porque, por no tener, no tienen ni espejos, y la mayoría no saben ni qué aspecto tienen. La clínica móvil, una broma del enfermero, o que ese día hay partido en el campo de fútbol. Saben jugar, reír, disfrutar con lo que tienen, aunque luego te digan que están «hungry» y que les des unas chuches. No sé si son felices o no, pero lo que sí sé es que carecen de muchas de las gilipolleces que hacen infelices a tantos niños en occidente.

Los jóvenes

Todos esos niños, aquellos chavales que aguantaron una infancia muy dura y superaron las elevadas tasas de mortalidad infantil hace poco más de una década, son ahora adolescentes o jóvenes en una zona en la que apenas hay trabajo u oportunidades. La mayoría de ellos se defienden en inglés, pero fueron muy pocos los que tuvieron los recursos económicos para acceder a la escuela secundaria (unos 40 euros mensuales, se puede financiar a través de la Fundación Emalaikat) y menos aún los que llegaron a la universidad. Conocimos a algunos de los universitarios, un profesor, otro de los sanitarios, incluso a un gigantón que vivía en Suecia y estaba esos días en Kokuselei pasando sus vacaciones (no recuerdo los nombres de todos ellos). Había estudiado algo relacionado con la alimentación, pero no sabría decir si era más algo como Tecnología de los Alimentos o un técnico agroalimentario, nos lo explicó regular. Medía un metro-noventa, estaba fuerte y tenía una constitución más robusta que el resto de veinteañeros de la zona. De Kokuselei a Estocolmo, a trabajar en una empresa de tomates, y de vuelta a Turkana, vaya cambio.

La misión también realiza esfuerzos para concienciar a los chicos de la importancia de aprender un oficio, de estudiar para poder aportar algo a la comunidad: mecánica, jardinería, carpintería, albañilería… Con tantas necesidades en la zona y tanta escasez, si hay algo que sobra es mano de obra. Por desgracia, el interés que tienen por el deporte, y el fútbol en especial, no es el mismo que comparten por ese aprendizaje tan necesario. El peligro que afrontará la zona en los próximos años es lo que en realidad podría ser una oportunidad de crecimiento: la llegada de Internet y los móviles. Apenas ha llegado y ya vimos a muchos chavales enganchados a la pantalla del que tenía un móvil. Tik-toks en cadena, uno detrás de otro, vídeos chorras que poco pueden aportar en la zona.

Tuve la oportunidad de jugar al fútbol con los jóvenes de la zona, la mayoría de ellos descalzos, de maravillarme con su velocidad y dureza, y de comprobar la nobleza con la que jugaban. No solo se respetaba al árbitro, sino que al acabar el partidos, los chicos escuchaban atentamente el discurso de sus entrenadores sobre los valores del juego, lo que habían hecho bien y la pequeña reprimenda cuando alguno se había revuelto. Esta vez sí, puedo decir que colgué las botas: se quedaron allí.

Los voluntarios también preparamos unas «olimpiadas», una competición con carreras, salto de longitud y salto de altura, con podio y entrega de medallas. Medallas de carreras de Madrid, Las Rozas, Villanueva del Pardillo, sansilvestres y campeonatos escolares traídas desde España. Los chicos pasaron una gran jornada y nos prepararon este vídeo que comparto:

La historia de Peter

Peter es el enfermero con el que más tiempo trabajé en el dispensario y la clínica móvil. Un gran tipo. Desde el primer día me maravilló su dedicación, el cariño por los niños y por su trabajo, y su sonrisa. Venía todos los días andando desde su casa en Riokomor, a unos diez kilómetros en coche, unos siete por los caminos de cabras por los que venía. Me contó su vida a través de varias conversaciones que tuvimos y me sorprendió saber que había sido pastor de cabras durante muchos años. Hasta que decidió ponerse a estudiar. Por eso creo que era mejor contarlo en un pequeño vídeo y con su propia voz:

Volveremos. Estoy seguro.

Kokuselei (I): la zona.

Kokuselei (II): el voluntariado.

No me robéis las celebraciones

Pagas una entrada, organizas tu día, quedas con tus hijos, o con amigos, o te sientas en el sofá de tu casa, o te pones el partido en diferido, y muchas veces solo para ver un gol, al menos uno. A veces no pides mucho más. El gol es el momento cumbre del fútbol, el instante, porque no dura más que eso, el instante en el que todo puede cambiar, un segundo de fugacidad, apenas un relámpago de genialidad y estalla la tensión acumulada durante muchos minutos, a veces, más de una hora, incluso hora y media. El gol es una explosión de júbilo, de rabia contenida, es la expulsión de adrenalina que lleva tiempo queriendo salir, que te lleva a vociferar, estallar, abrazarte a los más cercanos y sonreír.

Pues me ocurre (y no sé si en esto estoy solo) que en este fútbol moderno cada vez celebro menos los goles. O tardo más en hacerlo, que, para el caso, viene a ser lo mismo. Siento que nos están robando las celebraciones de los goles, ese estallido de euforia al que hacía referencia en el párrafo anterior. ¿Los motivos? Así, a botepronto, se me ocurren tres, seguro que habrá quien tenga otros:

Las normas de la FIFA

Dentro del «ambicioso» plan marcado por los gerifaltes del fútbol para acabar con el mismo mientras se llenan los bolsillos, comenzaron hace años con acotar las celebraciones y tratar de regular lo que se podía y lo que no se podía hacer, lo cual encaja bastante bien con este mundo de lo políticamente correcto y los ofendiditos por todo. En lugar de modificar el Reglamento para mejorar el espectáculo, algo de lo que se debate desde hace tiempo y en lo que solo se avanza en soplapolleces, la FIFA trató de cortar hace tiempo las celebraciones de los jugadores. Exageradas en muchos casos, de acuerdo, escandalosas, venga, también, pero que esto se haya convertido en un «no te quites la camiseta», «y si te la subes hasta los hombros, que no haya mensajes en otra camiseta interior», nada de saltar la valla, dar una patada al bandería, celebrar con el público, hacer gestos que puedan ser interpretados como ofensivos, porque hay una brigada de censores con monóculo controlando cada gesto de los jugadores «y no queremos que se nos ofenda un árabe o un chino porque ponen mucha pasta en esto». Y que no salte nadie del banquillo a celebrar un gol que también los tarjeteamos… ¡idos a la mierda, infantinos!

La celebración de Cristiano Ronaldo en Lisboa fue muy macarra, estoy de acuerdo, pero la de Iniesta en Sudáfrica fue gloriosa. Ahora mismo, tras cada gol y cada celebración, la UEFA, la FIFA, los comités de disciplina y la brigada de piperos con palillo en la boca escrutan cuidadosamente cada gesto de un futbolista para interpretar si con el mismo ofende a varios colectivos o no. Gracias a ellos supimos que los jugadores suizos de origen albanokosovar Shaqiri y Xhaka habían hecho el gesto del águila en el Mundial 2018, lo cual podía enfadar a los serbios, así que mejor multarlos y quitamos las ganas a otros. Hombre, los «nostálgicos» del fútbol de los ochenta y noventa no pedimos que se toleren los saludos nazis, como los de Di Canio en su día, pero ojalá el fútbol no se convierta en un juzgado de lo contencioso-gestual-administrativo. Parece coña, pero es que ya se analiza cualquier gesto o palabra, aunque sea dicha entre dientes o a un compañero, o una respuesta al público para ver si se sanciona al jugador, que tiene coj… la cosa. No hay nada más importante en lo que ocuparse. «Fútbol es fútbol», que decía Vujadin Boskov, al carajo todas estas chorradas.

El VAR

Si el gol dura un instante, un destello, ¿por qué nos hacen esperar la celebración dos o tres minutos? ¿Por qué aniquilan la espontaneidad del momento? Me pasa de manera especial en la Liga española, donde ya no celebro los goles a la primera casi nunca, condicionado por el hecho cierto y contrastado de que el VAR está controlado por el avalista del Barça y dirigido por los herederos de Negreira. Que al Real Madrid le hayan anulado muchos más goles que a sus rivales, el doble o triple que a sus rivales, en ocasiones tirando las líneas con el pintalabios de la señorita Pepis, no hace sino aumentar esa sensación de no-celebración hasta que vea al equipo rival sacar de centro, el gol en el casillero y que hayan transcurrido varios minutos más tras la reanudación.

En los chats con amigos, mientras vemos un partido, nos ponemos en la piel de esos González-González de la vida que escrutan cada imagen de un gol del Madrid en busca de un roce con la uña del meñique, o un soplido sobre la nuca del defensa o del portero, o un mechón del flequillo en posible posición adelantada para tratar de anticipar si van a anular el gol o no. Así que el momento espontáneo de celebración se ha convertido en improvisados debates sobre la validez o no del mismo, «¡no jodas, cómo van a anularlo por eso!», hasta que vemos al De Burgos-Sotogrado-Sánchez Martínez-Bengoetxea de turno invalidando la jugada sin necesidad de acudir al monitor. Les basta con señalarse el pinganillo y a otra cosa, pringaos vikingos.

En la Champions funciona bastante mejor, por suerte, y aun así, nos privaron en directo del momento cumbre de la temporada pasada, que no fue en la final, sino el 2-1 de Joselu con la espinilla en las semis contra el Bayern. Los jugadores tuvieron que esperar más que los que lo veíamos en casa, sabiendo que a los esbirros de Ceferino no les quedaba más remedio que validar el tanto.

– ¿Qué pasa, no lo celebras? -me dice mi mujer muchas veces tras un gol del Madrid.

El VAR me ha privado de esa alegría instantánea, y celebrarlo un minuto más tarde me hace recordar el inmenso lodazal de corrupción que ha sido este campeonato durante décadas.

Los propios futbolistas

A veces pienso que los peores son los propios futbolistas, la moda esta moderna en la que parecen más actores o influencers que superatletas. No soporto a todos esos futbolistas (y ya lo son casi todos) que piden a sus compañeros que no lo abracen todavía porque no han hecho «su ritual». Que si besarse los nudillos o las muñecas, el soplido a cámara, el siiiiuuuu tras salto, señalarse el dorsal, el escudo, mostrar las orejas, el gesto de la tortuga, la mano al pecho y el dedo al cielo… «ya está, ya lo he hecho, ya podéis venir a abrazarme, llevarme en volandas o felarme de manera conveniente». A veces es tan ridículo que primero esperan la confirmación del gol en el VAR, luego hacen el ritual de las narices, y a continuación ya viene el abrazo con los compañeros. Menos mal que no soy profesional, porque pasaría, ya estaría en mi sitio presto para continuar el juego.

Los propios futbolistas son los primeros en acabar con la espontaneidad del momento con sus chorradas a cámara. Supongo que es una cuestión de pasta, de derechos de imagen, de los patrocinadores de la marca de ropa, pero creo que, más que eso aún, es un asunto del ego de las estrellas. «He creado mi sello, mi celebración propia que millones de niños van a imitar en el mundo». La última gilipollez del mundo del fútbol es la de patentar la celebración y pretender cobrar ¿¡derechos de autor!!!? Cole Palmer ha registrado su gesto del frío, Dani Olmo, el de señalar la hora, Mbappé, el gesto de la tortuga… ¿nos hemos vuelto ya gilipollas del todo?

Mira que me encanta Jude Bellingham como futbolista, pero me entero de que ha registrado sus brazos en modo «cuasiCristo del Corcovado» como marca propia, ¿de verdad? ¿De verdad alguien ha admitido una autoría a un gesto que los que hemos jugado al fútbol hemos hecho miles de veces? (Exagero, no he metido tantos goles en mi vida). Pues sí, parece que la Oficina de Propiedad Intelectual de la Unión Europea ha admitido todos estos gestos. Sí, he dicho bien, propiedad «intelectual». En el fondo, todo va de lo mismo, de monetizar el juego, de tratar de sacar réditos a la pelota, de andar pendiente del gesto que va a las redes sociales en lugar del propio juego.

Por muchas de estas razones, cada día valoro más a un jugador de la vieja escuela, como es Fede Valverde. Cada vez que marca un gol (golazo en el noventa por ciento de las ocasiones), explota, corre, da puñetazos al aire, se tira de la camiseta, estalla como lo hacemos los aficionados (como haré yo mañana cuando vuelva a ponerme las botas para una pachanga navideña con los colegas de siempre). Pero incluso el futuro capitán del Real Madrid por muchos años, cayó un día en una celebración significativa y el otro día, tras marcar al Sevilla, entre el público y algunos de sus compañeros le pidieron que la hiciera. Y a tomarporcu… la espontaneidad.