Más licitaciones desiertas (II): posibles medidas

Si la primera parte de estos textos se centraba en las posibles causas que generaban un número creciente de licitaciones desiertas o con un solo competidor (recapitulemos: presupuestos de licitación obsoletos, ausencia de mecanismos de revisión de precios, hiperregulación, procedimientos largos y complicados, competencia de empresas públicas), esta segunda parte se centrará en las medidas que diversos sectores solicitan desde hace años para revertir la tendencia.

  1. Modificar o, mejor, derogar la ley de desindexación de precios.

Es una petición que viene de lejos. La ley de desindexación de precios, pergeñada en la época de Cristóbal Montoro como ministro de Hacienda, entró en vigor en 2015 en un contexto inflacionario completamente distinto al que hemos padecido los últimos ejercicios. La norma pretendía evitar los «efectos de segunda ronda» y mantener controlados los precios de los contratos del sector público con una serie de medidas más que discutibles. Algunas de ellas fueron acertadas, las menos, y la mayoría fueron totalmente desafortunadas, como se ha visto en estos últimos ejercicios. No deja de tener su gracia recuperar hoy algunas de las notas que publicó el Ministerio cuando la ley fue aprobada:

Mejora «la competencia efectiva», «mayor eficiencia de los contratos». Ya lo estamos viendo. La ley se ha aplicado en numerosos casos solo en su apartado de «no-revisión de precios del sector público», sin tener en cuenta lo que la propia ley reflejaba sobre revisiones excepcionales o las necesarias causadas por situaciones extraordinarias como las de los últimos ejercicios, con los incrementos de precios de la energía, los costes laborales por cambios normativos o la inflación provocada por la guerra de Ucrania (Greenflation y «ukrainflation»).

La reivindicación de la patronal para incorporar las subidas de costes laborales a los precios de los contratos del sector público fue acordada con los sindicatos en 2023, pero no se ha hecho efectiva tras ninguna de las subidas del Salario Mínimo Interprofesional (La subida del SMI y las revisiones de precios de los contratos públicos).

Yolanda Díaz se abre (¡por fin!) a incorporar al menos el impacto de las subidas del SMI aprobadas por su gobierno y reconoció durante el reciente congreso de UGT que «esa ley de desindexación es un ejemplo de relación tóxica entre los servicios públicos y el mercado». Ha tardado seis años en darse cuenta, pero es un avance. «Esta ley es un residuo de la España de los recortes, que continúa a día de hoy perjudicando a la calidad de los servicios públicos y a los trabajadores de multitud de concesionarias públicas de nuestro país». Durante su discurso, planteó una modificación de la ley, pero casi al mismo tiempo indicó que no está en sus manos: «veremos quién nos acompaña en el trámite parlamentario». En anteriores ocasiones, la modificación se ha visto frenada por el ministerio de Hacienda.

El problema es que no solo se ha modificado el SMI, con un alza del 54 por ciento en los últimos seis años, sino las cargas sociales, que vuelven a incrementarse el 1 de enero, las obligaciones para las empresas (registro de jornada, planes de diversidad, desconexión digital) o ahora, como se pretende, la reducción de jornada sin disminución del salario. Y todo ello tiene un coste. El lenguaje conciliador de la ministra de Trabajo no ha sido mantenido por el secretario de Estado, Joaquín Pérez-Rey.

Ambos pertenecen al mismo grupo político, pero quería traer esta disparidad de tono para hablar del segundo punto: las diferencias de intereses de los partidos que conforman la coalición de gobierno y cómo afectan a las empresas.

2. La seguridad jurídica.

No quiero ser reiterativo con este asunto, que ya ha salido numerosas veces en este blog, durante este gobierno y durante las legislaturas anteriores de Mariano Rajoy. Así, a modo de resumen:

Se legisla mucho, en exceso, y, aún peor, de forma contradictoria, lo que genera nuevos problemas, como varios de los mencionados en los post anteriores. El asunto de actualidad que condiciona las últimas semanas es el de la negociación de los apoyos parlamentarios, con los impuestos a la banca y a las energéticas en el centro del conflicto, y con cambios de criterio en función de si se habla con Junts y el PNV, o con ERC y Sumar.

El impuesto a las energéticas o la subida del diésel son solo dos ejemplos más, porque en esta negociación pesa más el factor ideológico que el económico y, para más inri, los grupos que conforman la coalición condicionan su apoyo al gobierno en función de la obtención de sus reivindicaciones. Dentro del paquete de medidas se incluyen varias que afectan a los licitadores de los contratos públicos, como los nuevos impuestos creados o por crear, los incrementos de los existentes, también sobre la energía, el aumento de los costes laborales por la vía de las cotizaciones sociales (again!) o la reforma del Impuesto de Sociedades que aprueba de nuevo lo que el Constitucional derogó («Montorazo»).

Con todos estos cambios y sin una posibilidad real de trasladar los costes a los precios facturados a la administración resulta muy complicado para las empresas preparar una oferta. Por eso, ante un escenario incierto, en muchas ocasiones se opta por no acudir al concurso, aunque se pueda perder lo que siempre se había considerado una buena oportunidad.

Otro problema, y no menor, es que parece que al gobierno, o al menos a una buena parte de sus socios, no les importa que las empresas se sientan incómodas operando en nuestro país, y así ocurre que, por desgracia, numerosas empresas grandes hayan optado por aumentar su presencia en el extranjero y reducirla en nuestro país. Igual que los alemanes se sienten orgullosos de su Volkswagen o los italianos de Fiat, o los franceses de Louis Vuitton o Carrefour, no digo que aquí lo estemos de los grandes grupos españoles que compiten en la primera división en todo el mundo, pero, al menos, que no parezca que se los persiga. Ferrovial, Sacyr, Telefónica, Iberdrola, Inditex, los grandes bancos… En lugar de ello, parece que algunos prefieran que se busquen la habichuelas en el exterior (más del 85 por ciento de los ingresos de ACS ya provienen de otros mercados, por ejemplo), o que vendan las participaciones en negocios, como ha ocurrido con el sector de los servicios urbanos, esas «concesionarias públicas» de las que hablaba Yolanda Díaz.

ACS vendió Urbaser a un grupo chino, quien a su vez lo vendió después a un fondo americano. Ferrovial vendió sus divisiones de residuos a la alemana PreZero y la de facilities management a un fondo español (Portobello). Sacyr hizo lo propio y vendió su división de residuos al fondo americano Morgan Stanley y la de facilities al mismo fondo Portobello. No es casualidad que se trate de divisiones con un alto peso de los costes laborales en sus cuentas y una fuerte dependencia de la contratación pública.

3. Incremento de la colaboración público-privada.

En lugar del enfrentamiento actual, que mantiene preocupados (y muy cabreados) a la CEOE, la Cepyme y al resto de organizaciones empresariales, sería muy útil mejorar la colaboración, como se hace en el resto de Europa y prácticamente en todo el mundo empresarial occidental. La persecución a Ferrovial fue tachada por algunos medios de «cacería», de «aviso para navegantes», y tuvo un cierto componente de amenazas, con llamadas directas de Nadia Calviño y declaraciones directas de miembros del gobierno sobre la empresa y su presidente. Entre los argumentos esgrimidos por el presidente de la CEOE sobre la posible salida de más empresas españoles estuvieron los factores comentados y más que repetidos: el incremento de los costes laborales y de la presión fiscal.

Es una pena que, en un momento en el que hay fondos europeos para acometer inversiones necesarias en numerosos sectores, proyectos que solo pueden gestionarse técnicamente desde la empresa privada, se queden todos esos concursos desiertos o sin apenas competencia. Sectores en los que, además, la Unión Europea ya ha sancionado a España por los incumplimientos de la normativa comunitaria (emisiones, residuos, depuración de aguas). Y es una pena aún mayor si pensamos que el gasto público ha crecido en los últimos ejercicios, pero no lo han hecho las inversiones productivas, necesarias en sectores cuyas infraestructuras han quedado obsoletas en la última década. No hay que bucear mucho para encontrar las demandas de los diversos sectores en infraestructuras de transporte, redes para electrificación, tratamiento de residuos, gestión del agua, planes hidrológicos, limpieza de cauces e infraestructuras hidráulicas,…

4. Simplificación de los procesos.

Me repito con todo lo ya explicado anteriormente. Algunas asociaciones empresariales solicitan modificar la Ley de Contratos del Sector Público (Ley 9/2017, vigente desde 2018). Una ley que sustituyó la de 2011, que a su vez modificaba la de 2007 más los apartados rectificados en 2010… Quizás el problema no sea legislar cada pocos años e incorporar nuevos artículos o más normativa, sino simplificar algunos procesos. Reducir tiempos y ser más eficientes, sin perder transparencia, una carta a los Reyes Magos: todo el que ha trabajado en estos sectores sabe que muchas de las regulaciones sirvieron afortunadamente para frenar la corrupción en los procesos de licitación y en las modificaciones contractuales.

El Mundo publicaba el domingo pasado un artículo titulado El movimiento de la riqueza, escrito por Francisco Pascual. En el mismo, mencionaba dos informes: el elaborado por UBS bajo el título La riqueza en movimiento y el de Christine Lagarde, Fuera de la zona de confort: Europa ante el nuevo orden mundial. «En el fondo hablan de lo mismo», concluye el periodista, «El dinero irá donde haya más seguridad jurídica, menos burocracia y más rentabilidad en el largo plazo». Pero qué sabremos algunos, los que creemos que las empresas españolas tienen un gran potencial, igual que el propio país, y que las cosas nos irían mucho mejor si se simplificara tanta normativa improductiva. ¡Coño, como la Cámara de Comercio de Estados Unidos!

Más licitaciones desiertas (I): el problema

Aumentan las licitaciones que quedan desiertas o con una sola empresa presentada, o lo que es igual, concursos públicos con menos competencia. El problema viene de lejos y no solo no se está afrontando, sino que corre el riesgo de acrecentarse. Ya en 2022 hubo voces en diferentes patronales que alertaban del número creciente de licitaciones públicas que quedaban desiertas, sin que ni una sola empresa presentara una oferta. Podía resultar extraño que, en esa época post-pandemia y de teórica recuperación, tantas empresas desistieran de acceder a una adjudicación pública que podría ayudar a recuperar sus arcas.

La causa alegada en aquel momento por muchas empresas fue el incremento de la inflación en general, y de los costes de los materiales y de la energía en particular, costes que no se correspondían con los incluidos en los presupuestos públicos considerados como base en las licitaciones, en numerosos casos, sin actualizar desde 2018. Para agravar el problema, los pliegos limitaban (y limitan) la posibilidad de corrección del desfase por la vía de la revisión contractual de precios, gentileza de la Ley de Desindexación parida por la truculencia de Cristóbal Montoro en 2015. Según indica La Vanguardia en esta noticia de febrero de 2022, un tercio de las licitaciones del año precedente en Cataluña quedaron desiertas y otro quince por ciento contó con una sola empresa presentada al concurso.

El diario El Mundo daba cuenta en marzo de 2023 del escrito de la Confederación Nacional de la Construcción (CNC) a la presidencia del gobierno en el que advertían de los riesgos de mantener las licitaciones sin atender a los incrementos de costes y sin permitir las revisiones de precios o los reequilibrios económicos por causas sobrevenidas.

Un año antes, el gobierno aprobó por la vía del real decreto-ley (BOE de marzo de 2022) una serie de medidas para compensar la subida desproporcionada de los materiales de construcción y de las materias primas, pero la modificación cubría solo a algunas ofertas, durante un período reducido y con unos límites muy bajos, luego el problema siguió sin atajarse. El parche fue insuficiente, por lo que dichas medidas tuvieron que ser posteriormente ampliadas en noviembre.

Lo que en 2022 parecía suceder de manera exclusiva con los contratos de obras, se trasladó a otros sectores como los servicios de saneamiento urbano, limpieza viaria, recogida y tratamiento de residuos, limpieza y mantenimiento de instalaciones, servicios socio-sanitarios y, en general, todos aquellos con un elevado componente de costes laborales sobre el total del presupuesto.

Se trata de contratos que se han visto afectados por los fuertes incrementos de costes laborales como consecuencia de las medidas aprobadas por el gobierno en los últimos ejercicios: incremento del SMI, aumento de las cotizaciones sociales por la vía del aumento de las bases o el Mecanismo de Equidad Intergeneracional, reducción de jornada, registro de jornada, etc. Todas estas medidas, que impactan directamente en los costes de las empresas, y, por tanto, en sus resultados, con contratos públicos adjudicados de antemano con unas reglas de juego diferentes, se podrían haber compensado con la aplicación de fórmulas de revisión de precios, pero el gobierno actual ha decidido mantener la «Montorada» de 2015 y mirar hacia otro lado, pese a los compromisos realizados.

De todo ello ya hablamos a principios de este año en el post La subida del SMI y las revisiones de precios en los contratos públicos, pero el problema crece a cada trimestre que pasa. Según un informe de la CNMC, el 44 por ciento de los contratos públicos tiene un solo licitador, una sola empresa interesada en presentarse a un concurso que, en muchos casos, cuenta con fondos europeos y una seguridad de cobro sin demora que, sin embargo, no resulta atractivo para las empresas.

Si comparamos las cifras con las de la Unión Europea, estábamos en línea en 2022 con la media comunitaria, si bien se ha superado a lo largo de este 2024. En esta comparación resulta llamativa la diferencia en días en lo referido a la decisión sobre la adjudicación a la mejor oferta: de los 87 días de media a los 157 que actualmente se estilan en España.

Ese retraso en las adjudicaciones, que pueden prolongarse varios meses más por los sucesivos recursos (a los pliegos, Recursos Especiales en Materia de Contratación, recursos contenciosos…), redundan en una modificación de costes de los licitadores (normalmente al alza) respecto al momento en que las ofertas fueron presentadas, pero no es la única razón por la que no hay mayor interés en las licitaciones públicas. Según la presidenta de la CNMC, Cani Fernández, uno de los problemas de las empresas para acudir a concursos públicos es «la extremada juridificación (o regulación sobre situaciones no previstas anteriormente) en las normas de contratación pública”. La hiperregulación tan desmotivadora que ya ha salido varias veces en este blog, con «múltiples órganos de contratación con diversidad de procedimientos».

Hay más razones para que el número de competidores haya caído a mínimos históricos, como la desincentivación que supone el hecho de que la administración haya incrementado las adjudicaciones a empresas públicas. Según la presidenta de la CNMC, «el uso de estos medios puede llegar a reducir el mercado de la contratación pública, eliminando competidores viables», y «a medio y largo plazo, se puede producir un efecto de expulsión de oferta del mercado». Según el informe que la Oficina Independiente de Regulación y Supervisión de la Contratación (Oirescon) presentó al Senado el mes de noviembre, el uso de estas empresas ha crecido un 142 por ciento respecto a 2022. El informe de este organismo, dependiente del Ministerio de Hacienda, presenta unas cifras preocupantes: menos licitadores de media, más concursos desiertos, más concursos con una sola empresa presentada, y un enorme crecimiento de las adjudicaciones a empresas públicas. Alguna, como Tragsa, solicita modificaciones jurídicas para incrementar su negocio, que no depende del precio de licitación ni de la eficiencia económica de los contratos, como sí ocurre en sus competidores del sector privado.

La presidenta de la CNMC insistió en los perniciosos efectos de esta tendencia: «cuando no hay presión concurrencial, puede originarse una desviación media al alza de los precios de entre el 20% y el 25% del presupuesto comprometido, que acabamos pagando todos (los contribuyentes)». Se quebranta «el principio de neutralidad competitiva».

Hiperregulación, competencia de los medios públicos de la Administración, y un tercer factor, los precios base de los concursos públicos. El desfase de precios en los concursos, unido a la inexistencia de mecanismos de revisión de precios, provoca que buena parte de ellos carezcan de interés para las empresas. El cambio de reglas de juego en mitad de la partida (aumento de las cargas sociales y de la presión fiscal) tampoco juega a favor. Como consecuencia de todo ello, más de 25.000 millones de euros en proyectos financiados con Fondos Next Generation permanecen sin ejecutar: 11.000 millones en proyectos no adjudicados y otros 14.000 millones en remanentes de años anteriores que no se han podido ejecutar.

El dato es preocupante porque se trata de fondos correspondientes a proyectos que se deben ejecutar antes de agosto de 2026. Según Carlos Cuerpo, ministro de Economía, «lo que urge es adjudicar esos 11.000 millones. Además, según nuestra estimación, se habrían generado unos 14.000 millones de euros en remanentes no gastados, que deberían volver a convocarse».

Pues ya estamos tardando. Y más, cuando los procedimientos de licitación resultan tan largos y farragosos. Y aún añado más, ya estamos tardando cuando hay tantos sectores que reclaman esas inversiones en infraestructuras como el transporte o como se vio recientemente con la DANA en Valencia. Seguimos siendo el país con mayor número de sanciones de la Unión Europea por incumplimientos en materia de residuos, emisiones de CO2 o tratamiento de agua (Hiperregulación (II): efectos), con un déficit de inversiones brutal desde hace más de una década, ¿para qué vamos a mejorar los procesos de licitación?

Continuará: Más licitaciones desiertas (II): medidas.

Relacionados:

Hiperregulación (I): situación

Hiperregulación (II): efectos

Hiperregulación (III): competitividad

La subida del SMI y la revisión de precios en los contratos públicos

Populismo legislativo

Populismo tributario (II): Papá Estado

La seguridad jurídica salta por los aires (I)

La seguridad jurídica salta por los aires (II)

Las grandes corporaciones son malas (I)

Las grandes corporaciones son malas (II)

La peor astilla

«No hay peor astilla que la de la misma madera». O la del mismo palo, me da un poco igual, hay diferentes versiones del proverbio. Es una frase que conocen muy bien las direcciones de los partidos políticos que tenemos en España y, seguramente por ello, se aplican con especial empeño en acabar con las voces internas discordantes que puedan surgir dentro del propio grupo. Se lleva mal el verso libre, la voz propia, aquel que no se comporta como un palmero, no digamos el abiertamente disidente. «El que se mueva no sale en la foto», como resumió Alfonso Guerra en su etapa de vicepresidente de aquel gobierno socialista de Felipe González.

Pese al afán de apariencia democrática de la que tanto les gusta presumir, si en el congreso de un partido se vota cualquier resolución que parta de la dirección, difícilmente aceptarán un apoyo inferior al ochenta o noventa por ciento del total. Lo que suele denominarse elección «a la búlgara». Se ha visto también con las primarias de algunos de estos partidos: presumen de proceso abierto a cualquier militante, pero se intenta disuadir a todo aquel que quiera presentarse frente al candidato «oficialista». Porque, además, ya se ha visto en no pocas ocasiones que las bases no suelen coincidir en sus preferencias con los dirigentes.

A Winston Churchill se le atribuye aquella famosa frase que decía que «hay tres tipos de enemigos: los enemigos a secas, los enemigos a muerte y los compañeros de partido». Quizás los peores, o a los que más temía. Como cuando explicaba la diferencia entre los adversarios y los enemigos: «los adversarios están enfrente, los enemigos, detrás». Enfrente tenía la bancada laborista, sus rivales políticos, mientras que detrás estaban los jóvenes ambiciosos de su propio partido, los que podían llegar a aspirar a quitarle el puesto.

Ocurre en todos los partidos y, además, se da la circunstancia de que, una vez roto el consenso, o la entente cordiale, todo salta por los aires. Se vuelven enemigos irreconciliables. Hemos visto a Podemos votar en contra de propuestas en el Congreso con las que ideológicamente estaban de acuerdo solo porque Sumar estaba a favor de las mismas. Y a la inversa, porque «no voy a apoyar a mi máximo enemigo», pensarán. El odio entre los antiguos y los actuales dirigentes de estos partidos (Pablo Iglesias, Íñigo Errejón, Irene Montero, Yolanda Díaz) es muy superior al que sienten por sus rivales de la derecha. En el Partido Popular se vio algo similar en su día con las luchas intestinas entre Soraya y María Dolores de Cospedal, de la que se benefició Pablo Casado, el mismo Casado que tuvo que abandonar sus aspiraciones por culpa de otra guerra interna en el partido. Son las mismas guerras por el poder que ahora vemos a diario con las distintas facciones de ERC y Junts. Los peores enemigos, los que utilizan las palabras más gruesas. Perder esta guerra interna significa desaparecer, perder el chollo y el puesto con todas las prebendas que ello supone.

Es una pena, pero ocurre también en las empresas. Hace unos pocos años pertenecía al Comité de Dirección de una empresa en la que el «líder supremo» toleraba mal las opiniones discordantes. Muchos de los comités eran monólogos apenas interrumpidos por alguna apreciación en asuntos concretos. En ocasiones miraba a mis compañeros, a algún director general, y les miraba como diciendo «¿no vas a decir nada?, sé que no estás de acuerdo con lo que aquí se ha dicho, ¿de verdad vas a callar?». Siempre he creído que el debate enriquece, que la pluralidad de opiniones nos puede hacer ver otros puntos de vista, que confrontar posturas puede ser útil, pero, muy a mi pesar, me convertí en esa voz discordante. En el tocapelotas que no quería serlo. No lo hacía con ánimo de enfrentar, sino siempre con un interés constructivo, de aportar algo que pudiera mejorar la compañía, o simplemente, por plantear una alternativa o informar de un posible riesgo. Lo mismo que pido a mis compañeros de departamento, que aporten una alternativa cuando ninguna parece buena o cuando la que yo planteo puede no ser la más adecuada. Ha salido ya varias veces en este blog y lo repito de nuevo: Todo estaba en El Padrino, posiblemente la mejor escuela de negocios que conozco.

Se puede y se debe discrepar, uno debe cuestionarse incluso sus convicciones porque puede haber ángulos, puntos de vista o efectos insospechados en los que solo podemos caer si otra persona nos los presenta. Pero acabar con el que disiente, o apartarlo al menos, debe de ser algo muy español. En A sangre y fuego, la famosa obra de Chaves Nogales sobre la guerra civil, hay un capítulo titulado Consejo Obrero que trata sobre la decisión de «purgar» a los que no seguían a rajatabla las directrices del comité ejecutivo. Como Bartolo y Daniel, dos de los personajes. Bartolo era considerado directamente un traidor, pues se había pasado al bando anarquista, pero a Daniel «le odiaban tanto o más que al traidor Bartolo». «Era más peligroso aquel tipo fuerte y entero que cualquier pobre diablo de los que estaban cayendo a diario». «Un hombre como Daniel era el peor enemigo de la revolución y de la dictadura del proletariado». No estaba en contra de los postulados del consejo, ni se posicionaba en el bando contrario, simplemente iba a lo suyo, a trabajar, a procurarse un sustento, a no ser un fiel palmero de los que dirigían ese consejo obrero. «Le condenaron, sin embargo. ¿Por qué?». «Por miedo. Miedo a la libertad. El miedo odioso del sectario al hombre libre e independiente».

En el momento en que esto escribo se celebra la última jornada del Congreso del PSOE. No hace falta ser adivino ni especialmente listo para saber el resultado de lo que se va a votar: Pedro Sánchez saldrá reelegido con no menos del ochenta y cinco por ciento de los votos. Apenas hay oposición interna, debate, cuestionamientos, no queda casi ninguno. Los discrepantes, como Javier Lambán o Emiliano García-Page, no han acudido. Se mantendrán mientras sean útiles al líder único del partido. Juan Lobato ha dimitido antes de que llegara el Congreso por las numerosas presiones. «A quién se le ocurre», pensará más de uno en la dirección del partido, «tomar precauciones, no seguir al pie de la letra las directrices y, encima, contarlo a la prensa».

La carta de despedida ha sido muy correcta, tanto como su paso por la política, pero subraya varias frases:

«Creo en la política en la que personas con posiciones diferentes podamos acordar cosas que beneficien a los ciudadanos«.

«Sin duda mi forma de hacer política no es igual ni quizá en ocasiones compatible con la que una mayoría de la dirigencia actual de mi partido tiene«.

«Gente con distintas opiniones pueden sumar y aportar ideas. Es la política que he aplicado en cualquier lugar o posición en la que he representado a la ciudadanía y a mi partido. La que escucha, la que argumenta, la que no insulta o aniquila al propio o al de enfrente, sino que trata de convencerle y buscar puntos en común».

«EI PSOE ha sido siempre una organización abierta, que se alimenta del debate entre todos. Un partido que debe tomar las decisiones por mayoría y esas decisiones se deben argumentar, compartir y no imponer«. Le sobra el «siempre». Y le falta el condicional en la última frase. Una pena.

Kokuselei (II): el voluntariado

¿Qué puede hacer un voluntario en un lugar como Turkana? Por lo que vimos en nuestras experiencias previas en Bolivia y Ecuador, el primer riesgo al que se enfrentan los voluntarios en terreno es el de estorbar o molestar, quedando a un lado la posible ayuda que se quiera prestar a los profesionales que llevan años trabajando en la zona. Si uno va con ese pensamiento en la cabeza, ya tiene mucho ganado. Si, además, toma las precauciones suficientes para no enfermar y evitar convertirse en una carga para los trabajadores locales, mejor aún. El resto es sencillo, conviene ir con la mente abierta, atender a las explicaciones de los que viven allí y conocen el terreno y su población, escuchar y siempre, siempre, ofrecer una mano. Para lo que haga falta, por muy fatigado que puedas estar. Uno no es jardinero, ni electricista, ni pintor, ni enfermero, pero son tantas las necesidades que atender, que esa colaboración siempre será bienvenida.

El segundo riesgo es el de meter la pata con la población a la que pretendes ayudar, por choques culturales o sociales, por clasismo, creencias o prejuicios, por repartir regalos a diestro y siniestro como si fueran ayudas caídas del cielo y no una recompensa por un trabajo bien hecho, o por caer en la tentación de prometer lo que luego no se va a poder cumplir… Es complicado y algunos de los ejemplos que nos dio Ayuda en Acción en su día, o Rocío en Kokuselei, nos han sido de gran utilidad. Como el peligro de dar los números de teléfono.

Por último, y no menos importante, en los últimos años han proliferado las agencias que ofrecen eso definido por algunos medios como «volunturismo», experiencias inmersivas en una cultura local en la que haces poco, pero vuelves con una pila de selfis con niños pobres, pero sonrientes. Huyo de ello como de la peste. Si uno viene a Turkana a currar, viene a currar. A sudar, a esforzarse, a agotarse, a dejarse los cuernos, a ser puntual con las actividades que te propongan, a decir que SÍ a todo. A comer lo que haya y beber cuando se pueda. A saber que hay bichos por todas partes y que te van a picar. A dormir en un lugar que podrá ser más o menos cómodo, pero es el que hay y conviene ser consciente de que esa cama es infinitamente mejor que la de los habitantes locales. Por cierto, el alojamiento de Kokuselei en tiendas de campaña nos ha parecido estupendo, igual que la comida (¡gracias, Frida!). Hubo quien mencionó la palabra glamping y todo. 

El mismo año en que fuimos a Ecuador, leí este artículo de Iñaki Alegría, pediatra y fundador de la ONG Alegría sin Fronteras: Consejos que habría agradecido antes de ir «de cooperación». Uno puede estar de acuerdo con algo más de la mitad del artículo, pero no con el resto. En cualquier caso, son interesantes varias de las aportaciones o sugerencias que realiza:

  • Es necesaria una buena formación técnica y profesionalidad.
  • Nada de postureo, influencers, youtubers… El objetivo es trabajar en un proyecto, no conseguir likes.
  • No ir de Rey Mago repartiendo regalos y caramelos por todas partes.
  • No pensar que en un mes (o en quince días) vas a cambiar su mundo. Ni en tres meses, ni en cinco años, añadiría.
  • Ir sin cámara de fotos ni móvil. Luego explicaré por qué no estoy de acuerdo con esto.

Me gusta creer que la palabra «Voluntario» no significa solo un ofrecimiento de esa índole, es decir, altruista, fruto de una elección propia y no forzada, sino que, además, tiene la misma raíz de la palabra «voluntad», en latín «querer». La voluntad de ayudar, de querer aportar tus conocimientos, habilidades o tu actitud a un proyecto. Con la voluntad como motor de tus actos, como impulso para levantarte cada mañana aunque hayas pasado una noche toledana o te haya despertado el gallo de las cinco menos cuarto (¡qué puntual el cabr…!), el voluntario podrá ser útil al proyecto.

Y una vez aclarado todo esto, puedo volver a preguntar como al inicio qué puede hacer un voluntario en un lugar tan árido como Turkana. Si fue mucho o poco, la «jefa» lo sabrá. Rocío nos explicó al inicio de las dos semanas las tareas que se realizan en la misión y planificó la organización que tendríamos para esos días, qué trabajos se hacen a diario, cuáles eran extraordinarios y qué objetivos se planteaba para nuestra estancia. Y salieron muchas colaboraciones interesantes.

  • Sanidad: fue mi lugar favorito. No solo el dispensario del propio Kokuselei, que abre a diario y atiende las urgencias y a todas las parturientas que llegan, sino la «clínica móvil». El equipo de Kokuselei sale todas las semanas con su furgoneta a los poblados cercanos para controlar el estado de salud de las mujeres embarazadas y el peso, la altura y los niveles de nutrición de todos los niños de 0 a 6 años. Es una tarea que pueden hacer los trabajadores locales perfectamente, sin necesidad de voluntarios, pero la escasez de personal y la cantidad de personas atendidas hacen que les venga muy bien nuestro apoyo. Nosotros solo les ayudábamos a hacerlo más rápido y, en mi caso, aprendí a rellenar los infumables formularios del Ministerio keniano. «Pues hoy volvemos mucho antes», me dijo Peter la primera vez que salimos con la furgoneta. Así podrían volver al dispensario, donde siempre había alguien a quien atender. Aparte de romper con sus rutinas, les ayudábamos a controlar la ingente cantidad de niños que aparecían de cualquier lado y les servimos también para procurarse unas risas a nuestra costa, pues el momento favorito de los trabajadores locales venía cuando nos daban las cartillas con los nombres de los niños y nos pedían que dijéramos en voz alta los mismos para dárselo a las madres. Y sí, nuestra pronunciación turkana deja mucho que desear, como vimos por las risas de las mujeres de la zona.
  • Formación: en la época de noviembre y diciembre, las escuelas están de vacaciones, pero abren para los chicos que quieran seguir y, aunque parezca imposible para los estándares occidentales, acuden en masa. Por dos razones: el propio refuerzo educativo y porque les dan de comer en la escuela. Hay tal cantidad de chicos en la zona que los profesores están desbordados, por eso nuestra ayuda les vino muy bien, aparte de que los chavales atienden mejor por la novedad de ver a unos «musungus» o mzungus dándoles clase. Un voluntario se puede encontrar de repente reforzando sus conocimientos de trigonometría, dando un taller sobre el cuerpo humano (impresionante el trabajazo de Marian) o una clase de experimentos de física sencillos (bien, Mabú, genial, el profesor reconoció que le encantaron). La población local tiene muy claro que la educación es una posible salida para los jóvenes, como han visto en algunos de los casos de los propios chicos de allí, los contados casos en los que han logrado llegar a la universidad.
  • Mecánica: lo bueno de estos equipos de voluntarios «multidisciplinares» es que hay expertos en muchas áreas y en nuestro caso contábamos con el manitas Paco, que logró arreglar una de las bombas de agua que llevaba varias semanas averiada y que servía para abastecer a una treintena de familias. Aparte de ponerse con el equipo soldador, montar a base de radial los tableros de baloncesto, los postes del voley, lo que hiciera falta.
  • Informática: en nuestro equipo también venía una informática, Patri, que se ocupó de poner a punto los ordenadores donados por la Fundación para la misión. Algunos ordenadores se quedarán en la oficina, pero otros irán a los chicos que continúen sus estudios en la universidad. Un trabajazo el de la benjamina del equipo. Por cierto, igual que decía Iñaki Alegría en su artículo que no hay que enviar medicamentos caducados a estos países, algo bastante habitual por lo visto, también sería conveniente que los ordenadores llegasen en condiciones de uso o con unos mínimos, pero entiendo que será un problema de las licencias de uso.
  • Mantenimiento de las instalaciones: la misión es grande, tiene varios edificios comunes para las actividades y hay mucho que arreglar, que mantener. Cada vez que quedaba un hueco, nos dedicamos a labores de poda (¡Eva y sus tijeras de podar siempre a punto!), o a asuntos que fueron surgiendo como montar, lijar y barnizar las camas que irían a la residencia del profesorado. «Yo tenía una granja en África», decía Karen Blixen por medio de Meryl Streep al principio de Memorias de África. Bueno, no es lo mismo, pero yo tengo tres árboles plantados en África. Volveré a verlos, sin duda.
  • Acondicionamiento de las instalaciones: la misión de Kokuselei no para nunca, siempre está con algún proyecto en marcha para atender a todos los habitantes, así que nos tocó trabajar en la biblioteca, cuya reforma terminó estos días, que servirá también de sala de juegos (Laura, Eva, Mabú, Orieta, Patri, Marian, yo mismo). Limpieza, pintura, quitar la maleza, plantar árboles… Todo aquello para lo que se nos requiriera. Paco se puso con la pista de voley y Pilar concluyó lo que llamamos la «Capilla Sixtina» de Kokuselei, la decoración de una sala para los niños junto al dispensario. El resto de dibujos corresponden a Laura y Patri, y, en el resto de la sala, permanece la decoración del anterior grupo de voluntarios de Sacyr.
  • Clasificación de los medicamentos: llegan muchas donaciones desde España y algunos envíos puntuales y desorganizados desde el Ministerio (¿de verdad es necesaria tanta medicación para la diabetes en un lugar como este en el que no hay casos?), y nos dedicamos a clasificarlos y retirar los que ya hubieran caducado, o a poner en un lugar preferente los que vencían en el próximo semestre. Como he comentado en varias ocasiones, siempre había algo que hacer.
  • Actividades durante las vacaciones de los chicos: Rocío siempre tenía algo en mente para cada grupo de edad y nos iba organizando para ello. El «equipo de costura» se puso a arreglar los uniformes escolares y otros nos pusimos con la tarea de lavado y clasificación.
  • Montamos unas divertidas y competidísimas olimpiadas, con carreras, saltos de altura y longitud, entrega de medallas y una alta participación. Ayudamos en la graduación de los más pequeños en Saint Mary con los uniformes, e incluso pudimos participar en los partidos de fútbol y voley con los chicos de allí. El deporte aleja a los chavales de algo tan peligroso como lo que vimos en Lodwar, críos de diez o doce años totalmente sedados o agilipollados por esnifar cola en pequeñas botellas de plástico. Por increíble que parezca, en esta zona hay algunos problemas de adicción al alcohol, que destilan en algunas chozas.
  • Clasificación del material donado: llevamos unos ciento ochenta kilos entre los nueve voluntarios, material muy útil para las labores de poda (guantes, tijeras), ropa, material deportivo, escolar, juegos… Amigos, familiares y empresas como Ontime Logística y Sacyr donaron diverso material de gran utilidad para nuestras tareas allí. Distribuimos una parte, dejamos organizado el resto para lo que Rocío considere y trajimos unas artesanías «de estraperlo» en las maletas para que la ONG Emalaikat pueda venderlas en España.

Se pueden hacer muchas cosas y siempre quedará la sensación de que es insuficiente. Un voluntariado técnico enfocado en un proyecto concreto quizás podría ser más útil para la misión en algunos momentos, pero no es incompatible con las tareas de los grupos de voluntarios de Sacyr que acudimos a la zona. Una última cosa podemos hacer: al contrario de lo que decía Iñaki Alegría sobre evitar las fotos, podemos dar a conocer este maravilloso proyecto.

Difundirlo, explicarlo, quitar miedos o dudas a los que las tengan. Convertirnos en «embajadores» del proyecto. Cada grupo de voluntarios ha generado una corriente de interés a su paso y la difusión en redes es fundamental para dar a conocer aquellos proyectos por los que merece la pena apostar. Cuña publicitaria aquí para el Gratitude Bootcamp que nuestra hija Raquel lleva trabajando en la India desde hace tiempo, un proyecto que no sería viable sin la difusión y la transmisión por redes o por la vía tradicional del boca-oreja en un café. Tengo decenas de fotos con «niños pobres, pero sonrientes», pero la mayoría quedarán para mí, igual que quedan para siempre (y no grabados) los momentos que pasé con decenas de niños tarareando el Crowd chant de Joe Satriani en la clínica móvil bajo una acacia en Ekuruchanait, o con el We will rock you de Queen y varios niños de Nameriek dando las palmadas con una coordinación envidiable y tarareando el estribillo igual de mal que yo.

Dar a conocer proyectos como este pueden servir para movilizar a otros, para incorporar ideas y mejoras a los siguientes grupos de voluntarios de la Fundación Sacyr o para planificar proyectos concretos. Y, también, para algo más duradero y útil, como puede ser una colaboración sostenida en el tiempo, que no quede en quince días maravillosos.

Como los últimos post de Travis versaban sobre las terceras partes (del cine), estos textos sobre Turkana y Kokuselei no podían ser menos y concluirán con una tercera parte.

Kokuselei (I): la zona.

Kokuselei (II): el voluntariado.

Kokuselei (III): las gentes de Turkana.

Kokuselei (I): la zona

Desde hace una semana, un grupo de nueve voluntarios organizados por la Fundación Sacyr nos encontramos de viaje de ¿voluntariado?, ¿visita?, ¿aprendizaje? en la misión católica de Kokuselei, perteneciente a la diócesis de Lodwar, un lugar sorprendente dirigido por la comunidad misionera de San Pablo Apóstol. Digo claramente que es «sorprendente» porque no dejo de maravillarme cada día por lo que estamos viendo y viviendo en este lugar en el que el tiempo parece que se detuvo hace siglos. El propio camino desde Lodwar, a unas cuatro horas de distancia, fue una aventura por carreteras infinitas hasta llegar a un cruce en el que te metes de lleno en un camino de tierra en zonas desérticas en las que apenas ves acacias, termiteros, cabras y algún que otro camello. En esa «mitad de la nada» sí nos cruzamos, en cambio, con muchos niños y mujeres transportando bidones de agua en dirección al pozo más cercano, normalmente, a varios kilómetros de distancia.

La misión de Kokuselei está situada en el norte de la región de Turkana, un área de unos 70.000 kilómetros cuadrados al norte de Kenia, fronteriza con Etiopía, Uganda y Sudán del Sur. Cuenta con una población superior al millón de personas, aunque estoy convencido de que las autoridades están lejos de aproximarse a la cifra exacta total. La misión se instaló en la zona hace poco más de treinta años y, desde hace doce, Rocío Aguirre se encuentra al frente del proyecto como CEO, directora financiera, jefa de obra, ingeniera de presas, capataz, curranta, cocinera, conductora, mecánica, jardinera y lo que haga falta (con la inestimable ayuda de Frida). Y doy fe de que hacen falta muchas cosas. Rocío dice que son cinco personas y que ella es solo «una más», pero yo la vi pendiente de todo como si realmente hiciera el trabajo de cinco. Un portento.


Los turkana conforman una población cuya forma de vida se quedó anclada en el pastoreo de cabras, la construcción de chozas (manyattas) y sus costumbres ancestrales. Pocas veces aparecen en algún medio de comunicación y cuando lo hacen, la información es sesgada, falaz o simplemente busca el click fácil. La tierra no es fértil, el agua escasea, el clima es extremadamente cálido todo el año, apenas hay vida animal y, sin embargo, la población no deja de crecer. Las familias tienen entre seis y ocho hijos de media, seguramente por la esperanza de que, al tener tantos, al menos sobreviva un tercio. Uno se dedicará al pastoreo, otro a cuidar a los más pequeños, otro a buscar el agua y alguno, con suerte, para estudiar.

Estas familias numerosas viven en las mencionadas manyattas, las diminutas chozas construidas por ellos mismos, y las condiciones son precarias, por no utilizar adjetivos más dramáticos. Pues ahí, en ese secarral en el que la vida es un milagro, se instalaron estas misiones de la iglesia católica con idea de mejorar en lo posible sus condiciones de vida. La lista de prioridades es tan amplia que siempre hay algo que hacer, aunque quizás, por lo que he visto hasta ahora, garantizar el agua, facilitar la educación y reducir las tasas de mortalidad infantil sean los principales objetivos que están tratando de lograr en la zona. Se están obteniendo progresos notables, siempre con el propósito en el largo plazo de procurar que la zona logre algún día ser autosuficiente, que los pequeños negocios locales que se han fomentado prosperen y sirvan como un medio de subsistencia para esta población que no deja de incrementarse.

En los últimos quince años, gracias a los esfuerzos de la misión, se han construido más de cuarenta presas y se ha logrado que el agua corriente llegue a numerosos poblados. En los núcleos de población más grandes, el agua llega a buena parte de las casas, entendiendo por «casas» aquellas con paredes de madera o ladrillo y un techo, aunque sea de chapa, cartones o esterillas hechas con juncos. Lo sorprendente es que muy cerca de donde estamos, a poco más de una hora, hay una superficie de agua inmensa, el lago Turkana, que recorre unos trescientos kilómetros de norte a sur, en el mismo valle del Gran Rift. Por desgracia, el agua del lago no reúne las condiciones necesarias para abastecer de agua potable a la zona: es un agua con altos índices de salinidad y con unas dosis de fluoruro superiores a las del agua fluorada, lo que imposibilita su uso también para el regadío.

En cuanto a la sanidad, la misión de Kokuselei ha logrado establecer un sistema para atender a toda la población de la zona, con dispensarios, clínicas móviles y atención a todas las mujeres embarazadas desde sus primeros meses. En estos días estamos viendo y tratando de ayudar (sin estorbar) en las labores de vacunación de los niños de 0 a 6 años. Hemos viajado con las clínicas móviles a algunos de los núcleos de población y nos hemos sorprendido al ver la cantidad de niños que acudían en zonas en las que, a priori, no hay nada ni remotamente parecido a un poblado. ¿De dónde salieron todos esos chavalines que bajaron de colinas diferentes a nuestro puesto?

Por cierto, que nadie interprete «clínica móvil» a la manera occidental: esto es una camioneta en la que nos subimos seis o siete personas a la parte trasera y cargamos todo el material que vamos a necesitar ese día. El propio enfermero que hace seguimiento a las embarazadas me decía: «esperaba siete en esta zona y se me han presentado once». Nacimientos hay casi a diario, y quedaría muy poético decir que «la vida se abre paso», pero me sale más bien decir que «sorprende que la vida se abra paso en estas condiciones». Las cifras de mortalidad infantil se han reducido considerablemente en la zona, lo cual, como nos decía Rocío, seguramente ajustará las cifras de natalidad en las familias. Habrá que darse un tiempo y analizar las tendencias y lo que dicen las estadísticas oficiales.

En cuanto a la educación, se han creado pequeñas escuelas, se ofrece la educación a todos los niños de primaria y la misión trabaja en la formación del profesorado, porque las necesidades son enormes. Crecientes. Nos ha maravillado ver que el proyecto educativo va mucho más allá de enseñar a leer a los chavales, de hecho, nos ha obligado a recordar nociones de trigonometría o física a los que intentábamos ayudar al profesorado en las tareas de refuerzo.

Kokuselei está muy viva, con labores de agricultura, huerta, fomento de pequeños negocios locales, distribución de medicamentos, educación… también de apoyo religioso para el que lo quiera.

¿Qué puede hacer un voluntario aquí para aportar y no molestar? Bueno, pues de eso irá la segunda parte. ¡Seguimos bien, maravillados a cada paso!

Terceras partes (y III): buenas, dignas y espantosas

Como no podía ser de otro modo en una serie de post dedicada a las terceras partes, tenía que concluir de igual manera, con una tercera parte. Como si se tratara de una «Trilogía» de terceras partes:

  1. Buenas, muy buenas, obras maestras.
  2. Dignas, aceptables.
  3. Espantosas, innecesarias, errores desde su misma génesis.

Terminator 3: la rebelión de las máquinas. el simple hecho de que la secuela no contara con la heroína principal y verdadera salvadora de la humanidad, Sarah Connor (Linda Hamilton), ya me hacía dudar de esta continuación innecesaria. Fue rodada en 2003, doce años después de la maravilla visual y argumental que fue la segunda de James Cameron sobre la rebelión de las máquinas. Tarde, a destiempo, y con un argumento pobre. Tras esta tercera sucederían nuevas tramas como Salvation o Genesis, que no están mal, pero que debieron desesperar a James Cameron hasta tal punto que se puso de nuevo tras la producción para cargarse a John Connor de la línea y recuperar a Sarah Connor (Terminator: Dark fate). La tercera era tan floja que la idea de la Terminatrix sensual (el pibón Kristanna Loken), de metal líquido y que podía convertir sus miembros en armas, se desechó para posteriores entregas. Mala, floja. Aunque el final me parece que no estuvo mal del todo (alerta spoiler: la inevitabilidad del Día del Juicio Final).

Superman III: un claro ejemplo de lo mal que pasa el tiempo para algunas películas. O lo mucho que cambia nuestra percepción. Se estrenó en 1983, por poner las cosas en contexto. La vi en el cine con trece años y salí como con las dos anteriores: «wow, qué divertida y qué efectos especiales, qué buen rato he pasado». Si no la habéis visto en estos cuarenta años, guardad ese recuerdo en vuestra memoria, no estropeéis la ilusión de aquel niño que fuisteis. En definitiva, no hagáis como yo, que volví a verla no hace mucho y me sorprendí de todo: de la trama absurda, del tono de comedia y no de peli de superhéroes, del verdadero protagonista de la historia (el cómico Richard Pryor, no Supermán, y tiene momentos estomagantes), ¡hasta de los efectos especiales! Estarían bien en su época, como los de tantas otras producciones, pero hoy te llevas las manos a la cabeza pensando en cómo la ilusión de un niño impedía que vieras todas las «costuras» en cada centímetro de la pantalla. Gene Hackman debió intuir el despropósito de película y se bajó del proyecto antes de tiempo. Aunque volvió para la cuarta, que fue aún peor. Ya era mala cuando se estrenó, no quiero ni imaginarme lo que podría ser verla hoy.

Batman forever: nunca me gustaron las pelis de Tim Burton sobre el caballero oscuro, pero tenían un pase, volvieron a poner de moda a los superhéroes en mallas y tuvieron bastante éxito de taquilla. Tim Burton pasó a la producción y cedió los trastos de dirección a Joel Schumacher, quien se encargaría de la tercera y la cuarta de la saga. Me alegré del cambio de actor principal, Val Kilmer en lugar de un Michael Keaton al que nunca me creí como superhéroe, ni tan siquiera como tipo duro, pero ni por esas. El reparto tenía una pinta estupenda, con Tommy Lee Jones, Nicole Kidman y Chris O’Donnell como Robin. Contaba también con Jim Carrey en la época en la que Jim Carrey podía hacerte detestar una película entera (El show de Truman lo perdonó todo). Pero de ese gazpacho salió una trama absurda en la que cada personaje quería meter su cuña, Val Kilmer ponía cara de no saber qué hacía por allí y el director logró hacer algo tan difícil como aburrir (en defensa de Schumacher, hay que decir que la anterior, de Burton, también era bastante tostón). Muy floja, mas, al igual que con Superman III, todavía podía empeorarse con una cuarta.

Parque Jurásico 3: un claro ejemplo de película sacada adelante con el único objeto de aprovecharse de sus secuelas y recaudar. La primera de la saga, de 1993, junto a Terminator II (1991), fueron las obras, quizás, que nos hicieron pensar que «ya se puede hacer cualquier cosa en el mundo de los efectos especiales». Las dos primeras entregas de la saga sobre los dinosaurios clonados y resucitados para la vida moderna contaban con dos maestros en lo suyo: Michael Chrichton en la escritura (dos novelones que aportan tanta ciencia ficción como entretenimiento) y Steven Spielberg en la dirección. En esta no aparece ninguno y el resultado es el que es: un absurdo con mercenarios sueltos por la trama y un desarrollo totalmente rutinario de la acción. Los efectos mejoraban tras cada película, pero sin un genio como Spielberg en la dirección, el resultado es tan pesado como un braquiosaurio.

El Hobbit: la batalla de los cinco ejércitos. Se veía venir. A ver, quizás me he pasado al incluirla en la categoría de «espantosa», que no lo es, pero no es digna de todo lo que la precedió. Pero es que se veía venir. El señor de los anillos de Tolkien era una novela fantástica de 1.100 páginas, de la que Peter Jackson fue capaz de extraer la esencia, los personajes y componer una trilogía extraordinaria. Había tanto material que incluso tuvo que descartar alguna trama secundaria (Tom Bombadil, ¡menos mal!). La versión estrenada en los cines superaba las nueve horas, y la versión extendida se iba cerca de las doce. El Hobbit era una novelita de menos de trescientas páginas de la que resultaba imposible hacer una trilogía de pelis de tres horas, por mucho que Peter Jackson incorporara leyendas de El Silmarilion. Lo que ocurrió era previsible: el desarrollo de las dos primeras entregas ya se apreciaba alargado, con escenas varios minutos más largas de lo que el ritmo requería. 169 minutos en la primera, 161 minutos en La desolación de Smaug, a la que ya le sobraba media hora como poco, y un final que se me hizo muy pesado aunque el metraje se acortara hasta los 144 minutos. No la veo con desagrado, pero mi culo avisaba de que se me estaba haciendo muuuuuy larga.

Shrek Tercero: otra que no es especialmente mala, pero que tenía el serio problema de rebajar varios puntos el nivel altísimo de sus dos predecesoras. Las dos primeras pelis de Dreamworks sobre el ogro verde malhumorado y la princesa Fiona eran dos obras maestras del entretenimiento para niños y para no tan niños, pero esta tercera carecía de la frescura de los argumentos originales, aparte de que había perdido el factor sorpresa inicial de darle la vuelta a las pelis de princesas, héroes salvadores y monstruos malísimos de la muerte. La ves, la disfrutas un rato con tus hijos y la olvidas enseguida. La mejor prueba de que no es digna sucesora de las anteriores es que si un día pillas la primera o la segunda en la tele, te quedas un rato a verla. Con esta tercera desconectas al minuto, no engancha. La propia productora intentó alargar las historias del ogro verde con una cuarta, pero finalmente optó por otra vía y desarrolló el personaje del Gato con botas.

Arma Letal 3, Superdetective en Hollywood III: las pongo juntas porque han pasado tantos años que ya ni sabría decir qué aportaba cada una de ellas respecto a las anteriores de sus sagas. Más de lo mismo, más de buddie movies, poli negro-poli blanco, tipos estrictos vs tipos con métodos alternativos. No defraudan a sus seguidores, pero yo reconozco que me quedé en las primeras, que sí me entretuvieron. Pero ya, ya tenía suficiente. Sé que he visto estas terceras, y la cuarta de Arma Letal, pero también sé que las he olvidado y no pienso volver a intentar verlas de nuevo.

Viernes 13 3, Pesadilla en Elm Street 3, Scream 3… He visto muchas de estas tres colecciones interminables de terror, pero de verdad que no sé si he visto la cuarta de Jason, la quinta de Freddy o la tercera del tipo de la máscara de El grito de Munch, pero es que, el que sepa distinguir las obras del género llamado slasher se merece todo mi reconocimiento. Yo reconozco que no soy capaz. Sé que he visto la cuarta de Pesadilla porque el director (Renny Harlin) pasó a continuación a la saga de La jungla de cristal, y por eso quise verla. Tuvo sus momentos ocurrentes (esa pizza…), pero ya, mi tiempo dedicado a estas pelis ya pasó, ya tuve suficiente.

Concluyo ya. Habrá quien diga que no ha habido una sola mención en estos tres textos sobre Piratas del Caribe y las películas de Harry Potter. Tengo que reconocerlo en público: no he visto ni una sola de la docena que deben sumar entre ambas. No creo que sean malas, más bien al contrario, estoy seguro de que disfrutaría algunas, pero, por la razón que sea, no he visto ni una. No me atrevo a catalogar sus terceras partes, ni las cuartas, ni las primeras. ¿Alguien que me aconseje?

Leí hace poco que se anuncia una nueva de Gremlins, la que sería la tercera, para 2025, y yo me pregunto: ¿de verdad es necesario?

Bilbao Night Marathon 2024

Fiel a la tradición anual, como las cenas navideñas de empresa o las críticas al presidente de la comunidad de vecinos en cada junta, volví este sábado pasado a disputar un maratón, una tradición con la que vengo cumpliendo de manera regular desde 2004, con la única excepción del parón Covid en 2020. Este año quería hacer algo diferente y los distintos retos que leía por Internet no me motivaban de manera especial:

  • Correr los 42 kilómetros de espaldas, como ese chino que lo completó en ¡3 horas y 43 minutos!
  • Hacerlos mientras tejía una bufanda, como ese tipo de Kansas que estuvo casi seis horas mientras completaba ambas, distancia y bufanda. No lo hago porque soy nulo a la hora de tejer, que conste.
  • Supongo que todo empezó con un «¡no hay huevos!», como la mayoría de gestas que se logran en este mundo, pero otro americano logró acabar un maratón haciendo el cubo de Rubik. ¡175 cubos de Rubik resueltos en casi cinco horas de carrera!
  • Hay un canadiense que completó la distancia en Toronto haciendo malabares con tres bolas en el aire. Y en menos de tres horas. Hay cosas que si no las veo, no las creo, por mucho que lo diga el Guinness.
  • En Londres hubo un tipo que completó el maratón mientras golpeaba un balón de fútbol durante algo más de cinco horas. Mira, esto sí podría haberlo intentado, pero sospecho que a la media hora habría mandado el balón a esparragar.

Todos estos récords son verídicos, o al menos están homologados por el Guinness, pero ninguno me atraía tanto como lo que finalmente encontré: correr la distancia de noche. Algo más cercano, accesible, ¡normal, que no estoy tan zumbao! Y encima en Bilbao, ¡ahívalah…, Patxi, como para decir que no ahora! Así que me apunté hace unos meses, entrené como siempre hago (al alba) y para allá que me marché con la esperanza de que no hubiera tanta diferencia en el rendimiento nocturno, que, con los años, uno se hace más madrugador y menos trasnochador.

El mayor problema para llegar en buenas condiciones a una salida a las siete de la tarde es descansar durante todo el día, o alimentarse de manera adecuada desde la noche anterior en una ciudad repleta de bares con pintxos sabrosos a cada paso. Pero, más o menos, lo conseguí. Lo conseguimos, porque mi «equipo» de fans, Mabú, también tenía su dura jornada de seguimiento por las calles de la ciudad. Dos vueltas por un recorrido junto a la ría, una ría que atravesaríamos ocho veces.

Se me ocurrió correr con una camiseta llamativa para que Mabú pudiera distinguirme entre el resto de corredores, la camiseta rosa chillón (mi color «favorito») que me dieron hace un año en el maratón de Valencia, con el Lester serigrafiado a la espalda. Fue un acierto llevarla, porque la mayoría de los corredores llevaban una camiseta oscura, muchas de la organización, azul marino, y muchas otras de color negro. Quizás el color rosa de la mía tuvo que ver con la pregunta del peruano del kilómetro 34, pero para eso queda mucha crónica.

La carrera salía junto al estadio de San Mamés, que había albergado esa misma tarde, apenas unas horas antes, un partido del Athletic. Por lo que vi en un foro de gente del Athletic, esa coincidencia dio para un encendido debate entre los que querían compaginar ambos eventos: ¿entonces, macarrones en el estadio o no? Decenas de respuestas a la enorme duda:

En fin, con gilda y txakolí o sin ellos, la ciudad estuvo medio colapsada durante horas. Por esa razón fuimos en Metro junto a otra buena partida de corredores, y fue un acierto. Nuestro hotel estaba a un kilómetro de la meta y a poco más de dos de la salida, pero, como decía, convenía llegar descansado, que uno nunca sabe cómo se va a comportar su físico a una hora en la que los cincuentones estamos deseando más bien manta y peli.

Había mucha gente en la salida y un cierto caos en la organización de los cajones, nada que no hayamos presenciado en otras carreras. El problema fue que había muchos más participantes en el medio maratón que en la carrera completa, y, además, muchos de los corredores no se pusieron en el cajón adecuado al tiempo que iban a hacer, con lo que se produjeron varias aglomeraciones en calles estrechas o en algún giro cerrado. Los ritmos de los primeros kilómetros fueron bajos, 6 minutos, 5.40, hasta el kilómetro 5 o así no fui capaz de encontrar un ritmo cómodo, una velocidad de crucero en torno al 5.25, aunque por momentos había que esquivar a gente que iba más lenta. Hasta entonces, bastante animación, gente en los bares, un recorrido agradable, bastante llano… las estaciones de Metro de Norman Foster, la torre Iberdrola de César Pelli, el Guggenheim de Frank Gehry, el magnífico edificio consistorial del ayuntamiento, ¿obra de…? Pues tuve que buscarlo, Joaquín Ruicoba, a finales del siglo XIX. Conocemos a todos los arquitectos extranjeros famosos, pero desconocemos lo nuestro, lo de aquí.

Y junto al puente de uno de «los de aquí» (o de allí, de Valencia), el hermoso y polémico puente de Zubizuri, obra de Santiago Calatrava, estaba el kilómetro 20, la última parada en la que vi a Mabú antes de sumergirme en la travesía del desierto que fue la segunda vuelta.

Poco después del puente, pasamos la meta en el Guggenheim y nos separamos los corredores de ambas carreras, los 7.000 de los 21 kilómetros y los poco más de 800 de los 42. Fue la noche y el día, el mogollón y la soledad, el estruendo y el silencio, en apenas doscientos metros. Pasamos del gentío congregado en la meta para ver a sus familiares al silencio absoluto junto a la ría, ¡podía escuchar perfectamente la respiración de los dos corredores que me acompañaron en esos primeros kilómetros de soledad! Dejamos de escuchar los «¡oso ondo!» y los animosos «¡aúpa!» de la gente y sentí La soledad del corredor de fondo, aquella peli de los sesenta. En los kilómetros más duros, entre el 28 y el 33, cuando empiezan las dudas, nos convertimos en una banda desperdigada de facinerosos talluditos que corrían por una ciudad en penumbra. Y sin que nadie nos persiguiera, lo cual resulta más meritorio.

En esos momentos toca encerrarte con tus pensamientos, no volverse loco, no correr de más, no dejar que el duende cabrón te machaque con sus pensamientos y apretar los dientes hasta el 34, donde había vuelto a quedar con Mabú, en la puerta de nuestro hotel. Allí estaba, guapísima, sonriente, esperándome con un picardías púrpura e invitándome a subir a la 338. Ah, no, la parte posterior al «esperándome» fue una alucinación fruto de la concentración de ácido láctico en mis músculos. Me dio las últimas sustancias psicotrópicas para aguantar lo que quedaba y muchos ánimos que respondí con un beso sudoroso por mi parte, momento idílico que fue interrumpido por el peruano que comentaba al principio:

– ¿Por qué están corriendo? -me preguntó.

Ante nuestra cara de perplejidad, y como yo bromeé contestando algo así como «pues por los pintxos de después!», insistió:

– ¿Es por el cáncer de mama?

Entendí que lo preguntaba por el color de mi camiseta y alguna carrera que había habido en ese mismo día en otras ciudades, precisamente por esa buena causa, pero me dejó perplejo y no tenía mucho tiempo que perder. La verdad es que en el mismo día en Bilbao me hicieron dos preguntas que me dejaron totalmente descolocado, la del peruano, y la de un tipo que, por la mañana, me soltó (y es verídico):

– Oye, perdona, que no tengo móvil, ¿me puedes mirar cómo va el partido?

«Sin problema», le contesté, «¿el del Athletic?», a lo cual, para mi asombro, contestó:

– No, es un partido de Tercera, ¿puedes buscarlo, por favor? San Roque-Ceuta.

A ver, el tipo olía a vino a un metro de distancia, pero ¿un San Roque-Ceuta de Tercera, en Bilbao???? ¿De verdad? Bueno, dejé a Mabú en el hotel, quedamos en vernos en el km. 37 y seguí adelante. Miré el crono y calculé que, pese al ritmo bajo del principio, o las paradas de más para responder preguntas extrañas, llegaba de sobra para bajar de cuatro horas. Pero, cuando quedaban tres kilómetros empecé a no verlo tan claro, lo cual no entiendo porque iba bien de piernas, de hecho el kilómetro 39, que volvía a pasar frente a mi hotel me pareció eterno. He entrado en algún foro de Internet y he leído que hay gente que dice que su reloj marcaba más distancia: 21,4 km. la vuelta, 21,79 km., incluso más, como el de la foto.

No estaban bien medidos o los carteles no estaban bien puestos, porque no tiene sentido que hiciera el kilómetro 36 en 5.16 y el 37 en 6.05, cuando mi ritmo era similar. Sea como fuere, tuve que «acelerar» en los últimos dos kilómetros y esprintar o un remedo de sprint en los 195 metros finales, algo que, para mi sorpresa, fui capaz de hacer. Entré en 3h. 59m. y 54 segundos, así que objetivo cumplido.

Con el horario, los viajes al otro lado del charco una semana antes y un peso algo por encima de lo habitual, lo cierto es que terminé muuuuuy contento. ¿Verdad que sí, compañera?

Siempre lo he dicho, este deporte te permite una larga «carrera» si te cuidas. En Valencia 2023 paré el crono como en Roma 2009, y en Bilbao 2024 acabo de hacer aproximadamente el tiempo de Berlín 2011. Por mucho que mi mujer quiera retirarme, me resisto, le digo que «me mantengo». Lo cierto es que no voy a reconocer nunca que termino como si me hubiera pasado un camión por encima, pero, ¿y lo bien que te quedas al acabar y superar el reto? ¿Y al día siguiente, al recorrer esa ciudad con un tiempo maravilloso? Recordar los sitios que has pasado, los puntos en los que sufriste, los giros en los que sonreíste al ver que lo lograbas de nuevo.

No, las escaleras hacia la basílica de Begoña no las subí. Peor habría sido aún bajar uno solo de los ochocientos peldaños.

¿Próximos retos? Ni idea, quizás toque volver a correr en el extranjero, cosa que no hago desde 2019 (San Petersburgo), pero ahora mismo ¡solo quiero descansar!

Terceras partes (II): buenas, dignas y espantosas

La primera parte de las terceras partes no es igual a la segunda parte de las terceras partes, sean contratantes o no (Groucho siempre en el recuerdo). Así que, una vez defendidas las grandes terceras partes de la historia de las sagas, vamos con el segundo bloque de mi clasificación particular:

  1. Buenas, muy buenas, obras maestras.
  2. Dignas, aceptables.
  3. Espantosas, innecesarias, errores desde su misma génesis.

2.- Dignas, aceptables. Se trata de películas que nunca nos van a gustar como sus predecesoras, pero las soportamos bien por el cariño que sentimos por los personajes, o por esa nostalgia de las propias historias originales. O bien, simplemente, porque valoramos la buena intención de sus autores (más allá del afán recaudador de los productores), aunque la historia no diera más de sí y finalmente resultara fallida o algo pesada. Casi acaba en este saco la tercera de Nolan sobre Batman, por ejemplo, así que vamos con este grupo de obras, quizás el más numeroso.

El Padrino III: la crítica estuvo muy dura con el final de la trilogía de los Corleone, pero, ¿es realmente una mala película? ¡Pues no, coño, no lo es! Tiene momentos verdaderamente notables, pero su mayor problema es la comparación con las dos obras originales de la saga, consideradas siempre entre las mejores películas de la historia del cine. Llama la atención que durante varias décadas se consideró a El Padrino como la mejor película de siempre, a veces, con un consenso tan unánime (y contradictorio a la vez) como el de «la segunda es la mejor de toda la saga». El Padrino III es una buena película, pero no resulta excelsa, una obra maestra, como las anteriores. Y ahí es donde pierde por goleada, con la comparación, aumentada por el hecho de los dieciséis años transcurridos desde la anterior y el efecto nostalgia. También pierde en la comparación, al menos para quien esto escribe, Andy García, quien no tiene la talla de Al Pacino, Marlon Brando y Robert de Niro como cabeza visible o capo de «los negocios de la famiglia«. Puede que el papel de Sofia Coppola también tuviera sus pegas, como afirmaron los críticos que se cebaron, pero el momento de su muerte y posterior llanto silencioso de Michael Corleone es sobrecogedor, magnífico. Y me encantan los esfuerzos de Michael por blanquear sus negocios, las relaciones de la familia con el Vaticano o los «clásicos» de esta trilogía clásica imperecedera: la música de Nino Rota, las celebraciones, los asesinatos, la fotografía tenebrosa y tenebrista de Gordon Willis. ¡Claro que es una tercera parte digna, almas de cántaro!

Regreso al futuro III: recuerdo que en cierta ocasión preguntaron a Carlos Pumares por el homenaje al wéstern que Spielberg y Zemeckis pretendieron hacer con la tercera parte del Back to the future, y el locutor de radio respondió enfadado algo así como: «¡pues para hacerlo así de mal, prefiero que no me homenajeen!». La idea de rodar esta tercera parte surgió ya durante el rodaje de la primera, según parece, tras una conversación entre Zemeckis y Michael J. Fox en la que hablaban de que, ya que tenían una máquina del tiempo en sus manos, qué época les gustaría visitar. «El salvaje oeste», contestó el actor. Y con esa idea en mente se pusieron a trabajar años después. La tercera parte de la trilogía se rodó junto con la segunda, y de ese modo lograron abaratar costes y mantener a todo el equipo. Para los que vimos la segunda en los cines, fue una sorpresa encontrarnos con imágenes de la tercera sin llegar a salir de la sala. A mí me gusta, me entretiene, me hacen gracia los homenajes a los topicazos del saloon, los tipos duros y malencarados, la locomotora descontrolada, Clint Eastwood y la plancha de metal de Por un puñado de dólares. ¿Que puede tener incongruencias de guion? Seguro que sí, aunque la mayor de toda la saga sucede en la segunda y ya la expusieron de modo brillante en The Big Bang theory:

El ascenso de Skywalker: ya le dediqué un post entero a los grandes fallos del remate de la tercera trilogía de Star Wars, made by J.J. Adams (la falta de continuidad con las ideas de Rian Johnson en el Ep. VIII: Los últimos Jedi, los usos nunca vistos antes de la Fuerza, los orígenes de Rey), pero también a sus grandes aciertos, la recuperación de ideas clásicas, la épica, el retorno a lo que siempre funciona. A mí me parece un final digno a una trilogía que nunca nos hará sentir como la original, cuando éramos críos, ni denostarla como la trilogía de precuelas, cuando íbamos de treintañeros protestones a los que nos han cambiado nuestro universo. Como dijo Arturo González-Campos, «Protestaste porque en el VII no te contaban nada nuevo, protestas ahora porque todo ha cambiado. A lo mejor es que esa es tu forma de disfrutar de la saga, protestar porque no han hecho la película como tú querías«. Mejor disfrutarlas con la madurez, pero sin tirar cohetes.

La venganza del Sith: el broche a las precuelas de Star Wars. No soy fan de ninguna de las tres, pero la tercera, al menos, subía el nivel de La amenaza fantasma y, sobre todo, de la soporífera El ataque de los clones. No merece dedicarle más tiempo, se ve, se digiere y se olvida pronto.

Alien 3: alguno se me tirará al cuello, «¡es indigna, es una bazofia!» y tal, pero creo que tiene un pase. O creo que el pase lo tiene por todo lo que vendría años después, Alien Resurrection, Prometheus, Romulus, peleas vs Predator y demás variantes de una saga que comenzó con dos películas que posiblemente sean obras maestras. La primera, Alien: el octavo pasajero, del género de terror mezclado con ciencia ficción, y la segunda, Aliens, el regreso, del cine de acción pura y dura. Alien 3 no es una mala película, aunque sus decorados claustrofóbicos hacen que parezca una serie B algo mejorada, y lo cierto es que no lo era para la época: 50 millones de dólares de presupuesto. Pero la producción y el rodaje debieron ser caóticos, por lo que han contado sus autores. Supuso el debut de un genio como David Fincher en la dirección y contaba con Walter Hill entre los guionistas, pese a lo cual, no hubo comunicación suficiente en el equipo, se incorporaron numerosos cambios durante el rodaje y el propio director renegaría del proyecto en entregas posteriores. Llegó a decir que le daban el plan de rodaje por la mañana, o el guion de lo que iban a rodar al día siguiente. Aun con todo, logró entretenerme. Ahora bien, la prueba de fuego: ¿cuántos años hace que no la veo? Pues muchos, seguramente más de veinte. ¿Y las dos primeras? Pues mucho menos.

Matrix Revolutions: puf, bueno. No sé cuál es su mayor pega. La primera Matrix fue una obra revolucionaria que, como se dice ahora, «nos voló la cabeza», nos puso patas arriba muchos conceptos cinematográficos, culturales, sociales… Matrix reloaded, su continuación, fue entretenida, exagerada por momentos, con buenas secuencias de acción. La trama de Revolutions es, posiblemente, más redonda que la de la anterior, ¿entonces, qué problema tiene? Pues puede que algo tan simple como que resulta aburrida por momentos. Pero es un digno final de la trilogía. ¡Ah, no, que, casi veinte años después, sus directores, ahora ya directoras, hicieron una nueva! Totalmente fuera de todo.

Harry el ejecutor: Harry el sucio, Harry el fuerte, Harry el ejecutor, Harry Callahan a secas. Este tipo fascista, racista y al servicio de la ley fuera de la ley es siempre él mismo. Ni siquiera recuerdo mucho las diferencias entre Harry el fuerte, Harry el ejecutor e Impacto súbito, solo sé que «era él». En La lista negra sí era un poco diferente porque los años no pasan en balde y el tipo de gatillo fácil era algo más reflexivo. Medio segundo, no mucho más. Yo he visto a Harry Callahan en numerosos papeles a lo largo de la carrera de Clint Eastwood. Es Bronco Billy, el alpinista de Licencia para matar, el veterano que enseña a El principiante, El sargento de hierro, el fugitivo de Alcatraz, y, ya avejentado, el dueño del Gran Torino, el predicador de El jinete pálido, el vengador de Sin perdón, y la mula de Mula. Es él, uno de los grandes. Menos en Los puentes de Madison.

Rocky III: la han puesto a parir muchas veces, pero a mí me siguen gustando todas las de Rocky, excepto la quinta, algo en lo que coincido con el propio Stallone. El malo malísimo que le zurra la primera vez era el popular actor de los ochenta Mr.T, el MA del Equipo A. Y luego viene lo de siempre, el entrenamiento con música, el sacrificio, la revancha… ¿no era lo que queríamos? ¿Alguien esperaba otra cosa? ¿Como la de la quinta, por ejemplo? Pues así salió el engendro que finalmente resultó. No te puedes tomar en serio estas pelis, solo la primera, como con John Rambo. Rambo III… jo, jo, jo… imposible no reírse, difícil no disfrutarla. La primera era buena, la segunda, una macarrada fascistoide y molona, la tercera… inenarrable. Uno de mis placeres culpables.

Mad Max III: más allá de la cúpula del trueno. Nunca fui muy fan de estas pelis sobre un futuro apocalíptico, por eso no me encaja mal con las anteriores, no resulta indigna en una historia que parecía agotada hasta que George Miller la rescató con fuerza treinta años más tarde. Eso sí, esta tercera, ¡con Tina Turner!, es una muestra más de que, en ocasiones, el incremento de presupuesto no beneficia a las historias.

A veces es un problema de expectativas, de lo que se denomina ahora con frecuencia, «hype». Y sobre hype y trilogías, encontré este curioso gráfico, con el que coincido solo en parte:

Concluirá…

Terceras partes (I): buenas, dignas y espantosas

Hace muchos años que el dicho aquel de «segundas partes nunca fueron buenas» dejó de tener validez. El Padrino II, Aliens: el regreso, Terminator II, El imperio contraataca, El templo maldito, Regreso al futuro II… son solo unos ejemplos. Lo que no era habitual es que el número apareciera en el propio título. De hecho, se atribuye al empeño de Francis Ford Coppola el logro de incorporar el ordinal en el título que se lanzó al mercado con ocasión de la secuela de El Padrino. «Eso no lo ha hecho nadie nunca. Tendrás que pensar en otro título», le dijeron los productores. Sin embargo, el éxito de la primera parte y el convencimiento del director de que el título no podía ser otro, hicieron que al final se saliera con la suya.

En épocas anteriores, las secuelas se titulaban como una indisimulada continuación de la original:

  • Frankenstein y La novia de Frankenstein.
  • El padre de la novia y El padre es abuelo. Las de Spencer Tracy, Joan Bennett y Elizabeth Taylor, porque décadas después serían El padre de la novia y Vuelve el padre de la novia.
  • El planeta de los simios y Regreso al planeta de los simios. Y Huida del planeta de los simios, etcétera, en las secuelas posteriores.
  • Drácula, La hija de Drácula, El hijo de Drácula.

Mas, por lo visto, tampoco es del todo cierta la leyenda atribuida al genio de Coppola. La primera secuela de la historia que incorporó el II en el título fue Quatermass II, una producción de la mítica Hammer de 1957. Tan poco conocida que ni llegó a estrenarse en España.

En cualquier caso, hoy me preguntaba si, en estos tiempos actuales de secuelas que se perpetúan muy por encima de lo necesario, podría afirmarse que «terceras partes nunca fueron buenas». Y mi respuesta es que no, que por supuesto que NO coincido con esa afirmación. Claro que hay secuelas infumables que tratan de aprovechar el éxito inicial de sus predecesoras y agotan la buena idea inicial hasta convertirlas en aborrecibles, pero hay otras terceras partes que complementan y hasta pueden mejorar lo previamente visto, en especial si, como ocurre tantas veces, se «deja crecer» a los personajes, se les incorporan nuevos matices, traumas pasados o habilidades, o se juega con un humor autoparódico que remita a las anteriores. Y si repaso una larga lista de terceras entregas encuentro verdades joyas, incluso obras maestras que redondean una trilogía. Probablemente tantos como truñacos insoportables, que también los hay.

De eso va el post de hoy, para lo cual he dividido las terceras partes en tres grandes bloques por categorías:

  1. Buenas, muy buenas, obras maestras.
  2. Dignas, aceptables.
  3. Espantosas, innecesarias, errores desde su misma génesis.

1.- Buenas, muy buenas y obras maestras. Las que superan la brillantez de la original o mantienen el altísimo tono de la segunda parte, o bien, cierran de manera excelsa una trilogía. Por razones que a los aficionados se nos escapan, en ocasiones le da a los productores por hacer años después una cuarta parte que destroza o pone patas arriba buena parte de lo anterior. Sus urdidores deberían haber sido arrojados previamente a la fosa de Sarlacc, el río de lava de Mordor o la fosa del cañón de la Media Luna, por citar tres estupendos sitios de las obras que las precedieron. Vamos con ellas.

El retorno del Rey: mi favorita de la trilogía de El señor de los anillos de Peter Jackson. La primera tardaba en arrancar, creaba los personajes y los mundos de la Comarca, Moria o el bosque de Fangorn y la segunda se interrumpía cerca de un momento cumbre, sin culminar, con demasiados frentes abiertos. En la tercera todo cobra sentido, se unen las piezas sueltas por toda la trama y cada personaje se enfrenta a su misión. Todo ello en un entorno de batallas épicas. El asedio de Minas Tirith, la carga de los jinetes de Rohan, la batalla en los campos de Pelennor, la evolución de Gollum y Frodo, la entrada en Mordor y todo el cierre de la historia en el Monte del Destino. Once Óscar a estas tres horas de gozoso disfrute.

El retorno del Jedi: durante mucho tiempo fue mi favorita de la trilogía original de Star Wars (Ep. IV a VI), y puede que lo siga siendo. Los personajes habían crecido mucho desde La guerra de las galaxias, entendemos mejor sus comportamientos, vemos la evolución que han tenido (Luke, Han y Leia son muy diferentes a los pipiolos de la primera) y, además, se concluían las tramas abiertas en El imperio contraataca. Pero la destaco de manera especial por el enriquecimiento (y posterior redención) del mejor villano que hayamos visto en una sala de cine, Darth Vader.

Toy Story 3: pues es la mejor de la saga, sin duda. Cuando creíamos que esta «historia de juguetes» no daba más de sí (lo cual se apreció en la cuarta), llegaron los guionistas de Pixar y nos pegaron este guantazo quince años después de la primera entrega (de 1995 a 2010). El niño Andy ha crecido, sus circunstancias han cambiado tanto como las de los juguetes, pero aun con una historia aparentemente infantil, los creadores de esta historia fueron capaces de crear uno de los momentos de mayor ternura que recuerdo en mucho tiempo (comparable a muy pocas, quizás a otra joya de Pixar, el arranque de Up). Sucede justo al final, tras salvar a los personajes de otro momento angustioso que seguro que aterró a más de un niño en las salas: la escena de la incineradora de residuos, con todos los juguetes abrazados antes de enfrentarse a una muerte segura. Da igual tu edad, es una puñetera maravilla de película.

Indiana Jones y la última cruzada: la primera de la saga del famoso arqueólogo, En busca del arca perdida, impactó a toda mi generación, nos metió de lleno en un tipo de cine que parecía olvidado a principios de los ochenta, el cine de aventuras sin freno. Con nazis, acción, humor y la chica del prota. La segunda, El templo maldito, fue algo siniestra, macabra y se recreaba en la truculencia, pero resultaba igualmente brillante. La tercera añadió a todo lo anterior el mejor humor que se ha visto en la serie, no ya por boca del personaje principal, ese Indy algo canalla y sarcástico, sino por ese padre interpretado con socarronería y enorme carisma por Sean Connery. ¿La mejor de la trilogía? Pues… puede serlo perfectamente. El joven Indy, los orígenes del látigo, el sombrero, la cicatriz en la barbilla, la relación con su padre, la afición a los enigmas… Lo tiene todo y lo cuenta todo sobre el personaje, ¿de verdad era necesario hacer continuaciones 19 y 34 años más tarde?

La jungla de cristal: la venganza: la primera se tituló en España La jungla de cristal en lugar del Die hard original, porque sucedía en un edificio en el que se reventaban todos los cristales de las ventanas y sonaba a La jungla de asfalto, así que tocaba seguir con esa «jungla» que no se aprecia ni de lejos en las siguientes entregas, pero, ¿acaso importaba? La mejor sigue siendo la primera (al menos para mí), y a continuación en mis preferencias viene esta tercera. ¿La razón? Los villanos: Alan Rickman y Jeremy Irons. Están varios cuerpos por encima de los que interpretan los personajes de Franco Nero y William Sadler en la segunda. Y para que una buena trama de acción funcione, es imprescindible contar con un villano de altura. Si, además, pones a Samuel L. Jackson al lado de John McClane, el entretenimiento está asegurado.

El caballero oscuro: la leyenda renace: a mí personalmente me resulta la menos interesante de la trilogía de Christopher Nolan sobre Batman, tras El caballero oscuro y Batman begins, en mi orden de preferencias, inverso al cronológico. De hecho, casi la paso al bloque de las terceras partes «solo» dignas. Pero me parece un buen cierre a la trilogía sobre este superhéroe «intruso», como decía aquel monologuista. Intruso porque, contrariamente al resto, carece de superpoderes. Y ni que decir tiene que las obras de Nolan me parecen muy superiores a las anteriores versiones de Tim Burton y Joel Schumacher. No tiene el interés de la primera (que apenas parece una más de Batman), ni un personajazo como el Joker de la segunda (Heath Ledger), pero aporta nuevos personajes de muchos quilates, como esa Anne Catwoman Hathaway, y en especial, Bane (Tom Hardy, más hijop… que nunca) y Miranda Tate (Marion Cotillard). Es algo más larga de lo que quizás merece la historia (165 minutos), pero se aguanta bien. Impagable ese final tan parodiado para todo tipo de memes, el cruce de miradas entre Christian Bale y Michael Caine.

2.- Dignas. Son continuaciones sin el nivel de las dos primeras, pero, al menos, resultan aceptables, complementarias. O simplemente bienintencionadas, pero fallidas, en ningún caso detestables, como las que aparecerán en el tercer bloque, que pueden llevar a desear el asesinato (intelectual, se entiende) de sus autores.

El Padrino III, Regreso al futuro III, Alien 3, Matrix Revolutions… Sí, sí, lo sé, todas ellas tienen muchos detractores, pero me apetece defenderlas.

(Continuará…)

Cómics (II): El abismo del olvido

El abismo del olvido, historia guionizada por Rodrigo Terrasa e ilustrada por Paco Roca, obtuvo a principios de este año el premio al mejor cómic de 2023 en la categoría de Mejor Obra Nacional. Me interesé por esta novela gráfica al conocer que su ilustrador era el historietista Paco Roca, autor de Arrugas, una de esas obras plenas de sensibilidad, buen gusto y ternura hacia los personajes como la que recomiendo hoy. No he leído el cómic Arrugas, de 2007, una obra que recibió numerosos premios durante los siguientes años, incluido el Premio Nacional de Cómic, pero sí he visto la adaptación cinematográfica, seleccionada para los Goya y el Óscar al mejor largometraje de animación. Una maravilla.

El abismo del olvido está empapada de la misma tristeza que Arrugas, pero es una tristeza que no sé muy bien cómo definir. Ambas obras tratan temas difíciles (el Alzheimer en el caso de Arrugas, la exhumación de fosas comunes de la guerra civil en El abismo del olvido), pero es un sentimiento que, no exento de amargura, dota a sus personajes de una especie de rebeldía ante la situación, de aceptación ante el “sé lo que ocurrió”, pero a la vez de no aceptación porque “tengo que intentar revertirlo”.

El dibujo es realista, la paleta de colores escogida para el pasado tira mucho de ocres, incluso sepia en ocasiones para acentuar el tono «histórico», y sus personajes no dejan de ser unos tipos a los que la guerra sorprendió en un bando determinado. Individuos de pueblo, campesinos, agricultores o estudiantes a los que les tocó empuñar un fusil, o recibir un disparo.

La exhumación de fosas comunes de los fusilamientos de la guerra civil es un asunto controvertido en este país nuestro, tan dado a los extremos y a buscar lo que nos separa antes que lo que nos une. Una pena. Yo mismo reconozco que me pongo a la defensiva cuando aprecio afán revanchista en algunos de sus promotores (Memoria II: el olvido), casi siempre políticos interesados sin más interés que el de buscar la polarización, y, por eso mismo, reconozco que me gustó tanto la novela gráfica de Paco Roca.

Porque no hay rencor pese a la barbarie sufrida por tantas familias, porque no encuentras ánimo de venganza en los familiares, porque no ves más que una profunda tristeza en esa anciana, en su día niña, que sueña con el momento en el que su padre reciba una sepultura que ella considera adecuada, o la deseada, junto a su madre.

Hay numerosas fosas comunes sin localizar en España, pero también hay muchas otras perfectamente identificadas, en cementerios o fincas, pero en las que los cuerpos permanecen tal cual fueron arrojados hace noventa años. De una de ellas, en el cementerio de Paterna, trata la obra de Rodrigo Terrassa y Paco Roca. En lo formal, la obra tiene esa visión algo cinematográfica del autor, que no huye de recursos visuales como panorámicas, acercamientos a los personajes, saltos temporales o primeros planos más cercanos al documental.

La obra no puede eludir que hubo dos bandos, como no puede obviarlo cada película, libro o documental que se haga sobre nuestra cruenta guerra civil, pero no hay un interés especial en mostrarlo, en centrar la historia en ello, sino en las familias, en las personas, en quienes sufrieron el conflicto. Lógicamente, se centra en la recuperación de los cuerpos por parte del lado que sufrió más víctimas, el represaliado por el bando franquista. El que estuvo abandonado a su suerte durante décadas.

La historia de Pepica Celda en la que se centra la obra es la de una niña que se despidió de su padre en una cárcel en 1940, que supo que había sido fusilado poco después, como escuchó su madre en la distancia, es la de una joven marcada que se pasó el resto de su vida con el pensamiento de lograr recuperar los restos, los cuales estaban perfectamente localizados, aunque difícilmente distinguibles de los de los paisanos que fueron arrojados a la misma fosa en el cementerio de Paterna. En la obra, con 81 años, es ya una mujer que solo quiere descansar, y que sabe que lo conseguirá cuando los restos de su padre sean reubicados junto a los de su madre (interesantes las referencias a Troya, Aquiles y los restos de Héctor en la antigua Grecia). No hay un final feliz, sino más bien la amargura de quien ha luchado por algo de lo que no entiende ni siquiera bien su sentido, algo que anhela y desea, pero que apenas comporta más satisfacción que una paz interior, el cumplimiento de una promesa, de una misión.

Familias que luchan contra «el abismo del olvido» de sus seres queridos. Como dice el preámbulo de la Ley de Memoria Democrática: “La historia no puede construirse desde el olvido y el silenciamiento de los vencidos. El conocimiento de nuestro pasado reciente contribuye a asentar nuestra convivencia sobre bases más firmes, protegiéndonos de repetir errores del pasado. La consolidación de nuestro ordenamiento constitucional nos permite hoy afrontar la verdad y la justicia sobre nuestro pasado. El olvido no es opción para una democracia”. Como dije en su momento, no me gustan muchos de los «socios» que han introducido enmiendas a esta Ley, pero, como dice la novela, no se puede caer en el abismo del olvido. Como tampoco en la revancha casi un siglo después.

Don Francisco Tomás y Valiente decía allá a mediados de los noventa: «Hemos hecho en este país la transición a la democracia sobre la bisagra de una reforma cimentada en el silencio y la ruptura de la espiral de venganza. Así había que hacerla y no hay que arrepentirse de ello. Bien hecha estuvo. Pero del silencio al olvido y la ignorancia solo hay dos pasos, y sería pernicioso que muchos los dieran». Por desgracia, el mismo catedrático ya veía venir el interés de algunos por reavivar heridas del pasado: «que las peleas que entonces no hubo corremos el riesgo de (¡por fin!) entablarlas en este otoño por tantos conceptos caliente». Las familias de los ejecutados merecen todo el respeto y la atención, por supuesto que sí, el apoyo institucional, y solo ruego que no se dejen utilizar por esa casta política que parece gozar con la confrontación.

El libro de Roca y Terrassa narra también la historia de otros héroes anónimos, personajes que arriesgaron su vida para consolar a las familias de los ajusticiados. Como Leoncio Badía, el sepulturero del cementerio. Durante años y con una paciencia encomiable, recortó piezas de ropa, mechones de cabello, algún objeto personal e identificó los cuerpos de los cadáveres antes de enterrarlos, con la esperanza de que algún día sus esfuerzos sirvieran para ayudar en esa labor de exhumación y entrega a los familiares.

Una práctica que le costó el trabajo y una severa represalia de las autoridades de la época. Héroes anónimos, como decía, que trataron de aportar su granito de humanidad en la barbarie y la represión.

Como ocurre recientemente en tantas películas actuales basadas en hechos reales, la obra termina con imágenes reales de los protagonistas, de Pepica Celda, de los frascos en los que Leoncio Badía guardaba los nombres de los cuerpos sepultados y de ese agricultor de Masamagrell, José Celda Beneyto, que tuvo la desgracia de estar en el lado equivocado cuando comenzó la guerra.

El abismo del olvido deja una sensación extraña en el lector. Si la intención de los autores era que sintiéramos la tristeza de las familias, o que empatizáramos con las «Pepicas» de este país, doy fe de que lo logran.

Cómics (I): Pyongyang

Cómics (II): El abismo del olvido

Cómicas (III): Persépolis