Anora y el Óscar, o «me hago mayor»

Esta semana he visto Anora (por fin, con algo de retraso desde el estreno), la película triunfadora en los Óscar de este año: mejor película, mejor dirección, guion, montaje y, por supuesto, mejor actriz. Mikey Madison desbancó a la que parecía la favorita, Demi Moore, y quizás sea el único de los premios con el que puedo estar de acuerdo. Aunque… si lo pienso bien, se trataba de elegir entre una Demi Moore entre hipermaquillada cuando no va «a pelo» y algo histriónica, la no menos histriónica Karla Sofía Gascón, o una Mikey Madison que se pasa media peli en pelotas y comportándose como posiblemente nunca haría una mujer de su condición, profesión y educación. Vamos, que ni siquiera en esto coincido con la Academia de Hollywood.

Uno mira la larga lista de premios de Anora, que comenzó con la Palma de Oro en Cannes en 2024 y culminó con ese premio gordo a mejor película del año, y comienza a pensar que ya no entiende nada de esto. Si es «el negocio», una promoción acertada, el sistema de votación de los Óscar… O si es mi propia visión del cine actual, si me estoy haciendo mayor o si no he sabido ver ni entender la supuesta calidad del film. Ojo, que no es mala, ni mucho menos, no es Todo a la vez en todas partes. Es entretenida en algunos momentos del metraje, pero (siempre según mi modo de ver) adolece de una de las peores cosas que se puede decir de una obra artística, ya sea musical o cinematográfica: que es irrelevante. Como el hip-hop, el reggaeton, el trap latino o el noventaymuchos por ciento de la música electrónica. Al día siguiente has olvidado casi todo lo que has visto o escuchado.

Tengo claro por qué me ocurre esto con la mayoría de las películas que han ganado el Óscar en los últimos años: porque no me interesan nada. Porque les falta «grandeza». El último emperador podía ser un tostón demasiado largo, algo pretencioso, pero tenía esa «grandeza» en la búsqueda de la belleza de las imágenes, en el cuidado por los detalles, la música, la fotografía, una trama que no fuera complaciente con el espectador… Con la ganadora de este año no me vale ni siquiera aquello de «es que no tenía competidoras de nivel». Al lado de Anora, The Brutalist, Cónclave, Dune II, Un completo desconocido y hasta Emilia Pérez o La sustancia son obras perdurables, que pasarán a la historia.

Repaso la lista del Óscar a la mejor película de los últimos años y, salvo gloriosas excepciones, empiezo a creer eso de «¡el cine está muerto!» que algunos agoreros proclaman desde hace tiempo. Y no lo está, ni mucho menos, lo que sucede es que se premia lo mediocre que llama la atención en un momento puntual, la moda del momento o la peli indie que alcanza el favor de la crítica.

  • 2025: Anora. Porno soft en una trama con rusos idiotas, sin principios y podridos de pasta. Entre cada uno de los momentos que me hacen gracia o captan mi atención, transcurren unos quince minutos, y así sucede que acabamos en un metraje de 2 horas y 20 minutos para algo que necesita poco más de una hora para se contado y resuelto. El eterno problema de la duración forzada de las películas modernas.
  • 2024: Oppenheimer. Peliculón, tiene esa grandeza que la hace merecer todos los galardones que conquistó. Quizás la única que se salve de la quema de este listado que me va a salir.
  • 2023: Everything everywhere all at once, la ya mencionada Todo a la vez en todas partes. ¿De verdad? ¿De verdad???? ¿De verdad este engendro gustó y convenció a tantos académicos? Es por cosas así cuando afirmo rotundo que no entiendo nada, o que me he hecho mayor y cascarrabias sin darme cuenta.
  • 2022: CODA. Pufff, otra. Un largometraje de domingo por la tarde. Un remake que no mejora el original francés al que copia sin pudor y sin aportar nada reseñable de valor. Otra obra intrascendente, irrelevante, que ves y olvidas de inmediato.
  • 2021: Nomadland. La peli independiente triunfadora. Con lo mejor, pero, también, con lo peor de ese tipo de cine. Una historia incómoda, rodada con pocos medios, apenas 4 millones de dólares de presupuesto, sin apenas ritmo, sin una trama repleta de giros o personajes memorables. Un drama que está bien, sin duda, muy triste, lo que quieran, pero tan introspectiva que al final se vuelve ajena.
  • 2020: Parasite, o Parásitos. La película coreana tiene muchos detractores, pero desde luego no me encuentro entre ellos. Lo que no entenderé nunca, salvo que se deba a ese extraño sistema de votación de la academia norteamericana, es que derrotara a 1917, El irlandés, Érase una vez… en Hollywood, o a la magnífica Joker. Aquel año tuvo también JoJo Rabbit, Los dos papas o Historia de un matrimonio, quizás el último año de cine perdurable que hemos tenido. ¿Cosas de la pre-pandemia, quizás?
  • 2019: Green book. Otra peli amable, entretenida, aunque nada especialmente innovadora. Una versión moderna de Paseando a Miss Daisy, otra con la que nunca entendí que triunfara como mejor película del año, allá por 1989. Pero al menos en este año te encontrabas con historias que (al menos el que escribe y suscribe) veía con interés: Roma, Bohemian Rhapsody, Ha nacido una estrella, La favorita, el son of a bitch de Dick Cheney en Vice… En los últimos dos o tres años, muy poco.

Quizás suene algo viejuno, pero enlazo esta idea con otra que leí hace unos meses (y que no logro encontrar) en un artículo que comparaba los artistas de los Grammy de hace treinta años con los actuales. Decía algo así como que antes tenías a Eric Clapton, Aerosmith, Metallica, Jeff Beck, U2 o Steve Vai, y ahora tenemos a Bud Bunny, Ariadna Grande, Miley Cyrus o Anuel. Y no es del todo cierto. Cada año surgen nuevos artistas, nuevas ideas, nuevas melodías, no solo el repetitivo chunda-chunda que tanto éxito tiene, y puede que tanto en la música como en el cine resulte más difícil sorprender, entre otras cosas, por la sobreinformación que tenemos, pero no es cierto que todo sea una bazofia ahora y antes fuera maravilloso. Lo que puede estar ocurriendo es que haya cambiado el foco, el objetivo del productor, o que el interés mayoritario sea alcanzar el mayor número de espectadores, sin importar el cómo ni el soporte. Cada vez que encuentro a un chaval en el metro viendo una película o una serie me dan ganas de darle una colleja: «¡espabila, vete al cine!». Sin entrar en el debate de los precios, hablo de otra cosa, de la falta de interés por el producto de calidad, como está ocurriendo con el sonido de Spotify o las radios, ¡si no distingo el solo de guitarra, si apenas se oye la batería o se escucha la voz!

Se busca la calidad con menor ahínco que en otras épocas, posiblemente porque ahora prima la rapidez del consumo sobre la excelencia del producto. Y esto vale para la música, el cine o las series de televisión. Ahora toca consumir una serie en modo maratón en un fin de semana «porque no te la puedes perder», doce capítulos en dos días, y si al tercero no te interesa, te pones otra. En tiempos de la Inteligencia Artificial Generativa, que puede producir contenido como una industria conservera, puede que nos encontremos con la misma historia una y otra vez, da igual la factura técnica o la creatividad.

No sé, llamadme viejo, carca, pero echo de menos algo… grandeza.

El valor de los clubes de fútbol

Esta semana pasada mantuve una nueva charla en el canal de Kollins con Javi, nuevamente sobre asuntos económicos del deporte (dejo el enlace en el inicio del post). En esta ocasión, con la excusa de la publicación del último informe de Football Benchmark sobre el valor teórico de los 32 clubes europeos que engloba en lo que denomina “The European Elite”, los más valiosos. Debido a algunas limitaciones de los criterios utilizados en el informe, añadí en algunos puntos los datos extraídos del último estudio de Deloitte sobre las finanzas del fútbol, Annual Review of Football, y comparé otros con diversa información de Transfermarkt sobre traspasos de jugadores y gasto neto de los clubes.

Como indica el informe en sus primeras páginas, el Real Madrid lidera la clasificación por su excepcional año dentro y fuera de la cancha. Destaca los logros deportivos en Liga y Champions (hablamos de 2024), pero también su buena situación financiera, entre otras razones, por el impacto del renovado estadio (no entra en las críticas que se han hecho al mismo, muchas de ellas merecidas).

El informe recoge el período de los últimos 10 años, de 2016 a 2025, y destaca el enorme crecimiento del mercado en este tiempo, con datos como el incremento de un 146% del valor de los clubes, hasta los 64.700 M. EUR. Los aspectos más destacables para Andrea Sartori, CEO de Football Benchmark, los highlights, son los siguientes:

  • El crecimiento de los ingresos debido a los repartos que realiza la UEFA por premios y comercialización de derechos, y al incremento de los ingresos comerciales de los clubes, la mejor gestión.
  • Pese a ello, el resultado agregado de los 32 clubes sigue siendo negativo.
  • Hace referencia a la implantación de estándares de sostenibilidad financiera, de lo cual, tras las nulas sanciones a PSG, Chelsea, Manchester City o Barça, te tienes que reír.
  • Destaca que los costes de las plantillas crecieron a un ritmo superior al de los ingresos (78% vs 72%).
  • Se está tratando de racionalizar el coste de las plantillas de los clubes, y menciona que el ratio de costes salariales sobre los ingresos se ha controlado tras la pandemia y baja ¡¡¡del 95%!!! en 2023 al 82% en 2025. Sigue siendo una cifra muy elevada e insostenible.

El informe realiza un top-10 de clubes, para lo cual analiza 5 parámetros o KPIs (Key Performance Indicators):

  • Enterprise value, valor de empresa o de compañía. Más adelante explicaré cómo llega a esas cifras.
  • Variación anual del Enterprise Value. Destaca el importante crecimiento de un club como el Arsenal y el 23% del Real Madrid, un porcentaje significativo cuando ya se partía de cifras muy altas.
  • Ingresos totales de la temporada 2023-24. Datos de las cuentas de los clubes, sin cálculos como los del EV.
  • Porcentaje de masa salarial sobre el total de ingresos del club. Solo dos clubes superan el 70% recomendado por la UEFA, el PSG (82%) y el Chelsea (72%). Por eso, y por el enorme gasto en fichajes, me parto cuando escucho hablar del mérito de la Champions del nuevo y «modesto» PSG de Luis Enrique. Tiene mucho mérito, sin duda, ha jugado muy bien esta temporada, pero cuenta con recursos ilimitados para fichar, como hizo en el mercado de invierno, sin ir más lejos.
  • Valor de plantilla a marzo de 2025. Para este cálculo no emplea los datos de Transfermarkt, sino una valoración propia realizada con un algoritmo que tiene en cuenta el valor de mercado téorico de 11.000 jugadores de 24 ligas diferentes,

Respecto a las valoraciones tan «particulares» que realiza Transfermarkt de los futbolistas, algunas muy llamativas, ampliamos la información en este otro vídeo reciente:

Volviendo a Football Benchmark, otro dato interesante que sirve para entender el peso que supone participar o no en la Champions sobre el total de los ingresos de los clubes está en el ranking de los que más han aumentado su valor en el último año: Aston Villa, Real Sociedad, Eintracht de Frankfurt, Arsenal y Milan. Por el contrario, los que más bajan han sido el Ajax, Sevilla, Chelsea y Juventus.

Y una de las comparaciones que me ha parecido de más interés está en este cuadro en el que compara la valoración de estos 32 clubes europeos con otras entidades de otros deportes, como la NBA, la MLS o la Fórmula 1:

Mientras que el valor teórico de empresa (EV) de los clubes europeos se sitúa en un múltiplo aproximado de 6 veces el importe de sus ingresos, las entidades deportivas estadounidenses tienen una valoración más cercana a un múltiplo de 9 o 10 veces, incluso más. Es decir, que los potenciales inversores ven más capacidad futura de generar ingresos o valor en el mercado USA que en el europeo. Si el lector recuerda el post sobre la Superliga, se hablaba del modelo europeo y el modelo americano, mencionados en la propia sentencia del Tribunal de Justicia de la Unión Europea.

El fútbol no termina de despegar en Estados Unidos, un mercado que la FIFA considera aún por explotar, o por desarrollar en todo su potencial. No hay más que ver los datos de los clubes de la MLS en el cuadro, con un tamaño medio equivalente a lo que sería el Espanyol o el Osasuna en España. Mi gran duda es si el soccer encaja con la mentalidad estadounidense, más acostumbrada a los parones del béisbol o el fútbol americano, momentos que se aprovechan para gastar a espuertas en el estadio.

Del potencial del mercado estadounidense es consciente Florentino Pérez desde hace años, tanto en el mundo empresarial, donde ACS obtiene casi el 60% de sus ingresos de EEUU, como en el mundo del deporte. Muchos de los pasos que ha dado en los últimos años parten de ese «concepto USA» de entender el club como entidad deportiva, pero también financiera: aumento de ingresos por merchandising, incremento de recaudación en los días de partido, rendimiento del estadio durante el resto del año, aumentar el valor de la marca, mayor impacto a nivel mundial… Por eso el interés por una competición como el Mundial de Clubes a la que la mayoría de aficionados no le prestábamos mucha atención, no solo por el impacto económico de los premios (enorme para los finalistas), sino, además, por la expansión de la marca Real Madrid en Estados Unidos.

La evolución del fútbol europeo en los últimos 10 años

El informe de Football Benchmark se centra mayoritariamente en los ingresos y el valor teórico que generan, pero poco en los resultados. Resulta curioso comprobar ese timeline del informe, esa línea del tiempo, para entender qué ha pasado, cómo en 2016 y 2017 los clubes tuvieron un récord de beneficios antes de impuestos, y poco tiempo después, tras el traspaso de Neymar se entró en una espiral inflacionaria para, con la pandemia, pasar a tener serios problemas financieros.

Quizás motivado por esas pérdidas, la UEFA aprobó nuevas normas de sostenibilidad financiera y control de las finanzas de los clubes, unas normas que apenas se cumplen porque no interesa a Ceferin y los suyos. Jamás van a poner limitaciones a que entre el dinero, como se ha visto con las ridículas sanciones al Manchester City, Chelsea y PSG. Los tres clubes tienen su Champions, por cierto, y tendrían más de no haberse enfrentado a los dos casi únicos rivales «tradicionales» que les quedan: el Bayern de Múnich y el Real Madrid.

Por seguir con el timeline, en la temporada 2024-25 se lanza el Mundial de Clubes. El informe menciona el incremento de ingresos que supondrá para los participantes y la importancia a nivel de exposición global de marca, pero advierte también del peligro de sobrecargar el calendario, por la saturación de partidos y las lesiones de los jugadores. Menciona también el conflicto que puede suponer entre competiciones nacionales e internacionales, algo que ya está pasando en el baloncesto con la Euroliga. El próximo año tendrá 38 partidos de fase regular, incluyendo los viajes a Dubai, pufff… más que los 30 de la ACB. Y luego los playoffs. Habrá que aumentar las plantillas, y con ello, los que puedan, el gasto. O reducir los equipos de las ligas nacionales (en este blog ya hablamos hace tiempo de reducir la liga española de fútbol a 16 equipos).

Evolución de las ligas nacionales en este período

El gráfico refleja el valor de los clubes en el período analizado, así como el porcentaje de crecimiento experimentado. No debería extrañar el enorme avance de los petroclubes, pues tanta inversión de capital ajeno al fútbol se tenía que notar, y aunque dinero no garantice títulos, sí ayuda bastante a obtenerlos.

En cuanto a la comparación por ligas nacionales, destaca el despegue de la Premier respecto al resto de campeonatos. LaLiga ha perdido la segunda posición frente a la Bundesliga, si bien España sube de cinco a seis equipos en el análisis del top-32, mientras que Alemania se queda en tres. Francia no es representativo por el peso del PSG sobre el global, que influye notablemente en la media. Italia por su parte sigue muy lejos, pagando aún las consecuencias del Moggigate y de los nefastos inversores que pasaron por algunos clubes como el Inter o la Roma.

Me parece relevante completar esta información con la tabla del Informe de Deloitte que recoge los ingresos totales de los campeonatos, así como el tamaño medio por equipo, y la diferencia es abismal.

El informe de Deloitte recoge el sorpasso de la Bundesliga respecto a LaLiga. Si le preguntan a Javier Tebas por la mala gestión de la venta del campeonato español, lo negará diciendo que los ingresos por derechos de televisión son superiores a los del campeonato alemán (y es verdad, como se puede ver), pero para mí el deterioro se debe a lo mal que se ha vendido el producto en los últimos años como marca reputada: el caso Negreira, la guerra abierta de Tebas con su mejor activo, el Real Madrid, la sensación de manipulación del VAR, los horarios, el control financiero estricto para unos y la laxitud con otro… es la sensación constante de estar viendo un producto corrompido.

Volviendo al informe, este gráfico sorprende por el buen comportamiento del Real Madrid en un contexto de clubes estado (ver el crecimiento del PSG y el City en este período), así como de otros clubes de la Premier con un fondo de inversión detrás, normalmente norteamericano, pero también de capital árabe o iraní. Detrás de todo ello ha habido mucha gestión, operaciones complejas (el estadio, Sixth Street, sponsors, los -de momento-frustrados aparcamientos) y un éxito en el terreno de juego, sobre todo a nivel europeo e internacional, donde ha sido más fácil triunfar que en el entorno «negreiro».

El informe analiza después el enorme crecimiento de los ingresos del fútbol en esta última década y separa los repartos de ingresos de la UEFA, los derechos de televisión, taquilla en días de partido y otros ingresos por comercialización.

Aun con este fuerte crecimiento, conviene destacar que los salarios han crecido más porcentualmente. Los agentes han invadido el mercado y lo han poblado de «nuevas prácticas»: primas de fichaje, primas por renovación o fidelidad, bonus crecientes por logros colectivos, pero también por reconocimientos individuales, y todo ello ha traído una inflación de salarios y traspasos posiblemente insostenible. Los clubes como el PSG o el Manchester City pueden confundirse con los fichajes en una temporada y cambiar a otros tres o cuatro jugadores en el mercado de invierno. El City ha invertido 346 millones de euros en nueve jugadores solo este año. El PSG del que tanto se ha elogiado su éxito en la Champions tiene media docena de fichajes millonarios fallidos solo en los últimos doce meses.

En cuanto al market balance, o balance de mercado, el informe destaca los clubes que mejor han comprado o vendido. Los portugueses siempre han sabido gestionar bien sus activos (Benfica y Oporto), igual que el Ajax, mientras que el gasto descontrolado no garantiza el éxito, como se puede ver en el caso del Manchester United, pero sí ayuda (City y PSG).

He preferido completar este cuadro de los fichajes y traspasos con el cálculo realizado por Maketo Lari con los datos de Transfermarkt:

Clubes «gastones» como el Chelsea, el City o el PSG han logrado sus Champions, pero otros como el Manchester United, el Arsenal, Milan o Juventus llevan años sin acercarse a estos triunfos. Por el contrario, el Real Madrid es el 16º en esta clasificación con el neto de traspasos. Ahí también hay mucha gestión, pero mucho sacrificio, como las ventas (Casemiro, Cristiano, Varane, Di María, Morata, Achraf, Reguilón… y tantos otros) o no cubrir puestos necesarios, como ha sucedido este año con todos los lesionados en la defensa. Siempre hay que tomar estos datos con cierta distancia, porque no todo es transparente en el mundo del fútbol, sino más bien al contrario. A veces no es posible conocer todos los extras que se han pagado por un fichaje, como ocurrió con Neymar, Mbappé o el noruego Haaland.

Con toda esta locura inflacionaria que lleva casi una década, los resultados económicos de los clubes siguen siendo muy negativos: ¿es sostenible mantener esta situación?

Las cifras son tremendas, y habrá más clubes que sufran o desaparezcan en los próximos años, como hemos sabido esta semana que ocurrirá con el Brescia. La crisis del fútbol italiano no termina de cerrarse. Si sus clubes no estaban en los peores puestos entre los más «gastadores» o compradores, sí lo están en la lista de resultados, en la que destaca la buena gestión del Bayern Múnich, Real Madrid y Atalanta:

Esta misma realidad se observa en el Informe de Deloitte, en el que, además, el superávit del fútbol español no es real, pues recoge los datos del Fútbol Club Barcelona en el año de las palancas (las reales y las ficticias):

Criterios con los que se hace el Informe Football Benchmark:

Mi mayor crítica al informe viene porque el cálculo del Enterprise Value (EV, valor de los clubes) se basa más en expectativas que en resultados financieros, más en la teórica capacidad de generar ingresos que en el modo de conseguirlos (gestión sostenible, deuda, capital externo…). Sus autores utilizan una aproximación por un múltiplo de los ingresos porque dice que son menos volátiles que los resultados, más fáciles de comparar y están menos distorsionados por ajustes contables. Este múltiplo se realiza con un algoritmo propio basado en varios criterios que tratan de reflejar esa capacidad de generar ingresos: valor de marca, atractivo de la plantilla, número de seguidores… Las marcas Real Madrid y Barcelona son mundialmente conocidas, y el grupo de Abu Dábi ha hecho un enorme esfuerzo con los clubes satélites para promocionar la imagen del City por el mundo.

El informe reconoce sus limitaciones en el método escogido, como que la capacidad de generar ingresos no suponga que sus directivos sean capaces de hacerlos rentables (hay numerosos ejemplos), o que no refleja la posición de balance del club. Al obviar el peso de las deudas, pone en la misma balanza los que tienen inyecciones de capital ilimitado del petróleo o el gas de Oriente Medio con los que se endeudan por encima de sus posibilidades.

Con estos cinco pilares (rentabilidad, seguidores en redes sociales y aficionados, atractivo de la plantilla, éxitos internacionales, derechos de televisión, gestión de los ingresos del estadio…) establece un rango de máximos y mínimos:

Y finalmente un valor medio:

¿Es un cálculo certero, atinado? Mi percepción como aficionado es que el Manchester United y el Barça deberían estar varios puestos más abajo, en especial los catalanes por el impacto reputacional que debería sufrir por todas sus tropelías «laportianas», pero no parece afectarle. Así que para contestar a mi pregunto, voy a comparar con algunos precios de venta recientes:

  • Valor de venta del Chelsea en mayo de 2022: 4.970 mill. euros. Un 60% más que el informe de Football Benchmark, y aquel fue un dato real.

Mi «yo» aficionado puede pensar muchas cosas respecto a este informe, pero mi «yo» financiero tiene una idea clara: difícilmente invertiría en un club de fútbol.

Relacionados:

LaLiga (I): (in)sostenibilidad financiera y austericidio.

LaLiga (II): el declive económico y deportivo.

Malos tiempos para LaLiga.

La Premier se pone seria.

Las auditorías de Real Madrid y Barça (I).

Las auditorías de Real Madrid y Barça (II).


Lo bueno, lo feo y ¿lo malo? de Clint Eastwood

Clint Eastwood cumple hoy 95 años, casi nada. Una longevidad tan lúcida y bien llevada como la del artista de más edad que (posiblemente) ha pasado por este blog, Kirk Douglas, quien alcanzó los 104 años. Cuando uno ha vivido tanto como un siglo, o se acerca, lo normal es que acumule decenas de experiencias, películas, aciertos y errores, éxitos y fracasos, premios y, también, críticas feroces. Y controversias. Unas cuantas, claro que sí. El post de hoy versará sobre las diferentes facetas de este cineasta total (actor, director, productor, coguionista, músico) a lo largo de su extensa carrera.

Lo bueno de Clint – el creador

Sin duda fue un error generalizado en Hollywood y de buena parte de la crítica, pero a Clint Eastwood solo se le empieza a reconocer su valía cuando se pone tras la cámara para dirigir peliculones uno tras otro, a veces dos al año. No solo eso, sino que ha ejercido labores en la producción (Malpaso Productions), interviene en los guiones, y hasta se atreve con la composición musical. Aun con todo este bagaje, sus primeras obras no pasaron de tener un reconocimiento menor, como si fueran trabajos aseados realizados por un actor reconvertido a director. El fuera de la ley, Ruta suicida, Bronco Billy, Firefox

A mediados de los ochenta realiza un wéstern magnífico, más propio de otra época, El jinete pálido (1985), y ese «predicador» sin nombre logra por fin la atención de la crítica especializada, aunque, quizás por el género, todavía no se le considerara en serio. Un año después realiza El sargento de hierro, tan divertida como políticamente incorrecta, y para buena parte de la crítica de la época no deja de ser el mismo justiciero fascista de siempre en su filmografía. Con Bird (1988), la biografía del saxofonista Charlie Parker «Bird» se ganó el favor de los escépticos. Y un Globo de Oro como director.

Su carrera pasa a ser otra, se lanza a por obras variadas, como Cazador blanco, corazón negro, sobre las andanzas de John Huston como cazador durante el rodaje de La reina de África, pero sigue rodando algunas muy de «su estilo» como actor. El principiante, en la que interpreta al típico policía duro y experimentado que se las sabe todas. Seguro que fueron varios los críticos que pensaron: «sí, hizo Bird, pero es el mismo Harry Callahan de siempre».

A principios de los noventa se «soltó la melena», se lanzó a tumba abierta y realizó Sin perdón (1992), su consagración como director, con el reconocimiento de la Academia en los Óscar, Un mundo perfecto (1993) y Los puentes de Madison (1995). Casi nada, tres peliculones a partir de los cuales, cualquier nuevo estreno de «lo último de Eastwood» era recibido con expectación. Aquí había un cineasta inmenso, con un amplio conocimiento de todos los resortes del cine, capaz de buscar la mejor historia, ya sea real o de ficción, trabajar el guion, rodarla con maestría, interpretarla con acierto, si es necesario, e, incluso, componer la música.

Medianoche en el jardín del bien y el mal, Poder absoluto, Ejecución inminente, Space cowboys, Deuda de sangre… continúa entregando películas muy entretenidas y de temáticas variadas durante varios años, hasta que encadena otra colección de fucking wonderful obras: Mystic river (2003), Million dollar baby (2004), Banderas de nuestros padres y Cartas desde Iwo Jima (2006). Puedo cambiar mi top-5 de Eastwood a lo largo de los años, pero creo que ahí siempre incluiré Mystic river, la durísima historia sobre tres amigos (Tim Robbins, Kevin Bacon y Sean Penn), la tragedia familiar de uno de ellos y el destrozo emocional en su entorno.

Con la película sobre la tragedia de la chica boxeadora (Hillary Swank en Million dollar baby) logra su segundo Óscar como director y los principales premios de ese año (película, actriz principal, actor secundario). Si a alguien le quedaba alguna duda de lo que Eastwood era capaz de hacer, supongo que se le quitarían todas. No he visto todo lo que ha rodado en los últimos veinte años, y ha sido mucho, pero su filmografía ya era notable hasta la fecha y aun así, ha añadido otro buen puñado de películas de mucho interés. Se centra en personajes o sucesos reales (El intercambio, J. Edgar, Jersey boys, Sully, 15:17 Tren a París, Richard Jewell, El francotirador), pero no hace ascos a nuevas tramas, como a lo paranormal o lo que sucede tras la muerte, como en Más allá de la vida (2010), o al cine judicial más clásico, como en su última obra, la meritoria Jurado nº 2. De esta época, mis favoritas son Invictus (2009) sobre la reconciliación en Sudáfrica tras años de apartheid a través del rugby (gran interpretación de Nelson Mandela, digoooo, de Morgan Freeman), y esa obra maestra que es Gran Torino (2008). Demoledora. Sí, racista, clasista, incómoda, pero un puñetazo en el estómago. Con un protagonista (en principio) odioso en busca de un último acto de redención.

Lo feo de Eastwood – el actor

Clint Eastwood nunca ha tenido el beneplácito de la crítica por sus capacidades interpretativas, de hecho, cuenta con dos Óscar como director y otros dos como productor, pero nunca ha ganado un premio por sus actuaciones (apenas un par de candidaturas por Sin perdón y Million dollar baby). Comenzó como actor de televisión en los años cincuenta en la serie Rawhide, ambientada en el salvaje oeste, y aunque tuvo cierto éxito de audiencia, las críticas hacia su trabajo fueron feroces.

Por un golpe del azar a mediados de los sesenta, aterrizó en el reparto de lo que sería la Trilogía del Dólar, de Sergio Leone, y encadenó Por un puñado de dólares, La muerte tenía un precio y El bueno, el feo y el malo. Su personaje de «El hombre sin nombre» le daría fama, un nuevo sentido a su rictus característico de ojos guiñados y mandíbula apretada (con cigarro o sin él) y una popularidad que siempre agradecería a uno de los principales mentores que tuvo en los inicios de su carrera: el director italiano Sergio Leone.

A finales de la década de los sesenta, se atrevió con el cine bélico con las muy entretenidas El desafío de las águilas y Los violentos de Kelly, pero supongo que para la crítica seguía siendo él, Clint Eastwood, no un actor versátil, por mucho que, a mi modo de ver, se atrevía con nuevos retos e incluso salvó con buena nota el musical La leyenda de la ciudad sin nombre, traducción más que libre de Paint your wagon. Buena nota, o aprobado alto, como su acompañante en la aventura, ese otro tipo duro sin papa de cantar que era Lee Marvin.

El otro gran mentor de su carrera al que siempre se ha referido sería el director de Chicago Don Siegel, con el que rodaría La jungla humana (claro antecesor de Harry Callahan), Dos mulas y una mujer, El seductor y el otro gran personaje que le daría tanta popularidad como encasillamiento: Harry el sucio. Y Fuga de Alcatraz, ni más ni menos. Una colaboración de lo más productiva. Don Siegel venía de la serie B, era un director habituado a trabajar con presupuestos ajustados, a rodar las tomas justas, a saber cómo filmar la acción sin necesidad de grandes despliegues de medios ni multitud de cámaras. Según cuentan los actores que han trabajado con Eastwood, como director funciona de esta manera. Sin esas repeticiones tan «kubrickianas» y exasperantes para los actores que, además, suponen un incremento de costes para la producción. Seguramente el Eastwood productor y su bolsillo han influido también en esa manera de rodar.

Con las últimas obras de Eastwood director me pasa algo parecido a lo que me sucede con las de Woody Allen: que son mejores aquellas en las que ya no actúa, cuando solo está detrás de la cámara. No es que esté mal en sus papeles en Mula y Cry Macho, ni mucho menos. Lo que ocurre es que ese agotamiento físico se traspasa a la pantalla y posiblemente limite la trama o la acción. Su serenidad y buen hacer transmite más con el rostro de otro actor.

¿El malo? – ¿el republicano fascista ultraconservador?

Clint Eastwood nunca ha ocultado sus simpatías por el partido republicano, ya sea por su apoyo en algunas campañas presidenciales, como con John McCain o Mitt Romney, o bien, al ejercer como alcalde de la ciudad de Carmel-by-the-sea, en California. Pero no ha sido un republicano al uso: fue muy crítico con Nixon y la intervención en Vietnam, igual que lo fue con las invasiones de Afganistán e Irak, o con la guerra de Corea, en la que llegó a tomar parte, aunque de manera residual. Si se le ha criticado por sus posiciones políticas quizás sea por eso tan «español» de ubicar a los cineastas en un bando o en el contrario. En Hollywood se lleva con bastante más naturalidad la compatibilidad entre las opiniones de un director o actor y poder disfrutar de su obra.

Quizás en el caso de Clint Eastwood haya habido una confusión «errejoniana» entre la persona y el personaje, entre el político republicano y los papeles que interpretaba en la gran pantalla. No hay más que dar un repaso a las películas que he mencionado para comprobar que muchos de los personajes interpretados por el bueno de Clint son unos redomados fascistas sin respeto alguno por la ley que todo lo arreglan sacando el revólver con rapidez. Y quizás haya quien viera al actor como el justiciero William Munny de Sin perdón, como ese sargento de hierro chusco, malhablado y políticamente incorrecto, o como ese Harry Callahan que anima a los delincuentes con su «alégrame el día» a que le den una excusa para poder desenfundar el Magnum 44. Sin embargo, el Clint de la vida real ha hecho campaña toda su vida por el control y registro de las armas de fuego, así como por la prohibición de las armas de asalto, lo que dista mucho de las posiciones de los ultraconservadores de la NRA.

Por lo que he leído a Clint Eastwood en entrevistas es un tipo con cultura, con un profundo conocimiento del cine, y una persona muy alejada de los personajes racistas de Harry Callahan o de Gran Torino. Varias de sus obras plantean debates sobre asuntos de actualidad en los que su resolución dista mucho de querer defender las posiciones más conservadoras de su partido: la pena de muerte (Ejecución inminente), la intervención en Irak (El francotirador), que comienza con las mentiras de George W. Bush para justificarla, las cloacas del FBI (J. Edgar) y la presidencia (Poder absoluto), o la eutanasia (Million dollar baby).

Siempre me han gustado sus películas. Como actor, como director y por lo que plantean, así que solo me queda desearle un muy feliz y activo happy birthday!

Cómics (III): Maus

Maus llegó a mi conocimiento de una manera poco convencional, pues no lo hizo por la propia obra en sí, de la que no sabía nada, sino por el reconocimiento de un premio de prestigio como el Pulitzer. En 1992, la novela gráfica de Art Spiegelman (Estocolmo, 1948) consiguió un galardón especial del jurado de los Pulitzer por el tratamiento tan original que dio a su relato sobre el holocausto judío y la supervivencia de su padre en ese horror. Lo hace de una manera muy poco convencional, pues emplea animales con forma humana, y lo envuelve todo con un humor amargo que se mezcla con la tristeza que empapa toda la historia. Fue el primer cómic que obtuvo este prestigioso premio, una distinción a la que, desde este año, le acompañará Feeding ghosts, de Tessa Hulls.

Maus se publicó en tiras cómicas entre 1980 y 1991 en la revista Raw, y, como libro, en dos partes: Mi padre sangra historia (1986) y Y allí empezaron mis problemas (1991). Los judíos son representados con forma de ratas y sus captores, los alemanes, lógicamente son gatos. Los polacos son cerdos, los franceses aparecen como ranas y los norteamericanos son perros. Esa equiparación judío-rata podría parecer un arranque desafortunado, algo que provocara el rechazo inmediato del lector, pero precisamente el origen de esa equiparación viene del propio nazismo y de la brutal campaña de deshumanización que iniciaron los líderes del partido hacia este colectivo. El libro comienza precisamente con la famosa frase de Hitler:

«Sin duda los judíos son una raza, pero no humana»

Adolf Hitler

Los judíos eran comparados con ratas y con parásitos que transmitían enfermedades, y esa deshumanización fue fundamental para que un pueblo culto y formado como el alemán apoyara una barbarie que comenzó mucho antes de los campos de exterminio: con el arrinconamiento en guetos, la pérdida de derechos de los judíos, la consideración como ser inferior. En su momento generó mucha polémica y el propio autor dudó acerca de si su elección era una manera adecuada (o afortunada) para tratar una historia como la de los prisioneros de Auschwitz, como manifiesta en el propio libro, pero siguió adelante, entre otras razones, porque le parecía imposible dibujar con hombres y mujeres algunas de las escenas que quería contar: las cámaras de gas, los cuerpos amontonados, la extrema delgadez… la violencia de los captores.

Maus desarrolla dos tramas diferenciadas en dos momentos y dos lugares bien distintos:

  • La relación de Art con su padre Vladek a principios de los ochenta en Estados Unidos, mientras le pide que le cuente historias acerca de Auschwitz, su madre, el hermano al que no conoció pues falleció allí y cómo logró sobrevivir. Nos muestra una relación difícil debido al carácter del padre: egoísta, tacaño, cutre, arisco, pero también machista y racista, como nos mostrará en algún episodio. Da la impresión de que salió de Auschwitz, sí, pero Auschwitz nunca salió de él.
  • La propia vida en Polonia a finales de los treinta y principios de los cuarenta: la llegada de los nazis, la manera de escapar en un primer momento para poder mantener su tren de vida, los guetos, los escondrijos tan inverosímiles para sobrevivir unos meses más y, finalmente, el internamiento en Auschwitz. La lucha por la supervivencia.

Podría haber una tercera línea argumental, que es la del propio autor, Art, y sus dilemas internos. Primero, para superar el suicidio de su madre Anja en 1968, un episodio que no oculta y que le atormenta, como cuenta en la breve historia de tres páginas que incorpora a la propia novela, Prisionero en el planeta infierno, y en segundo lugar, las conversaciones con su psiquiatra y con su mujer acerca de si debe continuar con esta obra o no. El dilema moral al que se enfrenta y el modo escogido para hacerlo. El propio autor se contesta con una frase de Samuel Beckett, para, a continuación, decir: «sí, pero la dijo».

La obra resulta contundente, precisa y profusa en las explicaciones, sin obviar las cámaras de gas, los barracones, las literas repletas de cuerpos hacinados, los trenes o las explicaciones sobre los zulos que utilizaban las familias para esconderse en el gueto. La casa de Ana Frank en Ámsterdam (una visita que merece la pena hacer cada vez que vayas por allí) te viene de inmediato a la cabeza, si bien, algunos de los alojamientos de Vladek y Anja resultaban aún más complejos y pequeños. Alguno, aún más inhumano, como el basurero. O las célebres chimeneas de Auschwitz, la manera de salir física y (valga la metáfora) espiritualmente de aquella pesadilla.

La historia avanza como el propio nazismo en Europa durante aquellos años, y la sombra de la esvástica se cierne sobre las familias, como algo que ya «está ahí» y se va a llevar por delante a esas familias adineradas, de cuyas tragedias vamos sabiendo a medida que la historia se desarrolla.

Nada más comenzar la obra, olvidas de inmediato que estás leyendo una historia de «gatos y ratones», o de hombres y mujeres tras una máscara, igual que en tantas películas de Disney o en la Rebelión en la granja de Orwell. Es todo tan real, tan humano o inhumano, como lo que hemos visto en La lista de Schindler, El pianista, La zona de interés, en exposiciones, visitas o en tantos documentales sobre la época.

De hecho, la catalogación de la obra por el New York Times provocó una divertida polémica del autor con el diario en el que confiesa estar encantado de aparecer en su lista de best-sellers, pero que «el deleite se convirtió en sorpresa, sin embargo, cuando advertí que aparecía en el apartado de ficción». La carta es una delicia que descubrí recientemente (gracias, Jorge Corrales) y que merece la pena leer si sabes inglés.

«Ficción significa que la obra no es factual, verídica», dice Spiegelman. Luego habla del terreno fronterizo que separa la ficción y la no ficción, de todos los detalles que da acerca de los campos de concentración o de cómo construir un búnker, y que se estremecería de pensar que las memorias de su padre en la Europa de Hitler y los campos de exterminio fueran clasificados como ficción. «Entiendo que dibujar a las personas con cabezas animales puede plantearles problemas de taxonomía. ¿No podrían considerar añadir una categoría especial de «no ficción de ratones» en su lista?».

Finalmente se registró en el apartado de no ficción para el editor, que mencionó otras fuentes como «Memorias, historia» en Pantheon Books o la biblioteca del Congreso de Estados Unidos, donde quedó incluida en esa misma categoría de no ficción.

Sea lo que sea, una obra de no ficción con ratones, o con personas que llevan máscaras para distinguirse por razas o especies, como hacían los propios nazis con los brazaletes, es una aproximación veraz y casi en primera persona de lo que sucedió. El autor nos devuelve a la «humana» realidad en algunos episodios cuando muestra las fotos de su padre en el campo o del hermano al que no conoció, el pequeño Richieu, que falleció en el campo, como toda la familia de Vladek. Solo sobrevivió Anja, con quien se reencontraría tiempo después de la guerra, tras varias vicisitudes por Polonia, Austria o Suecia.

La novela gráfica de Art Spiegelman no sorprende por su crudeza, ya vista en otros formatos, sino por su similitud en varios puntos con otras famosas obras ambientadas en los mismos escenarios. El hombre en busca de sentido, de Víctor Frankl, y Si esto es un hombre, de Primo Levi, vienen a la mente del lector de inmediato, por lo que cuentan sobre la deshumanización de los judíos que tan bien lograron los nazis, el adormecimiento de las emociones, la lucha feroz por la supervivencia, incluso con el semejante, o cómo la humillación contribuía a rebajar aún más una autoestima que ya estaba por debajo de los barrizales polacos. También coincide con ambos textos en que los prisioneros tenían una sola motivación para sobrevivir y no lanzarse contra la alambrada, que no era otra que volver a ver a los suyos, a su mujer, a su hijo, a lo poco que les aferraba a este mundo.

He buscado en el libro de Víctor Frankl algunas frases y parecían calcadas o resumidas por Spiegelman en Maus: «Por lo general, solo se mantenían vivos aquellos prisioneros que, tras varios años de tumbos de campo en campo, habían perdido todos sus escrúpulos en la lucha por la existencia (…). Los que hemos vuelto de allí gracias a multitud de casualidades fortuitas o milagros -como cada cual prefiera llamarlos- lo sabemos bien: los mejores de entre nosotros no regresaron».

«Fruto de las convicciones personales que más tarde mencionaré, la primera noche que pasé en el campo me hice a mí mismo la promesa de que no me lanzaría «contra la alambrada». Esta era la frase que se utilizaba en el campo para describir el método de suicidio más popular: tocar la cerca de alambre electrificada».

La historia de los campos de concentración y exterminio es terrible, una lacra que la humanidad no olvida y no debe olvidar. Hacen bien los judíos en recordar su historia y su sufrimiento, y son perfectamente conocedores de que el primer paso para que una brutalidad así sea posible es desposeer al enemigo de su condición humana. Lo sabe muy bien Ariel Sharon, igual que los ministros y partidarios de su gobierno, quienes tratan de desposeer de tal condición a los gazatíes, sin derechos, sin agua, sin comida, sin sanidad, para luego, con la excusa de la guerra contra los terroristas de Hamás, justificar el exterminio de toda una población. Parece mentira, pero no es algo que haya pasado hace ochenta años, sino hoy, ayer, la semana pasada.

Capítulos anteriores:

Cómics (I): Pyongyang.

Cómics (II): El abismo del olvido.

Relacionados:

Watchmen (I): la novela gráfica.

V de Vendetta (I): la novela gráfica.

¿Qué pasó con…? (VI)

A finales de los ochenta, un escándalo de corrupción pasó a ocupar las principales portadas de los medios y nos dejó a todos con la boca abierta: «¿me estás diciendo que el hermano del vicepresidente de gobierno tiene un despacho en una sede oficial de la delegación del gobierno en Andalucía para recibir empresarios y ejercer «labores de representación»? ¿Pero esto qué coño es?».

La bola de nieve, o de mugre, comenzó a crecer, ocupó horas en radios y televisiones, centenares de páginas en los periódicos, diálogos bochornosos en el Congreso, y acabó con una serie de investigaciones por cohecho, fraude fiscal, prevaricación, malversación de fondos y usurpación de fondos que terminaron en los juzgados. Todo ello provocó la dimisión de Alfonso Guerra en enero de 1991, hoy «rehabilitado» para buena parte de la opinión pública por su defensa de un socialismo muy diferente al de Pedro Sánchez. Es curioso que tuvieran tanto parecido a la hora de colocar a sus hermanos en puestos en la administración.

La última etapa del gobierno de Felipe González salió a escándalo diario y no recuerdo bien si el caso Guerra fue el detonante que llevó a un adelanto electoral en 1993 y a la posterior derrota en las urnas en 1996 tras una legislatura breve y agotada. A los casos Flick y Filesa sucedieron el caso Seat, la utilización de los fondos reservados, el caso Ibercorp, los GAL, el caso Urralburu, la huida de Roldán, el fraude del BOE, los «agujeros» de la Expo 92… Aquello era insoportable.

Muchos comenzamos a saber aquellos años qué era eso del «tráfico de influencias», hoy algo tan archiconocido que no hay semana que no nos encontremos un posible escándalo relacionado con esta práctica tan nuestra. Por momentos parece que no hay político que no tenga un hermano, primo, novio o novia, cuñao o amigo de largas veladas al que buscar acomodo a cuenta del erario público. El escándalo de Juan Guerra nos hizo saber que había quienes ejercían una labor de… ¿cómo lo llamamos, comercial, de intermediación, asesoramiento, lobby? ¿Facilitador? ¿Acelerador de proyectos? ¿Directamente, un conseguidor?

El caso adquirió tal relevancia que no se libró de una aventura del gran Francisco Ibánez en el mismo año 1991: Mortadelo y Filemón contra El atasco de influencias. Unas influencias que ejercía un tal Juanito Batalla, un parecido claramente indisimulado del hermanísimo. Era un personaje grotesco, cutre, casposo, al nivel de las fotos en calzoncillos de Luis Roldán, pero resulta que, en ocasiones, el humor es la mejor vía para contar una mierda putrefacta como aquella.

Y sin embargo, después de todos los juicios, tras la dimisión de Alfonso Guerra, ¿en qué quedó aquello? Pues sorprendentemente para la mayoría, Juan Guerra fue absuelto de todas las acusaciones por delitos de corrupción, como los casos Litomed y Comasa, o como el caso Fracosur, por el que fue inicialmente condenado, pero absuelto posteriormente por la Audiencia de Sevilla. En cuanto al que más morbo generó, el juicio por la usurpación de funciones en la delegación de gobierno, fue inicialmente condenado, pero el Tribunal Supremo lo absolvió en 1995.

Solo fue condenado por delito fiscal (que no es poco, ni mucho menos) por un importe de 42 millones de pesetas, unos 253.000 euros, un delito por el que, además, se le condenó a dos años de cárcel, pena que fue suspendida en 2002 tras una larga serie de recursos y apelaciones.

Juan Guerra desapareció durante décadas para la opinión pública y no he encontrado mucho acerca de cómo vivió esos años, pero supongo que no le faltaría de nada. Volvió a aparecer en una entrevista en televisión en febrero de 2022, en 7TV Andalucía y lo hizo para reivindicar su inocencia. Dice que pasó años terribles de persecución de los medios y que lo suyo fue «una operación de caza». Tenía entonces 80 años y una de las frases que dejó me viene a la cabeza con lo que estamos viendo desde hace meses en el mundo de la política: «hay que seleccionar bien a las personas cuando le vas a encargar algo de importancia». Eso pensaba Pedro Sánchez con Ábalos, y Ábalos con Koldo, supongo.

Pasan los años, pero algunas prácticas permanecen: el hermano de Sánchez, el novio de Ayuso, la mujer del presidente, el hermano de Ayuso, las parejas de Pablo Iglesias, las ex de Ábalos… También los juicios sumarísimos en la plaza pública. Normal, cuando todos los apegados, perdón, allegados, terminan de un modo u otro cobrando del erario público.

También a principios de los noventa, concretamente en 1992, una aparición fugaz en un programa de televisión nos sorprendió a más de uno. Y de dos. A varios millones. Un chaval de origen francés, Jordy Lemoine, de apenas cuatro años, se presentaba en un programa como «el cantante más joven del mundo». Fue un espectáculo inenarrable. El niño no tenía gracia, no cantaba, apenas se movía, ponía cara de no saber qué hacía allí, y a algunos nos dio por preguntarnos si no iban a retirar la custodia a sus padres. Le habían puesto una gorra torcida, habían «sampleado» su voz en una mesa de mezclas y le habían dicho que diera tres pasos de bebé con cierto ritmo. La canción vendió millones de discos por todo el mundo, unos seis millones de copias, según se comentó. «Dur, dur, d’etré bébé», algo así como «duro, duro ser bebé».

Los llamados talent show deberían estar vetados para niños por debajo de ciertas edades. No sé cuál, pero llama la atención ver los llantos de algunos niños cuando no son escogidos por sus cuatro quejíos flamencos mal dados porque en su lugar han elegido a gente enormemente preparada que lleva años pateándose escenarios y giras por todo el país en busca de una oportunidad. Gente con talento y mucho curro por detrás que observan anonadados cómo los aplausos van para unos críos cuyo mayor atractivo es su edad.

El problema no son los Jordys de la vida, sino los padres. Los padres de este niño francés eran una compositora y un productor musical. Entre ambos compusieron esa merdé, la mezclaron de manera conveniente con ritmos pegadizos y se dedicaron a explotar al chaval por el mundo. A los pocos meses del pelotazo sacaron un disco, Pochette surprise, y, apenas un año después, en 1993, otro, Potion magique. Había que explotar la fórmula antes de que se agotase. Hicieron una buena fortuna y trataron de repetir la fórmula: en 1995 publicaron un tercer disco, La Récréation, con el que se estrellaron. Hay público para mucha bazofia, pero no para tanta.

Los padres de Jordy pensaron que el éxito iba a durar para siempre y se habían metido en inversiones millonarias, como una atracción infantil con la imagen de su hijo, con la que se pegaron un batacazo económico descomunal y perdieron la mayor parte de su fortuna. Los padres se separaron poco después y el chaval desapareció, recuperó a duras penas el anonimato. Volvió a la escuela, como corresponde a un niño que tendría por entonces siete años y no se volvió a saber de él en Francia hasta que apareció en un programa de famosillos que cantan, supongo que una especie de Tu cara me suena o algo así.

Lo último que se sabe de él es que vive en Inglaterra y tiene una banda de rock, Jordy and the Dixies. Venderá muchos menos discos, pero estoy convencido de que vive más feliz. Es curioso, hoy, que se celebra Eurovisión, encuentro cierto paralelismo con nuestra representante, Melody. Con apenas diez años se hizo famosa en 2001 con El baile del gorila por su desparpajo y por la manera de moverse. Fue número uno en varios países, estuvo nominada a los Grammy Latinos y vendió millones de discos. Luego intentó mantenerse en el mundo de la música, pero no tuvo éxitos destacables. Los que no sabíamos nada de ella, nos la rescataron nuestros hijos en Tu cara me suena, en la edición de 2014, «Papá, ¿conoces a una cantante que se llama Melody?». Una diva poderosa, o algo así dice su canción de ahora. Apenas tiene 34 años, Jordy tiene 37, pero ambos parecen haber vivido ya varias vidas.

¿Qué pasó con…? (V)

En el reciente post sobre los planos secuencia, hablé entre muchas otras películas de Rope (La soga), la obra casi experimental de Alfred Hitchcock en la que el director se atrevió con el reto de filmar los ochenta minutos de metraje casi del tirón, en un solo plano. Un solo plano, eso sí, con los cortes necesarios para cambiar las bobinas, es decir, cada diez minutos aproximadamente. Personalmente, me pareció una obra brillante en lo argumental, en la idea del superhombre o por el sentido del humor del retorcido profesor Rupert (James Stewart). También por la dificultad del rodaje, por mucho que el propio Hitchcock la desdeñara en el libro de conversaciones con François Truffaut.

Seguro que todos recordamos perfectamente a los tres actores principales, los dos asesinos (John Dall y Farley Granger) y el mencionado Stewart, pero, ¿qué fue del «elefante en el salón»? Toda la trama versa sobre un tipo ausente, David Kentley, sobre el tipo del arcón al que nadie encuentra durante la hora y veinte minutos posteriores a su asesinato, pero, ¿el actor se tuvo que pasar metido en el puñetero baúl los diez minutos desde que lo estrangulan hasta el cambio de bobina? ¿Y cuántas tomas fueron necesarias? Es decir, ¿cuánto tiempo total necesitó pasar en ese arcón? ¿Alguien recuerda su nombre?

El tipo en cuestión se llamaba Dick Hogan. Me imagino a ese actor que, un buen día de 1948, le cuenta a su familia y amigos que va a rodar la próxima película de ese famoso director inglés que acaba de tener éxito con Recuerda, Encadenados y El caso Paradine, todas estrenadas entre 1945 y 1947. «El mismo Alfred Hitchcock», contaría orgulloso a sus allegados. Sus expectativas estarían muy altas, más aún si hubiera visto el tráiler de La soga:

Parece que va a ser fundamental en la obra y luego, el día que todas sus amistades fueran a verlo al estreno… se encuentran con que aparece menos de cinco segundos en escena. Hala, estrangulado y al arcón. Sale mucho más en el tráiler que en la propia película, porque el tráiler se desarrolla en un parque y el propio Dick Hogan tiene frases con su prometida, que es el momento que aprovecha Hitchcock para soltar el clue, el gancho, para el espectador: «fue la última vez que lo vio con vida».

Dick Hogan nació en Little Rock, Arkansas, en 1917, y participó como secundario en casi cuarenta películas desde 1937. Según la web más completa, la de IMDb, Dick Hogan actuó en decenas de películas, posiblemente series B o C, con puntuaciones bajas por lo general:

Su biografía es bastante escueta. Cantó con la orquesta de Glenn Miller, participó en la Segunda Guerra Mundial y le llegó su gran oportunidad con Alfred Hitchcock. Completo yo el hueco de la biografía: apareció cinco segundos en pantalla, acabó con claustrofobia crónica y abandonó el cine completamente asqueado de su primera experiencia en una producción importante. Echo de menos una entrevista con este tipo.

Para encontrar algo más de información sobre él, o una explicación de sus motivos, he tenido que recurrir a la versión inglesa de la Wikipedia. Dick Hogan dejó Hollywood y se volvió a Little Rock, donde trabajó hasta su jubilación como agente de seguros. Falleció en 1995 en el mismo lugar en el que nació y en el que se ganó la vida como agente. Todo de lo más anodino, pero supongo que le encantaban los espacios abiertos que allí encontró.

Recuerdo una entrevista hace años al cantante Phil Collins en la que decía que su vida, «en un momento dado, descarriló». Pero no era capaz de determinar el momento, si las adicciones, la separación, la enfermedad… Me hizo pensar en si la palabra estaba correctamente elegida. La vida de Phil Collins tomó caminos equivocados, a veces los recondujo, volvió a errar, pero un descarrilamiento es algo distinto. Es un accidente. Es una tragedia que puede durar un segundo y lleva al traste un tren, o una vida que hasta ese momento marchaba por la vía correcta.

Acaban de cumplirse 32 años del «descarrilamiento» por el que conocí, o conocimos los más aficionados al baloncesto, la historia de Slobodan Jankovic. El 28 de abril de 1993 se jugaba el cuarto partido de la semifinal de la Liga griega entre el Panathinaikos y el Panionios, equipo en el que jugaba la estrella yugoslava. El vídeo de YouTube que precede a este texto tiene las escalofriantes imágenes que tanto nos impactaron en su día. Siguen haciéndolo hoy, cada vez que las revivo: el jugador anota una canasta, pero el árbitro la anula y le pita falta en ataque. La quinta, para más señas, con lo que es eliminado. Con el cabreo del momento, el jugador suelta un cabezazo de rabia contra el soporte de la canasta y cae fulminado. Por aquel entonces, las canastas carecían de protectores acolchados, algo que comenzó a ser obligatorio tras la desgracia de Slobodan.

El jugador fue atendido de inmediato por el equipo médico y en su rostro se observa el terror. La sangre le caía a borbotones, pero lo que le asustaba era que no sentía las piernas y apenas los brazos. No dejaba de repetir sobre la propia cancha de juego: «me voy a morir, me voy a morir». Se fracturó una vértebra cervical y no volvió a caminar en su vida. Entonces tenía 29 años y era el mejor jugador del equipo griego, donde había llegado huyendo de los conflictos en la antigua Yugoslavia. En el país que dejó de existir a principios de los noventa (recordad Hermanos y enemigos) había jugado en el Estrella Roja de Belgrado hasta su fichaje por los griegos. En Grecia se volcaron con él y con los intentos de recuperación. Los directivos del club, numerosos aficionados, incluso el presidente del Panathinaikos, Pavlos Giannakopoulos, contribuyeron con fondos para costearle una posible rehabilitación en Londres. No fue posible y permanecería en silla de ruedas hasta el final de sus días.

Buscando detalles sobre cómo recompuso su vida, veo que se separó de su mujer cuatro años más tarde, y que el Panionios retiró la camiseta con su número 8 como homenaje al que fuera ídolo local durante un breve período de tiempo. Logró volver al baloncesto, aunque de un modo distinto al que, sin duda, le habría gustado: entrenó a un modesto equipo de baloncesto en silla de ruedas de Atenas. Su mayor alegría de aquellos años fue su hijo Vladimir, quien llegó a ser profesional y jugó en varios equipos como el Panionios, el AEK de Atenas, el Valencia Basket, el Andorra, y curiosamente, Panionios y el rival de aquel fatídico día, Panathinaikos.

Nunca reprochó nada a nadie por su desgracia, mucho menos al árbitro, como le preguntaron en alguna entrevista. Jankovic se consideraba un guerrero y no quería que nadie le compadeciera. Aquella desgracia era fruto de su manera de entender el deporte, como un combate, como una guerra. El vídeo en el que se muestra su reacción furibunda ha sido usado como ejemplo para prevenir conductas agresivas en los jóvenes y también en algunos manuales del ejército griego para hablar de autocontrol.

Una de las últimas veces en las que se le vio con vida fue durante el Eurobasket celebrado en Serbia y Montenegro en 2005, cuando acudió a ver algunos de los partidos. El 28 de junio de 2006 falleció de un infarto y a su funeral asistieron numerosas leyendas del baloncesto balcánico: Zarko Paspalj, Rebraca, Dragan Tarlac… También uno de sus rivales en la cancha, el gigante Panayotis Fassoulas.

Hogan, Jankovic y los momentos puntuales que cambian una existencia.

Capítulos de la serie ¿Qué pasó con…?

I. Antonio Peñalver y Claudia Wells.

II. Antonio Hernández Mancha y Pedro Maestre.

III. C. Thomas Howell y Santi Pérez.

IV. Antoni Asunción y Remedios Amaya.

Día 3 tras el Zero Day

Día 0. 28 de abril de 2025. España y Portugal se quedan sin electricidad por una súbita «desaparición» de 15 gigavatios de la red. Sin luz, sin móviles, sin televisión, sin vitrocerámicas ni microondas, la población queda desasistida y desinformada durante varias horas. El caos se gestiona como buenamente puede cada uno, con civismo por parte de casi toda la ciudadanía.

Día 3. 1 de mayo de 2025. Los comercios chinos comienzan a comercializar un kit de emergencia que incluye:

  • Transistor de bolsillo.
  • Cuatro pilas AAA.
  • Infiernillo con seis pastillas de encendido.
  • Mechero.
  • Linterna.
  • Pequeña navaja multiusos.
  • Funda de plástico con un compartimento para dinero y otro para documentos.
  • Raciones militares en sobres.

La radio sintoniza peor que en los ochenta y la linterna ilumina menos que la del móvil. De la navaja, el minicuchillo solo vale para partir el pan, porque el abrelatas tiene dificultades hasta con un sobre, pero el precio de 32 euros y la necesidad vital de hacerse con el mismo provoca que media España se haga con el suyo en tiempo récord.

-¿Cómo es que todavía no tienes tu kit de emergencia? -te preguntan en el vecindario.

-Pues en el chino de la plaza se han agotado, pero me han dicho que en el de la calle Tal y Pascual todavía quedan.

Durante el mismo día 3, la mitad del gobierno se encuentra en las manifestaciones por el Día del Trabajo. La ministra Yolanda Díaz se coloca tras la pancarta y junto a los líderes sindicales con una reivindicación por un trabajo más digno y con menos horas de trabajo. «Ojalá estar en el gobierno para poder atender estos frentes», piensa para sus adentros. A los elementos tan «propios» de la fecha, como la bandera republicana o los carteles de «Sanidad pública» y «Vivienda digna», se unen en esta ocasión numerosos letreros caseros y pegatinas con el lema «Nucleares no, gracias». Algún participante recicla una camiseta antigua y, bajo el eslógan «La nuclear mata», añade: «y te deja a oscuras».

El presidente Sánchez contempla todo desde su despacho en La Moncloa. Tenía previsto convocar a su gabinete de crisis y emergencias para proseguir con las acciones previstas (investigación de las causas, desvío de culpas, estrategia de comunicación), pero, tras consultar a una docena de ministros con las maletas ya preparadas para el puente, se ve obligado a retrasarlo hasta el lunes. Así que aprovecha para reunirse con su Director de Comunicación para seguir con la estrategia de ataque a «los malvados operadores privados que nos la han jugado».

-Presidente, la gente no habla de otra cosa que del kit de emergencia que ya está en los mercados.

Día 4. 2 de mayo de 2025. El presidente anuncia en rueda de prensa que el gobierno está preparando un decreto para la disponibilidad con carácter obligatorio de un kit de emergencia básico para toda la ciudadanía. Indica que ya ha iniciado las negociaciones con otros grupos parlamentarios para definir qué elementos deben incorporarse al kit, qué coste máximo debe tener y con qué partidas presupuestarias cuenta para financiar total o parcialmente el mismo.

Aprovecha que es el Día de la Comunidad de Madrid para soltar que pretendía contar con la colaboración de las comunidades autónomas gobernadas por el Partido Popular, pero que, para su desgracia, la señora Díaz Ayuso estaba ocupada en otros menesteres «más propios de la propaganda de la extrema derecha y de la derecha extrema». Durante la rueda de prensa, el presidente anuncia también que llevará su propuesta a la próxima cumbre de la Unión Europea para tratar de que se apruebe una normativa europea sobre el kit de emergencia y que parte de los fondos Next Generation puedan emplearse en este cometido, bien dentro de las políticas de transición justa, o bien, de seguridad energética.

Día 7. 5 de mayo de 2025. Se convoca el (no tan) urgente gabinete de crisis para combatir situaciones extremas como la del apagón «provocado por las operadoras privadas», y se acuerdan los elementos imprescindibles que deben incluirse en el kit de emergencia básico que se aprobará en el real decreto extraordinario que se presentará en breve al Congreso de los diputados. Se toma como referencia el adquirido por Óscar López «en el chino de la esquina de donde vive mi madre». Algunos ministros tienen informes de sus múltiples asesores que comentan que hay numerosos distribuidores españoles que se han ofrecido al gobierno para fabricar los kits de emergencia en pocas semanas, con proveedores mayoritariamente españoles, «ninguno israelí, espero», con criterios de sostenibilidad y a precios asequibles, «algo más caro que los chinos, pero con todas las especificaciones legales, presidente». Se incluye una referencia solicitada por Ione Belarra para que el kit tenga en cuenta la perspectiva de género en su configuración.

Entre todos acuerdan buscar un nombre atractivo para los ciudadanos, «el lenguaje es importante, porque lo de emergencia o supervivencia asusta a la población», indica Marlaska. «Una población asustada es más manejable», piensa el presidente para sus adentros, pero asiente a las palabras del ministro: «me parece bien, buscad algo que suene bien, como en su día las kelly finders, el impuesto de solidaridad o lo del Mecanismo de Equidad Intergeneracional, jojojo, qué grande fue aquello».

Día 10. El gobierno convoca una rueda de prensa en la que la portavoz, Pilar Alegría, presenta un vídeo sobre el KEPA (Kit de Emergencia Para Apagones). El lenguaje del vídeo resulta infantil y las imágenes parecen más propias de unos jóvenes excursionistas que se han perdido en el monte y organizan una fiesta alrededor de un pequeño fuego casero que de una crisis nacional. La portavoz concluye la presentación informando de otros dos asuntos relacionados con la situación vivida recientemente por el país:

  • Se crea un comité de expertos que investigará las causas del apagón, determinará la responsabilidad de lo acaecido y sancionará de manera importante a los operadores privados causantes, de manera especial si se aprecia que habido dolo o mala fe.
  • El gobierno estudia la creación de un impuesto que ayude a sufragar el coste del KEPA para hacerlo más accesible a la ciudadanía, un impuesto que deben soportar entre los comercios que lo distribuirán y las compañías eléctricas, dentro de la factura, junto a los costes de distribución, la moratoria nuclear, el carbón, los costes de transición a la competencia, la financiación del sistema y de las renovables. Se llamaría recargo por garantía del suministro.

Los medios afines alaban la rapidez del gobierno para afrontar una crisis como la sufrida, lo bien que suena Kepa, Broncano hace todo tipo de bromas sobre su nuevo amigo vasco… Mientras, el resto de medios critica la poca definición del propio kit: lo que falta, lo que sobra, el precio, quién asume el coste, si debe ser obligatorio o voluntario, si entra dentro de las competencias estatales o autonómicas… El nuevo impuesto pasa casi desapercibido.

Día 24. El primer borrador del decreto está casi completo, pero no es aprobado por el consejo de ministros hasta comprobar si va a contar con la aceptación de los socios de gobierno.

  • Esquerra y Bildu exigen que las instrucciones vayan en todas las lenguas cooficiales, también «en el resto de comunidades del estado español, por si hubiera ciudadanos vascos o catalanes residiendo allí de manera temporal».
  • Podemos considera que el primer borrador hace pocas referencias al diseño ecosostenible de los productos y que no se ha realizado el pertinente estudio de impacto de género, para lo cual ofrece un par de consultoras especializadas en la materia.
  • Sumar propone incluir una limitación al origen de fabricación de los productos, para asegurarse de que no vengan de países que no respetan los derechos humanos, como Israel o Estados Unidos.
  • Junts no está en desacuerdo con el KEPA, aunque no le gusta el nombre y plantea incluir un PAU: Programa de Acceso Universal al kit. Dicho programa se centra en la financiación del KEPA, que debe ser asumida por el Estado a través de un decreto que asigne partidas específicas del presupuesto que puedan ser reasignadas, como las aprobadas para emergencias nacionales o las fuerzas de seguridad, «ahora que van a tener menor peso en Catalunya». El grupo parlamentario de Junts devuelve el primer borrador con una Disposición Adicional Octava que apruebe la condonación de las multas de tráfico y sanciones tributarias de todos aquellos miembros del partido que de alguna manera pudieran demostrar su participación en los procesos electorales de los últimos diez años en la comunidad.

Día 28. En la cumbre europea, Pedro Sánchez presenta la propuesta para la creación de un kit básico europeo y una normativa que regule su uso en todo el territorio comunitario. Varios países como Polonia o Alemania proponen que el kit de emergencias no debe crearse pensando únicamente en crisis energéticas como la vivida por España y Portugal, sino que debe considerar otras posibles situaciones críticas como una invasión rusa de sus territorios.

Ursula von der Leyen anuncia en la sesión informativa posterior a la cumbre que se creará una comisión para el análisis de situaciones de emergencias provocadas por la falta de seguridad energética en la Unión Europea y por situaciones de conflicto bélico, formada por profesionales de reconocido prestigio (y larga trayectoria política en Bruselas, aunque eso se lo guarda).

Día 67. El decreto ha sido validado por el consejo de ministros y se enfrenta al trámite parlamentario de rigor. Ninguno de los partidos que conforman el gobierno está satisfecho con la redacción final que se presenta. Junts amenaza hasta última hora con votar en contra del mismo por no recoger la totalidad de las reivindicaciones «puigdemoníacas», pero decide abstenerse. El decreto sale adelante con el voto favorable de un diputado del Partido Popular, que, según parece, se ha confundido de botón. «Es que el procedimiento no estaba bien explicado», responderá. «Nos parece lamentable que no se repita la votación, vamos a presentar un recurso», añadirá la portavoz del principal partido de la oposición.

Día 74. La comisión de la UE para la configuración del kit presenta un primer borrador de conclusiones en el que se centra en:

  • Certificaciones ISO que deben incorporar los productos que se incluyan finalmente en el kit.
  • Aprobación de una norma comunitaria que garantice el espacio de radiofrecuencia necesario para que los transistores puedan funcionar en todo el territorio europeo sin afectar a emisoras nacionales.
  • Normativa de las pilas, mecheros y pastillas de encendido, que deben contar con unos certificados de origen, cumplir los estándares de sostenibilidad, presentar el cálculo de emisiones generados por su fabricación y distribución, y asegurar el completo tratamiento de los envases y la reciclabilidad de los elementos.
  • Se fomentará la fabricación de los elementos en industrias y empresas de la propia Unión Europea, aunque varios de ellos no podrán fabricarse al carecer de los materiales y la tecnología necesaria.

Día 384. Se descubre que no hubo tal comité de expertos para la investigación del apagón.

Días 422, 428 y 437. Aparecen noticias que relacionan a varios políticos con intermediarios que cobraron comisiones por la fabricación y distribución de los «kepas» por todo el territorio. Sale algún ministro del PSOE y, pocos días después, varios diputados regionales del PP, de Junts y del PNV. Cada partido niega sus casos y responde con «es un bulo», «fake news» o «propaganda de la ultraderecha».

Día 512. La Unión Europea presenta un informe de expertos para el desarrollo normativo del kit básico de emergencias y el fomento de la industria europea, y acuerdan un plazo de doce a veinticuatro meses para la trasposición de la regulación que finalmente se apruebe en la votación del pleno que debe celebrarse en los próximos seis…

Día 638. Se produce un nuevo apagón. Vuelta a empezar.

La proliferación del plano secuencia

En el programa La Cultureta de Onda Cero, hace apenas un par de semanas, el director Nacho Vigalondo bromeaba sobre “una película innovadora: había muchos planos y estaban montados, con cortes y cambios de cámara, algo sorprendente, nunca hecho”. Algo así fue lo que dijo, pero, obviamente, hablaba de manera irónica acerca de la proliferación de planos secuencia en las películas y series actuales.

Sorprende que, para mucha gente, lo más rompedor del último éxito de Netflix, la serie Adolescence, no sea su argumento, o ese abismo entre padres y adolescentes que viven en un mundo irreal de móviles y redes sociales, sino la manera en que se ha rodado cada uno de sus cuatro capítulos: como un único plano secuencia. El primero de ellos “fuerza” incluso la percepción del espectador, por si a este le hubiera pasado desapercibido: el policía comienza diciendo que son las 6,48 de la mañana y concluye el interrogatorio “siendo las 7 y 32 del día” tal y tal. Oye, espectador despistado, por si no te has dado cuenta, lo he rodado todo en tiempo real, del tirón.

El plano secuencia, cuando está bien hecho, es un espectáculo, un lucimiento del director, pero no una necesidad. Puede ser una maravilla visual, un prodigio técnico, lo que queramos, pero debe serlo también argumental. Es decir, debe acompañar a la historia, ser necesario para la misma, no limitarse a ser un reto técnico que el director se encaprichó en acometer y para ello embarca a todo el equipo de rodaje y producción en un costoso berenjenal que no siempre aporta claridad a la trama.

El plano secuencia es mucho más fácil de rodar hoy en día. Puede haber errores, cortes en la misma toma, pequeños trucos para “empalmar” las escenas, como la apertura de una puerta, o pasar por delante de algún objeto como una pared, un vehículo… No tiene nada que ver, según cuentan los entendidos, con lo que era rodar un plano secuencia hace medio siglo o más, en la época del celuloide y la tijera.

Aun con las facilidades que las innovaciones técnicas y el formato digital procuran, el plano secuencia requiere un enorme trabajo de planificación. De actores, principalmente, como en una especie de función de teatro, pero también de cámaras, técnicos de sonido, iluminación, decorados. Y no es lo mismo rodar un plano secuencia con dos o tres actores, como el noventa por ciento del tercer episodio de Adolescence, o con más de cien personas inmersas en la acción, como ocurre en el segundo, el que transcurre en el colegio.

El plano secuencia es una herramienta más del director y, cuando se abusa, se corre el riesgo de que la forma desplace al fondo, a la historia que se cuenta. Puede acrecentar la sensación de veracidad, de introducción en la escena, como en el episodio 3 comentado (la charla/terapia entre el niño Jack y la psicóloga, una escena que no te deja respirar), o, por el contrario, te puede apartar de la acción, como en la persecución del episodio 2, por las propias limitaciones del formato (velocidad, claridad de la narración, interpretación). El problema es precisamente ese, cuando el cómo se cuenta se convierte en más importante que el qué, cuando se hace visible la mano del director y se diluye el guionista.

En los últimos años han proliferado las películas/retos rodadas en un único plano secuencia, varias de ellas, magníficas, como se ha comentado en este mismo blog:

  • 1917, de Sam Mendes, de 2020.
  • Birdman, de Alejandro González Iñárritu, rodada en 2014.
  • Utoya, 22 de julio, de Erik Poppe, 2018.
  • Victoria, de Sebastian Schipper, 2015.
  • Hablar, de Joaquín Oristrell, 2015.

Todas ellas bastante recientes, por cierto, por eso he buscado las fechas. A Birdman ya le dediqué un post completo en su día (enlace a: Birdman). Me interesó bastante la película, aunque el plano secuencia (con numerosas trampas) no era necesario para el argumento que narraba. De hecho, tiene que apoyarse en una serie de trucos para empalmar los cortes e, incluso, dejar que pase una noche con un plano fijo, como ocurre también con el desvanecimiento del protagonista de 1917 en su larga travesía. A esto es a lo que me refiero, a forzar la acción para no romper ese juego de dirección del plano secuencia. O a la limitación que supone, no solo temporal, sino también espacial. Los desplazamientos de Adolescence a la comisaría o al centro comercial son tan cortos como el de los soldados de 1917, que se suben a un camión para moverse a un frente de batalla que está a menos de diez minutos de trayecto.

Los defensores del plano secuencia argumentan que ayuda al espectador en su inmersión en la trama, a seguir a los protagonistas, a moverse con ellos, a sentirse parte de la escena. Eso mismo propone Utoya, 22 de julio, la película noruega sobre aquel neonazi que se cargó a 77 chavales en la isla de Utoya, cerca de Oslo. La película añade una complicación adicional, y es que se rodó con plano subjetivo, desde el punto de vista de Kaja, una de las jóvenes que se vio metida en aquella pesadilla de 72 minutos en la que Justin Breivik, un asesino armado al que ni siquiera se llega a ver, se iba cargando a todos los que encontraba en su camino. No es una obra redonda, ni explícita en la violencia, ni gore, pero al menos consigue transmitir al espectador el desconcierto de la protagonista ante una situación que ninguna de las víctimas era capaz de comprender. Pero tantas limitaciones a la acción provocan que no consiga sostener el pulso, ni el interés, a lo largo de todo el metraje. Se ve bien, y a otra cosa.

El plano secuencia me parece perfecto, insisto, como complemento. Me encanta la inmersión en las trincheras que nos ofrece Sam Altman en 1917, pero es igual de efectiva la de Stanley Kubrick en Senderos de gloria, por ejemplo. O el de la alemana Sin novedad en el frente (Edward Berger), en la que el barro casi sale de la pantalla. El arranque de Salvar al soldado Ryan podía haberse prestado a un plano secuencia siguiendo a Tom Hanks en la playa de Omaha, y seguro que habría sido grandioso, pero no creo que fuera menos eficaz para lo que nos quería narrar que el formato escogido por Steven Spielberg. El director mezcló planos de cámara en mano, grúas, panorámicas, ensució algunas cámaras con barro y sangre, empleó la cámara lenta… el trabajo de montaje nos ofreció un desembarco de Normandía de media hora sencillamente inmejorable. Sin alargar los planos más de lo necesario.

Si lo que se quiere es que el espectador sea consciente de la amplitud de medios con las que contaba la producción, “mira cuánta pasta hay aquí metida”, se puede insertar un plano secuencia de cinco a diez minutos que vaya del detalle a lo general o panorámico, o a la inversa. Como el famoso de las playas de Dunkerque en Expiación (2017), de Joe Wright. Magnífico, colosal:

Martin Scorsese es uno de los directores que rueda con mayor número de planos en sus películas (Bendito Scorsese). Mezcla planos cortos, en detalle, de un objeto, primer plano del actor, luego uno general, vehículos que llegan y se van, ruptura de la cuarta pared, cámara lenta, planos muy rápidos… lo usa todo. Y es un verdadero virtuoso del plano secuencia cuando lo necesita, cuando lo incorpora a las tramas de sus películas, como en la famosa entrada al Copacabana de Uno de los nuestros, en el que compone una coreografía de personajes alucinante. “Esto es un verdadero local repleto de mafiosos”, piensas:

A esto es a lo que me refiero, a incorporar el plano secuencia a la narración, para contar algo, para que aporte a la trama. Los primeros trece minutos de Ojos de serpiente, de Brian de Palma, están rodados de esta manera, sin cortes, pero serán necesarios para la investigación que comienza justo a continuación: dónde estaba cada personaje, qué vieron, qué significaban aquellos gestos que en su momento pasaron desapercibidos, qué pintaba ese pibón en la escena, quiénes eran esos tipos que ahora parecen sospechosos… Sin ser una gran película, sí me lo pareció la manera de desarrollar la investigación.

El ejemplo más famoso durante décadas fue el arranque de Sed de mal, de Orson Welles, rodada hace nada, en 1958. Ni me imagino lo que tuvo que ser aquel set de rodaje en la frontera con México. La película comienza de una manera muy “hitchcockiana”, con una bomba que es introducida en el maletero de un coche, para que todos los espectadores sean conscientes de que por ahí circula ese coche a punto de saltar por los aires. Continúa con los personajes de Charlton Heston y Janet Leigh, se mueve por la ciudad fronteriza y termina como tenía que terminar: ¡boooom!

He querido mencionar a Hitchcock por algo, por ser el primero que realizó una película completa en un solo plano secuencia: Rope, aquí titulada La soga. Se atrevió a hacerlo en 1948, con las pesadas cámaras de la época y las bobinas de celuloide que apenas permitían rodar unos diez minutos seguidos. El libro de François Truffaut, El cine según Hitchcock, publicado en 1966, indica en las notas finales que “es la única experiencia en la historia del cine de una película rodada íntegramente sin interrupción en la toma de vistas”. Por algo sería. En la misma nota indica que las películas de Hitchcock solían tener entre seiscientos y mil planos, algunos más, como Los pájaros, con mil trescientos. Entonces, ¿qué opinaba el propio director de su experimento?

A.H. No sé sinceramente por qué me dejé llevar por el truco de Rope, pues no puedo considerarlo de otra manera que como un truco.

A.H. Actualmente, cuando pienso en ella, me doy cuenta de que era completamente estúpido porque rompía con todas mis tradiciones y renegaba de mis teorías sobre la fragmentación del film y las posibilidades del montaje para contar visualmente una historia. Sin embargo, rodé la película teniendo en cuenta un montaje previo; los movimientos de la cámara y los movimientos de los actores reconstituían exactamente mi manera habitual de planificar.

Luego cuenta todas las dificultades técnicas que tuvo que superar: tabiques que se movían, el color, el decorado y las nubes que se ven de fondo, la iluminación del atardecer, el ruido de la cámara sobre los rieles y cómo tuvieron que ocultarlo con un suelo especial, los operadores moviéndose por la escena… “¡Asistir al rodaje de este film era todo un espectáculo!”, afirmó. Yo siempre me pregunté por el momento en el que sale del arcón el actor al que asesinan en los primeros cinco segundos de película, ¿se pasó ahí la primera bobina entera? ¡Pobre!

François Truffaut aporta en la conversación un punto de vista diferente, que también comparto:

F.T. Pienso que es usted demasiado severo hablando de Rope, considerándola una experiencia estúpida. Yo creo que, por el contrario, este film representa algo muy importante en una carrera profesional, es la realización de un sueño que todo director debe acariciar en un momento dado de su vida, un sueño que consiste en querer trabar las cosas con el fin de obtener un solo movimiento.

Termina hablando de “la búsqueda del realismo”, quizás porque la vida sea un enorme plano secuencia sin cortes. Y en el cine, una virguería del director que, cuando sale bien, es espectacular. Como en uno de los más alucinantes que recuerdo, el de Juan José Campanella en El secreto de sus ojos. Porque, si hablamos de pasión y de personas, como hace Ricardo Darín, nada mejor que un estadio de fútbol argentino. Aquí lo dejo:

Impresionante. Desde fuera del estadio, sobre los jugadores, en el graderío, por el interior del estadio… Hay vídeos en YouTube que explican cómo se grabó esta escena, pero, ¿acaso queremos saberlo?

Relacionados:

Bendito Scorsese

Meter la tijera (I): la duración

Meter la tijera (II): el Director’s cut y el Final cut

El conflicto del secundario

Los cigarrillos Red Apple y el Imperio Austro-húngaro

Locura. Hambre. Piernas. In that order

El Real Madrid tendrá que buscar una remontada casi imposible frente al Arsenal el próximo miércoles, si no quiere quedar fuera de la Champions y fallar a su cita casi ineludible con las semifinales. Es la consecuencia del desastroso partido del martes pasado en el Emirates, de la floja temporada y del tremendo acierto de Declan Rice para anotar los dos primeros free kicks de su carrera.

El pasado viernes falleció Leo Beenhakker y Movistar rescató un programa del Informe Robinson sobre la Quinta del Buitre, un episodio en el que el entrenador holandés, lógicamente, tenía un gran protagonismo. No faltaron las grandes remontadas en el Bernabéu, aunque fueran de la etapa anterior a Beenhakker, con Amancio y Luis Molowny: Anderlecht, Moenchengladbach, Inter de Milán… Aquel Real Madrid de la Quinta del Buitre más Gordillo, Hugo Sánchez y muchos otros (Jankovic, Maceda, Gallego, Santillana, Juanito) jugaba muy bien al fútbol. Maravillosamente bien. Y claro, me he puesto a pensar ya en otra noche mágica en el Bernabéu, en otra gran remontada. En un nuevo milagro. Harán falta muchas cosas, pero yo he puesto «mis» tres.

Locura

En todas esas remontadas se alcanzó un punto de locura. Qué coño «un punto», un terremoto. Desde la llegada en autobús de los jugadores al estadio, las declaraciones en los días previos, el convencimiento del aficionado, el rostro de seguridad (como el de Cristiano Ronaldo en la remontada ante el Wolfsburgo),… desde el primer disparo a puerta, aunque no tenga ningún sentido, solo por escuchar el estallido contra la valla publicitaria y el rugido del público.

Es el mismo grado de locura que acompañó las remontadas que se produjeron en la Champions de 2022, la más inexplicable de la historia: PSG, Chelsea y City sucumbieron en apenas unos minutos tras haber dominado durante más de una hora o dos, en algunos casos. Los tres goles de Benzema en diez minutos contra el PSG, los dos en dos minutos de Rodrygo frente al City o el exterior de Luka Modric para el remate del mismo Rodrygo contra el Chelsea fueron esos momentos en los que se perdió la cordura en las gradas y en nuestras casas. Aquellos días seguía «guasapeándome» con amigos a las dos de la mañana porque éramos incapaces de rebajar la enorme segregación de adrenalina que habíamos tenido unas horas antes.

¿Puede este equipo alcanzar ese grado necesario de locura, de correr como si cada carrera fuera la última del partido, de pelear cada balón para que el rival se sienta asfixiado? Hay dudas en el aficionado: el equipo parece fatigado, no ha jugado bien en toda la temporada, da la impresión de que Carletto lleva cabreado y sobrepasado desde agosto. ¿Puede llevar este equipo a paroxismo, al grado de exaltación necesario para que tiemble el Arsenal? Pues quiero creer que sí. Y, aunque la temporada no haya sido buena (las notas al final, por favor), ha habido algún destello que me hace pensar que sí:

  1. El Real Madrid perdía 0-2 al descanso con el Borussia de Dortmund en la fase de grupos. En la jornada anterior, el equipo había perdido con el Lille, luego una derrota en casa podía traer muchos problemas para clasificarse. Justo antes del descanso, Lunin salvó el tercero de los alemanes. Pero arrancó la segunda parte y el ambiente que se respiraba era otro. En el minuto 60 cayó el primero de los blancos y se desató la locura. En el 62 llegó el empate y en los últimos minutos, tres más, con Vinícius totalmente desatado y un hat-trick en la mochila.
  2. Hace un par de semanas, el Real Madrid se puso por debajo en la eliminatoria de Copa frente a la Real Sociedad. Una eliminatoria en la que había mandado durante casi 150 minutos y en la que, de repente, por esa apatía e indolencia que a veces arrastra el equipo, se veía por debajo a menos de diez minutos del final. De nuevo, como el día del Dortmund, Vini pidió la pelota y el equipo le dio la vuelta al marcador en apenas tres minutos.

Parece que el Real Madrid, para alcanzar la locura, tiene que llegar a ese punto de no retorno, al borde del abismo. Y como destacaba Alan Moore en Watchmen:

«No luches contra monstruos, a no ser que te conviertas en monstruo,

y si miras al abismo, el abismo devuelve la mirada».

Friedrich Wilhelm Nietzsche

Hambre

Me surge la duda: ¿tienen hambre los jugadores de la actual plantilla? ¿La tienen todos? Aquella Quinta del Buitre tenía hambre. Santillana, Juanito, Hugo Sánchez y Valdano la tenían. Luchaban contra casi dos décadas de sequía europea del Real Madrid, contra la historia, contra cinco años sin ganar la Liga española. Salían a devorar al rival, por mucho que, como bien explica Valdano, «en aquellos años, los alemanes eran poco menos que unos ogros que devoraban niños». Contra ellos, contra aquel gran equipo que era el Anderlecht y contra los «cancheros» italianos del Inter, se enfrentaron estos tíos con más casta que físico y de ahí surgió el famoso «noventa minuti en el Bernabéu son molto longo» de Juanito.

Algunos jugadores de la actual plantilla tienen seis Champions, como Luka Modric y Dani Carvajal, otros tienen alguna menos, como Lucas Vázquez, y buena parte de ellos fueron partícipes en las dos últimas: Vini, Rodrygo, Camavinga, Courtois, Valverde… Jude Bellingham y Rüdiger ya tienen una. El que no estuvo el año pasado y no la ha ganado todavía es Kylian Mbappé, pero no sé si con lo que vivió en su retiro catarí de París, con la panza llena, tiene el hambre necesaria para echarse el equipo a la espalda y salir a remontar. Ha habido momentos en la temporada en que ha parecido que sí, que quería empujar donde no llegaban sus compañeros, pero entre el desacierto general y el suyo propio, genera dudas. Su expulsión de esta última jornada frente al Alavés demuestra la impotencia que siente en ocasiones, la rabia contenida. Esperemos que la expulse toda el miércoles, hará falta.

Hace falta que todo el equipo sienta esa necesidad de comerse al rival, de querer ganar esta eliminatoria, y no lo que ha parecido durante tantos partidos: que la plantilla entera está deseando el fin de la temporada, la salida de Ancelotti y el inicio de un nuevo ciclo.

Piernas

Uno de los grandes problemas de toda la temporada: el equipo está muy flojo. No solo en lo táctico, sino también en lo físico. Y se nota mucho. El Real Madrid es, de largo, el equipo que menos kilómetros realiza por partido. Este dato es solo de la ida de cuartos de final:

Pero es el mismo dato que hemos visto en todos y cada uno de los partidos, en los que el Madrid corre unos diez kilómetros menos que sus rivales. En un fútbol tan físico como el actual, el déficit de kilómetros podría compensarse con orden sobre el campo, pero no es eso lo que vemos. Hay tanta distancia entre los cuatro de arriba (Mbappé, Vinícius, Rodrygo y Bellingham) y el resto, que el centro del campo está siempre en minoría. Y al sobrepasar ese medio campo con facilidad, la defensa también parece peor, hay muchos más huecos y todo se descompensa. Faltan piernas en el equipo, a lo que no han ayudado las múltiples lesiones, las pocas rotaciones de Ancelotti, las prórrogas en Copa del Rey (Celta y Real Sociedad) y Champions (Atleti)… y las cacicadas de Javier Tebas con los horarios. El Real Madrid es el único de los ocho cuartofinalistas de la Champions que jugó en domingo. El único. La directiva pidió el cambio de horario y el cacique Tebas se dio el gustazo de denegarlo («normal», pensará, «que no me pongan tantas demandas»).

Hay varios jugadores por encima de los 4.000 minutos esta temporada (Valverde, Mbappé, Rüdiger, Vini, Jude) y estamos solo en abril, una aberración. Queda mucha temporada aún y falta frescura en las piernas. Pero en estos partidos, si se alcanza el grado de locura, las piernas acompañan. No sé cómo, pero lo hacen casi siempre.

Recuerdo dos intentos de remontada que quedaron en el «a punto del milagro»:

  1. Frente al Zaragoza en semis de la Copa del Rey de 2006. El Madrid había perdido 6-1 en la ida. Fue tal el grado de sobreexcitación con el que los jugadores saltaron al campo que a los diez minutos ganábamos 3-0. Pero las piernas no aguantaron todo el partido. Un gol más en la segunda parte y una última media hora en la que el equipo no podía más, pese a estar a solo un gol de la gesta histórica.
  2. La vuelta contra el Borussia de Dortmund tras el 4-1 de la ida. En aquella ocasión, el equipo lo tuvo en su mano, se hartó de fallar ocasiones en la primera parte (Higuaín y Ozil, sobre todo), y cuando pareció que las piernas no daban para más, llegó el primer gol (Karim) y se desató la locura. Y un par de minutos después el segundo (Ramos), y ahí las piernas que se debilitaron fueron las de los alemanes, que se dedicaron a desplomarse al suelo los últimos cinco minutos y evitar que se jugara. Una pena, porque se estuvo a punto.

Definí la Champions de 2024 como «la Champions de los héroes inesperados«. Joselu, Lunin, Brahim, Nacho… Hay un jugador que puede despertar la locura el miércoles. Que tiene hambre y piernas. Se llama Endrick y en Brasil remataba hasta las sandías que le pudieran lanzar. Ni siquiera necesita ser titular para volar por los aires un partido. No será fácil. Por eso sé que lo lograremos.

Futbolero e inspector de Hacienda

A nadie le apetece una inspección de Hacienda. Y eso que en este capítulo me referiré a la incomodidad que supone una inspección realizada a la empresa en la que trabajo, no quiero ni imaginarme lo que puede ser sufrir una en tus propias carnes de persona física sin apenas más ingresos que los de tu nómina.

Aquella mañana acudimos a la sede central para grandes contribuyentes de la Agencia Tributaria, justo enfrente de esos Nuevos Ministerios que tienen poco de “nuevos”. La mañana era fría y allí acudí acompañado por dos colegas de trabajo: Gabriel, mi brazo derecho en la empresa, y Ramón, el responsable fiscal del grupo. Por aquel entonces (¿y cuándo no?), la Agencia Tributaria estaba a la caza de grandes fortunas y el organismo aparecía con bastante asiduidad en la prensa. Messi y Cristiano Ronaldo tenían casi tanta presencia en los medios por las investigaciones de Hacienda que por sus goles o hazañas sobre el terreno de juego. Actores, futbolistas, empresarios, políticos… nadie se libraba de sus tentáculos. Justamente acababa de pronunciar la palabra “tentáculos” cuando en el control de seguridad de la entrada al edificio me pidieron el DNI.

– Coño -me dije-, voy a controlarme, que seguro que graban a todos los que los ponemos a escurrir.

En la planta cuarta nos esperaba un amplio equipo de la inspección: Aquel día estaban todos muy sonrientes, enormemente amables y educados, como un equipo de cirugía refractiva antes de pegarte un sablazo. Ya habría tiempo de enseñar los dientes.

– Hola, soy Manuel -nos saludó el más veterano de todos mientras extendía la mano derecha-, seré el jefe de la inspección durante el tiempo que dure.

Nos presentó a los dos equipos que se iban a lanzar a nuestras yugulares contables durante los siguientes doce meses: Chelo, Montse, Julio, un informático, Alejandro… no logro recordar todos los nombres. El tal Alejandro era un auténtico cabrón, bueno, no quiero pasarme, era un tipo bastante desconfiado. Y bueno, un auténtico cabrón, como veríamos después. En aquella presentación todo muy cordial, muy correcto, y nos llevaron a una amplia sala. Con los inspectores de Hacienda me pasa lo mismo que me sucedía cuando era un chaval que acudía a mis primeras entrevistas de trabajo y había un psicólogo al otro lado de la mesa: joder, que me pone nervioso que a cada gesto o frase haya un tío (o tía, para esto sí empleo el lenguaje inclusivo) que anote mis palabras o el significado de mis ademanes.

¿Hablé de más, de menos, en aquella reunión de cortesía? ¿Captaron la directa de mis palabras cuando les dije que “Hacienda somos todos, menos mi vecino de dos casas más allá, que es diputado en el Congreso”?

El inspector nos pidió colaboración a lo largo de todos los meses durante los cuales la inspección iba a permanecer abierta:

– Vamos a fijar un día a la semana, unas veces en nuestra oficina, otras en las vuestras, pero, sobre todo, os pedimos la máxima colaboración en la entrega de documentación para que esto vaya rápido y no sea necesario ampliar los plazos máximos.

“¿Más de doce meses? No jodas, si para evitar eso precisamente tenemos la trituradora de documentos funcionando a pleno rendimiento”. En aquel momento se me ocurrían muchas frases así, pero me las guardé hasta ese momento de la inspección en que ya cogimos cierta confianza mutua. Para que una inspección sea llevadera tienes que lograr ese buen clima de entendimiento con ellos y eso a veces surge cuando les invitas a tomar un café.

– Venga, Chelo, Lourdes, ¿bajamos a tomar un café? -les dije un día en nuestras oficinas-, así estáis menos tiempo hurgando en nuestros papeles.

Lo normal era que hiciéramos esa parada sobre las once de la mañana, pero hubo un día que andaban muy liadas y declinaron nuestra invitación:

– Sois las primeras funcionarias de este país que rechazan un café -les solté.

Tardaron un tiempo en entender nuestro particular sentido del humor, pero lo cierto es que la interacción fue bastante positiva para ambas partes, tanto que Chelo, la mayor, me respondió:

– Tranquilo, tengo varios compañeros que mantienen bien alta la media nacional de cafés de la administración.

El humor siempre ayuda, y el trabajo avanzó con una fluidez deseable para todos. Con el que metí la pata hasta el fondo fue con Manuel, el inspector jefe.

– A ver si me dejáis tranquilo a Cristiano Ronaldo, Manuel -le comenté en una ocasión antes de empezar la jornada-, que el pobre se está descentrando con tanta inspección, con las peticiones de cárcel y eso, y en un mes tenemos eliminatorias de Champions.

Me miró de soslayo y respondió:

– Si hubiera pagado lo que le dijimos desde el inicio, no tendría ahora estos problemas.

– Pero, desde el desconocimiento, pregunto, sea Ronaldo, Messi, Shakira, o quien sea: ¿unos ingresos por un anuncio rodado en las Seychelles para una empresa americana, que le paga una agencia de Singapur, y con los derechos de imagen cedidos a otra empresa con sede en Bahamas, de qué modo tiene que liquidar en España y por qué concepto?

Nunca profundizamos en estas conversaciones lo que a mí me habría gustado. Además, ahí estaba mi compañero Gabriel al quite para pedirme que no insistiera: “me da que este tío no es del Madrid precisamente”. Su intuición se corroboró un día que acudimos a sus oficinas, concretamente el día después de que Ronaldo marcara de chilena el golazo aquel en Turín:

– ¿Viste ayer a Cristiano, Manuel? Vaya chicharro, al final, la rabia por tanta inspección ha servido para que saliera a reventar a los italianos.

En aquel momento subíamos de una planta a otra porque la sala de reuniones de otras veces estaba ocupada. Íbamos por las escaleras, pero el inspector se paró, se giró y me dijo muy serio:

– ¡Qué pesaos estáis los madridistas, parece que no habéis visto un gol de chilena en vuestra vida!

Glups, definitivamente no parecía simpatizante del Madrid.

– La reunión tendrá que ser en mi despacho -nos dijo-, porque no hay una puta sala libre en todo el edificio.

Entramos al despacho, nos sentamos en la pequeña mesa de reuniones que tenía y “¡bingo!”, allí estaba la prueba: un calendario del Atlético de Madrid en la pared, tras el escritorio en el que se sentaba a diario. Y un banderín del Atleti colgando del monitor del ordenador.

“Con menudo hooligan he debido dar”, pensé. Don Manuel, Manolo, como vi que le llamaban sus compañeros, no era mal tío, simplemente era más seco que la mojama. En especial cuando salía el tema fútbol, que a partir de ese día traté de obviar. Castizo, madrileñazo de generaciones, con padres y abuelos colchoneros que sin duda habían contribuido a que no hiciera la elección adecuada en la infancia.

Según fuimos conociendo datos de su vida, supimos que estaba en sus últimos años de carrera profesional, que había compartido promoción con algunos tipos que dejaron pronto la inspección y se metieron en la política, “y se forraron a base de olvidar lo que sabían los muy…”. Siempre se cortaba antes de soltar la palabra “sinvergüenzas”, pero era muy evidente que le dolía especialmente ver cómo algunos excompañeros de carrera habían contribuido a cambiar las normas para favorecer a otros que les habían retribuido con generosidad.

Ni siquiera cuando hice alguna broma sobre el despacho de Montoro, los conocimientos fiscales de Montero o la inspección al banquero que murió en el acto conseguí sonsacarle algo. Solo una vez, cuando apareció el nombre de un inspector de Hacienda en excedencia entre los beneficiarios de las tarjetas black:

– Ese tío siempre fue un capullo integral

Y no dijo más. Quizás porque lo había dicho todo. Recuerdo otra salida suya cuando le planteé una cuestión acerca de un negocio que habíamos comenzado recientemente, “para la próxima inspección, Manuel”, un negocio de cientos de miles de pequeñas operaciones de céntimos que se gestionaban a través de una app de uso en los móviles:

– Imagina que son diez céntimos por operación, que se supone que llevan el IVA incluido -levantó las cejas como diciendo “que se te ocurra lo contrario”-, vale, luego dos céntimos para Hacienda, uno para el banco que pone la plataforma de pago, otros dos para la empresa que desarrolla la app, que está ubicada en la isla de Jersey, uno y medio para pagar el propio coste del servicio y el resto para nosotros. Y todo esto, unas diez mil veces al día.

Me miraba como si no quisiera escucharme más, como si se estuviera cagando en todos los desarrolladores de la nueva economía, así que, cuando lancé mi pregunta:

– Con todo esto, y con la poca calidad de la información que recibimos nosotros mismos para liquidar, ¿cómo nos vais a inspeccionar estas facturas y qué soporte esperáis que os facilitemos?

Su respuesta no pudo ser otra:

– Mira, quedan tres o cuatro años para eso, y para entonces yo ya me habré jubilado, ¡que se lo coma el siguiente!

Sentí envidia, quizás porque en el fondo yo sienta algo similar a él, una infinita pereza por estas nuevas tecnologías y los millones de céntimos que vuelan entre países y empresas. “Solidaridad en la pereza” podría haber sido el título de este capítulo. Pero he preferido llevarlo por el lado del fútbol porque fue decisivo para el cierre de la inspección. Los servicios de inspección suelen tener una cifra en la cabeza que esperan “encontrar” en los inspeccionados: diferencias de criterios, cambios normativos mal aplicados, interpretaciones interesadas… por lo general, hay más de diferencias por la regulación que por fraude o evasión.

– Mira, Lester -me dijo Manolo al comienzo del undécimo mes-, si aceptáis esta regularización que os proponemos, damos carpetazo a todo, cerramos aquí y hasta dentro de un tiempo. Si optáis por firmar en disconformidad, seguimos con la inspección abierta, ampliamos la petición de información y entonces, al tribunal vamos con todo, también con lo que ya habíamos dado por válido.

– Ya, pero es que creo sinceramente que nuestra interpretación es defendible -razoné-, que tenemos argumentos que lo soportan, aceptar en conformidad ese ajuste tendría un impacto relevante en nuestras cuentas.

– No es tanto para un grupo como el vuestro, estoy seguro, es un palo, pero entra dentro de lo aceptable.

Un palo nunca entra dentro de lo aceptable. ¿Acaso te lo pareció el de Juanfran?

Joder, fue una metedura de pata, lo sé, pero es que, como estábamos en su despacho, la foto del jugador del mes en su calendario del Atleti era la de Juanfran, “nuestro héroe” particular de la Undécima en Milán. El inspector se llevó la mano al pecho como si le hubieran dado una puñalada.

– No me jodas, no me jodas, que todos estamos deseando llegar ya al final de esta inspección, a ver si la vamos a liar ahora y tenemos que pedir una prórroga.

– Me temo que eso nunca ha sido lo vuestro, Manuel, que luego vienen los penaltis, y ahí, como en los tribunales, tenemos mejores tiradores.

Por mi cabeza pasó ofrecerle que nos apostáramos la inspección al resultado del próximo derbi Madrid-Atleti, que se jugaba unos días después. Tocarle la fibra con su lema “Nunca dejes de creer”, que es en vuestro campo y esas cosas, pero me pareció demasiado temerario. Sin embargo, la sola referencia a una prórroga y penaltis, le hizo reflexionar y concluyó:

– Mira, lo mejor será que cerremos con lo que salga del cuadro que está revisando Alejandro con Gabriel, y que ambos aceptemos lo que salga. Es un dato objetivo.

– Me parece bien. Cualquier cosa mejor que los penaltis.

El Real Madrid ganó 1-3 al Atleti. Y firmamos en conformidad poco después.