El dilema del teletrabajo

Qué lejos quedan aquellos tiempos post-pandémicos en los que leíamos artículos como este del New York Times (abril de 2022) en el que se destacaba el hecho de que, pese a que algunas empresas comenzaban el “retorno” presencial a las oficinas, otras habían ampliado sus horizontes y sus ventas gracias al remote work, el teletrabajo. Gracias a la contratación de trabajadores en remoto realizada durante la pandemia, habían podido ampliar su plantilla y acceder a mercados de mayor tamaño. El artículo menciona ejemplos de varias empresas tecnológicas y relacionadas con la salud. También las hubo en el sector financiero, comercial y marketing, creación de contenido… Puede que no sea un modelo válido para todos los sectores, pero sí denota una apuesta por la organización, el análisis efectivo del trabajo realizado y la innovación.

“Ellos (los trabajadores) pueden permanecer donde están”, decía Steve Case, CEO de Revolution y cofundador del gigante AOL. En aquellos tiempos que ahora parecen lejanos, algunas empresas como Olive utilizaron fórmulas de compensación salarial para empleados que vivían en lugares con mayores costes de vida, generalmente las grandes ciudades, sede de las oficinas centrales, y diferenciarlos de quienes optaban por el teletrabajo y por vivir en ciudades con un coste de vida más asequible, una fórmula impensable en Europa. De este modo, los empleadores podían acceder a un mayor rango del llamado talent pool, ese mercado de talento o de personal, en muchos casos poblados de empleados perfectamente válidos que dedicarían una parte importante de su tiempo y dinero en acudir de manera presencial a una oficina.

Más lejos aún, casi en la prehistoria de la edad laboral moderna, queda este otro artículo del mismo medio, titulado en su versión de papel Lo que los jefes realmente piensan acerca del teletrabajo (y en la versión digital, no sé por qué, Lo que los jefes realmente piensan acerca del futuro de la oficina). Es de noviembre de 2021, un tiempo en el que debíamos ir por la cuarta o quinta ola, y el regreso a las oficinas se había producido de manera paulatina y tan exitosamente normal como la salida repentina de las mismas a mediados de marzo de 2020. El trabajo siguió saliendo adelante, las empresas prestaron sus servicios, los empleados echaron las horas necesarias, se concilió con las vidas familiares y la productividad no se resintió. El artículo de David Gelles comienza diciendo que:

“La gente ahora piensa de forma diferente acerca de las oficinas, incluidos los directores y CEOS, quienes durante tanto tiempo vigilaban atentamente a los trabajadores en sus puestos. Los jefes que antes disfrutaban del trabajo presencial se han vuelto menos atados a los ascensores abarrotados y las salas de reuniones sobresaturadas. Ejecutivos que ascendieron trabajando 15 horas bajo los fluorescentes ahora aceptan que la jornada laboral pueda terminar a las 3 de la tarde o a las 11 de la noche, lo que sea mejor para el empleado. Los ejecutivos, deseosos de atraer jóvenes trabajadores, se están adaptando a las normas cambiantes y se están dando cuenta de lo bueno que habría sido tener mayor flexibilidad al inicio de sus carreras, cuando tenían hijos pequeños”.

Releo ahora este artículo, archivado en mi carpeta de los recuerdos pandémicos, con cierta candidez, con la ilusión de una manera de trabajar que parece condenada al olvido. El mismo artículo ya llamaba la atención sobre esos otros jefes que preferían el trabajo presencial, el contacto estrecho con el departamento. Y otros, quizás más ajustados a la realidad del mercado, optaban por la flexibilidad y los posibles ahorros de costes en las oficinas y en los tiempos de desplazamiento de los empleados. En estos tiempos en los que la sostenibilidad y la reducción de emisiones están en boca de todos, me llama la atención que no se hable demasiado de los millones de toneladas de CO2 vertidas en exceso durante los enormes atascos de entrada a las ciudades, emisiones que se redujeron notablemente durante aquellos tiempos en los que el trabajo presencial y el remoto se repartían aproximadamente a partes iguales.

Como ejemplo de manager que apostaba por el retorno a las oficinas, el artículo menciona las palabras de Sundar Pichai, CEO de Google y Alphabet, quien ya por entonces decía: “echo de menos las reuniones en las que uno puede ponerse de pie, ir a la pizarra, dibujar lo que está pensando y que otros lo vean”. Salvando las enormes distancias intelectuales, en aquellos tiempos pandémicos yo tuve un jefe que necesitaba algo similar: poder ponerse de pie para soltar sus ocurrencias y que su coro de palmeros lo escucharan. No creo que fuera el único en este país. Fue a trabajar de manera presencial todos los días casi desde el inicio del confinamiento, pero no porque el suyo fuera un trabajo esencial ni fundamental para la sociedad (contaba con un certificado convenientemente apañado, claro), sino porque hay directivos incapaces de trabajar si no cuentan con su secretaria y con un círculo de colaboradores a su vera que pierdan el culo para atender sus directrices.

No cabe duda de que no hay una solución óptima para el teletrabajo que sea global, válida para todas las empresas. A mediados de 2022 la mayoría de las empresas habían optado por un modelo híbrido, como indicaba este artículo de El Confidencial: El teletrabajo fue un espejismo. El 90% de los asalariados va todos los días a su empleo. Las estadísticas de la EPA reflejaban que el número de empleados con teletrabajo había descendido, pero que también lo había hecho el número de días en que desarrollaban su trabajo en remoto. A ello contribuyó la regulación que obligaba a las empresas a sufragar los gastos del empleado en su casa cuando el teletrabajo era mayoritario. “El objetivo era desarrollar un texto garantista con el trabajador, aunque fuese a costa de crear desincentivos para el teletrabajo. Para las empresas, en líneas generales, es más barato mantener a todos los trabajadores en una oficina que pagarles los gastos individualmente”. La conocida habilidad de la legislación laboral (en este mismo blog, La regulación entra en casa).

Los análisis para valorar la rentabilidad económica o la posible pérdida/ganancia de productividad del trabajo en remoto no son sencillos. O posiblemente no sean reales. En mayo de 2023, Paul Krugman, premio Nobel de Economía, escribía este interesante artículo sobre el teletrabajo, el PIB y otros ratios no medibles, como la conciliación, los desplazamientos o el tiempo que se pasa con las familias: Trabajar desde casa y darse cuenta de lo que importa. El PIB como indicador engañoso “de lo que realmente importa en la vida”.

 “Atribuir un valor en dólares a los beneficios de esta reducción es complicado. No basta con multiplicar el tiempo ahorrado por el salario medio, porque es probable que la gente no considere el tiempo que pasa en la carretera (sí, la mayoría de la gente va a trabajar en coche) como totalmente perdido. Por otra parte, hay muchos otros gastos, desde el combustible hasta el desgaste del vehículo y la tensión psicológica asociados a los viajes para ir a trabajar”.

Krugman no puede obviar a directivos de peso como Elon Musk que ya entonces tildaban de “vagos” e “inmorales” a los trabajadores que se resistían a volver a sus puestos de trabajo presenciales. Como la mayoría de las grandes empresas se copian, el retorno repentino se generalizó (finales de 2022, primeros meses de 2023) y en Estados Unidos surgieron movimientos de los que se escribió bastante, como la Gran Dimisión, y otros de los que se habló menos, como la Gran Resistencia. La negativa de muchos trabajadores a volver a sus cubículos. Amazon fue de las primeras en propugnar la vuelta a las oficinas. Enseguida Apple comenzó a exigir al menos tres días semanales en la oficina. Starbucks se encontró con una reacción contraria por parte del grueso de la plantilla, y los trabajadores de Walt Disney Co iniciaron una protesta contra los cuatro días presenciales y uno de teletrabajo. JP Morgan instó a sus trabajadores o, directamente, los contrataba para acudir “5 days a week”. Elon Musk comunicó la política de su empresa a los trabajadores de esa manera tan “especial” y empática que suele mostrar: a las 2.30 de la madrugada, con un correo electrónico que afirmaba que “la oficina no es opcional”.

Si tratamos de dejar a un lado el debate sobre las razones existentes tras estas decisiones, que no eran económicas ni productivas, sino una especie de “por mis huevos”, podríamos centrar la discusión en las ventajas e inconvenientes de apostar por el teletrabajo, el presencial o el modelo híbrido. En los asuntos de índole laboral, ya he comentado otras veces en este blog que los datos más precisos y los análisis que más me interesan son los que publica Javier Esteban en su newsletter semanal Beyond the Hype. En febrero de 2024 publicó ¿La revancha del teletrabajo?, un interesante artículo sobre la evolución positiva que había experimentado el teletrabajo. Cuando la mayoría de empresas españolas optaban por la vuelta a las oficinas y la reducción paulatina del teletrabajo, sucedió que en el último trimestre de 2023 se experimentó un crecimiento de esta última modalidad, hasta el punto de superar por primera vez las cifras de 2021. El incremento no se debía a los autónomos, cuyas cifras se mantenían estables, sino al crecimiento de los trabajadores por cuenta ajena.

El caso es que se mantuvo la senda de recuperación económica y no hubo una pérdida de productividad en el país (tampoco es que estemos para tirar cohetes en este aspecto, pero desde hace décadas), sin embargo, el propio análisis, como decía el autor, era incompleto si no se incluía el reparto de tiempo real entre presencial y teletrabajo. Es decir, que la fórmula más habitual que funcionaba en las empresas era el modelo híbrido.

Apenas seis meses más tarde, el propio autor publicó Los asesinos del teletrabajo, un análisis que reflejaba que el teletrabajo, aunque fuera ocasional, seguía creciendo, e incorporaba algún detalle adicional por sectores. Se observaba que determinadas políticas laborales difícilmente pueden ser uniformes para todos los sectores (y eso vale para otros asuntos que ya han salido en este blog, como la reducción de jornada, o el registro horario). Y yo añadiría: ni para todos los departamentos. Algunas expertas, como Cristina Andrés Paramio, directora de Recursos Humanos de Arconi Solutions, defiende que «El teletrabajo no tiene por qué morir, puede continuar siendo viable si se trabaja en un entorno de confianza, autonomía y auto-responsabilidad».

Por último, en marzo de 2025, Desmontando el teletrabajo abría el melón sobre el porcentaje real de teletrabajo y las ventajas o desventajas que podían encontrar tanto los empleadores como los trabajadores. Quizás debido al fenómeno de La Gran Dimisión o a las diferentes perspectivas laborales y vitales de las llamadas generaciones X y Z, numerosas empresas han tomado en consideración la percepción de los trabajadores acerca del teletrabajo.

Sigue primando el sueldo, sin duda, o las expectativas de promoción, pero numerosos jóvenes valoran cada vez en mayor medida esa flexibilidad que les permite compaginar con una vida personal distinta a la de las generaciones que los precedieron. No hay análisis rigurosos sobre la rentabilidad para las empresas de uno u otro modelo, ni nada que vaya mucho más allá de percepciones propias o de lo que el propio Javier Esteban denomina el debate entre “renunciólogos y teletrabajólogos”, pero transcribo literalmente este último párrafo porque me parece muy acertado:

“Lo que decide a las empresas a adoptar o no esta fórmula es la relación entre el coste de implantarla y el beneficio al obtenerla. Si en algunos casos será rentable al atraer y retener mejores profesionales sin incrementar los costes salariales, en otros la compañía se puede encontrar con que su factura de bienes de equipo se duplica por mantener una oficina física y a la vez abonar los gastos del trabajo en casa”.

Por desgracia ese análisis no es inmediato, sino que se aprecia en el medio plazo con la posible pérdida (o no) de capital humano. Lo del incremento de emisiones de carbono por el aumento de vehículos en los accesos a las ciudades (con efecto multiplicador) sigue sin aparecer en los informes de sostenibilidad de las empresas, y es algo que afecta en costes de tiempo, de gasolina, de salud y en eso otro que denominan «bienestar del empleado».

Dejaré un último apunte sobre el teletrabajo a cuenta de la mención que he hecho sobre las generaciones jóvenes. No es que haya visto en mis hijos el efecto positivo del teletrabajo (y su responsabilidad para realizarlo), es que sé por todos ellos y por conversaciones con los más juniors de mis respectivos equipos la importancia que le dan a esa flexibilidad o al modelo híbrido. No se trata de nada “egoísta” por su parte, sino que lo ven como algo ligado a la confianza que se les da por parte del responsable directo. Y las empresas deberían ligarlo a eso tan de moda que llaman “retención del talento”. Precisamente esta semana leía a un antiguo compañero de trabajo que criticaba el verbo empleado: “retener”. David Martín Pasadas, de Serveo, reflexionaba sobre su uso y decía:

“Echo de menos, cuando oigo hablar sobre retención de talento, que no recomienden cadenas, correas y esposas. Porque cuando retienes a alguien es siempre en contra de su voluntad. Veamos que dice la RAE sobre retener:
tr. Impedir que algo o alguien salga, se mueva o desaparezca.
Sin.: raptar, secuestrar, detener.
Las siguientes definiciones no mejoran el tema precisamente.”

Hay modas en materia laboral, igual que hay análisis de todo tipo, teorías o estrategias empresariales. Pero el teletrabajo no es nada de eso, sino una posibilidad al alcance de nuestra mano que nos permiten los avances tecnológicos, los mismos que nos posibilitan estar siempre conectados desde casi cualquier parte del mundo. Y las empresas que predominan son las que saben evolucionar y adaptarse a las innovaciones, sean tecnológicas, laborales o sociales.

Persépolis (II): la película

El éxito de ventas de la novela gráfica de Marjane Satrapi Persépolis, publicada en cuatro tomos entre los años 2000 y 2003, creció de manera exponencial tras su traducción al inglés. La desgarradora historia de una niña atrapada en plena revolución islámica en el Irán de los ayatolás merecía ser llevada a la gran pantalla y así sucedió pocos años después de la publicación completa de la obra, concretamente en 2007. Se presentó en el Festival de Cannes de ese mismo año y obtuvo el Premio del Jurado, aunque no logró la Palma de Oro, a la que llegó a optar seriamente. La película captó rápidamente la atención de la crítica y de los grandes premios internacionales, y esa marea de popularidad la llevó a ser candidata al Globo de Oro y el Bafta, así como presentada, aunque no elegida, para optar al Óscar a mejor película en lengua no inglesa.

Pese a algunas propuestas algo surrealistas llegadas desde Estados Unidos, como confesó la autora en una entrevista para Cinemanía, finalmente se lanzó a la aventura de trasladar su historia al celuloide tras la propuesta de Vincent Paronnaud, otro historietista con el que ya había colaborado en algunas publicaciones tras su exilio en Francia. Adaptar un libro nunca es sencillo y hay que optar por decisiones que, en ocasiones, conllevan cierto riesgo. En el caso de Persépolis, por ejemplo, si se rodaba con actores reales o con animación, o si la paleta cromática se limitaba al blanco y negro, sin apenas matices en gris. Si uno ha leído la obra, no puede concebirla de otro modo que en ese blanco y negro sin concesiones. Triste, apagado, decadente, moribundo. Como el Irán de los Guardianes de la Revolución, o como el papel que dejan a las mujeres en esa sociedad. En este sentido, es de agradecer que la producción fuera francesa y la elección «estética» me parece todo un acierto, por mucho que los éxitos comerciales de la animación de Pixar o Dreamworks de aquellos años se decantaran por el brillo y la explosión multicolor (siempre magníficos, por cierto, que no se entiendan como una crítica). El color apenas aparece en todo el metraje, en algunos pasajes en el aeropuerto de Orly o en los ojos de la abuela, la visión quizás más lúcida de toda la obra, tanto novela como película.

Persépolis tenía que ser otra cosa. Aunque la niña deslenguada sea capaz de arrancarnos alguna sonrisa, una pátina de tristeza envuelve toda la historia, al igual que en las páginas de la novela gráfica. Las mismas sonrisas culpables, por cierto, que nos pueden causar los sinsentidos de los barbudos integristas, cómicos involuntarios con sus retrógradas creencias. Marjane Satrapi era dibujante, pero no animadora, así que se encargó del guion y de dibujar los casi seiscientos personajes que aparecen en la pantalla. Entre Marc Jousset como director artístico, el mencionado Vincent Paronnaud y la propia Satrapi tomaron las decisiones adecuadas para que el enorme equipo de animación diera vida y movimiento a esos dibujos y compusiera las escenas que, unidas, trasladan de manera fiel la historia a la pantalla. En palabras de Marjane Satrapi, «queríamos que los dibujos fueran realistas, no dibujos animados. Así que no tuvimos mucho margen con las expresiones faciales, esto es lo que les transmití a los diseñadores y animadores». Y sin embargo, resultan sumamente expresivos, transmiten las emociones de la autora/protagonista, omnipresente en cada escena.

La música escogida ayuda a dar «cuerpo» y veracidad a la historia, en especial ese archifamoso Eye of the tiger de Rocky Balboa, que sale de tres maneras diferentes en los vídeos que comparto en este post.

Mi versión favorita es la cantada por la propia Chiara Mastroianni, la actriz que pone la voz de la propia Marjane en la película. La lentitud del ritmo, la voz arrastrada, el cansancio en el tono, que choca con la letra… todo contribuye a transmitir esa idea de vida que languidece, que se asfixia, se deprime.

Don’t lose your grip on the dreams of the past / No pierdas la fe en los sueños del pasado
You must fight just to keep them alive / Debes luchar para mantenerlos vivos

Las otras dos voces principales escogidas para la obra fueron la de Danielle Darrieux para la abuela, personaje capital, una especie de «voz de la conciencia» de la niña, la imagen de la dignidad, y la mismísima Catherine Deneuve para el papel de la madre. La obra es bastante fiel al original, con algunas variaciones en el modo de contarlo, como un largo flashback que se cierra con el final del libro. Quizás se extiende más que la novela en la candidez con la que la familia de Marjane observa la caída del régimen del sah, el líder corrupto manejado por occidente a cambio de petróleo. Una familia progre con amigos y parientes directamente comunistas o leninistas, que espera un cambio a mejor para toda la sociedad y, de repente, se encuentra con la dictadura religiosa que prohíbe todo lo que huela a occidente. La música, el alcohol, las libertades, la indumentaria de las mujeres… Por eso solo se podía usar el negro. Y quizás por ese mismo motivo la película utiliza mucho las sombras, las siluetas recortadas sobre fondos sin apenas definición y el contraste con la nieve que rodea Teherán. No hay entrevista a la autora en la que no recuerde su añoranza por las montañas que rodean la capital iraní.

Por otro lado, la película no es menos condescendiente con Europa y nuestras chorradas cuando la niña llega en su primera etapa. Si en Irán preocupan la guerra y las libertades, las pandillas de Viena en las que se mueve la protagonista presumen de estéticas punk, consumo de drogas y un nihilismo existencial del que incluso presumen. Llegados a este punto, siempre recuerdo el artículo de Arturo Pérez-Reverte Es la guerra santa, idiotas, sobre la estupidez y pasividad de Europa y la llegada del Islam más radical:

«»Es una guerra -insiste metiendo el bigote en la espuma de la cerveza-. Y la estamos perdiendo por nuestra estupidez. Sonriendo al enemigo». Mientras escucho, pienso en el enemigo. Y no necesito forzar la imaginación, pues durante parte de mi vida habité ese territorio. Costumbres, métodos, manera de ejercer la violencia. Todo me es familiar. Todo se repite, como se repite la Historia desde los tiempos de los turcos, Constantinopla y las Cruzadas. Incluso desde las Termópilas. Como se repitió en aquel Irán, donde los incautos de allí y los imbéciles de aquí aplaudían la caída del Sha y la llegada del libertador Jomeini y sus ayatollás. Como se repitió en el babeo indiscriminado ante las diversas primaveras árabes, que al final -sorpresa para los idiotas profesionales- resultaron ser preludios de muy negros inviernos».

Tras Persépolis, Marjane Satrapi rodó otras cuatro películas más, dos de animación (Poules aux prunes y La Bande des Jotas) y dos con actores, Las voces y Radioactive. Solo he visto esta última, estrenada en España como Madame Curie en 2020. No fui consciente de que Satrapi era la directora hasta el final de la película, y entonces fue cuando vi ciertos paralelismos con el personaje de la niña de Persépolis: una mujer opacada por los hombres, una brillantez como científica que no se le reconoce inicialmente por su condición de mujer en un mundo de hombres y, también, por sus ensoñaciones. No son unas «idas de olla» tan extremas como los diálogos con Dios y con Marx de la película objeto de este post, pero sí en esa misma línea entre surrealista y psicodélica. La peli no está mal, es interesante, aunque quizás ofrezca una visión demasiado moderna de la científica, la primera persona en recibir dos premios Nobel (Física y Química). Anacrónicamente feminista.

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Cómics (IV): Persépolis

Conocía la historia de Marjane Satrapi desde hace tiempo, a raíz de la película que se rodó en 2007, una historia triste sobre el cambio vivido en Irán tras la entrada del régimen de los ayatolás a finales de los setenta y la implantación plena en los ochenta. Hasta ahora no había tenido la oportunidad de leer el cómic, la novela gráfica en la que la autora cuenta su historia y narra en primera persona cómo fue esa progresiva transformación y degradación del país.

Marjane Satrapi nació en Teherán en 1969 y vivió en su país hasta 1984, cuando sus padres, asustados por lo que veían y vivían día tras día en las calles de Irán o con sus vecinos, deciden que lo mejor para su hija es que salga del país, que estudie en Europa y pueda tener una vida en libertad. La que ellos no volverían a tener. El dibujo es sencillo, en blanco y negro, un trazo expresivo, pero sin los excesos ni proezas técnicas expresionistas como las de Frank Miller en Sin City, por poner un ejemplo. No es una crítica, sino una loa, porque esos trazos sencillos resultan perfectos para lo que la autora pretende: ser funcionales, útiles para contar una historia desgarradora, que valgan para expresar las emociones desnudas de la autora. O de toda una población reprimida.

La historia que se cuenta en Persépolis es la de una niña algo deslenguada, con unos padres de mentalidad progresista y laicista, una cría que ve cómo se genera un descontento en la población con el sah de Persia, motivado por la corrupción y el excesivo culto al líder. Un líder más preocupado por la imagen que da al exterior que por su propia ciudadanía, un títere de los gobiernos ávidos de petróleo. Los fastos excesivos celebrados con motivo del 2500 aniversario de la monarquía persa (1971) fueron un factor más a sumar en el descontento general de la población. Poco le importaron entonces al sah Rezah Pahlevi las críticas por un gasto estimado en más de 20 millones de dólares de la época, pues él era bien recibido en las cancillerías occidentales y su país era considerado en el resto del mundo. La fiesta fue realizada precisamente en las ruinas de Persépolis, la capital de los persas fundada aproximadamente en el año 515 a.C. por orden de Darío I.

La familia de Marjane vive de cerca la caída del régimen sátrapa de los sahs y sin grandes preocupaciones, pero lo que no esperaban era que su sustitución por una república islámica concluyera en una sociedad tremendamente represora, especialmente con las mujeres, o con todo aquel disidente que tuviera un pensamiento distinto al de los «Guardianes de la Revolución». Persépolis se publicó en cuatro tomos, uno al año entre 2000 y 2003, y desde el principio tuvo un gran recibimiento de crítica y fue un éxito de ventas. Se calcula que ha vendido dos millones de ejemplares desde su publicación y obtuvo varios premios de prestigio, como los de Angoulême, uno de los festivales de cómics más prestigiosos del mundo, donde obtuvo los de mejor autor revelación (2001) y mejor guion (2002), el premio de la paz Fernando Buesa (Vitoria, 2003) o el Harvey a la mejor obra extranjera (Estados Unidos, 2004). Su espaldarazo y reconocimiento de masas llegaría con el estreno de la película de 2007, dirigida por la propia autora.

La edición que tengo en mi librería pertenece a Reservoir Books y se editó por primera vez en 2020, con los cuatro tomos/episodios de la vida de Marjane agrupados. Pocas veces resulta más complicado disgregar una obra de su autora como con Persépolis y Marjane Satrapi. Es ella en cada página, es la voz que todo lo narra, son sus reflexiones, con sus errores, pero, también, con su firme voluntad de salir adelante, la que trasciende. El tomo 1 no puede comenzar de una manera más explícita:

En las siguientes páginas se remonta a lo sucedido en los años anteriores, los años previos a la caída del sah, el despilfarro ante los ojos de todo el mundo, la hipocresía de occidente cuando el dictador «amigo» deja de serlo y, finalmente, el estallido de la revolución. La verdad es que la historia de los iraníes, “persas, no árabes”, como repite con la misma firmeza que el cerrajero iraní de Crash, es la de un pueblo atrapado entre satrapías, invasiones y guerras de religión. Durante varios capítulos, la protagonista ve cómo algunos de los amigos o familiares más cercanos comienzan a abandonar el país ante lo que está por venir. El capítulo acaba con las primeras purgas de ciudadanos y con el arranque de la guerra con los vecinos de Irak.

Por si todo esto fuera poco, el segundo tomo arranca con la invasión de la embajada estadounidense en Teherán, la famosa crisis de los rehenes que duró 444 días, y que ya ha sido contada en varios libros y películas. Este tomo es, quizás, el más indignante, el que va contando cómo los Guardianes de la Revolución, esa p… policía de la moral, empieza a poner normas a los ciudadanos, en especial a las mujeres, hasta convertir el ambiente en las calles en irrespirable. El velo es una puñetera imposición del hombre que debe ser erradicada, en cualquiera de sus versiones (chador, niqab, al-amira, khimar, no digamos el burka o el hijab), y ya que no hay manera de lograrlo en Irán o en Afganistán, al menos se debería frenar en esta Europa en ocasiones tan acomplejada.

Cuando escucho a tantas feministas defender el uso del mismo como un símbolo de libertad y de elección personal, me subo por las paredes. Resulta muy cómodo defender lo indefendible desde la comodidad del sillón en una casa en la que puedes opinar libremente, pero me gustaría que todas estas mujeres escucharan lo que alguien que lo ha padecido con toda su crudeza tiene que decirles:

“El significado del velo es que debes cubrirte del hombre porque eres un objeto. Pero las francesas han conseguido hacer del velo un símbolo de resistencia, cuando lo es de sumisión, por eso creo que es un problema más identitario, político”. “Nunca he estado en guerra contra los hombres, que son excelentes compañeros de viaje. Luchamos por la humanidad, por el ser humano”.

Todo el segundo tomo está embadurnado de tristeza, de tipos barbudos insoportables que escrutan cada centímetro del cuerpo o del pelo de las mujeres que se cruzan por la calle para reprenderlas, golpearlas o detenerlas. Se prohíben la música y el baile, y todo aquello que huela a libertad individual. El clima es tan irrespirable que los padres de Marjane optan por enviarla a Europa cuando apenas ha cumplido los 14 años.

El tercer tomo narra otro choque cultural, el de la adolescente que descubre una Austria en la que los supermercados están repletos de comida, en la que existe una liberación sexual y homosexual desconocida para ella, en la que se habla de comunismo, anarquismo y rebeldía con olor a porros… Para una niña venida de una sociedad ultraconservadora, la adaptación no fue nada sencilla. De hecho, ella misma considera que no se adaptó, tuvo una época más que complicada y finalmente, tomó la determinación de volver a Irán. Con 18 años y una agobiante sensación de oportunidad perdida, de fracaso.

El cuarto tomo trata del retorno a un lugar triste, decadente, sin libertades, en el que la protagonista se siente tan ajena como lo estuvo en su última etapa en Europa. Era vista como iraní en Europa y como extranjera en su país natal. El apoyo de sus padres fue decisivo para salir de la depresión y para entrar en la universidad, en la que, pese a gozar de cierta libertad de movimientos, todo tenía que hacerse a escondidas: las fiestas, la música, las relaciones…

Hay cierto humor en las situaciones absurdas, como la del taller de pintura, cuando tienen que pintar cuerpos femeninos, pero, obviamente, cubiertos con ese chador que cubre todo el cuerpo. O cuando les encargan idear un parque de atracciones con la temática de la mitología iraní, pero el proyecto se cae porque, oh, barrera infranqueable, las esculturas representan “mujeres con el pelo a la vista y el cuerpo sin cubrir”.

El libro te llega a indignar por momentos, en especial cada vez que sale un barbudo de estos. Los dibujos transmiten su dureza, su incultura, el fanatismo en el que han sido educados. ¿Cuántos millones de tíos habrán sido educados de esta manera? En un país de 90 millones de habitantes, supongo que habrá cientos de miles de desalmados así.

Persépolis concluye con una nueva “huida” de Marjane hacia Francia, país en el que estudiará, se hará una carrera y la vida que todos conocemos de ella. No ha vuelto desde entonces y, aunque no hace mucho decía que creía que moriría en el extranjero (entrevista de 2020), de un tienpo a esta parte es más optimista y cree que podrá volver cuando el régimen actual sea sustituido (entrevista de 2023). Las vueltas que da la vida, parece que uno de los que espera que caiga el régimen actual es el hijo del sah Rezah Pahlevi, quien se postula para “derrocar al régimen que tiene secuestrado al país”.

No lo sé, uno mira cómo los talibanes controlan todo el poder en la vecina Afganistán y ya duda de todo. Y la formación general en un país como Irán es muy superior a la de los afganos. La revolución “avanza” a su manera con el uso de la tecnología para el control de su población. De la femenina, por supuesto. Lo último ha sido colocar cámaras con IA para poder controlar a todas aquellas mujeres que se quitan el velo para conducir: son identificadas y reciben un SMS de inmediato en el que se les notifica el castigo, que no es otro que la confiscación del vehículo. Vaya mierda todo, qué rabia me da.

Marjane Satrapi recibió el premio Princesa de Asturias de la Comunicación y Humanidades en 2024 y tuvo un discurso curioso, un punto de vista interesante:

“Antes que nada, quería expresarles mi profundo agradecimiento por este extraordinario premio que me han concedido. Y ahora, puesto que de eso se trata, hablemos de la humanidad.

Entre lo que los biólogos denominan animales auténticos, es decir, los mamíferos, el hombre es el único que mata a su hembra. Y calificamos ese acto como bestial, siendo así que ninguna otra bestia, fuera de nosotros, lo comete. Eso es la humanidad.

Pero también hay humanos que pierden la vida a manos de sus torturadores para proteger a sus semejantes, para no denunciarlos, y sé muy bien de lo que estoy hablando. Esto también se llama humanidad.

(…)

Con esto, quiero decirles que no tengo una visión idealizada de lo humano y que yo, en mí misma, experimento esa dualidad. Acepto tanto mi violencia como mi benevolencia, esperando siempre que la segunda prevalezca sobre la primera.

(…)

El hombre por sí solo no sobrevive en la naturaleza. Sólo sobrevive juntándose con otros y creando sociedades. Y la condición sine qua non para lograrlo es la empatía.

Quizás en la educación, en vez de enseñar a nuestros hijos a aprenderlo todo de memoria y a recitarlo como loros, deberíamos enseñarles ética, civismo y sobre todo compasión y bondad. Y les aseguro que no soy de las que ponen la otra mejilla. Por una bofetada recibida devolvería diez, pero trato de no ser nunca yo quien pega la primera”.

Su última obra es Mujer. Vida. Libertad (2023), coescrita y dibujada junto a otras autoras y dibujantes extranjeros, entre ellos Paco Roca, autor de Arrugas y El abismo del olvido. Se trata de un homenaje a Mahsa Jamini, la pobre joven asesinada en una comisaría tras una detención de la policía islámica por llevar el velo mal puesto. Porque estas cosas, por desgracia, siguen ocurriendo.

Anteriores episodios:

Una declaración impostora e impostada

Recojo el guante que deja el amiguete Josean sobre las falsificaciones para hacer una confesión ante los lectores habituales de este blog. Con algo de pudor, bien es cierto, pero allá va: siempre he querido colar una falsificación. Un documento inventado, una trola gorda, bien gorda. Y luego lograr que se hiciera viral, como se dice ahora. A modo de broma, no con ánimo de obtener algún tipo de beneficio ilícito, pero sí colar una trola bien gorda, absurda, ver cómo se la tragan esos “crédulos interesados” del anterior post, cómo la convierten en dogma durante tres o cuatro días, una semana a lo sumo, para luego, yo mismo, desmentirla. Desmontarla, mostrar a esos believers que están dispuestos a tragarse todo que hay que tener un poco más de espíritu crítico.

Este blog cumple hoy 11 años, casi nada, y desde el primer momento siempre he tratado de mantener el rigor en todos los asuntos tratados: contrastar los datos, revisar varias fuentes, no fiarme de la memoria, que a veces juega malas pasadas… y que nadie pudiera reprocharme que «eso es falso», o que «te has inventado esa parte». Incluso, o, sobre todo, en temas que tocan la fibra, como el fútbol o la política. Sin embargo, sucede que a veces apetece hacer bromas con algunos asuntos y ver las reacciones que genera. Guiado en parte por el «Si non e vero, e ben trovato»: no es cierto, pero lo he contado bien. Bonito. Así colé alguna falsedad en un post de cine (Libros de atrezzo, aunque al final se desvelara) o algun gazapo fake en Una furgoneta del siglo XIII.

No han sido las únicas bromas. Hace un par de años, publiqué una broma en X/Twitter sobre el supuesto borrador de notas del asesor jurídico del Barça para Joan Laporta antes de su publicación. Para mi sorpresa, unas 60.000 personas leyeron ese texto, bastante burdo, con un post-it pegado, con una letra atropellada, la mayoría de ellos, difundiéndolo como la coña que era, pero algunos me preguntaron: “¿Pero esto es cierto?”. ¡Coño, cómo va a ser cierto, si se ve a la legua que es una coña!”.

Pero es el peligro de las redes sociales. En otra ocasión junté la cabecera del Marca con un titular absurdo en la línea pastoral del periódico (alabar hasta los pedos de Guardiola y criticar todo lo que se refiera al Real Madrid) y este sí se lo creyeron la mayoría de los lectores. Unas veinte mil personas. Tuve que desmentirlo pocas horas después ante la cantidad de comentarios indignados con el periódico del atlético Gallardo.

Son bromas sin maldad alguna, pero no me gusta que se propaguen demasiado, así que enseguida aviso de la falsedad, como aquellas veces. Antes de que se vayan de las manos, que lleguen más allá de lo que a uno le gustaría. Eso me recuerda una vieja historia que me sucedió en mi anterior trabajo, hace más de veinte años, y de la que hoy me río con ganas. Se publicó una controvertida nota del presidente del grupo acerca de un asunto que iba a generar reacciones, muchas charlas de pasillo y múltiples interpretaciones. Cogí ese comunicado e hice algo parecido a lo de Laporta: cambié unas pocas palabras, añadí otras de mi puño y letra endureciendo el lenguaje y el toque final, un post-it pegado. Se suponía que eran los cambios del responsable de comunicación del grupo al mensaje inicial del presidente. Una broma que no pensaba que fuera más allá de mi media docena de colegas más cercanos. Pero alguno de ellos, pese a que les dije que no lo circularan, lo hizo, y llegó a más gente, y a más, y… Un día estaba en el baño y coincidí «meando» con el Director de Recursos Humanos. Se puso a mi lado y me dijo:

– Hombre, no sé si has sido tú el autor de ese escrito que está circulando por ahí, pero, por si acaso fueras tú, o lo conocieras, me gustaría decirle a ese artista dos cosas: la primera, que es muy peligroso hacer estas bromas, hay que tener mucho cuidado o no hacerlas directamente.

Tragué la saliva mientras deseaba terminar el chorro de orina cuanto antes.

– Y la segunda, me gustaría felicitar al autor en persona porque me he descojonado vivo. Es buenísimo, qué cabrón el que lo haya hecho.

Creo que solo supe contestar algo así como «se lo diré al autor», pero me cuido mucho desde entonces de hacer estas bromas en el mundo de la empresa. Y no será por falta de ganas. Aun así, me di cuenta de lo incómodo que es llevar, aunque solo sea una coña y por unos días, la carga de esa «falsedad». No me imagino lo que debe ser esa gente que lleva toda una vida basada en una mentira. Lo pensaba hace poco mientras veía la película Marco, una fenomenal recreación de Eduard Fernández de Enric Marco, el falso superviviente de Mauthausen, el hombre que vivió durante décadas dando charlas acerca de cómo había sido su vida en el campo de concentración nazi. El impostor al que Javier Cercas dedicó un libro entero.

Sus mentiras se desmontaron cuando un historiador, uno de esos expertos «buceadores» en archivos y documentos históricos, comenzó a ver que lo fundamental no cuadraba en la vida de este impostor: las fechas, el origen, el motivo que lo llevó al campo… Los nazis dejaban un soporte físico y documental de todas sus tropelías y esa manipulación fue clave para desmontar la mentira que fue la vida de este hombre. Quizás por todo esto veo un peligro cada vez más evidente en el mundo que nos va a tocar vivir en los próximos años y es precisamente la falta de soporte físico de la mayoría de los documentos. Sé que existe una firma digital, un registro informático de cada dato, de cada fecha, que la tecnología blockchain permitirá mantener esa trazabilidad del «documento», pero, si se pueden falsificar documentos del siglo XIV, no tengo ninguna duda de que cambiar un registro en un servidor es infinitamente más sencillo.

Y luego está el peligro de las redes sociales, de los believers que comentaba en el anterior post, los tipos que quieren creer algo porque encaja con sus valores o sus intereses. Hay granjas de bots expandiendo mentiras por las redes sociales y millones de creyentes de las mismas que no van a hacer el mínimo trabajo de averiguación acerca de la posible veracidad. Tipos que se las tragarán, las difundirán, retuitearán, amplificarán y contarán por todos los medios a su alcance. Como aparece en la cita de Mark Twain con la que inicio este post:

«Es más fácil engañar a la gente que convencerla de que ha sido engañada»

El sesgo de confirmación funciona a toda máquina en este inframundo moderno de las redes sociales, las noticias rápidas y los titulares tendenciosos. El sesgo de confirmación es ese convencimiento en toda aquella información, lectura, escucha o dato que concuerda con las creencias propias, para, de ese modo, confirmar o dar por contrastado nuestro pensamiento. El componente emocional juega un papel relevante en este llamado sesgo, «pensar con las tripas», y así podemos observar a diario cómo hay personas que creen firmemente todo lo que dicen sus líderes «espirituales» (pueden ser políticos, culturales, deportivos, periodísticos) al mismo tiempo que descartan esas mismas teorías si son expresadas por alguien a quien desprecian. Vivimos en una sociedad fuertemente polarizada y en la que ha crecido exageradamente la «posverdad», esa palabreja que hace referencia, según la RAE, a la «distorsión deliberada de una realidad, que manipula creencias y emociones con el fin de influir en la opinión pública y en actitudes sociales».

Y aparte de las redes sociales o el desastre de la mayor parte de los medios de comunicación, advierto otro peligro para los años venideros: la expansión de la Inteligencia Artificial. Porque se alimenta de la popularidad de lo que ya existe en las redes y los medios, no del documento base original, y pesa más la estadística de un dato previamente difundido que su validez. La información tiene más posibilidad de transformarse en verdad para la IA si es popular que si es real. Copilot, Chat GPT, Perplexity, Meta AI y demás herramientas son estupendas, pero me pregunto cuántos de sus usuarios se quedan en la primera respuesta o contrastan la misma.

Por la parte que me toca como responsable del blog, trataré de mantener el rigor… y alguna vez colaré una falsedad. Gorda, bien gorda.

Sobre falsificaciones y los crédulos interesados

La poeta y el asesino es un libro sorprendente que recoge la investigación realizada por el periodista Simon Worrall acerca de la figura de Mark Hofmann, uno de los mejores falsificadores que hayan existido nunca, si no el mejor, habida cuenta de lo que el libro narra. La vida de Mark Hofmann es doblemente fascinante, por su habilidad para elaborar documentos que luego vendía como originales, ya fuera un poema de Emily Dickinson, autógrafos de Lincoln, cartas de Mark Twain o George Washington, y por su capacidad para vivir una vida paralela como respetado miembro de la comunidad mormona en Salt Lake City, una religión (o secta) a la que despreciaba profundamente.

Encontró un filón entre los mormones gracias a la querencia de sus máximas autoridades por la búsqueda de documentos antiguos que pudieran perpetuar su doctrina oficial, una doctrina que, no conviene olvidar, se basa en que un tipo llamado Joseph Smith encontró unas planchas doradas en la parcela de un amigo a principios del siglo XIX. Unas planchas que contenían una serie de inscripciones jeroglíficas en «egipcio reforzado» supuestamente dictadas por el mismísimo Dios en el siglo III y que solo el propio Joseph era capaz de leer con unas gafas creadas por él mismo con cristales de colores. Un tipo medio analfabeto “tradujo” e interpretó esos dibujos y su mujer transcribió las palabras (sin comas ni puntos) para componer el famoso Libro de Mormón. La necesidad de los mormones de localizar documentos antiguos y la abundancia de fondos con los que cuentan fueron el filón que Hofmann necesitaba, un tipo que comenzó falsificando documentos sin mucha importancia, para, con el tiempo, atreverse a colar falsificaciones de veinte, treinta o más páginas que ofrecían corrientes contradictorias al pensamiento oficial de los líderes mormones.

La personalidad de Hofmann (que todavía vive, encerrado en una prisión federal) es digna de estudio. Por sus motivaciones, su psicopatía (fue condenado por dos asesinatos cometidos cuando el castillo de naipes de su vida comenzó a desmoronarse) y, sobre todo, por el desarrollo de sus conocimientos y habilidades. Falsificar un documento original tiene un trabajo importante: no basta con ser capaz de crear una tinta de hace doscientos años. También tenía que hacerse con papel de la época, envejecer lo que creaba, falsificar incluso otras “pruebas” que llevaban al documento que luego trataba de vender, y hace falta, además, algo decisivo: meterse en la personalidad de los autores falsificados, realizar un examen grafológico, asumir su escritura y componer un texto que resulte creíble. Y Hofmann consiguió todo eso con más de un centenar de celebridades, incluso de alguien tan complejo como la poeta Emily Dickinson, que es quien da título al libro.

Mientras leía la investigación periodística de Worrall, me dio por pensar en la dificultad de los historiadores y analistas de documentos antiguos para determinar qué es original y qué no, qué tiene valor, qué genera dudas y qué puede desdeñarse de primeras por ser una burda falsificación que alguien ha intentado colar. Es posible que nos hayan colado unas cuantas falsificaciones a lo largo de la historia, lo que, en el fondo, significaría que creemos en una historia hábil e interesadamente modificada por alguien. Habrá que confiar en todos aquellos que dieron por válidos acuerdos históricos, cartas de monarcas, gobernantes o literatos, documentos que configuraron el statu quo de tantas naciones y territorios. También libros como el Corán, los Evangelios, el Talmud o los manuscritos del mar Rojo. Durante siglos se dio por válida la Sábana Santa y solo a finales del siglo XX se pudo certificar que no lo era.

En los últimos meses hemos conocido que se van a desclasificar todos los documentos que quedaban en secreto sobre el asesinato de John F. Kennedy. Supongo que será otro buen momento para rescatar las teorías de la conspiración al respecto. Estaba prevista su desclasificación en 2029, pero ha sido una nueva orden ejecutiva de Trump la que, en su enésimo intento de pasar a la Historia con mayúsculas, lo ha anticipado.

En España no íbamos a ser menos (El sueño trumpista de Pedro) y el gobierno ha aprobado la desclasificación de todos los documentos del franquismo y de aquellos de la transición que se considere que no afectan a la seguridad nacional. Supongo que el proceso contará con las suficientes garantías de los historiadores y los especialistas en archivos para evitar cualquier intento de manipulación de la información. No quiero desconfiar de más instituciones en este país, pero, visto quiénes han puesto tanto empeño en manejar la ley de Memoria Democrática, prefiero estar en guardia.

El libro de Worrall desvela que las falsificaciones de Hofmann eran de una calidad inusual, hasta el punto de que verdaderos especialistas tenían muy complicado discernir si eran fake o “inventadas”, como gusta decir a Trump y a PdrSchz, o si se trataba de documentos originales. De hecho, algunos expertos no fueron capaces de explicar por qué sospechaban que algún documento era falso y lo dejaron como tal solo por el hecho de provenir del propio Hofmann.

Sin embargo, uno de los aspectos más interesantes del libro, sobre el que el periodista Worrall centra buena parte de su crítica, se encuentra en la explicación acerca del complejo entramado de casas de subastas, intermediarios y pseudoexpertos contratados por las mismas empresas que comercian con los originales… para venderlos aun sin contar con las suficientes garantías. Es obvio que no les interesa que les engañen, pero tampoco hacían las investigaciones más concienzudas del mundo, ni hacían esfuerzos serios por desmentir todo lo que les llegaba. Pagaban en el caso de que se demostrara que había habido un engaño y tapaban el caso antes de que saltara el escándalo. Su interés resultaba evidente: cuantas más operaciones, más comisiones para ellos, más facturación.

Algo parecido sucedía con los líderes de la comunidad mormona: tenían los fondos necesarios y querían controlar la información. Luego compraban lo que les llegaba si eso servía para controlar la doctrina “oficial” y no la alternativa que Hofmann promovía con sus falsificaciones, quien tuvo la habilidad de crear documentos que podían abrir un cisma en la Iglesia de los Santos de los Últimos Días, y así se aseguraba que se las compraran a muy buenos precios.

Hay falsificadores muy buenos, pero también hay mucho believer, gente muy crédula. Y no solo por ingenuidad, sino, en muchos casos, creyentes interesados en tragarse la falsificación si eso ayuda a sus fines, como en Sotheby’s o en la cúpula de los mormones. Vivimos en una época en la que la mediocridad general de la clase política deriva en una necesidad de falsificar los títulos, los másteres, los currículums o la aptitud para el puesto para el que han sido designados. No creo que lo hagan por vanidad, sino, simple y llanamente, por el burdo intento de que no se dé a conocer su incapacidad manifiesta para el cargo. Y quizás no sea tan burdo cuando cuelan y tantos tipos y tipas hacen carrera de ello.

Noelia Núñez, del Partido Popular, dimitió tras afirmar que tenía una licenciatura de Derecho de la que carecía. Algunos de los que se enojaban tanto y se ponían tan farrucos en público, como Patxi López, presumieron durante años de que «estudió ingeniería industrial», pese a que no pasó del primer curso. Alguno se sorprende ahora de que los másteres de Yolanda Díaz no eran tales másteres, alguno ni siquiera tenía categoría de curso, pero es algo que se desveló hace al menos cuatro años (vía Carles Enric) y en este mismo blog ya quedó constancia del hecho. Carles Puigdemont tampoco tiene el título de periodismo, y Cristina Cifuentes falseó su máster así como las supuestas pruebas que validaban su veracidad. Otros no han tenido que falsificar nada, como el Fiscal General del Estado, porque “simplemente” destruyeron cualquier posible prueba de un delito.

Lo peor que he visto últimamente ha sido la defensa de la ministra de Universidades, Diana Morant, de la falsificación del título universitario de su compañero de filas, José María Ángel Batalla. Coño, que ya lo explicó El Mundo en el artículo que enlazo aquí: este señor ha cobrado cuatro décadas un salario público porque cogió un título oficial y lo falsificó de manera cutre, ni siquiera con el “arte” de Hofmann. Cierto es que en la política, y en tu mismo partido, es fácil encontrar a mucho crédulo interesado que colabore para que la mentira perdure varias décadas. Aunque sean ministros.

Me preocupa mucho esta falta de pudor, la impunidad con la que se cometen todas estas tropelías. Y una vez más, vuelve George Orwell a mi mente, vuelve 1984:

«Quien controla el pasado controla el futuro. Quien controla el presente controla el pasado».

Volando puentes

No sé si ha sido casual, pero últimamente “me persiguen” las voladuras de puentes. El pasado fin de semana, sin ir más lejos, estaba viendo de nuevo El desafío de las águilas (con Richard Burton y Clint Eastwood a la cabeza) y la persecución de los nazis termina tras la voladura del puente, una vez logran huir de la fortaleza alemana. Pero esta es solo una de las “voladuras” de puentes que se me han presentado recientemente porque, en los dos últimos libros que he leído, aparecen situaciones referidas a esta misma acción:

  • Primero, en Revolución, de Arturo Pérez-Reverte, con la carga de dinamita que el ingeniero español Martín Garret coloca sobre los pilares del puente que da acceso a Ciudad Juárez.
  • Segundo, en Polvo, sudor y hierro, de mi amigo Félix Núñez. El subtítulo del libro es Un viaje por Castilla, y en uno de los capítulos, el autor recorre varios de los parajes en los que se rodó El bueno, el feo y el malo, una de las obras cumbre del spaghetti western y del director por antonomasia del género, Sergio Leone.

Volar un puente tiene algo no solo físico, no solo supone la destrucción de lo que suele ser una maravilla de la ingeniería con sus complicaciones para salvar un río o un barranco, sino un componente también metafórico, ya que supone devolver a una barrera natural su condición de obstáculo a evitar por el hombre. De ahí que en todas las relaciones internacionales, o en las negociaciones, ya sean de negocios o geoestratégicas, la expresión “derribar puentes” se refiera a la destrucción de un elemento que acercaba posturas distantes, las de los que están en lados opuestos de un precipicio.

La voladura del puente de Langstone en El bueno, el feo y el malo es una de las escenas más recordadas de la película, quizás la segunda o tercera tras el duelo en el cementerio de Sad Hill y cualquier imagen de Clint Eastwood mordisqueando el cigarro. Su rodaje estuvo lleno de complicaciones, hasta el punto de que no volaron un puente, sino tres. La escena se rodó en las inmediaciones de Burgos y el río por el que pasa es el Arlanza. El puente de madera fue construido en tiempo récord por el ejército español, que también prestó 2.000 soldados para que hicieran de extras, pero su voladura resultó poco espectacular para el director. Tenía que ser una de las escenas más memorables y quedó un poco floja. Supongo que esto es como lo de las escenas de coches en las pelis, que no basta con que den quince vueltas de campana: al final tiene que haber una tremenda explosión con una llamarada de veinte metros de altura.

Sergio Leone pidió que el puente se reconstruyera de nuevo y los soldados destinados por el ejército se pusieron a la tarea. Hablamos del año 1966, en plena dictadura franquista. En esta segunda ocasión, el director se encontraba dando instrucciones al oficial al mando acerca de la señal para activar la carga y poder reventar el puente. El oficial repitió las indicaciones por el walkie-talkie para demostrar que lo había entendido, con tan mala suerte que el receptor de las instrucciones entendió que era el momento y ¡boooom!, estalló el puente. Ni una sola cámara recogió aquel momento. El cabreo de Sergio Leone era inmenso, descomunal. Era la escena más cara de una película que se rodaba con el presupuesto ajustado de los spaghetti western, y ahí estaba él, sin puente, sin tomas válidas y sin más explosivos. Por fortuna para él, el responsable del ejército se comprometió a levantar el puente en un tiempo récord, como así hicieron, y por fin se pudo rodar la toma:

Esa voladura por error fue la “inspiración” para el célebre gag con el que comienza El guateque (1968), la divertidísima comedia de Blake Edwards sobre los destrozos del “extra” Peter Sellers en una fiesta privada en una mansión de Hollywood a la que ha sido invitado por error. El inicio de El guateque es extraordinario, y estoy seguro de que el careto del director que presencia la detonación accidental en pantalla es muy similar a la que tuvo Leone en tierras burgalesas (hacia el minuto 6 de este vídeo, aunque los anteriores son igualmente divertidos):

Es normal empatizar con Sergio Leone y con sus emociones tras lo sucedido. La destrucción de un puente en un rodaje tiene que ser forzosamente uno de los momentos más espectaculares de todo el metraje, pero también, uno de los más caros y costosos. Si, además, se pretende complicar haciendo coincidir la explosión con el paso de un tren, doble o triple coste, y cuádruple complicación.

Hoy se puede hacer casi todo con CGI y efectos digitales, pero a veces tengo la sensación de que vemos la voladura de un puente con la misma rutinaria emoción con la que observamos la destrucción de un edificio entero en una película de superhéroes: todo parece tener la consistencia de un castillo de arena en la playa. Y ojo, las buenas, buenas, las bien rodadas, son espectaculares, eso no lo pongo en duda. A veces te preguntas qué hubo de real en la destrucción del puente en Mentiras arriesgadas con los Harrier, por ejemplo. O, como todas las catástrofes mundiales y extraterrestres suceden en Manhattan (recordad el New York imaginado), es especialmente atractivo para los directores volar todos los puentes que conectan la isla con Queens, Brooklyn o New Jersey. La expresión “derribar puentes” de la que hablaba al inicio para representar el aislamiento, llevada a su máxima expresión. Así sucede en El caballero oscuro: la leyenda renace, de 2012, la conclusión de la trilogía de Christopher Nolan sobre Batman:

Lo cierto es que me atraen más las explosiones tradicionales, las de los artesanos de Hollywood con sus maquetas, con sobredosis de imaginación o con expertos reales en explosivos buscando la mejor manera de hacer verosímil un momento así. O los que derriban un puente a machetazos, como Indiana Jones en El templo maldito, otro magnífico momento en una película repleta de escenas memorables.

Excepto en Los puentes de Madison (y quizás aquí no habría estado mal), la aparición de un puente en el título ya es una indicación de lo que va a ocurrir: va a saltar en mil pedazos. Como en El puente de Cassandra (1976), otra de esas pelis de catástrofes de los setenta repletas de actores de primer nivel (Richard Harris, Sofía Loren, Burt Lancaster, Ava Gardner, Martin Sheen…). La solución que encuentran las autoridades para frenar la expansión de un virus que anda suelta en el tren pasa por el puente del título… y no dista mucho de ser algo así como “la solución final” tipo Zyklon B. Un puente tan ruinoso que ni siquiera hace falta dinamitarlo.

Un puente lejano (Richard Attenborough, 1977) es la excusa para una fenomenal película bélica sobre el despliegue de tropas aliadas en el centro de Europa. «Un puente demasiado lejano», que diría el general interpretado por Dirk Bogarde al final de la película a Sean Connery: A bridge too far en el título original. Aparte de los mencionados, la reunión de estrellas internacionales en esta película es de esas que solo se veían de manera excepcional: Robert Redford, Michael Caine, Gene Hackman, James Caan, Laurence Olivier, Liv Ullmann, Ryan O’Neal, Anthony Hopkins, Edward Fox, Elliot Gould,… Y el guionista William Goldman. ¡A los seguidores de la Imposición Rider les da algo! La pena es que con ese reparto no se lograra una película más épica. Está bastante bien, es entretenida, muy bien documentada, pero posiblemente sea deudora de su empeño por la fidelidad histórica, como contaba el propio Goldman en su libro de memorias como guionista (Las aventuras de un guionista en Hollywood, muy recomendable, de mis libros favoritos sobre este mundo «zumbao» de los guiones). Es decir, que las explosiones y exageraciones hollywoodienses a veces son necesarias para el espectador, ¡al carajo el rigor histórico!

Algo de eso sucede también con El puente sobre el río Kwai, peliculón de 1957 dirigida por David Lean. Recordad lo que os decía sobre el spoiler de los títulos y los puentes: hay que reventarlo, echarlo abajo como sea. Y no hace falta ser fieles a la historia. El verdadero puente sobre el río Kwai se encuentra a dos horas de Bangkok, en la ciudad de Kanchanaburi, y para la superproducción de Lean se construyó otro en plena selva en Sri Lanka, a cien kilómetros de Colombo, la capital. No se escatimaron gastos: trabajaron más de 500 personas en su construcción, 35 elefantes y el proyecto se demoró ocho meses. Se llevó cerca del diez por ciento del presupuesto total de la película, de unos tres millones de dólares de la época.

No solo eso, sino que el productor, Sam Spiegel, quería que en el momento de la explosión circulara un tren sobre las vías para aumentar la espectacularidad, así que compraron uno al gobierno local. Un tren ya en desuso, pero que pudiera circular por última vez para reventarlo a gusto. Pero, al igual que sucedió en la película de Leone, tuvieron un fallo en la toma: hubo un error de coordinación entre los encargados del tren, los cámaras y los responsables de los explosivos, así que el tren pasó de largo sin que detonaran las cargas y, como su frenada no estaba prevista, siguió circulando hasta que se estrelló con un generador eléctrico y descarriló. Más gastos, hubo que recomponerlo, devolverlo a las vías, hacerlo retroceder como buenamente pudieron y, finalmente grabar la toma. Los esfuerzos merecieron la pena, ya lo creo:

Y dejo para el final otro de mis momentos favoritos sobre derribos de puentes, el que vemos en El maquinista de la General. La obra maestra de Buster Keaton tiene casi cien años de antigüedad, es una producción de 1926, ni más ni menos, y sigue siendo una maravilla de ritmo, acrobacias, guion… y voladura de un puente. La película contó con uno de los mayores presupuestos de la época, 750.000 dólares de aquellos años, los previos al crack del 29. La destrucción del puente y de la locomotora se llevó 42.000 dólares, la más cara de la época. Su rodaje se hizo en unas vías abandonadas del siglo XIX en Oregón, y se utilizó una locomotora real. Los inconvenientes provocados por el equipo de rodaje durante varias semanas, como un incendio y varios accidentes, no fueron una molestia para la población, sino todo lo contrario, un aliciente, hasta el punto de que se invitó a todo el pueblo a que presenciara la voladura controlada del puente y la caída del tren al río. Una escena que salió bien a la primera, por fortuna para todos. Los restos del tren siguieron en el río como atracción para turistas durante varias décadas. La película se puede encontrar fácilmente en YouTube y es de lo más recomendable. Como esta escena. Cine sin efectos especiales.

Y aquí lo dejamos por hoy. Que vuelen un puente en una película es un gran momento, sin duda. Que te revienten el puente de la Constitución o el del Pilar por motivos de trabajo es una jodienda en toda regla. Se te queda el careto de Sergio Leone, por lo menos.

El nieto 141

Sala 1. Marcelo, 48 años: “Claro que estoy nervioso”, respondió al psicólogo del centro. Apenas podía permanecer sentado en la silla, tras una mesa no demasiado ancha, bajo la cual se podía apreciar el insistente movimiento de piernas hacia dentro y hacia fuera, como unas contraventanas mecidas por fuertes rachas de viento.

Sala 2. Leticia, 50 años: “No son nervios, es excitación”, expresaba con brillo en los ojos. “Estuvimos largo tiempo esperando que llegara este momento”. Se quedó mirando al vacío. “Y durante años pensamos que jamás sucedería”.

Sala 3. Soledad, 56 años: “Me invade una cierta sensación de angustia”, confesó al asistente. Bebió un sorbo de la botella de agua que le habían dejado sobre la mesa y continuó: “Por qué no decirlo, cierta tristeza por pensar que la relación que siempre hubo entre nosotros pudiera deteriorarse. Aunque hace mucho tiempo que ya lo hizo”.

Despacho principal del centro. Estela, 94 años, se dirigía a un periodista, que no cesaba de tomar notas en una pequeña libreta: “Trabajamos desde hace décadas, desde hace casi medio siglo, para que este tipo de encuentros puedan tener lugar”.

Mientras esperaba los resultados del informe, Marcelo se abría a las preguntas del psicólogo: “Siempre tuve una sensación extraña en mi familia, desde crío. No es solo que mis ojos no fueran tan claros como los de mi hermana y mi madre, o mi piel más oscura. Es… otra cosa. Como si nunca encontrara mi sitio, como si mi lugar fuera otro. Mi viejo siempre resultó esquivo, y reconozco que no fue el tipo de relación que uno suele tener con su padre”.

Leticia trataba de explicar su estado emocional: “Supe de su posible existencia por mi abuela. Fue ella la que me contó lo que ocurrió con mis padres. Siempre quise saberlo, sospechaba cosas, pero no me lo contó hasta el día que cumplí los catorce años”.

Soledad se apartó un mechón de cabello que le caía sobre la frente: “Lo traté siempre como a mi hermano pequeño. Lo cuidé, lo mimé, lo quise. Pero desde que salió de Córdoba por primera vez, cuando marchó a la universidad, sentí que se quebraba el nexo que siempre nos unió”.

Estela explicaba el proceso. Como tantas veces había hecho en los últimos años: “es prácticamente imposible sin las pruebas de ADN del niño perdido. Y, por desgracia, no son muchos los que quieren conocer su pasado, la vida que se les arrebató”.

Marcelo: “tuve una sensación extraña al llegar a Buenos Aires, como si de repente conectara con esa tierra, con esas gentes. Al saber lo ocurrido con miles de familias a finales de los setenta, quise conocer más esa parte de la historia. Bebés arrancados de los brazos de sus madres, padres torturados de los que nunca se volvió a saber, la represión militar. Mi padre siempre fue un alto cargo en el ejército y lo desplazaron a Córdoba pocos meses antes de la fecha de nacimiento que figura en mi partida. Todo ello me hizo reflexionar”.

Leticia: “según me contó mi abuela, a mi padre lo ingresaron en aquel centro de internamiento conocido como La Escuelita. Una broma macabra, un eufemismo para camuflar las torturas y desapariciones. Yo me quedé con la yaya mientras mi madre, embarazada de varios meses, trataba de sacarlo de allí”. No se le escaparon unas lágrimas al recordar ese preciso instante porque ya había derramado muchas en su vida por el mismo motivo. “No tengo recuerdos de mis padres. Yo… era muy pequeña entonces, y siempre tuve un hueco por rellenar”.

“Cuando me preguntó por el papel de mi padre durante la dictadura”, continuó Soledad, “solo supe contestarle que si tenía alguna queja acerca de cómo había vivido. Si le faltó algo, si tenía algo que reprocharnos como familia, ¡fue un afortunado que vivió cómodamente, pudo tener estudios, irse de fiesta, emborracharse sin que nadie en casa cuestionara nada! ¿Acaso tienes motivos de queja?, le decía”.

“El primer día nunca es como esperan los que se encuentran por primera vez”, añadió Estela. “Llevan años deseando decirse mil cosas y, cuando se ven cara a cara, enmudecen”.

Marcelo: “No sé si cambiaré mi vida o no, seguramente sí, aunque tampoco lo he pensado. ¿Podría replantearme algunas cosas que hice, cómo me comporté? ¿Estaba rabioso con el mundo sin saber por qué y ahora creo haber encontrado el motivo, una razón? ¿Una excusa? ¿Acaso debo reprocharme por cómo viví hasta la fecha, por la suerte que tuve?”. Miró hacia la ventana: “¿Llegaré a odiarme a mí mismo por los privilegios de que gocé, por los que nunca tuvieron mis verdaderos padres?”.

Leticia: “Solo quiero abrazarlo como al bebé que me privaron de estrujar entre mis brazos”.

Soledad: “Si este reencuentro le ayuda a alcanzar la paz que buscó todos estos años, me alegraré por él. Espero que por lo menos entienda que yo siempre lo quise como era. Fue la vida que nos tocó vivir, ninguno la elegimos. Y quizás si encuentra esa paz, pueda perdonarme. O perdonarse a sí mismo”.

Estela, presidenta de la asociación de Abuelas de la Plaza de Mayo anticipó el resultado al periodista: “Las pruebas de ADN son concluyentes. Marcelo es el nieto 141 que logramos localizar y, tras otros meses de averiguaciones, fuimos capaces de ponerlo en contacto con lo que queda de su familia, apenas su hermana mayor”. En sus ojos azules grisáceos apareció una pequeña lágrima. “La Comisión Nacional por el Derecho a la Identidad ha hecho un gran trabajo. Algunas dedicamos toda una vida a ello, y días como hoy nos hacen ver que mereció la pena”.

Relacionado:

Noticia leída en la BBC sobre «el nieto 140».

Todos esos fondos se perderán (II): ¿o no?

La semana pasada escribí la primera parte de este post (Todos esos fondos se perderán… como lágrimas en la lluvia) y acababa lamentando la enorme necesidad en infraestructuras esenciales que tenía el país, necesidades para las que existen unos fondos europeos que nuestros dirigentes no son capaces de hacer que lleguen. Solo en ese mismo fin de semana, sin remontarme mucho más en el tiempo, me encontré con estas noticias:

  • En España hay urgencia hídrica: una brecha de financiación de 23.000 millones de euros anuales en el conjunto de la Unión Europea. España necesita 6.000 mill. anuales, en lugar de los 2.000 que ha invertido entre 2023 y 2024. Inversión en tecnologías, mejoras de la eficiencia y el control de fugas, modernizar las infraestructuras de captación y distribución… ¿es necesario esperar a la siguiente gran sequía, a los cortes en algunas regiones?
  • La obsolescencia de las subestaciones pone en jaque la línea Madrid-Sevilla. No se han acometido las inversiones previstas, ni la renovación de los sistemas eléctricos, ni de las comunicaciones, la rehabilitación de los edificios, los transformadores… actuaciones, todas ellas, que podrían entrar en alguno de los apartados incluidos en los posibles destinos de los fondos.
  • Trenes y aeropuertos al borde del colapso, mientras nuestro país, tan dependiente del turismo, se acerca a los cien millones de visitantes. La imagen que se están llevando tantos turistas empieza a asemejarse a la que padecen millones de usuarios del transporte público en los últimos años.
  • Las carreteras arrastran un déficit de conservación de 13.500 millones de euros, con lo que esto supone en cuanto a riegos de accidentes e impacto medioambiental.

Parece que ya nos hemos olvidado del ridículo que fue el apagón en todo el país, el Zero Day que nos pilló desprevenidos. El caso es que, no solo no se modernizan unas infraestructuras que arrastran un deterioro importante, sino que el proyecto «estrella», anunciado a bombo y platillo por el gobierno, la fábrica de microchips con la empresa Broadcom, se ha caído definitivamente. Un proyecto para el que había una inversión prevista de unos mil millones de dólares, que sería financiada en parte con fondos del Plan Estratégico para la Recuperación y la Transformación Económica (PERTE), en el apartado de microelectrónica y semiconductores. Una fábrica que iba a ser pionera en Europa y que contribuía a esa diversificación estratégica tan necesaria para la industria del país. Pues tampoco ha habido manera de sacarlo adelante, los inversores norteamericanos se han desmarcado finalmente de un proyecto que apenas había avanzado desde julio de 2023.

Son muchos los problemas que impiden al gobierno gestionar de manera adecuada la llegada de los fondos del Plan de Recuperación: la definición de los proyectos de interés, la asignación de partidas, generar procesos de licitación atractivos o una legislación que atraiga el interés de las empresas, y, por supuesto, el chantaje diario de los socios de gobierno.

Los fondos europeos estaban vinculados al cumplimiento de una serie de reformas legislativas que, en su mayoría, no han podido ser realizadas por el ejecutivo. El quinto pago se pudo salvar finalmente, aunque ha llegado con más de un año de retraso y con un bocado de 1.100 millones de Europa debido a la imposibilidad de aprobar el impuesto al diésel exigido por Europa, pero vetado por Junts y el PNV. Faltan otros compromisos por acometer, en materias como las políticas activas de empleo, las ayudas para viviendas sociales (¡increíble!) o para medidas de eficiencia energética y economía circular. Cuando no son los socios de izquierda o más allá de la izquierda los que rechazan las medidas, o tratan de imponer condiciones abusivas, lo hacen los más derechistas y chantajistas de la coalición, con el de Waterloo a la cabeza, y así nos vemos abocados a esta parálisis permanente en la que, salvo sorpresa o milagro, tendremos los presupuestos prorrogados por tercer o cuarto año consecutivo. El año pasado ni siquiera se presentaron al Congreso y, curiosamente, para el incumplimiento del mandato constitucional, sí hubo consenso.

Los titulares más catastrofistas señalan que España podría perder hasta 115.000 millones si no logra sacar adelante las reformas exigidas. Hace apenas un mes, la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, reconocía que era consciente de que buena parte de los Estados de la Unión Europea no iban a ser capaces de acceder a la totalidad de los fondos, y cifraba en 300.000 millones de euros el importe que podía llegar a no materializarse. Para matarlos a todos (o a unos cuantos, al menos) en la plaza pública. En previsión de este incumplimiento, la propia presidenta del organismo planteaba la posibilidad de cambiar algunos de los hitos presentados por otros que tengan un impacto similar en los objetivos verdes, de digitalización o de competitividad, e instaba a España a solicitar mayor importe en la parte de subvenciones a costa de algunos de los préstamos que todavía no se han desembolsado o ni siquiera solicitado. Sinceramente, sería una pena que los objetivos necesarios y tangibles en infraestructuras o industria quedaran limitados a proyectos más etéreos, por denominar de una manera eufemística a tanta campaña de concienciación o a tanto estudio que no va a ningún lado.

Por poner en contexto, antes de este quinto desembolso, España había utilizado cerca del 40 por ciento de las ayudas no reembolsables, un porcentaje similar al 45 por ciento de media en la Unión. Sin embargo, si se consideran también los préstamos, que España apenas ha dispuesto, el porcentaje de utilización real es del 20 por ciento, ridículo en comparación con países como Dinamarca, Francia o Países Bajos, que rondan el 70 por ciento.

Entre las exigencias de Europa que el gobierno de España daba por cumplidos se encuentra la reforma de las pensiones, con diferencia, la mayor partida de gasto anual del presupuesto. Creciente, infrafinanciada y sin pintas de arreglarse en el corto plazo. La «trampa» empleada por el gobierno consistente en realizar transferencias de impuestos a la Seguridad Social no ha colado en el ejecutivo comunitario que, con buen criterio, indicó que había que analizar el conjunto de las finanzas públicas y no quedarse en un mero maquillaje contable del sistema de pensiones. Hasta un 45 por ciento de incremento para cubrir el déficit de las pensiones en el primer semestre del ejercicio.

El gobierno pensaba que ya había salvado el trámite de la reforma, pues la ley preveía abordar los cambios cada tres años y, sin embargo, tendrá que examinarse de nuevo en junio de 2026. De nada sirve el argumento del gobierno de que no tiene presupuestos aprobados (¿existirá al menos un proyecto de?) o suplicar por la necesidad de los recursos. La respuesta de Europa ha sido tajante: cuando el Tribunal de Cuentas efectúe la auditoría de los cumplimientos de los compromisos, dará este por no realizado y tendrá que solicitar la devolución.

La primera parte de este post tenía un tono más de tragedia, como de final de Blade Runner: esos fondos se perderán… como lágrimas en la lluvia. Esta segunda parte pretende acabar con un tono más optimista, pese a lo mal que pinta la situación. Por eso pregunto en el título. «¿o no?». Todo hace indicar que Bruselas abrirá la mano para que de una manera u otra se puedan aprovechar los fondos europeos, ¡que están ahí, coño, que han sido aprobados, dotados y asignados! No dejo de pensar que la mediocridad de nuestro gobierno se disimulará, o se diluirá, en la mediocridad general del mal funcionamiento del resto de socios europeos.

Entre las soluciones que ya se han puesto sobre la mesa, figura la posibilidad de transferir los fondos no gastados más allá de 2026, bien sea al programa InvestEU de cada Estado miembro, o bien ajustando el importe de los préstamos para utilizarlos en programas como el de Defensa, ahora que parece que va a ser necesario un esfuerzo extraordinario por parte de los países europeos. Algunos programas de inversión podrán extenderse hasta 2030. Habremos perdido una gran oportunidad para dar un salto, pero había que desgastarse en la oficialidad del catalán o en la financiación singular de Cataluña, supongo.

El ejecutivo trata de sacar pecho e indica (Fuente: El País) que: «El esfuerzo ha sido titánico para una administración ya cargada con la actividad diaria, y esto se ha traducido en que ya estén contabilizados 1,1 millones de beneficiarios, el 40% pymes y microempresas. Hay 25.000 viviendas de alquiler social prefinanciadas; 383.000 plazas de FP creadas; 270.000 vehículos eléctricos y puntos de recarga financiados; 200 municipios que han adquirido autobuses de cero emisiones y han peatonalizado calles o desplegado carriles bici; 550.000 hectáreas de regadíos modernizados; 730.000 pymes y autónomos que han usado el kit digital y 15.000 el kit consulting; 1.400 millones de euros concedidos para fomentar el autoconsumo en hogares y empresas; 851 equipos tecnológicos para hospitales, y tres plantas de baterías aprobadas«. Pero la realidad es que han transcurrido cuatro años desde la aprobación de estos fondos y «solo» se han lanzado 78.115 millones de euros en convocatorias de los más de 140.000 inicialmente aprobados (163.000 mill. si contamos el total de programas) y apenas se han resuelto 51.355 millones.

Pensar que de aquí a agosto de 2026 se vaya a solucionar el resto no cabe en la cabeza ni de los ministros más entusiastas.

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Todos esos fondos se perderán (I): …como lágrimas en la lluvia

El discurso final del replicante de Blade Runner sirve para todo tipo de proclamas, como bien conocen los lectores habituales de este blog. Es triste, suena melancólico, es un lamento en toda regla. Por recordar el pasado y por llorar un futuro que su autor no verá. También sirve para hablar de todas aquellas cosas que uno ha visto y que «vosotros no creeríais»:

«He visto zumbaos atacar a la policía adoquín en mano más allá de la Diagonal, y luego cómo se indultaba a los políticos que fomentaron aquello.

He visto brillar los ojos de Ábalos y Cerdán en la oscuridad en manifestaciones feministas cerca de la Puerta del Sol.

He visto proyectos que no se licitaban por no ser capaces de poner de acuerdo a los peores socios que uno se pueda echar a la espalda, proyectos para los cuales había fondos europeos.

Todos esos fondos se perderán… y habrá mucho más que lágrimas en la lluvia. Es hora de partir».

Me queda una duda acerca de la última frase: ¿es hora de partir, de emigrar? ¿Es hora de partir… la cara o las piernas a alguien, a los políticos que han permitido esta parálisis actual, cuando no unas leyes abominables en algunos casos o el desprestigio de las instituciones? ¿Es hora de partir y tomar las calles? Desde que se lanzara el Plan de Recuperación de la Unión Europea, ese ambicioso plan dotado con 750.000 millones de euros, ha habido tiempo suficiente para presentar proyectos, renovar infraestructuras, mejorar la financiación de varios sectores económicos o adaptarnos a los requerimientos de Europa para obtener esos cuantiosos fondos, que, en el caso de España, alcanzaban los 163.000 millones de euros entre las subvenciones directas (80.000 M.) y los préstamos (83.000 M.).

«Es hora de partir» peras con los socios de gobierno que solo se preocupan por mantener sus privilegios y hacer leyes a medida, pero sé que por desgracia no va a ocurrir. Es hora de tener cabeza, perspectiva nacional y tratar de corregir este desaguisado que nos puede hacer perder muchos fondos y una oportunidad como pocas para cambiar la estructura económica del país, como la que se tuvo a principios de los noventa, poco después de la entrada en la Unión Europea (CEE por entonces). Los avisos sobre el retraso en las medidas necesarias para obtener los fondos Next Generation vienen de lejos:

Hay varias fechas clave para el cumplimiento de los requerimientos del Plan de Recuperación y otra fecha límite, un deadline, para la recepción de los fondos: 31 de agosto de 2026. Improrrogable, según Ursula von der Leyen. Yo ya he metido cien euros en una casa de apuestas a que se prorrogarán al menos hasta final de ese año. A medida que se acerque la fecha tope, este gobierno, o el que esté, se lamentará como los malos estudiantes, echará la culpa al profe que le tiene manía (ese profe se llamará Feijóo) y tratará atropelladamente de cumplir con lo que se le indique.

Lo cierto es que los avisos vienen de lejos. De muy lejos. Mi hemeroteca particular lleva recopilando alertas de las autoridades europeas desde el arranque de este gobierno, o incluso antes, desde las elecciones de julio de 2023:

27 de julio de 2023: Peligro de retraso en el plan. Ya entonces quedaban más de 300 objetivos por presentar a la Unión Europea y España era uno de los primeros países en recibir las subvenciones a fondo perdido, pero uno de los últimos en justificar el uso de los importes recibidos.

7 de septiembre de 2023: solo el 10% de las inversiones prometidas se habían ejecutado. Por entonces hablaba en este blog de los riesgos de la hiperregulación que podían hacer que “los objetivos de inversión del Mecanismo de Recuperación y Resiliencia no se cumplan plenamente en 2026”. El Informe del Banco de España ya alertaba de la incapacidad de las administraciones públicas para gestionar los fondos recibidos. Volvieron las temidas “facturas en el cajón” de las administraciones.

3 de julio de 2024: ya teníamos gobierno, tras los meses de pactos con aquellos cuyas únicas preocupaciones eran su indulto y el manejo de fondos para sus “localismos”, y se presentó el Informe de la Intervención General del Estado (IGAE) que advertía de una ejecución ridícula, de apenas el 5 por ciento de los fondos previstos. Que a nadie le extrañe cuando se acabe perdiendo esta oportunidad de modernizar sectores económicos.

13 de agosto de 2024: algunos estudios rebajan aún más el cumplimiento de los proyectos asociados a los fondos NextGen y lo sitúan en un 3,5 por ciento. No solo no se ejecutaban los proyectos para los cuales había fondos, sino que, en numerosos casos, las licitaciones quedaban desiertas.

4 de octubre de 2024: hasta 11.000 millones de euros en proyectos no adjudicados, y “otros 14.000 millones en remanentes no gastados, que deberían volver a convocarse”. Llama la atención el bajo cumplimiento en Ministerios como el de Hacienda, el de Industria, o el de Vivienda. El de Transporte no sorprende, ahora que sabemos que sus dirigentes tenían la cabeza en otros menesteres.

24 de febrero de 2025: el gobierno no es capaz de poner de acuerdo a sus socios, ni de pactar nada con el principal partido de la oposición, así que las reformas exigidas por Europa no llegan, las leyes necesarias no se aprueban y pagamos el pato entre todos. Peligran los fondos de recuperación.

Y el problema que sucede en nuestro país cuando se intenta “correr de más” o adjudicar dinero público rebajando (o relajando) algunos controles, es que aumenta el riesgo de fraude, como sucedió durante la pandemia.

3 de marzo de 2025: Hacienda se lanza a por el fraude en los fondos europeos ante el riesgo de que Bruselas retire las ayudas tras haber adjudicado 48.600 millones de euros. La orden partió del propio Ministerio de Hacienda y de su titular, María Jesús Montero, con un doble objetivo: regular el posible reintegro de los importes no gastados o gastados en otras partidas (una experta, pues estuvo en la Junta de Andalucía durante la época de los ERE) y determinar a qué administración responsabiliza del incumplimiento. Sería para matarlos (metafóricamente) a todos ellos. A los que hacen que los fondos no lleguen, a los que los gastan en otros menesteres y a los que provocan que haya que devolverlos. Aunque en esto somos tan “europeos” como el resto de los países.

12 de marzo de 2025: queda menos de un año y medio para el final del plazo y España seguía sin ejecutar el 85% de los proyectos de inversión del Plan de Recuperación. Son cifras de un estudio de Caixa Research que destacaba qué proyectos son los que faltan por ejecutarse: política industrial, energías renovables, hidrógeno verde y («manda güebos») recursos hídricos, rehabilitación y construcción de viviendas. No sé cuántos planes de construcción de vivienda pública se han anunciado en estos últimos años si que se haya puesto un solo ladrillo, y, sin embargo, tenemos fondos pendientes, previstos para construir 20.000 viviendas sociales. Igual que los planes contra la sequía o para la diversificación de la economía con el apoyo a la nueva industria. En año y medio que queda.

8 de mayo de 2025: un informe de BBVA Research advierte del riesgo de incumplimiento del plazo de ejecución de los proyectos para acceder a los fondos europeos. El ritmo debería incrementarse un 29 por ciento e, incluso con este crecimiento, que ya parece irreal pues ha habido una ralentización en numerosos proyectos, se alcanzaría «solo» el 91 por ciento de la cifra máxima en diciembre de 2026. La Unión Europea insiste en que el plazo de ejecución finaliza el 31 de agosto. Buena parte del importe permanece atascado en proyectos aún en fase administrativa o que no han llegado a salir a licitación (el informe hablaba de un 40% en algunos sectores).

Mientras esto sucede, los servicios públicos continúan su proceso de degradación: los trenes funcionan peor que en cualquier momento de estas últimas tres décadas, las carreteras necesitan mantenimiento urgente, el caos de los aeropuertos o la suciedad en los mismos deterioran la imagen de un país que vive del turismo, y apenas se ha sabido de las necesarias inversiones en residuos, economía circular, infraestructuras de agua o renovables. No es solo un problema de competencias: de la sanidad y la educación ya ni hablo. Es un problema de incompetencias. Y para solucionarlos, para que Europa libere buena parte de los fondos, hace falta aprobar una serie de reformas en un parlamento en el que no se puede sacar nada adelante por esa «aritmética parlamentaria» de la que estamos presos.

¿Estamos a tiempo de evitarlo?

Continuará: Todos esos fondos se perderán (II): ¿o no?

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«Anatomía de un Negreirato», ya disponible

(Enlace al vídeo en el canal de Kollins para hablar del libro)

Empezó casi como una broma, fue tomando cuerpo y al final se convirtió en un libro de 372 páginas. Del mal llamado «caso Negreira» se han contado tantas cosas y se han contado tan mal (cuando no han mentido, directamente) que se me ocurrió plantearlo como una especie de juicio de Hollywood, como un desfile de personajes en el que cada uno de los afectados fuera desfilando por el juzgado, ya fuera como testigo o como acusado, y defendiera su postura, por muy indefendible que a muchos nos pudiera parecer.

Con la Anatomía de un asesinato (Otto Preminger, 1959) en la cabeza, con ese juego de fiscal, abogado defensor, juez y jurado, la trama tomó cuerpo rápidamente en esta Anatomía de un Negreirato. Con el subtítulo El juicio que no veremos. La comedia surgió de manera involuntaria, fruto de las declaraciones reales de los Medina Cantalejo, Ángel Mª Villar, Joan Laporta, Iturralde González y muchos más, contestando que todo era normal, que el hecho de que un club pagara más de ocho millones de euros por unos informes inexistentes no influía en la competición, que las anomalías estadísticas no existían, que “aquí no ha pasado nada, circulen, circulen”, y que el Comité Técnico de Árbitros y la Federación Española de Fútbol son los únicos órganos incorruptibles e inmaculados de este país.

El puzle necesitaba completarse para adaptarlo a todo tipo de lectores, no solo a los aficionados al fútbol. Porque esta no es una historia sobre fútbol, ni mucho menos: habla de corrupción. De compras de favores, de ocultación de pruebas, de injerencias políticas en la justicia. De un “Relato” victimista y manipulado según el cual el poder central representado por el Real Madrid había sometido de manera irregular durante décadas al máximo adalid del catalanismo, al “ejército desarmado de Cataluña”, que escribió Manuel Vázquez Montalbán. Por eso se me ocurrió la figura de un juez que no supiera nada de fútbol, un tipo próximo a la jubilación que descubriera la cantidad de mugre que había en todos los estamentos del fútbol español. Y que lo fuera apuntando en su libreta hasta hacerla incomprensible:

La libreta del juez Julián Aguilar (no confundir con el juez instructor del caso, Joaquín Aguirre) fue otro de los puntos que contribuyó a la farsa. Como me dijo un amigo: “tenías que publicar la libreta del juez Aguilar, o venderla como un documento aparte”.

James Stewart se convertiría aquí en el fiscal Jaime Estuardo, George C. Scott en Jorge Carlos Scotto, abogado de la defensa, y Lee Remick en Luisa Ramírez, abogada de la parte personada en el caso, es decir, el Real Madrid. Estos personajes dieron mucho juego y la trama fluyó de manera natural, casi espontánea. Solo había que poner en la sala del juzgado ficticio las frases reales de los protagonistas y dejar que los abogados debatieran y las rebatieran.

Para mi sorpresa, este juego gustó mucho a los lectores. Dicen que el halago debilita, pero a veces nos ocurre que, como decía Richard Gere en Pretty woman, nos gusta que nos hagan la pelota:

¿Cómo animar a los lectores que conocieron la primera parte, ya publicada, a comprar el libro? Pues porque faltaba mucho en esta trama. Faltaban todos los testigos de la acusación, y faltaban personajes importantes como Xavier Estrada Fernández, autor del único libro publicado hasta la fecha sobre el asunto. Y tenía que dejar a los acusados que se defendieran, que argumentaran por qué actuaron de aquel modo durante décadas, y por qué presidentes de un club que no se llevaban bien entre ellos (y que gestionaban de manera muy diferente) estuvieron de acuerdo en mantener unos pagos irregulares a través de empresas pantalla.

Mi versión de este juicio trata de ser justa. Honesta. De permitir que los acusados expongan sus argumentos. Sé que lo que se va a dirimir en el juzgado es muy diferente. Por ejemplo, Joan Laporta no está acusado y sí lo está Óscar Grau, antiguo director ejecutivo del club. Pero el actual presidente era un personaje fundamental para la historia y no sucede lo mismo con el segundo, así que tenía que tomar licencias. Con todo y con ello, el libro pretende mantener un difícil equilibrio y ser riguroso, preciso en los datos y las declaraciones. De ahí que haya doce páginas enteras de referencias a artículos, entrevistas y vídeos con las declaraciones originales que en esta particular sala de “mi” juzgado se cuestionan.

Faltaba el jurado popular. La parte con más ficción de toda la trama y una de las más divertidas de escribir como autor. Busqué cinco hombres y cuatro mujeres de diferentes edades, profesiones, estatus… de profesión liberal, currantes del puerto, jubilados y estudiantes. Y los dejé que discutieran sobre un tema tan polémico como este en el que no hay grises para casi nadie, sino blancos y negros, verdades absolutas. Siempre me gustaron las películas de juicios y también, mucho, las deliberaciones de los jurados de Hollywood. Doce hombres sin piedad, Jurado nº 2, El jurado, Veredicto final, Civil action, Testigo de cargo, Matar a un ruiseñor… En mi cabeza estaban todas ellas. También Algunos hombres buenos o Pulp Fiction, que “colaron” alguna frase en la trama.

Repito: me he divertido mucho escribiendo este libro. El proceso ha durado un año y medio, y ahora toca a los lectores decidir si la diversión no es solo mía. En esta primera semana parece que ha gustado: en Amazon han catalogado la obra en la categoría de “Ensayo”, y ya aparece en el número 7, detrás de esa maravilla que es El infinito en un junco, de Irene Vallejo.

Se encuentra disponible ya en la Fnac, Amazon, Libros CC y, en breve, en El Corte Inglés y La Casa del Libro.

Los beneficios de esta primera edición, y quién sabe si del resto, irán a parar a ese maravilloso proyecto que es el Gratitude Bootcamp en BodhGaya, en la zona nordeste de la India. ¡Muchas gracias a todos los lectores, amics!