El Día de la Marmota del cambio climático

JOSEAN, 16/11/2021

En la prórroga y con una reducción de objetivos provocada por las presiones de algunos países, la Cumbre de Glasgow sobre el cambio climático ha cerrado con un acuerdo que, en palabras del propio presidente de la COP26, Alok Sharma, resulta «imperfecto». Entre los principales puntos de la declaración destacan:

  1. Los países se comprometen a poner en marcha “todos los esfuerzos necesarios” para que la temperatura del planeta no se incremente por encima de los 1,5 grados y que de ese modo se puedan evitar “los impactos más catastróficos del cambio climático”.
  2. Reducción de emisiones: los países se comprometen a limitar sus emisiones y a implementar las medidas necesarias para el control de las mismas mediante la presentación de planes que se revisarán periódicamente.
  3. Financiación del fondo: los países desarrollados «deben» contribuir al mecanismo de financiación de 100.000 millones de dólares anuales para la mitigación y adaptación de sus sistemas de los países en desarrollo.
  4. Objetivo a largo plazo: los firmantes se comprometen a alcanzar el objetivo de emisiones cero «tan pronto como sea posible», poniendo los mecanismos necesarios para reducir las emisiones y compensar las mismas con la adopción de otra serie de medidas.
  5. El cumplimiento del acuerdo dependerá de los propios países firmantes, de su transparencia (y casi buena fe, añadiría) y no se establece un régimen fiscalizador, ni sancionador del mismo.

Los dirigentes de los países firmantes se han felicitado por el acuerdo alcanzado, mientras que los grupos ecologistas critican su falta de ambición y la poca concreción de las propuestas. El caso es que estos días leía sobre los avances de la cumbre de Glasgow y me sonaba todo muy conocido, tanto, que he hecho trampas: estos cinco puntos que acabo de escribir, así como las reacciones tras la declaración conjunta, no corresponden al acuerdo alcanzado ayer, sino a los compromisos firmados en el Acuerdo de París en 2015. ¡La mayoría son calcados! Y para que vean que no exagero, dejo aquí un resumen de la declaración firmada este fin de semana:

  1. Los países deberán revisar sus compromisos climáticos con objeto de reducir las emisiones un 45% en 2030 respecto a las existentes 2010, con el objetivo de que la temperatura del planeta no se incremente más allá de 1,5 grados.
  2. Los países reconocen la necesidad de destinar recursos financieros, tecnológicos y de capacitación para adaptarse a las exigencias del cambio climático y presentarán sus planes en la COP27, para que toda la información esté disponible en 2023.
  3. Financiación del fondo: los países firmantes reconocen la urgencia de dotar dicho fondo para facilitar la adaptación de los países en desarrollo, para lo cual los países desarrollados deberán duplicar sus aportaciones en 2025 respecto a las realizadas en 2019.
  4. Objetivo a largo plazo: los firmantes se comprometen a alcanzar las emisiones cero de CO2 en el año 2050, y una reducción significativa de otros gases de efecto invernadero. Los países firmantes se comprometen a presentar sus planes para 2030, así como las estrategias para 2050, que serán objeto de revisión y seguimiento anuales.
  5. Transparencia: se finalizaron (¡por fin!) las reglas del Acuerdo de París, los mecanismos de cooperación, el marco de transparencia y la unificación de los plazos y esquemas de los compromisos de todos los firmantes. Era una demanda del sector privado desde 2015, pues se consideraba básico para generar confianza y credibilidad en el sistema.

Los firmantes se felicitaron por el acuerdo alcanzado: “Creo firmemente que el texto refleja un equilibrio de los intereses de todas las partes y nos permite actuar con la urgencia que es esencial para nuestra supervivencia”, dijo Frans Timmermans, vicepresidente de la Comisión Europea y jefe de los negociadores europeos. Por el contrario, las ONG lamentan su poca ambición y la vaguedad de sus propuestas. «Las buenas palabras no nos salvarán de la crisis climática», ha dicho Tatiana Nuño, Responsable de Cambio Climático de Greenpeace España, «necesitamos acción, medidas urgentes para transformar rápido los sectores responsables del cambio climático y abandonar los combustibles fósiles». Para Amigos de la Tierra, el objetivo de limitar el incremento de la temperatura global a 1,5 grados se aleja y condena «aún más» a los países del sur.

Con pequeñas variaciones, este breve resumen es calcado al del Acuerdo de París. ¡Seis años después! ¿Entonces? ¿Le damos la razón a Greta y su “bla, bla, bla”? La eliminación de los combustibles fósiles y de las subvenciones a los mismos por parte de algunos países fue modificada en la declaración final (el borrador anunciado el miércoles era mucho más drástico) y quedó finalmente en un compromiso de reducción paulatina. Los medios señalaron a la India, Sudáfrica y China como los principales impulsores de esa reducción del objetivo, pero algo tendrían que ver también los lobbys de los combustibles fósiles acreditados en la Cumbre de Glasgow. Hasta 503, según The Global Witness, más que cualquier otra delegación o país asistente. Un peso muy superior al de los ocho países que están sufriendo en mayor medida los impactos del cambio climático, según la misma organización: Puerto Rico, Myanmar, Haití, Filipinas, Mozambique, Bahamas, Bangladesh y Pakistán.

Pero no todo es negativo, o así debemos creerlo, y la declaración conjunta y por sorpresa de que los dos países más contaminantes del planeta, China y Estados Unidos, se comprometían a cooperar en asuntos climáticos durante la próxima década parece a priori una buena noticia. Está por ver en qué queda esa cooperación, pero de momento ambos gobiernos pretenden avanzar en materia de descarbonización, transición hacia una energía limpia y el control de las emisiones de metano.

Tras los primeros esbozos del Acuerdo de París sobre la creación de un mercado global de derechos de emisión de CO2, con todas sus imperfecciones (recordad El mercado de humos), parece que tras la Cumbre de Glasgow se avanzará en un sistema de medición, control y posterior compensación bastante más fiable que el actual. Soy bastante escéptico al respecto. Durante la propia cumbre supimos de un informe del The Washington Post en el que concluía que la mayoría de países falseaban los datos sobre sus emisiones contaminantes. Unos países no actualizan sus datos, otros omiten los gases fluorados artificiales (aire acondicionado, por ejemplo) o los productores de petróleo evitaban incluir las emisiones de metano en sus informes. The Washington Post calcula que el error de cálculo en las emisiones oscila entre los 8.500 millones y los 13.000 millones de toneladas anuales, es decir, un error una omisión de entre el 16 y el 23% de los gases emitidos a la atmósfera. Y si el error se da en las mediciones de lo emitido, no tengo la más mínima duda de que también lo hará en las aplicaciones de medidas de compensación (en la propia web del Ministerio).

Al final creo que los avances escasos en estos asuntos hacen que incluso los que no somos negacionistas dudemos de todo lo que se nos cuenta. Muy bien, el lenguaje es más agresivo, hemos pasado del calentamiento global al cambio climático, a la emergencia climática, al no retorno del planeta, a la «massive destruction» de esa niña aupada a los altares por los medios, han pasado seis años de París, ¿y ahora qué? Más de lo mismo. Pues no sería para tanto, dirán algunos. ¿Dónde quedó el agujero de la capa de ozono que iba a condenar irremisiblemente al planeta? Pues en 2019 alcanzó su mínimo histórico, y si bien ha incrementado su tamaño en los últimos dos años, parece que habrá desaparecido por completo para 2060 ó 2080. Lo que puede dar argumentos a un negacionista es precisamente una prueba palpable de todo lo contrario, de que con medidas acertadas y consensuadas se puede revertir un proceso tan peligroso como nos contaban que era este. Y nuestro desconocimiento es parte del problema, hasta el punto de que ya nos fiamos de todo lo que nos cuentan con la misma confianza ciega que los habitantes de Pensilvania acerca de la longitud de la sombra de la marmota para predecir el final del invierno.

Hay mucho trabajo por hacer en este Día de la Marmota del cambio climático, otra cosa bien distinta es que la clase política, tan pendiente del corto plazo, afronte compromisos para varias generaciones. Qué bien nos lo ha explicado (una vez más) El Mundo Today:

El futbolista coge la pluma (y III)

BARNEY, 08/11/2021

Por sorprendente que pueda parecer, sigue habiendo episodios de racismo en los terrenos de juego. En un fútbol cada año más multicultural, en el que resulta habitual que un mismo equipo reúna más de una docena de nacionalidades diferentes, etnias de todo tipo, sorprende seguir encontrando situaciones en las que energúmenos en las gradas profieran insultos o gritos simiescos hacia los jugadores rivales.

El francés Lilian Thuram, ex futbolista de la Juventus de Turín y F.C. Barcelona entre otros equipos, ha presentado recientemente un libro titulado El pensamiento blanco, en el que destaca que «la blanquitud no es un color de piel, sino una forma de pensar». Para Thuram, la solución para acabar con el racismo en el fútbol «depende de los jugadores blancos. Corresponde a los jugadores blancos, que son mayoría, negarse a seguir jugando. Entonces, el poder se verá obligado a tomar medidas, porque si no, su negocio se resentirá».

Thuram es una figura controvertida en Francia por sus opiniones, discutido por la crítica continuada a eso que llama «pensamiento blanco», como si existiera un único pensamiento blanco, del mismo modo que una única y exclusiva cultura negra. En 2008 creó la Fundación Lilian Thuram para la lucha contra el racismo y es una de las voces que nunca faltan en los debates acerca del racismo en el mundo del fútbol. Nicolás Sarkozy le ofreció el puesto de ministro de Diversidad, pero el futbolista lo rechazó por sus diferencias ideológicas con el marido de la Bruni. «No se nace blanco, uno se hace blanco», continúa Thuram. «El pensamiento blanco no es el pensamiento de todas las personas blancas, sino un pensamiento del mundo. Es decir, cuando hay dominación, recibes una educación a través de la mirada de quien domina, terminas por asimilar su discurso. Es por eso que digo que el pensamiento blanco es poderoso, educa a las personas no blancas a pensarse inferiores, menos aptas».

Creo que lleva razón en varias de las cosas que dice, como la necesidad de que los jugadores que no han sufrido los insultos racistas paren los partidos y apoyen públicamente a sus compañeros y rivales (cosa que ya se hace mayoritariamente), pero, sinceramente, me parece que no lleva razón en varias de sus afirmaciones, o que se centra demasiado en establecer la línea divisoria entre blancos y negros. Durante el seminario Prevenir el racismo en el deporte / Promover la inclusión desde el deporte, organizado por el ayuntamiento de Bilbao en abril de este mismo año, volvió a insistir en marcar las diferencias entre razas y sorprendió cuando criticó que «en España, llamar a un negro ‘negro’ no es racismo, es algo cultural». Y digo que me sorprende porque su primer libro se tituló Mis estrellas negras, remarcando una vez más la diferencia de color entre las personas. Pero luego no te permitas utilizar la palabra «negro» ni aunque el movimiento se llame Black Lives Matter.

En España, como en el resto del mundo, hay mucha más sensibilidad con este tema y afortunadamente hemos mejorado mucho como sociedad y el público como público. Recuerdo haber estado hace décadas en el Bernabéu y escuchar, en referencia a Wilfred, el portero nigeriano del Rayo Vallecano: «negro, cabrón, recoge el algodón». Del mismo modo que a Míchel y Guti se les dedicaban lindezas de todo tipo sobre su supuesta condición sexual y nadie se planteaba parar un partido. Los clubes miraban para otro lado y el número de espectadores que se unía a estos cánticos aumentaba, alentados, como primates que somos, por el sentimiento de pertenencia al colectivo.

Pero una cosa son los espectadores, entre cuyas decenas de miles siempre hay energúmenos que no deberían salir de sus casas ni para comprar el pan, y otra muy distinta es la responsabilidad de jugadores, entrenadores y directivos. En el año 1997, durante una visita del Real Madrid al Camp Nou se podía leer perfectamente una pancarta dirigida a Roberto Carlos en la que ponía: «Macaco, Copito de Nieve no tiene novia». Durante todo el partido, cada vez que el lateral brasileño cogía el balón, una parte importante del público hacía el sonido del mono y se escuchó perfectamente «puto chimpancé» a varios espectadores grabados por las cámaras. La respuesta de Joan Gaspart y el entonces jugador Pep Guardiola fue igualmente impresentable, negando los hechos y evitando condenar los mismos.

Por suerte, como decía, las cosas han cambiado mucho en estas últimas décadas y los episodios sufridos por Samuel Eto’o, Dani Alves o Iñaki Williams, entre tantos otros, fueron rápidamente condenados por los propios jugadores e investigados por las autoridades. Hasta Guardiola dice que sus hijos van al colegio con «indios y negros, gente normal» (te tienes que reír). Las autoridades tienen que intervenir de manera radical con estas actitudes y la solución no pasa por cerrar un estadio y castigar a decenas de miles de espectadores por una veintena de energúmenos. Cuando ocurrió el caso del plátano lanzado al jugador del Barça Dani Alves en El Madrigal, el Villarreal ayudó a identificar al imbécil, que fue rápidamente detenido y tiene prohibido el acceso a un estadio de fútbol de por vida. Se lanzó una campaña, no sé si afortunada, con el eslógan «Somos todos macacos».

En el caso de los insultos a Iñaki Williams en el estadio de Cornellá, LaLiga interpuso una denuncia ante la Fiscalía de Barcelona y los aficionados fueron localizados (dos adultos y un menor) y juzgados por un delito contra la dignidad de las personas, que se castiga con penas de seis meses a dos años de prisión, más una multa económica. En el Reino Unido, un aficionado acaba de ser condenado a catorce semanas de prisión tras los insultos racistas que publicó en redes sociales en los que atacaba a los jugadores que fallaron los penaltis durante la final de la Eurocopa, casualmente, los tres de raza negra, Marcus Rashford, Jadon Sancho y Bukayo Saka. Este último, que, por cierto, apenas tiene 19 años, cogió la pluma y escribió una carta plena de sentimiento que fue muy difundida:

Se puede encontrar el texto completo en varios enlaces, dejo aquí un extracto: «Para aquellos que han hecho campaña en mi nombre y me han enviado cartas sinceras, me desearon lo mejor a mí y a mi familia, estoy muy agradecido. De eso se trata el fútbol. Pasión, gente de todas las razas, géneros, religiones y orígenes que se unen en una alegría compartida de la montaña rusa del fútbol.

Para las plataformas de redes sociales Instagram, Twitter y Facebook, no quiero que ningún niño o adulto tenga que recibir los mensajes hirientes y llenos de odio que Marcus, Jadon y yo hemos recibido esta semana. Supe instantáneamente el tipo de odio que estaba a punto de recibir y es una triste realidad que sus poderosas plataformas no están haciendo lo suficiente para detener estos mensajes.

No hay lugar para el racismo u odio de ningún tipo en el fútbol o en ningún ámbito de la sociedad y para que la mayoría de las personas se unan para llamar a quienes envían estos mensajes, actúen y denuncien estos comentarios a la policía y expulsen el odio siendo amables unos con otros, ganaremos».

Lo que llevo mal en estos asuntos es la hipocresía, el hacer gestos de cara a la galería y mantener luego actitudes bien diferentes. Los jugadores se dicen de todo en un campo de fútbol, más cuanto más desciendes en las categorías: «negro» al negro, «maricón» porque sí, «zanahorio» al pelirrojo, «hijo de tal», «paquete», «chino»,… Pero creo que los profesionales tienen la madurez suficiente para evadirse de estas cosas y seguir haciendo su trabajo. Cuando se montó el caso Diakhaby y los jugadores del Valencia abandonaron el terreno de juego por el supuesto insulto racista del jugador del Cádiz Juan Cala, todos los medios de comunicación orquestaron una campaña sin precedentes en apoyo del jugador y de la decisión tomada por el Valencia Club de Fútbol. Pese a la abundancia de cámaras y micrófonos en los estadios, la investigación posterior no pudo concluir que tales insultos existieran, como sí logró la Premier británica en su día con Luis Suárez, duramente sancionado, luego debe primar la presunción de inocencia del jugador gaditano.

Sin embargo, hace un par de semanas, durante el Clásico entre el Barcelona y el Real Madrid celebrado en el Camp Nou, el brasileño Vinícius Jr. fue insultado por un espectador y su hijo, que bajaron varias filas de las gradas corriendo como posesos y la mirada fuera de sí, para espetarle un sonoro «¡macaco!», que repitieron varias veces. No creo que el Barcelona sea un club que haya mirado hacia otro lado en asuntos relacionados con el racismo, como se vio con el caso de Dani Alves o de Bukayo Saka, pero lo cierto es que aún no ha hecho nada en este tiempo para denunciar al espectador y colaborar con su identificación. Ha tenido que ser la propia Liga de Fútbol Profesional la que iniciara la investigación.

Lo que sí creo (y le pasa lo mismo a Guardiola) es que el odio culé a lo blanco es irracional hasta el punto de querer minimizar, ocultar episodios racistas y, si hace falta, manipular para que no parezca que ocurrió lo que realmente ocurrió. Durante el verano pasado, se rumoreó que el jugador de familia guineana Illaix Moriba podía acabar en el Real Madrid y la actitud del club hacia el mismo (18 años de edad, conviene recordarlo) por su postura contraria a la renovación fue calificada por algunos periodistas de mobbing laboral. A las declaraciones de los dirigentes del club siguieron decenas de insultos, muchos de ellos de tinte racista, como leyó el propio jugador ante las cámaras (bien la actitud del club al denunciar estos mensajes).

Ahora bien, resulta sorprendente que ni uno solo de los principales medios deportivos que llevaron a sus portadas el caso de Diakhaby sin pruebas, se haya hecho eco de los insultos probados en el Camp Nou. Creo que no es casual, porque desde hace años nada puede manchar la imagen del Barça en los principales medios, por muchas tropelías que hayan cometido. Como no fue casual la manipulación de imágenes que hizo Movistar en su canal para editar la parte de los insultos del vídeo y reprochar en el programa El Día Después ¡la actitud de Vini, no la del espectador! Es el mundo al revés, los periodistas diciéndole al brasileño que no debería señalar al público y obviando recriminar la actitud del espectador y su hijo. Y no vale la excusa de que no contaban con las imágenes, porque las emitieron en la misma cadena sin manipular unas horas antes.

Tampoco es casual que los sicarios culés para América Latina, la ESPN, falsearan los hechos y dijeran que los insultos habían ocurrido en el campo del Elche. O que cuando corrigieran el error lo hicieran mencionando dos veces al Real Madrid y ni una sola al Barça.

¿Hay miedo a criticar algo mal hecho por el Barça? ¿O en una balanza racismo-antimadridismo pesa más lo segundo? Porque la exigencia de rectificación del Elche también fue de coña marinera. No sucedió en Elche lo que dice que no existió, joder, ¿tanto miedo hay a decir que sí existió, que lo hizo un solo energúmeno con su hijo, pero que ocurrió en el Camp Nou?:

En fin, concluyo este post recomendando la lectura de la carta del jugador del Chelsea Antonio Rüdiger en The Players Tribune: Este artículo no resolverá el racismo en el fútbol. En él habla de los episodios de racismo que sufrió en Italia cuando jugaba para la Roma y cómo los clubes y dirigentes publicaron varios tuits, posts en redes sociales, quejas muy escandalizados, etc., pero no hicieron nada. Ni se investigó nada porque en el fondo todo es postureo, como la exigencia de la UEFA (apoyada por Thuram, por cierto) de arrodillarse antes de los partidos. Sin embargo, Rüdiger agradeció la actitud humana, personal y alejada de las cámaras de su compañero Daniele De Rossi. Nada de venderse hacia fuera, sino preocuparse de manera sincera por el futbolista y lo que podía necesitar en ese momento.

El artículo habla de los episodios de racismo que sufrió en Alemania desde los ocho años, o posteriormente en Italia, y concluye con un argumento de pura lógica: menos postureo en redes sociales y más educación. Todo lo contrario de lo que se hace en este mundo tan superficial e hipócrita que es el fútbol moderno.

Relacionados:

El futbolista coge la pluma (I): Ander Herrera, Tim Sparv y el mundial de Catar 2022.

El futbolista coge la pluma (II): Toni Kroos, Marcus Rashford y Juan Mata, sobre la explotación de la FIFA y el papel de los jugadores como influencers.

Una hora, veinticinco años

LESTER, 31/10/2021

«A las tres serán las dos», «no olviden retrasar sus relojes esta noche» y todos esos topicazos que escuchamos con cada cambio de hora. El que menos me gusta es ese de «¡dormimos una hora más!», pronunciado con euforia, como si pasar esa hora extra de regalo planchando la oreja fuera motivo de celebración. Prefiero verlo como un día de veinticinco horas, y visto de ese modo, sí disfruto, aplaudo y aprovecho el cambio de hora de otoño porque da para mucho más. Los días de veinticinco horas son una gozada, del mismo modo que el día del año que apenas dura veintitrés, allá por la primavera, es un estropicio en el que te falta tiempo para todo.

«Pierde una hora por la mañana y la estarás buscando todo el día».

(Richard Whately)

Claro que el problema no es tanto el tiempo del que disponemos como el uso que hacemos del mismo, su aprovechamiento. Ya lo dijo un sabio: «Cada uno decide qué hacer con el tiempo que le es dado». Lo sé, la cita no es de ninguno de los grandes pensadores habituales que se utilizan de manera permanente para estas cosas, sino de Gandalf el Blanco en El señor de los anillos.

«El tiempo es la sustancia de que estoy hecho. El tiempo es un río que me arrebata, pero yo soy el río». Con esta cita de Jorge Luis Borges comienza el capítulo El río de la conciencia del libro de Oliver Sacks del mismo título, y a lo largo del capítulo contrapone la visión del tiempo como un movimiento continuo, fluido, imparable, con la de otros autores como David Hume y William James, que lo consideran como una sucesión de momentos puntuales.

Sea como fuere, como considera Borges o como explica Hume, parece evidente que hay que disfrutar el momento presente, aquí y ahora, no anclarse en el pasado, ni fiarlo todo a un futuro que llegará y no será como habíamos imaginado. Los momentos de calidad, como en el cuento breve El buscador, de Jorge Bucay. Recomiendo leerlo completo. Por simple que pueda parecer coincido con el mensaje que expresa. Narra la historia de un individuo que llega a un pueblo y, al pasar por el cementerio, descubre con estupor lápidas con inscripciones como:

Abdul Tareg, vivió 8 años, 6 meses, 2 semanas y 3 días

Yamir Kalib, vivió 5 años, 8 meses y 3 semanas

«El buscador se sintió terriblemente conmocionado. Aquel hermoso lugar era un cementerio, y cada piedra era una tumba.
Una por una, empezó a leer las lápidas.
Todas tenían inscripciones similares: un nombre y el tiempo de vida exacto del muerto.

Pero lo que lo conectó con el espanto fue comprobar que el que más tiempo había vivido sobrepasaba apenas los once años…
Embargado por un dolor terrible, se sentó y se puso a llorar.

El cuidador del cementerio pasaba por allí y se acercó. Lo miró llorar durante un rato en silencio y luego le preguntó si lloraba por algún familiar.
-No, por ningún familiar —dijo el buscador—. ¿Qué pasa en este pueblo? ¿Qué cosa tan terrible hay en esta ciudad? ¿Por qué hay tantos niños muertos enterrados en este lugar? ¿Cuál es la horrible maldición que pesa sobre esta gente, que les ha obligado a construir un cementerio de niños?

El anciano sonrió y dijo:
– Puede usted serenarse. No hay tal maldición. Lo que pasa es que aquí tenemos una vieja costumbre. Le contaré…:

“Cuando un joven cumple quince años, sus padres le regalan una libreta como esta que tengo aquí, para que se la cuelgue al cuello. Es tradición entre nosotros que, a partir de ese momento, cada vez que uno disfruta intensamente de algo, abre la libreta y anota en ella:

A la izquierda, qué fue lo disfrutado.
A la derecha, cuánto tiempo duró el gozo.

Conoció a su novia y se enamoró de ella. ¿Cuánto tiempo duró esa pasión enorme y el placer de conocerla? ¿Una semana? ¿Dos? ¿Tres semanas y media…?

Y después, la emoción del primer beso, el placer maravilloso del primer beso…¿Cuánto duró? ¿El minuto y medio del beso? ¿Dos días? ¿Una semana? ¿Y el embarazo y el nacimiento del primer hijo…?

¿Y la boda de los amigos? ¿Y el viaje más deseado? ¿Y el encuentro con el hermano que vuelve de un país lejano? ¿Cuánto tiempo duró el disfrutar de estas situaciones? ¿Horas? ¿Días?

Así, vamos anotando en la libreta cada momento que disfrutamos… Cada momento.

Cuando alguien se muere, es nuestra costumbre abrir su libreta y sumar el tiempo de lo disfrutado para escribirlo sobre su tumba. Porque ese es para nosotros el único y verdadero tiempo vivido”.

El tiempo. Queremos atraparlo, controlarlo, pero se nos escapa como el agua entre los dedos. Por algo el libro de H.G. Wells sobre la máquina del tiempo se titulaba como el sueño del autor: El tiempo en sus manos. O como el libro de Félix Torán El tiempo en tus manos, un elogio del momento presente y la atención plena a lo que hacemos, el mindfulness tan de moda. Y una crítica a todos los que dicen que «necesitaría que el día tuviera 25 horas». Pues comienza aprovechando los próximos cinco minutos.

– El tiempo es relativo.

– ¿Pero qué coño dices, Albert?

– Tienes tres meses para acabar tu tesis doctoral.

– Pero… ¡profesor! ¡Tres meses no es nada, no me da tiempo!

– ¿Cuánto llevas sin echar un polvo?

– Tres m… ¡es usted un genio, señor Einstein!

Para terminar de complicarlo todo, cuando creemos que un minuto es un minuto, y una hora contiene sesenta de esos minutos, llega Einstein y te dice que el tiempo es relativo. Que se puede alargar, estirar, contraer… que en el mismo influye la gravedad, o que cuanto más rápido vayas, más lento envejeces. La putada extrema que nos cuenta Interstellar, en la que una hora en el planeta de agua equivale a siete años en la órbita. Recuerdo lo que me angustió ese momento. Las tres horas de McConaughey y la Hathaway que se convierten en más de veinte años para el compañero que los espera en la nave. No puede ser, no se te puede ir la vida esperando algo, o no puedes decir «ya lo haré cuando tenga tiempo». Como tanta gente que anhela la jubilación y luego no saben qué hacer con el tiempo que tienen porque no se han preparado para el momento de levantarse por las mañanas y ser dueños de su tiempo. El momento es ahora.

Este fin de semana mi mujer y yo cumplimos veinticinco años felizmente casados. Si empleo la visión de Borges, el río me lleva rápido, pero por paisajes preciosos. Si me voy a los momentos puntuales de Hume, ha habido muchos: el nacimiento de nuestros hijos, todos los viajes por el mundo, las comidas con la familia, las cenas con los amigos, nuestros momentos de intimidad, o para ir al cine o tomarnos un vino para charlar de cómo había ido el día. Tanto tiempo En busca de la tranquilidad que encontré con ella.

Si llevara una libreta como en el cuento de Bucay, seguro que me salían muchos años de tiempo real vivido. Si hablara del pasado, presente y futuro con un objetivo y una visión, como decía Félix Torán, hemos dejado atrás muchos momentos felices, tres hijos, cuatro libros escritos y seis árboles plantados entre ambos, disfrutamos este puente presente con el embobamiento de los novios cuya condición de tales acaban de adquirir, y miramos hacia un futuro repleto de proyectos por delante.

Y si el tiempo es relativo, como dice Einstein, estos veinticinco años, cariño, se me han pasado volando. Vamos a por los siguientes veinticinco.

Aquellas medidas imprescindibles

JOSEAN, 27/10/2021

Se acerca el final del año de la recuperación, o del inicio de la recuperación, o bien, del inicio de poner las bases para la recuperación futura, depende de lo optimista o pesimista que sea uno, y me ha parecido un momento adecuado para ver qué ha ocurrido con varios de los asuntos que hemos tratado en el blog en meses y años anteriores, relacionados todos ellos de un modo u otro con las cuentas públicas.

  • La recaudación de la llamada «tasa Google»: el impuesto sobre determinados servicios digitales recogía en su Memoria de Impacto una serie de cálculos «a globo» según los cuales se preveía recaudar entre 600 y 1.258 millones de euros. Recordad que ese amplio margen de error se hizo previendo «una tasa de actualización de las cifras muy alta». Lo que parece que finalmente será «muy alta» es la desviación prevista en la recaudación. Si extrapolamos los 92 millones recaudados en el primer semestre a la totalidad del año, nos quedaríamos en una cifra entre el 14% y el 30% de lo inicialmente estimado. La vida de este impuesto será corta y poco exitosa, pues tendrá que desaparecer cuando entre en funcionamiento el pacto global de la OCDE sobre el régimen fiscal de las grandes multinacionales. Esta misma semana hemos conocido el acuerdo entre los gobiernos de España, Francia, Italia, Austria y Reino Unido con el estadounidense para eliminar este impuesto el 31 de diciembre de 2023 como muy tarde. La presión de Estados Unidos con amenazas arancelarias a los productos europeos ha forzado este acuerdo y dicho plazo, pues a partir del mismo entrará en vigor el impuesto pactado en el marco de la OCDE y el G-20.
  • El impuesto a las transacciones financieras, o la mal llamada «tasa Tobin»: la recaudación esperada por este impuesto para la totalidad del año era de 850 millones de euros. Sin embargo, tuvo ciertos problemas en su puesta en funcionamiento, que llegó a retrasarse hasta dos veces, lo que seguramente ha influido en su baja recaudación del primer trimestre. Según el informe de recaudación publicado por la Agencia Tributaria, la cifra fue de apenas 150 millones de euros, lo que, de mantenerse la tendencia, supondría alcanzar a final de año un 35% de lo estimado inicialmente.
  • Los pleitos planteados por grandes fondos de inversión tras los cambios regulatorios del sector eléctrico en 2010 y especialmente en 2013 se están resolviendo en su mayoría de manera desfavorable para los intereses del Estado español. Esta semana hemos sabido que Endesa, Iberdrola y Acciona no han acudido a la subasta de renovables por la «falta de seguridad jurídica» del sector, tras las sucesivas reformas, las vigentes y las recientes, tras las que se prevén nuevos conflictos judiciales. En 2016 dediqué un post completo a las sospechosas resoluciones que se estaban dando en España sobre estos asuntos y a cómo estas reclamaciones estaban llevando a nuestro país al primer puesto del triste ranking de litigios en el CIADI (Centro Internacional de Arreglo de Diferencias relativas a las Inversiones). La seguridad jurídica salta por los aires, decía, y los litigios están llegando a su resolución.
No he sido capaz de encontrar una cifra fiable del importe de las indemnizaciones que tendrá que afrontar el Estado español para hacer frente a los pleitos planteados, pero parece que será (afortunadamente) sensiblemente inferior a los 15.000 millones de euros estimados en su día. Pese a haber ganado los dos primeros litigios a dos filiales extranjeras de Isolux, el goteo inicial era doloroso:
Mayo de 2017: Eiser, indemnización de 128 millones más intereses. Aun así, sensiblemente inferior a los 300 millones reclamados.
Febrero de 2018: Novenergía, pago de 58 millones más intereses.
Mayo de 2018: Masdar Solar, condena al pago de 64 millones más intereses. El fondo de Abu Dabi reclamaba un importe superior a los 250 millones de euros.
Junio de 2018: Fondo Antin. Condena al pago de 112 millones de los 218 reclamados inicialmente.

Este otro artículo de 2019 cifraba la cantidad que España tendría que pagar por los 45 litigios interpuestos en unos 7.000 millones de euros y avisaba de los fichajes de altos cargos de la Administración realizados por varios de los despachos de abogados a cargo de las demandas contra el Estado. Esas «otras puertas giratorias». La mayoría de estos inversores son fondos extranjeros que vieron sus inversiones comprometidas por las razones expuestas en el post, y en octubre de 2020 se zanjó un acuerdo con varios de ellos para arreglar las diferencias por unos 3.000 millones de euros.
  • El registro de jornada: en su día dediqué dos artículos a la normativa que trataba de controlar el horario de los trabajadores y que establecía un régimen sancionador para aquellas empresas que incumplieran la norma. El Real Decreto-ley tenía una serie de complicaciones y lagunas que no dificultaban el control, no solo por parte de las empresas (teletrabajo, viajes, formaciones, acceso a medios electrónicos…), sino de la inspección. Pese a ello, a los dos años de su puesta en funcionamiento, la Inspección había encontrado 8.616 infracciones, de las que resultaron 16.303.493 euros en sanciones. El período analizado cubre desde el 13 de mayo de 2019 (entrada en vigor) hasta el 12 de mayo de 2021, y sorprende el reparto en las sanciones:

2019: 2.940 infracciones. Importe: 6.327.769 euros.

2020: 4.120 infracciones. Importe: 7.226.615 euros.

2021: 1.556 infracciones. Importe: 2.749.106 euros.

El confinamiento y el teletrabajo no paralizaron la actividad inspectora y recaudatoria.

  • El mínimo del 15% en el Impuesto de Sociedades: los ataques a las empresas comenzaron en la época de Cristóbal Montoro y fueron continuados por la ministra Montero y el vice Iglesias. No podía ser que las grandes empresas pagaran menos del 7% en el Impuesto de Sociedades, nos decían, aunque para ello tuvieran que falsear y manipular los datos (Montoro miente y Las grandes corporaciones son malas), así que finalmente se aprobó un tipo impositivo mínimo del quince por ciento en el Impuesto de Sociedades. El anuncio tuvo efectos más propagandísticos que reales, porque una buena parte de los beneficios de las grandes empresas provenía de dividendos o del extranjero y, por tanto, ya habían pagado los impuestos correspondientes en otros países. Según cálculos presentados por la propia ministra de Hacienda María Jesús Montero hace un par de semanas, la nueva tasa mínima del Impuesto recaudará menos de 50 millones de euros en su primer año de vigencia. La cantidad que se esperaba recaudar era superior a los 400 millones de euros, pero tendrá que esperar como mínimo hasta 2023, en los pagos definitivos y no en los anticipos a cuenta del Impuesto. La ministra advertía de la baja recaudación de este impuesto, que «está aportando la mitad de lo que aportaba hace diez o quince años». Normal, cuando antes de 2008 los resultados de las empresas eran muy superiores a los actuales y no contaban con las bases imponibles negativas generadas tras esos años de crisis financiera o ahora con los impactos negativos de la Covid. Las pérdidas de las empresas se han convertido en un problema para la recaudación del Estado y el propio lenguaje de la ministra habla de «poner el foco en los créditos fiscales», como si las empresas celebraran o les viniera bien haber sufrido pérdidas.
Creo que es evidente que hay un patrón claro en todas las medidas aprobadas y en otras, como la subida del Salario Mínimo Interprofesional, y consiste en cargar sobre las empresas buena parte de los ajustes necesarios. Sin embargo, todas estas medidas, que no digo que no sean imprescindibles, o necesarias en muchos casos, inciden solo en la necesidad de incrementar los ingresos del Estado. La propuesta para implantar los peajes en las autopistas está en la misma línea y así aparece en los informes presentados a Europa para la obtención de los fondos del plan Next Generation. Sin embargo, se trabaja poco o muy poco sobre los ajustes o recortes en los gastos. También traté en su día sobre «el gran despilfarro» de gastos de las Administraciones, las «élites extractivas» que se perpetúan gobierno tras gobierno. Hace una semana, «con la que está cayendo», como se suele decir, nos desayunamos con un nuevo nombramiento de esos «imprescindibles» para afrontar los grandes problemas actuales de nuestra economía y sociedad:

En fin. Acaba de presentarse el Proyecto de Ley de Presupuestos Generales del Estado para 2022 y tanto el Banco de España como la Airef (Autoridad Independiente de Responsabilidad Fiscal) han cuestionado las premisas en las que se basan los mismos. Hace menos de un año dediqué dos artículos del blog a los Presupuestos presentados para el año 2021, y con todas las reservas del mundo, basándome en algunas premisas indirectas, concluí que parecían realizados como en las empresas que elaboran de manera forzada sus presupuestos: estimando de manera errónea los gastos, infravalorándolos, y “ajustando” luego a martillazos los ingresos para que cuadren con el objetivo que se pretende mostrar (que no alcanzar).

Parece evidente que determinadas políticas económicas terminan afectando a la competitividad de las empresas españolas. Por hacer un breve recopilatorio del sector energético: Naturgy ya tiene más de la mitad del capital en manos extranjeras, Endesa pasó a ser italiana hace tiempo, Sacyr ha dejado de ser el principal accionista de Repsol, y Cepsa ha cambiado de consejero delegado por decisión de los principales accionistas (el fondo anglosajón Carlyle y el holding emiratí Mubadala). Lo recordaba con preocupación este artículo reciente de La Vanguardia, Hablando de soberanías. Los grandes grupos están tocados y no les queda otra que desinvertir o enfocarse en otros mercados en los que se consideran mejor tratados (aquí dejo un resumen de las principales desinversiones de ACS, FCC; Ferrovial y OHL). Una pena.

El mercado de humos

JOSEAN, 17/10/2021

Vaya por delante que no soy ningún experto en la materia y que es muy posible que cometa errores, por más que haya tratado de documentarme sobre el tema, así que agradeceré al amable lector que me corrija cualquier imprecisión que haya cometido en este post. No voy a hablar de la factura de la luz, ni del disparatado precio del megavatio hora con el que nos desayunamos cada mañana, pero sí de uno de los componentes del mismo que me resultan más ininteligibles: el precio de los derechos de emisión.

La tarifa de la luz que se paga en los hogares se compone de dos grandes capítulos:

  • El coste de la energía, que se establece mediante una subasta en el llamado mercado spot, mercado mayorista.
  • Los costes regulados, donde entra toda la «política» de los gobiernos anteriores y presentes: impuestos como el IVA y los de la producción, el déficit de tarifa de la época de Aznar, las primas a las renovables de los tiempos de Zapatero, la moratoria nuclear, los cierres del carbón, los peajes de transporte y distribución, alquileres de contadores, los sobrecostes de producción no peninsular, costes de comercialización,…

Según un estudio del Banco de España publicado en agosto de este año (cuando el precio del megavatio hora era aproximadamente la mitad del actual), el cincuenta por ciento del incremento del precio de la electricidad se debe al encarecimiento del gas, y entre un veinte y un veinticinco por ciento es culpa de la subida del precio de los derechos de emisión. Luego estas dos variables explican tres cuartas partes de la acongojante subida, una subida que no solo afecta a las familias y particulares, sino a todo el tejido empresarial.

Sobre el precio del gas y las alternativas (ninguna en el corto plazo) ya han escrito mucho los expertos en la materia y no me voy a extender. Está totalmente desbocado debido al crecimiento de la demanda (fundamentalmente de Asia), la menor producción, las menores reservas existentes y los conflictos en países productores. Es algo que entra en mi obtusa cabeza: un bien escaso y necesario que sube de precio por el incremento de las necesidades de los países occidentales y ahora también de los asiáticos.

¿Pero a qué se debe el crecimiento no menos desbocado de los derechos de emisión? Los derechos de emisión son un coste que las empresas emisoras de CO2 deben afrontar y constituyen la aplicación práctica del principio de «quien contamina, paga». El primer mercado de derechos de emisión fue creado por la Unión Europea tras los acuerdos establecidos en el protocolo de Kioto de 2005. Según la web del Ministerio para la Transición Ecológica, este mercado «Cubre, en los 27 Estados miembros, las emisiones de CO2 de las siguientes actividades: centrales térmicas, cogeneración, otras instalaciones de combustión de potencia térmica superior a 20MW (calderas, motores, compresores…), refinerías, coquerías, siderurgia, cemento, cerámica, vidrio y papeleras». Se ven afectadas por el mismo más de 10.000 instalaciones y más de 2.000 millones de toneladas de CO2, «en torno al 45% de las emisiones totales de gases de efecto invernadero en la Comunidad». ¿Solo el 45%? En fin. Sé que hay entidades que calculan las emisiones de cada instalación y agencias verificadoras de las mismas, pero desde que se creó no dejo de pensar que se trata de un mercado de «humo» de difícil control y seguimiento, pero, ¿por qué ha subido el precio de estos derechos?

El Acuerdo de París de 2015 tenía como objetivo lograr en 2030 una reducción del cuarenta por ciento de las emisiones en comparación con las cifras de 1990. Básicamente el Acuerdo pretendía fomentar el uso de energías renovables, menos contaminantes, por la vía de penalizar la producción basada en el uso de combustibles fósiles. Los derechos de emisión tenían una cierta estabilidad de precios en el mercado. Hace apenas tres años, el precio se movía entre los 6 y los 8 euros por tonelada, y en los años precedentes estuvo entre los 3 y los 4 euros, lo que hacía que fuera barato producir con tecnologías más contaminantes. La gráfica de lo ocurrido en 2021 con el precio de estos derechos recuerda a la cotización de las acciones de algunas compañías durante los años de la burbuja de las tecnológicas:

El precio ha llegado a superar los 60 euros por tonelada. Para el que quiera seguir la evolución de este curioso indicador, tiene la web del Sistema Europeo de Negociación de CO2, Sendeco2. Lo que ha sucedido para alcanzar esta locura es que el pasado mes de diciembre, el Consejo Europeo aprobó un acuerdo vinculante para elevar esos objetivos de reducción desde el 40% al 55%, y a menores derechos, lógicamente, mayores precios, puesto que las compañías tienen que adquirirlos para compensar sus emisiones. Pero no sé si solo esa decisión es la causante del incremento tan brutal, sino que, como apunta el Banco de España, «La escalada de los precios ha sido de una magnitud tan elevada (un 71% entre diciembre de 2020 y junio de 2021) que, según algunos analistas, no puede descartarse que exista un componente especulativo significativo».

Hace poco más de un mes leí este artículo del Wall Street Journal que decía que las compañías norteamericanas estaban calculando sus emisiones, pero que las mismas podían ser «tricky», es decir, directamente tramposas. Ponía ejemplos de Apple, Procter & Gamble o el (especialmente llamativo) caso de Microsoft, que había «recalculado» sus emisiones de 22 millones de toneladas a solo 11 por la aplicación de otra metodología de cálculo. Sé que no es lo mismo el mercado europeo que el norteamericano, y que sus cálculos tienen como objeto reportar a la SEC y a sus inversores de acuerdo con parámetros de sostenibilidad, pero no deja de ser significativo lo que el artículo explica acerca del cachondeo de la medición de las emisiones.

El artículo concluye destacando el hecho de que en Estados Unidos no hay un procedimiento estándar de verificación, ni quiénes deben realizarlo. La mayoría de empresas del S&P 500 realizan sus análisis con empresas de ingeniería o consultorías, generalmente menos rigurosas (según el artículo) que las auditoras externas de reportes financieros. Pero insisto, es Estados Unidos, y el objeto de estas mediciones es diferente al mercado europeo. ¿Y China? El dragón rojo, el país que más contamina del mundo con diferencia (el doble que Estados Unidos, según ClimateTrade) puso en marcha este verano de 2021 su mercado de derechos de emisión, que en una primera fase afectará solo a las empresas energéticas, responsables de la séptima parte de las emisiones totales del planeta. Será el mayor mercado del mundo y esperemos que, aunque tarde, sirva para reducir de manera considerable las emisiones del gigante asiático antes de 2030, un tema que no entraba entre sus prioridades.

El gráfico es ilustrativo: mientras la Unión Europea realiza esfuerzos para reducir sus emisiones, China las multiplica de manera exponencial sin reparo. Un factor más que añadir a la hora de explicar la falta de competitividad de las empresas europeas.

Lo curioso de este mercado de humos, perdón, de derechos de emisión de CO2, es que el gran beneficiado por su exorbitante incremento es precisamente el Estado, que percibirá en 2021 unos ingresos de unos 3.526 millones de euros, cuando la estimación de principios de año era de apenas la mitad, 1.700 millones. El incremento del precio de la luz ha tenido como efecto colateral positivo que el Estado haya visto incrementados sus ingresos por IVA, por costes de producción, por derechos de emisión de CO2 y por impuestos especiales, ingresos que van a compensar el fiasco de la recaudación por otros impuestos, como las llamadas tasas Google y Tobin, que apenas han recaudado un veinte por ciento de lo estimado inicialmente.

El incremento de los ingresos del Estado por la subida del precio de la luz da un margen al gobierno para adoptar medidas que contribuyan a paliar sus efectos sobre los particulares, y por ese motivo, en palabras del presidente Pedro Sánchez esta misma semana, nos «devolverán» en el recibo de diciembre buena parte del sobrecoste cargado en los meses anteriores. Nos lo venderán como una paga extra de Navidad, estoy convencido de ello, pero lo veo más bien como una devolución de un anticipo.

Voy cerrando ya el post, que es fin de semana, hora valle, y si sigo escribiendo hasta mañana se me triplicará o cuadruplicará el coste del consumo. Del cálculo de las emisiones que he necesitado para la escritura de este artículo, que hablen los gurús.

El futbolista coge la pluma (II)

BARNEY, 09/10/2021

Retomo las críticas al Mundial de Catar 2022 de la primera parte y comienzo esta segunda con la carta de un futbolista que ha dicho que no va a acudir a esa cita deportiva, el alemán Toni Kroos. Llama la atención que se retire de la selección con apenas 31 años, una edad que, en los tiempos actuales y si el futbolista se ha cuidado bien, permite seguir muchos años más a un alto nivel (ahí están los ejemplos de Cristiano, Messi o Modric, por ejemplo). En la carta de despedida explica claramente sus motivos, si bien yo quiero entender que hay algo de crítica hacia la organización del Mundial en ese país («Tenía claro durante mucho tiempo que no estaría disponible para la Copa del Mundo de 2022 en Catar»). Los motivos que esgrime el centrocampista alemán son más que entendibles: quiere centrarse en sus objetivos con el Real Madrid, pasar más tiempo con su familia (mujer y tres hijos) y sobre todo, disfrutar «deliberadamente descansos que no existen como jugador nacional desde hace once años«.

Un calendario cargado de partidos, viajes de un lado a otro del globo, concentraciones, cada vez más competiciones y más largas (Champions, Confederaciones, Liga de Naciones, clasificaciones infumables contra selecciones de países inexistentes, amistosos más incomprensibles aún,…) y unos futbolistas que no son máquinas que puedan competir todo el año al más alto nivel. En el caso de las selecciones nacionales se produce una situación terriblemente injusta para los clubes, situación que se tolera por culpa de las normas trasnochadas y casi me atrevo a decir que «feudales» de los dirigentes de la UEFA, la FIFA y las federaciones nacionales. Estos organismos, cuyos dirigentes han sido investigados y/o condenados por corrupción en un porcentaje similar al de los dictadores caribeños o africanos, se permiten usufructuar, utilizar de manera casi gratuita, robar, expropiar (elijan Vds. el adjetivo) los mayores activos de los clubes de fútbol: los futbolistas. Y los clubes de fútbol son, salvo excepciones como el Real Madrid, el Barça o el Athletic de Bilbao, grandes empresas, multinacionales propiedad de sus accionistas e inversores que querrán aunar el rendimiento deportivo con el económico. Pues nada, les importa un carajo: partidos contra Kosovo, Islas Féroe o Gibraltar en mitad de las competiciones de liga o Champions. Y luego si los jugadores se lesionan, como ha ocurrido recientemente con Bale, Ceballos y Hazard en el Madrid, que apechuguen los clubes, que se pasen meses y jornadas pagando sueldos estratosféricos sin poder disfrutar de sus jugadores.

Los jugadores no son máquinas y necesitan descansar, como decía Toni Kroos, y resulta habitual que haya un bajón en los rendimientos de las principales figuras durante la temporada posterior a un Mundial. Pero ese problema ya no le atañe a los prebostes del fútbol mundial. El negocio es rentabilísimo para la FIFA, nos ha j… tan rentable que su máximo dirigente, el italiano Gianni Infantino, ha propuesto que el Mundial se celebre cada dos años, en lugar de hacerlo cada cuatro. Dentro de lo poco que nos gusta a algunos esta propuesta, Infantino ha dicho una cosa repleta de sentido común: «se juegan demasiados partidos irrelevantes a lo largo del año».

Sin embargo, sospecho que el interés de los dirigentes de la FIFA, que han aprobado la propuesta por 166 votos a favor y solo 22 en contra, va más por el lado pecuniario que se mueve en las adjudicaciones que por el fomento del deporte y el fútbol como espectáculo de masas. Infantino indica que la propuesta se debe a que «es una manera de promocionar el fútbol. Hay que estudiar qué podemos hacer para estimular el fútbol», pero eso no se arregla con un Mundial de 48 países cada dos años en el que tengamos un Togo-Honduras o un China-Nueva Zelanda (con todo mi respeto para estas selecciones), sino cambiando el Reglamento de un deporte cuyos partidos resultan cada vez más soporíferos y con menor tiempo de juego efectivo (aquí algunas propuestas personales). Los dirigentes del fútbol mundial están perdiendo a los jóvenes y no creo que eso se arregle con un incremento de los partidos internacionales de selecciones, sino con una reflexión profunda sobre el juego en sí, para la cual es básico contar con los jugadores en perfecto estado de salud y forma física.

¿Y los futbolistas, qué tienen que decir de ello? El «sindicato» de futbolistas profesionales, FIFPRO (Federación Internacional de Futbolistas Profesionales), contestó en un comunicado de su portavoz Jonas Baer-Hoffmann que «los jugadores tienen unos límites fisiológicos naturales, y un interés inherente en el avance sostenible del juego: el éxito del deporte depende de su bienestar físico y mental. Lo que decidimos en los altos niveles del juego repercute en miles de profesionales de todo el mundo. Todo plan para extender las competiciones debe integrar su experiencia y opiniones a nivel colectivo».

Recordemos que cuando hace unos pocos meses surgió la propuesta de crear una Superliga de clubes a nivel europeo con el objeto de incrementar el número de partidos de interés entre los mejores clubes (lo que a la larga conllevaría forzosamente la disminución del número de partidos en ligas nacionales), el presidente de la UEFA Aleksander Ceferin y sus secuaces saltaron con aquel mensaje hipócrita del «Football is for the fans». Precisamente los fans a los que desprecian tolerando unas normas diferentes para los clubes-estado frente a los tradicionales (Real Madrid, Bayern de Múnich, Barcelona o Juventus de Turín).

Esta semana hemos conocido la noticia de que el jeque de Arabia Saudí Mohammed Bin Salman ha comprado el Newcastle, lo que convierte al modesto club de la Premier en el equipo que tiene al dueño con la mayor fortuna del mundo, diez veces superior a la de los fondos emiratíes y cataríes propietarios del Manchester City y el PSG, clubes que han asaltado el mundo del fútbol con sus petrodólares. Mohammed Bin Salman es el mismo tipo cuyos agentes estuvieron tras el asesinato del periodista Jamal Kashoggi en la embajada de Estambul y se llevaron sus restos descuartizados en valijas diplomáticas, pero «football is for the fans» y los aficionados del Newcastle corrieron jubilosos al estadio a celebrar que ahora su equipo del alma pertenece a una dictadura en los primeros puestos del ranking internacional de desprecio a los derechos humanos. Como escuché a Richard Dees de manera brillante en El Radio de esta semana: «Football is for the funds».

Cualquiera que siga este blog sabrá que me gusta el fútbol, sobre todo el de antaño, y cada vez menos los futbolistas. Han sido muy pocos los que han levantado la voz en contra del Mundial de Catar, como Tim Sparv, o del dineral que viene de grandes fortunas de Oriente Medio. Al fin y al cabo todos ellos se verán beneficiados del riego de millones sin importar su origen o la desigualdad competitiva que puede crear. Pero los futbolistas son figuras públicas cuyos movimientos pueden tener gran repercusión, como pudo verse hace un año con la carta de Marcus Rashford a los miembros del Parlamento británico solicitando que se mantuviera la ayuda de comedor a las familias sin recursos durante el verano post-pandemia.

Rashford sabía bien de lo que hablaba puesto que en su familia había tenido que criarse recurriendo a esas ayudas públicas: «Mi madre trabajaba todo el día ganando el salario mínimo para asegurarse de que siempre había una comida en la mesa por las noches, pero eso no era suficiente». La difusión masiva de su carta, el apoyo de numerosas personalidades y (por supuesto que sí) el rédito político que podían obtener del debate creado lograron que el gobierno de Boris Johnson rectificara y mantuviera su apoyo financiero para las familias desfavorecidas.

Los futbolistas son (aparte de niñatos millonarios e incultos en un porcentaje muy elevado) tipos de los más influyentes del mundo, influencers con millones de followers, o como se diga ahora, ojalá se aprovecharan sus esfuerzos para promover causas justas y no regímenes totalitarios. Marcus Rashford tiene como compañero en el Manchester United a un gran tipo como Juan Mata, uno de los pocos futbolistas a los que he visto declarar abiertamente que es un privilegiado que gana mucho más dinero del necesario y de lo que podría necesitar. En su famosa carta de agosto de 2017 A common goal hablaba con la pasión de un niño que quería triunfar en el fútbol, un chaval cuya ilusión era seguida por su padre y su abuelo por varias escuelas de formación y equipos, un jugador que ya en el Chelsea y tras recibir un gol en contra en los últimos minutos de una final de Champions contra el Bayern se dirige a Drogba y le dice simplemente que «crea» en la remontada con la ilusión de ese chico de barrio, como ocurrió.

«Pienso en todo lo que el fútbol me ha dado». «Sé lo afortunado que fui por tener las oportunidades que tuve, pero no todo el mundo tiene una familia como la mía». «Quiero asegurarme de que todos los niños puedan tener las oportunidades que yo tuve», para lo cual proponía iniciar un movimiento que cambiara por completo el mundo del fútbol: el proyecto Common Goal. Un fondo que se nutriría con el uno por ciento del salario de todos los futbolistas que se sumaran a la propuesta y que se destinaría a fines sociales gestionados por una serie de ONGs en varios países. Tres años después se habían sumado apenas unos 150 futbolistas (Giorgio Chiellini, Mats Hummels y Kasper Schmeichel, entre los más famosos) y algún club modesto danés, pero el proyecto corre el peligro de ser absorbido por el lavado de cara de los dirigentes del fútbol mundial: Aleksander Ceferin se ha sumado a la propuesta, así como Ronaldo Nazario, abducido por Infantino y la FIFA para promover el Mundial cada dos años.

El mundo del fútbol es tan falso que podemos ver a Ceferin hablando de los derechos humanos o del interés de los fans, a Al-Khelaifi hablando de ética y a Maradona en un partido contra la droga, aunque sabemos en qué equipo.

Volver al asfalto

LESTER, 01/10/2021

Empecemos por cambiar ese eslógan por el de «Slower than ever».

Había ganas de volver a una carrera popular, ya fuera de diez kilómetros o un maratón completo como el del pasado domingo en Madrid. Había ganas de rodearse de esforzados corredores con la intención de pasar un buen rato (o sufrir), escuchar esa música atronadora e hiper motivadora por los altavoces y salir a disfrutar de una mañana que se despertó radiante. Sol y muy buen ambiente, ¿quién quería más? Las dudas acerca de cómo respondería el cuerpo tras tantos meses de parones, confinamientos, virus y en algunos casos, lesiones.

Si me paro a pensar que en marzo y abril estaba con sesiones de fisio y molestias en cada pisada, y que hasta el 26 de mayo no me puse a correr de nuevo, el hecho de haber completado los 42 kilómetros el domingo pasado, aunque fuera con un tiempo horrible, me suponen una enorme satisfacción. Quizás tanto como aquella primera vez hace ya diecisiete años en el Mapoma, ese Mapoma al que definí como «…una antigua novia a la que le dediqué mucho tiempo e ingentes esfuerzos, a la que le tengo un enorme cariño pese a lo mucho que me hizo sufrir, y a la que vuelvo cada cierto tiempo porque los buenos recuerdos, como en el amor o las relaciones de pareja, superan con creces el dolor».

Cuando todo nuestro mundo saltó por los aires en marzo de 2020, me pilló en muy buena forma y en plena preparación de este mismo maratón, pero todo ha cambiado tanto en este tiempo que lo importante era volver, ganar otro terreno hasta hace poco vedado (las concentraciones multitudinarias) y olvidarnos de marcas, forma física y mejorar. En mayo estaba en 82 kilos y tras un esforzado verano he conseguido ganar. A la báscula, pero también ganar a la pereza, a la desidia, al hecho de ver que mis ritmos estaban muy lejos de los que tenía en el pasado. A ganar en el sentido de Haile Gebreselassie:

“Se necesitan tres cosas para ganar: la disciplina, el trabajo duro y, por encima de todo, tal vez, el compromiso. Nadie va a lograrlo sin las tres. El deporte te enseña eso”.

Pues si hago caso a uno de los más grandes de todos los tiempos, si no el que más, con el permiso de Bekele y Kipchoge, el domingo gané. Recuperé sensaciones, pasé el medio maratón en 1h. 55 minutos, al ritmo previsto de 5m. 30s. por kilómetro, y luego… el hundimiento. Pero disfruté, sonreí con la animación, agradecí cada muestra apoyo del numeroso público y atravesé la meta, pese a que nunca estuve tan cerca de pensar que no lo haría. Las piernas daban para lo que daban, así que preferí dejarme llevar por la cabeza y tomarme de manera humorística ese bajón. El relato que compuse se publicó el lunes pasado en La Galerna y todo lo que cuento es verídico. Especialmente ese final, la conclusión de un proyecto.

Aquí lo dejo: La Galerna en el maratón de Madrid.

Ahora que he pasado de categoría (+50) y con estas marcas, solo puedo aspirar a mejorar. Ya estoy pensando en el próximo.

Fahrenheit 451 (II): la película

TRAVIS, 27/09/2021

Apenas trece años después de la publicación de la genial obra de Ray Bradbury del mismo título, en 1966, el cineasta francés François Truffaut dirigió la adaptación al cine, ayudado en la escritura de guion por Jean-Louis Richard. Si la semana pasada me empapé el libro en unas pocas sentadas, esta semana he disfrutado de nuevo de la película. Un peliculón que puede encontrarse con facilidad en versión original subtitulada en este enlace que dejo aquí.

La primera vez que tuve noticia de esta película y del libro en el que se basaba fue a principios de los ochenta en el programa de Balbín La clave. Yo no tendría más de doce años, pero recuerdo que me impactó la saña con la que los bomberos trataban a los libros, como si fueran el mayor de los peligros de la sociedad. Con el tiempo y quién sabe si una madurez que no sé si he alcanzado, aprendí a valorar ambas obras en su justa medida, libro y película. Una muy buena película para un libro estupendo.

François Truffaut era un admirador del cine de Hitchcock cuando no estaba bien visto alabar al cineasta británico, al que se consideraba comercial y efectista. El famoso libro El cine según Hitchcock, que recoge las cincuenta horas de conversaciones entre el mago del suspense y el director francés, se publicó en 1966, pero las conversaciones se produjeron a lo largo de ocho días de 1962. Quizás esa admiración por Hitchcock fue la que hizo que el francés pensara en actores eminentemente «hitchcockianos» para su primera y única película en habla inglesa. Paul Newman, que acababa de rodar Cortina rasgada y Tippi Hedren (Los pájaros, de 1963 y Marnie, la ladrona, de 1964) fueron dos de sus principales elecciones para los papeles principales de Montag y Linda (Mildred en el libro). Para el protagonista masculino, también se consideró a Charles Aznavour y al recientemente fallecido Jean Paul Belmondo, pero ninguno cuajó. Al final el papel fue a parar al austriaco Oskar Werner, con quien Truffaut habbía trabajado en Jules et Jim. Para los papeles de la atontolinada mujer de Montag, Linda, y de la joven Clarisse que altera su mundo, Truffaut pensó en dos actrices exuberantes con gran parecido físico, como Jane Fonda y Jean Seberg. Truffaut pretendía que no hubiera grandes diferencias entre los personajes femeninos de la película, como para marcar la uniformidad de esa sociedad del futuro, pero finalmente se decantó por Julie Christie, que interpreta ambos papeles. Viajó a Madrid, donde la británica estaba rodando Doctro Zhivago, y cerró su contratación para ambos papeles. La Clarisse de la película es una joven mayor que la del libro, apenas una adolescente, y el director no disimuló más que el peinado para diferenciar ambos papeles.

Con quien Truffaut sí logró un tono hitchcockiano para su película fue con el compositor de la banda sonora, el habitual de Hitchcock Bernard Herrmann (de Ciudadano Kane a Taxi driver, historia del cine). Los grandes planos de Truffaut con los bomberos en funcionamiento no resultarían tan acongojantes (y hermosos, por qué no decirlo) de no ir acompañados por las cuerdas de Herrmann. En este último visionado del filme me estuve fijando de manera especial en la banda sonora y es otra obra maestra de Herrmann, a la altura de Psicosis, Vértigo o Con la muerte en los talones.

La película se rodó finalmente en los estudios Pinewood de Londres, y todos los escenarios fueron seleccionados minuciosamente, desde las urbanizaciones monótonas y uniformes hasta el monorraíl que funcionaba en pruebas cerca de la localidad francesa de Orléans, un tren que le daba ese aspecto futurista a la producción. Los bomberos tienen un comportamiento cuasi-robótico, no se cuestionan ninguna de las órdenes que reciben, y los uniformes rectos y de un solo color ayudan a conseguir ese efecto. Incluso algunos bomberos se parecen físicamente, quizás para aumentar la sensación de uniformidad y monotonía de la sociedad, como con los papeles femeninos.

Truffaut tomó algunas decisiones que pueden considerarse acertadas, como todo este diseño de producción, o la música, y algunas más cuestionadas, como la del doble papel de Julie Christie o la supresión del personaje de Faber, un ex profesor de literatura que guía a Montag en su descubrimiento de los libros. Pero acierta en prácticamente todo, como en la traslación de esa sociedad aburrida, inculta y «empastillada» que vive sin buscar respuestas porque ni siquiera se hace preguntas, que pasa los días enganchados a una pantalla con la que interactúan de manera totalmente falsa e impostada.

«Tú no eres como ellos», le dice Clarisse a Montag, y a partir de ahí despierta el interés del bombero por los libros. El primer día que abre uno recuerda a la interacción de un mono al que le lanzas un artilugio complejo. Lo mira, lo soba con curiosidad y se pone a leer todas las letras que encuentra, hasta la dirección de la editorial y el año de impresión. La conversación clave del libro, entre el capitán Beatty y Montag, se traslada en la película al descubrimiento del «alijo» de libros en la casa de una vecina de Montag. «Los filósofos son peores que los novelistas», se contradicen entre ellos, te hacen sentir una superioridad moral o intelectual sobre el resto, y no son más que «una moda». Lo mejor será quemar sus obras. Como todas las que aparecen en pantalla: Madame Bovary, Lolita, Jane Eyre, Walt Whitman, Kafka, El guardián entre el centeno, Los hermanos Karamazov… A Truffaut no querían dejarle inicialmente que quemara los libros cuyos derechos estuvieran vigentes, pero para el director era fundamental el papel de los libros como protagonistas de la película, como algo vivo cuya desaparición tenía que doler, y de ahí que se recreara en las imágenes de las hojas ardiendo lentamente, arrugándose sobre sí mismas como un ser vivo.

La otra gran elección de Truffaut respecto al libro fue el final, en el que los hombres-libro muestran a Montag su idea para que la cultura y las ideas de los libros pervivan. «Por fuera son vagabundos, por dentro son bibliotecas». En ambas obras la idea es similar, si bien con pequeñas diferencias: en el libro no aparece Clarisse en el bosque, fallecida en una redada, y termina con un terrible bombardeo que destruye completamente la ciudad y deja a los ciudadanos libres como responsables de reescribir los libros y con ellos, la historia. También hay diferencias en los títulos escogidos para los hombres-libro del libro y la película, en la que se cuela algún guiño a Ray Bradbury, como el personaje que se hace llamar Crónicas marcianas. El personaje de Montag en el libro lleva en su cabeza el Eclesiastés, del Antiguo Testamento, que tiene una frase perfecta para definir lo que ocurre en esa sociedad censora y opresora:

«Porque en la mucha sabiduría hay mucha angustia, y quien aumenta el conocimiento, aumenta el dolor».

Por eso hay que quemar la cultura, porque hace infeliz a la gente. Los bomberos del escuadrón 451 son verdaderos nazis en sus formas, en el saludo, en el adoctrinamiento de la población y en la manipulación de las imágenes de televisión, otra gran predicción para aquella época. Tanto la película como el libro me han gustado más en esta relectura de ambas, sobre todo por su actualidad.

A Ray Bradbury le gustó mucho ese final en el que los hombres-libro recitan los pasajes de sus libros frente a un paisaje nevado. El 31 de agosto de 1966, el propio Ray Bradbury afirmó: “Truffaut me ha regalado una nueva forma artística de mi obra preservando el espíritu del original. Le estoy profundamente agradecido”. Muchos años después, en 2009, manifestó sin embargo su disconformidad con la doble actuación de Julie Christie: «El error que cometieron fue elegir a Julie Christie como la revolucionaria y la esposa aburrida». A mí me gusta. Mucho. Sabe ser sexy y aburrida a la vez como Linda, o vivaz y dicharachera como Clarisse.

La película no tuvo una gran acogida en los cines y su taquilla apenas dio para cubrir los costes de producción. Sin embargo, con el tiempo se ha convertido con merecimiento en toda una obra de culto, en una oda de amor por los libros. Merece la pena verla. Y leer la novela, por supuesto. Sin necesidad de memorizarla y quemarla después.

Fahrenheit 451 (I): la novela

TRAVIS, 20/09/2021

La reciente quema de unos 5.000 libros infantiles en escuelas de Canadá me ha traído a la cabeza la novela de Ray Bradbury Fahrenheit 451. Entre los libros que fueron arrasados aparecen Tintín en América, Astérix en América, varios de Lucky Luke y numerosas novelas, y la excusa utilizada fue que «mostraban prejuicios contra los pueblos indígenas». La novela de Bradbury fue publicada en 1953, la leí hace unas tres décadas y he vuelto a releerla esta semana para comprobar si era tan visionaria como en su momento se sospechaba. No, es mucho más. Es una novela corta, de apenas doscientas páginas, y su relectura me ha permitido descubrir aspectos que había olvidado, que son los que me han motivado a escribir este post.

Para el que no la haya leído o no la recuerde, le diré que la premisa fundamental de la obra es que en una ciudad de un futuro próximo los libros están prohibidos, las casas son ignífugas y como no hay incendios que apagar, las brigadas de bomberos han sido reconvertidas para quemar libros, la parte final de un proceso que consiste en investigar a los ciudadanos, encontrar posibles disidencias y localizar si tienen o no libros ocultos en sus domicilios.

La quema de libros como método para evitar la propagación de ideas incómodas es algo tan antiguo como la propia escritura: la prohibición y destrucción de libros judíos por parte de los nazis a partir de 1933, la «hoguera de las vanidades» de Savonarola en el siglo XV, los incendios documentados en las antiguas Roma y China, la quema de libros de caballería en el Quijote o más recientemente, la destrucción de bibliotecas por parte del Estado Islámico.

Los libros como instrumento para mantener nuestra cultura y su destrucción como arma de eliminación de la misma. En esa misma línea, el escritor checo Milan Kundera escribió, citando al historiador Milan Hübl: «para liquidar a las naciones, lo primero que se hace es quitarles la memoria. Se destruyen sus libros, su cultura, su historia. Y luego viene alguien y les escribe otros libros, les da otra cultura y les inventa otra historia. Entonces la nación comienza lentamente a olvidar lo que es y lo que ha sido«. Ray Bradbury (Waukegan, Illinois, 1920) creció impresionado por la destrucción de libros del nazismo durante su adolescencia, pero curiosamente el detonante que le llevó a escribir esta obra distópica fue la censura de principios de los cincuenta dirigida por el senador McCarthy y la sospecha de que podían realizarse quemas de libros en Estados Unidos. Quizás el senador disfrutaría hoy, setenta años después, al saber que numerosos estados y escuelas estadounidenses proponen censurar libros y películas de todo tipo por no considerarlos decorosos o adecuados, o por encontrar en ellos tintes racistas (De ofendiditos y pollaviejas).

La novela de Bradbury comienza con una frase que recordaba a la perfección:

FAHRENHEIT 451: la temperatura a la que el papel de los libros se inflama y arde.

Sin embargo, no recordaba la siguiente, la que precede al inicio de la novela, que me ha parecido ahora mucho más interesante (desconozco si está en la versión original):

«Si os dan papel pautado, escribid por el otro lado»

JUN RAMÓN JIMÉNEZ

Salte de lo que te indiquen, rebélate. De aquella primera lectura hace años recordaba cierto paralelismo con Joseph Goebbels y su persecución de la cultura, así como lo relacionado con la censura de todo aquello que se saliera de la versión oficial o gubernamental, como en el 1984 de George Orwell, pero no recordaba los orígenes de las quemas de libros en la novela, que es uno de los aspectos que más me han interesado ahora. La explicación aparece en la conversación entre el protagonista, el bombero Guy Montag, y el capitán Beatty, hacia el final del primero de los tres capítulos. Hasta entonces la novela nos ha descrito el trabajo de los bomberos en una sociedad idiotizada en la que las familias viven pendientes de unas enormes pantallas en sus casas, pantallas que ocupan una pared entera del salón, con cuyos personajes interactúan (los «parientes»). Mildred, la mujer de Montag, se conecta todas las noches a sus «conchas» (auriculares) y se toma su dosis de pastillas para evadirse del mundo, hasta el punto de convertirse en una auténtica desconocida para su marido. El propio Montag no es un tipo que se pare a cuestionarse las cosas, vuelve a su casa «hacia la esquina, sin pensar en nada en particular». O como le dice Clarisse, la adolescente que cambiará su percepción de lo que le rodea:

– Ríe sin que yo haya dicho nada gracioso, y contesta inmediatamente. Nunca se detiene a pensar en lo que le pregunto.

La transformación de su modo de cuestionarse el entorno al conocer a la joven, así como el miedo de Montag al salvar un libro de la quema y llevárselo a casa, o la autoridad que controla el comportamiento de los ciudadanos y casi su pensamiento, también son elementos en común con 1984, escrita en 1948, apenas cinco años antes. Clarisse influye en Montag de igual manera que Julia en Winston, y el miedo de este al esconder la libreta en la que ha escrito sus pensamientos subversivos me recuerda al del bombero cuando el capitán Beatty se presenta en su casa para mantener la conversación clave de toda la trama.

El trabajo de los bomberos incendiarios surge cuando se hace necesario «simplificar», «condensar» el saber.

Beatty.- Los clásicos, reducidos a una emisión radiofónica de quince minutos. Después, vueltos a reducir para llenar una lectura de dos minutos. Por fin, convertidos en diez o doce líneas de un diccionario.

Beatty.- Los años de Universidad se acortan, la disciplina se relaja, la Filosofía, la Historia y el lenguaje se abandonan, el idioma y su pronunciación son gradualmente descuidados. Por último, casi completamente ignorados. La vida es inmediata, el empleo cuenta, el placer lo domina todo.

En este blog ya hemos hablado otras veces del empobrecimiento del lenguaje, y otro de los grandes temas que ofrece el libro es la disminución de la cultura y de la inteligencia de las personas por el abuso de las tecnologías, un debate que se ha abierto de nuevo tras la publicación de informes y libros que indican que los llamados «nativos digitales» constituyen la primera generación con menor cociente intelectual que la anterior. Pero aún hay un aspecto más interesante en esta conversación, y es el relacionado con la necesidad de unificar a la sociedad para contentar a todas las minorías. Solo así se explica que sea necesario eliminar todo aquello que pueda estorbar su consecución. Como la literatura.

Beatty.- Ahora, consideremos las minorías en nuestra civilización. Cuanto mayor es la población, más minorías hay. No hay que meterse con los aficionados a los perros, a los gatos, con los médicos, abogados, comerciantes, cocineros, mormones, bautistas, unitarios, chinos de segunda generación, suecos, italianos, alemanes, tejanos, irlandeses, gente de Oregón o de México. (…) Todas las minorías menores con sus ombligos que hay que mantener limpios. Los autores, llenos de malignos pensamientos, aporrean las máquinas de escribir. (…) Los libros según dijeron los críticos esnobs, eran como agua sucia. (…) No era una imposición del Gobierno. No hubo ningún dictado, ni declaración, ni censura, no. La tecnología, la explotación de las masas y la presión de las minorías produjo el fenómeno, a Dios gracias. En la actualidad, gracias a todo ello, uno puede ser feliz continuamente.

¡Joder!, con perdón. Me ha recordado las hordas censoras que pululan por las redes sociales pidiendo el veto de Grease, Pretty Woman, Verano Azul, películas en las que no haya suficientes mujeres y minorías raciales o anuncios que consideran machistas según parámetros de la progresía más conservadora que yo recuerde.

Pero es que el capitán Beatty prosigue con su escalada de explicaciones:

Beatty.- La palabra «intelectual», claro está, se convirtió en el insulto que merecía ser. Siempre se teme a lo desconocido. (…) Hemos de ser todos iguales. No todos nacimos libres e iguales, como dice la Constitución, sino todos hechos iguales. Cada hombre, la imagen de cualquier otro. Entonces, todos son felices porque no pueden establecerse diferencias ni comparaciones desfavorables. Un libro es un arma cargada en la casa de al lado. Quémalo. Quita el proyectil del arma. Domina la mente del hombre.

Toda esta parte me ha recordado a Aldous Huxley y la sociedad uniforme, vacía, hipnotizada y monótona que describe en Un mundo feliz (publicado en 1932), una sociedad que en su búsqueda de la «felicidad» ha eliminado la literatura, la filosofía o la ciencia, un mundo que considera marginal al personaje que lee obras de Shakespeare, que no es otro que John el Salvaje. No podía llamarse de otra manera.

Beatty.- Has de comprender que nuestra civilización es tan vasta que no podemos permitir que nuestras minorías se alteren o exciten. (…) A la gente de color no le gusta El pequeño Sambo. A quemarlo. La gente blanca se siente incómoda con La cabaña del Tío Tom. A quemarlo. ¿Alguien escribe un libro sobre el tabaco y el cáncer de pulmón? ¿Los fabricantes de cigarrillos se lamentan? A quemar el libro.

Y una vez que se vacían las mentes porque se eliminan los libros, los recuerdos, la cultura, la autoridad la rellena con nuevos hechos e informaciones banales y precocinadas. Las páginas que narran el origen de los bomberos y la necesidad de su trabajo para mantener una sociedad aparentemente feliz me han parecido de lo mejor de la novela, sorprendentemente actuales para haber sido escritos casi setenta años atrás. La parte final del libro, en la que aparece ese grupo de resistencia de «hombres-libro», cuya misión es mantener el legado de los mismos y transmitirlos a futuras generaciones, me ha interesado también bastante, pero por sus diferencias con la película de Truffaut la dejaré para la segunda parte.

Lean la novela, vean la película, pero por encima de todo, lean libros.

Continuará: Fahrenheit 451 (II): la película.

El futbolista coge la pluma (I)

BARNEY, 11/09/2021

El refranero español nos recuerda aquello de «zapatero, a tus zapatos» para indicarnos que solo deberíamos opinar de lo que sabemos, de aquello que comprendemos, y que quizás no deberíamos hacer eso tan «español» de dar nuestra opinión sobre absolutamente todo, da igual si lo conocemos o lo ignoramos. Me viene a la cabeza este refrán cuando escucho algunas declaraciones de futbolistas sobre temas no relacionados con el deporte que practican (auténticos gañanes muchos de ellos), y sin embargo, soy partidario de que opinen libremente sobre lo que quieran por cuanto el peso que tienen como figuras reconocidas a nivel mundial puede ser muy valioso para dar visibilidad a ciertos asuntos, o para concienciar sobre algún tema concreto, como explicaba Pau Gasol en los recientes Juegos Olímpicos (Tokio 2020 I: la libertad de expresión).

En este post y el siguiente vamos a comentar la opinión de algunos futbolistas cuando se han quitado las botas y han cogido una pluma (o un teclado) para pronunciarse sobre algún tema concreto. En este primer capítulo, hablaremos de las polémicas en torno a la Superliga y el Mundial de Catar, dos asuntos que dan para debatir sobre fútbol, economía, derechos humanos y desigualdades. El jugador español Ander Herrera fue uno de los primeros en escribir abiertamente sus pensamientos acerca de la Superliga:

Qué bonito. el jugador millonario que habla con amor y cariño del fútbol popular, de los aficionados, de luchar de manera noble y humilde contra los poderosos. Pero es que, Ander, juegas en el Paris Saint Germain. Y en 2014 te fichó el Manchester United, que en aquel año era el equipo más rico del mundo. Y no lo critico, ojo, Ander ha ido mejorando como profesional (Zaragoza-Athletic-ManU-PSG) a la par que sus emolumentos se incrementaban, y eso es lo normal en un jugador de fútbol. Lo que no es de recibo es que alguien del Paris Saint Germain, o del Catar Saint Germain, como he leído en algún sitio, venga a dar lecciones de ética y buen comportamiento, o a hablarnos de que los ricos roban el espectáculo a los aficionados.

El PSG fue adquirido por el fondo estatal Qatar Sports Investments en 2011 y desde entonces se calcula que los cataríes han inyectado en el club 1.400 millones de euros para los 50 fichajes realizados y más de 1.800 millones de euros en total. Solo en 2017 invirtieron 222 millones de euros en Neymar Jr. y otros 180 millones en Mbappé. El fair-play financiero saltó hecho añicos en mil pedazos, al igual que con el City de Abu Dabi, pero ese organismo nefasto y corrupto llamado UEFA miró hacia otro lado. Este año el PSG se ha hecho con los servicios de los capitanes del Real Madrid y Barcelona, Ramos y Messi, más el portero titular de Italia, Donnarumma, y el neerlandés Wijnaldum. Por mucho que digan que no se han pagado cifras de traspaso (Achraf y Pereira aparte), entre las primas de fichaje y los estratosféricos salarios a una plantilla de 34 jugadores (lee bien, Ander, 34), la masa salarial se dispara por encima de los 530 millones de euros anuales. Las pérdidas de la última temporada ascienden a 250 millones de euros, que se suman a los 125 millones de la anterior. No pasa nada, se le enchufa un chorro más de millones desde el golfo pérsico y a seguir fichando jugadores. Es lo que tiene haber nacido con el culo sobre un depósito de petróleo.

No es justo que «los ricos roben lo que el pueblo creó», como dice Ander Herrera, porque de ese modo se acaban «las ilusiones de los aficionados de los equipos que no son gigantes de poder ganarse en el campo el competir en las mejores condiciones». El PSG ha ganado 9 Ligas en su historia, 7 de ellas desde que el emir de Catar es el dueño del club, 6 de sus 14 Copas de Francia, y 8 de sus 10 Supercopas. Parece que el dinero cataría ha influido algo para desequilibrar la competición francesa.

La UEFA ha mirado para otro lado y ha permitido a los franceses saltarse el control financiero, exactamente igual que la Ligue 1. El control que se realiza en Francia se hace con la temporada cerrada, no de manera previa, como en España, y eso permite que el PSG «salve» los números de esta temporada con una previsión de venta de jugadores por encima de los 200 millones de euros. Algo que no ha cumplido ni en un treinta por ciento, pese a tener la oferta del Real Madrid por Mbappé sobre la mesa. Están tan podridos de pasta que han podido rechazar una oferta entre los 180 y los 200 millones de euros.

El presidente del PSG, Nasser Al Khelaifi, preside desde abril de este año la asociación de clubes europeos (ECA), y se ha posicionado claramente en contra de la Superliga y a favor de la UEFA, presidida por ese tipo siniestro llamado Aleksander Ceferin. La Superliga pretende alcanzar un formato de competición similar a las norteamericanas (NBA, NFL), con un reparto más equitativo de los ingresos generados y un control económico que mejorara la igualdad de la competición. Evidentemente, nada de esto interesa a los cataríes, que van a seguir en el negocio del fútbol al menos hasta el Mundial de Catar en 2022. Veremos qué ocurre después. En Málaga saben lo que suele pasar cuando algún millonario de estos entra en un club, lo mete en una dinámica de gastos descontrolada y luego desaparece o deja de inyectar artificialmente pasta. El Málaga llegó a cuartos de final de la Champions y ahora pena por la Segunda División, con numerosos problemas económicos. Su máximo accionista, el que fuera presidente en aquellos años, es Abdullah ben Nasser Al Thani, pariente del emir de Catar.

Precisamente sobre el Mundial de Catar en 2022, se ha publicado una carta del capitán de la selección finlandesa de fútbol, Tim Sparv. We need to talk about Qatar. «Necesitamos hablar de Catar». Es muy recomendable.

En su carta, el jugador finés se culpa de haber permanecido ajeno a lo que ocurría en Catar durante los últimos años, cuando además era un país que conocía porque la selección había sido invitada a un campus en dicho país en enero de 2019. Uno de los integrantes de aquella selección, Riku Riski, rechazó hacer el viaje por razones éticas. Cuando el propio Tim Sparv comenzó a investigar sobre los motivos de su rechazo, supo de las condiciones de trabajo de los obreros que estaban participando en la construcción de los estadios de fútbol que albergarán el Mundial de 2022 y se acojonó, como cualquiera que haya ojeado aunque sea mínimamente los informes de Amnistía Internacional o el artículo de The Guardian, que cifraba en 6.500 los fallecimientos durante las obras.

Condiciones precarias, salarios paupérrimos y abonados con retraso, falta de medidas de seguridad, jornadas maratonianas con un clima infernal, trabajos forzosos y en condiciones de semiesclavitud… 6.500 muertos, unos 800 por estadio, lo digo para cuando se jueguen allí los partidos. La mayoría de los fallecidos fueron por «causa natural», según el gobierno catarí. Es decir, morían extenuados o por un golpe de calor, no se les hacía autopsia y se determinaba «causa natural». Al fin y al cabo, son ciudadanos de cuarta en aquel país, puesto que su procedencia era de cinco países: India, Pakistán, Nepal, Bangladesh y Sri Lanka.

Tim Sparv se plantea qué más pueden hacer como deportistas cuyas palabras tienen alcance mundial: denunciarlo, boicotear el Mundial (dice que ahora no procede, con lo que no estoy de acuerdo), exigir mejoras en las condiciones de los trabajadores, hacer campañas… Llevar mensajes de protesta en las camisetas, como han hecho las selecciones de Alemania, Dinamarca o Países Bajos. Pero pone el dedo en la llaga al advertir que la mayoría de las estrellas del fútbol rehúyen este posicionamiento porque podrían perder patrocinios o contratos de publicidad. Pasta al fin y al cabo.

No son los únicos que huyen del enfrentamiento con los poderosos. La propia prensa española ha obviado la carta de Tim Sparv, la ha ignorado. Gugleo cuántos medios del autoproclamado mejor periodismo del mundo se han hecho eco de la noticia y apenas encuentro esto:

Ni una sola referencia en el As y el Marca, y he usado su propio buscador, y apenas en la prensa tradicional. Si criticas a Catar, estás criticando a la FIFA, la UEFA o LaLiga, y los medios ya andan bastante tocados como para arriesgarse a perder contratos de publicidad.

Una pena, un puto drama. Nos comeremos un Mundial en pleno mes de noviembre, alterando todas las competiciones del fútbol de los aficionados de verdad, de los que van a los estadios, para dar satisfacción a los mandamases del golfo pérsico y de la FIFA.

Aprovecho para dejar aquí mi modesta contribución al fútbol de equipos modestos, a los jornaleros del fútbol. Se trata de una entrevista que hice a Ulrik Pedersen, autor del 0-1 del Odense en el Santiago Bernabéu en aquel famoso (y trágico) partido de 1994, y que ha tenido a bien publicarme La Galerna. Le pregunté por la Superliga, por supuesto que sí.