De avispas y mariposas

Calle 45, a la altura de la Décima Avenida, planta 14ª, 1.32 de la tarde. En ese preciso instante, una mujer de mediana edad que respondía al nombre de Cathy puso un cazo a hervir. Mientras el agua se calentaba, abrió la nevera para buscar un par de huevos, algo de lechuga un tanto pasada, un tomate y… sí, ahí estaba, al fondo, una lata de atún medio abierta que había dejado la noche anterior. Su diminuto apartamento estaba hecho un desastre. Desordenado, sucio, caótico. Cathy siempre pensó que hacía juego con el mobiliario barato que su casero se negaba a sustituir, si bien ese día se había propuesto «pasar un trapo y ordenarlo, que ya va siendo hora».

Cualquiera que se hubiera cruzado con ella en la última hora la habría visto contenta. Buscó su lista favorita de Spotify en el iPhone XIII que acababa de agenciarse y lo apoyó junto al microondas. Taylor Swift. Subió el volumen, incluso tenía ganas de bailar. Por primera vez en mucho tiempo. Lo que Cathy no podía esperar fue la sacudida que experimentó segundos después, el estruendo con el que la diminuta ventana de la cocina saltó en mil pedazos. Al principio pensó que alguien estaba disparando, lo cual no sería extraño pues no era la primera vez que se escuchaban tiros en el vecindario. Algo rebotó contra el microondas, contra un armario, contra la pared contraria y se quedó botando en el suelo. Cathy se tiró al suelo para evitar lesiones y desde allí, con la cara pegada a los azulejos de la cocina comprobó asombrada que se trataba de una bola de golf. En su trayectoria, había destrozado la ventana, había hecho una marca a la puerta del armario y «no, no, no, dime que no», la puerta del microondas y el iPhone último modelo. La pantalla estaba hecha añicos.

Calle 46 con la Undécima, 1.09 de la tarde. Nada más entrar al piso, Will dejó las llaves en la repisa de la entrada, soltó la pesada caja que llevaba en brazos y se pasó el pulgar por la comisura de los labios, por donde todavía le brotaba algo de sangre. Se lamió la llaga del interior de la boca y soltó un sonoro «Fuck!». Varias veces. Se quitó los Martinelli y apartó la caja con el pie para dirigirse a la cocina. Abrió la nevera y sacó una lata de cerveza. De las buenas, de las de selección. Se recostó en el sofá, abrió la lata y nada más darle un buen trago se la apoyó sobre la herida de la boca. No fue el alivio que esperaba, aunque la mantuvo ahí unos cuantos segundos más. Le dolía la cabeza, que echó hacia atrás mientras cerraba los ojos. En esa posición, intentó dar otro sorbo a la cerveza, pero se derramó más sobre su camisa y la tapicería que la que pudo ingerir.

Varios «fuck» más y un lamento por un día en el que nada había salido bien. Acababa de quedarse sin trabajo, la policía le había inmovilizado el coche, se había llevado un buen guantazo de un indeseable y para colmo no era capaz ni de tomarse una fucking beer tranquilo. Recordó que en los momentos de estrés en el trabajo solo le relajaba el golf. Soltar unos cuantos swings con la madera. Había varios lugares relativamente cerca del trabajo a los que podía acudir a «soltar unos bolazos», ya fuera en campo abierto, como le gustaba, o en alguna nave cercana a la zona financiera. El caso era liberar tensión, sentir el sonido del driver sobre la bola y ver el recorrido de la misma, bien sobre un césped verde primorosamente cuidado, o impactando contra la red de protección. En cada golpe movía decenas de músculos y eso era lo que Will sentía que necesitaba en ese preciso instante. Así que metió unas treinta bolas en una cesta, sacó la bolsa de palos del armario, se la colgó al hombro y salió del piso. Mientras esperaba el ascensor, se le ocurrió coger la alfombrilla de entrada, la enrolló y la metió en la bolsa. De camino a la azotea del edificio pensó que iba a cometer una locura, pero total, qué importaba ya nada a esas alturas.

Y qué altura tan maravillosa, pensó, qué poco he salido aquí. Allí, entre salidas de refrigeración, tuberías, antenas y cuadros eléctricos buscó un buen sitio despejado, miró la orientación del sol y desenrolló la alfombrilla, en la que situó la primera de las bolas y un tee. Como si de una calle de un campo de golf se tratara, apuntó hacia el espacio entre las hileras de edificios, por donde a esas horas pasaban un montón de coches. Tomó aire y ¡Buuum!, soltó con rabia el primer golpe. Descargó toda la furia contenida de las últimas horas y la bola salió recta a casi ciento ochenta kilómetros por hora. «Ha cogido calle», sonrió de manera sarcástica mientras intentaba averiguar el destino final de la bola. Quiso escuchar los efectos de su golpeo, un bocinazo, una frenada de dos coches, un impacto… Pero con el estruendo de Manhattan resultaba imposible. Satisfecho, más relajado, Will puso otra bola, se giró unos treinta grados y apuntó de nuevo. Hacia un edificio situado a unos doscientos metros.

Calle 49, entre la Séptima y la Octava Avenida. 11.40 de la mañana. Un ciclista baja la calle a toda velocidad. El chaleco amarillo reflectante ondea sobre un uniforme completamente negro: camiseta de manga larga, pantalón corto, calcetines, zapatillas, gafas oscuras… todo es negro excepto el casco. Y el color de piel de Sam, aunque no sea políticamente correcto mencionarlo. Su aspecto parece el de un mensajero profesional, salvo que no luce ningún distintivo en su vestimenta ni en la bici con la que se desplaza con agilidad. A una velocidad inapropiada para el trasiego de la zona. Cuando el coche que le precede señaliza el giro a la izquierda para enfilar Broadway, Sam se mueve ligeramente a la derecha para no tener que frenar y perder velocidad. Se acerca de manera peligrosa a los coches aparcados a la derecha. Sam sabe que asume un riesgo, tanto que si se abriera en ese momento la puerta de algún coche se lo llevaría por delante. Que es exactamente lo que ocurre con un Honda plateado cuyo conductor intenta salir de manera impetuosa.

Pese a la calidad de los frenos de la bici, el choque es inevitable. Sam salta por encima de la puerta, aunque consigue caer con habilidad y que el impacto contra el suelo se amortigüe ligeramente con la mochila que lleva a la espalda. La sorpresa de Sam es similar a la del conductor, que baja del coche y trata de ayudarlo. Estás bien, cómo te encuentras, te ayudo, suéltame, imbécil, es que no miras antes de abrir, y tú a qué velocidad ibas, tarado. Pese a que le había puesto la mano sobre el hombro para ayudarlo en su incorporación, el ciclista se suelta, lo aparta con desdén. Se mira la rodilla, la flexiona con dolor, analiza la quemadura del asfalto, no sangra, bien, no te has roto nada, sigue, joder, no llegues tarde. Lo siguiente es analizar la bici, recogerla del suelo y ver que todo funciona. El conductor le ayuda, o lo intenta, pero Sam lo aparta de nuevo, ya enderezo yo el puto manillar, parece que no me has destrozado nada. Gira un par de veces ambas ruedas sobre el aire y farfulla: “siempre igual, los putos ejecutivos que vais a vuestra bola y no miráis nada”.

A un centenar de metros aparece un coche de policía y “el ejecutivo que va a su puñetera bola” le dice a Sam que tienen que rellenar un parte, o que quizás deban llamar a una ambulancia para confirmar que no se ha hecho nada, pero Sam le dice con malos modos “no way, man”, que se pira. Se quita la mochila, abre la cremallera, comprueba que el contenido está bien, vuelve a cerrarla y se la pone a la espalda con celeridad para salir en bici lo más rápido posible. Espera, no puedes irte así, deja que la policía, que me sueltes, que no voy a dejarte ir, que me sueltes he dicho… El puñetazo en la boca fue el final del forcejeo. Cuando Will se repuso del golpe, el ciclista ya se había fugado como alma que lleva el diablo. Subió al coche y quiso arrancar para ir a por él, pero a su lado se había situado el coche de policía. Bloqueando cualquier posible salida. Will miró hacia la acera, donde un grupo de gente había presenciado toda la escena. Sí, lo sabía perfectamente antes de que se lo dijera el agente: estaba aparcado en una zona prohibida. Yes, Sir, solo iba a esa tienda, pensaba parar dos putos minutos.

Tienda de telefonía móvil de la calle 49, 11.42 de la mañana. Laurie no se fiaba de la clienta que acababa de entrar en la tienda, pero bien sabía ella por algunos miembros de su familia lo inadecuado que era formarse una opinión de las personas por su aspecto, así que trató de atenderla con la amabilidad acostumbrada. La clienta sospechosa comenzó pidiendo información sobre un móvil de gama media, uno de esos coreanos, o mejor, ¿cómo es esa marca china que dicen que son tan buenos?, pero las sospechas de Laurie aumentaron cuando vio que preguntaba sobre modelos cada vez más caros.

Por encima del hombro de su clienta, Laurie vio que algo pasaba en la calle, que un grupo de unas veinte personas se había congregado en la puerta de la tienda y que miraban algo, como una pelea o un accidente de coche. O ambas cosas. La curiosidad, ese fuerza motora capaz de superar cualquier cansancio o debilidad, hizo que numerosos clientes de la tienda comenzaran a salir por la puerta. Laurie avisó a su compañera, voy a bajar la rejilla de cierre, como dice el encargado que hagamos cuando haya follón en la puerta, que ya sabes que en esos momentos suelen pasar… Sí, cosas, como que suene la alarma de robos porque alguien acaba de pasar el arco de seguridad sin pagar. El sonido de la alarma es insoportable. A Laurie no le da tiempo a bajar la rejilla del todo, la clienta sospechosa se agacha con agilidad y sale de la tienda con el bolso apretado fuertemente contra el costado. Shit, shit, shit, suelta Laurie, que intenta retener a la mujer, pero la rejilla ha bajado demasiado y tiene que esperar a que suba de nuevo para salir a la acera. Demasiado tarde, ha huido, es una puta gacela. Señor agente, acaban de robarnos, intenta decir, aquella chica que huye por allí, pero los agentes solo tienen ojos para el tipo del coche mal aparcado, un tío que grita mucho a los agentes, que está fuera de sí, y tiene la camisa por fuera y sangre en la boca.

Me gusta creer que en este inmenso avispero que son las ciudades modernas las vidas de sus habitantes están mucho más relacionadas de lo que nos creemos. Y es un avispero no solo por el movimiento frenético de los habitantes de la colmena de Cela, sino por los aguijones que todos portan para sacarlo a relucir en las situaciones de peligro. Al narrador omnisciente le gusta imaginar que hay una especie de justicia poética o karma que premia o castiga nuestras acciones. Por supuesto, en esta historia que acabo de pergeñar, no es casualidad que el segundo bolazo de Will destrozara el iPhone que Cathy acababa de robar en la tienda. Como tampoco lo es que el primer bolazo, el que cayó en mitad de la calle 46, impactara contra la luna delantera de un coche, cuyo conductor pegó un volantazo y se llevó por delante a un ciclista con aspecto de mensajero de nombre Sam, que nunca llegó a entregar su paquete. Al registrar sus pertenencias para identificar el cadáver, la policía encontró un paquete de cocaína y dos sobres con varios fajos de billetes.

Aquel arqueólogo del sombrero y el látigo (II)

Pulgar hacia arriba, claro que sí. Pasé un buen rato en el cine, disfruté de una peli entretenida, de una historia que homenajeaba perfectamente a la saga y que cierra de manera bastante digna las andanzas del personaje que comenzó a principios de los ochenta. Y a partir de aquí, spoilers a manta, voy a contar todo lo que me venga a la cabeza sobre Indiana Jones y el Dial del Destino, la quinta y última entrega (de momento) de las aventuras del arqueólogo del sombrero que no se pierde, la chupa ajada, la cicatriz en la barbilla y el látigo para todo.

Desde el primer instante, desde el fotograma inicial, desde ese capítulo previo que antecede siempre al argumento central, experimento dos sensaciones contrapuestas: el respeto absoluto al fondo del Indiana Jones más clásico y la ruptura completa con el pasado en cuanto a la forma. El fondo es el guion y los efectos especiales constituyen la forma. Y así como aplaudo el primero, y celebro varios de sus momentos, en ocasiones me echa para atrás lo segundo, el abuso de los efectos digitales.

Homenajes a la trilogía clásica

El Dial del Destino (DdD) ha sabido conjugar los clichés de Indiana Jones, explotar la añoranza y homenajear de manera persistente al Arca Perdida (AP), la Última Cruzada (UC) y en menor medida, el Templo Maldito (TM). La presencia de la Calavera de Cristal (CdC) es residual en la trama, y sin duda los guionistas y productores hicieron bien, acertaron con la decisión, pues se ve que tenían claro lo que gustaba a los espectadores tradicionales. La joven heroína de esta entrega es una arqueóloga que por momentos recuerda a la doctora Elsa Schneider (UC) o a Irina Spalko (CdC), pero vemos finalmente que no es así, que no pertenece «al Lado Oscuro». Se trata de Helena (Phoebe Waller-Bridge), la ahijada de Indiana Jones, una mujer absorbida desde pequeña por las leyendas sobre las reliquias misteriosas de este mundo de zumbaos que compartían su padre y el protagonista. Recupera la aversión de Indy por los nazis (AP-UC) y por las serpientes (AP), así como una escena en la que tanto su cuerpo como el de su acompañante femenino están cubiertos por insectos (TM), bichos gordos como una pelota de tenis y asquerosos como una cucaracha del tamaño de un kiwi. O momias que aparecen de repente como si estuvieran vivas (AP y TM).

A lo largo del metraje aparecen personajes míticos de la primera entrega (AP), como Marion (Karen Allen, AP y CdC) y Sallah (John Rhys-Davies), y una actualización de otros personajes:

– Brody, Denholm Elliott, fallecido en 1992, secundario en AP y UC: aquí se nos muestra en la figura del profesor Basil Shaw (Toby Jones).

– Tapón, el niñato del TM, en mi top-5 de la lista de Niños exterminables del cine: ese niño un tanto cargante, un ratero de buen corazón muy hábil en el manejo de todo tipo de vehículos, es reconvertido en DdD en Teddy.

El malo malísimo del DdD está, según mi parecer, entre los mejores de la serie completa. El actor danés Mads Mikkelsen tiene una presencia enorme, ya sea haciendo de alcohólico convencido (Otra ronda) o de científico tan brillante como peligroso (DdD o en Rogue One, donde trataba de escapar del Imperio galáctico). Se menciona de pasada al hijo de Indy y Marion (CdC, «felizmente» fallecido para la trama) y se recurre también a un gigantón indestructible (AP) y a un marinero aparentemente cínico con mucho mundo recorrido a sus espaldas, más cercano al capitán Katanga (AP) que al Corto Maltés de Hugo Pratt. Este marinero con nombre de futbolista brasileño, Renaldo, es interpretado por Antonio Banderas y se queda corto. Insulso. Una pena, porque Banderas podía haber aportado un personaje de mayor peso e interés.

Para los escenarios se volvió a recurrir a los clásicos: las calles de Marruecos sustituyen a las de El Cairo (AP), una mansión tomada por los nazis en Los Alpes (UC), una isla griega (AP), la universidad (AP y UC), las grutas (TM), incluso aparece un puente colgante (TM) cuyas tablillas son más frágiles que las motivaciones de algunos personajes. No faltan los clásicos mapas para situarnos de manera espacial (sin los errores que ya comenté en Una furgoneta del siglo XIII) y para las elipsis temporales de los movimientos de los personajes: así no se pierde tiempo, nos traslada velozmente la acción a otro lugar.

En cuanto a las escenas de acción, se ha recurrido igualmente a lo que se sabe que funciona para el profesor Jones: la persecución por las estrechas callejuelas de una ciudad del norte de África (AP), una pelea y persecución en el tren (UC), Indy a caballo (AP), las motos nazis (AP, UC), un tiroteo cruzado en un tugurio entre numerosos personajes que anhelan el mismo objeto (TM) y unos artilugios o trampas mecánicas que siguen funcionando a la perfección dos mil años después de su construcción (AP, UC). Ni las raíces, ni la humedad, ni la huella del hombre o la erosión del terreno han hecho que una trampilla diseñada por Arquímedes siga funcionando dos milenios más tarde. Pues vale, esto es Indiana Jones, lo aceptamos todo.

Puede que parezca que estoy criticando el guion por esa aparente falta de imaginación que hace que se recurra a lo clásico (como ocurría con El despertar de la Fuerza, que copiaba literalmente todo lo copiable de La guerra de las galaxias), pero no lo es en absoluto. Los guionistas (los hermanos Butterworth de manera conjunta con el director James Mangold) eran conscientes de que un Harrison Ford de casi ochenta años no podía afrontar determinadas escenas de acción y sitúan al personaje en 1969, poco después de la llegada del hombre a la Luna. La jubilación del profesor en la universidad es una declaración de intenciones: el profesor Jones está retirado, es consciente de que no puede afrontar determinadas situaciones de riesgo, aunque alguna que otra acometerá. Sus propias alumnas, que lo miraban embelesadas durante sus clases en las primeras entregas, se nos muestran en esta ocasión medio dormidas y tan aburridas como en una peli de Transformers. El viejo profesor Jones no es capaz de transmitir la energía que tenía, ni la pasión por los objetos de la antigüedad. Es imposible que hubiera una escena del veterano Indy descolgándose con el látigo y se agradece la omisión. De hecho, la escena inverosímil de saltar desde un caballo a un vehículo en movimiento (AP), aquí ni más ni menos que a un avión, es interpretada por Helena, no por Mr. Jubilado. Sabia decisión.

Todas las películas de Indiana Jones tienen un componente mágico, esotérico, ya sea con el poder de las viejas reliquias del Antiguo y Nuevo Testamento (AP, UC), con las piedras Shankara (TM) o con la aparición de extraterrestres (CdC). En el DdD nos vamos a los viajes temporales, una decisión arriesgada que sin embargo a mí particularmente me encantó. Esa batalla de Siracusa en la que aparece un avión nazi… jojojo, ¡grandiosa!

El objeto perseguido a lo largo de toda la trama, la Anticitera, es un objeto misterioso que existe en realdad: la Anticitera, que se halla en el museo de Atenas. Es un artefacto provisto de 72 engranajes que hizo creer a los especialistas que podía tratarse inicialmente de un reloj, pero es que los primeros mecanismos de relojería datan del período 1400-1450 y se cree que la Anticitera es del siglo II a.C. Para los expertos sigue siendo un misterio, incluso si se confirma que era una especie de reloj astronómico completamente avanzado a su tiempo, unos dieciséis siglos «nada más». Alucinante, gran elección la del DdD.

El abuso de los efectos digitales

Todo es CGI en el DdD. Todo. Y es una pena. La trilogía clásica de Indiana Jones nos encantaba porque olía a polvo, a sangre real, a barro, nos dolían los golpes que recibía Indiana Jones y sufríamos con su manera de arrastrarse por el suelo bajo un camión o en la pelea sobre el barranco con el Mola Ram. Todo eso desaparece. La escena inicial con las motos nazis carece de la emoción de la UC, no digamos del referente que es La gran evasión para el uso de estos vehículos. Ni rastro de la adrenalina que nos provocaba en su día ver a Steve McQueen huyendo de los nazis y tratando de saltar las barreras que lo llevarían a Suiza. Muchos medios en el cine actual, pero es incapaz de provocarnos la emoción de una película que esta semana ha cumplido la friolera de sesenta años.

El CGI tiene virtudes indudables. Pese a las críticas que he leído o escuchado, a mí sí me gustó ver al «joven» Harrison Ford situado en 1944, pero luego los efectos empiezan a fallar cuando se pone en movimiento. De manera especial, cuando camina sobre el tren en la fuga. Me parece tan irreal como el Tom Hanks digital de Polar Express. Pero es que además tengo la sensación de que no se han trabajado los paisajes, los contornos, que se ven difusos y como de videojuego. Me esperaré a verla de nuevo para fijarme con más detenimiento en esos detalles.

Y luego está como gran pega uno de los males que aquejan el cine actual: como la tecnología puede hacerlo casi todo, y como a los chavales hay que ofrecerles acción constante y desenfrenada, el metraje se alarga más de lo necesario. Numerosas escenas no se recortan cuando está claro que ya no dan más de sí (la persecución por las calles de Tánger, por ejemplo). Dos horas y treinta cuatro minutos de película, de los cuales podían haber sobrado perfectamente de veinte a treinta. Falta contención, sobra el exceso. Y para eso no había nadie mejor que Steven Spielberg.

Conclusión

Es una dignísima despedida del personaje, claro que sí. Pulgar hacia arriba, como decía al inicio. Desconozco si el peso que adquiere el personaje de Helena es para continuar la saga por esta nueva vía, igual que en su día se explotó el personaje para televisión con las aventuras de El joven Indiana Jones. La falta de imaginación del cine actual hace que se repitan una y otra vez las mismas fórmulas, y el rescate de los ochenta parece no fallar: Terminator, Predator, Aliens, Mad Max, Star Wars… Pero no creo que Harrison Ford repita más. El personaje se ha jubilado, igual que se cargaban a Han en la saga galáctica, quizás para que no repitiera más. También rescataron su Rick Deckard de Blade Runner para esa secuela-tostón ambientada en 2049, ¿va a rescatar también al poli de Único testigo, Mr. Ford?

Y por último, cómo saben buscarnos la fibra sensible en Hollywood:

– ¿Dónde te duele, Indy? ¿Aquí? ¿Aquí?.

Aquel arqueólogo del sombrero y el látigo (I)

(Cartel diseñado por el artista Enter Gapz para LucasFilm y Bottleneck Gallery)

TRAVIS, 01/07/2023

Si tuviera que definir qué es el hype, o cuándo tuve esa sensación de hype, de expectación por ver una película, tendría que remontarme a aquellos tiempos lejanos en los que ni siquiera sabía que existía esa palabra. A principios de los ochenta vi un documental bastante largo sobre cómo se rodó En busca del arca perdida, una peli que recuperaba el género de aventuras y lo llevaba a una dimensión desconocida entonces para mí. Yo no tenía ni doce años y solo esperaba que esa peli sobre un arqueólogo (que seguro que ni sabía lo que era esa profesión) metido a aventurero en una trama con nazis y árabes llegara a los cines españoles. Veía a un tío metido en un foso con miles de serpientes o arrastrándose bajo un camión para volver a subirse al mismo, lo veía pelearse con un gigante nazi a puñetazo limpio mientras su chica estaba a punto de palmar en una avioneta que se dirigía a un incendio y solo pensaba: «¿cuándo podremos ver aquí esta maravilla????». Lo reconozco, me sabía algunas de las interioridades de la peli muchos meses antes del estreno, pero eso no restó ni un ápice el disfrute de lo que fue aquel primer visionado. Lo de menos era el propio arca perdida del título, el Arca de la Alianza que conforma uno de los grandes MacGuffins de la historia del cine.

Como ya he comentado alguna vez en este blog, en mi familia no éramos de cine de estreno (sesión numerada), sino de aquellos maravillosos programas dobles en gozosas sesiones continuas de cine. Y de Sesión de tarde los sábados después de comer. Lo que vi de Indiana Jones tenía mucho de esa manera de disfrutar del cine tan de otra época: espectáculo sin contemplaciones, ritmo desenfrenado, una buena historia como excusa para subirte al carro de una montaña rusa, nada de artificios intelectualoides ni referencias cultas o guiños a la galería, ¿para qué?… Y todo ello armado sobre un gran guion. Sólido, robusto, divertido, con humor socarrón y acción, que requiere de la suspensión de la incredulidad, cierto, pero tan bien hecho que lo pasas por alto. Como sus pequeños fallos de guion, tan sutiles que solo los aprecias tras varios visionados. Indiana Jones era El temible burlón, El mundo en sus manos, El halcón y la flecha, Scaramouche, Los héroes de Telemark, Ivanhoe o El príncipe Valiente. Una versión actualizada y moderna de todo aquel cine, con efectos especiales mejorados.

Guillermo Cabrera Infante escogió una imagen de aquella primera película del Profesor Jones para la portada de su libro de memorias cinéfilas Cine o sardina. Y se remonta mucho más en el tiempo para hablar de los orígenes de Indiana Jones:

«Todo estaba ahí». Se refiere a Terry y los piratas (1934),de Milton Caniff, el «Rembrandt de los cómics».

«El aventurero americano, alto y buen mozo y hasta hay un chico chino cómico: el dúo de la dinamita».

«Pero todo estaba ya en Terry y los piratas, de veras. No hay más que ver una sola de las imágenes que componen cualquier tira cómica de Caniff».

(Guillermo Cabrera Infante, Cine o sardina)

El héroe, el villano, la heroína, el paisaje exótico, las peleas, la turba que observa, el Bien y el Mal claramente diferenciados. «Comienza la aventura pura», continúa el escritor cubano, «es decir, ya había comenzado hace diez minutos» y ni nos habíamos dado cuenta. Todas las películas de Indiana Jones comienzan con una pequeña aventura inicial, un pasaje de unos diez o quince minutos que funcionarían también como un corto de acción. El templo en Perú, la fiesta en Shangái, el joven Indiana Jones y la Cruz de Coronado o el Área 51 en Roswell. De un modo u otro, estos breves episodios iniciales tienen una conexión con la trama principal que se va a desarrollar durante las siguientes dos horas de metraje.

A principios de los ochenta, un joven director que comenzaba a encadenar éxitos (Steven Spielberg) comentó a su amigo George Lucas que quería rodar una película sobre James Bond. George Lucas le comentó que tenía un proyecto más interesante para él, las aventuras de un tal Indiana Smith, un personaje mujeriego y fanfarrón en busca de antiguas reliquias. George Lucas como productor y «hacedor» de ideas y Steven Spielberg para la dirección, se me ocurren pocas uniones creativas con mayor talento. Si a estos nombres añadimos los de Lawrence Kasdan para pulir el guion y John Williams para la banda sonora, lo tendríamos casi todo hecho. Resultaba imposible fracasar, solo quedaba acertar mínimamente con los actores. Se ha hablado muchas veces acerca de lo próxima que estuvo la contratación de Tom Selleck para el papel de Indiana Jones, y quizás no habría sido mala elección, pero hoy no nos resulta posible imaginar a otro. Y desde luego me cuesta pensar en algunos de los nombres que sonaron para el papel: Mark Harmon, Peter Coyote, ¡David Hasselhoff! En cuanto al papel de Marion, sin ser una gran actriz entonces, ni haber tenido una carrera exitosa después, Karen Allen aportaba a su personaje esa mezcla de mujer de mundo, fuerte y frágil al mismo tiempo, bruta o sensual si la ocasión lo requería. Sonaron otros nombres de actrices más conocidas como Michelle Pfeiffer, Barbara Hershey, Jane Seymour o Debra Winger, pero a buen seguro sus roles tendrían que haber evolucionado de manera más acorde con su caché y habrían convertido a Marion en otro tipo de acompañante del héroe de acción. Y por cierto, no veo a ninguna de ellas pegando un puñetazo como Marion, o ganando una competición de chupitos a avezados bebedores.

En realidad, Lucas y Spielberg no inventaron nada nuevo, pero tomaron ideas de aquí y de allá, y reinventaron el género de aventuras, dotándolo de un impulso que, aunque trató de ser imitado, dio como resultado obras que quedaban muy lejos de la frescura, ritmo e ingenio de Indiana Jones (La gran ruta hacia China, Tras el corazón verde, Las minas del rey Salomón). Por sorprendente que pueda parecer, el proyecto de Lucas y Spielberg fue rechazado inicialmente por todas las productoras, que veían una película arriesgada, que necesitaría un elevado presupuesto y con dificultades técnicas y logísticas que complicaban todo el rodaje (varios países, numerosas localizaciones). Solo Paramount se atrevió con la producción a cambio de que se ajustaran a un presupuesto de 20 millones de dólares. Spielberg no solo cumplió, sino que además se quedó en poco más de 18, para lo cual fue decisiva su planificación de las escenas y su manera de rodar, que permitió reducir dos semanas el plan de rodaje inicial previsto.

Con la reelaboración de guion por parte de Kasdan, fueron cambiando algunos de los elementos previstos en la trama inicial de Lucas. Indiana Smith evolucionó a Indiana Jones por el parecido con el personaje interpretado por Steve McQueen en Nevada Smith (1966), y su vestimenta fue rescatada/plagiada/homenajeada de la que exhibía Charlton Heston en El secreto de los incas (1954).

Una referencia que siempre me pareció curiosa fue la de la escena inicial con la gran bola en el templo inca, una idea pergeñada en The prize of Pizarro, una historieta del Pato Donald y sus sobrinos con dardos envenenados, trampas mortales y una inmensa bola en un callejón sin salida.

Lawrence Kasdan escribió escenas tan potentes que quedaron para posteriores entregas, como el capítulo inicial de El templo maldito, un duelo de envenenamientos, disparos y puñetazos en mitad de un cabaret en Shangái. Para esa escena, el personaje de Jones adquiere ese aspecto de Bond que siempre quiso reflejar Spielberg en el personaje, si bien las circunstancias de la acción lo llevaron por selvas, precipicios, callejuelas estrechas en El Cairo o cabalgadas a caballo. Por cierto, ya que menciono El Cairo, me resulta difícil imaginar hoy una escena como la del disparo al árabe de las virguerías con la cimitarra. Políticamente incorrecto. Si George Lucas ha sido capaz de añadir efectos y rediseñar una escena de La guerra de las galaxias para que pareciera que Han Solo se defendía en la cantina de Mos Eisley, cuando toda nuestra generación sabía que ¡Han disparó primero!, ¿qué no habría planteado en estos años de corrección política para evitar que un blanco «invasor» se cargara a un musulmán con ese uso desproporcionado de la fuerza?

El personaje perdió casi todo lo que tenía de mujeriego, aunque no totalmente. De hecho, en cada entrega contaba con una nueva compañera de aventuras. Según Cabrera Infante, «a Indiana Jones (la película y su héroe) no le interesa el sexo nada. Ni siquiera el amor amorfo o la cópula. La única escena vagamente sexual de la cinta comienza por una tortura alimenticia». Se refiere, naturalmente, a la escena con Kate Capshaw tras la truculenta cena de El templo maldito. «Aquí ya hace rato que habría tenido lugar una tórrida escena de sexo y exceso con James Bond». No estoy de acuerdo, al principio de la primera entrega, vemos a una estudiante seducida por su apuesto profesor, al que pone algo más que ojitos, seguramente la misma estudiante que figuraba en la escena recortada. Según supimos años después, cuando los agentes norteamericanos acuden al apartamento del profesor Jones para pedirle colaboración, este se encuentra en bata porque tenía a una estudiante en su lecho. O las palabras de Marion en Nepal sobre lo jovencita que era cuando la sedujo por primera vez. O la escena con la estupenda Dra. Schneider en Venecia de La última cruzada, divertida y sensual al mismo tiempo. Como los guiños de humor con su padre (impagable Sean Connery) acerca de los ronquidos de la joven belleza austriaca.

Verán que apenas he hablado de la cuarta entrega, El reino de la calavera de cristal. A ver, no es tan nefasta como algunos escribieron, lo que ocurre es que no resiste la comparación con las tres primeras. Y salvajadas como las de South Park no ayudaron.

Pero es una película entretenida que valoraríamos de otro modo si no la comparásemos con sus predecesoras. Diecinueve años (de 1989 a 2008) habían transcurrido desde La última cruzada y el desgaste físico del actor no contribuyó a un guion más flojo que los anteriores. Pero hete aquí que ¡quince años más tarde! Harrison Ford y Paramount se han atrevido de nuevo con el reto de un nuevo Indiana Jones, aquel arqueólogo del sombrero y el látigo. He querido verla antes de que nadie me contara nada y antes de que ningún «ejperto» me la destripará. Pero de eso hablaré en el próximo post, tataratá, tatará, tatarataa, tatararará… no me la quito de la pelota desde anoche.

(Continuará…)

Saber perder

BARNEY, 25/06/2023

Tengo muchos amigos que no son del Madrid y que me dicen continuamente eso de «es muy fácil ser del Madrid, porque es fácil estar con los que ganan», lo mismo que hay muchos otros que me reprochan que «no sabéis perder». Dicen que a muchos solo se los ve en las celebraciones de los títulos y no en las derrotas, y humildemente os digo, amics, que estáis muy equivocados. En primer lugar, porque en el deporte es mucho más habitual perder que ganar, luego haríamos mal por ser de un equipo solo en las victorias, cuando de lo que se trata es de estar con los tuyos en las derrotas, de aprender de las mismas para mejorar la próxima vez. En este blog se han aplaudido los triunfos y no se han eludido los fracasos, como la eliminación en Copa frente al Leganés no hace tantos años. Es muy fácil subirse al carro ganador de las tres Champions consecutivas, tanto como desaparecer en las debacles, como el 4-0 frente al City.

El Real Madrid ha ganado esta temporada la Supercopa de Europa, el Mundial de clubes y la Copa del Rey. No está nada mal, pero son torneos menores frente a la Liga y la Champions, torneos conquistados el año pasado. En baloncesto, los «míos» triunfaron en la Supercopa y una maravillosa Euroliga, pero se dejaron por el camino la Copa (Unicaja) y la Liga (Barça, 3-0 en la final). Es obvio que la nota final no puede ser tan alta como la temporada pasada, pero sí es una buena nota. Ha habido momentos especiales, como el 2-5 en Anfield, el 0-4 en el Camp Nou, la remontada al Partizán de Belgrado o el canastón de Llull a tres segundos para el final, y momentos más difíciles de digerir como las mencionadas derrotas con el City o el Barça en la final de la ACB.

Cuando uno gana menos que otros, o cuando sus éxitos son menos ocasionales, comienza la batalla del «relato»: el de los atléticos para hablar de la épica de la derrota, el de los culés para vender que el estilo es lo importante y adónde vas solo con el resultado, o el de algunos otros para menospreciar la fidelidad a unos colores, como aquel periodista navarro (Daniel Ramírez) que alcanzó sus momentos de gloria con lo del «arraigo» pamplonica en la previa de la final de Copa, algo que el Real Madrid «ni tiene, ni jamás podrá entender». Vaya por Dios, qué manía la de algunos con negarnos la fidelidad a un equipo a los que memorizamos los nombres de un viejo póster del Real Madrid pegado en el cabecero de la cama desde que teníamos cuatro años, cuando ni siquiera sabíamos si el equipo ganaba, perdía, coleccionaba Copas de Europa o era uno más de la Primera División.

Otra cosa que me llama mucho la atención es eso de que no sabemos perder. Me dolió perder 4-0 frente al Manchester City, por supuesto que sí. Pero tardé nada en reconocer su superioridad, apenas tres o cuatro minutos: son un equipazo, llevan años siéndolo, están muy trabajados, tiene un gran entrenador y unos fantásticos jugadores, y nos pasaron por encima.

¿Eso es no saber perder? En el tercer partido de la final de la ACB frente al Barça, a falta de un minuto y con once puntos de desventaja, mi actitud es la misma que la de todo ese público del WiZink Center que se levantó a aplaudir a un equipo local que lo había dado todo, pero sucumbía ante un rival que había sido mejor (6 de 8 en triples, mientras los blancos se empeñaban en fallar tiros libres).

Por supuesto que sabemos perder y reconocer cuando has competido, has dado lo mejor de ti mismo y aun así no ha sido suficiente. Cuando despotrico y me cabrea perder es en partidos como los de este año frente al Mallorca y el Valencia, por citar los dos más repulsivos, cuando el fútbol se convierte en un esperpento macarra repleto de matones que cosen a patadas al rival con el consentimiento del árbitro. Casualmente, dos de los sospechosos habituales: Hernández Hernández en Son Moix, y De Burgos Bengoetxea en Mestalla. Me da igual que alguien me diga que no sabemos perder esos días, porque en esos partidos se juega a otra cosa y con un Reglamento que no es el mismo para todos. Esos vomitivos espectáculos consisten en echar a los mejores jugadores a patadas, insultos y provocaciones, y convertir el terreno de juego en una batalla campal sin sentido y repleta de interrupciones. Una falta cada minuto y quince segundos de juego efectivo sufrió el Real Madrid en Mallorca. Y hablo solo de las señaladas. Fue necesario que se señalaran once faltas sobre Vinícius para que apareciera una tarjeta amarilla. Señores de LaLiga, el CTA y la RFEF que consienten esto: no sabré perder, pero ustedes se pueden ir a la mierda si esto es lo que quieren.

Que en una temporada en la que se ha sabido lo que muchos sospechábamos desde hace años, que el Barça tenía comprada la competición desde hace décadas, la polémica del año sea que Vinícius Jr. se toca el escudo, baila o protesta dice mucho acerca del tipo de competición en el que participa el Real Madrid. Ni una polémica similar en Europa, y se ha jugado en Anfield, Stamford Bridge o el Etihad de Manchester. Dice mucho también del papel de la prensa, la principal responsable del linchamiento. El autoproclamado «mejor periodismo deportivo del mundo», menuda patraña.

No me cabreó perder el tercer partido de la final de la ACB, pero sí me llevé un globo tremendo con el segundo, cuando ves que el rasero para pitar en uno u otro aro es radicalmente distinto. Cuando ves que los flopping de Mirotic tenían premio o las protestas de Jasikevicius no recibían el castigo que sí se llevaba Chus Mateo en forma de técnicas reiteradas. Creo que el Barça tenía más posibilidades que el Madrid de llevarse la ACB, como así fue, pero creo que no necesitaba las ayudas que tuvo en los dos primeros partidos, en especial en el segundo. Por supuesto que «no sé perder» esos días, cuando ves que los de naranja van a decidir el encuentro y lo sabes desde que el Madrid se ha puesto con seis puntos de ventaja.

Para la temporada que viene habrá que cambiar muchas cosas, sobre todo renovar ambos equipos: la BMK de Benzema-Modric-Kroos se rompe de manera definitiva. La CRL del Chacho-Rudy-Llull dio su último gran golpe en la Euroliga. Toca renovar caras, mejorar prestaciones. El Negreirato está muy fuerte en España, como se ha visto esta temporada, y todo hace presumir que no habrá castigo alguno. El Manchester City está muy fuerte. En Inglaterra tiene más de cien expedientes sancionadores abiertos por incumplir las normas económicas de la Premier, un hecho que ha supuesto grandes críticas a sus logros en el país. El Manchester United, el Chelsea y el PSG también han gastado cifras astronómicas que no generaban y sus equipos no jugaban un pimiento, luego lo del City no es solo pasta, sino un proyecto muy serio.

En cuanto a la ACB, creo que el máximo rival, el Barça, va a ver cómo JP Morgan le recorta de manera considerable el presupuesto, porque no entiende eso de palmar 50 millones de euros entre todas las secciones deportivas del club, que es otra manera de pervertir las competiciones.

Pero nosotros a lo nuestro, a competir, y como dice el himno, «enemigo en la contienda, cuando pierde, da la mano» (siempre y cuando sea, que también lo dice la letra, «en buena lid»).

Todo estaba en El Padrino

TRAVIS, 18/06/2023

Lo tenía ante mis ojos y no me di cuenta. Mira que me conozco El Padrino de memoria, no sé si la mejor película de la Historia, como gusta decir a los amantes de los títulos ampulosos, pero desde luego sí es mi «más-mejor» ultra favoritísima obra de todos los tiempos. Además de su incontestable calidad cinematográfica, la película regala unas utilísimas lecciones prácticas para el mundo real de los negocios, que es en el que a veces, como recientemente, me veo inmerso. Ya mencioné varias de esas enseñanzas al hablar de las Frases de cine para usar en el trabajo (I), y por eso me enfado tanto conmigo mismo al comprobar que, pese a tenerlas bien presentes, a veces se me olvidan y cometo errores de cálculo.

Hay algunas que nunca olvidas, como cuando un Vito Corleone moribundo alecciona a su hijo Michael sobre el mundo de la famiglia y de los «negocios» (precioso eufemismo, puesto que la palabra mafia no aparece una sola vez en todo el metraje), le dice que «aquel que te hable de tener esa entrevista con Barzini, ese es el traidor, no lo olvides». Porque la traición se paga muy cara, incluso, o sobre todo, si proviene de alguien de la familia. Michael Corleone no tiene reparos en ordenar la muerte de su propio hermano Fredo en la segunda parte: «me rompiste el corazón». Es la escena del famoso beso entre Michael y Fredo, Al Pacino y John Cazale, un momento sobrecogedor, pues sabes que es cuestión de tiempo que ocurra el fatal desenlace.

Nunca te pongas del lado de alguien que va contra la familia. Nunca.

Michael Corleone

La familia es un concepto más amplio que el del parentesco. Vito Corleone es el líder de ese clan, banda o grupo organizado, construye lealtades y logra un compromiso de sus acólitos hacia su persona. He visto artículos que lo utilizan como ejemplo de liderazgo en los negocios (me reservo mis opiniones). Don Vito crea una especie de código de honor, de adhesión inquebrantable, porque los que trabajan para él saben que estarán bien atendidos y a sus familias no les faltará de nada. Ahora bien, la contrapartida es clara: llegado el momento, «y puede que ese momento no llegue», tendrás que cumplir con tu parte del trato, con lo que se te pida.

Resulta curioso ver a gente bien preparada y formada cuando callan ante una tropelía dictada por ese líder de la banda. Siempre me acuerdo de la escena en que Vito Corleone reprocha a Sonny (James Caan) que le llevara la contraria delante de los Tattaglia. «Nunca digas lo que piensas a alguien fuera de la familia». En la escena previa asesina a su hijo con la mirada y lo disculpa ante Sollozzo: «Tengo debilidad por mis hijos y los malcrío. Hablan cuando deberían escuchar». Suele ocurrir una sola vez, nunca una segunda. Las opiniones discordantes no son apreciadas y seguramente esta frase es válida para el mundo de la empresa tanto como para una obra maestra sobre la mafia.

La novela de Mario Puzo comienza con una frase del escritor francés Honoré de Balzac:

«Detrás de cada gran fortuna siempre hay un crimen». Debería haberme dado cuenta, como decía al principio: hay gente que se pasa toda su vida buscando esa gran fortuna. A cualquier precio, vendiendo su alma, si fuera necesario. La película está repleta de frases autoexculpatorias de los Corleone:

  • Solo soy un hombre de negocios.
  • He trabajado toda mi vida para conseguir el bienestar de mi familia.
  • Mi padre no es diferente de ningún otro hombre poderoso… como un senador o un presidente.
  • Ardería en el infierno para asegurar que mis hijos estén a salvo.
  • Los intereses de mis hijos son mis propios intereses.
  • El hombre más rico es el que tiene los amigos más poderosos.

Así que todo está «bien» y es éticamente correcto, porque los que manejan el poder están «de mi lado» y todo lo hago para asegurar el futuro de los míos. Y hay otra cosa que los mafiosos de este tipo de películas respetan casi con su propia vida: la palabra. Y me parece perfecto. Claro que, a lo largo de mi vida profesional, me he encontrado gente que traicionaban la propia palabra dada y le daban la vuelta a una de las frases más famosas de la trilogía de los Corleone: «me hicieron una oferta que no podía rechazar». Y aunque he utilizado mil veces la frase de «es un insulto a mi inteligencia», olvidé que todo esto «no es personal, Sonny, solo negocio». Y conviene ser frío, no dejarse llevar por la rabia:

«Razona tus problemas, la gente desconocida no debe saber lo que piensas».

«Nunca odies a tus enemigos: eso no te permite juzgarlos».

«Mantén la boca cerrada y los ojos abiertos».

Me ha ido bien en la vida, siempre. Y pese a mi admiración por la saga de los Corleone, nunca quise pertenecer a un grupo que siguiera estos códigos casi como una secta. Por eso no me inmolaría como un Pentangelli, ni temería como Carlo Ricci o Fredo. Pero sí seguiré hasta el final de mis días otra de las grandes enseñanzas de Vito Corleone:

«Ahora me gusta el vino más que nunca».

Ah, no, esa no, aunque puede que también. Me refería a esta:

«Siempre me he negado a ser un muñeco movido por los hilos de los poderosos».

Inteligencia Artificial (y III): regulación, ¿cuándo, y quién?

10/06/2023

La velocidad a la que avanza la Inteligencia Artificial (IA) es tan brutal que cualquier artículo que se escriba sobre el asunto corre el riesgo de quedar obsoleto a los pocos días. Fue escribir sobre el desarrollo de la IA y los riesgo de sus aplicaciones militares (Parar Skynet) y nos encontramos con la noticia del dron controlado por IA que se había revuelto contra su operador humano y lo había «eliminado» (era una simulación) porque imposibilitaba la consecución del objetivo para el que había sido programado. El contrato social que demandaba Álvarez-Pallete en su célebre y celebrada carta sobre el control de la IA dio sus primeros pasos hace apenas unos días, con el acuerdo entre Estados Unidos y la Unión Europea para la creación de un código de conducta «para que podamos mitigar algunos de los posibles inconvenientes y amplificar las ventajas de esta extraordinaria tecnología» (Antony Blinken, secretario de Estado de Estados Unidos).

Sin embargo, el ritmo y los planes de trabajo previstos hacen pensar que las autoridades no están seriamente preocupadas por el asunto, aparte de que el acuerdo es de mínimos: crear un código de conducta voluntario. El anterior post finalizaba con la frase del neurocirujano Rafael Yuste, presidente de la fundación NeuroRights: “hay que actuar antes de que sea demasiado tarde”. Y todo hace indicar que, efectivamente, el momento es ya, ahora. Igual de tajante se pronunciaba el manifiesto que a finales de marzo de este mismo año firmó un millar de empresarios e investigadores relacionados con la Inteligencia Artificial, un manifiesto en el que solicitaban una moratoria de seis meses para recapacitar sobre el uso de la IA y analizar sus efectos con objeto de asegurar que sean positivos para la sociedad: “en los últimos meses los laboratorios de IA han entrado en una carrera sin control para desarrollar e implementar mentes digitales cada vez más poderosas que nadie, ni siquiera sus creadores, pueden entender, predecir o controlar de forma fiable”, dice la carta.

Pero esto no lo frena nadie. Entre los firmantes, voces autorizadas como Steve Wozniak, cofundador de Apple, Elon Musk, Yoshua Bengio (premio Turing, algo así como el Nobel de la informática), el español Ramón López de Mántaras, uno de los pioneros europeos en la materia, o el historiador israelí Yuval Noah Harari. El mismo autor de Sapiens ya hablaba en 2021 de “dictaduras digitales” y “colonialismo de datos”: “en el siglo XXI, la información es el activo más importante; es la base del poder político”, “el que controla los datos, controla el mundo”. Por ese mismo motivo se mostraba contrario a ceder su control a corporaciones o gobiernos.

La secretaria de Estado de Digitalización e Inteligencia Artificial Carme Artigas coincide con Noah Harari y afirma que “los datos no deben ser de las empresas ni de los Gobiernos, sino de la ciudadanía”. Me parece un concepto buenista, bienintencionado, pero no sé si factible. “En este sentido, en España hemos sido pioneros en la Carta de Derechos Digitales, que son 25 derechos fundamentales en clave digital, como la libertad de expresión o a no ser discriminado por un algoritmo. Estamos a la espera de la declaración de derechos de la Unión Europea, lo estamos incorporando a la OCDE y lo hemos elevado a Naciones Unidas”. Pues ya está, quedará en manos de ese organismo tan eficiente como las Naciones Unidas, me quedo mucho más tranquilo.

¿Van a colaborar todos los países en este nuevo problema de ámbito global? ¿Acaso Rusia, China o el propio Estados Unidos van a frenar su desarrollo por seis meses? Este artículo, de abril de este mismo año, habla de algunas de las limitaciones que están poniendo algunos países para su desarrollo o su uso (China e Italia, por ejemplo, con el ChatGPT). Y si nos planteamos un código de conducta planetario, en un mundo globalizado, sí, pero con culturas e intereses tan diferentes, ¿quién decide qué datos son los «utilizables»? ¿O quiénes marcan los sesgos a la Inteligencia Artificial? En mis primeras pruebas con ChatGPT, he comprobado que trabaja con un sesgo «políticamente correcto», logré que saltaran algunas advertencias sobre determinados temas (lo forzé, lo reconozco), pero a lo mejor, algunas cosas «políticamente correctas» para las mentes programadoras tras estas herramientas a mí me parecen una soberana estupidez. O a millones de personas. O podemos no estar de acuerdo, . Me recuerda al capítulo de 1984 (George Orwell) sobre el Ministerio de la Verdad, los funcionarios que decidían qué textos conformaban la versión oficial permitida y difundida, y cuáles eran arrojados a los «agujeros de la memoria», en donde eran destruidos. Y es importante saber quién o cómo se toman estas decisiones porque se ha visto la importancia de los algoritmos y estas herramientas en asuntos como procesos electorales o conflictos sociales. Por cierto, como curiosidad, la próxima exposición del Espacio Fundación Telefónica, tras Cerebro(s) y la dedicada a la neurociencia, será Fake news: la Fábrica de mentiras.

Los datos son la materia prima (Tim Berners-Lee), y los chips y procesadores de última generación son la «industria» que los transforma. Más del sesenta por ciento de los mismos, y cerca del noventa por ciento de los ultraprocesadores más utilizados en IA se fabrican en Taiwán, esa isla de 36.000 kilómetros cuadrados, separada de China apenas un centenar de kilómetros.

China (la República Popular) no reconoce la independencia de este territorio cuyo nombre oficial sigue siendo República de China y los movimientos de los últimos años para controlar su soberanía no se deben en exclusiva a un sentimiento nacionalista. Y es obvio que la reacción de Estados Unidos al enviar a su flota tampoco responde a un sentimiento de «justicia universal», de respeto a la soberanía nacional de Taiwán.

Por tanto, parece difícil avanzar en una solución global para la regulación de la IA cuando hay tantos intereses detrás. “Nadie está al frente del planeta, no se puede culpar a nadie, todo el mundo es responsable. Es extraño. No hay un superpoder con el que enfadarse, ante el que ejercer la queja”, así se manifestaba Marvin Minsky, considerado uno de los padres de la Inteligencia Artificial, en 2014.

Todo esto me recuerda a lo que decía el filósofo y jurista italiano Luigi Ferrajoli acerca de la necesidad de un “constitucionalismo planetario”, un movimiento que aboga por la creación de instituciones globales que busquen soluciones a problemas de toda la humanidad, retos que no pueden ser afrontados de manera individual por cada nación, como el cambio climático, el acceso universal a medicamentos, agua y alimentos, los conflictos nucleares o las pandemias. Pero él mismo habla de “hipótesis utópicas”, de la “soberanía insensata” de los gobiernos de la Unión Europea o de su “optimismo estratégico”. Y no sé si es optimismo o lavado de cara ante la opinión pública: «vamos a bajar la temperatura de la Tierra», «vamos a reducir la emisión de gases contaminantes«, vamos a reducir la producción de plásticos y sus vertidos, ¡vamos a producir el veinte por ciento de los chips del mundo!… En fin, soy bastante escéptico ante esto, así que no creo que quede otra que adaptarse, evolucionar, ¿no decía eso Darwin?

ChatGPT, termina este post, por favor, que no tengo claro cómo hacerlo.

ChatGPT: En el contexto de la Inteligencia Artificial, podríamos aplicar esta crítica a nivel global. ¿Sería sensato esperar que los países renuncien a su soberanía y cedan el control del desarrollo de la IA a instituciones supranacionales? La realidad es que el avance de la Inteligencia Artificial plantea desafíos complejos en términos de regulación y control. Cada país tiene sus propios intereses, agendas y enfoques en relación con la IA. Además, la IA tiene el potencial de generar beneficios económicos y militares significativos, lo que puede llevar a una carrera desenfrenada en su desarrollo sin tener en cuenta los posibles riesgos.

Si bien es crucial fomentar la colaboración internacional y establecer marcos regulatorios comunes, es difícil imaginar que todos los países se pongan de acuerdo y actúen de manera conjunta y coordinada para controlar el avance de la IA. Sin embargo, esto no significa que debamos resignarnos a la inacción. En lugar de depender únicamente de la cooperación global, también es importante que cada país asuma su responsabilidad individual en la regulación y uso ético de la Inteligencia Artificial.

  • ¿Y algo más optimista?

ChatGPT: Aunque pueda parecer difícil, existen razones para tener esperanza en la capacidad de los países para colaborar y regular de manera efectiva este nuevo desafío global.

En primer lugar, el reconocimiento de los posibles riesgos asociados con la IA está aumentando a nivel mundial. Cada vez más líderes políticos, expertos en tecnología y organizaciones internacionales están tomando conciencia de la importancia de establecer marcos regulatorios sólidos. El diálogo y la cooperación internacional se están intensificando, ya que se entiende que el control de la IA no puede ser abordado de forma aislada por cada país.

Además, se están llevando a cabo importantes avances en el establecimiento de normas y estándares éticos para el desarrollo y uso de la Inteligencia Artificial. Organizaciones como la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) y la Comisión Europea están liderando iniciativas para promover la confianza y la responsabilidad en la IA, buscando consensos internacionales y fomentando el intercambio de mejores prácticas.

La conciencia pública también está aumentando en relación a los impactos de la IA en la sociedad. A medida que se discuten más abiertamente los desafíos y los riesgos, se genera una presión para que los gobiernos y las empresas actúen de manera responsable y ética en el desarrollo y despliegue de la IA. Esta creciente demanda de transparencia y rendición de cuentas puede impulsar a los países a colaborar y establecer regulaciones más estrictas.

Además, el beneficio de un control adecuado de la IA es amplio y trasciende las fronteras nacionales. La cooperación en este ámbito puede conducir a avances científicos y tecnológicos compartidos, promover la innovación responsable y mitigar los posibles riesgos para la seguridad y la privacidad de las personas. Al reconocer la importancia de estos beneficios comunes, los países podrían encontrar incentivos para trabajar juntos en la regulación de la IA.

En resumen, aunque el control del avance de la Inteligencia Artificial puede parecer un desafío abrumador, existen motivos para ser optimistas. El aumento de la conciencia global, los esfuerzos en la creación de normas éticas y la demanda pública de responsabilidad están sentando las bases para una mayor colaboración entre los países. Al reconocer los beneficios compartidos y los riesgos asociados con la IA, es posible que los países encuentren un terreno común para regular y controlar su desarrollo de manera efectiva. Con una voluntad política y una cooperación global continuada, podemos trabajar hacia un futuro en el que la Inteligencia Artificial se desarrolle y utilice de manera responsable en beneficio de toda la humanidad.

  • Gracias, máquina.

Anteriores:

Inteligencia (I): parar Skynet.

Inteligencia Artificial (II): el contrato social.

Relacionados:

¿Impuestos a los robots?

El futuro ya está aquí

Veinte años de Matrix

Inteligencia Artificial (II): el contrato social

28/05/2023

Como el propio ChatGPT indicaba en la primera parte, la Inteligencia Artificial plantea una serie de retos para el futuro que conviene considerar («Skynet» y usos militares aparte):

  • Riesgo de sesgos y discriminación.
  • Amenazas a la privacidad y la seguridad.
  • Pérdida de empleos y desigualdad económica.

a) Los sesgos y la discriminación: existen en nuestro día a día, mucho antes del desarrollo de la Inteligencia Artificial, y así como está prohibida la discriminación resultante de dichos sesgos, la realidad es que siguen existiendo. Porque «el problema no son los algoritmos, sino los sesgos que introducen quienes los programan» (Ángel Gómez de Ágreda, en Mundo Orwell, muy recomendable). «Los algoritmos son opiniones insertadas en código informático», afirma la matemática Cathy O’Neil. La Inteligencia Artificial puede determinar si se concede un préstamo o no a una familia, la elección de un arrendatario en lugar de otro, o podría derivar en decisiones drásticas como la aprobación o denegación de un seguro médico en Estados Unidos, o la elección de un vehículo autónomo que tiene que decidir en décimas de segundo a quién atropella en una situación crítica. El mismo libro muestra algunos ejemplos en los que, según el profesor de la universidad de Pensilvania Alex P. Miller, «la decisión que toma la inteligencia artificial resulta menos sesgada que las que venían adoptando los humanos». Pero la duda radica en saber si somos capaces de dejar (y si queremos) que determinadas decisiones en las que hay que adoptar un juicio de valor sean tomadas por un algoritmo programado. La concesión de la libertad condicional para un individuo, la custodia de los niños o el acceso a un puesto de trabajo son algunos de los ejemplos que menciona.

b) Amenazas a la privacidad y la seguridad: Meta (Facebook) acaba de ser multada con 1.200 millones de euros por saltarse la normativa europea de protección de datos. Las revelaciones de Edward Snowden en 2013 demostraron que la Agencia de Seguridad del gobierno de Estados Unidos (NSA) había espiado de manera ilegal a millones de ciudadanos, de los que había obtenido abundante información sin autorización judicial. La NSA se basó en la seguridad nacional y la lucha contra el terrorismo para tratar de defender que «todo vale» en aras de la protección de la población. El artículo 12 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos indica que «nadie será objeto de injerencias arbitrarias en su vida privada, su familia, su domicilio o su correspondencia, ni de ataques a su honra o a su reputación. Toda persona tiene derecho a la protección de la ley contra tales injerencias o ataques». Los gobiernos de China, Rusia, Reino Unido, más todos los que utilizan el sistema Pegasus ya espían a sus ciudadanos, luego el problema no es la tecnología, como siempre, sino el uso que el ser humano hace de la misma. La Inteligencia Artificial, si no se controla, o si se controla de manera intencionada y fraudulenta, contribuirá a mejorar el espionaje masivo de todas nuestras vidas, pero no es el peligro, es solo otro arma.

c) Pérdida de empleos: es un mantra repetido tras cada gran avance tecnológico. Las cadenas de montaje, los ordenadores, Internet, la automatización, los robots… en su día seguro que se dijo lo mismo de la máquina de vapor o de la imprenta. En el post dedicado a los impuestos a los robots, mencionaba el dato del Foro Económico Mundial: se destruirán 75 millones de puestos de trabajo en el mundo por la implantación sistemática de robots, pero se crearán 133 millones de nuevos empleos.

Nunca sabré la fiabilidad de estas cifras globales y con tantas incertidumbres, pero algún sesudo análisis habrá tras las mismas. Y si no, siempre nos quedará la palabra mágica: se crearán 800 millones de empleos en el mundo relacionados con la sostenibilidad. No 714, ni 1.152, no. 800 millones. Pues vale, «me lo creeré».

Luego estos problemas planteados no son nuevos, han existido siempre con la presencia humana detrás de los potenciales peligros. La Inteligencia Artificial se basa en el análisis continuo de datos, en su interpretación, la búsqueda de patrones comunes, el aprendizaje… la posibilidad de plantear soluciones. Los datos vienen a través de los millones de aparatos y sensores ya existentes en el mundo: imágenes, documentos escritos y orales, vídeos, movimientos de personas y objetos, mensajería instantánea, interacciones en redes sociales o webs… todo puede ser medido y analizado. Como dijo Tim Berners-Lee, el científico británico considerado el padre de la World Wide Web, “los datos serán la materia prima del siglo XXI”. Y si no pagamos por esas magníficas aplicaciones que se nos ofrecen de manera aparentemente gratuita, como cualquiera de Google, por ejemplo, resulta una obviedad decir que se debe a que el producto vendido somos nosotros mismos, nuestros datos.

Por eso es tan necesario regular la relación entre estas nuevas tecnologías y el ser humano. Como con cualquier otra tecnología, por cierto. Durante su intervención en el Congreso de Estados Unidos, el director ejecutivo de la empresa desarrolladora de ChatGPT, Sam Altman, se mostraba convencido de los potenciales beneficios de herramientas como la mencionada, pero advertía de sus riesgos, entre los cuales se encontraba su posible uso para la creación de contenidos falsos. Resulta paradójico que en la sociedad de la información hayamos recibido más desinformación que nunca (elecciones norteamericanas, pandemia, crisis migratorias,…). El manejo de estas tecnologías puede contribuir a influir en procesos electorales (ya lo han hecho) o a crear estados de opinión más proclives o contrarios a la adopción de determinadas medidas. Influyen, sin duda, en la polarización de las opiniones, lo que en Mundo Orwell se definía como «algoritmo populista»: «un mensaje puede crear una conciencia social -justificada o no- sobre un tema, polarizarlo y centrar en torno a él buena parte del discurso político». Manipularlo en función de unos intereses, por eso las compañías «que han acumulado los datos de todos los aspectos de todas nuestras vidas son las que tienen el potencial de cambiar todas las aristas y los ángulos del futuro». Como indicó el senador republicano Josh Hawley en la propia audiencia de Altman, la IA es “una de las innovaciones más significativas de la historia, pero no está claro si será más parecida a la invención de la imprenta o a la de la bomba atómica”.

José María Álvarez-Pallete hablaba en el artículo IA: es el momento de pararse a pensar de la necesidad de redactar un nuevo «contrato social» que tuviera como objeto «decidir y determinar cuáles son los derechos y obligaciones básicas de personas y máquinas en este nuevo mundo». Esta idea ya estaba presente en la Declaración de Independencia del Ciberespacio (John Perry Barlow), presentada en Davos ¡en 1996!, si bien de un modo bastante más transgresor que el que plantea el presidente de Telefónica. Barlow diferenciaba el mundo real del digital y venía a decir que las reglas del primero no pueden ser impuestas en el segundo: «El Ciberespacio no se halla dentro de vuestras fronteras». «Estamos creando nuestro propio Contrato Social. Esa gobernanza se creará según las condiciones de nuestro mundo, no del vuestro». «Estamos creando un mundo en el que todos pueden entrar sin privilegios o prejuicios de raza, poder económico, fuerza militar o lugar de nacimiento».

Siempre que se habla de estos temas se llega a las tres leyes de la robótica de Isaac Asimov, un buen punto de partida para hablar de sistemas de funcionamiento autónomo, ya sea un robot o un algoritmo que toma sus propias decisiones:

  • Un robot no hará daño a un ser humano o, por inacción, permitirá que un ser humano sufra daño.
  • Un robot debe cumplir las órdenes dadas por los seres humanos, a excepción de aquellas que entrasen en conflicto con la primera ley.
  • Un robot debe proteger su propia existencia en la medida en que esta protección no entre en conflicto con la primera o la segunda ley.

Ángel Gómez de Ágreda (Mundo Orwell) añade otros dos principios, propuestos por el abogado Marc Rotenberg, derivados de la experiencia en el uso de la inteligencia artificial:

  • Los robots siempre deben revelar su naturaleza e identidad a los humanos cuando se les solicite.
  • Los robots siempre deben ser capaces de explicar sus procesos de toma de decisiones.

Desde un punto de vista ético, parece fundamental que se pueda explicar qué lleva a un algoritmo a decantarse por un resultado, qué juicios de valor llevaron a una u otra conclusión. En esa misma línea se encuentra la transparencia demandada por el director general de Microsoft, Satya Nadella, para entender cómo razonan estos sistemas de manera que se puedan incorporar principios éticos en su configuración. Y añade otros aspectos a considerar, como la objetividad de la Inteligencia Artificial, la privacidad de los datos de las personas, su dignidad y algo tan básico como la responsabilidad. «El diseñador es responsable de los actos de las máquinas y las personas deben tener la capacidad para revertir cualquier acto de aquellas».

Neuroderechos

Tomé la foto con la que empieza este post en la exposición Cerebro(s) del Espacio Fundación Telefónica, concretamente en la parte dedicada a la neurociencia y el desarrollo de las inteligencias artificiales. Del texto junto al neurocientífico español Rafael Yuste extraje este párrafo:

“El imparable progreso de la neurotecnología augura que en pocos años podemos llegar a descifrar y alterar la actividad de las neuronas a través de dispositivos tecnológicos. Esto permitirá tratar enfermedades neurológicas, pero también abre un escenario en el que se podrá acceder a la información de nuestro cerebro, ampliar nuestros sentidos o modificar nuestros recuerdos”.

Rafael Yuste es profesor de la universidad de Columbia (Nueva York), dirige desde hace varios años el proyecto BRAIN (Brain Research through Advancing Innovative Neurotechnologies) y preside la Fundación NeuroRights, cuyo objeto es “reflexionar sobre las implicaciones éticas y sociales de las neurotecnologías” y la Inteligencia Artificial. La Fundación ha fijado cinco neuroderechos, que pueden ser una buena base de partida sobre la que comenzar esa tan necesaria regulación:

  • Identidad personal: la neurotecnología no podrá alterar el sentido del yo de las personas bajo ninguna circunstancia.
  • Acceso equitativo: la mejora en las capacidades cerebrales gracias a la neurotecnología deberá estar al alcance de todos.
  • Libre albedrío: las personas podrán tomar decisiones libremente, sin manipulación neurotecnológica.
  • Privacidad mental: no se podrán usar los datos de la actividad cerebral de las personas sin su consentimiento.
  • Protección contra los sesgos: no se podrá discriminar a las personas a partir de los datos obtenidos por medio de la neurotecnología.

En la entrevista incluida en el link del párrafo anterior, Rafael Yuste se expresa con tanta claridad como contundencia: “hay que actuar antes de que sea demasiado tarde”.

Continuará: Inteligencia Artificial (y III): regulación, ¿cuándo, y quién?

Inteligencia Artificial (II): el contrato social.

Inteligencia (I): parar Skynet.

Inteligencia Artificial (I): parar Skynet

21/05/2023

La Inteligencia Artificial (IA) es un campo en constante crecimiento que simula el pensamiento humano y realiza tareas de forma autónoma. Sus aplicaciones abarcan áreas como el procesamiento del lenguaje natural, la visión por computadora y el aprendizaje automático. Los beneficios de la IA son evidentes: automatización de tareas tediosas, diagnóstico médico preciso y mejora de la eficiencia en diversos sectores. Sin embargo, también existen desafíos, como la comprensión contextual limitada y la ética en la toma de decisiones automatizada. Mirando hacia el futuro, la IA promete avances en el aprendizaje profundo, su integración en dispositivos cotidianos, pero también plantea preocupaciones como:

Riesgo de sesgos y discriminación: La IA puede reflejar sesgos y discriminación presentes en los datos de entrenamiento, lo que puede llevar a decisiones injustas o discriminatorias en áreas como contratación, préstamos o justicia. Esto resalta la importancia de garantizar la equidad y la transparencia en los algoritmos de IA.

Amenazas a la privacidad y la seguridad: El uso generalizado de la IA implica una mayor recopilación y análisis de datos personales. Si no se implementan medidas adecuadas de seguridad y privacidad, existe el riesgo de exposición de información sensible, ataques cibernéticos y manipulación de datos para fines maliciosos.

Pérdida de empleos y desigualdad económica: A medida que la IA automatiza tareas y procesos, existe la preocupación de que esto resulte en la pérdida de empleos en ciertas industrias. Esto podría agravar la desigualdad económica si no se abordan adecuadamente los efectos de la automatización en la fuerza laboral y se implementan políticas de reentrenamiento y reconversión profesional.

Estos primeros párrafos, escritos en letra azul, han sido realizados directamente por ChatGPT, el modelo de lenguaje creado por OpenAI, basado en el uso de la Inteligencia Artificial y en el aprendizaje continuado (machine learning) que se ha hecho tan popular en los últimos tiempos. Esta mejora del sistema se logra a base de interactuar con millones de usuarios, de analizar textos y conversaciones, aprende de sus errores y, lo que puede ser más delicado, se le pueden añadir sesgos, opiniones, hacerlo tendencioso. El estilo literario es correcto desde el punto de vista gramatical, pero algo plano y desde luego no funciona como fuente de información fiable, por mucho que ofrezca datos precisos de cualquier materia. Para este texto solo le pedí que me escribiera cien palabras sobre el desarrollo de la Inteligencia Artificial y otras cien con los tres principales peligros que tenía esta herramienta. Si alguno quiere saber de qué es capaz esta herramienta si se le añaden datos para que GPT «opine» o cree metáforas, puede leer el artículo que publiqué esta misma semana en La Galerna (El Madrid tendrá que derrotar también a ChatGPT). Como me dijeron algunos lectores, es hilarante, sorprendente, pero también, me quedo con este adjetivo: «perturbador».

Las imágenes con las que arranca este post también han sido creadas por otra aplicación, DreamStudio, una herramienta de diseño para la realización de fotomontajes de gran realismo, imágenes que crea de la nada a partir de unas sencillas instrucciones. En mi caso, le pedí a la aplicación que me creara la imagen de un tipo de más de cincuenta años enfrente de un ordenador al que la cabeza se le va transformando en cifras, letras o nuevas imágenes. Bueno, yo tenía otra idea en mente (y además, tengo más de 50 palos y no me veo con el aspecto que me ofrece la fucking machine), pero veo que ofrece varias posibilidades, estilos (cómic, origami, anime, modelos de 3D, arte digital…) y luego puedes crear variaciones sobre las mismas.

ChatGPT, DreamStudio, Midjourney, Google Bard, Playground AI,… cada semana surgen nuevas aplicaciones y cada día, cada hora, mejoran los resultados de estas tecnologías. La potencia tradicional de los ordenadores para analizar y procesar información ha ido más allá y ahora se trata de que «piensen», que razonen por sí mismos. No es un tema nuevo en absoluto, llevamos décadas escuchando hablar del mismo, pero se ha multiplicado de modo exponencial los últimos cinco años y seguirá incrementando su importancia en los próximos, pues se calcula que hay unos 30.000 millones de aparatos conectados en el mundo, transmitiendo datos todos los días.

Hace más de un cuarto de siglo, en 1997, Deep Blue consiguió derrotar al campeón del mundo de ajedrez Garri Kasparov en un duelo muy mediático tras el cual, el ajedrecista de Bakú afirmó que su rival había tenido ayuda humana externa, porque le parecía imposible que hubiera sido capaz de llegar a determinados razonamientos. Le costó convencerse, pero al final entendió que un sistema capaz de analizar millones de movimientos por segundo podía tomar sus propias decisiones, incluso aunque algunas de ellas llevaran un componente de engaño, de trucos, que fue como Kasparov venció a Deep Blue en su primer enfrentamiento un año antes. Como dijeron algunos artículos, «la inteligencia artificial pone en duda la supremacía del hombre».

La Inteligencia Artificial ha encontrado tradicionalmente en los juegos un campo de desarrollo y enorme mejora. El juego de estrategia Go, de más de 2500 años de antigüedad, con millones de variaciones más que el ajedrez, fue utilizado por Google para desarrollar herramientas basadas en la IA (AlphaGo). En 2016 realizó ese sorpasso al ser humano y derrotó al campeón del mundo, el surcoreano Lee Sedol, en una serie de partidas televisadas. Hay un movimiento famoso, el número 37, que algunos denominaron «la mano de Dios» por esa especia de intervención divina que dejó completamente descolocado al campeón del mundo y a los asistentes al evento. La máquina estaba «creando» ventajas, razonando mucho más allá de lo humanamente entendible.

Lee Sedol estuvo tres años tratando de buscar nuevas estrategias para derrotar a la máquina, hasta que finalmente se convenció de que no podría hacerlo y se retiró, igual que Kasparov. Una vez que las máquinas aprenden y procesan las millones de posibilidades, mejoran con cada partida, con cada movimiento. Un caso sorprendente que me hace pensar que esto va «más allá» de lo comprensible fue el de Libratus y el póker. Libratus es un algoritmo de Inteligencia Artificial que logró derrotar en 2017 a cuatro de los mejores jugadores del mundo de póker tras tres semanas de manos jugadas. En el póker, al contrario que con el Go o el ajedrez, cada jugador desconoce las cartas de sus rivales y las bazas con las que cuenta, y además está el factor «faroles», jugar al engaño, a lanzar un anzuelo que una inteligencia artificial podría tratar de pescar con sus cálculos. Pues ni por esas. En lugar de utilizar redes neuronales para la toma de decisiones, como en otras máquinas, sus creadores explicaron que enseñaron a jugar a la máquina e hicieron que analizara millones de partidas de humanos, hasta que fue capaz de predecir incluso el comportamiento de los jugadores cuando se lanzaban un farol. En lugar de machine learning, hablaban de reinforcement learning. Como decía uno de sus creadores, Tuomas Sandaholm: “La mayor habilidad de la IA para hacer un razonamiento estratégico con información imperfecta ha superado a la de los mejores humanos”.

Es indudable que todas estas tecnologías traerán innumerables avances para la ciencia, la medicina y para prácticamente todos los campos (también el arte), pero también es indudable que vendrán acompañadas de nuevos problemas. Y no solo aquellos que el texto inicial de ChatGPT detectaba: sesgos y discriminación, pérdida de privacidad y seguridad, y pérdida de puestos de empleo. Libratus fue vendido al gobierno norteamericano para su uso en estrategia militar, y como dijo Elon Musk al hablar de una posible tercera guerra mundial: «puede que no la inicien los líderes nacionales, sino una de las inteligencias artificiales, si deciden que un ataque preventivo es el camino más probable a la victoria», (El futuro ya está aquí).

Todo esto nos retrotrae a algunos de los clásicos de Hollywood que ya en su día nos hablaron de sistemas informáticos que tomaban sus propias decisiones para ganar una guerra. Por supuesto, Juegos de guerra (1983) de John Badham. Y cómo no, la saga Terminator, que situaba en agosto de 1997 la fecha en que Skynet, la Inteligencia Artificial de uso militar, tomaba conciencia de su propia existencia y se rebelaba contra el creador que podía frenarla.

El creador de Open AI, empresa creadora de ChatGPT, Sam Altman, ha acudido esta semana al Congreso de Estados Unidos para pedir que se regule y controle la Inteligencia Artificial por sus posibles usos descontrolados y efectos inesperados. La carta del presidente ejecutivo de Telefónica, José María Álvarez-Pallete, IA: es el momento de pararse a pensar, va en la misma línea y se ha hecho viral por incidir en las enormes ventajas de esta tecnología, pero también en los enormes riesgos de una AGI (Inteligencia Artificial Generativa) descontrolada: «Es el momento sobre todo de las Ciencias Sociales. La tecnología ya está aquí pero no debemos dejarla sola. Es el momento de la sociología, la filosofía, la antropología, el derecho… De decidir cómo queremos que esto pase y sea bueno para todos, y no solo para unos pocos».

Continuará: Inteligencia Artificial (II): el contrato social.

Inteligencia Artificial (III): regulación, ¿cuándo, y quién?

Relacionados:

¿Impuestos a los robots?

El futuro ya está aquí

Veinte años de Matrix

El (pen)último baile de la BMK y la CRL

BARNEY, 14/05/2023

The last dance de Michael Jordan y los Chicago Bulls del sexto anillo en la temporada 1997-98. The last waltz, el concierto de despedida de The Band en 1976 y el documental de Martin Scorsese sobre dicho concierto. The last picture show (1971, Peter Bogdanovich), como símbolo de una época que terminaba en un pequeño pueblo de Texas.

Todas estas obras representan momentos únicos, el final de una era y el comienzo de otra que será distinta, que no tiene por qué ser peor, pero que hace inevitable sentir nostalgia o añoranza por aquello que ya no veremos más en vivo. Sinceramente, yo creía haber visto ya la temporada pasada the last dance de Benzema, Modric y Kroos, los cuales ganaron la Liga con facilidad y nos regalaron la Champions más emocionante que recuerdan nuestros ojos. También creía haber presenciado el último baile de Sergio Llull y Rudy Fernández, campeones de la ACB y privados del triunfo en la Euroliga por una sola canasta. Todos estos viejos rockeros, grandes mitos del madridismo, parecían haber dado lo mejor de sí en una grandísima temporada y que en la siguiente tocaba renovar el equipo, reconstruir el futuro.

A este sentimiento de «final de una era» contribuyeron las salidas de Casemiro y Marcelo en el equipo de fútbol, como anteriormente lo habían sido las de Cristiano Ronaldo, Ramos y Varane, o la salida de jugadores importantes durante años como Taylor y Thompkins, o el hecho de que fuera la primera temporada en ¿siglos? sin la presencia del incombustible Felipe Reyes en la sección de baloncesto.

La renovación del equipo de fútbol lleva varios años en marcha y la edad media de los titulares se ha rebajado de manera considerable con la incorporación de Vinícius, Rodrygo, Fede Valverde, Camavinga, Militao o Tchouameni. El equipo tiene que adaptarse a un fútbol moderno más físico, que demanda mayor potencia y velocidad, un fútbol en el que los sabios gurús habían pronosticado la retirada de Luka Modric (cumplirá 38 años en septiembre), Benzema (35) y Toni Kroos (33).

Al equipo de baloncesto le está costando más la renovación, puesto que la lista de salidas en los últimos años ha sido incesante: Campazzo, Carroll, Ayón, Slaughter, Nocioni y los jóvenes que emigraron a la NBA, Luka Doncic y Usman Garuba. Ahí se mantienen desde hace años dos tipos de los que se lleva anticipando su retirada varias temporadas: Rudy Fernández (38 años), Sergio Llull (36 en unos pocos meses) y Fabien Causeur (otro que roza los 36). A ellos se ha unido esta temporada otro ilustre veterano de la «temporada perfecta» de 2015, Sergio «Chacho» Rodríguez, a punto de alcanzar los 37 palos.

Pues bien, todo hacía presagiar que la transición estaba en marcha en ambas plantillas y que el equipo sufriría si seguía depositando su confianza en los veteranos, en esos veteranos que parecían habernos regalado ya su último y glorioso baile la temporada pasada. Y sin embargo, aquí estamos los madridistas, ilusionados de nuevo en una semana decisiva en la que el Real Madrid está a un partido, a una sola victoria en ambos torneos, de repetir finales en la Champions y la Euroliga. Hay indicios racionales que nos hacen pensar que este año está más complicado que nunca.

En fútbol, la dejadez en Liga ha sido desesperante por momentos. Bien es cierto que a esa aparente desidia parece haber contribuido el escándalo que supone que, una vez destapado el caso «BarçaCTAgate», o «Negreira», como quiere la mayoría de la prensa vendida, las instituciones del fútbol profesional se han puesto al servicio del Barça para decir que aquí no ha pasado nada (LFP y Javier Tebas, «el Barcelona podría ser una víctima»), que Negreira no era nadie (Medina Cantalejo, CTA) o que de momento no se ha demostrado nada (Rubiales). Todos ellos alentados por una prensa más preocupada por los gestos de Vinícius que de investigar o hablar día tras día de la bochornosa ausencia de sanciones en este caso de corrupción deportiva. El Madrid está a 14 puntos del Barça, y aunque el sistema se ha encargado con sus decisiones, designaciones y manipulaciones de VAR de hacernos ver que todo está igual que antes con los pagos a Negreira, esa no es la diferencia real entre ambos equipos, como se vio en la eliminatoria reciente en semifinales de Copa del Rey. Pero al Madrid, jugando como ha jugado numerosos partidos de esta Liga, no le daba para adelantar a este flojísimo Barça, que se ha dedicado a cerrar su retaguardia (solo 14 goles en contra) y esperar sus oportunidades. Y ha merecido ganar la Liga por delante del Madrid, me cabrea, pero es así.

Otra cosa muy diferente es lo ocurrido en Europa. Al Barça de Xavi no le daba, como se vio al caer de nuevo en fase de grupos y luego en la Europa League. Por el contrario, si el Real Madrid bordeó o superó el milagro en varias eliminatorias de la temporada pasada (PSG, Chelsea y City), en este año ha demostrado una solvencia incontestable: 6-2 sobre el Liverpool en el global, y 4-0 sobre el Chelsea. Contra el todopoderoso City de los 1.500 millones en fichajes y Haaland para rematar cualquier cosa que caiga en el área, el equipo jugó con solvencia y pudo llevarse el partido del Bernabéu perfectamente.

El equipo de baloncesto no está teniendo su mejor temporada, su primera temporada post-Pablo Laso. A las críticas a Chus Mateo por la gestión de la plantilla, se unen unos resultados discretos hasta la fecha (al margen del título en la Supercopa en septiembre): eliminados en semifinales de Copa del Rey, terceros en Liga y en fase regular de la Euroliga, y sobre todo malas sensaciones tras haber bajado las prestaciones en los últimos meses de competición. La hecatombe parecía cercana tras el 0-2 en la eliminatoria de playoffs con el Partizán de Obradovic. O tras la machada de vencer en los dos partidos de Belgrado, cuando el equipo caía por dieciséis puntos al descanso. Muchos lo daban muerto, aunque alguno aún creíamos en el milagro:

«No era posible», como describe Emilio Dumas, pero «lo que no era posible se hizo posible». Y se logró con los tres veteranos en pista, con Llull, Rudy y el Chacho, que se quitaron quince años de encima cada uno y reventaron el partido. El Chacho Rodríguez anotó 19 puntos en 19 minutos, su mejor actuación en mucho tiempo. Rudy no anotó un solo punto, pero robó dos balones importantísimos en defensa y rebaño dos rebotes en ataque cuando el equipo estaba lanzado. Se dejó el hombro en una jugada con Exum, tuvo que ser asistido en la banda y circula por las redes un vídeo en el que Chus Mateo le pregunta en los últimos segundos: «Rudy, ¿estás para defender?». Joder, no puede tirar a canasta, ni levantar el brazo más allá del hombro, pero le pregunta si puede ser la mosca cojonera que es en defensa. Y Llull, qué decir del denostado Sergio Llull. Llevaba 0 de 4 intentos, y en los últimos cinco minutos anota ocho puntos sin fallo, mandarina incluida. Los cracks de la nueva hornada, Musa y Mario Hezonja, se subieron al carro de la remontada inverosímil y se dejaron hasta el último aliento para hacerlo posible. «No puedo describirlo», como dijo el bosnio Musa al finalizar. O como dijo el croata Hezonja: «Tenemos tantos lesionados que ya no sé ni quién juega. Se nota el corazón ganador, estábamos hablando de subir el nivel, lo hemos subido en defensa y hemos ganado». «El Real Madrid siempre ha sido un equipo así».

Pues en esas estamos, «veteranos y noveles», como reza el himno, a un paso de plantarse en dos nuevas finales de las máximas competiciones europeas. El reto es mayúsculo, seguramente aún más complicado que hace un año.

El Manchester City lleva una racha brutal en su estadio, con 14 victorias consecutivas. Y 22 de los últimos 24 partidos ganados. El Madrid no ha pasado nunca en una eliminatoria en la que jugó la vuelta en campo contrario con el 1-1 de la ida. En mi memoria retumba la noche de pesadilla del 5-0 en Milan, el que podría decirse que fue «el último baile» de la Quinta del Buitre en Europa. El City parece intratable, y en el Madrid llegan tocados Camavinga y Vinícius, y dos jugadores clave en su peor momento de la temporada: Benzema y Militao.

Actualización: pues no pudo ser y lo peor fue la sensación de que no estábamos en condiciones de competir. No me sale cabrearme con este grupo irrepetible de jugadores que tantas alegrías nos dieron en el pasado. 5 Champions desde 2014, qué maravilla. Par alguien que vivió su primera Champions con 28 años, lo anormal es lo que hemos vivido. Fin de ciclo, a reconstruir de nuevo, sobre una base de jóvenes con talento, que los tenemos ya instalados en el top mundial.

En baloncesto se ha confirmado hoy la ausencia casi segura de Vincent Poirier, el único jugador de la plantilla que podía ofrecer minutos de descanso a Edy Tavares. Su baja se suma a la de Deck por lesión tras la segunda batalla en Belgrado, y de Yabusele por sanción tras la tangana de Madrid. Tres bajas clave en un puesto básico. Enfrente, el F.C. Barcelona de Jasikevicius y Mirotic, el único equipo que solventó su eliminatoria por la vía rápida (3-0 al Zalgiris). Tendrán una baja destacada, la del base Cory Higgins, para mí, quizás su jugador más temible, aquel al que peor defiende el Madrid.

Claro que algo parecido nos temíamos en las semis de 2014 y los nuestros batieron el récord de la mayor paliza en la Euroliga a esas alturas de la competición (100-62). Con unos incomensurables Rudy Fernández, Sergio Llull y Chacho Rodríguez (21 puntazos), a los que se unió un gran Nikola Mirotic, por aquel entonces en el «lado bueno», jejeje.

Puede que estos grandes jugadores nos regalen otras victorias épicas. Lo normal sería lo contrario. Si lograran acceder a la final, sería el penúltimo baile para una generación única. Y sería el penúltimo, porque sé que todos les pediríamos uno más. The last dance.

Apéndice:

El Madrid tendrá que competir contra todo esto. Y también contra lo que predice la Inteligencia Artificial, el popular ChatGPT, que otorga pocas posibilidades a los nuestros. Aquí os dejo un ejercicio que hice con esta aplicación:

El Madrid también tendrá que derrotar a ChatGPT.

Un «let it be» como acompañante

LESTER, 11/05/2023

En la entrada Ahora más que nunca, publicada hace ya la friolera de cinco años, dejé un enlace a una curiosa web que te indicaba qué canción había sido la número uno en las listas Billboard americanas en una fecha determinada. El ejercicio que proponían los creadores de dicha aplicación (y que yo repetía) consistía en averiguar qué canción correspondía al momento de tu nacimiento. Y en mi caso concreto, abril del 70, aquella canción resultó ser el mítico Let it be de los Beatles, compuesta por Paul McCartney. Así que puedo afirmar, sin miedo a equivocarme, que el estribillo “letitbí” me ha acompañado toda la vida, y a lo mejor sin saberlo, sin ser consciente de ello, ha conformado parte de una filosofía de vida.

Se han dado muchas interpretaciones a la letra de esta canción. Una de ellas es la referida al consuelo, al alivio que supone saber que tras la tormenta llegará la calma: “when the night is cloudy”, cuando la noche esté nublada, “there is still a light that shines on me”, déjalo estar, o déjalo ser, porque todavía hay una luz que brilla sobre mí. Casi toda la canción es una oda a la aceptación. Aceptación de las circunstancias, aceptación frente a las adversidades, “When I find myself in times of troubles”, cuando me encuentro en momentos difíciles o repletos de problemas.

La melodía no está exenta de cierta tristeza, por la propia voz de McCartney y su tono lánguido, y por una letra que manifiesta que asume lo que le viene, aunque se trate de algún hecho poco agradable o apetecible. A esa tristeza acompañó el hecho de que esta canción fuera la última grabación realizada por los Beatles antes de su separación, y fueron muchos los fans que la interpretaron en esta clave. Los Beatles se separan, sí, es una pena, pero la vida sigue, déjalo estar, déjalo pasar.

Otra lectura que se hizo en su día de esta canción fue aquella que se refería al posible sentido religioso de la misma: “Mother Mary comes to me”, como si se refiriera a la Virgen María, que se nos presentaba para ofrecernos consuelo tras una experiencia incómoda o desagradable, «she is standing right in front of me». Sin embargo, el propio Paul McCartney explicó en su día a qué se refería este pasaje y no era por esa María universal, sino por su propia madre, que falleció cuando el bueno de Paul tenía catorce años y con la que conversó en un sueño. “Me encantó volver a conversar con mi madre y me sentí bendecido por ese sueño. Eso me hizo escribir Let it be”. Su Mother Mary es la que le susurraba unas reconfortantes palabras repletas de sabiduría, “whisper words of wisdom”, o como afirmó el propio Paul: “todo va a estar bien, déjalo estar”.

La canción fue grabada a finales de los sesenta, se publicó en el disco del mismo título y alcanzó el número uno, como decía al inicio, hace 53 años. Eran tiempos convulsos en la sociedad americana, de protestas contra la participación estadounidense en Vietnam, de luchas interraciales, y para muchos fans del cuarteto británico representaba un canto en favor de la paz mundial: “And when the brokenhearted people / living in the world agree / there will be an answer / let it be”. Es un mensaje que coincide plenamente con el del Imagine de John Lennon.

Sea por la razón que sea, o por cualquiera de sus interpretaciones, lo cierto es que todas ellas me valen como sintonía de acompañamiento en mi vida. ¿Que tengo dificultades en algún momento, preocupaciones que parecen irresolubles? Déjalo estar, déjalo pasar, “there will be an answer”, habrá una respuesta, llegará la calma y superaremos esos momentos. ¿Que se presenta un futuro complicado en el trabajo? No pierdas la calma, “There is still a chance that they will see”, habrá una oportunidad de sobrepasar ese momento. Mis compañeros de curro me preguntan a veces si no me pongo nervioso nunca, que no ven que la tensión me supere ni en esos momentos convulsos que tantas veces nos ha tocado vivir. Y creedme que han sido muchos. No es que tararee mentalmente Let it be, simplemente sé que ese nerviosismo no puede ocupar mis pensamientos, ni ser el centro de mi vida, pues como decía Nick Nolte en El guerrero pacífico, “hay que sacar la basura de la mente”. “La vida puede ser maravillosa”, que decía Andrés Montes (poco antes de suicidarse, vaya paradoja), está repleta de momentos únicos, personas especiales, veladas fantásticas, relaciones personales… que son aquellas en las que debo centrarme. Que puedo “dejar pasar” algunas cosas, o “dejarlo estar” porque no merece la pena que pierda el tiempo en “esas mierdas”.

Claro que para mí es fácil decirlo. Soy un privilegiado, siempre lo he sido y creo que siempre fui consciente de ello. Tengo salud, nací y crecí en una familia estupenda en la que nunca nos faltó nada. Luego formé otra familia con la mejor mujer del «mundo mundial» y tuvimos unos hijos que crecieron fuertes, sanos y “buenos chicos”. Nunca me faltó el trabajo y con esfuerzo logramos tener una estabilidad económica que nos permite soltar un “letitbe” a los obstáculos que la vida pone en nuestro camino. Si funciona todo lo mencionado, salud, familia, amor, bienestar económico, etc., es muy fácil dejarte acompañar por el mensaje de esta canción. Let it be, que le den morcilla al IPC, al dolor en el talón o al nerviosismo de los jefes.

Pero la vida, a veces, es muy cabrona también. Y cuando la vida es tan perra que se lleva por delante a otra amiga de manera prematura no hay consuelo, aceptación, ni mensaje reconfortante que valga por mucho empeño que pongas en el let it be. Y no habrá una respuesta, there will (not) be an answer cuando la enfermedad es tan injusta que deja a dos niños pequeños con toda la vida por delante. Y a un amigo destrozado. Me niego a pensar en “let it be, let it be”.