Seguramente a muchos ni les va ni les viene, y la mayoría apenas habrá visto un par de películas candidatas, pero es tal la promoción que hace el cine americano de sus obras y sus premios que cuando llegan los Óscar nos encanta hacer nuestra apuesta, nuestras quinielas particulares o un grupo de WhatsApp llamado «La Porra de los Óscar». Pues aquí no íbamos a ser menos, separando la apuesta «racional» (la que los periódicos nos dicen que tiene todas las papeletas) de la emocional, audaz o sin sentido. La denominaré «la apuesta chorra». Sigue leyendo
Cine
Tostones ochenteros, por Travis
Desde hace un tiempo, tengo la sensación de que se idealiza todo lo hecho en los años 80, especialmente en el mundo del cine o la música, como si todo lo anterior o sobre todo lo posterior no tuviera el mismo valor artístico, o como si en esa década se hubiera vivido un boom cultural único en la Historia. Sigue leyendo
Rogue One y el nacimiento de la princesa Leia, por Travis
Ya ha pasado casi un mes del estreno de la última historia de Star Wars, Rogue One, así que difícilmente puedo aportar algo nuevo que no se haya dicho ya en artículos, blogs, podcasts frikis (me encantan, he oído alguno de 5 horas) o conversaciones con colegas. Tranquilos los que no la hayan visto, que apenas voy a hablar del argumento hasta el final del post. Y el que no quiera saber nada de nada, de absolutamente nada, de esta Rogue One que no lea los párrafos en azul.
Comienzo. A pesar de ese mes transcurrido, no puedo pasar por alto esta nueva película de la saga galáctica favorita de este bloguero, y menos después de lo sucedido con la muerte de Carrie Fisher, nuestra princesa Leia de los ochenta. Fui a ver Rogue One el 24 de diciembre, y apenas unas horas antes de entrar al cine supimos del infarto que había sufrido la actriz en pleno vuelo. En aquel momento Carrie Fisher parecía estable y que podría sobrevivir, pero ya vimos que no, que para ella, para su madre Debbie Reynolds, y hasta para George Michael, aquellas fueron sus Last Christmas. De nada sirvieron los mensajes que poblaron las redes, casi todos con ese lema que acompaña a mi generación desde hace décadas: “Que la Fuerza te acompañe”.
Rogue One, la película
Yo creo que muchos aficionados a la saga teníamos miedo a esta película y a la intromisión de Disney en este universo que nos hemos «apropiado» de mala manera. La película, dirigida por Gareth Edwards, vendría a ser un Episodio III y medio, mucho más cerca, eso sí, del Episodio IV (que arranca con la captura de la princesa Leia por Lord Vader) que del III (la conversión definitiva de Anakin en Darth Vader y la separación de los gemelos Leia y Luke al nacer).
Rogue One está bastante bien, joder, puedo decirlo sin ambages. La historia funciona, es entretenida, tiene algunos elementos del Episodio III que encajan perfectamente y sobre todo nos sitúa directamente en el universo Star Wars más reconocible, que es el de la mítica “guerra de las galaxias”, años después rebautizada para muchos de nosotros como Una nueva esperanza (me niego a usar este título).
Rogue One tiene varias fases. Un principio que me gusta, porque sitúa el conflicto desde el primer minuto, una parte intermedia que me aburre un poco, y un final apoteósico, de unos cincuenta minutos de gran intensidad y puro espectáculo. Así como a El despertar de la Fuerza se le reprochaba que no arriesgaba, que era demasiado complaciente con el seguidor tradicional y no aportaba escenarios nuevos (un desierto, un bosque, un planeta helado, un tugurio de contrabandistas), Rogue One presenta la trama en una región verde y aparentemente volcánica, diferente a lo visto en otras pelis de la saga (se rodó en Islandia), pasa por una barriada libanesa de los ochenta y culmina su final apoteósico en un paradisíaco paraje de las Maldivas. Me encantó esta parte de la batalla en las playas, con las palmeras, el agua cristalina y las pequeñas islas que albergaban naves imperiales en lugar de los habituales yates de lujo.
Escenarios nuevos, y razas nuevas, que el mercado del cine está cada vez más globalizado y hay que llegar a numerosos países en los que antes no pensaban los productores. Al universo tradicional de Star Wars se le reprochó en su momento que todos los personajes fueran blancos, y para un negro, perdón, afroamericano, que salía en pantalla, Lando Calrissian (Billy Dee Williams), resulta que es el traidor que entrega a Han Solo al Imperio. Supongo que por esas cuestiones de ser políticamente correctos a Lando Calrissian se le dio un papel heroico y amable en El retorno del Jedi.
En distintos episodios se fueron incorporando más actores de color, como Mace Windu (Samuel L. Jackson) en las precuelas o Finn (John Boyega) en El despertar, pero ha sido en Rogue One donde se ha intentado dar ¿satisfacción? a todas las razas potencialmente consumidoras del film. En este artículo de El Huffington Post se muestra una interesante comparativa por minutos en pantalla de las diversas razas que participan en las películas de la saga. Rogue One es, de largo, la más multiétnica. 
A mí particularmente me la trae al pairo el tema de las razas y lo políticamente correcto, siempre y cuando sus papeles sean interesantes. Y hay personajes que molan, como Jyn Erso (soy muy de Felicity Jones, qué le voy a hacer), su padre Galen (Mads Mikkelsen) y Saw Guerrera (Forest Whitaker). Me gusta bastante el villano Krennic (Ben Mendelsohn), y me dejó tocado la «resurrección» de Tarkin (Peter Cushing). Es todo un descubrimiento el droide K-2SO, una inteligencia artificial con tanto sentido del humor y el espectáculo como el TARS de Interstellar.
Pero en otros personajes es donde a mi modo de ver falla un poco la película, porque aunque me voy congraciando según avanza el film con «el latino» Diego Luna, tengo serios problemas con dos personajes: el chino Chirrut (Donnie Yen) y el inglés de origen paquistaní Bodhi (Riz Ahmed). 
El piloto desertor Bodhi se pasa media película como si fuera un boxeador sonado y no se entera de nada, aparte de que su aspecto de tez morena y greñas no encaja en los cánones habituales de un Imperio tradicionalmente blanco, caucásico y casi «ario». En un momento dado y sin entender muy bien por qué, Bodhi reacciona, se «desempana» y se entrega a la causa de los Rebeldes hasta el punto de ser fundamental para el desenlace.
Con el que no puedo es con el chino Chirrut, el único ciego con más vista que Miguel Durán, o que el ciego de la peli de Bruce Lee Puño ciego, una peli tan rara que ni siquiera la encuentro en Filmaffinity. Los ojos de Chirrut son iguales que los del ciego de esa peli, y su «visión» espacial, dando patadas supuestamente a ciegas, atizando con su bastón a los tipos que no ve, esquivando disparos o cargándose a un caza imperial sin mirar, me chirría por todas partes. Supongo que de ahí le viene el nombre. Si me dijeran que es un Jedi poseído por la Fuerza (o con millones de midiclorianos en sus venas, aquí arcadas), todavía podría admitirlo, pero no es más que un charlie charlatán que no deja de repetir de modo cómico «soy uno con la Fuerza y la Fuerza está conmigo», como quien recita la lista de los reyes godos.
Para mi gusto, Rogue One está muy por encima de la trilogía de precuelas, pero por debajo de El despertar de la Fuerza. Funciona como película de la saga galáctica, pero también como película bélica o de comandos con una misión que cumplir (Los héroes de Telemark, Doce del patíbulo, Escuadrón 633). Es magnífica en las batallas espaciales, pero mejor aún en las de «infantería». Huele a barro y arena, a suciedad en los uniformes, a veracidad, no a CGI y efectos digitales como en las tediosas precuelas.
La nostalgia
Seguramente mi percepción al situarla por debajo de El despertar de la Fuerza se deba a que en esta última caí en la trampa de dejarme seducir por una historia muy similar a la del Episodio IV, y toda esa nostalgia de Han Solo, Chewbacca y el Halcón Milenario me atrapó y no me soltó en las dos horas de metraje. Aparte del enamoramiento de Rey que padecí desde las primeras escenas. Este vídeo que compara escenas de ambas películas deja bien a las claras que no hubo disimulo por parte de J.J. Abrams a la hora de copiar referentes:
La nostalgia es un sentimiento muy poderoso, sobre todo si hablamos de cine. Reconozco que nos aleja de la objetividad que resulta precisa a la hora de valorar una película. Estas Navidades han repuesto las películas de la trilogía clásica (Ep. IV al VI) y me he quedado embobado como siempre viendo varias escenas, pese a que han envejecido, digámoslo, regular. Los monitores de los X-Wings son una castaña hoy día, a dos colores y con la calidad gráfica de un Spectrum. La persecución en las motos del bosque de Endor me flipaba hace treinta años, «¡cómo lo han hecho!», mientras que hoy en día sigues flipando por el ritmo, pero te quedas diciendo «¡vaya castaña de efectos!» 
Ha cambiado nuestro modo de mirar el cine, y desgraciadamente ya no tenemos la inocencia de un niño de ocho años (La guerra de las galaxias) o de trece (El retorno del Jedi), pero seguimos mitificando a sus héroes y apreciando sus historias, no tanto quizás por la calidad de lo visto como por el recuerdo de lo que sentí.
Hoy estoy deseando que exterminen a Chirrut, pero en su día no ponía objeciones a las tonterías de C3PO. Hoy critico lo poco creíble que resulta que una instalación tan poderosa como la biblioteca que alberga los planos de la Estrella de la Muerte se desactive con un antediluviano interruptor (¡un puto joystick!) o que los disquetes parezcan de aquellos originales de 5 pulgadas y cuarto, y en su día me tragaba que Han y Luke pudieran enfrentarse a poderosos stormtroopers, pero no se atrevían con cuatro osos de peluche con lanzas de madera.
La nostalgia idealiza nuestros recuerdos del pasado. Vemos la frase inicial con los cuatro puntos suspensivos y automáticamente tenemos la carne de gallina. Estamos predispuestos al disfrute, y eso que en esta ocasión no vemos las letras que se pierden en el espacio ni escuchamos retumbar la música de John Williams (la banda sonora es de Michael Giacchino). Un aficionado ha escrito ese posible texto que nos han escamoteado en el montaje de Rogue One. Bueno, es una curiosidad más en este mundo tan friki que nos encanta. 
Hay nostalgia en Rogue One, pero no tanta como en El despertar. A mí me encantó ver al Gobernador Tarkin, a C3PO y R2D2, la primera Estrella de la Muerte, y por supuesto las escenas de Darth Vader.
Su incursión en la nave de los Rebeldes pasará a la lista de los mejores planos de toda la saga. Y hay un plano final que chirría en cuanto a efectos digitales, pero que adquirió un significado distinto en el momento que supimos que la vida de Carrie Fisher estaba en peligro.
El nacimiento de la princesa Leia
La princesa Leia nace en realidad al final del Episodio III, cuando es separada de su hermano Luke y entregada al senador Organa (Jimmy Smits), quien hace una breve aparición. Pero es en el plano final de Rogue One cuando vemos el nacimiento de la verdadera Princesa Leia, esa mujer fuerte y decidida que mira a cámara (desgraciadamente con una mirada digital y vacía) y nos hace partícipes de la misión imposible que tiene que afrontar: liderar la Rebelión frente al poder del Imperio. El comienzo de la enooorme trilogía. 
Me hace gracia cuando leo algunas críticas que dicen que por fin se da importancia en estas películas a los personajes femeninos, que tanto Rey en El despertar como Jyn en Rogue One son mujeres fuertes y poderosas. ¿Y qué coño era la princesa Leia? Una mujer que se desprende de su condición real y empuña indistintamente una pistola o un rifle, que llama «piojoso» a Han Solo, que impone su opinión a todos los tipos que le sacan una cabeza pero la escuchan con atención, una mujer de carácter que ganó mucho al quitarse las ensaimadas y ponerse un bikini espacial,… una mujer tan fuerte y poderosa ¡que se cargó a Jabba el Hutt con sus propias manos!
La princesa Leia era una mujer fuerte, aunque posiblemente no tanto como la propia Carrie Fisher, una vez que superó esa etapa salvaje de su vida. La General Leia del Episodio VII tenía pinta de estar muy cascada, pero sin embargo a Carrie Fisher se la veía estupenda en entrevistas y declaraciones. Hablaba con la tranquilidad de quien ha paseado por el infierno y ha salido vivo después de meterse unas rayas con el Diablo. Tenía frases míticas y una mordacidad a la hora de bromear como se ha visto pocas veces, aunque fuera (y sobre todo) para hablar de su pasado. El título de su monólogo era Bendito alcoholismo, ni más ni menos. Y algunas de sus perlas:
«¿Conocéis ese dicho que sostiene que la religión es el opio de las masas? Bueno, pues yo tomé masas de opio religiosamente».
«Hace cinco años, cuatro meses y nueve días un amigo mío murió en mi casa. Pero no contento con eso, va y se muere en mi cama. Os aconsejo que les pidáis a vuestros invitados que no se comporten así».
A George Lucas: «Espero que fueras tú con quien me acosté para conseguir el papel, porque si no, ¿quién diablos era ese tipo?»
Adiós, Carrie Fisher, adiós, princesa. Adiós, Debbie Reynolds.
Un chistaco para finalizar. Ramón Espinar, portavoz de Podemos en el Senado, quiso hacer un chiste con la figura de la princesa Leia, esa hija de la realeza que luchaba por la República y tal, y le salió el tiro por la culata:
Me reí como un auténtico wookie.
Happy birthday, Mr. Kirk Douglas! (Travis)
«Me llamo Kirk Douglas. Tal vez hayas oído hablar de mí. Si no,… búscame en Google. Soy el papá de Michael Douglas y el suegro de Catherine Zeta-Jones. Hoy cumplo 90 años y, en mi caso, llegar a esta edad no es solo especial sino milagroso».
Bueno, pues han pasado 10 años más de ese mensaje, y hoy cumple 100 uno de los más grandes, Sigue leyendo
Especial USA (y IV): el New York real de Travis
Hace casi tres décadas me compré un póster de Nueva York en el mirador del World Trade Center, que creo que estaba en la planta 107. Lo mantuve expuesto en mi habitación mientras viví en casa de mis padres y me sabía de memoria todos sus detalles. Representaba no tanto lo que me gustaba como lo que hacía especial esta ciudad. El follón, el trasiego continuo de gente, muchos de ellos comiendo por la calle, el caos de taxis, bicis, ciclistas, coches de bomberos,… Y cómo no, Woody Allen. Sigue leyendo
Especial USA (III): el New York imaginado de Travis
«New York, New York, it’s a wonderful town! The Bronx is up and the Battery’s down.»
Así empieza la animadísima canción de Un día en Nueva York, interpretada, como todos recordaréis por Gene Kelly, Frank Sinatra ¿y?…, ¿y?,… nadie se acuerda del pobre Jules Munshin. Todo el que va por primera vez a Nueva York dice que cree reconocer muchos sitios de la ciudad porque los ha visto mil veces en las películas y en las series de televisión. Como todos los lugares típicos que nos enseñan los marineros de la película mencionada en un tour turístico muy recomendable de Sigue leyendo
De suicidios, sacrificios e inmolaciones, por Travis
Finalizo aquí mi particular trilogía sobre el escabroso tema del suicidio, comenzada con De suicidios y escritores malditos, y continuada con el guion veinteañero Inútil. Cuando estaba redactando la primera parte me vinieron a la mente varios personajes que provocan o fuerzan su muerte, si bien casi siempre hay una buena causa detrás.
«Vales más muerto que vivo«, Sigue leyendo
Inútil, por Travis
Prometí a Lester que tendría un texto listo para esta semana, pero veo que no llego a tiempo. Mi último post acerca de los suicidios me dio una idea para hacer una derivación sobre otro tema relacionado con este suceso tan «cinematográfico». Pero veo que no lo termino, y como tenía que entregar algo, recordé que en aquel último post mencionaba un guion que escribí hace casi dos décadas para un concurso de cortos que (obviamente) no gané.
Lo he recuperado. Se titula Inútil y llevaba una sinopsis de dos líneas: «La historia de un fracasado. Tan fracasado que es incapaz de quitarse la vida sin quitársela a los demás». Sigue leyendo
De suicidios y escritores malditos, por Travis
Como dijo algún sabio, «suicidarme sería lo último que haría en la vida». Y sin embargo, resulta paradójico que siendo el suicidio algo tan feo, casi vulgar y en ocasiones cobarde, en el cine se nos presenta con frecuencia como todo lo contrario, como un acto heroico, lleno de épica.
El momento cumbre de Los Miserables, la inmortal obra de Víctor Hugo, es sin duda el suicidio del comisario Javert Sigue leyendo
Niños exterminables, por Travis
«¿Dónde habré puesto el Magnum 44?», pronuncio mientras busco en algún cajón el revólver que no tengo. Esta frase me viene a la cabeza cada vez que veo en la tele al niño insoportable de Indiana Jones y el templo maldito (1984), el Tapón de las pelotas. Me volvió a pasar la semana pasada, una vez más, y con los años es peor. Este niñato me echa de la peli cada vez que aparece y eso que las tres primeras del gran Indy están entre mis favoritas de todos los tiempos del género de aventuras.
Haciendo una analogía con el nombre del personaje, este chico no es el tapón de la botella de gaseosa que cierra herméticamente el tarro de las esencias, sino el tapón saltarín/cabrón de la botella de champán que hace que el preciado elemento se derroche. Qué cargante resulta por momentos, sobre todo hacia el final, cuando se pone a dar pataditas, seguramente porque todo charlie sabe algo de kárate (otro topicazo peliculero), y derriba a tres tíos de un solo golpe con un palo, o cuando empieza con el «no mucho divertido, Indy» o el «tú hace trampas».
Si el Mola Ram le hubiera arrancado el corazón en algún momento, o si el maharajá le hubiera sajado el abdomen con la daga de Shiva, hubiéramos aplaudido a rabiar, y sería un momento mítico de la película, impactante. Los malos nos caerían bien, pasarían a ser de los nuestros, pero ya sabemos que no te puedes cargar a un niño en pantalla ni aunque lo merezca, como es este caso. La censura, la autocensura, el miedo al fracaso en taquilla o a la calificación de la película lo impiden. Chicho Ibáñez Serrador lo sabía bien y tituló su aterradora película ¿Quién puede matar a un niño? (1976), y mira que los niños de esa película tenían algo más que una patada en la boca.
El niño tiene que caer bien a la fuerza y el que diga lo contrario es un psicópata peligroso (apúntenme en la lista). Es como esos programas de nuevos talentos en los que aparecen artistas que llevan años ensayando su número (y algunos son fantásticos) junto a «niños con grasia». Pues bien, para mi cabreo, los «niños con grasia» se suelen llevar los mayores aplausos y elogios, porque a ver quién tiene el valor de echar a un niño de seis años de un programa de estos.
Y yo detesto a Tapón, qué quieren que les diga, y a muchos niños que aparecen en películas. A Anne Paquin, cuando era una insoportable niña de 11 años le dieron un Óscar por interpretar… a una insoportable niña de 11 años en El piano (otro para la lista de Óscar que me tocan).
El tal Tapón, que responde al nombre de Ke Huy Quan, tuvo cierto éxito en aquella época y fue contratado al año siguiente para otra película mítica de los ochenta, Los goonies (1985). Yo nunca fui muy fan de esa película, me hubiera cargado a varios chavales de la pandilla, pero en lo que se refiere a Tapón no debí ser el único, porque buscando en su filmografía veo que apenas hizo nada después. ¡Bien, señores del casting, bien! Por fin han entendido que los niños que pudieron tener su gracia de críos son realmente insoportables del todo cuando crecen (Miley Cyrus, no va por ti, qué va). Lo último que se sabe de Tapón es que trabajó como coreógrafo en escenas de acción de los X-Men. Lobezno, es tu turno, remátalo por el bien de la Humanidad.
No odio todo el género infantil, ni mucho menos, hay películas que me gustan. De esa época tan dada a la nostalgia es la estupenda Stand by me (1986), aquí titulada Cuenta conmigo, en la que repetía uno de los goonies, Corey Feldman, el zumbao de gafas. De esta peli solo me hubiera cargado a Jerry O’Connell, el gordito, porque reúne todos los tópicos cargantes sobre los niños y las películas. El resto del reparto está perfecto en su papel, con mención especial para el malogrado River Phoenix, cuyo personaje ya tenía ese aura trágico que le persiguió en su corta vida. El mismo River interpretó, y vuelvo al principio con esta coincidencia, al joven Indiana Jones en La última cruzada.
Steven Spielberg, director de Indiana Jones y productor de Los goonies, es uno de esos creadores a los que no solo no les importa, sino que parecen anhelar trabajar con niños. Estuvo detrás de E.T. y… bueno, salvaré de la quema a Elliott por los pelos. El mundo sería mejor si se hubiera ido en la nave espacial, pero tampoco fue tan grave que se quedara. Me atrevo a salvar también de las balas a Drew Barrymore, porque bastante sufrió ya esa niña antes de los doce años como para ahondar su desgracia.
No pensé lo mismo tras ver El imperio del Sol, con la cargante voz de Christian Bale como púber insoportable, candidato directo a la categoría de «Niño exterminable». Estando en un campo de prisioneros no hubiera sido necesario forzar demasiado el guion para buscar un motivo. Y reconozco que me equivoqué con él, porque Christian Bale ha tenido una madurez muy interesante, con papeles como el de Patrick Bateman (American Psycho), El maquinista, John Connor (Terminator Salvation) o el mejor Bruce Wayne que se recuerda (los Batman de Nolan).
Spielberg vuelve a regalarnos otra niña exterminable en Mi amigo el gigante, una pena de película pues tenía numerosos ingredientes para resultar muy entretenida: basada en un cuento de Roald Dahl, con guion de Melissa Mathison (E.T.), banda sonora de John Williams, buenos efectos especiales como siempre con Spielberg,… Pero un tostón de peli, sin ritmo, sin gracia, sin interés,… y con una niña cargante, la tal Ruby Barnhill en el papel de Sofía. Recuerda a Matilda (otro cuento de Roald Dahl), pero como si le hubieran aplicado un sedante de caballo.
A mi modo de ver, creo que a muchos directores hay que explicarles que lo que hace cargante o salvable a un niño en una película no es la bondad o la maldad de su personaje, sino la finísima línea entre la gracia de un chaval talentoso y el supuesto (e infame) encanto de un chaval redicho, que además parece más maduro y sabio que cualquier adulto. Hay niños malos que me encantan, y niños «adorables» que me hacen buscar el Magnum.
Como hay tantos niños que aparecen en películas, y como tantos aficionados al cine son amantes de las listas, voy a concluir esta entrada con tres listas, clasificando a estos nobles e innobles infantes en función de las sensaciones que me producen (animo al lector a aportar nombres que seguro se me pasan en este repaso):
1. Niños que se salvan de la quema, la patada en la boca, el Magnum 44 y la daga de Shiva:
El Totó de Cinema Paradiso.
Los sufridores niños de Slumdog millionaire y los chicos de las favelas de Trash.
La Natalie Portman de León, el Profesional y Beautiful Girls. Gran adolescencia, juventud y madurez la suya. Encantadora en todos los sentidos.
El Haley Joel Osment de El sexto sentido y Forrest Gump. Y enamorado de Jenny, cómo no.
El Bola.
Los de El orfanato y Los otros.
El pequeño Nicolás, pero el de la comedia francesa, lógicamente, no el arribista que engañó a los tontos más tontos de este país.
Los niños de Pixar, en especial Andy, la niña de Toy Story 3, Los increíbles y la Riley de Inside Out. 
Y por supuesto, los de las películas de miedo: la niña de El exorcista, las gemelas de El resplandor, el psicópata de Toy Story, los niños de El pueblo de los malditos, de Poltergeist,…
Y Chencho, ¡Chenchoooo!
2. Niños que se quedan en la zona neutra, ni frío, ni calor. Por momentos los odio, pero luego ves lo mal que lo están pasando, te apiadas y hasta acabas cogiéndoles cariño. No mucho, como a una cobaya, más o menos:
El Giosué de La vida es bella.
Los niños de El niño con el pijama de rayas.
Hugo, el de La invención de Hugo. 
El Haley Joel Osment de Inteligencia Artificial (otra vez Spielberg).
La pequeña Miss Sunshine.
La Dorothy de El mago de Oz, aunque Judy Garland, con sus 17 tacos, no colaba como niña de 12. Asesinaría a su dobladora, eso sí.
3. Más niños claramente exterminables. Echan por tierra la teoría darwinista sobre la evolución de la especie:
Anakin Skywalker. De crío, de menos crío y de adolescente. Un sable láser a tiempo…
Solo en casa. Mención especial del Jurado. El director de esta película, Chris Columbus, guionista de Los Goonies por cierto, consiguió lanzar al estrellato a Macaulay «Mazo-en-la-jeta» Culkin, pero tiene el dudosísimo mérito de crear un personaje todavía más odioso: uno de los hermanos pequeños, el gafotas que se meaba encima, interpretado por Kieran Culkin. Sí, hermano del anterior. Vaya par. 
Este chico es un demonio, nunca un título estuvo mejor puesto.
Daniel el Travieso, (1993). Viendo al abominable Mason Gamble, y viendo que Walter Matthau no se lo cargaba, supe que estaba acabado como actor. Qué lástima, uno de los cabrones más simpáticos de todos los tiempos aguantando a este payaso al que le hubiera quitado los dientes con alicates. De uno en uno.
Atreyu (Noah Hathaway) en La historia interminable. Y ya que estamos, eliminamos también a Bastian y a la Hija de la Luna.
El amigo pelirrojo del «crío» Tom Hanks en Big.
Los chicos de Zathura, Jumanji, Mary Poppins, y cómo no, nuestra aportación patria: Zipi y Zape, y los Parchís.
Cualquier papel de Freddie Highmore, ya sea en Charlie y la fábrica de chocolate, Descubriendo Nunca Jamás, o Las Crónicas de Spiderwick. Pobrecito ¡bang, bang!
(TEXTO CALIFICADO POR EL MINISTERIO COMO NO APTO PARA TODOS LOS PÚBLICOS)
¡Hasta la próxima, vigilad a esos diablillos y no los llevéis nunca a un casting!
















