Libros de atrezzo, por Travis

Viendo la nueva película de Isabel Coixet, La librería, advertí que «la broma del atrezzista» se había repetido. Como en tantas otras películas, por cierto. Me explico. Tengo un viejo amigo que trabaja cuando puede, y siempre es menos de lo que le gustaría, en el cine y el teatro. Su especialidad consiste en buscar y colocar el atrezzo que la escenografía de una obra teatral o película requieren. Son trabajos ocasionales y mi viejo amigo, al que llamaremos Frank por aquello de mantenerlo en «el economato», es todo un artista del mercadillo y la segunda mano, qué digo segunda, cuarta o quinta.

Los libros que vemos en los decorados del teatro son tan falsos como los del Merkamueble o los del apartamento de pega de The game (David Fincher), y se nota. Sin embargo, algunos directores, escenógrafos y decoradores de cine consideran (a mi juicio con acierto) que los libros son objetos con personalidad, y que deben parecer «reales», o serlo: con polvo, las cubiertas ajadas, doblados, desordenados,…

Pues bien, hace tiempo Frank me confesó: «nosotros también somos artistas a nuestra manera, nos gusta dejar nuestra impronta en cada película. Y no me refiero solo a localizar objetos que llamen la atención, que tengan su propia personalidad a precios asequibles, por supuesto, que aquí los presupuestos son limitados, sino a dejar nuestra huella. Una pequeña broma, un guiño a ciertos espectadores que colocamos en la escena siempre que podemos. En mi caso lo hago con los libros. Siempre que el decorador no se da cuenta, y mucho menos el director, coloco un libro completamente anacrónico en la escena, un libro de otra época o de un autor que no pega en absoluto con la personalidad del dueño de la biblioteca. No puede ser un libro que tenga cierto protagonismo, que vayan a coger los actores, lógicamente, sino una parte del decorado. Si pudieras leer los títulos de cada librería que sale en una película, te descojonarías».

Y así es, cuando soy capaz de localizar el libro intruso en una estantería de película. Me recordó a esa broma que los dibujantes más jóvenes de Disney dejan en las películas siempre que pueden, como colocar a Goofy, Donald y Mickey en el fondo del mar de La sirenita:

Claro que, tratándose de películas infantiles, lo que realmente motiva a estos jóvenes imberbes es colocar imágenes de contenido sexual, como una mujer en la ducha o una conejita de Playboy en Los 101 dálmatas:

O dejar caer de modo subliminal las letras Sex en Enredados o en El Rey León, en escenas además en las que coincidan los personajes que a buen seguro e incluso en películas Disney van a gozar de «Sex» salvaje:

Los más atrevidos fueron los novatos de La sirenita, o el consentimiento de los productores, porque no solo colocaron una forma fálica en la portada del DVD, sino que además dejaron pasar o no vieron la erección del cura en la escena de la boda:

 

Pero me estoy desviando del tema del día, los libros de atrezzo. Lo cierto es que desde la confesión de Frank, este friki que hoy les escribe revisa los libros de las estanterías de cada película en busca del libro intruso o del anacronismo. En La librería de Coixet, la historia se sitúa a finales de los cincuenta en un pequeño pueblo inglés en el que todos los personajes se mueven con la rigidez del sometimiento a las normas, o de quien lleva un palo de escoba metido por el recto. Pues bien, hacia la mitad del metraje, en una escena en la que se ve una estantería con el cartel 2/6 aparece un polizón un par de baldas más abajo: The silence of the lambs. El silencio de los corderos, de Thomas Harris, publicado en 1988.

Para mí fue relativamente sencillo de localizar, no solo por sus colores, sino porque se trataba de la misma edición que tengo yo en mi casa, una edición barata de quiosco porque era el número 1 de una colección de grandes éxitos de novelas adaptadas al cine, de Ediciones RBA. En la película de Coixet el libro intruso aparece en una escena en la que los protagonistas hablan sobre una escandalosa novela de reciente publicación, Lolita, de Vladimir Nabokov. Pues bien, esas casualidades que a veces te ofrece la vida, han hecho que me dirija a mi particular biblioteca de cine para hacer una foto del ejemplar de El silencio de los corderos y me he encontrado lo siguiente:

¡Lo tengo al lado de Lolita de Nabokov! No puede ser casual, quizás mi subconsciente estableció paralelismos entre Aníbal (o Hannibal) Lecter y el infame profesor Humbert Humbert, y entre la mezcla de repulsión y atracción que sienten Clarice Sterling y Lolita por los primeros. Y seguro que algo similar le ocurrió al atrezzista de La librería, o simplemente pensó que El silencio de los corderos era una novela suficientemente transgresora como para ubicarla en ese escenario de rigidez británica y personajes contenidos.

Lo que me lleva a desvelar algunos curiosos casos de libros intrusos que el amigo Frank me contó en una agradable velada de copas. Me contó que en un festival de cine de Valladolid conoció a su colega de profesión el francés Jean Bodard, el cual tuvo la suerte de trabajar en El nombre de la rosa, la producción de Jean-Jacques Annaud basada en el libro del mismo título de Umberto Eco. Pues bien, tratándose de una trama en la que la risa está prohibida en la abadía y en la que la biblioteca forma parte fundamental del escenario, Jean Bodard consiguió colar un tomo del libro de Tom Sharpe Wilt, la hilarante historia sobre un profesor de universidad y una muñeca hinchable. «Lógicamente grabé las letras en el lomo de cuero de un antiguo ejemplar, de modo que parecieran números romanos. La pena fue que con la escasa iluminación de las escenas apenas se podía leer». He buscado el ejemplar cada vez que he visto la película. Sin éxito.

John Anderson, decorador de El club de los poetas muertos, coló en las estanterías de la Academia Welton varios libros que tenía en casa de su poeta favorito, Jorge Luis Borges. La gracia está en que la película estaba ambientada en 1959, y la mayoría de libros del autor argentino fueron escritos con posterioridad a esa fecha. Homenaje al poeta atemporal.

La biblioteca que monta Andy Dufresne (Tim Robbins) en Cadena perpetua con los fondos públicos que percibe es un tesoro para los amantes de este tipo de curiosidades. El director Frank Darabont quiso hacer un homenaje al autor de la novela en la que se basa la película, Stephen King, y colocó varios ejemplares del autor en las estanterías. Teniendo en cuenta que la acción comienza en 1947, año de nacimiento del escritor, y se desarrolla a lo largo de unos veinte años, podemos fácilmente deducir que ninguna de las novelas que aparecen habían sido escritas ni publicadas en la época en la que se ambienta la historia. El director tuvo la precaución de no usar los títulos más conocidos, como It, The shining o Misery, que hubieran cantado enormemente, sino que dejó algunos menos conocidos pero que pudieran estar vagamente relacionados con la trama: The running man, Night shift y The long walk.

Sin duda alguna, una de mis bromas preferidas del atrezzista, en este caso de un dibujante, vino de nuevo de la mano de Disney. En La bella y la bestia, la joven Bella se pasa el día leyendo y soñando con aventuras en países exóticos, y luego nos cuenta la milonga de que «la belleza está en el interior», pero si nos fijamos en un brevísimo instante en qué libro está leyendo veremos El amante, de Marguerite Duras. Vamos, que sí, que mucha belleza interior pero en el fondo deseaba como tantas jóvenes de su edad que la empotraran contra la pared en un país exótico.

Termino ya y apenas he hablado de la película de Isabel Coixet. Ha sido intencionado. Las actrices, fenomenal, tanto la protagonista, Emily Mortimer, como la despreciable Patricia Clarkson. Bill Nighy, como siempre, con una gran presencia, aunque su personaje no quita el freno de mano en ningún momento.  A mí me entretuvo, pero no la recomiendo a todo el mundo.

Y no la recomiendo porque no todo el mundo tiene esa afición por los libros y el cine, ni soportan los ritmos lentos y los personajes engolados. La literatura y el séptimo arte se basan en buenas historias, sean de ficción o no. A mí me encanta la ficción, tanto, que desde el primer párrafo de este post apenas he dicho nada que no lo sea. Disculpadme la broma, amigos.

 

 

La tristeza de Murakami, por Travis

   

El escritor norteamericano Andrew Craig, interpretado por Paul Newman, acude a Estocolmo para recibir el Premio Nobel de Literatura, y en los días previos a la ceremonia se ve envuelto en una trama de espías, científicos envidiosos, refugiados e impostores en plena guerra fría. Se trata de la entretenida película El premio, de 1963, dirigida por Mark Robson, un film que me recuerda en algunos puntos a Con la muerte en los talones (Alfred Hitchcock, 1959) y a Cortina rasgada (Alfred Hitchcock, 1966). 

Paul Newman tenía 38 años cuando rodó El premio, y hoy en día resultaría poco creíble un Nobel de Literatura que ni siquiera hubiera entrado en la cincuentena, no digamos más joven. Mi momento favorito de la película se produce en la rueda de prensa en la que Andrew Craig explica que lleva años teniendo problemas para escribir lo que los críticos esperan de su pluma y que mientras le vuelve la inspiración sobrevive vendiendo novelas de detectives bajo un seudónimo. El escándalo que se monta entre los estirados académicos suecos y la prensa especializada es tremendo, ¡un Nobel escribiendo ficción barata! ¡Best sellers!

Estaría bien que ocurriera algo así en próximas ediciones del premio, o que se le concediera a un superventas, un Ken Follett o un Stephen King, o a nuestro Pérez-Reverte (¡con dos cojones!, diría este), porque en ocasiones da la impresión de que la Academia Sueca busca deliberadamente reconocer a autores alejados de los gustos de los lectores. La eterna separación entre crítica y público que se da en casi todas las artes.

Ya que la Academia ha tenido el valor de premiar al músico Bob Dylan, al autor y bufón Darío Fo, o a un político como Winston Churchill, a mí personalmente me encantaría que lo hiciera con un guionista de cine o televisión, porque en ocasiones es ahí donde encuentras las mejores historias y los personajes más inolvidables. Billy Wilder, Groucho Marx o I.A.L. Diamond ya nunca lo recibirán, pero todavía podrían hacerlo Woody Allen, William Goldman o, ¿por qué no?, Francis Ford Coppola.

Sin embargo, y por mucho que la relación entre cine y literatura sea frecuente, con escritores trabajando en Hollywood y frecuentes adaptaciones de libros de éxito, por mucho que las librerías se parezcan cada vez más a una videoteca, con portadas de libros con el rostro de Tom Hanks o Matt Damon, lo cierto es que parece lejano el momento en que un guionista tenga la consideración de la Academia. A veces pienso que la Academia, por aquello de huir del gran público, busca escritores inadaptables al cine antes que premiarlos.

Este año la casa de apuestas Ladbrokes volvía a señalar al japonés Haruki Murakami entre los favoritos, junto con el keniano Ngugi Wa Thiong’o (¿?), el surcoreano Ko Un (¿¿??) o el sirio Ali Ahmad Said Esber (¿¿¿???). Que me perdonen mi incultura, pero solo he leído a Murakami, que me gusta entre otras cosas por algunas referencias al cine que inserta en sus textos. Por otro lado, cumple la condición antes comentada: es tan retorcido y en ocasiones abstracto que resulta totalmente inadaptable al cine. A ver quién narices se atreve con El hombre de hielo, por ejemplo, o Sogormujo.

Supongo que la afición del escritor japonés Haruki Murakami por las carreras de fondo le vendrá bien para que se le pase el disgusto año tras año tras la (no) concesión del Nobel. Parece un tipo cercano, como Andrew Craig. Me lo imagino saliendo a entrenar a la misma hora en la que la Academia Sueca da a conocer el nombre del galardonado y llegando a su casa sudado, resoplando y pensando al ver que no hay periodistas apostados en la puerta: «otro año más que estos vikingos se lo dan a un completo desconocido».

Supongo que prefiere darse una buena ducha antes que buscar en Internet o llamar a su agente para saber quién ha sido el ganador, para no cabrearse como seguro que se cabreó los últimos diez o doce años con algunos desconocidos:

  • ¿Mo Yan? ¿Te refieres a Carlos, el tenista español? Ah, un chino que escribe «realismo alucinatorio», será un pastillero o un aficionado al LSD.
  • ¿Tomas Transformer? Ah, Tranströmer. Muy bien, se ve que este año le tocaba a alguien de la casa.
  • ¿Svetlana qué más? ¿Bielorrusa? Por escribir sobre Chernóbil, muy bien. No, no pienso ambientar mi próxima novela en Fukushima.
  • ¿Bob Dylan? Espera, que a ese le conozco. Me estás tomando el pelo. ¿El cantante zarrapastroso, el de Blowin’ in the wind? No, si la canción estaba bien, pero hace más de cincuenta años de aquello y te recuerdo que este premio es de Literatura. ¿Que se lo dan, dicen, «por haber creado una nueva expresión poética dentro de la gran tradición americana de la canción»? WTF? ¡Eso también lo hace Pitbull y nadie se lo reconoce!

Es posible que este año que aparecía en el primer puesto en todas las quinielas su rebote haya sido mayor al elegir la Academia a un medio japo

  • ¿Kazuo Ishiguro? ¿Pero qué han leído de él estos tipos de la Academia? Seguro que lo único que saben del Ishiguro este es que escribió la novela en la que se basaron para la película Lo que queda del día. Sí, la de Emma Thompson y Hannibal Lecter. Leyendo lo que han escrito algunos periodistas estoy seguro de que así es, saben poco más. Sí, lo sé, pero ya conoces a estos suecos. Ahora premiarán a un sudafricano o un australiano, después a alguien de habla hispana, luego a alguien polémico, ex soviético o de padres nazis, y al año siguiente a algún tipo inédito fuera de su país, alguien que apenas haya sido traducido a otras lenguas. Un togolés o un esrilankeño, o como se diga, para dárselas de eruditos los muy soplap… Que sí, que lo sé, que otro año será.

O no. Porque hubo autores consagrados que no lo recibieron nunca, como Nabokov, Proust, Mark Twain o Pérez Galdós. O León Tolstói, ¡o Borges! Y sin embargo durante décadas hemos visto nombres de autores galardonados con el Nobel de Literatura que no han pasado precisamente a la posteridad literaria.

El islandés Halldór Laxness (1955), seguramente un ídolo en su isla y… en su isla. Salvatore Quasimodo (1959), todo un premio de consolación por su apellido. Winston Churchill (1953) logró el premio que le negaron a Borges por hacer buenos discursos, «por su brillante oratoria en defensa de los valores humanos». Y muchos más.

En uno de sus libros más conocidos, De qué hablo cuando hablo de correr, celebrado por runners de todo el mundo como el Amiguete Lester, Haruki Murakami filosofa acerca de todo lo que le aporta salir a trotar cada día a su oficio de escritor. Uno de los capítulos lleva por título La mayoría de los métodos que conozco para escribir novelas los he aprendido corriendo cada mañana. En otro momento del libro habla de «la tristeza del corredor», el runner’s blue, una sensación de vacío más espiritual que física. Por el paralelismo que establece con la escritura puede entenderse más como apatía que como tristeza, una falta de ganas de enfrentarse a las millas de carrera similar a la angustia del folio en blanco.

«Creo que todavía no soy capaz de explicarlo bien. En última instancia, tal vez solo pueda afirmarse una cosa: que quizá la vida sea así. Y que quizá no nos quede otra opción que aceptarla sin más, tal cual, sin buscar circunstancias ni motivos. Como los impuestos, las subidas o bajadas de las mareas, la muerte de John Lennon o los errores arbitrales en el Mundial de Fútbol».

O como que le den el Nobel de Literatura a un congoleño antes que al bueno de Haruki.

Termino ya con un juego de conexiones entre cine y el Nobel de Literatura a la manera del escritor japonés:

«Doy forma a mis pensamientos mediante la labor de escritura. Y, al revisar los textos, profundizo en mis reflexiones. Por supuesto, a veces, por muchos textos que redacte, no consigo llegar a una conclusión, y a veces, por mucho que los revise, no consigo alcanzar mi objetivo. Como, por ejemplo, ocurre en este instante».

El premio se estrenó en 1963.

En 1963 se publicó la famosísima canción Blowin’ in the wind, de Bob Dylan.

Bob Dylan tenía un pequeño papel en la banda de maleantes de Pat Garrett y Billy The Kid, dirigida por Sam Peckinpah en 1973.

En 1973 falleció el chileno Pablo Neruda, Premio Nobel de Literatura en 1971. 

El cartero (y Pablo Neruda) es una deliciosa película de Michael Radford estrenada en 1994. 

En 1994 el Premio Planeta fue a parar a manos de Camilo José Cela por La cruz de San Andrés, una novela floja en la carrera del autor de grandes obras como La familia de Pascual Duarte, y otras trasladadas a la gran pantalla como La colmena o ese relato cuya mayor gracia está en el título: La insólita y gloriosa hazaña del cipote de Archidona. Cela recibió el Nobel de Literatura en 1989.

En 1989 se estrena una de las películas que mejor trata la pasión juvenil por la literatura: El club de los poetas muertos, adaptación del libro de Nancy H. Kleinbaum. Creo que nadie ha olvidado al profesor Keating, «¡oh, capitán, mi capitán!», interpretado por Robin Williams.

Robin Williams nació en 1951 en Illinois, el mismo estado natal de Ernest Hemingway, Nobel de Literatura en 1954.

Hemingway mismo era un personaje de cine y así lo entendió Woody Allen cuando le incluyó en Midnight in Paris. Vividor, periodista, aventurero, juerguista, perteneciente al club de escritores suicidas, vio cómo varias de sus obras eran adaptadas al cine: Por quién doblan las campanas, El viejo y el mar o Tener y no tener.

Tener y no tener, de 1944, fue dirigida por Howard Hawks y protagonizada por Humphrey Bogart y Lauren Bacall. De la adaptación del guion se encargó un tal William Faulkner.

 

William Faulkner escribió el guion de El sueño eterno (1946), curiosamente dirigida por Howard Hawks y protagonizada por Humphrey Bogart y Lauren Bacall, ¿casualidad? Uno de los momentos más hilarantes de Amanece, que no es poco, se produce cuando el guardia civil Saza abronca al escritor argentino por haber osado ¡plagiar a William Faulkner! Con la devoción que sienten por Faulkner en ese pequeño pueblo de Albacete.

William Faulkner recibió el Nobel de Literatura en 1949.

En 1949 nació Haruki Murakami, cuya tristeza del runner o del escritor dejará de sentir en 2019, 25 años después del último Nobel japonés, Kenzaburo Oé. «A por ellos, Haruki, oé, a por ellos, oé, oé».

Queda dicho.

 

 

Frases de cine para usar en el trabajo (II)

Continuación de: Frases de cine para usar en el trabajo (I).

No quiero terminar como Lester Burnham en ese fenomenal arranque de American Beauty, cuando le vemos despertarse pesadamente para ir al trabajo, con una desgana absoluta, y le escuchamos:

En cierto modo, ya estoy muerto.

Después de disfrutar de «el mejor momento del día» en la ducha, acude en coche medio adormilado mientras su voz en off nos cuenta que:

He perdido algo. No estoy muy seguro de lo que es,

pero sé que no siempre me he sentido tan apático.

La motivación, como anuncié al final de la primera parte de esta recopilación de citas. Las ganas de levantarse cada mañana, cuya falta puede convertir tu rutina diaria en un infierno si no le pones remedio. El bueno de Lester parece encontrarlo cuando manda todo al carajo y presenta a su superior un escrito con la descripción de su trabajo, algo que desde ese ente casi siempre invisible llamado la Dirección habían solicitado a la plantilla porque había que acometer «ajustes»:

Habré visto esta escena un millón de veces y me sigo riendo como la primera vez. Me la sé de memoria, aunque espero no necesitarla nunca:

Mi trabajo consiste básicamente en ocultar mi desprecio por los cerdos de Dirección, y al menos una vez al día meterme en el lavabo para cascármela, mientras sueño con vivir una vida que no se parezca tanto al infierno.

Como dije en una entrada hace eones, Lester Burnham no es un ejemplo a seguir, ni lo pretende, pero lo que me interesa de su filosofía aplicada al mundo laboral (y a su vida personal) son sus ganas de recuperar ese «algo» que dice haber perdido. Y cada uno busca ese «algo» por lo que levantarse cada mañana de una manera diferente. Lester opta por algo radical:

Quiero la menor cantidad posible de responsabilidad.

El dinero es secundario, hablamos de otra cosa, de recuperar una vida, la motivación, las ganas de levantarse por la mañana ya sea para hacer deporte, ir al trabajo o retozar con tu mujer. A Lester le da igual la pasta, y eso es lo que me gusta de él. En cierto modo, su impulso es el mismo que siente Jerry Maguire / Tom Cruise cuando se pone a escribir su declaración de objetivos bajo el título Las cosas que pensamos y no decimos:

Odiaba mi lugar en el mundo (…) Habíamos olvidado lo que era importante (…) De repente, todo estaba muy claro. La respuesta era menos clientes, menos dinero. Más atención (…) Empezar nuestra vida de verdad (…) Era el yo que siempre había querido ser.

El empleado de la copistería donde lleva la declaración para imprimir las ciento diez copias que le costarán el despido le suelta mi frase favorita de la película:

Así es como uno se hace grande, con un par de pelotas.


Eso intento cada día en el curro, no olvidar quién soy o cuáles son mis principios. Con un par. Y sin embargo, la frase que todo el mundo recuerda de esta peli es la que suelta el personaje interpretado por Cuba Gooding Jr., mucho más acorde con este mercado laboral tan competitivo:

¡Enséñame la pasta! / Show me the money!

El dinero y la responsabilidad deberían ir parejos, aunque cada vez conozco más casos de gente que quieren lo primero (y el poder asociado) sin tener que soportar lo segundo sobre sus espaldas. A ellos va dedicada la cita de Ben Parker, el tío de Spiderman, aunque la frase original estuviera en un discurso de Franklin Delano Roosevelt:

Un gran poder conlleva una gran responsabilidad.

No todos los jefes lo asumen. Hace años hice un curso que utilizaba imágenes del deporte y escenas de cine para hablar de motivación en el trabajo, dirección de equipos, gestión de los recursos, etcétera. Hoy a todo esto se le llama coaching, que vende más. Recuerdo escenas de Profesor Holland, de El indomable Will Hunting, de un partido de Mourinho con el Oporto, y una muy conocida sobre esa clase de jefes despreciables que solo buscan su bonus importándoles un carajo su equipo. Es el famoso discurso de Alec Baldwin en Glengarry Glen Ross, basada en la obra de teatro del mismo título de David Mamet:

La buena noticia es que están despedidos. La mala es que tienen solo una semana para recuperar sus puestos, a contar desde esta noche.

Bueno, es otra forma de motivar, las amenazas y los insultos en los que se regodea el HdP de Mr. Fuck-off Alec Baldwin son un cohete en el culo para el equipo de vendedores. Reconozco que me he congraciado con este actor después de haberle odiado durante años por este papel y por ser el afortunado que se quedó con nuestro icono sexual ochentero Kim Basinger. Y curiosamente el mayor de los Baldwin ha recuperado mi afecto por dos papeles chorras paródicos: el de Torrente 5 y su parodia de Donald Trump en televisión, que le ha hecho ganar un Emmy recientemente.

Merece la pena buscar vídeos en YouTube de su caracterización del POTUS más peligroso desde George W. Bush.

¿Ves este reloj? Este reloj vale más que tu coche.

El año pasado gané 970.000 dólares, ¿cuánto ganaste tú?

Jefe tóxico, nocivo sin duda, pero hay otro detalle cachondo en el vídeo de Glengarry Glen Ross, ¿os habéis fijado quién es el segundo de Baldwin? Esa ladilla rastrera que parece asentir a cada insulto de Baldwin es Kevin Spacey, ¡joder, Lester Burnham! ¿Qué pasó con ese «tipo corriente sin nada que perder»? ¡Al final se salió del curro para encontrar otro en el que ganara más sin importarle tener que putear a sus compañeros!

Les desearía buena suerte, pero no sabrían qué hacer con ella.

Con esa evolución, no debe extrañarme que Lester Spacey o Kevin Burnham, vendido a la pasta, terminara siendo otro jefazo repulsivo en la divertida comedia Cómo acabar con tu jefe:

 Has trabajado duro para conseguir ese ascenso, pero no sé si puedo confiar en ti.

Finalmente, tras varias humillaciones a su abnegado colaborador Nick (Jason Bateman), le niega el ascenso para quedarse él con los dos salarios, con el actual y con el del puesto vacante, y aprovecha para ampliar su despacho ante el asombro de Nick:

– Hace meses que insinúa que habría un ascenso para mí y he estado trabajando duro para conseguirlo. ¿Me ha estado mintiendo?

– ¿Mintiendo? No, Nick, ¡motivando! Todos formamos parte del mismo equipo.

El equipo. La motivación. Dos de los mantras de los que tanto se habla en el trabajo, pero que tanto cuesta conseguir. Charles Chaplin en El gran dictador lo tenía claro:

No quiero que mis trabajadores estén descontentos. Fusiladlos a todos.

Al Capone, en la soberbia interpretación de Robert de Niro en Los intocables de Elliot Ness, tenía claro que el equipo tenía que funcionar sin fisuras. No estaban permitidos los errores ni los individualismos. Y utiliza la metáfora del deporte. El béisbol:

Un hombre está de pie en el puesto meta. ¿Qué está a punto de conseguir? Va a conseguir una proeza individual. Está allí de pie, solo. ¿Pero en el campo, qué es? Forma parte de un gran equipo. Mira, lanza, batea, corre. Pero es parte de un equipo. (…) Si su equipo no le ayuda, ¿qué pasa? (…) Jamás ganará el partido, a menos que el equipo le ayude.

Así que en este repaso veo distintos modos de motivar, algunos éticamente reprochables y legalmente dudosos, como el miedo, el insulto o la humillación. Pero otros son lícitos, aunque como decía al principio, no deberían ser los principales, como el dinero. El amiguete Josean dice haber conocido a tipos que se creen como El lobo de Wall Street, a los que definió como «lobos de las finanzas», tipos que compran los discursos de Leonardo di Caprio o Gordon Gekko (Wall Street):

Dinero, lujos, objetos caros, esa es la motivación de este equipo de trabajo:

 Mis putos guerreros que no colgarán el teléfono hasta que su cliente compre ¡o muera! (…) Sed feroces, sed despiadados. Sois unos putos terroristas telefónicos.

Cuando cumplí 26 años ya era el jefe de mi propia firma de inversiones. Gané 49 millones de dólares, lo que me molestó porque me faltaron 3 para ganar un millón a la semana.

Trabaja hasta que tu cuenta bancaria luzca como un número telefónico.

Habrá quien le valga, pero yo sinceramente prefiero otras cosas. Tiempo, libertad para hacer lo que me plazca, tranquilidad.

Lo mismo que anhela Lester Burnham, cuando «todo era diversión y jodienda«.

Despreocuparse por las cosas materiales, como Tyler Durden (El club de la lucha), porque «lo que posees, acabarás poseyéndote«. Porque «cuando lo has perdido todo, es cuando eres libre de verdad». «No sois vuestra cuenta corriente, no sois el coche que tenéis, no sois el contenido de vuestra cartera, no sois vuestros pantalones».

La sencillez de las cosas que pueden provocar una sonrisa o un momento de felicidad con los amigos, como le ocurre a Andy Dufresne (Cadena perpetua): «Todo lo que pido son tres cervezas para cada uno de mis colegas… Pienso que un hombre trabajando al sol se siente más hombre si puede tener una botella de cerveza«. «Creo que es la clase de emoción que solo puede sentir un hombre libre«, piensa su amigo Red (Morgan Freeman) cuando se ve fuera de la cárcel por primera vez en cuarenta años.

Tener esperanzas, como el Viggo Mortensen de Captain Fantastic parafraseando a su idolatrado Noam Chomsky: “Si asumes que no hay esperanza, entonces garantizas que no habrá esperanza. Si asumes que hay un instinto de libertad, que hay oportunidades para cambiar las cosas, entonces, quizá, puedas contribuir a hacer un mundo mejor«.

«La libertad y la simple belleza son demasiado buenas para dejarlas pasar«, nos recuerda Chris McCandless, el protagonista de Hacia rutas salvajes, «La libertad siempre nos fascina, la asociamos en la mente con el escape de las obligaciones, la ley y la opresión«. Escapar de las obligaciones,… No parece sencillo. Claro que la propuesta de este joven que lo deja todo para vivir su aventura personal en Alaska es demasiado radical, y hay frases de la película que bien podría pronunciarlas cualquier personaje de Los lunes al sol: «No quiero saber qué hora es. No quiero saber qué día es ni dónde estoy. Nada de eso importa«.

Y ya que hablo de discursos motivadores sobre la libertad, hay pocos como el de Braveheart antes de saltar al campo de batalla:

Puede que nos quiten la vida, pero jamás nos quitarán ¡la libertad!

Así te sientes capaz de hacer cualquier cosa, cuando luchas por tu ideal. Sé que me he ido un poco del tema, «frases que usar en el trabajo», así que voy a terminar con dos citas que utilizo con cierta frecuencia. Una, de Óscar Wilde, válida para hacerme una idea sobre todas aquellas personas que conoces en el trabajo a lo largo de años:

La primera impresión es siempre la buena, sobre todo cuando es mala.

Y dos, como no podía ser de otro modo, cierro con el inimitable Groucho y la frase con la que siempre «triunfo» en las cenas de empresa:

¿Llamas a esto una fiesta? La cerveza está caliente y las mujeres frías.

Frases de cine para usar en el trabajo (I)

«Estoy a media hora de allí, llegaré en diez minutos».

Con esta frase del señor Lobo, Harvey Keitel en Pulp Fiction, terminaba mi última entrada, aquella en la que trataba de encontrar a mi conductor favorito del mundo del cine. Me di cuenta de que esta frase tan «tarantiniana», genial en su simpleza, la usaba con frecuencia en el día a día, especialmente en el trabajo en una época en la que la puntualidad no era la mayor de mis virtudes. Sabía que iba a quedar mal igualmente, por impuntual, pero soltaba la frase y al menos arrancaba una sonrisa del que me sufría:

– Este cabroncete es un impresentable, pero tiene su gracia.

Me doy cuenta de que, como no podía ser de otro modo, he incorporado varias frases de cine en mi rutina diaria, y no debo de ser el único que las usa, porque ya he asistido a varios cursos o jornadas en las que los ponentes insertan algún guiño cinematográfico que no todo el mundo entiende. Recuerdo a un tipo que empezó su presentación con Leonardo di Caprio y Kate Winslet acaramelados en la proa del Titanic como metáfora de una economía que se iba directa contra un iceberg mientras sus pasajeros bailaban, se emborrachaban, enamoraban o no se enteraban de nada. Hubo otro que terminó su exposición con sus datos personales de contacto y para definir su trabajo de consultoría utilizó algo parecido a esta imagen:

Y es que pensándolo bien, ¿quién no quiere un señor Lobo en su organización? Un tipo que llegue en los momentos de crisis, se presente con una sonrisa y te diga:

Soy el señor Lobo. Soluciono problemas.

Ese mismo tipo es el que hace falta para rebajar la euforia tras un momento de éxito colectivo en el que la plantilla piensa más en la celebración que en el curro:

Caballeros, no empecemos a chuparnos las pollas todavía.

Habrá quien le resulte soez o grosera, pero esta frase tan «tarantiniana» es de las que más veces he escuchado en el trabajo, muy útil para poner los pies en la tierra y no dejarnos llevar por una alegría momentánea. Incluso Antón Losada la utilizó en un artículo para lo mismo sobre una supuesta salida de la crisis.

Lo cierto es que yo soy más de Groucho Marx, sobre todo cada vez que se aprueba una nueva normativa incomprensible y suelto en voz alta:

¡Hasta un niño de cuatro años podría comprenderlo!

(Por lo bajo) Búsqueme a un niño de cuatro años, a mí me suena a chino.

Groucho y sus frases valen para todo, para hablar de cosas tan distintas como el amor, el sexo o el matrimonio, para bromear sobre las mujeres y la familia, la austeridad y las deudas, o para explicarnos los secretos del éxito en el proceloso mundo de los negocios:

El secreto del éxito es la honestidad.

Si puedes evitarla, está hecho.

Groucho era puro sarcasmo, pero sus frases estaban repletas de verdad, como desgraciadamente esta que vincula el éxito a la falta de honestidad. Una pena, porque lo cierto es que en este sentido yo siempre he sido mucho más de Frank Capra y sus películas sobre los buenos sentimientos y la integridad (Vive como quieras, ¡Qué bello es vivir!, Juan Nadie o Caballero sin espada). De esta última película son los célebres monólogos de James Stewart defendiendo apasionadamente la democracia y atacando la corrupción que le rodea en el Congreso. Ojalá vieran esta peli nuestros representantes con cierta frecuencia, toda una maravilla en la que el bueno de Stewart está a punto de tirar la toalla varias veces:

Las causas perdidas son las únicas por las que merece la pena luchar.

En ocasiones el mundo de los negocios se parece más a las películas de Francis Ford Coppola sobre la famiglia Corleone, El Padrino. Lo tiene todo porque Todo estaba en El Padrino: la descripción del «negocio» y el reparto, el mantenimiento de la empresa familiar en la cima, las alianzas empresariales, la importancia de contar con los favores políticos, la jerarquía en la institución, el modo de comportarse en las reuniones,… Todo. La revista Forbes seleccionó 14 frases de la película (aunque el artículo hable de 15) como ineludibles para emprendedores:

  1. Le haré una oferta que no podrá rechazar.
  2. No es nada personal, solo negocios.
  3. El hombre más rico es el que tiene los amigos más poderosos.
  4. Nunca odies a tus enemigos: eso no te permite juzgarlos.
  5. El poder agota a los que no lo tienen.
  6. Mantén la boca cerrada y los ojos abiertos.
  7. Un hombre que no pasa tiempo con su familia, no puede ser considerado un hombre de verdad.
  8. Toda mi vida he estado luchando por no ser una marioneta movida por los hilos de los poderosos.
  9. Nunca seas agresivo. Razona tus problemas. La gente desconocida no debe saber lo que piensas.
  10. Mantén cerca a tus amigos, pero aún más cerca a tus enemigos.
  11. Quiero que utilices todo tu poder, toda tu habilidad.
  12. Cada hombre tiene su propio destino.
  13. Hablas de venganza. ¿Va la venganza a devolverle a su hijo?
  14. Dinero y amistad,… Agua y aceite.

Esta selección me parece discutible, pues aunque recoge varias de las mejores frases de la película, echo en falta otras, como:

Es un insulto a mi inteligencia.

Algún día, y puede que ese día nunca llegue, acudiré a ti y tendrás que servirme,… pero hasta entonces acepta mi ayuda en recuerdo de la boda de mi hija.

Los intereses de mis hijos son mis propios intereses.

(Muy aplicable a todas esas grandes dinastías empresariales)

Le daremos el treinta por ciento del negocio y usted solo tendrá que poner a los políticos que tiene metidos en el bolsillo.

¿Qué he hecho yo para que me trates con tan poco respeto?

Los Corleone, Tarantino, Groucho, grandes creadores de frases y aforismos para el día a día, mucho más acertados que el buenismo de Mr. Wonderful tan de moda y que vemos en tantas tazas en una oficina. Marsellus Wallace (Pulp Fiction) suelta un speech sobre sus «negocios» que podría ser aplicable a empresas que consideramos legales:

Este negocio está lleno hasta los topes de cabrones poco realistas, hijos de puta que creían que sus culos iban a envejecer como el vino. El orgullo solo hace daño. No te ayuda jamás.

Groucho definió como nadie la política, y, aunque la frase tenga cincuenta o sesenta años, creo que, viendo el panorama actual, acertó de lleno en la definición:

La política es el arte de buscar problemas, encontrarlos en todas partes, diagnosticarlos incorrectamente y aplicar los remedios equivocados.

También describió perfectamente el comportamiento de algunos, de esos que preferimos que permanezcan callados, porque:

Es mejor estar callado y parecer tonto,

que abrir la boca y despejar las dudas definitivamente.

Y por supuesto, siempre que me toca leer un contrato ilegible redactado por abogados retorcidos de minutas colosales, recurro ante mis compañeros al socorrido éxito «marxiano»:

La parte contratante de la primera parte será considerada

como la parte contratante de la primera parte.

Esta frase es conocida por casi todo el mundo, pero estoy convencido de que muchos ignoran el origen de algunas de las citas cinematográficas que utilizo en la rutina diaria. A veces, cuando al acabar una jornada agotadora algún compañero/a me suelta «mañana será otro día» con voz lastimera, me dan ganas de decirles que menudos quejicas son, que parecen la puñetera señorita Escarlata después de perder a sus padres, vivir la Guerra de Secesión, sufrir un aborto y ver cómo su amado Ashley se va con la tontorrona de Melania, la mujer con la voz doblada más espantosa de la Historia del cine.

Lo mismo vale para el «Más madera» (Los Hermanos Marx en el Oeste), «Alégrame el día» (Harry, el Sucio), «Nadie es perfecto» (Con faldas y a lo loco), o la sabiduría milenaria del Yoda, que suelto cuando alguien me contesta que va a intentar resolver algún marrón:

Hazlo, o no lo hagas. Pero no lo intentes.

El trabajo diario es duro y poco gratificante en ocasiones, y estas pequeñas bromas me ayudan a llevarlo mejor. No quiero acabar como Tyler Durden (El club de la lucha) y su filosofía o su modo de pensar:

Tenemos empleos que odiamos para comprar mierda que no necesitamos.

Por este motivo, en la segunda parte hablaré de la motivación en el trabajo, y la ayuda que el cine nos puede prestar en ocasiones, si no para motivarnos, sí al menos para reírnos de determinadas situaciones.

Como diría Arnold Terminator:

Volveré.

My favourite driver, por Travis

Lo último que he ido a ver al cine este verano ha sido la inclasificable Baby driver, una entretenida película de atracos, persecuciones y personajes tarados, con una agradable historia de amor en su trama entre el baby driver del título y la camarera del típico café mugriento norteamericano. Escrita y dirigida por Edgar Wright, está protagonizada por los desconocidos Ansel Elgort y Lily James, y cuenta con unos secundarios de lujo: Jamie Foxx, Jon Hamm y el siempre estupendo Kevin Spacey.

No voy a hacer spoiler, pero según mi modo de ver el cine, Baby driver falla donde tantas pelis americanas recientes: en la necesidad de matar catorce veces al malo. Atropellado, golpeado, disparado, arrojado al vacío, sangrando, con ocho costillas rotas y la cabeza abierta,… Quizás solo el T-1000 sea más resistente a la muerte.

Después de ver esta ensalada de acelerones y tiros, solo podía plantearme escribir sobre dos cosas: las mejores bandas sonoras de películas o los mejores conductores del cine. Y como no me gustan las listas con su ranking o clasificación ascendente, descarto hablar de las bandas sonoras, que darían para escribir varias entradas seguidas, distinguiendo entre las que aportan temas nuevos, piezas clásicas o las que, como Baby driver, recogen una enorme y magnífica recopilación de temazos de varias décadas (Pulp Fiction, Casino, Forrest Gump,…). La música juega un papel fundamental en los atracos y está perfectamente encajada en la trama: Queen, Blur, Simon and Garfunkel, The Commodores, T-Rex, Beck, Sam & Dave, ¡The Beach Boys!,… La recomiendo.

Así que en lugar de hablar de la música, voy a tratar de localizar a my favourite driver del mundo del cine. Por su pericia, destreza y sabia elección de la música, Baby driver estaría en la relación de los mejores, pero hay muchos más. En esa lista no voy a considerar a los plomizos de Fast and Furious (Vin Diesel y el malogrado Paul Walker, entre muchos otros), ni al Nicholas Cage de 60 segundos, ni al mejor repartidor en todos los sentidos, Jason Transporter Statham, porque estas películas me aburren soberanamente y para entrar en mi lista de conductores favoritos, hay que tener otro tipo de virtudes. Con ellos al volante sé que sería cuestión de tiempo que me estampara contra un muro o contra un tren de mercancías.

Para virtudes al volante las de Travis Bickle, por ejemplo, el conductor tranquilo de Taxi driver al que he usurpado el nombre. Un tipo educado con la clientela, paciente, que sabe escuchar,… hasta que se le cruzan los cables y decide hacer de justiciero de la noche. Pero lo cierto es que destaca más por su improvisación frente al espejo o sus discursos sobre la lluvia purificadora que por su habilidad al volante, y yo estoy buscando a un conductor de pelotas, de los que te agarran al sofá y no te dejan levantarte ni aunque en tu vejiga se concentren veinte atmósferas de presión.

Como Steve McQueen, por ejemplo. No solo era un gran actor, con papeles como el inolvidable Hilts de la «neverra» de La gran evasión, sino un notable piloto tanto de motos como de coches. Representó a Estados Unidos en carreras de Enduro y fue segundo en la general de las 12 horas de Sebring, en coches. Le encantaba conducir y quizás por eso en un momento dado de su carrera se prodigó en personajes que tenían que ponerse tras el volante o el manillar de una moto: La huida, Le Mans o El caso de Thomas Crown. Su persecución de Bullitt por las calles y las cuestas de San Francisco al volante de un Ford Mustang del 68 es tan mítica como los saltos en moto de La gran evasión. Que se frustrara su huida es el momento que más lamento de toda la película de John Sturges.

Steve McQueen no fue el único gran actor metido a piloto en sus horas libres. James Garner llegó a participar en las 500 Millas de Indianápolis, lo que sin duda le vino muy bien para su papel en Grand Prix. Paul Newman estuvo más de 30 años compitiendo en carreras de todo tipo, logrando meritorios puestos como el segundo en las 24 Horas de Le Mans o la victoria junto a su equipo (¡a los 70 años de edad!) en las 24 Horas de Daytona.

En esa misma carrera compitió Gene Hackman, aunque no recuerdo su habilidad al volante en el cine mucho más allá de las escenas de French Connection, película dirigida por un artista de las persecuciones de coches por mitad de la ciudad, John Frankenheimer. Este mismo director filmó años después otras grandes secuencias de persecuciones en Ronin, con un tipo sospechosamente parecido a un envejecido Travis Bickle, un tal Sam interpretado por Robert de Niro con cara de estreñido en cada curva forzada.

Recordemos que en todas estas escenas de películas es fundamental que los coches en un momento dado se suban a la acera, tiren un puesto de flores o de fruta, estén a punto de atropellar a varios peatones y sí o sí, tienen que evitar un autobús o un camión que sin embargo no podrán evitar los coches de policía que les persiguen con la sirena a todo meter.

Me he ido un poco del tema al hablar de actores que se metían a pilotos, pero si hablamos de pilotos interpretados por actores, tengo que reconocer que me gusta más el talento natural de James Hunt/Chris Hemsworth (y su atractivo para las mujeres) que la meticulosidad obsesiva de Niki Lauda/Daniel Brühl en Rush. Aunque si hablamos de profesionales de la Fórmula 1, mi favorito siempre fue el brasileño Ayrton Senna (muy recomendable el documental Senna, en el que se aprecia cómo la FIA lo intentaba todo para que Alain Prost lograra el título en los mundiales).

Entonces, tras todo este rollo, ¿en qué quedamos, cuál es my favourite driver? Hay dos que no tuvieron nombre en sus respectivas películas, y en los títulos de crédito aparecieron como tal: Driver, conductor. Me refiero a Ryan O’Neal en Driver y a Ryan Gosling en Drive. Los dos conducen de cojones por sitios terriblemente complicados, pero el primer Ryan me hartó bastante con la cursilería de Love Story, y con el segundo tengo un problema: es buen actor, con presencia y buenos papeles casi siempre, pero es taaan guapo, tiene esos planos taaaan favorecedores, que el tío lo sabe y trata de lucirse en cada fotograma, «mira qué sensual soy, qué miraditas echo, cómo me muerdo el labio». Me volvió a pasar con La La Land, y eso que la película me encantó.

 

¿En manos de quién me pondría para que me sacara de un apuro o me llevara a algún sitio fuera de peligro? Cualquiera de los Bond James Bond, 007 con licencia para matar podría valer, igual que un figura similar en versión actualizada como es Jason Bourne, que conduce un Mini Cooper como casi nadie por las calles de París. Pero casi prefiero ponerme en manos de Arnold Schwarzenegger en plan Terminator, que lo mismo te lleva en moto, que en coche, camión, furgón policial o en helicóptero, y todo ello mientras no deja de disparar tiros a diestro y siniestro. Y te suelta las frases justas, ni una más. «Hasta luego, baby», aquí traducida como «Sayonara, baby». 

Claro que si busco la compañía ideal para un largo viaje, y antes de que el colectivo femenista se me eche al cuello por no haber incluido mujeres en esta lista, les diré que he dejado lo mejor, ¡a ellas!, para el final. De ahí que el título de esta entrada no quisiera dar pistas y hablara en todo momento del favourite driver, y no de la conductora favorita en cuyas manos me pondría sin dudarlo (en todos los sentidos).

Podía pensar en las chicas de Death Proof, pero me aburrí tanto con la peli de Tarantino (un lunar casi irrelevante en estos 25 años de carrera) que ni siquiera su habilidad al volante o su conocimiento de los coches sesenteros me animarían. Quizás sus juegos suicidas sobre el capó,… no, definitivamente no.

Quizás la Sandra Bullock conductora de autobuses en Speed, pero como dije ya en la primera entrada de cine de este blog, la Bullock estaría sin duda en mi lista de actrices odiosas cuyo personaje quiero que muera durante el metraje, así que tampoco. Me encanta la estupenda Linda Hamilton, Sarah Connor forever, durísima superviviente en las dos primeras entregas de Terminator, una bestia parda que muestra tanta habilidad al volante como en el manejo de armas, pero sigo queriendo algo más.

A ese «algo más» se acerca Angelina Jolie, por su sensualidad y su modo de conducir, no tanto en 60 segundos ni en la ridícula Sr. & Sra. Smith, sino en ese disparate que es por momentos Wanted (Se busca). La escena de la Jolie embutida en un vestido blanco disparando boca abajo sobre el capó de un Víper rojo es una fantasmada muy divertida de principio a fin. ¡Quién quiere verosimilitud cuando se puede contemplar esa simbiosis de curvas tan perfecta!

Se acerca, pero no llega a la ganadora del título de My favourite driver, el título del post. Hasta aquí he hablado de todo un poco, de curvas, de coches rojos, de pericia y derrapes, de habilidad al volante, de la sensualidad y el Mini Cooper,… Charlize Theron, no podía ser otra. The Italian Job:

Incluso tengo su número de teléfono en esa película. Habrá quien le cueste creerlo, pero es el mismo de Lester Burnham en American Beauty. Comprobadlo. ¿Que por qué lo sé? Por sus innumerables mensajes a la manera de El Lobo de Pulp Fiction, otro experto conductor:

– Estoy a media hora de tu casa. Llegaré en diez minutos.

Título letal, por Travis

  • ¿Y cómo dices que se titula esta película?
  • Curdled. Hace referencia a algo así como «Coagulada».
  • Qué asco, no es comercial, recuerda a una compresa, ¿de qué va?
  • De una mujer obsesionada con la muerte y los asesinatos, que se pone a trabajar en una empresa que se dedica a limpiar de sangre y restos los escenarios del crimen.
  • ¡Lo tengo, tío! ¡Tú asesina, que nosotras limpiamos la sangre!
  • ¡Lo petamos, tronko!

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Taxistas, esos incomprendidos cabroncetes en vías de extinción, por Travis

La semana pasada estuve en el cine viendo El caso Sloane, interesantísima película sobre el mundo de los lobbys estadounidenses y la corrupción profesionalizada de la clase política de ese país. Fantástica Jessica Chastain, diálogos afilados y certeros (demasiado perfectos en ocasiones para sonar «reales»), grandes secundarios en una trama con juicio y subtramas paralelas,… en definitiva, muy recomendable.

Pero me cuesta hablar de una película reciente sin destripar demasiado su argumento, así que me centraré en un aspecto menor de la misma que me llamó la atención. La protagonista, que no conduce ni tiene coche propio, se maneja utilizando (aunque no lo cuente de modo explícito) la plataforma Uber. Sigue leyendo

Escenas de cine «semanasantero» que no son las que esperabas encontrar, por Travis

No sé si son los guionistas o los productores americanos, pero alguien debería decirles que conviene que se asesoren antes de cometer tropelías como la de Misión imposible 2, en cuyo inicio, durante la Semana Santa sevillana, Anthony Hopkins y Tom Cruise contemplan con estupor esa mezcla de procesiones y fallas, con gente vestida de sanfermines entre el público, y el primero pronuncia una frase que pertenece a la antología del disparate cinematográfico: Sigue leyendo

El guardián invisible y los guardianes (visibles) de la moral, por Travis

En las últimas semanas he recibido por distintos lados un mensaje para boicotear la película El guardián invisible, estrenada el pasado 3 de marzo. Supongo que todos estáis al tanto de la polémica, pero aun así extraigo un corte del mensaje: Sigue leyendo

La La La porra de los Óscar 2017 (Travis)

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Seguramente a muchos ni les va ni les viene, y la mayoría apenas habrá visto un par de películas candidatas, pero es tal la promoción que hace el cine americano de sus obras y sus premios que cuando llegan los Óscar nos encanta hacer nuestra apuesta, nuestras quinielas particulares o un grupo de WhatsApp llamado «La Porra de los Óscar». Pues aquí no íbamos a ser menos, separando la apuesta «racional» (la que los periódicos nos dicen que tiene todas las papeletas) de la emocional, audaz o sin sentido. La denominaré «la apuesta chorra». Sigue leyendo