Frases de cine para usar en el trabajo (I)

«Estoy a media hora de allí, llegaré en diez minutos».

Con esta frase del señor Lobo, Harvey Keitel en Pulp Fiction, terminaba mi última entrada, aquella en la que trataba de encontrar a mi conductor favorito del mundo del cine. Me di cuenta de que esta frase tan «tarantiniana», genial en su simpleza, la usaba con frecuencia en el día a día, especialmente en el trabajo en una época en la que la puntualidad no era la mayor de mis virtudes. Sabía que iba a quedar mal igualmente, por impuntual, pero soltaba la frase y al menos arrancaba una sonrisa del que me sufría:

– Este cabroncete es un impresentable, pero tiene su gracia.

Me doy cuenta de que, como no podía ser de otro modo, he incorporado varias frases de cine en mi rutina diaria, y no debo de ser el único que las usa, porque ya he asistido a varios cursos o jornadas en las que los ponentes insertan algún guiño cinematográfico que no todo el mundo entiende. Recuerdo a un tipo que empezó su presentación con Leonardo di Caprio y Kate Winslet acaramelados en la proa del Titanic como metáfora de una economía que se iba directa contra un iceberg mientras sus pasajeros bailaban, se emborrachaban, enamoraban o no se enteraban de nada. Hubo otro que terminó su exposición con sus datos personales de contacto y para definir su trabajo de consultoría utilizó algo parecido a esta imagen:

Y es que pensándolo bien, ¿quién no quiere un señor Lobo en su organización? Un tipo que llegue en los momentos de crisis, se presente con una sonrisa y te diga:

Soy el señor Lobo. Soluciono problemas.

Ese mismo tipo es el que hace falta para rebajar la euforia tras un momento de éxito colectivo en el que la plantilla piensa más en la celebración que en el curro:

Caballeros, no empecemos a chuparnos las pollas todavía.

Habrá quien le resulte soez o grosera, pero esta frase tan «tarantiniana» es de las que más veces he escuchado en el trabajo, muy útil para poner los pies en la tierra y no dejarnos llevar por una alegría momentánea. Incluso Antón Losada la utilizó en un artículo para lo mismo sobre una supuesta salida de la crisis.

Lo cierto es que yo soy más de Groucho Marx, sobre todo cada vez que se aprueba una nueva normativa incomprensible y suelto en voz alta:

¡Hasta un niño de cuatro años podría comprenderlo!

(Por lo bajo) Búsqueme a un niño de cuatro años, a mí me suena a chino.

Groucho y sus frases valen para todo, para hablar de cosas tan distintas como el amor, el sexo o el matrimonio, para bromear sobre las mujeres y la familia, la austeridad y las deudas, o para explicarnos los secretos del éxito en el proceloso mundo de los negocios:

El secreto del éxito es la honestidad.

Si puedes evitarla, está hecho.

Groucho era puro sarcasmo, pero sus frases estaban repletas de verdad, como desgraciadamente esta que vincula el éxito a la falta de honestidad. Una pena, porque lo cierto es que en este sentido yo siempre he sido mucho más de Frank Capra y sus películas sobre los buenos sentimientos y la integridad (Vive como quieras, ¡Qué bello es vivir!, Juan Nadie o Caballero sin espada). De esta última película son los célebres monólogos de James Stewart defendiendo apasionadamente la democracia y atacando la corrupción que le rodea en el Congreso. Ojalá vieran esta peli nuestros representantes con cierta frecuencia, toda una maravilla en la que el bueno de Stewart está a punto de tirar la toalla varias veces:

Las causas perdidas son las únicas por las que merece la pena luchar.

En ocasiones el mundo de los negocios se parece más a las películas de Francis Ford Coppola sobre la famiglia Corleone, El Padrino. Lo tiene todo porque Todo estaba en El Padrino: la descripción del «negocio» y el reparto, el mantenimiento de la empresa familiar en la cima, las alianzas empresariales, la importancia de contar con los favores políticos, la jerarquía en la institución, el modo de comportarse en las reuniones,… Todo. La revista Forbes seleccionó 14 frases de la película (aunque el artículo hable de 15) como ineludibles para emprendedores:

  1. Le haré una oferta que no podrá rechazar.
  2. No es nada personal, solo negocios.
  3. El hombre más rico es el que tiene los amigos más poderosos.
  4. Nunca odies a tus enemigos: eso no te permite juzgarlos.
  5. El poder agota a los que no lo tienen.
  6. Mantén la boca cerrada y los ojos abiertos.
  7. Un hombre que no pasa tiempo con su familia, no puede ser considerado un hombre de verdad.
  8. Toda mi vida he estado luchando por no ser una marioneta movida por los hilos de los poderosos.
  9. Nunca seas agresivo. Razona tus problemas. La gente desconocida no debe saber lo que piensas.
  10. Mantén cerca a tus amigos, pero aún más cerca a tus enemigos.
  11. Quiero que utilices todo tu poder, toda tu habilidad.
  12. Cada hombre tiene su propio destino.
  13. Hablas de venganza. ¿Va la venganza a devolverle a su hijo?
  14. Dinero y amistad,… Agua y aceite.

Esta selección me parece discutible, pues aunque recoge varias de las mejores frases de la película, echo en falta otras, como:

Es un insulto a mi inteligencia.

Algún día, y puede que ese día nunca llegue, acudiré a ti y tendrás que servirme,… pero hasta entonces acepta mi ayuda en recuerdo de la boda de mi hija.

Los intereses de mis hijos son mis propios intereses.

(Muy aplicable a todas esas grandes dinastías empresariales)

Le daremos el treinta por ciento del negocio y usted solo tendrá que poner a los políticos que tiene metidos en el bolsillo.

¿Qué he hecho yo para que me trates con tan poco respeto?

Los Corleone, Tarantino, Groucho, grandes creadores de frases y aforismos para el día a día, mucho más acertados que el buenismo de Mr. Wonderful tan de moda y que vemos en tantas tazas en una oficina. Marsellus Wallace (Pulp Fiction) suelta un speech sobre sus «negocios» que podría ser aplicable a empresas que consideramos legales:

Este negocio está lleno hasta los topes de cabrones poco realistas, hijos de puta que creían que sus culos iban a envejecer como el vino. El orgullo solo hace daño. No te ayuda jamás.

Groucho definió como nadie la política, y, aunque la frase tenga cincuenta o sesenta años, creo que, viendo el panorama actual, acertó de lleno en la definición:

La política es el arte de buscar problemas, encontrarlos en todas partes, diagnosticarlos incorrectamente y aplicar los remedios equivocados.

También describió perfectamente el comportamiento de algunos, de esos que preferimos que permanezcan callados, porque:

Es mejor estar callado y parecer tonto,

que abrir la boca y despejar las dudas definitivamente.

Y por supuesto, siempre que me toca leer un contrato ilegible redactado por abogados retorcidos de minutas colosales, recurro ante mis compañeros al socorrido éxito «marxiano»:

La parte contratante de la primera parte será considerada

como la parte contratante de la primera parte.

Esta frase es conocida por casi todo el mundo, pero estoy convencido de que muchos ignoran el origen de algunas de las citas cinematográficas que utilizo en la rutina diaria. A veces, cuando al acabar una jornada agotadora algún compañero/a me suelta «mañana será otro día» con voz lastimera, me dan ganas de decirles que menudos quejicas son, que parecen la puñetera señorita Escarlata después de perder a sus padres, vivir la Guerra de Secesión, sufrir un aborto y ver cómo su amado Ashley se va con la tontorrona de Melania, la mujer con la voz doblada más espantosa de la Historia del cine.

Lo mismo vale para el «Más madera» (Los Hermanos Marx en el Oeste), «Alégrame el día» (Harry, el Sucio), «Nadie es perfecto» (Con faldas y a lo loco), o la sabiduría milenaria del Yoda, que suelto cuando alguien me contesta que va a intentar resolver algún marrón:

Hazlo, o no lo hagas. Pero no lo intentes.

El trabajo diario es duro y poco gratificante en ocasiones, y estas pequeñas bromas me ayudan a llevarlo mejor. No quiero acabar como Tyler Durden (El club de la lucha) y su filosofía o su modo de pensar:

Tenemos empleos que odiamos para comprar mierda que no necesitamos.

Por este motivo, en la segunda parte hablaré de la motivación en el trabajo, y la ayuda que el cine nos puede prestar en ocasiones, si no para motivarnos, sí al menos para reírnos de determinadas situaciones.

Como diría Arnold Terminator:

Volveré.

Sin debate sobre Piqué y la selección: FUERA YA, por Barney

Ha vuelto a ocurrir. Otra convocatoria de la selección y en lugar de hablar de la importancia de los partidos, de la cercanía a la clasificación para el Mundial o de la búsqueda de un estilo de juego para el equipo de Lopetegui, se habla del central del Barça, Gerard Piqué, y la esperada pitada en el Bernabéu. Una pitada más, como la que hubo en León, como la de Alicante, o como la de casi todos los campos que visita el 3 del Barça siempre que viste la Roja. Sigue leyendo

Por la sonrisa de un niño, por Lester

 

Ayer terminamos nuestras dos semanas de voluntariado en el Hogar Teresa de los Andes, en Cotoca, cerca de Santa Cruz de la Sierra (Bolivia). Uf, agotador, gratificante, indescriptible, no encuentro los adjetivos. Terrible y maravilloso a la vez. ¿Qué puedo decir, qué cuento resumidamente para no escribir un post interminable? ¿Mereció la pena? ¿Lo recomiendas a otras personas, a otras familias? ¿Repetiremos? ¿Volveremos a ver a los chicos, al personal que allí se desvive por ellos?

Me cuesta mucho contar todo lo que hemos pasado en estas dos semanas, como ya expliqué nada más aterrizar en Un mar de sensaciones. La despedida fue muy emotiva porque recibimos muestras de cariño de los cuidadores, los profesores, el personal del centro y por supuesto, de los chicos. No de todos, evidentemente, porque no oculto que a algunos de los chicos no pude encontrarles en estas dos semanas las habilidades especiales de las que presume el Hogar, o al menos, cualquier capacidad de comunicación o interacción con ellos.

Los casos que uno encuentra en el Hogar son terribles, como puedes leer en sus historiales. Como los hermanos David y José María, hijos de una mujer con problemas mentales víctima de malos tratos y abusos sexuales por parte de su pareja. Aunque resulte cruel decirlo, ahora son dos pequeños salvajes veinteañeros cuyas camas son en realidad jaulas. Como Kevina, ciega de nacimiento, con retraso psicomotor, autismo, y abandonada por sus padres a los cuatro meses de edad. Como Jesús, quien, según sus padres, no tenía discapacidad alguna hasta que se les cayó al río con ocho meses de edad y tiene una parálisis cerebral infantil agravada con síndrome convulsivo. No habla, no se mueve mucho más que las convulsiones de su cuerpo y no hace nada por sí mismo.

Como todos los adultos del pabellón azul, a los que no he visto cambiar de expresión en todo este tiempo. Deberían estar en un centro especializado, atendidos por profesionales, y no en este hogar que muchos definimos como «admirable» porque se ocupa de unos casos que no le corresponden, y lo hace con su mayor voluntad, con sus mejores intenciones, y porque de no hacerlo, estos chicos estarían de nuevo en la situación de abandono que ya pasaron con sus familias y los servicios sociales carentes de recursos.

Hay que conocer el Hogar Teresa de los Andes para entenderlo, y aun habiendo convivido allí dos semanas, me cuesta comprender su existencia. Tanto, como que subsista a base de muestras de solidaridad de particulares, del apoyo de la ONG Ayuda en Acción, de los Hermanos de la Divina Providencia, o del trabajo de voluntarios como los excepcionales muchachos del Colegio Amor de Dios, de La Paz. Para siempre ya, mis amigos «los paceños».

El día previo a nuestra fiesta de despedida falleció un chico del centro. Pablo, 18 años de edad. «Afortunadamente» no le conocía, porque llevaba ingresado en el hospital varias semanas. Llevé el féretro a la capilla con otros compañeros y me quedé pensando en el tipo de vida que había llevado este joven, con una discapacidad intelectual severa, abandonado por sus padres, no atendido por los servicios sociales, y aquí al menos, atendido hasta su temprana muerte. ¡Joder, ¿cómo se pueden permitir estas cosas?! ¿Cómo falla todo el sistema, del primer al último eslabón? Lo que hizo el Hogar fue mantenerle al menos atendido, alimentado, aunque el tiempo ha demostrado que no fue suficiente ese esfuerzo.

Pero lo mismo que trato de racionalizar algunas de las cosas que he vivido, reconozco que he tenido momentos estupendos con los chicos que más he llegado a tratar. El miedo inicial a darles de comer, a superar el asco que podía suponer en ocasiones, la angustia de no saber cómo tratarlos al principio, todo eso lo superamos con creces, y mi mujer y mis hijos me dieron una lección ejemplar. Tiraron de mí más aún de lo que yo intentaba tirar de ellos. Y en ese transcurso de los días, nació el cariño hacia muchos de ellos, surgieron las bromas que no por repetidas provocaban menos carcajadas.

Con Marcelo bromeaba sobre mi reloj o sobre las fotos, con Ariel sobre sus múltiples novias, con Alejandra o Paulina chocábamos las manos de un modo que se perfeccionaba a diario, o con Pepe tenía emocionantes conversaciones pese a que es sordomudo. Enrique me daba conversación sobre otros voluntarios, me pedía que le pusiera música o que le enseñara las fotos del móvil.

Guardaré para siempre esos momentos, porque ves que con muy poco eres capaz de conseguir mucho. Sonará cursi, pero nada hay más valioso que la sonrisa de un niño, y solo por los cientos de sonrisas que hemos recogido, la experiencia ha valido la pena. O por ver pintar a Paúl, con problemas de motricidad en ambas manos, del cual me llevo un cuadro que lucirá en breve en mi salón.

Hicimos lo que pudimos para alegrar los días que compartimos con ellos, desde excursiones a Cotoca hasta talleres de zumba (mi hija, a mí no me veréis en esas), o una estupenda degustación de cocina española preparada por el inigualable equipo femenino de voluntarias (mi mujer, mi hija, la Bea del Valle del Kas y la Bea/Olga). Me dijo una de las cuidadoras que habíamos traído alegría a los pabellones, y yo creo que ellas lo agradecieron tanto como los jóvenes a los que sacamos de su rutina.

El último día vivimos una jornada especial. El Hogar celebra desde hace años unas olimpiadas especiales, una competición para los chicos del centro, que luego se extiende a otros centros con muchachos con discapacidades intelectuales. Pasé algunos días ayudando en los entrenamientos y el día de la competición resultó divertido y gratificante a la vez, con unos jóvenes que no competían contra sus rivales, sino contra los problemas físicos que la naturaleza les dejó.

Sus caras de satisfacción en el podio no tienen precio. Me sorprendió ver a tanta gente volcada en el evento, como los profesores con la decoración, los colegios invitados, público, y el resto de chicos del centro animando a sus compañeros. Por todos estos momentos la experiencia mereció la pena.

Al igual que el colegio Amor de Dios, de La Paz, quisimos pintar un mural en una de las paredes del centro para dejar una huella de nuestro paso por allí. El lema escogido por el equipo de voluntarios no pudo ser más acertado: Dibujando sonrisas. En el vídeo que emitimos con los mejores momentos pasados en el Hogar no se veía otra cosa. Chicos sonriendo a pesar de todas las dificultades a las que se han tenido que enfrentar y se van a tener que seguir enfrentando.

No soy quién para recomendar esta experiencia a nadie, que cada cual se mire a sí mismo y se diga si es capaz de enfrentarse a algunas situaciones que parten el alma a cualquiera. ¿Repetiremos? Sinceramente, no lo sé. Creo que el centro necesita otra cosa que el esfuerzo voluntarioso de unas personas que le pueden dedicar un par de semanas, que siempre es bienvenido pero es insuficiente. Requiere mucha financiación, la contratación de personal especializado en numerosas áreas, como la médica o la fisioterapia, por ejemplo, y quizás la mejor ayuda pueda venir desde la distancia, dando a conocer el proyecto o implicando a empresas como Sacyr (Una gota de agua).

¿Volveremos a vernos? Seguro que sí. No puede romperse el lazo que se ha creado con los chicos, ni con el personal del centro, no quiero mencionarlos porque seguro que se me olvidan muchos, (Rossy, Jorge, Mario, Carolina, Rosario, Ludwig, Carmela, y todos los demás sin excepción, gracias por aguantarnos).

En algún momento de mi vida volveré a ver las sonrisas de esos niños.

 

Leer sentencias en los tiempos del tuit (2 de 2), por Josean

Parece que lo único que importa es ser el primero y da igual el rigor de la información suministrada. Ya hace tiempo que dejamos de preguntarnos por las tres fuentes contrastadas para dar determinada información que luego se demuestra falsa o, al menos, incompleta. Se junta la necesidad de lanzar el titular en el medio digital de turno, o crear el hashtag que se convierta en trending topic, con el interés por manipular. Y en este innoble arte de la manipulación tenemos auténticos expertos en todas las casas. Sigue leyendo

Un mar de sensaciones, por Lester

No sé por dónde empezar. No sé ni cómo explicar mis sensaciones. Después del primer día en el Hogar Teresa de los Andes, tengo una mezcla de sentimientos de todo tipo, sentimientos encontrados, unos que me llenan y otros que me asustan.

Lástima, por qué no decirlo, lástima por esos niños mayores atrapados en un cuerpo que sigue creciendo, al contrario que sus mentes que se anclaron en una edad temprana. Sé que no debería sentirlo por varios de ellos, como Pepe, Nicolás, Paul o mi nuevo amigo Reinaldo, chicos de veinte, treinta o cuarenta años con unas sonrisas enormes, porque a lo mejor son ellos los que sienten lástima por tanto infeliz como hay en el mundo pese a tener de todo. Cada uno tiene una habilidad especial, como la pintura en el caso de Paul, el baile y el sentido del ritmo en Reinaldo, o la resistencia de ese corredor de fondo que es Nicolás (“Nicolasito, llámame Nicolasito”, como me dice), resistencia que le hizo merecedor de una medalla de oro en los campeonatos olímpicos especiales que se celebraron en Irlanda en 2012.

No siento lástima, sino una profunda rabia por la situación de los chicos de los pabellones Azul, Marrón y San Camilo, chicos que deberían estar atendidos en una institución especializada y sin embargo se encuentran aquí porque al abandono de sus familias se unió el del gobierno boliviano. El Hogar no está preparado para atender tantos casos, muchos de ellos de discapacidades múltiples, de un grado muy severo que a primera vista impacta. Y a segunda, tercera,… El coste de la medicación, del mantenimiento de los distintos pabellones, de todo el personal empleado es muy elevado, y el centro no da más de sí.

Siento una profunda admiración por lo que se ha conseguido crear en el Hogar, y la palabra “hogar” es importante porque no es solo una residencia, un hospital, un colegio o un centro ocupacional, sino un centro en el que se da cariño a los residentes, niños abandonados en su día en las calles o en el campo, jóvenes y adultos ahora que aquí han encontrado un lugar en el que tener una vida, y un hogar en el que lucir esas maravillosas sonrisas.

El Hogar fue fundado hace más de treinta años por los Hermanos de la Divina Providencia, y desde hace catorce cuenta con el apoyo fundamental de la ONG española Ayuda en Acción, que fue a través de quienes llegamos a conocer el proyecto. Siento admiración por el Hermano Fausto, director del centro, colombiano, quien nos explicó cómo se las arregla y el encaje de bolillos mensual que tiene que hacer para atender todas las necesidades.

“Y cuando no se llega a todo, la prioridad son los chicos”. Admiración por el animoso Hermano Ludwig, siempre dispuesto a atender nuestras necesidades, y admiración por todo el equipo de trabajadores de Ayuda en Acción, con agradecimiento especial a Carolina, Elvy y Rosario.

Me siento abrumado ante tanto trabajo por hacer. ¿Por dónde empiezo? ¿De qué modo puedo ayudar? ¿De verdad puedo ayudar? Mi primer día me veía superado, como si fuéramos más un estorbo que un apoyo. Me quedé un largo rato en la cama pensando en ello, en si no sería mejor apoyar en la distancia y dejar esta difícil tarea en manos de profesionales, pero eso sería como tirar la toalla y en cierto modo abandonar también a estos chicos. La impotencia me agobió.  “A veces solo necesitan cariño”, nos dijeron los trabajadores del centro.

Cariño, otro sentimiento que va creciendo en nosotros. Una vez superados los recelos iniciales, te pones a hablar con ellos, por difíciles que sean algunas conversaciones, haces alguna manualidad o algún juego con ellos, les das de comer y les arrancas una sonrisa con algo tan simple como un cronómetro o un selfi. Nada más. Sus sonrisas llenan la pantalla. Sé que no vamos a coger cariño a algunos de ellos, casos duros y poco gratificantes, nada estimulantes para sus cuidadores, pero a otros no tengo la más mínima duda de que no los vamos a olvidar.

Estoy acabando el segundo día y comienzo a superar la angustia del primero. Y una vez que superas esa angustia y ves que eres capaz, que somos capaces, que mi familia se ha integrado como auténticos campeones en la sorprendente rutina del centro, siento un enorme orgullo por tener la familia que tengo. Las incomodidades de la residencia de voluntarios han sido para ellos como una vuelta a la casa del pueblo a la que no hemos podido ir los últimos veranos. “Un baño para siete, bah, qué más da, no hay wi-fi, podemos vivir sin ella, fregar a mano los cacharros, ¡yo lo hago!, cuidado no bebáis agua del grifo, los bichos son como las arañas de la vieja casa de la Abuela, la limpieza no es la del hotel de Nueva York, pero nos apañamos”.

Y así todo, y observo sorprendido que esa privación de comodidades provoca otro sentimiento positivo, la felicidad que produce una conversación repleta de paz interior con los hermanos del Hogar o con los trabajadores de Ayuda en Acción, gente volcada en sacar adelante este proyecto casi imposible. Esa sensación es contagiosa y hace que las charlas con las dos personas a las que acabas de conocer (las estupendas Beas, las otras voluntarias de esta experiencia) las conviertan de modo casi inmediato en amigas «de toda la vida».

No recuerdo quién dijo que el nacionalismo se curaba viajando, pues yo creo que la estupidez también. El agilipollamiento colectivo que tenemos en occidente que nos lleva a preocuparnos por cosas irrelevantes se te cura visitando lugares como el Hogar Teresa de los Andes. Uno viene a un sitio como este, en el que vemos cómo se puede hacer tanto con tan pocos medios, y de golpe se te
quitan las ganas de quejarte. No solo eso, sino que además eres consciente (una vez más, al menos en mi caso) de la inmensa fortuna que tienes por haber nacido en un sitio privilegiado con una familia que siempre te quiso y te cuidó, y no en otro en el que los errores durante el embarazo o el parto, o la imposibilidad de acceder a determinadas vacunas o medicamentos te condenan de por vida.

Estoy/estamos estupendamente, familia y amigos.

Leer sentencias en los tiempos del tuit (1 de 2), por Josean

Parece mentira que en estos tiempos en los que tenemos más información que nunca al alcance de un clic, mucha más de la que somos capaces de leer y procesar, en cualquier medio, en cualquier soporte, en cuestión de segundos, en una pantalla en la palma de la mano, parece mentira, decía, que estemos más desinformados que nunca. Desde luego mucho más que una o dos décadas atrás.

Y el problema seguramente sea nuestro porque anteponemos la inmediatez a la veracidad de la información. No se contrasta nada, se difunde todo con un solo clic, por Whatsapp, por Facebook, por Twitter, y así, a poco que nos descuidemos, nos dejamos colar cualquier cosa, como la de ese falso enfermo terminal de cáncer, Paco Sanz, «el hombre de los 2.000 tumores«, detenido por estafa, apropiación indebida y blanqueo de capitales, un tipo que lo más que hizo para acreditar su enfermedad fue depilarse la cabeza y las cejas.

O el enorme montaje de Fernando Blanco, el padre de esa niña llamada Nadia a la que llevaba a curar a unas cuevas de Afganistán porque ningún médico de occidente era capaz de enfrentarse a la enfermedad de la pequeña. 150.000 euros recaudados en cuatro días, y a poco que algún medio rascó un poco se encontró todo un historial de mentiras, «inexactitudes y extractos verdaderamente fantasiosos«. Pero antes de desmontar este inmenso fraude, que algunos cifran en un millón de euros, numerosos famosos se sumaron a su difusión con una rapidez inaudita (el famoso hashtag directo al corazón de la gente, #UnaGranHistoriaDeAmor).

¿Las nuevas tecnologías nos han vuelto definitivamente gilipollas? ¿O será que los manipuladores han encontrado un enorme campo abonado para aunar voluntades a sus montajes? Me inclino por esto segundo. Las nuevas tecnologías te permiten acceder a una enorme cantidad de información, pero por otro lado todo fluye tan veloz que cuesta separar el polvo de la paja y en ocasiones resulta imposible realizar un análisis racional (y sosegado) de cualquier asunto.

El problema que veo es que se tiende a convertir esas opiniones manipuladas (públicas o publicadas, según la definición de Felipe González), esos trending topic, en verdades absolutas irrebatibles, en estados de opinión de los que parece que no te puedes salir (hace poco hablaba de este asunto respecto a las marchas del Orgullo). Y se está pretendiendo manipular algo tan serio como las sentencias o las resoluciones judiciales. Porque en este estado de la manipulación son muy pocos los que leen más allá de un tuit, y porque todos nos permitimos el lujo de opinar sobre cualquier asunto, aunque no tengamos los conocimientos precisos para hacerlo.

Tenemos un caso desde hace semanas en todos los medios, del que nos actualizan prácticamente a diario los datos conocidos: el caso de Juana Rivas. Reconozco que la primera vez que escuché una noticia sobre el asunto pensé: «qué barbaridad, entregar a unos niños a un padre maltratador, ¿qué clase de justicia es esta?» Por si alguien tiene dudas, todo mi desprecio hacia los maltratadores, sean del género que sean, y desde luego las mayores condenas hacia todos ellos, pero en este caso reconozco que me asaltaron las dudas: ¿lo que nos estaban contando era realmente así?

El hashtag #JuanaEstáEnMiCasa sucedió al #YoSoyJuanaRivas y el martilleo constante en los medios me hizo tratar de entender el caso. Luego descubres que tres tribunales, ¡tres!, han dado ya la razón al padre, el italiano Francesco Arcuri, frente a la madre, y empiezas a pensar que a lo mejor no todo lo que has escuchado es cierto. A lo mejor no hubo una paliza brutal, como ha declarado la madre. Y a lo mejor la Madre Coraje no es tan buena, ni el padre tan villano. Aunque Twitter ya haya dictado sentencia, yo me quedo con los tribunales.

Entendí mejor el caso tras leer la explicación de María José Bultó, abogada especialista en Derecho de Familia, Penal y Menores. Resulta que la famosa condena por maltrato del año 2009 aplica los artículos 153.2 y 153.3, es decir, agresiones que pueden ser verbales o incluso físicas (basta un agarrón, un leve empujón) que no causan lesiones. Y no solo eso, sino que Juana Rivas y su marido se denunciaron mutuamente tras una fuerte discusión de pareja. Cuando la madre interpone la segunda denuncia por maltrato, en julio de 2016 (después de haber rehecho su vida con el italiano y haber tenido otro hijo en 2012) y en España (el dato es relevante), ya se había llevado a los niños del domicilio familiar en mayo, luego lo que se juzga es un caso de secuestro internacional de menores. Se aplica el Convenio de La Haya sobre sustracción de menores, no el número de retuiteos de un hashtag.

No pretendo hablar del caso en sí, que seguro que es mucho más complicado de lo que soy capaz de explicar en estos párrafos, sino del bombardeo mediático y la politización de casi cualquier asunto. La explicación de María José Bultó comienza por el lamento del abogado defensor de Francesco Arcuri y «el estupor paralizante que siente cuando algo que pertenece al campo del Derecho se convierte -sin sustento alguno- en un circo mediático».

El tiempo suele poner a cada uno en su sitio y ya empiezo a leer artículos cada vez más en contra de la actitud de Juana, sin duda mal asesorada desde el inicio del caso. A Elisa Beni (y no creo que sea una persona sospechosa de simpatizar con el maltrato y la violencia machista) se le ocurrió escribir el artículo Juana no está en mi casa, en el que decía que «pretender que la solución a los problemas de Juana puede darse en algún otro ámbito es falso, desestabilizador y peligroso«, y me parece que a eso estamos llegando.

Fue contestada en ese mismo medio por dos miembros (¿miembras?) de Podemos, Beatriz Gimeno e Isa Serra, con un artículo de opinión cuyo título daba miedo: «Juana y el derecho de las mujeres a la desobediencia«. Sustituyamos mujeres por cualquier otro colectivo, no sé, musulmanes, fachas, controladores aéreos, el que quieran, y a ver qué pensábamos del texto. Para qué tener tribunales si con la opinión publicada en Twitter es suficiente. Y en un tuit, aunque solo tenga 140 caracteres, se dicen muchas barbaridades.

Yo me sigo quedando con los tribunales de justicia y con los profesionales del Derecho, aunque a veces me cueste entender algunas sentencias. En este mismo foro mostré mi perplejidad con la resolución del «caso Ciempozuelos» (Coño, es un pato), pero dije que habría que aceptarla, porque en este sistema que hemos convenido los delitos hay que probarlos, y existe la presunción de inocencia. También en lo referido a la violencia de género.

Ese defecto tan español de no leer afecta a la mayoría de los ciudadanos, presidente Rajoy a la cabeza, y en el caso de las sentencias creo que se multiplica de modo exponencial. Demasiado farragoso, quizás. Rajoy llegó a decir cuando le preguntaron por el caso de Juana Rivas: «Hay que ser conscientes de lo que le ha ocurrido a la mujer. Ha sido agredida dos [sic] veces. A las personas conviene comprenderlas y luego está todo lo demás«.

Rajoy en estado puro. Confundiéndolo todo, o como dijo Arcadi Espada: «Sería terrible que el presidente del Gobierno empezara a parecerse a esos histéricos que, sin ninguna grave preocupación en la vida, emprenden causas dictadas por el aburrimiento, el oportunismo y la frivolidad«. Porque esto es lo que parece que finalmente ha ocurrido, que se va a convertir este caso, manipulado por diferentes medios y grupos, repleto de falsedades y medias verdades, en un debate público sobre el maltrato, la custodia de menores y el posicionamiento de cada uno de los partidos ante el espinoso asunto. El caso pertenece ya a los medios y no a la Justicia, y no quiero ni imaginar la que se va a montar el día que aparezca Juana Rivas, se la lleven a comisaría y entreguen a sus hijos a ese padre con el que, según dos tribunales, no corren ningún peligro.

En la segunda parte hablaré de varios casos curiosos que son los que inicialmente motivaron este post, pero el tsunami de Juana Rivas ha sido tan exagerado que no he podido abstraerme del mismo. Quizás haya sido arrasado por la fuerza de Twitter.

 

 

My favourite driver, por Travis

Lo último que he ido a ver al cine este verano ha sido la inclasificable Baby driver, una entretenida película de atracos, persecuciones y personajes tarados, con una agradable historia de amor en su trama entre el baby driver del título y la camarera del típico café mugriento norteamericano. Escrita y dirigida por Edgar Wright, está protagonizada por los desconocidos Ansel Elgort y Lily James, y cuenta con unos secundarios de lujo: Jamie Foxx, Jon Hamm y el siempre estupendo Kevin Spacey.

No voy a hacer spoiler, pero según mi modo de ver el cine, Baby driver falla donde tantas pelis americanas recientes: en la necesidad de matar catorce veces al malo. Atropellado, golpeado, disparado, arrojado al vacío, sangrando, con ocho costillas rotas y la cabeza abierta,… Quizás solo el T-1000 sea más resistente a la muerte.

Después de ver esta ensalada de acelerones y tiros, solo podía plantearme escribir sobre dos cosas: las mejores bandas sonoras de películas o los mejores conductores del cine. Y como no me gustan las listas con su ranking o clasificación ascendente, descarto hablar de las bandas sonoras, que darían para escribir varias entradas seguidas, distinguiendo entre las que aportan temas nuevos, piezas clásicas o las que, como Baby driver, recogen una enorme y magnífica recopilación de temazos de varias décadas (Pulp Fiction, Casino, Forrest Gump,…). La música juega un papel fundamental en los atracos y está perfectamente encajada en la trama: Queen, Blur, Simon and Garfunkel, The Commodores, T-Rex, Beck, Sam & Dave, ¡The Beach Boys!,… La recomiendo.

Así que en lugar de hablar de la música, voy a tratar de localizar a my favourite driver del mundo del cine. Por su pericia, destreza y sabia elección de la música, Baby driver estaría en la relación de los mejores, pero hay muchos más. En esa lista no voy a considerar a los plomizos de Fast and Furious (Vin Diesel y el malogrado Paul Walker, entre muchos otros), ni al Nicholas Cage de 60 segundos, ni al mejor repartidor en todos los sentidos, Jason Transporter Statham, porque estas películas me aburren soberanamente y para entrar en mi lista de conductores favoritos, hay que tener otro tipo de virtudes. Con ellos al volante sé que sería cuestión de tiempo que me estampara contra un muro o contra un tren de mercancías.

Para virtudes al volante las de Travis Bickle, por ejemplo, el conductor tranquilo de Taxi driver al que he usurpado el nombre. Un tipo educado con la clientela, paciente, que sabe escuchar,… hasta que se le cruzan los cables y decide hacer de justiciero de la noche. Pero lo cierto es que destaca más por su improvisación frente al espejo o sus discursos sobre la lluvia purificadora que por su habilidad al volante, y yo estoy buscando a un conductor de pelotas, de los que te agarran al sofá y no te dejan levantarte ni aunque en tu vejiga se concentren veinte atmósferas de presión.

Como Steve McQueen, por ejemplo. No solo era un gran actor, con papeles como el inolvidable Hilts de la «neverra» de La gran evasión, sino un notable piloto tanto de motos como de coches. Representó a Estados Unidos en carreras de Enduro y fue segundo en la general de las 12 horas de Sebring, en coches. Le encantaba conducir y quizás por eso en un momento dado de su carrera se prodigó en personajes que tenían que ponerse tras el volante o el manillar de una moto: La huida, Le Mans o El caso de Thomas Crown. Su persecución de Bullitt por las calles y las cuestas de San Francisco al volante de un Ford Mustang del 68 es tan mítica como los saltos en moto de La gran evasión. Que se frustrara su huida es el momento que más lamento de toda la película de John Sturges.

Steve McQueen no fue el único gran actor metido a piloto en sus horas libres. James Garner llegó a participar en las 500 Millas de Indianápolis, lo que sin duda le vino muy bien para su papel en Grand Prix. Paul Newman estuvo más de 30 años compitiendo en carreras de todo tipo, logrando meritorios puestos como el segundo en las 24 Horas de Le Mans o la victoria junto a su equipo (¡a los 70 años de edad!) en las 24 Horas de Daytona.

En esa misma carrera compitió Gene Hackman, aunque no recuerdo su habilidad al volante en el cine mucho más allá de las escenas de French Connection, película dirigida por un artista de las persecuciones de coches por mitad de la ciudad, John Frankenheimer. Este mismo director filmó años después otras grandes secuencias de persecuciones en Ronin, con un tipo sospechosamente parecido a un envejecido Travis Bickle, un tal Sam interpretado por Robert de Niro con cara de estreñido en cada curva forzada.

Recordemos que en todas estas escenas de películas es fundamental que los coches en un momento dado se suban a la acera, tiren un puesto de flores o de fruta, estén a punto de atropellar a varios peatones y sí o sí, tienen que evitar un autobús o un camión que sin embargo no podrán evitar los coches de policía que les persiguen con la sirena a todo meter.

Me he ido un poco del tema al hablar de actores que se metían a pilotos, pero si hablamos de pilotos interpretados por actores, tengo que reconocer que me gusta más el talento natural de James Hunt/Chris Hemsworth (y su atractivo para las mujeres) que la meticulosidad obsesiva de Niki Lauda/Daniel Brühl en Rush. Aunque si hablamos de profesionales de la Fórmula 1, mi favorito siempre fue el brasileño Ayrton Senna (muy recomendable el documental Senna, en el que se aprecia cómo la FIA lo intentaba todo para que Alain Prost lograra el título en los mundiales).

Entonces, tras todo este rollo, ¿en qué quedamos, cuál es my favourite driver? Hay dos que no tuvieron nombre en sus respectivas películas, y en los títulos de crédito aparecieron como tal: Driver, conductor. Me refiero a Ryan O’Neal en Driver y a Ryan Gosling en Drive. Los dos conducen de cojones por sitios terriblemente complicados, pero el primer Ryan me hartó bastante con la cursilería de Love Story, y con el segundo tengo un problema: es buen actor, con presencia y buenos papeles casi siempre, pero es taaan guapo, tiene esos planos taaaan favorecedores, que el tío lo sabe y trata de lucirse en cada fotograma, «mira qué sensual soy, qué miraditas echo, cómo me muerdo el labio». Me volvió a pasar con La La Land, y eso que la película me encantó.

 

¿En manos de quién me pondría para que me sacara de un apuro o me llevara a algún sitio fuera de peligro? Cualquiera de los Bond James Bond, 007 con licencia para matar podría valer, igual que un figura similar en versión actualizada como es Jason Bourne, que conduce un Mini Cooper como casi nadie por las calles de París. Pero casi prefiero ponerme en manos de Arnold Schwarzenegger en plan Terminator, que lo mismo te lleva en moto, que en coche, camión, furgón policial o en helicóptero, y todo ello mientras no deja de disparar tiros a diestro y siniestro. Y te suelta las frases justas, ni una más. «Hasta luego, baby», aquí traducida como «Sayonara, baby». 

Claro que si busco la compañía ideal para un largo viaje, y antes de que el colectivo femenista se me eche al cuello por no haber incluido mujeres en esta lista, les diré que he dejado lo mejor, ¡a ellas!, para el final. De ahí que el título de esta entrada no quisiera dar pistas y hablara en todo momento del favourite driver, y no de la conductora favorita en cuyas manos me pondría sin dudarlo (en todos los sentidos).

Podía pensar en las chicas de Death Proof, pero me aburrí tanto con la peli de Tarantino (un lunar casi irrelevante en estos 25 años de carrera) que ni siquiera su habilidad al volante o su conocimiento de los coches sesenteros me animarían. Quizás sus juegos suicidas sobre el capó,… no, definitivamente no.

Quizás la Sandra Bullock conductora de autobuses en Speed, pero como dije ya en la primera entrada de cine de este blog, la Bullock estaría sin duda en mi lista de actrices odiosas cuyo personaje quiero que muera durante el metraje, así que tampoco. Me encanta la estupenda Linda Hamilton, Sarah Connor forever, durísima superviviente en las dos primeras entregas de Terminator, una bestia parda que muestra tanta habilidad al volante como en el manejo de armas, pero sigo queriendo algo más.

A ese «algo más» se acerca Angelina Jolie, por su sensualidad y su modo de conducir, no tanto en 60 segundos ni en la ridícula Sr. & Sra. Smith, sino en ese disparate que es por momentos Wanted (Se busca). La escena de la Jolie embutida en un vestido blanco disparando boca abajo sobre el capó de un Víper rojo es una fantasmada muy divertida de principio a fin. ¡Quién quiere verosimilitud cuando se puede contemplar esa simbiosis de curvas tan perfecta!

Se acerca, pero no llega a la ganadora del título de My favourite driver, el título del post. Hasta aquí he hablado de todo un poco, de curvas, de coches rojos, de pericia y derrapes, de habilidad al volante, de la sensualidad y el Mini Cooper,… Charlize Theron, no podía ser otra. The Italian Job:

Incluso tengo su número de teléfono en esa película. Habrá quien le cueste creerlo, pero es el mismo de Lester Burnham en American Beauty. Comprobadlo. ¿Que por qué lo sé? Por sus innumerables mensajes a la manera de El Lobo de Pulp Fiction, otro experto conductor:

– Estoy a media hora de tu casa. Llegaré en diez minutos.

Vacaciones en entredicho, por Josean

Con la crisis o debido a las consecuencias de la misma, los trabajadores hemos llegado a dar por buenas algunas medidas que nos hubieran parecido impensables hace apenas una década. Hemos aceptado que los sueldos no se incrementen, incluso los infrasueldos, hemos asumido que difícilmente nos va a llegar para una pensión digna el día de mañana, que no será a los 65 palos, nos han convencido (o pretendido) de que era positivo que se abaratara el despido o acabar con la negociación colectiva, y por supuesto, si alguno creyó en la implantación de la jornada de 35 horas, podemos darla por enterrada. Sigue leyendo

Mou y Pep (II): sus logros, por Barney

En el momento en que empiezo a escribir esta entrada, el ManU de Mou acaba de vencer 2 a 0 al City de Guardiola. Es un partido amistoso de pretemporada que a nadie debería interesar demasiado, y sin embargo, uno lee las redes y parece que jugaran el Madrid y el Barça, tal es la devoción y rechazo que despiertan sus entrenadores. Para sus detractores, uno siempre será Llourinho o Cagourinho por sus quejas y sus estrategias amarrateguis, y el otro será eternamente Guartrolas o Guardrolona, por su falsedad y sus coqueteos con sustancias prohibidas. Sigue leyendo

Mou y Pep (I): el villano y el niño perfecto, según Barney

En el barrio en el que vivía de pequeño, había dos hermanos que cualquiera diría que lo eran. Uno de ellos era el típico niño perfecto, ese que todo lo hacía bien y al que las madres, incluida la tuya, ponían de ejemplo y modelo a seguir. El otro era gamberro, un poco retorcido a veces, un «malote» de barrio, y el típico chico con el que tu madre no quería que te mezclaras demasiado.

Yo siempre me llevé mejor con el malote, para qué negarlo. Sigue leyendo