El VAR no funcionará, por Barney

El VAR no funcionará como ese sistema infalible que muchos esperan, no es la panacea que va a solucionar el problemón de los “errores” arbitrales del fútbol español. Esa es la opinión que tengo y que ya dejé en el post dedicado a los terribles tiempos del Villarato moribundo. La capacidad de los árbitros de influir en el resultado de un partido, y por acumulación, sobre los títulos, va mucho más allá de lo que se decide en unos pocos segundos a través de una pantalla y una serie de imágenes tomadas desde distintos ángulos.

Será una casualidad, pero VAR, que significa Video Assistant Referee, tiene las mismas iniciales de Villarato, Arminio y Roures, los tres grandes pilares sobre los que se han basado los triunfos culés en los últimos años en España. Sería injusto dejar esta frase así, el gran pilar ha sido Messi, como lo han sido en menor medida Xavi, Iniesta, Suárez o el falsísimo Pep, pero de lo que no cabe duda, y ningún culé puede negarlo, es del gran peso que ha tenido el terrible trío del VAR.

Comenzaré el análisis del VAR, una vez conteste a la típica cantinela de BAR que dice que “los madridistas, igual que el Barça, no os podéis quejar de los árbitros, que a los grandes os favorecen siempre”. Los dos grandes situados en un mismo plano que no hay análisis estadístico que lo soporte. Supongo que por eso de ser tratados «por igual» el Madrid lleva un penalti a favor en los últimos 26 partidos, mientras que el Barça lleva uno en contra en los últimos 95. Porque “nos tratan igual”, como se ve en los análisis de ilustres aficionados que cuelgan en las redes los estudios que no realizan los medios. Como el de Juan P. Frutos sobre el saldo arbitral desde 2004, o los de Maketo Lari:

Que el Madrid, siendo un equipo dominante y ofensivo, tenga un saldo negativo entre tarjetas rojas propias y rivales (-9) es un insulto a la inteligencia del aficionado. Y ya la comparación resulta obscena cuando compruebas que el saldo del Barça en ese apartado es de +70. Que la comparación con el Atleti también sea claramente desfavorable debería llevar a algún periodista a analizar cómo es posible ese hecho cuando los colchoneros tienen 500 faltas más que los madridistas (y ya no hablo de la dureza).

Desde hace casi treinta años, nada es casual en el fútbol español. Que ese supuesto favoritismo arbitral hacia “los grandes” se traduzca en los penaltis no pitados a favor del Madrid en sus partidos contra Atleti, Valencia, Alavés o Levante, o en los cuatro partidos en que el Barça ha empezado con un gol ilegal, deben de ser sin duda «hechos menores» que no pueden enturbiar la teoría antimadridista que tanto gusta en las televisiones nacionales.

El arbitraje va mucho más allá de lo que se puede decidir en segundos, bien directamente o bien a través del uso del VAR. La manipulación del arbitraje comienza con la designación de los colegiados que van a pitar cada partido, territorio exclusivo de Sánchez Arminio, el hombre de confianza de Villar, continúa con los comportamientos sibilinos y nada objetivos de algunos trencillas, y finaliza con el rearbitraje que se realiza en medios y tertulias futbolísticas. Estos medios, por lo general, omiten jugadas, ofrecen imágenes parciales, no muestran todos los ángulos y emiten opiniones que en muchas ocasiones resultan poco menos que ridículas, pero que sirven para extender la opinión de que “al Madrid se le ayuda”, o bien, “sí, ha sido un error a favor del Barça, pero es que ya se sabe que los grandes siempre parten con ventaja”.

Con V de Villarato

Lo que han demostrado las grabaciones del caso Soule es que Villar manejaba la Federación Española de Fútbol como su cortijo particular, comprando y pagando favores a los que le mantenían en el cargo. Con su fiel sirviente Juan Padrón como brazo ejecutor hasta su ruptura y con su hijo Gorka medrando para sucederle en el futuro.

No me sorprendió que Villar se opusiera hace algo más de un año a la implantación del VAR. A buen seguro temía que los arbitrajes tendenciosos y dirigidos quedaran al descubierto en numerosas ocasiones y perjudicaran a aquellos a los que les debe su puesto. Tampoco creo que el vicepresidente de la Federación, el ecuánime Joan Gaspart, el hombre que dijo sin que le temblara la voz que «perjudicaré deportivamente al Real Madrid hasta que me muera», fuera un firme defensor de la implantación de este sistema, cuando con el actual los suyos podían disfrutar de una temporada con 19 penaltis a favor y otras dos y media con apenas uno en contra.

Mientras las grandes ligas europeas lo demandaban y se ponía en funcionamiento, en España padecíamos los penaltis nunca pitados en los Clásicos (por esa nueva norma que dice que «es demasiado pronto para pitarlos»), o nos descojonábamos abiertamente con los que sí se pitaban en desplomes de Neymar o tropezones de Jordi Alba con el césped.

La primera vez que vimos funcionar el VAR en este país, durante el amistoso Francia-España, quedamos todos maravillados al ver cómo se rearbitraban dos jugadas con un resultado desfavorable para los locales: se anuló un gol francés que había subido al marcador, y se dio por válido el gol de Deulofeu que previamente había sido anulado.

“¡Qué maravilla!”, comentamos sobre el VAR en nuestra tertulia de auténticos expertos en todo, realizada, cómo no, en el BAR. Y sin embargo, una vez superada la expectación inicial, preveo que evitará algunas situaciones que actualmente se dan (por ejemplo, el gol del Barça contra el Málaga cuando el balón ha salido medio metro), pero en otras ocasiones va a ser fuente de más conflictos porque hay muchas jugadas no objetivas, en las que hay un amplio margen para la interpretación. No hay más que ver lo ocurrido hace un par de semanas con la jugada entre Casemiro e Inui. El jugador japonés del Éibar reconoció que no fue penalti, al igual que su entrenador, Mendilíbar, y sin embargo, una serie de medios mantenían que las imágenes eran claras: penalti y tarjeta para el madridista. Pues esto ocurrirá en los estadios, y todo ello mientras los aficionados revisarán las imágenes en sus móviles esperando que el árbitro valide o invalide una jugada a través de la pantalla. Y todos sabemos que los aficionados no somos objetivos. Ninguno. Que no se enciendan los ánimos en esos dos o tres minutos de indecisión (hasta seis llegaron a tardar en Italia).

Con A de Arminiato

Nada es casual, como decía. La propia designación de los árbitros para cada partido apesta. No hay disimulo.

– ¿Con qué árbitro no ha perdido nunca el Barça?

– Con Clos Gómez.

– Pues a la final de Copa.

– ¿Y si se lesiona?

– Pues de sustituto, al que está tomando su testigo, Hernández Hernández.

– ¿Quién se inventó dos penaltis de chiste en la última jornada contra el Éibar?

– El mismo Hernández al cuadrado.

– Pues que vuelva a pitar el mismo partido cuanto antes -por cierto, volvió a regalar un penalti a los blaugrana.

– Y ya de paso, que pite y perjudique al Madrid dos veces en las primeras 10 jornadas de liga (Levante y Girona).

«¡Pero es que a los grandes siempre les ayudan!», continúan algunos con su cansino mantra.

– ¿Con qué árbitro tiene el Madrid sus peores porcentajes de victorias? 

–  Con Fernández Borbalán.

– Pues el derby contra el Atleti puede ser un partido perfecto para él.

– ¡Qué gran idea! Además, ya les jodió contra el Valencia y le echó un cable al Barça en Getafe.

Algún día nos daremos cuenta de lo meritorio que fue ganar la Liga la temporada pasada. Villar y su fiel lacayo Sánchez Arminio, el hombre que reconoce que «el Madrid no cae muy bien en este estamento», debían estar que se subían por las paredes en mayo pasado, así que decidieron ir a saco desde el principio, quizás pensando en que las grabaciones del caso Soule iban a acabar con sus «brillantes» carreras, y tenían que poner toda la carne podrida en el asador.

VAR Sánchez Arminio

Las malas sensaciones que tuve para esta temporada comenzaron en el intento de atraco de la Supercopa. Y se han confirmado en las primeras jornadas de Liga, que además han coincidido con un pésimo momento de juego del equipo, y una bajísima forma de varios jugadores (Cristiano, Benzema, Marcelo, Carvajal).

El VAR podrá utilizarse en cuatro casos:

1. Goles: para anular o dar por válido algún gol en el que se haya podido cometer una infracción. Servirá para dar por válidos algunos como el del Barça al Betis en el Villamarín, o para anular otros como el de este año al Málaga, o el de Suárez en fuera de juego en el Clásico robo de la temporada pasada.

2. Penaltis: para decidir si se pita o no la falta (reglamento culé aparte). En algunos partidos puede haber media docena de jugadas dudosas. Y seamos sinceros, habría que mirar cada córner o cada balón colgado al área para ver esos abrazos de los defensas a los delanteros que, como dicen algunos comentaristas, «es penalti, pero yo no lo pitaría porque entonces habría que pitar seis o siete en cada partido».

3. Tarjetas rojas: los árbitros podrán revisar algunas jugadas para ver la gravedad de las entradas y calibrar la posible sanción o el color de la tarjeta. Si el sistema se utiliza de modo conveniente, Luis Suárez no llega al descanso en ningún partido. Aprovecho para recordar que el cXXXX uruguayo no ha sido expulsado ni una sola vez en la Liga española. En la holandesa, la inglesa y la selección sí lo ha sido, y posteriormente sancionado gravemente, pero aquí parece haber encontrado la impunidad que su carrera necesitaba.

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4. Confusión de identidades de jugadores: para evitar jugadas como la del famoso «Rafa, no me jodas».

Salvo el punto número 4, en los tres anteriores la subjetividad va a seguir siendo importante. Y como se ha sabido por las grabaciones de los últimos meses o por las declaraciones de ex árbitros como Pino Zamorano o Daudén Ibáñez, Sánchez Arminio decidía todo en el mundo del arbitraje: quién subía de categoría, quién descendía cada año, a quién se nombraba internacional,… Al índice corrector que puntuaba a los árbitros se le aplicaba luego lo que era conocido como «el dedo corrector» de Sánchez Arminio. Y los árbitros no eran puntuados del mismo modo según se confundieran en un sentido u otro. Muñiz Fernández fue castigado sin pitar varias semanas por su famoso error en Elche a favor del Madrid, pero no por el olvidado error en el Camp Nou a favor del Barça contra el Sevilla por las mismas fechas.

¿Será por esta razón que Hernández Hernández, tras su error en el Villamarín que perjudicó al Barça, se ha pasado descaradamente tres pueblos en sus intentos por demostrar que es un árbitro parcial y totalmente afín al régimen imperante? Al acabar la temporada 2016-17, el árbitro participó en un debate en Movistar con otros árbitros y ex árbitros, y se mostró muy apenado por aquel famoso error que había tenido lugar cinco meses atrás, pero sin embargo, no se mostró contrariado por los dos penaltis que regaló al Barça frente al Éibar apenas dos semanas antes. Tampoco le preguntó ningún periodista.

El Arminiato es un sistema controlado con puño de hierro, y solo así se entiende la vomitiva carta de apoyo que firmó todo el estamento arbitral a este dictadorzuelo de 75 años que ha conseguido rodearse de una cohorte de fieles que saben que le deben buena parte de su posición:

«Estamos orgullosos de tu trabajo, de cómo diriges al colectivo arbitral y de cómo nos tratas a todos y cada uno de nosotros. (…) El listón está muy alto (aquí risas, como vieron en la repesca del Italia-Suecia), y sigue creciendo gracias a ti.» Y concluye con un baboso: «Victoriano, TE QUEREMOS».

No recordaba un ejercicio de cinismo y lameculismo igual desde la canción que Víctor Manuel le dedicó al Caudillo en 1966, aquella de «Gracias le doy al gran hombre que supo alejar esa invasión que la senda venía a cambiar», y «No han de ocultar, hacia el hombre que trajo esta paz, su admiración».

 

Las diferencias de criterio son enormes en ocasiones. Todos vimos el patadón de Lucas a Sergio Ramos en el derby, que acabó con este sustituido y la nariz reventada. Pues bien, ni siquiera en los medios otrora madridistas tenían clara la influencia del árbitro en el resultado del partido. Para Andújar Oliver (Marca) no hubo nada. Para Iturralde (¡As!), Borbalán no estuvo mal, aunque podía haber estado mejor. Vamos, que influyó en el resultado, pero que tampoco es para tanto. Los peores árbitros copan los medios de comunicación.

También nos asustamos con la tremenda entrada de Savic a Kroos. Esto es lo que escribió cierto árbitro en un acta tras una entrada similar:

«En el minuto 86 el jugador (17) XXXX fue expulsado por el siguiente motivo: entrar con el pie en forma de plancha a la altura del tobillo de un contrario sin opción de jugar el balón, derribándole.»

Una jugada calcada a la del sábado, si bien el agredido en aquella ocasión fue Messi y eso lo cambia todo. Roja, sin VAR o con él. No es casual que el árbitro que expulsó a Ujfalusi en esa jugada y redactó este acta fuera el mismo Fernández Borbalán, el cual no tiene el mismo criterio cuando el que saca los tacos a pasear es Savic y el que recibe es uno del Madrid. El mismo Fernández Borbalán que expulsó a Bale la temporada pasada por un empujón leve a un rival.

Si alguien duda de que los criterios son diferentes para medir a los dos grandes del fútbol español, que compare el trato arbitral que recibe el criminal vestido de 9 Luis Suárez.

Con R de Roures

El tercer vértice del triángulo infernal del VAR es Jaume Roures, el exitoso empresario que controla los derechos del fútbol mientras compatibiliza sin problemas ser trotskista, millonario, independentista, íntimo de los dirigentes de la Federación Española, socio del Barça, patrocinador de Tebas, y lo más preocupante, dueño de la empresa que implantará el VAR en España.

Había dos empresas con interés por realizar la implantación del sistema en España: Mediapro y la portuguesa Hawk-Eye. La decisión fue tomada por LaLiga y la Federación. Supongo que el inmenso dineral aportado a La Liga por los socios de Roures en concepto de derechos de televisión unido a los intereses federativos de Villar, Gaspart y cía. hicieron que la decisión fuera sencilla de tomar.

El adoctrinamiento, perdón, la formación del VAR se realizará en Barcelona, en el edificio Imagina desde el que Mediapro recibe todas las señales de los partidos. Posteriormente se trasladará la central del VAR a las instalaciones de la Federación Española de Fútbol en Las Rozas. El Comité de Árbitros (Arminio) ha insistido en que es fundamental que todo el proceso esté controlado por la Federación (Villar), aunque las imágenes pasen previamente por Mediapro Barcelona (Roures).

Todo queda en casa. El comité de árbitros designado para estudiar el funcionamiento del VAR en otros países no puede ser más sospechoso: los ex árbitros López Nieto y Puentes Leira, los mismos que en su día se encargaban de la designación de árbitros para los partidos. Los mismos que en su día debieron echar una apuesta en el bar:

– No hay huevos de volver a poner a Iturralde en un Clásico.

– ¿Que no? Ahí lo tienes.

López Nieto era peor que un cólico, malo, muy malo. Puentes Leira tuvo una carrera nefasta como árbitro, si bien menos gente recuerda el daño que nos hizo antes cuando servidor todavía creía en la justicia en el deporte: fue el juez de línea en una de las ligas perdidas (o robadas) en Tenerife. Sí, el mismo que señaló fuera de juego en el gol de Milla (hubiera sido el 1-3), un fuera de juego que no era por dos metros, y entre él, García de Loza y las cagadas de Rocha, Buyo y Sanchís se nos escapó una liga que se había ganado justamente en el campo.

¿Tanto efecto pueden tener las imágenes? Sin ninguna duda. Depende mucho del ángulo de las cámaras que una jugada parezca fuera de juego o no. En algunos programas han tirado de arquitectos, puntos de fuga, líneas que se cruzan, etc,… para determinar que un fuera de juego lo era o no por 16 centímetros. Hace poco leía un titular que decía que «los operadores deberán ser neutrales». Joder, pues claro, ¿acaso lo dudaba alguien?

Pues yo sí, como se vio en el Aytekinazo de la Champions, cuando no fue posible ver otras tomas de algunas jugadas. ¿Ocurrirá esto con el VAR si las imágenes son filtradas por realizadores como Óscar Lago?

Oscar Lago

Lo vimos también durante el Real Madrid-Betis de la temporada pasada o durante el Villarreal-Real Madrid. Las imágenes del choque entre Keylor Navas y Brassanac, o la mano que supuso un penalti a favor del Madrid en Villarreal, fueron repetidas tres millones de veces, mientras que no vimos ni una sola del gol del Betis en fuera de juego posicional, el penalti a Morata, un fuera de juego mal señalado a Ronaldo, los dos goles claramente ilegales del Villarreal o los dos posibles penaltis no pitados a favor del Madrid en el Estadio de la Cerámica. Pequeños matices que se pueden obviar desde el centro de control del VAR. Ojalá me equivoque, pero de momento en Alemania ya han tenido que destituir al responsable del VAR por sus «errores» a favor de su equipo del alma, el Schalke 04.

Nada es por casualidad. Que el Girona, equipo del que Roures es socio, gane al Madrid con un gol en fuera de juego en un partido arbitrado por Hernández al cuadrado, tampoco.

Hace poco he tenido una pesadilla. Soñaba con un Madrid-Barça decisivo y en el último minuto había una jugada dudosa. Messi controla con la mano y se la cede a Luis Suárez, que se luce con un piscinazo infame según pisa el área. El árbitro, Hernández Hernández, pita penalti. En las protestas madridistas saca varias tarjetas, la típica roja a Ramos, y consulta a través del pinganillo. Durante el barullo, Óscar Lago en la realización busca la imagen con el ángulo más dudoso, aquel desde el que no se vea bien que se ha tirado con las mejores artes aprendidas en la escuela culé de teatro. López Nieto y García de Loza, desde la sala de control del VAR, ratifican entre sonrisas la decisión del colegiado: es penalti. Iturralde y Andújar Oliver lo corroboran en las radios y medios digitales. Messi marca el penalti y el Barça gana el partido. Villar y Sánchez Arminio brindan con cava. Roures se entrelaza las manos sobre la panza y comienza a descojonarse de risa.

Libros de atrezzo, por Travis

Viendo la nueva película de Isabel Coixet, La librería, advertí que «la broma del atrezzista» se había repetido. Como en tantas otras películas, por cierto. Me explico. Tengo un viejo amigo que trabaja cuando puede, y siempre es menos de lo que le gustaría, en el cine y el teatro. Su especialidad consiste en buscar y colocar el atrezzo que la escenografía de una obra teatral o película requieren. Son trabajos ocasionales y mi viejo amigo, al que llamaremos Frank por aquello de mantenerlo en «el economato», es todo un artista del mercadillo y la segunda mano, qué digo segunda, cuarta o quinta.

Los libros que vemos en los decorados del teatro son tan falsos como los del Merkamueble o los del apartamento de pega de The game (David Fincher), y se nota. Sin embargo, algunos directores, escenógrafos y decoradores de cine consideran (a mi juicio con acierto) que los libros son objetos con personalidad, y que deben parecer «reales», o serlo: con polvo, las cubiertas ajadas, doblados, desordenados,…

Pues bien, hace tiempo Frank me confesó: «nosotros también somos artistas a nuestra manera, nos gusta dejar nuestra impronta en cada película. Y no me refiero solo a localizar objetos que llamen la atención, que tengan su propia personalidad a precios asequibles, por supuesto, que aquí los presupuestos son limitados, sino a dejar nuestra huella. Una pequeña broma, un guiño a ciertos espectadores que colocamos en la escena siempre que podemos. En mi caso lo hago con los libros. Siempre que el decorador no se da cuenta, y mucho menos el director, coloco un libro completamente anacrónico en la escena, un libro de otra época o de un autor que no pega en absoluto con la personalidad del dueño de la biblioteca. No puede ser un libro que tenga cierto protagonismo, que vayan a coger los actores, lógicamente, sino una parte del decorado. Si pudieras leer los títulos de cada librería que sale en una película, te descojonarías».

Y así es, cuando soy capaz de localizar el libro intruso en una estantería de película. Me recordó a esa broma que los dibujantes más jóvenes de Disney dejan en las películas siempre que pueden, como colocar a Goofy, Donald y Mickey en el fondo del mar de La sirenita:

Claro que, tratándose de películas infantiles, lo que realmente motiva a estos jóvenes imberbes es colocar imágenes de contenido sexual, como una mujer en la ducha o una conejita de Playboy en Los 101 dálmatas:

O dejar caer de modo subliminal las letras Sex en Enredados o en El Rey León, en escenas además en las que coincidan los personajes que a buen seguro e incluso en películas Disney van a gozar de «Sex» salvaje:

Los más atrevidos fueron los novatos de La sirenita, o el consentimiento de los productores, porque no solo colocaron una forma fálica en la portada del DVD, sino que además dejaron pasar o no vieron la erección del cura en la escena de la boda:

 

Pero me estoy desviando del tema del día, los libros de atrezzo. Lo cierto es que desde la confesión de Frank, este friki que hoy les escribe revisa los libros de las estanterías de cada película en busca del libro intruso o del anacronismo. En La librería de Coixet, la historia se sitúa a finales de los cincuenta en un pequeño pueblo inglés en el que todos los personajes se mueven con la rigidez del sometimiento a las normas, o de quien lleva un palo de escoba metido por el recto. Pues bien, hacia la mitad del metraje, en una escena en la que se ve una estantería con el cartel 2/6 aparece un polizón un par de baldas más abajo: The silence of the lambs. El silencio de los corderos, de Thomas Harris, publicado en 1988.

Para mí fue relativamente sencillo de localizar, no solo por sus colores, sino porque se trataba de la misma edición que tengo yo en mi casa, una edición barata de quiosco porque era el número 1 de una colección de grandes éxitos de novelas adaptadas al cine, de Ediciones RBA. En la película de Coixet el libro intruso aparece en una escena en la que los protagonistas hablan sobre una escandalosa novela de reciente publicación, Lolita, de Vladimir Nabokov. Pues bien, esas casualidades que a veces te ofrece la vida, han hecho que me dirija a mi particular biblioteca de cine para hacer una foto del ejemplar de El silencio de los corderos y me he encontrado lo siguiente:

¡Lo tengo al lado de Lolita de Nabokov! No puede ser casual, quizás mi subconsciente estableció paralelismos entre Aníbal (o Hannibal) Lecter y el infame profesor Humbert Humbert, y entre la mezcla de repulsión y atracción que sienten Clarice Sterling y Lolita por los primeros. Y seguro que algo similar le ocurrió al atrezzista de La librería, o simplemente pensó que El silencio de los corderos era una novela suficientemente transgresora como para ubicarla en ese escenario de rigidez británica y personajes contenidos.

Lo que me lleva a desvelar algunos curiosos casos de libros intrusos que el amigo Frank me contó en una agradable velada de copas. Me contó que en un festival de cine de Valladolid conoció a su colega de profesión el francés Jean Bodard, el cual tuvo la suerte de trabajar en El nombre de la rosa, la producción de Jean-Jacques Annaud basada en el libro del mismo título de Umberto Eco. Pues bien, tratándose de una trama en la que la risa está prohibida en la abadía y en la que la biblioteca forma parte fundamental del escenario, Jean Bodard consiguió colar un tomo del libro de Tom Sharpe Wilt, la hilarante historia sobre un profesor de universidad y una muñeca hinchable. «Lógicamente grabé las letras en el lomo de cuero de un antiguo ejemplar, de modo que parecieran números romanos. La pena fue que con la escasa iluminación de las escenas apenas se podía leer». He buscado el ejemplar cada vez que he visto la película. Sin éxito.

John Anderson, decorador de El club de los poetas muertos, coló en las estanterías de la Academia Welton varios libros que tenía en casa de su poeta favorito, Jorge Luis Borges. La gracia está en que la película estaba ambientada en 1959, y la mayoría de libros del autor argentino fueron escritos con posterioridad a esa fecha. Homenaje al poeta atemporal.

La biblioteca que monta Andy Dufresne (Tim Robbins) en Cadena perpetua con los fondos públicos que percibe es un tesoro para los amantes de este tipo de curiosidades. El director Frank Darabont quiso hacer un homenaje al autor de la novela en la que se basa la película, Stephen King, y colocó varios ejemplares del autor en las estanterías. Teniendo en cuenta que la acción comienza en 1947, año de nacimiento del escritor, y se desarrolla a lo largo de unos veinte años, podemos fácilmente deducir que ninguna de las novelas que aparecen habían sido escritas ni publicadas en la época en la que se ambienta la historia. El director tuvo la precaución de no usar los títulos más conocidos, como It, The shining o Misery, que hubieran cantado enormemente, sino que dejó algunos menos conocidos pero que pudieran estar vagamente relacionados con la trama: The running man, Night shift y The long walk.

Sin duda alguna, una de mis bromas preferidas del atrezzista, en este caso de un dibujante, vino de nuevo de la mano de Disney. En La bella y la bestia, la joven Bella se pasa el día leyendo y soñando con aventuras en países exóticos, y luego nos cuenta la milonga de que «la belleza está en el interior», pero si nos fijamos en un brevísimo instante en qué libro está leyendo veremos El amante, de Marguerite Duras. Vamos, que sí, que mucha belleza interior pero en el fondo deseaba como tantas jóvenes de su edad que la empotraran contra la pared en un país exótico.

Termino ya y apenas he hablado de la película de Isabel Coixet. Ha sido intencionado. Las actrices, fenomenal, tanto la protagonista, Emily Mortimer, como la despreciable Patricia Clarkson. Bill Nighy, como siempre, con una gran presencia, aunque su personaje no quita el freno de mano en ningún momento.  A mí me entretuvo, pero no la recomiendo a todo el mundo.

Y no la recomiendo porque no todo el mundo tiene esa afición por los libros y el cine, ni soportan los ritmos lentos y los personajes engolados. La literatura y el séptimo arte se basan en buenas historias, sean de ficción o no. A mí me encanta la ficción, tanto, que desde el primer párrafo de este post apenas he dicho nada que no lo sea. Disculpadme la broma, amigos.

 

 

El Pabellón Azul, por Lester

LESTER, 07/11/2017

La reforma del Pabellón Azul ha finalizado y como es de bien nacido ser agradecido, hoy toca dar las gracias en nombre de todos sus residentes. Gracias al departamento de Responsabilidad Social Corporativa de Sacyr y gracias a todos los que habéis ayudado para que fuera posible. Me enorgullece pensar que hemos contribuido a esta obra que va a mejorar las condiciones de vida de unos chicos, ya adultos, que van a poder usar unos baños y duchas en condiciones, adaptados a su movilidad y sin los peligros que vi en persona que tanto me impactaron. El suelo resbaladizo, las duchas sin agarraderas, los escalones criminales, las goteras y el boquete de la pared son historia. ¡Gracias! 

 

El Hogar Teresa de los Andes es un centro admirable, como no me canso de repetir, en el que la voluntad de sus responsables y trabajadores intenta suplir las limitaciones presupuestarias. Tiene siete pabellones en los que sus habitantes están clasificados por edades y en función de su grado de discapacidad:

  • Rojo: en el que están los chicos de menor edad, entre diez y veinte años, en el que se desvivieron mi mujer y Lester Junior por ayudar, tanto a los chicos del pabellón como a las cuidadoras.
  • Verde: en el que estuvimos trabajando Rachel y yo, con chicos entre doce y veintipocos años.

  • San Camilo: sus internos eran ya adultos hechos y derechos con una discapacidad física severa, que se unía a las psíquicas. Fue el pabellón en el que «las Beas» desarrollaron su excepcional labor.
  • Naranja: en él vivían los internos que se encontraban en mejor situación, como Paúl, el pintor del que ya os hablé, o Nico, el corredor de fondo. Tenían habitaciones individuales, sus propios objetos personales, música, y alguno de ellos hasta una tele.

  • Hospital: desgraciadamente, la falta de medios, empezando por un médico, hacía que de hospital tuviera poco más que el nombre. En este pabellón se atendía a aquellos muchachos a los que les empezaban a fallar los órganos, como el pobre Pablo, que falleció estando nosotros allí, o se les trataban las lesiones causadas por caídas o brechas provocadas por su propia torpeza de movimientos.
  • Marrón: sus residentes no deberían estar en el Hogar, como nos dijo el Hermano Fausto, sino en un centro especializado para trastornos psiquiátricos. Necesitan atención profesional y una medicación bastante cara. No tuvimos ningún problema con la agresividad de alguno de ellos, sino más bien al contrario, fuimos capaces de tener momentos muy emotivos, incluso diría de gran ternura, con David y María, por ejemplo. Con el resto apenas tuvimos trato. No somos héroes. 
  • Azul: el pabellón para el que conseguimos la financiación de sus obras está habitado por los chicos con los que menos trato tuve. En su momento dediqué un post entero a «la sonrisa de un niño», sonrisas que desgraciadamente no encontré en los residentes del Pabellón Azul, con los que apenas fui capaz de relacionarme, hombres y mujeres entre los veinte y los cuarenta años que también deberían estar en un centro especializado para tratar sus trastornos (según sus historiales, psicóticos, discapacidades intelectuales graves o muy graves, autismo, autismo con comportamiento fóbico,…).

Además de los pabellones que servían de vivienda para los «Niños con habilidades especiales», como reza el cartel de la entrada del Hogar, había un comedor, una enorme lavandería, una dirección de estudios para la escuela, la unidad educativa y el aula infantil, una capilla, la oficina, la residencia de voluntarios, el campo de «entrenamientos», y muchos metros cuadrados repletos de vegetación salvaje. El centro necesita medios, y algunas necesidades son más acuciantes que otras, como ocurría con la reforma del Pabellón Azul.

Cuando lo visité por primera vez, al poco de comenzar nuestro voluntariado, yo mismo me tropecé con un pequeño escalón que había a la entrada del baño y las duchas, así que no quiero ni imaginar la cantidad de caídas y golpes que se habrán dado sus inquilinos, teniendo en cuenta que tenían movilidad absoluta, pero eran muy torpes de movimientos. Al ver «un intruso» en su territorio, se me acercaron, me rodearon y me dirigían miradas sorprendidas. Algunos me abrazaron o me pasaron la mano por el hombro, y otro me quería enseñar un agujero en el suelo, con un lenguaje incomprensible. Tengo que reconocer, y no quiero ser cruel, que fue una sensación extraña para mí, como si entrara en el plató de Alguien voló sobre el nido del cuco.

La reforma era urgente y gracias a la Fundación Sacyr hoy es posible. Unos días antes de nuestra visita, se firmó el convenio con Ayuda en Acción que permitiría que se realizaran las obras en un plazo lo más breve posible. Tuve la suerte de conocer al contratista, me enseñaron el presupuesto y las partidas que se iban a acometer, me explicaron qué se iba a hacer y por qué se iban a utilizar determinados materiales, y pudimos ver el inicio de las obras en los últimos días de agosto.

Estoy muy agradecido al apoyo de la Fundación Sacyr y del departamento de Responsabilidad Social Corporativa. Apoyaron el proyecto de modo muy activo desde el primer minuto y se movieron con rapidez para que la reforma se hiciera lo antes posible. La reforma ha quedado estupenda.

Muy agradecido también a Ayuda en Acción por su profesionalidad y diligencia. He estado en pocas reuniones de trabajo tan gratificantes en toda mi vida como en la que tratamos estos asuntos, con tan buen entendimiento, y eso que a un lado de la mesa había una ONG y al otro una gran empresa con miles de trabajadores y presencia en una treintena de países.

Muy agradecido al departamento de Comunicación, que ha dado a conocer el proyecto tanto internamente como con la publicación de la firma del acuerdo en diversos periódicos y medios digitales.

El importe aportado por Sacyr cubrió aproximadamente el 85 por ciento del presupuesto de la reforma (algo más de 90.000 bolivianos), y mi mujer y yo nos comprometimos a sufragar el resto, como hicimos. Gracias a los que nada más saber de nuestro proyecto quisisteis contribuir generosamente con una donación: Teresa, Manolo, Mamen, Pepe, Jaime, Adriana y Sara, esta obra también es vuestra. 

Y por supuesto, muchas gracias a los que habéis contribuido comprando el libro que publiqué con el doble objetivo de dar a conocer el proyecto y recaudar fondos para el mismo. Doy por hecho que los cincuenta primeros, a los que les regalé el ejemplar, siguieron la cadena a la que se comprometieron (amazon.es), una cadena que todavía no ha finalizado porque nos falta completar la última parte.

Igual que doy por hecho que algunos, sé que no todos, se han leído esa recopilación de relatos que hacen que en ocasiones, como me dijo Racsi, «necesites una botella de whisky para digerirlos». El autor reconoce que estaría encantado de recibir críticas literarias de su magna obra, aun a sabiendas de que algunos sois bastante cabroncetes.

Ha sido muy bonito ver cómo me han ido llegando mensajes y fotos a través de WhatsApp de amigos y compañeros que han comprado el libro y se hacían una foto con el mismo. En sus casas, en la playa, en la piscina, o para ponerlo bajo la pata de una mesa, como alguno de ese grupo de amigos futboleros a los que no les mueve precisamente la pasión por la literatura. Otros han comprado varios para regalar, como la docena de Miguelón, o los varios de Alonso, Cristina y Tadelpo.

Gracias al Club de Baloncesto Las Rozas por la donación de equipaciones deportivas que los chicos del centro lucieron con orgullo durante las olimpiadas especiales. Gracias a María Jesús del Banco Cooperativo por la entrega de camisetas de deporte y material escolar que allí tuvieron una gran aceptación. Gracias a Andrés por la difusión del proyecto y el libro en la revista del colegio.

Espero no olvidarme de nadie. Muchas gracias a todos. Los internos del Pabellón Azul no son conscientes, pero cada día que se den una ducha, cada tarde que no ven una gotera, o cada noche que no entre una corriente de aire gélido por la pared, será gracias al apoyo de todos nosotros.

Pues claro que hay que hablar, por Josean

Hay más de dos millones de independentistas. Frente a eso, hay que hacer una política de no confrontación, buscar el diálogo y tratar de reconducir la situación.

Lo que ocurre es que el diálogo siempre es cosa de dos. No basta que tú quieras hablar si la otra parte no quiere. En todo caso, por mucho diálogo que haya habido, Sigue leyendo

El Villarato morirá matando, por Barney

A Villar le quedan dos telediarios al frente de la Federación Española de Futbol, o eso esperamos algunos, los que creímos finiquitada esa época terrible denominada Villarato. Nosotros, ilusos que soñamos que no iba a volver a pisar el despacho de la Federación tras su paso por la prisión de Soto del Real este verano. Nosotros, crédulos esperanzados que pensamos que tras los 12 días en prisión (sin fianza, según decretó inicialmente el juez Pedraz ante la gravedad de las acusaciones) el dirigente vasco dimitiría o sería cesado de modo fulminante para dar paso a una nueva etapa, más transparente, en la RFEF. Nosotros, madridistas en su mayoría, que sonreímos con amargura en los meses de julio y agosto al escuchar las grabaciones que confirmaban lo que veníamos diciendo desde hacía años: que la red clientelar creada por Villar se dedicaba a ganar y pagar favores como si de Don Corleone en la boda de su hija se tratara.

Y sin embargo el moribundo presidente del «fúrbo», cual toro de lidia herido de muerte, recula en tablas y embiste con peligro antes de que le den la puntilla. El Villarato está herido, pero no muerto, y todo hace indicar que morirá matando.

Esta Liga es del Barça, no tenemos nada que hacer. Cuanto antes lo asumamos los madridistas, mejor. Empecé a decir esto a mis conocidos ya en la segunda jornada, si bien las primeras señales de alarma vinieron en el partido de ida de la Supercopa, en el enésimo intento de atraco en el Camp Nou. Los clásicos del Clásico: penalti de chiste a favor del Barça y expulsión injusta de un jugador del Madrid. Aun así el Madrid venció en la Supercopa 5-1 y el Villarato, o VillARminiato, como prefiero denominarlo, se dio cuenta de que había que redoblar los esfuerzos a favor de los que le apoyaron en los últimos lustros:

  • Cinco partidos de sanción al portugués, mientras Luis Suárez podía seguir agrediendo a rivales e insultando a árbitros.
  • Designación de colegiados afines para los partidos de Madrid y Barça.
  • Por si fuera insuficiente, todos los «errores» caerían siempre del mismo lado.

Fue un milagro que se ganara la Liga pasada, y pese a que el Madrid fue de largo mejor equipo que el Barça, tuvo que esperar hasta la última jornada para proclamarse campeón. Solo con un arbitraje neutral en los dos duelos directos la Liga se habría decidido antes del partido de Málaga. A lo mejor algún periodista podía haber lanzado la pregunta o haber investigado por qué al Madrid le ha costado menos triunfar en la Champions que en la competición nacional.

Sí, lo sé, la Liga es la competición de la regularidad, mientras que la Champions se puede decidir por instantes puntuales de fortuna o momentos de forma de algunos jugadores. Pero es que la regularidad de los errores arbitrales, así como los irregulares saldos de penaltis, tarjetas y expulsiones, han caído de modo regular hacia el mismo lado en las últimas temporadas. Concretamente y de modo más acentuado desde 2004, desde el apoyo a Villar en las elecciones que tenía perdidas frente a Gerardo González, y nadie lo ha explicado mejor que el propio vicepresidente del Barça Alfons Godall:

Habrá quien haya llegado hasta aquí y comience con lo típico: «¡un madridista quejándose de los árbitros, con lo que les ayudan!» Y no es así, voy a tratar de dar datos y no opiniones. Fallaré en el intento, pero les aseguro que los datos son reales. Ese saldo arbitral que definió perfectamente el señor Godall tiene sus máximos exponentes estadísticos en los penaltis a favor y en contra, y en las tarjetas rojas de jugadores propios y del rival. Por la red puedes encontrar a aficionados que realizan unos análisis bastante buenos de estos datos, como Maketo Lari, Juanpa Frutos o Rafa NMJ. Este cuadro está hecho con datos hasta febrero, pero podemos decir sin miedo a equivocarnos que la desventaja ha aumentado.

Que el Barça tenga el saldo de rojas a favor y en contra es un dato hasta cierto punto normal (pese a contar con Luis Suárez en sus filas). Que el Atlético de Madrid y el Sevilla lo tengan positivo, aunque sean equipos «intensos» y duros, puede serlo también. Pero lo que no es normal y solo se entiende por la persecución de hooligans de amarillo como Iturralde o Clos Gómez, es que el Madrid haya sufrido muchas más expulsiones de jugadores propios que de rivales.

Podemos tomar a Sergio Ramos como referencia. Al capitán del Real Madrid le han expulsado 23 veces en sus 530 partidos con la camiseta del Madrid, 18 de ellas en liga. Habrá quien diga que es un jugador guarro o agresivo, pero en ese caso, ¿es normal que en 147 partidos con la selección no  haya sido expulsado ni una sola vez? ¿O es que se le mide con distinto rasero según juegue en su club o con la Roja? Tengo claro que hay un doble rasero, o triple con efecto multiplicador, si tenemos en cuenta que le han sacado la tarjeta roja 6 veces en sus partidos contra el Fútbol Club Barcelona.

Los penaltis

El Barça está batiendo todos los récords: los de penaltis a favor (19 hace dos temporadas), en contra, los piscinazos señalados y los agarrones y manos escamoteadas. Todos los récords habidos y por haber.

Al Barça le han pitado un penalti en contra en las últimas 91 jornadas de Liga, como viene recordando Maketo Lari semana tras semana. Eso es regularidad y lo demás son tonterías. Un penalti en 91 jornadas al equipo de Mascherano, Piqué y Umtiti.

El viernes pasado tuvo lugar una curiosa efeméride de la que se hicieron eco en La Galerna con varios artículos hilarantes (me quedo con el de Mario De Las Heras y su genial Todos esos penaltis se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia): se cumplieron cinco años, ¡cinco! del último penalti de Mascherano. ¿Cinco años sin hacer un penalti? Nooo, sin que se lo piten, porque en ese período ha hecho varias decenas, no solo en España. Normal en una competición regida por el Reglamento emanado de la Federación Culé de Balompié. En esos cinco años, mientras el argentino se dedicaba a agarrar o empujar a delanteros rivales, cuando no a pisotearlos o zancadillearlos directamente, he tenido tiempo para ver nacer a varios sobrinos, cambiar dos veces de coche e ir a bodas de amigos que se han divorciado antes de que al Jefecito le piten un nuevo penalti.

Los intangibles

Luego hay otros intangibles, o datos que pasan más desapercibidos, como el doble rasero a la hora de sancionar con tarjeta amarilla a los jugadores. Tocas a Messi y es amarilla, pero, no sé, pongamos un ejemplo al azar, el último Getafe-Real Madrid:

Acojonante. No es casualidad. Como tampoco lo fue que el Getafe empatara con un gol claramente en fuera de juego. Se ve que Jorge Molina está adelantado toda la jugada, se ve con mucha claridad, no es el típico lance que se resuelve por centímetros. Pero es que,… menuda temporada nos espera. Nuestro Director de Respuestas Sarcásticas diría que cómo es Florentino y que cómo son los hilos del palco del Bernabéu, que todo lo controlan pero son incapaces de lograr que le piten un penalti o una expulsión al Barça.

El comienzo de esta Liga 2017-18 ha sido heavy metal del duro. Ya con las designaciones de árbitros se ha visto que el VillARminiato va a por todas. En las primeras jornadas los grandes suelen tener un poco más de dificultades para solventar sus partidos que con la Liga más avanzada. Cuestión de pretemporadas, afinar el equipo, la forma física de los jugadores,… Claro que si te echan un cable en la mitad de los partidos todo se vuelve mucho más sencillo:

Jornada 1: F.C. Barcelona – Betis. El 1-0 viene tras un fuera de juego claro de Suárez.

Jornada 3: F.C. Barcelona – Español. El 1-0 viene tras un fuera de juego claro de Messi.

Jornada 5: F.C. Barcelona –  Éibar. El 1-0 viene de un penalti de risa, reconocido ¡incluso por Iturralde! Uno más contra el Éibar, otro día más en la oficina, una muesca más que añadir en el silbato de Hernández Hernández.

Jornada 9: F.C. Barcelona – Málaga. Solo hay dos personas en todo el estadio que no vieron que el balón había salido: el árbitro y el asistente. Este es de los errores que cabrean, porque no parece un error, sino un acto deliberado y consciente.

Añadamos a estas ayudas para abrir la lata los penaltis no pitados a Piqué (ah, pero, ¿se pueden pitar penaltis de Piqué?) contra el Alavés y el Getafe, su enésima mano. Van a saco, por eso Hernández Hernández ya ha pitado dos veces a sus amigos culés, y con la de este próximo fin de semana en Girona, habrá dirigido otros dos encuentros del Real Madrid.

¿Hizo algo especial en su anterior partido? Sí, cómo no, se comió un penalti clarísimo a Theo Hernández, que para tirar a un toro como el francés hay que darle fuerte. Pero tampoco quiero andar haciendo una lista exhaustiva de todos los errores a favor y en contra que hemos visto ya en tan pocas jornadas.

Un sistema viciado

Me interesa la tendencia, la dirección que ha marcado el VillARminiato a sus colegiados hasta el final de la temporada. Que ahora salgan esas declaraciones del Presidente del Comité de Árbitros diciendo que «El Real Madrid no cae bien en este estamento» no sorprenden a nadie. Se unen a las grabaciones de Juan Padrón, vicepresidente de la RFEF: «Si los árbitros no hacen lo que yo digo, los quito«. O a todas las referidas a las presiones de Villar y su hijo sobre miembros de las federaciones territoriales para perpetuarse en el poder. Hasta un tipo que tanto se benefició del sistema, como el inefable Iturralde González, ahora comentarista antimadridista, escribió un artículo en el que criticaba que los árbitros votaran en las elecciones a presidente de la Federación:

«Es necesario que el arbitraje sea independiente… Luego le pedimos peras al olmo, y que no se ponga en duda nuestra honestidad y profesionalidad,… Es lo que se entiende como un sistema clientelar, un círculo de favores donde…

«Los árbitros también se equivocan a favor del Madrid, ¡acuérdate del penalti de Elche!» Siempre igual, los amigotes de otros equipos, especialmente del Atleti, te recuerdan una jugada que ocurrió hace cuatro años. Fue un error grosero a favor del Madrid en el último minuto, lo reconozco. La actuación del señor jefe de los árbitros Sánchez Arminio fue muy significativa en aquella ocasión. En lugar de salir a defender al colegiado, Muñiz Fernández, comenzó una serie de ataque personales:

«No sé cómo se encuentra, si ha tenido algún problema familiar, alguna cosa que le provocara, a lo mejor, no estar en el momento propicio». «No estuvo acertado». «Cuando uno no está bien en el campo, luego va una cosa detrás de la otra».

Y después de los ataques por su error, le dejó sin pitar varios meses. Así funcionaban las cosas en la Federación y en el Comité de Árbitros. Apenas dos semanas antes del error de Elche, Muñiz Fernández anuló un gol del Sevilla en el Camp Nou, en un partido que acabó 3-2. Apenas se recuerda. Entonces no se oyó nada por boca de Sánchez Arminio, ni mucho menos se castigó a Muñiz por su error. Y es que no es lo mismo confundirse en un sentido que en otro.

Últimamente me acuerdo mucho del caso Moggi, porque parece imposible que en el fútbol del más alto nivel ocurran algunas cosas tan dejémoslo en raras. En aquel caso, que supuso el descenso ni más ni menos que de la Juventus a la Segunda División, además de Fiorentina y Lazio, las grabaciones demostraron que los directivos de la vecchia signora amañaron la designación de árbitros favorables para determinados partidos. Un escándalo que no sé por qué pensamos que aquí no existe. Más aún tras haber escuchado algunas grabaciones del caso Soule.

En España la prensa cómplice no investiga nada, no huele la fetidez, ni siquiera se pregunta por qué para la final de Copa se designó al árbitro con el que nunca perdieron los culés: Clos Gómez. Pero es que tampoco se investiga por qué estaba todo tan atado y bien atado que si este se lesionaba, el suplente era, ¡oh, casualidades de la vida! Hernández Hernández.

¿Se arreglarían estos desaguisados con otro sistema de designación de árbitros para cada partido? Mejoraría, sin duda, es difícil hacerlo peor. ¿El VAR evitaría la influencia que han tenido los árbitros en tantos campeonatos recientes? En primer lugar, Villar no quería implantar el VAR. Y en segundo lugar, tengo muchas dudas sobre el VAR, pero eso lo explicaré otro día.

Decía al inicio que esta Liga es del Barça, no tenemos nada que hacer, y que cuanto antes lo asumamos los madridistas, mejor. El Villarato está herido de muerte, pero va a pelear hasta el final para defender a los suyos (ni siquiera he mencionado al ultra Gaspart, esa anomalía en forma de vicepresidente de la RFEF). Y si voy a seguir viendo la Liga y cabreándome jornada a jornada, es porque entre los valores del madridismo está enfrentarse a todas las adversidades y no rendirse nunca. Y si no nos rendimos jamás, no íbamos a hacerlo ahora ante tipos tan mediocres como Villar y Sánchez Arminio.

 

Las hordas de runners invaden Budapest (II), por Lester

¡Qué mejor sitio para empezar y terminar el maratón de Budapest que la Plaza de los Héroes! Una columna de 30 metros de altura, rígida como mis piernas en los últimos kilómetros, de mármol pétreo como mis gemelos al acabar la carrera, y en la parte baja las figuras de varios héroes de la revolución magiar. Tengo afición a las estatuas y por alguna extraña razón mi cerebro las asocia a figuras del cine. Será cosa mía, pero a mí estos héroes húngaros me recuerdan a un Théoden rejuvenecido, a Gandalf, con su vara mágica y todo, y el tercero se da un aire a Gimli, con ese bigote y esa cara de no haber dormido bien en meses.

Por seguir con las comparaciones, una vez acabado el maratón, yo soy como Aragorn regresando del campo de batalla. Exhausto, pero feliz. Derrengado, pero no derrotado. Victorioso tras haber atravesado Rivendel (Buda), el bosque de Fangorn (Isla Margarita) y Rohan (Pest), cruzado el río Anduin (el Danubio) y haber rodeado el Monte del Destino (Gellert). No hubo un Mordor en el que sucumbir, pues toda la carrera fue espectacular.

Llego al punto de encuentro con mi dulce Arwen, mi supporter particular y fotógrafa de excepción, portando mi trofeo colgando del cuello, una medalla que luzco con ilusión, pese a que, todo hay que decirlo, sea espantosa.          

Pocas sensaciones hay tan gratificantes como las que pasan por tu cabeza, tras 42 kilómetros, en los 195 metros finales. Tienes el cuerpo dolorido pero vas con una sonrisa de oreja a oreja. Con el corazón latiendo a toda pastilla. Con la carne de gallina al ver tanto público animando y aplaudiendo a los esforzados atletas populares dando sus últimas zancadas. La música por los altavoces completa ese momento mágico, más si, como en mi caso, entras en meta al son de Thunderstruck, de los AC/DC.

La carrera

Hay una serie de rituales que repito cada mañana de carrera y que todos los que alguna vez hayan corrido una larga distancia conocen: beber agua desde bien temprano, vaselina, tiritas, el dorsal, ponerse con mimo los calcetines, un buen desayuno pero sin pasarse, echar un par (o tres) de troncos al aserradero,… Y luego comienza la divertida marcha hacia la salida, con un metro lleno de runners como tú, con la bolsa en la que llevamos la ropa que nos pondremos nada más acabar la carrera.

La salida de los maratones suele estar muy animada, con las bromas de los corredores de última hora, las fotos con la familia y equipo de supporters, la sonrisita nerviosa, los estiramientos nerviosos, las meadas nerviosas, las colas de meones nerviosos,… «Eres el único con pantalones blancos y largos». Sí, muy largos, de basket, del equipo de amiguetes. Soy incapaz de correr con esos pantaloncitos cortos que llevan algunos, y menos aún con esos otros ceñidos y apretados que te comprimen los testículos. Cuestión de gustos, si bien en esto de las carreras desmitifico un poco todo lo relacionado con las marcas y la ropa técnica supuestamente fundamental. Más aún después de leer sobre los indios tarahumara, sus marcas y la ausencia de lesiones pese a que corren con alpargatas.

El maratón de Budapest se celebra junto con varias pruebas más: carrera de 10 kilómetros, media maratón, 30 kilómetros (se incorporaban con nosotros en el 12) y una competición de relevos. Según la organización, unos 27.000 corredores en total, de los que apenas un tercio intentamos el maratón completo.

En el maratón de Praga también me encontré la prueba de relevos y la verdad es que es todo un acierto. Gente que no puede lanzarse a los 42, pero quiere participar en la fiesta que supone correr por una ciudad y un recorrido tan espectacular como el de Budapest. En los puntos de los relevos, cada 10,5 kilómetros, se agolpaban miles de corredores esperando a sus compañeros de postas, y dispuestos a lanzarse a hacer la mejor marca posible en su tramo. Nos miraban, nos aplaudían, nos animaban,… Se percibe esa solidaridad del runner de la que ya he hablado alguna otra vez.

En mi caso particular, en la carrera del domingo, me lancé con ambición a por la marca de 3 horas, 30 minutos, lo que viene a ser acabar a una media de 5 minutos el kilómetro. Sabía que era difícil, pero si me quedaba cerca estaría superando mi marca personal (3h. 36m. Copenhague, 2014). En mi historial de maratoniano aficionado clasifico los que he corrido en dos tipos:

  • Los que acabo como una moto pensando que podía haber hecho mejor marca si hubiera forzado un poco más desde el principio.
  • Los que finalizo hecho «unaputabraga».

Son muchos más los del segundo tipo que los del primero (Copenhague 2014, Praga 2013, Zaragoza 2008). El domingo salí muy bien, rápido, fluido, con buenas sensaciones, y pasé el kilómetro 10 en 49 m. 20 s., a 4:56 el kilómetro. La media maratón clavaba los tiempos previstos: 1h. 45m. 55 s. Hasta el kilómetro 28 mantuve esa media de 5 minutos el kilómetro, si bien las piernas ya empezaban a avisar en ese punto de que no iban tan fluidas.

Quizás debí haber descansado más la noche previa a la carrera en lugar de quedarme blogueando.

En el kilómetro 30 supe que no bajaría de las 3h. 30m., pese a que seguía a muy buen ritmo: 2h. 30m. 31s. El ritmo no iba a mejorar, sino todo lo contrario, así que pasé al segundo objetivo: marca personal.

Quizás me faltaron las tres semanas de entrenamiento de Bolivia o algunos rodajes largos, pero bajé el ritmo de modo sensible.

Aunque en la previa de la carrera confesé que olvidé cortarme las uñas (y de hecho voy a perder un par de ellas), no fueron estas las que me dieron problemas, sino las plantas de los pies. El empedrado o adoquinado de algunas zonas me molestaba enormemente, así que corrí los metros que pude por el césped colindante, esquivando rubias eslavas despampanantes y… bueno, en realidad hay un poco de mito en eso, esquivando barbudos y rubias carapán.

Quizás me sobraba algún kilo. Quizás empezaba a darle vueltas al hecho de que necesito casi tres meses de entrenamiento para bajar tres kilos de peso, y solo un fin de semana con la familia política en una casa rural en Aranda de Duero para recuperar dos.

En el kilómetro 36 me esperaba de nuevo la hermosa Arwen, que me pasó un gel de esos reconcentrados con cafeína que solo toman los corredores de largas distancias, un brebaje infecto de druida galo que jamás te tomarías en tu vida normal.

El caso es que me ayudó a sobrellevar los calambres que empezaban a atacarme y, con algún que otro parón para estirar los gemelos, llegué a meta en un tiempo de 3 horas, 40 minutos. Muy bien para mí, mi segunda mejor marca, y 35 minutos mejor que hace un año en Nueva York. Permitidme que saque pecho, sobre todo cuando tanta gente leyó mi patética crónica de un tipo arrastrándose por Central Park incapaz de portar la bandera de España.

Acabé muy satisfecho, para qué negarlo. Sé que la marca de 3h. 30 m. está a la vuelta de la esquina, que soy «joven» para progresar. Solo tengo que cambiar ciertos hábitos (que no pienso hacerlo), entrenar más (que seguramente no lo haré) y ponerme unos pantalones que me aprieten los huevecillos (que eso sí que no lo voy a hacer bajo ningún concepto).

Después de la carrera

Si algunas teorías dicen que la cerveza hidrata, mucha cerveza hidratará más, ¿no? Y en cuanto a reponer fuerzas, toda la vida he querido zamparme un jabalí entero, al modo de la última viñeta de los cómics de Astérix y Obélix, pero a falta de una aldea en la que prepararlo, nos conformamos con unas suculentas hamburguesas de 400 gramos de carne que me supieron a tres estrellas Michelín.

Por la tarde nos fuimos a los famosos baños Szechenyi, un balneario de aguas termales cerca de la Plaza de los Héroes. Me temo que fueron muchos los maratonianos que tuvieron la misma idea, porque he visto piscinas chinas repletas de chinos, con menos gente que los baños Szechenyi el domingo pasado. Allí por fin, entre miles de personas, me relajé y descansé después de otro intenso pero gozoso maratón. Ya habrá tiempo para pensar en el siguiente.

«Y cariño, tú dirás lo que quieras, que es arte moderno y tal, pero para mí esto es un huevo de Alien en plena eclosión».

Las hordas de runners invaden Budapest (I), por Lester

Buda y Pest son dos ciudades unidas y separadas por el Danubio que a lo largo de su historia han vivido invasiones de todo tipo: los romanos, los tártaros, Atila, los otomanos, austriacos, polacos, los nazis en el 44,… por último, vivieron la ocupación ruso-soviética hasta el año 90. Desde hace 32 años, un domingo de octubre, Budapest vive la invasión de miles de corredores venidos de todas partes del mundo.

Este año me uno a las hordas de animosos corredores y en unas pocas horas estaré en la salida del maratón de Budapest, el decimoquinto en mi historial de corredor aficionado. El recorrido empieza en un lugar tan espectacular como la Plaza de los Héroes en Pest, pasa a Buda al otro lado del Danubio hacia el kilómetro 4, vuelve a Pest, nos lleva a atravesar la Isla Margarita, oootra vez a Buda, y ooootra vez a Pest cuando no nos lleguen las fuerzas, para acabar recorriendo el resto de kilómetros antes de entrar triunfales (espero) en el mismo paseo de la salida.

No sé cuántos maratones más le quedan a mis piernas, o a mis ánimos, quizás no muchos, así que quiero disfrutarlo como lo suelo hacer. A ser posible, sin sufrimientos. Suena cachondo, 42 kilómetros y quiero llegar fresco como una lechuga, con la sonrisa de quien sale del cine tras ver una de Woody Allen.

En uno de los capítulos del libro Nacidos para correr, el doctor Bramble, un estudioso del cuerpo humano y especialmente de la morfología de los corredores, comenta sus investigaciones acerca del funcionamiento y la resistencia de nuestro organismo, y resultan sorprendentes. El estudio parte de la edad de 19 años y, según sus resultados, el pico de velocidad se alcanza a los 27. A partir de esa edad el cuerpo humano va perdiendo velocidad y explosividad, pero de un modo mucho más lento de lo que nos creemos. Según el doctor Bramble, con entrenamientos constantes y sin lesiones de consideración, la regresión de las marcas es tan lenta que la curva indica que el nivel de los 19 años se vuelve a alcanzar ¡a la edad de 64!

Me animé al leerlo, porque eso significa que quizás pueda seguir con este ritmo de un maratón al año por mucho tiempo. Nada de quejarme de la edad y los achaques, a correr como cuando eras un crío. Martín Fiz acaba de demostrar esa longevidad del cuerpo y esa lenta regresión venciendo en la categoría de mayores de 50 en el maratón de Chicago a sus 54 palos, con una marca de 2 horas y 28 minutos. Una animalada incluso para jovenzuelos. Es su quinta victoria en los seis majors en los últimos dos años.

En mi caso, logré mi mejor marca personal en Copenhague, en el año 2014, con 3 horas y 36 minutos, a la tierna edad de 44 años. Unos 53 minutos mejor que la marca de mi debut con 34, cuando cometí la locura de correr un maratón sin haber pasado nunca de 15 kilómetros del tirón. Lo importante es que se puede mejorar, todavía puedo progresar. Todo en el running, como casi todo en la vida, es entrenamiento.

Para este maratón he podido entrenar bastante bien, con el parón de las tres semanas en Bolivia. 3 semanas en un planning de 16 quizás sea mucho y me falten algunos kilómetros de rodaje, pero a cambio me he metido en el cuerpo las últimas cinco semanas más intensas y con más carga de entrenamiento de todos los maratones que he corrido hasta la fecha. 

No he descansado ni un solo día de estos 35 y el cuerpo y la salud me han respetado. Corría 5 días a la semana y los otros 2 me iba al gimnasio a fortalecer la musculatura de piernas, las lumbares y mis abdominales, tan característicos como los de Cristiano Ronaldo. Según mi cuentakilómetros particular, he entrenado 364 kilómetros en estas 5 semanas, ¿qué puede salir mal?

Pues muchas cosas, como el cansancio propio del turismo en días previos, como me pasó en Nueva York o en Berlín (aquel día que gané a Gebreselassie), o un poco estos días. O la mala alimentación o la falta de hidratación. He tratado de prevenirlo a mi manera, con pasta, mucha agua y un litro de cerveza de diario (incorporamos la Dreher a la lista de cervezas que me he pimplado por ahí).

La noche anterior, como ahora mismo, me pongo nervioso, me faltará algo, no me quedaré dormido, descansaré suficiente, tengo las piernas cargadas, haré bien de vientre,… Todo eso se me pasa en la línea de salida, cuando te ves allí rodeado de ese ambiente y se dispara la adrenalina.

Mi único fallo esta vez es que olvidé algo tan fundamental como cortarme las uñas de los pies. Que nadie se ría, he visto a tíos abandonar por unos pies ensangrentados. Claro que tenían unas garras que ni los orcos, ni los uruk-hai. Ni siquiera mi hermano Dagos.

Puesto que mis amigos graciosetes saben que me he ido de finde romántico y me preguntan siempre por el sexo y el maratón, les recordaré tres cosas:

1. A los futbolistas les concentran varios días antes para que «no se dispersen».

2. El entrenador de Rocky Balboa siempre decía que «las mujeres debilitan las piernas».

3. Uno es un caballero y nunca habla de estos asuntos, si bien conviene recordar que Rocky es una película poco creíble y los futbolistas son unas nenazas que se quejan por jugar dos partidos a la semana.

¡Deseadme suerte mañana!

 

 

La tristeza de Murakami, por Travis

   

El escritor norteamericano Andrew Craig, interpretado por Paul Newman, acude a Estocolmo para recibir el Premio Nobel de Literatura, y en los días previos a la ceremonia se ve envuelto en una trama de espías, científicos envidiosos, refugiados e impostores en plena guerra fría. Se trata de la entretenida película El premio, de 1963, dirigida por Mark Robson, un film que me recuerda en algunos puntos a Con la muerte en los talones (Alfred Hitchcock, 1959) y a Cortina rasgada (Alfred Hitchcock, 1966). 

Paul Newman tenía 38 años cuando rodó El premio, y hoy en día resultaría poco creíble un Nobel de Literatura que ni siquiera hubiera entrado en la cincuentena, no digamos más joven. Mi momento favorito de la película se produce en la rueda de prensa en la que Andrew Craig explica que lleva años teniendo problemas para escribir lo que los críticos esperan de su pluma y que mientras le vuelve la inspiración sobrevive vendiendo novelas de detectives bajo un seudónimo. El escándalo que se monta entre los estirados académicos suecos y la prensa especializada es tremendo, ¡un Nobel escribiendo ficción barata! ¡Best sellers!

Estaría bien que ocurriera algo así en próximas ediciones del premio, o que se le concediera a un superventas, un Ken Follett o un Stephen King, o a nuestro Pérez-Reverte (¡con dos cojones!, diría este), porque en ocasiones da la impresión de que la Academia Sueca busca deliberadamente reconocer a autores alejados de los gustos de los lectores. La eterna separación entre crítica y público que se da en casi todas las artes.

Ya que la Academia ha tenido el valor de premiar al músico Bob Dylan, al autor y bufón Darío Fo, o a un político como Winston Churchill, a mí personalmente me encantaría que lo hiciera con un guionista de cine o televisión, porque en ocasiones es ahí donde encuentras las mejores historias y los personajes más inolvidables. Billy Wilder, Groucho Marx o I.A.L. Diamond ya nunca lo recibirán, pero todavía podrían hacerlo Woody Allen, William Goldman o, ¿por qué no?, Francis Ford Coppola.

Sin embargo, y por mucho que la relación entre cine y literatura sea frecuente, con escritores trabajando en Hollywood y frecuentes adaptaciones de libros de éxito, por mucho que las librerías se parezcan cada vez más a una videoteca, con portadas de libros con el rostro de Tom Hanks o Matt Damon, lo cierto es que parece lejano el momento en que un guionista tenga la consideración de la Academia. A veces pienso que la Academia, por aquello de huir del gran público, busca escritores inadaptables al cine antes que premiarlos.

Este año la casa de apuestas Ladbrokes volvía a señalar al japonés Haruki Murakami entre los favoritos, junto con el keniano Ngugi Wa Thiong’o (¿?), el surcoreano Ko Un (¿¿??) o el sirio Ali Ahmad Said Esber (¿¿¿???). Que me perdonen mi incultura, pero solo he leído a Murakami, que me gusta entre otras cosas por algunas referencias al cine que inserta en sus textos. Por otro lado, cumple la condición antes comentada: es tan retorcido y en ocasiones abstracto que resulta totalmente inadaptable al cine. A ver quién narices se atreve con El hombre de hielo, por ejemplo, o Sogormujo.

Supongo que la afición del escritor japonés Haruki Murakami por las carreras de fondo le vendrá bien para que se le pase el disgusto año tras año tras la (no) concesión del Nobel. Parece un tipo cercano, como Andrew Craig. Me lo imagino saliendo a entrenar a la misma hora en la que la Academia Sueca da a conocer el nombre del galardonado y llegando a su casa sudado, resoplando y pensando al ver que no hay periodistas apostados en la puerta: «otro año más que estos vikingos se lo dan a un completo desconocido».

Supongo que prefiere darse una buena ducha antes que buscar en Internet o llamar a su agente para saber quién ha sido el ganador, para no cabrearse como seguro que se cabreó los últimos diez o doce años con algunos desconocidos:

  • ¿Mo Yan? ¿Te refieres a Carlos, el tenista español? Ah, un chino que escribe «realismo alucinatorio», será un pastillero o un aficionado al LSD.
  • ¿Tomas Transformer? Ah, Tranströmer. Muy bien, se ve que este año le tocaba a alguien de la casa.
  • ¿Svetlana qué más? ¿Bielorrusa? Por escribir sobre Chernóbil, muy bien. No, no pienso ambientar mi próxima novela en Fukushima.
  • ¿Bob Dylan? Espera, que a ese le conozco. Me estás tomando el pelo. ¿El cantante zarrapastroso, el de Blowin’ in the wind? No, si la canción estaba bien, pero hace más de cincuenta años de aquello y te recuerdo que este premio es de Literatura. ¿Que se lo dan, dicen, «por haber creado una nueva expresión poética dentro de la gran tradición americana de la canción»? WTF? ¡Eso también lo hace Pitbull y nadie se lo reconoce!

Es posible que este año que aparecía en el primer puesto en todas las quinielas su rebote haya sido mayor al elegir la Academia a un medio japo

  • ¿Kazuo Ishiguro? ¿Pero qué han leído de él estos tipos de la Academia? Seguro que lo único que saben del Ishiguro este es que escribió la novela en la que se basaron para la película Lo que queda del día. Sí, la de Emma Thompson y Hannibal Lecter. Leyendo lo que han escrito algunos periodistas estoy seguro de que así es, saben poco más. Sí, lo sé, pero ya conoces a estos suecos. Ahora premiarán a un sudafricano o un australiano, después a alguien de habla hispana, luego a alguien polémico, ex soviético o de padres nazis, y al año siguiente a algún tipo inédito fuera de su país, alguien que apenas haya sido traducido a otras lenguas. Un togolés o un esrilankeño, o como se diga, para dárselas de eruditos los muy soplap… Que sí, que lo sé, que otro año será.

O no. Porque hubo autores consagrados que no lo recibieron nunca, como Nabokov, Proust, Mark Twain o Pérez Galdós. O León Tolstói, ¡o Borges! Y sin embargo durante décadas hemos visto nombres de autores galardonados con el Nobel de Literatura que no han pasado precisamente a la posteridad literaria.

El islandés Halldór Laxness (1955), seguramente un ídolo en su isla y… en su isla. Salvatore Quasimodo (1959), todo un premio de consolación por su apellido. Winston Churchill (1953) logró el premio que le negaron a Borges por hacer buenos discursos, «por su brillante oratoria en defensa de los valores humanos». Y muchos más.

En uno de sus libros más conocidos, De qué hablo cuando hablo de correr, celebrado por runners de todo el mundo como el Amiguete Lester, Haruki Murakami filosofa acerca de todo lo que le aporta salir a trotar cada día a su oficio de escritor. Uno de los capítulos lleva por título La mayoría de los métodos que conozco para escribir novelas los he aprendido corriendo cada mañana. En otro momento del libro habla de «la tristeza del corredor», el runner’s blue, una sensación de vacío más espiritual que física. Por el paralelismo que establece con la escritura puede entenderse más como apatía que como tristeza, una falta de ganas de enfrentarse a las millas de carrera similar a la angustia del folio en blanco.

«Creo que todavía no soy capaz de explicarlo bien. En última instancia, tal vez solo pueda afirmarse una cosa: que quizá la vida sea así. Y que quizá no nos quede otra opción que aceptarla sin más, tal cual, sin buscar circunstancias ni motivos. Como los impuestos, las subidas o bajadas de las mareas, la muerte de John Lennon o los errores arbitrales en el Mundial de Fútbol».

O como que le den el Nobel de Literatura a un congoleño antes que al bueno de Haruki.

Termino ya con un juego de conexiones entre cine y el Nobel de Literatura a la manera del escritor japonés:

«Doy forma a mis pensamientos mediante la labor de escritura. Y, al revisar los textos, profundizo en mis reflexiones. Por supuesto, a veces, por muchos textos que redacte, no consigo llegar a una conclusión, y a veces, por mucho que los revise, no consigo alcanzar mi objetivo. Como, por ejemplo, ocurre en este instante».

El premio se estrenó en 1963.

En 1963 se publicó la famosísima canción Blowin’ in the wind, de Bob Dylan.

Bob Dylan tenía un pequeño papel en la banda de maleantes de Pat Garrett y Billy The Kid, dirigida por Sam Peckinpah en 1973.

En 1973 falleció el chileno Pablo Neruda, Premio Nobel de Literatura en 1971. 

El cartero (y Pablo Neruda) es una deliciosa película de Michael Radford estrenada en 1994. 

En 1994 el Premio Planeta fue a parar a manos de Camilo José Cela por La cruz de San Andrés, una novela floja en la carrera del autor de grandes obras como La familia de Pascual Duarte, y otras trasladadas a la gran pantalla como La colmena o ese relato cuya mayor gracia está en el título: La insólita y gloriosa hazaña del cipote de Archidona. Cela recibió el Nobel de Literatura en 1989.

En 1989 se estrena una de las películas que mejor trata la pasión juvenil por la literatura: El club de los poetas muertos, adaptación del libro de Nancy H. Kleinbaum. Creo que nadie ha olvidado al profesor Keating, «¡oh, capitán, mi capitán!», interpretado por Robin Williams.

Robin Williams nació en 1951 en Illinois, el mismo estado natal de Ernest Hemingway, Nobel de Literatura en 1954.

Hemingway mismo era un personaje de cine y así lo entendió Woody Allen cuando le incluyó en Midnight in Paris. Vividor, periodista, aventurero, juerguista, perteneciente al club de escritores suicidas, vio cómo varias de sus obras eran adaptadas al cine: Por quién doblan las campanas, El viejo y el mar o Tener y no tener.

Tener y no tener, de 1944, fue dirigida por Howard Hawks y protagonizada por Humphrey Bogart y Lauren Bacall. De la adaptación del guion se encargó un tal William Faulkner.

 

William Faulkner escribió el guion de El sueño eterno (1946), curiosamente dirigida por Howard Hawks y protagonizada por Humphrey Bogart y Lauren Bacall, ¿casualidad? Uno de los momentos más hilarantes de Amanece, que no es poco, se produce cuando el guardia civil Saza abronca al escritor argentino por haber osado ¡plagiar a William Faulkner! Con la devoción que sienten por Faulkner en ese pequeño pueblo de Albacete.

William Faulkner recibió el Nobel de Literatura en 1949.

En 1949 nació Haruki Murakami, cuya tristeza del runner o del escritor dejará de sentir en 2019, 25 años después del último Nobel japonés, Kenzaburo Oé. «A por ellos, Haruki, oé, a por ellos, oé, oé».

Queda dicho.

 

 

En un mundo perfecto, por Josean

En un mundo perfecto, este simulacro de votación del 1-O se hubiera frenado hace tiempo, pero no por la acción de los tribunales o de los que se oponen al mismo, sino por la cordura de los que lo iniciaron a base de saltarse toda la legalidad y las normas básicas de comportamiento democrático, incluyendo el debate, el análisis de las propuestas y la consideración de los que piensan diferente. Sigue leyendo

Frases de cine para usar en el trabajo (II)

Continuación de: Frases de cine para usar en el trabajo (I).

No quiero terminar como Lester Burnham en ese fenomenal arranque de American Beauty, cuando le vemos despertarse pesadamente para ir al trabajo, con una desgana absoluta, y le escuchamos:

En cierto modo, ya estoy muerto.

Después de disfrutar de «el mejor momento del día» en la ducha, acude en coche medio adormilado mientras su voz en off nos cuenta que:

He perdido algo. No estoy muy seguro de lo que es,

pero sé que no siempre me he sentido tan apático.

La motivación, como anuncié al final de la primera parte de esta recopilación de citas. Las ganas de levantarse cada mañana, cuya falta puede convertir tu rutina diaria en un infierno si no le pones remedio. El bueno de Lester parece encontrarlo cuando manda todo al carajo y presenta a su superior un escrito con la descripción de su trabajo, algo que desde ese ente casi siempre invisible llamado la Dirección habían solicitado a la plantilla porque había que acometer «ajustes»:

Habré visto esta escena un millón de veces y me sigo riendo como la primera vez. Me la sé de memoria, aunque espero no necesitarla nunca:

Mi trabajo consiste básicamente en ocultar mi desprecio por los cerdos de Dirección, y al menos una vez al día meterme en el lavabo para cascármela, mientras sueño con vivir una vida que no se parezca tanto al infierno.

Como dije en una entrada hace eones, Lester Burnham no es un ejemplo a seguir, ni lo pretende, pero lo que me interesa de su filosofía aplicada al mundo laboral (y a su vida personal) son sus ganas de recuperar ese «algo» que dice haber perdido. Y cada uno busca ese «algo» por lo que levantarse cada mañana de una manera diferente. Lester opta por algo radical:

Quiero la menor cantidad posible de responsabilidad.

El dinero es secundario, hablamos de otra cosa, de recuperar una vida, la motivación, las ganas de levantarse por la mañana ya sea para hacer deporte, ir al trabajo o retozar con tu mujer. A Lester le da igual la pasta, y eso es lo que me gusta de él. En cierto modo, su impulso es el mismo que siente Jerry Maguire / Tom Cruise cuando se pone a escribir su declaración de objetivos bajo el título Las cosas que pensamos y no decimos:

Odiaba mi lugar en el mundo (…) Habíamos olvidado lo que era importante (…) De repente, todo estaba muy claro. La respuesta era menos clientes, menos dinero. Más atención (…) Empezar nuestra vida de verdad (…) Era el yo que siempre había querido ser.

El empleado de la copistería donde lleva la declaración para imprimir las ciento diez copias que le costarán el despido le suelta mi frase favorita de la película:

Así es como uno se hace grande, con un par de pelotas.


Eso intento cada día en el curro, no olvidar quién soy o cuáles son mis principios. Con un par. Y sin embargo, la frase que todo el mundo recuerda de esta peli es la que suelta el personaje interpretado por Cuba Gooding Jr., mucho más acorde con este mercado laboral tan competitivo:

¡Enséñame la pasta! / Show me the money!

El dinero y la responsabilidad deberían ir parejos, aunque cada vez conozco más casos de gente que quieren lo primero (y el poder asociado) sin tener que soportar lo segundo sobre sus espaldas. A ellos va dedicada la cita de Ben Parker, el tío de Spiderman, aunque la frase original estuviera en un discurso de Franklin Delano Roosevelt:

Un gran poder conlleva una gran responsabilidad.

No todos los jefes lo asumen. Hace años hice un curso que utilizaba imágenes del deporte y escenas de cine para hablar de motivación en el trabajo, dirección de equipos, gestión de los recursos, etcétera. Hoy a todo esto se le llama coaching, que vende más. Recuerdo escenas de Profesor Holland, de El indomable Will Hunting, de un partido de Mourinho con el Oporto, y una muy conocida sobre esa clase de jefes despreciables que solo buscan su bonus importándoles un carajo su equipo. Es el famoso discurso de Alec Baldwin en Glengarry Glen Ross, basada en la obra de teatro del mismo título de David Mamet:

La buena noticia es que están despedidos. La mala es que tienen solo una semana para recuperar sus puestos, a contar desde esta noche.

Bueno, es otra forma de motivar, las amenazas y los insultos en los que se regodea el HdP de Mr. Fuck-off Alec Baldwin son un cohete en el culo para el equipo de vendedores. Reconozco que me he congraciado con este actor después de haberle odiado durante años por este papel y por ser el afortunado que se quedó con nuestro icono sexual ochentero Kim Basinger. Y curiosamente el mayor de los Baldwin ha recuperado mi afecto por dos papeles chorras paródicos: el de Torrente 5 y su parodia de Donald Trump en televisión, que le ha hecho ganar un Emmy recientemente.

Merece la pena buscar vídeos en YouTube de su caracterización del POTUS más peligroso desde George W. Bush.

¿Ves este reloj? Este reloj vale más que tu coche.

El año pasado gané 970.000 dólares, ¿cuánto ganaste tú?

Jefe tóxico, nocivo sin duda, pero hay otro detalle cachondo en el vídeo de Glengarry Glen Ross, ¿os habéis fijado quién es el segundo de Baldwin? Esa ladilla rastrera que parece asentir a cada insulto de Baldwin es Kevin Spacey, ¡joder, Lester Burnham! ¿Qué pasó con ese «tipo corriente sin nada que perder»? ¡Al final se salió del curro para encontrar otro en el que ganara más sin importarle tener que putear a sus compañeros!

Les desearía buena suerte, pero no sabrían qué hacer con ella.

Con esa evolución, no debe extrañarme que Lester Spacey o Kevin Burnham, vendido a la pasta, terminara siendo otro jefazo repulsivo en la divertida comedia Cómo acabar con tu jefe:

 Has trabajado duro para conseguir ese ascenso, pero no sé si puedo confiar en ti.

Finalmente, tras varias humillaciones a su abnegado colaborador Nick (Jason Bateman), le niega el ascenso para quedarse él con los dos salarios, con el actual y con el del puesto vacante, y aprovecha para ampliar su despacho ante el asombro de Nick:

– Hace meses que insinúa que habría un ascenso para mí y he estado trabajando duro para conseguirlo. ¿Me ha estado mintiendo?

– ¿Mintiendo? No, Nick, ¡motivando! Todos formamos parte del mismo equipo.

El equipo. La motivación. Dos de los mantras de los que tanto se habla en el trabajo, pero que tanto cuesta conseguir. Charles Chaplin en El gran dictador lo tenía claro:

No quiero que mis trabajadores estén descontentos. Fusiladlos a todos.

Al Capone, en la soberbia interpretación de Robert de Niro en Los intocables de Elliot Ness, tenía claro que el equipo tenía que funcionar sin fisuras. No estaban permitidos los errores ni los individualismos. Y utiliza la metáfora del deporte. El béisbol:

Un hombre está de pie en el puesto meta. ¿Qué está a punto de conseguir? Va a conseguir una proeza individual. Está allí de pie, solo. ¿Pero en el campo, qué es? Forma parte de un gran equipo. Mira, lanza, batea, corre. Pero es parte de un equipo. (…) Si su equipo no le ayuda, ¿qué pasa? (…) Jamás ganará el partido, a menos que el equipo le ayude.

Así que en este repaso veo distintos modos de motivar, algunos éticamente reprochables y legalmente dudosos, como el miedo, el insulto o la humillación. Pero otros son lícitos, aunque como decía al principio, no deberían ser los principales, como el dinero. El amiguete Josean dice haber conocido a tipos que se creen como El lobo de Wall Street, a los que definió como «lobos de las finanzas», tipos que compran los discursos de Leonardo di Caprio o Gordon Gekko (Wall Street):

Dinero, lujos, objetos caros, esa es la motivación de este equipo de trabajo:

 Mis putos guerreros que no colgarán el teléfono hasta que su cliente compre ¡o muera! (…) Sed feroces, sed despiadados. Sois unos putos terroristas telefónicos.

Cuando cumplí 26 años ya era el jefe de mi propia firma de inversiones. Gané 49 millones de dólares, lo que me molestó porque me faltaron 3 para ganar un millón a la semana.

Trabaja hasta que tu cuenta bancaria luzca como un número telefónico.

Habrá quien le valga, pero yo sinceramente prefiero otras cosas. Tiempo, libertad para hacer lo que me plazca, tranquilidad.

Lo mismo que anhela Lester Burnham, cuando «todo era diversión y jodienda«.

Despreocuparse por las cosas materiales, como Tyler Durden (El club de la lucha), porque «lo que posees, acabarás poseyéndote«. Porque «cuando lo has perdido todo, es cuando eres libre de verdad». «No sois vuestra cuenta corriente, no sois el coche que tenéis, no sois el contenido de vuestra cartera, no sois vuestros pantalones».

La sencillez de las cosas que pueden provocar una sonrisa o un momento de felicidad con los amigos, como le ocurre a Andy Dufresne (Cadena perpetua): «Todo lo que pido son tres cervezas para cada uno de mis colegas… Pienso que un hombre trabajando al sol se siente más hombre si puede tener una botella de cerveza«. «Creo que es la clase de emoción que solo puede sentir un hombre libre«, piensa su amigo Red (Morgan Freeman) cuando se ve fuera de la cárcel por primera vez en cuarenta años.

Tener esperanzas, como el Viggo Mortensen de Captain Fantastic parafraseando a su idolatrado Noam Chomsky: “Si asumes que no hay esperanza, entonces garantizas que no habrá esperanza. Si asumes que hay un instinto de libertad, que hay oportunidades para cambiar las cosas, entonces, quizá, puedas contribuir a hacer un mundo mejor«.

«La libertad y la simple belleza son demasiado buenas para dejarlas pasar«, nos recuerda Chris McCandless, el protagonista de Hacia rutas salvajes, «La libertad siempre nos fascina, la asociamos en la mente con el escape de las obligaciones, la ley y la opresión«. Escapar de las obligaciones,… No parece sencillo. Claro que la propuesta de este joven que lo deja todo para vivir su aventura personal en Alaska es demasiado radical, y hay frases de la película que bien podría pronunciarlas cualquier personaje de Los lunes al sol: «No quiero saber qué hora es. No quiero saber qué día es ni dónde estoy. Nada de eso importa«.

Y ya que hablo de discursos motivadores sobre la libertad, hay pocos como el de Braveheart antes de saltar al campo de batalla:

Puede que nos quiten la vida, pero jamás nos quitarán ¡la libertad!

Así te sientes capaz de hacer cualquier cosa, cuando luchas por tu ideal. Sé que me he ido un poco del tema, «frases que usar en el trabajo», así que voy a terminar con dos citas que utilizo con cierta frecuencia. Una, de Óscar Wilde, válida para hacerme una idea sobre todas aquellas personas que conoces en el trabajo a lo largo de años:

La primera impresión es siempre la buena, sobre todo cuando es mala.

Y dos, como no podía ser de otro modo, cierro con el inimitable Groucho y la frase con la que siempre «triunfo» en las cenas de empresa:

¿Llamas a esto una fiesta? La cerveza está caliente y las mujeres frías.