¿El mejor de todos los tiempos?

BARNEY, 29/11/2020

¿Maradona, Michael Jordan y Federer? Hay quien prefiere a Messi, LeBron James o Nadal. O a Pelé, Magic Johnson y Djokovic. O a tantos y tantos otros.

Con cierta frecuencia surge el debate sobre quién era el mejor de todos los tiempos en un determinado deporte, ya sea el tenis, el fútbol o el baloncesto. O el atletismo, el boxeo y el ajedrez. The GOAT, como dicen los americanos, «Greatest Of All Time». Si el debate ya resulta imposible de contrastar en deportes individuales, no digamos lo absurdo que parece discutir sobre este asunto en deportes de equipo. Le veo poco sentido y no suelo participar por dos razones:

  • Huyo de las verdades absolutas en esto del deporte porque creo que hay muy pocas, y en este tema suelen pesar más las preferencias o las filias de cada uno. No es solo una cuestión de títulos. Este año, por ejemplo, Carlos Sáinz ha sido elegido «mejor piloto de la historia del Mundial de Rallys», pese a que solo ganó dos mundiales, muchos menos que el francés Sebastian Loeb (nueve títulos). Pero el madrileño ha añadido el París-Dakar a su palmarés y, sobre todo, que sus títulos se produjeron en un momento en el que el mundial de Rallys tenía una enorme competencia de marcas y pilotos.
  • Y en segundo lugar, porque afirmar con rotundidad que Messi es mejor que Maradona, Cristiano Ronaldo o Di Stéfano, o que LeBron James está por encima de Michael Jordan, o que «Federer es el más grande de la historia», supone comparar jugadores distintos en momentos diferentes del deporte. Con condiciones incomparables, tanto en lo técnico, como en lo físico, o incluso en las reglas del juego, que también tienen su importancia.

A todo ello le añado que la mayoría de nosotros no ha visto jugar a todos los futbolistas o tenistas que en la historia ha habido como para establecer de manera pretenciosa quién ha sido el más grande de todos ellos. O ellas, no me vaya a criticar la señora ministra.

Con la muerte de Maradona esta semana, se ha vuelto a abrir el debate sobre si se ha ido «el mejor de la Historia», «el D10S del fútbol», «el más grande» y todos esos titulares sensacionalistas que hemos leído estos días. Por diversas circunstancias este año se puede discutir sobre quiénes han sido los mejores de siempre en varios de mis deportes favoritos, y de eso va el post de hoy. Siento defraudar a quien espere verdades absolutas porque no las va a encontrar. Salvo dos: Michael Phelps es el mejor nadador de la historia por títulos y marcas, y Pau Gasol es, sin ninguna duda, el mejor jugador de baloncesto español de la historia.

Tenis

Durante muchos años hemos escuchado que el suizo Roger Federer era «el mejor de la historia» del tenis. Sus 20 títulos de Grand Slam le avalaban, pero ya en su día dije que nuestro Rafa Nadal podía competir perfectamente por ese título, y ya le ha igualado en esa veintena de títulos. No tengo claro el orden, pero sí afirmo que los tres mejores de la historia lo componen el Big Three que hemos disfrutado durante casi dos décadas: Nadal, Federer y Novak Djokovic. Pete Sampras nunca logró ganar sobre tierra batida y sus 14 grandes quedan muy lejos de este trío. Bjorn Borg, Rod Laver, Roy Emerson, Jimmy Connors y André Agassi estarían (para mí) con Sampras en ese segundo nivel.

El Big Three ha logrado 57 de los 69 Grand Slams disputados desde 2003, lo cual es una salvajada descomunal, teniendo en cuenta que durante ese tiempo han coincidido con grandísimos tenistas como Andy Murray, Del Potro, Wawrinka o la nueva hornada de los Thiem, Zverev o Medvedev. Pero, ¿quién es el mejor del Big Three? Yo presento la candidatura de Rafa Nadal y quizás en un par de años le supere Novak Djokovic, pero ahora mismo estos son mis argumentos:

  • Nadal ha logrado más Grand Slam (20) que Nole (17), y tiene más Masters 1000 (35) que Roger Federer (28). Nole tiene 36.
  • Ha logrado acabar 12 temporadas entre los dos mejores del mundo, superando al mismísimo Federer en esa estadística. Es incombustible, pese a que muchos le pronosticaron una carrera breve.
  • Ha ganado el oro olímpico individual y en dobles. Federer solo lo logró en dobles y Nole no lo ha logrado en ninguna de las dos categorías.
  • Ha ganado cinco Copas Davis, por solo una de Federer y Djokovic.
  • En sus enfrentamientos directos con el tradicionalmente considerado el mejor de todos los tiempos, Federer, domina 24-16.

Entenderé a quien considere que el suizo sigue siendo el más grande, porque a Nadal le sigue faltando el torneo de maestros, el ATP Masters que Federer se ha llevado en 6 ocasiones. Djokovic se lo ha llevado en 5 ocasiones, es el más joven y el que tiene más pinta de poder seguir aumentando su palmarés. El serbio tiene además a su favor que domina los enfrentamientos directos con sus dos rivales: 27-23 frente a Federer y 29-27 contra Nadal. Federer y Djokovic superan a Nadal en semanas como número uno del mundo, pero nuestro Rafa puede mirar a los ojos a ambos y discutir apoyado en varias razones quién ha sido el más grande de todos los tiempos.

Baloncesto

Con la victoria de Los Ángeles Lakers sobre Miami Heat en la final de la NBA en Orlando, se ha abierto de nuevo el debate sobre quién era el The Goat en este deporte: LeBron James o Michael Jordan. La unanimidad que parecía existir sobre Jordan se cuestiona tras el cuarto título de LeBron con su tercera franquicia (tras lograrlo con Miami y Cleveland). Los jóvenes han sido fundamentales en este cambio de tendencia, como se vio en una reciente encuesta en los Estados Unidos en los que LeBron era considerado por delante de Jordan en 29 de los 50 estados del país. Los que siguieron la serie que dedicamos mi hijo y yo a los playoffs y finales de la NBA verían cómo Ibra, que sabe mucho más que yo de esto, se decantaba por James, mientras que «los ancianetes» seguimos creyendo que Jordan fue el más grande.

Nuevamente si hablamos de títulos o estadísticas hay otros jugadores que superan a ambos, como Bill Russell, con 11 anillos de la NBA, o John Havlicek, con 8. Wilt Chamberlain fue elegido por la NBA como «el jugador más dominante de la historia», ya que promedió más de 30 puntos y 20 rebotes por partido a lo largo de toda su carrera. Si hablamos de revolucionar el juego, es indudable el peso que tuvieron Magic Johnson (5 títulos) y Larry Bird (3) para relanzar una NBA que andaba de capa caída a finales de los setenta y principios de los ochenta. Kareem Abdul-Jabbar sigue siendo el jugador con más MVP de una temporada regular, seis, seguido por Michael Jordan y Bill Russell con cinco, y Chamberlain y LeBron con cuatro.

Mi favorito sigue siendo Michael Jordan, seguido por Kobe Bryant y Magic, aunque puedo comprender a los (jóvenes) defensores de LeBron. The last dance es una obra maestra de las series documentales que narra cómo Jordan fue trabajando y puliendo su cuerpo, mejorando su técnica, cómo exigía más a su entorno, hacía mejorar a sus compañeros, para lograr lo que logró: dos «threepeat». Acabar con la dinastía de Lakers y Celtics, y destrozar a los Bad boys de Detroit. Seis títulos en seis finales, pese a los dos años de descanso que se tomó para jugar al béisbol en medio de los éxitos. Dos oros olímpicos (1984 y 1992), y la sensación de dominio del juego y de control de la situación que no he visto ni siquiera en Magic y Bird, que eran dos grandes en esto.

LeBron tiene cuatro títulos de la NBA obtenidos en las diez finales que ha disputado. ¡Diez!, una animalada, nueve de ellas consecutivas. También ha ganado dos oros olímpicos (2008 y 2012), aunque recuerdo sus fracasos en Atenas 2004 y el mundial de Japón 2006, solo bronce en unos campeonatos en los que el oro era obligatorio para los norteamericanos. Pero lo que hace muy grande para mí a LeBron es haber sido capaz de ganar el título con tres equipos diferentes. No acomodarse a una franquicia y saber reinventarse. En un nuevo equipo, adaptarse a otros compañeros y entrenadores, y progresar en su juego año tras año: en defensa, en tiro exterior o esta temporada como máximo asistente.

Fútbol

No lo tengo nada claro. ¿Es Maradona el mejor de todos los tiempos? Al mismísimo Diego se lo preguntaron hace tiempo y dijo que el más grande había sido Alfredo Di Stéfano. El brasileño Pelé coincidía con Maradona acerca de Don Alfredo como el más grande que había visto. Di Stéfano era el mejor delantero, medio centro, defensa, extremo y lo que hiciera falta, porque los que lo conocieron destacan que su voracidad hacía que se multiplicara en el campo para recuperar, distribuir y marcar los goles que su equipo necesitara. ¿Y qué opinaba el propio Alfredo Di Stéfano? Pues nos sorprendió a todos cuando dijo que para él, que de esto sabía un rato, el más grande había sido el paraguayo Arsenio Erico:

«Erico es diferente a todo lo que vi. Un jugador notable. Todo lo que engloban, sin exagerar, las cinco letras de la palabra crack. Para mí, un malabarista de circo, un artista. Perdón, un gran artista. Tenía un salto único y valía la pena comprar una entrada para verlo jugar».

Años después, en 2008, Di Stéfano dijo que el mejor de la historia sin duda había sido Maradona, aunque por aquel entonces la carrera de Messi estaba en sus principios. Otro candidato que nunca aparece en estos listados es el húngaro Ferenc Puskas, por palmarés y por figurar como el «mejor goleador histórico en Ligas» para la Federación Internacional de Historia y Estadística del Fútbol (IFFHS). Si hubieran ganado aquella final del Mundial de 1954… la victoria alemana fue denominada «el milagro de Berna», una de esas maravillosas historias del deporte que conviene conocer.

Yo no vi jugar a Di Stéfano ni a Puskas, y muy poco a Pelé, aunque he visto varios documentales suyos sobre su carrera y el espectáculo que debió ser el mundial de Brasil de 1970. Y por supuesto Evasión o victoria, película madridista donde las haya. A Johan Cruyff le he visto incluso en el Bernabéu, la primera vez que fui al estadio, pero para mí está en el siguiente escalón de los más grandes. Ganó tres Copas de Europa con el Ajax, ocho ligas holandesas, pero solo una en España y acabó jugando con el Levante. Con la selección holandesa alcanzó el subcampeonato del mundo en 1974.

Por palmarés y por mis gustos personales (y como tales gustos, son discutibles), hay otro holandés que supera a Cruyff, que es Marco Van Basten, el delantero centro más elegante que he visto nunca. Tres ligas holandesas, tres italianas en los años en los que el Scudetto era el campeonato más potente del mundo, dos Copas de Europa y la Eurocopa con la selección. Los mismos balones de Oro que Cruyff, con tres.

Para mí, Maradona es otra cosa. Es como lo que comentaba acerca de Michael Jordan, el jugador que controlaba el tempo del partido. Nunca nadie ha controlado lo que hacían los otros veintiún jugadores sobre el terreno de juego como lo hacía él. Su palmarés no es el más brillante, puesto que nunca ganó la Copa de Europa, por ejemplo, y «solo» ganó dos Ligas italianas, una Copa italiana y una UEFA con el Nápoles. Pero es que logró todo eso con el Nápoles, un equipo recién ascendido compitiendo en los años en los que la Juventus (campeona de Europa en 1985) y los equipos de Milán fichaban a los mejores jugadores del mundo. Consiguió también una liga argentina con Boca Juniors, una Copa del Rey con el Barcelona y el Mundial juvenil con su selección.

Pero donde fue auténticamente grande fue con la albiceleste. Su exhibición en el Mundial de México 86 es, quizás, la mayor exhibición individual de toda la historia de los mundiales. En Italia 90 llevó a Argentina a la final contra pronóstico y no logró más en España 82 por la veintena de faltas de Gentile y porque coincidió con la espectacular selección brasileña de Zico, Eder, Sócrates y Falcao.

No se puede comparar a Maradona con los futbolistas actuales porque en aquellos tiempos sufrió marcajes que hoy resultan imposibles de ver. Uno pone «Maradona y patadas» en YouTube y encuentra un festival salvaje de carnicería y caza al hombre. La entrada criminal de Goikoetxea sigue provocando escalofríos más de treinta años después. Igualito que el fútbol de hoy como para poder comparar. Fue grande además, jugando en unos campos infames, y en Barcelona, Nápoles, Argentina y con la selección. Os dejo uno de tantos vídeos sobre leñazos, uno en concreto que trata de explicar por qué Maradona caminaba (y saltaba, añadiría yo) de ese modo:

En el siguiente escalón a Maradona (y todo es discutible, por supuesto), están, junto a otros, Leo Messi y Cristiano Ronaldo. Messi es un talento puro y CR7 representa el esfuerzo constante que, unido a un gran talento, compite de cara a cara con los mejores de la historia. En palmarés y estadística supera a Leo Messi, aunque sé que esto reventará a los amiguetes no madridistas que aún me quedan. Sí, lo sé, Messi ha ganado más Ligas y Copas que Ronaldo a lo largo de su carrera, pero este ha ganado 5 Champions, por 4 del argentino. Que siendo estrictos en lo que al peso en el título se refiere, serían solo 3, puesto que en la de 2006, Messi solo anotó un gol y no jugó de cuartos de final en adelante.

Cristiano Ronaldo es el máximo goleador de la historia de la Champions, el segundo mayor a nivel de selecciones, y ha sido determinante con el Manchester, el Real Madrid, la Juventus y la selección, con la que ha logrado una Eurocopa y una Nations League. Messi tiene el oro olímpico y un Mundial sub-20, pero no ha logrado nada con la absoluta, ni ha sido capaz de ser determinante con la albiceleste, motivo por el cual está claramente por debajo de Diego Maradona en cuanto a consideración de sus compatriotas. En eliminatorias de Champions, las estadísticas de Cristiano son muy superiores a las de Leo Messi, que en sus últimos años ha deambulado por Roma, Liverpool, Turín o Lisboa mientras su equipo era vapuleado.

Cuestión de opiniones. Yo no digo que Cristiano sea mejor que Messi, es un debate que no me interesa. Hablo de presencia en el juego, de competitividad, mejora continua, personalidad, hacer más fuertes a tus compañeros y ahí Ronaldo está varios cuerpos por delante de Messi, aunque este pueda tener mayor talento y habilidad técnica. Y protección. Sí, protección, la que Messi siempre ha gozado en los años más duros del Villarminiato, que para mí devalúan varios de los títulos nacionales obtenidos. Por eso no ha salido nunca de ese círculo de protección del que goza en Barcelona. Protección mediática, institucional y arbitral. Además, Messi ganó todo mientras tuvo a Xavi, Iniesta, Alves, Puyol o Neymar jugando a su lado. Sin ellos ha bajado muchos enteros, mientras que los jugadores españoles mencionados fueron decisivos para ganar un Mundial y dos Eurocopas.

No puedo cerrar este post sin hablar de otros dos grandes, que para mí también merecen estar en el peldaño siguiente a Maradona: Zinedine Zidane y Ronaldo Nazario. El francés es otro de esos talentos determinante en varios clubes (Girondins, Juventus y Real Madrid) y en la selección (un Mundial, una Eurocopa, un subcampeonato del mundo), talento en estado puro, elegancia y el único jugador al que he visto dominar un partido como a Maradona en un Mundial: el célebre Francia-Brasil de 2006, un partido que disfruté en directo con la boca abierta:

Ronaldo Nazario es el delantero más bestial que he visto en un terreno de juego, por potencia y por técnica, y siempre nos quedará la duda de qué habría sido de su carrera sin las lesiones que lo apartaron dos años de los terrenos de juego. Pero el Ronaldo de los años previos a su lesión, en Holanda, en el Barça, el Inter y la selección, es de lo mejor que he visto en mis años de espectador de fútbol.

Todo es debatible, y por supuesto, estaré encantado de confrontar opiniones con los lectores que quieran. DEP, Maradona (el futbolista).

Como todos los lectores asiduos de este blog sabéis, si queréis colaborar por una buena causa a través de una ONG contrastada, es posible hacerlo mediante microdonaciones en este enlace: Ayuda en Acción/colabora

Volverán las malditas mascarillas

LESTER, 22/11/2020

Hace más de seis años que estamos dando la lata en este blog y a lo largo de todo este tiempo los cuatro amiguetes se han atrevido con todo tipo de textos: opinión, crítica cinematográfica, relatos, crónicas deportivas y maratonianas, ensayo, incluso algún guion o esbozo de guion, versiones políticamente correctas de las letras de Siniestro Total,… pero nunca, nunca, ninguno de los cuatro amiguetes se ha atrevido con la poesía.

Y desde luego no seré yo quien lo haga, pues no estoy nada dotado para la misma, no ya para escribirla, sino para leerla e interpretarla correctamente. Tengo amigos que escriben poesía y cada vez que me piden opinión sobre alguno de sus textos lo paso fatal. Les reconozco la belleza del lenguaje, de las palabras empleadas, pero también mi incapacidad para entrar en el significado, en los sentimientos que plasman con (me consta) denodado esfuerzo.

Esta semana hemos sabido que se otorga el premio Cervantes de 2020 al poeta valenciano Francisco Brines. Sucede en el palmarés a otros dos poetas: la uruguaya Ida Vitale en 2018 y el catalán Joan Margarit en 2019. Parece que la poesía está de moda o, al menos, de plena actualidad en estos tiempos en los que solo escuchamos hablar de virus, pandemias y vacunas. El premio Nobel de Literatura de 2020 se ha otorgado a la poeta estadounidense Louise Glück, luego parece que entre los críticos, entre los que deciden este tipo de galardones, se ha optado por la poesía para que no quede relegada al olvido en una sociedad atacada por problemas más mundanos. Cada vez que se decide uno de estos premios me cabreo conmigo mismo, no por no haber leído nada del premiado, sino sobre todo cuando ni siquiera he oído hablar de ellos en mi vida, como ocurre con los cuatro nombres que acabo de mencionar.

He leído algunos artículos sobre el señor Brines y me han gustado varias de las ideas que dejaba: «la poesía es un refugio siempre. Cuando el hombre padece pandemias, en particular la poesía se encuentra con lo mejor, con lo más atractivo del otro. Lo que yo intento, cuando la escribo, es llegar al otro. Se cumple la comunicación”.

«Con la poesía he tratado de tantear respuestas, clarificar oscuras emociones y, así, ir tratando de ver con mayor nitidez, con mayor claridad, las oscuridades que nos acompañan en la vida. La poesía tantea las sombras para encontrar un poco de luz».

Es precisamente esa búsqueda de la luz en este mundo de pandemias la que inconscientemente llevó a mi personaje de El oso gris a refugiarse en la poesía: «Al fin y al cabo, ya nadie lee poesía». Y es por esa misma razón por la que me voy a atrever con la poesía y dejar aquí cuatro versos mal hechos. Ya he justificado previamente mi absoluta carencia de talento, así que haré como las únicas veces en mi vida que he osado adentrarme en este género: fusilar y parodiar a los más grandes. Sí, amigos, Érase un hombre a un móvil pegado fue mi particular homenaje a Quevedo, mientras que en Con cien cojones por banda compuse una crónica juvenil de un gran triunfo futbolero que revolvería a Espronceda en su tumba. Espero que ambos poemas perpetrados hace tiempo no salgan nunca a la luz. Hoy toca destrozar a los clásicos y crear una especie de Poemario de la pandemia, por aquello que decía Francisco Brines de mantener el contacto con la realidad.

Vamos con el primero, Don Gustavo Adolfo Bécquer:

De la época del colegio recuerdo algunos poemas que me interesaron, algunos que incluso soy capaz de recitar, como algunos versos de Segismundo en La vida es sueño o el inicio de la Oda a la vida retirada, de Fray Luis de León. Por cierto, los primeros días del confinamiento tuvieron mucho de ambos títulos. De esa misma época colegial recuerdo las Coplas a la muerte de su padre, de Jorge Manrique, una obra que habla del tiempo y la fugacidad de la vida. Aquí me he atrevido a «covidizar» las cuatro primeras:

Podría seguir destrozando clásicos, pero creo que por hoy ya me he generado suficientes enemigos, así que finalizo con uno de mis preferidos, el que hace el número XX de los Veinte poemas de amor y una canción desesperada, de Pablo Neruda.

Pero la verdad es que no me apetece destrozar a Neruda. Podría intentarlo, como he hecho con Bécquer y Manrique, pero lo cierto es que no me apetece, ya hemos pasado de todo este año y ha habido mucho sufrimiento.

No quiero escribir los versos más tristes esta noche. No quiero escribir, por ejemplo: «la crisis ha estallado y tiritan, tiesos, los autónomos, nada lejos».

Eso de «pensar que no la tengo, sentir que la he perdido» me recuerda a muchas familias y no pienso pervertir ese sentimiento con chanzas como las precedentes. «Mi corazón la busca y ella no está conmigo»… no quiero ni pensar en las familias que han perdido a un ser querido de la noche a la mañana. Hace poco leí que «las mascarillas nos han robado las sonrisas» y es cierto. Cae la felicidad, ganan la tristeza, la angustia y la crispación. Menos mal que hay personas que sonríen con la mirada, gente a la que las malditas mascarillas del título no le han borrado la alegría de la cara.

En Bolivia me encontré con un grupo que garabateaba versos en las paredes. De todo tipo, buenos, malos, divertidos, románticos,… Se denominaba Acción Poética Bolivia y no se me ocurre mejor modo de terminar este post que con una de sus frases:

Como todos los lectores asiduos de este blog sabéis, si queréis colaborar por una buena causa a través de una ONG contrastada, es posible hacerlo mediante microdonaciones en este enlace: Ayuda en Acción/colabora

Sí se puede. No se podía, pero ahora ya sí se puede

JOSEAN, 15/11/2020

Ahora resulta que sí se podía (¿acaso alguien lo dudaba?). Me refiero a que no se podía, pero ahora ya sí se puede bajar el IVA de las mascarillas, por más que desde el gobierno se nos indicara que no estaba permitido por la Unión Europea. Uno miraba los tipos impositivos de nuestro entorno y todos los países tenían tipos mucho más bajos que el nuestro, pero trataban de convencernos de que no era posible pese a que ya en mayo la Unión Europea indicó que se podían rebajar las tasas e impuestos de todos aquellos productos relacionados con la Covid-19.

No se podía, pero ahora ya sí se puede exigir una PCR negativa a los viajeros que lleguen de países de riesgo, como venían haciendo Italia y Francia, sin ir más lejos. La medida entrará en vigor a partir del 23 de noviembre, pese a que durante muchos meses se desestimó la implantación de esta medida, y aun hoy sigue haciéndolo el coordinador de emergencias, Fernando Simón.

«Sí se puede» fue un eslogan popularizado por la Plataforma de Afectados por la Hipoteca, una forma de decir que había alternativas para los ciudadanos, que sí se podía paralizar un desahucio en los años duros de la terrible crisis del ladrillo que terminó en crisis de deuda. El partido de Pablo Iglesias se adueñó en sus inicios del eslogan, tres palabras que además encajaban a la perfección con el nombre escogido para el partido, Podemos, un lema que sus seguidores proclamaban en sus mítines y manifestaciones públicas.

“Sí se puede” como lema de que sí se podía hacer otro tipo de política, más cercana al ciudadano, como nos vendían, y alejada de ese gran «Monstruo» de varias cabezas que eran (pronúnciense con voz catastrofista) la banca, las grandes empresas, la Unión Europea, ¡la casta! Cada semana que pasa descubrimos que muchas de las cosas que pensábamos que no eran posibles, realmente sí lo son.

Ahora parece que sí se puede dormir tranquilo teniendo a Pablo Iglesias de vicepresidente de gobierno. Atrás quedaron esos tiempos en que Pedro Sánchez decía que no se podía formar un gobierno en coalición con los de Pablo Iglesias, porque con Unidas Podemos en el gobierno «no dormiría tranquilo por la noche. Junto con el 95% de los ciudadanos que tampoco se sentirían tranquilos». Septiembre de 2019, Sorprende la naturalidad con la que hemos visto que «sí se puede».

Sí se podía pactar con Bildu, pese a que escuchamos en innumerables ocasiones que «con Bildu no se acuerda nada» (junio de 2019), o que «no me voy a reunir con Bildu», «ni siquiera para decirles que no» (febrero de 2016), porque estaba claro que «con Bildu no vamos a pactar, si quiere se lo digo cinco veces o veinte durante la entrevista» (abril de 2015).

El primero de los documentos de la ignominia fue el acuerdo firmado con nocturnidad y alevosía entre el PSOE y Bildu para derogar la reforma laboral. Estoy convencido de que el logotipo del PSOE en el mismo encabezado que el de EH Bildu tuvo que revolver los estómagos de miles de militantes socialistas, empezando por Nadia Calviño.

Pero aquel documento tan bochornoso ha sido sustituido por la elección de Bildu como socio preferente para el acuerdo de negociación de presupuestos. Que sea Arnaldo Otegi quien anuncie ufano el principio de acuerdo no es casual, lo que ha creado malestar en varias voces destacadas del partido socialista.

Pues sí, resulta que no se podía, pero ahora ya sí se puede pactar con Bildu e incluso blanquearlos, como llevan haciendo desde hace unos meses, y de modo especialmente vergonzoso esta última semana. Pero es que ¡también se podía pactar con Esquerra Republicana de Cataluña!, pese a que Pedro Sánchez dijera hasta la saciedad que no iba a pactar los presupuestos con los independentistas por la oposición de los militantes del partido y, entre otras cosas, porque «los líderes independentistas no son de fiar».

El otro día escuché en la radio que es Pedro Sánchez quien ha cambiado de opinión, porque Pablo Iglesias había tenido muy claro desde el principio cuál era su agenda. Y en este punto de las coaliciones está claro que ha sido su partido el que se ha salido con la suya en la elección de los aliados. Pero hablar de coherencia en el caso de Iglesias tampoco parece lo más acertado.

Parece ser que no se podía salir del barrio de toda la vida porque eso significaba perder el contacto con la gente y era peligroso «el rollo de aislar a alguien. Este rollo de los políticos que viven en chalets, que no saben lo que es coger el transporte público o el precio de un café». No se podía, pero ahora ya sí se puede uno comprar un casoplón de 600.000 euros, moverse en coche con escolta y chófer, y alejarse «del pueblo». Pero es que las «líneas generales» de los que llegaron para combatir a la casta han cambiado tanto como los Siete Mandamientos que los animales escribieron en el muro de la granja de Orwell (Rebelión en la granja podemita).

No se podía mantener a un imputado o investigado en el partido, no digamos a un condenado, pero ahora ya sí se puede. Recordemos que los líderes de Podemos dijeron hasta la saciedad que no era admisible que un partido tuviera miembros imputados en sus filas, o que no se asumieran responsabilidades políticas en una investigación por financiación irregular. Esta misma semana, el 20 de noviembre, la cúpula de Podemos acudirá a declarar por financiación irregular.

Pedro Sánchez dijo que no se podía permitir que un partido condenado por corrupción estuviera en el gobierno, pero tras la sentencia de los ERE y la condena a los dos anteriores presidentes de su formación parece que sí se puede, y veremos qué ocurre con la investigación a Podemos. Los de Iglesias insistieron con que no se podía tener a miembros del partido imputados y en cargos de responsabilidad, pero ahora ya sí se puede, e incluso se les asciende, como ocurrió con Isa Serra o con Pablo Echenique. Al igual que hacían los líderes animales de la granja, en Podemos han añadido una coletilla a la máxima de la que presumían: «no tendrán que dimitir si son imputados… por actividades ajenas al ejercicio de su cargo público».

Y así con prácticamente todo. No se podía, pero ahora ya sí se puede beneficiar uno de su estatus de aforado, pese a que en el código ético del partido se abogaba por lo contrario o pese a que en su programa electoral hablaran de «eliminar los privilegios procesales». No se podía politizar la justicia, ni controlar la elección de los miembros del Consejo General del Poder Judicial, pero ahora ya sí se puede, incluso yendo un paso más allá y designando directamente al mayor número posible de miembros afines.

No se podía hacer bromas machistas, pero ahora ya sí se puede e incluso se puede ejercer el machismo más trasnochado «guardando» durante meses la tarjeta SIM del teléfono de una mujer de veintitantos años para no someterla a «más presión».

No se podía meter mano a la educación sin un consenso previo, no se podía nombrar consejeros a dedo, y menos aún que fueran familiares, amigos o personal de confianza del partido, no se podía nombrar un fiscal general del Estado que no fuera independiente, no se podía controlar a los medios de comunicación, ni coartar la libertad de expresión, ni aplicar la llamada «ley Mordaza» (excepto si era para proteger la seguridad de los moradores de cierta casa de Galapagar), en fin, no se podían hacer muchas cosas, pero queda claro que ahora ya sí se puede.

Como todos los lectores asiduos de este blog sabéis, si queréis colaborar por una buena causa a través de una ONG contrastada, es posible hacerlo mediante microdonaciones en este enlace: Ayuda en Acción/colabora

The US Presidents según Hollywood (II)

TRAVIS, 03/09/2020

Como ya dije en la primera parte, para llegar a la presidencia de Estados Unidos conviene tener una elevada capacidad actoral, porque la carrera electoral en realidad es una interminable sucesión de shows and performances adaptada a cada uno de los escenarios, es decir, a la mentalidad de los espectadores/habitantes de cada estado. Ahora que parece que se confirma la victoria de Joe Biden, es un momento excelente para alabar la interpretación de un actor como Jim Carrey transmutado en Joe Biden con el mismo acierto con el que Alec Baldwin lleva años interpretando el personaje de Donald Trump. Por esa capacidad de actuación, no debe extrañar que un actor con una larga carrera en Hollywood como Ronald Reagan accediera a la Casa Blanca en 1980. O que Arnold Terminator Schwarzenegger se convirtiera en gobernador de California. O que ascendiera a presidente de los Estados Unidos en The Simpsons: the movie. Genial esta parodia sobre la toma de decisiones de un presidente en el Despacho Oval:

Me interesan más las películas sobre los presidentes posteriores a la Segunda Guerra Mundial, que suelen ser mucho más críticas y ácidas, que las anteriores, porque el tiempo tiende a mitificarlo todo, a suavizar los errores de los personajes y a ensalzar sus virtudes. En muchas películas sobre personajes históricos, los actores que los interpretan hablan con ese aire de grandeza que les da el lugar que la Historia tiene reservado para ellos, y el problema es que parece que lo hubieran tenido siempre, incluso desde su formación como cadetes en una academia militar o en una universidad. Se convierten en verdaderas hagiografías, biografías demasiado elogiosas y poco humanas del personaje.

Para los interesados en el tema, George Washington aparece, entre otras, en Los inconquistables, película de Cecil B. De Mille de 1947, con Gary Cooper y Paulette Goddard, en El Patriota (2000), la estupenda recreación de Roland Emmerich de la guerra de Independencia, con Mel Gibson y Heath Ledger, o en George Washington: la leyenda (2000), en la que el primer presidente de la historia de Estados Unidos es representado por Jeff Daniels. De Thomas Jefferson solo recuerdo Jefferson in Paris (1995), uno de esos tostonazos de época rodados por James Ivory que no acabé de ver, pese a que contaba con Nick Nolte y Greta Scacchi en el reparto. Ulysses Grant aparece brevemente en uno de mis wésterns favoritos de siempre, Murieron con las botas puestas (Raoul Walsh, 1941), con Errol Flynn haciendo de General Custer, y también en esa cosa abominable llamada Wild Wild West (1999, esperpento perpetrado por Barry Sonnenfeld).

El «padre de la patria» estadounidense actual que, sin duda, aparece en más películas es Abraham Lincoln. El nacimiento de una nación (1916) y Abraham Lincoln (1930), ambas de D.W. Griffith, Lincoln en Illinois (1940, John Cromwell) y de esa época, la muy recomendable de John Ford, El joven Lincoln (1939), en la que Henry Fonda interpreta el papel de ese joven abogado que terminaría como presidente de la nación. Mucho más modernas son La conspiración, de 2010, el acercamiento de Robert Redford al complot que culminó su asesinato con éxito, y Lincoln, de 2012. Como todo lo que hace Steven Spielberg es muy interesante, y como todo lo que hace Daniel Day-Lewis resulta de una intensidad un tanto agobiante.

En ese mismo año 2012 se estrenó un delirio titulado Lincoln: cazador de vampiros, del que me bastó ver el tráiler para saber que no me interesaba lo más mínimo ver al presidente convertido en un Van Helsing cualquiera que, hacha en mano, se dedica a descuartizar vampiros. Quizás una noche en la que me encuentre muy, muy, muy, pero que muy aburrido…

Y de un presidente asesinado durante su mandato a otro: John Fitzgerald Kennedy. Sin duda, su asesinato y muerte prematura idealizaron para la posteridad su figura. La fenomenal disección del magnicidio de 1963 en Dallas que Oliver Stone muestra en JFK (1991) nos hace dudar casi de cada punto relacionado con la versión oficial de la comisión Warren. La exposición de la teoría de la bala única resulta magistral en pantalla, pero ya sabemos que Oliver Stone suele ser tan hábil como tramposo en sus películas. Un genio en lo suyo. Kennedy aparece también en Trece días (2000), sobre la crisis de los misiles de Cuba, interpretado por Bruce Greenwood y en El mayordomo (2013), con el aspecto que le da James Marsden.

Si a alguien le interesa de manera especial este tema, El mayordomo, que no es otro que Forest Whitaker, cuenta la historia de ficción de un trabajador humilde que nace como esclavo en una plantación, entra a trabajar en la Casa Blanca como mayordomo y conoce a siete presidentes norteamericanos. La película aprovecha todo ese período histórico para hablar de los conflictos raciales en Estados Unidos y termina, como no podía ser de otro modo, con una recepción con Barack Obama. Robin Williams interpreta sorprendentemente al primer inquilino del Despacho Oval que conoce este mayordomo, Dwight Eisenhower, el predecesor de Kennedy. Robin Williams, con un poco de ayuda y caracterización, lo mismo te interpreta a Eisenhower que a otro presidente como Theodore Roosevelt (Noche en el museo, 2006).

A Eisenhower le tendré siempre cierta simpatía por la serie Ike, con Robert Duvall en su papel, por su breve aparición en una de las películas bélicas más míticas de siempre, El día más largo (1962), cuando era «solo» general en el desembarco de Normandía, y por ser ese presidente que lanza la carrera espacial en Elegidos para la gloria (The Right Stuff), la fenomenal epopeya espacial dirigida por Philip Kaufman en 1983.

John Fitzgerald Kennedy estrechó la mano de Forrest Gump en una de las tres visitas de este a la Casa Blanca, en la famosa (e hilarante) escena de Tom Hanks tratando de contener sus ganas de mear ante JFK. Aunque me gustó más aún el momento en que Forrest visita por fin el baño y se encuentra con un retrato de Marilyn Monroe, ¡qué cabr… este JFK!

Tras su asesinato y en cuestión de horas, según nos contó Oliver Stone, Lyndon B. Johnson sucedió a Kennedy, y por supuesto recibió otra visita de Forrest Gump, casi más desafortunada que la primera, pues acaba enseñándole la herida de guerra “en el pompis” (palabra que, por cierto, aparte de los dobladores, no sé si usa alguien más). Liev Schreiber interpreta a este “presidente por accidente” en El mayordomo, al hombre al que le tocó el período entre los dos presidentes que sin duda más impacto tuvieron en la política mundial entre los sesenta y principios de los setenta: el mencionado Kennedy y Richard Nixon.

Nixon es otra figura que ha dado mucho juego a Hollywood. Todos los hombres del presidente, de Alan J. Pakula (1976), es una magnífica recreación de la investigación que realizaron los periodistas Bob Woodward y Carl Bernstein sobre lo que acabó siendo el Watergate, el caso de espías ilegales que le costó el cargo a Nixon. Qué tiempos aquellos en que los altos cargos dimitían cuando eran pillados cometiendo actos delictivos. Nixon no se libra de la visita de Forrest Gump, un error del que “se arrepentirá”, pues según el filme de Zemeckis, el Watergate se destapa por una llamada nocturna del bueno de Forrest.

John Cusack interpreta a Nixon en El mayordomo de una manera contenida, incluso amable, nada que ver con la interpretación de Anthony Hopkins en Nixon (1995), de nuevo de Oliver Stone. El Nixon de Hopkins y Stone parece siempre crispado, desconfiado, incluso el lenguaje gestual no me parece el adecuado según los vídeos que he visto del Nixon real. En ese sentido, me gusta más el Nixon de Frank Langella en Frost contra Nixon (2008), la película de Ron Howard sobre la famosa entrevista del periodista británico en 1977.

Ahora bien, si tengo que hablar de Nixon y Kennedy, nada me gusta más que la teoría que Watchmen deja caer en sus versiones: el disparo frontal que asesinó a Kennedy fue obra de El Comediante y Nixon se mantiene como presidente hasta mediados de los ochenta gracias a la intervención del Doctor Manhattan en la guerra de Vietnam. ¡Toma ya!, casi nada en la obra maestra de Alan Moore y Dave Gibbons.

Ya metidos en los ochenta, resulta paradójico que el actor metido a presidente Ronald Reagan haya contado con muy pocas caracterizaciones en el celuloide. Un actor sin ningún parecido con el difunto presidente como es Alan Rickman interpreta al antiguo cowboy en El mayordomo. Creo que falta algo de tiempo para que veamos alguna gran película sobre su figura, al igual que sobre Barack Obama (que fue “borrado” en La noche más oscura, la película de Kathryn Bigelow sobre la ejecución de Bin Laden). O sobre Bill Clinton, pues los personajes de Primary Colors y La cortina de humo eran poco más que remedos del expresidente.

Donald Trump es un personaje en sí mismo cuya presidencia dará para varias obras. De momento, ha aparecido en el documental de Michael Moore Fahrenheit 11/9 sobre su acceso a la presidencia, con un momento muy potente en lo visual, en el que se emiten imágenes de Hitler y el nazismo con discursos del propio Trump. La obra de Michael Moore es también muy crítica con la presidencia de Barack Obama, tanto en la teatralidad (el vaso de agua de Flint, Míchigan) como en sus “logros” como presidente.

Michael Moore tiene otros documentales sobre los presidentes norteamericanos, como Michael Moore in Trumpland (2016) o el acojonante (por lo que cuenta y por cómo lo cuenta) Fahrenheit 9/11, Palma de Oro en Cannes en 2004. Se centra en la figura de George W. Bush, comenzando por el robo de las elecciones en el estado de Florida en el año 2000, con el apoyo del gobernador Jeb Bush en un proceso completado por los jueces del Tribunal Supremo nombrados en su mayor parte por su padre, George Bush Sr., y continuando por las sospechosas y extrañísimas vinculaciones empresariales entre la familia Bush y la familia de Osama Bin Laden. Todo ello con las imágenes del 11-S, el 9/11 americano, de fondo. Ni el mejor de los guionistas de Hollywood habría escrito nunca nada similar al momento en el que informan al oído de Bush de los ataques terroristas sobre el World Trade Centre. Siete minutos bloqueado escuchando un cuento infantil. Asusta.

Como asustan las dos caracterizaciones más recientes que hemos visto del mismo presidente en W. (2008) y Vice, El vicio del poder en España (2018). ¿En qué se parecen Josh Brolin y Sam Rockwell? En nada, pero ambos hacen unas muy buenas caracterizaciones de George W. Bush. El primero, en la película de Oliver Stone (¿quién, si no?) sobre los «años locos» de Bush, sus problemas con el alcohol, su incompetencia para los negocios, la conversión al catolicismo y los sabios consejos de su padre (interpretado por James Cromwell), que acabarían llevándole a la presidencia de los Estados Unidos.

Sam Rockwell, por su parte, compone un Bush Jr. despreocupado por la política exterior, que deja a su capricho (y enriquecimiento propio) al Vice-President Dick Cheney. No evita casi ningún asunto: Halliburton, las invasiones de Afganistán e Irak, y el enriquecimiento de las empresas de Cheney mientras Bush mira para otro lado o directamente no se entera de los negocios de su brazo derecho. Grandes interpretaciones de Rockwell como Bush y de Christian Bale como Cheney, pero asusta ver que un tipo así no ha acabado sus días en prisión.

Poco más me queda por contar, alguna referencia más para curiosos. Como Benjamin Button tiene tantas similitudes con Forrest Gump, no podía dejar de conocer a un presidente: Theodore Roosevelt. El otro Roosevelt, Franklin Delano, aparece con la cara de Jon Voight en Pearl Harbor (Michael Bay, 2001), y su sucesor, Harry S. Truman, en Banderas de nuestros padres (Clint Eastwood, 2006) y como amigo de ese sueco chiflado que fue El abuelo que saltó por la ventana y se largó (2013). Quería acabar de una manera similar a la primera parte: con una parodia de uno de los grandes, Leslie Nielsen, haciéndole todo tipo de perrerías a esa primera dama entrañable que era Barbara Bush en The naked gun (Agárralo como puedas). La habré visto un millón de veces y me sigo partiendo la caja:

Preveo que en poco tiempo estaré comentando alguna peli sobre Trump, ¡hasta entonces!

Como todos los lectores asiduos de este blog sabéis, si queréis colaborar por una buena causa a través de una ONG contrastada, es posible hacerlo mediante microdonaciones en este enlace: Ayuda en Acción/colabora

The US Presidents según Hollywood (I)

TRAVIS, 03/09/2020

Hoy finaliza la campaña electoral a la presidencia de Estados Unidos, el país que celebra las campañas electorales más largas y caras del mundo, pero, posiblemente también, las menos tediosas debido al elevado grado de falsedad, teatralidad y sobreactuación que conllevan. Todo ello me ha dado la idea de dedicar estas dos entradas a la visión que el cine nos ofrece de los presidentes norteamericanos. Esta primera parte estará dedicada a los presidentes ficticios que hemos visto en películas, y ya en la segunda hablaremos de los reales, seguramente más inverosímiles que algunos personajes de este post, aunque hayan sido paridos por la mente de algún guionista más o menos brillante.

Puesto que he comenzado hablando de campañas electorales, la película de Mike Nichols Primary Colors (1998) fue una de las que mejor contó ese complejo y ordenado caos que es un equipo de partido en plena campaña electoral. El candidato a presidente estaba basado en Bill Clinton y fue interpretado de manera soberbia por John Travolta, que imitó muchos de sus gestos y miradas. El personaje fue suavizado respecto al de la novela en que se basaba, escrita por un periodista del Washington Post y que tuvo que ser publicada bajo seudónimo. Las infidelidades del candidato eran tapadas por su equipo y aparentemente ignoradas por su mujer, Emma Thompson en el filme. La doble moral o la falsedad de los candidatos son claves para el éxito de la campaña, y de ahí que El candidato interpretado por Robert Redford en la película de 1972, un abogado idealista, comprometido y sincero que no se calla lo que siente, que es honesto, sea un personaje que en principio jamás podría llegar a presidente. No al menos con sus principios, puesto que a medida que avanza la película comienza a obtener popularidad por su honestidad, hasta que «el sistema» se apropia de su discurso para pervertirlo y llevarlo de nuevo por el camino «correcto» que le marcan, es decir, apartado de sus propias convicciones.

Otra película relacionada con el mujeriego Bill Clinton es La cortina de humo, de 1997, en la que los asesores presidenciales inventan una guerra en los medios (¡contra Albania!) para tapar un escándalo sexual del presidente, cuyo nombre no se menciona. El guion es de David Mamet y parece sospechosamente cercano a la realidad. Durante la declaración de Mónica Lewinsky en el proceso de impeachment a Bill Clinton, aumentaron los bombardeos norteamericanos sobre Sudán y Afganistán. Los líos de alcoba del presidente de Estados Unidos dan bastante juego, como se vio en Love Actually (2003), la película de Richard Curtis en la que el flirteo del presidente norteamericano (Billy Bob Thornton) con la asistente del Primer Ministro británico (Hugh Grant) supone un cambio de actitud de este con respecto a su aliado. De lío de faldas a cambio de política exterior, así de simple.

La situación sentimental del denominado POTUS es la base de la película El presidente y Miss Wade (1995), una comedia romántica simplona para mi gusto, pero que se aguanta bien. Es la ventaja de contar con el guion de Aaron Sorkin (El ala Oeste de la Casa Blanca) y la dirección de Rob Reiner (La princesa prometida, Cuando Harry encontró a Sally, Misery). Michael Douglas pone el rostro al presidente Andrew Shepherd y se muestra muy comedido, sobre todo si recordamos que en sus anteriores películas había dado rienda suelta a sus instintos más primarios, o presidenciales (Instinto básico, Atracción fatal, Acoso). La aspirante a primera dama es la (siempre) estupenda Annette Bening, la mujer que logró que Warren Beatty sentara la cabeza.

Otra estupenda primera dama es la que interpreta Sigourney Weaver en Dave, presidente por un día, de 1993. El doble del presidente es el modesto dueño de un taller, Kevin Kline, al que le encargan que supla o que haga las funciones del verdadero presidente, que ha sufrido un accidente y está en coma. Para mí lo mejor de esta simpática película está en el momento en que el contable del modesto empresario comienza a analizar el presupuesto del gobierno y se da cuenta de la lamentable gestión que se realiza con el dinero público. Llega a la conclusión a la que llegamos todos: si yo gestionara el presupuesto de mi empresa de ese modo, estaría automáticamente despedido.

Y de primeras damas respetables a una deleznable, la que interpreta Glenn Close en Mars Attacks, la «tontá» de Tim Burton rodada en 1996. Creo que el director la soporta tan poco como yo, así que acaba bien sepultada bajo una pesada lámpara. Peor parado acaba su marido, el presidente Dale, un papel histriónico más en la carrera de Jack Nicholson. Su discurso buenista al líder marciano me recuerda a algunas bienintencionadas proclamas de líderes mundiales que acaban… bueno, como el líder norteamericano:

Se ve que colocar al “hombre más poderoso del mundo” en una situación de debilidad o inferioridad tiene su morbo, o su gracia. Muchas de estas películas nos muestran al POTUS como un tipo no muy inteligente, algo torpón, un pelele en manos de ese círculo de asesores que le rodean y le llevan de aquí para allá, o le tapan sus vergüenzas, porque en muchas de estas tramas nos lo pintan como un tipo sin escrúpulos. Es el caso de Poder absoluto (1997), la película de Clint Eastwood en la que este, un ladrón de guante blanco, presencia un asesinato cometido por los guardaespaldas del propio presidente (Gene Hackman) mientras este se trajinaba a la mujer de su mejor amigo, el típico magnate millonario americano.

En la línea de fuego, dirigida por Wolfgang Petersen en 1993 y también protagonizada por Eastwood, nos muestra al bueno de Clint como un antiguo guardaespaldas de Kennedy, un tipo que sigue trabajando para proteger la seguridad del presidente. Es un individuo con principios, tantos que no le importó dar una paliza a su anterior “protegido”, un senador bien posicionado, otro de esos tipos que piensa que el “poder absoluto” de su cargo le permite hacer de todo a una mujer. Un paso más allá va Peligro inminente, de 1994, en la que el agente de la CIA Jack Ryan (Harrison Ford) descubre que el presidente de Estados Unidos está implicado en una operación al margen del Congreso entre narcos colombianos.

Pero no todos los presidentes USA son mujeriegos, corruptos o imbéciles según la versión de Hollywood. La mayoría intenta salvar el mundo, ejercer ese papel de guardianes de la humanidad que se autoconfirieron no sé bien cuándo. Aunque en ocasiones resulten patéticos, como Peter Sellers haciendo de US President llamando al presidente ruso para decirle que, ejem,… están atacando su país por error y un B-52 le va a soltar unos pepinos atómicos si no consiguen frenarlo antes. Ocurre en ¿Teléfono rojo?: volamos hacia Moscú (Dr. Strangelove or: How I Learned to Stop Worrying and Love the Bomb en el original, 1964):

Gran película de Stanley Kubrick, enorme Peter Sellers interpretando tres papeles completamente diferentes. En mi imaginario el presidente norteamericano debería ser un tipo como Morgan Freeman, alguien que transmitiera sensatez y credibilidad aunque un meteorito estuviera a punto de estrellarse contra la Tierra. Deep Impact, 1998. Un actor negro interpretando a un presidente negro mucho antes de que un afroamericano (como se dice ahora) lo hiciera. Freeman resultó tan adecuado para el puesto que en Objetivo: la Casa Blanca (2013) pasó a ser el portavoz de un gobierno presidido por Aaron Eckhart.

Y ya que menciono los meteoritos, ningún discurso tan ¿estremecedor?, ¿descacharrante?, como el del presidente norteamericano en Armageddon (1998), auténtica «obra maestra» del cine palomitero. «Nos enfrentamos al más grave de los desafíos de la Historia», pero gracias al Ejército y a los trillones de dólares invertidos en armamento nuclear podremos vencerlo. En realidad lo dice de una manera algo más sutil. Imprescindible:

Todo el patrioterismo barato de Michael Bay se queda en nada ante dos películas dirigidas (o perpetradas) por directores alemanes:

  • Independence Day, de Roland Emmerich, 1996. Como antiguo héroe de guerra en el Golfo, el presidente Whitmore (Bill Pullman) se pone a los mandos de un caza para combatir a los alienígneas, yujuuuu!!!
  • Air Force One, de Wolfgang Petersen, 1997. El presidente Marshall (ya el nombre es una declaración de principios) se enfrenta a un grupo de mercenarios que han secuestrado el avión presidencial, y él solito los derrota. Es lo que tiene ser Harrison Ford y haber tenido un pasado como Han Solo e Indiana Jones. Mala, mala, mala.

Argumentos tan absurdos como la idea de detener una invasión extraterrestre con un virus informático, pero una vez que nos ponemos, ¡nos lo creemos todo! Como que todos los presidentes de Estados Unidos desde George Washington comparten un libro de secretos que se pasan de mano en mano al acabar su mandato. Eso nos contaban en La búsqueda 2: El diario secreto (2007), tan poco verosímil como que Nicholas Cage se cuele en una fiesta y burle todos los controles de seguridad para quedarse a solas con el presidente. Si es que este chico,,, en cuanto desorbita un poco los ojos consigue lo que quiere.

En fin, con todas estas bobadas de guionistas al final se termina cayendo en la parodia, y ya que lo hacemos, hagámoslo con el más grande: Leslie Nielsen. Presidente por la gracia de Scary Movie, que en la cuarta nos regaló esta… indefinible escena:

Parece difícil de mejorar, perdón, de empeorar. Pero la realidad supera la ficción. Lo dejaré para la segunda parte.

Como todos los lectores asiduos de este blog sabéis, si queréis colaborar por una buena causa a través de una ONG contrastada, es posible hacerlo mediante microdonaciones en este enlace: Ayuda en Acción/colabora