Ya que no podemos arreglar el mundo, hablaremos de lo que nos interesa: la política y los políticos, el fútbol, el cine, y todo lo que nos molesta, acompañados por unas jarras de cerveza. Bien fresquitas, por supuesto
Un día de la semana pasada salí de casa poco después de las seis y media de la mañana. Cuando estaba llegando a Madrid, me di cuenta de que no llevaba el móvil encima, «¡qué putada!», pensé, y nos hemos hecho tan dependientes del cacharro que por una fracción de segundo me planteé volver a casa a por él. «¡Qué cojones, podré sobrevivir!»
Volví a casa sobre las ocho y media de la tarde, lo que significa que estuve unas catorce horas sin móvil, y, ¡oh, sorpresa!, no me pasó nada, llegué sano y salvo. Tal como lo digo suena a terapia al estilo de las que pasan personas con problemas de alcoholismo o ludopatía: «Hola, me llamo Lester, y llevo catorce horas sin mirar la pantalla del móvil». Algo de eso hay en el fondo: dependencia, adicción, necesidad, ansiedad en ausencia del estímulo, es decir, mono.
Entré al gimnasio de sonámbulos del que ya he hablado aquí alguna vez y al no tener nada que escuchar, pues el móvil ahora es nuestro teléfono, cámara de fotos, GPS, MP3, agenda y entrenador personal, pude fijarme más en los detalles de lo que me rodeaba. Los tatuajes de los malotes de las pesas, las espantosas conversaciones de las brujas, los vídeos de tipas siliconadas en los monitores, la música a todo meter por los altavoces,… Dicen que a las personas sordas o ciegas, al estar privados de uno de los sentidos, se les agudizan los demás. Pues creo que eso fue lo que me pasó, porque normalmente me abstraigo en mi mundo con los cascos, escuchando noticias o podcasts frikis, y ese día advertí que mis sentidos estaban potenciados como si fuera Spiderman tras el aguijonazo de la araña. Veía con más claridad, escuchaba voces desconocidas y conversaciones totalmente intrascendentes sobre vecinas o batidos proteínicos, y olía a Nubetóxica con mayor intensidad. Las fosas nasales se dilataron al aspirar el hedor del sudor trimestral de la señora y como un Rexona que no abandona, su recuerdo me persiguió a lo largo de toda la jornada.
Llegué a la oficina y, al subir al ascensor, hice el gesto instintivo de sacar el móvil del bolsillo, gesto que repetiría varias veces a lo largo del día, como si de un vaquero presto a desenfundar se tratara. ¡Error! Ahí no había nada. Me pasó en la cafetería de empresa, en el baño, en una reunión de trabajo, en diversos momentos del día. Se ha convertido en un gesto tan instintivo como colocarnos el flequillo, hurgarnos la nariz o como pueda serlo para Rafa Nadal sacarse la goma del calzoncillo del orto.
Al no tener el móvil con el que abstraerme de la realidad practicando el buceo en el trivial mundo del guasap o el sensacionalista de los titulares de noticias, me sentí un poco como el protagonista de Una cuestión de tiempo al final de la peli, cuando decide seguir el consejo de su padre y fijarse en los detalles que no había percibido la primera vez que vivía una situación: el peinado de su compañera, el mensaje en una camiseta, una sonrisa amable, las zapatillas de colores de algunos yogurines,… Bien es verdad que al haber pertenecido a esa generación que tuvo su primer móvil cerca de la treintena, y datos al rebasar los cuarenta, no soy el típico tío que va todo el día por la calle, la oficina o la cafetería enfrascado en su mundo virtual de la puñetera pantallita, pero reconozco la influencia de estos cacharros en nuestro comportamiento diario, muy superior a la que nos gustaría reconocer.
El móvil es un arma de distracción masiva. Hace tiempo que le quité el sonido de los avisos, casi al principio de los tiempos, porque eso de que te suene un ring o un toc-toc-toc cada vez que entraba un guasap o un correo era un puto infierno que te impedía concentrarte en cualquier cosa. Odio cuando mis compañeros tienen el sonido activado en las reuniones de trabajo, que a veces se convierten en un concierto en el que puedes ver los distintos timbres escogidos: la flecha, la moneda, los nudillos sobre la puerta, el timbrazo, la tecla de piano o el gorgorito-los-cojones.
También desactivé hace tiempo los avisos de correos o guasaps pendientes de leer, porque si mirabas la pantalla y leías «38 mensajes de 9 grupos diferentes» o «14 correos electrónicos recibidos» terminabas entrando a leerlos. En mi caso, cuando el número supera los cincuenta sabes que alguien ha muerto o que se está buscando una fecha para una cena o un cumpleaños. Aquel día fue diferente y me pude concentrar mejor en mi trabajo. Hubo gente que intentó localizarme y no lo consiguió a la primera, pero oye, ¡descubrieron el teléfono fijo!
– Te he llamado al móvil y no me lo has cogido.
– Claro, me lo he dejado en casa, pero mira, como no me muevo de mi chiringuito me puedes encontrar en este aparato ultranovedoso llamado teléfono fijo. Funciona igual que el móvil, con la única diferencia de que no lo puedo coger cuando estoy meando.
– Cualquiera diría que te lo has dejado aposta.
– Pues no ha sido así, pero descuida, que a partir de hoy voy a hacerlo una o dos veces por semana.
Fui a comer con un compañero de trabajo, algo rápido porque seguíamos con mucho follón en el curro, pero en la conversación surgió una duda acerca de un dato. Lo de siempre, un resultado de fútbol, un actor en una peli, el nombre de una tía buena en la misma peli (o en la ofi o en el restaurante o por la calle), o si el gato de Schrödinger era negro y traía mala suerte, o no lo era y lo freímos con las putadas que le hicimos en el interior de la caja. La conversación normal entre compañeros.
Pues en lugar de confiar en mi memoria, va mi compañero, desenfunda el móvil y con los dedos grasientos de patatas fritas se puso a buscar la respuesta en San Google. Ah, San Google, el buscador que evita los antiguos conflictos familiares con tu «cuñao»:
– Que sí, que me acuerdo perfectamente, que el Atleti iba ganando tres a cero al Madrid cuando el árbitro pitó aquel penalti y expulsión.
Antes le decías lo normal, no tienes ni puta idea, forofo patético, o le soltabas un guantazo por bocazas, pero ahora ambos sacáis el móvil, gugleáis y resolvéis el conflicto. Hasta ese punto ha influido el móvil en nuestras vidas, hasta ese nivel le ha restado emoción.
Pero lo mismo que digo en público que se puede vivir 14 horas sin el móvil, también soy capaz de reconocer que tiene enormes ventajas, y no me refiero solo a lo que habría sido la reciente avería que padecí en mitad de todo el meollo del centro de Madrid de no haber llevado un móvil encima, sino por lo que vendría al llegar a casa, poco antes de la medianoche.
El móvil yacía tranquilo en el baño, aún con batería. No sé cuántos mensajes y llamadas perdidas tenía, tampoco eran excesivas. Nadie había muerto, no se me había olvidado ningún cumpleaños, seguían sin acordar la fecha de una cena, mi vida podía seguir. Pero dos horas después el móvil se activó como en sus mejores días y se disparó con cerca de dos centenares de guasaps: el Liverpool acababa de endiñarle cuatro goles al Barça y aunque solo sea por esas gozosas horas de disfrute cabroncete para el que los españoles estamos mejor dotados que ningún otro pueblo en el mundo, aunque solo sea por el deleite que nos provoca el hundimiento ajeno, merece la pena llevar el móvil encima.
¿Cuántas veces os habéis encontrado un coche averiado en un punto crítico de la ciudad, en el típico sitio clave en «donde se cruzan los caminos» a la manera de Sabina? ¿Os habéis parado a pensar, luego de compadeceros del pobre conductor al que se le ve con cara de estreñimiento, en el atascón que llega a formar ese vehículo solitario? Un coche sin gasolina en mitad del típico cruce de incorporación a la M-30 con la salida de una de las nacionales, por donde además finaliza una de las principales calles del centro de Madrid, un coche averiado a las siete de la mañana que va a joder el inicio del día a ¿diez mil, cincuenta mil personas? Pones la radio y escuchas: «retenciones de ocho kilómetros entre el nudo sur y Manoteras por un vehículo averiado en mitad de la vía», o bien, «mañana complicada de tráfico en Madrid por un coche parado en el carril izquierdo de la M-30 a la altura de Ventas».
Pues bien, ese pobre estreñío del coche en el cruce crítico el pasado martes era yo. El lugar elegido fue la salida del túnel de María de Molina hacia la Avenida de América. Llego al semáforo del cruce con Velázquez y el coche que decidió «morir», al menos todo lo eléctrico. El ordenador de a bordo resultó ser más fallón que el HAL-9000 y tan cabrón como el androide Ash de Alien. Tanta tecnología inútil que te dice hasta la temperatura del aceite, dato sin el que, sin duda, soy incapaz de conducir, y luego falla en lo básico. Empezó a parpadear el cuadro de mandos, Carlos Alsina pasó a tartamudear y ¡plof! Muerto, todo apagado, todo dejó de funcionar. El contacto no hacía nada, ni siquiera el sonido gripado de los coches de antaño.
«¡La madre que me parió!», pensé, «la que voy a montar». Se me pasó por la cabeza lo que podía ocurrir en los próximos minutos: el túnel de María de Molina se iba a bloquear por mi culpa, el atasco llegaría a la Castellana, los que venían de José Abascal no iban a poder pasar, luego se atascaría la Castellana también en el sentido de bajada,… Medio Madrid llegando tarde a su trabajo por mi culpa. «Bueno, nunca tanta gente se había cagado en mí desde cierta gracieta en el colegio». Pero de aquello hace mucho tiempo y no vamos a hablar de esas cosas.
Me salvó que eran las siete y diez de la mañana. Llamé por teléfono a los de asistencia en carretera y les insistí en que vinieran rápido, que estaba en un sitio horrible para pararme, «en el peor sitio de Madrid». Les lloré como los oficiales de Vietnam en las pelis americanas cuando piden a gritos por un teléfono de campaña que llegue la aviación de refuerzo, «¡¡envíenlo ya, es una emergencia, nos van a freír, mayday, mayday!!» En mi caso «marchday, marchday» (este chiste es tan malo que seguramente lo borre en posteriores revisiones)
«La grúa tardará una media hora», me contestaron. «Buffff, se va a montar la mundial». Por si todo esto no fuera suficiente, amanece justo por el lado contrario, por la Avenida de América, y el sol cegaba a todos los conductores a la salida del túnel. De hecho, la mayoría de coches se paraban detrás del mío esperando que arrancara y yo tenía que decirles desde fuera, con mi chaleco amarillo y poniendo cara de lástima, «que no, que no va». Nunca en mi vida como ese día eché tanto en falta un sable láser como los de Star Wars.
– ¿Y no puedes echarlo a un lado? Es que apenas se ve desde el túnel.
Gracias por su inestimable colaboración, amable conductor, ahora arranque y váyase a tomar por culo un ratito, que llega tarde. Otro más agradable bajó la ventanilla y me dijo que con el sol no se veía el triángulo de emergencia que había puesto unos veinte metros más atrás, al principio de la salida del túnel. «Muchas gracias, ahora lo cambio».
Me bajé con mucho cuidado, me metí en el túnel y puse el triángulo varios metros antes. Miré hacia mi coche, «jooooder», el sol estaba más alto, «no se ve el coche, como para ver el triangulito». Efectivamente. El primer coche lo esquivó en el último segundo. El siguiente dio un volantazo tras ver lo que había hecho el primero. El tercero se lo llevó directamente por delante. Al llegar a mi coche la conductora se paró detrás y se puso a hacer lo que la mayoría de conductores en un semáforo: guasapear. Juro que era conductora y no estoy haciendo chistes machistas sobre «mujer tenía que ser» ni nada por el estilo.
– Señora, que está parado, pase por aquí, por favor.
– Ay, es que no se ve nada.
– Ya, ya me he dado cuenta, se ha llevado por delante el triángulo de emergencia.
– Huy, perdona, el caso es que he oído algo.
– Sí, claro, lo ha hecho trizas, lo ha dejado hecho añicos, eso es lo que ha escuchado -¡Y mis improperios!
La verdad es que no tengo quejas del comportamiento de la gente, sino todo lo contrario. En lugar de despotricar y pitarme, me miraban con cara de lástima. Un chaval joven que venía andando por la calle, de unos veintitantos, se ofreció a empujar el coche, «podemos moverlo ahí a un lado, porque estás en un sitio horrible».
«Muchas gracias», le dije, y como de la nada surgieron otras tres personas dispuestas a ayudarnos. Pero las cosas no podían ser tan fáciles, porque resulta que estos coches modernos no tienen un freno de mano tradicional, de palanca que levantas y listo, sino ooooootro gadget electrónico que se bloquea cuando falla el sistema eléctrico. Los pobres trataron de empujar el coche, pero fue imposible. Me bajé, les agradecí el esfuerzo y la amabilidad, y les dije que solo me quedaba cruzar los dedos para que no pasara una desgracia.
Afortunadamente a los veinte minutos llegaron unos agentes de movilidad, esos chicos simpáticos que aprendieron a hablar todos en la escuela de los «ejkes». Tíos majos, kolegas:
– Joer, tronko, vaya sitio para pararse, ¿no? Como no venga pronto la grúa… en diez minutos hemos atajkado toda esta zona. ¿Y no has puesto los triángulos?
– Sí, mira, son esos trocitos machacados de ahí abajo.
Nos entró la risa, porque mejor eso que el llanto inútil. Metieron la furgoneta en el túnel para señalizar bien la emergencia. Debían de ser las ocho menos veinte y el tráfico comenzaba a crecer. Al pasar de dos carriles a uno se generaban pequeñas retenciones, pero afortunadamente todavía no eran gran cosa.
Por fin llegó la grúa. El tipo que la llevaba, de esos que hablan castellano en dialecto mecánico, me dijo según me vio:
– La batería, ¿no? Eje estos coches modernos… tanta electrónica y no sirven ni pá’tomar por culo, me paso los días recogiéndolos tiraos en la M-30.
Pues vale, ya tenía hasta el diagnóstico. Terminamos la operación sobre las ocho menos diez y por minutos no llegamos a montar el atasco del mes. Los agentes de movilidad dirigieron el tráfico y recuperaron los dos carriles en un instante. Buena gente, «hala, que no sea nada», me dijeron al despedirse.
Le dije al de la grúa que el coche tenía solo año y medio, que no creía que fuera solo la batería, que era un Volkswagen y tal, una marca tan fiable como la medición de sus emisiones.
– Tienes el sistema Start-Stop, ¿verdad? Pues es la batería, casi seguro. Todas las semanas recogemos a varios coches por lo mismo.
En el taller también fueron muy amables, me atendieron rápido y me cogieron el coche.
– No, no puede ser la batería, por el tiempo que tiene el coche ha tenido que fallar algo más.
Pues era la puta batería. Un año y medio, se para y te deja más tirado que una colilla. Tanto control de climatización, sonido, avisos de mantenimiento, estadísticas de consumo, y luego te quedas tirado por una batería que en los coches de antes podía durar años. Muchos años.
Alguien tendría que replantearse si eso de que se bloquee el freno de mano y cualquier posible movimiento del coche no debería estar prohibido. Es un peligro. No pasó nada porque era muy temprano, pero en otras circunstancias podía haber ocurrido una desgracia. Si alguno me vio el martes ya sabe cómo es mi rostro desencajado.
Y por cierto, me lo tomé con resignación e incluso cierto cachondeo. Sin acritud, pero ahora, cada vez que me subo al coche, desactivo el puto Start-Stop de los mismísimos cojones del ingeniero psicópata que lo parió.
Agradezco enormemente a R. San Telmo su colaboración, por aportarnos un punto de vista jurídico respecto a la Ley de violencia de género, y continúo con otros asuntos de los que se ha hablado estos días a cuenta del 8-M y el movimiento feminista en favor de una igualdad plena.
Decíamos que si las leyes ya regulan esa igualdad de derecho en el plano legal, si no se consigue la igualdad real es por determinados patrones sociales, costumbres arraigadas desde hace décadas. Podemos confiar en que las nuevas generaciones corregirán poco a poco esas desigualdades, como ya ha ocurrido en otros ámbitos, pero quizás debamos promover que se acelere esa reducción de la desigualdad.
Hay varios ejemplos de situaciones que debemos corregir cuanto antes. La precariedad laboral, por ejemplo, sigue afectando más a mujeres que a hombres. Las posibilidades de promoción profesional se ven condicionadas por la maternidad, y no es un asunto que pertenezca al plano legal, sino que existe por determinadas conductas que perviven en los que toman las decisiones (ojo, no solo hombres).
Otra anomalía: según el Observatorio Social de La Caixa, las mujeres tienen un 30 por ciento menos de posibilidades de ser llamadas a una entrevista de trabajo con el mismo currículum, de acuerdo con una simulación que hicieron con perfiles exactos en los que cambiaban exclusivamente el género del candidato. Por no hablar de la brecha salarial, que según algunos estudios tardará un siglo en corregirse al ritmo actual.
Aceleremos ese ritmo tan lento, si es posible. Cuando era adolescente apenas había mujeres en puestos de poder o responsabilidad, ministras, consejeras, o presidiendo una empresa importante, un banco o un gobierno, y ahora es de lo más normal. Margaret Thatcher quizás fuera la única, y precisamente su modo de actuar era, como dice la destacada activista feminista Mary Beard, masculinizándose, copiando el estilo de los hombres y agravando su voz. “La Dama de Hierro” la llamaban.
Tradicionalmente el reparto de roles era así y la figura del hombre estaba más asociada al poder, o a una creencia en que sus capacidades prevalecían sobre las de la mujer, pero creo sinceramente que ese modelo se superó y lo que quedan son rescoldos, al menos en el mundo occidental. Por supuesto que quedan “cavernícolas” que quieren mantener la división tradicional entre el hombre “cazador” que provee el sustento a la familia y la mujer “recolectora” que se queda en la cueva manteniendo el hogar y a los hijos, pero quiero creer que son cada vez menos, y los que quedan son vistos como en el monólogo de Nancho Novo, como auténticos cavernícolas de los que reírnos o avergonzarnos, como ya hemos hecho en este blog en alguna ocasión.
Hoy en día es normal que veas una Ángela Merkel, Theresa May, Hillary Clinton, Inés Arrimadas, Irene Montero, Michelle Bachelet, Ana Patricia Botín, Pilar López, o a tantas otras con voz propia en puestos de responsabilidad. No todo está tan mal, ayer leía que España es el tercer país europeo con más mujeres en puestos de responsabilidad, aunque el porcentaje sigue siendo bajo (21% en consejos de administración, 16% en empresas del Ibex 35). Y muchas más que están por llegar, porque ya no se cuestiona su valía ni su capacidad, como sí ocurría hace treinta años. Luego es más un tema de cambio de mentalidad de algunos que de necesidad de afrontar cambios legales o establecer cuotas.
Aun así, me parecerá bien aprobar los cambios que sean necesarios, si bien se trata de un tema lo suficientemente importante como para tratar de consensuar una postura al respecto entre los principales partidos, que es lo que no ha ocurrido una vez más, por desgracia. Otra vez con prisas, otra vez sin consenso, de nuevo alentado por el populismo legislativo que mueve al gobierno saliente, el 1 de marzo se aprobó el Real Decreto-ley 6/2019 de medidas urgentes para garantía de la igualdad de trato y de oportunidades entre mujeres y hombres en el empleo y la ocupación, cuya entrada en vigor se anunció (no por casualidad) para el 8 de marzo.
Como indica en la exposición de motivos, «no se ha realizado el trámite de consulta pública, ni el trámite de audiencia e información públicas», pero se justifica su necesidad porque «la mitad de la población está sufriendo una fuerte discriminación y está viendo afectados sus derechos fundamentales», lo cual «exige una actuación urgente y necesaria por parte del Estado», «en tanto persisten unas desigualdades intolerables en las condiciones laborales de mujeres y hombres, al menos si una sociedad aspira a ser plenamente democrática». Obviando el error que supone la tramitación acelerada y sin consenso del Real Decreto, tras leer un breve resumen de la consultora Deloitte, aprecio buenas intenciones en esa búsqueda de la igualdad efectiva:
Se equiparan los permisos de paternidad y maternidad.
Se reconoce el permiso de lactancia a ambos progenitores y se aumenta el mismo de 9 a 12 meses cuando lo disfruten ambos en las mismas condiciones de duración y régimen.
Aumentan los períodos de reserva de puesto por excedencia por cuidado de hijos cuando el reparto se hace igual entre ambos progenitores.
Se obliga a las empresas a implantar Planes de Igualdad. Yo insisto, y no es que esté en desacuerdo, ni mucho menos, pero creo que esa igualdad plena no se consigue con una Ley o una obligación difícil de auditar, sino con educación y concienciación.
Pero por otro lado veo que algunas de las medidas propuestas serán muy complicadas de llevar a la práctica. Por ejemplo, se crea el concepto de “trabajo de igual valor” y reconoce el derecho a la igualdad retributiva. Perfecto, nada que objetar, pero en algunas empresas que trabajan en múltiples sectores, pueden tener 60, 70, 80 o más convenios laborales en vigor, y algunas categorías son similares, tipo auxiliar administrativo, oficial o encargado, y sin embargo las diferencias salariales entre convenios pueden superar el treinta por ciento del salario bruto. La norma obliga también a la realización de auditorías salariales entre hombres y mujeres, y se podrá sancionar a las empresas cuando se detecten diferencias. Pero si en un centro de trabajo con un convenio determinado hay más hombres que en otro con un convenio peor en el que puede haber más mujeres, ¿sancionamos a la empresa por esa desigualdad salarial, pese a que se estaría cumpliendo la normativa laboral y el convenio?
Puede ser una locura, pero como en todo las empresas nos iremos adaptando, tanto hombres como mujeres. Y las auditorías determinarán que no hay una brecha salarial organizada como tal, en virtud de una desigualdad de género, sino que se provoca con los años y las carreras profesionales, en las que tradicionalmente han promocionado antes hombres que mujeres. Por costumbre, o porque los hombres se han empleado mayoritariamente en carreras técnicas, por la maternidad y el cuidado de los hijos, y por machismo en algunos casos, claro que sí, lo he visto con mis propios ojos. Cada vez menos, espero.
La desigual distribución de las responsabilidades familiares y domésticas entre hombres y mujeres.
Las diferencias en los rasgos psicológicos y habilidades no cognitivas (como la propensión a asumir riesgos o las capacidades de negociación) que pueden tener efecto en los salarios.
Sé que voy a resultar pesado, pero en las familias y en los colegios debemos educar en una igualdad real, que creo que se hace, basada en el respeto mutuo, en el reparto de tareas en casa, etc… pero luego hombres y mujeres tiraremos cada uno por nuestro lado. Cuando leo las campañas por los juguetes no sexistas… vamos a ver, somos diferentes, con distintos gustos, aficiones e intereses. Esa diferencia se nota en hechos como que los hombres se decantan más por las carreras técnicas y las mujeres por la rama sanitaria. Son hechos, estadísticas, y no sé hasta qué punto son fruto de la educación que les hemos transmitido o de los patrones que hemos/han asumido.
Tampoco se va a arreglar nada forzando el uso del lenguaje inclusivo que no solo es incómodo, sino ridículo por momentos. La ministra portavoz (o «miembra portavoza») del gobierno, Isabel Celaá, estuvo cerca del colapso al tratar de aplicarlo a «ustedes».
Mucho menos se va a corregir prohibiendo libros o películas de hace décadas o siglos, como han propuesto también algunas feministas muy activas en redes, por considerar que mantienen los estereotipos «machistas» clásicos. Por diferente razón, como es el supuesto racismo, en Estados Unidos han prohibido clásicos como Las aventuras de Huckleberry Finn o Matar a un ruiseñor, y como aquí lo copiamos todo, no dudo que llegará el día en que alguien proponga prohibir El Quijote o el Don Juan Tenorio por machistas.
Una cosa es que tengamos igualdad de derechos, y otra muy distinta que seamos iguales, que yo no creo que sea el objeto del debate. Hasta este punto, un texto largo sobre lo que R. San Telmo y servidor interpretábamos que podemos hablar sin entrar demasiado en el terreno de la ideología y la politización. Educación y legislación, como dijimos en la primera parte. Pero obviamente no puedo dejar de lado la utilización partidaria de este asunto.
El movimiento del 8-M y el manifiesto
Por desgracia todo se politiza y cualquier debate se pervierte. Todos los partidos intentan llevar a su terreno cualquier asunto, sea primordial o banal. La izquierda más allá del PSOE consiguió hábilmente movilizar a muchas mujeres hace un año y ha repetido estrategia este año. El resto de partidos ha tratado de sumarse a su manera, o al menos mostrar su sensibilidad hacia lo que el movimiento feminista supone, pero les resulta imposible adherirse al manifiesto del 8-M. Y no me extraña.
Bajo este movimiento supuestamente en favor de la igualdad entre mujeres y hombres (con el que resulta imposible no estar de acuerdo) se han colado toda una serie de reivindicaciones sobre temas que no tienen nada que ver, o que no son exclusivos de las mujeres y que darían cada uno de ellos para un post completo: la inmigración, las guerras, la vivienda, la «soberanía alimentaria» (¿?), el derecho a decidir sobre el propio cuerpo (excepto si se trata de la gestación subrogada), la educación afectivo-sexual en las escuelas «libre de estereotipos LGTBIfóbicos» (sic), ¡¡¡contra el capitalismo y las empresas transnacionales!!!,…
No nos interesaban estas polémicas.
Conclusión
El mensaje de fondo que para mí debería ser el único en esta reivindicación del 8-M es que las mujeres tienen que alcanzar la igualdad plena no solo de derechos, sino efectiva, para lo cual muchos tendrán/tendremos que cambiar algunos de nuestros esquemas mentales. Como maratoniano que soy, concluyo con una maravilla de vídeo que nos sirve de metáfora de todo lo hablado. Es la historia de Kathrine Switzer, una mujer que se saltó la norma que prohibía a las mujeres participar en el maratón de Boston. Los jueces de la carrera intentaron impedir su participación cuando se dieron cuenta de que ¡se les había colado una tía en un reducto de machos!
Ya pasó hace 50 años en el maratón de Boston, y no es tan difícil: las mujeres tienen derecho a participar en terrenos acotados hasta la fecha solo para nosotros. Desde luego que tienen esa capacidad, tendrán que desafiar algunas reglas establecidas y para lograrlo será necesario el apoyo de otros hombres y que le demos un buen empujón, como el del vídeo, para alcanzar el objetivo final.
Hace un año por estas fechas me planteé escribir sobre el movimiento feminista hoy en día, o mejor aún, sobre el papel de la mujer en la sociedad, por no poner etiquetas. Hablar sin tapujos, en todos sus aspectos, y pensé que la huelga del 8-M era una ocasión fantástica, posiblemente única. Sin embargo, creo que habría quedado mejor si quien pone la voz no es un hombre hablando con su visión masculina, sino una mujer implicada en el asunto.
Por esa razón, un año después, le he pedido a mi amiga R. San Telmo que colabore con este blog y nos aporte su visión. Me parece la compañera perfecta para esta tarea porque es una mujer de otra generación, mucho más joven que yo, abogada en ejercicio, de pluma fácil y fluida, muy implicada en el 8-M.
Cuando hablamos de mantener este diálogo, pensé inicialmente en hablar de educación y legislación. Educación, pero no entendida exclusivamente como la enseñanza reglada, sino como un concepto más general, educación como sociedad para sensibilizar sobre determinados asuntos. Y legislación, porque habrá que acometer los cambios necesarios (si es que hacen falta) para lograr una igualdad plena.
Pero vamos a dejar que el diálogo fluya, sin un guion previo. Comenzamos con la lacra de la violencia de género, y veremos dónde terminamos.
Violencia de género
LESTER.- Hemos mejorado mucho como sociedad, pero sigue habiendo entre 60 y 70 mujeres asesinadas al año. Una barbaridad, una aberración. Una lacra a la que unir el número de mujeres maltratadas que malviven su situación en silencio y/o aterrorizadas. Parece mentira, pero hasta 1963 el hombre tenía el derecho de matar a su mujer adúltera. Yo soy uno de esos tipos cercanos a la cincuentena que tuvo una educación y vivió una sociedad (la de los ochenta) en la que normalizamos ciertas conductas que hoy nos parecerían impensables. El mejor ejemplo de lo que quiero decir está en este vídeo de Millán Salcedo y su famoso sketch “Mi marido me pega”:
Hoy no solo nos parece impensable, sino que no le encontramos la puta gracia por ningún lado. Y reconozco que entonces nos partíamos de risa, o como dice el propio Millán, la gente se lo pedía por la calle, incluso muchas mujeres. Afortunadamente hemos evolucionado y tratamos de corregir estas conductas, pero parece que es insuficiente.
R.- Lo cierto es que en España, todavía no es lo mismo nacer mujer que nacer hombre. Nuestra incorporación al mundo laboral e independencia económica es reciente, sigue existiendo la obligación social de que las mujeres hagamos frente a la mayor parte de las tareas domésticas, somos las más agraviadas por la falta de medidas de conciliación, nos enfrentamos constantemente a tabús y prejuicios sociales enormemente arraigados en nuestra sociedad. Estas son algunas de las circunstancias que sitúan a las mujeres en un escenario incierto y precario, y aunque hayamos logrado un gran número de conquistas sociales, sigue existiendo una más que evidente desigualdad entre hombres y mujeres.
En este sentido, en nuestra actualidad legislativa y política, han sido aprobadas una serie de medidas de discriminación positiva encaminadas a alcanzar la igualdad real entre hombres y mujeres, esto es, acciones positivas en favor de las mujeres para corregir situaciones patentes de desigualdad de hecho respecto de los hombres. Una de esas medidas desde el punto de vista legislativo, ha sido la aprobación de la Ley Orgánica 1/2004, de 28 de diciembre, de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género.
La Ley de violencia contra la mujer actualmente en vigor, fue aprobada para proporcionar una respuesta global a la desalmada violencia que se ejerce sobre las mujeres, por el mero hecho de serlo. A lo largo de todo su articulado, la Ley se centra en recoger una serie de medidas preventivas, educativas, asistenciales y de atención posterior a las víctimas (entre otras), a fin de evitar situaciones de violencia contra las mujeres manifestada en todas sus vertientes, en el ámbito familiar, laboral y social.
Asimismo, la Ley introduce normas de naturaleza penal, las más criticadas en mi opinión por quienes se oponen a esta Ley, mediante las que se pretende incluir, dentro de los tipos agravados de lesiones, uno específico que incremente la sanción penal cuando la lesión se produzca contra quien sea o haya sido la esposa del autor, o mujer que esté o haya estado ligada a él por una análoga relación de afectividad, aun sin convivencia.
Pues bien, no cabe duda del gran avance que supone la aprobación de la Ley de Violencia de Género para comenzar a abordar esta profunda injusticia social. Sin embargo, el balance de esta Ley tras más de catorce años en vigor, nos lleva a la conclusión de que hemos conseguido muy poco.
Su carácter generalista conlleva la necesidad de ofrecerle un acompañamiento a través de políticas públicas, de presupuestos que den una respuesta inmediata a estas situaciones de vulnerabilidad, por ejemplo, ofrecer a las víctimas una vivienda pública provisional, pues aunque esta medida ya se encuentra contemplada, su aplicación no es inmediata, y ello conlleva enormes riesgos. La gran mayoría de mujeres asesinadas no ha interpuesto una denuncia previa, y esto se debe en cierta medida al miedo de las víctimas a no recibir amparo urgente.
Por otro lado, estoy de acuerdo con los tipos agravados como medida disuasoria para los maltratadores, aunque también la experiencia nos ha demostrado que no es suficiente. Hay que abordar estas conductas machistas desde la raíz, y por tanto y como todo, desde la educación. Creo firmemente que deben implantarse en nuestro sistema educativo asignaturas donde se trate esta problemática, que niños y niñas sean conscientes desde pequeños de la igualdad que debe existir entre hombres y mujeres. Asimismo, cada vez soy más consciente de la importancia de orientar a los niños y a las niñas en la gestión de sus emociones. La inteligencia emocional no puede ser exclusivamente una cuestión femenina, y qué mejor forma de entenderlo que expresándolo en las aulas.
Por tanto, mi balance sobre la Ley de Violencia de Género es en ciertos puntos positivo pero no suficiente, máxime cuando casos como el de Diana Quer o Laura Luelmo no se contabilizan como víctimas de violencia de género, pues no mantenían una relación sentimental con sus asesinos confesos. Por ello, considero que también los jueces tienen parte de responsabilidad en este asunto, y deben realizar interpretaciones jurídicas sobre esta norma, para poder calificar estos asesinatos y homicidios como violencia de género, a pesar de producirse fuera del ámbito de la pareja. La educación en igualdad de género en el ámbito jurídico resulta urgente.
LESTER.- Estarás “contenta” con la propuesta de Vox de derogar la Ley.
ROCÍO.- En cuanto al tema Vox. Independientemente de la ideología abanderada por cualquier partido político (con el que pueda estar más o menos de acuerdo), creo que el ánimo que debe movilizar a estas entidades debe consistir en ponerse manos a la obra, diagnosticar los problemas más crudos del país en el que vivimos y combatirlos, proponiendo e implementando medidas encaminadas a mejorar nuestra sociedad. Sorprende que la primera reivindicación de Vox en su llegada a la vida política, sea acabar con una Ley que justamente pretende hacer frente al símbolo más cruel de la desigualdad entre hombres y mujeres.
Sin embargo, este antifeminismo exacerbado no es nuevo. Estamos dejando atrás el patriarcado e iniciando una profunda transformación en nuestra sociedad en materia de igualdad. Las mujeres comenzamos a ocupar espacios donde antes no se nos esperaba, y existe un malestar masculino, donde algunos hombres ya no saben cuál es su papel en el mundo.
Acabar con estos fantasmas no es solo una cuestión de mujeres. Si bien es cierto que somos las protagonistas de este movimiento, el feminismo persigue alcanzar una sociedad plenamente justa e igualitaria, y por ello los hombres deben plantearse en qué tipo de sociedad quieren vivir.
LESTER.- Estoy de acuerdo contigo en lo fundamental, no es solo una cuestión de mujeres. Por eso creo que el debate se envenena cuando en ocasiones parece que se plantea como una cuestión de mujeres contra todos los hombres, contra el “heteropatriarcado machista y retrógrado”. Es una lucha contra los hijos de puta, no contra los hombres, que tenemos que ser vuestros cómplices, amigos, defensores, lo que necesitéis de nosotros.
Por supuesto coincido contigo en que hay que trabajar mucho más en pro de la igualdad en la educación, en los colegios, en las familias y en todos los ámbitos que puedan servir para acabar con determinados estereotipos y conductas. Lo que no tengo nada claro es que la actual Ley sea el mejor modo de luchar contra la violencia de género. ¿Debemos corregir una desigualdad generando otra? La vía punitiva se ha demostrado que no es eficiente para acabar con los problemas. El fraude fiscal ha seguido existiendo por mucho que las condenas se hayan endurecido. Igual que los asesinatos de mujeres.
Se me ocurre una comparación con lo ocurrido con las leyes sobre la conducción y las muertes por accidente de tráfico. Por mucho que hayan endurecido las penas por conducción temeraria, o por conducir bajo los efectos del alcohol, lo que ha conseguido que se rebaje de modo ostensible el número de muertos no han sido las sanciones o el aumento de condenas, sino la concienciación ciudadana. Se ha hecho un trabajo estupendo durante años, más de dos décadas, y ha resultado muy efectivo especialmente entre los jóvenes, mucho más que entre los que aprendimos a conducir y a comportarnos al volante de una manera irracional.
Confío siempre en las nuevas generaciones, en que con una buena educación y formación no harán algunas de las barbaridades que hacíamos nosotros. Que no cogerán un coche alcoholizados y que asumirán una igualdad plena de la mujer en todos los ámbitos. Por eso me cabrea tanto cuando leo que el machismo está alcanzando cotas preocupantes entre los jóvenes, que ven normal controlar a su pareja, sus llamadas, su whatsapp, sus movimientos en redes sociales. Y no digamos los que salen por las noches como si no hubiera un mañana, como si en ese despelote “valiera todo”.
Por cierto, ya que mencionamos a Vox, la propuesta de modificación y derogación de la Ley de Violencia ya la presentó Ciudadanos en 2015 y tuvo que retirarla de su programa tras el debate y las reacciones enfrentadas que se encontró. Al igual que tú, creo que hay que mejorar la Ley para incluir casos como los que dices de Diana Quer o Laura Luelmo, pero pregunto, ¿solo a ellas? El Informe del CGPJ sobre las sentencias dictadas en 2016 por homicidios y asesinatos entre los miembros de la pareja indica que el 79% de las condenas han sido por la muerte de mujeres, un porcentaje muy alto y significativo, pero también ha habido un 21% de hombres asesinados por sus parejas.
Termino ya con dos ejemplos de problemas generados por la Ley:
El caso de Juana Rivas: el hecho era el mismo, Juana y su pareja se insultaron mutuamente y fueron condenados en aplicación del artículo 153.2 y 3 del Código Penal, que castiga las acciones leves que no causan lesiones (un empujón o un insulto, como parece que fue el caso). Lo que ocurrió es que en el caso del italiano la falta leve pasó a ser delito al encuadrarse en la ley de violencia de género. Lo explicó María José Bultó, abogada especialista en Derecho de Familia, Penal y Menores. El mismo hecho tiene diferente consideración y eso es lo que me llena de dudas.
El segundo caso parece surrealista y digno de una peli de Almodóvar. Es el caso de un bombero que se cambió de sexo durante un proceso judicial de maltrato psicológico sobre su pareja. Al tratarse de una violencia ejercida por una mujer contra otra, el caso no está contemplado en el Código Penal, ni se le puede aplicar la agravante de violencia de género. El mismo hecho.
Para concluir, claro que la cifra es asimétrica, y hay que proteger más a las mujeres al estar más expuestas, pero perdona mi insistencia, ¿hay que agravar las condenas por un mismo hecho? Supongamos que la Ley fuera así para discriminar entre negros y blancos, o entre católicos y musulmanes, nos parecería una salvajada. Por eso en mi modesta opinión insisto en que no es tanto un problema de aumento de condenas, sino que hay que trabajar la base, invertir en programas de sensibilización y concienciación, trabajar en las escuelas, mejorar el apoyo inmediato a las (y los) denunciantes de violencia o maltrato. Darles una solución mucho más rápida y ágil cuando hay evidencias de maltrato.
R.- Veo entonces que lo que no termina de convencerte de este debate es la circunstancia agravante de género.
Antes comentaba la modificación realizada por la Ley de Violencia de Género dentro de los tipos agravados de lesiones. Ahora me centraré en la agravante de género en otras formas delictivas, como el delito contra la vida, que en su día no fue objeto de modificación.
El artículo 22 del Código Penal enumera las circunstancias que agravan la responsabilidad criminal, y en su apartado 4º establece: “Cometer el delito por motivos racistas, antisemitas u otra clase de discriminación referente a la ideología, religión o creencias de la víctima, la etnia, raza o nación a la que pertenezca, su sexo, orientación o identidad sexual, razones de género, la enfermedad que padezca o su discapacidad.”
Comprobamos cómo este artículo también recoge como circunstancia agravante que la comisión del delito haya sido por motivos de raza, etnia, ideología, religión. Sin embargo, estas cuestiones no son objeto de debate público, y sí lo es la cuestión de género. Que esto nos haga reflexionar.
Por otro lado, conviene destacar que esta circunstancia agravante por razones de género fue introducida por la LO 1/2015, de 30 de marzo, por la que se modifica el Código Penal, sustituyendo la redacción original “(…) por razones de sexo” por la actual “(…) por razones de género”.
En este sentido, el legislador, con un ánimo ejemplarizante, recoge las agravantes del artículo 22.4 del CP por el mayor reproche social y penal que implica la comisión de un delito por motivos discriminatorios y ejerciendo un abuso de superioridad, y en el caso de la agravante por razón de género, por el mayor reproche que merece la violencia contra la mujer por el mero hecho de serlo. El Tribunal Supremo acaba de reconocer por primera vez la agravante por razón de género.
Por tanto creo que si vamos a comparar violencia de género con otras cuestiones, que sea con aquellas amparadas por el mayor reproche social que merecen.
Asimismo, frente a estos delitos siempre es preciso que se acredite la intención de cometer el delito contra la mujer por el mero hecho de serlo, y ejerciendo, como decimos, un acto de superioridad. Es decir, la pena siempre la va a determinar un Juez, y será necesario emitir un juicio en el que valore y pondere estas circunstancias, pues la aplicación de la circunstancia agravante no es automática.
Y todo esto no lo digo yo, lo recogen numerosas Sentencias de nuestros Tribunales, donde la tónica habitual es aplicar estas agravantes solamente en los casos de violencia de género, aunque también encontramos doctrina que confronta al respecto.
La aplicación de todas y cada una de las leyes puede generar, en algún punto, una situación de injusticia, que por supuesto condeno firmemente, pero cada caso es único y particular, sujeto a juicios y a interpretaciones de la Ley. Por tanto creo que no debemos perder el norte y no desvirtuar todos los esfuerzos dirigidos a que esta lacra desaparezca.
LESTER.- ¡No puedo protestar, señoría! Estamos de acuerdo en lo fundamental y sobre todo en lo que indicas al final, que cualquier esfuerzo es válido si contribuye a acabar con esta lacra. Habrá que trabajar más y mejor contra la violencia de género desde las instituciones, dotar de los recursos necesarios para hacerlo y que se gestionen bien, con profesionales de la materia, con apoyo inmediato a las víctimas.
Pero quizás estamos centrando demasiado el debate en la violencia de género, y las razones que hay detrás del movimiento del 8-M van mucho más allá. Es un movimiento que se vertebra en todos los ámbitos, en busca de una sociedad en la que haya una igualdad plena. Cambiar las leyes necesarias fue un primer paso. El derecho de voto en 1933, la atrocidad comentada sobre el asesinato de la mujer adúltera en el 63, el derecho a la patria potestad sobre sus hijos en el 81… Hasta 1973 las mujeres no podían abrir una cuenta corriente o una empresa sin el permiso de su padre o de su marido. Es acojonante, ¡yo ya había nacido entonces y me parece la prehistoria! Corrígeme si me equivoco, pero no creo que queden leyes con privilegios para los hombres frente a las mujeres, salvo, quizás, la que regula los derechos de sucesión a la Corona.
Entonces, y es a donde pretendo llegar, si las leyes ya regulan esa igualdad de derecho en el plano legal, si no se consigue la igualdad real es por determinados patrones sociales, costumbres arraigadas desde hace décadas. En este sentido, como en tantos otros, creo que las nuevas generaciones corregirán poco a poco esas desigualdades, y a lo mejor lo que tenemos que promover es que se acelere esa reducción de la desigualdad.
Menos mal que se acabó enero. Y digo «menos mal» porque enero es el mes en el que el gimnasio está a reventar de gente, producto sin duda de todos esos propósitos de principios de año que antes de que empiece febrero ya se han enterrado en el baúl de los recuerdos. El que suscribe es usuario habitual, constante y sobre todo silencioso de gimnasios de todo tipo desde hace unos catorce años, desde los cutres en los que se rompen los aparatos mientras haces ejercicios o tienen colchonetas con más lamparones que el vestido de Mónica Lewinsky hasta los megapijos en los que todo huele a colonia y perfumes de lavanda, luego me siento tan capacitado para hablar de sus especímenes como lo estaba Féliz Rodríguez de la Fuente para disertar sobre la fauna ibérica. Que en el fondo es un poco lo que hay en ese pequeño ecosistema que es el gym, un espacio en el que cambian sus criaturas según sean rapaces diurnas, hervíboros de mediodía o depredadores nocturnos.
Yo pertenezco al grupo de los madrugadores, esos tarados que se caen de la cama y entran en el gimnasio poco después de las siete de la mañana, y por sorprendente que pueda parecer dado lo intempestivo del horario, durante todo el mes de enero he tenido problemas para encontrar una cinta libre pese a haber doce disponibles. Bueno, miento, hay diez, porque una lleva estropeada… no sé,… poco tiempo,… como unos dieciocho meses, y otra con el cartel de «NO FUNCIONA» que va rotando de cinta en cinta, yo creo que por joder.
Luego están las preferencias: los corredores, como animales de costumbres que somos, tenemos nuestra cinta habitual, nuestro hueco predilecto en el que soltar las piernas por las mañanas. En mi caso no es una cinta concreta, sino siempre la más alejada de Nubetóxica. Nubetóxica es una señora de poco más de cincuenta tacos con evidentes problemas de sobrepeso que lleva una camiseta por trimestre. De verdad, es totalmente verídico. No se la cambia nunca la muy cerda, salvo con el cambio de estación. Ahora está en fase roja Cullera 1991, igual que en otoño fue azul Caja Rural de Ahorros o blanca en verano (de Supermercados Condis), lo que provoca un hedor vomitivo a su alrededor que de verdad que no sé cómo la gente aguanta. Yo veo a Nubetóxica en segunda fila a la derecha y me voy a la izquierda de la primera fila. La veo en primera fila en el medio, y me voy a la trasera a uno de los extremos. Si solo queda una cinta libre a su lado,… ese día hago spinning o me voy a correr a la calle aunque estemos bajo cero. La primera vez que se puso a mi lado, la onda expansiva del olor estuvo a punto de hacerme caer del aparato. Otro día se dejó la toalla con la que se limpia el sudor y se activó el protocolo antirradiactivo. Es insoportable.
Luego te llegan los típicos colegas en la oficina, eh, guarrete, seguro que te pones en la segunda fila del gimnasio para verle el culo a las pericas de la primera, ¿eh?, todo ello mientras te dan con el codo y se sonríen de oreja a oreja. No, chavalín, los mejores culos del gimnasio nunca están a las siete de la mañana. Son mucho mejores los del mediodía, pero sobre todo los de la noche, si bien en algunos casos son cuerpos tan artificiales y siliconados que echan para atrás, unos senos turgentes con menos movimiento que yo en una pista de baile. En ocasiones se trata de culos de chonis que van maquilladas al gimnasio como si salieran de una peli de vampiros. O como si fueran la propia vampiresa anhelando ser cazada por los Van Helsing que las acechan. Estoy seguro de que, para ponerse esas mallas apretadas que lucen, utilizan un aparato de envasado al vacío, un extractor del aire que queda entre sus cachas y la lycra, de tal modo que si se les escapa un pedo (y doy fe de que se les escapan, es lo que tiene la alimentación vegana) se puede ver el paso de la burbuja de aire desde sus rectos hasta el tobillo.
Estas superheroínas Marvel tienen su grupo de admiradores, un par de chavales que se miran entre ellos, sueltan las mancuernas, se dan codazos de complicidad y se sonríen mientras con el mentón las señalan y profieren un gruñido gutural extraído del fondo de la garganta del primate que nunca dejaron de ser. El gruñido febril del macho hispano pasa a bramido propio de la berrea de los cérvidos cuando la chica Marvel está trabajando en aparatos que requieren que su cuerpo quede extendido boca abajo con el culo en pompa. O cuando se emplean con fuerza trabajando los abductores y abriendo las piernas todo lo que sus caderas admiten sin llegar al descoyuntamiento.
Estos chavales que están más pendientes de las féminas que de ejercitar su musculatura (y posiblemente hagan bien) no aguantan mucho en el gimnasio, suelen ser de los que pagan la cuota solo en enero y septiembre. Por el contrario, los tíos que están todo el año machacando su físico cumplen en muchos casos la máxima que leí hace poco:
Les ves haciendo pesas frente al espejo y contemplando henchidos de orgullo cómo todos los músculos de sus brazos se ponen en tensión. Brazos tatuados con dragones, letras chinas, crucifijos, rosarios, vírgenes o tíos barbudos. O a veces todo junto. Pero sobre todo se les distingue por el ruido que hacen: gimen cada vez que alzan la mancuerna como si un toro bravo les embistiera por detrás, y que cada uno interprete esta frase como quiera. Gimen y gritan para que todo el resto del gimnasio seamos conscientes del esfuerzo tan inhumano que están realizando. Claro que luego les ves coger la toalla con el mismo esfuerzo y gemidos, como si pesara ciento veinte kilos, uuuaaarghh, y se desmitifican ellos solos, aparte de que se secan el sudor compungidos como si se estuvieran pasando una lija en lugar de una toalla.
A las siete de la mañana la edad media de los moradores del gimnasio es elevada, supongo que gente que no puede dormir por su mala conciencia, como las dos brujas charlatanas que me sacan de mi ensimismamiento mañanero. Son dos cotorras de avanzada edad que acuden al gimnasio a andar en la cinta y a hablar a gritos como si estuvieran en la carnicería. Joder, con lo cerca que está el Retiro, con lo agradable que debe ser un paseo con el rocío del amanecer… pues no, les mola ponerse cerca de mí cuando estoy concentrado haciendo series. Se saben la vida de todo el vecindario y de sus familias hasta el decimoquinto grado de parentesco y lo que desconocen se lo inventan. Se las entiende todo pese a la música ambiente del gimnasio, que no se emite a pocos decibelios precisamente. Son terribles. Así que cada vez que esto ocurre me veo obligado a subir el volumen de mi aparato para no oírlas, pero me avisa el móvil de que escuchar con el volumen elevado durante un tiempo prolongado puede ser perjudicial para mis oídos. ¡Joder, lo sé, pero escuchar a las cotorras puede ser demoledor para mi cerebro! Así que he elegido ser sordo antes que acabar imbécil.
Hubo un día en que me puse estratégicamente en una cinta de las que suelen utilizar las brujas. No había más libres en todo el gimnasio, salvo las de mis lados. «Jejejejeje», pensé, iluso de mí, «hoy no os toca piar sobre el bombo de la hija de Pepita, ni sobre el vividor de Ramón, ni sobre el niño de la Paqui». Pues me equivoqué, se pusieron a rajar a mi derecha y a mi izquierda, ¡en estéreo!, levantaban la cabeza y hablaban como por encima de mí, como si las muy lerdas pensaran que sus palabras iban a dibujar una parábola perfecta sobre mi cabeza para llegar grácilmente a oídos de su compañera. Joder, fue horrible, estuve por poner una denuncia al Tribunal de La Haya. Además hablaban con ese tono de abuelita cascarrabias que cree que no las escuchas, pero en el fondo desean que lo hagas:
– ¡Huy, Mari, cómo suda este chico!
– Le va a dar algo, Puri.
– A mí me ha salpicado una gota, es que no es normal, le voy a decir algo.
«¡¡Jodeeeer!! Lo que no es normal es el olor a laca que despedís, coño, y que vengáis aquí a andar con lo maravilloso que es un paseo por el parque. Y sí, ¡sudo, sudo muchísimo! Sudo como un pollo al horno, como un finlandés en una sauna o como Pedro Duque en rueda de prensa, porque aquí venimos a hacer ejercicio, a correr, a machacarnos y dejarnos las preocupaciones, no para poner a caldo a todo lo que se menea en vuestro entorno, ¡que un día os vais a morder la lengua y a envenenaros!» Ese día solté los brazos de modo exagerado, para que el sudor salpicara con más fuerza, a mayor distancia, para que les llegara hasta el careto, «huy, Mari, que me ha saltado hasta el ojo, pero este chico…» Una sonrisa se dibujó en mi rostro, ja, ja, ja, ja, ¿se nota lo relajado que salgo del gimnasio?
Al acabar mis ejercicios me pego una buena ducha, momento que me sirve para comprobar que quizás sea el único de todo el vestuario que no lleva tatuajes por el cuerpo. De hecho creo que en los gimnasios de tipo medio hay mayor número de tatuajes por centímetro cuadrado de piel que en el módulo de reincidentes de una cárcel. De una cárcel común, no de una repleta de ciudadanos «ilustres» como la de Soto del Real.
En el vestuario comienza también el intercambio de pastillas y recomendaciones sobre las mejores para el engorde de la musculatura. Es acojonante, les ves meterse unos pildorazos de esos que más que pastillas son canicas de claras de huevo reconcentradas. Y batidos de proteínas, y arroz con pollo con unos polvos que no sé de qué son, pero huelen a rayos. He visto a tipos que cambiaban completamente de físico en apenas seis meses. Se hinchan el tronco superior, los pectorales, espaldas, bíceps, cuello, pero por el contrario se quedan con unas piernitas de etíope. «El tipo croiassant sobre alambres», como definió una amiga mía.
Tras la ducha me visto, me pongo la corbata y me dispongo a iniciar una nueva jornada de trabajo. Salgo del gimnasio, me despido de Hormigatómica, una chica de metro cuarenta súper cachas con unos bíceps que para mí quisiera, de Kirdúglas, el ancianete escuálido sin un gramo de grasa, y de Ligón Podemita, el tipo simpático de la coleta que no viene a hacer deporte, sino a flirtear con la monitora o con alguna joven desprevenida. Sonrío. He liberado endorfinas, he dejado mis preocupaciones atrás empapadas en sudor y he tratado de abstraerme durante una hora escuchando podcasts frikis o las noticias, ¿puede haber algo mejor para comenzar el día?
Creo sinceramente que el CIS no necesita hacer 2.500 llamadas aleatorias para sus encuestas de intención de voto. La biodiversidad humana del gimnasio es una muestra mucho más rica y diversa, bastante más fiel y representativa, de la sociedad. Y total, ¡los resultados iban a ser igual de fiables que los del CIS de Tezanos!
En una de las escenas más recordadas de Pulp Fiction, Vincent Vega (John Travolta) conversa con Jules (Samuel L. Jackson) sobre las «pequeñas diferencias» que hay entre Europa y Estados Unidos, aspectos totalmente relevantes como la cerveza en los cines, la mayonesa en las patatas fritas o el nombre de los productos en el McDonald’s.
Me he acordado de las «pequeñas diferencias» con la recopilación de frases motivadoras que suele acompañar a cada inicio de año con los calendarios y agendas que retiro y con los nuevos que incorporo. A veces le damos mucha trascendencia al cambio de año, como si de repente, solo por un cambio de página, fuéramos a ser capaces de lanzarnos a hacer todo lo que no hemos hecho en los 12, 24 ó 360 meses anteriores, y de ahí surgen los grandes propósitos universales de principio de año: ir al gimnasio, dejar de fumar, aprender inglés o desconectar de las redes sociales.
Por el contrario, yo creo que conviene introducir «pequeñas diferencias» en nuestro modo de hacer las cosas, en nuestra vida diaria, incorporar pequeñas rutinas, al principio forzadas, que a la larga redundarán en un gran cambio.
«La actitud es una pequeña cosa que hace una gran diferencia»
(Winston Churchill)
También este blog debe incorporar «pequeñas diferencias» en su modo de hacer las cosas, y no porque los números hayan ido mal, todo lo contrario, sino porque conviene pulir algunos detalles.
«Las fortalezas están en nuestras diferencias, no en nuestras similitudes.»
(Stephen Covey)
En 2018 abrimos una nueva sección (Publicaciones) y nos animamos con varias colaboraciones en algunos artículos (Alice, Móni, Manolester o los compañeros del Water Van Project), gente interesante con mucho que aportar, aunque tratamos de que fueran aún más. Barney ha conseguido colocar varios artículos en La Galerna, Meritocracia Blanca y Planeta Fútbol, y los textos de Josean tienen bastante seguimiento en LinkedIn. Pero hay que mejorar, incorporar pequeñas diferencias para tratar de llegar aún más lejos. Todo se andará.
«No dejes pasar ni un solo día sin que tenga impacto en el mundo que te rodea. Lo que haces marca la diferencia, y tienes que decidir qué tipo de diferencia quieres hacer.»
(Jane Goodall)
Otra vez las grandes citas hablando de cambiar el mundo, o al menos nuestro entorno.
«Una persona puede hacer la diferencia, así que todos deberían intentarlo»
(John Fitzgerald Kennedy)
El 4 de enero comenzamos a preparar este post, y resulta que ese día se conmemoraba el fallecimiento de varios premios Nobel de Literatura, Henri Bergson en 1941, Albert Camus en 1960 y T. S. Eliott en 1965. Nuestro Benito Pérez Galdós mereció el premio como pocos (¿quién recuerda a José de Echagaray?) y también falleció un 4 de enero, concretamente en 1920, así que los cuatro amiguetes nos dedicamos a buscar nuestra frase de cada uno de ellos y este fue el resultado.
Josean escogió a T. S. Eliott. Podía haber elegido aquella cita que encaja con estos impulsos de principios de año y que dice que «solo aquellos que se arriesgan a ir demasiado lejos pueden descubrir hasta dónde se puede llegar», pero el mismo Eliott se resignaba como todos llegado diciembre, y asumía que «si no tienes fuerza para imponer tus propias condiciones a la vida, debes aceptar las que ella te ofrece», así que se decantó por la siguiente:
«La mayor parte de los problemas del mundo se deben a la gente que quiere ser importante.»
En 2019 tendrá mucho trabajo con la irrupción de Vox, las elecciones municipales, el juicio del procès y, según su pronóstico, elecciones generales antes de final de año.
Barney lo tenía fácil porque la frase de Albert Camus, portero de fútbol en sus años mozos, ya ha aparecido aquí en alguna otra ocasión:
«Todo cuanto sé sobre la moral y las obligaciones de los hombres
se lo debo al fútbol.»
El 22 de febrero de este año se cumplirán 1.000 días del Real Madrid como campeón de Europa, y a eso trata de agarrarse Barney, al respeto que merece el equipo, un respeto que brilla por su ausencia entre periodistas, árbitros y aficionados. También pseudomadridistas. Puede ser un año complicado para Barney,… y todo lo contrario, porque este equipo ha demostrado tener mil vidas.
Travis eligió a Henri Bergson, autor de un tratado titulado La risa, que ha despertado mi interés. En ocasiones nos ponemos trascendentes hablando de cine, cuando lo que debe ser es puro entretenimiento. Que nos haga reflexionar, por supuesto, y en ocasiones sufrir con las historias que nos cuenta, pero sobre todo que nos haga disfrutar. Se le puede permitir todo menos el aburrimiento.
«La única curación contra la vanidad es la risa.»
«La comedia es un juego, pero un juego que imita la vida.»
«La risa necesita un eco.»
Este año cumplirán 20 años varias de las películas favoritas de los cuatro amiguetes (American Beauty, Matrix, El club de la lucha), un cuarto de siglo para la que encabeza este post, Pulp Fiction, alcanzaremos el mes y el año en el que se desarrollaba el original Blade Runner, habrá Episodio IX de Star Wars,… Mucho por contar.
Para Lester queda nuestro Benito Pérez Galdós, canario de nacimiento, como el bloguero. «¿Acaso hemos nacido para trabajar como los animales?», pues parece que sí, pero dentro de ese extenuante trabajo, seguiremos sacando tiempo para escribir. Quedan muchos proyectos por completar, relatos por escribir, maratones que contar, voluntariados que realizar, y tratar de narrarlo todo con sencillez:
«Hay una virtud que es la más preciosa y la madre de todas, la humildad, una virtud por la cual gozamos extraordinariamente»
Para finalizar, os dejo este resumen de lo que ha sido el 2018, con muy buenas cifras de lecturas. Se nota la mano de Travis en el inicio, a modo de tráiler de peli o serie de ficción:
«Nuestra risa es siempre la risa de otros»
(Henri Bergson)
Las fotos que acompañan a este texto son obras del artista grafitero Banksy, cuya exposición (no autorizada según la publicidad) estuve visitando la semana pasada. Hice una foto a este texto cuya conclusión en cierto modo comparto para el blog.
Esperamos contar con vosotros un nuevo año, ¡un abrazo de parte de los cuatro amiguetes del blog!
Durante nueve meses del año 2016 cuatro jóvenes estuvieron recorriendo ocho países de Centro y Sur de América para desarrollar la idea que habían tenido unos meses antes. Una idea sencilla en la teoría, pero compleja en su puesta en práctica, que consistía en distribuir filtros potabilizadores de agua por pequeñas aldeas y comunidades para las que el acceso al agua potable era una dificultad añadida en su día a día repleto de carencias.
Conocí a Edu, uno de los cuatro ideólogos del proyecto (o uno de los cuatro voluntarios solidarios, o valientes aventureros, o chicos con ganas de cambiar una parte del mundo), en unas jornadas de voluntariado de Ayuda en Acción, a la vuelta de nuestra maravillosa experiencia en el Hogar Teresa de los Andes (Cotoca, Bolivia).
De inmediato me enamoré de este proyecto, y desde el instante en que Edu lo contó con vídeos, imágenes y una explicación directa y sencilla, supe que en algún momento de mi vida participaría en una expedición de este tipo. Una furgoneta del agua, lanzarme con la familia a la aventura en nuestro propio Water Van.
El trabajo del voluntario no consiste exclusivamente en entregar los filtros a las comunidades, sino en formar a los beneficiarios sobre su uso y lo más importante, sobre el mantenimiento, para que pueda durar según lo previsto, entre 8 y 10 años. La parte final del proyecto consiste en su difusión, en darlo a conocer, comunicar los objetivos y los logros alcanzados, y por supuesto concienciar sobre los problemas del agua en el mundo.
Como decía Edu en su presentación, cada año mueren más de 100.000 personas en América Latina por el consumo de agua contaminada o no apta para el consumo humano. Es increíble, pero más increíble aún resulta comprobar el coste ridículo de los filtros que pueden mejorar la vida de estas personas:
320 dólares para un filtro comunitario, para escuelas, hospitales o centros de formación.
50 dólares para una familia media de 4 a 8 personas.
Durante los 9 meses de 2016 que dedicaron al proyecto sobre el terreno, Edu, Jorge, Chechu y Diego recorrieron 8 países (México, Guatemala, Nicaragua, Costa Rica, Panamá, Colombia, Ecuador y Perú) y entregaron 900 filtros que cubrirían las necesidades de acceso al agua potable de unas 15.000 personas. Asombroso, me quedé sin palabras. Y como las imágenes valen más que mil palabras, os dejo este vídeo de apenas 5 minutos que cuenta el proyecto:
Pedí el teléfono a Edu y comenzamos a hablar conjuntamente con la ONG Ayuda en Acción para tratar de organizar un TWVP con Sacyr, la empresa para la que trabajo y a la que también conseguimos implicar un año atrás para la reforma del Pabellón Azul del Hogar para niños con capacidades especiales en Bolivia. Fruto de esta colaboración a varias bandas, pudimos enviar nuestro propio TWVP a Colombia con un grupo de cuatro voluntarios formado por empleados de Sacyr: Marta, Daniel y Esther desde España, y Johanna, colombiana.
Esther ha ejercido las labores de comunicación del proyecto, me leí su diario, he visto las fotos que hizo y he podido compartir algunas estupendas charlas con ella, igual que con Marta y Daniel. Derrochan vitalidad, ganas y buen rollo, y Esther afirma convincente que repetirá.
El voluntariado se desarrolló en el valle del Cauca, en el departamento de Ginebra, y los cuatro voluntarios se alojaban en el IMCA, Instituto Mayor Campesino, de los jesuitas. Para atreverse a un voluntariado de este estilo en un país que no hace tanto ha sufrido el problema de la guerrilla es imprescindible contar con el apoyo local en el terreno. Hacerlo de otro modo sería una temeridad, igual que lo sería distribuir los filtros sin realizar un análisis previo de las aguas que llegan a estas aldeas, pues los mismos eliminan bacterias y determinados microorganismos, pero no metales pesados, que en algunas zonas abundan.
Tras recibir la formación necesaria, Marta, Johanna, Daniel y Esther comenzaron a distribuir los filtros en la vereda Campoalegre. Los paisajes que se ven en todas las fotos son espectaculares, naturaleza salvaje, selva y en mitad de todo ello, pequeñas aldeas y comunidades locales en las que los escasos habitantes tienen verdaderos problemas para acceder a agua potable.
El primer día nuestras voluntarias ya recibieron una propuesta de matrimonio, que incluía casa y manutención, por supuesto. Allí mismo debieron de sufrir su primera experiencia traumática sorpresa, pues los voluntarios llegaron a beber pis de perro y caballo, convenientemente filtrados y sin bacterias, eso sí, pero todo fue porque los lugareños no se lo quisieron contar antes de que lo hubieran bebido. Creo que una vez que pasas esa prueba el resto está chupado.
Los voluntarios pudieron conocer las dificultades de acceso a muchos de estos lugares, «montañismo extremo», como lo define Esther, y todo ello portando unas maletas con el estilo de turismo occidental, que por supuesto no es el más adecuado para estos terrenos. En las veredas Cocuyos y Lomagorda entregaron nuevos filtros, realizaron la formación insistiendo de modo especial en el mantenimiento, y probaron la gastronomía local: sancocho, yuca, plátano con salsas y atollado, y una trucha de impresión. A mi modo de ver, otra de las partes más interesantes de realizar un voluntariado sobre el terreno es poder conocer un país al margen de los circuitos turísticos, con sus habitantes, sus costumbres, su gastronomía y sus inquietudes. Y por supuesto conocer su modo de disfrutar del ocio y el tiempo libre. Esther habla de discotecas, billares, y un sorprendente bar de heavy metal en San Antonio.
Es una inmersión a fondo, como se deduce de sus textos. Tienes que tener la mente bien abierta para todo lo que se te va a poner por delante, como ducharte con agua tibia, cuando no directamente gélida, comer lo que se te ofrece y a veces saltarte determinadas normas de seguridad que serían impensables en nuestra avanzada Europa: montar tres en una moto y sin casco, o subir a una aldea a más de 2.500 metros en un jeep ocupado por veinte personas, varias de ellas colgando directamente por fuera. Y todo ello por carreteras que no son tales, sino caminos o sendas forestales repletas de socavones y barro. Aunque tenga su punto de locura, todo vale.
Ginebra, Buga, Salento, valle del Cocora, vereda Cascada, vereda Moravia,… El trabajo de distribución continúa por toda la región, con diferente recepción por parte de los campesinos, pero casi siempre con la máxima atención y agradecimiento. Los voluntarios destacan cómo los campesinos se volcaron en atender del mejor modo a sus ilustres visitantes. Y lo mejor, los niños como siempre. La gente agradecida y abierta, sin nuestros corsés mentales.
En ocasiones encuentras gente con una visión excepcional de las necesidades de la población, como en la vereda de Costa Rica, donde llevan tiempo trabajando en la construcción de acueductos para evitar la privatización del agua. Con todas sus carencias y deficiencias, pero el agua es fundamental para ellos y no desean que se convierta en un negocio privado especulativo. En esa región conocieron también el trabajo de otras cuatro personas para desarrollar un centro de reciclaje en el que llevan ocho años trabajando, sensibilizando a la población, reciclando el plástico, cartón y material orgánico que convierten en abono. Resulta impresionante.
Tan sencilla la idea, como decía al principio, y tan útil y compleja a la vez. Fueron apenas dos semanas de voluntariado en Colombia, Sacyr financió unos 600 filtros y con el trabajo de distribución de los voluntarios se logrará que unas 3.600 personas tengan acceso a agua potable durante los próximos ocho a diez años. Sencillo, pero impresionante. ¡Enhorabuena a todos, congrats! Este es uno de los vídeos corporativos que narra la experiencia:
El año pasado dediqué el último artículo del año a Bolivia, ese país maravilloso que descubrí con mi familia, y este año tenía que acabar en Colombia, aunque mi visita para conocer a fondo el país (solo estuve en Bogotá) sigue pendiente. El año que viene haré lo posible por apuntarme a un Water Van Project, ya sea en Colombia, en Ecuador, Perú ¡o en África! Donde podamos vivir una experiencia inolvidable como la que han vivido mis compañeros.
¡Feliz año a todos, lectores, y espero seguir contando con vosotros en 2019!
Tras casi diez minutos de paciente espera, cuando por fin encontré el hueco para pedir un par de cañas y la camarera estaba sirviendo de modo diligente las mismas, se me acercó una atractiva compañera de Recursos Humanos y me dijo «ya que estás, pídeme otra, por favor», frase acompañada de una agradable sonrisa, a lo cual por supuesto que me presté, «otra, por favor», pues nada resulta más persuasivo que una sonrisa femenina, así somos algunos de simples; mas siempre ocurre que el imbécil de la oficina técnica al que no soportas, aquel cuya fama de caradura le precede, se arrima a tu oído y te escupe «ah, Lester, y para mí, un tinto y un blanco», «¡ah, y ya que estás ahí, una sin alcohol!», y no contento, se gira hacia sus ya casi borrachos compañeros y les anima «¿queréis algo vosotros, os falta algo por ahí?», peticiones que atiendes por educación, no por ganas, mientras reprimes esa fuerza interior que te impele a mandarle a tomar por donde le introducirías un poste de madera astillada del cableado eléctrico.
Sí, amigos, la copa de empresa en formato cóctel con canapés, jamoncito, bandejas de pinchos sofisticados y, por supuesto, barra libre de cerveza, vino y refrescos. Un formato con ventajas evidentes a la hora de departir con un mayor número de compañeros y evitar así el tradicional problema de las comidas alrededor de una mesa: «que no me toque con el jefe», o con el cenizo, o con el plomo, o el triste, o con la loba, o con el del mal olor (¿se admite «halitóxico»?), o con el que siempre la lía o con los que te hacen sentir vergüenza ajena por el tono impropio de sus supuestas gracietas, proferidas con un volumen que no utilizarían ni en las gradas de un estadio de fútbol.
Cada vez que te acercas a por una cerveza ves que hay algunos compañeros, por supuesto tíos, que se mimetizan con la barra, no pierden nunca su sitio y seguramente por eso siempre tienen el vaso lleno, vaso que no marean, sino que degluten con prisas pues saben que hay un límite (de hora) para pedir sin límite (de birras). Y los tíos con una cerveza en la mano somos muy peligrosos. Barra libre de comentarios. De todo tipo. Poniendo a caldo a la empresa, al jefe, criticando al que ha elegido el sitio, o despotricando del jamón o del catering mientras se les escapa el bigotillo del langostino entre los dientes. Si el lugar es modesto, porque es modesto, y si el lugar es cojonudo, pues porque la empresa se gasta un pastizal en estas cosas en lugar de subirle el sueldo ¡a él!, «que soy el que más dinero hace ganar» a los jefes. Trato de huir de los tipos del doble-pegado-a-la-mano como de la peste, pero en estos eventos de tantas horas de duración es inevitable cruzar un par de frases con ellos, sobre todo porque te llaman la atención con un primer gruñido como el que utilizan los pastores para el ganado:
– ¡¡Heeeey, hey, Lester!! ¡¡Yeejeey, aquí!! (ante tu fingido despiste) ¿Tú sabes cuánto se han gastado por cabeza en este sitio?
Es una pregunta retórica, pues ante tu indiferencia y sea cual sea tu respuesta, «no sé», «no me interesa», «treinta euros», «está todo cojonudo» o directamente «me la suda», ellos te lo sueltan con todo tipo de apreciaciones, interpretaciones y por supuesto, críticas. A medida que avanza la jornada, aumenta el número de felipones que sueltan por la boca, una mezcla pastosa de cerveza y carne mechada que salta de sus resquicios interdentales directamente a la pechera de tu chaqueta. Tratas de limpiártelo como puedes, sobre todo para ver si se dan cuenta o se disculpan, hechos que por supuesto no se producen, y en cuanto puedes te largas de allí, pues sabido es que de permanecer en esa conversación tu camisa acabaría con tantos churretones como la cúpula de Barceló para la ONU.
En esos días de exaltación colectiva de la amistad, no podía faltar la barra libre de comentarios machistas. No me voy a escandalizar siguiendo las normas de la moral políticamente correcta que nos tratan de imponer, ni mucho menos mentiré diciendo «yo no los hago, los demás son chicos malos», porque la realidad es que prácticamente todos los hacemos o al menos los consentimos. Esta misma semana se ha disculpado incluso el «macho alfa» Pablo Iglesias por su comentario de hace años sobre Mariló Montero y ciertos azotes excesivos, pero en el fondo lo que ha dicho no deja de ser cierto: cuántas de estas bromitas soltadas en grupos de WhatsApp y únicamente para amigotes y kolegas nos avergonzarían si salieran a la luz pública, o si por un casual se publicaran en la Intranet de la compañía.
Lo que sí tengo muy clara es la línea invisible entre la broma y el mal gusto, y así como tolero con agrado lo primero, detesto lo segundo. Y no está de más alabar la elegancia y belleza de nuestras compañeras de curro (por trasladar de un modo legible lo de «la azotaría hasta sangrar»), pero odio los comentarios soeces sobre las mismas y las prácticas sexuales que determinados compañeros imaginan con ellas, «la empotraría contra la pared». Vas listo. Ante tu mirada indiferente, te sueltan:
– Vamos, Lester, no pongas esa cara, no me digas que tú no la empotrarías contra la pared.
– La chica está para lo que tú quieras, para empotrarla contra la pared, claro que sí, pero es muy distinto si te digo que yo, yo personalmente, no la empotraría contra la pared, no tengo ningún interés.
Es el momento de todas las copas de empresa en el que alguien suelta el célebre refrán sobre la olla y dónde no introducir los atributos masculinos. ¡Chupito para el primero que la suelta! No es por eso, les digo, sino porque estoy felizmente casado y no voy a hacer el payaso con chicas veinte años menores que yo. Además, tengo un truco infalible que aprendí hace años para salir con elegancia de estos momentos:
– Siempre recuerdo lo que decía Lord Chesterfield: «el placer efímero, la postura ridícula y el precio escandaloso».
Jojojojo, se ríen, aunque alguno no ha entendido la frase, sueltan otros tres perdigones y entonces es cuando otro de esos compañeros casados te cuenta su truco:
– Yo me pongo frente al espejo como Travolta en Pulp Fiction y me repito su frase: «ahora te vas a tu casa y te haces una buena paja».
Es así, son los grandes clásicos de la copa de empresa o la cena de navidad. Decía que los tíos con una cerveza en la mano son muy peligrosos, pero más lo son aquellos con una cerveza en la mano y media docena en el cuerpo. Algunos rajan más de la cuenta y hablan con total desconocimiento de los compañeros, y sobre todo, de las compañeras. Hace poco leí la diferencia entre ligar y acosar: si eres guapo, ligas. Si eres feo, estás acosando.
En mi primera cena de empresa, hace ya unos 25 años y recién incorporado a la misma, estuve hablando con una chica diez o doce años mayor que yo, llamémosla Elena, por ejemplo. Una conversación agradable, sin ningún interés afectivo o sexual por ambas partes. Pues se me acercó un tío y me soltó:
– Bah, no tienes nada que hacer, Elena es lesbiana.
Pero apenas unos minutos después se me acercó otra chica, esta vez de mi departamento, y me dijo:
– Ya he visto cómo se ha lanzado la loba de Elena a por ti, le molan los yogurines.
«¿Cómo?» Con el tiempo descubrí que la tal Elena tenía novio de los de toda la vida y que solo hablaba conmigo porque sí, por su simpatía innata, con naturalidad, pero para los tíos era lesbiana porque le habían tirado los tejos y había pasado de ellos, y para las chicas era un putón porque se llevaba bien con los que acabábamos de entrar. Pues muy bien, será que el pueblo nunca salió de algunos.
Como el tema no me va, procuro moverme bastante para hablar con cuanta más gente mejor, pero sin quererlo, me encuentro con «Mantodemierda», el mismo tipo que se ha pasado las últimas dos semanas con la copla de todos los años, «no pienso ir», «no me apetece encontrarme con determinadas personas», «no estoy de humor», «que no, que no voy», frases que te espeta aunque no le hayas preguntado, ni mucho menos insistido.
– Hola, Lester, al final he venido.
– ¡No jodas! No me había dado cuenta, pensé que eras un holograma.
– Cachondo, todos los años la misma gracieta.
– ¿Me repito? ¿Yo?
En fin, le dedicas dos minutos, escuchas sus quejas, y antes de que te amargue lo que queda de evento, le dices que te vas a por otra cerveza. Así transcurren las horas, hablando con unos, con otras, divirtiéndome, escuchando de todo, relajándome del estrés laboral, comiendo lo que se puede, bebiendo más de lo que debieras, y cuando miras el reloj compruebas con asombro que llevas seis horas en el sitio. Me doy cuenta de lo insultantemente jóvenes que son mis compañeros, y de lo mayor que empiezo a resultar para estos eventos, así que empiezo a recogerme para retornar a mi humilde morada.
Que quede claro por mucho que haya largado que me lo paso siempre de pelotas. Tengo numerosos compañeros a los que considero amigos, en los que confío un huevo y me lo paso bien con ellos, y sí, la becaria está de miedo, ¡qué pasa!
Ya voy teniendo unos añitos, creía que había visto mundo, que tenía cierta experiencia en «las cosas de la vida» y sin embargo, compruebo atónito que mi capacidad de sorpresa no solo no disminuye, sino que aumenta semana tras semana. Uno de los debates estrella de los últimos días, a la altura de los presupuestos del Estado o el procès catalán, ha sido la polémica sobre el empleo de la palabra «mariconez» en una canción de Mecano de hace tres décadas. Para el que pueda vivir felizmente ajeno a estos sesudos debates psicosociales, le cuento que se ve que unos jovencitos imberbes de OT, que no deben de superar la veintena, sienten que tal palabra es ofensiva y denigrante para el colectivo LGTBIQ (¿me falta alguna letra?) y debería ser suprimida y cambiada de inmediato. «Censurada» es la palabra, chicos.
Por supuesto, la cosa no ha terminado ahí, y la negativa del autor de la canción, José María Cano, a permitir la sustitución por otra le convierte de inmediato en homófobo, carca y supongo que facha, que es el calificativo que se regala hoy en día a todo el que ose ir contra la corriente dominante.
Estoy aburrido de tanta gilipollez, así que no voy a entrar demasiado a explicar las circunstancias de España a principios de los ochenta: cuarenta años de dictadura, una Constitución que se aprueba en 1978, el ruido de sables que acaba en el golpe de Estado de 1981, y una sociedad deseando pasar página. Totalmente. Tras años de represión, surgió la célebre movida madrileña y fue como una explosión de libertad salvaje. Hasta el alcalde de Madrid, el profesor Enrique Tierno Galván pronunció su recordada (y desafortunada) frase:
«Rockeros, el que no esté colocado, que se coloque».
Todo valía. Y todo, incluía todo, lo bueno y lo malo. Por supuesto, ser soez, palabrotero y decir tacos en Televisión Española era lo más suave que hicieron algunos de estos rockeros a mediados de los ochenta. Igual que los últimos años del franquismo vivieron su destape particular, en los ochenta necesitábamos nuestro despelote general.
Y ahí, en ese preciso momento de nuestras vidas, que a mí me pilló en la adolescencia, entraron los grupos de pop y rock españoles con sus letras transgresoras en busca de que te sangraran los oídos ante la aberración que acababas de escuchar. Mecano no pertenecía a estos grupos salvajes, sino al lado más light e incluso correcto (y aunque no venga a cuento, aprovecho para decir que yo detestaba su música entonces y ahora). En fin, Mi agüita amarilla, Te mataré con mis zapatos de claqué, Soy un macarra, soy un hortera, voy a toda hostia por la carretera, Lo estás haciendo muy bien, muy bien, muy bien,…
Alaska confesaba en otra canción cómo «loca de celos, decidió, tras apuntar la dirección» atropellar a su pareja porque «¿Cómo pudiste hacerme esto a mí?» ¡Y no pasaba nada! Nos reíamos, nos dábamos codazos como diciendo «¡joer, mira lo que ha dicho este!» y todos felices. No había por qué escandalizarse, porque se podía decir lo que se quisiera con total libertad. Bueno, con Las Vulpes y su inolvidable (y espantosa) Quiero ser una zorra en La2 de Televisión Española se pasó el Rubicón de lo permitido.
Pues ahora, treinta años después, parece que no, que vuelve la censura. La atroz, intolerante y salvaje dictadura de lo políticamente correcto. Ya está en el lenguaje llamado inclusivo que nos intentan imponer con total ignorancia y desconocimiento, ya lo hemos visto en programas de televisión, se pretende obligar en el cine con la terrible censura de la inclusión Rider, y por supuesto no iba a ser menos con la música. Lo que más me ha sorprendido es que la nueva censura llegara del lado supuestamente progresista. De los mismos, además, a los que les parece intolerable la condena al rapero Valtonyc por sus canciones en las que animaba a disparar al Borbón, o a poner bombas en los cuarteles de la Guardia Civil. Flipo, alucino, me mofo, o como se diga ahora, la censura de lo políticamente correcto y «modelno» supera a todas las demás en intransigencia.
No voy a tratar de convencer a nadie, y menos a nadie que no alcance los veinte años de edad, como esta misma semana cuando conversaba con mi hija y sus amigas, así que me voy a subir al carro ganador y voy a hacer eso que tanto les gusta a los chicos de OT, «revisionismo histórico», o «acomodación del pasado a las nuevas tendencias», para lo cual, creo que no hay un grupo mejor en esos ochenta homófobos, racistas, machistas y… ah, y fachas (jajaja) que Siniestro Total, el grupo gallego de Julián Hernández, Germán Coppini y otros que no recuerdo. Los nombres no importan, serían también unos fachas. Como Joan Manuel Serrat, que también lo he escuchado en estos tiempos convulsos.
No puedo imaginarme a los profesores de OT diciendo: «A ver, chicos, esta semana toca preparar la canción Matar jipis en las Cíes». Por supuesto, tras un par de soponcios en los concursantes y un escándalo que convertiría a los gallegos en trending topic nacional, los chicos deciden que la canción sobre asesinar a unos hippies en las Cíes debe convertirse en una bonita historia de amor homosexual, todo un canto fraternal de amor y convivencia plena en la Naturaleza. Aquí podemos comparar ambas letras:
El éxito de la versión sería tal que probarían a repetir con otra versión del mismo grupo. «Genial, chicos, vamos a hacerlo más difícil con esta otra, Hoy voy a asesinarte«. Por supuesto que hoy esa canción estaría prohibida, censurada, quiero decir, y se montarían debates sobre que es una incitación a la violencia de género y la cantidad de mujeres que han fallecido en estas décadas tras escuchar sus maridos esta (horrible para mi gusto) canción. Los chicos de OT reescribirían totalmente la letra, harían unos arreglos new age y la canción se transformaría en una bonita oda de amor en la que el hombre reconoce que es un machista impenitente educado en el heteropatriarcado más conservador:
«¡Estupendo!, las cifras de audiencia avalan nuestra propuesta por un revisionismo feliz, así que esta semana nos vamos a atrever con Ayatollah, no me toques la pirola«. El problema es que hay un concursante musulmán en el grupo y se considera que la canción es islamófoba y atenta contra el Islam, así que sería reescrita por los propios chavales en una versión que ensalzaría las bondades de esta religión. Además, es la moda, ¿no? El cristianismo es facha, y el Islam es progre:
Como decían los propios Siniestro Total en otro de sus discos, Ante todo mucha calma. Dejo ya de estrujar mis neuronas para recomponer unas letras que hoy en día pueden escandalizar a almas cándidas, pero a las que no movería ni una coma. Eran otros tiempos. Hace un par de años, en un programa de televisión recordaban un sketch de Martes y Trece que en su día tuvo mucho éxito: «Mi marido me pega». Era terrible. Aparecía Millán Salcedo disfrazado de mujer con un ojo morado y repitiendo varias veces la famosa frase «mi marido me pega» acompañada por «¡sufro bucho!». Le ponían el vídeo al Millán de hoy en día y su respuesta fue la lógica: «Estoy horrorizado». Pero como él mismo recordaba, en aquellos años la gente le paraba por la calle, le decían lo que se habían reído y le pedían que lo repitiera. Y el sketch visto hoy en día no tiene ni puta gracia. Pero no lo vamos a cambiar. Ni vamos a quitar la escena del bofetón de Glenn Ford a Gilda, como pidió alguno esta semana. Ni vamos a censurar Lolita de Nabokov, ni ya puestos Romeo y Julieta, porque cada obra tiene su época, su tiempo y su contexto. Y las jóvenes brigadas censoras harían bien en comprenderlo.
Si os habéis reído de las letras, un saludo, ¡fachas!
El pasado sábado falleció Montserrat Caballé a los 85 años, la gran soprano y no digo «nuestra» gran soprano porque cada uno de los Cuatro amiguetes tiene una opinión diferente acerca de su modo de entender el bel Canto. Nuestros respetos hacia ella y Condolencias a la familia.
Con C de Castafiore.
Lo mío no es la ópera, no me gusta, no la entiendo y me carga tanto como un partido de tiki-taka con mil pases en horizontal y hacia atrás. He cometido el «error» de confesar en público mis Carencias Culturales y mi preferencia por Freddie Mercury, en un artículo en el que osaba hacer una comparación con los estilos contrapuestos de Montserrat Caballé y Freddie Mercury, el Barça y el Madrid. A alguien más le ha gustado, como a los amigos de La Galerna que lo han publicado:
No quiero dar a entender con el artículo que la Caballé me recordara a BiancaCastafiore, la espantosa Cantante de ópera que atormentaba al Capitán Haddock en los libros de Tintín, lo que he pretendido decir es que en mí provocaba un rechazo similar al que lograba en el Capitán. El problema es mío, lo sé. Y además reconozco que me gustaban mucho Freddie Mercury, Queen y sus míticas Canciones. Un sacrilegio, lo sé.
Con C deCataluña.
Es una pena que la situación en Cataluña se haya enrarecido y enquistado tanto que ya ni se respetan los funerales por una persona como Montserrat Caballé, Catalana y española universal que recorrió el mundo como una gran embajadora de ambos. Mojándose, sin establecer distinciones, y eso a algunos hoy les parece intolerable. Como a Josep Carreras, qué pena. Solo se le ocurrió decir tras la Ceremonia que echó en falta que «hubiera un poco más de Catalán«, ya que se ofició íntegramente en Castellano.
Nada nuevo, por otra parte, el procès está sacando lo peor de innumerables Catalanes indepes. Estos días se ha recordado cómo Montserrat Caballé se levantó de la mesa que compartía con el gens honorable Jordi Pujol, cuando este, siendo presidente de la Generalitat de Cataluña, le reprochó haberse casado con «un extranjero». Tan extranjero como que era aragonés.
Por otro lado, y aunque tras un fallecimiento solo se recuerdan los aspectos positivos de la biografía de los fallecidos, en este blog siempre he criticado a los evasores fiscales, así que no puedo dejar de mencionar la Condena de seis meses de Cárcel a la Caballé por escaquear medio millón de euros al fisco.
Con C de Cine.
Las salas de Cine se han convertido en los últimos años en un lugar privilegiado para disfrutar de los grandes montajes internacionales de ópera. Quizás sea una burrada lo que voy a decir, pero creo que el sonido y la imagen desmerecen poco de lo que puede ser una ópera en vivo y en directo. En el caso de la imagen es indiscutible: no se puede comparar lo que se ve desde una fila 3 de un anfiteatro que con las imágenes en pantalla gigante de un Cine. Pero supongo que los puristas dirán que no tiene nada que ver, algo así como lo que decía Lester sobre el disfrute del Arte pegándote con japoneses o a través de un ordenador.
La ópera no ha tenido en el Cine el buen encaje que sí han tenido otros géneros como los musicales. La última película que vi relacionada con el género es Florence Foster Jenkins, sobre una millonaria sin ningún talento interpretada por Meryl Streep. ¿Puede haber algo más horrible que las arias de ópera mal cantadas? Repetir los fallos hasta la extenuación en los ensayos, supongo. Quizás una aguja punzante entrando por el oído haga menos daño.
Me parece que hay mucho esnobismo entre los Críticos, y que ese esnobismo se incrementa cuando se trata de géneros como la ópera. Hay una escena maravillosa en Ciudadano Kane que cuenta mucho, lo cuenta todo en realidad. Cuando el personaje de Charles Foster Kane intenta lanzar al estrellato de la ópera a su amante y la vemos debutar sobre el escenario, la cámara asciende lentamente. Vemos el telón, el andamiaje sobre el mismo y a dos tramoyistas, gente que se supone poco formada para la ópera, pero que sin embargo saben casi tanto como cualquier Crítico avezado. Apesta.
Ese esnobismo de la Crítica es el que ensalza a determinados artistas y se ceba por el contrario con otros, a veces con una inquina que parece moverles un asunto personal. Por otro lado, creo que nunca leí una mala Crítica de Montserrat Caballé, ni siquiera cuando destrozó con su versión alguna Canción moderna. Y eso dice mucho de ella, qué duda cabe. Descanse en paz.
Con C de Carisma.
Desde que debutara en el Carnegie Hall en 1965, la figura de Montserrat Caballé no dejó de crecer, hasta el punto de que algunos, llegada su muerte, la sitúan directamente como «la mejor soprano del siglo XX», por encima de María Callas. Supongo que mi madre tendrá algo que decir ante tamaña afirmación.
Yo no puedo opinar sobre eso, soy un analfabeto total en materia operística. Pero sí puedo opinar sobre la participación de la Caballé en dos Campañas de publicidad. La última, la más reciente, fue definida por la propia Cantante, como espantosa. Me refiero, cómo no, al terrorífico anuncio de la Lotería de Navidad de hace dos o tres años, con Raphael y varios artistas más que parecían sacados de la noche de Halloween.
El otro anuncio es mucho más antiguo y lo recuerdo porque denota cierta superioridad intelectual de los que son capaces de disfrutar de la ópera. Era una Colección por fascículos y CD’s (me niego a poner «cedés», aunque lo recomiende la RAE) de las mejores óperas de la historia y Montserrat Caballé nos animaba a su compra diciendo:
«La voz es el instrumento más perfecto, y donde mejor suena, es en la ópera». Y le faltaba añadir: «Y quien mejor la canta, soy yo». Un poco pagada de sí misma sí era la barcelonesa, como toda diva de la ópera. Y como tal, un tanto sobreactuada, como cuando acudió a las ruinas del Liceo a hacerse las fotos y el vídeo para pedir fondos para su reconstrucción.
Lo siento, Mamá, me cuesta disfrutar tres horas seguidas de una ópera, prefiero un punteo de guitarra de Mark Knopfler. Descanse en paz, Montserrat Caballé, no dudo que fuera una de las más grandes. Así me lo han contado.