La avería, por Lester

Atasco

¿Cuántas veces os habéis encontrado un coche averiado en un punto crítico de la ciudad, en el típico sitio clave en “donde se cruzan los caminos” a la manera de Sabina? ¿Os habéis parado a pensar, luego de compadeceros del pobre conductor al que se le ve con cara de estreñimiento, en el atascón que llega a formar ese vehículo solitario? Un coche sin gasolina en mitad del típico cruce de incorporación a la M-30 con la salida de una de las nacionales, por donde además finaliza una de las principales calles del centro de Madrid, un coche averiado a las siete de la mañana que va a joder el inicio del día a ¿diez mil, cincuenta  mil personas? Pones la radio y escuchas: “retenciones de ocho kilómetros entre el nudo sur y Manoteras por un vehículo averiado en mitad de la vía”, o bien, “mañana complicada de tráfico en Madrid por un coche parado en el carril izquierdo de la M-30 a la altura de Ventas”.

Pues bien, ese pobre estreñío del coche en el cruce crítico el pasado martes era yo. El lugar elegido fue la salida del túnel de María de Molina hacia la Avenida de América. Llego al semáforo del cruce con Velázquez y el coche que decidió “morir”, al menos todo lo eléctrico. El ordenador de a bordo resultó ser más fallón que el HAL-9000 y tan cabrón como el androide Ash de Alien. Tanta tecnología inútil que te dice hasta la temperatura del aceite, dato sin el que, sin duda, soy incapaz de conducir, y luego falla en lo básico. Empezó a parpadear el cuadro de mandos, Carlos Alsina pasó a tartamudear y ¡plof! Muerto, todo apagado, todo dejó de funcionar. El contacto no hacía nada, ni siquiera el sonido gripado de los coches de antaño.

Coche parado

“¡La madre que me parió!”, pensé, “la que voy a montar”. Se me pasó por la cabeza lo que podía ocurrir en los próximos minutos: el túnel de María de Molina se iba a bloquear por mi culpa, el atasco llegaría a la Castellana, los que venían de José Abascal no iban a poder pasar, luego se atascaría la Castellana también en el sentido de bajada,… Medio Madrid llegando tarde a su trabajo por mi culpa. “Bueno, nunca tanta gente se había cagado en mí desde cierta gracieta en el colegio”. Pero de aquello hace mucho tiempo y no vamos a hablar de esas cosas.

Me salvó que eran las siete y diez de la mañana. Llamé por teléfono a los de asistencia en carretera y les insistí en que vinieran rápido, que estaba en un sitio horrible para pararme, “en el peor sitio de Madrid”. Les lloré como los oficiales de Vietnam en las pelis americanas cuando piden a gritos por un teléfono de campaña que llegue la aviación de refuerzo, “¡¡envíenlo ya, es una emergencia, nos van a freír, mayday, mayday!!” En mi caso “marchday, marchday” (este chiste es tan malo que seguramente lo borre en posteriores revisiones)

“La grúa tardará una media hora”, me contestaron. “Buffff, se va a montar la mundial”. Por si todo esto no fuera suficiente, amanece justo por el lado contrario, por la Avenida de América, y el sol cegaba a todos los conductores a la salida del túnel. De hecho, la mayoría de coches se paraban detrás del mío esperando que arrancara y yo tenía que decirles desde fuera, con mi chaleco amarillo y poniendo cara de lástima, “que no, que no va”. Nunca en mi vida como ese día eché tanto en falta un sable láser como los de Star Wars.

– ¿Y no puedes echarlo a un lado? Es que apenas se ve desde el túnel.

Gracias por su inestimable colaboración, amable conductor, ahora arranque y váyase a tomar por culo un ratito, que llega tarde. Otro más agradable bajó la ventanilla y me dijo que con el sol no se veía el triángulo de emergencia que había puesto unos veinte metros más atrás, al principio de la salida del túnel. “Muchas gracias, ahora lo cambio”.

Me bajé con mucho cuidado, me metí en el túnel y puse el triángulo varios metros antes. Miré hacia mi coche, “jooooder”, el sol estaba más alto, “no se ve el coche, como para ver el triangulito”. Efectivamente. El primer coche lo esquivó en el último segundo. El siguiente dio un volantazo tras ver lo que había hecho el primero. El tercero se lo llevó directamente por delante. Al llegar a mi coche la conductora se paró detrás y se puso a hacer lo que la mayoría de conductores en un semáforo: guasapear. Juro que era conductora y no estoy haciendo chistes machistas sobre “mujer tenía que ser” ni nada por el estilo.

– Señora, que está parado, pase por aquí, por favor.

– Ay, es que no se ve nada.

– Ya, ya me he dado cuenta, se ha llevado por delante el triángulo de emergencia.

– Huy, perdona, el caso es que he oído algo.

– Sí, claro, lo ha hecho trizas, lo ha dejado hecho añicos, eso es lo que ha escuchado -¡Y mis improperios!

La verdad es que no tengo quejas del comportamiento de la gente, sino todo lo contrario. En lugar de despotricar y pitarme, me miraban con cara de lástima. Un chaval joven que venía andando por la calle, de unos veintitantos, se ofreció a empujar el coche, “podemos moverlo ahí a un lado, porque estás en un sitio horrible”.

“Muchas gracias”, le dije, y como de la nada surgieron otras tres personas dispuestas a ayudarnos. Pero las cosas no podían ser tan fáciles, porque resulta que estos coches modernos no tienen un freno de mano tradicional, de palanca que levantas y listo, sino ooooootro gadget electrónico que se bloquea cuando falla el sistema eléctrico. Los pobres trataron de empujar el coche, pero fue imposible. Me bajé, les agradecí el esfuerzo y la amabilidad, y les dije que solo me quedaba cruzar los dedos para que no pasara una desgracia.

Afortunadamente a los veinte minutos llegaron unos agentes de movilidad, esos chicos simpáticos que aprendieron a hablar todos en la escuela de los “ejkes”. Tíos majos, kolegas:

– Joer, tronko, vaya sitio para pararse, ¿no? Como no venga pronto la grúa… en diez minutos hemos atajkado toda esta zona. ¿Y no has puesto los triángulos?

– Sí, mira, son esos trocitos machacados de ahí abajo.

Agentes movilidad

Nos entró la risa, porque mejor eso que el llanto inútil. Metieron la furgoneta en el túnel para señalizar bien la emergencia. Debían de ser las ocho menos veinte y el tráfico comenzaba a crecer. Al pasar de dos carriles a uno se generaban pequeñas retenciones, pero afortunadamente todavía no eran gran cosa.

Por fin llegó la grúa. El tipo que la llevaba, de esos que hablan castellano en dialecto mecánico, me dijo según me vio:

– La batería, ¿no? Eje estos coches modernos… tanta electrónica y no sirven ni pá’tomar por culo, me paso los días recogiéndolos tiraos en la M-30.

Pues vale, ya tenía hasta el diagnóstico. Terminamos la operación sobre las ocho menos diez y por minutos no llegamos a montar el atasco del mes. Los agentes de movilidad dirigieron el tráfico y recuperaron los dos carriles en un instante. Buena gente, “hala, que no sea nada”, me dijeron al despedirse.

Le dije al de la grúa que el coche tenía solo año y medio, que no creía que fuera solo la batería, que era un Volkswagen y tal, una marca tan fiable como la medición de sus emisiones.

– Tienes el sistema Start-Stop, ¿verdad? Pues es la batería, casi seguro. Todas las semanas recogemos a varios coches por lo mismo.

En el taller también fueron muy amables, me atendieron rápido y me cogieron el coche.

– No, no puede ser la batería, por el tiempo que tiene el coche ha tenido que fallar algo más.

Pues era la puta batería. Un año y medio, se para y te deja más tirado que una colilla. Tanto control de climatización, sonido, avisos de mantenimiento, estadísticas de consumo, y luego te quedas tirado por una batería que en los coches de antes podía durar años. Muchos años.

Alguien tendría que replantearse si eso de que se bloquee el freno de mano y cualquier posible movimiento del coche no debería estar prohibido. Es un peligro. No pasó nada porque era muy temprano, pero en otras circunstancias podía haber ocurrido una desgracia. Si alguno me vio el martes ya sabe cómo es mi rostro desencajado.

Y por cierto, me lo tomé con resignación e incluso cierto cachondeo. Sin acritud, pero ahora, cada vez que me subo al coche, desactivo el puto Start-Stop de los mismísimos cojones del ingeniero psicópata que lo parió.

Un comentario en “La avería, por Lester

  1. Hola, mi coche tiene el start-stop y desde que lo compré, hace un año, lo primero que hago al arrancar el motor es desactivarlo. Instintivamente lo hago por lo que tú cuentas, porque creo que debe ser malo para la batería y para el motor de arranque no digamos ¿o ya no lo tienen?. Pero es que cuando apaga el motor también te deja sin no sé cuántas cosas más. O sea, es una parida de los fabricantes que lo incluyen para no ser menos (gilipollas) que los otros.
    Enhorabuena porque saliste solo con los daños del triángulo. Suerte que tuviste.
    Abrazo.

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