La junta de vecinos o la democracia no funciona, por Lester

Aquí no hay quien viva

Hay una señora de cierta edad que siempre llega tarde a las juntas de vecinos, con una barra de pan bajo el sobaco (no quisiera yo probarlo), barra que se mantiene indemne durante buena parte de la junta, pero cuyo extremo superior, el que sobresale de la axila, empieza a ser pellizcado a partir de la primera hora, momento, por cierto, que aprovecha la interfecta para intervenir en voz alta soltando felipones mientras unas migas de pan en su barbilla impiden que nuestra atención se centre en su pregunta: Sigue leyendo

Stephen Hawking era del Madrid, por Barney

Sí, amigos lectores, como pueden leer en este blog, Stephen Hawking era madridista. Y de los buenos, aunque quizás ni él mismo lo sabía, ni era consciente de su condición de tal. Pero lo cierto es que hay tantos rasgos en su personalidad que lo delatan, tantos detalles en su biografía de luchador inasequible al desaliento, que todos ellos nos conducen indefectiblemente a la conclusión de que el científico británico era un madridista de pura cepa. De cuna. Sigue leyendo

El tipo duro y el asfódelo, por Travis

 

Hace años encontré en el relato Berenice, de Edgar Allan Poe, el siguiente párrafo:

«Mi razón se asemejaba mucho a esa roca oceánica de la que habla Ptolomeo Hefestión, la cual, resistiendo firmemente los ataques de la violencia humana y la furia más feroz de las aguas y los vientos, temblaba sólo al roce de la flor llamada asfódelo.»

Enseguida mi cerebro cinéfago, entrenado para digerir todo tipo de películas, desde musicales sensibloides a blockbusters de tipos duros y rocosos, encontró el paralelismo cinematográfico del asfódelo. Sigue leyendo

Los auditores y la metáfora kafkiana (2ª parte), por Alice y Josean

Voy a permitirme parafrasear y alterar levemente el texto de Torcuato Luca de Tena para decir que «los renglones torcidos de la contabilidad son, en verdad, muy torcidos. Unos hombres y unas mujeres ejemplares, tenaces y hasta heroicos, pretenden enderezarlos. A veces lo consiguen. De aquí que dedique estas páginas a los auditores y demás profesionales que emplean sus vidas en el noble y esforzado servicio de los más desventurados errores de la Contabilidad«. (Los renglones torcidos de Dios, Torcuato Luca de Tena, 1979)

Tras comparar la cucaracha de Kafka con la figura del auditor en la primera parte, Sigue leyendo

Los auditores y la metáfora kafkiana (1ª parte), por Josean

Ya están aquí, ya han llegado. «Han vuelto», como anunciaron la segunda parte de Poltergeist en su día. Me refiero a esos tipos (y «tipas») que se acaban de instalar en una sala de reuniones de mi oficina, gente bastante más joven que nosotros cuyo trabajo va a consistir en revisar el nuestro del año anterior a base de pedirnos documentos, facturas, cuadros de Excel y todo tipo de aclaraciones sobre las cuentas de la compañía. No es mi caso, pero seguro que hay gente que siente la misma angustia que la niña de Poltergeist cuando le comunican por teléfono que empieza la auditoría.

Es el sistema, no lo pongo en cuestión. Te quita tiempo de tu jornada diaria, hace que pases varios meses retrasando la vuelta a casa y el día que consigues el Informe de Auditoría con su firma (y limpio de salvedades, incertidumbres y párrafos de énfasis) lo celebras como si tu empresa hubiera conseguido un nuevo contrato. Tu peli es otra, ya no es de terror. Sigue leyendo

El tapón de Vrankovic, el palo de Claver y el triple de Solozábal, por Barney

El inicio de Match Point, de Woody Allen, nos regala un discurso sobre el azar y la vida, la importancia del talento o el poco valor que atribuimos a algo tan fundamental como la suerte. La bola tropieza con la cinta de la red y puede caer a un lado y ganas, o quedarse en el tuyo, y pierdes. A veces la vida, como los partidos, se va en esos pequeños golpes de suerte.

Hablando de vida y deporte, yo no sé cuántos años de vida pierdo después de algunos partidos de baloncesto. Sobre todo con los finales igualados, ¿pero es que acaso hay partidos decisivos que no lo tengan? La final de la Copa del Rey 2018, celebrada el domingo pasado entre el Real Madrid y el Barcelona, volvió a ser uno de esos días en que si llevara pulsómetro, lo reventaría. Sigue leyendo

Horrifying palabros, por Lester

Tenía prevista esta entrada desde hace meses, pergeñada en mi libreta bloguera en la que iba apuntando espantosos “palabros” que escuchaba o leía por ahí y esperando el momento adecuado para subirla a las redes, el cual estaba previsto para cuando la recopilación de estupideces varias ocupara una página suficientemente amplia. Quizás haya llegado ya ese momento. Sigue leyendo

La magia de la sala oscura (II), por Travis

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«Espero que nunca desaparezca la mirada fascinada de un niño en una sala oscura mientras proyectan una película, aunque ese niño tenga varias décadas a sus espaldas». Así terminaba la primera parte de este repaso a esa gran pasión que es el cine para tantos entre los que me incluyo. Sin embargo, a veces tengo la sensación de experimentar algo distinto cuando entro en la sala.

Desaparecieron esos maravillosos programas dobles de sesión continua, igual que el proyeccionista o el celuloide, los cines del centro fueron cerrando, nacieron las impersonales multisalas, y para las grandes productoras y distribuidoras las películas pasaron a ser productos. Odio esa palabra destinada al cine. «Un producto de fácil consumo», «un producto comercial», «un producto entretenido sin más», «un producto palomitero para pasar el rato». Un subproducto.

Igual que odio el ruido que hacen algunos al comer palomitas («¡cerrad las putas bocas al menos!») y odio escucharles sorber la Coca-Cola que ya no les queda al fondo de los ruidosos hielos, pero por encima de todo, lo que más detesto en el cine son las pantallas encendidas de los móviles. ¿Qué clase de gente manda guasap o mira el «féisbuk» en mitad de una película? Juro que he visto a un tío darle un fucking like en mitad de la escena más emotiva de Un monstruo viene a verme, cuando los lagrimones empezaban a resbalarme por la tocha. ¿La sociedad se ha ido a la mierda de modo definitivo?

alex1Y a pesar de la incomodidad que a veces siento cerca de algunos espectadores, encuentro pocos placeres como ir al cine. Siempre ha estado presente en mi vida. Invité a mis hermanos y a mis primos al cine con uno de mis primeros sueldos (El día de la bestia). Jamás hubiera tenido una novia que no hubiera querido acompañarme al cine el Día del Espectador. «No, a mí el cine no me va», hubiera sido motivo excluyente de una posible relación aunque esas palabras emanaran de la boca de la mismísima Charlize Theron (bueno, aquí quizás me he pasado en la comparación).

Hoy en día me parece el plan perfecto de viernes para un cuarentón hastiado de una semana complicada. Aunque esté yo solo en la sala (La venganza de los Sith), aunque seamos únicamente dos colegas (Abierto hasta el amanecer), o tres amigotes escandalosos en el cine (Agárralo como puedas 33 y 1/3), un puñado de frikis amantes de Terminator (Génesis) o una panda de solitarios gafapastas con aires de tipos comprometidos (Bowling for Columbine). Esa intimidad incluso es beneficiosa para el deleite de la película.

Mia FarrowY sin embargo, a la vez que suelto esto, pienso que el público es fundamental para el espectador. Cuando cien personas se ríen a tu alrededor, sus carcajadas te contagian y propia risa se vuelve más fuerte. También es cierto que cuando el tipo de delante saca el móvil para poner un emoticono, le meterías la cabeza en una prensa al modo de los gánsteres de Casino, pero en líneas generales la compañía ayuda. Cuando ves gente llorando o moqueando en sus butacas, tu vena sensible se agudiza. Cuando tu pareja te estruja el brazo y te clava las uñas por la angustia o la tensión de lo que ve en pantalla, te brota una sonrisa masoquista. Será por lo que decía recientemente Christopher Nolan: «las películas pueden darte esa sensación visceral y es esa combinación mágica de la emoción visual y la experiencia grupal que se vive en una sala de cine, donde todo el mundo está experimentando lo mismo, lo que me fascina. Creo firmemente en esa capacidad del cine de hacerte vivir experiencias que jamás podrías vivir de otro modo».

El público es fundamental, decía, que pregunten a los propietarios de los cines y a todos los que viven de este negocio. Cada vez que oigo a alguien que el cine es caro, me cabreo. Diez euros, o siete si pillas alguna oferta, incluso menos. Comparado con el teatro, la ópera o el fútbol está tirado de precio. En los últimos tiempos y amparados en la excusa de atraer espectadores han aparecido nuevos formatos, como la tecnología 3D, que no me termina de convencer (pero sirve de excusa a los cines para cobrarte más por la entrada), o lo que llaman 4D, con butacas que se mueven, te zarandean, o te hacen sentir el viento y la lluvia. Y dicen que también el olor. No pienso probarlo, para eso están los parques de atracciones, en los que te diviertes mucho con estas chorradillas. Siento que me pueden despistar, que no las necesito para disfrutar de una buena historia en la gran pantalla. A lo mejor ese es el problema.

También han vuelto los autocines, como en los sesenta y setenta, y me encantaría probarlos, aunque solo los concibo viendo un programa doble de cine bélico y terror de serie B con unos colegas. Nada especialmente pretencioso. En el fondo está casi todo inventado. El 3D de principios de los ochenta era una patraña azul y roja que te despistaba de lo malas que eran las películas rodadas con ese sistema. La incorporación de olores al mundo del cine viene de tan lejos como el propio cine. Recomiendo fervientemente el artículo Cine y olfato (Jot Down), que sitúa en 1906 las primeras experiencias con aromas en las salas. Luego vendrían los sistemas Scentovision, Smell-O-Vision, o las (imagino) infectas tarjetas Odorama del transgresor John Waters para Polyester.

«Waters incluyó Odorama, una tarjeta de «rasca-y-huele» donde había diez círculos numerados. La tarjeta se distribuía a los espectadores al entrar, y cuando uno de los números salía en pantalla tenían que rascar y oler ese círculo. Los olores eran 1: rosas; 2: heces; 3: pegamento; 4: pizza; 5: gasolina; 6: mofeta; 7: gas natural; 8: olor a coche nuevo; 9: zapatos sucios y 10: ambientador. El número 2 había que olerlo cuando Divine soltaba unos pedos debajo de las sábanas.»

Insisto en que todas estas nuevas tecnologías, o no tan nuevas, no son necesarias. Lo que es imprescindible es tener una buena historia que contar. Ser capaz de narrarla con maestría, o al menos de modo efectivo. Una vez que cerraron los cines de sesión continua, no nos quedó más remedio que pasarnos a las sesiones numeradas, pero no necesariamente de estreno. En aquellos principios de los noventa era posible ir al cine a ver grandes clásicos.

Tuve la suerte de ver Freaks, la parada de los monstruos (1932, Tod Browning) en los cines del Círculo de Bellas Artes. El apartamento, la obra maestra de Billy Wilder, o una de las muchas obras maestras que rodó, estuvo más de tres años en cartel en los cines Renoir. Los mismos cines mantuvieron 80 semanas en su programación Remando al viento (1988) de Gonzalo Suárez, algo impensable hoy en día. A veces siento que ese apego al cine, o esa devoción, se ha perdido. Hoy apenas se emiten clásicos, salvo en retrospectivas o homenajes ocasionales. En su lugar se empaquetan productos, de muy buena factura técnica, sonido envolvente y toda la parafernalia, pero carentes de emoción en ocasiones. Productos perecederos, la mayoría.

Ahora mismo apenas tienes un par de semanas para ir al cine a ver una peli que te apetezca, porque enseguida la sustituyen por la siguiente. Tengo amigos que dicen que no van al cine porque tienen Netflix o Yomvi en casa, y una tele de tropecientas pulgadas, pero yo les insisto que no es lo mismo. Siento que se ha perdido lo que Tarantino define como «compromiso», refiriéndose a los videoclubes, en uno de los cuales trabajó durante años:

«Incluso si estás suscrito a todos los canales de televisión por cable, accedes a la guía, desciendes por la lista y… ves algo o lo grabas, y quizá nunca te sientes a verlo, o lo ves y quizá a los diez o veinte minutos empiezas a hacer otra cosa, y piensas: ‘Nah, realmente no me interesa’. Hemos caído un poco en esto.

Sin embargo, había una naturaleza diferente en el videoclub. Mirabas a tu alrededor, elegías cajas, leías las cajas por detrás. Tomabas una decisión, y quizá hablabas con el tío detrás del mostrador, y te recomendaba algo, (…) Y el asunto es que invertías en algo, de un modo en el que no estás invirtiendo con la tecnología electrónica cuando se refiere al cine. Había un mayor compromiso. (…)

Quizá es algo que ha atrapado tu mirada, no sabías nada al respecto, y te la juegas. La alquilabas, sinceramente querías probar y ver algo hasta cierto punto. Y eso es lo que de verdad se ha perdido, extrañamente, se ha perdido el compromiso».

Quizás se perdió el compromiso en el momento en que nos convertimos en almaceneros, en meros acumuladores de películas. En ese preciso instante en que empezamos a tener discos duros reproductores con quinientas películas pirateadas (algunas de ínfima calidad) le quitamos el valor. Siguiendo el razonamiento de Tarantino, es cierto que mi compromiso con la sala oscura es muy distinto al que tengo con Netflix.

Traverse City State TheatreEn línea con todo lo dicho en estos dos posts, me encantaría que alguien promoviera iniciativas como la de Michael Moore en el estado de Michigan. El cineasta norteamericano recuperó en 2007 el histórico State Theatre en Traverse City. Inaugurado en 1916 y cerrado en 2003, Moore consiguió fondos para reformarlo, encontró voluntarios dispuestos a trabajar en el mismo y logró crear un espacio para aficionados al cine, exhibiendo películas clásicas, documentales o cintas alejadas de los circuitos comerciales. Todo a precios bajos. Un sueño para el aficionado más cinéfilo o cinéfago. La foto del principio de este post es de ese cine, dando la bienvenida a los Movie lovers. Por si no fuera suficiente con el aspecto cultural y de revitalización de la comunidad de Traverse City, Moore ha conseguido que sea una de las salas más rentables de todo el país.

«¿Qué harías si te tocara la lotería?», se pregunta la gente todos los años. Yo lo tengo claro, aunque palmara pasta: me haría un Moore Theatre, restauraría un cine del centro, a ser posible con tres o cuatro salas, programaría clásicos, retrospectivas, películas alternativas o de países que no solemos ver en nuestras pantallas, y crearía un lugar de encuentro para aficionados al cine, un sitio en el que poder escuchar las opiniones de todos esos movie lovers que saben más cualquier crítico cinematográfico.

Lo dejo ya, ¡que el cine empieza en media hora! Saludos.

 

 

 

La incompetencia de Competencia (y van 3)

CNMC

JOSEAN, 02/02/2018

19 de enero de 2018. La Audiencia Nacional anula una multa de 20 millones a Repsol impuesta por la CNMC.

23 de enero de 2018. La Audiencia Nacional anula la multa de 15,2 millones que la CNMC impuso a Sacyr en 2015.

7 de septiembre de 2017. La Audiencia Nacional anula una multa de 26 millones de la CNMC a Telefónica por compromisos de permanencia.

24 de agosto de 2017. El cártel de los palés se libra de una multa millonaria por un error de Competencia.

Podría seguir con muchos más casos, Sigue leyendo

Ser o no ser… del Madrid, por Barney

Es muy fácil ser del Madrid (o de cualquier equipo) en la victoria. Con las 3 Champions en los últimos 4 años sin duda se habrá incrementado el número de madridistas por el mundo, del mismo modo que en la última década (y si viajas por el mundo eres más consciente) hemos visto crecer una plaga de camisetas azulgrana por diversos países (y en provincias fuera de Cataluña, lo cual no dejará de sorprenderme nunca).

Lo que no es sencillo es ser del Madrid tras una derrota como la de anoche ante el Leganés. Aquí es cuando se distingue al verdadero madridista de toda la vida del advenedizo o recién llegado que se suma solo al jolgorio de las celebraciones y los triunfos. Los grupos de whatsapp se llenan de mofas hacia los madridistas, los chistes sin gracia se repiten, los seguidores del Atleti, Barça, Valencia, Sevilla y tantos más unidos por un sentimiento común de antimadridismo se alían hoy con más fervor que si sus respectivos equipos hubieran logrado una proeza. Me atrevo a decir que son tan felices como los aficionados del Leganés, quienes sí tienen un enorme motivo de satisfacción. Mi más sincera enhorabuena para los pepineros. El Leganés se suma al Odense, al Toledo, al Real Unión de Irún, al Alcorcón y a esos equipos modestos que doblegaron al club más laureado de la historia del fútbol hasta hacer que sus cimientos se tambalearan.

Hoy, 25 de enero de 2018, algunos que se hacen llamar madridistas pondrían en el paredón de fusilamiento a Zizou, al Presidente y al ochenta por ciento de la plantilla, olvidando sin duda que se trata de los mismos tipos que lograron un 2017 memorable, incluyendo el doblete de Liga y Champions que no se conseguía desde 1958. Son esos madridistas cenizos que solo quieren estar en el triunfo, cuando las cosas van de cara, y cuando no, se alejan, desaparecen del mapa. O aparecen solo para despotricar de los que meses antes eran sus ídolos.

Ser o no ser 1

Los verdaderos madridistas estamos hundidos, en estado de shock, preguntándonos aún cómo es posible que ese equipo ganador, el mismo que apabulló al Barça en la Supercopa en agosto, esté hoy fundido, sin ideas, con la moral por los suelos. Sin confianza alguna.

Pero sabemos que ahora es cuando somos más peligrosos. Tocamos fondo hace poco más de dos años, una noche gaditana en la que por error se alineó a Cherychev. Entonces escribí Un equipo irreconocible, para hablar de los despropósitos a los que se había llegado, si bien albergaba la esperanza de que vendrían tiempos mejores. «Esto ya lo he vivido», pensé. Tras el cambio de entrenador, tras la revolución tranquila de Zidane, vinieron los éxitos.

ABIERTO MEXICANO DE TENISAl madridismo le distingue su fe irreductible, el espíritu de pelea, de sacrificio, el afán de superación, los valores que definió Mr. Sambo en Lecciones las justas. Ser del Madrid es hacerle ver al rival que vas a pelear hasta el último segundo, aunque estés tocado, aunque el equipo contrario esté mejor, aunque juegues con uno menos. El Madrid es Santillana, Di Stéfano, Juanito, Sergio Llull, Fernando Hierro y Sergio Ramos. Por eso Rafa Nadal es del Madrid. Por eso sus rivales saben que van a tener que dar lo mejor de sí mismos para derrotarle, aunque esté cojo.

Ser o no ser 2.jpgSer del Madrid es ser consciente de que estás obligado a ganar, a darlo todo hasta la extenuación, conocer tus limitaciones para inmediatamente después olvidarlas y lanzarte al cuello del rival. El Madrid es Camacho, Paco Buyo, Arbeloa, Benito, Fernando Martín, Felipe Reyes y Carvajal.

Ser del Madrid consiste en no relajarte nunca, en intentar mejorar año tras año pese a que lo hayas logrado todo, porque la victoria está en tu ADN, y si no la logras, al menos sabrás que has hecho todo cuanto estaba en tu mano para alcanzar el objetivo. El Madrid es Amancio, Pirri, Michel, Raúl y Roberto Carlos. Por eso Carlos Sáinz es del Madrid.

Ser o no ser 4.jpgSer del Madrid no es fácil, porque tu nivel de autoexigencia es muy elevado: vas a intentar superar tus propios límites, lograr lo que nadie ha conseguido antes. Ganar más Ligas, repetir Copas de Europa, revalidar Champions, conquistar 4 Balones de Oro en la época de Messi y el mejor Barça de su historia, no cansarte de intentarlo, no cejar en el empeño. El Madrid es Gento, Puskas, Sanchis, Gordillo y (sí, también, por supuesto que sí) Zinedine Zidane y Cristiano Ronaldo. Por eso Javier Fernández es del Madrid, por eso no se cansa de triunfar en Europa y por todo el mundo.

Ser del Madrid es saber que juegas contra medio mundo, contra todos esos que no son de los tuyos, porque todos ellos van a disfrutar con tu derrota. Es saber que la prensa nunca te va a reconocer nada, que siempre pondrá en duda tus méritos, por muchos títulos que ganes, es pensar que eres capaz de remontar una eliminatoria imposible por tus huevos, porque «noventa minuti en el Bernabéu son molto longo», y no porque esperas «no sé, un penalti, una expulsión», como otros. Es inconformismo, es ir a ganar un partido en el Camp Nou con diez jugadores y aunque te anulen un gol legal.

Existe un gen madridista y no todos los jugadores lo tienen, por muchos años que hayan jugado para el club. Por ejemplo, siempre he dudado si Benzema lo tiene o no. No discuto su calidad técnica, ni sus números, mucho mejores que lo que la mayoría cree. Es muy bueno, pero en ocasiones me hace dudar su indolencia, su actitud, ese modo de saltar para evitar el golpe con el defensa, de no perseguirle para que se sienta incómodo, esa mirada perdida en la nada independientemente del resultado del equipo. No creo que lo tengan Theo Hernández, Achraf, Kiko Casilla y a veces hasta dudo de que lo tengan Isco y Marco Asensio.

No veo ese gen madridista en Valdano, Iván Helguera, Martín Vázquez, Morata o Ante Tomic. Sí lo tienen y a raudales jugadores que no están en ese primer nivel de las estrellas, jugadores como Lucas Vázquez, Nacho o Mariano, ahora (por desgracia) en el Ser o no ser 5Lyon. Y muchos otros que no se criaron aquí, como Stielike, Fernando Redondo o ese otro argentino que en su despedida, con lágrimas en los ojos, lamentó haber llegado tan tarde en su carrera a este equipo: el Chapu Nocioni. Ese modo de morderte la lengua mientras miras al rival hasta que sienta «ese tío me va a hacer sudar sangre», ese hambre por jugar el partido como si fuera el último de una larga carrera, esa convicción de que, pese a sus dos metros raspados, le vas a colocar un gorro monumental a un tío de 2,21 como Tibor Pleiss.

Ser o no ser 7Hay que recuperar el gen madridista, y hay que mirarse en el espejo de la sección de baloncesto. Si fuera por la prensa o por muchos seguidores, la carrera de Pablo Laso como entrenador del Madrid habría acabado hace tiempo, y creo que ahora mismo nadie lo discute. Lo mismo debemos hacer con Zizou, una estrella que renunció al año de contrato que le quedaba porque veía que no daba el nivel requerido. Se ha ganado la continuidad, aunque en este instante esté bloqueado. Por eso mismo hay que apoyarlo, aunque no se gane nada este año. 8 títulos en dos años, un juego reconocible, sin fuegos en el vestuario. Ofreciendo una sonrisa que niega la carnaza a la prensa buitre.

En verano tocará hacer los cambios. Yo los haría apelando a ese gen madridista, «lo tienes, te quedas, no lo tienes, que te vaya bonito». Y a buscar en el mercado los recambios adecuados. Sin gastarse 400 millones como el PSG o como el «Villarreal de la Premier», según Guardiola.

No quiero a Neymar ni en pintura, no hay ADN madridista en uno solo de sus poros. Tampoco quiero a De Gea bajo palos. Sigue siendo antimadridista, como se vio en la Supercopa europea. Prefiero a Thibaut Courtois, aunque no largaría a Keylor Navas, un tipo que se lo ha ganado a pulso.

Me gusta Lewandowski, aunque cumple ya 30 años en verano, pero me gusta mucho más Harry Kane. Me encantaría que volvieran Mariano y James Rodríguez (actualización de 2025: qué equivocado estaba), y que se le dieran más oportunidades a Ceballos. Habrá que ir pensando en los relevos de Ronaldo, Marcelo, Modric y Ramos, que acabarán la temporada por encima de la treintena.

Bale debe ser una referencia del equipo si las lesiones le respetan. ¿Tiene el gen madridista? En la tanda de penaltis de la final de Champions de Milán estaba cojo, pero pidió lanzar uno. Creo que fue Sergio Ramos el que le preguntó si estaba preparado para lanzarlo, por su aparatosa cojera, y su respuesta demostró que tiene ese gen:

– Tú ocúpate de meter el tuyo, que el mío va dentro.

Saldremos de esta. ¡Hala Madrid!

Ser o no ser 6.jpg