Otra gota de agua (Lester)

Water Van

Los lectores más veteranos de este blog recordarán aquel post titulado Una gota de agua, en el que iniciamos una campaña de recaudación para completar los fondos necesarios para acondicionar el Pabellón Azul del Hogar Teresa de los Andes (Cotoca, Bolivia). Allí pasamos dos intensas semanas de voluntariado con los chicos del Hogar, dos semanas que nos marcaron y que no vamos a olvidar jamás. Aquella campaña fue un éxito (cerca de 200 libros de MIS relatos así me lo parece), así como conseguir el apoyo de la Fundación Sacyr para la reforma de las instalaciones.

Water Van 2

Fue «una gota de agua en el mar», como decía la madre Teresa de Calcuta, «pero el mar sería menos si le faltara esa gota». La metáfora de la gota es la mejor posible para la campaña de captación de donaciones (crowdfunding se llama hoy en día a esto) que vamos a iniciar desde este 1 de agosto, puesto que la aventura en la que nos vamos a zambullir este verano consiste en un proyecto para la distribución de filtros potabilizadores de agua en pequeñas aldeas y comunidades locales de la región de Chota-Mira, al norte de Ecuador.

Es un proyecto modesto si hablamos de cifras económicas, pero tremendamente efectivo en sus resultados. Para que os hagáis una idea, el proyecto realizado en 2018 por Ayuda en Acción conjuntamente con la Fundación Sacyr distribuyó más de 600 filtros y alcanzó a unas 3.600 personas (para el que quiera conocer los detalles, dejo el enlace sobre The Water Van Project). 3.600 personas que verán mejorar sus condiciones de vida al poder acceder a agua filtrada, depurada y purificada.

Son cifras interesantes para un problema enorme de magnitud mundial. Se calcula que cada año mueren más de 100.000 personas en Latinoamérica por consumir agua contaminada. Aproximadamente un diez por ciento de la población mundial tiene dificultades para acceder a agua potable, más de 700 millones de personas. Unos 60 millones de ellos en Latinoamérica.

Este verano la Fundación Sacyr enviará un equipo a Perú junto con Ayuda en Acción, y nosotros (hasta 8 voluntarios en dos proyectos diferentes) iremos a Ecuador a desarrollar esta labor tan necesaria. Para contribuir con la ONG a la financiación de los filtros hemos iniciado una campaña de crowfunding a la que podéis acceder en el siguiente enlace: Campaña para el suministro de filtros potabilizadores de agua.

Water Van 3

Es muy sencillo y en apenas dos minutos podéis aportar una gota, dos, un vaso de chupito o uno de tubo, una botella de medio litro o un garrafón completo. Cualquier gota de agua es bienvenida. Para ofrecer un aliciente más a todos los colaboradores, el equipo R3M Chota Mira, que es como nos hemos autodenominado, enviará lo siguiente a todos los amigos donantes:

  • De 1 a 39,99 euros: una foto de la familia o centro comunitario con la entrega del filtro que haya contribuido a financiar. A cada filtro potabilizador pondremos un adhesivo con el nombre de los patrocinadores del mismo, salvo que estos nos indiquen lo contrario.

Filtros agua

  • 40 euros o importes superiores: este importe viene a ser el coste de un equipo completo de potabilización, de modo que a esos amigos que contribuyan con este importe o superior, le haremos llegar la misma foto de la familia con el filtro entregado y financiado íntegramente por el colaborador, más un ejemplar del libro Aguafiestas que publicaremos a finales de septiembre con la experiencia, detalles y alguna que otra colaboración inesperada.

Vista la buena acogida de la campaña anterior, y sabiendo que entre los lectores de este blog abunda la buena gente, no tengo ninguna duda de que alcanzaremos el objetivo. La campaña va a estar activa solo durante 10 días y desde ya os animo a participar. El correo electrónico de contacto para todo el que quiera contarnos lo que sea relativo a este proyecto es el mismo del blog: joseanp77@gmail.com.

Muchas gracias por ayudarnos a llevar esa gota de agua a Ecuador.

 

 

La democracia rusa, por Josean

Rusia 1

Hace un par de años en la universidad Carlos III un profesor de Política comparada planteó a sus alumnos esta pregunta:

¿Es Rusia una verdadera democracia?

Podían optar por el plan B, la misma pregunta referida a Venezuela, pero creo que es un tema tan manido que me pareció mucho más interesante la cuestión acerca de Rusia, el país más extenso del mundo y una de las grandes potencias económicas de la actualidad y de las décadas precedentes, como Unión Soviética.

Hace un año, nada más finalizar el Mundial de Rusia 2018, hice referencia a un artículo del ex campeón del mundo de ajedrez Garry Kaspárov sobre lo que denominaba abiertamente la dictadura de Vladimir Putin porque “es la única descripción adecuada cuando un hombre mantiene el poder total sin oposición durante 18 años”. El profesor de la Carlos III trataba de que sus alumnos debatieran sobre si la democracia rusa lo era solo en apariencia o realmente se había consolidado después de un cuarto de siglo.

Lo cierto es que los estudiantes se podían lucir en sus respuestas, pues tenían muchos factores a los que referirse para contestar que la democracia en Rusia se daba solo en apariencia, en las formas. Que los ciudadanos puedan votar no significa nada. También se votaba en la Cuba de Castro o en la España franquista. En la actual también se vota y cada día sirve para menos, pero esa es otra historia.

La Constitución rusa vigente hoy en día conforma una democracia en sus formas, pero todo en el país queda supeditado al presidente de la República, Vladimir Putin, quien retuerce la interpretación de la Carta Magna para evitar cualquier forma de oposición o para que no exista una efectiva separación de poderes. «Tanto el Gobierno como el Parlamento y la Justicia están supeditados directamente al presidente, pese a que sobre el papel cada uno de ellos es independiente», según este artículo de ABC.

Putin obtuvo más del 76 por ciento de los votos en las elecciones de 2018, lo que supone una mayoría desconocida en cualquier otro país europeo, salvo la Rumanía de los mejores tiempos de Ceausescu o la democracia interna de Pablo Iglesias. Las leyes aprobadas por Putin y el gobierno de su fiel servidor Medvedev han dificultado a lo largo de estos casi veinte años de mandato la creación de una oposición fuerte y con capacidad suficiente para plantear una alternativa.

Según la Ley Federal Central, cada candidato a las elecciones presidenciales debe pertenecer a un partido que tenga representación parlamentaria o presentar al menos dos millones de firmas para poder concurrir al proceso. Es en esta fase del proceso cuando la Comisión Electoral Central, controlada también por el Kremlin, comprueba, valida o anula las firmas presentadas para poder aceptar o rechazar a los posibles opositores. Con este sistema fue con el que se justificó la exclusión del liberal Grigori Yavlinski de las elecciones de 2012, al invalidar más de la cuarta parte de las firmas presentadas. «Vladímir Putin y las autoridades temen el voto de los ciudadanos hartos del robo, la mentira y la corrupción”, dijo Yavlinski nada más conocer la decisión.

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En otros casos, la oposición ha sido desmantelada iniciando alguna causa judicial contra alguno de los candidatos, como ocurrió con el bloguero Alexéi Navalni, habitual denunciante de la corrupción del sistema, en las elecciones de 2018. Hace apenas una semana, el bloguero se ponía al frente de una manifestación en Moscú reivindicando elecciones libres tras el descarte de 57 candidatos a los comicios locales, la mayoría opositores, por parte de la Comisión Electoral Central. El simple hecho de lograr reunir a unos veinte mil manifestantes como hizo Navalni resulta un éxito, pues los derechos de reunión y manifestación también han sido recortados. Hay que pedir permiso a las autoridades con antelación suficiente, intuir el número de participantes y aun con todo, contar con que ese día las autoridades locales decidan facilitar y no impedir el desarrollo de la protesta.

¿Y qué dice la prensa de todo esto? Pues las principales cadenas de televisión y agencias de noticias también están controladas por Putin y su partido, o son afines a los mismos. Las únicas imágenes que pueden verse de los líderes opositores están relacionadas con sus procesos judiciales. Algunos periodistas contrarios al régimen han sido encarcelados o han sufrido accidentes sospechosos. El periodista Maxim Borodin falleció al caer por el balcón de su casa un día después de haber avisado a un compañero de profesión de los distintos ataques que estaba sufriendo. Al coche de Yulia Zavyalova le cortaron los frenos y Pyotr Verzilov, cofundador de la web Mediazona, fue envenenado. Media docena de periodistas permanecen en prisión acusados de diversos cargos, o como dice Reporteros Sin Fronteras, condenados por realizar su trabajo.

El informe anual de Reporteros Sin Fronteras sitúa a Rusia en el puesto 148 de 180 países analizados en la clasificación mundial de libertad de prensa. Todo ello conforma un país con reminiscencias orwellianas en el que se espía y silencia a los opositores, se repite y difunde la versión única del «Ministerio de la Verdad» y se fomenta el culto al líder, a la figura única, autoritaria y todopoderosa de Vladimir Putin. Los sondeos también dependen del control del Kremlin y se manipulan de un modo que convierten a Tezanos en un aprendiz.

Por todo lo expuesto, el profesor de Ciencias Políticas de la universidad de Quebec David Mandel habla de la democracia rusa como una «democracia dirigida», en la que el apoyo popular a Putin se explica por una serie de razones, y no todas relacionadas con la represión ejercida desde y por el estado: «…el control de las principales cadenas de televisión, severa restricciones a las manifestaciones públicas, diversas presiones ilícitas ejercidas sobre los empleados del sector público, y, cuando es necesario, la manipulación de los resultados electorales».

Pero además de todas ellas el profesor destaca un factor muy relevante, de modo especial para los más jóvenes, que es el económico. La depresión de principios de los noventa ocurrida durante el gobierno de Boris Yeltsin, con el empobrecimiento de las clases medias, altas tasas de desempleo, hiperinflación y control de la mafia de los principales sectores de la economía, dio paso a un siglo XXI en el que la recuperación de los precios del petróleo y el gas supusieron una mejoría general de la situación económica del país. Si bien es cierto que ha habido un estancamiento, la evolución de la economía ha sido favorable para la sociedad en general, los oligarcas y las mafias han sido controladas y la esperanza de vida ha aumentado de los 65 del año 2000 hasta los 72 actuales. Todo ello ha servido para reforzar la figura de Putin, aunque posiblemente nada lo haya hecho tanto como la reafirmación de la soberanía rusa frente a occidente, incluyendo la anexión de Crimea.

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¿Y cómo llegó Putin al poder? Un ex agente del KGB del que apenas se sabía nada. Emmanuel Carrère lo explicaba así en el libro Limónov, en 2013:

Cuando el segundo mandato de Yeltsin se acerca a su fin, los oligarcas le buscan un sucesor igualmente complaciente, y el más astuto de todos, Berezovski, tiene una idea: un chequista totalmente desconocido del público: Vladímir Putin. Ex oficial de información en la Alemania del Este, se vio reducido a una gran inactividad tras la caída del Muro, luego se hizo un hueco en el FSB, que dirige desde hace un año sin gran brillantez. En sus diferentes puestos da prueba de una lealtad sin fisuras a sus superiores, y es esta cualidad preciosa la que Berezovski destaca ante sus camaradas: “No es un águila” dice, “pero comerá en nuestra mano”. Comisionado por su grupo, Berezovski embarca en su avión privado y aterriza en el aeródromo de Biarritz, donde Putin pasa sus vacaciones con su mujer y sus hijos, en un hotel de categoría mediana. Cuando el oligarca le propone el empleo, dice modestamente que no está seguro de reunir las aptitudes necesarias.

– Vamos, vamos, Vladímir Vladímirovich, cuando se quiere se puede. Y además no se preocupe: estaremos allí para ayudarle.

Berezovski, tan orgulloso de su maquiavelismo, acaba de hacer la peor jugada de su carrera. Como en una película de Mankiewicz, el oficial anodino y obsequioso va a revelarse como una implacable máquina de guerra y a deshacerse uno tras otro de los que le han encumbrado. Tres años después de la entrevista de Biarritz Berezovski y Gusinski se verán obligados a exiliarse. (…) Los demás están avisados, han comprendido quien es el que manda.

«Democracia dirigida», «autocracia», «democracia virtual», el propio título de este post parece un oxímoron. ¿En algún momento Rusia fue una verdadera democracia? Los analistas ya hablaban de la democracia imperfecta de Boris Yeltsin, o de la fallida transición iniciada por Mijail Gorbachov, pero a mí el análisis que me interesa es de nuevo el de Garry Kaspárov, quien afirmaba que los rusos forman un pueblo que no está preparado para la democracia y ni siquiera la considera entre sus anhelos, desde la época de los zares, Stalin, el PCUS o ahora con Putin a los mandos.

Y si buena parte de la población no tiene esas demandas o no considera dichas exigencias como prioritarias, no resulta extraño ver cómo Rusia ha caído en los últimos años a puestos de regímenes autoritarios, por debajo de Cuba, Afganistán y Kazajistán en el Economic Democracy Index de 2018, en el puesto 144 de los 167 países analizados. Justo por encima de Djibouti.

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Creo que los estudiantes tuvieron un examen sencillo de responder.

Especial Rusia

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Madridistas por el mundo (II): Washington DC

BARNEY, 23/07/2019

Segundo capítulo de mis charlas con representantes de Peñas Madridistas por el mundo. Después de varios días en Estados Unidos rechazando infames Coronitas, probando cervezas como la Bud (no es la mía), o distintas Pale Ale de sabor amargo, fue un placer departir con buen producto nacional, patrocinador de la Peña La Casa Blanca.

 

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El resultado de esta conversación, en La Galerna de hoy, justo el día que el Madrid juega en DC frente al Arsenal.

Artículo: La Casa Blanca junto a la Casa Blanca.

Gracias por todo, Fady y Rafael.

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El cine ruso y los rusos en el cine

Acorazado Potemkin 2

TRAVIS, 17/07/2019

A raíz de la participación de Lester en el maratón de Nueva York hace unos años, nos planteamos hacer un Especial USA en el que cada amiguete trataría su especialidad. Surgieron unos posts interesantes, creo modestamente. En mi caso fue fácil, pues es tal el número de películas ambientadas en Nueva York que incluso tuve que escribir dos partes (el New York real y el imaginado). El reto que ahora se me plantea es hablar del cine ruso, trabajo ímprobo donde los haya, porque a lo largo de mi vida he visto muy pocas películas venidas de Rusia o de la extinta Unión Soviética.

El cine ruso es un gran desconocido para el que esto escribe, y supongo que para muchos de los lectores. Miro en mi perfil de Filmaffinity a ver cuántas soy capaz de recordar y me aparecen solo cuatro películas, una de las cuales ya apareció en mi lista de disaster movies. Me refiero a Soviet, sobre una especie de Rambo soviético que daba más pena que los efectos especiales empleados.

De las otras tres películas, dos fueron dirigidas por Sergei M. Eisenstein, al que muchos consideran el creador del montaje moderno. Las vi hace años, cuando La2 todavía emitía películas mudas en alguno de aquellos fantásticos ciclos de cine, gracias al cual pude ver Intolerancia y El nacimiento de una nación, de D. W. Griffith, La quimera del oro y El chico, de Chaplin, Metrópolis, de Fritz Lang, y las dos del maestro ruso, Octubre y El acorazado Potemkin.

El cine, como el deporte, y sobre todo en determinadas épocas de la historia, ha tenido una carga propagandística importante porque es una de las mejores maneras de transmitir un mensaje a la ciudadanía. Lo utilizaron los americanos, los británicos y los franceses, por supuesto que Hitler y Franco para ensalzar las bondades del régimen y como no podía ser menos, lo emplearon también los rusos para adoctrinar a las masas.

Recuerdo El acorazado Potemkin (1925) como una obra maestra absoluta, sorprendente por el modo de contar la historia, y por la fuerza y expresividad de sus imágenes. Cuenta la historia de los marineros rusos sublevados en 1905, durante la fallida primera revolución rusa contra los zares. El director aprovecha esta historia para hablar de la sublevación de las masas, de la actuación del pueblo unido como un solo hombre enfrentado contra una autoridad cruel e injusta. La escena más famosa es la matanza en la escalinata de Odesa, una sucesión de 150 planos que entremezcla los panorámicos con primeros planos de rostros aterrados, el movimiento acelerado con el pausado, y alarga el tiempo hasta convertir lo que duraría unos segundos en una escena de casi seis minutos de duración.

El hombre sin piernas, el de las muletas, la mujer horrorizada, y por supuesto, el bebé del carrito cayendo por la escalera forman una de las escenas más famosas de la historia del cine. Brian de Palma homenajeó esta escena, carrito de niño incluido, en Los intocables de Eliot Ness, aunque a mí sinceramente no me gustó demasiado, por mucho que la crítica alabara el atrevimiento del director. Me parece que el tiempo de Los intocables está tan estirado y de un modo tan artificial que se ganaron a pulso la parodia genial de Frank Drebin y sus chicos en la tercera entrega de Agárralo como puedas:

La otra película que he visto de Eisenstein es Octubre, finalizada en 1928, un encargo directo del Comité Central del Partido Comunista de la Unión Soviética para conmemorar los diez años de la revolución. Pese a ser una obra utilizada de modo evidente como propaganda, la versión final sufrió severos cortes por parte del Partido, puesto que Trotski había sido ya purgado por Stalin y se eliminaron todas las referencias a su figura. El montaje inicial de Eisenstein tenía una duración de 150 minutos, pero la versión estrenada se quedó en solo 103. En cualquier caso, es una película muy interesante y al igual que El acorazado, presenta un montaje potente y una serie de imágenes muy poderosas, como el asalto al Palacio de Invierno o el levantamiento del puente sobre el Neva con los cuerpos de los bolcheviques tirados sobre el mismo.

Octubre Eisenstein

Y poco más sé del cine ruso, pensé que Ojos negros (1987) era una película de dicha nacionalidad, porque estaba basada en una serie de relatos de Chejov y fue dirigida por Nikita Mijalkov, pero resulta que es una producción italiana. Es muy recomendable, una historia con Marcello Mastroianni de amores no correspondidos cuyo final no voy a desvelar, pero que te deja con una sensación de «si es que…», «ay, Marcello,…», prefiero no contarlo.

A principios de los noventa estuve en Rusia y ya que dediqué hace unos meses un post al doblaje, mencionaré que me sorprendió el modo de doblar películas en este país: una sola voz masculina y monocorde doblaba a todos los personajes. Vi cinco minutos de una peli de Woody Allen, creo que era Maridos y mujeres, y el doblador ruso (sin entonación alguna, sonaba como un interrogador del KGB) mataba cualquier atisbo de arte, entendimiento y disfrute de la obra. Era insoportable, así que la apagué. Según tengo entendido, Rusia ha adoptado muchas de las costumbres occidentales y las películas ahora se doblan de la misma manera que en el resto del mundo.

Peter Ustinov, Charles Bronson, Yul Brynner o Kirk Douglas, el inmortal, tienen antecedentes soviéticos en sus familias, de orígenes rusos, bielorrusos o lituanos, pero sus carreras se desarrollaron en Estados Unidos, como las de los actuales Andrei Konchalovski (Tango y Cash, El tren del infierno) o Timur Bekmambetov (Ben-Hur, Se busca), así que no valen como ejemplos de «cine ruso».

Imperio romano Bronston

Un caso especial es el de Samuel Bronston, sobrino de León Trotski, nacido como Bronshtein, y famoso en nuestro país por los estudios que montó cerca de Las Rozas para las grandes producciones de Hollywood. Lo curioso de la historia fue el modo de convencer al millonario Du Pont y al régimen franquista para que el primero invirtiera y el segundo autorizara la creación de los estudios de rodaje en esta localidad. La empresa Du Pont vio cómo los beneficios generados por la patente del nylon se quedaban inmovilizados en España debido a una normativa aprobada por el Régimen para evitar la fuga de capitales del país, así que Bronston convenció a sus gestores para que invirtieran esos fondos en una serie de producciones de cine, y convenció también a altos cargos del ministerio para obtener los permisos para la creación de los célebres estudios que atraerían capital extranjero.

Bronston Pekín

Gracias a Bronston, Las Rozas se convirtió en Pekín, en la antigua Roma o Jerusalén. 55 días en Pekín, La caída del imperio romano, Rey de Reyes y El Cid entre otras se rodaron en los estudios Bronston antes de su quiebra a principios de los setenta. La relación de Bronston con la localidad madrileña se mantuvo hasta sus últimos días, y de hecho, fue enterrado en el cementerio de Las Matas.

Nuestro país tiene tal variedad de paisajes que permitió la maravilla de ambientar países tan distintos en nuestro territorio. La propia Rusia del Doctor Zhivago (1965) se rodó casi íntegramente en España. La estación de Canfranc se convirtió en la Rusia de los zares, los alrededores de Barajas fueron la estepa siberiana y el pantano de Aldeadávila fue un decorado perfecto para el desenlace de la película de David Lean ambientaba en la revolución rusa.

Los rusos en el cine

Puesto que no puedo hablar mucho más de cine ruso por falta de conocimiento, lo único que me queda por hacer es hablar de los rusos en el cine, de cómo han sido descritos y estereotipados en diversas películas, sobre todo norteamericanas.

El primer topicazo que vemos en películas americanas acerca de los rusos es el de su falta de empatía y sentimientos, como si estuvieran más cercanos a un robot que a un ser humano. La excelente comedia de Lubitsch Ninotchka (1939) nos muestra a la diplomática de la Unión Soviética interpretada por Greta Garbo como una mujer más fría que mil témpanos de hielo, incapaz de mostrar sus sentimientos incluso cuando se está enamorando. Quizás no haya escuchado jamás peores piropos que los que regala a Melvyn Douglas mientras le mira fijamente:

– El blanco de sus ojos es claro. Su córnea es excelente.

Su personaje robótico va cambiando a lo largo de la película, cediendo a las comodidades del capitalismo y desemboca en el famoso «Garbo sonríe» con el que se promocionó la película:

El discípulo de Lubitsch, Billy Wilder, continuó con otro topicazo acerca de los rusos en Uno, dos, tres, la obra maestra ambientada en Berlín: los rusos son simples, nada transparentes, viven solo por y para el Partido,… pero sus convicciones se resquebrajan ante la belleza de una mujer. Todo en esta película me parece genial, pero quizás uno de los mejores momentos sea este, el de la negociación de James Cagney y las caras de los representantes soviéticos ante la «encendida» Danza del Sable de la asistente de Cagney:

Durante las décadas de guerra fría, los rusos eran representados (creo que sin excepción) como personas sometidas al férreo control del Partido, y los que no eran asesinos implacables, espías o agentes del KGB (Cortina rasgada, El premio) terminaban cediendo a las bondades del capitalismo y de Occidente, como la estupenda Barbara Bach, chica Bond en La espía que me amó. 

Stanley Kubrick fue todavía un paso más allá en la parodia acerca de los rusos en ¿Teléfono rojo?: Volamos hacia Moscú (1964), una «perfecta traducción» del original Dr. Strangelove or: How I learned to stop worrying and love the bomb (directo al top de Títulos letales).

– ¿Ha visto alguna vez a un comunista beber agua?

A partir de ahí, el general Ripper (Sterling Hayden) desarrolla una hilarante teoría sobre la conspiración soviética para dominar el mundo:

La posible invasión soviética de los Estados Unidos dio pie a otras películas como la comedia ¡Que vienen los rusos! (1966) o Amanecer rojo (1984), una flipada en la que los veinteañeros Charlie Sheen y Patrick Swayze se enfrentaban al ejército ruso sin muchas más armas que el patriotismo y el ardor juvenil.

En la década de los ochenta seguía el enfrentamiento soterrado pero casi nunca culminado entre norteamericanos y rusos. Se creaban situaciones de mucha tensión, con la amenaza nuclear sobre nuestras cabezas, pero al final las cosas volvían a su sitio, como en Juegos de guerra (1983) o El cuarto protocolo (1987). O directamente se planteaba el conflicto en otros campos como el robo de tecnología (Firefox, 1982), los combates aéreos de Top Gun (1986) o mi favorito: el boxeo, ¡Rocky IV! En 1985 Rocky Balboa se enfrentaba en el mismo corazón de Moscú a un ruso desalmado llamado Iván Drago, papel interpretado por el sueco Dolph Lundgren. El discurso de Rocky y los aplausos de Gorbachov resultan tan absurdos como emocionantes, y se me sigue escapando una carcajada cada vez que lo veo. 

rocky IV

Los rusos estaban cambiando, su país se desmoronaba y querían pasar al otro bando, o eso nos contaban en La caza del octubre rojo o La casa Rusia, ambas de 1990. El argumento de la guerra fría se agota y cambian los guiones, excepto con el que lleva casi treinta películas haciendo lo mismo, James Bond. En 1995, Pierce Brosnan  se dedica a destrozar San Petersburgo subido a un tanque en Goldeneye. Que todavía haya quien diga que este es el mejor Bond que ha habido…

Con el desmembramiento de la Unión Soviética a principios de los noventa, las tramas cambian por completo y ahora todos los rusos que salen en películas americanas son mafiosos, oligarcas podridos de pasta y sin valores. Así a botepronto me salen Misión Imposible, El santo, La Jungla 5, un buen día para morir, John Wick o El mito de Bourne.

John Wick

Topicazos. Los rusos fríos y las rusas macizas. Ellos violentos y ellas volcánicas. La simpleza del cine. He comentado al principio que recordaba haber visto cuatro películas rusas, pero solo he hablado de tres intencionadamente. Creo que la cuarta se merece un post enterito: Solaris (1972), de Andrei Tarkovski. Me apuesto una botella de vodka a que será el post menos leído de la historia de este blog.

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Madridistas por el mundo: San Petersburgo

Noches blancas en San Petersburgo

El cine ruso y los rusos en el cine

Madridistas por el mundo (I): San Petersburgo

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BARNEY, 14/07/2019

Siempre me ha llamado la atención la afición que el deporte despierta en cualquier lugar del mundo, por alejado que esté de los que puedan ser tus orígenes o tu lugar de residencia y adopción. Lo habitual era que uno se sintiera identificado con el equipo de su ciudad, por pequeña que fuera, y que entre los aficionados, como cavernícolas que somos, se generara ese sentimiento tribal de pertenencia a un grupo, a «los míos», a los que viven en mi entorno. Incluso en los deportes individuales, las victorias de «los nuestros», como las de Rafa Nadal, Marc Márquez, Garbiñe Muguruza, los Gasol en la NBA, Alberto Contador, Mireia Belmonte o Carolina Marín, se reciben de un modo especial, aunque tu atleta favorito pueda ser de otra nacionalidad, ya sea Usain Bolt o Roger Federer.

Uno ve algunos vídeos de celebración de los triunfos del Madrid en las últimas Champions en otros lugares del mundo, y se queda sorprendido de la euforia que se genera en Miami, Filipinas, Rabat o Abu Dhabi. Simplemente alucinante. Es cierto que quizás en algunos de esos lugares no tengan un equipo o deportista de talla mundial capaz de lograr grandes proezas, pero, ¿ese grado de exaltación?

Yo era seguidor de los Lakers de Magic Johnson o los Chicago Bulls de Michael Jordan, por ejemplo, pero jamás he sentido la fiebre o la euforia de estos aficionados por un equipo que me resulta totalmente ajeno en lo personal o en el sentimiento tribal al que hacía referencia. Con el Madrid es distinto, y lo siento como algo cercano por mil razones, por ser mi ciudad o porque desde pequeño tenía un póster del mítico equipo de Camacho, Santillana y Stielike junto al cabecero de la cama. Me cabreaba cuando perdíamos y disfrutaba como un enano en las victorias.

En los próximos meses voy a tener que realizar una serie de viajes por diversos motivos, de ocio y de negocio, y se me ocurrió la idea de intentar conocer a esos madridistas por el mundo, que los hay por millones. En redes sociales el Real Madrid tiene más de 32 millones de seguidores en Twitter, y en Facebook logró ser la primera entidad deportiva del mundo en alcanzar los 100 millones de seguidores. El club es una marca con un valor enorme, tanto en lo económico como en lo sentimental.

Peñas Real Madrid 1

En cuanto al número de peñas por el mundo, el Real Madrid es el equipo que cuenta con mayor número. Según el diario As, son 2.311 las peñas madridistas por el mundo, 2.158 de las cuales se encuentran en España. Son datos no actualizados, pues según el Informe Anual del propio club solo en España suman 2.199. Siendo un número elevado, a mí me llama la atención el resto, esas peñas de Venezuela, Siria, Bahrein o Liberia.

Peñas Real Madrid 2

El trabajo de la Fundación Real Madrid se desarrolla en 75 países con más de 36.000 beneficiarios y realizan una función de formación admirable, no solo en temas deportivas.

Fundación Real Madrid

Propuse a Jesús Bengoechea, editor de La Galerna, realizar unos artículos sobre estos aficionados, sobre los que podamos llegar a conocer entre unos y otros aprovechando nuestros viajes, y la idea fue muy bien recibida, así que me lancé a realizar el primer reportaje aprovechando que estábamos un grupo de españoles por Rusia acompañando al amiguete Lester en su maratón. Así fue como contacté con la peña Fondo Ruso, con la que tuve una reunión cervecera de lo más amena, y de la cual nació este artículo:

Link: Noches blancas en San Petersburgo.

La peña Fondo Ruso acaba de cumplir 20 años y me sorprendió su afición, el conocimiento del club y la pasión que ponen en todo lo que hacen. Las matrioshkas que preparan con cariño y tratan de hacer llegar a los jugadores, la información que traducen y reenvían a los peñistas, la organización de los viajes, su ilusión,…

Habrá más artículos de este tipo. Ojalá sean muchos.

 

San Petersburgo (II): el desenlace del maratón y alguna lección de historia

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LESTER, 03/07/2019

«Aquellos que no pueden recordar el pasado, están condenados a repetirlo», dice la célebre frase atribuida a Napoleón, a Karl Marx, a George de Santayana, o a «proverbio árabe», que vale para todo. Para este post la adaptaré a mi manera para decir que «aquellos maratonianos que no recuerdan sus errores están condenados a cagarla de nuevo», que fue exactamente lo que me pasó el domingo.

San Petersburgo debe su nombre al patrón de la ciudad, San Pedro, no a su fundador, Pedro I el Grande, como se ha atribuido erróneamente en ocasiones. Fue fundada en 1705 y la religión mayoritaria de Rusia es la ortodoxa.

Si Pedro I el Grande puso la primera piedra de la ciudad y San Pedro representa la primera piedra de la iglesia, para obtener un buen resultado en el maratón la primera piedra se basa en una buena preparación y cualquiera que leyera la previa a la carrera estará conmigo en que la mía no fue la más ortodoxa. Puede que no la más acertada, eso no lo negaré. Ni una, ni dos, ni tres veces, pero quizás así fuera más llevadera.

Frente al impresionante museo del Hermitage, al otro lado del río Neva, se encuentra la Fortaleza de Pedro y Pablo, lugar donde dio inicio la revolución bolchevique en 1917. El cañonazo lanzado desde el crucero Aurora fue la señal para el levantamiento. La fortaleza se encuentra sobre una isla que en su día era conocida como Isla de las liebres.

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La carrera arrancó a las ocho de la mañana junto al palacio-museo del Hermitage, en una plaza que siempre figura en la lista de las más bonitas, hermosas, sobrecogedoras o alucinantes del mundo. Durante los primeros kilómetros atravesamos el río Neva para rodear la isla de la Fortaleza y en el kilómetro 6 pasamos junto al crucero Aurora. Salí ligero, a buen ritmo, y me uní a una buena liebre, una rusa que marcaba el paso de las tres horas y media a la que seguíamos un grupo de unos cincuenta corredores. La chica no pesaba ni cincuenta kilos, tenía los brazos completamente tatuados y marcaba un ritmo estajanovista perfecto para la prueba, constante, intenso, mecánico. Robótica. Cinco minutos el kilómetro, clavados. La definición de «impertérrita» está en el rostro de esta liebre de nombre desconocido. No cambiaba la expresión en ningún momento, así le comunicaran la muerte de su madre o tuviera el orgasmo más placentero de su vida.

Recorrido 1

Atravesamos varias veces el río y llegamos al medio maratón. Fui algo más lento que hace un año en la Sunshine Coast, pero si tengo en cuenta que justo antes hice la primera parada con mi grupo de admiradoras (formado por una sola persona, maravillosa, eso sí) y que además tuve que vaciar mi atiborrada vejiga en el 20, el tiempo marcado de 1h. 47 min. entraba dentro de lo previsto.

El metro de San Petersburgo es el más profundo del mundo, con estaciones a más de 80 metros de profundidad, si bien, según bajas por esas escaleras infinitas al final de las cuales te espera una rusa más ancha que alta y con gorra roja pseudomilitar en una garita, por momentos piensas que te están bajando a un refugio nuclear o a la sala de interrogatorios del KGB. El metro de San Petersburgo, al igual que el de Moscú, tiene estaciones profusamente decoradas, algunas con un lujo inusual para un transporte que se distingue ante todo por su funcionalidad, pero es una de las herencias de la época soviética, consistente en mostrar al pueblo el poderío que el Partido Comunista creía poder ofrecer.

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A partir del kilómetro 25 empecé a notar que las piernas no iban todo lo fluidas que me gustaría, pero las 2h. 07 min. de paso me hacían estar tranquilo. Quizás no fuera a hacer marca personal, pero el bajón tendría que ser tan profundo como la estación de Admiralteskáia para no hacer una buena marca para mí. La carrera bordea durante varios kilómetros el principal canal de la ciudad, el Fontanka, con palacios e iglesias a ambos lados.

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Karl Gustávovich Fabergé fue un famoso joyero ruso nacido en San Petersburgo en 1846. Con motivo de la Pascua ortodoxa, el zar Alejandro III le encargó un huevo de Pascua para su esposa María Fiodoróvna en 1885 y quedó tan encantado con el resultado que a partir de ese año ordenó que todos los años le fabricara una de sus piezas únicas.

En el kilómetro 28 pasamos junto al museo Fabergé y en ese momento supe que acabar por debajo de las cuatro horas sería una cuestión de huevos. Las piernas habían perdido su fluidez, la cadencia y todavía no había llegado al muro. Demasiado cansancio, demasiados fallos en la preparación. Inmediatamente le di la vuelta al título del libro de Chema Martínez que comenté en la primera parte. El No pienses, corre más pasó a ser un Piensa más, corre menos. Cabeza, huevos, lo que sea, porque todavía quedaba lo peor del recorrido.

La iglesia del Salvador de la sangre derramada se erigió en el lugar exacto en el que fue herido mortalmente el zar Alejandro II en 1881. El asesor y «médico» personal del último de los Romanov, Rasputín, fue asesinado en 1916, pero no lo mataron ni el veneno ni los disparos, sino que murió ahogado cuando arrojaron su cuerpo al canal Fontanka, donde apareció días después.

La sangre derramada delata a los corredores novatos a estas alturas de la carrera. Nos acercábamos al kilómetro 30, junto al lugar en el que nos contó la guía que apareció el cadáver de Rasputín. A lo lejos se divisaban las cúpulas multicolores de la iglesia de San Salvador, y a lo mejor tanto pensar en cosas truculentas fue lo que me llevó a sentir el primer latigazo en el gemelo derecho. «No pasa nada, 2h. 36 min., cabeza, cabeza, cabeza». Una mujer menuda con aspecto de haber llegado directamente desde la estepa nos animaba con una sola palabra «Go!» que repetía rítmicamente espaciando con una sonora palmada proveniente de unas manos gordas que bien podían estar amasando tortas de harina congelada en una tienda de piel de yak en Mongolia. Me puse a trotar antes de que me atizara con esas manazas por no atender a su frenético «Go!»

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El río Neva es el más ancho de todas las ciudades europeas. Tiene un promedio superior a los 500 metros y en su parte más ancha, entre el Hermitage y la Fortaleza de Pedro y Pablo, alcanza los 1,2 kilómetros. Los vientos del Báltico se notan especialmente en esa zona tan abierta de la ciudad.

Mal que bien conseguí llegar al kilómetro 35. Quedaba enfrentarme al viento en contra. El día anterior había mirado la estimación de rachas de viento y Google la situaba entre los 22 y los 36 kilómetros por hora. En el momento que atravesamos esa zona se me hizo imposible avanzar. Por cada zancada parecía retroceder dos metros. Uno de los avituallamientos ofrecía unos vasos de tamaño mínimo de agua y tuve que preguntar si de verdad lo era, porque no entendía el ridículo aspecto de chupito. «¿Seguro que no es vodka?», le pregunté. El voluntario me miró perplejo. Los siguientes kilómetros consistieron en luchar contra el viento y esquivar los vasos y botellas vacías de agua que venían hacia los corredores. Una pena.

Una de las audioguías nos contó que San Petersburgo fue la primera ciudad del mundo en contar con un servicio de ambulancias para la población civil. Es una información que no he podido contrastar, pero que situaba en 1799.

En el kilómetro 39 y medio me quedé tieso en el sitio. La pierna izquierda se me quedó tan rígida como a Torres en la final del Mundial de 2010 en la prórroga contra Holanda. No pude ni tirarme al suelo para estirar. Por primera vez en diecisiete maratones me tuvo que atender el servicio médico de la organización. No fue nada serio, estuve dos o tres minutos atendido, me ayudaron a estirar, me masajearon un poco, entendí el significado del «no siento las piernas» y seguí adelante. Mi mujer me esperaba apenas a quinientos metros y la meta estaba ahí, a menos de dos kilómetros, así que acabaría aunque fuera andando. Aparte de su paciencia, pude comprobar lo buena fotógrafa que es porque en las fotos que me hizo aparezco con buen aspecto, como si lo que estuviera haciendo fuera algo parecido a correr. Solo quedaba ya un objetivo: llegar a meta por debajo de las cuatro horas, antes del cañonazo de las doce, un sonoro disparo desde la Fortaleza de Pedro y Pablo que retumba en toda la ciudad.

Pues tampoco, con el estruendoso cañonazo casi se me saltan los empastes, las lentillas que no llevo y tuve que sujetarme el corazón para que no me saliera por la boca. «Se nota que Putin es de aquí», pensé. Llegué en cuatro horas y dos minutos tras haber pasado unos últimos kilómetros muy duros, casi habría preferido el interrogatorio en el Gulag. La medalla me pesaba una tonelada y volví a preguntar si esos vasitos de chupito eran realmente de agua y no de vodka.

El Palacio de Peterhof es una residencia de los zares a 35 kilometros de San Petersburgo. Tiene hectáreas de jardines versallescos, fuentes, estatuas doradas, palacios, palacetes y estanques de todo tipo. Puro lujo y ostentación. Fue destruido durante la invasión nazi y algunas fotos muestran el estado en el que acabó. Apenas un día después de finalizada la guerra los rusos comenzaron su reconstrucción hasta recuperar el magnífico aspecto que luce hoy en día.

Apenas un día después de terminado el maratón de las Noches Blancas y pese al lamentable estado en el que acabé, ya estoy pensando en el siguiente, y sobre todo, en corregir los errores. ¡Nasdrovia, lectores!

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«Tus errores están escritos, hijo mío. Ve y enmiéndalos, idiota»

San Petersburgo (I): cómo no entrenar un maratón

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LESTER, 29/06/2019

«El día que corras una maratón pensando solo en cómo poner un pie y luego el otro el mínimo tiempo posible en el suelo y nada más, bajarás de 3h:30 seguro. Pero no te sabrá igual de bien que esta, ni tendrás estos detalles e historias para contarnos». Este es el comentario a modo de consejo que me dejó el amigo Tulaytulah, una bestia del maratón con varias marcas por debajo de las 3 horas y cuarto. Un tipo ante cuyas marcas ni siquiera puedo rebatir con el socorrido «es que eres mucho más joven que yo», puesto que ambos entraremos en la cincuentena en unos meses con apenas quince días de diferencia.

Cada vez que me pongo a preparar un maratón suelo comprar un libro relacionado con el asunto, para ir cogiendo motivación, ambiente, sabios consejos que no seguiré, etc. y esta vez el título que encontré en la librería me trajo directamente al comentario de Tulaytulah.

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«No pienses, corre más», de nuestto africano de Vallekas, Chema Martínez. Lo repetí varias veces como un mantra. «No pienses, corre más. No pienses, corre más». Lo tengo, es eso y solo eso, correr, como Forrest Gump. «¡No, joder, ya estás pensando en películas!»  Concéntrate en dar un paso más, en hacer un kilómetro más rápido que el día previo durante los largos meses de entrenamiento que se avecinan. «Eso, voy a preparar una selección de temazos cañeros para corredores, o mejor dicho, la playlist top for runners, por estar a la moda anglochorra». Me habría dado un collejón de haber tenido la flexibilidad necesaria para hacerlo. Estaba claro que iba a seguir pensando más y corriendo menos, así que para qué esforzarse en concentrar todos los esfuerzos en los entrenamientos, trataría al menos de disfrutarlos.

Y aquí estoy un año más, fiel a mi cita con el maratón, el decimoséptimo desde 2004, a menos de 12 horas de salir al asfalto a dejarme la piel, la última gota de sudor y el último gramo de fuerza.

He tenido amigos nada aficionados a esto de las carreras y los maratones que sin embargo suelen leer (y dicen que hasta disfrutar) mis crónicas y alguna vez me han dicho que me anime a escribir un libro. «Además, podría ayudar a gente que está empezando a correr o que se plantea cómo terminar una prueba tan larga».

Ah, no, amigos, hay verdaderos expertos en este asunto, gente muy sabia y experimentada que te puede ayudar a preparar y finalizar un maratón. O a mejorar tu marca, o a evitar lesiones, o hacerlo más llevadero, pero si yo algún día me lanzara a esa aventura el título sería precisamente el contrario: Cómo no entrenar un maratón. Y de subtítulo: Y disfrutarlo pese a que las piernas me recuerden los errores cometidos.

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Mientras leía el libro de Chema Martínez iba anotando todas esas cosas que hago mal:

– Descansar: dice el bueno de Chema que hay que dormir ocho horas mínimo y si es posible diez. Creo que no decía diarias, porque eso sería de todo punto imposible, así que lo he reinterpretado a mi manera y he tratado de dormir diez horas cada dos días. En mi calendario de entrenamientos añadí este año dos nuevas filas, la primera de las cuales indicaría mediante un sistema de semáforo las horas de sueño. Más de 7 horas, luz verde. De 6 a 7, luz amarilla. Menos de 6, luz roja. Y mi plan de entrenamientos está tan repleto de luces rojas que prefiero no hacerlo público. Y solo dos luces verdes en cuatro meses.

– No entrenar en ayunas: y dejar que pasen dos horas del desayuno antes de meterse en faena, eso dice Chema, pero a veces salgo a unas horas en las que solo están los chicos de la recogida de basura (o la basura que se está recogiendo), así que lo he tenido que hacer varias veces.

– El alcohol, la cerveza: hay que reducirlo o suprimirlo directamente. Aunque hay teorías sobre las bondades de la hidratación que proporciona la cerveza, lo cierto es que son mayoría los que no aconsejan su ingesta. La segunda fila que añadí a mi calendario fue para apuntar las cervezas consumidas en estos meses. Un emoticono de una jarra por cada tercio de litro, y era tal el número de jarras que aparecían en el cuadro en los dos primeros meses que acabé por hacer una firme promesa: aparcamos la cerveza hasta después del maratón. El propósito duró menos de una semana, y ha habido tal cúmulo de eventos sociales en este mes de junio que… que… que sí, que voy a llegar bien hidratado.

– No entrenar en cinta: igual que lo de las ayunas, no me queda otro remedio, así que la mitad de mis entrenamientos ha sido en cinta. Me viene bien sobre todo para las series, porque pongo la máquina a tope de revoluciones y eso solo se para con la mano o dejándome caer y empotrándome contra la pared del fondo, y mi terquedad suele vencer al miedo a la caída, así que aguanto ahí a tope esparciendo el sudor a las locas del gimnasio.

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– Descansar los días previos: yo no quería andar mucho los días previos, pero el nuevo aeropuerto de Moscú es tan inmenso que creo que me hice medio maratón en la escala, lamadrequemep… Era como la T4, o les sobraba hormigón, o alguien se llevaba comisión por cada metro cuadrado. Luego llegas a una ciudad espectacular como San Petersburgo y no te vas a ir al hotel a descansar, así que nos la hemos pateado a conciencia. Mientras esperaba el barco para descansar, he aprovechado para estirar los gemelos.

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Mirad el detalle del folleto: San Petersburgo en 5 días, jajajaja, ¡si me lo he recorrido en dos!

– Alimentación: nada de probar cosas nuevas, ni mezclar. Bueno, pues ahora mismo tengo en mi estómago pasta, jamón, queso, una sopa de pollo, una barrita de cereales, otra de proteínas que me han dado en la Feria, más pasta, un capuccino, un plátano, dos mandarinas y una cerveza calentorra y sin alcohol que también me han dado en la Feria.

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La añadiré a mi lista de cervezas espantosas que me he pimplado por ahí. Me la ha ofrecido una rusa guapísima que me ha recordado al gran Groucho Marx: «vaya rollo de fiesta, la cerveza caliente y las mujeres frías». Para compensar me he tomado una buena cerveza al mediodía, más mezcla para el estómago. La rubia es la mía, mi » no rubia» se ha tomado la negra belga.

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– No practicar otros deportes mientras preparas un maratón: no puedo, no. Me niego. Llevo años jugando con mis colegas y no puedo dejarles, me gusta mucho más que algo tan solitario como entrenar un maratón. El 2 de junio jugué mi último partido, pero en los 3 meses previos jugué 13 partidos de fútbol y 11 de baloncesto.

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A veces me duele todo el cuerpo cuando voy a entrenar, el cuerpo no recupera ya los golpes en 24 horas, a veces ni en 72, pero sigo disfrutándolo. Hay quien dice que corro riesgos de lesionarme, pero la naturaleza o la genética, o la herencia de mis padres, no me dio un talento innato para el fútbol, ni una gran estatura, ni una velocidad envidiable, pero me dio un esqueleto de Terminator, casi indestructible bajo una apariencia humana. Al acabar el maratón pierdo incluso la apariencia humana y estoy más rígido que Robocop. Pero sonrío. Siempre.

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A ver qué tal se me da la carrera mañana. El recorrido es estupendo, muy agradable para la vista, muy llano, unos veinte grados de temperatura. El único problema va a ser el viento, que se prevé que sea como hoy, entre 22 y 35 kilómetros por hora. Mirad las banderas de la foto. Si se mantiene la dirección de hoy, los últimos 6 van a ser terribles, ojalá cambie, me venga de cola y mueva ese hermoso pandero hacia la meta. Una meta que, por cierto, va a ser de las más bonitas que he atravesado nunca, si no la que más, junto al impresionante Hermitage.

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A ver si consigo despistar al duende cabrón. ¡Deseadme suerte!

 

Una gran muralla a China (II), por Josean

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Concluí la primera parte con esa reflexión «trumpiana» acerca de poner una Gran Muralla arancelaria a China y frenar su invasión, algo que parece preocupar al presidente norteamericano tanto como la entrada por tierra de sus vecinos del sur. Intento racionalizar mis temores ante esta invasión y me pregunto qué es lo que no me gusta de este new order. El libro La imparable conquista china (Juan Pablo Cardenal y Heriberto Araújo, Crítica, Editorial Planeta) me ha dejado con mal cuerpo tras cada uno de sus capítulos, pero, ¿por qué?

Chino de china 2El primer capítulo nos cuenta la guerra por los recursos naturales tomando Groenlandia como escenario de batalla. El gobierno chino lleva años tratando de hacerse con el control de la producción y distribución mundial de las llamadas tierras raras, que en realidad son un grupo de metales básicos para la industria tecnológica (pantallas LED, baterías de coches eléctricos, teléfonos móviles, fibra óptica,…). «China, de hecho, monopoliza el 97% de la producción mundial y el 100% de las más pesadas. Ello es consecuencia tanto del uso intensivo de mano de obra barata que requiere su producción como del elevado impacto medioambiental de sus procesos». Estados Unidos, Europa y Japón abandonaron su producción, lo que «se confirmó como un error estratégico a partir de 2009».

La respuesta del gobierno chino a los aranceles norteamericanos ha sido amenazar con reducir o cortar directamente el suministro de tierras raras a Estados Unidos, que importa de China alrededor del ochenta por ciento de estos materiales imprescindibles para el desarrollo de su industria tecnológica y de energías renovables.

La expansión china en África se debe al mismo interés: invertir en desarrollo e infraestructuras en el país a cambio de que los gobiernos africanos le cedan el control de las reservas naturales. El interés chino en Groenlandia se centra no solo en la explotación minera, que traería graves daños medioambientales, sino también en aprovechar el deshielo del Ártico para abrir nuevas rutas marítimas «…que supondrían una alternativa más atractiva en términos de ahorro de tiempo y costes a los canales de Panamá y Suez».

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El segundo capítulo nos cuenta las estrategias de los millonarios chinos para sacar sus fortunas del país, primero con esos paraísos del blanqueo que son Macao y Hong Kong, y después «colonizando» países a base de pasta, países como Canadá y Australia que invitaban a conseguir la nacionalidad a aquellos inversores que adquirieran propiedades o demostraran tener un patrimonio determinado. Con motivo de la crisis fueron muchos los países que vieron en el poderío económico chino una posibilidad de atraer capital a sus maltrechas economías y hasta una treintena de ellos, muchos de ellos europeos, crearon programas similares para obtener la ciudadanía o la residencia fiscal a cambio de inversiones de tamaño medio-alto.

Malta puso encima de la mesa su particular propuesta: «650.000 euros a cambio de ciudadanía de la Unión Europea a todos los efectos». El Parlamento Europeo se opuso a esta medida con el 89 por ciento de los votos. Por su parte, Canadá tuvo que cortar su programa en 2014 ante «la avalancha de emigrantes financieros». En Australia se calcula que unos 200.000 chinos están entrando en el país cada año a través de diversos programas, lo cual supondrá una transformación total en unos pocos años dado que la población apenas supera los 25 millones de habitantes.

El libro fue publicado en 2015 y su lectura me ha parecido más actual e interesante de lo que quizás habría sido en el momento de su publicación. El tercer capítulo, titulado Diplomacia, comienza hablando de la Revolución en Hong Kong, los primeros movimientos de lo que ha terminado desencadenando en las protestas actuales. Los estudiantes empezaron a organizar sus movilizaciones en 2014 por «su percepción de que el proceso de integración de Hong Kong en China está poco a poco socavando sus libertades y modo de vida». El detonante para la movilización ciudadana fue la presentación por parte del Gobierno de Pekín del Libro Blanco sobre Hong Kong, que dejaba claro quién mandaba y el grado de autonomía de la isla. Con su interpretación restrictiva del artículo 45 de la Ley Básica, algo así como un remedo de Constitución para Hong Kong, se derogaba básicamente el sufragio universal, que estaba previsto inicialmente para 2017.

Los dos millones de ciudadanos manifestándose en las calles la semana pasada ante la ley de extradición a China no son fruto de un movimiento casual u ocasional. Y si los hongkoneses esperaban una reacción por parte de Occidente, ya han comprobado que no van a poder contar con ese apoyo. El silencio de Londres ante la situación de la que fue durante siglo y medio colonia británica demostró el temor a las represalias del gobierno chino.

En el Reino Unido saben cómo las gastan cuando se «ofende» a las máximas autoridades del gobierno chino, como ocurrió en 2012 cuando el Primer Ministro David Cameron y su segundo, Nick Clegg, «osaron» recibir al Dalai Lama en Londres. Pese a que se le intentó dar una apariencia de visita no oficial y apenas se hizo pública, pese a que se celebró en la cripta de la catedral de Saint Paul y duró únicamente 36 minutos, para el gobierno chino resultó ser una afrenta. Y la afrenta tuvo un castigo en modo de reducción de inversiones en la City que duró año y medio.

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Francia sufrió represalias similares cuando Nicolás Sarkozy mencionó la represión en el Tibet, o Noruega, tras la concesión del Nobel de la Paz al disidente chino Liu Xiaobo, condenado a once años de prisión por un delito de opinión. El asunto de los derechos humanos me lleva al capítulo sexto, dedicado a las represalias que sufren los contrarios o los críticos al régimen. La activista pekinesa Cao Shunli tenía previsto participar en un seminario sobre derechos humanos en Ginebra en septiembre de 2013, para a continuación, un mes después, asistir a la revisión del estado de los derechos humanos en China, revisión que se realizaría en la ONU en octubre. Cao Shunli nunca cogió el vuelo a Ginebra y murió bajo custodia policial china en marzo de 2014, con evidencias de tortura y tras serle denegado el tratamiento médico. Las UPR (Revisiones Periódicas Universales) realizadas a China en febrero de 2009 y octubre de 2013 no pasan de ser unas recomendaciones para una mejoría que se produce con pasmosa lentitud, pese a que algunos de los estados afines al régimen chino destaquen los «espectaculares avances» del país en esta materia.

El séptimo capítulo está dedicado al espionaje a gran escala, al cabreo de los americanos ante el espectacular e inconcebible avance de la tecnología china, el cual no parece posible sin el saqueo directo de los servidores de las principales compañías norteamericanas. La detención de la directora financiera de Huawei es parte de esa guerra que ya ha tenido episodios como el ataque chino a los servidores de Google. El exconsejero de la NSA, Joel Brenner, va más allá al afirmar que fue «un ataque coordinado contra la propiedad intelectual de varios cientos de compañías en Estados Unidos y Europa» y que los piratas informáticos obedecen órdenes del Gobierno chino o «trabajan directamente con el Ejército de Liberación Popular con el objetivo de robar propiedad intelectual a Occidente».

El octavo y último capítulo está dedicado al aprovechamiento que han realizado los chinos de la crisis en Europa, a su modo de captar los principales activos de estados quebrados como el griego o llevarse a golpe de talonario empresas españolas, francesas o incluso norteamericanas. A la inversa no sería posible por las leyes proteccionistas chinas, pero el (deseable) liberalismo occidental les ha permitido controlar la mayor parte de activos estratégicos y de la deuda de las principales economías.

Parece que detrás de todo lo expuesto hay un plan de conquista similar al de los peores malvados de Spectra en cualquier peli de James Bond, pero si miramos un poco nuestro ombligo lo cierto es que el patrón chino ha replicado modelos ya conocidos en la historia. Si hablamos de colonización o expolio de los recursos naturales, los países europeos y Estados Unidos no están como para dar lecciones acerca de su presencia durante décadas en África, Oriente Medio o Sudamérica. Si había que cambiar a un dictador para mantener el control del petróleo se hacía, fuera cual fuese el precio en vidas humanas.

En cuanto al respeto por el medio ambiente, China ha copiado el modelo occidental de crecimiento y ahora es cuando se le ha exigido la responsabilidad que los gobiernos occidentales no tuvieron durante años. No se permitió la entrada de vehículos chinos en Europa entre otras cosas por las emisiones de gases, pero luego detectamos que Volkswagen llevaba años falseando los test de contaminación de sus motores.

Millonarios evadiendo sus fortunas a paraísos fiscales los ha habido siempre, y desgraciadamente seguirán existiendo. En cuanto a las peticiones de democracia en Hong Kong resultan graciosas si tenemos en cuenta que durante ciento cincuenta años los británicos no tuvieron ningún interés en desarrollarla.

Si hablamos de derechos humanos, parece evidente que los del bando de «los buenos» estamos varios cuerpos por delante de China, pero los Guantánamos o Abu Ghraibs, o las denuncias de tortura no investigadas en diversos países, o la censura en sus diversas formas, no permiten que Occidente lance la primera piedra con total libertad.

El capítulo referido al espionaje menciona la paradoja de que justo cuando Obama se reunía con el presidente chino Xi Jinping en junio de 2013 para hablar del saqueo salvaje sufrido por empresas norteamericanas saltó el caso Snowden, el inmenso espionaje masivo a sus ciudadanos y empresas realizado por la NSA, la Agencia de Seguridad Nacional norteamericana.

En cuanto a aprovechar las crisis para comprar barato y beneficiarse de las desgracias ajenas es algo tan viejo como el propio mundo y está en la esencia misma del capitalismo.

¿Entonces, por qué sigue incomodándome esta invasión china? Pues no lo sé, pero lo logra. Quizás se debe a que preferíamos estar en el lado de los poderosos y llevamos mal que ahora sean otros los que llevan la voz cantante e imponen sus criterios. O quizás sea algo tan tonto como que en el fondo anhelamos/anhelo el american way of life, tener una pequeña casa con jardín, una familia perfecta, deportista y consumista que ve pelis y series americanas, viste con prendas de marca y estudia en las mejores y más caras universidades mientras uno compite por el mejor trabajo posible en el que dejar horas y horas para llevar un sueldo decente a casa. Puede que ese modelo nos guste, mientras que por el contrario nos repele el tópico del chino encerrado en su tienda dieciocho horas diarias, con toda la familia volcada en el trabajo, y malviviendo en una ciudad contaminada bajo un régimen opresor que coarta sus libertades.

O a lo mejor es eso, solo eso y sobre todo «eso»: un problema de libertad o de su ausencia.

 

Orgullo blanco, por Barney

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El Real Madrid logró ayer su 35ª Liga de baloncesto al imponerse al Barça Lassa en el Palau en el cuarto partido de la final. Según entrábamos en los últimos dos minutos y viendo que la distancia no se reducía, sino que incluso aumentaba, se me aflojó la enorme tensión que llevaba por cuarto partido consecutivo, me entró una gran bocanada de aire y por fin me bajaron las pulsaciones.

Me pongo muy tenso viendo los partidos de baloncesto del Madrid contra el Barça, o los de la Final Four de estos últimos y gloriosos años. Anoche respiré una enorme bocanada de aire de satisfacción, de alegría. De orgullo por mi equipo y por el grupo humano formado por Pablo Laso. Era como el teniente coronel Bill Kilgore (Robert Duvall) en Apocalypse Now, cuando rememora el napalm y aquella colina conquistada que «olía a victoria».

Quizás el napalm no sea el mejor símil para partidos como los de esta serie, pues si a algún equipo hemos visto querer arrasar a su rival como el mortífero compuesto químico ha sido sin duda al Barcelona Lassa de Pesic. El primer partido de la final fue claramente favorable para el Real Madrid, 87-67, y el entrenador serbio lo vio tan claro como nosotros los espectadores: cada vez que el balón circulaba con fluidez y los ataques eran superiores a las defensas el Madrid se escapaba, y sin embargo el Barça remontaba cada vez que el juego se atascaba, se enmarañaba, cuando se volvía bronco e incómodo.

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Así que el resto de la serie ha sido un festival de defensa kárate press como en los peores tiempos de Aíto. El baloncesto tuvo unos años en los que mi interés decayó ligeramente. Fueron los años de éxito de Maljkovic, Aíto, Obradovic, Messina, Ivkovic o el propio Pesic. Años de defensas que no bordeaban la legalidad, sino que la sobrepasaban directamente con una permisividad arbitral sospechosa. «No se pueden pitar todas las faltas», dicen a veces los comentaristas. Y no lo pedimos, podríamos contestar los aficionados. Lo que ocurre es que si ves que un jugador recibe tres golpes en la misma jugada, o acaba en el suelo, o con una brecha en la ceja, podían de vez en cuando pitar algo, ¡joder! No permitas que ese juego marrullero se apropie del espectáculo porque entonces el mismo se resiente. Que es lo que pasó durante aquellos años de baloncesto feo y partidos a sesenta o setenta puntos.

En pleno apogeo del baloncesto feo de manotazos en defensa y empujones en cada metro del campo, Pablo Laso fue elegido entrenador del Real Madrid y desde el principio hizo una declaración de amor por el juego ofensivo que trajo de vuelta a muchos aficionados. Una bendición. Un público que llena semana tras semana el Palacio de los Deportes animando a los nuestros a no desfallecer. Como en el segundo partido. Ese juego de ataque sin complejos fue el que, junto con el aliento del público, permitió remontar siete puntos en el último minuto con tres triples incluidos.

Mi mujer casi nos echa de casa a Barney Jr. y a mí según volaba el balón de Carroll por el aire con destino a la canasta. Pegamos un grito cavernícola de exaltación similar al proferido tras el palmeo de Thompkins en Belgrado un año atrás. Sabíamos que ese 2-0 nos daba media Liga. Brutal, grandioso. Al día siguiente vas a trabajar con una sonrisa diferente.

La ACB no quería permitir que la final acabara tan pronto y puesto que Peruga no fue suficiente en el segundo, sacó el mayor arsenal para el tercero: Hierrezuelo. No olvidemos que el Director Técnico de los Árbitros de la ACB es desde 2013 Francisco Monjas, el que perpetrara junto a Neyro la mayor venganza que se ha visto nunca en un terreno de juego, la del canario contra Petrovic en la final de 1989. Real Madrid 40, Barcelona 19. Esas fueron las faltas personales señaladas, el Madrid acabó con cuatro jugadores y el Barça ganó una Liga de vergüenza que la prensa cómplice disimuló como «heroica».

Volviendo a la final de este año, que el Barça repartidor de leñazos finalizara el tercer partido con solo 16 faltas es un insulto al aficionado. Se ve que el apellido Lassa que acompaña al Barça significa Los Árbitros Sicarios, S.A. El Madrid tuvo una última posesión, pero no podía forzar la falta porque los locales ni siquiera estaban en bonus. Es una broma pesada, algo inconcebible después de nueve minutos y medio de palos. Aun así se pudo ganar el partido y este equipo no perdió la cara en ningún momento, compitió hasta el último segundo.

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Con estos antecedentes llegamos al partido de ayer. Una derrota de los nuestros podía haber cambiado el estado de ánimo de ambos equipos de cara a un hipotético quinto encuentro. Pero los de Laso siguieron a lo suyo, a jugar, jugar y jugar, y sobre todo, a no entrar en las provocaciones o en la tentación de devolver los golpes que iban recibiendo de los locales. Lo bueno de este equipo es que cuenta con muchos recursos y cada día el protagonista puede ser diferente. Un día puede ser Randolph, Taylor o Llull, como en el primero, o Carroll y Rudy, como en el segundo, Thompkins en el tercero, o Causseur y Tavarez en el cuarto, y siempre, siempre, el omnipresente Facu Campazzo, el enorme base que no llega al metro ochenta, el argentino que demuestra que en el baloncesto la inteligencia o la lectura del juego son más importantes que el físico. Lo que importa es el conjunto.

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Es un equipo del que sentirse orgulloso, y así lo demuestran los jugadores con ese buen rollo entre todos ellos, con esa sensación de ser un grupo de colegas reunidos para hacer lo que mejor saben hacer, jugar al baloncesto y, además, hacerlo bonito. El equipo de Laso conquista con esta su quinta liga en ocho temporadas, otro título que sumar a las dos Euroligas, cinco Copas del Rey y cuatro Supercopas. Casi nada, viniendo de unas temporadas en las que el Barça era el claro dominador de las competiciones.

Hay detalles que demuestran que el grupo supera a los individuos, como que haya sabido sobreponerse a las salidas de Luka Doncic, Sergio Rodríguez o Nikola Mirotic en los últimos años, o como las muestras de afecto de tantos jugadores una vez han dejado la plantilla. Lo de Marcus Slaughter en el césped de Múnich tras el 0-4 del equipo de fútbol fue maravilloso. O las emotivas palabras del Chapu Nocioni al irse y cada vez que tiene ocasión de hacerlo.

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El esloveno Doncic, mientras se jugaba ser elegido rookie del año en la NBA y daba muestras de su calidad noche tras noche, no perdía la oportunidad de enviar un mensaje de ánimo a sus ex compañeros desde donde estuviera, o manifestaba en directo su indignación con el arbitraje padecido por el Real Madrid en la semifinal de la Final Four de Vitoria frente al CSKA de Moscú. Ahí se nos escapó la Euroliga de este año, una pena.

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Nada más acabar la final de la Euroliga de la temporada pasada, con el trofeo recién recogido, las primeras palabras de Trey Thompkins fueron para el entrenador Pablo Laso y su comprensión ante los problemas familiares que había padecido durante la temporada. Estuvo dos meses en Estados Unidos atendiendo a su madre, volvió a tiempo de meter la canasta decisiva en Belgrado y en lugar de reclamar protagonismo quiso agradecérselo a Laso delante de todo el mundo.

Son muchos detalles los que me hacen sentir orgulloso de este equipo. Creo que reúne las virtudes que tanto echo en falta en el mundo del fútbol. Recordad cómo nada más acabar la final de la Champions en Kiev, Ronaldo y Bale reclamaron egoístamente su gloria, su pasta o más minutos, qué sé yo. O el esperpento de Ramos hace un mes con esa supuesta oferta de China que… que… que no, Presi, que yo me quiero retirar aquí.

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A Laso se le critican muchas cosas, la mala gestión de los finales de partido, las rotaciones, los pocos minutos de Carroll o Reyes, algunos cambios sorprendentes, pero lo que es indudable es el éxito de su apuesta y la gestión de egos de un grupo ambicioso y veterano como este. Solo queda felicitarle y animarle a que siga muchos años. Y a Florentino Pérez, que se fije en las claves del éxito de este equipo para trasladarlas a la sección de fútbol.

¡¡¡¡CAMPEOOOOOONES!!!!

Una gran muralla a China (I), por Josean

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Hace unas pocas semanas estuve en El Puerto de Santa María, junto al paseo marítimo de la playa de Valdegrana, donde veraneé hace veintimuchos años. Me apeteció pasar por el lugar en el que cenamos muchas veces, el típico sitio con una carta de pescaíto frito y… pescaíto frito. Simple, riquísimo todo. En su lugar había un Hiper Asia.

En la zona en la que vivo en Madrid he visto desaparecer muchos comercios y restaurantes, pequeños empresarios que iniciaban sus negocios con ilusión y después de varios años de infructuosa lucha terminaban echando el cierre. Pero hay un restaurante chino abierto desde hace más de quince años con el local más grande de toda la zona, lo cual no me molestaría si no fuera porque nunca he visto entrar a nadie en el mismo.

En el Bazar Asia (no digo cuál porque todos tenéis uno cerca, seguro) abren de nueve de la mañana a once de la noche los siete días de la semana. Pese a que lo tengo vetado en mi familia, alguna vez me ha tocado ir a por algo a última hora y siempre hay cinco, seis o siete tíos trabajando, varios de ellos menores. Le pido ticket siempre y en la vida me ha dado una factura, sino el rollo de la calculadora o, cuando le pido factura, como mucho me da un papel en el que pone:

Art. 1 _____ 1,00

Art. 2 _____ 0,70

El IVA se estila tanto como en la provincia de Cádiz. Los adolescentes de la zona compran ahí sus bebidas y se van al parque que tienen enfrente porque «el chino no pide carné», como dicen mis hijos.

La broma con la que empiezo este post vale para Usera tanto como para amplias zonas de Madrid, Barcelona, Vancouver (donde su influencia se siente incluso en los ascensores y las supersticiones chinas), Melbourne o Nueva York. Atravesad la calle Leganitos y pasad por su peluquería china, masaje chino, restaurante chino, fundas de móviles chinos, fideos chinos, inmobiliaria china y parafarmacia china. Menos mal que no les dieron permiso para cambiar la fachada del Edificio España en la cercana Plaza de España, porque veía que acabábamos permitiendo un Edificio Hong Kong con dragones en la recién denominada Plaza de Beijing.

En lo profesional he tenido pocas experiencia con empresas chinas, pero tuve una con el Bank of China de la que salí bastante cabreado. El ICBC (Industrial and Commercial Bank of China) tiene su sede para España en pleno Recoletos, en una de las zonas más caras de Madrid. Entramos en la oficina y tuvimos una reunión cordial de algo más de una hora, pero en lugar de ofrecernos financiación de la manera en la que la banca suele hacerlo, nos dijeron que su modo de trabajo era diferente. Nos solicitaron toda la información técnica de nuestros productos, o que incluso les cediéramos una de nuestras máquinas para ofrecérnosla a mejor precio, fabricada en China y, entonces ya sí, financiada por el ICBC. Nos negamos, por supuesto, les hablamos de la propiedad industrial, el know how y todas esas cosas que no creo que les sonaran a chino.

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Un par de años después detuvieron al director general del banco y a otros cuatro directivos en una operación de lucha contra el blanqueo de capitales relacionada con la operación Snake, en la que se investigó a otras 47 personas que trabajaban en una red de tráfico internacional de mercancías eludiendo el pago de impuestos. Se les imputaban otros delitos contra la Hacienda Pública, contra los derechos de los trabajadores, contrabando, pertenencia a organización criminal y falsedad documental. Casi nada.

Venga, me olvido de todas estas cosas que hacen aflorar mi lado xenófobo que tanto me incomoda y me pongo a ver el fútbol. Ah, pues va a ser que no, porque el Madrid juega a un horario infame, una hora impropia para el fútbol, pero que LaLiga de Tebas acepta para que el partido se pueda ver en China, ese mercado de creciente interés porque parece que va a ser el que ponga la pasta en los próximos años. Ya han empezado a llevarse a jugadores de primer nivel ofreciendo salarios imposibles de igualar en Europa.

Pues voy a ver una peli, aunque si es moderna por supuesto tiene que tener un personaje chino en el bando de los buenos, porque el mercado chino es básico para Hollywood. Hay chinos ya hasta «en una galaxia muy, muy lejana», y si Hollywood se deja arrastrar por la imposición Rider, perdón, la inclusión Rider, esto será obligatorio aunque haya que forzar los guiones de modo salvaje.

Si todo esto no es una invasión silenciosa y consentida en toda regla, que venga alguien y me lo explique, por favor. Que trabajan mucho, que son austeros, que dedican su vida al trabajo, todo lo que queramos decir será cierto y contra eso no tengo nada que objetar, pero mi indignación no viene por eso sino porque no compiten con las mismas reglas. Hasta ahora he hablado de pequeñas anécdotas de la microeconomía, pero el asunto de fondo macroeconómico es mucho más serio. La inversión china en España creció un 162% en 2018 y seguirá aumentando si las empresas españolas ven que la solución a sus problemas financieros pasa, como está ocurriendo, por abrirse al capital chino.

Acabo de finalizar el libro La imparable conquista china, continuación de La silenciosa conquista china, de los periodistas Juan Pablo Cardenal y Heriberto Araújo, y el panorama que presentan es desolador. Como bromeaba alguien hace tiempo, «tenemos que empezar a decidir qué tipo de país es el que queremos dejar a los chinos».

A lo largo de sus capítulos los autores nos desgranan toda una trama organizada y dirigida por el gobierno chino para hacerse con el control de los recursos naturales, los activos estratégicos occidentales y la tecnología. Lo preocupante no es eso, sino que al igual que en los pequeños ejemplos que comentaba al principio, la adquisición de esos activos no se hace compitiendo limpiamente con las mismas reglas de mercado que se nos han marcado a todos. Y se llevan por delante lo que haga falta.

Por esta razón, estoy expectante ante la resolución del conflicto comercial entre Estados Unidos y China. Después de un año de guerra comercial, el gobierno norteamericano aprobó una subida del 10 al 25 por ciento de los aranceles a productos chinos importados por un valor cercano a los 200.000 millones de dólares, y amenazó con subidas similares a otros 300.000 millones adicionales. El déficit comercial de Estados Unidos con China se redujo un 14 por ciento.

No voy a poner a Donald Trump de ejemplo de nada, pero por lo menos se ha atrevido a frenar la invasión china. A su manera, eso sí, pero ha conseguido que las inversiones chinas en Estados Unidos cayeran un 83 por ciento en 2018. La falta de acuerdo se debe principalmente a la negativa del régimen chino a introducir reformas legislativas que protejan la propiedad intelectual y por asuntos derivados con la cesión forzosa de tecnología.

No es que las empresas europeas y norteamericanas hayan sido un dechado de virtudes allá donde han invertido, ni un ejemplo a seguir en muchos casos, pero por muchas razones me preocupa el poderío de la economía china. Por su opacidad, por la falta de transparencia, las trampas, por todas esas cosas de las que hablaré en la segunda parte.

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Este mes se han cumplido treinta años de la matanza en la plaza de Tiananmen. Los amagos de parte de la población, estudiantes en su mayoría, reclamando mayores libertades fueron atajados a golpe de tanque. Algunos cálculos hablan de diez mil muertos, pero treinta años después continúa el silencio oficial acerca de lo ocurrido esos días. Y sin embargo seguimos abriendo las puertas de Occidente a este régimen que ignora los derechos humanos fundamentales y aprovecha lo peor del capitalismo amparado por la dictadura del Partido Comunista.

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El éxito de su economía, cuyo PIB es veinte veces superior al de 1989, ha servido para sacar de la pobreza a buena parte de la población y esta ha respondido aceptando esa carencia de libertades. Según un estudio del Asian Barometer Survey, de Taiwán, el 63 por ciento de los chinos apoya el régimen político actual y son pocos los que ansían la democracia en el país. Seguro que no piensan del mismo modo en Hong Kong, donde dos millones de personas se han manifestado en contra de la ley que permitiría extraditar a China a sus ciudadanos.

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Los tiempos cambian. La Gran Muralla china se construyó hace más de dos mil años para frenar la invasión del país por potencias extranjeras. Quizás Donald Trump, el amante de los muros de contención, haya sido el primero en animarse a construir algo que empieza a parecer tan necesario como poner una Gran Muralla a China.

(Continuará)