Ya que no podemos arreglar el mundo, hablaremos de lo que nos interesa: la política y los políticos, el fútbol, el cine, y todo lo que nos molesta, acompañados por unas jarras de cerveza. Bien fresquitas, por supuesto
– Diez minutos para aterrizar -bostezó Mario tras incorporarse levemente y girar la cabeza hacia su compañero de asiento-, ve despertando, dormilón.
Le dio un pequeño codazo sobre el brazo:
– No ha estado mal para solo cuatro días, ¿no te parece?
A Víctor se le escapó una media sonrisa, incluso menos que media sonrisa. Fue una mueca tirando a tímida, como si quisiera sonreír de manera más abierta, pero el cansancio o alguna preocupación se lo impidiera.
– ¿Le pegamos un repaso a la lista que hicimos? -insistía Mario-. ¿A los objetivos cumplidos y a tus estrepitosos fracasos?
El gesto de Víctor apenas cambió. Dirigió su vista al asiento delantero y jugó con el cierre de la mesita plegable en la que hasta hace nada había apoyado la última cerveza de esta escapada con su amigo de la infancia, la adolescencia y también de esa treintena que ambos habían estrenado unos pocos meses atrás. Tenía la mirada, como la cabeza, en otra parte, pero Mario no iba a privarse de este momento para proseguir con la guasa, así que sacó de la chaqueta un papel doblado en cuatro partes, lo desplegó y lo extendió sobre los ojos de Víctor.
– Cuatro de nueve, suspenso. Y en el fondo esto es como en el colegio -forzó la voz para parecer un anciano, si bien recordaba más a un tío afónico-. Si hubiera visto actitud, ganas de intentarlo, le habría dado el aprobado, señor Martín, pero su actitud no le hace merecedor de ello.
Logró que Víctor se riera en esta ocasión.
– Si has intentado replicar la voz del Sapo, la has cagado, lo tuyo no son las imitaciones.
El Sapo era un antiguo profesor del colegio, un sabio de las matemáticas apodado de ese modo por sus ojos saltones y unos mofletes que le caían a ambos lados de la boca hasta juntarse con una papada flácida. «Cómo contar a mis padres», recordó Mario un día, «que lo que me despistaba de sus clases no era no entender nada, ni tampoco Silvia, oh, Silvia, ¡era el movimiento de la papada! Me pasaba las clases mirándola y pensando cuántas libélulas cabrían allí».
– Fumarse un buen petardo fue fácil -siguió Mario señalando la lista-. El año que pasé viviendo aquí me dejó buenos amigos y no menos buenos contactos, pero fíjate, conociéndote, pensé que era uno de los… llámalo retos, que te ibas a negar de manera más rotunda. Como si te hubiera puesto una visita a los prostíbulos del Barrio Rojo.
– Bueno, me pusiste lo de la china. Y te empeñaste en mostrarme aquella prostituta del escaparate, que no era china ni de lejos. Sería tailandesa, más bien.
– Sí, claro, tú que sabrás, señor experto en orientales, erudito del Mundo Charly. Aquello fue de coña, no lo decía en serio. No quise ponerte en la lista nada como pagar a una de esas pobres fulanas de los escaparates, pero sí quería que te soltaras un poco, y la china esa a la que entraste en aquella discoteca no estaba nada mal.
– ¿La del Blue Lotto? Era coreana, de Gwangju, o algo así me dijo, no la entendía bien. Pero no había nada que hacer, esta gente transmite tan pocas emociones que no sé si pasaba de mí, si lo que buscaba en el bolso era un espray de pimienta o si estaba cayendo rendida a mis encantos.
– ¿Tus encantos, dices? Permíteme que me descojone. Te conozco de toda la vida, Víctor, y lo que quería precisamente en este viaje era que te soltaras, que no estuvieras tan retraído.
– Joder, ¿te parece poco haber cedido a esto?
Se levantó la manga de la camisa para mostrar una V en su antebrazo. Parecía un número romano más que la inicial de un nombre.
– Muy bien, tío, muy bien, ahí, según te vi salir de ese sitio tan chungo, pensé que te venías arriba y que me ibas a estampar la tarjeta con el pleno completo, pero me equivoqué. Después del “peta” y del “tatu” pensé que te iba a convencer para alguna locura más, como lo del canal cuando íbamos atontolinados del todo, pero nada, volvió a aflorar el Víctor reflexivo y buen tipo, el que nunca ha roto un plato.
– El canal da bastante asco, no me fastidies, y el frío, a ver cómo íbamos a volver luego al apartamento.
– ¡Pues a pata, coño, y helados de frío, pero no lo pienses todo tanto, no le des tantas vueltas a las cosas! Como lo de que nos echaran de un sitio público, del museo Van Gogh, no tuviste huevos de montar un numerito, tirar una papelera o el paragüero como sin querer, como si estuvieras mamado…
– Eh, eh, eh, que me atreví a mangar en la casa de Ana Frank.
– ¡Un puto marcapáginas, no me jodas! Escondido en el libro que compraste, eso no debería ni contar.
– Tres euros, ahí solo dice “robar algo”, no habla del qué.
– Pero lo suyo era que hicieras un homenaje en condiciones a esa pobre niña. Imagínatela, dos años encerrada en un cuarto minúsculo con el brasas de su tío, respirando sin hacer ruido por los continuos registros de los nazis, sin pisar la calle, tenías que haberte llevado algo digno de ser recordado.
– Pues por eso mismo, un marcapáginas. ¿Por qué es famosa la niña? Por su diario, ¿no? Pues eso, marcaré cada una de las páginas cuando lea el libro y me acordaré de esa pobre niña judía que duró dos telediarios en el campo de concentración.
– Vaya, ya me has hecho spoiler, ¡ja, ja, ja!
– Sí, como en La Pasión de Cristo, cachondo.
– ¿Y qué fue lo otro que hiciste? -Mario revisó la lista de nuevo-, Ah, sí, huir de la policía, no me negarás que no tuvo gracia.
– ¿Tú sabes que desde que lo hicimos no he salido ni un solo día tranquilo por las calles, cabronazo? Cada vez que nos cruzábamos con un coche de policía, me cagaba vivo, pensaba que venían a detenernos, que nos habían pillado con las cámaras que hay por todas las calles.
– Tranquiiiilo, mira que te lo dije, que me conozco muy bien esos callejones y tengo amigos en muchas tiendas de la zona. Ya lo hicimos una vez hace tiempo, aunque no de manera tan premeditada como ahora. Solo había que mear en el sitio adecuado, a la vista y luego correr como si te persiguiera aquella orconovia que tenías.
– Me acojonaron las sirenas de la policía y cuando me puse a correr sentí que me explotaba el corazón, qué perro eres. Y por cierto, se llamaba Diana, no me seas mamón, era bien maja.
– Pues eso, majísima, un orco, un troll de las cavernas. Tuviste huevos para huir de la poli holandesa, pero no para largarte de aquel kebab.
– Iba a hacerlo, pero, ¿tú viste el cuchillo que gastaba aquel tipo?
– Ay, el miedo, siempre los miedos.
Tras las risas se hizo un silencio. El avión posaba sus ruedas sobre el suelo de Madrid y los pasajeros sintieron el impacto del aterrizaje.
Han pasado tres semanas del exitazo que ha sido la consecución del Mundial de fútbol femenino disputado en Australia y Nueva Zelanda por parte de nuestras jugadoras (y con la dirección de Jorge Vilda), y por desgracia, todo lo que se esperaba de crecimiento en términos de imagen, de mejora para el deporte femenino o de atención mediática, ha quedado opacado por “el piquito”, los malos rollos internos y por la huelga que ha impedido el arranque de la Liga F.
Como siempre ocurre en los triunfos, el mundo de la política se subió al carro del éxito, si bien (también como siempre, da igual el signo de los partidos) de manera errada. La ministra de Trabajo Yolanda Díaz afirmó que las jugadoras españolas sufrían discriminación salarial con respecto a sus compañeros de profesión y, no contenta con ello, apenas una semana después, informó acerca del inicio de actuaciones de la Inspección de Trabajo para verificar que en los clubes de fútbol se aplicaba correctamente el protocolo contra el acoso y que no existían “diferencias retributivas” entre hombres y mujeres por la aplicación del principio de “mismo trabajo, mismo sueldo”. Obviamente, la ministra no pedía que las futbolistas cobraran lo mismo que los “futbolistos” (en aplicación del género, ¿no?), pero sí trataba de que la Inspección verificara que dichas diferencias salariales eran “razonables” y que no correspondían con “el hecho de ser mujeres”.
Cualquier análisis que se realice sobre los salarios de las féminas (muy bajos en el 95% de los casos) y de sus colegas masculinos (estratosféricos en un porcentaje cercano al 100%) debe partir del análisis del mercado global del fútbol. De acuerdo con el Informe de Deloitte Annual Review of Football Finance 2023, el mismo que utilicé para el post sobre el estado del fútbol europeo, los ingresos generados por las cinco principales ligas de fútbol masculino fueron de 17.200 millones de euros en la temporada 2021-22 y se esperaba superar los 18.000 millones en la 2022-23.
En dicho Informe no hay un estudio agregado de las principales ligas de fútbol femenino, pero sí lo hay de los ingresos de la competición inglesa:
Los ingresos de los 12 clubes de la WSL (Women’s Super League) experimentaron un crecimiento del sesenta por ciento en una temporada, pero se quedan en los 32 millones de libras. Los equipos tienen una media de ingresos de 2,7 millones de libras (unos 3,1 mill. euros), mientras que la media de ingresos de un club de la Premier, según Deloitte, estuvo en 322 millones de euros. Cien veces más.
Hay otro cuadro muy ilustrativo que es el referido al salario de las jugadoras de la WSL:
Las diferencias con el fútbol masculino son abismales. Un solo Mbapeé o Neymar cobra como todas las jugadoras de la primera inglesa. Como aspecto más destacado y positivo, el Informe señala el crecimiento del interés por la competición, lo que se manifiesta en el incremento de los ingresos por la vía de los patrocinios y por la asistencia a los estadios:
Los 17.000 espectadores del Arsenal o los más de 10.000 del Manchester United ya empiezan a ser cifras relevantes, en línea con las de algunos equipos masculinos de la Primera española y con muchos de la Segunda. El Mundial de Australia y Nueva Zelanda ha contado con una media de asistencia a los estadios de 30.904 espectadores, lo cual es una mejoría considerable con respecto al Mundial de Francia en 2019, con cifras en torno a las 21.700 personas por partido. Ambos datos, siendo buenos y esperanzadores para los seguidores del fútbol femenino, aún quedan lejos de los 37.000 espectadores de media que hubo en el Mundial de Estados Unidos de 1999, un país de larga tradición en este tipo de campeonatos.
Por seguir con la comparación, en el Mundial masculino de la Infamia celebrado en Catar, la asistencia media fue de 53.191 espectadores, una cifra muy cercana a la de Brasil 2014 y muy lejos de la que se alcanzó en Estados Unidos en el 94.
El fútbol femenino está creciendo mucho, eso es indudable, pero las diferencias económicas siguen siendo importantes, motivadas por el dispar volumen de ingresos que generan ambas modalidades. La principal partida de ingresos de un torneo de estas características se genera con la venta de los derechos de televisión. Cuando quedaba apenas un mes para el inicio del Mundial femenino, los ministros de Deportes de España, Alemania, Francia, Reino Unido e Italia publicaron una declaración conjunta en la que manifestaban su preocupación por el hecho de que la subasta de los derechos de televisión para el Mundial había quedado desierta y ni siquiera estaba claro que los partidos fueran a ser retransmitidos.
La FIFA ha reconocido unos ingresos por patrocinadores del Mundial femenino de 283 millones de euros, unas cifras nada desdeñables. El interés de una veintena de marcas por este deporte es notable, así como su apuesta por el fútbol femenino. Podrá deberse a una cuestión de imagen, posicionamiento, responsabilidad social o lo que se quiera, pero es una cifra importante que confirma el interés por este deporte. Aun así, los 283 millones representan apenas una quinta parte de los ingresos que percibe la FIFA por la misma partida por el Mundial masculino, pero es una mejoría bastante considerable que se ha traducido en un incremento de los premios.
Los premios que ha repartido el reciente Mundial femenino se han multiplicado por 3,6 respecto a la edición de 2019, al pasar de 28,2 millones de euros a 103,6 mill. Para el Mundial de 2027, la FIFA ha prometido igualar los premios a los de la categoría masculina, lo cual es una apuesta clara por el fomento de este deporte, por encima incluso de las cifras que mueve y genera en la actualidad. El Mundial de Catar repartió 414 millones de euros entre las federaciones y selecciones participantes, lo cual supondrá, si la FIFA cumple su promesa, cuadruplicar los premios para las jugadoras. En otros torneos la diferencia sigue siendo muy grande. El Fútbol Club Barcelona, campeón de la Champions femenina, percibió un premio de medio millón de euros, mientras que el campeón de la Champions masculina recibe entre 90 y 110 millones de euros, en función de los resultados y el market share.
Con todo lo mencionado sobre la evolución de las cifras, surge de nuevo la pregunta, más antigua que este artículo de 2018: ¿puede el deporte llegar a la igualdad de género en salarios? Cualquiera que haya seguido estas últimas semanas el Open de Estados Unidos de tenis, habrá visto que en los laterales de la red figuraba impreso el lema “50 years Equal Pay”. En esta edición del torneo se han cumplido cincuenta años del nacimiento de la iniciativa Equal Pay para lograr la equiparación de premios en el mundo del tenis, una iniciativa que nació gracias al empuje de mujeres como Billie Jean King (recordad The Battle of the Sexes, en Cine y tenis) y que culminó con la creación de la WTA (Women’s Tennis Association). La equiparación de premios en el mundo del tenis, un deporte que pasa por ser inclusivo como pocos, se logró en algunos torneos, pero no en todos. Actualmente reparten los mismos premios en los cuatro Grand Slams y tres Masters 1000 (Miami, Indian Wells y Madrid), pero muchas tenistas se quejan de la diferencia que hay en los premios de numerosos torneos. Por ejemplo, en el de Roma cobran la mitad que los hombres.
¿Es justa esta diferencia? Pues seguramente no, pero los patrocinadores son los que ponen el dinero y los que quieren asociar su marca a una imagen determinada porque esperan un retorno de su inversión. Ahora mismo, en el momento actual del tenis, posiblemente tampoco sea justo que los premios del Grand Slam estén equiparados. El tenis masculino lleva dos décadas espectaculares, con el Big Three “retirando” a los Agassi y Sampras de antaño y comiéndose a los jóvenes de la NextGen actual. Por el contrario, el tenis femenino no tiene figuras que atraigan el interés de las marcas ni los espectadores como en su día las hermanas Williams, Steffi Graf, Mónica Seles, Chris Evert, Martina Navratilova y nuestras Arantxa y Conchita. Desde la ATP ha habido quejas sobre la deficiente gestión que hace la WTA de la promoción de sus figuras, por el mal funcionamiento de su web o por la dejadez de funciones a la hora de vender el producto.
Algunas de las propuestas del artículo de 2018 son una locura, como la inclusión de una cuota de mujeres en equipos masculinos (un sinsentido desde el punto de vista físico o de integridad de las jugadoras, y desde el punto de vista del espectáculo), o la consideración de “salario igual por un trabajo igual”. ¿Acaso hay un salario de “defensa central” o de “portero” como si esto fuera un convenio laboral al uso? Los salarios están en función de lo generado, parece mentira que haya que insistir en que no es una cuestión de machismo o discriminación.
La situación en España
Según el Informe del Consejo Superior de Deportes sobre la situación económico-financiera del fútbol profesional femenino en España, los 16 clubes de la Liga F acumularon una pérdida de casi 20 millones de euros en la temporada 2021-22.
Doce de los dieciséis equipos de la Primera División pertenecen a clubes con sección masculina a nivel profesional, y el propio CSD reconoce «el soporte económico» que las mismas le procuran. Las cifras actuales no son nada positivas.
El gasto de los equipos duplica al de sus ingresos:
O por decirlo de otra manera, pierden un euro por cada euro que ingresan. Solo el gasto de personal es superior en un 42% a los ingresos generados:
Los derechos de televisión fueron adquiridos por Mediapro por 7 millones de euros, una cifra que contrasta con los más de 1.900 millones que generó LaLiga para los 42 clubes de Primera y Segunda. Y otra cifra relevante que nos demuestra que el fútbol femenino aún tiene mucho campo que recorrer es el de la asistencia a los estadios. Durante la temporada 2021-22 la asistencia media a los estadios fue de 700 personas. Las imágenes de San Mamés o el Camp Nou llenos a reventar para presenciar un partido de fútbol femenino (récord mundial en el Camp Nou con 91.648 espectadores) tienen la pequeña gran trampa de los precios populares (de cinco a diez euros) y la mayoría de entradas gratuitas. Pero es una buena estrategia para la mejora futura de las cifras.
Tampoco funcionó, o lo hizo solo a medias, la medida que tomaron algunos clubes como el Levante, el Atlético de Madrid o el Athletic de ceder sus estadios al equipo de la Liga F durante la celebración del Mundial de Catar: apenas tres partidos superaron los 4.000 espectadores, lo cual, en un gran estadio, aparenta un vacío enorme. Y además los clubes no cubren los gastos de apertura del estadio, a pesar de que recibían una ayuda de 15.000 euros por encuentro de la propia Liga F. De momento, los experimentos indican que es preferible que se sigan utilizando las ciudades deportivas o los estadios de los filiales para “arropar” a las jugadoras en estos partidos, salvo en ocasiones especiales como el Barça-Madrid de Champions.
El fútbol femenino ha hecho bien algunas cosas para su promoción, para darlo a conocer a los aficionados, en especial cuando sus dirigentes lograron mayor presencia en los medios que lo que el interés general hacía presumir. Por poner un ejemplo, la ACB tiene una media de 8.000 espectadores por partido, la Euroliga supera los 11.000, y sin embargo, su presencia es testimonial en telediarios y algunos medios de prensa y radio. La inyección económica de Iberdrola trajo noticias constantes del fútbol femenino a la primera plana y una campaña feroz y agresiva para que el Real Madrid creara su sección y entrara en el negocio (no digo que lo promoviera Iberdrola, solo que ocurrió).
No se insistió para que el Barça o el Madrid entraran en el baloncesto femenino, un deporte con mucha mayor tradición en España, con Liga nacional desde 1964, o no se presionó al Atleti, al Valencia o la Real Sociedad para crear sección en la ACB, no. Los encendidos debates en la prensa (toda a una, qué extraño) se centraron en la crítica al Real Madrid por no tener equipo femenino de fútbol. El Real Madrid finalmente entró y con una apuesta fuerte, comprando un equipo y una plaza en la Primera división. También recibió críticas por ello. Cuando no lo tenía, por no tenerlo, y cuando se hizo con la plaza, por el modo de obtenerlo. Todo mal, siempre.
Cuando la rivalidad con el Barça sea real, cuando haya competencia deportiva, se hablará aún más de este deporte. La apuesta del Real Madrid por la sección es seria, con recorrido a medio y largo plazo. Para esta temporada el club tiene unas pérdidas proyectadas de 5 millones de euros. Los más de 20 que pierde sistemáticamente la sección de baloncesto se asumen desde hace años por la buena imagen que tiene la sección y por los éxitos internacionales obtenidos. Y en el caso del fútbol femenino, estoy convencido de que se asumirán porque a buen seguro se compensan con imagen y con mayores ingresos de los patrocinadores y de Adidas.
Esta madrugada se ha alcanzado por fin un acuerdo para desbloquear la huelga de futbolistas y que la Liga F pueda arrancar este fin de semana. Las cifras de las que se habla son irrisorias en comparación con sus colegas de LaLiga: de 16.000 euros de salario mínimo se pasará a 23.500 en tres años, cifras que podrían incrementarse hasta los 28.000 euros anuales si los ingresos comerciales obtenidos crecen en este período de tiempo. La categoría masculina supera ya los 180.000 euros de salario mínimo anual.
Hay otras reivindicaciones sobre los permisos de maternidad, los viajes, los derechos de formación y las ayudas tras la retirada, pero el grueso de la reivindicación se centró en el salario y la verdadera profesionalización del fútbol femenino. Y aquí podría abrirse un debate incómodo que es el referido a si las cifras de ingresos dan para que el fútbol femenino sea profesional. El baloncesto no lo es, por ejemplo, y no solo lleva muchos años de ventaja, sino que sus éxitos internacionales le han dado una notoriedad desde hace lustros que el fútbol no ha tenido hasta este verano.
Pero seguro que surgen las palabras “machismo” y todo eso, y no solo me da mucha pereza, sino que además no tiene nada que ver. Y hay mucha hipocresía en los medios que han salido estos días a hablar de machismo mientras sus webs o algunos de sus comentaristas son lo más casposo que uno puede encontrar en la prensa española. El As y el Marca se sumaron a la campaña “anti-machismo” de estas semanas, mientras en sus webs mantienen un tercio de las noticias que son un catálogo sexista antediluviano: la novia de tal, el cuerpo de no-sé-quién, el desnudo de la otra que te dejará boquiabierto… Las radios no son mejores, basta con escuchar algún partido (aún recuerdo a Manolo Lama y unos comentarios sonrojantes sobre Garbiñe Muguruza). De todo esto y mucho más, hablamos hace poco en el canal de Kollins.
Creo que no traspasamos ninguna línea roja, aunque, como se ve por los comentarios, muchos no están de acuerdo por una razón o por la contraria. Y mezclado con política, que no falte. En fin, pereza… Por cierto, ya que hablo de política y de cómo nuestros dirigentes se suben rápidamente al carro de los éxitos, cuando vayan a dar un reconocimiento al Mérito Deportivo a las jugadora, no es mucho pedir que se sepan el nombre de las mismas para no cometer hasta cinco errores:
¿Qué pasó con Antoni Asunción? Siempre se dice que en este país no dimite ni el Tato. Aunque te hayan pillado con las manos en la masa, aunque algunos de tus nombramientos hayan sido unos delincuentes indeseables, aunque se te haya fugado algún político importante por descuido, dejadez o conveniencia, o aunque hayas promovido una ley que ha acabado con mil agresores sexuales en la calle: aquí no dimite nadie. Pero siempre que se dice esa frase, me acuerdo de Antoni Asunción, ministro de Interior en uno de los últimos gobiernos de Felipe González, el surgido tras las elecciones de 1993.
Aquella fue una legislatura muy convulsa, en la que se acumularon los casos de corrupción uno detrás de otro con vergonzosa constancia, y a todos ellos se añadió la lacra de los GAL, el uso de los fondos reservados y el deterioro general de un gobierno y un PSOE muy tocado por todos los frentes. En aquel gobierno apareció un ministro de Interior de un perfil más técnico y posiblemente más bajo que los anteriores (Barrionuevo y Corcuera), un valenciano llamado Antoni Asunción.
“La primera impresión es siempre la buena, sobre todo cuando es mala”, decía Oscar Wilde. El caso es que este ministro me dio buena impresión cuando fue nombrado, al contrario que muchos otros de los personajes que en aquellos años poblaron el Ministerio de Interior: Corcuera, Barrionuevo, Rafael Vera, Julián Sancristóbal, Amedo y Domínguez… y Luis Roldán. Luis Roldán fue nombrado director general de la Guardia Civil en 1986 y fue un gran desconocido para los medios hasta que Diario 16 comenzó una investigación sobre el notable incremento de su patrimonio. No solo eso, sino que otros medios empezaron a publicar noticias sobre la falsedad de los títulos de su currículum. La frase de Oscar Wilde me viene al pelo para mis pensamientos cuando vi su jeta en los telediarios. Y más cuando le escuchamos defenderse con absurdas excusas como las que utilizan tantos corruptos cuando los pillan: sus cuatro o cinco millones de euros se debían fundamentalmente a la herencia que le dejó su padre, taxista de profesión. Una excusa que rivaliza con el millón de euros que se dejaron los montadores de Ikea en un altillo de Paco “Púnico” Granados por la imbecilidad más grande jamás contada por un golfo.
El escándalo de Luis Roldán le saltó en plena cara a Antoni Asunción nada más ser nombrado ministro de Interior. Destituyó de su cargo a Roldán mientras continuaban las investigaciones, si bien, con lo que seguramente no contaba, era con la huida del prófugo más famoso que tuvimos aquellos años. Y miren que los tuvimos: el Dioni, Pepe el del Popular, Ruiz Mateos, Rodríguez Menéndez… En abril de 1994 saltó la noticia de que Luis Roldán se había fugado de España. Recuerdo una entrevista al ministro Asunción en la radio en la que, en directo, desconcertado, negaba los hechos. En cuanto se confirmó la noticia de la huida del país, dimitió. Y a mí, como supongo que a tantísima gente, me pareció adecuado. Lo que hay que hacer cuando uno no ha cumplido con sus obligaciones.
Antoni Asunción desapareció de la vida pública y política por una larga temporada, aunque se presentó a las elecciones en la Comunidad Valenciana en 1999. Poco después abandonó la política, volvió a su carrera en la empresa privada y no volví a saber de él hasta que apareció una noche en un plató de LaSexta. Era septiembre de 2013 y poco después, las vueltas ideológicas que da la vida, presentó Movimiento Ciudadano con Albert Rivera y Juan Carlos Girauta, el germen de lo que sería Ciudadanos.
Nunca tuvo un perfil populista, ni muy dado a los medios, y quizás sea por eso por lo que, cuando he buscado qué había sido de su vida, he descubierto que falleció de manera prematura en 2016, con solo 64 años, tras una enfermedad detectada pocas semanas antes.
Nunca he sido aficionado a Eurovisión, ni he seguido con especial interés lo que ocurría con la participación de los nuestros, más allá de haberme acercado con el rabillo del ojo a la pantomima de las puntuaciones o haber preguntado a mis hijas por el resultado final del concurso. Y desde luego cada año me entero de a quién mandamos para allá, si bien no por interés propio, sino por el bombardeo de imágenes y espantosos soniquetes con el que nos aturullan día tras día durante las semanas previas al concurso.
Pero en aquella época de la televisión única y los dos canales de los setenta y ochenta, formaba parte de la tradición familiar sentarse frente al televisor el día del concurso para ver si ese año «rascábamos» algo. Al igual que con la selección de fútbol, casi todos teníamos una opinión crítica sobre nuestro representante, pero en 1983 todos aquellos con quienes hablé coincidíamos: no nos gustaba nada. El año de Remedios Amaya y su ¿Quién maneja mi barca? Aquí dejo su actuación en Múnich, porque habrá a quien le guste:
Cero puntos. No solo no gustaba aquí, es que la apuesta «revolucionaria» de Televisión Española tampoco entusiasmaba más allá de nuestras fronteras. No me gustaba entonces, ni me gusta ahora, que he tenido que adelantar con el ratón para no escuchar los tres minutos del vídeo. Será porque nunca me ha gustado el flamenqueo y mucho menos sus mezclas «fusión» con el jazz, el tecno o el pop, pero qué sabré yo. El flamenco tiene su público, despierta devoción en millones de personas y no hay «quejío» en un plató de televisión que no termine con aplausos y sonoros «eles». Como puede leerse en los comentarios de YouTube, se anticipó a su tiempo, no estábamos preparados para algo tan rompedor, es de las mejores actuaciones de la historia, bla, bla, bla… Cuestión de gustos.
El caso es que la joven gitana veinteañera que representó a España en aquella edición desapareció de la escena durante muchos años. Tenía tres discos publicados por entonces y buenas críticas entre los entendidos, pero al parecer el rotundo «cero» pesó como una losa en su carrera. Volvió a sacar un disco en 1997 y varios más a principios de este siglo. El título de su último disco, de 2016, parece una referencia a esa prolongada ausencia de los escenarios: Rompiendo el silencio. Recuerdo algunas de sus canciones en algún programa y… buffff, a mí seguía sin gustarme, me sonaba igual, a lo de siempre. Pero qué sabré yo, un analfabeto en el arte de las bulerías.
Sin embargo, me llamó la atención la exageración de algunos elogios de expertos musicales, varios de los cuales hicieron referencia a la canción de la barca y el show descalza en tierras alemanes. No era una mala canción, es que nosotros no entendíamos, era una adelantada, una canción visionaria. En fin. No recuerdo quién fue, pero había un tipo en la radio hablando de ella como el gran genio de la canción, la reencarnación de Camarón y no sé qué historias más. Se debía de creer una especie de Quentin Tarantino de la canción, alguien capaz de encontrar oro en una actuación pésima varias décadas atrás.
Hace cuarenta años, en 1983, Francis Ford Coppola estrenaba dos películas aparentemente menores para alguien como él, que había rodado en los años previos Apocalypse Now, Corazonada y las dos primeras entregas de El Padrino,. Ambas películas estaban basadas en novelas de Susan E. Hinton y tenían una temática similar sobre jóvenes inadaptados, pandillas y sus primeros delitos: The Outsiders (estrenada en España como Rebeldes) y Rumble Fish (otro de esos «títulos letales», pues se tradujo libremente como La ley de la calle).
El buen ojo de Coppola para el casting se aprecia en que prácticamente todos los actores de ambos repartos coparon muchos de los mejores papeles jóvenes de los ochenta: Matt Dillon (Drugstore cowboy, The Flamingo Kid), Tom Cruise (Top Gun, Risky Business), Ralph Macchio (Karate Kid), Patrick Swayze (Amanecer rojo, Norte y Sur, Dirty Dancing), Rob Lowe (el chico guapo sin nada decente más allá de St. Elmo’s fire o Class), Emilio Estévez (El club de los cinco, Young guns), Diane Lane (Cotton club, Calles de fuego), Mickey Rourke (Nueve semanas y media, El corazón del ángel) y Nicholas Cage (Birdy, Arizona Baby). Por eso mismo, por el éxito que sucedió a casi todas sus carreras, siempre me llamó la atención que el protagonista de Rebeldes, el actor que interpretaba al sufrido Ponyboy Curtis, desapareciera prácticamente del mapa.
Su nombre es C. Thomas Howell, el tercero por la izquierda en la foto superior, un californiano nacido en 1966 que parecía apuntar alto. Sus primeros papeles en cine fueron ni más ni menos que con Steven Spielberg (un papel menor en E.T.) y con el mencionado Coppola. Tras Rebeldes tuvo algunos papeles que le ayudaron a mantener su estatus de estrella juvenil (Admiradora secreta y Amanecer rojo, entre los pocos que recuerdo), y tras la acongojante Carretera al infierno (The hitcher) en 1986, con un cabrón psicópata terriblemente cabrón psicópata interpretado por Rutger Hauer, le perdí la pista.
Mientras sus compañeros de promoción se forraban con los mejores papeles, C. Thomas Howell debió tener uno de esos agentes nefastos que lo aconsejaron mal sobre el tipo de películas en las que debía participar. Porque el caso es que no dejó de actuar en todo este tiempo, si miro a su ficha de IMDb: 224 participaciones entre cine y televisión.
El caso es que si reviso su filmografía, compruebo que en la mayoría tomó el mismo título que aparece en la foto precedente, The wrong path, el camino equivocado. Hay papeles secundarios en The amazing Spiderman y Justice League, y algunas participaciones en episodios de Hawaii 5.0., Castle y The walking dead. Y mucho título que apesta a serie B cutre zarrapastrosa:
¿El ataque de los donuts asesinos? ¿De verdad alguien puso pasta para una producción así? Porque la «mítica» Kárate a muerte en Torremolinos se rodó con tres duros, pero cuando los americanos afrontan un proyecto, es difícil que bajen del millón de dólares de presupuesto.
La colección de títulos dudosos de sus décadas perdidas es interminable y las puntuaciones medias de los espectadores tampoco animan a darles una oportunidad:
Sea por malas decisiones, sea por situaciones personales complicadas (como expliqué en el episodio I de esta serie con Claudia Wells), el caso es que la carrera de C. Thomas Howell no se dirigió por el camino que sin duda él y su agente esperaban. De hecho, para IMDb, el actor es recordado por sus éxitos en los primeros ochenta:
Por alguno de los papeles recientes que ha protagonizado, estoy convencido de que se ha convertido en un actor de culto para algunos fans, pero si os pregunto a la mayoría de los lectores por él, por su aspecto o sus películas, me contestaréis como alguno de sus títulos: Gente sombra, Lost on Purpose o Perdido en el Amazonas.
Barney – ¿Qué pasó con Santi Pérez?
Ahora que estoy mirando de reojo la Vuelta Ciclista a España (nada que ver con la atención que le dedicaba hace años) me he acordado de un ciclista fugaz, un torbellino que despuntó en la Vuelta de 2004 y desapareció con la misma celeridad. Su nombre es Santi Pérez, natural de Grado, Asturias. Nacido en 1977, los que éramos aficionados al ciclismo por aquellos años no lo conocíamos hasta aquella Vuelta en la que puso contra las cuerdas al ídolo español del momento, Roberto Heras. Santi Pérez comenzó la Vuelta sin grandes expectativas, sin aparecer en exceso durante las primeras etapas, en las que perdió un tiempo que luego le habría hecho falta para competir por el triunfo final. Fue a partir de la decimocuarta cuando saltó a la primera línea con el triunfo en la etapa que iba de Málaga a Granada. Apenas dos días antes, Roberto Heras había arrebatado el liderato al norteamericano Floyd Landis, y la victoria de Santi Pérez no parecía más peligrosa que la del típico ganador ocasional de etapa, un tipo combativo, buen escalador, que había sabido aprovechar su momento. Pero es que al día siguiente, en la decimoquinta etapa, Santi Pérez volvió a alzarse con el triunfo en la estación de esquí de Sierra Nevada, una cronoescalada en la que le metió un minuto a Alejandro Valverde y casi dos al maillot amarillo, Roberto Heras. ¿Pero de dónde ha salido este bólido?, nos preguntamos muchos.
Aun con esa doble victoria, la general parecía asegurada para el bejarano, pues contaba con ventaja suficiente de las primeras etapas, pero incluso esa posición fue puesta en duda por el arrojo del asturiano, que nos regaló una de las etapas más emocionantes de la Vuelta en la tradicional jornada de la sierra madrileña. Atacó con fuerza y le dobló el pulso al que por entonces era considerado el mejor escalador del mundo. Sin embargo, no fue capaz de obtener los minutos suficientes de ventaja para arrebatar el maillot de líder a Heras. Santi Pérez estaba como una moto y terminó de demostrarlo al día siguiente, cuando logró una nueva victoria de etapa en la contrarreloj final, ¡en llano! ¿Cómo era posible que apareciera este ciclista casi de la nada y a los veintisiete años explotara de ese modo? Acabó segundo en la general, a solo treinta segundos de Roberto Heras, quien se alzó así con su tercera Vuelta a España, la segunda consecutiva.
El tipo en cuestión resultaba entrañable en sus declaraciones, cada vez que le ponían un micrófono tras cada exhibición. Un tipo sencillo, humilde, un jornalero de la bici que dedicaba cada triunfo a su novia, Vanesa, fallecida dos años antes en accidente de tráfico.
El mazazo llegó poco después, en octubre, apenas un mes después de su éxito en la Vuelta: la UCI le notificó su positivo en un análisis por transfusión homóloga de sangre. El mismo positivo que dio su compañero de equipo, el norteamericano Tyler Hamilton, otro al que recuerdo una de las exhibiciones más portentosas sobre una bici, cuando se marchó del pelotón en una etapa del Tour de Francia… con la clavícula rota. Santi Pérez nunca reconoció su positivo, recurrió por las diversas irregularidades que se cometieron durante el contranálisis, pero la UCI y el TAD mantuvieron su decisión: Santi Pérez fue sancionado dos años.
Un par de años después comenzó la Operación Puerto en España y Santi Pérez fue identificado por la Guardia Civil como uno de los posibles clientes del doctor Eufemiano Fuentes. Como Alejandro Valverde, Óscar Sevilla, Francisco Mancebo, Tyler Hamilton y muchos más en un caso en el que las instituciones deportivas españolas se conjugaron para dificultar la investigación judicial, que quedó en nada por desgracia. La situación de descrédito del ciclismo, que se agravaría años después con los casos de Armstrong, Ulrich, Zulle, Beloki, Alberto Contador, Virenque y prácticamente todo el pelotón internacional, hizo que muchos nos desengancháramos del ciclismo. Algo parecido a lo que nos está pasando con el podridísimo mundo del fútbol.
Santi Pérez siempre reclamó su inocencia, le dieron la razón en uno de sus dos recursos y no tuvo ninguna sanción deportiva por su supuesta implicación en la Operación Puerto. Volvió al ciclismo casi por la puerta de atrás, en un equipo con varios de los «renegados» y apartados del pelotón (Mancebo, Vicioso, Sevilla, Hruska), pero no volvió a tener resultados destacables. Cada vez que he leído una entrevista suya, y se ha prodigado poco, he sentido cierta lástima, la pena de un amante del ciclismo que se sintió maltratado por los que lo ayudaron a subir. Si alguien quiere saber mi opinión sobre el dopaje en aquellos años de principios del siglo y la pureza de algunos corredores, solo tiene que mirar la lista de los primeros clasificados en aquellos Tour de Francia: ¿a partir de qué posición debemos creer que corrían «limpios»?
Santi Pérez se retiró en 2011 y continuó ligado al ciclismo. Fundó una escuela que lleva su nombre en Asturias y fue nombrado seleccionador asturiano de ciclismo. Muy ocasionalmente lo vemos en alguna actividad de divulgación sobre el deporte de las dos ruedas. Su desaparición de la escena fue tan veloz como su irrupción en aquella memorable Vuelta de 2004.
Hace un par de semanas estuve en los veranos de cine (o en los cines de verano) que organiza el Ayuntamiento de Madrid y tuvimos la suerte de ver Desayuno con diamantes. O Breakfast at Tiffany’s en el original. Se me ocurren pocas ocasiones en las que una marca comercial aparece en el propio título. La reciente Air, las Lego películas, esas cosas de la Barbie o Mario Bros, Tetris o aquella en la que los vestidos también eran el principal atractivo para sus espectadoras, El diablo viste de Prada. La programación que se ofrece cada noche en estos veranos de cine es interesante y no deja de ser una suerte poder ver clásicos de la historia del cine en versión original y en pantalla gigante (Ladrón de bicicletas, La naranja mecánica, Cantando bajo la lluvia, Blade RunneroPulp Fiction, por ejemplo). Algo que se perdió con el fin de las programaciones dobles en sesión continua. Una pena. Lo único que no me gustó de la experiencia fueron las butacas, un tanto incómodas, pero sobre esto volveré al final.
Hacía mucho tiempo que no veía Desayuno con diamantes y la recordaba un poco como esta última vez: sin grandes entusiasmos. ¡Claro que puedo disfrutarla!, por supuesto que se deja ver con agrado, pero está lejos de situarse entre mis favoritas de los clásicos de los sesenta. En esta ocasión traté de verla con otros ojos, intenté descubrir cómo Blake Edwards (director), George Axelrod (guionista) y los productores habían podido eludir una censura que en aquellos tiempos mutilaba películas por su estricta aplicación del Código Hays. Porque la Holly Golightly de la novela de Truman Capote es mucho menos ambigua, al menos en lo relativo a su profesión, que la de la obra de Edwards. La dama de compañía o escort que la pluma de Capote había creado se convierte en la versión de Hollywood en poco más que una chica alegre amante del lujo y de las compañías que se lo pueden procurar. Holly camina siempre en el filo de lo que intuimos que es, que apenas se deja entrever, pero sin mostrar mucho más que unos servicios poco claros por los que percibía cincuenta dólares. Me resultó cachondo leer los subtítulos en castellano, pues la traducción «el tocador de señoras» tiene unas connotaciones literales seguramente mucho más directas que lo que los censores españoles podrían prever.
Cada vez que he hablado con alguien de esta película y le he dicho que no me gusta demasiado, que Holly me resulta irritante por momentos, que me desconcierta o me pondría histérico en el papel de Paul Varjak (George Peppard), me han contestado:
Pero ella está guapísima.
Y sí, claro que lo está. Audrey Hepburn es el glamour hecho mujer, es elegante, atractiva, resulta refinada, interesante, conmovedora en su fragilidad, lo que quieras. Pero todo eso era Audrey Hepburn, no tanto Holly Golightly. Entiendo a esos actores maduros que se enamoraban de ella, al menos sus personajes, en sus obras más conocidas: Gregory Peck en Vacaciones en Roma, Humphrey Bogart en Sabrina, Gary Cooper en Ariane, Rex Harrison en My fair lady, Fred Astaire en Cara de ángel, Cary Grant en Charada… incluso Sean Connery en aquellos últimos años de Robin y Marian. Audrey Hepburn parecía pedir un abrazo en cada escena del mismo modo que el gato sin nombre de la propia Holly.
La manera de evitar la censura fue convertir el personaje de George Peppard de manera descarada en un gigoló en la primera versión del guion. Aumentaron las escenas sexuales y los diálogos con su «mecenas» para que los censores se entretuvieran tachando esas partes y cuestionando al personaje, y de ese modo, el proceder de la dama de compañía Mrs. Holly Golightly pasó casi desapercibido. Algunas referencias son poco explícitas, si bien las más claras quedaron en el personajes de Peppard. Holly parece una chica frívola, al menos en apariencia, de cara a todos esos bobos millonarios que babean a su lado, si bien cuando se queda a solas, o con el vecino escritor, muestra todo su desamparo, la necesidad de huir de su pasado, la depresión o la preocupación por su hermano. Utiliza el ruido de las fiestas para no quedarse a solas con el silencio y sus pensamientos. O camina hacia Tiffany’s porque es el refugio en el que nada malo puede pasar, como suelta en un momento dado.
La historia de Lula Mae Barnes y su boda con el ranchero cuando solo era una cría adolescente resulta desoladora, y quizás sea entonces cuando uno siente toda la necesidad de dar a Holly ese abrazo de amigo que su personaje se pasa solicitando toda la película. Ahí se acaba esa alegría del filme, la aparente despreocupación, y se lanza hacia la huida que Peppard entiende que Holly necesita. Aunque Truman Capote no lo reconoció abiertamente, este personaje se basó en la madre del propio Capote, quien los abandonó cuando el escritor tenía cinco años. Lo dejó al cuidado de su tía en Alabama y se mudó a Nueva York para alcanzar un sueño que creía merecer. Por cierto, se llamaba Lillie Mae, pero debe ser una mera coincidencia si atendemos a diversas explicaciones del autor sobre el origen del personaje. Capote creó su personaje tomando un poco de aquí (su amiga Carol Marcus, habitual del paseo frente al escaparate de Tiffany’s para desayunar), otro poco de allá (Doris Lilly, como explicó en un libro) y lo mezcló con ideas de otras como Gloria Vanderbilt o Joan McCracken, una bailarina excéntrica que compartió amante con Capote, Jack Dunphy. El propio Capote tenía mucho de Holly, sabía lo que era sentir el desamparo y las inseguridades en primera persona.
A Truman Capote le horrorizó la película, siempre la detestó por todo lo que Hollywood había modificado de su argumento original. Se suprimieron las referencias a la bisexualidad de Holly, al consumo de drogas o al aborto de la protagonista, pero por encima de todo odió dos cosas: el final y la elección de Audrey Hepburn. Un final feliz tras las dos horas previas es absurdo, inverosímil. Pero es el que Hollywood demandaba entonces y lo sigue haciendo en el noventa y nueve por ciento de las películas. El final de la novela era el lógico: Holly vuela, huye de la Gran Manzana, y el escritor Varjak supone que habrá encontrado su lugar en el mundo, o al menos la paz interior que no podía encontrar con el tipo de vida disoluta que llevaba.
En cuanto a la actriz escogida para el papel, Truman Capote afirmó que es «el peor error de casting que he visto nunca. Me dieron ganas de vomitar». Capote quería a Marilyn Monroe, quien por entonces contaba con tres años más de edad que Audrey Hepburn. No la he visto nunca en ese papel. Puede no gustarme la película, pero estoy seguro de que con Marilyn no habría mejorado. La vulnerabilidad, la aparente independencia (que en el fondo esconde un deseo de seguridad y, quizás, dependencia), la fragilidad, la sencillez de Holly encajan como un guante en la piel de Audrey Hepburn. No veo esas características en Marilyn, la voluptuosa, el cañón sexual, el icono más sexy de aquellos años sesenta, el pibón por el que babean Jack Lemmon, Tony Curtis, Joseph Cotten, los moscones de Los caballeros las prefieren rubias o el propio Arthur Miller.
Audrey Hepburn era maravillosa, claro que sí. Hay pocas imágenes tan míticas como la de su interpretación de Moonriver en el marco de la ventana. Pero a mí personalmente, Holly me irrita tanto como a su vecino japonés de los pisos superiores, ese Mr. Yunioshi interpretado de manera ridícula por Mickey Rooney (¿quién o cuánto convencerían al actor para aceptar ese papel?).
No recuerdo quién fue el crítico cinematográfico que dijo que su culo era quien le marcaba la calidad de la película que estaba viendo. Si la peli lo absorbía, si le estaba encantando, si la estaba disfrutando, ni lo sentía. Pero como la peli fuera un truño, sus posaderas empezaban a molestarlo, a buscar otra posición, a dormirse. A pedir el final. Debía quedar media hora de Breakfast at Tiffany’s y a mí ya me daba igual el gato perdido, el estirado brasileño ese que no necesitaba interpretar José Luis de Vilallonga, el mafioso italiano o el escritor frustrado, no creo que fuera solo por la incomodidad de mis asientos: mi culo me hizo cambiar varias veces de postura.
La primera parte de esta doble entrega, (in)sostenibilidad financiera y austericidio, se centraba en el panorama futbolístico europeo tras el parón Covid desde un punto de vista financiero, con la mejora de las cifras de ingresos de los clubes por asistencia a los estadios, derechos de televisión y merchandising, analizando en detalle las cifras de las principales ligas europeas y de la Premier en particular, de acuerdo con el Informe de Deloitte sobre las finanzas del fútbol. La aparente buena salud económica de los clubes ingleses, como se veía por las abultadas pérdidas, es solo eso: aparente. Unas pérdidas continuadas de esos volúmenes (1.000 millones de euros anuales entre la primera y la segunda) no son sostenibles, por mucho que sigan llegando inversores dispuestos a desembolsar ingentes cantidades de capital.
En esta segunda parte nos centraremos en la situación de LaLiga española, que, como veíamos, es ahora mismo la sexta en el mercado de fichajes tras la Premier, la Serie A italiana, la Ligue1 francesa, la Bundesliga alemana y la todopoderosa Saudi Pro League de Arabia. El campeonato español ha perdido puestos en Europa, en un ciclo perverso que se retroalimenta en el que la mala situación económica lleva a peores resultados deportivos, y los resultados deportivos suponen menos ingresos por premios, repartos de televisión e ingresos accesorios. ¿Y qué ha hecho LaLiga o qué se ha hecho mal en España para haber caído varios puestos?
Me remito al Informe económico financiero de LaLiga, publicado en abril de este mismo año. Como los clubes cierran sus ejercicios de cuentas en junio, los datos a los que se refiere el informe son de la temporada 2021-22, la primera tras el parón de la pandemia, y las cifras generales muestran una recuperación tras dos temporadas muy complicadas para todos los clubes españoles. El Informe comienza con una carta de su presidente Javier Tebas. Los mensajes que lanza son, como casi todo lo que hace, tan exagerados y obsesivos en algunas de sus afirmaciones, que pierde la razón en aquellos asuntos que se han gestionado de manera acertada:
Comienza alabando el esfuerzo de contención de los clubes tras la pandemia (¿de todos, D. Javier?) y el control realizado por los mismos en el mercado de jugadores, tanto en traspasos como en salarios, al contrario de lo que han hecho otras ligas europeas.
Celebra la mejora obtenida en la venta de los derechos de televisión, una de las principales fuentes de ingresos de los clubes, como así lo reconoce el Informe The European Club Footballing Landscape publicado por la UEFA unos pocos meses antes. Dejo aquí algunos cuadros interesantes del informe, si bien, me parece una ironía destacable que su portada parezca más la salida de una cueva que la del vestuario de los jugadores al terreno de juego.
Destaca el Plan Impulso alcanzado con el fondo CVC al que se han suscrito 38 de los 42 clubes de LaLiga (todos menos el Real Madrid, Barcelona, Athletic de Bilbao e Ibiza), que no es otra cosa que una venta del diez por ciento de los derechos de televisión de los próximos cincuenta años a un fondo especulativo. Tebas afirma que «esta operación no tiene como finalidad contrarrestar los efectos inmediatos de la pandemia, sino sobre todo crear las condiciones para propiciar un mayor crecimiento rentable de la competición española a largo plazo». El caso es que la operación es cara (de ahí que no la firmaran los clubes que entendían que había alternativas más favorables), drena recursos de los clubes, obliga a destinar una parte importante del ingreso a la mejora de sus instalaciones (con lo que estoy totalmente de acuerdo) y reduce la dedicada a potenciales incorporaciones de jugadores.
Se extiende en los ingresos por la venta de otras nuevas líneas de negocio de LaLiga, activos digitales fundamentalmente, que supusieron 150 millones de euros para las arcas de la entidad, así como la inauguración del Museo Legends – Home of Football. Como ya dije en la charla con Kollins, a mí me interesa el fútbol, el deporte en sí, y muy poco estos añadidos en forma de aplicaciones, juegos, interacciones con gente que está en la India o Ecuador, pero LaLiga hace bien en explotar esta posible fuente de ingresos.
Hay un párrafo en el que Tebas alaba el control económico de las ligas alemana y española, en contraposición con la normativa muy laxa de Francia, Italia y sobre todo Inglaterra, donde «el propio Gobierno británico anunciaba la creación de un organismo independiente supervisor del Control Económico en el fútbol profesional inglés, justificándolo por su preocupación de que el crecimiento desbordado de la actividad en aquel mercado es marcadamente deficitario y está alarmantemente sostenido por las aportaciones sistemáticas de recursos de sus propietarios». Este cuadro sobre las aportaciones de capital de algunos clubes europeos figura en el informe de la UEFA:
Y después de este acierto de Tebas, pues sus denuncias no se limitan a este informe, sino que las ha expuesto ante la UEFA (la última, al PSG), al presidente de LaLiga le sale toda su rabia ante los clubes que no pasan por su aro (Real Madrid y Barça), a los que pide más generosidad con el Plan Impulso, y se despacha contra ellos porque «estas entidades persisten en su idea de poner en marcha la autodenominada Superliga, un proyecto que consumaría el mayor ataque directo que se haya perpetrado contra el modelo del fútbol profesional europeo en su historia, y que amenaza con dinamitar la viabilidad, incluso la propia existencia, del resto de Clubes que quedarían excluidos de la misma». Qué mal ha envejecido este párrafo de hace apenas cuatro meses. La Superliga es la solución frente a Arabia Saudí y los fondos podridos de petrodólares inyectados con patrocinios inflados en la Premier. La Superliga no atacaría las ligas nacionales y podría ser un escudo frente a una liga árabe que se ha llevado en cuestión de meses a Neymar, Cristiano, Benzema, Mané, Mahrez, Kanté, Fabinho, Koulibaly, Fofana, Brozovic…
Concluye con «el fantasma de la irresponsabilidad», carga de nuevo contra la Superliga, «a veces se oculta en la máscara del egoísmo y la insolidaridad», y contra los clubes-estado, «estas entidades son en realidad verdaderos zombies, dopadas sistemáticamente a base de inmensas ampliaciones de capital por parte de sus propietarios, que permiten momentáneamente enmascarar su verdadera situación».
Coincido con muchas de las afirmaciones realizadas por Javier Tebas en su exposición. El control económico de LaLiga ha sido por lo general acertado (dejo aquí unos interesantes análisis de Juan Ignacio Muñoz y Álvaro Martin Gallego sobre el cálculo del límite salarial, la regla del 4×1 o el 2×1) y basta con comparar la situación de deudas con la Agencia Tributaria y la Seguridad Social no hace tantos años.
Se han hecho excepciones con el Barça, como en su día para que pudieran mantener a Leo Messi, con información privilegiada sobre CVC, o relajando las normas financieras. Normal, cuando Mediapro pone la pasta a LaLiga y su presidente es avalista del Barça, poseedor de las imágenes e inversor en palancas pseudoficticias, pero no vayan a pensar en conflictos de intereses. Sin embargo, no comparto con él que se haya realizado una buena gestión en la venta del producto. Y hablo más en términos de imagen o de reputación que en los ingresos por la venta de derechos de emisión, porque es un éxito haber logrado una venta superior a la de Alemania o Italia, países con mayor población y renta per cápita. La reputación es importante en el medio y largo plazo, y ojalá me equivoque, pero me temo que en futuros ejercicios costará mantener la posición actual y es muy posible que se sigan perdiendo posiciones.
El fútbol mueve el 1,37 por ciento del PIB español, genera 185.000 empleos, movilizó a casi 15 millones de personas a los estadios y se estima que tuvo una audiencia mundial de 2.800 millones de espectadores. Es una industria importante para la economía nacional, entonces, ¿qué falla, si es que falla algo? ¿Por qué Sevilla, Valencia, Atlético de Madrid, Villarreal y tantos otros equipos dan la sensación de estar más cerca de echar el cierre que de ser capaces de potenciar el campeonato? Aquí dejo algunas de «mis» razones como aficionado, y ojo, que son mías y seguramente esté equivocado (sé que no soy parcial por mi doble condición de aficionado y madridista):
La pérdida de credibilidad del campeonato. No puede ser que salte un escándalo como el de los pagos a Negreira por parte del Barça durante al menos 17 años y todas las instituciones deportivas miren hacia otro lado. El presidente de LaLiga tardó menos de un día en decir que no podía hacer nada. No puede ser que el Comité Técnico de Árbitros mantenga a un tipo como Medina Cantalejo («Cantadelejos»), pringado hasta el cuello y sus Rólex, como si aquí no hubiera pasado nada y el arbitraje fuera un remanso de honorabilidad. No puede ser que haya una desconfianza como la actual sobre el sistema del VAR y los tipos que lo manejan (recordad Las rayas del VAR). No puede ser que el redactor de la Ley del Deporte que consintió la prescripción de los supuestos delitos fuera vicepresidente del Barça apenas unos meses antes. No puede ser que las imágenes de LaLiga, y por tanto, el relato manipulado que se ofrece, sean controladas por un socio y avalista del Barça. No puede ser que LaLiga inyecte millones de euros en publicidad en los medios de comunicación para contar con una prensa dócil y acrítica. La pérdida de credibilidad del campeonato italiano tras el Moggigate o el Calciopoli fue lo que provocó la caída de ingresos por patrocinios y la reducción de asistencia a los estadios. Algo parecido al descrédito del Tour de Francia, cuya recuperación ha costado años.
Hay que mejorar la venta del producto. Y eso no se logra con cámaras en los vestuarios, que podría tener un interés puntual, sino con transparencia. En la toma de decisiones arbitrales, por ejemplo. Con las conversaciones entre el árbitro de campo y los del VAR, como hemos visto recientemente en Francia o esta misma mañana en la final del Mundial femenino (¡enhorabuena a las nuestras, por cierto!). Transparencia con los criterios y aquí ya he hablado varias veces del doble rasero o el Reglamento particular para uno («casualmente», para el paganini). Transparencia en la designación de los árbitros para cada partido o en la fijación del calendario (teóricamente LaLiga utiliza un desarrollo con Inteligencia Artificial, pero algunas franjas horarias para algunos clubes resultan sospechosas).
Mejorar el espectáculo sobre el terreno de juego. Hay días que ver un partido de LaLiga española es un dolor de muelas. Sin ritmo, con constantes interrupciones, con leñazos consentidos, con perdidas de tiempo que se consienten, con protestas reiteradas… Mejorar el Reglamento y su implantación. Con instrucciones concretas, y ya sé que los árbitros no dependen de LaLiga, sino de Rubiales y la Federación, pero es una tarea de todos los organismos deportivos.
La labor de los medios de comunicación. Que los Movistar, Marca, As, Mundo Deportivo, Sport, GolTV, etc. regalen tanto tiempo a los Raíllo, Maffeo, Iván Alejo, Chimy Ávila, etc. por su «intensidad», y que no protejan a los «peloteros» de verdad, logrará que esto se convierta en una liga de macarras y no de artistas del balón. Por si esto fuera poco, la prensa deportiva se ha convertido en un Salsa Rosa de cotilleos, rumores, inventos y exageraciones que no van a ningún lado bueno.
El enfrentamiento de Tebas con el Real Madrid, no utilizar los mejores activos de marca. El Real Madrid es la institución más prestigiosa del mundo del fútbol a nivel mundial, campeón de cinco Champions en nueve años. Incluso el Barça es reconocido en todas partes. Y sin embargo los medios, esos mismos financiados por LaLiga para promocionar temas insustanciales, en lugar de vender una rivalidad sana, una competencia de la que se benefician ambos (la época Cristiano-Messi es su máximo exponente), se empeñan en transmitir una imagen infantil de Barça-jogo bonito-pureza-cantera, Madrid-malo-Franco-cartera, que, aparte de ser mentira, es demencial para el producto. Aquí dejo algunas imágenes elegidas a modo de versión orwelliana de asociación de imágenes al Mal absoluto (da igual que algunos jugadores no hayan vestido nunca la camiseta del Madrid, o menos de un diez por ciento de sus carreras, o no tengan nada que ver con el hecho luctuoso, es terrible, pero pasa continuamente):
Reducir el número de equipos. Sé que es políticamente incorrecto decirlo, pero no hay lugar para 20 clubes en Primera División, ni siquiera creo que deban ser 18. En un calendario tan cargado como el actual, con competiciones absurdas o amistosos de selecciones, habría que reducir el número de jornadas ligueras. 16 equipos, 30 jornadas. Esa es mi propuesta. No lo veré nunca. Se da la circunstancia, además, de que hay un montón de partidos intrascendentes en los últimos meses del campeonato para aquellos equipos descolgados de las competiciones europeas y alejados del descenso. Reduzcan el número de equipos, aumenten el interés de todos los partidos.
El peso de los derechos de televisión sobre el total de ingresos. Hay equipos que se han acostumbrado a vivir de los ingresos de televisión y no puede ser. Mas del 75 por ciento de sus ingresos en algún caso. Sus dirigentes no se plantean nada diferente en mejora de la cantera para futuros traspasos, en renovación de sus instalaciones y los ingresos los días de partido, en incrementar la venta de productos o ampliarlos… Nada, se limitan a extender la mano para cobrar el cheque y sobrevivir en Primera. Porque en Segunda los ingresos por esta partida caen drásticamente. Y cuando la diferencia es tan grande y hay tanto dinero en juego, el fantasma del amaño o la compra de partidos acecha.
La entrada de inversos extranjeros. ¿Sí o no, Javier Tebas? Las experiencias actuales no han sido buenas (Peter Lim en el Valencia, Al Thani en el Málaga, por ejemplo), pero, ¿se cierra la puerta a otros como Turki Al-Sheikh en el Almería? El jeque tiene una fortuna estimada de 2.000 millones de euros, compró el club, canceló sus deudas, invirtió para subirlo y mantenerlo en Primera… ¿se le cierran las puertas? Javier Tebas argumentó que los patrocinios esperados por el club estaban inflados, pero no ha dicho lo mismo de operaciones dudosas como Barça Studios, por ejemplo, cuyo dinero no ha aparecido por ningún lado. Desconozco qué se pretende hacer, al margen de protestar en la UEFA ante el descontrol de otras ligas.
La mejora de los estadios y los ingresos matchday, que dicen en Inglaterra, o fuera del matchday, añadiría yo. Me gusta la presentación que ha realizado el Betis, por ejemplo. El Plan Impulso tiene entre sus objetivos esa mejora (y hasta se promociona con una foto del Bernabéu, donde, curiosamente, no ha llegado un euro de CVC), pero es una mejora a largo plazo, que espero que no llegue muy tarde. Y ya puestos, es imperdonable un patatal como el que se vio ayer en Almería, ¿habría que sancionar a los equipos que presenten un terreno de juego impracticable?
En definitiva, hay mucho por trabajo por hacer. Depurar toda la mierda pasada, que hay mucha, y construir un futuro que sea sostenible desde un punto de vista financiero, que, a la larga, lo será también a nivel competitivo.
De todos estos asuntos y alguno más tratamos en el canal de Kollins:
Este fin de semana comienza la Liga 2023-24, y al igual que hace un año dije que corrían “malos tiempos para LaLiga”, los actuales tienen pinta de ser mucho peores, si cabe. Alfredo Relaño, director durante muchos años del diario As, se despachaba el domingo pasado con un artículo en el que decía que “a La Liga se le caen muchos cromos”, porque es un campeonato que no podía competir ahora mismo en fichajes con la Premier (nadie está en disposición de hacerlo), pero tampoco con la Serie A italiana, la Ligue 1 francesa, la Bundesliga, y lo más sangrante, la Saudi Pro League (en la fecha del artículo):
Premier League: 1.370 mill.
Serie A Italiana: 549 mill.
Ligue 1 francesa: 475 mill.
Bundesliga alemana: 451 mill.
Saudi Pro League: 409 mill.
LaLiga española: 254 mill.
De esos 254 millones invertidos en fichajes, el cuarenta por ciento se lo lleva un solo jugador, Jude Bellingham, tras el traspaso pagado por el Real Madrid. Ya no es que los equipos españoles no puedan fichar, es que solo han podido inscribir a 55 de los 90 fichajes (información del jueves) y alguno va a tener dificultades para hacerlo en estas primeras jornadas. A todo eso se suma la sensación de preconcurso de muchos clubes, la necesidad de ventas premeditadas, las cutreces de tantos y tantos dirigentes (mención especial a las Finanzas ridiculés),… Jugadores interesantes de nuestra liga, con destacadas actuaciones individuales, han tenido que emigrar a otras competiciones: Pau Torres y Jackson (Villarreal) a la Premier, Chukweze y El Bilal a Italia, Kondogbia y Dembélé a la Ligue 1 francesa… Lo que no esperaba ver era que uno de los mejores centrocampistas de la temporada pasada, Sergio Canales, terminara en la liga mexicana (Rayados de Monterrey) por 15 millones de euros. Y además está la sensación de que, si pudieran, si llegaran buenas ofertas, los clubes se desprenderían de “lastre” salarial: Morata, Joao Félix, Saúl, Christensen, Kessié… o media plantilla del Sevilla, Valencia, Betis o Getafe.
Alfredo Relaño finaliza su artículo con una velada queja al tratamiento fiscal de los salarios de los futbolistas en España, lo que convierte nuestro campeonato en menos competitivo, y termina hablando del exitoso (en pasado) plan de austeridad de LaLiga, pero advierte que hoy podría convertirse en “austericidio”. No pide abiertamente una relajación de las normas, lo que favorecería de nuevo a los infractores de los últimos ejercicios (con el Barça, como siempre, en cabeza), pero sí dice que “LaLiga ha podido llegar a ser cosa de tres, incluso de dos, pero lo que no puede ser es cosa de uno”. Yo creo que lo está pidiendo de manera cobarde: ayuden al Barça, al Atleti y al resto de clubes. Al Madrid no, que lo ha gestionado bien.
Hace dos meses se publicó el informe Annual Review of Football Finance 2023, realizado por la prestigiosa empresa de auditoría Deloitte. El Informe se basa en la temporada 2021-22, la primera post-covid, por tanto, sus comparaciones con el ejercicio anterior tienen que ser favorables por fuerza. El informe habla de la buena salud en general del fútbol, del aumento del interés entre los aficionados, de la recuperación de los datos económicos y de los balances de los clubes por la vuelta a los estadios, del incremento de los derechos de televisión,… Pero algunas cifras son cualquier cosa menos positivas, o al menos tranquilizadoras. El informe es interesante para comparar datos entre los distintos campeonatos. Se aprecia una distancia considerable y creciente entre las cinco grandes ligas y el resto de las competiciones europeas:
Del mismo modo que se incrementa la distancia entre la Premier y las otras cuatro grandes ligas (ESP, ITA, ALE, FRA). Es una pena que España no supiera aprovechar ese lustro de dominio europeo (2014-18), o esa década de rivalidad de los dos mejores jugadores del mundo (Messi y Cristiano) en dos de los clubes más mediáticos del mundo.
En cuanto al tamaño de los campeonatos y de qué manera se generan los ingresos, también se aprecian algunas diferencias significativas. La media de ingresos de un club de la Premier es de 322 millones, mientras que en LaLiga española ronda la mitad de esa cifra (164 mill.), por debajo de la Bundesliga (175 mill.), pero muy por encima de las ligas italiana (117 mill.) o francesa (101 mill.). También es cierto que las cifras de los clubes españoles están «contaminadas» por el peso de los dos grandes clubes, Real Madrid y Barça, como veremos en la segunda parte.
La temporada analizada muestra un récord de asistencia a los estadios de la Premier League. Los big six ingleses (Liverpool, Tottenham, Arsenal, Chelsea, Manchester United y Cuty) continúan copando el mercado, pero hay una mejoría notable de las cifras de otros clubes por la llegada de inversores potentes, como el fondo de Arabia Saudí al Newcastle. A los seis les va muy bien de esta manera, o así deben considerar sus gerentes, y por ese motivo se salieron con celeridad y cobardía de la Superliga (por cierto, se ha vuelto a retrasar la sentencia sobre su creación).
El siguiente apartado del informe trata sobre la sostenibilidad financiera de los clubes ingleses, que está en duda, y realiza una comparación con la situación en otros países. El informe habla de la necesidad de implantar fuertes medidas de control para gestionar uno de los principales activos exportadores de Inglaterra (literalmente, “one of the country’s greatest exports”), y en esa línea el gobierno inglés ha aprobado la creación de una autoridad independiente para controlar las finanzas del mundo del fútbol, la IREF (Independent Regulator for English Football). En este punto soy muy escéptico cuando Deloitte se refiere a los propietarios de los clubes y a la preocupación mostrada por la sostenibilidad de los mismos con sus propios ingresos. Abu Dábi, Catar, Arabia Saudí, en su día Abramóvich… no veo mucha preocupación por seguir inflando los patrocinios.
El apartado The next signing transformation of football explica la generación de nuevos ingresos para los clubes, con la explotación de posibles nuevas líneas de negocios. Algunos son muy claros, ya existentes, como el nombre de los estadios o nuevas formas de patrocinio, y otras son incógnitas: aplicaciones de móvil, generación de contenido adicional en redes sociales y otras plataformas, activos digitales, NFT, metaverso… Yo soy de otra generación y solo me interesa el juego en sí, el deporte, con un Reglamento que debería cambiar y en el que se debería suprimir todo aquello que hace que termine odiándolo. Particularmente, yo no veo ningún interés a estas formas de explotación, pero es posible que varias de esas fórmulas funcionen en el medio plazo. De momento, aunque no genere ingresos reales, al Barça le ha servido su división de activos digitales para inscribir los fichajes de la temporada 2022-23, y va a revender los mismos para los de la 2023-24 (que Tebas y el resto de clubes traguen con esto es parte de la «manga ancha» que Relaño solicitaba). Un tocomocho que estallará cualquier día, pero que le valió, entre otras cosas, para ganar la pasada Liga:
El informe continúa con un detalle de la Nueva regulación de la UEFA. Me tengo que reír cuando leo que se espera que la introducción gradual de la regulación sobre Sostenibilidad Financiera (UEFA’s Financial Sustainability Regulations from 2022/23) promoverá que los clubes (y hace referencia expresa a los fondos propietarios) sean más sostenibles en el futuro. Lo dice Ceferin, quien va de la mano en todo con Al-Khelaifi. Por cierto, seguimos sin ver sanciones (salvo algún lavado de cara ridículo) al Paris Saint Germain, el Chelsea o el City por sus reiterados incumplimientos. El Informe reserva un apartado al trabajo realizado por la Saudi Pro League y cómo los fichajes han traído un notable incremento de asistencia, de número de seguidores en Instagram o que los derechos de emisión hayan sido vendidos a 36 países…
Quizás la parte más interesante del informe esté en todo lo referido a la situación de los clubes de la Premier League. Entre la primera y la segunda división, los equipos ingleses han perdido más de 1.000 millones de euros, pese al poderío que han mostrado en Europa en los últimos tiempos. La preocupación del gobierno hizo que en febrero de este mismo año se publicara el White Paper por “Un futuro sostenible – La reforma de la gobernanza de los clubes de fútbol”, donde se insiste en la creación de esa autoridad independiente que controle las finanzas del fútbol. Hay una parte que me recuerda a tiempos pasados en nuestra Liga (el famoso no-descenso de Sevilla y Celta, por ejemplo), que es lo referido a que las autoridades son conscientes de las especificidades del fútbol,cuáles son sus grupos de interés (aficionados, espectadores y espónsores), y que todos ellos se rigen por unas reglas algo diferentes a las de una empresa. La propuesta de Deloitte sobre gobernanza en los clubes hace referencia a una profesionalización de la gestión: definición de los objetivos, la adaptación a las nuevas necesidades sociales (inclusión, diversidad, medio ambiente, tengo dudas de que estén en la mente de los gestores del negocio…), la monitorización de ratios, el control de riesgos en la toma de decisiones y la planificación estratégica.
Al final, los aficionados de un club solo se preocupan de los éxitos deportivos, pero el deporte tiene ganadores y perdedores, y el informe menciona los riesgos de este tipo de gestión y algunos ejemplos, como el colapso financiero del Bury FC, o los episodios de racismo y sexismo en el rugby y el cricket (de eso sabemos mucho en España). La mala gestión de las finanzas de los clubes pueden conllevar la desaparición de clubes, del mismo modo que los riesgos reputacionales pueden suponer un abandono de los patrocinios. La implantación de un código de buenas prácticas traerá “long-term financial sustainability”. Mi duda es si existe la paciencia en el mundo del fútbol para mirar a largo plazo.
El big six genera entre el 66-76% de los ingresos totales los días de partido y por comercialización (sin derechos TV). La diferencia entre el sexto, Arsenal, y el séptimo, West Ham, es de 368 millones de libras frente a 255 mill., pero lo significativo es el peso de los salarios sobre el total de ingresos, un ratio que los clubes no deberían descuidar nunca (y lo hacen, vaya si lo hacen).
Los clubes de la Premier llevan 4 años seguidos dando pérdidas. El resultado operativo no incluye traspasos u otros ingresos y costes como “palancas”, amortizaciones de fichajes o de activos:
No copio aquí la parte del informe referida a la deuda porque no es concluyente al estar viciada por las inyecciones de capital de los nuevos propietarios (Chelsea, Newcastle), o los ya existentes (City). La mayor deuda que figura en los balances es la del Tottenham, vinculada a la construcción del nuevo estadio. Lo que sí me sorprendió fue la cifra de los clubes de la “segunda” división, pues entre todos palman otros 300 millones de libras:
Es insostenible. Se mire como se mire. En España se han hecho bastantes cosas bien, no hay más que comparar con la deuda que existía hace veinte años entre los clubes y la Seguridad Social o la Agencia Tributaria. De eso tratará la segunda parte. El ejercicio de contención se ha hecho, al menos la mayoría de clubes. Sería muy peligroso que se abriera de nuevo la mano por esas razones específicas del fútbol y por la irracionalidad de sus dirigentes y aficionados. Aunque ya se está haciendo. Con el Barça, como siempre. No debe ser casual que el escudo de LaLiga haya cambiado un balón por dos «palancas».
Por cierto, para los que me hablen de los fichajes del Madrid, del dineral invertido, etc., les dejo este cuadro de Maketo Lari (@maketolari) sobre el saldo neto en fichajes (compras menos traspasos) desde 2013. El Real Madrid no está en el top-20:
Una gestión eficiente y sostenible desde el punto de vista financiero… que no se premia.
Para ampliar estas y otras informaciones, mantuvimos una charla recientemente en el canal de Kollins:
Lo de las mociones de censura que no van a ningún lado, como la surrealista con el profesor Tamames de este curso político, no son nada nuevo en las algo más de cuatro décadas que llevamos desde la aprobación de la Constitución del 78. Como tampoco es nuevo lo de esos jóvenes impetuosos a los que alguien hace creer que llegarán a presidentes del gobierno, como Albert Rivera o Pablo Casado. A mediados de los ochenta y tras varios batacazos electorales, los populares necesitaban renovar su imagen, alejarse de esa derecha franquista liderada por un exministro del Caudillo, Manuel Fraga Iribarne. En esas emergió la figura de un joven abogado nacido en Badajoz, pero que desarrolló toda su carrera en Andalucía, primero como abogado del Estado y luego como presidente regional de los populares. Antonio Hernández Mancha, de verbo fácil, lanzado, y sobre todo, alejado de los cánones tradicionales del partido (Alianza Popular por entonces). Numerosos medios del ala más conservadora necesitaban una figura que pudiese enfrentarse a los líderes socialistas, los andaluces Felipe González y Alfonso Guerra.
Antonio Hernández Mancha fue elegido presidente de los populares tras las primarias del partido en 1986. Se enfrentaba a un problema serio al no ser diputado y no poder debatir cara a cara con González en el Congreso (la misma dificultad que tenía Feijóo estos últimos meses, por cierto), así que, espoleado y seguramente mal aconsejado por varios de los más cercanos, no tuvo mejor idea que plantear una moción de censura a un Felipe González que contaba con mayoría absoluta en la cámara. El golpe de efecto no duró más de una o dos semanas, se celebró la moción, que fracasó de manera estrepitosa (solo 67 votos a favor) y el joven abogado “andaluz” desapareció de la escena casi con la misma celeridad con la que había sido ascendido.
Huyó de la política y volvió a su despacho de abogados. No supimos prácticamente nada de él hasta hace pocos años, en 2016, cuando fue llamado a un programa de LaSexta que en principio iba a hablar de algo parecido al objeto de este post, un ¿qué pasó con…? Lo que no esperaba era que en directo le plantearan su relación con “los papeles de Panamá” y por qué su nombre había aparecido en algunos de los listados de las personalidades relacionadas con el despacho Mossack-Fonseca. Lo vi removerse en el plató de una manera nerviosa, bastante incómodo (nos ha j…) y juró y perjuró que nunca había tenido nada que ver, ni tenía negocios en Panamá, ni mucho menos había utilizado sociedades opacas panameñas para blanquear capitales. Unos días después se defendió diciendo que habían falsificado su firma, que el Hernández Mancha de los papeles no era él, ni nadie relacionado con su bufete.
No encuentro noticias posteriores a la resolución de este caso y el propio Google te deja el mensaje de que hay enlaces que pueden haber sido eliminados a petición de los afectados por el derecho al olvido en Internet. Antonio Hernández Mancha fue consejero de Enagás desde 2014 a 2022, tiene ahora mismo 72 años de edad, está alejado de cualquier foco mediático, y (supongo) estará escarmentado del día que dio ese paso adelante y se lanzó a Madrid a intentar un imposible.
Lester – ¿Qué pasó con Pedro Maestre?
Tenía 23 años cuando firmé mi primer contrato con una editorial (La universidad me mata, Colección El Papagayo, Ed. Temas de Hoy). Para mí, que no había escrito nada ni medianamente serio en mi vida, aquello fue una sorpresa enorme. Entre aquella firma y la publicación del libro transcurrieron casi dos años (septiembre de 1995), tiempo durante el cual creí atisbar un interés de las editoriales por los autores jóvenes, interés del que quizás me beneficié sin saberlo (aunque mi libro era un “grandísimo” libro, todo hay que decirlo). En 1994, José Ángel Mañas quedó finalista del Premio Nadal por Historias del Kronen. Contaba entonces con solo 22 años. Un par de años más tarde, Pedro Maestre lograba el premio del certamen con Matando dinosaurios con tirachinas. Tenía 28 años de edad, todo un “talento joven” al que se le presuponía un gran futuro por delante.
Me compré un libro que recopilaba relatos de varios de esos autores jóvenes que despuntaban en los noventa. Se titulaba Páginas amarillas y el subtítulo era 38 autores de menos de 38 años. Los había de todo tipo: buenos, excelentes, de humor, “tragiquísimos”, rompedores, pseudotrascendentales y algunos, pocos, insufribles. Allí estaban Juan Bonilla, Juan Manuel de Prada, Antonio Orejudo, Martín Casariego y muchos otros cuya vida no siguió por el camino de las letras como seguramente esperaban (como yo mismo).
A mí particularmente no me entusiasmó la novela de Pedro Maestre, aunque reconozco el riesgo de la propuesta narrativa, escrita como un monólogo con frases cortantes, dirigido a su abuelo en segunda persona del singular, incómodo de leer a ratos, con pinta de pecar de ser demasiado autobiográfico… La vida de un licenciado de filología de 25 años en paro que vive en Alcoy contado por un tal Pedro Maestre que era licenciado en filología residente en la costa levantina y supongo que en las listas del paro cuando lo escribió. Un premio como el Nadal debe animar a escribir, a intentarlo, a querer asentarse en el complicado mundo editorial, pero no tuvo mucha suerte con sus dos siguientes novelas, Benidorm, Benidorm, Benidorm (1997) y Alféreces provisionales (1999), y quizás por eso lo último que supe de él durante mucho tiempo es que se dedicaba a la enseñanza.
“Pequeñas confesiones y consejos que me ayudaron mucho. Comentábamos lo que buscábamos en las novelas, como el paso de la infancia a la adolescencia que Delibes refleja en «El camino». Hablábamos de la verdad de los personajes, que no fueran de cartón piedra, y me daba muchos consejos. Porque la carrera de un escritor es como el río Guadiana: años que se ven, y años que trabajas duro, muy duro, y no se ven. No hay que parar nunca».
Pedro Maestre volvió a publicar una novela en 2006 (El libro que Sandra Gavrilich quería que le escribiera), y otros como el que suscribe estas palabras tuvimos que esperar más aún, hasta 2022 para volver a aparecer por las librerías.
No recuerdo de qué programa se trataba porque hace tantos años que lo vi (y yo no tendría muchos más de diez o doce), que ni sé de dónde era. Se trataba de una sección de un programa con este mismo título, ¿Qué pasó con…? o Parece que fue ayer, quizás dentro del Fantástico de José María Íñigo, en la que se preguntaban qué había pasado con tal o cual personaje, con ese artista, deportista o simplemente famosos a tiempo parcial que habían desaparecido de la escena. El ¿Qué pasó con…? se convirtió en una especie de cara B de los quince minutos de fama que todo hijo de vecino merecía tener (Andy Warhol dixit). Y de eso va el post de hoy, que sospecho que no será el último con esta temática.
El reto de cada uno de los amiguetes consiste en buscar a alguien que viviera su momento de fama, puede que incluso de mucha fama, hace más de veinte o treinta años, y tratar de averiguar por qué derroteros llevó su vida. En muchas ocasiones seguro que fue bien, se alejó de los focos mediáticos y se dedicó a otra cosa, puede que más placentera. En otros casos quizás fueron dando tumbos o su talento no daba para mantenerse en la actualidad, que de todo habrá.
Barney – ¿Qué pasó con Antonio Peñalver?
Muchas cosas nos sorprendieron durante los Juegos Olímpicos de Barcelona 92, y no ya la buena imagen de la ciudad y el país a nivel internacional, o las 22 medallas que cosecharon los nuestros, sino algunas de las especialidades en las que fueron obtenidas. El equipo de tiro con arco, el salto con pértiga, las judocas Miriam Blasco y Almudena Muñoz, el kilómetro lanzado de José Manuel Moreno… cada uno tendrá sus sorpresas, pero yo particularmente y para bien, me quedé “flipao” con la plata de Antonio Peñalver en decatlón.
El decatlón era una especialidad que nos encantaba a mis hermanos y a mí, no solo por el juego “generacional” del Spectrum, el Daley Thompson’s Decathlon, sino también porque en los veranos del pueblo competíamos en nuestro particular decatlón, con carreras, saltos, lanzamientos, vallas y prácticamente todas las pruebas menos el salto con pértiga.
Desconocíamos que en España hubiera algún decatleta relevante y en esas, llegan los Juegos de Barcelona, y aparece un murciano de 23 años que va pasando prueba a prueba con buenas marcas, en segunda posición, no fue lejos del checo Zmelik, ni muy separado de sus perseguidores. Antonio Peñalver tenía una planta espectacular: 1,93 de altura, 90 kilos de puro músculo, una bestia parda.
Recuerdo que eran los años en que Miguel Induráin comenzaba a arrasar en el Tour y algunos periodistas establecieron un paralelismo sobre los cambios del “deportista español” típico. Se acababa lo del españolito bajito y peleón, como Pedro Delgado, Antonio Prieto, Emilio Butragueño… El deportista español era como ese Fermín Cacho en la recta de los 1500 metros que miraba hacia atrás incrédulo, «he dejado a Morceli atrás, he dejado a Morceli atrás, seguro que me pilla», como un Luis Miguel Dominguín de la vida que no se creyera que se acababa de cepillar a Ava Gardner. Todos esos «complejos» hispanos terminaban, comenzaba la era de “Supermanes”: Induráin, Peñalver, Abraham Olano, Kiko Narváez… Tallos, portentos físicos y técnicos.
No supimos mucho más de Peñalver en los años posteriores. Volvió a competir en Atlanta en 1996, donde no pasó del noveno puesto y mantiene aún varias de las mejores marcas del atletismo nacional en su especialidad, pero su pico fue aquel verano del 92. ¿Qué pasó con él? No volví a saber de su existencia hasta que saltó el escándalo de abusos sexuales del entrenador Miguel Ángel Millán en 2016. Esta entrevista del diario El País resulta estremecedora para tratar de entender lo que ocurrió. El titular escogido ya te revuelve:
Una historia de abusos en la adolescencia, sometimiento, crisis de autoconfianza… Posteriormente llegaron las depresiones, el abandono de los entrenamientos y las lesiones. No tuvo una carrera destacable después de aquella plata. A decir verdad, ni siquiera tuvo una carrera. Una lástima todo lo que cuenta. Con el tiempo se quedó en Murcia como entrenador, y ahora, con 54 años, parece una persona que no recuerda con ningún cariño aquella etapa de su vida. El Supermán que veíamos por la tele en el 92 era un chico roto por dentro. El Tribunal Supremo ratificó la condena de 15 años y seis meses a Millán en 2020.
Travis – ¿Qué pasó con la novia de Marty McFly?
Han pasado casi cuarenta años desde el estreno de Regreso al futuro, en 1985, y puedo proclamar sin miedo a equivocarme que esta película es uno de los tres o cuatro clásicos más recordados de los ochenta. En este mismo blog ha salido numerosas veces (El futuro ya está aquí, Ensayos de un futuro distópico, y por supuesto, el 21 de octubre de 2015) porque el clásico de Robert Zemeckis siempre parece actual, que no pasa de moda.
Aunque el protagonismo de toda la trama recae en Marty McFly (Michael J. Fox) y en Doc Brown (Christopher Lloyd), a mí me encantó la novia de Marty, Jennifer Parker, una hermosa joven llamada Claudia Wells… de la que no volví a saber. Los menos aficionados a la saga se preguntarán: “¿pero no salía la novia de Marty en la segunda y tercera entrega?”, y sí, claro que tenía un papel, pero habían cambiado a la actriz. Las secuelas se rodaron en 1989 y 1990, pero en ellas el papel recayó en una de esas jóvenes que quedó como “novia de” en los ochenta: Elizabeth Shue. La que fuera novia del primer Karate Kid y del hombre Cocktail, Tom Cruise. Elizabeth Shue también pareció aquejada por una especie de maldición que hizo que su carrera se perdiera por papeles irrelevantes, salvo quizás su papelón en Leaving Las Vegas, por el que fue candidata al Óscar.
¿Pero qué pasó con Claudia Wells? La razón que la llevó a alejarse del cine fue la enfermedad de su madre, un cáncer que duró varios años. Cuando el equipo de Zemeckis contactó con ella para las continuaciones, que se rodaron sin descanso, sin esperar ni siquiera al estreno de la segunda para afrontar la tercera, la actriz declinó el ofrecimiento porque estaba dedicada al cuidado de su madre. No podía afrontar los meses de separación que dos películas exigen. Y eso le honra. Según su página de IMDb, la gran base de datos de artistas, apenas hizo alguna aparición en capítulos sueltos de series hasta que prestó su voz en 2010 para un videojuego basado en una célebre película. ¿De verdad necesita alguien que le diga de qué película se trataba?
Uno es honesto y sincero, mientras que los demás mienten, o al menos ese es el mensaje principal que nos han dejado los candidatos a la presidencia del gobierno durante las semanas previas a las elecciones del 23-J. Pocas veces como esta, las mentiras del rival han copado la campaña, lo que da una muestra del nivel de nuestra clase política y de la poca ilusión que sus propuestas de futuro transmiten a los votantes. De las mentiras de “Perro Sánchez” a “Fakejóo”, de “los manipuladores de Vox” a las “inexactitudes” de Sumar. Parece mentira, si se me permite la gracieta, porque “parece mentira” que en esta sociedad de la información se nos tenga más desinformados que nunca, lo cual es cualquier cosa menos casual.
La campaña comenzó con la entrevista que el presidente del gobierno concedió a Carlos Alsina, en la que el periodista le inquirió: “¿por qué nos ha mentido tanto?”. Y Pedro Sánchez contestó, con el cuajo que tiene acostumbrado y sin perder la compostura, que él no había mentido, solo había cambiado de opinión. Que asuntos en los que tenía una opinión (indultos, pactos, el delito de sedición o malversación, política fiscal…) había tenido que modificar sus planteamientos, pero que eso no era ninguna mentira. Recuerden algunos cambios de opinión resumidos en Sí se puede. Antes no se podía, pero ahora ya sí se puede. A la mañana siguiente, el propio Carlos Alsina detalló una serie de mentiras (y no cambios de opinión) que el presidente había tenido durante los años previos.
El candidato del Partido Popular Alberto Núñez Feijóo no se libró del escrutinio del mismo Carlos Alsina. Por mucho que el gallego dijera que se sometería a cualquier prueba o máquina de la verdad porque “a mí me importa mucho que no se diga de mí que miento”, Alsina le desgranó todas las mentiras que dijo el día del debate cara a cara frente a Pedro Sánchez. A raíz del debate, el equipo de campaña del PSOE pasó a cimentar su campaña en las mentiras de Feijóo, o “Fakejóo”, como circuló en redes sociales, y los asesores del PP pasaron a hablar de “inexactitudes”, de interpretaciones de los datos. Creo que el día que Feijóo afirmó de manera vehemente en Televisión Española que el PP “nunca dejó de revalorizar las pensiones conforme al IPC” estaba diciendo lo que él creía cierto o lo que le habían asesorado, luego no era tanto un problema de mentiras como de ignorancia. La propia periodista de la cadena pública, Silvia Intxaurrondo, trató de sacarlo de su error: “No lo hicieron en 2012, ni en 2013, ni en 2017”. Datos fácilmente contrastables, como todos aquellos en los que patinó Sánchez de manera reiterada durante el cara a cara. ¿Nos mienten o son muy malos? Yo creo que ambas cosas.
¿Mentía Santiago Abascal cuando reprochó a Sánchez que había sacado adelante la reforma laboral con un pacto con Bildu? No creo que lo hiciera a conciencia, simplemente no se preparan los temas, hablan para los suyos. Cuando Yolanda Díaz se empeña en hablar de las bondades de la reforma laboral mientras oculta el dato de los fijos discontinuos sin trabajo, ¿nos miente, nos da una información sesgada por su propio interés, o es que lo ignora? Cuando la misma cabeza de lista de Sumar suelta la mentira tan demagógica de que las grandes empresas pagan el tres por ciento de impuestos, ¿lo hace sabiendo que miente o es por mero desconocimiento? Por cierto, quien inició este bulo archirrepetido elección tras elección fue el ministro del Partido Popular Cristóbal Montoro. Montoro miente, escribí en su día, y lo dije con todas las letras porque, al contrario que muchos de los candidatos actuales, el exministro de Hacienda sí sabía de lo que hablaba.
A mí, como votante cabreado que no quiere dejar de votar, me molesta mucho. La mentira y la incompetencia. La manipulación y la ignorancia de aquellos en quienes supuestamente depositamos nuestra confianza. La semana del 23-J el diario El País publicó un artículo de Carmen Domingo titulado Ganar votos con mentiras. Obviando el sesgo del artículo, recuerda que gracias al PolitiFact, una organización sin ánimo de lucro para detectar fake news, supimos que el setenta por ciento de las afirmaciones realizadas por Donald Trump durante su campaña fueron falsas, pese a lo cual ganó, y pese a todo lo cual podría volver a hacerlo.
“Por desgracia, vivimos en un mundo en el que los políticos pueden desafiar los hechos, inventárselos incluso, y no pagar ningún precio político por hacerlo, consiguiendo desacreditar a la política al tiempo que la mentira acaba no solo cobrando mucha más importancia que la verdad, sino que se rentabiliza de mejor manera”. En la misma página de El País en la que se publica el artículo, se incluye otro de Soledad Alcaide, Defensora del Lector, sobre las críticas a Feijóo atribuidas por Xavier Vidal-Folch a la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen.
Cada uno barre para su casa, y pese a los desmentidos raudos y categóricos de la propia Comisión Europea y su gabinete, negando dichas palabras, para el periódico aquello fue «Una afirmación delicada sin contrastar». Otro modo de llamarlo. La “futbolización” de la política: los míos siempre dicen la vedad, aunque mientan, y los otros siempre mienten, aunque sus datos sean veraces. Una pena.
Como fue una pena comprobar a eso de las once de la noche que todos ellos, mentirosos, ignorantes, manipuladores y esparcidores de mierda, habían logrado polarizar la sociedad de tal modo que los “bloques” en ese momento estaban empatados a 171 escaños. En ese momento, mientras en Ferraz comenzaron a cantar el guerracivilesco “No pasarán”, las redes sociales de corte derechista hablaban de “pucherazo”, y a mí me entró un escalofrío por todo el cuerpo. Nunca pensé que llegaríamos a esto.
En estos últimos meses hemos visto cómo se han desprestigiado (con cagadas impropias de sus dirigentes y con mentiras de los opositores) instituciones básicas como la administración de Justicia, Correos, la Junta Electoral Central, Televisión Española (siempre estuvo sometida al partido en el poder), los medios de comunicación, el CIS, el Banco de España, Renfe o Adif (por la avería del domingo), incluso una entidad semiprivada como Indra, una empresa que se contrata de manera habitual en numerosos países para sus procesos electorales.
Todo vale contra el enemigo. Recordemos el “necesitamos un gobierno que no nos mienta” en plena jornada de reflexión y duelo tras el 11-M de 2004. En aquellos momentos de confusión, Ángel Acebes mantenía la autoría de ETA de los atentados pese a las primeras detenciones, y Rubalcaba y los suyos alentaron a los suyos a asediar sedes del PP de una manera nunca vista. Un periodista de prestigio (y clara afinidad ideológica) como Iñaki Gabilondo informó de aquella otra falacia de los terroristas suicidas con tres capas de calzoncillos para azuzar la batalla mediática, una mentira nunca contrastada de la que tuvieron que desdecirse tiempo después, como de tantas otras que los distintos medios dijeron esos días. Todo valía y todo vale, y además, todo parte de una consideración de la sociedad como imbéciles fácilmente manipulables. Que quizás sea cierto. Lo dije cuando gobernaba el PP y lo mantengo ahora, Nos toman por imbéciles.
Hace pocas semanas se ha inaugurado en el Espacio Fundación Telefónica una interesante exposición: Fake News, la Fábrica de mentiras. La exposición trata la creación de la mentira con sus distintos objetivos, algunas de las grandes fake news de la historia, las estrategias de desinformación, el papel de los medios de comunicación y los tan necesarios fact-checkers, los verificadores. En uno de los apartados, se habla de la Escalera de la manipulación definida en su día por Claire Wardle, experta en desinformación, quien distingue siete pasos o peldaños de menor a mayor en función del grado de deliberación del engaño:
Sátira o parodia.
Conexión falsa.
Omisión de contenido.
Contexto falso.
Contenido impostor.
Contenido manipulado.
Contenido fabricado.
Por desgracia, cada día tenemos menos parodia, menos humor, y más contenido fabricado o manipulado. Tomé la foto con la que empieza este post a la entrada de la exposición y cada frase (Platón, Orwell, Huxley, Goebbels) da más miedo que la anterior. La información circula a toda velocidad por el mundo y apenas hay tiempo para combatir la desinformación y la mentira. El ministro de propaganda del régimen nazi, Joseph Goebbels, acertó con sus once principios de la propaganda, y me preocupa el de la vulgarización: el mensaje debe ir dirigido al menos inteligente de los individuos que va a recibirlo. Como el principio de la simplificación. Qué drama.
Vuelvo a las mentiras y a las campañas electorales. Hay una serie de partidos que no mienten nunca, o que cumplen lo que proclaman: son los nacionalistas. Han dejado bien claro que les importa muy poco la gobernabilidad de España y la situación económica o social de fuera de sus territorios. Saben que sus votos valen más que los de otros partidos, que son fundamentales para la investidura, van a exigir contraprestaciones, algunas de ellas inasumibles, y así se lo han hecho saber a los dos principales partidos desde hace décadas. El mismo sistema suicida en el que llevamos anclados desde hace décadas.