Una hora, veinticinco años

LESTER, 31/10/2021

«A las tres serán las dos», «no olviden retrasar sus relojes esta noche» y todos esos topicazos que escuchamos con cada cambio de hora. El que menos me gusta es ese de «¡dormimos una hora más!», pronunciado con euforia, como si pasar esa hora extra de regalo planchando la oreja fuera motivo de celebración. Prefiero verlo como un día de veinticinco horas, y visto de ese modo, sí disfruto, aplaudo y aprovecho el cambio de hora de otoño porque da para mucho más. Los días de veinticinco horas son una gozada, del mismo modo que el día del año que apenas dura veintitrés, allá por la primavera, es un estropicio en el que te falta tiempo para todo.

«Pierde una hora por la mañana y la estarás buscando todo el día».

(Richard Whately)

Claro que el problema no es tanto el tiempo del que disponemos como el uso que hacemos del mismo, su aprovechamiento. Ya lo dijo un sabio: «Cada uno decide qué hacer con el tiempo que le es dado». Lo sé, la cita no es de ninguno de los grandes pensadores habituales que se utilizan de manera permanente para estas cosas, sino de Gandalf el Blanco en El señor de los anillos.

«El tiempo es la sustancia de que estoy hecho. El tiempo es un río que me arrebata, pero yo soy el río». Con esta cita de Jorge Luis Borges comienza el capítulo El río de la conciencia del libro de Oliver Sacks del mismo título, y a lo largo del capítulo contrapone la visión del tiempo como un movimiento continuo, fluido, imparable, con la de otros autores como David Hume y William James, que lo consideran como una sucesión de momentos puntuales.

Sea como fuere, como considera Borges o como explica Hume, parece evidente que hay que disfrutar el momento presente, aquí y ahora, no anclarse en el pasado, ni fiarlo todo a un futuro que llegará y no será como habíamos imaginado. Los momentos de calidad, como en el cuento breve El buscador, de Jorge Bucay. Recomiendo leerlo completo. Por simple que pueda parecer coincido con el mensaje que expresa. Narra la historia de un individuo que llega a un pueblo y, al pasar por el cementerio, descubre con estupor lápidas con inscripciones como:

Abdul Tareg, vivió 8 años, 6 meses, 2 semanas y 3 días

Yamir Kalib, vivió 5 años, 8 meses y 3 semanas

«El buscador se sintió terriblemente conmocionado. Aquel hermoso lugar era un cementerio, y cada piedra era una tumba.
Una por una, empezó a leer las lápidas.
Todas tenían inscripciones similares: un nombre y el tiempo de vida exacto del muerto.

Pero lo que lo conectó con el espanto fue comprobar que el que más tiempo había vivido sobrepasaba apenas los once años…
Embargado por un dolor terrible, se sentó y se puso a llorar.

El cuidador del cementerio pasaba por allí y se acercó. Lo miró llorar durante un rato en silencio y luego le preguntó si lloraba por algún familiar.
-No, por ningún familiar —dijo el buscador—. ¿Qué pasa en este pueblo? ¿Qué cosa tan terrible hay en esta ciudad? ¿Por qué hay tantos niños muertos enterrados en este lugar? ¿Cuál es la horrible maldición que pesa sobre esta gente, que les ha obligado a construir un cementerio de niños?

El anciano sonrió y dijo:
– Puede usted serenarse. No hay tal maldición. Lo que pasa es que aquí tenemos una vieja costumbre. Le contaré…:

“Cuando un joven cumple quince años, sus padres le regalan una libreta como esta que tengo aquí, para que se la cuelgue al cuello. Es tradición entre nosotros que, a partir de ese momento, cada vez que uno disfruta intensamente de algo, abre la libreta y anota en ella:

A la izquierda, qué fue lo disfrutado.
A la derecha, cuánto tiempo duró el gozo.

Conoció a su novia y se enamoró de ella. ¿Cuánto tiempo duró esa pasión enorme y el placer de conocerla? ¿Una semana? ¿Dos? ¿Tres semanas y media…?

Y después, la emoción del primer beso, el placer maravilloso del primer beso…¿Cuánto duró? ¿El minuto y medio del beso? ¿Dos días? ¿Una semana? ¿Y el embarazo y el nacimiento del primer hijo…?

¿Y la boda de los amigos? ¿Y el viaje más deseado? ¿Y el encuentro con el hermano que vuelve de un país lejano? ¿Cuánto tiempo duró el disfrutar de estas situaciones? ¿Horas? ¿Días?

Así, vamos anotando en la libreta cada momento que disfrutamos… Cada momento.

Cuando alguien se muere, es nuestra costumbre abrir su libreta y sumar el tiempo de lo disfrutado para escribirlo sobre su tumba. Porque ese es para nosotros el único y verdadero tiempo vivido”.

El tiempo. Queremos atraparlo, controlarlo, pero se nos escapa como el agua entre los dedos. Por algo el libro de H.G. Wells sobre la máquina del tiempo se titulaba como el sueño del autor: El tiempo en sus manos. O como el libro de Félix Torán El tiempo en tus manos, un elogio del momento presente y la atención plena a lo que hacemos, el mindfulness tan de moda. Y una crítica a todos los que dicen que «necesitaría que el día tuviera 25 horas». Pues comienza aprovechando los próximos cinco minutos.

– El tiempo es relativo.

– ¿Pero qué coño dices, Albert?

– Tienes tres meses para acabar tu tesis doctoral.

– Pero… ¡profesor! ¡Tres meses no es nada, no me da tiempo!

– ¿Cuánto llevas sin echar un polvo?

– Tres m… ¡es usted un genio, señor Einstein!

Para terminar de complicarlo todo, cuando creemos que un minuto es un minuto, y una hora contiene sesenta de esos minutos, llega Einstein y te dice que el tiempo es relativo. Que se puede alargar, estirar, contraer… que en el mismo influye la gravedad, o que cuanto más rápido vayas, más lento envejeces. La putada extrema que nos cuenta Interstellar, en la que una hora en el planeta de agua equivale a siete años en la órbita. Recuerdo lo que me angustió ese momento. Las tres horas de McConaughey y la Hathaway que se convierten en más de veinte años para el compañero que los espera en la nave. No puede ser, no se te puede ir la vida esperando algo, o no puedes decir «ya lo haré cuando tenga tiempo». Como tanta gente que anhela la jubilación y luego no saben qué hacer con el tiempo que tienen porque no se han preparado para el momento de levantarse por las mañanas y ser dueños de su tiempo. El momento es ahora.

Este fin de semana mi mujer y yo cumplimos veinticinco años felizmente casados. Si empleo la visión de Borges, el río me lleva rápido, pero por paisajes preciosos. Si me voy a los momentos puntuales de Hume, ha habido muchos: el nacimiento de nuestros hijos, todos los viajes por el mundo, las comidas con la familia, las cenas con los amigos, nuestros momentos de intimidad, o para ir al cine o tomarnos un vino para charlar de cómo había ido el día. Tanto tiempo En busca de la tranquilidad que encontré con ella.

Si llevara una libreta como en el cuento de Bucay, seguro que me salían muchos años de tiempo real vivido. Si hablara del pasado, presente y futuro con un objetivo y una visión, como decía Félix Torán, hemos dejado atrás muchos momentos felices, tres hijos, cuatro libros escritos y seis árboles plantados entre ambos, disfrutamos este puente presente con el embobamiento de los novios cuya condición de tales acaban de adquirir, y miramos hacia un futuro repleto de proyectos por delante.

Y si el tiempo es relativo, como dice Einstein, estos veinticinco años, cariño, se me han pasado volando. Vamos a por los siguientes veinticinco.

Aquellas medidas imprescindibles

JOSEAN, 27/10/2021

Se acerca el final del año de la recuperación, o del inicio de la recuperación, o bien, del inicio de poner las bases para la recuperación futura, depende de lo optimista o pesimista que sea uno, y me ha parecido un momento adecuado para ver qué ha ocurrido con varios de los asuntos que hemos tratado en el blog en meses y años anteriores, relacionados todos ellos de un modo u otro con las cuentas públicas.

  • La recaudación de la llamada «tasa Google»: el impuesto sobre determinados servicios digitales recogía en su Memoria de Impacto una serie de cálculos «a globo» según los cuales se preveía recaudar entre 600 y 1.258 millones de euros. Recordad que ese amplio margen de error se hizo previendo «una tasa de actualización de las cifras muy alta». Lo que parece que finalmente será «muy alta» es la desviación prevista en la recaudación. Si extrapolamos los 92 millones recaudados en el primer semestre a la totalidad del año, nos quedaríamos en una cifra entre el 14% y el 30% de lo inicialmente estimado. La vida de este impuesto será corta y poco exitosa, pues tendrá que desaparecer cuando entre en funcionamiento el pacto global de la OCDE sobre el régimen fiscal de las grandes multinacionales. Esta misma semana hemos conocido el acuerdo entre los gobiernos de España, Francia, Italia, Austria y Reino Unido con el estadounidense para eliminar este impuesto el 31 de diciembre de 2023 como muy tarde. La presión de Estados Unidos con amenazas arancelarias a los productos europeos ha forzado este acuerdo y dicho plazo, pues a partir del mismo entrará en vigor el impuesto pactado en el marco de la OCDE y el G-20.
  • El impuesto a las transacciones financieras, o la mal llamada «tasa Tobin»: la recaudación esperada por este impuesto para la totalidad del año era de 850 millones de euros. Sin embargo, tuvo ciertos problemas en su puesta en funcionamiento, que llegó a retrasarse hasta dos veces, lo que seguramente ha influido en su baja recaudación del primer trimestre. Según el informe de recaudación publicado por la Agencia Tributaria, la cifra fue de apenas 150 millones de euros, lo que, de mantenerse la tendencia, supondría alcanzar a final de año un 35% de lo estimado inicialmente.
  • Los pleitos planteados por grandes fondos de inversión tras los cambios regulatorios del sector eléctrico en 2010 y especialmente en 2013 se están resolviendo en su mayoría de manera desfavorable para los intereses del Estado español. Esta semana hemos sabido que Endesa, Iberdrola y Acciona no han acudido a la subasta de renovables por la «falta de seguridad jurídica» del sector, tras las sucesivas reformas, las vigentes y las recientes, tras las que se prevén nuevos conflictos judiciales. En 2016 dediqué un post completo a las sospechosas resoluciones que se estaban dando en España sobre estos asuntos y a cómo estas reclamaciones estaban llevando a nuestro país al primer puesto del triste ranking de litigios en el CIADI (Centro Internacional de Arreglo de Diferencias relativas a las Inversiones). La seguridad jurídica salta por los aires, decía, y los litigios están llegando a su resolución.
No he sido capaz de encontrar una cifra fiable del importe de las indemnizaciones que tendrá que afrontar el Estado español para hacer frente a los pleitos planteados, pero parece que será (afortunadamente) sensiblemente inferior a los 15.000 millones de euros estimados en su día. Pese a haber ganado los dos primeros litigios a dos filiales extranjeras de Isolux, el goteo inicial era doloroso:
Mayo de 2017: Eiser, indemnización de 128 millones más intereses. Aun así, sensiblemente inferior a los 300 millones reclamados.
Febrero de 2018: Novenergía, pago de 58 millones más intereses.
Mayo de 2018: Masdar Solar, condena al pago de 64 millones más intereses. El fondo de Abu Dabi reclamaba un importe superior a los 250 millones de euros.
Junio de 2018: Fondo Antin. Condena al pago de 112 millones de los 218 reclamados inicialmente.

Este otro artículo de 2019 cifraba la cantidad que España tendría que pagar por los 45 litigios interpuestos en unos 7.000 millones de euros y avisaba de los fichajes de altos cargos de la Administración realizados por varios de los despachos de abogados a cargo de las demandas contra el Estado. Esas «otras puertas giratorias». La mayoría de estos inversores son fondos extranjeros que vieron sus inversiones comprometidas por las razones expuestas en el post, y en octubre de 2020 se zanjó un acuerdo con varios de ellos para arreglar las diferencias por unos 3.000 millones de euros.
  • El registro de jornada: en su día dediqué dos artículos a la normativa que trataba de controlar el horario de los trabajadores y que establecía un régimen sancionador para aquellas empresas que incumplieran la norma. El Real Decreto-ley tenía una serie de complicaciones y lagunas que no dificultaban el control, no solo por parte de las empresas (teletrabajo, viajes, formaciones, acceso a medios electrónicos…), sino de la inspección. Pese a ello, a los dos años de su puesta en funcionamiento, la Inspección había encontrado 8.616 infracciones, de las que resultaron 16.303.493 euros en sanciones. El período analizado cubre desde el 13 de mayo de 2019 (entrada en vigor) hasta el 12 de mayo de 2021, y sorprende el reparto en las sanciones:

2019: 2.940 infracciones. Importe: 6.327.769 euros.

2020: 4.120 infracciones. Importe: 7.226.615 euros.

2021: 1.556 infracciones. Importe: 2.749.106 euros.

El confinamiento y el teletrabajo no paralizaron la actividad inspectora y recaudatoria.

  • El mínimo del 15% en el Impuesto de Sociedades: los ataques a las empresas comenzaron en la época de Cristóbal Montoro y fueron continuados por la ministra Montero y el vice Iglesias. No podía ser que las grandes empresas pagaran menos del 7% en el Impuesto de Sociedades, nos decían, aunque para ello tuvieran que falsear y manipular los datos (Montoro miente y Las grandes corporaciones son malas), así que finalmente se aprobó un tipo impositivo mínimo del quince por ciento en el Impuesto de Sociedades. El anuncio tuvo efectos más propagandísticos que reales, porque una buena parte de los beneficios de las grandes empresas provenía de dividendos o del extranjero y, por tanto, ya habían pagado los impuestos correspondientes en otros países. Según cálculos presentados por la propia ministra de Hacienda María Jesús Montero hace un par de semanas, la nueva tasa mínima del Impuesto recaudará menos de 50 millones de euros en su primer año de vigencia. La cantidad que se esperaba recaudar era superior a los 400 millones de euros, pero tendrá que esperar como mínimo hasta 2023, en los pagos definitivos y no en los anticipos a cuenta del Impuesto. La ministra advertía de la baja recaudación de este impuesto, que «está aportando la mitad de lo que aportaba hace diez o quince años». Normal, cuando antes de 2008 los resultados de las empresas eran muy superiores a los actuales y no contaban con las bases imponibles negativas generadas tras esos años de crisis financiera o ahora con los impactos negativos de la Covid. Las pérdidas de las empresas se han convertido en un problema para la recaudación del Estado y el propio lenguaje de la ministra habla de «poner el foco en los créditos fiscales», como si las empresas celebraran o les viniera bien haber sufrido pérdidas.
Creo que es evidente que hay un patrón claro en todas las medidas aprobadas y en otras, como la subida del Salario Mínimo Interprofesional, y consiste en cargar sobre las empresas buena parte de los ajustes necesarios. Sin embargo, todas estas medidas, que no digo que no sean imprescindibles, o necesarias en muchos casos, inciden solo en la necesidad de incrementar los ingresos del Estado. La propuesta para implantar los peajes en las autopistas está en la misma línea y así aparece en los informes presentados a Europa para la obtención de los fondos del plan Next Generation. Sin embargo, se trabaja poco o muy poco sobre los ajustes o recortes en los gastos. También traté en su día sobre «el gran despilfarro» de gastos de las Administraciones, las «élites extractivas» que se perpetúan gobierno tras gobierno. Hace una semana, «con la que está cayendo», como se suele decir, nos desayunamos con un nuevo nombramiento de esos «imprescindibles» para afrontar los grandes problemas actuales de nuestra economía y sociedad:

En fin. Acaba de presentarse el Proyecto de Ley de Presupuestos Generales del Estado para 2022 y tanto el Banco de España como la Airef (Autoridad Independiente de Responsabilidad Fiscal) han cuestionado las premisas en las que se basan los mismos. Hace menos de un año dediqué dos artículos del blog a los Presupuestos presentados para el año 2021, y con todas las reservas del mundo, basándome en algunas premisas indirectas, concluí que parecían realizados como en las empresas que elaboran de manera forzada sus presupuestos: estimando de manera errónea los gastos, infravalorándolos, y “ajustando” luego a martillazos los ingresos para que cuadren con el objetivo que se pretende mostrar (que no alcanzar).

Parece evidente que determinadas políticas económicas terminan afectando a la competitividad de las empresas españolas. Por hacer un breve recopilatorio del sector energético: Naturgy ya tiene más de la mitad del capital en manos extranjeras, Endesa pasó a ser italiana hace tiempo, Sacyr ha dejado de ser el principal accionista de Repsol, y Cepsa ha cambiado de consejero delegado por decisión de los principales accionistas (el fondo anglosajón Carlyle y el holding emiratí Mubadala). Lo recordaba con preocupación este artículo reciente de La Vanguardia, Hablando de soberanías. Los grandes grupos están tocados y no les queda otra que desinvertir o enfocarse en otros mercados en los que se consideran mejor tratados (aquí dejo un resumen de las principales desinversiones de ACS, FCC; Ferrovial y OHL). Una pena.

El mercado de humos

JOSEAN, 17/10/2021

Vaya por delante que no soy ningún experto en la materia y que es muy posible que cometa errores, por más que haya tratado de documentarme sobre el tema, así que agradeceré al amable lector que me corrija cualquier imprecisión que haya cometido en este post. No voy a hablar de la factura de la luz, ni del disparatado precio del megavatio hora con el que nos desayunamos cada mañana, pero sí de uno de los componentes del mismo que me resultan más ininteligibles: el precio de los derechos de emisión.

La tarifa de la luz que se paga en los hogares se compone de dos grandes capítulos:

  • El coste de la energía, que se establece mediante una subasta en el llamado mercado spot, mercado mayorista.
  • Los costes regulados, donde entra toda la «política» de los gobiernos anteriores y presentes: impuestos como el IVA y los de la producción, el déficit de tarifa de la época de Aznar, las primas a las renovables de los tiempos de Zapatero, la moratoria nuclear, los cierres del carbón, los peajes de transporte y distribución, alquileres de contadores, los sobrecostes de producción no peninsular, costes de comercialización,…

Según un estudio del Banco de España publicado en agosto de este año (cuando el precio del megavatio hora era aproximadamente la mitad del actual), el cincuenta por ciento del incremento del precio de la electricidad se debe al encarecimiento del gas, y entre un veinte y un veinticinco por ciento es culpa de la subida del precio de los derechos de emisión. Luego estas dos variables explican tres cuartas partes de la acongojante subida, una subida que no solo afecta a las familias y particulares, sino a todo el tejido empresarial.

Sobre el precio del gas y las alternativas (ninguna en el corto plazo) ya han escrito mucho los expertos en la materia y no me voy a extender. Está totalmente desbocado debido al crecimiento de la demanda (fundamentalmente de Asia), la menor producción, las menores reservas existentes y los conflictos en países productores. Es algo que entra en mi obtusa cabeza: un bien escaso y necesario que sube de precio por el incremento de las necesidades de los países occidentales y ahora también de los asiáticos.

¿Pero a qué se debe el crecimiento no menos desbocado de los derechos de emisión? Los derechos de emisión son un coste que las empresas emisoras de CO2 deben afrontar y constituyen la aplicación práctica del principio de «quien contamina, paga». El primer mercado de derechos de emisión fue creado por la Unión Europea tras los acuerdos establecidos en el protocolo de Kioto de 2005. Según la web del Ministerio para la Transición Ecológica, este mercado «Cubre, en los 27 Estados miembros, las emisiones de CO2 de las siguientes actividades: centrales térmicas, cogeneración, otras instalaciones de combustión de potencia térmica superior a 20MW (calderas, motores, compresores…), refinerías, coquerías, siderurgia, cemento, cerámica, vidrio y papeleras». Se ven afectadas por el mismo más de 10.000 instalaciones y más de 2.000 millones de toneladas de CO2, «en torno al 45% de las emisiones totales de gases de efecto invernadero en la Comunidad». ¿Solo el 45%? En fin. Sé que hay entidades que calculan las emisiones de cada instalación y agencias verificadoras de las mismas, pero desde que se creó no dejo de pensar que se trata de un mercado de «humo» de difícil control y seguimiento, pero, ¿por qué ha subido el precio de estos derechos?

El Acuerdo de París de 2015 tenía como objetivo lograr en 2030 una reducción del cuarenta por ciento de las emisiones en comparación con las cifras de 1990. Básicamente el Acuerdo pretendía fomentar el uso de energías renovables, menos contaminantes, por la vía de penalizar la producción basada en el uso de combustibles fósiles. Los derechos de emisión tenían una cierta estabilidad de precios en el mercado. Hace apenas tres años, el precio se movía entre los 6 y los 8 euros por tonelada, y en los años precedentes estuvo entre los 3 y los 4 euros, lo que hacía que fuera barato producir con tecnologías más contaminantes. La gráfica de lo ocurrido en 2021 con el precio de estos derechos recuerda a la cotización de las acciones de algunas compañías durante los años de la burbuja de las tecnológicas:

El precio ha llegado a superar los 60 euros por tonelada. Para el que quiera seguir la evolución de este curioso indicador, tiene la web del Sistema Europeo de Negociación de CO2, Sendeco2. Lo que ha sucedido para alcanzar esta locura es que el pasado mes de diciembre, el Consejo Europeo aprobó un acuerdo vinculante para elevar esos objetivos de reducción desde el 40% al 55%, y a menores derechos, lógicamente, mayores precios, puesto que las compañías tienen que adquirirlos para compensar sus emisiones. Pero no sé si solo esa decisión es la causante del incremento tan brutal, sino que, como apunta el Banco de España, «La escalada de los precios ha sido de una magnitud tan elevada (un 71% entre diciembre de 2020 y junio de 2021) que, según algunos analistas, no puede descartarse que exista un componente especulativo significativo».

Hace poco más de un mes leí este artículo del Wall Street Journal que decía que las compañías norteamericanas estaban calculando sus emisiones, pero que las mismas podían ser «tricky», es decir, directamente tramposas. Ponía ejemplos de Apple, Procter & Gamble o el (especialmente llamativo) caso de Microsoft, que había «recalculado» sus emisiones de 22 millones de toneladas a solo 11 por la aplicación de otra metodología de cálculo. Sé que no es lo mismo el mercado europeo que el norteamericano, y que sus cálculos tienen como objeto reportar a la SEC y a sus inversores de acuerdo con parámetros de sostenibilidad, pero no deja de ser significativo lo que el artículo explica acerca del cachondeo de la medición de las emisiones.

El artículo concluye destacando el hecho de que en Estados Unidos no hay un procedimiento estándar de verificación, ni quiénes deben realizarlo. La mayoría de empresas del S&P 500 realizan sus análisis con empresas de ingeniería o consultorías, generalmente menos rigurosas (según el artículo) que las auditoras externas de reportes financieros. Pero insisto, es Estados Unidos, y el objeto de estas mediciones es diferente al mercado europeo. ¿Y China? El dragón rojo, el país que más contamina del mundo con diferencia (el doble que Estados Unidos, según ClimateTrade) puso en marcha este verano de 2021 su mercado de derechos de emisión, que en una primera fase afectará solo a las empresas energéticas, responsables de la séptima parte de las emisiones totales del planeta. Será el mayor mercado del mundo y esperemos que, aunque tarde, sirva para reducir de manera considerable las emisiones del gigante asiático antes de 2030, un tema que no entraba entre sus prioridades.

El gráfico es ilustrativo: mientras la Unión Europea realiza esfuerzos para reducir sus emisiones, China las multiplica de manera exponencial sin reparo. Un factor más que añadir a la hora de explicar la falta de competitividad de las empresas europeas.

Lo curioso de este mercado de humos, perdón, de derechos de emisión de CO2, es que el gran beneficiado por su exorbitante incremento es precisamente el Estado, que percibirá en 2021 unos ingresos de unos 3.526 millones de euros, cuando la estimación de principios de año era de apenas la mitad, 1.700 millones. El incremento del precio de la luz ha tenido como efecto colateral positivo que el Estado haya visto incrementados sus ingresos por IVA, por costes de producción, por derechos de emisión de CO2 y por impuestos especiales, ingresos que van a compensar el fiasco de la recaudación por otros impuestos, como las llamadas tasas Google y Tobin, que apenas han recaudado un veinte por ciento de lo estimado inicialmente.

El incremento de los ingresos del Estado por la subida del precio de la luz da un margen al gobierno para adoptar medidas que contribuyan a paliar sus efectos sobre los particulares, y por ese motivo, en palabras del presidente Pedro Sánchez esta misma semana, nos «devolverán» en el recibo de diciembre buena parte del sobrecoste cargado en los meses anteriores. Nos lo venderán como una paga extra de Navidad, estoy convencido de ello, pero lo veo más bien como una devolución de un anticipo.

Voy cerrando ya el post, que es fin de semana, hora valle, y si sigo escribiendo hasta mañana se me triplicará o cuadruplicará el coste del consumo. Del cálculo de las emisiones que he necesitado para la escritura de este artículo, que hablen los gurús.

El futbolista coge la pluma (II)

BARNEY, 09/10/2021

Retomo las críticas al Mundial de Catar 2022 de la primera parte y comienzo esta segunda con la carta de un futbolista que ha dicho que no va a acudir a esa cita deportiva, el alemán Toni Kroos. Llama la atención que se retire de la selección con apenas 31 años, una edad que, en los tiempos actuales y si el futbolista se ha cuidado bien, permite seguir muchos años más a un alto nivel (ahí están los ejemplos de Cristiano, Messi o Modric, por ejemplo). En la carta de despedida explica claramente sus motivos, si bien yo quiero entender que hay algo de crítica hacia la organización del Mundial en ese país («Tenía claro durante mucho tiempo que no estaría disponible para la Copa del Mundo de 2022 en Catar»). Los motivos que esgrime el centrocampista alemán son más que entendibles: quiere centrarse en sus objetivos con el Real Madrid, pasar más tiempo con su familia (mujer y tres hijos) y sobre todo, disfrutar «deliberadamente descansos que no existen como jugador nacional desde hace once años«.

Un calendario cargado de partidos, viajes de un lado a otro del globo, concentraciones, cada vez más competiciones y más largas (Champions, Confederaciones, Liga de Naciones, clasificaciones infumables contra selecciones de países inexistentes, amistosos más incomprensibles aún,…) y unos futbolistas que no son máquinas que puedan competir todo el año al más alto nivel. En el caso de las selecciones nacionales se produce una situación terriblemente injusta para los clubes, situación que se tolera por culpa de las normas trasnochadas y casi me atrevo a decir que «feudales» de los dirigentes de la UEFA, la FIFA y las federaciones nacionales. Estos organismos, cuyos dirigentes han sido investigados y/o condenados por corrupción en un porcentaje similar al de los dictadores caribeños o africanos, se permiten usufructuar, utilizar de manera casi gratuita, robar, expropiar (elijan Vds. el adjetivo) los mayores activos de los clubes de fútbol: los futbolistas. Y los clubes de fútbol son, salvo excepciones como el Real Madrid, el Barça o el Athletic de Bilbao, grandes empresas, multinacionales propiedad de sus accionistas e inversores que querrán aunar el rendimiento deportivo con el económico. Pues nada, les importa un carajo: partidos contra Kosovo, Islas Féroe o Gibraltar en mitad de las competiciones de liga o Champions. Y luego si los jugadores se lesionan, como ha ocurrido recientemente con Bale, Ceballos y Hazard en el Madrid, que apechuguen los clubes, que se pasen meses y jornadas pagando sueldos estratosféricos sin poder disfrutar de sus jugadores.

Los jugadores no son máquinas y necesitan descansar, como decía Toni Kroos, y resulta habitual que haya un bajón en los rendimientos de las principales figuras durante la temporada posterior a un Mundial. Pero ese problema ya no le atañe a los prebostes del fútbol mundial. El negocio es rentabilísimo para la FIFA, nos ha j… tan rentable que su máximo dirigente, el italiano Gianni Infantino, ha propuesto que el Mundial se celebre cada dos años, en lugar de hacerlo cada cuatro. Dentro de lo poco que nos gusta a algunos esta propuesta, Infantino ha dicho una cosa repleta de sentido común: «se juegan demasiados partidos irrelevantes a lo largo del año».

Sin embargo, sospecho que el interés de los dirigentes de la FIFA, que han aprobado la propuesta por 166 votos a favor y solo 22 en contra, va más por el lado pecuniario que se mueve en las adjudicaciones que por el fomento del deporte y el fútbol como espectáculo de masas. Infantino indica que la propuesta se debe a que «es una manera de promocionar el fútbol. Hay que estudiar qué podemos hacer para estimular el fútbol», pero eso no se arregla con un Mundial de 48 países cada dos años en el que tengamos un Togo-Honduras o un China-Nueva Zelanda (con todo mi respeto para estas selecciones), sino cambiando el Reglamento de un deporte cuyos partidos resultan cada vez más soporíferos y con menor tiempo de juego efectivo (aquí algunas propuestas personales). Los dirigentes del fútbol mundial están perdiendo a los jóvenes y no creo que eso se arregle con un incremento de los partidos internacionales de selecciones, sino con una reflexión profunda sobre el juego en sí, para la cual es básico contar con los jugadores en perfecto estado de salud y forma física.

¿Y los futbolistas, qué tienen que decir de ello? El «sindicato» de futbolistas profesionales, FIFPRO (Federación Internacional de Futbolistas Profesionales), contestó en un comunicado de su portavoz Jonas Baer-Hoffmann que «los jugadores tienen unos límites fisiológicos naturales, y un interés inherente en el avance sostenible del juego: el éxito del deporte depende de su bienestar físico y mental. Lo que decidimos en los altos niveles del juego repercute en miles de profesionales de todo el mundo. Todo plan para extender las competiciones debe integrar su experiencia y opiniones a nivel colectivo».

Recordemos que cuando hace unos pocos meses surgió la propuesta de crear una Superliga de clubes a nivel europeo con el objeto de incrementar el número de partidos de interés entre los mejores clubes (lo que a la larga conllevaría forzosamente la disminución del número de partidos en ligas nacionales), el presidente de la UEFA Aleksander Ceferin y sus secuaces saltaron con aquel mensaje hipócrita del «Football is for the fans». Precisamente los fans a los que desprecian tolerando unas normas diferentes para los clubes-estado frente a los tradicionales (Real Madrid, Bayern de Múnich, Barcelona o Juventus de Turín).

Esta semana hemos conocido la noticia de que el jeque de Arabia Saudí Mohammed Bin Salman ha comprado el Newcastle, lo que convierte al modesto club de la Premier en el equipo que tiene al dueño con la mayor fortuna del mundo, diez veces superior a la de los fondos emiratíes y cataríes propietarios del Manchester City y el PSG, clubes que han asaltado el mundo del fútbol con sus petrodólares. Mohammed Bin Salman es el mismo tipo cuyos agentes estuvieron tras el asesinato del periodista Jamal Kashoggi en la embajada de Estambul y se llevaron sus restos descuartizados en valijas diplomáticas, pero «football is for the fans» y los aficionados del Newcastle corrieron jubilosos al estadio a celebrar que ahora su equipo del alma pertenece a una dictadura en los primeros puestos del ranking internacional de desprecio a los derechos humanos. Como escuché a Richard Dees de manera brillante en El Radio de esta semana: «Football is for the funds».

Cualquiera que siga este blog sabrá que me gusta el fútbol, sobre todo el de antaño, y cada vez menos los futbolistas. Han sido muy pocos los que han levantado la voz en contra del Mundial de Catar, como Tim Sparv, o del dineral que viene de grandes fortunas de Oriente Medio. Al fin y al cabo todos ellos se verán beneficiados del riego de millones sin importar su origen o la desigualdad competitiva que puede crear. Pero los futbolistas son figuras públicas cuyos movimientos pueden tener gran repercusión, como pudo verse hace un año con la carta de Marcus Rashford a los miembros del Parlamento británico solicitando que se mantuviera la ayuda de comedor a las familias sin recursos durante el verano post-pandemia.

Rashford sabía bien de lo que hablaba puesto que en su familia había tenido que criarse recurriendo a esas ayudas públicas: «Mi madre trabajaba todo el día ganando el salario mínimo para asegurarse de que siempre había una comida en la mesa por las noches, pero eso no era suficiente». La difusión masiva de su carta, el apoyo de numerosas personalidades y (por supuesto que sí) el rédito político que podían obtener del debate creado lograron que el gobierno de Boris Johnson rectificara y mantuviera su apoyo financiero para las familias desfavorecidas.

Los futbolistas son (aparte de niñatos millonarios e incultos en un porcentaje muy elevado) tipos de los más influyentes del mundo, influencers con millones de followers, o como se diga ahora, ojalá se aprovecharan sus esfuerzos para promover causas justas y no regímenes totalitarios. Marcus Rashford tiene como compañero en el Manchester United a un gran tipo como Juan Mata, uno de los pocos futbolistas a los que he visto declarar abiertamente que es un privilegiado que gana mucho más dinero del necesario y de lo que podría necesitar. En su famosa carta de agosto de 2017 A common goal hablaba con la pasión de un niño que quería triunfar en el fútbol, un chaval cuya ilusión era seguida por su padre y su abuelo por varias escuelas de formación y equipos, un jugador que ya en el Chelsea y tras recibir un gol en contra en los últimos minutos de una final de Champions contra el Bayern se dirige a Drogba y le dice simplemente que «crea» en la remontada con la ilusión de ese chico de barrio, como ocurrió.

«Pienso en todo lo que el fútbol me ha dado». «Sé lo afortunado que fui por tener las oportunidades que tuve, pero no todo el mundo tiene una familia como la mía». «Quiero asegurarme de que todos los niños puedan tener las oportunidades que yo tuve», para lo cual proponía iniciar un movimiento que cambiara por completo el mundo del fútbol: el proyecto Common Goal. Un fondo que se nutriría con el uno por ciento del salario de todos los futbolistas que se sumaran a la propuesta y que se destinaría a fines sociales gestionados por una serie de ONGs en varios países. Tres años después se habían sumado apenas unos 150 futbolistas (Giorgio Chiellini, Mats Hummels y Kasper Schmeichel, entre los más famosos) y algún club modesto danés, pero el proyecto corre el peligro de ser absorbido por el lavado de cara de los dirigentes del fútbol mundial: Aleksander Ceferin se ha sumado a la propuesta, así como Ronaldo Nazario, abducido por Infantino y la FIFA para promover el Mundial cada dos años.

El mundo del fútbol es tan falso que podemos ver a Ceferin hablando de los derechos humanos o del interés de los fans, a Al-Khelaifi hablando de ética y a Maradona en un partido contra la droga, aunque sabemos en qué equipo.

Volver al asfalto

LESTER, 01/10/2021

Empecemos por cambiar ese eslógan por el de «Slower than ever».

Había ganas de volver a una carrera popular, ya fuera de diez kilómetros o un maratón completo como el del pasado domingo en Madrid. Había ganas de rodearse de esforzados corredores con la intención de pasar un buen rato (o sufrir), escuchar esa música atronadora e hiper motivadora por los altavoces y salir a disfrutar de una mañana que se despertó radiante. Sol y muy buen ambiente, ¿quién quería más? Las dudas acerca de cómo respondería el cuerpo tras tantos meses de parones, confinamientos, virus y en algunos casos, lesiones.

Si me paro a pensar que en marzo y abril estaba con sesiones de fisio y molestias en cada pisada, y que hasta el 26 de mayo no me puse a correr de nuevo, el hecho de haber completado los 42 kilómetros el domingo pasado, aunque fuera con un tiempo horrible, me suponen una enorme satisfacción. Quizás tanto como aquella primera vez hace ya diecisiete años en el Mapoma, ese Mapoma al que definí como «…una antigua novia a la que le dediqué mucho tiempo e ingentes esfuerzos, a la que le tengo un enorme cariño pese a lo mucho que me hizo sufrir, y a la que vuelvo cada cierto tiempo porque los buenos recuerdos, como en el amor o las relaciones de pareja, superan con creces el dolor».

Cuando todo nuestro mundo saltó por los aires en marzo de 2020, me pilló en muy buena forma y en plena preparación de este mismo maratón, pero todo ha cambiado tanto en este tiempo que lo importante era volver, ganar otro terreno hasta hace poco vedado (las concentraciones multitudinarias) y olvidarnos de marcas, forma física y mejorar. En mayo estaba en 82 kilos y tras un esforzado verano he conseguido ganar. A la báscula, pero también ganar a la pereza, a la desidia, al hecho de ver que mis ritmos estaban muy lejos de los que tenía en el pasado. A ganar en el sentido de Haile Gebreselassie:

“Se necesitan tres cosas para ganar: la disciplina, el trabajo duro y, por encima de todo, tal vez, el compromiso. Nadie va a lograrlo sin las tres. El deporte te enseña eso”.

Pues si hago caso a uno de los más grandes de todos los tiempos, si no el que más, con el permiso de Bekele y Kipchoge, el domingo gané. Recuperé sensaciones, pasé el medio maratón en 1h. 55 minutos, al ritmo previsto de 5m. 30s. por kilómetro, y luego… el hundimiento. Pero disfruté, sonreí con la animación, agradecí cada muestra apoyo del numeroso público y atravesé la meta, pese a que nunca estuve tan cerca de pensar que no lo haría. Las piernas daban para lo que daban, así que preferí dejarme llevar por la cabeza y tomarme de manera humorística ese bajón. El relato que compuse se publicó el lunes pasado en La Galerna y todo lo que cuento es verídico. Especialmente ese final, la conclusión de un proyecto.

Aquí lo dejo: La Galerna en el maratón de Madrid.

Ahora que he pasado de categoría (+50) y con estas marcas, solo puedo aspirar a mejorar. Ya estoy pensando en el próximo.