Ya que no podemos arreglar el mundo, hablaremos de lo que nos interesa: la política y los políticos, el fútbol, el cine, y todo lo que nos molesta, acompañados por unas jarras de cerveza. Bien fresquitas, por supuesto
Planes propuestos por el club de lectura, cine y documentales El club de los currelas muertos para no ver el mundial de la infamia de Catar.
Ayer se cumplieron dos años de la muerte de Diego Armando Maradona a la edad de sesenta años, una muerte prematura sin duda, pero que a nadie extrañó dada la vida de excesos que había llevado. En todos los sentidos. De lo más alto, de la idolatría de un país y una ciudad entera, al descenso a los infiernos de las drogas, las denuncias por fraude fiscal, la convulsa vida familiar y las broncas constantes con buena parte del mundo. Dejó grandes frases, pero destaco esta que define lo que representó:
«Cuando llegué a Nápoles, me recibieron 85 000 personas. Cuando me fui, estaba completamente solo».
Para muchos aficionados al fútbol, fue el jugador más grande de todos los tiempos, THE GOAT, como gusta decir ahora. En este blog ya tuve ese mismo debate y dejé mis opiniones sobre un asunto que me atrae bien poco. Hablar acerca de quién fue el mejor de la Historia cuando las épocas resultan incomparables, los rivales y compañeros, el estilo de juego, incluso los materiales y el Reglamento, me parece banal. Las opiniones siempre resultarán subjetivas y la objetividad de los datos nunca permitirá alcanzar un resultado concluyente. Capdevila tiene más mundiales que Messi, y Mariano tiene en su palmarés más Champions que Ronaldo Nazario, ¿y?
Maradona fue excesivo en todo. En calidad, en polémicas, en carisma, en ganas, en bocazas, en capacidad para soportar la violencia de los rivales, pero también en su propia agresividad. Hoy propongo el documental Diego Maradona, estrenado por HBO, del cual os dejo el enlace. En Barcelona fue cazado por Andoni Goikoetxea y en su paso por España demostró cómo era capaz de gastarlas cuando el partido se volvía barriobajero (recordad el vergonzoso final de Copa del Rey frente al Athlétic). Fue en Italia donde desplegó su mejor juego y en México 86 donde concentró todo el fútbol del mundo en su bota izquierda.
En Italia tuvo que lidiar con defensas que se comportaban contra él con una dureza que no vemos hoy en ningún campo, pero logró que un recién ascendido como el Nápoles se proclamara campeón del Scudetto y de la Copa de la UEFA. No soy muy fan de la película de Paolo Sorrentino Fue la mano de Dios, pero sí me gustó toda lo que cuenta acerca de lo que representó la llegada del argentino a la ciudad napolitana. Una muestra de orgullo para sus ciudadanos, que pasaron a sentir que podían enfrentarse al Norte rico que los miraba con desdén, un boom para el comercio y los visitantes, un impulso para toda la ciudad. Fue como poner a Nápoles en el mapa del mundo.
La historia de Maradona en los Mundiales fue como un resumen de su vida moviéndose en los extremos:
España 82: tras una buena primera fase, sufre un marcaje criminal de Gentile en el partido contra Italia y acaba expulsado por una agresión en el partido frente a Brasil.
México 86: para mí personalmente, la mejor actuación individual en unos mundiales. Diego fue capaz de llevar a su selección con actuaciones memorables frente a Inglaterra y Bélgica, y un poco menos en la final frente a los alemanes. Para la historia quedarán sus dos goles frente a los ingleses, con el recuerdo reciente de la guerra de las Malvinas en el corazón de todos los argentinos. El gol de pillería y el proclamado «mejor gol de la historia de los Mundiales». El gol del siglo. O los goles del siglo, que el fútbol es indisociable de la picaresca.
Italia 90: su calidad sirvió para derrotar a Brasil y eliminar a Italia, en aquel famoso partido en el que se le ve enfrentado a una afición que lo había idolatrado. Llegar a la final fue mucho más de lo que se esperaba de aquella selección.
Estados Unidos 94: expulsado del Mundial tras su positivo por consumo de estimulantes: efedrina, norefedrina, pseudoefedrina, norpseudoefedrina y metaefedrina.
Ya había dado positivo por cocaína en 1991 y lo daría posteriormente en su vuelta a Boca en 1997. Su descenso definitivo a los infiernos tuvo episodios curiosos como sus años como entrenador en Sinaloa. Aquí dejo el documental que os comentaba, pero también podéis buscar la miniserie Maradona en Sinaloa. En Sinaloa, ni más ni menos.
Planes propuestos por el club de lectura, cine y documentales El club de los currelas muertos para no ver el mundial de la infamia de Catar.
El viernes es un día para ir al cine. Corrijo, es EL DÍA del cine. Los sábados sueles hacer más planes con amigos o familia, o te vas el fin de semana a algún lado, o lo pasas fuera desde por la mañana y por la noche solo quieres plan de manta y peli. Pero los viernes son para mí, para nosotros, el día de ir al cine. Es cierto que en ocasiones no hay un gran estreno que llevemos meses esperando, pero raro será el día que no encontremos una propuesta interesante, y por «interesante» no entiendo los blockbusters de acción que me aburren soberanamente.
Sé que hay muchas alternativas para ver una buena película en casa, ya sea Netflix, Movistar, HBO, Amazon Prime o la propia programación a la carta de las cadenas tradicionales, pero ir al cine es otra cosa, como comenté en La magia de la sala oscura. Estudias la programación, te interesas por lo que vas a ver, te desplazas y compras una entrada. Se crea un «compromiso» en el sentido en el que Quentin Tarantino nos explicaba en su momento con los videoclubes:
«Incluso si estás suscrito a todos los canales de televisión por cable, accedes a la guía, desciendes por la lista y… ves algo o lo grabas, y quizá nunca te sientes a verlo, o lo ves y quizá a los diez o veinte minutos empiezas a hacer otra cosa, y piensas: ‘Nah, realmente no me interesa’. Hemos caído un poco en esto.
Sin embargo, había una naturaleza diferente en el videoclub. Mirabas a tu alrededor, elegías cajas, leías las cajas por detrás. Tomabas una decisión, y quizá hablabas con el tío detrás del mostrador, y te recomendaba algo, (…) Y el asunto es que invertías en algo, de un modo en el que no estás invirtiendo con la tecnología electrónica cuando se refiere al cine. Había un mayor compromiso. (…)
Quizá es algo que ha atrapado tu mirada, no sabías nada al respecto, y te la juegas. La alquilabas, sinceramente querías probar y ver algo hasta cierto punto. Y eso es lo que de verdad se ha perdido, extrañamente, se ha perdido el compromiso».
Cuando voy al cine estoy plenamente comprometido. Llego puntual, no quiero perderme ni los tráilers, no llevo comida ni bebida, pongo el móvil en modo avión, meo antes de salir de casa y me concentro en la pantalla. Me desespero con los que encienden sus móviles para consultar el guasap en mitad de la proyección. Casi tanto como con los ruidosos. Pero el público es necesario, es parte de ese entretenimiento que tanto me gusta. Compartir las risas o las lágrimas a flor de piel en una sala repleta de gente. Como decía Christopher Nolan, «es esa combinación mágica de la emoción visual y la experiencia grupal que se vive en una sala de cine, donde todo el mundo está experimentando lo mismo, lo que me fascina. Creo firmemente en esa capacidad del cine de hacerte vivir experiencias que jamás podrías vivir de otro modo«.
Pues eso, que miro la cartelera y… veo que se acaba de estrenar una nueva película del detective Benoit Blanc, el que interpretara Daniel Craig en la entretenidísima Puñales por la espalda, con guion y dirección de Rian Johnson. La propia película se titula Puñales por la espalda: El misterio de Glass Onion. De nuevo un reparto repleto de rostros conocidos: Edward Norton, Daniel Craig, Kate Hudson, Ethan Hawke… Repite Rian Johnson como guionista y director.
Actores ingleses y norteamericanos. En mi caso, preferibles al Inglaterra-Estados Unidos de esta noche. Lo tengo claro.
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Leo por aquí que hoy es el Día Internacional del Vino Tinto, que de todo tiene que haber un Día, y esta ocasión merece sin duda una buena celebración. Así que el plan propuesto para hoy es una cata de vinos. No soy ningún experto en vinos, apenas recuerdo haber estado en cuatro catas (Burdeos, Logroño, Madrid y La Vid, que con ese nombre era inevitable), pero me atrae todo ese halo cultural creado alrededor del disfrute del vino. A mí me gustan o no me gustan, pero no controlo añadas, calidades, aromas a tomillo, ni olores a barrica. En ocasiones he preferido un crianza a un reserva, pero siempre, siempre he disfrutado esas catas. Buenos vinos, un poco de embutido y a veces queso, si bien tengo entendido que el queso es tramposo pues oculta aromas o tergiversa el sabor natural del vino en el paladar. De ahí la expresión popular, «que no te las den con queso».
El vino está asociado a nuestra cultura y tradiciones más arraigadas, y me encanta ver la pasión con la que los expertos hablan del mismo (sin que yo entienda nada). Está en la literatura, en el cine, en el Producto Interior Bruto y en cualquier ocio que se precie. Como decía el final de No mires arriba con el que despedimos 2021, que el mundo se derrumbe a nuestro alrededor mientras podamos disfrutar una copa de vino con los más queridos alrededor.
Esta tarde os recomendamos acudir a una buena cata de vinos o abrir una botella de un Ribera del Duero y disfrutar de una cena con los amigos o la familia. Claro que no podrás hacerlo si estás en Catar.
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Si uno quiere emplear la hora y media que dura el partido de España de hoy para leer una historia de terror, puede entrar en el siguiente post de Amnistía Internacional e ir pinchando en los distintos enlaces que llevan a documentos e informes que tratan acerca del desprecio del gobierno catarí por los derechos fundamentales.
Esas seis cosas que debes conocer sobre los anfitriones del mundial de la vergüenza son:
La inexistencia de libertad de expresión y de libertad de prensa en el país. No está permitido manifestarse de manera crítica con el gobierno y con la familia Al-Thani, como queda documentado por Amnistía en numerosos casos, pero tampoco existen medios de comunicación independientes que puedan ofrecer una postura diferente a la oficial.
No hay libertad de asociación ni de reunión. La representación de los trabajadores llega apenas al dos por ciento del total de trabajadores del país, y no se toleran las protestas, ni siquiera por las condiciones laborales o por los impagos de salarios.
Juicios injustos. Esta práctica tan occidental de contar con un abogado o un intérprete en un interrogatorio no es lo habitual en Catar, mientras las confesiones obtenidas mediante coacción son una práctica común.
Los derechos de las mujeres, ¿los derechos de las mujeres? Las mujeres necesitan el permiso de su tutor varón para salir del país, ejercer empleos públicos o contraer matrimonio. Están desprotegidas frente a la violencia ejercida por su varón tutor sobre ellas y para acceder al divorcio.
La discriminación del colectivo gay. Por mucho que el presidente de la FIFA; Gianni Infantino, dijera la estupidez esa de que se sentía gay o inmigrante, y que a él también lo discriminaban en el colegio por ser pelirrojo, lo cierto es que el Código Penal castiga las prácticas homosexuales (art. 296.3 y 296.4). Los brazaletes arcoiris que varias selecciones anunciaron que iban a lucir en sus partidos se quedaron en la taquilla. Muy valientes. Que aprendan de la rebeldía mostrada por los jugadores iraníes.
Las penosas condiciones laborales de los trabajadores migrantes. Los trabajadores adquieren una deuda con el empleador al acceder al puesto de trabajo (la kafala fue supuestamente abolida, pero sigue funcionando como una visa), lo que en la práctica convierte el sistema en algo similar a la esclavitud. Por otro lado, la mano de obra barata y poco cualificada trabaja en condiciones precarias, con jornadas de más de 14 horas bajo condiciones inhumanas. Se estima en 6.500 el número de trabajadores muertos durante la construcción de los estadios del mundial. Las autoridades alegaron «muerte natural» en la mayoría de los casos. Y no mentían: si trabajas 14 horas con más de 35 grados de temperatura, lo natural es que te mueras.
Un ascazo. Todo. La FIFA y este mundial. La selección española, igual que la Federación, no ha abierto la boca. Claro que Rubiales, después de llevar la Supercopa a un lugar todavía peor considerado en materia de derechos humanos, Arabia Saudí, no está para pronunciarse sobre nada.
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Se lee de manera rápida, fluida, con una naturalidad que asombra cuando ves que fue escrito en 1945. Me refiero a la historia de Holden Caulfield, el protagonista de El guardián entre el centeno, la obra más popular de J.D. Salinger. El protagonista tiene por momentos lo que él mismo reprocha a otros personajes: «cien patadas». Y yo añadiría que en la boca.
En su día dije que «no puedes tomártelo en serio una vez has superado la adolescencia y sin embargo, resulta sorprendente empatizar con algunas de sus ideas cuando ya has pasado los cincuenta». Un cabrón de lo más simpático (enlace), si queréis acercaros a un personaje cuyas opiniones sobre el cine, los pijos de la universidad, los ancianos o los «maricones y lesbianas» sorprenden. Se lee en menos de lo que duran un Arabia-Argentina y un «apasionante» Dinamarca-Túnez.
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No está entre las mejores películas de Álex de la Iglesia, que como sabe todo buen lector de este blog es uno de mis directores españoles favoritos, pero es puro Álex de la Iglesia. Parte de una situación cotidiana y un entorno familiar (como en La comunidad, El bar o Perfectos desconocidos), para ir incorporando personajes cada vez más tarados que llevan al límite sucesos que no deberían ir más allá, y todo ello con el humor salvaje y en ocasiones un tanto negro del director (recordad El día de esa bestia). El propio director firma el guion a medias con su colaborador habitual, Jorge Guerricaechevarría y cuenta con su mujer Carolina Bang en la producción. Logra esos momentos que te desesperan y divierten como espectador, pues los personajes no se comportan de un modo racional, como harías tú, e incluso los que aparentemente lo son, terminan alterando su comportamiento para adaptarse al conflicto creado.
Y que no falte la gran escena de locura final, ese caos tan propio de El mundo está loco, loco, loco que parece seña de identidad del director. La película dura una hora y cuarenta y seis minutos, y repito, no es la mejor obra de Álex de la Iglesia, aunque te arranque unas buenas risas, pero desde luego, siempre será preferible a un Estados Unidos-Gales del mundial de Catar.
Planes propuestos por el club de lectura, cine y documentales El club de los currelas muertos para no ver el mundial de la infamia de Catar.
Comenzamos proponiendo el documental de Netflix, FIFA Uncovered, o Los entresijos de la FIFA, un relato implacable que muestra la corrupción endémica desde hace décadas en la organización que rige los destinos del fútbol. El documental se remonta a los tiempos de la presidencia del brasileño Joao Havelange, un tipo siniestro que sacaba tajada de cada adjudicación, evento o contrato. Sepp Blatter progresó a su sombra desde finales de los setenta hasta alcanzar la presidencia.
Hay un momento significativo en FIFA Uncovered y es el que muestra los discursos de Blatter y el candidato a la presidencia Lennart Johansson en 1998. El sueco comenta que hay que cambiar el funcionamiento del organismo, sembrando las dudas sobre la honestidad de sus dirigentes, e indica que no quiere ofrecer prebendas a los países ni a los dirigentes de cada federación, sino que prefere promocionar el fútbol a nivel mundial, tratando de alcanzar más países y seguidores. El discurso de Blatter es muy diferente: la FIFA es una gran organización a nivel mundial, ha crecido mucho en los últimos años y debe seguir en esa línea. Con eso lo ha dicho todo. Muchos de los países que habían prometido su apoyo a Johansson, especialmente los africanos, cambiaron el sentido de su voto en las semanas previas a la elección.
Hay otra palabra que aparece de manera recurrente en el documental: sportwashing. El lavado de imagen de dirigentes corruptos o de regímenes dictatoriales con la excusa del deporte. Las imágenes nos muestran las fotos de Havelange con el general Videla durante el Mundial de Argentina 78 y establece una comparación con Hitler y los Juegos Olímpicos de 1936. Catar es un eslabón más en esta cadena y las declaraciones bochornosas de ayer mismo del actual presidente de la FIFA, Gianni Infantino, forman parte del mismo montaje putrefacto. No les preocupa el fútbol lo más mínimo, solo sus prebendas y salarios millonarios. El poder. Ser recibido por los principales líderes mundiales y moverse con la sensación de impunidad de siempre.
Por si el lector no tiene Netflix, puede escuchar la interesante conversación entre Pepe Kollins (Javier Alberdi, antiguo editor jefe de La Galerna) y prácticamente el único periodista español que lleva una década denunciando la adjudicación del Mundial a favor de Catar.
Sí, la FIFA es homologable a una organización criminal. Algún amigo me ha hecho ver que sí seguí la Supercopa de España en Arabia y su régimen es igual de deleznable o peor en materia de derechos humanos. La designación del Mundial de Rusia 2018 tuvo las mismas denuncias de corrupción que la de Catar y no solo lo seguí, sino que le dediqué un especial con varios post en aquel verano.
Todo ello es cierto. Critiqué la Supercopa de Arabia y el Mundial de Rusia en su día por lo mismo que ahora: el poder del dinero para corromperlo todo, incluso el deporte. Pero en Catar se ha unido el escándalo de los 6.500 trabajadores (o esclavos) muertos durante la construcción de los estadios, las ridículas normas que deben seguir los visitantes del país y un cierto desapego por el fútbol, de manera especial con una selección que dirige Luis Enrique y tiene a Jordi Alba como capitán. No veré este mundial (con minúsculas), pero claro que voy con España, a distancia, pero con ellos, para los que duden de mis filias. Como leí a Juan Carlos Guerrero en La Galerna el pasado viernes, «la selección es la Nochebuena del fútbol», «es la familia que te toca, aunque la elija Luis Enrique».
Este blog de los «Cuatro amiguetes» lleva entregando textos a los lectores desde agosto de 2014. Con este post de hoy, van ya 558 textos, artículos, post o truñacos, que cada uno lo llame como quiera. Aparte de ello, los 128 con La Galerna bajo el seudónimo de Barney. Durante todo este tiempo, los «cuatro amiguetes» se mantuvieron en un anonimato a medias, pues apenas había datos personales, pero sí fotos de la familia y varias de Lester en sus maratones, aunque siempre de espaldas.
El sábado pasado el Amiguete Barney salió del anonimato, no del armario, como dijeron algunos. Ni del economato, como decía Gomaespuma. La ocasión la requería y el medio empleado fue el mejor posible: la entrevista que Jesús Bengoechea me regaló para anunciar la publicación de mi libro Volver al asfalto.
En esa entrevista cuento mucho de mí. Tanto tiempo alejado de esa exposición, y ahora lo casco todo. Pero es que no siempre tiene uno la inmensa fortuna de publicar un libro. «Un momento, un momento», dirá algún lector habitual de los que no me conoce personalmente, «pero el que corría los maratones era el Amiguete Lester. De hecho, lo del proyecto de Volver al asfalto ya se contó aquí hace algo más de un año». Y es cierto, y también lo hice en La Galerna:
Durante la presentación del libro el pasado lunes 14, el presentador del evento, de nuevo el maestro Jesús Bengoechea, contó cómo nos conocimos. Jesús había leído algunos de mis textos en Twitter, pero le había llamado la atención que unos eran de fútbol (normalmente del Real Madrid), otros de economía y algunos otros de carreras o de cine. Se decidió a escribirme directamente tras leer el artículo de Barney Stephen Hawking era del Madrid al día siguiente de su fallecimiento. Escribió al que creía que era el responsable de la cuenta de Twitter, y le pedía que por favor le pusiera en contacto con Barney, con el que escribía sobre fútbol, que era al que le interesaba para su página. Como contó el lunes, su sorpresa fue al encontrarse un caso inverso al de Carmen Mola: no eran tres escritores que pergeñaban textos al alimón, sino uno solo que escribía por los cuatro. Dos cincuentones que nos conocimos por Twitter, y de ahí surgieron varios cafés, muchos correos y guasaps para definir ideas y artículos, algunos eventos, y una amistad sincera.
Pues sí, y le agradezco profundamente sus palabras, pero me parece hasta cierto punto sencillo. Él mismo escribe sobre fútbol, política, música o cine, y tiene una novela hilarante, Alada y riente, que leí el pasado verano y recomiendo fervientemente. Yo he sido siempre muy aficionado a practicar todo tipo de deportes, no solo las carreras, como he contado varias veces por aquí, y de ahí surgió Lester, un tipo que además escribe relatos o trata de sacar punta a todas las historias que pasan a su alrededor, ya sean en un spa, con la Filarmónica de Londres o con un refugiado ucraniano.
Pero no soy menos aficionado a seguir el deporte por televisión, a cabrearme con lo que me indigna, como este Mundial de Catar, o a disfrutar de las grandes hazañas. Y ese es Barney.
Claro que uno tiene que ganarse la vida haciendo lo que sabe, ese economista que aparece en la entrevista y que publica de manera recurrente en Linkedin, y de ahí nació Josean, el único sin nombre anglófono precisamente porque quería ser leído en lugares más serios.
Lo que menos conocen mis amistades es mi afición al cine, una afición que nació de pequeño con esas visitas a las salas con mi padre y hermanos en aquellos maravillosos programas dobles, y que he mantenido a base de ver centenares de películas o leer muchos libros sobre la materia. Bastantes de ellos centrados en los guiones, en contar historias, porque en el fondo todo trata acerca de lo mismo. Ese es Travis, un guionista en potencia (¡productores, estoy disponible!), y confieso que es quizás el personaje que más disfruto cuando escribo. También es el que logra menos lecturas, qué le vamos a hacer.
La velada resultó, al menos para mí, entrañable, divertida, cercana, quedará para siempre en mi memoria por el resultado, por el cariño de tanta gente y por lograr juntar a mi familia, amigos y gente más querida. Tuvo prácticamente todo lo que quiero en la vida: la familia, el deporte, los amigos del colegio y la universidad, los colegas del fútbol y el baloncesto, buena música… Y lo celebramos en el antiguo cine Cid Campeador, actualmente Pangea – The Travel Store.
Este va a ser el único post en toda la historia pasada, presente y seguramente futura del blog, en el que me expondré tan abiertamente. No me interesa publicar con mi nombre, le tengo cariño a los «cuatro amiguetes» y pienso seguir empleándolos. Para mi sorpresa, este blog que empezó sin pretensiones se lee desde muchos sitios, por mucha gente que no me conoce de nada, y trataré de mantener esa separación entre personajes porque me viene muy bien para diferenciar las temáticas:
Ayer mismo me escribió Ana, una buena amiga, y su mensaje me encantó, tanto, que tengo que compartirlo: «Mis felicitaciones por todos esos años de escribir en el blog, por continuar con esa afición a cuenta de horas de sueño y por entretenernos contándonos muchas historias, anécdotas, vivencias, etc. siempre con ese toque de humor que las caracteriza. La publicación de este libro es un pequeño reconocimiento a todo eso, ¡te lo mereces!». Jo, gracias, Ana, dejadme todos que disfrute mi momento onanista de éxito y… (respiro profundamente) eso me servirá para seguir dando caña.
Los que siguen habitualmente el blog habrán detectado que los textos se han espaciado en las últimas semanas. Llevaba muchos meses cumpliendo con el rigor de uno a la semana al menos, y en el último mes y medio han sido cada nueve o diez días. Entenderéis que he tenido mucho lío con las presentaciones, aparte de un ritmo de trabajo infernal. Pero mañana comienza el Mundial de la infamia y no pienso dedicarle ni un minuto al mismo en el blog (ya lo he criticado abiertamente antes), así que el nuevo reto será ofrecer a los lectores cada día ¡y durante los próximos 30! un plan alternativo a partidos tan «atractivos» como el Catar-Ecuador en mitad del desierto, en un estadio construido sobre los cadáveres de no menos de 800 trabajadores, perdón, esclavos. Habrá días que escriba 200 palabras y una recomendación, y otros que pueda extenderme a las 1500, pero algo habrá, seguro.
Entre hoy y mañana decidiré el título entre Planes alternativos al Mundial de la infamia o crear una serie de textos a modo de club de lectura y homenaje a esos trabajadores fallecidos: El club de los currelas muertos. Se admiten votaciones.
Muchas gracias a todos por estar ahí, al otro lado.
– Tomen, aquí tienen. Bajen por esas escaleras y nada más llegar a la zona de piscinas, verán un cartel en el que les indica todo el circuito. No es necesario hacerlo en el orden que figura, sino que pueden ir a su aire por las instalaciones. Tienen hora y media, según su reserva.
Las toallas que nos entregó eran duras como una alfombra y pesaban como una ídem, tanto que me abstuve de hacer la broma de golpear a mi mujer con la mía, no fuera a provocarle un hematoma considerable o a tirarla por las escaleras. Y a ver cómo explicas luego que estabas haciendo bromitas con una toalla. Lo cierto es que la desenrollabas y estaba suave, pero la primera sensación era la de llevar un ariete como para romper una de las paredes de cristal del SPA. Y pesaba… cuando te la ponías sobre los hombros (y más cuanta más agua y rato pasabas) parecía una manta zamorana reforzada con protección antibalas.
A todo esto, el look del spa se completa con un bañador en pleno noviembre, las chanclas que sacaste el día de antes del fondo del armario y a las que sacudiste la arena de playa para no formar barro en ese sitio «megasnob» y un gorro de baño que no había manera de que me quedara bien. Apretaba como si me hubieran plastificado la cabeza y no era capaz de ponérmelo de manera adecuada: si me lo bajaba todo lo que daba de sí, me tapaba las orejas y no escuchaba más que el zumbido de las máquinas y el murmullo de las voces de los bañistas aparentemente relajados. Si me lo dejaba en la parte superior del tarro, las orejas se me quedaban fuera ¡y hacia fuera!, tan ridículas como el Mudito de Blancanieves.
– ¿Por qué me miras así? -me preguntó mi mujer.
– No te miro de ningún modo, es que el gorro me tira de la frente, las cejas, los párpados y los pensamientos. Me he mirado al espejo y parezco uno de esos actores recién salido de una sesión de botox.
Sonrió y me miró con la cara de «no me vas a fastidiar mi tarde de relax», así que comenzamos. Lo primero que proponía el circuito era una cosa llamada pediluvio, que consistía en un paseo de unos ocho metros en el que tenías que pisar sobre unas piedras de río colocadas intencionadamente hacia arriba. Que digo yo que puedes encontrar placer en pisar cuchillas si eres fakir de profesión, pero es que a mí me dolían, se me clavaban en la planta del pie y me recordaron lo incómodo que era caminar por ciertas zonas del río del pueblo, en lugares cercanos a «la presa» donde los guijarros parecían agujas puntiagudas. Por si la incomodidad no fuera suficiente, de repente unos chorros de agua helada empezaron a brotar a la altura de la espinilla. «¡Coñññño!», se me escapó, «qué necesidad».
La verdad es que no pillamos el punto al pediluvio, así que seguimos a la piscina de chorros, una piscina en la que cada tres o cuatro metros había unos cañones de agua como los que usan los antidisturbios para disolver manifestaciones. Esto del spa es sencillo: te vas moviendo de uno a otro, le das a un botón y te pones debajo del chorro, que se supone que te da un masaje en las cervicales, los hombros o las lumbares. La realidad es que alguno de los chorros lleva tanta fuerza que por momentos piensas que te va a sacar de la espalda los lunares, las verrugas y hasta los tatuajes para los que los llevan. Pero en general es agradable, como las camas de masaje.
No sé a quién se le ocurrió meter unas camas en la piscina, pero fue un genio, seguro. Lo que ocurre es que cada vez que alguien tiene una idea genial, llega otro y la joroba: al apretar el botón de marras, comenzaban a salir unos chorros a borbotones de debajo de tu culo, omoplatos, muslos, costillas, etc., que hacían imposible que te mantuvieras cómodamente tumbado en la cama. Si hasta tienen unas agarraderas para que no te vayas flotando sobre la sexagenaria que ocupa la cama a tu lado. Hay profesionales del spa y yo no lo soy. Mientras yo me estresaba intentando no salir de la cama de chorros, había «profesionales del spa» que tenían el rostro totalmente relajado mientras los chorros masajeaban sus flácidas caderas y lorzas. El «masaje vibrador» dura apenas un minuto y, bueno, sirve para echarte unas risas. También para soltar un cuesco si tienes gases acumulados, que con tanta burbuja pasa desapercibido.
Tras la piscina nos encaminamos a las zonas de calor. Y de frío, mucho frío. Puedes optar por pasar unos minutos en la terma romana o en la sauna, la diferencia es que en una te arde la respiración y te quema todo, y en la otra sudas muchísimo y huele a eucalipto. Cuando entramos en la sauna había allí dos tipos. Nos sentamos en uno de los bancos de piedra, que ardía como el infierno y no intentamos apoyar la espalda. Por ser unos azulejos de brasa incandescente y por el temor a perder del todo las verrugas y lunares que sin duda quedaban colgando tras los chorros antidisturbios de la piscina. Uno de los dos tipos que estaba allí no paraba de toser. Muy desagradable, con flema y todo. Yo cerré los ojos para intentar relajarme, pero era imposible con ese tío al lado, que no paraba de toser, exhalar y hacernos sentir cómo le subía el gargajo desde el píloro hasta la nariz.
– Qué lento pasa esto -dijo el tipo a su colega.
Se había puesto de pie para mirar un reloj de arena que había junto a la puerta, supongo que para medir el tiempo recomendado de estancia en la sauna. De repente veo que el tío empieza a golpear la parte superior del reloj ¡para que la arena baje más rápido! ¡Joder, pues salte, lárgate y déjanos tranquilos! Si es que se puede estar tranquilo a noventa grados centígrados, claro. Se marcharon ambos y nosotros aguantamos unos cinco minutos más. La idea tras la sauna es meterte sin pensar en la piscina de agua helada, así llamada porque la han traído del Ártico, supongo. La primera sensación, en los tobillos, es de «¡buaaaah, yo ahí no me meto!». El segundo pensamiento es «imposible» y el tercero; «qué necesidad».
Si eres capaz de meterte más allá del ombligo lo tienes casi hecho. Y con la espalda ya puedes decir que lo has logrado del todo. Solo tienes que pensar que has pagado un pasta por ese disfrute masoquista. Aguanta. Aguanta ahí. Piensa en otra cosa: la declaración de la renta, una lavadora de ropa sucia, Rociíto llorando, qué sé yo. Esto está más frío que un abrazo de suegra.
Lo logramos, y tras cuatro o cinco minutos que se nos hicieron eternos, salimos para pasar un rato (este sí) de relax en el jacuzzi. Agua caliente, por fin, un banco en el que poder sentarte sin nada que te mueva, y unos chorros de agua burbujeante y relajante. Con el pibón que me acompañaba, pensé por un momento que estaba a solo un cadenón de oro y un par de Mama Chichos de sentirme como Jesús Gil y Gil en Las noches de tal y tal, sin duda uno de los mayores esperpentos de la historia de la televisión.
Por mí podríamos haber permanecido ahí el resto del tiempo, pero como siempre decimos, «hemos venido a jugar» y aún nos faltaban varias zonas por probar, así que pasamos a la zona nazi: las duchas de contraste. ¿A quién si no a un neo-Hermann Göring se le pudieron ocurrir estas duchas? La primera, llamada «ducha tropical», comienza con un potente chorro sobre tu cabeza como si fuera una cascada en mitad de la selva, pero justo cuando ya te sientes como Tarzán y estás a punto de soltar el grito, el agua varía a fría, y de ahí a gélida, y termina con un baño de nitrógeno líquido que te revienta la cabeza. «Su Pu…Adre», que es el significado real de SPA, no os dejéis llevar a engaño.
Volvimos a la sauna o a la terma para recuperar algo de calor corporal, y probamos el «cubo de agua helada». Vamos, que no voy a decir que no supiera a lo que iba. Que estaba avisado. Que ahí no puedo quejarme de publicidad engañosa. Que sí, que reconozco que me hizo gracia ver que el agua caía de un cubo como los de las pelis del Oeste. «Allá vamos… ¡uuuuaaaaaaahhh! Su Pu… Adre!».
A esas alturas de la tarde-noche yo ya estaba entregado, «venga, que me echen lo que sea, y que me lleven directamente a la cámara de gas después». Todavía nos quedaba una más, que no sé si era la ducha sueca, la escocesa o los chorros de contrastes. Consistía en unos chorros con dos temperaturas (los dos extremos en la escala Celsius de frío y calor, seguramente), que comienzan en los tobillos y van subiendo por el cuerpo: rodillas, caderas, lorzas, pecho, hombros, finalmente otro chorro sobre la cabeza. Dudo que eso de que por la derecha te abrasen y por la izquierda de hielen, o a la inversa, no vayáis a pensar en interpretaciones político-ideológicas, sea muy sano, pero ahí aguanté como un campeón. Excepto en los chorros del pecho, lo confieso. Tenía un pezón rojo y escaldado y el otro tieso y congelado, así que cuando vi que iban a cambiar los chorros de temperatura me giré como si estuviera bailando la Macarena para que cada pecho siguiera recibiendo el chorro con la misma temperatura, «que ya está bien, que qué necesidad».
– Anda, cariño, que tengo un moco colgando y un par de quemaduras de tercer grado, vamos a la última piscina a relajarnos de verdad, a flotar un poco y dejarnos llevar.
– Vale, pero, ¿sabes que tienen también una piscina de agua salada? Que por lo visto se flota mucho mejor en ella, si te parece probamos primero ahí y ya acabamos en la piscina normal.
Porque había una piscina normal, sin elementos de tortura, pero parece que había que ganarse el derecho a usarla tras pasar «la prueba de la sal». A ver cómo lo explico, sí, la sensación es curiosa, se flota más y tal, los labios se te quedan salados como tras morrear una copa de tequila, pero… no te metas ahí si tienes heridas en el cuerpo. Y ocurre que los que practicamos ciertos deportes como el fútbol o el baloncesto tenemos el cuerpo lleno de rasponazos, magulladuras, heridas que todavía no han hecho costra y a las que la sal le sienta como el ácido sulfúrico. De nuevo me dije a mí mismo, «aguanta, aguanta, que tu mujer está disfrutando de ese momento de flotabilidad mirando al techo, pero, joder, cómo pica la hijadep… de la sal». El momento de relax se acabó cuando una pareja con obesidad mórbida pasó a veinte centímetros de mí, flotando muy ufanos. El hombre tenía unos pechos peludos que para sí los quisiera Sabrina Salerno. Por el tamaño, no por los pelos, que se me entienda.
– Yo me salgo, me voy a la última piscina.
Y ahí ya sí, me hice un par de largos a ritmo megalento esperando que la circulación volviera a su sitio y que la epidermis recuperara su tono habitual. Salimos al poco rato del SPA (recordad, no es Salus Per Aquam, sino…), con la toalla que para entonces pesaba ya medio quintal, y en mi caso además con un hambre feroz, y me dijo mi mujer:
– Qué gustazo, ¿no? ¡Qué bien te quedas después de un baño relajante!
Tendría mucho que decir acerca de mi idea del relax, pero yo solo quería ducharme ya, secarme, vestirme y tomarme un chuletón con una botella de vino. Fue entonces cuando me di cuenta de que en algún lugar había perdido la llave de la taquilla.
Vistosa. Valiente en algunas decisiones, menos Valiente en otras. Vigorosa, algo Vanidosa y nada Vulgar. Violenta, solo cuando la ocasión lo requería. Verborreica. Visual y Verbalmente atractiva. Versión más que Válida de la obra de Alan Moore y David Lloyd a la que ya dedicamos la primera parte. Vamos, pues, con ella.
Las hermanas Wachowski
Lilly y Lana Wachowski (en aquellos años de principios de siglo, Andy y Larry) gozaban de una posición intermedia en Hollywood: habían logrado un éxito más que destacable con Matrix (1999) y con sus dos secuelas (2003), pero no estaban integradas plenamente en lo más convencional del star system norteamericano. Siempre habían ido un tanto por libre, en sus guiones, en lo retorcido de varias de sus propuestas y en sus declaraciones. Sin embargo, el éxito de la trilogía les había procurado el derecho a decidir qué historia querían rodar.
La novela de Alan Moore y David Lloyd (guionista y dibujante, respectivamente) podía ser un punto de partida estupendo para dar otra bofetada a una sociedad dormida y algo complaciente como lo fueron Matrix o El club de la lucha en su momento, ambas del mismo año, por cierto. Una sociedad reprimida, atemorizada por un gobierno fascista y dictatorial, con unos medios de comunicación volcados en difundir la versión oficial como la única verdadera. Al igual que la novela, la trama se desarrolla en Inglaterra, si bien el momento temporal escogido es aproximadamente tres décadas posterior: 1997 y 98 en el cómic, sobre 2030 en la película. Las grandes potencias están destruidas o al borde del colapso en esos momentos, y el fascismo se ha impuesto como respuesta al desorden social imperante.
Las Wachowski se centraron en la producción y en el guion, y dejaron la dirección a James McTeigue, anterior ayudante de dirección en la trilogía de Matrix y en El ataque de los clones. El diseño de producción me parece muy logrado, consigue crear un Londres inquietante, oscuro, decadente, y una galería de V tan sugerente como la del propio libro. Otros decorados como la celda, el campo de pruebas de Larkhill o el Metro también son grandes aciertos, no tanto todo lo que rodea al Líder Supremo y su comité de secuaces/sicarios. La película contó con un presupuesto de 54 millones de dólares, y todo, música, efectos especiales y de sonido, montaje, fotografía, encaja bastante bien.
El hecho de trasladar la historia de la época ultraconservadora de Thatcher en los ochenta a un hipotético futuro repleto de atentados y desórdenes hizo que el guion se tuviera que actualizar en varios de los puntos de la trama. No olvidemos que la película se rodó en 2005, poco tiempo después de los atentados del 11-S y casi de modo contemporáneo a los atentados terroristas en el Metro de Londres el 7 de julio de 2005. Quizás por eso hubo que «sobreexplicar» las motivaciones del terrorista o pintar al poder como un ejército de psicópatas, con objeto de que no pareciera que se estaba enalteciendo la figura de un activista (terrorista) que se dedicaba a volar edificios públicos como el Parlamento o el Palacio de Justicia.
La versión disgustó de manera notable a su creador, Alan Moore, que renegó de la misma hasta el punto de que su nombre no aparezca en los títulos de crédito. A mí me parece una buena versión/adaptación con innumerables aciertos y con otras decisiones controvertidas que no alteran lo sustancial de la trama. Lo mejor de la trama original de la novela gráfica permanece en la versión cinematográfica. Alan Moore despotricó de esta versión igual que lo hizo de la que Zach Snyder rodó de su Watchmen, o del mismo modo que discutió con las productoras, con las editoriales o con la mayoría de los dibujantes con los que ha trabajado a lo largo de su vida. No debe de ser un tipo sencillo.
Los actores
Por diferentes razones, no era sencillo escoger a los actores para dar vida a los personajes ideados por Moore y dibujados por Lloyd.
El personaje de Evey en el cómic tiene 16 años y Natalie Portman había cumplido 24 cuando rodó la película. La niña del libro tiene que prostituirse para sobrevivir y se marcha a vivir con un adulto cuarentón (o más) cuando sale del refugio de V, pero quizás elegir una actriz menor de edad habría sido delicado para la distribución de la película. Natalie Portman cumple con creces, resulta frágil cuando tiene que serlo, sensual si lo necesita, o madura cuando pasa su particular confinamiento. Un papel muy Portman, como los de León, el profesional, Beautiful Girls o como princesa Amidala.
V tenía como principal característica que su rostro no se ve en ningún momento, luego el actor escogido tendría que valerse solo de su voz para representar el papel. Hugo Weaving fue el seleccionado y pese a que el actor australiano vivía su mejor momento profesional tras interpretar al agente Smith de Matrix y al elfo Elrond en El señor de los anillos, tuvo que aceptar la imposición, eso sí, no de muy buen grado. Pero el personaje tiene tales líneas de diálogos para lucirse que lo borda, tanto en la versión original, como en el estupendo doblaje de Armando Carreras (el que siempre había asociado al personaje, hasta este último visionado).
El líder supremo Adam Susan, en la película convertido en Adam Sutler, quizás para asemejar el apellido al de Hitler, recae en John Hurt. Es inevitable encontrar el paralelismo del actor con su participación en 1984, la flojísima versión del clásico de George Orwell, con esas imágenes en pantalla gigante por toda la ciudad y las televisiones de los particulares. En 1984 interpretaba a Winston Smith, el trabajador que comienza a cuestionarse su propio pensamiento, mientras que en V muestra a un líder exagerado, pasado de rosca y poco, muy poco inteligente. Quizás esa mutación sea una de las peores decisiones de la versión de las Wachowski.
Conocí a Stephen Fry en Los amigos de Peter, donde interpretaba a un homosexual que había mantenido oculta su condición de tal durante toda su vida. La vida real del actor fue muy similar, puesto que escondió durante años su condición hasta que finalmente salió del armario. Como dice V en un momento de la trama, «yo no creo en las coincidencias», y Stephen Fry interpreta a la estrella de la televisión Gordon Deitrich, un homosexual que oculta su condición por temor a las represalias del partido en el poder. Muy bueno el rincón escondido de su casa.
Stephen Rea es el inspector de policía que encuentra a V, pero también el que desvela que detrás de los supuestos actos terroristas ocurridos años atrás estaba el propio partido del gobierno, los fascistas de Fuego Nórdico. Conocí a Rea por hacer de irlandés tristón en Juego de lágrimas, y luego lo vi en Michael Collins haciendo de irlandés tristón. Aquí hace de detective de policía. Irlandés y tristón, por supuesto.
El reparto lo completan otros actores como el redomado hijo de puta obispo pedófilo (Anthony James Lilliman), un exagerado Tim Piggott-Smith como Creedy, otro redomado hijo de puta, en este caso miembro de la policía secreta, y Roger Allam, como Prothero, el no menos redomado hijo de puta que es una de las principales caras visibles del partido en el poder. Alan Moore no deja títere con cabeza y se cuestiona todos los poderes del estado totalitario, también los manipuladores medios de comunicación.
«El pueblo no debería temer a sus gobernantes.
Los gobernantes deberían temer al pueblo».
Los cambios (alerta: spoiler)
Algunos cambios de la trama eran necesarios, como la supresión de los personajes alrededor del líder, que en el libro tienen mucho peso y no aportan a la idea principal sobre la lucha del estado fascista frente al «villano» libertador. El orden de las voladuras de los distintos edificios no es sustancial para el desarrollo de la trama y cumplen su función de manera brillante con la Obertura de Tchaikovski.
La modernización de la estética del campo de concentración me parece un acierto: los presos, en lugar de recordar a los judíos en cualquier campo nazi, nos transportan a los detenidos en Guantánamo, con su uniforme naranja y sometidos a todo tipo de vejaciones y torturas, como el ahogamiento intermitente. 2005, no conviene olvidarlo.
Dos de los mejores momentos del libro tienen una traslación casi perfecta a la película: el asesinato «poético» de la doctora Delia Surridge (literal, casi palabra por palabra, excepto el momento final en que V le muestra su rostro) y la lectura de la carta en papel higiénico de la prisionera de la celda IV, Valerie. La película añade un matiz que he comprobado que no está en el original:
«Recuerdo que las palabras comenzaron a cambiar. Palabras desconocidas como colateral y entrega se volvieron aterradoras». «Recuerdo que diferente pasó a significar peligroso».
Otros cambios, sin embargo, convencen menos. El ordenador que controla todo lo que ocurre en la ciudad, Destino, no aparece en la película. La parodia de programa de televisión sobre el líder Sutler con música de Benny Hill e imágenes aceleradas me resulta totalmente fuera de lugar. La supuesta relación romántica entre V y Evey es irrelevante: Evey se enamora de la idea, no de la persona tras la máscara. De los ideales, de las ganas de cambiar el mundo, no del tipo que la protege a la vez que la secuestra y maltrata.
El final-final, con la explosión del Parlamento británico, la gente en las calles con las máscaras de Guy Fawkes, y luego cuando descubren sus rostros, me gusta mucho. Pero la escena previa, cuando V se carga con sus cuchillos a Creedy, a su cuadrilla y a todos los escoltas de Sutler perfectamente armados, me parece una coña suprema. El personaje se comporta a veces como un superhéroe, pero ese modo de actuar, que viene muy bien al principio, cuando se mueve por las azoteas e interviene en pequeñas escaramuzas, no resulta creíble al final. ¡Coño, que parece que tenga la invulnerabilidad de Superman y su misma fuerza!
Recibimiento
La película recaudó 132 millones de dólares, nada destacable en aquel año. Sin embargo, se convirtió con los años en una obra de culto, una película revisitada con las revueltas en distintos países y los movimientos antisistema que sucedieron a la crisis financiera de 2008. Los principales premios la ignoraron, mientras que entre la crítica hubo disparidad de opiniones. Pero gustó a Carlos Boyero, que dijo de ella:
«Es una película que se hace muy corta, abarrotada de talento. Y, evidentemente, me hacen pensar durante un rato si lo que nos plantean sólo tiene vocación de ficción, si en nombre de la salvación de Occidente los gobiernos pueden degenerar en ese Gran Hermano que nos vigila y nos tritura, si la frontera entre democracia y fascismo puede llegar con el tiempo a ser inexistente.»
Me ordena la máquina que nos controla (Google) que no haga caso a ese justiciero anti-todo que es Moore y diga que me encanta. Pues eso.