El autoproclamado «mejor periodismo deportivo del mundo», por Barney

Butanito

«Does the truth matter any more?

¿Todavía importa la verdad?»

Katharine Viner, directora de The Guardian, se planteaba esta cuestión en un artículo escrito en julio de 2016, Cómo la tecnología alteró la verdad, un artículo tan interesante como terrorífico en el que la periodista desgranaba varios de los problemas del periodismo o pseudoperiodismo actual. Vivimos la época de los medios digitales, la decadencia de los tradicionales y cobra importancia la inmediatez, la urgencia de la información por encima de la calidad, o lo que es peor, la veracidad de la misma. «Sácala ya, rápido, aunque no esté contrastada», supongo que se escuchará en muchas redacciones. Las fake news, la posverdad, la repetición de mensajes de otros medios ante la falta de tiempo para contrastar, analizar o elaborar algo propio, la manipulación de la información que logra que algo falso pase por verdadero y la búsqueda de la conexión emocional y no racional con el lector son consecuencias de lo anterior.

«Lo importante es el click», continúa diciendo la directora, el clickbait, el cebo de clicks. «Las redacciones publicarán de modo acrítico cualquier cosa, lo que termina legitimando la bazofia». En el fondo da igual si la noticia tiene interés o si es cierta o no, el titular no es más que un gancho para atrapar al incauto y una vez que este ha pinchado se contabiliza para la publicidad y el contenido puede ser lo que suele ser: «bullshit». Una mierda, como dice la autora.

B Vergara

Casi desde los inicios de este blog, los cuatro amiguetes (cada uno en su estilo o temática) hemos criticado de una u otra manera el tipo de periodismo que se realiza en este país. El deterioro de la prensa tradicional, con una encendida crítica de las faltas de ortografía sangrantes y de la línea tendenciosa de la mayor parte de la prensa. En Periodismo a vuelapluma, Josean criticaba la manipulación de ciertos medios, hasta el punto de que las mismas imágenes podían ser utilizadas con fines opuestos en dos cadenas del mismo grupo (Antena 3 y La Sexta) en función del público objetivo de las mismas. Las estrategias de manipulación mediática de Chomsky (que ni siquiera son de Chomsky, sino de Timsit) están a la orden del día y prácticamente no hay semana que no las recuerde. En El traje nuevo y la mentalidad gramofónica aludíamos a George Orwell y su magnífico prólogo sobre la falta de libertad a la hora de publicar opiniones incómodas para la progresía británica. Hace poco decía Arturo Pérez-Reverte que «nunca hemos sido menos libres». «Ahora vivimos entre montones de inquisiciones. Y este puritanismo espantoso. Nunca he sentido mi libertad personal tan amenazada como en los últimos 10 años. La estupidez es una mala compañera de viaje de la libertad».

El periodismo, que en su visión utópica e idealizada, debería funcionar como contrapoder, como una especie de cuarto poder que controlara a los poderes tradicionales de Montesquieu, se ha convertido en la mayoría de los casos en un instrumento al servicio del que manda o del poderoso. Como consecuencia, leo artículos que me parecen cada día más tendenciosos o escuchamos debates claramente dirigidos. Esto decía el propio Orwell en su ensayo sobre la guerra civil española:

“Ya de joven me había fijado en que ningún periódico cuenta nunca con fidelidad cómo suceden las cosas, pero en España vi por primera vez noticias de prensa que no tenían ninguna relación con los hechos, ni siquiera la relación que se presupone en una mentira corriente. Estas cosas me parecen aterradoras, porque me hacen creer que incluso la idea de verdad objetiva está desapareciendo del mundo. A fin de cuentas, es muy probable que estas mentiras, o en cualquier caso otras equivalentes, pasen a la historia”.

Como el terreno del que le toca hablar a este humilde amiguete bloguero es el del deporte, en él se junta todo lo anterior: la inmediatez, la conexión emocional con el lector, la masa idiotizada, la búsqueda del click rápido, la falta de rigor o la indigencia intelectual de los que se hacen llamar periodistas. Y la manipulación, que alcanza cotas vergonzantes, sesgadas, dirigidas, vomitivas, incluso creando una neolengua a la manera de 1984. Lo recuerdo desde los tiempos de José María García, Butanito forever.

Ya ni sé cuántas veces he cuestionado en este blog el doble rasero antimadridista, el manejo de la información desde Barcelona, o la manipulación de los medios en torno al fútbol, con el siniestro Roures frotándose las manos desde su despacho. El último ejemplo lo estamos viendo esta temporada con «su» querido VAR. Ahora que ha perdido la manip… digo, la gestión del mismo en favor de Hawkeye, la empresa contratada en el pasado Mundial de Rusia, en la Champions y en las principales ligas europeas, han salido algunos de sus feladores habituales en prensa (Fouto a la cabeza) a pedir la vuelta de Mediapro.

Hace pocos años Felipe del Campo osó decir que en España se practicaba «el mejor periodismo deportivo del mundo». Ja, ja, ja, iba en el coche y casi me estrello del ataque de risa que me dio. Al poco tiempo se lo escuché a Manolo Lama, ja, ja, ja, ¡a Manolo Lama! Tengo colegas que siguen convencidos de que este periolisto es madridista, al igual que As y Marca. La ceguera es una enfermedad contagiosa y ni los cientos de Portanálisis de La Galerna demostrando lo contrario y las mentiras de estos medios, ni los mil y pico programas de Richard Dees sobre el doble lenguaje de los cronistas de la radio van a convencer de lo contrario a los más crédulos.

 

Como decía al principio, en el fondo importa poco la veracidad de la información porque lo que se busca es el click rápido, y en este país hay dos tipos de aficionados: los madridistas y los antimadridistas. Así que atacar al Madrid atrae millones de clicks, más que cualquier otra noticia que puedan ofrecer. La calidad de los medios deportivos tradicionales es cada vez más baja y si buscas algo distinto, bien documentado, en muchos casos estupendamente bien escrito, te tienes que ir a foros aficionados.

Puesto que «la autoproclamada mejor prensa deportiva del mundo» no investiga ni se cuestiona la información, les propongo una serie de temas que podrían analizar si quisieran hacer bien su trabajo y no el bullshit habitual:

  • El saldo arbitral: explicado a la perfección por el vicepresidente del Barça Alfons Godall y puesto en datos por Juan P. Frutos.
  • El Moggigate español: en el escándalo que afectó al fútbol italiano hace unos años (que acabó con el descenso de la Juventus y la Fiorentina) fue fundamental la complicidad de una parte de la prensa. El silencio de los medios españoles ante el caso Soule es sintomático. ¿De verdad que no hay nadie preparando un gran reportaje de investigación? Si tuviera tiempo…
  • El dedo corrector del Comité Técnico de Árbitros: otra vez ha sido un aficionado (@Hechicero9248) el que ha destapado lo que en el mundo del arbitraje se sabía, que los descensos de categoría o las internacionalidades se decidían por el dedo corrector de Victoriano Sánchez Arminio, que solía regalar la categoría internacional a los que fallaban en favor del Barça o en contra del Madrid (Clos Gómez, Hernández al cuadrado, De Burgos Bengoechea,…), o castigaba a los que no eran afines a sus directrices (Pino Zamorano, Muñiz Fernández, Daudén Ibáñez).
  • El presupuesto del Barça: o cómo convertir en ingresos recurrentes lo que para los demás son extraordinarios y de ese modo salvar el incumplimiento del límite salarial.
  • Las votaciones para The Best: puesto que ya son varios los jugadores que han dicho que no votaron a Messi, aunque las listas publicadas indiquen lo contrario, digo yo que podían investigar algunos de estos «mejores periodistas del mundo». En el fondo, la FIFA, igual que la Conmebol, «está corrupta», como dijo… el propio Leo Messi tras ser expulsado en la Copa América.

Mi humilde aportación al «mejor periodismo deportivo del mundo» está por llegar, sigo investigando algunos de estos asuntos cuando puedo y los medios me lo permiten, pero mientras tanto, escribo al menos buscando la veracidad en lo que publico y en lo que cuento. La Galerna ha tenido a bien publicarme estos dos artículos sobre otra cara del fútbol, mucho más desconocida: el deporte como integrador social en Ecuador.

 

En busca del madridista perdido en el valle del Chota

Y mi estreno como entrevistador:

La Fundación Real Madrid en la mitad del mundo

Ojalá pudiera escribir el «Soulegate»…

 

 

Con lo malos que somos, por Barney

Campeones mundo baloncesto

Sinceramente, aún hoy no sé cómo pudimos ganar el Mundial de baloncesto celebrado en China. Nos presentamos con el equipo más flojo de los últimos 15 ó 20 años, con Víctor Claver en el quinteto titular, con un Marc Gasol que venía fuera de forma después de ganar la final de la NBA con Toronto Raptors, con los hermanos Hernangómez más preocupados de lucir sus nuevos tatuajes que del juego en sí, con Llull que nunca fue el mismo desde su terrible lesión y dejando la dirección del juego a uno de los tíos más sobrevalorados de la historia reciente del basket, el base Ricky Rubio, el moñitos. Añadamos a Oriola en las rotaciones, ¡Oriola!, un tío que destaca por su antimadridismo más que por su juego, tres tipos voluntariosos que sin duda se preguntaban qué hacían ahí, como Beirán, Rabaseda y Quino Colom, y para rematar, Gominolo dirigiendo desde el banquillo de un modo histriónico y por momentos errático.

Rafa Nadal US Open

Del mismo modo, no logro entender cómo Rafa Nadal pudo ganar el Open de Estados Unidos una semana antes. Un pasabolas hipermusculado cuya carrera iba a ser muy corta, una carrera en la que solo iba a ganar títulos en tierra batida porque es donde mejor encajaba su juego soporífero, un tenista sin apenas saque ni golpes ganadores relevantes, totalmente cascado, porque a nadie se le olvide que el bueno de Rafa es un tipo eternamente lesionado, acabado y con un desgaste físico que le pasa factura año a año. Sin embargo, se hizo con su decimonoveno Grand Slam, cuatro de ellos en Estados Unidos (igual que McEnroe, por ejemplo) y dos en Wimbledon (los mismos que otra leyenda como Jimmy Connors). Con lo mediocre que es como tenista no se entiende que haya logrado tantos éxitos, posiblemente se deban a las lesiones de sus rivales, la suerte en el cuadro o un momento de forma puntual.

El deporte tiene estas cosas maravillosas que hacen que resulte impredecible y por tanto incomprensible desde un punto de vista racional. Lo que me parece casi tan incomprensible como algunos de estos resultados es la manía que tenemos en España de ensalzar lo de fuera y criticar lo de dentro. Si nos atuviéramos a lo que dicen los “expertos” de barra de bar, foros de Internet o analistas tuiteros, algunos de ellos periodistas por cierto, Jokic, Donovan Mitchell y Antetokounmpo estarían en el quinteto ideal del Mundial, la final se habría disputado entre Serbia y Estados Unidos y el Open USA lo habrían ganado Federer, Zverev o algún joven de la nueva hornada. España no habría pasado de la primera fase en baloncesto y Nadal se habría retirado hace años con un palmarés escueto. Es un fenómeno recurrente.

Champions final

Leyendo a estos sabios del deporte que jamás se calzaron unas botas de fútbol o empuñaron una raqueta, no se entiende que el Real Madrid ganara tres Champions consecutivas con un entrenador que no le ganó a La Roda, un técnico sin conocimientos tácticos que llegó ahí de rebote y que se limitó a ejercer de mero alineador, de gestor de egos. No se entiende que el Madrid ganara cuatro Champions en cinco años jugando sin portero (el terrible año de Casillas, más los tres de Keylor Navas, al que se empeñaban en buscar sustituto, que si De Gea, Oblak o Courtois, cuando ahora intentan convencernos de que el bueno era Keylor y Thibaut es “transparente”). Que lo hiciera también sin defensa, con un Ramos sobreprotegido por su prensa de palmeros, con dos laterales como Carvajal y Marcelo, que son muy buenos como extremos, pero que defienden pésimamente, y un Varane que ha perdido la velocidad y fiabilidad que le caracterizaba. Sumemos un centro del campo que no es de primer nivel, porque Casemiro no sería titular en ningún otro equipo de Champions, Modric aporta menos que Song, Erikssen o De Las Cuevas en sus respectivos equipos, y Kroos jugó sus mejores partidos hace años en Alemania. Para colmo de males, en la delantera el Madrid contaba con un gato que no hacía goles como Karim, un golfista con tendencia a lesionarse como Bale y Cristiano Penaldo, un egocéntrico goleador con poco fútbol en sus botas.

¡Y se ganó! No una, ni dos, ni tres, sino hasta cuatro veces en cinco años prácticamente con el mismo equipo. La flor de Zidane, ganar sin proponer, sin estilo, la fortuna, los arbitrajes (inciso para mencionar el doble rasero de la prensa que solo destacó los posibles errores a favor del Madrid y nunca los más numerosos que fueron en contra), los rivales débiles, gordos, pesados, viejos y lentos, siempre había un pero. Cualquier cosa antes que destacar las virtudes propias.

Cuando se logran algunos de estos trofeos como el Mundial de baloncesto y oigo a los jugadores cantar el “Yo soy español, español, español” con fervor, pienso en lo que significa realmente ese cántico. Ese cántico representa el orgullo de pertenecer a una nación, sí, pero es también el sentimiento espontáneo del que no estaba llamado a esa gran gesta que sin embargo ha logrado, y ese autoconvencimiento de que no estaba llamado a la gloria se produce tanto por el sentimiento de inferioridad que nos acompañó durante décadas como por los dardos y críticas sistemáticas que reciben los nuestros cada vez que acuden a un campeonato.

Salto de Pau y Marc

Las frases que he empleado para describir a Nadal, el Madrid de las Champions o la selección de baloncesto las he leído o escuchado a muchos de estos expertos, incluso algunas las he dicho yo (las que están en naranja). Luego llega la realidad y Marc Gasol y Ricky Rubio se convierten en dos de los mejores jugadores del campeonato, Llull recupera su confianza, Claver juega los partidos de su vida y Scariolo da una lección de estrategia tras otra a sus rivales. Pero qué sabrán los entrenadores y periodistas que llevan toda la vida metidos en esto al lado de la brigada tuitera. Qué sabrán los seleccionadores nacionales y los capitanes de los equipos cuando otorgan el Balón de Oro a Luka Modric si existe un tipo como Maldini que ha dicho que no es futbolista para el Madrid. Un tipo que no acertaría los resultados ni aun teniendo el almanaque deportivo de Regreso al futuro en sus manos. Nadal nos tiene a miles de aficionados despiertos hasta las tres y media de la mañana luchando contra un ruso de dos metros y te viene un imbécil (porque no tiene otro nombre) a criticar su juego, sus formas o su ejercicio de españolidad. O te vienen los imbéciles supremacistas a decir que el Mundial de baloncesto lo ha ganado esa cosa inventada de los Paisos Catalans.

Nació Digital

Por eso el “yo soy español, español, español” para mí representa un “aquí están mis cojones para demostraros que estabais equivocados, soplapollas, que valgo tanto o más que mis rivales a los que idolatráis y destacáis a diario”. Porque supongo que a alguien como Paquito Fernández Ochoa le dirían que dónde vas tú con tus esquís a competir en unos Juegos Olímpicos contra esos monstruos americanos y nórdicos. O como le dirían a Severiano Ballesteros cuando no había campos de golf en España y se presentó con 19 años a competir ni más ni menos que por el Open Británico. Supongo que a Carolina Marín le dirían en su Huelva natal que eso de la raquetita y la plumilla está muy bien, pero que dónde pretendía llegar en un deporte en el que las otras siete cuartofinalistas de los Juegos eran de donde se juega de verdad ese deporte, del Sudeste asiático. Afortunadamente tenemos un enorme grupo de deportistas sin complejos que se van de Sant Boi para triunfar en la NBA, de Asturias a la Fórmula 1, de un pueblo navarro de diez mil habitantes como Villava a arrasar en el Tour y establecer los conceptos del ciclismo moderno, o de Fuentealbilla, Camas, Pobla de Segur o Móstoles para traernos el sueño impensable de un Mundial de fútbol.

Porque “yo soy español, español, español”, y no conocemos fuerza motriz mayor que escuchar «no vas a poder», «no eres capaz» o «jamás lo lograrás». Burros, cabezones, empeñados en demostrar a los demás su error, por eso somos capaces de vencer pese a que nos recuerdan constantemente lo malos que somos.

La Diada y el Delorean, por Josean

Puig de Monty McFly resopló nervioso. El flequillo apenas se le movió, pues el sudor de la frente, esa pátina brillante que se había convertido en una de sus señas de identidad,  evitaba el movimiento del pelo lliure, independiente.

– Doc, ¿me estás diciendo que este Delorean que has comprado desviando fondos a través de Roures es en realidad una máquina del tiempo?

Doc Tardá trató de contener la emoción, pero no podía, tartamudeaba al hablar igual que cuando tenía que expresarse en esa lengua castellana que le imponían desde el Estado central totalitario. Ardía en deseos de contar al MHPE (Molt Honorable President en el Exilio) todas las claves del funcionamiento del aparato que a buen seguro ayudaría al poble de Catalunya a lograr su objetivo final.

– ¿Ve esto, President? -dijo abriendo el motor-. Ocho cilindros en V, como la V de la Diada de 2014. Y una cadena de distribución tan potente como la cadena humana de la Diada de 2013.

– Oh, qué cadena, qué éxito. Hasta Hollywood nos lo copió para la película Nosotros.

us-hands-across-america-1553123723

– Aquella era una película de terror, President -masculló entre dientes.

A continuación le mostró el habitáculo interior y siguió hablando:

– La energía de millones de catalanes lliures será canalizada por este conducto a través del condensador de lazos amarillos.

Monty McFy no cabía en sí de satisfacción y mostraba una sonrisa amplia, sincera, nada que ver con la fingida el 1-O de 2017 mientras se montaba la mundial en los colegios electorales en los que cientos de miles de catalanes ejercían su derecho al voto con tal convicción democrática que algunos lo hacían tres, cuatro o incluso catorce veces.

– ¿Podemos probarlo? -preguntó Monty.

– ¡Claro! ¿Alguna fecha concreta? ¿Qué tal el 11 de septiembre de 2018?

Algo se revolvió en las tripas de Monty McFly.

– En 2018 pasé mi primera Diada fuera de nuestra tierra, en Waterloo, no es algo que me agrade recordar. «Fem la República Catalana», era nuestro eslógan.

– Cierto, cierto, y el compañero Junqueras en una prisión injusta sufriendo un trato degradante que no se recuerda igual en la historia de la humanidad. Retrocedamos un poco más, a la Diada de 2017.

Doc Tardá tecleó la fecha en el panel de mandos y aceleró el Delorean hasta los 171,4 kilómetros por hora, la velocidad indicada en el ingenio que marcaba el inicio de todo, el principio de los tiempos, el Alfa y Omega. Estaba el nacimiento de Jesucristo para los cristianos, la Hégira de Mahoma para los musulmanes y el 11 de septiembre de 1714 para el pueblo más perseguido de la historia, para el pueblo de los elegidos.

Para no llamar la atención en exceso, el Delorean aterrizó en una terraza que daba a la Diagonal. Los dos prohombres de la patria salieron del coche y divisaron la manifestación desde la azotea.

– Mira qué hermosura, el eslógan «La Diada del Sí», esa estelada gigante,… -dijo Monty-. Los Jordis en primera fila, pancartas por el derecho a votar el 1-O, dos millones de personas en las calles.

– Ejem, ejem, Monty, según la Guardia Urbana fue un millón, y según la delegación de gobierno, 350.000 personas.

– ¡Admirapla en cualquier caso!

– Dime una cosa, President, ¿en aquel momento ya estabas pensando en echarte para atrás, no?

20160911-636092162346162596_20160911184956-kX2E--980x554@MundoDeportivo-Web

Como queriendo cambiar de tema, Monty quiso retroceder un poco más, a la Diada de 2016, «A punt», 2015, «Vía Lliure», y se preguntó qué hacía él en aquellos momentos en que el líder catalán de entonces, Artur Mas, estaba en plena campaña electoral del 27-S mientras promovía un nuevo referéndum, el del 9-N, con el que tratar de tapar todos los casos de corrupción que comenzaban a cercar su partido. Monty era alcalde de Gerona,  «solo» número 3 de Junts Pel Sí por Gerona y recordó que vivía mucho más tranquilo con su mujer, Marcela Topor. «Aunque por entonces ella no se levantaba 6.000 euros mensuales de un medio subvencionado con dinero público», pensó.

Leyó en un periódico las cifras de asistencia a la Diada y eran mayores cuanto más retrocedía en el tiempo. Volvieron a poner en marcha el Delorean.

2014: «Ara es l’hora». Monty tuvo que hacer esfuerzos por contener las lágrimas. 1.800.000 asistentes según la Guardia Urbana, 550.000 según la delegación de gobierno.

2013: «Vía catalana cap a la Independència».

2012: «Catalunya, Nou Estat d’Europa». Dos millones de personas en las calles durante la primera Diada claramente proindependentista. 620.000 personas según la delegación de gobierno.

– ¡2012! -se sorprendió Monty-. Ya hablábamos de un nuevo estado europeo hace siete años. ¿Tanto tiempo llevamos metidos en el procès?

En todas esas manifestaciones aparecía en la primera fila un chico joven con aires de matón de patio de colegio, de la familia de los Tannen. A medida que retrocedían en el tiempo, igual que engordaban las manifestaciones, adelgazaba el matón de los Tannen, el pequeño Rufián.

– ¿Qué tal si retrocedemos al inicio de todo, a junio de 2010 y la sentencia del Constitucional? -sugirió Monty.

– ¿De verdad crees que ese fue el principio de todo? -respondió Doc Tardá, visiblemente contrariado.

– Por supuesto, porque supuso negar al poble de Catalunya su derecho a decidir sobre los propios asuntos de la naciò.

Tardá permaneció en silencio y puso rumbo a junio de 2010. En realidad lo que vieron fue que el independentismo encontró su excusa para iniciar la deriva en la que estaban inmersos desde entonces. La sentencia anuló dos temas fiscales de menor importancia, indicó que la palabra “nación” del preámbulo carecía de valor jurídico y sobre todo evitó la creación de un poder judicial paralelo.

– Era nuestro Estatut -sollozó Monty-. El que habíamos aprobado y decidido todos los catalanes.

Con gesto circunspecto y sin avisar, Tardá retrocedió hasta el 18 de junio de 2006, el día del referéndum sobre el Estatuto de Cataluña.

– Aquí lo tienes, Doc, la mayoría del poble aprobó un nou Estatut para Catalunya, un pacto aprobado por todos los catalanes que luego nos recortaron en Madrit.

– Mira, Monty, nuestro partido, Esquerra, pidió el “No” al Estatut. El porcentaje de participación en el referéndum no llegó al cincuenta por ciento, y de ese cincuenta por ciento, ni siquiera se llegó a tres cuartas partes porque es un tema que a muchos catalanes, sinceramente y aunque nos duela, les interesaba más bien poco. En 2006 los de tu partit no eran independentistas como nosotros, no apostabais por la secesión como ahora.

– ¿Ah, no? Pensaba que solo era el PP el que se oponía al Estatut.

El PP se opuso a la aprobación del Estatut porque entendía que vulneraba competencias de las instituciones nacionales, y ERC se manifestó en contra de una redacción que previamente había aprobado porque consideró que el Estatut se quedaba corto en sus aspiraciones secesionistas.

Siguieron retrocediendo hasta la Diada de 2005. Monty se sorprendió al ver a políticos del PP, el PSC y Ciutadans en la ofrenda floral a Rafael Casanova, aquel insigne patriota español.

– ¿Recuerda? -inquirió Doc al MHPE-. ¿Recuerda cuando se decía que la Diada era una fiesta de todos los catalanes? Es más, vamos a retroceder a 1980, a la reinstauración de la Diada tras los años de dictadura franquista.

El Delorean aterrizó en una azotea sobre Las Ramblas. Doc bajó a la calle y compró un ejemplar de La Vanguardia, que entregó a Monty. Ni rastro de esteladas, ni rastro del sentimiento de odio que se respira desde 2007 al menos. Monty leyó el periódico estupefacto. Por un momento pareció salir del ensimismamiento indepe en el que lleva desde que se cayó en la marmita de lazos amarillos. Trataba de entender qué ocurría.

lf_diada

El Delorean se trasladó a la Diada de 1976, cuando seguía sin ser una fiesta autorizada, pero se convocó una concentración de miles de personas bajo el lema: “Llibertat, Amnistia y Estatut d’Autonomia”.

–  Con qué poco nos conformábamos, ¿eh? -pareció entender Monty.

– Vosotros queríais el poder y más autogobierno, no dudo que al principio con intenciones loables, con la vuelta de Tarradellas y el restablecimiento de la autonomía. Pero luego con Pujol se vio que los que mandaban de entre los tuyos, con el clan Pujol a la cabeza, solo querían mangonear con impunidad.

Monty se quedó cabizbajo. Pensó si no había sido un títere en manos de otros mucho más listos que él, antiguos líderes de su partido que seguían viviendo en Cataluña cómodamente instalados en sus casoplones y disfrutando de la riqueza acumulada durante los años de expolio.

– Oye, Doc, ya que esto es una máquina del tiempo… ¿podemos viajar también en el tiempo hacia el futuro?

– No te va a gustar, President -respondió Doc.

– ¿Pero ya lo has hecho? ¿Podemos hacerlo?

Doc Tardá suspiró profundamente:

– Hazme caso, McFly, no te va a gustar.

Notas del Autor:

(1) Disculpas por mi pésimo nivel de Photo Editor.
(2) Este artículo está programado para su publicación a las 12.00 h. del 11 de septiembre, coincidiendo con la celebración del Acto «Por los derechos y las libertades, absolución». Con dos cojones.

Cara Josean

Solaris, por Travis

«Una cinta de ciencia-ficción visionaria que nos embarca en un profundo viaje, tanto al espacio exterior como al interior». Michael Wilmington, del Chicago Tribune.

Hace casi dos meses, en el post que dediqué al cine ruso y especialmente al papel de los rusos en el cine, prometí que hablaría de Solaris, la obra del director soviético Andrei Tarkovsky basada en la novela del polaco Stanislaw Lem. Fue rodada en 1972 y tras su paso por Cannes se convirtió en la típica cinta de culto que recibe el respaldo unánime (y acrítico) de la prensa especializada. Recuerdo haberla visto entre grandes bostezos hace décadas, cuando apenas cumplía los veinte y pasaba esa etapa gafapasta de mi vida en la que intentaba ver todo lo que los sesudos críticos oficiales consideraban «imprescindible». Cuando decidí destripar la peli este verano, quise volver a verla para comprobar si en aquel momento cuasiadolescente no tenía la madurez suficiente para juzgarla y ahora en cambio, bordeando la cincuentena, poseía el grado de discernimiento necesario para saborear «…una obra cinematográfica fascinante. Es también una reflexión sobre la humanidad, el amor y la naturaleza desconocida del universo». Palabra de Jamie Russell, de la BBC.

Para los amantes de esta obra de Tarkovsky o para los curiosos a los que les apetezca verla después de mi valoración, les indico que es muy fácil de encontrar en versión original y con subtítulos:

«Ah, coño, es cortita, solo una hora y dieciséis minutos», pensará algún incauto. No, amigo, esa es solo la primera parte. Aquí te dejo el enlace para la segunda:

Dos horas y cuarenta minutos. Por esa razón el crítico de The New York Times Richard Eder afirma que «el resultado exige verla activamente y poner esfuerzo. Pero si se hace, el resultado es extraordinario como recompensa». Me quedo con la primera frase. Puse el esfuerzo, la mejor intención, y escuché activamente los primeros tres minutos de música de Edward Artemiu. «Bien, vamos muy bien». Luego contemplé con expectación el primer minuto de hojas sobre el lago con la misma atención con la que miraba el aparcamiento del coche sobre las cagadas de perro en la Roma de Cuarón. Pero respecto a la segunda frase de Richard Eder, aún sigo esperando mi recompensa, o al menos alcanzar la madurez suficiente para disfrutar esa «extraña, lenta, pero absorbente parábola sobre la vida y el amor en forma de un tema de ciencia ficción» (Variety). Casi dos meses he tardado en encontrar las ganas y los huecos entre sueños para rematar el visionado.

Solaris 3

Trataré de ser respetuoso con el autor y con todos los críticos que tanto la aprecian, así que diré con toda la educación y cordialidad que soy capaz de reunir que… redoble de tambores… Solaris me parece un truñaco sobrevalorado, repleta de momentos pseudointelectualoides que bordean el ridículo, con unos efectos especiales inexistentes y una trama interior de sus protagonistas de una simpleza pasmosa, que cuesta entender cómo para la crítica se convierte en una reflexión profunda sobre «la muerte y el renacimiento, el paraíso perdido de la infancia, el poder del arte para definir la identidad, la amenaza de la ciencia como vanidad destructiva» (Richard Brody, The New Yorker).

El argumento de Solaris es sencillo: un psicólogo llamado Kris Kelvin, no un astronauta profesional, ni un ingeniero o un médico, ni siquiera un científico avezado en experimentos termonucleares cósmicos interplanetarios, un psicólogo, decía, es enviado a la estación soviética en el planeta Solaris, un lugar formado por un océano, nubes, gases y poco más.

Solaris 2

Antes de emprender viaje, Kris se pasa el último día en la Tierra con sus padres, un señor mayor con chaleco, bigote y aires de abuelo de Heidi, y una señora cuyo papel parece interpretado por Eusebio Poncela con peluca.

Solaris 3B

En la preciosa casa de sus padres junto a un lago (lago que da, por supuesto, para hermosos planos de dos minutos de las flores y plantas bajo -en, entre, sobre, tras y demás proposiciones- el lago), se encuentra también un antiguo astronauta que visitó la estación espacial hace tiempo y se quedó un poco tocado, un tal Berton, quien afirma que vio a un niño de cuatro metros caminando hacia él.

De verdad que intenté encontrar el simbolismo al niño con problemas de gigantismo que flotaba sobre las aguas, pero mi escepticismo era mayor aún que el de los responsables de la agencia espacial rusa, así que al igual que ellos lo achaqué a un estrés traumático o a un episodio de locura temporal.

Berton se enfada con Kelvin y se marcha a la ciudad en un plano que dura casi cinco minutos de reloj. Cinco putos minutos de mi vida viendo un túnel, una carretera, otro túnel, el careto de Berton montado sobre un Lada supuestamente futurista (¡un Lada!) y llegando a una ciudad nada moderna de noche, con las luces de los edificios encendidas. Supongo que el director quería transmitirnos la idea del caos de la gran ciudad frente a la quietud y la calma de las aguas de Solaris.

Tarkovsky consideraba que la ciencia ficción que se rodaba en Occidente era demasiado superficial y su manera de parecer profundo consistió en rodar planos interminables de la superficie del océano de Solaris, a veces entrelazados con otros de nubes en movimiento. Resulta de una profundidad sublime, cómo no, que eso nos dice la crítica especializada.

Dos minutos en blanco y negro, otros dos en color durante el trayecto del coche. Kelvin en la quietud del bosque y en una elipsis mágica comparable a la de 2001, Una odisea en el espacio, el firmamento y luego un plano corto de Kelvin diciendo “¡perdemos estabilidad!”, momento en el que llegan los maravillosos efectos especiales consistentes en mover la cámara a izquierda y derecha.

Solaris 5

Ninguno de los tres habitantes de la estación recibe a Kelvin cuando este llega a Solaris, el cual llega con la misma pasmosa mirada del que entra en un bar sin gente: “vaya, pues esperaba un fiestón y esto es un muermo…” Al poco tiempo se entera de que uno de los tres astronautas, Gibarian, precisamente el que era su amigo, se había suicidado, y los otros dos, Snaut y Sartorius (no sabemos si de nombre Nicolás), están como un cencerro. Los pasillos de la nave están medio abandonados, repletos de trastos, cables, chispas, basura y luces. Creo sinceramente que pudo servir de inspiración para la MIR de Armageddon, ¡ja, ja, ja, matadme, puristas tarkovskianos!

Solaris 4B

Tras ver el vídeo de Gibarian justo antes de suicidarse, Tarkovsky nos regala un minuto entero de Kelvin durmiendo en su cómoda celda espacial, minuto del que despierta y se encuentra con una mujer con bigotillo (de hecho se lo mesa de modo sensual) a los pies de la cama, vestida de «fiesta cutre de disfraces medievales». La mujer se mete en su cama y descubrimos que es Hary, su mujer fallecida diez años atrás, la misma que aparecía en un retrato en la casa de los padres. Kelvin se asusta, porque evidentemente su mujer murió, así que no se le ocurre otra cosa que meterla en un cohete espacial y lanzarla a tomar viento, helio, o lo que se respirara en esa atmósfera extraña. Kelvin es tan torpe y tan poco astronauta que se chamusca todo enterito con el fuego del cohete. Quizás sea otro símbolo del autor acerca de lo quemado que llegó a estar Kelvin de su mujer. Quizás sea eso, a lo mejor no lo entendí a la primera.

Para su sorpresa, al día siguiente Hary vuelve a aparecer ante sus ojos, porque «la dualidad está presente en cada idea y en cada emoción, sin poder separar lo positivo de lo negativo, formando un todo trágico», según Adrián Massanet, de Espinof. Vale, puesto que esta es una historia de amor introspectiva y hay que buscar en el interior la aventura que no ofrece el exterior, Kelvin hace lo que sus instintos le indican: echar un polvo, revivir su historia con aquella mujer que no era feliz con él y que en su depresión se quitó de en medio. Otra que se suicidó, que visto el número de personajes y de suicidios de la película, cualquiera pensaría que los rusos tienen una solución fácil y rápida para prevenir la superpoblación.

Solaris 7

En otro de los momentos simbólicos del filme cuyo significado mi mente ignorante no captó, vemos una especie de condón gigante hinchado en el suelo, quizás como un aviso a Kelvin para que evite la reproducción con un ser que claramente no es humano. Sí, Hary, su mujer doble o triplemente fallecida, tiene aspecto humano, está como un cencerro y tiene su morbo en alguna escena, pero no es humana por el cariño con el que trata a Kelvin pese a que intentara deshacerse de ella en varias ocasiones.

Solaris 6

La gracia del argumento es que se supone que el planeta es el que genera personajes como el de Hary a partir de nuestros recuerdos, como si se creara una especie de conexión neuronal entre los habitantes de la nave y la superficie del océano. De ahí que desde la nave se lancen ondas cerebrales al planeta con la esperanza de que dejen de crearse esos recuerdos perturbadores (que alguien me explique el enano que guarda Sartorius en su laboratorio).

El despropósito argumental continúa con la fiesta de cumpleaños más tétrica de la historia, en la que nadie sonríe, leen unos párrafos del Quijote y hablan de «los treinta segundos de ingravidez» como si fuera algo emocionante. Tras  la fiesta, como una rutina ya incorporada a su quehacer diario, Hary se suicida de nuevo ingiriendo un tubo de oxígeno líquido. Pero en esa enorme metáfora de la inmortalidad y el cariño infinito, resucita a los pocos minutos. No sé si la cara de Kelvin es de alivio o de hastío, como si dijera: «¿otra vez me vas a montar el numerito, guapa?»

Cuando ya llevas más de dos horas y tus ojos se sujetan con palillos llegan los mejores diálogos de la película para mi gusto, aquellos en los que hablan de la felicidad, de cómo los seres más felices son los que no se preguntan por el sentido de la vida, todo ello en un plano en el que Tarkovsky se recrea en los pelos de la oreja derecha de Snaut. «Conocer el final de nuestra existencia es peor para la felicidad», o algo de tamaña complejidad creo que afirma.

Solaris 8

Kelvin sueña con su madre siendo joven y vestida como la selección de Croacia, y cuando despierta se entera de que por fin se ha deshecho de Hary, que desaparece de la nave, pero tiene el detalle de dejarle una carta de despedida. Su mayor dilema a partir de ese momento consistirá en decidir si vuelve a la Tierra o permanece en Solaris para vivir con el recuerdo de su esposa o con la esperanza de su vuelta. Porque ya hemos visto que esta mujer, terca es un rato.

Volvemos a la casa de los padres junto al lago, pero, oh, grandiosa sorpresa final, cuando Kelvin observa desde la ventana que el padre se moja el chaleco por una gotera inmensa en el centro del salón mientras trata de salvar los libros, que digo yo que podía arreglar ese goterón con un poco de cemento cola o llamando a un escayolista, o al menos podía no ponerse justo debajo del agua (perdón, que me voy del tema), la cámara se aleja, asciende y comprobamos que realmente la casa yace en una isla que no es más que un recuerdo establecido en Solaris, oh, momento poético final, oh, bálsamo consolador del alma atormentada de Kris Kelvin.

FIN

Solaris 9

Parece clara mi opinión, pero qué sabré yo. Solaris alcanza un 8,1 en Imdb, un 7,6 en Filmaffinity y está en el top-10 de películas de ciencia ficción para The Guardian, pero para mí ha sido todo un ejercicio introspectivo de compostura, paciencia y autoflagelación. Treinta años después, en 2002, Steven Soderbergh rodó un remake de Solaris con George Clooney y Natasha MacElhone. No la he visto porque dicen que la buena, buena, rebuena, obrísima maestra, es la de Tarkovsky.