Ya que no podemos arreglar el mundo, hablaremos de lo que nos interesa: la política y los políticos, el fútbol, el cine, y todo lo que nos molesta, acompañados por unas jarras de cerveza. Bien fresquitas, por supuesto
Planes propuestos por el club de lectura, cine y documentales El club de los currelas muertos para no ver el mundial de la infamia de Catar.
La cabina cumple medio siglo. El mediometraje de Antonio Mercero titulado La cabina se estrenó en Televisión Española el 13 de diciembre de 1972. No sé en qué año la vi yo, probablemente pocos años después, con ocho o nueve años, pero la recuerdo perfectamente. Me dejó huella, como a tanta gente. Creo que solo he vuelto a verla completa una vez más, pero sus imágenes nos vienen a la cabeza de todos los que vivimos en los setenta y a todos los que usamos con frecuencia alguna cabina telefónica… en los tiempos en que había cabinas telefónicas. En su día escuché a gente decir que le daba cierto miedo usar una cabina desde que vio la película de Mercero, y el propio director o José Luis Garci, guionista de la perversa trama, contó en la radio que durante un tiempo mucha gente que llamaba desde las cabinas dejaba siempre un pie para sujetar la puerta y evitar que se cerrara.
La cabina se rodó en la plaza del Conde del Valle de Súchil, junto a la calle Arapiles, en Madrid. Junto al lugar de rodaje se colocó una cabina roja como la de la película, como Homenaje a La Cabina de Antonio Mercero. Dejo la ubicación y cómo se ve a través de Google View. Métete ahí dentro si tienes coj… coraje.
A lo largo de sus poco más de treinta minutos de metraje, el espectador experimenta todo tiempo de sensaciones: curiosidad, diversión, como los vecinos que se reúnen alrededor del pobre desafortunado, preocupación, angustia, para acabar con el terror. El miedo. Del protagonista y del espectador. No se concibe La cabina sin José Luis López Vázquez mostrando todos esos estados de ánimo. Del hartazgo inicial a ese terror que nos hace sentir. Durante el paseo del pobre hombre atrapado en la cabina, vemos el Madrid antiguo o no tan antiguo: el scalextric de Atocha, el túnel de María de Molina, las afueras de Madrid. Las imágenes de los exteriores de la ciudad se rodaron en la presa de Aldeadávila y en Portugal.
Creo que fue el propio Mercero (o puede que fuera Garci) quien contó en una ocasión que La cabina tuvo problemas con la censura, pues el censor consideraba que en una de las escenas, en la que López Vázquez miraba al cielo como buscando una salida, el camión con la cabina a cuestas pasaba cerca de un Ministerio, y que con ello se podía estar dejando caer el mensaje subliminal del ciudadano atrapado en una dictadura sin salida que ansiaba su libertad. El director se quedó sorprendido ante lo fino que hilaban los censores de la época y seguramente se lamentó de no haber tenido él mismo esa idea tan brillante.
Me parece un planazo volver a La cabina. A la obra de Mercero y Garci, quiero decir. Aquí la dejo:
En días así en que estamos fundidos, a veces nos ponemos una peli navideña, pero con una condición: que sea mala, mala de solemnidad. De esas que sabes cómo van a acabar desde la primera escena, desde la primera mirada entre el chico y la chica. No son días para ver Qué bello es vivir, ni Love actually, ni siquiera Solo en casa o La jungla de cristal. No buscamos grandes tramas, sino algo que solo pueda competir en simpleza con una peli sueca de sábado tarde.
Son todas iguales, como las carátulas que acompañan este texto. El argumento habitual es el de un tipo gruñón con nulo espíritu navideño, muy ocupado en su trabajo, que llega a un lugar en el que conoce a una chica encantadora que vive de manera apasionada la Navidad, pese a sus problemas económicos, la salud de su perra o algún problema de un familiar cercano. El tipo gruñón tiene que quedarse más tiempo del que le gustaría en el pueblo, pese a que sus deseos iniciales son los de prender fuego a todo duende o adorno navideño que se ponga por delante, y al segundo o tercer día comienza a colaborar en alguna tarea que forma parte de la tradición del lugar. La chica, que sabe que el tipo es un gilipollas integral, se acerca demasiado a él, porque es la típica chica a la que le gustan los gilipollas integrales (todos conocimos ambos ejemplos ya en el colegio), y el roce hace el cariño, se tocan un día un brazo y saltan unas chispas que el director quiere hacernos sentir como una descarga de alto voltaje. Lo que ocurre es que los actores son tan malos que en el fondo parece que les hayan dado instrucciones de que hagan que sienten como si les hubieran lijado el brazo y «¡oh!», se miran y sabes que en menos de quince minutos de rodaje habrá piquitos y una nueva pareja.
Y por supuesto se salvará la Navidad, la perra o el padre de la chica saldrán del hospital o el veterinario, o al revés, la chica encontrará solución a sus problemas económicos, no se cerrará el hotel o la residencia de ancianos, el gilipollas integral se imbuirá de espíritu infantil y todos acabarán rodeados de niños cantando un villancico que te provoca unas enormes ganas de rociarlos a todos con napalm.
THE END y toda la gaita, pero a veces, muy pocas veces, de manera excepcional, es lo que nos pide el cuerpo. Tan predecible como que habría penalti para Argentina.
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8 de diciembre, ando encerrado en casa de manera voluntaria, seguramente porque he pasado mucho tiempo fuera las últimas semanas y porque en las próximas me sucederá algo parecido. Bien es cierto que la lluvia no ayuda a la hora de pensar en planes que hacer fuera, pero es que además mi cuerpo pedía sofá, manta y lectura. Y me dio por pensar en otro tipo de encierros. Uno me ha llevado a los Países Bajos, el país al que hasta hace nada llamábamos Holanda, y el otro a Argentina. Casualidades de la vida, no vayan a pensar que guarda relación con…
En 2015 visité la casa museo de Ana Frank en Ámsterdam. He estado tres veces en la capital holandesa, perdón, neerlandesa, y es una ciudad que me encanta sin que sea capaz de describir muy bien por qué. No tiene monumentos espectaculares, ni los mejores museos del continente, ni está en un enclave natural único, pero me la he pateado de arriba a abajo varias veces y la disfruto mucho. Por sus canales, por la gente, los parques, por las bicis, por la tranquilidad de algunos barrios, por lo que sea. Podría vivir allí un tiempo a pesar de las incomodidades del transporte o de esas casas estrechas sin ascensor, estoy convencido de ello.
Compré el Diario de Ana Frank en la propia tienda del museo y comencé a leerlo en el vuelo de vuelta. Conocía la historia de la niña judía encerrada durante dos años junto con su familia en la parte trasera de una casa de la calle Prinsengracht para ocultarse de los nazis, pero me hice una idea mucho más cruda de la dureza del cautiverio cuando visité la misma. Y de manera especial, cuando traté de imaginar lo que debió de ser para una niña tan vital convivir con su tío en esa pequeña habitación durante tanto tiempo. La capacidad del ser humano para sobrevivir es asombrosa, la capacidad de adaptarse a las circunstancias desfavorables puede ser infinita. El diario se interrumpe de forma abrupta y la casa museo desvela con imágenes y documentos del campo de concentración el trágico final de la niña y de su hermana. No hubo un final feliz.
De la otra punta del mundo, de Argentina, nos llegó en 2009 una magnífica y acongojante película, El secreto de sus ojos, dirigida por Juan José Campanella. Escrita por el mismo director en colaboración con Eduardo Sacheri, el novelista autor de La pregunta de sus ojos, la obra en la que se basa la película. Ahora que estamos en tiempos futboleros, uno de los protagonistas pronuncia una frase que podría valer (y de hecho vale) para muchas otras cosas, no solo para referirse a las filias por un equipo de fútbol: «El tipo puede cambiar de todo: de cara, de casa, de familia, de novia, de religión, de Dios. Pero hay una cosa que no puede cambiar, Benjamín, no puede cambiar de pasión». Benjamín es ese actorazo con la cara de Ricardo Darín.
Precisamente un partido de fútbol da pie a uno de los planos secuencia más impactantes que yo haya visto nunca en una película, un plano en el que la acción comienza a centenares de metros de un estadio de fútbol, baja hasta la grada, se posa junto a los protagonistas y los acompaña durante la persecución posterior por el interior del estadio. Hace tiempo encontré un vídeo en YouTube que explica cómo se rodó ese plano, y como casi siempre en el cine, el engaño es de tales dimensiones que sorprende ver la casi rutinaria acción filmada en comparación con la alucinante escena que vimos en el montaje final.
Como dice esa frase, las personas viven atrapadas en su pasión, que en algunos casos y por circunstancias de la vida puede convertirse en obsesión. Hay encierros mentales y encierros físicos. Voluntarios o forzosos. El final de El secreto de sus ojos es amargo y no voy a desvelarlo. Como dije al mencionar a Ana Frank, no hubo final feliz, ¿o sí lo fue?
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El 7 de diciembre de 1941, la aviación japonesa atacó por sorpresa la base norteamericana de Pearl Harbor, en Hawái. Como creo que a estas alturas todo el mundo sabe, dicho ataque provocó la entrada inmediata de los Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial, y con ello todo lo que vino después, que algunos conocemos por la cantidad de excelentes películas bélicas que fueron rodadas. Así a botepronto se me ocurren tres películas sobre el ataque a Pearl Harbor que recomendar para un 7 de diciembre.
De aquí a la eternidad (1953)
La mejor, sin duda, aunque no se centra en el ataque japonés, sino en la vida del cuartel norteamericano en la isla. Un reparto impresionante y un gran despliegue para una producción galardonada con ocho Óscar. Montgomery Clift, Frank Sinatra, Burt Lancaster y Deborah Kerr (inseparables tras la famosa escena en la playa), Donna Reed y un Ernest Borgnine que siempre me había caído muy bien, hasta que aquí lo vi hacer de redomado hijo de puta.
Tora! Tora! Tora! (1970)
Estas palabras representaban la clave japonesa para atacar la base. La película fue rodada por Richard Fleischer para contar la visión norteamericana de la historia, y por Kinji Fukasaku y Toshio Masuda para narrar la versión japonesa de lo sucedido. Muy bien ambientada, buenos efectos y la recuerdo un tanto aburrida, quizás por su tono documental. Quizás tenga que echarle un nuevo vistazo.
Pearl Harbor (2001)
Con lo cojonudamente bien rodadas que están las secuencias de acción, puro Michael Bay, vaya historia más almibarada y blandengue de tíos guays y chica súpermona (Ben Affleck, Josh Hartnett y Kate Beckinsale), un triángulo amoroso que me interesa bastante menos que contemplar los destrozos ocasionados en el puerto hawaiano. Como en toda peli de Mr. Bay, los americanos no pueden perder y Pearl Harbor fue una tragedia en todos los sentidos, así que la trama nos lleva a un final en el que los dos chicos divinos de la muerte se embarcan en una heroica misión para bombardear Tokio. Y ya de paso, romper el triángulo con la muerte de uno de ellos. Ni recuerdo cuál de los dos, solo sé que si yo fuera japo, me cargaría a Ben (insoport)Affleck.
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El director norteamericano Woody Allen cumplió ayer 87 años y como plan de viernes, no se me ocurre nada mejor que una de sus películas. De las que no son de su éppca bergmaniana de mediados de los ochenta, sino de las brillantes comedias de los noventa, de sus caminatas charlatanas de los setenta o de casi cualquiera de sus obras. Propongo Balas sobre Broadway, por ejemplo. O una menos conocida, como Magia a la luz de la luna. O Annie Hall o Manhattan. Casi todas son perfectas para una noche de viernes de pizza, vino y una peli de hora y media.
Y si no les apetece una peli, también pueden coger alguno de sus libros de historias surrealistas como Pura anarquía o Cómo acabar de una vez por todas con la cultura. O su «pliego de descargos» en forma de memorias, como fue A propósito de nada. Ya entré en su día en la polémica con Mia Farrow y la acusación reabierta treinta años después. Desde luego, el bueno de Woody, que lleva más de 25 años con su pareja, Soon Yi, no encaja para mí en el prototipo de depredador sexual. Y me encanta su sarcasmo, que me recuerda mucho a Groucho sin tener mucho en común con Groucho Marx. Su último libro está dedicado a:
«Para Soon-Yi, la mejor.
La tenía comiendo de la mano y de pronto noté que me faltaba el brazo».
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En la foto vemos al actor y director estadounidense Ben Affleck pasando por delante de un mural del Ayatolá Jomeini. Corresponde, obviamente, a un fotograma de la película Argo, de 2012, galardonada con los Óscar a mejor película, mejor montaje y mejor guion adaptado.
No sé por qué hoy precisamente me he acordado de esta película sobre el enfrentamiento USA-Irán como consecuencia de la crisis de los rehenes de la embajada de Teherán. La retención de los diplomáticos norteamericanos se produjo a finales de los setenta y concluyó en enero de 1981 tras 444 días de cautiverio. Me pareció una película muy entretenida que por momentos me resultaba inverosímil (¿una producción norteamericana de ciencia ficción en ese ambiente explosivo?), pero sí tuvo bastantes visos de veracidad. Menos que licencias artísticas, por supuesto, como suele ocurrir en Hollywood.
Fue la propia CIA la que se encargó de desmentir algunas de estas licencias que se tomaron los guionistas y productores hollywoodienses en un hilo de Twitter con el título «Real vs Reel», algo así como «Realidad frente a Rollo (de película)».
La película minusvaloraba el papel de Canadá, donde se refugiaron seis de los trabajadores norteamericanos que lograron huir a tiempo de la embajada, e insinuaba la falta de auxilio de Reino Unido y Nueva Zelanda, lo cual, según parece, dista mucho de ser cierto. Y por supuesto, lo que nunca me creí durante la película: el clímax final en el aeropuerto, la persecución por las pistas y toda esa parafernalia tan de película para crear tensión. Al parecer, según la CIA, la salida fue de lo más normal, incluso con un retraso por una pequeña avería. Nada tan espectacular como lo que nos contaron Affleck y los suyos.
Que la realidad no te estropee una buena historia, una de las máximas de los guionistas y creadores de todo el mundo.
En resumidas cuentas, Argo es una buena peli, entretenida. Pero mi favorita sobre los tiempos convulsos de la revolución iraní es Persépolis, la película francesa de 2007 basada en los cómic de Marjane Satrapi.
La única vez hasta hoy que se enfrentaron Estados Unidos e Irán en un Mundial ocurrió en 1998, con victoria de los asiáticos por dos goles a uno. Según se rumoreó entonces, los jugadores habían sido amenazados de muerte si perdían el partido.
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El viernes es un día para ir al cine. Corrijo, es EL DÍA del cine. Los sábados sueles hacer más planes con amigos o familia, o te vas el fin de semana a algún lado, o lo pasas fuera desde por la mañana y por la noche solo quieres plan de manta y peli. Pero los viernes son para mí, para nosotros, el día de ir al cine. Es cierto que en ocasiones no hay un gran estreno que llevemos meses esperando, pero raro será el día que no encontremos una propuesta interesante, y por «interesante» no entiendo los blockbusters de acción que me aburren soberanamente.
Sé que hay muchas alternativas para ver una buena película en casa, ya sea Netflix, Movistar, HBO, Amazon Prime o la propia programación a la carta de las cadenas tradicionales, pero ir al cine es otra cosa, como comenté en La magia de la sala oscura. Estudias la programación, te interesas por lo que vas a ver, te desplazas y compras una entrada. Se crea un «compromiso» en el sentido en el que Quentin Tarantino nos explicaba en su momento con los videoclubes:
«Incluso si estás suscrito a todos los canales de televisión por cable, accedes a la guía, desciendes por la lista y… ves algo o lo grabas, y quizá nunca te sientes a verlo, o lo ves y quizá a los diez o veinte minutos empiezas a hacer otra cosa, y piensas: ‘Nah, realmente no me interesa’. Hemos caído un poco en esto.
Sin embargo, había una naturaleza diferente en el videoclub. Mirabas a tu alrededor, elegías cajas, leías las cajas por detrás. Tomabas una decisión, y quizá hablabas con el tío detrás del mostrador, y te recomendaba algo, (…) Y el asunto es que invertías en algo, de un modo en el que no estás invirtiendo con la tecnología electrónica cuando se refiere al cine. Había un mayor compromiso. (…)
Quizá es algo que ha atrapado tu mirada, no sabías nada al respecto, y te la juegas. La alquilabas, sinceramente querías probar y ver algo hasta cierto punto. Y eso es lo que de verdad se ha perdido, extrañamente, se ha perdido el compromiso».
Cuando voy al cine estoy plenamente comprometido. Llego puntual, no quiero perderme ni los tráilers, no llevo comida ni bebida, pongo el móvil en modo avión, meo antes de salir de casa y me concentro en la pantalla. Me desespero con los que encienden sus móviles para consultar el guasap en mitad de la proyección. Casi tanto como con los ruidosos. Pero el público es necesario, es parte de ese entretenimiento que tanto me gusta. Compartir las risas o las lágrimas a flor de piel en una sala repleta de gente. Como decía Christopher Nolan, «es esa combinación mágica de la emoción visual y la experiencia grupal que se vive en una sala de cine, donde todo el mundo está experimentando lo mismo, lo que me fascina. Creo firmemente en esa capacidad del cine de hacerte vivir experiencias que jamás podrías vivir de otro modo«.
Pues eso, que miro la cartelera y… veo que se acaba de estrenar una nueva película del detective Benoit Blanc, el que interpretara Daniel Craig en la entretenidísima Puñales por la espalda, con guion y dirección de Rian Johnson. La propia película se titula Puñales por la espalda: El misterio de Glass Onion. De nuevo un reparto repleto de rostros conocidos: Edward Norton, Daniel Craig, Kate Hudson, Ethan Hawke… Repite Rian Johnson como guionista y director.
Actores ingleses y norteamericanos. En mi caso, preferibles al Inglaterra-Estados Unidos de esta noche. Lo tengo claro.
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No está entre las mejores películas de Álex de la Iglesia, que como sabe todo buen lector de este blog es uno de mis directores españoles favoritos, pero es puro Álex de la Iglesia. Parte de una situación cotidiana y un entorno familiar (como en La comunidad, El bar o Perfectos desconocidos), para ir incorporando personajes cada vez más tarados que llevan al límite sucesos que no deberían ir más allá, y todo ello con el humor salvaje y en ocasiones un tanto negro del director (recordad El día de esa bestia). El propio director firma el guion a medias con su colaborador habitual, Jorge Guerricaechevarría y cuenta con su mujer Carolina Bang en la producción. Logra esos momentos que te desesperan y divierten como espectador, pues los personajes no se comportan de un modo racional, como harías tú, e incluso los que aparentemente lo son, terminan alterando su comportamiento para adaptarse al conflicto creado.
Y que no falte la gran escena de locura final, ese caos tan propio de El mundo está loco, loco, loco que parece seña de identidad del director. La película dura una hora y cuarenta y seis minutos, y repito, no es la mejor obra de Álex de la Iglesia, aunque te arranque unas buenas risas, pero desde luego, siempre será preferible a un Estados Unidos-Gales del mundial de Catar.
Vistosa. Valiente en algunas decisiones, menos Valiente en otras. Vigorosa, algo Vanidosa y nada Vulgar. Violenta, solo cuando la ocasión lo requería. Verborreica. Visual y Verbalmente atractiva. Versión más que Válida de la obra de Alan Moore y David Lloyd a la que ya dedicamos la primera parte. Vamos, pues, con ella.
Las hermanas Wachowski
Lilly y Lana Wachowski (en aquellos años de principios de siglo, Andy y Larry) gozaban de una posición intermedia en Hollywood: habían logrado un éxito más que destacable con Matrix (1999) y con sus dos secuelas (2003), pero no estaban integradas plenamente en lo más convencional del star system norteamericano. Siempre habían ido un tanto por libre, en sus guiones, en lo retorcido de varias de sus propuestas y en sus declaraciones. Sin embargo, el éxito de la trilogía les había procurado el derecho a decidir qué historia querían rodar.
La novela de Alan Moore y David Lloyd (guionista y dibujante, respectivamente) podía ser un punto de partida estupendo para dar otra bofetada a una sociedad dormida y algo complaciente como lo fueron Matrix o El club de la lucha en su momento, ambas del mismo año, por cierto. Una sociedad reprimida, atemorizada por un gobierno fascista y dictatorial, con unos medios de comunicación volcados en difundir la versión oficial como la única verdadera. Al igual que la novela, la trama se desarrolla en Inglaterra, si bien el momento temporal escogido es aproximadamente tres décadas posterior: 1997 y 98 en el cómic, sobre 2030 en la película. Las grandes potencias están destruidas o al borde del colapso en esos momentos, y el fascismo se ha impuesto como respuesta al desorden social imperante.
Las Wachowski se centraron en la producción y en el guion, y dejaron la dirección a James McTeigue, anterior ayudante de dirección en la trilogía de Matrix y en El ataque de los clones. El diseño de producción me parece muy logrado, consigue crear un Londres inquietante, oscuro, decadente, y una galería de V tan sugerente como la del propio libro. Otros decorados como la celda, el campo de pruebas de Larkhill o el Metro también son grandes aciertos, no tanto todo lo que rodea al Líder Supremo y su comité de secuaces/sicarios. La película contó con un presupuesto de 54 millones de dólares, y todo, música, efectos especiales y de sonido, montaje, fotografía, encaja bastante bien.
El hecho de trasladar la historia de la época ultraconservadora de Thatcher en los ochenta a un hipotético futuro repleto de atentados y desórdenes hizo que el guion se tuviera que actualizar en varios de los puntos de la trama. No olvidemos que la película se rodó en 2005, poco tiempo después de los atentados del 11-S y casi de modo contemporáneo a los atentados terroristas en el Metro de Londres el 7 de julio de 2005. Quizás por eso hubo que «sobreexplicar» las motivaciones del terrorista o pintar al poder como un ejército de psicópatas, con objeto de que no pareciera que se estaba enalteciendo la figura de un activista (terrorista) que se dedicaba a volar edificios públicos como el Parlamento o el Palacio de Justicia.
La versión disgustó de manera notable a su creador, Alan Moore, que renegó de la misma hasta el punto de que su nombre no aparezca en los títulos de crédito. A mí me parece una buena versión/adaptación con innumerables aciertos y con otras decisiones controvertidas que no alteran lo sustancial de la trama. Lo mejor de la trama original de la novela gráfica permanece en la versión cinematográfica. Alan Moore despotricó de esta versión igual que lo hizo de la que Zach Snyder rodó de su Watchmen, o del mismo modo que discutió con las productoras, con las editoriales o con la mayoría de los dibujantes con los que ha trabajado a lo largo de su vida. No debe de ser un tipo sencillo.
Los actores
Por diferentes razones, no era sencillo escoger a los actores para dar vida a los personajes ideados por Moore y dibujados por Lloyd.
El personaje de Evey en el cómic tiene 16 años y Natalie Portman había cumplido 24 cuando rodó la película. La niña del libro tiene que prostituirse para sobrevivir y se marcha a vivir con un adulto cuarentón (o más) cuando sale del refugio de V, pero quizás elegir una actriz menor de edad habría sido delicado para la distribución de la película. Natalie Portman cumple con creces, resulta frágil cuando tiene que serlo, sensual si lo necesita, o madura cuando pasa su particular confinamiento. Un papel muy Portman, como los de León, el profesional, Beautiful Girls o como princesa Amidala.
V tenía como principal característica que su rostro no se ve en ningún momento, luego el actor escogido tendría que valerse solo de su voz para representar el papel. Hugo Weaving fue el seleccionado y pese a que el actor australiano vivía su mejor momento profesional tras interpretar al agente Smith de Matrix y al elfo Elrond en El señor de los anillos, tuvo que aceptar la imposición, eso sí, no de muy buen grado. Pero el personaje tiene tales líneas de diálogos para lucirse que lo borda, tanto en la versión original, como en el estupendo doblaje de Armando Carreras (el que siempre había asociado al personaje, hasta este último visionado).
El líder supremo Adam Susan, en la película convertido en Adam Sutler, quizás para asemejar el apellido al de Hitler, recae en John Hurt. Es inevitable encontrar el paralelismo del actor con su participación en 1984, la flojísima versión del clásico de George Orwell, con esas imágenes en pantalla gigante por toda la ciudad y las televisiones de los particulares. En 1984 interpretaba a Winston Smith, el trabajador que comienza a cuestionarse su propio pensamiento, mientras que en V muestra a un líder exagerado, pasado de rosca y poco, muy poco inteligente. Quizás esa mutación sea una de las peores decisiones de la versión de las Wachowski.
Conocí a Stephen Fry en Los amigos de Peter, donde interpretaba a un homosexual que había mantenido oculta su condición de tal durante toda su vida. La vida real del actor fue muy similar, puesto que escondió durante años su condición hasta que finalmente salió del armario. Como dice V en un momento de la trama, «yo no creo en las coincidencias», y Stephen Fry interpreta a la estrella de la televisión Gordon Deitrich, un homosexual que oculta su condición por temor a las represalias del partido en el poder. Muy bueno el rincón escondido de su casa.
Stephen Rea es el inspector de policía que encuentra a V, pero también el que desvela que detrás de los supuestos actos terroristas ocurridos años atrás estaba el propio partido del gobierno, los fascistas de Fuego Nórdico. Conocí a Rea por hacer de irlandés tristón en Juego de lágrimas, y luego lo vi en Michael Collins haciendo de irlandés tristón. Aquí hace de detective de policía. Irlandés y tristón, por supuesto.
El reparto lo completan otros actores como el redomado hijo de puta obispo pedófilo (Anthony James Lilliman), un exagerado Tim Piggott-Smith como Creedy, otro redomado hijo de puta, en este caso miembro de la policía secreta, y Roger Allam, como Prothero, el no menos redomado hijo de puta que es una de las principales caras visibles del partido en el poder. Alan Moore no deja títere con cabeza y se cuestiona todos los poderes del estado totalitario, también los manipuladores medios de comunicación.
«El pueblo no debería temer a sus gobernantes.
Los gobernantes deberían temer al pueblo».
Los cambios (alerta: spoiler)
Algunos cambios de la trama eran necesarios, como la supresión de los personajes alrededor del líder, que en el libro tienen mucho peso y no aportan a la idea principal sobre la lucha del estado fascista frente al «villano» libertador. El orden de las voladuras de los distintos edificios no es sustancial para el desarrollo de la trama y cumplen su función de manera brillante con la Obertura de Tchaikovski.
La modernización de la estética del campo de concentración me parece un acierto: los presos, en lugar de recordar a los judíos en cualquier campo nazi, nos transportan a los detenidos en Guantánamo, con su uniforme naranja y sometidos a todo tipo de vejaciones y torturas, como el ahogamiento intermitente. 2005, no conviene olvidarlo.
Dos de los mejores momentos del libro tienen una traslación casi perfecta a la película: el asesinato «poético» de la doctora Delia Surridge (literal, casi palabra por palabra, excepto el momento final en que V le muestra su rostro) y la lectura de la carta en papel higiénico de la prisionera de la celda IV, Valerie. La película añade un matiz que he comprobado que no está en el original:
«Recuerdo que las palabras comenzaron a cambiar. Palabras desconocidas como colateral y entrega se volvieron aterradoras». «Recuerdo que diferente pasó a significar peligroso».
Otros cambios, sin embargo, convencen menos. El ordenador que controla todo lo que ocurre en la ciudad, Destino, no aparece en la película. La parodia de programa de televisión sobre el líder Sutler con música de Benny Hill e imágenes aceleradas me resulta totalmente fuera de lugar. La supuesta relación romántica entre V y Evey es irrelevante: Evey se enamora de la idea, no de la persona tras la máscara. De los ideales, de las ganas de cambiar el mundo, no del tipo que la protege a la vez que la secuestra y maltrata.
El final-final, con la explosión del Parlamento británico, la gente en las calles con las máscaras de Guy Fawkes, y luego cuando descubren sus rostros, me gusta mucho. Pero la escena previa, cuando V se carga con sus cuchillos a Creedy, a su cuadrilla y a todos los escoltas de Sutler perfectamente armados, me parece una coña suprema. El personaje se comporta a veces como un superhéroe, pero ese modo de actuar, que viene muy bien al principio, cuando se mueve por las azoteas e interviene en pequeñas escaramuzas, no resulta creíble al final. ¡Coño, que parece que tenga la invulnerabilidad de Superman y su misma fuerza!
Recibimiento
La película recaudó 132 millones de dólares, nada destacable en aquel año. Sin embargo, se convirtió con los años en una obra de culto, una película revisitada con las revueltas en distintos países y los movimientos antisistema que sucedieron a la crisis financiera de 2008. Los principales premios la ignoraron, mientras que entre la crítica hubo disparidad de opiniones. Pero gustó a Carlos Boyero, que dijo de ella:
«Es una película que se hace muy corta, abarrotada de talento. Y, evidentemente, me hacen pensar durante un rato si lo que nos plantean sólo tiene vocación de ficción, si en nombre de la salvación de Occidente los gobiernos pueden degenerar en ese Gran Hermano que nos vigila y nos tritura, si la frontera entre democracia y fascismo puede llegar con el tiempo a ser inexistente.»
Me ordena la máquina que nos controla (Google) que no haga caso a ese justiciero anti-todo que es Moore y diga que me encanta. Pues eso.
Verdaderos valientes vislumbrarán la versión de TraVis que versa sobre las venturas vividas por V, el villano para varios, visionario para otros, en la vasta V de Vendetta, vigorosa y nada virtuosa obra en tres volúmenes de Alan Moore. El que para algunos expertos en el mundo del cómic es el mejor creador de historias para novelas gráficas de todos los tiempos ideó una trama retorcida, antisistema y con tintes proanarquistas que fascina a sus lectores desde hace casi cuatro décadas.
Con permiso de esa obra maestra que es Watchmen, V de Vendetta es quizás su obra más reconocida internacionalmente, no solo por las adaptaciones cinematográficas de Zach Snyder (Watchmen: la película) y James McTeague, de la que hablaremos en la segunda parte de este post, sino por la popularidad que ha adquirido la máscara de Guy Fawkes en los últimos tiempos, en protestas multitudinarias o manifestaciones del tipo Rodea el Congreso, Occupy Wall Street o similares.
«Remember, remember, the Fifth of November», Guy Fawkes y la Conspiración de la Pólvora. El intento de voladura del Parlamento inglés en 1605 es el símbolo empleado para mostrar la lucha contra un poder opresor, que es lo que se muestra desde las primeras viñetas de la novela de Moore. En esta ocasión, el dibujante fue el inglés David Lloyd, cuya obra más conocida hasta la fecha era Night Raven. La historia fue encargada por la revista inglesa Warrior, una sucursal para el Reino Unido de Marvel. Todos los capítulos comienzan con la letra V (Valores, La Voz, La Violencia, El Veneno, Valerie, Los Vestigios, Valhalla…) y el primero de ellos, El Villano, nos muestra una Inglaterra bajo toque de queda y una estricta vigilancia del gobierno. La acción se sitúa en 1997 tras una guerra nuclear en la que el Reino Unido no participó. Los desórdenes en las calles provocaron la llegada al poder de un grupo fascista, Fuego Nórdico, que me suena como algunos de los grupos que conocemos: Amanecer Dorado (Grecia), La Liga Norte (Italia) o Agrupación Nacional (Francia).
La atmósfera opresiva y sometida a un ente controlador recuerda de manera no disimulada al 1984 de George Orwell. El poder está organizado con partes del cuerpo humano: los Dedos (la policía), el Oído (el espionaje), la Voz (la propaganda del régimen), los Ojos (los vigilantes), la Nariz (los investigadores),… Cámaras en las calles, una versión oficial única, eslóganes que se repiten o aparecen en anuncios en las calles, el Líder Supremo que quiere «que la población recuerde por qué nos necesita», la supresión de la cultura como la conocemos…
La novela se publicó en su primera parte entre 1982 y 1985, concretamente hasta el capítulo 10 del segundo libro, El Veredicto. Sin embargo, tras el cierre de la revista Warrior, pasó varios años inacabada, sin que se supiera el final de las andanzas de los personajes, hasta que fue DC Comics quien encargó su conclusión en 1988. Consta de tres libros y sorprende que pasara todo este tiempo durante el cual permaneció con la misma fuerza, o que incluso aumentara la crudeza de la misma respecto a cuando fue inicialmente pergeñada. Alan Moore tenía menos de treinta años cuando la concibió y estaba aterrado ante la posibilidad de que Margaret Thatcher se perpetuara en el gobierno.
Años después su discurso no había cambiado, como se aprecia en la Introducción que escribió con motivo de la publicación completa de la obra entre 1988 y 1989.
«Ya es 1988. Margaret Thatcher ha estrenado su tercera legislatura y afirma con rotundidad que los conservadores conservarán el liderazgo hasta el próximo siglo. Mi hija menor tiene siete años y la prensa sensacionalista dice que hay campos de concentración para personas con sida. Los nuevos antidisturbios llevan visores negros, igual que sus caballos, y en el techo de las furgonetas han instalado cámaras de vídeo rotatorias. El gobierno ha expresado su deseo de erradicar la homosexualidad aunque sea como concepto abstracto, y uno no puede más que especular sobre qué minoría será la próxima contra la que se legislará. Me he planteado llevarme a mi familia fuera del país dentro de poco».
Esta es una de mis viñetas favoritas, en la que «el gobierno de Su Majestad» se complace en devolver a los ciudadanos «el derecho a la privacidad». Si Orwell y Moore hubieran sabido entonces de la Patriot Act norteamericana o de tantos programas de ciberespionaje como los que existen en la actualidad, pensarían que se quedaban cortos.
La obra fue concebida e ilustrada inicialmente en blanco y negro, y así se publicó en sus primeras ediciones hasta que quedara suspendida. Fue DC Comics quien pidió que se le añadieran esas paletas de color en la conclusión y reediciones posteriores de la obra, y lo encargó a Steve Whitake y Siobhan Dodds. Por esa razón hay tanto negro en el libro, tanta escena con abuso de las sombras y unos colores poco variados, nada que ver con Watchmen, por ejemplo.
Otra elección de los autores fue que no hubiera onomatopeyas, tan habituales del lenguaje de los cómics, ni bocadillos de pensamiento, lo que hace que toda la acción sea «pronunciada» o «dictada» por algunos de los personajes. Las referencias de la novela son numerosas, van mucho más allá de 1984. Las escaleras de las viñetas que preceden a este párrafo recuerdan los grabados de Escher. Hay diálogos extraídos de Shakespeare o Pynchon, música de los Rolling Stones, Beethoven y David Bowie, películas de James Cagney, escenas que recuerdan a Batman… El autor mencionó en entrevistas a Dick Turpin, Robin Hood y obras que desconozco como ¡Arrepiéntete, Arlequín! o el cuadro Europa después de la lluvia, pintado por Max Ernst poco después de que Hitler alcanzara el poder en Alemania.
En ese Londres distópico y antipático, los libros han sido prohibidos, como las películas, la música o la pintura, lo que convierte a V en una especie de guardián del Arte, de los movimientos culturales creados por el ser humano.
Pensar o razonar es peligroso para el gobernante, mejor acabar con todo ello: Fahrenheit 451. O Goebbels y el nazismo, que se manifiesta también en los campos de concentración o reeducación, con experimentos genéticos y mutaciones hormonales en los prisioneros. Esta parte acerca de un gobierno fascista y manipulador que experimenta de modo salvaje sobre la reeducación de los detenidos puede recordar vagamente a La naranja mecánica de Anthony Burgess. Un gobierno que surge como respuesta al desorden imperante en las calles o que contrata a redomados hijos de puta para mantener el control.
La doctora Delia Surridge, partícipe activa de la reeducación de los presos, que incluye terapias para homosexuales y todo, tiene (para mí al menos) uno de los mejores momentos de toda la obra: ¿puede un asesinato a sangre fría resultar poético? Pues sí, o así lo parece, tanto en el cómic como en la posterior película. V se venga también de la doctora, pero lo hace sin sufrimiento y para ello se vale de una de las rosas que había aprendido a cultivar en el campo. Una variedad que, como todo lo bello, había desaparecido.
La doctora es la única persona que ve la cara de V en toda la novela. Lo conoce, sabe quién es y las aberraciones que cometieron con aquel prisionero de la celda «cinco». O «V». Hay mucho más que una venganza en la motivación del protagonista de la obra. Aunque para algunos estudiosos de la obra sea importante averiguar su identidad, y se han organizado debates sobre si hay pistas en la novela (que si es el padre de Evey, que si es la rea de la celda IV, que si es alguno de los dirigentes en el poder), lo cierto es que carece de relevancia, al menos para mí. A V lo mueve un sentido muy particular de la justicia, una vieja compañera que considera que fue vejada y a la que hay que restablecer. A su manera, claro está, lo cual sitúa al propio V en un escalón diferente del fascismo.
En la segunda parte hablaré de la película producida por las hermanas Wachovski cuando eran hermanos, de las diferencias notables con la novela y de los aciertos o cobardías a la hora de adaptar el cómic de Moore y Lloyd. Hasta entonces, os dejo con otro de mis momentos favoritos, del que ya hablé en Cadena perpetua por lo que me recuerda al mismo: la liberación de Evey bajo la lluvia.
Porque solo cuando lo has perdido todo, eres libre.