El club de los currelas muertos (XXIV)

En días así en que estamos fundidos, a veces nos ponemos una peli navideña, pero con una condición: que sea mala, mala de solemnidad. De esas que sabes cómo van a acabar desde la primera escena, desde la primera mirada entre el chico y la chica. No son días para ver Qué bello es vivir, ni Love actually, ni siquiera Solo en casa o La jungla de cristal. No buscamos grandes tramas, sino algo que solo pueda competir en simpleza con una peli sueca de sábado tarde.

Son todas iguales, como las carátulas que acompañan este texto. El argumento habitual es el de un tipo gruñón con nulo espíritu navideño, muy ocupado en su trabajo, que llega a un lugar en el que conoce a una chica encantadora que vive de manera apasionada la Navidad, pese a sus problemas económicos, la salud de su perra o algún problema de un familiar cercano. El tipo gruñón tiene que quedarse más tiempo del que le gustaría en el pueblo, pese a que sus deseos iniciales son los de prender fuego a todo duende o adorno navideño que se ponga por delante, y al segundo o tercer día comienza a colaborar en alguna tarea que forma parte de la tradición del lugar. La chica, que sabe que el tipo es un gilipollas integral, se acerca demasiado a él, porque es la típica chica a la que le gustan los gilipollas integrales (todos conocimos ambos ejemplos ya en el colegio), y el roce hace el cariño, se tocan un día un brazo y saltan unas chispas que el director quiere hacernos sentir como una descarga de alto voltaje. Lo que ocurre es que los actores son tan malos que en el fondo parece que les hayan dado instrucciones de que hagan que sienten como si les hubieran lijado el brazo y «¡oh!», se miran y sabes que en menos de quince minutos de rodaje habrá piquitos y una nueva pareja.

Y por supuesto se salvará la Navidad, la perra o el padre de la chica saldrán del hospital o el veterinario, o al revés, la chica encontrará solución a sus problemas económicos, no se cerrará el hotel o la residencia de ancianos, el gilipollas integral se imbuirá de espíritu infantil y todos acabarán rodeados de niños cantando un villancico que te provoca unas enormes ganas de rociarlos a todos con napalm.

THE END y toda la gaita, pero a veces, muy pocas veces, de manera excepcional, es lo que nos pide el cuerpo. Tan predecible como que habría penalti para Argentina.

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