Kokuselei (III): las gentes de Turkana

Último post del año y, como en anteriores ocasiones, tenía que dedicárselo a la buena gente que hemos conocido en los proyectos en los que hemos colaborado. En los dos post anteriores sobre la misión de Kokuselei he manifestado mi admiración por todo lo que he visto, pero, también, mi sorpresa ante la situación de abandono que sufría la población de Turkana por parte del gobierno de Kenia. Una región sin apenas carreteras, sin agua, sin más electricidad que la que procuran los paneles solares comprados por particulares y ONG, y sin apenas acceso a la sanidad y la educación, cubiertas por misiones como la comunidad misionera de San Pablo Apóstol de Kokuselei, Nario Kotome o apoyada por algunas ONG como Ojos de Turkana. El apoyo de empresas y de asociaciones como la Fundación Sacyr es fundamental para que esto se mantenga o, mejor aún, se amplíe su influencia.

La única actividad económica (por llamarlo de algún modo) en la zona es el pastoreo, fundamentalmente de cabras. Hay algunos pastores de camellos, pero son mucho menos habituales. Algunos pequeños negocios o minitiendas se han establecido en los núcleos de población que concentran algo más de gente (Kataboi, Kalokol, Nachukui…), pero para encontrar algo parecido a una tienda o un mercado hay que acudir a ciudades como Lodwar, cuya población es de unos 60.000 habitantes según el último censo (¡de 2009!).

Este tercer post estará dedicado a las gentes de Turkana, cuya antigüedad es tanta como la de toda la humanidad conocida, si bien, la evolución en esta zona hostil para el hombre parece que quedó anclada en el Neolítico.

El «Turkana boy»

Se trata de uno de los homínidos más antiguos jamás descubiertos, de 1,6 millones de antigüedad. Los hay más antiguos, como los restos de homínidos descubiertos en Etiopía o en Sudáfrica, pero el esqueleto encontrado en esta zona es el más completo y el que se halla en mejor estado de conservación. El niño de Turkana o de Nario Kotome fue descubierto en 1984 y se trata de un esqueleto de un niño de unos once o doce años, de un metro y sesenta centímetros de altura. En la actualidad se encuentra en el Museo de Historia Natural de Nueva York y en su lugar original quedó un relieve que pudimos ver en una de nuestras visitas.

El monumento tiene poco más que el relieve, una placa y algo que me llamó mucho la atención: un monolito. Todo ello en mitad de la nada. El monolito recuerda inmediatamente a 2001: Odisea en el espacio y a ese apartado titulado El amanecer del Hombre, que recoge el momento en el que el simio da ese salto evolutivo y comienza a utilizar huesos como herramientas o armas.

Las mujeres turkana

Si alguno recuerda el monólogo El Cavernícola, cuya versión española interpretaba Nancho Novo, en él se desarrollaba la idea de los hombres cazadores y las mujeres recolectoras llevada al mundo actual, a situaciones de nuestra sociedad moderna. Me acordé del mismo en Turkana por la separación tan clara de roles que existe en la sociedad: los hombres son pastores y las mujeres se dedican al cuidado de la familia y la manyatta, la choza familiar. Puesto que los hombres desaparecen durante largas temporadas para pastorear el ganado, ellas llevan todo el peso de la casa, de los niños, que no son pocos, y de la criatura que llevan en su interior, porque el número de embarazos permanece muy elevado.

Las mujeres turkana son duras como ellas solas, caminan largas distancias hasta el dispensario o el punto de atención de la clínica móvil para ser atendidas, y para que sus niños sean vacunados o se controlen sus percentiles y niveles de nutrición. Suelen llevar al más pequeño en las propias telas con las que cubren sus cuerpos y, si necesitan llevar algo más, lo soportan sobre la cabeza. Los collares que llevan alrededor del cuello tienen los colores propios de su familia, del clan al que pertenecen, y solo cuando «completan» el matrimonio, con la aportación del marido de una dote consistente en un buen número de cabras, se les coloca un anillo metálico alrededor del cuello y otro en el tobillo. No todas lo llevaban, como vimos.

La poligamia existe por una razón de supervivencia y de colaboración entre todos los miembros de la comunidad. Como el hombre está pastoreando el ganado durante una larga temporada alejado del hogar familiar, la mujer suele necesitar ayuda con los críos o la llevanza del hogar, así que es habitual que elija junto a su marido a esa «segunda esposa» que forme parte de la familia. Nuestros esquemas europeos se resquebrajaban cuanto más conocíamos de la sociedad turkana.

Nos sorprendió que, en una sociedad que tiene que vivir al día, procurando lo básico para satisfacer las necesidades de los suyos, haya encajado tan bien la religión católica, cuyas «recompensas» no se obtienen precisamente en el corto plazo, ni siquiera en este mundo. Quizás sean los valores como la parte de la ayuda al prójimo, o a los más necesitados, o quizás se deba a algo mucho más sencillo como el cariño extremo de las misioneras, la caridad que muestran en cada uno de sus actos, una cercanía a la que es imposible decir que no. La mezcla de misa católica, bautizos y mujeres turkana es otro de esos vídeos que no puedo evitar compartir:

Niños

Hay niños por todas partes. Ya no nos sorprendía nada, pero que las familias tuvieran seis, ocho o más niños en un entorno tan hostil para los más pequeños era algo bastante habitual. La naturaleza no deja nada al azar y supongo que este elevado número está relacionado con las probabilidades de supervivencia. El plan de vacunación y el control mensual de los menores de seis años han logrado que las cifras de mortalidad infantil se hayan reducido de manera considerable, con lo que parece, según nos dijo Rocío, que las familias están ajustando y reduciendo la natalidad. «Reducir» significa estar todavía en unas tasas tres o cuatro veces superiores a los estándares occidentales.

Me sorprende otra pregunta que nos han hecho muchos amigos y familiares a la vuelta: «sí, no tienen nada, pero, ¿verdad que los niños están felices?». Pues no lo creo, o no lo sé, o no me atrevo a decirlo. Otra cosa bien distinta es que, pese a carecer de lo más elemental, sepan disfrutar con lo que tienen, o hacer una fiesta con la novedad del día, ya sea lo que van a comer, un globo o la visita de unos tíos blancos que vienen desde España. Alguien que les muestra un móvil, se hace una foto con ellos y se la muestra porque, por no tener, no tienen ni espejos, y la mayoría no saben ni qué aspecto tienen. La clínica móvil, una broma del enfermero, o que ese día hay partido en el campo de fútbol. Saben jugar, reír, disfrutar con lo que tienen, aunque luego te digan que están «hungry» y que les des unas chuches. No sé si son felices o no, pero lo que sí sé es que carecen de muchas de las gilipolleces que hacen infelices a tantos niños en occidente.

Los jóvenes

Todos esos niños, aquellos chavales que aguantaron una infancia muy dura y superaron las elevadas tasas de mortalidad infantil hace poco más de una década, son ahora adolescentes o jóvenes en una zona en la que apenas hay trabajo u oportunidades. La mayoría de ellos se defienden en inglés, pero fueron muy pocos los que tuvieron los recursos económicos para acceder a la escuela secundaria (unos 40 euros mensuales, se puede financiar a través de la Fundación Emalaikat) y menos aún los que llegaron a la universidad. Conocimos a algunos de los universitarios, un profesor, otro de los sanitarios, incluso a un gigantón que vivía en Suecia y estaba esos días en Kokuselei pasando sus vacaciones (no recuerdo los nombres de todos ellos). Había estudiado algo relacionado con la alimentación, pero no sabría decir si era más algo como Tecnología de los Alimentos o un técnico agroalimentario, nos lo explicó regular. Medía un metro-noventa, estaba fuerte y tenía una constitución más robusta que el resto de veinteañeros de la zona. De Kokuselei a Estocolmo, a trabajar en una empresa de tomates, y de vuelta a Turkana, vaya cambio.

La misión también realiza esfuerzos para concienciar a los chicos de la importancia de aprender un oficio, de estudiar para poder aportar algo a la comunidad: mecánica, jardinería, carpintería, albañilería… Con tantas necesidades en la zona y tanta escasez, si hay algo que sobra es mano de obra. Por desgracia, el interés que tienen por el deporte, y el fútbol en especial, no es el mismo que comparten por ese aprendizaje tan necesario. El peligro que afrontará la zona en los próximos años es lo que en realidad podría ser una oportunidad de crecimiento: la llegada de Internet y los móviles. Apenas ha llegado y ya vimos a muchos chavales enganchados a la pantalla del que tenía un móvil. Tik-toks en cadena, uno detrás de otro, vídeos chorras que poco pueden aportar en la zona.

Tuve la oportunidad de jugar al fútbol con los jóvenes de la zona, la mayoría de ellos descalzos, de maravillarme con su velocidad y dureza, y de comprobar la nobleza con la que jugaban. No solo se respetaba al árbitro, sino que al acabar el partidos, los chicos escuchaban atentamente el discurso de sus entrenadores sobre los valores del juego, lo que habían hecho bien y la pequeña reprimenda cuando alguno se había revuelto. Esta vez sí, puedo decir que colgué las botas: se quedaron allí.

Los voluntarios también preparamos unas «olimpiadas», una competición con carreras, salto de longitud y salto de altura, con podio y entrega de medallas. Medallas de carreras de Madrid, Las Rozas, Villanueva del Pardillo, sansilvestres y campeonatos escolares traídas desde España. Los chicos pasaron una gran jornada y nos prepararon este vídeo que comparto:

La historia de Peter

Peter es el enfermero con el que más tiempo trabajé en el dispensario y la clínica móvil. Un gran tipo. Desde el primer día me maravilló su dedicación, el cariño por los niños y por su trabajo, y su sonrisa. Venía todos los días andando desde su casa en Riokomor, a unos diez kilómetros en coche, unos siete por los caminos de cabras por los que venía. Me contó su vida a través de varias conversaciones que tuvimos y me sorprendió saber que había sido pastor de cabras durante muchos años. Hasta que decidió ponerse a estudiar. Por eso creo que era mejor contarlo en un pequeño vídeo y con su propia voz:

Volveremos. Estoy seguro.

Kokuselei (I): la zona.

Kokuselei (II): el voluntariado.

No me robéis las celebraciones

Pagas una entrada, organizas tu día, quedas con tus hijos, o con amigos, o te sientas en el sofá de tu casa, o te pones el partido en diferido, y muchas veces solo para ver un gol, al menos uno. A veces no pides mucho más. El gol es el momento cumbre del fútbol, el instante, porque no dura más que eso, el instante en el que todo puede cambiar, un segundo de fugacidad, apenas un relámpago de genialidad y estalla la tensión acumulada durante muchos minutos, a veces, más de una hora, incluso hora y media. El gol es una explosión de júbilo, de rabia contenida, es la expulsión de adrenalina que lleva tiempo queriendo salir, que te lleva a vociferar, estallar, abrazarte a los más cercanos y sonreír.

Pues me ocurre (y no sé si en esto estoy solo) que en este fútbol moderno cada vez celebro menos los goles. O tardo más en hacerlo, que, para el caso, viene a ser lo mismo. Siento que nos están robando las celebraciones de los goles, ese estallido de euforia al que hacía referencia en el párrafo anterior. ¿Los motivos? Así, a botepronto, se me ocurren tres, seguro que habrá quien tenga otros:

Las normas de la FIFA

Dentro del «ambicioso» plan marcado por los gerifaltes del fútbol para acabar con el mismo mientras se llenan los bolsillos, comenzaron hace años con acotar las celebraciones y tratar de regular lo que se podía y lo que no se podía hacer, lo cual encaja bastante bien con este mundo de lo políticamente correcto y los ofendiditos por todo. En lugar de modificar el Reglamento para mejorar el espectáculo, algo de lo que se debate desde hace tiempo y en lo que solo se avanza en soplapolleces, la FIFA trató de cortar hace tiempo las celebraciones de los jugadores. Exageradas en muchos casos, de acuerdo, escandalosas, venga, también, pero que esto se haya convertido en un «no te quites la camiseta», «y si te la subes hasta los hombros, que no haya mensajes en otra camiseta interior», nada de saltar la valla, dar una patada al bandería, celebrar con el público, hacer gestos que puedan ser interpretados como ofensivos, porque hay una brigada de censores con monóculo controlando cada gesto de los jugadores «y no queremos que se nos ofenda un árabe o un chino porque ponen mucha pasta en esto». Y que no salte nadie del banquillo a celebrar un gol que también los tarjeteamos… ¡idos a la mierda, infantinos!

La celebración de Cristiano Ronaldo en Lisboa fue muy macarra, estoy de acuerdo, pero la de Iniesta en Sudáfrica fue gloriosa. Ahora mismo, tras cada gol y cada celebración, la UEFA, la FIFA, los comités de disciplina y la brigada de piperos con palillo en la boca escrutan cuidadosamente cada gesto de un futbolista para interpretar si con el mismo ofende a varios colectivos o no. Gracias a ellos supimos que los jugadores suizos de origen albanokosovar Shaqiri y Xhaka habían hecho el gesto del águila en el Mundial 2018, lo cual podía enfadar a los serbios, así que mejor multarlos y quitamos las ganas a otros. Hombre, los «nostálgicos» del fútbol de los ochenta y noventa no pedimos que se toleren los saludos nazis, como los de Di Canio en su día, pero ojalá el fútbol no se convierta en un juzgado de lo contencioso-gestual-administrativo. Parece coña, pero es que ya se analiza cualquier gesto o palabra, aunque sea dicha entre dientes o a un compañero, o una respuesta al público para ver si se sanciona al jugador, que tiene coj… la cosa. No hay nada más importante en lo que ocuparse. «Fútbol es fútbol», que decía Vujadin Boskov, al carajo todas estas chorradas.

El VAR

Si el gol dura un instante, un destello, ¿por qué nos hacen esperar la celebración dos o tres minutos? ¿Por qué aniquilan la espontaneidad del momento? Me pasa de manera especial en la Liga española, donde ya no celebro los goles a la primera casi nunca, condicionado por el hecho cierto y contrastado de que el VAR está controlado por el avalista del Barça y dirigido por los herederos de Negreira. Que al Real Madrid le hayan anulado muchos más goles que a sus rivales, el doble o triple que a sus rivales, en ocasiones tirando las líneas con el pintalabios de la señorita Pepis, no hace sino aumentar esa sensación de no-celebración hasta que vea al equipo rival sacar de centro, el gol en el casillero y que hayan transcurrido varios minutos más tras la reanudación.

En los chats con amigos, mientras vemos un partido, nos ponemos en la piel de esos González-González de la vida que escrutan cada imagen de un gol del Madrid en busca de un roce con la uña del meñique, o un soplido sobre la nuca del defensa o del portero, o un mechón del flequillo en posible posición adelantada para tratar de anticipar si van a anular el gol o no. Así que el momento espontáneo de celebración se ha convertido en improvisados debates sobre la validez o no del mismo, «¡no jodas, cómo van a anularlo por eso!», hasta que vemos al De Burgos-Sotogrado-Sánchez Martínez-Bengoetxea de turno invalidando la jugada sin necesidad de acudir al monitor. Les basta con señalarse el pinganillo y a otra cosa, pringaos vikingos.

En la Champions funciona bastante mejor, por suerte, y aun así, nos privaron en directo del momento cumbre de la temporada pasada, que no fue en la final, sino el 2-1 de Joselu con la espinilla en las semis contra el Bayern. Los jugadores tuvieron que esperar más que los que lo veíamos en casa, sabiendo que a los esbirros de Ceferino no les quedaba más remedio que validar el tanto.

– ¿Qué pasa, no lo celebras? -me dice mi mujer muchas veces tras un gol del Madrid.

El VAR me ha privado de esa alegría instantánea, y celebrarlo un minuto más tarde me hace recordar el inmenso lodazal de corrupción que ha sido este campeonato durante décadas.

Los propios futbolistas

A veces pienso que los peores son los propios futbolistas, la moda esta moderna en la que parecen más actores o influencers que superatletas. No soporto a todos esos futbolistas (y ya lo son casi todos) que piden a sus compañeros que no lo abracen todavía porque no han hecho «su ritual». Que si besarse los nudillos o las muñecas, el soplido a cámara, el siiiiuuuu tras salto, señalarse el dorsal, el escudo, mostrar las orejas, el gesto de la tortuga, la mano al pecho y el dedo al cielo… «ya está, ya lo he hecho, ya podéis venir a abrazarme, llevarme en volandas o felarme de manera conveniente». A veces es tan ridículo que primero esperan la confirmación del gol en el VAR, luego hacen el ritual de las narices, y a continuación ya viene el abrazo con los compañeros. Menos mal que no soy profesional, porque pasaría, ya estaría en mi sitio presto para continuar el juego.

Los propios futbolistas son los primeros en acabar con la espontaneidad del momento con sus chorradas a cámara. Supongo que es una cuestión de pasta, de derechos de imagen, de los patrocinadores de la marca de ropa, pero creo que, más que eso aún, es un asunto del ego de las estrellas. «He creado mi sello, mi celebración propia que millones de niños van a imitar en el mundo». La última gilipollez del mundo del fútbol es la de patentar la celebración y pretender cobrar ¿¡derechos de autor!!!? Cole Palmer ha registrado su gesto del frío, Dani Olmo, el de señalar la hora, Mbappé, el gesto de la tortuga… ¿nos hemos vuelto ya gilipollas del todo?

Mira que me encanta Jude Bellingham como futbolista, pero me entero de que ha registrado sus brazos en modo «cuasiCristo del Corcovado» como marca propia, ¿de verdad? ¿De verdad alguien ha admitido una autoría a un gesto que los que hemos jugado al fútbol hemos hecho miles de veces? (Exagero, no he metido tantos goles en mi vida). Pues sí, parece que la Oficina de Propiedad Intelectual de la Unión Europea ha admitido todos estos gestos. Sí, he dicho bien, propiedad «intelectual». En el fondo, todo va de lo mismo, de monetizar el juego, de tratar de sacar réditos a la pelota, de andar pendiente del gesto que va a las redes sociales en lugar del propio juego.

Por muchas de estas razones, cada día valoro más a un jugador de la vieja escuela, como es Fede Valverde. Cada vez que marca un gol (golazo en el noventa por ciento de las ocasiones), explota, corre, da puñetazos al aire, se tira de la camiseta, estalla como lo hacemos los aficionados (como haré yo mañana cuando vuelva a ponerme las botas para una pachanga navideña con los colegas de siempre). Pero incluso el futuro capitán del Real Madrid por muchos años, cayó un día en una celebración significativa y el otro día, tras marcar al Sevilla, entre el público y algunos de sus compañeros le pidieron que la hiciera. Y a tomarporcu… la espontaneidad.

Más licitaciones desiertas (II): posibles medidas

Si la primera parte de estos textos se centraba en las posibles causas que generaban un número creciente de licitaciones desiertas o con un solo competidor (recapitulemos: presupuestos de licitación obsoletos, ausencia de mecanismos de revisión de precios, hiperregulación, procedimientos largos y complicados, competencia de empresas públicas), esta segunda parte se centrará en las medidas que diversos sectores solicitan desde hace años para revertir la tendencia.

  1. Modificar o, mejor, derogar la ley de desindexación de precios.

Es una petición que viene de lejos. La ley de desindexación de precios, pergeñada en la época de Cristóbal Montoro como ministro de Hacienda, entró en vigor en 2015 en un contexto inflacionario completamente distinto al que hemos padecido los últimos ejercicios. La norma pretendía evitar los «efectos de segunda ronda» y mantener controlados los precios de los contratos del sector público con una serie de medidas más que discutibles. Algunas de ellas fueron acertadas, las menos, y la mayoría fueron totalmente desafortunadas, como se ha visto en estos últimos ejercicios. No deja de tener su gracia recuperar hoy algunas de las notas que publicó el Ministerio cuando la ley fue aprobada:

Mejora «la competencia efectiva», «mayor eficiencia de los contratos». Ya lo estamos viendo. La ley se ha aplicado en numerosos casos solo en su apartado de «no-revisión de precios del sector público», sin tener en cuenta lo que la propia ley reflejaba sobre revisiones excepcionales o las necesarias causadas por situaciones extraordinarias como las de los últimos ejercicios, con los incrementos de precios de la energía, los costes laborales por cambios normativos o la inflación provocada por la guerra de Ucrania (Greenflation y «ukrainflation»).

La reivindicación de la patronal para incorporar las subidas de costes laborales a los precios de los contratos del sector público fue acordada con los sindicatos en 2023, pero no se ha hecho efectiva tras ninguna de las subidas del Salario Mínimo Interprofesional (La subida del SMI y las revisiones de precios de los contratos públicos).

Yolanda Díaz se abre (¡por fin!) a incorporar al menos el impacto de las subidas del SMI aprobadas por su gobierno y reconoció durante el reciente congreso de UGT que «esa ley de desindexación es un ejemplo de relación tóxica entre los servicios públicos y el mercado». Ha tardado seis años en darse cuenta, pero es un avance. «Esta ley es un residuo de la España de los recortes, que continúa a día de hoy perjudicando a la calidad de los servicios públicos y a los trabajadores de multitud de concesionarias públicas de nuestro país». Durante su discurso, planteó una modificación de la ley, pero casi al mismo tiempo indicó que no está en sus manos: «veremos quién nos acompaña en el trámite parlamentario». En anteriores ocasiones, la modificación se ha visto frenada por el ministerio de Hacienda.

El problema es que no solo se ha modificado el SMI, con un alza del 54 por ciento en los últimos seis años, sino las cargas sociales, que vuelven a incrementarse el 1 de enero, las obligaciones para las empresas (registro de jornada, planes de diversidad, desconexión digital) o ahora, como se pretende, la reducción de jornada sin disminución del salario. Y todo ello tiene un coste. El lenguaje conciliador de la ministra de Trabajo no ha sido mantenido por el secretario de Estado, Joaquín Pérez-Rey.

Ambos pertenecen al mismo grupo político, pero quería traer esta disparidad de tono para hablar del segundo punto: las diferencias de intereses de los partidos que conforman la coalición de gobierno y cómo afectan a las empresas.

2. La seguridad jurídica.

No quiero ser reiterativo con este asunto, que ya ha salido numerosas veces en este blog, durante este gobierno y durante las legislaturas anteriores de Mariano Rajoy. Así, a modo de resumen:

Se legisla mucho, en exceso, y, aún peor, de forma contradictoria, lo que genera nuevos problemas, como varios de los mencionados en los post anteriores. El asunto de actualidad que condiciona las últimas semanas es el de la negociación de los apoyos parlamentarios, con los impuestos a la banca y a las energéticas en el centro del conflicto, y con cambios de criterio en función de si se habla con Junts y el PNV, o con ERC y Sumar.

El impuesto a las energéticas o la subida del diésel son solo dos ejemplos más, porque en esta negociación pesa más el factor ideológico que el económico y, para más inri, los grupos que conforman la coalición condicionan su apoyo al gobierno en función de la obtención de sus reivindicaciones. Dentro del paquete de medidas se incluyen varias que afectan a los licitadores de los contratos públicos, como los nuevos impuestos creados o por crear, los incrementos de los existentes, también sobre la energía, el aumento de los costes laborales por la vía de las cotizaciones sociales (again!) o la reforma del Impuesto de Sociedades que aprueba de nuevo lo que el Constitucional derogó («Montorazo»).

Con todos estos cambios y sin una posibilidad real de trasladar los costes a los precios facturados a la administración resulta muy complicado para las empresas preparar una oferta. Por eso, ante un escenario incierto, en muchas ocasiones se opta por no acudir al concurso, aunque se pueda perder lo que siempre se había considerado una buena oportunidad.

Otro problema, y no menor, es que parece que al gobierno, o al menos a una buena parte de sus socios, no les importa que las empresas se sientan incómodas operando en nuestro país, y así ocurre que, por desgracia, numerosas empresas grandes hayan optado por aumentar su presencia en el extranjero y reducirla en nuestro país. Igual que los alemanes se sienten orgullosos de su Volkswagen o los italianos de Fiat, o los franceses de Louis Vuitton o Carrefour, no digo que aquí lo estemos de los grandes grupos españoles que compiten en la primera división en todo el mundo, pero, al menos, que no parezca que se los persiga. Ferrovial, Sacyr, Telefónica, Iberdrola, Inditex, los grandes bancos… En lugar de ello, parece que algunos prefieran que se busquen la habichuelas en el exterior (más del 85 por ciento de los ingresos de ACS ya provienen de otros mercados, por ejemplo), o que vendan las participaciones en negocios, como ha ocurrido con el sector de los servicios urbanos, esas «concesionarias públicas» de las que hablaba Yolanda Díaz.

ACS vendió Urbaser a un grupo chino, quien a su vez lo vendió después a un fondo americano. Ferrovial vendió sus divisiones de residuos a la alemana PreZero y la de facilities management a un fondo español (Portobello). Sacyr hizo lo propio y vendió su división de residuos al fondo americano Morgan Stanley y la de facilities al mismo fondo Portobello. No es casualidad que se trate de divisiones con un alto peso de los costes laborales en sus cuentas y una fuerte dependencia de la contratación pública.

3. Incremento de la colaboración público-privada.

En lugar del enfrentamiento actual, que mantiene preocupados (y muy cabreados) a la CEOE, la Cepyme y al resto de organizaciones empresariales, sería muy útil mejorar la colaboración, como se hace en el resto de Europa y prácticamente en todo el mundo empresarial occidental. La persecución a Ferrovial fue tachada por algunos medios de «cacería», de «aviso para navegantes», y tuvo un cierto componente de amenazas, con llamadas directas de Nadia Calviño y declaraciones directas de miembros del gobierno sobre la empresa y su presidente. Entre los argumentos esgrimidos por el presidente de la CEOE sobre la posible salida de más empresas españoles estuvieron los factores comentados y más que repetidos: el incremento de los costes laborales y de la presión fiscal.

Es una pena que, en un momento en el que hay fondos europeos para acometer inversiones necesarias en numerosos sectores, proyectos que solo pueden gestionarse técnicamente desde la empresa privada, se queden todos esos concursos desiertos o sin apenas competencia. Sectores en los que, además, la Unión Europea ya ha sancionado a España por los incumplimientos de la normativa comunitaria (emisiones, residuos, depuración de aguas). Y es una pena aún mayor si pensamos que el gasto público ha crecido en los últimos ejercicios, pero no lo han hecho las inversiones productivas, necesarias en sectores cuyas infraestructuras han quedado obsoletas en la última década. No hay que bucear mucho para encontrar las demandas de los diversos sectores en infraestructuras de transporte, redes para electrificación, tratamiento de residuos, gestión del agua, planes hidrológicos, limpieza de cauces e infraestructuras hidráulicas,…

4. Simplificación de los procesos.

Me repito con todo lo ya explicado anteriormente. Algunas asociaciones empresariales solicitan modificar la Ley de Contratos del Sector Público (Ley 9/2017, vigente desde 2018). Una ley que sustituyó la de 2011, que a su vez modificaba la de 2007 más los apartados rectificados en 2010… Quizás el problema no sea legislar cada pocos años e incorporar nuevos artículos o más normativa, sino simplificar algunos procesos. Reducir tiempos y ser más eficientes, sin perder transparencia, una carta a los Reyes Magos: todo el que ha trabajado en estos sectores sabe que muchas de las regulaciones sirvieron afortunadamente para frenar la corrupción en los procesos de licitación y en las modificaciones contractuales.

El Mundo publicaba el domingo pasado un artículo titulado El movimiento de la riqueza, escrito por Francisco Pascual. En el mismo, mencionaba dos informes: el elaborado por UBS bajo el título La riqueza en movimiento y el de Christine Lagarde, Fuera de la zona de confort: Europa ante el nuevo orden mundial. «En el fondo hablan de lo mismo», concluye el periodista, «El dinero irá donde haya más seguridad jurídica, menos burocracia y más rentabilidad en el largo plazo». Pero qué sabremos algunos, los que creemos que las empresas españolas tienen un gran potencial, igual que el propio país, y que las cosas nos irían mucho mejor si se simplificara tanta normativa improductiva. ¡Coño, como la Cámara de Comercio de Estados Unidos!

Más licitaciones desiertas (I): el problema

Aumentan las licitaciones que quedan desiertas o con una sola empresa presentada, o lo que es igual, concursos públicos con menos competencia. El problema viene de lejos y no solo no se está afrontando, sino que corre el riesgo de acrecentarse. Ya en 2022 hubo voces en diferentes patronales que alertaban del número creciente de licitaciones públicas que quedaban desiertas, sin que ni una sola empresa presentara una oferta. Podía resultar extraño que, en esa época post-pandemia y de teórica recuperación, tantas empresas desistieran de acceder a una adjudicación pública que podría ayudar a recuperar sus arcas.

La causa alegada en aquel momento por muchas empresas fue el incremento de la inflación en general, y de los costes de los materiales y de la energía en particular, costes que no se correspondían con los incluidos en los presupuestos públicos considerados como base en las licitaciones, en numerosos casos, sin actualizar desde 2018. Para agravar el problema, los pliegos limitaban (y limitan) la posibilidad de corrección del desfase por la vía de la revisión contractual de precios, gentileza de la Ley de Desindexación parida por la truculencia de Cristóbal Montoro en 2015. Según indica La Vanguardia en esta noticia de febrero de 2022, un tercio de las licitaciones del año precedente en Cataluña quedaron desiertas y otro quince por ciento contó con una sola empresa presentada al concurso.

El diario El Mundo daba cuenta en marzo de 2023 del escrito de la Confederación Nacional de la Construcción (CNC) a la presidencia del gobierno en el que advertían de los riesgos de mantener las licitaciones sin atender a los incrementos de costes y sin permitir las revisiones de precios o los reequilibrios económicos por causas sobrevenidas.

Un año antes, el gobierno aprobó por la vía del real decreto-ley (BOE de marzo de 2022) una serie de medidas para compensar la subida desproporcionada de los materiales de construcción y de las materias primas, pero la modificación cubría solo a algunas ofertas, durante un período reducido y con unos límites muy bajos, luego el problema siguió sin atajarse. El parche fue insuficiente, por lo que dichas medidas tuvieron que ser posteriormente ampliadas en noviembre.

Lo que en 2022 parecía suceder de manera exclusiva con los contratos de obras, se trasladó a otros sectores como los servicios de saneamiento urbano, limpieza viaria, recogida y tratamiento de residuos, limpieza y mantenimiento de instalaciones, servicios socio-sanitarios y, en general, todos aquellos con un elevado componente de costes laborales sobre el total del presupuesto.

Se trata de contratos que se han visto afectados por los fuertes incrementos de costes laborales como consecuencia de las medidas aprobadas por el gobierno en los últimos ejercicios: incremento del SMI, aumento de las cotizaciones sociales por la vía del aumento de las bases o el Mecanismo de Equidad Intergeneracional, reducción de jornada, registro de jornada, etc. Todas estas medidas, que impactan directamente en los costes de las empresas, y, por tanto, en sus resultados, con contratos públicos adjudicados de antemano con unas reglas de juego diferentes, se podrían haber compensado con la aplicación de fórmulas de revisión de precios, pero el gobierno actual ha decidido mantener la «Montorada» de 2015 y mirar hacia otro lado, pese a los compromisos realizados.

De todo ello ya hablamos a principios de este año en el post La subida del SMI y las revisiones de precios en los contratos públicos, pero el problema crece a cada trimestre que pasa. Según un informe de la CNMC, el 44 por ciento de los contratos públicos tiene un solo licitador, una sola empresa interesada en presentarse a un concurso que, en muchos casos, cuenta con fondos europeos y una seguridad de cobro sin demora que, sin embargo, no resulta atractivo para las empresas.

Si comparamos las cifras con las de la Unión Europea, estábamos en línea en 2022 con la media comunitaria, si bien se ha superado a lo largo de este 2024. En esta comparación resulta llamativa la diferencia en días en lo referido a la decisión sobre la adjudicación a la mejor oferta: de los 87 días de media a los 157 que actualmente se estilan en España.

Ese retraso en las adjudicaciones, que pueden prolongarse varios meses más por los sucesivos recursos (a los pliegos, Recursos Especiales en Materia de Contratación, recursos contenciosos…), redundan en una modificación de costes de los licitadores (normalmente al alza) respecto al momento en que las ofertas fueron presentadas, pero no es la única razón por la que no hay mayor interés en las licitaciones públicas. Según la presidenta de la CNMC, Cani Fernández, uno de los problemas de las empresas para acudir a concursos públicos es «la extremada juridificación (o regulación sobre situaciones no previstas anteriormente) en las normas de contratación pública”. La hiperregulación tan desmotivadora que ya ha salido varias veces en este blog, con «múltiples órganos de contratación con diversidad de procedimientos».

Hay más razones para que el número de competidores haya caído a mínimos históricos, como la desincentivación que supone el hecho de que la administración haya incrementado las adjudicaciones a empresas públicas. Según la presidenta de la CNMC, «el uso de estos medios puede llegar a reducir el mercado de la contratación pública, eliminando competidores viables», y «a medio y largo plazo, se puede producir un efecto de expulsión de oferta del mercado». Según el informe que la Oficina Independiente de Regulación y Supervisión de la Contratación (Oirescon) presentó al Senado el mes de noviembre, el uso de estas empresas ha crecido un 142 por ciento respecto a 2022. El informe de este organismo, dependiente del Ministerio de Hacienda, presenta unas cifras preocupantes: menos licitadores de media, más concursos desiertos, más concursos con una sola empresa presentada, y un enorme crecimiento de las adjudicaciones a empresas públicas. Alguna, como Tragsa, solicita modificaciones jurídicas para incrementar su negocio, que no depende del precio de licitación ni de la eficiencia económica de los contratos, como sí ocurre en sus competidores del sector privado.

La presidenta de la CNMC insistió en los perniciosos efectos de esta tendencia: «cuando no hay presión concurrencial, puede originarse una desviación media al alza de los precios de entre el 20% y el 25% del presupuesto comprometido, que acabamos pagando todos (los contribuyentes)». Se quebranta «el principio de neutralidad competitiva».

Hiperregulación, competencia de los medios públicos de la Administración, y un tercer factor, los precios base de los concursos públicos. El desfase de precios en los concursos, unido a la inexistencia de mecanismos de revisión de precios, provoca que buena parte de ellos carezcan de interés para las empresas. El cambio de reglas de juego en mitad de la partida (aumento de las cargas sociales y de la presión fiscal) tampoco juega a favor. Como consecuencia de todo ello, más de 25.000 millones de euros en proyectos financiados con Fondos Next Generation permanecen sin ejecutar: 11.000 millones en proyectos no adjudicados y otros 14.000 millones en remanentes de años anteriores que no se han podido ejecutar.

El dato es preocupante porque se trata de fondos correspondientes a proyectos que se deben ejecutar antes de agosto de 2026. Según Carlos Cuerpo, ministro de Economía, «lo que urge es adjudicar esos 11.000 millones. Además, según nuestra estimación, se habrían generado unos 14.000 millones de euros en remanentes no gastados, que deberían volver a convocarse».

Pues ya estamos tardando. Y más, cuando los procedimientos de licitación resultan tan largos y farragosos. Y aún añado más, ya estamos tardando cuando hay tantos sectores que reclaman esas inversiones en infraestructuras como el transporte o como se vio recientemente con la DANA en Valencia. Seguimos siendo el país con mayor número de sanciones de la Unión Europea por incumplimientos en materia de residuos, emisiones de CO2 o tratamiento de agua (Hiperregulación (II): efectos), con un déficit de inversiones brutal desde hace más de una década, ¿para qué vamos a mejorar los procesos de licitación?

Continuará: Más licitaciones desiertas (II): medidas.

Relacionados:

Hiperregulación (I): situación

Hiperregulación (II): efectos

Hiperregulación (III): competitividad

La subida del SMI y la revisión de precios en los contratos públicos

Populismo legislativo

Populismo tributario (II): Papá Estado

La seguridad jurídica salta por los aires (I)

La seguridad jurídica salta por los aires (II)

Las grandes corporaciones son malas (I)

Las grandes corporaciones son malas (II)

La peor astilla

«No hay peor astilla que la de la misma madera». O la del mismo palo, me da un poco igual, hay diferentes versiones del proverbio. Es una frase que conocen muy bien las direcciones de los partidos políticos que tenemos en España y, seguramente por ello, se aplican con especial empeño en acabar con las voces internas discordantes que puedan surgir dentro del propio grupo. Se lleva mal el verso libre, la voz propia, aquel que no se comporta como un palmero, no digamos el abiertamente disidente. «El que se mueva no sale en la foto», como resumió Alfonso Guerra en su etapa de vicepresidente de aquel gobierno socialista de Felipe González.

Pese al afán de apariencia democrática de la que tanto les gusta presumir, si en el congreso de un partido se vota cualquier resolución que parta de la dirección, difícilmente aceptarán un apoyo inferior al ochenta o noventa por ciento del total. Lo que suele denominarse elección «a la búlgara». Se ha visto también con las primarias de algunos de estos partidos: presumen de proceso abierto a cualquier militante, pero se intenta disuadir a todo aquel que quiera presentarse frente al candidato «oficialista». Porque, además, ya se ha visto en no pocas ocasiones que las bases no suelen coincidir en sus preferencias con los dirigentes.

A Winston Churchill se le atribuye aquella famosa frase que decía que «hay tres tipos de enemigos: los enemigos a secas, los enemigos a muerte y los compañeros de partido». Quizás los peores, o a los que más temía. Como cuando explicaba la diferencia entre los adversarios y los enemigos: «los adversarios están enfrente, los enemigos, detrás». Enfrente tenía la bancada laborista, sus rivales políticos, mientras que detrás estaban los jóvenes ambiciosos de su propio partido, los que podían llegar a aspirar a quitarle el puesto.

Ocurre en todos los partidos y, además, se da la circunstancia de que, una vez roto el consenso, o la entente cordiale, todo salta por los aires. Se vuelven enemigos irreconciliables. Hemos visto a Podemos votar en contra de propuestas en el Congreso con las que ideológicamente estaban de acuerdo solo porque Sumar estaba a favor de las mismas. Y a la inversa, porque «no voy a apoyar a mi máximo enemigo», pensarán. El odio entre los antiguos y los actuales dirigentes de estos partidos (Pablo Iglesias, Íñigo Errejón, Irene Montero, Yolanda Díaz) es muy superior al que sienten por sus rivales de la derecha. En el Partido Popular se vio algo similar en su día con las luchas intestinas entre Soraya y María Dolores de Cospedal, de la que se benefició Pablo Casado, el mismo Casado que tuvo que abandonar sus aspiraciones por culpa de otra guerra interna en el partido. Son las mismas guerras por el poder que ahora vemos a diario con las distintas facciones de ERC y Junts. Los peores enemigos, los que utilizan las palabras más gruesas. Perder esta guerra interna significa desaparecer, perder el chollo y el puesto con todas las prebendas que ello supone.

Es una pena, pero ocurre también en las empresas. Hace unos pocos años pertenecía al Comité de Dirección de una empresa en la que el «líder supremo» toleraba mal las opiniones discordantes. Muchos de los comités eran monólogos apenas interrumpidos por alguna apreciación en asuntos concretos. En ocasiones miraba a mis compañeros, a algún director general, y les miraba como diciendo «¿no vas a decir nada?, sé que no estás de acuerdo con lo que aquí se ha dicho, ¿de verdad vas a callar?». Siempre he creído que el debate enriquece, que la pluralidad de opiniones nos puede hacer ver otros puntos de vista, que confrontar posturas puede ser útil, pero, muy a mi pesar, me convertí en esa voz discordante. En el tocapelotas que no quería serlo. No lo hacía con ánimo de enfrentar, sino siempre con un interés constructivo, de aportar algo que pudiera mejorar la compañía, o simplemente, por plantear una alternativa o informar de un posible riesgo. Lo mismo que pido a mis compañeros de departamento, que aporten una alternativa cuando ninguna parece buena o cuando la que yo planteo puede no ser la más adecuada. Ha salido ya varias veces en este blog y lo repito de nuevo: Todo estaba en El Padrino, posiblemente la mejor escuela de negocios que conozco.

Se puede y se debe discrepar, uno debe cuestionarse incluso sus convicciones porque puede haber ángulos, puntos de vista o efectos insospechados en los que solo podemos caer si otra persona nos los presenta. Pero acabar con el que disiente, o apartarlo al menos, debe de ser algo muy español. En A sangre y fuego, la famosa obra de Chaves Nogales sobre la guerra civil, hay un capítulo titulado Consejo Obrero que trata sobre la decisión de «purgar» a los que no seguían a rajatabla las directrices del comité ejecutivo. Como Bartolo y Daniel, dos de los personajes. Bartolo era considerado directamente un traidor, pues se había pasado al bando anarquista, pero a Daniel «le odiaban tanto o más que al traidor Bartolo». «Era más peligroso aquel tipo fuerte y entero que cualquier pobre diablo de los que estaban cayendo a diario». «Un hombre como Daniel era el peor enemigo de la revolución y de la dictadura del proletariado». No estaba en contra de los postulados del consejo, ni se posicionaba en el bando contrario, simplemente iba a lo suyo, a trabajar, a procurarse un sustento, a no ser un fiel palmero de los que dirigían ese consejo obrero. «Le condenaron, sin embargo. ¿Por qué?». «Por miedo. Miedo a la libertad. El miedo odioso del sectario al hombre libre e independiente».

En el momento en que esto escribo se celebra la última jornada del Congreso del PSOE. No hace falta ser adivino ni especialmente listo para saber el resultado de lo que se va a votar: Pedro Sánchez saldrá reelegido con no menos del ochenta y cinco por ciento de los votos. Apenas hay oposición interna, debate, cuestionamientos, no queda casi ninguno. Los discrepantes, como Javier Lambán o Emiliano García-Page, no han acudido. Se mantendrán mientras sean útiles al líder único del partido. Juan Lobato ha dimitido antes de que llegara el Congreso por las numerosas presiones. «A quién se le ocurre», pensará más de uno en la dirección del partido, «tomar precauciones, no seguir al pie de la letra las directrices y, encima, contarlo a la prensa».

La carta de despedida ha sido muy correcta, tanto como su paso por la política, pero subraya varias frases:

«Creo en la política en la que personas con posiciones diferentes podamos acordar cosas que beneficien a los ciudadanos«.

«Sin duda mi forma de hacer política no es igual ni quizá en ocasiones compatible con la que una mayoría de la dirigencia actual de mi partido tiene«.

«Gente con distintas opiniones pueden sumar y aportar ideas. Es la política que he aplicado en cualquier lugar o posición en la que he representado a la ciudadanía y a mi partido. La que escucha, la que argumenta, la que no insulta o aniquila al propio o al de enfrente, sino que trata de convencerle y buscar puntos en común».

«EI PSOE ha sido siempre una organización abierta, que se alimenta del debate entre todos. Un partido que debe tomar las decisiones por mayoría y esas decisiones se deben argumentar, compartir y no imponer«. Le sobra el «siempre». Y le falta el condicional en la última frase. Una pena.