Maratón de Málaga: Running in the rain

Hoy tocaba “volver al asfalto”, enfrentarse de nuevo a este reto en el que peleas durante 42 kilómetros para luego mostrar una euforia desmedida durante los últimos 195 metros. Este 2022 que está a punto de terminar nos llevó a Mabú y a mí junto con mis zapatillas a Málaga, la capital de la Costa del Sol, que ya sabéis todos que es esa zona en la que luce un sol radiante todo el año, excepto el día en que se disputa el maratón de la ciudad. En 2016 tuvo que suspenderse el mismo día de la salida por las inundaciones y hoy, bueno, hoy nos ha llovido desde el kilómetro 8 hasta el treinta y muchos, pero podemos decir que el tiempo «nos ha respetado». Lo curioso es que ayer tuvimos un sol muy propio de… pues de la Costa del Sol.

Y hoy, apenas tres horas después de acabar mi carrera, tomarme una cerveza y una buena hamburguesa, lucía un sol radiante.

Esta mañana teníamos acceso a la zona VIP (¡gracias, Javi!) y estuve en la salida con mi cuñaaao Rafa, que iba a competir la media, y con Luis (Sete, otro bloguero runner, pero este de los buenos, al menos como runner, ¿eh?).

No sé si poner una queja a la organización, porque eso de encontrarte bollos a tutiplén cuando quedan quince minutos para el pistoletazo de salida es una cabronada. Y unos brazos de gitano que tenían una pinta espectacular, pero que no pude catar. Pido disculpas si ya no se llaman así. Igual que la corrección política hizo que se cambiaran los Conguitos, el helado Negrito y que dejara de escucharse la canción de “aquel negrito del África tropical” que nos recogía el cacao con una sonrisa de oreja a oreja y con el mismo regocijo que un esclavo de las plantaciones de algodón en Louisiana en el siglo XIX tras recibir una veintena de cariñosos latigazos… ya me he perdido y creo que es mejor dejarlo aquí.

Pistoletazo de salida, a por ello. El cielo estaba nublado, pero aguantaba, y así se mantuvo hasta el kilómetro 8, en el que, como decía Forrest Gump, “alguien abrió el grifo de la lluvia” y comenzó a lloviznar. Suave por suerte, con algunas rachas algo más intensas. La lluvia se dejó complementar con viento durante los kilómetros que recorrimos alrededor del muelle de cruceros, en el que había un edificio flotante de esos de Norwegian. Planazo el de los cruceristas, llegan a Málaga y se encuentran la ciudad cortada por esos diez mil zumbaos en pantalón corto. Que se fastidien. Que se j… por las veces que visitamos los centros de las ciudades turísticas y hay decenas de tipos con la pegatina del barco de crucero invadiendo todos los puntos de interés.

Pocos kilómetros después, sobre el 13, pasamos por el chiringuito en el que el sábado nos apretamos unos estupendos espetos de sardinas acompañados con las cervezas de rigor. Todo fuera por la hidratación y la ingesta de proteínas. Y un poco más adelante pasé junto a la clínica Parque San Antonio (hoy Vithas Hospital) en la que nació mi hija pequeña, Miriam, hace más de veinte años. Qué tiempos aquellos en que los pañales, potitos y la agenda social de los niños no te dejaban sacar tiempo para entrenar un maratón.

Pasé el medio maratón en el tiempo aproximado que había previsto: 1h. 50m. No sé si los meses previos me darían para estar en torno a las 3h. 45m. que quería lograr, o si la lluvia iba a frenar algo mis aspiraciones, pero hasta la mitad iba bien. Mabú me dijo que Luis había pasado ya por allí “como una moto”, y mi cuñaaaao Rafa acabó su media particular pocos minutos más tarde de mi paso. No voy a negarlo, no podía dejar que mi cuñao me ganara ni siquiera la primera mitad de la carrera. Que luego hay que aguantarle en Nochebuena.

A partir de ahí, como todo el que haya completado un maratón sabe, comienza la carrera de verdad. Y más en este caso en que el recorrido se marcha hacia la parte más desangelada de la ciudad, el Parque del Oeste, la chimenea junto al parque de Los Guindos y los terrenos junto al Parque Litoral en donde estaban las oficinas en las que trabajé un año, allá por el lejano 2001. Las piernas comienzan a notar los kilómetros y ya no corres con la misma alegría de unos kilómetros antes. Tenía muy claro el recuerdo de lo sucedido un año antes en Madrid, si bien mis sensaciones y los tiempos en los entrenamientos previos eran muy diferentes a los de entonces. Sobre el kilómetro 29 ocurrió una cosa curiosa que no me había encontrado con anterioridad: entramos en la pista de atletismo del estadio Ciudad de Málaga y recorrimos allí trescientos metros. Pasar de la dureza del asfalto, que, aunque he tratado de mitificar en mi “obra magna”, es duro como la jeta o las pelotas de algunos de nuestros políticos, a una pista de tartán es una maravilla que nuestros gemelos y plantas de los pies agradecieron.

Pero duró poco, rodeamos el Pabellón Martín Carpena, el recinto en el que juega el Unicaja, ese equipo estupendamente gestionado desde años ha, y tiramos hacia Málaga de nuevo. Nos metieron por un túnel en el que curiosamente lo pasé peor al bajar, por la sobrecarga, que al subir del mismo. No sé si fue por el estado de mis piernas a esas alturas, o porque había unos tíos en mitad del túnel con el Gonna Fly Now de Rocky a todo meter, y de tanto retumbar las paredes y erizárseme la piel hasta me puse a dar puñetazos imaginarios al aire.

Los charcos hacían mella y las zapatillas empezaban a pesar. No es que los calcetines absorbieran el agua y sintieras que chapoteabas entre los dedos, pero no es lo más cómodo durante tanto tiempo. Mi ritmo bajó considerablemente, aunque todavía me mantuve varios kilómetros sobre los 5m. 45s., pero no pensaba quejarme. En absoluto. Estaba feliz, coño, hay que decirlo, las piernas notaban el cansancio, pero yo estaba mucho mejor que un año atrás y hasta me imaginé volviendo a mis mejores tiempos en breve. Con 52 tacos, uno es joven todavía. Pisé varios charcos, casi tantos como en una jornada laboral en sentido metafórico, y me acordé de Gene Kelly y ese maravilloso, espectacular, irrepetible, número musical que es Singin’ in the rain.

I’m running in the rain

Just running in the rain

What  a glorious feeling

I’m happy again!

En el kilómetro 37 me vi por última vez con Mabú, que me insistía en que Luis iba “como una moto por delante”, no sé si para que me picara, para que me animara o para que fuera consciente de que Luis tiene unos pocos años menos que yo y que ya estoy mayor para según qué cosas. Nah, con buena intención, sin duda, y a título meramente informativo. Yo ya iba a poco más de 6m./km.

El último repecho del día nos llevó hacia La Rosaleda, el estadio en el que Juanito dejó noches gloriosas, y el sitio en el que juega el Málaga Club de Fútbol, horriblemente gestionado desde que la familia Al Thani se hizo con el control del club. Los últimos tres kilómetros fueron una maravilla por el interior de Málaga: la Alcazaba, el Museo de Málaga, el Teatro Cervantes, la Catedral y una calle Larios recargadísima con la decoración navideña, pero muy animada de gente que no dejaba de aplaudirnos.

No acabé nada mal los últimos dos kilómetros y hasta hice un ridículo cambio de ritmo en los últimos 195 metros. En meta me esperaban Mabú, Luis, el cuñao Rafa, Javi, parejas y otros amigos que vinieron el fin de semana. En la zona VIP estaba Martín Fiz, al que le regalé mi libro hace un mes y con el que charlé unos minutos. Él solo había corrido quince kilómetros porque andaba tocado y me felicitó, ¡Martín Fiz me felicitó!, por haber llegado “con la que os ha caído”, me dijo, “estás empapado”. Coño, Martín, que eres de Vitoria, que esto es un txirimiri de nada, un “calabobosrunners”.

Dejadme que me imagine este diálogo:

MARTÍN.- Me ha encantado tu libro, Rafa.

RAFA.- Gracias, Martín, todo un honor.

MARTÍN.- No corres un carajo, pero tienes gracia contándolo.

33 segundos me sobraron para bajar de las cuatro horas. Una pena, porque estaba convencido de que bajaría de esa marca psicológica. La medalla del maratón es original, muy adecuada a la ciudad, la carrera y uno de sus máximos activos: una barca con un espeto de sardinas insertado. Tecnología punta que ni los chinos han sabido clonar.

Luis acabó en 3h. 22m., «pero fatal, iba fatal los últimos kilómetros». Lamadrequemep… «fatal», dice. Por aquí os dejo su crónica, muy recomendable. Mi hermano Álvaro corrió la semana pasada el maratón de Valencia en el mismo tiempo y también se quejó de su final de carrera. Lo mismo que Thomas en Valencia, otro colega, que hizo 3h. 23m. y dijo que su carrera había sido «un despropósito» de principio a fin. Mirad, los del Club de las tres horas y veintipocos minutos: me tenéis hasta los mismísimos, mamones.

Y ya por último, dejo aquí dos páginas de la revista oficial del maratón que me ha gustado leer, porque me he sentido identificado con casi todo lo que dice: el punto de locura, las escaleras el lunes, las uñas de los pies, la idea de dejarlo y de pensar en el siguiente… Lo tiene todo, enhorabuena, Alberto Hernández.

El club de los currelas muertos (XXI)

Planes propuestos por el club de lectura, cine y documentales El club de los currelas muertos para no hablar del mundial de la infamia de Catar.

El Museo Picasso de Málaga se inauguró en 2003, el mismo año que (por desgracia) dejé de vivir en la zona. Se encuentra ubicado en el centro de Málaga, cerca de la Catedral (la Manquita), en el palacio de los Condes de Buenavista, un magnífico edificio declarado Monumento Nacional en 1939.

Es una visita obligada a Málaga, una ciudad que sigue cambiando y mejorando su aspecto cada vez que la visito. Por mucho que pueda no gustarte el estilo de Picasso, porque, a decir verdad, para los que no somos expertos en esto del Arte (salvo si lo miro con perspectiva cinéfila), Picasso nos resulta demasiado… cubista. No sé si alguna vez alguna de sus múltiples mujeres y amantes le dijo: “Pablo, por favor, sigue pintando bestias y toros, pero no me hagas más retratos”. Y los hay expresivos, coloridos, atractivos para la vista, pero otros, en fin… si trataban de reflejar la vida interior de las retratadas, se ve que para el artista eran demasiado retorcidas. O quizás fuera el malagueño el retorcido, me inclino a pensar más bien esto último.

¿Recordáis cuando en el colegio intercambiábamos cromos y según nos pasaban el mazo decíamos “sí le, sí le, no le”? Pues algo así me pasa con los cuadros y esculturas de Picasso. Unos “sí le” o “sí me gustan” y otros “no le”. Una de las salas contiene un tapiz de Las señoritas de Aviñón, de cuyo original “sabemos por Hollywood” que se hundió en el Titanic. Este “sí le”. Otra contiene cuadros que parecen del colombiano Fernando Botero, “no le”, o una escultura de un guerrero griego, “sí le”… como obra de estilo Forges.

Lo que sí alabo y reconozco de Picasso es su búsqueda incansable de lo que fuera que pasase por su cabeza: la belleza alternativa, la mirada propia, la descomposición de los objetos para recomponerlos, la experimentación, el torbellino de ideas… Debía de ser agotador, como se puede intuir por las fotos del artista en su taller.

La mejor definición seguramente la da el propio Pablo Picasso en una frase que se muestra en una de las paredes.

“El arte es la mentira que nos acerca a la realidad”.

Por cierto, Picasso es ese malagueño universal que los franceses quisieron apropiarse como suyo, no en vano su crecimiento creativo se desarrolló en París y en el sur de Francia, pero los auténticos expertos en esto de robar el Arte ajeno han sido siempre los ingleses. Razones ambas para desear que hoy se produzca ese imposible tan picassiano de que ambos pierdan su partido de cuartos en ese mundial del que sigo “sin hablar”.

El club de los currelas muertos (XIX)

Planes propuestos por el club de lectura, cine y documentales El club de los currelas muertos para no ver el mundial de la infamia de Catar.

8 de diciembre, ando encerrado en casa de manera voluntaria, seguramente porque he pasado mucho tiempo fuera las últimas semanas y porque en las próximas me sucederá algo parecido. Bien es cierto que la lluvia no ayuda a la hora de pensar en planes que hacer fuera, pero es que además mi cuerpo pedía sofá, manta y lectura. Y me dio por pensar en otro tipo de encierros. Uno me ha llevado a los Países Bajos, el país al que hasta hace nada llamábamos Holanda, y el otro a Argentina. Casualidades de la vida, no vayan a pensar que guarda relación con…

En 2015 visité la casa museo de Ana Frank en Ámsterdam. He estado tres veces en la capital holandesa, perdón, neerlandesa, y es una ciudad que me encanta sin que sea capaz de describir muy bien por qué. No tiene monumentos espectaculares, ni los mejores museos del continente, ni está en un enclave natural único, pero me la he pateado de arriba a abajo varias veces y la disfruto mucho. Por sus canales, por la gente, los parques, por las bicis, por la tranquilidad de algunos barrios, por lo que sea. Podría vivir allí un tiempo a pesar de las incomodidades del transporte o de esas casas estrechas sin ascensor, estoy convencido de ello.

Compré el Diario de Ana Frank en la propia tienda del museo y comencé a leerlo en el vuelo de vuelta. Conocía la historia de la niña judía encerrada durante dos años junto con su familia en la parte trasera de una casa de la calle Prinsengracht para ocultarse de los nazis, pero me hice una idea mucho más cruda de la dureza del cautiverio cuando visité la misma. Y de manera especial, cuando traté de imaginar lo que debió de ser para una niña tan vital convivir con su tío en esa pequeña habitación durante tanto tiempo. La capacidad del ser humano para sobrevivir es asombrosa, la capacidad de adaptarse a las circunstancias desfavorables puede ser infinita. El diario se interrumpe de forma abrupta y la casa museo desvela con imágenes y documentos del campo de concentración el trágico final de la niña y de su hermana. No hubo un final feliz.

De la otra punta del mundo, de Argentina, nos llegó en 2009 una magnífica y acongojante película, El secreto de sus ojos, dirigida por Juan José Campanella. Escrita por el mismo director en colaboración con Eduardo Sacheri, el novelista autor de La pregunta de sus ojos, la obra en la que se basa la película. Ahora que estamos en tiempos futboleros, uno de los protagonistas pronuncia una frase que podría valer (y de hecho vale) para muchas otras cosas, no solo para referirse a las filias por un equipo de fútbol: «El tipo puede cambiar de todo: de cara, de casa, de familia, de novia, de religión, de Dios. Pero hay una cosa que no puede cambiar, Benjamín, no puede cambiar de pasión». Benjamín es ese actorazo con la cara de Ricardo Darín.

Precisamente un partido de fútbol da pie a uno de los planos secuencia más impactantes que yo haya visto nunca en una película, un plano en el que la acción comienza a centenares de metros de un estadio de fútbol, baja hasta la grada, se posa junto a los protagonistas y los acompaña durante la persecución posterior por el interior del estadio. Hace tiempo encontré un vídeo en YouTube que explica cómo se rodó ese plano, y como casi siempre en el cine, el engaño es de tales dimensiones que sorprende ver la casi rutinaria acción filmada en comparación con la alucinante escena que vimos en el montaje final.

Como dice esa frase, las personas viven atrapadas en su pasión, que en algunos casos y por circunstancias de la vida puede convertirse en obsesión. Hay encierros mentales y encierros físicos. Voluntarios o forzosos. El final de El secreto de sus ojos es amargo y no voy a desvelarlo. Como dije al mencionar a Ana Frank, no hubo final feliz, ¿o sí lo fue?

El club de los currelas muertos (XIV)

Planes propuestos por el club de lectura, cine y documentales El club de los currelas muertos para no ver el mundial de la infamia de Catar.

Hoy hace 33 años años que falleció Fernando Martín en accidente de tráfico, y podría proponer, como todos los años, un repaso a lo que representó su figura para mí, por entonces un aficionado al baloncesto de menos de veinte años, y visualizar los vídeos que me encargué de buscar para el homenaje. Fernando I el Grande, lo titulé.

Pero voy a remitirme a otro aniversario. El 3 de diciembre de 1894 falleció Robert Louis Stevenson con 44 años de edad. Nunca tuvo muy buena salud, ya desde los tiempos de la universidad, en parte debido a la bronquitis, una tuberculosis y sin duda, su desenfrenada afición a la bebida. Falleció tras una hemorragia cerebral en la isla de Samoa, donde fue enterrado. Pese a su mala salud, fue un viajero incansable y cambió de residencia con frecuencia (Edimburgo, Londres, California, Davos, Nueva York y las islas del Pacífico Sur).

Sus obras más conocidas son precisamente las que he leído de este autor, La isla del tesoro (una de las incluidas en la primera parte de aquella vuelta al mundo en ochenta libros) y El extraño caso del Dr. Jekyll y el señor Hyde. Muy recomendables ambas. Y tengo una tercera obra en casa, un relato largo o una medio novela, que devoré, me divirtió y me hizo pasar un rato estupendo. Se titula El diablo de la botella y trata de una botella a la que acompaña una bendición, pero también una maldición aún peor.

Como los derechos de autor ya están vencidos y la obra es de dominio público, la comparto como plan de tarde de sábado. Merece la pena, ¡diablos!

Enlace: El diablo de la botella.

El club de los currelas muertos (XII)

Planes propuestos por el club de lectura, cine y documentales El club de los currelas muertos para no ver el mundial de la infamia de Catar

Pepe Kollins es el nick de Twitter, o el seudónimo bajo el que se escondía Javier Alberdi, quien fuera editor de La Galerna durante los años de crecimiento y profesionalización de la página. Javi/Pepe lleva años en el mundo del periodismo, escribiendo (muy bien) y como editor de esta web (impresionante labor) hasta que nos dejó en marzo de 2021 para emprender nuevos proyectos. En aquella pieza coral que escribimos en su despedida (bajo el título Gracias, Kollins), dije sobre él:

De Javi aprecié su precisión, no solo en el lenguaje, sino en el uso de las imágenes para evitar polémicas innecesarias, para que nuestros textos fueran irrebatibles, para no ser tendenciosos dentro de un medio cuyo madridismo ya nos hace serlo. Pero en algunas ocasiones, muy pocas, me corrigió sobre alguna jugada: «esta imagen no es exactamente la misma jugada que esta otra», «este ejemplo de fuera de juego mal pitado tiene un matiz diferente con este otro que sí fue validado». Uno que no es profesional de esto y puede hablar con ligereza de polémicas aprecia que le hagan ver otro punto de vista, que no todo es blanco o negro, madridista o antimadridista. Me marcó una línea que siempre respeté y fueron muy pocas las veces que discrepó con mis artículos, o me instó a que modificara algo.

Ayer charlamos amigablemente en su canal de YouTube, un proyecto joven, recién iniciado hace pocos meses, y que aspira a ofrecer reflexiones, opiniones calmadas alejadas de chirincircos y gente con algo interesante que contar. Eso intenté ayer, durante nuestra media hora de vídeo bajo el título Relatos y fantasmas. Y aunque el tema era criticar «el relato» culé con motivo de la publicación del libro Reial Madrid, l’equip de Franco, al final conversamos sobre el uso no fortuito del lenguaje, el modo de crear opinión por parte de algunos medios y la génesis de ese relato. De Vázquez Montalbán y la creación del victimismo culé, o del modo tan diferente de hablar sobre los jugadores jóvenes que comienzan a despuntar. La neolengua de Orwell, tan del gusto del periodismo deportivo tan penoso que tenemos en España. Aquí dejo la charla, para quien le interese:

Ah, sí, también hablé de mi libro, que ya sé que soy un poco pesado.

El club de los currelas muertos (XI)

Planes propuestos por el club de lectura, cine y documentales El club de los currelas muertos para no ver el mundial de la infamia de Catar

Se acaba el día y no he cumplido con mi rutina habitual reciente, un post diario, una reflexión, un plan que ofrecer. Demasiado follón, demasiadas obligaciones, demasiadas historias por hacer que me lo han impedido. En uno de los millones de correos que recibo al día, me he parado en uno que estaba leyendo en diagonal (el boletín de salud de la empresa) y mi curiosidad me ha llevado a leer un artículo sobre el journaling. Consiste en «una estrategia de autoconocimiento activo sobre prácticas reflexivas. Se trata de auto examinarse, analizando lo vivido para mejorar y potenciar el desarrollo a nivel personal y profesional«. Básicamente se trata de algo tan sencillo como coger una libreta en blanco y escribir cada día una idea, una reflexión, un pensamiento acerca de lo vivido o experimentado en el día.

Quizás no se diferencie mucho de lo que hago desde hace un tiempo, igual yo hacía journaling y no me había dado cuenta. Mi reflexión de hoy iría para la cantidad de cosas que se pueden meter en un solo día, pero no todos los días. Hoy, por ejemplo:

  • He hecho el test de los 2 x 6000 que suelo hacer diez días antes de correr un maratón. Los diez días que me quedan para Málaga. Eso ha sido a las siete de la mañana y he hecho unos tiempos similares a los de 2017, cuando corrí en Budapest. Estoy muy satisfecho.
  • He trabajado desde las nueve de la mañana hasta las nueve de la noche, con un descanso entre las dos y media y las cuatro.
  • Durante esa jornada de trabajo he tenido varias reuniones productivas y un par de ellas de coña, hilarantes, de las que posiblemente darán para un post estilo Lester. Una reunión de dos horas en inglés entre españoles, un indio, una egipcia, un alemán y un par de British de acento indeterminado ha sido por momentos surrealista.
  • En ese hueco de mediodía, he hecho mi debut en un canal de YouTube (¡madre mía, qué apuro!). Mañana lo colgaré aquí.
  • Cena con la familia y un capítulo de The crown. Ni un minuto del mundial. Como todos los días, por cierto. Me enorgullezco de ello.

El día no me da para hacer journaling, reflexiones sobre lo que vaya más allá de decir que «qué día más largo». Me voy a dormir, estoy fundido.

Por cierto, el journaling tiene su propia bibliografía: el libro de Meera Lee Patel, Todo empieza aquí: Un diario para conocerte mejor.

Doce menos tres minutos. He cumplido, buenas noches.

El club de los currelas muertos (VIII)

Planes propuestos por el club de lectura, cine y documentales El club de los currelas muertos para no ver el mundial de la infamia de Catar.

¿Hay algún plan mejor que salir a la montaña en una soleada mañana de domingo?

Me recuerda al camino que toman los hobbits para salir de la Comarca, pero es el Puerto de Canencia. Espectacular.

Bocata de tortilla, frutos secos, agua y buena compañía, ¿quién quiere más?

Y unas cañas al bajar a Miraflores de la Sierra. Pocos planes pueden igualar a este.

El club de los currelas muertos (V)

Planes propuestos por el club de lectura, cine y documentales El club de los currelas muertos para no ver el mundial de la infamia de Catar.

Leo por aquí que hoy es el Día Internacional del Vino Tinto, que de todo tiene que haber un Día, y esta ocasión merece sin duda una buena celebración. Así que el plan propuesto para hoy es una cata de vinos. No soy ningún experto en vinos, apenas recuerdo haber estado en cuatro catas (Burdeos, Logroño, Madrid y La Vid, que con ese nombre era inevitable), pero me atrae todo ese halo cultural creado alrededor del disfrute del vino. A mí me gustan o no me gustan, pero no controlo añadas, calidades, aromas a tomillo, ni olores a barrica. En ocasiones he preferido un crianza a un reserva, pero siempre, siempre he disfrutado esas catas. Buenos vinos, un poco de embutido y a veces queso, si bien tengo entendido que el queso es tramposo pues oculta aromas o tergiversa el sabor natural del vino en el paladar. De ahí la expresión popular, «que no te las den con queso».

El vino está asociado a nuestra cultura y tradiciones más arraigadas, y me encanta ver la pasión con la que los expertos hablan del mismo (sin que yo entienda nada). Está en la literatura, en el cine, en el Producto Interior Bruto y en cualquier ocio que se precie. Como decía el final de No mires arriba con el que despedimos 2021, que el mundo se derrumbe a nuestro alrededor mientras podamos disfrutar una copa de vino con los más queridos alrededor.

Esta tarde os recomendamos acudir a una buena cata de vinos o abrir una botella de un Ribera del Duero y disfrutar de una cena con los amigos o la familia. Claro que no podrás hacerlo si estás en Catar.

El club de los currelas muertos (III)

Planes propuestos por el club de lectura, cine y documentales El club de los currelas muertos para no ver el mundial de la infamia de Catar.

Se lee de manera rápida, fluida, con una naturalidad que asombra cuando ves que fue escrito en 1945. Me refiero a la historia de Holden Caulfield, el protagonista de El guardián entre el centeno, la obra más popular de J.D. Salinger. El protagonista tiene por momentos lo que él mismo reprocha a otros personajes: «cien patadas». Y yo añadiría que en la boca.

En su día dije que «no puedes tomártelo en serio una vez has superado la adolescencia y sin embargo, resulta sorprendente empatizar con algunas de sus ideas cuando ya has pasado los cincuenta». Un cabrón de lo más simpático (enlace), si queréis acercaros a un personaje cuyas opiniones sobre el cine, los pijos de la universidad, los ancianos o los «maricones y lesbianas» sorprenden. Se lee en menos de lo que duran un Arabia-Argentina y un «apasionante» Dinamarca-Túnez.

«Pues sí, yo era Barney. Y Lester. Y…»

19/11/2022

Este blog de los «Cuatro amiguetes» lleva entregando textos a los lectores desde agosto de 2014. Con este post de hoy, van ya 558 textos, artículos, post o truñacos, que cada uno lo llame como quiera. Aparte de ello, los 128 con La Galerna bajo el seudónimo de Barney. Durante todo este tiempo, los «cuatro amiguetes» se mantuvieron en un anonimato a medias, pues apenas había datos personales, pero sí fotos de la familia y varias de Lester en sus maratones, aunque siempre de espaldas.

El sábado pasado el Amiguete Barney salió del anonimato, no del armario, como dijeron algunos. Ni del economato, como decía Gomaespuma. La ocasión la requería y el medio empleado fue el mejor posible: la entrevista que Jesús Bengoechea me regaló para anunciar la publicación de mi libro Volver al asfalto.

En esa entrevista cuento mucho de mí. Tanto tiempo alejado de esa exposición, y ahora lo casco todo. Pero es que no siempre tiene uno la inmensa fortuna de publicar un libro. «Un momento, un momento», dirá algún lector habitual de los que no me conoce personalmente, «pero el que corría los maratones era el Amiguete Lester. De hecho, lo del proyecto de Volver al asfalto ya se contó aquí hace algo más de un año». Y es cierto, y también lo hice en La Galerna:

Durante la presentación del libro el pasado lunes 14, el presentador del evento, de nuevo el maestro Jesús Bengoechea, contó cómo nos conocimos. Jesús había leído algunos de mis textos en Twitter, pero le había llamado la atención que unos eran de fútbol (normalmente del Real Madrid), otros de economía y algunos otros de carreras o de cine. Se decidió a escribirme directamente tras leer el artículo de Barney Stephen Hawking era del Madrid al día siguiente de su fallecimiento. Escribió al que creía que era el responsable de la cuenta de Twitter, y le pedía que por favor le pusiera en contacto con Barney, con el que escribía sobre fútbol, que era al que le interesaba para su página. Como contó el lunes, su sorpresa fue al encontrarse un caso inverso al de Carmen Mola: no eran tres escritores que pergeñaban textos al alimón, sino uno solo que escribía por los cuatro. Dos cincuentones que nos conocimos por Twitter, y de ahí surgieron varios cafés, muchos correos y guasaps para definir ideas y artículos, algunos eventos, y una amistad sincera.

Pues sí, y le agradezco profundamente sus palabras, pero me parece hasta cierto punto sencillo. Él mismo escribe sobre fútbol, política, música o cine, y tiene una novela hilarante, Alada y riente, que leí el pasado verano y recomiendo fervientemente. Yo he sido siempre muy aficionado a practicar todo tipo de deportes, no solo las carreras, como he contado varias veces por aquí, y de ahí surgió Lester, un tipo que además escribe relatos o trata de sacar punta a todas las historias que pasan a su alrededor, ya sean en un spa, con la Filarmónica de Londres o con un refugiado ucraniano.

Pero no soy menos aficionado a seguir el deporte por televisión, a cabrearme con lo que me indigna, como este Mundial de Catar, o a disfrutar de las grandes hazañas. Y ese es Barney.

Claro que uno tiene que ganarse la vida haciendo lo que sabe, ese economista que aparece en la entrevista y que publica de manera recurrente en Linkedin, y de ahí nació Josean, el único sin nombre anglófono precisamente porque quería ser leído en lugares más serios.

Lo que menos conocen mis amistades es mi afición al cine, una afición que nació de pequeño con esas visitas a las salas con mi padre y hermanos en aquellos maravillosos programas dobles, y que he mantenido a base de ver centenares de películas o leer muchos libros sobre la materia. Bastantes de ellos centrados en los guiones, en contar historias, porque en el fondo todo trata acerca de lo mismo. Ese es Travis, un guionista en potencia (¡productores, estoy disponible!), y confieso que es quizás el personaje que más disfruto cuando escribo. También es el que logra menos lecturas, qué le vamos a hacer.

La velada resultó, al menos para mí, entrañable, divertida, cercana, quedará para siempre en mi memoria por el resultado, por el cariño de tanta gente y por lograr juntar a mi familia, amigos y gente más querida. Tuvo prácticamente todo lo que quiero en la vida: la familia, el deporte, los amigos del colegio y la universidad, los colegas del fútbol y el baloncesto, buena música… Y lo celebramos en el antiguo cine Cid Campeador, actualmente Pangea – The Travel Store.

Este va a ser el único post en toda la historia pasada, presente y seguramente futura del blog, en el que me expondré tan abiertamente. No me interesa publicar con mi nombre, le tengo cariño a los «cuatro amiguetes» y pienso seguir empleándolos. Para mi sorpresa, este blog que empezó sin pretensiones se lee desde muchos sitios, por mucha gente que no me conoce de nada, y trataré de mantener esa separación entre personajes porque me viene muy bien para diferenciar las temáticas:

Ayer mismo me escribió Ana, una buena amiga, y su mensaje me encantó, tanto, que tengo que compartirlo: «Mis felicitaciones por todos esos años de escribir en el blog, por continuar con esa afición a cuenta de horas de sueño y por entretenernos contándonos muchas historias, anécdotas, vivencias, etc. siempre con ese toque de humor que las caracteriza. La publicación de este libro es un pequeño reconocimiento a todo eso, ¡te lo mereces!». Jo, gracias, Ana, dejadme todos que disfrute mi momento onanista de éxito y… (respiro profundamente) eso me servirá para seguir dando caña.

Los que siguen habitualmente el blog habrán detectado que los textos se han espaciado en las últimas semanas. Llevaba muchos meses cumpliendo con el rigor de uno a la semana al menos, y en el último mes y medio han sido cada nueve o diez días. Entenderéis que he tenido mucho lío con las presentaciones, aparte de un ritmo de trabajo infernal. Pero mañana comienza el Mundial de la infamia y no pienso dedicarle ni un minuto al mismo en el blog (ya lo he criticado abiertamente antes), así que el nuevo reto será ofrecer a los lectores cada día ¡y durante los próximos 30! un plan alternativo a partidos tan «atractivos» como el Catar-Ecuador en mitad del desierto, en un estadio construido sobre los cadáveres de no menos de 800 trabajadores, perdón, esclavos. Habrá días que escriba 200 palabras y una recomendación, y otros que pueda extenderme a las 1500, pero algo habrá, seguro.

Entre hoy y mañana decidiré el título entre Planes alternativos al Mundial de la infamia o crear una serie de textos a modo de club de lectura y homenaje a esos trabajadores fallecidos: El club de los currelas muertos. Se admiten votaciones.

Muchas gracias a todos por estar ahí, al otro lado.