Bilbao Night Marathon 2024

Fiel a la tradición anual, como las cenas navideñas de empresa o las críticas al presidente de la comunidad de vecinos en cada junta, volví este sábado pasado a disputar un maratón, una tradición con la que vengo cumpliendo de manera regular desde 2004, con la única excepción del parón Covid en 2020. Este año quería hacer algo diferente y los distintos retos que leía por Internet no me motivaban de manera especial:

  • Correr los 42 kilómetros de espaldas, como ese chino que lo completó en ¡3 horas y 43 minutos!
  • Hacerlos mientras tejía una bufanda, como ese tipo de Kansas que estuvo casi seis horas mientras completaba ambas, distancia y bufanda. No lo hago porque soy nulo a la hora de tejer, que conste.
  • Supongo que todo empezó con un «¡no hay huevos!», como la mayoría de gestas que se logran en este mundo, pero otro americano logró acabar un maratón haciendo el cubo de Rubik. ¡175 cubos de Rubik resueltos en casi cinco horas de carrera!
  • Hay un canadiense que completó la distancia en Toronto haciendo malabares con tres bolas en el aire. Y en menos de tres horas. Hay cosas que si no las veo, no las creo, por mucho que lo diga el Guinness.
  • En Londres hubo un tipo que completó el maratón mientras golpeaba un balón de fútbol durante algo más de cinco horas. Mira, esto sí podría haberlo intentado, pero sospecho que a la media hora habría mandado el balón a esparragar.

Todos estos récords son verídicos, o al menos están homologados por el Guinness, pero ninguno me atraía tanto como lo que finalmente encontré: correr la distancia de noche. Algo más cercano, accesible, ¡normal, que no estoy tan zumbao! Y encima en Bilbao, ¡ahívalah…, Patxi, como para decir que no ahora! Así que me apunté hace unos meses, entrené como siempre hago (al alba) y para allá que me marché con la esperanza de que no hubiera tanta diferencia en el rendimiento nocturno, que, con los años, uno se hace más madrugador y menos trasnochador.

El mayor problema para llegar en buenas condiciones a una salida a las siete de la tarde es descansar durante todo el día, o alimentarse de manera adecuada desde la noche anterior en una ciudad repleta de bares con pintxos sabrosos a cada paso. Pero, más o menos, lo conseguí. Lo conseguimos, porque mi «equipo» de fans, Mabú, también tenía su dura jornada de seguimiento por las calles de la ciudad. Dos vueltas por un recorrido junto a la ría, una ría que atravesaríamos ocho veces.

Se me ocurrió correr con una camiseta llamativa para que Mabú pudiera distinguirme entre el resto de corredores, la camiseta rosa chillón (mi color «favorito») que me dieron hace un año en el maratón de Valencia, con el Lester serigrafiado a la espalda. Fue un acierto llevarla, porque la mayoría de los corredores llevaban una camiseta oscura, muchas de la organización, azul marino, y muchas otras de color negro. Quizás el color rosa de la mía tuvo que ver con la pregunta del peruano del kilómetro 34, pero para eso queda mucha crónica.

La carrera salía junto al estadio de San Mamés, que había albergado esa misma tarde, apenas unas horas antes, un partido del Athletic. Por lo que vi en un foro de gente del Athletic, esa coincidencia dio para un encendido debate entre los que querían compaginar ambos eventos: ¿entonces, macarrones en el estadio o no? Decenas de respuestas a la enorme duda:

En fin, con gilda y txakolí o sin ellos, la ciudad estuvo medio colapsada durante horas. Por esa razón fuimos en Metro junto a otra buena partida de corredores, y fue un acierto. Nuestro hotel estaba a un kilómetro de la meta y a poco más de dos de la salida, pero, como decía, convenía llegar descansado, que uno nunca sabe cómo se va a comportar su físico a una hora en la que los cincuentones estamos deseando más bien manta y peli.

Había mucha gente en la salida y un cierto caos en la organización de los cajones, nada que no hayamos presenciado en otras carreras. El problema fue que había muchos más participantes en el medio maratón que en la carrera completa, y, además, muchos de los corredores no se pusieron en el cajón adecuado al tiempo que iban a hacer, con lo que se produjeron varias aglomeraciones en calles estrechas o en algún giro cerrado. Los ritmos de los primeros kilómetros fueron bajos, 6 minutos, 5.40, hasta el kilómetro 5 o así no fui capaz de encontrar un ritmo cómodo, una velocidad de crucero en torno al 5.25, aunque por momentos había que esquivar a gente que iba más lenta. Hasta entonces, bastante animación, gente en los bares, un recorrido agradable, bastante llano… las estaciones de Metro de Norman Foster, la torre Iberdrola de César Pelli, el Guggenheim de Frank Gehry, el magnífico edificio consistorial del ayuntamiento, ¿obra de…? Pues tuve que buscarlo, Joaquín Ruicoba, a finales del siglo XIX. Conocemos a todos los arquitectos extranjeros famosos, pero desconocemos lo nuestro, lo de aquí.

Y junto al puente de uno de «los de aquí» (o de allí, de Valencia), el hermoso y polémico puente de Zubizuri, obra de Santiago Calatrava, estaba el kilómetro 20, la última parada en la que vi a Mabú antes de sumergirme en la travesía del desierto que fue la segunda vuelta.

Poco después del puente, pasamos la meta en el Guggenheim y nos separamos los corredores de ambas carreras, los 7.000 de los 21 kilómetros y los poco más de 800 de los 42. Fue la noche y el día, el mogollón y la soledad, el estruendo y el silencio, en apenas doscientos metros. Pasamos del gentío congregado en la meta para ver a sus familiares al silencio absoluto junto a la ría, ¡podía escuchar perfectamente la respiración de los dos corredores que me acompañaron en esos primeros kilómetros de soledad! Dejamos de escuchar los «¡oso ondo!» y los animosos «¡aúpa!» de la gente y sentí La soledad del corredor de fondo, aquella peli de los sesenta. En los kilómetros más duros, entre el 28 y el 33, cuando empiezan las dudas, nos convertimos en una banda desperdigada de facinerosos talluditos que corrían por una ciudad en penumbra. Y sin que nadie nos persiguiera, lo cual resulta más meritorio.

En esos momentos toca encerrarte con tus pensamientos, no volverse loco, no correr de más, no dejar que el duende cabrón te machaque con sus pensamientos y apretar los dientes hasta el 34, donde había vuelto a quedar con Mabú, en la puerta de nuestro hotel. Allí estaba, guapísima, sonriente, esperándome con un picardías púrpura e invitándome a subir a la 338. Ah, no, la parte posterior al «esperándome» fue una alucinación fruto de la concentración de ácido láctico en mis músculos. Me dio las últimas sustancias psicotrópicas para aguantar lo que quedaba y muchos ánimos que respondí con un beso sudoroso por mi parte, momento idílico que fue interrumpido por el peruano que comentaba al principio:

– ¿Por qué están corriendo? -me preguntó.

Ante nuestra cara de perplejidad, y como yo bromeé contestando algo así como «pues por los pintxos de después!», insistió:

– ¿Es por el cáncer de mama?

Entendí que lo preguntaba por el color de mi camiseta y alguna carrera que había habido en ese mismo día en otras ciudades, precisamente por esa buena causa, pero me dejó perplejo y no tenía mucho tiempo que perder. La verdad es que en el mismo día en Bilbao me hicieron dos preguntas que me dejaron totalmente descolocado, la del peruano, y la de un tipo que, por la mañana, me soltó (y es verídico):

– Oye, perdona, que no tengo móvil, ¿me puedes mirar cómo va el partido?

«Sin problema», le contesté, «¿el del Athletic?», a lo cual, para mi asombro, contestó:

– No, es un partido de Tercera, ¿puedes buscarlo, por favor? San Roque-Ceuta.

A ver, el tipo olía a vino a un metro de distancia, pero ¿un San Roque-Ceuta de Tercera, en Bilbao???? ¿De verdad? Bueno, dejé a Mabú en el hotel, quedamos en vernos en el km. 37 y seguí adelante. Miré el crono y calculé que, pese al ritmo bajo del principio, o las paradas de más para responder preguntas extrañas, llegaba de sobra para bajar de cuatro horas. Pero, cuando quedaban tres kilómetros empecé a no verlo tan claro, lo cual no entiendo porque iba bien de piernas, de hecho el kilómetro 39, que volvía a pasar frente a mi hotel me pareció eterno. He entrado en algún foro de Internet y he leído que hay gente que dice que su reloj marcaba más distancia: 21,4 km. la vuelta, 21,79 km., incluso más, como el de la foto.

No estaban bien medidos o los carteles no estaban bien puestos, porque no tiene sentido que hiciera el kilómetro 36 en 5.16 y el 37 en 6.05, cuando mi ritmo era similar. Sea como fuere, tuve que «acelerar» en los últimos dos kilómetros y esprintar o un remedo de sprint en los 195 metros finales, algo que, para mi sorpresa, fui capaz de hacer. Entré en 3h. 59m. y 54 segundos, así que objetivo cumplido.

Con el horario, los viajes al otro lado del charco una semana antes y un peso algo por encima de lo habitual, lo cierto es que terminé muuuuuy contento. ¿Verdad que sí, compañera?

Siempre lo he dicho, este deporte te permite una larga «carrera» si te cuidas. En Valencia 2023 paré el crono como en Roma 2009, y en Bilbao 2024 acabo de hacer aproximadamente el tiempo de Berlín 2011. Por mucho que mi mujer quiera retirarme, me resisto, le digo que «me mantengo». Lo cierto es que no voy a reconocer nunca que termino como si me hubiera pasado un camión por encima, pero, ¿y lo bien que te quedas al acabar y superar el reto? ¿Y al día siguiente, al recorrer esa ciudad con un tiempo maravilloso? Recordar los sitios que has pasado, los puntos en los que sufriste, los giros en los que sonreíste al ver que lo lograbas de nuevo.

No, las escaleras hacia la basílica de Begoña no las subí. Peor habría sido aún bajar uno solo de los ochocientos peldaños.

¿Próximos retos? Ni idea, quizás toque volver a correr en el extranjero, cosa que no hago desde 2019 (San Petersburgo), pero ahora mismo ¡solo quiero descansar!

Terceras partes (II): buenas, dignas y espantosas

La primera parte de las terceras partes no es igual a la segunda parte de las terceras partes, sean contratantes o no (Groucho siempre en el recuerdo). Así que, una vez defendidas las grandes terceras partes de la historia de las sagas, vamos con el segundo bloque de mi clasificación particular:

  1. Buenas, muy buenas, obras maestras.
  2. Dignas, aceptables.
  3. Espantosas, innecesarias, errores desde su misma génesis.

2.- Dignas, aceptables. Se trata de películas que nunca nos van a gustar como sus predecesoras, pero las soportamos bien por el cariño que sentimos por los personajes, o por esa nostalgia de las propias historias originales. O bien, simplemente, porque valoramos la buena intención de sus autores (más allá del afán recaudador de los productores), aunque la historia no diera más de sí y finalmente resultara fallida o algo pesada. Casi acaba en este saco la tercera de Nolan sobre Batman, por ejemplo, así que vamos con este grupo de obras, quizás el más numeroso.

El Padrino III: la crítica estuvo muy dura con el final de la trilogía de los Corleone, pero, ¿es realmente una mala película? ¡Pues no, coño, no lo es! Tiene momentos verdaderamente notables, pero su mayor problema es la comparación con las dos obras originales de la saga, consideradas siempre entre las mejores películas de la historia del cine. Llama la atención que durante varias décadas se consideró a El Padrino como la mejor película de siempre, a veces, con un consenso tan unánime (y contradictorio a la vez) como el de «la segunda es la mejor de toda la saga». El Padrino III es una buena película, pero no resulta excelsa, una obra maestra, como las anteriores. Y ahí es donde pierde por goleada, con la comparación, aumentada por el hecho de los dieciséis años transcurridos desde la anterior y el efecto nostalgia. También pierde en la comparación, al menos para quien esto escribe, Andy García, quien no tiene la talla de Al Pacino, Marlon Brando y Robert de Niro como cabeza visible o capo de «los negocios de la famiglia«. Puede que el papel de Sofia Coppola también tuviera sus pegas, como afirmaron los críticos que se cebaron, pero el momento de su muerte y posterior llanto silencioso de Michael Corleone es sobrecogedor, magnífico. Y me encantan los esfuerzos de Michael por blanquear sus negocios, las relaciones de la familia con el Vaticano o los «clásicos» de esta trilogía clásica imperecedera: la música de Nino Rota, las celebraciones, los asesinatos, la fotografía tenebrosa y tenebrista de Gordon Willis. ¡Claro que es una tercera parte digna, almas de cántaro!

Regreso al futuro III: recuerdo que en cierta ocasión preguntaron a Carlos Pumares por el homenaje al wéstern que Spielberg y Zemeckis pretendieron hacer con la tercera parte del Back to the future, y el locutor de radio respondió enfadado algo así como: «¡pues para hacerlo así de mal, prefiero que no me homenajeen!». La idea de rodar esta tercera parte surgió ya durante el rodaje de la primera, según parece, tras una conversación entre Zemeckis y Michael J. Fox en la que hablaban de que, ya que tenían una máquina del tiempo en sus manos, qué época les gustaría visitar. «El salvaje oeste», contestó el actor. Y con esa idea en mente se pusieron a trabajar años después. La tercera parte de la trilogía se rodó junto con la segunda, y de ese modo lograron abaratar costes y mantener a todo el equipo. Para los que vimos la segunda en los cines, fue una sorpresa encontrarnos con imágenes de la tercera sin llegar a salir de la sala. A mí me gusta, me entretiene, me hacen gracia los homenajes a los topicazos del saloon, los tipos duros y malencarados, la locomotora descontrolada, Clint Eastwood y la plancha de metal de Por un puñado de dólares. ¿Que puede tener incongruencias de guion? Seguro que sí, aunque la mayor de toda la saga sucede en la segunda y ya la expusieron de modo brillante en The Big Bang theory:

El ascenso de Skywalker: ya le dediqué un post entero a los grandes fallos del remate de la tercera trilogía de Star Wars, made by J.J. Adams (la falta de continuidad con las ideas de Rian Johnson en el Ep. VIII: Los últimos Jedi, los usos nunca vistos antes de la Fuerza, los orígenes de Rey), pero también a sus grandes aciertos, la recuperación de ideas clásicas, la épica, el retorno a lo que siempre funciona. A mí me parece un final digno a una trilogía que nunca nos hará sentir como la original, cuando éramos críos, ni denostarla como la trilogía de precuelas, cuando íbamos de treintañeros protestones a los que nos han cambiado nuestro universo. Como dijo Arturo González-Campos, «Protestaste porque en el VII no te contaban nada nuevo, protestas ahora porque todo ha cambiado. A lo mejor es que esa es tu forma de disfrutar de la saga, protestar porque no han hecho la película como tú querías«. Mejor disfrutarlas con la madurez, pero sin tirar cohetes.

La venganza del Sith: el broche a las precuelas de Star Wars. No soy fan de ninguna de las tres, pero la tercera, al menos, subía el nivel de La amenaza fantasma y, sobre todo, de la soporífera El ataque de los clones. No merece dedicarle más tiempo, se ve, se digiere y se olvida pronto.

Alien 3: alguno se me tirará al cuello, «¡es indigna, es una bazofia!» y tal, pero creo que tiene un pase. O creo que el pase lo tiene por todo lo que vendría años después, Alien Resurrection, Prometheus, Romulus, peleas vs Predator y demás variantes de una saga que comenzó con dos películas que posiblemente sean obras maestras. La primera, Alien: el octavo pasajero, del género de terror mezclado con ciencia ficción, y la segunda, Aliens, el regreso, del cine de acción pura y dura. Alien 3 no es una mala película, aunque sus decorados claustrofóbicos hacen que parezca una serie B algo mejorada, y lo cierto es que no lo era para la época: 50 millones de dólares de presupuesto. Pero la producción y el rodaje debieron ser caóticos, por lo que han contado sus autores. Supuso el debut de un genio como David Fincher en la dirección y contaba con Walter Hill entre los guionistas, pese a lo cual, no hubo comunicación suficiente en el equipo, se incorporaron numerosos cambios durante el rodaje y el propio director renegaría del proyecto en entregas posteriores. Llegó a decir que le daban el plan de rodaje por la mañana, o el guion de lo que iban a rodar al día siguiente. Aun con todo, logró entretenerme. Ahora bien, la prueba de fuego: ¿cuántos años hace que no la veo? Pues muchos, seguramente más de veinte. ¿Y las dos primeras? Pues mucho menos.

Matrix Revolutions: puf, bueno. No sé cuál es su mayor pega. La primera Matrix fue una obra revolucionaria que, como se dice ahora, «nos voló la cabeza», nos puso patas arriba muchos conceptos cinematográficos, culturales, sociales… Matrix reloaded, su continuación, fue entretenida, exagerada por momentos, con buenas secuencias de acción. La trama de Revolutions es, posiblemente, más redonda que la de la anterior, ¿entonces, qué problema tiene? Pues puede que algo tan simple como que resulta aburrida por momentos. Pero es un digno final de la trilogía. ¡Ah, no, que, casi veinte años después, sus directores, ahora ya directoras, hicieron una nueva! Totalmente fuera de todo.

Harry el ejecutor: Harry el sucio, Harry el fuerte, Harry el ejecutor, Harry Callahan a secas. Este tipo fascista, racista y al servicio de la ley fuera de la ley es siempre él mismo. Ni siquiera recuerdo mucho las diferencias entre Harry el fuerte, Harry el ejecutor e Impacto súbito, solo sé que «era él». En La lista negra sí era un poco diferente porque los años no pasan en balde y el tipo de gatillo fácil era algo más reflexivo. Medio segundo, no mucho más. Yo he visto a Harry Callahan en numerosos papeles a lo largo de la carrera de Clint Eastwood. Es Bronco Billy, el alpinista de Licencia para matar, el veterano que enseña a El principiante, El sargento de hierro, el fugitivo de Alcatraz, y, ya avejentado, el dueño del Gran Torino, el predicador de El jinete pálido, el vengador de Sin perdón, y la mula de Mula. Es él, uno de los grandes. Menos en Los puentes de Madison.

Rocky III: la han puesto a parir muchas veces, pero a mí me siguen gustando todas las de Rocky, excepto la quinta, algo en lo que coincido con el propio Stallone. El malo malísimo que le zurra la primera vez era el popular actor de los ochenta Mr.T, el MA del Equipo A. Y luego viene lo de siempre, el entrenamiento con música, el sacrificio, la revancha… ¿no era lo que queríamos? ¿Alguien esperaba otra cosa? ¿Como la de la quinta, por ejemplo? Pues así salió el engendro que finalmente resultó. No te puedes tomar en serio estas pelis, solo la primera, como con John Rambo. Rambo III… jo, jo, jo… imposible no reírse, difícil no disfrutarla. La primera era buena, la segunda, una macarrada fascistoide y molona, la tercera… inenarrable. Uno de mis placeres culpables.

Mad Max III: más allá de la cúpula del trueno. Nunca fui muy fan de estas pelis sobre un futuro apocalíptico, por eso no me encaja mal con las anteriores, no resulta indigna en una historia que parecía agotada hasta que George Miller la rescató con fuerza treinta años más tarde. Eso sí, esta tercera, ¡con Tina Turner!, es una muestra más de que, en ocasiones, el incremento de presupuesto no beneficia a las historias.

A veces es un problema de expectativas, de lo que se denomina ahora con frecuencia, «hype». Y sobre hype y trilogías, encontré este curioso gráfico, con el que coincido solo en parte:

Concluirá…

Terceras partes (I): buenas, dignas y espantosas

Hace muchos años que el dicho aquel de «segundas partes nunca fueron buenas» dejó de tener validez. El Padrino II, Aliens: el regreso, Terminator II, El imperio contraataca, El templo maldito, Regreso al futuro II… son solo unos ejemplos. Lo que no era habitual es que el número apareciera en el propio título. De hecho, se atribuye al empeño de Francis Ford Coppola el logro de incorporar el ordinal en el título que se lanzó al mercado con ocasión de la secuela de El Padrino. «Eso no lo ha hecho nadie nunca. Tendrás que pensar en otro título», le dijeron los productores. Sin embargo, el éxito de la primera parte y el convencimiento del director de que el título no podía ser otro, hicieron que al final se saliera con la suya.

En épocas anteriores, las secuelas se titulaban como una indisimulada continuación de la original:

  • Frankenstein y La novia de Frankenstein.
  • El padre de la novia y El padre es abuelo. Las de Spencer Tracy, Joan Bennett y Elizabeth Taylor, porque décadas después serían El padre de la novia y Vuelve el padre de la novia.
  • El planeta de los simios y Regreso al planeta de los simios. Y Huida del planeta de los simios, etcétera, en las secuelas posteriores.
  • Drácula, La hija de Drácula, El hijo de Drácula.

Mas, por lo visto, tampoco es del todo cierta la leyenda atribuida al genio de Coppola. La primera secuela de la historia que incorporó el II en el título fue Quatermass II, una producción de la mítica Hammer de 1957. Tan poco conocida que ni llegó a estrenarse en España.

En cualquier caso, hoy me preguntaba si, en estos tiempos actuales de secuelas que se perpetúan muy por encima de lo necesario, podría afirmarse que «terceras partes nunca fueron buenas». Y mi respuesta es que no, que por supuesto que NO coincido con esa afirmación. Claro que hay secuelas infumables que tratan de aprovechar el éxito inicial de sus predecesoras y agotan la buena idea inicial hasta convertirlas en aborrecibles, pero hay otras terceras partes que complementan y hasta pueden mejorar lo previamente visto, en especial si, como ocurre tantas veces, se «deja crecer» a los personajes, se les incorporan nuevos matices, traumas pasados o habilidades, o se juega con un humor autoparódico que remita a las anteriores. Y si repaso una larga lista de terceras entregas encuentro verdades joyas, incluso obras maestras que redondean una trilogía. Probablemente tantos como truñacos insoportables, que también los hay.

De eso va el post de hoy, para lo cual he dividido las terceras partes en tres grandes bloques por categorías:

  1. Buenas, muy buenas, obras maestras.
  2. Dignas, aceptables.
  3. Espantosas, innecesarias, errores desde su misma génesis.

1.- Buenas, muy buenas y obras maestras. Las que superan la brillantez de la original o mantienen el altísimo tono de la segunda parte, o bien, cierran de manera excelsa una trilogía. Por razones que a los aficionados se nos escapan, en ocasiones le da a los productores por hacer años después una cuarta parte que destroza o pone patas arriba buena parte de lo anterior. Sus urdidores deberían haber sido arrojados previamente a la fosa de Sarlacc, el río de lava de Mordor o la fosa del cañón de la Media Luna, por citar tres estupendos sitios de las obras que las precedieron. Vamos con ellas.

El retorno del Rey: mi favorita de la trilogía de El señor de los anillos de Peter Jackson. La primera tardaba en arrancar, creaba los personajes y los mundos de la Comarca, Moria o el bosque de Fangorn y la segunda se interrumpía cerca de un momento cumbre, sin culminar, con demasiados frentes abiertos. En la tercera todo cobra sentido, se unen las piezas sueltas por toda la trama y cada personaje se enfrenta a su misión. Todo ello en un entorno de batallas épicas. El asedio de Minas Tirith, la carga de los jinetes de Rohan, la batalla en los campos de Pelennor, la evolución de Gollum y Frodo, la entrada en Mordor y todo el cierre de la historia en el Monte del Destino. Once Óscar a estas tres horas de gozoso disfrute.

El retorno del Jedi: durante mucho tiempo fue mi favorita de la trilogía original de Star Wars (Ep. IV a VI), y puede que lo siga siendo. Los personajes habían crecido mucho desde La guerra de las galaxias, entendemos mejor sus comportamientos, vemos la evolución que han tenido (Luke, Han y Leia son muy diferentes a los pipiolos de la primera) y, además, se concluían las tramas abiertas en El imperio contraataca. Pero la destaco de manera especial por el enriquecimiento (y posterior redención) del mejor villano que hayamos visto en una sala de cine, Darth Vader.

Toy Story 3: pues es la mejor de la saga, sin duda. Cuando creíamos que esta «historia de juguetes» no daba más de sí (lo cual se apreció en la cuarta), llegaron los guionistas de Pixar y nos pegaron este guantazo quince años después de la primera entrega (de 1995 a 2010). El niño Andy ha crecido, sus circunstancias han cambiado tanto como las de los juguetes, pero aun con una historia aparentemente infantil, los creadores de esta historia fueron capaces de crear uno de los momentos de mayor ternura que recuerdo en mucho tiempo (comparable a muy pocas, quizás a otra joya de Pixar, el arranque de Up). Sucede justo al final, tras salvar a los personajes de otro momento angustioso que seguro que aterró a más de un niño en las salas: la escena de la incineradora de residuos, con todos los juguetes abrazados antes de enfrentarse a una muerte segura. Da igual tu edad, es una puñetera maravilla de película.

Indiana Jones y la última cruzada: la primera de la saga del famoso arqueólogo, En busca del arca perdida, impactó a toda mi generación, nos metió de lleno en un tipo de cine que parecía olvidado a principios de los ochenta, el cine de aventuras sin freno. Con nazis, acción, humor y la chica del prota. La segunda, El templo maldito, fue algo siniestra, macabra y se recreaba en la truculencia, pero resultaba igualmente brillante. La tercera añadió a todo lo anterior el mejor humor que se ha visto en la serie, no ya por boca del personaje principal, ese Indy algo canalla y sarcástico, sino por ese padre interpretado con socarronería y enorme carisma por Sean Connery. ¿La mejor de la trilogía? Pues… puede serlo perfectamente. El joven Indy, los orígenes del látigo, el sombrero, la cicatriz en la barbilla, la relación con su padre, la afición a los enigmas… Lo tiene todo y lo cuenta todo sobre el personaje, ¿de verdad era necesario hacer continuaciones 19 y 34 años más tarde?

La jungla de cristal: la venganza: la primera se tituló en España La jungla de cristal en lugar del Die hard original, porque sucedía en un edificio en el que se reventaban todos los cristales de las ventanas y sonaba a La jungla de asfalto, así que tocaba seguir con esa «jungla» que no se aprecia ni de lejos en las siguientes entregas, pero, ¿acaso importaba? La mejor sigue siendo la primera (al menos para mí), y a continuación en mis preferencias viene esta tercera. ¿La razón? Los villanos: Alan Rickman y Jeremy Irons. Están varios cuerpos por encima de los que interpretan los personajes de Franco Nero y William Sadler en la segunda. Y para que una buena trama de acción funcione, es imprescindible contar con un villano de altura. Si, además, pones a Samuel L. Jackson al lado de John McClane, el entretenimiento está asegurado.

El caballero oscuro: la leyenda renace: a mí personalmente me resulta la menos interesante de la trilogía de Christopher Nolan sobre Batman, tras El caballero oscuro y Batman begins, en mi orden de preferencias, inverso al cronológico. De hecho, casi la paso al bloque de las terceras partes «solo» dignas. Pero me parece un buen cierre a la trilogía sobre este superhéroe «intruso», como decía aquel monologuista. Intruso porque, contrariamente al resto, carece de superpoderes. Y ni que decir tiene que las obras de Nolan me parecen muy superiores a las anteriores versiones de Tim Burton y Joel Schumacher. No tiene el interés de la primera (que apenas parece una más de Batman), ni un personajazo como el Joker de la segunda (Heath Ledger), pero aporta nuevos personajes de muchos quilates, como esa Anne Catwoman Hathaway, y en especial, Bane (Tom Hardy, más hijop… que nunca) y Miranda Tate (Marion Cotillard). Es algo más larga de lo que quizás merece la historia (165 minutos), pero se aguanta bien. Impagable ese final tan parodiado para todo tipo de memes, el cruce de miradas entre Christian Bale y Michael Caine.

2.- Dignas. Son continuaciones sin el nivel de las dos primeras, pero, al menos, resultan aceptables, complementarias. O simplemente bienintencionadas, pero fallidas, en ningún caso detestables, como las que aparecerán en el tercer bloque, que pueden llevar a desear el asesinato (intelectual, se entiende) de sus autores.

El Padrino III, Regreso al futuro III, Alien 3, Matrix Revolutions… Sí, sí, lo sé, todas ellas tienen muchos detractores, pero me apetece defenderlas.

(Continuará…)

Cómics (II): El abismo del olvido

El abismo del olvido, historia guionizada por Rodrigo Terrasa e ilustrada por Paco Roca, obtuvo a principios de este año el premio al mejor cómic de 2023 en la categoría de Mejor Obra Nacional. Me interesé por esta novela gráfica al conocer que su ilustrador era el historietista Paco Roca, autor de Arrugas, una de esas obras plenas de sensibilidad, buen gusto y ternura hacia los personajes como la que recomiendo hoy. No he leído el cómic Arrugas, de 2007, una obra que recibió numerosos premios durante los siguientes años, incluido el Premio Nacional de Cómic, pero sí he visto la adaptación cinematográfica, seleccionada para los Goya y el Óscar al mejor largometraje de animación. Una maravilla.

El abismo del olvido está empapada de la misma tristeza que Arrugas, pero es una tristeza que no sé muy bien cómo definir. Ambas obras tratan temas difíciles (el Alzheimer en el caso de Arrugas, la exhumación de fosas comunes de la guerra civil en El abismo del olvido), pero es un sentimiento que, no exento de amargura, dota a sus personajes de una especie de rebeldía ante la situación, de aceptación ante el “sé lo que ocurrió”, pero a la vez de no aceptación porque “tengo que intentar revertirlo”.

El dibujo es realista, la paleta de colores escogida para el pasado tira mucho de ocres, incluso sepia en ocasiones para acentuar el tono «histórico», y sus personajes no dejan de ser unos tipos a los que la guerra sorprendió en un bando determinado. Individuos de pueblo, campesinos, agricultores o estudiantes a los que les tocó empuñar un fusil, o recibir un disparo.

La exhumación de fosas comunes de los fusilamientos de la guerra civil es un asunto controvertido en este país nuestro, tan dado a los extremos y a buscar lo que nos separa antes que lo que nos une. Una pena. Yo mismo reconozco que me pongo a la defensiva cuando aprecio afán revanchista en algunos de sus promotores (Memoria II: el olvido), casi siempre políticos interesados sin más interés que el de buscar la polarización, y, por eso mismo, reconozco que me gustó tanto la novela gráfica de Paco Roca.

Porque no hay rencor pese a la barbarie sufrida por tantas familias, porque no encuentras ánimo de venganza en los familiares, porque no ves más que una profunda tristeza en esa anciana, en su día niña, que sueña con el momento en el que su padre reciba una sepultura que ella considera adecuada, o la deseada, junto a su madre.

Hay numerosas fosas comunes sin localizar en España, pero también hay muchas otras perfectamente identificadas, en cementerios o fincas, pero en las que los cuerpos permanecen tal cual fueron arrojados hace noventa años. De una de ellas, en el cementerio de Paterna, trata la obra de Rodrigo Terrassa y Paco Roca. En lo formal, la obra tiene esa visión algo cinematográfica del autor, que no huye de recursos visuales como panorámicas, acercamientos a los personajes, saltos temporales o primeros planos más cercanos al documental.

La obra no puede eludir que hubo dos bandos, como no puede obviarlo cada película, libro o documental que se haga sobre nuestra cruenta guerra civil, pero no hay un interés especial en mostrarlo, en centrar la historia en ello, sino en las familias, en las personas, en quienes sufrieron el conflicto. Lógicamente, se centra en la recuperación de los cuerpos por parte del lado que sufrió más víctimas, el represaliado por el bando franquista. El que estuvo abandonado a su suerte durante décadas.

La historia de Pepica Celda en la que se centra la obra es la de una niña que se despidió de su padre en una cárcel en 1940, que supo que había sido fusilado poco después, como escuchó su madre en la distancia, es la de una joven marcada que se pasó el resto de su vida con el pensamiento de lograr recuperar los restos, los cuales estaban perfectamente localizados, aunque difícilmente distinguibles de los de los paisanos que fueron arrojados a la misma fosa en el cementerio de Paterna. En la obra, con 81 años, es ya una mujer que solo quiere descansar, y que sabe que lo conseguirá cuando los restos de su padre sean reubicados junto a los de su madre (interesantes las referencias a Troya, Aquiles y los restos de Héctor en la antigua Grecia). No hay un final feliz, sino más bien la amargura de quien ha luchado por algo de lo que no entiende ni siquiera bien su sentido, algo que anhela y desea, pero que apenas comporta más satisfacción que una paz interior, el cumplimiento de una promesa, de una misión.

Familias que luchan contra «el abismo del olvido» de sus seres queridos. Como dice el preámbulo de la Ley de Memoria Democrática: “La historia no puede construirse desde el olvido y el silenciamiento de los vencidos. El conocimiento de nuestro pasado reciente contribuye a asentar nuestra convivencia sobre bases más firmes, protegiéndonos de repetir errores del pasado. La consolidación de nuestro ordenamiento constitucional nos permite hoy afrontar la verdad y la justicia sobre nuestro pasado. El olvido no es opción para una democracia”. Como dije en su momento, no me gustan muchos de los «socios» que han introducido enmiendas a esta Ley, pero, como dice la novela, no se puede caer en el abismo del olvido. Como tampoco en la revancha casi un siglo después.

Don Francisco Tomás y Valiente decía allá a mediados de los noventa: «Hemos hecho en este país la transición a la democracia sobre la bisagra de una reforma cimentada en el silencio y la ruptura de la espiral de venganza. Así había que hacerla y no hay que arrepentirse de ello. Bien hecha estuvo. Pero del silencio al olvido y la ignorancia solo hay dos pasos, y sería pernicioso que muchos los dieran». Por desgracia, el mismo catedrático ya veía venir el interés de algunos por reavivar heridas del pasado: «que las peleas que entonces no hubo corremos el riesgo de (¡por fin!) entablarlas en este otoño por tantos conceptos caliente». Las familias de los ejecutados merecen todo el respeto y la atención, por supuesto que sí, el apoyo institucional, y solo ruego que no se dejen utilizar por esa casta política que parece gozar con la confrontación.

El libro de Roca y Terrassa narra también la historia de otros héroes anónimos, personajes que arriesgaron su vida para consolar a las familias de los ajusticiados. Como Leoncio Badía, el sepulturero del cementerio. Durante años y con una paciencia encomiable, recortó piezas de ropa, mechones de cabello, algún objeto personal e identificó los cuerpos de los cadáveres antes de enterrarlos, con la esperanza de que algún día sus esfuerzos sirvieran para ayudar en esa labor de exhumación y entrega a los familiares.

Una práctica que le costó el trabajo y una severa represalia de las autoridades de la época. Héroes anónimos, como decía, que trataron de aportar su granito de humanidad en la barbarie y la represión.

Como ocurre recientemente en tantas películas actuales basadas en hechos reales, la obra termina con imágenes reales de los protagonistas, de Pepica Celda, de los frascos en los que Leoncio Badía guardaba los nombres de los cuerpos sepultados y de ese agricultor de Masamagrell, José Celda Beneyto, que tuvo la desgracia de estar en el lado equivocado cuando comenzó la guerra.

El abismo del olvido deja una sensación extraña en el lector. Si la intención de los autores era que sintiéramos la tristeza de las familias, o que empatizáramos con las «Pepicas» de este país, doy fe de que lo logran.

Cómics (I): Pyongyang

Cómics (II): El abismo del olvido

Cómicas (III): Persépolis